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RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ (CUENTOS)

Lluvia Abril
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Mensaje por Lluvia Abril el Lun 06 Jul 2020, 04:29

REPUBLICA DOMINICANA

RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ

(1937 - 1972)


CUENTOS




Desde Vietnam bajo una lluvia de ceniza

(cont.)



¡Jim Smith! Todos serán Jim Smith envueltos en sus frazadas, regresando con el rostro sucio, y no habrán ganado el Osear, porque el Osear fue para Walt Disney, para el Doctor Spock, para la catedral de San Patricio, para la Navidad en Radio City, y no habrá un solo Osear para ellos en las bóvedas de WallStreet, no habrá un Osear para Jossie Brown tampoco, y esto me da mucha pena.
Por eso lo digo, es una tragedia griega. ¿Acaso no lo era también la visión de aquel sucio carnicero del Bronx que odiaba a las niñas de la escuela? Me decían que no, pero yo sabía perfectamente que las odiaba, que ese delantal ensangrentado era un patético aviso de tragedia y me negaba a ver sus manos llenas de coágulos terribles cuando se acercaba a la ventanilla. Sé bien que cualquier día pudo enterrar su cuchillo en la espalda de las niñas y yo no podía soportar callado esa certeza fatal. Es la tragedia griega, desde pequeño me la enseñaron. Donde quiera las mismas voces de la muerte, el mismo terror, la misma sangre en oleadas. Downtown en la noche, los ojos de Mike con su cuchilla relampagueando cerca de mi garganta, Julie con las piernas abiertas sobre la cama "tienes que aprender a hacerlo mejor, flaco ".
Siempre lo he dicho: Aquí no todo es abrir latas de Spam ".
Tiene uno que aprender a girar más rápido que todas estas ruedas, leer el "New York Times" mirando los rascacielos, y aún, nada de eso es suficiente: la televisión puede frenar nuestra alegría en un solo aviso, un sobre en el buzón puede traer la muerte en medio de la selva, en "Ti- me Square" es posible sacrificar un cordero con cara de escolar; Mickey Mande, ante diez millones de espectadores, puede ser aplastado por un casco de acero, y diariamente la multitud será atacada a bayonetazos en los programas de noticias sin que la sangre tiña nuestros zapatos en las habitaciones llenas de mariposas muertas, de agujas partidas y lápices perdidos debajo de las camas: Por eso hay que correr con los pies entre la mermelada y la sopa de espárragos, mirar el marcamillas del "Dodge", y abrir la ducha haciendo trompetillas; nadie te preguntará a qué hora es el desfíle del sexo, porque desde el Africa vendrán tambores y correrán los monos sueltos por toda la ciudad con sus esquinas incendiadas y entonces tú tendrás la libertad de dejarte arrastrar a grandes velocidades sobre las camillas del "New Hospital': y verás a Dean Martin sobre los palos de bandera saludando a las multitudes que se aprestan a escapar entre los "Subways". y tus pies pisarán alegremente sobre la cara verde de los dollars, mientras muchas personas escupen en cada puesto de periódicos y las niñas abortan en las cloacas de Madison Avenue: Es la manera de buscar la paz, la única manera de no quedar con las manos cortadas de una vez.
¡Atención, Atención! Un cohete despega desde Palisade Park, por favor no molestar a los niños que juegan a ignorarlo todo! LSD, LSD, LSD, el cohete llevará esas letras y todos repetirán seriamente: "LSD. LSD, LSD... " La fiesta no es la fiesta, es sólo un manera de no perderlo todo. Yo siempre me quedaré en los lugares donde el aire pueda levantarles las faldas a las mujeres, donde las pisadas no remuevan el lodo ensangrentado, donde Mary CoIlins sea un nombre y no Coronel Collins.
Un coronel quemando el periódico con un cigarro explosivo, quemando los anuncios de los cines, las crónicas de Bob Considine, el retrato de Anita Eckberg.
Prefiero el juego con las figuras negras, este juego que veo extenderse por toda la habitación, con las figuras que me caen sobre la cama, desde el techo, que dan contra los cristales. Ahí está en el suelo, junto a la mesa, la cabeza de Phillip, con su traje de combatiente de Korea.
Mamá vendrá a recogerla dentro de un instante. Phillip también preferirá este juego y no sería yo solo en este cuarto, seríamos los dos mirándonos la cara, "seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡cero! Atención, atención! Dos cohetes han despegado desde "New York University", favor de no molestar a Phillip, que va durmiendo ":
Yo no puedo dormir, me apasiona esta fiesta, esa corrida de toros que habrá en un momento en Harlem. Le colocarán banderillas a un policía y mamá estará en una ventana mirándolo y pidiendo a voces que no acabe la corrida, que traigan a otro policía después de ese, y luego a otro, y a otro, hasta que ya no queden más policías y entonces se ofrecerá ella misma con tal de que la fiesta no termine, y hasta ofrecería el cadáver de Phillip. Yo no dejaré que le pongan banderillas a Phillip.
El no volvió, pero ellos sí vendrán. Dirán que no, que se llamaban Jim Smith. Todos los Jim Smith trajeados


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Mensaje por Lluvia Abril el Lun 06 Jul 2020, 04:32

REPUBLICA DOMINICANA

RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ

(1937 - 1972)


CUENTOS




Todas son Eurídice

A Vicky

Esta ciudad es magnífica. Desde el monumento cobrizo que aparece en las tarjetas postales, hasta la avenida con almendros donde el crepúsculo brilla tan sorprendentemente que a veces el mar resulta demasiado sombrío, esta ciudad es magnífica. El" amanecer es hermoso
aquí, el aire roza tan suavemente las ventanas, el hierro de los balcones, que a esta hora cualquier voz, cualquier ruido, es estallante; se cuela por debajo de las puertas, entre las persianas, recorre toda la casa. Andar las calles de esta ciudad es siempre una agradable aventura, aunque no se esté acompañado. Esto tú lo comprendes perfectamente. Todo es agradable aquí. Si estuvieras a mi lado estarías sonriendo delante de ese vaso de Tom-Collins. La cereza tiene un color vivo, vivísimo, pero te falta hielo. No te preocupes, Luis vendrá al instante detrás de sus espejuelos.
El conoce tus preferencias. En este lugar nos atienden muy bien, además se pueden escuchar tus canciones favoritas, y ya esto es suficiente.
Yo prefiero el üld Fashioned, no sé, pero su color me deja soñar más cómodamente. Me gusta verte sonreír mientras haces astillas la paletita de madera que nos traen dentro del vaso. Si digo tu nombre en este instante tal vez ni siquiera volverás el rostro ...
"Qué triste y sola está Venecia sin tu amor... "
Me gusta esta canción. Antes de irte la escuché varias veces. Entonces la sombra se había amoratado junto a los árboles, algunos charcos copiaban el borde de los edificios, las parejas caminaban en la oscuridad, dando tumbos, renqueando; el ronroneo de los motores nos cercaba desesperadamente. Estabas tumbada sobre mi hombro, con los pies sobre las hojas mojadas y mirabas en dirección a un anuncio de neón que se apagaba cada segundo, bañando en un rojizo resplandor las cabezas agrupadas en la parada de ómnibus.
Allí estabas. Pude distinguirte entre los otros después que pasé junto a las escalinatas del teatro. Corría el aire húmedo que envuelve la ciudad cuando llueve por las noches y por eso te defendías detrás del hombre de traje negro con un sombrero gris calado hasta las orejas.
Tenías un libro grande contra el pecho y se te notaba algo nerviosa.
Probablemente ya era bastante tarde y mientras los otros hablaban y miraban la oscuridad del cielo, tú mordías una medalla y fijabas la vista hacia el lugar por donde debía aparecer el ómnibus.
El anuncio de neón te sacaba cada segundo de la sombra y te situaba delante de los otros. Desaparecían rápidamente y volvías a saltar en un estallido frambuesa. Yo estaba cruzando ya entre los automóviles, me detuve un instante para dejar paso a un Mustang que corría velozmente hacia la oscura avenida llena de árboles, apuré el paso de nuevo y todos se apresuraban a abordar el ómnibus azul con letreros blancos. Llegué a la acera, el hombre de traje negro se sentaba en ese instante junto a un señor de pelo blanco, se confundían las voces dentro del autobús, alguien subió el cristal de la ventana, mientras se alejaba el aparato en un gran rugido.
Mi amigo repetía la misma frase:
- "Hace calor... ,. -y sacudía el cuello de la camisa.
Como tú siempre has preferido los paseos junto al mar, comenzamos a bajar por la calle que empieza en la estación de gasolina, pasamos bajo el óvalo de metal que da vueltas en lo alto de una columna.

(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Lun 06 Jul 2020, 04:35

REPUBLICA DOMINICANA

RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ

(1937 - 1972)


CUENTOS




Todas son Eurídice

A Vicky

(cont.)



Yo susurré entre dientes:
- "Esso Extra Motor Oil... "--
Tu me interrogaste con una mirada llena de amor.
No sé por qué apuramos el paso. Cuando llegamos hasta el mar mi amigo y yo teníamos muy poco de que hablar. Nos conformamos con mirar las olas y pisar yerbajos. Pensé entonces, con más fuerza que nunca, que me hacías mucha falta. Me sentí demasiado solo cerca del mar y entonces recordé tu respiración, tu estatura que me roza las cejas. Pensé en el extraño perfume que toman las cosas en tu cartera, en tu voz alrededor de mis oídos. Pero el mar se traga la tarde, los ojos de la juventud, los cabellos desatados en el viento. Se pierden las palabras, el agua verde las engulle terriblemente. Entonces no quedan más que manos y pasos en la sombra.
Tus dos amigas eran delgadas. Debo decirte que francamente jamás me simpatizó aquella, la más alta, que llevaba el vestido negro con grandes flores blancas. Te hablaba constantemente, sacudía sus cabellos a tu lado, se impacientaba notoriamente. Yo fumaba con avidez, tal vez por ello advertiste más fácilmente mi interés. La sala permanecía iluminada y tú lograbas zafarte por segundos de la insistencia de la del traje negro. Tus ojos restallaban, casi chillaban en clarísimos relámpagos repentinos. Era demasiado para mí. Me obligaba a un esfuerzo mental muy intenso el encontrarte tan apretadamente entre los otros.
Tú parecías no entenderlo y aún en momentos en que todos callaban, tu risa ascendía intempestivamente, buscaba el techo, cortaba las paredes, se perdía en la pantalla. Alguien se movió en el pasillo. Todos estábamos en la sombra...
- "Luchino Viscontil" y ahí venía la risa en una ola, escalonándose sobre sí misma, blanca...
El jardín lleno de viento en la oscuridad. La risa golpeando cucharas, puertas, antiguas columnas. Volvía el oscuro ritmo Ye-Yé, la casa en la sombra y tú a mis pies, tu boca en mis rodillas, esos ojos extraviadamente tuyos. Yo pensé que llegabas de algún lugar de la infancia, un lugar con lluvia y hermanas que no existieron nunca. Tú me apretabas el cuello y estirabas los labios bajo la fiebre, me golpeabas en la frente con dolorosa ternura. Tenía miedo esta vez, eras demasiado mía, tal vez nunca te quise tan mía. Pero no había otra alternativa que la de resistir, me entregabas lo que yo tanto me oculté, lo que buscaba desesperadamente de mano en mano, por los parques, en cuartos de donde no podían salir ni siquiera mis alaridos. Luchamos terriblemente. Corriste entre la noche ardiente y me encontrabas siempre con la cabeza caída sobre mis puños y me mordías las manos llorando. - "No..! . me decías, me gritabas. "No me hagas daño ': querías decirme. "Entonces no habrá tiempo ya, nos quedaremos en esta casa oscura empujándonos, tropezando hasta caer..."
¡Caíste!
Qué risa me da todo esto. Después de todo, yo no entiendo, pero me causa risa. Simplemente porque es curioso. Un hombre solo no debe atormentarse en un lugar como este. ¡Los niños! Esos sí que saben escoger los lugares para atormentar a los demás. Puede que yo sea entonces un niño equivocado. Prefiere el Old Fashioned a tener que repetirme estas cosas en este lugar, de todos modos tú...
¿Qué sucede? ¿Acaso no me conoces esta vez? ¡Ah! Ya lo sé.
No me has comprendido hoy. Pero ¿Por qué? No he cambiado nada!
Soy el mismo de hace un rato. No me conoces! Por eso ahora vistes ese horrible traje color chocolate que te hace más delgada, y esa cartera que te cuelga del hombro. Empiezas a caminar fríamente. Eres alta, ya sé, pero no debes por eso escaparte así esta tarde. Te vas. Pero si no has mirado estos ojos! ¿Viste acaso estas manos que te han buscado tantas veces, que te persiguen, que te quieren tocar? Te me vas a perder en esta calle, esto es lo de siempre, esta es la hora de perderte ...
¡Esta ciudad nunca servirá para esperar..!



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Mensaje por Lluvia Abril el Mar 07 Jul 2020, 05:39

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(1937 - 1972)


CUENTOS





El intruso

Llegaste inesperadamente. Cuando tiraste la puerta del auto, me acerqué a la ventana, en ese momento guardabas la llave en tu cartera negra, apretada como un sobre, y ascendías a la acera. Estuve durante unos segundos observándote. Desde arriba, tus cabellos parecían más oscuros y brillantes, la línea que los divide más recta y definida, tus pasos más ligeros. Entraste. Imaginé las pisadas en la madera de los peldaños, tu mano, perfumada levemente, aferrándose a la balaustrada, tus espejuelos de grisáceo cristal en tu mano izquierda, la medalla dando saltos, a medida que subías, en tu pecho.
En el primer descanso, el del segundo piso, respiraste hondamente mirando el cielo al través del ventanal polvoriento por el que pueden verse los techos mugrientos, los rojos tejados, y un poco más allá el mar algo desteñido primero, hacia la orilla, luego más azul, y finalmente azul
intenso, plácido, amplio. Giraste a la izquierda y seguiste hacia arriba.
Algo agitado el corazón, más inquietas las manos, los labios nerviosos.
Cuando estuviste ante la puerta te arreglaste graciosamente los cabellos que tenías sobre la mejilla y te atreviste a tocar. Una, dos, tres veces golpeaste suavemente la puerta. Yo eché una rápida e inútil ojeada al cuarto y acudí a recibirte.
Cuando toqué el tirador de frío metal, antes de girarlo, pensé en la noche anterior. Las gentes semiperdidas en la penumbra, la voz a mis espaldas que suplicaba algo después de cada baile, el largo espejo, el vaso reluciente, alto, y la mano del hombre rodeándolo, la sortija fina, delicada, el pelo gris plata, el cuello impecable, el brillante a mitad de la corbata, los ojos alegremente limpios. El, a veces, cuando reías mostrando tus dientes radiantes, estirando con incitante ternura tu labio inferior, levantaba el vaso y tomaba mirándote gozosamente por encima de su mano derecha. Giré el manubrio.
El encuentro fue sorpresivo. El cansancio de los despachos, del ascensor, de las muchachas riendo amistosamente detrás de sus escritorios, de la calle y las vidrieras y los amigos en grupos, me llevó, casi me empujó a aquel lugar. Cuando alguien abrió la puerta para franquearme el paso saltaba una nota redonda del vibráfono y vino a estrellarse en el cristal, luego la voz se arrastró junto a las paredes, entre las mesas. Yo avancé torpemente, con temor a un tropiezo sobre la gruesa alfombra, me detuve, fue cuando tus ojos me orientaron definitivamente:

- " ¡Hola..."
- " ¡Hola!.. "
Hiciste algún gesto, pronunciaste algunas cosas, te moviste, en fin, lograste hacerme acercar hasta la mesa. Él sonrió confiadamente, con educada seguridad.
- "Es el poeta... "
- "Me satisface "
- "También yo "
- "Mi esposo, ya te conocía a través de...
Seguiste diciendo cosas, él también, y yo. Alguien con ribetes verdes en el extremo de la manga colocó frente a mí, sobre el rojo paño de la mesa, un vaso, tú te apresuraste a echar en él unos cuantos cubitos de hielo.
Recordaste algunas cosas pasadas hace mucho tiempo. Hablamos de la Universidad, las fiestas de navidad con tu amiga la que vivía en aquella casa hermosa en lo alto de un cerro cerca del Parque Zoológico, reíste a menudo detrás de tu vaso, tomabas cigarrillos con naturalidad,
hiciste muchas veces aquel gesto de arreglarte los cabellos sobre la cara.
El reía sobre nuestra risa, paseaba su mirada por encima de nosotros, extendía los brazos sobre la mesa, miraba alrededor, se levantaba, volvía contigo, las manos de Uds. cruzaban por sobre mi cabeza, tus ojos chispeaban, tus hombros salían del traje, tus pies, debajo de la mesa, se arrastraban...
Recuerdo la última carcajada. El me estrechó la mano. Te miré...

(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Mar 07 Jul 2020, 05:40

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CUENTOS





El intruso

(cont.)

Te detuviste junto al armario un poco más alto que tú, te viste copiada en el espejo, diste la vuelta, te acercaste al retrato, lo tomaste, sonreíste levemente, volviste a colocarlo en su lugar, luego caminaste junto a la pared como quien se defiende de la lluvia, te detuviste próximo a la ventana, lanzaste una mirada temerosamente inclinada hacia la calle. No sé cuánto tiempo estuviste ensayando esa especie de danza intempestiva.
Tu cabello cayó en el centro de la cama, el reloj apretado a tu muñeca cruzó frente a mis ojos, tu mano izquierda allá, arriba, fuera del lecho, tu frente, horizontal, más amplia...
Te incorporaste violentamente cuando te viste envuelta en esa niebla repentina, miraste alrededor, observaste que las gotas chocaban en el cristal:
- "Llueve... " -dijiste-
- "Sí, llueve...
y cayó tu espalda sobre mi mano nuevamente.
"Its's not for me to say... "El traje sobre tus pies aquella mañana, no sé cuánto tiempo atrás. El pasillo largo, el cristal esmerilado de la puerta de tu oficina, yo empujaba en cualquier momento la puerta y detrás estabas tu frente a la máquina de escribir, tus espejuelos sobre
los papeles. Un beso dentro del automóvil, el cine en el crepúsculo y el perfume en tu garganta, tu risa, tus labios estirándose prometedoramente.

"... You love me... -seguía- La hora en el reloj, tirar la puerta, huir, casi escapar, siempre fue igual...
Tu perfume corrió sobre las sábanas. Cerraste los ojos una y otra vez y mi boca se colgaba en tus orejas, en tus hombros, en tus dedos.
Giraste completamente, tus piernas se estiraron, tu rodilla en mi frente, casi dormiste en un instante, volviste a girar, te escondiste bajo mi pecho, jadeaste. Ahora me aprietas rabiosamente el cuello, hundes mi cabeza debajo de tu brazo, cruzas por encima de mí, tu pelo se sacude, me golpea el rostro. Te incorporas y caes nuevamente, quieres gemir,
huyes la vista. Te paralizas, dices algunas cosas. Pasan unos minutos.
Abajo un auto se detiene, alguien tira fuertemente la puerta, tú duermes. Yo levanto la vista, me tiro del lecho, recorro la habitación con la mirada, me acerco lentamente a la ventana, pongo las manos sobre el marco, la calle negra, húmeda, un auto detrás del tuyo, alguien
asegura con llave la puerta izquierda, desde arriba su pelo gris plata no es tan gris, el hombre está frente al auto, ahora clava sus ojos en el tuyo, lo revisa, mira detrás de los cristales, los neumáticos, las líneas de níquel, la chapa.
El hombre ha dado la vuelta sobre sí mismo, ha mirado hacia acá, ahora asciende a la acera, empieza a caminar rápidamente, se detiene, está mirando a ambos lados de la calle, a mis espaldas te siento revolverte entre las sábanas, siento que me miras, vas a llamarme, el hombre mete la mano bajo las solapas del saco, lentamente comienza a extraer algo, algo pesado que mira cuidadosamente ahora.
El hombre entra de repente. Le oigo ascender por las escaleras.



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Mensaje por Lluvia Abril el Mar 07 Jul 2020, 05:43

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CUENTOS




Ahora que vuelvo, Ton

Eras realmente pintoresco, Ton; con aquella gorra de los tigres del Licey, que ya no era azul sino berrenda, y el pantalón de Kaky que te ponías planchadito los sábados por la tarde para irte a juntarte con nosotros en la glorieta del parque Salvador, a ver las paradas de los Boys Scouts en la avenida y a corretear y bromear hasta que de repente la noche oscurecía el recinto y nuestros gritos se apagaban por las calles del barrio. Te recuerdo, porque hoy he aprendido a querer a los muchachos como tú y entonces me empeño en recordar esa tu voz cansona y timorata y aquella insistente cojera que te hacía brincar a cada paso y que sin embargo no te impedía correr de home a primera, cuando Juan se te acercaba y te decía al oído vamos a sorprenderlos, Ton; toca por tercera y corre mucho ': Como jugabas con los muchachos del "Aurora", compartiste con nosotros muchas veces la alegría de formar aquella rueda en el box "¡rosi, rosi, sin bom-ba - Aurora - Au-rora - ra- ra- ra!" y eso que tú no podías jugar todas las entradas de un partido porque había que esperar a que nos fuéramos por encima del "Miramar" o "La Barca" para darle un chance a Ton que vino tempranito" y "no te apures, Ton que ahorita entras de emergente ':
¿Cómo llegaste al barrio? ¿Cuándo? ¿Quién te invitó a la pandilla? ¿Qué cuento de Pedro Animal hizo Toñín esa noche, Ton? ¿Serías capaz de recordar que en el radio en casa de Candelario todas las noches "Mejoral, el calmante sin rival; presenta "Cárcel de Mujeres", y entonces alguien daba palmadas desde la puerta de una casa y ya era hora de irse a dormir, "se rompió la taza... "
Yo no sé si tú, con esa manera de mirar con un guiño que tenías cuando el sol te molestaba, podrías reconocerme ahora. Probablemente la pipa apretada entre los dientes me presta una apariencia demasiado extraña a ti, o esta gordura que empieza a redondear mi cara y las entradas cada vez más obvias en mi cabeza, han desdibujado ya lo que podría recordarse de aquel muchacho que se hacía la raya a un lado, y que algunas tardes te acompañó a ver los trainning de Kid Barquerito y de 22,22 en la cancha. en los tiempos en que "Barquero se va para La Habana a pelear con Acevedo" y Efraín, el entrenador, con el bigote de Joaquín Pardavé, " ¡Arriba, arriba, así es, la izquierda, el jab ahora, eso es!" y tú después, apoyándote en tu pie siempre empinado, "can-can-can-can!" golpeando el aire con tus puños, bajábamos por la calle Sánchez, "can-can-can! "Jugabas la soga contra la pared, siempre saltando por tu cojera incorregible y yo te decía que "no jodas Tom" pero tú seguías y entonces, ya en pleno barrio, yo te quitaba la gorra, dejando al descubierto el óvalo grande de tu cabeza de zeppelín, aquella cabeza del "Tom, Melitón, cojo y cabezón!" con que el Flaco Pérez acompañaba el redoble de los tambores de los Boys Scouts para hacerse rabiar hasta el extremo de mentarle "Tu madre hijo de la gran puta", y así llegábamos corriendo, uno detrás del otro, hasta la puerta de mi casa, donde, poniéndote la gorra, decías siempre lo mismo "a mi no me hables!".
Para esos tiempos el barrio no estaba tan triste Ton, no caía esa luz desteñida y polvorienta sobre las casas ni este deprimente olor a toallas viejas se le pegaba a uno en la piel, como un tierno y resignado vaho de miseria, a través de las calles por donde minutos atrás yo he venido
inútilmente echando de menos los ojos juntos y cejudos del "búho Pujols", las latas de carbón a la puerta de la casa amarilla, el perro blanco y negro de los Pascual, la algarabía en las fiestas de cumpleaños de Pin Báez, en las que su padre tomaba cervezas con sus amigos sentado
contra la pared de ladrillos, en un rincón sombrío del patio, y nosotros, yo con mi traje blanco almidonado; ahora recuerdo el bordoneo puntual y melancólico de la guitarra de Negro Alcántara, mientras alrededor del pozo corríamos y gritábamos y entre el ruido de la heladera el diente careado de Asia salía y se escondía alternativamente en cada grito.
Era para morirse de risa, Ton, para enlodarse los zapatos, para empinarse junto al brocal y verse en el espejo negro del pozo, cara de círculos concéntricos, cabellos de helecho ~,salivazo en el ojo, y después "mira como te has puesto, cualquiera te revienta, perdiste dos botones,
tigre, eso eres, un tigre, a este muchacho, Arturo, hay que quemarlo a golpes"; pero entonces éramos tan iguales, tan lo mismo, tan "fraile y convento, convento sin fraile, que vaya y que venga", Ton, que la vida era lo mismo, "un gustazo: un trancazo", para todos.
Claro que ahora no es lo mismo. Los años han pasado.
Comenzaron a pasar desde aquel día en que miré las aguas verdosas de la zanja, cuando papá cerró el candado negro y mamá se quedó mirando la casa por el vidrio trasero del carro y yo los saludé a ustedes, a ti, a Fremio, a Juan, a Toñín, que estaban en la esquina, y me quedé recordando esa cara que pusieron todos, un poco de tristeza y de rencor, cuando aquella mañana, (ocho y quince en la radio del carro) nos marchamos definitivamente del barrio y del pueblo.

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Mensaje por Lluvia Abril el Mar 07 Jul 2020, 05:48

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(1937 - 1972)


CUENTOS




Ahora que vuelvo, Ton

(cont.)

Ustedes quedarían para siempre contra la pared grisácea de la pulpería de Ulises. La puya del trompo haciendo un hoyo en el pavimento, la gangorra lanzada al aire con violenta soltura, machacando a puyazos y cabezazos la moneda ya negra de rodar por la calle; no tendrían en lo
adelante otro lugar que junto a ese muro que se iría oscureciendo con los años "a Milita se la tiró Alberto en el callejoncito del tullio" escrito con carbón allí, y los días pasando con una sorda modorra que acabaría en recuerdo, en remota y desvaída imagen de un tiempo inexplicablemente perdido para siempre.
Una mañana me dio por contarles a mis amigos de San Carlos cómo eran ustedes; les dije de Fremio, que descubrió que en el piso de los vagones, en el muelle, siempre quedaba azúcar parda cuando los barcos estaban cargando, y que se podía recoger a puñados y hasta llenar una funda y sentarnos a comerla en las escalinatas del viejo edificio de aduanas; les conté también de las zambullidas en el río y llegar hasta la goleta de tres palos, encallada en el lodo sobre uno de sus costados, y que una vez allí, con los pies en el agua, mirando el pueblo, el humo de la chimenea, las carretas que subían del puerto cargadas de mercancías, pasábamos el tiempo orinando, charlando, correteando de la popa al bauprés, hasta que en el reloj de la iglesia se hacía tarde y otra vez, braceando, ganábamos la orilla en un escandaloso chapoteo
que ahora me parece estar oyendo, aunque no lo creas, Ton.
Los muchachos quedaron fascinados con nuestro mundo de manglares, de locomotoras, de ciguas, de cuevas de cangrejos, y desde entonces me hicieron relatar historias que en el curso de los días yo fui alterando poco a poco hasta llegar a atribuir a ustedes y a mis verdaderas epopeyas que yo mismo fui creyendo y repitiendo, no sé qué día en que quizás comprendí que sería completamente inútil ese afán por mostrarnos de una imagen que, como las viejas fotos, se amarilleaba y desteñía ineludiblemente. La vida fue cambiando, Ton; entonces yo me fui inclinando un poco a los libros y me interné en un extraño mundo mezcla de la Ciencia Natural de Fesquet, versos de Becker, y láminas de Billiken; me gustaba el camino al colegio cada mañana bajo los árboles de la avenida Independencia y el rostro de Rita Hayworth, en la pequeña y amarilla pantalla del "Capitolio ': me hizo olvidar a Flash Gordon ya Los Tres Chiflados. Ya para entonces papá ganaba buen dinero en su puesto de la Secretaría de Educación, y nos mudamos a una casa desde donde yo podía ver el mar y a Ivette, con sus shorts a rayas y sus trenzas doradas que' marcaban el vivo ritmo de sus ojos y su cabeza; con ella me acostumbré a Nat King Cole, a Fernando Fernánez, los viejos discos de los Modernaires, y aprendía a llevar el compás de sus golpes junto a la mesa de Ping-Pong; no le hablé nunca de ustedes, esa es la verdad, quizás porque nunca hubo la oportunidad para ello o tal vez porque los días de Ivette pasaron tan rápidos, tan llenos de "ven-mira- esta es Gretchen el Pontiac de papi -dice Albertico-- me voy a Canadá" que nunca tuve la necesidad ni el tiempo para recordarlos.
¿Tú sabes que fue del Andrea Doria, Ton? Probablemente no lo sepas; yo lo recuerdo por unas fotos del "Miami Herald" y porque los muchachos latinos de la Universidad nos íbamos a un café de Coral Gabies a cantar junto a jarrones de cerveza "Arrivederci Roma ", balanceándonos en las sillas como si fuésemos en un bote salvavidas; yo estudiaba el inglés y me gustaba pronunciar el "good bay... " de la canción, con ese extraño gesto de la barbilla muy peculiar en las muchachas y muchachos de aquel país. Y sabes, Ton, que una vez pensé en ustedes? Fue una mañana en que íbamos a lo largo de un muelle mirando los yates y vi un grupo de muchachos despeinados y sucios que sacaban sardinas de un jarro oxidado y las clavaban a la punta de sus anzuelos, yo me quedé mirando un instante aquella pandilla y vi un vivo retrato nuestro en el muelle de Macorís, sólo que nosotros no éramos rubios, ni llevábamos zapatos tenís, ni teníamos caña de pescar, ahí se deshizo mi sueño y seguí mirando los yates en compañía de mi amigo nicaragüense, muy aficionado a los deportes marinos.
Y los años van cayendo con todo su peso sobre los recuerdos, sobre la vida vivida, y el pasado comienza a enterrarse en algún desconocido lugar, en una región del corazón y de los sueños en donde pero manecerán, intacto tal vez, pero cubierto por la mugre de los días, sepultado bajo los libros leídos, la impresión de otros países, los apretones de manos, las tardes de fútbol, las borracheras, los malentendidos, el amor, las indigestiones, los trabajos. Por eso, Ton, cuando años más tarde me gradué de Médico, la fiesta no fue con ustedes sino que se celebró en varios lugares, corriendo alocadamente en aquel Triumph sin muffler que tronaba sobre el pavimento, bailando hasta el cansancio en el Country Club, descorchando botellas en la terraza, mientras mamá traía platos de bocadillos y papá me llamaba "doctor" entre las risas de los muchachos; ustedes no estuvieron allí ni yo estuve en ánimo de reconstruir viejas y melancólicas imágenes de paredes derruidas, calles polvorientas, pitos de locomotoras y pies descalzos metidos en el agua lodosa del río, ahora los nombres eran Héctor, Fred, América, y hablaríamos del Mal de Parkinson, de las alergias, de los test de Jung y de Adler y también de ciertas obras de Thomas Mann y Francois Mauriac.
Todo esto deberá serte tan extraño, Ton; te será tan "había una vez y dos son tres el que no tiene azúcar no toma café" que me parece verte sentado a horcajadas sobre el muro sucio de la Avenida, perdidos los ojos vagos entre las ramas rojas de los almendros, escuchando a Juan
contar las fabulosas historias de su tío marinero que había naufragado en el canal de la Mona y que en tiempos de la guerra estuvo prisionero de un submarino alemán, cerca de Curazao, Siempre asumieron tus ojos esa vaguedad triste e ingenua cuando algo te hacía ver que el mundo tenía otras dimensiones que tú, durmiendo entre sacos de carbón y naranjas podridas, no alcanzarías a conocer más que en las palabras de Juan, o en las películas de la guagüita Bayer o en las láminas deportivas de "Carteles".
Yo no sé cuáles serían entonces tus sueños, Ton, o si no los tenías; yo no sé si las gentes como tú tienen sueños o si la cruda conciencia de sus realidades no se lo permiten, pero de todos modos yo no te dejaría soñar, te desvelaría contándote todo esto para de alguna forma volver a ser uno de ustedes, aunque sea por esta tarde solamente.
Ahora te diría cómo, años después, mientras hacía estudios de Psiquiatría en España, conocí a Rosina, recién llegada de Italia con un grupo de excursionistas entre los que se hallaban sus dos hermanos, Piero y Francesco, que llevaban camisetas a rayas y el cabello caído sobre la
frente. Nos encontramos accidentalmente, Ton, como suelen encontrarse las gentes en ciertas novelas de Francoise Sagan; tomábamos "Valdepeñas" en un mesón, después de una corrida de toros, y Rosina, que acostumbra a hablar haciendo grandes movimientos, levantaba los brazos y enseñaba el ombligo una pulgada más arriba de su pantalón blanco. Después sólo recuerdo que alguien volcó una botella de vino sobre mi chaqueta y que Piero cambiaba sonrisitas con el pianista en un oscuro lugar que nunca volví a encontrar. Meses más tarde, Rosina volvió a Madrid y nos alojamos en un pequeño piso al final de la Avenida Generalísimo; fuimos al fútbol, a los museos, al cine-club, a las ferias, al teatro, leímos, veraneamos, tocamos guitarra, escribimos versos, y una vez terminada mi especialidad, metimos los libros, los discos, la cámara fotográfica, la guitarra y la ropa en grandes maletas, y nos hicimos al mar; "¿Cómo es Santo Domingo?", me preguntaba Rosina una semana antes, cuando decidimos casarnos, y yo me limitaba a contestarle, "Algo más que las palmas y tamboras que has visto en los afiches del Consulado':
Eso pasó hace tiempo, Ton; todavía vivía papá cuando volvimos.
¿Sabes que murió papá? Debes saberlo. Lo enterramos aquí porque él siempre dijo que en este pueblo descansaría entre camaradas. Si vieras cómo se puso el viejo, tú que chanceabas con su rápido andar y sus ademanes vigorosos de "muñequito de cuerda': no lo hubieras reconocido; ralo el cabello grisáceo, desencajado el rostro, ronca la voz y la respiración, se fue gastando angustiosamente hasta morir una tarde en la penumbra de su habitación entre el fuerte olor de los medicamentos.

(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Mar 07 Jul 2020, 05:51

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(1937 - 1972)


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Ahora que vuelvo, Ton

(cont.)


Ahí mismo iba a morir mamá un año más tarde apenas; la vieja murió en sus cabales, con los ojos duros y brillantes. con la misma enérgica expresión que tanto nos asustaba Ton.
Por mi parte, con Rosina no me fue tan bien como yo esperaba; nos hicimos de un bonito apartamiento en la avenida Bolívar y yo comencé a trabajar con relativo éxito en mi consultorio. Los meses pasaron a un ritmo normal para quienes llegan del extranjero y empiezan a montar el mecanismo de sus relaciones: invitaciones a la playa los domingos, cenas, a bailar los fines de semanas, paseos por las montañas, tertulias con artistas y colegas, invitaciones a las galerías, llamadas telefónicas de amigos, en fin ese relajamiento a que tiene uno que someterse cuando llega graduado del exterior y casado con una extranjera. Rosina asimilaba con naturalidad el ambiente y, salvo pequeñas resistencias, se mostraba feliz e interesada por todo lo que iba formando el ovillo de nuestra vida. Pero pronto las cosas comenzaron a cambiar, entré a dar cátedras a la Universidad y a la vez mi clientela crecía, con lo que mis ocupaciones y responsabilidades fueron cada vez mayores, en tanto había nacido Francesco José, y todo eso unido, dio un giro absoluto a nuestras relaciones. Rosina empezó a lamentarse de su gordura y entre el "Metrecal'' y la balanza del baño dejaba a cada instante
un rosario de palabras amargadas e hirientes, la vida era demasiado cara en el país, en Italia los taxis no son así, aquí no hace más que llover y cuando no el polvo se traga a la gente, el niño va a tener el pelo demasiado duro, el servicio es detestable, un matrimonio joven no debe ser un par de aburridos, Europa hace demasiada falta, uno no puede estar pegando botones a cada rato, el maldito frasco de "Sucaryl" se rompió esta mañana, y así se fue amargando todo, amigo Ton, hasta que un día no fue posible oponer más sensatez ni más mesura y Rosina voló a Roma en "Alitalia" y yo no sé de mi hijo Francesco más que por dos cartas mensuales y unas cuantas fotos a colores que voy guardando aquí, en mi cartera, para sentir que crece junto a mí. Esa es la historia.
Lo demás no será extraño, Ton. Mañana es Día de Finados y yo he venido a estar algún momento junto a la tumba de mis padres; quise venir desde hoy porque desde hace mucho tiempo me golpeaba en la mente la ilusión de este regreso. Pensé en volver a atravesar las calles del barrio, entrar en los callejones, respirar el olor de los cerezos de los limoncillos, de la yerba de los solares, ir a aquella ventana por donde se podía ver el río y sus lanchones; encontrarlos a ustedes junto al muro gris de la pulpería de Ulises, tirar de los cabellos al "Búho Pujols" retozar con Fremio, chancear con Toñín y con Pericles, irnos a la glorieta del parque Salvador y buscar en el viento de la tarde el sonido uniforme de los redoblantes de los Boys Socuts. Pero quizás deba admitir que ya es un poco tarde, que no podré volver sobre mis pasos para buscar tal vez una parte más pura de la vida.
Por eso hace un instante he dejado el barrio, Ton, y he venido aquí, a esta mesa y me he puesto a pedir casi sin querer, botellas de cerveza que estoy tomando sin darme cuenta, porque, cuando te vi entrar con esa misma cojera que no me engaña y esa velada ingenuidad en la mirada, y esa cabeza inconfundible de "Ton Melitón cojo y cabezón" mirándome como a un extraño, sólo he tenido tiempo para comprender que tú sí que has permanecido inalterable, Ton; que tu pureza es siempre igual, la misma de aquellos días, porque sólo los muchachos como tú pueden verdaderamente permanecer incorruptibles aún por debajo de ese olvido, de esa pobreza, de esa amargura que siempre te hizo mirar las rojas ramas del almendro cuando pensabas ciertas cosas. Por eso yo soy quien ha cambiado, Ton, creo que me iré esta noche y por eso también no sé si decirte ahora quién soy y contarte todo esto, o simplemente dejar que termines de lustrarme los zapatos y marcharme para siempre.

Noviembre 3, 1968, Santo Domingo, R. D.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 07 Jul 2020, 10:57

Dirán que no, lo sé, dirán que no; que se llamaban Jim Smith y les gustaba un emparedado con Coca-Cola. Pero no me convencen, no me convencen. Tragedia griega, eso es, tragedia griega


Magistral.


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Mensaje por Lluvia Abril el Miér 08 Jul 2020, 05:06

Gracias por estar siempre, Pascual.
Seguimos pues.


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Mensaje por Lluvia Abril el Miér 08 Jul 2020, 05:10

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(1937 - 1972)


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El mundo sigue, Celina


Qué vida más perra. Revolcándose uno en la cama, como una gallina cuando le retuercen el pescuezo, respirando bajo esa boca que huele siempre a ron, con los senos aplastados contra el pecho y el mismo juego cada noche, dos, tres veces, lo mismo. La cintura para este, los brazos por el cuello, gritar y quejarse, esa es la regla, y "levanta las piernas mami! ", qué puercos todos "mami! ", así le dicen sin conocer a uno, goteando sudor por todas partes sin ver que uno se aburre, se requeteharta, se quisiera morir ahí mismo. Puerca vida de levantarse, sentarse sobre la ponchera, y otra vez, vestido de encima de la silla, polvo en la cara, peine del pasamanos, la misma mierda y a la sala; ríete ahora, Susana, ponle carita a ese tipo, y el maldito coro en la vellonera, diciéndotelo a martillazos, ahí mismo, para acabarte de fuñir la noche, el mismo "cógelo con calma, no te agites mucho, que esto no es pa' viejo': y si tú 10 sabes por qué no te largas y me dejas tirada en una silla aquí cayéndome la noche sobre los cabellos partidos y las arrugas de la frente y de los ojos, jodida ya, loca por morirme, por reventar entre este olor a orines y pintalabios, yo misma agonizándome, rascándome, fumándome como una loca que no quisiera mirar más caras sino tumbar la cabeza sobre una mesa y quedarme así, tranquila.
Treintaisiete años y el corazón como una maraca estremeciendo la cama al amanecer y los ojos duros, bien abiertos, que no se quieren cerrar en ese ardor, en ese pensar toda la porquería que se ha vuelto la vida para nada, para quedar cansada y temblorosa; peste de saliva en los hombros y los vestidos ahí, amontonados en la percha, tres pesos a la costurera y la comida de mañana otra vez fritos maduros y la carne como una goma en la cantina. A ver si esto sirve, si esto se llama negocio, movida, jugada, o cómo diablos me dirán que se llama esto. Siempre será la misma vaina amarga que acaba a puñetazos o a "Gil/ete " o a malditos borrachos roncando y babeando sobre los muslos. Por mí que no le pongan nombre, que lo dejen así. Te encueras, te tiras boca arriba, y dejas que se reviente todo, que te partan el alma, que te malogren, y tú haces tu parte de juego sucio, de bellaquería, de mundo asqueroso;
"mami, mami", sí, no serás más que mami en boca hedionda, en borrachera, en apretones, en desgreñarte y tirarte a todos lados y te pondrán los cuartos encima de la mesa, y tú otra vez con tacos altos y brassiere de media copa, a prestarte al matadero, al vaso, a la fumada profunda, a la nalgada. Después dicen que te enchulaste, que te volviste loca, que caíste como una pendeja, y tú, mareada y rendida, en medio de esta cómica vida que te traga, espejo y colorete, cada noche, espejo y mayo belline, espejo y pinchos, espejo, cada noche.
No has aprendido el oficio todavía, no has "asimilado los golpes ': como dicen los boxeadores del "A tenas"; y pensar que viniste en el año de la Feria, con el monte en la cabeza y los ojitos pelados como una muñeca de trapo. Te dijeron Rubia y después La China, hasta que por fin te llamas Susana y andas con el monte todavía, sólo que ahora lo traes por dentro, todo el polvo del ingenio, toda la paja de la caña, el barbojo quemándose y los hombres abriendo trochas en la noche. Todo eso es lo que ves y te mortifica porque no lo quieres recordar y entonces el radio ese de la vecina queriendo aguarte la maldita fiesta "Corta tu caña, dominicano, que tus manos corten caña!", y ahí te emperraste sientes otra vez Celina viviendo en el barracón de Santa Fe, comiendo habichuelas con harina, con la peste a aceite de coco en los cabellos, creciendo junto al infierno de avispas y fogaraté donde Cesáreo Contreras" ¡Cesáreo Contreras!" picador de la colonia Margarita, '.'[Siete con quince, cuente!" la quincena siete con quince en el sobre y tickets de la bodega, quincenas, quincenas, quincenas, siete con quince, y tú, Celina Contreras tragándote los mocos, con ese dolor en el dedo grande del pie cuando tropezaste con una traviesa en los rieles, "muchachita, muchachita!" creciéndote los senitos debajo de tu vestido sucio, entre los cañaverales llevándole agua a tu padre en aquel jilguero amarillo, y tú, que de repente caías, un día en que llovía sobre los cortes, en la tierra negra y ahí estaba sobre ti Cenara con ojos de guaraguao, abriéndote las piernas y después te picaba pero ya eras "CHina, aquí tengo una peseta': y la condenada máquina llevándose los últimos vagones y ya era tiempo muerto, se quedaba todo tan solo, tan pelado, tan parado, que recuerdas el lugar donde ponía la gallina blanca, entre la cerca de cundeamor, y sabes que los días eran sólo polvo y espera y a veces un nublado que cerraba la tarde silenciosamente. No sirve para nada ese recuerdo, no lo quieres, prefieres rabiar, levantarte, echarte agua en la
cara y olvidar ese merengue amargo que "muele la caña de siete maneras, caña dulce... " ¡Coño, Dulce, apaga ese radio que no puedo dormir!" y te hundes en la resaca, en el sudor de la tarde, en el olor del cocido que resta en tu plato.

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Mensaje por Lluvia Abril el Miér 08 Jul 2020, 05:13

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El mundo sigue, Celina

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Y otra vez, otra noche. Chorro de la ducha en el piso frío, y pica ese jabón en los ojos, "Kinder rosado" para ti, quince cheles en la esquina y de una vez el desodorante en las axilas. Saldrás del cuarto, qué ceremonia; menos mal que hoyes sábado y se te espanta el sueño cuando empieza el show, "si amigas y amigos, el Borinquen Night Club se complace en presentar a la consideración de todos ustedes su primer gran show de la noche...!" Total para nada, para que la gorda esa comience a berrear en el micrófono, moviendo las pestañas postizas como si no le dejaran ver y sacudiendo la mano por encima de su cabeza, imitando a la Guillot:
Amanecí otra vez
entre tus brazos,
y te quise decir tantas cosas...
Siempre la misma mierda, el mismo pasito hacia adelante con los zapatos plateados, las masas como una gelatina colgando del brazo y ahora color de zanahoria con esa bendita luz que la busca a tientas por la pista y cae a veces en la tumbadora, en los pies del maraquero, o se queda sola mientras la vieja ésta va hasta cerca de las mesas con la boca babosa y manchada de rojo como si tomara frambuesa, extendiendo la mano con el anillo de baratija y escupiendo en el micrófono el último intento de su ronquera temblorosa:
...y así pasaron muchas.
muchas horaaaaaas...
La trompeta desafina repitiendo las primeras notas de la canción, hay tres golpes de ritmo y la gorda gira con solemne ridiculez bajo la luz amarilla, completamente fuera de compás, y a punto de quedar enredada entre el cordón del micrófono; espantapájaros, vieja gorda, espantapájaros en la siembra en medio del carril, con los ojos de cáscara de huevo y "por ahí no paso, que se come a la gente", espantapájaros entre los cañaverales, gorda ridícula, loca vieja, qué clavo, mejor un trago así, con hielo nada más, "a la roca viejo. qué te pasa?";
muslo con muslo, esta es la vaina, para eso pagan, para eso vienen, entonces te me caigo en el hombro, que se joda la canción, ¡Ay, que me da cosquillas!, está bien, sube la mano, sigue, separo las piernas, mira, sigue, "con soda no. con hielo. a la roca. ion therock!", la gorda derritiéndose como una bola de manteca bajo el foco, canta, canta, canta, y uno tiene que fumársela mientras tanto, ¿No es así, Fulvio, verdad que es una maldita la cantante? Me tiene los pelos de punta! Y eso que es sábado que todavía no es quiniela, ni siquiera es fritura de Negra todavía. Es sábado, te paso la mano, te me caigo en el pecho, qué mareo, qué vaina, echo agua limpia en la ponchera y me desnudo; apago la luz, enciendes la luz, así no me gusta, apago la-luz, y quién empieza a pensar que este es un trabajo sucio endemoniado que cansa y molesta y se vuelve un infierno donde se quema el sábado con su cartel a la entrada esta noche show internacional y peso admisión para que vengan y vengan a caérsele encima a uno que no tiene más remedio que abrir los brazos sudando como un potro sin quedarse quieta ni un momento porque el oficio es no estar quieta un instante ni dejar que este sueño venga bajando, venga bajando y lo dañe todo porque ellos quieren la cosa como les gusta mucha bulla la cama dando contra la pared sin saber que uno lo que quiere es morirse que se mueran ellos tomarse dos aspirinas que se acabe este dolor este mareo el cuarto dando vueltas condenada vida vida sucia noche con un gato corriendo por el techo y " la luz del cielo, más blanca cada vez, entrando por la rendija "El Nacional" en la calle con una voz de niño de muchachito que vende periódicos y el panty se cayó en la oscuridad y ahora lo veo empapado dentro de la ponchera con los nervios de punta y la boca ácida ya sé que están haciendo café en algún sitio porque el olor se mete en el cuarto un carro que se va esa es una que por fín tuvo la suerte de acabar pero yo desgraciada es lo que soy cuando me vengan a cobrar la rifa voy a estar durmiendo y a lo mejor me quitan el número es lo que falta después que éste se me quita de encima buscando una toalla y se la paso del espaldar se queda sentado y me hago y le digo que estoy rendida papi amor viejo cosita se pone la ropa lo estoy mirando pongo el dinero debajo de la almohada abre la puerta se va y me dan ganas de rajarme a gritar pero la borrachera me sube de golpe y qué caraja me importa esta es la vida como quiera.

Quien empieza a pensar que esta es la vida si de repente te caen encima con una navaja, en cualquier callejón; te cortan, te cortaron, la cortaron, lleva un sajazo en el hombro yeso que hay tiempo para defenderse y la tafeta te salvó porque te tiraron a cortar bien hondo, del gordo de un dedo llevas la cicatriz, la escondes, no la escondes cuando te encuentras. Diecisiete años y con los pies en un charco hediondo, manando sangre, y esa es la vida, tu vestido rosado con una flor grande en el pecho, todo se dañó, se fue al caraja, tafeta en "El Mqyoreo" y me lo hace bien escotado. Por eso te tiraron al hombro, porque lo llevabas casi todo descubierto; esa es la vida, hija, "Cuándo volverá noche buena, cuándo volverá... " disco de mierda que bailabas con las manos levantadas, cerrando los ojos y sudando. Eran ellos que venían caminándote por dentro, bailando en tu recuerdo, los veías pasar por la colonia con trajes de colores, aullando con sus caracoles terribles, chifles de buey y cascabeles para la danza inacabable entre los cueros que tronaban; siempre danza y aguardiente espantando lo malo, sacudiéndose de encima el espíritu del diablo, y tú los veías pasar por tu barracón sintiendo sus golpes de bambú, respirando su aliento de fiebre; caderas la mujer, cintura y sexo el hombre y danza, danza para espantar al diablo. En Semana Santa vienen y te vas con ellos por los caminos y aprendes a sudar, a soltar el cuerpo calentándolo en el baile y se te olvida todo, tu hombre, la mujer del otro, diecisiete años te traicionaron ellos, "Cuándo volverá noche buena, cuándo volverá... " Bailabas moviéndote como una diosa, como una loca, como una bestia airada frente a la vellonera, libre en el salón, libre, libre, libre de qué?

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El mundo sigue, Celina

(cont.)



Por eso te acecharon, te cogieron mansita en el callejón, por quita-macho, porque te volviste loca de recordar, de olvidar que ya no era la vida de espantar lo malo, que ahora es esto, "cuándo volverá, noche buena, cuándo volverá... " Y te lo decían, que no perdieras la cabeza, que el navajazo te lo daban y ahí tienes esa marca que no puedes esconder cuando te encuentras. Diecisiete años, pendeja, y ya te marcaron para siempre; cállese doctor, cállese! Las paredes del hospital de Macorís te daban vueltas en la cabeza, pendeja, sí, pendeja. Y pensar que todavía no coges el paso, no te resignas, no ves la vida por ninguna parte; estarás viva? ¡Vivita y coleando! ¿Para qué? Para malpasar, Gregaria, para malpasar; ¿no te das cuenta de eso, idiota? Vete al salón a que te hagan un desrizado, saca el traje de casa de la modista, cómprate zapatos nuevos, ponte medias de malla, píntate el pico, anda, y verás tu destino, pobre diablo, nada, que tendrás encima el trabajo de todo el mes y estarás parada la noche entera en la Duarte, buscando pargos, eso, expuesta a que radio patrulla te agarre por sospecha. "Mariposita nocturna ': así le dicen a uno en los periódicos, en "El suceso de hoy", y te mira la gente desde los carros como si uno fuera un gato con botas, tocándose con los codos, murmurando, burlándose de ti porque no somos más que bagazo, basura vieja, loros muertos a escobazos. Y uno con las tripas gritándole, dispuesta a cualquier cosas, a lo peor, a lo que somos, hermana, a lo que somos, no importa que te diera asco la primera vez, lo hicimos, nos estrenamos con alguien y ya, desde que dan las doce y la pesca se pone dura, nos ofrecemos, decides que sí, nos enredamos con el primero, con el segundo, con el tercero. En eso paras, Gregoria, ahí paramos todas cuando llegamos a estropajo, a ciruela-pasa, a peseta. Para eso vives, y después dicen que esta es la vida, maldita sea; yo no me embullo, yo veo la paja en mi ojo y tu sigues comiendo bolas, soñando con el huevo de la lechuza, creyendo que esto es vida cuando un AIka-Seltzer no da para tanta resaca. Películas es lo que has visto, películas mejicanas en el "Cupido ", con Libertad Leblanc comiéndole el cerebro a un pendejo, con su cabeza rubia y sus pezones rosaditos como los tuvimos todas; aquí no te salva nadie, mejor te empujan, vienen por grupos, le caen encima y te suenan como a un bongó, buena pendeja. Eso es, Gregoria, para eso estamos en el mundo haciendo un papelazo, y tú te atreves todavía dizque a tener escrúpulos, a creerte viva, a pasearte en el salón como si en realidad hicieras algo grande, creyendo que sabes algo de esta vaina cuando en verdad lo que hacen es jodernos, partirnos al alma, matarnos a cuchillo de palo, vieja a cuchillito.
Por eso me dejaron viva, vivita y coleando, cortadita en el hombro en nochebuena, gritando como una chiva en el hospital, para que después me chupara este hueso y quedara amargada para siempre, sin cogerle el gusto a nada, empolvándome nada más que para darle la cara a tanta mierda. Y tú pretendes que te digas por qué sigo en esta vaina y yo te contesto que todavía "no asimilo los golpes" no aprendo el oficio, porque el disgusto me ha dejado sólo mueca y arruga, dejaron a La China ahí, a la Rubia, la volvieron Susana, la gastaron Susana, la emborracharon Susana viendo cantantes mantecosas, chupando colorete por los poros, mano en los senos, mojadas las sábanas, noche y noche y noche y tanta maldita locomotora cargada de noches... Ahí lo tienes, ese paga bien, cógelo que es tuyo; apóyate en las manos y en los pies, no te marees, fúmate uno negro, ríete, no lo disgustes, pide otro pote, párate y aplaude, y ahora baila rubia, baila china, baila Susana, "Qué vaina, Susana, Carmencita está tuberculosa ': mira qué vida ésta. Me las sé todas. "Eres un Paper-Mate, vieja!" para que me riera y casi de reírme así se me corría el colorete con las lágrimas, sí, lágrimas que se me confundían con la lluvia, allí mojándome en la parada de guaguas a las nueve y quince. "Eres una sabia, sabes más que un lápiz!" pero no importaba, todo eso era noche vivida, polvo sobre el vestido, ceniza, nada más; por eso me reía y de reírme se me salían las lágrimas y no estoy segura porque la lluvia caía aquel lunes sobre la calle Barahona, qué diablos sé yo, sobre la calle caía, y yo estaba riendo más sola que nunca, mojándome allí, porque la guagua no llega y las muchachas pasan con sus paraguas y sus libros y sus medias blancas que se les emporcaban en los charcos y uno recordaba "si a dos les quito uno, ¿cuánto me queda?
¡Uno!" Aburrimiento de maestra en la escuela de una colonia dónde uno se hastía y la profesora, la señorita no vuelve más y yo me quedo sin saber más nada, entonces tú me dices, me decías entre esa cama de dormitorio, sobándome la espalda y retorciéndote, ..¡Tú sí que sabes tu asunto, vieja': Por eso yo me río; se me correrá la pintura, se me enrizarán los cabellos mojados, el vestido rojo tal vez se encoja y se me vuelva un desastre, pero no importa, a mí me gusta repetir lo que me decías anoche, "Sabes más que un lápiz, nos mudamos. te mudo, seguro que te mudo, busca una casa, vieja, que te mudo!" Y yo, con tanto trago adentro, cogiéndole la cuerda, viviendo ese momento, "vete conmigo esta noche, vivamos juntos, vamos!" Le dije que sí, me puse de ridícula, en la Aménco Lugo había una pieza vacía, estaba buena parados, yo hablaría con la doña. Qué tonta fuiste, te dejaste correr, pusiste un huevo, por eso llora allí, esperando la guagua, pero llorando de risa, de aguacero, de vaina.

(cont.)


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Miér 08 Jul 2020, 05:18

Tener este libro en papel debe ser una auténtica gozada. ¿ quién pudiera... para leer

Diecisiete años y con los pies en un charco hediondo, manando sangre, y esa es la vida, tu vestido rosado con una flor grande en el pecho, todo se dañó, se fue al caraja, tafeta en "El Mqyoreo" y me lo hace bien escotado. Por eso te tiraron al hombro, porque lo llevabas casi todo descubierto; esa es la vida, hija

y subrayar?... que es como se aprende.


Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril el Miér 08 Jul 2020, 05:42

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(1937 - 1972)


CUENTOS



El mundo sigue, Celina

(cont.)




Era lo más justo aquella mañana de lunes escolar, de lunes en ayunas, de lunes que corre gris por el recuerdo, nublado, como se veían las gentes y los parques a través de las ventanillas de la guagua cuando yo iba cabeceando mi resaca y secándome las lágrimas con una servilleta de papel en la mañana que se cerraba poco a poco bajo la lluvia.
Todo eso me he aprendido como si leyera en un libro; soy la biblia, a cualquiera le doy una cátedra. Pero nadie comprenderá por qué nunca cogí el paso. Yo nunca tuve paso. Qué desgraciada. Paso, por si acaso. "El que tropieza y no se cae avanza un paso ': yo no me caí, me tumbaron, desde la cuna me tumbaron. ¿Desde qué cuna, comparona!? Desde la hamaca! Vuelta para arriba, vuelta para abajo y ¡Pum! que te caes al suelo. Y no te levantas más, Celina; trapos mojados, yerba pegajosa, polvo, rendija, piedra, dondequiera ese suelo.
Cesáreo Contreras luchará, se cortará en la pierna con el machete, caminará entera la colonia, y nada, picador de caña, tu padre, padre de Celina que sigue en el suelo siempre; boca sucia, ojo sucio, mano sucia, sucia, sucia, sucia, eso serás desde que esos bueyes con ojos de té de canela empujan la carreta y tú, mirándolos, conociendo ese sol cortado a machete, a sombrero, a guiño de ojo, tragando polvo a la puerta del barracón, aprendes a estar en suelo del que no te has levantado jamás.
Y a ti, ¿quién te tiró, quién te mandó a caerte? Qué sé yo!
La vida! Nada, que Cesáreo Contreras era mi padre. Que nunca tuvo un alfiler, Que se le fue la mujer. Que Celina creció sola. Condenada a eso. Jodida. Con buen corazón le tuviste miedo al espantapájaros clavado en medio del carril, Jefe de Campo, Alcalde, Mayordomo, todo era lo mismo. Espantapájaros para tenerle miedo, para caerte al suelo, "Ay, no no; está bien, está bien, venga!" la espalda contra el suelo, tú con trece años, "menéate, linda, menéate!" No te llevaron presa, no. Mayordomo. Alcalde. Jefe de Campo. sólo te agarraban por un brazo. "¿qué haces? ¿Robando caña?". "No!': "Sí!".
"No!" y ya tenían ojos de guaraguao y comenzaban a pasar la mano, "tírate ahí, tírate!" por eso qué sé yo, la vida, algo, metieron a uno en esa vaina, le fueron haciendo ese maldito camino. "¡Qué bueno, qué bueno baila Celina", sábado de quincena, Pedro picador, Rafael pagador, Negro pesador, vestidito de florecitas amarillas y moñitos cogidos con tiritas, iba yo, olor de "Noche Azul" en la cabeza, muslitos duros, pechito tieso, barriguita plana, yo, ingenio y sábado con aire de melaza, me hacen así, me enseñan el sobre, lo mueven, lo sacuden como una maraca, y yo, Celina, la hija de Cesáreo, "Potranca. eso eres. una potranca; vamos ponme ese disco, "qué bueno. qué bueno baila Ce/buz", pasas, sábado de pago, pasas, sábado de quincena, pasas entre los grupos, pasan los días y los meses y tú creces, tumbándote los hombres, llevándote "caña pal ingenio"; vienes un día borracha, a vaso vacío bebiendo en la bodega, te traen entre cuatro, te tiran, te brincan, te preñan, sí, ¿y el hijo? Mejor no hables de eso, cabo de la patrulla, abusador! No hables de eso, que estoy preñada, cabo, no me patee la barriga; siete meses más tarde, cuando te fuiste a un café de Macorís para que Cesáreo no te fuñera, ya metida de cabeza en esta vaina, no te salvaba nadie, cabo, no me patee la barriga, que estoy preñada, cabo, te entraron como a una conga y después, lunes temprano, cinco con setentaicinco por escándalo en la vía pública, ¡qué mal paso! Por eso digo que yo nunca di ningún paso. Me empujaron, eso fue. Me compraron.
Me volvieron loca. "Vente conmigo -¿y qué me das?- Veinte con Filtro - ¿y de quién son? son de la aurora- ¿y cuánto es? - Veinte centavos, nada más':-, Eso era yo, me hicieron igual que ese anuncio de los cigarrillos Aurora. Tenías que parar en un café, yo me decía, escote, mucho escote, pañuelito para amarrar el dinero, para hacerle un nudo, y esto, este chiste, este estornudo, este dolor de cabeza, esta mierda que se te volvió la vida sin que te dieras cuenta. Por eso preferiste dejarte llevar a nalgadas, a pellizcos, a mordidas en los hombros y en los senos. Nunca peleaste con la vida, ¿con qué vida? Que venga alguien y me demuestre que esto no es una burla, una vaina que me echaron. Si no, entonces yo hubiera estado muriéndome de risa, señora Celina hubiera sido, señorita Celina, ¡Bonita niña, esa! Pero no, pararías en un café, dejándote matar, poniéndote de carnada, a boca de jarro para que te reventaran noche tras noche y tú tratando de no llorar, de no quedar de fea, de no ponerte de ridícula; haciendo tu parte de juego sucio y aburrido, que te partieran el alma, que te gozaran y se cansaran de ti y se fueran al amanecer, dejándote más muerta que otra cosa, oyendo los gallos cantar, oyendo poco a poco la vida levantarse en la ciudad, a ronquidos de carros, a nombres de periódicos, a voces de noticieros, a niños llorando; y tú, ni Rubia, ni China, ni Susana, sólo Celina para ti, cansada, con los nervios de punta, acritud de ron envejecido entre las tripas, quedar cansada, más que nunca, más que ninguna vez, llena de varices, de arrugas, de recuerdos ingratos.
Te han dejado. No sabes qué hora es, sólo que afuera sonará la vellonera, en algún sitio, quizás en el café de la Mauricio Báez donde una vez unos hombres te hicieron acostar con Dulce, por quince pesos, ¡qué caray! Alguna estará en tu esquina de la Duarte con el portamonedas apretado entre las manos, soportando el frío, paseándose como un gato por el techo; tú te las sabes todas, eres la biblia, sabes más que un lápiz, sabes que el mundo sigue así, Celina. Mira las paredes blancas, la vida es una mierda y ahora se está callando todo a tu alrededor; un dificultoso estornudo y ves al cura, "Padre nuestro... " tú que te quieres morir "...hágase tu voluntad... "que no deseas ver más caras sino tumbar la cabeza y quedar así, tranquila, que te dejen quieta, lo estás viendo en este instante en que la vida sigue afuera como antes, "...así en la tierra como en el cielo... " te tocará en la frente, está pidiendo tu perdón,
"...Por su culpa, por su culpa por su grandísima culpa... "que te perdonen, que te perdonen qué, Celina? Que te perdonen esta perra vida
"...Amén!" esta cómica vida que te traga.





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Mensaje por Lluvia Abril el Jue 09 Jul 2020, 04:42

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(1937 - 1972)


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En el barrio no hay banderas

Al "Tinellel" 10 liquidaron. Nunca olvidaré los ojos del "Tinellel" cuando el policía rastrilló de nuevo la "Cristóbal"; ahí mismo, casi entre las cejas; y él recostado de la pared, con las manos abiertas sobre la acera y la pierna encogida, sangrándole por la rodilla. El hubiera querido hablar en ese momento, suplicar algo, pero el miedo como que se le atascó en mitad de la garganta y sólo se le vio esa tristeza terrible en los ojos cuando oyó el "cric-crac" de la ametralladora y miró esa boca filosa como una "gillette" doblada en redondo, oscilando de un ojo a otro, de la frente a la nariz, con la respiración excitada del policía.
Yo no sé bien, pero si por mí es, esa operación duró muchísimo tiempo, y la desesperación del "Tinellel" fue más grande por eso.
La verdad es que hay gente con mala suerte. Este tipo murió por una de esas cosas que dejan a uno bobo. Hay quien dice que es el destino, pero con todas las explicaciones que uno quiera darse, 10 que hace es convencerse más de que ha sido una injusticia, una cosa que no debió suceder. No es que uno crea que hay gente entre los de uno que merece morirse, o que por 10 menos su muerte se justifica. no, eso no; yo no pensaré nunca que se pueda justificar la muerte de nadie que no ha hecho cosas malas y que por el contrario 10 que hace es defenderse en la vida, pero no se puede negar que a veces, cuando le dicen a uno "a fulano lo mataron" o "fulano no aparece'; uno se lamenta, sí, pero no se sorprende porque la verdad es que hay gente que uno está esperando que la revienten de un momento a otro. Y eso se explica bien, porque uno ha visto mucho ya, y tiene por sabido que aquí al que se mueve mucho lo parten tarde o temprano. Por eso es que yo digo que lo del "Tinellel" fue mala suerte.
Yo sé .bien que los muertos no piensan. Que el que se muere, se muere y nada más. Sobre todo cuando se muere con la cabeza y el pecho hechos un solo "guayo ". Pero no me puedo quitar de la mente la preocupación de qué estaría pensando este muchacho ahora, después
que vio cómo es que suceden estas cosas. Me gustaría saber si sería capaz de arrepentirse. Bueno, mirándolo bien, cualquiera se arrepiente después que está muerto, y más como murió él... ¿Qué dirá si lo dejan hablar? A lo mejor se pone a insultar a todos los que estábamos esta mañana y que salirnos huyendo en cuanto el Teniente se abalanzó hacia el grupo con la "Cristóbal" apoyada en el vientre. Siempre sucede igual; uno solo es el que comienza y todos se le van detrás, disparando como locos a todos lados, y se arma entonces un molote en el que nadie sabe para dónde huir, y eso es lo peor: ahí es cuando se aprovechan ellos, pues sólo tienen que apretar el gatillo y comenzar a rociar plomo y a Dios que reparta suerte. Eso prueba que hay refranes bien pendejos; aquello de "no van lejos los de alante si los de atrás corren bien" es pura pendejada cuando suena un rafagazo. A mí me gustaría ser de los que van alante siempre porque esta gente no apunta a nadie en particular, sino que lo hacen "a lo que agarre mi bola", y ahí es donde se fuñe mucha gente que se le. queda a boca de jarro y le pasa como al "Tinellel" que lo agarraron en una pierna y ya no pudo seguir, sino que se cayó junto a la pared; y así si es fácil que rematen a uno, que le metan el peine completo en la carne.
Mi compadre Julián va a lamentar mucho esta vaina seguramente.
El quiere mucho a Doña Cara y fue de los que la ayudaron cuando el papá del "Tinellel" se desapareció en el 48.

(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Jue 09 Jul 2020, 04:45

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CUENTOS




En el barrio no hay banderas

(cont.)

Mi compadre me ha dicho siempre que un tal Capitán Berroa tuvo que ver con esto. La verdad es que el viejo no apareció jamás y la pobre Doña Cora siempre tenía la esperanza de que lo tuvieran en la "Beata", y no se convenció hasta que mataron a Trujillo y se quedaron por un tiempo las cárceles vacías y el viejo Arturo no volvió. Tenía razón Mirito cuando me repetía en "la cuarenta" que "el peje" (como decía él de Trujillo) no perdonaba a ningún obrero que se le atravesara; y me recordaba lo que pasó cuando cayeron presos los del 14 de Junio, que a los estudiantes ya los doctores les pasaron causa en los tribunales y sin embargo a los"panfletistas" de Santiago, que eran obreros casi todos, los ahorcaron una noche y los tiraron en la incineradora. A Mirito lo mataron en la silla eléctrica un domingo por la mañana; el domingo de Resurrección, me acuerdo yo. El pobre Mirito siempre estuvo consciente de que no lo dejarían vivo. Hay una canción de Juan Lockward que me lo recuerda mucho cada vez que la oigo, porque él la cantaba por la noche en la solitaria: "Esta guitarra bohemia que vibra en mis manos" Mirito no cantaba bien, pero yo le pedía que cantara y él lo hacía con los ojos cerrados, me decía que cuando cantaba "Guitarra Bohemia" se acordaba del "Bar Rumoroso", porque en la vellonera lo ponían mucho, y yo le decía que sí, porque a papá lo tenían harto con ese disco. Cuando Mamá oye ese disco también se acuerda de Mirito y siempre dice igual: "Que Dios lo tenga en gloria': Doña Cara tiene la cara más triste del mundo; parece que dice que ya no aguanta más, y es justo. En este barrio nadie ha cogido más golpes que esa vieja y nunca se ha lamentado; por eso dice "El Oveja" que el Sindicato no puede abandonarla ahora que ya perdió al "Tinellel", que era el que lo metía todo en esta casa. "El Oveja" ya habló con el tesorero y está arreglando las cosas para que la vieja no se quede en la calle. Hay que hacerlo, por Doña Cara y por "Tinellel" también. Era un muchacho sano que creía que la vida no terminaba nunca, y tenía razón para eso, porque la verdad es que para tipos como él la vida no debía terminar tan inesperadamente. La vieja Cara lo cuidaba como si tuviera todavía tres años; fue que ella puso en él toda su esperanza después que se convenció de que a Don Arturo se lo tiró Trujillo. Era lo único que ella tenía, porque la otra, desde que se casó se alejó de la familia dizque porque en esta casa "sólo visitaban "comunistas" y la vieja era una apoyadora". En el fondo lo que pasó fue que Grecia calculó que esa era una buena manera de evitar tener que ayudar a su mamá y prefirió quedarse viviendo de puesto en puesto con su guardia. Ahora está en la frontera, según oí decir, y ni siquiera se dará por enterada de la muerte de su hermano. No hace falta en este velorio (como diría mamá), aquí sólo deben estar los que están, que son la gente de uno, la gente que "se ha chupado" todas las desgracias con uno y que sabe que a este barrio las cosas le cuestan caras. Aquí casi no hay extraños, somos los mismos que enterramos a Frank cuando avanzaron los yankees, los mismos que velamos a Sonia cuando la mató Pedro el zapatero porque la celaba con Urraca; aquí están Filia y Morrobel y Julio y el "Jabao", y yo, y Antulio; todos los que nunca han echado para atrás cuando hay que dar la cara. Solo falta el "Tinellel" y ahí está, con la cara machacada por los cartuchazos! Como un hombre.

¡Como un hombre! ¡Qué cosa!: Un muerto, cuando ha muerto bien, es más hombre que un vivo. Eso lo digo por el "Tinellel": Ahora se ve como más pesado, más serio; ahí tendido en esa caja. Ahora como que uno lo ve y no le sorprende que esta mañana estuviera ahí alante
"forzando la jugada" frente a los policías. Yo siempre lo creí más bocón que otra cosa, pero no me atrevo a pensarlo; ahora le tengo respeto y cuando me le paro enfrente me parece que quisiera decirme que qué estoy yo esperando para demostrar todo lo que digo, como lo ha de-
mostrado él con su muerte.
Yo no sé por qué cada vez que veo a Dulcita me dan unas ganas espantosas de reírme. Es que sólo me la imagino bailando el "ají picante ': ¡La pobre!... ella no pensaba el día de Noche Buena que a su novio se lo iban a traer el doce de enero en estas condiciones; no ha dejado un solo minuto de llorar, espantando las moscas con un cartón. Es una buena muchacha, pero yo no acabo de imaginármela en el plan de doliente, y esto debe ser por el temperamento de ella: difícilmente aparece por aquí una tipa más bailadora que esa. Yo le digo "azuquita" porque cuando yo era camarero en la Feria había una bailarina que le decían así, y a ella le pega bien ese nombre. El "Tinellel" se reía cada vez que yo la llamaba de ese modo y me decía de broma que algún día formarían una pareja para viajar por Curazao y Puerto Rico. Morrobel le seguía la corriente contándole que él tiene un primo que ha viajado mucho como bailarín, pero que primero tuvo que meterse a maricón, y entonces reíamos todos de buena gana.
Ya el "Tinellel" no puede reírse, ni podrá Morrobel seguirle la corriente; los muertos no se ríen, ni se les puede seguir la corriente;' a los muertos se les acompaña y se les entierra. Uno los acompaña y los entierra, es verdad, pero después se le quedan a uno en la mente y entonces están más presentes que antes, porque ya uno no se atreve a faltarles el respeto, y comienza a creer en ellos más que cuando estaban vivos; porque como que las palabras dichas valen más y tienen más razón después que el que las ha dicho se muere... por ejemplo, ahora yo me pongo a pensar en lo que el "Tinellel'' me decía cuando hablaba de las mujeres; antes yo me reía con eso pero no le daba razón porque entendía que él era muy joven y no sabía de esas cosas. Ahora ya creo que es verdad "las mujeres flacas son mejores que las gordas... " Y mira, que yo no sé por qué no le daba importancia a esas palabras si yo he tenido mejores experiencias con las flacas que con las gordas. Ah, pero uno es así, hasta que la gente no se muere uno no lo cree.

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Mensaje por Lluvia Abril el Jue 09 Jul 2020, 04:48

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En el barrio no hay banderas

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Asia era flaca y me enredó de una forma que yo no sabía si la cama era para dormir o para estar con ella solamente; después, con Silveria, cuando trabajaba en la Grenada, gozábamos tanto que de noche nos encerrábamos desde que yo llegaba del trabajo; en cambio con Luz,
que era gorda, se me hacía pesado el asunto porque ella como que no entraba en calor, y a mí me gustan las mujeres que se le vayan alante a uno, que le peguen las espuelas y le obliguen a "sacar de abajo ': Definitivamente las flacas son más calientes que las gordas y el "Tinellel"
tenía razón. " ¡El Tinellel"!
¡Qué tiguerito éste!
Mira a María poniendo una ponchera llena de hielo debajo de la caja. Siempre fue servicial María. Nunca olvido la noche en que a Mamá le dio el ataque al corazón, en los días en que me soltaron. Se portó muy bien ella, fue a buscar al doctor Bautista a las doce de la noche, sola, porque juzgó que para mí era demasiado peligroso. A gente así hay que quererla; ella tendrá sus defectos, pero qué caraja, todo el mundo los tiene. Además, ¿qué hace que le gusten tanto los hombres?
¿Para qué iba a tener entonces esas piernas y esas nalgas? Cada quien hace con lo suyo lo que le da la gana y nadie tiene que meterse en eso...
Bastante buena que está María para dejarse perder pendejamente...
Esa mosca hace rato que está fuñendo entre los ojos y Dulcita se ha cansado de espantarla con el cartón; pero .da vueltas ahí mismo y vuelve a "jeringar" andando sobre las cejas, metiéndose entre las pestañas hasta llegar al rinconcito ese donde los ojos se pegan a la nariz; Dulcita la espanta con el cartón, pero vuelve entonces por la boca y va subiendo, entra en la nariz, sale, y vuelve para caer otra vez entre los ojos.
Me mortifica esa vaina; me parece que al "Tinellel" le molesta y que él quisiera darse un manotazo para aplastarla; pero un muerto no puede espantarse las moscas de la cara, no puede hacer nada. Esa es la diferencia entre el que está muerto y el que está durmiendo; cuando uno está durmiendo no solamente puede espantar las moscas sino que puede cambiar de posición y acomodarse como mejor le convenga; pero muerto la cosa cambia, se queda uno paralizado, sin pensamientos, sin dolores de muelas, sin los chistes que uno se sabía, sin ganas de hacer nada; y lo peor es que el que está vivo mientras tiene al muerto delante, siempre cree que éste puede oír las cosas que se dicen a su alrededor; y la verdad es que un muerto no escucha nada, porque un muerto es igual que una casa vacía. Uno grita por una puerta y la voz se escapa por la otra sin que nadie responda. Sin embargo, dicen que a los muertos les gustan las casas vacías, que si alguien se muere en esta casa, aquí se queda para toda la vida rondando. Si eso es verdad, entonces las casas están más llenas de muertos que de vivos. ¿Y cómo será cuando en una misma casa se han muerto dos personas que no se conocían? ¿Cómo pueden compartir el mismo espacio sin ser familia, sin conocerse?
Dos vivos no podrían vivir juntos en la misma casa sin nada que los una, y es más, hay gente que siendo familia, no pueden vivir en paz en la misma casa, sino que están como perro y gato todo el tiempo hasta que tienen que separarse definitivamente; en cambio hay muertos que permanecen juntos sin pelearse y sin conocerse.
De todos modos, los muertos no escuchan nada de lo que se dice a su alrededor, ni pueden espantarse las moscas de la cara; por eso me mortifica esa maldita mosca que está fuñendo desde hace rato entre los ojos del "Tineílel".
- ¡Dulcita, espanta esa mosca!
Nadie habla. Todo el mundo está con los labios apretados y mirando para el suelo. La gente de este barrio sabe 'cómo portarse en un velorio. Ya van como diez del año 61 para acá. Antes no los velábamos, pero nos juntábamos en los patios y en las cocinas a pensar en ellos y a pedir por su tranquilidad; de modo que estamos tan acostumbrados a esto que ya no concebimos que la gente de otro lugar muera de la misma forma que los nuestros, y para ser sincero, yo creo que nos hemos unido tanto alrededor de esa costumbre, que ya la muerte de otra gente apenas sí nos interesa.
No, esto no es del todo cierto. A nosotros nos duele la muerte de cualquiera, lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a "comernos" solos a nuestros propios muertos, que francamente ... bueno, no me explico qué es lo que nos pasa en realidad. Lo que yo sé es que este dolor es el mismo desde los tiempos en que José Guante apareció en el Ozama, dizque ahogado, pero con una puñalada en el corazón. De eso hace veinte años, y todavía lo recordamos...
-Sorí, ven acá... ¿a qué hora es el entierro?
-A las cuatro.
- ¿Y qué hora es?
- Las tres y media.
- ¡Qué vaina Sorí, cómo mataron al "Tinellel"!
- ¿Tú lo viste?
- ¡Sí!
- ¿Gritó?
-No.
-Si hubiera gritado también lo matan.
-Sorí...

-¿Qué pasa?
- Diles a los muchachos que traigan la bandera...
- ¿Qué bandera? Con esa enterramos a Julio cuando la huelga...
- Tienes razón, en el barrio ya no hay banderas...


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RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ (CUENTOS) - Página 2 Empty Re: RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ (CUENTOS)

Mensaje por Lluvia Abril el Jue 09 Jul 2020, 05:52

REPUBLICA DOMINICANA

RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ

(1937 - 1972)


CUENTOS




La noche se pone grande, muy grande

Nunca podrás limpiarte el rostro completamente. Por más que estrujas el pañuelo en tu mejilla, lo haces una pelota, intentas taponar la herida. Seguirá fluyendo la sangre y ese ardor te molestará. Por eso apuras el paso y vas sintiendo un calor que te asciende desde los pies deteniéndose peligrosamente en tu frente, en tus sienes. Y ahora no es sólo la sangre fluyendo paulatinamente, a gotas, sino un pequeño chorro que se te mete por la boca y rueda por la barbilla, por el cuello, manchando tu camisa blanca que empieza a empaparse en el pecho,
humedece tu franela y ya el pañuelo es una bola mojada, roja, y comienza a correr todo un río desde la herida, desde esa cortadura que arde, que duele, que está doliéndote desde el mismo momento en que viste esa gran mancha de luz azul, ese relámpago doloroso.
Fue un golpe contundente. Sentiste el puño estrellarse en tu mejilla y entonces estuviste a punto de gritar. Probablemente gritaste. Recuerdas simplemente que diste dos, tres, cuatro pasos hacia un lado que pudo ser el izquierdo o el lado derecho. Había un árbol, te hubieras apoyado en él, pero los gritos, la bulla de los otros "quítense/o, quítense/o ': "no me agarren, coño, déjenme seguir': Entonces te tuviste lástima, diste tres, dos, un paso, no sabes...
Ya no había árbol. Sentiste la grama debajo de tus pies, la tierra, una piedra que arañó el zapato. Tu boca se llenaba de algo salado, de algo con sabor a hierro, algo indefinible que te corría desde el sitio que comenzaba a arderte, justamente debajo del ojo derecho. La piedra estaba ahí, la sentirás debajo del zapato, y quieres agacharte, vas a desenterrarla, a tomarla entre tus dedos para golpear en la cabeza o en la cara, pero sientes que te toman por los hombros y tus ojos ven el cabello enmarañado de Felipe 'ya dejen esa vaina, ya se quitaron la tirria, ya!': entonces te dejaste empujar, casi te empujaste tú mismo; echaste a andar entre los otros, y ya no sabes más, sólo que no podrás limpiarte el rostro porque ese río no cesa de fluir y el ardor será una quemada, una brasa en tu rostro. en tu corazón.
La noche se ha vuelto grande y ardiente también, tú caminas más rápido, quieres correr. La camisa blanca empapada en el pecho, qué dolor, que pena, que dolor, que dolor. Los niños cantan en la galería de esa casa gris en el silencio de la noche ardiente; los niños cantan detrás de ti, en la galería, "mambrú se fue a la guerra/ que dolor, que penal mambrú se fue a la guerra, y no sé cuándo ven... que dolor, que dolor, que penal que pena, sí, que pena. Y no quieres llorar, no quieres, sino que avanzas más rápidamente. Es inútil pelearse por tonterías, eso piensas. Todo pudo haberse quedado en la carrera por el parque, cuando Enrique te despeinó junto a la glorieta, los dos jadeando después de haber saltado por sobre los canteros, por sobre los bancos; pero tú quisiste vengarte y fue cuando metiste aquel chicle entre los cabellos de Enrique.
Después todo estaba fatalmente dispuesto. No podía arrepentirte.
Enrique y tú caminaban hacia aquel solar lleno de yerba. Pensaste que el pleito sería cosa de quitarse la camisa y rodar por el suelo los dos, forcejeando entre el polvo rojo, sobre la grama, los muchachos gritando .. Dale. dale! ", y entonces estarían cansados y correrían a ponerse sus camisas nuevamente y mafíana en la escuela se diría que peleaste con Enrique aún cuando el te lleva veinte libras. Pero llegaron al solar y ahí empezó tu miedo porque Enrique no te dio tiempo para más; viste sus ojos buscándote seriamente, con odio, siguiéndote, acercándose, acosándote, acorralándote. Cerca de ti, cada vez más cerca.
Los puños grandes moviéndose sobre ti, frente a ti. Y ya no habría tiempo, el tiempo que hubieras querido para bajar la guardia, para reír tímidamente, para decir 'ya está bien, dame la mano" y se irían todos otra vez al parque a reír tontamente de aquella comedia entre amigos, y Enrique o Pablo acabarían por invitar a una cerveza en "El Apolo ':
Hubieras querido eso, bajar la guardia, abrazar a Enrique "está bien, somos amigos, nada más ". Pero no tuviste tiempo, no tuviste fuerza, no tuviste equilibrio; el puñetazo fue demasiado duro. te estremeció completamente, diste un traspié, perdiste la noción de todo aquello.
Dos pasos, tres pasos, un árbol, la yerba, una piedra, Felipe, la sangre, algo salado, un chorro, el relámpago, un pañuelo, corres, más rápido, que dolor, los niños en la galería, que pena, tu corazón sollozando, ardiendo, qué noche, "mambrú se fue a la guerra que dolor que dolor que
pena ': que pena, que penaaa.

(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Jue 09 Jul 2020, 05:55

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(1937 - 1972)


CUENTOS




La noche se pone grande, muy grande

(cont.)



La noche se puso grande, más grande, muy grande.
Tan grande que ahora quisieras adivinarla en toda su misteriosa profundidad. A penas podrías adivinarla; ya no saldrás de ese sueño.
Pero sentirás la serenidad del cielo, esa frialdad, la brisa que gira en la noche y estremece las hojas en la oscuridad. La noche grande, serena, toda dentro de ti. Y ese dolor que empezaste a sentir no sabes cuando en el corazón, en las piernas, en los ojos, en el lado derecho del cuerpo; la sangre que se escapaba, ese brazo ahora completamente paralizado y el dolor que ascendía, que te llenaba el cuerpo. Tú llorabas, lloras, no lo sabes. Tal vez te quejas, tendrás mucho tiempo quejándote. Esa piedra debajo de tu cabeza, iEl fusil! ¿Dónde está tu fusil?
Allí, debajo de tu pierna derecha sentiste la culata, pero ya era imposible recuperarlo, está muy lejos de él.
No te mueves, no te puedes mover, ¡si pudieras recordarlo! Fue muy repentino todo. La loma era alta. "Mambrú se fue a la guerra...que dolor... que dolor... que dolor... " Algún niño cantará, la noche cantará, "que dolor, que dolor, que penal': La loma era alta. José, Raúl, Luis, Coco, Pipe, Andrés. Las botas pesaban más que nunca. Doce kilómetros escapando entre el bosque enmarañado, ascendiendo por laderas lodosas. El peso de la mochila, las botas, el fusil. Galletas con salchichón, " ¡Qué vaina, coño! Y estos malditos perros detrás de uno día y noche!" "Hacia el norte, hacia el norte': Y era alta la loma, hay que subirla antes del anochecer. Escrito está en tu diario: .....dos bajas hemos tenido en el día de hoy, Mario y Jerez, nuestro guía campesino ':
Lo escribiste alrededor de la una del día: "El sol está en medio del cielo, el cañón del arma está caliente aún; nos sorprendieron a las once, más o menos... les hicimos frente tumbándoles al oficial y a cuatro o cinco subalternos... hemos escapado y ahora vamos hacia el norte, antes del anochecer debemos ganar la loma... "
Está escrito en tu diario, iSi pudieras recordarlo! Tu corazón daba saltos extraños, te tocabas el rostro y sonreías sintiéndote la barba crecida: A Luis lo hirieron al amanecer del segundo día. Tendimos una emboscada a la tropa que salió a perseguirnos. Hemos hallado poca comida. La fiebre le subió bastante a Raúl durante la noche. Hemos estado dando vueltas a un cafetal durante una hora, alguien nos informó mal En todo el día no hemos visto una persona, ni civil ni militar. La moral de la guerrilla está firme a pesar de que la humedad ha hecho enfermar a algunos... " Lo escribiste de tu puño y letra. ¡Si pudieras recordarlo! Habrías anotado otras cosas, ideas que se te habían quedado en la cabeza y comenzaron a darte vueltas esta tarde. "Tal vez hemos actuado precipitadamente. Quizás no era tiempo de atacara un Los del sur estarán en mejores condiciones porque al/á la guardia no ha tenido tiempo de llegar. E,: el monte la noche es un espectáculo verdaderamente sobrecogedor, se mira al cielo y de repente se precipita uno a un vacío terrible que se lo traga. He soñado con mi Madre dos veces en cinco días. Me duelen las piernas, las botas me tienen los tobillos destruidos. La mochila pesa como un demonio. Si algún día triunfamos, entonces sabré definitivamente que el miedo es inútil ': Estas y otras cosas hubieras anotado en tu libreta. Pero ahora no puedes recordar nada. En aquel momento era necesario subir, hacer un esfuerzo más, subir. Pensaste en la ciudad, los diarios, la Universidad, las emisoras, tu Madre. Cinco segundos te fueron suficientes para recordar, palabra por palabra, todo lo que hablaste con José, con Andrés, con Raúl, antes del alzamiento; los viajes con Ligia al interior transportando armas, la orgullosa alegría de la primera caminata monte adentro en la madrugada, midiendo por su satisfacción el heroísmo y la nobleza de los que antes que tú encararon este compromiso en algún sitio.
" ¡Qué hambre!" Había que seguir subiendo y el cielo se mostraba más duro cada vez, el sol arreciaba, se apretaba entre las nubes sobre el silencio del monte. La columna se desplazaba rápida y sigilosamente en medio de la tarde. Horas enteras el sudor cayéndote desde las cejas. El final de la tarde se estiraba lívidamente. Entonces fue cuando se oyó el disparo un poco más abajo de ustedes; no había lugar a dudas, se le escapó a un guardia, " ¡Qué mina, nos cogieron!': Hay que avanzar más aprisa aún. Están cerca, les siguen las huellas, hay que seguir, no queda otro camino, y siempre más rápido, hacia las zonas más tupidas siempre.
Coco adelante, casi corriendo, agachado bajo las ramas; Luis con el pantalón raído y la mano derecha vendada, llevando el G-3 en la izquierda, "Avancen, coño, avancen, que nos cogen aquí abajo!" Y tienes que correr, quieres correr. Comenzaste a recordarlo entonces. Enrique te despeinó junto a la glorieta. Eso no lo había vuelto a recordar desde que tenías quince años. Los dos jadeando después de haber saltado por sobre los canteros, por sobre los bancos de granito "Cortesía de Esperidión Torres-Hotel Dos Repúblicas': (Recuerdas cuando metiste aquel chicle entre los cabellos de Enrique. Después, ya no podías arrepentirte, el pleito estaba casado.
Todavía pensaste que sería cosa de quitarse la camisa y rodar los dos por el suelo, forcejeando entre el polvo rojo y los muchachos gritando "¡Dale, dale!", entonces mañana en la escuela se diría que peleaste con Enrique aún cuando él te lleva veinte libras. Pero Enrique no te dio tiempo para más, entonces se te confundió todo porque sus ojos te buscaban furiosamente detrás de sus puños apretados. Sí, lo recordabas. Ya no reparabas en la mano vendada de Luis, ni en Coco que decía "Nos cogen aquí abajo y nos jodemos!" Tu corrías casi arrastrando el fusil. Sólo veías los ojos de Enrique buscándote con furia, y quiere llorar, corres, corres, resbalas, corres, escuchaste aquellas palabras de Enrique "¡Ven, pendejo, tírame un golpe!" y sentiste mucho miedo.
Corres, "¡Despliéguense coño!" Coco se arrastra, Raúl rastrilla el arma, corres, Pipe te empuja, te dejaste empujar, casi te empujaste tú mismo.
Ahora no podías arrepentirte "Dejemos esta vaina Enrique, amigos otra vez, una cerveza en "El Apolo" con Pablo y los demás " No tuviste tiempo, vas a disparar, quieres disparar, no tuviste equilibrio, la descarga fue poderosa, las hojas cayeron de repente, silbaron las balas, detrás de ti tableteó un fusil, y otro más abajo, todo se llenó de disparos. La tarde acribillada, los árboles, las piedras. No tuviste tiempo, no tuviste equilibrio. El golpe fue repentino, te estremeció completamente. Diste un traspié, perdiste la noción de todo aquello. No recordarás que diste dos pasos, tres pasos. Un árbol, la yerba, una piedra, Felipe, sí, Felipe otra vez, un árbol, probablemente te hubieras apoyado, pero el brazo, ese dolor en el brazo, los disparos, la sangre, la herida, "quiténselo, quiténselo ya!", duele, algo salado, un chorro, los disparos, qué dolor, los niños en la galería, "Que pena... " Tu corazón sollozando, "Mambrú se fue a la guerra que dolor, que dolor, que pena... que pena...
Y no supiste más. Ahora la noche se pone grande, ardiente, más grande, grande, muy grande...


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Mensaje por Lluvia Abril el Vie 10 Jul 2020, 05:10

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(1937 - 1972)


CUENTOS




"Y.. . se encienden las luces”

"No pasa nada. Carlos. Sólo que... ..
Se llamaba Clara. ¿Quién, ella? No, ella hizo justamente lo que tenía que hacer. A nadie puede ocurrírsele que un hombre en la oscuridad deba agitarse aferrado al sillón, aprisionado entre esa camisa blanca mojada de sudor, y menos con esa música horrible que sacudía la
noche. Lo que pasaba en ese instante no estaba sucediendo dentro de ti, ni junto a ti, era sólo eso que estabas mirando, que estaban mirando los dos con las manos entrelazadas y las cabezas juntas, tan juntas que de repente comenzaste a marcar el compás de su respiración: Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, doce, quince, noventa, veintiuno, cuarenta, diecisiete, yo, se ahoga, me oprimes, hoy, basta, qué es esto, no puedo, no quiero, te ahogas, me ahogas, te ahogas. Pero no, era sólo frente a ustedes, no era en ti. Tú estabas perfectamente bien. Yo estoy perfectamente bien, Carlos; sólo que a ratos se me opaca el cristal de los espejuelos y la falda blanca se me encarama hasta medio muslo cuando cruzo las piernas. Entonces yo muevo febrilmente la pierna derecha y nuestras manos quedan sobre mi rodilla. Pero estamos bien, Carlos. Esta noche hemos hecho las cosas correctamente, hemos actuado con la normalidad de siempre. A las siete menos cuarto nos sentamos a la mesa y comimos pan con huevo, recordé advertirte que si quieres rebajar el vientre no debes comer más de lo normal, y luego te serví el café con leche. Por un instante permaneciste con los codos sobre la mesa mirando hacia el televisor "la cabalgata deportiva Gillette presentó nock-out! ", fuiste al espejo, te peinaste, y a las siete y treinta aproximadamente bajábamos las escaleras. Caminamos del brazo, a un paso regular, y así llegamos hasta la taquilla. Estuvo todo magnífico. Nos sentamos, como siempre, en la cuarta o quinta fila después de la puerta de entrada, hacia la derecha, y te dije que había olvidado tomar mis pastillas para la acidez, en ese momento reías con los chistes de cine-revista aunque no por ello dejaste de mirarme de una manera algo extraña, pero no pasó de ahí, Carlos. Estamos perfectamente bien, estás bien, Carlos. Sólo que la falda se me sube hasta la mitad del muslo cuando cruzo las piernas y ahora nuestras manos están en mi rodilla.
Clara, sí, Clara, Clara. Ella hizo lo que tenía que hacer. En verdad cuando un hombre se desespera en la oscuridad es por algo. Un hombre con un pañuelo blanco frotando el cristal de unos espejuelos, una vez, dos veces, no importa. La muchacha con la cabellera parda dónde está. Debe estar allá adelante, con algunas amigas, y a lo mejor no tiene los cabellos pardos sino que es morena y se encuentra contigo todos los días en el ascensor, pero debe estar allí o en un sitio que no has pensado, pero en verdad no hay razón para pensarlo. New York se parece a New Orleans en el cine, tú no conoces esas ciudades pero creíste que era New York. ¡Bonita confusión! Menos mal que casi nadie se enteró, casi nadie, porque se lo dijiste a ella y te ha preguntado que cómo sabes que es una ciudad y no la otra, y has tenido que decirle que una de las muchachas, la de las trenzas, esa que viene ahora de frente a la cámara, acaba de hablar de New Orleans, entonces ella te mira porque le contestaste en un tono francamente reprobatorio, y te sientes como un león enjaulado. Prueba a morder la menta, una, otra vez; has hecho de ella un polvo, una pasta más bien que sabe a tinta de bolígrafo, a lustre de automóvil, a aire acondicionado, a gaveta llena de camisas, a periódico, a baby-doll color crema, a aniversario de bodas, a jugo de toronjas para rebajar. Si pasas las manos por tus cabellos descubrirás que estás bien peinado, tu pantalón gris se ve casi amarillo en la oscuridad, pero sabes que es un bonito color gris. Estás enjaulado, Carlos.
Esos ojos desesperados, esa mirada definitivamente suicida, ese último gesto de ella antes de lanzarse. Todo en una imagen trágicamente oscura, borrosa, casi descolorida ahora que ya no te queda duda alguna; el grito fue amargo, tú lo sentiste en tu garganta y supiste de una vez
que ya no hay tiempo para volver atrás, para rescatarla de ese tortuoso escenario, de esa corriente voraz que la arrastra, que se lleva su rostro, y casi vas a extender tus brazos queriendo alcanzarla, pero algo te dice que es un gesto completamente inútil, que la oscuridad te lo impedirá, que esa música horrible te lo impedirá, que tu propio miedo te lo impedirá. ¿Tú la empujaste, Carlos? ¿Acaso te acercaste a ella inadvertidamente sobre el puente? ¿Quizás tu mano, esa mano que te exprimes ahora, la empujó por la espalda, como si la empujaras desde el balcón de tu casa, desde lo alto de la escalera, desde la cama? Estás enjaulado, Carlos, estás enjaulado.
Pero estás bien, estamos actuando normalmente, Carlos. Sólo que a veces se opaca el cristal de mis espejuelos y entonces tú frotas en ellos tu pañuelo y todo en ese instante huele a Gerlain. Nunca te ha molestado que yo mueva febrilmente mi pierna derecha o mi pierna izquierda, por eso yo la muevo febrilmente y muerdo un chocolate; pero no pasa nada, Carlos.

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Mensaje por Lluvia Abril el Vie 10 Jul 2020, 05:13

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(1937 - 1972)


CUENTOS




"Y.. . se encienden las luces”

(cont.)


El mes que viene el niño cumplirá tres años y quiero celebrárselo como siempre, ese día sales temprano del trabajo, a los niños les gusta que sus padres les acompañen en su cumpleaños, además no quisiera que faltaras en la foto; las del año pasado no quedaron bien, mamá me dijo que estaban un poco movidas, y eso es verdad, debes tener más cuidado cuando tomas fotos, Carlos. En los cumpleaños siempre se cantará el Happy-birthday, nadie se acostumbra al regalo mejor.
Cálmate, Carlos, es sólo que quiero hacer un librero en esa esquina, éstos que trae "Buen Hogar" están preciosos, y no importa que tenga jaqueca, ya sabes que cada mes es igual, además sé que no te importa que tenga poco busto, tú siempre miraste más mis piernas que el resto del cuerpo. Y es verdad, Carlos; no tienes por qué mirar de esa manera a la muchacha que teclea en la maquinilla sentada frente a ti todas las mañanas, ella también llegará a tener la marca de la faja en el vientre y lucirá detestable con la cara llena de crema al acostarse. Y ella, ¿Quién?
Clara, ella hizo lo que debla hacer. Lo único que podía hacer. Después de todo no hay otra alternativa cuando un hombre se ha metido hasta los cabellos en la oscuridad y se siente tirado por las orejas, como si en vez de estar en esa butaca estuviera metido en la pantalla, quemado en esas figuras extrañamente incandescentes, en esa fuente, viendo morir a esa mujer arrastrada por las aguas, esa mujer que se ahoga, que se lanzó desesperadamente mientras en toda la noche, te sacudes, Carlos.
Lo único que podía suceder. Y tú lo sabías, Carlos; presentías esa extraña frialdad que ahora tendrán las paredes del comedor, ese amargo miedo a tus propias manos con las que te llevarás desganadamente el pedazo de pan a la boca cada mañana. Ahora tu sentimiento de culpa no estará limitado solamente al instante en que ella tomaba nerviosamente el frasco con las pastillas tranquilizantes, a los largos silencios que seguían a tus más irónicas expresiones; ya no tendrías medios para evadir esa certeza agobiante de haber actuado durante años como un verdugo, de haber condicionado este desenlace, de haberla acompañado con tu mirada llena de odio y de cansancio hasta la baranda de madera, de haberla visto con frialdad bajar la cabeza, cerrar los ojos y finalmente gritar en un patético salto hacia el fondo gris. Ahora tú, con quién, ¿Con Clara? No. Nada puede hacerse cuando alguien pone ese rostro amargado y empieza a hilvanar frases agresivas desde el momento en que mete los pies en las pantuflas cada mañana. No es fácil resignarse a ser unos ojos vacíos frente al espejo, unas manos solas, una cabeza tumbada sobre la almohada, y entonces no hallar más que ese gesto grave con que quedabas con los codos sobre la mesa mirando hacia el televisor, contando los golpes de Ray Robinson, ese tono infeliz con que contestabas sus preguntas, esa mirada implacablemente aburrida que devolvías a su conversación, esa manera de dejarte arrastrar pesadamente escaleras abajo y meterte como un perro cansado entre las gentes. Comer, masticar a desgano, tragar como si te obligaran, darle a todo ese macabro sentido irremediable, y sobre todo huir, huir desnudo, cada noche con las manos heladas, y aquel sueño que te contaba Clara, en el que tú corrías hacia ella con un ramo de uvas rojas en las manos y ella tendía sus brazos hacia ti, pero tú no llegabas, y ella tendía aún más sus brazos y tú reías corriendo hacia ella sin llegar rompiendo las uvas entre tus dedos, entonces ella caía de rodillas llorando, desaparecías, y ella moría de sed sobre una roca seca y erizada.
Eso era todo. Clara, ¿Quién? Sí, Clara. Por eso lo dices tan convencidamente, por eso lo estás diciendo en voz baja, repitiéndotelo a ti mismo con terror, como si no fueras tú solo, sino otro diferente del que en la oscuridad se aferra al sillón, se agita, se siente tirado por las orejas, y todo para ti es un mar oscuro, un mar de párpados cerrados, de manos rígidas, de piernas endurecidas, pero es a ella a quien estás mirando desesperadamente hundiéndose en las aguas. ¿Quién? Sí, Clara, ella hizo justamente lo que debía hacer. Lo único que se podía hacer ahora que estabas aprisionado entre esa camisa blanca mojada de sudor, con esa música horrible que sacudía la noche. Ahora que no estaba sucediendo nada dentro de ti, que era sólo eso que estabas mirando, que miraban los dos con las manos entrelazadas y las cabezas juntas, tan juntas que de repente supiste que ese no fue el rostro de Clara retratado en el agua,
que esas no fueron sus pupilas, que no fue ese su grito, ni sus cabellos flotaron por un instante para perderse en la corriente oscura, que esa sonrisa muerta no es todavía su sonrisa, que ella está junto a ti, Carlos.

Nada ha pasado, Carlos, sólo que ustedes están en la oscuridad con las cabezas juntas, tan juntas que de repente has comenzado a marcar el compás de su respiración: Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Y se encienden las luces.


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CUENTOS




CUENTO Nº I


Pudieron haberla quemado en aquellos tiempos, cuando entre todos se fue agriando la vida, justamente antes de que empezaran a pensar en tomar cada cual por su lado. Entonces nadie hubiera llorado de este modo irremediable en que lo estoy haciendo yo en este instante cuando el auto gira a la derecha mordiendo la tierra seca y una nube de polvo se levanta envolviendo mis lágrimas súbitas en una sombra que agradezco porque me ayuda a meter el rostro entre el cuello de la chaqueta para que nadie pueda verme en estas condiciones que no podría explicar sin que alguien me creyera demasiado tonto o sin que comenzaran a sospechar oscuramente de mí desde este momento.
El hombre se aferra al volante gris, un vello ceniciento pueblas sus manos, la llave parda tintinea en el tablero opaco. Una llave, tal vez, sería la diferencia entre esta extraña sensación de estarme acercando a un cementerio y lo que podría ser un viaje repetido muchas veces con el traje colgado junto al cristal, los libros, los apuntes mimeografiados sobre las piernas, y la dulce impresión de llegar a una modesta habitación, abrir las ventanas, la que daba a la calle y la otra, por la que entraba a las cinco de la tarde el aroma de las almiras y el sonido del agua que caía sobre la cabeza de Caridad. Yo entonces pienso, sacando la cabeza hacia el patio, como si quisiera adivinar el olor del jabón, que ya hemos crecido bastante, que ya no debo subir a saltos esa escalera de gruesos peldaños que crujen. Ahí está la rendija por la que entra el aire del patio a bocanadas, el sonido del agua cayendo desde la jarra, esta respiración que se corta cada segundo, la puerta de la calle asegurada con pestillo, aquel pestillo negro que sólo es posible cerrar empujando fuertemente la puerta con las manos y la rodilla hacia afuera, dentro de un rato se escuchará un gran chorro de agua cayendo, toda el agua voleada sobre el cuerpo y ella, desnuda, abrirá la ventana con los cabellos sobre el rostro y comenzará a oscurecer repentinamente, y crujirá la escalera otra vez, y el pestillo negro será corrido, y se encenderá la luz en el comedor y la cocina se llenará con el olor de los huevos fritos con cebolla y sobre la mesa habrá una barra de mantequilla y pan y tazas para el chocolate, encima de la cama estará la guayabera crema con diminutos dibujos en rojo y negro y la caja de cigarrillos sobre el listón, detrás de la puerta, y entonces no-será posible tener el rostro metido entre el cuello de la chaqueta, pensando que soy el único que está dejando correr su llanto, que se siente llegando a un cementerio bajo una nube de polvo, que no hallará a nadie a quien tomarle cuentas, a quien contarle con palabras amargas todo el mundo inexorablemente liquidado tras una puerta que ya no podrá abrir, en la que se le desangrarían las manos tratando de abrir, los puños, donde el oído buscaría tras la madera, por el negro ojo de la cerradura, las voces, la luz, los pasos, el sonido todo lo que se ha perdido, toda la muerte que empieza en este paisaje endurecido por el que rodamos con los cristales cerrados, escuchando el seco ruido de los yerbajos que el auto aplasta hacia los bordes del camino, el golpe de alguna piedra disparada por los neumáticos que se aferran en las curvas, mirando entre el polvo los árboles ennegrecidos, los envejecidos pastizales donde algún molino de viento se alza extrañamente con tétricas manos de espantapájaros, toda la muerte que se arrastra en los agrietados carriles, sobre las masas navajas de la caña donde se raja el vientre de los perros.

(cont.)


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CUENTOS




CUENTO Nº I

(cont.)


Toda una muerte que ahora se siente, se ve, se pudiera palpar en la rugosa piel de los troncos, en
los portales de los potreros calcinados, en la cal amarillenta, como el color de algunos dientes, que recorta la pobrísima presencia de alguna choza. No parecería sensato pensar que es el mismo camino. Ahora se lleva el cuello de la chaqueta casi hasta los ojos y los dedos tamborileando sobre el asiento, de la manera en que no puede hacerlo un niño de siete años, o tal vez un joven de diecisiete. Diez años de diferencia entre uno y otro y en cambio para los dos hubiera sido el mismo camino, el camino que no puede ser el de hoy cuando se siente extraño de esta muerte, desconocido de las manos oscuras de un tiempo que fue derribando, madera a madera, todo lo que había, que fue petrificando recuerdos, golpeando, achatando, pulverizando rostros, manos, las últimas impresiones de una infancia, de una adolescencia regocijada en una misma calle, en un mismo parque, en una misma dulce soledad de barrio de paredes iguales.
Habría que retroceder demasiado. No tener treinta y dos años, ni haber conocido a Claire, con la que se tienen dos hijos, ni estar ya acostumbrado a ese ambiente sobrio del despacho, al reloj Acutrón, a esa voz circunstancial con que se dan órdenes a través del intercomunicador, al piso alto desde donde contempla el mar cada mañana mientras toma el desayuno. Y tal vez esto no fuera suficiente. Habría que caminar mucho más hacia atrás. Borrar muchos pensamientos, muchos inconfesados intentos de evasión, tardes enteras en la mecedora del comedor pensando que un día todo esto dejaría de ser sólo una esperanza, una borrosa posibilidad que solamente se intuía en los momentos más críticos. Habría que eliminar muchas frustraciones, muchos días de vida inútil, inaceptada, muchos momentos desagradables. Pasar por delante de los ojos verdes de aquella maestra de dientes filosos "Eres un bruto, eres un bruto, eres un bruto ': Caer otra vez, sentir los golpes de Publio sobre el rostro, en el patio de la escuela y la rechifa ruidosa de los muchachos "Qué agolpiá, qué agolpiá!" Tienes que irte rápidamente hacia atrás, hallarte llorando aquella mañana, arrastrando el bulto por la calle
de tu casa, acordarte de aquella camisa blanca zurcida en un hombro, de los helados que tu Padre te compraba en "La Palma", de aquellas noches frescas, de aquel sueño que te hacía ver las paredes llenas de rayas, de trazos infinitamente repetidos, hasta quedarte dormido mansamente sobre las piernas de tu Madre en la puerta de la casa.
Entonces tendrás cinco años, o siete o diez. Ahora este camino será el mismo, es el mismo, ya no es insensato pensar que es el mismo camino. Por eso no lloras con el rostro entre el cuello de la chaqueta, sino que despiertas, abres los ojos y miras el techo a través del mosquitero, ahí estás viendo fijamente las tablas verdes, las vigas, tus ojos ruedan sobre la luz que se cuela por la puerta, reconoces las paredes de tu habitación, ves la ponchera sobre el lavamanos, en un rincón, en el mismo rincón, la toalla blanca, el calendario 1943 ó 1947, con el dibujo de la Puerta del Conde, ahí está tu uniforme de kaki sobre la silla, junto a la cama. Has despertado felizmente, aquel blanco camino de polvo fue sólo una pesadilla. Conoces bien el camino que llega a tu pueblo, es un camino bordeado de verdes cañaverales, de suaves potreros donde las vacas negras y blancas, blancas, pardas, manchadas. Manchas blancas, negras, las vacas pastan en la lejanía, toman agua en los abrevaderos, en las piletas verdosas de limo debajo de los altos molinos de viento que tú ves girar alegremente bajo el cielo azul y el coche tirado por caballos te lleva por esa carretera donde huele a leche y a frutas y al azúcar del Central, y tú llevas esa pena desoladora de saber que las vacaciones han concluido y por eso te duele ese humo que sale de la chimenea que va quedando a tu "espalda mientras el coche corre por la carretera, por el camino que llega a tu pueblo bajo los árboles y los pájaros, donde no hay unos primos que tengan un caballo llamado "Coronel" y sobre el que puedas correr a tus anchas por el batey, por encima de las vías, donde no te despertarás a las cinco de la mañana con el pitazo de la factoría para ir a recoger legumbres en la huerta con tu tía, mientras aquella locomotora con el número 3 se desliza por detrás de los setos, con sus vagones vacíos hacia las colonias. Por eso vas mirando las zanjas, las huellas de las ruedas, el casco de los caballos, las patas, el lomo, la crin, el camino que conoces, bordeado de verdes cañaverales, y que llega bajo los árboles a tu pueblo, a tu casa, donde no estás de vacaciones, sino que te levantas ahora, te pones el pantalón, oyes los pasos de tu Padre en la otra habitación, sales al comedor, abrazas a tu Madre que te da un vaso de agua y vas a cepillarte los dientes al patio, mientras estás pensando que ese camino no será nunca así, que no habrá jamás tanto polvo, que ese paisaje no se secará hasta endurecerse y aparecer retorcido tras la nube de polvo, bajo el espectro de una luz blanquecina, muerta, pesada, como ese sueño que has tenido, que no puede ser verdad cuando miras el techo de tu casa desde el patio, ves la ventana de la cocina por donde se escapa el olor del café, y pisas sobre el cemento gris, y ves los oscuros muebles de la sala, la cama de caoba donde han dormido tus padres, el armario grande, la escalera de gruesos peldaños, y te acercas a la ventana mirando otra vez hacia el patio, hacia las almiras, el roble altísimo, y te quedas pensando en todo aquello, en toda esa vida íntima que tienes ahí rodeándote al alcance de tus manos, y ya no tamborilean tus dedos sobre el asiento, sino que estoy otra vez con los ojos ardientes, casi bajo el cuello de la chaqueta oyendo el ruido del motor, mirando de reojo al hombre de manos cenicientas que se aferran al volante, que lo hacen girar un poco a la izquierda.

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CUENTO Nº I

(cont.)



Pudieron quemarla, debieron quemarla, me estoy diciendo ahora que las manos del hombre hacen sonar la bocina. Antes de todo aquello debieron haberlo hecho. Las manos extraen un pedazo de lanilla y la frotan sobre el vidrio. Estoy pensando en las personas que no encontraré. Tengo los ojos fijos hacia adelante. "Bienvenidos a San Pedro, Tome Coca-Cola': Las manos caen súbitamente sobre mis rodillas.
¡Anímese, que ya llegó a su pueblo!
El cielo estaba pardo, como si se hubiese llenado de polvo.
Dos años atrás, cuando aquel día fue a visitar a la tía Meche, en su habitación en un cuarto piso de la calle Labra, no hubiera podido en modo alguno contener ese amargo sentimiento que sólo alcanzó a manifestar en una larga cadena de confusas palabras que se golpeaban a sí mismas, que se volvían rápidamente contra él, que las sentía caer de punta sobre su corazón. Ni siquiera esos pasos nerviosos, ese ritmo desandado hacia todos los rincones del cuarto, enredándose las manos, buscando una justificación, tratando de dar a todo aquello un sentido que nadie, ninguno de ellos podría comprender, ¿Por qué ese afán de desprenderse de todo, por qué esa indolente actitud, ese incomprensible odio súbito por todo aquello que se les había despertado, liquidando tantas sombras amables, tanta memoria ineludible, tantas lágrimas sorbidas entre risas y cantos de pájaros en las ramas, en los días en que el barrio no era esta flor de ceniza que se presiente, aterradoramente, ahora que el auto empieza a correr suavemente bajo los álamos de la triste avenida General Duvergé. Aquella tarde, frente a la Tía Meche, con esa luz opalina de Santurce a las cinco y media de la tarde, hace dos años, se sintió envenenado, golpeado por un ala negra en pleno rostro, y era lo que no podía explicarse, la noticia dada inintencionadamente, casi con satisfacción, antes de hablar de cualquier otra cosa, de informarle de alguna muerte, del matrimonio del hermano con esa muchacha, Lucila, a quien no conoce pero que se la imagina una buena muchacha de esas que hay en los pueblos, muy pobres, antes de entregarle los dulces de leche y de naranja y las botellas de ron que estaban en un paquete amarillo con la letra de Mamá, encima de maleta con rayas rojas a lo escocés, "Señor Héctor Rijo, Heights, Puerto Rico.
Tel. 271-6346. Oficina: Ave. Ponce de León, Parada 15, 7º. piso, apto 724". No bastaría con correr esa cortina y acabar definitivamente con esa hora gelatinosa que se pega a la fachada de los edificios, que cae sobre ese autobús, sobre ese cartel ..Van-Royalty" y la mujer sin cabeza que se ajusta un brassiere de encaje rosado y el semáforo se pone rojo y eso quiere decir que todos se detienen, yo me detengo, todo el mundo está detenido, esa manera en que lo dijo la Tía Meche está detenida también, se siente pesando en este cuarto, y por eso los años recientes han tomado un valor diferente de repente, todos estos años, los que parten de una tarde nublada en el aeropuerto de Santo Domingo con un traje gris y los espejuelos oscuros de Mamá parando sus lágrimas, unas lágrimas que uno no quiso explicarse pero que tal vez pensó todo el mundo que eran parte de una tristeza razonable. Ahora uno empieza a comprender que el rostro grave de aquel hombre en Isla Verde, mirando alternativamente la foto del pasaporte y mis ojos, consultando aquel libro de páginas amarillas, era el comienzo de una vida completamente distinta, era el rostro que marcaba la destrucción de muchos años que cuando aquella mano oprimió el sello gomígrafo era nuestro renunciamiento lo que marcaba, nuestro irrevocable renunciamiento a toda una vida que perdíamos sin apelación en ese minuto. Esa manera de decirlo, esa actitud francamente despreocupada, ese acento tan impersonal de la Tía Meche lo aclaraba todo. Pero no podían pararse las manos, los pies, las palabras, ese pensamiento girando alocadamente, como giran ahora los autos con la luz verde, y se siente la agresividad del mundo, de repente es el exilio lo que duele, este olor extranjero, ese paquete de pan "Hollsum" cada mañana, "canal 2 de Telemundo", Claire, sus pantalones "Lee" detrás del carro de metal atiborrado de frutas, de paquetes de chuletas, navajas "Schick", latas de cerveza, "Grand Unían", y entonces ella no puede comprenderlo, tiene que quedarse ahí en el sillón, preguntándome por Claire, por los niños, y yo creo que es mejor cerrar esa cortina que me borrará de una vez ese cielo, esas fachadas, esa molesta luz, y me vuelvo de repente con las manos en los bolsillos, y se lo pregunto de una vez, "¿Por qué Tía Meche?", esa casa, esa... Pero Uds. no comprenden! Esa casa era más que la vida de toda la familia, más que todos, cada cual por su lado, significaba mucho más que nosotros porque era como una madre oscuramente generosa, porque no era solamente cuartos y tablas verdes en el techo y una escalera yesos árboles del patio. Tía Meche.
-Ese es el Mercado, ¿Lo recuerda?
-Claro que sí, y ahí estaba la Central Lechera, ¿Qué hay ahora...

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CUENTO Nº I

(cont.)



Un almacén?
-Seguro que se va a llevar un chasco. Muchas cosas que seguro cree que están donde las dejó no estarán ahí, ni en ningún otro lugar.
Han desaparecido...
-Sí, ¿eh? .. Es natural. Con el tiempo todas las ciudades cambian...
y esto me ha parecido una burla. O por lo menos sé perfectamente que he dicho algo inútil, algo en lo que el hombre no cree, ni yo tampoco. Esto no es lo que debí haber dicho, otras palabras fueron las que debí pronunciar, decirle a este hombre detrás del volante que yo sé bien que muchas cosas se han perdido definitivamente y que no son estas frases hilvanadas mecánicamente las que podrán rehacerlas, reconstruirlas bajo este cielo de polvo suspendido, decirle de esta sensación de estar avanzando entre callados cadáveres, entre ojos desconocidos en los que uno encuentra una mirada trágicamente acusadora calladamente hostil, y sentirse uno sospechoso de pronto, como si llevase un puñal debajo de la chaqueta, dentro del maletín de cuero. Y entonces he creído que este viajero ha tenido razón, que hay en otro lugar quienes estén vivos, necesitando de uno, de sus cuidados, de los consejos de uno, y pienso de una vez en Jaime yen Robert que se quedaron llorosos en el balcón sobre la rampa, agitando sus manos cuando subí la escalerilla del avión, pienso en Claire a quien no quise traer porque no podrá comprender el significado de este viaje, como empiezo a no comprenderlo yo ahora que el auto se detiene un poco para dar paso a un anciano frente a una casa grande, de muros grises con puertas de hierro cerradas, una presencia francamente desolada, y sé que para Claire no tendría ninguna importancia el que yo le dijera que en esa casa había una farmacia, que a esa farmacia me mandaban mis padres con un papel escrito y me entregaban pasta de dientes, píldoras de bacalao, vaselina y calmantes para los dolores de muela de Mamá. Claire se reiría ligeramente y nada más, se sentiría deprimida, extraña, francamente aturdida entre tanto incomprensible y lloroso recordar un pasado de cuya muerte se siente uno mismo culpable, como si nuestro olvido o nuestra huida hubiesen contribuido a esta caída, a esta destrucción, y por eso uno encuentra esa mirada recelosa, esa indiferencia cadavérica, ese lívido silencio que me rodea hostilmente cuando desde el auto, ya detenido, alzo los ojos y leo, como si sollozara para mis adentros, "Hotel Apolo - Cerveza Presidente de Luxe" y más abajo, en el cristal de una puerta, el letrerito verde con letras plateadas "Aire Acondicionado':



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Cuento No. 2

Cuando se abra la puerta del ascensor quedarás exactamente frente a la calle. La luz del edificio dibujará un rectángulo desde la acera hasta la pared verde en donde verás un cartel blanco con letras negras en caracteres antipáticos "AÑO DEL DESARROLLO", Y una mano como una garra en actitud de exprimir, y que luego, cuando ya estés en la calle te darás cuenta de que no es una garra sino una mano bien dibujada, con sus dedos pulgar e índice juntos, y que las letras no son negras sino azules "PON TU GRANO DE ARENA EN EL AÑO DEL DESARROLLO': Mirarás las otras paredes, la luz de mercurio de la esquina, los letreros de neón y te sorprenderás a ti mismo tratando de encontrar cualquier detalle agradable a tu paso. "Qué vaina" te dirás, y no sabrás inmediatamente el porqué de esa expresión, por eso lo olvidarás automáticamente y te confundirás entre las gentes con paquetes, las muchachas con carteras que le cuelgan del hombro, los hombres con corbatas, evidentemente molestos por el calor, en fin, entre esa masa que va y viene por la calle "El Conde"con una premura extraña, como si en las próximas horas fuera a llover, a desencadenarse una tragedia, algún acontecimiento lamentable que aconseja estar en casa en media hora a más tardar. Sentirás una grave preocupación dentro de ti, como si empezaras a recordar alguna parte desagradable de tu vida, querrás encontrar la razón de esa súbita impresión en el ambiente que te rodea, mirarás al hombre parado en la esquina, ese del sombrero marrón y guayabera a cuadros, que se apoya contra la columna sin conversar con nadie, que enciende ahora un cigarrillo y tú ves el bigote grueso sobre la piel oscura, miras sus manos y bajas los ojos buscando ve); las botas negras que lleva; "Que vaina" te dirás, y apurarás el paso, te sentirás impaciente desde ahora, leerás los letreros, pero sólo para evadir tu propia intranquilidad, pasarás junto a las vidrieras, entre las muchachas con cinturones anchos, "el mejor regalo en mayo, mes de las Madres, una KVDAK'; "Radio Mil Informando ", dice el radio del paletero, y te estás perdido entre la maraña de pies que avanzan apresuradamente, ahora estás pensando en el editorial del periódico, "a tres meses justos de tan inexplicable desaparición el silencio oficial arroja más sombra aún sobre la:.. " Y el titular de esta mañana, "48 horas después de pronunciar discurso en Senado legislador oposicionista es víctima de atentado " .. y cruzas una calle, tocas tu piel como si trataras de asegurarte de tu propia existencia, pasas bajo las luces, entras en los espacios oscuros, piensas en el fósforo blanco, en su incontrolable llamarada, avanzas al mismo paso nervioso de los demás, "la ciudad es más calurosa esta hora", has pensado de repente, y ves cruzar a dos esquinas más adelante el reflector rojo de un Radio-Patrulla y te asalta el deseo de doblar en esta esquina, y lo haces porque de este modo acortarás el camino hacia tu casa.
"Esta hora es peligrosa", te dices, pero no sabes por qué lo has dicho, por eso miras a todas partes, hacia los lados, a la izquierda, a la derecha, hacia atrás; no hay duda, te sientes perseguido. "Qué vaina", dirás otra vez, pero de inmediato tratarás de tranquilizarte, "Qué pasa'; dirás, "Yo no he hecho nada, por qué tanto temor, después de todo, yo no tengo ninguna importancia política, soy un simple oficinista, hace mucho tiempo que no aparezco en nada; eso fue hace ya muchos años': Y en verdad han pasado seis años después de aquello de la silla eléctrica y los azotes; es cierto que no lo olvidas pero ya nadie más lo recuerda.

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Cuento No. 2


(cont.)

Aquel era un tiempo terrible, no se podía andar por ninguna parte, dondequiera aparecían los hombres de aspecto sombrío que se calaban el sombrero hasta las orejas, aquellos temibles
"Volkswagen" que roncaban tétricamente en la noche. Era un tiempo terrible, claro está; no había seguridad para nadie, todos estábamos obligados a obedecer sumisamente, a aceptarlo todo. Y contra eso fue que te rebelaste contra eso fue que protestaste; fue poco lo que hiciste, quizás, pero algo hiciste entonces. "Esto es una vaina!" dijiste aquella vez. Poca cosa. Lo menos que se podía decir. "Esto es una vaina", dicho así, en aquella cafetería, casi escupiendo con tus palabras la fotografía de la primera plana. "Esto es una vaina", y el viejo de mirada fetina sonriendo en la foto con su bicornio lleno de plumas que a ti se te antojaban ridículas, vergonzosamente cursis. El anciano con el pecho lleno de medallas y cordones de oro, y el bigotito blanco, pasado de moda, pequeño y sucio como una mosca empolvada. "Esto es una vaina" fue todo lo que dijiste aquella mañana en la cafetería. Lo dijiste con odio, con toda la fuerza del hastío, con toda la intención de escupir con tus palabras aquella foto en el diario, "esto es una vaina, esto es una vaina... " y ya no sabes más. ¿Quién pudo ser, cuál de ellos? ¿El cojo, Pedro, el camarero, aquel hombrecito que jugaba a los caballos, el billetero, aquel billetero que se acercaba a las mesas y le ponía a uno las planillas en los ojos? No lo supiste nunca, ni lo sabrás ya; después de todo ya han pasado muchos años. Lo que no olvidas es aquella manera de tocar en la puerta de tu casa a las doce de la noche. Aquel pavor retratado en el rostro de tu madre, el nerviosismo de tu hermana, la ingenuidad de tu padre, "adónde lo llevan ahora, señor". y entonces aquel manotazo duro como una pedrada en tu espalda, "{entre, carajol" y las esposas apretándote más y más en las muñecas. "Hable, coño, hable!" y el hombre con el bastón eléctrico reía continuamente mientras tú brincabas como un sapo o algo así. " ¡Hable!Diga quiénes son los otros. quién es su contacto': Era para desesperarse, para volverse loco. "Ud. sabe de la bomba del teatro, hable': Y tú no tenías nada que decir, no sabías de nada. Sólo que no podías soportar aquella fotografía de la primera plana, aquel rostro burlón del anciano bajo el bicornio lleno de plumas y cordones dorados. Era para morirse, para desesperarse, para volverse loco. Tanta sangre en la cara, y ese foete partiéndote la espalda. "Yo no he hecho nada", dices, "soy un simple oficinista.
De eso hace mucho tiempo ". y llegas a tu casa, subes las escaleras, te quitas la chaqueta. Aquello era terrible, para volverse loco, para desesperarse, para morirse, "Qué vaina': enciendes el televisor, se ilumina la pantalla, "Esos golpes en la cara': "¡Hable coño!" Y no sabías nada.
Sólo aquella expresión llena de odio en la cafetería. "Esto es una vaina!" dicho así, casi escupiendo con tus palabras la foto del periódico.
¿Cuál de ellos, Pedro, el cojo, el hombrecito que jugaba a los caballos?
¿Cuál?
Estás sentado ante el televisor, en tu mecedora de todas las noches, ahí están el hombre y la mujer que siempre aparecen leyendo ante las cámaras, diciendo noticias como si sentenciaran a alguien, "¡Hable. coño!", y ahora empieza a correr una película, otro rostro anciano que hace muecas cuando habla, que se achica cuando da la mano, cuando le llevan flores, un rostro que sonríe penosamente cuando avanza entre los fusiles. faltan las plumas, el bicornio. Las medallas y "¡esto es una vaina.' "AÑO DEL DESARROLLO" "{Hable, hable, hable!" y el rostro anciano se burla, se contrae, se esconde entre los fusiles, entre las aspas del helicóptero. "AÑO DEL DESARROLLO", "esto es una. . . " y piensas en el hombre del sombrero marrón y la camisa a cuadros, "... ¡vaina! ", en las botas negras. Esas patadas en el estómago, ese golpe con el puño, en la misma nuca. El rostro anciano pone una mirada felina que se traga toda la pantalla, abre la boca, escupe, escupiste con tus palabras el rostro del periódico; el anciano se oculta, sale otra vez, llena la pantalla, se viste de negro, de blanco, se acerca, se aleja, desciende del auto, te arde la espalda, "AÑO DEL DESARROLLO", "¡Hable, coño!" Era terrible, para desesperarse, para volverse loco. Se ríe otra vez, amenaza, escupe, grita, para volverse loco, te recuestas en tu mecedora, para morirse, te meces.
Tú mujer hace ruido en el comedor. "¡Esto es una vaina!" Te sirve la sopa. "AÑO DEL DESARROLLO", "¡Qué vaina", te llama a cenar. " ¡La misma vaina!" gritas al levantarte, y ella te mira sin comprender.




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Cuento No. 3

El hombre gordo se detuvo ante una puerta pintada de chocolate con un número 10 en el que el cero resultaba un círculo absolutamente irregular, abollado. El pensó casi inconscientemente en que al hombre gordo le había dado mucho trabajo dibujar aquel número. No sabía escribir bien, o probablemente no tenía buen pulso; después de todo eso no tenía importancia porque a lo mejor ese número 10 no tenía nada que ver con el hombre que ahora dejaba la maleta sobre el antiguo gavetero lleno de polvo en el que se marcaba el fondo de un vaso que había dejado su mancha redonda en la nadera. En verdad eran muchas manchas porque seguramente no era un solo vaso, sino muchos vasos.
El miró sin proponérselo, el sucio espejo redondo y por primera vez sintió esa extraña sensación de ver su propio cadáver. Era bien extraño.
Al principio estuvo seguro de que el espejo estaba sucio, opaco, "demasiado polvo" pudo haber dicho; pero después, no sabe cuando, al segundo quizás, ¿Irunediatamente?, no sabe cuando, sólo que vi algo girando en la superficie de ese charco sucio, probablemente hojas, hojas caídas desde algún árbol negro que ahora pasaban rápidamente sobre su rostro, ese rostro de diecisiete años, de nueve años, de quince años, ese rostro que yacía en el fondo, abandonado en una terrible tristeza, las hojas giraban. pasaban, seguían, y su rostro permanecía muerto, el rostro de un ahogado. Sacó unas monedas, y sin mirar, las dejó caer en la mano del hombre gordo, en la mano, ¿En las dos manos, en la mano izquierda, en qué mano?, en la mano, no sabe más, en la mano, sólo en la mano. Y ahora recuerda aquella mano colgando en la espalda del hombre de uno de los hombres. Se había ahogado esa misma tarde en el río. El miraba desde el balcón del hospital donde su madre convalecía de alguna enfermedad que nunca supieron explicarle.
Lo llevaban en hombros todavía destilando agua desde los cabellos, le vio el rostro moreno detenido en una tristeza serena, terrible. Se había ahogado en el río esa misma tarde, le dijeron. Vio el rostro perfectamente cuando pasaron bajo el balcón, él creyó ver una mancha morada, oscura, negra, en el pecho del ahogado. Y la mancha gira, sigue pasando sobre el rostro en el fondo de ese charco redondo y sucio, y su rostro tiene de pronto la misma tristeza de aquel ahogado, sólo que las aguas están sucias, demasiado sucias, opacas, estancadas, como si el tiempo hubiese estado cayéndole encima, quedándose ahí, parado en esa superficie sorda, y por eso las hojas negras, podridas, giran en el agua, se juntan sobre su rostro, lo cubren completamente con su sombra y ya su rostro no se distingue bien sino que se desdibuja, se escapa, se rompe, se desbarata, se diluye, él da un paso hacia atrás hacia un lado, hacia la cama, el rostro ya no está ahí, está el cielo gris, nubes grises, pesadas, está la fría luz del día que se detiene a sus espaldas, él está sentado ahora sobre la cama y en el espejo solamente permanece reflejado una parte del cielo nublado, ceniciento, y él comprende que el polvo sobre el cristal es demasiado polvo, que ese espejo hay que limpiarlo, que de lo contrario no le servirá de nada en esa pared, que será una cosa inútil, un pedazo de cristal redondo cubierto de polvo en el que no podrá verse perfectamente el rostro, los cabellos mojados cuando quiera peinarse, los cabellos que destilan agua cada vez que se peina, no podrá verse el rostro para empolvarse porque el polvo que está detenido en el espejo se lo impedirá y aquello está muy abandonado y definitivamente hay que quejarse, denunciarlo, decirlo a alguien allí; al hombre gordo que está todavía ahí. Hay que pedirle que traiga un paño húmedo y limpie todo aquello. Va a abrir los labios, va a mirarlo a los ojos, va a exigirle que lo haga de una vez porque todo se vuelve allí nublado, ceniciento, opaco, desdibujado, todo se ahoga en aquel polvo, y por eso ahora ya no lo piensa más y va a decirle al hombre gordo que él necesita todo aquello bien limpio, bien claro, su rostro, los cabellos, las manos, el cielo, el día, todo, pero ahora que va a levantar la mano, va a decirlo, el hombre gordo da un portazo y él queda como petrificado, amarrado, anulado, oyendo los pies que se arrastran escalera abajo, crujiendo cada peldaño, sonando huecamente del otro lado de la pared, de la puerta, de la tarde, cayendo los zapatos, arrastrándose, crujiendo, crujiendo, crujiendo; y él ha puesto ahora las manos sobre la sábana, y siente allí también el polvo.

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Mensaje por Lluvia Abril el Vie 10 Jul 2020, 05:35

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Cuento No. 3

(cont.)


Se da cuenta de que es un polvo grueso, pesado, siente un pequeño escalofrío, una sensación indefinible, como si estuviera en el momento de morir aplastado, como si resucitara a un mundo en el que todo le será inútil y desconocido, absurdo, extraño, pasado de tiempo para él. Se levanta, va hacia la puerta del balcón, se detiene en el dintel. Su primera impresión fue ese cielo nublado, el mismo cielo del espejo, igualmente pesado, lejano, plomizo, sucio; ve los árboles en el parque, con esas hojas negras, verdinegras, negriverdes, verdisolas, negripesadas, solas, negras, verdes, pesadas, hojas. A esa hora el parque está vacío, sus calles de mosaicos color pizarra son lisas, llanas, vacías; los bancos de ese blanco que aumenta la soledad de los parques, de los cementerios, de las iglesias, de las casas. Ahí está la farmacia con el letrero verde donde un hombre detrás del mostrador acariciaba el muñequito aquel del Alka-Seltzer; donde escuchó una vez a aquel tipo de pelo engominado y la cadenita desde la trabilla del pantalón hasta el bolsillo, pedir con una voz detestablemente fascinadora "un preservativo, por favor. No, de eso no, de los que tienen a un venado pintado en el sobrecito. Esos, si ¿cuánto es?" y él le preguntó a su padre qué cosa era un preservativo y no le dieron ninguna contestación, por eso él lo recordó siempre, porque no le dieron ninguna contestación. Ahí no está la farmacia, hay una tienda de telas, y está igualmente vacía, telas a rayas, con flores, lisas, con ramos, azul, negra, moteada, de motas grandes blancas, y otra de motas más pequeñas, verdes; ahí no está la farmacia, pero está la acera larga y una tienda de discos donde suena inexplicablemente Johnny Ventura, "El florón está en mis manos, en mi mano está el florón", y más allá la pequeñita casa sorda donde estaba la escuelita de la señora que enseñaba poniendo a cantar a los niños por la tarde, "en mi mano está el florón", inexplicablemente, "en mi mano está el florón ", "que lo tienes tú, que lo tengo yo, que lo tienes tú, que lo tengo yo, que lo tienes tú, que lo tengo yo, que lo tienes yo y tú Y yo Y lo tengo yo, y tú, tú, yo, tú, él nosotros vosotros y ellos, yo corro, tú corres, el corre, nosotros corremos, vosotros corréis, ellos corren" la maestra enseñaba a sus alumnos bajo el techo de zinc caliente y una niña dibujaba con tiza rosada un caballo grande en la pizarra, Ana María, Ana María, trenzas largas, sedosas, húmedas, cuatro de la tarde Ana María, y tú te vas en la bicileta de tu padre a Miramar, a tú casa amarilla de "grandes balcones de hierro, Ana María mi novia, Ana María, Ana María ha crecido, Ana María engorda, Ana María yo no sé, se pierde, se va, creció no pintó más caballos, los caballos se soltaron, se fueron por el viento, levantaron una gran polvareda que se quedó en el aire. Ahora está la acera larga y vacía, el salón de barbería, el puesto de libros donde comprabas "billiken ": ahora saltas, al otro lado del parque el caserón odioso donde daban bailes con orquestas de la capital y las mujeres enseñaban sus espaldas y sus axilas, y movían sus gordas caderas, y los hombres sonreían como si hubiesen sido castrados complacidamente en el merengue "Salve San Cristóbal, cuna de Trujillo, ese gran caudillo, jefe de la nación, tus mujeres son. . ." enseñando las axilas, moviendo las nalgas, la señora del diputado, la señora del gobernador, la señora del rico, la señora del adulón, las señoras adulonas, las señoras de los adulones, los señores adulones, las amantes de los amigos de los adulones; y tú fuera en los bancos del parque fumando un cigarrillo "Hollywood", esperando las once para irte a dormir en un sueño solo, vacío, triste, soledad vacío, tristeza es 10 que ves, ¿Acaso has vuelto a tu sueño de esas noches, de esos años, quizás nada ha pasado sólo que tú regresas a ese sueño o estás regresando por ese sueño, a través de ese sueño; tal vez sólo haya existido ese sueño y todo lo demás no sea más que ficción, accidentes inventados por ti, por tu deseo de escapar, de no ser un cadáver hundido en el polvo, aplastado por los años que se detienen en los espejos, en las sábanas pardas, en las calles del parque, en esos bancos, bajo el polvo de los caballos dibujados por Ana María con sus trenzas sedosas que se fueron, por esos años que escuchaste crujir en los peldaños de la escalera hace un instante del otro lado de la pared, del otro lado de la tarde. Ahora está con las manos en el balcón, el silencio ha caído sin piedad sobre la calle, las ramas se estremecen en el vacío, los papeles ruedan en las aceras, un viento frío sopla gravemente, vas a llorar, te arden los ojos, vas a llorar, contienes la respiración, el corazón late aceleradamente, vas a llorar, un trueno lo estremece todo fuertemente y rompe a llover...


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Hay algo que da esplendor a cuanto existe,
y es la ilusión de encontrar algo
a la vuelta de la esquina..

GILBERT KEITH CHESTERTON

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