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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Mayo 11, 2021 6:17 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO IX

ODISEO CUENTA SUS AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS LOTÓFAGOS, LOS
CÍCLOPES
. CONT.


«Así habló, y nuestro corazón se estremeció por
miedo a su voz insoportable y a él mismo, al
gigante. Pero le contesté con mi palabra y le
dije:

«Somos aqueos y hemos venido errantes desde
Troya, zarandeados por toda clase de vientos
sobre el gran abismo del mar, desviados por
otro rumbo, por otros caminos, aunque nos
dirigimos de vuelta a casa. Así quiso Zeus proyectarlo.
Nos preciamos de pertenecer al ejército
del Atrida Agamenón, cuya fama es la más
grande bajo el cielo: ¡tan gran ciudad ha devastado
y tantos hombres ha hecho sucumbir!
Conque hemos dado contigo y nos hemos llegado
a tus rodillas por si nos ofreces hospitalidad
y nos das un regalo, como es costumbre
entre los huéspedes. Ten respeto, excelente, a
los dioses; somos tus suplicantes y Zeus es el
vengador de los suplicantes y de los huéspedes,
Zeus Hospitalario, quien acompaña a los huéspedes,
a quienes se debe respeto."


«Así hablé, y él me contestó con corazón cruel:

«"Eres estúpido, forastero, o vienes de lejos, tú
que me ordenas temer o respetar a los dioses,
pues los Ciclopes no se cuidan de Zeus, portador
de égida, ni de los dioses felices. Pues somos
mucho más fuertes. No te perdonaría ni a
ti ni a tus compañeros, si el ánimo no me lo
ordenara, por evitar la enemistad de Zeus.
«"Pero dime dónde has detenido tu bien fabricada
nave al venir, si al final de la playa o aquí
cerca, para que lo sepa."


«Así habló para probarme, y a mí, que sé mucho,
no me pasó esto desapercibido. Así que me
dirigí a él con palabras engañosas:

«"La nave me la ha destrozado Poseidón, el que
conmueve la tierra; la ha lanzado contra los
escollos en los confines de vuestro país, conduciéndola
hasta un promontorio, y el viento la
arrastró del ponto. Por ello he escapado junto
con éstos de la dolorosa muerte."


«Así hablé, y él no me contestó nada con corazón
cruel, mas lanzóse y echó mano a mis
compañeros. Agarró a dos a la vez y los golpeó
contra el suelo como a cachorrillos, y sus sesos
se a esparcieron por el suelo empapando la
tierra. Cortó en trozos sus miembros, se los
preparó como cena y se los comió, como un
león montaraz, sin dejar ni sus entrañas ni sus
carnes ni sus huesos llenos de meollo.

«Nosotros elevamos llorando nuestras manos a
Zeus, pues veíamos acciones malvadas, y la
desesperación se apoderó de nuestro ánimo.
«Cuando el Cíclope había llenado su enorme
vientre de carne humana y leche no mezclada,
se tumbó dentro de la cueva, tendiéndose entre
los rebaños. Entonces yo tomé la decisión en mi
magnánimo corazón de acercarme a éste, sacar
la aguda espada de junto a mi muslo y atravesarle
el pecho por donde el diafragma contiene
el hígado y la tenté con mi mano. Pero me contuvo
otra decisión, pues allí hubiéramos perecido
también nosotros con muerte cruel: no
habríamos sido capaces de retirar de la elevada
entrada la piedra que había colocado. Así que
llorando esperamos a Eos divina. Y cuando se
mostró Eos, la que nace de la mañana, la de
dedos de rosa, se puso a encender fuego y a
ordeñar a sus insignes rebaños, todo por orden,
y bajo cada una colocó un recental. Luego que
hubo realizado sus trabajos, agarró a dos compañeros
a la vez y se los preparó como desayuno.
Y cuando había desayunado, condujo fuera
de la cueva a sus gordos rebaños retirando con
facilidad la gran piedra de la entrada. Y la volvió
a poner como si colocara la tapa a una aljaba.
Y mientras el Cíclope encaminaba con gran
estrépito sus rebaños hacia el monte, yo me
quedé meditando males en lo profundo de mi
pecho: ¡si pudiera vengarme y Atenea me concediera
esto que la suplico...!

CONT.


_________________
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Tristes armas / si no son las palabras. / Tristes, tristes. //
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Mayo 11, 2021 6:27 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO IX

ODISEO CUENTA SUS AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS LOTÓFAGOS, LOS
CÍCLOPES.
CONT.

«Y ésta fue la decisión que me pareció mejor.
Junto al establo yacía la enorme clava del Ciclope,
verde, de olivo; la había cortado para
llevarla cuando estuviera seca. Al mirarla la
comparábamos con el mástil de una negra nave
de veinte bancos de remeros, de una nave de
transporte amplia, de las que recorren el negro
abismo: así era su longitud, así era su anchura
al mirarla. Me acerqué y corté de ella como una
braza, la coloqué junto a mis compañeros y les
ordené que la afilaran. Éstos la alisaron y luego
me acerqué yo, le agucé el extremo y después la
puse al fuego para endurecerla. La coloqué bien
cubriéndola bajo el estiércol que estaba extendido
en abundancia por la cueva. Después ordené
que sortearan quién se atrevería a levantar
la estaca conmigo y a retorcerla en su ojo cuando
le llegara el dulce sueño, y eligieron entre
ellos a cuatro, a los que yo mismo habría deseado
escoger. Y yo me conté entre ellos como
quinto.

Llegó el Cíclope por la tarde conduciendo sus
ganados de hermosos vellones e introdujo en la
amplia cueva a sus gordos rebaños, a todos, y
no dejó nada fuera del profundo establo, ya
porque sospechara algo o porque un dios así se
lo aconsejó. Después colocó la gran piedra que
hacía de puerta, levantándola muy alta, y se
sentó a ordeñar las ovejas y las baladoras cabras,
todas por orden, y bajo cada una colocó
un recental. Luego que hubo realizado sus trabajos
agarró a dos compañeros a La vez y se los
preparó como cena. Entonces me acerqué y le
dije al Cíclope sosteniendo entre mis manos
una copa de negro vino:

«"¡Aquí, Cíclope! Bebe vino después que has
comido carne humana, para que veas qué bebida
escondía nuestra nave. Te lo he traído como
libación, por si te compadezcas de mí y me enviabas
a casa, pues estás enfurecido de forma
ya intolerable. ¡Cruel¡, ¿cómo va a llegarse a ti
en adelante ninguno de los numerosos hombres?
Pues no has obrado como lo corresponde."


«Así hablé, y él la tomó, bebió y gozó terriblemente
bebiendo la dulce bebida. Y me pidió
por segunda vez:

«"Dame más de buen grado y dime ahora ya tu
nombre para que te ofrezca el don de hospitalidad
con el que te vas a alegrar. Pues también la
donadora de vida, la Tierra, produce para los
Cíclopes vino de grandes uvas y la lluvia de
Zeus se las hace crecer. Pero esto es una catarata
de ambrosia y néctar."


«Así habló, y yo le ofrecí de nuevo rojo vino.
Tres veces se lo llevé y tres veces bebió sin medida.
Después, cuando el rojo vino había invadido
la mente del Cíclope, me dirigí a él con
dulces palabras:

«"Cíclope, ¿me preguntas mi célebre nombre?
Te lo voy a decir, mas dame tú el don de hospitalidad
como me has prometido. Nadie es mi
nombre, y Nadie me llaman mi madre y mi
padre y todos mis compañeros."


«Así hablé, y él me contestó con corazón cruel:

«"A Nadie me lo comeré el último entre sus
compañeros, y a los otros antes. Este será tu
don de hospitalidad.


CONT.


_________________
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Mayo 11, 2021 6:36 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO IX

ODISEO CUENTA SUS AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS LOTÓFAGOS, LOS
CÍCLOPES. CONT.

«Dijo, y reclinándose cayó boca arriba. Estaba
tumbado con su robusto cuello inclinado a un
lado, y de su garganta saltaba vino y trozos de
carne humana; eructaba cargado de vino.

«Entonces arrimé la estaca bajo el abundante
rescoldo para que se calentara y comencé a
animar con mi palabra a todos los compañeros,
no fuera que alguien se me escapara por miedo.
Y cuando en breve la estaca estaba a punto de
arder en el fuego, verde como estaba, y
resplandecía terriblemente, me acerqué y la
saqué del fuego, y mis compañeros me rodearon,
pues sin duda un demón les infundiá gran
valor. Tomaron la aguda estaca de olivo y se la
clavaron arriba en el ojo, y yo hacía fuerza desde
arriba y le daba vueltas. Como cuando un
hombre taladra con un trépano la madera destinada
a un navío -otros abajo la atan a ambos
lados con una correa y la madera gira continua,
incesantemente-, así hacíamos dar vueltas, bien
asida, a la estaca de punta de fuego en el ojo del
Cíclope, y la sangre corría por la estaca caliente.
Al arder la pupila, el soplo del fuego le quemó
todos los párpados, y las cejas y las raíces crepitaban
por el fuego. Como cuando un herrero
sumerge una gran hacha o una garlopa en agua
fría para templarla y ésta estride grandemente
-pues éste es el poder del hierro-, así estridía su
ojo en torno a la estaca de olivo. Y lanzó un
gemido grande, horroroso, y la piedra retumbó
en torno, y nosotros nos echamos a huir aterrorizados.

«Entonces se extrajo del ojo la estaca empapada
en sangre y, enloquecido, la arrojó de sí con las
manos. Y al punto se puso a llamar a grandes
voces a los Cíclopes que habitaban en derredor
suyo, en cuevas por las ventiscosas cumbres. Al
oír éstos sus gritos, venían cada uno de un sitio
y se colocaron alrededor de su cueva y le preguntaron
qué le afligía:

«"¿Qué cosa tan grande sufres, Polifemo, para
gritar de esa manera en la noche inmortal y
hacernos abandonar el sueño? ¿Es que alguno
de los mortales se lleva tus rebaños contra tu
voluntad o te está matando alguien con engaño
o con sus fuerzas?"

«Y les contestó desde la cueva el poderoso Polifemo:

«"Amigos, Nadie me mata con engaño y no con
sus propias fuerzas."

«Y ellos le contestaron y le dijeron aladas palabras:

«"Pues si nadie te ataca y estás solo... es imposible
escapar de la enfermedad del gran Zeus,
pero al menos suplica a tu padre Poseidón, al
soberano."

«Así dijeron, y se marcharon. Y mi corazón
rompió a reír: ¡cómo los había engañado mi
nombre y mi inteligencia irreprochable!
«El Cíclope gemía y se retorcía de dolor, y palpando
con las manos retiró la piedra de la entrada.
Y se sentó a la puerta, las manos extendidas,
por si pillaba a alguien saliendo afuera
entre las ovejas. ¡Tan estúpido pensaba en su
mente que era yo! Entonces me puse a deliberar
cómo saldrían mejor las cosas -¡si encontrara el
medio de liberar a mis compañeros y a mí
mismo de la muerte..! Y me puse a entretejer
toda clase de engaños y planes, ya que se trataba
de mi propia vida . Pues un gran mal estaba
cercano. Y me pareció la mejor ésta decisión: los
carneros estaban bien alimentádos, con densos
vellones, hermosos y grandes, y tenían una lana
color violeta. Conque los até en silencio,
juntándolos de tres en tres, con mimbres bien
trenzadas sobre las que dormía el Cíclope, el
monstruo de pensamientos impíos; el carnero
del medio llevaba a un hombre, y los otros dos
marchaban a cada lado, salvando a mis compañeros.
Tres carneros llevaban a cada hombre.

»Entonces yo... había un carnero; el mejor con
mucho de todo su rebaño. Me apoderé de éste
por el lomo y me coloqué bajo su velludo vientre
hecho un ovillo, y me mantenía con ánimo
paciente agarrado con mis manos a su divino
vellón. Así aguardamos gimiendo a Eos divina,
y cuando se mostró la que nace de la mañana,
la de dedos de rosa, sacó a pastar a los machos
de su ganado. Y las hembras balaban por los
corrales sin ordeñar, pues sus ubres rebosaban.
Su dueño, abatido por funestos dolores, tentaba
el lomo de todos sus carneros, que se mantenían
rectos. El inocente no se daba cuenta de que
mis compañeros estaban sujetos bajo el pecho
de las lanudas ovejas. El último del rebaño en
salir fue el carnero cargado con su lana y conmigo,
que pensaba muchas cosas. El poderoso
Polifemo lo palpó y se dirigió a él:

CONT.


_________________
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Mayo 11, 2021 6:46 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO IX

ODISEO CUENTA SUS AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS LOTÓFAGOS, LOS
CÍCLOPES.
CONT.

«"Carnero amigo, ¿por qué me sales de la cueva
el último del rebaño? Antes jamás marchabas
detrás de las ovejas, sino que, a grandes pasos,
llegabas el primero a pastar las tiernas flores
del prado y llegabas el primero a las corrientes
de los ríos y el primero deseabas llegar al establo
por la tarde. Ahora en cambio, eres el último
de todos. Sin duda echas de menos el ojo de
tu soberano, el que me ha cegado un hombre
villano con la ayuda de sus miserables compañeros,
sujetando mi mente con vino, Nadie,
quien todavía no ha escapado -te lo aseguro - de
la muerte. ¡Ojalá tuvieras sentimientos iguales
a los míos y estuvieras dotado de voz para
decirme dónde se ha escondido aquél de mi
furia! Entonces sus sesos, cada uno por un lado,
reventarían contra el suelo por la cueva, herido
de muerte, y mi corazón se repondría de los
males que me ha causado el vil Nadie."


«Así diciendo alejó de sí al carnero. Y cuando
llegamos un poco lejos de la cueva y del corral,
yo me desaté el primero de debajo del carnero y
liberé a mis compañeros. Entonces hicimos volver
rápidamente al ganado de finas patas, gordo
por la grasa, abundante ganado, y lo condujimos
hasta llegar a la nave.

«Nuestros compañeros dieron la bienvenida a
los que habíamos escapado de la muerte, y a los
otros los lloraron entre gemidos. Pero yo no
permití que lloraran, haciéndoles señas negativas
con mis cejas, antes bien, les di órdenes
de embarcar al abundante ganado de hermosos
vellones y de navegar el salino mar.
«Embarcáronlo enseguida y se sentaron sobre
los bancos, y, sentados, batían el canoso mar
con los remos.

«Conque cuando estaba tan lejos como para
hacerme oír si gritaba, me dirigí al Cíclope con
mordaces palabras:

«"Cíclope, no estaba privado de fuerza el hombre
cuyos compañeros ibas a comerte en la
cóncava cueva con tu poderosa fuerza. Con
razón te tenían que salir al encuentro tus malvadas
acciones, cruel, pues no tuviste miedo de
comerte a tus huéspedes en tu propia casa. Por
ello te han castigado Zeus y los demás dioses."


«Así hablé, y él se irritó más en su corazón.
Arrancó la cresta de un gran monte, nos la
arrojó y dio detrás de la nave de azul oscura
proa, tan cerca que faltó poco para que alcanzara
lo alto del timón. El mar se levantó por la
caída de la piedra, y el oleaje arrastró en su
reflujo, la nave hacia el litoral y la impulsó
hacia tierra. Entonces tomé con mis manos un
largo botador y la empujé hacia fuera, y di
órdenes a mis compañeros de que se lanzaran
sobre los remos para escapar del peligro,
haciéndoles señas con mi cabeza. Así que se
inclinaron hacia adelante y remaban. Cuando
en nuestro recorrido estábamos alejados dos
veces la distancia de antes, me dirigí al Cíclope,
aunque mis compañeros intentaban impedírmelo
con dulces palabras a uno y otro lado:

«"Desdichado, ¿por qué quieres irritar a un
hombre salvaje?, un hombre que acaba de arrojar
un proyectil que ha hecho volver a tierra
nuestra nave y pensábamos que íbamos a morir
en el sitio. Si nos oyera gritar o hablar machacaría
nuestras cabezas y el madero del navío,
tirándonos una roca de aristas resplandecientes,
¡tal es la longitud de su tiro!"


«Así hablaron, pero no doblegaron mi gran
ánimo y me dirigí de nuevo a él airado:

«"Cíclope, si alguno de los mortales hombres te
pregunta por la vergonzosa ceguera de tu ojo,
dile que lo ha dejado ciego Odiseo, el destructor
de ciudades; el hijo de Laertes que tiene su
casa en Itaca."


«Así hablé, y él dio un alarido y me contestó
con su palabra:

«"¡Ay, ay, ya me ha alcanzado el antiguo oráculo!
Había aquí un adivino noble y grande, Telemo
Eurímida, que sobresalía por sus dotes de
adivino y envejeció entre los Cíclopes vaticinando.
Éste me dijo que todo esto se cumpliría
en el futuro, que me vería privado de la vista a
manos de Odiseo. Pero siempre esperé que llegara
aquí un hombre grande y bello, dotado de
un gran vigor; sin embargo, uno que es pequeño,
de poca valía y débil me ha cegado el ojo
después de sujetarme con vino. Pero ven acá,
Odiseo, para que te ofrezca los dones de hospitalidad
y exhorte al ínclito, al que conduce su
carro por la tierra, a que te dé escolta, pues soy
hijo suyo y él se gloría de ser mi padre. Sólo él,
si quiere, me sanará, y ningún otro de los dioses
felices ni de los mortales hombres."


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Mayo 11, 2021 6:57 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO IX

ODISEO CUENTA SUS AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS LOTÓFAGOS, LOS
CÍCLOPES.
CONT.

«Así habló, y yo le contesté diciendo:

«"¡Ojalá pudiera privarte también de la vida y
de la existencia y enviarte a la mansión de
Hades! Así no te curaría el ojo ni el que sacude
la tierra."


«Así dije, y luego hizo él una súplica a Poseidón
soberano, tendiendo su mano hacia el
cielo estrellado:

«"Escúchame tú, Poseidón, el que abrazas la
tierra, el de cabellera azuloscura. Si de verdad
soy hijo tuyo -y tú te precias de ser mi padre-,
concédeme que Odiseo, el destructor de ciudades,
no llegue a casa, el hijo de Laertes que tiene
su morada en Itaca. Pero si su destino es que
vea a los suyos y llegue a su bien edificada morada
y a su tierra patria, que regrese de mala
manera: sin sus compañeros, en nave ajena, y
que encuentre calamidades en casa."


«Así dijo suplicando, y le escuchó el de azuloscura
cabellera. A continuación levantó de nuevo
una piedra mucho mayor y la lanzó dando
vueltas. Hizo un esfuerzo inmenso y dio detrás
de la nave de azuloscura proa, tan cerca que
faltó poco para que alcanzara lo alto del timón.
Y el mar se levantó por la caída de la piedra, y
el oleaje arrastró en su reflujo la nave hacia el
litoral y la impulsó hacia tierra.

«Conque por fin llegamos a la isla donde las
demás naves de buenos bancos nos aguardaban
reunidas. Nuestros compañeros estaban sentados
llorando alrededor, anhelando continuamente
nuestro regreso. Al llegar allí, arrastramos
la nave sobre la arena y desembarcamos
sobre la ribera del mar. Sacamos de la cóncava
nave los ganados del Cíclope y los repartimos
de modo que nadie se fuera sin su parte correspondiente.
«Mis compañeros, de hermosas grebas, me dieron
a mí solo, al repartir el ganado, un carnero
de más, y lo sacrifiqué sobre la playa en honor
de Zeus, el que reúne las nubes, el hijo de Crono,
el que es soberano de todos, y quemé los
muslos. Pero no hizo caso de mi sacrificio, sino
que meditaba el modo de que se perdieran todas
mis naves de buenos bancos y mis fieles
compañeros.

«Estuvimos sentados todo el día comiendo carne
sin parar y bebiendo dulce vino, hasta el
sumergirse de Helios. Y cuando Helios se sumergió
y cayó la oscuridad, nos echamos a
dormir sobre la ribera del mar.

«Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana,
la de dedos de rosa, di orden a mis compañeros
de que embarcaran y soltaran amarras,
y ellos embarcaron, se sentaron sobre los bancos
y, sentados, batían el canoso mar con los
remos.

«Así que proseguimos navegando desde allí,
nuestro corazón acongojado, huyendo con gusto
de la muerte, aunque habíamos perdido a
nuestros compañeros.»

FIN DEL CANTO IX


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Mensaje por Lluvia Abril Vie Mayo 14, 2021 5:05 am

Dejo mi dosis de lectura en estos cantos. Mañana es mi día de "saborear" sin prisa, eso sí, agradezco siempre tu trabajo y tu generosidad.
Gracias, Pascual y besos.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie Mayo 14, 2021 11:43 am

Pues, ea, sigamos...


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie Mayo 14, 2021 12:01 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO X

LA ISLA DE EOLO.
EL PALACIO DE CIRCE LA HECHICERA


Arribamos a la isla Eolia, isla flotante donde
habita Eolo Hipótada, amado de los dioses inmortales.
Un muro indestructible de bronce la
rodea, y se yergue como roca pelada.

«Tiene Eolo doce hijos nacidos en su palacio,
seis hijas y seis hijos mozos, y ha entregado sus
hijas a sus hijos como esposas. Siempre están
ellos de banquete en casa de su padre y su venerable
madre, y tienen a su alcance alimentos
sin cuento. Durante el día resuena la casa, que
huele a carne asada, con el sonido de la flauta,
y por la noche duermen entre colchas y sobre
lechos taladrados junto a sus respetables esposas.

Conque llegamos a la ciudad y mansiones
de éstos. Durante un mes me agasajó y me preguntaba
detalladamente por Ilión, por las naves
de los argivos y por el regreso de los aqueos, y
yo le relaté todo como me correspondía. Y
cuando por fin le hablé de volver y le pedí que
me despidiera, no se negó y me proporcionó
escolta. Me entregó un pellejo de buey de nueve
años que él había desollado, y en él ató las
sendas de mugidores vientos, pues el Cronida
le había hecho despensero de vientos, para que
amainara o impulsara al que quisiera. Sujetó el
odre a la curvada nave con un brillante hilo de
plata para que no escaparan ni un poco siquiera,
y me envió a Céfiro para que soplara y condujera
a las naves y a nosotros con ellas. Pero
no iba a cumplirlo, pues nos vimos perdidos
por nuestra estupidez.

«Navegamos tanto de día como de noche durante
nueve días, y al décimo se nos mostró por
fin la tierra patria y pudimos ver muy cerca
gente calentándose al fuego. Pero en ese momento
me sobrevino un dulce sueño; cansado
como estaba, pues continuamente gobernaba
yo el timón de la nave que no se lo encomendé
nunca a ningún compañero, a fin de llegar más
rápidamente a la tierra patria.

«Mis compañeros conversaban entre sí y creían
que yo llevaba a casa oro y plata, regalo del
magnánimo Eolo Hipótada.

Y decía así uno al que tenía al lado:

«"¡Ay, ay, cómo quieren y honran a éste todos
los hombres a cuya ciudad y tierra llega! De
Troya se trae muchos y buenos tesoros como
botín; en cambio, nosotros, después de llevar a
cabo la misma expedición, volvemos a casa con
las manos vacías. También ahora Eolo le ha
entregado esto correspondiendo a su amistad.
Conque, vamos, examinemos qué es, veamos
cuánto oro y plata se encierra en este odre."


«Así hablaban, y prevaleció la decisión funesta
de mis compañeros: desataron el odre y todos
los vientos se precipitaron fuera, mientras que a
mis compañeros los arrebataba un huracán y
los llevó llorando de nuevo al ponto lejos de la
patria. Entonces desperté yo y me puse a cavilar
en mi irreprochable ánimo si me arrojaría de
la nave para perecer en el mar o soportaría en
silencio y permanecería todavía entre los vivientes.

Conque aguanté y quedéme y me eché
sobre la nave cubriendo mi cuerpo. Y las naves
eran arrastradas de nuevo hacia la isla Eofa por
una terrible tempestad de vientos, mientras mis
compañeros se lamentaban.

«Por fin pusimos pie en tierra, hicimos provisión
de agua y enseguida comenzaron mis
compañeros a comer junto a las rápidas naves.
Cuando nos habíamos hartado de comida y
bebida tomé como acompañantes al heraldo y a
un compañero y me encaminé a la ínclita morada
de Eolo, y lo encontré banqueteando en
compañía de su esposa a hijos. Cuando llegamos
a la casa nos sentamos sobre el umbral
junto a las puertas, y ellos se levantaron admirados
y me preguntaron:

«"¿Cómo es que has vuelto, Odiseo? ¿Qué
demón maligno ha caído sobre ti? Pues nosotros
te despedimos gentilmente para que llegaras
a tu patria y hogar a donde quiera que te
fuera grato."


«Así dijeron, y yo les contesté con el corazón
acongojado:

«"Me han perdido mis malvados compañeros y,
además, el maldito sueño. Así que remediadlo,
amigos, pues está en vuestras manos."


«Así dije, tratando de calmarlos con mis suaves
palabras, pero ellos quedaron en silencio, y por
fin su padre me contestó:

«"Márchate enseguida de esta isla, tú, el más
reprobable de los vivientes, que no me es lícito
acoger ni despedir a un hombre que resulta
odioso a los dioses felices. ¡Fuera!, ya que has
llegado aquí odiado por los inmortales."


«Así diciendo, me arrojó de su casa entre profundos
lamentos. Así que continuamos navegando
con el corazón acongojado, y el vigor de
mis hombres se gastaba con el doloroso remar,
pues debido a nuestra insensatez ya no se nos
presentaba medio de volver.

«Navegamos tanto de día como de noche durante
seis días, y al séptimo arribamos a la escarpada
ciudadela de Lamo, a Telépilo de Lestrigonia,
donde el pastor que entra llama a voces
al que sale y éste le contesta; donde un
hombre que no duerma puede cobrar dos jomales,
uno por apacentar vacas y otro por conducir
blancas ovejas, pues los caminos del día y de
la noche son cercanos.

«Cuando llegamos a su excelente Puerto -lo
rodea por todas partes roca escarpada, y en su
boca sobresalen dos acantilados, uno frente a
otro, por lo que la entrada es estrecha-, todos
mis compañeros amarraron dentro sus curvadas
naves, y éstas quedaron atadas, muy juntas,
dentro del Puerto, pues no se hinchaban allí las
olas ni mucho ni poco, antes bien había en torno
una blanca bonanza. Sólo yo detuve mi negra
nave fuera del Puerto, en el extremo mismo,
sujeté el cable a la roca y subiendo a un
elevado puesto de observación me quedé allí:
no se veía labor de bueyes ni de hombres, sólo
humo que se levantaba del suelo.

«Entonces envié a mis compañeros para que
indagaran qué hombres eran de los que comen
pan sobre la tierra, eligiendo a dos hombres y
dándoles como tercer compañero a un heraldo.
Partieron éstos y se encaminaron por una senda
llana por donde los carros llevaban leña a la
ciudad desde los altos montes. Y se toparon con
una moza que tomaba agua delante de la ciudad,
con la robusta hija de Antifates Lestrigón.
Había bajado hasta la fuente Artacia de bella
corriente, de donde solían llevar agua a la ciudad.
Acercándose mis compañeros se dirigieron
a ella y le preguntaron quién era el rey y
sobre quiénes reinaba, Y enseguida les mostró
el elevado palacio de su padre. Apenas habían
entrado, encontraron a la mujer del rey, grande
como la cima de un monte, y se atemorizaron
ante ella. Hizo ésta venir enseguida del ágora al
ínclito Antifates, su esposo, quien tramó la triste
muerte para aquéllos. Así que agarró a uno
de mis compañeros y se lo preparó como almuerzo,
pero los otros dos se dieron a la fuga y
llegaron a las naves. Entonces el rey comenzó a
dar grandes voces por la ciudad, y los gigantescos
Lestrígones que lo oyeron empezaron
a venir cada uno de un sitio, a miles, y se
parecían no a hombres, sino a gigantes. Y desde
las rocas comenzaron a arrojarnos peñascos
grandes como hombres, así que junto a las naves
se elevó un estruendo de hombres que morían
y de navíos que se quebraban. Además,
ensartábanlos como si fueran peces y se los llevaban
como nauseabundo festín.

CONT.


_________________
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Tristes armas / si no son las palabras. / Tristes, tristes. //
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie Mayo 14, 2021 12:08 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO X

LA ISLA DE EOLO.
EL PALACIO DE CIRCE LA HECHICERA.
CONT.

«Conque mientras mataban a éstos dentro del
profundo Puerto, saqué mi aguda espada de
junto al muslo y corté las amarras de mi nave
de azuloscura proa. Y, apremiando a mis compañeros,
les ordené que se inclinaran sobre los
remos para poder escapar de la desgracia. Y
todos a un tiempo saltaron sobre ellos, pues
temían morir.

«Así que mi nave evitó de buena gana las elevadas
rocas en dirección al ponto, mientras que
las demás se perdían allí todas juntas. Continuamos
navegando con el corazón acongojado,
huyendo de la muerte gozosos, aunque habíamos
perdido a los compañeros.

«Y llegamos a la isla de Eea, donde habita Circe,
la de lindas trenzas, la terrible diosa dotada
de voz, hermana carnal del sagaz Eetes: ambos
habían nacido de Helios, el que lleva la luz a los
mortales, y de Perses, la hija de Océano.
«Allí nos dejamos llevar silenciosamente por la
nave a lo largo de la ribera hasta un puerto
acogedor de naves y es que nos conducía un
dios. Desembarcamos y nos echamos a dormir
durante dos días y dos noches, consumiendo
nuestro ánimo por motivo del cansancio y el
dolor. Pero cuando Eos, de lindas trenzas,
completó el tercer día, tomé ya mi lanza y aguda
espada y, levantándome de junto a la nave,
subí a un puesto de observación por si conseguía
divisar labor de hombres y oír voces. Cuando
hube subido a un puesto de observación, me
detuve y ante mis ojos ascendía humo de la
tierra de anchos caminos a través de unos encinares
y espeso bosque, en el palacio de Circe.
Asi que me puse a cavilar en mi interior si bajaría
a indagar, pues había vistó humo enrojecido.

«Mientras así cavilaba me pareció lo mejor dirigirme
primero a la rápida nave y a la ribera del
mar para distribuir alimentos a mis compañeros,
y enviarlos a que indagaran ellos. Y cuando
ya estaba cerca de la curvada nave, algún dios
se compadeció de mí -solo como estaba-, pues
puso en mi camino un enorme ciervo de elevada
cornamenta. Bajaba éste desde el pasto del
bosque a beber al río, pues ya lo tenía agobiado
la fuerza del sol. Así que en el momento en que
salía lo alcancé en medio de la espalda, junto al
espinazo. Atravesólo mi lanza de bronce de
lado a lado y se desplomó sobre el polvo chillando
-y su vida se le escapó volando. Me puse
sobre él, saqué de la herida la lanza de bronce y
lo dejé tirado en el suelo. Entre tanto, corté
mimbres y varillas y, trenzando una soga como
de una braza, bien torneada por todas partes,
até los pies del terrible monstruo. Me dirigí a la
negra nave con el animal colgando de mi cuello
y apoyado en mi lanza, pues no era posible
llevarlo sobre el hombro con una sola mano -y
es que la bestia era descomunal. Arrojéla por
fin junto a la nave y desperté a mis compañeros,
dirigiéndome a cada uno en particular con
dulces palabras:

«"Amigos, no descenderemos a la morada de
Hades -por muy afligidos que estemos-, hasta
que nos llegue el día señalado. Conque, vamos,
mientras tenemos en la rápida nave comida y
bebida, pensemos en comer y no nos dejemos
consumir por el hambre."


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie Mayo 14, 2021 12:21 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO X

LA ISLA DE EOLO.
EL PALACIO DE CIRCE LA HECHICERA.
CONT.

«Así dije, y pronto se dejaron persuadir por mis
palabras. Se quitaron de encima las ropas, junto
a la ribera del estéril mar, y contemplaron con
admiración al ciervo -y es que la bestia era descomunal.

Así que cuando se hartaron de verlo
con sus ojos, lavaron sus manos y se prepararon
espléndido festín.

«Así pasamos todo el día, hasta que se puso el
sol, dándonos a comer abundante carne y delicioso
vino. Y cuando se puso el sol y cayó la
oscuridad nos echamos a dormir junto a la ribera
del mar.

«Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana,
la de dedos de rosa los reuní en asamblea
y les comuniqué mi palabra:

«"Escuchad mis palabras, compañeros, por muchas
calamidades que hayáis soportado. Amigos,
no sabemos dónde cae el Poniente ni
dónde el Saliente, dónde se oculta bajo la tierra
Helios, que alumbra a los mortales, ni dónde se
levanta. Conque tomemos pronto una resolución,
si es que todavía es posible, que yo no lo
creo. Al subir a un elevado puesto de observación
he visto una isla a la que rodea, como
corona, el ilimitado mar. Es isla de poca altura,
y he podido ver con mis ojos, en su mismo centro,
humo a través de unos encinares y espeso
bosque."


«Así dije, y a mis compañeros se les quebró el
corazón cuando recordaron las acciones de Antifates
Lestrigón y la violencia del magnánimo
Cíclope, el comedor de hombres. Lloraban a
gritos y derramaban abundante llanto; pero
nada conseguían con lamentarse. Entonces dividí
en dos grupos a todos mis compañeros de
buenas grebas y di un jefe a cada grupo. A unos
los mandaba yo y a los otros el divino Euríloco.
Enseguida agitamos unos guijarros en un casco
de bronce y saltó el guijarro del magnánimo
Euríloco. Conque se puso en camino y con él
veintidós compañeros que lloraban, y nos dejaron
atrás a nosotros gimiendo también.

«Encontraron en un valle la morada de Circe,
edificada con piedras talladas, en lugar abierto.
La rodeaban lobos montaraces y leones, a los
que había hechizado dándoles brebajes maléficos,
pero no atacaron a mis hombres, sino que
se levantaron y jugueteaban alrededor moviendo
sus largas colas. Como cuando un rey sale
del banquete y le rodean sus perros moviendo
la cola -pues siempre lleva algo que calme sus
impulsos-, así los lobos de poderosas uñas y los
leones rodearon a mis compañeros, moviendo
la cola. Pero éstos se echaron a temblar cuando
vieron las terribles bestias. Detuviéronse en el
pórtico de la diosa de lindas trenzas y oyeron a
Circe que cantaba dentro con hermosa voz,
mientras se aplicaba a su enorme e inmortal
telar -¡y qué suaves, agradables y brillantes son
las labores de las diosas! Entonces comenzó a
hablar Polites, caudillo de hombres, mi más
preciado y valioso compañero:

«"Amigos, alguien -no sé si diosa o mujer- está
dentro cantando algo hermoso mientras se
aplica a su gran telar -que todo el piso se estremece
con el sonido-. Conque hablémosle
enseguida."


«Así dijo, y ellos comenzaron a llamar a voces.
Salió la diosa enseguida, abrió las brillantes
puertas y los invitó a entrar. Y todos la siguieron
en su ignorancia, pero Euríloco se quedó
allí barruntando que se trataba de una trampa.
Los introdujo, los hizo sentar en sillas y sillones,
y en su presencia mezcló queso, harina y
rubia miel con vino de Pramnio. Y echó en esta
pócima brebajes maléficos para que se olvidaran
por completo de su tierra patria.

«Después que se lo hubo ofrecido y lo bebieron,
golpeólos con su varita y los encerró en las pocilgas.
Quedaron éstos con cabeza, voz, pelambre
y figura de cerdos, pero su mente permaneció
invariable, la misma de antes. Así
quedaron encerrados mientras lloraban; y Circe
les echó de comer bellotas, fabucos y el fruto
del cornejo, todo lo que comen los cerdos que
se acuestan en el suelo.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie Mayo 14, 2021 12:33 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO X

LA ISLA DE EOLO.
EL PALACIO DE CIRCE LA HECHICERA.
CONT.

«Conque Euríloco volvió a la rápida, negra nave
para informarme sobre los compañeros y su
amarga suerte, pero no podía decir palabra
-con desearlo mucho-, porque tenía átravesado
el corazón por un gran dolor: sus ojos se llenaron
de lágrimas y su ánimo barruntaba el llanto.
Cuando por fin le interrogamos todos llenos
de admiración, comenzó a contarnos la pérdida
de los demás compañeros:

«"Atravesamos los encinares como ordenaste,
ilustre Odiseo, y encontramos en un valle una
hermosa mansión edificada con piedras talladas,
en lugar abierto. Allí cantaba una diosa o
mujer mientras se aplicaba a su enorme telar;
los compañeros comenzaron a llamar a voces;
salió ella, abrió las brillantes puertas y nos invitó
a entrar. Y todos la siguieron en su ignorancia,
pero yo no me quedé por barruntar
que se trataba de una trampa. Así que desaparecieron
todos juntos y no volvió a aparecer
ninguno de ellos, y eso que los esperé largo
tiempo sentado."


«Así habló; entonces me eché al hombro la espada
de clavos de plata, grande, de bronce, y el
arco en bandolera, y le ordené que me condujera
por el mismo camino, pero él se abrazó a mis
rodillas y me suplicaba, y, lamentándose, me
dirigía aladas palabras:

« “No me lleves allí a la fuerza, Odiseo de linaje
divino; déjame aquí, pues sé que ni volverás tú
ni traerás a ninguno de tus compañeros.
Huyamos rápidamente con éstos, pues quizá
podamos todavía evitar el día funesto".


«Así habló, pero yo le contesté diciendo:

«"Euríloco, quédate tú aquí comiendo y bebiendo
junto a la negra nave, que yo me voy.
Me ha venido una necesidad imperiosa."

«Así diciendo, me alejé de la nave y del mar. Y
cuando en mi marcha por el valle iba ya a llegar
a la mansión de Circe, la de muchos brebajes,
me salió al encuentro Hermes, el de la varita de
oro, semejante a un adolescente, con el bozo
apuntándole ya y radiante de juventud. Me
tomó de la mano y, llamándome por mi nombre,
dijo:

«"Desdichado, ¿cómo es que marchas solo por
estas lomas, desconocedor como eres del terreno?
Tus compañeros están encerrados en casa
de Circe, como cerdos, ocupando bien construidas
pocilgas. ¿Es que vienes a rescatarlos?
No creo que regreses ni siquiera tú mismo, sino
que te quedarás donde los demás. Así que, vamos,
te voy a librar del mal y a salvarte. Mira,
toma este brebaje benéfico, cuyo poder te protegerá
del día funesto, y marcha a casa de Circe.
Te voy a manifestar todos los malvados
propósitos de Circe: te preparará una poción y
echará en la comida brebajes, pero no podrá
hechizarte, ya que no lo permitirá este brebaje
benéfico que te voy a dar. Te aconsejaré con
detalle: cuando Circe trate de conducirte con su
larga varita, saca de junto a tu muslo la aguda
espada y lánzate contra ella como queriendo
matarla. Entonces te invitará, por miedo, a
acostarte con ella. No réchaces por un momento
el lecho de la diosa, a fin de que suelte a tus
compañeros y te acoja bien a ti. Pero debes ordenarla
que jure con el gran juramento de los
dioses felices que no va a meditar contra ti
maldad alguna ni te va a hacer cobarde y poco
hombre cuando te hayas desnudado”.

«Así diciendo, me entregó el Argifonte una
planta que había arrancado de la tierra y me
mostró su propiedades: de raíz era negra, pero
su flor se asemejaba a la leche. Los dioses la llaman
moly, y es difícil a los hombres mortales
extraerla del suelo, pero los dioses lo pueden
todo.

CONT.


_________________
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie Mayo 14, 2021 12:45 pm

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LA ODISEA

CANTO X

LA ISLA DE EOLO.
EL PALACIO DE CIRCE LA HECHICERA.
CONT.

«Luego marchó Hermes al lejano Olimpo a
través de la isla boscosa y yo me dirigí a la
mansión de Circe. Y mientras marchaba, mi
corazón revolvía muchos pensamientos. Me
detuve ante las puertas de la diosa de lindas
trenzas, me puse a gritar y la diosa oyó mi voz.
Salió ésta, abrió las brillantes puertas y me invitó
a entrar. Entonces yo la seguí con el corazón
acongojado. Me introdujo e hizo sentar
en un sillón de clavos de plata, hermoso, bien
trabajado, y bajo mis pies había un escabel. Preparóme
una pócima en copa de oro, para que la
bebiera, y echó en ella un brebaje, planeando
maldades en su corazón.

«Conque cuando me lo hubo ofrecido y lo bebí
-aunque no me había hechizado-, tocóme con
su varita y, llamándome por mi nombre, dijo:

«"Marcha ahora a la pocilga, a tumbarte en
compañía de tus amigos."


«Así dijo, pero yo, sacando mi aguda espada de
junto al muslo, me lancé sobre Circe, como deseando
matarla. Ella dió un fuerte grito y corriendo
se abrazó a mis rodillas y, lamentándose,
me dirigió aladas palabras:

«"¿Quién y de dónde eres? ¿Dónde tienes tu
ciudad y tus padres? Estoy sobrecogida de admiración,
porque no has quedado hechizado a
pesar de haber bebido estos brebajes. Nadie,
ningún otro hombre ha podido soportarlos una
vez que los ha bebido y han pasado el cerco de
sus dientes. Pero tú tienes en el pecho un corazón
imposible de hechizar. Así que seguro
que eres el asendereado Odiseo, de quien me
dijo el de la varita de oro, el Argifonte que
vendría al volver de Troya en su rápida, negra
nave. Conque, vamos, vuelve tu espada a la
vaina y subamos los dos a mi cama, para que
nos entreguemos mutuamente unidos en amor
y lecho."


«Así dijo, pero yo me dirigí a ella y le contesté:

«"Circe, ¿cómo quieres que sea amoroso contigo?
A mis compañeros los has convertido en
cerdos en tu palacio, y a mí me retienes aquí y,
con intenciones perversas, me invitas a subir a
tu aposento y a tu cama para hacerme cobarde
y poco hombre cuando esté desnudo. No desearía
ascender a tu cama si no aceptaras al menos,
diosa, jurarme con gran juramento que no
vas a meditar contra mí maldad alguna."

«Así dije, y ella al punto juró como yo le había
dicho. Conque, una vez que había jurado y
terminado su promesa, subí a la hermosa cama
de Circe.

«Entre tanto, cuatro siervas faenaban en el palacio,
las que tiene como asistentas en su morada.
Son de las que han nacido de fuentes, de
bosques y de los sagrados ríos que fluyen al
mar. Una colocaba sobre los sillones cobertores
hermosos y alfombras debajo; otra extendía
mesas de plata ante los sillones, y sobre ellas
colocaba canastillas de oro; la tercera mezclaba
delicioso vino en una crátera de plata y distribuía
copas de oro, y la cuarta traía agua y encendía
abundante fuego bajo un gran trípode y
así se calentaba el agua. Cuando el agua comenzó
a hervir en el brillante bronce, me sentó
en la bañera y me lavaba con el agua del gran
trípode, vertiendola agradable sobre mi cabeza
y hombros, a fin de quitar de mis miembros el
cansancio que come el vigor. Cuando me hubo
lavado, ungido con aceite y vestido hermosa
túnica y manto, me condujo e hizo sentar sobre
un sillón de clavos de plata, hermoso, bien trabajado
y bajo mis pies había un escabel. Una
sierva derramó sobre fuente de plata el aguamanos
que llevaba en hermosa jarra de oro,
para que me lavara, y al lado extendió una mesa
pulimentada. La venerable ama de llaves
puso comida sobre ella y añadió abundantes
piezas escogidas, favoreciéndome entre los presentes.
Y me invitaba a que comiera, pero esto
no placía a mi ánimo y estaba sentado con el
pensamiento en otra parte, pues mi ánimo presentía
la desgracia. Cuando Circe me vio sentado
sin echar mano a la comida y con fuerte pesar,
colocóse a mi lado y me dirigió aladas palabras:

«"¿Por qué, Odiseo, permaneces sentado como
un mudo consumiendo tu ánimo y no tocas
siquiera la comida y la bebida? Seguro que andas
barruntando alguna otra desgracia, pero no
tienes nada que temer, pues ya te he jurado un
poderoso juramento."


CONT.


_________________
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie Mayo 14, 2021 12:53 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO X

LA ISLA DE EOLO.
EL PALACIO DE CIRCE LA HECHICERA.
CONT.

«Así habló, y entonces le contesté diciendo:

«"Circe, ¿qué hombre como es debido probaría
comida o bebida antes de que sus compañeros
quedaran libres y él los viera con sus ojos?
Conque, si me invitas con buena voluntad a beber
y comer, suelta a mis fieles compañeros
para que pueda verlos con mis ojos."


«Así dije; Circe atravesó el mégaron con su varita
en las manos, abrió las puertas de las pocilgas
y sacó de allí a los que parecían cerdos de
nueve años. Después se colocaron enfrente, y
Circe, pasando entre ellos, untaba a cada uno
con otro brebaje. Se les cayó la pelambre que
había producido el maléfico brebaje que les
diera la soberana Circe y se convirtieron de
nuevo en hombres aún más jóvenes que antes y
más bellos y robustos de aspecto. Y me reconocieron
y cada uno me tomaba de la mano. A
todos les entró un llanto conmovedor -toda la
casa resonaba que daba pena-, y hasta la misma
diosa se compadeció de ellos. Así que se vino a
mi lado y me dijo la divina entre las diosas:

«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico
en ardides, marcha ya a tu rápida nave junto a
la ribera del mar. Antes que nada, arrastrad la
nave hacia tierra, llevad vuestras posesiones y
armas todas a una gruta y vuelve aquí después
con tus fieles compañeros."


«Así dijo, mi valeroso ánimo se dejó persuadir
y me puse en camino hacia la rápida nave junto
a la ribera del mar. Conque encontré junto a la
rápida nave a mis fieles compañeros que lloraban
lamentablemente derramando abundante
llanto. Como las terneras que viven en el campo
salen todas al encuentro y retozan en torno a
las vacas del rebaño que vuelven al establo
después de hartarse de pastar (pues ni los cercados
pueden ya retenerlas y, mugiendo sin
cesar corretean en torno a sus madres), así me
rodearon aquéllos, llorando cuando me vieron
con sus ojos. Su ánimo se imaginaba que era
como si hubieran vuelto a su patria y a la misma
ciudad de Itaca, donde se habían criado y
nacido. Y, lamentándose, me decían aladas palabras:

«"Con tu vuelta, hijo de los dioses, nos hemos
alegrado lo mismo que si hubiéramos llegado a
nuestra patria Itaca. Vamos, cuéntanos la
pérdida de los demás compañeros."


«Así dijeron, y yo les hablé con suaves palabras:

«"Antes que nada, empujaremos la rápida nave
a tierra y llevaremos hasta una gruta nuestras
posesiones y armas todas. Luego, apresuraos a
seguirme todos, para que veáis a vuestros
compañeros comer y beber en casa de Circe,
pues tienen comida sin cuento."


«Así dije, y enseguida obedecieron mis ordenes.
Sólo Euríloco trataba de retenerme a todos
los compañeros y, hablándoles, decía aladas
palabras:

«"Desgraciados, ¿a dónde vamos a ir? ¿Por qué
deseáis vuestro daño bajando a casa de Circe,
que os convertirá a todos en cerdos, lobos o
leones para que custodiéis por la fuerza su gran
morada, como ya hizo el Cíclope cuando nuestros
compañeros llegaron a su establo y con
ellos el audaz Odiseo? También aquéllos perecieron
por la insensatez de éste."


«Así habló; entonces dudé si sacar la larga espada
de junto a mi robusto muslo y, cortándole
la cabeza, arrojarla contra el suelo, aunque era
pariente mío cercano. Pero mis compañeros me
lo impidieron, cada uno de un lado, con suaves
palabras:

«"Hijo de los dioses, dejaremos aquí a éste, si tú
así lo ordenas, para que se quede junto a la nave
y la custodie. Y a nosotros llévanos a la sagrada
mansión de Circe."


CONT.


_________________
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Tristes armas / si no son las palabras. / Tristes, tristes. //
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie Mayo 14, 2021 1:02 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO X

LA ISLA DE EOLO.
EL PALACIO DE CIRCE LA HECHICERA.
CONT.

«Así diciendo, se alejaron de la nave y del mar.
Pero Euríloco no se quedó atrás, junto a la
cóncava nave, sino que nos siguió, pues temía
mis terribles amenazas.

«Entre tanto, Circe lavó gentilmente a mis otros
compañeros que estaban en su morada, los ungió
con brillante aceite y los vistió con túnicas y
mantos. Y los encontramos cuando se estaban
banqueteando en el palacio. Cuando se vieron
unos a otros y se contaron todo, rompieron a
llorar entre lamentos, y la casa toda resonaba.
Así que la divina entre las diosas se vino a mi
lado y dijo:

«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico
en ardides, no excitéis más el abundante llanto,
pues también yo conozco los trabajos que habéis
sufrido en el ponto lleno de peces y los daños
que os han causado en tierra firme hombres
enemigos. Conque, vamos, comed vuestra comida
y bebed vuestro vino hasta que recobréis
las fuerzas que teníais el día que abandonasteis
la tierra patria de la escarpada Itaca; que ahora
estáis agotados y sin fuerzas; con el duro vagar
siempre en vuestras mientes. Y vuestro ánimo
no se llena de pensamientos alegres, pues ya
habéis sufrido mucho."


«Así dijo, y nuestro valeroso ánimo se dejó persuadir.

Allí nos quedamos un año entero -día
tras dia-, dándonos a comer carne en abundancia
y delicioso vino. Pero cuando se cumplió el
año y volvieron las estaciones con el transcurrir
de los meses -ya habían pasado largos días-, me
llamaron mis fieles compañeros y me dijeron:

«"Amigo, piensa ya en la tierra patria, si es que
tu destino es que te salves y llegues a tu bien
edificada morada y a tu tierra patria."


«Así dijeron, y mi valeroso ánimo se dejó persuadir.
Estuvimos todo un día, hasta la puesta
del sol, comiendo carne en abundancia y delicioso
vino. Y cuando se puso el sol y cayó la
oscuridad, mis compañeros se acostaron en el
sombrío palacio. Pero yo subí a la hermosa cama
de Circe y, abrazándome a sus rodillas, la
supliqué, y la diosa escuchó mi voz. Y hablándole,
decía aladas palabras:

«"Circe, cúmpleme la promesa que me hiciste
de enviarme a casa, que mi ánimo ya está impaciente
y el de mis compañeros, quienes,
cuando tú estás lejos, me consumen el corazón
llorando a mi alrededor."


«Así dije, y al punto contestó la divina entre las
diosas:

«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico
en ardides, no permanezcáis más tiempo en mi
palacio contra vuestra voluntad. Pero antes
tienes que llevar a cabo otro viaje; tienes que
llegarte a la mansión de Hades y la terrible
Perséfone para pedir oráculo al alma del tebano
Tiresias, el adivino ciego, cuya mente todavía
está inalterada. Pues sólo a éste, incluso muerto,
ha concedido Perséfone tener conciencia;
que los demás revolotean como sombras."

«Así dijo, y a mí se me quebró el corazón.
Rompí a llorar sobre el lecho, y mi corazón ya
no quería vivir ni volver a contemplar la luz del
sol.

CONT.


_________________
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie Mayo 14, 2021 1:11 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO X

LA ISLA DE EOLO.
EL PALACIO DE CIRCE LA HECHICERA.
CONT.

«Cuando me había hartado de llorar y de agitarme,
le dije, contestándole:

«"Circe, ¿y quién iba a conducirme en este viaje?
Porque a la mansión de Hades nunca ha
llegado nadie en negra nave."


«Así dije, y al punto me contestó la divina entre
las diosas:

«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico
en ardides, no sientas necesidad de guía en tu
nave. Coloca el mástil, extiende las blancas velas
y siéntate. El soplo de Bóreas la llevará, y
cuando hayas atravesado el Océano y llegues a
las planas riberas y al bosque de Perséfone
-esbeltos álamos negros y estériles cañaverales-,
amarra la nave allí mismo, sobre el Océano de
profundas corrientes, y dirígete a la espaciosa
morada de Hades. Hay un lugar donde desembocan
en el Aqueronte el Piriflegetón y el Kotyto,
difluente de la laguna Estigia, y una roca en
la confluencia de los dos sonoros ríos. Acércate
allí, héroe -así te lo aconsejo-, y, cavando un
hoyo como de un codo por cada lado, haz una
libación en honor de todos los muertos, primero
con leche y miel, luego con delicioso vino y
en tercer lugar, con agua. Y esparce por encima
blanca harina. Suplica insistentemente a las
inertes cabezas de los muertos y promete que,
cuando vuelvas a Itaca, sacrificarás una vaca
que no haya parido, la mejor, y llenarás una
pira de obsequios y que, aparte de esto, sólo a
Tiresias le sacrificarás una oveja negra por
completo, la que sobresalga entre vuestro rebaño.
Cuando hayas suplicado a la famosa rata de
los difuntos, sacrifica allí mismo un carnero y
una borrega negra, de cara hacia el Erebo; y
vuélvete para dirigirte a las corrientes del río,
donde se acercarán muchas almas de difuntos.
Entonces ordena a tus compañeros que desuellen
las víctimas que yacen en tierra atravesadas
por el agudo bronce, que las quemen después
de desollarlas y que supliquen a los dioses,
al tremendo Hades y a la terrible Perséfone.
Y tú saca de junto al muslo la aguda espada y
siéntate sin permitir que las inertes cabezas de
los muertos se acerquen a la sangre antes de
que hayas preguntado a Tiresias. Entonces llegará
el adivino, caudillo de hombres, que te
señalará el viaje, la longitud del camino y el
regreso, para que marches sobre el ponto lleno
de peces."


«Así dijo, y enseguida apareció Eos, la del trono
de oro. Me vistió de túnica y manto, y ella; la
ninfa, se puso una túnica grande, sutil y agradable,
echó un hermoso ceñidor de oro a su
cintura y sobre su cabeza puso un velo. Entonces
recorrí el palacio apremiando a mis compañeros
con suaves palabras, poniéndome al lado
de cada hombre:

«"Ya no durmáis más tiempo con dulce sueño;
marchémonos, que la soberana Circe me ha
revelado todo."


«Así dije, y su valeroso ánimo se dejó persuadir.
Pero ni siquiera de allí pude llevarme sanos
y salvos a mis compañeros. Había un tal Elpenor,
el más joven de todos, no muy brillante en
la guerra ni muy dotado de mientes, que, por
buscar la fresca, borracho como estaba, se había
echado a dormir en el sagrado palacio de Circe,
lejos de los compañeros. Cuando oyó el ruido y
el tumulto, levantóse de repente y no reparó en
volver para bajar la larga escalera, sino que
cayó justo desde el techo. Y se le quebraron las
vértebras del cuello y su alma bajó al Hades.

«Cuando se acercaron los demás les dije mi
palabra:

«"Seguro que pensáis que ya marchamos a casa,
a la querida patria, pero Circe me ha indicado
otro viaje a las mansiones de Hades y la terrible
Perséfone para pedir oráculo al tebano Tiresias."


«A sí dije, y el corazón se les quebró; sentáronse
de nuevo a llorar y se mesaban los cabellos.
Pero nada consiguieron con lamentarse.
«Y cuándo ya partíamos acongojados hacia la
nave y la ribera del mar derramando abundante
llanto, acercóse Circe a la negra nave y ató un
carnero y una borrega negra, marchando inadvertida.
¡Con facilidad!, pues ¿quién podría ver
con sus ojos a un dios comiendo aquí o allá si
éste no quíere?»


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom Mayo 16, 2021 5:37 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XI

DESCENSUS AD INFEROS


«Y cuando habíamos llegado a la nave y al mar,
antes que nada empujamos la nave hacia el mar
divino y colocamos el mástil y las velas a la
negra nave. Embarcamos también ganados que
habíamos tomado, y luego ascendimos nosotros
llenos de dolor, derramando gruesas lágrimas.

Y Circe, la de lindas trenzas, la terrible
diosa dotada de voz, nos envió un viento que
llenaba las velas, buen compañero detrás de
nuestra nave de azuloscura proa. Colocamos
luego el aparejo, nos sentamos a lo largo de la
nave y a ésta la dirigían el viento y el piloto.
Durante todo el día estuvieron extendidas las
velas en su viaje a través del ponto.

«Y Helios se sumergió, y todos los caminos se
llenaron de sombras. Entonces llegó nuestra
nave a los confines de Océano de profundas
corrientes, donde está el pueblo y la ciudad de
los hombres Cimerios cubiertos por la oscuridad
y la niebla. Nunca Helios, el brillante, los
mira desde arriba con sus rayos, ni cuando va
al cielo estrellado ni cuando de nuevo se vuelve
a la tierra desde el cielo, sino que la noche se
extiende sombría sobre estos desgraciados mortales.
Llegados allí, arrastramos nuestra nave,
sacamos los ganados y nos pusimos en camino
cerca de la corriente de Océano, hasta que llegamos
al lugar que nos había indicado Circe.

Allí Perimedes y Euríloco sostuvieron las
víctimas y yo saqué la aguda espada de junto a
mi muslo e hice una fosa como de un codo por
uno y otro lado. Y alrededor de ella derramaba
las libaciones para todos los difuntos, primero
con leche y miel, después con delicioso vino y,
en tercer lugar, con agua. Y esparcí por encima
blanca harina.

«Y hacía abundantes súplicas a las inertes cabezas
de los muertos, jurando que, al volver a
Itaca, sacrificaría en mi palacio una vaca que no
hubiera parido, la que fuera la mejor, y que
llenaría una pira de obsequios y que, aparte de
esto, sacrificaría a sólo Tiresias una oveja negra
por completo, la que sobresaliera entre nuestros
rebaños.

«Luego que hube suplicado al linaje de los difuntos
con promesas y súplicas, yugulé los ganados
que había llevado junto a la fosa y fluía
su negra sangre. Entonces se empezaron a congregar
desde el Erebo las almas de los difuntos,
esposas y solteras; y los ancianos que tienen
mucho que soportar; y tiernas doncellas con el
ánimo afectado por un dolor reciente; y muchos
alcanzados por lanzas de bronce, hombres
muertos en la guerra con las armas ensangrentadas.
Andaban en grupos aquí y allá, a uno y
otro lado de la fosa, con un clamor sobrenatural,
y a mí me atenazó el pálido terror.

«A continuación di órdenes a mis compañeros,
apremiándolos a que desollaran y asaran las
víctimas que yacían en el suelo atravesadas por
el cruel bronce, y que hicieran súplicas a los
dioses, al tremendo Hades y a la terrible Perséfone.
Entonces saqué la aguda espada de junto
a mi muslo, me senté y no dejaba que las inertes
cabezas de los muertos se acercaran a la sangre
antes de que hubiera preguntado a Tiresias.

«La primera en llegar fue el alma de mi compañero
Elpenor. Todavía no estaba sepultado bajo
la tierra, la de anchos caminos, pues habíamos
abandonado su cadáver, no llorado y no sepulto,
en casa de Circe, que nos urgía otro trabajo.
Contemplándolo entonces, lo lloré y compadecí
en mi ánimo, y, hablándole, decía aladas palabras:

« “Elpenor, ¿cómo has bajado a la nebulosa
oscuridad? ¿Has llegado antes a pie que yo en
mi negra nave?"


«Así le dije, y él, gimiendo, me respondió con
su palabra:





CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom Mayo 16, 2021 5:48 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XI

DESCENSUS AD INFEROS. CONT.

«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico
en ardides, me enloqueció el Destino funesto de
la divinidad y el vino abundante. Acostado en
el palacio de Circe, no pensé en descender por
la larga escalera, sino que caí justo desde el
techo y mi cuello se quebró por la nuca. Y mi
alma descendió a Hades.
«Ahora te suplico por aquellos a quienes dejaste
detrás de ti, por quienes no están presentes;
te suplico por tu esposa y por tu padre, el que
te nutrió de pequeño, y por Telémaco, el hijo
único a quien dejaste en tu palacio: sé que
cuando marches de aquí, del palacio de Hades,
fondearás tu bien fabricada nave en la isla de
Eea. Te pido, soberano, que te acuerdes de mí
allí, que no te alejes dejándome sin llorar ni
sepultar, no sea que me convierta para ti en una
maldición de los dioses. Antes bien, entiérrame
con mis armas, todas cuantas tenga, y acumula
para mí un túmulo sobre la ribera del canoso
mar -¡desgraciado de mí!- para que te sepan
también los venideros. Cúmpleme esto y clava
en mi tumba el remo con el que yo remaba
cuando estaba vivo, cuando estaba entre mis
compañeros."


«Así habló, y yo, respondiéndole, dije:

«“ Esto lo cumpliré, desdichado, y realizaré."

«Así permanecíamos sentados, contestándonos
con palabras tristes; yo sostenía mi espada sobre
la sangre y, enfrente, hablaba largamente el
simulacro de mi compañero.

«También llegó el alma de mi difunta madre, la
hija del magnánimo Autólico, Anticlea, a quien
había dejado viva cuando marché a la sagrada
Ilión. Mirándola la compadecí en mi ánimo,
pero ni aun así la permití, aunque mucho me
dolía, acercarse a la sangre antes de interrogar a
Tiresias.

«Y llegó el alma del Tebano Tiresias -en la mano
su cetro de oro-, y me reconoció, y dijo:

«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico
en ardides, ¿por qué has venido, desgraciado,
abandonando la luz de Helios, para ver a los
muertos y este lugar carente de goces? Apártate
de la fosa y retira tu aguda espada para que
beba de la sangre y te diga la verdad."


«Así dijo; yó entonces volví a guardar mi espada
de clavos de plata, la metí en la vaina, y sólo
cuando hubo bebido la negra sangre se dirigió
a mí con palabras el irreprochable adivino:

«"Tratas de conseguir un dulce regreso, brillante
Odiseo; sin embargo, la divinidad te lo hará
difícil, pues no creo que pases desapercibido al
que sacude la tierra. Él ha puesto en su ánimo
el resentimiento contra ti, airado porque le cegaste
a su hijo. Sin embargo, llegaréis, aun sufriendo
muchos males, si es que quieres contener
tus impulsos y los de tus compañeros
cuando acerques tu bien construida nave a la
isla de Trinaquía, escapando del ponto de color
violeta, y encontréis unas novillas paciendo y
unos gordos ganados, los de Helios, el que ve
todo y todo lo oye. Si dejas a éstas sin tocarlas y
piensas en el regreso, llegaréis todavía a Itaca,
aunque después de sufrir mucho; pero si les
haces daño, entonces te predigo la destrucción
para la nave y para tus compañeros. Y tú mismo,
aunque escapes, volverás tarde y mal, en
nave ajena, después de perder a todos tus compañeros.
Y encontrarás desgracias en tu casa: a
unos hombres insolentes que te comen tu comida,
que pretenden a tu divina esposa y le
entregan regalos de esponsales.
«"Pero, con todo, vengarás al volver las violencias
de aquéllos. Después de que hayas matado
a los pretendientes en tu palacio con engaño o
bien abiertamente con el agudo bronce, toma
un bien fabricado remo y ponte en camino hasta
que llegues a los hombres que no conocen el
mar ni comen la comida sazonada con sal; tampoco
conocen éstos naves de rojas proas ni remos
fabricados a mano, que son alas para las
naves. Conque te voy a dar una señal manifiesta
y no te pasará desapercibida: cuando un caminante
te salga al encuentro y te diga que llevas
un bieldo sobre tu espléndido hombro, clava
en tierra el remo fabricado a mano y, realizando
hermosos sacrificios al soberano Poseidón
-un carnero, un toro y un verraco semental
de cerdas- vuelve a casa y realiza sagradas
hecatombes a los dioses inmortales, los que
ocupan el ancho cielo, a todos por orden. Y
entonces te llegará la muerte fuera del mar, una
muerte muy suave que te consuma agotado
bajo la suave vejez. Y los ciudadanos serán felices
a tu alrededor. Esto que te digo es verdad."



CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom Mayo 16, 2021 5:57 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XI

DESCENSUS AD INFEROS. CONT.

«Así habló, y yo le contesté diciendo:

«"Tiresias, esto lo han hilado los mismos dioses.
Pero, vamos, dime esto e infórmame con verdad:
veo aquí el alma de mi madre muerta;
permanece en silencio cerca de la sangre y no se
atreve a mirar a su hijo ni hablarle. Dime, soberano,
de qué modo reconocería que soy su hijo."
,

«Así hablé y él me respondió diciendo:

«"Te voy a decir una palabra fácil y la voy a
poner en tu mente. Cualquiera de los difuntos a
quien permitas que se acerque a la sangre te
dirá la verdad, pero al que se lo impidas se retirará."

«Así habló, y marchó a la mansión de Hades el
alma del soberano Tiresias después de decir sus
vaticinios.
«En cambio, yo permanecí allí constante hasta
que llegó mi madre y bebió la negra sangre. Al
pronto me reconoció y, llorando, me dirigió
aladas palabras:

«"Hijo mío, cómo has bajado a la nebulosa oscuridad
si estás vivo? Les es difícil a los vivos
contemplar esto, pues hay en medio grandes
ríos y terribles corrientes, y, antes que nada,
Océano, al que no es posible atravesar a pie si
no se tiene una fabricada nave. ¿Has llegado
aquí errante desde Troya con la nave y los
compañeros después de largo tiempo? ¿Es que
no has llegado todavía a Itaca y no has visto en
el palacio a tu esposa?"


«Así habló, y yo le respondí diciendo:

«"Madre mía, la necesidad me ha traído a
Hades para pedir oráculo al alma del tebano
Tiresias. Todavía no he llegado cerca de Acaya
ni he tocado nuestra tierra en modo alguno,
sino que ando errante en continuas dificultades
desde al día en que seguí al divino Agamenón a
Ilión, la de buenos potros, para luchar con los
troyanos.
«"Pero, vamos, dime esto e infórmame con verdad:
¿Qué Ker de la terrible muerte te dominó?
¿Te sometió una larga enfermedad o te mató
Artemis, la que goza con sus saetas, atacándote
con sus suaves dardos? Háblame de mi padre y
de mi hijo, a quien dejé; dime si mi autoridad
real sigue en su poder o la posee otro hombre,
pensando que ya no volveré más. Dime también
la resolución y las intenciones de mi esposa
legítima, si todavía permanece junto al niño
y conserva todo a salvo o si ya la ha desposado
el mejor de los aqueos."


«Así dije, y al pronto me respondió mi venerable
madre:

«"Ella permanece todavía en tu palacio con
ánimo afligido, pues las noches se le consumen
entre dolores y los días entre lágrimas. Nadie
tiene todavía tu hermosa autoridad, sino que
Telémaco cultiva tranquilamente tus campos y
asiste a banquetes equitativos de los que está
bien que se ocupe un administrador de justicia,
pues todos le invitan.
«"Tu padre permanece en el campo, y nunca va
a la ciudad, y no tiene sábanas en la cama ni
cobertores ni colchas espléndidas, sino que en
invierno duerme como los siervos en el suelo,
cerca del hogar -y visten su cuerpo ropas de
mala calidad-, mas cuando llega el verano y el
otoño... tiene por todas partes humildes lechos
formados por hojas caídas, en la parte alta de
su huerto fecundo en vides. Ahí yace doliéndose,
y crece en su interior una gran aflicción añorando
tu regreso, pues ya ha llegado a la molesta
vejez.
«"En cuanto a mí, así he muerto y cumplido mi
destino: no me mató Artemis, la certera cazadora,
en mi palacio, acercándose con sus suaves
dardos, ni me invadió enfermedad alguna de
las que suelen consumir el ánimo con la odiosa
podredumbre de los miembros, sino que mi
nostalgia y mi preocupación por ti, brillante
Odiseo, y tu bondad me privaron de mi dulce
vida."


CONT.


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LA ODISEA

CANTO XI

DESCENSUS AD INFEROS. CONT.

«Así dijo, y yo, cavilando en mi mente, quería
abrazar el alma de mi difunta madre. Tres veces
me acerqué -mi ánimo me impulsaba a
abrazarla-, y tres veces voló de mis brazos semejante
a una sombra o a un sueño.
«En mi corazón nacía un dolor cada vez más
agudo, y, hablándole, le dirigí aladas palabras:

«"Madre mía, ¿por qué no te quedas cuando
deseo tomarte para que, rodeándonos con
nuestros brazos, ambos gocemos del frío llanto,
aunque sea en Hades? ¿Acaso la ínclita Perséfone
me ha enviado este simulacro para que me
lamente y llore más todavía?"

«Así dije, y al pronto me contestó mi soberana
madre:

«"¡Ay de mí, hijo mío, el más infeliz de todos
los hombres! De ningún modo te engaña Perséfone,
la hija de Zeus, sino que ésta es la condición
de los mortales cuando uno muere: los
nervios ya no sujetan la carne ni los huesos, que
la fuerza poderosa del fuego ardiente los consume
tan pronto como el ánimo ha abandonado
los blancos huesos, y el alma anda revoloteando
como un sueño. Conque dirígete rápidamente
a la luz del día y sabe todo esto para
que se lo digas a tu esposa después."

«Así nos contestábamos con palabras. Y se
acercaron -pues las impulsaba la ínclita Perséfone-
cuantas mujeres eran esposas e hijas de
nobles. Se congregaban amontonándose alrededor
de la negra sangre y yo cavilaba de qué
modo preguntaría a cada una. Y ésta me pareció
la mejor determinación: saqué la aguda espada
de junto a mi vigoroso muslo y no permitía
que bebieran la negra sangre todas a la vez.
Así que se iban acercando una tras otra y cada
una de ellas contaba su estirpe.

«A la primera que vi fue a Tiro, nacida de noble
padre, la cual dijo ser hija del eximio Salmoneo
y esposa de Creteo el Eólida, la que deseó al
divino Enipeo que se desliza sobre la tierra como
el más hermoso de los ríos.


Andaba ella paseando junto a la hermosa corriente
de Enipeo, cuando el que conduce su
carro por la tierra tomó la figura de éste y se
acostó junto a ella en los orígenes del voraginoso
río. Y los cubrió una ola de púrpura semejante
a un monte, encorvada, y escondió al dios y a
la mujer mortal. Desató el dios su virginal ceñidor
y le infundió sueño y, después que hubo
llevado a cabo las obras de amor, la tomó de la
mano, le dijo su palabra y la llamó por su nombre:

"Alégrate, mujer, por este amor, pues
cuando pase un año parirás hermosos hijos,
que no son estériles los concúbitos de los inmortales.
Por tu parte, cuídate de ellos y nútrelos.
Ahora, marcha a casa, contente y no me
nombres. Yó soy Poseidón, el que sacude la tierra."


Así habló y se sumergió en el ponto lleno
de olas. Y ella, grávida, acabó pariendo a Pelias
y Neleo, los cuales fueron poderosos servidores
de Zeus. Pelias habitaba en Jolcos, rico en ganado,
y el otro en la arenosa Pilos. A sus demás
hijos los parió de Creteo esta reina entre las
mujeres: a Esón, Feres y Mitaón, guerrero
ecuestre.

«Después de ésta vi a Antíope, hija de Asopo,
que también se gloriaba de haber dormido entre
los brazos de Zeus y parió a dos hijos, Anfión
y Zeto, quienes fueron los fundadores del
reino de Tebas, la de siete puertas, y la dotaron
de torres, que sin torres no podían habitar la
espaciosa Tebas por muy póderosos que fueran.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom Mayo 16, 2021 6:16 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XI

DESCENSUS AD INFEROS. CONT.

«Después de ésta vi a Alcmena, la mujer de
Anfitrión, la que parió al invencible Heracles,
feroz como león, uniéndose al gran Zeus, entre
sus brazos.

«Y a Mégara, la hija del valeroso Creonte, a la
que tuvo como esposa el hijo de Anfitrión"',
indomable siempre en su valor.

«También vi a la madre de Edipo, la hermosa
Epicasta, la que cometió una acción descomedida,
por ignorancia de su mente, al casarse con
su hijo, quien, después de dar muerte a su padre,
se casó con ella (los dioses han divulgado
esto rápidamente entre los hombres). Entonces
reinaba él sobre los cadmeos sufriendo dolores
por la funesta decisión de los dioses en la muy
deseable Tebas, pero ella había descendido al
Hades, el de puertas poderosamente trabadas,
después de atar una alta soga al techo de su
elevado palacio, poseída de su furor. Y dejó a
Edipo numerosos dolores para el futuro, cuantos
llevan a cumplimiento las Erinias de una
madre.

«También vi a la hermosísima Cloris, a quien
desposó Neleo en otro tiempo por causa de su
hermosura, dándole innumerables regalos de
esponsales; era la hija menor de Anfión Jasida,
el que en otró tiempo imperaba con fuerza en
Orcómenos de los Minios. Ella imperaba en
Pilos y le dio a luz hijos ínclitos, Néstor y Cromio
y el arrogante Periclimeno. Y después de
éstos parió a la hermosa Peró, objeto de admiración
para los mortales, a quien todos los vecinos
pretendían, mas Neleo no sé la daba a
quien no hubiera robado de Filace los cuernitorcidos
bueyes carianchos de Ificlo, difíciles de
robar. Sólo un irreprochable adivino prometió
robarlas, pero lo trabó el pesado Destino de la
divinidad y las crueles ligaduras y los boyeros
del campo. Cuando ya habían pasado los meses
y los días, por dar la vuelta el año, y habían
pasado de largo las estaciones, sólo entonces lo
desató de nuevo la fuerza de Ificlo cuando le
comunicó la palabra de los dioses Y se cumplía
la decisión de Zeus.

«También vi a Leda, esposa de Tíndaro, la cual
dio a luz dos hijos de poderosos sentimientos,
Cástor, domador de caballos, y Polideuces,
bueno en el pugilato, a quienes mantiene vivos
la tierra nutricia; que incluso bajo tierra son
honrados por Zeus y un día viven y otro están
muertos, alternativamente, pues tienen por
suerte este honor, igual que los dioses.

«Después de ésta vi a Ifimedea, esposa de Alceo,
la cual dijo que se había unido a Poseidón
y parido dos hijos -aunque de breve vida-,
Otón, semejante a los dioses y el ínclito Efialtes.
La tierra nutricia los crió los más altos y los más
bellos, aunque menos que el ínclito Orión. Éstos
vivieron nueve años, su anchura era de nueve
codos y su longitud de nueve brazas; amenazaron
a los inmortales con establecer en el Olimpo
la discordia de una impetuosa guerra; intentaron
colocar a Osa sobre Olimpo y sobre Osa al
boscoso Pelión, para que el cielo les fuera escalable,
y tal vez lo habrían conseguido si hubieran
alcanzado la medida de la juventud.
Pero los aniquiló el hijo de Zeus, a quien parió
Leto, de lindas trenzas, antes de que les floreciera
el vello bajo las sienes y su mentón se espesara
con bien florecida barba.

«También vi a Fedra, y a Procris, y a la hermosa
Ariadna, hija del funesto Minos, a quien en otro
tiempo llevó Teseo de Creta al elevado suelo de
la sagrada Atenas, pero no la disfrutó, que antes
la mató Artemis en Dia, rodeada de corriente,
ante la presencia de Dioniso.

«También vi a Mera, y a Climena, y a la odiosa
Erifile, la que recibió estimable oro a cambio de
su marido.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom Mayo 16, 2021 6:25 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XI

DESCENSUS AD INFEROS. CONT.

«No podría enumerar a todas, ni podría nombrar
a cuántas esposas vi de héroes y a cuántas
hijas. Antes se acabaría la noche inmortal.
También es hora de dormir o bien marchando
junto a la rápida nave con mis compañeros, o
bien aquí. La escolta será cosa vuestra y de los
dioses.»

Así dijo Odiseo, todos enmudecieron en medio
del silencio, y estaban poseídos como por un
hechizo en el sombrío palacio. Y entre ellos
comenzó a hablar Arete, de blancos brazos:

«Feacios, ¿cómo os parece este hombre en hermosura
y grandeza y en pensamientos bien
equilibrados en su interior? Huésped mío es,
pero todos vosotros participáis del mismo
honor. No os apresuréis a despedirlo ni le privéis
de regalos, ya que lo necesita. Muchas cosas
buenas tenéis en vuestros palacios por la benignidad
de los dioses.»

Y entre ellos habló el anciano héroe Equeneo -él
era el más anciano de los feacios-.

«Amigos, las palabras de la prudente reina no
han dado lejos del blanco ni de nuestra opinión.
Obedecedla, pues. De Alcínoo, aquí presente,
depende el obrar y el decir.»

Y Alcínoo le respondió a su vez y dijo:

« Cierto, esta palabra se mantendrá mientras yo
viva para mandar sobre los feacios amantes del
remo: que el huésped acepte, por mucho que
ansíe el regreso, esperar hasta el atardecer, hasta
que complete todo mi regalo, y la escolta será
cuestión de todos los hombres, y sobre todo de
mí, de quien es el poder sobre el pueblo.»

Y respondiendo dijo el magnánimo Odiseo:

«Poderoso Alcínoo, señalado entre todo tu
pueblo, si me rogarais permanecer hasta un año
incluso, y me dispusierais una escolta y me
entregarais espléndidos dones, lo aceptaría y,
desde luego, me sería más ventajoso llegar a mi
querida patria con las manos más llenas. Así,
también sería más honrado y querido de cuantos
hombres me vieran de vuelta en Itaca.»

Y de nuevo le respondió Alcínoo diciendo:

«Odiseo, al mirarte de ningún modo sospechamos
que seas impostor y mentiroso como
muchos hombres dispersos por todas partes, a
quienes alimenta la negra tierra, ensambladores
de tales embustes que nadie podría comprobarlos..
Por el contrario, hay en ti una como belleza
de palabras y buen juicio, y nos has narrado
sabiamente tu historia, como un aedo: todos los
tristes dolores de los argivos y los tuyos propios.
Pero, vamos, dime -e infórmame con verdad-
si viste a alguno de los eximios compañeros
que te acompañaron a Ilión y recibieron la
muerte allí. La noche esta es larga, interminable,
y no es tiempo ya de dormir en el palacio.
Sigue contándome estas hazañas dignas de
admiración. Aún aguantaría hasta la divina Eos
si tú aceptaras contar tus dolores en mi palacio.»


Y respondiéndole habló el muy astuto Odiseo:

«Poderoso Alcínoo, señalado entre todo tu
pueblo, hay un tiempo para los largos relatos y
un tiempo también para el sueño. Si aún quieres
escuchar, no sería yo quien se negara a narrarte
otros dolores todavía más luctuosos: las
desgracias de mis compañeros, los cuales perecieron
después; habían escapado a la luctuosa
guerra de los troyanos, pero sucumbieron en el
regreso por causa de una mala mujer.
«Después que la casta Perséfone había dispersado
aquí y allá las almas de las mujeres, llegó
apesadumbrada el alma del Atrida Agamenón
y a su alrededor se congregaron otras, cuantas
junto con él habían perecido y recibido su destino
en casa de Egisto. Reconocióme al pronto,
luego que hubo bebido la negra sangre, y lloraba
agudamente dejando caer gruesas lágrimas.
Y extendía hacía mí sus brazos, deseoso de tocarme,
pero ya no tenía una fuerza firme, ni en
absoluto fuerza, cual antes había en sus ágiles
miembros. Al verlo lloré y lo compadecí en mi
ánimo y, dirigiéndome a él, le dije aladas palabras:


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom Mayo 16, 2021 6:37 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XI

DESCENSUS AD INFEROS. CONT.

«"Noble Atrida, soberano de tu pueblo, Agamenón,
¿qué Ker de la triste muerte te ha domeñado?
¿Es que te sometió en las naves Poseidón
levantando inmenso soplo de crueles
vientos?, ¿o te hirieron en tierra hombres enemigos
por robar bueyes y hermosos rebaños de
ovejas o por luchar por tu ciudad y tus mujeres?"


«Así dije, y él, respondiéndome, habló enseguida:

«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico
en ardides, no me ha sometido Poseidón en las
naves levantando inmenso soplo de crueles
vientos ni me hirieron en tierra hombres enemigos,
sino que Egisto me urdió la muerte y el
destino, y me asesinó en compañía de mi funesta
esposa, invitándome a entrar en casa, recibiéndome
al banquete, como el que mata a un
novillo junto al pesebre. Así perecí con la muerte
más miserable, y en torno mío eran asesinados
cruelmente otros compañeros, como los
jabalíes albidenses que son sacrificados en las
nupcias de un poderoso o en un banquete a
escote o en un abundante festín. Tú has intervenido
en la matanza de machos hombres
muertos en combate individual o en la poderosa
batalla, pero te habrías compadecido mucho
más si hubieras visto cómo estábamos tirados
en torno a la crátera y las mesas repletas en
nuestro palacio, y todo el pavimento humeaba
con la sangre. También puede oír la voz desgraciada
de la hija de Príamo, de Casandra, a la
que estaba matando la tramposa Clitemnestra a
mi lado. Yo elevaba mis manos y las batía sobre
el suelo, muriendo con la espada clavada, y
ella, la de cara de perra, se apartó de mí y no
esperó siquiera, aunque ya bajaba a Hades, a
cerrarme los ojos ni juntar mis labios con sus
manos. Que no hay nada más terrible ni que se
parezca más a un perro que una mujer que
haya puesto tal crimen en su mente, como ella
concibió el asesinato para su inocente marido.
¡Y yo que creía que iba a ser bien recibido por
mis hijos y esclavos al llegar a casa! Pero ella, al
concebir tamaña maldad, se bañó en la infamia
y la ha derramado sobre todas las hembras venideras,
incluso sobre las que sean de buen
obrar."

«Así habló, y yo me dirigí a él contestándole:

«"¡Ay, ay, mucho odia Zeus, el que ve a lo ancho,
a la raza de Atreo por causa de las decisiones
de sus mujeres, desde el principio! Por causa
de Helena perecimos muchos, y a ti, Clitemnestra
te ha preparado una trampa mientras
estabas lejos."

«Así dije, y él, respondiéndome, se dirigió a mí:

«"Por eso ya nunca seas ingenuo con una mujer,
ni le reveles todas tus intenciones, las que tú
te sepas bien, mas dile una cosa y que la otra
permanezca oculta. Aunque tú no, Odiseo, tú
no tendrás la perdición por causa de una mujer.
Muy prudente es y concibe en su mente buenas
decisiones la hija de Icario; la prudente Penélope.
Era una joven recién casada cuando la dejamos
al marchar a la guerra y tenía en su seno
un hijo inocente que debe sentarse ya entre el
número de los hombres; ¡feliz él! Su padre lo
verá al llegar y él abrazará a su padre -ésta es la
costumbre-, pero mi esposa no me permitió
siquiera saturar mis ojos con la vista de mi hijo,
pues me mató antes. Te voy a decir otra cosa
que has de poner en tu pecho: dirige la nave a
tu tierra patria a ocultas y no abiertamente,
pues ya no puede haber fe en las mujeres.
«"Pero vamos, dime -e infórmame con verdadsi
has oído que aún vive mi hijo en Orcómenos
o en la arenosa Pilos, o junto a Menelao en la
ancha Esparta, pues seguro que todavía no está
muerto sobre la tierra el divino Orestes."

Así dijo, y yo, respondiendo, me dirigí a él:

«"Atrida, ¿por qué me preguntas esto? Yo no sé
si vive él o está muerto, y es cosa mala hablar
inútilmente."

CONT,


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Mensaje por Lluvia Abril Lun Mayo 17, 2021 4:21 am

Gracias, Pascual, por este regalo.
Buen día y besos.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun Mayo 17, 2021 4:55 am

GRACIAS, AMIGA MÍA. SEGUIRÉ MÁS TARDE.

BESOS.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun Mayo 17, 2021 12:37 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XI

DESCENSUS AD INFEROS.
CONT.

«Así nos contestábamos con palabras tristes y
estábamos en pie acongojados, derramando
gruesas lágrimas. Llegó después el alma del
Pelida Aquiles y la de Patroclo, y la del irreprochable
Antíloco y la de Ayax, el más hermoso
de aspecto y cuerpo entre los dánaos después
del irreprochable hijo de Peleo. Reconocióme el
alma del Eacida de pies veloces y, lamentándose,
me dijo aladas palabras:

«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico
en ardides, desdichado, ¿qué acción todavía
más grande preparas en tu mente? ¿Cómo te
has atrevido a descender a Hades, donde habitan
los muertos, los que carecen de sentidos,
los fantasmas de los mortales que han perecido?"


«Así habló, y yo, respondiéndole, dije:

«"Aquiles, hijo de Peleo, el más excelente de los
aqueos, he venido en busca de un vaticinio de
Tiresias, por si me revelaba algún plan para
poder llegar a la escarpada Itaca; que aún no he
llegado cerca de Acaya ni he desembarcado en
mi tierra, sino que tengo desgracias continuamente.
En cambio, Aquiles, ningún hombre es
más feliz que tú, ni de los de antes ni de los que
vengan; pues antes, cuando vivo, te honrábamos
los argivos igual que a los dioses, y ahora
de nuevo imperas poderosamente sobre los
muertos aquí abajo. Conqúe no te entristezcas
de haber muerto, Aquiles."

«Así hablé, y él, respondiéndome, dijo:

«"No intentes consolarme de la muerte, noble
Odiseo. Preferiría estar sobre la tierra y servir
en casa de un hombre pobre, aunque no tuviera
gran hacienda, que ser el soberano de todos los
cadáveres, de los muertos. Pero, vamos, dime si
mi hijo ha marchado a la guerra para ser el
primer guerrero o no. Dime también si sabes
algo del irreprochable Peleo, si aún conserva
sus prerrogativas entre los numerosos mirmidones,
o lo desprecian en la Hélade y en Ptía
porque la vejez le sujeta las manos y los pies,
pues ya no puedo servirle de ayuda bajo los
rayos del sol, aunque tuviera el mismo vigor
que en otro tiempo, cuando en la amplia Troya
mataba a los mejores del ejército defendiendo a
los argivos. Si me presentara de tal guisa, aunque
fuera por poco tiempo, en casa de mi padre,
haría odiosas mis poderosas e invencibles
manos a cualquiera de aquellos que le hacen
violencia y lo excluyen de sus honores."


«Así habló, y yo, respondiendo, me dirigí a él:

« "En verdad, no he oído nada del ilustre Peleo,
pero te voy a decir toda la verdad sobre tu hijo
Neoptólemo -ya que me lo mandas-, pues yo
mismo lo conduje en mi cóncava y equilibrada
nave desde Esciro en busca de los aqueos de
hermosas grebas. Desde luego, cuando meditábamos
nuestras decisiones en torno a la ciudad
de Troya, siempre hablaba el primero y no se
equivocaba en sus palabras. Sólo Néstor, igual
a un dios, y yo lo superábamos. Y cuando
luchábamos los aqueos en la llanura de los troyanos,
nunca permanecía entre la muchedumbre
de los guerreros ni en las filas, sino que se
adelantaba un buen trecho, no cediendo a ninguno
en valor. Mató a muchos guerreros en
duro combate, pero no te podría decir todos ni
nombrar a cuántos del ejército mató defendiendo
a los argivos; pero sí cómo mató con el
bronce al hijo de Telefo, al héroe Euripilo,
mientras muchos de sus compañeros sucumbían
a su alrededor por causa de regalos femeninos.
Siempre lo vi el más hermoso, después del
divino Memnón. Y cuando ascendíamos al caballo
que fabricó Epeo los mejores entre los
argivos (a mí se me había enconmendado todo:
el abrir la bien trabada emboscada o cerrarla),
en ese momento los demás jefes de los dánaos y
los consejeros se secaban las lágrimas y temblaban
los miembros de cada uno, pero a él nunca,
vi con mis.ojos ni que le palideciera la hermosa
piel, ni que secara las lágrimas de sus mejillas.
Y me suplicaba insistentemente que saliéramos
del caballo, y apretaba la empuñadura de la
espada y la lanza pesada por el bronce, meditando
males contra los troyanos. Después,
cuando ya habíamos devastado la escarpada
ciudad de Príamo, con una buena parte y un
buen botín, ascendió a la nave incólume y no
herido desde lejos par el agudo bronce, ni de
cerca en el cuerpo a cuerpo, como suele suceder
a menudo en la guerra, cuando Ares enloquece
indistintamente."


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun Mayo 17, 2021 12:53 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XI

DESCENSUS AD INFEROS.
CONT.

«Así. hablé, y el alma del Eácida de pies veloces
marchó a grandes pasos a través del prado de
asfódelo, alegre porque le había dicho que su
hijo era insigne.

«Las demás almas de los difuntos estaban entristecidas
y cada una preguntaba por sus cuitas.

Sólo el alma de Ayax, el hijo de Telamón, se
mantenía apartada a lo lejos, airada por causa
de la victoria en la que lo vencí contendiendo
en el juicio sobre las armas de Aquiles, junto a
las naves. Lo estableció la venerable madre y
fueron jueces los hijos de los troyanos y Palas
Atenea. ¡Ojalá no hubiera vencido yo en tal
certamen! Pues por causa de estas armas la tierra
ocultó a un hombre como Ayax, el más excelente
de los dánaos en hermosurá y gestas
después del irreprochable hijo de Peleo.

«A él me dirigí con dulces palabras:

«"Áyax, hijo del irreprochable Telamón. ¿Ni
siquiera muerto vas a olvidar tu cólera contra
mí por causa de las armas nefastas? Los dioses
proporcionaron a los argivos aquella ceguera,
pues pereciste siendo tamaño baluarte para los
aqueos. Los aqueos nos dolemos por tu muerte
igual que por la vida del hijo de Peleo. Y
ningún otro es responsable, sino Zeus, que
odiaba al ejército de los belicosos dánaos y a ti
te impuso la muerte. Ven aquí, soberano, para
escuchar nuestra palabra y nuestras explicaciones.
Y domina tu ira y tu generosó ánimo."


«Así dije, pero no me respondió, sino que se
dirigió tras las otras almas al Erebo de los
muertos. Con todo, me hubiera hablado entonces,
aunque airado -o yo a él- pero mi ánimo
deseaba dentro de mi pecho ver las almas de
los demás difuntos.

«Allí vi - sentado a Minos, el brillante hijo de
Zeus, con el cetro de oro impartiendo justicia a
los muertos. Ellos exponían sus causas a él, al
soberano, sentados o en pie, a lo largo de la
mansión de Hades de anchas puertas.
«Y despuës de éste vi al gigante Orión persiguiendo
por el prado de asfódelo a las fieras
que había matado en los montes desiertos, sosteniendo
en sus manos la clava toda de bronce,
eternamente irrompible.
«Y vi a Ticio, al hijo de la Tierra augusta, yaciendo
en el suelo. Estaba tendido a lo largo de
nueve yugadas, y dos águilas posadas a sus
costados le roían el hígado, penetrando en sus
entrañas. Pero él no conseguía apartarlas con
sus manos, pues había violado a Leto, esposa
augusta de Zeus, cuando ésta se dirigía a Pito a
través del hermoso Panopeo.

«También vi a Tántalo, que soportaba pesados
dolores, en pie dentro del lago; éste llegaba a su
mentón, pero se le veía siempre sediento y no
podía tomar agua para beber, pues cuantas
veces se inclinaba el anciano para hacerlo, otras
tantas desaparecía el agua absorbida y a sus
pies aparecía negra la tierra, pues una divinidad
la secaba. También había altos árboles que
dejaban caer su fruto desde lo alto -perales,
manzanos de hermoso fruto, dulces higueras y
verdeantes olivos-, pero cuando el anciano intentaba
asirlas con sus manos, el viento las impulsaba
hacia las oscuras nubes.

«Y vi a Sísifo, que soportaba pesados dolores,
llevando una enorme piedra entre sus brazos.
Hacía fuerza apoyándose con manos y pies y
empujaba la piedra hacia arriba, hacia la cumbre,
pero cuando iba a trasponer la cresta, una
poderosa fuerza le hacía volver una y otra vez
y rodaba hacia la llanura la desvergonzada
piedra. Sin embargo, él la empujaba de nuevo
con los músculos en tensión y el sudor se deslizaba
por sus miembros y el polvo caía de su
cabeza.

«Después de éste vi a la fuerza de Héracles, a
su imagen. Éste goza de los banquetes entre los
dioses inmortales y tiene como esposa a Hebe
de hermosos tobillos, la hija del gran Zeus y de
Hera, la de sandalias de oro.
«En torno suyo había un estrépito de cadáveres,
como de pájaros, que huían asustados en todas
direcciones. Y él estaba allí, semejante a la oscura
noche, su arco sosteniendo desnudo y sobre
el nervio una flecha, mirando alrededor que
daba miedo y como el que está siempre a punto
de disparar. Y rodeando su pecho estaba el terrible
tahalí, el cinturón de oro en el que había
cincelados admirables trabajos osos, salvajes
jabalíes, leones de mirada torcida, combates,
luchas, matanzas, homicidios. Ni siquiera el
artista que puso en este cinturón todo su arte
podría realizar otra cosa parecida. Me reconoció
al pronto cuando me vio con sus ojos y, llorando,
dijo aladas palabras:

CONT.



_________________
"Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes. //
Tristes armas / si no son las palabras. / Tristes, tristes. //
Tristes hombres / si no mueren de amores. / Tristes, tristes." (M.H)

"Madrid borra los versos de Miguel Hernández del memorial de las víctimas de la Guerra Civil en La Almudena"

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun Mayo 17, 2021 1:00 pm

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XI

DESCENSUS AD INFEROS.
CONT.

« “Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico
en ardides, ¡también tú andas arrastrando una
existencia desgraciada, como la que yo soportara
bajo los rayos del sol! Hijo de Zeus Cronida
era yo y, sin embargo, tenía una pesadumbre
inacabable. Pues estaba sujeto a un hombre
muy inferior a mí que me imponía pesados
trabajos. También me envió aquí en cierta ocasión
para sacar al Perro, pues pensaba que ninguna
otra prueba me sería más difícil. Pero yo
me llevé al Perro a la luz y lo saqué de Hades. Y
me escoltó Hermes y la de ojos brillantes, Atenea."

«Así habló y se volvió de nuevo a la mansión
de Hades. Yo, sin embargo, me quedé allí por si
venía alguno de los otros héroes guerreros, los
que ya habían perecido. También habría visto a
hombres todavía más antiguos a quienes mucho
deseaba ver, a Teseo y Pirítoo, hijos gloriosos
de los dioses, pero se empezaron a congregar
multitudes incontables de muertos con un
vocerío sobrenatural y se apoderó de mí el
pálido terror, no fuera que la ilustre Perséfone
me enviara desde Hades la cabeza de la Gorgona,
del terrible monstruo.

«Entonces marché a la nave y ordené a mis
compañeros que embarcaran enseguida y soltaran
amarras. Y ellos embarcaron rápidamente y
se sentaron sobre los remos.

«Y el oleaje llevaba a la nave por el río Océano,
primero al impulso de los remos y después se
levantó una brisa favorable. »

FIN DEL CAP. XI


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Mayo 18, 2021 11:36 am

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XII

LAS SIRENAS ESCILA Y CARIBDIS.
LA ISLA DEL SOL. OGIGIA


Cuando la nave abandonó la corriente del río
Océano y arribó al oleaje del ponto de vastos
caminos y a la isla de Eea, donde se encuentran
la mansión y los lugares de danza de Eos y
donde sale Helios, la arrastramos por la arena,
una vez llegados. Desembarcamos sobre la
ribera del mar, y dormidos esperamos a la divina
Eos.

«Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana,
la de dedos de rosa, envié a unos compañeros
al palacio de Circe para que se trajeran el
cadáver del difunto Elpenor. Cortamos enseguida
unos leños y lo enterramos apenados,
derramando abundante llanto, en el lugar donde
la costa sobresalía más. Cuando habían ardido
el cadáver y las armas del difunto, erigimos
un túmulo y, levantando un mojón, clavamos
en lo más alto de la tumba su manejable
remo. Y luego nos pusimos a discutir los detalles
del regreso.

«Pero no dejó Circe de percatarse que habíamos
llegado de Hades y se presentó enseguida para
proveernos. Y con ella sus siervas llevaban pan
y carne en abundancia y rojo vino. Y colocándose
entre nosotros dijo la divina entre las
diosas:

«"Desdichados vosotros que habéis descendido
vivos a la morada de Hades; seréis dos veces
mortales, mientras que los demás hombres
mueren sólo uná vez. Pero, vamos, comed esta
comida y bebed este vino durante todo el día
de hoy y al despuntar la aurora os pondréis a
navegar; que yo os mostraré el camino y os
aclararé las incidencias para que no tengáis que
lamentaros de sufrir desgracias por trampa
dolorosa del mar o sobre tierra firme."


«Así dijo, y nuestro valeroso ánimo se dejó persuadir.

Así que pasamos todo el día, hasta la
puesta del sol, comiendo carne en abundancia y
delicioso vino. Y cuando se puso el sol y cayó la
oscuridad, mis compañeros se echaron a dormir
junto a las amarras de la nave. Pero Circe
me tomó de la mano y me hizo sentar lejos de
mis compañeros y, echándose a mi lado, me
preguntó detalladamente. Yo le conté todo como
correspondía y entonces me dijo la soberana
Circe:

«"Así es que se ha cumplido todo de esta forma.
Escucha ahora tú lo que voy a decirte y lo recordará
después el dios mismo.

«"Primero llegarás a las Sirenas, las que hechizan
a todos los hombres que se acercan a ellas.
Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la
voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de
su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría porque
ha vuelto a casa; antes bien, lo hechizan
éstas con su sonoro canto sentadas en un prado
donde las rodea un gran montón de huesos
humanos putrefactos, cubiertos de piel seca.
Haz pasar de largo a la nave y, derritiendo cera
agradable como la miel, unta los oídos de tus
compañeros para que ninguno de ellos las escuche.
En cambio, tú, si quieres oírlas, haz que
te amarren de pies y manos, firme junto al
mástil -que sujeten a éste las amarras-, para que
escuches complacido, la voz de las dos Sirenas;
y si suplicas a tus compañeros o los ordenas
que te desaten, que ellos te sujeten todavía con
más cuerdas.
«"Cuando tus compañeros las hayan pasado de
largo, ya no te diré cuál de dos caminos será el
tuyo; decidelo tú mismo en el ánimo. Pero te
voy a decir los dos: a un lado hay unas rocas
altísimas, contra las que se estrella el oleaje de
la oscura Anfitrite. Los dioses felices las llaman
Rocas Errantes. No se les acerca ningún ave, ni
siquiera las temblorosas palomas que llevan
ambrosía al padre Zeus; que, incluso de éstas,
siempre arrebata alguna la lisa piedra, aunque
el Padre (Zeus) envía otra para que el número
sea completo. Nunca las ha conseguido evitar
nave alguna de hombres que haya llegado allí,
sino que el oleaje del mar, junto con huracanes
de funesto fuego, arrastran maderos de naves y
cuerpos de hombres. Sólo consiguió pasar de
largo por allí una nave surcadora del ponto, la
célebre Argo, cuando navegaba desde el país
de Eetes. Incluso entonces la habría arrojado el
oleaje contra las gigantescas piedras, pero la
hizo pasar de largo Hera, pues Jasón le era querido.


CONT.


_________________
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Mayo 18, 2021 11:46 am

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XII

LAS SIRENAS ESCILA Y CARIBDIS.
LA ISLA DEL SOL. OGIGIA.
CONT.

«"En cuanto a los dos escollos, uno llega al vasto
cielo con su aguda cresta y le rodea oscura
nube. Ésta nunca le abandona, y jamás, ni en
invierno ni en verano, rodea su cresta un cielo
despejado. No podría escalarlo mortal alguno,
ni ponerse sobre él, aunque tuviera veinte manos
y veinte pies, pues es piedra lisa, igual que
la pulimentada. En medio del escollo hay una
oscura gruta vuelta hacia Poniente, que llega
hasta el Erebo, por donde vosotros podéis hacer
pasar la cóncava nave, ilustre Odiseo. Ni un
hombre vigoroso, disparando su flecha desde la
cóncava nave, podría alcanzar la hueca gruta.
Allí habita Escila, que aúlla que da miedo: su
voz es en verdad tan aguda como la de un cachorro
recién nacido, y es un monstruo maligno.
Nadie se alegraría de verla, ni un dios que
le diera cara. Doce son sus pies, todos deformes,
y seis sus largos cuellos; en cada uno hay
una espantosa cabeza y en ella tres filas de
dientes apiñados y espesos, llenos de negra
muerte. De la mitad para abajo está escondida
en la hueca gruta, pero tiene sus cabezas sobresaliendo
fuera del terrible abismo, y allí pesca
-explorándolo todo alrededor del escollo-, por
si consigue apresar delfines o perros marinos, o
incluso algún monstruo mayor de los que cría a
miles la gemidora Anfitrite. Nunca se precian
los marineros de haberlo pasado de largo incólumes
con la nave, pues arrebata con cada cabeza
a un hombre de la nave de oscura proa y
se lo lleva.

«"También verás, Odiseo, otro escollo más llano
-cerca uno de otro-. Harías bien en pasar por él
como una flecha. En éste hay un gran cabrahigo
cubierto de follaje y debajo de él la divina Caribdis
sorbe ruidosamente la negra agua. Tres
veces durante el día la suelta y otras tres vuelve
a soberla que da miedo. ¡Ojalá no te encuentres
allí cuando la está sorbiendo, pues no te libraría
de la muerte ni el que sacude la tierra! Conque
acércate, más bien, con rapidez al escollo de
Escila y haz pasar de largo la nave, porque mejor
es echar en falta a seis compañeros que no a
todos juntos."


«Así dijo, y yo le contesté y dije:

«"Diosa, vamos, dime con verdad si podré escapar
de la funesta Caribdis y rechazar también
a Escila cuando trate de dañar a mis compañeros."


«Así dije, y ella al punto me contestó, la divina
entre las diosas:

«"Desdichado, en verdad te placen las obras de
la guerra y el esfuerzo. ¿Es que no quieres ceder
ni siquiera a los dioses inmortales? Porque
ella no es mortal, sino un azote inmortal, terrible,
doloroso, salvaje e invencible. Y no hay
defensa alguna, lo mejor es huir de ella, porque
si te entretienes junto a la piedra y vistes tus
armas contra ella., mucho me temo que se lance
por segunda vez y te arrebate tantos compañeros
como cabezas tiene. Conque conduce tu
nave con fuerza e invoca a gritos a Cratais, madre
de Escila, que la parió para daño de los
mortales. Ésta la impedirá que se lance de nuevo.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Mayo 18, 2021 11:58 am

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LA ODISEA

CANTO XII

LAS SIRENAS ESCILA Y CARIBDIS.
LA ISLA DEL SOL. OGIGIA.
CONT.

«"Luego llegarás a la isla de Trinaquía, donde
pastan las muchas vacas y pingües rebaños de
ovejas de Helios: siete Tebaños de vacas y otros
tantos hermosos apriscos de ovejas con cincuenta
animales cada uno, No les nacen crías,
pero tampoco mueren nunca. Sus pastoras son
diosas, ninfas de lindas trenzas, Faetusa y
Lampetía, a las que parió para Helios Hiperiónida
la diosa Neera. Nada más de parirlas
y criarlas su soberana madre, las llevó a la isla
de Trinaquía para que vivieran lejos y pastorearan
los apriscos de su padre y las vacas de rotátiles
patas.

«"Si dejas incólumés estos rebaños y te ocupas
del regreso, aun con mucho sufrir podréis llegar
a Itaca, pero si les haces daño, predigo la
perdición para la nave y para tus compañeros.
Y tú, aunque evites la muerte, llegarás tarde y
mal, después de perder a todos tus compañeros."


«Así dijo y, al pronto, llegó Eos, la de trono de
oro.

«Ella regresó a través de la isla, la divina entre
las diosas, y yo partí hacia la nave y apremié a
mis compañeros para que embarcaran y soltaran
amarras. Así que embarcaron con presteza
y se sentaron sobre los bancos y, sentados en
fila, batían el canoso mar con los remos. Y Circe
de lindas trenzas, la terrible diosa dotada de
voz, envió por detrás de nuestra nave de azuloscura
proa, muy cerca, un viento favorable,
buen compañero, que hinchaba las velas. Después
de disponer todos los aparejos, nos sentamos
en la nave y la conducían el viento y el
piloto.

«Entonces dije a mis compañeros con corazón
acongojado:

«"Amigos, es preciso que todos -y no sólo uno o
dos conozcáis las predicciones que me ha hecho
Circe, la divina entre las diosas. Así que os las
voy a decir para que, después de conocerlas,
perezcamos o consigamos escapar evitando la
muerte y el destino.
«"Antes que nada me ordenó que evitáramos a
las divinas Sirenas y su florido prado. Ordenó
que sólo yo escuchara su voz; mas atadme con
dolorosas ligaduras para que permanezca firme
allí, junto al mástil; que sujeten a éste las amarras,
y si os suplico o doy órdenes de que me
desatéis, apretadme todavía con más cuerdas."

«Así es como yo explicaba cada detalle a mis
compañeros.
«Entretanto la bien fabricada nave llegó velozmente
a la isla de las dos Sirenas -pues la impulsaba
próspero viento-. Pero enseguida cesó
éste y se hizo una bonanza apacible, pues un
dios había calmado el oleaje.
«Levantáronse mis compañeros para plegar las
velas y las pusieron sobre la cóncava nave y,
sentándose al remo, blanqueaban el agua con
los pulimentados remos.
«Entonces yo partí en trocitos, con el agudo
bronce, un gran pan de cera y lo apreté con mis
pesadas manos. Enseguida se calentó la cera
-pues la oprimían mi gran fuerza y el brillo del
soberano Helios Hiperiónida- y la unté por
orden en los oídos de todos mis compañeros.
Éstos, a su vez, me ataron igual de manos que
de pies, firme junto al mástil -sujetaron a éste
las amarras- y, sentándose, batían el canoso
mar con los remos.

«Conque, cuando la nave estaba a una distancia
en que se oye a un hombre al gritar en nuestra
veloz marcha-, no se les ocultó a las Sirenas que
se acercaba y entonaron su sonoro canto:

«"Vamos, famoso Odiseo, gran honra de los
aqueos, ven aquí y haz detener tu nave para
que puedas oír nuestra voz. Que nadie ha pasado
de largo con su negra nave sin escuchar la
dulce voz de nuestras bocas, sino que ha regresado
después de gozar con ella y saber más
cosas. Pues sabemos todo cuanto los argivos y
troyanos trajinaron en la vasta Troya por voluntad
de los dioses. Sabemos cuanto sucede
sobre la tierra fecunda."


CONT.



CONT.


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