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ENRIQUE GIL CARRASCO (SIGLO XIX)

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Mensaje por Lluvia Abril Mar 29 Dic 2020, 05:01

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX



BIOGRAFÍA

Enrique Gil y Carrasco (Villafranca del Bierzo, 15 de julio de 1815-Berlín, 22 de febrero de 1846) fue un escritor romántico español, recordado fundamentalmente por la novela romántica historicista El Señor de Bembibre (1843), obra maestra de la prosa romántica de ficción española, que sigue el modelo de la novelística de Walter Scott.

Nacido el 15 de julio de 1815 en la localidad berciana de Villafranca del Bierzo, en la provincia de León, Gil y Carrasco se educó en una familia acomodada, católica y tradicionalista. Manuela Carrasco, su madre, era natural de Zamora. Su padre, Juan Gil, era oriundo de Soria y administraba las fincas del marqués de Villafranca y de la Colegiata de Villafranca. Por ello se instalaron en esta localidad. Además de Enrique, el matrimonio tuvo varios hijos: Juana (nac. 1813), Nemesia (1817), Eugenio (1819), Pelayo Pablo (1822), que moriría siendo niño, y Águeda (1826), que nació ya en Ponferrada. La desamortización supuso la venta de diversos monasterios de la comarca y el pase de grandes propiedades eclesiásticas, tierras sobre todo, a las manos del marqués de Villafranca. Eso influyó en el interés arqueológico de Enrique; pero el padre no perdió la ocasión de adquirir una casa y un prado, según los documentos exhumados por Jean-Louis Picoche (fr). Tras el fallecimiento del marqués el 12 de febrero de 1821, un inspector de Hacienda descubrió una estafa del padre a los marqueses por valor de 20.114 reales, que le supuso la destitución de su cargo y la obligación de devolver el descubierto a la marquesa. La familia se trasladó entonces a Ponferrada, si bien el padre continuó aún trabajando unos meses en Villafranca como administrador del capítulo de la Colegiata y de los bienes de José María Sánchez de Ulloa, heredero del señorío de Arganza.

Estudios y formación

Enrique inició sus estudios en el convento agustino de Villafranca entre 1823 y 1828; después pasó a la fundación benedictina de Vega de Espinareda para proseguirlos, según contó su hermano en la biografía Un ensueño. Ingresó en el seminario de Astorga el 18 de octubre de 1829, donde fue más estudiante que estudioso, y lo abandonó para estudiar Leyes en la Universidad de Valladolid. Allí aparece matriculado de segundo curso en 1832, porque un decreto de 1830 de Fernando VII ordenó el cierre de las universidades. Permaneció en la ciudad entre 1831 y 1836 donde coincide con su amigo de la infancia Joaquín del Pino, además de conocer a José María Ulloa y Miguel de los Santos Álvarez. También es posible que tratase a otros personajes que estudiaban allí, como José Grijalba, Jerónimo Morán, Buenaventura García Escobar, Manuel de Assas o José Zorrilla. La leva de 100.000 hombres para ganar la guerra carlista le hizo dejar la universidad en 1835; fue soldado en el ejército cristino dos meses, pero se reincorporó en diciembre de 1835 a los estudios. Los veranos los pasaba en Ponferrada, realizando excursiones por el Bierzo. Hizo amistad con Guilllermo Bailina y con su hermana Juana, musa de sus primeros escritos.

Poeta y novelista romántico
Se fue a Madrid contra la voluntad de su padre a seguir sus estudios; consta en el libro de matrículas de 1836-1837 en sexto de Derecho. Terminó la carrera en 1839. No se produjo una reconciliación antes del fallecimiento del padre, pues este murió en Ponferrada el 18 de septiembre de 1837, dejando el cargo de administrador de rentas reales, que era de carácter hereditario y debía corresponder a Enrique, a su hermano Eugenio, mientras que Enrique no asistió siquiera al entierro. En Madrid el escritor berciano hizo amigos entre los liberales, uno de ellos José de Espronceda, quien leyó en el Liceo, el 7 o 14 de diciembre de 1837, su poema Una gota de rocío; también leyó allí Espronceda su poema El cisne en 1838. Gil y Carrasco estuvo en el entierro de Mariano José de Larra como un miembro más de El Parnasillo; en este acto se dio a conocer su compañero José Zorrilla. En El Parnasillo, tertulia reunida en el Café del Príncipe, surgió el Ateneo de Madrid, el brillante Liceo artístico (del cual fue un habitual Gil y Carrasco desde su fundación en 1837), el Instituto, y otras muchas agrupaciones literarias.

Publicó poemas en El Español y en No me olvides, y se convirtió en colaborador asiduo en prosa y verso de El Correo Nacional, dirigido por Andrés Borrego; para él escribió nueve poesías y un cuento fantástico en 1838; ese mismo año publicó también en El Liceo Artístico y Literario hasta 1839 y en el Semanario Pintoresco Español, dirigido por Ramón Mesonero Romanos, desde febrero de 1839. En los últimos meses de 1838 se inicia como crítico teatral de El Correo Nacional, pero también hay escritos suyos en La Legalidad de González Bravo, en El Entreacto y en El Piloto.

En 1838 se leen varios poemas suyos: El cisne, Polonia (una oda patriótica), El Sil, A Blanca y Paz y porvenir (otra oda). En A la memoria del Conde Alange, dedicada a José de Espronceda, y A la memoria del general Torrijos deja ver sus preocupaciones políticas liberales. Como socio del Liceo firmó en el álbum poético regalado a la regente María Cristina en la recepción oficial el 30 de enero de 1838 y asistió a la fiesta con motivo del traslado de la asociación al Palacio de Villahermosa el 3 de enero de 1839. Después se le agravó una tuberculosis que ya arrastraba de épocas anteriores y regresa a Ponferrada. En ese periodo de forzada postración, y reanimado por los vientos del otoño, empezó a escribir la novela El lago de Carucedo, que envió por correo a Mesonero Romanos en marzo y en abril de 1840, y este la publica; en efecto, en la primavera de 1840 ya se encuentra mejor y tres años más tarde concluirá la novela histórica El Señor de Bembibre. En el Semanario Pintoresco Español retoma su actividad como crítico con su artículo sobre las Poesías de Espronceda. El 28 de noviembre de 1840 obtiene un puesto fijo de ayudante segundo en la Biblioteca Nacional gracias a su amigo Espronceda. Aprovecha la documentación que allí obtiene sobre la Orden del Temple para elaborar su futura novela. En mayo de 1841, durante la regencia de Espartero, empieza a colaborar en El Pensamiento, revista fundada por sus amigos Eugenio Moreno, Espronceda, Ros de Olano y Miguel de los Santos Álvarez. Allí trata temas como la filosofía de Juan Luis Vives o la literatura de los Estados Unidos. Pasó un mes durante el verano boreal de 1841 en Ponferrada. Deja de publicar desde octubre de 1841 a febrero de 1843, consagrado a la redacción de El señor de Bembibre y a los artículos de costumbres que serán editados en 1843 en Los españoles pintados por sí mismos y en Bosquejo de un viaje a una provincia de interior.

El 23 de mayo de 1842 muere su amigo y protector José Espronceda, al que consagra ese mismo día su poema "A Espronceda", muerte a la que siguen las de otros amigos y familiares, deprimiendo al escritor berciano. El poema sobre Espronceda es publicado en El Corresponsal y El Eco del Comercio. Regresa al Bierzo el verano boreal de 1842 con su salud quebrantada y allí realizó excursiones para documentar su Bosquejo de un viaje a una provincia de interior. En 1843 aparece Los españoles pintados por sí mismos, compendio colectivo de artículos costumbristas donde colabora con tres artículos, y aparecen en El Sol, los escritos que formarán el Bosquejo de un viaje a una provincia de interior. Ofrece al editor Francisco de Paula Mellado su recién acabada novela histórica El señor de Bembibre. Además colabora en El Laberinto, revista fundada por Antonio Flores, desde noviembre de 1843 hasta que marche a Berlín en abril de 1844. Durante el gobierno de su amigo González Bravo (noviembre de 1843 - mayo de 1844) se le nombra secretario de la legación en Prusia. Además, el presidente del gobierno conservador era cuñado de un amigo de Gil y Carrasco, el actor Julián Romea. En ese cargo debía recorrer todos los länder y realizar diversos informes sobre la industria alemana. Su labor fue fundamentalmente restablecer relaciones diplomáticas con Prusia, rotas desde 1836 y repuestas en 1848, poco tiempo después de la muerte de Gil. Abandona su puesto de bibliotecario el 29 de febrero de 1844 y sale de Madrid a principios de abril; dedica seis horas al día a aprender alemán, lengua que acabará dominando al igual que el francés y el inglés. Visita Valencia y Barcelona tras los pronunciamientos que provocaron la destitución de González Bravo en favor de Narváez. El 20 de mayo embarca en el buque "El Fenicio" rumbo a Marsella y viaja por Europa durante cuatro meses antes de llegar el 24 de septiembre a Berlín. Pasa por Marsella, Lyon, París (desde el 1 de junio hasta el 9 de agosto), Lille, Bruselas, Gante, Brujas, Ostende, Amberes, Róterdam, La Haya, Ámsterdam, el Valle del Rin, Fráncfort, Hannover, Magdeburgo y Potsdam. Aprovecha para elaborar su informe sobre la industria alemana. Desde Francia remite dos artículos a El Laberinto y escribe un Diario, donde revela sus gustos literarios: Fray Luis de León, Byron, Schiller, Goethe. En Berlín amista con Alexander von Humboldt y conoce al Príncipe Carlos y a su esposa, a la que dará clases de español.

De su prematura muerte en Berlín

En el verano boreal de 1845 se agrava su enfermedad, pero prefiere permanecer en Berlín antes que marchar a Niza a recuperarse, también para evitar el peligro de un viaje. Regala unos ejemplares de El señor de Bembibre a Humboldt y al rey. Humboldt le ofrece en nombre del rey la gran medalla de oro de las artes y las letras; en correspondencia, Enrique solicita para su amigo la Gran cruz de Carlos III, que le entregará en su casa a finales de enero de 1846. Pero su salud se deteriora rápidamente y fallece la mañana del 22 de febrero de 1846. Tenía premoniciones de su temprano fin, como se ve en poemas y artículos, y en efecto, murió joven, como muchos románticos. A su muerte dejó a su familia en la pobreza. Fue enterrado en el cementerio católico de Santa Eduvigis, en Berlín. Al sepelio asistieron el barón de Humboldt, su amigo José de Urbistondo, que costeó un sencillo monumento funerario y diversos diplomáticos. Sus restos se redujeron cuando caducó la propiedad de la sepultura en 1882, y ahora está enterrado allí el cadáver de Peter Reichenperger; los huesos se repatriaron en 1987 a la iglesia de San Francisco de Villafranca del Bierzo gracias a las gestiones del profesor Jean-Louis Picoche. Los apuntes y enseres de Gil y Carrasco permanecieron en la embajada de Berlín hasta la Segunda Guerra Mundial, en que desaparecieron. Entre ellos había notas de viaje y escritos de los que existe referencia gracias a César Morán. Publicaron necrológicas El Castellano, El Español, El Liceo de la Coruña y El Semanario.

Obra

Poemas
Aunque sólo compuso treinta y dos poemas, todos entre 1837 y 1842, Gil y Carrasco merece un puesto entre los poetas románticos. Aportó, en efecto, una rara nota de intimidad, melancolía vital, impalpabilidad lírica y preocupación postmortem que le transforman en el predecesor de Gustavo Adolfo Bécquer. Cantó la naturaleza, haciéndola partícipe de sus sentimientos de soledad, desilusión, fugacidad de la vida, futilidad del esfuerzo del hombre: así, en «La palma del desierto», «La violeta», flor que transformó en emblema de su vida, y en «Un recuerdo de los templarios», donde se evoca la decadencia del castillo de Ponferrada. Se preocupó por la política de sus días: «A Polonia» es un lamento por su reparto; «El 2 de mayo» desborda de fuertes sentimientos antifranceses; «Paz y porvenir» expresa una gran confianza en el futuro de España. Expuso sus preocupaciones del más allá en «El cisne» y «Un ensueño» y dejó una excelente elegía en «A la muerte de Espronceda», poeta a quien, lo mismo que Zorrilla, debe parte de su inspiración.

Viajes y costumbres

Escribió artículos de viajes y costumbres. Entre aquellos destacan «Bosquejo de un viaje a una provincia del interior», muy documentado históricamente, que aprovechó en la redacción de El señor de Bembibre; o los que fueron fruto de su experiencia en el extranjero, «De Lyon a París», «Diario de un viaje», con observaciones sobre costumbres y monumentos artísticos. Entre los segundos son los más notables los tres insertos en Los españoles pintados por sí mismos, de marcado sabor regionalista y de gran valor folclórico y antropológico. En «El pastor trashumante» se nos introduce con términos técnicos en la forma de vida del pastor de Babia: su paso a Extremadura, despedida y regreso, el trasquileo o la asignación de pastos. En «El segador» se habla de la depresión económica de Galicia que obliga a sus habitantes a contratarse como segadores en Castilla: la dureza del trabajo, el salario, el viaje y sus peligros. Gil y Carrasco alude a un tapiz de Goya como ilustrativo del tipo. En «El maragato» hace una descripción de un mulero y guía entre Madrid y Galicia y se describe una boda en la Maragatería con todo detalle.

Crítica literaria

Contribuyó también a la crítica literaria con treinta y ocho artículos publicados entre 1838 y 1844. Resulta un crítico agudo, que aportó evaluaciones certeras de su tiempo. En «Poesías de Zorrilla», habla de poeta nacional, de la resurrección de las tradiciones, sus imágenes opulentas y sus diálogos dramáticos. De Espronceda destaca las influencias de Béranger y Byron, el escepticismo y la desesperanza y su intento por democratizar la poesía. En «Romances históricos del duque de Rivas» señala el hábil desarrollo, el colorido descriptivo, la influencia neoclásica. Aprovecha la ocasión para apuntar los defectos de El moro expósito. Hizo también reseñas teatrales y de libros; entre estas últimas sobresalen las dedicadas a Juan Luis Vives, en que percibe su sentido reformista y ataca a Rousseau, y "De la literatura de Estados Unidos, por A. Vail", en la que índica las valoraciones españolas de la literatura estadounidense.

El Señor de Bembibre

Artículo principal: El Señor de Bembibre

Se inició como narrador con «El anochecer de la Florida» (El Nacional 1838), novelita corta sobre la recuperación de un joven desesperado, y «El lago de Carucedo» (Semanario Pintoresco, 1840), narración breve sobre el terremoto que, según leyenda, formó el lago. En 1844 apareció en Madrid su novela histórica El señor de Bembibre, que obtuvo un éxito resonante. Gil y Carrasco se inspiró para escribirla en las historias de Juan de Mariana y Jerónimo Zurita, en la Crónica anónima de Fernando IV, la Historia genealógica de la casa de los Lara, de Salazar y Castro, y las Disertaciones históricas de la Orden de los Templarios de Campomanes. Sus modelos literarios son: Bride of Lammermoor, de Walter Scott; I promessi sposi, de Alessandro Manzoni, por su fondo moral y religioso, y El templario y la villana de Juan Cortada, con la que coincide en aspectos generales.

El fondo histórico de la novela está constituido por las luchas políticas y militares que envolvieron la desaparición de los templarios durante el reinado de Fernando IV. El tema interesa a Gil y Carrasco por varios motivos: el amor a su tierra de El Bierzo, de la que era verdadero apasionado; el innegable romanticismo del asunto, pues se trataba de una historia vinculada a las Cruzadas cuya grandeza terminó en dolor; la analogía con la Desamortización de Juan Álvarez Mendizábal, hecho aún vivo en la conciencia española cuando escribía el autor.

El argumento interrumpido acá y allá por referencias a la historia de los templarios, se funda en los infaustos amores de Beatriz y Álvaro. Destinados el uno para el otro, la ambición de Alonso Osorio, padre de Beatriz, frustra su destino, en conjunción con una nube de circunstancias desfavorables que entregan a la infortunada muchacha en brazos del conde de Lemos. En el colmo de la desesperación, Álvaro se hace templario, mientras una lenta cuanto insidiosa enfermedad se apodera de Beatriz. Muerto el conde de Lemos en lucha con Álvaro, la viuda se llena de desesperación ante los votos religiosos de su enamorado. Dispensado éste por el Papa, y cuando la felicidad estaba al alcance de ambos, muere Beatriz en plena juventud, y Álvaro recibe el hábito de San Bernardo acompañándola al sepulcro poco después. Como en tantas otras historias románticas, se destaca en ésta la frustración de la juventud y del amor por obra del esquema social: la autoridad paterna unas veces, los intereses políticos o religiosos otras. Gil y Carrasco insiste en la infelicidad individual que de ello se deriva, mostrando para ejemplo el castigo consecuente de quien no respeta los derechos del individuo. La extinción de la casa Osorio es, en la novela, un caso típico, que se comenta así:
Quedó un vivo cuanto doloroso ejemplo de la vanidad, de la ambición y de los peligros que suelen acompañar a la infracción de las leyes más dulces de la naturaleza.

Pero, fuera de esta lección moral común a los románticos, hay algo que comunica encanto singular y perennidad a esta producción artística. En primer lugar, el acentuado sentido de la melancolía y tristeza del destino humano: la felicidad pasa, quedan las ruinas, y nada puede torcer el hado implacable del tiempo. Morirá Beatriz, víctima de su propia tristeza, tras una enfermedad magistralmente descrita, que parece la misma del autor. Y todas las demás personas se verán inmersas en un sentimiento nihilista, viniendo a ser sombras que brillan un momento al sol de la tarde.

Se destaca, por otro lado, la importancia de la naturaleza, cuya descripción no tiene paralelo en la época: se trata de una naturaleza concreta, bien conocida por Gil y Carrasco, con la que, sin duda, compartió las penas de la infancia y la enfermedad: la del Bierzo, sus montañas, pueblecitos y castillos, atardeceres y mañanas, así como la cambiante vista de las estaciones, todo ha sido evocado con maestría. Hay que señalar, por fin, el ritmo lento: es una novela estática, en que la acción, mínima y simple, cede el lugar al análisis los sentimientos. Los momentos últimos de Beatriz son magníficos logros en esta dirección: emana honda emoción del intento del escritor por prolongar unos minutos una vida truncada, que no ha mecido la felicidad sino para morir.

Ediciones

De sus obras existen estas ediciones: El señor de Bembibre (Madrid, 1844). Se han hecho numerosas ediciones posteriores. Poesías líricas (Madrid. Medina y Navarro, 1875), prólogo de Gumersindo Laverde Ruiz. Obras en prosa (Madrid, Laverde Ruiz, 1883), coleccionadas por J. del Pino1 y F. de la Vera. Obras completas (Madrid, Atlas, 1954), edición y notas de Jorge Campos, BAE, 74.

En el año 2014, la editorial Bierzo Paradiso inició la edición de las obras completas de Enrique Gil y Carrasco, junto a estudios y trabajos realizados por estudiosos de su obra, en formato físico y digital. En el mes de abril aparecieron en la colección "Biblioteca Gil y Carrasco" los dos primeros tomos: el primero recoge su obra poética, y el segundo la leyenda "El Lago de Carucedo". En el 2015, con motivo del bicentenario de su nacimiento, se completó la edición de las obras de Gil y Carrasco. En Villafranca del Bierzo, su villa natal, tuvo lugar la apertura del Congreso Internacional: Enrique Gil y el Romanticismo, que celebró un acto de colofón colocando su nombre al Teatro Villafranquino al que estuvo ligado en su fundación.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 29 Dic 2020, 13:57

Tienes un buen trabajo por delante, querida amiga. Enrique Gil es un gran poeta aunque bastante desconocido. Te acompañaré.

Besos.


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ENRIQUE GIL CARRASCO (SIGLO XIX) Empty Re: ENRIQUE GIL CARRASCO (SIGLO XIX)

Mensaje por Lluvia Abril Jue 31 Dic 2020, 04:06

Pues muchas gracias, lo sé, amigo mío, eso sí, si siempre me tienes paciencia, aquí debes tener un poquito más, jeje.
Espero hacerlo como merece el autor y tú, por supuesto.
Sigo pues.


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Mensaje por Lluvia Abril Jue 31 Dic 2020, 04:11

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX




POESÍAS LÍRICAS

UN ENSUEÑO.

-----BIOGRAFÍA.


(a)
Si el sueño es un reflejo de la
muerte, ¿Cómo dudar que algo debe
haber más allá de la tumba, cuando
también durmiendo sentimos,
gozamos y sufrimos?

El 9 de Mayo de 1848, una cruel pesadumbre rompió el más fuerte de los lazos que por entonces me ligaban á la vida. Como en las cinco ó seis noches que precedieron á mi desgracia , apenas se habían cerrado mis párpados un solo instante,

Este ingenioso escrito, con las tres poesías que siguen, fue impreso en León por la viuda é hijos de Miñón, en 18o1, en un folleto de 26 páginas, en 4 .° Las notas señaladas con letras, son del colector; del autor de la biografía, las restantes. Quizá se repare en la forma algo hiperbólica y extraña de ésta; pero las buenas dotes literarias que denota, el Interés que le da la circunstancia de ser obra de una persona tan allegada al autor, y la consideración de que tratándose de un poeta romántico, no deja de tener sus razones de congruencia el presentar el relato de su vida en forma romántica, creemos que basten para justificar su reimpresionen -el lugar que aquí le damos.
El insomnio y el dolor de una pérdida que yo creía irreparable, me produjeron uno de esos accesos de fiebre, bajo cuya influencia el pensamiento recorre los espacios del delirio, á la manera de una leve pluma arrebatada por un huracán impetuoso. Horribles pesadillas me asaltaron. Creíme lanzado á los aires por una mano invisible y poderosa, formando séquito fúnebre en torno mío grupos de fantásticas figuras con pálidos semblantes bañados en lágrimas, que una tras otra venían á sacudir sobre mi frente, cayendo en ella como plomo derretido. Las fibras de mi cerebro, ya excitadas por la calentura, latían aceleradamente con estremecimientos convulsivos, ora contrayéndose como las cuerdas de un arpa á la acción del fuego, ora dilatándose cual si fueran á romperse, y ambas transiciones me causaban dolores tan intensos, que sin perder la razón ó la existencia no siempre podrían soportarse. Por un supremo esfuerzo de mi delirante imaginación, tal vez debido á la misma intensidad del sufrimiento, logré adelantarme hasta perder de vista los fantasmas que antes me asediaban, aturdiéndome con espantosos alaridos. El cielo, que había aparecido sobre mi cabeza cubierto de lóbregas nubes, pesadas para ella como enormes montanas, fue recobrando de pronto toda la pureza de su éter y ostentando en profusión infinita sus brillantes luminarias. Era aquello un océano sin fin de azul y fuego, y ¡cosa extraña! á pesar del vivísimo resplandor de las estrellas, cuyos discos se habían más que centuplicado á mis ojos, fijábanse en ellas ávidos de luz, como pudiera clavar los suyos en el faro de cercano puerto un marinero próximo al naufragio. Así seguí en mi delirio hendiendo rápido el espacio, no sé por cuanto tiempo; recuerdo solamente que si alguna vez descendía mi mirada hacia la tierra, se me presentaba como un pequeño punto negro, formando rudo contraste con los infinitos mundos iluminados que sobre mi frente giraban. ¡Estasis delicioso después de la pasada agonía! ¡Éxtasis que súbito interrumpió una voz venida de las alturas, mandándome bajar de nuevo á la oscura mansión que le había abandonado!

(cont.)



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Mensaje por Lluvia Abril Jue 31 Dic 2020, 04:17

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX



POESÍAS LÍRICAS

UN ENSUEÑO.

-----BIOGRAFÍA.


(CONT.)


II

Heme aquí por encanto de mi ensueño en el cementerio de la parroquia católica de Berlín, llamada santa Eduvígis. Heme aquí arrodillado ante un modesto, pero elegante sepulcro, rodeado de flores, y ostentando una cruz de hierro con los extremos dorados y en su bajo relieve un ángel en actitud llorosa. ¿Qué restos inanimados encierra esa tumba cuya propiedad está asegurada por cien años? ¿Qué mano generosa levantó en ella el signo de nuestra redención y plantó esas flores? (1) Leamos. Á Don E n r iq u e G il y C a r r a s c o Falleció EN BERLIN e l 22 de F e b r e r o de 1846, s u amigo J osé d e U r b is t o n d o . Ahogada con los sollozos, barbotaba mi garganta estas palabras, al paso que dos hilos de (i) lágrimas caían sobre la funeraria losa. Una y mil veces estampé en ella mis labios; una y mil veces lancé á la soledad de que me veía rodeado tremendos gritos llamando al hermano que allí dormía el profundo sueño de la muerte; y Dios sin duda hubo de tener piedad, pues que de pronto un hondo suspiro respondió á mis ayes, ¡Era él! ¡Ay! ¿Qué digo? Sus hundidos ojos no reflejaban ya el azul de los cielos: lirios reemplazaban las rosas de otro tiempo, y en su dilatada frente, espejo en vida del alma más noble y generosa, leíase el triste epílogo de una historia escrita con lágrimas sobre su corazón, en que aún seguía fija la descarnada mano como se le encontró después de muerto! Quise, loco de dolor, precipitarme en sus brazos; pero un ademan de silencio me contuvo enclavado al pie de la cruz, y con voz solemne y triste me dijo : —¡Cielo santo! ¡Qué desesperación, qué gritos tan desgarradores turban el reposo de los muertos! Y ¿eres tú, hermano, quien los exhala: tú, que al descender de esa resplandeciente bóveda, debías comprender que el que sobre ella fija su planta no merece ser llorado? —Bien sé, le respondí, que la vida de los ángeles gozabas, cuando con las manos en cruz, los ojos yertos, cadáver te trajeron á este sepulcro: bien sé que en el mundo eras un peregrino fatigado, un moribundo cisne sin lagos en él donde posar tu vuelo; y sin embargo, corren mis lágrimas al ver que tus restos descansan en tierra extraña; al ver la soledad en que los tuyos hemos quedado con perderte; al ver destruidas la fe del corazón, sus esperanzas más dulces y la ventura de nuestra madre. —Óyeme, pues; que no en balde permite Dios que el espíritu torne otra vez á su antigua cárcel. Hablaré contigo y calmaré tu pena; pero antes verás en sus principales fases mi tránsito por este enlutado valle que tú vas atravesando para llegar pronto también á sus confines. He aquí este cristal de una óptica santa, misteriosa, que el Señor te entrega por mi mano ¡pobre alma enferma! Mira por él y dime lo que á tus ojos vaya presentándose.

(CONT.)


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Mensaje por Lluvia Abril Vie 01 Ene 2021, 05:44

ENRIQUE GIL CARRASCO

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POESÍAS LÍRICAS

UN ENSUEÑO.

-----BIOGRAFÍA.

(cont.)



III

—Estoy viendo una población, situada casi en los confines occidentales de la provincia de León. Es Villafranca del Vierzo, y en el templo de santa Catalina imprimen ahora en la frente de un hermoso niño el primer sacramento de nuestra religión. Ha nacido dos días antes, el 15 de Julio de 1815 y su nombre es el tuyo (i). —Prosigue. —Nueve años han pasado, y en este momento te veo en Ponferrada (c), á las márgenes del Sil, arrojando ramos de madreselva en su corriente. Nuestros padres vienen á tu encuentro con la sonrisa en los labios, y tú, loco de alegría, corres á sus brazos. ¡Qué cuadro de felicidad tan seductora! ¡Cuán en armonía con el sublime panorama que Dios desenvuelve ante mi vista! Nubes de púrpura y nácar extienden un velo vaporoso sobre el sol de occidente: en imponentes masas se elevan los torreones y murallas del castillo del Temple, donde profesó tu Señor de Bembibre: el rio de las ondas claras y las arenas de oro se desliza en sonoro curso lamiendo la áspera falda, sobre cuya cresta tiene sus cimientos la ruinosa fortaleza: los verdes almendros mecidos por la brisa, las colinas de viñedo coronadas, los montes Pajariel y Castro, gigantes y silenciosos centinelas de la villa, las tres riberas de frondosas huertas plantadas de frutales en que multitud de ruiseñores interrumpen el silencio de las noches de Mayo y Junio con sus inimitables cantos; y en último término, la cordillera de montañas que circundan el Vierzo; todo esto veo. ¡Oh, gracias, hermano mío; que también en ese delicioso vergel se arrulló mi infancia después que la tuya! —¿Cómo no aparecer alfombrado de azucenas el camino que me ves ir siguiendo? Pero ¡bramará la tempestad, las lágrimas caerán sobre las tristes flores, y heridas de muerte quedarán!... Continúa, hermano. —El crepúsculo de la niñez te envuelve entre sus sombras. ¿Dónde estás? ¡Ah! ya acierto: en el pórtico del silencioso monasterio de Espinareda (á). Los religiosos benedictinos mezclados con los novicios y colegiales se agrupan en torno tuyo. ¡Cómo te abrazan! ¡ Cómo lloran contigo al despedirte! No te aflijas, hermano, que ese culto de cariño que abandonas, tendrás en todas partes. La sombría ciudad de Astorga va pasando por esta óptica con su antigua catedral, bajo cuyas bóvedas nuestras oraciones de la niñez se elevaron al cielo algunas veces. También te veo en su seminario con la beca y ropón de colegial. La escena cambia, pues en este momento paseas pollos claustros de la universidad de Valladolid (e); pero ¡ay hermano mío! ó este cristal se empaña, ó la tempestad de que antes hablabas ha descargado ya, según es melancólica la nube que oscurece tu frente. ¡Lo último era verdad! Has llegado á Madrid; pero ¡cuán solo, cuán triste y desconocido! Quince meses de nuevas angustias, después de seis años de lágrimas, han desarrollado en tu generoso, impresionable corazón, el germen de la melancolía que será hasta la muerte el distintivo de tu carácter pensador y profundo. Si Dios no te envía una gota de rocío, ¿Qué será de ti, pobre lirio de veintiún años? ¡El milagro se ha obrado! La Gola de rocío (/) ha caído del cielo para cambiar la oscura faz de tu vida! Es el primer canto de un joven ruiseñor, fresco como las hojas que cubren su nido, dulce como el susurro de la fuente en que su sed apaga: es el símbolo misterioso de tu existencia, el prólogo de un poema de amor. Veo en tu redor multitud de personas notables que te felicitan como poeta de esperanzas. ¡Con qué gratitud dejas tu mirada en Espronceda, que te sacó de las tinieblas del desierto! ¡Con qué cariño en Pino y Ulloa, esos dos tiernos amigos que tantas veces mitigaron tus pesares! ¿Por qué has vuelto á los campos de tu niñez, pobre ruiseñor del Vierzo? ¿Será que el hijo va à despedirse para siempre de su madre? ¡Ay! El ángel de la muerte ha debido darte el primer aviso, porque en tu rostro distingo la profunda y reciente huella de una enfermedad gravísima; pero las auras del otoño reaniman tu sangre; la primavera de 1840 completa la obra, y tres años más tarde brotará de tu pluma El Señor de Bembibre (y); ¡noble y melancólica figura sobre un fondo de lágrimas que un ángel va derramando en su corta peregrinación! ¡Cuán rudo golpe descarga ahora sobre tu corazón la suerte! Espronceda acaba de morir! (h) Las tumbas del cementerio de San Sebastián repiten en apagados ecos los ayes de tu pecho desgarrado. El águila hermosa remontó su vuelo para esperarte más alta que el sol: ¿Cuánto tiempo te aguardará? Hemos llegado al 20 de Mayo de 1844. En la rada de Barcelona veo el Fenicio, elegante vapor francés de la carrera del Mediterráneo, pronto á hacerse á la mar para Marsella. Sobre cubierta te diviso en un religioso y profundo arrobamiento, clavados los ojos en aquella población, la última que miras de tu patria. ¡Ay! ¿Adónde vas, hermano mío? Vuelve á esa playa que abandonas. Mira que ese buque es para ti la barca de la Laguna Estigia: mira que los hielos del Norte dejarán frió tu corazón antes que pasen dos años! Oye, en nombre de Dios, la voz de tus amigos que te disuaden de tan funesto viaje! Noble es la misión que llevas á Alemania (1); pero ¡ay! la muerte ¬se interpondrá en tu camino y entonces ¿Qué será de tu anciana madre y de sus hijos? ¡Inútil suplicar! ¡Escrito está que el sol que en Weimar la tumba de Schiller ilumina, ha de alumbrar en Berlín la tuya! Como arrebatadas por un furioso torbellino pasan ante mi vista las ciudades que tú vas recor3.° Estadística. 4 ° Instrucción primaria, secundaria y superior, y establecimientos científicos y literarios. 5. ° Agricultura, sus adelantos y situación. 6. ° Cría de ganado vacuno, caballar, lanar y casas de monta y cruzamiento de razas para los diversos servicios á que se destinan los caballos en Alemania: carneros merinos en Sajonia procedentes de España, y mejora de sus lanas. 7. ° Examen de la industria en los ramos principales á que se dedican los habitantes, primeras materias, máquinas y grandes establecimientos manufactureros. 8. ° Comercio de importación y exportación: artículos principales en uno y otro, consumos del país, productos de nuestro suelo ó industria que tuviesen demanda, ó que ofrecieran útil despacho y medios adecuados para introducir su uso. 9. ° Organización del Zolhverein ó liga Iclbnica de Alemania, estados que se hubiesen adherido á la unión aduanera, idea de las ventajas y perjuicios que ocasionase, y relaciones útiles que la España pudiera establecer con el Zolhverein. 10. Navegación de los Estados alemanes, situados á orillas de los mares del Norte y Báltico, noticia circunstanciada de la de las ciudades hanseáticas, y comunicaciones fluviales en el centro de Alemania. 11. Líneas de caminos de hierro. Tal era en resumen la vasta comisión que el Gobierno confiaba á su proverbial aplicación y reconocido talento, aparte de las instrucciones reservadas que respecto á política pudiera haberle dado, atendida la incomunicación diplomática en que por entonces se hallaban las dos Cortes. Para la formación de un cuadro de tan colosales proporciones, indispensable era prepararse convenientemente, no sólo adquiriendo un completo conocimiento del idioma alemán, sino también relaciones con los altos funcionarios á quienes necesariamente tendría que recurrir en demanda de datos. El primer escollo logró dominarlo con el no interrumpido estudio de seis horas diarias en los pocos meses que su salud se lo permitió; y respecto al segundo, en el ministerio de Estado debe constar por sus comunicaciones oficiales hasta qué punto supo con exquisito tacto y mejor fortuna relacionarse con los altos empleados de la administración prusiana en todos sus ramos. La muerte vino á sorprenderle antes de concluir sus trabajos sobre el Zollwerein, escritos en francés: asunto á que por su gran interés creyó deber dar la preferencia.
Riendo con la de un viajero observador y profundo , cuanto lo permite el apresuramiento de tu marcha. Francia, Bélgica, Holanda, las orillas del Rhin y parte de Alemania me presentan sus más notables poblaciones... ¡Dios de misericordia! ¡He aquí el término do tu viaje, pobre peregrino! Ya has llegado á Berlín.

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Mensaje por Lluvia Abril Vie 01 Ene 2021, 05:46

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UN ENSUEÑO.

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Extranjero, pero confiando en la Providencia y en tus propias fuerzas, entras en esa gran capital donde nadie te conoce, el 24 de Setiembre. A los pocos días, sin embargo, tu nombre se pronunciará en todos los círculos distinguidos, porque ese venerable anciano que ahora estrecha tu mano entre las suyas, el famoso barón de Humboldt será para ti un segundo padre. El marqués de Dalmacia, embajador de Francia y el conde de Montessny su secretario, pronto tu íntimo amigo, te prodigan distinciones, y á su ejemplo los demás individuos del cuerpo diplomático. Ya ha cesado de todo punto tu soledad, pues en este momento un consejero íntimo del rey Federico Guillermo viene á invitarte oficialmente para el festín regio con que S. M. solemniza la exposición de las artes é industria que se verifica en la capital de su monarquía. Son las dos de la tarde del 6 de Octubre. En un convoy especial del camino de hierro de Potsdam veo ir entrando, mezclados con extranjeros de distinción, los hombres más notables de la Prusia, por su cuna, por sus riquezas, por su talento en las artes y en las ciencias. Al llegar á Potsdam recibe á la comitiva otro convoy de sesenta carruajes, tirados por soberbios caballos, que en doble fila arrancan hacia el parque y bosques de Sans-Souci. Lo pausado y silencioso del movimiento por las calles enarenadas, los trajes de los convidados, todos de negro y con corbatas blancas, realzan la originalidad del cuadro en medio de esos sitios sembrados de magníficos lagos, de hermosas quintas, de fuentes, collados y admirables arboledas, que convierten esa Real mansión en la más real que la imaginación puede crearse. Después de dos horas de marcha por largos rodeos y anochecido ya, el brillante séquito se detiene al frente del palacio de Sans Soucí, que, iluminado interiormente con infinidad de arañas y candelabros, arroja bastante luz para verte bajar ahora de uno de los coches. Todo el mundo penetra en un vasto salón de la planta baja del alcázar, donde es servido el té con profusión de dulces y ramilletes de diversas clases. El Rey se presenta al lado de su augusta esposa, seguido de los príncipes, y juntos dan la vuelta á la sala, hallando para todos una sonrisa ó una palabra lisonjera: la fisonomía del Rey inteligente y benévola respira satisfacción al verse objeto dé veneración y amor por parte de los concurrentes: la de la Reina, á pesar de sus padecimientos, tiene una expresión que la realza, y revela tesoros de angélica dulzura. Después de esta pausada vuelta, comienza la ópera cantada por la compañía de Berlín, que nada notable ofrece, sino los trajes de las damas de la corte, brillantes algunos por su riqueza y buen gusto. La Reina y la Princesa Real, que cautiva la atención aún más por sus gracias que por sus adornos, ocupan el primer banco que el monarca les ha cedido con noble galantería, colocándose en el segundo. Ni un viva, ni una voz se oyen ; pero cuando S. M. entra ó sale, todos los circunstantes se ponen en pie con el mayor respeto y en silencio profundo. La concurrencia pasa al salón de la cena, donde la mesa del Rey y de la real familia ocupa el centro. Á ella son admitidas algunas personas, entre otras lord Pálmerston y su esposa : los demás toman asiento indistintamente en las que se ven alrededor de la cámara. La cena concluye, y Federico Guillermo, la Reina, los Príncipes y Princesas con más despacio que la vez primera recorren nuevamente el numeroso cuadro de sus convidados, dirigiéndoles palabras de bondad. Los ministros del Interior y de la Guerra se acercan contigo al príncipe de Yitgensein, íntimo amigo del difunto monarca, para que te presente á S. M. en concepto de literato; pero no habiéndose ofrecido ocasión oportuna, se aplaza tan señalada honra para otro dia (1). El salón va quedando desierto, y los que hace un momento lo poblaban, regresan á Berlín después de media noche en el mismo orden que de allí salieron. Desnudos de verdor comienza á mostrar sus árboles el Tldergarten (2): marchitas las hojas se arrastran por el suelo á impulso de los vientos septentrionales que anuncian la llegada del invierno. A pesar de sus rigores y del profundo estudio á que consagras las horas, tu salud no se ha alterado todavía. ¿Permitirá la misericordia de Dios que la planta del Mediodía se aclimate entre las nieves del Septentrion? ¿Escuchará los ardientes votos que por tu existencia van derechos á su trono? Esta esperanza debiera alentar mi pecho, y sin embargo, ¿por qué me parecen tan tristes las galas de esa nueva primavera?

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Mensaje por Lluvia Abril Sáb 02 Ene 2021, 03:22

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UN ENSUEÑO.

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¿por qué los perfumes que deben exhalar esas flores que estoy viendo, no llegan hasta mí, ni los rayos de ese sol que las vivifica, penetran en las tinieblas de mi corazón? Las flores se agostan: las mieses de los campos van adquiriendo su color dorado y pronto caerán bajo la hoz del segador, como las generaciones dé la tierra vienen cayendo una tras otra bajo la guadaña de la muerte. ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! Ella te escoge ahora por blanco de sus tiros! Un torrente de sangre brota de tu pecho y enrojece tus descoloridos labios. ¡Qué horrible sepulcral silencio reina en ese aposento del dolor, interrumpido únicamente por tu respiración anhelosa! He aquí el segundo aviso del ángel de los sepulcros, y de esta vez ¡ay de mí! no te salvarán las auras de la Silesia, adonde acabas de llegar con el germen de una enfermedad incurable. ¡Oh cuán pronto las profecías de tu corazón se cambiarán en espantosa realidad! Un segundo ataque, más terrible que el primero, te postra nuevamente moribundo. El doctor Welzel tiene que dejar sin sangre tus venas para prolongar algunos meses tu existencia. La voz de tu próximo fin se esparce por Reinerz, y multitud de personas desconocidas se agolpan á las puertas de tu casa para informarse de tu situación con interés profundo. En Berlín, en Paris y más allá de los Pirineos, tus amigos te lloran por muerto, para cambiar su aflicción en alegría al saber al poco tiempo que aún existes, si existir se llama llegar á la capital de Prusia en el deplorable estado en que te veo. La enfermedad hace rápidos progresos, y el médico de cámara del príncipe Carlos y el doctor Heim que te asisten con celoso esmero, reconocen la inutilidad de sus esfuerzos para salvarte. Tampoco para ti es un misterio ¡pobre hermano mío!, y no obstante, seis días antes de tu muerte escribes entre congojas profundas y con mano trémula á nuestra madre, ocultando la gravedad del mal é infundiéndola esperanzas que tú no abrigas. ¡Oh! ¡Hasta en el borde del sepulcro no se desmiente la sublime abnegación de tu alma!... El valor abandona á la mía para continuar mirando por este enlutado cristal, según se acerca la catástrofe. Deja que descanse, hermano mío, si no quieres verme morir á tus pies.
—Pues bien; yo concluiré por ti—respondió la sombra amada. —Contados son los momentos que puedo permanecer á tu lado, y quiero que apures hasta la última gota del cáliz, para que tu alma se eleve después sobre los dolores que aún habrás de atravesar. —Cúmplase tu voluntad, hermano mío. —En la mañana del 21 de Febrero conocí que mis padecimientos tocaban á su término. Una terrible angustia me oprima el pecho: los objetos todos, confusos é informes, se movían á mi rededor: en mis oídos resonaban incesantemente ecos de lúgubres campanas, y el cerebro trastornado con la próxima disolución de mi ser, apenas pocha coordinar una sola idea. Aquella mañana vino como de costumbre á verme mi generoso amigo Urbistondo. Triste y en un silencio sepulcral pasó la hora que estuvo á mi cabecera: al marcharse estrechó su mano como quien se despide para las desconocidas regiones de la muerte, y recuerdo que la convulsiva carcajada que entonces me arrancó el delirio, heló la sangre en el corazón del noble joven. Las últimas sombras de la tarde fueron invadiendo mi triste y solitaria habitación, y los síntomas empezaron á declararse mortales en el más alto grado : á media noche hice entender por señas á mi leal From que rodase el lecho hasta el medio de la sala, pues cada vez me ahogaba más la falta de aire. ¡Dios mío! balbuceé: ¡bendita sea tu misericordia! Hé aquí los precursores de la agonía final; pero si caro infirma, spirüus quidem prompíus.
De repente el pensamiento, rompiendo las redes que le envolvían y recobrando su postrer destello, á la manera de una antorcha que antes de apagarse despide más vivo resplandor, se lanzó hacia vosotros, ó más bien vinisteis á su llamamiento, porque en torno de mi lecho de dolor se me figuró ver á nuestra madre contigo y sus tres hijas llorando de rodillas. Mis ojos estaban secos, pero el corazón también vertía lágrimas que se mezclaban á las vuestras; porque el alma, aunque ya en los umbrales de su patria, apegada todavía á las afecciones terrenales, sondeaba con inefable mirada el pasado y el porvenir de los seres sin ventura que venían á darme el último adiós ¡Ay! ¡Cuánto sufrí en aquellos momentos! ¿Qué iba á ser de la que me llevó en sus entrañas, muerto el hijo que tanto idolatraba? ¿Qué de aquellas criaturas huérfanas que compartían su desesperación? Vi que la indigencia amenazaba inexorable sus breves días, porque no hallarían compasión en sus semejantes, á pesar de haberse llamado amigos míos: vi la no lejana muerte de nuestra hermana mayor, mártir en su padecer, santa en su resignación, cuya vida hubiera podido prolongarse á no haber carecido de los cuidados que, por mezquinos, desprecian los nombrados poderosos de la tierra: vi el abandono de todos por doquiera y las lágrimas diarias de vuestros ojos que en vano intentarían enjugar algunas manos generosas. La lucha era demasiado cruel para que pudiera sostenerse muchas horas: recogí, pues, mis fuerzas moribundas para enviaros un beso de amor á cada uno: llevó la mano al corazón y en aquel instante el alma dejó de ser su compañera. Tú no podrías comprender, hermano mío, los goces del espíritu que desde el vallo de las tinieblas y del llanto se lanza á las fuentes de luz, y de pronto se encuentra entre los escogidos del Señor, en medio de su gloria infinita, oyendo los himnos de amor y de ventura de los ángeles y recorriendo aquellos paraísos sin límites y embal¬samados con el aliento de Dios; pero al saber que yo soy uno de esos bienaventurados, ¿te atreverás todavía á exhalar una queja sacrílega? ¿Podrá justificar tus lágrimas mi ausencia? ¡Oh! Bien haces en caer de rodillas sobre esta tumba, que pronto volverá á encerrar el cuerpo en que te habla mi espíritu: bien haces en implorar el perdón del Criador y agradecerle que yo haya bajado á rasgar los velos de tu entendimiento. Acabas de ver el cuadro sinóptico de mi primera existencia: ¡arroyo miserable y de aguas turbias que corrió presuroso á hundirse en el gran mar de la eternidad! ¡Y esto es lo que vosotros Harnais vida! ¡Reposar la cabeza en la almohada de la cuna, para dejarla caer en la del féretro después de un sueño más ó menos largo, pero siempre corto! Alza del suelo, hermano, y prosigue mirando hacia vuestro mundo: ¡vasto teatro decorado con las ruinas del paraíso, en que, desde la caída del primer hombre, la humanidad representa sus miserias y dolores, sus deleznables alegrías, sus crímenes nefandos! Ya no verás sobre su faz más que un cadáver y el desamparo de los tuyos; pero no olvides que la mano del Redentor ha grabado en la bóveda del cielo estas palabras: Si tus hermanos te rechazan, ¿por qué lloras? Llegarás á mí purificado con tus sufrimientos y tuyo será el reino de mi Padre.

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Mensaje por Lluvia Abril Sáb 02 Ene 2021, 03:24

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No olvides que las lágrimas de resignación caen en las flores que arriba nos esperan, como en las flores de aquí abajo cae el rocío de los cielos. Y ahora continúa, que ya te escucho. —Tu cadáver es en efecto lo primero que á mi vista se aparece: tu cadáver, que después de tres días conducen en este momento al cementerio católico en que nos hallamos.

Varios coches del cuerpo diplomático y de algunas personas distinguidas siguen el convoy fúnebre, mientras en la casa mortuoria se hallan el barón de Humboldt, el mayordomo del príncipe Carlos de Prusia, el banquero Mendelssohn y el ministro del Brasil. Las últimas lágrimas de tus amigos Urbistondo y D. Mateo Ballenilla, oficial de la república de Venezuela, caen sobre tu rostro helado. ¡Ay de mí! También yo miro por la vez postrera esas facciones dulces, melancólicas, que nada se han alterado durante esos tres días. ¡Oh desventura! ¿Qué queda en la tierra de tantas esperanzas, de tan rica juventud? ¡Un sepulcro á cuatrocientas leguas de tu cuna! Un empleado civil del gobierno prusiano y el canciller de la Embajada de Francia han extendido el acta de tu fallecimiento, autorizándola como testigos Urbistondo y Ballenilla.

Los sellos se ponen en seguida sobre todos tus efectos: ¡reliquias preciosas que los tuyos no llevarán nunca a sus labios, porque la Providencia ha decretado que el dolor sea completo! Dos mil setecientos cuarenta y un francos importan las deudas liquidadas por gastos de tu enfermedad, entierro, derechos de justicia y otros varios, y como tus créditos no alcanzan á cubrirlas, justo es que judicialmente ¬ o no alcanza aún para pagar á tus acreedores, y es preciso que á los ocho meses de tu muerte, el Embajador de España en Paris se obligue á hacerlo en nombre del gobierno, si no han de correr la misma suerte la medalla de oro que debiste al rey de Prusia y otras alhajas de corto valor. ¡Oh! ¡Gracias, gracias, ministros de mi patria, por haberlas salvado del naufragio! Verdad es que llegará el día en que haya necesidad de ofreceros esas mismas alhajas (1): los acreedores no hicieron más que mudar de nombre, y el tesoro de España, para, salir de sus apuros, reclamará los tres mil cuatrocientos doce reales que anticipó generosamente (i); pero siquiera no volverán los extranjeros á admirarse con el espectáculo de una almoneda española, y aun cuando la desvalida anciana que más adelante se acercará á pediros una limosna, tuviera que desprenderse de aquellos recuerdos, no os maldeciría por eso. ¡Una madre tiene bastantes con los de su propio corazón! IV. ¿Por qué da la vuelta este cristal por sí mismo, hermano mío? ¡Ah! ya comprendo: este lado representa sin duda el porvenir de tu familia. Más de cuatrocientas leguas me apartan de tu sepulcro apenas cerrado todavía, y con planta vacilante recorro de nuevo los sitios en que se meció tu cuna. Allí está la Aguiana, desde cuyo elevado pico tu vista de águila desentrañaba un tiempo las bellezas del país que domina: allí la fértil ribera de Bembibre, el lago de Carucedo con sus tranquilas aguas, el Sil con sus bulliciosas ondas y la gradería de frondosos sotos que arrancan de Gorullón hasta la cumbre del monte... ¡Oh cuán desolados y tristes debieron parecer k María los campos de Jerusalén después que Jesús hubo dado su último suspiro en la cruz de redención! ¡Tristes se fijan también los ojos de una madre en esos campos del Vierzo adonde me trasporta esta óptica del cielo! ¿Quién es esa anciana que de rodillas ante la imagen de la Virgen de los Dolores está rezando el rosario de cada noche? ¿Por qué espira en la garganta su voz al querer articular un Pater noster, y á su acento, tembloroso por la emoción y los años, responden los ahogados sollozos de sus hijas arrodilladas á su lado? Es nuestra madre, Enrique, que reza por el descanso de tu alma; nuestras hermanas son, que lloran tu pérdida y su desamparo. Una de ellas, según pronosticaste, irá pronto á reunírsete en los cielos; pero á las demas aún les reserva el Omnipotente largas horas de lágrimas y privaciones. He ahí á esa misma anciana, que obligada por la imperiosa ley del vivir, se acerca por segunda vez con el corazón partido al Congreso de los diputados, diciendo: Si de algo valen los méritos del hijo que me roló la muerte, dadme un pedazo de pan, porque yo soy pobre y no tengo á quien volver los ojos: hacedme el bien que yo hacía á mis semejantes cuando Dios me daba medios para ello. Magníficos discursos se pronuncian á tu memoria, hermano mío. Oigamos á uno de tus amigos, de ardiente corazón y sublime inteligencia: «Muy breves palabras voy á decir al Congreso, unido con vínculos de cordial amistad al distinguido cuanto malogrado joven D. Enrique Gil, y habiéndoseme hecho instancias para que apoye esta petición, así en el Congreso como cerca del Gobierno de S. M., me levanto á abogar por una causa afortunadamente bastante justa para no necesitar defensor. Según deberá constar de un documento de que no se hace mérito en el dictamen, hace ya dos años que la desgraciada madre de D. Enrique Gil presentó al Congreso otra petición igual á esta. Yo no tenía entonces el honor de ser diputado; pero recuerdo que fue calorosamente apoyada, y que esta idea fue acogida por la comisión y por el Congreso con visibles muestras de simpatía. Ni podía ser de otra manera, señores. Todos los hombres que han pertenecido á la generación literaria á que perteneció Enrique Gil, á esa generación que tiene dignos y nobles representantes en este sitio, han pronunciado alguna vez aquel nombre con encomio y alabanza. Yo no haré su elogio : baste decir que, nombrado por el Gobierno para desempeñar una comisión científica y literaria en Alemania, el rigor del clima y su constancia en el estudio le acarrearon una enfermedad que le condujo en breve tiempo al sepulcro, dejando en la orfandad á una madre anciana y pobre. ¿Y no es justo, señores, que á esta anciana le demos nosotros un pedazo del pan que ha perdido al perder á su hijo? Yo de mí sé decir que cuando se presenta un proyecto pidiendo una pensión para la madre ó para la hija de un soldado que ha muerto en el campo de batalla, tengo una satisfacción en votar ese proyecto. Ahora bien, los hombres de la ciencia son también una especie de milicia que da gloria á su patria. El Sr. Gil era un noble soldado de esa noble milicia de la inteligencia, y ha muerto sirviendo á su país. No insistiré más. Estoy seguro que si esta cuestión pudiera presentarse bajo su verdadera forma, el Congreso la votaría por unanimidad. Pero ya que esto no pueda ser, desearía que algún individuo de la comisión se sirviera apoyar esta petición en el mismo sentido que he tenido el honor de hacerlo.»


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 02 Ene 2021, 06:32

Una biografía para detenerse tranquilamente en ella. Muy interesante, querida amiga.

Buen trabajo, como siempre, el tuyo.


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Mensaje por Lluvia Abril Dom 03 Ene 2021, 02:14

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-----BIOGRAFÍA.

(cont.)




«Pocas veces (se le contesta) la Comisión ha tenido que sujetarse al reglamento con más disgusto que en la ocasión presente. Tratase de una recompensa merecida á la madre de un joven ilustre por sus talentos y por sus servicios, y la Comisión, que no puede más que proponer resoluciones de puro trámite de las tres á que está limitada, ha adoptado la más satisfactoria, la que puede producir más resultado. El Congreso no puede entrar en actos de gobierno, ni conceder nada, si no viene por medio de un expediente promovido y sustanciado por el Gobierno. La Comisión, pues, ha propuesto lo que creía más favorable, y siente mucho que el reglamento no le permita proponer algo sobre el fondo de la cuestión.» «Igual petición, señores, (añade otro de tus buenos amigos) fue hecha en la legislatura pasada, y los señores de aquellos bancos y de estos la apoyaron igualmente. D. Enrique Gil cuenta en unos y otros muchos apasionados. Era el apoyo y sostén de su familia: ella miraba en él su porvenir. El Gobierno le destinó de secretario de legación á la corte de Berlín, y aquel clima no le convenía; sin embargo, aceptó el cargo honroso que se le confería y en él sucumbió. ¿Negará el Ministerio la pensión que su familia desolada reclama? Seguramente que no; pensiones tan justas honran á los Congresos que las piden y á los ministros que las otorgan.» «El señor ministro de Estado (replica uno de los consejeros de la corona) no se halla presente por estar indispuesto: yo le trasmitiré los votos del Congreso, y no dudo que, acogiéndolos como deben ser acogidos, propondrá la resolución conveniente.» ¡Oh ser bienaventurado! ¿Asoma á tus labios una sonrisa de amargura? ¿Conoces que esos arranques de un entusiasmo generoso, esas hermosas frases darán por resultado, como en la vez primera otras no menos bellas, una compasión estéril y pasajera? ¿Conoces que la promesa que acabamos de escuchar no pasará más allá del recinto en que se ha pronunciado y que en el camino de la caridad el hombre se cansa pronto? Pero ¡cuán injusto soy en quejarme de su abandono! Olvido que esa pensión de gracia sería una usurpación al Estado, harto pobre también para poder soportar tan inmenso sacrificio. ¿En qué méritos se fundaría por otra parte? Es cierto que tú, hermano mío, falleciste víctima de tu aplicación y del rigoroso clima de Alemania; es cierto que tú preparaste en Berlín la opinión pública para el reconocimiento de mi Reina, destruyendo prevenciones desfavorables que abrigaban elevadas personas, augustas algunas de ellas, y aceleraste el ansiado día en que dos naciones abriesen recíprocamente las puertas á su industria y comercio; pero ¿son servicios bastantes para recompensa tan grande como se pide? Resérvense éstas para otros seres más dignos. No muy lejano contemplo el día en que mi triste patria se verá invadida por una epidemia devastadora: habrá entre sus víctimas hombres mártires, ante quienes yo inclino mi frente desde ahora con santo respeto: habrá otros que perecerán sin hacer abnegación de su vida. Unos y otros dejarán viudas, huérfanos, cuyo porvenir será preciso asegurar de una manera espléndida. ¡Ay! las migajas de ese pan que les alargará la ‘ la patria, bastarían sin embargo para nuestra indigente madre! ¿No podrías, hermano mío, hacerme un hueco en tu sepulcro? —Y ¿crees tú que en las tumbas de los amados del Señor caben acaso los que así se rebelan contra sus decretos? ¡Ay de ti, mísero hermano, si dejas que avasallen tu pensamiento los terrores de un infortunio pasajero! ¡Ay de ti, si no comprendes que las lágrimas aquí derramadas se convierten en cristalino rio, por cuya apacible corriente boga el alma hasta los cielos! ¿Estarían estos tan poblados sin las catacumbas de Roma? ¡Los que tú acusas de inhumanos, son los sin ventura, que en la hora de su tránsito final no verán las blancas apariciones del bien! Compadéceles sin odiarles, porque al fin la Providencia que vela sobre el egoísmo de los hombres, no os ha negado el pan de cada día hasta el presente, ni abrigo á vuestros cuerpos, ni un techo que de la intemperie os guarezca. Enmudezcan vuestros dolores ante el dolor futuro de un pueblo que Dios inscribe en el libro de los desastres expiatorios. ¡Ay! Tú lo has dicho: llegará por desgracia un día en que un azote cruel diezmará hasta por tercera vez los habitantes de tu patria: vendrá en pos otra guerra fratricida que regará con sangre los frutos de sus campos y acaso la mano del Eterno derrumbará los tronos viejos para erigir otros nuevos. Llora, sí; pero llora como el profeta la ruina de Jerusalén, y reconociendo tu obcecación, torna á la senda de que así te apartas. Prométeme ser resignado y fuerte en lo que vosotros Harnais desgracia y arriba nombramos fuente del bien; prométeme ser compasivo con el triste, generoso con quien te ofenda y humilde en las dichas que Dios pueda enviarte para probar tu corazón.

(cont.)



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Mensaje por Lluvia Abril Dom 03 Ene 2021, 02:15

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX



POESÍAS LÍRICAS

UN ENSUEÑO.

-----BIOGRAFÍA.

(cont.)




¡Es tan fugaz vuestra vida, que sus dolores y alegrías ¿merecen acaso que aparte un solo instante el alma sus miradas de la patria que la espera? Yo volveré á bajar en tus noches de delirio para acabar de fortalecer la tuya; pero ahora es forzoso separarnos, porque la luz del alba se acerca. Ya oyes las campanas de Berlín que la anuncian, excepto las de santa Eduvígis que doblan á muerto. Adiós, pues, hermano mío. Yo, habitante de estas sombras en que te dejo, me despediría diciéndote: hasta dentro de unos años. Espíritu de las alturas, me alejo de ti diciéndote: hasta luego. ¡Ay! Extendí los brazos, porque la adorada visión desaparecía de mis ojos en serena ascensión á la morada del Eterno. Ya á una distancia inmensa, me pareció ver que un ángel en la primera infancia, radiante de felicidad, de hermosura y de inocencia, le salía al encuentro y le asía de la mano. Después ya no vi más, y caí de rodillas sobre el helado granito del sepulcro.
Había llegado el momento de despertar; mas fue para continuar creyéndome aún bajo el dominio del ensueño que en aquel instante terminaba. Las primeras vislumbres de la aurora penetraban en efecto por los cristales de los balcones: las campanas de San Martin de Salamanca anunciaban á los fieles con sus lenguas de bronce que en el templo iba á celebrarse misa de ángel, y una pobre madre sin hijos sollozaba convulsivamente á la cabecera de mi lecho. Aquellos sollozos profundos, desgarradores, me volvieron la conciencia de mi situación. Acababan de llevar de mi desierta casa el cadáver de un niño: ¡También se llamaba Enrique! ¡También en el cielo estaba! ¡Perdón, Dios mío, si á pesar de tu profético aviso, corrieron mis lágrimas nuevamente!

Eugenio Gil y Carrasco.

Fin de, "Ensueño"


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Mensaje por Lluvia Abril Dom 03 Ene 2021, 02:17

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX



POESÍAS LÍRICAS




Á mi hijo

Tu corazón, hijo mío,
No comprende el egoísmo
Del mundo, ni el hondo abismo
Que a veces se encuentra en él;
Mas pasarán harto pronto
Los años de tu inocencia
Y en pos vendrá otra existencia
De desventura cruel;
¡Qué hay de lágrimas legados
Y el triste da vida al triste!
Por eso sé que naciste
Para sufrir y llorar;
Mas recuerda, hijo del alma,
Cuando comience tu llanto,
Que también entre quebranto
Vi mis días resbalar.
Y recuerda que al Eterno
Siempre ofrecí mis dolores,
Porque en ellos vía flores
Para otra vida mejor.
Así los tuyos ofrece,
Pobre lirio, cuando vengan,
Y ¡los cielos te sostengan
En la virtud y el honor!

Al bajar a la tumba el ser que lloro,
Tú, serafín del cielo, aún no vivías:
Años después á iluminar venias
Mis noches de tinieblas y aflicción.
Iris de luz y de esperanza fuiste,
Resurrección feliz de otros amores:
Y el bien que me trajiste ¿con dolores
Ha de pagar mi amante corazón?
¿He de rasgar la venturosa venda
Con que hoy cubres tus ojos infantiles,
Las rosas deshojar de tus pensiles,
Donde juegan los ángeles del bien?
No obstante es fuerza; que la voz de un padre
Que reclama la tumba es cariñosa,
Y encierra profecía misteriosa
Que puede ser del huérfano sostén.
¡Huérfano, si, que al espirar tu infancia
Y al nacer otra edad brillante y pura.
Este valle de sombras y amargura
Habré dejado para siempre yo!
Y ¿qué fuera de ti, pobre hijo mío,
Á la vida lanzándote inexperto?
¿No ves que entonces estará ya muerto
El padre que hasta aquí te protegió?
Esas lúgubres páginas que he escrito,
Regadas con el llanto de mis ojos,
Te mostrarán del mundo los abrojos,
Ofreciéndote al par una lección.
Aprende en ella lo que el mundo vale,
Y sin buscar sus dichas engañosas,
Tus ojos vuelve á las fragantes rosas
Que al triste aguardan en la azul mansión.

Flor como tú, de mágicos colores,
Fue otro Enrique también ¡pobre hijo mío!
Quizá la más feliz entre las flores,
Amada por el sol, por el rocío.
Sereno el cielo de su frente pura,
Claras las fuentes de su virgen alma,
No duraba su llanto más que dura
El rocío en las hojas de la palma.
Unos tras otros sus primeros años
En un espejo seductor veía,
Á los embates del dolor extraños,
Reflejar de los cielos la alegría.
Breve, hijo mío, fue tan bella aurora,
(Aún menos ¡ay de mí! duró la mía)

Que dichas de la tierra engañadora
Nacen y mueren en un solo día.
Cambiáronse las de él en triste suerte,
Y aunque después le sonrió la gloria,
Estando herido el corazón de muerte,
¿Cómo no ser su luz, luz ilusoria?
¡Ya ves lo que quedó de dicha tanta!
Un sepulcro en Berlín, lágrimas, duelo!
Pero no olvides que con leve planta
Hoy recorre los ámbitos del cielo.
No olvides que al vivir que aquí arrastramos,
Debiéramos más bien nombrarle muerte,
Pues que á vivir tan sólo comenzamos
Cuando en la tumba somos polvo inerte.
No olvides que las lágrimas han sido
Siempre sendero que á los cielos guió:
El que lloró aquí abajo escarnecido,
Dichas y luz sin fin arriba halló.
Sé resignado en la desgracia y fuerte,
Modesto y generoso como él fue,
Y humilde en los favores de la suerte.
Y cariñoso con el triste sé.
Perdona al que te ofenda; á todos ama.
Que Dios por todos espiró en la cruz,
Y de sublime caridad la llama
Ilumine tu dulce juventud.
Sigue, hijo mío, sigue mis consejos
Cuando al alcance estén de tu razón,
Que del amor de un padre son reflejos,
E intérpretes de Dios los padres son.

Diciembre de 1854


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 03 Ene 2021, 03:38

UN PRECIOSO POEMA QUE RELEERÉ.

GRACIAS, LLUVIA.


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Mensaje por Lluvia Abril Lun 04 Ene 2021, 01:05

Gracias a ti, por darme la oportunidad de conocer al autor a través de su poesía.
Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril Lun 04 Ene 2021, 01:07

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX



POESÍAS LÍRICAS




LA PRIMAVERA DE 1 8 4 6 .

(A la memoria de mi hermano.)


Corre otra vez la savia de los árboles
En trasparentes lágrimas de vida
Y en las florestas oyese sentida
Vaga canción de amante ruiseñor.
Visten de nuevo los flotantes prados
Su manto de amapolas y esmeralda,
Y de los montes la pendiente falda
Vistosa cubre la retama en flor;

T el sonoro torrente á desatarse
En caprichosas trenzas de alba espuma,
Besando de los pájaros la pluma
Que beben en su límpido caudal;
Y la luna su luz dando á las flores,
Con sus rayos el sol borrando nieves,
Y las auras balsámicas y leves
Rizando de las fuentes el cristal,

Otra vez tornan; pero en vano ¡ay mísero!
Con los ojos del alma gozar quiero
Panorama tan dulce y hechicero
Que en otro tiempo mi deleite fue.
Si hay en los campos el verdor de siempre
Si igual murmurio la cascada arroja
Y el ruiseñor renueva su congoja
Entre las ramas de su nido al pie;

Sirven no más para evocar recuerdos
Que acrecientan del alíñalos dolores:
¡Ya para mí no hay sol, torrentes, flores,
Bosques, praderas, luna, claridad!
¡Doloroso contraste! ¡doble pena!



La primavera allí con sus alfombras,
En mí el invierno con sus negras sombras,
Con sus noches de insomnio y soledad!

¡Ay del que joven la esperanza pierde
Y el no existir espera con afán!
¡Mísero aquel que como yo recuerde
Ensueños que ya nunca volverán!
¿Qué fue mi corazón? Corona verde
Un tiempo de jazmines y arrayan:
Blanca y fragante rosa sin espinas.
¿Qué eres hoy, corazón? ¡Lágrimas, ruinas!
Busco en el mundo el ser que lo ha dejado
Por decretos de Dios que yo bendigo,
Y de buscarle en balde fatigado,
¡Cuántas veces en tierra doy conmigo!
Peregrino sin fe, desalentado,
Lo que los hombres aman yo maldigo;
Pero quiere el Señor que en mi agonía
Siga esta cruz llevando todavía.
¡Vivir, vivir con la esperanza muerta,
Marchita el alma, el corazón partido,
Al borde de una tumba, siempre abierta,
Mansión postrera de un amor perdido!
Tales mi porvenir: ¡noche cubierta
De horrible soledad, luto y olvido!
¡Noche sin luz, de lágrimas sembrada,
Imagen espantosa de la nada!

No extrañes, no, primavera,
Que tus magníficas galas
Indiferentes hoy miren
Ojos que llanto derraman.
Bien sabes que en otro tiempo,
Pasada apenas mi infancia,
Era un hijo cariñoso
Que en tu regazo soñaba
Juveniles ilusiones.

Con tus flores ataviadas:
Bien sabes que por tus campos,
Cual mariposa esmaltada
Que liba de flor en flor
De los céfiros en alas,
Enajenado corría
Al primer fulgor del alba,
Por gozar en los misterios
Que á mi vista desplegabas.
¡Cuántas veces en tus fuentes
Mis labios ¡ay! reposaban,
Contándoles mis amores,
Pidiéndoles esperanzas!
¡ Cuánta s veces sus cristales
Dieron sepulcro á mis lágrimas
Con armónicos suspiros
Que, llevados por las auras,
A su vez entre las flores
Hallaron muerte temprana!
¡Cuántas veces escuché
De tus invisibles hadas
El dulcísimo concierto
Con todo el fervor de un alma,
Virgen, inocente, pura
Y á los dolores extraña!
Al sueño entonces mis ojos,
Acuérdate, se cerraban,
Y en tanto que yo dormía,
Con tristes notas pausadas
Cantaban los ruiseñores,
Los rosales sus guirnaldas
Y su cáliz la azucena
Sobre mi frente doblaban
En blandas ondulaciones,
Temiendo que despertara,
Como la madre que al hijo
Enfermo el sueño le guarda.
Hoy como entonces ¡ay mísero!
Tienes campos de esmeralda.
Torrentes, árboles, flores
Y ruiseñores que cantan:
Hoy como entonces murmuran
Tus fuentes, y embalsamadas,
Las brisas de las florestas
Sentidos ayes exhalan:
¡Mas para mí todo en vano!
Si tus encantos resaltan
Como siempre, por un prisma
Enlutado los ve el alma,
Y alma que en llanto rebosa,
La tumba sólo con ansia
Mirar puede y deleitarse
Del no ser en la esperanza.

¡Ay alma! ¿Lloras,
Porque tu primavera
Pasa tan pronta?
También esos rosales
Que el viento mece,
En espinas los hielos
Después convierten.
También los ruiseñores
Que hoy trinan tanto,
En los meses de invierno
Quedan callados,
¡Ay! ¿Lloras, alma,
Porque tu primavera
Tan pronto pasa?
También esos collados
Que cubre el césped,
En llegando el estío
Su verdor pierden.
También esos arroyos
Que así murmuran,
En los mares encuentran
inmensa tumba,
Donde principia
Otra vida para ellos,
Grande, infinita,
Y ¿lloras, alma mía,
Viendo esa esfera,
Que es el mar de las almas,
La vida eterna?

Abril de 1846.



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 04 Ene 2021, 02:21

Corre otra vez la savia de los árboles
En trasparentes lágrimas de vida
Y en las florestas oyese sentida
Vaga canción de amante ruiseñor.
Visten de nuevo los flotantes prados
Su manto de amapolas y esmeralda,
Y de los montes la pendiente falda
Vistosa cubre la retama en flor;

Precioso, querida amiga... Ojalá esta próxima primavera no tengamos que bregar todavía con el COVID, pudiendo disfrutar de ella.

Buen trabajo.


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Mensaje por Lluvia Abril Miér 06 Ene 2021, 02:53

Gracias por estar ahí, amigo mío y sí, ojalá, aunque, sinceramente, no lo veo.
Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril Miér 06 Ene 2021, 02:55

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX



POESÍAS LÍRICAS




UN LIRIO POR CORONA.

Flores busqué para en la tumba aislada
¡Ay hermano infeliz! donde reposas
Una corona de brillantes rosas
Suspender con mis lágrimas regadas.
Tu memoria en las sombras de la nada,
Las emociones tiernas, generosas,
Muertas hallé. ¡Las nieblas silenciosas
Del norte sean tu corona helada!
Sólo una cruz y rosas naturales,
Ofrenda pura de amistad sincera,
En derredor de tu sepulcro veo.
¿Quién ha puesto esa cruz? ¿Quién los rosales?
Urbistondo la cruz, las flores Vera.
¡Oh! perdón, amistad! Aún en ti creo.

Octubre de 1853.
Eugenio Gil y Carrasaco


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Mensaje por Lluvia Abril Miér 06 Ene 2021, 02:57

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX



POESÍAS LÍRICAS




EN LA TUMBA DE D. ENRIQUE GIL.

No de altivo laurel rama frondosa
Colgaré yo con mano temeraria
Donde tu tierno corazón reposa
Bajo tumba modesta y solitaria;
Blanca azucena y encendida rosa,
Llanto afectuoso y sincera plegaria
Serán los dones, que mi amor te ofrece,
Y que el recuerdo de tu amor merece.
Que tu existencia como el aura suave
Pasó sin ruido por el triste suelo,
Como la blanca estela de la nave,
Cual la línea que forma con su vuelo
Sobre el tendido firmamento el ave:
Así pasaste de la tierra al cielo,
Dejándola bañada en armonía
Los ecos de tu dulce poesía.
Ni á los aplausos de guerrera gloria,
Ni al rumor de tumultos populares
Mezcló tu nombre nuestra triste historia,
Ni la ambición lo guarda en sus altares.
Pura, como tu vida, tu memoria
Quedará en tus dulcísimos cantares,
Como queda en el vaso cristalino
La rica esencia de licor divino.
Adiós, dulce poeta, tierno amigo,
Que en los helados brazos de la muerte
Hallaste al fin impenetrable abrigo
Contra los tiros de envidiosa suerte.
Si tu espíritu baja á ser testigo.
Del llanto acerbo que mi pecho vierte,
Huelle á lo menos tu querida sombra
De frescas flores olorosa alfombra.
¡Ay! esas flores, que mi amor te envía,
Regadas con el llanto de mis ojos.
Eran ayer emblema de alegría;
Hoy lo son de la muerte y los enojos.
Al esparcirlas en la tumba fría,
Que guarda para siempre tus despojos,
Imagen son á mi angustiada mente
Del bien pasado y del dolor presente.

Fernando de la Vera é Isla .



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Mensaje por Lluvia Abril Miér 06 Ene 2021, 02:59

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX



POESÍAS LÍRICAS





EPÍSTOLA Á PEDRO.
( Berlín, l- de Febrero de 1856)

Quiero que sepas, aunque bien lo sabes,
Que á orillas del Sprée (ya que del rio
Se hace mencionen circunstancias graves)
Mora un semi-alemán, muy señor mío,
Que, entre los rudos témpanos del Norte,
Recuérdala amistad y olvida el frío.
Lejos de mi Madrid, la villa y corte,
Ni de ella falto yo porque esté lejos,
Ni hay una piedra allí que no me importe.
Pues sueña con la patria, á los reflejos
De su distante sol, el desterrado,
Como con su niñez sueñan los viejos.
Ver quisiera un momento, y á tu lado,
Cuál por ese aire azul nuestra Cibeles
En carroza triunfal rompe hacia el Prado!...
¿Ríes?... Juzga el volar, cuando no vueles...
Átomo harás del mundo que poseas,
Y mundo harás del átomo que anheles!
Al sentir corara vulgo, no te creas...
Al pensar corara vulgo no te olvides
De compulsar á solas tus ideas.
Como dejes la España en que resides,
Donde quiera que estés, ya echarás menos
Esa patria de Dólfos y de Cides;
Que obeliscos y pórticos ajenos
Nunca valdrán los patrios palomares
Con las memorias de la infancia llenos.
Por eso, aunque dan son á mis cantares
Elba, Danubio y Rhin, yo los olvido
Recordando á mi pobre Manzanares.
¡Allí mi juventud!... ¡ay! ¿quién no ha oído
Desde cualquier región, ecos de aquella
Donde niñez y juventud han sido!...
Hoy mi vida de ayer, pálida ó bella,
Múltiple se repite en mis memorias,
Como en lágrimas mil única estrella...
Que quedan en el alma las historias
De dolor ó placer, y allí se hacinan,
Del fundido metal muertas escorias.
Y, aunque ya no calientan ni iluminan,
Si al soplo de un suspiro se estremecen,
¡Aún consuelan al alma!... ¡ó la asesinan!
Cuando al partir del sol las sombras crecen,
Y, entre sombras y sol, tibios instantes
En torno del horario se adormecen;
El dolor y el placer, férvidos antes,
Se pierden en el alma indefinidos,
Á la luz y á la sombra semejantes.
Y en esta languidez de los sentidos,
Crepúsculo moral, en que indolente
Se arrulla el corazón con sus latidos,
Pláceme contemplar indiferente
Cual del dormido Sprée sobre la espalda
Y en lúbrico chapin sesga la gente:
O recordar el toldo de esmeralda
Que antes bordó el Abril, en donde ahora
Nieve septentrional tiende su falda:
Mientras la luz del Héspero incolora
Baña el campo sin fin, que el Norte rudo
Salpicó de brillantes á la aurora!

¡Hijo de otra región, trémulo y mudo
Con la mirada que por ti paseo,
Nieve septentrional, yo te saludo!
Una tarde de Mayo (casi creo
Que salta á mi memoria su hermosura
De este cuadro invernal, como un deseo),
Una tarde de flores, y verdura,
Rica de cielo azul sin un celaje,
Y empapada en aromas y frescura;
En que, al son de las auras, el ramaje
Trémulo de los tilos repetía
De otros lejanos bosques el mensaje;
Yo, con mi propio afán por compañía,
Del recinto salí que nombró el mundo
Corte del rey filósofo algún día.
A su verdor del Norte sin segundo,
De un frondoso jardín los laberintos
Atrajeron mi paso vagamundo...
En armoniosa confusión distintos,
Cándidos nardos y claveles rojos,
Tulipanes, violas y jacintos,
De admirar el vergel dierónme antojos;
Y perdíme en sus vueltas, rebuscando.
Ya que no al corazón, pasto á los ojos.
Y una viola, que al favonio blando
Columpiaba su tímida corola,
Quise arrancar...—Mas súbito, clavando
Mis ojos en el césped, donde sola
Daba al favonio sus esencias puras,
Respeté, por el césped, la viola...
¡Guirnalda funeral, de desventuras
Y lágrimas nacida, eran las flores
De aquel vasto jardín de sepulturas!
Pero jardín. Allí, cuando los llores,
Aún te hablarán la amante ó el amigo
Con aromas y jugos y colores...
¡Y de tu santo afán mudo testigo,
Algo en aquellas flores sepulcrales,
Algo del muerto bien será contigo!
Dentro de nuestros muros funerales
Jamás brota una flor... Mal brotaría
De ese alcázar de cal y mechinales,
índice de la nada en simetría,
Que á la madre común roba los muertos
Para henchir su profana estantería;
Ruin estación de huéspedes inciertos
Que ofreciera á los vivos sus moradas,
Por alquilar los túmulos abiertos!
De tierra sobre tierra fabricadas,
Más solemnes quizá, por más sencillas,
Las del santo jardín tumbas aisladas,
Con su césped de flores amarillas,
Se elevan... no muy altas... á la altura
Del que llore, al besarlas, de rodillas.
¡Mas sola allí... sin flores... sin verdura...
Bajo su cruz de hierro se levanta
De un hispano cantor la sepultura!...
Delante de su cruz tuve mi planta...
—Y soñé que en su rótulo leía:
«¡Nunca duerme entre flores quien las canta!»
¡Pobre césped marchito! ¡Quién diría
Que el cantor de las flores en tu seno
Durmiera tan sin flores algún día!
Mas, ¡ay del ruiseñor que, en aire ajeno,
Por atmósfera extraña sofocado,
Sobre extraña región cayó en el cieno!
|Ay del vate infeliz que, amortajado
Con su negro ropón de peregrino,
Yace en su propia tumba desterrado!
Yo, al encontrar su cruz en mi camino,
Como engendra el dolor supersticiones,
Llamé tres veces al cantor*divino.
Y de su lira desperté los sones,
Y turbé los sepulcros murmurando
La más triste canción de sus canciones...
Y á la viola, que al favonio blando
Columpiaba allí cerca su corola,
Volví turbios los ojos... Y clavando
La rodilla en el césped (donde sola,
Era airón sepulcral de una doncella)
Desprendí de su césped la viola.'—
Y al lado del cantor volví con ella;
Y así lloré, sobre su cruz mi mano,
La del pobre cantor mísera estrella:
Bien te dice mi voz que soy tu hermano...
¿Quién saludara tus despojos fríos,
Sin el ¡ay! de mi acento castellano?
Diéronte ajena tumba hados impíos...



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 06 Ene 2021, 06:21

Flores busqué para en la tumba aislada
¡Ay hermano infeliz! donde reposas
Una corona de brillantes rosas
Suspender con mis lágrimas regadas.
Tu memoria en las sombras de la nada,
Las emociones tiernas, generosas,
Muertas hallé. ¡Las nieblas silenciosas
Del norte sean tu corona helada!
Sólo una cruz y rosas naturales,
Ofrenda pura de amistad sincera,
En derredor de tu sepulcro veo.
¿Quién ha puesto esa cruz? ¿Quién los rosales?
Urbistondo la cruz, las flores Vera.
¡Oh! perdón, amistad! Aún en ti creo.


Me encantó, querida amiga.

Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril Vie 08 Ene 2021, 01:03

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX



POESÍAS LÍRICAS




A Don Enrique Gil y Carrasco
FALLECIDO EN BERLIN EL 22 DE FEBRERO DE 1846,
SU AMIGO
José de Urbistondo .


Contemplando su tumba se vienen dolorosamente á la memoria estos tristísimos versos del malogrado poeta:

«¡Quizá al pasar la virgen de los valles,
Enamorada y rica en juventud,
Por las sombrías y desiertas calles
Do yacerá escondido mi ataúd,
Irá á coger la humilde violeta
Y la pondrá en su seno con dolor!
Y llorando dirá: ¡pobre poeta!
¡Ya está callada el arpa del amor!»

¡Si ojos extraños la contemplan secos,
Hoy la riegan de lágrimas los míos!
Sólo suena mi voz entre sus huecos,
Para que en ella, si la escuchas, halles
Los de tu propia voz póstumos ecos...
¡Por las desiertas y sombrías calles,
Donde duerme tu féretro escondido
No pasa, no, la virgen de los valles!
Una vez que ha pasado... no ha venido...
Trajéronla con rosas... á tu lado,
La virgen, desde entonces, ha dormido...
Si su pálida sombra, al compasado
Son de la media noche, inoportuna,
Flores entre tu césped ha buscado,
Bien habrá visto á la menguante luna,
Que en el santo jardín, rico de flores,
Sólo yace tu césped sin ninguna.(II)
¡No tienes una flor!...—¿Ni á qué dolores
Una flor de tu césped respondiera
Con aromas y jugos y colores?...
Sólo al riego de lágrimas naciera...
Y de tu fosa en el terrón ajeno
¿Quién derrama una lágrima siquiera!
¡ Ay, sí, del ruiseñor, de vida lleno,
Que en atmósfera extraña sofocado,
Sobre extraña región cayó en el cieno!
Cantor en el sepulcro desterrado,
Descansa en paz... ¡Adiós!...—Y si á deshora
Un viajero del Sur pasa á tu lado;
Si al contemplar tu cruz, como yo ahora,
Con su idioma español el viajero
Te llama aquí tres veces, y aquí llora;
Dígale el son del aura lastimero
Cuál en los brazos de tu cruz escueta,
Peregrino del Sur lloré primero...

(ll) Sin duda, al escribirse estos versos se habrían marchitado ya las plantadas por el Sr. de la Vera é Isla. XLVII1 Recibe con mi adiós tu violeta!

Recibe con mi adiós tu violeta!
La tumba de la virgen te la envía...

Y al unirse la flor con su poeta,
Ya en el ocaso agonizaba el día!..

Eulogio Florentino Sanz .



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Mensaje por Lluvia Abril Vie 08 Ene 2021, 01:06

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX



POESÍAS LÍRICAS




UNA GOTA DE ROCÍO.

Gota de humilde rocío
Delicada,
Sobre las aguas del rio
Columpiada;
La brisa de la mañana
Blandamente,
Como lágrima temprana
Trasparente,
Mece tu bello arrebol
Vaporoso
Entre los rayos del sol
Cariñoso.
¿Eres, di, rico diamante
De Golconda,
Que, en cabellera flotante
Dulce y blonda,
Trajo una Sílftde indiana
Por la noche,
Y colgó en hoja liviana
Como un broche?
¿Eres lágrima perdida,
Que mujer
Olvidada y abatida
Vertió ayer?
¿Eres alma de algún niño,
Que murió,
Y que el materno cariño
Demandó?
¿O el gemido de espirante
Juventud,
Que traga pura y radiante
El ataúd?
¿Eres tímida plegaria,
Que alzó al viento
Tina virgen solitaria
En un convento?
¿O de amarga despedida
El triste adiós,
Lazo de un alma partida
¡ Ay ! entre dos ?

Quizá tu frágil belleza,
Quizá tus dulces colores,
Tus cambiantes y pureza,
Y tu esbelta gentileza,
Tus fantásticos albores,
Son imágenes risueñas
De contento y de ventura;
Son citas de una hermosura,
Son las tintas halagüeñas
De alguna mañana pura.
Que acaso bella te alzaste
Entre el cantar de las aves,
Y magnífica ostentaste
Tu púrpura y oro suaves,
Y con ellos te ensalzaste.
Que acaso en cuna de flores
Viste la lumbre del día,
Y blando soplo de amores
Te llevó una noche umbría
En sus alas de colores.
Y en la rama suspendida
De un almendro floreciente
Oíste trova perdida,
En el perfumado ambiente
Por los ecos repetida.
Ruiseñor enamorado
Cantaba encima de ti,
Y junto al tronco arrugado
Oíste un beso robado
Á unos labios de rubí.

Misterios, y colores, y armonías,
Encierras en tu seno, dulce ser,
Vago reflejo de las glorias mías,
Tímida perla que naciste ayer.
Pero es tan frágil tu existencia hermosa
Y tu espléndida gala tan fugaz,
Que es un vapor tu púrpura vistosa
Que quiebra el ala de un insecto audaz.
Mañana ¿que será de tus encantos,
De tus bellos matices, pobre flor?
No habrá pesares para ti, ni llantos,
Ni más recuerdo que mi triste amor.
Si tu vida fue un soplo de ventura,
Si reflejaste el celestial azul,
No caigas, no, sobre esta tierra impura
Desde tu verde tronco de abedul.
Pídele al sol que con su rayo ardiente
Disipe por los aires tu vivir,
Ó á un pájaro de pluma reluciente
Que recoja en su pico tu zafir.
Que no naciste tú para este suelo,
Para trocar en lodo tu beldad;
Tú, más baja que espíritu del cielo,
Más alta que la humana vanidad.
Quédate ahí pendiente de tu rama,
Cual blanco mensajero de oración,
Que sólo el verte la esperanza inflama
Y alienta al quebrantado corazón.
Quizá al pasar un ángel solitario
Te cubrirá con su ala virginal...
Si caes envolverá frío sudario
Tu forma vaporosa y celestial.


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Mensaje por Lluvia Abril Sáb 09 Ene 2021, 05:17

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX



POESÍAS LÍRICAS




Á LA MEMORIA DEL GENERAL TORRIJOS.

Ondas del mar de Málaga la bella,
Que visteis apagarse en vuestra orilla
Del cielo de Cortés la última estrella
Con el último nieto de Padilla;
Arenas, que con peine de cristales
Pule esa mar tan lánguida y sonora,
Do flotaron del Cristo las señales
Ante el pendón de la falange mora;
Aguas, de espuma coronad la huesa
Donde duerme el caudillo de los bravos,
Arenas, amparad en sombra espesa
La víctima inmortal de los esclavos.
No guarda el mar el rastro de su barca,
Ni su huella la margen floreciente:
Serenó el mar la mano de la parca,
Borró su huella sangre del valiente.
Costas del mar de Málaga encantada,
Si por vosotros algún día errante
Se extendiera mi vista desolada,
Se perdiera mi paso vacilante;
Arrodillado, con los ojos fijos,
Esa tumba sagrada adoraría,
Y la gigante sombra de Torrijos
Entre el sol del ocaso buscaría.
Paz, le dijera, á tu desierta losa;
Yo te cantara, y si laurel tuviera,
Yo dejaría su guirnalda hermosa
En la tranquila paz de esta ribera.
Mas, huésped de la bella Andalucía,
Cisne sin lago, bardo sin historia,
Mi perdido cantar empanarla
El rutilante sol de tu alta gloria.



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Mensaje por Lluvia Abril Sáb 09 Ene 2021, 05:19

ENRIQUE GIL CARRASCO

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POESÍAS LÍRICAS




EN EL ÁLBUM DE UNA SEÑORITA.

Rica es, señora, el alba de la vida
Cuando brilla la flor de la esperanza,
De líquidos diamantes guarnecida
Y halagada por brisas ele bonanza.
Bello es mirar con ojos infantiles
El pintado tropel de los amores
Volar por entre mágicos pensiles
Con sus alas cambiantes de colores.
Pero en tu frente virginal asoma
Eterno día de eternal pureza,
Y la flor de esperanza con su aroma
En tus labios ostenta su belleza.
Y es tu voz la de un ángel cariñoso
Que canta amores y de amor suspira,
Céfiro que girando vagaroso
Estremece las cuerdas de la lira.
Tú brillas con la luz de la mañana,
Y sólo ves fulgentes mariposas,
Y brotas entre flores, flor temprana,
En las praderas del Abril frondosas.
Embalsama los campos de la vida
Mientras dure tu alegre primavera,
Y yo te cantaré, flor hechicera,
Del sol y de los céfiros querida.
Sí; yo te cantaré, porque tu frente
Refleja su esperanza en mis canciones,
Y vuelven en tropel resplandeciente
Al alma las perdidas ilusiones.
Y es tal en mi abrasada fantasía
De tus hechizos y tu fe el tesoro,
Que á tus plantas mi lira arrojaría
Para morir diciendo: yo te adoro.



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Mensaje por Lluvia Abril Sáb 09 Ene 2021, 05:25

ENRIQUE GIL CARRASCO

SIGLO XIX



POESÍAS LÍRICAS






LA CAMPANA DE LA ORACION.

Trémulo son
Vibra en el viento...
¿Es el acento
De la oración?
¿Es que suspira
La brisa pura,
Que se retira
Por la espesura?

¿Es que cantan las aves á lo lejos
Con voz sentida al apagado sol,
Bañadas en los últimos reflejos
De su encendido y bello tornasol?
¿Es el blando ruido de las alas
De los genios del día y de la luz,
Que van á desplegar sus ricas galas
A otro país de gloria y juventud?
¿Es la voz destemplada del torrente,
Que trueca su mugido bramador
En un himno dulcísimo y doliente,
Himno de paz, de religión, de amor?

No, que esa voz misteriosa,
Como el crepúsculo vaga,
Cual la niebla vaporosa,
Solitaria y melodiosa,
Como la voz de una maga;
Es más que el leve murmullo
Del aura que se despide
Y besa el tierno capullo
Y un instante más le pide
Con melancólico arrullo.
Es más que el triste cantar
De los pájaros pintados,
Que contemplan admirados
Nube rojiza empañar
Del sol los rayos dorados.
Es más que la voz sonora
Que se escapa del torrente
Y en himno tímido llora
El muerto sol de occidente,
Y aguarda el sol de la aurora.
Es más blanda y delicada
Que la confusa armonía
Del ala tornasolada
Del espíritu del día,
En los aires agitada;
Que es la voz de la campana,
Voz de alegría y tristeza,
De alegría en la mañana,
Triste en la noche cercana,
Sepulcro de la belleza.
Voz que dulce y apagada
En la oscuridad solloza,
O que rica y acerada
Corre los vientos alada
Y entre misterios se goza ;
Que tal vez recuerda el alma
Despertada por su son
Horas de plácida calma,
En que, solitaria palma,
Florecía el corazón.
Y entonces las oraciones
De la infancia bulliciosa
Pasan en blancas visiones
Cual aéreas ilusiones,
Por el alma pesarosa.
Y las dulces confianzas
De solícita amistad,
Las doradas esperanzas,
Abandono y bien-andanzas
De la venturosa edad.
Y las pláticas de amor
Entre flores y verdura,
Que cantaba el ruiseñor
Y embellecía el pudor
De conturbada hermosura.
Todo en los ecos se mece
Del misterioso metal,
Pero confuso aparece
Y sin contornos se ofrece
Como vapor matinal.
Que son harto delicados
Aquellos suaves placeres
En que yacen apiñados
Ensueños idolatrados
Con semblante de mujeres.
Porque en otro pensamiento
Se miran sobrenadar,
Y siguen su movimiento,
Cual marchan al son del viento,
Las escuadras por el mar.
Pensamiento, sí, infinito,
Que vaga por el espacio,
Pensamiento de proscripto,
En las cabañas escrito,
Y en la frente del palacio.
Las músicas de la vida,
El silencio del no ser,
Y la amarga despedida,
Y la queja dolorida
De las hojas al caer.

(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril Sáb 09 Ene 2021, 06:00

ENRIQUE GIL CARRASCO

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POESÍAS LÍRICAS





LA CAMPANA DE LA ORACION.
(CONT.)




La idea consoladora
De otro mundo de virtud,
Y la madre que nos llora
Y que, aun muertos, nos adora
Contemplando el ataúd.
La imagen de la doncella
Que su fe nos dio al pasar,
Y que tal vez nuestra huella
Busca en moribunda estrella
Con distraído pensar;
Y el ánima desatada
Que va á llamar congojosa
A la puerta nacarada
De la mansión perfumada,
Donde el querubín reposa;
Y Dios y la majestad,
Y el son de las arpas de oro
En la mística Ciudad,
Y aquel inefable coro
Por toda una eternidad!!
Ideas son que oscurecen
Las memorias infantiles,
Y ante quienes desparecen
Y en humo se desvanecen
Los delirios juveniles.

Encumbrada en gigante campanario,
Desde allí enseñorea al liuracan,
Soberana de un mundo solitario
De grave y melancólico ademan.
¿Por qué, di, tanto gozo en la mañana?
Por qué al oscurecer tanto pesar?
¿Por qué en tus ecos, lánguida campana,
Haces así mi corazón rodar?
¡Ay! cantas la esperanza en la alborada,
La fe sencilla del primer amor,
Y en la noche las sombras de la nada,
Desengaños y dudas y dolor.
Tal vez eres escala luminosa
Por do se sube á espléndida región;
Tal vez eres la senda tenebrosa
Que guía al ignorado panteón.
Paréceme en las noches más oscuras
Oír entre tus ecos de metal
Unas palabras tímidas y puras,
Perdidas en tu acento funeral.
Palabras de abandono y confianza,
Blando perfume de inocencia y paz,
Ideas de fantástica esperanza,
Memorias de dulcísima amistad.
Memorias, sí, del malogrado amigo,
Del malogrado amigo que perdí,
Que repartía su placer conmigo,
Y descargaba su amargura en mí.
Que desplegó mi corazón de niño,
Como el alba las hojas de la flor,
Y suavizó con maternal cariño
Mis ideas de luto y de dolor.
¿Quién sabe si abandona su morada
Cuando vas á cantar la última luz,
Y cruzando la bóveda estrellada
Mezcla á tu son el son de su laúd?
¿Quién sabe si hay un punto en el espacio,
De entrambos mundos eternal confín,
Más alto que la cresta del palacio,
Y postrer escalón del serafín?

Tú eres, campana, el punto misterioso;
Sobre la tierra levantado estás,
Y tú sin duda al celestial reposo
Del espíritu amigo servirás.
Lanza tu voz, desplégala sonora,
Pues que en ella le escucha mi pasión;
Si es ilusión, campana bienhechora,
¡Ay! déjame morir en mi ilusión:
Porque es triste perder el ser que amamos,
Y los sueños con él perder también...
¿Para qué averiguar si deliramos?
¿Para qué razonar si obramos bien?
¡Ay! es tan dulce al alma abandonarse,
Y mecerse en memorias de placer,
Y luego melancólica lanzarse
Á buscar la esperanza en el no ser;
Que Dios sin duda te colgó en el viento,
Como flor del perdido corazón,
Cual llama, que el helado pensamiento
Convierte en un aroma de oración.
Tú que me traes al rayar el día
Vagos recuerdos de la bella edad,
Y por la noche pálida y umbría
Me muestras la confusa eternidad;
Tú que entre sombras y tiniebla vana
Evocas una forma celestial...
¡Bendita seas, lúgubre campana!
¡Bendito, sí, tu acento funeral!





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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 09 Ene 2021, 06:45

"Mas, huésped de la bella Andalucía,
Cisne sin lago, bardo sin historia,
Mi perdido cantar empanarla
El rutilante sol de tu alta gloria."

ES CIERTO, LOS GENERALES NUNCA ME GUSTARON MUCHO... PERO TORRIJOS FUE LIBERAL Y SE PRONUNCIÓ CONTRA EL ABSOLUTISMO DE FERNANDO VII...

BIENVENIDO SEA EL POEMA.

GRACIAS, QUERIDA LLUVIA.


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Mensaje por Lluvia Abril Dom 10 Ene 2021, 04:38

Gracias a ti, Pascual.
Sigo pues.


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