Aires de Libertad

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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 13 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 26 Abr - 6:00

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO II

    TELÉMACO REÚNE EN ASAMBLEA
    AL PUEBLO DE ITACA.
    CONT.

    Así habló Atenea, hija de Zeus, y Telémaco ya
    no aguardó más, pues había escuchado la voz
    de un dios. Así que se puso en camino, su corazón
    acongojado, hacia el palacio y encontró a
    los altivos pretendientes degollando cabras y
    asando cerdos en el patio.

    Antínoo se encaminó riendo hacia Telémaco, le
    tomó de la mano, le dijo su palabra y le llamó
    por su nombre:

    «Telémaco, fanfarrón, incapaz de contener tu
    cólera, que no ocupe tu pecho ninguna acción o
    palabra mala, sino comer y beber conmigo como
    antes. Los aqueos te prepararán una nave y
    remeros elegidos para que llegues con más rapidez
    a la agradable Pilos en busca de noticias
    de tu ilustre padre.»


    Y le respondió Telémaco discretamente:

    «Antínoo, no me es posible comer callado en
    vuestra arrogante compañía y gozar tranquilamente.
    ¿O es que no es bastante que me hayáis
    destruido hasta ahora muchas y buenas cosas
    de mi propiedad, pretendientes, mientras era
    todavía un niño? Mas ahora que ya soy grande
    y que, escuchando la palabra de los demás,
    comprendo todo y el arrojo me ha crecido en el
    pecho, intentaré enviaros las funestas Keres, ya
    sea marchando a Pilos o aquí mismo, en el
    pueblo.
    «Me marcho -y el viaje que os anuncio no será
    infructuoso- como pasajero, pues no poseo naves
    ni remeros. Esto os parecía lo más ventajoso
    para vosotros!»


    Así dijo y retiró con rapidez su mano de la mano
    de Antínoo.

    Y los pretendientes se aplicaban al banquete
    dentro del palacio y se mofaban de él zahiriéndolo
    con sus palabras.

    Así decía uno de los jóvenes arrogantes:

    «Seguro que Telémaco nos está meditando la
    muerte; traerá alguien de la arenosa Pilos para
    que lo defienda o tal vez de Esparta, pues mucho
    lo desea. O quizá quiere ir a Efira, tierra
    fértil, a fin de traer de allí venenos que corrompen
    la vida y echarlos en la crátera para destruirnos
    a todos.»


    Y otro de los jóvenes arrogantes decía:

    ¿Quién sabe si, marchando en la cóncava nave,
    no perece también él vagando lejos de los suyos
    como Odiseo! Así nos acrecentaría el trabajo,
    pues repartiríamos todos sus bienes y la casa se
    la daríamos a su madre y al que con ella casara
    para que la conservaran.»

    Mientras así hablaban descendió Telémaco a la
    despensa de elevado techo de su padre, espaciosa,
    donde había oro amontonado en el suelo
    y bronce, y en arcones vestidos, y oloroso aceite
    en abundancia. También había allí dispuestas
    en fila, junto a la pared, tinajas de añejo vino
    sabroso que contenían sin mezcla la divina bebida
    por si alguna vez volvía a casa Odiseo
    después de sufrir dolores sin cuento. Las puertas
    que allí había se podían cerrar fuertemente
    ensambladas, eran de dos hojas, y permanecía
    allí día y noche un ama de llaves que vigilaba
    todo con la agudeza de su mente, Euriclea, hija
    de Ope Pisenórida.

    A ésta dirigió Telémaco su palabra llamándola
    a la despensa:

    «Vamos, ama, sácame en ánforas sabroso vino,
    el más preciado después del que tú guardas
    pensando en aquel desdichado, por si viene
    algún día Odiseo de linaje divino después de
    evitar la muerte y las Keres; lléname doce hasta
    arriba y ajusta todas con tapas. Échame también
    harina en bien cosidos pellejos, hasta veinte
    medidas de harina de trigo molido. Sólo tú
    debes saberlo. Que esté todo preparado, pues lo
    recogeré por la tarde cuando ya mi madre haya
    subido al piso de arriba y esté ocupada en acostarse.
    Me marcho a Esparta y a la arenosa Pilos
    para enterarme del regreso de mi padre, por si
    oigo algo.»


    Así habló; rompió en lamentos su nodriza Euriclea
    y dijo llorando aladas palabras:

    «¿Por qué, hijo mío, tienes en tu interior este
    proyecto? ¿Por dónde quieres ir a una tierra tan
    grande siendo el bienamado hijo único? Ha
    sucumbido lejos de su patria Odiseo, de linaje
    divino, en un país desconocido, y éstos te andan
    meditando la muerte para el mismo momento
    en que te marches, para que mueras en
    emboscada. Ellos se lo repartirán todo. Anda,
    quédate aquí sentado sobre tus cosas; no tienes
    necesidad ninguna de sufrir penalidades en el
    estéril ponto ni de andar errante.»


    CONT.


    _________________
    "No hay abrazos que paren los cañones
    Ni cañones que maten la esperanza." 
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 26 Abr - 6:10

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO II

    TELÉMACO REÚNE EN ASAMBLEA
    AL PUEBLO DE ITACA.
    CONT.

    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Anímate, ama, puesto que esta decisión me ha
    venido no sin un dios. Ahora júrame que no
    dirás esto a mi madre antes de que llegue el día
    décimo o el duodécimo, o hasta que ella misma
    me eche de menos y oiga que he partido, para
    que no afee, desgarrándola, su hermosa piel.»

    Así habló, y la anciana juró por los dioses con
    gran juramento que no lo haría. Cuando hubo
    jurado y llevado a término este juramento vertió
    enseguida vino en las ánforas y echó harina
    en bien cosidos sacos. Y Telémaco se puso en
    camino hacia las habitaciones de abajo para
    reunirse con los pretendientes.

    Entonces la diosa de ojos brillantes, Atenea,
    concibió otra idea. Tomando la forma de Telémaco
    marchó por toda la ciudad y poniéndose
    cerca de cada hombre les decía su palabra; les
    ordenaba que se congregaran con el crepúsculo
    junto a la rápida nave. Después pidió una rápida
    nave a Noemón, esclarecido hijo de Fronio,
    y éste se la ofreció de buena gana. Y se sumergió
    Helios y todos los caminos se llenaron de
    sombras. Entonces empujó hacia el mar a la
    rápida nave, puso en ella todas las provisiones
    que suelen llevar las naves de buenos bancos y
    la detuvo al final del puerto.

    Los valientes compañeros ya se habían congregado
    en grupo, pues la diosa había movido a
    cada uno en particular.

    Entonces la diosa de ojos brillantes, Atenea,
    concibió otra idea: se puso en camino hacia el
    palacio del divino Odiseo y una vez allí derramó
    dulce sueño sobre los pretendientes, los
    hechizó cuando bebían e hizo caer las copas de
    sus manos. Y éstos se apresuraron por la ciudad
    para ir a dormir y ya no estuvieron sentados
    por más tiempo, pues el sueño se posaba
    sobre sus párpados.

    Entonces Atenea, de ojos brillantes, se dirigió a
    Telémaco llamándolo desde fuera del palacio,
    agradable para vivir, asemejándose a Méntor
    en la figura y timbre de voz:

    «Ya tienes sentados al remo a tus compañeros
    de hermosas grebas y esperan tu partida. Vamos,
    no retrasemos por más tiempo el viaje.»

    Así habló, y lo condujo rápidamente Palas Atenea,
    y él marchaba en pos de las huellas de la
    diosa. Cuando llegaron a la nave y al mar encontraron
    sobre la ribera a los aqueos de largo
    cabello y entre ellos habló la sagrada fuerza de
    Telémaco:

    «Aquí, los míos, traigamos las provisiones; ya
    está todo junto en mi palacio. Mi madre no está
    enterada de nada ni las demás esclavas; sólo
    una ha oído mi palabra.»


    Así habló y los condujo, y ellos le seguían de
    cerca. Se llevaron todo y lo pusieron en la nave
    de buenos bancos como había ordenado el querido
    hijo de Odiseo.

    Subió luego Telémaco a la nave; Atenea iba
    delante y se sentó en la popa, y a su lado se
    sentó Telémaco.

    Los compañeros soltaron las amarras, subieron
    todos y se sentaron en los bancos. Y Atenea, de
    ojos brillantes, les envió un viento favorable, el
    fresco Céfiro que silba sobre el ponto rojo como
    el vino.

    Telémaco animó a sus compañeros, les ordenó
    que se asieran a las jarcias y éstos escucharon al
    que les urgía. Levantaron el mástil de abeto y lo
    colocaron dentro del hueco construido en medio,
    lo ataron con maromas y extendieron las
    blancas velas con bien retorcidas correas de piel
    de buey. El viento hinchó la vela central y las
    purpúreas olas bramaron a los lados de la quilla
    de la nave en su marcha, y corría apresurando
    su camino sobre las olas.

    Después ataron los aparejos a la rápida nave y
    levantaron las cráteras llenas de vino hasta los
    bordes haciendo libaciones a los inmortales
    dioses, que han nacido para siempre, y entre
    todos especialmente a la de ojos brillantes, a la
    hija de Zeus.

    Y la nave continuó su camino toda la noche y
    durante el amanecer.

    FIN DEL CANTO II


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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 27 Abr - 4:45

    Aunque no lo parezca, en mis ratitos libres, sigo esta maravilla, y a ti, que la has traído.
    Gracias, Pascual.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 27 Abr - 11:08

    Sabes... me encantó releer La Iliada. Pues La Odisea, mucho más. Increíble.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 27 Abr - 11:21

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO III


    TELÉMACO VIAJA A PILOS PARA INFORMARSE
    SOBRE SU PADRE


    Habíase levantado Helios, abandonando el
    hermosísimo estanque del mar, hacia el broncíneo
    cielo para alumbrar a los inmortales y a los
    mortales caducos sobre la Tierra donadora de
    vida, cuando llegaron a Pilos, la bien construida
    ciudadela de Neleo.

    Los pilios estaban sacrificando sobre la ribera
    del mar toros totalmente negros en honor del
    de azuloscura cabellera, el que sacude las tierras.

    Había nueve asientos y en cada uno estaban
    sentados quinientos hombres y de cada
    uno hacían ofrenda de nueve toros. Mientras
    éstos gustaban las entrañas y quemaban los
    muslos en honor del dios, los itacenses entraban
    en el puerto; amainaron las velas de la
    equilibrada nave, las ataron, fondearon la nave
    y descendieron.

    Entonces descendió Telémaco de la nave y Atenea
    iba delante. Y a él dirigió sus primeras palabras
    la diosa de ojos briIlantes:

    «Telémaco, ya no has de tener vergüenza, ni un
    poco siquiera, pues has navegado el mar para
    inquirir dónde oculta la tierra a tu padre y qué
    suerte ha corrido.
    «Conque, vamos, marcha directamente a casa
    de Néstor, domador de caballos; sepamos qué
    pensamientos guarda en su pecho. Y suplícale
    para que te diga la verdad; mentira no te dirá,
    es muy discreto.»


    Y le contestó Telémaco discretamente:

    «Méntor, ¿cómo voy a ir a abrazar sus rodillas?
    No tengo aún experiencia alguna en discursos
    ajustados. Y además a un hombre joven le da
    vergüenza preguntar a uno más viejo.»


    Y la diosa de ojos brillantes, Atenea, se dirigió
    de nuevo a él:

    «Telémaco, unas palabras las concebirás en tu
    propia mente y otras te las infundirá la divinidad.
    Estoy seguro de que tú has nacido y te has
    criado no sin la voluntad de los dioses.»

    Así habló y lo condujo con rapidez Palas Atenea,
    y él siguió en pos de la diosa. Llegaron a la
    asamblea y a los asientos de los hombres de
    Pilos, donde Néstor estaba sentado con sus
    hijos, y en torno a ellos los compañeros asaban
    la carne y la ensartaban preparando el banquete.
    Cuando vieron a los forasteros se reunieron
    todos en grupo, les tomaron de las manos en
    señal de bienvenida y les ordenaron sentarse.
    Pisístrato, el hijo de Néstor, fue el primero que
    se les acercó: les tomó a ambos de la mano y los
    hizo sentarse en torno al banquete sobre blandas
    pieles de ovejas, en las arenas marinas, a la
    vera de su hermano Trasimedes y de su padre.
    Luego les dió parte de las entrañas, les vertió
    vino en copa de oro y dirigió a Palas Atenea, la
    hija de Zeus, portador de égidas, sus palabras
    de bienvenida:

    «Forastero, eleva tus súplicas al soberano Poseidón,
    pues en su honor es el banquete con el
    que os habéis encontrado al llegar aquí. Luego
    que hayas hecho las libaciones y súplicas como
    está mandado, entrega también a éste la copa
    de agradable vino para que haga libación; que
    también él, creo yo, hace súplicas a los inmortales,
    pues todos los hombres necesitan a los dioses.
    Pero es más joven, de mi misma edad, por
    eso quiero darte a ti primero la copa de oro.»


    Así diciendo, puso en su mano la copa de agradable
    vino; Atenea dio las gracias al discreto, al
    cabal hombre, porque le había dado a ella primero
    la copa de oro y a continuación dirigió
    una larga plegaria al soberano Poseidón:

    «Escúchame, Poseidón, que conduces tu carro
    por la tierra, y no te opongas por rencor a que
    los que te suplican llevemos a término esta empresa.
    Concede a Néstor antes que a nadie, y a
    sus hijos, honor, y después concede a los demás
    pilios una recompensa en reconocimiento por
    su espléndida hecatombe. Concede también a
    Telémaco y a mí que volvamos después de
    haber conseguido aquello por lo que hemos
    venido aquí en veloz, negra nave.»


    CONT


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 27 Abr - 11:32

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO III

    TELÉMACO VIAJA A PILOS PARA INFORMARSE
    SOBRE SU PADRE.
    CONT.

    Así orando, realizó (ritualmente) todo y entregó
    a Telémaco la hermosa copa doble. Y el
    querido hijo de Odiseo elevó su súplica de modo
    semejante.

    Cuando habían asado la carne exterior de las
    víctimas, la sacaron del asador, repartieron las
    porciones y se aplicaron al magnífico festín. Y
    después que habían echado de sí el apetito de
    comer y beber, comenzó a hablarles el de Gerenias,
    el caballero Néstor:

    «Ahora que se han saciado de comida, lo mejor
    es entablar conversación y preguntar a los forasteros
    quiénes son. Forasteros, ¿quiénes sois?,
    ¿de dónde habéis llegado navegando los
    húmedos senderos? ¿Andáis errantes por algún
    asunto o sin rumbo como los piratas por la mar,
    los que andan a la aventura exponiendo sus
    vidas y llevando la destrucción a los de otras
    tierras?»


    Y Telémaco se llenó de valor y le contestó discretamente
    -pues la misma Atenea le infundió
    valor en su interior para que le preguntara sobre
    su padre ausente y para que cobrara fama
    de valiente entre los hombres:

    «Néstor, hijo de Neleo, gran honra de los aqueos,
    preguntas de dónde somos y yo te lo voy a
    exponer en detalle.
    «Hemos venido de Itaca, a los pies del monte
    Neyo, y el asunto de que te voy a hablar es privado,
    no público. Ando a lo ancho en busca de
    noticias sobre mi padre -por si las oigo en algún
    sitio-, de Odiseo el divino, el sufridor, de quien
    dicen que en otro tiempo arrasó la ciudad de
    Troya luchando a tu lado. Ya me he enterado
    dónde alcanzó luctuosa muerte cada uno de
    cuantos lucharon contra los troyanos, pero su
    muerte la ha hecho desconocida el hijo de Crono,
    pues nadie es capaz de decirme claramente
    dónde está muerto, si ha sucumbido en tierra
    firme a manos de hombres enemigos o en el
    mar entre las olas de Anfitrite. Por esto me llego
    ahora a tus rodillas, por si quieres contarme
    su luctuosa muerte -la hayas visto con tus propios
    ojos o hayas escuchado el relato de algún
    caminante-; ¡digno de lástima lo parió su madre!
    Y no endulces tus palabras por respeto ni
    piedad, antes bien cuéntame detalladamente
    cómo llegaste a verlo. Te lo suplico si es que
    alguna vez mi padre, el noble Odiseo, te prometió
    algo y te lo cumplió en el pueblo de los
    troyanos donde los aqueos sufríais penalidades.
    Acuérdate de esto ahora y cuéntame la
    verdad.»


    Y le contestó luego el de Gerenia, el caballero
    Néstor:

    «Hijo mío, puesto que me has recordado los
    infortunios que tuvimos que soportar en aquel
    país los hijos de los aqueos de incontenible furia:
    cuánto vagamos con las naves en el brumoso
    ponto, a la deriva en busca de botín por
    donde nos guiaba Aquiles y cuánto combatimos
    en torno a la gran ciudad del soberano
    Príamo... Allí murieron los mejores: allí reposa
    Ayax, hijo de Ares, y allí Aquiles, y allí Patroslo,
    consejero de la talla de los dioses, y allí mi
    querido hijo, fuerte a la vez que irreprochable,
    Antíloco, que sobresalía en la carrera y en el
    combate. Otros muchos males sufrimos además
    de éstos. ¿Quién de los mortales hombres podría
    contar todas aquellas cosas? Nadie, por más
    que te quedaras a su lado cinco o seis años para
    preguntarle cuántos males sufrieron allí los
    aqueos de linaje divino. Antes volverías apesadumbrado
    a tu tierra patria. Durante nueve
    años tramamos desgracias contra ellos
    acechándoles con toda clase de engaños y a
    duras penas puso término (a la guerra) el hijo
    de Cronos.
    «Jamás quiso nadie igualársele en inteligencia,
    puesto que el divino Odiseo era muy superior
    en toda clase de astucias, tu padre, si es que
    verdaderamente eres descendencia suya. (Al
    verte se apodera de mí el asombro. En verdad
    vuestras palabras son parecidas y no se puede
    decir que un hombre joven hable tan discretamente.)
    «Jamás, durante todo el tiempo que estuvimos
    allí, hablábamos de diferente modo yo y el divino
    Odiseo ni en la asamblea ni en el consejo,
    sino que teníamos un solo pensamiento, y con
    juicio y prudente consejo mostrábamos a los
    aqueos cómo saldría todo mejor.
    «Después, cuando habíamos saqueado la elevada
    ciudad de Príamo y embarcamos en las
    naves y la divinidad dispersó a los aqueos,
    Zeus concibió en su mente un regreso lamentable
    para los argivos porque no todos eran prudentes
    ni justos. Así que muchos de éstos fueron
    al encuentro de una desgraciada muerte
    por causa de la funesta cólera de la de poderoso
    padre, de la de ojos brillantes que asentó la
    Disensión entre ambos atridas. Convocaron
    éstos en asamblea a todos los aqueos, insensatamente,
    a destiempo, cuando Helios se sumerge,
    y los hijos de los aqueos se presentaron pesados
    por el vino, y les dijeron por qué habían
    reunido al ejército.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 27 Abr - 11:42

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO III

    TELÉMACO VIAJA A PILOS PARA INFORMARSE
    SOBRE SU PADRE.
    CONT.

    «Allí Menelao aconsejaba a todos los aqueos
    que pensaran en volver sobre el ancho lomo del
    mar. Pero no agradó en absoluto a Agamenón,
    pues quería retener al pueblo y ejecutar sagradas
    hecatombes para aplacar la tremenda cólera
    de Atenea. ¡Necio!, no sabía que no iba a persuadirla,
    que no se doblega rápidamente la
    voluntad de los dioses que viven siempre. Así
    que los dos se pusieron en pie y se contestaban
    con palabras agrias. Y los hijos de los aqueos de
    hermosas grebas se levantaron con un vocerío
    sobrehumano: divididos en dos bandos les
    agradaba una a otra decisión.
    «Pasamos la noche removiendo en nuestro interior
    maldades unos contra otros, pues ya
    Zeus nos preparaba el azote de la desgracia.
    «Al amanecer algunos arrastramos las naves
    hasta el divino mar y metimos nuestros botines
    y las mujeres de profundas cinturas. La mitad
    del ejército permaneció allí, al lado del atrida
    Agamenón, pastor de su pueblo, pero la otra
    mitad embarcamos y partimos. Nuestras naves
    navegaban muy aprisa -una divinidad había
    calmado el ponto que encierra grandes monstruos-
    y llegados a Ténedos realizamos sacrificios
    a los dioses con el deseo de volver a casa.
    Pero Zeus no se preocupó aún de nuestro regreso.
    ¡Cruel! Él, que levantó por segunda vez
    agria disensión: unos dieron la vuelta a sus
    bien curvadas naves y retornaron con el prudente
    soberano Odiseo, el de pensamientos
    complicados, para dar satisfacción al atrida
    Agamenón, pero yo, con todas mis naves agrupadas,
    las que me seguían, marché de allí porque
    barruntaba que la divinidad nos preparaba
    desgracias.
    «También marchó el belicoso hijo de Tideo y
    arrastró consigo a sus compañeros y más tarde
    navegó a nuestro lado el rubio Menelao -nos
    encontró en Lesbos cuando planeábamos el
    largo regreso: o navegar por encima de la escabrosa
    Quios en dirección de la isla Psiría dejándola
    a la izquierda o bien por debajo de Quios
    junto al ventiscoso Mirnante. Pedimos a la divinidad
    que nos mostrara un prodigio y enseguida
    ésta nos lo mostró y nos aconsejó cortar
    por la mitad del mar en dirección a Eubea, para
    poder escapar rápidamente de la desgracia. Así
    que levantó, para que soplara, un sonoro viento
    y las naves recorrieron con suma rapidez los
    pecillenos caminos. Durante la noche arribaron
    a Geresto y ofrecimos a Poseidón muchos muslos
    de toros por haber recorrido el gran mar.
    Era el cuarto día cuando los compañeros del
    tidida Diomedes, el domador de caballos, fondearon
    sus equilibradas naves en Argos. Después
    yo me dirigí a Pilos y ya nunca se extinguió
    el viento desde que al principio una divinidad
    lo envió para que soplara. Así llegué, hijo
    mío, sin enterarme, sin saber quiénes se salvaron
    de los aqueos y quiénes perecieron, pero
    cuanto he oído sentado en mi palacio lo sabrás
    -como es justo- y nada te ocultaré. Dicen que
    han llegado bien los mirmidones famosos por
    sus lanzas, a los que conducía el ilustre hijo del
    valeroso Aquiles y que llegó bien Filoctetes, el
    brillante hijo de Poyante. Idomeneo condujo
    hasta Creta a todos sus compañeros, los que
    habían sobrevivido a la guerra, y el mar no se le
    engulló a ninguno. En cuanto al Atrida, ya habéis
    oído vosotros mismos, aunque estáis lejos,
    cómo llegó y cómo Egisto le había preparado
    una miserable muerte, aunque ya ha pagado
    lamentablemente. ¡Qué bueno es que a un
    hombre muerto le quede un hijo! Pues aquél se
    ha vengado del asesino de su padre, del tramposo
    Egisto, porque le había asesinado a su
    ilustre padre. También tú, hijo -pues te veo vigoroso
    y bello-, sé fuerte para que cualquiera
    de tus descendientes hable bien de. ti.»


    Y le contestó Telémaco discretamente:

    «Néstor, hijo de Neleo, gran honra de los aqueos,
    así es, por cierto; aquél se vengó y los aqueos
    llevarán a lo largo y a lo ancho su fama, motivo
    de canto para los venideros.
    «¡Ojalá los dioses me dotaran de igual fuerza
    para hacer pagar a los pretendientes por su
    dolorosa insolencia!, pues ensoberbecidos me
    preparan acciones malvadas. Pero los dioses no
    han tejido para mí tal dicha; ni para mi padre ni
    para mí. Y ahora no hay más remedio que
    aguantar.»


    Y le contestó luego el de Gerenia, el caballero
    Néstor:

    «Amigo -puesto que me has recordado y dicho
    esto-, dicen que muchos pretendientes de tu
    madre están cometiendo muchas injusticias en
    él palacio contra tu voluntad. Dime si cedes de
    buen gusto o te odia la gente en el pueblo siguiendo
    una inspiración de la divinidad.
    ¡Quién sabe si llegará Odiseo algún día y les
    hará pagar sus acciones violentas, él solo o todos
    los aqueos. juntos! Pues si la de ojos brillantes,
    Atenea, quiere amarte del mismo modo que
    protegía al ilustre Odiseo en aquel entonces en
    el pueblo de los troyanos donde los aqueos
    pasamos penalidades (pues nunca he visto que
    los dioses amen tan a las claras como Palas
    Atenea le asistía a él), si quiere amarte a ti así y
    preocuparte de ti en su ánimo, cualquiera de
    aquéllos se olvidaría del matrimonio.»


    CONT.



    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 28 Abr - 10:54

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO III

    TELÉMACO VIAJA A PILOS PARA INFORMARSE
    SOBRE SU PADRE.
    CONT.

    Y le contestó Telémaco discretamente:

    «Anciano, no creo que esas palabras lleguen a
    realizarse nunca. Has dicho algo excesivamente
    grande. El estupor me tiene sujeto. Esas cosas
    no podrían sucederme por más que lo espere ni
    aunque los dioses lo quisieran así.»


    Y de pronto la diosa de ojos brillantes, Atenea,
    se dirigió a él:

    «¡Telémaco, qué palabra ha escapado del cerco
    de tus dientes! Es fácil para un dios, si quiere,
    salvar a un hombre aun desde lejos. Preferiría
    yo volver a casa aun después de sufrir mucho y
    ver el día de mi regreso, antes que morir al llegar,
    en mi propio hogar, como ha perecido
    Agamenón víctima de una trampa de Egisto y
    de su esposa. Pero, en verdad, ni siquiera los
    dioses pueden apartar la muerte, común a todos,
    de un hombre, por muy querido que les
    sea, cuando ya lo ha alcanzado el funesto Destino
    de la muerte de largos lamentos.»


    Y le contestó discretamente Telémaco:

    «Méntor, no hablemos más de esto aun a pesar
    de nuestra preocupación. En verdad ya no hay
    para él regreso alguno, que los dioses le han
    pensado la muerte y la negra Ker. Ahora quiero
    hacer otra indagación y preguntarle a Néstor,
    puesto que él sobresale por encima de los demás
    en justicia a inteligencia. Pues dicen que ha
    sido soberano de tres generaciones de hombres,
    y así me parece inmortal al mirarlo. Néstor, hijo
    de Neleo -y dime la verdad-, ¿cómo murió el
    poderoso atrida Agamenón?, ¿dónde estaba
    Menelao?, ¿qué muerte le preparó el tramposo
    Egisto, puesto que mató a uno mucho mejor
    que él? ¿O es que no estaba en Argos de Acaya,
    sino que andaba errante, en cualquier otro sitio,
    y Egisto lo mató cobrando valor?»


    Y le contestó a continuación el de Gerenia, el
    caballero Néstor:

    «Hijo, te voy a decir toda la verdad. Tú mismo
    puedes imaginarte qué habría pasado si al volver
    de Troya el Atrida, el rubio Menelao,
    hubiera encontrado vivo a Egisto en el palacio.
    Con seguridad no habrían echado tierra sobre
    su cadáver, sino que los perros y las aves, tirado
    en la llanura lejos de la ciudad, lo habrían
    despedazado sin que lo llorara ninguna de las
    aqueas: ¡tan gran crimen cometió! Mientras
    nosotros realizábamos en Troya innumerables
    pruebas, él estaba tranquilamente en el centro
    de Argos, criadora de caballos, y trataba de
    seducir poco a poco a la esposa de Agamenón
    con sus palabras.
    «Esta, al principio, se negaba al vergonzoso
    hecho, la divina Clitemnestra, pues poseía un
    noble corazón, y a su lado estaba también el
    aedo, a quien el Atrida al marchar a Troya había
    encomendado encarecidamente que protegiera
    a su esposa. Pero cuando el Destino de los
    dioses la forzó a sucumbir se llevó al aedo a
    una isla desierta y lo dejó como presa y botin
    de las aves. Y Egisto la llevó a su casa de buen
    grado sin que se opusiera. Luego quemó muchos
    muslos sobre los sagrados altares de los
    dioses y colgó muchas ofrendas -vestidos y oro-
    por haber realizado la gran hazaña que jamás
    esperó en su ánimo llevar a cabo.
    «Nosotros navegábamos juntos desde Troya, el
    Atrida y yo, con sentimientos comunes de
    amistad. Pero cuando llegamos al sagrado Sunio,
    el promontorio de Atenas, Febo Apolo
    mató al piloto de Menelao alcanzándole con sus
    suaves flechas cuando tenía entre sus manos el
    timón de la nave, a Frontis, hijo de Onetor, que
    superaba a la mayoría de los hombres en gobernar
    la nave cuando se desencadenaban las
    tempestades. Asi que se detuvo allí, aunque
    anhelaba el camino, para enterrar a su compañero
    y hacerle las honras fúnebres.
    «Cuando ya de camino sobre el ponto rojo como
    el vino alcanzó con sus cóncavas naves la
    escarpada montaña de Maleas en su carrera, en
    ese momento el que ve a lo ancho, Zeus, concibió
    para él un viaje luctuoso y derramó un
    huracán de silbantes vientos y monstruosas
    bien nutridas olas semejantes a montes. Allí
    dividió parte de las naves e impulsó a unas
    hacia Creta, donde viven los Cidones en torno a
    la corriente del Jardano. Hay una pelada y elevada
    roca que se mete en el agua, en el extremo
    de Górtina, en el nebuloso ponto, donde Noto
    impulsa las grandes olas hacia el lado izquierdo
    del saliente, en dirección a Festos, y una pequeña
    piedra detiene las grandes olas. Allí llegaron
    las naves y los hombres consiguieron
    evitar la muerte a duras penas, pero las olas
    quebraron las naves contra los escollos. Sin
    embargo, a otras cinco naves de azuloscuras
    proas el viento y el agua las impulsaron hacia
    Egipto. Allí reunió éste abundantes bienes y
    oro, y se dirigió con sus naves en busca de gentes
    de lengua extraña.


    CONT.


    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 28 Abr - 11:08

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO III

    TELÉMACO VIAJA A PILOS PARA INFORMARSE
    SOBRE SU PADRE
    . CONT.

    «Y, entre tanto, Egisto planeó estas malvadas
    acciones en casa, y después de asesinar al Atrida,
    el pueblo le estaba sometido. Siete años
    reinó sóbre la dorada Micenas, pero al octavo
    llegó de vuelta de Atenas el divino Orestes para
    su mal y mató al asesino de su padre, a Egisto,
    al inventor de engaños, porque había asesinado
    a su ilustre padre. Y después de matarlo dió a
    los argivos un banquete fúnebre por su odiada
    madre y por el cobarde Egisto.
    «Ese mismo día llegó Menelao, de recia voz
    guerrera, trayendo muchas riquezas, cuantas
    podían soportar sus naves en peso.
    «En cuanto a ti, amigo, no andes errante mucho
    tiempo lejos de tu casa, dejando tus posesiones
    y hombres tan arrogantes en tu palacio, no sea
    que se lo repartan todos tus bienes y se los coman
    y camines un viaje baldío. Antes bien, te
    aconsejo y exhorto a que vayas junto a Menelao,
    pues él está recién llegado de otras regiones,
    de entre tales hombres de los que nunca
    soñaría poder regresar aquel a quien los huracanes
    lo impulsen desde el principio hacia un
    mar tan grande que ni las aves son capaces de
    recorrerlo en un año entero, puesto que es
    grande y terrorífico. Vamos, márchate con la
    nave y los compañeros, pero si quieres ir por
    tierra tienes a tu disposición un carro y caballos
    y a la disposición están mis hijos que te servirán
    de escolta hasta la divina Lacedemonia,
    donde está el rubio Menelao. Ruégale para que
    te diga la verdad; mentira no te dirá, es muy
    discreto.»


    Así habló, y Helios se sumergió y sobrevino la
    oscuridad.

    Y les dijo la diosa de ojos brillantes, Atenea:

    «Anciano, has hablado como te corresponde.
    Pero, vamos, cortad las lenguas y mezclad el
    vino para que hagamos libaciones a Poseidón y
    a los demás inmortales y nos ocupemos de
    dormir, pues ya es hora. Ya ha descendido la
    luz a la región de las sombras y no es bueno
    estar sentado mucho tiempo en un banquete en
    honor de los dioses, sino regresar.»


    Así habló la hija de Zeus y ellos prestaron atención
    a la que hablaba.

    Y los heraldos derramaron agua sobre sus manos
    y los jóvenes coronaron de vino las cráteras
    y lo repartieron entre todos haciendo una primera
    ofrenda, por orden, en las copas. Luego
    arrojaron las lenguas al fuego y se pusieron en
    pie para hacer la libación.
    Cuando hubieron libado y bebido cuanto su
    apetito les pedía, Atenea y Telémaco, semejante
    a un dios, se pusieron en camino para volver a
    la cóncava nave. Pero Néstor todavía los retuvo
    tocándolos con sus palabras:

    «No permitirán Zeus y los demás dioses inmortales
    que volváis de mi casa a la rápida nave
    como de casa de uno que carece por completo
    de ropas, o de un indigente que no tiene mantas
    ni abundantes sábanas en casa ni un dormir
    blando para sí y para sus huéspedes. Que en mi
    casa hay mantas y sábanas hermosas. No dormirá
    sobre los maderos de su nave el querido
    hijo de Odiseo mientras yo viva y aún me queden
    hijos en el palacio para hospedar a mis
    huéspedes, quienquiera que sea el que arribe a
    mi palacio.»


    Y la diosa de ojos brillantes, Atenea, le dijo:

    «Has hablado bien, anciano amigo. Sería conveniente
    que Telémaco te hiciera caso. Así,
    pues, él te seguirá para dormir en tu palacio,
    pero yo marcharé a la negra nave para animar a
    los compañeros y darles órdenes, pues me precio
    de ser el más anciano entre ellos. Y los demás
    nos siguen por amistad, hombres jóvenes
    todos, de la misma edad que el valiente Telémaco.
    Yo dormiré en la cóncava, negra nave, y
    al amanecer iré junto a los impetuosos caucones,
    dondé se me debe una deuda no de ahora
    ni pequeña, desde luego.
    «Tú, envíalo con un carro y un hijo tuyo, pues
    ha llegado a tu casa como huésped. Y dale caballos,
    los que sean más veloces en la carrera y
    más excelentes en vigor.» .


    Así hablando partió la de ojos brillantes, Atenea,
    tomando la forma del buitre barbado.
    Y la admiración atenazó a todos los aqueos.
    Admiróse el anciano cuando lo vio con sus ojos
    y tomando la mano de Telémaco le dirigió su
    palabra y le llamó por su nombre.

    «Amigo, no creo que llegues a ser débil ni cobarde
    si ya, tan joven, lo siguen los dioses como
    escolta. Pues éste no era otro de entre los que
    ocupan las mansiones del Olimpo que la hija de
    Zeus, la rapaz Tritogéneia, la que honraba también
    a tu noble padre entre los argivos. Soberana,
    séme propicia, dame fama de nobleza a mí
    mismo, a mis hijos y a mi venerable esposa y a
    cambio yo te sacrificaré una cariancha novilla
    de un año, no domada, a la que jamás un hombre
    haya llevado bajo el yugo. Te la sacrificaré
    rodeando de oro sus cuernos.»


    CONT.


    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 28 Abr - 11:36

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO III

    TELÉMACO VIAJA A PILOS PARA INFORMARSE
    SOBRE SU PADRE.
    CONT.

    Así dirigió sus súplicas y Palas Atenea le escuchó.
    Y el de Gerenia, el caballero Néstor,
    condujo a sus hijos y yernos hacia sus hermosas
    mansiones.
    Cuando llegaron al palacio de este soberano se
    sentaron por orden en sillas y sillones y, una
    vez llegados, el anciano les mezcló una crátera
    de vino dulce al paladar que el ama de llaves
    abrió -a los once años de estar cerrada- desatando
    la cubierta. El anciano mezcló una crátera
    de este vino y oró a Atenea al hacer la libación,
    a la hija de Zeus el que lleva la égida.
    Después, cuando hubieron hecho la libación y
    bebido cuanto les pedía su apetito, los parientes
    marcharon cada uno a su casa para dormir.
    Pero a Telémaco, el querido hijo del divino
    Odiseo, lo hizo acostarse allí mismo el de Gerenia,
    el caballero Néstor, en un lecho taladrado
    bajo el sonoro pórtico. Y a su lado hizo acostarse
    a Pisístrato de buena lanza de fresno, caudillo
    de guerreros, el que de sus hijos permanecía
    todavía soltero en el palacio.
    Néstor durmió en el centro de la elevada mansión
    y su señora esposa le preparó el lecho y la
    cama.
    Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana,
    la de dedos de rosa, se levantó del lecho
    el de Gerenia, el caballero Néstor. Salió y se
    sentó sobre las pulimentadas piedras que tenía,
    blancas, resplandecientes de aceite, delante de
    las elevadas puertas, sobre las que solía sentarse
    antes Neleo, consejero de la talla de los dioses.
    Pero éste había ya marchado a Hades sometido
    por Ker, y entonces se sentaba Néstor,
    el de Gerenia, el guardián de los aqueos, el que
    tenía el cetro.
    Y sus hijos se congregaron en torno suyo cuando
    salieron de sus dormitorios, Equefrón y Estratio,
    Perseo y Trasímedes semejante a un dios.
    A continuación llegó a ellos en sexto lugar el
    héroe Pisístrato, y a su lado sentaron a Telémaco
    semejante a los dioses.
    Y entre ellos comenzó a hablar el de Gerenia, el
    caballero Néstor:

    «Hijos míos, llevad a cabo rápidamente mi deseo
    para que antes que a los demás dioses propicie
    a Atenea, la que vino manifiestamente al
    abundante banquete en honor del dios. Vamos,
    que uno marche a la llanura a por una novilla
    de modo que llegue lo antes posible: que la
    conduzca el boyero; que otro marche a la negra
    nave del valiente Telémaco y traiga a todos los
    compañeros dejando sólo dos; que otro ordene
    que se presente aquí Laerques, el que derrama
    el oro, para que derrame oro en torno a los
    cuernos de la novilla. Los demás quedaos aquí
    reunidos y decid a las esclavas que dispongan
    un banquete dentro del ilustre palacio; que
    traigan asientos y leña alrededor y brillante
    agua.»


    Así habló, y al punto todos se apresuraron. Y
    llegó enseguida la novilla de la llanura y llegaron
    los compañeros del valiente Telémaco de
    junto a la equilibrada nave; y llegó el broncero
    llevando en sus manos las herramientas de
    bronce, perfección del arte: el yunque y el martillo
    y las bien labradas tenazas con las que trabajaba
    el oro. Y llegó Atenea para asistir a los
    sacrificios.
    El anciano, el cabalgador de caballos, Néstor, le
    entregó oro a Laerques, y éste lo trabajó y derramó
    por los cuernos de la novilla para que la
    diosa se alegrara al ver la ofrenda. Y llevaron a
    la novilla por los cuernos Estratio y el divino
    Equefrón; y Areto salió de su dormitorio
    llevándoles el agua-manos en una vasija adornada
    con flores y en la otra llevaba la cebada
    tostada dentro de una cesta. Y Trasímedes, el
    fuerte en la lucha, se presentó con una afilada
    hacha en la mano para herir a la novilla, y Perseo
    sostenía el vaso para la sangre.
    El anciano, el cabalgador de caballos, Néstor,
    comenzó las abluciones y la esparsión de la
    cebada sobre el altar suplicando insitentemente
    a Atenea mientras realizaba el rito preliminar
    de arrojar al fuego cabellos de su testuz.
    Cuando acabaron de hacer las súplicas y la esparsión
    de la cebada, el hijo de Néstor, el muy
    valiente Trasímedes, condujo a la novilla, se
    colocó cerca, y el hacha segó los tendones del
    cuello y debilitó la fuerza de la novilla. Y lanzaron
    el grito ritual las hijas y nueras y la venerable
    esposa de Néstor, Eurídice, la mayor de las
    hijas de Climeno.
    Luego levantaron a la novilla de la tierra de
    anchos caminos, la sostuvieron y al punto la
    degolló Pisístrato, caudillo de guerreros.
    Después que la oscura sangre le salió a chorros
    y el aliento abandonó sus huesos, la descuartizaron
    enseguida, le cortaron las piernas según
    el rito, las cubrieron con grasa por ambos lados,
    haciéndolo en dos capas y pusieron sobre ellas
    la carne cruda. Entonces el anciano las quemó
    sobre la leña y por encima vertió rojo vino
    mientras los jóvenes cerca de él sostenían en
    sus manos tenedores de cinco puntas.
    Después que las piernas se habían consumido
    por completo y que habían gustado las entrañas
    cortaron el resto en, pequeños trozos, lo ensartaron
    y lo asaron sosteniendo los puntiagudos
    tenedores en sus manos

    CONT.


    _________________
    "No hay abrazos que paren los cañones
    Ni cañones que maten la esperanza." 
                                                                 Walter Faila.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 28 Abr - 18:33

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO III

    TELÉMACO VIAJA A PILOS PARA INFORMARSE
    SOBRE SU PADRE.
    CONT.

    Entre tanto, la linda Policasta lavaba a Telémaco,
    la más joven hija de Néstor, el hijo de Neleo.
    Después que lo hubo lavado y ungido con aceite
    le rodeó el cuerpo con una túnica y un manto.
    Salió Telémaco del baño, su cuerpo semejante
    a los inmortales, y fue a sentarse al lado de
    Néstor, pastor de su pueblo. Luego que la parte
    superior de la carne estuvo asada, la sacaron y
    se sentaron a comer, y unos jóvenes nobles se
    levantaron para escanciar el vino en copas de
    oro.
    Después que arrojaron de sí el deseo de comida
    y bebida, comenzó a hablarles el de Gerenia, el
    caballero Néstor:

    «Hijos míos, vamos, traed a Telémaco caballos
    de hermosas crines y enganchadlos al carro
    para que prosiga con rapidez su viaje.»


    Así habló, y ellos le escucharon y le hicieron
    caso, y con diligencia engancharon al carro ligeros
    corceles. Y la mujer, la ama de llaves, le
    preparó vino y provisiones como las que comen
    los reyes a los que alimenta Zeus.

    Enseguida ascendió Telémaco al hermoso carro,
    y a su lado subió el hijo de Néstor, Pisístrato,
    el caudillo de guerreros. Empuñó las riendas
    y restalló el látigo para que partieran, y los dos
    caballos se lanzaron de buena gana a la llanura
    abandonando la elevada ciudad de Pilos. Durante
    todo el día agitaron el yugo sosteniéndolo
    por ambos lados.

    Y Helios se sumergió y todos los caminos se
    llenaron de sombras cuando llegaron a Feras, al
    palacio de Diocles, el hijo de Ortíloco a quien
    Alfeo había engendrado. Allí durmieron aquella
    noche, pues él les ofreció hospitalidad.
    Y se mostró Eos, la que nace de la mañana, la
    de dedos de rosa; engancharon los caballos,
    subieron al bien trabajado carro y salieron del
    pórtico y de la resonante galería.

    Restalló Pisístrato el látigo para que partieran,
    y los dos caballos se lanzaron de buena gana, y
    llegaron a la llanura, a la que produce trigo,
    poniendo término a su viaje: ¡de tal manera lo
    llevaban los veloces caballos!

    Y se sumergió Helios y todos los caminos se
    llenaron de sombras.

    FIN DEL CANTO III


    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 29 Abr - 9:53

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO IV

    TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
    PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE


    Llegaron éstos a la cóncava y cavernosa Lacedemonia
    y se encaminaron al palacio del ilustre
    Menelao. Lo encontraron con numerosos allegados,
    celebrando con un banquete la boda de
    su hijo e ilustre hija. A su hija iba a enviarla al
    hijo de Aquiles, el que rompe las filas enemigas;
    que en Troya se la ofreció por vez primera
    y prometió entregarla, y los dioses iban a llevarles
    a término las bodas. Mandábale ir con
    caballos y carros a la muy ilustre ciudad de los
    mirmidones, sobre los cuales reinaba aquél. A
    su hijo le entregaba como esposa la hija de
    Alector, procedente de Esparta. El vigoroso
    Megapentes, su hijo, le había nacido muy querido
    de una esclava, que los dioses ya no dieron
    un hijo a Helena luego que le hubo nacido el
    primer hijo la deseada Hermione, que poseía la
    hermosura de la dorada Afrodita.

    Conque se deleitaban y celebraban banquetes
    en el gran palacio de techo elevado los vecinos
    y parientes del ilustre Menelao; un divino aedo
    les cantaba tocando la cítara, y dos volatineros
    giraban en medio de ellos, dando comienzo a la
    danza.

    Y los dos jóvenes, el héroe Telémaco y el ilustre
    hijo de Néstor se detuvieron y detuvieron los
    caballos a la puerta del palacio. Violos el noble
    Eteoneo cuando salía, ágil servidor del ilustre
    Menelao, y echó a andar por el palacio para
    comunicárselo al pastor de su pueblo. Y poniéndose
    junto a él le dijo aladas palabras:

    «Hay dos forasteros, Menelao, vástago de Zeus,
    dos mozos semejantes al linaje del gran Zeus.
    Dime si desenganchamos sus rápidos caballos o
    les mandamos que vayan a casa de otro que los
    reciba amistosamente.»

    Y el rubio Menelao le dijo muy irritado:

    «Antes no eras tan simple, Eteoneo, hijo de Boeto,
    mas ahora dices sandeces corno un niño.
    También nosotros llegamos aquí, los dos, después
    de comer muchas veces por amor de la
    hospitalidad de otros hombres. ¡Ojalá Zeus nos
    quite de la pobreza para el futuro! Desengancha
    los caballos de los forasteros y hazlos entrar
    para que se les agasaje en la mesa».


    Así dijo; salió aquél del palacio y llamó a otros
    diligentes servidores para que lo acompañaran.
    Desengancharon los caballos sudorosos bajo el
    yugo y los ataron a los pesebres, al lado pusieron
    escanda y mezclaron blanca cebada; arrimaron
    los carros al muro resplandeciente e
    introdujeron a los forasteros en la divina morada.
    Estos, al observarlo, admirábanse del palacio
    del rey, vástago de Zeus; que había un resplandor
    como del sol o de la luna en el palacio
    de elevado techo del glorioso Menelao. Luego
    que se hubieron saciado de verlo con sus ojos,
    marcharon a unas bañeras bien pulidas y se
    lavaron. Y luego que las esclavas los hubieron
    ungido con aceite, les pusieron ropas de lana y
    mantos y fueron a sentarse en sillas junto al
    Atrida Menelao. Y una esclava virtió agua de
    lavamanos que traía en bello jarro de oro sobre
    fuente de plata y colocó al lado una pulida mesa.
    Y la venerable ama de llaves trajo pan y sirvió
    la mesa colocando abundantes alimentos,
    favoreciéndoles entre los que estaban presentes.
    Y el trinchador les sacó platos de carnes de todas
    clases y puso a su lado copas de oro. Y
    mostrándoselos, decía el prudente Menelao:

    CONT.


    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 29 Abr - 10:09

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO IV

    TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
    PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
    CONT.

    «Comed y alegraos, que luego que os hayáis
    alimentado con estos manjares os preguntaremos
    quiénes sois de los hombres. Pues sin duda
    el linaje de vuestros padres no se ha perdido,
    sino que sois vástagos de reyes que llevan cetro
    de linaje divino, que los plebeyos no engendran
    mozos así.»


    Así diciendo puso junto a ellos, asiéndolo con
    la mano, un grueso lomo asado de buey que le
    habían ofrecido a él mismo como presente de
    honor. Echaron luego mano a los alimentos
    colocados delante, y después que arrojaron el
    deseo de comida y bebida, Telémaco habló al
    hijo de Néstor acercando su cabeza para que los
    demás no se enteraran:

    «Observa, Nestórida grato a mi corazón, el resplandor
    de bronce en el resonante palacio, y el
    del oro, el eléctro, la plata y el marfil. Seguro
    que es así por dentro el palacio de Zeus Olímpico.
    ¡Cuántas cosas inefables!, el asombro me
    atenaza al verlas.»

    El rubio Menelao se percató de lo que decía y
    habló aladas palabras:

    Hijos míos, ninguno de los mortales podría
    competir con Zeus, pues son inmortales su casa
    y posesiones; pero de los hombres quizá alguno
    podría competir conmigo -o quizá no- en riquezas;
    las he traído en mis naves -y llegué al octavo
    año- después de haber padecido mucho y
    andar errante mucho tiempo. Errante anduve
    por Chipre, Fenicia y Egipto; llegué a los etiopes,
    a los sidonios, a los erembos y a Libia,
    donde los corderos enseguida crían cuernos,
    pues las ovejas paren tres veces en un solo año.
    Ni amo ni pastor andan allí faltos de queso ni
    de carne, ni de dulce leche, pues siempre están
    dispuestas para dar abundante leche. Mientras
    andaba yo errante por allí, reuniendo muchas
    riquezas, otro mató a mi hermano a escondidas,
    sin que se percatara, con el engaño de su funesta
    esposa. Así que reino sin alegría sobre estas
    riquezas. Ya habréis oído esto de vuestros padres,
    quienes quiera que sean, pues sufrí muy
    mucho y destruí un palacio muy agradable
    para vivir que contenía muchos y valiosos bienes.
    ¡Ojalá habitara yo mi palacio aún con un
    tercio de éstos, pero estuvieran sanos y salvos
    los hombres que murieron en la ancha Troya
    lejos de Argos, criadora de caballos. Y aunque
    lloro y me aflijo a menudo por todos en mi palacio,
    unas veces deleito mi ánimo con el llanto
    y otras descanso, que pronto trae cansancio el
    frío llanto. Mas no me lamento tanto por ninguno,
    aunque me aflija, como por uno que me
    amarga el sueño y la comida al recordarlo, pues
    ninguno de los aqueos sufrió tanto como Odiseo
    sufrió y emprendió. Para él habían de ser
    las preocupaciones, para mí el dolor siempre
    insoportable por aquél, pues está lejos desde
    hace tiempo y no sabemos si vive o ha muerto.
    Sin duda lo lloran el anciano Laertes y la discreta
    Penélope y Telémaco, a quien dejó en casa
    recién nacido.»


    Así dijo y provocó en Telémaco el deseo de
    llorar por su padre. Cayó a tierra una lágrima
    de sus párpados al oír hablar de éste, y sujetó
    ante sus ojos el purpúreo manto con las manos.
    Menelao se percató de ello, y dudaba en su
    mente y en su corazón si dejarle que recordara
    a su padre o indagar él primero y probarlo en
    cada cosa en particular. En tanto que agitaba
    esto en su mente y en su corazón, salió Helena
    de su perfumada estancia de elevado techo
    semejante a Afrodita, la de rueca de oro.
    Colocó Adrastra junto a ella un sillón bien trabajado,
    y Alcipe trajo un tapete de suave lana.
    También trajo Filo la canastilla de plata que le
    había dado Alcandra, mujer de Pólibo, quien
    habitaba en Tebas la de Egipto, donde las casas
    guardan muchos tesoros. (Dio Pólibo a Menelao
    dos bañeras de plata, dos trípodes y diez
    talentos de oro. Y aparte, su esposa hizo a
    Helena bellos obsequios: le regaló una rueca de
    oro v una canastilla sostenida por ruedas de
    plata, sus bordes terminados con oro.) Ofreciósela,
    pues, Filo, llena de hilo trabajado, y sobre
    él se extendía un huso con lana de color violeta.
    Y se sentó en la silla y a sus pies tenía un escabel.
    Y luego preguntó a su esposo, con su palabra,
    cada detalle:
    «¿Sabemos ya, Menelao, vástago de Zeus, quiénes
    de los hombres se precian de ser éstos que
    han llegado a nuestra casa? ¿Me engañaré o
    será cierto lo que voy a decir? El ánimo me lo
    manda. Y es que creo que nunca vi a nadie tan
    semejante, hombre o mujer (¡el asombro me
    atenaza al contemplarlo!), como éste se parece
    al magnífico hijo de Odiseo, a Telémaco, a
    quien aquel hombre dejó recién nacido en casa
    cuando los aqueos marchasteis a Troya por
    causa de mí, ¡desvergonzada!, para llevar la
    guerra.»


    CONT.


    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 29 Abr - 10:29

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO IV

    TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
    PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
    CONT.

    Y el rubio Menelao le contestó diciendo:

    «También pienso yo ahora, mujer, tal como lo
    imaginas, pues tales eran los pies y las manos
    de aquél, y las miradas de sus ojos, y la cabeza
    y por encima los largos cabellos. Así que, al
    recordarme a Odiseo, he referido ahora cuánto
    sufrió y se fatigó aquél por mí. Y él vertía espeso
    llanto de debajo de sus cejas sujetando con
    las manos el purpúreo manto ante sus ojos.»

    Y luego Pisístrato, el hijo de Néstor, le dijo:

    «Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de
    tu pueblo, en verdad éste es el hijo de aquél, tal
    como dices, pero es prudente y se avergüenza
    en su ánimo de decir palabras descaradas al
    venir por primera vez ante ti, cuya voz nos
    cumple como la de un dios.
    «Néstor me ha enviado, el caballero de Gerenia,
    para seguirlo como acompañante, pues deseaba
    verte a fin de que le sugirieras una palabra o
    una obra. Pues muchos pesares tiene en palacio
    el hijo de un padre ausente si no tiene otros
    defensores como le sucede a Telémaco. Ausentóse
    su padre y no hay otros defensores entre
    el pueblo que lo aparten de la desgracia.»


    Y el rubio Menelao contestó y dijo a éste:

    «!Ay!, ha venido a mi casa el hijo del querido
    hombre que por mí padeció muchas pruebas.
    Pensaba estimarlo por encima de los demás
    argivos cuando volviera, si es que Zeus Olímpico,
    el que ve a lo ancho, nos concedía a los dos
    regresar en las veloces naves. Le habría dado
    como residencia una ciudad en Argos y le habría
    edificado un palacio trayéndolo desde Itaca
    con sus bienes, su hijo y todo el pueblo, después
    de despoblar una sola ciudad de las que
    se encuentran en las cercanías y son ahora gobernadas
    por mí. Sin duda nos habríamos reunido
    con frecuencia estando aquí y nada nos
    habría separado en siendo amigos y estando
    contentos, hasta que la negra nube de la muerte
    nos hubiera envuelto. Pero debía envidiarlo el
    dios que ha hecho a aquel desdichado el único
    que no puede regresar.»


    Así dijo y despertó en todos el deseo de llorar.
    Lloraba la argiva Helena, nacida de Zeus, y
    lloraba Telémaco y el Atrida Menelao. Tampoco
    el hijo de Néstor tenía sus ojos sin llanto,
    pues recordaba en su interior al irreprochable
    Antíloco, a quien mató el ilustre hijo de la resplandeciente
    Eos. Y acordándose de él dijo aladas
    palabras:

    «Atrida, decía el anciano Néstor cuando lo
    mentábamos en su palacio, y conversábamos
    entre nosotros, que eres muy sensato entre los
    mortales. Conque ahora, si es posible, préstame
    atención. A mí no me cumple lamentarme después
    de la cena, pero va a llegar Eos, la que
    nace de la mañana. No me importará entonces
    llorar a quien de los mortales haya perecido y
    arrastrado su destino. Esta es la única honra
    para los miserables mortales, que se corten el
    cabello y dejen caer las lágrimas por sus mejillas.
    Pues también murió un mi hermano que
    no era el peor de los argivos -tú debes saberlo,
    pues yo ni fui ni lo vi-, y dicen que era Antíloco
    superior a los demás, rápido en la carrera y
    luchador.»


    Y le contestó y dijo el rubio Menelao:

    «Amigo, has hablado como hablaría y obraría
    un hombre sensato y que tuviera más edad que
    tú. Eres hijo de tal padre porque también tú
    hablas prudentemente. Es fácil de reconocer la
    descendencia del hombre a quien el Cronida
    concede felicidad cuando se casa o cuando nace,
    como ahora ha concedido a Néstor envejecer
    cada día tranquilamente en su palacio y que sus
    hijos sean prudentes y los mejores con la lanza.
    Mas dejemos el llanto que se nos ha venido
    antes y pensemos de nuevo en la cena; y que
    viertan agua para las manos. Que Telémaco y
    yo tendremos unas palabras al amanecer para
    conversar entre nosotros.»


    Así dijo, y Asfalión vertió agua sobre sus manos,
    rápido servidor del ilusre Menelao; y ellos
    echaron mano de los alimentos que tenían preparados
    delante.

    Entonces Helena, nacida de Zeus, pensó otra
    cosa: al pronto echó en el vino del que bebían
    una droga para disipar el dolor y aplacadora de
    la cólera que hacía echar a olvido todos los males.
    Quien la tomara después de mezclada en la
    crátera, no derramaría lágrimas por las mejillas
    durante un día, ni aunque hubieran muerto su
    padre y su madre o mataran ante sus ojos con
    el bronce a su hermano o a su hijo. Tales drogas
    ingeniosas tenía la hija de Zeus, y excelentes,
    las que le había dado Polidamna, esposa de
    Ton, la egipcia, cuya fértil tierra produce
    muchísimas drogas, y después de mezclarlas
    muchas son buenas y muchas perniciosas; y allí
    cada uno es médico que sobresale sobre todos
    los hombres, pues es vástago de Peón. Así
    pues, luego que echó la droga ordenó que se
    escanciara vino de nuevo; y contestó y dijo su
    palabra:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 29 Abr - 10:45

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO IV

    TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
    PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
    CONT.

    «Atrida Menelao, vástago de Zeus, y vosotros,
    hijos de hombres nobles. En verdad el dios
    Zeus nos concede unas veces bienes y otras
    males, pues lo puede todo. Comed ahora sentados
    en el palacio y deleitaos con palabras, que
    yo voy a haceros un relato oportuno. Yo no
    podría contar ni enumerar todos los trabajos de
    Odiseo el sufridor, pero sí esto que realizó y
    soportó el animoso varón en el pueblo de los
    troyanos donde los aqueos padecisteis penalidades:
    infligiéndose a sí mismo vergonzosas
    heridas y echándose por los hombros ropas
    miserables, se introdujo como un siervo en la
    ciudad de anchas calles de sus enemigos. Así
    que ocultándose, se parecía a otro varón, a un
    mendigo, quien no era tal en las naves de los
    aqueos. Y como tal se introdujo en la ciudad de
    los troyanos, pero ninguno de ellos le hizo caso;
    sólo yo lo reconocí e interrogué, y él me evitaba
    con astucia. Sólo cuando lo hube lavado y arreglado
    con aceite, puesto un vestido y jurado
    con firme juramento que no lo descubriría entre
    los troyanos hasta que llegara a las rápidas naves
    y a las tiendas, me manifestó Odiseo todo el
    plan de los aqueos. Y después de matar a muchos
    troyanos con afilado bronce, marchó junto
    a los argivos llevándose abundante información.
    Entonces las troyanas rompieron a llorar
    con fuerza, mas mi corazón se alegraba, porque
    ya ansiaba regresar rápidamente a mi casa y
    lamentaba la obcecación que me otorgó Afrodita
    cuando me condujo allí lejos de mi patria,
    alejándome de mi hija, de mi cama y de mi marido,
    que no es inferior a nadie ni en juicio ni en
    porte.»


    Y el rubio Menelao le contestó y dijo:

    «Sí, mujer, todo lo has dicho como te corresponde.
    Yo conocí el parecer y la inteligencia de
    muchos héroes y he visitado muchas tierras.
    Pero nunca vi con mis ojos un corazón tal como
    era el del sufridor Odiseo. ¡Como esto que hizo
    y aguantó el recio varón en el pulido caballo
    donde estábamos los mejores de los argivos
    para llevar muerte y desgracia a los troyanos!
    Después llegaste tú- debió impulsarte un dios
    que quería conceder gloria a los troyanos- yo
    seguía Deífobo semejante a los dioses. Tres veces
    lo acercaste a palpar la cóncava trampa y
    llamaste a los mejores dánaos, designando a
    cada uno por su nombre, imitando la voz de las
    esposas de cada uno de los argivos. También yo
    y el hijo de Tideo y el divino Odiseo, sentados
    en el centro, lo oímos cuando nos llamaste. Nosotros
    dos tratamos de echar a andar para salir
    o responder luego desde dentro. Pero Odiseo lo
    impidió y nos contuvo, aunque mucho lo deseábamos.
    Así que los demás hijos de los aqueos
    quedaron en silencio, y sólo Anticlo deseaba
    contestarte con su palabra. Pero Odiseo apretó
    su fuerte mano reciamente sobre la boca y salvó
    a todos los aqueos. Y mientras lo retenía, lo
    llevó lejos Palas Atenea.»

    Y le contestó Telémaco discretamente:

    «Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de
    hombres, ello es más doloroso, pues esto no lo
    apartó de la funesta muerte ni aunque tenía
    dentro un corazón de hierro. Pero, vamos, envíanos
    a la cama para que nos deleitemos ya con
    el dulce sueño.»

    Así dijo, y la argiva Helena ordenó a las esclavas
    colocar camas bajo el pórtico y disponer
    hermosas mantas de púrpura, extender por
    encima colchas y sobre ellas ropas de lana para
    cubrirse. Así que salieron de la sala sosteniendo
    antorchas en sus manos y prepararon las camas.
    Y un heraldo condujo a los huéspedes.
    Acostáronse allí mismo, en el vestíbulo de la
    casa, el héroe Telémaco y el ilustre hijo de
    Néstor. El Atrida durmió en el interior del
    magnífico palacio y Helena, de largo pelo, se
    acostó junto a él, la divina entre las mujeres.

    CONT.


    _________________
    "No hay abrazos que paren los cañones
    Ni cañones que maten la esperanza." 
                                                                 Walter Faila.


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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 13 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 30 Abr - 18:26

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO IV

    TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
    PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
    CONT.


    Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana
    , la de dedos de rosa, Menelao, el de recia
    voz guerrera, se levantó del lecho, vistió sus
    vestidos, colgó de su hombro la aguda espada y
    bajo sus pies brillantes como el aceite calzó
    hermosas sandalias. Luego se puso en marcha,
    salió del dormitorio semejante de frente a un
    dios y se sentó junto a Telémaco, le dijo su palabra
    y le llamó por su nombre:

    «¿Qué necesidad lo trajo aquí, héroe Telémaco,
    a la divina Lacedemonia, sobre el ancho lomo
    del mar? ¿Es un asunto público o privado?
    Dímelo sinceramente.»

    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de
    hombre, he venido por si podías darme alguna
    noticia sobre mi padre. Se consume mi casa y
    mis ricos campos se pierden; el palacio está
    lleno de hombres malvados que continuamente
    degüellan gordas ovejas y cuernitorcidos bueyes
    de rotátiles patas, los pretendientes de mi
    madre, que tienen una arrogancia insolente.
    Por esto me llego ahora a tus rodillas, por si
    quieres contarme su luctuosa muerte, la hayas
    visto con tus propios ojos o hayas escuchado el
    relato de algún caminante; digno de lástima
    más que nadie lo parió su madre. Y no endulces
    tus palabras por respeto ni piedad; antes bien,
    cuéntame detalladamente cómo llegaste a verlo.
    Te lo suplico, si es que alguna vez mi padre,
    el noble Odiseo, lo prometió y cumplió alguna
    palabra o alguna obra en el pueblo de los troyanos,
    donde los aqueos sufristeis penalidades.
    Acuérdate de esto ahora y cuéntame la verdad».


    Y le contestó irritado el rubio Menelao:

    «¡Ay, ay, conque quieren dormir en el lecho de
    un hombre intrépido quienes son cobardes!
    Como una cierva acuesta a sus dos recién nacidos
    cervatillos en la cueva de un fuerte león y
    mientras sale a buscar pasto en las laderas y los
    herbosos valles, aquél regresa a su guarida y da
    vergonzosa muerte a ambos, así Odiseo dará
    vergonzosa muerte a aquéllos. ¡Padre Zeus,
    Atenea y Apolo, ojalá que fuera como cuando
    en la bien construida Lesbos se levantó para
    disputar y luchó con Filomeleides, lo derribó
    violentamente y todos los aqueos se alegraron!
    Ojalá que con tal talante se enfrentara Odiseo
    con los pretendientes: corto el destino de todos
    sería y amargas sus nupcias. En cuanto a lo que
    me preguntas y suplicas, no querría apartarme
    de la verdad y engañarte. Conque no lo ocultaré
    ni guardaré secreto sobre lo que me dijo el
    veraz anciano del mar.


    «Los dioses me retuvieron en Egipto, aunque
    ansiaba regresar aquí, por no realizar hecatombes
    perfectas; que siempre quieren los dioses
    que nos acordemos de sus órdenes. Hay una
    isla en el ponto de agitadas olas delante de
    Egipto -la llaman Faro-,tan lejos cuanto una
    cóncava nave puede recorrer en un día si sopla
    por detrás sonoro viento, y un puerto de buen
    fondeadero de donde echan al mar las equilibradas
    naves, luego de sacar negra agua. Retuviéronme
    allí los dioses veinte días, y no aparecían
    los vientos que soplan favorables, los
    que conducen a la naves sobre el ancho lomo
    del mar. Todos los víveres y el vigor de mis
    hombres se habría acabado a no ser que una de
    las diosas se hubiera compadecido y sentido
    piedad de mí, Idoteas, la hija del valiente Proteo,
    el anciano de los mares, pues la conmovió
    el ánimo. Encontróse conmigo cuando vagaba
    solo lejos de mis compañeros (continuamente
    vagaban éstos por la isla pescando con curvos
    anzuelos, pues el hambre retorcía sus estómagos),
    y acercándose me dijo estas palabras:


    "¿Eres así de simple y atontado, forastero, o te
    abandonas de buen grado y gozas padeciendo
    males?, puesto que permaneces en la isla desde
    hace tiempo sin poder hallar remedio y se consume
    el ánimo de tus compañeros."
     Así dijo, y
    yo le contesté: "Te diré, quienquiera que seas de
    las diosas, que no estoy detenido de buen grado;
    que debo haber faltado a los inmortales que
    poseen el ancho cielo. Pero dime tú, pues los
    dioses lo saben todo, quién de ellos me detiene
    y aparta de mi camino, y cómo llevaré a cabo el
    regreso a través del ponto rico en peces."


    CONT.


    Última edición por Pascual Lopez Sanchez el Vie 30 Abr - 18:45, editado 2 veces


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 30 Abr - 18:43

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO IV

    TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
    PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
    CONT.

    Así
    dije, y ella, la divina entre las diosas, me respondió
    luego: "Forastero, te voy a informar
    muy sinceramente. Viene aquí con frecuencia el
    veraz anciano del mar, el inmortal Proteo egipcio,
    que conoce las profundidades de todo el
    mar, siérvo de Poseidón y -dicen que él me engendró
    y es mi padre. Si tú pudieras apresarlo
    de alguna manera, poniéndote al acecho, él lo
    diría el camino, la extensión de la ruta y cómo
    llevarás a cabo el regreso a través del ponto rico
    en peces. Y también lo diría, vástago de Zeus, si
    es que lo deseas, lo bueno y lo malo que ha sucedido
    en tu palacio después que emprendiste
    este viaje largo y difícil."
    Así dijo, y yo le contesté
    y dije: "Sugiéreme tú misma una emboscada
    contra el divino anciano a fin de que no
    me rehúya si me conoce y se da cuenta de ante
    mano, pues es difícil para un hombre mortal
    sujetar a un dios."
    Así dije, y ella, la divina entre
    las diosas, me respondió luego: "Yo lo diré
    esto muy sinceramente. Cuando el sol va por el
    centro del cielo, el veraz anciano marino sale
    del mar con el soplo de Céfiro, oculto por el
    negro encrestamiento de las olas. Una vez fuera,
    se acuesta en honda gruta y a su alrededor
    duermen apiñadas las focas, descendientes de
    la hermosa Halosidne, que salen del canoso
    mar exhalando el amargo olor de las profundidades
    marinas. Yo lo conduciré allí al despuntar
    la aurora, lo acostaré enseguida y escogerás
    a tres compañeros, a los mejores de tus naves
    de buenos bancos. Te diré todas las argucias de
    este anciano: primero contará y pasará revista a
    las focas y cuando las haya contado y visto todas,
    se acostará en medio de ellas como el pastor
    de un rebaño de ovejas. Tan pronto como lo
    veáis durmiendo, poned a prueba vuestra fuerza
    y vigor y retenedlo allí mismo, aunque trate
    de huir ansioso y precipitado. Intentará tornarse
    en todos los reptiles que hay sobre la tierra,
    así como en agua y en violento fuego. Pero vosotros
    retenedlo con firmeza y apretad más
    fuerte. Y cuando él lo pregunte, volviendo a
    mostrarse tal como lo visteis durmiendo, abstente
    de la violencia y suelta al anciano. Y
    pregúntale cuál de los dioses lo maltrata y
    cómo llevarás a cabo el regreso a través del
    ponto rico en peces."

    Habiendo hablado así, se sumergió en el ponto
    alborotado y yo marché hacia las naves que se
    encontraban en la arena. Y mientras caminaba,
    mi corazón agitaba muchos pensamientos. Pero
    una vez que llegué a las naves y al mar, preparamos
    la cena y se nos vino la divina noche.

    Entonces nos acostamos en la ribera del mar.
    «Tan pronto como apuntó la que nace de la
    mañana, la de dedos de rosa, me marché luego
    a la orilla del mar, el de anchos caminos, suplicando
    mucho a los dioses. Y llevé tres compañeros
    en los que más fiaba para empresas de
    toda suerte.


    «Entre tanto, Idotea, que se había sumergido en
    el ancho seno del mar, sacó cuatro pieles de
    foca del ponto, todas ellas recién desolladas,
    pues había ideado un engaño contra su padre:
    había cavado hoyos en la arena del mar y se
    sentó para esperar. Nosotros llegamos muy
    cerca de ella, nos acostó en fila y echó sobre
    cada uno una piel. La emboscada era angustiosa,
    pues nos atormentaba terriblemente el
    mortífero olor de las focas criadas en el mar.
    Pues ¿quién se acostaría junto a un monstruo
    marino? Pero ella nos salvó y nos dio un gran
    remedio: colocó a cada uno debajo de la nariz
    ambrosía que despedía un muy agradable olor
    y acabó con la fetidez del monstruo. Esperamos
    toda la mañana con ánimo resignado y las focas
    salieron del mar apiñadas y se tendieron en fila
    sobre la ribera. El anciano salió del mar al mediodía
    y encontró a las rollizas focas, pasó revista
    a todas y contó el número. Nos contó los
    primeros entre los monstruos, pero no se percató
    su ánimo de que había engaño. A continuación
    se acostó también él. Conque nos lanzamos
    gritando y le echamos mano. El anciano
    no se olvidó de sus engañosas artes, y primero
    se convirtió en melenudo león, en dragón, en
    pantera, en gran jabalí; también se convirtió en
    fluida agua y en árbol de frondosa copa, mas
    nosotros lo reteníamos con fuerte coraje. Y
    cuando el artero anciano estaba ya fastidiado
    me preguntó y me dijo: "Quién de los dioses,
    hijo de Atreo, te aconsejó para que me apresaras
    contra mi voluntad tendiéndome emboscada?
    ¿Qué necesitas de mí?"
    Así dijo, y yo le contesté
    y dije: "Sabes anciano (¿por qué me dices
    esto intentando engañarme?) que tiempo ha
    que estoy retenido en esta isla sin poder hallar
    remedio y mi corazón se me consume dentro.
    Pero dime -puesto que los dioses lo saben todo quién
    de los inmortales me detiene y aparta de
    mi camino y cómo llevaré a cabo el regreso a
    través del ponto rico en peces."
    Así dije, y al
    punto me contestó y dijo: "Debieras haber
    hecho al embarcar hermosos sacrificios a Zeus
    y a los demás dioses que poseen el ancho cielo
    para llegar a tu patria navegando sobre el ponto
    rojo como el vino. No creo que tu destino sea
    ver a los tuyos y llegar a tu bien edificada casa
    y a tu patria hasta que vuelvas a recorrer las
    aguas del Egipto, río nacido de Zeus y sacrifiques
    sagradas hecatombes a los dioses inmortales
    que poseen el ancho cielo. Entonces los dioses
    te concederán el camino que tanto deseas."

    Así dijo y se me conmovió el corazón, pues me
    mandaba ir de nuevo a Egipto a través del ponto,
    sombrío camino, largó y difícil. Pero aun así
    le contesté y le dije: "Anciano, haré como mandas.
    Pero, vamos, dime e infórmame con verdad
    si llegaron sanos y salvos todos los aqueos
    que Néstor y yo dejamos cuando partimos de
    Troya o murió alguno de cruel muerte en su
    nave o a manos de los suyos después de soportar
    la guerra laboriosa."
    Así dije, y él me contestó
    y dijo: "¡Atrida!, ¿por qué me preguntas
    esto? No te es necesario saberlo ni conocer mi
    pensamiento. Te aseguro que no estarás mucho
    tiempo sin llanto luego que te enteres de todo,
    pues muchos de ellos murieron y muchos han
    sobrevivido. Sólo dos jefes de los aqueos que
    visten bronce murieron en el regreso (pues tú
    mismo asististe a la guerra); y uno que vive aún
    está retenido en el vasto ponto. Ayante pereció
    junto con sus naves de largos remos: primero lo
    arrimó Poseidón a las grandes rocas de Girea y
    lo salvó del mar, y habría escapado de la muerte,
    aunque odiado de Atenea, si no hubiera
    pronunciado una palabra orgullosa y se hubiera
    obcecado grandemente. Dijo que escaparía
    al gran abismo del mar contra la voluntad de
    los dioses. Poseidón le oyó hablar orgullosamente
    y a continuación, cogiendo con sus manos
    el tridente, golpeó la roca Girea y la dividió:
    una parte quedo allí, pero se desplomó en
    el ponto el trozo sobre el que Ayante, sentado
    desde el principio, había incurrido en gran cegazón;
    y lo arrastró hacia el inmenso y alborotado
    ponto. Así pereció después de beber la
    salobre agua.

    CONT.


    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 30 Abr - 18:55

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO IV

    TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
    PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
    CONT.

    «"También tu hermano escapó a la maldición
    de Zeus y huyó en las cóncavas naves, pues lo
    salvó la venerable Hera. Mas cuando estaba a
    punto de llegar al escarpado monte de Malea,
    arrebatólo una tempestad que lo llevó gimiendo
    penosamente por el ponto rico en peces.
    hasta un extremo del campo donde en otro
    tiempo habitó Tiestes; mas entonces la habitaba
    Egisto, el hijo de Tiestes. Así que cuando, una
    vez allí, le parecía feliz el regreso y los dioses
    cambiaron el viento y llegaron a sus casas, entonces
    tu hermano pisó alegre su tierra patria:
    tocaba y besaba la tierra y le caían muchas ardientes
    lágrimas cuando contemplaba con júbilo
    su tierra. Pero lo vio desde una atalaya el
    vigilante que había puesto allí el tramposo
    Egisto (le había ofrecido en recompensa dos
    talentos de oro). Vigilaba éste desde hacía un
    año, para que no le pasara inadvertido si llegaba
    y recordara su impetuosa fuerza. Y marchó a
    palacio para dar la noticia al pastor de su pueblo.
    Y enseguida Egisto tramó una engañosa
    trampa: eligiendo los veinte mejores hombres
    entre el pueblo, los puso en emboscada y luego
    mandó preparar un banquete en otra parte, y
    marchó a llamar a Agamenón, pastor de su
    pueblo, con caballos y carros meditando obras
    indignas. Condújolo, desconocedor de su muerte,
    y mientras lo agasajaba lo mató como se
    mata a un buey en el pesebre. No quedó vivo
    ninguno de los compañeros del Atrida que lo
    acompañaban, ni ninguno de Egisto, que todos
    fueron muertos en el palacio."


    «Así dijo, y se me conmovió el corazón; lloraba
    sentado en la arena, y mi corazón no quería
    vivir ya ni ver la luz del sol. Y después que me
    harté de llorar y agitarme me dijo el veraz anciano
    del mar: "No llores, hijo de Atreo, mucho
    tiempo y sin cesar, puesto que así no hallaremos
    ningún remedio. Conque trata de volver a
    tu patria rápidamente, pues o lo encontrarás
    aún vivo o bien Orestes lo habrá matado adelantándose
    y tú puedes estar presente a sus
    funerales."
    Así dijo, y mi corazón y ánimo valeroso
    se caldearon de nuevo en mi pecho, aunque
    estaba afligido. Y le hablé y le dije aladas
    palabras: "De éstos ya sé ahora. Nómbrame,
    pues, al tercer hombre, el que, aún vivo, está
    retenido en el vasto ponto o está ya muerto.
    Pues aunque afligido quiero oírlo."
    Así le dije, y
    él al punto me contestó y me dijo: "El hijo de
    Laertes que habita en Itaca. Lo vi en una isla
    derramando abundante llanto, en el palacio de
    la ninfa Calipso, que lo retiene por la fuerza.
    No puede regresar a su tierra, pues no tiene
    naves provistas de remos ni compañeros que lo
    acompañen por el ancho lomo del mar. Respecto
    a ti, Menelao, vástago de Zeus, no está determinado
    por los dioses que mueras en Argos,
    criadora de caballos, enfrentándote con tu destino,
    sino que los inmortales lo enviarán a la
    llanura Elisia, al extremo de la tierra, donde
    está el rubio Radamanto. Allí la vida de los
    hombres es más cómoda, no hay nevadas y el
    invierno no es largo; tampoco hay lluvias, sino
    que Océano deja siempre paso a los soplos de
    Céfiro que sopla sonoramente para refrescar a
    los hombres. Porque tienes por esposa a Helena
    y para ellos eres yerno de Zeus."


    «Y hablando así, se sumergió en el alborotado
    ponto. Yo enfilé hacia las naves con mis divinos
    compañeros, y mientras caminaba, mi corazón
    agitaba muchas cosas; y luego que llegamos a la
    nave y al mar, preparamos la cena y se nos echó
    encima la divina noche; así que nos acostamos
    en la ribera del mar.
    «Y cuando apareció Eos, la que nace de la mañana,
    la de dedos de rosa, en primer lugar lanzamos
    al mar divino las naves y colocamos los
    mástiles y velas en las proporcionadas naves y
    todos se fueron a sentar en los bancos; y sentados
    en fila, batían el canoso mar con los remos.
    «Detuve las naves en el Egipto, río nacido de
    Zeus, e hice perfectas hecatombes. Y cuando
    había puesto fin a la cólera de los dioses que
    existen siempre, levanté un túmulo a Agamenón
    para que su gloria sea inextinguible.
    «Acabado esto, partí, y los inmortales me concedieron
    viento favorable y rápidamente me
    devolvieron a mi tierra. Pero, vamos, permanece
    ahora en mi palacio, hasta que llegue el undécimo
    o el duodécimo día. Entonces te despediré
    y te daré como espléndidos regalos tres
    caballos y un carro bien trabajado; también te
    daré una hermosa copa para que hagas libaciones
    a los dioses inmortales y te acuerdes de mí
    todos los días.»

    CONT.


    _________________
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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 13 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 1 Mayo - 5:46

    S.C.

    Gracias, Pascual.
    A mi paso lento, pero te sigo.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 3 Mayo - 4:24

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO IV

    TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
    PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
    CONT.

    Y a su vez, Telémaco le contestó discretamente:

    «¡Atrida!, no me retengas aquí durante mucho
    tiempo, pues yo permanecería un año junto a ti
    sin que me atenazara la nostalgia de mi casa ni
    de mis padres, que me cumple sobremanera
    escuchar tus relatos y palabras. Pero ya mis
    compañeros estarán disgustados en la divina
    Pilos y tú me retienes aquí hace tiempo. Que el
    regalo que me des sea un objeto que se pueda
    conservar. Los caballos no los llevaré a Itaca, te
    los dejaré aquí como ornato, pues tú reinas en
    una llanura vasta en la que hay mucho loto,
    juncia, trigo, espelta y blanca cebada que cría el
    campo. En Itaca no hay recorridos extensos ni
    prado; es tierra criadora de cabras y más encantadora
    que la criadora de caballos. Pues ninguna
    de las islas que se reclinan sobre el mar es
    apta para el paso de caballos ni rica en prados,
    a Itaca menos que ninguna.»

    Así dijo, y Menelao, de recia voz guerrera, sonrió
    y lo acarició con la mano; le llamó por su
    nombre y le dijo su palabra:

    «Hijo querido, eres de sangre noble, según
    hablas. Te cambiaré el regalo, pues puedo. Y de
    cuantos objetos hay en mi palacio que se pueden
    conservar, te daré el más hermoso y el de
    más precio. Te daré una crátera bien trabajada,
    de plata toda ella y con los bordes pulidos en
    oro. Es obra de Hefesto; me la dio el héroe Fedimo,
    rey de los sidonios, cuando me alojó en
    su casa al regresar. Esto es lo que quiero regalarte.»

    Mientras departían entre sí iban llegando los
    invitados al palacio del divino rey. Unos traían
    ovejas, otros llevaban confortante vino, y las
    esposas de lindos velos les enviaban el pan. Así
    preparaban comida en el palacio.

    Entre tanto, los pretendientes se complacían
    arrojando discos y venablos ante el palacio de
    Odiseo, en el sólido pavimento donde acostumbraban,
    llenos de arrogancia.

    Hallábanse sentados Antínoo y Eurímaco, semejantes
    a los dioses, los jefes de los pretendientes
    y los mejores con preferencia por su
    valor. Y acercándoseles el hijo de Fronio, Noemón,
    le preguntó y dijo a Antínoo su palabra:

    «Antínoo, ¿sabemos cuándo vendrá Telémaco
    de la arenosa Pilos o no? Se fue llevándose mi
    nave y preciso de ella para pasar a la espaciosa
    Elide, donde tengo doce yeguas y mulos no
    domados, buenos para el laboreo; si traigo alguno
    de estos podría domarlo.»


    Así dijo, y ellos quedaron atónitos, pues no
    pensaban que Telémaco hubiera marchado a
    Pilos de Neleo, sino que se encontraba en el
    campo con las ovejas o con el porquerizo.
    Mas, al fin, Antínoo, hijo de Eupites, contestóle
    diciendo:

    «Háblame sinceramente. ¿Cuándo se fue y qué
    mozos lo acompañaban? ¿Los mejores de Itaca
    o sus obreros y criados? Que también pudo
    hacerlo así. Dime también con verdad, para que
    yo lo sepa, si te quitó la negra nave por la fuerza
    y contra tu voluntad o se la diste de buen
    grado, luego de suplicarte una y otra vez.»



    CONT.


    Última edición por Pascual Lopez Sanchez el Lun 3 Mayo - 4:51, editado 1 vez


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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 13 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 3 Mayo - 4:33

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO IV

    TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
    PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
    CONT.

    Y Noemón, el hijo de Fronio, le contestó:

    «Yo mismo se la di de buen grado. ¿Qué se
    podría hacer si te la pide un hombre como él,
    con el ánimo lleno de preocupaciones? Sería
    difícil negársela. Los jóvenes que le acompañaban
    son los que sobresalen entre nosotros en el
    pueblo. También vi embarcando como jefe a
    Méntor, o a un dios, pues así parecía en todo.
    Lo que me extraña es que vi ayer por la mañana
    al divino Méntor aquí, y eso que entonces se
    embarcó para Pilos.»


    Cuando así hubo hablado marchó hacia la casa
    de su padre, y a éstos se les irritó su noble ánimo.
    Hicieron sentar a los pretendientes todos
    juntos y detuvieron sus juegos. Y entre ellos
    habló irritado Antínoo, hijo de Eupites; su corazón
    rebosaba negra cólera y sus ojos se asemejaban
    al resplandeciente fuego:

    «¡Ay, ay,
    buen trabajo ha realizado Telémaco arrogantemente
    con este viaje; y decíamos que no lo llevaría
    a cabo! Contra la voluntad de tantos
    hombres un crío se ha marchado sin más, después
    de botar una nave y elegir los mejores
    entre el pueblo. Enseguida comenzará a ser un
    azote. ¡Así Zeus le destruya el vigor antes de
    que llegue a la plenitud de la juventud Conque,
    ea, dadme una rápida nave y veinte compañeros
    para ponerle emboscada y esperarle cuando
    vuelva en el estrecho entre Itaca y la escarpada
    Same. Para que el viaje que ha emprendido por
    causa de su padre le resulte funesto.»


    Así dijo, y todos aprobaron sus palabras y lo
    apremiaban.

    Así que se levantaron y se pusieron en camino
    hacia el palacio de Odiseo.

    Penélope no tardó mucho en enterarse de los
    planes que los prentendientes meditaban en
    secreto. Pues se los comunicó el heraldo Medonte,
    que escuchó sus decisiones aunque estaba
    fuera del patio cuando éstos las urdían dentro.
    Y se puso en camino por el palacio para
    cómunicárselo a Penélope. Cuando atravesaba
    el umbral le dijo ésta:

    «Heraldo, ¿a qué te mandan los ilustres pretendientes?
    ¿Acaso para que ordenes a las esclavas
    del divino Odiseo que dejen sus labores y les
    preparen comida? iOjalá dejaran de cortejarme
    y de reunirse y cenaran su última y definitiva
    cena! Con tanto reuniros aquí estáis acabando
    con muchos bienes, con las posesiones del prudente
    Telémaco. ¿No habéis oído contar a vuestros
    padres cuando erais niños cómo era Odiseo
    con ellos, que ni hizo ni dijo nada injusto en el
    pueblo? Este es el proceder habitual de los divinos
    reyes: a un hombre le odian mientras que
    a otro le aman. Pero aquél jamás hizo injusticia
    a hombre alguno. Así que han quedado al descubierto
    vuestro ánimo a injustas obras, y no
    tenéis agradecimiento por sus beneficios.»

    Y a su vez le dijo Medonte, de pensamientos
    prudentes:

    «Reina, ¡ojalá fuera ésta el mayor mal! Pero los
    pretendientes meditan otro mucho mayor y
    más penoso que ojalá no cumpla el Cronida!
    Desean ardientemente matar a Telémaco con el
    agudo bronce cuando vuelva a casa, pues partió
    a la augusta Pilos y a la divina Lacedemonia
    en busca de noticias dé su padre.»


    Así dijo. Flaqueáronle a Penélope las rodillas y
    el corazón, el estupor le arrebató las palabras
    por largo tiempo, y los ojos se le llenaron de
    lágrimas, y la vigorosa voz se le quedó detenida.
    Más tarde le contestó y dijo:

    «¡Heraldo! ¿Por qué se ha marchado mi hijo?
    No precisaba embarcar en las naves que navegan
    veloces, que son para los hombres caballos
    en la mar y atraviesan la abundante humedad.
    ¿Acaso lo hizo para que no quede ni siquiera su
    nombre entre los hombres?»


    Y le contestó a continuación Medonte, conocedor
    de prudencia:

    «No sé si lo impulsó algún dios o su propio
    ánimo a ir a Pilos para indagar acerca del regreso
    de su padre o del destino con el que se ha
    enfrentado.»


    CONT.


    Última edición por Pascual Lopez Sanchez el Lun 3 Mayo - 4:53, editado 1 vez


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 3 Mayo - 4:40

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO IV

    TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
    PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
    CONT.

    Cuando hubo hablado así, se fue por el palacio
    de Odiseo. Envolvió a Penélope una pena mortal
    y no soportó estar sentada en la silla, de las
    que había abundancia en la casa, sino que se
    sentó en el muy trabajado umbral de su aposento,
    quejándose de manera lamentable. Y a su
    alrededor gemían todas las criadas, cuantas
    había en el palacio, jóvenes y viejas. Y Penélope
    les dijo, llorando agudamente:

    «Escuchadme, amigas, pues el Olímpico me ha
    concedido dolores por encima de las que nacieron
    o se criaron conmigo: perdí primero a un
    esposo noble de corazón de león y que se distinguía
    entre los dánaos por excelencias de todas
    clases, un noble varón cuya vasta gloria se
    extiende por la Hélade y hasta el centro de Argos.
    «Y ahora las tempestades han arrebatado sin
    gloria del palacio a mi amado hijo. No me enteré
    cuándo marchó. Desdichadas, tampoco a
    vosotras se os ocurrió levantarme de la cama,
    aunque bien sabíais cuándo partió aquél en la
    cóncava y negra nave; pues si hubiera barruntado
    que pensaba en este viaje, se habría quedado
    aquí por más que lo ansiara o me habría
    tenido que dejar muerta en el palacio. Vamos,
    que llame alguna al anciano Dolio, mi esclavo,
    el que me dio mi padre cuando vine aquí y cuida
    mi huerto abundante en árboles, para que
    vaya cerca de Laertes lo antes posible a contarle
    todo esto, por si urdiendo alguna astucia en su
    mente sale a quejarse a los ciudadanos que desean
    destruir el linaje de Odiseo, semejante a
    un dios.»

    Y a su vez le dijo su nodriza Euriclea:

    «¡Hija mía!, mátame con implacable bronce o
    déjame en palacio, mas no te ocultaré mi palabra;
    yo sabía todo esto y le di cuanto ordenó,
    pan y dulce vino, y me tomó un solemne juramento:
    que no te lo dijera antes de que llegara
    el duodécimo día o tú misma lo echaras de menos
    y escucharas que se había marchado, para
    que no afearas llorando tu hermosa piel.
    «Vamos, báñate, toma vestidos limpios para tu
    cuerpo y -sube al piso superior con las esclavas.
    Y suplica a Atenea, hija de Zeus, portador de
    égida, pues ella, en efecto, lo salvará de la
    muerte. No hagas desgraciado a un pobre anciano,
    pues no creo en absoluto que el linaje del
    hijo de Arcisio sea odiado por los bienaventurados
    dioses; que alguno sobrevivirá que ocupe
    el palacio de elevado techo y posea en la lejanía
    los fértiles campos.»


    Así diciendo, calmóse y cerró sus ojos al llanto.
    Y luego de bañarse y coger vestidos limpios
    para su cuerpo, subió al piso superior con las
    criadas y colocó en una cesta granos de cebada.
    E imploró a Atenea:

    «Escúchame, hija de Zeus, portador de égida,
    Atritona; si alguna vez el muy hábil Odiseo
    quemó en el palacio gordos muslos de buey o
    de oveja, acuérdate de ellos ahora, salva a mi
    hijo y aleja a los muy orgullosos pretendientes.»


    CONT.


    Última edición por Pascual Lopez Sanchez el Lun 3 Mayo - 4:55, editado 1 vez


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 3 Mayo - 4:49

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO IV

    TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
    PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
    CONT.

    Cuando hubo hablado así lanzó el grito ritual y
    la diosa escuchó su oración. Los pretendientes
    alborotaban en la sombría sala, y uno de los
    jóvenes orgullosos decía así:

    «La reina muy solicitada por nosotros prepara
    sus nupcias sin saber que ha sido fabricada la
    muerte para su hijo.»


    Así decía uno, ignorando lo que había ocurrido.
    Y entre ellos habló Antínoo y dijo:

    «Desgraciados, evitad toda palabra arrogante,
    no sea que alguien se la vaya a comunicar. Mas,
    vamos, levantémonos y ejecutemos en silencio
    ese plan que a todos nos cumple.»


    Cuando hubo dicho así, escogió a los veinte
    mejores y se dirigió hacia la rápida nave y a la
    orilla del mar. Arrastráronla primero al profundo
    mar y colocaron el mástil y las velas a la
    negra nave. Prepararon luego los remos con
    estrobos de cuero todo como corresponde,
    desplegaron las blancas velas y los audaces
    sirvientes les trajeron las armas. Anclaron la
    nave en aguas profundas y luego que hubieron
    desembarcado comieron allí y esperaron a que
    cayera la tarde.

    Entre tanto, la discreta Penélope yacía en ayunas
    en el piso superior sin tomar comida ni
    bebida, cavilando si su ilustre hijo escaparía a
    la muerte o sucumbiría a manos de los soberbios
    pretendientes. Y le sobrevino el dulce sueño
    mientras meditaba lo que suele meditar un
    león entre una muchedumbre de hombres
    cuando lo llevan acorralado en engañoso círculo.
    Dormía reclinada y todos sus miembros se
    aflojaron.

    En esto, tramó otro plan la diosa de ojos brillantes,
    Atenea: construyó una figura semejante al
    cuerpo de una mujer, de Iftima, hija del
    magnánimo Icario, a la que había desposado
    Eumelo, que tenía su casa en Feras, y envióla al
    palacio del divino Odiseo para que aliviara del
    llanto y los gemidos a Penélope, que se lamentaba
    entre sollozos. Entró en el dormitorio por
    la correa del pasador, se colocó sobre la cabeza
    de Penélope y le dijo su palabra:

    «Penélope, ¿duermes afligida en tu corazón?
    No, los dioses que viven fácilmente no van a
    permitir que llores ni te aflijas, pues tu hijo ya
    está en su camino de vuelta, que en nada es culpable
    a los ojos de los dioses.»


    Y le contestó luego la discreta Penélope, durmiendo
    plácidamente en las mismas puertas
    del sueño:

    «Hermana, ¿por qué has venido? No sueles
    venir con frecuencia, al menos hasta ahora, ya
    que vives muy lejos.

    «Así que me mandas dejar los lamentos y los
    numerosos dolores que se agitan en mi interior,
    a mí que ya he perdido mi marido noble y valiente
    como un león, dotado de toda clase de
    virtudes entre los dánaos, cuya fama de nobleza
    es extensa en la Hélade y hasta el centro de
    Argos. Ahora de nuevo mi hijo amado ha partido
    en cóncava nave, mi hijo inocente desconocedor
    de obras y palabras. Es por éste por quien
    me lamento más que por aquél. Por éste tiemblo
    y temo no le vaya a pasar algo, sea por obra
    de los del pueblo a donde ha marchado o sea en
    el mar. Pues muchos enemigos traman contra él
    deseando matarlo antes de que llegue a su tierra
    patria.»



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 3 Mayo - 5:01

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO IV

    TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
    PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
    CONT.

    Y le contestó la imagen invisible:

    «Ánimo, no temas ya nada en absoluto. Ésta es
    quien le acompaña como guía, Palas Atenea
    -pues puede-, a quien cualquier hombre desearía
    tener a su lado. Se ha compadecido de tus
    lamentos y me ha enviado ahora para que te
    comunique esto.»


    Y le contestó a su vez la prudente Penélope:

    «Si de verdad eres una diosa y has oído la voz
    de un dios, vamos, háblame también de aquel
    desdichado, si vive aún y contempla la luz del
    sol o ya ha muerto y está en el Hades.»


    Y le contestó y dijo la imagen invisible:

    «De aquél no te voy a decir de fijo si vive o ha
    muerto, que es malo hablar cosas vanas.»


    Así diciendo, desapareció en el viento por la
    cerradura de la puerta. Y ella se desperezó del
    sueñó, la hija de Icario. Y su corazón se calmó,
    porque en lo más profundo de la noche se le
    había presentado un claro sueño.

    Conque los pretendientes embarcaron y navegaban
    los húmedos caminos removiendo en su
    interior la muerte para Telémaco.

    Hay una isla pedregosa en mitad del mar entre
    Itaca y la escarpada Same, la isla de Asteris. No
    es grande, pero tiene puertos de doble entrada
    que acogen a las naves. Así que allí se emboscaron
    los aqueos y esperaban a Telémaco

    FIN DEL CANTO IV


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 4 Mayo - 4:19

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO V

    ODISEO LLEGA A ESQUERIA
    DE LOS FEACIOS


    En esto, Eos se levantó del lecho, de junto al
    noble Titono, para llevar la luz a los inmortales
    y a los mortales. Los dioses se reunieron en
    asamblea, y entre ellos Zeus, que truena en lo
    alto del cielo, cuyo poder es el mayor. Y Atenea
    les recordaba y relataba las muchas penalidades
    de Odiseo. Pues se interesaba por éste, que
    se encontraba en el palacio de la ninfa:

    «Padre Zeus y demás bienaventurados dioses
    inmortales, que ningún rey portador de cetro
    sea benévolo ni amable ni bondadoso y no sea
    justo en su pensamiento, sino que siempre sea
    cruel y obre injustamente, ya que no se acuerda
    del divino Odiseo ninguno de los ciudadanos
    entre los que reinaba y era tierno como un padre.
    Ahora éste se encuentra en una isla soportando
    fuertes penas en el palacio de la ninfa
    Calipso y no tiene naves provistas de remos ni
    compañeros que lo acompañen por el ancho
    lomo del mar. Y, encima, ahora desean matar a
    su querido hijo cuando regrese a casa, pues ha
    marchado a la sagrada Pilos y a la divina Lacedemonia
    en busca de noticias de su padre».


    Y le contestó y dijo Zeus, el que amontona las
    nubes:

    «Hija mía, ¡qué palabra ha escapado del cerco
    de tus dientes! ¿Pues no concebiste tú misma la
    idea de que Odiseo se vengara de aquéllos
    cuando llegara? Tú acompaña a Telémaco diestramente,
    ya que puedes, para que regrese a su
    patria sano y salvo, y que los pretendientes
    regresen en la nave.»


    Y luego se dirigió a Hermes, su hijo, y le dijo:

    «Hermes, puesto que tú eres el mensajero en lo
    demás, ve a comunicar a la ninfa de lindas
    trenzas nuestra firme decisión: la vuelta de
    Odiseo el sufridor, que regrese sin acompañamiento
    de dioses ni de hombres mortales. A los
    veinte días llegará en una balsa de buena trabazón
    a la fértil Esqueria, después de padecer
    desgracias, a la tierra de los feacios, que son
    semejantes a los dioses, quienes lo honrarán
    como a un dios de todo corazón y lo enviarán a
    su tierra en una nave dándole bronce, oro en
    abundancia y ropas, tanto como nunca Odiseo
    hubiera sacado de Troya si hubiera llegado
    indemne habiendo obtenido parte del botín.
    Pues su destino es que vea a los suyos, llegue a
    su casa de alto techo y a su patria.»


    Así dijo, y el mensajero Argifonte no desobedeció.
    Conque ató, luego a sus pies hermosas
    sandalias, divinas, de oro, que suelen llevarlo
    igual por el mar que por la ilimitada tierra a la
    par del soplo del viento. Y cogió la varita con la
    que hechiza los ojos de los hombres que quiere
    y los despierta cuando duermen. Con ésta en
    las manos echó a volar el poderoso Argifonte y
    llegado a Pieria cayó desde el éter en el ponto, y
    se movía sobre el oleaje semejante a una gaviota
    que, pescando sobre los terribles senos del
    estéril ponto, empapa sus espesas alas en el
    agua del mar. Semejante a ésta se dirigía Hermes
    sobre las numerosas olas.

    Pero cuando llegó a la isla lejana salió del ponto
    color violeta y marchó tierra adentro hasta que
    llegó a la gran cueva en la que habitaba la ninfa
    de lindas trenzas. Y la encontró dentro. Un gran
    fuego ardía en el hogar y un olor de quebradizo
    cedro y de incienso se extendía al arder a lo
    largo de la isla. Calipso tejía dentro con lanzadera
    de oro y cantaba con hermosa voz mientras
    trabajaba en el telar. En torno a la cueva
    había nacido un florido bosque de alisos, de
    chopos negros y olorosos cipreses, donde anidaban
    las aves de largas alas, los búhos y halcones
    y las cornejas marinas de afilada lengua
    que se ocupan de las cosas del mar.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 4 Mayo - 4:29

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO V

    ODISEO LLEGA A ESQUERIA
    DE LOS FEACIOS.
    CONT.

    Había delante de la cóncava cueva una viña tupida
    que abundaba en uvas, y cuatro fuentes de
    agua clara que corrían cercanas unas de otras,
    cada una hacia un lado, y alrededor, suaves y
    frescos prados de violetas y apios. Incluso un
    inmortal que allí llegara se admiraría y alegraría
    en su corazón.

    El mensajero Argifonte se detuvo allí a contemplarlo;
    y, luego que hubo admirado todo en
    su ánimo, se puso en camino hacia la ancha
    cueva. Al verlo lo reconoció Calipso, divina entre
    las diosas, pues los dioses no se desconocen
    entre sí por más que uno habite lejos. Pero no
    encontró dentro al magnánimo Odiseo, pues
    éste, sentado en la orilla, lloraba donde muchas
    veces, desgarrando su ánimo con lágrimas, gemidos
    y pesares, solía contemplar el estéril
    mar. Y Calipso, la divina entre las diosas, preguntó
    a Hermes haciéndolo sentar en una silla
    brillante, resplandeciente:

    «¿Por qué has venido, Hermes, el de vara de
    oro, venerable y querido? Pues antes no venías
    con frecuencia. Di lo que piensas, mi ánimo me
    empuja a cumplirlo si puedo y es posible realizarlo.
    Pero antes sígueme para que te ofrezca
    los dones de hospitalidad.»


    Habiendo hablado así, la diosa colocó delante
    una mesa llena de ambrosía y mezcló rojo
    néctar. El mensajero bebió y comió, y después
    que hubo cenado y repuesto su ánimo con la
    comida, le dijo su palabra:

    «Me preguntas tú, una diosa, por qué he venido
    yo, un dios.
    Pues bien, voy a decir con sinceridad mi palabra,
    pues lo mandas. Zeus me ordenó que viniera
    aquí sin yo quererlo. ¿Quién atravesaría
    de buen grado tanta agua salada, indecible?
    Además, no hay ninguna ciudad de mortales
    en la que hagan sacrificios a los dioses y perfectas
    hecatombes.
    «Pero no le es posible a ningún dios rebasar o
    dejar sin cumplir la voluntad de Zeus, el que
    lleva la égida. Dice que se encuentra contigo un
    varón, el más desgraciado de cuantos lucharon
    durante nueve años en derredor de la ciudad
    de Príamo. Al décimo regresaron a sus casas,
    después de destruir la ciudad, pero en el regreso
    faltaron contra Atenea, y ésta les levantó un
    viento contrario. Allí perecieron todos sus fieles
    compañeros, pero a él el viento y grandes olas
    lo acercaron aquí. Ahora te ordena que lo devuelvas
    lo antes posible, que su destino no es
    morir lejos de los suyos, sino ver a los suyos y
    regresar a su casa de elevado techo y a su patria.»


    Así dijo, y Calipso, divina entre las diosas, se
    estremeció, habló y le dijo palabras aladas:

    «Sois crueles, dioses, y envidiosos más que nadie,
    ya que os irritáis contra las diosas que
    duermen abiertamente con un hombre si lo han
    hecho su amante. Así, cuando Eos, de rosados
    dedos, arrebató a Orión, os irritasteis los dioses
    que vivís con facilidad, hasta que la casta Artemis
    de trono de oro lo mató en Ortigia,
    atacándole con dulces dardos. Así, cuando
    Deméter, de hermosas trenzas, cediendo a su
    impulso, se unió en amor y lecho con Jasión en
    campo tres veces labrado. No tardó mucho
    Zeus en enterarse, y lo mató alcanzándolo con
    el resplandeciente rayo. Así ahora os irritáis
    contra mí, dioses, porque está conmigo un mortal.
    Yo lo salvé, que Zeus le destrozó la rápida
    nave arrojándole el brillante rayo en medio del
    ponto rojo como el vino. Allí murieron todos
    sus nobles compañeros, pero a él el viento y las
    olas lo acercaron aquí. Yo lo traté como amigo y
    lo alimenté y le prometí hacerlo inmortal y sin
    vejez para siempre. Pero puesto que no es posible
    a ningún dios rebasar ni dejar sin cumplir la
    voluntad de Zeus, el que lleva la égida, que se
    vaya por el mar estéril si aquél lo impulsa y se
    lo manda. Mas yo no te despediré de cualquier
    manera, pues no tiene naves provistas de remos
    ni compañeros que lo acompañen sobre el ancho
    lomo del mar. Sin embargo, le aconsejaré
    benévola y nada le ocultaré para que llegue a
    su tierra sano y salvo.»


    CONT.


    _________________
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    Ni cañones que maten la esperanza." 
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 4 Mayo - 4:37

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO V

    ODISEO LLEGA A ESQUERIA
    DE LOS FEACIOS.
    CONT.

    Y el mensajero, el Argifonte, le dijo a su vez:

    «Entonces despídele ahora y respeta la cólera
    de Zeus, no sea que se irrite contigo y sea duro
    en el futuro.»


    Cuando hubo hablado así partió el poderoso
    Argifonte.
    Y la soberana ninfa acercóse al magnánimo
    Odiseo luego que hubo escuchado el mensaje
    de Zeus. Lo encontró sentado en la orilla. No se
    habían secado sus ojos del llanto, y su dulce
    vida se consumía añorando el regreso, puesto
    que ya no le agradaba la ninfa, aunque pasaba
    las noches por la fuerza en la cóncava cueva
    junto a la que lo amaba sin que él la amara. Durante
    el día se sentaba en las piedras de la orilla
    desgarrando su ánimo con lágrimas, gemidos y
    dolores, y miraba al estéril mar derramando
    lágrimas.

    Y deteniéndose junto a él le dijo la divina entre
    las diosas:

    «Desdichado, no te me lamentes más ni consumas
    tu existencia, que te voy a despedir no sin
    darte antes buenos consejos. ¡Hala!, corta unos
    largos maderos y ensambla una amplia balsa
    con el bronce. Y luego adapta a ésta un elevado
    tablazón para que te lleve sobre el brumoso
    ponto, que yo te pondré en ella pan y agua y
    rojo vino en abundancia que alejen de ti el
    hambre. También te daré ropas y te enviaré por
    detrás un viento favorable de modo que llegues
    a tu patria sano y salvo, si es que lo permiten
    los dioses que poseen el ancho cielo, quienes
    son mejores que yo para hacer proyectos y
    cumplirlos.»


    Así habló; estremecióse el sufridor, el divino
    Odiseo, y hablando le dirigió aladas palabras:

    «Diosa, creo que andas cavilando algo distinto
    de mi marcha, tú que me apremias a atravesar
    el gran abismo del mar en una balsa, cosa difícil
    y peligrosa; que ni siquiera las bien equilibradas
    naves de veloz proa lo atraviesan animadas
    por el favorable viento de Zeus. No, yo
    no subiría a una balsa mal que te pese, si no
    aceptas jurarme con gran juramento, diosa, que
    no maquinarás contra mí desgracia alguna.»


    Así habló; sonrió Calipso, divina entre las diosas,
    le acarició la mano y le dijo su palabra,
    llamándole por su nombre:

    «Eres malvado a pesar de que no piensas cosas
    vanas, pues te has atrevido a decir tales palabras.
    Sépalo ahora la Tierra, y desde arriba el
    ancho Cielo y el agua que fluye de la Estige
    -éste es el mayor y el más terrible juramento
    para los bienaventurados dioses- que no maquinaré
    contra ti desgracia alguna. Esto es lo
    que yo pienso y te voy a aconsejar, cuanto para
    mí misma pensaría cuando me acuciara tal necesidad.
    Mi proyecto es justo, y no hay en mi
    pecho un ánimo de hierro, sino compasivo.»


    Hablando así la divina entre las diosas marchó
    luego delante y él marchó tras las huellas de la
    diosa. Y llegaron a la profunda cueva la diosa y
    el varón. Éste se sentó en el sillón de donde se
    había levantado Hermes, y la ninfa le ofreció
    toda clase de comida para comer y beber, cuantas
    cosas suelen yantar los mortales hombres.

    Sentóse ella frente al divino Odiseo y las siervas
    le colocaron néctar y ambrosía. Echaron mano a
    los alimentos preparados que tenían delante y
    después que se saciaron de comida y bebida
    empezó a hablar Calipso, divina entre las diosas:


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 4 Mayo - 4:45

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO V

    ODISEO LLEGA A ESQUERIA
    DE LOS FEACIOS.
    CONT.

    «Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo, rico
    en ardides, ¿así que quieres marcharte enseguida
    a tu casa y a tu tierra patria? Vete enhorabuena.
    Pero si supieras cuántas tristezas te deparará
    el destino antes de que arribes a tu patria,
    te quedarías aquí conmigo para guardar
    esta morada y serías inmortal por más deseoso
    que estuvieras de ver a tu esposa, a la que continuamente
    deseas todos los días. Yo en verdad
    me precio de no ser inferior a aquélla ni en el
    porte ni en el natural, que no conviene a las
    mortales jamás competir con las inmortales ni
    en porte ni en figura.»


    Y le dijo el muy astuto Odiseo:

    «Venerable diosa, no te enfades conmigo, que
    sé muy bien cuánto te es inferior la discreta
    Penélope en figura y en estátura al verla de
    frente, pues ella es mortal y tú inmortal sin vejez.
    Pero aun así quiero y deseo todos los días
    marcharme a mi casa y ver el día del regreso. Si
    alguno de los dioses me maltratara en el ponto
    rojo como el vino, lo soportaré en mi pecho con
    ánimo paciente; pues ya soporté muy mucho
    sufriendo en el mar y en la guerra. Que venga
    esto después de aquello.»


    Así dijo. El sol se puso y llegó el crepusculo.
    Así que se dirigieron al interior de la cóncava
    cueva a deleitarse con el amor en mutua compañía.
    Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana,
    la de dedos de rosa, Odiseo se vistió de
    túnica y manto, y ella, la ninfa, vistió una gran
    túnica blanca, fina y graciosa, colocó alrededor
    de su talle hermoso cinturón de oro y un velo
    sobre la cabeza, y a continuación se ocupó de la
    partida del magnánimo Odiseo. Le dio una
    gran hacha de bronce bien manejable, aguzada
    por ambos lados y con un hermoso mango de
    madera de olivo bien ajustado. A continuación
    le dio una azuela bien pulimentada, y emprendió
    el camino hacia un extremo de la isla donde
    habían crecido grandes árboles, alisos y álamos
    negros y abetos que suben hasta el cielo, secos
    desde hace tiempo, resecos, que podían flotar
    ligeros. Luego que le hubo mostrado dónde
    crecían los árboles, marchó hacia el palacio Calipso,
    divina entre las diosas, y él empezó a
    cortar troncos y llevó a cabo rápidamente su
    trabajo. Derribó veinte en total y los cortó con el
    bronce, los pulió diestramente y los enderezó
    con una plomada mientras Calipso, divina entre
    las diosas, le llevaba un berbiquí. Después
    perforó todos, los unió unos con otros y los
    ajustó con clavos y junturas. Cuanto un hombre
    buen conocedor del arte de construir redondearía
    el fondo de una amplia nave de carga, así
    de grande hizo Odiseo la balsa. Plantó luego
    postes, los ajustó con vigas apiñadas y construyó
    una cubierta rematándola con grandes
    tablas. Hizo un mástil y una antena adaptada a
    él y construyó el timón para gobernarla. Cubrióla
    después con cañizos de mimbre a uno y
    otro lado para que fuera defensa contra el oleaje
    y puso encima mucha madera. Entre tanto, le
    trajo Calipso, divina entre las diosas, tela para
    hacer las velas, y él las fabricó con habilidad.
    Ató en ellas cuerdas, cables y bolinas y con estacas
    la echó al divino mar.
    Era el cuarto día y ya tenía todo preparado. Y al
    quinto lo dejó marchar de la isla la divina Calipso
    después de lavarlo y ponerle ropas perfumadas.
    Entrególe la diosa un odre de negro
    vino, otro grande de agua y un saco de víveres,
    y le añadió abundantes golosinas. Y le envió un
    viento próspero y cálido.

    Así que el divino Odiseo desplegó gozoso las
    velas al viento y sentado gobernaba el timón
    con habilidad. No caía el sueño sobre sus
    párpados contemplando las Pléyades y el Bootes,
    que se pone tarde, y la Osa, que llaman
    carro por sobrenombre, que gira allí y acecha a
    Orión y es la única privada de los baños de
    Océano. Pues le había ordenado Calipso, divina
    entre las diosas, que navegase teniéndola a la
    mano izquierda. Navegó durante diecisiete días
    atravesando el mar, y al decimoctavo aparecieron
    los sombríos montes del país de los feacios,
    por donde éste le quedaba más cerca y parecía
    un escudo sobre el brumoso ponto.

    C0NT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 4 Mayo - 4:55

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO V

    ODISEO LLEGA A ESQUERIA
    DE LOS FEACIOS
    . CONT.

    El poderoso, el que sacude la tierra, que volvía
    de junto a los etiopes, lo vio de lejos, desde los
    montes Sólymos, pues se le apareció surcando
    el mar. Irritóse mucho en su corazón, y moviendo
    la cabeza habló a su ánimo:

    «¡Ay!, seguro que los dioses han cambiado de
    resolución respecto a Odiseo mientras yo estaba
    entre los etíopes, que ya está cerca de la tierra
    de los feacios, donde es su destino escapar
    del extremo de las calamidades que le llegan.
    Pero creo que aún le han de alcanzar bastantes
    desgracias.»


    Cuando hubo hablado así, amontonó las nubes
    y agitó el mar, sosteniendo el tridente entre sus
    manos, e hizo levantarse grandes tempestades
    de vientos de todas clases, y ocultó con las nubes
    al mismo tiempo la tierra y el ponto. Y la
    noche surgió del cielo. Cayeron Euro y Noto,
    Céfiro de soplo violento y Bóreas que nace en
    cielo despejado levantando grandes olas. Entonces
    las rodillas y el corazón de Odiseo desfallecieron,
    e irritado dijo a su magnánimo espíritu:

    «Ay de mí, desgraciado, ¿qué me sucederá por
    fin ahora? Mucho temo que todo lo que dijo la
    diosa sea verdad; me aseguró que sufriría desgracias
    en el ponto antes de regresar a mi patria,
    y ahora todo se está cumpliendo. ¡Con qué
    nubes ha cerrado Zeus el vasto cielo y agitado
    el ponto, y las tempestades de vientos de todas
    clases se lanzan con ímpetu!
    «Seguro que ahora tendré una terrible muerte.
    ¡Felices tres y cuatro veces los dánaos que murieron
    en la vásta Troya por dar satisfacción a
    los Atridas! Ojalá hubiera muerto yo y me
    hubiera enfrentado con mi destino el día en que
    cantos troyanos lanzaban contra mí broncíneas
    lanzas alrededor del Pelida muerto! Allí habría
    obtenido honores fúnebres y los aqueos celebrarían
    mi gloria, pero ahora está determinado
    que sea sorprendido por una triste muerte.»

    Cuando hubo dicho así, le alcanzó en lo más
    alto una gran ola que cayó terriblemente y sacudió
    la balsa. Odiseo se precipitó fuera de la
    balsa soltando las manos del timón, y un terrible
    huracán de mezclados vientos le rompió el
    mástil por la mitad. Cayeron al mar, lejos, la
    vela y la antena, y a él lo tuvo largo tiempo
    sumergido sin poder salir con presteza por el
    ímpetu de la ingente ola, pues le pesaban los
    vestidos que le había dado la divina Calipso.
    Al fin emergió mucho después y escupió de su
    boca la amarga agua del mar que le caía en
    abundancia, con ruido, desde la cabeza. Pero ni
    aun así se olvidó de la balsa, aunque estaba
    agotado, sino que lanzándose entre las olas se
    apoderó de ella. El gran oleaje la arrastraba con
    la corriente aquí y allá. Como cuando el otoñal
    Bóreas arrastra por la llanura los espinos y se
    enganchan espesos unos con otros, así los vientos
    la llevaban por el mar por aquí y por allá.
    Unas veces Noto la lanzaba a Bóreas para que
    se la llevase, y otras Euro la cedía a Céfiro para
    perseguirla.

    Pero lo vio Ino Leucotea, la de hermosos tobillos,
    la hija de Cadmo que antes era mortal dotada
    de voz, mas ahora participaba del honor
    de los dioses en el fondo del mar. Compadecióse
    de Odiseo, que sufría pesares a la deriva,
    y emergió volando del mar semejante a una
    gaviota; se sentó sobre la balsa y le dijo:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 4 Mayo - 5:04

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO V

    ODISEO LLEGA A ESQUERIA
    DE LOS FEACIOS.
    CONT.

    «¡Desgraciado! ¿Por qué tan acerbamente se ha
    encolerizado contigo Poseidón, el que sacude la
    tierra, para sembrarte tantos males? No te destruirá
    por mucho que lo desee. Conque obra del
    modo siguiente, pues paréceme que eres discreto:
    quítate esos vestidos, deja que la balsa sea
    arrastrada por los vientos, y trata de alcanzar
    nadando la tierra de los feacios, donde es tu
    destino que te salves. Toma, extiende este velo
    inmortal bajo tu pecho, y no temas padecer ni
    morir. Mas cuando alcances con tus manos tierra
    firme, suéltalo enseguida y arrójalo al ponto
    rojo como el vino, muy lejos de tierra, y apártate
    lejos.»


    Cuando hubo hablado así la diosa, le dió el
    velo, y con presteza se sumergió en el alborotado
    ponto, semejante a una gaviota, y una negra
    ola la ocultó. El divino Odiseo, el sufridor, dio
    en cavilar y habló irritado a su magnánimo
    corazón:

    «¡Ay de mí! ¡No vaya a ser que alguno de los
    inmortales urde contra mí una trampa, cuando
    me ordena abandonar la balsa! Mas no obedeceré,
    que yo vi a lo lejos con mis propios ojos la
    tierra donde me dijo que tendría asilo. Más
    bien, pues me parece mejor, obraré así: mientras
    los maderos sigan unidos por las ligazones
    permaneceré aquí y aguantaré sufriendo males,
    pero una vez que las olas desencajen la balsa
    me pondré a nadar, pues no se me alcanza prevision
    mejor.»


    Mientras esto agitaba en su mente, y en su corazón,
    Poseidon, el que sacude la tierra, levantó
    una gran ola, terrible y penosa, abovedada, y lo
    arrastró. Como el impetuoso viento agita un
    montón de pajas secas que dispersa acá y allá,
    así dispersó los grandes maderos de la balsa.
    Pero Odiseo montó en un madero como si cabalgase
    sobre potro de carrera y se quitó los
    vestidos que le había dado la divina Calipso. Y
    al punto extendió el velo por su pecho y púsose
    boca abajo en el mar, extendidos los brazos,
    ansioso de nadar.

    Y el poderoso, el que sacude la tierra, lo vio, y
    moviendo la cabeza, habló a su ánimo:

    . «Ahora que has padecido muchas calamidades
    vaga por el ponto hasta que llegues a esos
    hombres vástagos de Zeus. Pero ni aun así creo
    que estimarás pequeña tu desgracia.»

    Cuando hubo hablado así, fustigó a los caballos
    de hermosas crines y enfiló hacia Egas, donde
    tiene ilustre morada.

    Pero Atenea, la hija de Zeus decidió otra cosa:
    cerró el camino a todos los vientos y mandó
    que todos cesaran y se calmaran; levantó al
    rápido Bóreas y quebró las olas hasta que Odiseo,
    movido por Zeus, llegara a los feacios,
    amantes del remo, escapando a la muerte y al
    destino.

    Así que anduvo éste a la deriva durante dos
    noches y dos días por las sólidas olas, y muchas
    veces su corazón presintió la muerte. Pero
    cuando Eos, de lindas trenzas, completó el tercer
    día, cesó el viento y se hizo la calma, y Odiseo
    vio cerca la tierra oteando agudamente
    desde lo alto de una gran ola. Como cuando
    parece agradable a los hijos la vida de un padre
    que yace enfermo entre grandes dolores, consumiéndose
    durante mucho tiempo, pues le
    acomete un horrible demón y los dioses le libran
    felizmente del mal, así de agradable le
    parecieron a Odiseo la tierra y el bosque, y nadaba
    apresurándose por poner los pies en tierra
    firme. Pero cuando estaba a tal distancia que se
    le habría oído al gritar, sintió el estrépito del
    mar en las rocas. Grandes olas rugían estrepitosamente
    al romperse con estruendo contra tierra
    firme, y todo se cubría de espuma marina,
    pues no había puertos, refugios de las naves, ni
    ensenadas, sino acantilados, rocas y escollos.
    Entonces se aflojaron las rodillas y el corazón
    de Odiseo y decía afligido a su magnánimo
    corazón:

    CONT.


    _________________
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