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HOMERO. Grecia Clásica.

Pascual Lopez Sanchez
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie Abr 09, 2021 9:34 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XIX

Renunciamiento de la cólera.
CONT.

199. -¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres,
Agamenón! Todo esto debierais hacerlo cuando
se suspenda el combate y no sea tan grande el
ardor que inflama mi pecho. ¡Yacen insepultos
los que mató Héctor Priámida cuando Zeus le
dio gloria, y vosotros nos aconsejáis que comamos!
Yo mandaría a los aqueos que combatieran
en ayunas, sin tomar nada; y que a la
puesta del sol, después de vengar la afrenta,
celebraran un gran banquete. Hasta entonces
no han de entrar en mi garganta ni manjares ni
bebidas, a causa de la muerte de mi compañero;
el cual yace en la tienda, atravesado por el agudo
bronce, con los pies hacia el vestíbulo y rodeado
de amigos que le lloran. Por esto, aquellas
cosas en nada interesan a mi espíritu, sino
tan sólo la matanza, la sangre y el triste gemir
de los guerreros.

215. Respondióle el ingenioso Ulises:

216. -¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más valiente
de todos los aqueos! Eres más fuerte que yo y
me superas no poco en el manejo de la lanza,
pero te aventajo mucho en el pensar, porque
nací antes y mi experiencia es mayor. Acceda,
pues, tu corazón a lo que voy a decir. Pronto se
cansan los hombres de pelear, si, haciendo caer
el bronce muchas espigas al suelo, la mies es
escasa, porque Zeus, el árbitro de la guerra
humana, inclina al otro lado la balanza. No es
justo que los aqueos lloren al muerto con el
vientre, pues siendo tantos los que sucumben
unos en pos de otros todos los días, ¿cuándo
podríamos respirar sin pena? Se debe enterrar
con ánimo firme al que muere y llorarle un día,
y luego cuantos hayan escapado del combate
funesto piensen en comer y beber para vestir
otra vez el indomable bronce y pelear continuamente
y con más tesón aún contra los enemigos.
Ningún guerrero deje de salir aguardando
otra exhortación, que para su daño la
esperará quien se quede junto a las naves argivas.
Vayamos todos juntos y excitemos al cruel
Ares contra los troyanos, domadores de caballos.

238. Dijo; mandó que le siguiesen los hijos del
glorioso Néstor, Meges Filida, Toante, Meriones,
Licomedes Creontíada y Melanipo, y encaminóse
con ellos a la tienda de Agamenón
Atrida. Y apenas hecha la proposición, ya estaba
cumplida. Lleváronse de la tienda los siete
trípodes que el Atrida había ofrecido, veinte
calderas relucientes y doce caballos; a hicieron
salir siete mujeres, diestras en primorosas labores,
y a Briseide, la de hermosas mejillas, que
fue la octava. Al volver, Ulises iba delante con
los diez talentos de oro que él mismo había
pesado, y le seguían los jóvenes aqueos con los
presentes. Pusiéronlo todo en medio del ágora;
alzóse Agamenón, y al lado del pastor de hombres
se puso Taltibio, cuya voz parecía la de
una deidad, sujetando con la mano a un jabalí.
El Atrida sacó el cuchillo que llevaba colgado
junto a la gran vaina de la espada, cortó por
primicias algunas cerdas del jabalí y oró, levantando
las manos a Zeus; y todos los argivos,
sentados en silencio y en buen orden, escuchaban
las palabras del rey. Éste, alzando los ojos
al anchuroso cielo, hizo esta plegaria:


CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

"Madrid borra los versos de Miguel Hernández del memorial de las víctimas de la Guerra Civil en La Almudena"

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie Abr 09, 2021 9:54 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XIX

Renunciamiento de la cólera.
CONT.

258. -Sean testigos Zeus, el más excelso y poderoso
de los dioses, y luego la Tierra, el Sol y las
Erinias que debajo de la tierra castigan a los
muertos que fueron perjuros, de que jamás he
puesto la mano sobre la joven Briseide para
yacer con ella ni para otra cosa alguna, sino que
en mi tienda ha permanecido intacta. Y si en
algo perjurare, envíenme los dioses los muchísimos
males con que castigan al que, jurando,
contra ellos peca.

266. Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalí
que Taltibio arrojó, haciéndole dar vueltas, a
gran abismo del espumoso mar para pasto de
los peces. Y Aquiles, levantándose entre los
belicosos argivos, habló en estos términos:

270. -¡Zeus padre! Grandes son los infortunios
que mandas a los hombres. Jamás el Atrida me
hubiera suscitado el enojo en el pecho, ni
hubiese tenido poder para arrebatarme la joven
contra mi voluntad; pero sin duda quería Zeus
que muriesen muchos aqueos. Ahora id a comer
para que luego trabemos el combate.

276. Así se expresó; y al momento disolvió el
ágora. Cada uno volvió a su respectiva nave.
Los magnánimos mirmidones se hicieron cargo
de los presentes, y, llevándolos hacia , el bajel
del divino Aquiles, dejáronlos en la tienda, dieron
sillas a las mujeres, y servidores ilustres
guiaron a los caballos al sitio en que los demás
estaban.

282. Briseide, que a la áurea Afrodita se asemejaba,
cuando vio a Patroclo atravesado por el
agudo bronce, se echó sobre el mismo y prorrumpió
en fuertes sollozos, mientras con las
manos se golpeaba el pecho, el delicado cuello
y el lindo rostro. Y, llorando aquella mujer
semejante a una diosa, así decía:

287. -¡Oh Patroclo, amigo carísimo al corazón de
esta desventurada! Vivo te dejé al partir de la
tienda, y te encuentro difunto al volver, oh
príncipe de hombres. ¡Cómo me persigue una
desgracia tras otra! Vi al hombre a quien me
entregaron mi padre y mi venerable madre,
atravesado por el agudo bronce al pie de los
muros de la ciudad; y los tres hermanos queridos
que una misma madre me diera murieron
también. Pero tú, cuando el ligero Aquiles mató
a mi esposo y tomó la ciudad del divino Mines,
no me dejabas llorar, diciendo que lograrías
que yo fuera la mujer legítima del divino Aquiles,
que éste me llevaría en su nave a Ftía y que
allí, entre los mirmidones, celebraríamos el
banquete nupcial. Y ahora que has muerto no
me cansaré de llorar por ti, que siempre has
sido afable.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

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Mensaje por Lluvia Abril Sáb Abr 10, 2021 4:46 pm

Excelente trabajo el tuyo.
Te sigo, como siempre y te doy las gracias, Pascual.


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"Las dificultades están hechas para estimular y no para quitar el ánimo.
El espíritu humano debe fortificarse en la lucha."

WILLIAM E. CHANNING
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Abr 10, 2021 9:41 pm

Gracias, Lluvia.

Sigo


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que traspasó y emocionó a los muertos.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Abr 10, 2021 9:51 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XIX

Renunciamiento de la cólera.
CONT.

301. Así dijo llorando, y las mujeres sollozaron,
aparentemente por Patroclo, y en realidad por
sus propios males. Los caudillos aqueos se reunieron
en torno de Aquiles y le suplicaron que
comiera; pero él se negó, dando suspiros:

305. -Yo os ruego, si alguno de mis compañeros
quiere obedecerme aún, que no me invitéis a
saciar-el deseo de comer o de beber; porque un
grave dolor se apodera de mí. Aguardaré hasta
la puesta del sol y soportaré la fatiga.

309.Así diciendo, despidió a los demás reyes, y
sólo se quedaron los dos Atridas, el divino Ulises,
Néstor, Idomeneo y el anciano jinete Fénix
para distraer a Aquiles, que estaba profundamente
afligido. Pero nada podía alegrar el corazón
del héroe, mientras no entrara en sangriento
combate. Y acordándose de Patroclo,
daba hondos y frecuentes suspiros, y así decía:

315. -En otro tiempo, tú, infeliz, el más amado
de los compañeros, me servías en esta tienda,
diligente y solícito, el agradable desayuno
cuando los aqueos se daban prisa por trabar el
luctuoso combate con los troyanos, domadores
de caballos. Y ahora yaces, atravesado por el
bronce, y yo estoy ayuno de comida y de bebida,
a pesar de no faltarme, por la soledad que
de ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni
que supiera que ha muerto mi padre, el cual
quizás llora allá en Ftía por no tener a su lado
un hijo como yo, mientras peleo con los troyanos
en país extranjero a causa de la odiosa Helena;
ni que falleciera mi hijo amado que se cría
en Esciro, si el deiforme Neoptólemo vive todavía.
Antes el corazón abrigaba en mi pecho la
esperanza de que sólo yo perecería aquí en
Troya, lejos de Argos, criador de caballos, y de
que tú, volviendo a Ftía, irías en una veloz nave
negra a Esciro, recogerías a mi hijo y le mostrarías
todos mis bienes: las posesiones, los esclavos
y el palacio de elevado techo. Porque me
figuro que Peleo ya no existe; y, si le queda un
poco de vida, estará afligido, se verá abrumado
por la odiosa vejez y temerá siempre recibir la
triste noticia de mi muerte.

338. Así dijo, llorando, y los caudillos gimieron,
porque cada uno se acordaba de aquéllos a
quienes había dejado en su respectivo palacio.
El Cronión, al verlos sollozar, se compadeció de
ellos, y al instante dirigió a Atenea estas aladas
palabras:

342 -¡Hija mía! Desamparas de todo en todo a
ese eximio varón. ¿Acaso tu espíritu ya no se
cuida de Aquiles? Hállase junto a las naves de
altas popas, llorando a su compañero amado;
los demás se fueron a comer, y él sigue en ayunas
y sin probar bocado. Ea, ve y derrama en su
pecho un poco de néctar y ambrosía para que el
hambre no le atormente.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Abr 10, 2021 10:02 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XIX

Renunciamiento de la cólera.
CONT.

349. Con tales palabras instigóle a hacer lo que
ella misma deseaba. Atenea emprendió el vuelo,
cual si fuese un halcón de anchas alas y
aguda voz, desde el cielo a través del éter. Ya
los aqueos se armaban en el ejército, cuando la
diosa derramó en el pecho de Aquiles un poco
de néctar y de ambrosía deliciosa, para que el
hambre molesta no hiciera flaquear las rodillas
del héroe; y en seguida regresó al sólido palacio
del prepotente padre. Los guerreros afluyeron a
un lugar algo distante de las veleras naves.
Cuan numerosos caen los copos de nieve que
envía Zeus y vuelan helados al impulso del
Bóreas, nacido en el éter, en tan gran número
veíanse salir del recinto de las naves los refulgentes
cascos, los abollonados escudos, las fuertes
corazas y las lanzas de fresno. El brillo llegaba
hasta el cielo; toda la tierra se mostraba
risueña por los rayos que el bronce despedía, y
un gran ruido se levantaba de los pies de los
guerreros. Armábase entre éstos el divino
Aquiles: rechinándole los dientes, con los ojos
centelleantes como encendida llama y el corazón
traspasado por insoportable dolor, lleno
de ira contra los troyanos, vestía el héroe la
armadura regalo del dios Hefesto, que la había
fabricado. Púsose en las piernas elegantes grebas
ajustadas con broches de plata; protegió su
pecho con la coraza; colgó del hombro una espada
de bronce guarnecida con argénteos clavos
y embrazó el grande y fuerte escudo cuyo
resplandor semejaba desde lejos al de la luna.
Como aparece el fuego encendido en un sitio
solitario en lo alto de un monte a los navegantes
que vagan por el mar, abundante en peces,
porque las tempestades los alejaron de sus
amigos; de la misma manera, el resplandor del
hermoso y labrado escudo de Aquiles llegaba al
éter. Cubrió después la cabeza con el fornido
yelmo de crines de caballo que brillaba como
un astro; y a su alrededor ondearon las áureas y
espesas crines que Hefesto había colocado en la
cimera. El divino Aquiles probó si la armadura
se le ajustaba, y si, llevándola puesta, movía
con facilidad los miembros; y las armas vinieron
a ser como alas que levantaban al pastor de
hombres. Sacó del estuche la lanza paterna,
pesada, grande y robusta, que entre todos los
aqueos solamente él podía manejar: había sido
cortada de un fresno de la cumbre del Pelio y
regalada por Quirón al padre de Aquiles para
que con ella matara héroes. En tanto, Automedonte
y Álcimo se ocupaban en uncir los caballos:
sujetáronlos con hermosas correas, les
pusieron el freno en la boca y tendieron las
riendas hacia atrás, atándolas al fuerte asiento.
Sin dilación cogió Automedonte el magnífico
látigo y saltó al carro. Aquiles, cuya armadura
relucía como el fúlgido Hiperión, subió también
y exhortó con horribles voces a los caballos
de su padre:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Abr 10, 2021 10:14 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XIX

Renunciamiento de la cólera.
CONT.

400. -¿Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga!
Cuidad de traer salvo a la muchedumbre de los
dánaos al que hoy os guía cuando nos hayamos
saciado de combatir, y no le dejéis muerto allá
como a Patroclo.

404. Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la
cabeza -sus crines, cayendo en torno de la extremidad
del yugo, llegaban al suelo, y,
habiéndole dotado de voz Hera, la diosa de los
níveos brazos, respondió desde debajo del yugo:

408. -Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles;
pero está cercano el día de tu muerte, y los
culpables no seremos nosotros, sino un dios
poderoso y la Parca cruel. No fue por nuestra
lentitud ni por nuestra pereza que los troyanos
quitaron la armadura de los hombros de Patroclo;
sino que el más fuerte de los dioses, a quien
parió Leto, la de hermosa cabellera, matóle entre
los combatientes delanteros y dio gloria a
Héctor. Nosotros correríamos tan veloces como
el soplo del Céfiro, que es tenido por el más
rápido. Pero también tú estás destinado a sucumbir
a manos de un dios y de un hombre.

418. Dichas estas palabras, las Erinias le cortaron
la voz. Y muy indignado, Aquiles, el de los
pies ligeros, le dijo:

420. -¡Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte?
Ninguna necesidad tienes de hacerlo. Ya sé que
mi destino es perecer aquí, lejos de mi padre y
de mi madre; mas, con todo eso, no he de descansar
hasta que harte de combate a los troyanos.

424. Dijo; y, dando voces, dirigió los solípedos
caballos por las primeras filas.

FIN DEL CANTO XIX.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Abr 10, 2021 10:19 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XX (*)

Combate de los dioses

(*)
Los dioses, en asamblea extraordinaria, no se
ponen de acuerdo sobre a quién habia que favorecer.
Aquiles, enfurecido, vuelve al combate
y mata a tantos troyanos que los cadáveres obstruyen
la corriente del río Janto.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Abr 10, 2021 10:28 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XX

Combate de los dioses


1. Mientras los aqueos se armaban junto a los
corvos bajeles, alrededor de ti, oh hijo de Peleo,
incansable en la batalla, los troyanos se apercibían
también para el combate en una eminencia
de la llanura.

4. Zeus ordenó a Temis que, partiendo de las
cumbres del Olimpo, en valles abundante, convocase
al ágora a los dioses, y ella fue de un
lado para otro y a todos les mandó que acudieran
al palacio de Zeus. No faltó ninguno de los
ríos, a excepción del Océano; y de cuantas ninfas
habitan los bellos bosques, las fuentes de los
ríos y los herbosos prados, ninguna dejó de
presentarse. Tan luego como llegaban al palacio
de Zeus, que amontona las nubes, sentábanse
en bruñidos pórticos, que para el padre Zeus
había construido Hefesto con sabia inteligencia.

13. Allí, pues, se reunieron. Tampoco el que bate
la tierra desobedeció a la diosa, sino que, dirigiéndose
desde el mar a los dioses, se sentó en
medio de todos y exploró la voluntad de Zeus:

16. -¿Por qué, oh tú que lanzas encendidos rayos,
llamas de nuevo a los dioses al ágora?
¿Acaso tienes algún propósito acerca de los
troyanos y de los aqueos? El combate y la pelea
vuelven a encenderse entre ambos pueblos.

19. Respondióle Zeus, que amontona las nubes:

20. -Entendiste, tú que bates la tierra, el designio
que encierra mi pecho y por el cual os he reunido.
Me cuido de ellos, aunque van a perecer.
Yo me quedaré sentado en la cumbre del Olimpo
y recrearé mi espíritu contemplando la batalla;
y los demás ¡dos hacia los troyanos y los
aqueos y cada uno auxilie a los que quiera.
Pues, si Aquiles combatiese sólo con los troyanos,
éstos no resistirían ni un instante la acometida
del Pelión, el de los pies ligeros. Ya antes
huían espantados al verlo; y temo que ahora,
que tan enfurecido tiene el ánimo por la muerte
de su compañero, destruya el muro de Troya
contra la decisión del hado.

31. Así habló el Cronida y promovió una gran
batalla. Los dioses fueron al combate divididos
en dos bandos: encamináronse a las naves
Hera, Palas Atenea, Posidón, que ciñe la tierra,
el benéfico Hermes de prudente espíritu, y con
ellos Hefesto, que, orgulloso de su fuerza, cojeaba
arrastrando sus gráciles piernas; y enderezaron
sus pasos a los troyanos Ares, el de
tremolante casco, el intenso Febo, Ártemis, que
se complace en tirar flechas, Leto, el Janto y la
risueña Afrodita.

41. Mientras los dioses se mantuvieron alejados
de los hombres, mostráronse los aqueos muy
ufanos porque Aquiles volvía a la batalla después
del largo tiempo en que se había abstenido
de tener parte en la triste guerra, y los troyanos
se espantaron y un fuerte temblor les
ocupó los miembros, tan pronto como vieron al
Pelión, ligero de pies, que con su reluciente
armadura semejaba al dios Ares, funesto a los
mortales. Mas, luego que las olímpicas deidades
penetraron por entre la muchedumbre de
los guerreros, levantóse la terrible Discordia,
que enardece a los varones; Atenea daba fuertes
gritos, unas veces a orillas del foso cavado
al pie del muro, y otras en los altos y sonoros
promontorios; y Ares, que parecía un negro
torbellino, vociferaba también y animaba vivamente
a los troyanos, ya desde el punto más
alto de la ciudad, ya corriendo por la Bella Colina,
a orillas del Simoente.

CONT:


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Abr 10, 2021 10:37 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XX

Combate de los dioses
. CONT.

54. De este modo los felices dioses, instigando a
unos y a otros, los hicieron venir a las manos y
promovieron una reñida contienda. El padre de
los hombres y de los dioses tronó horriblemente
en las alturas; Posidón, por debajo, sacudió la
inmensa tierra y las excelsas cumbres de los
montes; y retemblaron así las laderas y las cimas
del Ida, abundante en manantiales, como
la ciudad troyana y las naves aqueas. Asustóse
Aidoneo, rey de los infiernos, y saltó del trono
gritando; no fuera que Posidón, que sacude la
tierra, la desgarrase y se hicieran visibles las
mansiones horrendas y tenebrosas que las
mismas deidades aborrecen. ¡Tanto estrépito se
produjo cuando los dioses entraron en combate!
Al soberano Posidón le hizo frente Febo
Apolo con sus aladas flechas; a Enialio, Atenea,
la diosa de ojos de lechuza; a Hera, Ártemis,
que lleva arco de oro, ama el bullicio de la caza,
se complace en tirar saetas y es hermana del
que hiere de lejos; a Leto, el poderoso y benéfico
Hermes; y a Hefesto, el gran río de profundos
vórtices, llamado por los dioses Janto y
por los hombres Escamandro.

75. Así los dioses salieron al encuentro los unos
de los otros. Aquiles deseaba romper por el
gentío en derechura a Héctor Priámida, pues el
ánimo le impulsaba a saciar con la sangre del
héroe a Ares, infatigable luchador. Mas Apolo,
que enardece a los guerreros, movió a Eneas a
oponerse al Pelión, infundiéndole gran valor y
hablándole así, después de tomar la voz y la
figura de Licaón, hijo de Príamo:

83. -¡Eneas, consejero de los troyanos! ¿Qué es
de aquellas amenazas hechas por ti en los banquetes
de los reyes troyanos, de que saldrías a
combatir con el Pelida Aquiles?

86. Y a su vez Eneas le respondió diciendo:

87. -¡Priámida! ¿Por qué me ordenas que luche,
sin desearlo mi voluntad, con el animoso Pelión?
No fuera la primera vez que me viese
frente a Aquiles, el de los pies ligeros: en otro
tiempo, cuando vino adonde pacían nuestras
vacas y tomó a Lirneso y a Pédaso, persiguióme
por el Ida con su lanza; y Zeus me salvó,
dándome fuerzas y agilizando mis rodillas. Sin
su ayuda hubiese sucumbido a manos de Aquiles
y de Atenea, que le precedía, le daba la victoria
y le animaba a matar léleges y troyanos
con la broncínea lanza. Por eso ningún hombre
puede combatir con Aquiles, porque a su lado
asiste siempre alguna deidad que le libra de la
muerte. En cambio, su lanza vuela recta y no se
detiene hasta que ha atravesado el cuerpo de
un enemigo. Si un dios igualara las condiciones
del combate, Aquiles no me vencería fácilmente;
aunque se gloriase de ser todo de bronce.

CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Abr 10, 2021 10:48 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XX

Combate de los dioses
. CONT.

54. De este modo los felices dioses, instigando a
unos y a otros, los hicieron venir a las manos y
promovieron una reñida contienda. El padre de
los hombres y de los dioses tronó horriblemente
en las alturas; Posidón, por debajo, sacudió la
inmensa tierra y las excelsas cumbres de los
montes; y retemblaron así las laderas y las cimas
del Ida, abundante en manantiales, como
la ciudad troyana y las naves aqueas. Asustóse
Aidoneo, rey de los infiernos, y saltó del trono
gritando; no fuera que Posidón, que sacude la
tierra, la desgarrase y se hicieran visibles las
mansiones horrendas y tenebrosas que las
mismas deidades aborrecen. ¡Tanto estrépito se
produjo cuando los dioses entraron en combate!
Al soberano Posidón le hizo frente Febo
Apolo con sus aladas flechas; a Enialio, Atenea,
la diosa de ojos de lechuza; a Hera, Ártemis,
que lleva arco de oro, ama el bullicio de la caza,
se complace en tirar saetas y es hermana del
que hiere de lejos; a Leto, el poderoso y benéfico
Hermes; y a Hefesto, el gran río de profundos
vórtices, llamado por los dioses Janto y
por los hombres Escamandro.

75. Así los dioses salieron al encuentro los unos
de los otros. Aquiles deseaba romper por el
gentío en derechura a Héctor Priámida, pues el
ánimo le impulsaba a saciar con la sangre del
héroe a Ares, infatigable luchador. Mas Apolo,
que enardece a los guerreros, movió a Eneas a
oponerse al Pelión, infundiéndole gran valor y
hablándole así, después de tomar la voz y la
figura de Licaón, hijo de Príamo:

83. -¡Eneas, consejero de los troyanos! ¿Qué es
de aquellas amenazas hechas por ti en los banquetes
de los reyes troyanos, de que saldrías a
combatir con el Pelida Aquiles?

86. Y a su vez Eneas le respondió diciendo:

87. -¡Priámida! ¿Por qué me ordenas que luche,
sin desearlo mi voluntad, con el animoso Pelión?
No fuera la primera vez que me viese
frente a Aquiles, el de los pies ligeros: en otro
tiempo, cuando vino adonde pacían nuestras
vacas y tomó a Lirneso y a Pédaso, persiguióme
por el Ida con su lanza; y Zeus me salvó,
dándome fuerzas y agilizando mis rodillas. Sin
su ayuda hubiese sucumbido a manos de Aquiles
y de Atenea, que le precedía, le daba la victoria
y le animaba a matar léleges y troyanos
con la broncínea lanza. Por eso ningún hombre
puede combatir con Aquiles, porque a su lado
asiste siempre alguna deidad que le libra de la
muerte. En cambio, su lanza vuela recta y no se
detiene hasta que ha atravesado el cuerpo de
un enemigo. Si un dios igualara las condiciones
del combate, Aquiles no me vencería fácilmente;
aunque se gloriase de ser todo de bronce.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Abr 10, 2021 10:57 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XX

Combate de los dioses.
CONT.

153. Así unos y otros, sentados en dos grupos,
deliberaban y no se decidían a empezar el funesto
combate. Y Zeus desde lo alto les incitaba
a comenzarlo.

156. Todo el campo, lleno de hombres y caballos,
resplandecía con el lucir del bronce; y la
tierra retumbaba debajo de los pies de los guerreros
que a luchar salían. Dos varones, señalados
entre los más valientes, deseosos de combatir,
se adelantaron a los suyos para encontrarse
entre ambos ejércitos: Eneas, hijo de Anquises,
y el divino Aquiles. Presentóse primero Eneas,
amenazador, tremolando el sólido casco: protegía
el pecho con el fuerte escudo y vibraba
broncínea lanza. Y el Pelida desde el otro lado
fue a oponérsele como un voraz león, para matar
al cual se reúnen los hombres de todo un
pueblo; y el león al principio sigue su camino
despreciándolos; mas, así que uno de los belicosos
jóvenes le hiere con un venablo, se vuelve
hacia él con la boca abierta, muestra los dientes
cubiertos de espuma, siente gemir en su pecho
el corazón valeroso, se azota con la cola muslos
y caderas para animarse a pelear, y con los ojos
centelleantes arremete fiero hasta que mata a
alguien o él mismo perece en la primera fila; así
le instigaban a Aquiles su valor y ánimo esforzado
a salir al encuentro del magnánimo
Eneas. Y tan pronto como se hallaron frente a
frente, el divino Aquiles, el de los pies ligeros,
habló diciendo:

178. -¡Eneas! ¿Por qué te adelantas tanto a la
turba y me aguardas? ¿Acaso el ánimo te incita
a combatir conmigo por la esperanza de reinar
sobre los troyanos, domadores de caballos, con
la dignidad de Príamo? Si me matases, no
pondría Príamo en tu mano tal recompensa;
porque tiene hijos, conserva entero el juicio y
no seas insensato. ¿O quizás te han prometido los
troyanos acotarte un hermoso campo de frutales
y sembradío que a los demás aventaje, para
que puedas cultivarlo, si me quitas la vida? Me
figuro que te será difícil conseguirlo. Ya otra
vez te puse en fuga con mi lanza. ¿No recuerdas
que, hallándote solo, te aparté de tus bueyes
y te perseguí por el monte Ida corriendo
con ligera planta? Entonces huías sin volver la
cabeza. Luego te refugiaste en Lirneso y yo
tomé la ciudad con la ayuda de Atenea y del
padre Zeus, y me llevé las mujeres haciéndolas
esclavas; mas a ti te salvaron Zeus y los demás
dioses. No creo que ahora te guarden, como
espera tu corazón; y te aconsejo que vuelvas a
tu ejército y no te quedes frente a mí, antes que
padezcas algún daño; que el necio sólo conoce
el mal cuando ha llegado.

199. Y a su vez Eneas le respondió diciendo:

CONT.



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Abr 10, 2021 11:14 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XX

Combate de los dioses.
CONT.

200. -¡Pelida! No creas que con esas palabras me
asustarás como a un niño, pues también sé proferir
injurias y baldones. Conocemos el linaje de
cada uno de nosotros y cuáles fueron nuestros
respectivos padres, por haberlo oído contar a
los mortales hombres; que ni tú viste a los míos,
ni yo a los tuyos. Dicen que eres prole del eximio
Peleo y tienes por madre a Tetis, ninfa marina
de hermosas trenzas; mas yo me glorío de
ser hijo del magnánimo Anquises y mi madre
es Afrodita: aquéllos o éstos tendrán que llorar
hoy la muerte de su hijo, pues no pienso que
nos separemos sin combatir, después de dirigirnos
pueriles insultos. Si deseas saberlo, te
diré cuál es mi linaje, de muchos conocido.
Primero Zeus, que amontona las nubes, engendró
a Dárdano, y éste fundó la Dardania al
pie del Ida, en manantiales abundoso; pues aún
la sacra Ilio, ciudad de hombres de voz articulada,
no había sido edificada en la llanura.
Dárdano tuvo por hijo al rey Erictonio, que fue
el más opulento de los mortales hombres: poseía
tres mil yeguas que, ufanas de sus tiernos
potros, pacían junto a un pantano.- El Bóreas
enamoróse de algunas de las que vio pacer, y,
transfigurado en caballo de negras crines, hubo
de ellas doce potros que en la fértil tierra saltaban
por encima de las mieses sin romper las
espigas y en el ancho dorso del espumoso mar
corrían sobre las mismas olas.- Erictonio fue
padre de Tros, que reinó sobre los troyanos; y
éste dio el ser a tres hijos irreprensibles: Ilo,
Asáraco y el deiforme Ganimedes, el más hermoso
de los hombres, a quien arrebataron los
dioses a causa de su belleza para que escanciara
el néctar a Zeus y viviera con los inmortales. Ilo
engendró al eximio Laomedonte, que tuvo por
hijos a Titono, Príamo, Lampo, Clitio a Hicetaón,
vástago de Ares. Asáraco engendró a Capis,
cuyo hijo fue Anquises. Anquises me engendró
a mí, y Príamo al divino Héctor. Tal
alcurnia y tal sangre me glorío de tener. Pero
Zeus aumenta o disminuye el valor de los guerreros
como le place, porque es el más poderoso.
Ea, no nos digamos más palabras como si
fuésemos niños, parados así en medio del campo
de batalla. Fácil nos sería inferimos tantas
injurias, que una nave de cien bancos de remeros
no podría llevarlas. Es voluble la lengua de
los hombres, y de ella salen razones de todas
clases; hállanse muchas palabras acá y allá, y
cual hablares tal oirás la respuesta. Mas ¿qué
necesidad tenemos de altercar, disputando a
injuriándonos, como mujeres irritadas, las cuales,
movidas por roedor encono, salen a la calle
y se zahieren diciendo muchas cosas, verdaderas
unas y falsas otras, que la cólera les dicta?
No lograrás con tus palabras que yo, estando
deseoso de combatir, pierda el valor antes de
que con el bronce y frente a frente peleemos.
Ea, acometámonos en seguida con las broncíneas
lanzas.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Abr 10, 2021 11:20 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XX

Combate de los dioses.
CONT.

259. Dijo; y, arrojando la fornida lanza, clavóla
en el terrible y horrendo escudo de Aquiles,
que resonó grandemente en torno de ella. El
Pelida, temeroso, apartó el escudo con la robusta
mano, creyendo que la luenga lanza del
magnánimo Eneas lo atravesaría fácilmente.
¡Insensato! No pensó en su mente ni en su espíritu
que los eximios presentes de los dioses no
pueden ser destruidos con facilidad por los
mortales hombres, ni ceder a sus fuerzas. Y así
la pesada lanza de Eneas no perforó entonces la
rodela por haberlo impedido la lámina de oro
que el dios puso en medio, sino que atravesó
dos capas y dejó tres intactas, porque eran cinco
las que el dios cojo había reunido: las dos de
bronce, dos interiores de estaño, y una de oro,
que fue donde se detuvo la lanza de fresno.

273. Aquiles despidió luego la ingente lanza, y
acertó a dar en el borde del liso escudo de Eneas,
sitio en que el bronce era más delgado y el
boyuno cuero más tenue: el fresno del Pelión
atravesólo, y todo el escudo resonó. Eneas,
amedrentado, se encogió y levantó el escudo; la
lanza, deseosa de proseguir su curso, pasóle
por cima del hombro, después de romper los
dos círculos de la rodela, y se clavó en el suelo;
y el héroe, evitado ya el golpe, quedóse inmóvil
y con los ojos muy espantados de ver que aquélla
había caído tan cerca. Aquiles desnudó la
aguda espada; y, profiriendo horribles voces,
arremetió contra Eneas; y éste, a su vez, cogió
una gran piedra que dos de los hombres actuales
no podrían llevar y que él manejaba fácilmente.
Y Eneas tirara la piedra a Aquiles y le
acertara en el casco o en el escudo que habría
apartado del héroe la triste muerte, y el Pelida
privara de la vida a Eneas, hiriéndole de cerca
con la espada, si al punto no lo hubiese advertido
Posidón, que sacude la tierra, el cual dijo
entre los dioses inmortales:

293. -¡Oh dioses! Me causa pesar el magnánimo
Eneas, que pronto, sucumbiendo a manos del
Pelión, descenderá al Hades por haber obedecido
las palabras de Apolo, que hiere de lejos.
¡Insensato! El dios no le librará de la triste
muerte. Mas ¿por qué ha de padecer, sin ser
culpable, las penas que otros merecen, habiendo
ofrecido siempre gratos presentes a los dioses
que habitan el anchuroso cielo? Ea, librémosle
de la muerte, no sea que el Cronida se
enoje si Aquiles lo mata, pues el destino quiere
que se salve a fin de que no perezca sin descendencia
ni se extinga del todo el linaje de
Dárdano, que fue amado por el Cronida con
preferencia a los demás hijos que tuvo de mujeres
mortales. Ya el Cronión aborrece a los descendientes
de Príamo; pero el fuerte Eneas reinará
sobre los troyanos, y luego los hijos de sus
hijos que sucesivamente nazcan.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom Abr 11, 2021 4:27 pm

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LA ILIADA

CANTO XX

Combate de los dioses.
CONT.

309. Respondióle Hera veneranda, la de ojos de
novilla:

310. -¡Oh tú que sacudes la tierra! Resuelve tú
mismo si has de salvar a Eneas o permitir que,
no obstante su valor, sea muerto por el Pelida
Aquiles. Pues así Palas Atenea como yo hemos
jurado repetidas veces a vista de los inmortales
todos, que jamás libraríamos a los troyanos del
día funesto, aunque Troya entera fuese pasto
de las voraces llamas por haberla incendiado
los belicosos aqueos.

318. Cuando Posidón, que sacude la tierra, oyó
estas palabras, fuese; y andando por la liza,
entre el estruendo de las lanzas, llegó adonde
estaban Eneas y el ilustre Aquiles. Al momento
cubrió de niebla los ojos del Pelida Aquiles,
arrancó del escudo del magnánimo Eneas la
lanza de fresno con punta de bronce que depositó
a los pies de aquél, y arrebató al troyano
alzándolo de la tierra. Eneas, sostenido por la
mano del dios, pasó por cima de muchas filas
de héroes y caballos hasta llegar al otro extremo
del impetuoso combate, donde los caucones se
armaban para pelear. Y entonces Posidón, que
sacude la tierra, se le presentó, y le dijo estas
aladas palabras:

332. -¡Eneas! ¿Cuál de los dioses te ha ordenado
que cometieras la locura de luchar cuerpo a
cuerpo con el animoso Pelión, que es más fuerte
que tú y más caro a los inmortales? Retírate
cuantas veces le encuentres, no sea que lo haga
descender a la morada de Hades antes de lo
dispuesto por el hado. Mas, cuando Aquiles
haya muerto, por haberse cumplido su destino,
pelea confiadamente entre los combatientes
delanteros, que no te matará ningún otro
aqueo.

340. Así diciendo, dejó a Eneas allí, después que
le hubo amonestado y apartó la obscura niebla
de los ojos de Aquiles. Éste volvió a ver con
claridad, y, gimiendo, a su magnánimo espíritu
le decía:

344. -¡Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi
vista se ofrece: esta lanza yace en el suelo y no
veo al varón contra quien la arrojé, con intención
de matarle. Ciertamente a Eneas le aman
los inmortales dioses; ¡y yo creía que se jactaba
de ello vanamente! Váyase, pues; que no tendrá
ánimo para medir de nuevo sus fuerzas conmigo,
quien ahora huyó gustoso de la muerte.
Exhortaré a los belicosos dánaos y probaré el
valor de los demás enemigos, saliéndoles al
encuentro.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom Abr 11, 2021 4:35 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XX

Combate de los dioses.
CONT.

353. Dijo; y, saltando por entre las filas, animaba
a los guerreros:

354 -¡No permanezcáis alejados de los troyanos,
divinos aqueos! Ea, cada hombre embista a otro
y sienta anhelo por pelear. Difícil es que yo
solo, aunque sea valiente, persiga a tantos guerreros
y con todos luche; y ni a Ares, que es un
dios inmortal, ni a Atenea, les sería posible recorrer
un campo de batalla tan vasto y combatir
en todas partes. En lo que puedo hacer con mis
manos, mis pies o mi fuerza, no me muestro
remiso. Entraré por todos lados en las hileras
de las falanges enemigas, y me figuro que no se
alegrarán los troyanos que a mi lanza se acerquen.

364. Con estas palabras los animaba. También el
esclarecido Héctor exhortaba a los troyanos,
dando gritos, y aseguraba que saldría al encuentro
de Aquiles:

366 -¡Animosos troyanos! ¡No temáis al Pelión!
Yo de palabra combatiría hasta con los inmortales;
pero es difícil hacerlo con la lanza, siendo,
como son, mucho más fuertes. Aquiles no llevará
al cabo todo cuanto dice, sino que en parte
lo cumplirá y en parte lo dejará a medio hacer.
Iré a encontrarlo, aunque por sus manos se parezca
a la llama; sí, aunque por sus manos se
parezca a la llama, y por su fortaleza al reluciente
hierro.

373. Con tales voces los excitaba. Los troyanos
calaron las lanzas; trabóse el combate y se produjo
gritería, y entonces Febo Apolo se acercó a
Héctor y le dijo:

376. -¡Héctor! No te adelantes para luchar con
Aquiles; espera su acometida mezclado con la
muchedumbre, confundido con la turba. No sea
que consiga herirte desde lejos con arma arrojadiza,
o de cerca con la espada.

379. Así habló. Héctor se fue, amedrentado, por
entre la multitud de guerreros apenas acabó de
oír las palabras del dios. Aquiles, con el corazón
revestido de valor y dando horribles gritos,
arremetió a los troyanos, y empezó por
matar al valeroso Ifitión Otrintida, caudillo de
muchos hombres, a quien una ninfa náyade
había tenido de Otrinteo, asolador de ciudades,
en el opulento pueblo de Hida, al pie del nevado
Tmolo: el divino Aquiles acertó a darle con
la lanza en medio de la cabeza, cuando arremetía
contra él, y se la dividió en dos partes. El
troyano cayó con estrépito, y el divino Aquiles
se glorió diciendo:

389. -¡Yaces en el suelo, Otrintida, el más portentoso
de todos los hombres! En este lugar te
sorprendió la muerte; a ti, que habías nacido a
orillas del lago Gigeo, donde tienes la heredad
paterna, junto al Hilo, abundante en peces, y el
Hermo voraginoso.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom Abr 11, 2021 4:43 pm

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CANTO XX

Combate de los dioses.
CONT.

393. Así dijo jactándose. Las tinieblas cubrieron
los ojos de Ifitión, y los carros de los aqueos lo
despedazaron con las llantas de sus ruedas en
el primer reencuentro. Aquiles hirió, después,
en la sien, atravesándole el casco de broncíneas
carrilleras, a Demoleonte, valiente adalid en el
combate, hijo de Anténor; y el casco de bronce
no detuvo la lanza, pues la punta entró y rompió
el hueso, conmovióse interiormente el cerebro,
y el troyano sucumbió cuando peleaba con
ardor. Luego, como Hipodamante saltara del
carro y se diese a la fuga, le envasó la pica en la
espalda: aquél exhalaba el aliento y bramaba
como el toro que los jóvenes arrastran a los altares
del soberano Heliconio y el dios que sacude
la tierra se goza al verlo; así bramaba
Hipodamante cuando el alma valerosa dejó sus
huesos. Seguidamente acometió con la lanza al
deiforme Polidoro Priámida, a quien su padre
no permitía que fuera a las batallas porque era
el menor y el predilecto de sus hijos. Nadie
vencía a Polidoro en la carrera; y entonces, por
pueril petulancia, haciendo gala de la ligereza
de sus pies, agitábase el troyano entre los combatientes
delanteros, hasta que perdió la vida:
al verlo pasar, el divino Aquiles, ligero de pies,
hundióle la lanza en medio de la espalda, donde
los anillos de oro sujetaban el cinturón y era
doble la coraza, y la punta salió al otro lado
cerca del ombligo; el joven cayó de rodillas
dando lastimeros gritos; obscura nube le envolvió;
e, inclinándose, procuraba sujetar con sus
manos los intestinos, que le salían por la herida.

419. Tan pronto como Héctor vio a su hermano
Polidoro cogiéndose las entrañas y encorvado
hacia el suelo, se le puso una nube ante los ojos
y ya no pudo combatir a distancia; sino que,
blandiendo la aguda lanza e impetuoso como
una llama, se dirigió al encuentro de Aquiles. Y
éste, al advertirlo, saltó hacia él, y dijo muy
ufano estas palabras:

425. -Cerca está el hombre que ha inferido a mi
corazón la más grave herida, el que mató a mi
compañero amado. Ya no huiremos asustados,
el uno del otro, por los senderos del combate.

428 Dijo; y mirando con torva faz al divino
Héctor, le gritó:

429. -iAcércate para que más pronto llegues de
tu perdición al término!

430. Sin turbarse, le respondió Héctor, el de
tremolante casco:

431. -¡Pelida! No esperes amedrentarme con
palabras como a un niño; también yo sé proferir
injurias y baldones. Reconozco que eres valiente
y que te soy muy inferior. Pero en la mano de
los dioses está si yo, siendo inferior, te quitaré
la vida con mi lanza; pues también tiene afilada
punta.

438. En diciendo esto, blandió y arrojó su lanza;
pero Atenea con un tenue soplo apartóla del
glorioso Aquiles, y el arma volvió hacia el divino
Héctor y cayó a sus pies. Aquiles acometió,
dando horribles gritos, a Héctor, con intención
de matarlo; pero Apolo arrebató al troyano,
haciéndolo con gran facilidad por ser dios, y lo
cubrió con densa niebla. Tres veces el divino
Aquiles, ligero de pies, atacó con la broncínea
lanza, tres veces dio el golpe en el aire. Y cuando,
semejante a un dios, arremetía por cuarta
vez, increpó el héroe a Héctor con voz terrible,
dirigiéndole estas aladas palabras:

CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom Abr 11, 2021 4:50 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XX

Combate de los dioses.
CONT.

449. -¡Otra vez te has librado de la muerte, perro!
Muy cerca tuviste la perdición, pero te
salvó Febo Apolo, a quien debes de rogar
cuando sales al campo antes de oír el estruendo
de los dardos. Yo acabaré contigo si más tarde
te encuentro y un dios me ayuda. Y ahora perseguiré
a los demás que se me pongan al alcance.

453. Así dijo; y con la lanza hirió en medio del
cuello a Dríope, que cayó a sus pies. Dejóle, y al
momento detuvo a Demuco Filetórida, valeroso
y alto, a quien pinchó con la lanza en una rodilla,
y luego quitóle la vida con la gran espada.
Después acometió a Laógono y a Dárdano,
hijos de Biante: habiéndolos derribado del carro
en que iban, a aquél le hizo perecer arrojándole
la lanza, y a éste hiriéndole de cerca con la espada.
También mató a Tros Alastórida, que
vino a abrazarle las rodillas por si compadeciéndose
de él, que era de la misma edad del
héroe, en vez de matarlo le hacía prisionero y lo
dejaba vivo. ¡Insensato! No conoció que no
podría persuadirle, pues Aquiles no era hombre
de condición benigna y mansa, sino muy
violento. Ya aquél le tocaba las rodillas con intención
de suplicarle, cuando le hundió la espada
en el hígado: derramóse éste, llenando de
negra sangre el pecho, y las tinieblas cubrieron
los ojos del troyano, que quedó exánime. Inmediatamente
Aquiles se acercó a Mulio; y, metiéndole
la lanza en una oreja, la broncínea
punta salió por la otra. Más tarde hirió en medio
de la cabeza a Equeclo, hijo de Agenor, con
la espada provista de empuñadura: la hoja entera
se calentó con la sangre, y la purpúrea
muerte y la parca cruel velaron los ojos del
guerrero. Posteriormente atravesó con la
broncínea lanza el brazo de Deucalión, en el
sitio donde se juntan los tendones del codo; y el
troyano esperóle, con la mano entorpecida y
viendo que la muerte se le acercaba: Aquiles le
cercenó de un tajo la cabeza, que con el casco
arrojó a lo lejos, la medula salió de las vértebras
y el guerrero quedó tendido en el suelo. Dirigióse
acto seguido contra Rigmo, ilustre hijo de
Píroo, que había llegado de la fértil Tracia, y le
hirió en medio del cuerpo: clavóle la broncínea
lanza en el pulmón, y le derribó del carro. Y,
como viera que su escudero Areítoo torcía la
rienda a los caballos, envasóle la aguda lanza
en la espalda, y también le derribó en tierra,
mientras los corceles huían espantados.

490. De la suerte que, al estallar abrasador incendio
en los hondos valles de árida montaña,
arde la poblada selva, y el viento mueve las
llamas que giran a todos lados; de la misma
manera, Aquiles se revolvía furioso con la lanza,
persiguiendo, cual una deidad, a los que
estaban destinados a morir; y la negra tierra
manaba sangre. Como, uncidos al yugo dos
bueyes de ancha frente para que trillen la blanca
cebada en una era bien dispuesta, se desmenuzan
presto las espigas debajo de los pies de
los mugientes bueyes; así los solípedos corceles,
guiados por el magnánimo Aquiles, hollaban a
un mismo tiempo cadáveres y escudos; el eje
del carro tenía la parte inferior cubierta de sangre
y los barandales estaban salpicados de sanguinolentas
gotas que los casos de los corceles y
las llantas de las ruedas despedían. Y el Pelida
deseaba alcanzar gloria y tenía las invictas manos
manchadas de sangre y polvo.

FIN DEL CANTO XX


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que traspasó y emocionó a los muertos.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Abr 13, 2021 10:50 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXI (*)

Batalla junto al río

(*)
Este río pide ayuda al río Simoente y quiere
sumergir a Aquiles, pero el dios Hefesto le
obliga a volver a su cauce. Apolo se transfigure
en troyano y se hace perseguir por el héroe para
que los demás puedan entrar en la ciudad;
conseguido su objeto, el dios se descubre.


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que traspasó y emocionó a los muertos.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Abr 13, 2021 11:02 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXI

Batalla junto al río


1. Así que los troyanos llegaron al vado del vortiginoso
Janto, río de hermosa corriente a quien
el inmortal Zeus engendró, Aquiles los dividió
en dos grupos. A los del primero echólos el
héroe por la llanura hacia la ciudad, por donde
los aqueos huían espantados el día anterior,
cuando el esclarecido Héctor se mostraba furioso;
por allí se derramaron entonces los troyanos
en su fuga, y Hera, para detenerlos, los envolvió
en una densa niebla. Los otros rodaron al
caudaloso río de argénteos vórtices, y cayeron
en él con gran estrépito: resonaba la corriente,
retumbaban ambas orillas y los troyanos nadaban
acá y acullá, gritando, mientras eran arrastrados
en torno de los remolinos. Como las langostas
acosadas por la violencia de un fuego
que estalla de repente vuelan hacia el río y se
echan medrosas en el agua, de la misma manera
la corriente sonora del Janto de profundos
vórtices se llenó, por la persecución de Aquiles,
de hombres y caballos que en el mismo caían
confundidos.

17. Aquiles, vástago de Zeus, dejó su lanza
arrimada a un tamariz de la orilla, saltó al río,
cual si fuese una deidad, con sólo la espada y
meditando en su corazón acciones crueles, y
comenzó a herir a diestro y a siniestro: al punto
levantóse un horrible clamoreo de los que recibían
los golpes, y el agua bermejeó con la
sangre. Como los peces huyen del ingente
delfín, y, temerosos, llenan los senos del hondo
puerto, porque aquél devora a cuantos coge, de
la misma manera los troyanos iban por la impetuosa
corriente del río y se refugiaban, temblando,
debajo de las rocas. Cuando Aquiles
tuvo las manos cansadas de matar, cogió vivos,
dentro del río, a doce mancebos para inmolarlos
más tarde en expiación de la muerte de Patroclo
Menecíada. Sacólos atónitos como cervatos,
les ató las manos por detrás con las correas
bien cortadas que llevaban en las flexibles
túnicas y encargó a los amigos que los condujeran
a las cóncavas naves. Y el héroe acometió
de nuevo a los troyanos, para hacer en ellos
gran destrozo.

34. Allí se encontró Aquiles con Licaón, hijo de
Príamo Dardánida; el cual, huyendo, iba a salir
del río. Ya anteriormente le había hecho prisionero
encaminándose de noche a un campo de
Príamo: Licaón cortaba con el agudo bronce los
ramos nuevos de un cabrahígo para hacer los
barandales de un carro, cuando el divinal Aquiles,
presentándose cual imprevista calamidad,
se lo llevó mal de su grado. Transportóle luego
en una nave a la bien construida Lemnos, y allí
lo puso en venta: el hijo de Jasón pagó el precio.
Después Eetión de Imbros, que era huésped del
troyano, dio por él un cuantioso rescate y enviólo
a la divina Arisbe. Escapóse Licaón, y,
volviendo a la casa paterna, estuvo celebrando
con sus amigos durante once días su regreso de
Lemnos; mas, al duodécimo, un dios le hizo
caer nuevamente en manos de Aquiles, que
debía mandarle al Hades, sin que Licaón lo
deseara. Como el divino Aquiles, el de los pies
ligeros, le viera inerme -sin casco, escudo ni
lanza, porque todo lo había tirado al suelo- y
que salía del río con el cuerpo abatido por el sudor
y las rodillas vencidas por el cansancio,
sorprendióse, y a su magnánimo espíritu así le
habló:

CONT.


_________________
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Abr 13, 2021 11:10 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXI

Batalla junto al río


54. -¡Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi
vista se ofrece. Ya es posible que los troyanos a
quienes maté resuciten de las sombrías tinieblas;
cuando éste, librándose del día cruel, ha
vuelto de la divina Lemnos, donde fue vendido,
y las olas del espumoso mar que a tantos
detienen no han impedido su regreso. Mas, ea,
haré que pruebe la punta de mi lanza para ver
y averiguar si volverá nuevamente o se quedará
en el seno de la fértil tierra que hasta a los
fuertes retiene.

64. Pensando en tales cosas, Aquiles continuaba
inmóvil. Licaón, asustado, se le acercó a tocarle
las rodillas; pues en su ánimo sentía vivo deseo
de librarse de la triste muerte y de la negra Parca.
El divino Aquiles levantó en seguida la
enorme lanza con intención de herirlo, pero
Licaón se encogió y corriendo le abrazó las rodillas;
y aquélla, pasándole por cima del dorso,
se clavó en el suelo, codiciosa de cebarse en el
cuerpo de un hombre. En tanto Licaón suplicaba
a Aquiles; y, abrazando con una mano sus
rodillas y sujetándole con la otra la aguda lanza,
sin que la soltara, estas aladas palabras le
decía:

74. -Te lo ruego abrazado a tus rodillas, Aquiles:
respétame y apiádate de mí. Has de tenerme,
oh alumno de Zeus, por un suplicante digno de
consideración; pues comí en tu tienda el fruto
de Deméter el día en que me hiciste prisionero
en el campo bien cultivado, y, llevándome lejos
de mi padre y de mis amigos, me vendiste en
Lemnos: cien bueyes te valió mi persona. Ahora
te daría el triple por rescatarme. Doce días ha
que, habiendo padecido mucho, volví a Ilio; y
otra vez el hado funesto me pone en tus manos.
Debo de ser odioso al padre Zeus, cuando nuevamente
me entrega a ti. Para darme una vida
corta, me parió Laótoe, hija del anciano Altes,
que reina sobre los belicosos léleges y posee la
excelsa Pédaso junto al Satnioente. A la hija de
aquél la tuvo Príamo por esposa con otras muchas;
de la misma nacimos dos varones y a entrambos
nos habrás dado muerte. Ya hiciste sucumbir
entre los infantes delanteros al deiforme
Polidoro, hiriéndole con la aguda pica; y ahora
la desgracia llegó para mí, pues no espero escapar
de tus manos después que un dios me ha
echado en ellas. Otra cosa te diré que fijarás en
la memoria: No me mates; pues no soy del
mismo vientre que Héctor, el que dio muerte a
tu dulce y esforzado amigo.

97. Con tales palabras el preclaro hijo de Príamo
suplicaba a Aquiles, pero fue amarga la respuesta
que escuchó:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Abr 13, 2021 11:19 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXI

Batalla junto al río.
CONT.

99. -¡Insensato! No me hables del rescate, ni lo
menciones siquiera. Antes que a Patroclo le
llegara el día fatal, me era grato abstenerme de
matar a los troyanos y fueron muchos los que
cogí vivos y vendí luego; mas ahora ninguno
escapará de la muerte, si un dios lo pone en mis
manos delante de Ilio y especialmente si es hijo
de Príamo. Por Canto, amigo, muere tú también.
¿Por qué te lamentas de este modo? Murió
Patroclo, que tanto te aventajaba. ¿No ves cuán
gallardo y alto de cuerpo soy yo, a quien engendró
un padre ilustre y dio a luz una diosa?
Pues también me aguardan la muerte y la Parca
cruel. Vendrá una mañana, una tarde o un mediodía
en que alguien me quitará la vida en el
combate, hiriéndome con la lanza o con una
flecha despedida por el arco.

114. Así dijo. Desfallecieron las rodillas y el corazón
del troyano que, soltando la lanza, se
sentó y tendió ambos brazos. Aquiles puso mano
a la tajante espada a hirió a Licaón en la
clavícula, junto al cuello: metióle dentro toda la
hoja de dos filos, el troyano dio de ojos por el
suelo y su sangre fluía y mojaba la tierra. El
héroe cogió el cadáver por el pie, arrojólo al río
para que la corriente se lo llevara, y profirió
con jactancia estas aladas palabras:

122. -Yaz ahí entre los peces que tranquilos te
lamerán la sangre de la herida. No te colocará
tu madre en un lecho para llorarte, sino que
serás llevado por el voraginoso Escamandro al
vasto seno del mar. Y algún pez, saliendo de las
olas a la negruzca y encrespada superficie, comerá
la blanca grasa de Licaón. Así perezcáis
los demás troyanos hasta que lleguemos a la
sacra ciudad de Ilio, vosotros huyendo y yo
detrás haciendo gran riza. No os salvará ni siquiera
el río de hermosa corriente y argénteos
remolinos, a quien desde antiguo sacrificáis
muchos toros y en cuyós vórtices echáis vivos
los solípedos caballos. Así y todo, pereceréis
miserablemente unos en pos de otros, hasta que
hayáis expiado la muerte de Patrocio y el estrago
y la matanza que hicisteis en los aqueos junto
a las naves, mientras estuve alejado de la
lucha.

136. Así habló, y el río, con el corazón irritado,
revolvía en su mente cómo haría cesar al divinal
Aquiles de combatir y libraría de la muerte
a los troyanos. En tanto, el hijo de Peleo dirigió
su ingente lanza a Asteropeo, hijo de Pelegón,
con ánimo de matarlo. A Pelegón le habían engendrado
el Axio, de ancha corriente, y Peribea,
la hija mayor de Acesámeno; que con ésta se
unió aquel río de profundos remolinos. Encaminóse,
pues, Aquiles hacia Asteropeo, el cual
salió a su encuentro llevando dos lanzas; y el
Janto, irritado por la muerte de los jóvenes a
quienes Aquiles había hecho perecer sin compasión
en la misma corriente, infundió valor en
el pecho del troyano. Cuando ambos guerreros
se hallaron frente a frente, el divino Aquiles, el
de los pies ligeros, fue el primero en hablar, y
dijo:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar Abr 13, 2021 11:31 pm

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LA ILIADA

CANTO XXI

Batalla junto al río.
CONT.

150.-¿Quién eres tú y de dónde, que osas salirme
al encuentro? Infelices de aquéllos cuyos
hijos se oponen a mi furor.

152. Respondióle el preclaro hijo de Pelegón:

153. -¡Magnánimo Pelida! ¿Por qué sobre el abolengo
me interrogas? Soy de la fértil Peonia,
que está lejos; vine mandando a los peonios,
que combaten con largas picas, y hace once días
que llegué a Ilio. Mi linaje trae su origen del
Axio de ancha corriente, del Axio que esparce
su hermosísimo raudal sobre la tierra: Axio
engendró a Pelegón, famoso por su lanza, y de
éste dicen que he nacido. Pero peleemos ya, esclarecido
Aquiles.

161. Así habló, en son de amenaza. El divino
Aquiles levantó el fresno del Pelión, y el héroe
Asteropeo, que era ambidextro, tiróle a un
tiempo las dos lanzas: la una dio en el escudo,
pero no lo atravesó porque la lámina de oro
que el dios puso en el mismo la detuvo; la otra
rasguñó el brazo derecho del héroe, junto al
codo, del cual brotó negra sangre; mas el arma
pasó por encimá y se clavó en el suelo, codiciosa
de la carne. Aquiles arrojó entonces la lanza,
de recto vuelo, a Asteropeo con intención de
matarlo, y erró el tiro: la lanza de fresno cayó
en la elevada orilla y se hundió hasta la mitad
del palo. El Pelida, desnudando la aguda espada
que llevaba junto al muslo, arremetió enardecido
a Asteropeo, quien con la mano robusta
intentaba arrancar del escarpado borde la lanza
de Aquiles: tres veces la meneó para arrancarla,
y otras tantas careció de fuerza. Y cuando, a la
cuarta vez, quiso doblar y romper la lanza de
fresno del Eácida, acercósele Aquiles y con la
espada le quitó la vida: hirióle en el vientre,
junto al ombligo; derramáronse en el suelo todos
los intestinos, y las tinieblas cubrieron los
ojos del troyano, que cayó anhelante. Aquiles se
abalanzó a su pecho, le quitó la armadura; y,
blasonando del triunfo, dijo estas palabras:

184. -Yaz ahí. Difícil era que tú, aunque engendrado
por un río, pudieses disputar la victoria a
los hijos del prepotente Cronión. Dijiste que tu
linaje procede de un río de ancha corriente; mas
yo me jacto de pertenecer al del gran Zeus. Engendróme
un varón que reina sobre muchos
mirmidones, Peleo, hijo de Éaco; y este último
era hijo de Zeus. Y como Zeus es más poderoso
que los ríos, que corren al mar, así también los
descendientes de Zeus son más fuertes que los
de los ríos. A tu lado tienes uno grande, si es
que puede auxiliarte. Mas no es posible combatir
con Zeus Cronión. A éste no le igualan ni el
fuerte Aqueloo, ni el grande y poderoso Océano
de profunda corriente del que nacen todos
los ríos, todo el mar y todas las fuentes y grandes
pozos; pues también el Océano teme el rayo
del gran Zeus y el espantoso trueno, cuando
retumba desde el cielo.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér Abr 14, 2021 4:08 pm

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LA ILIADA

CANTO XXI

Batalla junto al río. CONT.


200. Dijo; arrancó del escarpado borde la
broncínea lanza y abandonó a Asteropeo allí,
tendido en la arena, tan pronto como le hubo
quitado la vida: el agua turbia bañaba el cadáver,
y anguilas y peces acudieron a comer la
grasa que cubría los riñones. Aquiles se fue
para los peonios que peleaban en carros; los
cuales huían por las márgenes del voraginoso
río, desde que vieron que el más fuerte caía en
el duro combate, vencido por las manos y la
espada del Pelida. Éste mató entonces a Tersíloco,
Midón, Astípilo, Mneso, Trasio, Enio y
Ofelestes. Y a más peonios diera muerte el veloz
Aquiles, si el río de profundos remolinos,
irritado y transfigurado en hombre, no le
hubiese dicho desde uno de los profundos
vórtices:

214. -¡Oh Aquiles! Superas a los demás hombres
tanto en el valor como en la comisión de acciones
nefandas; porque los propios dioses te prestan
constantemente su auxilio. Si el hijo de
Crono te ha concedido que destruyas a todos
los troyanos, apártalos de mí y ejecuta en el
llano tus proezas. Mi hermosa corriente está
llena de cadáveres que obstruyen el cauce y no
me dejan verter el agua en la mar divina; y tú
sigues matando de un modo atroz. Pero, ea,
cesa ya; pues me tienes asombrado, oh príncipe
de hombres.

222. Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:

223. -Se hará, oh Escamandro, alumno de Zeus,
como tú lo ordenas; pero no me abstendré de
matar a los altivos troyanos hasta que los encierre
en la ciudad y, peleando con Héctor, él me
mate a mí o yo acabe con él.

227. Esto dicho, arremetió a los troyanos, cual si
fuese un dios. Y entonces el río de profundos
remolinos dirigióse a Apolo:

229. -¡Oh dioses! Tú, el del arco de plata, hijo de
Zeus, no cumples las órdenes del Cronión, el
cual te encargó muy mucho que socorrieras a
los troyanos y les prestaras tu auxilio hasta que,
llegada la tarde, se pusiera el sol y quedara a
obscuras el fértil campo.

233. Dijo. Aquiles, famoso por su lanza, saltó
desde la escarpada orilla al centro del río. Pero
éste le atacó enfurecido: hinchó sus aguas, revolvió
la corriente, y, arrastrando muchos
cadáveres de hombres muertos por Aquiles,
que había en el cauce, arrojólos a la orilla mugiendo
como un toro, y en Canto salvaba a los
vivos dentro de la hermosa corriente, ocultándolos
en los profundos y anchos remolinos.
Las revueltas olas rodeaban a Aquiles, la corriente
caía sobre su escudo y le empujaba, y el
héroe ya no se podía tener en pie. Asióse entonces
con ambas manos a un olmo corpulento
y frondoso; pero éste, arrancado de raíz, rompió
el borde escarpado, oprimió la hermosa
corriente con sus muchas ramas, cayó entero al
río y se convirtió en un puente. Aquiles, amedrentado,
dio un salto, salió del abismo y voló
con pie ligero por la llanura. Mas no por esto el
gran dios desistió de perseguirlo, sino que
lanzó tras él olas de sombría cima con el propósito
de hacer cesar al divino Aquiles de combatir
y librar de la muerte a los troyanos. El Pelida
salvó cerca de un tiro de lanza, dando un brinco
con la impetuosidad de la rapaz águila negra,
que es la más forzuda y veloz de las aves;
parecido a ella, el héroe corría y el bronce resonaba
horriblemente sobre su pecho. Aquiles
procuraba huir, desviándose a un lado; pero la
corriente se iba tras él y le perseguía con gran
ruido. Como el fontanero conduce el agua desde
el profundo manantial por entre las plantas
de un huerto y con un azadón en la mano quita
de la reguera los estorbos; y la corriente sigue
su curso, y mueve las piedrecitas, pero al llegar
a un declive murmura, acelera la marcha y pasa
delante del que la guía; de igual modo, la corriente
del río alcanzaba continuamente a Aquiles,
porque los dioses son más poderosos que
los hombres. Cuantas veces el divino Aquiles,
el de los pies ligeros, intentaba esperarla, para
ver si le perseguían todos los inmortales que
tienen su morada en el espacioso cielo, otras
tantas, las grandes olas del río, que las celestiales
lluvias alimentan, le azotaban los hombros.
El héroe, afiigido en su corazón, saltaba; pero el
río, siguiéndole con la rápida y tortuosa corriente,
le cansaba las rodillas y le robaba el
suelo allí donde ponía los pies. Y el Pelida,
levantando los ojos al vasto cielo, gimió y dijo:

CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér Abr 14, 2021 4:18 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXI

Batalla junto al río.
CONT.

273. -¡Zeus padre! ¿Cómo no viene ningún dios
a salvarme a mí, miserando, de la persecución
del río, y luego sufriré cuanto sea preciso? Ninguna
de las deidades del cielo tiene tanta culpa
como mi madre, que me halagó con falsas predicciones:
dijo que me matarían al pie del muro
de los troyanos, armados de coraza, las veloces
flechas de Apolo. ¡Ojalá me hubiese muerto
Héctor, que es aquí el más bravo! Entonces un
valiente hubiera muerto y despojado a otro
valiente. Mas ahora quiere el destino que yo
perezca de miserable muerte, cercado por un
gran río; como el niño pórquerizo a quien arrastran
las aguas invernales del torrente que intentaba
atravesar.

284. Así se expresó. En seguida Posidón y Atenea,
con figura humana, se le acercaron y le
asieron de las manos mientras le animaban con
palabras. Posidón, que sacude la tierra, fue el
primero en hablar y dijo:

288. -¡Pelida! No tiembles, ni te asustes. ¡Tal
socorro vamos a darte, con la venia de Zeus,
nosotros los dioses, yo y Palas Atenea! Porque
no dispone el hado que seas muerto por el río,
y éste dejará pronto de perseguirte, como verás
tú mismo. Te daremos un prudente consejo,
por si quieres obedecer: no descanse tu brazo
en la batalla funesta hasta haber encerrado dentro
de los ínclitos muros de Ilio a cuantos troyanos
logren escapar. Y cuando hayas privado
de la vida a Héctor, vuelve a las naves; que
nosotros te concederemos que alcances gloria.

298. Dichas estas palabras, ambas deidades fueron
a reunirse con los demás inmortales. Aquiles,
impelido por el mandato de los dioses, enderezó
sus pasos a la llanura inundada por el
agua del río, en la cual flotaban cadáveres y
hermosas armas de jóvenes muertos en la pelea.
El héroe caminaba derechamente, saltando
por el agua, sin que el anchuroso río lograse
detenerlo; pues Atenea le había dado muchos
bríos. Pero el Escamandro no cedía en su furor;
sino que, irritándose aún más contra el Pelión,
hinchaba y levantaba a lo alto sus olas, y a gritos
llamaba al Simoente:

308. -¡Hermano querido! Juntémonos para contener
la fuerza de ese hombre, que pronto tomará
la gran ciudad del rey Príamo, pues los
troyanos no le resistirán en la batalla. Ven al
momento en mi auxilio: aumenta tu caudal con
el agua de las fuentes, concita a todos los arroyos,
levanta grandes olas y arrastra con estrépito
troncos y piedras, para que anonademos a
ese feroz guerrero que ahora triunfa y piensa en
hazañas propias de los dioses. Creo que no le
valdrán ni su fuerza, ni su hermosura, ni sus
magníficas armas, que han de quedar en el
fondo de este lago cubiertas de cieno. A él lo
envolveré en abundante arena, derramando en
torno suyo mucho cascajo; y ni siquiera sus
huesos podrán ser recogidos por los aqueos:
tanto limo amontonaré encima. Y tendrá su
túmulo aquí mismo, y no necesitará que los
aqueos se lo erijan cuando le hagan las exequias.

324. Dijo; y, revuelto, arremetió contra Aquiles,
alzándose furioso y mugiendo con la espuma,
la sangre y los cadáveres. Las purpúreas ondas
del río, que las celestiales lluvias alimentan, se
mantenían levantadas y arrastraban al Pelida.
Pero Hera, temiendo que el gran río derribara a
Aquiles, gritó, y dijo en seguida a Hefesto, su
hijo amado:

331. -¡Levántate, estevado, hijo querido; pues
creemos que el Janto voraginoso es tu igual en
el combate! Socorre pronto a Aquiles, haciendo
aparecer inmensa llama. Voy a suscitar con el
Céfiro y el veloz Noto una gran borrasca, para
que viniendo del mar extienda el destructor
incendio y se quemen las cabezas y las armas
de los troyanos. Tú abrasa los árboles de las
orillas del Janto, métele en el fuego, y no te dejes
persuadir ni con palabras dulces ni con
amenazas. No cese tu furia hasta que yo te lo
diga gritando; y entonces apaga el fuego infatigable.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér Abr 14, 2021 4:26 pm

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XXI

Batalla junto al río.
CONT.

342. Así dijo; y Hefesto, arrojando una abrasadora
llama, incendió primeramente la llanura y
quemó muchos cadáveres de guerreros a quienes
había muerto Aquiles; secóse el campo, y el
agua cristalina dejó de correr. Como el Bóreas
seca en el otoño un campo recién inundado y se
alegra el que lo cultiva, de la misma suerte, el
fuego secó la llanura entera y quemó los cadáveres.
Luego Hefesto dirigió al río la resplandeciente
llama y ardieron, así los olmos, los sauces
y los tamariscos, como el loto, el junco y la
juncia que en abundancia habían crecido junto
a la hermosa corriente. Anguilas y peces padecían
y saltaban acá y allá, en los remolinos o en
la corriente, oprimidos por el soplo del ingenioso
Hefesto. Y el río, quemándose también, así
habiaba:

357. -¡Hefesto! Ninguno de los dioses te iguala y
no quiero luchar contigo ni con tu llama ardiente.
Cesa de perseguirme y en seguida el divino
Aquiles arroje de la ciudad a los troyanos. ¿Qué
interés tengo en la contienda ni en auxiliar a
nadie?

361. Así habló, abrasado por el fuego; y la hermosa
corriente hervía. Como en una caldera
puesta sobre un gran fuego, la grasa de un
puerco cebado se funde, hierve y rebosa por todas
partes, mientras la leña seca arde debajo;
así la hermosa corriente se quemaba con el fuego
y el agua hervía, y, no pudiendo ir hacia
adelante, paraba su curso oprimida por el vapor
que con su arte produjera el ingenioso
Hefesto. Y el río, dirigiendo muchas súplicas a
Hera, estas aladas palabras le decía:

369. -¡Hera! ¿Por qué tu hijo maltrata mi corriente,
atacándome a mí solo entre los dioses? No
debo de ser para ti tan culpable como todos los
demás que favorecen a los troyanos. Yo desistiré
de ayudarlos, si tú lo mandas; pero que éste
cese también. Y juraré no librar a los troyanos
del día fatal, aunque Troya entera llegue a ser
pasto de las voraces llamas por haberla incendiado
los belicosos aqueos.

377. Cuando Hera, la diosa de los níveos brazos,
oyó estas palabras, dijo en seguida a Hefesto,
su hijo amado:

379. -¡Hefesto hijo ilustre! Cesa ya, pues no conviene
que, a causa de los mortales, a un dios
inmortal atormentemos.

381. Así dijo. Hefesto apagó la abrasadora llama,
y las olas retrocedieron a la hermosa corriente.

383. Y tan pronto como el ánimo del Janto fue
abatido, ellos cesaron de luchar porque Hera,
aunque irritada, los contuvo; pero una reñida y
espantosa pelea se suscitó entonces entre los
demás dioses: divididos en dos bandos, vinieron
a las manos con fuerte estrépito; bramó la
vasta tierra, y el gran cielo resonó como una
trompeta. Oyólo Zeus, sentado en el Olimpo, y
con el corazón alegre reía al ver que los dioses
iban a embestirse. Y ya no estuvieron separados
largo tiempo; pues el primero Ares, que horada
los escudos, acometiendo a Atenea con la
broncínea lanza, estas injuriosas palabras le
decía:

394. -¿Por qué nuevamente, oh mosca de perro,
promueves la contienda entre los dioses con
insaciable audacia? ¿Qué poderoso afecto te
mueve? ¿Acaso no te acuerdas de cuando incitabas
a Diomedes Tidida a que me hiriese, y
cogiendo tú misma la reluciente pica la enderezaste
contra mí y me desgarraste el hermoso
cutis? Pues me figuro que ahora pagarás cuanto
me hiciste.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér Abr 14, 2021 4:34 pm

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LA ILIADA

CANTO XXI

Batalla junto al río.
CONT.

400. Apenas acabó de hablar, dio un bote en el
escudo floqueado, horrendo, que ni el rayo de
Zeus rompería, allí acertó a dar Ares, manchado
de homicidios, con la ingente lanza. Pero la
diosa, volviéndose, aferró con su robusta mano
una gran piedra negra y erizada de puntas que
estaba en la llanura y había sido puesta por los
antiguos como linde de un campo; e, hiriendo
con ella al furibundo Ares en el cuello, dejóle
sin vigor los miembros. Vino a tierra el dios y
ocupó siete yeguadas, el polvo manchó su cabellera
y las armas resonaron. Rióse Palas Atenea;
y, gloriándose de la victoria, profirió estas aladas
palabras:

410. -¡Necio! Aún no has comprendido que me
jacto de ser mucho más fuerte, puesto que osas
oponer tu furor al mío. Así padecerás, cumpliéndose
las imprecaciones de tu airada madre
que maquina males contra ti porque abandonaste
a los aqueos y favoreces a los orgullosos
troyanos.

415. Cuando esto hubo dicho, volvió a otra parte
los ojos refulgentes. Afrodita, hija de Zeus,
asió por la mano a Ares y le acompañaba, mientras
el dios daba muchos suspiros y apenas
podía recobrar el aliento. Pero la vio Hera, la
diosa de los níveos brazos, y al punto dijo a
Atenea estas aladas palabras:

420. -¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida!
¡Indómita! Aquella mosca de perro vuelve a
sacar del dañoso combate, por entre el tumulto,
a Ares, funesto a los mortales. ¡Anda tras ella!

423. De tal modo habló. Alegrósele el alma a
Atenea, que corrió hacia Afrodita, y alzando la
robusta mano descargóle un golpe sobre el pecho.
Desfallecieron las rodillas y el corazón de
la diosa, y ella y Ares quedaron tendidos en la
fértil tierra. Y Atenea, vanagloriándose, pronunció
estas aladas palabras:

428. -¡Ojalá fuesen tales cuantos auxilian a los
troyanos en las batallas contra los argivos, armados
de coraza; así, tan audaces y atrevidos
como Afrodita que vino a socorrer a Ares desafiando
mi furor; y tiempo ha que habríamos
puesto fin a la guerra con la toma de la bien
construida ciudad de Ilio!

434. Así se expresó. Sonrióse Hera, la diosa de
los níveos brazos. Y el soberano Posidón, que
sacude la tierra, dijo entonces a Apolo:

436. -¡Febo! ¿Por qué nosotros no luchamos
también? No conviene abstenerse, una vez que
los demás han dado principio a la pelea. Vergonzoso
fuera que volviésemos al Olimpo, a la
morada de Zeus erigida sobre bronce, sin haber
combatido. Empieza tú, pues eres el menor en
edad y no parecería decoroso que comenzara
yo que nací primero y tengo más experiencia.
¡Oh necio, y cuán irreflexivo es tu corazón! Ya
no te acuerdas de los muchos males que en torno
de Ilio padecimos los dos, solos entre los
dioses, cuando enviados por Zeus trabajamos
un año entero para el soberbio Laomedonte; el
cual, con la promesa de darnos el salario convenido,
nos mandaba como señor. Yo cerqué la
ciudad de los troyanos con un muro ancho y
hermosísimo, para hacerla inexpugnable; y tú,
Febo, pastoreabas los flexípedes bueyes de curvas
astas en los bosques y selvas del Ida, en
valles abundoso. Mas cuando las alegres horas
trajeron el término del ajuste, el soberbio Laomedonte
se negó a pagarnos el salario y nos
despidió con amenzas. A ti te amenazó con
venderte, atado de pies y manos, en lejanas
islas; aseguraba además que con el bronce nos
cortaría a entrambos las orejas; y nosotros nos
fuimos pesarosos y con el ánimo irritado porque
no nos dio la paga que había prometido. ¡Y
todavía se lo agradeces, favoreciendo a su pueblo,
en vez de procurar con nosotros que todos
los troyanos perezcan de mala muerte con sus
hijos y castas esposas!

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér Abr 14, 2021 4:43 pm

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LA ILIADA

CANTO XXI

Batalla junto al río.
CONT.

461. Contestó el soberano Apolo, que hiere de
lejos:

462. -¡Batidor de la tierra! No me tendrías por
sensato si combatiera contigo por los míseros
mortales que, semejantes a las hojas, ya se
hallan florecientes y vigorosos comiendo los
frutos de la tierra, ya se quedan exánimes y
mueren. Pero abstengámonos en seguida de
combatir y peleen ellos entre sí.

468 Así diciendo, le volvió la espalda; pues por
respeto no quería llegar a las manos con su tío
paterno. Y su hermana, la campestre Ártemis,
que de las fieras es señora, lo increpó duramente
con injuriosas voces:

472. -¿Huyes ya, tú que hieres de lejos, y das la
victoria a Posidón, concediéndole inmerecida
gloria? ¡Necio! ¿Por qué llevas ese arco inútil?
No oiga yo que te jactes en el palacio de mi padre,
como hasta aquí lo hiciste ante los inmortales
dioses, de luchar cuerpo a cuerpo con Posidón.

478. Así dijo, y Apolo, que hiere de lejos, nada
respondió. Pero la venerable esposa de Zeus,
irritada, increpó con injuriosas voces a la que se
complace en tirar flechas:

481. -¿Cómo es que pretendes, perra atrevida,
oponerte a mí? Difícil te será resistir mi fortaleza,
aunque lleves arco y Zeus te haya hecho
leona entre las mujeres y te permita matar, a la
que te plazca. Mejor es cazar en el monte fieras
agrestes o ciervos, que luchar denodadamente
con quienes son más poderosos. Y, si quieres
probar el combate, empieza, para que sepas
bien cuánto más fuerte soy que tú; ya que contra
mí quieres emplear tus fuerzas.

489. Dijo; asióla con la mano izquierda por ambas
muñecas, quitóle de los hombros, con la
derecha, el arco y el carcaj, y riendo se puso a
golpear con éstos las orejas de Ártemis, que
volvía la cabeza, ora a un lado, ora a otro, mientras
las veloces flechas se esparcían por el suelo.
Ártemis huyó llorando, como la paloma que
perseguida por el gavilán vuela a refugiarse en
el hueco de excavada roca, porque no había dispuesto
el hado que aquél la cogiese. De igual
manera huyó la diosa, vertiendo lágrimas y
dejando allí arco y aljaba. Y el mensajero Argicida
dijo a Leto:

498. -¡Leto! Yo no pelearé contigo, porque es
arriesgado luchar con las esposas de Zeus, que
amontona las nubes. Jáctate muy satisfecha,
delante de los inmortales dioses, de que me
venciste con tu poderosa fuerza.

502. Así dijo. Leto recogió el corvo arco y las
saetas que habían caído acá y acullá, en medio
de un torbellino de polvo; y se fue en pos de su
hija. Llegó ésta al Olimpo, a la morada de Zeus
erigida sobre bronce; sentóse llorando en las rodillas
de su padre, y el divino velo temblaba
alrededor de su cuerpo. El padre Cronida cogióla
en el regazo; y, sonriendo dulcemente, le
preguntó:

509. -¿Cuál de los celestes dioses, hija querida,
de tal modo te ha maltratado, como si en su
presencia hubieses cometido alguna falta?

511. Respondióle Ártemis, que se recrea con el
bullicio de la caza y lleva hermosa diadema:

512. -Tu esposa Hera, la de los níveos brazos,
me ha maltratado, padre; por ella la discordia y
la contienda han surgido entre los inmortales.

514. Así éstos conversaban. En tanto, Febo Apolo
entró en la sagrada Ilio, temiendo por el muro
de la bien edificada ciudad: no fuera que en
aquella ocasión lo destruyesen los dánaos, contra
lo ordenado por el destino. Los demás dioses
sempiternos volvieron al Olimpo, irritados
unos y envanecidos otros por el triunfo; y se
sentaron junto a Zeus, el de las sombrías nubes.
Aquiles, persiguiendo a los troyanos, mataba
hombres y solípedos caballos. De la suerte que
cuando una ciudad es presa de las llamas y
llega el humo al anchuroso cielo, porque los
dioses se irritaron contra ella, todos los habitantes
trabajan y muchos padecen grandes males,
de igual modo Aquiles causaba a los troyanos
fatigas y daños.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér Abr 14, 2021 4:52 pm

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LA ILIADA

CANTO XXI

Batalla junto al río.
CONT.

526. El anciano Príamo estaba en la sagrada torre;
y, como viera al ingente Aquiles, y a los
troyanos puestos en confusión, huyendo espantados
y sin fuerzas para resistirle, empezó a
gemir y bajó de aquélla para exhortar a los
ínclitos varones que custodiaban las puertas de
la muralla:

531. Abrid las puertas y sujetadlas con la mano
hasta que lleguen a la ciudad los guerreros que
huyen espantados. Aquiles es quien los estrecha
y pone en desorden, y temo que han de
ocurrir desgracias. Mas, tan pronto como aquéllos
respiren, refugiados dentro del muro, entornad
las hojas fuertemente unidas; pues estoy
con miedo de que ese hombre funesto entre por
el muro.

537. Así dijo. Abrieron las puertas, quitando los
cerrojos, y a esto se debió la salvación de las
tropas. Apolo saltó fuera del muro para librar
de la ruina a los troyanos. Éstos, acosados por
la sed y llenos de polvo, huían por el campo en
derechura a la ciudad y su alta muralla. Y
Aquiles los perseguía impetuosamente con la
lanza, teniendo el corazón poseído de violenta
rabia y deseando alcanzar gloria.

544. Entonces los aqueos hubieran tomado a
Troya, la de altas puertas, si Febo Apolo no
hubiese incitado al divino Agenor, hijo ilustre y
valiente de Anténor, a esperar a Aquiles. El
dios infundióle audacia en el corazón, y, para
apartar de él a las crueles Parcas, se quedó a su
lado, recostado en una encina y cubierto de
espesa niebla. Cuando Agenor vio llegar a
Aquiles, asolador de ciudades, se detuvo, y en
su agitado corazón vacilaba sobre el partido
que debería tomar. Y gimiendo, a su magnánimo
espíritu le decía:

553. -¡Ay de mí! Si huyo del valiente Aquiles
por donde los demás corren espantados y en
desorden, me cogerá también y me matará sin
que me pueda defender. Si dejando que éstos
sean derrotados por el Pelida Aquiles, me fuese
por la llanura troyana, lejos del muro, hasta
llegar a los bosques del Ida, y me escondiera en
los matorrales, podría volver a Ilio por la tarde,
después de tomar un baño en el río para refrescarme
y quitarme el sudor. Mas ¿por qué en
tales cosas me hace pensar el corazón? No sea
que aquél advierta que me alejo de la ciudad
por la llanura, y persiguiéndome con ligera
planta me dé alcance; y ya no podré evitar la
muerte y las Parcas, porque Aquiles es el más
fuerte de todos los hombres. Y si delante de la
ciudad le salgo al encuentro... Vulnerable es su
cuerpo por el agudo bronce, hay en él una sola
alma y dicen los hombres que el héroe es mortal;
pero Zeus Cronida le da gloria.

571. Esto, pues, se decía; y, encogiéndose,
aguardó a Aquiles, porque su corazón esforzado
estaba impaciente por luchar y combatir.
Como la pantera, cuando oye el ladrido de los
perros, sale de la poblada selva y va al encuentro
del cazador, sin que arrebaten su ánimo ni
el miedo ni el espanto, y si aquél se le adelanta
y la hiere desde cerca o desde lejos, no deja de
luchar, aunque esté atravesada por la jabalina,
hasta venir con él a las manos o sucumbir, de la
misma suerte, el divino Agenor, hijo del preclaro
Anténor, no quería huir antes de entrar en
combate con Aquiles. Y, cubriéndose con el liso
escudo, le apuntaba la lanza, mientras decía
con fuertes voces:

583. -Grandes esperanzas concibe tu ánimo,
esclarecido Aquiles, de tomar en el día de hoy
la ciudad de los altivos troyanos. ¡Insensato!
Buen número de males habrán de padecerse
todavía por causa de ella. Estamos dentro muchos
y fuertes varones que, peleando por nuestros
padres, esposas e hijos, salvaremos a Ilio; y
tú recibirás aquí mismo la muerte, a pesar de
ser un terrible y audaz guerrero.

590. Dijo. Con la robusta mano arrojó el agudo
dardo, y no erró el tiro; pues acertó a dar en la
pierna del héroe, debajo de la rodilla. La greba
de estaño recién construida resonó horriblemente,
y el bronce fue rechazado sin que
lograra penetrar, porque lo impidió la armadura,
regalo del dios. El Pelida arremetió a su vez
con Agenor, igual a una deidad; pero Apolo no
le dejó alcanzar gloria, pues, arrebatando al
troyano, le cubrió de espesa niebla y le mandó
a la ciudad para que saliera tranquilo de la batalla.

599. Luego el que hiere de lejos apartó del ejército
al Pelión, valiéndose de un engaño. Tomó la
figura de Agenor, y se puso delante del héroe,
que se lanzó a perseguirlo. Mientras Aquiles
iba tras de Apolo, por un campo paniego, hacia
el río Escamandro, de profundos vórtices, y
corría muy cerca de él, pues el odio le engañaba
con esta astucia a fin de que tuviera siempre la
esperanza de darle alcance en la carrera, los
demás troyanos, huyendo en tropel, llegaron
alegres a la ciudad, que se llenó con los que
allí se refugiaron. Ni siquiera se atrevieron a
esperarse los unos a los otros, fuera de la ciudad
y del muro, para saber quiénes habían escapado
y quiénes habían muerto en la batalla,
sino que afluyeron presurosos a la ciudad cuantos,
merced a sus pies y a sus rodillas, lograron
salvarse.

FIN DEL CANTO XXI.


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Mensaje por Lluvia Abril Jue Abr 15, 2021 2:50 pm

Aunque parezca que no estoy, sabes que te sigo, con mis tiempos, eso sí, pero tu inmenso trabajo se valora, lo valoro.
Gracias , Pascual.


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"Las dificultades están hechas para estimular y no para quitar el ánimo.
El espíritu humano debe fortificarse en la lucha."

WILLIAM E. CHANNING

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