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Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Pedro Casas Serra
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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 4 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 04 Jun 2020, 02:51

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NOVELA SEXTA

Bruno y Buffalmacco le roban un cerdo a Calandrino; le hacen hacer la prueba de buscarlo con pastas de jengibre y vino de garnacha y le dan dos de éstas, una tras de la otra, hechas de boñigas de perro confitadas con áloe, y parece que él mismo se ha quedado con él, le hacen, además, obsequiarles si no quiere que a su mujer se lo digan.

No había la historia de Filostrato dado fin, la cual mucho fue reída, cuando la reina ordenó a Filomena que seguidamente narrase; la cual comenzó:
Graciosas señoras, como Filostrato fue llevado a contar la historia que habéis oído por el nombre de Maso, así ni más ni menos soy llevada yo por el de Calandrino y de sus compañeros a contar otra de ellos, la cual, tal como creo, os gustará.
Quién Calandrino, Bruno y Buffalmacco fueron no necesita seros mostrado por mí, que asaz lo habéis oído antes; y por ello, pasando más adelante, digo que Calandrino tenía una pequeña tierra no lejos de Florencia, que había recibido como dote de su mujer, de la cual, entre las demás cosas que le daba, sacaba cada año un cerdo; y era su costumbre que siempre en diciembre se iban allí al pueblo su mujer y él, y lo mataban y lo hacían salar allí. Ahora bien, sucedió una vez entre las otras que, no estando la mujer bien de salud, Calandrino se fue solo a hacer la matanza; la cual cosa oyendo Bruno y Buffalmacco, y sabiendo que su mujer no iba, se fueron a ver a un cura vecino de Calandrino y grandísimo amigo suyo, y a estarse con él algunos días. Había Calandrino, la mañana en que éstos llegaron allí, matado el cerdo, y viéndolos con el cura los llamó y les dijo:
—Sed bienvenidos; quiero que veáis qué amo de casa soy.
Y llevándolos a su casa les mostró aquel cerdo. Vieron ellos que el cerdo era hermosísimo, y le oyeron a Calandrino que lo iba a poner en salazón para su familia. Y Bruno le dijo:
—¡Ah, qué bruto eres! Véndelo y disfruta los dineros: y a tu mujer dile que te lo han robado.
Calandrino dijo:
—No, no lo creería, y me echaría de casa; no os empeñéis, que no lo haré nunca.
Las palabras fueron muchas pero de nada sirvieron. Calandrino les invitó a cenar con tal desgana que no quisieron cenar y se separaron de él.
Dijo Bruno a Buffalmacco:
—¿Por qué no le robamos el cerdo esta noche?
Dijo Buffalmacco:
—¿Pues cómo podríamos?
Dijo Bruno:
—El cómo bien lo veo si no lo quita del sitio donde lo tenía ahora mismo.
—Pues —dijo Buffalmacco— hagámoslo: ¿por qué no vamos a hacerlo? Y luego lo disfrutaremos aquí junto con el dómine.
El cura dijo que le gustaba mucho la idea. Dijo entonces Bruno:
—Aquí se necesita un poco de arte. Tú sabes, Buffalmacco, qué avaro es Calandrino y con cuánto gusto bebe cuando los demás pagan; vamos y llevémoslo a la taberna; allí, que el cura haga semblante de pagar todo por invitarnos y no le deje pagar nada a él: se ajumará y luego será muy fácil porque está solo en casa.
Como lo dijo Bruno, así lo hicieron. Calandrino, viendo que el cura no le dejaba pagar, se dio a la bebida, y bien que no lo necesitase mucho, se cargó bien; y siendo ya avanzada la noche cuando se fue de la taberna, sin querer cenar nada se metió en su casa, y creyendo haber cerrado la puerta, la dejó abierta y se fue a la cama. Buffalmacco y Bruno se fueron a cenar con el cura y cuando hubieron cenado, tomando los instrumentos para entrar en casa de Calandrino por donde Bruno había planeado, se fueron allí calladamente; pero encontrando la puerta abierta entraron dentro y cogiendo el cerdo, a casa del cura lo llevaron, y colgándolo, se fueron a dormir. Calandrino, habiéndosele ido el vino del cuerpo, se levantó por la mañana y, al bajar, miró y no vio el cerdo, y vio la puerta abierta; por lo que, preguntando a éste y a aquél si sabían quién le había quitado el cerdo, y no encontrándolo, comenzó a hacer un gran alboroto, ¡ay de él!, ¡desdichado de él!, que le habían robado el cerdo. Bruno y Buffalmacco, levantándose, se fueron hacia Calandrino para oír lo que decía del cerdo; el cual, al verlos, casi llorando llamándolos, dijo:
—¡Ay de mí, compañeros míos, que me han robado el cerdo!
Bruno, acercándose, le dijo en voz baja:
—¡Maravilla que hayas sido listo una vez!
—¡Ay! —dijo Calandrino—, que digo la verdad.
—Dices bien —decía Bruno—, grita fuerte para que parezca que ha sido así.
Calandrino gritaba entonces más fuerte y decía:
—¡Cuerpo de Cristo, que digo verdad al decir que me lo han robado!
Y Bruno decía:
—Dices bien, dices bien; y hay que decirlo así, grita fuerte, hazte oír bien para que parezca verdadero.
Dijo Calandrino:
—Me harás dar el alma al enemigo; digo que no me creerás, así no me cuelguen, que me lo han robado.
Dijo entonces Bruno:
—¡Ah!, ¿cómo va a poder ser esto? Yo lo he visto ayer, ¿quieres hacerme creer que te lo han robado?
Dijo Calandrino:
—Es tal como te digo.
—¡Ah! —dijo Bruno—, ¿es posible?
—Ciertamente —dijo Calandrino—, es así; por lo que estoy perdido y no se como voy a volver a casa; la parienta no me creerá, y si me cree, no tendré paz con ella en todo el año.
Dijo entonces Bruno:
—Así me ayude Dios, eso está mal si es verdad; pero sabes, Calandrino, que ayer te enseñé yo a decir eso; no querría que tú en el mismo punto te burlases de tu parienta y de nosotros.
Calandrino comenzó a gritar y a decir:
—¡Ah!, ¿por qué me hacéis desesperar y blasfemar contra Dios y los santos y todo lo que existe? Os digo que esta noche me han robado el cerdo.
Dijo entonces Buffalmacco:
—Si es así, se debe ver el modo, si podemos, de recuperarlo.
—¿Y qué modo —dijo Calandrino— podremos encontrar?
Dijo entonces Buffalmacco:
—Por cierto que no ha venido de la India nadie a quitarte el cerdo; alguno de estos vecinos tuyos debe haber sido, y por ello, si los pudieses reunir, yo sé hacer la prueba del pan y el queso, y veremos de un golpe quién lo ha robado.
—¡Sí —dijo Bruno—, mucho vas a hacerle con pan y con queso a ciertos caballerazos que tenemos alrededor!, que estoy seguro de que alguno de ellos lo ha cogido, y se daría cuenta del caso y no querría venir.
—¿Qué vamos a hacer, entonces? —dijo Buffalmacco.
Repuso Bruno:
—Habría que hacerse con buenas pastas de jengibre y con buen vino dulce e invitarlos a beber; no pensarían que era por eso y vendrían; y lo mismo pueden bendecirse las pastas de jengibre que el pan y el queso.
Dijo Buffalmacco:
—Por cierto dices verdad; y tú, Calandrino, ¿qué dices?, ¿lo hacemos?
Dijo Calandrino:
—Os lo ruego por el amor de Dios; que, si yo supiese quién se lo ha llevado me parecería sentirme medio consolado.
—Pues venga —dijo Bruno—, estoy listo para ir hasta Florencia a por esas cosas para ayudarte, si me das los dineros.
Tenía Calandrino unos cuarenta sueldos, que le dio. Bruno, yéndose a Florencia a ver a un amigo suyo boticario, compró una libra de buenas pastas e hizo hacer dos de estiércol de perro que hizo confitar con áloe recién exprimido; después, las hizo rebozar en azúcar como estaban las otras, y para no equivocarlas ni cambiarlas les hizo poner cierta señalecita por la cual muy bien las conocía; y comprando un frasco de buen vino dulce, se volvió al pueblo con Calandrino, y le dijo:
—Hace falta que mañana por la mañana invites a beber contigo a todos aquellos de quienes sospeches: es fiesta y todos vendrán de buen grado, y yo esta noche, junto con Buffalmacco, haré el encantamiento sobre las pastas y te las traeré mañana por la mañana a casa, y por tu amor yo mismo se las daré, y haré y diré lo que haya que decir y que hacer.
Calandrino lo hizo así. Reunida, pues, una buena compañía entre jóvenes florentinos que estaban en el pueblo y labradores, al venir la mañana, junto a la iglesia y alrededor del olmo, Bruno y Buffalmacco vinieron con una caja de pastas y con el frasco de vino, y haciéndoles poner en corro, dijo Bruno:
—Señores, me es necesario decir la razón por la que estáis aquí para que, si algo sucediese que no os agradase, no tengáis que quejaros de mí. A Calandrino, que aquí está, le quitaron ayer noche su hermoso cerdo y no puede encontrar quién se lo haya cogido; y porque otro distinto de quienes estamos aquí no se lo habrá podido quitar, él, para encontrar quién lo haya cogido os da a tomar estas pastas, una para cada uno, y de beber; y desde ahora sabed que quien haya cogido el cerdo no podrá tragar la pasta sino que le parecerá más amarga que el veneno y la escupirá; y para ello, a fin de que esta vergüenza no le suceda en presencia de tantos, es tal vez mejor que aquel que lo hubiese cogido lo diga al sire en confesión, y yo me abstendré de este asunto.
Todos los que allí había dijeron que querían comer de buen grado; por lo que Bruno, poniéndolos en fila y puesto a Calandrino entre ellos, comenzando en uno de los extremos comenzó a dar a cada uno la suya; y al estar junto a Calandrino, tomando una de las perrunas, se la puso en la mano. Calandrino prestamente se la echó a la boca y comenzó a masticar, pero tan pronto como la lengua notó el áloe, Calandrino, no pudiendo soportar el amargor, la escupió. Allí todos se miraban la cara el uno al otro, para ver quién escupía la suya; y no habiendo todavía Bruno terminado de darlas no haciendo semblante de enterarse de aquello, oyó decir a sus espaldas:
—Vamos, Calandrino, ¿qué quiere decir esto?
Por lo que, prestamente volviéndose, y viendo que Calandrino había escupido la suya, dijo:
—Espérate, tal vez alguna otra cosa se la hizo escupir: ten otra.
Y tomando la segunda, se la puso en la boca y proveyó a dar las otras que tenía que dar.
Calandrino, si la primera le había parecido amarga, ésta le pareció amarguísima; pero, sin embargo, avergonzándose de escupirla, masticándola, un tanto la tuvo en la boca, y teniéndola comenzó a arrojar lágrimas que parecían nueces, tan gruesas eran; y por último, no pudiendo resistir más, la arrojó fuera como lo había hecho con la primera. Buffalmacco servía de beber a la compañía y a Bruno; los cuales, juntos con los demás al ver esto, todos dijeron que por cierto Calandrino se había quitado el cerdo a él mismo, y hubo muchos de ellos que ásperamente le reprendieron. Pero, luego que se hubieron ido, quedándose Bruno y Buffalmacco con Calandrino, le comenzó a decir Buffalmacco:
—He estado siempre seguro de que tú mismo lo habías robado y que nos querías mostrar que te lo habían robado para no darnos de beber ni una vez con los dineros que habías sacado.
Calandrino, que todavía no había escupido el amargor del áloe, comenzó a jurar que él no lo había robado.
Dijo Buffalmacco:
—¿Pero cuánto sacaste, socio?, dímelo de buena fe, ¿sacaste seis?
Calandrino, al oír esto comenzó a desesperarse; a quien Bruno dijo:
—Oye bien, Calandrino, que en la compañía hubo quien comió y bebió con nosotros y me dijo que tenías no sé dónde una jovencita que tenías a tu disposición, y le dabas lo que podías reunir, y que él estaba seguro de que le habías mandado el tal cerdo, tan buen burlador has aprendido a ser. Tú nos llevaste una vez por el Muñone abajo recogiendo piedras negras, y cuando nos hubiste embarcado te volviste, luego nos querías hacer creer que lo habías encontrado; y ahora semejantemente te crees que con tus juramentos nos haces creer igual que el cerdo, que has regalado o has vendido, te lo han robado. Ya estamos acostumbrados a tus burlas y las conocemos; no podrías gastarnos más: y por ello, para decir verdad, nos hemos pasado el trabajo de hacer el encantamiento, porque queremos que nos des dos pares de capones y, si no, se lo diremos todo a doña Tessa. Calandrino, viendo que no era creído, pareciéndole haber tenido ya bastante sufrimiento, no queriendo además el acaloramiento de su mujer, les dio dos pares de capones. Y ellos, habiendo salado el cerdo, se lo llevaron a Florencia, dejando a Calandrino cornudo y apaleado.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 05 Jun 2020, 04:56

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NOVELA SÉPTIMA

Un escolar ama a una señora viuda, la cual, enamorada de otro, una noche de invierno le hace sentarse sobre la nieve esperándola, a la cual él, después, por consejo suyo, todo un día de mediados de julio hace estar desnuda sobre una torre expuesta a las moscas y a los tábanos y al sol.

Mucho se habían reído las señoras del desdichado de Calandrino, y más se hubieran reído todavía si no hubiesen sentido enojo de ver que también le quitaban los capones los mismos que le habían quitado el cerdo. Pero luego que llegó el fin, la reina ordenó a Pampínea que contase la suya; y ella prestamente, así comenzó:
Carísimas señoras, muchas veces sucede que las artimañas son con artimañas vengadas, y por ello es de poco juicio el deleitarse en escarnecer a otros. Nosotros nos hemos reído mucho (con muchas historietas contadas de las burlas que han sido hechas, de las cuales ninguna venganza que se haya tomado se ha contado; pero yo entiendo haceros sentir alguna compasión por la justa retribución hecha a una conciudadana nuestra, a la cual su burla, al ser burlada, casi con la muerte le recayó sobre la cabeza; y oírlo no os dejará de ser útil porque así mejor os guardaréis de burlaros de otro y mostraréis buen juicio.
No han pasado todavía muchos años desde que hubo en Florencia una joven hermosa de cuerpo y altanera de ánimo y de linaje muy noble y en los bienes de la fortuna convenientemente abundante, y llamada Elena; la cual, habiendo quedado viuda de su marido nunca más quiso casarse, habiéndose enamorado de ella, a elección suya, un joven apuesto y cortés; y de cualquiera otra preocupación olvidada, con la ayuda de una criada suya de quien se fiaba mucho, muchas veces con él, con maravilloso deleite se daba buena vida. Sucedió en este tiempo que un joven llamado Rinieri, hombre noble de nuestra ciudad, habiendo largamente estudiado en París no para luego vender su ciencia a granel como muchos hacen, sino para saber la razón de las cosas y sus motivos (lo que óptimamente sienta a un noble) volvió de París a Florencia; y allí, muy honrado tanto por su nobleza como por su ciencia, señorilmente vivía. Pero como sucede muchas veces que quienes más entendimiento de las cosas profundas tienen más fácilmente se dejan uncir por el amor, le sucedió a este Rinieri: al cual, habiendo ido él un día por vía de entretenimiento a una fiesta, delante de los ojos se le puso esta Elena, vestida de negro como van nuestras viudas, llena de tanta hermosura a su juicio, y de tanta amabilidad como ninguna otra le había parecido ver; y estimó para sí que podría llamarse feliz a quien Dios le hiciese la gracia de poder tenerla desnuda en los brazos. Y una vez y otra mirándola cautamente, y conociendo que las cosas grandes y preciosas no se pueden conseguir sin trabajo, decidió poner todo su esfuerzo y toda su solicitud en agradarle, para que agradándole consiguiese su amor, y por ello poder tomar posesión de ella. La joven señora, que no tenía los ojos puestos en el infierno sino que, teniéndose en tanto y más de lo que era, moviéndolos con arte miraba alrededor y prestamente conocía a quien con deleite la miraba, apercibiéndose de Rinieri, riéndose para sí misma, dijo:
—No habré venido hoy aquí en vano que, si no me equivoco, he cogido a un pavo por la nariz.
Y comenzando a mirarle alguna vez con el rabillo del ojo,cuanto podía, se ingeniaba en demostrarle que se ocupaba de él, o pensando por otra parte que cuanto más atrajese y prendiese con sus encantos, tanto era su hermosura de mayor precio, y máximamente para quien ella junto con su amor la había entregado. El sabio escolar, dejando aparte los pensamientos filosóficos, todo el ánimo volvió a ella; y creyendo que le agradaba, aprendiendo cuál era su casa, comenzó a pasar delante de ella, con varias razones excusando aquellas idas. Al cual, la señora, por la razón ya dicha vanagloriándose de aquello, mostraba verlo de muy buena gana; por la cual cosa el escolar, encontrando la manera, se aproximó a su criada y le descubrió su amor, rogándole que con su señora obrase de tal manera que él pudiese obtener su gracia. La criada prometió mucho y a su señora lo contó, la cual, con la mayor risa del mundo lo escuchó y dijo:
—¿Has visto dónde éste ha venido a perder el seso que ha conseguido en París? Pues vamos, digámosle lo que va buscando. Le dirás, cuando sea que te hable otra vez, que yo le amo mucho más de lo que él me ama; pero que debo guardar mi honra para junto a las otras damas poder llevar la frente alta; por lo que él, si es tan sabio como dice, debe amarme más.
¡Ay desdichada, desdichada! No sabía ella, señoras mías, lo que es ponerse a provocar a los escolares. La criada al encontrarlo, hizo lo que su señora le había ordenado. El escolar, contento, procedió a ruegos más calurosos y a escribir cartas y a mandar regalos, y todo era aceptado, pero en recompensa no venían respuestas sino vagas; y de esta guisa lo tuvo mucho tiempo dándole largas. Por último, habiendo ella descubierto todo a su amante y habiéndose él enojado con ella alguna vez y sentido algunos celos, para mostrarle que equivocadamente sospechaba de ella, solicitándola mucho el escolar, le envió a su criada, la cual de su parte le dijo que ella no había tenido ocasión nunca de hacer nada que a él le agradase, después de que le había asegurado de su amor, pero que, para la fiesta de Navidad que se acercaba, esperaba poder estar con él; y que por ello la noche siguiente a la fiesta, si él quería, viniese a su patio, donde ella a buscarle, lo antes que pudiera, iría.
El escolar, más contento que ningún otro hombre, a la hora ordenada se fue a casa de la señora, y llevado por la criada a un patio y encerrándole dentro, allí comenzó a esperar a la señora. La señora, habiendo aquella noche hecho venir a su amante y habiendo cenado alegremente con él, lo que entendía hacer aquella noche le contó, añadiendo:
—Y podrás ver cuánto y cuál es el amor que le tengo y he tenido a aquel de quien neciamente has tenido celos.
Estas palabras las escuchó el amante con gran contento de ánimo, deseoso de ver con obras lo que la señora con palabras le daba a entender. Y había por acaso el día anterior a aquél nevado mucho, y todo estaba cubierto de nieve; por la cual cosa, el escolar había poco estado en el patio cuando empezó a sentir más frío del que habría querido; pero esperando calentarse, lo soportaba pacientemente. La señora a su amante dijo después de un rato:
—Vamos a la alcoba y desde una ventanilla miremos lo que hace ese de quien has sentido celos, y lo que le contestará a la criada, que he mandado a hablar con él.
Se fueron, pues, a una ventanilla y viendo sin ser vistos, oyeron a la criada hablar con el escolar y decir:
—Rinieri, mi señora es la mujer más afligida que nunca ha habido, porque esta noche ha venido uno de sus hermanos y ha estado mucho rato hablando con ella, y luego quiso cenar con ella y todavía no se ha ido, pero creo que se irá pronto; y por ello no ha podido venir ella todavía, pero ya vendrá pronto; te ruega que no te enoje el esperar.
El escolar, creyendo que era verdad, repuso:
—Di a mi señora que no se ocupe nada en mí hasta que pueda cuando le sea oportuno venir a por mí, pero que lo haga lo antes que pueda.
La criada, volviéndose dentro, se fue a dormir.
La señora, entonces, dijo a su amante:
—Bien, ¿qué dices?, ¿crees que yo, si le quisiera como tú temes, iba a sufrir que estuviera allí abajo congelándose?
Y esto dicho, con su amante, que ya en parte estaba contento, se fue a la cama, y grandísimo rato estuvieron gozando y disfrutando, riéndose del mísero escolar y burlándose de él. El escolar, dando vueltas por el patio, se movía para calentarse y no tenía dónde sentarse ni en dónde refugiarse del sereno, y maldecía el largo entretenimiento del hermano con la señora, y todo lo que oía creía que sería una puerta que la señora abría, pero en vano esperaba. Ésta, por fin, cerca de la medianoche, solazándose con su amante, le dijo:
—¿Qué piensas, alma mía, de nuestro escolar? ¿Qué te parece mayor, su sabiduría o el amor que yo le tengo?, ¿hará el frío que le estoy haciendo pasar salirle del pecho lo que con mis palabras le entró en él el otro día?
El amante repuso:
—Corazón mío, sí, bien conozco que así como tú eres mi bien y mi reposo y mi deleite y toda mi esperanza, así soy yo los tuyos.
—Pues —decía la señora— bésame mil veces para ver si dices la verdad.
Por la cual cosa el amante, abrazándola apretadamente, no mil sino cien mil veces la besaba; y luego de que en tal razonar estuvieron algún tanto, dijo la señora:
—¡Ah!, levantémonos un poco y vayamos a ver si se ha apagado el fuego en el cual este raro amante mío cada día me escribía que estaba ardiendo.
Y levantándose, a la ventanilla acostumbrada fueron; y mirando al patio vieron al escolar bailando una tarantela al tocar de un castañetear de dientes, que por el demasiado frío era tan salteada y rápida que nunca habían visto cosa igual.
Entonces dijo la señora:
—¿Qué dices, mi dulce esperanza?, ¿te parece que sé hacer bailar a los hombres sin música de trompetas y cornamusas?
A quien el amante respondió:
—Deleite mío, sí.
Dijo la señora:
—Quiero que vayamos abajo hasta la puerta, tú te estarás callado y yo le hablaré y oiremos lo que dice, y puede que no nos divirtamos menos que de verlo.
Y abriendo la alcoba silenciosamente bajaron a la puerta, Y allí, sin abrirla, la señora en voz baja, por un agujerito que allí había le llamó. El escolar, al oírse llamar, alabó a Dios, creyendo demasiado pronto que iba a entrar dentro, y acercándose a la puerta, dijo:
—Aquí estoy, señora; abrid por Dios, que me muero de frío.
La señora dijo:
—¡Ah, sí, que ya sé que eres friolero! Y también que el frío es muy grande porque ha caído un poco de nieve. Bien sé yo que en París las hay mucho mayores. No puedo abrirte todavía porque este maldito hermano mío, que ayer por la noche vino a cenar conmigo, no se va todavía; pero se irá pronto, y vendré incontinenti a abrirte. Acabo de separarme de él con mucho trabajo para venir a consolarte y que la espera no te enoje.
Dijo el escolar:
—¡Ah, señora!, os ruego, por Dios que me abráis, para que pueda estar ahí adentro al abrigo, porque hace un poco ha empezado a caer la nevada más espesa del mundo, y todavía nieva; y yo os esperaré ahí cuanto queráis.
Dijo la señora:
—¡Ay, dulce bien mío, que no puedo, que esta puerta hace tanto ruido cuando se abre que fácilmente la oiría mi hermano si la abriese!, pero quiero ir a decirle que se vaya para que pueda yo volver a abrirte.
Dijo el escolar:
—Pues andad pronto, y os ruego que hagáis encender un buen fuego para que, en cuanto entre, pueda calentarme, que he cogido tanto frío que apenas me siento.
Dijo la señora:
—No puede ser eso, si es verdad lo que me has escrito muchas veces de que ardes todo por mi amor; pero estoy segura de que te burlas de mí. Ahora vengo; espérame y ten ánimo.
El amante, que oía todo, se divertía mucho, volviendo a la cama con ella, poco aquella noche durmieron sino que casi toda la consumieron en sus placeres y en burlarse del escolar. El desdichado escolar, convertido en cigüeña por el fuerte castañeteo de dientes que tenía, dándose cuenta que se burlaban de él, muchas veces trató de abrir la puerta y miró a ver si por algún otro sitio podía salir; y no viendo cómo, como un león enjaulado maldecía el mal tiempo, la maldad de la mujer y la duración de la noche junto con su propia simpleza; y muy enfurecido contra ella, el largo y ferviente amor que le tenía súbitamente cambió en crudo y amargo odio, y pensaba muchas y grandes cosas con las que tomar venganza, la cual ahora mucho más deseaba que antes había deseado estar con la mujer. Pero la noche, luego de mucha y larga espera, se aproximó al día y comenzó a aparecer el alba; por la cual cosa la criada, advertida por la señora, bajando, abrió el patio, y mostrando sentir compasión por él le dijo:
—¡Malaventura pueda tener el que vino anoche!, toda la noche te ha tenido en vilo y ha hecho que te congeles: ¿pero sabes?, llévalo con calma, que lo que esta noche no ha podido ser otra vez será; bien sé que nada podría haber sucedido que tanto hubiese desagradado a mi señora.
El escolar, airado como sabio que conocía que de nada sirven las amenazas sino para armar al amenazado, encerró en su pecho lo que su destemplada ira trataba de echar fuera, y en voz tranquila, sin mostrarse nada enojado, dijo:
—En verdad que he pasado la peor noche que he tenido nunca, pero bien he visto que de ello la señora no tiene ninguna culpa, porque ella misma, compadecida de mí, vino hasta aquí abajo a excusarse y a consolarme; y como dices, lo que esta noche no ha sido otra noche será; encomiéndame a ella y quédate con Dios.
Y casi por completo entumecido, como pudo se volvió a su casa; donde, estando cansado y muerto de sueño, sobre la cama se echó a dormir y se despertó casi por completo impedido de brazos y piernas; por lo que, mandando por un médico y contándole el frío que había pasado, a su salud hizo proveer. Los médicos, con grandísimas y rápidas curas ayudándolo, poco tiempo después pudieron curarle los nervios y hacer de tal manera que se distendiesen; y si no hubiese sido porque era joven y porque llegaba el buen tiempo, mucho habría tenido que soportar; pero de nuevo sano y fresco, guardando dentro de sí su odio, se mostraba mucho más que nunca enamorado de su viuda. Ahora, sucedió después de cierto tiempo, que la fortuna le proporcionó ocasión de poder satisfacer su deseo al escolar. Porque habiéndose el joven amado por la viuda (sin tener ninguna consideración al amor que ésta le tenía) enamorado de otra mujer, y no queriendo ni poco ni mucho decir ni hacer nada que fuese de su agrado, ella en lágrimas y amargura se consumía; pero su criada, que gran lástima sentía por ella, no encontrando modo de apartar a su señora del dolor sentido por el perdido amante, viendo al escolar que del modo acostumbrado pasaba por el barrio, dio en un necio pensamiento, y fue que se podría obligar al amante de su señora a amarla como antes hacía con alguna operación nigromántica y que en ello el escolar debía ser gran maestro; y se lo dijo a su señora. La señora, poco discreta, sin pensar en que, si el escolar hubiese sabido de nigromancia la habría usado en su propio provecho, dio oídos a las palabras de su criada y prontamente le dijo que le preguntase si quería hacerlo y con seguridad le prometiese que, en recompensa, ella haría todo lo que él quisiera. La criada hizo la embajada bien y diligentemente; y oyéndola el escolar, todo contento dijo:
—Alabado seas, Dios mío; ha llegado el momento en que con tu ayuda podré castigar a esa malvada mujer por las injurias que me ha hecho en re compensa del gran amor que le tenía.
Y dijo a la criada:
—Dirás a mi señora que no sufra por eso, que si su amante estuviera en la India se lo haría yo venir prestamente a pedirle gracia de lo que contra su gusto hubiera hecho; pero lo que tiene que hacer entiendo decírselo a ella cuándo y dónde más le plazca, y díselo así y confórtala de mi parte.
La criada dio la respuesta y se arregló de manera que se viesen los dos en Santa Lucía del Prado. Viniendo allí la señora y el escolar, y hablando ellos dos solos, no acordándose ella de que casi lo había llevado a él a la muerte, le contó abiertamente todas sus cosas y lo que deseaba, y se lo rogó por su salvación; y el escolar le dijo:
—Señora, es verdad que entre las demás cosas que yo aprendí en París estuvo la nigromancia, de la que por cierto sé bien lo que es; pero porque ofende a Dios muchísimo, había jurado nunca ponerla en obra ni para mí ni para otros. Pero es verdad que el amor que os tengo es tan fuerte que no sé cómo pueda negarme a nada que queráis que haga; y por ello, aunque por ello deba ir a la casa del diablo, estoy dispuesto a hacerlo puesto que os place. Pero os recuerdo que es cosa más molesta de hacer de lo que por ventura pensáis, y máximamente cuando una mujer quiere recuperar el amor de un hombre o un hombre el de una mujer, porque esto no puede hacerlo sino la misma persona a quien le interesa, y para hacerlo hace falta que quien lo haga sea de ánimo valiente porque hay que hacerlo de noche y en lugares solitarios y sin compañía, las cuales cosas no sé si estáis dispuesta a hacerlas.
A quien la señora, más enamorada que prudente, repuso:
—Amor me espolea de tal manera que no hay ninguna cosa que no hiciese por recuperar a aquel que me ha abandonado sin deberlo; pero, si te place, dime en qué tengo que ser valiente.
El escolar, que con mal pelo tenía la cola marcada, dijo:
—Señora, tendré que hacer yo una imagen de estaño en nombre de aquel a quien deseáis recuperar, la cual cuando os la haya enviado, vos, cuando esté la luna menguante, debéis bañaros con ella siete veces en un río de aguas corrientes, completamente desnuda y sola a la hora del primer sueño, y después, estando así desnuda, tenéis que subiros a un árbol o en lo alto de alguna casa deshabitada: y mirando hacia el norte con la imagen en la mano, siete veces diréis algunas palabras que os daré escritas, y cuando las hayáis dicho, vendrán hacia vos dos damiselas de las más hermosas que nunca hayáis visto, y os saludarán y placenteramente os preguntarán lo que queréis que hagan. A éstas debéis decirles bien y plenamente vuestros deseos; y guardaos de que digáis una cosa por otra; y cuando lo hayáis dicho, ellas se irán y vos podréis bajar al lugar donde hayáis dejado vuestras ropas y vestiros y volver a casa. Y tened por cierto que no estará mediada la noche siguiente cuando vuestro amante, llorando, vendrá a pediros gracia y perdón; y sabed que desde aquel momento en adelante no os dejará nunca por ninguna otra.
La señora, oyendo estas cosas y prestándoles completa fe, pareciéndole que a su amante tenía ya en los brazos, ya medio contenta, dijo:
—No os preocupéis, que estas cosas muy bien las haré; y para ello tengo la mayor comodidad del mundo, que tengo una tierra hacia el Valdarno de arriba, que está bastante cerca del río, y ya estamos casi en julio, que será agradable bañarse. Y también me acuerdo que no lejos del río hay una torrecilla deshabitada salvo que, por algunas escalas de palos de castaño que hay allí, suben de vez en cuando los pastores a un terrado que tiene, para ver si descubren desde allí a sus animales extraviados, lugar muy solitario y a trasmano al cual yo subiré, y allí lo mejor del mundo espero hacer lo que mandéis.
El escolar, que muy bien conocía el lugar de la señora y la torrecilla, contento de cerciorarse de su intención, dijo:
—Señora, yo no he estado nunca en esas comarcas, y por ello no conozco la tierra ni la torrecilla; pero si es tal como decís no puede haber nada mejor en el mundo; y por ello, cuando sea oportuno os mandaré la imagen y la oración; pero mucho os ruego que, cuando hayáis satisfecho vuestro deseo y veáis que os he servido bien, que os acordéis de cumplir la promesa que me habéis hecho.
A quien la señora le contestó que lo haría sin falta; y tomando licencia de él se volvió a su casa. El escolar, alegre de que su plan parecía que iba a llevarse a efecto, hizo una imagen con sus caracterísmos y escribió un invento suyo en lugar de una oración; y cuando le pareció oportuno la mandó a la señora, y le mandó a decir que a la noche siguiente sin más dilación debía hacer lo que le había dicho; y luego, secretamente, con un criado suyo se fue a casa de un amigo que muy cerca vivía de la torrecilla, para poder llevar a cabo su proyecto. La señora, por otra parte, con su criada se puso en camino; y al llegar la noche, fingiendo que se iba a la cama, mandó a la criada a dormir, y a la hora del primer sueño, de casa calladamente saliendo, se fue a la torrecilla junto a la ribera del Arno, y mirando mucho a su alrededor, no viendo ni sintiendo a nadie, despojándose de sus ropas y escondiéndolas bajo unas malezas, siete veces se bañó con la imagen y luego, desnuda, con la imagen en la mano hacia la torrecilla se fue. El escolar, que a la caída de la noche, con su criado entre los sauces y los demás árboles cerca de la torrecilla se había escondido y había visto todas aquellas cosas pasándole ella al lado así desnuda, y viéndola con la blancura de su cuerpo vencer las tinieblas de la noche, y mirándole luego el pecho y las otras partes del cuerpo, y viéndolas hermosas y pensando cómo iban a estar en poco tiempo, sintió alguna lástima de ella; y por otra parte, el aguijón de la carne le asaltó súbitamente e hizo levantarse a quien estaba echado, y lo animaba a salir del escondite e ir a ella y hacer su gusto; y estuvo a punto de ser vencido por la una y el otro. Pero acordándose de quién era él y cuál fuese la ofensa recibida y por qué y de quién y encendiéndose por ello nuevamente en odio, echando de sí la compasión y el carnal apetito, mantuvo firme su propósito y la dejó ir. La señora, subiendo a la torre y vuelta hacia el norte, comenzó a decir las palabras que el escolar le había dado; el cual poco después, entrando en la torrecilla, silenciosamente y poco a poco quitó la escala por la que se subía al terrado donde la señora estaba, y luego esperó a ver qué decía y hacía ella. La señora, siete veces dichas sus oraciones, comenzó a esperar a las dos damiselas y tan larga fue la espera que, sin contar con que sentía mucho más fresco del que habría querido, vio aparecer la aurora; por lo que, triste de que no hubiese sucedido lo que el escolar había dicho, se dijo:
«Temo que éste haya querido darme una noche como la que yo le di a él; pero si por ello me ha hecho esto mal ha sabido vengarse porque no ha sido ni la tercera parte de larga de lo que fue la suya; sin contar con que el frío fue de otra clase».
Y para que el día no la cogiese allí, fue a bajar de la torre, pero se encontró con que la escala no estaba allí. Entonces, casi como si el mundo bajo los pies le hubiese fallado, le desapareció el valor; y, vencida, cayó sobre la tierra apisonada de la torre. Y luego de que le volvieron las fuerzas, míseramente comenzó a llorar y a quejarse, y demasiado bien conociendo que aquello tenía que ser obra del escolar, comenzó a apesadumbrarse de haber ofendido al prójimo, y luego de haberse fiado demasiado de aquel a quien merecidamente debía tener por enemigo: y en eso pasó larguísimo tiempo. Luego, mirando si había alguna manera de bajar y no viéndola, recomenzó el llanto Y dio en un amargo pensamiento, diciéndose a sí misma:
«Oh, desventurada, ¿qué dirán tus hermanos, tus parientes y vecinos y en general todos los florentinos cuando sepan que has sido encontrada desnuda? Tu honestidad, está contenta, se verá que era falsa; y si a estas cosas quisieras encontrar excusas mentirosas (que las habría), el maldito escolar, que sabe todos tus asuntos, no te dejará mentir. ¡Ay, mísera de ti, que en una hora habrás perdido al mal amado joven y tu honor!»
Y luego de esto sintió tanto dolor que casi estuvo por arrojarse desde la torre a tierra; pero habiendo ya salido el sol y acercándose ella un poco más a una de las partes del muro, mirando a ver si algún muchacho por allí con sus animales se acercase a quien pudiera ella mandar por su criada, sucedió que el escolar, habiendo dormido un poco junto a unas matas, al despertar la vio, y ella a él; a la cual el escolar dijo:
—Buenos días, señora, ¿han venido ya las damiselas?
La señora, viéndolo y oyéndolo, volvió a llorar fuertemente y le rogó que viniese junto a la torre para que pudiera ella hablarle. El escolar fue en esto muy cortés. La señora, echándose boca bajosobre el terrado, sólo asomó la cabeza a su repecho, y llorando dijo:
—Rinieri, si yo te di una mala noche, puedes estar seguro de haberte vengado bien, porque aunque estemos en julio, estando desnuda me he creído yo congelar esta noche; sin contar con que he llorado tanto el engaño que te hice y mi necedad en creerte que es maravilla que los ojos no se me hayan caído de la cara. Y por ello te ruego, no por amor a mí, a quien no debes amar, sino por amor tuyo, que eres noble, que te contente, en venganza de la injuria que yo te hice, lo que hasta este punto me has hecho, y haz que me den mis ropas y que pueda bajar de aquí, y no quieras quitarme lo que después, aunque quisieras, no podrías devolverme, es decir, mi honra; que, si aquella noche te privé de estar conmigo, siempre que te sea grato puedo devolverte ciento por una. Bástete, pues, esto y como hombre valeroso ten por bastante haberte podido vengar y habérmelo hecho conocer; no quieras probar tus fuerzas con las de una mujer: ninguna gloria es para un águila haber vencido a una paloma; así pues, por el amor de Dios y por tu honor, compadécete de mí.
El escolar, con duro ánimo pensando en la injuria recibida y viéndola llorar y rogarle, a la vez sentía placer y desagrado en el ánimo: placer por la venganza que más que ninguna otra cosa deseado había, y desagrado sentía al moverlo su humanidad a compadecer la miseria. Pero no pudiendo su humanidad vencer a la fiereza de su apetito, repuso:
—Doña Elena, si mis ruegos, que en verdad no supe bañar en lágrimas ni hacerlos melosos como tú sabes hacer los tuyos, me hubiesen impetrado, la noche que en tu patio lleno de nieve me moría de frío, haber sido puesto por ti un poco al abrigo, fácil cosa me sería ahora complacer los tuyos; pero si tanto más que en el pasado te ocupas ahora de tu honor, y te es tan duro el estar así desnuda, eleva estas súplicas a aquel en cuyos brazos no te enojó estar desnuda aquella noche que bien recuerdas, sintiendo cómo yo andaba por tu patio castañeteando los dientes y pataleando la nieve, y hazte ayudar por él, hazte por él traer tus ropas, pídele a él la escala por donde bajes, pon en él el cuidado de tu honor, aquel por quien ahora y otras mil veces no has dudado en ponerlo en peligro.¿Cómo no lo llamas que venga a ayudarte? ¿Y a quién le corresponde más que a él? Eres suya: ¿y qué cosas guardará o cuidará si no te guarda y te ayuda a ti? Llámalo, estúpida, y prueba si el amor que le tienes y tu sabiduría junto con la suya pueden librarte de mi necedad; la cual, solazándote con él le preguntaste qué le parecía mayor si mi necedad o el amor que le tenías. Y no me hagas ahora cortesía de lo que no deseo ni podrías negármelo si lo desease; guarda para tu amante tus noches, si sucede que salgas de aquí viva; son tuyas y suyas: yo tuve bastante con una y me basta haber sido burlado una vez. Y ahora, usando tu astucia al hablar, te ingenias en alabarme para conquistar mi benevolencia y me llamas noble y valeroso, y tácitamente te ingenias en que yo, como magnánimo, me abstenga de castigarte de tu maldad; pero tus lisonjas no me oscurecen ahora los ojos del intelecto, como hicieron antes tus desleales promesas; yo me conozco, y sobre mí mismo no aprendí tanto mientras estuve en París cuanto tú me hiciste saber en una noche de las tuyas. Pero presuponiendo que yo fuese magnánimo, no eres tú de aquellas en quienes la magnanimidad deba mostrar sus efectos: el fin del castigo en las fieras salvajes como eres tú (e igualmente de la venganza) debe ser la muerte, mientras en los hombres debe bastar lo que tú has dicho. Por lo que, aunque yo no sea águila, sabiendo que tú eres no paloma sino venenosa serpiente, como a antiquísimo enemigo, con todo odio y con toda la fuerza entiendo perseguirte; y con todo, esto que te hago no puede muy propiamente llamarse venganza sino mucho mejor castigo, en cuanto la venganza debe sobrepasar a la ofensa y esto ni llegará a igualarla; por lo cual, si yo quisiese vengarme mirando en qué partido pusiste mi vida, no me bastaría quitarte la vida ni otras ciento iguales a la tuya, porque sólo mataría a una vil y abyecta y mala hembra. ¿Y por qué diablo, si quitas tu poquito rostro, al que unos pocos años estropearán llenándolo de arrugas, eres más tú que cualquier triste sierva? ¡Y no quedó por ti hacer morir a un hombre valeroso, como me has llamado poco antes, cuya vida aún podrá en un día ser más útil al mundo que cien mil iguales a la tuya podrán mientras el mundo dure! Aprenderás ahora con este dolor que sufres qué es escarnecer a los hombres que tienen algún sentimiento, y qué es escarnecer a los escolares, y te dará materia para no caer nunca más en tal locura, si sales de ésta. Pero si tienes tan grande deseo de bajar, ¿por qué no te arrojas de ahí? Y en un punto, con la ayuda de Dios, quebrándote el cuello, saldrás del dolor en el que te parece estar y me darás la mayor alegría del mundo. No voy a decirte más ahora: tanto pude yo que hasta ahí te hice subir; haz tú ahora de manera que bajes, como supiste burlarte de mí.
Mientras el escolar esto decía, la desdichada mujer lloraba continuamente y el tiempo pasaba, subiendo más alto aún el sol. Pero cuando vio que se callaba, dijo:
—¡Ah!, cruel, si tan dura te fue aquella maldita noche y te parece mi pecado tan grande que no pueden moverte a compasión ni mi joven hermosura ni las amargas lágrimas ni los humildes ruegos, muévate al menos algo (y disminuya tu severa rigidez este solo acto mío) el haberme recientemente confiado a ti y descubierto todos mis secretos, con los que he dado lugar a tu deseo de poder hacerme conocedora de mi culpa, como sea que si no me hubiese fiado yo de ti ningún camino tenías para poderte vengar, lo que muestras haber deseado con tanto ardor. ¡Ah!, deja tu ira y perdóname ya: estoy dispuesta, si me perdonas y me haces bajar de aquí, a abandonar por completo al desleal joven y tenerte a ti solo por amador y por señor, por mucho que aborrezcas mi belleza, mostrando que es corta y poco valiosa: la cual, tal cual es, como la de las demás, digna es de estima, aunque sólo fuera porque la vanidad y el juego y el placer son propios de la juventud de los hombres, y tú no eres viejo. Y aunque cruelmente me estás tratando, no puedo creer por ello que quisieras verme morir de muerte tan deshonrosa como sería la de arrojarme desde aquí como una desesperada delante de tus ojos, a los cuales, si no eras entonces ya mentiroso como lo has sido ahora, tanto agradé. ¡Ah! Apiádate de mí, por Dios y por piedad; el sol comienza a calentar demasiado, y como el poco fresco de esta noche me ofendió, así el calor comienza a darme ahora grandísima molestia.
A lo que el escolar, que por divertirse le daba conversación, repuso:
—Señora, tu confianza no se ha puesto ahora en mis manos porque sintieras amor por mí sino por recuperar lo que habías perdido, y por ello nada merece sino un mal mayor; y locamente crees si crees que sólo este camino se me ofrecía para la deseada venganza. Tenía otros mil, y mil trampas con fingir que te amaba te había tendido bajo los pies, y poco tiempo era preciso para que por necesidad (si esto no hubiese sucedido) hubieras caído en una de ellas y en mayor dolor y vergüenza del que ahora sientes; y seguí éste no por concederte ventajas, sino por contentarme más pronto. Y si todas me hubiesen fallado no me fallaba la pluma, con la cual tales y tantas cosas hubiera escrito de ti y de tal manera que, enterándote tú de ellas (que te enterarías), habrías deseado no haber nacido mil veces al día. La fuerza de la pluma es mucho mayor de lo que creen aquellos que con su conocimiento no la han experimentado. Juro ante Dios (y así él me conceda terminar esta venganza como la he empezado) que habría escrito de ti cosas que no ante las demás personas, sino ante ti misma avergonzándote, te habrías sacado los ojos para no verte más; y por ello, no reproches al mar haber crecido con un pequeño arroyo. En tu amor y en que seas mía no tengo, como ya te he dicho, ningún interés; sé de quién has sido, si puedes, al cual tal como lo he odiado antes lo quiero ahora, pensando en lo que te ha hecho. Vosotras andáis enamorando y deseando el amor de los jóvenes, porque los veis con las carnes un poco más vivas y con las barbas más negras, y muy erguidos ir a danzar y ajustar; las cuales cosas todas las tuvieron los que son de más edad, y además saben ya lo que aquéllos tienen que aprender. Y además de ello, los juzgáis mejores caballeros y que hacen jornadas de más millas que los hombres más maduros. Ciertamente confieso yo que con más fuerza sacuden ellos las pellizas; pero los de más edad, como experimentados saben mejor dónde están las pulgas, y con mucho ha de elegirse antes lo poco y sabroso que lo mucho e insípido; y el trotar mucho rompe y cansa a cualquiera, aunque sea joven, mientras el andar suavemente, aunque un poco más tarde haga llegar a otros a casa, por lo menos los conduce con descanso. Vosotras no os apercibís, animales sin inteligencia, cuán grande mal bajo aquella poca hermosura está escondido. No se contentan los jóvenes con una sino que a cuantas ven a tantas desean, de tantas les parece ser dignos; por lo que su amor no puede ser estable, y tú ahora como prueba puedes verte de ello veracísimo testigo. Y les parece ser dignos de ser reverenciados y mimados por las mujeres y no tienen por mayor otra gloria que alabarse de las que han gozado, fallo que ya ha conducido a muchas bajo los frailes, que no lo cuentan. Y aunque digas tú que nunca supo nadie tus amores sino tu criada y yo, mal informada estás y mal crees si así lo crees. En su barrio no se habla sino de ello, y en el tuyo; pero la mayoría de las veces es el último a quien tales cosas llegan a los oídos, aquel a quien se refieren. Ellos, además, os roban, mientras los de edad os regalan. Tú, pues, que mal elegiste, sé de aquel a quien te entregaste, y a mí, a quien escarneciste, déjame ser de otra, que he encontrado mujer de mucho mayor bien que lo eres tú, que mejor me ha conocido de lo que tú hiciste. Y para que del deseo de mis ojos puedas llevarte al otro mundo mayor seguridad que la que parece que te dan mis palabras, arrójate de ahí pronto, y tu alma, como espero, recibida en los brazos del diablo, podrá ver si mis ojos de haberte visto cabeza abajo caer se turban o no. Pero como creo que con tanto no querrás alegrarme, te digo que si el sol comienza a quemarte te acuerdes del frío que me hiciste sufrir, y si lo mezclas con este calor, sin falta sentirás el sol templado.
La desconsolada mujer, viendo que a pesar de todo a un fin cruel iban a parar las palabras del escolar, volvió a llorar de nuevo y dijo:
—Mira, pues que nada de lo mío te mueve a piedad, muévate el amor que tienes a esa mujer más discreta que yo que dices que has encontrado y de quien dices que eres amado, y perdóname por amor suyo y tráeme mis ropas para que pueda cubrirme, y haz que me bajen de aquí.
El escolar entonces se echó a reír, y viendo que ya la hora de tercia había pasado hacía rato, contestó:
—Mira, ahora no sé decir que no, pues por tal mujer me lo has rogado: dime dónde están y yo iré por ellas y te haré bajar de ahí.
La mujer, creyéndole, algo se consoló y le enseñó el lugar donde había puesto sus ropas. El escolar, saliendo de la torre, mandó a su criado que no se fuese de allí, sino que se quedase cerca y todo lo que pudiera vigilase para que nadie entrara hasta que él no hubiese vuelto; y dicho esto, se fue a casa de su amigo y allí almorzó con gran calma y luego, cuando le pareció oportuno, se fue a dormir. La mujer, sobre la torre quedándose, aunque estuviese algo consolada por una necia esperanza, sobremanera dolorida se enderezó y se sentó apoyándose en la parte del muro donde había un poco de sombra, y se puso a esperar acompañada de amarguísimos pensamientos; y ora pensando ora llorando, y ora desesperando de la vuelta del escolar con las ropas, y saltando de un pensamiento a otro, como quien por el dolor estaba vencida y que nada había dormido la noche anterior, se quedó dormida. El sol, que era ardentísimo, habiendo ya subido al mediodía, hería derecho y a la descubierta el tierno y delicado cuerpo de ella, y también su cabeza, que estaba descubierta, con tanta fuerza que no solamente le quemó todo lo que se veía de las carnes, sino que se las abrió en diminutas llagas; y fue tal la quemadura que aunque dormía profundamente, la hizo despertarse. Y sintiendo que se quemaba, moviéndose un tanto, le pareció que toda la quemada piel se le abría y estallaba, tal como vemos sucederle a un pergamino quemado si alguien tira de él; y además de esto, le dolía tan fuertemente la cabeza que parecía que se rompiese a pedazos, lo que ninguna maravilla era. Y el terrado de la torre estaba tan hirviente que ni con el pie ni con otra cosa podía en él hallar lugar; por lo cual, sin estarse quieta, de aquí para allá se cambiaba de lugar llorando. Y además de esto, no haciendo nada de viento, había allí moscas y tábanos en cantidad abundante, los cuales, poniéndosele sobre las carnes abiertas, tan fieramente la aguijoneaban que cada una le parecía la punzada de un espetón, por lo que de mover las manos de un lado para otro no descansaban, maldiciéndose a sí misma y a su vida, a su amante y al escolar. Y estando así angustiada y espoleada y atravesada por el incalculable calor, por el sol, por las moscas, por los tábanos y también por el hambre, pero mucho más por la sed, y por la añadidura de mil desagradables pensamientos, poniéndose en pie, comenzó a mirar por si veía cerca de sí u oyese a alguna persona, completamente dispuesta a, sucediese lo que sucediese, llamarla y pedirle ayuda. Pero también esto le había quitado su enemiga fortuna. Los labradores se habían ido del campo por el calor y además aquel día ninguno había ido allí cerca a trabajar porque junto a sus casas estaban trillando la mies; por lo que ninguna otra cosa oía sino cigarras, y veía el Arno, el cual, despertándole deseo de sus aguas, no disminuía su sed, sino que la acrecentaba. Veía, también, en muchos lugares bosques y sombras y casas, todas las cuales deseándolas por igual, la angustiaban. ¿Qué diremos más de la desventurada viuda? El sol por arriba y el ardor del terrado por abajo, y las heridas de las moscas y los tábanos por los lados, de tal manera la habían puesto que ella, que la noche pasada con su blancura vencía a las tinieblas, entonces, roja como el almagre y toda manchada de sangre, habría parecido a quien la hubiese visto la cosa más fea del mundo. Y estando así, sin nada pensar ni esperar, más esperando la muerte que otra cosa, siendo ya pasada la mitad de nona, el escolar, levantándose de dormir y acordándose de su señora, para ver lo que era de ella se volvió a la torre, y a su criado, que estaba todavía en ayunas, lo mandó a comer; al cual, habiéndolo la mujer sentido, débil y angustiada por el grave dolor, vino sobre el saledizo y, sentándose, comenzó a decir llorando:
—Rinieri, bien y fuera de toda medida te has vengado que, si yo te hice congelarte de noche en mi patio, tú me has hecho asar de día sobre esta torre, y aun quemar, y además de ello, morir de hambre y de sed; por lo que te ruego por el único Dios que subas aquí, y puesto que no me sufre el ánimo darme a mí misma la muerte, dámela tú, que la deseo más que otra cosa, tanto y tal es el tormento que siento. Y si esta gracia no quieres hacerme, al menos hazme traer un vaso de agua, que pueda mojarme la boca, a la que no bastan mis lágrimas de tanta sequedad y ardor que tengo por dentro.
Bien conoció el escolar en la voz su debilidad, y también vio su cuerpo todo abrasado al sol, por las cuales cosas y por sus humildes ruegos un poco de compasión sintió por ella; pero, sin embargo, respondió:
—Mujer malvada, no morirás tú a mis manos; morirás por las tuyas si ganas te dan; y tanta agua recibirás de mí para aliviar tu calor cuanto fuego yo tuve para mitigar mi frío. Y mucho lamento que la enfermedad que me causó a mí el frío con el calor del hediondo estiércol tuvo que curarse, mientras la de tu calor se curará con el frescor de la olorosa agua de rosas; y mientras yo estuve a punto de perder los nervios y la vida, tú, despellejada con este calor, no de otro modo quedarás hermosa que como hace la serpiente al dejar la vieja piel.
—¡Oh mísera de mí! —dijo la mujer—, esta hermosura conseguida de tal manera otorgue Dios a las personas que mal me quieren; pero tú, más cruel que fiera alguna, ¿cómo has podido sufrir desgarrarme de esta manera? ¿Qué debía esperar yo de ti ni de ningún otro si bajo crueles tormentos hubiese matado a todos tus parientes? Ciertamente no sé qué crueldad mayor podría haberse usado con un traidor que toda una ciudad hubiese pasado a cuchillo, que la que tú has tenido conmigo al hacerme asar al sol y ser comida por las moscas; y además de esto, no querer darme un vaso de agua, pues a los homicidas condenados por los tribunales cuando van a su muerte se les da a beber vino muchas veces si ellos lo piden. Ahora bien, puesto que te veo firme en tu acerba crueldad y que mi sufrimiento no te conmueve, con paciencia me dispondré a recibir la muerte para que Dios tenga misericordia de mi alma, al cual ruego que con justicieros ojos esta tu acción contemple.
Y dichas estas palabras, se arrastró con dura pena hasta el centro del terrado, desesperando de poder escapar a tan ardiente calor; y no una vez sino mil, además de sus otros dolores, creyó morir de sed, llorando siempre fuerte y de su desgracia doliéndose. Pero llegado ya el crepúsculo y pareciéndole al escolar haber hecho bastante, haciendo recoger las ropas de ella y envolviéndolas en la capa del criado, se fue a la casa de la mísera mujer y allí, desconsolada y triste y sin saber qué hacer encontró a su criada sentada a la puerta; a la cual dijo:
—Buena mujer, ¿qué es de tu señora?
A quien la criada respondió:
—Señor, no lo sé; esta mañana creí que la encontraría en la cama adonde ayer por la noche me había parecido verla irse, pero no la he encontrado ni allí ni en ningún otro lugar y no sé qué le habrá sucedido, por lo que vivo con grandísimo dolor; pero vos, señor, ¿sabríais decirme algo de ella?
A lo que el escolar repuso:
—¡Así te hubiese tenido a ti junto con ella donde la he tenido, para haberte castigado de tu culpa como la he castigado a ella de la suya! Pero seguramente no te me escaparás sin que te pague tan bien por tus obras que nunca te burles de ningún hombre bueno sin acordarte de mí.
Y dicho esto, dijo a su criado:
—Dale esas ropas y dile que vaya a buscarla si quiere.
El criado hizo lo que le mandaba; por lo que la mujer, cogiéndolas y reconociéndolas, oyendo lo que le habían dicho, mucho temió que la hubiese matado, y a duras penas se contuvo de gritar; y echándose a llorar, habiéndose ya ido el escolar, con ellas se fue corriendo hacia la torre. Había, por desventura, aquel día, un labrador de esta señora extraviado dos cerdos, y andando en su busca, poco después de la partida del escolar llegó a aquella torrecilla, y mirando por todas partes a ver si veía sus cerdos, sintió el miserable llanto de la desventurada mujer; por lo que, subiendo allí cuanto pudo, gritó:
—¿Quién está llorando ahí?
La señora conoció la voz de su labrador, y llamándolo por el nombre, dijo:
—¡Ah, vete a por mi criada y haz de manera que ella pueda venir aquí arriba a buscarme!
El labrador, conociéndola, dijo:
—¡Ay, señora!, ¿y quién os subió ahí?
Vuestra criada está todo el día buscándoos; ¿pero quién hubiera pensado que estuvieseis ahí?
Y cogiendo los largueros de la escala, comenzó a ponerla en donde estar solía y a atarlos con vilortas y palos de un lado a otro; y en éstas, la criada apareció y, entrando en la torre, no pudiendo ya contener la voz, dándose golpes con las palmas de las manos, comenzó a gritar:
—¡Ay, dulce señora mía!, ¿dónde estáis?
La señora, oyéndola, lo más fuerte que pudo, dijo:
—¡Oh, hermana mía, estoy aquí arriba! No llores sino que tráeme pronto mis ropas.
Cuando la criada la oyó hablar, casi por completo consolada, subió por la escala ya casi completamente arreglada por el labrador, y ayudada por él, llegó al terrado; y viendo a su señora que no parecía tener cuerpo humano sino ser el tronco de una vid achicharrado por el fuego, toda vencida, toda inerte, yaciendo desnuda en tierra, arañándose el rostro comenzó a llorar sobre ella no de otra manera que si estuviese muerta. Pero la señora le rogó por Dios que se callara y le ayudase a vestirse; y habiendo sabido por ella que nadie sabía dónde había estado sino los que le habían llevado las ropas y el labrador que al presente estaba allí, un tanto consolada por ello, les rogó por Dios que nunca a nadie dijesen nada de aquello. El labrador, luego de mucha charla, llevando a la señora en brazos, porque no podía andar, seguramente la sacó de la torre. La desdichada criada, que detrás se había quedado, bajando menos cuidadosamente, se torció un pie y cayó de la escala al suelo rompiéndose una cadera, y con el dolor que sentía comenzó a bramar que parecía un león. El labrador, dejando a la señora en un prado, fue a ver qué tenía la criada, y hallándola con la cadera rota, igualmente la llevó al prado y la dejó junto a su señora; la cual, viendo esto añadirse a sus males, y haberse roto la cadera aquella por quien esperaba ser ayudada más que por nadie, triste sin medida comenzó de nuevo su llanto tan miserablemente que no sólo el labrador no pudo consolarla sino que también él comenzó a llorar. Pero estando ya bajo el sol, para que aquí no les cogiese la noche, tal como plugo a la desconsolada señora, fue a su casa y llamando a dos de sus hermanos y a la mujer, y volviendo allí con una tabla, sobre ella colocaron a criada y señora y a casa las llevaron; y reconfortada la señora con un poco de agua fresca y con buenas palabras, cogiéndola el labrador en brazos, la llevó a su alcoba. La mujer del labrador, habiéndole dado de comer pan ensopado y desnudándola luego, la metió en la cama, y organizaron las cosas de manera que ella y su criada fuesen de noche llevadas a Florencia; y así se hizo. Allí, la señora, que gran acopio de embustes tenía, inventando una fábula muy diferente de las cosas sucedidas, tanto de ella como de su criada hizo creer a sus hermanos, y a sus cuñadas y a todas las demás personas, que por arte de los demonios esto les había sucedido. Los médicos fueron prestamente y no sin grandísimo dolor y sufrimiento de la señora, que toda la piel dejó muchas veces pegada a las sábanas, de una grave fiebre y de otros accidentes la curaron, y semejantemente a la criada de la cadera; por la cual cosa la señora, olvidado su amante, de entonces en adelante de hacer burlas y de amar se guardó prudentemente; y el escolar, oyendo que a la criada se le había roto la pierna y pareciéndole haber logrado completa venganza, contento, dejó las cosas así. Así pues, esto fue lo que sucedió a la necia joven por sus burlas, por creer que podía divertirse con un escolar como habría podido con otros, no sabiendo que éstos (no digo todos pero sí la mayor parte) saben dónde tiene la cola el diablo. Y, por ello, señoras, guardaos de las burlas, y especialmente a los escolares.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 4 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 06 Jun 2020, 05:14

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NOVELA OCTAVA

De dos amigos que siempre están juntos uno se acuesta con la mujer del otro, este otro, apercibiéndose, de acuerdo con su mujer lo encierra en un arcón sobre el cual, estando aquél dentro, con la mujer de él se acuesta.

Graves y dolorosos habían sido los casos de Elena a los oídos de las señoras, pero porque en parte estimaban que le habían ocurrido justamente, con más moderada compasión los habían sobrellevado, aunque inflexible y fieramente constante, así como cruel, reputasen al escolar. Pero habiendo Pampínea llegado al fin, la reina ordenó a Fiameta que continuase; la cual, deseosa de obedecer, dijo:
Amables señoras, como me parece que os ha causado alguna amargura la severidad del ofendido escolar, estimo que sea conveniente ablandar con alguna cosa más deleitable los exasperados espíritus; y por ello entiendo contaros una historieta sobre un joven que con ánimo más manso recibió una injuria, y la vengó con una acción más moderada; por la cual podréis comprender que cada uno debe contentarse, como el asno, con recibir cuanto ha dado contra la pared, sin desear (sobrepasando las conveniencias de la venganza) injuriar cuando lo que pretende es vengar la recibida injuria.
Debéis, pues, saber, que en Siena, como he oído decir, hubo dos jóvenes asaz acomodados y de buenas familias plebeyas, de los cuales uno se llamaba Spinelloccio de Távena y el otro Zeppa de Mino, y los dos eran vecinos en Cainollia. Estos dos jóvenes siempre estaban juntos y, a lo que parecía se amaban como si fuesen hermanos o más; y cada uno tenía por mujer a una muy hermosa. Ahora bien, sucedió que yendo Spinelloccio muy frecuentemente a casa de Zeppa, estando allí Zeppa o sin estar, de tal manera intimó con la mujer de Zeppa que comenzó a acostarse con ella; y así continuaron durante bastante tiempo sin que nadie se apercibiese. Pero al cabo, estando un día Zeppa en casa y no sabiéndolo su mujer, Spinelloccio vino a buscarlo. La mujer dijo que no estaba en casa; con lo que Spinelloccio, subiendo prestamente y encontrando a la mujer en la sala, y viendo que nadie más había, abrazándola, comenzó a besarla, y ella a él. Zeppa, que esto vio, no dijo palabra sino que se quedó escondido para ver a dónde llegaba aquel juego; y en breve vio a su mujer y a Spinelloccio irse así abrazados a la alcoba y encerrarse en ella; de lo que mucho se enfureció. Pero sabiendo que ni por hacer un alboroto ni por otra cosa se aminoraría su ofensa, sino que crecería el deshonor, se puso a pensar qué venganza podría tomar que, sin divulgarse, tranquilizase a su ánimo. Y después de mucho pensar, pareciéndole haber encontrado el modo, estuvo tanto tiempo escondido cuanto Spinelloccio estuvo con su mujer; y en cuanto se hubo ido entró él en su alcoba, donde encontró a su mujer que todavía no había terminado de colocarse en la
cabeza la toca, que jugueteando Spinelloccio le había desordenado; y dijo:
—Mujer, ¿qué haces?
A lo que la mujer respondió:
—¿No lo ves?
Dijo Zeppa:
—Bien lo veo, ¡y también he visto otra cosa que no querría!
Y con ella empezó a hablar de las cosas ocurridas; y ella, con grandísimo temor, después de mucho darle vueltas, habiéndole confesado lo que claramente negar no podía de su intimidad con Spinefloccio, llorando comenzó a pedirle perdón. Aquien Zeppa dijo:
—Mira, mujer, has hecho mal; y si quieres que te lo perdone piensa en hacer obedientemente lo que voy a ordenarte, que es esto: quiero que digas a Spinelloccio que mañana por la mañana hacia la hora de tercia encuentre alguna razón para separarse de mí y venir contigo; y cuando esté aquí, yo volveré, y al oírme, hazlo meterse en este arcón y enciérralo dentro; luego, cuando hayas hecho esto, te diré lo demás que tienes que hacer; y en hacer esto no tengas ningún temor porque te prometo que no le haré ningún mal.
La mujer, por satisfacerle, dijo que lo haría; y así lo hizo. Llegado el día siguiente, estando Zeppa y Spinelloccio juntos, hacia la hora de tercia, Spinelloccio, que había prometido a la mujer ir a verla a aquella hora, dijo a Zeppa:
—Esta mañana tengo que ir a almorzar con un amigo a quien no quiero hacer esperar, así que quédate con Dios.
Dijo Zeppa:
—Todavía no es hora de almorzar hasta dentro de un rato.
Spinelloccio dijo:
—No importa; tengo también que hablar con él de un asunto mío; de manera que me conviene estar temprano.
Separándose, pues, Spinelloccio de Zeppa, dando una vuelta, se fue a su casa con su mujer; y había acabado de entrar en la alcoba cuando Zeppa volvió; el cual, al sentirlo la mujer, mostrándose muy miedosa, le hizo meterse en el arcón que su marido le había dicho, y lo encerró dentro y salió de la alcoba. Zeppa, llegando arriba, dijo:
—Mujer, ¿es hora de almorzar?
La mujer respondió:
—Si, ya es.
Dijo entonces Zeppa:
—Spinelloccio ha ido a almorzar con un amigo suyo y ha dejado sola a su mujer; asómate a la ventana y llámala, y dile que venga a almorzar con nosotros.
La mujer, temiendo por ella misma, y por eso muy obediente, hizo lo que el marido le ordenaba. La mujer de Spinelloccio, rogándoselo mucho la mujer de Zeppa, vino allí al oír que su marido no venía a almorzar; y cuando ella hubo llegado, Zeppa, haciéndole grandes halagos y cogiéndola familiarmente por la mano, mandó en voz baja a su mujer que se fuese a la cocina, y a ella se la llevó a la alcoba; y cuando estuvo allí quedándose atrás, cerró la alcoba por dentro. Cuando la mujer le vio cerrar la alcoba por dentro, dijo:
—¡Ay, Zeppa!, ¿qué quiere decir esto? ¿Éste es el amor que tenéis a Spinelloccio y la leal compañía que me hacéis?
A quien Zeppa, acercándose al arcón donde estaba encerrado su marido y agarrándola bien, dijo:
—Señora, antes de quejarte, escucha lo que voy a decirte: yo he amado y amo a Spinelloccio como a un hermano; y ayer, sin saberlo él, me encontré con que la confianza que yo tenía en él había llegado a que él con mi mujer se acuesta como lo hace contigo; ahora bien, como le amo, no entiendo tomar otra venganza contra él sino la que iguale a la ofensa: él ha tenido a mi mujer y yo entiendo tenerte a ti. Si tú no quieres, tendré que cogerlo en ello y como no pienso dejar esta ofensa sin castigo, le daré uno con el que ni tú ni él estaréis nunca contentos.
La mujer, al oír esto, y luego de muchas confirmaciones que le dio Zeppa, creyéndole, dijo:
—Zeppa mío, puesto que esta venganza debe caerme encima, estoy contenta de ello, siempre que hagas que esto que debemos hacer no me enemiste con tu mujer tal como yo espero seguir en paz con ella a pesar de lo que me ha hecho.
A quien Zeppa contestó:
—Con seguridad eso haré; y además de ello te daré una joya tan hermosa y preciada como ninguna otra tienes.
Y dicho esto, abrazándola y comenzando a besarla, la echó sobre el arcón donde estaba encerrado su marido, y allí encima, cuanto le plugo se solazó con ella y ella con él. Spinelloccio, que en el arcón estaba y había oído todas las palabras dichas por Zeppa y la respuesta de su mujer, y luego había sentido la danza trevisana que le bailaban sobre la cabeza, durante un rato grandísimo sintió tal dolor que le parecía morir; y si no fuese porque temía a Zeppa, le habría gritado a su mujer un gran insulto, así encerrado como estaba. Luego, pensando mejor que la injuria la había empezado él y que Zeppa tenía razón en hacerle lo que le hacía y que hacia él se había comportado humanamente y como amigo, se dijo a sí mismo que debía ser más amigo que nunca de Zeppa, si éste quería. Zeppa, después de estar con la mujer cuanto quiso, bajó del arcón, y pidiéndole la mujer la joya prometida abriendo la alcoba, hizo venir a su mujer, la cual no dijo otra cosa sino:
—Señora me habéis dado un pan por unas tortas —y lo dijo riéndose.
A quien Zeppa dijo:
—Abre ese arcón —y ella lo hizo; dentro del cual enseñó a la señora a su Spinelloccio. Y largo sería de decir cuál de los dos se avergonzó más, si Spinelloccio viendo a Zeppa y sabiendo que sabía lo que él había hecho, o la mujer viendo a su marido y conociendo que él había oído y sentido lo que le había hecho sobre la cabeza.
A la cual dijo Zeppa:
—Aquí está la joya que te doy.
Spinelloccio, saliendo del arcón, sin gastar muchas palabras, dijo:
—Zeppa, estamos igualados, y por ello está bien, como le decías antes a mi mujer, que sigamos siendo amigos como solíamos: y no teniendo entre nosotros nada que no sea común sino las mujeres, que también las mujeres compartamos.
Zeppa estuvo contento, y en la mayor paz del mundo almorzaron los cuatro juntos; y de entonces en adelante cada una de aquellas mujeres tuvo dos maridos y cada uno de ellos tuvo dos mujeres sin que tuvieran nunca ninguna discusión ni enfado por aquello.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 07 Jun 2020, 05:25

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NOVELA NOVENA

El maestro Simón, médico, habiendo sido hecho ir por Bruno y Buffalmacco (para entrar en una compañía que van de corsarios) de noche a cierto lugar, es arrojado por Buffalmacco en una fosa de inmundicias y abandonado allí.

Luego de que las señoras un rato hubieron hablado de la comunidad de mujeres establecida por los dos sieneses, la reina, a quien sólo quedaba el novelar (si no quería hacerse injuria a Dioneo), comenzó:
Muy merecidamente, amorosas señoras, ganó Spinelloccio la burla que le fue hecha por Zeppa; por la cual cosa no me parece que agriamente deba ser reprendido, como Pampínea quiso hace poco demostrar, quien burla a quien lo va buscando o que se lo mereció. Spinelloccio se lo mereció, y yo entiendo hablar de uno que lo fue buscando, estimando que quienes se la gastaron no fueron dignos de reproche sino de alabanzas. Y aquel a quien se la gastaron fue un médico que de Bolonia volvió a Florencia todo cubierto de pieles de armiño.
Tal como todos los días vemos, nuestros conciudadanos vuelven aquí de Bolonia cuál juez, cuál médico, cuál notario, con las ropas largas y anchas y con las escarlatas y con los armiños y con otras muchas apariencias de grandeza, a las cuales cómo siguen los hechos también lo vemos todos los días. Entre los cuales, un maestro Simón de la Villa, más rico en bienes paternos que en ciencia, no hace mucho tiempo, vestido de escarlata y con una gran beca, doctor en medicina como él mismo se decía, aquí volvió, y se aposentó en la calle que nosotros llamamos hoy Vía del Cocomero. Este maestro Simón, recientemente llegado, como se ha dicho, entre sus otras costumbres notables tenía la costumbre de preguntar a quien con él estuviese quién era cualquier hombre que hubiese visto pasar por la calle; y como si de los actos de los hombres debiese componer la medicina que tenía que dar a sus enfermos, en todos se fijaba y lo recordaba todo. Y entre los demás en quienes con más interés puso los ojos, hubo dos pintores sobre los que aquí se ha hablado hoy dos veces, Bruno y Buffalmacco, que siempre estaban juntos y eran sus vecinos. Y pareciéndole que estos dos menos preocupaciones que nadie en el mundo tenían y vivían muy alegremente, cómo vivían y cuál era su condición preguntó a muchas personas; y oyéndoles a todos que aquéllos eran hombres pobres y pintores, se le metió en la cabeza que no debía poder ser que tan alegremente viviesen en su pobreza sino que pensó (porque había oído que eran hombres astutos) que de algún otro lugar no sabido por los hombres lograban grandísimos beneficios, y por ello dio en el deseo de querer, si podía, con los dos o por lo menos con uno tener amistad, y le ocurrió hacer amistad con Bruno. Y Bruno, conociendo en las pocas veces que con él había estado que este médico era un animal, comenzó a divertirse con él cuanto podía con sus historias; y semejantemente el médico comenzó a tomar de él maravilloso placer. Y habiéndolo una vez invitado a comer con él y por ello creyendo que podía hablar con él en confianza, le dijo la maravilla que le causaban él y Buffalmacco que, siendo hombres pobres, tan alegremente vivían, y le rogó que le enseñase cómo hacían. Bruno, oyendo al médico y pareciéndole la pregunta una de las suyas, necias e insípidas, comenzó a reírse y pensó en responderle según a su borreguez correspondía, y dijo:
—Maestro, no le diría a muchas personas lo que hacemos, pero de decírselo a vos, que sois amigo y que sé que a nadie más lo diréis, no me guardaré. Es verdad que mi compañero y yo vivimos tan alegremente y tan bien como os parece, y mucho más; y no es de nuestro oficio ni de ningún otro fruto que podamos sacar de nuestras posesiones, de donde no podríamos pagar ni siquiera el agua que necesitamos; y no quiero por ello que creáis que andamos robando sino que andamos de corsarios, y de esto todo lo que necesitamos y nos gusta, sin daño de un tercero, lo sacamos todo; y de esto viene el alegre vivir que nos veis.
El médico, al oír esto, y sin saber qué era, creyéndolo, se maravilló mucho, y súbitamente entró en ardentísimo deseo de saber qué era andar de corsarios, afirmándole que por cierto nunca se lo diría a ninguna persona.
—¡Ay! —dijo Bruno—, maestro, ¿qué me pedís? Es un secreto demasiado grande el que queréis saber, y es cosa que me destruiría y me arrojaría del mundo y también que me pondría en boca del Lucifer de San Gallo si otra persona lo supiese: pero es tan grande el amor que siento por vuestra cualitativa melonez de Legnaia y la fe que en vos tengo, que no puedo negaros nada que queráis; y por ello os lo diré, con la condición de que me juréis por la cruz de Montesori que nunca, como lo habréis prometido, lo diréis.
El maestro afirmó que no lo haría.
—Debéis, pues, saber —dijo Bruno—, endulzado maestro mío, que no hace mucho que hubo en esta ciudad un gran maestro de nigromancia que tuvo por nombre Michele Scotto, porque era de Escocia y que de muchos gentileshombres de los cuales pocos están hoy vivos, recibió grandísimo honor; y queriendo irse de aquí, a instancia de sus ruegos dejó a dos de sus capaces discípulos, a quienes ordenó que a todos los gustos de estos tales gentileshombres que le habían honrado estuviesen siempre dispuestos. Éstos, pues, servían a los dichos gentileshombres en ciertos amores suyos y en otras cosas libremente; luego, gustándoles la ciudad y las costumbres de los hombres, se dispusieron a estar siempre unidos en grande y estrecha amistad con algunos, sin mirar que fuesen más o menos nobles que no nobles, ni más ricos que pobres, solamente que fuesen hombres conforme a su gusto. Y por complacer a estos tales amigos suyos, organizaron una compañía de unos veinticinco hombres, los cuales al menos dos veces al mes tuvieran que reunirse en algún lugar concertado entre ellos; y estando allí, cada uno les dice a éstos su deseo y prestamente ellos lo satisfacen por aquella noche; con los cuales dos teniendo Buffalmacco y yo singular amistad y confianza, por ellos en la tal compañía fuimos incluidos, y somos. Y os digo que siempre que sucede que nos reunamos, es cosa maravillosa de ver los tapices que cuelgan en torno a la sala donde comemos y las mesas puestas a la real y la cantidad de nobles y apuestos servidores, tanto hombres como mujeres, al servicio de todos cuantos están en la compañía, y las palanganas, los aguamaniles, los frascos y las copas y las demás vajillas de oro y de plata en las cuales comemos y bebemos; y además de esto los muchos y variados manjares, según lo que cada uno desea, que traen delante de cada uno a su tiempo. No podré jamás pintaros cuántos y cuáles son los dulces sones de los instrumentos infinitos y los cantos llenos de armonía que se oyen allí, ni os podré decir cuánta sea la cera que arde en estas cenas ni cuántos sean los dulces que en ellas se consumen y qué preciados son los vinos que allí se beben. Y no querría, sabrosa calabaza mía, que creyerais que estamos nosotros allí con este traje o con estas ropas que veis; no hay allí ninguno tan desdichado que no parezca un emperador, pues así estamos con ricos vestidos y hermosas cosas adornados. Pero sobre todos los demás placeres que hay allí está el de las mujeres bellas, las cuales inmediatamente, si uno las quiere, le son traídas de cualquier parte del mundo. Veríais allí a la señora de los barbáricos, la reina de los vascos, la mujer del sultán, la emperatriz de Osbech, la charlánfora de Norrueca, la seminstante de Berlinzonia y la astuciertra de Narsia. ¿Y por qué enumerarlas? Están allí todas las reinas del mundo, digo que hasta la chinchimurria del Preste Juan: ¡así que mirad! Y después de que han bebido y han comido dulces, bailado una danza o dos, cada una con aquel a cuyas instancias se la ha hecho venir se va a la alcoba; ¡y sabed que aquellas alcobas parecen un paraíso a la vista, de bellas que son! Y no son menos odoríferas que los tarritos de especias de vuestra tienda cuando mandáis machacar el comino; y tienen camas que parecen más hermosas que las del dogo de Venecia, y a ellas van a reposar. ¡Pues el tejemaneje con las estriberas y las viaderas que se traen las tejedoras para hacer el paño cerrado, os dejaré que lo imaginéis! Pero entre quienes mejor están, según mi parecer, estamos Buffalmacco y yo, porque Buffalmacco la mayoría de las veces hace venir para él a la reina de Francia y yo a la de Inglaterra, las cuales son dos de las más hermosas reinas del mundo; y tanto hemos sabido hacer que no miran más que por nuestros ojos; por lo que por vos mismo debéis juzgar si es que podemos y debemos vivir y andar mucho más contentos que los demás hombres pensando que tenemos el amor de tales dos reinas; sin contar que, cuando queremos que nos den mil o dos mil florines, no los conseguimos. Y esto es lo que vulgarmente llamamos «ir de corsarios» porque como los corsarios les cogen las cosas a todos, así hacemos nosotros; sino que somos diferentes de ellos en que ellos jamás las devuelven mientras que nosotros las devolvemos en cuanto las usamos. Ahora habéis, maestro mío bueno, entendido lo que decíamos por «ir de corsario», pero lo secreto que esto debe quedar, podéis verlo vos mismo, y por ello más no os digo ni os ruego.
El maestro, cuya ciencia no llegaba tal vez sino para medicar las pupas de los niños, prestó tanta fe a las palabras de Bruno cuanta sería debida a cualquier verdad, y en tan gran deseo se inflamó de que le recibiesen en esta compañía cuanto en cualquier otra cosa más deseable podría haberse encendido. Por la cual cosa, repuso a Bruno que con certeza no era maravilla que estuviesen tan contentos y con gran trabajo se contuvo de pedirle que lo hiciera entrar allí hasta tanto que, habiéndole hecho mayores honores, pudiera con más confianza exponerle sus súplicas. Habiéndose, pues, contenido, comenzó a frecuentarlo mucho y a tenerlo mañana y tarde comiendo en su casa y a mostrarle desmesurado amor; y era tan grande y tan continua esta intimidad suya que no parecía sino que sin Bruno el maestro no podía ni sabía vivir. Bruno, pareciéndole que le iba bien, para no parecer ingrato a este honor que le hacía el médico, le había pintado en el comedor suyo a la Cuaresma, y un agnus dei a la entrada de la alcoba y sobre la puerta de entrada de la calle un orinal, para que quienes tuviesen necesidad de su consejo pudieran distinguirla de las otras; y en un balconcito le habla pintado la batalla de los ratones y los gatos, que cosa muy hermosa parecía al médico; y además de esto, decía algunas veces al maestro, cuando no había cenado con él:
—Anoche estuve con la compañía, y habiéndome cansado un poco de la reina de Inglaterra, me hice traer la gudmedra del Gran Kahn de Altarisi.
Decía el maestro:
—¿Qué quiere decir gudmedra? No conozco esa palabra.
—Oh, maestro mío —decía Bruno—, no me maravillo de ello, que bien he oído decir que ni Hipograto ni Vanacena dicen nada de ello.
Dijo el maestro:
—Quieres decir Hipócrates y Avicena.
Dijo Bruno:
—Por mi madre que no lo sé, de vuestros nombres entiendo tan poco como vos de los míos; pero «gudmedra» en la lengua del Gran Khan quiere decir tanto como «emperatriz» en la nuestra. ¡Ah,qué buena hembra os parecería! Bien sé deciros que os haría olvidar las medicinas y las lavativas y todos los emplastos.Y así diciéndole alguna vez por más azuzarlo, sucedió que, pareciéndole al señor maestro (una noche que estaba de conversación con Bruno mientras le sostenía la luz para que pintase la batalla de los ratones y de los gatos) que bien lo había conquistado con sus honores, se dispuso a abrirle su ánimo; y estando solos, dijo:
—Bruno, sabe Dios que no hay nadie por quien no hiciese yo cualquier cosa que haría por ti: y por poco, si me dijeses que fuera andando de aquí a Perétola, creo que iría; y por ello no quiero que te maravilles de lo que familiarmente y humildemente y con confianza voy a pedirte. Como bien sabes, no hace mucho que me hablaste de los modos de vuestra alegre compañía, a la que me ha entrado tan gran deseo de pertenecer, que ninguna otra cosa he deseado tanto. Y no está fuera de razón, como verás, que pertenezca, porque desde ahora quiero que te burles de mí si no hago que venga allí la más hermosa criatura que has visto hace mucho tiempo, que yo he visto el año pasado en Cacavincigli, a la que quiero todo el bien del mundo; y por el cuerpo de Cristo que querría darle diez boloñeses gordos si me los consintiera, y no lo consiente. Y por ello lo más que puedo te ruego que me enseñes lo que tengo que hacer para poder entrar en ella, y que además hagas y obres de manera que entre; y en verdad tendréis conmigo un buen y fiel compañero y honorable. Tú aquí mismo puedes ver qué apuesto soy y cómo tengo las piernas bien plantadas, y que tengo una cara que parece una rosa; y además de ello soy doctor en medicina, que no creo que tengáis ninguno, y sé muchas buenas cosas y bellas cancioncillas, y voy a decirte una —y de golpe se puso a cantar. Bruno tenía tan grande gana de reír que no cabía en sí, pero se contuvo.
Y terminada la canción dijo el maestro:
—¿Qué te parece?
Dijo Bruno:
—Por cierto que con vos perderían las cítaras de saína, tan ortogóticamente recancanilláis.
Dijo el maestro:
—Digo que no lo habrías creído nunca si no me hubieseis oído.
—Por cierto decís verdad —dijo Bruno.
Dijo el maestro:
—Muchas otras sé; pero dejemos ahora esto. Así como me ves, mi padre fue hombre noble, aunque viviese en el campo, y también por parte de madre he nacido de los de Vallecchio; y como has podido ver, tengo mejores libros y mejores ropas que ningún médico en Florencia. A fe que tengo ropa que costó, todas las cuentas echadas, cerca de cien liras de bagatines, ya hace más de diez años. Por lo que lo más que puedo te ruego que hagas que entre; y a fe que si lo haces, si te pones enfermo alguna vez, nunca por mi oficio te cobraré un dinero.
Bruno, oyéndole, y pareciéndole, tal como otras veces ya le había parecido, un babieca, dijo:
—Maestro, acercad un poco más la luz acá, y no os canséis hasta que les haya pintado el rabo a estos ratones, y luego os responderé.
Terminados los rabos, Bruno, haciendo que mucho le pesaba la petición, dijo:
—Maestro mío, grandes cosas son las que haríais por mí, y yo lo sé; pero aun la que me pedís, aunque para la grandeza de vuestro cerebro sea pequeña, para mí es grandísima, y no sé de nadie en el mundo por quien, pudiendo yo, la hiciera si no la hiciese por vos, tanto porque os amo como es debido cuanto por vuestras palabras, las cuales están condimentadas con tanto buen juicio que quitarían las sandalias a las penitentes, no ya a mí mi propósito; y cuanto más os trato más sabio me parecéis. Y os digo ahora que, si otra cosa no me hiciera amaros, os amo tanto porque veo que estáis enamorado de cosa tan bella como me habéis dicho. Pero sólo quiero deciros: en estas cosas yo no tengo el poder que pensáis, y por ello no puedo hacer por vos lo que necesitaría hacerse; pero si me prometéis por vuestra grande y cauterizada fe guardarme el secreto, os diré el modo en que debéis obrar y me parece estar seguro, teniendo vos tan buenos libros y las demás cosas que antes me habéis dicho, que lo conseguiréis.
A quien el maestro dijo:
—Di con confianza. Veo que no me conoces bien y no sabes todavía cómo sé guardar un secreto. Había pocas cosas que micer Guasparruolo de Saliceto hiciese, cuando era juez del podestá de Forimpópoli, que no me las comunicase, tan buen secretario me encontraba. ¿Y quieres saber si digo la verdad? Yo fui el primer hombre a quien dijo que iba a casarse con Bergamina: ¡mira tú!
—Pues está muy bien —dijo Bruno— si ese tal se fiaba, bien puedo fiarme yo. Lo que tenéis que hacer será esto: en nuestra compañía tenemos siempre un capitán con dos consejeros, que de seis en seis meses cambian, y sin falta Buffalmacco será capitán en las calendas, y así está establecido; y quien es capitán mucho poder tiene para hacer entrar o hacer que entre quien él quiera; y por ello me parece a mí que vos, lo antes que podáis, os hagáis amigo de Buffalmacco y le honréis. Él es hombre que viéndoos tan sabio se enamorará de vos incontinenti; y cuando le hayáis, con vuestro juicio y con estas cosas buenas que tenéis, un poco ablandado, se lo podréis pedir: él no podrá decir que no. Yo le he hablado ya de vos y os quiere lo más del mundo; y cuando hayáis hecho esto, dejadme a mí con él.
Entonces dijo el maestro:
—Mucho me place lo que dices; y si él es hombre que se deleite con los hombres sabios, y habla conmigo un poco, haré de manera que me estará siempre buscando, porque tanto juicio tengo que podría abastecer a una ciudad entera y seguir siendo sapientísimo.
Arreglado esto, Bruno le contó, por su orden, todo a Buffalmacco; con lo que a Buffalmacco le parecían mil años lo que faltaba para poder hacer lo que este maestro arrope andaba buscando. El médico, que desmesuradamente deseaba ir de corsario, no cejó hasta que se hizo amigo de Buffalmacco, lo que le fue fácil hacer, y comenzó a ofrecerle las mejores cenas y los mejores almuerzos del mundo, y a Bruno junto con él, y se garapiñaban como señores, probando bonísimos vinos y gordos capones y otras muchas cosas buenas, no se le separaban; y sin esperar a que los invitase, diciendo siempre que con ningún otro lo harían, se quedaban con él. Pero cuando pareció oportuno al maestro, como había hecho con Bruno requirió a Buffalmacco; con lo que éste se mostró muy enojado y le hizo a Bruno un gran alboroto, diciendo:
—Voto al alto Dios de Pasignano que me tengo en poco si no te doy tal en la cabeza que te hunda la nariz hasta los calcañares, traidor, que nadie sino tú ha podido manifestar estas cosas al maestro.
Pero el maestro lo excusaba mucho, diciendo y jurando que lo había sabido por otro lado; y luego de muchas de sus sabias palabras, lo pacificó. Buffalmacco, volviéndose al maestro, dijo:
—Maestro mío, bien se ve que habéis estado en Bolonia y que a esta ciudad habéis traído la boca cerrada; y aún os digo más: que no habéis aprendido el abecé en una manzana, como quieren hacer muchos necios, sino que en un melón la aprendisteis bien, que es tan largo; y si no me engaño, fuisteis bautizado en domingo. Y aunque Bruno me había dicho que habíais estudiado allí medicina, me parece a mí que lo que aprendisteis fue a domesticar a los hombres, lo que mejor que ningún hombre que yo haya visto sabéis hacer con vuestro juicio y vuestras palabras.
El médico, cortándole la palabra en la boca, dijo a Bruno:
—¡Qué cosa es hablar y tratar con los sabios! ¿Quién habría tan pronto comprendido todas las particularidades de mi sentimiento como lo ha hecho este hombre de valer? Tú no te enteraste tan pronto de lo que yo valía como ha hecho él; pero al menos di lo que te dije yo cuando me dijiste que Buffalmacco se deleitaba con los hombres sabios: ¿te parece que lo he conseguido?
Dijo Bruno:
—¡Aun mejor!
Entonces el maestro dijo a Buffalmacco:
—Otra cosa hubieras dicho si me hubieses visto en Bolonia, donde no había ninguno, grande ni pequeño, ni doctor ni escolar, que no me amase lo más del mundo, tanto podían aprender con mi razonar y con mi sabiduría. Y te digo más, que nunca dije palabra que no hiciese reír a todos, tanto les agradaba; y cuando me fui de allí todos lloraron el mayor llanto del mundo, y todos querían que me quedase, y a tanto llegó la cosa para que me quedase que quisieron dejarme a mí solo para que leyese, a cuantos escolares allí había, la medicina, pero no quise porque estaba dispuesto a venirme aquí a recibir la grandísima herencia que aquí tenía que ha sido siempre de los de mi familia; y así lo hice.
Dijo entonces Bruno a Buffalmacco:
—¿Qué te parece? No me lo creías cuando te lo decía. ¡Por el Evangelio, no hay en esta ciudad médico que entienda de orina de asno como éste, y ciertamente no encontrarías otro de aquí a París! ¡Vete y cuídate de ahora en adelante de no hacer lo que dice!
Dijo el médico:
—Bruno dice verdad, pero aquí no soy estimado. Vosotros sois más bien gente ruda, pero querría que me vieseis entre los doctores como suelo estar.
Entonces dijo Buffalmacco:
—Verdaderamente, maestro, sabéis mucho más de lo que yo habría creído, y hablándoos como debe hablarse a sabios como lo sois Vos, faramalladamente os digo que conseguiré sin falta que seáis de nuestra compañía.
Los honores hechos por el médico a éstos después de esta promesa se multiplicaron; por lo que ellos, divirtiéndose, le hacían comulgar con las mayores necedades del mundo, y prometieron darle por mujer a la condesa Civillari, que era la cosa más hermosa que podía encontrarse en todas las culeras de la generación humana. Preguntó el médico quién era esta condesa; al cual dijo Buffalmacco:
—Gran pepino mío, es una gran señora y pocos casos hay en el mundo en los que ella no tenga una gran jurisdicción; y no digo otros, sino hasta los frailes menores con repique de atabales le rinden tributo. Y suele decirse que cuando anda por la calle bien se hace sentir por muy encerrada que vaya; y no hace mucho que os pasó por delante de la puerta una noche que iba al Arno a lavarse los pies y para tomar un poco el aire; pero su más continua habitación es Laterina. Muchos de sus sargentos van por ahí de guardia, y todos, para mostrar su señorío, llevan la vara y la bola. Por todas partes se ven a sus barones, como Tamañin de la Puerta, don Boñiga, Mango de la Escoba, Diarrea y otros, los cuales creo que son conocidos vuestros, pero ahora no os acordáis. A tan gran señora, pues (dejando a un lado a la de Cacavincigli), si el pensamiento no nos engaña, pondremos en vuestros dulces brazos.
El médico, que había nacido y crecido en Bolonia, no entendía los vocablos de éstos, por lo que con aquello de la mujer se tuvo por contento; y no mucho después de estas historias le dijeron los pintores que había sido admitido. Y llegado el día cuya noche siguiente debían reunirse, el maestro les invitó a los dos a almorzar, y cuando hubieron almorzado, les preguntó el modo que tenía que seguir para entrar en aquella compañía. Al cual Buffalmacco dijo:
—Mirad, maestro, a vos os conviene encontrar la manera de estar esta noche a la hora del primer sueño sobre uno de esos sepulcros altos que hace poco tiempo han puesto fuera de Santa María la Nueva, con uno de vuestros trajes mejores puesto para que comparezcáis por primera vez honorablemente ante la compañía; y también porque, por lo que se ha dicho (que nosotros no hemos estado allí) como sois noble, la condesa entiende haceros caballero bañado a su costa, y allí esperad hasta tanto que vaya a por vos quien mandemos. Y para que estéis informado de todo vendrá a por vos una bestia negra y cornuda no muy grande, e irá haciendo por la plaza, delante de vos, gran soplar y gran saltar para espantaros; pero luego, cuando vea que no os espantáis, se os acercará despacio; y cuando esté a vuestro lado, vos, entonces, sin ningún miedo bajaos del sepulcro, y sin acordaros de Dios ni de los santos, saltad encima, y en cuanto estéis acomodado encima, a modo de hacer cortesía, poneos las manos sobre el pecho sin más tocar a la bestia. Ella entonces se moverá suavemente y os traerá a nosotros; pero desde ahora os digo que si os acordáis de Dios o los santos, o si sentís miedo, podrá arrojaros o golpearos en algún lugar que lo sentiríais; y por ello, si os da el corazón que vais a sentir temor no vengáis, que os haréis daño a vos sin hacernos a nosotros ningún favor.
Entonces dijo el médico:
—No me conocéis aún: miráis tal vez que llevo puestos guantes y ropas largas. Si supierais lo que he hecho yo de noche en Bolonia, cuando a veces iba de mujeres con mis compañeros os maravillaríais. A fe que hubo una noche, no queriendo una venir con nosotros (y era una desgraciadilla, lo que es peor, que no levantaba un palmo del suelo) y le di primero muchos puñetazos, luego, cogiéndola en vilo creo que la llevaría, así como un tiro de ballesta y en fin, hice de manera que tuvo que venirse con nosotros. Y otra vez me acuerdo de que, sin estar conmigo más que un criado, allá un poco después del avemaría pasé junto al cementerio de los frailes menores: y aquel mismo día habían enterrado allí a una mujer y no sentí ningún miedo; así que no desconfiéis de mí, que soy muy valiente y sin miedo. Y os digo que, para estar bien honorable, me pondré la toga escarlata con la que me doctoré, y veréis si la compañía se alegra cuando me vea y si me hacen enseguida capitán. Ya veréis cómo va el negocio cuando haya estado yo allí si sin haberme visto esa condesa quiere ya hacerme caballero bañado, tanto se ha enamorado de mí, ¿y es que la caballería me sentará mal?, ¿y la sabré llevar tan mal, o bien? Dejadme hacer a mí.
Buffalmacco dijo:
—Muy bien decís; pero cuidad de no burlarnos y no venir allí, o que no os encuentren en el lugar cuando mandemos a por vos; y os digo esto porque hace frío y vosotros los señores médicos os guardáis mucho de él.
—¡No quiera Dios! —dijo el médico—. Yo no soy de esos frioleros, no me preocupa el frío; pocas veces hay que me levante de noche para hacer de cuerpo, como hay que hacer a veces, y me ponga más de una pelliza sobre el jubón; y por ello, con seguridad estaré allí.
Yéndose, pues, éstos, cuando se iba haciendo de noche, el maestro encontró excusas en su casa, para decirle a su mujer; y llevándose ocultamente su bella toga, cuando le pareció oportuno, poniéndosela encima, se subió a uno de los dichos sepulcros; y encogido sobre aquellos mármoles, siendo grande el frío, comenzó a esperar a la bestia. Buffalmacco, que era grande y robusto de persona, encargó una de esas máscaras que suelen usarse en algunos juegos que hoy no se hacen, y se puso encima una pelliza negra del revés, y se la puso de tal manera que parecía un oso, a no ser que la máscara tenía el rostro del diablo y era cornuda. Y así preparado, viniendo Bruno detrás para ver cómo iba el asunto, se fue a la plaza nueva de Santa María la Nueva; y cuando se dio cuenta de que el señor médico estaba allí, empezó a brincar de tal manera y a dar tales saltos grandísimos por la plaza y a resoplar y a gritar y a chillar de guisa que parecía endemoniado. Al cual, como el maestro sintió y vio, todos los pelos se le pusieron de punta, y comenzó a temblar todo él como quien era más miedoso que una hembra, y hubo un momento en que hubiese querido más estar en su casa que allí; pero, sin embargo, puesto que había ido allí, se esforzó en tener valor, pues tanto podía el deseo de llegar a ver las maravillas contadas por aquéllos. Pero después de que Buffalmacco hubo diableado un tanto, como se ha dicho, pareciendo que se tranquilizaba se acercó al sepulcro sobre el que estaba el maestro y se quedó quieto. El maestro, como quien todo temblaba de miedo, no sabía qué hacerse, si montar encima o quedarse. Por último, temiendo que le hiciera daño si no se subía, con el segundo miedo venció el primero y, bajando del sepulcro diciendo en voz baja: «¡Dios me asista!»,se subió encima, y se dispuso muy bien; y siempre temblando cruzó los brazos en forma cortés como le habían dicho. Entonces Buffalmacco comenzó a enderezarse despacio hacia Santa María de la Scala, y yendo a cuatro patas lo llevó hasta las señoras de Rípoli. Estaban entonces por aquel barrio los fosos donde los labradores de aquellos campos hacían echar a la condesa de Civillari para abonar sus campos; a los cuales, cuando Buffalmacco se acercó, acercándose a la boca de uno y buscando el momento oportuno, poniendo una mano bajo uno de los pies del médico y con ella levantándolo en vilo, de un empujón lo tiró de cabeza allí y comenzó a gruñir mucho y a saltar y a parecer endemoniado, y por Santa María de la Scala se fue hacia el prado de Ognisanti, donde se encontró con Bruno que, por no poder contener la risa, se había escapado; y haciéndose fiestas el uno al otro, se pusieron a mirar desde lejos lo que hacía el médico rebozado. El señor médico, al sentirse en aquel lugar tan abominable, se esforzó en levantarse y en intentar salir, y ora aquí, ora allí volviendo a caer, todo rebozado de pies a cabeza, doloroso y desdichado, habiéndose tragado algunos gramos, pudo salir fuera, y dejó allí el capuchón; y desempastándose con las manos como mejor podía, no sabiendo qué otra cosa hacer, se volvió a su casa y tanto llamó que le abrieron. Y no acababa de entrar así de hediondo cerrándose la puerta de nuevo, cuando Bruno y Buffalmacco estaban allí para oír cómo era acogido el maestro por su mujer; y estando escuchando oyeron a la mujer decirle los mayores insultos que nunca se han dicho a un desgraciado, diciendo:
—¡Ah, qué bien te está! Te has ido con cualquiera otra y querías aparecer muy honorable con la toga escarlata. ¿Pues no te bastaba yo? Hermano, yo sería suficiente a un barrio entero, no ya a ti. ¡Ah, si como te tiraron allí donde eras digno de que te tirasen, te hubieran ahogado! ¡Aquí está el médico honrado, tiene mujer y anda por la noche tras las mujeres ajenas!
Y con estas y con otras muchas palabras, haciéndose el médico lavar todo entero, hasta la medianoche no calló su mujer de atormentarlo. Después, a la mañana siguiente, Bruno y Buffalmacco, habiéndose pintado todo el cuerpo bajo las ropas de cardenales como los que suelen hacer los golpes, vinieron a casa del médico y lo encontraron ya levantado; y, entrando a verle, sintieron que todas las cosas hedían, que todavía no se había podido limpiar todo de manera que no hediese. Y oyéndolos venir el médico, salió a su encuentro diciéndoles que Dios les diese buenos días; al cual Bruno y Buffalmacco, como habían acordado, respondieron con airado gesto:
—Esto no os lo decimos nosotros, sino que rogamos a Dios que os dé tan mala ventura que seáis muerto a espada, como el mayor desleal y el mayor traidor vivo, porque por vos no ha quedado (queriendo nosotros honraros y daros gusto) que no hayamos sido muertos como perros. Y por vuestra deslealtad nos han dado tantos golpes esta noche que con menos andaría un burro hasta Roma; sin contar con que hemos estado en peligro de ser echados de la compañía en la que habíamos arreglado que os recibiesen. Y si no nos creéis, mirad nuestras carnes cómo están.
Y a una luz macilenta que allí había abriéndose las ropas, le mostraron los pechos todos pintados y se los taparon sin tardanza. El médico quería excusarse y hablar de sus desgracias y de cómo y dónde lo habían arrojado; al cual Buffalmacco dijo:
—Yo querría que os hubiesen tirado al Arno desde el puente; ¿por qué invocasteis a Dios o los santos?, ¿no os lo habíamos dicho antes?
Dijo el médico que a fe no se acordaba.
—¡Cómo! —dijo Buffalmacco—, ¿no os acordáis? Bien los invocabais, que nos dijo nuestro mensajero que temblabais como una vara y que no sabíais dónde estabais. Pues vos bien nos la habéis jugado, pero jamás nos la jugará nadie; y a vos os daremos vuestro merecido.
El médico comenzó a pedirles por Dios que no lo difamaran, y con las mejores palabras que pudo se ingenió en calmarlos; y por miedo de que su vergüenza descubriesen si hasta entonces los había honrado, mucho más los honró y regaló con convites y otras cosas de allí en adelante. Así pues,como habéis oído, se enseña a quien tanto no aprendió en Bolonia.


(Con tinuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 08 Jun 2020, 03:01

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NOVELA DÉCIMA

Una siciliana quita arteramente a un mercader lo que éste ha llevado a Palermo, el cual, fingiendo haber vuelto con mucha más mercancía que la primera vez, tomando de ella dineros prestados, le deja agua y borra.

Cuánto hizo reír a las señoras la historia de la reina en distintas ocasiones, no hay que preguntarlo: no había ninguna allí a quien la incontenible risa no le hubiese hecho venir a los ojos las lágrimas doce veces. Pero luego que ella terminó, Dioneo, que sabía que a él le tocaba el turno, dijo:
Graciosas señoras, manifiesta cosa es que tanto más gustan las artimañas cuanto a artífice más apurado artificiosamente burlan. Y por ello, aunque hermosísimas cosas todas hayáis contado, entiendo yo contaros una que tanto más que algunas de las contadas deba agradar cuanto que quien en ella fue burlada era mayor maestra en burlar a otros que fue ninguno de aquellos o de aquellas de quienes habéis contado que fueron burlados.
Solía haber (y tal vez todavía la hay hoy) en todas las ciudades marinas que tienen puerto, la costumbre de que todos los mercaderes que llegan a ellas con sus mercancías, al descargarlas, todas las llevan a un almacén al que en muchos lugares llaman aduana, que es del ayuntamiento o del señor de la ciudad; y allí, dando a aquellos que están a su cargo, por escrito, toda la mercancía y el precio de ésta, es dado por los dichos al mercader una bodega en la cual pone su mercancía y la cierra con llave; y los dichos aduaneros luego escriben en el libro de la aduana a cuenta del mercader toda su mercancía, haciéndose luego pagar sus derechos por el mercader o de toda o de parte de la mercancía que éste saque de la aduana. Y por este libro de la aduana muchas veces se informan los corredores de la calidad y la cantidad de las mercancías que hay allí, y también están allí los mercaderes que las tienen, con quienes después ellos, según les viene a mano, hablan de los cambios, los trueques, y de las ventas y de otros asuntos. La cual costumbre, como en muchos otros lugares, la había en Palermo de Sicilia; donde también había, y todavía hay, muchas mujeres de hermosísimo cuerpo pero enemigas de la honestidad, las cuales, por quienes no las conocen serían y son tenidas por grandes y honestísimas damas. Y estando dedicadas por completo no a rasurar sino a desollar a los hombres, en cuánto ven a un mercader forastero allí, en el libro de la aduana se informan de lo que tiene y de cuanto puede ganar, y luego con sus placenteros y amorosos actos y con palabras dulcísimas se ingenian en seducir y en atraer su amor; y ya a muchos han atraído a quienes buena parte de sus mercancías han quitado de las manos, y a bastantes toda ella; y de ellos ha habido quienes no sólo la mercancía, sino también el navío y las carnes y los huesos les han dejado, tan suavemente la barbera ha sabido pasarles la navaja. Ahora bien, no hace mucho tiempo sucedió que aquí, mandado por sus maestros, llegó uno de nuestros jóvenes florentinos llamado Niccolo de Cignano, aunque Salabaetto fuese llamado, con tantas piezas de paño de lana que le habían entregado en la feria de Salerno que podían valer unos quinientos florines de oro; y entregando la tasa de ellos a los aduaneros, los metió en una bodega, y sin mostrar mucha prisa en despacharlos, comenzó a irse algunas veces de diversión por la ciudad. Y siendo él blanco y rubio y muy apuesto, y de muy gentil talle, sucedió que una de estas mujeres barberas, que se hacía llamar madama Iancofiore, habiendo algo oído de sus asuntos, le puso los ojos encima; de lo que apercibiéndose él, estimando que ella era una gran señora, pensó que por su hermosura le agradaba, y pensó en llevar muy cautamente este amor; y sin decir cosa alguna a nadie, comenzó a pasear por delante de la casa de aquélla. La cual, apercibiéndose, luego de que un tanto le hubo bien inflamado con sus miradas, mostrando que se consumía por él, secretamente le mandó una mujer de su servicio que óptimamente conocía el arte de la picardía, la cual, casi con las lágrimas en los ojos, luego de muchas historias, le dijo que con su hermosura y su amabilidad había conquistado a su señora de tal manera que no encontraba reposo ni de día ni de noche; y por ello, cuando le pluguiese, deseaba más que otra cosa poder encontrarse con él secretamente en un baño; y después de esto, sacando un anillo de la bolsa, de parte de su señora se lo dio. Salabaetto, al oír esto fue el hombre más alegre que nunca hubo; y cogiendo el anillo y frotándose con él los ojos y luego besándolo, se lo puso en el dedo y repuso a la buena mujer que, si madama Iancofiore le amaba, que estaba bien retribuida porque él la amaba más que a su vida propia, y que estaba dispuesto a ir donde a ella le fuese grato y a cualquier hora. Vuelta, pues, la mensajera a su señora con esta respuesta, a Salabaetto le dijeron enseguida en qué baño al día siguiente, después de vísperas, debía esperarla; el cual, sin decir nada a nadie, prontamente a la hora ordenada allí se fue, y encontró que la sala de baños había sido alquilada por la señora. Y casi acababa de entrar en ella cuando aparecieron dos esclavas cargadas de cosas: la una llevaba sobre la cabeza un grande y hermoso colchón de guata y la otra un grandísimo cesto lleno de cosas; y extendiendo este colchón sobre un catre en una alcoba de la sala, pusieron encima un par de sábanas sutilísimas listadas de seda y luego un cobertor de blanquísimo cendal de Chipre con dos almohadones bordados a maravilla; y después de esto, desnudándose y entrando en el baño, lo lavaron y barrieron óptimamente. Y poco después la señora, seguida por otras dos esclavas, vino al baño; donde ella, en cuanto pudo, hizo grandes fiestas a Salabaetto, y luego de los mayores suspiros del mundo, después de que mucho lo hubo abrazado y besado, le dijo:
—No sé quién hubiera podido traerme a esto más que tú; que me has puesto fuego al arma, chiquillo toscano.
Después de esto, cuando ella quiso, los dos desnudos entraron en el baño, y con ellos dos de las esclavas. Allí, sin dejar que nadie más le pusiera la mano encima, ella misma con jabón almizclado y con uno perfumado con clavo, maravillosamente y bien lavó por completo a Salabaetto, y luego se hizo lavar y refregar por sus esclavas. Y hecho esto, trajeron las esclavas dos sábanas blanquísimas y sutiles de las que salía tan grande olor a rosas que todo lo que había parecía rosas; y una le envolvió en una a Salabaetto y la otra en la otra a la señora, y cogiéndolos en brazos a los dos llevaron a la cama preparada. Y allí, luego que hubieron dejado de sudar, quitándoles las esclavas aquellas sábanas, se quedaron desnudos sobre las otras. Y sacando del cesto pomos de plata bellísimos y llenos cuál de agua de rosas, cuál de agua de azahar, cuál de agua de flor de jazmines y cuál de aguanafa, todas aquellas aguas derramaron; y luego, sacando cajas de dulces y preciadísimos vinos, un tanto se confortaron. A Salabaetto le parecía estar en el paraíso; y mil veces había mirado a aquélla, que con certeza era hermosísima, y cien años le parecía cada hora para que las esclavas se fuesen y poder encontrarse en sus brazos. Las cuales, después de que, por mandato de la señora, dejando una antorcha encendida en la alcoba, se fueron de allí, ésta abrazó a Salabaetto y él a ella; y con grandísimo placer de Salabaetto, a quien parecía que se derretía por él, estuvieron una larga hora. Pero después de que a la señora le pareció tiempo de levantarse, haciendo venir las esclavas, se vistieron, y de nuevo bebiendo y comiendo dulces se reconfortaron un poco, y habiéndose lavado el rostro y las manos con aquellas aguas odoríferas, y queriendo irse, dijo la señora a Salabaetto:
—Si te agradase, me parecería un favor grandísimo que esta noche vinieras a cenar conmigo y a dormir.
Salabaetto, que ya de la hermosura y de las amables artimañas de ella estaba preso, creyendo firmemente que era para ella como el corazón del cuerpo amado, repuso:
—Señora, todo vuestro gusto me es sumamente grato, y por ello tanto esta noche como siempre entiendo hacer lo que os plazca y lo que por vos me sea ordenado.
Volviéndose, pues, la señora a casa, y haciendo bien adornar su alcoba con sus ropas y sus enseres, y haciendo preparar de cenar espléndidamente, esperó a Salabaetto; el cual, cuando se hizo algo oscuro, allá se fue, y alegremente recibido, con gran fiesta y bien servido cenó con la señora. Después, entrando en la alcoba, sintió allí un maravilloso olor de madera de áloe y vio la cama adornadísima con pajarillos de Chipre, y muchas buenas ropas colgando de las vigas; las cuales cosas, todas juntas y cada una por sí sola le hicieron pensar que debía ser aquélla una grande y rica señora; y por mucho que hubiese oído hablar sobre su vida y sus costumbres, no quería creerlo por nada del mundo, y si llegaba a creer algo en que a alguno hubiese burlado, por nada del mundo podía creer que esto pudiese pasarle a él. Con grandísimo placer se acostó aquella noche con ella, inflamándose más cada vez. Venida la mañana, le ciñó ella un hermoso y elegante cinturón de plata con una bella bolsa, y le dijo así:
—Dulce Salabaetto mío, me encomiendo a ti; y así como mi persona está a tu disposición, así está todo lo que hay, y lo que yo puedo, a lo que gustes mandar.
Salabaetto, contento, besándola y abrazándola, salió de su casa y fue a donde acostumbraban estar los demás mercaderes. Y yendo una vez y otra con ella sin que le costase nada, y enviscándose cada día más, sucedió que vendió sus paños al contante y con buenas ganancias; lo que la buena mujer no por él, sino por otros supo incontinenti. Y habiendo ido Salabaetto a su casa una tarde, comenzó ella a bromear y a retozar con él, y a besarlo y a abrazarlo, mostrándose tan inflamada de amor que parecía que iba a morírsele en los brazos; y quería darle dos bellísimas copas de plata que tenía, las cuales Salabaetto no quería coger, como quien entre unas veces y otras bien había recibido de ella lo que valdría sus treinta florines de oro sin haber podido hacer que ella recibiera de él nada que llegase a valer un grueso. Al final, habiéndole bien inflamado con el mostrarse inflamada y desprendida, una de sus esclavas, tal como ella lo había preparado, la llamó; por lo que ella, saliendo de la alcoba y estando fuera un poco, volvió dentro llorando, y echándose sobre la cama boca abajo, comenzó a lanzar los mas dolorosos lamentos que jamás lanzase mujer alguna. Salabaetto maravillándose, la cogió en brazos y comenzó a llorar con ella y a decirle:
—¡Ah!, corazón de mi cuerpo, ¿qué tenéis tan de repente?, ¿cuál es la razón de este dolor? ¡Ah, decídmelo, alma mía!
Luego de que la mujer se hubo hecho rogar bastante, dijo:
—¡Ay, dulce señor mío! No sé qué hacer ni qué decir. Acabo de recibir cartas de Mesina, y me escribe mi hermano que, aunque debiese vender y empeñar todo lo que tengo, que sin falta le mande antes de ocho días mil florines de oro y que si no le cortarán la cabeza; y yo no sé qué puedo hacer para poder tenerlos tan rápidamente; que, si tuviese al menos quince días de tiempo, encontraría el modo de proveerme de ellos de un lugar donde debo tener muchos más, o vendería algunas de nuestras posesiones; pero no pudiendo, querría estar muerta antes de que me llegase aquella mala noticia.
Y dicho esto, mostrándose grandemente atribulada, no dejaba de llorar.
Salabaetto, a quien las amorosas llamas habían quitado gran parte del debido conocimiento, creyendo aquellas lágrimas veracísimas y las palabras de amor más verdaderas, dijo:
—Señora, yo no podré ofreceros mil, pero sí quinientos florines de oro, si creéis podérmelos devolver de aquí a quince días; y vuestra ventura es que precisamente ayer vendí mis paños: que, si no fuese así, no podría prestaros ni un grueso.
—¡Ay! —dijo la mujer—, ¿así que has sufrido incomodidad de dinero? ¿Por qué no me lo pedías? Porque si no tenía mil sí tenía ciento y hasta doscientos para darte; me has quitado el valor para aceptar el servicio que me ofreces.
Salabaetto, mucho más que apresado por estas palabras, dijo:
—Señora, por eso no quiero que lo dejéis; que si tanto los hubiese necesitado como los necesitáis vos, bien os los habría pedido.
—¡Ay! —dijo la señora—, Salabaetto mío, bien sé que tu amor por mí es verdadero y perfecto cuando, sin esperar a que te lo pidiese, con tan gran cantidad de dinero espontáneamente me provees en tal necesidad. Y con certeza era yo toda tuya sin esto, y con esto lo seré mucho mayormente; y nunca dejaré de agradecerte la cabeza de mi hermano. Pero sabe Dios que de mala gana la tomo considerando que eres mercader y que los mercaderes necesitan el dinero para sus negocios; pero como me aprieta la necesidad y tengo firme esperanza de devolvértelo pronto, lo cogeré, y por lo que falta, si otro modo más rápido no encuentro, empeñaré todas estas cosas mías.
Y dicho esto, derramando lágrimas, sobre el rostro de Salabaetto se dejó caer. Salabaetto comenzó a consolarla; y pasando la noche con ella, para mostrarse bien magnánimamente su servidor, sin esperar a que se lo pidiese le llevó quinientos buenos florines de oro, los cuales ella, riendo con el corazón y llorando con los ojos tomó, contentándose Salabaetto con una simple promesa suya. En cuanto la mujer tuvo los dineros empezaron a mudar las indicciones; y cuando antes la visita a la mujer era libre todas las veces que a Salabaetto le agradaba, empezaron a aparecer razones por las cuales de siete veces le sucedía no poder entrar ni una, ni le ponían la cara ni le hacían las caricias ni las fiestas que antes. Y pasado en un mes y en dos el plazo (no ya llegado) en que sus dineros debían serle devueltos, al pedirlos le daban palabras en pago; por lo que, percatándose Salabaetto del engaño de la malvada mujer y de su poco juicio, y conociendo que de aquello nada que pudiese serle provechoso podía decir, como quien no tenía de ello escritura ni testimonio, y avergonzándose de lamentarse con nadie, tanto porque le habían prevenido antes como por las burlas que merecidamente por su brutalidad le vendrían de ello, sobremanera doliente, consigo mismo lloraba su necedad. Y habiendo recibido muchas cartas de sus maestros para que cambiase aquellos dineros y se los mandase, para que, por hacerlo no fuese descubierta su culpa, deliberó irse, y montándose en un barquito, no a Pisa como debía, sino a Nápoles se vino. Estaba allí en aquel tiempo nuestro compadre Pietro del Canigiano, tesorero de madama la emperatriz de Constantinopla, hombre de gran talento y sutil ingenio, grandísimo amigo de Salabaetto y de los suyos; con el cual, como persona discretísima, lamentándose Salabaetto luego de algunos días, le contó lo que había hecho y su desdichada aventura, y le pidió ayuda y consejo para poder allí ganarse la vida afirmando que nunca entendía volver a Florencia. Canigiano, entristecido por estas cosas, dijo:
—Mal has hecho, mal te has portado, mal has obedecido a tus maestros, demasiado dinero de un golpe has gastado en molicies; pero ¿qué? Está hecho, y hay que pensar en otra cosa.
Y como hombre avisado prestamente hubo pensado lo que había que hacer y se lo dijo a Salabaetto; al cual, gustándole el plan, se lanzó a la aventura de seguirlo. Y teniendo algún dinero y habiéndole prestado Canigiano un poco, mandó hacer varios embalajes bien atados y bien ligados, y comprar veinte toneles de aceite y llenarlos, y cargando con todo ello se volvió a Palermo; y entregando la relación de los embalajes a los aduaneros y semejantemente la de los toneles, y haciendo anotar todas las cosas a su cuenta, las metió en las bodegas, diciendo que hasta que otra mercancía que estaba esperando no llegase no quería tocar aquélla. Iancofiore, habiéndose enterado de esto y oyendo que valía bien dos mil florines de oro o más, aquello que al presente había traído, sin contar lo que esperaba, que valía más de tres mil, pareciéndole que había apuntado a poco, pensó en restituirle los quinientos para poder tener la mayor parte de los cinco mil; y mandó a buscarle. Salabaetto, ya con malicia, allí fue; al cual ella, fingiendo no saber nada de lo que había traído, hizo maravillosa acogida, y dijo:
—Aquí tienes, si te habías enojado conmigo porque no te devolví en el plazo preciso tu dinero…
Salabaetto se echó a reír y dijo:
—Señora, en verdad me desagradó un poco, como que me hubiese arrancado el corazón para dároslo si creyese que os habría complacido con ello; pero quiero que sepáis lo enojado que estoy con vos. Es tanto y tal el amor que os tengo que he hecho vender la mayor parte de mis posesiones, y ahora he traído aquí tanta mercancía que vale más de dos mil florines, y espero de Occidente tanta que valdrá más de tres mil, y quiero hacer en esta ciudad un almacén y quedarme aquí para estar siempre cerca de vos, pareciéndome que estoy mejor con vuestro amor que creo que nadie pueda estar con el suyo.
A quien la mujer dijo:
—Mira, Salabaetto, todo este arreglo tuyo me place mucho, como de quien amo más que a mi vida, y me place mucho que hayas vuelto con intención de quedarte porque espero pasar todavía muchos buenos ratos contigo; pero quiero excusarme un poco porque, en aquellos tiempos en que te fuiste algunas veces quisiste venir y no pudiste, y algunas viniste y no fuiste tan alegremente recibido como solías, y además de esto, de que en el plazo convenido no te devolví tu dinero. Debes saber que entonces estaba yo en grandísima aflicción; y quien está en tal estado, por mucho que ame a otro no le puede poner tan buena cara ni atender aun a él como quisiera; y además debes saber que es muy penoso a una mujer poder encontrar mil florines de oro, y todos los días le dicen mentiras y no se cumple lo que se ha prometido, y por esto necesitamos también nosotras mentir a los demás; y de ahí viene, y no de otro defecto, que yo no te devolviese tu dinero. Pero lo tuve poco después de tu partida y si hubiera sabido dónde mandártelo ten por cierto que te lo habría hecho mandar; pero como no lo supe, te lo he guardado.
Y haciéndose traer una bolsa donde estaban aquellos mismos que él le había dado, se la puso en la mano y dijo:
—Cuenta si son quinientos.
Salabaetto nunca se sintió tan contento, y contándolos y viendo que eran quinientos, y volviéndolos a guardar, dijo:
—Señora, sé que decís verdad, pero bastante habéis hecho; y os digo que por ello y por el amor que os tengo nunca solicitaríais de mí para cualquiera necesidad vuestra una cantidad que pudiese yo dar que no os la diera; y en cuanto me haya establecido podréis probarme en ello.
Y de esta guisa restablecido con ella el amor en palabras, comenzó de nuevo Salabaetto a frecuentarla galantemente, y ella a darle los mayores gustos y hacerle los mayores honores del mundo, y mostrarle el mayor amor. Pero Salabaetto, queriendo con su engaño castigar el engaño que ella le había hecho, habiéndole ella invitado un día para que fuese a cenar y a dormir con ella, fue tan melancólico y tan triste que parecía que quisiera morirse. Iancofiore, abrazándolo y besándolo, comenzó a preguntarle que por qué tenía aquella melancolía. Él, luego de que un buen rato se había hecho rogar, dijo:
—Estoy arruinado, porque el barco en que está la mercancía que yo esperaba ha sido apresado por los corsarios de Mónaco y para rescatarlo se necesitan diez mil florines de oro, de los cuales yo tengo que pagar mil; y no tengo un dinero porque los quinientos que me devolviste los mandé incontinenti a Nápoles para invertirlos en telas que traer aquí. Y si quisiera ahora vender la mercancía que tengo aquí, como no es la temporada apenas me darán un dinero por dos géneros; y todavía no soy aquí lo bastante conocido para que encuentre quien me preste, y por ello no sé qué decir ni qué hacer; y si no mando pronto los dineros me llevarán a Mónaco la mercancía y nunca más la recuperaré.
La mujer, muy contrariada por esto, como a quien le parecía perder todo, pensando qué podía ella hacer para que no fuese a Mónaco, dijo:
—Dios sabe lo que me duele por amor tuyo; ¿pero de qué sirve atribularse tanto? Si yo tuviese esos dineros sabe Dios que te los prestaría incontinenti, pero no los tengo; es verdad que hay una persona que hace tiempo me proveyó de quinientos que me faltaban, pero con fuerte usura, que no quiere menos de a razón de treinta por cien; si de esa tal persona los quisieras, necesitarías de garantía un buen empeño; y en cuanto a mí yo estoy dispuesta a empeñar todas estas ropas y mi persona por cuanto quieran prestarme, para poder servirte, pero el remanente, ¿cómo lo asegurarías?
Vio Salabaetto la razón que movía a ésta a hacerle tal servicio y se percató de que de ella debían ser los dineros prestados; lo que, placiéndole, primero se lo agradeció y luego dijo que ya por grueso interés no lo dejaría, pues le apretaba la necesidad; y luego dijo que lo aseguraría con la mercancía que tenía en la aduana, haciéndola escribir a nombre de quien el dinero le prestase, pero que quería conservar la llave de la bodega, tanto para poder mostrar su mercancía si se lo pedían como para que nada le pudiera ser tocado ni permutado ni cambiado. La mujer dijo que esto estaba bien dicho y era muy buena garantía; y por ello, al venir el día mandó a buscar a un corredor de quien se fiaba mucho y hablando con él sobre este asunto le dio mil florines de oro, los cuales el corredor prestó a Salabaetto, e hizo inscribir a su nombre lo que Salabaetto tenía dentro, y habiendo hecho sus escrituras y contraescrituras juntos, y quedando en concordia, se fueron a sus demás asuntos. Salabaetto, lo antes que pudo, subiendo a un barquito, con mil quinientos florines de oro se fue a ver a Pietro del Canigiano a Nápoles, y desde allí les mandó una fiel y completa cuenta a Florencia a sus maestros, los que le habían enviado con los paños; y pagando a Pietro y a cualquiera otro a quien debiese algo, muchos días con Canigiano lo pasó bien con el engaño hecho a la siciliana; después, de allí, no queriendo ya ser mercader, se vino a Ferrara. Iancofiore, no encontrando a Salabaetto en Palermo empezó a asombrarse y entró en sospechas; y luego de que le hubo esperado unos buenos dos meses, viendo que no venía, hizo que el corredor mandase desclavar las bodegas. Y primeramente examinando los toneles que se creía que estaban llenos de aceite, encontró que estaban llenos de agua del mar, habiendo en cada uno como un barril de aceite encima, junto a la boca; luego, desatando los embalajes, todos menos dos, que eran paños, llenos los encontró de borra; y en breve, entre todo lo que había no valía más de doscientos florines; por lo que Iancofiore, sintiéndose burlada, largamente lloró los quinientos florines devueltos y mucho más los mil prestados, diciendo muchas veces:
—Quien trata con toscano no puede ser cegato.
Y así, quedándose con la pérdida y las burlas, se encontró con que tan listos eran el uno como el otro.
Al terminar Dioneo su novela, Laureta, conociendo que había llegado el límite más allá del cual reinar no podía, alabados los consejos de Pietro Canigiano, que por sus efectos se habían visto ser buenos, y la sagacidad de Salabaetto, que no fue menor al ponerlo en obra, quitándose de la cabeza el laurel lo puso en la cabeza de Emilia, señorilmente diciendo:
—Señora, no sé cuán placentera reina tendremos en vos, pero la tendremos hermosa, haced, pues, que a vuestra hermosura respondan vuestras obras.Y volvió a sentarse. Emilia, no tanto por haber sido hecha reina como por verse así alabar en público en aquello de que las mujeres suelen ser más deseosas, un poquillo se avergonzó y tal se volvió su rostro cual sobre la aurora son las nubecillas rosas; pero sin embargo, luego de que hubo tenido los ojos bajos un tanto y hubo pasado el sonrojo, habiendo con sus senescales organizado los asuntos pertinentes a la compañía, así comenzó a hablar:
—Deleitables señoras, asaz manifiestamente vemos que, luego de que los bueyes se han cansado durante parte del día, sujetos al yugo, son del yugo aliviados y desuncidos, y libremente donde más les agrada, se les deja por los bosques ir apastar; y vemos también que no son menos hermosos, sino mucho más, los jardines con varias plantas frondosos que los bosques en los cuales solamente vemos encinas; por las cuales cosas estimo yo, considerando los días que bajo una firme ley hemos hablado, que, como a quien está necesitado de vagar algún tanto, y vagando recuperar las fuerzas para someterse de nuevo al yugo, no solamente sea útil, sino también oportuno. Y por ello, lo que mañana, siguiendo vuestro deleitoso razonar deba decirse, no entiendo limitaros bajo ninguna especificación, sino que quiero que cada uno según guste hable, firmemente creyendo que la variedad de las cosas que se cuenten no menos graciosa será que el haber hablado solamente de una; y habiendo hecho así, quien venga después de mí en el reinado, como a más fuertes podrá con mayor seguridad constreñirnos a las acostumbradas leyes.
Y dicho esto, hasta la hora de la cena concedió libertad a todos.
Todos alabaron a la reina por las cosas dichas, como a prudente; y poniéndose en pie, quién a un entretenimiento y quién a otro se entregó: las señoras a hacer guirnaldas y a solazarse, los jóvenes a jugar y a cantar; y así estuvieron hasta la hora de la cena, venida la cual, en torno a la hermosa fuente con regocijo y con placer cenaron, y después de cenar, del modo acostumbrado un buen rato se divirtieron cantando y bailando. Al final la reina, para seguir el estilo de sus predecesores, sin reparar en las que voluntariamente habían cantado muchos de ellos, ordenó a Pánfilo que cantase una; el cual, libremente comenzó así:
Tanto es, Amor, el bien
y el contento que estoy por ti sintiendo
que soy feliz en tus llamas ardiendo.
Mi corazón tal alegría rebosa,
tan de gozo está lleno
por lo que me has donado,

que esconderlo sería grave cosa
y en el rostro sereno
muestra mi alegre estado:
que estando enamorado
de un bien tan elevado y estupendo
leve se me hace estar en él ardiendo.

Yo no sé con mi canto demostrar
ni indicar con el dedo,
Amor, el bien que siento;
y aunque supiera debería callar
que, sin dejarlo quedo,
se volvería tormento:
pues estoy tan contento
que todo hablar iría palideciendo
antes de un poco irlo descubriendo.
¿Quién pensaría ya que estos mis brazos
podrían retornar
donde los he tenido,
y que mi rostro sin sufrir rechazos
volvería a acercar
a donde es bendecido?
Nunca hubiera creído
mi fortuna, aunque esté todo yo ardiendo
y mi placer y gozo esté escondiendo.

La canción de Pánfilo terminaba; la cual, por mucho que fuese por todos debidamente coreada, no hubo ninguno que, con más atenta solicitud que le correspondía, no tomase nota de sus palabras, esforzándose en adivinar aquello que él cantaba que le convenía tener escondido; y aunque varios anduviesen imaginando varias cosas, ninguno llegó por ello a la verdad del asunto. Y la reina, después que vio que la canción de Pánfilo había terminado y a las jóvenes señoras y los hombres deseosos de descansar, mandó que todos se fuesen a dormir.

TERMINA LA OCTAVA JORNADA


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 4 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 09 Jun 2020, 04:08

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NOVENA JORNADA

COMIENZA LA NOVENA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE EMILIA, DISCURRE CADA UNO SOBRE LO QUE LE GUSTA Y SOBRE LO QUE MÁS LE AGRADA.

La luz, cuyo esplendor ahuyenta la noche, había ya cambiado todo el octavo cielo de azulino a color celeste, y comenzaban por los prados a erguirse las florecillas, cuando Emilia, levantándose, hizo llamar a sus compañeras e igualmente a los jóvenes; los cuales, venidos y poniéndose en camino tras los lentos pasos de la reina, hasta un bosquecillo no lejano de la villa fueron, y entrando en él, vieron que animales como los cabritillos, ciervos y otros, que no temían a la caza por la existente pestilencia, los esperaban no de otra manera que si en domésticos y sin temor se hubiesen convertido. Y ora a éste, ora a aquél acercándose, como si debieran unirse a ellos, haciéndolos correr y saltar, por algún tiempo se recrearon; pero elevándose ya el sol, a todos pareció oportuno volver. Iban todos engalanados con guirnaldas de encina, con las manos llenas de hierbas odoríferas y flores; y quien los hubiese encontrado nada hubiera podido decir sino:«O éstos no serán por la muerte vencidos o los matará alegres». Así pues, paso a paso viniendo, cantando y bromeando y diciendo agudezas, llegaron a la villa, donde todas las cosas ordenadamente dispuestas y a sus servidores alegres y festejantes encontraron. Allí, descansando un tanto, no se pusieron a la mesa antes de que seis cancioncillas (la una mejor que la otra) fuesen cantadas por los jóvenes y las señoras; después de las cuales, lavándose las manos, a todos colocó el mayordomo a la mesa según el gusto de la reina; donde, traídas las viandas, todos alegres comieron; y levantándose de ello, a carolar y a tocar sus instrumentos se dieron, por algún espacio; y después, ordenándolo la reina, quien quiso se fue a descansar. Pero llegada la hora acostumbrada, todos en el lugar acostumbrado se reunieron para contar sus historias, y la reina, mirando a Filomena, dijo que diese principio a las historias del presente día; la cual, sonriendo, comenzó de esta guisa:


NOVELA PRIMERA

Doña Francesca, amada por un tal Rinuccio y un tal Alessandro, y no amando a ninguno, haciendo entrar a uno como muerto en una sepultura y al otro sacar a aquél como a un muerto, y no pudiendo ellos llegar a hacer lo ordenado, sagazmente se los quita de encima.

Señora, mucho me agrada, puesto que os complace, ser quien corra la primera lid en este campo abierto y libre del novelar en que vuestra magnificencia nos ha puesto; lo que si yo hago bien, no dudo que quienes vengan después no lo hagan bien y mejor.
Muchas veces, encantadoras señoras, se ha mostrado en nuestros razonamientos cuántas y cuáles sean las fuerzas de Amor, pero no creo que plenamente se hayan dicho, y no se dirían si estuviésemos hablando desde ahora hasta dentro de un año; y porque él no solamente conduce a los amantes a diversos peligros de muerte, sino también a entrar en las casas de los muertos para sacar a los muertos, me agrada hablaros de ello con una historia (además de las que ya han sido contadas), en la cual el poder de Amor no solamente comprenderéis, sino también el talento de una valerosa señora aplicado a quitarse de encima a dos que contra su gusto la amaban.
Digo, pues, que en la ciudad de Pistoya hubo una hermosísima señora viuda a la cual dos de nuestros florentinos que por estar desterrados de Florencia vivían en Pistoya, llamados el uno Rinuccio Palermini y el otro Alessandro Chiarmontesi, sin saber el uno del otro, por azar prendados de ella, sumamente la amaban, haciendo cuidadosamente cada uno lo que podía para poder conquistar su amor. Y siendo esta noble señora, cuyo nombre fue Francesca de los Lázzari frecuentemente solicitada por embajadas y por ruegos de cada uno de éstos, y habiéndoles poco discretamente prestado oídos muchas veces, y queriendo discretamente dejar de hacerlo y no pudiendo, le vino un pensamiento para quitarse de encima su importunidad: y fue pedirles que le hiciesen un servicio que pensó que ninguno podría hacerle por muy posible que fuese, para que, al no hacerlo, tuviese ella honrosa y verosímil razón para no querer escuchar más sus embajadas; y el pensamiento fue el siguiente. Había, el día en que le vino este pensamiento, muerto en Pistoya uno que, por muy nobles que hubiesen sido sus antepasados, era reputado el peor hombre que hubiese no ya en Pistoya, sino en todo el mundo; y además de esto, era tan contrahecho y de rostro tan desfigurado que quien no lo hubiese conocido al verlo por primera vez hubiese tenido miedo; y había sido enterrado en un sepulcro fuera de la iglesia de los frailes menores. El cual pensó ella que podría ser de gran ayuda para su propósito; por la cual cosa dijo a una criada suya:
—Sabes bien el aburrimiento y las molestias que recibo todos los días con las embajadas de estos dos florentinos, Rinuccio y Alessandro; ahora bien, no estoy dispuesta a complacerles con mi amor y para quitármelos de encima me ha venido al ánimo ponerlos a prueba (por los grandes ofrecimientos que hacen) en algo que estoy segura de que no harán, y quitarme así de encima su importunidad; y oye cómo. Sabes que esta mañana ha sido enterrado en el lugar de los frailes menores el Degüelladiós (así era llamado aquel mal hombre de quien hablamos antes) del cual, no ya muerto, sino vivo, los hombres más valientes de esta ciudad, al verlo, tenían miedo; y por ello te irás secretamente en primer lugar a Alessandro y le dirás: «Doña Francesca te manda decir que ha llegado el momento en que puedes tener su amor, el cual has deseado tanto, y estar con ella, si quieres, de esta manera. A su casa (por una razón que tú sabrás más tarde) debe ser llevado esta noche el cuerpo de Degüelladiós que fue sepultado esta mañana; y ella, como quien tiene miedo de él aun muerto como está, no querría tenerlo; por lo que te ruega, como gran servicio, ir esta noche a la hora del primer sueño y entrar en la sepultura donde Degüelladiós está enterrado, y ponerte sus ropas y quedarte como si fueses él hasta que vengan a buscarte, y sin hacer nada ni decir palabra dejarte arrastrar y traer a su casa, donde ella te recibirá, y estarás con ella y a tu puesto podrás irte, dejando a su cuidado el resto».Y si dice que lo hará bien está; si dice que no quiere hacerlo, dile de parte mía que no aparezca más donde estoy yo, y que si ama su vida se guarde de mandarme mensajeros ni embajadas. Y luego de esto irás a Rinuccio Palermini y le dirás: «Doña Francesca dice que está pronta a hacer tu gusto si le haces a ella un gran servicio, que es que esta noche hacia la medianoche vayas a la sepultura donde fue enterrado esta noche Degüelladiós y, sin decir palabra de nada que veas, oigas o sientas, tires de él suavemente y se lo lleves a casa; allí verás para qué lo quiere y conseguirás el placer tuyo; y si no gustas de hacer esto te ordena desde ahora que no le mandes más ni mensajeros ni embajadas».
La criada se fue a donde ambos, y ordenadamente a cada uno, según le fue ordenado, habló; a la cual contestaron ambos que no en una sepultura, sino en un infierno entrarían si a ella le agradaba. La criada dio la respuesta a la señora, que esperó a ver si estaban tan locos que lo harían. Venida, pues, la noche y siendo ya la hora del primer sueño, Alessandro Chiarmontesi, quedándose en jubón, salió de su casa para ir a ponerse en el lugar de Degüelladiós en la sepultura; y en el camino le vino al ánimo un pensamiento muy pavoroso, y comenzó a decirse:
—¡Ah!, ¡qué animal soy! ¿dónde voy?, ¿y qué sé yo si los parientes de ésta, tal vez percatados de que la amo, creyendo lo que no es la han hecho hacer esto para matarme en la sepultura ésa? Lo que, si sucediese, yo sería el que lo pagaría y nunca llegaría a saberse nada que los perjudicase. ¿O qué sé yo si tal vez algún enemigo mío me ha procurado esto, al cual tal vez ella, amándole, quiere servir?
Y luego decía:
—Pero supongamos que ninguna de estas cosas sea, y que sus parientes vayan a llevarme a su casa: tengo que creer que el cadáver de Degüelladiós no lo quieren para tenerlo en brazos ni para ponerlo en los de ella; sino que tengo que creer que quieren hacer con él cualquier destrozo, como de alguien que en alguna cosa les hizo daño. Ella dice que por nada que sienta diga palabra. ¿Y si ésos me sacasen los ojos, o me arrancasen los dientes, o me mutilasen las manos o me hicieran alguna otra broma semejante, qué sería de mí? ¿Cómo iba a quedarme quieto? ¿Y si hablo y me conocen y por acaso me hacen daño?; pero aunque no me lo hagan, no conseguiré nada porque no me dejarán con la señora; y la señora dirá después que he desobedecido su mandato y nunca hará nada que me contente.
Y así diciendo, casi se volvió a casa; pero el gran amor lo empujó hacia adelante con argumentos contrarios a éstos y de tanta fuerza que le llevaron a la sepultura; la cual abrió, y entrando dentro y desnudando a Degüelladiós y poniéndose su ropa, y cerrando la sepultura sobre su cabeza y poniéndose en el sitio de Degüelladiós, le empezó a dar vueltas en la cabeza quién había sido éste y las cosas que había oído decir que habían sucedido de noche no sólo en la sepultura de los muertos, sino también en otras partes: y todos los pelos se le pusieron de punta, y de rato en rato le parecía que Degüelladiós se iba a poner de pie y a degollarle a él allí. Pero ayudado por el ardiente amor, estos y otros pavorosos pensamientos venciendo, estando como si estuviese muerto, se puso a esperar lo que fuese a ser de él. Rinuccio al aproximarse la medianoche, salió de su casa para hacer aquello que le había sido mandado decir por su señora; y al ir, entró en muchos y diversos pensamientos sobre las cosas que podrían ocurrirle, tales como poder venir a da a manos de la señoría con el cadáver de Degüelladiós a cuestas y ser condenado a la hoguera por brujo, o de si esto se sabía, suscitar el odio de su parientes y de otros tales, por las cuales casi fue detenido. Pero después, recuperándose, dijo:
—¡Ah!, ¿voy a decir que no a la primera cosa que esta noble señora, a quien tanto he amado y amo, me ha pedido, y especialmente debiendo conquistar su gracia? Aunque tuviese que morir con seguridad, no puedo dejar de hacer lo que le he prometido.
Y siguiendo su camino, llegó a la sepultura y la abrió fácilmente. Alessandro, al sentirla abrir,aunque gran miedo tuviese, se estuvo quedo. Rinuccio, entrando dentro, creyendo coger el cadáver de Degüelladiós cogió a Alessandro por los pies y lo sacó fuera, y poniéndoselo sobre los hombros, hacia casa de la noble señora comenzó a ir; y andando así y no teniendo consideración con él, muchas veces le daba golpes, ora en un lado, ora en otro, contra algunos bancos que junto a las casas había; y la noche era tan lóbrega y oscura que no podía ver por dónde andaba. Y estando ya Rinuccio junto a la puerta de la noble señora, que a la ventana con su criada estaba para ver si Rinuccio traía a Alessandro, ya preparada para hacer irse a los dos sucedió que la guardia de la señoría, puesta al acecho en aquel barrio y estando silenciosamente, esperando poder coger a un bandido, al sentir el ruido que Rinuccio hacía al andar, súbitamente sacaron una luz para ver qué era y dónde iba, y cogiendo los escudos y las lanzas, gritaron:
—¿Quién anda ahí?
A la cual conociendo Rinuccio, no teniendo tiempo de demasiada larga deliberación, dejando caer a Alessandro, corrió cuanto las piernas podían aguantarlo. Alessandro, levantándose rápidamente, aunque las ropas del muerto llevase puestas, que eran muy largas, también se echó a correr. La señora, con la luz encendida por los guardias óptimamente habían visto a Rinuccio con Alessandro encima de los hombros, y del mismo modo había apercibido a Alessandro vestido con las ropas de Degüelladiós; y se maravilló mucho del gran valor de los dos, pero con todo su asombro mucho se rió al ver arrojar al suelo a Alessandro y verlo después huir. Y alegrándose mucho con aquel suceso y dando gracias a Dios que del fastidio de estos dos la había sacado, se volvió dentro y se fue a la cama, afirmando, junto con su criada, que sin ninguna duda aquellos dos la amaban mucho, puesto que habían hecho aquello que les había mandado, tal como se veía. Rinuccio, triste y maldiciendo su desventura, no se volvió a su casa aun con todo esto, sino que, al irse de aquel barrio la guardia, volvió allí adonde a Alessandro había arrojado, y comenzó, a tientas, a ver si lo encontraba, para cumplir lo que le había sido requerido; pero, al no encontrarlo, y pensando que la guardia lo habría llevado de allí, triste se volvió a su casa. Alessandro, no sabiendo qué hacer, sin haber conocido a quien le había llevado, doliente por tal desdicha, semejantemente a su casa se fue. Por la mañana, encontrada abierta la sepultura de Degüelladiós y no viéndosele dentro porque Alessandro lo había arrojado al fondo, toda Pistoya se llenó de habladurías, estimando los necios que se lo habían llevado los demonios. No dejó cada uno de los enamorados de hacer saber a la dama lo que habían hecho y lo que había sucedido, y con ello, excusándose por no haber cumplido por completo su mandamiento, su gracia y su amor pedían; la cual, mostrando no creer a ninguno, con la tajante respuesta de que no haría nunca nada por ellos, puesto que ellos lo que les había pedido no lo habían hecho, se los quitó de encima.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 09 Jun 2020, 04:12

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VICTORIA

Victoria es mi hermana, dos años mayor que yo. Cuando vivíamos en Madrid, yo iba a un colegio de los hermanos de la Doctrina Cristiana (Nuestra Señora de las Maravillas) y ella a un colegio de monjas francesas, Soeurs de Saint Joseph de Cluny, que radicaba en un viejo palacete de La Castellana, muy cerca de la calle General Martínez Campos donde vivíamos.

Victoria era una niña simpática, lista y habilidosa. Por aquel tiempo tenía doce años y se había inventado un himno que cantaba a menudo: “Viva yo, viva yo y mueran todos los demás”. No sugiero que fuera egoísta, no, solo que era muy vitalista, le gustaba exprimir la vida al máximo.

En su colegio, mi hermana caía muy bien a todas las monjas y yo me beneficiaba de ello. Una vez al año organizaban, en los jardines del caserón, una feria con diferentes puestos de atracciones, que era una pasada, y un día a la semana, proyectaban una película, con una vieja cámara de 8 mm., en el salón del edificio -que también hacia de capilla y de sala de actos. A mí, como un favor especial, me permitían asistir rodeado de niñas y de monjas.

Como he dicho, Victoria era muy apreciada por las soeurs, por eso la nombraron presidenta de las Hijas de María, la congregación mariana del colegio. Con motivo de una festividad y como presidenta, Victoria tenía que leer un discurso y terminar con el lema: “Antes morir que pecar”. Se lo preparó a conciencia y al finalizar el acto, desde el estrado, tras leer su discurso, con toda la solemnidad requerida, gritó a pleno pulmón: “Antes pecar, que morir”.

Pedro Casas Serra, Recuerdos durante el confinamiento.


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Última edición por Pedro Casas Serra el Lun 15 Jun 2020, 10:40, editado 1 vez


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 10 Jun 2020, 04:44

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NOVELA SEGUNDA

Se levanta una abadesa apresuradamente y a oscuras para encontrar a una monja suya, delatada a ella, en la cama con su amante, y estando un cura con ella, creyendo que se ponía en la cabeza las tocas, se puso los calzones del cura, los cuales, viéndolos la acusada, y haciéndoselo observar, fue absuelta de la acusación y tuvo libertad para estar con su amante.

Ya se callaba Filomena y había sido alabado por todos el buen juicio de la señora para quitarse de encima a aquellos a quienes no quería amar; y, por el contrario, no amor sino tontería había sido juzgada por todos la osada presunción de los amantes, cuando la reina a Elisa dijo graciosamente:
—Elisa, sigue.
La cual, prestamente, comenzó:
Carísimas señoras, discretamente supo doña Francesca, como se ha contado, librarse de lo que la molestaba; pero una joven monja, con la ayuda de la fortuna, se libró, con las palabras oportunas, de un amenazador peligro. Y como sabéis, son muchos los que, siendo estultísimos, maestros se hacen de los demás y reprensores, los cuales, tal como podréis comprender por mi historia, la fortuna algunas veces merecidamente vitupera; y ello le sucedió a una abadesa bajo cuya obediencia estaba la monja de la que debo hablar.
Debéis saber, pues, que en Lombardía hubo un monasterio famosísimo por su santidad y religión en el cual, entre otras monjas que allí había, había una joven de sangre noble y de maravillosa hermosura dotada, la cual, llamada Isabetta, habiendo venido un día a la reja para hablar con un pariente suyo, de un apuesto joven que con él estaba se enamoró; y éste, viéndola hermosísima, ya su deseo habiendo entendido con los ojos, semejantemente se inflamó por ella, y no sin gran tristeza de los dos, este amor durante mucho tiempo mantuvieron sin ningún fruto. Por fin, estando los dos atentos a ello, vio el joven una vía para poder ir a su monja ocultísimamente; con lo que, alegrándose ella, no una vez, sino muchas, con gran placer de los dos, la visitó. Pero continuando esto, sucedió que él, una noche, fue visto por una de las señoras de allá adentro (sin que ni él ni ella se apercibiesen) ir a ver a Isabetta y volver; lo que a otras cuantas comunicó. Y primero tomaron la decisión de acusarla a la abadesa, la cual doña Usimbalda tenía por nombre, buena y santa señora según su opinión y de cualquiera que la conociese; luego pensaron, para que no pudiese negarlo, en hacer que la abadesa la cogiese con el joven, y, así, callándose, se repartieran entre sí las vigilias y las guardias secretamente para cogerla. Y, no cuidándose Isabetta de esto ni sabiendo nada de ello, sucedió que le hizo venir una noche; lo que inmediatamente supieron las que estaban a la expectativa. Las cuales, cuando les pareció oportuno, estando ya la noche avanzada, se dividieron en dos y una parte se puso en guardia a la puerta de la celda de Isabetta y otra se fue corriendo a la alcoba de la abadesa, y dando golpes en la puerta de ésta, que ya contestaba, dijeron:
—¡Sús!, señora, levantaos deprisa, que hemos encontrado a Isabetta con un joven en la celda.
Estaba aquella noche la abadesa acompañada de un cura al cual hacia venir con frecuencia metido en un arcón; y, al oír esto, temiendo que las monjas fuesen a golpear tanto la puerta (por demasiada prisa o demasiado afán) que se abriese, apresuradamente se puso en pie y lo mejor que pudo se vistió a oscuras, y creyendo coger unas tocas dobladas que llevan sobre la cabeza y las llaman «el salterio», cogió los calzones del cura, y tanta fue la prisa que, sin darse cuenta, en lugar del salterio se los echó a la cabeza y salió, y prestamente se cerró la puerta tras ella, diciendo:
—¿Dónde está esa maldita de Dios?
Y con las demás, que tan excitadas y atentas estaban para que encontrasen a Isabetta en pecado que de lo que llevase en la cabeza la abadesa no se dieron cuenta, llegó a la puerta de la celda de ésta y, ayudada por las otras, la echó abajo; y entradas dentro, en la cama encontraron a los dos amantes abrazados, los cuales, de un tan súbito acontecimiento aturdidos, no sabiendo qué hacerse, se estuvieron quietos. La joven fue incontinenti cogida por las otras monjas y, por orden de la abadesa, llevada a capítulo. El joven se había quedado y, vistiéndose, esperaba a ver en qué acababa la cosa, con la intención de jugar una mala pasada a cuantas pudiera alcanzar si a su joven fuese hecho algún mal, y llevársela con él. La abadesa, sentándose en el capítulo, en presencia de todas las monjas, que solamente a la culpable miraban, comenzó a decirle las mayores injurias que nunca a una mujer fueron dichas, como a quien la santidad, la honestidad y la buena fama del monasterio con sus sucias y vituperables acciones, si afuera fuese sabido, todo lo contaminaba; y tras las injurias añadía gravísimas amenazas. La joven, vergonzosa y tímida, como culpable, no sabía qué responder, sino que callando, hacía a las demás sentir compasión de ella. Y multiplicando la abadesa sus historias, le ocurrió a la joven levantar la mirada y vio lo que la abadesa llevaba en la cabeza y las cintas que de acá y de allá le colgaban; por lo que, dándose cuenta de lo que era, tranquilizada por completo, dijo:
—Señora, así os ayude Dios, ataos la cofia y luego me diréis lo que queráis.
La abadesa, que no la entendía, dijo:
—¿Qué cofia, mala mujer? ¿Tienes el rostro de decir gracias? ¿Te parece que has hecho algo con lo que vayan bien las bromas?
Entonces la joven, otra vez, dijo:
—Señora, os ruego que os atéis la cofia; después decidme lo que os plazca.
Con lo que muchas de las monjas levantaron la mirada a la cabeza de la abadesa, y ella también llevándose a ella las manos, se dieron cuenta de por qué Isabetta decía aquello; con lo que la abadesa, dándose cuenta de su misma falta y viendo que por todas era vista y no podía ocultarla, cambió de sermón, y de guisa muy distinta de la que había comenzado empezando a hablar, llegó a la conclusión de que era imposible defenderse de los estímulos de la carne; y por ello calladamente, como se había hecho hasta aquel día, dijo que cada una se divirtiera cuanto pudiese. Y poniendo en libertad a la joven, se volvió a acostarse con su cura, e Isabetta con su amante, al cual muchas veces después, a pesar de aquellas que le tenían envidia, lo hizo venir allí; las demás que no tenían amante, lo mejor que pudieron probaron fortuna.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 11 Jun 2020, 04:12

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NOVELA TERCERA

El maestro Simón, a instancias de Bruno y de Buffalmacco y de Nello, hace creer a Calandrino que está preñado, el cual da a los antes dichos capones y dinero para medicinas, y se cura de la preñez sin parir.

Después de que Elisa hubo terminado su historia, habiendo dado todos gracias a Dios por haber sacado, con feliz hallazgo, a la joven monja de las fauces de sus envidiosas compañeras, la reina mandó a Filostrato que siguiese; el cual, sin esperar otra orden, comenzó:
Hermosísimas señoras, el poco pulido juez de las Marcas sobre quien ayer os conté una historia, me quitó de la boca una historia de Calandrino que estaba por deciros; y porque lo que de él se cuente no puede sino multiplicar la diversión, aunque sobre él y sus compañeros ya se haya hablado bastante, os diré, sin embargo, la que ayer tenía en el ánimo.
Ya antes se ha mostrado muy claro quién era Calandrino y los otros de quienes tengo que hablar en esta historia; y por ello, sin decir más, digo que sucedió que una tía de Calandrino murió y le dejo doscientas liras de calderilla contante; por la cual cosa, Calandrino comenzó a decir que quería comprar una posesión, y con cuantos corredores de tierras había en Florencia, como si tuviese para gastar diez mil florines de oro, andaba en tratos, los cuales siempre se estropeaban cuando se llegaba al precio de la posesión deseada. Bruno y Buffalmacco, que estas cosas sabían, le habían dicho muchas veces que haría mejor en gastárselos junto con ellos que andar comprando tierras como si hubiera tenido que hacer de destripaterrones, pero no a esto sino ni siquiera a invitarles a comer una vez lo había conducido. Por lo que, quejándose un día de ello y llegando un compañero suyo que tenía por nombre Nello, pintor, deliberaron los tres juntos encontrar la manera de untarse el hocico a costa de Calandrino; y sin tardanza, habiendo decidido entre ellos lo que tenían que hacer, a la mañana siguiente, apostado para ver cuándo salía de casa Calandrino, y no habiendo andado éste casi nada, le salió al encuentro Nello y dijo:
—Buenos días, Calandrino.
Calandrino le contestó que Dios le diese buenos días y buen año. Después de lo cual Nello, parándose un poco, comenzó a mirarle a la cara; a quien Calandrino dijo:
—¿Qué miras?
Y Nello le dijo:
—¿No te ha pasado nada esta noche? No me pareces el mismo.
Calandrino, incontinenti comenzó a sentir temor y dijo:
—¡Ay!, ¿qué te parece que tengo?
Dijo Nello:
—¡Ah!, no lo digo por eso; pero me pareces muy transformado; será otra cosa —y le dejó ir. Calandrino, todo asustado, pero no sintiendo nada, siguió andando. Pero Buffalmacco, que no estaba lejos, viéndolo ya alejarse de Nello, le salió al encuentro y, saludándole, le preguntó que si le dolía algo. Calandrino repuso:
—No sé, hace un momento me decía Nello que parecía todo transformado; ¿podría ser que me pasase algo?
Dijo Buffalmacco:
—Si, nada podría pasarte, no algo: pareces medio muerto.
A Calandrino ya le parecía tener calentura; y he aquí que Bruno aparece, y antes de decir nada dijo:
—Calandrino, ¿qué cara es ésa? Pareces un muerto; ¿qué te pasa?
Calandrino, al oír a todos éstos hablar así, por ciertísimo tuvo que estaba enfermo, y todo espantado le preguntó:
—¿Qué hago?
Dijo Bruno:
—A mí me parece que te vuelvas a casa y te metas en la cama y que te tapen bien, y que le mandes una muestra al maestro Simón, que es tan íntimo nuestro como sabes. Él te dirá incontinenti lo que tienes que hacer, y nosotros vendremos a verte; y si algo necesitas lo haremos nosotros.
Y uniéndoseles Nello, con Calandrino se volvieron a su casa; y él, entrando todo fatigado en la alcoba, dijo a la mujer:
—Ven y tápame bien, que me siento muy mal.
Y habiéndose acostado, mandó una muestra al maestro Simón por una criadita, el cual entonces estaba en la botica del Mercado Viejo que tiene la enseña del melón. Y Bruno dijo a sus compañeros:
—Vosotros quedaos aquí con él, yo quiero ira saber qué dice el médico, y si es necesario a traerlo.
Calandrino entonces dijo:
—¡Ah, si, amigo mío, vete y ven a decirme cómo está la cosa, que yo no sé qué siento aquí dentro!
Bruno, yendo a buscar al maestro Simón, allí llegó antes de la criadita que llevaba la muestra, e informó del caso al maestro Simón; por lo que, llegada la criadita y habiendo visto el maestro la muestra, dijo a la criadita:
—Ve y dile a Calandrino que no coja frío e iré en seguida a verle y le diré lo que tiene y lo que tiene que hacer.
La criadita así se lo dijo; y no había pasado mucho tiempo cuando el médico y Bruno vinieron, y sentándose al lado del médico, comenzó a tomarle el pulso, y, luego de un poco, estando allí presente su mujer, dijo:
—Mira, Calandrino, hablándote como a amigo, no tienes otro mal sino que estás preñado.
Cuando Calandrino oyó esto, dolorosamente comenzó a gritar y a decir:
—¡Ay! Tessa, esto es culpa tuya, que no quieres sino subirte encima; ¡ya te lo decía yo!
La mujer, que muy honesta persona era, oyendo decir tal cosa al marido, toda enrojeció de vergüenza, y bajando la frente sin responder palabra salió de la alcoba. Calandrino, continuando con su quejumbre, decía:
—¡Ay, desdichado de mí, ¿qué haré?, ¿cómo pariré este hijo? ¿Por dónde saldrá? Bien me veo muerto por la lujuria de esta mujer mía, que tan desdichada la haga Dios como yo quiero ser feliz; pero si estuviese sano como no lo estoy, me levantaría y le daría tantos golpes que la haría pedazos, aunque muy bien me está, que nunca debía haberla dejado subirse encima; pero por cierto que si salgo de ésta antes se podrá morir de las ganas.
Bruno y Buffalmacco y Nello tenían tantas ganas de reír que estallaban al oír las palabras de Calandrino, pero se aguantaban; pero el maestro Simón se reía tan descuajaringadamente que se le podrían haber sacado todos los dientes. Pero, por fin, poniéndose Calandrino en manos del médico y rogándole que en esto le diese consejo y ayuda, le dijo el maestro:
—Calandrino, no quiero que te aterrorices, que, alabado sea Dios, nos hemos dado cuenta del caso tan pronto que con poco trabajo y en pocos días te curaré; pero hay que gastar un poco.
Dijo Calandrino:
—¡Ay!, maestro mío, sí, por amor de Dios; tengo aquí cerca de doscientas liras con las que quería comprar una buena posesión: si se necesitan todas, cogédlas todas, con tal de que no tenga que parir, que no sé qué iba a ser de mí, que oigo a las mujeres armar tanto alboroto cuando están pariendo, aunque tengan un tal bien grande para hacerlo, que creo que si yo sintiera ese dolor me moriría antes de parir.
Dijo el médico:
—No pienses en eso: te haré hacer cierta bebida destilada muy buena y muy agradable de beber que, en tres mañanas, resolverá todas las cosas y te quedarás más fresco que un pez; pero luego tendrás que ser prudente y no te obstines en estas necedades más. Ahora se necesitan para esa agua tres pares de buenos y gordos capones, y para otras cosas que hacen falta le darás a uno de éstos cinco liras de calderilla para que las compre, y harás que todo me lo lleven a la botica; y yo, en nombre de Dios, mañana te mandaré ese brebaje destilado, y comenzarás a beberlo un vaso grande de cada vez.
Calandrino, oído esto, dijo:
—Maestro mío, lo que digáis.
Y dando cinco liras a Bruno y dineros para tres pares de capones le rogó que en su servicio se tomase el trabajo de estas cosas. El médico, yéndose, le hizo hacer un poco de jarabe y se lo mandó. Bruno, comprados los capones y otras cosas necesarias para pasarlo bien, junto con el médico y con sus compañeros se los comió. Calandrino bebió jarabe tres mañanas; y el médico vino a verle y sus compañeros y, tomándole el pulso, le dijo:
—Calandrino, estás curado sin duda, así que con tranquilidad vete ya a tus asuntos, y no es cosa de quedarte más en casa.
Calandrino, contento, se levantó y se fue a sus asuntos, alabando mucho, dondequiera que se paraba a hablar con una persona, la buena cura que le había hecho el maestro Simón, haciéndole abortar en tres días sin ningún dolor; y Bruno y Buffalmacco y Nello se quedaron contentos por haber sabido, con ingenio, burlar la avaricia de Calandrino, aunque doña Tessa, apercibiéndose, mucho con su marido rezongase.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 4 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 12 Jun 2020, 02:47

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NOVELA CUARTA

Cecco de micer Fortarrigo se juega en Bonconvento todas sus cosas y los dineros de Cecco de micer Angiulieri, y corriendo detrás de él en camisa y diciendo que le había robado, hace que los villanos lo cojan; y se viste sus ropas y monta en el palafrén y, viniéndose, lo deja a él en camisa.

Con grandísimas risas de toda la compañía habían sido escuchadas las palabras dichas por Calandrino a su mujer; pero callándose ya Filostrato, Neifile, cuando la reina quiso, comenzó:
Valerosas señoras, si no fuese más difícil a los hombres mostrar a los demás su buen juicio y su virtud, de lo que lo es la necedad y el vicio, en vano se fatigarían mucho en poner freno a sus palabras; y esto lo ha manifestado suficientemente la necedad de Calandrino, que ninguna necesidad tenía, para curarse del mal que su simpleza le hacía creer que tenía, de mostrar en público los secretos gustos de su mujer. La cual cosa, me ha traído a la memoria otra contraria a ella, esto es: cómo la malicia de uno superó el entendimiento de otro, con grave daño y burla del sobrepasado; lo que me place contaros.
Había, no han pasado muchos años, en Siena, dos hombres ya de edad madura, llamados los dos Cecco, pero uno de micer Angiuleri y el otro de micer Fortarrigo, los cuales, aunque en muchas otras cosas no concordaban sus costumbres, en una —esto es, en que ambos odiaban a sus padres— tanto concordaban que se habían hecho amigos y muchas veces estaban juntos. Pero pareciéndole al Angiulieri, que apuesto y cortés hombre era, mal estar en Siena con la asignación que le era dada por su padre, enterándose de que en la Marca de Ancona había venido como legado del papa un cardenal que era mucho su protector, se dispuso a irse a donde él, creyendo mejorar su condición y haciéndole saber esto al padre, arregló con él que le diese en un momento lo que le debía dar en seis meses para que se pudiera vestir y equipar de cabalgadura e ir honorablemente. Y buscando a alguien a quien pudiese llevar consigo a su servicio, llegó esto a oídos del Fortarrigo, el cual inmediatamente fue al Angiulieri y comenzó como mejor pudo a rogarle que lo llevase consigo, y que él quería ser su criado y servidor y cualquier cosa, y sin ningún salario más que los gastos. Al cual respondió Angiulieri que no lo quería llevar, no porque no supiese que era capaz de todo servicio sino porque jugaba, y además de eso se embriagaba alguna vez; a lo que Fortarrigo respondió que de lo uno y lo otro se enmendaría sin duda, y con muchos juramentos se lo afirmó, añadiendo tantos ruegos que Angiulieri, como vencido, dijo que estaba contento. Y puestos en camino una mañana ambos, se fueron a almorzar a Bonconvento, donde habiendo Angiulieri almorzado y haciendo mucho calor, haciéndose preparar una cama en la posada y desnudándose, ayudado por Fortarrigo, se durmió, y le dijo que al sonar nona le llamase. Fortarrigo, mientras dormía Angiulieri, se bajó a la taberna, y allí, habiendo bebido un tanto, comenzó a jugar con algunos, los cuales en poco tiempo habiéndole ganado algunos dineros que tenía, semejantemente cuanta ropa tenía encima le ganaron, con lo que él, deseoso de resarcirse, en camisa como estaba, subió a donde dormía Angiulieri y, viéndolo dormir profundamente, le quitó de la bolsa cuantos dineros tenía, y volviendo al juego los perdió igual que los otros. Angiulieri, despertándose, se levantó y se vistió, y llamó a Fortarrigo, y no encontrándolo, pensó Angiulieri que en algún lugar se habría dormido borracho, como otras veces había acostumbrado a hacer; por lo que, decidiéndose a dejarlo, haciendo ensillar su palafrén y cargando en él la valija, pensando en encontrar otro servidor en Corsignano, queriendo, para irse, pagar al posadero, no encontró ni un dinero; por lo que el alboroto fue grande y toda la casa del posadero se revolvió, diciendo Angiulieri que le habían robado allí dentro y amenazando a todos con hacerlos ir presos a Siena. Y he aquí que llega Fortarrigo, que para quitarle las ropas como había hecho antes con el dinero venía; y viendo a Angiulieri en disposición de cabalgar, dijo:
—¿Qué es esto, Angiulleri? ¿Tenemos que irnos ya? ¡Ah!, esperad un poco: debe llegar de un momento a otro uno que ha tomado en prenda mi jubón por treinta y ocho sueldos; estoy cierto de que nos lo devolverá por treinta y cinco pagándolo en el momento.
Y mientras estaba hablando todavía, llegó uno que aseguró a Angiulieri que Fortarrigo había sido quien le había quitado sus dineros mostrándole la cantidad de ellos que había perdido. Por la cual cosa, Angiulieri, enojadísimo, dijo a Fortarrigo un gran insulto, y si más al prójimo que a Dios no hubiese temido, habría llegado a las obras; y amenazándolo con hacerlo colgar o hacer pregonar su cabeza en Siena montó a caballo. Fortarrigo, como si Angiulieri dijese estas cosas a otros y no a él, decía:
—¡Bah!, Angiulieri, haya paz, dejemos ahora estas palabras que no importan un rábano, ocupémonos de esto: nos lo devolverán por treinta y cinco sueldos si lo recogemos ahora, que, si esperamos de aquí a mañana, no querrán menos de treinta y ocho, a como me lo prestó; y me hace este favor porque me fié de él, ¿por qué no ganamos tres sueldos?
Angiulieri, oyéndolo hablar así, se desesperaba, y máximamente viéndose mirar por los que estaban alrededor, que parecía que creían, no que Fontarrigo hubiera jugado el dinero de Angiulieri, sino que aún tenía del suyo y le decía:
—¿Qué me importa tu jubón, así te cuelguen, que no solamente me has robado y jugado lo mío, sino que además has impedido mi partida, y aún te burlas de mi?
Fortarrigo, sin embargo, estaba impasible como si no le hablase a él y decía:
—¡Ah!, ¿por qué no puedes dejarme ganar tres sueldos?, ¿no crees que te los puedo prestar? ¡Ah!, hazlo si algo te importo; ¿por qué tienes tanta prisa? Todavía llegaremos esta noche temprano a Torrenieri. Busca tu bolsa sabe que podría recorrer toda Siena y no encontraría uno que me estuviera tan bien como éste; ¡y decir que se lo he dejado a aquél por treinta y ocho sueldos! Todavía vale cuarenta y más, así que me perjudicarías de dos maneras.
Angiuleri, aquejado por grandísimo dolor, viéndose robar por éste y ahora ser detenido por su palabreo, sin responderle más, volviendo la cabeza de palafrén, tomó el camino hacia Torrenieri. Alcual, Fortarrigo, poseído de una maliciosa idea, así en camisa comenzó a trotar tras él, y habiendo andado ya sus dos millas rogando por el jubón, yendo Angiulieri deprisa para quitarse aquella lata de los oídos, vio Fortarrigo unos labradores en un campo vecino al camino delante de Angiulieri; a los que Fortarrigo, gritando fuerte comenzó a decir:
—¡Cogédlo, cogédlo!
Por lo que éstos, uno con azada y otro con azadón, parándose en el camino delante de Angiulieri, creyendo que hubiera robado a aquel que venía tras él en camisa gritando, le retuvieron y lo apresaron; al cual, decirles quién era él y cómo había ido el asunto, de poco le servía. Pero Fortarrigo, llegan do allí, con mal gesto dijo:
—¡No sé cómo no te mato, ladrón traidor que te escapas con lo mío!
Y volviéndose a los villanos, dijo:
—Ved, señores, cómo me había, partiendo escondidamente, dejado en la posada, después de haber perdido en el juego todas sus cosas. Bien puedo decir que por Dios y por vosotros he recuperado todo esto, por lo que siempre os estaré agradecido.
Angiulieri por su parte decía lo mismo, pero sus palabras no eran oídas. Fortarrigo, con la ayuda de los villanos, lo hizo bajar del palafrén y, despojándole de sus ropas, se vistió con ellas, y montado a caballo, dejando a Angiulieri en camisa y descalzo, se volvió a Siena, diciendo por todas partes que el palafrén y las ropas le había ganado a Angiulieri. Angiulieri, que rico creía ir al cardenal en la Marca, pobre y en camisa se volvió a Bonconvento, y por vergüenza no se atrevió a volver a Siena en mucho tiempo; sino que, habiéndole prestado unas ropas, sobre el rocín que montaba Fortarrigo se fue con sus parientes de Corsignano, con los cuales se quedó hasta que por su padre fue otra vez socorrido. Y de este modo la malicia de Fortarrigo confundió el buen propósito de Angiulieri, aunque no fuese por él dejada sin castigo en su tiempo y su lugar.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 4 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 13 Jun 2020, 04:48

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NOVELA QUINTA

Calandrino se enamora de una joven y Bruno le hace un breve, con el cual, al tocarla, se va con él; y siendo encontrado por su mujer, tienen una gravísima y enojosa disputa.

Terminada la no larga historia de Neifile, sin que demasiado se riese de ella o hablase la compañía, la reina, vuelta hacia Fiameta, que ella siguiese le ordenó; la cual, muy alegre, repuso que de buen grado, y comenzó:
Nobilísimas señoras, como creo que sabéis, nada hay de lo que se hable tanto que no guste más cada vez si el momento y el lugar que tal cosa pide sabe ser elegido debidamente por quien quiere hablar de ello. Y por ello, si miro a aquello por lo que estamos aquí (que para divertirnos y entretenernos y no para otra cosa estamos) estimo que todo lo que pueda proporcionar diversión y entretenimiento tiene aquí su momento y lugar oportuno; y aunque mil veces se hablase de ello, no debe sino deleitar otro tanto al hablar de ello. Por la cual cosa, aunque muchas veces se haya hablado entre nosotros de las aventuras de Calandrino, mirando (como hace poco dijo Filostrato) que todas son divertidas, osaré contar sobre ellas una historia además de las contadas: la cual, si de la verdad de los hechos hubiese querido o quisiese apartarme, bien habría sabido bajo otros nombres componerla y contarla; pero como el apartarse de la verdad de las cosas sucedidas al novelar es disminuir mucho deleite en los oyentes, en la forma verdadera, ayudada por lo ya hablado, os la contaré.
Niccolo Cornacchini fue un conciudadano nuestro y un hombre rico; y entre sus otras posesiones tuvo una hermosa en Camerata, en la que hizo construir una honorable y rica casona, y con Bruno y con Buffalmacco concertó que se la pintaran toda; los cuales, como el trabajo era mucho, llevaron consigo a Nello y Calandrino y comenzaron a trabajar. Donde, aunque alguna alcoba amueblada con una cama y otras cosas oportunas hubiese y una criada vieja viviese también como guardiana del lugar, porque otra familia no había, acostumbraba un hijo del dicho Niccolo, que tenía por nombre Filippo, como joven y sin mujer, a llevar alguna vez a alguna mujer que le gustase y tenerla allí un día o dos y luego despedirla.
Ahora bien, entre las demás veces sucedió que llevó a una que tenía por nombre Niccolosa, a quien un rufián, que era llamado el Tragón, teniéndola a su disposición en una casa de Camaldoli, la daba en alquiler. Tenía ésta hermosa figura y estaba bien vestida y, en relación con sus semejantes, era de buenas maneras y hablaba bien; y habiendo un día a mediodía salido de la alcoba con unas enaguas de fustán blanco y con los cabellos revueltos, y estando lavándose las manos y la cara en un pozo que había en el patio de la casona, sucedió que Calandrino vino allí a por agua y familiarmente la saludó. Ella, respondiéndole, comenzó a mirarle, más porque Calandrino le parecía un hombre raro que por otra coquetería. Calandrino comenzó a mirarla a ella, y pareciéndole hermosa, comenzó a encontrar excusas y no volvía a sus compañeros con el agua: pero no conociéndola no se atrevía a decirle nada. Ella, que se había apercibido de que la miraba, para tomarle el pelo alguna vez lo miraba, arrojando algún suspirillo; por la cual cosa Calandrino súbitamente se encalabrinó con ella, y no se había ido del patio cuando ella fue llamada a la alcoba de Filippo.
Calandrino, volviendo a trabajar, no hacía sino resoplar, por lo que Bruno, dándose cuenta, porque mucho le observaba las manos, como quien gran diversión sentía en sus actos, dijo:
—¿Qué diablo tienes, compadre Calandrino? No haces más que resoplar.
Al que Calandrino dijo:
—Compadre, si tuviera quien me ayudase, estaría bien.
—¿Cómo? —dijo Bruno.
A quien Calandrino dijo:
—No hay que decírselo a nadie: hay una joven aquí abajo que es más hermosa que una hechicera, la cual se ha enamorado tanto de mí que te parecería cosa extraordinaria: me he dado cuenta ahora mismo, cuando he ido a por agua.
—¡Ay! —dijo Bruno—, cuidado que no sea la mujer de Filippo.
Dijo Calandrino:
—Creo que sí, porque él la llamó y ella se fue a su alcoba; ¿pero qué significa esto? A Cristo se la pegaría yo por tales cosas, no a Filippo. Te voy a decir la verdad, compadre: me gusta tanto que no podría decirlo.
Dijo entonces Bruno:
—Compadre, te voy a explicar quién es; y si es la mujer de Filippo, arreglaré tu asunto en dos palabras porque la conozco mucho. ¿Pero cómo haremos para que no lo sepa Buffalmacco? No puedo hablarle nunca si no está él conmigo.
Dijo Calandrino:
—Buffalmacco no me preocupa, pero ten cuidado con Nello, que es pariente de Tessa y echaría todo a perder.
Dijo Bruno:
—Dices bien.
Pues Bruno sabía quién era ella, como quien la había visto llegar, y también Filippo se lo había dicho; por lo que, habiéndose ido Calandrino un poco del trabajo e ido a verla, Bruno contó todo a Nello y a Buffalmacco, y juntos ocultamente arreglaron lo que iban a hacer con este enamoramiento suyo.
Y al volver, le dijo Bruno en voz baja:
—¿La has visto?
Repuso Calandrino:
—¡Ay, sí, me ha matado!
Dijo Bruno:
—Quiero ir a ver si es la que yo creo; y si es, déjame hacer a mí. Bajando, pues, Bruno y encontrando a Filippo y a ella, ordenadamente les contó quién era Calandrino y lo que les había dicho, y con ellos arregló lo que cada uno tenía que decir y hacer para divertirse y entretenerse con el enamoramiento de Calandrino; y volviéndose a Calandrino dijo:
—Sí es ella: y por ello esto hay que hacerlo muy sabiamente, porque si Filippo se diese cuenta, toda el agua del Arno no te lavaría. Pero, ¿qué quieres que le diga de tu parte si sucede que pueda hablarle?
Repuso Calandrino:
—¡Rediez! Le dirás antes que antes que la quiero mil fanegas de ese buen bien de impregnar, y luego que soy su servicial y que si quiere algo, ¿me has entendido bien?
Dijo Bruno:
—Sí, déjame a mí.
Llegada la hora de la cena y éstos, habiendo dejado el trabajo y bajado al patio, estando allí Filippo y Niccolosa, un rato en servicio de Calandrino se quedaron allí, y Calandrino comenzó a mirar a Niccolosa y a hacer los más extraños gestos del mundo, tales y tantos que se habría dado cuenta un ciego. Ella, por otra parte, hacía todo cuanto podía con lo que creía inflamarlo bien y según los consejos recibidos de Bruno, divirtiéndose lo más del mundo con los modos de Calandrino. Filippo, con Buffalmacco y con los otros hacía semblante de conversar y de no apercibirse de este asunto.
Pero después de un rato, sin embargo, con grandísimo fastidio de Calandrino se fueron; y viniendo hacia Florencia dijo Bruno a Calandrino:
—Bien te digo que la haces derretirse como hielo al sol: por el cuerpo de Cristo, si te traes el rabel y le cantas un poco esas canciones tuyas de amores, la harás tirarse de la ventana para venir contigo.
Dijo Calandrino:
—¿Te parece, compadre?, ¿te parece que lo traiga?
—Sí —repuso Bruno.
A quien repuso Calandrino:
—No me lo creías hoy cuando te lo decía: por cierto, compadre, me doy cuenta de que sé mejor que otros hacer lo que quiero. ¿Quién hubiera sabido, sino yo, enamorar tan pronto a una mujer tal que ésta? A buena hora iban a saberlo hacer estos jóvenes de trompa marina que todo el día lo pasan yendo de arriba abajo y en mil años no sabrían reunir un puñado de cuescos. Ahora querría que me vieses un poco con el rabel: ¡verás que buena pasada! Y entiende bien que no soy tan viejo como te parezco: ella sí se ha dado cuenta, ella; pero de otra manera se lo haré notar si le pongo las garras encima, por el verdadero cuerpo de Cristo, que le haré tal pasada que se me vendrá detrás como la tonta tras el hijo.
—¡Oh! —dijo Bruno—, te la hocicarás: y me parece verte morderla con esos dientes tuyos como clavijas esa boca suya rojezuela y esas mejillas que parecen dos rosas, y luego comértela toda entera.
Calandrino, al oír estas palabras, le parecía estar poniéndolas en obra, y andaba cantando y saltando tan alegre que no cabía en su pellejo. Pero al día siguiente, trayendo el rabel, con gran deleite de toda la compañía cantó con él muchas canciones; y en resumen en tal desgana de hacer nada entró con tanto mirar a aquélla, que no trabajaba nada sino que mil veces al día, ora a la ventana, ora a la puerta y ora al patio corría para verla, y ella, según los consejos que Bruno le había dado, muy bien le daba ocasiones. Bruno, por otra parte, se ocupaba de sus embajadas y de parte de ella a veces se las hacía: cuando ella no estaba allí, que era la mayor parte del tiempo, le hacía llegar cartas de ella en las cuales le daba grandes esperanzas a sus deseos, mostrando que estaba en casa de sus parientes, donde él entonces no podía verla. Y de esta guisa, Bruno y Buffalmacco, que andaban en el asunto, sacaban de los hechos de Calandrino la mayor diversión del mundo, haciéndose dar a veces, como pedido por su señora, cuándo un peine de marfil y cuándo una bolsa y cuándo una navajilla y tales chucherías, dándole a cambio algunas sortijitas falsas sin valor con las que Calandrino hacía fiestas maravillosas; y además de esto le sacaban buenas meriendas y otras invitaciones, por estar ocupados de sus asuntos.
Ahora, habiéndole entretenido unos dos meses de esta forma sin haber hecho más, viendo Calandrino que el trabajo se venía acabando y pensando que, si no llevaba a efecto su amor antes de que estuviese terminado el trabajo, nunca más iba a poder conseguirlo, comenzó a importunar mucho y a solicitar a Bruno; por la cual cosa, habiendo venido la joven, habiendo Bruno primero con Filippo y con ella arreglado lo que había que hacer, dijo a Calandrino:
—Mira, compadre, esta mujer me ha prometido más de mil veces hacer lo que tú quieras y luego no hace nada, y me parece que te está tomando el pelo; y por ello, como no hace lo que promete, vamos a hacérselo hacer, lo quiera o no, si tú quieres.
Repuso Calandrino:
—¡Ah!, sí, por amor de Dios, hagámoslo pronto.
Dijo Bruno:
—¿Tendrás valor para tocarla con un breve que te dé yo?
Dijo Calandrino:
—Claro que sí.—
Pues —dijo Bruno— búscame un trozo de pergamino nonato y un murciélago vivo y tres granitos de incienso y una vela bendita, y déjame hacer.
Calandrino pasó toda la noche siguiente cazando a un murciélago con sus trampas y al final lo cogió y con las otras cosas y se lo llevó a Bruno; el cual, retirándose a una alcoba, escribió sobre aquel pergamino ciertas sandeces con algunas cataratas y se lo llevó y dijo:
—Calandrino, entérate de que si la tocas con este escrito, vendrá incontinenti detrás de ti y hará lo que quieras. Pero, si Filippo va hoy a algún lugar, acércate de cualquier manera y tócala y vete al pajar que está aquí al lado, que es el mejor lugar que haya, porque no va nunca nadie, verás que ella viene allí, cuando esté allí bien sabes lo que tienes que hacer.
Calandrino se sintió el hombre más feliz del mundo y tomando el escrito dijo:
—Compadre, déjame a mí.
Nello, de quien Calandrino se ocultaba, se divertía con este asunto tanto como los otros y junto con ellos intervenía en la burla; y por ello, tal como Bruno le había ordenado, se fue a Florencia a la mujer de Calandrino y le dijo:
—Tessa, sabes cuántos golpes te dio Calandrino sin razón el día que volvió con las piedras del Muñone, y por ello quiero que te vengues: y si no lo haces, no me tengas más por pariente ni por amigo. Se ha enamorado de una mujer de allá arriba, y es tan zorra que anda encerrándose con él muchas veces, y hace poco se dieron cita para estar juntos enseguida; y por eso quiero que te vengues y lo vigiles y lo castigues bien.
Al oír la mujer esto, no le pareció ninguna broma, sino que poniéndose en pie comenzó a decir:
—Ay, ladrón público, ¿eso me haces? Por la cruz de Cristo, no se quedará así que no me las pagues.
Y cogiendo su toquilla y una muchachita de compañera, enseguida, más corriendo que andando, con Nello se fue hacia allá arriba; a la cual, al verla venir Bruno de lejos, dijo a Filippo:
—Aquí está nuestro amigo.
Por la cual cosa, Filippo, yendo donde Calandrino y los otros trabajando, dijo:
—Maestros, tengo que ir a Florencia ahora mismo: trabajad con ganas.
Y yéndose, se fue a esconder en una parte donde podía, sin ser visto, ver lo que hacía Calandrino.
Calandrino, cuando creyó que Filippo estaba algo lejos, bajó al patio donde encontró sola a Niccolosa; y entrando con ella en conversación, y ella, que sabía bien lo que tenía que hacer, acercándosele, un poco de mayor familiaridad que la que mostrado le había le mostró, con lo que Calandrino la tocó con el escrito. Y cuando la hubo tocado, sin decir nada, volvió los pasos al pajar, a donde Niccolosa le siguió; y, entrando dentro, cerrada la puerta abrazó a Calandrino y sobre la paja que estaba en el suelo lo arrojó, y saltándole encima, a horcajadas y poniéndole las manos sobre loshombros, sin dejarle que le acercase la cara, como con gran deseo lo miraba diciendo:
—Oh, dulce Calandrino mío, alma mía, bien mío, descanso mío, ¡cuánto tiempo he deseado tenerte y poder tenerte a mi voluntad! Con tu amabilidad me has robado el cordón de la camisa, me has encadenado el corazón con tu rabel: ¿puede ser cierto que te tenga?
Calandrino, pudiéndose mover apenas, decía:
—¡Ah!, dulce alma mía, déjame besarte.
Niccolosa decía:
—¡Qué prisa tienes! Déjame primero verte a mi gusto: ¡déjame saciar los ojos con este dulce rostro tuyo!
Bruno y Buffalmacco se habían ido donde Filippo y los tres veían y oían esto; y yendo ya Calandrino a besar a Niccolosa, he aquí que llegan Nello con doña Tessa; el cual, al llegar, dijo:
—Voto a Dios que están juntos —y llegados a la puerta del pajar, la mujer, que estallaba de rabia, empujándole con las manos le hizo irse, y entrando dentro vio a Niccolosa encima de Calandrino; la cual, al ver a la mujer, súbitamente levantándose, huyó y se fue donde estaba Filippo.
Doña Tessa corrió con las uñas a la cara de Calandrino que todavía no estaba levantado, y se la arañó toda; y cogiéndolo por el pelo y tirándolo de acá para allá comenzó a decir:
—Sucio perro deshonrado, ¿así que esto me haces? Viejo tonto, que maldito sea el día en que te he querido: ¿así que no te parece que tienes bastante que hacer en tu casa que te vas enamorando por las ajenas? ¡Vaya un buen enamorado! ¿No te conoces, desdichado?, ¿no te conoces, malnacido?, que escurriéndote todo no saldría jugo para una salsa. Por Dios que no era Tessa quien te preñaba, ¡que Dios la confunda a ésa sea quien sea, que debe ser triste cosa tener gusto por una joya tan buena como eres tú.
Calandrino, al ver venir a su mujer, se quedó que ni muerto ni vivo y no se atrevió a defenderse contra ella de ninguna manera: sino que así arañado y todo pelado y desgreñado, recogiendo la capa y levantándose, comenzó humildemente a pedir a su mujer que no gritase si no quería que le cortasen en pedazos porque aquella que estaba con él era mujer del de la casa.
La mujer dijo:
—¡Pues que Dios le dé mala ventura!
Bruno y Buffalmacco, que con Filippo y Niccolosa se habían reído de este asunto a su gusto, como si acudiesen al alboroto, aquí llegaron; y luego de muchas historias, tranquilizada la mujer, dieron a Calandrino el consejo de que se fuese a Florencia y no volviera por allí, para que Filippo, si algo oyera de esto, no le hiciese daño. Así pues, Calandrino, triste y afligido, todo pelado y todo arañado volviéndose a Florencia, más allá arriba no se atrevió a volver, molestado día y noche por las reprimendas de su mujer, y a su ardiente amor puso fin, habiendo hecho reír mucho a sus amigos y a Niccolosa y a Filippo.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 14 Jun 2020, 06:34

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NOVELA SEXTA

Dos jóvenes se albergan en la casa de uno con cuya hija uno va acostarse, y su mujer, sin advertirlo, se acuesta con el otro; el que estaba con la hija se acuesta con su padre y le cuenta todo, creyendo hablar con su compañero; hacen mucho alboroto, la mujer, apercibiéndose, se mete en la cama de la hija y, consiguientemente, con algunas palabras pacifica a todos.

Calandrino, que otras veces había hecho reír a la compañía, lo mismo lo hizo esta vez: y después de que las damas dejaran de hablar de sus cosas, la reina ordenó a Pánfilo que hablase, el cual dijo:
Loables señoras, el nombre de la Niccolosa amada por Calandrino me ha traído a la memoria una historia de otra Niccolosa, la cual me place contaros porque en ella veréis cómo una súbita inspiración de una buena mujer evitó un gran escándalo.
En la llanura del Muñone hubo, no ha mucho tiempo, un hombre bueno que a los viandantes daba, por dinero, de comer y beber; y aunque era una persona pobre y tenía una casa pequeña, alguna vez, en caso de gran necesidad, no a todas las personas sino a algún conocido albergaba; ahora bien, tenía éste una mujer que era asaz hermosa hembra, de la cual tenía dos hijos: y el uno era una jovencita hermosa y agradable, de edad de quince o de dieciséis años, que todavía no tenía marido; el otro era un niño pequeñito que todavía no tenía un año, al que la misma madre amamantaba. A la joven le había echado los ojos encima un jovenzuelo apuesto y placentero y hombre noble de nuestra ciudad, el cual mucho andaba por el barrio y fogosamente la amaba; y ella, que de ser amada por un joven tal como aquel mucho se gloriaba, mientras en retenerlo en su amor con placenteros gestos se esforzaba, de él igualmente se enamoró; y muchas veces con gusto de cada una de las partes hubiera tenido efecto aquel amor si Pinuccio, que así se llamaba el joven, no hubiera sentido disgusto en causar la deshonra de la joven y de él.  
Pero de día en día multiplicándose su ardor, le vino el deseo a Pinuccio de reunirse con ella, y le vino al pensamiento encontrar el modo de albergarse en casa de su padre, pensando, como quien la disposición de la casa de la joven sabía, que si aquello hiciera, podría ocurrir que estuviese con ella sin que nadie se apercibiese; y en cuanto le vino al ánimo, sin dilación lo puso en obra. Él, junto con un fiel amigo llamado Adriano, que este amor conocía, cogiendo un día al caer la noche dos rocines de alquiler y poniéndoles encima dos valijas, tal vez llenas de paja, salieron de Florencia, y dando una vuelta, cabalgando, a la llanura del Muñone llegaron siendo ya de noche; y entonces, como si volviesen de Romaña, dándose la vuelta, hacia las casas se vinieron y a la del buen hombre llamaron; el cual, como quien muy bien conocía a los dos, abrió la puerta prontamente. Al que Pinuccio dijo:
—Mira, tienes que darnos albergue esta noche: pensábamos poder entrar en Florencia, y no hemos podido apurarnos tanto que a tal hora como es hayamos llegado.
A quien el posadero repuso:
—Pinuccio, bien sabes qué comodidad tengo para albergar a hombres tales como sois vosotros; pero como esta hora os ha alcanzado aquí y no hay tiempo para que podáis ir a otro sitio, os daré albergue de buena gana como pueda.
Echando pie a tierra, pues, los dos jóvenes, y entrando en el albergue, primeramente acomodaron sus rocines y luego, habiendo ellos llevado la cena consigo, cenaron con el huésped. Ahora no tenía el huésped sino una alcobita muy pequeña en la cual había tres camitas puestas como mejor el huésped había sabido; y no había, con todo ello, quedado más espacio (estando dos a uno de los lados de la alcoba y la tercera contra el otro) que se pudiese hacer allí nada sino moverse muy estrechamente. De estas tres camas, hizo el hombre preparar para los dos compañeros la menos mala, y los hizo acostar; luego, después de algún tanto, no durmiendo ninguno de ellos aunque fingiesen dormir, hizo el huésped acostarse a su hija en una de las dos que quedaban y en la otra se metió él y su mujer, la cual, junto a la cama donde dormía puso la cuna en la que tenía a su hijo pequeñito. Y estando las cosas de esta guisa dispuestas, y habiendo Pinuccio visto todo, después de algún tiempo, pareciéndole que todos estaban dormidos, levantándose sin ruido, se fue a la camita donde la joven amada por él estaba echada, y se le echó al lado; por la cual, aunque medrosamente lo hiciese, fue alegremente acogido, y con ella, tomando el placer que más había deseado, se estuvo. Y estando así Pinuccio con la joven, sucedió que un gato hizo caer ciertas cosas, que la mujer, despertándose, oyó; por lo que levantándose, temiendo que fuese otra cosa, así en la oscuridad como estaba, se fue allí adonde había oído el ruido. Adriano, que en aquello no tenía el ánimo, por acaso por alguna necesidad natural se levantó y yendo a satisfacerla se tropezó con la cuna puesta por la mujer, y no pudiendo sin levantarla pasar delante, cogiéndola, la levantó del lugar donde estaba y la puso junto al lado de la cama donde él dormía; y cumplido aquello por lo que se había levantado, volviéndose, sin preocuparse de la cuna, en la cama se metió. La mujer, habiendo buscado y encontrado que aquello que había caído al suelo no era la tal cosa, no se preocupó de encender ninguna luz para verlo mejor sino que, habiendo gritado al gato, a la alcobita se volvió, y a tientas se fue derechamente a la cama donde dormía su marido; pero no encontrando allí la cuna, se dijo:
—¡Ay, desdichada de mí! Mira lo que hacía: a fe que me iba derechamente a la cama de mis huéspedes.
Y yendo un poco más allá y encontrando la cuna, en la cama junto a la cual estaba, junto a Adriano se acostó creyendo acostarse con su marido. Adriano, que todavía no se había dormido, al sentir esto la recibió bien y alegremente; y sin decir palabra tensó la ballesta y la descargó de un solo golpe con gran placer de la mujer. Y estando así, temiendo Pinuccio que el sueño le sorprendiese con su joven, habiendo el placer logrado que deseaba, para volverse a dormir a su cama se levantó de su lado y, yendo a ella, encontrando la cuna, creyó que era aquélla la del huésped; por lo que, avanzando un poco más, se acostó con el huésped, que con la llegada de Pinuccio se despertó. Pinuccio, creyendo estar al lado de Adriano, dijo:
—¡Bien te digo que nunca hubo cosa tan dulce como Niccolosa! Por el cuerpo de Cristo, he tenido con ella el mayor placer que nunca un hombre tuvo con mujer; y te digo que he bajado seis veces a la villa desde que me fui de aquí.
El huésped, oyendo estas noticias y no gustándole demasiado, se dijo primero: «¿Qué diablos hace éste aquí?».
Después, más airado que prudente, dijo:
—Pinuccio, la tuya ha sido una villanía y no sé por qué tienes que hacerme esto; pero por el cuerpo de Cristo me la vas a pagar.
Pinuccio, que no era el joven más sabio del mundo, al darse cuenta de su error no corrió a enmendarlo como mejor hubiera podido sino que dijo:
—¿Qué te voy a pagar? ¿Qué podrías hacerme?
La mujer del huésped, que con su marido creía estar dijo a Adriano:
—¡Ay, mira a nuestros huéspedes que están riñendo por no sé qué!
Adriano, riendo, repuso:
—Déjalos en paz y que Dios los confunda: bebieron demasiado anoche.
La mujer, pareciéndole haber oído a su marido gritar y oyendo a Adriano, incontinenti conoció dónde había estado y con quién; por lo cual, como discreta, sin decir palabra, súbitamente se levantó, y cogiendo la cuna de su hijito, como ninguna luz se viese en la alcoba, por conjetura la llevó junto a la cama donde dormía su hija y con ella se acostó; y, como despertándose con el barullo del marido, le llamó y le preguntó qué riña se traía con Pinuccio. El marido respondió:
—¿No le oyes lo que dice que ha hecho esta noche con Niccolosa?
La mujer dijo:
—Miente con toda la boca, que con Niccolosa no se ha acostado; que yo me he acostado aquí en el momento en que no he podido dormir ya; y tú eres un animal por creerle. Bebéis tanto por la noche que luego soñáis y vais de acá para allá sin enteraros y os parece que hacéis algo grande; ¡gran lástima es que no os rompáis el cuello! ¿Pero qué hace ahí ese Pinuccio? ¿Por qué no se está en su cama?
Por otra parte, Adriano, viendo que la mujer discretamente su deshonra y la de su hija tapaba, dijo:
—Pinuccio, te lo he dicho cien veces que no vayas dando vueltas, que este vicio tuyo de levantarte dormido y contar las fábulas que sueñas te va a traer alguna vez una desgracia; ¡vuélvete aquí, así Dios te dé mala noche!
El huésped, oyendo lo que decía su mujer y lo que decía Adriano, comenzó a creer demasiado bien que Pinuccio estaba soñando; por lo que, cogiéndolo por los hombros, comenzó a menearlo y a llamarlo, diciendo:
—Pinuccio, despiértate; vuélvete a tu cama.
Pinuccio, habiendo oído lo que se había dicho, comenzó, a guisa de quien soñase, a entrar en otros desatinos; de lo que el huésped se reía con las mayores ganas del mundo. Al final, sintiendo que lo meneaban, hizo semblante de despertarse, y llamando a Adriano dijo:
—¿Es ya de día, que me llamas?
Adriano dijo:
—Sí, ven aquí.
Él, fingiendo y mostrándose muy somnoliento, por fin se levantó de junto a su huésped y se volvió a la cama con Adriano; y venido el día y levantándose el huésped, comenzó a reírse y a burlarse de él y de sus sueños. Y así, de una broma en otra, preparando los dos jóvenes sus rocines y poniendo sobre ellos sus valijas y habiendo bebido con el huésped, montando de nuevo a caballo se vinieron a Florencia, no menos contentos del modo en que la cosa había sucedido que de los efectos de la cosa. Y luego después, encontrando otros modos, Pinuccio se encontró con Niccolosa, la cual afirmaba a su madre que éste verdaderamente había soñado; por la cual cosa la mujer, acordándose de los abrazos de Adriano, a sí misma se decía que era la única en haber velado.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 15 Jun 2020, 10:30

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NOVELA SÉPTIMA

Talano de Imola sueña que un lobo desgarra toda la cara y la garganta de su mujer; le dice que tenga cuidado; ella no lo hace y le sucede así.

Habiendo terminado la historia de Pánfilo y sido la invención de la mujer alabada por todos, la reina a Pampínea dijo que contase la suya, la cual,entonces, comenzó:
Otra vez, amables señoras, sobre la verdad demostrada por los sueños, de los que muchos se burlan, se ha hablado entre nosotros; y sin embargo, aunque ya se haya dicho, no dejaré con una historieta muy breve de contaros lo que a una vecina mía, no hace aún mucho tiempo, sucedió por no creer en uno que sobre ella había tenido su marido.
No sé si vosotras conocisteis a Talano de Imola, hombre muy honrado. Éste, habiendo tomado por mujer a una joven llamada Margarita, más hermosa que todas las demás, pero, sobre toda otra cosa, tan caprichosa, desabrida y suspicaz que no quería hacer nada a gusto de nadie ni los demás podían hacerlo al suyo; lo que, aunque pesadísimo fuese de soportar a Talano, no pudiendo hacer otra cosa, se lo sufría. Ahora bien, sucedió una noche, estando Talano con esta Margarita suya en el campo, en una de sus posesiones, que estando él durmiendo le pareció ver a su mujer ir por un bosque muy hermoso que tenían no muy lejos de su casa; y mientras la veía andar así, le pareció que de una parte del bosque salía un grande y feroz lobo, el cual prestamente se le arrojaba a la garganta y la tiraba a tierra, y ella, pidiendo ayuda, se esforzaba en arrancarse de él; y cuando salió de sus fauces, toda la cara y la garganta le pareció que tenía destrozadas. El cual, levantándose a la mañana siguiente, dijo a su mujer:
—Mujer, aunque tu suspicacia no haya permitido nunca que pase yo un solo día en paz contigo, sentiría mucho que te sucediese algún mal; y por ello, si confías en mi juicio, no saldrás hoy de casa.
Y preguntándole ella el porqué, ordenadamente le contó su sueño. La mujer, moviendo la cabeza, dijo:
—Quien mal te quiere mal te sueña; mucho te compadeces de mí, pero me sueñas como querrías verme; y por cierto que me guardaré, hoy y siempre, de darte gusto con éste o con otro daño mío.
Dijo entonces Talano:
—Ya sabía yo que ibas a contestarme eso, porque así le pagan a quien cría cuervos, pero aunque creas lo que quieras, yo lo digo por tu bien, y ahora otra vez te advierto que te quedes hoy en casa, o por lo menos, que te guardes de ir a nuestro bosque.
La mujer dijo:
—Está bien.
Y luego empezó a decirse a sí misma:
«¿Has visto con qué malicia se cree éste haberme metido miedo de ir hoy a nuestro bosque, donde seguro que debe haberle dado una cita a cualquier desgraciada, y no quiere que lo encuentre allí? ¡Oh, qué buen embelesador es éste!, y bien tonta sería yo si le creyese. Pero con certeza no lo conseguirá; tengo que ver yo, aunque deba estar allí todo el día, qué clase de comercio es el que quiere éste hacer hoy.»
Y como hubo dicho esto, saliendo el marido por una puerta de la casa, salió ella por otra, y lo más ocultamente que pudo, sin dilación se fue al bosque y allí, en la parte que más follaje había, se escondió, estando atenta y mirando, ora aquí, ora allí por ver si veía venir a alguien. Y mientras de esta guisa estaba, sin ningún temor del lobo, he aquí que de un matorral tupido sale un lobo grande y terrible y ni pudo ella, cuando lo vio, decir sino: «¡Señor, ayúdame!», cuando el lobo ya se le había arrojado a la garganta y, cogiéndola con fuerza, comenzó a llevársela de allí como si fuese un pequeño corderito. Ella no podía gritar (tan oprimida tenía la garganta), ni de otra manera defenderse; por lo que, llevándosela el lobo, sin falta la habría estrangulado si no se hubiera topado con algunos pastores, los cuales, gritándole, le obligaron a soltarla; y ella, mísera y desdichada, reconocida por los pastores y llevada a su casa, luego de largo esfuerzo fue curada por los médicos, pero no tanto que toda la garganta y una buena parte de la cara no se quedasen estropeadas de tal manera que siendo primero hermosa, se quedó luego siendo siempre feísima y deforme. Por lo que ella, avergonzándose de aparecer donde fuese vista, muchas veces miserablemente lloró su suspicacia y el no haber, en aquello que nada le costaba, prestado fe al veraz sueño de su marido.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 15 Jun 2020, 10:35

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LAS TRES MARÍAS

Se llamaban Marilín, Marité y Maribel. Eran tres jóvenes preciosas que se habían conocido en una residencia para señoritas de Barcelona y poco después habían decidido alquilar juntas un piso para disfrutar de mayor independencia.

Marilín y Marité habían terminado la carrera de Derecho y sacado una oposición a Letradas de la Seguridad Social siendo destinadas a la delegación de Mutualidades Laborales de Barcelona, por lo que se habían trasladado a vivir allí, pues Marilín era hija de un funcionario de la Comisaría de Abastos de Alicante y Marité de un pequeño empresario de Elche.

Maribel era hija de un empresario de Valencia, de donde había marchado tras finalizar un noviazgo, escapando de una madre posesiva y con la intención de acabar sus estudios e independizarse. Estudiada Derecho y trabajaba como administrativa también en Mutualidades Laborales.

Las tres disfrutaban de su libertad para salir con quien quisieran y usaban de distintos métodos para atraer a los jóvenes: Marilín era muy expresiva y abría mucho los ojos, Marité movía los hombros y apartaba la larga cabellera de su cara y Maribel subía y bajaba continuamente la cremallera de su jersey.

Tenían un sistema para alejar a los moscones que las importunaban. Si recibían a uno en su salón, entraba una y decía: ¿Sabéis dónde he dejado las píldoras? Y las otras dos le contestaban: Sobre todo no te olvides de tomarla.

Casi al mismo tiempo, Marilín se ennovió con José Antonio, un muchacho de Teruel profesor de Formación Profesional; Marité con Manuel, un ingeniero hijo de un coronel de la Guardia Civil que yo le había presentado por haber coincidido en un curso de ESADE; y Maribel conmigo que entonces trabajaba de abogado en una constructora.

Las tres parejas nos lo pasamos muy bien en el aquel piso del barrio de Gracia y con poca diferencia  las tres nos casamos. Entonces todos éramos muy felices.

Pedro Casas Serra, Recuerdos durante el confinamiento.


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 16 Jun 2020, 04:54

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NOVELA OCTAVA

Biondello hace una burla a Ciacco con un almuerzo, de la que Ciacco sagazmente se venga haciéndolo golpear concienzudamente.

Universalmente todos los de la alegre compañía dijeron que lo que Talano había visto durmiendo no había sido un sueño sino una visión, si es que exactamente, sin faltar nada, había sucedido. Pero, callándose todos, ordenó la reina a Laureta que siguiese; la cual dijo:
Como estos, sapientísimas señoras, que hoy antes de mí han hablado, casi todos han sido movidos a hablar por alguna cosa antes dicha, así me mueve a mí la severa venganza (contada ayer por Pampínea) que tomó el escolar, a hablar de una muy dura para quien la sufrió, aunque no fuese tan cruel, y por ello digo que:
Viviendo en Florencia uno llamado por todos Ciacco, hombre glotoncísimo más que ninguno que haya existido, y no pudiendo sus posibilidades sostener los gastos que su glotonería requería, siendo por otra parte muy cortés y todo lleno de buenos y placenteros decires ingeniosos, se dedicó a ser no propiamente bufón sino motejador, y a tratar a quienes eran ricos y se deleitaban comiendo cosas buenas; y con éstos a almorzar y a cenar, aunque no fuese siempre invitado, iba muy frecuentemente. Había  semejantemente en aquellos tiempos en Florencia uno que se llamaba Biondello, pequeño de persona, muy cortés y más limpio que una patena, con su gorrete en la cabeza, con su melenita rubia y sin un solo cabello descolocado, el cual el mismo oficio que Ciacco tenía; el cual, habiendo ido una mañana de cuaresma allá donde se vende el pescado y comprado dos gordísimas lampreas para micer Vieri de los Cerchi, fue visto por Ciacco, que, acercándose a Biondello dijo:
—¿Qué significa esto?
A quien Biondello repuso:
—Ayer tarde le mandaron otras tres mucho más hermosas que éstas son y un esturión a micer Corso Donati, y no bastándole para poder dar de comer a algunos gentileshombres, me ha mandado a comprar estas otras dos: ¿no vas a venir tú?
Repuso Ciacco:
—Bien sabes que sí.
Y cuando le pareció oportuno, a casa de micer Corso se fue, y lo encontró con algunos vecinos suyos, que todavía no había ido a almorzar; a quien, siendo preguntado por él que qué andaba haciendo, repuso:
—Señor, vengo a almorzar con vos y vuestra compañía.
A quien micer Corso dijo:
—Eres bien venido, y como ya es hora, vámonos.
Sentándose, pues, a la mesa, primero comieron garbanzos y atún en salmuera, y luego peces del Arno fritos, y nada más. Ciacco, apercibiéndose del engaño de Biondello y no poco enojado, se propuso hacérselo pagar; y no pasaron muchos días sin que se encontrase con él, que ya había hecho reír a muchos con aquella burla. Biondello, al verlo, le saludó, y riéndose le preguntó que qué tal habían estado las lampreas de micer Corso; a lo que respondiendo Ciacco, dijo:
—Antes de que pasen ocho días lo sabrás mucho mejor que yo.
Y sin dar tregua al asunto, separándose de Biondello, ajustó el precio con un truhán y, dándole un botellón de vidrio, lo llevó a la lonja de los Cavicciuli y le mostró en ella a un caballero llamado Filippo Argenti, hombre grande y nervudo y fuerte, irritable, iracundo y colérico más que ningún otro, y le dijo:
—Te acercas a él con este frasco en la mano y le dices así: «Señor, me manda Biondello y me manda para rogaros que os plazca enrojecerle este frasco con vuestro buen vino tinto, que se quiere divertir un rato con sus compinches». Y estate bien atento para que no te ponga las manos encima, porque lo sentirías y habrías estropeado mis asuntos.
Dijo el truhán:
—¿Tengo que decir algo más?
Dijo Ciacco:
—No, vete; y cuando le hayas dicho eso, vuelve aquí con el frasco, que yo te pagaré.
Echándose a andar, pues, el truhán, le dio la embajada a micer Filippo. Micer Filippo, al oírle, como quien poco aguante tenía, pensando que Biondello, a quien conocía, se burlaba de él, todo colorado el rostro, diciendo:
—¿Qué «enrojecedme» y qué «compinches» son ésos, que Dios os confunda a ti y a él? Se puso en pie y extendió el brazo para golpear al truhán; pero el truhán, como quien estaba atento, fue rápido y salió huyendo, y por otro camino volvió a donde Ciacco, que todo había visto, y le dijo lo que micer Filippo había dicho.
Ciacco, contento, pagó al truhán, y no descansó hasta encontrar a Biondello; al cual dijo:
—¿Has ido últimamente por la lonja de los Cavicciuli?
Repuso Biondello:
—No, nada; ¿por qué me lo preguntas?
Dijo Ciacco:
—Porque puedo decirte que micer Filippo te está buscando; no sé qué es lo que quiere.
Dijo entonces Biondello:
—Bien, voy hacia allí y hablaré con él.
Al irse Biondello, Ciacco se fue detrás a ver cómo iba el asunto. Micer Filippo, no habiendo podido alcanzar al truhán, se había quedado fieramente airado y se recomía por dentro al no poder dar a las palabras del pícaro otro significado sino que Biondello, a instancias de quien fuese, se burlaba de él; y mientras estaba él reconcomiéndose, he aquí que Biondello llega. Al que, en cuanto vio, saliéndole al encuentro, le dio en la cara un gran puñetazo.
—¡Ay!, señor —dijo Biondello—, ¿qué es esto?
Micer Filippo, cogiéndolo por los pelos y arrancándole el gorrete de la cabeza y arrojándole el capucho por tierra, y sin dejar de darle grandes golpes, decía:
—Traidor, bien verás lo que es esto; ¿de qué «enrojecedme» y de qué «compinches» mandas que me hablen a mí? ¿Te parezco un muchachito a quien se le gastan bromas?
Y así diciendo, con los puños que tenía como de hierro, le destrozó toda la cara y no le dejó en la cabeza pelo que estuviese bien colocado, y revolcándolo por el fango, le rasgó todas las ropas que llevaba encima; y tanto se aplicaba a ello que ni una vez desde el principio pudo Biondello decir palabra ni preguntarle por qué le hacía esto; bien había oído lo del «enrojecedme» y los «compinches», pero no sabía lo que quería decir. Por fin, habiéndole bien golpeado micer Filippo y habiendo mucha gente alrededor, con el mayor trabajo del mundo se lo arrancaron de las manos, tan desgreñado y desastrado como estaba, y le dijeron por qué micer Filippo había hecho aquello, reprendiéndole por haber mandado a decirle aquello, y diciéndole que a aquellas alturas debía conocer a micer Filippoy que no era hombre para gastarle bromas. Biondello, llorando, se excusaba y decía que nunca había mandado a pedirle vino a micer Filippo; y luego que un poco se hubo compuesto, triste y dolorido se volvió a casa, pensando que aquello había sido obra de Ciacco. Y después de que tras muchos días, desaparecidos los cardenales del rostro, comenzó a salir de casa, sucedió que lo encontró Ciacco, y riéndose le preguntó:
—Biondello, ¿qué tal te pareció el vino de micer Filippo?
Repuso Biondello:
—¡Así debían haberte parecido a ti las lampreas de micer Corso!
Entonces dijo Ciacco:
—Ahora depende de ti: siempre que quieras hacerme comer tan bien como me hiciste, te daré de beber tan bien como te he dado.
Biondello, que sabía que contra Ciacco más podía tener mala voluntad que malas obras, rogó aDios que le diese su paz, y de allí en adelante se guardó de burlarse de él.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 17 Jun 2020, 03:52

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NOVELA NOVENA

Dos jóvenes piden consejo a Salomón, el uno de cómo puede ser amado, el otro de cómo debe tratar a la mujer terca; al uno le responde que ame y al otro que vaya al puente de la Oca.

Nadie más que la reina (si quería respetarse el privilegio concedido a Dioneo) quedaba por novelar; la cual, después de que las damas hubieron mucho reído del desdichado Biondello, alegre, comenzó a hablar así:
Amables señoras, si con mente recta miramos el orden de las cosas, muy fácilmente conoceremos que toda la universal multitud de las mujeres está a los hombres sometida por la naturaleza y por las costumbres y por las leyes, y que según el discernimiento de éstos conviene que se rijan y gobiernen; y por ello, todas las que quieran tranquilidad, consuelo y reposo tener con los hombres a quienes pertenecen, deben ser con ellos humildes, pacientes y obedientes, además de honestas, lo que es especial tesoro de cada una. Y si en cuanto a esto las leyes, que al bien común miran en todas las cosas, no nos enseñasen (y el uso y la costumbre que queremos decir, cuyas fuerzas son grandísimas y dignas de ser reverenciadas) la naturaleza muy abiertamente lo muestra, que nos ha hecho en el cuerpo delicadas y blandas, en el ánimo tímidas y miedosas, en las mentes benignas y piadosas, y nos ha dado flacas las corporales fuerzas, las voces amables y los movimientos de los miembros suaves: cosas todas que testimonian que tenemos necesidad del gobierno ajeno. Y quien tiene necesidad de ser ayudado y gobernado, toda razón quiere que sea obediente y que esté sometido y reverencie a su ayudador y gobernador: ¿y quiénes nos ayudan y gobiernan a nosotras sino los hombres? Pues a los hombres debemos, sumamente honrándoles, someternos; y la que de esto se aparte estimo que sea dignísima no solamente de dura reprensión, sino también de áspero castigo. Y a tal consideración, aunque ya la haya hecho otra vez, me ha traído hace poco Pampínea con lo que contó de la irritable mujer de Talano: a quien Dios mandó el castigo que su marido no había sabido darle; y por ello juzgo yo que son dignas (como ya dije) de duro y áspero castigo todas aquellas que se apartan de ser amables, benévolas y dóciles como lo quieren la naturaleza, la costumbre y las leyes. Por lo que me agrada contaros el consejo que dio Salomón, como útil medicina para curar a aquellas que están afectadas de este mal; el cual, ninguna que no sea merecedora de tal medicina, piense que se dice por ella, aunque los hombres acostumbren decir tal proverbio: «Espuelas pide el buen caballo y el malo, y la mujer buena y mala pide palo». Las cuales palabras, quien quisiera interpretarlas jocosamente, inmediatamente concedería que son ciertas de todas, pero aun queriendo interpretarlas moralmente, digo que habría que admitirlas. Son naturalmente las mujeres todas volubles e influenciables y por ello, para corregir la inquietud de quienes se dejan ir demasiado lejos de los límites impuestos, se necesita el bastón que las castigue, y para sustentar la virtud de las demás, que no se dejen resbalar, es necesario el bastón que las sostenga y las asuste. Pero dejando ahora el predicar, viniendo a aquello que tengo en el ánimo decir, digo que:
Habiéndose ya extendido por todo el universo mundo la altísima fama de la maravillosa discreción de Salomón, y el liberalísimo uso que de ella hacía para quien quería conocerla por propia experiencia, muchos acudían a él por consejo en sus estrechísimas y arduas necesidades desde diversas partes del mundo; y entre los otros que a ello iba, se puso en camino un joven cuyo nombre era Melisso, muy noble y rico, de la ciudad de Layazo, de donde era él y donde vivía. Y cabalgando hacia Jerusalén, sucedió que, al salir de Antioquia, con otro joven llamado Josefo, el cual aquel mismo camino llevaba que él hacía, cabalgó durante algún tiempo; y como es la costumbre de los viajeros, comenzó a entrar con él en conversación. Habiéndole dicho ya Josefo a Melisso cuál era su condición y de dónde venía, adónde iba y a qué le preguntó; al cual, dijo Josefo que iba a Salomón, para pedirle consejo de lo que debía hacer con su mujer, que era más que ninguna otra mujer terca y mala, a quien él ni con ruegos ni con halagos ni de ninguna otra manera podía sacar de su obstinación. Y luego, él por su parte, de dónde era y adónde iba y para qué le preguntó; al cual respondió Melisso:
—Yo soy de Layazo, y como tú tienes una desgracia yo tengo otra: yo soy un hombre rico y gasto lo mío en sentar a mi mesa y honrar a mis conciudadanos, y es cosa rara y extraña pensar que, a pesar de todo esto, no puedo encontrar a nadie que me quiera bien; y por ello voy donde vas tú, para pedir consejo de cómo pueda hacer que sea amado.
Caminaron, pues, juntos los dos compañeros y, llegados a Jerusalén, por mediación de uno de los barones de Salomón, fueron llevados ante él, al cual brevemente Melisso expuso su necesidad; a quien Salomón repuso:
—Ama.
Y dicho esto, prestamente Melisso fue obligado a salir de allí, y Josefo dijo aquello por lo que estaba allí, al cual Salomón, nada respondió sino:
—Ve al Puente de la Oca.
Dicho lo cual, también Josefo fue sin demora alejado de la presencia del rey, y encontró a Melisso que estaba esperándole, y le dijo lo que le habían dado por respuesta. Los cuales, pensando en estas palabras y no pudiendo comprender su sentido ni sacar ningún fruto para sus necesidades, como si hubiesen sido burlados, se pusieron en camino para volver; y luego de que hubieron caminado algunas jornadas llegaron a un río sobre el cual había un hermoso puente; y porque una gran caravana de carga con mulas y con caballos estaba pasando tuvieron que esperar hasta tanto que hubiesen pasado. Y habiendo ya pasado casi todos, por acaso hubo un mulo que se espantó, como con frecuencia les sucedía, y no quería de ninguna manera pasar adelante; por la cual cosa, un mulero, cogiendo una estaca, primero con bastante suavidad comenzó a pegarle para que pasase. Pero el mulo, ora de esta parte del camino, ora de aquélla atravesándose, y a veces retrocediendo, de ninguna manera pasar quería; por la cual cosa el mulero, sobremanera airado, comenzó con la estaca a darle los mayores golpes del mundo, ora en la cabeza, ora en los flancos y ora en la grupa; pero todo era inútil. Por lo que Melisso y Josefo, que estaban mirando esta cosa, decían al mulero:
—¡Ah!, desdichado, ¿que haces?, ¿quieres matarlo?, ¿por qué no pruebas a conducirlo bien y tranquilamente? Irá antes que si lo golpeas como estás haciendo.
A quienes el mulero respondió:
—Vosotros conocéis a vuestros caballos y yo conozco mi mulo; dejadme hacerle lo que quiero.
Y dicho esto, comenzó a darle bastonazos, y tantos de una parte y tantos de otra le dio que el mulo pasó adelante, de manera que el mulero se salió con la suya. Estando, pues, los dos jóvenes a punto de seguir, preguntó Josefo a un buen hombre, que estaba sentado al empezar el puente, que cómo se llamaba aquello; al cual el buen hombre repuso:
—Señor, esto se llama el Puente de la Oca.
Lo que, como hubo oído Josefo, se acordó de las palabras de Salomón y le dijo a Melisso:
—Pues te digo, compañero, que los consejos que me ha dado Salomón podrían ser buenos y verdaderos porque muy claramente conozco que no sabía pegar a mi mujer: pero este mulero me ha enseñado lo que tengo que hacer.
De allí a algunos días llegados a Antioquia, retuvo Josefo a Melisso para que descansase algunos días con él; y siendo muy fríamente recibido por su mujer, le dijo que hiciese preparar la cena tal como Melisso le dijera; el cual, como vio que Josefo eso quería, se lo explicó. La mujer, tal como había hecho en el pasado, no como Melisso le había dicho, sino todo lo contrario hizo; lo que viendo Josefo, enojado, dijo:
—¿No se te ha dicho de qué manera debías hacer esta cena?
La mujer, respondiéndole orgullosamente, dijo:
—Pues ¿qué quiere decir esto? ¡Ah! ¡No cenes si no quieres cenar! Si se me dijo de otra manera a mí me ha parecido hacerlo así; si te place, que te plazca; si no, aguántate.
Maravillóse Melisso de la respuesta de la mujer y mucho se la reprobó. Josefo, al oír esto,dijo:
—Mujer, sigues siendo lo que eras, pero créeme que te haré cambiar de maneras.
Y volviéndose a Melisso dijo:
—Amigo, pronto vamos a ver qué tal ha sido el consejo de Salomón; pero te ruego que no te sea duro verlo ni pensar que es broma lo que voy a hacer. Y para que no me lo impidas, acuérdate de la respuesta que nos dio el mulero cuando de su mulo nos daba compasión.
Al cual Melisso dijo:
—Yo estoy en tu casa, donde no entiendo separarme de lo que gustes.
Josefo, buscando un bastón redondo de una encina joven, se fue a su alcoba, adonde la mujer, que con cólera se había levantado de la mesa, se había ido rezongando, y cogiéndola por las trenzas la arrojó a sus pies y comenzó a golpearla fieramente con este bastón. La mujer empezó primero a gritar y después a amenazar; pero viendo que con todo Josefo no cejaba, toda dolorida comenzó a pedir merced por Dios para que no la matase, diciendo además que nunca dejaría de hacer su gusto. Josefo, a pesar de todo esto, no cesaba sino que con más furia una vez que la anterior o en el costado o en las ancas o en los hombros golpeándola fuertemente le andaba asentando las costuras, y no se quedó quieto hasta que se cansó; y en resumen, ningún hueso ni ninguna parte quedó en el cuerpo de la buena mujer que machacada no tuviese; y hecho esto, volviéndose con Melisso, dijo:
—Mañana veremos cómo resulta el consejo de «Vete al Puente de la Oca».
Y descansando un tanto y lavándose después las manos, con Melisso cenó y cuando fue hora se fueron a acostar. La pobrecita mujer con gran trabajo se levantó del suelo y se arrojó sobre la cama, donde descansando lo mejor que pudo, a la mañana siguiente, levantándose tempranísimo, hizo preguntar a Josefo que qué quería que hiciese para almorzar. Él, riéndose de aquello junto con Melisso, se lo explicó; y luego, cuando fue hora, al volver, óptimamente todas las cosas y según la orden dada encontraron hechas; por la cual cosa el primer consejo para sus males que habían oído sumamente alabaron. Y luego de algunos días, separándose Melisso de Josefo y volviendo a su casa, a uno que era un hombre sabio le dijo lo que Salomón le había dicho, el cual le dijo:
—Ningún consejo más verdadero ni mejor podía darte. Sabes bien que tú no amas a nadie, y los honores y los favores que haces los haces no por amor que tengas a nadie sino por pompa. Ama, pues, como Salomón te dijo, y serás amado.
Así pues, fue corregida la irascible mujer, y el joven, amando, fue amado.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 18 Jun 2020, 03:46

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NOVELA DÉCIMA

Don Gianni, a instancias de compadre Pietro, hace un encantamiento para convertir a su mujer en una yegua; y cuando va a pegarle la cola, compadre Pietro, diciendo que no quería cola, estropea todo el encantamiento.

Esta historia contada por la reina hizo un poco murmurar a las mujeres y reírse a los jóvenes; pero luego de que se callaron, Dioneo así empezó a hablar:
Gallardas señoras; entre muchas blancas palomas añade más belleza un negro cuervo que lo haría un cándido cisne, y así entre muchos sabios algunas veces uno menos sabio es no solamente un acrecentamiento de esplendor y hermosura para su madurez, sino también deleite y solaz. Por la cual cosa, siendo todas vosotras discretísimas y moderadas, yo, que más bien huelo a bobo, haciendo vuestra virtud más brillante con mi defecto, más querido debe seros que si con mayor valor a aquélla hiciera oscurecerse: y por consiguiente, mayor libertad debo tener en mostrarme tal cual soy, y más pacientemente debe ser por vosotras sufrido que lo debería si yo más sabio fuese, contando aquello que voy a contar. Os contaré, pues, una historia no muy larga en la cual comprenderéis cuán diligentemente conviene observar las cosas impuestas por aquellos que algo por arte de magia hacen y cuándo un pequeño fallo cometido en ello estropea todo lo hecho por el encantador.
El año pasado hubo en Barletta un cura llamado don Gianni de Barolo el cual, porque tenía una iglesia pobre, para sustentar su vida comenzó a llevar mercancía con una yegua acá y allá por las ferias de Apulia y a comprar y a vender. Y andando así trabó estrechas amistades con uno que se llamaba Pietro de Tresanti, que aquel mismo oficio hacía con un asno suyo, y en señal de cariño y de amistad, a la manera apulense no lo llamaba sino compadre Pietro; y cuantas veces llegaba a Barletta lo llevaba a su iglesia y allí lo albergaba y como podía lo honraba. Compadre Pietro, por otra parte, siendo pobrísimo y teniendo una pequeña cabaña en Tresanti, apenas bastante para él y para su joven y hermosa mujer y para su burro, cuantas veces don Gianni por Tresanti aparecía, tantas se lo llevaba a casa y como podía, en reconocimiento del honor que de él recibía en Barletta, lo honraba. Pero en el asunto del albergue, no teniendo el compadre Pietro sino una pequeña yacija en la cual con su hermosa mujer dormía, honrar no lo podía como quería; sino que en un pequeño establo estando junto a su burro echada la yegua de don Gianni, tenía que acostarse sobre la paja junto a ella. La mujer, sabiendo el honor que el cura hacía a su marido en Barletta, muchas veces había querido, cuando el cura venía, ir a dormir con una vecina suya que tenía por nombre Zita Carapresa de Juez Leo, para que el cura con su marido durmiese en la cama, y se lo había dicho muchas veces al cura, pero él nunca había querido; y entre las otras veces una le dijo:
—Comadre Gemmata, no te preocupes por mí, que estoy bien, porque cuando me place a esta yegua la convierto en una hermosa muchacha y me estoy con ella, y luego, cuando quiero, la convierto en yegua; y por ello no me separaré de ella.
La joven se maravilló y se lo creyó, y se lo dijo al marido, añadiendo:
—Si es tan íntimo tuyo como dices, ¿porqué no haces que te enseñe el encantamiento para que puedas convertirme a mí en yegua y hacer tus negocios con el burro y con la yegua y ganaremos el doble? Y cuando hayamos vuelto a casa podrías hacerme otra vez mujer como soy.
Compadre Pietro, que era más bien corto de alcances, creyó este asunto y siguió su consejo: y lo mejor que pudo comenzó a solicitar de don Gianni que le enseñase aquello. Don Gianni se ingenió mucho en sacarlo de aquella necedad, pero no pudiendo, dijo:
—Bien, puesto que lo queréis, mañana nos levantaremos, como solemos, antes del alba, y os mostraré cómo se hace; es verdad que lo más difícil en este asunto es pegar la cola, como verás.
El compadre Pietro y la comadre Gemmata, casi sin haber dormido aquella noche, con tanto deseo este asunto esperaban que en cuanto se acercó el día se levantaron y llamaron a don Gianni; el cual, levantándose en camisa, vino a la alcobita del compadre Pietro y dijo:
—No hay en el mundo nadie por quien yo hiciese esto sino por vosotros, y por ello, ya que os place, lo haré; es verdad que tenéis que hacer lo que yo os diga si queréis que salga bien.
Ellos dijeron que harían lo que él les dijese; por lo que don Gianni, cogiendo una luz, se la puso en la mano al compadre Pietro y le dijo:
—Mira bien lo que hago yo, y que recuerdes bien lo que diga; y guárdate, si no quieres echar todo a perder, de decir una sola palabra por nada que oigas o veas; y pide a Dios que la cola se pegue bien.
El compadre Pietro, cogiendo la luz, dijo que así lo haría. Luego, don Gianni hizo que se desnudase como su madre la trajo al mundo la comadre Gemmata, y la hizo ponerse con las manos y los pies en el suelo de la manera que están las yeguas, aconsejándola igualmente que no dijese una palabra sucediese lo que sucediese; y comenzando a tocarle la cara con las manos y la cabeza, comenzó a decir:
—Que ésta sea buena cabeza de yegua.
Y tocándole los cabellos, dijo:
—Que éstos sean buenas crines de yegua.
Y luego tocándole los brazos dijo:
—Que éstos sean buenas patas y buenas pezuñas de yegua.
Luego, tocándole el pecho y encontrándolo duro y redondo, despertándose quien no había sido llamado y levantándose, dijo:
—Y sea éste buen pecho de yegua.
Y lo mismo hizo en la espalda y en el vientre y en la grupa y en los muslos y en las piernas; y por último, no quedándole nada por hacer sino la cola levantándose la camisa y cogiendo el apero con que plantaba a los hombres y rápidamente metiéndolo en el surco para ello hecho, dijo:
—Y ésta sea buena cola de yegua.
El compadre Pietro, que atentamente hasta entonces había mirado todas las cosas, viendo esta última y no pareciéndole bien, dijo:
—¡Oh, don Gianni, no quiero que tenga cola, no quiero que tenga cola!
Había ya el húmedo radical que hace brotar a todas las plantas sobrevenido cuando don Gianni, retirándolo, dijo:
—¡Ay!, compadre Pietro, ¿qué has hecho?, ¿no te dije que no dijeses palabra por nada que vieras? La yegua estaba a punto de hacerse, pero hablando has estropeado todo, y ya no hay manera de rehacerlo nunca.
El compadre Pietro dijo:
—Ya está bien: no quería yo esa cola. ¿Porqué no me decíais a mí: «Pónsela tú»? Y además se la pegabais demasiado baja.
Dijo don Gianni:
—Porque tú no habrías sabido la primera vez pegarla tan bien como yo.
La joven, oyendo estas palabras, levantándose y poniéndose en pie, de buena fe dijo a su marido:
—¡Bah!, qué animal eres, ¿por qué has echado a perder tus asuntos y los míos?, ¿qué yeguas has visto sin cola? Bien sabe Dios que eres pobre, pero sería justo que lo fueses mucho más.
No habiendo, pues, ya manera de poder hacer de la joven una yegua por las palabras que había dicho el compadre Pietro, ella doliente y melancólica se volvió a vestir y el compadre Pietro con su burro, como acostumbraba, se fue a hacer su antiguo oficio; y junto con don Gianni se fue a la feria de Bitonto, y nunca más tal favor le pidió.
Cuánto se rió de esta historia, mejor entendida por las mujeres de lo que Dioneo quería, piénselo quien ahora se esté riendo. Pero habiendo terminado la historia y comenzando ya el sol a templarse, y conociendo la reina que el final de su gobierno había venido, poniéndose en pie y quitándose la corona, se la puso a Pánfilo en la cabeza, el cual sólo con tal honor faltaba de ser honrado; y sonriendo dijo:
—Señor mío, gran carga te queda, como es tener que enmendar mis faltas y las de los otros que el lugar han ocupado que tú ocupas, siendo el último; para lo que Dios te dé gracia, como me la ha prestado a mí en hacerte rey.
Pánfilo, alegremente recibido el honor, repuso:
—Vuestra virtud y de mis otros súbditos hará de manera que yo sea, como lo han sido los demás, alabado.
Y según la costumbre de sus predecesores, con el mayordomo habiendo dispuesto las cosas oportunas, a las señoras que esperaban se volvió y dijo:
—Enamoradas señoras, la discreción de Emilia, que ha sido nuestra reina este día, para dar algún descanso a vuestras fuerzas os dio la libertad de hablar sobre lo que más os pluguiese; por lo que, estando ya reposadas, pienso que está bien volver a la ley acostumbrada, y por ello quiero que mañana cada una de vosotras piense en discurrir sobre esto: sobre quien liberal o magníficamente en verdad haya obrado algo en asuntos de amor o de otra cosa. Así, esto diciendo y haciendo, sin ninguna duda a vuestros ánimos bien dispuestos moverá a obrar valerosamente, para que nuestra vida, que no puede ser sino breve en el cuerpo mortal, se perpetúe en la loable fama; lo que todos los que no sólo sirven al vientre (a guisa de lo que hacen los animales) deben no solamente desear, sino buscar y poner en obra con todo empeño.
El tema plugo a la alegre compañía, la cual con licencia del nuevo rey, levantándose, a los acostumbrados entretenimientos se entregó, cada uno según aquello a lo que más por su gusto era atraído; y así hicieron hasta la hora de la cena. Llegados a la cual con fiesta, y servidos diligentemente con orden, luego del fin de ella se levantaron para bailar las danzas acostumbradas, y más de mil cancioncillas más entretenidas de palabras que consumadas en el canto habiendo cantado, mandó el rey a Neifile que cantase una en su nombre; la cual con voz clara y alegre, así placenteramente y sin dilación comenzó:
Yo soy muy jovencita, y de buen grado
me alegro y canto en la estación florida
merced a Amor y al pensar extasiado.
Voy por los verdes prados contemplando
las flores blancas, gualdas y encarnadas,
las rosas sobre espinas levantadas,
los lirios, y los voy relacionando
con el rostro de aquel a cuyo mando
porque me ama estaré siempre rendida
sin tener más deseo que su agrado.
Y cuando alguna encuentro por mi vía
que me recuerda por demás a él,
yo la cojo y la beso y le hablo de él,
y tal cual soy, así el ánima mía
le abro entera y le cuento mi porfía;
luego, con las demás entretejida,
de mis rubios cabellos es tocado.
Y ese placer que suele dar la flor
a la mirada, el mismo a mí me dona,
como si viese a la propia persona
que me ha inflamado con su suave amor,
pero al que llega a causarme su olor
mi palabra no acierta a darle vida
y con suspiros será divulgado.
Los cuales, en mi pecho al levantarse,
no son, como en las otras damas, graves
sino que salen cálidos y suaves
y ante mi amor van a manifestarse;
quien, al oírlos, viene a presentarse
donde estoy, cuando pienso conmovida:
«¡No me aflijas y ven pronto a mi lado!».

Mucho fue por el rey y por todas las señoras alabada la cancioncilla de Neifile; después de la cual, porque ya había pasado parte de la noche, mandó el rey a todos que hasta el día se fuesen a descansar.


TERMINA LA NOVENA JORNADA


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 19 Jun 2020, 03:38

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DÉCIMA JORNADA


COMIENZA LA DÉCIMA Y ÚLTIMA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL BAJO ELGOBIERNO DE PÁNFILO, SE DISCURRE SOBRE QUIENES LIBERALMENTE O CON VERDADERAMA MAGNIFICENCIA HICIERON ALGO, YA EN ASUNTOS DE AMOR, YA EN OTROS.

Aún estaban bermejas algunas nubecillas del occidente, habiendo ya las del oriente, en su extremidad semejantes al oro, llegado a ser luminosísimas por los solares rayos que, aproximándoseles, mucho las herían, cuando Pánfilo, levantándose, a las señoras y a sus compañeros hizo llamar. Y venidos todos, con ellos habiendo deliberado adónde pudiesen ir para su esparcimiento, con lento paso se puso a la cabeza, acompañado por Filomena y Fiameta, y con todos los otros siguiéndole; y hablando de muchas cosas sobre su futura vida, y diciendo y respondiendo, por largo tiempo se fueron paseando; y habiendo dado una vuelta bastante larga, comenzando el sol a calentar ya demasiado, se volvieron a la villa. Y allí, en torno a la clara fuente, habiendo hecho enjuagar los vasos, el que quiso bebió algo, y luego entre las placenteras sombras del jardín, hasta la hora de comer se fueron divirtiendo; y luego de que hubieron comido y dormido, como solían hacer, cuando al rey plugo se reunieron, y allí el primer discurso lo ordenó el rey a Neifile, la cual alegremente comenzó así:


NOVELA PRIMERA

Un caballero sirve al rey de España; le parece estar mal recompensado, por lo que el rey, con una prueba evidentísima, le muestra que no es culpa suya, sino de su mala fortuna, recompensándole luego generosamente.

Como grandísima gracia, honorables señoras, debo reputar que nuestro rey me haya encargado en primer lugar hablar sobre la magnificencia, la cual, como el sol es hermosura y ornamento del cielo, es claridad y luz de cualquier otra virtud. Contaré, pues, sobre todo una novelita a mi parecer asaz donosa, cuyo recuerdo (con certeza) no podrá ser sino útil.
Debéis, pues, saber que entre los demás valerosos caballeros que desde hace mucho tiempo hasta ahora ha habido en nuestra ciudad, fue uno, y tal vez el mejor, micer Ruggeri de los Figiovanni; el cual siendo rico y de gran ánimo, y viendo que, considerada la cualidad del vivir y de las costumbres de Toscana, él, quedándose en ella, poco o nada podría demostrar su valor, tomó el partido de irse un tiempo junto a Alfonso, rey de España, la fama de cuyo valor sobrepasaba a la de cualquier otro señor de aquellos tiempos; y muy honradamente equipado de armas y de caballos y de compañía se fue a él en España y graciosamente fue recibido por el rey. Allí, pues, viviendo micer Ruggeri y espléndidamente viviendo y en hechos de armas haciendo maravillosas cosas, muy pronto se hizo conocer como valeroso. Y habiendo estado allí ya algún tiempo observando mucho las maneras del rey, le pareció que éste, ora a uno, ora a otro daba castillos y ciudades y baronías muy poco discretamente, como dándolas a quien no era digno; y porque a él, que entre los que lo eran se consideraba, nada le era dado, juzgó que mucho disminuía aquello su fama; por lo que deliberó irse de allí y pidió licencia al rey. El rey se la concedió y le dio una de las mejores mulas que nunca se hubieron cabalgado, y la más hermosa, la cual, por el largo camino que tenía que hacer, fue muy estimada por micer Ruggeri. Después de esto, encomendó el rey a un discreto servidor suyo que, de la manera que mejor le pareciese, se ingeniase en cabalgar la primera jornada con micer Ruggeri de guisa que no pareciese mandado por el rey, y todo lo que dijese de él lo conservara en la memoria de manera que pudiera decírselo luego, y a la mañana siguiente le mandase que volviera a donde estaba el rey. El servidor, estando al cuidado, al salir micer Ruggeri de la ciudad, muy hábilmente se fue acompañándole, diciéndole que venía hacia Italia. Cabalgando, pues, micer Ruggeri en la mula que le había dado el rey, y con aquél de una cosa y de otra hablando, acercándose la hora de tercia, dijo:
—Creo que estaría bien que llevásemos a estercolar a estas bestias.
Y, entrando en un establo, todas menos la mula estercolaron; por lo que, siguiendo adelante, estando siempre el servidor atento a las palabras del caballero, llegaron a un río, y abrevando allí a sus bestias, la mula estercoló en el río. Lo que viendo micer Ruggeri, dijo:
—¡Bah!, desdichado te haga Dios, animal, que eres como el señor que te ha dado a mí.
El servidor se fijó en estas palabras, y como en otras muchas se había fijado caminando todo el día con él, ninguna otra que no fuese en suma alabanza del rey le oyó decir, por lo que a la mañana siguiente, montando a caballo y queriendo cabalgar hacia Toscana, el servidor le dio la orden del rey, por lo que micer Ruggeri incontinenti se volvió atrás. Y habiendo ya sabido el rey lo que había dicho de la mula, haciéndole llamar le preguntó que por qué le había comparado con su mula, o mejor a la mula con él. Micer Ruggeri, con abierto gesto le dijo:
—Señor mío, os asemejáis a ella porque, así como vos hacéis dones a quien no conviene y a quien conviene no los hacéis, así ella donde convenía no estercoló y donde no convenía, sí.
Entonces dijo el rey:
—Micer Ruggeri, el no haberos hecho dones como los he hecho a muchos que en comparación de vos nada son, no ha sucedido porque yo no os haya tenido por valerosísimo caballero y digno de todo gran don; sino por vuestra fortuna, que no me lo ha permitido, en lo que ella ha pecado y yo no. Y que digo verdad os lo mostraré manifiestamente.
A quien Ruggeri repuso:
—Señor mío, yo no me enojo por no haber recibido dones de vos, porque no los deseaba para ser más rico, sino porque vos no habéis testimoniado con nada la estima de mi valor, sin embargo, tengo la vuestra por buena excusa y por honrada, y estoy dispuesto a ver lo que os plazca, aunque os crea sin ninguna prueba.
Lo llevó, entonces, el rey a una gran sala donde, como había ordenado antes, había dos grandes cofres cerrados, y en presencia de muchos le dijo:
—Micer Ruggeri, en uno de estos cofres está mi corona, el cetro real y el orbe y muchos buenos cinturones míos, broches, anillos y otras preciosas joyas que tengo; el otro está lleno de tierra. Coged uno, pues, y el que cojáis será vuestro y podréis ver quién ha sido ingrato hacia vuestro valor, si yo o vuestra fortuna.
Micer Ruggeri, puesto que vio que así agradaba al rey, cogió uno, el cual mandó el rey que fuese abierto, y se encontró que estaba lleno de tierra; con lo que el rey, riéndose, dijo:
—Bien podéis ver, micer Ruggeri, que es verdad lo que os digo de vuestra fortuna; pero en verdad vuestro valor merece que me oponga a sus fuerzas. Yo sé que no tenéis la intención de haceros español, y por ello no quiero daros aquí ni castillo ni ciudad, pero el cofre que la fortuna os quitó, aquél a despecho de ella quiero que sea vuestro, para que a vuestra tierra podáis llevároslo y de vuestro valor con el testimonio de mis dones podáis gloriaros con vuestros conciudadanos.
Micer Ruggeri, cogiéndolo, y dadas al rey aquellas gracias que a tamaño don correspondían, con él, contento, se volvió a Toscana.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 20 Jun 2020, 03:32

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NOVELA SEGUNDA

Ghino de Tacco apresa al abad de Cluny y le cura del estómago, y luego lo suelta, el cual, volviendo a la corte de Roma, lo reconcilia con el papa Bonifacio, y lo hace caballero Hospitalario.

Alabada había sido ya por todos la magnificencia del rey Alfonso con el caballero florentino cuando el rey, a quien mucho había complacido, ordenó a Elisa que siguiese; la cual, prestamente comenzó:
Delicadas señoras, el haber sido un rey magnífico y el haber usado su magnificencia con quien servido le había, no puede decirse que no sea loable y gran cosa, ¿pero qué diríamos si se cuenta que un clérigo ha usado de admirable magnificencia hacia una persona que si la hubiese tenido por enemiga no habría sido reprochado por ello? Ciertamente no otra cosa sino que la del rey fuese virtud y la del clérigo milagro, como sea que éstos son todos mucho más avaros que las mujeres y de toda liberalidad enemigos encarnizados; y por mucho que todo hombre apetezca venganza de las ofensas recibidas, los clérigos, como se ve, aunque paciencia prediquen y sumamente alaben el perdón de las ofensas, más fogosamente que los demás hombres recurren a ella. La cual cosa, es decir, cómo un clérigo fue magnífico, en la historia que sigue podréis saber claramente.
Ghino de Tacco, por su fiereza y por sus robos hombre muy famoso, siendo arrojado de Siena y enemigo de los condes de Santafiore, sublevó Radicófani contra la iglesia de Roma, y estando allí, a cualquiera que por los alrededores pasaba le hacía robar por sus mesnaderos. Ahora bien, estando el Papa Bonifacio VIII en Roma, vino a la corte el abad de Cluny, el cual se cree ser uno de los más ricos prelados del mundo; y estropeándosele allí el estómago, le aconsejaron los médicos que fuese a los baños de Siena y se curaría sin falta; por lo cual, concediéndoselo el Papa, sin preocuparse de la fama de Ghino, con gran pompa de equipaje y de carga y de caballos y de servidumbre se puso en camino. Ghino de Tacco, habiendo sabido su venida, tendió sus redes, y sin perder un solo mozo de mulas, al abad y a todos sus acompañantes y sus cosas cercó en un estrecho lugar; y esto hecho, lo mandó al abad, al cual de su parte muy amablemente le dijo que hiciese el favor de ir a hospedarse con aquel Ghino al castillo. Lo que oyendo el abad, todo furioso respondió que no quería hacerlo, como quien no tenía nada que hacer con Ghino, sino que seguiría su camino y que querría ver quién se lo iba a vedar. Al cual el embajador, humildemente hablando, dijo:
—Señor, habéis venido a un lugar donde, excepto a la fuerza de Dios, nosotros nada tememos y donde las excomuniones y los interdictos están todos excomulgados; y por ello, sufrid por las buenas el complacer a Ghino en esto.
Estaba ya, mientras decían estas palabras, todo el lugar rodeado por bandoleros; por lo que el abad, viéndose apresado con los suyos, muy desdeñoso, con el embajador tomó el camino del castillo, y con él toda su compañía y todo su equipaje. Y habiendo echado pie a tierra, como Ghino quiso, completamente solo fue llevado a una alcobita de un edificio muy oscura e incómoda, y todos los demás hombres fueron, según su condición, muy bien acomodados en el castillo, y los caballos y los equipajes puestos a salvo sin tocar nada de ellos. Y hecho esto, se fue Ghino al abad y le dijo:
—Señor, Ghino, de quien sois huésped, os manda preguntar que os plazca decirle adónde ibais y por qué razón.
El abad, que como discreto había depuesto su altanería, le dijo dónde iba y por qué.
Ghino, oído esto, se fue, y pensó curarlo sin baños; y haciendo que tuviese siempre encendido en la alcoba un gran fuego, y vigilarla bien, no volvió a verlo hasta la mañana siguiente; y entonces, en un mantel blanquísimo le llevó dos rebanadas de pan tostado y un gran vaso de vino de Comiglia, del mismo del abad, y dijo así al abad:
—Señor, cuando Ghino era más joven estudió medicina, y dice que aprendió que ninguna cura es mejor para el mal de estómago que la que él os hará; de la cual estas cosas que os traigo son el principio, y por ello, tomadlas y confortaos con ellas.
El abad, que más hambre tenía que ganas de bromas, aunque lo hiciese malhumorado, se comió el pan y se bebió el vino, y luego muchas cosas altaneras dijo y preguntó sobre muchas, y aconsejó muchas, y especialmente pidió ver a Ghino. Ghino, oyéndolas, algunas las dejó pasar como vanas y a algunas contestó cortésmente, afirmando que, lo antes que pudiese, Ghino lo visitaría; y dicho esto, se separó de él, y no volvió antes del día siguiente, con la misma cantidad de pan tostado y de vino; y así lo tuvo muchos días, hasta que se dio cuenta de que el abad había comido unas habas secas que él, a propósito y a escondidas, le había traído y dejado allí. Por la cual cosa, le preguntó de parte de Ghino que qué tal le parecía que estaba del estómago; a quien el abad respondió:
—Me parece que estaría bien si estuviese fuera de sus manos; y después de esto de nada tengo tanta gana como de comer, pues tan bien me han curado sus medicinas.
Ghino, pues, habiendo de su equipaje mismo y a sus criados hecho arreglar una hermosa alcoba, y hecho preparar un gran convite, al que con muchos hombres del castillo asistió toda la servidumbre del abad, se fue a verle la mañana siguiente y le dijo:
—Señor, puesto que os sentís bien, es tiempo de salir de la enfermería —y cogiéndolo de la mano a la cámara que le habían arreglado le llevó, y dejándolo en ella con su gente, fue a vigilar para que el convite fuese magnífico.
El abad, con los suyos un rato se entretuvo, y cómo había sido su vida les contó, mientras ellos por el contrario le dijeron que habían sido maravillosamente honrados por Ghino; pero llegada la hora de comer, el abad y todos los demás fueron, ordenadamente, servidos con buenos manjares y buenos vinos, sin que Ghino se diese a conocer al abad todavía. Pero luego de que el abad unos cuantos días vivió de esta manera, habiendo hecho Ghino traer a una sala todo su equipaje, y a un patio que estaba debajo de ella todos sus caballos hasta el más miserable rocín, fue al abad y le preguntó que qué tal estaba y si se sentía lo bastante fuerte para cabalgar; a lo que el abad respondió que estaba muy fuerte y bien curado del estómago, y que estaría bien en cuanto se viese fuera de las manos de Ghino. Llevó entonces Ghino al abad a la sala donde estaban su equipaje y todos sus servidores, y haciéndole asomar a una ventana desde donde podía ver todos sus caballos, dijo:
—Señor abad, debéis saber que el ser noble y arrojado de su patria y pobre, y el tener muchos y poderosos enemigos, han conducido a Ghino de Tacco, que soy yo, a ser ladrón de caminos y enemigo de la Iglesia de Roma para poder defender mi vida y mi nobleza, y no la maldad de ánimo. Pero porque me parecéis valeroso señor, después de haberos curado el estómago no entiendo trataros como lo haría a otros, que, cuando los tuviese en mis manos como os tengo a vos, me quedaría con la parte de sus cosas que me pareciese; sino me parece que vos, considerando mi necesidad, me entreguéis la parte de vuestras cosas que vos mismo queráis. Todas están aquí ante vos, y vuestros caballos podéis verlos en el patio desde esta ventana; y por ello, parte o todo, según os plazca, tomad, y desde ahora en adelante quede el iros o el quedaros a vuestro arbitrio.
Maravillóse el abad de que un ladrón de caminos pronunciase palabras tan magnánimas, y placiéndole mucho, súbitamente desaparecidos su ira y su malhumor, y transformados en benevolencia, convertido en amigo de Ghino en su corazón corrió a abrazarlo, diciendo:
—Juro ante Dios que por ganar la amistad de un hombre tal como ahora juzgo que eres, soportaría recibir mucho mayores ofensas que la que me parece que hasta ahora me has hecho. ¡Maldita sea la fortuna que a tan condenable oficio te obliga!
Y después de esto, habiendo hecho de sus muchas cosas coger algunas poquísimas y necesarias, y lo mismo de los caballos, y dejándole todas las otras, se volvió a Roma.
Había sabido el Papa la prisión del abad, y aunque mucho le había dolido, al verlo le preguntó que cómo le habían sentado los baños; al cual, sonriendo, repuso el abad:
—Santo Padre, antes de llegar a los baños encontré un valeroso médico que óptimamente me ha curado.
Y le contó el modo, de lo que se rió el Papa; al que el abad, continuando su conversación y movido por la grandeza de su ánimo, pidió una gracia. El Papa, creyendo que le pediría otra cosa, liberalmente ofreció hacer lo que pidiese. Entonces el abad dijo:
—Santo Padre, lo que entiendo pediros es que otorguéis vuestra gracia a Ghino de Tacco mi médico, porque entre los demás hombres valerosos y de pro que nunca he conocido, él es con certeza uno de los mejores, y el mal que hace juzgo que es mucho más culpa de la fortuna que suya; la cual, si vos, dándole algo con lo que pueda vivir según su condición, cambiáis, no dudo que en poco tiempo no os parezca a vos lo que a mí me parece.
El Papa, al oír esto, como quien fue de gran ánimo y admirador de los hombres valerosos, dijo que lo haría de buena gana si tan de pro era como decía, y que lo hiciese venir sin temor. Vino, pues, Ghino, sobre fianza, como plugo al abad, a la corte; y no había estado mucho junto al Papa cuando le reputó por valeroso, y dándole su paz, le otorgó un gran priorazgo del Hospital, habiéndole hecho caballero de éste; el cual, mientras vivió, lo mantuvo como amigo y servidor de la Santa Iglesia y del abad de Cluny.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 4 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 21 Jun 2020, 02:49

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NOVELA TERCERA

Mitrídanes, envidioso de la cortesía de Natán, yendo a matarlo, sin conocerlo se encuentracon él, e, informado por él mismo sobre lo que debe hacer, lo encuentra en un bosquecillo como éste lo había dispuesto; el cual, al reconocerlo, se avergüenza y se hace amigo suyo.

Cosa semejante a un milagro les parecía, en verdad, a todos haber escuchado; es decir, que un clérigo hubiese hecho algo magnífico; pero callando ya la conversación de las señoras, mandó el rey a Filostrato que continuase; el cual, prestamente, comenzó:
Nobles señoras, grande fue la magnificencia del rey de España y acaso mucho más inaudita la del abad de Cluny, ¡pero tal vez no menos maravilloso os parecerá oír que uno, por liberalidad, a otro que deseaba su sangre y también su espíritu, con circunspección se dispuso a entregársela! y lo habría hecho si aquél hubiera querido tomarlo, tal como en una novelita mía pretendo mostraros.
Certísimo es, si se puede dar fe a las palabras de algunos genoveses y de otros hombres que han estado en aquellas tierras, que en la parte de Cata, hubo un hombre de linaje noble y rico sin comparación, llamado por nombre Natán, el cual teniendo una finca cercana a un camino por el cual casi obligadamente pasaban todos los que desde Poniente a las partes de Levante o de Levante a Poniente querían venir, y teniendo el ánimo grande y liberal y deseoso de ser conocido por sus obras, teniendo allí muchos maestros, hizo allí en poco espacio de tiempo construir una de las mayores y más ricas mansiones que nunca fueran vistas, y con todas las cosas que eran necesarias para recibir y honrar a gente noble la hizo óptimamente proveer. Y teniendo numerosa y buena servidumbre, con agrado y con fiestas a quienquiera que iba o venía hacía recibir y honrar; y tanto perseveró en tal loable costumbre que ya no solamente en Levante, sino en Poniente se le conocía por su fama. Y estando ya cargado de años, pero no cansado de ejercitar la cortesía, sucedió que llegó su fama a los oídos de un joven llamado Mitrídanes, de una tierra no lejana de la suya, el cual, viéndose no menos rico que lo era Natán, sintiéndose celoso de su fama y de su virtud, se propuso o anularla u ofuscarla con mayores liberalidades; y haciendo construir una mansión semejante a la de Natán, comenzó a hacer las más desmedidas cortesías que nunca nadie había hecho a quien iba o venia por allí, y sin duda en poco tiempo muy famoso se hizo. Ahora bien, sucedió un día que, estando el joven completamente solo en el patio de su mansión, una mujercita, que había entrado por una de las puertas de la mansión, le pidió limosna y la obtuvo; y volviendo a entrar por la segunda puerta hasta él, la recibió de nuevo, y así sucesivamente hasta la duodécima; y volviendo la decimotercera vez, dijo Mitrídanes:
—Buena mujer, eres muy insistente en tu pedir —y no dejó, sin embargo, de darle una limosna. La viejecita, oídas estas palabras, dijo:
—¡Oh liberalidad de Natán, qué maravillosa eres!, que por treinta y dos puertas que tiene su mansión, como ésta, entrando y pidiéndole limosna, nunca fui reconocida por él (o al menos no lo mostró) y siempre la obtuve; y aquí no he venido más que trece todavía y he sido reconocida y reprendida.
Y diciendo esto, sin más volver, se fue. Mitrídanes, al oír las palabras de la vieja, como quien lo que escuchaba de la fama de Natán lo consideraba disminución de la suya, en rabiosa ira encendido comenzó a decir:
—¡Ay, triste de mí! ¿Cuándo alcanzaré la liberalidad de las grandes cosas de Natán, que no sólo no lo supero como busco, sino que en las cosas pequeñísimas no puedo acercármele? En verdad me canso en vano si no lo quito de la tierra; la cual cosa, ya que la vejez no se lo lleva, conviene que la haga con mis propias manos.
Y con este ímpetu se levantó, sin decir a ninguno su intención y, montando a caballo con pocos acompañantes, después de tres días llegó adonde vivía Natán; y habiendo a sus compañeros ordenado que fingiesen no conocerle y que se procurasen un albergue hasta que recibiesen de él otras órdenes, llegando allí al caer la tarde y estando solo, no muy lejos de la hermosa mansión encontró a Natán solo, el cual, sin ningún hábito pomposo, estaba dándose un paseo; a quien él, no conociéndole, preguntó si podía decirle dónde vivía Natán. Natán alegremente le repuso:
—Hijo mío, nadie en esta tierra puede mostrártelo mejor que yo, y por ello, cuando gustes te llevaré allí.
El joven dijo que le agradaría pero que, si podía ser, no quería ser visto ni conocido de Natán; al cual Natán dijo:
—También esto haré, pues que te place.
Echando, pues, Mitrídanes pie a tierra, con Natán, que agradabilísima conversación muy pronto trabó con él, hasta su mansión se fue. Allí hizo Natán a uno de sus criados coger el caballo del joven, y al oído le ordenó que prestamente arreglase con todos los de la casa que ninguno le dijera al joven que él era Natán; y así se hizo. Pero cuando ya en la mansión estuvieron, llevó a Mitrídanes a una hermosísima cámara donde nadie le veía sino quienes él había señalado para su servicio; y, haciéndolo honrar sumamente, él mismo le hacía compañía. Estando con el cual Mitrídanes, aunque le tuviese la reverencia que a un padre, le preguntó que quién era; al cual respondió Natán:
—Soy un humilde servidor de Natán, que desde mi infancia he envejecido con él, y nunca me elevó a otro estado que al que me ves; por lo cual, aunque todos los demás le alaben tanto, poco puedo alabarle yo.
Estas palabras llevaron algunas esperanza a Mitrídanes de poder con mejor consejo y con mayor seguridad llevar a efecto su perverso propósito; al cual, Natán, muy cortésmente le preguntó quién era y qué asunto le traía por allí, ofreciéndole su consejo y su ayuda en lo que pudiera. Mitrídanes tardó un tanto en responder y decidiéndose por fin a confiarse con él, con largo circunloquio, le pidió su palabra y luego el consejo y la ayuda; y quién era él y por qué había venido, y movido por qué sentimiento, enteramente le descubrió. Natán, oyendo el discurso y feroz propósito de Mitrídanes, mucho se enojó en su interior, pero sin tardar mucho, con fuerte ánimo e impasible gesto le respondió:
—Mitrídanes, noble fue tu padre y no quieres desmerecer de él, tan alta empresa habiendo acometido como lo has hecho, es decir, la de ser liberal con todos; y mucho la envidia que por la virtud de Natán sientes alabo porque, si de éstas hubiera muchas, el mundo, que es misérrimo, pronto se haría bueno. La intención que me has descubierto sin duda permanecerá oculta, para la cual antes un consejo útil que una gran ayuda puedo ofrecerte: el cual es éste. Puedes ver desde aquí un bosquecillo al que Natán casi todas las mañanas va él solo a pasearse durante un buen rato: allí fácil te será encontrarlo y hacerle lo que quieras; al cual, si matas, para que puedas sin impedimento a tu casa volver, no por el camino por el que viniste, sino por el que ves a la izquierda irás para salir del bosque, porque aunque algo más salvaje sea, está más cerca de tu casa y por consiguiente, más seguro.
Mitrídanes, recibida la información y habiéndose despedido Natán de él, ocultamente a sus compañeros (que también estaban allí adentro) hizo saber dónde debían esperarlo al día siguiente. Pero luego de que hubo llegado el nuevo día, Natán, no habiendo cambiado de intención por el consejo dado a Mitrídanes, ni habiéndolo cambiado en nada, se fue solo al bosquecillo y se dispuso a morir. Mitrídanes, levantándose y cogiendo su arco y su espada, que otras armas no tenía, y montado a caballo, se fue al bosquecillo, y desde lejos vio a Natán solo ir paseándose por él; y queriendo, antes de atacarlo, verlo y oírlo hablar, corrió hacia él y, cogiéndolo por el turbante que llevaba en la cabeza, dijo:
—¡Viejo, muerto eres!
Al que nada respondió Natán sino:
—Entonces es que lo he merecido.
Mitrídanes, al oír su voz y mirándole a la cara, súbitamente reconoció que era aquel que le había benignamente recibido y fielmente aconsejado; por lo que de repente desapareció su furor y su ira se convirtió en vergüenza. Con lo que, arrojando lejos la espada que para herirlo había desenvainado, bajándose del caballo, corrió llorando a arrojarse a los pies de Natán y dijo:
—Manifiestamente conozco, carísimo padre, vuestra liberalidad, viendo con cuánta prontitud habéis venido a entregarme vuestro espíritu, del que, sin ninguna razón, me mostré a vos mismo deseoso; pero Dios, más preocupado de mi deber que yo mismo, en el punto en que mayor ha sido la necesidad me ha abierto los ojos de la inteligencia, que la mísera envidia me había cerrado; y por ello, cuanto más pronto habéis sido en complacerme, tanto más conozco que debo hacer penitencia por mi error: tomad, pues, de mí, la venganza que estimáis convenientemente para mi pecado.
Natán hizo levantar a Mitrídanes, y tiernamente lo abrazó y lo besó, y le dijo:
—Hijo mío, en tu empresa, quieras llamarla mala o de otra manera, no es necesario pedir ni otorgar perdón porque no la emprendiste por odio, sino por poder ser tenido por el mejor. Vive, pues, confiado en mí, y ten por cierto que no vive ningún otro hombre que te ame tanto como yo, considerando la grandeza de tu ánimo que no a amasar dineros, como hacen los miserables, sino a gastar los amasados se ha entregado; y no te avergüences de haber querido matarme para hacerte famoso ni creas que yo me maraville de ello. Los sumos emperadores y los grandísimos reyes no han ampliado sus reinos, y por consiguiente su fama, sino con el arte de matar no sólo a un hombre como tú querías hacer, sino a infinitos, e incendiar países y abatir ciudades; por lo que si tú, por hacerte más famoso, sólo querías matarme a mí, no hacías nada maravilloso ni extraño, sino muy acostumbrado.
Mitrídanes, no excusando su perverso deseo sino alabando la honesta excusa que Natán le encontraba, razonando llegó a decirle que se maravillaba sobremanera de cómo Natán había podido disponerse a aquello y a darle la ocasión y el consejo; al cual dijo Natán:
—Mitrídanes, no quiero que ni de mi consejo ni de mi disposición te maravilles porque desde que soy dueño de mí mismo y dispuesto a hacer lo mismo que tú has emprendido, ninguno ha habido que llegase a mi casa que yo no lo contentase en lo que pudiera en lo que fuese por él pedido. Viniste tú deseoso de mi vida; por lo que, al oírtela solicitar, para que no fuese el único que sin obtener lo que habías pedido se fuese de aquí, prestamente decidí dártela y para que la tuvieses aquel consejo te di que creí que era bueno para obtener la mía y no perder la tuya; y por ello todavía te digo y ruego que, si te place, la tomes y te satisfagas con ella; no sé cómo podría emplearla mejor. Ya la he usado ochenta años y la he gastado en mis deleites y en mis consuelos; y sé que, según el curso de la naturaleza, como sucede a los demás hombres y generalmente a todas las cosas, por poco tiempo ya podrá serme otorgada; por lo que juzgo que es mucho mejor darla, como siempre he dado y gastado mis tesoros, que quererla conservar tanto que contra mi voluntad me sea arrebatada por la naturaleza. Pequeño don es dar cien años; ¿cuánto menor será dar seis u ocho que me queden por estar aquí? Tómala, pues, si te agrada, te ruego, porque mientras he vivido aquí todavía no he encontrado a nadie que la haya deseado y no sé cuándo pueda encontrar a alguno, si no la tomas tú que la deseas; y por ello, antes de que disminuya su valor tómala, te lo ruego.
Mitrídanes, avergonzándose profundamente, dijo:
—No quiera Dios que cosa tan preciosa como es vuestra vida vaya yo a tomarla, quitándola a vos, y ni siquiera que la desee, como antes hacía; a la cual no ya no disminuiría sus años, sino que le añadiría de los míos si pudiese.
A quien prestamente Natán dijo:
—Y si puedes, ¿querrías añadírselos? Y me harías hacer contigo lo que nunca con nadie he hecho, es decir, coger sus cosas, que nunca a nadie las cogí.
—Sí —dijo súbitamente Mitrídanes.
—Pues —dijo Natán— harás lo que voy a decirte. Te quedarás, joven como eres, aquí en mi casa y te llamarás Natán, y yo me iré a la tuya y siempre me haré llamar Mitrídanes.
Entonces Mitrídanes repuso:
—Si yo supiese obrar tan bien como sabéis vos y habéis sabido, tomaría sin pensarlo demasiado lo que me ofrecéis; pero porque me parece ser muy cierto que mis obras disminuirían la fama de Natán y yo no entiendo estropear en otra persona lo que no sé lograr para mí, no lo tomaré.
Estos y muchos otros amables razonamientos habidos entre Natán y Mitrídanes, cuando plugo a Natán juntos hacia la mansión volvieron, donde Natán, muchos días sumamente honró a Mitrídanes y con todo ingenio y sabiduría le confortó en su alto y grande propósito. Y queriendo Mitrídanes con su compañía volver a casa, habiéndole Natán muy bien hecho conocer que nunca en liberalidad podría vencerle, le dio su licencia.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 4 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 22 Jun 2020, 13:47

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NOVELA CUARTA

Micer Gentile de los Carisendi, llegado de Módena, saca de la sepultura a una dama amada por él, enterrada por muerta, la cual, confortada, pare un hijo varón, y micer Gentile a ella y a su hijo los restituye a Niccoluccio Caccianernici, su marido.

Maravillosa cosa pareció a todos que alguien fuese liberal con su propia sangre: y afirmaron que verdaderamente Natán había sobrepasado la del rey de España y la del abad de Cluny. Pero después de que durante un rato unas cosas y otras se dijeron, el rey, mirando a Laureta, le demostró que deseaba que narrase ella; por la cual cosa, Laureta prestamente comenzó:
Jóvenes señoras, magníficas y bellas han sido las contadas, y no me parece que se nos haya dejado nada para decir a nosotros por donde novelando podamos discurrir (tan ocupado está todo por la excelencia de las magnificencias contadas) si de los asuntos de amor no echamos mano, los cuales a toda materia de narración ofrecen abundantísima copia. Y por ello, tanto por esto como porque a ello debe principalmente inducirnos nuestra edad, me place contaros un gesto de magnificencia hecho por un enamorado, el cual, todo considerado, no os parecerá menor por ventura que alguno de los mostrados, si es verdad aquello de que los tesoros se dan, las enemistades se olvidan y se pone la propia vida, el honor y la fama, que es mucho más, en mil peligros por poder poseer la cosa amada.
Hubo, pues, en Bolonia, nobilísima ciudad de Lombardía, un caballero muy digno de consideración por su virtud y nobleza de sangre, que fue llamado micer Gentile de los Carisendi. El cual joven, de una noble señora llamada doña Catalina, mujer de un Niccoluccio Caccianernici, se enamoró; y porque mal era correspondido por el amor de la señora, como desesperado y siendo llamado por la ciudad de Módena para ser allí podestá, allí se fue. En este tiempo, no estando Niccoluccio en Bolonia, y habiéndose su mujer ido a una posesión suya a unas tres millas de la ciudad porque estaba grávida, sucedió que le sobrevino un fiero accidente, de tanta fuerza que apagó en ella toda señal de vida y por ello aun por algún médico fue juzgada muerta; y porque sus más próximos parientes decían que habían sabido por ella que no estaba todavía grávida de tanto tiempo como para que la criatura pudiese ser perfecta, sin tomarse otro cuidado, tal cual estaba, en una sepultura de una iglesia vecina, después de mucho llorar, la sepultaron. La cual cosa, inmediatamente por un amigo suyo le fue hecha saber a micer Gentile, el cual de ello, aunque de su gracia hubiese sido indigentísimo, se dolió mucho, diciéndose finalmente:
«He aquí, doña Catalina, que estás muerta; yo, mientras viviste, nunca pude obtener de ti una sola mirada; por lo que, ahora que no podrás prohibírmelo, muerta como estás, te quitaré algún beso.»
Y dicho esto, siendo ya de noche, organizando las cosas para que su ida fuese secreta, montando a caballo con un servidor suyo, sin detenerse un momento, llegó a donde sepultada estaba la dama; y abriendo la sepultura, en ella con cuidado y cautela entró, y echándose a su lado, su rostro acercó al de la señora y muchas veces derramando muchas lágrimas, la besó. Pero así como vemos que el apetito de los hombres no está nunca contento con ningún límite, sino que siempre desea más, y especialmente el de los amantes, habiendo éste decidido no quedarse allí, se dijo:
«¡Bah!, ¿por qué no le toco, ya que estoy aquí, un poco el pecho? No debo tocarla más y nunca la he tocado.»
Vencido, pues, por este apetito, le puso la mano en el seno y teniéndola allí durante algún espacio, le pareció sentir que en alguna parte le latía el corazón; y, después de que hubo alejado de sí todo temor, buscando con más atención, encontró que con seguridad no estaba muerta, aunque poca y débil juzgase su vida; por lo que, lo más suavemente que pudo, ayudado por su servidor, la sacó del monumento y poniéndola delante en el caballo, secretamente la llevó a su casa de Bolonia. Estaba allí su madre, valerosa y discreta señora, que después que de su hijo hubo extensamente todo oído, movida a compasión, ocultamente, con grandísimos fuegos y con algún baño, a aquella le volvió la desmayada vida. Al volver en sí la cual, dio la señora un gran suspiro y dijo:
—¡Ay!, ¿pues dónde estoy?
A lo que la valerosa señora respondió:
—Tranquilízate, estás en buen lugar.
Ella, vuelta en sí y mirando alrededor, no conociendo dónde estaba y viendo delante a micer Gentile, llena de maravilla a la madre de éste rogó que le dijese de qué guisa había ella venido aquí, a la cual micer Gentile ordenadamente contó todas las cosas. De lo que doliéndose ella, después de un poco le dio las gracias que pudo y luego le rogó, por el amor que le había tenido y por cortesía suya, en su casa no recibir nada que menoscabase su honor ni el de su marido, y al llegar el día, que la dejase volver a su casa propia; a quien micer Gentile repuso:
—Señora, cualquiera que mi deseo haya sido en tiempos pasados, no entiendo al presente ni nunca en adelante (puesto que Dios me ha concedido esta gracia que de la muerte a la vida os ha devuelto a mí, siendo el motivo el amor que en el pasado os he tenido) trataros ni aquí ni en ninguna otra parte sino como a una querida hermana. Pero el beneficio que os he hecho esta noche merece algún galardón; y por ello quiero que no me neguéis una gracia que voy a pediros.
Al cual la señora benignamente repuso que estaba dispuesta a ello si es que podía y era honesto. Micer Gentile dijo entonces:
—Señora, todos vuestros parientes y todos los boloñeses creen y tienen por cierto que estáis muerta, por lo que nadie hay que os espere en casa; y por ello quiero pediros como gracia que queráis quedaros aquí ocultamente con mi madre hasta que yo vuelva de Módena, que será pronto. Y la razón por la que os lo pido es porque deseo, en presencia de los mejores ciudadanos de esta ciudad, hacer de vos un precioso y solemne don a vuestro marido.
La dama, sabiendo que estaba obligada al caballero y que la petición era honesta, aunque mucho desease alegrar con su vida a sus parientes,se dispuso a hacer aquello que micer Gentile pedía, y así lo prometió y dio su palabra. Y apenas habían terminado las palabras de su respuesta cuando sintió que el tiempo de dar a luz había llegado; por lo que, tiernamente por la madre de micer Gentile ayudada, no mucho después parió un hermoso varón, la cual cosa muy mucho redobló la alegría de micer Gentile y la suya. Micer Gentile ordenó que las cosas necesarias fuesen preparadas y que ella fuese atendida como si su propia mujer fuese, y a Módena secretamente se volvió. Terminado allí el tiempo de su oficio y teniendo que volver a Bolonia, hizo que, la mañana que debía entrar en Bolonia, se preparase un gran convite en su casa para muchos y nobles señores de Bolonia entre los cuales estaba Niccoluccio Caccianernici; y habiendo vuelto y echado pie a tierra y encontrándose con ellos, habiendo también encontrado a la señora más hermosa y más sana que nunca y que su hijo estaba bien, con alegría incomparable a sus invitados sentó a la mesa y les hizo servir magníficamente muchos manjares. Y estando ya cerca de su fin la comida, habiendo él dicho primeramente a la señora lo que intentaba hacer y arreglado con ella la manera en que debía conducirse, así comenzó a hablar:
—Señores, me acuerdo de haber oído alguna vez que en Persia hay una costumbre honrada según mi juicio, la cual es que cuando alguien quiere honrar sumamente a su amigo lo invita a su casa y allí le muestra la cosa más preciada que tenga, sea su mujer, su amiga, o su hija, ¡afirmando que, si pudiese, tal como le muestra aquello, con mucho más agrado le mostraría su corazón!; la cual entiendo yo seguir en Bolonia. Vosotros, por vuestra merced, habéis honrado mi convite y yo quiero honraros a lo persa mostrándoos la cosa más preciada que tengo en el mundo y que siempre voy a tener. Pero antes de hacerlo os ruego que me digáis lo que opináis de una duda que voy a plantearos. Hay una persona que tiene en casa a un bueno y fiel servidor que enferma gravemente; este tal, sin esperar a ver el final del siervo enfermo lo hace llevar a mitad de la calle y no se preocupa más de él; viene un extraño y, movido a compasión por el enfermo, se lo lleva a su casa y con gran solicitud y con gastos lo devuelve a su salud primera; querría yo saber ahora si, teniéndolo y usando de sus servicios, su señor puede en toda equidad dolerse o quejarse del segundo si, al pedírselo, no quisiera devolvérselo.
Los gentileshombres, después de varios razonamientos entre sí y concurriendo todos en la misma opinión, a Niccoluccio Caccianernici, porque era un conversador bueno y ornado, encargaron de la respuesta. Éste, alabando primeramente la costumbre persa, dijo que él con los demás estaba concorde en esta opinión: que el primer señor ningún derecho tenía ya sobre su servidor puesto que en semejante caso no solamente lo había abandonado sino arrojado de sí, y que por los beneficios recibidos del segundo justamente parecía haber pasado a ser su servidor; por lo que, teniéndolo, ningún daño, ninguna fuerza, ninguna injuria le hacía al primero. Los demás hombres que a la mesa estaban, que mucho hombre valeroso había, dijeron juntos que sostenían lo que había sido contestado por Niccoluccio. El caballero, contento con tal respuesta y con que Niccoluccio la hubiese dado, afirmó que él también era de aquella opinión y luego dijo:
—Tiempo es ahora de que según mi promesa yo os honre.
Y llamados dos de sus servidores, los envió a la señora, a quien había hecho vestir y adornar egregiamente, y le mandó pedir que viniese a alegrar a los hombres nobles con su presencia. La cual, tomando en brazos a su hermosísimo hijito, acompañada por dos servidores, vino a la sala y, como plugo al caballero, junto a uno de los valerosos hombres se sentó; y él dijo:
—Señores, ésta es la cosa más preciada que tengo y que entiendo tener más que ninguna otra; mirad si os parece que tengo razón.
Los gentileshombres, honrándola y loándola mucho, y afirmando al caballero que como preciosa debía tenerla, comenzaron a mirarla; y muchos había allí que le habrían dicho quién era si por muerta no la hubiesen tenido; pero sobre todo la miraba Niccoluccio. El cual, habiéndose alejado un poco el caballero, como quien ardía en deseos de saber quién era ella, no pudiendo contenerse le preguntó si boloñesa era o forastera. La señora, oyendo que su marido le preguntaba, con trabajo se contuvo en responderle, pero para seguir la orden que le habían dado, se calló. Algún otro le preguntó si era suyo aquel niñito, y alguno si era la mujer de micer Gentile o de alguna manera pariente suya; a los cuales no dio ninguna respuesta. Pero llegando micer Gentile, dijo alguno de sus invitados:
—Señor, hermosa cosa es esta vuestra, pero parece muda; ¿lo es?
—Señores ——dijo micer Gentile—, el no haber ella hablado al presente es no pequeña prueba de su virtud.
—Decidnos, pues, vos —siguió el mismo—quién es.
Dijo el caballero:
—Lo haré de buen grado si me prometéis que por nada que diga nadie se moverá de su sitio hasta que esté terminada mi historia.
Habiéndolo prometido todos, y habiendo ya levantado las mesas, micer Gentile, sentándose junto a la señora, dijo:
—Señores, esta señora es aquel siervo leal y fiel sobre el cual os he hecho antes una pregunta; la cual, poco estimada por los suyos, y como vil y ya no útil arrojada en mitad de la calle, fue recogida por mí y con mi solicitud y obras arrancada de las manos de la muerte; y Dios, mirando mi puro afecto, de cuerpo espantable en tan hermosa la ha hecho volverse. Pero para que claramente entendáis cómo esto me ha sucedido, brevemente os lo aclararé.
Y comenzando desde su enamoramiento de ella, lo que sucedido había hasta entonces distintamente narró, con gran maravilla de los oyentes, y luego añadió:
—Por las cuales cosas, si mudado no habéis la opinión de hace un momento ahora, y especialmente Niccoluccio, esta mujer merecidamente es mía, y nadie puede reclamármela a justo título.
A esto nadie repuso sino que esperaban todos lo que iba a decir después. Niccoluccio y los demás que allí estaban, y la señora lloraban de compasión; pero micer Gentile, poniéndose en pie y tomando en sus brazos al pequeñito y a la señora de la mano y yendo hacia Niccoluccio dijo:
—Vamos, compadre, no te devuelvo a tu mujer, a quien tus parientes y los tuyos echaron a la calle, sino que quiero darte a esta señora, mi comadre, con este hijito suyo, el cual estoy seguro de que fue engendrado por ti y a quien sostuve en el bautismo y le di por nombre Gentile: y te ruego que porque haya estado en mi casa cerca de tres meses no te sea menos cara; que te juro por el Dios que tal vez de ella enamorarme hizo para que mi amor fuera, como ha sido, la ocasión de su salvación, que nunca ni con su padre ni con su madre ni contigo más honestamente ha vivido de lo que lo ha hecho junto a mi madre en mi casa.
Y dicho esto, se volvió a la señora y dijo:
—Señora, ahora ya de todas las promesas que me habéis hecho os libero y libre os dejo con Niccoluccio.Y habiendo devuelto a la mujer y al niño a los brazos de Niccoluccio, volvió a sentarse. Niccoluccio deseosamente recibió a su mujer y a su hijo, tanto más alegre cuanto más lejos estaba de esperarlos; y lo mejor que pudo y supo dio las gracias al caballero; y los demás, que todos de compasión lloraban, de esto le alabaron mucho, y alabado fue de quien lo oyó. La señora, con maravillosa fiesta fue recibida en su casa y como resucitada fue mucho tiempo mirada con admiración por los boloñeses; y micer Gentile siempre amigo vivió de Niccoluccio y de sus parientes y de los de la señora.
¿Qué, pues, diréis, aquí, benignas señoras? ¿Estimaréis que haber dado un rey su cetro y su corona, y un abad sin que nada le costase haber reconciliado a un malhechor con el Papa, y un viejo poner la garganta al cuchillo del enemigo, son dignos de igualar la acción de micer Gentile? El cual, joven y ardiente, y pareciéndole a justo título tener derecho a aquello que el descuido ajeno había desechado y él por su buena fortuna había recogido, no sólo templó honestamente su fuego, sino que liberalmente lo que solía con todos sus pensamientos tratar de robar, teniéndolo, lo restituyó. Por cierto que ninguna de las antes contadas me parece asemejarse a ésta.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 23 Jun 2020, 09:32

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NOVELA QUINTA

Doña Dianora pide a micer Ansaldo un jardín de enero bello como en mayo, micer Ansaldo, comprometiéndose con un nigromante, se lo da; el marido le concede que haga lo que guste micer Ansaldo el cual, oída la liberalidad del marido, la libra de la promesa y el nigromante, sin querer nada de lo suyo, libra de la suya a micer Ansaldo.

Por todos los de la alegre compañía había sido ya micer Gentile elevado al cielo con sumas alabanzas cuando el rey ordenó a Emilia que siguiese; la cual, desenvueltamente, como deseosa de hablar, así comenzó:
Blandas señoras, nadie dirá con razón que micer Gentile no obró con magnificencia; pero decir que no se pueda con más tal vez no demuestre que se puede más: lo que pienso contaros con una novelita mía.
En el Friuli, lugar, aunque frío alegre con bellas montañas, muchos ríos y claras fuentes, hay una ciudad llamada Udine en la que vivió una hermosa y noble señora llamada doña Dianora y mujer de un gran hombre rico llamado Gilberto, muy amable y de buena índole; y mereció esta señora por su valor ser sumamente amada por un noble y gran barón que tenía por nombre micer Ansaldo Gradense, hombre de alta condición y en las armas y en la cortesía conocido en todas partes. El cual, ardientemente amándola y haciendo todas las cosas que podía para ser amado por ella, y a ello con frecuencia solicitándola con sus embajadas, en vano se cansaba. Y siendo a la señora penosas las solicitaciones del caballero y viendo que, aunque le negase todo lo que él pedía, no por ello dejaba él de amarla ni de solicitarla, con una extraña y a su juicio imposible petición pensó que podría quitárselo de encima; y a una mujer que a ella venía muchas veces de parte de él, dijo un día así:
—Buena mujer, tú me has afirmado muchas veces que micer Ansaldo me ama sobre todas las cosas y maravillosos dones me has ofrecido de su parte; los cuales quiero que se quede con ellos porque por ellos nunca a amarle y a complacerle me llevará. Y si pudiese estar segura de que me ama tanto como decís, sin falta me dejaría ir a amarle y a hacer lo que él quisiese; y por ello, si quisiera asegurarme de ello con algo que voy a pedirle, estaría dispuesta a lo que me ordenase.
Dijo la buena mujer:
—¿Qué es, señora, lo que deseáis que haga?
Repuso la señora:
—Lo que deseo es esto: quiero, en el próximo mes de enero, cerca de esta ciudad, un jardín lleno de verdes hierbas, de flores y de frondosos árboles, no de otra manera hecho que si fuese en mayo; lo cual, si no lo hace, ni a ti ni a nadie envíe más a mí porque, si más me solicitase, tal como yo hasta ahora lo he tenido oculto a mi marido y a mis parientes, así, quejándome a ellos me ingeniaría en quitármelo de encima.
El caballero, oída la petición, y la promesa de su señora, aunque muy difícil cosa y casi imposible de hacer le pareciese, y conociendo que no por otra cosa le había pedido la dama aquello, sino para que abandonase toda esperanza, se propuso, sin embargo, intentar todo aquello que pudiese, y por muchas partes del mundo anduvo mirando si a alguien encontraba que ayuda o consejo le diese; y llegó a dar con uno que, si le pagaba bien, le prometía hacerlo con artes nigrománticas. Con el cual micer Ansaldo, concertándose por una grandísima cantidad de dinero, alegre esperó el tiempo que le habían ordenado; y venido el cual, siendo grandísimos los fríos y todas las cosas llenas de nieve y de hielo, el valeroso hombre en un hermosísimo prado cercano a la ciudad con sus artes hizo de tal manera, la noche a la cual seguía el primer día de enero, que por la mañana apareció, según los que lo veían testimoniaban, uno de los más hermosos jardines que nunca hubo visto nadie, con hierbas y con árboles y con frutos de todas clases. El cual, como micer Ansaldo, contentísimo, hubo visto, haciendo coger frutos de los más hermosos que había y flores de las más bellas, ocultamente los hizo llevar a su señora, e invitarla a ver el jardín por ella pedido para que por él pudiese conocer que la amaba y recordase la promesa que le había hecho y con juramento sellado, y como mujer leal procurase luego cumplirla. La señora, vistos las flores y los frutos, y ya habiendo oído hablar a muchos del maravilloso jardín, comenzó a arrepentirse de su promesa; pero con todo su arrepentimiento, como deseosa de ver cosas extrañas, con muchas otras damas de la ciudad fue a ver el jardín, y no sin maravilla alabándolo mucho, más triste que mujer alguna volvió a casa, pensando en aquello a que estaba obligada por ello. Y fue tanto el dolor que, no pudiéndolo esconder bien dentro de sí, hizo que, apareciendo fuera, su marido se diese cuenta; y quiso de todas las maneras que ella le dijese la razón. La señora, por vergüenza, lo calló largo tiempo; por último, obligada, ordenadamente le manifestó todo. Gilberto, primeramente, oyendo aquello se enfureció mucho; luego, considerando la pura intención de la señora, arrojando fuera de sí la ira, con más discreción, dijo:
—Dianora, no es de prudente ni de honesta mujer escuchar ninguna embajada de las de tal clase, ni negociar bajo ninguna condición la castidad con nadie. Las palabras recibidas en el corazón por los oídos tienen mayor fuerza que muchos juzgan y casi todo les es posible a los amantes. Mal hiciste, pues, primero al escuchar y luego al hacer un trato; pero como conozco la pureza de tu intención, para liberarte de los lazos de la promesa hecha, te concederé lo que tal vez ningún otro haría, induciéndome a ello también el miedo al nigromante, al cual tal vez micer Ansaldo, si le burlases, podría pedir nuestro daño. Quiero que vayas a él y, si de alguna manera puedes, te ingenies en hacer que, conservando tu honestidad, seas liberada de esta promesa; pero si de otro modo no pudiera ser, por esta vez, el cuerpo, pero no el ánimo, concédele.
La mujer, oyendo al marido, lloraba y negaba que tal gracia quisiese de él. A Gilberto, por mucho que su mujer se negase, plugo que fuese así, por lo que, venida la siguiente mañana, al salir la aurora, sin demasiado adornarse, con dos de sus servidores delante y con una camarera detrás, se fue la señora a casa de micer Ansaldo. El cual, al oír que su señora había venido a verle, se maravilló fuertemente, y levantándose y haciendo llamar al nigromante, le dijo:
—Quiero que veas qué gran bien me ha hecho conseguir tu arte.
Y saliendo a su encuentro, sin entregarse a ningún desordenado apetito con reverencia la recibió honestamente, y en una hermosa cámara con un gran fuego entraron todos; y haciéndola sentar, dijo:
—Señora, os ruego, si el largo amor que os he tenido merece algún galardón, que no os moleste decirme la verdadera razón que a tal hora os ha hecho venir y con tal compañía. La señora, vergonzosa y casi con las lágrimas en los ojos, repuso:
—Señor, ni amor que os tenga ni palabra dada me traen aquí, sino la orden de mi marido, el cual, teniendo más respeto a los trabajos de vuestro amor que a su honra y la mía, me ha hecho venir aquí, y por orden suya estoy dispuesta por esta vez a hacer lo que os agrade.
Micer Ansaldo, si primero se maravilló, oyendo a la señora mucho más comenzó a maravillarse, y conmovido por la liberalidad de Gilberto, su ardor en compasión comenzó a cambiar y dijo:
—Señora, no plazca a Dios, puesto que así es como vos decís, que sea yo quien manche el honor de quien tiene compasión de mi amor; y por ello, el estar aquí vos, cuanto os plazca, no será sino como si fueseis mi hermana, y, cuando sea de vuestro agrado, libremente podéis iros, a condición de que a vuestro marido, por tanta cortesía como has ido la suya, deis las gracias que creáis convenientes, teniéndome a mí siempre en el porvenir por amigo y por servidor.
La señora, oyendo estas palabras, más contenta que nunca, dijo:
—Nada podía hacerme creer, teniendo en consideración vuestras costumbres, que otra cosa debiera seguirse de mi venida sino lo que veo que hacéis; por lo que os estaré siempre obligada.
Y despidiéndose, honrosamente acompañada volvió con Gilberto y le contó lo que sucedido le había; de lo que se siguió una estrechísima y leal amistad entre él y micer Ansaldo. El nigromante, a quien micer Ansaldo se aprestaba a dar la prometida recompensa, vista la liberalidad de Gilberto para con micer Ansaldo y la de micer Ansaldo con la señora, dijo:
—No quiera Dios que, después de haber visto a Gilberto ser liberal con su honra y a vos con vuestro amor, no sea yo también liberal con mi recompensa; y por ello, sabiendo que os corresponde a vos, entiendo que sea vuestra.
El caballero se avergonzó y se ingenió todo lo que pudo en hacérsela tomar toda o en parte; pero luego de cansarse en vano, habiendo el nigromante hecho desaparecer su jardín después del tercer día y queriendo irse, le dejó irse con Dios; y apagado en el corazón el concupiscente amor, por la mujer quedó encendido en honesto afecto.
¿Qué diremos aquí, amorosas señoras? ¿Antepondremos la casi muerta señora y el amor entibiecido por la débil esperanza a esta liberal conducta de micer Ansaldo, que más ardientemente que nunca amaba y de más esperanza encendido que nunca estaba teniendo en sus manos la presa tan perseguida? Necia cosa me parecería creer que aquella liberalidad pudiera compararse a ésta.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 23 Jun 2020, 09:41

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NATALIA Y GRAZALEMA

Natalia era una amiga de mi madre que yo trataba durante las vacaciones, porque veraneaba como nosotros en Lloret de Mar. Ella pasaba muchos días en cama, y a mí me dijeron que padecía la enfermedad del sueño porque la había picado la mosca tse-tse. Yo fantaseaba con ello, que la convertía para mí en un ser extraordinario.
Cuando iba a visitarla, Natalia me recibía acostada en su dormitorio, donde yo me sentaba a los pies de su cama y ella me contaba unas historias bellísimas que no eran sino los argumentos de óperas que había visto.
Natalia era para mí como un hada buena. Cuando a su marido, un empresario importante, se le descubrió una amante, sintió tal vergüenza que se metió en su coche de donde permaneció sin que pudieran sacarle de allí durante varios días.

*

Grazalema era una señora que veraneaba, como nosotros, en Lloret de Mar. Supongo que sería socia del Club Náutico, donde se reunían las veraneantes para jugar al bridge todas las tardes de la semana mientras sus maridos estaban en Barcelona trabajando. Ellos venían solo a pasar los fines de semana.
Un verano, Grazalema organizó un espectáculo infantil que se celebró en el cine del pueblo. Durante las días previos vi como se preparaban cuidadosamente los disfraces que se habían de utilizar en el acto. Conservo una fotografía en que se ve un grupo de niños sobre el escenario vestidos de escoceses. Aún guardo el gorro de mi disfraz.

Pedro Casas Serra, Recuerdos durante el confinamiento, 04/06-2020.


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 24 Jun 2020, 03:36

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NOVELA SEXTA

El rey Carlos, ya viejo, victorioso, enamorado de una jovencita, avergonzándose de su loco amor, a ésta y a una hermana suya casa honrosamente.

¿Quién podría contar cabalmente los varios razonamientos que hubo entre las señoras sobre quién había usado de mayor liberalidad, Gilberto o micer Ansaldo o el nigromante, en torno a los casos de doña Dianora? Demasiado largo sería. Pero luego de que el rey hubo concedido que se disputasen un tanto, mirando a Fiameta, le mandó que novelando los sacase de su discusión; la cual, sin esperar un momento, comenzó:
Magníficas señoras, yo he sido siempre de la opinión de que, en las compañías como la nuestra, se debería hablar tan por extenso que la demasiada oscuridad en el sentido de las cosas dichas no fuese para los demás materia de discusión: lo que mucho más es propio de las escuelas, entre los estudiosos, que entre nosotras, que sólo con la rueca y el huso trabajamos. Y por ello yo, que tal vez pensaba en alguna cosa dudosa, viendo que por las ya dichas estáis riñendo, dejaré aquélla y contaré una no de un hombre de poco pelo sino de un valeroso rey, contando lo que caballerosamente hizo sin en nada faltar a su honor.
Todas vosotras podéis haber oído recordar muchas veces al rey Carlos el Viejo, o bien el Primero, por cuya magnífica acción y luego por la gloriosa victoria lograda sobre el rey Manfredi, fueron de Florencia los gibelinos arrojados y volvieron allí los güelfos; por la cual cosa, un caballero llamado micer Neri de los Uberti, con toda su familia y con muchos dineros saliendo de allí, no quiso humillarse sino bajo la protección del rey Carlos. Y para estar en un lugar solitario y terminar allí en reposo su vida, a Castellammare de Stabia se fue; y allí, como a un tiro de ballesta alejado de las demás habitaciones de la ciudad, entre olivos y avellanos y castaños, en los que la comarca es abundante, compró una posesión; sobre la cual hizo una gran casa hermosa y espaciosa y junto a ella un deleitable jardín, en medio del cual, a la manera nuestra, teniendo abundancia de agua corriente, hizo un claro y buen vivero y lo llenó fácilmente con muchos peces. Y de nada cuidando sino de hacer cada día más hermoso su jardín, sucedió que el rey Carlos, en época calurosa, fue algún tiempo a descansar a Castellammare, donde, oyendo la belleza del jardín de micer Neri, quiso verlo. Y habiendo oído de quién era, pensó que, porque a un partido contrario al suyo pertenecía el caballero, más familiarmente con él quería comportarse; y le mandó a decir que con cuatro acompañantes, privadamente, la noche siguiente quería cenar con él en su jardín. Lo que fue muy del agrado de micer Neri, y habiendo preparado magníficamente las mesas y habiendo arreglado con sus criados lo que debía hacerse, lo más alegremente que pudo y supo recibió al rey en su hermoso jardín; el cual, después de que todo el jardín y la casa de micer Neri hubo visto y alabado, estando las mesas puestas junto al vivero, a una de ellas, después de haberse lavado, se sentó, y al conde Guido de Monforte, que uno de sus acompañantes era, mandó que se sentase a un lado suyo y a micer Neri al otro, y a los otros tres que con él habían venido mandó que sirviesen la mesa según el orden establecido por micer Neri. Vinieron allí las bebidas delicadas y allí estuvieron los vinos óptimos y preciosos, y la manera de servir muy bella y digna de alabanza, sin ningún ruido ni ningún error, lo que el rey alabó mucho. Y estando comiendo él alegremente y disfrutando del lugar solitario, en el jardín entraron dos jovencitas de edad de unos quince años cada una, rubias como las hebras del oro y con los cabellos todos ensortijados y sobre ellos, sueltos, una fina guirnalda de vincapervinca, y en los rostros antes parecían corderos que otra cosa, tan delicados y hermosos los tenían; y estaban vestidas con un vestido de lino sutilísimo y blanco como la nieve sobre sus carnes, el cual de la cintura para arriba era estrechísimo y de allí para abajo ancho, a guisa de un pabellón y largo hasta los pies. Y la que venía delante llevaba sobre los hombros un par de carriegos que mantenía con la siniestra mano, y en la diestra llevaba un bastón largo y bajo aquel mismo brazo una brazada de leña y en la mano unas trébedes y en la otra mano una orza de aceite y un fuego encendido; las cuales, al verlas el rey, se maravilló y, suspenso, esperó a ver qué quería decir esto. Las jovencitas, llegadas más adelante, honestamente y tímidas hicieron una reverencia al rey; y después, yendo a donde se entraba en el vivero, la que llevaba la sartén, dejándola en el suelo y las demás cosas junto a ella, cogió el bastón que la otra llevaba, y las dos en el vivero, cuya agua les llegaba al pecho, entraron. Uno de los servidores de micer Neri, prestamente allí encendió el fuego, y puesta la sartén sobre las trébedes y echando en ella el aceite, comenzó a esperar a que las jóvenes le echasen los peces. De 1as cuales, una, buscando en los lugares donde sabía que se escondían los peces, y la otra preparando los carriegos, con grandísimo placer del rey que aquello atentamente miraba, en poco espacio de tiempo cogieron un montón de peces; y arrojándoselos al criado, que casi vivos los echaba en la sartén, tal como se les había enseñado, comenzaron a coger los más hermosos y a echarlos encima de la mesa delante del rey, y del conde Guido y su padre. Estos peces se escurrían por la mesa, con lo que el rey recibía maravilloso placer; e igualmente cogiéndolos él, a las jóvenes cortésmente se los devolvía arrojándoselos, y así un rato estuvieron jugando, hasta que el criado hubo frito aquellos que le habían dado; los cuales, más como entremés que como comida muy preciosa o deleitable habiéndolo ordenado micer Neri, fueron puestos delante del rey. Las jóvenes, al ver los peces fritos y habiendo bastante pescado, habiéndoseles completamente el blanco vestido pegado a las carnes y no ocultando casi nada de sus delicados cuerpos, salieron del vivero; y habiendo cada una recogido las cosas que habían llevado, pasando vergonzosas delante del rey, a casa se volvieron. El rey y el conde y los demás que servían habían mucho observado a estas jovencitas, y mucho dentro de sí mismos las había estimado cada uno bellas y bien hechas, y además de ello, amables y corteses; pero sobre todos los demás habían agradado al rey; el cual, tan atentamente todas las partes de su cuerpo había considerado cuando salían del agua que a quien entonces lo hubiese pinchado no lo hubiera sentido. Y mucho acordándose de ellas, sin saber quiénes eran ni cómo, sintió en el corazón despertarse un ardentísimo deseo de agradarles, por lo cual muy bien conoció que iba a enamorarse si no tenía cuidado; y no sabía él mismo cuál de las dos era la que más le agradaba, tan semejante en todas las cosas era una a la otra. Pero luego de que un tanto hubo dado vueltas a este pensamiento, volviéndose a micer Neri le preguntó quiénes eran las dos damiselas; a quien micer Neri repuso:
—Monseñor, son mis hijas y nacidas de un mismo parto, de las cuales una tiene por nombre Ginebra la bella y la otra Isotta la rubia.
El rey se las alabó mucho, exhortándole a casarlas; de lo que micer Neri, por no estar ya en posición de hacerlo, se excusó. Y en esto, no quedando sino las frutas por servir a la mesa, vinieron las dos jóvenes con dos corpiños de tafetán bellísimos, con dos grandísimas bandejas de plata en la mano llenas de frutos variados, según los daba la estación, y los llevaron ante el rey sobre la mesa. Y hecho esto, retirándose un poco, comenzaron a cantar una tonada cuya letra comenzaba:
Adónde he llegado, Amor,
contarse no podría largamente,

con tanta dulzura y tan agradablemente que al rey, que con deleite miraba y escuchaba, le parecía que todas las jerarquías de los ángeles habían descendido allí a cantar; y terminado aquélla, arrodillándose, reverentemente pidieron licencia al rey, el cual, aunque su partida le doliese, aparentemente con alegría se la dio. Terminada, pues, la cena, y habiendo vuelto el rey a montar a caballo con sus compañeros y separándose de micer Neri, hablando de una cosa y de la otra, al real palacio volvieron. Allí, teniendo el rey su pasión escondida y no pudiendo olvidar la hermosura y el agrado de Ginebra la bella por muchas cosas que sucediesen, por cuyo amor también amaba a su hermana, tan semejante a ella, tanto se dejó prender en la amorosa trampa que casi no podía pensar en otra cosa; y fingiendo otros motivos, con micer Neri tenía una estrecha familiaridad y muy frecuentemente visitaba su hermoso jardín para ver a Ginebra. Y no pudiendo ya más soportarlo, y habiéndosele (no sabiendo ver otra manera) venido al pensamiento no solamente una, sino las dos jovencitas quitarle a su padre, manifestó su intención y su amor al conde Guido. El cual, que era valeroso hombre, le dijo:
—Monseñor, me maravilla mucho lo que me decís, y tanto más de lo que se maravillaría otro cuanto me parece que desde vuestra infancia hasta estos días he conocido mejor que nadie vuestras costumbres; y no habiéndome parecido en vuestra juventud (en la cual Amor más fácilmente debía hincar sus garras) haberos conocido tal pasión, oyéndoos ahora, que ya estáis cercano a la vejez, me resulta tan raro y tan extraño que améis vos de amor que casi me parece un milagro. Y si a mí me correspondiese reprenderos, sé bien lo que os diría, considerando que estáis todavía en armas en el reino recientemente conquistado, entre gentes no conocidas y llenas de engaños y de traición, y todo ocupado con grandísimos cuidados y de alto gobierno, y aún no habéis podido sentaros cuando entre tantas cosas habéis hecho lugar al lisonjero amor. Esto no es propio de rey magnánimo, sino de un pusilánime jovencito. Y además de esto, lo que es mucho peor, decís que habéis deliberado quitarle las dos hijas al pobre caballero que en su casa os ha honrado más allá de lo que podía, y por honraros más os las ha mostrado casi desnudas, testimoniando con ello cuánta sea la fe que tiene en vos, y que firmemente cree que vos sois un rey y no un lobo rapaz. Pues ¿se os ha ido tan pronto de la memoria que la violencia hecha a las mujeres por Manfredi os ha abierto las puertas de este reino? ¿Qué traición se ha cometido nunca más digna del eterno suplicio que sería ésta: que a aquel que os honra le quitéis su honor, su bien, su esperanza y su consuelo? ¿Qué se diría si lo hicieseis? Tal vez juzgáis que suficiente excusa sería decir: «Lo hice porque es gibelino». Pues ¿es esto propio de la justicia de un rey, que a quienes en sus brazos se echan de esta forma los trate de tal guisa, sean quienes fueren? Os recuerdo, rey, que grandísima gloria os ha sido vencer a Manfredi y derrotar a Curradino, pero mucho mayor es vencerse a sí mismo; y por ello vos, que debéis corregir a los otros, venceos a vos mismo y refrenad ese apetito, y no queráis con tal mancha destruir lo que gloriosamente habéis conquistado.
Estas palabras hirieron amargamente el ánimo del rey, y tanto más le afligieron cuanto más verdaderas las sabía; por lo que, después de algún cálido suspiro, dijo:
—Conde, por cierto que a cualquiera otro enemigo, por muy fuerte que sea, juzgo que le sea al bien enseñado guerrero débil y fácil de vencer con relación a su mismo apetito; pero por muy grande que sea el deseo y necesite fuerzas inestimables, tanto me han espoleado vuestras palabras que conviene que, antes de que pasen demasiados días, os haga ver con obras que, como sé vencer a otros, sé someterme a mí mismo igualmente.
Y no muchos días después de que tuvieron lugar estas palabras, vuelve el rey a Nápoles, tanto por quitarse a sí mismo la ocasión de hacer alguna cosa vil como por premiar al caballero del honor recibido de él, por muy duro que le fuese hacer a otro poseedor de lo que sumamente deseaba para él mismo, no se dispuso menos a casar a las dos jóvenes, y no como a hijas de micer Neri, sino como a suyas. Y con placer de micer Neri, dotándolas magníficamente, a Ginebra la bella dio a micer Maffeo de Palizzi, y a Isotta la rubia a micer Guiglielmo de la Magna, nobles caballeros y grandes barones ambos; y asignándoselas a ellos, con dolor inestimable se fue a Apulia, y con fatigas continuas tanto maceró a su ciego apetito que, despedazadas y rotas las amorosas cadenas, por todo lo que vivir debía libre quedó de tal pasión.
Habrá tal vez quienes digan que pequeña cosa es para un rey haber casado a dos jovencitas, y lo concederé; pero que muy grande y grandísima es diré, si decimos que un rey enamorado lo haya hecho, casando a aquella a quien amaba sin haber tomado o cogido de su amor fronda, o flor, o fruto. Así pues, obró el magnífico rey premiando altamente al noble caballero, honrando loablemente a las amadas jovencitas y venciéndose a sí mismo duramente.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 25 Jun 2020, 03:19

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NOVELA SÉPTIMA

El rey Pedro, oyendo el ardiente amor que le tiene la enferma Lisa, la consuela y luego la casa con un joven noble, y besándola en la frente dice que será siempre su caballero.

Llegado había Fiameta al fin de su novela y muy alabada había sido la viril magnificencia del rey Carlos, por más que alguna de las que allí estaban, que era gibelina, no quisiese alabarlo, cuando Pampínea, habiéndoselo ordenado el rey, comenzó:
Nadie que sea discreto, conspicuas señoras, habría que no dijera lo que decís vosotras del buen rey Carlos, sino quien por otro motivo le quiera mal. Pero como por la memoria me está rondando una cosa tal vez no menos loable que fue hecha por un adversario suyo a una joven de nuestra Florencia, me place contárosla:
En el tiempo en que los franceses fueron arrojados de Sicilia, había en Palermo un boticario florentino llamado Bernardo Puccini, hombre riquísimo que de su mujer tenía solo una hijita hermosísima y ya en edad de casarse. Y habiendo llegado a ser señor de la isla el rey Pedro de Aragón, celebraba en Palermo una maravillosa fiesta con sus barones; en la cual fiesta, estando justando él a la catalana, sucedió que la hija de Bernardo, cuyo nombre era Lisa, desde una ventana donde estaba con otras damas lo vio mientras corría, y tan maravillosamente le agradó que mirándolo luego una vez y otra se enamoró de él ardientemente. Y terminada la fiesta y estando ella en casa de su padre, en ninguna otra cosa podía pensar sino en este su magnífico y alto amor; y lo que en este asunto le dolía era el conocimiento de su ínfima condición que apenas le dejaba tener ninguna esperanza de un final feliz; pero no obstante no quería apartarse de amar al rey y por miedo de un mayor mal no se atrevía a manifestarlo. El rey de esto no se había dado cuenta ni se preocupaba, de lo que ella, más allá de lo que pudiera juzgarse, sentía intolerable dolor; por la cual cosa sucedió que, creciendo en ella continuamente amor, y sumándose una tristeza a la otra, la hermosa joven, no pudiendo más, enfermó y, evidentemente de día en día, como la nieve al sol se consumía. Su padre y su madre, doloridos de esta enfermedad, con consuelos continuos y con médicos y con medicinas en lo que era posible le ayudaban; pero de nada servía porque ella, como desesperada de su amor, había elegido no seguir viviendo. Ahora bien, sucedió que, ofreciéndole su padre darle todo lo que quisiera, le vino al pensamiento que si convenientemente pudiese, querría hacer saber al rey su amor y su decisión antes de morir: y por ello, un día le rogó que hiciera venir a Minuccio de Arezzo. Era en aquellos tiempos Minuccio tenido por un finísimo cantor y músico y con agrado era recibido por el rey Pedro, al cual avisó Bernardo de que Lisa querría oírle tocar y cantar un rato; por lo que, haciéndoselo decir, él, que era hombre amable, incontinenti vino a donde ella; y luego de que un tanto con tiernas palabras la hubo consolado, con una viola dulcemente tocó alguna estampida y cantó luego algunas canciones que para el amor de la joven eran fuego y llama, cuando él lo que creía era consolarla. Después de esto, dijo la joven que quería hablar con él solo unas palabras; por lo que, yéndose todos los demás, le dijo ella:
—Minuccio, te he elegido a ti para fidelísimo guardián de un secreto mío, esperando primeramente que a nadie sino a quien yo te diga debas manifestarlo nunca, y luego, que en lo que puedas me ayudes: y esto te ruego. Debes, pues, saber, Minuccio mío, que el día que nuestro señor el rey Pedro celebró su gran fiesta de subida al trono, me sucedió verlo, mientras estaba justando, en tan fuerte momento, que por su amor se me encendió en el alma un fuego tal que a la situación me ha traído en que me ves; y conociendo yo cuán mal conviene mi amor a un rey, y no pudiendo no ya arrojarlo de mí, sino disminuirlo, y siéndome sobremanera duro de soportar, he elegido como menor aflicción, morir; y así lo haré. Y es verdad que grandemente me iría consolada si lo supiera él primero; y no sabiendo por quién poderle hacer saber esta disposición mía más apropiadamente que por ti, quiero a ti encomendarla y te ruego que no te rehúses a hacerlo; y cuando lo hayas hecho, házmelo saber para que yo, muriendo consolada, me desenlace de estas penas.
Y dicho esto, llorando, calló. Maravillóse Minuccio de la grandeza del ánimo de ella y de su duro propósito, y mucho se compadeció de ella; y súbitamente le vino al ánimo cómo honestamente podría ayudarla, y le dijo:
—Lisa, te doy mi palabra, por la que está segura de que nunca serás engañada; y además, alabándote por tan alto empeño como es haber puesto el ánimo en tan gran rey, te ofrezco mi ayuda, con la que espero que, si quieres consolarte, obraré de tal manera que antes de que pase el tercer día creo que podré traerte noticias que sumamente queridas te serán; y para no perder tiempo, me voy a darle principio.
Lisa, por ello de nuevo rogándole mucho y prometiéndole animarse, le dijo que se fuese con Dios. Minuccio, yéndose, fue a buscar a un tal Mico de Siena, muy buen decidor en rima en aquellos tiempos, y con ruegos le obligó a hacer la cancioncita que sigue:
Muévete, Amor, y vete a mi señor
y cuéntale las penas que sostengo,
dile que a muerte vengo
por celar mi deseo por temor.
Piedad, Amor: de rodillas te llamo,
ve y busca a mi señor en donde mora,
dile que mucho le deseo y amo
pues dulcemente el alma me enamora,
y por el fuego ardiente en que me inflamo
temo morir, y no veo la hora
en que me aleje de pena tan dura
como padezco su amor deseando,
temiendo y vacilando
¡Por Dios, haz que conozca mi dolor!
Desde que de él estoy enamorada,
no me has dejado, Amor, atrevimiento:
siempre estoy asustada
sin poderle mostrar mi sentimiento
a quien me tiene tan apasionada
y, muriendo, morir es mi tormento;
tal vez no le daría descontento
conocer el dolor del alma mía
si tuviera osadía
para manifestarle este mi ardor.
Y pues que no te fue agradable, Amor,
el concederme tanta confianza
que pudiese decir a mi señor
¡ay de mí! por mensaje o en semblanza
el sentimiento que me da calor,
vete ante él y ante su remembranza
trae aquel día en que a escudo y a lanza
con otros caballeros vi justar
indúcelo a mirar
cómo perezco por su dulce amor.

Las cuales palabras, Minuccio entonó prestamente con un son suave y piadoso, como su materia requería, y el tercer día se fue a la corte, cuando estaba el rey Pedro todavía comiendo; por el cual le fue dicho que cantase algo con su viola. Con lo que él comenzó, tan dulcemente tocando, a cantar esta canción que cuantos en la real sala estaban parecían bajo un sortilegio, de tan callados y suspensos escuchando como estaban todos, y el rey casi más que los otros. Y habiendo Minuccio terminado su canto, el rey le preguntó de dónde procedía, que no le parecía haberlo oído nunca.
—Monseñor —repuso Minuccio—, no hace aún tres días que se compusieron las palabras y la música.
El cual, habiéndole el rey preguntado que por quién, repuso:
—No me atrevo a descubrirlo sino a vos.
El rey, deseoso de oírlo, levantadas las mesas, le hizo entrar a él solo en su cámara, donde Minuccio ordenadamente le contó todo lo oído; lo que el rey celebró mucho y mucho alabó a la joven y dijo que de joven tan valerosa había que tener compasión, y por ello que fuese de su parte a ella y la confortase, y le dijera que sin falta aquel día al atardecer vendría a visitarla. Minuccio, contentísimo de llevar tan placenteras nuevas a la joven, sin dilación con su viola se fue y, hablando con ella sola, todo lo que había pasado le contó, y luego cantó la canción con su viola. De esto se puso la joven tan alegre y tan contenta que claramente y sin tardanza aparecieron señales grandísimas de su mejoría; y con deseo, sin saber ni presumir ninguno de la casa qué fuese aquello, se puso a esperar el atardecer en que su señor debía venir. El rey, que liberal y benigno señor era, habiendo luego pensado muchas veces en las cosas oídas a Minuccio y conociendo óptimamente a la joven y su hermosura, se compadeció más de lo que estaba y al llegar la caída de la tarde montando a caballo, aparentando ir de paseo, llegó donde estaba la casa del boticario; y allí, haciendo pedir que le abriesen un bellísimo jardín que el boticario tenía, allí bajó de su caballo, y luego de un tanto preguntó a Bernardo que qué era de su hija, si la había casado ya. Repuso Bernardo:
—Señor, no está casada sino que ha estado y aún está muy enferma; aunque es verdad que desde nona para acá se ha mejorado maravillosamente.
El rey comprendió prestamente lo que aquella mejoría quería decir y dijo:
—A fe que desgracia sería que fuese quitada al mundo tan hermosa cosa; queremos ir a visitarla.
Y con dos de sus compañeros solamente y con Bernardo en la alcoba de ella poco después entró, y en cuanto estuvo dentro se acercó a la cama donde la joven, algo incorporada en ella, le esperaba deseosa, y le cogió una mano, diciéndole:
—Señora, ¿qué quiere decir esto? Sois joven y debéis confortar a los otros, ¿y os dejáis enfermar? Queremos rogaros que os plazca por nuestro amor consolaros de manera que estéis pronto curada.
La joven, sintiéndose coger las manos por aquel a quien sobre todas las cosas amaba, aunque un tanto se avergonzase, sentía tan gran placer en el ánimo como si hubiera estado en el paraíso, y como pudo le respondió:
—Señor mío, el querer poner mis pocas fuerzas sobre gravísimos pesos ha sido la razón de esta enfermedad, de la cual vos, por vuestra gracia, pronto libre me veréis.
Sólo el rey entendía el encubierto hablar de la joven y a cada momento la reputaba de más valor, y muchas veces maldijo en su interior a la fortuna que de tal hombre la había hecho hija; y luego de que un tanto hubo estado con ella y confortándola más todavía, se fue. Este rasgo de humanidad del rey fue muy alabado y en gran honor tenido para el boticario y su hija; la cual, tan contenta se quedó como cualquiera otra mujer lo estuvo alguna vez de su amante; y por una mejor esperanza ayudada, curada en pocos días, más hermosa se puso de lo que lo había sido nunca. Pero luego de que estuvo curada, habiendo el rey con la reina discurrido qué recompensa a tal amor quería darle, montando un día a caballo, con muchos de sus barones se fue a casa del boticario, y entrando en el jardín hizo llamar al boticario y a su hija; y en esto llegando la reina con muchas damas, y recibiendo a la joven entre ellas, comenzaron una maravillosa fiesta. Y luego de algún tanto, el rey y la reina llamando a Lisa, le dijo al rey:
—Valerosa joven, el gran amor que me habéis tenido os ha alcanzado de nos gran honor, del que queremos que por amor a nos estéis contenta; y el honor es éste: que, como sea que estáis en edad de casaros queremos que toméis por marido al que os vamos a dar, entendiendo siempre, no obstante esto, llamarme vuestro caballero, sin querer de tanto amor tomar de vos sino un solo beso.
La joven, que de vergüenza tenía la faz bermeja, haciendo suyo el gusto del rey, en voz baja respondió así:
—Señor mío, estoy muy cierta de que si se supiera que me he enamorado de vos, las más de las gentes me reputarían loca, creyendo tal vez que a mí misma me hubiese olvidado y que mi condición (y además de ella la vuestra) no conozco; pero como Dios sabe, que sólo el corazón de los mortales ve y conoce, en el momento que primero me gustasteis conocí que erais rey y yo la hija de Bernardo el boticario, y mal convenirme a mí a tan alto lugar dirigir el ardor de mi ánimo. Pero tal como vos mejor que yo conocéis, nadie se enamora por meditada elección sino según el apetito y el gusto; ley a la cual muchas veces se opusieron mis fuerzas; y no pudiendo más, os amé y os amo y os amaré siempre. Es verdad que, al sentirme prender por vuestro amor, me dispuse por completo a hacer siempre de vuestro deseo el mío y por ello no el hacer esto de tomar de buen grado marido y tener en estima a quien os plazca darme (que sea mi honor y estado), sino que si me dijeseis que me quedase en el fuego, si creía que os agradaba, me daría placer. Teneros a vos, rey, por caballero, sabéis que me conviene y por ello más a esto no respondo; y no os será concedido el beso que queréis de mi amor sin licencia de mi señora la reina. Y de tanta benignidad hacia mí cuanta es la vuestra y de mi señora la reina que está aquí, Dios os conceda por mí las gracias y el premio que yo no puedo dar.
Y aquí calló. A la reina plugo mucho la respuesta de la joven y le pareció tan discreta como le había dicho el rey. El rey hizo llamar al padre de la joven y a la madre y, sintiéndose contentos de lo que hacer se proponía, hizo llamar a un joven, que era hombre noble aunque pobre, que tenía por nombre Perdicone, y poniéndole unos anillos en la mano, a él que no rehusaba hacerlo, hizo casarse con Lisa; a los cuales incontinenti el rey, además de muchas joyas preciosas que él y la reina a la joven dieron, les dio Cefalú y Caltabellotta, dos buenísimos feudos y de gran fruto, diciendo:
—Éstas te las damos como dote de la dama; lo que queremos hacerte a ti lo verás en el tiempo por venir.
Y dicho esto, volviéndose a la joven, dijo:
—Ahora queremos tomar aquel fruto que de vuestro amor debemos tener —y cogiéndole la cabeza con las dos manos, la besó en la frente. Perdicone y el padre y la madre de Lisa, y ella también, contentos hicieron grandísima fiesta y alegres bodas: y según lo que muchos afirman, muy bien cumplió el rey lo convenido con la joven, porque mientras vivió se llamó siempre caballero suyo y nunca fue a ningún hecho de armas llevando otra enseña sino la que por la joven le fuese mandada. Así pues, obrando se conquistan las almas de los súbditos, se da a otros ejemplos de bien obrar y se conquistan las famas eternas; a la cual cosa hoy pocos o ninguno ha tendido el arco del intelecto, habiéndose convertido en tiranos y en crueles la mayoría de los señores.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 4 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 26 Jun 2020, 10:24

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NOVELA OCTAVA

Sofronia, creyendo ser la mujer de Gisippo, lo es de Tito Quinto Fulvio y con él se va a Roma; adonde Gisippo llega en pobre estado, y creyendo ser despreciado por Tito, afirma, para morir, que ha matado a un hombre, Tito, reconociéndolo, dice, para salvarlo, que lo ha matado él, lo cual, viéndolo quien lo había hecho, se culpa a sí mismo; por la cual cosa son todos puestos en libertad por Octavio, y Tito a Gisippo da a su hermana por mujer y reparte con él todos sus bienes.

Filomena, por mandato del rey, habiéndose callado Pampínea y habiendo ya todas ellas alabado al rey Pedro, y más gibelina que las otras, comenzó:
Magníficas señoras, ¿quién no sabe que los reyes pueden, cuando quieren, hacer las más altas cosas y que además a ellos les cumple especialísimamente ser magníficos? Quien, por consiguiente, hace lo que debe hacer, hace bien; pero no hay que maravillarse tanto ni alzarlo tan alto con alabanzas sumas como convendría a otro que lo hiciese, de quien, por tener menos posibles menos se esperase. Y por ello, si con tantas palabras las obras del rey exaltáis y os parecen buenas, no dudo que mucho más deban agradaros y ser alabadas por vos las de nuestros iguales cuando son semejantes a las del rey o mejores; por lo que una admirable obra y magnífica hecha por dos ciudadanos amigos me he propuesto contaros en una historia.
Así pues, en el tiempo en que Octavio César, no todavía como Augusto, sino desde el puesto llamado triunvirato, regía el imperio de Roma, hubo en Roma un hombre noble llamado Publio Quinto Fulvio el cual, teniendo un hijo llamado Tito Quinto Fulvio, de maravilloso ingenio, lo mandó a Atenas a aprender filosofía, y cuanto más pudo lo recomendó a un hombre noble de la ciudad llamado Cremetes, el cual era muy viejo amigo suyo. Por el cual Tito, en su propia casa fue alojado en compañía de un hijo suyo llamado Gisippo; y bajo la enseñanza de un filósofo llamado Aristippo, tanto Tito como Gisippo fueron por igual puestos a estudiar por Cremetes. Y frecuentándose mucho los dos jóvenes, tanto llegaron a ser semejantes sus costumbres que una fraternidad y una amistad tan grande nació entre ellos que nunca luego fue destruida sino por la muerte; y ninguno de ellos gozaba de bien ni de reposo sino cuando estaban juntos. Habían comenzado los estudios e igualmente los dos con altísimo ingenio dotados, subían a la gloriosa altura de la filosofía con iguales pasos y con maravillosa alabanza; y en tal vida (con grandísimo placer de Cremetes, que casi no consideraba más hijo suyo al uno que al otro) perseveraron al menos tres años. Al final de los cuales, como con todas las cosas sucede, sucedió que Cremetes, ya viejo, cerró los ojos a esta vida, de lo que un igual dolor, así como por común padre, sintieron, y ni los amigos ni los parientes de Cremetes discernían cuál de los dos habría de ser más consolado por el sucedido caso. Sucedió, después de unos cuantos meses, que los amigos de Gisippo y los parientes fueron a estar con él y junto con Tito le animaron a tomar mujer, y le encontraron una joven de maravillosa hermosura y de nobilísimos parientes descendiente y ciudadana de Atenas, cuyo nombre era Sofronia, de edad de unos quince años. Y acercándose el momento de las futuras bodas, Gisippo rogó a Tito un día que fuese con él a verla, que todavía no la había visto; y llegados a casa de ella, y estando ella entre ambos, Tito, como apreciador de la hermosura de la novia de su amigo comenzó a mirarla atentísimamente, y todas sus partes desmedidamente agradándole, mientras las ponderaba sumamente para sí, tan profundamente, sin darlo a entender, se inflamó por ella, cuanto ningún amante de mujer se ha inflamado nunca. Pero luego que con ella hubieron estado, despidiéndose, a casa se volvieron. Allí Tito, entrando solo en su alcoba, en la joven que le había placido comenzó a pensar, tanto más inflamándose cuanto más se paraba en su pensamiento; de lo que, dándose cuenta, luego de muchos cálidos suspiros, comenzó a decirse:
—¡Ay! ¡Miserable vida tuya, Tito! ¿Dónde es donde pones tu ánimo y tu amor y tu esperanza? ¿Pues no conoces, tanto por los honores recibidos de Cremetes y su familia como por la verdadera amistad que hay entre tú y Gisippo, de quien ésta es esposa, que a esta joven te conviene tener la reverencia que a una hermana? ¿Cómo la amas? ¿Dónde te dejas llevar por el engañoso amor?, ¿dónde por la lisonjera esperanza? Abre los ojos del intelecto y conócete, mísero, a ti mismo; deja paso a la razón, refrena el apetito concupiscente, templa los deseos no sanos y endereza a otra parte tus pensamientos; haz frente en este comienzo a tu lujuria, y véncete a ti mismo mientras es todavía tiempo. Lo que quieres no es conveniente, no es honesto; lo que a seguir te dispones, aun si fuese seguro que lo alcanzases, que no es, deberías huirlo si mirases aquello que la verdadera amistad te pide. ¿Qué harás, pues, Tito? Abandonarás el indebido amor, si quieres hacer lo que es debido.
Y luego, acordándose de Sofronia, volviendo atrás, todo lo dicho lo condenaba, diciendo:
—Las leyes de Amor son de mayor poder que ninguna otra; rompen no solamente las de la amistad sino las divinas. ¿Cuántas veces ha amado el padre a su hija, el hermano a la hermana, la madrina al ahijado? Cosas más monstruosas que un amigo ame a la mujer del otro han sucedido mil veces. Además de esto, yo soy joven, y la juventud toda está sometida a las amorosas leyes; aquello, pues, que place a amor, a mí debe placerme.  Las cosas son propias de los más viejos; yo no puedo querer sino lo que amor quiere. La hermosura de ella merece ser amada por todos; y si yo la amo, que soy joven, ¿quién podrá reprenderme con razón? No la amo porque sea de Gisippo, la amo tanto como la amaría fuera de quien fuese; peca aquí la fortuna que la ha concedido a mi amigo Gisippo en lugar de a otro. Y si debe ser amada por su hermosura (como debe) merecidamente, más contento debe estar Gisippo, al saberlo, de que la ame yo que otro.Y desde este razonamiento, burlándose a sí mismo, volviendo al contrario, y de éste a aquél y de aquél a éste, no solamente aquel día y la noche siguiente consumió, sino muchos otros, hasta el punto de que, perdidos el alimento y el sueño, por debilidad tuvo que acostarse. Gisippo, que muchos días lo había visto sumido en sus pensamientos y ahora lo veía enfermo, mucho se dolía, y con todo arte y solicitud, sin separarse nunca de él, se esforzaba en consolarlo, con frecuencia y con muchas instancias preguntándole la razón de sus pensamientos y de la enfermedad. Pero habiéndole muchas veces Tito respondido con mentiras y habiéndose dado cuenta Gisippo, sintiéndose, sin embargo, Tito obligado, con llantos y con suspiros le repuso de tal guisa:
—Gisippo, si a los dioses hubiera placido, a mí me sería mucho más grata la muerte que seguir viviendo, pensando que la fortuna me ha conducido a un lugar en que me ha convenido probar mi virtud, y con grandísima vergüenza mía la encuentro vencida; pero por cierto que espero pronto la recompensa que merezco, es decir, la muerte, que me es más cara que vivir con el recuerdo de mi vileza; la cual, puesto que a ti no puedo ni debo ocultarte nada, con gran rubor te manifestaré.
Y comenzando desde el principio, la razón de sus pensamientos y la batalla de éstos, y por último de quién era la victoria y que se moría por amor de Sofronia, le descubrió, afirmando que, conociendo cuánto le convenía a él aquello, como penitencia se había impuesto el morir, lo que pronto creía que conseguiría. Gisippo, al oír esto y ver su llanto, un tanto al principio reflexionó, como quien de la belleza de la joven sucediese que más tibiamente estuviera prendado; pero sin tardanza deliberó que la vida de su amigo debía serle más querida que Sofronia y así, por las lágrimas de él invitado a llorar, le contestó llorando:
—Tito, si no estuvieses tan necesitado de consuelo como lo estás, me quejaría a ti de ti mismo como de quien ha violado nuestra amistad teniéndome tan largamente escondida tu gravísima pasión. Y aunque no pareciese honesta, no hay por ello que celar al amigo las cosas deshonestas sino como las honestas, porque quien es amigo, así como en las honestas cosas se alegra con el amigo, así en las no honestas se esfuerza por apartar de ellas el ánimo del amigo. Pero absteniéndome al presente, vendré a lo que veo que más necesitas. Si ardientemente amas a Sofronia, conmigo desposada, no me maravillo, sino que me maravillaría si no fuese así, conociendo su hermosura y la nobleza de tu ánimo, tanto más apta a sostener la pasión cuanto más excelencia tenga la cosa que plazca. Y cuanto justamente amas a Sofronia, tanto te quejas injustamente de la fortuna, aunque así no lo expreses, que a mí me la ha concedido, pareciéndote que amarla tú sería honesto si hubiese sido de otro que no fuera yo. Pero si eres discreto como sueles, ¿a quién podía concederla la fortuna, de quien mayores gracias pudieras darle, si no me la hubiera concedido a mí? Cualquiera otro que la hubiese tenido por muy honesto que hubiera sido tu amor, la habría amado a ella más que a ti, lo que de mí, si por tan amigo me tienes como soy, no debes esperar y la razón es ésta: que no me acuerdo, desde que somos amigos, de que yo tuviese nada que no fuese tan tuyo como mío; lo que, si tan lejos hubiera ido las cosas que no pudiese ser de otra manera, así haría con ésta como con las otras; pero todavía estamos en tales términos que puedo hacer que sea solamente tuya, y eso haré, porque no sé cómo mi amistad podría serte preciada si en una cosa que puede hacerse honestamente, no supiera de tu voluntad hacer la mía. Es verdad que Sofronia es mi esposa y que la amaba mucho y con gran alegría esperaba las bodas con ella; pero como tú, como de mayor entendimiento que yo, con más ardor deseas tan preciada cosa como es ella, vive seguro que no mi mujer, sino la tuya será en mi alcoba. Y por ello, deja el ensimismamiento, aleja la melancolía, llama a ti la salud perdida y el consuelo y la alegría, y de ahora en adelante espera contento el premio de tu amor, que mucho más merecido es que lo era al mío.
Tito, al oír hablar así a Gisippo, cuanto placer le daba la lisonjera esperanza de aquello, tanto le daba vergüenza la justa conciencia, mostrándole que cuanto mejor era la liberalidad de Gisippo, tanto mayor le parecía inconveniente aceptarla; por lo que, sin dejar de llorar, con trabajo así le respondió:
—Gisippo, tu liberal y verdadera amistad muy claro me muestra lo que a la mía conviene hacer. No quiera Dios que nunca aquella que te han dado como a más digno que a mí la reciba yo por mía. Si Él hubiera visto que me convenía, ni tú ni nadie debes creer que te la hubiera concedido a ti. Toma, pues, contento, lo que has elegido con el discreto consejo y con su don, y a mí déjame consumirme en las lágrimas que como a indigno de tanto bien me ha aparejado: las cuales, o venceré y te seré querido, o me vencerán y estaré libre de pena.
Al cual Gisippo dijo:
—Tito, si nuestra amistad puede concederme tanta licencia como para forzarte a seguir un gusto mío, y a ti puede inducirte a seguirlo, esto será en lo que sumamente entiendo usarla; y si tú no condesciendes placenteramente a mis ruegos, con la fuerza que debe hacerse en bien del amigo haré que Sofronia sea tuya. Sé cuánto pueden las fuerzas de Amor y que no una vez, sino muchas han conducido a una infeliz muerte a los amantes; y te veo tan cerca de ello que ni detener ni vencer a las lágrimas podrías sino que, continuando, vencido, desfallecerías; y yo, sin ninguna duda, pronto te seguiría. Así pues, aunque por otra cosa no te amase, me es, para vivir, preciosa tu vida. Será, pues, tuya Sofronia porque fácilmente no encontrarías a otra que así te agradase, y yo con facilidad volviendo mi amor a otra, te habré contentado a ti y a mí. En la cual cosa tal vez no sería tan liberal si tan raramente y con la misma dificultad las mujeres se encontrasen como los amigos se encuentran; y por ello, pudiendo yo facilísimamente otra mujer encontrar pero no otro amigo, quiero por ello (no quiero decir perderla, que no la perderé dándotela a ti, sino que la trasladaré a otro yo mío) de bien a mejor transferirla, antes que perderte. Y por ello, si alguna cosa pueden en ti mis ruegos, te ruego que, saliendo de esta aflicción, en un punto te consueles a ti ya mí, y con esperanza del bien, viviendo te dispongas a coger esa alegría que tu cálido amor desea de la cosa amada.
Aunque Tito se avergonzase de consentir en que Sofronia se convirtiese en su mujer, y por ello obstinado estuviese todavía, empujándolo por una parte amor y por la otra incitándole los ánimos que le daba Gisippo, dijo:
—Basta, Gisippo; no sé qué puedo decir mejor que haré, si mi placer o el tuyo haciendo lo que, rogándome, me dices que tanto te gusta; y puesto que tu liberalidad es tanta que vence mi merecida vergüenza, lo haré. Pero estate seguro de que lo hago no como quien no sabe que recibo de ti no solamente a la mujer amada, sino con ella mi vida. Hagan los dioses, si puede ser, que con honor y con bien tuyo pueda alguna vez mostrarte cuánto aprecio lo que por mí, más compasivo de mí que yo mismo, haces.
Después de estas palabras, dijo Gisippo:
—Tito, en esto, para que tenga efecto, me parece que debemos hacer lo siguiente: como sabes, después de largas negociaciones entre mis parientes y los de Sofronia, ella se ha convertido en mi esposa; y por ello, si yo fuese ahora diciendo que no la quería por mujer, grandísimo escándalo nacería de ello, y se enfurecerían mis parientes y los suyos; lo que nada me preocuparía si por ello viese que ella iba a ser tuya; pero temo, que si así la dejase, que sus parientes la darían pronto a otro, que tal vez no serías tú, y así habrías perdido lo que yo habría adquirido. Y por ello me parece, si estás de acuerdo, que con lo que he comenzado voy yo a seguir adelante y como mía la llevaré a casa y celebraré las bodas; y luego tú, ocultamente, como lo preparemos, con ella como mujer tuya te acuestes; luego, a su lugar y tiempo manifestaremos el asunto, que, si les agrada, bien estará; si no les agrada, de todas las maneras estará hecho y no pudiendo volverlo atrás, tendrán por fuerza que contentarse con ello.
Plugo a Tito el acuerdo; por la cual cosa, Gisippo, como suya en su casa la recibió, estando ya Tito curado y en buena salud; y haciendo una fiesta grande, al venir la noche, dejaron las mujeres a la nueva esposa en la cama de su marido y se fueron. Estaba la alcoba de Tito contigua con la de Gisippo y desde la una podía entrarse en la otra; por lo que, estando Gisippo en su alcoba y habiendo apagado todas las luces yendo calladamente adonde Tito, le dijo que con su mujer fuese a acostarse. Tito, al oír esto, muerto de vergüenza, quiso echarse atrás y rehusaba ir; pero Gisippo, que con entero ánimo, como en sus palabras, estaba dispuesto a su placer, luego de larga disputa, le hizo entrar allí, el cual, al acercarse a la cama, cogiendo a la joven, como bromeando, en voz baja le preguntó que si quería ser su mujer. Ella, creyendo que era Gisippo, le contesto que sí, con lo que un bello y rico anillo le puso en el dedo, diciendo:
—Y yo quiero ser tu marido.
Y consumando así el matrimonio, largo y amoroso placer tomó de ella, sin que ni ella ni nadie se diesen cuenta nunca de que alguien que no fuese Gisippo se hubiese acostado con ella. Estando, pues, en estos términos el matrimonio de Sofronia y de Tito, Publio su padre cerró los ojos a esta vida, por la cual cosa le fue escrito a él que sin dilación volviera a Roma a velar por sus asuntos. Y por ello, habló con Gisippo de irse y llevarse a Sofronia, lo que sin hacer manifiesto cómo estaban las cosas no se podía ni debía apropiadamente; con lo que un día, llamándola a la alcoba, enteramente cómo estaba aquel asunto le explicaron, y de ello Tito, por muchos casos entre los dos acaecidos le dio pruebas. La cual, después que al uno y al otro un tantico enojada hubo mirado, comenzó a deshacerse en lágrimas, quejándose del engaño de Gisippo; y antes de que en casa de Gisippo ni una palabra se dijese de aquello; se fue a casa de su padre, y allí a él y a su madre les contó el engaño de Gisippo de que ella y ellos habían sido víctima, afirmando que era la mujer de Tito y no de Gisippo como ellos creían. Esto fue durísimo para el padre de Sofronia y con sus parientes y con los de Gisippo hizo de ello largas y grandes lamentaciones, y fueron los comadreos y los enfados muchos y grandes. Gisippo despertó el odio de los suyos y de los de Sofronia y todos decían no sólo que era digno de reprobación, sino de áspero castigo. Pero él afirmaba que había hecho una cosa honesta y que los padres de Sofronia debían darle las gracias porque la había casado con alguien mejor que él mismo. Tito, por otra parte, de todo se enteraba y con gran trabajo lo soportaba; y conociendo que era costumbre de los griegos excitarse con los reproches y las amenazas hasta que encontraban quien les respondiese, y que entonces no solamente humildes, sino cobardísimos se volvían, pensó que sus discursos no podían ya soportar sin responderlos; y teniendo él ánimo romano y el pensamiento ateniense, de una manera muy oportuna reunió a los parientes de Gisippo y los de Sofronia en un templo, y entrando en él acompañado sólo por Gisippo, así habló a los que esperaban:—
Creen muchos filósofos que lo que les sucede a los mortales es disposición y providencia de los dioses inmortales; y por esto creen algunos que es inevitable todo lo que nos sucede o nos sucederá alguna vez, aunque hay quienes esta inevitabilidad atribuyen sólo a lo que ya ha sucedido. Las cuales opiniones, si con perspicacia son miradas, se verá muy abiertamente que el reprender algo que no puede cambiarse, nada es sino querer demostrarse más sabio que los dioses, los cuales debemos creer que con eterna ley y sin ningún error gobiernan y disponen de nosotros y de las demás cosas; por lo que, cuán loca y bestial presunción sea corregir su obra, muy fácilmente lo podéis ver, y aun cuántas y cuáles cadenas merecen aquellos que se dejan ir a tal atrevimiento. Entre los cuales, según mi juicio, os encontráis todos, si es verdad lo que entiendo que debéis haber dicho y decís continuamente porque Sofronia sea mi mujer cuando se la habéis entregado a Gisippo, no mirando que ab eterno estaba dispuesto que fuese mujer no de Gisippo, sino mía, como por efecto se conoce al presente. Pero como el hablar de la secreta providencia e intención de los dioses parece a muchos duro y difícil de comprender, presuponiendo que ellos de ninguna de nuestras acciones se ocupen, me place descender a los razonamientos de los hombres, hablando de los cuales me convendrá hacer dos cosas muy contrarias a mis costumbres: la una, algo alabarme a mí mismo y la otra hablar mal de otros o humillarlos; pero porque de la verdad ni en una cosa ni en otra entiendo apartarme, y la presente materia lo pide, lo haré. Vuestras quejas, más incitadas por la furia que por la razón, con continuas protestas, así como alborotos, ofenden, reprenden y condenan a Gisippo porque me ha dado por mujer, por su decisión, a quien vosotros a él por la vuestra habíais dado, en lo que yo estimo que debe ser muy de alabar; y las razones son éstas: la primera, porque ha hecho lo que debe hacer un amigo; la segunda porque ha obrado más sabiamente de lo que lo habíais hecho vosotros. Lo que las santas leyes de la amistad quieren que un amigo haga por el otro, no es mi intención explicaros al presente, contentándome sólo con haberos recordado de ellas que los lazos de la amistad mucho más unen que los de la sangre o el parentesco, como sea que tenemos los amigos que elegimos y los parientes que nos da la fortuna. Y por ello, si Gisippo amó más mi vida que vuestra benevolencia, siendo yo amigo suyo como me tengo, nadie debe maravillarse. Pero vengamos a la segunda razón (en la que con más insistencia nos conviene detenernos): el haber sido él más sabio que vosotros lo sois, como sea que de la providencia de los dioses poco me parece que entendáis, y mucho menos que conozcáis los efectos de la amistad. Digo que vuestro inicio, vuestro consejo y vuestra deliberación habían dado Sofronia a Gisippo, joven y filósofo; el de Gisippo la dio a un joven y filósofo; vuestro consejo la dio a un ateniense, el de Gisippo a un romano; el vuestro a un joven noble, el de Gisippo a uno más noble; el vuestro a un joven rico, el de Gisippo a uno riquísimo; el vuestro a un joven que no solamente no la amaba, sino que apenas la conocía, el de Gisippo a un joven que por encima de su felicidad y más que a la propia vida la amaba. Y que lo que digo es verdad, y más de alabar que lo que habíais hecho vosotros, miradlo cosa por cosa. Que yo joven y filósofo soy como Gisippo, mi rostro y mis estudios, sin ningún discurso más largo decir, pueden explicarlo. Una misma edad es la suya y la mía, y con iguales pasos siempre avanzando hemos estudiado. Es verdad que él es ateniense y yo romano. Si de la gloria de la ciudad disputamos, diré que yo soy de ciudad libre y él de tributaria; diré que soy de ciudad señora de todo el mundo y él de ciudad obediente a la mía; diré que soy de ciudad floreciente en armas, imperio y estudios, mientras él no podrá a la suya sino alabar en los estudios. Además de esto, aunque escolar humilde me veáis aquí entre vosotros, no he nacido de las heces del populacho de Roma; mis palacios y los lugares públicos de Roma están llenos de antiguas imágenes de mis mayores, y los anales romanos se encuentran llenos de muchos triunfos logrados por los Quinto sobre el Capitolio romano; y no está por la vejez marchita sino que hoy más que nunca florece la gloria de nuestro nombre. Callo, por vergüenza, mis riquezas, teniendo en la memoria que la pobreza honrada es el antiguo y copioso patrimonio de los nobles ciudadanos romanos; la cual, si por la opinión de los vulgares es condenada, y son alabados los tesoros, soy en ellos, no como avaricioso, sino como amado de la fortuna, abundante. Y muy bien conozco que era aquí, y debía ser y debe ser preciado, tener por pariente a Gisippo; pero yo no os debo ser, por razón alguna, menos preciado en Roma, considerando que allí tendréis en mí a un óptimo huésped; y un útil y solicito y poderoso protector tanto en las oportunidades públicas como en las necesidades privadas. ¿Quién, pues, dejando aparte la pasión, y mirando con justicia, alabará más vuestras decisiones que las de mi amigo Gisippo? Ciertamente, ninguno. Está, pues, Sofronia bien casada con Tito Quinto Fulvio, noble, antiguo y rico ciudadano de Roma y amigo de Gisippo; por lo que quien de ello se duele o se queja no hace lo que debe ni sabe lo que hace. Habrá tal vez algunos que digan no dolerse de que Sofronia sea la mujer de Tito, sino dolerse del modo en que en su mujer se ha convertido: ocultamente, a hurtadillas, sin que ningún amigo ni pariente supiese nada. Y esto no es milagro ni cosa que suceda por primera vez. Dejo de buena gana a un lado a aquellas que contra la voluntad del padre han tomado marido y a aquellas que han huido con sus amantes y primero han sido amigas que esposas, y a aquellas que antes han descubierto con embarazos y partos sus matrimonios que con la lengua, y la necesidad ha hecho consentir en ellos, cosa que con Sofronia no ha sucedido; sino que ordenada, discreta y honestamente ha sido dada por Gisippo a Tito. Y dirán otros que la ha casado aquel a quien casarla no incumbía. ¡Necias lamentaciones son éstas y mujeriles, y procedentes de la poca consideración! No usa ahora la fortuna por primera vez distintos caminos e instrumentos nuevos para inducir las cosas a determinados efectos. ¿Qué puede importarme a mí que el zapatero en lugar del filósofo haya expresado su juicio sobre un hecho mío (en oculto o en público) si el fin es bueno? Debo cuidarme si el zapatero no es discreto, de no dejarle proseguir, y agradecerle lo hecho. Si Gisippo ha casado bien a Sofronia, andar quejándose del modo y de él es una necedad superflua; si en su juicio no confiáis, cuidad de que no pueda casar a nadie más y agradecedle esto. No menos debéis saber que yo no busqué ni con astucia ni con fraude poner alguna mancha sobre la honestidad y la claridad de vuestra sangre en la persona de Sofronia; y aunque ocultamente la haya tomado por mujer no vine como un raptor a quitarle su virginidad ni como enemigo quise tenerla deshonestamente, rechazando emparentar con vosotros; sino que ardientemente prendado de su cautivadora hermosura y de su virtud, conocía que si con el orden que tal vez queréis decir que debía haberla procurado, siendo muy amada por vos, por temor a que a Roma me la llevase, no la habría obtenido. Utilicé, pues, la manera oculta que ahora puede hacérseos manifiesta e hice a Gisippo que consintiese en mi nombre en lo que él no estaba dispuesto; y luego, aunque yo ardientemente la amase, no como amante, sino como marido busqué el ayuntamiento con ella no aproximándome a ella (como puede ella misma con verdad testimoniar), sino después de las debidas palabras y el anillo de desposada, preguntándole si me quería por marido; a lo que repuso que sí. Si le parece haber sido engañada, no habéis de reprenderme a mí, sino a ella que no me preguntó quién era. Éste es, pues, el gran mal, el gran pecado, la gran falta cometida por el Gisippo amigo y por mí amante; que Sofronia se haya ocultamente convertido en mujer de Tito Quinto; por ello, lo herís, lo amenazáis y lo insidiáis. ¿Y qué más haríais si la hubiese dado a un villano, a un vagabundo, a un siervo? ¿Qué cadenas, qué cárcel, qué cruces os bastarían? Pero dejemos ahora esto; ha llegado el tiempo que yo todavía no esperaba de que mi padre haya muerto y me sea obligado volver a Roma. Por lo que, queriendo llevar a Sofronia conmigo, os he descubierto lo que puede que aún seguiría ocultándoos; lo que, si fueseis sabios, alegremente lo soportaríais porque, si engañaros o ultrajaros hubiera querido, escarnecida podía dejárosla; pero no lo quiera Dios que en un espíritu romano pueda albergarse tanta vileza. Ella, pues, es decir, Sofronia, por consentimiento de los dioses y por vigor de las leyes humanas y por el loable juicio de mi amigo Gisippo y por mi amorosa astucia, es mía, la cual cosa vosotros (por ventura teniéndoos en más que los dioses y los demás hombres sabios) bestialmente, en dos maneras muy odiosas para mí, mostráis que os equivocáis: una es teniendo a Sofronia, sobre la cual (sino en cuanto me place) no tenéis ningún derecho; y la otra es tratar a Gisippo, a quien estáis obligados justamente, como a enemigo. Y cuán neciamente hacéis en ellas no entiendo al presente explicaros más sino como amigo aconsejaros que dispongáis vuestros enojos, y los agravios tomados se dejen y que Sofronia me sea restituida para que yo alegremente me vaya como pariente vuestro y vuestro viva: seguros de esto, que, os plazca o no os plazca lo que está hecho, si entendéis obrar de otro modo, os quitaré a Gisippo y sin faltar, si llego a Roma, recuperaré a quien es merecidamente mía, por mucho que os disguste; y cuánto puede el enojo de los ánimos romanos, hostigándoos siempre, os haré conocer por experiencia.
Luego de que Tito hubo dicho esto, poniéndose en pie con el rostro todo airado, cogiendo a Gisippo de la mano, mostrando preocuparle poco cuantos en el templo había, de allí, moviendo la cabeza y amenazándoles, salió. Los que se quedaron dentro, en parte inducidos por las palabras de Tito a su parentesco y a su amistad, y en parte asustados por sus últimas palabras, de común acuerdo deliberaron que mejor era tener a Tito por pariente, puesto que Gisippo no había querido serlo, que haber perdido a Gisippo por pariente y a Tito adquirido por enemigo; por la cual cosa, saliendo, fueron a buscar a Tito y le dijeron que les placía que Sofronia fuese suya y tenerlo a él por pariente querido y a Gisippo por buen amigo; y haciendo juntos una familiar y amistosa fiesta, se fueron y le mandaron a Sofronia, la cual, como discreta, haciendo de la necesidad virtud, el amor que tenía por Gisippo prestamente lo volvió a Tito y con él se fue a Roma, donde con gran honor fue recibido. Gisippo, quedándose en Atenas, por todos tenidos en poco, después de no mucho tiempo, por unas contiendas civiles, con todos los de su casa, pobre y mezquino fue arrojado de Atenas y condenado a perpetuo exilio. Estando en el cual Gisippo, y habiendo llegado a ser no sólo pobre sino mendigo, como pudo se vino a Roma a probar si Tito lo recordaba; y enterado de que estaba vivo y estimado por todos los romanos, y enterado de cuál era su casa, delante de ella se puso hasta que Tito llegó; al cual, por la miseria en que estaba no se atrevió a dirigir la palabra, sino que se ingenió en hacer que lo viese para que reconociéndolo lo mandase llamar. Por lo que, pasando Tito adelante y pareciéndole a Gisippo que lo había visto y esquivado, acordándose de lo que él había hecho por él, furioso y desesperado se fue; y siendo ya de noche y estando él en ayunas y sin dineros, sin saber adónde ir, más deseoso de morir que nadie, llegó a un lugar muy salvaje de la ciudad, donde, viendo una gran gruta, dentro entró para quedarse aquella noche, y sobre la tierra desnuda y mal vestido, vencido por largo llanto, se durmió.  A la cual gruta, dos que habían estado robando aquella noche, con el hurto hecho fueron al amanecer, y entrando en una disputa, el uno, que era más fuerte, mató al otro y se fue; la cual cosa, habiendo Gisippo oído y visto, le pareció haber encontrado el camino a la muerte que mucho deseaba, sin matarse a sí mismo; y por ello, sin irse, estuvo allí hasta que los esbirros del tribunal, que ya del suceso se habían enterado, allí vinieron y a Gisippo furiosamente se llevaron preso. Y él, interrogado, confesó que lo había matado y que no había podido irse de la gruta, por la cual cosa el pretor, que se llamaba Marco Varrón, mandó que fuese condenado a muerte en la cruz, tal como entonces era costumbre. Había Tito, por acaso, llegado al pretorio en aquel momento y, mirándole al rostro al mísero condenado y habiendo oído el porqué, súbitamente reconoció a Gisippo, y se maravilló de su miserable fortuna y de cómo habría llegado aquí, y ardentísimamente deseando ayudarlo y no viendo ninguna otra vía para su salvación, sino acusarse a sí mismo y excusarle a él, prestamente se adelantó y gritó:
—Marco Varrón, haz llamar al pobre hombre al que has condenado porque es inocente; bastante he ofendido yo a los dioses con una culpa matando a aquel a quien tus esbirros hallaron esta mañana muerto sin que ahora les ofenda de nuevo con la muerte de otro inocente.
Varrón se maravilló y le dolió que todo el pretorio lo hubiese oído, y no pudiendo por su honor retraerse de hacer lo que le mandaban las leyes, hizo volverse atrás a Gisippo, y en presencia de Tito le dijo:
—¿Cómo has sido tan loco que, sin haber experimentado ningún dolor, confesaste lo que no has hecho jugándote la vida? Decías que eras quien había matado esta noche al hombre y éste viene ahora y dice que no tú sino él lo ha matado.
Gisippo miró y vio que aquél era Tito y muy bien conoció que hacía aquello para salvarle, como agradecido por el servicio que en otro tiempo le había hecho; por lo que, llorando de piedad, dijo:
—Varrón, verdaderamente lo he matado yo, y la piedad de Tito para salvarme llega ya demasia do tarde.
Tito, por otra parte, decía:
—Pretor, como ves, éste es extranjero y sin armas ha sido encontrado junto al muerto, y bien ves que su miseria le da el motivo para querer estar muerto; y por ello, ponlo en libertad y a mí, que lo he merecido, castígame.
Se maravilló Varrón de la insistencia de aquellos dos y presumía ya que ninguno debía ser el culpable; y, pensando en el modo de absolverlos, he aquí que viene un joven llamado Publio Ambusto, de perdidas costumbres y conocidísimo ladrón entre todos los romanos, el cual verdaderamente había cometido el homicidio; y sabiendo que ninguno de los dos eran culpables de lo que los dos se acusaban, tanta fue la ternura que llenó su corazón por la inocencia de estos dos que, movido por grandísima compasión, vino ante Varrón y le dijo:
—Pretor, mis hechos me traen a resolver la dura discusión de estos dos, y no sé qué dios dentro de mí me espolea y me empuja a manifestarte mi pecado: y sabe por ello que ninguno de éstos es culpable de aquello de lo que a sí mismo se acusa. Yo soy verdaderamente quien mató a aquel hombre esta mañana al apuntar el día; y a este desdichado que está aquí lo vi allí que dormía mientras yo repartía las cosas robadas con aquel a quien maté. Tito no necesita que yo lo excuse; su fama es clara en todas partes y se sabe que no es hombre de tal condición; así que libéralo y castígame a mí a la pena que las leyes me impongan.
Había ya Octavio oído estas cosas y, haciendo venir a los tres, quiso oír qué razón había movido a cada uno a querer ser el condenado, la cual cada uno le contó. Octavio, a los dos porque eran inocentes y al tercero por amor suyo los puso en libertad. Tito, tomando a Gisippo y reprendiéndolo mucho primero por su desapego y desconfianza, le hizo maravillosa fiesta y a su casa se lo llevó, donde Sofronia, con piadosas lágrimas le recibió como amigo; y confortándolo un tanto y vistiéndolo y volviéndole al ropaje debido a su virtud y nobleza, primeramente hizo con él comunes todos sus tesoros y posesiones, y después, a una hermana jovencita que tenía, llamada Fulvia, le dio por mujer; y luego le dijo:
—Gisippo, de ti depende ahora o quedarte aquí junto a mí o volverte a Atenas con todas las cosas que te he dado.
Gisippo, obligándole por una parte el destierro a que estaba condenado por su ciudad y por otra el amor que debidamente sentía por la merecida amistad de Tito, decidió hacerse romano; con lo que con su Fulvia, y Tito con su Sofronia, siempre en una gran casa mucho tiempo y alegremente vivieron, más amigos haciéndose cada día, si es que podía ser.
Santísima cosa es, pues, la amistad, y no solamente digna de singular reverencia, sino de ser con loor perpetuo alabada como discretísima madre de la magnificencia y de la honestidad, hermana de la gratitud y de la caridad, y del odio y la avaricia enemiga; siempre, sin esperar ningún ruego, pronta a hacer por otros virtuosamente lo que querría que por ella misma se hiciese; cuyos sacratísimos efectos rarísimas veces se ven hoy en dos, por culpa y vergüenza de la mísera avidez de los mortales que, sólo a la propia utilidad mirando, los ha relegado a perpetuo exilio más allá de los extremos límites de la tierra. ¿Qué amor, qué riqueza, qué parentesco hubiera hecho sentir al corazón de Gisippo el ardor, las lágrimas y los suspiros de Tito, con tanta eficacia que por ellos a la hermosa esposa noble y amada por él hubiese hecho casar con Tito, sino ellos? ¿Qué leyes, qué amenazas, qué temor hubiese hecho a los juveniles brazos de Tito en los lugares solitarios, en los lugares oscuros, en la cama propia, abstenerse de los abrazos de la hermosa joven, que tal vez le invitaba a ellos, sino ellos? ¿Qué estados, qué méritos, qué ganancias habrían hecho a Gisipo no preocuparse de perder a sus parientes y a los de Sofronia, no preocuparse de las deshonestas murmuraciones del populacho, no preocuparse de las burlas y de los escarnios por satisfacer a su amigo, sino ellos? Y, por otra parte, ¿quién habría a Tito, sin ninguna dilación y pudiendo convenientemente disimular que lo veía, hecho prontísimo en procurar la propia muerte para quitar a Gisippo de la cruz que él mismo se procuraba, sino ellos?, ¿quién habría hecho a Tito sin duda alguna liberalísimo en compartir su amplísimo patrimonio con Gisippo, a quien la fortuna le había privado del suyo, sino ellos? ¿Quién habría hecho a Tito sin ningún temor, deseosísimo de conceder la propia hermana por mujer a Gisippo, a quien veía pobrísimo y a extrema miseria llevado, sino ellos? Deseen, pues, los hombres multitud de consortes, turbas de hermanos y gran cantidad de hijos, y con sus dineros se acreciente el número de sus servidores; y no reparen en que cualquiera de éstos teme más un mínimo peligro propio que solicitud muestran en apartar los grandes del padre o del hermano o del señor, mientras todo lo contrario vemos que hace el amigo.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 4 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 27 Jun 2020, 13:17

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NOVELA NOVENA

Saladino, disfrazado de mercader, es honrado por micer Torello; viene luego la cruzada; micer Torello pone un plazo a su mujer para que pueda volver a casarse, es hecho prisionero y por amaestrar aves de presa llega a oídos del sultán, el cual, reconociéndole y dándole a conocer, sumamente le honra; micer Torello enferma y por arte de magia es llevado en una noche a Pavia, y en las bodas que se celebraban por el nuevo matrimonio de su mujer, reconocido por ella, con ella a su casa vuelve.

Había ya a sus palabras Filomena puesto fin y la magnífica gratitud de Tito había sido alabada mucho por todos concordemente, cuando el rey, el postrer lugar reservando a Dioneo, así comenzó a hablar:
Atrayentes señoras, sin falta cuenta Filomena la verdad por lo que sobre la amistad dice, y con razón al final de sus palabras se lamenta que hoy sea ésta tan poco grata a los mortales. Y si nosotros, aquí, para corregir los defectos mundanos o aunque sólo fuera para reprenderlos estuviésemos, continuaría yo con extenso discurso sus palabras; pero como otro es nuestro fin, me ha venido al ánimo el mostraros, tal vez con una historia muy larga, pero en todas sus partes agradable, una de las magníficas obras de Saladino, para que por las cosas que en mi novela oigáis, si plenamente la amistad de alguien no se puede conquistar por nuestros vicios, sepamos al menos deleitarnos en obra cortésmente, esperando que, cuando sea, de ello se siga una recompensa.
Digo, pues, que, según afirman algunos, en el tiempo del emperador Federico I, para reconquistar Tierra Santa tuvo lugar una cruzada general entre los cristianos; la cual cosa, Saladino, valentísimo señor y entonces sultán de Babilonia, habiendo oído algo de ello, se propuso ver personalmente los preparativos de los señores cristianos para aquella cruzada, para mejor poder prevenirse. Y arreglados sus asuntos en Egipto, haciendo semblante de ir en peregrinación, con dos de sus hombres más ilustres y más sabios y con tres servidores solamente, en disfraz de mercader se puso en camino; y habiendo andado por muchas provincias cristianas y cabalgando por Lombardía para pasar más allá de los montes, sucedió que, yendo de Milán a Pavia y siendo ya el anochecer, se toparon con un gentilhombre cuyo nombre era micer Torello de Strata de Pavia, el cual con sus criados y con perros y con halcones se iba a estar a una hermosa posesión que sobre el río Tesino tenía. A los cuales, al verlos micer Torello se dio cuenta de que nobles y forasteros eran y deseó honrarlos; por lo que, preguntando Saladino a uno de sus servidores cuánto había todavía de allí a Pavia y si a tiempo de entrar en ella pudiese llegar allí, no dejó que respondiese el servidor sino que él mismo repuso:
—Señores, no podréis llegar a Pavia a una hora en que podáis entrar dentro.
—Pues —dijo Saladino— hacednos la merced de enseñarnos, porque extranjeros somos, dónde podremos albergarnos mejor.
Micer Torello dijo:
—Eso haré de buena gana. Ahora mismo estaba pensando en mandar a uno de estos míos junto a Pavia por cierta cosa: lo mandaré con vos y os conducirá a un lugar donde os albergaréis asaz convenientemente.
Y al más discreto de los suyos acercándose, le ordenó lo que tenía que hacer, y le mandó con ellos; y yéndose él a su posesión, prestamente, lo mejor que pudo hizo preparar una buena cena y poner la mesa en un jardín; y hecho esto, junto a la puerta vino a esperarlos. El servidor, hablando con los hombres nobles sobre diversas cosas, por ciertos caminos los desvió y a la posesión de su señor, sin que se diesen cuenta, los condujo; a los cuales, cuando los vio micer Torello, saliendo a pie a su encuentro, dijo sonriendo:
—Señores, sed muy bien venidos.
Saladino, que era sagacísimo, se dio cuenta de que este caballero había temido que no habrían aceptado el convite si, cuando los encontró, les hubiese invitado, y por ello, para que no pudieran negarse a quedarse aquella noche con él, con una artimaña los había conducido a su casa; y contestado su saludo, dijo:
—Señor, si de los corteses hombres pudiese uno quejarse, nos quejaríamos de vos, el cual, aunque hayáis estorbado un tanto nuestro viaje, sin que hayamos merecido por nada vuestra benevolencia sino por un solo saludo, a aceptar tan alta cortesía como es la vuestra nos habéis obligado.
El caballero, sabio y elocuente, dijo:
—Señores, esta que recibís de mí, en vuestro aspecto, es pobre cortesía; pero en verdad fuera de Pavia no habríais podido estar en ningún lugar que fuese bueno, y por ello no os sea grave haber alargado un poco el camino para tener un poco menos de incomodidad. Y así diciendo, viniendo su servidumbre alrededor de aquéllos, en cuanto desmontaron, acomodaron sus caballos, y micer Torello a los tres hombres nobles llevó a las cámaras preparadas para ellos, donde les hizo descalzarse y refrescarse un poco con fresquísimos vinos, y en amable conversación hasta la hora de cenar los entretuvo. Saladino y sus compañeros y servidores sabían todos latín, por lo que muy bien entendían y eran entendidos, y les parecía a todos ellos que este caballero era el hombre más amable y el más cortés y el que mejor hablaba de todos los otros que hubiesen visto hasta entonces. A micer Torello, por otra parte, le parecía que eran aquellos hombres ilustrísimos y de mucho más valor de lo que antes había estimado, por lo que se dolía para sí mismo de que con compañía y más solemne convite no podía honrarlos aquella noche; por lo que pensó en reparar aquello a la mañana siguiente, e informando a uno de sus servidores de lo que quería hacer, a su mujer, que discretísima era y de grandísimo ánimo, se lo mandó a Pavia, que muy cerca estaba y cuyas puertas no se cerraban nunca. Y después de esto, llevando a los gentileshombres al jardín, cortésmente les preguntó quiénes eran y adónde iban. Al cual repuso Saladino:
—Somos mercaderes chipriotas y venimos de Chipre, y por nuestros negocios vamos a París.
Entonces dijo micer Torello:
—¡Pluguiese a Dios que esta tierra nuestra produjese tales nobles como veo que Chipre hacelos mercaderes!
Y de este razonamiento en otros estando un tanto, se hizo hora de cenar: por lo que les invitó a sentarse a la mesa, y en ella, según era la cena improvisada, fueron muy bien y ordenadamente servidos; y poco después, levantadas las mesas, se pusieron en pie, que, dándose cuenta micer Torello de que estaban cansados, en hermosísimos lechos los llevó a descansar, y semejantemente él, poco después, se fue a dormir. El servidor enviado a Pavia dio la embajada a la señora, la cual, no con ánimo mujeril sino real, haciendo prestamente llamar a muchos amigos y servidores de micer Torello, todas las cosas oportunas para un grandísimo convite hizo preparar, y a la luz de las antorchas hizo invitar al convite a muchos de los más nobles ciudadanos, e hizo sacar paños y sedas y pieles y completamente poner en orden lo que el marido le había mandado a decir. Venido el día, los gentileshombres se levantaron, con los cuales micer Torello, montando a caballo y haciendo venir sus halcones, a una charca vecina les llevó y les mostró cómo volaban; pero preguntando Saladino si alguien podía ir a Pavia y llevarlos al mejor albergue, dijo micer Torello:
—Ése seré yo, porque ir allí necesito.
Ellos, creyéndoselo, se alegraron y juntos con él se pusieron en camino; y siendo ya la hora de tercia y habiendo llegado a la ciudad, creyendo que eran enviados al mejor albergue, con micer Torello llegaron a su casa, donde ya al menos cincuenta de los más ilustres ciudadanos habían venido para recibir a los gentileshombres, alrededor de los cuales acudieron rápidamente a los frenos y espuelas. La cual cosa viendo Saladino y sus compañeros, demasiado bien comprendieron lo que era aquello y dijeron:
—Micer Torello, esto no es lo que os habíamos pedido: bastante habéis hecho esta noche pasada y mucho más de lo que merecemos; por lo que sin inconveniente podíais dejarnos seguir nuestro camino.
A quienes micer Torello repuso:
—Señores, de lo que ayer noche se os hizo estoy yo más agradecido a la fortuna que a vosotros, que a tiempo os alcanzó en el camino para que necesitaseis venir a mi pequeña casa; de lo de esta mañana os quedaré yo obligado y junto conmigo todos estos gentileshombres que están en torno vuestro, a quienes si os parece cortés negaros a almorzar con ellos podéis hacerlo si queréis.
Saladino y sus compañeros, vencidos, desmontaron y recibidos por los gentileshombres alegremente fueron llevados a sus cámaras, las cuales riquísimamente les habían preparado; y dejando las ropas de camino y refrescándose un tanto, a la sala, que espléndidamente estaba aparejada, vinieron; y habiendo sido dada el agua a las manos y sentándose a la mesa con grandísimo orden y hermoso, con muchas viandas fueron magníficamente servidos; tanto que, si el emperador hubiese venido allí, no se habría sabido cómo hacerle más honor. Y aunque Saladino y sus compañeros fuesen grandes señores y acostumbrados a ver grandísimas cosas, no menos se maravillaron mucho de ésta, y les parecía de las mayores, teniendo en cuenta la calidad del caballero, que sabían que era burgués y no noble. Terminada la comida y levantada la mesa, habiendo hablado un tanto de altas cosas, haciendo mucho calor, cuando plugo a micer Torello, los gentileshombres de Pavia se fueron a descansar, y quedándose él con los tres suyos, y entrando con ellos en una cámara, para que ninguna cosa querida para él quedara que visto no hubieran, allí hizo llamar a su valerosa mujer; la cual, siendo hermosísima y alta en su persona y adornada con ricas vestimentas, en medio de dos hijos suyos, que parecían dos angelotes, vino hacia ellos y placenteramente les saludó. Ellos, al verla, se levantaron y con reverencia la recibieron, y haciéndola sentarse entre ellos, gran fiesta hicieron con sus dos hermosos hijitos. Pero luego de que con ellos hubo entrado en agradable conversación, habiéndose ido un poco micer Torello, ella amablemente les preguntó de dónde eran y adónde iban; a quien los gentileshombres respondieron como habían hecho a micer Torello. Entonces la señora, con alegre gesto, dijo:
—Así pues, veo que mi previsión femenina será útil, y por ello os ruego que por especial merced no rehuséis ni tengáis por vil el pequeño presente que voy a hacer traeros, sino considerando que las mujeres, de acuerdo con su pequeño ánimo pequeñas cosas dan, más considerando el buen deseo de quien da que la cantidad del presente, lo toméis.
Y haciendo traer para cada uno dos pares de sobrevestes, una forrada de seda y otra de marta, en nada de burgueses ni de mercaderes, sino de señor, y tres jubones de cendal y lino, dijo:
—Tomad esto: las ropas de mi señor son como las vuestras; las otras cosas, considerando que estáis lejos de vuestras mujeres, y lo largo del camino hecho y el que os queda por hacer, y que los mercaderes son hombres limpios y delicados, aunque poco valgan podrán seros preciadas.
Los gentileshombres se maravillaron y claramente conocieron que micer Torello ninguna clase de cortesía quería dejar de hacerles, y temieron, viendo la nobleza de las ropas, en nada propias de mercaderes, que hubiesen sido reconocidos por micer Torello; pero sin embargo, a la señora respondió uno de ellos:
—Éstas son, señora, grandísimas cosas y no deberíamos tomarlas fácilmente si vuestros ruegos a ello no nos obligasen, a los cuales no puede decirse que no.
Hecho esto y habiendo ya vuelto micer Torello, la señora, encomendándolos a Dios, se separó de ellos, y de cosas semejantes a aquéllas, tal como a ellos convenía, hizo proveer a los criados. Micer Torello con muchos ruegos les pidió que todo aquel día se quedasen con él; por lo que, después que hubieron dormido, poniéndose sus ropas, con micer Torello un rato cabalgaron por la ciudad, y venida la hora de la cena, con muchos honorables compañeros magníficamente cenaron. Y cuando fue el momento, yéndose a descansar, al venir el día se levantaron y encontraron en el lugar de sus rocines cansados, tres gordos palafrenes y buenos y semejantemente caballos nuevos y fuertes para todos sus criados. La cual cosa viendo Saladino, volviéndose a sus compañeros, dijo:
—Juro ante Dios que hombre más cumplido ni más cortés ni más precavido que éste no lo ha habido nunca; y si los reyes cristianos son tales reyes en su condición como éste es caballero, el sultán de Babilonia no podrá enfrentarse siquiera con uno, ¡no digamos con todos los que vemos que se preparan para echársele encima!
Pero sabiendo que negarse a recibirlos no era oportuno, muy cortésmente agradeciéndolo, montaron a caballo. Micer Torello, con muchos compañeros, gran trecho en el camino les acompañaron fuera de la ciudad, y por mucho que a Saladino le doliese separarse de micer Torello, tanto se había prendado ya de él, le rogó que atrás se volviese, teniendo que irse; el cual, por muy duro que le fuese separarse de ellos, dijo:
—Señores, lo haré porque os place, pero os diré esto: yo no sé quiénes sois ni deseo saber más de lo que os plazca; pero seáis quienes seáis, que sois mercaderes no me dejaréis creyendo esta vez: y que Dios os guarde.
Saladino, habiendo ya de todos los compañeros de micer Torello tomado licencia, le repuso diciendo:
—Señor, podrá todavía suceder que os hagamos ver nuestra mercancía, con la cual vuestra creencia aseguraremos; e idos con Dios.
Se fueron, pues, Saladino y sus compañeros, con grandísimo ánimo de (si la vida les duraba y la guerra que esperaban no lo impidiese) hacer aún no menor honor a micer Torello del que éste le había hecho; y mucho de él y de su mujer y de todas sus cosas y actos y hechos habló con sus compañeros, alabándolo todo. Pero luego que todo Poniente, no sin gran fatiga, hubo corrido, entrando en el mar, con sus compañeros se volvió a Alejandría, y plenamente informado, se dispuso a la defensa. Micer Torello se volvió a Pavia y mucho estuvo pensando que quiénes serían aquellos tres, pero nunca a la verdad llegó, ni se aproximó. Llegando el tiempo de la cruzada y haciéndose grandes preparativos por todas partes, micer Torello, no obstante los ruegos de su mujer y las lágrimas, se dispuso a irse de todas las maneras; y habiendo hecho todos los preparativos y estando a punto de montar a caballo, dijo a su mujer, a quien sumamente amaba:
—Mujer, como ves, me voy a esta cruzada tanto por el honor del cuerpo como por la salvación del alma; te encomiendo todas nuestras cosas y nuestro honor; y como estoy seguro de irme, y de volver, por mil accidentes que puedan sobrevenir, ninguna certeza tengo, quiero que me concedas una gracia: que suceda lo que suceda de mí, si no tienes noticia cierta de mi vida, que me esperes un año y un mes y un día sin volver a casarte, comenzando con este día que de ti me separo.
La mujer, que mucho lloraba, repuso:
—Micer Torello, no sé cómo voy a soportar el dolor en el cual, al partiros, me dejáis: pero si mi vida es más fuerte que él y algo os acaeciese, vivid y morid seguro de que viviré y moriré como mujer de micer Torello y de su memoria.
A la cual micer Torello dijo:
—Mujer, certísimo estoy de que, en cuanto esté en ti sucederá esto que me prometes; pero eres mujer joven y hermosa y de gran linaje, y tu virtud es muy conocida por todos; por la cual cosa no dudo que muchos grandes y gentileshombres, si nada de mí se supiera, te pedirán por mujer a tus hermanos y parientes, de cuyos consejos, aunque lo quieras, no podrás defenderte y por fuerza tendrás que complacerlos; y éste es el motivo por el cual este plazo y no mayor te pido.
La mujer dijo:
—Yo haré lo que pueda de lo que os he dicho; y si otra cosa tuviera que hacer; os obedeceré en esto que me ordenáis, con certeza. Ruego a Dios que a tales plazos ni a vos ni a mí nos lleven estos tiempos.
Terminadas estas palabras, la señora, llorando, se abrazó a micer Torello, y quitándose del dedo un anillo se lo dio, diciendo:
—Si sucede que muera yo antes de que os vuelva a ver, acordaos de mí cuando lo veáis.
Y él, cogiéndolo, montó a caballo, y diciendo adiós a todo el mundo, se fue a su viaje; y llegado a Génova con su compañía, subiendo a la galera, se fue, y en poco tiempo llegó a Acre y con otroe jército de los cristianos se unió. En el cual casi inmediatamente comenzó una grandísima enfermedad y mortandad, durante la cual, fuese cual fuese el arte o la fortuna de Saladino, casi todo lo que quedó de los cristianos que se salvaron fueron por él apresados a mansalva, y por muchas ciudades repartidos y puestos en prisión; entre los cuales presos fue uno micer Torello, y a Alejandría llevado preso. Donde, no siendo conocido y temiendo darse a conocer, por la necesidad obligado se dedicó a domesticar halcones, en lo que era grandísimo maestro; y de esto llegó la noticia a Saladino, por lo que lo sacó de la prisión y se quedó con él como halconero. Micer Torello, que no era llamado por Saladino sino «el cristiano», a quien no reconocía, ni el sultán a él, solamente en Pavia tenía el ánimo, y muchas veces había intentado escaparse, y no había podido hacerlo; por lo que, venidos ciertos genoveses como embajadores a Saladino para rescatar a algunos conciudadanos suyos, y teniendo que irse, pensó en escribirle a su mujer que estaba vivo y que volvería con ella lo antes que pudiese, y que lo esperase; y así lo hizo, y caramente rogó a uno de los embajadores, que conocía, que hiciese que aquellas noticias llegasen a manos del abad de San Pietro en Cieldoro, que era su tío. Y estando en estos términos micer Torello, sucedió un día que, hablando con él Saladino de sus aves, micer Torello comenzó a sonreír e hizo un gesto con la boca en que Saladino, estando en su casa de Pavia, se había fijado mucho, por el cual acto a Saladino le vino a la mente micer Torello; y comenzó a mirarlo fijamente y le pareció él; por lo que, dejando la primera conversación, dijo:
—Dime, cristiano, ¿de qué país de Poniente eres tú?
—Señor mío —dijo micer Torello—, soy lombardo, de una ciudad llamada Pavia, hombre pobre y de baja condición.
Al oír esto Saladino, casi seguro de lo que dudaba, se dijo alegre:
«¡Dios me ha dado la ocasión de mostrar a éste cuánto me agradó su cortesía!»
Y sin decir más, haciendo preparar en una alcoba todos sus vestidos, le condujo dentro y dijo:
—Mira, cristiano, si entre estas ropas hay alguna que alguna vez hayas visto.
Micer Torello comenzó a mirar y vio aquellas que su mujer le había dado a Saladino, pero no juzgó que podían ser aquéllas; pero respondió:
—Señor mío, ninguna conozco, aunque es verdad que aquellas dos se parecen a ropas con que yo, además de tres mercaderes que en mi casa estuvieron, anduve vestido. Entonces Saladino, no pudiendo ya contenerse, lo abrazó tiernamente, diciendo:
—Vos sois micer Torello de Strá, y yo soy uno de los tres mercaderes a los cuales vuestra mujer dio estas ropas; y ahora ha llegado el tiempo de asegurar vuestra creencia en lo que era mi mercancía, como al separarme de vos os dije que podría suceder.
Micer Torello, al oír esto, comenzó a ponerse contentísimo y a avergonzarse; y a estar contento de haber tenido tal huésped, y a avergonzarse de que pobremente le parecía haberlo recibido; al cual Saladino dijo:
—Micer Torello, puesto que Dios os ha enviado a mí, pensad que no yo de ahora en adelante sino que vos aquí sois el dueño.
Y haciéndose fiestas grandes por igual, con reales vestidos lo hizo vestir, y llevándole ante sus barones más ilustres y habiendo dicho muchas cosas en alabanza de su valor, ordenó que por cualquiera que su gracia apreciase tan honrado fuese como su persona; lo que de entonces en adelante todos hicieron, pero mucho más que los otros los dos señores que habían sido compañeros de Saladino en su casa. La altura de la súbita gloria en que se vio micer Torello, algo las cosas lombardas le hizo olvidar, y máximamente porque con seguridad esperaba que sus cartas hubieran llegado a su tío. Había, en el campo donde estaba el ejército de los cristianos, el día que fueron apresados por Saladino, muerto y sido sepultado un caballero provenzal de poca monta cuyo nombre era micer Torello de Dignes; por la cual cosa, siendo micer Torello de Strá a causa de su nobleza conocido por el ejército, cualquiera que oyó decir «Ha muerto micer Torello», creyó que era micer Torello de Strá y no el de Dignes; y el accidente del apresamiento que sobrevino no dejó que los engañados saliesen de su error. Por lo que muchos itálicos volvieron con esta noticia, entre los cuales los hubo tan presuntuosos que osaron decir que lo habían visto muerto y habían asistido a su sepultura; la cual cosa, sabida por la mujer y por sus parientes, fue ocasión de grandísimo e indecible pesar no solamente de ellos, sino de todos los que lo habían conocido. Largo sería de exponer cuál fue y cuánto el dolor y la tristeza y el llanto de su mujer; a la cual, después de algunos meses en que se había dolido con tribulación continua, y había empezado a dolerse menos, siendo solicitada por los más ilustres hombres de Lombardía, sus hermanos y todos sus demás parientes empezaron a pedirle que se casara, a lo que ella muchas veces y con grandísimo llanto habiéndose negado, obligada, al final tuvo que hacer lo que querían sus parientes, con esta condición: que habría de estar sin convivir con el marido tanto cuanto le había prometido a micer Torello. Mientras en Pavia estaban las cosas de la señora en estos términos, y ya unos ocho días antes del plazo en que debía ir a vivir con su marido, sucedió que micer Torello vio en Alejandría un día a uno que había visto subir con los embajadores genoveses a la galera que venía a Génova; por lo que, haciéndole llamar, le preguntó que qué viaje habían tenido y cuándo habían llegado a Génova. Al cual dijo éste:
—Señor mío, mal viaje hizo la galera, tal como oí en Creta, donde me quedé; porque estando cerca de Sicilia, se levantó una peligrosa tramontana que contra los bajíos de Berbería la arrojó, y no se salvó un alma; y entre los demás perecieron dos hermanos míos.
Micer Torello, creyendo las palabras de aquél, que eran veracísimas, y acordándose de que el plazo que le había pedido a su mujer terminaba de allí a pocos días, y dándose cuenta que nada de él debía saberse en Pavia, tuvo por cierto que su mujer debía haber vuelto a casarse; con lo que cayó en tan gran dolor que, perdidas las ganas de comer y echándose en la cama, decidió morir. La cual cosa, cuando llegó a oídos de Saladino, que sumamente le amaba, vino a verle; y luego de muchos ruegos y grandes que le hizo, sabida la razón de su dolor y de su enfermedad, le reprochó mucho no habérsela dicho antes, y luego le rogó que se animase, asegurándole que, si lo hacia, él obraría de modo que estuviese en Pavia antes del plazo dado; y le dijo cómo. Micer Torello, dando fe a las palabras de Saladino, y habiendo muchas veces oído decir que aquello era posible y se había hecho muchas veces, comenzó a animarse, y a pedir a Saladino que se apresurase en ello. Saladino, a un nigromante suyo cuyo arte ya había experimentado, le ordenó que arreglase la manera de que micer Torello, sobre una cama fuese transportado a Pavia en una noche; a quien el nigromante respondió que así sería hecho, pero que por bien suyo lo adormeciese. Arreglado esto, volvió Saladino a Micer Torello, y hallándolo completamente determinado a estar en Pavia antes del plazo dado, si pudiera ser, y sino pudiera a dejarse morir, le dijo así:
—Micer Torello, si tiernamente amáis a vuestra mujer y teméis que pueda ser de otro, sabe Dios que yo en nada puedo reprochároslo porque de cuantas mujeres me parece haber visto ella es quien por sus costumbres, sus maneras y su porte (dejando la hermosura, que es flor caduca) más digna me parece de alabarse y tenerse en aprecio. Me habría complacido muchísimo que, puesto que la fortuna os había mandado aquí, el tiempo que vos y yo vivir debamos, en el gobierno del reino que yo tengo igualmente señores, hubiésemos vivido juntos; y si esto no me hubiera sido concedido por Dios, ya que habría de veniros al ánimo o querer la muerte o encontraros en Pavia al final del plazo impuesto, sumamente habría deseado saberlo a tiempo de poder mandaros a vuestra casa con el honor, la grandeza, la compañía que vuestra virtud merece; lo que, puesto que no me ha sido concedido, y vos deseáis estar allí presente, tal como puedo y en la forma que os he dicho os mandaré.
A quien micer Torello dijo:
—Señor mío, sin vuestras palabras, vuestros actos me han demostrado bien vuestra benevolencia, que por mí nunca en tan supremo grado fue merecida, y de lo que decís, aunque no lo dijeseis, vivo y moriré certísimo; pero tal como he decidido,os ruego que lo que me habéis dicho que vais a hacer lo hagáis pronto, porque mañana es el último día en que deben esperarme.
Saladino dijo que aquello sin duda estaba arreglado; y el día siguiente, esperando mandarlo a la noche siguiente, hizo Saladino hacer en una gran sala un hermosísimo y rico lecho con todos los colchones, según su costumbre, de velludo y drapeados de oro, y poner por encima una colcha labrada con arabescos de perlas gordísimas y de riquísimas piedras preciosas, la cual fue después aquí tenida por un incalculable tesoro, y dos almohadones tales como semejante lecho requería; y hecho esto, mandó que a micer Torello, que ya estaba repuesto, le pusiesen un traje a la guisa sarracena, que era la cosa más rica y más bella que nunca nadie había visto, y la cabeza, a su manera, hizo que se la envolvieran en uno de sus larguísimos turbantes. Y siendo ya tarde, Saladino entró, con muchos de sus barones, en la alcoba donde Micer Torello estaba, y sentándose a su lado, casi llorando, comenzó a decir:
—Micer Torello, el momento que va a separarme de vos está cerca, y como yo no puedo acompañaros ni haceros acompañar, por la condición del camino que tenéis que hacer, que no lo sufre, aquí en la alcoba tengo que despedirme de vos, a lo que he venido. Y por ello, antes de dejaros con Dios, os ruego que por el amor a la amistad que hay entre nosotros, que no os olvidéis de mí, y si es posible, antes de que nos llegue nuestra hora, que vos, habiendo puesto en orden vuestras cosas en Lombardía, una vez por lo menos vengáis a verme para que pueda yo entonces, habiéndome alegrado con veros, enmendar la falta que ahora por vuestra prisa tengo que cometer; y hasta que esto suceda, no os sea enojoso visitarme con cartas y pedirme las cosas que os gusten, que con más agrado por vos que por ningún hombre del mundo lo haré con seguridad.
Micer Torello no pudo retener las lágrimas, y por ello, impedido por ellas, contestó con pocas palabras que era imposible que nunca sus beneficios y su valor se le fuesen de la memoria, y que sin falta lo que le pedía haría si es que el tiempo le era concedido. Por lo que Saladino, tiernamente abrazándolo y besándolo, con muchas lágrimas le dijo:
—Idos con Dios —y salió de la alcoba, y los demás barones después de él se despidieron y se fueron con Saladino a la sala donde había hecho preparar el lecho.
Pero siendo tarde ya y el nigromante estando en espera de hacer aquello y preparándolo, vino un médico con un brebaje para micer Torello y diciéndole que se lo daba para fortalecerle, se lo hizo beber: y no pasó mucho sin que se durmiese. Y así durmiendo fue llevado por mandato de Saladino al hermoso lecho sobre el cual puso él una grande y bella corona de gran valor, y la señaló de manera que claramente se vio después que Saladino se la mandaba a la mujer de micer Torello. Después, le puso a micer Torello en el dedo un anillo en el que había engastado un carbunclo tan reluciente que una antorcha encendida parecía, cuyo valor era inestimable; luego le hizo ceñir una espada guarnecida de manera que su valor no podría apreciarse con facilidad, y además de esto un broche que le hizo prender en el pecho en el que había perlas cuyas semejantes nunca habían sido vistas, con otras muchas piedras preciosas, y luego, a cada uno de sus costados, hizo poner dos grandísimos aguamaniles de oro llenos de doblones y muchas redecillas de perlas, y anillos, y cinturones, y otras cosas que largo sería contarlas, hizo que le pusiesen en torno. Y hecho esto, otra vez besó a micer Torello y dijo al nigromante que se diese prisa; por lo que, incontinenti, en presencia de Saladino, el lecho llevando a micer Torello, desapareció de allí, y Saladino se quedó hablando de él con sus barones.
Y ya en la iglesia de San Pietro en Cieldoro de Pavia, tal como lo había pedido, llevaba un rato posando micer Torello con todas las antes dichas joyas y adornos, y todavía dormía, cuando habiendo tocado ya a maitines, el sacristán entró en la iglesia con una luz en la mano; y le sucedió que súbitamente vio el rico lecho y no tan sólo se maravilló sino que, sintiendo un miedo grandísimo, huyendo se volvió atrás: al cual viendo huir el abad y los monjes, se maravillaron y le preguntaron la razón. El monje la dijo.
—¡Oh! —dijo el abad—, pues no eres ya ningún niño ni eres tan nuevo en la iglesia para espantarte tan fácilmente; vamos nosotros, pues, y veamos qué coco has visto.
Encendidas, pues, más luces, el abad con todos sus monjes entrando en la iglesia vieron este lecho tan maravilloso y rico, y sobre él el caballero que dormía; y mientras, temerosos y tímidos, sin acercarse nada al lecho las nobles joyas miraban, sucedió que, habiendo pasado la virtud del brebaje, micer Torello, despertándose, lanzó un suspiro. Los monjes al ver esto y el abad con ellos, espantados y gritando: "¡Señor, ayúdanos!", huyeron todos.
Micer Torello, abiertos los ojos y mirando alrededor, conoció claramente que estaba allí donde le había pedido a Saladino, de lo que se puso muy contento; por lo que, sentándose en el lecho y detalladamente mirando todo lo que tenía alrededor, por mucho que hubiera conocido ya la magnificencia de Saladino, le pareció ahora mayor y más la conoció. Sin embargo, sin moverse, viendo a los monjes huir y dándose cuenta de por qué, comenzó por su nombre a llamar al abad y a rogarle que no temiese, porque él era Torello su sobrino. El abad, al oír esto, sintió mayor miedo como quien por muerto lo tenía desde hacia meses; pero luego de un tanto, tranquilizado por verdaderas pruebas, sintiéndose llamar, haciendo la señal de la santa cruz, se acercó a él; al cual micer Torello dijo:
—Oh, padre mío, ¿qué teméis? Estoy vivo, gracias a Dios, y aquí he vuelto de ultramar.
El abad, a pesar de que tenía la barba larga y estaba en traje morisco, después de un tanto lo reconoció, y tranquilizándose por completo, le cogió de la mano, y dijo:
—Hijo mío, ¡seas bien venido!
Y siguió:
—No debes maravillarte de nuestro miedo porque en esta tierra no hay hombre que no crea firmemente que estás muerto, tanto que te diré sólo que doña Adalieta tu mujer, vencida por los ruegos y las amenazas de sus parientes y contra su voluntad, se ha vuelto a casar; y hoy por la mañana debe irse con su marido, y las bodas y todo lo que se necesita para la fiesta está preparado.
Micer Torello, levantándose del rico lecho y haciendo al abad y a los monjes maravillosas fiestas, pidió a todos que de su vuelta no hablasen con nadie hasta que no hubiese él resuelto un asunto suyo. Después de esto, haciendo poner a salvo las ricas joyas, lo que le había sucedido hasta aquel momento le contó al abad. El abad, contento de sus aventuras, con él dio gracias a Dios. Después de esto, preguntó micer Torello al abad que quién era el nuevo marido de su mujer. El abad se lo dijo, a quien micer Torello dijo:
—Antes que se sepa que he vuelto quiero ver el comportamiento que tiene mi mujer en estas bodas; y por ello, aunque no sea costumbre que los religiosos vayan a tales convites, quiero que por mi amor lo arregléis de manera que los dos vayamos. El abad contestó que de buena gana; y al hacerse de día mandó un recado al recién casado diciendo que con un compañero quería asistir a sus bodas; a quien el gentilhombre repuso que mucho le placía. Llegada, pues, la hora de la comida, micer Torello, con aquel traje que llevaba, se fue con el abad a casa del recién casado, mirado con asombro por quien le veía, pero no reconocido por ninguno; y el abad decía a todos que era un sarraceno enviado por el sultán al rey de Francia como embajador. Y, pues, micer Torello sentado a una mesa exactamente frente a su mujer, a quien con grandísimo placer miraba; y en el gesto le parecía molesta por estas bodas. Ella también alguna vez le miraba, no porque le reconociese en nada (que la larga barba y el extraño traje y la firme creencia de que estaba muerto no se lo permitían), sino por la rareza del traje. Pero cuando le pareció oportuno a micer Torello ver si se acordaba de él, quitándose del dedo el anillo que su mujer le había dado se separó de ella, hizo llamar a un jovencito que delante de él estaba sirviendo, y le dijo:
—Di de mi parte a la recién casada que en mi país se acostumbra, cuando algún forastero como yo come en el banquete de una recién casada, como es ella, en señal de que gusta de que él haya venido a comer, que ella le manda la copa en la que bebe llena de vino; con lo cual luego de que el forastero ha bebido lo que guste, tapándola de nuevo, la novia bebe el resto.
El jovencito dio el recado a la señora, la cual, como cortés y discreta, pensando que aquél era un gran infanzón, para mostrar que le agradaba su llegada, una gran copa dorada, que tenía delante, mandó que fuese lavada y colmada de vino y llevada al gentilhombre; y así se hizo. Micer Torello, que se había metido en la boca su anillo, hizo de manera que lo dejó caer en la copa sin que nadie se diese cuenta, y dejando un poco de vino, la tapó y se la envió a la señora. La cual, cogiéndola, para cumplir la costumbre, destapándola se la llevó a la boca y vio el anillo, y sin decir nada lo estuvo mirando un rato; y reconociéndolo como el que ella le había dado al irse a micer Torello, lo cogió, y mirando fijamente al que creía forastero, y reconociéndolo, como si se hubiese vuelto loca, tirando al suelo la mesa que tenía delante, gritó:
—¡Es mi señor, es verdaderamente micer Torello!
Y corriendo a la mesa a la que él estaba sentado, sin importarle sus ropas ni nada de lo que hubiese sobre la mesa, echándose contra él cuando pudo, lo abrazó fuertemente y no se la pudo arrancar de su cuello, por dicho ni hecho de nadie que allí estuviera, hasta que micer Torello le dijo que se compusiese un poco porque tiempo para abrazarlo le sería aún concedido mucho. Entonces ella, enderezándose, estando ya las bodas todas turbadas y en parte más alegres que nunca por la recuperación de tal caballero, rogados por él, todos callaron; por lo que micer Torello desde el día de su partida hasta aquel momento, lo que le había sucedido a todos narró, concluyendo que al gentilhombre que, creyéndole muerto, había tomado por mujer a la suya, si estando vivo se la quitaba, no debía parecerle mal. El recién casado, aunque un tanto burlado se sintiese, generosamente y como amigo respondió que de sus cosas podía hacer lo que más le agradase. La señora, el anillo y la corona recibidas del nuevo marido allí las dejó y se puso aquel que de la copa había cogido, e igualmente la corona que le había mandado el sultán; y saliendo de la casa en donde estaban, con toda la pompa de unas bodas hasta la casa de micer Torello fueron, y allí los desconsolados amigos y parientes y todos los ciudadanos, que le miraban como si fuese resucitado, con larga y alegre fiesta se consolaron. Micer Torello, dando de sus preciosas joyas una parte a quien había hecho el gasto de las bodas y al abad y a muchos otros, y por más de un mensajero haciendo saber su feliz repatriación a Saladino, declarándose su amigo y servidor, muchos años con su valerosa mujer vivió después, siendo más cortés que nunca.
Este fue, pues, el fin de las desdichas de micer Torello y de las de su amada mujer, y el galardón de sus alegres y espontáneas cortesías. Las cuales, muchos se esfuerzan en hacer que, aunque tengan con qué, saben tan mal hacerlas que las hacen pagar más de lo que valen; por lo que, si de ellas no se sigue recompensa, no deben maravillarse, ni ellos ni otros.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 4 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 28 Jun 2020, 03:21

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NOVELA DÉCIMA

El marqués de Saluzzo, obligado por los ruegos de sus vasallos a tomar mujer, para tomarla a su gusto elige a la hija de un villano, de la que tiene dos hijos, a los cuales le hace creer que mata; luego, mostrándole aversión y que ha tomado otra mujer, haciendo volver a casa a su propia hija como si fuese su mujer, y habiéndola a ella echado en camisa y encontrándola paciente en todo, más amada que nunca haciéndola volver a casa, le muestra a sus hijos grandes y como a marquesa la honra y la hace honrar.

Terminada la larga novela del rey, que mucho había gustado a todos a lo que mostraban en sus gestos, Dioneo dijo riendo:
—El buen hombre que esperaba a la noche siguiente hacer bajar la cola tiesa del espantajo no habría dado más de dos sueldos por todas las alabanzas que hacéis de micer Torello.
Y después, sabiendo que sólo faltaba él por narrar, comenzó:
Benignas señoras mías, a lo que me parece, este día de hoy ha estado dedicado a los reyes y a los sultanes y a gente semejante; y por ello, para no apartarme demasiado de vosotras, voy a contar de un marqués no una cosa magnífica, sino una solemne barbaridad, aunque terminase con buen fin; la cual no aconsejo a nadie que la imite porque una gran lástima fue que a aquél le saliese bien.
Hace ya mucho tiempo, fue el mayor de la casa de los marqueses de Saluzzo un joven llamado Gualtieri, el cual estando sin mujer y sin hijos, no pasaba en otra cosa el tiempo sino en la cetrería y en la caza, y ni de tomar mujer ni de tener hijos se ocupaban sus pensamientos; en lo que había que tenerlo por sabio. La cual cosa, no agradando a sus vasallos, muchas veces le rogaron que tomase mujer para que él sin herederos y ellos sin señor no se quedasen, ofreciéndole a encontrársela tal, y de tal padre y madre descendiente, que buena esperanza pudiesen tener, y alegrarse mucho con ello. A los que Gualtieri repuso:
—Amigos míos, me obligáis a algo que estaba decidido a no hacer nunca, considerando qué dura cosa sea encontrar alguien que bien se adapte a las costumbres de uno, y cuán grande sea la abundancia de lo contrario, y cómo es una vida dura la de quien da con una mujer que no le convenga bien. Y decir que creéis por las costumbres de los padres y de las madres conocer a las hijas, con lo que argumentáis que me la daréis tal que me plazca, es una necedad, como sea que no sepa yo cómo podéis saber quiénes son sus padres ni los secretos de sus madres; y aun conociéndolos, son muchas veces los hijos diferentes de los padres y las madres. Pero puesto que con estas cadenas os place anudarme, quiero daros gusto; y para que no tenga que quejarme de nadie sino de mí, si mal sucediesen las cosas, quiero ser yo mismo quien la encuentre, asegurándoos que, sea quien sea a quien elija, si no es como señora acatada por vosotros, experimentaréis para vuestro daño cuán penoso me es tomar mujer a ruegos vuestros y contra mi voluntad.
Los valerosos hombres respondieron que estaban de acuerdo con que él se decidiese a tomar mujer. Habían gustado a Gualtieri hacía mucho tiempo las maneras de una pobre jovencita que vivía en una villa cercana a su casa, y pareciéndole muy hermosa, juzgó que con ella podría llevar una vida asaz feliz; y por ello, sin más buscar, se propuso casarse con ella; y haciendo llamar a su padre, que era pobrísimo, convino con él tomarla por mujer. Hecho esto, hizo Gualtieri reunirse a todos sus amigos de la comarca y les dijo:
—Amigos míos, os ha placido y place que me decida a tomar mujer, y me he dispuesto a ello más por complaceros a vosotros que por deseo de mujer que tuviese. Sabéis lo que me prometisteis: es decir, que estaríais contentos y acataríais como señora a cualquiera que yo eligiese; y por ello, ha llegado el momento en que pueda yo cumpliros mi promesa y en que vos cumpláis la vuestra. He encontrado una joven de mi gusto muy cerca de aquí que entiendo tomar por mujer y traérmela a casa dentro de pocos días: y por ello, pensad en preparar una buena fiesta de bodas y en recibirla honradamente para que me pueda sentir satisfecho con el cumplimiento de vuestra promesa como vos podéis sentiros con el mío.
Los hombres buenos, todos contentos, respondieron que les placía y que, fuese quien fuese, la tendrían por señora y la acatarían en todas las cosas como a señora; y después de esto todos se pusieron a preparar una buena y alegre fiesta, y lo mismo hizo Gualtieri. Hizo preparar unas bodas grandísimas y hermosas, e invitar a muchos de sus amigos y parientes y a muchos gentileshombres y a otros de los alrededores; y además de esto hizo cortar y coser muchas ropas hermosas y ricas según las medidas de una joven que en la figura le parecía como la jovencita con quien se había propuesto casarse, y además de esto dispuso cinturones y anillos y una rica y bella corona, y todo lo que se necesitaba para una recién casada. Y llegado el día que había fijado para las bodas, Gualtieri, a la hora de tercia, montó a caballo, y todos los demás que habían venido a honrarlo; y teniendo dispuestas todas las cosas necesarias, dijo:
—Señores, es hora de ir a por la novia.
Y poniéndose en camino con toda su comitiva llegaron al villorrio; y llegados a casa del padre de la muchacha, y encontrándola a ella que volvía de la fuente con agua, con mucha prisa para ir después con otras mujeres a ver la novia de Gualtieri, cuando la vio Gualtieri la llamó por su nombre —es decir, Griselda— y le preguntó dónde estaba su padre; a quien ella repuso vergonzosamente:
—Señor mío, está en casa.
Entonces Gualtieri, echando pie a tierra y mandando a todos que esperasen, solo entró en la pobre casa, donde encontró al padre de ella, que se llamaba Giannúculo, y le dijo:
—He venido a casarme con Griselda, pero antes quiero que ella me diga una cosa en tu presencia.
Y le preguntó si siempre, si la tomaba por mujer, se ingeniaría en complacerle y en no enojarse por nada que él dijese o hiciese, y si sería obediente, y semejantemente otras muchas cosas, a las cuales, a todas contestó ella que sí. Entonces Gualtieri, cogiéndola de la mano, la llevó fuera, y en presencia de toda su comitiva y de todas las demás personas hizo que se desnudase; y haciendo venir los vestidos que le había mandado hacer, prestamente la hizo vestirse y calzarse, y sobre los cabellos, tan despeinados como estaban, hizo que le pusieran una corona, y después de esto, maravillándose todos de esto, dijo:
—Señores, ésta es quien quiero que sea mi mujer, si ella me quiere por marido.
Y luego, volviéndose a ella, que avergonzada de sí misma y titubeante estaba, le dijo:
—Griselda, ¿me quieres por marido?
A quien ella repuso:
—Señor mío, sí.
Y él dijo:
—Y yo te quiero por mujer.
Y en presencia de todos se casó con ella; y haciéndola montar en un palafrén, honrosamente acompañada se la llevó a su casa. Hubo allí grandes y hermosas bodas, y una fiesta no diferente de que si hubiera tomado por mujer a la hija del rey de Francia. La joven esposa pareció que con los vestidos había cambiado el ánimo y el comportamiento. Era, como ya hemos dicho, hermosa de figura y de rostro, y todo lo hermosa que era pareció agradable, placentera y cortés, que no hija de Giannúculo y pastora de ovejas parecía haber sido sino de algún noble señor; de lo que hacía maravillarse a todo el mundo que antes la había conocido; y además de esto era tan obediente a su marido y tan servicial que él se tenía por el más feliz y el más pagado hombre del mundo; y de la misma manera, para con los súbditos de su marido era tan graciosa y tan benigna que no había ninguno de ellos que no la amase y que no la honrase de grado, rogando todos por su bien y por su prosperidad y por su exaltación, diciendo (los que solían decir que Gualtieri había obrado como poco discreto al haberla tomado por mujer) que era el más discreto y el más sagaz hombre del mundo, porque ninguno sino él habría podido conocer nunca la alta virtud de ésta escondida bajo los pobres paños y bajo el hábito de villana. Y en resumen, no solamente en su marquesado, sino en todas partes, antes de que mucho tiempo hubiera pasado, supo ella hacer de tal manera que hizo hablar de su valor y de sus buenas obras, y volver en sus contrarias las cosas dichas contra su marido por causa suya (si algunas se habían dicho) al haberse casado con ella. No había vivido mucho tiempo con Gualtieri cuando se quedó embarazada, y en su momento parió una niña, de lo que Gualtieri hizo una gran fiesta. Pero poco después, viniéndosele al ánimo un extraño pensamiento, esto es, de querer con larga experiencia y con cosas intolerables probar su paciencia, primeramente la hirió con palabras, mostrándose airado y diciendo que sus vasallos muy descontentos estaban con ella por su baja condición, y especialmente desde que veían que tenía hijos, y de la hija que había nacido, tristísimos, no hacían sino murmurar. Cuyas palabras oyendo la señora, sin cambiar de gesto ni de buen talante en ninguna cosa, dijo:
—Señor mío, haz de mí lo que creas que mejor sea para tu honor y felicidad, que yo estaré completamente contenta, como que conozco que soy menos que ellos y que no era digna de este honor al que tú por tu cortesía me trajiste.
Gualtieri amó mucho esta respuesta, viendo que no había entrado en ella ninguna soberbia por ningún honor de los que él u otros le habían hecho. Poco tiempo después, habiendo con palabras generales dicho a su mujer que sus súbditos no podían sufrir a aquella niña nacida de ella, informando a un siervo suyo, se lo mandó, el cual con rostro muy doliente le dijo:
—Señora, si no quiero morir tengo que hacer lo que mi señor me manda. Me ha mandado que coja a esta hija vuestra y que... —y no dijo más.
La señora, oyendo las palabras y viendo el rostro del siervo, y acordándose de las palabras dichas, comprendió que le había ordenado que la matase; por lo que prestamente, cogiéndola de la cuna y besándola y bendiciéndola, aunque con gran dolor en el corazón sintiese, sin cambiar de rostro, la puso en brazos del siervo y le dijo:
—Toma, haz por entero lo que tu señor y el mío te ha ordenado; pero no dejes que los animales y los pájaros la devoren salvo si él lo mandase.
El siervo, cogiendo a la niña y contando a Gualtieri lo que dicho había la señora, maravillándose él de su paciencia, la mandó con ella a Bolonia a casa de una pariente, rogándole que sin nunca decir de quién era hija, diligentemente la criase y educase. Sucedió después que la señora se quedó embarazada, y al debido tiempo parió un hijo varón, lo que carísimo fue a Gualtieri; pero no bastándole lo que había hecho, con mayor golpe hirió a su mujer, y con rostro airado le dijo un día:
—Mujer, desde que tuviste este hijo varón de ninguna guisa puedo vivir con esta gente mía, pues tan duramente se lamentan que un nieto de Giannúculo deba ser su señor después de mí, por lo que dudo que, si no quiero que me echen, no tenga que hacer lo que hice otra vez, y al final dejarte y tomar otra mujer.
La mujer le oyó con paciente ánimo y no contestó sino:
—Señor mío, piensa en contentarte a ti mismo y satisfacer tus gustos, y no pienses en mí, porque nada me es querido sino cuando veo que te agrada.
Luego de no muchos días, Gualtieri, de aquella misma manera que había mandado a por la hija, mandó a por el hijo, y semejantemente mostrando que lo había hecho matar, a criarse lo mandó a Bolonia, como había mandado a la niña; de la cual cosa, la mujer, ni otro rostro ni otras palabras dijo que había dicho cuando la niña, de lo que Gualtieri mucho se maravillaba, y afirmaba para sí mismo que ninguna otra mujer podía hacer lo que ella hacía: y si no fuera que afectuosísima con los hijos, mientras a él le placía, la había visto, habría creído que hacía aquello para no preocuparse más de ellos, mientras que sabía que lo hacía como discreta. Sus súbditos, creyendo que había hecho matar a sus hijos mucho se lo reprochaban y lo reputaban como hombre cruel, y de su mujer tenían gran compasión; la cual, con las mujeres que con ella se dolían de los hijos muertos de tal manera nunca dijo otra cosa sino que aquello le placía a aquel que los había engendrado.
Pero habiendo pasado muchos años después del nacimiento de la niña, pareciéndole tiempo a Gualtieri de hacer la última prueba de la paciencia de ella, a muchos de los suyos dijo que de ninguna guisa podía sufrir más el tener por mujer a Griselda y que se daba cuenta de que mal y juvenilmente había obrado, y por ello en lo que pudiese quería pedirle al Papa que le diera dispensa para que pudiera tomar otra mujer y dejar a Griselda; de lo que le reprendieron muchos hombres buenos, a quienes ninguna otra cosa respondió sino que tenía que ser así. Su mujer, oyendo estas cosas y pareciéndole que tenía que esperar volverse a la casa de su padre, y tal vez a guardar ovejas como había hecho antes, y ver a otra mujer tener a aquel a quien ell aquería todo lo que podía, mucho en su interior sufría; pero, tal como había sufrido otras injurias de la fortuna, así se dispuso con tranquilo semblante a soportar ésta. No mucho tiempo después, Gualtieri hizo venir sus cartas falsificadas de Roma, y mostró a sus súbditos que el Papa, con ellas, le había dado dispensa para poder tomar otra mujer y dejar a Griselda; por lo que, haciéndola venir delante, en presencia de muchos le dijo:
—Mujer, por concesión del Papa puedo elegir otra mujer y dejarte a ti; y porque mis antepasados han sido grandes gentileshombres y señores de este dominio, mientras los tuyos siempre han sido labradores, entiendo que no seas más mi mujer, sino que te vuelvas a tu casa con Giannúculo con la dote que me trajiste, y yo luego, otra que he encontrado apropiada para mí, tomaré.
La mujer, oyendo estas palabras, no sin grandísimo trabajo (superior a la naturaleza femenina) contuvo las lágrimas, y respondió:
—Señor mío, yo siempre he conocido mi baja condición y que de ningún modo era apropiada a vuestra nobleza, y lo que he tenido con vos, de Dios y de vos sabía que era y nunca mío lo hice o lo tuve, sino que siempre lo tuve por prestado; os place que os lo devuelva y a mí debe placerme devolvéroslo: aquí está vuestro anillo, con el que os casasteis conmigo, tomadlo. Me ordenáis que la dote que os traje me lleve, para lo cual ni a vos pagadores ni a mí bolsa ni bestia de carga son necesarios, porque de la memoria no se me ha ido que desnuda me tomasteis; y si creéis honesto que el cuerpo en el que he llevado hijos engendrados por vos sea visto por todos, desnuda me iré; pero os ruego, en recompensa de la virginidad que os traje y que no me llevo, que al menos una camisa sobre mi dote os plazca que pueda llevarme.
Gualtieri, que mayor gana tenía de llorar que de otra cosa, permaneciendo, sin embargo, con el rostro impasible, dijo:
—Pues llévate una camisa.
Cuantos en torno estaban le rogaban que le diera un vestido, para que no fuese vista quien había sido su mujer durante trece años o más salir de su casa tan pobre y tan vilmente como era saliendo en camisa; pero fueron vanos los ruegos, por lo que la señora, en camisa y descalza y con la cabeza descubierta, encomendándoles a Dios, salió de casa y volvió con su padre, entre las lágrimas y el llanto de todos los que la vieron. Giannúculo, que nunca había podido creer que era cierto que Gualtieri tenía a su hija por mujer, y cada día esperaba que sucediese esto, había guardado las ropas que se había quitado la mañana en que Gualtieri se casó con ella; por lo que, trayéndoselas y vistiéndose ella con ellas, a los pequeños trabajos de la casa paterna se entregó como antes hacer solía, sufriendo con esforzado ánimo el duro asalto de la enemiga fortuna. Cuando Gualtieri hubo hecho esto, hizo creer a sus súbditos que había elegido a una hija de los condes de Pánago; y haciendo preparar grandes bodas, mandó a buscar a Griselda; a quien, cuando llegó, dijo:
—Voy a traer a esta señora a quien acabo de prometerme y quiero honrarla en esta primera llegada suya; y sabes que no tengo en casa mujeres que sepan arreglarme las cámaras ni hacer muchas cosas necesarias para tal fiesta; y por ello tú, que mejor que nadie conoces estas cosas de casa, pon en orden lo que haya que hacer y haz que se inviten las damas que te parezcan y recíbelas como si fueses la señora de la casa; luego, celebradas las bodas, podrás volverte a tu casa.
Aunque estas palabras fuesen otras tantas puñaladas dadas en el corazón de Griselda, como quien no había podido arrojar de sí el amor que sentía por él como había hecho la buena fortuna, repuso:
—Señor mío, estoy presta y dispuesta.
Y entrando, con sus vestidos de paño pardo y burdo en aquella casa de donde poco antes había salido en camisa, comenzó a barrer las cámaras y ordenarlas, y a hacer poner reposteros y tapices por las salas, a hacer preparar la cocina, y todas las cosas, como si una humilde criadita de la casa fuese, hacer con sus propias manos; y no descansó hasta que tuvo todo preparado y ordenado como convenía. Y después de esto, haciendo de parte de Gualtieri invitar a todas las damas de la comarca, se puso a esperar la fiesta, y llegado el día de las bodas, aunque vestida de pobres ropas, con ánimo y porte señorial a todas las damas que vinieron, y con alegre gesto, las recibió. Gualtieri, que diligentemente había hecho criar en Bolonia a sus hijos por sus parientes (que por su matrimonio pertenecían a la familia de los condes de Pánago), teniendo ya la niña doce años y siendo la cosa más bella que se había visto nunca, y el niño que tenía seis, había mandado un mensaje a Bolonia a su pariente rogándole que le pluguiera venir a Saluzzo con su hija y su hijo y que trajese consigo una buena y honrosa comitiva, y que dijese a todos que la llevaba a ella como a su mujer, sin manifestar a nadie sobre quién era ella. El gentilhombre, haciendo lo que le rogaba el marqués, poniéndose en camino, después de algunos días con la jovencita y con su hermano y con una noble comitiva, a la hora del almuerzo llegó a Saluzzo, donde todos los campesinos y muchos otros vecinos de los alrededores encontró que esperaban a esta nueva mujer de Gualtieri. La cual, recibida por las damas y llegada a la sala donde estaban puestas las mesas, Griselda, tal como estaba, saliéndole alegremente al encuentro, le dijo:
—¡Bien venida sea mi señora!
Las damas, que mucho habían (aunque en vano) rogado a Gualtieri que hiciese de manera que Griselda se quedase en una cámara o que él le prestase alguno de los vestidos que fueron suyos, se sentaron a la mesa y se comenzó a servirles. La jovencita era mirada por todos y todos decían que Gualtieri había hecho buen cambio, y entre los demás Griselda la alababa mucho, a ella y a su hermano. Gualtieri, a quien parecía haber visto por completo todo cuanto deseaba de la paciencia de su mujer, viendo que en nada la cambiaba la extrañeza de aquellas cosas, y estando seguro de que no por necedad sucedía aquello porque muy bien sabía que era discreta, le pareció ya hora de sacarla de la amargura que juzgaba que bajo el impasible gesto tenía escondida; por lo que, haciéndola venir, en presencia de todos sonriéndole, le dijo:
—¿Qué te parece nuestra esposa?
—Señor mío —repuso Griselda—, me parece muy bien; y si es tan discreta como hermosa, lo que creo, no dudo de que viváis con ella como el más feliz señor del mundo; pero cuanto está en mi poder os ruego que las heridas que a la que fue antes vuestra causasteis, no se las causéis a ésta, que creo que apenas podría sufrirlas, tanto porque es más joven como porque está educada en la blandura mientras aquella otra estaba educada en fatigas continuas desde pequeñita.
Gualtieri, viendo que creía firmemente que aquélla iba a ser su mujer, y no por ello decía algo que no fuese bueno, la hizo sentarse a su lado y dijo:
—Griselda, tiempo es ya de que recojas el fruto de tu larga paciencia y de que quienes me han juzgado cruel e inicuo y bestial sepan que lo que he hecho lo hacía con vistas a un fin, queriendo enseñarte a ser mujer, y a ellos saber elegirla y guardarla, y lograr yo perpetua paz mientras contigo tuviera que vivir; lo que, cuando tuve que tomar mujer, gran miedo tuve de no conseguirlo; y por ello, para probar si era cierto, de cuantas maneras sabes te herí y te golpeé. Y como nunca he visto que ni en palabras ni en acciones te hayas apartado de mis deseos, pareciéndome que tengo en ti la felicidad que deseaba, quiero devolverte en un instante lo que en muchos años te quité y con suma dulzura curar las heridas que te hice; y por ello, con alegre ánimo recibe a ésta que crees mi esposa, y a su hermano, como tus hijos y míos: son los mismos que tú y muchos otros durante mucho tiempo habéis creído que yo había hecho matar cruelmente, y yo soy tu marido, que sobre todas las cosas te amo, creyendo poder jactarme de que no hay ningún otro que tanto como yo pueda estar contento de su mujer.
Y dicho esto, lo abrazó y lo besó, y junto con ella, que lloraba de alegría, poniéndose en pie fueron donde su hija, toda estupefacta, había estado sentada escuchando estas cosas; y abrazándola tiernamente, y también a su hermano, a ella y a muchos otros que allí estaban sacaron de su error. Las damas, contentísimas, levantándose de las mesas, con Griselda se fueron a su alcoba y con mejores augurios quitándole sus rópulas, con un noble vestido de los suyos la volvieron a vestir, y como a señora, que ya lo parecía en sus harapos, la llevaron de nuevo a la sala. Y haciendo allí con sus hijos maravillosa fiesta, estando todos contentísimos con estas cosas, el solaz y el festejar multiplicaron y alargaron muchos días; y discretísimo juzgaron a Gualtieri, aunque demasiado acre e intolerable juzgaron el experimento que había hecho con su mujer, y discretísima sobre todos juzgaron a Griselda. El conde de Pánago se volvió a Bolonia luego de algunos días, y Gualtieri, retirando a Giannúculo de su trabajo, como a su suegro lo puso en un estado en que honradamente y con gran felicidad vivió y terminó su vejez. Y él luego, casando altamente a su hija, con Griselda, honrándola siempre lo más que podía, largamente y feliz vivió.
¿Qué podría decirse aquí sino que también sobre las casas pobres llueven del cielo los espíritus divinos, y en las reales aquellos que serían más dignos de guardar puercos que de tener señorío sobre los hombres? ¿Quién más que Griselda habría podido, con el rostro no solamente seco, sino alegre sufrir las duras y nunca oídas pruebas a que la sometió Gualtieri? A quien tal vez le habría estado muy merecido haber dado con una que, cuando la hubiera echado de casa en camisa, se hubiese hecho sacudir el polvo de manera que se hubiese ganado un buen vestido.
Había terminado la historia de Dioneo y mucho habían hablado de ella las señoras, quien de un lado y quien del otro tirando, y quien reprochando una cosa y quien otra alabando en relación con ella, cuando el rey, levantando el rostro al cielo y viendo que el sol estaba ya más bajo de la hora de vísperas, sin levantarse comenzó a hablar así:
—Esplendorosas señoras, como creo que sabéis, el buen sentido de los mortales no consiste sólo en tener en la memoria las cosas pretéritas o conocer las presentes, sino que por las unas y las otras saber prever las futuras es reputado como talento grandísimo por los hombres eminentes. Nosotros, como sabéis, mañana hará quince días, para tener algún entretenimiento con el que sujetar nuestra salud y vida, dejando la melancolía y los dolores y las angustias que por nuestra ciudad continuamente, desde que comenzó este pestilente tiempo, se ven, salimos de Florencia; lo que, según mi juicio, hemos hecho honestamente porque, si he sabido mirar bien, a pesar de que alegres historias y tal vez despertadoras de la concupiscencia se han contado, y del continuo buen comer y beber, y la música y los cánticos (cosas todas que inclinan a las cabezas débiles a cosas menos honestas) ningún acto, ninguna palabra, ninguna cosa ni por vuestra parte ni por la nuestra he visto que hubiera de ser reprochada; continua honestidad, continua concordia, continua fraterna familiaridad me ha parecido ver y oír, lo que sin duda, para honor y servicio vuestro y mío me es carísimo. Y por ello, para que por demasiada larga costumbre algo que pudiese convertirse en molesto no pueda, y para que nadie pueda reprochar nuestra demasiado larga estancia aquí y habiendo cada uno de nosotros disfrutado su jornada como parte del honor que ahora me corresponde a mí, me parecería, si a vosotros os pluguiera, que sería conveniente volvernos ya al lugar de donde salimos. Sin contar con que, si os fijáis, nuestra compañía (que ya ha sido conocida por muchas otras) podría multiplicarse de manera que nos quitase toda nuestra felicidad; y por ello, si aprobáis mi opinión, conservaré la corona que me habéis dado hasta nuestra partida, que entiendo que sea mañana por la mañana; si juzgáis que debe ser de otro modo, tengo ya pensado quién para el día siguiente debe coronarse.
La discusión fue larga entre las señoras y entre los jóvenes, pero por último tomaron el consejo del rey como útil y honesto y decidieron hacer tal como él había dicho; por la cual cosa éste, haciendo llamar al senescal, habló con él sobre el modo en que debía procederse a la mañana siguiente, y licenciada la compañía hasta la hora de la cena, se puso en pie.
Las señoras y los otros, levantándose, no de otra manera que de la que estaban acostumbrados, quien a un entretenimiento, quien a otro se entregó; y llegada la hora de la cena, con sumo placer fueron a ella, y después de ella comenzaron a cantar y a tañer instrumentos y a carolar; y dirigiendo Laureta una danza, mandó el rey a Fiameta que cantase una canción; la cual, muy placenteramente así comenzó a cantar:
Si Amor sin celos fuera,
no sería yo mujer,
aunque ello me alegrase, y a cualquiera.
Si alegre juventud
en bello amante a la mujer agrada,
osadía o valor
o fama de virtud,
talento, cortesía, y habla honrada,
o humor encantador,
yo soy, por su salud,
una que puede ver
en mi esperanza esta visión entera.
Pero porque bien veo
que otras damas mi misma ciencia tienen,
me muero de pavor
creyendo que el deseo
en donde yo lo he puesto a poner vienen:
en quien es robador
de mi alma, y de este modo en mi dolor
y daño veo volver
quien era mi ventura verdadera.
Si viera lealtad
en mi señor tal como veo valor
celosa no estaría,
pero es tan gran verdad
que muchas van en busca de amador,
que en todos ellos veo ya falsía.
Esto me desespera, y moriría;
y que voy a perder
su amor sospecho, que otra robaría.
Por Dios, a cada una
de vosotras le ruego que no intente
hacerme en esto ultraje,
que, si lo hiciera alguna
con palabras, o señas, u otramente,
le juro que sería mi coraje
capaz de triste hacerla, y con lenguaje
decir no he de poder
cuánto por tal locura ella sufriera.

Cuando Fiameta hubo terminado su canción, Dioneo, que estaba a su lado, dijo riendo:
—Señora, sería gran cortesía que dieseis a conocer a todas quién es, para que por ignorancia no os fuese arrebatada vuestra posesión, ya que así os enojaríais.
Después de ésta, se cantaron muchas otras; y estando ya la noche casi mediada, cuando plugo al rey, todos se fueron a descansar. Y al aparecer el nuevo día, levantándose, habiendo ya el senescal mandado todas las cosas por delante, tras de la guía del discreto rey hacia Florencia tornaron; y los tres jóvenes, dejando a las siete señoras en Santa María la Nueva, de donde habían salido con ellas, despidiéndose de ellas, a sus otros solaces atendieron; y ellas, cuando les pareció, se volvieron a sus casas.


CONCLUSION DEL AUTOR

Nobilísimas jóvenes por cuyo consuelo he pasado tan larga fatiga, creo que (habiéndome ayudado la divina gracia por vuestros piadosos ruegos, según juzgo, más que por mis méritos) he terminado cumplidamente lo que al comenzar la presente obra prometí que haría; por la cual cosa, a Dios primeramente y después a vosotras dando las gracias, es tiempo de conceder reposo a la pluma y a la fatigada mano. Pero antes de concedérselo, brevemente algunas cosillas, que tal vez alguna de vosotras u otros pudiesen decir (como sea que me parece certísimo que éstas no tendrán privilegio mayor que ninguna de las otras cosas, como que no lo tienen me acuerdo haber mostrado al principio de la cuarta jornada), como movido por tácitas cuestiones, intento responder. Habrá por ventura algunas de vosotras que digan que al escribir estas novelas me he tomado demasiadas libertades, como la de hacer algunas veces decir a las señoras, y muy frecuentemente escuchar, cosas no muy apropiadas ni para que las digan ni para que las escuchen las damas honestas. La cual cosa yo niego porque ninguna hay tan deshonesta que, si con honestas palabras se dice, sea una mancha para nadie; lo que me parece haber hecho aquí bastante apropiadamente Pero supongamos que sea así, que no intento litigar con vosotras, que me venceríais; digo que para responderos por qué lo he hecho así, muchas razones se me ocurren prestísimo. Primeramente, si algo en alguna hay, la calidad de las novelas lo ha requerido, las cuales, si con ojos razonables fuesen miradas por personas entendidas, muy claramente sería conocido que sin haber traicionado su naturaleza no hubiese podido contarlas de otro modo Y si tal vez en ellas hay alguna partecilla, alguna palabrita más libre de lo que tal vez tolera alguna santurrona (que más pesan las palabras que los hechos y más se ingenian en parecer buenas que en serio), digo que más no se me debe reprochar a mí haberlas escrito que generalmente se reprocha a los hombres y a las mujeres decir todos los días «agujero», «clavija» y «mortero» y «almirez», y «salchicha» y «mortadela», y una gran cantidad de cosas semejantes. Sin contar con que a mi pluma no debe concedérsele menor autoridad que al pincel del pintor, al que sin ningún reproche (o al menos justo), dejamos que pinte no ya a San Miguel herir a la serpiente con la espada o con la lanza y a San Jorge el dragón cuando le place, sino que hace a Cristo varón y a Eva hembra, y a Aquel mismo que quiso morir por la salvación del género humano sobre la cruz, unas veces con un clavo y otras con dos, lo clava en ella. Además, muy bien puede conocerse que estas cosas no en la iglesia, de cuyas cosas con ánimos y palabras honestísimas se debe hablar (aunque en sus historias muchas se encuentren de sucesos más allá de los escritos por mí), ni tampoco en las escuelas de los filósofos, donde la honestidad se requiere no menos que en otra parte, se cuentan; ni entre clérigos ni entre filósofos en ningún lugar, sino en los jardines, y como entretenimiento, entre personas jóvenes aunque maduras y no influenciables por las novelas, en un tiempo durante el cual el ir con las bragas en la cabeza para salvar la vida no sentaba tan mal a las personas honestas. Las cuales, sean quienes sean, perjudicar y mejorar pueden tal como pueden todas las demás cosas, según sea el oyente. ¿Quién no sabe que el vino es óptima cosa para los vivientes, según Cincilione y Escolario y muchos otros, y para quien tiene fiebre es nocivo? ¿Diremos, entonces, que porque perjudica a los que tienen fiebre es malo? ¿Quién no sabe que el fuego es utilísimo, y aun necesario a los mortales? ¿Diremos, porque quema las casas y los pueblos y la ciudad, que sea malo? Las armas, semejantemente, defienden la vida de quien pacíficamente vivir desea; y también matan a los hombres muchas veces, no por maldad suya, sino de quienes las usan. Ninguna mente corrupta entendió nunca rectamente una palabra; y así como las honestas nada les aprovechan, así las que no son tan honestas no pueden contaminar a la bien dispuesta, así como el lodo a los rayos solares o las inmundicias terrenas a las bellezas del cielo. ¿Qué libros, qué palabras, qué papeles son más santos, más dignos, más reverendos que los de la divina Escritura? Y muchos ha habido que, entendiéndolos perversamente, a sí mismo y a otros han llevado a la perdición. Cada cosa en sí misma es buena para alguna cosa, y mal usada puede ser nociva para muchas; y así digo de mis novelas. Quien quiera sacar de ellas mal consejo o mala obra, a ninguno se lo vedarán si lo tienen en sí o si son retorcidas y estiradas hasta que lo tengan; y a quien utilidad y fruto quiera no se lo negarán, y nunca serán tenidas por otra cosa que por útiles y honestas si se leen o cuentan en las ocasiones y a las personas para los cuales y para quienes han sido contadas. Quien tenga que rezar padrenuestros o hacer tortas de castaña para su confesor, que las deje, que no correrán tras de nadie para hacerse leer, aunque las beatas las digan (y también las hagan) alguna que otra vez. Habrá igualmente, quienes digan que hay algunas que hubiera sido mejor que no estuviesen. Lo concedo: pero yo no podía ni debía escribir sino las que eran contadas y por ello quienes las contaron debieron haberlas contado buenas, y yo las hubiera escrito buenas. Pero si quisiera presuponerse que yo hubiera sido de éstas el inventor y el escritor, que no lo fui, digo que no me avergonzaría de que no todas fuesen buenas, porque no hay ningún maestro, de Dios para abajo, que haga todas las cosas bien y cumplidamente; y Carlo Magno, que fue el primero en crear paladines, no pudo crear tantos que por ellos mismos pudiesen formar un ejército. En la multitud de las cosas diversas conviene que las haya de toda calidad. Ningún campo se cultivó nunca tanto que en él ortigas y abrojos o algún espino no se encontrase mezclado con las mejores hierbas. Sin contar con que, al tener que hablar a jovencitas simples, como sois la mayoría de vosotras, necedad hubiera sido el andar buscando y fatigándose en buscar cosas muy exquisitas y poner gran cuidado en hablar muy mesuradamente. Pero en resumen, quien va leyendo éstas de una en otra, deje las que le molesten y las que le deleiten lea: para no engañar a nadie, llevan en la frente escrito lo que en su interior escondido contienen. Y todavía creo que habrá quien diga que las hay demasiado largas; a los que repito que quien tiene otra cosa que hacer hace una locura leyéndolas, y también si fuesen breves. Y aunque ha pasado mucho tiempo desde que comencé a escribir hasta este momento en que llego al final de mi fatiga, no se me ha ido de la cabeza que he ofrecido este trabajo mío a los ociosos y no a los otros; y para quien lee por pasar el tiempo nada puede ser largo si le sirve para lo que quiere. Las cosas breves convienen mucho mejor a los estudiosos (que no para pasar el tiempo sino para usarlo útilmente trabajan) que a vosotras, mujeres, a quienes todo el tiempo sobra que no gastáis en los amorosos placeres; y además de esto, como ni a Atenas ni a Bolonia ni a París vais a estudiar ninguna, más largamente conviene hablaros que a quienes tienen el ingenio agudizado por los estudios. Y no dudo que haya quienes digan que las cosas contadas están demasiado llenas de chistes y de bromas, y que no es propio de un hombre grave y de peso haber así escrito. A éstas debo darles las gracias, y se las doy, porque, movidas por bondadoso celo, se preocupan tanto de mi fama. Pero a su objeción voy a responder así: confieso que hombre de peso soy y que muchas veces lo he sido en mi vida; y por ello, hablando a aquellas que no conocen mi peso, afirmo que no soy grave sino que soy tan leve que me sostengo en el agua; y considerando que los sermones echados por los frailes para que los hombres se corrijan de sus culpas, la mayoría llenos de frases ingeniosas y de bromas y de bufonadas se encuentran, juzgué que las mismas no estarían mal en mis novelas, escritas para apartar la melancolía de las mujeres. Empero, si demasiado se riesen con ello, el lamento de Jeremías, la pasión del Salvador y los remordimientos de la Magdalena podrán fácilmente curarlas. ¿Y quién pensará que aún haya de aquellas que digan que tengo una lengua mala y venenosa porque en algún lugar escribo la verdad de los frailes? A quienes esto digan hay que perdonarlas porque no es de creer que otra cosa sino una justa razón las mueva, porque los frailes son buenas personas y huyen de la incomodidad por amor de Dios, y muelen cuando el caz está colmado y no lo cuentan; y si no fuese porque todos huelen un poco a cabruno, mucho más agradable sería su manjar. Confieso, sin embargo, que las cosas de este mundo no tienen estabilidad alguna, sino que siempre están cambiando, y así podría ocurrir con mi lengua; la cual, no confiando yo en mi propio juicio, del que desconfío cuanto puedo en mis asuntos, no hace mucho me dijo una vecina mía que era la mejor y la más dulce del mundo: y en verdad que cuando esto fue había pocas de las precedentes novelas que faltasen por escribir. Y porque con animosidad razonan aquellas tales, quiero que lo que se ha dicho baste a responderlas. Y dejando ya a cada una decir y creer como les parezca, es tiempo de poner fin a las palabras, dando las gracias humildemente a Aquel que tras una tan larga fatiga con su ayuda me ha conducido al deseado fin; y vosotras, amables mujeres, quedaos en paz con su gracia, acordándoos de mí si tal vez a alguna algo le ayuda el haberlas leído.

AQUÍ TERMINA LA DÉCIMA Y ÚLTIMA JORNADA DEL LIBRO LLAMADO DECAMERÓN, APELLIDADO PRÍNCIPE GALEOTO


(Fin)


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Mensaje por Maria Lua el Mar 30 Jun 2020, 09:09

Un excelente trabajo, amigo Pedro!
Sigo leyendo, despacito!
Gracias por publicarlo!
Es un regalo para los que aman
la Literatura!
Besos
Maria Lua


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Te encuentro
tus huellas son tatuajes en mi corazón
intensas e inmensas
como el vino de la pasión
y la rosa roja del amor
eternas y etereas
como los sortilegios de una Luna Creciente... 


Maria Lua




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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 30 Jun 2020, 09:41

Gracias por tus palabras, Maria. Celebro que te guste. Para mí ha sido una manera de distraer el confinamiento.

Un abrazo.
Pedro



EL CURA SANA

Yo nací muy cabezón, tanto, que al sacarme a pasear en el cochecito, cuando le preguntaban a mi madre el tiempo que tenía, todo el mundo se sorprendía de lo grande que estaba para mi edad.

Sería porque la cabeza me descompensaba haciéndome perder el equilibrio, que, cuando empecé a andar, me caía a menudo y me hacía muchos chichones. Entonces, yo me ponía a llorar como es lógico, pero mi madre tenía un remedio absoluto: me soplaba donde me dolía, me besaba allí, y me cantaba: Cura sana, cura sana, patita de rana, si no te curas hoy, te curarás mañana.

Pedro Casas Serra


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