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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 15 Dic 2020, 09:27

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LAS GEÓRGICAS

LIBRO III. TRAD. EUGENIO DE OCHOA. CONT

Tanto el que se dedica a la cría de caballos, ganoso de alcanzar el premio de las palmas olímpicas, como el que cría robustos novillos para la labranza, debe, ante todo, atender a elegir bien las madres. Las mejores vacas son las que tienen la mirada torva, la cabeza grande, la cerviz muy gruesa, papadas que cuelgan desde el morro hasta las rodillas y el lomo muy largo; han de tener además todos !os miembros grandes y también la pezuña, y orejas muy velludas bajo los enroscados cuernos. Ni me desagradan tampoco las que tienen la piel manchada de hermosas pintas blancas ni las que se resisten al yugo y embisten a veces con bravura y ademán de toro, y recias y corpulentas, van barriendo con la cola, al andar, sus propias pisadas. La edad de ser madres acaba antes de los diez años y empieza después de los cuatro; fuera de este término, ni sirven para la cría ni tienen fuerzas para la labranza. Durante aquel período, que es lo que dura la lozana juventud de los ganados, da suelta a los machos, sé el primero en echarlos a padrear, y repón así la raza de una en otra generación. Huyen los primeros para los míseros mortales los mejores días de la vida; luego sobrevienen las enfermedades y la triste senectud y los trabajos, y al fin nos arrebata la inclemencia de la despiadada muerte. Siempre tendrás reses que desees reemplazar; renueva, por consiguiente, de continuo tu ganado. No aguardes a perderlas para reemplazarlas; anticípate a su fin y obtén nuevas crías todos los años.

El mismo cuidado has de tener con los caballos: desde muy tiernos han de ocupar tu atención los que destines a perpetuar su especie. El potro de buena casta lleva siempre en la dehesa la cabeza levantada y bracea con gallardía; siempre va delante de los demás, es el primero a aventurarse en un río peligroso o en un puente desconocido, no se espanta de vanos estrépitos, tiene la cerviz erguida, la cabeza sutil, el vientre corto, la grupa carnosa, muy abultado el animoso pecho. Son excelentes los alazanes y los bayos; los peores son los blancos y los cenicientos. Si oye el buen potro a lo lejos ruido de armas. no acierta a estarse quieto, aguza las orejas, todos sus miembros se estremecen y arroja por la nariz fuego en vez de aliento. Ondea su espesa crin sobre el brazuelo derecho, el espinazo le forma una canal en medio de los lomos, escarba la tierra y la hace resonar fuertemente con el recio casco. Tal era Cilaro, domado por las riendas de Pólux Amicleo; tales fueron los dos caballos del carro de Marte; tales también los del carro del grande Aquiles, tan celebrados por los poetas griegos. Tal pareció el mismo Saturno cuando, en figura de caballo, sacudió la crin al ver llegar a su esposa, y en su rápida fuga, llenó con agudos relinchos el alto Pelión.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 15 Dic 2020, 09:28

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LIBRO III. TRAD. EUGENIO DE OCHOA. CONT

Cuando empezare a decaer el caballo, vencido de enfermedades o de los años, métele en la caballeriza y da descanso a su noble vejez. Frío ya para la monta el caballo viejo, vanamente se empeña en un afán ingrato, y cuando llega a la amorosa lid, arde sin fruto, cual fogarada de paja. Así, pues, atiende ante todo al brío y a la edad del caballo padre; cerciórate de su raza y cualidades, de si es sensible a la ignominia del vencimiento y a la gloria del triunfo. ¿No has observado, cuando en la lucha se lanzan los carros al palenque, disparados de las barreras, cómo exalta a los mancebos el ansia de vencer, y cuál les palpita el corazón al temor de la derrota? Con el retorcido látigo aguijan a sus caballos, y echado el cuerpo hacia adelante, les largan toda la rienda; vuelan los ejes, hechos brasa. Ya se los ve cabizbajos; ya, soberbiamente erguidos, parece que, arrebatados por los vientos, van a remontarse a los espacios etéreos. No hay tregua, no hay descanso; levántanse remolinos de roja arena; la espuma y el resuello de los tiros que los siguen mojan sus espaldas. ¡Tanto los punza el amor de la gloria y el afán de vencer!

Erictonio inventó los carros y fue el primero que se atrevió a uncirles cuatro caballos y a sostenerse arrogante sobre las rápidas ruedas. Cabalgando en ellos, los lápitas Peletronios los acostumbraron al freno y a los escarceos y los enseñaron a botar alborozados bajo el peso del armado jinete y a bracear soberbios. Ambos trabajos son igualmente duros y para ambos buscan igualmente los ganaderos potros fogosos y muy corredores, pues siempre el caballo viejo vale poco, por más que muchas veces haya acosado en el alcance al desbandado enemigo y tenga por patria a Epiro y a la fuerte Micenas y traiga su origen del mismo Neptuno.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 15 Dic 2020, 09:30

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LIBRO III. TRAD. EUGENIO DE OCHOA. CONT

Esto observado, y atentos a la estación conveniente, ponen los criadores todo su cuidado en engordar con pingües pastos al caballo que eligen para cabeza y padre de la yeguada; para él cortan las primeras hierbas y le dan puras aguas de río y mucha cebada, a fin de evitar que sucumba a las dulces fatigas a que está destinado y que se reproduzca en una prole desmedrada y lánguida la debilidad del padre. Al mismo tiempo se procura que enflaquezcan las yeguas, y cuando empiezan a aguijarlas los ya probados ardores del deseo, hay que quitarles el forraje y apartarlas de las fuentes; a veces se les quebrantan los bríos haciéndoles dar largas carreras al sol a la hora en que se baten en la era las trilladas mieses y revuelve el céfiro en el aire las livianas pajas. Hácenlo así, a fin de que una excesiva gordura no estreche en las hembras el camino de la generación, antes reciban sedientas su germen fecundo y lo absorban en sus recónditos senos.

Concluido el cuidado de los padres, empieza el que ha de tenerse con las madres. Cuando están ya muy adelantadas, no hay que uncirlas a los pesados carros, ni consentir que retocen, ni que huyan corriendo por los prados, ni que pasen a nado impetuosos ríos; antes conviene que pazcan en dehesas solitarias y a la margen de caudalosas corrientes, entre el musgo y las verdes hierbas de los ribazos, donde haya cuevas en que se recojan y altos peñascos que las cubran con su sombra.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 15 Dic 2020, 09:32

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LIBRO III. TRAD. EUGENIO DE OCHOA. CONT

En los bosques del Silaro y en los poblados cascajares de Alburno abunda mucho el insecto a que los romanos dan el nombre de asilo, que los griegos traducen por el de oestron (1) [(1) El tábano.] Dañino y tenaz, produce al volar un áspero zumbido, a cuyo son se dispersan, espantadas, las reses por las selvas; hierve el aire con bramidos que conmueven los árboles y las riberas del sediento Tanagro. Con esta plaga cebó Juno en otro tiempo sus horribles iras en la vaca Ío, hija de Ínaco. Como en la fuerza del calor es cuando más se embravece, cuida mucho de que no acose entonces a las madres, y para eso no saques tus ganados a pastar sino a poco de salir el sol o cuando ya los astros traen consigo la noche.

Después que hubieren parido, convierte todo tu cuidado hacia los becerros. Lo primero es imprimir les con un hierro candente la marca de su torada y la señal que indique los que se destinan a la reproducción y los que se guardan para ofrecer sacrificios en los altares o para arar los campos y revolver la tierra erizada de quebrantados terrones; los demás se sueltan a pastar en los verdes prados.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 15 Dic 2020, 09:33

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A los que destines a la labranza, empieza a enseñarles y a domarlos desde que son becerrillos, aprovechando la blanda y mudable condición de los primeros años. Átales lo primero a la cerviz un ronzal muy flojo de flexibles mimbres; luego, para que se acostumbren a la servidumbre sus cuellos no domados todavía, unce dos becerros iguales al mismo yugo y oblígalos a igualar el paso. Bueno será que a menudo les hagas tirar de un carro vacío cuando aún estampan apenas sus huellas en el polvo; luego ya pueden hacer rechinar un eje de haya bajo un gran peso y arrastrar las ruedas unidas por un herrado timón. Darás entre tanto a los chotos aún indómitos, no solamente grama y sabrosas hojas de sauce y las ovas que nacen en las lagunas, mas también alcaceles cogidos por tu propia mano. Cuando tus vacas están recién paridas, no llenes con su leche los blancos cantarillos, cual solían nuestros mayores, sino deja que la gasten toda en engordar a sus regalados hijos. Pero si te inclinas más a las cosas de la guerra y a los fieros escuadrones, o a deslizarte en un rápido carro por las orillas del Alfeo de Pisa o en el bosque de Júpiter, pon tu principal cuidado en la cría de caballos, acostumbrándolos a ver armas y escaramuzas bélicas, y al ruido de los clarines y al rechinar de las ruedas, y a oír en la cuadra el retintín de los frenos; alborócenlos también cada vez más los elogios de su dueño y las sonoras palmadas con que, al celebrarlos, les acaricie el cuello. A todo esto debe hacerse apenas destetado, y a presentar de grado la boca al blando cabestro, aunque sin fuerza aún, tímido e inexperto; pero, cumplidos los tres años y entrado en los cuatro, es menester que aprenda a dar vueltas, a echar el paso a compás y a doblar alternadamente los brazos cual si con ellos fuera a cavar la tierra. Desafíe entonces a los vientos en la carrera, y volando por el campo sin límites, como si no llevara riendas, estampe apenas sus pisadas en la superficie de la arena, semejante al aquilón cuando se precipita furioso desde las regiones hiperbóreas y dispersa los turbiones y las áridas nieblas de la Escitia. Las altas mieses y las pobladas campiñas se estremecen a su apacible soplo, crujen las copas de los árboles, y largas oleadas van a estrellarse en las riberas; vuela él en tanto, barriendo juntamente en su carrera los campos y los mares. El caballo así enseñado o brillará en los estadios de la Élide, revolviendo en la boca una sangrienta espuma, o arrastrará con el flexible cuello el guerrero carro de los belgas. Una vez domados tus potros, ya puedes dejar que engorden, dándoles abundante pienso, mas no antes, pues entonces cobran sobrados fuegos y se resisten al castigo y al duro freno por más que se los sujete. Pero el medio mas seguro para dar vigor, así a los toros como a los caballos, es tenerlos apartados de las hembras y de los estímulos del ciego amor. Por eso conviene relegar a los toros lejos de la vacada, en solitarias dehesas, al otro lado de un monte o de un ancho río, o bien tenerlos encerrados junto a abundosos pesebres, porque la vista de las hembras les menoscaba poco a poco las fuerzas y los abrasa, a punto que ni aun se acuerdan de los prados ni de las hierbas. Y sucede también que muchas veces ellas, con los dulces halagos, impulsan a sus fieros amantes a cornearse entre sí con furor. Pasta en dilatada selva hermosa becerra; ellos en tanto se embisten con poderoso empuje, haciéndose numerosas heridas; negra sangre corre por sus cuerpos y se traban de los cuernos con espantosos bramidos que hacen retumbar las florestas y el vasto Olimpo. Los que una vez han reñido no pueden ya parar juntos en un establo; antes el que quedó vencido él mismo se destierra a apartados y desconocidos lugares, llorando su afrenta y los golpes del soberbio vencedor; y volviendo los ojos a sus perdidos amores no vengados, y a su establo nativo, abandona los prados en que dominaron sus padres; mas es para rehacer sus bríos con todo afán. Tenaz en su propósito de venganza, pasa las horas tendido sobre las duras guijas, apacentándose de punzantes cardos y de espinosos carrizos. Allí se ejercita en topar furioso los troncos de los árboles, y cornea al aire, y se ensaya a la pelea, esparciendo con los pies nubes de polvo.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 15 Dic 2020, 09:35

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Luego que ya ha recobrado todo su brío y rehecho sus fuerzas, sale a campaña y se precipita sobre su enemigo, ya olvidado de él; tal en medio del piélago se ve blanquear a lo lejos una ola e irse acercando a la playa, donde como una montaña se desploma y estalla con estrépito entre las peñas; hierve arremolinado el fondo de las aguas y arroja a la superficie negras arenas.

De esta suerte, en la tierra todos los linajes de los hombres y de las fieras, y todos los ganados, y los habitantes del mar y las pintadas aves, todos se precipitan ciegos en las ardientes furias del amor; el amor es el mismo en todos. En ningún otro tiempo vaga mas rabiosa por los campos la leona, olvidada de sus cachorros; en ninguno siembran mayores ruinas y estragos por los campos los informes osos; entonces anda furioso el jabalí; entonces más que nunca es de temer el tigre. ¡Ay del que atraviesa entonces los desiertos de la Libia! ¿No observas cómo se estremecen de pies a cabeza los caballos con solo que el viento les traiga el conocido olor de las yeguas? Y entonces no bastan a contenerlos ni el freno del jinete, ni el cruel azote, ni los peñascos, ni los derrumbaderos, ni los opuestos ríos que arrastran en su raudal descuajados cerros; hasta el cerdo sabélico se precipita y aguza los colmillos, escarba la tierra con los pies, restriega el lomo contra los árboles y aquí y allí aveza su cuerpo a las heridas. ¿De qué no es capaz el mancebo en cuyos huesos ha infundido su fuego un vehemente amor? Solo, en una noche oscura, cruza a nado el golfo revuelto por deshechas borrascas; encima de su cabeza truena la inmensa bóveda del cielo, y braman los mares, estrellándose en las peñas; y ni todo esto, ni los ruegos de sus afligidos padres, ni los de la virgen cuya miserable muerte ha de seguir a la suya, alcanzan que retroceda.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 15 Dic 2020, 09:39

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¿Qué no acometen, en sus ciegos ardores, los manchados linces de Baco, y la casta cruel de los lobos y los perros? ¿Qué batallas no mueven entre sí los tímidos ciervos? Pero en esta furia del amor no tienen igual las yeguas; la misma Venus les infundió su espíritu en aquel tiempo en que las cuadrigas de Potnia despedazaron a dentelladas los miembros de Glauco. El amor las arrastra a transponer el Gárgara y la estruendosa corriente del Ascanio; trepan por los montes y cruzan los ríos a nado. Cuando invade sus ávidas medulas el fuego del amor, sobre todo en primavera (que es la estación en que vuelve el calor a los huesos), súbense a las altas rocas, y allí se están, vueltas del lado de donde sopla el céfiro, aspirando las sutiles auras, y muchas veces, ¡oh maravilla!, sin otro ayuntamiento alguno, las fecunda el viento solo. Entonces se dispersan desatentadas por los peñascales y las profundas cañadas, no hacia los sitios de donde vienes, ¡oh Euro!, ni hacia donde nace el sol, ni a la parte de donde soplan el Bóreas y el Cauro, o el negro Austro, que entristece el cielo con lluviosos fríos. Entonces es cuando destilan del útero el espeso veneno a que los pastores dan el nombre de hipomanes, el cual suelen recoger las malditas madrastras para mezclarlo con hierbas y conjuros. Pero mientras, embebecidos con el amor, divagamos de esta suerte, el tiempo huye, huye para no volver. Basta ya de los ganados mayores; falta tratar otra parte de nuestro asunto, cual es el ganado lanar y las cerdosas cabras. Mucha faena es su crianza para vosotros, ¡oh robustos labradores!, pero de ella debéis esperar gran prez. No se me oculta cuán difícil empresa es tratar en alto estilo de estas cosas tan humildes y darles poético atavío; pero una dulce afición me arrastra a las desiertas cimas del Parnaso; pláceme ir a los collados donde nadie hasta ahora ha estampado sus pisadas por aquellas apacibles laderas que bajan a la Castalia fuente. Ahora, ¡oh venerada Pales!, ahora es tiempo de levantar la voz.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Miér 16 Dic 2020, 14:59

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Lo primero es menester que las ovejas se alimenten con hierbas en los abrigados establos hasta que torne el frondoso verano, y echarles sobre el duro suelo mucha paja y haces de helecho para que el excesivo frío no dañe a las tiernas crías y les produzca sarna y repugnantes paperas. Después de esto, quiero que vayas a coger para tus cabras hojas de madroño y agua fresca del río, y que dispongas tus majadas al Mediodía, resguardadas de los vientos en invierno, hasta que a fin del año empieza el frío Acuario a desatarse en fecundas lluvias. No menores cuidados reclaman las cabras, ni es menos el provecho que dejan, por más que teñidos con la púrpura de Tiro, sean de gran valor los vellones milesios. No solo dan más crías, sino también mas leche; cuanto más sus exprimidas ubres llenan los espumantes cantarillos, en mayor abundancia manan de ellas blancos raudales. Fuera de esto, también se esquilan las blancas barbas del chivo nacido a orillas del Cinifo, y sus largas cerdas, que se aprovechan en los reales y de que se hacen ropas para los pobres marineros. En las selvas y en las cimas del Liceo pastan las espinosas zarzas y las matas que nacen en los lugares fragosos, y por sí solas se vuelven a los rediles, trayéndose sus cabritillos y tan cargadas de leche las ubres, que les cuesta trabajo pasar los umbrales. Ten, pues, sumo cuidado en preservarlas de las nieves y de los vientos fríos, tanto más cuanto ellas ninguno tienen de sí, y preveles pasto abundante, hierbas y ramas de árboles. Mientras esté el tiempo metido en nieblas, no les cierres tus pajares; mas cuando en alas de los céfiros torna el alegre verano, suelta a una y otra clase de ganado por los bosques y las vegas. Al primer albor de la mañana, apenas despunta la estrella Lucifer, salgamos a los frescos prados, mientras la escarcha blanquea todavía el césped y esmalta el rocío las tiernas hierbas, nunca más que entonces sabrosas para el ganado. Luego, cuando la cuarta hora trae la sed con sus ardores y las querellosas cigarras atruenan con su canto los matorrales, haz que lleven a tus ganados a abrevarse en los pozos o en los hondos estanques, de donde sale el agua corriente distribuida en canales de madera. Durante los recios calores de mediodía, busca algún valle sombrío, donde extienda desde el añoso tronco sus grandes ramas la robusta encina, consagrada a Júpiter, o donde cubran con su sagrada sombra la oscura floresta abundosas carrascas. Dales entonces nuevamente dulces aguas y déjalas pastar de nuevo hasta que se ponga el sol a la hora en que el frío Véspero templa el ambiente y la luna, ya velada de vapores, restaura los bosques y canta el alción en las riberas y el jilguerillo en las matas.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Miér 16 Dic 2020, 15:01

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¿Para qué he de hablarte en mis versos de los pastores de la Libia y de sus dehesas y de sus es casas chozas? Muchas veces sucede que sus rebaños se están en los pastos todo el día y toda la noche, y durante un mes entero andan errantes por aquellos largos desiertos, sin hallar ninguna majada. ¡Tan dilatado es el espacio que tienen delante. Todo lo lleva consigo el ganadero africano, su vivienda, sus lares, sus armas, su perro de Amiclea y su aljaba cretense, no de otra suerte que el soldado romano, intrépido en las guerras por su patria, cuando se pone en marcha, abrumado bajo una excesiva carga y va a plantar sus reales delante de la desprevenida hueste enemiga.

No así entre los pueblos de la Escitia, donde está la laguna Meótides, donde el turbio Istro arrastra rojas arenas, y donde el Ródope dilata sus tortuosas sierras hasta el polo del Norte. Allí acostumbran encerrar en establos a los ganados, porque ni se ve hierba en los campos ni verdura en los árboles, antes la tierra informe yace sepultada bajo montones de nieve y hielo que se levantan a una altura de siete codos. Reina allí un perpetuo invierno; siempre soplan allí los fríos vientos Cauros: jamás el sol ahuyenta las pálidas sombras, ni cuando llega con sus caballos a lo más alto del firmamento, ni cuando precipita su carro en las rojas ondas del Océano. Cuájanse súbitos témpanos en las corrientes de los ríos y ya el agua sustenta en su superficie ferradas ruedas; hospitalaria antes para las naves, eslo ahora para los anchos carros.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Miér 16 Dic 2020, 15:02

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Hasta los metales suelen rajarse con el rigor del frío; los vestidos se ponen rígidos sobre las carnes, hay que partir con hachas el helado vino, todas las lagunas se truecan en sólido hielo y las crespas barbas se erizan con duros carámbanos. Entre tanto no cesa un punto de nevar: perecen los ganados; entre montones de hielo se ven tendidos corpulentos bueyes; manadas enteras de ciervos quedan presas y entumecidas bajo las moles de nieve y apenas se les divisan por cima de ellas las puntas de las astas. No hay entonces que acosarlos con perros, ni con el engaño de rojas plumas; mientras forcejean en vano contra la montaña de nieve que los oprime, embístenlos de cerca los cazadores con chuzos, y luego que los han muerto en medio de dolorosos bramidos, se los cargan y llevan con grande algazara. Aquellas gentes pasan la vida ociosas y seguras en cuevas subterráneas, donde encienden grandes lumbradas con troncos enteros de robles y olmos; allí emplean la noche en jugar y beber alegremente en vez de vino, copas llenas de un licor hecho con levadura de cebada y manzanas agrias. Así vive libre de todo yugo en los climas hiperbóreos, vestida de rojizas pieles de animales, aquella raza de hombres, siempre azotada por el euro que sopla de los montes Rifeos.

Si atiendes sobre todo a las lanas, lo primero es apartar tus ganados de los matorrales espinosos, de los abrojos y lampazos; huye de los pastos demasiado sustanciosos y no elijas más que ovejas blancas de sedoso vellón; pero si tu morueco, aunque blanco, oculta bajo el húmedo paladar una lengua negra, deshazte de él, no sea que el vellón de su prole salga también con manchas negras, y busca otro en su lugar por toda la campiña, llena de ganados. Con una ofrenda de nevado vellón, es fama, ¡oh Luna! (si tal cosa puede creerse), que te cautivó Pan, dios de la Arcadia, llamándote a los frondosos bosques y tú no desairaste al que te llamaba.


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Si quieres obtener buena leche, tú mismo con tu mano lleva a los pesebres cantueso y abundantes almeces y hierbas saladas; así las ovejas beben con más gana y se les llenan mas las ubres, y así también saca su leche el oculto sabor de la sal. Muchos hay que no dejan a los cabritos ya crecidos acercarse a las madres y les sujetan las tiernas bocas con bozales de alambre. Cuajan a la noche la leche que ordeñan al amanecer o durante el día, y la que ordeñan a la noche o por la tarde la llevan a vender al alba los pastores a la ciudad en canastillos de mimbres o bien la salan un poco y la conservan para el invierno.

No dejes para lo último el cuidado de los perros, antes cría juntamente con pingüe suero los cachorros corredores de Esparta y el fiero mastín moloso; con tales guardas nunca tendrás que temer en tus majadas al ladrón nocturno, ni las incursiones de los lobos, ni que te cojan desprevenido los errantes iberos. También a veces podrás a la carrera perseguir a los tímidos onagros y cazar liebres y gamos con perros: muchas veces también con sus ladridos sacarás a los jabalíes de sus agrestes guaridas, y acosando con vocerío por los montes al corpulento ciervo, le obligarás a caer en tus redes. Acostúmbrate a quemar en tus establos el oloroso cedro y a ahuyentar a las dañinas culebras con el vapor del gálvano. Con frecuencia la víbora, cuyo contacto es tan peligroso, se esconde debajo de los no removidos pesebres, huyendo de la luz, que la asusta; o bien sucede que la culebra, peste cruel del ganado mayor, al cual inficiona con su veneno, acostumbrada a la sombra y a vivir bajo techado, anida en el suelo de las majadas. Entonces, pastor, coge una piedra, coge un palo y descarga recio sobre ella, aunque más se empine amenazándote e hinche su cuello con silbidos. Ya en su fuga ha escondido en tierra la tímida cabeza y todavía se desarrollan las roscas del medio de su cuerpo y las de la cola; la última se va aún arrastrando lentamente. Abunda en los bosques de la Calabria aquella terrible serpiente que, erguida sobre el pecho, revuelve la escamosa espalda y el largo vientre, manchado con grandes pintas, la cual, mientras corren los ríos, mientras la húmeda primavera y los lluviosos austros remojan la tierra, habita en los estanques y en las orillas de los ríos, donde llena su negro e insaciable buche de peces y de parleras ranas. Luego que se secan las lagunas y que la tierra se raja con el calor, sale a seco, y revolviendo los inflamados ojos, asuela los campos, rabiosa con la sed y el ardor que la devora. No seré yo quien vaya a disfrutar en aquellos sitios un apacible sueño a cielo raso ni me tenderé boca arriba sobre la hierba del bosque cuando, mudada la piel y vestida de juventud, se arrastra aquella serpiente por el suelo y dejando en el nido a su cría o sus huevos se empina mirando al sol y vibrando en la boca la trisulca lengua.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Miér 16 Dic 2020, 15:05

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LIBRO III. TRAD. EUGENIO DE OCHOA. CONT

También te enseñaré las causas y las señales de las dolencias que aquejan a los ganados. La repugnante sarna inficiona a las ovejas cuando las penetran hasta lo vivo las frías lluvias y las nieblas erizadas de blancas escarchas, o cuando, recién esquiladas, se les cuaja el sudor en el cuerpo, o bien cuando las desuellan los punzantes zarzales. En tales casos, los mayorales llevan a todo el rebaño a bañarse en los dulces ríos; el carnero, metido en el sitio más hondo, sumerge sus vellones en las aguas y se deja llevar por la corriente, o bien, después de esquilado, le restregan el cuerpo con una mezcla de amargo alpechín, almárgata, azufre vivo, pez del monte Ideo, cera muy crasa, cebolla albarrana, peligroso eléboro y negro betún; pero el remedio más eficaz para estos males es sajar con un cuchillo las prominencias de las úlceras. El vicio de la sangre con estar encubierto se aumenta y encona mientras el pastor no acude a curar las llagas de sus reses y se está sentado pidiendo a los dioses que se las sanen. Y aún aprovecha más, cuando un profundo y acerbo dolor se les mete en los huesos y una ardiente calentura les consume los miembros, dar salida al fuego interno que las abrasa sangrándolas de los pies. Tal es la costumbre de los bisaltas y de los fieros gelonos cuando van fugitivos por el Ródope y por los desiertos de los getas, y beben leche coagulada con sangre de caballo.

Cuando vieres a alguna de tus ovejas o desviarse a menudo de las demás buscando la sombra, o pacer con desgana las puntas de las hierbas, y seguir la ultima al rebaño, o tenderse mientras están pastando las otras, o volver sola al redil ya entrada la noche, ataja al punto el daño con el hierro antes de que cunda el cruel contagio por todo el ganado, incapaz de precaverse. No son tan frecuentes las borrascas que revuelven y alborotan los mares como las enfermedades a que están sujetos los ganados, ni éstas atacan a las reses una a una, sino que invaden de repente dehesas enteras, lo mismo a las tiernas crías, esperanza de la grey, que a los padres y a todo el ganado. Sube si no a los enhiestos Alpes y a los castillos nóricos que se levantan en sus cumbres y a los campos japidios, que riega el Timavo, y aun hoy todavía, al cabo de tanto tiempo, verás desiertas las moradas de los pastores y despoblados en contorno aquellos dilatados bosques. Allí, con la corrupción del aire, se originó en otro tiempo una miserable pestilencia, exacerbada con los excesivos calores del otoño, que hizo perecer todos los ganados, todas las fieras e inficionó las aguas y envenenó los pastos. No todos los animales morían de una misma enfermedad: a unos, abrasadas sus venas por una ardiente sed, se les encogían los miserables miembros, de los cuales les manaba un licor corrosivo que poco a poco les iba carcomiendo los huesos reblandecidos por la peste. Muchas veces sucedió, puesta ya la víctima en el altar para ser sacrificada en honor de los dioses, y mientras le estaban ciñendo las cándidas vendas de lana y las guirnaldas, caer muerta en medio de los sacerdotes, demasiado lentos en herirla; o bien, si el sacrificador se adelantaba a clavarle el cuchillo antes de tiempo, no ardían las entrañas colocadas en los altares ni servían al adivino consultado para dar presagios. Apenas quedaban ensangrentados los cuchillos del sacrificio; solo unas pocas gotas de sangre corrompida llegaban a humedecer la tierra. Por dondequiera los becerros caían muertos en los abundosos pastos y exhalaban el dulce aliento vital al lado de los pesebres llenos. Y sobrevino la rabia a los cariñosos perros; una fatigosa tos ponía convulsos a los apestados cerdos y oprimía sus hinchadas gargantas. Póstrase también el bizarro caballo, olvidado de sus nobles ejercicios y de los pastos, y huye de las fuentes, y cada instante escarba la tierra con el casco, trae las orejas bajas y un sudor sin causa conocida cubre su cuerpo; sudor frío que precede de cerca a la muerte; la piel se le pone seca y dura y resistente al tacto. Éstas son las señales de muerte que dan desde los primeros días; mas cuando empieza a encrudecer la peste, entonces se les arden los ojos; exhalan de lo más hondo del pecho el aliento, intercalado con sordos gemidos; dilátanseles los ijares con recios sollozos; una sangre negra les mana de la nariz y la seca y rígida lengua les oprime las hinchadas fauces. Entonces pareció provechoso echarles vino en la boca con un cuerno, como el solo remedio posible, pero esto mismo les aceleraba la muerte; reanimados un momento, ardían en mayor furia que antes y morían despedazándose a sí mismos con los dientes. Dad, ¡oh dioses!, mejor fortuna a los buenos y reservad esos tormentos a nuestros enemigos. Y he aquí que, respirando fuego bajo la dura reja, se deja caer el toro vomitando espumosa sangre y da las últimas boqueadas, con lo que se retira del campo el angustiado labrador, desuncido ya el otro toro, pesaroso de la muerte de su compañero, y deja hincado en el surco el arado a la mitad de su tarea. Nada ya basta a alegrar a los toros, ni las sombras de los altos bosques, ni los herbosos prados, ni los ríos que entre peñascos se precipitan a la llanura, más tersos que el ámbar; se les descarnan los lomos, un inerte estupor pesa sobre sus ojos y su cerviz se doblega hacia el suelo por su propio peso. ¿Qué les valen sus trabajos ni los beneficios que les debemos? ¿Qué el haber revuelto con la reja las duras tierras? Pues a fe que no causaron su mal los másicos dones de Baco ni las mesas copiosamente servidas; hojas de los árboles y humildes hierbas son su sustento; su bebida, las líquidas fuentes y las aguas de los ríos batidas entre guijas, ni les quebrantan cuidados el saludable sueño.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Miér 16 Dic 2020, 15:07

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LIBRO III. TRAD. EUGENIO DE OCHOA. CONT

Es fama que habiéndose por entonces buscado vanamente en aquellas comarcas bueyes para llevar ofrendas a Juno, hubo que conducirlas en un carro tirado por dos búfalos desiguales. Viose así a los hombres reducidos a arar la tierra con la azada y a hacer la siembra con sus propias uñas y a uncirse resignados a los rechinantes carros para arrastrar los por los altos montes. No tiende ya el lobo sus asechanzas alrededor de las majadas ni ronda por las noches los rebaños; otro afán más acerbo doma sus feroces instintos. Ya los tímidos gamos y los ciervos corredores andan mezclados con los perros y por en medio de las alquerías; ya las olas arrojan a la playa, como cuerpos náufragos, toda clase de peces, hijos del inmenso mar; huyen las focas por los ríos desconocidos para ellas; hasta la víbora muere en sus tortuosas cavidades, que no bastan a defenderla, y también la hidra, atónita entre sus erizadas escamas. Para las mismas aves es mortal el aire, y desplomadas desde las altas nubes, pierden la vida.
A más de esto, de nada aprovecha ya mudar los pastos a los ganados, antes les dañan los mismos remedios que se emplean; danse por vencidos los maestros de la ciencia Quirón, hijo de Filira, y Melampo, hijo de Amitaón. La pálida Tisifone, vomitada de las tinieblas estigias, ejerce sus estragos a la luz del sol, y empujando delante de sí a las enfermedades y al miedo, de día en día levanta más altiva su insaciable cabeza. En las secas orillas de los ríos y en los enhiestos collados resuenan el continuo balar de las ovejas y los bramidos de los toros; manadas enteras mueren de la peste, y hasta en los mismos establos se hacinan los cadáveres destrozados con la horrible infección, hasta que se hace forzoso cubrirlos de tierra y sepultarlos en hoyas, porque ni sus pieles pueden servir para nada, ni hay medio de desinficionar sus carnes ni con agua ni con fuego, ni siquiera es dable aprovechar sus vellones, carcomidos por la podredumbre, ni aun tocar con la mano aquellas lanas corrompidas. Si alguno probaba a vestirse con aquellos repugnantes despojos, al punto se le cubría el cuerpo de ardientes postillas y de un sudor pestífero, y al poco tiempo un misterioso fuego devoraba sus apestados miembros.


FIN DEL LIBRO TERCERO


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 07:38

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LIBRO IV.


[Trata este libro únicamente de la cría de las abejas, de sus costumbres y modo de vivir en maravillosa sociedad, de sus batallas y de las enfermedades a que están sujetas, y por último, de los medios que se emplean para reparar los enjambres, con cuya ocasión refiere la bellísima fábula de Aristeo, a que se enlaza la de los amores y trágico fin de Orfeo y Eurídice.]




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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 07:40

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LIBRO IV.

Ahora voy a proseguir cantando el celestial donde la aérea miel. Atiende también, ¡oh Mecenas!, a esta parte de mi obra, en que diré asombrosos espectáculos de cosas pequeñas, magnánimos caudillos, y referiré por su orden las costumbres, los afanes de todo un linaje de seres, sus especies, sus batallas. De poco momento es la empresa, mas no la gloria que me resultará de ella, si a alguno se la consienten los númenes adversos y me oye el invocado Apolo.

Lo primero es buscar un lugar acomodado para las abejas, en que ni penetren los vientos (porque los vientos les impiden llevar el sustento a la colmena) ni vayan las ovejas y los retozones cabritillos a pisotear las flores, ni la becerra errante por los prados sacuda el rocío de las lozanas hierbas y las tronche y marchite. Lejos estén también de las abundosas colmenas los jaspeados lagartos, los abejarucos y los otros pájaros, y Progne, señalada en el pecho por sus propias ensangrentadas manos, pues talan cuanto los rodea, y a las mismas abejas cuando van volando se las llevan en el pico para servir de sabroso pasto a sus crueles nidadas. Mas haya allí cristalinas fuentes y estanques cubiertos de musgo y un arroyuelo que se deslice entre la hierba, y haga sombra al colmenar una palma o un corpulento acebuche para que cuando a la primavera de su nacimiento los nuevos reyes saquen nuevos enjambres y salgan de los panales revoloteando las tiernas crías, las brinde a guarecerse del calor la cercana orilla, y frontero el árbol les prevenga frondoso hospedaje. Ya esté estancada, ya sea corriente el agua, echa sobre ella ramas de sauce atravesadas y grandes piedras, a fin de que puedan posarse en aquellos continuos puentes y abrir sus alas al estivo sol, bien cuando rezaga das las dispersa el euro, bien cuando las precipita en las aguas. Florezcan en contorno las verdes alhucemas, el oloroso serpol y gran copia de muy fragante ajedrea; abunden también allí las violetas con el mucho riego. En cuanto a las colmenas, ya las formes de cortezas labradas, ya de flexibles mimbres entretejidos, disponles angostas piqueras, porque el invierno con sus fríos endurece la miel y el gran calor la derrite. Ambos extremos son igualmente temibles para las abejas; no en vano tapan ellas en sus moradas con cera todas las rendijas, rellenando cualquier abertura con zumo de liquen y flores, para lo cual también recogen y guardan una liga más tenaz que la goma y la pez del frigio Ida. Muchas veces, si no miente la fama, establecen su vivienda en hoyos bajo de tierra, y aun algunas se han hallado en las hondas grietas de las peñas y en las cavidades de los carcomidos troncos. Tú, empero, baña por fuera de blando barro las porosas colmenas y extiende por cima algunas pocas ramas; no consientas que cerca de ellas haya ningún tejo ni que allí cuezan a la lumbre rojos cangrejos; guárdalas también de las hondas lagunas y de los sitios en que trasciende el cieno, y de aquellos en que resuenan las cóncavas peñas batidas del viento y expiden una adulterada semejanza de la voz.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 07:42

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Réstame añadir que tan luego como el dorado sol impele al invierno a la opuesta parte de la tierra y abre los cielos con su luz estiva empiezan las abejas a discurrir por el monte y las selvas, donde chupan las purpúreas flores y liban ligeras la superficie de las aguas. Con esto, regocijadas por no se cuál dulcedumbre, se dan a cuidar amorosamente su prole y sus celdillas; con esto labran artificiosamente la blanda cera y forman la consistente miel. Cuando en verano vieres un enjambre recién salido de su colmena, que surcando el sereno éter se levanta al firmamento, y te maravilles de cómo se mece en las auras formando una densa nube, obsérvalo bien; siempre las abejas van a buscar aguas dulces y frondosas moradas; entonces, lo que debes hacer es desparramar por el sitio a que se dirigen las hierbas cuyo sabor apetecen, la melisa majada y la grama común de cerinto, y a más haz alrededor ruido de metales y bate los címbalos de la madre Cibeles. Ellas de por sí acudirán al sitio que de esta suerte les hayas aderezado; ellas por su propio instinto irán a albergarse en lo interior de las colmenas.

Mas si su salida fuere para darse batalla (pues muchas veces acontece suscitarse discordia con grande ímpetu entre dos reyes en un enjambre), al punto te lo harán conocer la efervescencia de la muchedumbre y sus guerreros ademanes; el estrépito marcial de una especie de ronco bronce aguija a las morosas, y se oye una voz que imita los quebrantados sonidos de las trompetas. Entonces se agrupan en tumulto, despliegan sus brillantes alas, afilan sus aguijones y aprestan los brazos a la lid, y apiñándose en derredor de su rey, junto a sus mismos reales, provocan al enemigo con grandes clamores. Así, no bien nacen para gozar de la serena primavera y de los dilatados campos, salen en tropel de sus colmenas; trábase la lid, zumba el alto éter, revuélvense unas con otras, formando un gran pelotón, de que muchas ruedan precipitadas. No cae más denso el granizo por el aire ni llueven en mayor número las bellotas de la vareada encina. Por en medio de sus huestes discurren los dos reyes con sus brillantes alas, abrigando en pequeño pecho ánimo grande, empeñados en no ceder hasta que el fiero vencedor obliga a estos o a aquellos a volver la espalda en la fuga. Todas estas iras y estas grandes batallas se sosiegan y acaban en un punto con solo tirar al aire un puñado de tierra.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 07:46

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Mas tan luego como hayas sacado de la lid a los dos caudillos, mata al que te hubiere parecido peor, a fin de que no dañe al enjambre aquella boca inútil, y deja que el mejor reine solo en la recién desocupada colmena. Es éste de un color encendido, salpicado de manchas de oro (pues los hay de dos especies); es también más hermoso y está cubierto de rutilantes escamas; el otro es feo y flojo y arrastra sin gloria un enorme vientre. Así como hay dos especies de reyes, así las hay también de abejas; unas son feas, del color de la tierra, que escupe la reseca boca del sediento caminante cubierto de polvo; las otras son muy hermosas y relucen como el oro; todo su cuerpo está salpicado de pintas iguales. Esta casta es la que más aprovecha, de esta obtendrás en determinada época del año dulce miel, y más que dulce, limpia y a propósito para corregir la aspereza del vino.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 07:48

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Cuando tus enjambres anden revoloteando sin concierto y como indecisos por el aire, y descuidados de los panales, desamparen las frías colmenas, impídeles que se distraigan en esos vanos solaces. No te costará mucho trabajo impedírselo; arranca las alas a los reyes; retenidos estos en la colmena, nadie será osado a remontar el vuelo ni a arrancar las enseñas de los reales. Cuida de que tus fragantes huertos atraigan a las abejas con sus purpúreas flores y de que vigilante Príapo, dios del Helesponto, las guarde de los ladrones y de los pájaros con su hoz de sauce. El que verdaderamente ponga empeño en criar enjambres, es preciso que por sí mismo plante todo en derredor de las colmenas tomillos y pinos traídos de los altos montes; es preciso que en esta dura faena se cuarteen sus manos y que él mismo por sí hinque en tierra las feraces plantas y las fecunde con abundosos riegos. A la verdad que si ya no fuese recogiendo velas, casi al fin de mis trabajos, y no me apremiase el afán de enderezar la proa a tierra, acaso cantaría el arte con que se cultivan y hermosean los fértiles huertos y diría los rosales de Pesto, que florecen dos veces al año; cómo las endibias se regocijan con las corrientes aguas que las riegan, cómo verdean las márgenes cubiertas de apio y cómo crece tortuoso entre la hierba el panzudo cohombro, ni callaría el narciso tardío en florecer, ni los tallos del flexible acanto, ni las pálidas hiedras, ni los mirtos amigos de las riberas. Acuérdome de haber visto, al pie de las altas torres de Obalia, cuyas rubias campiñas riega el negro Galeso, un anciano de Coricia que poseía unas pocas yugadas de un campo abandonado; campo que ni era fértil para pastos de vacadas o de ganado menor ni propicio para viñedo. Allí, sin embargo, cultivando entre los matorrales algunas hortalizas, rodeadas de blancos lirios, de verbenas y de sabrosa adormidera, considerábase igual en riquezas a los reyes, y al tornar a su casa por la noche, cubría su mesa de manjares no comprados. Él era el primero que cogía rosas en primavera y frutas en otoño, y cuando el triste invierno con sus fríos quebrantaba hasta las peñas y atajaba con sus carámbanos la corriente de las aguas, ya empezaba él a podar las ramas del blanco jacinto, motejando al verano de tardío y de perezosos a los céfiros. Sus colmenares eran los primeros que daban fecundos enjambres; él era el primero que sacaba de los exprimidos panales espumosa miel, porque criaba para sus abejas tilos y jugosos pinos; cuantas eran las flores de que se vestían sus árboles en primavera, tantos eran los sazonados frutos que cogía en otoño. Él sabía trasplantar en hileras los olmos ya crecidos, los perales ya duros, los espinos ya cargados de la ciruela injerta y los plátanos, ya bastante hojosos para dar sombra a los bebedores. Pero conozco que me salgo de los rigurosos límites de mi argumento; quédense estas cosas para que otros las celebren después de mí. Ahora voy a hablar de las propiedades de las abejas, que les infundió el mismo Júpiter en premio de haber sustentado a aquel rey del cielo en la cueva Dictea, atraídas por los canoros sones y los batidos címbalos de los Curetes. Las abejas son las únicas que tienen hijos comunes, que viven en sociedad y se rigen por admirables leyes; las únicas que tienen patria y penates fijos; las únicas que, previsoras del venidero invierno, trabajan en verano y previenen repuesto en el centro de sus colmenas. Unas proveen al preciso sustento, y en virtud de esta obligación, salen a trabajar al campo; otras, en lo interior de las colmenas, asientan los primeros cimientos de los panales con el zumo del narciso y el viscoso gluten de las cortezas, de donde suspenden la consistente cera; otras sacan las crías, esperanza de la especie; otras labran la pura miel y bañan con aquel líquido nectar las celdillas. Hay algunas a quienes toca en suerte guardar la piquera, en cuyo cuidado alternan con el de observar las lluvias y los nublados, o recibir la carga de las que llegan, o rechazar en ordenada hueste a la holgazana turba de los zánganos. Hierve la faena; la fragante miel exhala vivos aromas de tomillo. Como los cíclopes, cuando forjan rayos con derretido hierro, unos soplan las fraguas con fuelles de piel de toro, otros templan en las aguas de un lago el rechinante metal; gime el Etna con el estruendo de los martillados yunques. Ellos alternadamente y a compás levantan los brazos con poderoso empuje y con la recia tenaza voltean el amasado hierro; no de otra suerte, si es lícito comparar las cosas pequeñas con las grandes, una ingénita afición a poseer compele a las cecropias abejas a ejercer cada cual su oficio. A las de más edad corresponde el cuidado de la colmena, fortalecer los panales y fabricar las celdillas con artificio digno de Dédalo, tornan cansadas las más jóvenes, ya muy entrada la noche, cargados de tomillo los pies; las plantas de que indistintamente se apacientan son las flores del madroño y las de los verdes sauces, la casia, el amarillo azafrán, la untuosa tila y el morado jacinto. Uno es para todas el descanso, uno para todas el trabajo. A la mañana salen en tropel por la piquera y no paran ni un punto, y cuando a la tarde el véspero las inclina a dejar las florestas y sus pastos, vuelven a su colmena y atienden al reparo de sus cuerpos. Primero zumban y revolotean alrededor de la piquera; luego, recogidas en sus celdillas, están calladas toda la noche, y el necesario sueño se apodera de sus cansados miembros. Nunca se apartan mucho de la colmena cuando llueve ni fían en la serenidad del cielo cuando soplan los euros; antes, guarecidas por las paredes de su reducida ciudad, van a beber por allí cerca y solo se aventuran a breves correrías; a veces cogen chinitas, y a la manera que se lastran las barcas batidas por las olas, se sostienen con ellas en equilibrio sobre las vanas nieblas. Es cosa que maravilla en las abejas, que ni son dadas al amoroso ayuntamiento, ni con él debilitan sus cuerpos, ni paren con esfuerzo; antes con la boca ellas mismas sacan de las hojas y de las suaves hierbas sus hijuelos, y de esta suerte, sin ajeno auxilio, se proveen de su rey y de sus diminutos ciudadanos y reconstruyen sus celdillas y su imperio de cera. Muchas veces les acontece en sus excursiones romperse las alas contra las duras peñas y sucumbir de grado bajo el peso de su carga; ¡a tanto las mueve el cariño a las flores y la gloria de producir miel!

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 08:38

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Así, aunque es breve el término de su vida (pues no pasa de siete años), su especie es inmortal y la fortuna de la colmena persevera muchos años, contándose en ella abuelos de abuelos. Además, ni el Egipto, ni la gran Lidia, ni los pueblos de los partos, ni la Media, que riega el Hidaspes, veneran tanto como ellas a sus reyes. Mientras les vive el rey están en perfecta concordia; una vez perdido, todo pacto queda roto y ellas mismas arrebatan su miel y destruyen los panales. Él vigila los trabajos; las abejas le admiran, le rodean zumbando y como agasajándole a porfía; a veces le levantan en hombros, le cubren con sus cuerpos en la guerra y tienen a gloria arrostrar la muerte por él.

Por estas señales y estos ejemplos han creído algunos que hay en las abejas como un reflejo de la divina mente y un espíritu celestial, por cuanto, estando difundido Dios por todas partes, en la tierra, en los espacios del mar y en el inmenso cielo, es fuerza que de él hayan tornado, al nacer, algún aliento vital todos los animales mayores y menores, y los hombres y todo el linaje de las fieras; a él han de volver, dicen, todos los seres animados después de disueltos, mas no para morir, sino para volar en vida a las estrellas y perpetuarse en el alto cielo.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 08:41

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LAS GEÓRGICAS

LIBRO IV. CONT.

Cuando te pareciere destapar la colmena, ya estrecha para su tesoro de guardada miel, rocíala primero con una bocanada de agua e introduce en ella con tu mano humo que ahuyente a las abejas. Dos veces al año se forman los panales, dos épocas hay en el año para hacer la cosecha: la una, cuando la pléyada Taigete descubre a la tierra su hermosa faz y rechaza con desdeñoso pie las aguas del Océano; la otra, cuando esa misma estrella, huyendo del lluvioso Piscis, baja ya más triste del cielo, en el invierno, a las ondas del mar. Son las abejas en extremo iracundas; cuando se las ofende, sus picaduras son venenosas, y dejando hincado en las venas el oculto aguijón, con la herida que hacen pierden la vida.

Si temes que el invierno ha de ser riguroso, no les quites toda la miel; déjales provisión para en adelante, y compadécete de sus quebrantados ánimos y de su miserable suerte. ¿Quién, en tal caso, titubeará en sahumar las colmenas con tomillo y quitarles la cera inútil? Pues muchas veces acontece que, escondido el lagarto, devora los panales, y que las celdillas se llenan de cucarachas enemigas de la luz, o bien el inútil zángano les roba a su sabor el sustento, o el fiero tábano las acomete con desiguales armas, o las daña de otra suerte la raza destructora de las polillas, o la araña, aborrecida de Minerva, suspende sus flojas redes delante de las piqueras. Cuanto más limpias se vean de tales enemigos, más se afanarán por restaurar las ruinas de su decaído linaje, y más llenarán sus celdillas, y con flores labrarán panales.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 08:44

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LIBRO IV. CONT.

Mas si llegaren a enfermar (pues la vida de las abejas está sujeta a los mismos accidentes que la nuestra), por no dudosas señales podrás conocerlo. Las enfermas al momento mudan de color, horrible delgadez desfigura su aspecto; entonces sacan de las colmenas los cuerpos de las que ya no verán más la luz del día y les hacen tristes exequias. A veces se las ve suspendidas por los pies y trabadas entre sí junto a las piqueras, o bien se apiñan todas en lo interior de su cerrada vivienda, desfallecidas de hambre y entumecidas por el rigor del frío. Óyese a la sazón un rumor más sordo de lo acostumbrado y un continuado zumbar, semejante al del frío austro en las selvas, o al bramido de la mar revuelta con el flujo y reflujo de sus olas, o al violento crujir del fuego en los cerrados hornos. En tales casos, te aconsejo que sahumes tus colmenas con oloroso gálbano e introduzcas miel en ellas con canutos de caña, haciendo además todo lo posible con voces y ademanes por atraer a tus abejas enfermas hacia aquel usado alimento. También aprovecha mezclar con la miel zumo de agallas majadas, rosas secas, espeso arrope muy recocido, pasas psitias, tomillo ateniense y la fragante hierba centáurea. Hay también en los prados una flor a que los labradores han puesto el nombre de amelo, planta muy fácil de hallar, pues echa de un solo tallo multitud de ramas; la flor es de color de oro, pero debajo de las hojas, que en gran profusión se extienden en contorno, brilla el purpúreo matiz de la negra violeta. Muchas veces los altares de los dioses se decoran con guirnaldas de estas flores. Su sabor es desabrido; cógenla los pastores en los valles adonde llevan a pastar sus ganados y junto a las tortuosas corrientes del Mela. Haz cocer en vino generoso las raíces de esta planta y en llenos canastillos ponlas para alimento delante de las colmenas.

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 08:48

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LIBRO IV. CONT.

Mas, por si aconteciere que alguno perdiese de pronto todos sus enjambres sin quedarle casta de donde sacar nuevas crías, tiempo es ya de descubrirte el memorable invento del gran maestro de Arcadia, y de qué manera muchas veces ha producido abejas la sangre corrompida de los terneros muertos; voy a contar esta famosa historia, tomándola desde su primer origen. En aquella región donde los afortunados pueblos de Cánope Peleo cultivan los campos que riegan las aguas del Nilo, estancadas en ellos por frecuentes inundaciones, y dan la vuelta a sus heredades en pintadas falúas; hacia aquella parte por donde lindan con los persas, siempre ceñidos de la aljaba; allí donde fecunda al verde Egipto con sus negras arenas el río que baja desde el país de los atezados indios y se precipita en el mar por siete bocas, cífrase en esta invención el medio seguro de obtener abejas. Eligen primero un sitio estrecho y destinado a este solo uso; lo cubren con un tejado ligero y lo rodean de apretados tabiques, en los que abren cuatro ventanas a los cuatro vientos, por donde entre la luz oblicuamente. Búscase entonces un novillo de dos años, en cuya frente despunten ya dos corvas astas; a pesar de sus esfuerzos, se le quita el resuello, tapándole la nariz y la boca y matándole de esta suerte a golpes, se le difunden por el cuerpo las entrañas maceradas, quedándole la piel entera; así le dejan en la estancia cerrada, después de haber extendido debajo de su cuerpo pedazos de ramas, tomillo y alhucemas recién cortadas. Hácese esto en la estación en que empiezan los céfiros a agitar las olas, antes que se maticen las florestas con nuevos colores y suspenda su nido de las vigas la gárrula golondrina. Fermenta entre tanto en los tiernos huesos del novillo la tibia sangre, y de ella se ven brotar en maravillosa manera multitud de animalillos, primero faltos de pies; luego se revuelven unos con otros, haciendo ruido con las alas y probando cada vez más a levantarse por el aire sutil, hasta que al cabo arrancan a volar impetuosamente como aguacero de verano o como las saetas disparadas del arco cuando los ligeros partos acometen de improviso al enemigo.

¿Cuál dios, ¡oh Musas!, nos descubrió este gran secreto? ¿De dónde vino a los hombres este nuevo experimento?



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 08:51

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LAS GEÓRGICAS

LIBRO IV. CONT.

El pastor Aristeo, huyendo de los vergeles que riega el Peneo, perdidas, según es fama, todas sus abejas por enfermedades y por hambre, sentose desolado junto a la fuente del sacro río, y entre muchos lamentos, dirigió a su madre estas palabras: "Madre mía Cirene, que moras en el fondo de esta corriente, ¿por qué, odioso a los Hados, me formaste de la preclara estirpe de los dioses, si es cierto, como dices, que el tímbreo Apolo es mi padre? ¿Adónde es ido el amor que me tenías? ¿Por qué me mandabas esperar un asiento en el cielo? He aquí que, siendo tú mi madre, tengo que abandonar hasta este mismo glorioso ejercicio de mi vida mortal, al que a costa de tantos afanes me avezaba la vigilante custodia de las mieses y de los ganados. Ea, pues, y tú misma con tus manos descuaja mis lozanas arboledas, lleva el enemigo incendio a mis majadas, destruye mis cosechas, quema mis sembrados, prevén la fuerte hacha para arrasar mis viñedos si tan enojosos te son mis títulos de gloria."

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 08:53

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LIBRO IV. CONT.

Oyó la madre estas palabras desde el fondo del profundo río, rodeada de sus ninfas Drinea, Xanto, Ligea, Filodoce, sueltas sobre los blancos cuellos las nítidas cabelleras, hilando vellones milesios retenidos de color de vidrio. Allí estaban también Nesea, Spio, Talía, Cimodoce, Cidipe y la rubia Lícoris; virgen aquella, esta había probado ya por primera vez los dolores de Lucina; y Clío y su hermana Béroe, hijas del Océano, ambas vestidas de oro y matizadas pieles; y Efira y Opis y Deyopea, hijas del lago Asia; y la veloz Aretusa, depuestas al fin sus saetas. En medio de ellas estaba Clímene recitando los inútiles celos de Vulcano, los ardides de Marte y sus dulces hurtos, y contando los innumerables amores de los dioses desde los tiempos del caos. Mientras, embelesadas con aquellos cantos, tuercen con los husos blandos copos; por segunda vez, los lamentos de Aristeo llegaron a oídos de su madre, y todas las Ninfas se quedaron suspensas en sus cristalinos asientos; pero, mas diligente que sus compañeras, sacó Aretusa por cima de las aguas su rubia cabeza, y mirando en torno, dijo de lejos: "No en vano, ¡oh Cirene, hermana mía! te sobrecogiste al oír aquellos tan grandes lamentos; tu propio hijo Aristeo, lo que más amas en el mundo, está llorando desconsolado junto a la corriente de nuestro padre Peneo, motejándote de cruel." Agitada de nuevos temores la madre al oír estas palabras: "Tráele, tráele pronto aquí con nosotras—exclamó—; derecho tiene a pisar los umbrales de los dioses"; y al mismo tiempo manda al profundo río que se desvíe para abrir paso al mancebo. Rodeáronle las ondas, aglomeradas a manera de monte, y recibiéndole en su vasto seno, le depositaron en el fondo del río. Iba el mancebo contemplando maravillado la morada de su madre y sus palacios cristalinos, los lagos encerrados en cavernas y las resonantes selvas; pasmado de aquel gran movimiento de las aguas, veía todos los ríos que corren por las diversas regiones de la dilatada tierra, el Faso y el Lico, y las fuentes de donde arrancan impetuosamente el profundo Enipeo y el padre Tíber, y aquellas de donde brotan los raudales del Anio y del Hípanis, que corre con estruendo entre peñascales, y el Caíco de Misia y el Erídano, que ostenta en su cabeza taurino dos cuernos de oro, y que es el río que con más violencia se precipita en el purpúreo mar por entre fértiles campiñas. Luego que llegó bajo los pendientes artesones de esponjosa piedra, con que estaba labrado el palacio de Cirene, y que ésta se hubo enterado de la vana aflicción de su hijo, empezaron las Ninfas, sus hermanas, a presentarle por su orden aguamanos y a traerle toallas de fino vellón, mientras otras cubren de manjares las mesas y llenan una y otra vez las copas; en tanto arden en los altares los inciensos panqueos. "Toma estas copas de vino meonio—dijo entonces Cirene a su hijo—; libémoslas en honor del Océano." Y al mismo tiempo dirige sus preces al Océano, padre de todas las cosas, y a las Ninfas sus hermanas, que guardan cien florestas, que guardan cien ríos. Tres veces roció con el líquido néctar la ardiente llama; tres veces la llama, un momento sofocada, rebotó hasta la alta techumbre. Confortado su espíritu con aquel presagio, dio principio en estos términos:

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 08:58

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LIBRO IV. CONT.
"En el fondo del mar Carpacio habita el cerúleo adivino Proteo, que recorre el inmenso piélago en un carro tirado por caballos marinos. Ahora está visitando los puertos de Ematia y Palene, su patria; nosotras las Ninfas, y el mismo anciano Nereo, le tenemos en gran veneración, porque sabe todas las cosas, las que son, las que han sido y las que han de ser. Así lo dispuso Neptuno, cuyos disformes rebaños y horribles focas apacienta en los abismos del mar. Lo primero que has de hacer, hijo mío, es apresarle con lazos para que te explique todo el origen de las enfermedades que padecen tus ganados y dé remedio para ella, porque, si no es por la fuerza, nada te enseñará ni esperes moverle a compasión con ruegos. Una vez cogido, sujétalo bien; así se quebrantarán al fin sus vanas artes. Yo misma, a la hora en que el sol inflama los ardores del mediodía, cuando las plantas desfallecen sedientas y es más grata la sombra al ganado, te conduciré al lugar repuesto donde acostumbra guarecerse el viejo, cansado de bregar con las ondas; así te será fácil acometerle dormido. Mas apenas hayas logrado asirle y amarrarle, se te mudará en varias especies y figuras de alimañas: ya de pronto se trocará en horrible jabalí o en fiero tigre, ya en escamoso dragón o en leona de roja cerviz, o producirá el áspero chirrido de la llama, y bajo esta forma, se saldrá de sus ligaduras o se te escurrirá de ellas convertido en sutiles aguas; pero cuantas veces más sean las figuras en que se te vaya mudando, tú, hijo mío, aprieta más y más sus prisiones, hasta que se torne tal cual le viste cuando empezaba a cerrar sus ojos el sueño."


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 09:07

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LIBRO IV. CONT.

Dice, y difunde un líquido olor de ambrosía, en que baña todo el cuerpo de su hijo, el cual exhala, con esto, de la bien peinada cabellera suaves aromas, y siente circular por todos sus miembros desusado vigor. Hay en la vertiente de un socavado monte una espaciosa caverna, donde, impelidas del viento, penetran de golpe abundantes olas y se dividen formando estrechos remansos; puerto segurísimo a veces para los marineros acosados de la tempestad y en el que suele encerrarse Proteo, resguardado detrás de un gran peñasco; allí la Ninfa colocó al mancebo en el sitio mas oscuro de la cueva, de modo que no le diera la luz; retirándose lejos ella rodeada de densas nieblas. Ya ardía el férvido sirio tostando a los sedientos indios, y el ígneo sol había devorado la mitad del espacio celeste. Yacían las plantas marchitas; secos los cauces de los ríos, los rayos del sol hacían hervir el barro de su hueco fondo requemado cuando Proteo se encaminaba desde las olas al acostumbrado retiro de su cueva; retozando en torno suyo los húmedos habitantes del vasto mar, esparcen a lo lejos un amargo rocío. Multitud de focas se tienden a dormir en la playa. Él, como suele el pastor en las montañas, a la hora en que el véspero llama a los ganados a recogerse de las dehesas a los rediles, y en que los balidos de los corderos aguzan el hambre de los lobos que los oyen, sentose en una peña en medio de su rebaño y empezó a contarle. Entonces Aristeo, aprovechando la ocasión, sin dar tiempo al viejo para entregar al sueño sus cansados miembros, arrójase sobre él con gran clamor, y ya tendido en el suelo, le sujeta las manos con esposas. No olvidado Proteo en tal trance de sus antiguas artes, se transforma en todo linaje de prodigios: ya en fuego, ya en espantosa alimaña, ya en corriente río; mas viendo que con ninguno de sus engaños halla la fuga, toma, vencido su primitiva forma, y habla finalmente así en figura de hombre: "¿Quién te ha mandado, temerario mancebo, venir a mi morada? ¿Que buscas aquí?" "Tú lo sabes, Proteo—respondió el mancebo—; bien lo sabes tú, pues que a ninguno es dado engañarte. Renuncia, pues, a resistirte; siguiendo los preceptos de los dioses, he venido a pedirte oráculos con que reparar mi perdida hacienda." No dijo más. Entonces, por fin, el vate, revolviendo con furia sus ardientes ojos, inflamados de verdinegro resplandor, lanzó un fiero bramido, y con estas palabras descubrió el secreto de los hados: "Un poderoso numen ejerce contra ti sus iras; expiando estás un gran delito; el desventurado Orfeo te suscita, con anuencia de los hados, estos trabajos, aun no tan graves como mereces, y venga cruelmente en ti el rapto de su esposa. Cuando la desdichada virgen condenada a morir huía de ti precipitadamente por las márgenes de los ríos, no vio entre la alta hierba, a sus pies, la hidra horrible que guardaba aquellas riberas. Los coros fraternales de las Dríadas llenaron con sus clamores las cumbres de los montes, lloraron las sierras Rodopeas, el alto Pangeo, la marcial tierra de Reso, los Getas, el Hebro y la ateniense Oritia. Él, consolando con la cítara su amorosa pena, a ti, solo a ti, dulce esposa, cantaba en la solitaria playa al rayar el día, al caer la noche; así llegó hasta las gargantas del Ténaro y las profundas bocas de Dite, y penetró hasta los negros y pavorosos bosques donde están los manes y el tremendo rey, y aquellos corazones que no saben ablandarse con humanos ruegos. Atraídas por sus cantos, iban saliendo de los abismos del Erebo las tenues sombras y los fantasmas de los muertos, tan numerosas como las aves que a bandadas se acogen entre las hojas de los árboles cuando la estrella de la tarde o la lluvia invernal las ahuyenta de los montes; madres, esposos, cuerpos exánimes de magnánimos héroes; niños, doncellas, mancebos arrojados en la hoguera funeral a la vista de sus padres, acudían así por entre el negro cieno y los disformes cañaverales del Cocito, retenidos y cercados por los nueve ramales en que se estancan las densas aguas de la odiosa laguna Estigia. Pasmáronse hasta el mismo averno y los hondos abismos del Leteo y las Euménides, crinadas de cerúleas serpientes; cesó en sus ladridos el trifauce Cerbero y se paró en el aire la rueda de Ixión. Ya se volvía Orfeo, esquivados estos peligros, y ya su recobrada Eurídice se encaminaba con él a las terrenas auras, siguiendo sus pisadas (pues con esta condición se la había devuelto Proserpina), cuando se apoderó del incauto amante un súbito frenesí, muy perdonable en verdad si supieran perdonar los espíritus infernales. Parose ya casi en los mismos límites de la tierra, y olvidado, ¡ay!, del pacto y vencido del amor, miró a su Eurídice; con esto fueron perdidos todos sus afanes y quedaron rotos los tratos del cruel tirano. Tres veces retumbaron con fragor los lagos del averno. Y ella: "¿Qué delirio, Orfeo mío—exclamó—; qué delirio me ha perdido, infeliz, y te ha perdido a ti? Ya por segunda vez me arrastran al abismo los crueles hados; ya el sueño de la muerte cubre mis llorosos ojos. ¡Adiós, adiós!, las profundas tinieblas que me rodean me arrastran consigo, mientras que, ya no tuya, ¡ay!, tiendo en vano hacia ti las débiles palmas." Dijo, y de pronto, cual leve humo impulsado por las auras, se desvaneció ante los ojos de su amante, que en vano pugnaba por asir la sombra fugitiva y decirle mil y mil cosas; no la volvió más a ver, ni el barquero del Orco consintió que otra vez pasase el mancebo la opuesta laguna. ¿Qué hacer? ¿Adónde ir habiéndole sido por dos veces arrebatada su consorte? ¿Con qué llanto podría conmover a los dioses infernales, con qué palabras a los númenes celestes? En tanto Eurídice, yerta ya, iba bogando en la barca infernal por la laguna Estigia. Es fama que siete meses enteros pasó él llorando bajo una altísima peña a la margen del solitario Estrimón, y repitiendo sus desventuras en aquellas heladas cavernas, amansando a los tigres y arrastrando tras sí las selvas con sus cantos. No de otra suerte, la doliente Filomela lamenta entre las ramas de un álamo sus perdidos hijuelos, que, puesto en acecho, le robó del nido, implumes todavía, el despiadado labrador; llora ella toda la noche, y desde la rama en que se posa, repite sus lastimeros trinos, llenando los vecinos bosques con sus desoladas quejas. Así el mísero Orfeo: no hay ya amor, no hay ya himeneo que cautive su corazón; solo con su dolor recorría las heladas regiones hiperbóreas, el nevado Tanais y los campos del Rifeo, siempre cubiertos de escarchas, lamentando su arrebatada Eurídice y los vanos dones de Dite. Menospreciadas de él, por efecto de aquel tan grande amor, las mujeres de los Cicones despedazaron al mancebo en medio de los sacrificios de los dioses y de las nocturnas orgías de Baco y esparcieron sus miembros por los campos, y aun cuando ya el Hebro eagrio arrastraba entre sus ondas su cabeza, arrancada del alabastrino cuello, todavía su voz, todavía su helada lengua iba clamando con desfallecido aliento: ¡Oh Eurídice, oh mísera Eurídice!, y ¡Eurídice, Eurídice! repetían en toda su extensión las márgenes del río." Esto dijo Proteo, y de un salto se precipitó en el profundo mar, arremolinando con la cabeza, en su caída, las espumantes olas. Acudió entonces Cirene, y dirigiéndose a su atemorizado hijo:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 17 Dic 2020, 09:14

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LAS GEÓRGICAS

LIBRO IV. CONT.

"Ahuyenta del pecho—le dijo—tus tristes cuidados. Ya has oído los motivos de la peste que ha destruido tus ganados; por eso, las Ninfas, con quienes Eurídice entonaba coros en las profundas selvas, causaron la miserable destrucción de tus abejas. Tú ahora, suplicante, ve a llevarles ofrendas y a venerarlas implorando paz; las Napeas son fáciles de aplacar, y sin duda aceptarán tus votos y depondrán sus iras; mas antes quiero decirte en qué manera has de invocar su auxilio. Elige cuatro excelentes toros, los más hermosos entre todos los tuyos, que ahora están pastando en las cumbres del verde Liceo, y otras tantas novillas, cuya cerviz no haya aún tocado la coyunda; levanta en los altos templos de las diosas cuatro altares, degüella en ellos las víctimas y ofréceles su sangre en holocausto, dejando los cuerpos abandonados en la umbrosa floresta. Luego, cuando pasados nueve días empiece a rayar la aurora, ofrece en sacrificio a Orfeo adormideras Leteas, da culto a Eurídice, inmolando para aplacar sus manes una becerra; inmola también una oveja negra, y vuelve luego a la selva."
Cumplió al punto el mancebo los mandatos de su madre. Fue a los templos de las Ninfas, levantó los altares que le había prevenido y llevó a ellos cuatro hermosísimos toros y otras tantas novillas, cuya cerviz no había aún tocado la coyunda; luego, cuando al noveno día empezaba a rayar la aurora, ofreció el sacrificio a Orfeo y volvió a la selva.
Entonces, de pronto, contemplaron sus ojos una indecible maravilla: en todas aquellas entrañas corrompidas, en lo interior de todas aquellas reses muertas, zumban innumerables abejas, hierven en las rotas costillas y se remontan por el aire, formando inmensas nubes; luego van a posarse en la copa de un árbol y se suspenden como racimos de las flexibles ramas.
Estas cosas cantaba yo sobre el cultivo de los campos, de los ganados y de los árboles, mientras el gran Cesar esgrimía el rayo de la guerra en las orillas del hondo Éufrates, dictaba vencedor sus leyes a los pueblos domeñados y se abría el camino del Olimpo. Sustentábame por entonces en su regazo la dulce Parténope, a mí, Virgilio, que, dedicando la flor de mi juventud a oscuros solaces, forjé con la ufanía propia de los pocos años, versos pastoriles, y te canté, ¡oh Títiro!, tendido a la sombra de una frondosa haya.

FIN DE LAS GEÓRGICAS


Y aquí, concluimos también con VIRGILIO


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Mensaje por Lluvia Abril el Sáb 19 Dic 2020, 04:50

Excelente tu trabajo, tu tesón, envidiable.

Besos.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Sáb 19 Dic 2020, 05:05

Bueno, de momento aquí se queda Virgilio... quedan muchísimos autores... y otras cosas pendientes. Me lo tomaré con la calma que pueda.


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