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VIRGILIO

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Vie 13 Nov 2020, 02:04

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO VII. CONT.

Mas he aquí que volvía de la Argos del Ínaco
la cruel esposa de Júpiter y volaba por los aires,
y divisó a los lejos desde el cielo al feliz Eneas
y a la flota dardania por encima del sículo Paquino.
Ve cómo se alzan ya las casas, que se entregan confiados a la tierra,
que han abandonado los barcos; clavada se quedó de aguda rabia.
Sacudiendo entonces la cabeza estas palabras saca de su pecho:
«¡Ay raza odiada y a nuestros hados contrarios
hados de los frigios! ¿Así que no cayeron en los campos sigeos,
no pudieron tampoco caer prisioneros, ni quemó el incendio
de Troya a sus guerreros? En plena batalla y entre el fuego
supieron hallar una salida. Así que, ya veo, al fin mi numen
yace agotado, o saciado mi odio me he cruzado de brazos.
¡Para eso me lancé a perseguirlos, arrojados de su patria,
con vehemencia por las aguas y a impedir por todo el mar su huida!
Agotado se han las fuerzas del mar y del cielo contra los teucros.
¿De qué me sirvieron las Sirtes o Escila, de qué Caribdis
enorme? Ya se refugian en el ansiado cauce del Tiber
sin miedo del piélago o de mí. Fue Marte capaz de perder
al pueblo de los Lápitas gigantes; el propio padre de los dioses
entregó la antigua Calidón a la ira de Diana,
¿y qué delito cometieron Lápitas y Calidón para merecerlo?
Y heme aquí, la gran esposa de Jove que, pobre de mí,
nada dejé por intentar, que a todo me he lánzado,
vencida ahora por Eneas. Pues bien, si mi numen
no es bastante, no he de dudar ciertamente en implorar donde sea:
si domeñar no puedo a los de arriba, moveré al Aqueronte.
No me será dado alejarlos del reino latino -seay
sin cambio sigue por el destino la esposa Lavinia;
mas añadir y acumular obstáculos puedo a cosas tan grandes,
en dos puedo dividir a los pueblos de estos reyes.
Este precio pagarán los suyos, si suegro y yerno se unen:
de sangre troyana y rútula tendrás la dote, muchacha,
y Belona será la diosa que presida tu boda. No ha sido sola
la hija de Ciseo en parir, preñada de la tea, fuegos conyugales;
también Venus tendrá su parto y habrá un nuevo Paris,
y de nuevo funestas alumbrarán las antorchas a la Pérgamo que renace.»
Luego que dijo esto horrenda descendió a tierra;
a la enlutada Alecto de la sede de las diosas crueles
saca y de la tiniebla infernal, a la que ama las guerras
dolorosas, las iras, las insidias y los crímenes dañinos.
Hasta Plutón, su padre, la odia y sus hermanas del Tártaro
odian al monstruo: en tantos rostros se transforma,
con tan crueles caras aparece, tan negra de culebras.
Juno la provoca con estas palabras, y así le dice:
«Bríndame tu ayuda favorable, muchacha nacida de la Noche,
colabora para que mi honor no ceda ni se quebrante
mi fama en el lugar, que con bodas no puedan los Enéadas
ganarse a Latino ni en territorio ítalo instalarse.
En tus manos está lanzar al combate a hermanos de igual alma
y derribar las mansiones con el odio; tú puedes meter tu fusta
en las casas y las antorchas funerales; tú tienes mil nombres
y mil formas de dañar. Sacude tu pecho fecundo,
rompe el arreglo de paz, siembra crímenes de guerra.
Que ansíe las armas, las pida y las empuñe la juventud.»
Sale Alecto infestada del veneno de la Gorgona
y el Lacio primero y los altos techos del caudillo
laurente busca, y se sienta en el callado umbral de Amata,
a la que, ardiente, quemaban además de la llegada de los teucros
y las bodas de Turno, cuitas y enojos de mujer.
A ella la diosa de cabellos cerúleos una sola serpiente
le lanza que se mete en su seno hasta lo hondo del pecho,
para que, enfurecida por el monstruo, sacuda la casa entera.
Se desliza ella entre el vestido y el suave pecho
yvueltas da sin contacto alguno y engaña a la enfurecida
inspirándole aliento de víbora; se vuelve la culebra
enorme collar de oro en su cuello, se vuelve remate de cinta
y ciñe sus cabellos y lúbrica vaga por sus miembros.
Y mientras el contagio primero con su húmedo veneno
ataca sus sentidos y envuelve sus huecos en fuego
y aún su ánimo no recibe la llama en todo el pecho,
habló dulcemente y a la manera que las madres acostumbran,
llorando y llorando por su hija y el himeneo frigio:
«¿A unos teucros sin patria será entregada mi Lavinia,
padre, y no tendrás piedad ni de ti ni de su hija?
¿Y no tendrás piedad de una madre a quien el pérfido pirata
dejará con el primer Aquilón, llevándose a su hija a alta mar?
¿Es que no fue así cómo entró en Lacedemonia el pastor frigio
y a Helena se llevó, la hija de Leda, a la ciudad troyana?
¿Qué hay de tu sagrada palabra? ¿Qué de tu antiguo cuidado por los tuyos
y de tu diestra, que tantas veces diste a tu pariente Turno?
Si para yerno se busca a uno de un pueblo que no sea latino
y así está decidido y el mandato te obliga de tu padre Fauno,
pienso en verdad que toda la tierra que está libre de tu cetro
es extranjera, y que así lo proclaman los dioses.
Y de Turno, si hay que buscar el origen primero de su casa,
Ínaco yAcrisio son los padres yMicenas la patria.»
Cuando advirtiendo que ha hablado en vano ve que Latino
sigue en su contra, y hasta el fondo de su corazón se desliza
el veneno furioso de la serpiente y por completo la gana,
entonces la infeliz empujada por terribles visiones
enloquece fuera de sí sin freno por la inmensa ciudad.
Como el trompo gira impulsado por la cuerda retorcida
con el que los niños en gran corro juegan por los patios vacíos
y practican atentos su juego: él va trazando círculos
al golpe de la cuerda; pasmados miran desde lo alto
los grupos de niños ante el boj volandero;
las vueltas le dan fuerzas. No en carrera más lenta
se agita Amata por la ciudad y entre la gente fiera.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Vie 13 Nov 2020, 02:07

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO VII. CONT.

Luego, fingiéndose bajo el numen de Baco por los bosques
se entrega a un delito mayor y en alas de una mayor locura
vuela y esconde a su hija en los montes frondosos,
para arrancársela del tálamo a los teucros y retrasar las teas,
gritando «Evohé, Baco», «sólo tú digno de mi hija»
vociferando, «que empuñe para ti los blandos tirsos,
que te rodee con su danza, que para ti alimente su cabello sagrado».
Vuela la noticia y a todas las madres, el pecho encendido
por la furia, empuja el mismo ardor a buscar nuevos techos.
Sus casas dejaron, entregan al viento su pelo y su cuello;
algunas llenan el aire de trémulo ulular
y vestidas con pieles portan las lanzas de pámpanos.
Ella en medio de todas sostiene fervorosa el pino
ardiente y canta las bodas de su hija con Turno,
torciendo una mirada de sangre, y en tono siniestro
exclama de pronto: «¡Madres del Lacio, eh! ¡Escuchadme!
Si alguna gracia para la infortunada Amata queda
en vuestros píos corazones y os muerde el diente del derecho materno,
desatad las cintas de vuestro pelo, venid a la orgía conmigo.»
Así lleva de un lado para otro Alecto a la reina,
por bosques y lugares sólo de alimañas con el estímulo de Baco.
Cuando entendió que había aguzado bastante su furor primero
y que había dado en tierra con los planes y la casa de Latino,
la diosa triste de las alas foscas vuela de aquí en seguida
a los muros del rútulo audaz, ciudad que, dicen,
Dánae fundara con colonos acrisioneos
impulsada por la fuerza del Noto. Hay un lugar que Ardea
llamaron un día los mayores, y hoy Ardea sigue siendo su gran nombre,
aunque pasó su suerte. Aquí bajo altos techos Turno
gozaba ya de un profundo descanso en una noche negra.
Alecto se quita su torva faz y sus miembros
furiosos y se transforma en la figura de una anciana
y ara de arrugas su obscena frente y ciñe sus blancos
cabellos con una cinta, entrelaza luego un ramo de olivo;
se convierte en Cálibe, la anciana de Juno sacerdotisa de su templo,
y a los ojos se presenta del joven con estas palabras:
«Turno, ¿vas a aguantar que se gasten en vano tantas fatigas
y que sea entregado tu cetro a colonos dardanios?
El rey te niega el matrimonio y una dote ganada
con sangre, y busca para su reino un heredero de lejos.
Venga, acude ya y ofrécete, burlado, a enojosos peligros;
ve y dispersa al ejército tirreno, protege con la paz a los latinos.
Que todo esto me ordenó contarte a las claras, cuando yacieras
en la plácida noche, la propia Saturnia todopoderosa.
Así que, ¡venga! Dispón gozoso que se arme la juventud
y que salga por las puertas a los campos, y abrasa a los jefes
frigios que se instalaron en el hermoso río y sus pintadas naves.
Una poderosa fuerza del cielo lo ordena. El propio rey Latino,
si no se aviene a consentir la boda y obedecer esta orden,
lo sienta y conozca por fin a Turno con sus armas.»
Se echó a reír en este punto el joven de la vidente
y así le replicó: «No escapó a mis oídos la noticia, como piensas,
de que han entrado barcos en las aguas del Tiber;
no me vengas con miedos tan grandes. Ni se ha olvidado
de nosotros Juno soberana.
Mas a ti, abuela, vencida por el tiempo y ahíta de verdad
la vejez te castiga con vanas cuitas, y entre ejércitos
de reyes se burla de tus adivinanzas con un falso temor.
Cuídate mejor de las estatuas de los dioses y de sus templos;
deja a los hombres la guerra y la paz, que a ellos la guerra toca.»
Con estas palabras se encendió la cólera de Alecto.
Y un súbito temblor se apodera de los miembros del joven según habla,
fijos se quedaron sus ojos: con tantas hidras silva la Erinia,
así de horrible descubre su rostro; entonces torciendo su mirada
de fuego rechazó al que entre dudas trataba
de seguir hablando e hizo alzarse dos serpientes en su pelo,
y chasqueó sus látigos y esto añadió con boca de rabia:
«Aquí me tienes, vencida por el tiempo y de quien ahíta de verdad
se burla la vejez con falso temor entre ejércitos de reyes.
Mírame bien: vengo de la morada de las crueles hermanas,
llevo en mi mano la guerra y la muerte.»
Dicho esto arrojó su antorcha sobre el joven
Y bajo su pecho clavó teas humeantes de negra luz.
Y un intenso pavor le sacó de su sueño y huesos y miembros
baña el sudor manado de todo su cuerpo.
Enloquece pidiendo sus armas y sus armas busca por la cama y la casa;
le enfurece el ansia de hierro y una locura criminal de guerra
y luego la cólera: como cuando la llama con gran ruido
de leños se amontona a los lados de un caldero que hierve
y brincan los líquidos por el calor, se agita la masa humeante
de agua y asoma por arriba una corriente de espuma,
y no se contiene ya la ola, vuela por los aires el negro vapor.
Así que, violada la paz, marca el camino a los jóvenes principales
hacia el rey Latino y ordena preparar las armas,
defender Italia, expulsar del territorio al enemigo;
que ellos se bastaban para ir contra los dos, teucros y latinos.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Vie 13 Nov 2020, 02:08

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO VII. CONT.

Luego que así habló e invocó en su favor a los dioses,
compiten los rútulos en lanzarse a las armas.
A éste lo mueve la prez egregia de su figura y de su juventud,
a éste sus reales antepasados, a éste la diestra de claras hazañas.
Mientras Turno llena a los rútulos de un espíritu audaz,
Alecto se dirige a los teucros con sus alas estigias,
explorando el lugar con nuevos trucos, en cuya playa andaba
persiguiendo el hermoso Julo a las fieras con carreras y trampas.
La doncella del Cocito infundió entonces a las perras
una súbita rabia y toca sus hocicos con olor conocido
para que persigan con vehemencia a un ciervo; ésta fue la causa
primera de las fatigas y encendió los ánimos agrestes al combate.
Había un ciervo de hermosa presencia y enorme cornamenta,
al que los hijos de Tirro, arrancado de las ubres maternas,
alimentaban y su padre, Tirro, a quien obedecen
los ganados del rey y encomendada está la guardia de los campos.
Acostumbrado a sus órdenes, Silvia la hermana con todo cuidado
adornaba sus cuernos cuajándolos de flexibles guirnaldas,
y peinaba al animal y lo bañaba en aguas cristalinas.
Él, sumiso a la mano y acostumbrado a la mesa de sus amos,
vagaba por los bosques y de nuevo al umbral conocido
volvía por su voluntad, aunque fuera ya noche cerrada.
A éste lo sintieron vagando a lo lejos las perras rabiosas
de Julo cuando, de caza, seguía por caso la corriente
de un río y en la ribera verdeante aliviaba su calor.
Y hasta el mismo Ascanio encendido por el ansia
de gloria montó sus dardos en el curvo arco,
y no faltó el dios a la diestra insegura y con gran ruido
atravesó la flecha el vientre y los ijares.
Mas herido escapa el cuadrúpedo hacia la casa conocida
y gana gimiendo los establos y con su queja llenaba
todo el lugar, cubierto de sangre y como suplicando.
Silvia la primera, la hermana, golpeándose los brazos con las palmas
pide ayuda y convoca a los duros habitantes de los campos.
Éstos (pues la peste funesta se esconde en los callados bosques)
acuden presurosos, quien armado de quemado tizón,
quien con los nudos de pesada estaca; lo que cada cual pilla
la ira se lo vuelve armas. Llama Tirro a sus hombres
cuando andaba partiendo en cuatro una encina
con cuñas clavadas, blandiendo su segur entre grandes jadeos.
La diosa cruel, por su parte, viendo desde su atalaya llegada la hora,
se dirige a lo alto del establo y desde el tejado
lanza la señal de los pastores y con curvo cuerno
hace sonar su voz del Tártaro, con la que al punto todo
el bosque se estremeció y resonaron las selvas profundas;
la oyó a lo lejos de la Trivia el lago, la oyó la corriente
del Nar, blanco de aguas sulfurosas, y las fuentes velinias,
y estrecharon las madres temblorosas contra el pecho a los hijos.
Raudos entonces a la voz con que la tuba cruel
les dio la señal acuden los indómitos campesinos tomando
acá y allá sus flechas, y no deja la juventud troyana
a Ascanio sin su ayuda y sale fuera de su campamento.
Se enfrentaron las filas. Y ya no de un agreste certamen
se trata con duros troncos o leños quemados,
sino que combaten a hierro de doble filo y un negro
sembrado de espadas enhiestas se eriza, y brillan los bronces
heridos por el sol y despiden su luz bajo el nublado:
como empieza la ola a clarear al primer soplo de viento,
y se encrespa poco a poco el mar y más alto las olas
levanta para desde el abismo profundo llegar hasta el éter.
Aquí el joven Almón, el mayor de los hijos de Tirro,
cae en primera línea de estridente flechazo;
pues bajo la garganta se le abre la herida y el camino
de la húmeda voz y con sangre tapona el hilo de vida.
Muchos cuerpos de soldados alrededor y el anciano Galeso,
mientras acude mediador de paz, el más justo que fue
y un día el más rico de los campos ausonios:
cinco rebaños de ovejas le balaban y otras cinco vacadas
a su casa volvían y con cien arados revolvía la tierra.
Y mientras esto ocurre en los campos con igualado Marte,
la diosa, dueña de las órdenes recibidas, cuando la guerra
de sangre llenó y celebró las primeras muertes del combate,
abandonó Hesperia y cruzando las auras del cielo
llega ante Juno con orgullosa voz de vencedora:
«Ahí tienes, cumplida para ti la discordia de una triste guerra.
Diles ahora que afirmen su amistad y hagan los pactos.
Ahora que he empapado a los teucros con sangre ausonia,
esto otro a esto he de añadir si tu voluntad me aseguras:
en guerra pondré con mis rumores a las ciudades vecinas
y encenderé sus ánimos con el ansia de un Marte insano,
para que de todas partes acudan en su ayuda; sembraré de armas los campos.»
Repuso Juno entonces: «Hay ya bastantes terrores y engaño;
ahí están ya las causas de la guerra, de cerca se combate con las armas,
una nueva sangre empapa las armas que ofreció primero la suerte.
Que tales bodas y tales himeneos celebren
la estirpe egregia de Venus y el propio rey Latino.
Y no querría el padre que reina en la cima del Olimpo
que andes dando vueltas libremente por las auras del éter.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Vie 13 Nov 2020, 02:11

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LA ENEIDA

LIBRO VII. CONT.

Luego que así habló e invocó en su favor a los dioses,
compiten los rútulos en lanzarse a las armas.
A éste lo mueve la prez egregia de su figura y de su juventud,
a éste sus reales antepasados, a éste la diestra de claras hazañas.
Mientras Turno llena a los rútulos de un espíritu audaz,
Alecto se dirige a los teucros con sus alas estigias,
explorando el lugar con nuevos trucos, en cuya playa andaba
persiguiendo el hermoso Julo a las fieras con carreras y trampas.
La doncella del Cocito infundió entonces a las perras
una súbita rabia y toca sus hocicos con olor conocido
para que persigan con vehemencia a un ciervo; ésta fue la causa
primera de las fatigas y encendió los ánimos agrestes al combate.
Había un ciervo de hermosa presencia y enorme cornamenta,
al que los hijos de Tirro, arrancado de las ubres maternas,
alimentaban y su padre, Tirro, a quien obedecen
los ganados del rey y encomendada está la guardia de los campos.
Acostumbrado a sus órdenes, Silvia la hermana con todo cuidado
adornaba sus cuernos cuajándolos de flexibles guirnaldas,
y peinaba al animal y lo bañaba en aguas cristalinas.
Él, sumiso a la mano y acostumbrado a la mesa de sus amos,
vagaba por los bosques y de nuevo al umbral conocido
volvía por su voluntad, aunque fuera ya noche cerrada.
A éste lo sintieron vagando a lo lejos las perras rabiosas
de Julo cuando, de caza, seguía por caso la corriente
de un río y en la ribera verdeante aliviaba su calor.
Y hasta el mismo Ascanio encendido por el ansia
de gloria montó sus dardos en el curvo arco,
y no faltó el dios a la diestra insegura y con gran ruido
atravesó la flecha el vientre y los ijares.
Mas herido escapa el cuadrúpedo hacia la casa conocida
y gana gimiendo los establos y con su queja llenaba
todo el lugar, cubierto de sangre y como suplicando.
Silvia la primera, la hermana, golpeándose los brazos con las palmas
pide ayuda y convoca a los duros habitantes de los campos.
Éstos (pues la peste funesta se esconde en los callados bosques)
acuden presurosos, quien armado de quemado tizón,
quien con los nudos de pesada estaca; lo que cada cual pilla
la ira se lo vuelve armas. Llama Tirro a sus hombres
cuando andaba partiendo en cuatro una encina
con cuñas clavadas, blandiendo su segur entre grandes jadeos.
La diosa cruel, por su parte, viendo desde su atalaya llegada la hora,
se dirige a lo alto del establo y desde el tejado
lanza la señal de los pastores y con curvo cuerno
hace sonar su voz del Tártaro, con la que al punto todo
el bosque se estremeció y resonaron las selvas profundas;
la oyó a lo lejos de la Trivia el lago, la oyó la corriente
del Nar, blanco de aguas sulfurosas, y las fuentes velinias,
y estrecharon las madres temblorosas contra el pecho a los hijos.
Raudos entonces a la voz con que la tuba cruel
les dio la señal acuden los indómitos campesinos tomando
acá y allá sus flechas, y no deja la juventud troyana
a Ascanio sin su ayuda y sale fuera de su campamento.
Se enfrentaron las filas. Y ya no de un agreste certamen
se trata con duros troncos o leños quemados,
sino que combaten a hierro de doble filo y un negro
sembrado de espadas enhiestas se eriza, y brillan los bronces
heridos por el sol y despiden su luz bajo el nublado:
como empieza la ola a clarear al primer soplo de viento,
y se encrespa poco a poco el mar y más alto las olas
levanta para desde el abismo profundo llegar hasta el éter.
Aquí el joven Almón, el mayor de los hijos de Tirro,
cae en primera línea de estridente flechazo;
pues bajo la garganta se le abre la herida y el camino
de la húmeda voz y con sangre tapona el hilo de vida.
Muchos cuerpos de soldados alrededor y el anciano Galeso,
mientras acude mediador de paz, el más justo que fue
y un día el más rico de los campos ausonios:
cinco rebaños de ovejas le balaban y otras cinco vacadas
a su casa volvían y con cien arados revolvía la tierra.
Y mientras esto ocurre en los campos con igualado Marte,
la diosa, dueña de las órdenes recibidas, cuando la guerra
de sangre llenó y celebró las primeras muertes del combate,
abandonó Hesperia y cruzando las auras del cielo
llega ante Juno con orgullosa voz de vencedora:
«Ahí tienes, cumplida para ti la discordia de una triste guerra.
Diles ahora que afirmen su amistad y hagan los pactos.
Ahora que he empapado a los teucros con sangre ausonia,
esto otro a esto he de añadir si tu voluntad me aseguras:
en guerra pondré con mis rumores a las ciudades vecinas
y encenderé sus ánimos con el ansia de un Marte insano,
para que de todas partes acudan en su ayuda; sembraré de armas los campos.»
Repuso Juno entonces: «Hay ya bastantes terrores y engaño;
ahí están ya las causas de la guerra, de cerca se combate con las armas,
una nueva sangre empapa las armas que ofreció primero la suerte.
Que tales bodas y tales himeneos celebren
la estirpe egregia de Venus y el propio rey Latino.
Y no querría el padre que reina en la cima del Olimpo
que andes dando vueltas libremente por las auras del éter.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Vie 13 Nov 2020, 02:12

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO VII. CONT.

eja estos lugares. Si algo queda aún del azar en las manos,
yo misma lo conduciré.» Con esta voz habló la hija de Saturno;
la otra por su parte alzó sus alas estridentes de culebras
y volvió a su puesto del Cocito dejando las alturas.
Hay un lugar en el centro de Italia al pie de altas cumbres,
noble y nombrado por su fama en muchas partes,
los valles del Ansanto; un negro flanco de bosques
con denso follaje lo ciñe por dos lados y un fragoso
torrente resuena en las rocas y el torcido remolino.
Aquí una gruta horrenda y los respiraderos del cruel Dite
aparecen, y roto el Aqueronte una enorme vorágine
abre las fauces pestilentes en las que se ocultó la Erinia,
numen odioso, dejando descansar al cielo y a las tierras.
Y no deja entretanto la hija de Saturno a la guerra
de dar el postrer empujón. Corre a la ciudad todo
el número de los pastores desde el frente y muertos llevan
al joven Almón y de Galeso el cuerpo ensangrentado,
e imploran a los dioses y reclaman el testimonio de Latino.
Llega Turno y en medio del fuego del asesinato
redobla el terror: convocan al reino a los teucros,
se mezclan con la raza de los frigios, a él lo arrojan de su puerta.
Entonces aquellos cuyas mujeres, golpeadas por Baco, en tíasos
andan saltando por bosques perdidos (grande es el nombre de Amata),
acuden a juntarse de todas partes y a Marte requieren.
Al punto todos proclaman la guerra infanda contra los presagios,
contra el hado de los dioses, bajo un numen maligno.
Rodean disputando la mansión del rey Latino;
él se resiste como la roca que el piélago mover no puede,
como la roca que soporta su mole ante el fragor intenso
del piélago que se le echa encima, rodeada por los ladridos
de muchas olas; escollos y peñascos espúmeos en vano tiemblan
alrededor y a su costado se derrama el alga machacada.
Pero cuando se ve sin fuerza alguna para vencer la ciega
decisión, y marchan las cosas según las órdenes crueles de Juno,
poniendo por testigos a los dioses y a las auras inanes el padre
dice: «Nos quebrantan, ¡ay!, los hados y la tormenta nos arrastra.
Mas vosotros habréis de pagar el castigo con sacrílega sangre,
infelices. A ti, Turno, te aguarda -¡horror!- un triste
suplicio y con tardíos votos suplicarás a los dioses.
Pues a mí me llega la hora del descanso y en la boca del puerto
sólo de una muerte feliz se me priva.» Y sin decir más
se encerró en su casa y dejó las riendas del gobierno.
Esta costumbre había en el Lacio de Hesperia que siempre las ciudades
albanas guardaron por sagrada, y hoy la mayor de todas,
Roma, la guarda, cuando citan a Marte al inicio del combate
y la guerra lacrimosa deciden llevar a los getas,
los hircanos o los árabes, o marchar sobre el Indo
y seguir a la Aurora y arrebatar los estandartes a los partos.
Son dos las Puertas de la Guerra (con este nombre las llaman),
sagradas por el culto y el terror del fiero Marte;
cien tirantes de bronce las cierran y postes eternos
de hierro, y no falta a la entrada Jano guardián.
Cuando es definitiva la decisión de combatir en los padres,
el cónsul en persona, con la trábea quirinal y el ceñidor
gobierno revestido, abre sus hojas chirriantes,
en persona convoca a las guerras; le sigue después la juventud entera
y con ronco asenso soplan sus cuernos de bronce.
Por eso también así se ordenaba a Latino según la costumbre
la guerra declarar a los Enéadas y abrir las tristes puertas.
Se abstuvo el padre de su contagio y rehuyó sin mirar
el ingrato ministerio y se escondió en ciegas sombras.
Entonces la reina de los dioses bajando del cielo con su mano
empuja las tardas hojas y la hija de Saturno
rompe, girando el gozne, los herrados postes de la Guerra.
Se enciende Ausonia antes en calma e inmóvil;
unos se aprestan a marchar a pie por los campos, otros altivos
en altos caballos se excitan cubiertos de polvo; todos buscan sus armas.
Unos bruñen los escudos pulidos y las flechas brillantes
con pingüe grasa y afilan con el pedernal las segures;
les agrada portar las enseñas y escuchar el sonido de las tubas.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Vie 13 Nov 2020, 02:14

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO VII. CONT.

Y cinco grandes ciudades en yunques ya preparados
renuevan sus armas: Atina poderosa y la orgullosa Tíbur,
Ardea y Crustumeros con Atenas, coronada de torres.
Cavan seguras defensas para la cabeza y doblan de sauce
las varas de los escudos; otros lorigas de bronce
preparan o las grebas brillantes de flexible plata;
de aquí el culto de la reja y de la hoz, de aquí toda ansia
de arado se apartó; funden de nuevo en los hornos las patrias espadas.
Y suenan ya los clarines, pasa la tésera la señal del combate.
Éste saca nervioso el yelmo de su casa, aquél tembloroso
caballos aparea bajo el yugo y el escudo y la malla
de triple hilo de oro se pone y se ciñe la leal espada.
Abrid, diosas, ahora el Helicón y lanzad vuestros cantos,
qué reyes la guerra movió, qué ejércitos y de qué bando
llenaron los campos, de qué guerreros florecía por entonces
la tierra sustentadora de Italia, de qué armas ardió.
Pues bien lo sabéis, diosas, y podéis decirlo,
que a nosotros apenas nos llega el soplo tenue de la fama.
El primero en entrar en guerra fue el áspero Mecencio
de las costas tirrenas, despreciador de los dioses, y en armar sus tropas
A su lado Lauso, su hijo, más gallardo que el cual
no hubo otro si no contamos al laurente Turno;
Lauso, domador de caballos y vencedor de fieras,
manda a mil hombres que en vano lo siguieron
de la ciudad de Agila, digno de órdenes más felices
que las de su padre, y de un padre que no fuera Mecencio.
Tras ellos por la hierba muestra su carro señalado
de palma y sus caballos victoriosos el hijo del hermoso Hércules,
el hermoso Aventino, y lleva en su escudo el emblema
paterno, cien serpientes y la hidra ceñida de culebras;
en los bosques del monte Aventino Rea la sacerdotisa
lo parió a escondidas a la luz de este mundo
unida a un dios siendo mujer, luego que el héroe de Tirinto
tras vencer a Gerión llegó a los campos laurentes
y lavó las vacas hiberas en el río tirreno.
Lanzas llevan en la mano y picas crueles para la guerra,
y pelean con el romo puñal y el asador sabino.
Él mismo a pie, envuelto en una piel enorme de león
erizada de terribles cerdas, de blancos dientes
protegida la cabeza, así entraba en el palacio real,
hirsuto, revestidos los hombros con el manto de Hércules.
Salen entonces dos hermanos gemelos por los muros de Tíbur,
ciudad así llamada por el nombre de su hermano Tiburto,
Catilo y el fiero Coras, la juventud de Argos,
y llegan a primera línea entre un bosque de dardos:
como cuando de lo alto del monte bajan dos Centauros
que la nube engendró dejando el Hómole en rápida carrera
y el Otris nevado; les abre paso en su marcha
la selva inmensa y se apartan con gran ruido las ramas.
Y no faltó el fundador de la ciudad de Preneste,
de quien toda edad ha creído que nació ya rey de Vulcano
entre los agrestes ganados y se le encontró delante del fuego,
Céculo. Le acompaña agreste y numerosa legión:
los guerreros que habitan la elevada Preneste y los de los campos
de Juno Gabina y el helado Anio y rociados de arroyos
los peñascos hérnicos y cuantos alimentas, rica Anagnia,
y los tuyos, padre Amaseno. No a todos ellos les suenan
las armas, los escudos o los carros; la parte mayor dispara
bolas grises de plomo, otra parte lleva dos flechas
en la mano y tienen la cabeza protegida
con cascos rubios de piel de lobo; dejan huellas desnudas
con el pie izquierdo y cuero crudo el otro les cubre.
Y allá va Mesapo, domador de caballos, prole de Neptuno,
a quien nadie puede abatir con hierro o con fuego;
llama de pronto a las armas a pueblos ha tiempo ociosos
y a ejércitos sin costumbre de guerras y empuña de nuevo la espada.
Aquí están las tropas de Fescenio y los ecuos faliscos,
éstos habitan los alcázares del Soracte y los campos flavinios
y de Címino el lago, con su monte, y los bosques capenos.
Marchaban igualados en número y cantando a su rey:
como los cisnes de nieve entre nubes transparentes
cuando vuelven de comer y de sus largos cuellos
salen cantos melodiosos, suena la corriente y devuelve el eco la laguna Asia.
Y nadie pensaría que de concurso tan grande
una tropa de bronce se forma, sino que de alta mar
se precipita a la playa una nube aérea de roncas aves.
Y mira a Clauso al frente de un gran ejército
de la antigua sangre de los sabinos y él mismo cual un ejército,
de quien llega hasta hoy la familia Claudia y la tribu
por el Lacio, luego que Roma fue dada en parte a los sabinos.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Vie 13 Nov 2020, 02:16

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO VII. CONT.

A una la numerosa cohorte de Amiterno y los antiguos Quirites,
todo el grupo de Ereto y de Mutusca olivarera;
quienes habitan la ciudad de Nomento y los Campos
Róseos del Velino, los de las escarpadas rocas de Tétrica
y el monte Severo y Casperia y Forulos y el río de Himela;
los que beben del Tiber y el Fábar, los que envió la fría
Nursia y las tropas de Hortano y los pueblos latinos,
y a los que divide con sus aguas el Alia de infausto nombre:
numerosos como las olas que ruedan en el mármol libico,
cuando cruel Orión se oculta entre las aguas en invierno,
o como espigas que se doran apretadas bajo el sol nuevo
en las llanuras del Hermo o en los rubios campos de Licia.
Resuenan los escudos y la tierra se espanta del batir de pies.
También el agamenonio Haleso, enemigo del nombre troyano,
unce a su carro los caballos y en ayuda de Turno suma mil
pueblos feroces, los que trabajan con el rastrillo los felices
a Baco viñedos del Másico, y los que los padres auruncos
de los altos collados enviaron, y, al lado, los llanos
sicidinos, y los que dejan Cales y los habitantes de la corriente
vadosa del Volturno e igualmente el áspero saticulano
y el grupo de los oscos. Sus dardos son redondeadas
jabalinas y la costumbre atarles un flexible látigo.
La cetra les cubre la izquierda, con falcatas combaten de cerca.
Y no te irás de nuestro poema sin ser señalado,
Ébalo que, se dice, Telón te engendró de la Ninfa
Sebétide, cuando tenía el reino en Capri de los teléboes,
anciano ya; pero el hijo de ninguna manera contento
con los campos paternos, a su poder ya entonces sometía
a los pueblos sarrastes y la llanura que el Sarno riega,
y los que pueblan Rufras y Bátulo y los campos de Celemna,
y los que contemplan las murallas de Abela, rica en manzanas,
hechos a lanzar al modo teutónico sus cateyas;
cubiertas sus cabezas con la corteza arrancada al alcornoque,
de bronce resplandecen sus peltas, de bronce resplandecen sus espadas.
Y te mandó a la guerra la montañosa Nersas,
Ufente, glorioso por la fama de tus armas felices;
su pueblo, una gente espantosa sobre todas acostumbrada
a cazar por los bosques, los ecuos, y a la dura gleba.
Armados trabajan la tierra y les gusta reunir constantemente
botines nuevos y vivir de la rapiña.
Faltar no podía el sacerdote del pueblo de los marsos
con el yelmo de la rama del feliz olivo adornado,
por orden del rey Arquipo, el muy valiente Umbrón,
quien con víboras e hidras de pesado aliento
solía infundir el sueño entre cantos y gestos de su mano
y apagaba los enojos y con su arte curaba los mordiscos.
Mas no le valió para curarse del golpe de la danza
dardánida ni le ayudaron con su herida los cantos
somníferos o las hierbas cogidas en los montes marsos.
El bosque de Angitia te lloró y te lloró el Fucino
de aguas cristalinas y los lagos transparentes.
Marchaba también a la guerra el bellísimo hijo de Hipólito,
Vibio, a quien insigne lo envió Aricia, su madre,
criado en los bosques de Egeria entre húmedas
riberas, donde la grasa aplaca el altar de Diana.
Pues dice la fama de Hipólito que luego que por las mañas
de su madrasta murió y pagó el castigo paterno con su sangre
descuartizado entre locos caballos, a los astros de nuevo
etéreos llegó y a los aires superiores del cielo
al conjuro de las hierbas peonias y del amor de Diana.
Entonces el padre omnipotente enojado porque de las sombras
infernales algún mortal volviera a la luz de la vida,
él mismo al inventor de tal arte y medicina,
al hijo de Febo lo lanzó con su rayo a las olas estigias.
Pero la divina Trivia oculta a Hipólito en secretos
lugares y lo confía a la ninfa Egeria y a su bosque,
donde sin fama, solo, su edad transcurriera en las selvas
de Italia y donde Virbio fuera con nombre cambiado.
Por eso también del templo de Trivia y sus bosques sagrados
se aparta a los caballos de córneas uñas, porque en la playa un día
espantados por monstruos del mar arrojaron al joven de su carro.
Su hijo conducía caballos no menos fogosos por el llano
campo y en su carro marchaba hacia el combate.
El propio Turno de hermosa presencia entre los primeros
se mueve sosteniendo sus armas y destacando por encima.
Su alto yelmo de triple penacho una Quimera soporta
que resopla por sus fauces fuegos del Etna;
tanto más ésta se agita y se enardece de tristes llamas
cuanto más crudo se vuelve el combate de la sangre vertida.
El bruñido escudo lo con los cuernos levantados
en oro le adornaba, ya cubierta de pelo, ya vaca
-tema extraordinario-, y Argo el custodio de la virgen
y su padre !naco derramando un torrente de la jarra labrada.
Le sigue una nube de infantes y ejércitos de escudos
se forman por toda la campiña, la juventud argiva
y las tropas auruncas, los rútulos y los antiguos sicanos
y las filas sacranas y los labicos de pintados escudos;
los que aran, Tiberino, tu valle y del Numico las sagradas
riberas y los collados rútulos trabajan con la reja
y el monte circeo, cuyos campos Júpiter preside
Ánxuro y Feronia gozosa de su bosque verdeante;
por donde se extiende la negra laguna de Sátura y entre valles
profundos busca su salida al mar y se oculta el gélido Ufente.
A éstos se añadió Camila, del pueblo de los volscos,
con una columna de jinetes y huestes florecientes de bronce,
guerrera, no como la que acostumbró su manos de mujer
a la rueca y los cestillos de Minerva, sino joven hecha a sufrir
duros combates y a ganar con el correr de sus pies a los vientos.
Ella volaría sobre las crestas de un sembrado
sin tocarlas, ni rozaría en su carrera las tiernas espigas,
o en medio del mar suspendida sobre las olas hinchadas
se abriría camino sin que las aguas tocasen sus plantas veloces.
A ella la contempla la juventud entera saliendo de casas
y campos, y no la pierden de vista al pasar las madres,
con la boca abierta de asombro ante el regio adorno de púrpura
que cubre sus hombros suaves o la fíbula de oro
que trenza su cabello, de cómo lleva ella misma su aljaba
licia o el mirto pastoril rematado en punta.

FIN DEL LIBRO VII


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Mensaje por Lluvia Abril el Sáb 14 Nov 2020, 03:20

Enganchada estoy y espero poder seguirte, es difícil, pero lo intento.
Besos.


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Hay algo que da esplendor a cuanto existe,
y es la ilusión de encontrar algo
a la vuelta de la esquina..

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Sáb 14 Nov 2020, 03:24

No te preocupes... LA ENEIDA VA A QUEDAR EN EL FORO "IN SAECULA SAECULORUM"

BESOS...

y sigo:


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Sáb 14 Nov 2020, 03:28

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO VIII

Cuando la enseña de la guerra sacó Turno
del alcázar laurente y resonaron los cuernos con ronco canto
y cuando azuzó los fogosos caballos y llamó a las armas,
turbados al punto los ánimos, en seguida en agitado tumulto
el Lacio entero se juramenta y la juventud se levanta
fiera. Primero los caudillos Mesapo y Ufente
y Mecencio despreciador de los dioses, de todas partes reúnen
ayuda y dejan los dilatados campos sin cultivadores.
Se envía también a Vénulo a la ciudad del gran Diomedes
para pedir refuerzos y que informe de que en Lacio los teucros
se han instalado, de que Eneas ha arribado con su flota y los Penates
derrotados trae y dice que los hados lo han elegido
como rey, y de que muchos pueblos al héroe se han unido
dardanio y que su nombre crece asombrosamente en el Lacio.
Qué pretende con estas empresas, qué final del combate
desea si la suerte le ayuda, más claro estaría
para él mismo que para el rey Turno o para el rey Latino.
Esto por el Lacio. Al ver así las cosas el héroe
laomedontio vacila entre gran oleaje de cuitas,
y raudo su ánimo hacia aquí o hacia allí se divide
y a muchas partes lo lleva y a todo da vueltas.
Igual en el agua de una vasija de bronce cuando la trémula luz
reflejada por el sol o por la imagen de la luna brillante
revolotea por todos los lugares y ya al aire
se eleva y hiere en lo alto del techo el artesonado.
Era la noche y un profundo sopor se había apoderado
por las tierras todas de los cansados animales, aves o ganados,
cuando el padre en la ribera bajo la bóveda del éter helado,
Eneas, turbado su pecho por una triste guerra,
se acostó y concedió a sus miembros tardío descanso.
Le pareció que el propio dios del lugar, Tiberino
de amena corriente, como un anciano se alzaba entre las hojas
de los álamos (leve de glauco manto lo cubría
y su cabello umbrosa caña lo coronaba);
que así le hablaba luego y borraba sus cuitas con estas palabras:
«Oh, de una raza de dioses engendrado que de los enemigos
nos rescatas la troyana ciudad y salvas la Pérgamo eterna,
esperado en el suelo laurente y en los predios latinos:
ésta será tu casa segura, tus seguros Penates (no te rindas).
Ni te asusten amenazas de guerra; abajo se vinieron
todo el enojo de los dioses y sus iras.
Y tú mismo, para que no creas que el sueño te forma imágenes falsas,
encontrarás bajo las encinas de la orilla una enorme cerda blanca
echada en el suelo, recién parida de treinta
cabezas, con las blancas crías en torno a sus ubres.
[Éste será el lugar de tu ciudad, ése el seguro descanso a tus fatigas,]
de donde con el correr de tres veces diez años la ciudad
Ascanio fundará de ilustre nombre, Alba.
No te anuncio cosas no seguras. Ahora escucha que te muestre
brevemente cómo has de salir victorioso de estas empresas.
En estas orillas los arcadios, pueblo que viene de Palante,
compañeros del rey Evandro que sus enseñas siguieron,
eligieron el lugar y en los montes la ciudad pusieron
que por su antepasado Palante llamaron Palanteo.
Éstos guerras continuas hacen con el pueblo latino;
súmalos a tu campamento como aliados y haz un pacto.
Yo mismo he de llevarte por mis riberas y la senda de mi corriente,
para que de abajo arriba superes las aguas con tus remos.
Vamos, venga, hijo de la diosa, y en cuanto caigan las primeras estrellas
da piadoso tus preces a Juno y vence con tus votos suplicantes
su ira y amenazas. Acuérdate de honrarme cuando seas
el vencedor. Yo soy el que ves a plena corriente
abrazar las orillas y cortar fértiles sembrados,
cerúleo Tiber, río gratísimo al cielo.
Ésta es mi gran morada, sale mi cabeza de escarpadas ciudades.»
Dijo, y al punto el río se ocultó en lo profundo de las aguas
el fondo buscando; la noche y el sueño dejaron a Eneas.
Se levanta y mirando la luz naciente del sol
etéreo toma agua del río según el rito en el hueco
de sus manos yvierte al aire estas palabras:
«Ninfas, Ninfas laurentes, de donde el linaje de los ríos,
y tú, padre Tíber de sagrada corriente,
amparad a Eneas y alejadle por fin de peligros.
Sean los que sean los lagos que en tu fuente te tienen,
piadoso con mis fatigas, sea el que sea el suelo del que bellísimo surges,
siempre en mis honras, siempre serás celebrado con mis dones,
cornígero río que reinas en las aguas de Hesperia.
Asísteme sólo y confirma tu numen más aún.»
Así le habla y escoge de las naves dos birremes
y para el remo las prepara y al tiempo arma a sus compañeros.
Y mira por dónde, súbita aparición y asombrosa a los ojos,
una cerda blanca con sus crías del mismo color
se recuesta en el bosque y aparece en la verde ribera:
en tu honor, precisamente para ti, Juno soberana, Eneas piadoso
la lleva en sacrificio al altar con su piara y la inmola.
Esa noche, larga como era, aplacó el Tíber su hinchada
corriente y se frenó en olas calladas refluyendo,
para que a la manera de un tranquilo estanque y una plácida laguna
se tendiera la superficie de sus aguas sin resistirse al remo.
Así que apresuran el camino emprendido con rumor favorable;
por los vados se desliza la untosa madera y se pasman las olas,
se pasma el bosque que hace tiempo no ve el brillar
de los escudos de los soldados ni el bogar de pintadas naves por el río.
Ellos fatigan la noche y el día con sus remos
y superan largos meandros cubiertos de variados
árboles y por la plácida llanura cortan las verdes selvas.
El sol de fuego había alcanzado el centro de su órbita en el cielo
cuando ven a lo lejos los muros y el alcázar y unos cuantos
tejados de casas que hoy el poder romano hasta el cielo
ha elevado y entonces, humildes posesiones, Evandro tenía.
Enfilan ansiosos las proas y a la ciudad se acercan.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Sáb 14 Nov 2020, 03:29

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO VIII. CONT.

Justo aquel día el rey arcadio honras solemnes
al gran hijo de Anfitrión y a los dioses estaba ofreciendo
en el bosque, delante de la ciudad. Con él su hijo Palante,
con él lo mejor de los jóvenes, todos, y un humilde senado
incienso ofrecían, y la tibia sangre humeaba en los altares.
Cuando vieron deslizarse las altas naves y a ellos entre lo negro
del bosque volcados sobre los remos en silencio,
se asustan ante la escena inesperada y se levantan todos
dejando las mesas. El audaz Palante les impide
romper el sacrificio y tomando sus flechas sale raudo al encuentro,
y de lejos, desde una altura, dice: «Jóvenes, ¿qué motivo
os obliga a probar rutas desconocidas? ¿A dónde os dirigís?
¿De quién sois? ¿Dónde vuestra casa? ¿Paz nos traéis o armas?»
Entonces así dice el padre Eneas desde la alta popa,
y tiende en su mano la rama de olivo de la paz:
«Gente de Troya ves y armas enemigas de los latinos,
quienes han hecho a unos fugitivos con orgullosa guerra.
A Evandro buscamos. Contádselo y decidle que escogidos
caudillos de Dardania han llegado en busca de armas aliadas.»
Se quedó Palante estupefacto, asombrado de gloria tamaña.
«Desciende, seas quien seas -dice-, y en presencia de mi padre
habla y entra como huésped en nuestros penates.»
Y le recibió con sus manos y le estrechó la diestra en un abrazo;
andando se meten en el bosque y abandonan el río.
Habla entonces Eneas al rey con palabras de amigo:
«El mejor de los griegos, a quien quiso Fortuna que yo suplicase
y le tendiera los ramos atados con las cintas sagradas,
no he sentido miedo alguno, porque seas jefe de dánaos y arcadio,
ni porque por tu estirpe estés unido a ambos Atridas;
que a mí mi propio valor y los santos oráculos de los dioses
y el parentesco de los padres, tu fama por el mundo extendida,
me han unido a ti y aquí me han traído de acuerdo con mis hados.
Dárdano, padre primero de la ciudad de Ilión y fundador,
nacido, como enseñan los griegos, de la Atlántide Electra,
arribó al país de los teucros: el gigantesco Atlante a Electra
engendró, el que sostiene en sus hombros los orbes etéreos.
Vuestro padre es Mercurio, a quien parió, engendrado
en la helada cima del Cilene, blanquísima Maya.
Mas, si hemos de creer lo que se cuenta, a Maya Atlante
la engendra, el mismo Atlante que levanta los astros del cielo.
Así pues, procede la raza de ambos de una sola sangre.
Por ello confiado no envié mensajeros ni con rodeos
traté de entrar en contacto contigo; a mí, a mí yo mismo
y mi propia persona mandé y vine suplicante hasta tu puerta.
Los mismos que a ti, el pueblo daunio, con guerra cruel
me persiguen; creen que si nos echan nada habrá
que les impida someter por entero a su yugo la Hesperia toda,
y hacerse con el mar que por arriba la baña y por abajo.
Recibe mi palabra y dame la tuya. Son duros nuestros pechos
en la guerra; un corazón tenemos y una juventud ya probados.»
Había dicho Eneas. Aquél el rostro y los ojos al hablar
hacía rato y todo su cuerpo recorría con la mirada.
Dice así entonces brevemente: «¡Con qué alegría, el más valiente de los
teucros,
te recibo y te reconozco! ¡Cómo me recuerdas las palabras
de tu padre y la voz del gran Anquises y su cara!
Pues recuerdo que a visitar el reino de su hermana Hesíone
Príamo Laomedontíada yendo a Salamina
nunca dejaba de recorrer el helado territorio de Arcadia.
Me vestía entonces de flor las mejillas la juventud primera
y admiraba a los caudillos teucros y al mismo Laomedontíada
admiraba, pero por encima de todos iba
Anquises. Mi corazón se inflamaba de ansia juvenil
por hablar al héroe y unir mi diestra con su diestra;
me acerqué y ansioso lo conduje al pie de las murallas de Feneo.
Él una hermosa aljaba y unas flechas licias
al partir me dejó y una clámide bordada en oro
y dos bocados de oro que guarda hoy mi hijo Palante.
Así que la diestra que pedís, unida me está en un pacto
y, en cuanto la luz de mañana regrese a las tierras,
alegres os despediré con mi ayuda y os ofreceré mis recursos.
Mientras tanto este sacrificio anual que no puede dejarse,
ya que aquí habéis venido como amigos, celebrad de buen grado
con nosotros, y ya desde hoy acostumbraos a la mesa de vuestros aliados.»
Dicho que hubo esto, viandas ordena y reponer las vasos
retirados, y él mismo dispone a los hombres en asiento de hierba,
y acoge en especial a Eneas en un lecho y en la vellosa
piel de un león y lo honra con un trono de arce.
Luego jóvenes escogidos y el sacerdote llevan a porfía
al altar las entrañas asadas de los toros y cargan en cestas
los presentes de la fatigosa Ceres, y Baco sirven.
Come Eneas y con él la juventud troyana
el lomo de un buey entero y las vísceras lustrales.
Cuando saciaron el hambre y calmaron su ansia de comer
dice el rey Evandro: «Estos ritos solemnes,
este tradicional banquete, este ara de numen tan grande
no nos la impuso vana superstición e ignorante
de los dioses antiguos; salvados, huésped troyano, de crueles
peligros lo hacemos y renovamos honores merecidos.
Mira en primer lugar esa roca que cuelga sobre los peñascos,
cómo se alzan a lo lejos quebrados macizos y la morada
desierta del monte y causaron los escollos ingente ruina.
Aquí estuvo la gruta, escondida en vasto abrigo,
que la figura terrible del medio humano Caco ocupaba
inaccesible del sol a los rayos, y siempre estaba tibio
el suelo de sangre reciente y de sus soberbias puertas pendían
cabezas humanas, pálidas de triste podredumbre.
Era Vulcano el padre de este monstruo: con inmensa mole
avanzaba arrojando sus negras llamas por la boca.
Mas quiso un día la ocasión satisfacer nuestro deseo
y brindarnos ayuda y la llegada de un dios. Y el gran vengador
orgulloso de la muerte del triple Gerión y sus despojos,
Alcides, llegó trayendo hasta aquí, vencedor, los toros
enormes, y llenaban sus bueyes el valle y el río.
Pero la mente fiera del ladrón Caco, por nada dejar
de crimen o engaño sin osar o probar,
sacó de sus pesebres cuatro toros de hermosa
figura y otras tantas novillas con mejor aspecto,
y a todos ellos, para no dejar huellas de la marcha de sus pasos,
arrastrados por la cola a la cueva y con las marcas de las patas
al revés, los ocultaba el raptor en su ciega guarida;
ninguna señal llevaba al que buscase a la cueva.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Sáb 14 Nov 2020, 03:30

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO VIII. CONT.

Mientras tanto, cuando ya sus ganados saciados sacaba
de sus corrales el hijo de Anfitrión y preparaba la marcha,
mugieron al partir los bueyes y se llenó el bosque entero
de sus quejas y con tal clamor dejaban las colinas.
Con su voz contestó una de las vacas y en la vasta caverna
mugió y, aun guardada, defraudó la esperanza de Caco.
Entonces la cólera de Alcides se inflamó de furia
y de negra bilis: coge sus armas y la maza cargada
de nudos, y se marcha corriendo a lo alto del monte elevado.
Vieron en ese momento por vez primera los nuestros a Caco temblar
y con ojos turbados: escapa al punto más rápido que el Euro
y busca su gruta; el terror en sus pies puso alas.
Cuando se encerró y liberó las cadenas rompiendo
el enorme peñasco que colgaba con hierros y el arte
paterna y protegió con su mole la firme entrada,
aquí llega el Tirintio con ánimo furioso y toda
la entrada recorre, llevando aquí y allá su mirada,
los dientes rechinando. Tres vueltas da hirviendo de ira
al monte entero del Aventino, tres veces tienta en vano
los umbrales de roca, tres veces se sienta agotado en el valle.
Se alzaba un agudo farallón entre rocas cortadas
erguido a espaldas de la cueva, altísimo a la vista,
adecuado cobijo para los nidos de las aves siniestras.
Según pendía inclinado desde la cima sobre el río de la izquierda,
lo sacudió apoyándose en contra hacia la derecha
y de sus profundas raíces lo arrancó, luego de repente
lo arrojó; truena con el impulso el éter más alto,
se agitan las riberas y refluye aterrada la corriente.
Así apareció la gruta y sin techo la enorme
morada de Caco, y se abrieron del todo las sombrías cavernas,
no de otro modo que si el suelo, abierto por completo
por alguna fuerza, ofreciera las mansiones infernales y mostrase
los pálidos reinos, odiosos a los dioses, y desde lo alto se viera
el inmenso abismo, y temblasen los Manes por la luz recibida.
Así pues, pillado de improviso por el resplandor repentino,
y encerrado en su cavo peñasco y rugiendo como nunca,
Alcides lo acosa desde arriba con sus dardos y echa mano
de todas sus armas y ramas y piedras le arroja como de molino.
El otro, que ya no puede escapar del peligro,
de sus fauces ingente humareda (asombra decirlo)
vomita y en ciega calígine envuelve la casa
ocultando su visión a los ojos, y llena su gruta
de una noche de humo con tinieblas mezcladas de fuego.
No lo aguantó Alcides y él mismo se lanzó de cabeza
a través del fuego, por donde más espeso el humo
agita sus ondas y bulle la enorme cueva de negra niebla.
Sorprende aquí a Caco en las tinieblas vanos incendios
vomitando y lo abraza en un nudo y lo ahoga
con los ojos fuera y seca de sangre la garganta.
Se abre al punto la negra mansión arrancadas sus puertas,
y las vacas robadas y el botín negado con perjurio
se muestran al cielo y por los pies el informe cadáver
es arrastrado. No pueden hartarse los corazones de mirar
los ojos terribles, el rostro y el velludo pecho
de cerdas de la medio fiera, y los fuegos apagados de su fauces.
Desde entonces celebramos su honor y la alegre descendencia
guardó su día y Potitio lo impulsó el primero
y, del culto de Hércules guardiana, la casa Pinaria
este ara levantó en el bosque, a la que siempre
llamaremos Máxima, y que siempre será la más grande.
Así que vamos, jóvenes; ceñid con ramas vuestro pelo
con ocasión de gloria tan grande y tended con las diestras
vuestros vasos invocando al dios común y ofreced el vino gustosos.»
Había dicho, cuando con la sombra de Hércules el chopo bicolor
cubrió sus cabellos dejando colgar sus hojas,
y la copa sagrada ocupó su diestra. Rápido todos
alegres liban en la mesa y rezan a los dioses.
Se acerca entretanto más Véspero a las pendientes del Olimpo.
Y marchaban ya los sacerdotes y Potitio el primero
vestidos de pieles según la costumbre, y llevaban antorchas.
Reanudan el banquete y llevan gratos presentes
de la segunda mesa y colman las aras de platos llenos.
Llega entonces en torno a los altares humeantes
el canto de los Salios, ceñidas las sienes de ramas de chopo,
aquí el coro de jóvenes, allí el de ancianos, cantan con ritmo
los gloriosas hazañas de Hércules: cómo en primer lugar
mató, estrangulándolas, a las dos monstruosas serpientes de su madrastra,
cómo también arrasó con la guerra ciudades egregias,
Troya y Ecalia; cómo mil duros trabajos
llevó a cabo bajo el rey Euristeo por los hados
de la inicua Juno. «Tú, invicto, con tu mano acabas
con los bimembres hijos de las nubes, Folo e Hileo; tú de Creta
con el monstruo y con el gran león de Nemea en su guarida.
Ante ti tembló la laguna estigia, ante ti el portero del Orco
echado en el antro cruento sobre huesos roídos,
y no te asustó visión alguna, ni tampoco el propio Tifeo
llevando en alto sus armas, ni falto de recursos
la hidra de Lerna te rodeó con su legión de cabezas.
Salve, retoño verdadero de Jove, nueva prez de los dioses,
y con paso alegre propicio ven a nosotros y a tus sacrificios.»
Esto celebran en sus cantos; añaden además la gruta
de Caco y a él también fuego respirando.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Sáb 14 Nov 2020, 03:32

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO VIII. CONT.

Resuena todo el bosque con el estrépito y lo devuelven los collados.
Después, cumplidos los oficios divinos todos juntos
a la ciudad vuelven. Iba el rey vencido por su edad,
y llevaba a Eneas a su lado de compañeros y a su hijo
al caminar y hacía grata la marcha con amena charla.
Se asombra Eneas y lleva sus ojos dispuestos por cuanto
le rodea, cautivo del lugar, alegre por todo
pregunta y escucha las historias de los antepasados.
Y en eso el rey Evandro, fundador de la ciudadela romana:
«Estos bosques habitaban los Faunos del lugar y las Ninfas
y una raza de hombres surgida de los troncos y la dura madera;
carecían de cultura y de tradición, ni uncir los toros
ni amontonar riqueza sabían o guardar lo ganado,
que las ramas y una caza mala de lograr les alimentaba.
Saturno llegó el primero del etéreo Olimpo de las armas
de Júpiter huyendo y expulsado del reino perdido.
Él estableció a ese pueblo indócil y disperso sobre los altos
montes y leyes les dio, y quiso que Lacio se llamara,
porque latente se salvó en la seguridad de estas riberas.
Bajo tal rey se dieron los siglos de oro
de que nos hablan; en tranquila paz así gobernaba a los pueblos,
hasta que poco a poco la edad se hizo peor y descolorida
y llegaron la locura de la guerra y de tener el ansia.
Vinieron entonces la gente de Ausonia y los pueblos sicanos,
y a menudo perdió su nombre la tierra saturnia;
luego los reyes y el áspero Tiber de cuerpo gigante
con cuyo nombre llamamos después al río Tíber
los ítalos; perdió el viejo Álbula su verdadero nombre.
A mí, de mi patria arrojado y buscando del mar los confines,
hasta estos lugares Fortuna que todo lo puede me trajo
y el hado ineluctable; me empujaron los terribles avisos
de mi madre la Ninfa Carmenta y el propio dios Apolo me inspiró.»
Apenas dijo esto, y avanzando el ara le muestra
y la puerta que los romanos llaman
Carmental, antiguo honor a la Ninfa Carmenta,
vidente del porvenir que anunció la primera
que grandes serían los Enéadas y noble Palanteo.
Luego le enseña un gran bosque que el fiero Rómulo
convirtió en asilo y el Lupercal bajo una roca helada,
llamado de Pan Liceo según la costumbre parrasia.
Y le enseña asimismo el bosque del sagrado Argileto
y le indica el lugar y le cuenta la muerte de Argo el huésped.
De aquí lo conduce a la roca Tarpeya y al Capitolio
hoy de oro, erizado entonces de zarzas silvestres.
Ya entonces la terrible santidad del lugar asustaba
a los agrestes temerosos, que temblaban por su selva y su roca.
«Este bosque -dijo-, este collado de cima frondosa
un dios (no se sabe qué dios) los habita; creen los arcadios
haber visto al mismo Júpiter cuando en su diestra
blandía la égida negreante y amontonaba las nubes.
Estos dos bastiones además de derribados muros
que ves, reliquias son y recuerdos de los antepasados.
Esa fortaleza el padre Jano y esa otra la fundó Saturno;
una se llamaba Janículo y la otra Saturnia.»
Con tal conversación se iban acercando al poblado
del humilde Evandro y por todas partes mugir veían
al ganado, por el foro romano y las elegantes Carinas.
Cuando llegaron a la casa: «Alcides victorioso –dijopisó
estos umbrales, esta morada real lo acogió.
Anímate, mi huésped, a despreciar el lujo y hazte tú
también digno de un dios y entra sin altivez en mis pobres posesiones.»
Dijo, y condujo bajo los techos de la humilde morada
al grande Eneas y lo acomodó en lecho
de hojas y en la piel de una osa de Libia.
Cae la noche y abraza a la tierra con sus foscas alas.
Venus entonces, madre asustada en su corazón no sin motivo,
llevada de las amenazas de los laurentes y el duro tumulto
se dirige a Vulcano y así comienza en el tálamo áureo
de su esposo, infundiéndole divino amor con sus palabras:
«Mientras los reyes de Argos Pérgamo devastaban,
que se les debía, y las torres que habían de caer bajo el fuego enemigo,
ni armas ni auxilio alguno demandé para los desgraciados
de tu arte y tus mañas, ni quise, queridísimo esposo,
que inútilmente ejercitaras tu trabajo
aunque mucho debía a los hijos de Príamo
y a menudo lloré la esforzada tarea de Eneas.
Hoy anda en las riberas de los rútulos por mandato de Jove;
así que, la misma, vengo suplicante y te pido, madre para mi hijo,
armas, numen sagrado. A ti pudo la hija de Nereo,
la esposa de Titono pudo con sus lágrimas ablandarte.
Mira qué pueblos se reúnen, qué murallas afilan
el hierro tras sus puertas cerradas contra mí y los míos.»
Así dijo con sus brazos de nieve aquí y allá la diosa
anima al que duda en abrazo suave. Él, sorprendido,
recibió la conocida llama, y un calor familiar
penetró sus médulas y corrió por sus huesos derretidos,
no de otro modo que cuando, rota por el trueno corusco,
la chispa de fuego brillando recorre con su luz las nubes;
lo notó, satisfecha de su maña y segura la esposa de su belleza.
Habla entonces el padre vencido por amor eterno:
«¿Por qué buscas lejos las causas? ¿A dónde fue, diosa,
tu confianza en mí? Si tu cuidado hubiera sido semejante,
aun entonces se nos habría permitido armar a los teucros;
ni el padre todopoderoso ni los hados vetaban que Troya
siguiera levantada y Príamo viviera otros diez años.
Y ahora, si quieres combatir y ésa es tu voluntad
cuanto cuidado puedo prometer en mi arte,
cuanto puede sacarse del hierro o el líquido electro,
cuanto valen los fuegos y las forjas, no dudes
en tus fuerzas para lograrlo.» Con esas palabras
le dio los ansiados abrazos y derretido en el regazo
de su esposa buscó el plácido sopor en sus miembros.
Luego, cuando el descanso primero había expulsado al sueño,
en el centro ya del curso de la noche avanzada, justo cuando la mujer,
a quien se ha impuesto pasar la vida con la delicada Minerva
y la rueca, las cenizas aviva y el fuego dormido
sumando la noche a sus tareas, y a la lámpara fatiga con pesado
trabajo a sus sirvientes para casto guardar el lecho
del esposo y poder criar a sus hijos pequeños:
no de otro modo el señor del fuego ni en esa ocasión más perezoso
salta del blando lecho a su trabajo de artesano.
junto a la costa sicana y a la Lípara eolia una isla
se alza erizada de peñascos humeantes,
bajo la cual truenan la gruta y de los Ciclopes los antros etneos
corroídos de chimeneas y se oyen los golpes que arrancan
gemidos a los yunques y en las cavernas rechinan
las barras de los cálibes y el fuego respira en los hornos,
de Vulcano morada y tierra de Vulcano por su nombre.
Aquí baja entonces el señor del fuego de lo alto del cielo.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Dom 15 Nov 2020, 01:02

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO VIII. CONT.

El hierro trabajaban los Ciclopes en su vasta guarida,
Brontes y Estéropes y Piragmón con el cuerpo desnudo.
ocupados estaban en terminar, en parte ya pulido,
un rayo de los muchos que lanza el padre por todo el cielo
a la tierra; otra parte estaba aún sin acabar.
Habían añadido tres puntas retorcidas de lluvia, tres de nube
de agua, tres del rojo fuego y del alado Austro.
Fulgores horríficos y trueno y espanto añadían ahora
a su trabajo y las iras a las llamas tenaces.
En otro lado preparaban a Marte su carro y las ruedas
veloces, con las que a las ciudades provoca y a los hombres;
y la égida terrible, arma de la enojada Palas,
se esforzaban en cubrir de escamas de serpientes y de oro,
y las culebras enlazadas y la misma Gorgona en el pecho
de la diosa haciendo girar sus ojos sobre el cuello cortado.
«Retirad todo -dijo-, dejad los trabajos empezados,
Cidopes del Etna, y atención prestadme:
armas hay que hacer para un hombre valiente. Ahora precisa es
la fuerza, ahora las rápidas manos y el arte magistral.
Evitad todo retraso.» Y nada más dijo, y ellos
raudos se pusieron al trabajo distribuyendo la tarea
a suertes. Mana el bronce en arroyos y el metal del oro
y se licua el acero mortal en la vasta fragua.
Forjan un escudo enorme, que sólo se valga contra todos
los dardos de los latinos, y unen con fuerza
las siete capas. Unos en fuelles de viento las auras
cogen y devuelven, otros los estridentes bronces
templan en un lago: gime la caverna con el batir de los yunques.
Ellos alternadamente con mucha fuerza levantan con ritmo
los brazos y hacen girar la masa con segura tenaza.
Mientras el padre Lemnio apresura el trabajo en las costas eolias,
la luz sustentadora saca a Evandro de su humilde morada
y el canto mañanero de los pájaros bajo su tejado.
Se levanta el anciano y reviste con la túnica el cuerpo
y anuda a sus pies las sandalias tirrenas.
Se ciñe entonces al costado y los hombros la espada tegea
colgando del izquierdo una piel de pantera que le cubre la espalda.
Desde el alto umbral también dos guardianes
marchan delante y acompañan los perros el paso de su amo.
Buscaba el lugar y los aposentos de Eneas, su huésped,
recordando el héroe sus palabras y la ayuda ofrecida.
Y no menos madrugador andaba Eneas;
a uno le acompañaba el hijo Palante, al otro Acates.
Se encuentran y unen sus diestras y en medio se sientan
del palacio y disfrutan al fin de tranquila charla.
El rey primero así:
«Caudillo principal de los teucros que, si vives, nunca en verdad
diré que Troya y su reino han sido derrotados:
en favor de nombre tan grande pequeñas fuerzas tenemos
para auxiliarte en la guerra; de un lado nos limita el río etrusco,
de otro el rútulo apremia y rodea nuestros muros con sus armas.
Mas yo planeo unir contigo grandes pueblos y tropas
de reinos poderosos, ayuda que una suerte inesperada
nos brinda; llegas como enviado del destino.
No lejos de aquí se encuentra el lugar de la ciudad de Agila,
fundada sobre vetusta roca, donde un día una raza
de Lidia, ilustre en la guerra, se asentó sobre lomas etruscas.
Luego que floreció durante muchos años, un rey de orgulloso
poder y armas crueles la tuvo, Mecencio.
¿A qué recordar los crímenes infandos, a qué las viles hazañas
de un tirano? ¡Los guarden los dioses para él y su estirpe!
Solía además atar los cadáveres con los vivos
juntando manos con manos y bocas con bocas,
espantosa tortura, y en larga agonía los mataba
con horrible abrazo, cubiertos de pus y de sangre.
Mas hartos al fin los ciudadanos rodean al loco
de horror con sus armas, a su casa y a él mismo,
matan a sus cómplices y lanzan antorchas a su tejado.
Él, escapando a la matanza, se refugió en los campos
de los rútulos y se protege con las armas de su huésped Turno.
Así que toda Etruria se levantó en furia justiciera
pidiendo castigo para el rey con la ayuda de Marte.
A estos miles, Eneas, pondré bajo tu mando.
Que se agitan las popas apretadas por toda la ribera
y ordenan izar las enseñas, y los detiene cantando el futuro
el longevo arúspice: «Oh, escogida juventud de Meonia,
flor y virtud de héroes antiguos, a quienes lanza contra el enemigo
un justo dolor y provoca Mecencio con ira merecida;
a ningún ítalo le está permitido mandar expedición tan grande,
buscad caudillos extranjeros.» Acampó entonces el ejército
etrusco en esta llanura, asustado por los avisos del cielo.
El propio Tarconte me envió embajadores y la corona
del mando con el cetro y me encomienda las insignias;
que acuda al campamento y me haga cargo de los reinos tirrenos.
Masa mí una torpe vejez vencida por el frío y los años
me impide mandar y unas fuerzas tardías para las hazañas.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Dom 15 Nov 2020, 01:05

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO VIII. CONT.

A mi hijo se lo pediría, de no ser porque tiene
sangre de esta patria por su madre sabina. Tú, a quien favorece
el destino por la raza y los años, a quien reclaman los dioses,
da el paso, valerosísimo caudillo de ítalos y teucros.
Te daré además a mi hijo Palante, nuestro consuelo
y esperanza; que se acostumbre con tu magisterio
a la milicia y la pesada tarea de Marte, a contemplar
tus hazañas; que desde su edad primera te admire.
A él doscientos jinetes arcadios, las fuerzas mejores
de nuestra juventud, le daré, y otro tanto en su nombre a ti, Palante.»
Apenas había hablado, y clavados le tenían sus ojos
Eneas el hijo de Anquises y el fiel Acates,
y vueltas daban en su triste pecho a graves desgracias,
si no hubiera Citerea mandado su señal a cielo abierto.
Pues un relámpago de improviso lanzado desde el éter
vino con el trueno y todo pareció agitarse de pronto
y mugir por el cielo el clangor de la tuba tirrena.
Levantan la cabeza y una y otra vez un tremendo fragor les sacude.
Entre las nubes, ven brillar en la región serena del cielo
unas armas por el azul y tronar sacudidas.
Los demás se quedaron sin aliento, mas el héroe de Troya
reconoció el sonido y las promesas de la diosa, su madre.
Exclama entonces: «En verdad, huésped, no busques
qué suceso anuncia el portento: es a mí a quien llama el Olimpo.
Esta señal la madre que me engendró me dijo que enviaría
si empezaba la guerra, y las armas de Vulcano por los aires
que mandaría en mi auxilio.
¡Ay! ¡Qué matanzas terribles aguardan a los pobres laurentes!
¡Qué castigo habrás de pagarme, Turno! ¡Cuántos escudos
de guerreros y yelmos y cuerpos valientes harás rodar bajo tus aguas,
padre Tiber! Que guerra busquen y rompan los pactos.»
Luego que pronunció estas palabras, se alza del alto solio
y aviva en primer lugar las aras dormidas con los fuegos
de Hércules, y alegre se acerca al Lar del día anterior
y a los humildes Penates; mata Evandro igualmente
ovejas escogidas según la costumbre e igualmente la juventud troyana.
Se marcha tras esto a las naves y pasa revista a sus compañeros
para escoger de entre ellos a los que le sigan a la guerra
por destacar en valor; los demás se dejan llevar
por la corriente y perezosos se van río abajo
para llevar noticias a Ascanio de la situación y de su padre.
Se entregan caballos a los teucros que se dirigen a los campos tirrenos;
a Eneas le reservan uno sin sorteo, y del todo le cubre
una rubia piel de león que brilla con uñas de oro.
Vuela la noticia divulgada de pronto en la ciudad pequeña,
de que rápido van jinetes a los umbrales del rey tirreno.
De miedo redoblan las madres sus votos, y el temor crece
más aún por el peligro y más grande se muestra la imagen de Marte.
El padre Evandro entonces se resiste abrazando la diestra
del que parte, sin saciarse de lágrimas, y dice de este modo:
«Ay, si Júpiter me devolviera mis años pasados,
como era yo cuando a las puertas de Preneste el primer ejército
aplasté e incendié victorioso montañas de escudos
y al Tártaro envié al rey Érulo con mi diestra,
al que al nacer tres vidas su madre Feronia
(espanta decirlo) había dado, que debía blandir tres armas
y morir de tres muertes; a él, sin embargo, esta diestra
todas sus vidas le quitó y al tiempo le privó de sus armas:
nadie podría arrancarme ahora de este dulce abrazo tuyo,
hijo mío, no Mecencio burlándose de este vecino suyo
habría causado tantas muertes con su espada,
ni habría enviudado la ciudad de tantos de sus hombres.
Pero a vosotros os ruego, dioses de lo alto y a ti, Jove,
rector supremo de los dioses, piedad para este rey arcadio;
y escuchad las preces de un padre. Si vuestro numen,
si los hados me reservan salvo a Palante,
si vivo para verle y abrazarle de nuevo,
la vida os pido, podré soportar cualquier fatiga.
Pero si tramas, Fortuna, otra salida nefanda,
que pueda yo dejar esta vida cruel ahora mismo,
cuando aún en duda están mis cuitas e incierta la esperanza del futuro;
ahora que a ti, querido hijo, único placer de mis años,
abrazado te tengo. ¡Que no hiera mi oído la noticia
más triste! » Estas palabras vertía el padre en la definitiva
despedida; derrumbado sus siervos a casa lo llevaban.
Y ya había sacado la caballería por las puertas abiertas
Eneas entre los primeros y el fiel Acates,
y detrás los demás caudillos de Troya; el mismo Palante marcha
en medio de la formación, señalado por su clámide y sus armas pintadas,
como cuando Lucifer derramado de Océano en las olas,
al que ama Venus más que a los otros fuegos de los astros,
asoma su rostro sagrado por el cielo y disuelve la tiniebla.
De pie quedan las madres asustadas en los muros y siguen con los ojos
la nube de polvo y la tropa de bronce reluciente.
Ellos entre las zarzas, por donde es más corto el camino,
marchan armados; se alza el clamor y en formación perfecta
el casco de los caballos bate con su trotar el llano polvoriento.
Hay junto a la helada corriente de Cere un gran bosque sagrado,
muy venerado por la devoción de los mayores; de todas partes
un circo de colinas lo rodea y lo ciñe una selva de negros abetos.
Fama es que los antiguos pelasgos lo consagraron a Silvano,
al dios de los predios y del ganado, el bosque y una fiesta,
los que habitaron un día los primeros la tierra latina.
No lejos de aquí Tarconte y los tirrenos con el lugar defendían
su campamento, y todo su ejército podía ser visto de lo alto
del monte con sus tiendas en los campos abiertos.
Aquí llegan Eneas y la juventud elegida
para el combate, y cansados reposo dan a cuerpos y caballos.
Mas Venus, la blanquísima diosa, se presenta entre nubes
etéreas llevando sus dones, y cuando vio a su hijo solitario
a lo lejos en un apartado valle junto a las frescas aguas,
se le apareció y le habló con estas palabras:
«Aquí tienes la ayuda prometida del arte
de mi esposo. No dudes ya, hijo, en entrar en combate
contra los orgullosos laurentes y el fiero Turno.»
Dijo, y buscó Citerea los abrazos del hijo
y enfrente colocó las armas brillantes bajo una encina.
Él, satisfecho con los presentes de la diosa y por honor tan grande,
no podía saciarse de mirar todo con sus ojos,
y se asombra, y entre brazos y manos da vueltas
al yelmo terrible con su penacho y que llamas vomita,
y a la espada portadora de muerte y la rígida loriga de bronce
color de sangre, inmensa, cual la nube cerúlea cuando
se enciende con los rayos del sol y brilla a lo lejos.
Después las bruñidas grebas de electro y oro refinado,
y la lanza, y la trama indescriptible del escudo.
Aquí las hazañas ítalas y las gestas triunfales de los romanos,
conocedor de vaticinios y no ignorante de la edad por llegar,
había representado el señor del fuego; aquí toda la raza de la futura
estirpe de Ascanio y las guerras libradas por orden.
Había figurado también en la verde gruta de Marte
la loba tumbada recién parida, con los niños gemelos jugando
colgados de sus ubres y mamando sin miedo
de su madre; ella, con su suave pescuezo agachado,
los lamía por turno y moldeaba sus cuerpos con la lengua.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Dom 15 Nov 2020, 01:07

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LA ENEIDA

LIBRO VIII. CONT.

No lejos de aquí había añadido Roma y las sabinas
raptadas brutalmente de entre el gentío del teatro
durante los grandes circenses y de pronto surgir nueva guerra
entre los hijos de Rómulo y el viejo Tacio y los austeros hombres de Cures.
Después los mismos reyes, dejando la guerra entre ellos,
en pie aparecían armados ofreciendo ante el ara de Jove
sus páteras y el pacto firmaban con la muerte de una cerda.
No muy lejos, cuadrigas azuzadas en contra destrozaban
a Meto (¡pero tú, albano, deberías mantener tu palabra!)
y Tulo las entrañas del embustero arrastraba
por el bosque, y sangre goteaban los abrojos empapados.
También Porsena ordenaba acoger a Tarquinio
expulsado y a la ciudad apremiaba con ingente asedio;
los Enéades se lanzaban al hierro por su libertad.
Podrías verlo igual que quien se indigna e igual
que el que amenaza, porque había osado Cocles arrancar el puente
y Clelia cruzaba el río a nado, rotas sus cadenas.
En lo alto estaba Manlio, guardián de la roca
Tarpeya delante del templo y ocupaba las alturas del Capitolio,
erizado de la paja de Rómulo el palacio reciente.
Y aquí, revoloteando por los dorados pórticos una oca
de plata anunciaba que estaban los galos a las puertas;
los galos llegaban por las zarzas y el alcázar ocupaban
protegidos por las tinieblas y el regalo de una noche oscura.
Con su cabellera de oro y de oro vestidos
relucen con sus ropas listadas, y sus cuellos de leche
se ven trabados de oro; en la mano dos jabalinas de los Alpes
agita cada uno, cubiertos los cuerpos con grandes escudos.
Aquí había moldeado a los Salios saltando y a los Lupercos
desnudos, y los gorros de lana y los escudos caídos
del cielo; castas matronas portaban los objetos del culto
por la ciudad en blandas carrozas. Añadió también lejos
de aquí las sedes del Tártaro, las bocas profundas de Dite
y el castigo de los crímenes y a ti, Catilina, colgado
de roca amenazante y temiendo el rostro de las Furias,
y a los justos, separados, y a Catón dándoles leyes.
Entre todo esto se extendía la imagen de oro
del mar henchido, mas el azul espumaba de blancas olas.
Y alrededor en círculo brillantes delfines de plata surcaban
la superficie con sus colas y cortaban las aguas.
En el centro escuadras de bronce, las guerras de Accio,
aparecían, y toda Leucate podías ver hirviendo
con Marte en formación y las olas refulgiendo en oro.
A este lado César Augusto guiando a los ítalos al combate
con los padres y el pueblo, y los Penates y los grandes dioses,
en pie en lo alto de la popa, al que llamas gemelas le arrojan
las espléndidas sienes y el astro de su padre brilla en su cabeza.
En otra parte Agripa, con los vientos y los dioses de su lado
guiando altivo la flota; soberbia insignia de la guerra,
las sienes rostradas le relucen con la corona naval.
Al otro lado, con tropa variopinta de bárbaros, Antonio,
vencedor sobre los pueblos de la Aurora y el rojo litoral,
Egipto y las fuerzas de Oriente y la lejana Bactra
arrastra consigo, y le sigue (¡sacrilegio!) la esposa egipcia.
Todos se enfrentaron a la vez y espumas echó todo el mar
sacudido por el refluir de los remos y los rostros tridentes.
A alta mar se dirigen; creerías que las Cícladas flotaban
arrancadas por el piélago o que altos montes con montes chocaban,
en popas almenadas de mole tan grande se esfuerzan los hombres.
Llama de estopa con la mano y hierro volador con las flechas
arrojan, y enrojecen los campos de Neptuno con la nueva matanza.
La reina en el centro convoca a sus tropas con el patrio sistro,
y aún no ve a su espalda las dos serpientes.
Y monstruosos dioses multiformes y el ladrador Anubis
empuñan sus dardos contra Neptuno y Venus
y contra Minerva. En medio del fragor Marte se enfurece
en hierro cincelado, y las tristes Furias desde el cielo,
y avanza la Discordia gozosa con el manto desgarrado
acompañada de Belona con su flagelo de sangre.
Apolo Accíaco, viendo esto, tensaba su arco
desde lo alto; con tal terror todo Egipto y los indos,
toda la Arabia, todos los sabeos sus espaldas volvían.
A la misma reina se veía, invocando a los vientos,
las velas desplegar y largar y largar amarras.
La había representado el señor del fuego pálida entre los muertos
por la futura muerte, sacudida por las olas y el Yápige;
al Nilo, enfrente, afligido con su enorme cuerpo
y abriendo su seno y llamando con todo el vestido
a los vencidos a su regazo azul y a sus aguas latebrosas.
Mas César, llevado en triple triunfo a las murallas
romanas, consagraba un voto inmortal a los dioses itálicos,
trescientos grandes santuarios por la ciudad entera.
vibraban las calles de alegría y de juegos y de aplausos;
en todos los templos coros de madres, aras en todos;
ante las aras cayeron a tierra novillos muertos.
Y él mismo sentado en el níveo umbral del brillante Febo
agradece los presentes de los pueblos y los cuelga de las puertas
soberbias; en larga hilera avanzan las naciones vencidas,
diversas en lenguas y en la forma de vestir y de armarse.
Aquí la raza de los nómadas había labrado Mulcíber
y los desnudos africanos; aquí los léleges, carios y gelonos
con sus flechas; iba luego el Éufrates con corriente más calma,
y los morinos, los últimos de los hombres, y el Rin bicorne,
y los indómitos dahos y el Araxes rechazando su puente.
Todo eso contempla en el escudo de Vulcano, regalo
de su madre, y goza con las imágenes sin conocer los sucesos,
y al hombro se cuelga la fama y el destino de sus nietos.

FIN DEL LIBRO VIII


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Dom 15 Nov 2020, 01:09

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO IX

Y mientras esto ocurre en lugar bien lejano,
Juno Saturnia del cielo envió a Iris
al valiente Turno. En el bosque de su padre Pilumno
estaba sentado Turno, en un valle sagrado.
Así le habló la hija de Taumante con su boca de rosa:
«Turno, lo que ninguno de los dioses osaría prometerte
en tu deseo, he aquí que el correr de los días te lo ofrece.
Eneas, dejando la ciudad, sus compañeros y sus naves,
se dirige a los cetros del Palatino y a la sede de Evandro.
Y hay más: ha llegado a las últimas ciudades de Etruria
y arma a un puñado de lidios y campesinos recluta.
¿Qué dudas? Éste es el momento de reclamar caballos y carros.
Deja todo retraso y ataca un campo amedrentado.»
Dijo, y con alas iguales se levantó hasta el cielo
y trazó a su paso bajo las nubes un arco enorme.
La conoció el joven y alzó a las estrellas sus palmas
gemelas y con estas palabras la siguió en su huida:
«Iris, gloria del cielo, ¿quién te hizo bajar de las nubes
a la tierra para mí? ¿De dónde este brillante
prodigio repentino? Veo el cielo por la mitad abierto
y el vagar de los astros por su bóveda. Sigo señal tan grande,
quienquiera que a las armas me convocas.» Y dicho esto,
se agachó hasta el agua y líquido bebió de su superficie
implorando a los dioses, y el éter llenó de promesas.
Y ya todo el ejército marchaba en campo abierto
rico de caballos, rico de bordados vestidos y de oro;
Mesapo dirige las primeras filas, y el final los jóvenes
Tirridas; Turno en el centro de la formación como jefe.
Como el Ganges profundo manando por siete apacibles
corrientes en silencio o el Nilo de fecundas aguas
cuando se derrama por los campos y se mete de nuevo en su cauce
Entonces divisan los teucros una súbita nube
de negro polvo y ven surgir tinieblas por el llano.
Y enfrente Caíco el primero a gritos llama desde su atalaya:
«¿Qué masa, ciudadanos, de negra calígine se revuelve?
¡Empuñad raudos el hierro, a las armas, subid a los muros!,
¡aquí está el enemigo, ea! » Con gran griterío se meten
los teucros por todas las puertas y llenan las murallas.
Pues así lo había ordenado al partir el mejor en las armas,
Eneas: si algo ocurría en su ausencia,
que no osaran formar el ejército ni confiarse al llano;
que tras el foso guardasen el campamento y seguros los muros.
Así que si bien el pundonor y la ira les lanzan al combate,
cierran las puertas, sin embargo, y las órdenes cumplen,
y en las huecas torres aguardan armados al enemigo.
Turno, adelantándose volando a la lenta marcha,
acompañado de veinte jinetes escogidos llega de pronto
a la ciudad; monta un caballo tracio con manchas blancas
y se cubre con un yelmo de oro de rojo penacho:
«¿Quién estará, jóvenes, a mi lado? ¿Quién el primero contra el enemigo,
eh?», dice y blande, y arroja al aire su jabalina,
señal para el combate, y altivo se lanza a la llanura.
Lanzan un grito sus compañeros y le siguen con alarido
horrísono; se asombran del cobarde corazón de los teucros,
de que no salgan a campo abierto ni acudan los hombres
al encuentro de sus armas, de que protejan su campo. Enfurecido,
aquí y allá rodea los muros a caballo y busca una entrada imposible.
Y como el lobo que acecha el redil recogido
cuando aúlla a los troncos batido por el viento y la lluvia,
pasada la medianoche; seguros bajo sus madres los corderos
no dejan de balar; él, irritado y negro de ira, se enfurece
con los que nada puede; le agota la rabia por comer
desde hace tiempo y las fauces secas de sangre.
No de otro modo se enciende de furia el rútulo que contempla
muros y campamentos, arde el dolor en sus duros huesos.
¿Por dónde buscar un camino de entrada y de sacar a los teucros
encerrados la manera y desparramarlos por el llano?
La flota, que estaba escondida a un lado de las tiendas
protegida por fosos y por las aguas del río,
la ataca, y fuego pide a los compañeros que le animan
y llena su mano, furioso, con una antorcha encendida.
Acuden los demás entonces (les apremia la presencia de Turno)
y todos los jóvenes se lanzan con negras teas.
Echaron mano al fuego: una luz de pez da la humosa
antorcha y Vulcano brasas mezcladas a las estrellas.
¿Qué dios, oh Musas, alejó de los teucros incendios
tan crueles? ¿Quién libró a los barcos de fuego tan grande?,
decidme: antigua es la fe en lo sucedido y perenne su fama.
En los días en que andaba preparando en el Ida de Frigia
Eneas su flota y se disponía a partir hacia mares remotos,
se dice que la misma madre de los dioses Berecintia
así habló al gran Jove: «Concédeme, hijo, lo que te pide
tu madre querida puesto que has domeñado el Olimpo.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Dom 15 Nov 2020, 01:13

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO IX. CONT.

Hay una selva de pinos que he amado muchos años,
un bosque sagrado en lo alto de la roca donde llevaban las ofrendas,
oscuro de negros pinos y de ramas de arce.
Gustosa se lo di al joven dardanio, cuando una flota
precisaba; ahora un temor angustioso me inquieta.
Líbrame de miedo y permite a tu madre esto poder con sus preces:
que no las desarbole ruta alguna ni sean vencidas
por las tempestades, que de algo les valga el ser hijas de nuestras montañas.»
Así le respondió el hijo que hace girar las estrellas del cielo:
«Oh, madre mía, ¿a dónde llamas a los hados? ¿Qué pides para ellas?
¿Que tengan ley inmortal unas naves que manos mortales
han construido y que a salvo arrostre Eneas
peligros inciertos? ¿A qué dios tan gran poder se ha concedido?
En todo caso, cumplida su misión, cuando lleguen un día
a los puertos y las tierras de Ausonia, a cuantas escapen de las olas
y al jefe dardanio conduzcan a los campos laurentes
les quitaré su forma mortal y ordenaré que sean
diosas del ancho mar, igual que la Nereida Doto
y Galatea surcan con sus pechos el ponto espumante.»
Dijo, y lo juró por los ríos de su hermano estigio;
por los torrentes de pez y las orillas del negro remolino
asintió, e hizo temblar el Olimpo entero con su gesto.
Había llegado, pues, el día prometido y habían cumplido
el tiempo marcado las Parcas, cuando de Turno el sacrilegio
hizo apartar a la Madre las antorchas de las naves sagradas.
Brilló entonces una rara luz ante los ojos y una enorme
nube pareció cruzar el cielo de lado de la Aurora
y los coros ideos; luego cae por los aires
una voz horrenda y llena las tropas de rútulos y troyanos:
«No os empeñéis, teucros, en defender mis naves queridas
ni arméis vuestras manos; antes incendiará Turno los mares
que los sagrados pinos. Quedad vosotras libres,
marchaos, diosas del mar; lo manda vuestra madre.»
Y al punto cada barco rompe las cadenas de la orilla
y como delfines, metiendo sus rostros en el agua
buscan el fondo. Salen de ahí (asombroso prodigio)
como otros tantos cuerpos de doncellas y al mar se lanzan.
Se quedaron los rútulos sin habla y hasta Mesapo
asustado sobre inquietos caballos, y ronca resonando duda
la corriente y el Tíber se vuelve desde alta mar.
Mas no abandonó su confianza al bravo Turno;
tanto más alza los ánimos con sus palabras y tanto más grita:
«A los troyanos buscan estas apariciones, Júpiter con ellas
les ha privado de la ayuda acostumbrada: ni dardos ni fuegos
esperan a los rútulos. Así que mares no navegables para los teucros,
sin esperanza alguna de huir: han perdido la mitad de sus recursos,
mientras queda la tierra en nuestras manos: tantos miles,
sus armas blanden los pueblos ítalos. No me asustan las fatales
respuestas de los dioses, si de alguna presumen los frigios;
bastante se ha dado ya a Venus y al hado, que han podido
tocar los troyanos los fértiles campos de Ausonia. Tengo yo hados
contrarios a los suyos, aplastar con la espada a un pueblo
criminal que me robó la esposa; este dolor no toca sólo
a los Atridas, ni sólo a Micenas cabe empuñar las armas.
“Pero basta con morir una vez.” Habría bastado el pecado
anterior, mas no odiaron por completo a toda
la raza de las mujeres. Ánimos les dan su confianza
en la empalizada y el estorbo de los fosos, breve demora
de su muerte; mas ¿no vieron de Troya las murallas
fabricadas por mano de Neptuno caer bajo el fuego?
Y vosotros, lo mejor de los míos, ¿quién está dispuesto
a abrir la valla con su espada y entrar conmigo en el campo tembloroso?
No necesito yo las armas de Vulcano, ni barcos
a millares contra los teucros. Que además se les sumen
todos los etruscos por aliados. Las tinieblas y el vano robo
del Paladio, muertos los centinelas de la fortaleza,
no teman: no nos meteremos en la ciega panza de un caballo.
A plena luz no fallará rodear con fuego sus muros.
Les haré sentir que no se las ven con dánaos y jóvenes
pelasgos, a quienes Héctor pudo resistir hasta el décimo año.
Así que ahora, puesto que ya ha pasado lo mejor del día,
cuidad lo que queda vuestros cuerpos, contentos
con lo realizado, y aguardad prestos el combate.»
Se confía entretanto a Mesapo los puestos de guardia
ante las puertas, y ceñir con fuegos las murallas.
Se eligieron dos veces siete rútulos para guardar los muros
con soldados, y a cada uno de ellos le siguen cien
jóvenes de rojo penacho y relucientes de oro.
Acuden y se van turnando, y echados por la hierba
se entregan al vino y vacían las crateras de bronce.
Brillan los fuegos, pasa la noche la guardia
insomne, entre juegos.
Observan esto los troyanos desde su empalizada y las alturas
ganan con sus armas, y, temblando de ansia,
vigilan las puertas y preparan puentes y bastiones,
y disponen sus flechas. Les apremia Mnesteo y el fiero Seresto
a quienes el padre Eneas, si la situación lo requería,
había dado por guías a los jóvenes y caudillos.
Por todos los muros monta guardia la legión echando a suertes
el riesgo por turnos, y lo que debe guardar cada uno.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 17 Nov 2020, 00:28

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO IX. CONT.

Niso era centinela de la puerta, valeroso guerrero,
el hijo de Hírtaco, a quien había enviado el Ida rico en caza
de compañero de Eneas, rápido con la lanza y las veloces flechas,
y a su lado Euríalo, su amigo, más hermoso que el cual
no hubo otro entre los Enéadas ni vistió las armas troyanas,
y la flor de la juventud adornaba el rostro imberbe del muchacho.
Un único amor les unía y juntos se lanzaban al combate;
también entonces en guardia común vigilaban la puerta,
Niso dice: «¿Ponen los dioses este ardor en nuestros corazones,
Euríalo, o de cada uno su fiera pasión se vuelve el dios?
Hace tiempo que se agita mi pecho por combatir
o por emprender algo grande, y no se conforma con este tranquilo reposo.
Ya está viendo la confianza que embarga a los rútulos:
Pocas luces se ven, yacen vencidos por el sueño
y el vino, y todo está en silencio. Escucha todavía
cuál es mi duda y qué idea en mi ánimo brota.
Ir en busca de Eneas piden todos, el pueblo
y los padres, y enviarle quien le cuente lo que pasa.
Si me prometen lo que pido para ti (pues a mí la fama
de la acción me basta), creo poder encontrar al pie
de aquel cerro un camino a las torres y murallas de Palanteo.»
Atónito quedó Euríalo, tocado por un ansia muy grande
de gloria, y así se dirige a su ardoroso amigo:
«¿Así que no quieres tomarme en hazaña tan alta, Niso,
por compañero? ¿Sólo he de dejarte en peligro tan grande?
No tal mi padre Ofeltes, avezado a la guerra,
me enseñó al criarme entre el terror de Argos
y las fatigas de Troya, ni así me he portado contigo
en pos del magnánimo Eneas y sus hados extremos.
Hay aquí un corazón que desprecia la luz y que cree
que bien puede pagarse con la vida esa gloria que buscas.»
Niso a esto: «En verdad nada de eso temía de ti,
y no sería justo; así el gran Júpiter a ti me devuelva
triunfante o quienquiera que esto contempla con ojos benignos.
Mas si algún dios o alguna mala suerte (como a menudo ves
en tal peligro) me arrastran al desastre,
me gustaría que tú sobrevivieras, más digno de la vida por tu edad.
Que hubiera quien me encomendase a la tierra sacándome
del combate o pagando un rescate, o, si Fortuna lo prohibe,
que en ausencia las exequias me hiciese y adornase mi tumba.
Y por no ser causa de un dolor tan grande para tu madre,
la pobre, la única entre muchas que valiente ha seguido
a su hijo, sin cuidarse de las murallas del gran Acestes.»
Mas el otro: «No entrelaces en vano argumentos vacíos,
que mi opinión no cede y es inamovible.
Démonos prisa.» Dice y al tiempo despierta a los guardias.
Éstos les relevan y mantienen el turno; dejando el puesto,
él acompaña a Niso y salen en busca de su rey.
Por todas las tierras los demás animales curaban sus cuitas
con el sueño y los corazones olvidados de fatigas;
los primeros caudillos de los teucros, la juventud escogida,
celebraban consejo sobre asuntos importantes del reino,
qué harían y quién sería ya el mensajero de Eneas.
En pie están apoyados en lanzas largas y con sus escudos
en medio del llano y del campamento. Entonces Niso y con él
Euríalo solicitan presurosos ser admitidos sin demora,
que el asunto era importante y la tardanza cara. Julo
el primero les recibió nerviosos y mandó hablar a Niso.
Así entonces el hijo de Hírtaco: «Escuchad con voluntad propicia,
amigos de Eneas, y no juzguéis por nuestros años
lo que traemos. Han callado los rútulos vencidos
por el vino y el sueño. Nosotros mismos un lugar hemos visto
para nuestro plan, que se abre en el cruce de la puerta marina.
Han cesado los fuegos y negra humareda se levanta
hasta el cielo. Si nos permitís aprovechar esta fortuna
para buscar a Eneas y las murallas de Palanteo,
nos veréis al punto regresar con el botín cargados
de una gran matanza. Y no nos engaña el camino en la marcha:
hemos visto antes las primeras casas entre valles oscuros
yendo a menudo de caza y hemos recorrido todo el río.»
Entonces Aletes, maduro de ánimo y grave por sus años:
«¡Dioses de la patria bajo cuyo poder Troya está siempre!
No queréis, sin embargo, destruir por completo a los teucros
cuando ánimos disteis así a nuestros jóvenes y pechos
tan firmes.» Tal diciendo abrazaba a los hombros y las diestras
de ambos, y regaba de llanto su rostro y sus mejillas.
«¿Qué para vosotros, guerreros, qué recompensa digna
pagar se puede por esa hazaña? Lo mejor en seguida
os lo darán los dioses yvosotros mismos: os pagará muy pronto
el resto el piadoso Eneas y, con su edad entera,
Ascanio, que nunca olvida méritos tan grandes.»
«Yo, por mi parte -afirma Ascanio-, para quien la esperanza sola
está en la vuelta de mi padre, a vosotros os pongo por testigos,
Niso, por los grandes Penates y el Lar de Asáraco y el templo
de la canosa Vesta: sea cual sea mi confianza y mi fortuna,
la pongo en vuestro pecho. Buscadme a mi padre,
devolvedme su presencia; nada será triste si lo recupero.
Os daré dos copas llenas de relieves, terminadas
en plata, que mi padre tomó tras la derrota de Arisba,
con dos trípodes iguales, dos grandes talentos de oro,
una cratera antigua que me dio la sidonia Dido.
Ahora, si me cupiera conquistar vencedor Italia,
hacerme con el reino y repartir el botín a suertes,
viste con qué caballo iba Turno y con qué armas, todo
de oro; pues ese caballo y su escudo y su rojo penacho,
son ya tu premio, Niso, libres del sorteo.
Mi padre por su parte dos veces seis madres
bien elegidas y cautivos y todos con sus armas,
y además cuanto campo posee el propio rey Latino.
Y en cuanto a ti, respetable muchacho a quien sigue
de cerca mi edad, te acojo ya con todo el corazón
y te abrazo compañero de todas las fatigas.
No he de buscar gloria alguna sin ti en mis empresas:
tanto en paz como en guerra, en ti residirá mi confianza
mayor de palabra y de obra.» A quien tal dice replica
Euríalo: «Jamás llegará el día que me vea indigno
de acciones tan valientes; sólo, que no se vuelva de espaldas
la suerte favorable. Pero nada más esto te pido, por encima
de todos los regalos: tengo a mi madre, de la rancia estirpe
de Príamo, a quien, desdichada, la tierra de Ilión no retuvo
cuando partí, ni las murallas del rey Acestes.
La dejo yo ahora sin saber nada de todo este riesgo
y sin despedirme (pongo a la noche por testigo
y a tu diestra), que sufrir no puedo lágrimas de mi madre.
Así que tú, te lo ruego, consuela a la desgraciada y mira por la que dejo.
Permíteme llevar esta esperanza y con mayor audacia arrostraré
todos los peligros.» Con el corazón estremecido vertieron
lágrimas los Dardánidas, y el hermoso Julo más que los otros,
y anegó su ánimo esta piadosa imagen de un hijo.
Dice así entonces:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 17 Nov 2020, 00:30

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO IX. CONT.

«Puedes prometerte cuanto sea digno de tus grandes empresas.
Pues ella ha de ser mi madre y ha de faltarle sólo
el nombre de Creúsa, y no le aguarda pequeña recompensa
por un hijo así. Sea cual sea el final de tu hazaña,
juro por mi cabeza, por la que antes solía mi padre:
cuanto a ti te prometo a la vuelta si todo va bien,
lo mismo se hará con tu madre y toda su estirpe.»
Así dice entre lágrimas; al tiempo se quita del hombro la espada
de oro que había forjado Licaón de Cnosos con arte
admirable, con la vaina de marfil que rapidez le daba.
A Niso da Mnesteo la piel de un león espantoso,
sus despojos, y el yelmo le cambia el fiel Aletes.
Parten al punto armados; al tiempo que marchan
les sigue con sus votos junto a las puertas todo el grupo
de los principales, jóvenes y viejos, así como el hermoso Julo,
haciendo gala antes de tiempo de ánimo y cuidado de hombre,
les daba muchos encargos para su padre; mas todo
dispersan las brisas y lo entregan sin sentido a las nubes.
Cruzan saliendo los fosos y entre las sombras de la noche
se dirigen al campo enemigo, pero antes serían causa
de muerte para muchos. Los ven tendidos en la hierba
por el vino y el sueño, carros de pie en la playa,
hombres entre ruedas y arreos, las armas por el suelo
y entre las copas. El hijo de Hírtaco así dijo el primero:
«Euríalo, es el momento de atacar, la ocasión a ello nos invita.
Por aquí está el camino. Tú, para que ningún grupo pueda alzarse
a nuestras espaldas, vigila y observa de lejos;
voy a sembrar la muerte abriéndote con ello ancho sendero.»
Así dice y sofoca su voz al tiempo que ataca con la espada
al orgulloso Ramnete, que en mullidos tapices andaba
echado y sueño respiraba de todo su pecho,
rey a la vez que gratísimo augur del rey Turno,
aunque no pudo con su augurio librarse de la muerte.
Acaba a su lado con tres sirvientes que yacían tranquilos
entre sus armas y con el escudero de Remo y con el auriga bajo sus propios
caballos sorprendidos, y corta con la espada los cuellos colgantes.
Luego le arranca al dueño mismo la cabeza y deja su cuerpo
sangrando a borbotones; de negra sangre la tibia tierra
y los lechos se empapan. Y así con Lámiro y Lamo
y con el joven Serrano que mucho había jugado
aquella noche, de hermosa figura, y yacía con el cuerpo
vencido del mucho vino: dichoso él si hubiera igualado
a la noche con su juego y lo hubiera llevado al amanecer;
como un león hambriento moviéndose entre los llenos rediales
(como le pide su loca hambre), devora y arrastra
al tierno ganado mudó de espanto y ruge con boca cruenta.
No menor fue la matanza de Euríalo; también él encendido,
loco se vuelve y se lanza en medio de un gran grupo
sin nombre, de Fado y Herbeso, de Abaris y Reto,
desprevenidos; a Reto despierto y viéndolo todo
que, lleno de miedo, se ocultaba tras una cratera,
le clavó la espada en el pecho hasta la empuñadura
cuando se incorporaba, y la sacó llena de muerte.
Vomita el otro un alma de púrpura y al morir echa
el vino mezclado con la sangre, él prosigue su loco daño.
Y ya se dirigía al grupo de Mesapo; allí veía apagarse
los fuegos y los caballos atados según la costumbre
pacían en la hierba, cuando así Niso brevemente
(pues siente que le arrastra el exceso de sangre y el ansia):
«Dejémoslo -dice-, pues se acerca la luz peligrosa.
Castigo bastante han tenido, un camino se abre entre los enemigos.»
Abandonan numerosos objetos de plata maciza de los soldados,
y armas y crateras, así como hermosos tapices.
Euríalo toma los arreos de Ramnete y un cinturón de placas
de oro, presentes un día que el riquísimo Cédico enviara
a Rémulo de Tíbur, cuando lo hizo su huésped en ausencia;
él los entrega al morir a su nieto para que los tenga;
después de su muerte lo tomaron los rútulos en la guerra y en el combate:
lo coge y se lo cuelga al hombro inútilmente poderoso.
Luego el yelmo de Mesapo, cómodo y adornado de penacho,
se pone. Salen del campo y buscan lugares seguros.
Andaban entretanto jinetes enviados en descubierta
de la ciudad latina, mientras el resto de la tropa acampaba
en el llano, y respuesta traían al rey Turno.
Trescientos, todos con escudos, y Volcente al mando.
Y ya se acercaban al campamento y a sus muros llegaban,
cuando les ven doblar a lo lejos en el camino de la izquierda,
y el yelmo traicionó al descuidado Euríalo en la sombra
brillante de la noche y refulgió tocado por los rayos.
No pasó inadvertido; desde su columna grita Volcente:
«¡Quietos, soldados! ¿Cuál es la causa de la salida?
¿De quién sois soldados y a dónde os dirigís?» Ellos nada responden,
sino que se metieron corriendo en el bosque y se confiaron a la noche.
Se lanzan los jinetes a los senderos conocidos
aquí y allá, y rodean de guardias todos los accesos.
Era una selva erizada de negra encina y zarzas,
que espesos matorrales llenaban por todas partes;
entre ocultos caminos brillaba un raro sendero.
Estorban a Euríalo las tinieblas de las ramas y el pesado
botín y el temor le engaña con la dirección del camino.
Niso escapa, yya se había librado del enemigo el descuidado
y de los lugares que luego se llamaron albanos
del nombre de Alba (donde el rey latino tenía sus pastos),
y se detuvo y en vano buscó al amigo ausente:
«Pobre Euríalo, ¿por dónde te habrá abandonado?,
¿por dónde seguirte?» Recorriendo de nuevo el difícil camino
de la selva engañosa, observa las huellas recientes
y las sigue hacia atrás y vaga entre los zarzales silenciosos.
Oye los caballos, oye el estrépito y las señales de los que le persiguen,
y no pasa mucho tiempo, cuando un clamor llega
a sus oídos y ve a Euríalo, a quien con el engaño
del lugar y la noche todo el grupo ya lo tiene apresado
en repentina escaramuza y aunque todo lo intenta en vano.
¿Qué hacer? ¿Con qué fuerzas intentaría al joven
rescatar, o con qué armas? ¿Se ha de lanzar a morir
entre las espadas ganando con heridas una muerte hermosa?
Raudo blande la lanza doblando el brazo
y mirando a la alta Luna reza de esta manera:
«Tú, diosa, acude en nuestra ayuda en este trance,
gloria de los astros y guardiana de los bosques, hija de Latona.
Si algún presente llevó hasta tus altares mi padre Hírtaco
por mí; si los aumenté yo en mis cacerías o los colgué
de tu bóveda o los clavé en tus sagrados techos,
concédeme dispersar este grupo y guía mis disparos por el aire.»

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 17 Nov 2020, 00:32

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO IX. CONT.

Dijo, y lanzó su hierro haciendo fuerza
con todo su cuerpo. La lanza voladora azota las sombras
de la noche y se clava en la espalda de Sulmón y se quiebra
allí, y la madera clavada el corazón le atraviesa.
Éste se revuelve vomitando un río caliente de su pecho,
helado, y golpea sus ijares en largos espasmos.
Miran a su alrededor. Aún más enardecido,
hete aquí que otra lanza sopesaba a la altura de la oreja.
Mientras corren confundidos, silbando llega el asta
a las sienes de Tago y se clava tibia en el cerebro atravesado.
Enloquece el feroz Volcente sin poder ver al que lanza
los disparos, y sin poder arrojarse ardiendo sobre él.
«Pues tú mientras tanto vas a pagar con tu sangre caliente
el castigo por ambos», dijo, y al tiempo empuñando su espada
marchaba contra Euríalo. Fuera de sí entonces, aterrado,
grita Niso y ya no aguanta más escondido
en las tinieblas, ni puede soportar un dolor tan grande:
«¡A mí, a mí, aquí está el que lo hizo! ¡Volved a mí las armas,
rútulos! Mío ha sido el plan, y nada osó éste
ni nada pudo; el cielo y los astros que lo saben son mis testigos;
él sólo amó demasiado a un infeliz amigo.»
Tales gritos daba, mas la espada impulsada con fuerza
traspasa las costillas y rompe el blanco pecho.
Cae Euríalo herido de muerte, y por su hermoso cuerpo
corre la sangre y se derrumba su cuello sobre los hombros:
como cuando la flor encarnada que siega el arado
languidece y muere, o como la amapola de lacio cuello
inclina la cabeza bajo el peso de la lluvia.
Mas Niso se lanza en medio y sólo entre tantos
quiere a Volcente, sólo en Volcente se fija.
Los enemigos lo rodean y de cerca lo acosan
por todas partes. No ceja por ello y voltea su espada
relampagueante, hasta que en la boca del rútulo que gritaba
la clavó de frente y muriendo quitó la vida a su enemigo.
Se arrojó entonces sobre su exánime amigo,
acribillado, y allí descansó al fin con plácida muerte.
¡Afortundos ambos! Si algo pueden mis versos,
jamás día alguno os borrará del tiempo memorioso,
mientras habite la roca inamovible del Capitolio
la casa de Eneas y su poder mantenga el padre romano.
Los rútulos vencedores se hacen con el botín y los despojos
y llevan llorando al campamento a Volcente sin vida.
No fue menor el duelo en el campo al hallar a Ramnete
exangüe y tan gran matanza de los mejores,
y a Serrano y a Numa. Un gran corro se forma
ante sus cuerpos y los hombres medio muertos y el lugar reciente
de tibia muerte y los ríos espumantes llenos de sangre.
Reconocen entre ellos los despojos y el casco reluciente
de Mesapo y los arreos con tanto sudor ganados.
Y ya la Aurora primera regaba las tierras con el nuevo día
abandonando el lecho azafrán de Titono.
Con el sol ya esparcido, descubiertas por la luz las cosas,
Turno llama a sus hombres a las armas revestido él mismo
con sus armas: forman las broncíneas columnas para el combate,
cada cual las suyas, y aguzan sus iras con diversas consignas.
Clavan incluso las propias cabezas en lanzas enhiestas
(lamentable espectáculo) de Euríalo y Niso, y las siguen con gran griterío.
Los duros Enéadas en la parte izquierda de los muros
dispusieron su línea (la derecha la ciñen las aguas),
y ocupan los fosos enormes y en las altas torres
se colocan, tristes; conmovían a los desgraciados los rostros clavados
de sus hombres, tan conocidos, chorreando negra sangre.
Volando entretanto con sus plumas Fama la mensajera
corre por la ciudad asustada y llega a los oídos de la madre
de Euríalo. Y de pronto dejó el calor sus huesos, desgraciada,
el huso se escapó de sus manos y cayeron los ovillos.
Sale corriendo la infeliz y con alaridos de mujer
mesándose el cabello, fuera de sí, busca los muros
y las primeras filas, y no se fija en los hombres ni en el peligro
ni en los disparos, y llena entonces el cielo con su lamento:
«¿Así te veo, Euríalo? ¿Eres tú, el reposo postrero
de mis años, y has podido dejarme sola,
cruel? Y cuando te enviaron a peligros tan grandes,
¿no se dio a tu madre el hablarte por última vez?
¡Ay! Yaces en tierra extraña botín de los perros latinos
y de sus buitres. Siendo tu madre, ni tus exequias te he podido
hacer, ni he cerrado tus ojos, ni lavé tus heridas,
cubriéndote con la tela que te estaba tejiendo a toda prisa,
de día y de noche, y en el telar consolaba mis cuitas de vieja.
¿Dónde buscarte? ¿Qué tierra guarda ahora tu cuerpo
y tus miembros lacerados y tu cadáver roto? ¿Esto me traes
de ti, hijo mío? ¿Esto es lo que he seguido por mar y por tierra?
Atravesadme, si queda aún piedad; contra mí todas las flechas
disparad, rútulos, matadme la primera con la espada;
o tú, gran padre de los dioses, ten piedad y esta odiada
cabeza sepulta bajo el Tártaro con tu rayo,
que de otro modo no puedo quebrar esta vida cruel.»


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 17 Nov 2020, 00:36

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO IX. CONT.

Con este llanto tocados los ánimos, un triste lamento
brota de todos, se entorpecen las fuerzas rotas para el combate.
Ideo y Áctor, como inflamaba la pena de todos,
por orden de Ilioneo y de julo que mucho lloraba
la cogen y en sus manos la conducen a casa.
Y lanzó a lo lejos la tuba su terrible sonido
de bronce canoro, sigue un clamor y el cielo retumba.
Rápidamente forman los volscos su tortuga
y se disponen a llenar los fosos y arrancar la empalizada;
busca la entrada una parte y subir a los muros con escalas
por donde hay menos tropa y clarea la espesa
corona de soldados. Responden los teucros lanzando
todo tipo de dardos y los derriban con duros troncos,
habituados a defender sus muros en una larga guerra.
Hacían rodar también piedras de gran peso, por si podían
quebrar la cubierta columna, aunque bajo la densa
tortuga todo se está dispuesto a resistir.
Y ya no aguantan más. Pues por donde el grupo es más compacto,
acuden los teucros y hacen rodar una mole tremenda
que aplasta por completo a los rútulos y destroza la cubierta
de sus armas. Y ya no se cuidan los rútulos bravos
de atacar con un Marte ciego, sino que compiten
en echarlos del muro con proyectiles.
En otra parte blandía Mecencio con horrible aspecto
un pino etrusco y lleva fuegos humeantes;
y Mesapo, domador de caballos, prole de Neptuno,
abre la empalizada y escalas pide para la muralla.
A vosotras, Calíope, os pido que inspiréis al que canta
los desastres que el hierro causó, qué muertos Turno
dejó atrás, a quién envió cada cual al Orco,
y desplegad conmigo las grandes vueltas de la guerra.
Había una torre de gran tamaño y puentes elevados,
adecuada al lugar, que los ítalos con grande empeño
todos se esforzaban en tomar y abatir con la mayor violencia
de sus recursos, y los troyanos, al contrario, defendían
con piedras y dardos, apiñados, por el hueco de las saeteras.
Turno el primero lanzó una antorcha encendida
y clavó en el costado la llama que, inflamada del viento,
hizo presa en las tablas y se pegó a las puertas consumidas.
Asustados se agitaban en su interior y escapar pretendían
de la desgracia. Al amontonarse y hacerse hacia atrás,
a la parte libre de fuego, cayó de repente la torre
bajo el peso y resuena con el fragor todo el cielo.
Caen medio muertos al suelo bajo la enorme mole
y se clavan en sus propios dardos y traspasan
sus pechos los duros troncos. Apenas escaparon
Helénor y Lico; de ellos, en la flor de la edad Helénor,
para el rey meonio al que la esclava Licimnia en secreto
había criado y enviado a Troya con armas prohibidas,
ligero con su espada desnuda y el blanco escudo, aún sin gloria.
Y cuando se vio en medio de millares de los de Turno,
que de un lado y de otro se alzaban tropas latinas,
cual la fiera acosada por densa corona de cazadores
se revuelve contra las flechas y se arroja a la muerte
a sabiendas y se lanza de un salto sobre los venablos,
no de otro modo el joven a morir entre los enemigos
se lanza, y corre allí donde más densas son las flechas.
Lico, por su parte, mucho mejor con los pies, entre los enemigos
y entre sus armas busca los muros huyendo y se empeña
en tocar con la mano su parte más alta y las diestras de sus compañeros.
Turno le sigue igual con los pies que con las flechas
y, vencedor, le increpa: «¿Pensabas poder escaparte,
loco, de nuestras manos?» Y lo agarra colgado
como estaba y lo arranca con gran parte del muro.
Como cuando a una liebre o a un cisne de blanco cuerpo
lo toma en sus garras el escudero de Jove ganando altura,
o el lobo de Marte se lleva del redil a un cordero
que reclama su madre con muchos balidos. De todas partes
se alza el clamor: entran y rellenan con tierra los fosos,
lanzan otros a los tejados teas encendidas.
Ilioneo con un peñasco y un enorme trozo de monte
a Lucetio que se acercaba a la puerta con su antorcha,
Líger a Ematión, a Corineo abate Asilas,
hábil éste con la jabalina y aquél de lejos con la flecha que engaña;
Céneo a Ortigio, al vencedor Céneo Turno,
Turno a Itis y Clonio, y a Prómolo y Dioxipo,
y a Ságaris y a Idas que las altas torres defendía;
Capis a Priverno, a quien había alcanzado primero
la lanza ligera de Temillas: deja, loco, el escudo y se lleva
la mano a la herida, así que llega volando una flecha
y le clava la mano al costado izquierdo y desgarra
con su herida mortal el camino escondido del aliento.
Estaba el hijo de Arcente con egregias armas
revestido de su clámide bordada y brillante de púrpura hibera,
con hermoso aspecto, al que su padre Arcente había enviado
criado en el bosque de Marte junto a los arroyos
del Simeto, donde el altar benigno de Palico y pingüe:
dejando las lanzas Mecencio su honda estridente
volteó tres veces en torno a su cabeza con la correa,
y golpeó de frente el centro de sus sienes con plomo
fundido y lo dejó tendido en la arena del suelo.
Se dice que entonces por primera vez lanzó en la guerra
una rápida flecha Ascanio, acostumbrado como estaba a asustar
a fieras huidizas, y tumbó con su mano al fuerte Numano,
apodado Rémulo, que hacía poco se había unido
en matrimonio con la hermosa pequeña de Turno.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 17 Nov 2020, 00:39

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO IX. CONT.

Iba en primera fila dando voces dignas e indignas
de decir y con el pecho henchido de su nuevo
poder, y avanzaba orgulloso gritando:
«¿No os avergüenza estar de nuevo asediados tras una empalizada,
frigios dos veces prisioneros, y levantar una muralla ante la muerte?
¡Mira, tú! ¡Los que nos pedían matrimonio por la fuerza!
¿Qué dios a Italia, o qué locura os ha traído?
No están aquí los Atridas ni el urdidor de historias, Ulises:
raza dura por la estirpe, llevamos primero a los hijos
al río y los endurecemos con el hielo cruel y las olas;
no duermen nuestros niños por la caza y fatigan los bosques,
es su juego montar caballos y disparar flechas con sus arcos.
Y la juventud, hecha al trabajo y con poco conforme,
o doma la tierra con rastrillos o golpea con la guerra las ciudades.
Toda la edad la pasamos con el hierro y con la lanza vuelta
el lomo de los novillos sin que de la vejez la torpeza picamos
apague las fuerzas de nuestro pecho ni altere su vigor:
ceñimos nuestras canas con el yelmo y traer nos agrada
constantemente nuevos botines y vivir de la rapiña.
A vosotros os va la ropa teñida de púrpura brillante
y de azafrán, os gusta la indolencia y entregaros a la danza,
y tienen mangas vuestras túnicas y cintas vuestras mitras.
¡Oh, frigias en verdad, más que frigios! Andad por las cumbres
del Díndimo donde soléis escuchar el canto de la flauta.
Que os llaman los tímpanos y el boj berecintio de la Madre
del Ida; dejad las armas a los hombres y soltad el hierro.»
Que así se jactase gritando amenazas
no pudo soportar Ascanio, y tensó de frente su flecha
en el nervio de caballo y abriendo los brazos
se detuvo para ganar antes con sus votos el favor de Jove:
«¡Júpiter todopoderoso, aprueba esta audaz empresa!
Yo mismo llevaré a tus templos solemnes presentes
y sacrificaré ante tus aras un novillo de frente dorada,
blanco, que alcance con la cabeza a su madre,
que embista ya y que esparza la arena con sus patas.»
Lo escuchó y tronó por la izquierda en región serena
del cielo el padre, al tiempo que silba el arco fatal.
Escapa con horrible zumbido la flecha disparada
y atraviesa la cabeza de Rémulo y cruza con la punta
el hueco de sus sienes. « ¡Anda, búrlate del valor con jactancia!
Esta respuesta envían a los rútulos los frigios dos veces prisioneros.»
No dijo más Ascanio. Los teucros le siguen con sus gritos
y vibran de alegría y sus ánimos lanzan al cielo.
Veía casualmente desde lo alto Apolo de larga cabellera
en la región del cielo la ciudad y las tropas ausonias,
sentado en una nube, y al vencedor Julo así le dice:
«¡Bravo por ese nuevo valor, muchacho! ¡Así se va a las estrellas,
hijo de dioses que dioses engendrarás! Con razón, toda guerra
cesará bajo el linaje de Asáraco que los hados nos mandan,
y Troya no te basta.» A la vez que esto dice caer se deja
del alto éter, hiende las auras que respiran
y busca a Ascanio; cambia entonces la forma de sus rasgos
por los del viejo Butes. Éste fue antes del dardanio
Anquises escudero y leal centinela de sus umbrales;
luego el padre se lo dio a Ascanio por compañero.
Iba Apolo en todo igual al viejo, en la voz y el color
Y los blancos cabellos y las armas de sombrío sonido,
ya] enardecido Julo se dirige con estas palabras:
«Sea suficiente, hijo de Eneas, abatir impunemente con tus flechas
a Numano. El gran Apolo te ha otorgado
esta gloria primera y no ve mal tus armas iguales a las suyas;
deja ahora el combate, muchacho.» Tras comenzar así, Apolo
dejó su aspecto mortal en medio del discurso
y escapó hacia el aire sutil, lejos de los ojos.
Reconocieron al dios los jefes dardanios y las divinas
flechas oyeron resonar en la huida y su aljaba.
Y así, con sus palabras y por la voluntad de Febo
alejan a Ascanio ávido de pelea, yvuelven ellos mismos
de nuevo al combate y lanzan sus almas a peligros abiertos.
En todo el muro sale el clamor por los bastiones,
tensan los arcos fieros y retuercen los amientos.
Todo el suelo se cubre de flechas y los escudos y los cavos
yelmos resuenan con los golpes; se traba un áspero combate.
Cuanto sacude la tierra el chaparrón que viene de poniente
con las Cabrillas lluviosas, como los nimbos cargados de granizo
se lanzan sobre los ríos, cuando Júpiter hórrido de Austros
lanza una tormenta de agua y rompe las huecas nubes en el cielo.
Pándaro y Bitias, hijo de Alcánor Ideo,
a quienes crió en el bosque de Jove la silvestre Yera,
jóvenes como los abetos de su patria y sus montes,
abren la puerta que las encomendó la orden de su jefe,
fiados en sus armas, e invitan además a pasar al enemigo.
Ellos se quedan dentro ante las torres a izquierda y derecha
armados con la espada y luciendo sus enhiestos penachos:
como dos encinas se alzan al aire junto a la líquida corriente
en las orillas del Po o cerca del Átesis ameno,
y levantan al cielo sus cabezas frondosas y agitan la altísima copa.
Los rútulos irrumpen en la entrada en cuanto la vieron abierta;
en seguida Quercente y Aquículo, hermoso con sus armas,
y Tmaro lanzado de ánimo y el marcial Hemón
con todos sus hombres, o se volvieron y dieron la espalda
o en el mismo umbral de la puerta dejaron sus vidas.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 17 Nov 2020, 00:43

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO IX. CONT.

Entonces crece aún más el furor en los corazones discordes,
y ya los troyanos reunidos en el mismo lugar se agrupan
y osan hacerles frente y salir adelante.
Al caudillo Turno, enfurecido en otra parte
y asustando a los hombres le llega la noticia de que hierve
el enemigo con la nueva matanza y ofrece las puertas abiertas.
Deja lo emprendido y llevado de una ira tremenda
corre a la puerta dardania y contra los hermanos orgullosos.
Y tumba primero arrojando su lanza a Antífates
(pues era el primero en presentarse), bastardo del noble Sarpedón,
de madre tebana: vuela el ítalo cornejo
por el aire sutil y clavado en el estómago se esconde
en lo hondo del pecho; devuelve la gruta de la negra herida
un río de espuma y se empapa el hierro del pulmón atravesado.
Luego a Mérope y Erimanto con su mano y tumba a Afidno,
luego a Bitias con los ojos en llamas y el ánimo excitado,
no con la jabalina (pues a una jabalina no habría dado él su vida),
sino que disparó con intenso silbido una falárica sacudida
a modo de un rayo, que ni dos pieles de toro
ni la loriga fiel, de oro y doble escama,
resistieron; caen desastados sus miembros enormes,
exhala la tierra un gemido y resuena sobre el gran escudo.
Así cae a veces en la costa eubea de Bayas
un pilar de piedra que con grandes moles construyen
antes y lo lanzan al mar; inclinado,
se precipita y se queda clavado en el fondo;
se revuelven las aguas y se elevan las negras arenas,
y entonces tiembla del ruido la alta Prócida e Inárime,
duro lecho impuesto a Tifeo por orden de Jove.
Marte entonces poderoso en las armas, ánimo y fuerzas
dio a los latinos y puso en su pecho estímulos agrios,
y envió a los teucros el negro Temor y la Huida.
Llegan de todas partes, pues se les da ocasión de combatir,
y el dios de la guerra se mete en su pecho.
Pándaro, cuando ve derribado el cuerpo de su hermano
y en qué lugar se halla la fortuna y cómo andan las cosas,
atranca la puerta con gran violencia girando los goznes
y empujando con sus anchos hombros, y a muchos de los suyos
deja fuera del recinto en trance difícil;
mas a otros los cierra consigo y los recibe corriendo,
¡loco!, sin ver al rey rútulo en medio de la tropa,
que irrumpe y queda además encerrado dentro de la ciudad,
como un tigre tremendo entre corderos indefensos.
Al punto brilló en sus ojos una nueva luz y las armas
resonaron horribles, en su casco tremolan las crestas
de sangre y despide con su escudo rayos brillantes.
Reconocen los Enéadas la odiada cara, turbados de repente,
y los miembros inmensos. El gran Pándaro entonces
salta y lleno de ira por la muerte del hermano
exclama: «No es éste el palacio de la dote de Amata,
ni Ardea recibe a Turno en los muros patrios.
Estás viendo un campo enemigo, no hay forma de escapar.»
Turno le replica sonriente con pecho sereno:
«Empieza tú, si te atreves, y cruza conmigo tu diestra;
contarás a Príamo que aquí también has encontrado a Aquiles.»
Así dijo. El otro con todas sus fuerzas blande
y arroja su lanza llena de nudos y con la corteza;
le recibieron las auras. Desvió Juno Saturnia
el golpe inminente y se clava la lanza en la puerta.
«No escaparás tú de esta arma que maneja con fuerza
mi diestra, ni es como tú el que ahora golpea»:
así dice, y salta con la espada en alto
y entre las sienes por mitad le parte con el hierro
la frente y las jóvenes mandíbulas con espantosa herida.
Suena el golpe, la tierra se ve sacudida por el enorme peso,
cubre el suelo al morir con los miembros derribados
y las armas sangrientas de sesos, y en partes iguales
le cuelga la cabeza acá y allá sobre uno y otro hombro.
Se dispersan huyendo de miedo temblorosos los troyanos,
y si al punto el vencedor se hubiera cuidado
de romper con su mano los cerrojos y abrir las puertas a sus compañeros,
habría sido aquél el último día de la guerra y de un pueblo.
Mas la locura y el ansia de matar insana, furioso
lo lanzaron contra los de enfrente.
Primero se ocupa de Fáleris y Giges al que corta el jarrete,
luego toma las lanzas de los que huyen y se las arroja
a la espalda, Juno le brinda ánimos y fuerzas.
Les siguen Halis y Fégeo, con el escudo atravesado:
luego, ignorantes en los muros que seguían combatiendo,
Alcandro y Halio, Noemón y Prítanis.
A la derecha del terraplén, esforzado con su vibrante espada
ve venir a su encuentro a Linceo llamando a sus amigos;
su cabeza quedó en el suelo, lejos, junto al casco,
arrancada de cerca de un solo golpe. Después a Amico,
el exterminador de fieras, mejor que el cual otro no había
en untar las flechas con la mano y armar el hierro de veneno,
y a Clitio el Eólida y a Créteo, el amigo de las Musas,
Créteo de las Musas compañero, a quien siempre placían
versos y cítaras y marcar el ritmo con las cuerdas,
siempre caballos y armas cantaba y las guerras de los hombres.
Acuden por último los jefes de los teucros enterados
de la matanza de los suyos, Mnesteo y el fiero Seresto,
y dispersados ven a sus compañeros y al enemigo en casa.
Y Mnesteo: «¿A dónde huís, a dónde?», dice.
«¿Es que tenéis más muros u otras murallas más allá?
¿Un solo hombre, ciudadanos, rodeado del todo
por vuestras defensas causará impunemente
estrago tan grande en la ciudad? ¿Mandará al Orco a tantos
de los mejores jóvenes? ¿No os da pena, cobardes y vergüenza
del gran Eneas y de la pobre patria, de los antiguos dioses?»
Encendidos con tales palabras se animan y en línea cerrada
se detienen. Turno salía del combate poco a poco
y el río buscaba y la parte que ciñen las olas.
Con bríos mayores acuden por esto los teucros con gran griterío
y apretaban el cerco como cuando con nubes de flechas
acosa la partida al cruel león, y él, asustado,
feroz, mirando fieramente retrocede y ni el valor ni la ira
le permiten echar a correr, ni puede revolverse en contra
aun deseándolo, entre las flechas y los hombres.
No de otro modo, dudando, Turno vuelve sus pasos
sin prisa hacia atrás y su ánimo se enciende de rabia.
Aún dos veces se lanzó en medio de sus enemigos,
y dos veces les puso en fuga desordenada por los muros;
pero rápidamente acuden a la vez todos los hombres del campo
y no se atreve Juno, la hija de Saturno, a darle en su contra
fuerzas bastantes, pues Júpiter mandó a la aérea Iris
desde el cielo llevando a su hermana órdenes terminantes,
si Turno no salía de las altas murallas de los teucros.
Y es que no resiste ya el joven ni con el escudo
ni con su diestra, así se ve acosado por los dardos
que le arrojan por doquier. De repicar no cesa en sus huecas
sienes el casco y se rajan por las piedras los sólidos bronces,
y ha perdido los penachos y en su cabeza no aguanta el escudo
los golpes; redoblan sus disparos los troyanos
y el propio Mnesteo, como un rayo. Corre el sudor entonces
por todo su cuerpo y forma (respirar ya no puede)
un río de pez, un doloroso jadeo sacude sus miembros agotados.
Así que, finalmente, se arrojó al río de cabeza
con todas sus armas. Él en su amarillo remolino
lo acogió al caer y lo sacó fuera sobre plácidas olas,
y feliz lo devolvió a sus compañeros, limpio de sangre.

FIN DEL LIBRO IX


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Miér 18 Nov 2020, 00:46

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO X.

Se abre la mansión del todopoderoso Olimpo entretanto
y llama a asamblea el padre de los dioses y rey de los hombres
en la sede sidérica de donde en lo alto todas las tierras
y el campo de los Dardánidas contempla y los pueblos latinos.
Toman asiento en las salas de dos puertas, comienza él mismo:
«Poderosos habitantes del cielo, ¿por qué así han cambiado
vuestras opiniones y tanto porfiáis con ánimo inicuo?
Había yo decidido que Italia no hiciera la guerra a los teucros,
¿a qué esta discordia contra mis órdenes? ¿A unos y otros
qué miedo ha llevado a empuñar las armas y provocar la guerra?
Vendrá el momento justo (no lo adelantéis) para el combate,
cuando la fiera Cartago al alcázar romano un día
cause gran exterminio y abra los Alpes;
entonces será bueno competir en odios y entonces usar la fuerza.
Dejadlo ahora y sellad contentos unpacto detregua.»
Júpiter así en pocas palabras; mas la áurea Venus
no poco le repuso:
«Padre mío, oh, poder eterno sobre hombres y cosas
(pues ¿qué otra cosa hay que implorar ya podamos?).
Viendo estás cómo provocan los rútulos y Turno se pasea
orgulloso en sus caballos y avanza henchido por un Marte
propicio. Las murallas, aun cerradas, no cubren ya a los teucros;
se traban los combates y se llenan los fosos de sangre.
Eneas sin saberlo está lejos. ¿No dejarás ya nunca
que se levante el sitio? Otra vez amenaza el enemigo los muros
de la naciente Troya y de nuevo otro ejército,
y otra vez se alza desde la Arpos etolia el Tidida
contra los teucros. Así que creo que faltan sólo mis heridas,
y siendo hija tuya estoy esperando las armas mortales.
Si sin tu aprobación y en contra de tu numen los troyanos
vinieron a Italia, que laven su pecado y no les brindes
tu auxilio; si, por el contrario, tanto oráculo siguieron
que les daban dioses celestes y Manes, ¿por qué puede nadie
cambiar ahora tus órdenes y por qué fundar nuevos hados?
¿Para qué mencionar el incendio de las naves en la costa ericina,
para qué al rey de las tormentas y los vientos furiosos
lanzados desde Eolia, o a Iris enviada por las nubes?
Ahora incluso a los Manes (esto era cuanto quedaba
por probar) provoca y Alecto, enviada de pronto a lo alto,
anda como loca por las ciudades de Italia.
Nada me mueve ya el imperio. Lo hemos estado esperando,
mientras hubo fortuna. Que venzan quienes quieras que venzan.
Si ninguna región deja para los teucros tu esposa
cruel, padre mío, por las ruinas humeantes de Troya
destruida te pido: permíteme sacar de entre las armas
incólume a Ascanio, deja que sobreviva mi nieto.
Que Eneas se vea arrojado a aguas desconocidas, sea,
y que vaya por donde le consienta Fortuna:
pero que sea yo capaz de proteger a aquél y librarlo de una cruel guerra.
Mía es Amatunte, más la alta Pafos y Citera
y las moradas ¡dalias: que abandone las armas y pueda
pasar aquí sus años sin gloria. Manda que Cartago
aplaste a Ausonia con gran poder; nada estorbará entonces
a las ciudades tirias. ¿De qué ha servido evitar de la guerra
la peste y haber escapado entre las llamas argivas,
y haber pasado tantos peligros en el mar y la vasta tierra
mientras buscan el Lacio los teucros y una Pérgamo renacida?
¿No habría sido mejor establecerse en las postreras cenizas de la patria
y en el solar en el que Troya estuvo? Devuélveles, te pido,
el Jano y el Simunte, pobres de ellos, y concede a los teucros, padre mío,
de nuevo revivir los avatares de Troya.» Entonces Juno soberana,
gravemente enojada: «¿Por qué me obligas a romper
un silencio profundo y a desvelar con palabras un dolor secreto?
¿Quién de los hombres o de los dioses empujó a Eneas
a emprender la guerra y llegar enemigo ante el rey Latino?
A Italia llegó por impulso de los hados (sea),
empujado por las locuras de Casandra. ¿Acaso le hemos animado
a dejar su campamento y encomendar su vida a los vientos?
¿O a confiar a un niño el mando de la guerra y sus muros,
o a turbar la lealtad tirrena y a unos pueblos tranquilos?
¿Qué dios lo puso en peligro o de los nuestros qué cruel
poder? ¿Dónde está aquí Juno, o Iris enviada por las nubes?
Es injusto que los ítalos rodeen la Troya que nace
con llamas y que Turno se establezca en la tierra de sus padres,
siendo Pilumno su abuelo y su madre la diva Venilia.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Miér 18 Nov 2020, 00:47

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO X. CONT.

¿Y qué si los troyanos atacan a los latinos con negra tea,
someten a su yugo campos ajenos y el botín se llevan?
¿Y qué si roban suegros y arrancan de su regazo a las prometidas,
piden con la mano la paz y cuelgan las armas de sus popas?
Tú puedes salvar a Eneas de manos de los griegos,
y ocultarlo en la niebla y los vientos inanes,
y puedes convertir sus barcos en otras tantas Ninfas,
¿y me estará a mí vedado ayudar un poco a mi vez a los rútulos?
“Eneas sin saberlo está lejos”: pues que lejos esté y no lo sepa.
Tuyas son Pafos y el Idalio, tuya la alta Citera:
¿por qué provocas a una ciudad preñada de guerras
y a unos ásperos corazones? ¿Acaso yo intento destruir el lábil poder
de los frigios? ¿Yo? ¿Y quién enfrentó a los pobres troyanos
con los aqueos? ¿Cuál fue el motivo de que Asia y Europa
se alzasen en armas y un rapto rompiera sus pactos?
¿Guiado por mí el adúltero dardanio entró en Esparta,
o le di yo las flechas y fomenté la guerra con la ayuda de Cupido?
Entonces debieron tener miedo los tuyos; tarde te alzas ahora
en injusta protesta y promueves vanas disputas.»
Con tales palabras hablaba Juno, y se agitaban todos
los habitantes del cielo con parecer diverso igual que en los bosques
cuando atrapados los soplos primeros se agitan y levantan murmullos
invisibles anunciando a los marinos los vientos que llegan.
Entonces el padre todopoderoso que ostenta el mando de las cosas
comienza (mientras él habla calla la alta morada de los dioses,
tiembla la tierra desde el fondo, el alto éter enmudece,
se posan entonces los Céfiros y aquieta el mar su plácida llanura):
«Recibid, pues, estas palabras mías y clavadlas en vuestros corazones.
Puesto que no es posible unir a ausonios y troyanos
en un pacto ni encuentra su final vuestra discordia,
sea cual sea la fortuna que hoy tiene cada cual, sea
como sea la esperanza que labra, rútulo o troyano, no haré yo distinciones,
bien que por los hados de los ítalos se asedie el campamento,
bien por un mal paso de Troya y siniestros presagios.
Y no libro a los rútulos. Las propias empresas darán a cada uno
fatigas y fortuna. Júpiter será el rey de todos por igual.
Hallarán los hados su camino.» Por los ríos de su hermano estigio,
por los torrentes de pez y las orillas del negro remolino
asintió, e hizo también el Olimpo entero con su gesto.
Así acabó de hablar. Júpiter se alzó entonces en su trono
de oro, y en corro lo llevan al umbral los habitantes del cielo.
Prosiguen entre tanto los rútulos en torno a todas las puertas,
a los hombres tumban de muerte y rodean de llamas las murallas.
Mas la legión de los Enéadas se mantiene asediada en su encierro
y ninguna posibilidad de huir. Están los desgraciados en las altas torres
inútilmente, y en rala corona ciñen los muros
Asio el Imbrásida y Timetes Hicetaonio
y los dos Asáracos y Tímber, ya mayor, con Cástor,
la primera línea; a éstos acompañan ambos hermanos
de Sarpedón, Temón y Claro, de la alta Licia.
Acmón Lirnesio toma esforzándose con todo el cuerpo
un enorme peñasco, parte no pequeña de un monte,
ni menor que Clitio su padre ni que su hermano Menesteo.
Unos se esfuerzan por defender con lanzas, otros con piedras,
en preparar más fuego y en montar en la cuerda las flechas.
Y él mismo entre todos, justísima cuita de Venus,
míralo: el niño dardanio con su hermosa cabeza cubierta
resplandece como una gema que divide el oro amarillo,
ornato del cuello o la cabeza, o como incrustado
con pericia en el boj o en el terebinto de Órico
luce el marfil; su cuello de leche recibe el cabello
suelto que un aro ciñe de blando oro.
También a ti, Ísmaro, te vieron magnánimos pueblos
dirigir tus golpes o armar las cañas con veneno,
noble hijo de la casa meonia donde pingües cultivos
trabajan los hombres y el Pactolo los riega con oro.
Allí estaba Mnesteo también, a quien ennoblece la gloria
primera de haber expulsado a Turno del bastión de los muros,
y Capis, de quien toma su nombre la ciudad de Campania.
Unos y otros libraban los combates
de una dura guerra: en medio de la noche Eneas surcaba las aguas.
Pues cuando de parte de Evandro llegó al campo etrusco,
se presenta ante el rey y al rey dice su nombre y su linaje,
qué es lo que busca y qué ofrece, las armas que Mecencio
se está ganando, y le cuenta la violencia del pecho
de Turno; qué confianza merecen las cosas de los hombres
le advierte y mezcla sus ruegos. Tarconte no duda
en prestarle su apoyo y sellan la alianza; los lidios entonces,
por voluntad de los dioses y libres del destino, suben a las naves
bajo el mando de un jefe extranjero. El barco de Eneas,
el primero, lleva en el espolón leones frigios
y el Ida en lo alto, gratísimo a los teucros fugitivos.
Allá va sentado el gran Eneas y consigo da vueltas
a los varios sucesos de la guerra, y, a su izquierda, Palante
clavado a su lado le pregunta bien por las estrellas, la ruta
en una noche oscura, bien por cuanto pasó por mar y por tierra.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Miér 18 Nov 2020, 00:49

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO X. CONT.

Abrid, diosas, ahora el Helicón y entonad vuestro canto,
qué fuerzas van siguiendo desde etruscas riberas
a Eneas y arman sus naves y se dejan llevar por el agua.
Másico surca el primero las olas con su tigre de bronce;
con él un grupo de mil jóvenes, cuantos las murallas de Clusio
dejaron y la ciudad de Cosas, que tienen por armas las flechas
y las ligeras aljabas sobre los hombros y los arcos mortales.
Con él el torvo Abante: toda su tropa relucía
con armas insignes y su nave con un Apolo de oro.
Seiscientos le había dado la ciudad de Populonia,
jóvenes expertos en la guerra, y trescientos Ilva,
isla generosa de inagotables minas del metal de los cálibes.
El tercero, aquel célebre intérprete de hombres y dioses, Asilas,
a quien los nervios de los animales y las estrellas del cielo obedecen
y las lenguas de los pájaros y los fuegos presagiosos del rayo;
lleva a mil en formación cerrada erizada de lanzas.
A éstos les manda obedecer Pisa, ciudad alfea de origen
y etrusca de solar. Sigue el bellísimo Ástir,
Ástir fiado en su caballo y en sus armas multicolores.
Trescientos más le suman (con una sola voluntad de acudir)
los que viven en Cere, los de los campos del Minión,
y la vieja Pirgos y la insana Graviscas.
No podía yo olvidarte, fortísimo en la guerra Cúnaro,
jefe de los lígures, y Cupavón, seguido de pocos,
en cuya cabeza se yerguen las plumas del cisne
(Amor, vuestro crimen) y el recuerdo de la forma paterna.
Pues cuentan que Cicno de duelo por el amado Faetonte,
entre las frondas de los chopos y la sombra de sus hermanas
mientras canta y consuela su triste amor con la Musa,
alcanzó una canosa vejez de blanda pluma,
dejando las tierras y ganando con su voz las estrellas.
Su hijo, acompañando a tropas de su edad en la flota,
impulsa con los remos el enorme Centauro: altísimo
asoma en el agua y con una gran roca amenaza
a las olas y surca el mar profundo con larga quilla.
También Ocno lleva su ejército desde las riberas paternas,
hijo de la adivina Manto y del río etrusco,
que te dio a ti los muros, Mantua, y el nombre de su madre,
Mantuca rica en antepasados, si bien no todos de la misma raza;
tiene una triple estirpe con cuatro pueblos bajo cada una,
ella misma cabeza de estos pueblos; sus fuerzas, de sangre etrusca.
De aquí también Mecencio arma a quinientos en su contra
a los que desde el padre Benaco, cubierto de glaucas cañas,
el Mincio llevaba al mar en nave de guerra.
Va, majestuoso, Aulestes en lo alto y golpea las olas
con cien remos, espuman las aguas al agitarse el mármol.
Lo lleva el inmenso Tritón que espanta a las olas azules
con su caracola; al nadar aparece como hombre
su híspida figura hasta el costado, en pez acaba el vientre
y murmura el agua espumante bajo el pecho del monstruo.
Tantos escogidos capitanes iban en treinta naves
en ayuda de Troya y cortaban con el bronce los campos de sal.
Y ya el día había dejado el cielo y la madre Febe
recorría el centro del Olimpo con noctámbulo carro.
Eneas (pues no da el cuidado reposo a sus miembros),
sentado, gobierna el timón y dirige las velas.
Y he aquí que, a mitad de camino, le sale al encuentro
el coro de sus compañeras las Ninfas, a quienes había ordenado
la madre Cibeles ser diosas del mar y de naves
Ninfas las hizo; nadaban a la vez y surcaban las olas,
igual que antes sus proas de bronce se erguían en las playas.
Reconocen de lejos a su rey y lo rodean en corro;
Cimódoce, la mejor de ellas para hablar, se coloca
detrás y agarra su popa con la diestra y saca la espalda
al tiempo que rema con la izquierda en las aguas calladas.
Y sin que la conozca así, le dice: «¿Estás despierto, Eneas,
hijo de dioses? Sigue despierto y da soga a tus velas.
Somos nosotras, los pinos de la sagrada cumbre del Ida
hoy Ninfas del mar, tu flota. Cuando a nosotras,
prestas para zarpar, el pérfido rútulo a hierro y fuego nos amenazaba,
rompimos sin quererlo tus amarras y te hemos buscado
por el mar. Esta forma nos dio la madre, piadosa,
y nos mandó ser diosas y pasar bajo las olas la vida.
Pero es que el niño Ascanio está detrás del muro y los fosos,
en medio de las flechas y los latinos erizados de guerra.
Los jinetes arcadios ya están en los lugares señalados
con los etruscos valerosos; es firme opinión de Turno,
para que no lleguen al campamento, hacerles frente antes.
Así que, ¡arriba!, y en cuanto llegue la Aurora
llama a las armas a tus aliados y empuña el escudo que invicto
te dio el señor del fuego y lo cercó con bordes de oro.
La luz de mañana, si no tomas en vano mis palabras,
contemplará montones ingentes de rútulos muertos.»
Así dijo, y al retirarse empujó con la diestra la alta
nave con gran habilidad: escapa ella entre las aguas
más veloz que una lanza y que la flecha que alcanza a los vientos.
Después las demás aceleran la marcha. Nada sabiendo atónito se queda
el troyano Anquisíada, mas levanta su ánimo con el augurio.
Entonces suplica brevemente mirando la bóveda del cielo:
«Alma Madre Idea de los dioses que el Díndimo amas
y las ciudades llenas de torres y los leones uncidos bajo el yugo:
tú eres ahora mi guía en la lucha; cúmpleme con bien
el augurio y asiste a los frigios, diosa, con pie favorable.»

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Miér 18 Nov 2020, 00:50

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO X. CONT.

Sólo esto dijo, y entretanto corría ya el día de nuevo
con luz madura y había puesto en fuga a la noche;
ordena al punto a sus aliados seguir sus órdenes
y que dispongan su ánimo para las armas y se apresten al combate.
Y tiene ya a la vista a los teucros y su campamento
de pie en lo alto de su popa, cuando alzó en la izquierda
el escudo de fuego. Lanzan un grito a los astros
los Dardánidas desde los muros, nueva esperanza sus iras enciende,
arrojan dardos con la mano como cuando bajo negras nubes
hacen señales las grullas estrimonias y rompen el éter
con sus graznidos y evitan los Notos con clamor gozoso.
Y asombroso parece todo esto al rey rútulo y los jefes
ausonios, hasta que pueden ver vueltos hacia la costa
los barcos y el mar llenarse por completo de naves.
Le arde el yelmo en la cabeza y deja caer de lo alto
su llama el penacho y gran fuego vomita el escudo de oro.
No menos que cuando lúgubres enrojecen en la noche
limpia los cometas de sangre o el ardor de Sirio,
el que trae a los mortales enfermos la sed y los morbos
nace y entristece con siniestra luz el cielo.
Sin embargo, no abandonó su confianza al bravo Turno
en ocupar primero la playa y arrojar de tierra a los que llegaban:
«Aquí está lo que pedisteis con vuestros votos, aplastarlos con la diestra.
El propio Marte está en manos de los hombres. Acordaos ahora
cada cual de su esposa y su casa, recordad ahora las grandes
hazañas, la gloria de los padres. Corramos antes al agua
mientras dudan y vacilan sus primeros pasos al desembarcar.
A los audaces ayuda la fortuna.»
Esto dice y medita en su interior a quién mandar puede
al combate y a quién confiar los muros asediados.
Entretanto Eneas hace bajar de las altas naves
por puentes a sus compañeros. Muchos observan el reflujo
del mar al descender y se lanzan de un salto a los bajíos
y otros por los remos. Tarconte, explorando la orilla,
por donde vados no espera y la ola no murmura al romperse
sino que llega el mar inofensivo en creciente oleada,
hace virar de pronto la proa y pide a sus hombres:
«Ahora, tropa escogida, caed sobre los fuertes remos;
levantad, moved las naves, hended con las quillas
esta tierra enemiga y que se abra su propio surco la carena.
Y no dudo en estrellar mi nave en tal atracada
si con ello me apodero de esta tierra.» Luego que dijo esto
Tarconte, se alzaron sobre los remos sus compañeros
y metieron en los campos latinos las naves espumantes,
hasta poner en seco los rostros e ilesas
varar todas las carenas. Mas no tu nave, Tarconte:
pues clavada en los vados mientras pende en un bajío
peligroso vacilando largo rato y las olas fatiga,
se deshace y lanza al agua a los hombres
a quienes estorban los trozos de los remos y los bancos
que flotan y al tiempo la ola les arrastra de los pies en su reflujo.
Y no entretiene a Turno torpe retraso, sino que toma raudo
todo su ejército contra los teucros y frente les hace en la playa.
Dan la señal. Eneas fue el primero en atacar a las agrestes
tropas, augurio del combate, y abatió a los latinos
matando a Terón, gran guerrero que a Eneas desafiaba
por su voluntad. A él con la espada y por las escamas de bronce
y la túnica áspera de oro le bebe en el costado abierto.
Y luego hiere a Licas, quien fue sacado de su madre ya muerta
y consagrado a ti, Febo: ¿a qué fin de pequeño
pudo librarse de la suerte del hierro? Y al duro Ciseo no lejos
y al enorme Gías que rompían con maza las líneas
arrojó a la muerte; de nada les valieron las armas
de Hércules ni la fuerza de sus manos ni el padre Melampo,
compañero de Alcides mientras le impuso la tierra
graves trabajos. Y ahí Farón: mientras se jacta con voces vanas,
blandiendo la jabalina se la clava en la boca que grita.
Tú también, Cidón infeliz, mientras seguías a tu nuevo goce,
a Clitio, al que amarilleaban las mandíbulas con su primer bozo;
abatido por la diestra dardania, olvidando de los amores
de los jóvenes que nunca te faltaban, digno de compasión yacerías
si no hubiera salido a su encuentro, compacta, la cohorte
de los hermanos, la progenie de Forco en número de siete y que siete dardos
lanzan; parte rebotan contra el yelmo y el escudo
inútiles, parte los desvía la madre Venus cuando silban
junto a su cuerpo. Se dirige Eneas al fiel Acates:
«Pásame dardos, que ni uno arrojará en vano mi diestra
contra los rútulos de los que en las llanuras de Troya
se clavaron en el cuerpo de los griegos.» Toma entonces una gran lanza
y la arroja: ella, volando, traspasa el bronce del escudo
de Meón y rompe a la vez la coraza y el pecho.
Acude en su ayuda su hermano Alcánor y con la diestra
sujeta al hermano que cae: otra lanza le atraviesa el brazo
y se escapa y mantiene su camino ensangrentada,
y del hombro le cuelga por los tendones la diestra moribunda.
Numitor entonces sacó la lanza del cuerpo de su hermano
y la envió contra Eneas, mas no se le dio
alcanzarle de lleno y rozó el muslo del gran Acates.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Miér 18 Nov 2020, 00:52

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO X. CONT.

Aquí acude Clauso con su cuerpo juvenil fiado
en los de Cures, y hiere de lejos a Dríope con rígida lanza
blandida con fuerza, bajo el mentón y atravesando la garganta
cuando hablaba, le quita a la vez la voz y la vida. Golpea
él con su frente la tierra y arroja por la boca espesa sangre.
Abate también de diversas maneras a tres tracios
del noble linaje de Bóreas y a tres que envía
el padre Idas y la patria Ismara. Acude Haleso
y el grupo de auruncos, llega también la prole de Neptuno,
Mesapo señalado por sus caballos. Tratan de rechazarse
unos y otros: se combate en los mismos umbrales
de Ausonia. Como a lo ancho del cielo, discordes,
traban combate los vientos con ánimo y fuerzas iguales
sin que ninguno ceda, ni el mar, ni las nubes;
incierta largo tiempo parece la lucha y todos se alzan contra todos:
no de otro modo la línea troyana y la línea latina
se enfrentan, el pie se pega al pie, hombres apretados contra hombres.
Mas en otra parte, por donde un torrente arrastraba
rodando muchas piedras y arbustos arrancados de la orilla,
a los arcadios no acostumbrados a aguantar ataques a pie,
Palante cuando les vio dar la espalda al Lacio que les perseguía
porque la difícil naturaleza del lugar les había hecho
soltarlos caballos, última solución en situaciones desesperadas,
ya con ruegos, ya con amargas palabras su valor enciende:
«¿A dónde huís, compañeros? Por vosotros y por vuestras hazañas,
por el nombre de nuestro rey Evandro y las guerras ganadas
y por mi esperanza, que me nace ahora émula de la gloria de mi padre,
no os confiéis a vuestros pies. Un camino hay que abrir con la espada
entre los enemigos. Por donde más denso es el cerco de soldados,
por ahí os llama con vuestro jefe Palante la patria sagrada.
Ningún poder divino nos acosa, mortales somos atacados
pon un enemigo mortal; la misma fuerza tenemos y las mismas manos.
Mirad: el mar nos encierra con la gran barrera de sus aguas
y no hay ya tierra para huir. ¿Vamos al piélago o a Troya?»
Esto dice, y se arroja en medio del apretado grupo de enemigos.
Frente le hace el primero enviado por hados inicuos
Lago. A éste, mientras arranca un peñasco de gran peso,
le clava un dardo disparado y se lo mete donde el espinazo
separa las costillas, y el asta recibe
clavada en sus huesos. No logra Hisbón sorprenderlo
aunque lo intentaba; pues se le adelanta Palante
cuando corría enfurecido y por la muerte cruel del compañero
incauto, y clava su espada en el pulmón hinchado.
Busca después a Estenio y a Anquémolo de la antigua
estirpe de Reto, el que osó mancillar el lecho de su madrastra.
También vosotros, gemelos, caísteis en las llanuras rútulas,
Larides y Timbro, prole parecidísima de Dauco,
indiscernible para los suyos y grata confusión de sus padres;
mas hoy Palante os infligió crueles diferencias.
Pues a ti, Timbo, la espada de Evandro te arrancó la cabeza;
a ti, Larides, como suyo te busca la diestra cortada
y saltan los dedos moribundos y aún empuñan el hierro.
A los arcadios encendidos por la arenga que contemplaban de su héroe
las gloriosas acciones, dolor y pudor les arman contra los enemigos.
Luego Palante atraviesa a Reteo que escapaba junto a él
en su carro. Esto y sólo esto sirvió a Ilo de retraso;
pues contra Ilo iba dirigida desde lejos la fuerte lanza
cuyo camino Reteo interceptó, óptimo Teutrante,
huyendo de ti y de tu hermano Tires, y arrojado del carro
hiende medio muerto los campos de los rútulos con sus talones.
Y como cuando según su voto se levantan los vientos
en verano y enciende en los bosques el pastor fuegos dispersos,
y de pronto si alcanzan el centro se extienden por los anchos
campos en un hórrido frente de Vulcano mientras él, victorioso,
se sienta a contemplar las llamas triunfantes:
no de otro modo se agrupa todo el valor de los compañeros
en tu ayuda, Palante. Mas Haleso, fiero en la guerra,
se lanza en su contra y se protege tras sus armas.
Acaba así con Ladón y Ferete y Demódoco,
con la brillante espada cercena a Estrimonio la diestra
lanzada contra su garganta; con una piedra hiere el rostro de Toante
y dispersa sus huesos mezclados con los sesos ensangrentados.
Su padre, previendo el destino, había ocultado a Haleso en los bosques;
cuando anciano cerró los ojos blanquecinos con la muerte,
pusieron su mano las Parcas y lo consagraron de Evandro
a las armas. Contra él se dirige Palante rezando así primero:
«Da, padre Tíber, ahora fortuna a este hierro que pienso
lanzar y un camino a través del pecho del duro Haleso.
Tu encina tendrá estas armas y los despojos de ese hombre.»
Y lo escuchó el dios; mientras Haleso a Imaón protegía,
ofrece el infeliz su pecho inerme a la flecha arcadia.
Mas no deja Lauso, parte notable de la guerra,
que se espanten sus tropas por muerte tan señera: a Abante
mata el primero al hacerle frente, nudo y soporte del combate.
Caen los hijos de Arcadia, caen los etruscos
y vosotros, teucros que con vida escapasteis de los griegos.
Se enfrentan las líneas con caudillos y fuerzas iguales;
los últimos empujan el frente y la multitud no deja
que se muevan ni manos ni armas. Les insta y anima de un lado Palante
y del otro Lauso, que no se llevan mucho en edad;
gallardos de presencia, la Fortuna les había negado
el retorno a la patria. No toleró, sin embargo,
que se enfrentasen el que reina en el gran Olimpo;
les aguarda en seguida su destino bajo un enemigo más grande.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 19 Nov 2020, 00:53

VIRGILIO. (70 AC - 19 AC)

LA ENEIDA

LIBRO X. CONT.

Entretanto su divina hermana a Turno aconseja
relevar a Lauso, y con carro volador corta el centro de las líneas.
Cuando ve a sus hombres: «Es hora de dejar el combate;
haré frente yo solo a Palante, Palante es cosa mía.
¡Cómo me gustaría que de espectador estuviera su padre!»
Esto dice, y salieron sus compañeros del campo, según se les mandaba.
Y, al retirarse los rútulos, pasmado el joven de la orgullosa orden
se asombra ante Turno y por su cuerpo enorme
lleva sus ojos y con fiera mirada en todo se fija de lejos,
y con tales palabras replica a las palabras del rey:
«Yo seré celebrado por conseguir despojos opimos
o por una muerte gloriosa; con las dos suertes se conforma mi padre.
déjate de amenazas.» Avanza luego al centro del campo;
helada corre la sangre en las entrañas de los arcadios.
Turno saltó de su carro, se dispone a enfrentársele
a pie, y como el león cuando ve desde alta atalaya
en el campo a lo lejos un toro que se apresta al combate
salta raudo, no otra es la imagen de Turno avanzando.
Cuando creyó que éste estaba al alcance de sus lanzas,
ataca Palante el primero, por si la suerte al audaz amparaba
de fuerzas desiguales, y dice así al cielo inmenso:
«Por la hospitalidad de mi padre y las mesas que visitaste,
Alcides, te pido, asísteme en esta gran empresa.
Que me vea quitarle moribundo las armas llenas de sangre
y lleven los ojos de Turno al morir mi victoria.»
Oyó Alcides al joven y ahogó un gran suspiro
en lo profundo del pecho y derramó lágrimas vanas.
Entonces habla el padre a su hijo con palabras de amigo:
«Fijado está el día de cada cual, breve e irreparable el tiempo
de la vida es para todos; mas al valor prolongar corresponde
la fama con hazañas. Al pie de las altas murallas de Troya
cayeron muchos hijos de dioses y con ellos murió también
Sarpedón, mi propia descendencia; también sus hados
llaman a Turno y llega al final del tiempo concedido.»
Así dice y de los campos de los rútulos aparta sus ojos.
Palante por fin arroja con gran fuerza su lanza
y saca de la hueca vaina la espada reluciente.
Aquélla, volando, cae donde termina el reparo
del hombro y abriéndose camino entre los bordes del escudo
mordió por último el gran cuerpo de Turno.
Turno a su vez la madera que acaba en punta de hierro
blande largo tiempo y contra Palante la arroja, y así exclama:
«¡Mira si mi arma no es más penetrante!»
Había dicho, y el escudo, tantas capas de hierro y de bronce
al que tantas veces da vuelta una piel de toro,
la punta lo traspasa por el centro con golpe vibrante
y perfora la defensa de la loriga y el pecho enorme.
Arranca Palante en vano el arma caliente de la herida:
por el mismo camino salen la sangre y la vida.
Cayó sobre la herida (sobre él resonaron sus armas)
y besa al morir con boca ensangrentada la tierra enemiga.
Turno alzándose sobre él:
«Acordaos, arcadios -dice- de mis palabras y llevadlas
a Evandro: le devuelvo a Palante según ha merecido.
Sea cual sea el honor de un túmulo, sea cual sea el consuelo de un sepulcro,
se lo concedo. No le va a costar poco de Eneas
la hospitalidad.» Y así que hubo hablado aplastó con el pie
izquierdo al muerto robándole del cinturón el peso enorme
con el crimen grabado: el grupo de jóvenes asesinados
a la vez en la noche de bodas horriblemente y los lechos de sangre,
que había trabajado en mucho oro el Eurítida Clono;
con este despojo pasea Turno en triunfo, gozoso por tenerlo.
¡Corazón de los hombres que ignora el destino y la suerte futura
y respetar soberbio la medida en la ocasión favorable!
Día vendrá en que el gran Turno deseará haber cobrado
un buen rescate por la vida de Palante y odiará estos despojos
y esta hora. Mas sus compañeros entre lágrimas y muchos gemidos
se llevan en gran número a Palante sobre su escudo.
¡Ay, tú, que volverás gloria grande y dolor a tu padre!
Este día primero te metió en la guerra y este mismo te saca,
y dejas, sin embargo, de rútulos montones inmensos.
Y ya llega volando hasta Eneas la fama no sólo de desgracia
tan grande, sino la cierta noticia de que están los suyos
cerca de la muerte, que es tiempo ya de auxiliar a los teucros en retirada.
Siega con la espada cuanto cae a su alcance y enfurecido
se abre ancho sendero entre las tropas con el hierro, Turno,
buscándote a ti, orgulloso de la sangre reciente. Palante, Evandro,
todo está en sus ojos, las mesas primeras que le acogieron
extranjero y las diestras unidas. Aquí a los cuatro
jóvenes hijos de Sulmón y a otros tantos que Ufente criara,
los coge vivos para inmolarlos a las sombras en sacrificio,
y regar con sangre de cautivos las llamas de la pira.
Luego dispara de lejos contra Mago la lanza enemiga:
éste la esquiva con astucia y pasa la lanza silbando por encima,
y así dice, suplicante agarrado a sus rodillas:
«Por los Manes de tu padre y la esperanza de Julo que crece
te suplico que guardes esta vida para mi hijo y para mi padre.

CONT.


_________________
PASCUAL LOPEZ SANCHEZ

"DUE LACRIME LUBRIFICANO IL DORSO DELLA MANO". ERRI DE LUCA.

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