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RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ (CUENTOS)

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Mensaje por Lluvia Abril el Mar 30 Jun 2020, 23:19

REPUBLICA DOMINICANA

RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ

(1937 - 1972)


CUENTOS


Presentación

REFLEXIONES SOBRE UNOS
MANUSCRITOS

Intentar un análisis, parcial siquiera, de una obra inconclusa es tarea ardua, sin duda. Sobre todo si el autor de la obra ya no escribirá nunca más. No hay posibilidad alguna de que autor y tiempo vengan a confirmar, en el mejor de los casos, o a refutar, en el peor de los casos, cualquier conclusión o cuasi-conclusión que se aventure sobre el objeto
artístico tal y como se examina hoy. Tal es el primer pensamiento que fluye a la conciencia cuando el viejo amigo que fue el más viejo, vuelve a tocar con manos temblorosas lo que antes tocaba con manos verdaderamente firmes. Se pasa revista a la fragilenta memoria, se re-crean los antiguos domingos floridos, las calurosas reuniones grupales y se oye
de nuevo el tropel de las opiniones cuando alguien terminaba de leer "su obra maestra" y la ansiosa pregunta después de la inevitable disección: ¿Quién agrede el próximo? Es decir, ¿Quién lee el próximo su obra maestra? y se detiene uno durante buen rato sobre las ardientosas opiniones de ayer. Y sonríe uno. Sólo pasaron unos cortos años. Sin embargo, el
túnel del tiempo parecería interminable. Todo y nada habrá cambiado.
La obra de arte aparecerá más inmersa en el tiempo que la creó. Los años más jóvenes reposarán y la calma habrá hecho presa de todos (y de ella, la obra de arte, también). Uno que otro de aquel grupo podría aferrarse todavía al carrusel y a su música circular como una gran pintura mural jamás refrescada. Algunos habrán partido, haciendo caminos opuestos, con la cara la luz de la Caverna. Todos dispersos, es la única verdad. Como las opiniones con las cuales "consagraban" o "hundían " para siempre a la gran obra de arte del lector el próximo.
Tal el marco dentro del cual el más viejo de ellos, los lentes bifocales colgando de los probablemente cansados pabellones. en cualquier tarde de domingo, volvía a revisar los quemantes manuscritos que caían en sus manos otra vez después de una de esas tramposas jugarretas de la vida. Los tipos de la máquina de escribir parecerían más grandes de lo que fueron antaño. El lente tendría un poco más de aumento del estrictamente necesario (son los tiempos de intentar contrarrestar a como dé lugar los tiempos). Las hojas habrán amarillecido un poco, opacando el blanco intenso de los días de la furiosa embestida. ¿Y las ideas? ¿Qué habrá pasado con las ideas? ¡Dios mío, tiembla uno.
¿Qué habrá pasado con las ideas?
En mayor o menor grado, el más viejo habrá sabido qué pasó con el hombre. Recuerda ahora, en tembloroso pensamiento, aquel poema que él comenzó y nunca terminó poco tiempo después de la inesperada
partida:

"Camilla a ti los pájaros,
René,
embotaron sus picos
intentando el asfalto caliente
y la mañana se llenó de anuncios
asaltando la vía donde caíste
donde perdiste el asidero,
el equilibrio absoluto de la fuerza,
el color de la tarde y, quizás,
la lluvia en tu ventana.
"Camino a ti
la última risa de la vida
que ahoga a Ton que vuelve
con zapatos lustrados
y la misma barbita de Hans Castorp
en su último año
de exiliado, lejos
del país llano
de Joachim Ziemssen ':

(CONT.)



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Miér 01 Jul 2020, 00:13

Gracias, querida amiga. Creo que merece la pena que se conozca la obra de este autor... ( la obra no estrictamente poética.)

Una presentación impecable. Espero los cuentos - que "son para el verano"-.

Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril el Miér 01 Jul 2020, 00:16

Pues muchas gracias, esperaba dieras el visto bueno a la salida, jeje.
Sabes que iré lenta, pero lo iré disfrutando.
Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril el Miér 01 Jul 2020, 01:21

REPUBLICA DOMINICANA

RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ

(1937 - 1972)


CUENTOS


Presentación

REFLEXIONES SOBRE UNOS
MANUSCRITOS

(cont.)


En mayor o menor grado, también, el más viejo habrá sabido qué pasó con la materia que el hombre moldeó infatigablemente hasta alcanzar la forma del arte. Por un instante recordará los utensilios que el artista intentó. En un breve momento recorrerá un inventario completo de ellos. "Jóvenes que éramos", pensará. Eran los años próximos siguientes a la guerra. Hacía poco tiempo que el escritor peruano había publicado la que entonces todo el grupo creyó la más extraordinaria obra narrativa jamás escrita. Pocos meses después un escritor colombiano publicaría la que, a su vez, todo el grupo creería la más extraordinaria obra narrativa jamás escrita. A cada instante se "descubría " la apropiada expresión del hombre latinoamericano, del hombre dominicano. "Jóvenes que éramos ", pensaría ahora el más viejo de ellos.
¿Qué no se intentaría en esos años febriles de intensa búsqueda? ¿Acaso no se redescubrió al escritor irlandés') ¿Quién de entre aquellos que se reunían casi con obligación religiosa, todas las mañanas de aquellos bravos domingos no hubiera querido vivir por una vez en la vida en la lejana y brumosa Comala, en el brumoso y lejano Piura? Así, como parte de esa efervescencia natural, surgió la hora del hombre en lo que respecta a forma. ¿ Y quién de entre el/os alcanzó un completo dominio de esta forma en su fase experimental? Revisando otra vez los manuscritos, ahora, el más viejo pensaría que sí, que fue Rene del Risco y su descomunal talento quienes dominaron completamente los experimentos de que se revestía la forma en aquellos tiempos. "Se me fue poniendo triste, Andrés" fue un ejemplo de dios. "El mundo sigue, Celina ", otro.
Lo que esos experimentos significaron para el escritor quizás nunca lo sepamos. Porque una de las características de los cuentos que él escribió fue su control casi absoluto de la narración. ¡en casi todo momento está presente el narrador y muy pocos personajes en Sil obra son "autónomos ". Puede decirse que son manejados a ciencia conciencia por el artista. El punto de vista cambia desde los primeros cuentos hasta los últimos en el tiempo. Parecería que el escritor estalla, por el momento, sólo sometiendo a un riguroso examen a los personajes y a las situaciones que narraba. "Ahora que vuelvo, Ton", fue el último y más magniesplecente ejemplo de ello. Se podría afirmar razonablemente que esta narrativa desembocaría. por fuerza en una quietud marina donde el escritor, al fin y al cabo habría de lograr la definición definitiva de sus materiales e ideas. ¿Era esto lo que quería decir su aparente retirada de los últimos años: Quizás. Como quiera él quedaría como uno de los más brillantes ejemplos de ese periodo en que todos estuvimos inmersos. Ese periodo cuyo principio distintivo iba a ser la experimentación formal.
La masa de cuentos que el artista legaría a la posteridad no puede ser vista, sin embargo, como un conjunto desde este ángulo formal Cada una de las piezas es "autónoma", por decirlo así. Y esta autonomía no quiere decir que una determinada y misma técnica narrativa no sea empleada en varias piezas. Lo que en realidad quiere decir es que el artista, en un período de lucha por instaurar en la literatura criolla una narrativa estimable, fue un genuino representante, a través de la experimentación, de las ambiciones de aquellos escritores que en aquellos años trataban de encontrar la justa expresión de un testimonio ferviente de nuestro hombre y de su pobre destino. Examinando los manuscritos, ahora, el más viejo de ellos habría de sorprenderse de que esta experimentación dentro del grupo "del cual el artista era uno de sus más estimables miembros, no fuera alharacada como la veíamos en los años del "viento frío ': ¿Cómo se explicaba él que esto fuera así? Debía recordar las tantas veces leída expresión de que el fondo arrastraba siempre su forma en la obra de arte. Y el fondo que el artista quería narrar aquella vez (y que el grupo también quería narrar o pintar o poesiar) no estaba, aparentemente, preparado para una forma como la que se experimentaba. Fue el artista de "Ahora que vuelvo, Ton" quizás el primero en darse cuenta de ello. Los días del experimento brillante habían pasado y "Ahora que vuelvo, Ton" ya no lo intenta con la tremenda tensión ni la decidida intención de "El mundo sigue, Celina". Que el más viejo de ellos, con los manuscritos por delante, pudiera ahora comprender perfectamente (y después de tantos años) por qué uno de los miembros pintores del grupo ansiaba desesperadamente regresar a los frescos murales y que el libro que llevase siempre de la mano fuese el tratado de pintura de Zennino Zennini, se lo debla, en el nombre de la Santísima Trinidad, a la relectura en perspectiva de:
"Ahora que vuelvo, Ton “: Ni siquiera el propio pintor habría intentado, por aquellos tiempos, una explicación de esta suerte. (Y el más viejo de ellos comprobaría más tarde que no la intentaría ni siquiera por estos tiempos). Tendrían que pasar algunos años para ello. Y lo que fue la retirada del artista, la supuesta retirada que todos trataron de explicar de las más curiosas maneras, habría tenido algo que ver con el afán de un regreso a formas más sencillas como demandaba la narración criolla de entonces. Pasó la experimentación como pasó aquel período turbulento y luego la narración criolla como que se resacó, como que se retiró. Después del gran período de la flexión comenzaba un período de reflexión. Los frutos que vendrían eran anunciados por "Ahora que vuelvo, Ton". Pero los frutos no llegarían jamás.
¿ y qué pasó con las ideas? ¿Las ideas que tenían que ver con el fondo narrado por la obra del artista?
Si bien ahora, frente a los manuscritos, el más viejo podía confirmar su opinión de que René fue un verdadero maestro en el control de la narración, esto no quería decir que la presencia del narrador en los cuentos del artista significara una aviesa intervención de este narrador que condujera a la quiebra del orden lógico en las piezas de arte. A esto el más viejo le llamaría más tardé control del control de la narración. Porque examinando los manuscritos él confirmaba que el artista jamás “forzó" una situación o una solución en ninguna de sus piezas narrativas. La armonía es visible en cada una de ellas. Esto se llama ser honesto. Ni siquiera las ideas que el artista avalaba fueron motor alguno para quebrar violentamente el hilo narrativo. Cansado estaba el más viejo de ellos de ejemplos de esta clase (artistas que permitieron que sus propias ideas entorpecieran o vejaran a sus obras de arte). La relectura, por ejemplo, de la mayoría de las obras poéticas de aquel período había obligado al más viejo a pensar en esta cuestión. ¡Fue tanto el panfleto que en su tiempo se vio como gran pieza de arte que ahora nos sorprenderíamos en su examen!

(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Miér 01 Jul 2020, 01:23

REPUBLICA DOMINICANA

RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ

(1937 - 1972)


CUENTOS


Presentación

REFLEXIONES SOBRE UNOS
MANUSCRITOS

(cont.)




Pero no. El artista también fue artista verdadero en esta cuestión. El juego de sus ideas, el partido que tomó (como dijera "La Peste", "deliberadamente al lado de la víctima, de acuerdo con la ley del corazón honrado ") pueden descubrirse por lo que narró y cómo lo narró. Jamás porque él lo explique, lo cual hubiera desvalido a su obra. El más viejo de ellos, frente a esta reflexión, no podía menos que pensar en Antón Chejov, quien quería que la obra de arte fuera sólo una "mostración ", nunca una "demostración ': En el caso del artista podrían señalarse a todas sus piezas como ejemplos de esta cuestión, pero principalmente a "Se me fue poniendo triste, Andrés", “mundo sigue Celina", "La oportunidad", "ahora que vuelvo, Ton ", etc.
Las ideas del artista habría que buscarlas en esta mostración, pensaría el más viejo. Aunque, en realidad, no era necesario puesto que fueron muy conocidas. Más bien el más viejo quería ahora apuntar cómo en su obra el control sobre el control jamás permitió que un tramposo narrador entorpeciera el curso natural de la obra de arte. El más viejo recordaría también a Balzac, quien jamás permitió tampoco que sus ideas, las cuales eran, por cierto, contrarias a su "mostración ': entorpecieran a su obra de arte. El más viejo reflexionaba entonces sobre la honestidad de un escritor para con su obra y para con el público que la consumiría. Y pensaba que en el caso del artista, primero, por la época en que escribió la mayoría de sus cuentos y, segundo, por lo vehemente que siempre fue en la exposición y defensa de sus ideas cuando tuvo oportunidad de hacerlo, el caer en el panfleto literario que no pudieron evitar muchas obras de esa misma época era un peligro que acechaba constantemente. El artista lo supo evadir muy bien y el resultado fue una obra de arte de mostración límpida sin recurrir a lugares comunes fáciles. Aquél que examine ahora sus cuentos podrá percatarse fácilmente de esta cuestión. Y es que casi todas las piezas de René son más bien reflexivas y la reflexión casi nunca da lugar a explosión de ninguna clase. Aquél que reflexiona está haciendo el camino de la madurez. El artista era primero un observador. El producto de sus observancias son los cuentos cuyos manuscritos repasaba ahora el más viejo. Esa observación era un punto de partida, sin duda, para obras más importantes en el futuro. Pero primero había que sentar las bases. Puede decirse que el artista, en sus cuentos, se sienta frente a sus personajes, se pasa las manos por el rostro, sonríe, y dice: "¿ Y tú cómo estás? Dime. Yo soy René, René del Risco. Vengo a saber de ti " y entonces comienza a escribir. ¿Cuál mejor ejemplo para notar esto que el propio lenguaje que el narrador usó? Ciertamente reflexionaba el más viejo, no podría decirse que el artista había logrado la perfección en su lenguaje. El más viejo sabía muy bien que esto sólo se logra después de muchas y muchas páginas de paciente hacer y rehacer. El narrador no tuvo tiempo para ello. Pero, esto sí es evidente, de entre los más jóvenes que escribieron durante la, por lo menos, última década, el más viejo podía incluir al artista entre los dos o tres que más se acercaron a un buen uso del lenguaje. Nada tenía esto que ver con el equilibrio entre lenguaje, fondo y forma en la obra de arte del artista porque en este sentido, sólo quizás en "Se me fue poniendo triste, Andrés" podría descubrirse un cierto desajuste entre situación, personajes y lenguaje. En todas las demás obras el artista relevó siempre un dominio bastante aceptable de este equilibrio. Y este equilibrio ten fa mucho que ver con el "aire" en que escribió el narrador. En efecto, pensaba el más viejo, casi todas las piezas, con la probable excepción de "El mundo sigue. Celina'; están escritas en un "andante" callado, apacible. Contribuyó a esto la segunda persona que prefería evidentemente el narrador y la cual manejó con mucha más flexibilidad que las demás. El artista provenía de San Pedro de Macoris, ciudad que retrató fielmente la vida, la pasión y la muerte de la mejor caña. Ciudad que alcanzó su apogeo vertiginosamente y cuyo camino hacia su perigeo fue lento, doloroso, retratado por WilIy, el cochero, Cantan, el pelotero, George Jones, el ciclista, etc., según escribió Norberto James. Todos los cuentos del artista, en alguna u otra forma, parecían intentar resolverse en un diálogo entre el narrador y los personajes a quienes arrastraba el camino hacia el perigeo de la otrora gran ciudad. Ni qué decir tiene, reflexionaba el más viejo, que el artista soñó con un apogeo aún más brillante para su gran ciudad. De testigo, el más viejo se atrevería a señalar a algunas expresiones que el artista no podía evitar con frecuencia: nafta, por gasolina, bus, por guagua, taxi, por carro público. Ahora recordaba el más viejo que en una conferencia que dictó hace muchos años apuntaba que el artista había rehusado esta ciudad en un poema publicado en 1967, Porque no era la ciudad que él esperaba. El poema se titula "No era esta ciudad". Así, la lección favorita del narrador, la segunda persona, estaba justificada porque él quería dialogar con sus conciudadanos y que este diálogo generara multitud de preguntas: dónde estamos, dónde vamos, qué ha sido de lo que fuimos, por qué lo fuimos, por qué lo hemos sido, etc.
Es un diálogo con Ton, el que ha permanecido puro. Yo he amado y odiado. Tú has amado. Yo he cantado y llorado. Tú has cantado. Yo he afirmada y negado. Tú has afirmado. Yo he vivido y "morido': Tú, tú, Ton, has... "morido ': Tú has permanecido puro. Tú eres la ciudad que yo soñé, la ciudad que perdí No es curioso, reflexionaba el más viejo al llegar a este punto, que después de Ton, el artista como que se retirara, como que acallara su andante. Una sucia jugarreta de la vida no lo dejó volver después de esta retirada. Pero volvería alguna vez, de eso estaba seguro el más viejo. Volvería como vencedor porque él venció de la vida.
Si. Si ahora que el más viejo tenía la oportunidad de volver a mirar a aquellos manuscritos que ellos leían en grupo hace tantos años, pensó frente a ellos: "Pero la vida no lo venció porque él dejó su testimonio. Y si un hombre puede testimoniar como corresponde a un corazón honrado, entonces ese hombre habrá vencido de la vida. Eso hizo el artista. René del Risco venció de la vida porque dejó el testimonio de su narración Y ese testimonio refleja la gran fe en el hombre y su mujer, destino que el artista profesaba. A ningún hombre puede pedirsele más. El hizo su trabajo y lo hizo con honradez ':

Ramón Francisco



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Mensaje por Lluvia Abril el Miér 01 Jul 2020, 01:42

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(1937 - 1972)


CUENTOS




No sirven después las palabras

Alicia se mesaba los cabellos de un modo feroz, en tanto que Lisandro tenía los ojos prácticamente clavados en la candela que chisporroteaba dentro de la pequeña lata de un color pardo quemado. Todas las tardes era lo mismo, llegaban al malecón con ese aire amargado que suelen tener algunas parejas. Se sentaban sobre el muro, de espaldas al mar, y se ponían a hablar con un ritmo lento y vago como en algunas películas. Lisandro, en algún momento se ladeaba sobre sí mismo, extraía unas monedas y entonces ya el manisero estaba arrodillado delante de ellos. Lisandro sacaba puñados de maní que comía aburridamente, alternando cada grano con alguna que otra palabra. Tarde por tarde esto ocurría, estuvo ocurriendo por espacio de año y medio, y como yo siempre he sido dado a observar a los otros en sus más mínimas e inocuas manifestaciones, rápidamente los tuve a ambos entre mi material de observación. Debo decir desde este momento que ni Lisandro ni Alicia se llamaban de este modo, aunque no puedo descartar definitivamente el que sí se llamasen así; a lo mejor Lisandro era Andrés o Eduardo para sus amigos, en tanto que Alicia era Alicia tanto en su casa como para los demás, o quién sabe si lo que ocurría era lo contrario, es decir, que Alicia no fuera el nombre de la muchacha y que Lisandro realmente se llamara Lisandro. Después de todo los nombres nunca me fueron tan importantes, aunque si lo pienso bien, quizás sí lo fueron, porque recuerdo que cuando me di en bautizarlos así, lo hice respondiendo a la necesidad de cambiar el "El y Ella" por nombres más propios. Lo de Alicia pudo haber sido un capricho, la llamé así porque me recordaba a una chica desvaída y triste (hostil, sí, detrás de su tristeza era hostil) que estudiaba en el Instituto Intermedio por el año 43, cuando hacíamos el primer año con el profesor Guas que sentía un extraño placer mostrándonos esqueletos de animales en aquella aula estrecha y semi-oscura. Pues bien, la chica se llamaba Alicia y debe haber muerto de alguna enfermedad extraña siendo muy joven aún, en sus ojos era como si estuviese anunciada la muerte de alguien que debió ser ella misma porque no se me ocurre pensar en otra cosa. Alicia hablaba algunas ve-ces desde el fondo de ella misma y a mí me parecía que con las palabras comenzaba a desdibujarse línea a línea, en un extraño proceso que culminaba en su última palabra la cual era siempre más lenta que las anteriores y pronunciada con un acento francamente dramático y desesperado, siendo nada ya, desdibujada por completo, sombra blanca nada más, hasta que moría la palabra y entonces yo la veía reconstruirse como un cadáver, como un sueño, en ese vacío grave de su silencio, siempre con esa presencia enfermiza y lejana que permanecía inalterable por encima de las miradas y los gestos de los demás. Pero dejemos a esta Alicia, esta es una Alicia que pertenece al recuerdo del primer año de intermedia, cuando el profesor Guas nos mostraba extrañas osamenta y cruzaba sus manos venerables sobre la caoba rayada de su mesa. Esta es otra Alicia, la de Lísandro, la que se mesa los cabellos sin hablar, de espaldas al mar, con la frente dura como si fuera de piedra y que tenía la rara condición de parecer más terriblemente presente cuanto más callada y rígida permanecía allí, sentada sobre el muro, mientras Lisandro clavaba los ojos en la candela que chisporroteaba calentando el maní. A veces Lisandro levantaba la cabeza, los ojos, la barbilla, los párpados, y le hacía una pregunta que no podía esperar un segundo sin ser contestada, una de esas preguntas como los timbrazos del teléfono, como los golpes a la puerta, que impacientan, que sacan a uno de lo que hace, y entonces Alicia parecía flotar débilmente, agonizar, encogerse, desaparecer, yo sólo alcanzaba en ese momento a ver el movimiento inicial de sus labios, lo demás se perdía en la tarde, en las verdes aguas del mar, en los reflejos del sol sobre los automóviles. Esto ocurrió exacta-mente igual por espacio de año y medio. Debo decir ahora, para despejar cualquier duda al respecto, que llamé Alicia a esta Alicia no porque me recordaba en nada a la otra Alicia, a la del Instituto Intermedio, sino más bien por un capricho; la llamé Alicia porque me pareció un buen nombre para una mujer que yo sabía de antemano que nunca estaría cerca de mí, que no iba a tocarme jamás con sus dedos que yo no conocía pero que debían ser muy fríos y largos, aunque ansiosos siempre, feroces, nerviosos entre esos cabellos que enredan y desenredan durante toda la tarde mientras Lisandro se echa puñados de maní a la boca y barbotea palabras que se van rápidamente en la brisa salada y violenta a veces. Lo de Lisandro fue algo más explicable, más lógico.
Tuve un amigo cuando mi padre fue oficial de aduanas en la frontera, eran los días en que yo recortaba fotos de Marlene Dietrich y Baby Ruth, mi padre me llevó con él y con su mujer durante unas vacaciones con la condición, puesta por mi madre, de que tan pronto éstas pasaran debía volverme a la capital. Allí conocí a mi amigo, era alto, delgado, de pelo negrísimo y un bigote del gordo de mi dedo índice que se alargaba sobre la boca. Debía tener unos 28 años por entonces. Aquella tarde había ido por primera vez a la oficina de mi padre y estuve entretenido largo rato tecleando trabajosamente en una Underwood vieja y alta. Al cabo de un rato se acercó y me invitó a dar un paseo, "venís algunos pajarillos en sus nidos" dijo mientras bajábamos las escaleras de madera, y de inmediato comenzó a silbar mientras me tomaba de mano. Yo no recuerdo exactamente aquel paseo por el pueblo, sólo me queda la visión de una ventana muy alta en una casa gris y la voz de una persona mayor que saludó a mi amigo con cariño; lo que sí he logrado retener completamente vivo en mi memoria es su manera de silbar, era un silbido que emborrachaba, que eliminaba todas las cosas, las iba desapareciendo, borrando a medida que la melodía se hacía más febril entre sus labios. La tarde giraba y la copa de los árboles, y el aire se hacía pegajoso; caminábamos alegremente y su mano se alargaba para señalarme los pajarillos que yo sólo veía sin escuchar su revoloteo ni su trino, en mi oído crecía esa música, toda la orquesta, una orquesta de avispas en mi oído, la música melosa que me adormecía bajo los árboles y que me dio ganas de llorar cuando bajábamos la cuestecita desde donde se podía ver la casa de mi padre a sólo dos calles más abajo. No fue éste el único paseo. Todas las tardes, mientras duraron mis vacaciones, fuimos por los alrededores del pueblo, yo siempre adormilado dulcemente por su silbido. Lisandro, (que no se llamaba Lisandro sino Luis) decía cada vez la misma cosa a mi padre, "lo llevo a dar una vuelta ': El nombre de Lisandro se lo puse yo aunque secretamente. Yo había leído en alguna parte algo de unos versos que decían más o menos "no silbes Lisandro que... "no recuerdo bien, pero sé que eran unos versos que estaban en un libraco de páginas amarillentas. No fue sino en el segundo paseo cuando recordé los versos y desde entonces cada vez que pensaba en mi amigo lo llamaba Lisandro para mis adentros; creo
que alguna vez se me escapó durante uno de esos paseos "Lisandro esos... .. o "Luisandro aqueL.. " No sé por qué al cabo de los años la imagen de mi amigo fue cambiando en mí y ya no lo recordaba sin que me estremeciera cierto odio o miedo, no sé qué. Lo cierto es que una mañana de repente lo recordé mientras permanecía de codos en la ventana pensando en alguna tontería y de inmediato decidí que el mu- chacho del muro debía tener un nombre.

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Mensaje por Lluvia Abril el Miér 01 Jul 2020, 01:45

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(1937 - 1972)


CUENTOS




No sirven después las palabras

(cont.)


Creo de este modo haber dejado suficientemente aclarado lo de los nombres de Alicia y Lisandro que venían todas las tardes con aire amargado a sentarse ahí, de espaldas al mar y casi frente a mi balcón. Yo siempre he sido un poco escéptico, por eso no hago nunca planes sin contar con que los demás harán todo lo posible por echar al suelo mis propósitos. Yo miraba a Alicia, con ese gesto un poco parecido al de las personas que más tarde alguien va a decirle a uno que se suicidaron, y sabía que esta mujer, visiblemente aburrida y hostil, habría de desordenar mis fichas de tal forma que nunca más podría seguir el juego y tendría que liquidarlos a los dos, echarlos de mi mundo, borrarlos para continuar con otras gentes. Ya para finales de abril tuve lo que puede llamarse la primera evidencia. Esa tarde Alicia, que acostumbraba a peinarse de una manera que con el viento el cabello le caía en oleadas sobre la mejilla derecha, vino con el pelo recortado. Nunca se me han escapado fácilmente estos detalles y por ello rápidamente quise anotarlo "algo está tramando esta fierecilla" escribí entonces. Lisandro empezó a entristecer a las claras; ahora comía el maní con desgano, sin hablar o hablando menos que antes. A mí también comenzó a afectarme el descaro y la crueldad con que Alicia manifestaba sus intenciones. Hubo un cambio entonces en mi forma de trabajo.
Anotaba algunos trozos de libros que leía febrilmente durante las noches, cuidando siempre de escribir los nombres de Lisandro y Alicia en la parte superior de cada página: "Al destino le
agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías" (Jorge Luis Borges)", así transcribí millares de líneas: "Lo comprendí todo claramente como si fuera una de esas cosas que se aprenden para siempre desde niño y no sirven después las palabras para explicar (Juan Carlos Onetti)",
"Martín se sentía aislado mágicamente de la dura realidad externa, como sucede en el teatro mientras estamos viendo el mundo del escenario, mientras fuera esperan las dolorosas aristas del universo diario, las cosas que inevitablemente golpearán cuando se apaguen las candilejas y quede abolido el hechizo (Ernesto Sábato)", a esto había agregado una "inevitable': Si bien es cierto que al principio no sentía nada especial por Lisandro, debo confesar que a medida que veía crecer la conspiración de la mujer me fue inspirando tremenda lástima. Una tarde Alicia, que acostumbraba a caminar siempre del lado adentro de la acera, separada escasamente una o dos pulgadas de Lisandro, es decir, casi •.rozándole el codo, llegó dos pasos delante de él, evidentemente desesperada por llegar al lugar de siempre a torturar con su gesto cruel y disconforme a Lisandro que ya se manifestaba completamente perdido, sin dominio de la situación. Esa tarde me incomodé más que nunca, "Puta, vampireza puta! mascullé entre dientes mientras me clavaba las uñas con fuerza en la palma de las manos. De ahí en adelante todo fue muy doloroso tanto para mí como para Lisandro que estábamos siendo burlados de un modo tan ostensible que ya comenzaba a avergonzarme ante los demás. No me atrevía a mirar la cara a mi madre, ni a mis hermanas a las que sorprendía a cada rato cuchicheando de mí en los aposentos o en el patio. Se decían frases como éstas en mi presencia: "Hay que tener paciencia" o "Nadie sabe, a lo mejor no es así", expresiones similares tenía que escucharlas todos los días, las decían en mis propios ojos, alguna vez alguien que pasaba bajo mi balcón y otras veces a la hora de la comida, en la mesa; era insoportable todo. "No saldré más de mi habitación" dije, pero fue inútil, ese mismo día, al correr las persianas la vi en una actitud francamente ofensiva. Llevaba un traje a ramos escandalosos, como los que acostumbran a usar las prostitutas, y tenía los brazos cruzados sobre el pecho como quien está dispuesto a todo.
Me eché la bata encima y fui a pararme al balcón con ánimo de hacerle más fácil su propósito de ultrajarme con su actitud obscena. Más de dos horas permanecí estático, rígido, sin quitarle la vista de encima, sin importarme que todo el mundo me estuviera considerando un tonto, un cabrón, un mierda. Aun después que se fueron quedé allí sin hablar, sin pestañear. Esa noche no escribí nada, sino que la emplee en ir conformando mi plan. Sabía que me saldría todo bien, ya en anteriores ocasiones había logrado vengarme de otras personas. Al día siguiente, a la hora de la siesta, pude escaparme, bajé las escaleras en puntillas para que no advirtieran mis pasos, corrí el pestillo lentamente y crucé en una carrera la calle. Fui directamente al lugar en que acostumbraba a sentarse, lo tenía bien medido, era uno o dos metros a la izquierda de la columna del balcón, sentí un perfume que debió ser el de ella, algo así como a dalias muertas, saqué el pedazo de carbón y escribí a grandes trazos en la acera, justamente a sus pies "sagrado es el acoso" y corrí nuevamente a mi casa, subí a saltos, nadie se dio cuenta y fui a acostarme un rato, a esperar su llegada. Esa tarde estuvo muy triste y nerviosa, me buscó en más de una ocasión en el balcón, pero yo me había colocado detrás de la puerta y la veía moviendo sus piernas como una ninfómana sin que ella me viera. Sentí mucho deseo esa tarde y hasta se me humedeció la ropa interior entre las piernas; cuando se levantó para marcharse sentí pena, la miré de espaldas ya con ganas de rogarle algo, vi su cuello, sus caderas, sus brazos. Bajó de la acera y se perdió. Entonces comprendí que ya todo era inevitable. Lisandro no soportaría más ofensas, más torturas. Alicia había logrado una posición muy ventajosa, ella era quien dominaba la situación a su antojo. Ya no era la imagen desvaída que se rompía a sí misma con las palabras, ya había logrado una presencia demasiado poderosa a fuerza de amargura y de silencio, ya había asumido una realidad que ofendía y abusaba. Quedaba una sola posibilidad, un solo camino y yo tuve que aceptarlo. Esa noche fue calurosa, y más oscura que ninguna otra, un aliento caliente penetraba por debajo de las puertas y llenaba la habitación. Yo sudaba copiosamente. Era una extraña avenida muy amplia y pobremente
alumbrada por una luz chorreante como ciertas materias plásticas. No recordaba muy bien las cosas, tenía sí, la certeza de haber estado antes en algún lugar atestado de hombres de mirada bronca y mujeres que sudaban y despedían un fuerte olor a bosque, a tronco de árbol; todavía
con un amargo sabor de cerveza sobre la lengua, me deslizaba junto a la pared que parecía agarrarme a cada paso. Del otro lado de la calle, muy ancha y gris, sólo el rumor hirviente del mar en la más trágica oscuridad.

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No sirven después las palabras

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Miré a todas partes esperando verla aparecer justamente a seguidas de una carcajada, del portazo de un auto, de algún sonido absurdo e inesperado como el ruido de algunas ollas que ruedan por la noche en las cocinas; pero tal parece que ella una vez más estaba reservando su boca insultante y la terrible gravedad de sus pasos para algún momento más espectacular, más sobrecogedor. Recordé aquel asqueroso lugar donde una mujer volcaba jarras enteras de cerveza sobre la mesa y pasaba luego sus cabellos como de alambre sobre ese charco pestilente, sobre ese río de orina de bestia, y entonces me di perfecta cuenta de que la noche estaba justamente concebida para el encuentro. Se apagaron de súbito todos los lejanos rumores. Sólo yo comprendía para qué estaba viviendo estos instantes dolorosos. Una mujer a veces, es una araña, pensé, una araña acuosa y peluda que no agradece, no escucha, no tiene piedad, y puede en cambio trepar por la noche o deshacerse en salivazosa la hora en que uno se clava alfileres en las ingles. De inmediato me sentí más aliviado, más confiado en mí mismo, más seguro de mi plan. Me convencí de que ella no faltaría, ella no podría despreciar esta oportunidad que yo le ofrecía de ser algo más sombrío y temible, de convertirse en la propia despreciable esencia de la noche con todos sus lugares odiosos y sus lechos revueltos y sangrientos. Ella vendría para convencerme de que todo había concluido, de que el hechizo quedaría abolido aun a costa de su propio sacrificio, del sacrificio de mi esperanza, de mi sueño, de mi intento frustrado una vez más por los malditos actos ajenos.
Había llegado al punto en donde terminaba la pared, cuando experimenté una estúpida sensación de vacío. La corbata negra me golpeó el rostro con violencia como los coletazos de alguna fiera del mar. Me di cuenta de que la ceremonia comenzaba cuando vi sus ojos más duros que nunca chispeando extrañamente en la oscuridad. Ella volvió el rostro con decisión hacia el lugar más oscuro y sospechoso y reparé entonces en sus hombros desnudos que comenzaban a tomar la rígida actitud de un animal acorralado. Una palabra allí, una sola palabra, hubiera bastado para que algo demasiado desagradable precipitara las cosas, las invirtiera de un modo francamente indeseable. Creí verla llorar, apoyar la cabeza sobre la rodilla, pero de inmediato comprendí que era sólo el súbito dominio de mi crueldad. Entonces levanté la mano en un gesto inexplicable, un gesto de amor o de maldad, y ella, arrastrándose, rodando, se escurrió como un ratón, como muchos ratoncillos que huían chillando; corrí detrás de sus cabellos, de ese montón de astillas o de agujas. La vi rompiendo sombras a gritos hasta cubrirse los ojos con los puños para hundir definitivamente el rostro en su revuelta condición de uñas, polvos, vellos, lágrimas. La vi distenderse y gotear como una ola, como gelatina de nevera, y yo reí sin parar bajo un llanto incontenible e inútil, cuando empezó a deshacerse por sí misma, sin sangre y sin estruendo, deshaciéndose al saltar, al correr, al tratar de encontrar una pared, una superficie insólita, alguna escalera. El tiempo y otra realidad más dolorosa cayeron sobre ella, deshaciéndose, muda y perdida para siempre, en un lugar que no revelo a nadie porque conmigo empieza y muere. Ya no salgo más del cuarto porque Lisandro no me comprenderá seguramente. Sé que Alicia no volverá a ese muro, y yo me río y lloro sin parar porque detesto el amor. Y me detesto.




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Del otro lado del día

La mañana es agradable, eso lo siento perfectamente todavía pero no alcanzo a explicármelo, no voy a preguntarme una vez más el porqué, presiento que no daré con ninguna respuesta clara al respecto a menos que consiga reconstruirlo todo otra vez. Una brisa fresca juega suavemente con las últimas hojas en los árboles. Hoy es uno de esos días en que el otoño es más dulce, vale la pena disfrutar de todo esto lo más que se pueda. Abrir esta ventanilla es... Ah...! ¡Eso es! Ahora entra un chorro de brisa que me enfría las manos y los brazos, la frente, me toca los cabellos... Encenderé la radio, lo recuerdo bien, identifico esa melodía ... es "Days Of Wine and Roses", y la orquesta si no me equivoco es la de Henry Mancini... la he escuchado otras veces, no estoy seguro ahora, pero creo que tiene algo que ver con una sala de cine en Caracas, pero aquí se me, envuelve todo, se me hacen confusas las cosas... la avenida tenía el nombre de un General, y recuerdo que desde el lugar donde compraba la taquilla pude ver el letrero de una Casa de Cambio...
"Casa de Cambio" en letras amarillas o doradas sobre un fondo oscuro Maturín! No recuerdo claramente lo que quiere decir este nombre Todo esto se me revela ahora como una extraña realidad distorsionada, algo que quiero recordar pero que pasa demasiado rápidamente, como esos letreros lumínicos que van desenvolviendo algunos mensajes, recuerdo la palabra Vietnam y algunos números después... probablemente hace muchos años de esto, por eso no lo recuerdo bien. No sé por qué tengo que volver a ver estas cosas ahora, y así, tan envuelto todo, tan inexplicable. Es como el malestar de la borrachera en que todo parece escaparse lentamente, es esa misma sensación oscura de náuseas, de palabras que no pueden hilarse, de manos que no pueden apretar... Un cumpleaños o algo que era una fiesta, después todos se fueron, dejaron los ceniceros repletos de colillas, el suelo frío y mojado junto al inodoro, esto se repitió varias veces y me recuerda el traje gris, rostros, eso es lo que no puedo reconstruir, ningún rostro, el mío tampoco... Esto sí, todo esto es muy reciente... "Days Of Wine Roses':..
Mi Volkswagen responde bien. Es cómodo. El día es hermoso y limpio, uno se siente fresco y va como en el aire, se podría cantar perfectamente cuando el corazón se llena así de claridad y alegría súbita, cuando uno es como un globo de colores que se siente ascender, sin peso, sin que nadie lo sople... uno es algo así como una pompa de jabón en la que se reflejan los labios del niño, los bucles, la mirada, un lazo azul, un reflejo que se torna iridiscente, y la pompa está llena de música, de dulce música por dentro, una música para cazar mariposas y correr por un campo, por la pradera, entre la yerba mojada tocada de florecillas amarillas, sabiendo que no llegaremos a las montañas color llila, y uno podría ser una niña de mejillas frías con la cintura apretada, o un cordero saltando, saltando, saltando...
Todo esto lo veo como si me estuviera rodeando, hago sonar ahora la bocina de mi Volkswagen y es encantador este impulso, me toco la barbilla con el índice y hay palabras dentro de mí, algo así como escenas que se han vivido hace un momento tal vez, una mesa tendida con un mantel blanco, una mujer que no la veo sonreír, pero sé que me sonríe desde sus ojos que deben tener la luz de la ternura más humilde, porque eso se siente... Alguien que ama a uno, que es como una parte de uno... el bulto con rayas que se enredan, unas manitas, un pequeñito abrigo, el calor de unos cabellos...
"Sobre la vaca la O..:" ¿de dónde vendrán estas palabras...? Se corre por callejones oscuros, los muchachos se esconden y alguien retorna con el palo... "bisté, bisté!”...se queda el niño agachado detrás de la pared, ¡qué susto! Después a correr, ¡a correr! ¡a correr! ¡a correr!
...El profesor cruzaba las piernas y recitaba su cátedra, el profesor de rostro cuadrado que debía mirar a uno con una mirada que ahora no veo, como si el profesor tuviera ahora los ojos de agua... el tema número 25…
"El Alcoholismo':.. oyeron al joven con chaqueta azul repetir todas las líneas del libro... la mujer me abrazó en la casa amarilla, pobre, con esas cortinas como de mosquitero que se ensuciaban con el polvo de la calle.
Hago sonar la bocina, y me sonrío... ¿Por qué? dónde están las paredes de ladrillos? ¿Los lagartos de color crema? Aquellas raíces que daban miedo de tan retorcidas y húmedas, las piedras blancas debajo de las cuales aparecían lombrices rojas como nuevas... los muñecos de lodo... los arabescos en la arena con el dedo grande del pie! En algún lugar está un muchacho descansando con la cabeza junto a un árbol grande, en algún patio está mirando los patos y el charco con extrañas larvas... el hombre alto lo quería y lo mandaba a la tienda con monedas, y fumaba en la mecedora con los pies sobre la mesa...! Una libreta llena de estampitas! ¡Dónde está ahora!.. en alguna casa quizás, en un estante con periódicos amarillos...
El tambor sonaba escandalosamente cuando el soldado golpeaba con fuerza y marchaban con fusiles... la mano de la mujer y el niño que quería brincar entre la gente... la música brillante de las trompetas... Reconozco esa melodía "Days Of Wine and Roses ':.. La avenida es amplia, mis manos apenas tocan las cosas. Es ir a ras de tierra, es un extraño carrusel y la música como en el parque de diversiones... ¡Qué suave sensación la de esta mañana! Es como ir comiendo galletitas de azúcar, manzanas envueltas en caramelo ... El aire se cuela por la ventanilla... Un persistente sabor a jamón en la boca, a leche fresca... Mi Volkswagen... ¡Cuánto puede quererse a un Volkswagen! ¡Tan suave...! Diría que siento la misma impresión que en los aviones cuando hacen vacío, es casi descender, pero sin llegar a tocar nunca nada ...

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Del otro lado del día

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Abajo las playas espumantes, los cocoteros verdes, el sol, los pequeños islotes... regresar al país en donde le esperarán a uno brazos tendidos dulcemente, todo lo vivido esperando a uno, sin cambiar, este pequeño susto inexplicable, esta "muchachada" por dentro, estas lágrimas que no se atreven a salir porque uno no se las explica, porque es difícil justificarlas en este momento, uno trae, un deseo de hablar y de dormir, de dejó atrás cosas que no comprende bien, cosas de otro país, como una infancia dejada atrás muchas veces, olores diferentes que uno trae, un deseo de hablar y de dormir, de dormir hablando dunniento... La avenida es amplia y suave, piso un pedal y no lo siento, pero es casi volar, hago sonar la bocina y oigo el lejano rumor del motor, un ruido regular, pálido, ese olor a nafta en la mañana, ese aroma de llama azul, un olor como a metal ...
El mar por esa ventana es una visión Inacabable y es una voz poderosamente dulce, como la voz de muchas Madres juntas... y la avenida que quiere zigzaguear, que se me sale de los ojos, ese edificio blanco, ese muro, ese espacio entre los árboles, ese espacio grande, ese chillido en el cemento, ese ruido que se raja en la mañana, ese reflejo del cielo, la copa del árbol, el golpe de hierro y de vidrios que se riegan, todo esto que se deshace, que tiembla, que se viene abajo, que se rompe, que se acaba...! Quién diablos me estará llamando en esta hora ...! ¿Quién es? ¡esa niña, esa mujer que llora...! Quién, quién, quién ...


II

Ese pudo haber sido el final. En principio creí que así había sido, o por lo menos lo sería después de cierto tiempo... Después he tenido que ir admitiendo que no es ni será de ese modo, que será siempre el principio, el comienzo de algo que probablemente no tendrá nunca un final, cuando menos ningún final explicable, lógico. Es ir desenredando una larga cinta, como la cola interminable de una chichigua que se ha enredado en muchos troncos, en muchos alambres, por encima de mu- chas casas, de techos y de patios ... Nunca aparecerá la chichigua, pero uno nunca se resigna y sigue desenredando la cola sin saber que ya será tarde porque esa chichigua no es más que una visión inútil, irrecuperable...
Me decían que en la cueva habían habitado los indios y por eso la maestra nos llevaba de excursión allí; entonces el muchacho más grande iba adelante con una linterna, el haz de luz se posaba en los muros de tierra, sobre la superficie limosa, se desprendía, iba a dar hacia el fondo redondo y misterioso, era una tarea silenciosa, los pies apenas pisaban en el polvo, el mismo polvo donde la planta de aquellos hombres se marcó siglos atrás, todo es lo mismo, pisamos sobre las pisadas de otros que van buscando a su vez otras pisadas que les han precedido y esas otras pisadas no se sabe de dónde vienen como tampoco saben estos otros a dónde van las suyas... La luz recorría el amplio salón subterráneo y ahí empezaban a verse los símbolos extraños, los muñecos absurdos con orejas estrelladas, signos que bajo la humedad permanecían mudos e indescifrables, enterrados, una mano entonces frotaba la pared de tierra, apartaba el limo verde, nadie decía nada, seguíamos, algún animal muy rápido huía entonces en la oscuridad entre apagados ruidos, como entre los pies de alguien y nos quedábamos azorados, paralizados, silenciosos... Le temíamos a todo lo que pudiera significar vida presente en aquella oscura cueva a dónde íbamos guiados por una extraña actitud morbosa a registrar lo que restó de la vida de otros seres pasados hace siglos por la tierra, era lo mismo que andar en los viejos armarios, en las abandonadas carteras llenas de encajes y collares rotos, en las cajas de cartón amarradas con tiras de tela, como registrar las gavetas de la abuela muerta, o ir al piso alto de la casa en donde estaban aquellos viejos muebles rotos, los paquetes de cartas, de fotos amarillentas, de cuadros apagados, era la misma sensación maliciosa que nos hacía gozar de aquella especie de violación a las cosas que alguien apreció una vez, de las cosas que fueron secretas, importantes para alguien que ya no puede defenderlas, que ya no- puede rescatarlas más, porque el ahogado no podría recuperar la orilla por sí mismo, no podría recobrar esa fuerza, ese instinto que le haría acercarse a las rocas y buscar un hueco de claridad, de aire, porque eso sería regresar cuando ya se tiene la certeza de que no será posible, ni útil, ningún regreso... La cabeza vuelve a la costa pero sólo a golpear allí, a reventar, a disolverse en la sal, en la podrida humedad sombría ...
Ahora mirábamos la alta bóveda de donde se desprendían filosas lanzas pulidas, acuosas, donde revoloteaban perdidos los murciélagos, gritando, con un grito como rasgado... Los pies se hundían en un polvo fofo, y uno se echaba con cuidado hacia atrás, con el temor de hundirse de repente en aquella borra inconsistente... El polvo penetraba por la nariz con un olor de años intocados, de siglos pasados por cabellos muertos, por uñas petrificadas, por pupilas borrosas, por labios despedazados, ateridos, chupados secamente...y se aguzaba el oído, el sonido del agua en las sombrías galerías se endurecía, se hacía material, agudo, penetraba hiriendo los sentidos, y una gota caída fríamente era como un ojo, como una pupila, grande, viscosa, chorreante, informe, cayendo desprendidamente, aplastante, sobre la nuca, sobre la mano, en la espalda. El sueño era una pesadilla, ahí estaba esa linterna de luz redonda sobre las paredes, los símbolos de cabeza redondas, el grito de los murciélagos, la borra inconsistente bajo los pies, ese viento seco con sabor de siglos enterrados sin luz. La maestra insistía en llevarnos de excursión a esa cueva en donde habita-ron los indios, y siempre era igual el salir otra vez a la luz con una imposible sensación de ser otra persona rescatada en uno mismo, emergente de una improbable ausencia que uno no trató de explicarse nunca.
Por eso era la pesadilla en la noche, y la linterna que recorría el techo y las paredes llenos de murciélagos y signos absurdos, mudos, estáticos... Eso nos revelaba cada vez más todo lo inútil de nuestra excursión, y por eso nos fuimos negando a las decisiones de la maestra que insistía en llevarnos a aquella búsqueda sin soluciones, sin ninguna otra salida.

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Del otro lado del día

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Nos negamos a seguir desenredando esa larga cola que sin embargo hemos seguido desenredando para siempre, porque eso es lo único que logramos asir, ese extremo de la cola que nos queda después de todo... ¡Es extraño... pero nada de esto tuvo valor antes de este tiempo que comienza con el olor a nafta, a llama azul, con el sabor a leche y a jamón... Nada de esto tuvo esta grave significación de búsqueda inútil, de viaje ebrio, de huella, de marca que no podremos borrar, porque borrarlo sería recobrar actitudes, gestos, energía, posiciones, aspiraciones y espacios nunca más reconquistables, nunca más, nunca más.__ Por eso estoy ahora con la cabeza bajo el agua, con los ojos abiertos viendo las burbujas que ascienden y estallan y corren hacia arriba, los cabellos se estiran bajo la presión, los párpados se quieren desprender... Asciendo, como tirado por una mano de hierro, como un corcho, y veo un pedazo de tierra, de claridad, veo gentes en la orilla, oigo palabras borrosas antes de hundirme otra vez... Tengo miedo, siempre tuve mucho miedo antes del golpe de hierro y el ruido de los vidrios regándose en la avenida. Tengo miedo, mucho miedo, y no quiero saber cuánto tiempo durará todo esto, me da pena esta desesperación, me da pena, mucha pena... Alguien me empujó por los pies y ahora estoy sofocado en la orilla, llorando, pensando en las palabras de la mujer de rostro bueno que plancha por las tardes en la casa pobre ropa de un es- colar que soy yo, y estoy llorando con el cuerpo mojado, con la extraña impresión de haber nacido recientemente, de haber escapado de una araña fría y elástica, de haber despertado de un sueño sofocante...
Tengo el presentimiento de que todo esto ha pasado muchos años atrás, de que el ruido del motor, ese ruido regular, lejano, ese edificio blanco, la copa del árbol, todo eso pasó hace años, siglos tal vez, siglos del tamaño de un segundo, porque al fin, no es el tiempo lo importante en esta situación, es la distancia, esta distancia que es más que la distancia entre una palabra y otra, entre una casa y otra, entre una realidad y un sueño, porque no sabremos ahora dónde está el sueño y cuál es realidad... Oigo esa música, pero esa música puede ser de otro tiempo, o puede ser la música de hoy que en otro sueño o en otra realidad yo hubiera llamado música de mañana ... El Volskwagen! Bonito carro que estaba pintado de azul claro. Esta mujer que llora, y esa niña que me llama! ¡De dónde viene todo esto! [Quién lo explica! Recuerdo la niña que cayó de bruces sobre el cemento del parque ... corría detrás de otra que llevaba un helado rojo, la niña cayó y se rompió los labios y lloraba ahí en el suelo, sin atreverse a levantarse, yo la tomo de la mayo y la hago caminar entre las rosas hasta la mujer vestida de blanco ... ¡Pero es- to no lo explica todo! ¡Yo no hago nada con ese río ahí detrás de mi casa! ¡Ese río mirado cada tarde desde la pequeña ventana del piso alto, entre los árboles, entre los limoncillos... Nada se hace con todo esto, nada de esto concluye nunca. Después del carrusel, de las galletitas de azúcar, después del sabor a leche tibia y el chillido en el pavimento... cuál es la explicación... cómo defiendo todo aquello! El uniforme color kaky, el edificio de la escuela, la muchacha que ahora veo de espaldas siempre, el número 13 en el frente de la casa... esa carrera desde la es- quina a las nueve de la noche, las escenas de amor escuchadas, cuchicheantes, y todo el miedo, todo el miedo, todo el miedo... ¡Quién me dice del miedo! Y de los trajes en el closet, los zapatos, del cansancio, de los cines, los cheques firmados continuamente, los expedientes, el escritorio confortable, las alfombras, los paseos submarinos... Lo hablaré, lo hablaré, sin explicármelo nunca, sin que nadie lo explique, porque explicarlo sería una manera de recobrarlo todo, de ponerle punto final a esta tarea de desenredar la cola que nos queda en la mano cuando ya sabemos que es tarde porque todo es una visión inútil, inútil, irrecuperable...

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Del otro lado del día

(cont.)



III

¡Qué curioso...! A uno se le quedan muchas cosas adentro, cosas que uno ni siquiera advierte que las lleva dentro de sí, que le dan vueltas, que le suben y le bajan, y son una constante apagada dentro de uno, hasta que llega un día en que uno se siente como un globo iridiscente lleno de música, oye el chillido sobre el pavimento, aquel golpe, ese olor a llama azul, esa súbita entrada en esta difusa claridad en donde no nos tocamos la punta de los pies, en donde nos quedamos tranquilos y nos vemos, en cambio, infinitamente repetidos, como proyectados en un lente múltiple, como espectadores de nosotros mismos en un tiempo que conocimos pero que ahora adquiere un valor diferente, un sentido diferente. Porque es como si pasáramos revista a todo aquello que nos vimos obligados a hacer, creyéndolo valedero y lógico, pero que ahora nos damos cuenta de que no pasará de ser una película absurda de la que no sacaremos ninguna conclusión, puesto que para concluir hubiera sido necesario que concluyésemos nosotros mismos y cuando se está así se sabe perfectamente que no hemos concluido sino que todo se ha quedado aislado, que todos son capítulos de una novela cuyo protagonista ha pasado a ser espectador de él mismo, a ser crítico de hechos a los cuales no le encuentra ninguna justificación, porque para justificarlos hubiera tenido que permanecer en el escenario de sus hechos y no hay permanencia posible, como tampoco hay final posible, apenas hay un cambio, un paso imperceptible de una realidad absurda a un sueño lógico, de un sueño real a una lógica absurda ...
Es significativo el hecho de que en esta situación uno se vea obligado a hablarse en voz alta a sí mismo, aún cuando lo que hacemos es así como pensar, nuestro pensamiento tiene un extraño eco que retumba como si dispusiésemos para nosotros solos de un espacio muy amplio y vacío pero que no podremos medir porque no sabemos ni siquiera si este espacio existe en realidad Por eso pensamos, y nuestros pensamientos los oímos y los vemos Es como si estuviésemos disponiendo ante una jurado inexistente u oculto en una sombra que no se conoce... Como si nos quisiéramos justificar convenciéndonos porque de ese modo, convenceríamos también a ese jurado desconocido, y para eso proyectáramos una larga, interminable cinta que vamos narrando y en la que aparecemos como personajes alucinados, que actuamos alucinadamente, con palabras de alucinación, en un mundo alucinado en el que no nos fue posible actuar de un modo más sensato porque de ese modo nos hubiésemos considerado alucinados...Estas no son meras palabras, aunque no me niego que me sorprende oírme hablar así... pero ¿cómo pueden considerarse esas cosas?
¿Cómo calificar ahora, en esta situación tan inesperada, pero en cambio tan solapadamente eludida desde siempre, todo lo que creímos irreductible y comprometedor? Nada fue comprometedor, porque a final de cuentas todo supuesto compromiso era con nosotros mismos y nadie está en capacidad de comprometerse consigo mismo porque a la hora de cumplir ya no estará en el lugar del compromiso sino en este lugar desde donde no es posible cumplir porque cumplir sería recuperarlo todo de una vez y ya nada se puede recuperar porque no hay posibilidades de evasión...
Me doy cuenta perfectamente de que siempre se sale al mismo camino. Le quiero dar vueltas a todo y siempre voy a caer al mismo lugar... pero aún así estoy seguro de que no son meras palabras, que tiene su sentido esto, que hay una razón inválida y tardía, una razón nula porque es una espiral infinitamente estirada en sí misma... Ahora todo recuento es posible, independientemente de su inutilidad, porque ahora no es tejer la labor que corresponde, sino por el contrario destejer, y si estamos convencidos de que tejer no tuvo sentido, destejer sí lo tiene, aunque cuando tejimos creímos que llegaríamos a alguna parte y al destejer sabemos perfectamente que no terminaremos en ningún nudo ...
Supongamos que estoy otra vez sobre aquella pared en la calle Loíza, desde donde se podían ver los edificios más altos de Santurce. Una pared altísima y una tabla amarrada en las esquinas, algo así como un columpio... El trabajo no era tan duro, esa era la verdad, lo que lo hacía difícil para mí era esa feroz altura, esa profundidad obsesionante bajo mis pies... Cada papel era una letra, dos letras a lo sumo, uno de pie en ese columpio que se mecía en el aire debía fijar cada block en la pared hasta completar la figura de una rubia saboreando una cerveza... El cartel era soberbio, sumamente atractivo por el tamaño y por el sitio tan alto en que estaba siendo fijado ... Si yo fuera el muchacho de cabeza rubia, con la camisa azul y los libros en la mano, también estuviera comprando helados en ese camión blanco con letras a colores,
estoy cantando la música que suena en las bocinas del camión ... Alalimon, Alalimón... lara-la-ra-ia-ra! Alalimón, Alalimon, la-ra-la-rá-la-rá ':..
soy este nene que viene de la hight por la calle Loíza, compro un helado y canto, y como voy sin prisa miro las vidrieras y pienso que iré a ver a Jerry Lewis el domingo en el "Music Hall" ...Miro al cielo, a las azoteas y ¡caramba! ¡Qué alto trabaja aquel tipo! Déjame ver... !Anda...! ¡Qué mujer tan grande...! Ese hombre sí que está alto ..: yo no me atrevería a subir tan alto ... y en esa madera amarrada con sogas...! ¡Qué asustado debe estar ese hombre! Puede caerse de ahí, son como ocho pisos! Si se cae no se salva... Ahora está pegando una C... la C de cerveza, seguramente... hay que tener sangre fría para trabajar en eso, yo no puedo ... a mí me asusta hasta trepar a un árbol...

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Mensaje por Lluvia Abril el Jue 02 Jul 2020, 00:03

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RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ

(1937 - 1972)


CUENTOS


Del otro lado del día

(cont.)



Ese hombre tan alto, tan pequeñito que se ve cualquiera se asusta, yo no podría, le tengo miedo a la altura, le... le le tengo miedo a la electricidad también, y a los golpes le tengo miedo, y a la soledad también, y a la oscuridad, y a bañarme en una piscina honda, y a los aviones, y a la velocidad en los carros, y a los maestros les tengo miedo también ... yo no puedo, no, no puedo ...! ¡Qué castigo! ¡Si se desprende esta soga... este cuadro está torcido, debo rectificarlo o me harán colocarlo de nuevo...! ¡Dios mío ...! Qué pena si me caigo... Ella que está para dar a luz, y sola aquí;en este país ... Tengo que hacer esto si no hay otra cosa... Ella me ha seguido hasta aquí por 'solidaridad, por amor. .. y yo debo soportar este peligro...! ¡Santo Dios! Si Mamá me ve en esto ...! ¡La pobre! Qué pena le dará verme en esto, ella que me cree para otras cosas, que se alegró tanto cuando salí de allá... Qué temblor en las rodillas... No miraré hacia abajo, me hago de cuenta que trabajo en el suelo, que estoy boca abajo, que tengo los pies hacia arriba, que no trabajo, que juego a un rompecabezas, que le decoro la habitación a mi hija que va a nacer. .. yo soy el nene que viene de la hight por la calle Loíza, estoy cantando Alalimón.;" y como no tengo prisa me voy a casa de Nancy a jugar al "Monopolio... " ...Pero el hombre sigue ahí, balanceándose en una tabla a la altura de ocho pisos. El trata de explicárselo a su modo, está tejiendo su madeja aún por encima de ese miedo, o en ese miedo, o por ese miedo... Pero nada de esto 10 explica, porque ese hombre está en esa tabla en otro país a donde fue porque creyó que era mejor irse y está fijando ese cartel porque se siente comprometido y ante ese compromiso él mismo no cuenta porque el compromiso es ahora más importante que él que es un hombre lleno de miedo que ha hecho un compromiso pero que si se cae de ahí, de esa pared, ya el compromiso no vale nada, no tendrá sentido y es mejor que el niño de la calle Loíza se vaya a jugar el Monopolio, se vaya a jugar a otro país, regrese otra vez a su país, porque esa tarde trabajando en el cartel de la calle Loíza no se puede olvidar porque es inexplicable desde todo punto, como hay cosas inexplicables en todos los lugares, los hombres hacen cosas inexplicables, Alicia. ¡Alicia!
Una mujer vestida de negro con una cadena dorada al cuello y perfume tras las orejas ... Una mujer que está cansada tirada de espaldas en su cama, mirando el cielo borroso tras la ventana... Encuentras la casa vacía, hay corbatas -que no sabes dónde poner porque probablemente no tienen ya un lugar apropiado, hay cartas que ahora son documentos, confesiones retrospectivas que revelan nuevos contornos de nosotros mismos, cosas que se ven más claramente ahora como cuando nos acostumbramos poco a poco a la sombra de un piano-bar y comenzamos a descubrir a' personas conocidas en compañías que nunca sospechamos antes ... Alicia, siempre hay cosas inexplicables... Tú no te explicarás nunca 10 de aquella mañana de otoño... no sabes del olor a nafta, del
espacio entre los árboles, del sabor a jamón... Yeso no es una explicación, todo 10 contrario... porque no todo se dice... se vive una mitad de la vida, la otra mitad nos la tragamos callando... Tú piensas en un parque a los diecisiete años, en una biblioteca buscando a Baudelaire, en una tarde de lluvia en un pequeño pueblo lleno de familiares ... Piensas en los cumpleaños, en aquel bizcocho con un muñeco que pretendía ser de nieve y nosotros alrededor de la niña captados por el flash, tú con los ojos un poco cerrados y yo mirándote los cabellos que te caían sobre la cara, recuerdas el viaje a Nueva York, mis cartas, tus cartas, tus paseos en la nieve... Nada de eso, Alicia, nada de eso tiene que ver con aquel chillido en el pavimento, pero es todo en lo que puedes pensar, nada de eso tiene relación con la pompa de jabón y la niña cazando mariposas, ni con la maestra que nos llevaba de excursión, ni con los lagartos, ni con la casa de cambio, ni con la libreta llena de estampitas, ni con el susto bajo el agua, nada, ninguna relación, Alicia... pero es todo lo que puedes recordar yeso no te dará ninguna explicación, Alicia, ninguna, ninguna explicación... Yo a veces me pongo a observarte con la intención deliberada de llegar a captar una acción, algún gesto, una expresión, una omisión por lo menos, pero algo que pueda servirme de clave para dar por cerrado ese círculo que hubiera sido lógico que cerráramos; pero es el caso que cada vez estoy más persuadido de que no fue un círculo propiamente lo que fuimos trazando, sino que a través de muchos meses y años, con sufrimientos y alegrías perseverantes, reconviniéndonos y excusándonos, buscándonos y tolerándonos, en fin, realizando esa tarea siempre deprimente del amor, todo lo que conseguimos hacer fue ir marcando una improbable espiral, una larga serie de círculos nunca cerrados sino alargados, repetidos, elásticos, impacientemente continuados en una inconclusa fatalidad...

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 02 Jul 2020, 08:21

Sabes, Lluvia... me recuerda a las noches de verano en el patio de mi casa. Estaban los cuentos de mi chacha María Josefa. Y luego, aunque yo era pequeño. siempre me pedían que me inventara alguna historia...

Este René  es increíble. Qué lastima su deceso tan temprano.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Jue 02 Jul 2020, 23:52

Alicia hablaba algunas ve-ces desde el fondo de ella misma y a mí me parecía que con las palabras comenzaba a desdibujarse línea a línea, en un extraño proceso que culminaba en su última palabra la cual era siempre más lenta que las anteriores y pronunciada con un acento francamente dramático y desesperado, siendo nada ya, desdibujada por completo, sombra blanca nada más, hasta que moría la palabra y entonces yo la veía reconstruirse como un cadáver, como un sueño, en ese vacío grave de su silencio, siempre con esa presencia enfermiza y lejana que permanecía inalterable por encima de las miradas y los gestos de los demás.


Generalmente en los cuentos tardamos un poco más. Yo ya había leído algunos de ellos antes de tu entrega. Pero seguiré pasando por aquí. Prometido.

Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril el Vie 03 Jul 2020, 01:31

Estoy segura de que pasarás, no lo dudo, amigo mío.
Sigo entonces.


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Mensaje por Lluvia Abril el Vie 03 Jul 2020, 01:33

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(1937 - 1972)


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Del otro lado del día

(cont.)




Ayer, (de esto puede hacer dos años, un mes, o un día justamente) te escuché largo rato conversar, traté de ser sereno e impersonal, de no pensar mientras hablabas para no otorgar un caprichoso sentido a tus palabras, un sentido que pudiera ser conveniente a mis fines. Fui frío, con toda la frialdad de que puede ser capaz quien ve las cosas desde fuera, convencido de que no podrá influir en lo más mínimo en el curso de hechos que fatalmente se cumplirán de modo cada vez más independiente de su voluntad o de sus necesidades... Te escuchaba, tratando siempre de dar con ese punto que cerraría el círculo. Observaba cómo reaccionabas ante cada una de tus propias palabras, cómo salías de las preguntas que te hacían y cómo exponías tus interpretaciones personales sobre algunos acontecimientos pasados que nunca antes creí que hubieran tenido mayor importancia para ti, y que probablemente no tuvieron ninguna importancia sino hasta después de haber tenido que enfrentarte a una soledad tan inesperada como desesperante. Digo "desesperante" porque es una soledad que más bien es un estado de indefensión en el que la única posibilidad defensiva es un recuerdo que se va haciendo obstaculízador y arbitrario a medida que su absurdidad lo va convirtiendo en una suerte de miedoso respeto, pero ese respeto miedoso sólo se hace sentir cuando empieza a sentirse la soledad, una soledad que sólo se siente cuando comienza a torturar, cuando precisamente ha llegado el momento de plantearse el rompimiento "natural y humano" (se dice siempre) de esa soledad... Y esto no quiere decir que nuestro círculo, por eso, se haya cerrado, sino por el contrario, que la espiral se distorsiona y se enreda inexplicablemente, interminablemente... Te escuchaba atentamente. Dijiste palabras tales como: "uno se resigna... ': "sería tonto... ", "fue un golpe... '; "uno es joven... ", "hay que pensarlo... '; etc. Para mí esas expresiones no tenían ninguna importancia mayor, no aportaban nada, no descubrían nada, eran manifestaciones  muy humanas y naturales que hay que aceptar definitivamente como lógicas... Entre las cosas que dijiste hubo algunas que por momentos me hicieron creer sobre la pista de una posible solución al problema de nuestro círculo.
Pero siempre resultaba lo mismo. Nada definitivo. Nada claro. Todo se quedaba en una larga serie de actos y palabras, de compulsiones y tristezas, de aprensiones y deseos, y una gran frustración siempre al final, todo enmarañado, entretejido absurdamente en una cola sin final determinado, sin ningún nudo donde pudiera cerrarse todo definitivamente...
Ahora estás tú, tirada ahí en esa cama con la luz opaca del atardecer. Has llegado de tu trabajo y no sabes por qué has caído de espaldas, con tu traje negro y el cabello suelto, con esa mano perfumada, mirando a través de la ventana, como a través del cielo, de esas nubes borrosas y grises que envuelven todo, porque al final todo se queda así, envuelto en nubes pesadas, en nubes de color gris, a través de las que no puede verse más que como estás viendo tú ahora lo que ha llegado a ser, sin que nadie en particular lo haya querido, aquella vida que los dos tratamos de hacer, inútilmente, llevadera, esa vida que tratamos de hacer aceptable, a todo lo que de los dos nos molestaba y que no queríamos decirnos nunca que simplemente nos molestaba, yeso nos lo ocultábamos y tragábamos en seco porque creíamos estar construyendo alguna torre muy alta que era al fin y al cabo nuestra vida hecha mutuamente, que dejaríamos erigida en el mundo para siempre, con todo el sentido que podrían darle nuestros actos, nuestros esfuerzos, nuestras náuseas disimuladas en común. Hoy, visto así, tú, tirada de espaldas, sola, me doy cuenta de que si algo hicimos fue ir entretejiendo, enredando, enmarañando el desamor. Eso, y no otra cosa es la vida de dos personas.
Ahora puedo explicarme más claramente algunas cosas. Por ejemplo, aquel desprecio que sentía por mí mismo en ciertas ocasiones. Generalmente después de los largos accesos de amor en que nos envolvíamos en la penumbra de la habitación. Aquella habitación con ventanas enrejadas por donde se metía por las noches el viento y la luz del apartamiento contiguo al nuestro. Yo te miraba tirada boca arriba, tus manos moviéndose debajo de las sábanas y en principio sentía cierta mala voluntad, pensaba en que debías ser otra. Me desvestía lentamente de espaldas a donde estabas y cuando me metía a la cama ya estaba dispuesto a comenzar el oscuro juego que terminaba indefectiblemente en lo mismo. Tú, durmiéndote de espaldas a mí, y yo fumando un cigarrillo y mirando la oscuridad, pensando en que mañana no haría lo mismo, porque ya todo había acabado en ese momento en el que ya no sentía ni amor, ni pena y es que todo eso es parte del trabajo de dos personas. Arruinarse los sentidos agujerearse el corazón, prostituir sus actos y desmerecerse a sí mismo...
Pero eso era sólo una parte. Había más. Un sin-sentido que nos envolvía como una serpentina desde los pies a la cabeza, acto por acto, palabra por palabra, intención por intención, día por día, tarde por tarde, mañana por mañana, ojo por ojo, bostezo por bostezo, paso por paso, asco por asco. Yeso trabajaba. Iba nublando el camino, llenando el cielo de pájaros negros. Iba poniendo el corazón cada vez más triste y pesado. Y ya no se podía estar feliz a ninguna hora. Uno se fue aburriendo y como que ya no le importaba mucho la realidad o la realidad importaba demasiado y no dejaba lugar para otra cosa que no fuera su anonadante presencia.
Entonces ningún lugar era agradable. El trabajo era fatigoso, el cuerpo dolía, el estómago se empezó a encoger y a molestar, no había camisas limpias a la hora de salir y entonces se peleaba por eso, y por todo empezó a pelearse, y ya uno comenzó a arrepentirse de todos sus pasos ya ver todo lo inútil que había sido todo y a pensar que se estaba poniendo viejo y no le quedaba por delante más que nubes y pájaros negros y acechanza hostil y cosas temiblemente desconocidas.

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Mensaje por Lluvia Abril el Vie 03 Jul 2020, 01:44

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(1937 - 1972)


CUENTOS


Del otro lado del día

(cont.)



Ya el cerebro estaba demasiado cargado de presagios y de golpes. Estaban fríos los pies. Las cosas andaban mal. No se intuía una salida. Los caminos eran confusos llenos de niñez triste y temerosa, de una casa pobre pintada de verde en un pueblo silencioso. Estaban llenos los caminos de juguetes destrozados rabiosamente, de pantalones rotos, de timidez, de inseguridad, de llanto a los catorce años sin libros ni cinco centavos para ir al cine por la tarde. Y ya dolía mucho el tiempo de la escuela Normal y la muchacha buscando a Baudelaire, y no se quitaba de la mente la boda aquel domingo entre rostros apesadumbrados, Y uno fue haciéndose el hábito de decirse todos los días "no debió sucederme esto... .. Pero ya no se podía hallar ninguna explicación a nada, y uno se esforzaba en buscarla yeso hacía más daño aún. Hoy ya sé que no puede haber ninguna explicación porque en la vida no se hacen cosas explicables, porque la vida no se construye a favor sino en contra, y lo que sucede es que uno va perdiendo a sí mismo, se va tomando odio y llega el día en que se sale temprano por la mañana, se toma el Volkswagen, se siente el aire, uno ve los árboles en otoño, oye una música que trata de recordar y de repente se le pierden las manos, se van los ojos, se llena de rencor, de lástima, lo da por perdido todo y ya no se quiere llegar a ninguna parte sino que se da vueltas al guía violentamente, se pisa el acelerador, se oye el patinazo, un gran ruido de metal y vidrios desparramados, en una llamarada la sangre y entonces uno se va alejando, alejando, alejando, sin encontrar ninguna explicación, ninguna clave, nada que justifique a uno, nada...


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Mensaje por Lluvia Abril el Sáb 04 Jul 2020, 00:59

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(1937 - 1972)


CUENTOS




Cualquier tarde de éstas

La niña cruzó desde la mitad de la calle con un pedazo de carne entre los dientes. Una señora de esas que vienen algunos miércoles del interior del país hubiera creído de repente que se trataba de un perro bien acostumbrado. Pero yo no me dejé impresionar y me limité a sonreír y guardarme unas cuantas monedas en el bolsillo izquierdo de la chaqueta que llevaba puesta desde por la mañana, y con la cual me disponía a desafiar el próximo aguacero.
La niña tenía las mejillas rosadas, como debe tenerlas toda hija de un buen militar en retiro. Yo recordé la intranquilidad de mi Madre cuando, de niño, solía tragarme las semillas de algunas frutas. Marcella llegó hasta mis pies, sentándose en la acera y haciendo unos cuantos guiños con los ojos a la vez que apretaba aún más fuertemente el pedazo de carne.
- "¿ y qué? Te esperaba ayer alrededor de las tres!"
- "No me extraña. Ya sabes que detesto a las muchachas que se dedican a esperar a uno durante las horas de la tarde, de modo que es una buena excusa de tu parte para declararte odiada por mi':
- " ¡No es cierto! Las tres de la tarde es una buena hora para esperar a un muchacho que no estima a sus amistades. Además, nunca pronuncié tu nombre mientras te esperaba, sino que me limité a leer y a escupir tenazmente':
- "Bueno, ¿ Y ese pedazo de carne? Creo que ya no eres tan niña.
- " ¡Mientes! Aún me faltan muchas cosas por aprender. Además, nadie acostumbra a llevar un pedazo de carne entre los dientes por el simple hecho de ser una niña":
- "Se ve bien claro que no comprendes nada!" Marcella balanceó la cabeza, hamacando rítmicamente el pedazo de carne seis o siete veces hasta que lo dejó caer sobre una botella de cerveza que alguien había hecho rodar hasta el contén.
En ese momento levantó los ojos hacia mí, envolviéndome en una mirada tierna y grande. Yo contemplé sus ojos de miel y tardes provincianas, luego corrí la vista sobre su garganta joven, vi su respiración, miré por dentro de la pequeña blusa, y pensé en sus hermosos muslos, sus rodillas, sus piernas, los dedos de sus pies... La primera vez que desnudé a Marcella fue junto a la pequeña cuna de su hermanito que nos estuvo mirando durante más de una hora mientras hacía sonar estrepitosamente una maraca ... Aquel día comenzó a llover alrededor de las diez de la mañana.
Yo la perseguí por todos los cuartos de la casa hasta que finalmente la alcancé cuando delante de un espejo se miraba y acariciaba los senos... -"¿Quieres un refresco? le dije entonces- "¿Una Coca-Cola, Country Club, Dumbo... ?
- "No "- me dijo ella- .....Prefiero algo con sal... ..
- ..¿Un Hamburguer, quizás?"
Ella no contestó nada, según he sabido más tarde, pero se alisó los cabellos con las manos y decidió acercarse a la pared. Cuando escuchamos la voz de la Madre en el patio, salimos precipitadamente del cuarto. Ella se alisaba los cabellos con las manos y a mí me dolían agudamente los testículos...

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Mensaje por Lluvia Abril el Sáb 04 Jul 2020, 01:00

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Cualquier tarde de éstas

(cont.)

"¿Qué hacías?" -preguntó la Madre con voz de agente de seguridad, a la vez que se disponía a ignorarme rabiosamente "Nada"- dijo Marcella - "estaba en el cuarto de baño':.. y se levantó, con el dorso de la mano, los cabellos sobre la nuca.
"Hace calor" -agregó.
-"Saludos!" -contestó la Madre.
y yo dignamente asumí las funciones de una especie de eco atemorizado, contestando a mi vez:
"Saludos! "-
Después Marcella se acostumbró, y yo también, y del cuarto del niño pasamos a un pequeño cuartito en el patio, y más tarde a unos arbustos del traspatio, luego al bosquecillo junto al río, hasta que ya ella me espera los sábados para que yo la lleve a mi habitación...
Marcella es graciosa. Puedo decir que es bella: Cabellos de cobre, nariz fina y erecta, ojos color ámbar y voz de colegiala inteligente. Cuando la beso en el vientre, ella recibe pequeños escalofríos que le producen unas ondulaciones desde el sitio del estómago hasta algo más abajo del ombligo. Por eso la amo los días sábados, y me gustan sus vestidos de tela liviana que ella suele dejar sobre las butacas o en el espaldar de mi cama...
Los dos sudamos por espacio de dos o tres horas, luego nos vamos a la calle mareados. En una esquina nos despedimos. Marcella toma la calle de su casa y yo entro en una pequeña cafetería donde tomo un jugo de lechosa y compro cigarrillos...
Los sábados, a esa hora, me siento satisfecho. Ya tarde, en la noche, me acuesto pensando en sus cabellos y en sus senos, en su boca pulposa, en la tenue línea de vellos que parte de su ombligo, pienso en sus brazos, en las palabras que fervorosamente me dice en el oído, pienso
también en sus espaldas, en el sonido de sus pasos en la habitación, en sus muslos espléndidos, y me río pensando que a veces, cuando la veo caminar desnuda, imagino que es una encantadora yegüita enamorada. En esos momentos me asalta el deseo de tirarme de la cama y saltar sobre sus espaldas, sobre sus ancas, y correr hacia el patio cabalgándola, dándole palmadas en las nalgas y acariciándole el pescuezo ...

Ahora son las tres menos cuarto de la tarde. Hace un rato dejó de llover. He llegado a mi trabajo y de repente me convenzo de que no conozco, ni he amado nunca a ninguna Marcella. Pero recuerdo que al salir de mi casa, una pequeña niña con el pecho desnudo, cruzaba la calle con un pedazo de carne apretado entre los dientes ...



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Los días de marzo

(A Ramón Francisco)


La primera en sospecharlo fue Matilde cuando, tendiendo unos pantalones sobre los alambres del patio, la vio por detrás de la cocina, con una mano apoyada en la pared y la otra frotándosela en el vientre.
Matilde la miró de reojo pero sólo por un momento porque tan pronto como ella se dio cuenta se enderezó como si nada, caminó hacia la pluma y metió la cara bajo el chorro mojándose también la nuca con una mano. Luego se paró en mitad del patio y llamó con desaliento "Ine-
sita!" Matilde recogió la ponchera. Esa noche estuvo a punto de contárselo a Polonia, al acostarse, pero decidió que mejor era esperar "porque tal vez no es verdad y nunca es bueno levantarle cosas a la gente ':
Doña Rosa esa mañana en el taller pegando los botones a una camisa, recordó la manera como Persio el pulpero le había dicho, acercándosele un poco por encima del mostrador y mirando con el rabo del ojo a su mujer, "usted y yo tenemos que hablar". Ella salió a la calle con su funda de pan pero en el camino se detuvo a recoger un paquete de cuaba en el ventorrillo y se le olvidó el asunto. Después, en el taller, poniéndole los botones a una camisa, recordó esas palabras. Pero nada más, tampoco.
Corrían los días de marzo con un sol muy amarillo que se hacía tardo y duro en el cielo y como en esos meses había llovido muy poco, el polvo se metía por las ventanas junto con la ceniza de los ingenios.
Mucha gente prefería por eso tener las puertas cerradas y el pueblo lucía realmente más triste. Gracita, aue hacía los deberes de la casa desde barrer y trapear hasta preparar la comida y fregar los platos, sacaba a eso de las diez una silla de guano al callejón y recostándola al tronco
del limoncillo, encajaba entre las piernas una higüera y se ponía a limpiar el arroz. "Inesita, deja esa tierra, coño!" decía a la niña, que sentada en el suelo, y moqueando medio se adormilaba mirando la gallina, que picoteaba cerca de los pies de Gracita. La niña entonces se iba debajo de la trinitaria a ver los lagartos deslizándose entre las tablas de la empalizada. Gracita, de vez en cuando empujaba con el pie la puerta del callejón, que insistía en cerrarse ella sola, y entonces quedaba mirando vagamente para la calle por donde casi nadie pasaba. Pero a veces pasaba Américo en la bicicleta de canasto llevando una caja de refrescos o algunas latas de aceite, y como él venía sonando el timbre ya Gracita le estaba sonriendo cuando decía "Qué hay... "y mirándole los muslos desnudos, (porque ella estaba sentada con las piernas encaramadas en los barrotes de la silla) "¿vas esta noche ?", y ella, "si, pero después del rosario", "está bien, me voy porque esto lo están esperando': Y la puerta insistía en cerrarse pero ya Gracita había terminado de limpiar el arroz, de modo que se levantaba, espantando la gallina, y se iba, arrastrando la silla y diciendo casi maquinalmente, "Inesita,
camina': No le gustaban las adivinanzas, Caridad se las sabía todas y casi nunca la dejaba terminar, "Oro no es, plata no es, abre la... "" ¡El plátano!': Pero en el otro juego, el de las cintas, Gracita era capaz de pasar horas enteras pegada al muro gris del solar, con los ojos cerrados, viendo las manchas azules, anaranjadas, de sus párpados, "Tun-tun!"

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Los días de marzo

(A Ramón Francisco)


(cont.)

"¿Quién es?" "iEl Ángel!'; "¿Qué quiere?, "Cintas, "¿De qué color?" César, Lupita, Iris, la Cannencho, Mireya, todos ahí, esperando que ella fuera a decir su color. Se pasaba las tardes jugando en el solar de las Castillo, con los pies tiznados y el vestidito negro que tenía el cuello como las camisas de los varones. Ya había muerto papá, tosiendo y resollando en el cuarto aquel que olía a alcoholado y alcanfor, había pasado la tarde del entierro en que vino el coche con un paño morado sobre el caballo y los hombres de la Logia hicieron unas ceremonias con espadas y libros y entonces nos fuimos caminando, doblando por la callecita de la. escuela de música, y después mamá, cuando regresamos, se sentó en esa mecedora que arrimó a la puerta del patio y se quedó hablando con mi madrina que me dijo, "Gracita; lleve esas tazas a la cocina'; Ese tiempo pasó. Se quedó interrumpido en algún punto donde empezó uno a lavar ropa y a llevar flores a la iglesia en el mes de la Virgen, y a ver que le crecían pelos debajo de los brazos. Ahora está todo muy cambiado, los muchachos no juegan a la adivinanza y en el barrio sólo se oye a "Radio Oriente" tocando el "pata-pata" y el día se pasa tan rápido que se le van las horas a uno sin darse cuenta, "deja esa jodía lata, muchacha!': La casa tenía esa atmósfera clara y fresca de la soledad. En las tardes calurosas Gracita se acostaba a dormir la siesta, boca arriba en el piso del comedor, y cuando en la cocina de doña Lupe subía el olor del café, ella tuvo que voltearse porque sintió que el vientre se le encogió y un mal sabor le caminó por la garganta. Se quedó un rato con la nariz pegada al suelo, respirando el olor del cemento limpio, y cuando pudo abrir los ojos vio una hormiga que se metía por una de las grietas del piso. Se pasó la mano por la cara, limpiándose el sudor,
e incorporándose sobre sus codos se sacudió la blusa, soplándose por entre los senos.
No quiso pensar nada de eso, mejor esperó a que la voz de Matilde viniera a sacarla de esa como nada en que estaba y cuando la mujer gritó" ¡Gracita!': del otro lado del patio, ella sacudió la cabeza medio mareada y se levantó limpiándose las rodillas y los codos. Matilde le vio esta vez los ojos un poco ojerosos. y quizá cierta palidez en las mejillas, pero no se atrevió a decir nada tampoco en esta oportunidad a Polonio cuando se estaban acostando por la noche, sino que simplemente le dijo que no fue al "Aurora" a ver la película de Javier Salís porque Gracita le había dicho que tenía que ir a la iglesia en la noche a hacer el rosario.
Pero Matilde tampoco se atrevió a decirle que ella pensó que después del rosario podía ser "medio chivo" que la muchacha se fuera a pasear por esa avenida tan oscura que va a tener al muelle y que si uno quiere hasta puede seguir caminando y meterse detrás de los tanques de melaza; por ahí mismo, por donde casi no pasan gentes sino que hay unas matas de flamboyán. yeso puede ser muy peligroso para una muchacha, pero ella no le diría nada a Polonia porque después él podía contestarle que las mujeres siempre se están inventando, de modo que esas ojeras y esa cara amarilla debía ser de otra cosa y no lo que ella pensó cuando la llamó desde la empalizada para invitarla a ver la película de Javier Salís, y tampoco cuando la vio el otro día pasándose la mano por el vientre como quien tiene náuseas. A lo mejor no era por nada, tal vez que el desayuno le cayó mal. Por eso, al acostarse, se arrepintió de decírselo a Polonio, y mejor se fue quedando dormida así, sin darse cuenta, juntando su pensamiento con el sueño en que Polonio iba a tirarle ese plato en plena cara y ¡crash!, entonces ella brinca en la cama y se oye la voz ronca de Polonia, "¿qué vaina es lo que te pasa. mujer? Estás soñando disparates otra vez! Deja ese maldito café que te tiene loca!': y se volteó.
A doña Rosa le gusta prepararse ella misma el café de la mañana, por eso se levanta con el primer llamado a misa, y después que se echa un poco de agua fresca en la cara, pone carbón y unos palos de cuaba en el anafe; entonces, mientras hierve el agua, se va al patio a barrer y rociar la mata de helechos. Todo esto sucede exactamente igual todos los días antes de que vaya al comedor, abra la ventana que da al callejón, y se siente a la mesa a tomar su jarro de café, cosa que hace diariamente mientras escucha a Gracita sacudiéndose la nariz en el cuarto, resoplando, desperezándose, bostezando, y finalmente, con un gran ruido de alambres en el bastidor, sentándose en la cama y diciendo adormilada, " pnamá; dónde están las chancletas!':

(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Sáb 04 Jul 2020, 01:09

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(1937 - 1972)


CUENTOS



Los días de marzo

(A Ramón Francisco)


(cont.)



Ese día no le contestó nada, sino que se limitó a levantarse y llevarse el jarro a la cocina. Entonces Gracita perdió rápidamente los humos del sueño y buscó debajo de la cama. "No compraste el azúcar anoche': dijo a la muchacha cuando regresaba con más café, y ella, que se había detenido en la puerta del cuarto limpiándose los ojos, "se me olvidó ': Doña Rosa tenía una raya de preocupación encima de la nariz, entre los ojos, pero Gracita no lo advirtió cuando la mujer le pasó por el lado, "vete a echar agua en esos ojos, que los tienes hinchados':
"es de dormir" respondió la muchacha y de pronto dudó si lo decía por defenderse. Pero la vieja no pensó nada, es decir, estaba pensando en otra cosa y por eso siguió derecho al armario a buscar el vestido, dejando, no obstante, un ambiente pesado en el comedor. Gracita se puso a endulzar el café.
Si había dormido muy poco durante la noche era cosa que sólo doña Rosa sabía porque lo cierto es que permaneció tiesa sobre la cama mirando a través del mosquitero las vigas del techo, tragando en seco y pensando un montón de cosas, ni siquiera encendió un cigarrillo por
temor de quemar a Inesita que se revolvía a su lado entre las sábanas.
Le vino a la mente el viejo Miguel en sus años de mozo, cuando con aquellas chaquetas de dril y su gorra a grandes cuadros, cruzaba por la glorieta del parque y abría las puertas de la sastrería. El acababa de llegar de Curazao por entonces y se decía que allá hizo algún dinero con su oficio lo cual le había permitido establecerse con tres máquinas y dos ayudantes y un espejo grande donde la gente podía verse de cuerpo entero cuando se probaba un flux. Se vio ella misma de catorce años, no más, ayudando a su madre junto a aquellas pailas de cobre llenas de dulce de coco y de naranja. Y también le llegó a la mente aquel momento cuando Miguel, de hombros anchos y un pelo macho cortado casi al rape, (a la americana, decían entonces) daba vueltas a la gorra entre sus manos, nerviosamente, y aguardaba al umbral de la puerta a que don luna Inés lo mandara sentarse, para hablarle de su deseo de matrimoniarse con Rosita que entonces "es muy joven y usted sabe que una mujer debe estar bien preparada para servir a un hombre y, no sé, pero me gustaría hablar de esto con su madre antes de cualquier otra cosa, y si usted dice que ella lo quiere usted debe saber bien porque usted es mucho mayor que ella y yo no quiero... "
Todo estuvo ahí muy claro en la memoria de doña Rosa. El mal genio de don Miguel, su temperamento recio y exigente que ella tuvo que capear durante muchos años, sabiendo que él no toleraba el menor descuido porque los asuntos de su casa y de su persona debían andar
sobre ruedas y por la derecha siempre, es verdad que el viejo aflojó bastante cuando mucho tiempo después vino al mundo Gracita y ya él no tenía los mismos bríos tal vez, pero aún así, ya acostado en ese lecho 'que sólo las inyecciones y las ventosas del doctor Bazán pudieron hacer más soportable, sabía mantener el poder de su autoridad en esta casa, no importa que sólo dos años antes de morir viera nacer a "su pequeña Inés" y su corazón traqueteara de alegría, siempre fue severo y justo hasta la terquedad. Y eso era lo que pensaba anoche doña Rosa, boca arriba, con la mano por debajo de la almohada, mirando a través del mosquitero las vigas del techo y oyendo los pasos trasnochados de alguien por la calle. Esto lo pensaba con ganas de llorar, de gritar, de levantarse de ir hasta la cama donde estaba Gracita despierta también a esta hora, porque la había sentido cuando se levantó y se metió en el baño y volvió después a acostarse escupiendo dos o tres veces seguidas.
Pero mejor se quedó allí, tiesa, tragándose su rabia en seco quien sabe hasta qué hora de la noche o de la madrugada, porque la verdad es que si fue así sólo ella lo sabe. Le acercó los zapatos viejos a la niña, diciéndole, "vete donde Gracita, que te dé algo" Cuando abrió la puerta de la calle, doña Rosa advirtió que el rocío que cae durante la noche estaba haciendo un hoyo al borde de la acera y pensó que había que poner un canal en la orilla del techo.
Gracita oyó el zumbador que todas las mañanas viene a las trinitarias y se queda un rato como suspendido en el aire, con el pico pegado a las flores. Tomó dos tragos de leche y en seguida abrió la llave del agua y metió la cara bajo el chorro porque eso le cayó como una piedra en el estómago, advirtió que tenía los pies muy fríos y pensó que quizás hoy no haría tanto calor como los otros días y cerró la llave. Se había quedado de codos sobre el fogón, mirando a través de la ventana la punta de las hojas que se recortaban contra el cielo de un azul blanquecino a esa hora, cuando escuchó a sus espaldas los pasos impacientes de su madre que iban y venían a tontas por las habitaciones; la candela comenzaba a morirse en el anafe y Gracita pensó que dentro de un instante, en cuanto se sintiera mejor, echaría unos granos de carbón y soplaría con un cartón para avivar el fuego, pero doña Rosa se había parado entre el comedor y la cocina y le cortó el pensamiento con una voz deliberadamente ofensiva, "Gracita, qué hacías en el baño anoche?" y ella, que sin darse cuenta se había puesto rígida, "es que parece que necesito un purgante, mamá... " se movió bruscamente hacia la ventana, y rompió a vomitar.
Doña Rosa se dejó caer pesadamente en una silla, y se quedó mirando las manos, sucias de mantequilla, de Inesita, que se comía una galleta, sin hablar.



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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 05 Jul 2020, 00:02

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(1937 - 1972)


CUENTOS




El sábado es el mejor día

- "Deja de repetir lo mismo, Hora. No sacarás nada molestándome!':
Siempre la misma escena. Ahora me incorporaba, tiraba el diario y me acodaba en la ventana a fumar.
La pared, cada día más amarilla; los tres niños rodando una pelota gris; la lata llena de desperdicios.
Pedro tenía razón, esto debía terminar algún día; pero uno veía las cosas y era mejor resignarse, dejarse llevar. Después de todo, algún día deberán cambiar las cosas, o si no, ¡Quién sabe! Lo importante es que cada quien esté tranquilo, conforme; que se pueda mover según quiera, o que tenga su derecho a quedarse quieto.
Tan pronto hay alguien que pretende dirigir a uno, empujarle, ya todo se pone mal.
"Deja de repetir lo mismo, Flora': ..
Por eso era siempre la misma escena.
Ahora me incorporaba, tiraba el diario y me acodaba en la ventana a fumar.
Tal vez ella tenía razón. Es posible; pero nada más. Nadie, a menos que sea muy egoísta, debe esgrimir su razón como un arma contra los demás, ni mucho menos contra alguien en particular.
Todo el mundo tiene sus razones, y rara vez las razones de uno coinciden plenamente con las del otro. Si cada quien hace de sus razones un ariete para empujar a los otros, entonces terminarán todos viniéndosele encima a uno, con sus razones, y uno a su vez, cayéndoles encima a los demás, y en este estado mejor es liquidarlo todo de una vez.
Yo, por mi parte, me he creído siempre en el derecho a quedarme tranquilo, a no participar en esta carnicería.
- "Julio, usted está despedido!"
Bien. ¡Mala suerte! Vámonos andando a casa.
Un mes, dos meses, tres meses...

- "Deja de repetir lo mismo, Flora. No sacarás nada molestándome!"
En un barrio como este, las calles nunca tienen un aspecto agradable. Esto es interesante porque tiene mucho que ver con el estado anímico de uno.
Hasta los perros son deprimentes por aquí. Igualmente las escaleras, son tan oscuras, tanta basura se amontona en los zaguanes, que luego que uno las sube y se encierra en su casa, no le dan deseos de bajarlas nuevamente y entonces se siente como un preso en medio de tanta aburrida suciedad.
Uno se incorpora, tira el diario y se acoda en la ventana a fumar, y no hay forma de experimentar ninguna sensación agradable.
El sábado es el mejor día, no hay dudas acerca de esto. Hay muchos chicos en las aceras, en las galerías, y particularmente en medio de la calle. Cerca de las diez de la mañana viene el camión de la basura; es realmente interesante todo aquel barullo que se arma, ver cómo ruedan las latas y los tanques, el ruido de las tapas de hierro de aquel camión, las mujeres apresurándose a recoger las sucias vasijas, etcétera, etcétera.
Es realmente interesante.
El sábado se afeita Lorenzo. Es el único día en que se abre esa ventana colorada, mostrando un cordel lleno de ropa. Lorenzo pasa por debajo del cordel con la cara enjabonada, y coloca un espejito de bordes rosados sobre un clavo. Se afeita cuidadosamente Lorenzo. Siempre comienza de arriba hacia abajo, por el lado derecho; luego pasa aliado izquierdo de la cara, con el mismo movimiento descendente. Más tarde, levantando la mandíbula hasta hacer un ángulo de noventa grados con el cuello, inicia el rasurado desde la nuez de Adán, lentamente, hasta llegar a los bigotes. Allí, el trabajo es mucho más cuidadoso y dura mucho más tiempo. Siempre me he preguntado por qué Lorenzo no prefiere quedarse de una vez sin esos bigotes; la verdad es que le cuesta gran esfuerzo y paciencia conservar el dibujo de éstos, sobre todo, en la línea superior.

(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 05 Jul 2020, 00:05

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(1937 - 1972)


CUENTOS



El sábado es el mejor día
(cont.)




A las once treinta, ya Lorenzo ha concluido, se lava con agua fresca y entonces me saluda sonriendo como en los anuncios de las pastas de afeitar, a veces me quedo esperando que se dé un golpecito con el dedo en la mejilla y el sonido de una campanita, en este caso yo le diría, "Como una uva!", pero Lorenzo me saluda y se aleja arrastrando unos zapatos sin cordones.
Los sábados siempre llega un chofer con cara de policía a la casa verde de la esquina. Es el hermano de Andrés que trae plátanos de Villa Consuelo. Abre el baúl del carro y deposita los plátanos sobre la acera.

A esta hora, ya Negro se ha tomado varias cervezas ('cenizas", como dice él) en el colmado, y en el barrio están encendidos todos los receptores de radio en una misma emisora.
Aquí es donde se daña el sábado.
- "Deja de repetir lo mismo, Flora. No sacarás nada molestándome!"
Hay que comprender que la vida de gente como uno no es nada buena. Siempre habrá problemas; por más que uno se afane nunca alcanzará a tapar todos los huecos.
Por eso da igual de cualquier forma. Aún en los mejores tiempos Flora ha tenido que lavar y planchar la ropa, y a Julito le han faltado zapatos. No se puede pretender vivir de otro modo porque simplemente se desee. ¡Bah! Como si no fuera tan cómodo echarle a otro la responsabilidad encima!
Hay mucha gente así, que le suelta a uno los caballos. "¡Qué te pasa!", le dicen, "qué es lo que esperas, que nos coma el hambre?
¡Anda, muévete! ¿Es que vas a hacer el parásito para toda la vida? Ya no te importa nada, ni siquiera tu hijo y tu mujer! –
¿Qué haces ahí tirado todo el día, con el periódico en las manos? ¡Ah! qué no consigues! Pero si no te apuras! ¡Porque esta pendeja está aquí, verdad?
¿Por qué, al fin y al cabo y mal que bien. lo resuelvo todo, no? Pero es que no te da vergüenza? ¡dime...!"
- "Deja de repetir lo mismo, Flora. Nada sacarás con molestarme!':
Entonces, me incorporaba, tiraba el diario y me acodaba en la ventana.
Es que hay gente así, que le echa a uno la situación encima, y hace que uno se sienta el culpable del hambre de todo el país, del desempleo, de los despidos, de todo. Hay gente así, que abusa de la paciencia de uno, y le dice "...eso sí que te gusta, verdad? Ahí te quedas el resto de la mañana, acodado en esa sucia ventana, atisbando todo lo que pasa en las casas y en la calle, metiendo los ojos en todas partes.
No te da vergüenza que te vean ahí todo el tiempo, sabiendo que me aso con la plancha, que me rompo los brazos tirando cubos de agua, limpiándole los mocos a tu hijo. Es que no tienes vergüenza!"
Los muchachos, muchos muchachos, jugaban los sábados en las aceras y en las galerías. "Eso es lo único que sabes, ¡Holgazanear!':
Este sábado estaba un poco más gris de lo acostumbrado. Los muchachos, muchos muchachos, jugaban y levantaban un bullicio enorme en las aceras.
Francamente, es deplorable el que exista gente así. Gente que quiera salvarse a costa de uno, aún cuando uno ha decidido que no necesita salvarse a sí mismo, ni salvar a nadie.
Esta gente maldice en las espaldas de uno, hace insoportable los días, oscurece toda la casa repitiendo siempre las mismas feas cosas, es el egoísmo, ¡El egoísmo lo es todo!
Por eso esta gente estalla de momento, se aferra desesperadamente a uno, como quien no quiere ahogarse, y lo agarra por los cabellos, y lo zarandea, y le aprieta las muñecas, y grita y rabia, y mira a uno con ojos desorbitados, y le envuelve en sus insultos, en sus gritos, en una
sombra; y uno salta, y esta gente le clava las uñas a uno, entonces uno se sacude, da un manotazo y gira uno con ella en la sombra, y gira y giran, y esta gente se golpea contra la pared y se le llenan los ojos de sangre, uno la toma por los hombros y la va estrellando, dándole golpes, contra las mesas y las sillas, contra el suelo ... Y esta gente quiere zafarse, pedir perdón, pero uno sigue tirándola, revolcándola, hasta tomarla por el cuello, y ahí aprieta fuerte, más fuerte, más fuerte, ¡Más...!hasta que...
.:« ¡Trae!
- "Deja de repetir lo mismo, Flora.



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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 05 Jul 2020, 00:27

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ESTO LE PASÓ A TERESA

Después de todo, es bastante difícil lograr que todo el mundo piense bien acerca de uno. Por una cosa o por otra, pero lo cierto es que alguien debe tener siempre razones para expresar una mala opinión de nosotros. Eso es lo que no quería entender Teresa, y esa fue, a mi juicio, la causa de su desgracia.
Yo insistí muchas veces en explicarle mi punto de vista, que dicho sea de paso, se resumía en que no debemos pensar en las opiniones de los demás, si es que queremos vivir con arreglo a las nuestras. Eso, ni más ni menos.
Pero Teresa no. Ella centraba su lucha en tratar de que las demás personas aceptaran todos sus actos considerándolos tan correctos y tan positivos como ella misma los consideraba. Es decir, que todos pensaran con la cabeza de Teresa. Y esto no creo que sea posible.
A la gente le gusta tener sus puntos de vista, y hacerlos valer, mostrarlos. Esto sobre todo, cuando se trata de juzgar las actitudes de terceras personas.
Quiero decir que a la gente le gusta tener sus principios, y que estos principios son, generalmente, tan extremadamente rígidos y limitativos, precisamente para que a los otros se les haga difícil moverse dentro del radio de éstos.
Es interesante señalar, y esto se lo expliqué mucho a Teresa, que los principios que la gente se empeña en fijar no son válidos para ellos mismos, sino para considerar a los demás. Lo cual quiere decir que A pone las reglas para el juego de B, y B, por su parte, establece las suyas para formar el juego de A. Como uno, por cuidadoso que sea, sabe que en algún momento va a transgredir las reglas y que por esta transgresión será juzgado, lo más sensato es: O decidirse a vivir sopesando muy detenidamente cada paso, cada acción, o por el contrario, vivir lo más cómoda y Libremente posible, sin pensar que otro se molestará en juzgamos.
Yo estoy persuadido de que la segunda fórmula es la solución más correcta. Al menos, es la que he adoptado para mí. Si mucha gente se detuviera a pensar lo conveniente que es llevar
este sistema, de seguro que mucha gente no se sintiera tan frustrada como se siente hoy día. Eso indudablemente le resta unidad, cohesión, a nuestra sociedad, y la ha transformado en una manada llena de temores, que vive dándose golpes en el pecho y mirando a todas partes antes de hacer cualquier cosa. Nos hemos acostumbrado a obrar a escondidas, a espaldas de los otros, manteniendo muchas cosas en la sombra.
Por eso un señor que fue vecino mío bastante tiempo, se me parecía tanto a su gato.
Este señor sabía perfectamente que su esposa le era infiel. y perfectamente también sabía que la otra mitad de la infidelidad era yo. Pero mi vecino, hombre honorable que se casó convencido de la seriedad y el amor de su esposa, así como también de su suficiencia masculina, no podía echarse en cara toda aquella equivocación, ni mucho menos servírsela en bandeja de plata a los demás. El prefirió arreglárselas de otro modo, y al efecto decidió estrechar su amistad conmigo, invitándome a salir con ellos, viniendo ellos frecuentemente a ver televisión a mi casa y llevándome a cenar a la suya los sábados en la noche. Este señor sabía que detrás de todo lo que había era simplemente que su esposa me amaba a mí y lo despreciaba a él.

(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 05 Jul 2020, 00:29

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ESTO LE PASÓ A TERESA
(cont.)




Por eso, una tarde estando en mi balcón, se me ocurrió que el vecino había copiado exactamente el modo de actuar de su gato. Era un gato gris, muy corriente, que caminaba por encima de un pequeño muro de blocks, saltaba al jardín, y detrás de un rosal realizaba determinada función, al concluir escarbaba rápidamente en la tierra, y procedía a enterrar allí sus excrementos. Me di cuenta de este modo, de que hay mucha gente que actúa de una manera perfectamente animal.
Quizás el más brillante ejemplo de superación, de libertad y de confianza en sí mismos, que hay en nuestra sociedad, es el que nos dan los militares. Estos sí que actúan de un modo particular, verdaderamente original, responsable. Para ellos importa muy poco el parecer de los demás, y en cambio actúan de acuerdo a sus propios deseos y conveniencias. Nadie se atreverá a negar que es este un signo de evidente fe y amor por la libertad de cada quien. Hay que ver con la naturalidad que esta gente procede sin detenerse a pensar en que alguien le juzgará mal. Tampoco les importa, y esto hay que reconocerlo también, si por sus actos se les va a juzgar bien, hoyo mañana.
Nada de eso. Hay que golpear, pues se golpea; hay que encerrar, se encierra; hay que liquidar, se liquida. Y todo de acuerdo a los que ellos crean, y en esto conservan una libertad verdaderamente asombrosa.
Yo creo firmemente que ahí radican las ventajas que los militares nos llevan a los civiles. Mientras nosotros andamos llenos de miedo, nerviosos, desconfiando el uno del otro, actuando a escondidas, ellos permanecen tranquilos, confiados, firmes, sin problemas de conciencia, sin tener que dar ninguna explicación a nadie. Gracias a esta valiente conducta de los militares, decididos a romper con toda una serie de tontos convencionalismos, el ejército es, hoy por hoy, en nuestra sociedad, la más sólida muestra de cohesión y unidad que pueda suponerse.
Esto es lo que no quería comprender Teresa. Y por no comprenderlo fracasó. Teresa tenía sus ideas políticas, y eso está bien. Todo el mundo debe tener sus ideas políticas, y es aceptable que alguien trate de vivir de acuerdo a sus ideas políticas. Debo decir que Teresa siempre fue una muchacha alegre; desde muy jovencita le gustaron las fiestas.
En una fiesta precisamente conoció a su primer novio, un muchacho que fumaba cigarrillos negros y se arrollaba la camisa hasta el codo.
Duró muy poco este primer romance de Teresa, nunca supe por qué, en su lugar surgió otro, esta vez más duradero aunque no definitivo, bueno, en Teresa hubo muy pocas cosas con carácter defínitívo, como no fueran sus ideas políticas y su empeño en hacer que los otros pensaran igual que ella. De todos modos, Teresa, ya está dicho, era una muchacha alegre, muy alegre.
Ocurrió que un día, alguien le dijo a Teresa que ella era una puta y Teresa, como era su incurable costumbre, se negó a aceptar esta opinión.
Teresa era muy fogosa y en cuanto se molestaba por algo, se convertía en un verdadero caos. A Teresa particularmente le molestaban, como hemos dicho, las opiniones de los otros, sobre todo cuando se referían a ella.
Por eso reaccionó fogosamente cuando alguien le dijo que era una puta. Probablemente, si Teresa no toma tan en cuenta la opinión ajena, todo esto no hubiera sucedido; pero ella no sólo vivía pendiente a lo que se dijera, acerca de su conducta sino que trataba por todos los medios que la gente pensara de ella igual que ella misma. Y este es un error.
Nunca nadie pensará de uno lo que uno quiera que piense, sobre todo cuando uno no piensa de sí mismo lo que realmente debe pensar.
La cuestión es que Teresa se violentó y empezó a argumentar, de los argumentos pasó rápidamente a las acusaciones, y estas acusaciones las fue fundamentando con sus ideas políticas, las que trató de hacer valer a voz en cuello. Pero resulta que, como es natural, las ideas no pueden ser compartidas por todo el mundo a la vez, (y para esto no importa que sean buenas o malas ideas, basta con que se trate de ideas, simplemente) y sucede que, entre las muchas personas que probablemente no están de acuerdo con Teresa, se hallan precisamente seis policías que pasaban en un coche celular. Teresa definitívamente no aceptaba el calificativo de puta que alguien le había dado, y esto lo demostraba con absoluta decisión.
Los policías hicieron detener el coche, a los dos segundos exactamente saltaron a la calle y, como Teresa seguía defendiéndose con creciente furor, los agentes rastrillaron sus armas, la tomaron por los brazos y la hicieron subir al coche, partiendo velozmente con ella.
Aún cuando los policías no se ocuparon de esclarecer lo de la acusación que alguien había hecho a Teresa, a mí personalmente, me parece que se la llevaron por sus ideas políticas.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Dom 05 Jul 2020, 01:30

Digo "desesperante" porque es una soledad que más bien es un estado de indefensión en el que la única posibilidad defensiva es un recuerdo que se va haciendo obstaculízador y arbitrario a medida que su absurdidad lo va convirtiendo en una suerte de miedoso respeto, pero ese respeto miedoso sólo se hace sentir cuando empieza a sentirse la soledad, una soledad que sólo se siente cuando comienza a torturar, cuando precisamente ha llegado el momento de plantearse el rompimiento "natural y humano" (se dice siempre) de esa soledad... Y esto no quiere decir que nuestro círculo, por eso, se haya cerrado, sino por el contrario, que la espiral se distorsiona y se enreda inexplicablemente, interminablemente...


Simplemente: estamos ante un narrador excepcional. Tan excepcional como poeta.

Hoy, con la familia aquí, no podré hacer mucho. Pero con ganas me quedo.


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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 05 Jul 2020, 23:23

Así es, es muy bueno y te doy las gracias por estar ahí, Pascual. Sentirse acompañado ayuda bastante.
Besos y sigo pues.


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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 05 Jul 2020, 23:26

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CUENTOS




Desde Vietnam bajo una lluvia de ceniza

Tragedia griega, no hay duda, tragedia griega. Dirán que no, que se llamaban Jim Smith, simplemente, así, todos los Jim Smith trajeados de verde olivo diciendo aquellas últimas palabras con las que regresarán a sus casas sin haberse explicado nada definitivamente. Las pronunciarán entre miradas estúpidas y sus rostros sucios de tierra y grasa de maquinaria, tendrán la misma cansada expresión de los plomeros y los deshollinadores de Nueva York. "God save América... God... and drink Coca-Cola': Tragedia griega, es lo que digo!
"Darling, a kiss, please... "Ningún joven universitario puede negar el sexo, eso es lo importante. Tocar guitarra durante toda una noche hasta el amanecer y bañarse en soda, volcarle una botella de soda sobre la cabeza a Sally West; bah! eso no basta, al otro día hallarán la casa
llena de arena y vasos rotos, pero mi "Dodge" habrá corrido a 140, barriendo a Long Island, y Sally me halará la corbata. .....a kiss, dear, please... " Y es esa la gran batalla, el verdadero sentido heroico del siglo, la estatua de la Libertad con ojos de Marilyn Monroe. j Baila, vieja sosa, baila! Quítate ese vestido gris y corre por la playa en mono-kini, mete los pies en esas aguas negras, tan negras que me dan miedo cuando la noche empieza a descender desde los jets y el gran letrero de cerveza "Pabst ': Soy Luther King, una especie de Casius Clay con sombrero hongo que va a acabar con Broadway a bastonazos para que salgan huyendo desnudas todas esas rubias que chillan, y verles el ombligo girándole en el vientre lleno de monedas y trenes; baila, baila, Nancy, vamos al surfrng, que nos coge la nieve si no corremos a toda velocidad, mira ese reloj en la cafetería diciéndonos que Goldwater viene con pies de plomo por el Central Park, y no cortes la mantequilla con ese cuchillo, Nancy, hay que lamerla, lamerla vorazmente y salir corriendo en busca de una casilla de teléfonos. Vámonos entre las piernas de las gentes, entre las incansables piernas inacabables de la calle 42; eres la estatua de la Libertad, Nancy, y de tu sexo salen todas estas ventanas por donde se descalabran mujeres puertorriqueñas e italianas.
Dirán que no, lo sé, dirán que no; que se llamaban Jim Smith y les gustaba un emparedado con Coca-Cola. Pero no me convencen, no me convencen. Tragedia griega, eso es, tragedia griega. Y entonces vendrán en sus frazadas oscuras entre dos filas enlutadas "God save América...
God". Y yo los veré descender silenciosamente, y voy a reír de que no suenen las sirenas, y pagaré como ahora mi frente a este sucio cristal para ver la lluvia de ceniza sobre las cabezas de las mujeres y voy a reír porque mamá no estará ahí, estará friendo papas con jamón y recordando a Phillip con su traje de combatiente de Korea.
"God save América... "y yo me estaré masturbando, pensando en Jossie Brown sentada en la escalera con sus trenzas horribles, enseñándome sus muslos largos. "Jossie, come hear, Jossie". Y la paleta de chocolate se derretía sobre su blusa y me decía que no le gustaban mis ojos porque tenían mucho miedo adentro. Yo no le contestaba porque en verdad le tenía miedo a su madre y sólo de pensar en que ella podría sorprendemos, ya se me iban las ganas. ¡Viva Jossie Brown bajo la lluvia de ceniza mostrando sus muslos que ellos no podrán tocar, no podrán oler, porque serán dos mas enlutadas, plañideras, y ellos, como los deshollinadores saldrán con una mirada tétrica, inválida, paralizada.

(cont.)


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Hay algo que da esplendor a cuanto existe,
y es la ilusión de encontrar algo
a la vuelta de la esquina..

GILBERT KEITH CHESTERTON

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