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HOMERO. Grecia Clásica.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 15 Abr 2021, 08:16

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXII (*)

Muerte de Héctor

(*)
Aquiles, después de decirle que se vengaría
de él si pudiera, torna al campo de batalla y
delante de las puertas de la ciudad encuentra a
Héctor, que le esperaba; huye éste, aquél le persigue
y dan tres vueltas a la ciudad de Troya;
Zeus coge la balanza de oro y ve que el destino
condena a Héctor, el cual, engañado por Atenea
se detiene y es vencido y muerto por Aquiles,
no obstante saber éste que ha de sucumbir poco
después que muera el caudillo troyano.


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"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

"Madrid borra los versos de Miguel Hernández del memorial de las víctimas de la Guerra Civil en La Almudena"

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 15 Abr 2021, 08:28

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXII

Muerte de Héctor


1. Los troyanos, refugiados en la ciudad como
cervatos, se recostaban en los hermosos baluartes,
refrigeraban el sudor y bebían para apagar
la sed; y en tanto los aqueos se iban acercando a
la muralla, con los escudos levantados encima
de los hombros. La Parca funesta sólo detuvo a
Héctor para que se quedara fuera de Ilio, en las
puertas Esceas. Y Febo Apolo dijo al Pelión:

8. -¿Por qué, oh hijo de Peleo, persigues en veloz
carrera, siendo tú mortal, a un dios inmortal?
Aún no conociste que soy una deidad, y no cesa
tu deseo de alcanzarme. Ya no te cuidas de pelear
con los troyanos, a quienes pusiste en fuga;
y éstos han entrado en la población, mientras te
extraviabas viniendo aquí. Pero no me matarás,
porque el hado no me condenó a morir.

14. Muy indignado le respondió Aquiles, el de
los pies ligeros:

15. -¡Oh tú, que hieres de lejos, el más funesto
de todos los dioses! Me engañaste, trayéndome
acá desde la muralla, cuando todavía hubieran
mordido muchos la tierra antes de llegar a Ilio.
Me has privado de alcanzar una gloria no pequeña,
y has salvado con facilidad a los troyanos,
porque no temías que luego me vengara. Y
ciertamente me vengaría de ti, si mis fuerzas lo
permitieran.

21. Dijo y, muy alentado, se encaminó apresuradamente
a la ciudad; como el corcel vencedor
en la carrera de carros trota veloz por el campo,
tan ligeramente movía Aquiles pies y rodillas.

25. EI anciano Príamo fue el primero que con
sus propios ojos le vio venir por la llanura, tan
resplandeciente como el astro que en el otoño
se distingue por sus vivos rayos entre muchas
estrellas durante la noche obscura y recibe el
nombre de "perro de Orión", el cual con ser
brillantísimo constituye una señal funesta porque
trae excesivo calor a los míseros mortales;
de igual manera centelleaba el bronce sobre el
pecho del héroe, mientras éste corría. Gimió el
viejo, golpeóse la cabeza con las manos levantadas
y profirió grandes voces y lamentos, dirigiendo
súplicas a su hijo. Héctor continuaba
inmóvil ante las puertas y sentía vehemente
deseo de combatir con Aquiles. Y el anciano,
tendiéndole los brazos, le decía en tono lastimero:

38. -¡Héctor, hijo querido! No aguardes, solo y
lejos de los amigos, a ese hombre, para que no
mueras presto a manos del Pelión, que es mucho
más vigoroso. ¡Cruel! Así fuera tan caro a
los dioses, como a mí: pronto se lo comerían,
tendido en el suelo, los perros y los buitres, y
mi corazón se libraría del terrible pesar. Me ha
privado de muchos y valientes hijos, matando a
unos y vendiendo a otros en remotas islas. Y
ahora que los troyanos se han encerrado en la
ciudad, no acierto a ver a mis dos hijos Licaón y
Polidoro, que parió Laótoe, ilustre entre las
mujeres. Si están vivos en el ejército, los rescataremos
con bronce y oro, que todavía lo hay
en el palacio; pues a Laótoe la dotó espléndidamente
su anciano padre, el ínclito Altes. Pero,
si han muerto y se hallan en la morada de
Hades, el mayor dolor será para su madre y
para mí que los engendramos; porque el del
pueblo durará menos, si no mueres tú, vencido
por Aquiles. Ven adentro del muro, hijo querido,
para que salves a los troyanos y a las troyanas;
y no quieras procurar inmensa gloria al
Pelida y perder tú mismo la existencia. Compadécete
también de mí, de este infeliz y desgraciado
que aún conserva la razón; pues el
padre Cronida me quitará la vida en la senectud
y con aciaga suerte, después de presenciar
muchas desventuras: muertos mis hijos, esclavizadas
mis hijas, destruidos los tálamos, arrojados
los niños por el suelo en el terrible combate
y las nueras arrastradas por las funestas
manos de los aqueos. Y cuando, por fin, alguien
me deje sin vida los miembros, hiriéndome con
el agudo bronce o con arma arrojadiza, los voraces
perros que con comida de mi mesa crié en
el palacio para que lo guardasen despedazarán
mi cuerpo en la puerta exterior, beberán mi
sangre, y, saciado el apetito, se tenderán en el
pórtico. Yacer en el suelo, habiendo sido atravesado
en la lid por el agudo bronce, es decoroso
para un joven, y cuanto de él pueda verse
todo es bello, a pesar de la muerte; pero que los
perros destrocen la cabeza y la barba encanecidas
y las partes veneradas de un anciano
muerto en la guerra es lo más triste de cuanto
les puede ocurrir a los míseros mortales.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 15 Abr 2021, 08:35

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXII

Muerte de Héctor.
CONT.

77. Así se expresó el anciano, y con las manos se
arrancaba de la cabeza muchas canas, pero no
logró persuadir a Héctor. La madre de éste, que
en otro sitio se lamentaba llorosa, desnudó el
seno, mostróle el pecho, y, derramando lágrimas,
dijo estas aladas palabras:

82. -¡Héctor! ¡Hijo mío! Respeta este seno y
apiádate de mí. Si en otro tiempo te daba el
pecho para acallar tu lloro, acuérdate de tu niñez,
hijo amado; y penetrando en la muralla, rechaza
desde la misma a ese enemigo y no salgas
a su encuentro. ¡Cruel! Si te mata, no podré
llorarte en tu lecho, querido pimpollo a quien
parí, y tampoco podrá hacerlo tu rica esposa,
porque los veloces perros te devorarán muy lejos
de nosotras, junto a las naves argivas.

90. De esta manera Príamo y Hécuba hablaban a
su hijo, llorando y dirigiéndole muchas súplicas,
sin que lograsen persuadirle, pues Héctor
seguía aguardando a Aquiles, que ya se acercaba.
Como silvestre dragón que, habiendo comido
hierbas venenosas, espera ante su guarida a
un hombre y con feroz cólera echa terribles
miradas y se enrosca en la entrada de la cueva,
así Héctor, con inextinguible valor, permanecía
quieto, desde que arrimó el terso escudo a la
torre prominente. Y gimiendo, a su magnánimo
espíritu le decía:

99. -¡Ay de mí! Si traspongo las puertas y el muro,
el primero en dirigirme baldones será Polidamante,
el cual me aconsejaba que trajera el
ejército a la ciudad la noche funesta en que el
divinal Aquiles decidió volver a la pelea. Pero
yo no me dejé persuadir -mucho mejor hubiera
sido aceptar su consejo--, y ahora que he causado
la ruina del ejército con mi imprudencia
temo a los troyanos y a las troyanas, de rozagantes
pechos, y que alguien menos valiente
que yo exclame: «Héctor, fiado en su pujanza,
perdió las tropas». Así hablarán; y preferible
fuera volver a la población después de matar a
Aquiles, o morir gloriosamente delante de ella.
¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado
escudo y el fuerte casco y apoyando la pica
contra el muro, saliera al encuentro del irreprensible
Aquiles, le dijera que permitía a los
Atridas llevarse a Helena y las riquezas que
Alejandro trajo a Ilio en las cóncavas naves, que
esto fue lo que originó la guerra, y le ofreciera
repartir a los aqueos la mitad de lo que la ciudad
contiene; y más tarde tomara juramento a
los troyanos de que, sin ocultar nada, formarían
dos lotes con cuantos bienes existen dentro de
esta hermosa ciudad?... Mas ¿por qué en tales
cosas me hace pensar el corazón? No, no iré a
suplicarle; que, sin tenerme compasión ni respeto,
me mataría inerme, como a una mujer, tan
pronto como dejara las armas. Imposible es
mantener con él, desde una encina o desde una
roca, un coloquio, como un mancebo y una
doncella; como un mancebo y una doncella
suelen mantener. Mejor será empezar el combate
cuanto antes, para que veamos pronto a
quién el Olímpico concede la victoria.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 15 Abr 2021, 08:47

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXII

Muerte de Héctor
. CONT.

131. Tales pensamientos revolvía en su mente,
sin moverse de aquel sitio, cuando se le acercó
Aquiles, igual a Enialio, el impetuoso luchador,
con el terrible fresno del Pelión sobre el hombro
derecho y el cuerpo protegido por el bronce
que brillaba como el resplandor del encendido
fuego o del sol naciente. Héctor, al verlo, se
puso a temblar y ya no pudo permanecer allí;
sino que dejó las puertas y huyó espantado. Y
el Pelida, confiando en sus pies ligeros, corrió
en seguimiento del mismo. Como en el monte
el gavilán, que es el ave más ligera, se lanza con
fácil vuelo tras la tímida paloma, ésta huye con
tortuosos giros y aquél la sigue de cerca, dando
agudos graznidos y acometiéndola repetidas
veces, porque su ánimo le incita a cogerla, así
Aquiles volaba enardecido y Héctor movía las
ligeras rodillas huyendo azorado en torno de la
muralla de Troya. Corrían siempre por la carretera,
fuera del muro, dejando a sus espaldas la
atalaya y el lugar ventoso donde estaba el cabrahígo;
y llegaron a los dos cristalinos manantiales,
que son las fuentes del Escamandro voraginoso.
El primero tiene el agua caliente y lo
cubre el humo como si hubiera allí un fuego
abrasador; el agua que del segundo brota es en
el verano como el granizo, la fría nieve o el hielo.
Cerca de ambos hay unos lavaderos de piedra,
grandes y hermosos, donde las esposas y
las bellas hijas de los troyanos solían lavar sus
magníficos vestidos en tiempo de paz, antes
que llegaran los aqueos. Por allí pasaron, el
uno huyendo y el otro persiguiéndolo: delante,
un valiente huía, pero otro más fuerte le perseguía
con ligereza; porque la contienda no era
por una víctima o una piel de buey, premios
que suelen darse a los vencedores en la carrera,
sino por la vida de Héctor, domador de caballos.
Como los solípedos corceles que toman
parte en los juegos en honor de un difunto corren
velozmente en torno de la meta donde se
ha colocado como premio importante un trípode
o una mujer, de semejante modo aquéllos
dieron tres veces la vuelta a la ciudad de Príamo,
corriendo con ligera planta. Todas las deidades
los contemplaban. Y Zeus, padre de los
hombres y de los dioses, comenzó a decir:

168. -¡Oh dioses! Con mis ojos veo a un caro
varón perseguido en torno del muro. Mi corazón
se compadece de Héctor, que tantos muslos
de buey ha quemado en mi obsequio en las
cumbres del Ida, en valles abundoso, y en la
ciudadela de Troya; y ahora el divino Aquiles
le persigue con sus ligeros pies en derredor de
la ciudad de Príamo. Ea, deliberad, oh dioses, y
decidid si lo salvaremos de la muerte ó dejaremos
que, a pesar de ser esforzado, sucumba
a manos del Pelida Aquiles.

177. Respondióle Atenea, la diosa de ojos de
lechuza:

178. -¡Oh padre, que lanzas el ardiente rayo y
amontonas las nubes! ¿Qué dijiste? ¿De nuevo
quieres librar de la muerte horrísona a ese
hombre mortal, a quien tiempo ha que el hado
condenó a morir? Hazlo, pero no todos los dioses
te lo aprobaremos.

182. Contestó Zeus, que amontona las nubes:

183. Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No
hablo con ánimo benigno, pero contigo quiero
ser complaciente. Obra conforme a tus deseos y
no desistas.

186. Con tales voces instigóle a hacer lo que ella
misma deseaba, y Atenea bajó en raudo vuelo
de las cumbres del Olimpo.

188. Entre tanto; el veloz Aquiles perseguía y
estrechaba sin cesar a Héctor. Como el perro va
en el monte por valles y cuestas tras el cervatillo
que levantó de la cama, y, si éste se esconde,
azorado, debajo de los arbustos, corre aquél
rastreando hasta que nuevamente lo descubre;
de la misma manera, el Pelión, de pies ligeros,
no perdía de vista a Héctor. Cuantas veces el
troyano intentaba encaminarse a las puertas
Dardanias, al pie de las torres bien construidas,
por si desde arriba le socorrían disparando flechas;
otras tantas Aquiles, adelantándosele, lo
apartaba hacia la llanura, y aquél volaba sin
descanso cerca de la ciudad. Como en sueños ni
el que persigue puede alcanzar al perseguido,
ni éste huir de aquél; de igual manera, ni Aquiles
con sus pies podía dar alcance a Héctor, ni
Héctor escapar de Aquiles. ¿Y cómo Héctor se
hubiera librado entonces de las Parcas de la
muerte que le estaba destinada, si Apolo,
acercándosele por la postrera y última vez, no
le hubiese dado fuerzas y agilizado sus rodillas?

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 15 Abr 2021, 08:56

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXII

Muerte de Héctor.
CONT.

205. El divino Aquiles hacía con la cabeza señales
negativas a los guerreros, no permitiéndoles
disparar amargas flechas contra Héctor: no fuera
que alguien alcanzara la gloria de herir al
caudillo y él llegase el segundo. Mas cuando en
la cuarta vuelta llegaron a los manantiales, el
padre Zeus tomó la balanza de oro, puso en la
misma dos suertes de la muerte que tiende a lo
largo -la de Aquiles y la de Héctor, domador de
caballos-, cogió por el medio la balanza, la desplegó,
y tuvo más peso el día fatal de Héctor,
que descendió hasta el Hades. Al instante Febo
Apolo desamparó al troyano. Atenea, la diosa
de ojos de lechuza, se acercó al Pelión, y le dijo
estas aladas palabras:

216. -Espero, oh esclarecido Aquiles, caro a
Zeus, que nosotros dos procuraremos a los
aqueos inmensa gloria, pues al volver a las naves
habremos muerto a Héctor, aunque sea
infatigable en la batalla. Ya no se nos puede
escapar, por más cosas que haga Apolo, el que
hiere de lejos, postrándose a los pies del padre
Zeus, que lleva la égida. Párate y respira; e iré a
persuadir a Héctor para que luche contigo frente
a frente.

224. Así habló Atenea. Aquiles obedeció, con el
corazón alegre, y se detuvo en seguida,
apoyándose en el arrimo de la pica de asta de
fresno y broncínea punta. La diosa dejóle y fue
a encontrar al divino Héctor. Y tomando la figura
y la voz infatigable de Deífobo, llegóse al
héroe y pronunció estas aladas palabras:

229. -¡Mi buen hermano! Mucho te estrecha el
veloz Aquiles, persiguiéndote con ligero pie
alrededor de la ciudad de Príamo. Ea, detengámonos
y rechacemos su ataque.

232. Respondióle el gran Héctor, de tremolante
casco:

233. -¡Deífobo! Siempre has sido para mí el
hermano predilecto entre cuantos somos hijos
de Hécuba y de Príamo, pero desde ahora hago
cuenta de tenerte en mayor aprecio, porque al
verme con tus ojos osaste salir del muro y los
demás han permanecido dentro.

238. Contestó Atenea, la diosa de ojos de lechuza:

239. -¡Mi buen hermano! El padre, la venerable
madre y los amigos abrazábanme las rodillas y
me suplicaban que me quedara con ellos -¡de
tal modo tiemblan todos!-, pero mi ánimo se
sentía atormentado por grave pesar. Ahora
peleemos con brío y sin dar reposo a la pica,
para que veamos si Aquiles nos mata y se lleva
nuestros sangrientos despojos a las cóncavas
naves, o sucumbe vencido por tu lanza.

246. Así diciendo, Atenea, para engañarlo, empezó
a caminar. Cuando ambos guerreros se
hallaron frente a frente, dijo el primero el gran
Héctor, el de tremolante casco:

250. -No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como
hasta ahora. Tres veces di la vuelta, huyendo,
en torno de la gran ciudad de Príamo, sin atreverme
nunca a esperar tu acometida. Mas ya mi
ánimo me impele a afrontarte, ora te mate, ora
me mates tú. Ea, pongamos a los dioses por
testigos, que serán los mejores y los que más
cuidarán de que se cumplan nuestros pactos:
Yo no te insultaré cruelmente, si Zeus me concede
la victoria y logro quitarte la vida; pues
tan luego como te haya despojado de las
magníficas armas, oh Aquiles, entregaré el
cadáver a los aqueos. Pórtate tú conmigo de la
misma manera.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 16 Abr 2021, 12:59

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LA ILIADA

CANTO XXII

Muerte de Héctor.
CONT.

260. Mirándole con torva faz, respondió Aquiles,
el de los pies ligeros:

261. -¡Héctor, a quien no puedo olvidar! No me
hables de convenios. Como no es posible que
haya fieles alianzas entre los leones y los hombres,
ni que estén de acuerdo los lobos y los
corderos, sino que piensan continuamente en
causarse daño unos a otros, tampoco puede
haber entre nosotros ni amistad ni pactos, hasta
que caiga uno de los dos y sacie de sangre a
Ares, infatigable combatiente. Revístete de toda
clase de valor, porque ahora te es muy preciso
obrar como belicoso y esforzado campeón. Ya
no te puedes escapar. Palas Atenea te hará sucumbir
pronto, herido por mi lanza, y pagarás
todos juntos los dolores de mis amigos, a quienes
mataste cuando manejabas furiosamente la
pica.

273. En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida
lanza. El esclarecido Héctor, al verla venir, se
inclinó para evitar el golpe: clavóse la broncínea
lanza en el suelo, y Palas Atenea la arrancó
y devolvió a Aquiles, sin que Héctor, pastor de
hombres, lo advirtiese. Y Héctor dijo al eximio
Pelión:

279. -¡Erraste el golpe, oh Aquiles, semejante a
los dioses! Nada te había revelado Zeus acerca
de mi destino, como afirmabas; has sido un
hábil forjador de engañosas palabras, para que,
temiéndote, me olvidara de mi valor y de mi
fuerza. Pero no me clavarás la pica en la espalda,
huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando
animoso y frente a frente te acometa, si un dios
te lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea
lanza. ¡Ojalá que toda ella penetrara en tu cuerpo!
La guerra sería más liviana para los troyanos,
si tú murieses; porque eres su mayor azote.

289. Así habló; y, blandiendo la ingente lanza,
despidióla sin errar el tiro, pues dio un bote en
medio del escudo del Pelida. Pero la lanza fue
rechazada por la rodela, y Héctor se irritó al ver
que aquélla había sido arrojada inútilmente por
su brazo; paróse, bajando la cabeza, pues no
tenía otra lanza de fresno; y con recia voz llamó
a Deífobo, el de luciente escudo, y le pidió una
larga pica. Deífobo ya no estaba a su lado. Entonces
Héctor comprendiólo todo, y exclamó:

297 -¡Oh! Ya los dioses me llaman a la muerte.
Creía que el héroe Deífobo se hallaba conmigo,
pero está dentro del muro, y fue Atenea quien
me engañó. Cercana tengo la perniciosa muerte,
que ni tardará, ni puedo evitarla. Así les habrá
placido que sea, desde hace tiempo, a Zeus
y a su hijo, el que hiere de lejos; los cuales,
benévolos para conmigo, me salvaban de los
peligros. Ya la Parca me ha cogido. Pero no
quisiera morir cobardemente y sin gloria, sino
realizando algo grande que llegara a conocimiento
de los venideros.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 16 Abr 2021, 13:05

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXII

Muerte de Héctor.
CONT.

306. Esto dicho, desenvainó la aguda espada,
grande y fuerte, que llevaba en el costado. Y
encogiéndose, se arrojó como el águila de alto
vuelo se lanza a la llanura, atravesando las
pardas nubes, para arrebatar la tierna corderilla
o la tímida liebre; de igual manera arremetió
Héctor, blandiendo la aguda espada. Aquiles
embistióle, a su vez, con el corazón rebosante
de feroz cólera: defendía su pecho con el
magnífico escudo labrado, y movía el luciente
casco de cuatro abolladuras, haciendo ondear
las bellas y abundantes crines de oro que Hefesto
había colocado en la cimera. Como el Véspero,
que es el lucero más hermoso de cuantos
hay en el cielo, se presenta rodeado de estrellas
en la obscuridad de la noche, de tal modo brillaba
la pica de larga punta que en su diestra
blandía Aquiles, mientras pensaba en causar
daño al divino Héctor y miraba cuál parte del
hermoso cuerpo del héroe ofrecería menos resistencia.
Éste lo tenía protegido por la excelente
armadura de bronce que quitó a Patroclo
después de matarlo, y sólo quedaba descubierto
el lugar en que las clavículas separan el
cuello de los hombros, la garganta que es el
sitio por donde más pronto sale el alma: por
allí el divino Aquiles envasóle la pica a Héctor,
que ya lo atacaba, y la punta, atravesando el
delicado cuello, asomó por la nuca. Pero no le
cortó el garguero con la pica de fresno que el
bronce hacía ponderosa, para que pudiera
hablar algo y responderle. Héctor cayó en el
polvo, y el divino Aquiles se jactó del triunfo,
diciendo:

331. -¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de
Patroclo, sin duda te creíste salvado y no me
temiste a mí porque me hallaba ausente. ¡Necio!
Quedaba yo como vengador, mucho más fuerte
que él, en las cóncavas naves, y te he quebrado
las rodillas. A ti los perros y las aves te despedazarán
ignominiosamente, y a Patroclo los
aqueos le harán honras fúnebres.

336. Con lánguida voz respondióle Héctor, el de
tremolante casco:

337. -Te lo ruego por tu alma, por tus rodillas y
por tus padres: ¡No permitas que los perros me
despedacen y devoren junto a las naves aqueas!
Acepta el bronce y el oro que en abundancia te
darán mi padre y mi veneranda madre, y entrega
a los míos el cadáver para que lo lleven a
mi casa, y los troyanos y sus esposas lo entreguen
al fuego.

344. Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles,
el de los pies ligeros:

345. -No me supliques, ¡perro!, por mis rodillas
ni por mis padres. Ojalá el furor y el coraje me
incitaran a cortar tus carnes y a comérmelas
crudas. ¡Tales agravios me has inferido! Nadie
podrá apartar de tu cabeza a los perros, aunque
me traigan diez o veinte veces el debido rescate
y me prometan más, aunque Príamo Dardánida
ordene redimirte a peso de oro; ni, aun así, la
veneranda madre que te dio a luz te pondrá en
un lecho para llorarte, sino que los perros y las
aves de rapiña destrozarán tu cuerpo.

355. Contestó, ya moribundo, Héctor, el de tremolante
casco:

CONT.




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"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 16 Abr 2021, 13:11

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXII

Muerte de Héctor.
CONT.

356. -Bien lo conozco, y no era posible que te
persuadiese, porque tienes en el pecho un corazón
de hierro. Guárdate de que atraiga sobre
ti la cólera de los dioses, el día en que Paris y
Febo Apolo te darán la muerte, no obstante tu
valor, en las puertas Esceas.

361. Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió
con su manto: el alma voló de los miembros y
descendió al Hades, llorando su suerte, porque
dejaba un cuerpo vigoroso y joven. Y el divino
Aquiles le dijo, aunque muerto lo viera:

365. -¡Muere! Y yo recibiré la Parca cuando Zeus
y los demás dioses inmortales dispongan que
se cumpla mi destino.

367. Dijo; arrancó del cadáver la broncínea lanza
y, dejándola a un lado, quitóle de los hombros
las ensangrentadas armas. Acudieron presurosos
los demás aqueos, admiraron todos el continente
y la arrogante figura de Héctor y ninguno
dejó de herirlo. Y hubo quien, contemplándole,
habló así a su vecino:

373. -¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más
blando en dejarse palpar que cuando incendió
las naves con el ardiente fuego.

375. Así algunos hablaban, y acercándose lo
herían. El divino Aquiles, ligero de pies, tan
pronto como hubo despojado el cadáver, se
puso en medio de los aqueos y pronunció estas
aladas palabras:

378. -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los
argivos! Ya que los dioses nos concedieron vencer
a ese guerrero que causó mucho más daño
que todos los otros juntos, ea, sin dejar las armas
cerquemos la ciudad para conocer cuál es
el propósito de los troyanos: si abandonarán la
ciudadela por haber sucumbido Héctor, o se
atreverán a quedarse todavía a pesar de que
éste ya no existe. Mas ¿por qué en tales cosas
me hace pensar el corazón? En las naves yace
Patroclo muerto, insepulto y no llorado; y no lo
olvidaré, mientras me halle entre los vivos y
mis rodillas se muevan; y si en el Hades se olvida
a los muertos, aun allí me acordaré del
compañero amado. Ahora, ea, volvamos cantando
el peán a las cóncavas naves, y llevémonos
este cadáver. Hemos ganado una gran victoria:
matamos al divino Héctor, a quien dentro
de la ciudad los troyanos dirigían votos cual si
fuese un dios.

395. Dijo; y, para tratar ignominiosamente al
divino Héctor, le horadó los tendones de detrás
de ambos pies desde el tobillo hasta el talón;
introdujo correas de piel de buey, y lo ató al
carro, de modo que la cabeza fuese arrastrando;
luego, recogiendo la magnífica armadura, subió
y picó a los caballos para que arrancaran, y
éstos volaron gozosos. Gran polvareda levantaba
el cadáver mientras era arrastrado; la negra
cabellera se esparcía por el suelo, y la cabeza,
antes tan graciosa, se hundía toda en el polvo;
porque Zeus la entregó entonces a los enemigos,
para que allí, en su misma patria, la ultrajaran.

CONT.


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que traspasó y emocionó a los muertos.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 16 Abr 2021, 13:19

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXII

Muerte de Héctor.
CONT.

405. Así toda la cabeza de Héctor se manchaba
de polvo. La madre, al verlo, se arrancaba los
cabellos; y, arrojando de sí el blanco velo, prorrumpió
en tristísimos sollozos. El padre suspiraba
lastimeramente, y alrededor de él y por la
ciudad el pueblo gemía y se lamentaba. No
parecía sino que toda la excelsa Ilio fuese desde
su cumbre devorada por el fuego. Los guerreros
apenas podían contener al anciano, que,
excitado por el pesar, quería salir por las puertas
Dardanias; y, revolcándose en el estiércol,
les suplicaba a todos llamando a cada varón
por sus respectivos nombres:

416. -Dejadme, amigos, por más intranquilos
que estéis; permitid que, saliendo solo de la
ciudad, vaya a las naves aqueas y ruegue a ese
hombre pernicioso y violento: acaso respete mi
edad y se apiade de mi vejez. Tiene un padre
como yo, Peleo, el cual le engendró y crió para
que fuese una plaga de los troyanos; pero es a
mí a quien ha causado más pesares. ¡A cuántos
hijos míos mató, que se hallaban en la flor de la
juventud! Pero no me lamento tanto por ellos,
aunque su suerte me haya afligido, como por
uno cuya pérdida me causa el vivo dolor que
me precipitará en el Hades: por Héctor, que
hubiera debido morir en mis brazos, y entonces
nos hubiésemos saciado de llorarle y plañirle la
infortunada madre que le dio a luz y yo mismo.

429. Así habló llorando, y los ciudadanos suspiraron.
Y Hécuba comenzó entre las troyanas el
funeral lamento:

431. -¡Oh hijo! ¡Ay de mí, desgraciada! ¿Por qué,
después de haber padecido terribles penas,
seguiré viviendo ahora que has muerto tú? Día
y noche eras en la ciudad motivo de orgullo
para mí y el baluarte de todos, de los troyanos
y de las troyanas, que te saludaban como a un
dios. Vivo, constituías una excelsa gloria para
ellos; pero ya la muerte y la Parca te alcanzaron.

437. Así dijo llorando. La esposa de Héctor nada
sabía, pues ningún veraz mensajero le llevó la
noticia de que su marido se quedara fuera de
las puertas; y en lo más hondo del alto palacio
tejía una tela doble y purpúrea, que adornaba
con labores de variado color. Había mandado
en su casa a las esclavas de hermosas trenzas
que pusieran al fuego un trípode grande, para
que Héctor se bañase en agua caliente al volver
de la batalla. ¡Insensata! Ignoraba que Atenea,
la de ojos de lechuza, le había hecho sucumbir
muy lejos del baño a manos de Aquiles. Pero
oyó gemidos y lamentaciones que venían de la
torre, estremeciéronse sus miembros, y la lanzadera
le cayó al suelo. Y al instante dijo a las
esclavas de hermosas trenzas:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 16 Abr 2021, 13:26

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXII

Muerte de Héctor.
CONT.

450. -Venid, seguidme dos; voy a ver qué ocurre.
Oí la voz de mi venerable suegra; el corazón
me salta en el pecho hacia la boca y mis
rodillas se entumecen: algún infortunio amenaza
a los hijos de Príamo. ¡Ojalá que tal noticia
nunca llegue a mis oídos! Pero mucho temo que
el divino Aquiles haya separado de la ciudad a
mi Héctor audaz, le persiga a él solo por la llanura
y acabe con el funesto valor que siempre
tuvo; porque jamás en la batalla se quedó entre
la turba de los combatientes, sino que se adelantaba
mucho y en bravura a nadie cedía.

460. Dicho esto, salió apresuradamente del palacio
como una loca, palpitándole el corazón, y
dos esclavas la acompañaron. Mas, cuando
llegó a la torre y a la multitud de gente que allí
se encontraba, se detuvo, y desde el muro registró
el campo; en seguida vio a Héctor arrastrado
delante de la ciudad, pues los veloces
caballos lo arrastraban despiadadamente hacia
las cóncavas naves de los aqueos; las tinieblas
de la noche velaron sus ojos, cayó de espaldas y
se le desmayó el alma. Arrancóse de su cabeza
los vistosos lazos, la diadema, la redecilla, la
trenzada cinta y el velo que la áurea Afrodita le
había dado el día en que Héctor se la llevó del
palacio de Eetión, constituyéndole una gran
dote. A su alrededor hallábanse muchas cuñadas
y concuñadas suyas, las cuales la sostenían
aturdida como si fuera a perecer. Cuando volvió
en sí y recobró el aliento, lamentándose con
desconsuelo dijo entre las troyanas:

477. -¡Héctor! ¡Ay de mí, infeliz! Ambos nacimos
con la misma suerte, tú en Troya, en el palacio
de Príamo; yo en Teba, al pie del selvoso Placo,
en el alcázar de Eetión, el cual me crió cuando
niña para que fuese desventurada como él.
¡Ojalá no me hubiera engendrado! Ahora tú
desciendes a la mansión de Hades, en el seno
de la tierra, y me dejas en el palacio viuda y
sumida en triste duelo. Y el hijo, aún infante,
que engendramos tú y yo, infortunados... Ni tú
serás su amparo, oh Héctor, pues has fallecido;
ni él el tuyo. Si escapa con vida de la luctuosa
guerra de los aqueos, tendrá siempre fatigas y
pesares; y los demás se apoderarán de sus
campos, cambiando de sitio los mojones. El
mismo día en que un niño queda huérfano,
pierde todos los amigos; y en adelante va cabizbajo
y con las mejillas bañadas en lágrimas.
Obligado por la necesidad, dirígese a los amigos
de su padre, tirándoles ya del manto, ya de
la túnica; y alguno, compadecido, le alarga un
vaso pequeño con el cual mojará los labios, pero
no llegará a humedecer la garganta. El niño
que tiene los padres vivos le echa del festín,
dándole puñadas a increpándole con injuriosas
voces: "¡Vete, enhoramala!, le dice, que tu padre
no come a escote con nosotros". Y volverá a su
madre viuda, llorando, el huérfano Astianacte,
que en otro tiempo, sentado en las rodillas de
su padre, sólo comía medula y grasa pingüe de
ovejas, y, cuando se cansaba de jugar y se entregaba
al sueño, dormía en blanda cama, en
brazos de la nodriza, con el corazón lleno de
gozo; mas ahora que ha muerto su padre, mucho
tendrá que padecer Astianacte, a quien los
troyanos llamaban así porque sólo tú, oh
Héctor, defendías las puertas y los altos muros.
Y a ti, cuando los perros se hayan saciado con
tu carne, los movedizos gusanos te comerán
desnudo, junto a las corvas naves, lejos de tus
padres; habiendo en el palacio vestiduras finas
y hermosas, que las esclavas hicieron con sus
manos. Arrojaré todas estas vestiduras al ardiente
fuego; y ya que no te aprovechen, pues
no yacerás en ellas, constituirán para ti un motivo
de gloria a los ojos de los troyanos y de las
troyanas.

515. Así dijo llorando, y las mujeres gimieron.

FIN DEL CANTO XXII


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 16 Abr 2021, 14:22

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXIII (*)

Juegos en honor de Patroclo


*
Luego Aquiles celebra unos espléndidos funerales
en honor de Patroclo, mientras ata el
cadáver de Hédor por los pies a su carro y se to
lleva arrastrándolo por el polvo; y desde entonces
todos los días, al aparecer la aurora, to
vuelve a arrastrar hasta dar tres vueltas alrededor
del túmulo de Patroclo.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 16 Abr 2021, 14:31

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo


1. Así gemían los troyanos en la ciudad. Los
aqueos, una vez llegados a las naves y al
Helesponto, se fueron a sus respectivos bajeles.
Pero a los mirmidones no les permitió Aquiles
que se dispersaran; y, puesto en medio de los
belicosos compañeros, les dijo:

6. -¡Mirmidones, de rápidos corceles, mis compañeros
amados! No desatemos del yugo los
solípedos corceles; acerquémonos con ellos y
los carros a Patroclo, y llorémoslo, que éste es el
honor que a los muertos se les debe. Y cuando
nos hayamos saciado de triste llanto, desunciremos
los caballos y aquí mismo cenaremos
todos.

12. Así habló. Ellos seguían a Aquiles en compacto
grupo y gemían con frecuencia. Y sollozando
dieron tres vueltas alrededor del cadáver
con los caballos de hermoso pelo: Tetis se
hallaba entre los guerreros y les excitaba el deseo
de llorar. Regadas de lágrimas quedaron las
arenas, regadas de lágrimas se veían las armaduras
de los hombres. ¡Tal era el héroe, causa
de fuga para los enemigos, de quien entonces
padecían soledad! Y el Pelida comenzó entre
ellos el funeral lamento colocando sus manos
homicidas sobre el pecho de su amigo:

19. -¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el
Hades! Ya voy a cumplirte cuanto te prometiera:
he traído arrastrando el cadáver de Héctor,
que entregaré a los perros para que lo despedacen
cruelmente; y degollaré ante tu pira a doce
hijos de troyanos ilustres, por la cólera que me
causó tu muerte.

24. Dijo; y, para tratar ignominiosamente al divino
Héctor, lo tendió boca abajo en el polvo,
cara al lecho del Menecíada. Quitáronse todos
la luciente armadura de bronce, desuncieron
los corceles de sonoros relinchos, y sentáronse
en gran número cerca de la nave del Eácida, el
de los pies ligeros, que les dio un banquete funeral
espléndido. Muchos bueyes blancos, ovejas
y balantes cabras palpitaban al ser degollados
con el hierro; gran copia de grasos puercos,
de albos dientes, se asaban, extendidos sobre la
llama de Hefesto; y en torno del cadáver la sangre
corría en abundancia por todas partes.

33. Los reyes aqueos llevaron al Pelida, el de los
pies ligeros, que tenía el corazón afligido por la
muerte del compañero, a la tienda de Agamenón
Atrida, después de persuadirlo con mucho
trabajo; ya en ella, mandaron a los heraldos,
de voz sonora, que pusieron al fuego un
gran trípode por si lograban que aquél se lavase
las manchas de sangre y polvo. Pero Aquiles
se negó obstinadamente, a hizo, además, un juramento:

43. -¡No, por Zeus, que es el supremo y más
poderoso de los dioses! No es justo que el baño
moje mi cabeza hasta que ponga a Patroclo en
la pira, le erija un túmulo y me corte la cabellera;
porque un pesar tan grande no volverá jamás
a sentirlo mi corazón mientras me cuente
entre los vivos. Ahora celebremos el triste banquete;
y, cuando se descubra la aurora, manda,
oh rey de hombres, Agamenón, que traigan
leña y la coloquen como conviene a un muerto
que baja a la región sombría, para que pronto el
fuego infatigable consuma y haga desaparecer
de nuestra vista el cadáver de Patroclo, y los
guerreros vuelvan a sus ocupaciones.

CONT:


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 17 Abr 2021, 00:46

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

34. Así dijo; y ellos le escucharon y obedecieron.
Dispuesta con prontitud la cena, comieron todos,
y nadie careció de su respectiva porción.
Mas, después que hubieron satisfecho de comida
y de bebida al apetito, se fueron a dormir a
sus tiendas. Quedóse el Pelida con muchos
mirmidones, dando profundos suspiros, a orillas
del estruendoso mar, en un lugar limpio
donde las olas bañaban la playa; pero no tardó
en vencerlo el sueño, que disipa los cuidados
del ánimo, esparciéndose suave en torno suyo;
pues el héroe había fatigado mucho sus fornidos
miembros persiguiendo a Héctor alrededor
de la ventosa Ilio. Entonces vino a encontrarle
el alma del mísero Patroclo, semejante en un
todo a éste cuando vivía, tanto por su estatura
y hermosos ojos, como por las vestiduras que
llevaba; y, poniéndose sobre la cabeza de Aquiles,
le dijo estas palabras:

69. -¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado?
Te cuidabas de mí mientras vivía, y ahora que
he muerto me abandonas. Entiérrame cuanto
antes, para que pueda pasar las puertas del
Hades; pues las almas, que son imágenes de los
difuntos, me rechazan y no me permiten que
atraviese el río y me junte con ellas; y de este
modo voy errante por los alrededores del palacio,
de anchas puertas, de Hades. Dame la mano,
te lo pido llorando; pues ya no volveré del
Hades cuando hayáis entregado mi cadáver al
fuego. Ni ya, gozando de vida, conversaremos
separadamente de los amigos; pues me devoró
la odiosa muerte que el hado, cuando nací, me
deparara. Y tu destino es también, oh Aquiles
semejante a los dioses, morir al pie de los muros
de los nobles troyanos. Otra cosa te diré y
encargaré, por si quieres complacerme. No dejes
mandado, oh Aquiles, que pongan tus huesos
separados de los míos: ya que juntos nos
hemos criado en tu palacio, desde que Menecio
me llevó de Opunte a vuestra casa por un deplorable
homicidio -cuando encolerizándome
en el juego de la taba maté involuntariamente
al hijo de Anfidamante-, y el caballero Peleo me
acogió en su morada, me crió con regalo y me
nombró tu escudero; así también, una misma
urna, la ánfora de oro que te dio tu veneranda
madre, guarde nuestros huesos.

93. Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:

94. -¿Por qué, cabeza querida, vienes a encargarme
estas cosas? Te obedeceré y lo cumpliré
todo como lo mandas. Pero acércate y abracémonos,
aunque sea por breves instantes, para
saciarnos de triste llanto.

99. En diciendo esto, le tendió los brazos, pero
no consiguió asirlo: disipóse el alma cual si
fuese humo y penetró en la tierra dando chillidos.
Aquiles se levantó atónito, dio una palmada
y exclamó con voz lúgubre:

CONT.


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Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Abr 2021, 02:32

Dando mi paseo por la Grecia clásica, por la gran obra de Homero, que no tiene desperdicio.
¡¡Chapeau!! y muchas gracias, querido Pascual


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"Las dificultades están hechas para estimular y no para quitar el ánimo.
El espíritu humano debe fortificarse en la lucha."

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 17 Abr 2021, 04:31

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

103. -¡Oh dioses! Cierto es que en la morada de
Hades quedan el alma y la imagen de los que
mueren, pero la fuerza vital desaparece por
entero. Toda la noche ha estado cerca de mí el
alma del mísero Patroclo, derramando lágrimas
y despidiendo suspiros, para encargarme to
que debo hacer; y era muy semejante a él cuando
vivía.

108. Así dijo, y a todos les excitó el deseo de
llorar. Todavía se hallaban alrededor del cadáver,
sollozando lastimeramente, cuando despuntó
la Aurora de rosáceos dedos. Entonces el
rey Agamenón mandó que de todas las tiendas
saliesen hombres con mulos para ir por leña; y
a su frente se puso un varón excelente, Meriones,
escudero del valeroso Idomeneo. Los mulos
iban delante; tras ellos caminaban los hombres,
llevando en sus manos hachas de cortar
madera y sogas bien torcidas; y así subieron y
bajaron cuestas, y recorrieron atajos y veredas.
Mas, cuando llegaron a los bosques del Ida,
abundante en manantiales, se apresuraron a
cortar con el afilado bronce encinas de alta copa
que caían con estrépito. Los aqueos las partieron
en rajas y las cargaron sobre los mulos. En
seguida éstos, midiendo con sus pasos la tierra,
volvieron atrás por los espesos matorrales, deseosos
de regresar a la llanura. Todos los leñadores
llevaban troncos, porque así to había ordenado
Meriones, escudero del valeroso Idomeneo.
Y los fueron dejando sucesivamente en
un sitio de la orilla del mar, que Aquiles indicó
para que allí se erigiera el gran túmulo de Patroclo
y de sí mismo.

127. Después que hubieron descargado la inmensa
cantidad de leña, se sentaron todos juntos
y aguardaron. Aquiles mandó en seguida a
los belicosos mirmidones que tomaran las armas
y uncieran los caballos; y ellos se levantaron,
vistieron la armadura, y los caudillos y sus
aurigas montaron en los carros. Iban éstos al
frente, seguíales la nube de la copiosa infantería,
y en medio los amigos llevaban a Patroclo,
cubierto de cabello que en su honor se
habían cortado. El divino Aquiles sosteníale la
cabeza, y estaba triste porque despedía para el
Hades al eximio compañero.

138.Cuando llegaron al lugar que Aquiles les
señaló, dejaron el cadáver en el suelo, y en seguida
amontonaron abundante leña. Entonces
el divino Aquiles, el de los pies ligeros, tuvo
otra idea: separándose de la pira, se cortó la
rubia cabellera, que conservaba espléndida
para ofrecerla al río Esperqueo; y exclamó apenado,
fijando los ojos en el vinoso ponto:

144. -¡Esperqueo! En vano mi padre Peleo te
hizo el voto de que yo, al volver a la tierra patria,
me cortaría la cabellera en tu honor y te
inmolaría una sacra hecatombe de cincuenta
carneros cerca de tus fuentes, donde están el
bosque y el perfumado altar a ti consagrados.
Tal voto hizo el anciano, pero tú no has cumplido
su deseo. Y ahora, como no he de volver a
la tierra patria, daré mi cabellera al héroe Patrocio
para que se la lleve consigo.

152. Habiendo hablado así, puso la cabellera en
las manos del compañero querido, y a todos les
excitó el deseo de llorar. Y entregados al llanto
los dejara el sol al ponerse, si Aquiles no se
hubiese acercado a Agamenón para decirle:

CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 17 Abr 2021, 04:40

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

156. -¡Atrida! Puesto que la gente aquea lo obedecerá
más que a nadie, y tiempo habrá para
saciarse de llanto, aparta de la pira a los guerreros
y mándales que preparen la cena; y de lo
que resta nos cuidaremos nosotros, a quienes
corresponde de un modo especial honrar al
muerto. Quédense tan sólo los caudillos.

161. Al oírlo, el rey de hombres, Agamenón,
despidió la gente para que volviera a las naves
bien proporcionadas; y los que cuidaban del
funeral amontonaran leña, levantaron una pira
de cien pies por lado, y, con el corazón alligido,
pusieron en lo alto de ella el cuerpo de Patrocio.
Delante de la pira mataron y desollaron
muchas pingües ovejas y flexípedes bueyes de
curvas astas; y el magnánimo Aquiles tomó la
grasa de aquéllas y de éstos, cubrió con la misma
el cadáver de pies a cabeza, y hacinó alrededor
los cuerpos desollados. Llevó también a
la pira dos ánforas, llenas respectivamente de
miel y de aceite, y las abocó al lecho; y, exhalando
profundos suspiros, arrojó a la hoguera
cuatro corceles de erguido cuello. Nueve
perros tenía el rey que se alimentaban de su
mesa, y, degollando a dos, echólos igualmente
en la pira. Siguiéronles doce hijos valientes de
troyanos ilustres, a quienes mató con el bronce,
pues el héroe meditaba en su corazón acciones
crueles. Y entregando la pira a la violencia indomable
del fuego para que la devorara, gimió
y nombró al compañero amado:

179. -¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el
Hades! Ya te cumplo cuanto te prometí. El fuego
devora contigo a doce hijos valientes de troyanos
ilustres; y a Héctor Priámida no le entregaré
a la hoguera para que lo consuma, sino a
los perros.

184. Así dijo en son de amenaza. Pero los canes
no se acercaron a Héctor. La diosa Afrodita,
hija de Zeus, los apartó día y noche, y ungió el
cadáver con un divino aceite rosado para que
Aquiles no lo lacerase al arrastrarlo. Y Febo
Apolo cubrió el espacio ocupado por el muerto
con una sombna nube que hizo pasar del cielo a
la llanura, a fin de que el ardor del sol no secara
el cuerpo, con sus nervios y miembros.

192. En tanto, la pira en que se hallaba el cadáver
de Patroclo no ardía. Entonces el divino
Aquiles, el de los pies ligeros, tuvo otra idea:
apartóse de la pira, oró a los vientos Bóreas y
Céfiro y votó ofrecerles solemnes sacrificios; y,
haciéndoles repetidas libaciones con una copa
de oro, les rogó que acudieran para que la leña
ardiese bien y los cadáveres fueran consumidos
prestamente por el fuego. La veloz Iris oyó las
súplicas, y fue a avisar a los vientos, que estaban
reunidos celebrando un banquete en la
morada del impetuoso Céfiro. Iris llegó corriendo
y se detuvo en el umbral de piedra. Así
que la vieron, levantáronse todos, y cada uno la
llamaba a su lado. Pero ella no quiso sentarse, y
pronunció estas palabras:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 18 Abr 2021, 05:47

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LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

212. Habló así y fuese. Los vientos se levantaron
con inmenso ruido, esparciendo las nubes; pasaron
por cima del ponto, y las olas crecían al
impulso del sonoro soplo, llegaron, por fin, a la
fértil Troya, cayeron en la pira y el fuego abrasador
bramó grandemente. Durante toda la
noche, los dos vientos, soplando con agudos
silbidos, agitaron la llama de la pira, durante
toda la noche, el veloz Aquiles, sacando vino de
una cratera de oro, con una copa de doble asa,
lo vertió y regó la tierra, a invocó el alma del
mísero Patroclo. Como solloza un padre, quemando
los huesos del hijo recién casado, cuya
muerte ha sumido en el dolor a sus progenitores,
de igual modo sollozaba Aquiles al quemar
los huesos del amigo; y, arrastrándose en torno
de la hoguera, gemía sin cesar.

226. Cuando el lucero de la mañana apareció
sobre la tierra anunciando el día, y poco después
la aurora, de azafranado velo, se esparció
por el mar, apagábase la hoguera y moría la
llama. Los vientos regresaron a su morada por
el ponto de Tracia, que gemía a causa de la hinchazón
de las olas alborotadas, y el Pelida,
habiéndose separado un poco de la pira,
acostóse, rendido de cansancio, y el dulce sueño
le venció. Pronto los caudillos se reunieron
en gran número alrededor del Atrida; y el alboroto
y ruido que hacían al llegar despertaron a
Aquiles. Incorporóse el héroe; y, sentándose, les
dijo estas palabras:

236. -¡Atrida y demás príncipes de los aqueos
todos! Primeramente apagad con negro vino
cuanto de la pira alcanzó la violencia del fuego;
recojamos después los huesos de Patroclo Menecíada,
distinguiéndolos bien -fácil será reconocerlos,
porque el cadáver estaba en medio de
la pira y en los extremos se quemaron confundidos
hombres y caballos-, y pongámoslos en
una urna de oro, cubiertos por doble capa de
grasa donde se guarden hasta que yo descienda
al Hades. Quiero que le erijáis un túmulo no
muy grande, sino cual corresponde al muerto; y
más adelante, aqueos, los que estéis vivos en las
naves de muchos bancos cuando yo muera, hacedlo
anchuroso y alto.

249. Así dijo, y ellos obedecieron al Pelión, de
pies ligeros. Primeramente apagaron con negro
vino la parte de la pira a que alcanzó la llama, y
la ceniza cayó en abundancia; después recogieron,
llorando, los blancos huesos del dulce amigo
y los encerraron en una urna de oro, cubiertos
por doble capa de grasa; dejaron la urna en
la tienda, tendiendo sobre la misma un sutil
velo; trazaron el ámbito del túmulo en torno de
la pira, echaron los cimientos, a inmediatamente
amontonaron la tierra que antes habían excavado.
Y, erigido el túmulo, volvieron a su sitio.
Aquiles detuvo al pueblo y le hizo sentar, formando
un gran circo; y al momento sacó de las
naves, para premio de los que vencieren en los
juegos, calderas, trípodes, caballos, mulos, bueyes
de robusta cabeza, mujeres de hermosa
cintura y luciente hierro.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 18 Abr 2021, 05:59

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LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

262. Empezó exponiendo los premios destinados
a los veloces aurigas: el que primero llegara
se llevaría una mujer diestra en primorosas
labores y un trípode con asas, de veintidós medidas;
para el segundo ofreció una yegua de
seis años, indómita, que llevaba en su vientre
un feto de mulo; para el tercero, una hermosa
caldera no puesta al fuego y luciente aún, cuya
capacidad era de cuatro medidas; para el cuarto,
dos talentos de oro; y para el quinto, un vaso
con dos asas no puesto al fuego todavía. Y,
estando en pie, dijo a los argivos:

272. -¡Atrida y demás aqueos de hermosas grebas!
Estos premios que en medio he colocado
son para los aurigas. Si los juegos se celebraran
en honor de otro difunto, me llevaría a mi tienda
los mejores. Ya sabéis cuánto mis caballos
aventajan en ligereza a los demás, porque son
inmortales: Posidón se los regaló a mi padre
Peleo, y éste me los ha dado a mí. Pero yo me
quedaré, y también los solípedos corceles, porque
perdieron al ilustre y benigno auriga que
tantas veces derramó aceite sobre sus crines,
después de lavarlos con agua pura. Ambos,
habiéndose quedado quietos, sienten soledad
de él; y con las crines colgando hasta tocar la
tierra permanecen en pie y afligidos en su corazón.
¡Adelantaos, pues, los aqueos que confiéis
en vuestros corceles y sólidos carros!

287. Así hablo el Pelida, y los veloces aurigas se
reunieron. Levantóse mucho antes que nadie el
rey de hombres Eumelo, hijo amado de Admeto,
que descollaba en el arte de guiar el carro.
Presentóse después el fuerte Diomedes Tidida,
el cual puso el yugo a los corceles de Tros, que
había quitado a Eneas cuando Apolo salvó a
este héroe. Alzóse luego el rubio Menelao Atrida,
del linaje de Zeus, y unció al carro una yegua
y un caballo veloces: Eta, propia de Agamenón,
y Podargo, que era suyo. Había dado la
yegua a Agamenón, como presente, Equepolo,
hijo de Anquises, por no seguirle a la ventosa
Ilio y gozar tranquilo en la vasta Sición, donde
moraba, de la abundante riqueza que Zeus le
había concedido; ésta fue la yegua que Menelao
unció al yugo, la cual estaba deseosa de corren-
Fue el cuarto en aparejar los corceles de hermoso
pelo Antíloco, hijo ilustre del magnánimo
rey Néstor Nelida: de su carro tiraban caballos
de Pilos, de pies ligeros. Y su padre se le acercó
y empezó a darle buenos consejos, aunque no le
faltaba inteligencia:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 19 Abr 2021, 06:47

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LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

306. -¡Antíloco! Si bien eres joven, Zeus y Posidón
te quieren y te han enseñado todo el arte
del auriga. No es preciso, por tanto, que yo lo
instruya. Sabes perfectamente cómo los caballos
deben dar la vuelta en torno de la meta,
pero tus corceles son los más lentos en correr, y
temo que algún suceso desagradable ha de ocurrirte.
Empero, si otros caballos son más veloces,
sus conductores no te aventajan en obrar
sagazmente. Ea, pues, querido, piensa en emplear
toda clase de habilidades para que los
premios no se te escapen. El leñador más hace
con la habilidad que con la fuerza; con su habilidad
el piloto gobierna en el vinoso ponto la
veloz nave combatida por los vientos; y con su
habilidad puede un auriga vencer a otro. El que
confía en sus caballos y en su carro les hace dar
vueltas imprudentemente acá y acullá, y luego
los corceles divagan en la carrera y no los puede
sujetar, mas el que conoce los arbitrios del
arte y guía caballos inferiores clava los ojos
continuamente en la meta, da la vuelta cerca de
la misma, y no le pasa inadvertido cuándo debe
aguijar a aquéllos con el látigo de piel de buey:
así los domina siempre, a la vez que observa a
quien le precede. La meta de ahora es muy fácil
de conocer, y voy a indicártela para que no dejes
de verla. Un tronco seco de encina o de pino,
que la lluvia no ha podrido aún, sobresale un
codo de la tierra; encuéntranse a uno y otro
lado del mismo, cuando el camino acaba, sendas
piedras blancas; y luego el terreno es llano
por todas partes y propio para las carreras de
carros: el tronco debe de haber pertenecido a la
tumba de un hombre que ha tiempo murió, o
fue puesto como mojón por los antiguos; y ahora
el divino Aquiles, el de los pies ligeros, lo ha
elegido por meta. Acércate a ésta y den la vuelta
casi tocándola carro y caballos; y tú inclínate
en el fuerte asiento hacia la izquierda y anima
con imperiosas voces al corcel del otro lado
aflojándole las riendas. El caballo izquierdo se
aproxime tanto a la meta, que parezca que el
cubo de la bien construida rueda haya de llegar
al tronco, pero guárdate de chocar con la piedra:
no sea que hieras a los corceles, rompas el
carro y causes el regocijo de los demás y la confusión
de ti mismo. Procura, oh querido, ser
cauto y prudente. Pero, si aguijando los caballos,
logras dar la vuelta a la meta, ya nadie se
te podrá anticipar ni alcanzarte siquiera, aunque
guíe al divino Arión -el veloz caballo de
Adrasto, que descendía de un dios- o sea arrastrado
por los corceles de Laomedonte, que se
criaron aquí tan excelentes.

349. Así dijo Néstor Nelida, y volvió a sentarse
cuando hubo enterado a su hijo de to más importante
de cada cosa.

351. Meriones fue el quinto en aparejar los caballos
de hermoso pelo. Subieron los aurigas a los
carros y echaron suertes en un casco que agitaba
Aquiles. Salió primero la de Antíloco Nestórida;
después, la del rey Eumelo; luego, la de
Menelao Atrida, famoso por su lanza; en seguida,
la de Meriones; y por último, la del Tidida,
que era el más hábil. Pusiéronse en fila, y Aquiles
les indicó la meta a lo lejos, en el terreno
llano; y encargó a Fénix, escudero de su padre,
que se sentara cerca de aquélla como observador
de la carrera, a fin de que, reteniendo en la
memoria cuanto ocurriese, les dijese luego la
verdad.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 19 Abr 2021, 06:57

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LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

362. Todos a un tiempo levantaron el látigo,
dejáronlo caer sobre los caballos y los animaron
con ardientes voces. Y éstos, alejándose de las
naves, corrían por la llanura con suma rapidez;
la polvareda que levantaban envolvíales el pecho
como una nube o un torbellino, y las crines
ondeaban al soplo del viento. Los carros unas
veces tocaban al fértil suelo, y otras daban saltos
en el aire; los aurigas permanecían en los
asientos con el corazón palpitante por el deseo
de la victoria; cada cual animaba a sus corceles,
y éstos volaban, levantando polvo, por la llanura.

373. Mas, cuando los veloces caballos llegaron a
la segunda mitad de la carrera y ya volvían
hacia el espumoso mar, entonces se mostró la
pericia de cada conductor, pues todos aquéllos
empezaron a galopar. Venían delante las yeguas,
de pies ligeros, de Eumelo Feretíada. Seguíanlas
los caballos de Diomedes, procedentes
de los de Tros; y estaban tan cerca del primer
carro, que parecía que iban a subir en él: con su
aliento calentaban la espalda y anchos hombros
de Eumelo, y volaban poniendo la cabeza sobre
el mismo. Diomedes le hubiera pasado delante,
o por lo menos hubiera conseguido que la victoria
quedase indecisa si Febo Apolo, que estaba
irritado con el hijo de Tideo, no le hubiese
hecho caer de las manos el lustroso látigo. Afligióse
el héroe, y las lágrimas humedecieron sus
ojos al ver que las yeguas corrían más que antes,
y en cambio sus caballos aflojaban, porque ya
no sentían el azote. No le pasó inadvertido a
Atenea que Apolo jugara esta treta al Tidida; y,
corriendo hacia el pastor de hombres, devolvióle
el látigo, a la vez que daba nuevos bríos a sus
caballos. Y la diosa, irritada, se encaminó al
momento hacia el hijo de Admeto y le rompió
el yugo: cada yegua se fue por su lado, fuera de
camino; el timón cayó a tierra, y el héroe vino al
suelo, junto a una rueda, hirióse en los codos,
boca y narices, se rompió la frente por encima
de las cejas, se le arrasaron los ojos de lágrimas,
y la voz, vigorosa y sonora, se le cortó. El Tidida
guio los solípedos caballos, desviándolos un
poco, y se adelantó un gran espacio a todos los
demás; porque Atenea dio vigor a sus corceles
y le concedió a él la gloria del triunfo. Seguíale
el rubio Menelao Atrida. E inmediato a él iba
Antíloco, que animaba a los caballos de su padre:

403. -Corred y alargad el paso cuanto podáis.
No os mando que compitáis con aquéllos, con
los caballos del aguerrido Tidida, a los cuales
Atenea dio ligereza, concediéndole a él la gloria
del triunfo. Mas alcanzad pronto a los corceles
del Atrida y no os quedéis rezagados para que
no os avergüence Eta con ser hembra. ¿Por qué
os atrasáis, excelentes caballos? Lo que os voy a
decir se cumplirá: se acabarán para vosotros los
cuidados en el palacio de Néstor, pastor de
hombres, y éste os matará en seguida con el
agudo bronce si por vuestra desidia nos llevamos
el peor premio. Seguid y apresuraos cuanto
podáis. Y yo pensaré cómo, valiéndome de la
astucia, me adelanto en el lugar donde se estrecha
el camino; no se me escapará la ocasión.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 19 Abr 2021, 07:04

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CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

417. Así dijo. Los corceles, temiendo la amenaza
de su señor, corrieron más diligentemente un
breve rato. Pronto el belicoso Antíloco alcanzó
a descubrir el punto más estrecho del camino
-había allí una hendedura de la tierra, producida
por el agua estancada durante el invierno,
la cual robó parte de la senda y cavó el suelo-, y
por aquel sitio guiaba Menelao sus corceles,
procurando evitar el choque con los demás carros.
Pero Antíloco, torciendo la rienda a sus caballos,
sacó el carro fuera del camino, y por un
lado y de cerca seguía a Menelao. El Atrida
temió un choque, y le dijo gritando:

426 -¡Antíloco! De temerario modo guías el carro.
Detén los corceles; que ahora el camino es
angosto, y en seguida, cuando sea más ancho,
podrás ganarme la delantera. No sea que choquen
los carros y seas causa de que recibamos
daño.

429- Así dijo. Pero Antíloco, como si no le oyese,
hacía correr más a sus caballos picándolos con
el aguijón. Cuanto espacio recorre el disco que
tira un joven desde lo alto de su hombro para
probar la fuerza, tanto aquéllos se adelantaron.
Las yeguas del Atrida cejaron, y él mismo, voluntariamente,
dejó de avivarlas; no fuera que
los solípedos caballos, tropezando los unos con
los otros, volcaran los fuertes carros, y ellos
cayeran en el polvo por el anhelo de alcanzar la
victoria. Y el rubio Menelao, reprendiendo a
Antíloco, exclamó:

439. -¡Antíloco! Ningún mortal es más funesto
que tú. Ve enhoramala; que los aqueos no estábamos
en lo cierto cuando to teníamos por sensato.
Pero no te llevarás el premio sin que antes
jures.

442. Después de hablar así, animó a sus caballos
con estas palabras:

443. -No aflojéis el paso, ni tengáis el corazón
afligido. A aquéllos se les cansarán los pies y
las rodillas antes que a vosotros, pues ya ambos
pasaron de la edad juvenil.

446. Así dijo. Los corceles, temiendo la amenaza
de su señor, corrieron más diligentemente, y
pronto se hallaron cerca de los otros.

448. Los argivos, sentados en el circo, no quitaban
los ojos de los caballos; y éstos volaban,
levantando polvo por la llanura. Idomeneo,
caudillo de los cretenses, fue quien distinguió
antes que nadie los primeros corceles que llegaban;
pues era el que estaba en el sitio más
alto por haberse sentado en un altozano, fuera
del circo. Oyendo desde lejos la voz del auriga
que animaba a los corceles, la reconoció; y al
momento vio que corría, adelantándose a los
demás, un caballo magnífico, todo bermejo, con
una mancha en la frente, blanca y redonda como
la luna. Y poniéndose en pie, dijo estas palabras
a los argivos:

457. -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los
argivos! ¿Veo los caballos yo solo o también
vosotros? Paréceme que no son los mismos de
antes los que vienen delanteros, ni el mismo el
auriga: deben de haberse lastimado en la llanura
las yeguas que poco ha eran vencedoras. Las
vi cuando doblaban la meta; pero ahora no
puedo distinguirlas, aunque registro con mis
ojos todo el campo troyano. Quizá las riendas
se le fueron al auriga, y, siéndole imposible
gobernar las yeguas al llegar a la meta, no dio
felizmente la vuelta: me figuro que habrá caído,
el carro estará roto, y las yeguas, dejándose
llevar por su ánimo enardecido, se habrán echado
fuera del camino. Pero levantaos y mirad,
pues yo no lo distingo bien: paréceme que el
que viene delante es un varón etolio, el fuerte
Diomedes, hijo de Tideo, domador de caballos,
que reina sobre los argivos.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 19 Abr 2021, 07:12

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CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

473. Y el veloz Ayante de Oileo increpóle con
injuriosas voces:

474. -¡ldomeneo! ¿Por qué charlas antes de lo
debido? Las voladoras yeguas vienen corriendo
a lo lejos por la llanura espaciosa. Tú no eres el
más joven de los argivos, ni tu vista es la mejor,
pero siempre hablas mucho y sin substancia.
Preciso es que no seas tan gárrulo, estando presentes
otros que te son superiores. Esas yeguas
que aparecen las primeras son las de antes, las
de Eumelo, y él mismo viene en el carro y tiene
las riendas.

482. El caudillo de los cretenses le respondió
enojado:

483. -Ayante, valiente en la injuria, detractor;
pues en todo lo restante estás por debajo de los
argivos a causa de tu espíritu perverso. Apostemos
un trípode o una caldera y nombremos
árbitro al Atrida Agamenón para que manifieste
cuáles son las yeguas que vienen delante y tú
lo aprendas perdiendo la apuesta.

488. Así habló. En seguida el veloz Ayante de
Oileo se alzó colérico para contestarle con palabras
duras. Y la contienda habría pasado más
adelante entre ambos, si el propio Aquiles, levantándose,
no les hubiese dicho:

492. -¡Ayante a Idomeneo! No alterquéis con
palabras duras y pesadas, porque no es decoroso;
y vosotros mismos os irritaríais contra el
que así lo hiciera. Sentaos en el circo y fijad la.
vista en los caballos, que pronto vendrán aquí
por el anhelo de alcanzar la victoria, y sabréis
cuáles corceles argivos son los delanteros y
cuáles los rezagados.

499. Así dijo; el Tidida, que ya se había acercado
un buen trecho, aguijaba a los corceles, y constantemente
les azotaba la espalda con el látigo,
y ellos, levantando en alto los pies, recorrían
velozmente el camino y rociaban de polvo al
auriga. El carro, guarnecido de oro y estaño,
corría arrastrado por los veloces caballos y las
llantas casi no dejaban huella en el tenue polvo.
¡Con tal ligereza volaban los corceles! Cuando
Diomedes llegó al circo, detuvo el luciente carro;
copioso sudor corría de la cerviz y del pecho
de los corceles hasta el suelo, y el héroe,
saltando a tierra, dejó el látigo colgado del yugo.
Entonces no anduvo remiso el esforzado
Esténelo, sino que al instante tomó el premio y
lo entregó a los magnánimos compañeros; y
mientras éstos conducían la cautiva a la tienda
y se llevaban el trípode con asas, desunció del
carro a los corceles.

514. Después de Diomedes llegó Antíloco, descendiente
de Neleo, el cual se había anticipado
a Menelao por haber usado de fraude y no por
la mayor ligereza de su carro; pero, así y todo,
Menelao guiaba muy cerca de él los veloces caballos.
Cuando el corcel dista de las ruedas del
carro en que lleva a su señor por la llanura (las
últimas cerdas de la cola tocan la llanta y un
corto espacio los separa mientras aquél corre
por el campo inmenso): tan rezagado estaba
Menelao del eximio Antíloco; pues, si bien al
principio se quedó a la distancia de un tiro de
disco, pronto volvió a alcanzarle porque el
fuerte vigor de la yegua de Agamenón, de Etá,
de hermoso pelo, iba aumentando. Y si la carrera
hubiese sido más larga, el Atrida se le habría
adelantado, sin dejar dudosa la victoria.- Meriones,
el buen escudero de Idomeneo, seguía al
ínclito Menelao, como a un tiro de lanza; pues
sus corceles, de hermoso pelo, eran más tardos
y él muy poco diestro en guiar el carro en un
certamen.- Presentóse, por último, el hijo de
Admeto tirando de su hermoso carro y conduciendo
por delante los caballos. Al verlo, el divino
Aquiles, el de los pies ligeros, se compadeció
de él, y dirigió a los argivos estas aladas
palabras:

CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 20 Abr 2021, 12:16

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

536. -Viene el último con los solípedos caballos
el varón que más descuella en guiarlos. Ea,
démosle, como es justo, el segundo premio, y
llévese el primero el hijo de Tideo.

539. Así habló y todos aplaudieron lo que proponía.
Y le hubiese entregado la yegua -pues
los aqueos lo aprobaban-, si Antíloco, hijo del
magnánimo Néstor, no se hubiera levantado
para decir con razón al Pelida Aquiles:

544. -¡Oh Aquiles! Mucho me irritaré contigo si
llevas a cabo lo que dices. Vas a quitarme el
premio, atendiendo a que recibieron daño su
carro y los veloces corceles y él es esforzado,
pero tenía que rogar a los inmortales y no habría
llegado el último de todos. Si le compadeces
y es grato a tu corazón, como hay en tu tienda
abundante oro y posees bronce, rebaños, esclavas
y solípedos caballos, entrégale, tomándolo
de estas cosas, un premio aún mejor que éste,
para que los aqueos te alaben. Pero la yegua no
la daré, y pruebe de quitármela quien desee
llegar a las manos conmigo.

555. Así habló. Sonrióse el divino Aquiles, el de
los pies ligeros, holgándose de que Antíloco se
expresara en tales términos, porque era amigo
suyo; y en respuesta, díjole estas aladas palabras:

558. -¡Antíloco! Me ordenas que dé a Eumelo
otro premio, sacándolo de mi tienda, y así lo
haré. Voy a entregarle la coraza de bronce que
quité a Asteropeo, la cual tiene en sus orillas
una franja de luciente estaño, y constituirá para
él un presente de valor.

563. Dijo, y mandó a Automedonte, el compañero
querido, que la sacara de la tienda; fue éste y
llevósela; y Aquiles la puso en las manos de
Eumelo, que la recibió alegremente.

566. Pero levantóse Menelao, afligido en su corazón
y muy irritado contra Antíloco. El heraldo
le dio el cetro, y ordenó a los argivos que
callaran. Y el varón igual a un dios habló diciendo:

570. -¡Antíloco! Tú, que antes eras sensato, ¿qué
has hecho? Desluciste mi habilidad y atropellaste
mis corceles, haciendo pasar delante a los
tuyos, que son mucho peores. ¡Ea, capitanes y
príncipes de los argivos! Juzgadnos imparcialmente
a entrambos: no sea que alguno de
los aqueos, de broncíneas corazas, exclame:
"Menelao, violentando con mentiras a Antíloco,
ha conseguido llevarse la yegua, a pesar de la
inferioridad de sus corceles, por ser más valiente
y poderoso." Y si queréis, yo mismo lo decidiré;
y creo que ningún dánao me podrá reprender,
porque el fallo será justo. Ea, Antíloco,
alumno de Zeus, ven aquí y, puesto, como es
costumbre, delante de los caballos y el carro,
teniendo en la mano el flexible látigo con que
los guiabas y tocando los corceles, jura, por el
que ciñe y sacude la tierra, que si detuviste mi
carro fue involuntariamente y sin dolo.

586. Respondióle el prudente Antíloco:


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 20 Abr 2021, 12:26

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LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

587. -Perdóname, oh rey Menelao, pues soy más
joven y tú eres mayor y más valiente. No te son
desconocidas las faltas que comete un mozo,
porque su pensamiento es rápido y su juicio
escaso. Apacígüese, pues, tu corazón: yo mismo
te cedo la yegua que he recibido; y, si de cuanto
tengo me pidieras algo de más valor que este
premio, preferiría dártelo en seguida, oh alumno
de Zeus, a perder para siempre tu afecto y
ser culpable delante de los dioses.

596. Así habló el hijo del magnánimo Néstor, y,
conduciendo la yegua adonde estaba el Atrida,
se la puso en la mano. A éste se le alegró el alma:
como el rocío cae en torno de las espigas
cuando las mieses crecen y los campos se erizan,
del mismo modo, oh Menelao, tu espíritu
se bañó en gozo. Y, respondiéndole, pronunció
estas aladas palabras:

602. -¡Antíloco! Aunque estaba irritado, seré yo
quien ceda; porque hasta aquí no has sido imprudente
ni ligero y ahora la juventud venció a
la razón. Absténte en lo sucesivo de querer engañar
a los que te son superiores. Ningún otro
aqueo me ablandaría tan pronto, pero has padecido
y trabajado mucho por mi causa, y tu
padre y tu hermano también; accederé, pues, a
tus súplicas y te daré la yegua, que es mía, para
que éstos sepan que mi corazón no fue nunca ni
soberbio ni cruel.

612. Dijo; entregó a Noemón, compañero de
Antíloco, la yegua para que se la llevara, y
tomó la reluciente caldera. Meriones, que había
llegado el cuarto, recogió los dos talentos de
oro. Quedaba el quinto premio, el vaso con dos
asas; y Aquiles levantólo, atravesó el circo y lo
ofreció a Néstor con estas palabras:

618. -Toma, anciano; sea tuyo este presente como
recuerdo de los funerales de Patroclo, a
quien no volverás a ver entre los argivos. Te
doy el premio porque no podrás ser parte ni en
el pugilato, ni en la lucha, ni en el certamen de
los dardos, ni en la carrera, que ya te abruma la
vejez penosa.

624. Así diciendo, se lo puso en las manos.
Néstor recibiólo con alegría, y respondió con
estas aladas palabras:

626. -Sí, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir.
Ya mis miembros no tienen el vigor de antes,
ni mis pies, ni mis brazos se mueven ágiles
a partir de los hombros. Ojalá fuese tan joven y
mis fuerzas tan robustas como cuando los epeos
enterraron en Buprasio al poderoso Amarinceo,
y los hijos de éste sacaron premios para los
juegos que debían celebrarse en honor del rey.
Allí ninguno de los epeos, ni de los pilios, ni de
los magnánimos etolios, pudo igualarse conmigo.
Vencí en el pugilato a Clitomedes, hijo de
Énope, y en la lucha a Anceo Pleuronio, que
osó afrontarme; en la carrera pasé delante de
Ificlo, que era robusto; y en arrojar la lanza superé
a Fileo y a Polidoro. Sólo los hijos de Áctor
mé dejaron atrás con su carro porque eran dos;
y me disputaron la victoria a causa de haberse
reservado los mejores premios para este juego.
Eran aquéllos hermanos gemelos, y el uno gobernaba
con firmeza los caballos, sí, gobernaba
con firmeza los caballos, mientras el otro con el
látigo los aguijaba. Así era yo en aquel tiempo.
Ahora los más jóvenes entren en las luchas; que
ya debo ceder a la triste senectud, aunque entonces
sobresaliera entre los héroes. Ve y continúa
celebrando los juegos fúnebres de tu amigo.
Acepto gustoso el presente, y se me alegra
el corazón al ver que te acuerdas siempre del
buen Néstor y no dejas de advertir con qué honores
he de ser honrado entre los aqueos. Las
deidades te concedan por ello abundantes gracias.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 20 Abr 2021, 12:33

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LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

651. Así habló; y el Pelida, oído todo el elogio
que de él hizo el Nelida, fuese por entre la muchedumbre
de los aqueos. En seguida sacó los
premios del duro pugilato: condujo al circo y
ató en medio de él una mula de seis años, cerril,
difícil de domar, que había de ser sufridora del
trabajo; y puso para el vencido una copa de
doble asa. Y, estando en pie, dijo a los argivos:

658. -¡Atrida y demás aqueos de hermosas grebas!
Invitemos a los dos varones que sean más
diestros, a que levanten los brazos y combatan
a puñadas por estos premios. Aquél a quien
Apolo conceda la victoria, reconociéndolo así
todos los aqueos, conduzca a su tienda la mula
sufridora del trabajo; el vencido se llevará la
copa de doble asa.

664. Así habló. Levantóse al instante un varón
fuerte, alto y experto en el pugilato: Epeo, hijo
de Panopeo. Y, poniendo la mano sobre la mula
paciente en el trabajo, dijo:

667. -Acérquese el que haya de llevarse la copa
de doble asa, pues no creo que ningún aqueo
consiga la mula, si ha de vencerme en el pugilato.
Me glorío de mantenerlo mejor que nadie.
¿No basta acaso que sea inferior a otros en la
batalla? No es posible que un hombre sea diestro
en todo. Lo que voy a decir se cumplirá: al
campeón que se me oponga le rasgaré la piel y
le aplastaré los huesos; los que de él hayan de
cuidar quédense aquí reunidos, para llevárselo
cuando sucumba a mis manos.

676. Así se expresó. Todos enmudecieron y
quedaron silenciosos. Y tan sólo se levantó para
luchar con él Euríalo, varón igual a un dios, hijo
del rey Mecisteo Talayónida, el cual fue a Teba
cuando murió Edipo y en los juegos fúnebres
venció a todos los cadmeos. El Tidida, famoso
por su lanza, animaba a Euríalo con razones,
pues tenía un gran deseo de que alcanzara la
victoria, y le ayudaba a disponerse para la lucha:
atóle el cinturón y le dio unas bien cortadas
correas de piel de buey salvaje. Ceñidos
ambos contendientes, comparecieron en medio
del circo, levantaron las robustas manos, acometiéronse
y los fornidos brazos se entrelazaron.
Crujían de un modo horrible las mandíbulas
y el sudor brotaba de todos los miembros. El
divino Epeo, arremetiendo, dio un golpe en la
mejilla de su rival que le espiaba; y Euríalo no
siguió en pie largo tiempo, porque sus hermosos
miembros desfallecieron. Como, encrespándose
la mar al soplo del Bóreas, salta un
pez en la orilla poblada de algas y las negras
olas lo cubren en seguida, así Euríalo, al recibir
el golpe, dio un salto hacia atrás. Pero el
magnánimo Epeo, cogiéndole por las manos, lo
levantó; rodeáronle los compañeros y se lo llevaron
del circo -arrastraba los pies, escupía
espesa sangre y la cabeza se le inclinaba a un
lado; sentáronle entre ellos, desvanecido, y fueron
a recoger la copa doble.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 20 Abr 2021, 12:41

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LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

700. El Pelida sacó después otros premios para
el tercer juego, la penosa lucha, y se los mostró
a los dánaos: para el vencedor un gran trípode,
apto para ponerlo al fuego, que los aqueos
apreciaban en doce bueyes; para el vencido,
una mujer diestra en muchas labores y valorada
en cuatro bueyes, que sacó en medio de
ellos. Y, estando en pie, dijo a los argivos:

707. -Levantaos, los que hayáis de entrar en esta
lucha.

708. Así habló. Alzóse en seguida el gran Ayante
Telamonio y luego el ingenioso Ulises, fecundo
en ardides. Puesto el ceñidor, fueron a
encontrarse en medio del circo y se cogieron
con los robustos brazos como se enlazan las
vigas que un ilustre artífice une, al construir
alto palacio, para que resistan el embate de los
vientos. Sus espaldas crujían, estrechadas fuertemente
por los vigorosos brazos; copioso sudor
les brotaba de todo el cuerpo; muchos
cruentos cardenales iban apareciendo en los
costados y en las espaldas; y ambos contendientes
anhelaban siempre alcanzar la victoria
y con ella el bien construido trípode. Pero ni
Ulises lograba hacer caer y derribar por el suelo
a Ayante, ni éste a aquél, porque la gran fuerza
de Ulises se lo impedía. Y cuando los aqueos de
hermosas grebas ya empezaban a cansarse de la
lucha, dijo el gran Ayante Telamonio:

723. -¡Laertíada, del linaje de Zeus, Ulises, fecundo
en ardides! Levántame, o te levantaré yo;
y Zeus se cuidará del resto.
725. Habiendo hablado así, lo levantaba; mas
Ulises no se olvidó de sus ardides, pues,
dándole por detrás un golpe en la corva, dejóle
sin vigor los miembros, le hizo venir al suelo,
de espaldas, y cayó sobre su pecho: la muchedumbre
quedó admirada y atónita al contemplarlo.
Luego, el divino y paciente Ulises alzó
un poco a Ayante, pero no consiguió sóstenerlo
en vilo; porque se le doblaron las rodillas y
ambos cayeron al suelo, el uno cerca del otro, y
se mancharon de polvo. Levantáronse, y hubieran
luchado por tercera vez, si Aquiles, poniéndose
en pie, no los hubiese detenido:

735. -No luchéis ya, ni os hagáis más daño. La
victoria quedó por ambos. Recibid igual premio
y retiraos para que entren en los juegos otros
aqueos.

738. Así dijo. Ellos le escucharon y obedecieron;
pues en seguida, después de haberse limpiado
el polvo, vistieron la túnica.

740. El Pelida sacó otros premios para la velocidad
en la carrera. Expuso primero una cratera
de plata labrada, que tenía seis medidas de capacidad
y superaba en hermosura a todas las
de la tierra. Los sidonios, eximios artífices, la
fabricaron primorosa; los fenicios, después de
llevarla por el sombrío ponto de puerto en
puerto, se la regalaron a Toante; más tarde,
Euneo Jasónida la dio al héroe Patroclo para
rescatar a Licaón, hijo de Príamo; y entonces
Aquiles la ofreció como premio, en honor del
difunto amigo, al que fuese más veloz en correr
con los pies ligeros. Para el que llegase el segundo
señaló un buey corpulento y pingüe, y
para el último, medio talento de oro. Y estando
en pie, dijo a los argivos:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 20 Abr 2021, 12:48

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LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

753. -Levantaos, los que hayáis de entrar en esta
lucha.

754. Así habló. Levantóse al instante el veloz
Ayante de Oileo, después el ingenioso Ulises, y
por fin Antíloco, hijo de Néstor, que en la carrera
vencía a todos los jóvenes. Pusiéronse en fila
y Aquiles les indicó la meta. Empezaron a correr
desde el sitio señalado, y el Oilíada se adelantó
a los demás, aunque el divino Ulises le
seguía de cerca. Cuanto dista del pecho el huso
que una mujer de hermosa cintura revuelve en
su mano, mientras devana el hilo de la trama, y
tiene constantemente junto al seno, tan inmediato
a Ayante corría el divinal Ulises: pisaba
las huellas de aquél antes de que el polvo cayera
en torno de las mismas y le echaba el aliento
a la cabeza, corriendo siempre con suma rapidez.
Todos los aqueos aplaudían los esfuerzos
que realizaba Ulises por el deseo de alcanzar la
victoria, y le animaban con sus voces. Mas
cuando les faltaba poco para terminar la carrera,
Ulises oró en su corazón a Atenea, la de ojos
de lechuza:

770. -Óyeme, diosa, y ven a socorrerme propicia,
dando a mis pies más ligereza.

771. Así dijo rogando. Palas Atenea le oyó, y
agitóle los miembros todos y especialmente
los pies y las manos. Ya iban a coger el premio,
cuando Ayante, corriendo, dio un resbalón
-pues Atenea quiso perjudicarle- en el lugar
que habían llenado de estiércol los bueyes mugidores
sacrificados por Aquiles, el de los pies
ligeros, en honor de Patroclo; y el héroe llenóse
de boñiga la boca y las narices. El divino y paciente
Ulises le pasó delante y se llevó la cratera;
y el preclaro Ayante se detuvo, tomó el buey
silvestre, y, asiéndolo por el asta, mientras escupía
el estiércol, habló así a los argivos:

782. -¡Oh dioses! Una diosa me.dañó los pies;
aquélla que desde antiguo socorre y favorece a
Ulises cual una madre.

784. Así dijo, y todos rieron con gusto. Antíloco
recibió, sonriente, el último premio; y dirigió
estas palabras a los argivos:

787. -Os diré, argivos, aunque todos lo sabéis,
que los dioses honran a los hombres de más
edad, hasta en los juegos. Ayante es un poco
mayor que yo; Ulises pertenece a la generación
precedente, a los hombres antiguos, dicen que
es ya de edad provecta, pero vigoroso, y contender
con él en la carrera es muy difícil para
cualquier aqueo que no sea Aquiles.

793. Así dijo, ensalzando al Pelida, de pies ligeros.
Aquiles respondióle con estas palabras:

795 -¡Antíloco! No en balde me habrás elogiado,
pues añado a tu premio medio talento de
oro.

797. Así diciendo, se lo puso en la mano, y Antíloco
lo recibió con alegría. Acto continuo el
Pelida sacó y colocó en el circo una larga pica,
un escudo y un casco, que eran las armas que
Patroclo había quitado a Sarpedón. Y puesto en
pie, dijo a los argivos:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 20 Abr 2021, 12:55

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LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

802. Invitemos a los dos varones que sean más
esforzados, a que, vistiendo las armas y asiendo
el tajante bronce, pongan a prueba su valor ante
el concurso. Al primero que logre tocar el gallardo
cuerpo de su adversario, le rasguñe el
vientre atrevesándole la armadura y le haga
brotar la negra sangre, daréle esta magnífica
espada tracia, tachonada con clavos de plata,
que quité a Asteropeo. Ambos campeones se
llevarán las restantes armas y les daremos un
espléndido banquete en nuestra tienda.

811. Así dijo. Levantóse en seguida el gran
Ayante Telamonio y luego el fuerte Diomedes
Tidida. Tan pronto como se hubieron armado,
separadamente de la muchedumbre, fueron a
encontrarse en medio del circo, deseosos de
combatir y mirándose con torva faz; y todos los
aqueos se quedaron atónitos. Cuando se hallaron
frente a frente, tres veces se acometieron y
tres veces procuraron herirse de cerca. Ayante
dio un bote en el escudo liso del adversario,
pero no pudo llegar a su cuerpo, porque la coraza
lo impidió. El Tidida intentaba alcanzar
con la punta de la luciente lanza el cuello de
aquél, por encima del gran escudo. Y los aqueos,
temiendo por Ayante, mandaron que cesara la
lucha y ambos contendientes se llevaran igual
premio; pero el héroe dio al Tidida la gran espada,
ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado
ceñidor.

826. Luego el Pelida sacó la bola de hierro sin
bruñir que en otro tiempo lanzaba el forzudo
Eetión: el divino Aquiles, el de los pies ligeros,
mató a este príncipe y se llevó en las naves la
bola con otras riquezas. Y, puesto en pie, dijo a
los argivos:

831. -¡Levantaos los que hayáis de entrar en esta
lucha! La presente bola procurará al que venciere
cuanto hierro necesite durante cinco años,
aunque sean muy extensos sus fértiles campos;
y sus pastores y labradores no tendrán que ir
por hierro a la ciudad.

836. Así habló. Levantóse en seguida el intrépido
Polipetes; después, el vigoroso Leonteo,
igual a un dios; luego, Ayante Telamoníada, y,
por fin, el divino Epeo. Pusiéronse en fila, y el
divino Epeo cogió la bola y la arrojó, después
de voltearla, y todos los aqueos se rieron. La
tiró el segundo, Leonteo, vástago de Ares. El
gran Ayante Telamonio la despidió también,
con su robusta mano, y logró pasar las señales
de los anteriores tiros. Tomóla entonces el intrépido
Polipetes y cuanta es la distancia a que
llega el cayado cuando lo lanza el pastor y voltea
por cima de la vacada, tanto pasó la bola el
espacio del circo; aplaudieron los aqueos, y los
amigos del esforzado Polipetes, levantándose,
llevaron a las cóncavas naves el premio que su
rey había ganado.

CONT.


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"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

"Madrid borra los versos de Miguel Hernández del memorial de las víctimas de la Guerra Civil en La Almudena"

SR. ALMEIDA RESTITUYA LOS VERSOS DE MIGUEL HERNÁNDEZ O QUEDARÁ COMO UN PREPOTENTE QUE INTENTÓ ACALLAR LA VOZ DE LA POESÍA
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 20 Abr 2021, 13:03

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXIII

Juegos en honor de Patroclo
CONT.

850. Luego sacó Aquiles azulado hierro para los
arqueros, colocando en el circo diez hachas
grandes y otras diez pequeñas. Clavó en la arena,
a lo lejos, un mástil de navío después de
atar en su punta, por el pie y con delgado cordel,
una tímida paloma; a invitóles a tirarle
saetas, diciendo:

855. -El que hiera a la tímida paloma llévese a su
casa todas las hachas grandes; el que acierte a
dar en la cuerda sin tocar al ave, como más inferior,
tomará las hachas pequeñas.

859. Así dijo. Levantóse en seguida el robusto
caudillo Teucro y luego Meriones, esforzado
escudero de Idomeneo. Echaron dos suertes en
un casco de bronce, y, agitándolas, salió primero
la de Teucro. Éste arrojó al momento y con
vigor una flecha, sin ofrecer a Apolo una hecatombe
perfecta de corderos primogénitos; y, si
bien no tocó al ave -negóselo Apolo-, la amarga
saeta rompió el cordel muy cerca de la pata por
la cual se había atado a la paloma: ésta voló al
cielo, el cordel quedó colgando y los aqueos
aplaudieron. Meriones arrebató apresuradamente
el arco de las manos de Teucro, acercó a
la cuerda la flecha que de antemano tenía preparada,
votó a Apolo sacrificarle una hecatombe
de corderos primogénitos; y, viendo a la
tímida paloma que daba vueltas allá en lo alto
del aire, cerca de las nubes, disparó y le atravesó
una de las alas. La flecha vino al suelo, a
los pies de Meriones; y el ave, posándose en el
mástil del navío de negra proa, inclinó el cuello
y abatió las tupidas alas, la vida huyó veloz de
sus miembros y aquélla cayó del mástil a lo
lejos. La gente lo contemplaba con admiración
y asombro. Meriones tomó, por tanto, todas las
diez hachas grandes, y Teucro se llevó a las
cóncavas naves las pequeñas.

884. Luego el Pelida sacó y colocó en el circo
una larga pica y una caldera no puesta aún al
fuego, que era del valor de un buey y estaba
decorada con flores. Dos hombres diestros en
arrojar la lanza se levantaron: el poderoso
Agamenón Atrida y Meriones, escudero esforzado
de Idomeneo. Y el divino Aquiles, el de
los pies ligeros, les dijo:

890. -¡Atrida! Pues sabemos cuánto aventajas a
todos y que así en la fuerza como en arrojar la
lanza eres el más señalado, toma este premio y
vuelve a las cóncavas naves. Y entregaremos la
pica al héroe Meriones, si te place lo que te
propongo.

895. Así habló. Agamenón, rey de hombres, no
dejó de obedecerle. Aquiles dio a Meriones la
pica de bronce, y el héroe Atrida tomó el
magnífico premio y se lo entregó al heraldo
Taltibio.

FIN DEL CANTO XXIII


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 21 Abr 2021, 07:10

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXIV (*)

Rescate de Héctor

(*)
Los dioses se apiadan de Héctor, y Zeus encarga
a Tetis que amoneste a su hijo para que
devuelva el cadáver, a la vez que manda a
Priamo, por medio de Iris, que con un solo
heraldo vaya con magníficos presentes a la
tienda de Aquileo para rescatar el cuerpo de
Héctor. Príamo obedece y parte con el heraldo
ideo y dos carros; antes de llegar al campamento
se les aparece Hermes, que los guía hasta la
tienda del héroe; entra Príamo y, echándose a
los pies de Aquiles, le dirige la súplica más
conmovedora; Aquiles entrega el cadáver, los
dos ancianos lo conducen a Troya y se celebran
con toda solemnidad las honras fúnebres de
Héctor, que era el principal sostén de la ciudad
asediada.


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