Aires de Libertad

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HOMERO. Grecia Clásica.

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HOMERO. Grecia Clásica. - Página 9 Empty Re: HOMERO. Grecia Clásica.

Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Abr 2021, 00:32

Y sigo disfrutando de esta joya literaria.
Agradezco sinceramente tu pausa, aquí claro, no paras nunca, pero me ha servido para avanzar en la lectura y no me lo creo aún, jeje.
Sigo pues.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 04 Abr 2021, 01:31

Paso, te doy las gracias... y luego sigo.

Besos.


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que traspasó y emocionó a los muertos.

...

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El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 04 Abr 2021, 05:09

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XVII

Principalía de Menelao.
CONT.

220. -¡Oíd, tribus innúmeras de aliados que
habitáis alrededor de Troya! No ha sido por el
deseo ni por la necesidad de reunir una muchedumbre
por lo que os he traído de vuestras
ciudades, sino para que defendáis animosamente
de los belicosos aqueos a las esposas y a
los tiernos infantes de los troyanos. Con este
pensamiento abrumo a mi pueblo y le exijo
dones y víveres para excitar vuestro valor.
Ahora cada uno haga frente y embista al enemigo,
ya muera, ya se salve, que tales son los
lances de la guerra. Al que arrastre el cadáver
de Patrocio hasta las filas de los troyanos, domadores
de caballos, y haga ceder a Ayante, le
daré la mitad de los despojos, reservándome la
otra mitad, y su gloria será tan grande como la
mía.

233. Así dijo. Todos arremetieron con las picas
levantadas y cargaron sobre los dánaos, pues
tenían grandes esperanzas de arrancar el cuerpo
de Patroclo de las manos de Ayante Telamoníada.
¡Insensatos! Sobre el mismo cadáver,
Ayante hizo perecer a muchos de ellos. Y
este héroe dijo entonces a Menelao, valiente en
la pelea:

238. -¡Oh amigo, oh Menelao, alumno de Zeus!
Ya no espero que salgamos con vida de esta
batalla. Ni temo tanto por el cadáver de Patroclo,
que pronto saciará en Troya a los perros y
aves de rapiña, cuanto por tu cabeza y por la
mía; pues el nublado de la guerra, Héctor, todo
lo cubre, y a nosotros nos espera una muerte
cruel. Ea, llama a los más valientes dánaos, por
si alguno te oye.

246. Así dijo. Menelao, valiente en la pelea, no
desobedeció; y, alzando recio la voz, dijo a los
dánaos:

248. -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los
argivos, los que bebéis en la tienda de los Atridas
Agamenón y Menelao el vino que el pueblo
paga, mandáis las tropas y os viene de Zeus el
honor y la gloria! Me es difícil ver a cada uno
de los caudillos. ¡Tan grande es el combate que
aquí se ha empeñado! Pero acercaos vosotros,
indignándoos en vuestro corazón de que Patroclo
llegue a ser juguete de los perros troyanos.

256. Así dijo. Oyóle en seguida el veloz Ayante
de Oileo, y acudió antes que nadie, corriendo a
través del campo. Siguiéronle Idomeneo y su
escudero Meriones, igual al homicida Enialio.
¿Y quién podría retener en la memoria y decir
los nombres de cuantos aqueos fueron llegando
para reanimar la pelea?

262. Los troyanos acometieron apiñados, con
Héctor a su frente. Como en la desembocadura
de un río que las celestiales lluvias alimentan,
las ingentes olas chocan bramando contra la
corriente del mismo, refluyen al mar y las altas
orillas resuenan en torno; con una gritería tan
grande marchaban los troyanos. Mientras tanto,
los aqueos permanecían firmes alrededor del
cadáver del Menecíada, conservando el mismo
ánimo y defendiéndose con los escudos de
bronce; y el Cronión rodeó de espesa niebla sus
relucientes cascos, porque nunca había aborrecido
al Menecíada mientras vivió y fue servidor
del Eácida, y entonces veía con desagrado que
el cadáver pudiera llegar a ser juguete de los
perros troyanos. Por esto el dios incitaba a los
compañeros a que lo defendieran.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 04 Abr 2021, 05:17

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XVII

Principalía de Menelao.
CONT.

274. En un principio, los troyanos rechazaron a
los aqueos, de ojos vivos, y éstos, desamparando
al muerto, huyeron espantados. Y si bien los
altivos troyanos no consiguieron matar con sus
lanzas a ningún aqueo, como deseaban, empezaron
a arrastrar el cadáver. Poco tiempo debían
los aqueos permanecer alejados de éste,
pues los hizo volver Ayante; el cual, así por su
figura, como por sus obras, era el mejor de los
dánaos, después del eximio Pelión. Atravesó el
héroe las primeras Filas, y parecido por su bravura
al jabalí que en el monte dispersa fácilmente,
dando vueltas por los matorrales, a los
perros y a los florecientes mancebos, de la
misma manera el esclarecido Ayante, hijo del
ilustre Telamón, acometió y dispersó las falanges
de troyanos que se agitaban en torno de Patroclo
con el decidido propósito de llevarlo a la
ciudad y alcanzar gloria.

288. Hipótoo, hijo preclaro del pelasgo Leto,
había atado una correa a un tobillo de Patroclo,
alrededor de los tendones; y arrastraba el cadáver
por el pie, a través del reñido combate, para
congraciarse con Héctor y los troyanos. Pronto
le ocurrió una desgracia, de que nadie, por más
que lo deseara, pudo librarlo. Pues el hijo de
Telamón, acometiéndole por entre la turba, le
hirió de cerca por el casco de broncíneas carrilleras:
el casco, guarnecido de un penacho de
crines de caballo, se quebró al recibir el golpe
de la gran lanza manejada por la robusta mano;
el cerebro fluyó sanguinolento por la herida, a
lo largo del asta; el guerrero perdió las fuerzas,
dejó escapar de sus manos al suelo el pie del
magnánimo Patroclo, y cayó de pechos, junto al
cadáver, lejos de la fértil Larisa; y así no pudo
pagar a sus progenitores la crianza, ni fue larga
su vida, porque sucumbió vencido por la lanza
del magnánimo Ayante. A su vez, Héctor arrojó
la reluciente lanza a Ayante, pero éste, al notarlo,
hurtó un poco el cuerpo, y la broncínea arma
alcanzó a Esquedio, hijo del magnánimo
ífito y el más valiente de los focios, que tenía su
casa en la célebre Panopeo y reinaba sobre muchos
hombres: clavóse la broncínea punta debajo
de la clavícula y, atravesándola, salió por la
extremidad del hombro. El guerrero cayó con
estrépito, y sus armas resonaron.

312. Ayante hirió en medio del vientre al aguerrido
Forcis, hijo de Fénope, que defendía el
cadáver de Hipótoo; y el bronce rompió la cavidad
de la coraza y desgarró las entrañas: el
troyano, caído en el polvo, cogió el suelo con
las manos. Arredráronse los combatientes delanteros
y el esclarecido Héctor; y los argivos
dieron grandes voces, retiraron los cadáveres
de Forcis y de Hipótoo, y quitaron de sus hombros
las respectivas armaduras.

319. Entonces los troyanos hubieran vuelto a
entrar en Ilio, acosados por los belicosos aqueos
y vencidos por su cobardía; y los argivos hubiesen
alcanzado gloria, contra la voluntad de
Zeus, por su fortaleza y su valor; pero el mismo
Apolo instigó a Eneas, tomando la figura del
heraldo Perifante Epítida, que había envejecido
ejerciendo de pregonero en la casa del padre
del héroe y sabía dar saludables consejos. Así
transfigurado, habló Apolo, hijo de Zeus, diciendo:

327. -¡Eneas! ¿De qué modo podríais salvar la
excelsa Ilio, hasta si un dios se opusiera? Como
he visto hacerlo a otros varones que confiaban
en su fuerza y vigor, en su bravura y en la muchedumbre
de tropas formadas por un pueblo
intrépido. Mas, al presente, Zeus desea que la
victoria quede por vosotros y no por los dánaos;
y vosotros huís temblando, sin combatir.

333. Así dijo. Eneas, como viera delante de sí a
Apolo, el que hiere de lejos, le reconoció, y a
grandes voces dijo a Héctor:

CONT.



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 04 Abr 2021, 05:27

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XVII

Principalía de Menelao. CONT.

335. -¡Héctor y demás caudillos de los troyanos
y sus aliados! Es una vergüenza que entremos
en Ilio, acosados por los belicosos aqueos y
vencidos por nuestra cobardía. Una deidad ha
venido a decirme que Zeus, el árbitro supremo,
será aún nuestro auxiliar en la batalla. Marchemos,
pues, en derechura a los dánaos, para
que no se lleven tranquilamente a las naves el
cadáver de Patroclo.

342. Así habló; y, saltando mucho más allá de
los combatientes delanteros, se detuvo. Los
troyanos volvieron la cara y afrontaron a los
aqueos. Entonces Eneas dio una lanzada a Leócrito,
hijo de Arisbante y compañero valiente
de Licomedes. Al verlo derribado en tierra,
compadecióse Licomedes, caro a Ares; y,
parándose muy cerca del enemigo, arrojó la
reluciente lanza, hirió en el hígado, debajo del
diafragma, a Apisaón Hipásida, pastor de
hombres, y le dejó sin vigor las rodillas: este
guerrero procedía de la fértil Peonia, y era, después
de Asteropeo, el que más descollaba en el
combate. Violo caer el belicoso Asteropeo, y,
apiadándose, corrió hacia él, dispuesto a pelear
con los dánaos. Mas no le fue posible; pues
cuantos rodeaban por todas partes a Patroclo se
cubrían con los escudos y calaban las lamas.
Ayante recorría las filas y daba muchas órdenes:
mandaba que ninguno retrocediese, abandonando
el cadáver, ni combatiendo se adelantara
a los demás aqueos, sino que todos rodearan
al muerto y pelearan de cerca. Así se lo encargaba
el ingente Ayante. La tierra estaba regada
de purpúrea sangre y caían muertos, unos
en pos de otros, muchos troyanos, poderosos
auxiliares, y dánaos; pues estos últimos no peleaban
sin derramar sangre, aunque perecían
en mucho menor número porque cuidaban
siempre de defenderse recíprocamente en medio
de la turba, para evitar la cruel muerte.

366. Así combatían, con el ardor del fuego. No
hubieras dicho que aún subsistiesen el sol y
luna, pues hallábanse cubiertos por la niebla
todos los guerreros ilustres que peleaban alrededor
del cadáver del Menecíada. Los restantes
troyanos y aqueos, de hermosas grebas, libres
de la obscuridad, luchaban al cielo sereno: los
vivos rayos del sol herían el campo, sin que
apareciera ninguna nube sobre la tierra ni en
las montañas, y ellos combatían y descansaban
alternativamente, hallándose a gran distancia
unos de otros y procurando librarse de los dolorosos
tiros que les dirigían los contrarios. Y
en tanto, los del centro padecían muchos males
a causa de la niebla y del combate, y los más
valientes estaban dañados por el cruel bronce.
Dos varones insignes, Trasimedes y Antíloco,
ignoraban aún que el eximio Patroclo hubiese
muerto y creían que, vivo aún, luchaba con los
troyanos en la primera fila. Ambos, aunque
estaban en la cuenta de que sus compañeros
eran muertos o derrotados, peleaban separadamente
de los demás; que así se lo había ordenado
Néstor, cuando desde las negras naves los
envió a la batalla.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 04 Abr 2021, 05:55

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XVII

Principalía de Menelao.
CONT.

384. Todo el día sostuvieron la gran contienda y
el cruel combate. Cansados y sudosos tenían las
rodillas, las piernas y más abajo los pies, y
manchados de polvo las manos y los ojos, cuantos
peleaban en torno del valiente servidor del
Eácida, de pies ligeros. Como un hombre da a
los obreros, para que la estiren, una piel grande
de toro cubierta de grasa, y ellos, cogiéndola, se
distribuyen a su alrededor, y tirando todos sale
la humedad, penetra la grasa y la piel queda
perfectamente extendida por todos lados, de la
misma manera tiraban aquéllos del cadáver acá
y acullá, en un reducido espacio, y tenían grandes
esperanzas de arrastrarlo los troyanos hacia
Ilio, y los aqueos a las cóncavas naves. Un tumulto
feroz se producía alrededor del muerto;
y ni Ares, que enardece a los guerreros, ni Atenea
por airada que estuviera, habrían hallado
nada que baldonar, si lo hubiesen presenciado:
tal funesto combate de hombres y caballos
suscitó Zeus aquel día sobre el cadáver de Patroclo.
El divino Aquiles ignoraba aún la muerte
del héroe, porque la pelea se había empeñado
muy lejos de las veleras naves, al pie del
muro de Troya. No se figuraba que hubiese
muerto, sino que después de acercarse a las
puertas volvería vivo; porque tampoco esperaba
que llegara a tomar la ciudad, ni solo, ni con
él mismo. Así se lo había oído muchas veces a
su madre cuando, hablándole separadamente
de los demás, le revelaba el pensamiento del
gran Zeus. Pero entonces la diosa no le anunció
la gran desgracia que acababa de ocurrir: la
muerte del compañero a quien más amaba.

412. Los combatientes, blandiendo afiladas lanzas,
se acometían continuamente alrededor del
cadáver; y unos a otros se mataban. Y hubo
quien entre los aqueos, de broncíneas corazas,
habló de esta manera:

415. -¡Oh amigos! No sería para nosotros acción
gloriosa la de volver a las cóncavas naves. Antes
la negra tierra se nos trague a todos; que
preferible fuera, si hemos de permitir a los troyanos,
domadores de caballos, que arrastren el
cadáver a la ciudad y alcancen gloria.

420. Y a su vez alguno de los magnánimos troyanos
así decía:

421. -¡Oh amigos! Aunque la parca haya dispuesto
que sucumbamos todos junto a ese
hombre, nadie abandone la batalla.

423. Con tales palabras excitaban el valor de sus
compañeros. Seguía el combate, y el férreo
estrépito llegaba al cielo de bronce, a través del
infecundo éter.

426. Los corceles de Aquiles lloraban, fuera del
campo de la batalla, desde que supieron que su
auriga había sido postrado en el polvo por
Héctor, matador de hombres. Por más que Automedonte,
hijo valiente de Diores, los aguijaba
con el flexible látigo y les dirigía palabras, ya
suaves, ya amenazadoras; ni querían volver
atrás, a las naves y al vasto Helesponto, ni encaminarse
hacia los aqueos que estaban peleando.
Como la columna se mantiene firme sobre
el túmulo de un varón difunto o de una
matrona, tan inmóviles permanecían aquéllos
con el magnífico carro. Inclinaban la cabeza al
suelo, de sus párpados caían a tierra ardientes
lágrimas con que lloraban la pérdida del auriga,
y las lozanas crines estaban manchadas y
caídas a ambos lados del yugo.

441. A1 verlos llorar, el Cronión se compadeció
de ellos, movió la cabeza, y, hablando consigo
mismo, dijo:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 04 Abr 2021, 06:02

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LA ILIADA

CANTO XVII

Principalía de Menelao.
CONT.

443. «¡Ah, infelices! ¿Por qué os entregamos al
rey Peleo, a un mortal, estando vosotros exentos
de la vejez y de la muerte? ¿Acaso para que
tuvieseis penas entre los míseros mortales?
Porque no hay un ser más desgraciado que el
hombre, entre cuantos respiran y se mueven
sobre la tierra. Héctor Priámida no será llevado
por vosotros en el labrado carro; no lo permitiré.
¿Por ventura no es bastante que se haya
apoderado de las armas y se gloríe de esta manera?
Daré fuerza a vuestras rodillas y a vuestro
espíritu, para que llevéis salvo a Automedonte
desde la batalla a las cóncavas naves; y
concederé gloria a los troyanos, los cuales seguirán
matando hasta que lleguen a las naves
de muchos bancos, se ponga el sol y la sagrada
obscuridad sobrevenga.»

456. Así diciendo, infundió gran vigor a los caballos:
sacudieron éstos el polvo de las crines y
arrastraron velozmente el ligero carro hacia los
troyanos y los aqueos. Automedonte, aunque
afligido por la suerte de su compañero, quería
combatir desde el carro, y con los corceles se
echaba sobre los enemigos como el buitre sobre
los ánsares; y con la misma facilidad huía del
tumulto de los troyanos, que arremetía a la
gran turba de ellos para seguirles el alcance.
Pero no mataba hombres cuando se lanzaba a
perseguir, porque, estando solo en el sagrado
asiento, no le era posible acometer con la lanza
y sujetar al mismo tiempo los veloces caballos.
Viole al fin su compañero Alcimedonte, hijo de
Laerces Hemónida; y, poniéndose detrás del
carro, dijo a Automedonte:

469 -¡Automedonte! ¿Qué dios te ha sugerido
tan inútil propósito dentro del pecho y te ha
privado de tu buen juicio? ¿Por qué, estando
solo, combates con los troyanos en la primera
fila? Tu compañero recibió la muerte, y Héctor
se vanagloria de cubrir sus hombros con las
armas del Eácida.

474. Respondióle Automedonte, hijo de Diores:

475. -¡Alcimedonte! ¿Cuál otro aqueo podría
sujetar o aguijar estos caballos inmortales mejor
que tú, si no fuera Patroclo, consejero igual a
los dioses, mientras estuvo vivo? Pero ya la
muerte y la parca lo alcanzaron. Recoge el látigo
y las lustrosas riendas, y yo bajaré del carro
para combatir.

481. Así dijo. Alcimedonte, subiendo en seguida
al veloz carro, empuñó el látigo y las riendas, y
Automedonte saltó a tierra. Advirtiólo el esclarecido
Héctor; y al momento dijo a Eneas, que a
su lado estaba:

485. -¡Eneas, consejero de los troyanos, de
broncíneas corazas! Advierto que los corceles
del Eácida, ligero de pies, aparecen nuevamente
en la lid guiados por aurigas débiles. Y creo
que me apoderaría de los mismos, si tú quisieras
ayudarme; pues, arremetiendo nosotros a
los aurigas, éstos no se.. atreverán a resistir ni a
pelear frente a frente.

491. Así dijo; y el valeroso hijo de Anquises no
dejó de obedecerle. Ambos pasaron adelante,
protegiendo sus hombros con sólidos escudos
de pieles secas de buey, cubiertas con gruesa
capa de bronce. Siguiéronles Cromio y el deiforme
Areto, que tenían grandes esperanzas de
matar a los aurigas y llevarse los corceles de
erguido cuello. ¡Insensatos! No sin derramar
sangre habían de escapar de Automedonte.
Éste, orando al padre Zeus, llenó de fuerza y
vigor las negras entrañas; y en seguida dijo a
Alcimedonte, su fiel compañero:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 01:29

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LA ILIADA

CANTO XVII

Principalía de Menelao.
CONT.

501. -¡Alcimedonte! No tengas los caballos lejos
de mí; sino tan cerca, que sienta su resuello
sobre mi espalda. Creo que Héctor Priámida no
calmará su ardor hasta que suba al carro de
Aquiles y gobierne los corceles de hermosas
crines, después de darnos muerte a nosotros y
desbaratar las filas de los guerreros argivos; o
él mismo sucumba, peleando con los combatientes
delanteros.

507. Así habiendo hablado, llamó a los dos
Ayantes y a Menelao:

508. -¡Ayantes, caudillos de los argivos! ¡Menelao!
Dejad a los más fuertes el cuidado de rodear
al muerto y defenderlo, rechazando las haces
enemigas; y venid a librarnos del día cruel a
nosotros que aún vivimos, pues se dirigen a
esta parte, corriendo por el luctuoso combate,
Héctor y Eneas, que son los más valientes de
los troyanos. En la mano de los dioses está lo
que haya de ocurrir. Yo arrojaré mi lanza, y
Zeus se cuidará del resto.

516. Dijo; y, blandiendo la ingente lanza, acertó
a dar en el escudo liso de Areto, que no logró
detener a aquélla: atravesólo la punta de bronce,
y rasgando el cinturón se clavó en el empeine
del guerrero. Como un joven hiere con afilada
segur a un buey montaraz por detrás de las
astas, le corta el nervio y el animal da un salto y
cae, de esta manera el troyano saltó y cayó boca
arriba y la lanza aguda, vibrando aún en sus
entrañas, dejóle sin vigor los miembros.- Héctor
arrojó la reluciente lanza contra Automedonte,
pero éste, como la viera venir, evitó el golpe
inclinándose hacia adelante: la fornida lanza se
clavó en el suelo detrás de él, y el regatón temblaba;
pero pronto la impetuosa arma perdió su
fuerza. Y se atacaron de cerca con las espadas,
si no les hubiesen obligado a separarse los dos
Ayantes; los cuales, enardecidos, abriéronse
paso por la turba y acudieron a las voces de su
amigo. Temiéronlos Héctor, Eneas y el deiforme
Cromio, y, retrocediendo, dejaron a Areto,
que yacía en el suelo con el corazón traspasado.
Automedonte, igual al veloz Ares, despojóle de
538 -El pesar de mi corazón por la muerte del
las armas y, gloriándose, pronunció estas palabras:
Menecíada se ha aliviado un poco; aunque le es
inferior el varón a quien he dado muerte.

540. Así diciendo, tomó y puso en el carro los
sangrientos despojos; y en seguida subió al
mismo, con los pies y las manos ensangrentados
como el león que ha devorado un toro.

543. De nuevo se trabó una pelea encarnizada,
funesta, luctuosa, en torno de Patroclo. Excitó
la lid a Atenea, que vino del cielo, enviada a
socorrer a los dánaos por el largovidente Zeus,
cuya mente había cambiado. De la suerte que
Zeus tiende en el cielo el purpúreo arco iris,
como señal de una guerra o de un invierno tan
frío que obliga a suspender las labores del
campo y entristece a los rebaños, de este modo
la diosa, envuelta en purpúrea nube, penetró
por las tropas aqueas y animó a cada guerrero.
Primero enderezó sus pasos hacia el fuerte Menelao,
hijo de Atreo, que se hallaba cerca; y,
tomando la figura y voz infatigable de Fénix, le
exhortó diciendo:

CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 01:34

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XVII

Principalía de Menelao.
CONT.

556. -Sería para ti, oh Menelao, motivo de vergüenza
y de oprobio que los veloces perros
despedazaran cerca del muro de Troya el cadáver
de quien fue compañero fiel del ilustre
Aquiles. ¡Combate denodadamente y anima a
todo el ejército!

560. Respondióle Menelao, valiente en la pelea:

561. -¡Padre Fénix, anciano respetable! Ojalá
Atenea me infundiese vigor y me librase del
ímpetu de los tiros. Yo quisiera ponerme al
lado de Patroclo y defenderlo, porque su muerte
conmovió mucho mi corazón; pero Héctor
tiene la terrible fuerza de una llama, y no cesa
de matar con el bronce, protegido por Zeus,
que le da gloria.

567. Así dijo. Atenea, la diosa de ojos de lechuza,
holgándose de que aquél la invocara la primera
entre todas las deidades, le vigorizó los
hombros y las rodillas, a infundió en su pecho
la audacia de la mosca, la cual, aunque sea ahuyentada
repetidas veces, vuelve a picar porque
la sangre humana le es agradable; de una audacia
semejante llenó la diosa las negras entrañas
del héroe. Encaminóse Menelao hacia el cadáver
de Patroclo y despidió la reluciente lanza.
Hallábase entre los troyanos Podes, hijo de Eetión,
rico y valiente, a quien Héctor honraba
mucho en la ciudad porque era su compañero
querido en los festines; a éste, que ya emprendía
la fuga, atravesólo el rubio Menelao con la
broncínea lanza que se clavó en el ceñidor, y el
troyano cayó con estrépito. A1 punto, el Atrida
Menelao arrastró el cadáver desde los troyanos
adonde se hallaban sus amigos.

582. Apolo incitó a Héctor, poniéndose a su lado
después de tomar la figura de Fénope Asíada;
éste tenía la casa en Abides, y era para el héroe
el más querido de sus huéspedes. Así transfigurado,
dijo Apolo, el que hiere de lejos:

586. -¡Héctor! ¿Cuál otro aqueo te temerá, cuando
huyes temeroso ante Menelao, que siempre
fue guerrero débil y ahora él solo ha levantado
y se lleva fuera del alcance de los troyanos el
cadáver de tu fiel amigo a quien mató, del que
peleaba con denuedo entre los combatientes
delanteros, de Podes, hijo de Eetión?

591. Así dijo, y negra nube de pesar envolvió a
Héctor, que en seguida atravesó las primeras
filas, cubierto de reluciente bronce. Entonces el
Cronida tomó la esplendorosa égida flanqueada,
cubrió de nubes el Ida, relampagueó y tronó
fuertemente, agitó la égida, y dio la victoria a
los troyanos, poniendo en fuga a los aqueos.


CONT.


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que traspasó y emocionó a los muertos.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 01:48

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XVII

Principalía de Menelao.
CONT.

597. El primero que huyó fue Penéleo, el beocio,
por haber recibido, vuelto siempre de cara a los
troyanos, una herida leve en el hombro; y Polidamante,
acercándose a él, le arrojó la lanza,
que desgarró la piel y llegó hasta el hueso.-
Héctor, a su vez, hirió en la muñeca y dejó fuera
de combate a Leito, hijo del magnánimo
Alectrión; el cual huyó espantado y mirando en
torno suyo, porque ya no esperaba que con la
lanza en la mano pudiese combatir con los troyanos.-
Contra Héctor, que perseguía a Leito,
arrojó Idomeneo su lanza y le dio un bote en el
peto de la coraza, junto a la tetilla; pero rompióse
aquélla en la unión del asta con el hierro;
y los troyanos gritaron. Héctor despidió su lama
contra Idomeneo Deucálida, que iba en un
carro; y por poco no acertó a herirlo; pero el
bronce se clavó en Cérano, escudero y auriga
de Meriones, a quien acompañaba desde que
partieron de la bien construida Licto. Idomeneo
salió aquel día de las corvas naves al campo,
como infante; y hubiera procurado a los troyanos
un gran triunfo, si no hubiese llegado
Cérano guiando los veloces corceles: éste fue su
salvador, porque le libró del día cruel al perder
la vida a manos de Héctor, matador de hombres.
A Cérano, pues, hirióle Héctor debajo de
la quijada y de la oreja: la punta de la lanza
hizo saltar los dientes y atravesó la lengua. El
guerrero cayó del carro, y dejó que las riendas
vinieran al suelo. Meriones, inclinándose, recogiólas,
y dijo a Idomeneo:

622. -Aquija con el látigo los caballos hasta que
llegues a las veleras naves; pues ya tú mismo
conoces que no serán los aqueos quienes alcancen
la victoria.

624. Así habló; a Idomeneo fustigó los corceles
de hermosas crines, guiándolos hacia las
cóncavas naves, porque el temor había entrado
en su corazón.

626. No les pasó inadvertido al magnánimo
Ayante y a Menelao que Zeus otorgaba a los
troyanos la inconstante victoria. Y el gran
Ayante Telamonio fue el primero en decir:

629. -¡Oh dioses! Ya hasta el más simple conocería
que el padre Zeus favorece a los troyanos.
Los tiros de todos ellos, sea cobarde o valiente
el que dispara, no yerran el blanco, porque
Zeus los encamina; mientras que los nuestros
caen al suelo sin dañar a nadie. Ea, pensemos
cómo nos será más fácil sacar el cadáver y volvernos,
para regocijar a nuestros amigos; los
cuales deben de atligirse mirando hacia acá, y
sin duda piensan que ya no podemos resistir la
fuerza y las invictas manos de Héctor, matador
de hombres, y pronto tendremos que caer en
las negras naves. Ojalá algún amigo avisara
rápidamente al Pelida, pues no creo que sepa la
infausta nueva de que ha muerto su compañero
amado. Pero no puedo distinguir entre los
aqueos a nadie capaz de hacerlo, cubiertos como
están por densa niebla hombres y caballos.
¡Padre Zeus! ¡Libra de la espesa niebla a los
aqueos, serena el cielo, concede que nuestros
ojos vean, y destrúyenos en la luz, ya que así te
place!

648. Así dijo; y el padre, compadecido de verle
derramar lágrimas, disipó en el acto la obscuridad
y apartó la niebla. Brilló el sol y toda la
batalla quedó alumbrada. Y entonces dijo
Ayante a Menelao, valiente en la pelea:


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 01:54

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LA ILIADA

CANTO XVII

Principalía de Menelao.
CONT.

651. -Mira ahora, Menelao, alumno de Zeus, si
ves a Antíloco, hijo del magnánimo Néstor,
vivo aún; y envíale para que vaya corriendo a
decir al belicoso Aquiles que ha muerto su
compañero más amado.

655. Así dijo; y Menelao, valiente en la pelea,
obedeció y se fue, como se aleja del establo un
león después de irritar a los canes y a los hombres
que, vigilando toda la noche, no le han
dejado comer los pingües bueyes -el animal,
ávido de carne, acomete, pero nada consigue
porque audaces manos le arrojan muchos venablos
y teas encendidas que le hacen temer,
aunque está enfurecido-; y al despuntar la aurora
se va con el corazón afligido: de tan mala
gana, Menelao, valiente en la pelea, se apartaba
de Patroclo, porque sentía gran temor de que
los aqueos, vencidos por el fuerte miedo, lo
dejaran y fuera presa de los enemigos. Y se lo
recomendó mucho a Meriones y a los Ayantes,
diciéndoles:

669. -¡Ayantes, caudillos de los argivos! ¡Meriones!
Acordaos ahora de la mansedumbre del
mísero Patroclo, el cual supo ser amable con
todos mientras gozó de vida. Pero ya la muerte
y la parca le alcanzaron.

673. Dicho esto, el rubio Menelao partió mirando
a todas partes como el águila (el ave, según
dicen, de vista más perspicaz entre cuantas
vuelan por el cielo), a la cual, aun estando en
las alturas, no le pasa inadvertida una liebre de
pies ligeros echada debajo de un arbusto frondoso,
y se abalanza a ella y en un instante la
coge y le quita la vida; del mismo modo, oh
Menelao, alumno de Zeus, tus brillantes ojos
dirigíanse a todos lados, por la turba numerosa
de los compañeros, para ver si podrías hallar
vivo al hijo de Néstor. Pronto le distinguió a la
izquierda del combate, donde animaba a sus
compañeros y les incitaba a pelear. Y deteniéndose
a su lado, hablóle así el rubio Menelao:

685. -¡Ea, ven acá, Antíloco, alumno de Zeus, y
sabrás una infausta nueva que ojalá no debiera
darte! Creo que tú mismo conocerás, con sólo
tender la vista, que un dios nos manda la derrota
a los dánaos y que la victoria es de los troyanos.
Ha muerto el más valiente aqueo, Patroclo,
y los dánaos le echan muy de menos. Corre
hacia las naves aqueas y anúncialo a Aquiles;
por si, dándose prisa en venir, puede llevar a su
bajel el cadáver desnudo, pues las armas las
tiene Héctor, el de tremolante casco.

694. Así dijo. Estremecióse Antíloco al oírle,
estuvo un buen rato sin poder hablar, llenáronse
de lágrimas sus ojos y la voz sonora se le
cortó. Mas no por esto descuidó de cumplir la
orden de Menelao: entregó las armas a Laódoco,
el eximio compañero que a su lado regía los
solípedos caballos, y echó a correr.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 02:01

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LA ILIADA

CANTO XVII

Principalía de Menelao.
CONT.

700. Llevado por sus pies fuera del combate,
fuese llorando a dar al Pelida Aquiles la triste
noticia. Y a ti, oh Menelao, alumno de Zeus, no
te aconsejó el ánimo que te quedaras allí para
socorrer a los fatigados compañeros de Antíloco,
aunque los pilios echaban muy de menos a
su jefe. Envióles, pues, el divino Trasimedes; y
volviendo a la carrera hacia el cadáver del
héroe Patroclo, se detuvo junto a los Ayantes, y
en seguida les dijo:

708. -Ya he enviado a aquél a las veleras naves,
para que se presente a Aquiles, el de los pies
ligeros; pero no creo que Aquiles venga en seguida,
por más airado que esté con el divino
Héctor, porque sin armas no podrá combatir
con los troyanos. Pensemos nosotros mismos
cómo nos será más fácil sacar el cadáver y librarnos,
en la lucha con los troyanos, de la
muerte y la parca.

715. Respondióle el gran Ayante Telamonio:

716. -Oportuno es cuanto dijiste, ínclito Menelao.
Tú y Meriones introducíos prontamente,
levantad el cadáver y sacadlo de la lid. Y nosotros
dos, que tenernos igual ánimo, llevamos el
mismo nombre y siempre hemos sostenido juntos
el vivo combate, os seguiremos, peleando a
vuestra espalda con los troyanos y el divino
Héctor.

722. Así dijo. Aquéllos cogieron al muerto y
alzáronlo muy alto; y gritó el ejército troyano al
ver que los aqueos levantaban el cadáver.
Arremetieron los troyanos como los perros que,
adelantándose a los jóvenes cazadores, persiguen
al jabalí herido; así como éstos corren
detrás del jabalí y anhelan despedazarlo, pero,
cuando el animal, fiado en su fuerza, se vuelve,
retroceden y espantados se dispersan; del mismo
modo los troyanos seguían en tropel y herían
a los aqueos con las espadas y lanzas de
doble filo; pero, cuando los Ayantes volvieron
la cara y se detuvieron, a todos se les mudó el
color del semblante y ninguno osó adelantarse
para disputarles el cadáver.

733. De tal manera ambos caudillos llevaban
presurosos el cadáver desde la batalla hacia las
cóncavas naves. Tras ellos suscitóse feroz combate:
como el fuego que prende en una ciudad,
se levanta de pronto y resplandece, y las casas
se arruinan entre grandes llamas que el viento,
enfurecido, mueve; de igual suerte, un horrísono
tumulto de caballos y guerreros acompañaba
a los que se iban retirando. Así como mulos
vigorosos sacan del monte y arrastran por
áspero camino una viga o un gran tronco destinado
a mástil de navío, y apresuran el paso,
pero su ánimo está abatido por el cansancio y el
sudor: de la misma manera ambos caudillos
transportaban animosamente el cadáver. Detrás
de ellos, los Ayantes contenían a los troyanos
como el valladar selvoso extendido por gran
parte de la llanura refrena las corrientes perjudiciales
de los ríos de curso arrebatado, les hace
torcer el camino y les señala el cauce por donde
todos han de correr, y jamás los ríos pueden
romperlo con la fuerza de sus aguas; de semejante
modo, los Ayantes apartaban a los troyanos
que les seguían peleando, especialmente
Eneas Anquisíada y el preclaro Héctor. Como
vuela una bandada de estorninos o grajos, dando
horribles chillidos, cuando ven al gavilán
que trae la muerte a los pajarillos, así entonces
los aqueos, perseguidos por Eneas y Héctor,
corrían chillando horriblemente y se olvidaban
de combatir. Muchas armas hermosas de los
dánaos fugitivos cayeron en el foso o en sus
orillas, y la batalla continuaba sin intermisión
alguna.


FIN DEL CANTO XVII


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 06:46

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LA ILIADA

CANTO XVIII (*)

Fabricación de las armas

(*)
Aquiles, al enterarse de la noticia de la muerte
de su amigo Patroclo, ansía vengarlo. Su madre,
Tetis, pide a Hefesto que fabrique un escudo
que reemplace al que Héctor tomó como
botín del cadáver de Patroclo.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 06:52

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LA ILIADA

CANTO XVIII

Fabricación de las armas


1. Mientras los troyanos y los aqueos combatían
con el ardor de abrasadora llama, Antíloco,
mensajero de veloces pies, fue en busca de
Aquiles. Hallóle junto alas naves, de altas popas,
y ya el héroe presentía lo ocurrido; pues,
gimiendo, a su magnánimo espíritu así le
hablaba:

6. -¡Ay de mí! ¿Por qué los melenudos aqueos
vuelven a ser derrotados, y corren aturdidos
por la llanura con dirección a las naves? Temo
que los dioses me hayan causado la desgracia
cruel para mi corazón, que me anunció mi madre
diciendo que el más valiente de los mirmidones
dejaría de ver la luz del sol, a manos de
los troyanos, antes de que yo falleciera. Sin duda
ha muerto el esforzado hijo de Menecio.
¡Infeliz! Yo le mandé que, tan pronto como
apartase el fuego enemigo, regresara a los bajeles
y no quisiera pelear valerosamente con
Héctor.

15. Mientras tales pensamientos revolvía en su
mente y en su corazón, llegó el hijo del ilustre
Néstor; y, derramando ardientes lágrimas, diole
la triste noticia:

18. -¡Ay de mí, hijo del aguerrido Peleo! Sabrás
una infausta nueva, una cosa que no hubiera de
haber ocurrido. Patroclo yace en el suelo, y troyanos
y aqueos combaten en torno del cadáver
desnudo, pues Héctor, el de tremolante casco,
tiene la armadura.

22. Así dijo; y negra nube de pesar envolvió a
Aquiles. El héroe cogió ceniza con ambas manos,
derramóla sobre su cabeza, afeó el gracioso
rostro y la negra ceniza manchó la divina túnica;
después se tendió en el polvo, ocupando un
gran espacio, y con las manos se arrancaba los
cabellos. Las esclavas que Aquiles y Patroclo
habían cautivado salieron afligidas; y, dando
agudos gritos, fueron desde la puerta a rodear
a Aquiles; todas se golpeaban el pecho y sentían
desfallecer sus miembros. Antíloco también
se lamentaba, vertía lágrimas y tenía de las manos
a Aquiles, cuyo gran corazón deshacíase en
suspiros, por el temor de que se cortase la garganta
con el hierro. Dio Aquiles un horrendo
gemido; oyóle su veneranda madre, que se
hallaba en el fondo del mar, junto al padre anciano,
y prorrumpió en sollozos; y cuantas diosas
nereidas había en aquellas profundidades,
todas se congregaron a su alrededor. Allí estaban
Glauce, Talía, Cimódoce, Nesea, Espío,
Toe, Halia, la de ojos de novilla, Cimótoe, Actea,
Limnorea, Mélite, Yera, Anfítoe, Ágave,
Doto, Proto, Ferusa, Dinámene, Dexámene,
Anfínome, Calianira, Dóride, Pánope, la célebre
Galatea, Nemertes, Apseudes, Calianasa,
Clímene, Yanira, Yanasa, Mera, Oritía, Amatía,
la de hermosas trenzas, y las restantes nereidas
que habitan en el hondo del mar. La blanquecina
gruta se llenó de ninfas, y todas se golpeaban
el pecho. Y Tetis, dando principio a los
lamentos, exclamó:

CONT.


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CANTO XVIII

Fabricación de las armas.
CONT.

52. -Oíd, hermanas nereidas, para que sepáis
cuántas penas sufre mi corazón. ¡Ay de mí,
desgraciada! ¡Ay de mí, madre infeliz de un
valiente! Parí a un hijo ilustre, fuerte e insigne
entre los héroes, que creció semejante a un
árbol; le crié como a una planta en terreno fértil
y lo mandé a Ilio en las corvas naves para que
combatiera con los troyanos; y ya no le recibiré
otra vez, porque no volverá a mi casa, a la mansión
de Peleo. Mientras vive y ve la luz del sol
está angustiado, y no puedo, aunque a él me
acerque, llevarle socorro. Iré a ver al hijo querido
y me dirá qué pesar le aflige ahora que no
interviene en las batallas.

65. Así diciendo, salió de la gruta; las nereidas la
acompañaron llorosas, y las olas del mar se
rompían en torno de ellas. Cuando llegaron a la
fértil Troya, subieron todas a la playa donde las
muchas naves de los mirmidones habían sido
colocadas junto a la del veloz Aquiles. La veneranda
madre se acercó al héroe, que suspiraba
profundamente; y, rompiendo el aire con agudos
clamores, abrazóle la cabeza, y en tono lastimero
pronunció estas aladas palabras:

73. -¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado
al alma? Habla; no me lo ocultes. Zeus ha
cumplido lo que tú, levantando las manos, le
pediste: que todos los aqueos, privados de ti,
fueran acorralados junto a las naves y padecieran
vergonzosos desastres.

78. Exhalando profundos suspiros, contestó
Aquiles, el de los pies ligeros:

79. -¡Madre mía! El Olímpico, efectivamente, lo
ha cumplido; pero ¿qué placer puede producirme,
habiendo muerto Patroclo, el fiel amigo
a quien apreciaba sobre todos los compañeros y
tanto como a mi propia cabeza? Lo he perdido,
y Héctor, después de matarlo, le despojó de las
armas prodigiosas, encanto de la vista, magníficas,
que los dioses regalaron a Peleo, como
espléndido presente, el día en que lo colocaron
en el tálamo de un hombre mortal. Ojalá hubieras
seguido habitando en el mar con las inmortales
ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa
mortal. Mas no sucedió así, para que sea inmenso
el dolor de tu alma cuando muera tu
hijo, a quien ya no recibirás vuelto a la patria,
pues mi ánimo no me incita a vivir, ni a permanecer
entre los hombres, si Héctor no pierde la
vida, atravesado por mi lanza, recibiendo de
este modo la condigna pena por la muerte de
Patroclo Menecíada.

94 Respondióle Tetis, derramando lágrimas:

95. -Breve será tu existencia, a juzgar por lo que
dices, pues la muerte te aguarda así que Héctor
perezca.

97. Contestó muy afligido Aquiles, el de los pies
ligeros:

CONT.


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CANTO XVIII

Fabricación de las armas.
CONT.

98. -Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer
al amigo cuando lo mataron: ha perecido
lejos de su país y sin tenerme al lado para que
le librara de la desgracia. Ahora, puesto que no
he de volver a la patria tierra, ni he salvado a
Patroclo ni a los muchos amigos que murieron
a manos del divino Héctor, permanezco en las
naves cual inútil peso de la tierra, siendo tal en
la batalla como ninguno de los aqueos, de
broncíneas corazas, pues en el ágora otros me
superan. Ojalá pereciera la discordia para los
dioses y para los hombres, y con ella la ira, que
encruelece hasta al hombre sensato cuando más
dulce que la miel se introduce en el pecho y va
creciendo como el humo. Así me irritó el rey de
hombres, Agamenón. Pero dejemos lo pasado,
aunque afligidos, pues es preciso refrenar el
furor del pecho. Iré a buscar al matador del
amigo querido, a Héctor; y yo recibiré la muerte
cuando lo dispongan Zeus y los demás dioses
inmortales. Pues ni el fornido Heracies pudo
librarse de ella, con ser carísimo al soberano
Zeus Cronida, sino que la parca y la cólera funesta
de Hera le hicieron sucumbir. Así yo, si
he de tener igual muerte, yaceré en la tumba
cuando muera; mas ahora ganaré gloriosa fama
y haré que algunas de las matronas troyanas o
dardanias, de profundo seno, den fuertes suspiros
y con ambas manos se enjuguen las
lágrimas de sus tiernas mejillas. Conozcan que
durante largo tiempo me he abstenido de combatir.
Y tú, aunque me ames, no me prohíbas
que pelee, que no lograrás persuadirme.

127. Respondióle Tetis, la de argénteos pies:

128. -Sí, hijo, es justo, y no puede reprobarse
que libres a los afligidos compañeros de una
muerte terrible; pero tu magnífica armadura de
luciente bronce la tienen los troyanos, y Héctor,
el de tremolante casco, se vanagloria de cubrir
con ella sus hombros. Con todo eso, me figuro
que no durará mucho su jactancia, pues ya la
muerte se le avecina. Tú no penetres en la contienda
de Ares hasta que con tus ojos me veas
volver; y mañana, al romper el alba, vendré a
traerte una hermosa armadura fabricada por
Hefesto.

138. Cuando así hubo hablado, dejó a su hijo; y
volviéndose a sus hermanas de la mar, les dijo:

140. -Bajad vosotras al anchuroso seno del mar
para ver al anciano marino y el palacio del padre,
a quien se lo contaréis todo; y yo subiré al
elevado Olimpo para que Hefesto, el ilustre
artífice, dé a mi hijo una magnífica y reluciente
armadura.

148. Así habló. Las nereidas se sumergieron
prestamente en las olas del mar, y Tetis, la diosa
de argénteos pies, enderezó sus pasos al
Olimpo para procurar a su hijo las magníficas
armas.

CONT.



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que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 07:15

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XVIII

Fabricación de las armas.
CONT.

148. Mientras la diosa se encaminaba al Olimpo,
los aqueos, de hermosas grebas, huyendo con
gritería inmensa a vista de Héctor, matador de
hombres, llegaron a las naves y al Helesponto;
y ya no podían sacar fuera de los tiros el cadáver
de Patroclo, escudero de Aquiles, porque
de nuevo los alcanzaron los troyanos con sus
carros y Héctor, hijo de Príamo, que por su vigor
parecía una llama. Tres veces el esclarecido
Héctor asió a Patroclo por los pies a intentó
arrastrarlo, exhortando con horrendos gritos a
los troyanos; tres veces los dos Ayantes, revestidos
de impetuoso valor, le rechazaron.
Héctor, confiando en su fuerza, unas veces se
arrojaba a la pelea, otras se detenía y daba
grandes voces, pero nunca se retiraba del todo.
Como los pastores pasan la noche en el campo
y no consiguen apartar de la presa a un fogoso
león muy hambriento; de semejante modo, los
belicosos Ayantes no lograban ahuyentar del
cadáver a Héctor Priámida. Y éste lo arrastrara,
consiguiendo inmensa gloria, si no se hubiese
presentado al Pelión, para aconsejarle que tomase
las armas, la veloz Iris, de pies ligeros
como el viento; a la cual enviaba Hera, sin que
lo supieran Zeus ni los demás dioses. Colocóse
la diosa cerca de Aquiles y pronunció estas aladas
palabras:

170. -¡Levántate, Pelida, el más portentoso de
los hombres! Ve a defender a Patroclo, por cuyo
cuerpo se ha trabado un vivo combate cerca de
las naves. Mátanse allí los aqueos defendiendo
el cadáver, y los troyanos acometiendo con el
fin de arrastrarlo a la ventosa Ilio. Y el que más
empeño tiene en llevárselo es el esclarecido
Héctor, porque su ánimo le incita a cortarle la
cabeza del tierno cuello para clavarla en una
estaca. Levántate, no yazgas más; avergüéncese
tu corazón de que Patroclo llegue a ser juguete
de los perros troyanos; pues será para ti motivo
de afrenta que el cadáver reciba algún ultraje.

181. Respondióle el divino Aquiles, el de los
pies ligeros:

182.-¡Diosa Iris! ¿Cuál de las deidades te envía
como mensajera?

183. Díjole la veloz Iris, de pies ligeros como el
viento:

184. -Me manda Hera, la ilustre esposa de Zeus,
sin que lo sepan el excelso Cronida ni los demás
dioses inmortales que habitan el nevado
Olimpo.

187. Replicóle Aquiles, el de los pies ligeros:

188. -¿Cómo puedo ir a la batalla? Los troyanos
tienen mis armas, y mi madre no me permite
entrar en combate hasta que con estos ojos la
vea volver, pues aseguró que me traería una
hermosa armadura fabricada por Hefesto. Entre
tanto no sé de cuál guerrero podría vestir las
armas, a no ser que tomase el escudo de Ayante
Telamoníada; pero creo que éste se halla entre
los combatientes delanteros y pelea con la lanza
por el cadáver de Patroclo.

196. Contestóle la veloz Iris, de pies ligeros como
el viento:

197. -Bien sabemos nosotros que aquéllos tienen
tu magnífica armadura; pero muéstrate a los
troyanos en la orilla del foso para que, temiéndote,
cesen de pelear; los belicosos aqueos, que
tan abatidos están, se reanimen, y la batalla tenga
su tregua, aunque sea por breve tiempo.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 07 Abr 2021, 06:43

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LA ILIADA

CANTO XVIII

Fabricación de las armas.
CONT.

202. En diciendo esto, fuese Iris, ligera de pies.
Aquiles, caro a Zeus, se levantó, y Atenea cubrióle
los fornidos hombros con la égida floqueada,
y además la divina entre las diosas
circundóle la cabeza con áurea nube, en la cual
ardía resplandeciente llama. Como se ve desde
lejos el humo que, saliendo de una isla donde
se halla una ciudad sitiada por los enemigos,
llega al éter, cuando sus habitantes, después de
combatir todo el día en horrenda batalla, fuera
de la ciudad, al ponerse el sol encienden muchos
fuegos, cuyo resplandor sube a lo alto,
para que los vecinos los vean, se embarquen y
les libren del apuro, de igual modo el resplandor
de la cabeza de Aquiles llegaba al éter. Y
acercándose a la orilla del foso, fuera de la muralla,
se detuvo, sin mezclarse con los aqueos,
porque respetaba el prudente mandato de su
madre. Allí dio recias voces y a alguna distancia
Palas Atenea vociferó también y suscitó un
inmenso tumulto entre los troyanos. Como se
oye la voz sonora de la trompeta cuando vienen
a cercar la ciudad enemigos que la vida quitan,
tan sonora fue entonces la voz del Eácida.
Cuando se dejó oír la voz de bronce del héroe, a
todos se les conturbó el corazón, y los caballos,
de hermosas crines, volvíanse hacia atrás con
los carros porque en su ánimo presentían desgracias.
Los aurigas se quedaron atónitos al ver
el terrible a incesante fuego que en la cabeza
del magnánimo Pelión hacía arder Atenea, la
diosa de ojos de lechuza. Tres veces el divino
Aquiles gritó a orillas del foso, y tres veces se
turbaron los troyanos y sus ínclitos auxiliares; y
doce de los más valientes guerreros murieron
atropellados por sus carros y heridos por sus
propias lanzas. Y los aqueos, muy alegres, sacaron
a Patroclo fuera del alcance de los tiros y
colocáronlo en un lecho. Los amigos le rodearon
llorosos, y con ellos iba Aquiles, el de los
pies ligeros, derramando ardientes lágrimas,
desde que vio al fiel compañero desgarrado por
el agudo bronce y tendido en el féretro. Habíale
mandado a la batalla con su carro y sus corceles,
y ya no podía recibirlo, porque de ella no
tornaba vivo.

239. Hera veneranda, la de ojos de novilla,
obligó al sol infatigable a hundirse, mal de su
grado, en la corriente del Océano. Y una vez
puesto, los divinos aqueos suspendieron la enconada
pelea y el general combate.

243. Los troyanos, por su parte, retirándose de
la dura contienda, desuncieron de los carros los
veloces corceles y se reunieron en el ágora antes
de preparar la cena. Celebraron el ágora de pie
y nadie osó sentarse; pues a todos les hacía
temblar el que Aquiles se presentara después
de haber permanecido tanto tiempo apartado
del funesto combate. Fue el primero en arengarles
el prudente Polidamante Pantoida, el
único que conocía el futuro y el pasado: era
amigo de Héctor, y ambos nacieron en la misma
noche; pero Polidamante superaba a Héctor
en la elocuencia, y éste descollaba más que él
en el manejo de la lanza. Y arengándoles benévolo,
así les dijo:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 07 Abr 2021, 06:53

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LA ILIADA

CANTO XVIII

Fabricación de las armas.
CONT.

254.-Pensadlo bien, amigos, pues yo os exhorto
a volver a la ciudad en vez de aguardar a la
divinal aurora en la llanura, junto a las naves, y
tan lejos del muro como al presente nos hallamos.
Mientras ese hombre estuvo irritado con
el divino Agamenón, fue más fácil combatir
contra los aqueos; y también yo gustaba de
pernoctar junto a las veleras naves, esperando
que acabaríamos tomando los corvos bajeles.
Ahora temo mucho al Pelida, de pies ligeros,
que con su ánimo arrogante no se contentará
con quedarse en la llanura, donde troyanos y
aqueos sostienen el furor de Ares, sino que luchará
para apoderarse de la ciudad y de las
mujeres. Volvamos a la población; seguid mi
consejo, antes de que ocurra lo que voy a decir.
La noche inmortal ha detenido al Pelida, de
pies ligeros; pero, si mañana nos acomete armado
y nos encuentra aquí, conoceréis quién
es, y llegará gozoso a la sagrada Ilio el que logre
escapar, pues a muchos de los troyanos se
los comerán los perros y los buitres. ¡Ojalá que
tal noticia nunca llegue a mis oídos! Si, aunque
estéis afligidos, seguís mi consejo, tendremos el
ejército reunido en el ágora durante la noche,
pues la ciudad queda defendida por las torres y
las altas puertas con sus tablas grandes, labradas,
sólidamente unidas. Por la mañana, al
apuntar la aurora, subiremos armados a las
torres; y si aquél viniere de las naves a combatir
con nosotros al pie del muro, peor para él; pues
habrá de volverse después de cansar a los caballos,
de erguido cuello, con carreras de todas
clases, llevándolos errantes en torno de la ciudad.
Pero no tendrá ánimo para entrar en ella, y
nunca podrá destruirla; antes se to comerán los
veloces perros.
284 Mirándole con torva faz, exclamó Héctor, el
de tremolante casco:
285 -¡Polidamante! No me place lo que propones
de volver a la ciudad y encerrarnos en ella.
¿Aún no os cansáis de vivir dentro de los muros?
Antes todos los hombres dotados de palabra
llamaban a la ciudad de Príamo rica en oro
y en bronce, pero ya las hermosas joyas desaparecieron
de las casas: muchas riquezas han sido
llevadas a la Frigia y a la encantadora Meonia
para ser vendidas, desde que Zeus se irritó contra
nosotros. Y ahora que el hijo del artero Crono
me ha concedido alcanzar gloria junto a las
naves y acorralar contra el mar a los aqueos, no
des, ¡oh necio!, tales consejos al pueblo. Ningún
troyano to obedecerá, porque no lo permitiré.
Ea, procedamos todos como voy a decir. Cenad
en el campamento, sin romper las filas; acordaos
de la guardia y vigilad todos. Y el troyano
que sienta gran temor por sus bienes, júntelos y
entréguelos al pueblo para que en común se
consuman; pues es mejor que los disfrute éste
que no los aqueos. Mañana, al apuntar la aurora,
vestiremos la armadura y suscitaremos un
reñido combate junto alas cóncavas naves. Y si
verdaderamente el divino Aquiles pretende
salir del campamento, le pesará tanto más,
cuanto más se arriesgue. Porque intento no huir
de él, sino afrontarle en la batalla horrísona; y
alcanzará una gran victoria, o seré yo quien la
consiga. Que Enialio es a todos común y suele
causar la muerte del que matar deseaba.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 07 Abr 2021, 07:00

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LA ILIADA

CANTO XVIII

Fabricación de las armas.
CONT.

310. Así se expresó Héctor, y los troyanos le
aclamaron, ¡oh necios!, porque Palas Atenea les
quitó el juicio. ¡Aplaudían todos a Héctor por
sus funestos propósitos y ni uno siquiera a Polidamante,
que les daba un buen consejo! Tomaron,
pues, la cena en el campamento; y los
aqueos pasaron la noche dando gemidos y llorando
a Patroclo. El Pelida, poniendo sus manos
homicidas sobre el pecho del amigo, dio
comienzo a las sentidas lamentaciones, mezcladas
con frecuentes sollozos. Como el melenudo
león a quien un cazador ha quitado los cachorros
en la poblada selva, cuando vuelve a su
madriguera se aflige y, poseído de vehemente
cólera, recorre los valles en busca de aquel
hombre, de igual modo, y despidiendo profundos
suspiros, dijo Aquiles entre los mirmidones:

324. -¡Oh dioses! Vanas fueron las palabras que
pronuncié un día en el palacio para tranquilizar
al héroe Menecio, diciendo que a su ilustre hijo
le llevaría otra vez a Opunte tan pronto como,
tomada Ilio, recibiera su parte de botín. Zeus no
les cumple a los hombres todos sus deseos; y el
hado ha dispuesto que nuestra sangre enrojezca
una misma tierra, aquí en Troya; porque ya no
me recibirán en su palacio ni el anciano caballero
Peleo, ni Tetis, mi madre, sino que esta tierra
me contendrá en su seno. Ahora, ya que tengo
de penetrar en la tierra, oh Patroclo, después
que tú, no te haré las honras fúnebres hasta que
traiga las armas y la cabeza de Héctor, tu
magnánirno matador. Degollaré ante la pira,
para vengar tu muerte, doce hijos de ilustres
troyanos. Y en tanto permanezcas tendido junto
a las corvas naves, te rodearán, llorando noche
y día, las troyanas y dardanias de profundo
seno que conquistamos con nuestro valor y la
ingente lanza, al entrar a saco opulentas ciudades
de hombres de. voz articulada.

343. Cuando esto hubo dicho, el divino Aquiles
mandó a sus compañeros que pusieran al fuego
un gran trípode para que cuanto antes le lavaran
a Patroclo las manchas de sangre. Y ellos
colocaron sobre el ardiente fuego una caldera
propia para baños, sostenida por un trípode;
llenáronla de agua, y metiendo leña debajo la
encendieron: el fuego rodeó la caldera y calentó
el agua. Cuando ésta hirvió en la caldera de
bronce reluciente, lavaron el cadáver, ungiéronlo
con pingüe aceite y taparon las heridas con
un unguento que tenía nueve años; después,
colocándolo en el lecho, lo envolvieron de pies
a cabeza en fina tela de lino y lo cubrieron con
un velo blanco. Los mirmidones pasaron la
noche alrededor de Aquiles, el de los pies ligeros,
dando gemidos y llorando a Patroclo. Y
Zeus habló de este modo a Hera, su hermana y
esposa:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 07 Abr 2021, 07:12

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CANTO XVIII

Fabricación de las armas.
CONT.

357. -Lograste al fin, Hera veneranda, la de ojos
de novilla, que Aquiles, ligero de pies, volviera
a la batalla. Sin duda nacieron de ti los melenudos
aqueos.

360. Respondió Hera veneranda, la de ojos de
novilla:

360. Respondió Hera veneranda, la de ojos de
novilla:

361.-¡Terribilísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste!
Si un hombre, no obstante su condición
de mortal y no saber Canto, puede realizar su
propósito contra otro hombre, ¿cómo yo, que
me considero la primera de las diosas por mi
abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya,
de ti que reinas sobre los inmortales todos, no
había de causar males a los troyanos estando
irritada contra ellos?

368. Así éstos conversaban. Tetis, la de argénteos
pies, llegó al palacio imperecedero de Hefesto,
que brlllaba como una estrella, lucía entre
los de las deidades, era de bronce y habíalo
edificado el cojo en persona. Halló al dios bañado
en sudor y moviéndose en torno de los
fuelles, pues fabricaba veinte trípodes que debían
permanecer arrimados a la pared del bien
construido palacio y tenían ruedas de oro en los
pies para que de propio impulso pudieran entrar
donde los dioses se congregaban y volver a
la casa. ¡Cosa admirable! Estaban casi terminados,
faltándoles tan sólo las labradas asas, y el
dios preparaba los clavos para pegárselas.
Mientras hacía tales obras con sabia inteligencla,
llegó Tetis, la diosa de argénteos pies. La
bella Caris, que llevaba luciente diadema y era
esposa del ilustre cojo, viola venir, salió a recibirla,
y, asiéndola por la mano, le dijo:

385. -¿Por qué, oh Tetis, la de largo pelo, venerable
y cara, vienes a nuestro palacio? Antes no
solías frecuentarlo. Pero sígueme, y te ofreceré
los dones de la hospitalidad.

388. Dichas estas palabras, la divina entre las
diosas introdujo a Tetis y la hizo sentar en un
hermoso trono labrado, tachonado con clavos
de plata y provisto de un escabel para los pies.
Y, llamando a Hefesto, ilustre artífice, le dijo:

392 -¡Hefesto! Ven acá, pues Tetis te necesita
para algo.

393. Respondió el ilustre cojo de ambos pies:

394. -Respetable y veneranda es la diosa que ha
venido a este palacio. Fue mi salvadora cuando
me tocó padecer, pues vime arrojado del cielo y
caí a lo lejos por la voluntad de mi insolente
madre, que me quería ocultar a causa de la cojera.
Entonces mi corazón hubiera tenido que
soportar terribles penas, si no me hubiesen
acogido en su seno Eurínome y Tetis; Eurínome,
hija del retumbante Océano. Nueve años viví
con ellas fabricando muchas piezas de bronce
-broches, redondos brazaletes, sortijas y collares-
en una cueva profunda, rodeada por la
inmensa, murmurante y espumosa corriente
del Océano. De todos los dioses y los mortales
hombres, sólo lo sabían Tetis y Eurínome, las
mismas que antes me salvaron. Hoy que Tetis,
la de hermosas trenzas, viene a mi casa, tengo
que pagarle el beneficio de haberme conservado
la vida. Sírvele hermosos presentes de
hospitalidad, mientras recojo los fuelles y demás
herramientas.

CONT.










































































































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CANTO XVIII

Fabricación de las armas.
CONT.

410. Dijo; y levantóse de cabe al yunque el gigantesco
e infatigable numen que al andar cojeaba
arrastrando sus gráciles piernas. Apartó
de la llama los fuelles y puso en un arcón de
plata las herramientas con que trabajaba; enjugóse
con una esponja el sudor del rostro, de
las manos, del vigoroso cuello y del velludo
pecho, vistió la túnica, tomó el fornido cetro, y
salió cojeando, apoyado en dos estatuas de oro
que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues
tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse
ejercitadas en las obras propias de los inmortales
dioses. Ambas sostenían cuidadosamente a
su señor, y éste, andando, se sentó en un trono
reluciente cerca de Tetis, asió la mano de la
deidad, y le dijo:

424. -¿Por qué, oh Tetis, la de largo pelo, venerable
y cara, vienes a nuestro palacio? Antes no
solías frecuentarlo. Di qué deseas; mi corazón
me impulsa a ejecutarlo, si puedo ejecutarlo y
es hacedero.

428. Respondióle Tetis, derramando lágrimas:

429. -¡Hefesto! ¿Hay alguna entre las diosas del
Olimpo que haya sufrido en su ánimo tantos y
tan graves pesares como a mí me ha enviado el
Cronida Zeus? De las ninfas del mar, únicamente
a mí me sujetó a un hombre, a Peleo Eácida,
y tuve que tolerar, contra toda mi voluntad,
el tálamo de un hombre que yace ya en el
palacio, rendido a la triste vejez. Ahora me envía
otros males: concedióme que pariera y alimentara
un hijo insigne entre los héroes, que
creció semejante a un árbol, lo crié como a una
planta en terreno fértil y lo mandé a Ilio en las
corvas naves, para que combatiera con los troyanos;
y ya no le recibiré otra vez, porque no
volverá a mi casa, a la mansión de Peleo. Mientras
vive y ve la luz del sol está angustiado, y
no puedo, aunque a él me acerque, llevarle socorro.
Los aqueos le habían asignado, como
recompensa, una joven, y el rey Agamenón se
la quitó de las manos. Apesadumbrado por tal
motivo, consumía su corazón, pero los troyanos
acorralaron a los aqueos junto a los bajeles y no
les dejaban salir del campamento, y los próceres
argivos intercedieron con Aquiles y le ofrecieron
espléndidos regalos. Entonces, aunque
se negó a librarles de la ruina, hizo que vistiera
sus armas Patroclo y envióle a la batalla con
muchos hombres. Combatieron todo el día en
las puertas Esceas; y los aqueos hubieran destruido
la ciudad, a no haber sido por Apolo, el
cual mató entre los combatientes delanteros al
esforzado hijo de Menecio, que tanto estrago
causaba, y dio gloria a Héctor. Y yo vengo a
abrazar tus rodillas por si quieres dar a mi hijo,
cuya vida ha de ser breve, escudo, casco, hermosas
grebas ajustadas con broches, y coraza;
pues las armas que tenía las perdió su fiel amigo
al morir a manos de los troyanos, y Aquiles
yace en tierra con el corazón afligido.

CONT.


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HOMERO. Grecia Clásica. - Página 9 Empty Re: HOMERO. Grecia Clásica.

Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Abr 2021, 04:07

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XVIII

Fabricación de las armas. CONT.

462. Contestóle el ilustre cojo de ambos pies:

463.-Cobra ánimo y no te apures por las armas.
Ojalá pudiera ocultarlo a la muerte horrísona
cuando el terrible destino se le presente, como
tendrá una hermosa armadura que admirarán
cuantos la vean.

468. Así habló; y, dejando a la diosa, encaminóse
a los fuelles, los volvió hacia la llama y les
mandó que trabajasen. Estos soplaban en veinte
hornos, despidiendo un aire que avivaba el
fuego y era de varias clases: unas veces fuerte,
como lo necesita el que trabaja de prisa, y otras
al contrario, según Hefesto lo deseaba y la obra
lo requería. El dios puso al fuego duro bronce,
estaño, oro precioso y plata; colocó en el tajo el
gran yunque, y cogió con una mano el pesado
martillo y con la otra las tenazas.

478. Hizo lo primero de todo un escudo grande
y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante
y reluciente, provisto de una abrazadera
de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la
superior grabó el dios muchas artísticas figuras,
con sabia inteligencia.

483. Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol
infatigable y la luna llena; allí las estrellas que
el cielo coronan, las Pléyades, las Híades, el
robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre
el Carro, la cual gira siempre en el mismo
sitio, mira a Orión y es la única que deja de
bañarse en el Océano.

490. Allí representó también dos ciudades de
hombres dotados de palabra. En la una se celebraban
bodas y festines: las novias salían de sus
habitaciones y eran acompañadas por la ciudad
a la luz de antorchas encendidas, oíanse repetidos
cantos de himeneo, jóvenes danzantes formaban
ruedos, dentro de los cuales sonaban
flautas y cítaras, y las matronas admiraban el
espectáculo desde los vestíbulos de las casas.-
Los hombres estaban reunidos en el ágora, pues
se había suscitado una contienda entre dos varones
acerca de la multa que debía pagarse por
un homicidio: el uno, declarando ante el pueblo,
afirmaba que ya la tenía satisfecha; el otro
negaba haberla recibido, y ambos deseaban
terminar el pleito presentando testigos. El pueblo
se hallaba dividido en dos bandos, que
aplaudían sucesivamente a cada litigante; los
heraldos aquietaban a la muchedumbre, y los
ancianos, sentados sobre pulimentadas piedras
en sagrado círculo, tenían en las manos los cetros
de los heraldos, de voz potente, y levantándose
uno tras otro publicaban el juicio
que habían formado. En el centro estaban los
dos talentos de oro que debían darse al que
mejor demostrara la justicia de su causa.

CONT.


_________________
"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Abr 2021, 04:23

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XVIII

Fabricación de las armas.
CONT.

509. La otra ciudad aparecía cercada por dos
ejércitos cuyos individuos, revestidos de lucientes
armaduras, no estaban acordes: los del primero
deseaban arruinar la plaza, y los otros
querían dividir en dos partes cuantas riquezas
encerraba la agradable población. Pero los ciudadanos
aún no se rendían, y preparaban secretamente
una emboscada. Mujeres, niños y ancianos
subidos en la muralla la defendían. Los
sitiados marchaban llevando al frente a Ares y
a Palas Atenea, ambos de oro y con áureas vestiduras,
hermosos, grandes, armados y distinguidos,
como dioses; pues los hombres eran de
estatura menor. Luego en el lugar escogido
para la emboscada, que era a orillas de un río y
cerca de un abrevadero que utilizaba todo el
ganado, sentábanse, cubiertos de reluciente
bronce, y ponían dos centinelas avanzados para
que les avisaran la llegada de las ovejas y de los
bueyes de retorcidos cuernos. Pronto se presentaban
los rebaños con dos pastores que se recreaban
tocando la zampoña, sin presentir la
asechanza. Cuando los emboscados los veían
venir, corrían a su encuentro y al punto se apoderaban
de los rebaños de bueyes y de los
magníficos hatos de blancas ovejas y mataban a
los guardianes. Los sitiadores, que se hallaban
reunidos en junta, oían el vocerío que se alzaba
en torno de los bueyes, y, montando ágiles corceles,
acudían presurosos. Pronto se trababa a
orillas del río una batalla en la cual heríanse
unos a otros con broncíneas lanzas. Allí se agitaban
la Discordia, el Tumulto y la funesta Parca,
que a un tiempo cogía a un guerrero vivo y
recientemente herido y a otro ileso, y arrastraba,
asiéndolo de los pies, por el campo de la
batalla a un tercero que ya había muerto; y el
ropaje que cubría su espalda estaba teñido de
sangre humana. Movíanse todos como hombres
vivos, peleaban y retiraban los muertos.

541. Representó también una blanda tierra noval,
un campo fértil y vasto que se labraba por
tercera vez: acá y acullá muchos labradores
guiaban las yuntas, y, al llegar al confín del
campo, un hombre les salía al encuentro y les
daba una copa de dulce vino; y ellos volvían
atrás, abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar
al otro extremo del noval profundo. Y la
tierra que dejaban a su espalda negreaba y parecía
labrada, siendo toda de oro; lo cual constituía
una singular maravilla.

550. Grabó asimismo un campo real donde los
jóvenes segaban las mieses con hoces afiladas:
muchos manojos caían al suelo a lo largo del
surco, y con ellos formaban gavilla: los atadores.
Tres eran éstos, y unos rapaces cogían los
manojos y se los llevaban a brazados. En medio,
de pie en un surco, estaba el rey sin desplegar
los labios, con el corazón alegre y el cetro
en la mano. Debajo de una encina, los heraldos
preparaban para el banquete un corpulento
buey que habían matado. Y las mujeres
aparejaban la comida de los trabajadores,
haciendo abundantes puches de blanca harina.


CONT.


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que traspasó y emocionó a los muertos.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Abr 2021, 04:29

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XVIII

Fabricación de las armas. CONT.

561. También entalló una hermosa viña de oro,
cuyas cepas, cargadas de negros racimos, estaban
sostenidas por rodrigones de plata. Rodeábanla
un foso de negruzco acero y un seto de
estaño, y conducía a ella un solo camino por
donde pasaban los acarreadores ocupados en la
vendimia. Doncellas y mancebos, pensando en
cosas tiernas, llevaban el dulce fruto en cestos
de mimbre; un muchacho tañía suavemente la
harmoniosa cítara y entonaba con tenue voz un
hermoso lino, y todos le acompañaban cantando,
profiriendo voces de júbilo y golpeando con
los pies el suelo.

573. Puso luego un rebaño de vacas de erguida
cornamenta: los animales eran de oro y estaño,
y salían del establo, mugiendo, para pastar a
orillas de un sonoro río, junto a un flexible cañaveral.
Cuatro pastores de oro guiaban a las
vacas y nueve canes de pies ligeros los seguían.
Entre las primeras vacas, dos terribles leones
habían sujetado y conducían a un toro que daba
fuertes mugidos. Perseguíanlos mancebos y
perros. Pero los leones lograban desgarrar la
piel del corpulento toro y tragaban los intestinos
y la negra sangre; mientras los pastores
intentaban, aunque inútilmente, estorbarlo, y
azuzaban a los ágiles canes: éstos se apartaban
de los leones sin morderlos, ladraban desde
cerca y rehuían el encuentro de las fieras.

587. Hizo también el ilustre cojo de ambos pies
un gran prado en hermoso valle, donde pacían
las cándidas ovejas, con establos, chozas techadas
y apriscos.

590. El ilustre cojo de ambos pies puso luego
una danza como la que Dédalo concertó en la
vasta Cnoso en obsequio de Ariadna, la de lindas
trenzas. Mancebos v doncellas de rico dote,
cogidos de las manos, se divertían bailando:
éstas llevaban vestidos de sutil lino y bonitas
guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien tejidas y
algo lustrosas, como frotadas con aceite, y sables
de oro suspendidos de argénteos tahalíes.
Unas veces, moviendo los diestros pies, daban
vueltas a la redonda con la misma facilidad con
que el alfarero, sentándose, aplica su mano al
torno y lo prueba para ver si corre, y en otras
ocasiones se colocaban por hileras y bailaban
separadamente. Gentío inmenso rodeaba el
baile y se holgaba en contemplarlo. Entre ellos
un divino aedo cantaba, acompañándose con la
cítara; y así que se oía el preludio, dos saltadores
hacían cabriolas en medio de la muchedumbre.

606. En la orla del sólido escudo representó la
poderosa corriente del río Océano.

CONT:


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que traspasó y emocionó a los muertos.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Abr 2021, 04:47

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LA ILIADA

CANTO XVIII

Fabricación de las armas.
CONT.

609. Después que construyó el grande y fuerte
escudo, hizo para Aquiles una coraza más reluciente
que el resplandor del fuego; un sólido
casco, hermoso, labrado, de áurea cimera, y que
a sus sienes se adaptara, y unas grebas de
dúctil estaño.

614. Cuando el ilustre cojo de ambos pies hubo
fabricado todas las armas, entrególas a la madre
de Aquiles. Y Tetis saltó, como un gavilán
desde el nevado Olimpo, llevando la reluciente
armadura que Hefesto había construido.

FIN DEL CANTO XVIII


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que traspasó y emocionó a los muertos.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Abr 2021, 04:57

HOMERO

LA ILIADA

CANTO XIX (*)

Renunciamiento de la cólera


(* ) Pertrechado con la armadura que le había fabricado
Hefesto, Aquiles se reconcilia con
Agamenón. Briseide lamenta la muerte de Patroclo
y el ejército aqueo se prepara para la batalla
que va a tener lugar.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Abr 2021, 05:19

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LA ILIADA

CANTO XIX

Renunciamiento de la cólera.
CONT.

1. La Aurora, de azafranado velo, se levantaba
de la corriente del Océano para llevar la luz a
los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a
las naves con la armadura que Hefesto le había
entregado. Halló al hijo querido reclinado sobre
el cadáver de Patroclo, llorando ruidosamente
y en torno suyo a muchos amigos que derramaban
lágrimas. La divina entre las diosas se
puso en medio, asió la mano de Aquiles y
hablóle de este modo:

8. -¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos
que ése yazga, ya que sucumbió por la
voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura
fabricada por Hefesto, tan excelente y bella como
jamás varón alguno la haya llevado para
proteger sus hombros.

12. La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en
el suelo delante de Aquiles las labradas armas,
y éstas resonaron. A todos los mirmidones les
sobrevino temblor; y, sin atreverse a mirarlas
de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, así
que las vio, sintió que se le recrudecía la cólera;
los ojos le centellearon terriblemente, como una
llama, debajo de los párpados; y el héroe se
gozaba teniendo en las manos el espléndido
presente de la deidad. Y, cuando bubo deleitado
su ánimo con la contemplación de la labrada
armadura, dirigió a su madre estas aladas palabras:

21. -¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas
como es natural que sean las obras de los inmortales
y como ningún hombre mortal las
hiciera. Ahora me armaré, pero temo que mientras
tanto penetren las moscas por las heridas
que el bronce causó al esforzado hijo de Menecio,
engendren gusanos, desfiguren el cuerpo
-pues le falta la vida- y corrompan todo el
cadáver.

28. Respondióle Tetis, la diosa de argénteos
pies:

29. -Hijo, no te turbe el ánimo tal pensamiento.
Yo procuraré apartar los importunos enjambres
de moscas, que se ceban en la carne de los varones
muertos en la guerra. Y, aunque estuviera
tendido un año entero, su cuerpo se conservaría
igual que ahora o mejor todavía. Tú convoca al
ágora a los héroes aqueos, renuncia a la cólera
contra Agamenón, pastor de pueblos, ármate
en seguida para el combate y revístete de valor.

37. Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y
echó unas gotas de ambrosía y rojo néctar en la
nariz de Patroclo, para que el cuerpo se hiciera
incorruptible.

40. El divino Aquiles se encaminó a la orilla del
mar, y, dando horribles voces, convocó a los
héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el
recinto de las naves, y hasta los pilotos que las
gobernaban, y como despenseros distribuían
los víveres, fueron entonces al ágora, porque
Aquiles se presentaba, después de haber permanecido
alejado del triste combate durante
mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino
Ulises, servidores de Ares, acudieron cojeando,
apoyándose en el arrimo de la lanza -aún no
tenían curadas las graves heridas-, y se sentaron
delante de todos. Agamenón, rey de hombres,
llegó el último y también estaba herido,
pues Coón Antenórida habíale clavado su
broncínea pica durante la encarnizada lucha.
Cuando todos los aqueos se hubieron congregado,
levantándose entre ellos dijo Aquiles, el
de los pies ligeros:


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Ayer a las 05:59

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LA ILIADA

CANTO XIX

Renunciamiento de la cólera. CONT.

56 -¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos,
para ti y para mí, continuar unidos que sostener,
con el corazón angustiado, roedora disputa
por una joven. Así la hubiese muerto Ártemis
en las naves con una de sus flechas el mismo
día que la cautivé al tomar a Lirneso; y no habrían
mordido el anchuroso suelo tantos aqueos
como sucumbieron a manos del enemigo mientras
duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos
fue el beneficio, y me figuro que los aqueos se
acordarán largo tiempo de nuestra disputa.
Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos
afligidos, puesto que es preciso refrenar el furor
del pecho. Desde ahora depongo la cólera, que
no sería razonable estar siempre irritado. Mas,
ea, incita a los melenudos aqueos a que peleen;
y veré, saliendo al encuentro de los troyanos, si
querrán pasar la noche junto a los bajeles. Creo
que con gusto se entregará al descanso el que
logre escapar del feroz combate, puesto en fuga
por mi lanza.

74. Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas,
holgáronse de que el magnánimo Pelión renunciara
a la cólera. Y el rey de hombres, Agamenón,
les dijo desde su asiento, sin levantarse
en medio del concurso:

78. -¡Oh amigos, héroes dánaos, servidores de
Ares! Bueno será que escuchéis sin interrumpirme,
pues lo contrario molesta hasta al que
está ejercitado en hablar. ¿Cómo se podría oír o
decir algo en medio del tumulto producido por
muchos hombres? Turbaríase el orador aunque
fuese elocuente. Yo me dirigiré al Pelida; pero
vosotros, los demás argivos, prestadme atención
y cada uno penetre bien mis palabras. Muchas
veces los aqueos me han dirigido las mismas
Palabras, increpándome por lo ocurrido, y
yo no soy el culpable, sino Zeus, la Parca y Erinia,
que vaga en las tinieblas; los cuales hicieron
padecer a mi alma, durante el ágora, cruel
ofuscación el día en que le arrebaté a Aquiles la
recompensa. Mas, ¿qué podía hacer? La divinidad
es quien lo dispone todo. Hija veneranda
de Zeus es la perniciosa Ofuscación, a todos tan
funesta: sus pies son delicados y no los acerca
al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los
hombres, a quienes causa daño, y se apodera de
uno, por lo menos, de los que contienden. En
otro tiempo fue aciaga para el mismo Zeus, que
es tenido por el más poderoso de los hombres y
de los dioses; pues Hera, no obstante ser hembra,
le engañó cuando Alcmena había de parir
al fornido Heracles en Teba, ceñida de hermosas
murallas. El dios, gloriándose, dijo así ante
todas las deidades: «Oídme todos, dioses y diosas,
para que os manifieste lo que en el pecho
mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside
los partos, sacará a luz un varón que, perteneciendo
a la familia de los hombres engendrados
de mi sangre, reinará sobre todos sus vecinos.»
Y hablándole con astucia, le replicó la venerable
Hera: «Mentirás, y no llevarás al cabo lo
que dices. Y si no, ea, Olímpico, jura solemnemente
que reinará sobre todos sus vecinos el
niño que, perteneciendo a la familia de los
hombres engendrados de tu sangre, caiga hoy
entre los pies de una mujer.» Así dijo; Zeus, no
sospechando el dolo, prestó el gran juramento
que tan funesto le había de ser. Pues Hera dejó
en raudo vuelo la cima del Olimpo, y pronto
llegó a Argos de Acaya, donde vivía la esposa
ilustre de Esténelo Persida; y, como ésta se
hallara encinta de siete meses cumplidos, la
diosa sacó a luz el niño, aunque era prematuro,
y retardó el parto de Alcmena, deteniendo a las
Ilitias. Y en seguida participóselo a Zeus Cronida,
diciendo: «¡Padre Zeus, fulminador! Una
noticia tengo que darte. Ya nació el noble varón
que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de
Esténelo Persida, descendiente tuyo. No es indigno
de reinar sobre aquéllos.» Así dijo, y un
agudo dolor penetró el alma del dios, que, irritado
en su corazón, cogió a Ofuscación por los
nítidos cabellos y prestó solemne juramento de
que Ofuscación, tan funesta a todos, jamás volvería
al Olimpo y al cielo estrellado. Y, volteándola
con la mano, la arrojó del cielo. En
seguida llegó Ofuscación a los campos cultivados
por los hombres. Y Zeus gemía por causa
de ella, siempre que contemplaba a su hijo realizando
los penosos trabajos que Euristeo le iba
imponiendo. Por esto, cuando el gran Héctor, el
de tremolante casco, mataba a los argivos junto
a las popas de las naves, yo no podía olvidarme
de Ofuscación, cuyo funesto influjo había experimentado.
Pero ya que falté y Zeus me hizo
perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos
regalos, y tú ve al combate y anima a los
demás guerreros. Voy a darte cuanto ayer te
ofreció en tu tienda el divino Ulises. Y si quieres,
aguarda, aunque estés impaciente por
combatir, y mis servidores traerán de la nave
los presentes para que veas si son capaces de
apaciguar tu ánimo los que te brindo.

CONT:


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CANTO XIX

Renunciamiento de la cólera.
CONT.

145. Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:

146. -¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres,
Agamenón! Luego podrás regalarme estas cosas,
como es justo, o retenerlas. Ahora pensemos
solamente en la batalla. Preciso es que no
perdamos el tiempo hablando, ni difiramos la
acción -la gran empresa está aún por acabar-,
para que vean nuevamente a Aquiles entre los
combatientes delanteros, aniquilando con su
broncínea lanza las falanges teucras. Y vosotros
pensad también en combatir con los enemigos.

154. Contestó el ingenioso Ulises:

155. -Aunque seas valiente, deiforme Aquiles,
no exhortes a los aqueos a que peleen en ayunas
con los troyanos, cerca de Ilio; que no durará
poco tiempo la batalla cuando las falanges
vengan a las manos y la divinidad excite el valor
de ambos ejércitos. Ordénales, por el contrario,
a los aqueos que en las veleras naves se
harten de manjares y vino, pues esto da fuerza
y valor. Estando en ayunas no puede el varón
combatir todo el día, hasta la puesta del sol, con
el enemigo; aunque su corazón lo desee, los
miembros se le entorpecen sin que él lo advierta,
le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se
le doblan al andar. Pero el que pelea todo el día
con los enemigos, saciado de vino y de manjares,
tiene en el pecho un corazón audaz y sus
miembros no se cansan hasta que todos se han
retirado de la lid. Ea, despide las tropas y manda
que preparen el desayuno; el rey de hombres,
Agamenón, traiga los regalos en medio
del ágora para que los vean todos los aqueos
con sus propios ojos y te regocijes en el corazón;
jure el Atrida, de pie entre los argivos,
que nunca subió al lecho de Briseide ni se juntó
con ella, como es costumbre, oh rey, entre
hombres y mujeres; y tú, Aquiles, procura tener
en el pecho un ánimo benigno. Que luego se te
ofrezca en el campamento un espléndido banquete
de reconciliación, para que nada falte de
lo que se te debe. Y el Atrida sea en adelante
más justo con todos; pues no se puede reprender
que se apacigue a un rey, a quien primero
se injurió.

184. Dijo entonces el rey de hombres, Agamenón:

185. -Con agrado escuché tus palabras, Laertíada,
pues en todo lo que narraste y expusiste has
sido oportuno. Quiero hacer el juramento; mi
ánimo me lo aconseja, y no será para un perjurio
mi invocación a la divinidad. Aquiles
aguarde, aunque esté impaciente por combatir,
y los demás continuad reunidos aquí hasta que
traigan de mi tienda los presentes y consagremos
con un sacrificio nuestra fiel amistad. A ti
mismo yo te encargo y ordeno: escoge entre los
jóvenes aqueos los más principales; y, encaminándoos
a mi nave, traed cuanto ayer ofrecimos
a Aquiles, sin dejar las mujeres. Y Taltibio,
atravesando el anchuroso campamento
aqueo, vaya a buscar y prepare un jabalí para
inmolarlo a Zeus y al Sol.

198 Replicó Aquiles, el de los pies ligeros:



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"Madrid borra los versos de Miguel Hernández del memorial de las víctimas de la Guerra Civil en La Almudena"

SR. ALMEIDA RESTITUYA LOS VERSOS DE MIGUEL HERNÁNDEZ O QUEDARÁ COMO UN PREPOTENTE QUE INTENTÓ ACALLAR LA VOZ DE LA POESÍA

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HOMERO. Grecia Clásica. - Página 9 Empty Re: HOMERO. Grecia Clásica.

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