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HOMERO. Grecia Clásica.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 04 Mayo 2021, 00:14

HOMERO

LA ODISEA

CANTO V

ODISEO LLEGA A ESQUERIA
DE LOS FEACIOS.
CONT.

«¡Ay de mí! Después que Zeus me ha concedido
inesperadamente ver tierra y he terminado
de surcar este abismo, no encuentro por dónde
salir del canoso mar. Afuera las rocas son puntiagudas,
y alrededor las olas se levantan estrepitosamente,
y la roca se yergue lisa y el mar es
profundo en la orilla, sin que sea posible poner
allí los pies y escapar del mal. Temo que al salir
me arrebate una gran ola y me lance contra
pétrea roca, y mi esfuerzo sería inútil. Y si sigo
nadando más allá por si encuentro una playa
donde rompe el mar oblicuamente o un puerto
marino, temo que la tempestad me arrebate de
nuevo y me lleve al ponto rico en peces mientras
yo gimo profundamente, o una divinidad
lance contra mí un gran monstruo marino de
los que cría a miles la ilustre Anfitrite. Pues sé
que el ilustre, el que sacude la tierra, está irritado
conmigo.»


Mientras meditaba esto en su mente y en su
corazón, lo arrastró una gran ola contra la escarpada
orilla, y allí se habría desgarrado la
piel y roto los huesos si Atenea, la diosa de ojos
brillantes, no le hubiese inspirado a su ánimo lo
siguiente: lanzóse, asió la roca con ambas manos
y se mantuvo en ella gimiendo hasta que
pasó una gran ola. De este modo consiguió evitarla,
pero al refluir ésta lo golpeó cuando se
apresuraba y lo lanzó a lo lejos en el ponto.
Como cuando al sacar a un pulpo de su escondrijo
se pegan infinitas piedrecitas a sus tentáculos,
así se desgarró en la roca la piel de sus
robustas manos.

Luego lo cubrió una gran ola, y allí habría
muerto el desgraciado Odiseo contra lo dispuesto
por el destino si Atenea, la diosa de ojos
brillantes, no le hubiera inspirado sensatez. Así
que emergiendo del oleaje que rugía en dirección
a la costa, nadó dando cara a la tierra por
si encontraba orillas batidas por las olas o puertos
de mar. Y cuando llegó nadando a la boca
de un río de hermosa corriente, aquél le pareció
el mejor lugar, libre de piedras y al abrigo del
viento. Y al advertir que fluía le suplicó en su
ánimo:

«Escucha, soberano, quienquiera que seas; llego
a ti, muy deseado, huyendo del ponto y de las
amenazas de Poseidón. Incluso los dioses inmortales
respetan al hombre que llega errante
como yo llego ahora a tu corriente y a tus rodillas
después de sufrir mucho. Compadécete,
soberano, puesto que me precio de ser tu suplicante.»


Así dijo; hizo éste cesar al punto su corriente,
retirando las olas, e hizo la calma delante de él,
llevándolo salvo a la misma desembocadura. Y
dobló Odiseo ambas rodillas y los robustos
brazos, pues su corazón estaba sometido por el
mar. Tenía todo el cuerpo hinchado, y de su
boca y nariz fluía mucho agua salada: así que
cayó sin aliento y sin voz y le sobrevino un terrible
cansancio. Mas cuando respiró y se recuperó
su ánimo, desató el velo de la diosa y lo
echó al río que fluye hacia el mar, y al punto se
lo llevó una gran ola con la corriente y luego la
recibió Ino en sus manos. Alejóse del río, se
echó delante de una junquera y besó la fértil
tierra. Y, afligido, decía a su magnánimo corazón:

«¡Ay de mí! ¿Qué me va a suceder? ¿Qué me
sobrevendrá por fin? Si velo junto al río durante
la noche inspiradora de preocupaciones,
quizá la dañina escarcha y el suave rocío venzan
al tiempo mi agonizante ánimo a causa de
mi debilidad, pues una brisa fría sopla antes del
alba desde el río. Pero si subo a la colina y
umbría selva y duermo entre las espesas matas,
si me dejan el frío y el cansancio y me viene el
dulce sueño, temo convertirme en botín y presa
de las fieras.»


Después de pensarlo, le pareció que era mejor
así, y echó a andar hacia la selva y la encontró
cerca del agua en lugar bien visible; y se deslizó
debajo de dos matas que habían nacido del
mismo lugar, una de aladierma y otra de olivo.
No llegaba a ellos el húmedo soplo de los vientos
ni el resplandeciente sol los hería con sus
rayos, ni la lluvia los atravesaba de un extremo
a otro (tan apretados crecían entrelazados uno
con el otro). Bajo ellos se introdujo Odiseo, y
luego preparó ancha cama con sus manos, pues
había un gran montón de hojarasca como para
acoger a dos o tres hombres en el invierno por
riguroso que fuera. Al verla se alegró el divino
Odiseo, el sufridor, y se acostó en medio y se
echó encima un montón de hojas. Como el que
esconde un tizón en negra ceniza en el extremo
de un campo (y no tiene vecinos) para conservar
un germen de fuego y no tener que ir a encenderlo
a otra parte, así se cubrió Odiseo con
las hojas y Atenea vertió sobre sus ojos el sueño
para que se le calmara rápidamente el penoso
cansancio, cerrándole los párpados.

FIN DEL CANTO V.

CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

"Madrid borra los versos de Miguel Hernández del memorial de las víctimas de la Guerra Civil en La Almudena"

SR. ALMEIDA RESTITUYA LOS VERSOS DE MIGUEL HERNÁNDEZ O QUEDARÁ COMO UN PREPOTENTE QUE INTENTÓ ACALLAR LA VOZ DE LA POESÍA
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 05 Mayo 2021, 05:56

HOMERO

LA ODISEA

CANTO VI

ODISEO Y NAUSÍCAA


Así es como dormía allí el sufridor, el divino
Odiseo, agotado por el sueño y el cansancio.
En tanto marchó Atenea al país y a la ciudad de
los hombres feacios que antes habitaban la espaciosa
Hiperea cerca de los Cíclopes, hombres
soberbios que los dañaban continuamente, pues
eran superiores en fuerza. Sacándolos de allí los
condujo Nausítoo, semejante a un dios, y los
asentó en Esqueria, lejos de los hombres industriosos;
rodeó la ciudad con un muro, construyó
casas a hizo los templos de los dioses y
repartió los campos. Pero éste, vencido ya por
Ker, había marchado a Hades, y entonces gobernaba
Alcínoo, inspirado en sus designios
por los dioses.

Al palacio de éste se encaminó Atenea, la de
ojos brillantes, planeando el regreso para el
magnánimo Odiseo. Llegó a la muy adornada
estancia en la que dormía una joven igual a las
diosas en su porte y figura, Nausícaa, hija del
magnánimo Alcínoo. Y dos sirvientas que poseían
la belleza de las Gracias estaban a uno y
otro lado de la entrada, y las suntuosas puertas
estaban cerradas. Apresuróse Atenea como un
soplo de viento hacia la cama de la joven, y se
puso sobre su cabeza y le dirigió su palabra
tomando la apariencia de la hija de Dimante,
famoso por sus naves, pues era de su misma
edad y muy grata a su ánimo.
Asemejándose a ésta, le dijo Atenea, la de ojos
brillantes:

«Nausícaa, ¿por qué tan indolente te parió tu
madre? Tienes descuidados los espléndidos
vestidos, y eso que está cercana tu boda, en que
es preciso que vistas tus mejores galas y se las
proporciones también a aquellos que lo acompañen.
Pues de cosas así resulta buena fama a
los hombres y se complacen el padre y la venerable
madre.
Conque marchemos a lavar tan pronto como
despunte la aurora; también yo ire contigo como
compañera para que dispongas todo enseguida,
porque ya no vas a estar soltera mucho
tiempo, que te pretenden los mejores de los
feacios en el pueblo donde también tú tienes tu
linaje. Así que, anda, pide a tu ilustre padre que
prepare antes de la aurora mulas y un carro
que lleve los cinturones, las túnicas y tu
espléndida ropa. Es para ti mucho mejor ir así
que a pie, pues los lavaderos están muy lejos de
la ciudad.»


Cuando hubo hablado así se marchó Atenea, la
de los brillantes, al Olimpo, donde dicen que
está la morada siempre segura de los dioses,
pues no es azotada por los vientos ni mojada
por las lluvias, ni tampoco la cubre la nieve.
Permanece siempre un cielo sin nubes y una
resplandeciente claridad la envuelve. Allí se
divierten durante todo el día los felices dioses.
Hacia allá marchó la de ojos brillantes cuando
hubo aconsejado a la joven.

Al punto llegó Eos, la de hermoso trono, que
despertó a Nausícaa; de lindo pelo, y asombrada
del sueño echó a correr por el palacio para
contárselo a sus progenitores, a su padre y a su
madre. Y encontró dentro a los dos; ella estaba
sentada junto al hogar con sus siervas hilando
copos de lana teñidos con púrpura marina; a él
lo encontró a las puertas cuando marchaba con
los ilustres reyes al Consejo, donde lo reclamaban
los nobles feacios.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 05 Mayo 2021, 06:10

HOMERO

LA ODISEA

CANTO VI

ODISEO Y NAUSÍCAA.
CONT.

Así que se acercó a su padre y le dijo:

«Querido papá, ¿no podrías aparejarme un alto
carro de buenas ruedas para que lleve a lavar al
río los vestidos que tengo sucios? Que también
a ti conviene, cuando estás entre los principales,
participar en el Consejo llevando sobre tu
cuerpo vestidos limpios. Además, tienes cinco
hijos en el palacio, dos casados ya, pero tres
solteros en la flor de la edad, y éstos siempre
quieren ir al baile con los vestidos bien limpios,
y todo esto está a mi cargo.»


Así dijo, pues se avergonzaba de mentar el floreciente
matrimonio a su padre. Pero él comprendió
todo y le respondió con estas palabras:

«No te voy a negar las mulas, hija, ni ninguna
otra cosa. Ve; al momento los criados lo prepararán
un alto carro de buenas ruedas con una
cesta ajustada a él.»


Cuando hubo dicho así, daba órdenes a sus
criados y éstos al momento le obedecieron.
Prepararon fuera el carro mulero de buenas
ruedas, trajeron mulas y las uncieron al yugo.
La joven sacó de la habitación un lujoso vestido
y lo colocó en el bien pulido carro, y la madre
puso en un capacho abundante y rica comida,
así como golosinas, y en un odre de cuero de
cabra vertió vino. La joven subió al carro, y
todavía le dió en un recipiente de oro aceite
húmedo para que se ungiera con sus sirvientas.
Tomó Nausícaa el látigo y las resplandecientes
riendas y lo restalló para que partieran. Y se
dejó sentir el batir de las mulas, y mantenían
una tensión incesante llevando los vestidos y a
ella misma; mas no sola, que con ella marchaban
sus esclavas. Así que hubieron llegado a la
hermosisima corriente del río donde estaban
los lavaderos perennes (manaba un caudal de
agua muy hermosa para lavar incluso la ropa
más sucia), soltaron las mulas del carro y las
arrearon hacia el río de hermosos torbellinos
para que comieran la fresca hierba suave como
la miel. Tomaron ellas en sus manos los vestidos,
los llevaron a la oscura agua y los pisoteaban
con presteza en las pilas, emulándose unas
a otras.

Una vez que limpiaron y lavaron toda la suciedad,
extendieron la ropa ordenadamente a la
orilla del mar precisamente donde el agua devuelve
a la tierra los guijarros más limpios.

Y después de bañarse y ungirse con el grasiento
aceite, tomaron el almuerzo junto a la orilla del
río y aguardaban a que la ropa se secara con el
resplandor del sol.

Apenas habían terminado de disfrutar el almuerzo,
las criadas y ella misma se pusieron a
jugar con una pelota, despojándose de sus velos.
Y Nausícaa, de blancos brazos, dio comienzo
a la danza. Como Artemis va por los montes,
la Flechadora, ya sea por el Taigeto muy espacioso
o por el Erimanto, mientras disfruta con
los jabalíes y ligeros ciervos, y con ella las ninfas
agrestes, hijas de Zeus portador de la égida,
participan en los juegos y disfruta en su pecho
Leto... (de todas ellas tiene por encima la cabeza
y el rostro, así que es fácilmente reconocible,
aunque todas son bellas), así se distinguía entre
todas sus sirvientas la joven doncella.
Pero cuando ya se disponían a regresar de nuevo
a casa, después de haber uncido las mulas y
doblado los bellos vestidos, la diosa de ojos
brillantes, Atenea, dispuso otro plan: que Odiseo
se despertara y viera a la joven de hermosos
ojos que lo conduciría a la ciudad de los feacios.
Conque la princesa tiró la pelota a una sirvienta
y no la acertó; arrojóla en un profundo remolino
y ellas gritaron con fuerza. Despertó el divino
Odiseo, y sentado meditaba en su mente y
en su corazón:

«¡Ay de mí! ¿De qué clase de hombres es la
tierra a la que he llegado? ¿Son soberbios, salvajes
y carentes de justicia o amigos de los forasteros
y con sentimientos de piedad hacia los
dioses?. Y es el caso que me rodea un griterío
femenino como de doncellas, de ninfas que
poseen las elevadas cimas de los montes, las
fuentes de los ríos y los prados cubiertos de
hierba. ¿O es que estoy cerca de hombres dotados
de voz articulada? Pero, ea, yo mismo voy
a comprobarlo a intentaré verlo.»


Cuando hubo dicho así, salió de entre los matorrales
el divino Odiseo, y de la cerrada selva
cortó con su robusta mano una rama frondosa
para cubrirse alrededor las vergüenzas. Y se
puso en camino como un león montaraz que,
confiado en su fuerza, marcha empapado de
lluvia y contra el viento y le arden los ojos; entonces
persigue a bueyes o a ovejas o anda tras
los salvajes ciervos; pues su vientre lo apremia
a entrar en un recinto bien cerrado para atacar a
los ganados. Así iba a mezclarse Odiseo entre
las doncellas de lindas trenzas, aun estando
desnudo, pues la necesidad lo alcanzaba. Y
apareció ante ellas terriblemente afeado por la
salmuera.

CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 05 Mayo 2021, 06:26

HOMERO

LA ODISEA

CANTO VI

ODISEO Y NAUSÍCAA
. CONT.

Temblorosas se dispersan cada una por un lado
hacia las salientes riberas. Sola la hija de Alcínoo
se quedó, pues Atenea le infundió valor en
su pecho y arrojó el miedo de sus miembros. Y
permaneció a pie firme frente a Odiseo. Éste
dudó entre suplicar a la muchacha de lindos
ojos abrazado a sus rodillas o pedirle desde
lejos, con dulces palabras, que le señalara su
ciudad y le entregara ropas. Y mientras esto
cavilaba, le pareció mejor suplicar desde lejos
con dulces palabras, no fuera que la doncella se
irritara con él al abrazarle las rodillas. Así que
pronunció estas dulces y astutas palabras:

«A ti suplico, soberana. ¿Eres diosa o mortal? Si
eres una divinidad de las que poseen el espacioso
cielo, yo te comparo a Arternis, la hija del
gran Zeus, en belleza, talle y distinción, y si
eres uno de los mortales que habitan la tierra,
tres veces felices tu padre y tu venerable madre;
tres veces felices también tus hermanos,
pues bien seguro que el ánimo se les ensancha
por tu causa viendo entrar en el baile a tal retoño;
y con mucho el más feliz de todos en su
corazón aquel que venciendo con sus presentes
te lleve a su casa. Que jamás he visto con mis
ojos semejante mortal, hombre o mujer. Al mirarte
me atenaza el asombro. Una vez en Delos
vi que crecía junto al altar de Apolo un retoño
semejante de palmera (pues también he ido allí
y me seguía un numeroso ejército en expedición
en que me iban a suceder funestos males.)
Así es que contemplando aquello quedé entusiasmado
largo tiempo, pues nunca árbol tal
había crecido de la tierra.
«Del mismo modo te admiro a ti, mujer, y te
contemplo absorto al tiempo que temo profundamente
abrazar tus rodillas. Pero me alcanza
un terrible pesar. Ayer escapé del ponto, rojo
como el vino, después de veinte días. Entretanto
me han zarandeado sin cesar el oleaje y turbulentas
tempestades desde la isla Ogigia, y
ahora por fin me ha arrojado aquí algún
demón, sin duda para que sufra algún contratiempo;
pues no creo que éstos vayan a cesar,
sino que todavía los dioses me preparan muchas
desventuras.
«Pero tú, soberana, ten compasión, pues es a ti
a quien primero encuentro después de haber
soportado muchas desgracias, que no conozco a
ninguno de los hombres que poseen esta tierra
y ciudad. Muéstrame la ciudad y dame algo de
ropa para cubrirme si al venir trajiste alguna
para envoltura de tus vestidos. ¡Que los dioses
te concedan cuantas cosas anhelas en tu corazón:
un marido, una casa, y te otorguen también
una feliz armonía! Seguro que no hay nada
más bello y mejor que cuando un hombre y una
mujer gobiernan la casa con el mismo parecer;
pesar es para el enemigo y alegría para el amigo,
y, sobre todo, ellos consiguen buena fama. »

Y le respondió luego Nausícaa, la de blancos
brazos:

«Forastero, no pareces hombre plebeyo ni insensato.
El mismo Zeus Olímpico reparte la
felicidad entre los hombres tanto a nobles como
a plebeyos, según quiere a cada uno. Sin duda
también a ti te ha concedido esto, y es preciso
que lo soportes con firmeza hasta el fin.
«Ahora que has llegado a nuestra ciudad y a
nuestra tierra, no te verás privado de vestidos
ni de ninguna otra cosa de las que son propias
del desdichado suplicante que nos sale al encuentro.
Te mostraré la ciudad y te diré los
nombres de sus gentes. Los feacios poseen esta
ciudad y esta tierra; yo soy la hija del magnánimo
Alcínoo, en quien descansa el poder y la
fuerza de los feacios.»


Así dijo, y ordenó a las doncellas de lindas
trenzas:

«Deteneos, siervas. ¿A dónde húís por ver a
este hombre? ¿Acaso creéis que es un enemigo?
No existe viviente ni puede nacer hombre que
llegue con ánimo hostil al país de los feacios,
pues somos muy queridos de los dioses y habitamos
lejos en el agitado ponto, los más apartados,
y ningún otro mortal tiene trato con nosotros.
«Peró éste ha llegado aquí como un desdichado
después de andar errante, y ahora es preciso
atenderle. Que todos los huéspedes y mendigos
proceden de Zeus, y para ellos una dádiva pequeña
es querida. ¡Vamos!, dadle de comer y de
beber y lavadlo en el río donde haya un abrigo
contra el viento. »

CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 05 Mayo 2021, 06:41

HOMERO

LA ODISEA

CANTO VI

ODISEO Y NAUSÍCAA.
CONT.



Así dijo; ellas se detuvieron y se animaron unas
a otras, hicieron sentar a Odiseo en lugar resguardado,
según lo había ordenado Nausícaa,
hija del magnánimo Alcínoo, le proporcionáron
un manto y una túnica como vestido, le entregaron
aceite húmedo en una ampolla de oro y
lo apremiaban para que se bañara en las corrientes
del río.

Entonces, por fin, dijo el divino Odiseo a las
siervas:

«Siervas, deteneos ahí lejos mientras me quito
de los hombros la salmuera y me unjo con aceite,
pues ya hace tiempo que no hay grasa sobre
mi cuerpo; que no me lavaré yo frente a vosotras,
pues me avergüenzo de permanecer desnudo
entre doncellas de lindas trenzas. »
Así dijo; ellas se detuvieron y se animaron unas
a otras, hicieron sentar a Odiseo en lugar resguardado,
según lo había ordenado Nausícaa,
hija del magnánimo Alcínoo, le proporcionáron
un manto y una túnica como vestido, le entregaron
aceite húmedo en una ampolla de oro y
lo apremiaban para que se bañara en las corrientes
del río.

Entonces, por fin, dijo el divino Odiseo a las
siervas:

«Siervas, deteneos ahí lejos mientras me quito
de los hombros la salmuera y me unjo con aceite,
pues ya hace tiempo que no hay grasa sobre
mi cuerpo; que no me lavaré yo frente a vosotras,
pues me avergüenzo de permanecer desnudo
entre doncellas de lindas trenzas. »


Así dijo y ellas se alejaron y se lo contaron a la
muchacha. Cónque el divino Odiseo púsose a
lavar su cuerpo en las aguas del río y a quitarse
la salmuera que cubría sus anchas espaldas y
sus hombros, y limpió de su cabeza la espuma
de la mar infatigable. Después que se hubo lavado
y ungido con aceite, se vistió las ropas
que le proporcionara la no sometida doncella.
Entonces le concedió, Atenea, la hija de Zeus,
aparecer más apuesto y robusto e hizo caer de
su cabeza espesa cabellera, semejante a la flor
del jacinto. Así como derrama oro sobre plata
un diestro orfebre a quien Hefesto y Palas Atenea
han enseñado toda clase de artes y termina
graciosos trabajos, así Atenea vertió su gracia
sobre la cabeza y hombros de Odiseo. Fuese
entonces a sentar a lo lejos junto a la orilla del
mar, resplandeciente de belleza y de gracia, y la
muchacha lo contemplaba.

Por fin dijo a las siervas de lindas trenzas:

«Esuchadme, siervas de blancos brazos, mientras
os hablo; no en contra de la voluntad de
todos los dioses, los que poseen el Olimpo, tiene
trato este hombre con los feacios semejantes
a los dioses. Es verdad que antes me pareció
desagradable, pero ahora es semejante a los
dioses, los que poseen el amplio cielo. ¡Ojalá
semejante varón fuera llamado esposo mío
habitando aquí y le cumpliera permanecer con
nosotros! Vamos, siervas, dad al huésped comida
y bebida.»


Así dijo; ellas la escucharon y al punto realizaron
sus deseos: pusieron comida y bebida junto
a Odiseo y verdad es que comía y bebía con
voracidad el sufridor, el divino Odiseo, pues
durante largo tiempo estuvo ayuno de comida.
De pronto Nausícaa, de blancos brazos, cambió
de parecer. Después de haber plegado sus vestidos
los colocó en el hermoso carro, unció las
mulas de fuertes cascos y ascendió ella misma.
Animó a Odiseo, le llamó por su nombre y le
dirigió su palabra:


Así dijo y ellas se alejaron y se lo contaron a la
muchacha. Cónque el divino Odiseo púsose a
lavar su cuerpo en las aguas del río y a quitarse
la salmuera que cubría sus anchas espaldas y
sus hombros, y limpió de su cabeza la espuma
de la mar infatigable. Después que se hubo lavado
y ungido con aceite, se vistió las ropas
que le proporcionara la no sometida doncella.
Entonces le concedió, Atenea, la hija de Zeus,
aparecer más apuesto y robusto e hizo caer de
su cabeza espesa cabellera, semejante a la flor
del jacinto. Así como derrama oro sobre plata
un diestro orfebre a quien Hefesto y Palas Atenea
han enseñado toda clase de artes y termina
graciosos trabajos, así Atenea vertió su gracia
sobre la cabeza y hombros de Odiseo. Fuese
entonces a sentar a lo lejos junto a la orilla del
mar, resplandeciente de belleza y de gracia, y la
muchacha lo contemplaba.
Por fin dijo a las siervas de lindas trenzas:

«Esuchadme, siervas de blancos brazos, mientras
os hablo; no en contra de la voluntad de
todos los dioses, los que poseen el Olimpo, tiene
trato este hombre con los feacios semejantes
a los dioses. Es verdad que antes me pareció
desagradable, pero ahora es semejante a los
dioses, los que poseen el amplio cielo. ¡Ojalá
semejante varón fuera llamado esposo mío
habitando aquí y le cumpliera permanecer con
nosotros! Vamos, siervas, dad al huésped comida
y bebida.»


Así dijo; ellas la escucharon y al punto realizaron
sus deseos: pusieron comida y bebida junto
a Odiseo y verdad es que comía y bebía con
voracidad el sufridor, el divino Odiseo, pues
durante largo tiempo estuvo ayuno de comida.
De pronto Nausícaa, de blancos brazos, cambió
de parecer. Después de haber plegado sus vestidos
los colocó en el hermoso carro, unció las
mulas de fuertes cascos y ascendió ella misma.
Animó a Odiseo, le llamó por su nombre y le
dirigió su palabra:

CONT.


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...

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 05 Mayo 2021, 07:58

HOMERO

LA ODISEA

CANTO V

ODISEO LLEGA A ESQUERIA
DE LOS FEACIOS
. CONT.

«Forastero, levántate ahora para ir a la ciudad y
para que yo te acompañe a casa de mi prudente
padre, donde te aseguro que verás a los más
excelentes de todos los feacios. Pero ahora cuidate
de obrar así -ya que no me pareces insensato-:
mientras vayamos por los campos y las
labores de los hombres, marcha presto con las
sirvientas tras las mulas y el carro y yo seré
guía. Pero cuando subamos a la ciudad... a ésta
la rodea una elevada muralla; hay un hermoso
puerto a ambos lados de la ciudad y es estrecha
la entrada, y las curvadas naves son arrastradas
por el camino, pues todos ellos tienen refugios
para sus naves. También tienen en torno al
hermoso templo de Poseidón el ágora construida
con piedras gigantescas que hunden sus
raíces en la tierra. Aquí se ocupan los hombres
de los aparejos de sus negras naves, cables y
velas, y aquí afilan sus remos. Pues los feacios
no se ocupan de arco y carcaj, sino de mástiles
y remos, y de proporcionadas naves con las que
recorren orgullosos el canoso mar. De éstos
quiero evitar el amargo comentario, no sea que
alguno murmure por detrás, pues muchos son
los soberbios en el pueblo, y quizá alguno, el
más vil, diga al salirnos al encuentro: "¿Quién
es este hermoso y apuesto forastero que sigue a
Nausícaa?, ¿dónde lo encontró? Quizá llegue a
ser su esposo, o quizá es algún navegante al
que, errante en su nave, le dio hospitalidad, de
los hombres que viven lejos, ya que nadie vive
cerca de aquí. O quizá un dios le ha bajado del
cielo tras invocarlo y lo va a tener con ella para
siempre. Mejor si ha encontrado por ahí un
esposo de fuera, pues desdeña a los demás feacios
en el pueblo, aunque son muchos y nobles
los que la pretenden."
Así dirán, y para mí estas
palabras serán odiosas. Pero yo también me
indignaría con otra que hiciera cosas semejantes
contra la voluntad de su padre y de su madre
y se uniera con hombres antes que celebre
público matrimonio.

«Conque, forastero, haz caso de mi palabra
para que consigas pronto de mi padre escolta y
regreso.
«Encontrarás un espléndido bosque de Atenea
junto al camino, de álamos negros; allí mana
una fuente y alrededor hay un prado; allí está
el cercado de mi padre y la florida viña, tan
cerca de la ciudad que se oye al gritar. Espera
un poco allí sentado para que nosotras alcancemos
la ciudad y lleguemos a casa de mi padre,
y cuando supongas que hemos llegado al
palacio, disponte entonces a marchar a la ciudad
de los feacios y pregunta por la casa de mi
padre, el magnánimo Alcínoo. Es fácilmente
reconocible y hasta un niño pequeño te puede
conducir, pues no es nada semejante a las casas
de los demás feacios: ¡tal es el palacio del héroe
Alcínoo! Y una vez que te cobijen la casa y el
patio, cruza rápidamente el mégaron para llegar
hasta mi madre; ella está sentada en el
hogar a la luz del fuego, hilando copos purpúreos
-¡una maravilla para verlos!- apoyada en la
columna. Y sus esclavas se sientan detrás de
ella. Allí también está el trono de mi padre
apoyado contra la columna, en el que se sienta
a beber su vino como un dios inmortal. Pásalo
de largo y arrójate a abrazar con tus manos las
rodillas de mi madre, a fin de que consigas
pronto el día del regreso, para tu felicidad,
aunque seas de lejana tierra. Pues si ella te
guarda sentimientos amigos en su corazón,
podrás cumplir el deseo de ver a los tuyos, tu
bien construida casa y tu tierra patria.»

Hablando así golpeó con su brillante látigo a las
mulas y éstas abandonaron veloces las corrientes
del río: trotaban muy bien y cruzaban bien
las patas. Y ella llevaba las riendas para que
pudieran seguirle a pie las sirvientas y Odiseo;
así es que manejaba el látigo con tiento.
Y se sumergió Helios y al punto llegaron al
famoso bosquecillo sagrado de Atenea, donde
se sentó el divino Odiseo:

Y se puso a invocar a la hija del gran Zeus:

«Escúchame, hija de Zeus, portador de égida,
Atritona, escúchame en este momento, ya que
antes no me escuchaste cuando sufrí naufragio,
cuando me golpeó el famoso, el que sacude la
tierra. Concédeme llegar a la tierra de los feacios
como amigo y digno de lástima.»


Así dijo suplicando y le escuchó Palas Atenea.
Pero no le salió al encuentro, pues respetaba al
hermano de su padre que mantenía su cólera
violenta contra Odiseo, semejante a un dios,
hasta que llegara a su patria

FIN DEL CANTO V.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 05 Mayo 2021, 23:39

HOMERO

LA ODISEA

CANTO VII

ODISEO EN EL PALACIO DE ALCÍNOO


Y mientras así rogaba el sufridor, el divino
Odiseo, el vigor de las mulas llevaba a la doncella
a la ciudad. Cuando al fin llegó a la famosa
morada de su padre, se detuvo ante las puertas
y la rodearon sus hermanos, semejantes a
los inmortales, quienes desuncieron las mulas
del carro y llevaron adentro las ropas. Ella se
dirigió a su habitación y le encendió fuego una
anciana de Apira, la camarera Eurimedusa, a la
que trajeron desde Apira las curvadas naves. Se
la habían elegido a Alcínoo como recompensa,
porque reinaba sobre todos los feacios y el pueblo
lo escuchaba como a un dios. Ella fue quien
crió a Nausícaa, la de blancos brazos, en el
mégaron; ella le avivaba el fuego y le preparaba
la cena.

Entonces Odiseo se dispuso a marchar a la ciudad,
y Atenea, siempre preocupada por Odiseo,
derramó en torno suyo una gran nube, no fuera
que alguno de los magnánimos feacios, saliéndole
al encuentro, le molestara de palabra y le
preguntara quién era. Conque cuando estaba ya
a punto de penetrar en la agradable ciudad, le
salió al encuentro la diosa Atenea, de ojos brillantes,
tomando la apariencia de una niña pequeña
con un cántaro, y se detuvo delante de
él, y le preguntó luego el divino Odiseo:

«Pequeña, ¿querrías llevarme a casa de Alcínoo,
el que gobierna entre estos hombres? Pues
yo soy forastero y después de muchas desventuras
he llegado aquí desde lejos, de una tierra
apartada; por esto no conozco a ninguno de los
hombres que poseen esta ciudad y estas tierras
de labor.»


Y le respondió luego Atenea, la diosa de ojos
brillantes:

«Yo te mostraré, padre forastero, la casa que me
pides, ya que vive cerca de mi irreprochable
padre. Anda, ven en silencio y te mostraré el
camino, pero no mires ni preguntes a ninguno
de los hombres, pues no soportan con agrado a
los forasteros ni agasajan con gusto al que llega
de otra parte. Confiados en sus rápidas naves
surcan el gran abismo del mar, pues así se lo ha
encomendado el que sacude la tierra, y sus naves
son tan ligeras como las alas o como el pensamiento.»


Hablando así le condujo rápidamente Palas
Atenea y él marchaba tras las huellas de la diosa.
Pero no lo vieron los feacios, famosos por
sus naves, mientras marchaba entre ellos por su
ciudad, ya que no lo permitía Atenea, de lindas
trenzas, la terrible diosa que preocupándose
por él en su ánimo le había cubierto con una
nube divina.

Odiseo iba contemplando con admiración los
puertos y las proporcionadas naves, las ágoras
de ellos, de los héroes y las grandes murallas
elevadas, ajustadas con piedras, maravilla de
ver. Y cuando al fin llegó a la famosa morada
del rey, Atenea, de ojos brillantes, comenzó a
hablar:

CONT.


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que traspasó y emocionó a los muertos.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 05 Mayo 2021, 23:46

HOMERO

LA ODISEA

CANTO VII

ODISEO EN EL PALACIO DE ALCÍNOO.
CONT.

«Ese es, padre forastero, el palacio que me pedías
que te mostrara; encontrarás a los reyes,
vástagos de Zeus, celebrando un banquete. Tú
pasa adentro y no te turbes en tu ánimo, pues
un hombre con arrojo resulta ser el mejor en
toda acción, aunque llegue de otra tierra. Primero
encontrarás a la reina en el mégaron; su
nombre es Arete y desciende de los mismos padres
que engendraron a Alcínoo. A Nausítoo lo
engendraron primero Poseidón, el que sacude
la tierra, y Peribea, la más excelente de las mujeres
en su porte, hija menor del magnánimo
Eurimedonte, que entonces gobernaba sobre los
soberbios Gigantes -éste hizo perecer a su arrogante
pueblo, pereciendo también él-; con ella
se unió Poseidón y engendró a su hijo, el
magnánimo Nausítoo, que reinó entre los feacios.
Nausítoo fue el padre de Rexenor y Alcínoo.
A aquél lo alcanzó Apolo, el del arco de
plata, recién casado y sin hijos varones y en la
casa dejó a una niña sola, a Arete, a la que Alcínoo
hizo su ésposa y honró como jamás ninguna
otra ha sido honrada de cuantas mujeres
gobiernan una casa sometidas a su esposo. Así
ella ha sido honrada en su corazón y lo sigue
siendo por sus hijos y el mismo Alcínoo y por
su pueblo que la contempla como a una diosa,
y la saludan con agradables palabras cuando
pasea por la ciudad, que no carece tampoco ella
de buen juicio y resuelve los litigios, incluso a
los hombres por los que siente amistad. Si ella
te recibe con sentimientos amigos puedes tener
la esperanza de ver a los tuyos, regresar a tu
casa de alto techo y a tu tierra patria.»


Cuando hubo hablado así marchó Atenea, de
ojos brillantes, por el estéril ponto y abandonó
la agradable Esqueria. Llegó así a Maratón y a
Atenas, de anchas calles, y penetró en la sólida
morada de Erecteo.

Entretanto, Odiseo caminaba hacia la famosa
morada de Alcínoo, y su corazón removía diversos
pensamientos cuando se detuvo antes de
alcanzar el broncíneo umbral. Pues hay un resplandor
como de sol o de luna en el elevado
palacio del magnánimo Alcínoo; a ambos lados
se extienden muros de bronce desde el umbral
hasta el fondo y en su torno un azulado friso;
puertas de oro cierran por dentro la sólida estancia;
las jambas sobre el umbral son de plata
y de plata el dintel, y el tirador, de oro. A uno y
otro lado de la puerta había perros de oro y
plata que había esculpido Hefesto con la habilidad
de su mente para custodiar la morada del
magnánimo Alcínoo perros que son inmortales
y no envejecen nunca. A lo largo de la pared y a
ambos lados, desde el umbral hasta el fondo,
había tronos cubiertos por ropajes hábilmente
tejidos, obra de mujeres. En ellos se sentaban
los señores feacios mientras bebían y comían; y
los ocupaban constantemente. Había también
unos jovenes de oro en pie sobre pedestales
perfectamente construidos, portando en sus
manos antorchas encendidas, los cuales alumbraban
los banquetes nocturnos del palacio.
Tiene cincuenta esclavas en su mansión: unas
muelen el dorado fruto, otras tejen telas y sentadas
hacen funcionar los husos, semejantes a
las hojas de un esbelto álamo negro, y del lino
tejido gotea el húmedo aceite. Tanto como los
feacios son más expertos que los demás hombres
en gobernar su rápida nave sobre el ponto,
así son sus mujeres en el telar. Pues Atenea les
ha concedido en grado sumo el saber realizar
brillantes labores y buena cabeza.

CONT.


_________________
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 05 Mayo 2021, 23:55

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LA ODISEA

CANTO VII

ODISEO EN EL PALACIO DE ALCÍNOO.
CONT.

Fuera del patio, cerca de las puertas, hay un
gran huerto de cuatro yugadas y alrededor se
extiende un cerco a ambos lados. Allí han nacido
y florecen árboles: perales y granados, manzanos
de espléndidos frutos, dulces higueras y
verdes olivos; de ellos no se pierde el fruto ni
falta nunca en invierno ni en verano: son perennes.
Siempre que sopla Céfiro, unos nacen y
otros maduran. La pera envejece sobre la pera,
la manzana sobre la manzana, la uva sobre la
uva y también el higo sobre el higo. Allí tiene
plantada una viña muy fructífera, en la que
unas uvas se secan al sol en lugar abrigado,
otras las vendimian y otras las pisan: delante
están las vides que dejan salir la flor y otras hay
también que apenas negrean. Allí también, en
el fondo del huerto, crecen tipos de verduras de
todas clases siempre lozanas. También hay allí
dos fuentes, la una que corre por todo el huerto,
la otra que va de una parte a otra bajo el
umbral del patio hasta la elevada morada a
donde van por agua los ciudadanos. Tales eran
las brillantes dádivas de los dioses en la mansión
de Alcínoo.

Allí estaba el divino Odiseo, el sufridor, y lo
contemplaba con admiración. Conque una vez
que hubo contemplado todo boquiabierto cruzó
el umbral con rapidez para entrar en la casa. Y
encontró a los jefes y señores de los feacios que
hacían libación con sus copas al vigilante Argifonte,
a quien solían ofrecer libación en último
lugar, cuando ya sentían necesidad del lecho.
Así que el sufridor, el divino Odiseo, echó a
andar por la casa envuelto en la espesa niebla
que le había derramado Atenea, hasta que llegó
ante Arete y el rey Alcínoo.

Abrazó Odiseo las rodillas de Arete y entonces,
por fin, se disipó la divina nube. Quedaron
todos en silencio al ver a un hombre en el palacio
y se llenaron de asombro al contemplarle. Y
Odiseo suplicaba de esta guisa:

«Arete, hija de Rexenor, semejante a un inmortal,
me he llegado a tu esposo, a tus rodillas y
ante éstos tus invitados, después de sufrir muchas
desventuras. ¡Ojalá los dioses concedan a
éstos vivir en la abundancia; que cada uno
pueda legar a sus hijos los bienes de su hacienda
y las prerrogativas que les ha concedido el
pueblo. En cuanto a mí, proporcionadme escolta
para llegar rápidamente a mi patria. Pues ya
hace tiempo que padezco pesares lejos de los
míos.»


Así diciendo se sentó entre las cenizas junto al
fuego del hogar. Todos ellos permanecían inmóviles
en silencio. Al fin tomó la palabra un
anciano héroe, Equeneo, que era el más anciano
entre los feacios y sobresalía por su palabra,
pues era conocedor de muchas y antiguas cosas.
Este les habló y dijo con sentimientos de
amistad:

«Alcínoo, no me parece lo mejor, ni está bien,
que el huésped permanezca sentado en el suelo
entre las cenizas del hogar. Estos permanecen
callados esperando únicamente tu palabra. Anda,
haz que se levante y siéntalo en un trono de
clavos de plata. Ordena también a los heraldos
que mezclen vino para que hagamos libaciones
a Zeus, el que goza con el rayo, el que asiste a
los venerables suplicantes. En fin, que el ama
de llaves proporcione al forastero alguna vianda
de las que hay dentro.»



CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 06 Mayo 2021, 00:02

HOMERO

LA ODISEA

CANTO VII

ODISEO EN EL PALACIO DE ALCÍNOO.
CONT.

Cuando hubo escuchado esto, la sagrada fuerza
de Alcínoo asiendo de la mano a Odiseo, prudente
y hábil en astucias, lo hizo levantar del
hogar y lo asentó en su brillante trono, después
de haber levantado a su hijo, al valeroso Laodamante,
que solía sentarse a su lado y al que
sobre todos quería. Una sirvienta trajo aguamanos
en hermoso jarro de oro y la vertió sobre
una jofaina de plata para que se lavara. A su
lado extendió una pulimentada mesa. La venerable
ama de llaves le proporcionó pan y le dejó
allí toda clase de manjares, favoreciéndole gustosa
entre los presentes. En tanto que comía y
bebía el sufridor, divino Odiseo, la fuerza de
Alcínoo dijo a un heraldo:

«Pontónoo, mezcla vino en la crátera y repártelo
a todos en la casa para que ofrezcamos libaciones
a Zeus, el que goza con el rayo, el que
asiste siempre a los venerables suplicantes.»


Así dijo; Pontónoo mezcló el dulce vino y lo
repartió entre todos, haciendo una primera
ofrenda, por orden, en las copas. Una vez que
hicieron las libaciones y bebieron cuanto quiso
su ánimo, habló entre ellos Alcínoo y dijo:

«Escuchadme, jefes y señores de los feacios,
para que os diga lo que mi corazón me ordena
en el pecho. Dad ahora fin al banquete y marchad
a acostaros a vuestra casa. Y a la aurora,
después de convocar al mayor número de ancianos,
ofreceremos hospitalidad al forastero,
haremos hermosos sacrificios a los dioses y
después trataremos de su escolta para que el forastero
alcance su tierra patria sin fatiga ni esfuerzo
con nuestra escolta - la que recibirá contento-
por muy lejana que sea, y para que no
sufra ningún daño antes de desembarcar en su
tierra. Una vez allí sufrirá cuantas desventuras
le tejieron con el hilo en su nacimiento, cuando
lo parió su madre, la Aisa y las graves Hilanderas.
Pero si fuera uno de los inmortales que ha
venido desde el cielo, alguna otra cosa nos preparan
los dioses, pues hasta ahora siempre se
nos han mostrado a las claras, cuando les ofrecemos
magníficas hecatombes y participan con
nosotros del banquete sentados allí donde nos
sentamos nosotros. Y si algún caminante solitario
se topa con ellos, no se le ocultan, y es que
somos semejantes a ellos tanto como los Cíclopes
y la salvaje raza de los Gigantes.»


Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

«Alcínoo, deja de preocuparte por esto, que yo
en verdad en nada me asemejo a los inmortales
que poseen el ancho cielo, ni en continente ni
en porte, sino a los mortales hombres; quien
vosotros sepáis que ha soportado más desventuras
entre los hombres mortales, a éste podría
yo igualarme en pesares. Y todavía podría contar
desgracias mucho mayores, todas cuantas
soporté por la voluntad de los dioses. Pero dejadme
cenar, por más angustiado que yo esté,
pues no hay cosa más inoportuna que el maldito
estómago que nos incita por fuerza a acordarnos
de él, y aun al que está muy afligido y
con un gran pesar en las mientes, como yo ahora
tengo el mío, lo fuerza a comer y beber.
También a mí me hace olvidar todos los males,
que he padecido; y me ordena llenarlo.
«Vosotros, en cuanto apunte la aurora, apresuraos
a dejarme a mí, desgraciado, en mi tierra
patria, a pesar de lo que he sufrido. Que me
abandone la vida una vez que haya visto mi
hacienda, mis siervos y mi gran morada de elevado
techo.»


Así dijo; todos aprobaron sus palabras y aconsejaban
dar escolta al forastero, ya que había
hablado como le correspondía.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 06 Mayo 2021, 00:10

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LA ODISEA

CANTO VII

ODISEO EN EL PALACIO DE ALCÍNOO.
CONT.

Una vez que hicieron las libaciones y bebieron
cuanto su ánimo quiso, cada uno marchó a su
casa para acostarse. Así que quedó sólo en el
mégaron el divino Odiseo y a su lado se sentaron
Arete y Alcínoo, semejante a un dios. Las
siervas se llevaron los útiles del banquete.
Y Arete, de blancos brazos, comenzó a hablar,
pues, al verlos, reconoció el manto, la túnica y
los hermosos ropajes que ella misma había tejido
con sus siervas. Y le habló y le dijo aladas
palabras:

«Huésped, seré yo la primera en preguntarte:
¿quién eres?, ¿de dónde vienes?, ¿quién te dio
esos vestidos?, ¿no dices que has llegado aquí
después de andar errante por el ponto?»


Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

Es doloroso, reina, que enumere uno a uno mis
padecimientos, que los dioses celestes me han
otorgado muchos. Pero con todo te contestaré a
lo que me preguntas a inquieres. Lejos, en el
mar, está la isla de Ogigia, donde vive la hija de
Atlante, la engañosa Calipso de lindas trenzas,
terrible diosa; ninguno de los dioses ni de los
hombres mortales tienen trato con ella. Sólo a
mí, desventurado, me llevó como huésped un
demón después que Zeus, empujando mi rápida
nave, la incendió con un brillante rayo en
medio del ponto rojo como el vino. Todos mis
demás valientes compañeros perecieron, pero
yo, abrazado a la quilla de mi curvada nave,
aguanté durante nueve días; y al décimo, en
negra noche, los dioses me echaron a la isla
Ogigia, donde habita Calipso de lindas trenzas,
la terrible diosa que acogiéndome gentilmente
me alimentaba y no dejaba de decir que me
haría inmortal y libre de vejez para siempre;
pero no logró convencer a mi corazón dentro
del pecho. Allí permanecí, no obstante, siete
años regando sin cesar con mis lágrimas las
inmortales ropas que me había dado Calipso.
Pero cuando por fin cumplió su curso el año
octavo, me apremió e incitó a que partiera ya
sea por mensaje de Zeus o quizá porque ella
misma cambió de opinión. Despidióme en una
bien trabada balsa y me proporcionó abundante
pan y dulce vino, me vistió inmortales ropas
y me envió un viento próspero y cálido.
Diecisiete días navegué por el ponto, hasta que
el decimoctavo aparecieron las sombrías montañas
de vuestras tierras. Conque se me alegró
el corazón, ¡desdichado de mí!, pues aún había
de verme envuelto en la incesante aflición que
me proporcionó Poseidón, el que sacude la tierra,
quien impulsando los vientos me cerró el
camino, sacudió el mar infinito y el oleaje no
permitía que yo, mientras gemía incesamente,
avanzara en mi balsa; después la destruyó la
tempestad. Fue entonces cuando surqué nadando
el abismo hastá que el viento y el agua
me acercaron a vuestra tierra; y cuando trataba
de alcanzar la orilla, habríame arrojado violentamente
el oleaje contra las grandes rocas, en
lugar funesto; pero retrocedí de nuevo nadando,
hasta que llegué al río, allí donde me pareció
el mejor lugar, limpio de piedras y al abrigo
del viento. Me dejé caer allí para recobrar el
aliento y se me echó encima la noche divina.
Alejéme del río nacido de Zeus y entre los matorrales
acomodé mi lecho amontonando alrededor
muchas hojas; y un dios me vertió profundo
sueño. Allí, entre las hojas, dormí con el
corazón afligido toda la noche, la aurora y hasta
el mediodía. Se ponía el Sol cuando me
abandonó el dulce sueño. Vi jugando en la orilla
a las siervas de tu hija; y ella era semejante a
las diosas. Le supliqué y no estuvo ayuna de
buen juicio, como no se podría esperar que
obrara una joven que se encuentra con alguien.
Pues con frecuencia los jóvenes son sandios. Me
entregó pan suficiente y oscuro vino, me lavó
en el río y me proporcionó esta ropa. Aun estando
apesadumbrado te he contado toda la
verdad.»


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 06 Mayo 2021, 00:19

HOMERO

LA ODISEA

CANTO VII

ODISEO EN EL PALACIO DE ALCÍNOO.
CONT.

Y le respondió Alcínoo y dijo:

«Huésped, en verdad mi hija no tomó un
acuerdo sensato al no traerte a nuestra casa con
sus siervas. Y sin embargo fue ella la primera a
quien dirigiste tus súplicas.»


Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

«¡Héroe! No reprendas por esto a tu irreprochable
hija; ella me aconsejó seguirla con sus
siervas, pero yo no quise por vergüenza, y temiendo
que al verme pudieras disgustarte. Que
la raza de los hombres sobre la tierra es suspicaz.»

Y le respondió Alcínoo y dijo:

«Huésped! El corazón que alberga mi pecho no
es tal como para irritarse sin motivo, pero todo
es mejor si es ajustado. ¡Zeus padre, Atenea y
Apolo, ojalá que siendo como eres y pensando
las mismas cosas que yo pienso, tomases a mi
hija por esposa y permaneciendo aquí pudiese
llamarte mi yerno!; que yo te daría casa y
hacienda si permanecieras aquí de buen grado.
Pero ninguno de los feacios te retendrá contra
tu voluntad, no sea que esto no fuera grato a
Zeus. Yo te anuncio, para que lo sepas bien, tu
viaje para mañana. Mientras tú descansas sometido
por el sueño, ellos remarán por el mar
encalmado hasta que llegues a tu patria y a tu
casa, o a donde quiera que te sea grato, por
distante que esté (aunque más lejos que Eubea,
la más lejana según dicen los que la vieron de
nuestros soldados cuando llevaron allí al rubio
Radamanto para que visitara a Ticio, hijo de la
Tierra. Allí llegaron y, sin cansancio, en un solo
día, llevaron a cabo el viaje y regresaron a casa).
Tú mismo podrás observar qué excelentes
son mis navíos y mis jóvenes en golpear el mar
con el remo.»


Así dijo y se alegró el divino Odiseo, el sufridor,
y suplicando dijo su palabra y lo llamó por
su nombre:

«Padre Zeus, ¡ojalá cumpla Alcínoo cuanto ha
prometido! Que su fama jamás se extinga sobre
la nutricia tierra y que yo llegue a mi tierra patria.»


Mientras ellos cambiaban estas palabras, Arete,
de blancos brazos, ordenó a las mujeres colocar
lechos bajo el portico y disponer las más bellas
mantas de púrpura y extender encima las colchas
y sobre ellas ropas de lana para cubrirse.
Así que salieron las siervas de la sala con
hachas ardiendo, y una vez que terminaron de
hacer diligentemente la cama, dirigiéronse a
Odiseo y lo invitaron con estas palabras:

«Huésped, levántate y ven a dormir, tienes
hecha la cama.»


Así hablaron y a él le plugo marchar a acostarse.
Así que allí durmió debajo del sonoro pórtico
el sufridor, el divino Odiseo, en lecho taladrado.
Luego se acostó Alcínoo en el interior de
la alta morada; le había dispuesto su esposa y
señora el lecho y la cama.

FIN DEL CANTO VII


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

"Madrid borra los versos de Miguel Hernández del memorial de las víctimas de la Guerra Civil en La Almudena"

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 07 Mayo 2021, 08:41

HOMERO

LA ODISEA

CANTO VIII

ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS


Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana,
la de dedos de rosa, se levantó del lecho
la sagrada fuerza de Alcínoo y se levantó Odiseo
del linaje de Zeus, el destructor de ciudades.
La sagrada fuerza de Alcínoo los conducía
al ágora que los feacios tenían construida cerca
de las naves. Y cuando llegaron se sentaron en
piedras pulimentadas, cerca unos de otros.
Y recorría la ciudad Palas Atenea, que tomó el
aspecto del heraldo del prudente Alcínoo, preparando
el regreso a su patria para el valeroso
Odiseo. La diosa se colocaba cerca de cada
hombre y le decía sú palabra:

«¡Vamos, caudillos y señores de los feacios! Id
al ágora para que os informéis sobre el forastero
que ha llegado recientemente a casa del prudente
Alcínoo después de recorrer el ponto,
semejante en su cuerpo a los inmortales.»


Así diciendo movía la fuerza y el ánimo de cada
uno. Bien pronto el ágora y los asientos se
llenaron de hombres que se iban congregando
y muchos se admiraron al ver al prudente hijo
de Laertes; que Atenea derramaba una gracia
divina por su cabeza y hombros e hizo que pareciese
más alto y más grueso: así sería grato a
todos los feacios y temible y venerable, y llevaría
a término muchas pruebas, las que los feacios
iban a poner a Odiseo. Cuando se habían reunido
y estaban ya congregados, habló entre
ellos Alcínoo y dijo:

«Oídme, caudillos y señores de los feacios, para
que os diga lo que mi ánimo me ordena dentro
del pecho. Este forastero -y no sé quién es- ha
llegado errante a mi palacio bien de los hombres
de Oriente o de los de Occidente; nos pide
una escolta y suplica que le sea asegurada.
Apresuremos nosotros su escolta como otras
veces, que nadie que llega a mi casa está suspirando
mucho tiempo por ella.

«Vamos, echemos al mar divino una negra nave
que navegue por primera vez, y que sean
escogidos entre el pueblo cincuenta y dos jóvenes,
cuantos son siempre los mejores. Atad bien
los remos a los bancos y salid. Preparad a continuación
un convite al volver a mi palacio, que
a todos se lo ofreceré en abundancia. Esto es lo
que ordeno a los jóvenes. Y los demás, los reyes
que lleváis cetro, venid, a mi hermosa mansión
para que honremos en el palacio al forastero.
Que nadie se niegue. Y llamad al divino aedo
Demódoco, a quien la divinidad há otorgado el
canto para deleitar siempre que su ánimo lo
empuja a cantar.»


Así habló y los condujo y ellos le siguieron, los
reyes que llevan cetro. El heraldo fue a llamar
al divino aedo y los cincuenta y dos jóyenes se
dirigieron, como les había ordenado, á la ribera
del mar estéril. Cuando llegaron a la negra nave
y al mar echaron la nave al abismo del mar y
pusieron el mástil y las velas y ataron los remos
con correas, todo según correspondía. Extendieron
hacia arriba las blancás velas, anclaron a
la nave en aguas profundas y se pusieron en
camino para ir a la gran casa del prudente
Alcínoo. Y los pórticos, el recinto de los patios y
las habitaciones se llenaron de hombres que se
congregaban, pues eran muchos, jóvenes y ancianos.
Para ellos sacrificó Alcínoo doce ovejas
y ocho cerdos albidentes y dos bueyes de rotátíles
patas. Los desollaron y prepararon a hicieron
un agradable banquete.

CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 07 Mayo 2021, 08:48

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LA ODISEA

CANTO VIII

ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS. CONT.

Y se acercó el heraldo con el deseable aedo a
quien Musa amó mucho y le había dado lo
bueno y lo malo: le privó de los ojos, pero le
concedió el dulce canto. Pontónoo le puso un
sillón de clavos de plata en medio de los comensales,
apoyándolo a una elevada columna,
y el heraldo le colgó de un clavo la sonora cítara
sobre su cabeza. y le mostró cómo tomarla
con las manos. También le puso al lado un canastillo
y una linda mesa y una copa de vino
para beber siempre que su ánimo le impulsara.
Y ellos echaron mano de las viándas qúe tenían
delante. Y cuando hubieron arrojado el deseo
de comida y bebida, Musa empujó al aedo a
que cantara la gloria de los guerreros con un
canto cuya fama llegaba entonces al ancho cielo:
la disputa de Odiseo y del Pelida Aquiles,
cómo en cierta ocasión discutieron en el suntuoso
banquete de los dioses con horribles palabras.
Y el soberano de hombres; Agamenón,
se alegraba en su ánimó de que riñeran los mejores
de los aqueos. Así se lo había dicho con su
oráculo Febo Apolo en la divina Pitó cuando
sobrépasó el umbral de piedra para ir a consultarle;
en aquel momento comenzó a desarrollarse
el principio de la calamidad para teucros
y dánaos por los designios del gran Zeus. Esta
cantaba el muy ilustre aedo. Entonces Odiseo
tomó con sus pesadas manos su grande, purpúrea
manta; se lo echó par encima de la cabeza y
cubrió su hermoso rostro; le daba vergüenza
déjar caer lágrimas bajo sus párpados delanté
de los feacios. Siempre que el divino aedo dejaba
de cantar se enjugaba las lágrimas y retiraba
el manto de su cabeza y, tomando una copa
doble, hacía libaciones a los dioses.

Pero cuando comenzaba otra vez -lo impulsaban
a cantar los más nobles de los feacios porque
gozaban con sus versos-, Odiseo se cubría
nuevamente la cabeza y lloraba. A los demás
les pasó inadvertido que derramaba lágrimas.
Sólo Alcínoo lo advirtió y observó, pues estaba
sentado al lado y le oía gemir gravemente. Entonces
dijo el soberano a los feacios amantes del
remo:

«¡Oídme, caudillós y señores de los feacios! Ya
hemos gozado del bien distribuido banquete y
de la cítara que es compañera del festín espléndido;
salgamos y -probemos toda clase de juegos.
Así también el huésped contará a los suyos
al volver a casa cuánto superamos a los demás
en el pugilato, en la lucha, en el salto y en la
carrera.»


Así habló y los condujo y ellos les siguieron. El
heraldo colgó del clavo la sonora cítara y tomó
de la mano a Demódoco; lo sacó del mégaron y
lo conducía por el mismo camino que llevaban
los mejores de los feacios para admirar los juegos,.
Se pusieron en camino para ir al ágora y
los seguía una gran multitud, miles. Y se pusieron
en pie muchos y vigorosos jóvenes, se levantó
Acroneo, y Ocíalo, y Elatreo, y Nauteo, y
Primneo, y Anquíalo, y Eretmeo, y Ponteo, y
Poreo, y Toón, y Anabesineo, y Anfíalo, hijo de
Polineo Tectónida. Se levantó también Eurfalo,
semejante a Ares, funesto para los mortales, el
que más sobresalía en cuerpo y hermosura de
todos los feacios después del irreprochable
Laodamante. También se pusieron en pie tres
hijos del egregio Alcínoo: Laodamante, Halio y
Élitoneo, parecido a un dios. Éstos hicieron la
primera prueba con los pies. Desde la línea de
salida se les extendía la pista y volaban velozmente
por la llanura levantando polvo. Entre
ellos fue con mucho el mejor en el correr el
irreprochable Clitoneo; cuanto en un campo
noval es el alcance de dos mulas, tanto se les
adelantó llegando a la gente mientras los otros
se quedaron atrás. Luego hicieron la prueba de
la fatigosa lucha y en ésta venció Euríalo a todos
los mejores. Y en el salto fue Anfíalo el mejor,
y en el disco fue Elatreo el mejor de todos
con mucho, y en el pugilato Laodamante, el
noble hijo de Alcínoo. Y cuando todos hubieron
deleitado su ánimo con los juegos, entre ellos
habló Laodamante, el hijo de Alcínoo:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 07 Mayo 2021, 09:00

HOMERO

LA ODISEA

CANTO VIII

ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS.
CONT.

«Aquí, amigos, preguntemos al huésped si conoce
y ha aprendido algún juego. Que no es
vulgar en su natural: en sus músculos y piernas,
en sus dos brazos, en su robusto cuello y
en su gran vigor. Y no carece de vigor juvenil,
sino que está quebrantado por numerosos males;
que no creo yo que haya cosa peor que el
mar para abatir a un hombre por fuerte que
sea.»


Y Euríalo le contestó y dijo:

«Has hablado como te corresponde. Ve tú mismo
a desafiarlo y manifiéstale tu palabra.»

Cuando le oyó se adelantó el noble hijo de
Alcínoo, se puso en medio y dijo a Odiseo:

«Ven aquí, padre huésped, y prueba tú también
los juegos si es que has aprendido alguno. Es
natural que los conozcas, pues no hay gloria
mayor para el hombre mientras vive que lo que
hace con sus pies o con sus manos. Vamos,
pues, haz la prueba y arroja de tu ánimo las
penas, pues tu viaje no se diferirá por más
tiempo; ya la nave te ha sido botada y tienes
preparados unos acompañantes.»


Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

«¡Laodamante! ¿Por qué me ordenáis tal cosa
por burlaros de mí? Las perlas ocupan mi interior
más que los juegos. Yo he sufrido antes mucho
y mucho he soportado. Y ahora estoy sentado
en vuestra asamblea necesitando el regreso,
suplicando al rey y a todo el pueblo.»


Entonces, Euríalo le contestó y le echó en cara:

«No, huésped, no te asemejas a un hombre entendido
en juegos, cuantos hay en abundancia
entre los hombres, sino al que está siempre en
una nave de muchos bancos, a un comandante
de marinos mercantes que cuida de la carga y
vigíla las mercancías y las ganancias debidas al
pillaje. No tienes traza de atleta.»


Y lo miró torvamente y le contestó el muy astuto
Odiseo:

«¡Huésped! No has hablado bien y me pareces
un insensato. Los dioses no han repartido de
igual modo a todos sús ámables dones de hermosura,
inteligencia y elocuencia. Un hombre
es inferior por su aspecto, pero la divinidad lo
corona con la hermosura de la palabra y todos
miran hacia él complacidos. Les habla con firmeza
y con suavidad respetuosa y sobresale
entre los congregados, y lo contemplan como a
un dios cuando anda por la ciudad.
«Otro, por el contrario, se parece a los inmortales
en su porte, pero no lo corona la gracia
cuando habla.
«Así tu aspecto es distinguido y ni un dios lo
habría formado de otra guisa, mas de inteligencia
eres necio. Me has movido el ánimo dentro
del pecho al hablar inconvenientemente. No
soy desconocedor de los juegos como tú aseguras,
antes bién, creo que estaba entre los primeros
mientras confiaba en mi juventud y mis
brazos. Pero ahora estóy poseído por la adversidad
y los dolores, pues he soportado mucho
guerreando con los hombres y atravesando
las dolorosas olas. Pero aun así, aunque haya
padecido muchos males, probaré en los juegos:
tu palabra ha mordido mi corazón y me has
provocado al hablar.»


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 07 Mayo 2021, 09:08

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LA ODISEA

CANTO VIII

ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS. CONT.

Dijo, y con su mismo vestido se levantó, tomó
un disco mayor y más ancho y no poco más
pesado que con el que solían competir entre sí
los feacios. Le dio vueltas, lo lanzó de su pesada
mano y la piedra resonó. Echáronse a tierra
los feacios de largos remos, hombres ilustres
por sus naves, por el ímpetu de la piedra, y ésta
sobrevoló todas las señales al salir velozmente
de su mano. Atenea le puso la señal tomando la
forma de un hombre, le dijo su palabra y lo
llamó por su nombre:

«Incluso un ciego, forastero, distinguiría a tientas
la señal, pues no está mezclada entre la multitud
sino mucho más adelante; confía en esta
prueba; ninguno de los feacios la alcanzará ni
sobrepasará.»


Así habló, y se alegró el sufridor, el divino Odiseo
gozoso porque había visto en la competición
un compañero a su favor. Y entonces habló
más suavemente a los feacios:

«Alcanzad esta señal, jóvenes; en breve lanzaré,
creo yo, otra piedra tan lejos o aún más. Y aquél
entre los demás feacios, salvo Laodamante, a
quien su corazón y su ánimo le impulse, que
venga acá, que haga la prueba -puesto que me
habéis irritado en exceso- en el pugilato o en la
lucha o en la carrera; a nada me niego. Pues
Laodamante es mi huésped: ¿Quién lucharía
con el que lo honra como huésped? Es hombre
loco y de poco precio el que propone rivalizar
en los juegos a quien le da hospitalidad en tierra
extranjera, pues se cierra a sí mismo la puerta.
Pero de los demás no rechazo a ninguno ni
lo desprecio, sino que quiero verlo y ejecutar
las pruebas frente a él. Que no soy malo en todas
las competiciones cuantas hay entre los
hombres. Sé muy bien tender el arco bien pulimentado;
sería el primero en tocar a un hombre
enviando mi dardo entre una multitud de enemigos
aunque lo rodearan muchos compañeros
y lanzaran flechas contra los hombres. Sólo
Filoctetes me superaba en el arco en el pueblo
de los troyanos cuando disparábamos los
aqueos. De los demás os aseguro que yo soy el
mejor con mucho, de cuantos mortales hay sobre
la tierra que comen pan. Aunque no pretendo
rivalizar con hombres antepasados como
Heracles y Eurito Ecaliense, los que incluso con
los inmortales rivalizaban en el arco. Por eso
murió el gran Eurito y no llegó a la vejez en su
palacio, pues Apolo lo mató irritado porque le
había desafiado a tirar con el arco.
«También lanzo la jabalina a donde nadie llegaría
con una flecha. Sólo temo a la carrera, no
sea que uno de los feacios me sobrepase; que
fui excesivamente quebrantado en medio del
abundante oleaje, puesto que no había siempre
provisiones en la nave y por esto mis miembros
están flojos.»


Así habló, y todos enmudecieron en silencio.
Sólo Alcínoo contestó y dijo:

«Huésped, puesto que esto que dices entre nosotros
no es desagradable, sino que quieres
mostrar la valía que te acompaña, irritado porque
este hombre se ha acercado a injuriarte en
el certamen -pues no pondría en duda tu valía
cualquier mortal que supiera en su interior decir
cosas apropiadas- . ...Pero, vamos, atiende a
mi palabra para que a tu vez se lo comuniques
a cualquiera de los héroes, cuando comas en tu
palacio junto a tu esposa y tus hijos, acordándote
de nuestra valía: qué obras nos concede Zeus
también a nosotros continuamente ya desde
nuestros antepasados. No somos irreprochables
púgiles ni luchadores, pero corremos velozmente
con los pies y somos los mejores en la
navegación; continuamente tenemos agradables
banquetes y cítara y bailes y vestidos mudables
y baños calientes y camas.
«Conque, vamos, bailarines de los feacios,
cuantos sois los mejores, danzad; así podrá
también decir el huésped a los suyos cuando
regrese a casa cuánto superamos a los demás en
la náutica y en la carrera y en el baile y en el
canto. Que alguien vaya a llevar a Demódoco la
sonora cítara que yace en algún lugar de nuestro
palacio.»


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 07 Mayo 2021, 09:16

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LA ODISEA

CANTO VIII

ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS.
CONT.

Así habló Alcínoo semejante a un dios, y se
levantó un heraldo para llevar la curvada cítara
de la habitación del rey. También se levantaron
árbitros elegidos, nueve en total -los que organizaban
bien cada cosa en los concursos-, allanaron
el piso y ensancharon la hermosa pista.
Se acercó el heraldo trayendo la sonora cítara a
Demódoco y éste enseguida salió al centro. A
su alrededor se colocaron unos jóvenes adolescentes
conocedores de la danza y batían la divina
pista con los pies. Odiseo contemplaba el
brillo de sus pies y quedó admirado en su ánimo.
Y Demódoco, acompañándose de la cítara,
rompió a cantar bellamente sobre los amores de
Ares y de la de linda corona, Afrodita: cómo se
unieron por primera vez a ocultas en el palacio
de Hefesto. Ares le hizo muchos regalos y deshonró
el lecho y la cama de Hefesto, el soberano.
Entonces se lo fue a comunicar Helios, que
los había visto unirse en amor. Cuando oyó
Hefesto la triste noticia, se puso en camino
hacia su fragua meditando males en su interior;
colocó sobre el tajo el enorme yunque y se puso
a forjar unos hilos irrompibles, indisolubles,
para que se quedaran allí firmemente.
Y cuando había construido su trampa irritado
contra Ares, se puso en camino hacia su dormitorio,
donde tenía la cama, y extendió los hilos
en círculo por todas partes en torno a las patas
de la cama; muchos estaban tendidos desde
arriba, desde el techo, como suaves hilos de
araña, hilos que no podría ver nadie, ni siquiera
los dioses felices, pues estaban fabricados con
mucho engaño. Y cuando toda su trampa estuvo
extendida alrededor de la cama, simuló
marcharse a Lemnos, bien edificada ciudad, la
que le era más querida de todas las tierras.
Ares, el que usa riendas de oro, no tuvo un espionaje
ciego, pues vio marcharse lejos a Hefesto,
al ilustre herrero, y se puso en camino hacia
el palacio del muy ilustre Hefesto deseando el
amor de la diosa de linda corona, de la de Citera.
Estabá ella sentada, recién venida de junto a
su padre, el poderoso hijo de Cronos. Y él entró
en el palacio y la tomó de la mano y la llamó
por su nombre:

«Ven acá, querida, vayamos al lecho y acostémonos,
pues Hefesto ya no está entre nosotros,
sino que se ha marchado a Lemnos, junto a los
sintias, de salvaje lengua.»


Así habló, y a ella le pareció deseable acostarse.
Y los dos marcharon a la cama y se acostaron.
A su alrededor se extendían los hilos fabricados
del prudente Hefesto y no les era posible mover
los miembros ni levantarse. Entonces se
dieron cuenta que no había escape posible. Y
llegó a su lado el muy ilustre cojo de ambos
pies, pues había vuelto antes de llegar a tierra
de Lemnos; Helios mantenía la vigilancia y le
dio la noticia y se puso en camino hacia su palacio,
acongojado su corazón. Se detuvo en el
pórtico y una rabia salvaje se apoderó de él, y
gritó estrepitosamente haciéndose oír de todos
los dioses:

«Padre Zeus y los demás dioses felices que
vivís siempre, venid aquí para que veáis un
acto ridículo y vergonzoso: cómo Afrodita, la
hija de Zeus, me deshonra continuamente porque
soy cojo y se entrega amorosamente al pernicioso
Ares; que él es hermoso y con los dos
pies, mientras que yo soy lisiado. Pero ningún
otro es responsable, sino mis dos padres: ¡no
me debían haber engendrado! Pero mirad
dónde duermen estos dos en amor; se han metido
en mi propia cama. Los estoy viendo y me
lleno de dolor, pues nunca esperé ni por un instante
que iban a dormir así por mucho que se
amaran. Pero no van a desear ambos seguir
durmiendo, que los sujetará mi trampa y las
ligaduras hasta que mi padre me devuelva todos
mis regalos de esponsales, cuantos le entregué
por la muchacha de cara de perra. Porque
su hija era bella, pero incapaz de contener
sus deseos.»


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 08 Mayo 2021, 01:31

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LA ODISEA

CANTO VIII

ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS.
CONT.

Así habló, y los dioses se congregaron junto a la
casa de piso de bronce. Llegó Poseidón, el que
conduce su carro por la tierra; llegó el subastador,
Hermes, y llegó el soberano que dispara
desde lejos, Apolo. Pero las hembras, las diosas,
se quedaban por vergüenza en casa cada una
de ellas.

Se apostaron los dioses junto a los pórticos, los
dadores de bienes, y se les levantó inextinguible
la risa al ver las artes del prudente Hefesto.
Y al verlo, decía así uno al que tenía más cerca:

«No prosperan las malas acciones; el lento alcanza
al veloz. Así, ahora, Hefesto, que es lento,
ha cogido con sus artes a Ares, aunque es el
más veloz de los dioses que ocupan el Olimpo,
cojo como es. Y debe la multa por adulterio.»


Así decían unos a otros. Y el soberano, hijo de
Zeus, Apolo, se dirigió a Hermes:

«Hermes, hijo de Zeus, Mensajero, dador de
bienes, ¿te gustaría dormir en la cama junto a la
dorada Afrodita sujeto por fuertes ligaduras?»


Y le contestó el mensajero el Argifonte:

«¡Así sucediera esto, soberano disparador de
lejos, Apolo! ¡Que me sujetaran interminables
ligaduras tres veces más que ésas y que vosotros
me mirarais, los dioses y todas las diosas!»


Así dijo y se les levantó la risa a los inmortales
dioses. Pero a Poseidón no le sujetaba la risa y
no dejaba de rogar a Hefesto, al insigne artesano,
que liberara a Ares. Y le habló y le dirigió
aladas palabras:

«Suéltalo y te prometo, como ordenas, que te
pagaré todo lo que es justo entre los inmortales
dioses.»


Y le contestó el insigne cojo de ambos pies:

«No, Poseidón, que conduces tu carro por la
tierra, no me ordenes eso; sin valor son las fianzas
que se toman por gente sin valor. ¿Cómo
iba yo a requerirte entre los inmortales dioses si
Ares se escapa evitando la deuda y las ligaduras?


Y le respondió Poseidón, el que sacude la tierra:

«Hefesto, si Ares se escapa huyendo sin pagar
la deuda, yo mismo te la pagaré.»


Y le contestó el muy insigne cojo de ambos
pies:

«No es posible ni está bien negarme a tu palabra.»

Así hablando los liberó de las ligaduras la fuerza
de Hefesto. Y cuando se vieron libres de las
ligaduras, aunque eran muy fuertes, se levantaron
enseguida: él marchó a Tracia y ella se llegó
a Chipre, Afrodita, la que ama la risa. Allí la
lavaron las Gracias y la ungieron con aceite
inmortal, cosas que aumentan el esplendor de
los dioses que viven siempre y la vistieron deseables
vestidos, una maravilla para verlos.

Esto cantaba el muy insigne aedo. Odiseo gozaba
en su interior al oírlo y también los demás
feacios que usan largos remos, hombres insignes
por sus naves.

Alcínoo ordenó a Halio y Laodamante que
danzaran solos, pues nadie rivalizaba con ellos.
Así que tomaron en sus manos una hermosa
pelota de púrpura (se la había hecho el sabio
Pólibo); el uno la lanzaba hacia las sombrías
nubes doblándose hacia atrás y el otro saltando
hacia arriba la recibía con facilidad antes de
tocar el suelo con sus pies.
Después; cuando habían hecho la prueba de
lanzar la pelota en línea recta, danzaban sobre
la tierra nutricia cambiando a menudo sus posiciones;
los demás jóvenes aplaudían en pie
entre la concurrencia y gradualmente se levantaba
un gran murmullo.

CONT.




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que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

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Mensaje por Lluvia Abril Sáb 08 Mayo 2021, 02:37

Y sigo con esta obra maestra que nos has traído.
Gracias, Pascual.


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El espíritu humano debe fortificarse en la lucha."

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 09 Mayo 2021, 00:40

"Idem, eadem, idem" a la respuesta que te di en García Márquez.

Mi gratitud, claro.

Besos.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 09 Mayo 2021, 07:42

HOMERO

LA ODISEA

CANTO VIII

ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS.
CONT.

Fue entonces cuando el divino Odiseo se dirigió
a Alcínoo:

«Alcínoo, poderoso, el más insigne de todo tu
pueblo, con razón me asegurabas que erais los
mejores bailarines. Se ha presentado esto como
un hecho cumplido, la admiración se apodera
de mí al verlo.»


Así habló, y se alegró la sagrada fuerza de
Alcínoo. Y enseguida dijo a los feacios amantes
del remo:

«Escuchad, caudillos y señores de los feacios. El
huésped me parece muy discreto. Vamos,
démosle un regalo de hospitalidad, como es
natural. Puesto que gobiernan en el pueblo doce
esclarecidos reyes -yo soy el decimotercero-,
cada uno de éstos entregadle un vestido bien
lavado y un manto y un talento de estimable
oro. Traigámoslo enseguida todos juntos para
que el huésped, con ello en sus manos, se acerque
al banquete con ánimo gozoso. Y que Euríalo
lo aplaque con sus palabras y con un regalo,
que no dijo su palabra como le correspondía.»


Así dijó, y todos aprobaron sus palabras y se lo
aconsejaron a Euríalo. Y cada uno envió un
heraldo para que trajera los regalos.
Entonces, Euríalo le contestó y dijo:

«Alcínoo poderoso, el más señalado de todo el
pueblo, aplacaré al huésped como tú ordenas.
Le regalaré esta espada toda de bronce, cuya
empuñadura es de plata y cuya vaina está rodeada
de marfil recién cortado. Y le será de
mucho valor.»


Así dijo, y puso en manos de Odiseo la espada
de clavos de plata; le habló y le dirigió aladas
palabras:

«Salud, padre huésped, si alguna palabra desagradable
ha sido dicha, que la arrebaten los
vendavales y se la lleven. Y a ti, que los dioses
te concedan ver a tu esposa y llegar a tu patria,
pues sufres penalidades largo tiempo ya lejos
de los tuyos.»


Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

«También a ti, amigo, salud y que los dioses te
concedan felicidad, y que después no sientas
nostalgia de la espada ésta que ya me has dado
aplacándome con tus palabras.»


Así dijo, y colocó la espada de clavos de plata
en torno a sus hombros.

Cuando se sumergió Helios ya tenía él a su
lado los insignes regalos; los ilustres heraldos
los llevaban al palacio de Alcínoo y los hijos del
irreprochable Alcínoo los recibieron y colocaron
los muy hermosos regalos junto a su venerable
madre.
Ante ellos marchaba la sagrada fuerza de Alcínoo
y al llegar se sentaron en elevados sillones.
Entonces se dirigió a Arete la fuerza de Alcínoo:

«Trae acá, mujer, un arcón insigne, el que sea
mejor. Y en él coloca un vestido bien lavado y
un manto. Calentadle un caldero de bronce con
fuego alrededor y templad el agua para que se
lave y vea bien puestos todos los regalos que le
han traído aquí los irreprochables feacios, y
goce con el banquete escuchando también la
música de una tonada. También yo le entregaré
esta copa mía hermosísima, de oro, para qua se
acuerde de mí todos los días al hacer libaciones
en su palacio a Zeus y a los demás dioses.»


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Ayer a las 05:00

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LA ODISEA

CANTO VIII

ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS.
CONT.

Así dijo, y Arete ordenó a sus esclavas que
colocaran al fuego un gran trípode lo antes posible.
Ellas colocaron al fuego ardiente una bañera
de tres patas, echaron agua, pusieron leña
y la encendieron debajo. Y el fuego lamía el
vientre de la bañera y se calentaba el agua.
Entretanto Arete traía de su tálamo un arcón
hermosísimo para el huésped en él había colocado
los lindos regalos, vestidos y oro, que los
feacios le habían dado. También había colocado
en el arcón un hermoso vestido y un manto y le
habló y le dirigió aladas palabras:

«Mira tú mismo esta tapa y échale enseguida
un nudo, no sea que alguien la fuerce en el viaje
cuando duermas dulce sueño al marchar en la
negra nave.»


Cuando escuchó esto el sufridor, el divino Odiseo,
adaptó la tapa y le echó enseguida un bien
trabado nudo, el que le había enseñado en otro
tiempo la soberana Circe.

Acto seguido el ama de llaves ordenó que lo
lavaran una vez metido en la bañera, y él vio
con gusto el baño caliente, pues no se había
cuidado a menudo de él desde que había abandonado
la morada de Calipso, la de lindas trenzas.
En aquella época le estaba siempre dispuesto
el baño como para un dios.
Cuando las esclavas lo habían lavado y ungido
con aceite y le habían puesto túnica y manto,
salió de la bañera y fue hacia los hombres que
bebían vino. Y Nausícaa, que tenía una hermosura
dada por los dioses se detuvo junto a
un pilar del bien fabricado techo. Y admiraba a
Odiseo al verlo en sus ojos; y le habló y le dijo
aladas palabras:

«Salud, huésped, acuérdate de mí cuando estés
en tu patria, pues es a mí la primera a quien
debes la vida.»


Y le contestó y le dijo el muy astuto Odiseo:

«Nausícaa, hija del valeroso Alcínoo, que me
conceda Zeus, el que truena fuerte, el esposo de
Hera, volver a mi casa y ver el día del regreso.
Y a ti, incluso allí te haré súplicas como a una
diosa, pues tú, muchacha, me has devuelto la
vida.»


Dijo, y se sentó en su sillón junto al rey Alcínoo.
Y ellos ya estaban repartiendo las porciones y
mezclando el vino.
Y un heraldo se acercó conduciendo al deseable
aedo, a Demódoco, honrado en el pueblo, y le
hizo sentar en medio de los comensales
apoyándolo junto a una enorme columna.
Entonces se dirigió al heraldo el muy inteligente
Odiseo, mientras cortaba el lomo -pues aún
sobraba mucho- de un albidente cerdo (y alrededor
había abundante grasa):

«Heraldo, van acá, entrega esta carne a Demódoco
para que lo coma, que yo le mostraré cordialidad
por triste que esté. Pues entre todos los
hombres terrenos los aedos participan de la
honra y del respeto, porque Musa les ha enseñado
el canto y ama a la raza de los aedos.»



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Ayer a las 05:12

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LA ODISEA

CANTO VIII

ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS.
CONT.

Así dijo, el heraldo lo llevó y se lo puso en las
manos del héroe Demódoco, y éste lo recibió y
se alegró en su ánimo. Y ellos echaban mano de
las viandas que tenían delante.
Cuando hubieron arrojado lejos de sí el deseo
de bebida y de comida, ya entonces se dirigió a
Demódoco el muy inteligente Odiseo:

«Demódoco, muy por encima de todos los mortales
te alabo: seguro que te han enseñado Musa,
la hija de Zeus, o Apolo. Pues con mucha
belleza cantas el destino de los aqueos -cuánto
hicieron y sufrieron y cuánto soportaron- como
si tú mismo lo hubieras presenciado o lo hubieras
escuchado de otro allí presente!
«Pero, vamos, pasa a otro tema y canta la estratagema
del caballo de madera que fabricó Epeo
con la ayuda de Atenea; la emboscada que en
otro tiempo condujo el divino Odiseo hasta la
Acrópolis, llenándola de los hombres que destruyeron
Ilión.
«Si me narras esto como te corresponde, yo diré
bien alto a todos los hombres que la divinidad
te ha concedido benigna el divino canto.»


Así habló, y Demódoco, movido por la divinidad,
inició y mostró su cánto desde el momento
en que los argivos se embarcaron en las naves
de buenos bancos y se dieron a la mar después
de incendíar las tiendas de campaña. Ya estaban
los emboscados con el insigne Odiseo en el
ágora de los troyanos, ocultos dentro del caballo,
pues los mismos troyanos lo habían arrastrado
hasta la Acrópolis.

Así estaba el caballo, y los troyanos deliberaban
en medio de una gran incertidumbre sentados
alrededor de éste. Y les agradaban tres decisiones:
rajar la cóncava madera con el mortal
bronce, arrojarlo por las rocas empujándolo
desde lo alto, o dejar que la gran estatua sirviera
para aplacar a los dioses. Esta última decisión
es la que iba a cumplirse. Pues era su Destino
que perecieran una vez que la ciudad encerrara
el gran caballo de madera donde estaban
sentados todos los mejores de los argivos portando
la muerte y Ker para los troyanos. Y cantaba
cómo los hijos de los aqueos asolaron la
ciudad una vez que salieron del caballo y
abandonaron la cóncava emboscada. Y cantaba
que unos por un lado y otros por otro iban devastando
la elevada ciudad, pero que Odiseo
marchó semejante a Ares en compañía del divino
Menelao hacia el palacio de Deífobo.
Y dijo que, una vez allí, sostuvo el más terrible
combate y que al fin venció con la ayuda de la
valerosa Atenea.
Esto es lo que cantaba el insigne aedo, y Odiseo
se derretía: el llanto empapaba sus mejillas deslizándose
de sus párpados.
Como una mujer llora a su marido arrojándose
sobre él caído ante su ciudad y su pueblo por
apartar de ésta y de sus hijos el día de la muerte
-ella lo contempla moribundo y palpitante, y
tendida sobre él llora a voces; los enemigos
cortan con sus lanzas la espalda y los hombros
de los ciudadanos y se los llevan prisioneros
para soportar el trabajo y la pena, y las mejillas
de ésta se consumen en un dolor digno de
lástima-, así Odiseo destilaba bajo sus párpados
un llanto digno de lástima.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Ayer a las 05:19

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LA ODISEA

CANTO VIII

ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS.
CONT.

A los demás les pasó desapercibido que derramaba
lágrimas, y sólo Alcínoo lo advirtió y
observó sentado como estaba cerca de él y le
oyó gemir pesadamente.
Entonces dijo al punto a los feacios amantes del
remo:

«Escuchad, caudillos y señores de los feacios.
Que Demódoco detenga su cítara sonora, pues
no agrada a todos al cantar esto. Desde que
estamos cenando y comenzó el divino aedo, no
ha dejado el huésped un momento el lamentable
llanto. El dolor le rodea el ánimo.
«Varnos, que se detenga para que gocemos
todos por igual, los que le damos hospitalidad
y el huésped, pues así será mucho mejor. Que
por causa del venerable huésped se han preparado
estas cosas, la escolta y amables regalos,
cosas que le entregamos como muestra de afecto.
Como un hermano es el huésped y el suplicante
para el hombre que goce de sensatez por
poca que sea. Por ello, tampoco tú escondas en
tu pensamiento astuto lo que voy a preguntarte,
pues lo mejor es hablar. Dime tu nombre, el
que te llamaban allí tu madre y tu padre y los
demás, los que viven cerca de ti. Pues ninguno
de los hombres carece completamente de nombre,
ni el hombre del pueblo ni el noble, una
vez que han nacido. Antes bien, a todos se lo
ponen sus padres una vez que lo han dado a
luz.
Dime también tu tierra, tu pueblo y tu ciudad
para que te acompañen allí las naves dotadas
de inteligencia. Pues entre los feacios no hay
pilotos ni timones en sus naves, cosas que otras
naves tienen. Ellas conocen las intenciones y los
pensamientos de los hombres y conocen las
ciudades y los fértiles campos de todos los
hombres. Recorren velozmente el abismo del
mar aunque estén cubiertas por la oscuridad y
la niebla, y nunca tienen miedo de sufrir daño
ni de ser destruidas. Pero yo he oído decir en
otro tiempo a mi padre Nausítoo que Poseidón
estaba celoso de nosotros porque acompañamos
a todos sin daño. Y decía que algún día
destruiría en el nebuloso ponto a una bien fabricada
nave de los feacios al volver de una escolta
y nos bloquearía la ciudad con un gran
monte. Así decía el anciano; que la divinidad
cumpla esto o lo deje sin cumplir, como sea
agradable a su ánimo.
«Pero, vamos, dime -e infórmame en verdad.-,
por dónde has andado errante y a qué regiones
de hombres has llegado. Háblame de ellos y de
sus bien habitadas ciudades, los que son duros
y salvajes y no justos, y los que son amigos de
los forasteros y tienen sentimientos de veneración
hacia los dioses. Dime también por qué
lloras y te lamentas en tu ánimo al oír el destino
de los argivos, de los dánaos y de Ilión. Esto lo
han hecho los dioses y han urdido la perdición
para esos hombres, para que también sea motivo
de canto pará los venideros. ¿Es que ha perecido
ante Ilión algún pariente tuyo..., un noble
yerno, o suegro, los que son más objeto de
preocupación después de nuestra propia sangre
y linaje? ¿O un noble amigo de sentimientos
agradables? Pues no es inferior a un hermano el
amigo que tiene pensamientos discretos.»


FIN DEL CANTO VIII


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Ayer a las 05:27

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LA ODISEA

CANTO IX

ODISEO CUENTA SUS AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS LOTÓFAGOS, LOS
CÍCLOPES


Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

«Poderoso Alcínoo, el más noble de todo tu
pueblo, en verdad es agradable escuchar al aedo,
tal como es, semejante a los dioses en su
voz. No creo yo que haya un cumplimiento
más delicioso que cuando el bienestar perdura
en todo el pueblo y los convidados escuchan a
lo largo del palacio al aedo sentados en orden,
y junto a ellos hay mesas cargadas de pan y
carne y un escanciador trae y lleva vino que ha
sacado de las cráteras y lo escancia en las copas.
Esto me parece lo más bello.
«Tu ánimo se ha decidido a preguntar mis penalidades
a fin de que me lamente todavía más
en mi dolor. Porque, ¿qué voy a narrarte lo
primero y qué en último lugar?, pues son innumerables
los dolores que los dioses, los hijos de
Urano, me han proporcionado. Conque lo primero
qué voy a decir es mi nombre para que lo
conozcáis y para que yo después de escapar del
día cruel continúe manteniendo con vosotros
relaciones de hospitalidad, aunque el palacio en
que habito esté lejos.
«Soy Odiseo, el hijo de Laertes, el que está en
boca de todos los hombres por toda clase de
trampas, y mi fama llega hasta el cielo. Habito
en Itaca, hermosa al atardecer. Hay en ella un
monte, el Nérito de agitado follaje, muy sobresaliente,
y a su alrededor hay muchas islas
habitadas cercanas unas de otras, Duliquio y
Same, y la poblada de bosques Zante. Itaca se
recuesta sobre el mar con poca altura, la más
remota hacia el Occidente, y las otras están más
lejos hacia Eos y Helios. Es áspera, pero buena
criadora de mozos.
«Yo en verdad no soy capaz de ver cosa alguna
más dulce que la tierra de uno. Y eso que me
retuvo Calipso, divina entre las diosas, en profunda
cueva deseando que fuera su esposo, e
igualmente me retuvo en su palacio Circe, la
hija de Eeo, la engañosa, deseando que fuera su
esposo.
«Pero no persuadió a mi ánimo dentro de mi
pecho, que no hay nada más dulce que la tierra
de uno y de sus padres, por muy rica que sea la
casa donde uno habita en tierra extranjera y
lejos de los suyos.
«Y ahora os voy a narrar mi atormentado regreso,
el que Zeus me ha dado al venir de Troya.
El viento que me traía de Ilión me empujó
hacia los Cicones, hacia Ismaro. Allí asolé la
ciudad, a sus habitantes los pasé a cuchillo,
tomamos de la ciudad a las esposas y abundante
botín y lo repartimos de manera que nadie se
me fuera sin su parte correspondiente. Entonces
ordené a los míos que huyeran con rápidos
pies, pero ellos, los muy estúpidos, no me
hicieron caso. Así que bebieron mucho vino y
degollaron muchas ovejas junto a la ribera y
cuernitorcidos bueyes de rotátiles patas.
«Entre tanto, los Cicones, que se hábían marchado,
lanzaron sus gritos de ayuda a otros
Cicones que, vecinos suyos, eran a la vez más
numerosos y mejores, los que habitaban tierra
adentro, bien entrenados en luchar con hombres
desde el carro y a pie, donde sea preciso. Y
enseguida llegaron tan numerosos como nacen
en primavera las hojas y las flores, veloces.



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LA ODISEA

CANTO IX

ODISEO CUENTA SUS AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS LOTÓFAGOS, LOS
CÍCLOPES.
CONT.

«Entonces la funesta Aisa de Zeus se colocó
junto a nosotros, de maldito destino, para que
sufriéramos dolores en abundancia; lucharon
pie a sierra junto a las veloces naves, y se herían
unos a otros con sus lanzas de bronce. Mientras
Eos duró y crecía el sagrado día, los aguantamos
rechazándoles aunque eran más numerosos.
Pero cuando Helios se dirigió al momento
de desuncir los bueyes, los Cicones nos hicieron
retroceder venciendo a los aqueos y sucumbieron
seis compañeros de buenas grebas de cada
nave. Los demás escapamos de la muerte y de
nuestro destino, y desde allí proseguimos navegando
hacia adelante con el corazón apesadumbrado,
escapando gustosos de la muerte
aunque habíamos perdido a los compañeros.

Pero no prosiguieron mis curvadas naves, que
cada uno llamamos por tres veces a nuestros
desdichados compañeros, los que habían muerto
en la llanura a manos de los Cicones.

«Entonces el que reúne las nubes, Zeus; levantó
el viento Bóreas junto con una inmensa tempestad,
y con las nubes ocultó la tierra y a la vez el
ponto. Y la noche surgió del cielo. Las naves
eran arrastradas transversalmente y el ímpetu
del viento rasgó sus velas en tres y cuatro trozos.
Las colocamos sobre cubierta por terror a
la muerte, y haciendo grandes esfuerzos nos
dirigimos a remo hacia tierra.

«Allí estuvimos dos noches y dos días completos,
consumiendo nuestro ánimo por el cansancio
y el dolor.
«Pero cuando Eos, de lindas trenzas, completó
el tercer día, levantamos los mástiles, extendimos
las blancas velas y nos sentamos en las
naves, y el viento y los pilotos las conducían.
En ese momento habría llegado ileso a mi tierra
patria, pero el oleaje, la corriente y Bóreas me
apartaron al doblar las Maleas y me hicieron
vagar lejos de Citera. Así que desde allí fuimos
arrastrados por fuertes vientos durante nueve
días sobre el ponto abundante en peces, y al
décimo arribamos a la tierra de los Lotófagos,
los que comen flores de alimento. Descendimos
a tierra, hicimos provisión de agua y al punto
mis compañeros tomaron su comida junto a las
veloces naves. Cuando nos habíamos hartado
de comida y bebida, yo envié delante a unos
compañeros para que fueran a indagar qué
clase de hombres, de los que se alimentan de
trigo, había en esa región; escogí a dos, y como
tercer hombre les envié a un heraldo. Y marcharon
enseguida y se encontraron con los
Lotófagos. Éstos no decidieron matar a nuestros
compañeros, sino que les dieron a comer
loto, y el que de ellos comía el dulce fruto del
loto ya no quería volver a informarnos ni regresar,
sino que preferían quedarse allí con los
Lotófagos, arrancando loto, y olvidándose del
regreso. Pero yo los conduje a la fuerza, aunque
lloraban, y en las cóncavas naves los arrastré y
até bajo los bancos. Después ordené a mis demás
leales compañeros que se apresuraran a
embarcar en las rápidas naves, no fuera que alguno
comiera del loto y se olvidara del regreso.
Y rápidamente embarcaron y se sentaron sobre
los bancos, y, sentados en fila, batían el canoso
mar con los remos.


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HOMERO. Grecia Clásica. - Página 14 Empty Re: HOMERO. Grecia Clásica.

Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Ayer a las 05:46

HOMERO

LA ODISEA

CANTO IX

ODISEO CUENTA SUS AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS LOTÓFAGOS, LOS
CÍCLOPES.
CONT.

«Desde allí proseguimos navegando con el corazón
acongojado, y llegamos a la tierra de los
Cíclopes, los soberbios, los sin ley; los que,
obedientes a los inmortales, no plantan con sus
manos frutos ni labran la tierra, sino que todo
les nace sin sembrar y sin arar: trigo y cebada y
viñas que producen vino de gordos racimos; la
lluvia de Zeus se los hace crecer. No tienen ni
ágoras donde se emite consejo ni leyes; habitan
las cumbres de elevadas montañas en profundas
cuevas y cada uno es legislador de sus hijos
y esposas, y no se preocupan unos de otros.
«Más allá del puerto se extiende una isla llana,
no cerca ni lejos de la tierra de los Cíclopes,
llena de bosques. En ella se crían innumerables
cabras salvajes, pues no pasan por allí hombres
que se lo impidan ni las persiguen los cazadores,
los que sufren dificultades en el bosque
persiguiendo las crestas de los montes. La isla
tampoco está ocupada por ganados ni sembrados,
sino que, no sembrada ni arada, carece
de cultivadores todo el año y alimenta a las
baladoras cabras. No disponen los Cíclopes de
naves de rojas proas, ni hay allí armadores que
pudieran trabajar en construir bien entabladas
naves; éstas tendrían como término cada una
de las ciudades de mortales a las que suelen
llegar los hombres atravesando con sus naves el
mar, unos en busca de otros, y los Cíclopes se
habrían hecho una isla bien fundada. Pues no
es mala y produciría todos los frutos estacionales;
tiene prados junto a las riberas del canoso
mar, húmedos, blandos. Las viñas sobre todo
producirían constantemente, y las tierras de
pan llevar son llanas. Recogerían siempre las
profundas mieses en su tiempo oportuno, ya
que el subsuelo es fértil. También hay en ella
un puerto fácil para atracar, donde no hay necesidad
de cable ni de arrojar las anclas ni de
atar las amarras. Se puede permanecer allí, una
vez arribados, hasta el día en que el ánimo de
los marineros les impulse y soplen los vientos.
«En la parte alta del puerto corre un agua resplandeciente,
una fuente que surge de la profundidad
de una cueva, y en torno crecen álamos.
Hacia allí navegamos y un demón nos
conducía a través de la oscura noche. No teníamos
luz para verlo, pues la bruma era espesa
en torno a las naves y Selene no irradiaba su
luz desde el cielo y era retenida por las nubes;
así que nadie vio la isla con sus ojos ni vimos
las enormes olas que rodaban hacia tierra hasta
que arrastramos las naves de buenos bancos.
Una vez arrastradas, recogimos todas las velas
y descendimos sobre la orilla del mar y esperamos
a la divina Eos durmiendo allí.
«Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana,
la de dedos de rosa, deambulamos llenos
de admiración por la isla.
«Entonces las ninfas, las hijas de Zeus, portador
de égida, agitaron a las cabras montaraces para
que comieran mis compañeros. Así que enseguida
sacamos de las naves los curvados arcos
y las lanzas de largas puntas, y ordenados en
tres grupos comenzamos a disparar, y pronto
un dios nos proporcionó abundante caza. Me
seguían doce naves, y a cada una de ellas tocaron
en suerte nueve cabras, y para mí solo tomé
diez. Así estuvimos todo el día hasta el sumergirse
de Helios, comiendo innumerables trozos
de carne y dulce vino; que todavía no se había
agotado en las naves el dulce vino, sino que
aún quedaba, pues cada uno había guardado
mucho en las ánforas cuando tomamos la sagrada
ciudad de los Cicones.
«Echamos un vistazo a la tierra de los Cíclopes
que estaban cerca y vimos el humo de sus fogatas
y escuchamos el vagido de sus ovejas y cabras.
Y cuando Helios se sumergió y sobrevino
la oscuridad, nos echamos a dormir sobre la
ribera del mar.
«Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana,
la de dedos de rosa, convoqué asamblea y
les dije a todos:
«"Quedaos ahora los demás, mis fieles compañeros,
que yo con mi nave y los que me acompañan
voy a llegarme a esos hombres para saber
quiénes son, si soberbios, salvajes y carentes
de justicia o amigos de los forasteros y con sentimientos
de piedad para con los dioses."
«Así dije, y me embarqué y ordené a mis compañeros
que embarcaran también ellos y soltaran
amarras. Embarcaron éstos sin tardanza y
se sentaron en los bancos, y sentados batían el
canoso mar con los remos. Y cuando llegamos a
un lugar cercano, vimos una cueva cerca del
mar, elevada, techada de laurel. Allí pasaba la
noche abundante ganado -ovejas y cabras-, y
alrededor había una alta cerca construida con
piedras hundidas en tierra y con enormes pinos
y encinas de elevada copa. Allí habitaba un
hombre monstruoso que apacentaba sus rebaños,
solo, apartado, y no frecuentaba a los demás,
sino que vivía alejado y tenía pensamientos
impíos. Era un monstruo digno de admiración:
no se parecía a un hombre, a uno que come
trigo, sino a una cima cubierta de bosque de
las elevadas montañas que aparece sola, destacada
de las otras. Entonces ordené al resto de
mis fieles compañeros que se quedaran allí junto
a la nave y que la botaran


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

"Madrid borra los versos de Miguel Hernández del memorial de las víctimas de la Guerra Civil en La Almudena"

SR. ALMEIDA RESTITUYA LOS VERSOS DE MIGUEL HERNÁNDEZ O QUEDARÁ COMO UN PREPOTENTE QUE INTENTÓ ACALLAR LA VOZ DE LA POESÍA
Pascual Lopez Sanchez
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Ayer a las 05:55

HOMERO

LA ODISEA

CANTO IX

ODISEO CUENTA SUS AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS LOTÓFAGOS, LOS
CÍCLOPES.
CONT.

«Yo escogí a mis doce mejores compañeros y
me puse en camino. Llevaba un pellejo de cabra
con negro, agradable vino que me había dado
Marón, el hijo de Evanto, e1 sacerdote de Apolo
protector de Ismaro, porque lo había yo salvado
junto con su hijo y esposa respetando su
techo. Habitaba en el bosque arbolado de Febo
Apolo y me había donado regalos excelentes:
me dio siete talentos de oro bien trabajados y
una crátera toda de plata, y, además vino en
doce ánforas que llenó, vino agradable, no
mezclado, bebida divina. Ninguna de las esclavas
ni de los esclavos de palacio conocían su
existencia, sino sólo él y su esposa y solamente
la despensera. Siempre que bebían el rojo,
agradable vino llenaba una copa y vertía veinte
medidas de agua, y desde la crátera se esparcía
un olor delicioso, admirable; en ese momento
no era agradable alejarse de allí. De este vino
me llevé un gran pellejo lleno y también provisiones
en un saco de cuero, porque mi noble
ánimo barruntó que marchaba en busca de un
hombre dotado de gran fuerza, salvaje, desconocedor
de la justicia y de las leyes.

«Llegamos enseguida a su cueva y no lo encontramos
dentro, sino que guardaba sus gordos
rebaños en el pasto. Conque entramos en la
cueva y echamos un vistazo a cada cosa: los canastos
se inclinaban bajo el peso de los quesos,
y los establos estaban llenos de corderos y cabritillos.
Todos estaban cerrados por separado:
a un lado los lechales, a otro los medianos y a
otro los recentales.
«Y todos los recipientes rebosaban de suero
--colodras y jarros bien construidos, con los que
ordeñaba.
«Entonces mis compañeros me rogaron que nos
apoderásemos primero de los quesos y regresáramos,
y que sacáramos luego de los establos
cabritillos y corderos y, conduciéndolos a la
rápida nave, diéramos velar sobre el agua salada.
Pero yo no les hice caso -aunque hubiera
sido más ventajoso-, para poder ver al monstruo
y por si me daba los dones de hospitalidad.
Pero su aparición no iba a ser deseable
para mis compañeros.
«Así que, encendiendo una fogata, hicimos un
sacrificio, repartimos quesos, los comimos y
aguardamos sentados dentro de la cueva hasta
que llegó conduciendo el rebaño. Traía el
Cíclope una pesada carga de leña seca para su
comida y la tiró dentro con gran ruido. Nosotros
nos arrojamos atemorizados al fondo de la
cueva, y él a continuación introdujo sus gordos
rebaños, todos cuantos solía ordeñar, y a los
machos -a los carneros y cabrones- los dejó a la
puerta, fuera del profundo establo. Después
levantó una gran roca y la colocó arriba, tan
pesada que no la habrían levantado del suelo ni
veintidós buenos carros de cuatro ruedas: ¡tan
enorme piedra colocó sobre la puerta! Sentóse
luego a ordeñar las ovejas y las baladoras cabras,
cada una en su momento, y debajo de
cada una colocó un recental. Enseguida puso a
cuajar la mitad de la blanca leche en cestas bien
entretejidas y la otra mitad la colocó en cubos,
para beber cuando comiera y le sirviera de adición
al banquete.


Cuando hubo realizado todo su trabajo prendió
fuego, y al vernos nos preguntó:

«"Forasteros, ¿quiénes sois? ¿De dónde venís
navegando los húmedos senderos? ¿Andáis
errantes por algún asunto, o sin rumbo como
los piratas por la mar, los que andan a la aventura
exponiendo sus vidas y llevando la destrucción
a los de otras tierras?”.



CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

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Mensaje por Lluvia Abril Hoy a las 00:07

Y cómo olvidarnos de Homero y, la Odisea.
A mi ritmo, como sabes, pero te sigo.
Gracias siempre, Pascual.


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"Las dificultades están hechas para estimular y no para quitar el ánimo.
El espíritu humano debe fortificarse en la lucha."

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