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Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Pedro Casas Serra
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Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 07 Mayo 2020, 07:18

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NOVELA OCTAVA


Nastagio de los Onesti, amando a una de los Traversari, gasta sus riquezas sin ser amado, se va, importunado por los suyos, a Chiassi, allí ve aun caballero perseguir a una joven y matarla, y ser devorada por dos perros, invita a sus parientes y a la mujer amada a almorzar donde está él, la cual ve despedazar a esta misma joven, y temiendo un caso semejante, toma por marido a Nastagio.


Al callarse Laureta, así (por orden de la reina) comenzó Filomena:
Amables señoras, tal como nuestra piedad se alaba, así es castigada también nuestra crueldad por la justicia divina; para demostraros lo cual y daros materia de desecharla para siempre de vosotras, me place contaros una historia no menos lamentable que deleitosa.
En Rávena, antiquísima ciudad de Romaña, ha habido muchos nobles y ricos hombres, entre los cuales un joven llamado Nastagio de los Onesti, que por la muerte de su padre y de un tío suyo quedó riquísimo sin medida, el cual, así como ocurre a los jóvenes, estando sin mujer, se enamoró de una hija de micer Paolo Traversaro, joven mucho más noble de lo que él era, cobrando esperanza de poder inducirla a amarlo con sus obras. Las cuales, aunque grandísimas, buenas y loables fuesen, no solamente de nada le servían sino que parecía que le perjudicaban, tan cruel y arisca se mostraba la jovencita amada, tan altiva y desdeñosa (tal vez a causa de su singular hermosura o de su nobleza) que ni él ni nada que él hiciera le agradaba; la cual cosa le era tan penosa de soportar a Nastagio, que muchas veces por dolor, después de haberse lamentado, le vino el deseo de matarse; pero refrenándose, sin embargo, se propuso muchas veces dejarla por completo o, si pudiera, odiarla como ella le odiaba a él. Pero en vano tal decisión tomaba porque parecía que cuanto más le faltaba la esperanza tanto más se multiplicaba su amor.
Perseverando, pues, el joven en amar y en gastar desmesuradamente, pareció a algunos de sus amigos y parientes que él mismo y sus haberes por igual iban a consumirse; por la cual cosa muchas veces le rogaron y aconsejaron que se fuera de Rávena y a algún otro sitio durante algún tiempo se fuese a vivir, porque, haciéndolo así, haría disminuir el amor y los gastos. De este consejo muchas veces se burló Nastagio; mas, sin embargo, siendo requerido por ellos, no pudiendo decir tanto que no, dijo que lo haría, y haciendo hacer grandes preparativos, como si a Francia o a España o a algún otro lugar lejano ir quisiese, montado a caballo y acompañado por algunos de sus amigos, de Rávena salió y se fue a un lugar a unas tres millas de Rávena, que se llamaba Chiassi; y haciendo venir allí pabellones y tiendas, dijo a quienes le habían acompañado que quería quedarse allí y que ellos a Rávena se volvieran.
Quedándose aquí, pues, Nastagio, comenzó a darse la mejor vida y más magnífica que nunca nadie se dio, ahora a éstos y ahora a aquéllos invitando a cenar y a almorzar, como acostumbraba. Ahora, sucedió que un viernes, casi a la entrada de mayo, haciendo un tiempo buenísimo, y empezando él a pensar en su cruel señora, mandando a todos sus criados que solo le dejasen, para poder pensar más a su gusto, echando un pie delante de otro, pensando se quedó abstraído.
Y habiendo pasado ya casi la hora quinta del día, y habiéndose adentrado ya una medía milla por el pinar, no acordándose de comer ni de ninguna otra cosa, súbitamente le pareció oír un grandísimo llanto y ayes altísimos dados por una mujer, por lo que, rotos sus dulces pensamientos, levantó la cabeza por ver qué fuese, y se maravilló viéndose en el pinar; y además de ello, mirando hacia adelante vio venir por un bosquecillo bastante tupido de arbustillos y de zarzas, corriendo hacia el lugar donde estaba, una hermosísima joven desnuda, desmelenada y toda arañada por las ramas y las zarzas, llorando y pidiendo piedad a gritos; y además de esto, vio a sus flancos dos grandes y feroces mastines, los cuales, corriendo tras ella rabiosamente, muchas veces cruelmente donde la alcanzaban la mordían; y detrás de ella vio venir sobre un corcel negro a un caballero moreno, de rostro muy sañudo, con un estoque en la mano, amenazándola de muerte con palabras espantosas e injuriosas.
Esto a un tiempo maravilla y espanto despertó en su ánimo y, por último, piedad por la desventurada mujer, de lo que nació deseo de librarla de tal angustia y muerte, si pudiera. Pero encontrándose sin armas, recurrió a coger una rama de un árbol en lugar de bastón y comenzó a salir al encuentro a los perros y contra el caballero.
Pero el caballero que esto vio, le gritó desde lejos:
—Nastagio, no te molestes, deja hacer a los perros y a mí lo que esta mala mujer ha merecido.
Y diciendo así, los perros, cogiendo fuertemente a la joven por los flancos, la detuvieron, y alcanzándolos el caballero se bajó del caballo; acercándose al cual Nastagio, dijo:
—No sé quién eres tú que así me conoces, pero sólo te digo que gran vileza es para un caballero armado querer matar a una mujer desnuda y haberle echado los perros detrás como si fuese una bestia salvaje; ciertamente la defenderé cuanto pueda.
El caballero entonces dijo:
—Nastagio, yo fui de la ciudad que tú, y eras todavía un muchacho pequeño cuando yo, que fui llamado micer Guido de los Anastagi, estaba mucho más enamorado de ésta que lo estás tú ahora de la de los Traversari; y por su fiereza y crueldad de tal manera anduvo mi desgracia que un día, con este estoque que me ves en la mano, desesperado me maté, y estoy condenado a las penas eternas. Y no había pasado mucho tiempo cuando ésta, que con mi muerte se había alegrado desmesuradamente, murió, y por el pecado de su crueldad y la alegría que sintió con mis tormentos no arrepintiéndose, como quien no creía con ello haber pecado sino hecho méritos, del mismo modo fue (y está) condenada a las penas del infierno; en el cual, al bajar ella, tal fue el castigo dado a ella y a mí: que ella huyera delante, y a mí, que la amé tanto, seguirla como a mortal enemiga, no como a mujer amada, y cuantas veces la alcanzo, tantas con este estoque con el que me maté la mato a ella y le abro la espalda, y aquel corazón duro y frío en donde nunca el amor ni la piedad pudieron entrar, junto con las demás entrañas (como verás incontinenti) le arranco del cuerpo y se las doy a comer a estos perros. Y no pasa mucho tiempo hasta que ella, como la justicia y el poder de Dios ordena, como si no hubiera estado muerta, resurge y de nuevo empieza la dolorosa fuga, y los perros y yo a seguirla, y sucede que todos los viernes hacia esta hora la alcanzo aquí, y aquí hago el destrozo que verás; y los otros días no creas que reposamos sino que la alcanzo en otros lugares donde ella cruelmente contra mí pensó y obró; y habiéndome de amante convertido en su enemigo, como ves, tengo que seguirla de esta guisa cuantos meses fue ella cruel enemigo. Así pues, déjame poner en ejecución la justicia divina, y no quieras oponerte a lo que no podrías vencer.
Nastagio, oyendo estas palabras, muy temeroso y no teniendo un pelo encima que no se le hubiese erizado, echándose atrás y mirando a la mísera joven, se puso a esperar lleno de pavor lo que iba a hacer el caballero, el cual, terminada su explicación, como un perro rabioso, con el estoque en mano se le echó encima a la joven que, arrodillada, y sujetada fuertemente por los dos mastines, le pedía piedad; y con todas sus fuerzas le dio en medio del pecho y la atravesó hasta la otra parte.
Cuando la joven hubo recibido este golpe cayó boca abajo, siempre llorando y gritando; y el caballero, echando mano al cuchillo, le abrió los costados y sacándole fuera el corazón, y todas las demás cosas de alrededor, a los dos mastines las arrojó; los cuales, hambrientísimos, incontinenti las comieron; y no pasó mucho hasta que la joven, como si ninguna de estas cosas hubiesen pasado, súbitamente se levantó y empezó a huir hacia el mar, y los perros siempre tras ella hiriéndola, y el caballero volviendo a montar a caballo y cogiendo de nuevo su estoque, comenzó a seguirla, y en poco tiempo se alejaron, de manera que ya Nastagio no podía verlos. El cual, habiendo visto estas cosas, largo rato estuvo entre piadoso y temeroso, y luego de un tanto le vino a la cabeza que esta cosa podía muy bien ayudarle, puesto que todos los viernes sucedía; por lo que, señalado el lugar, se volvió con sus criados y luego, cuando le pareció, mandando a por muchos de sus parientes y amigos, les dijo:
—Muchas veces me habéis animado a que deje de amar a esta enemiga mía y ponga fin a mis gastos: y estoy presto a hacerlo si me conseguís una gracia, la cual es ésta: que el viernes que viene hagáis que micer Paolo Traversari y su mujer y su hija y todas las damas parientes suyas, y otras que os parezca, vengan aquí a almorzar conmigo. Lo que quiero con esto lo veréis entonces.
A ellos les pareció una cosa bastante fácil de hacer y se lo prometieron; y vueltos a Rávena, cuando fue oportuno invitaron a quienes Nastagio quería, y aunque fue difícil poder llevar a la joven amada por Nastagio, sin embargo allí fue junto con las otras. Nastagio hizo preparar magníficamente de comer, e hizo poner la mesa bajo los pinos en el pinar que rodeaba aquel lugar donde había visto el destrozo de la mujer cruel; y haciendo sentar a la mesa a los hombres y a las mujeres, los dispuso de manera que la joven amada fue puesta en el mismo lugar frente al cual debía suceder el caso.
Habiendo, pues, venido ya la última vianda, he aquí que el alboroto desesperado de la perseguida joven empezó a ser oído por todos, de lo que maravillándose mucho todos y preguntando qué era aquello, y nadie sabiéndolo decir, poniéndose todos en pie y mirando lo que pudiese ser, vieron a la doliente joven y al caballero y a los perros, y poco después todos ellos estuvieron aquí entre ellos. Se hizo un gran alboroto contra los perros y el caballero, y muchos a ayudar a la joven se adelantaron; pero el caballero, hablándoles como había hablado a Nastagio, no solamente los hizo retroceder, sino que a todos espantó y llenó de maravilla; y haciendo lo que la otra vez había hecho, cuantas mujeres allí había (que bastantes habían sido parientes de la doliente joven y del caballero, y que se acordaban del amor y de la muerte de él), todas tan miserablemente lloraban como si a ellas mismas aquello les hubieran querido hacer.
Y llegando el caso a su término, y habiéndose ido la mujer y el caballero, hizo a los que aquello habían visto entrar en muchos razonamientos; pero entre quienes más espanto sintieron estuvo la joven amada por Nastagio; la cual, habiendo visto y oído distintamente todas las cosas, y sabiendo que a ella más que a ninguna otra persona que allí estuviera tocaban tales cosas, pensando en la crueldad siempre por ella usada contra Nastagio, ya le parecía ir huyendo delante de él, airado, y llevar a los flancos los mastines. Y tanto fue el miedo que de esto sintió que para que no le sucediese a ella, no veía el momento (que aquella misma noche se le presentó) para, habiéndose su odio cambiado en amor, a una fiel camarera mandar secretamente a Nastagio, que de su parte le rogó que le pluguiera ir a ella, porque estaba pronta a hacer todo lo que a él le agradase. Nastagio hizo responderle que aquello le era muy grato, pero que, si le placía, quería su placer con honor suyo, y esto era tomándola como mujer.
La joven, que sabía que no dependía más que de ella ser la mujer de Nastagio, le hizo decir que le placía; por lo que, siendo ella misma mensajera, a su padre y a su madre dijo que quería ser la mujer de Nastagio, con lo que ellos estuvieron muy contentos; y el domingo siguiente, Nastagio se casó con ella, y, celebradas las bodas, con ella mucho tiempo vivió contento. Y no fue este susto ocasión solamente de este bien sino que todas las mujeres ravenenses sintieron tanto miedo que fueron siempre luego más dóciles a los placeres de los hombres que antes lo habían sido.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 08 Mayo 2020, 02:08

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NOVELA NOVENA

Federigo de los Alberighi ama y no es amado, y con los gastos del cortejar se arruina; y le queda un solo halcón, el cual, no teniendo otra cosa, da de comer a su señora que ha venido a su casa; la cual, enterándose de ello, cambiando de ánimo, lo toma por marido y le hace rico.

Había ya dejado de hablar Filomena cuando la reina, habiendo visto que nadie sino Dioneo (debido a su privilegio) quedaba por hablar, con alegre gesto, dijo:
A mí me corresponde ahora hablar: y yo, carísimas señoras, lo haré de buen grado con una historia en parte semejante a la precedente, no solamente para que conozcáis cuánto vuestros encantos pueden en los corazones corteses, sino porque aprendáis a ser vosotras mismas, cuando debáis, otorgadoras de vuestros galardones sin dejar que sea siempre la fortuna quien los conceda, la cual, no discretamente como debe ser, sino desconsideradamente la mayoría de las veces los confiere.
Debéis, pues, saber que Coppo de los Borghese Domenichi, que fue en nuestra ciudad, y tal vez es todavía, hombre de grande y reverenciada autoridad entre los nuestros (y por las costumbres y por la virtud mucho más que por la nobleza de sangre clarísimo y digno de eterna fama), siendo ya de avanzada edad, muchas veces sobre las cosas pasadas con sus vecinos y con otros gustaba de hablar; lo cual él, mejor y con más orden y con mayor memoria y adornado hablar que ningún otro supo hacer, y acostumbraba a contar entre sus otras buenas cosas que en Florencia hubo un joven llamado Federigo de micer Filippo Alberighi, en hechos de armas y en cortesía alabado sobre todos los demás donceles de Toscana. El cual, como sucede a la mayoría de los gentileshombres, de una cortés señora llamada doña Giovanna se enamoró, en sus tiempos tenida como de las más hermosas mujeres y de las más gallardas que hubiera en Florencia; y para poder conseguir su amor, justaba, torneaba, daba fiestas y regalos, y lo suyo sin ninguna contención gastaba: pero ella, no menos honesta que hermosa, de ninguna de estas cosas por ella hechas ni de quien las hacía se ocupaba.
Gastando, pues, Federigo mucho más de lo que podía y no consiguiendo nada, como suele suceder las riquezas le faltaron, y se quedó pobre, sin otra cosa haberle quedado que una tierra pequeña de las rentas de la cual estrechamente vivía, y además de esto un halcón de los mejores del mundo; por lo que, más enamorado que nunca y no pareciéndole que podía seguir llevando una vida ciudadana como deseaba, a Campi, donde estaba su pequeña hacienda, se fue a vivir. Allí, cuando podía, cazando y sin invitar a nadie, su pobreza sobrellevaba pacientemente. Ahora, sucedió un día que, habiendo Federigo llegado a estos extremos, el marido de doña Giovanna enfermó, y viendo llegar la muerte hizo testamento; y siendo riquísimo dejó heredero de ello a un hijo suyo ya grandecito, y después de él, habiendo amado mucho a doña Giovanna, a ella, si sucediese que el hijo muriera sin heredero legítimo, como heredera constituyó, y murió.
Quedándose, pues, viuda doña Giovanna, como es costumbre entre nuestras mujeres, en el verano con este hijo suyo se iba al campo a una posesión asaz cercana a la de Federigo; por lo que sucedió que aquel jovencito empezó a hacer amistad con Federigo y a entretenerse con las aves de caza y los perros; y habiendo visto muchas veces volar el halcón de Federigo, gustándole extraordinariamente, mucho deseaba tenerlo, pero no se atrevía a pedírselo viendo que él lo quería tanto.
Y estando así la cosa, sucedió que el muchachito se enfermó, de lo que la madre, muy doliente, como quien no tenía más y le amaba lo más que podía, estando todo el día junto a él, no dejaba de cuidarlo y muchas veces le preguntaba si deseaba algo, rogándole que se lo dijese, que tuviera la certeza que si fuese posible tenerlo lo conseguiría donde estuviera.
El jovencito, oyendo muchas veces estos proferimientos, dijo:
—Madre mía, si hacéis que tenga el halcón de Federigo creo que me curaré en seguida.
La señora, oyendo esto, se quedó callada un rato y empezó a pensar qué podía hacer.  Sabía que Federigo largamente la había amado, y nunca de ella una mirada había obtenido; por lo que se decía:
«¿Cómo enviaré o iré yo a pedirle este halcón que es, por lo que oigo, el mejor que nunca ha volado, y además es lo que lo mantiene en el mundo? ¿Y cómo voy a ser tan desconsiderada que a un gentilhombre a quien ningún otro deleite ha quedado, quiera quitárselo?»
Y preocupada con tal pensamiento, si bien estaba segurísima de obtenerlo si se lo pedía, sin saber qué decir, no le contestaba a su hijo sino que se callaba. Por último, la venció tanto el amor de su hijo, que decidió para contentarlo que, pasara lo que pasase, no mandaría a por él sino que iría ella misma y se lo traería, y repuso:
—Hijo mío, consuélate y piensa en curarte de todas las maneras, que te prometo que lo primero que haré mañana por la mañana será ir a buscarlo y te lo traeré.
Con lo que, contento el niño, el mismo día mostró cierta mejoría.
La señora, a la mañana siguiente, tomando otra señora en su compañía, como de paseo se fue a la pequeña casa de Federigo y preguntó por él. Él,porque no era temporada de caza, estaba en el huerto y preparaba algunas faenas allí, el cual, al oír que doña Giovanna preguntaba por él a la puerta, maravillándose mucho, corrió allí muy contento; y ella, al verlo venir, con señorial amabilidad levantándose a saludarle, habiéndola ya Federigo con reverencia saludado, dijo:
—¡Bien hallado seáis, Federigo! —y si-guió—. He venido a reparar los daños que has sufrido por mí amándome más de lo que hubiera convenido; y la reparación es que quiero con esta compañía mía almorzar contigo familiarmente hoy.
A quien Federigo, humildemente, repuso:
—Señora, ningún daño me acuerdo de haber recibido de vos, sino tanto bien que, si alguna vez algún valor tuve, por vuestro valor y por el amor que os tuve fue; y ciertamente esta vuestra liberal venida me es más querida que me sería si otra vez me fuera dado gastar cuanto ya he gastado, aunque a pobre huésped habéis venido.
Y dicho así, avergonzado la recibió en su casa, y de ella la condujo a su jardín, y no teniendo allí a quien hacer acompañarla, dijo:
—Señoras, pues que nadie más hay, esta buena mujer, esposa de este labrador, os tendrá compañía mientras que yo voy a hacer poner la mesa.
Él, por muy extrema que fuese su pobreza, no se había percatado todavía de cuánto necesitaba las riquezas que había gastado desordenadamente; pero esta mañana, no encontrando nada con que poder honrar a la señora por amor de quien ya había honrado a infinitos hombres, se lo hizo ver.
Y sobremanera angustiado, maldiciendo su fortuna, como un hombre fuera de sí, ora yendo aquí y ora allí, ni dineros ni nada para empeñar encontrando, siendo tarde la hora y el deseo grande de honrar con algo a la noble señora, y no queriendo, no ya a otro, sino ni a su mismo labrador, pedir nada, vio delante su buen halcón, que estaba en la salita en su percha; por lo que, no teniendo otra cosa a qué recurrir, lo cogió y encontrándolo gordo pensó que sería digna comida de tal señora.
Y sin pensarlo más, quitándole el collar, a una criadita lo hizo prestamente, pelado y condimentado, poner en un asador y asar cuidadosamente; y poniendo la mesa con manteles blanquísimos, de los que aún tenía algunos, con alegre gesto volvió a la señora a su jardín, y el almuerzo que podía él, dijo que estaba preparado. Con lo que la señora, levantándose con su compañera, fueron a la mesa,y sin saber qué se estaban comiendo, junto con Federigo, que con suma devoción las servía, se comieron al buen halcón.
Y levantándose de la mesa, y un tanto con amables conversaciones quedándose con él un rato, pareciéndole a la señora momento de decir aquello por lo que ido había, así benignamente comenzó a hablar a Federigo:
—Federigo, acordándote tú de tu pasada vida y de mi honestidad, que tal vez hayas reputado dureza y crueldad, no dudo que debes maravillarte de mi atrevimiento al oír aquello por lo que principalmente aquí he venido; pero si tuvieses hijos o los hubieras tenido, por quienes pudieras conocer de qué gran fuerza es el amor que se les tiene, me parecería estar segura de que en parte me tendrías por excusada. Pero aunque no los tienes, yo que tengo uno, no puedo dejar de seguir las leyes comunes de las demás madres; las cuales forzoso me es seguir y contra mi voluntad, y fuera de toda conveniencia y deber, pedirte un regalo que sé que te es sumamente querido: y es justo porque ningún otro deleite, ningún otro entretenimiento, ningún consuelo te ha dejado tu rigurosa fortuna; y esté regalo es tu halcón, del que mi niño se ha encaprichado tan fuertemente qué si no se lo llevo temo que se agrave tanto en la enfermedad que tiene que se siga de ello alguna cosa por la que lo pierda. Y por ello te ruego no por el amor que me tienes, por el cual ninguna obligación tienes, sino por tu nobleza, que en usar cortesía se ha mostrado mayor que la de ningún otro, que te plazca dármelo para que con este don pueda decir que he conservado convida a mi hijo y por ello te quede siempre obligada.
Federigo, al oír aquello que la señora pedía, y sintiendo que no la podía servir porque se lo había dado a comer, comenzó en su presencia a llorar antes de poder responder palabra, cuyo llanto la señora creyó primero que de dolor por tener que separarse de su buen halcón vendría más que de otra cosa, y a punto estuvo de decirle que no lo quería; pero conteniéndose, esperó después del llanto la respuesta de Federigo. El cual dijo así:
—Señora, desde que plugo a Dios que en vos pusiera mi amor, en muchas cosas he juzgado que la fortuna me era contraria y me he dolido de ella, pero todas han sido ligeras con respecto a lo que me hacen en este momento, con lo que jamás podré estar en paz con ella, pensando que vos hayáis venido aquí a mi pobre casa cuando, mientras que fue rica, no os dignasteis a venir, y me pidáis un pequeño don, y ella ha hecho de manera que no pueda dároslo; y por qué no puede ser os lo diré brevemente. Cuando oí que deseabais por vuestra bondad comer conmigo, considerando vuestra excelencia y vuestro valor, reputé digna y conveniente cosa que con más preciosa vianda dentro de mis posibilidades debía honraros que las que suelen usarse para las demás personas; por lo que, acordándome del halcón que me pedís, y de su bondad, pensé que era digno alimento para vos: y esta mañana, asado lo habéis tenido en el plato, y yo lo tenía por óptimamente albergado, pero al ver ahora que de otra manera lo deseabais, siento tal duelo por no poder serviros que creo que nunca podré tener paz.
Y dicho esto, las plumas y las patas y el pico hizo echarles delante en testimonio de ello. La cual cosa viendo la señora y oyendo, primero le reprendió por haber matado tal halcón para dar de comer a una mujer, y luego la grandeza de su ánimo, que la pobreza no había podido ni podía abatir mucho en su interior alabó; luego, perdida la esperanza de poder tener el halcón, y tal vez por la salud del hijo preocupada, dando las gracias a Federigo por el honor que le había hecho y por su buena voluntad, toda melancólica se fue y volvió con su hijo. El cual, o por tristeza de no haber podido tener el halcón, o por la enfermedad que a pesar de todo debería haberlo llevado a ello, no pasaron muchos días sin que, con grandísimo dolor de la madre, terminase esta vida. La cual, luego que llena de lágrimas y amargura hubo estado un tanto, habiendo quedado riquísima y todavía joven, muchas veces fue instada por sus hermanos a que se casase de nuevo; la cual, aun que no hubiera querido, sin embargo viéndose molestar, acordándose de valor de Federigo y de su magnanimidad última, esto es, de que había matado tal halcón para honrarla, dijo a sus hermanos:
—Yo de buen grado, si os pluguiera, me quedaría sin casar, pero si os place que tome marido, ciertamente no tomaré otro jamás si no tengo a Federigo de los Alberighi.
A lo cual los hermanos, burlándose de ella, dijeron:
—Tonta, ¿qué es lo que dices? ¿Cómo lo quieres a él, que no tiene nada en el mundo? —a lo que ella respondió:
—Hermanos míos, bien sé que es como decís, pero antes quiero un hombre que necesite riquezas que riquezas que necesiten un hombre.
Los hermanos, oyendo su voluntad y conociendo que era Federigo de gente principal aunque fuese pobre, tal como ella quiso, se la dieron con todas sus riquezas; el cual, con tal señora que tanto había amado viéndose por mujer, y además de ello riquísimo, con ella felizmente, convertido en mejor administrador, terminó sus años.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 09 Mayo 2020, 04:24

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NOVELA DÉCIMA

Pietro de Vinciolo va a cenar fuera; su mujer manda venir a un muchacho, vuelve Pietro; ella lo esconde bajo un cesto de pollos; Pietro dice que en casa de Hercolano, con quien  cenaba, han encontrado a un joven que allí había metido la mujer, su mujer censura a la mujer de Hercolano; un burro pone la pata, por desgracia, sobre los dedos del que estaba bajo el cesto; éste grita; Pietro corre allí, lo ve, descubre el engaño de la mujer, con quien al fin hace las paces a causa de su desdichado vicio.

Había llegado a su fin el discurrir de la reina, siendo por todos alabado que Dios dignamente hubiese galardonado a Federigo, cuando Dioneo, que nunca esperaba que se lo ordenasen, comenzó:
No sé si creer que sea un vicio accidental y adquirido por los mortales por la maldad de sus costumbres, o si, por el contrario, es un defecto de la naturaleza el reírse con las cosas malas más que con las buenas obras, y especialmente cuando aquellas tales no nos tocan a nosotros.
Y porque el trabajo que otras veces me he tomado, y ahora estoy por tomarme, no mira a ningún otro fin sino a quitarnos la tristeza y traernos risa y alegría, aunque la materia de la historia mía que va a seguir, enamoradas jóvenes, sea en algunas cosas menos que honesta, como puede causar deleite os la contaré; y vosotras, al oírla, haced lo que soléis hacer al entrar en los jardines, que extendiendo la delicada mano, cogéis las rosas y dejáis las espinas; lo que haréis dejando al mal hombre quedarse con su vicio y riendo alegremente de los amorosos engaños de su mujer, teniendo compasión de las desgracias ajenas si es necesario.
Hubo en Perusa, todavía no hace mucho tiempo, un hombre rico llamado Pietro de Vinciolo, el cual, tal vez más por engañar a los demás y disminuir la general opinión que de él tenían todos los perusinos que por deseo que tuviera de ello, tomó mujer; y estuvo la fortuna tan conforme con su apetito, que la mujer que tomó era una joven rolliza, de pelo rojo y encendida, que dos maridos mejor que uno habría querido y tuvo que quedarse con uno que mucho más a otra cosa que a ella tenía el ánimo dispuesto. Lo que ella, con el paso del tiempo conociendo, y viéndose hermosa y lozana y sintiéndose gallarda y poderosa, primero comenzó a enojarse mucho y a tener con su marido palabras de desprecio alguna vez y casi de continuo mala vida; después, viendo que esto más su consunción que la enmienda de la maldad del marido podría ser, se dijo:
«Este desdichado me abandona para, con su deshonestidad andar en zuecos por lo seco; y yo me las arreglaré para llevar a otro en barco por lo lluvioso. Lo tomé por marido y le di grande y buena dote sabiendo que era un hombre y creyendo que deseaba aquello que desean y deben desear los hombres; si no hubiera creído que era hombre, no lo habría aceptado nunca. Él, que sabía que yo era una mujer, ¿por qué me tomó por mujer si las mujeres le disgustaban? Esto no puede sufrirse. Si no hubiera yo querido estar en el mundo me habría hecho monja; y si quiero estar, como quiero y estoy, si espero de éste placer y deleite tal vez puedo hacerme vieja esperando en vano; y cuando sea vieja, arrepintiéndome, en vano me doleré por haber perdido mi juventud, y para consolarla buen maestro es él con sus ejemplos para hacer que tome gusto a lo que a él le gusta, el cual gusto me honrará a mí mientras en él es muy reprobable; yo ofenderé sólo las leyes, mientras él ofende las leyes y a la naturaleza».
Habiendo, pues, la buena mujer, tenido tal pensamiento, y tal vez más de una vez, para darle secretamente cumplimiento hizo amistad con una vieja que no parecía sino santa Viridiana que da de comer a las serpientes, la cual siempre con el rosario en la mano iba a ganar todas las indulgencias y de nada sino de la vida de los Santos Padres hablaba y de las llagas de san Francisco, y por todos era tenida por santa; y cuando le pareció oportuno le explicó su intención cumplidamente. A quien la vieja dijo:
—Hija mía, sabe Dios (que sabe todas las cosas) que haces muy bien; y aunque no lo hicieras por otra cosa, deberíais hacerlo tú y todas las demás jóvenes para no perder el tiempo de vuestra juventud, porque ningún dolor es semejante a aquél, para quien tiene conocimiento, que es haber perdido el tiempo. ¿Y de qué diablos servimos nosotras después, cuando somos viejas, sino para cuidar las cenizas del fogón? Si alguna lo sabe y puede dar testimonio, soy yo; que ahora que soy vieja no sin grandísimas y amargas punzadas de ánimo conozco (y sin provecho) el tiempo que dejé perder: y aunque no lo perdiese todo, que no querría que creyeses que he sido una pazguata, no hice sin embargo, lo que habría podido hacer, de lo que, cuando me acuerdo, viéndome tal como me veo, que no encontraría quien me diese un poco de lumbre, Dios sabe el dolor que siento. A los hombres no les sucede así, nacen buenos para mil cosas, no sólo para ésta, y la mayor parte son más honrados de viejos que de jóvenes; pero las mujeres para ninguna otra cosa sino para darles hijos nacen, y por ello son estimadas. Y si tú no te has dado cuenta de otra cosa, sí debes darte de ésta: que nosotras siempre estamos dispuestas, lo que no sucede con los hombres; y además de esto, una mujer cansaría a muchos hombres, mientras muchos hombres no pueden cansar a una mujer: y porque para esto hemos nacido, de nuevo te digo que haces muy bien en darle a tu marido un pan por una hogaza, para que tu alma no tenga en su vejez que reprenderle a la carne. De esta manera cada uno tiene cuanto recoge, y especialmente las mujeres, que tienen que aprovechar mucho más el tiempo cuando lo tienen que los hombres, porque verás que cuando envejecemos ni el marido ni nadie nos quiere mirar, sino que nos echan a la cocina a contar historias al gato y a contar las ollas y las escudillas; y peor, que nos ponen en canciones y dicen: «A las jóvenes los buenos bocados, y a las viejas, los desechados», y otras muchas cosas dicen. Y para no entretenerte más, te digo desde ahora que no podrías a nadie en el mundo descubrir tu intención que más útil te fuera que a mí, porque no hay nadie tan encumbrado a quien yo no me atreva a decirle lo que haga falta, ni tan duro o huraño que no lo ablande bien y lo lleve a aquello que quiera. Haz, pues, de manera que me enseñes quién te agrada, y déjame luego hacer a mí; pero una cosa te recuerdo hija mía: que cuides de mí, porque soy una persona pobre y quiero desde ahora que seas partícipe de todas mis indulgencias y de cuantos rosarios rece, para que Dios dé luz y candela a tus muertos.
Y terminó. Quedó, pues, la joven de acuerdo con la vieja en que si encontraba un mozuelo que por aquel barrio muy frecuentemente pasaba, de quien le dio todas las señas, que ya sabía lo que tenía que hacer; y dándole un trozo de carne salada la mandó con Dios. La vieja, no pasados muchos días, ocultamente le metió aquel del que ella le había hablado en la alcoba, y de allí a poco tiempo otro, según los que le iban placiendo a la joven señora; la cual en lo que pudiese hacer en aquello, aunque temiendo al marido, no dejaba el negocio.
Sucedió que, debiendo una noche ir a cenar su marido con un amigo suyo que tenía por nombre Hercolano, la joven mandó a la vieja que hiciera venir a donde ella a un mancebo que era de los más hermosos y los más placenteros de Perusa; la cual, prestamente así lo hizo. Y habiéndose la señora con el joven sentado a la mesa a comer, he aquí que Pietro llamó a la puerta para que le abriesen. La mujer, oyendo esto, se tuvo por muerta; pero queriendo, si podía, ocultar al joven, no ocurriéndosele mandarlo ir o hacerle esconderse en otra parte, habiendo una galería vecina a la cámara en que cenaban, bajo un cesto de pollos que había allí le hizo refugiarse y le echó encima una tela de jergón que había hecho vaciar aquel día, y hecho esto, prestamente hizo abrir a su marido.
Al cual, entran-do en casa, le dijo:
—Muy pronto la habéis engullido, esa cena.
Pietro repuso:
—No la hemos catado.
—¿Y cómo ha sido eso? —dijo la mujer.
Pietro entonces dijo:
—Te lo diré. Estando ya a la mesa Hercolano, la mujer y yo sentimos estornudar cerca de nosotros, de lo que ni la primera vez ni la segunda nos preocupamos, pero el que había estornudado estornudando la tercera vez y la cuarta y la quinta y muchas otras, a todos nos hizo maravillar; de lo que Hercolano, que algo enojado con la mujer estaba porque un buen rato nos había hecho estar a la puerta sin abrirnos, furioso dijo: «¿Qué quiere decir esto? ¿Quién es ese que así estornuda?». Y levantándose de la mesa hacia una escalera que había cerca en cuyo hueco había una trampilla de madera, junto al pie de la escalera, donde poder ocultar alguna cosa quien lo hubiera querido, como vemos que mandan hacer los que hacen obra en sus casas, y pareciéndole que de allí venia el sonido del estornudo, abrió una puertecilla que había allí y cuando la hubo abierto, súbitamente salió el mayor tufo a azufre del mundo, como que antes habiendo venido el olor y quejándose había dicho la señora: «Es que hace un rato he blanqueado mis velos con sulfuro, y luego el cacharro sobre el que los había tendido para que recibiesen el humo lo he puesto debajo de aquella escalera, así que ahora viene de allí». Y luego que Hercolano hubo abierto la puertecilla y se hubo disipado un poco el tufo, mirando dentro, vio al que estornudado había y seguía estornudando, obligándolo a ello la fuerza del azufre, y mientras estornudaba le había ya oprimido tanto el pecho el azufre que poco faltaba para que no hubiera estornudado nunca más. Hercolano, viéndolo, gritó: «Ahora, veo, mujer, por lo que hace poco, cuando vinimos, tanto estuvimos a la puerta sin que nos abriesen; pero así no tenga yo nunca nada que me guste como que me las pagas». Lo que oyendo la mujer, y viendo que su pecado estaba descubierto, sin decir ninguna excusa, levantándose de la mesa, huyó y no sé adónde iría. Hercolano, no percatándose de que la mujer se escapaba, muchas veces dijo al que estornudaba que saliese, pero él, que ya no podía más, no se movía por nada que dijese Hercolano; por lo que Hercolano, cogiéndolo por un pie lo arrastró fuera, y corría a por un cuchillo para matarlo, pero yo, temiendo por mí mismo a la guardia, levantándome, no le dejé matar ni hacerle ningún daño, sino que gritando y defendiéndolo di ocasión a que corriesen allí los vecinos, los cuales, cogiendo al ya vencido joven, lo llevaron fuera de la casa no sé dónde; por las cuales cosas turbada nuestra cena, no solamente no la he engullido sino que ni siquiera la he catado, como te dije.
Oyendo la señora estas cosas, conoció que había otras tan listas como ella era, aunque a veces la desgracia le tocase a alguna, y con gusto hubiera defendido con palabras a la mujer de Hercolano; pero como reprobando la falta ajena le pareció abrir mejor camino a las suyas, comenzó a decir:
—¡Qué buena cosa! ¡Qué buena y santa mujer debe ser ésa! ¡Qué promesa de mujer honrada, que me habría confesado con ella, tan devota me parecía! Y peor que, siendo ya vieja, muy buen ejemplo da a las jóvenes. Maldita sea la hora en que vino al mundo y la tal que vive aquí, que debe ser mujer perfidísima y mala, universal vergüenza y vituperio de todas las mujeres de esta tierra, que olvidando su honestidad y la promesa hecha al marido y el honor de este mundo, a él, que es tal hombre y tan honrado ciudadano y que tan bien la trataba, por otro hombre no se ha avergonzado de injuriar, y a ella con él. Por mi salvación que de semejantes mujeres no habría que tener misericordia: habría que matarlas, habría que meterlas vivas en una hoguera y hacerlas cenizas.
Luego, acordándose de su amante que debajo del cesto muy cerca de allí tenía, comenzó a animar a Pietro a que se fuese a la cama, porque ya era hora. Pietro, que más gana tenía de comer que de dormir, preguntaba, sin embargo, si no había nada de cena, a lo que la mujer respondía:
—¡Si, cena va a haber! Acostumbramos a hacer cena cuando tú no estás. ¡Sí que soy yo la mujer de Hercolano! ¡Bah! ¿Por qué no te vas a dormir por esta noche? ¡Es lo mejor que podrías hacer!
Sucedió que habiendo venido por la noche algunos labradores de Pietro con algunas cosas del pueblo, y habiendo dejado sus burros, sin darles de beber, en una pequeña cuadra que había junto a la galería, uno de los burros, que tenía muchísima sed, sacada la cabeza del cabestro, había salido de la cuadra y andaba olfateando todo por si encontraba agua; y yendo así llegó ante el cesto bajo el cual estaba el mancebo, el cual, como tenía que estar a gatas, había estirado los dedos de una de las manos en el suelo fuera del cesto, y tanta fue su suerte, o su desgracia si queremos, que este burro le puso encima la pata, por lo que, sintiendo un grandísimo dolor, dio un gran grito.
Oyendo el cual Pietro, se maravilló y se dio cuenta de que era dentro de la casa; por lo que, saliendo de la alcoba y sintiendo todavía quejarse a aquél, no habiendo todavía el burro levantado la pata de los dedos sino aplastándolos todavía fuertemente, dijo:
—¿Quién anda ahí?
Y corriendo a la cesta, y levantándola, vio al joven, el cual, además de dolor que sentía porque el burro le aplastaba los dedos, temblaba de miedo de que Pietro le hiciera algún daño.
Y siendo reconocido por Pietro, como que Pietro por sus vicios había andado tras él mucho tiempo, preguntándole a él:
—¿Qué haces tú aquí?
Nada le respondió sino que le rogó que por amor de Dios no le hiciese daño.
El cual, siendo reconocido por Pietro, dijo:
—Levántate y no temas que te haga yo ningún daño: pero dime cómo has venido aquí y porqué.
El jovencillo le dijo todo; no menos contento Pietro de haberlo encontrado que dolida su mujer, cogiéndolo de la mano se lo llevó con él a la alcoba, en la cual la mujer con el mayor miedo del mundo lo esperaba.
Y sentándose Pietro frente a ella le dijo:
—Si tanto censurabas hace un momento a la mujer de Hercolano y decías que debían quemarla y que era vergüenza de todas vosotras, ¿cómo no lo decías de ti misma? O si no querías decirlo de ti, ¿cómo tenías el valor de decirlo de ella sabiendo que habías hecho lo mismo que ella había hecho? Seguro que nada te inducía a ello sino que todas sois iguales, y con culpar a las otras queréis tapar vuestras faltas: ¡que baje fuego del cielo y os queme a todas, raza malvada que sois!
La mujer, viendo que para empezar no le había hecho daño más que de palabra, y pareciéndole que se derretía porque tenía de la mano a un jovencito tan hermoso, cobró valor y dijo:
—Segura estoy de que querrías que bajase fuego del cielo que nos quemase a todas, como que te gustamos tanto como a un perro los palos; pero por la cruz de Dios que no será así. Pero con gusto hablaré un poco contigo para saber de qué te quejas; y ciertamente que saldría bien si me comparas con la mujer de Hercolano, que es una vieja santurrona gazmoña y él le da todo lo que quiere y la quiere como se debe querer a la mujer, lo que a mí no me pasa. Que, aunque me vistas y me calces bien, bien sabes cómo ando de lo demás y cuánto tiempo hace que no te acuestas conmigo; y más querría andar vestida con harapos y descalza y que me tratases bien en la cama que tener todas estas cosas tratándome como me tratas. Y entiende bien, Pietro, que soy una mujer como las demás, y me gusta lo que a las otras, así que porque me lo busque yo si tú no me lo das no es para insultarme, por lo menos te respeto tanto que no me voy con criados ni con tiñosos.
Pietro se dio cuenta de que las palabras no cesarían en toda la noche, por lo que, como quien poco se preocupaba de ella, dijo:
—Calla ya, mujer: que te daré gusto en eso; bien harías en darnos de cenar algo, que me parece que este muchacho, igual que yo, no habrá cenado todavía.
—Claro que no —dijo la mujer—, que no ha cenado, que cuando tú llegaste en mala hora, nos sentábamos a la mesa para cenar.
—Pues anda —dijo Pietro—, danos de cenar y luego yo arreglaré las cosas de modo que no tengas que quejarte.
La mujer, levantándose al oír al marido contento, prestamente haciendo poner la mesa, hizo venir la cena que estaba preparada y junto con su vicioso marido y con el joven cenó alegremente. Después de la cena, lo que Pietro se proponía para satisfacción de los tres se me ha olvidado; pero bien sé que a la mañana siguiente en la plaza se vio el joven no muy seguro de a quién había acompañado más por la noche, si a la mujer o al marido. Por lo que tengo que deciros, señoras mías, que a quien te la hace se la hagas; y si no puedes, que no se te vaya de la cabeza hasta que lo consigas, para que lo que el burro da contra la pared lo mismo reciba.
Terminada, pues, la historia de Dioneo, por vergüenza menos reída de las señoras que por poca diversión, y conociendo la reina que había llegado el fin de su gobierno, poniéndose en pie y quitándose la corona de laurel se la puso en la cabeza a Elisa, diciéndole:
—A vos, señora, os corresponde ahora mandar.
Elisa, recibiendo el honor, como antes había sido hecho hizo: que, disponiendo con el senescal primeramente lo que era preciso para el período de su señorío, con contento de la compañía dijo:
—Ya hemos oído muchas veces que con palabras ingeniosas o con respuestas prontas muchos han sabido con la reprimenda merecida limar los dientes ajenos o evitar los peligros que se cernían sobre ellos; y porque la materia es buena y puede ser útil, quiero que mañana, con la ayuda de Dios, se discurra dentro de estos límites: es decir, sobre quien con algunas palabras ingeniosas se vengase al ser molestado, o con una pronta respuesta o algún invento escapase a la perdición o al peligro o al desprecio.
Esto fue muy alabado por todos, por lo cual la reina, poniéndose en pie les dio licencia a todos hasta la hora de la cena.
La honrada compañía, viendo a la reina levantada, se puso en pie y según la costumbre, cada uno se entregó a lo que más le gustaba. Pero al callar ya las cigarras, llamando a todos, se fueron a cenar; y terminada con alegre fiesta a cantar y a tocar todos se entregaron. Y habiendo ya, por deseo de la reina, comenzado Emilia una danza, a Dioneo le mandaron que cantase una canción, el cual prestamente comenzó: «Doña Aldruda, levantaos la cola, que buenas nuevas os traigo». De lo que todas las señoras comenzaron a reírse, y máximamente la reina, la cual le mandó que dejase aquélla y dijese otra.
Dijo Dioneo:
—Señora, si tuviese un cimbalo diría: «Alzaos las ropas, doña Lapa» o «Bajo el olivo hay hierba». ¿O querríais que cantase: «Las olas del mar me hacen tanto daño»? Pero no tengo címbalo, y por ello decidme cuál queréis de estas otras: ¿os gustaría: «Sal fuera que está podado como un mayo en la campiña»?
Dijo la reina:
—No, di otra.
—Pues —dijo Dioneo—; diré: «Doña Simona embotella embotella; y no es el mes de octubre».
La reina, riendo, dijo:
—¡Ah, en mala hora!, di una buena, si te place, que no queremos ésa.
Dijo Dioneo:
—No, señora, no os enojéis, pero ¿cuál os gusta? Sé más de mil. ¿O que reís: «Éste mi nicho, si no lo pico» o «¡Ah, despacio, marido mío!» o «Me compraré un gallo de cien liras»?
La reina entonces, un tanto enojada, aunque las demás riesen, dijo:
—Dioneo, deja las bromas y di una buena; y si no, podrías probar cómo sé enojarme.
Dioneo, oyendo esto, dejando las bromas, prestamente de tal guisa empezó a cantar:
Amor, la hermosa luz
con que sus bellos ojos me han herido
a ella y a ti me tiene ya rendido.
De sus ojos se mueve el esplendor
con que mi corazón a arder se ha puesto
por los míos pasando,
y cuánto fuese grande tu valor
su bello rostro me hizo manifiesto,
el cual, imaginando,
sentí que me iba atando
todo poder, y que a ella era ofrecido,
y ésta la causa de mi llanto ha sido.
Así pues, en tu siervo transformado
estoy, señor, y así obediente espero
que me seas clemente;
mas no sé si del todo ha adivinado
mi fe entera y ferviente
aquella que mi mente
posee, que la paz, si no ha venido
de ella no quiero, y nunca la he querido.
Por eso, señor mío, yo te ruego
que, al mostrárselo, la hagas tú sentir
tu fuego en su costado
para servirme, porque yo en tu fuego
amando me consumo, y de sufrir
me siento ya postrado;
y, cuando tú lo creas acertado,
dale razón de mí como es debido;
que me veré, si lo haces, complacido.

Luego de que Dioneo, callando, mostró que su canción había terminado, hizo la reina decir muchas otras, sin dejar de haber alabado mucho la de Dioneo. Mas luego que parte de la noche hubo pasado, la reina, sintiendo que al calor del día había vencido la frescura de la noche, mandó que todos, hasta el día siguiente, se fuesen a descansar a gusto.

TERMINA LA QUINTA JORNADA


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 10 Mayo 2020, 02:25

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SEXTA JORNADA

COMIENZA LA SEXTA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE ELISA, SE DISCURRE SOBRE QUIEN CON ALGUNAS PALABRAS INGENIOSAS SE RESARCE DE ALGÚN ATAQUE, O CON UNA RÁPIDA RESPUESTA U OCURRENCIA ESCAPA  A LA PERDICIÓN O AL PELIGRO O AL DESHONOR.

Había la luna, estando ya en medio del cielo, perdido sus rayos, y ya con la nueva luz que llegaba estando claras todas las partes de nuestro mundo cuando, levantándose la reina, haciendo llamar a su compañía, algo se alejaron, con lento paso, del hermoso palacio paseándose entre el rocío, sobre una y otra cosa varios razonamientos teniendo, y disputando sobre la mayor y menor belleza de las historias contadas, y riéndose de nuevo de diversos sucesos contados en ellas, hasta que, levantándose más el sol y empezando a calentar, a todos pareció tener que volver a casa; por lo que, volviendo sobre sus pasos, allá se fueron.
Y allí, estando ya puestas las mesas y todo lleno de esparcidas hierbecillas olorosas y flores, antes de que el calor se hiciese mayor, por orden de la reina se pusieron a comer, y hecho esto con fiesta, antes de hacer otra cosa, cantadas algunas cancioncillas bellas y graciosas, quién se fue a dormir y quién a jugar a los dados y quién a las tablas; y Dioneo junto con Laureta sobre Troilo y Criseida se pusieron a cantar. Y llegada ya la hora de volver al consistorio, siendo todos llamados por la reina, como acostumbraban, en torno a la fuente se sentaron; y queriendo ya la reina mandar que se contase la primera historia sucedió algo que hasta entonces no había sucedido, y fue que por la reina y por todos fue oído un gran alboroto que las criadas y los servidores hacían en la cocina. Por lo que hecho llamar el senescal y preguntándole quién gritaba y cuál era la razón del alboroto, repuso que el alboroto era entre Licisca y Tíndaro pero que la razón no la sabía, como quien acababa de llegar a donde estaban para hacerlos callar cuando de parte suya lo habían llamado. Al cual mandó la reina que incontinenti hiciera venir aquí a Licisca y Tíndaro; venidos los cuales, preguntó la reina cuál era la razón de su alboroto.
Y queriéndole responder Tíndaro, Licisca, que sus años tenía y un tanto soberbia era, y calentada con el gritar, volviéndose a él con mal gesto,dijo:
—¡Ved este animal de hombre a lo que se atreve, donde estoy yo a hablar antes que yo! Deja que yo lo diga. —Y volviéndose a la reina, dijo:—Señora, éste quiere saber más que yo de la mujer de Sicofonte, y ni más ni menos que si yo no la conociese, quiere que crea que la noche primera que Sicofonte se acostó con ella, micer Mazo entró en Montenegro por la fuerza y con derramamiento de sangre; y yo digo que no es verdad sino que entró pacíficamente y con gran placer de los de dentro. Y éste es tan animal que se cree demasiado que las jóvenes son tan tontas que están perdiendo el tiempo al cuidado del padre y los hermanos que de siete veces seis esperan a casarlas tres o cuatro años más de lo que deben. Hermano, ¡bien estarían si tuvieran que esperar tanto! Por Cristo que debo saber lo que me digo cuando lo juro, no tengo vecina yo que haya ido al marido doncella; y aun de las casadas bien sé cuántas y qué burlas hacen a los maridos; y este borrego quiere enseñarme a conocer a las mujeres, como si yo hubiera nacido ayer.
Mientras hablaba Licisca, se reían tanto las señoras que se les habrían podido sacar todos los dientes que tenían; y la reina ya la había mandado callar seis veces, pero no valía de nada: no paró hasta que hubo dicho lo que quería. Pero luego de que puso fin a sus palabras, la reina, riendo, volviéndose a Dioneo, dijo:
—Dioneo, éste es asunto tuyo, y por ello cuando hayamos terminado nuestras historias tendrás que sentenciar en firme sobre él.
Dioneo prestamente le respondió:
—Señora, la sentencia está dada sin oír más; y digo que Licisca tiene razón y creo que sea como ella dice, y Tíndaro es un animal. —La cual cosa, oyendo Licisca, comenzó a reírse, y volviéndose a Tíndaro, le dijo:
—Oye, bien lo decía yo: vete con Dios, ¿crees que sabes más que yo cuando todavía no tienes secos los ojos? ¡Alabado sea!, no he vivido yo en vano, no.
Y si no fuera que la reina con un mal gesto le impuso silencio y le mandó que no dijese una palabra más ni hiciera ningún alboroto si no quería ser azotada, y mandó que se fuesen ella y Tíndaro, nada se habría podido hacer en todo el día sino oírla a ella. Poco después que hubieron partido, la reina ordenó a Filomena que a las historias diera principio; la cual, alegremente así comenzó:


NOVELA PRIMERA

Un caballero dice a doña Oretta que la llevará a caballo y le contará una historia, y contándola desordenadamente, ella le ruega que la baje del caballo.

Jóvenes señoras, como en las noches claras son las estrellas ornamento del cielo y en la primavera las flores de los verdes prados, y de los montes los vestidos arbustillos, así de las corteses costumbres y de los bellos discursos lo son las frases ingeniosas; las cuales, porque son breves, tanto mejor convienen a las mujeres que a los hombres, cuanto a las mujeres más que a los hombres el mucho hablar afea. Es verdad que, sea cual sea la razón, o la mitad de nuestro ingenio o la singular enemistad que a nuestros siglos tengan los cielos, hoy pocas o ninguna mujer quedan que sepan en los momentos oportunos decir algunas, o, si se dicen, entenderlas como conviene: vergüenza general de todas nosotras. Pero porque ya sobre esta materia suficiente fue dicho por Pampínea, no entiendo seguir adelante; mas por haceros ver cuán bello es decirlas en el momento oportuno, una cortés imposición de silencio hecha por una gentil señora a un caballero me place contaros:
Así como muchas de vosotras pueden saberlo (o por haberlo visto o haberlo oído), no hace mucho tiempo hubo en nuestra ciudad una gentil y cortés señora y elocuente cuyo valor no ha merecido que se olvide su nombre. Se llamó, pues, doña Oretta y fue la mujer de micer Geri Spina; la cual, estando por acaso en el campo, como estamos nosotros, y yendo de un lugar a otro para entretenerse junto con otras señoras y caballeros, a quienes en su casa había tenido a almorzar, y siendo tal vez el camino algo largo de allí de donde partían a donde esperaban llegar todos a pie, dijo uno de los caballeros de la compañía:
—Doña Oretta, si queréis, yo os llevaré gran parte del camino que tenemos que andar, a caballo y contándoos una de las mejores historias del mundo.
La señora le repuso:
—Señor, mucho os lo ruego, y me será gratísimo.
El señor caballero, a quien tal vez no le sentaba mejor la espada al cinto que el novelar a la lengua, oído esto, comenzó una historia que en verdad era de por sí bellísima, pero repitiendo él tres o cuatro veces una misma palabra y unas veces volviendo atrás, y a veces diciendo: «No es como dije», y con frecuencia equivocándose en los nombres, diciendo uno en lugar de otro, gravemente la estropeaba; sin contar con que pésimamente, según la cualidad de las personas y de los actos que les sucedían, hacía la exposición.
De lo que a doña Oretta, al oírlo, muchas veces le venían sudores y un desvanecimiento del corazón como si, enferma, estuviera a punto de finar; la cual cosa, después de que ya sufrir no la pudo, conociendo que el caballero había entrado en un embrollo y no sabía cómo salir, placenteramente dijo:
—Señor, este caballo vuestro tiene un trote muy duro, por lo que os ruego que os plazca dejarme bajar.
El caballero, que por ventura era mucho mejor entendedor que narrador, entendida la alusión, y tomándola festivamente y a broma, echó mano de otras novelas, y la que había comenzado y mal seguido, dejó sin terminar.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 11 Mayo 2020, 02:54

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NOVELA SEGUNDA

El panadero Cisti con una sola palabra hace arrepentirse a micer Géri Spina de una irreflexiva petición suya.

Mucho fue por todas las mujeres y los hombres alabado el decir de doña Oretta, al que mandó la reina que Pampínea siguiese; por lo que ella comenzó así:
Hermosas señoras, no sé ver por mí misma qué tiene mayor culpa, si la naturaleza emparejando un alma noble con un cuerpo vil o la fortuna emparejando con un cuerpo dotado de alma noble un vil oficio, como en Cisti, nuestro conciudadano, y en muchos más hemos podido ver que sucedía; al cual Cisti, provisto de altísimo ánimo, la fortuna hizo panadero. Y ciertamente le echaría yo la culpa por igual a la naturaleza y a la fortuna si no supiese que la naturaleza es discretísima y que la fortuna tiene mil ojos aunque los tontos se la figuren ciega. Las cuales creo yo que, como muy previsoras, hacen lo que los mortales hacen muchas veces, cuando, inseguros del acontecer futuro, para una necesidad sus cosas más preciosas en los sitios más viles de sus casas, como menos sospechosos, sepultan, y de allí la sacan en las mayores necesidades, habiéndolas el vil lugar más seguramente conservado que lo habría hecho la hermosa cámara.
Y así las dos ministros del mundo con frecuencia sus más preciosas cosas esconden bajo la sombra de las artes reputadas más viles, para que al sacarlas de ellas cuando es necesario, más claro aparezca su esplendor. Lo cual, en cuán poca cosa el panadero Cisti lo demostró abriéndole los ojos de la inteligencia a micer Geri Spina (a quien, la contada historia de doña Oretta, que fue su mujer, me ha traído a la memoria) me place exponeros con una historia muy corta.
Digo, pues, que, habiendo el papa Bonifacio, junto al que micer Geri Spina tuvo grandísimo favor, mandado a Florencia a algunos nobles embajadores suyos por ciertas grandes necesidades suyas, habiéndose quedado ellos en casa de micer Geri, y tratando él con ellos los asuntos del Papa, sucedió que, cualquiera que fuese la razón, micer Geri con estos embajadores del Papa, todos a pie, casi todas las mañanas pasaban por delante de Santa María Ughi, donde el panadero Cisti tenía su horno y personalmente ejercía su arte. Al cual, aunque fortuna hubiera dado un oficio muy humilde, tanto en él le había sido benigna que se había hecho riquísimo, y sin querer nunca abandonarlo por otro, espléndidamente vivía, teniendo entre sus demás buenas cosas los mejores vinos blancos y tintos que se encontraban en Florencia o en sus alrededores. El cual, viendo todas las mañanas pasar por delante de su puerta a micer Geri y los embajadores del Papa, y siendo grande el calor, pensó que gran cortesía sería invitarles a beber su buen vino blanco; pero considerando su condición y la de micer Geri, no le parecía cosa decorosa atreverse a invitarlo sino que pensó en una manera que indujese a micer Geri a invitarse a sí mismo. Y teniendo un jubón blanquísimo puesto y un mandil limpísimo siempre por encima, que más bien le hacían parecer molinero que panadero, todas las mañanas a la hora que pensaba que micer Geri con los embajadores debían pasar, se hacía traer delante de su puerta un cubo nuevo rebosante de agua fresca y un pequeño jarro boloñés nuevo de su buen vino blanco y dos vasos que parecían de plata, tan claros eran; y sentándose, cuando pasaban (y después de que él una vez o dos había carraspeado), comenzaba a beber con tanto gusto este vino suyo que le habría dado ganas de beberlo a un muerto.
La cual cosa habiendo micer Geri visto una o dos mañanas, dijo la tercera:
—¿Qué es eso, Cisti? ¿Está bueno?
Cisti, poniéndose prestamente en pie, repuso:
—Señor, sí; pero cuánto no podría haceros comprender si no lo probáis.
Micer Geri, quien o por el tiempo que hacía o por haberse cansado más de lo acostumbrado o tal vez por el gusto con que veía beber a Cisti, sentía sed, volviéndose a los embajadores les dijo sonriendo:
—Señores, bueno será que probemos el vino de este hombre honrado; tal vez sea tal que no nos arrepintamos.
Y junto con ellos se acercó a Cisti. El cual,haciendo inmediatamente sacar un buen banco fuera de la tahona, les rogó que se sentasen, y a sus criados que ya para lavar los vasos se adelantaban dijo:
—Compañeros, apartaos y dejadme hacer a mí este servicio, que no sé peor escanciar que hornear; ¡y no esperéis probar una gota!
Y dicho esto, lavando él mismo cuatro vasos buenos y nuevos, y haciendo traer un pequeño jarro de su buen vino, diligentemente dio de beber a micer Geri y sus compañeros. A quienes el vino pareció el mejor que habían bebido en mucho tiempo; por lo que, alabándolo mucho, mientras los embajadores estuvieron allí, casi todas las mañanas fue con ellos a beber micer Geri.
Habiendo terminado sus asuntos y debiendo partir, micer Geri les hizo dar un magnífico convite, al que invitó a una parte de los más honorables ciudadanos, e hizo invitar a Cisti, el cual de ninguna manera quiso ir. Mandó entonces micer Geri a uno de sus servidores que fuese a por una botella del vino de Cisti, y de él diese medio vaso por persona la primera vez que sirviese.
El servidor, tal vez enfadado porque nunca había podido probar el vino, cogió un gran frasco; el cual al verlo Cisti dijo:
—Hijo, micer Geri no te envía a mí.
Lo que afirmando muchas veces el servidor y no pudiendo obtener otra respuesta, volvió a micer Geri y se lo dijo así, micer Geri le dijo:
—Vuelve allí y dile que de verdad te mando yo, y si otra vez te contesta lo mismo pregúntale que adónde te mando.
El servidor, volviendo, le dijo:
—Cisti, es verdad que micer Geri me manda otra vez a ti.
Cisti le respondió:
—Seguro, hijo, que no.
—Entonces —dijo el servidor—, ¿a quién manda?
Respondió Cisti:
—Al Arno.
Lo que contando el servidor a micer Geri, enseguida le abrió los ojos de la inteligencia, y dijo al servidor:
—Déjame ver qué frasco le llevas. —Y viéndolo, dijo—: Cisti dice bien.
E insultándole, le hizo llevar un frasco apropiado; viendo el cual, Cisti dijo:
—Ahora sé bien que te manda a mí.
Y alegremente se lo llenó.
Y luego, aquel mismo día, haciendo llenar un barrilejo de un vino igual y haciéndolo llevar despacito a casa de micer Geri, se fue detrás y al encontrarse con él le dijo:
—Señor, no querría que creyeseis que el gran frasco de esta mañana me había espantado; pero pareciéndome que os habíais olvidado de lo que yo os he mostrado estos días con mis pequeños jarritos, es decir, que éste no es vino para criados, quise recordároslo esta mañana. Pero como no entiendo ser guardián de él, os he traído todo: haced con él lo que gustéis.
Micer Geri recibió el apreciadísimo regalo de Cisti y le dio las gracias que creyó que convenían, y siempre luego lo tuvo en gran estima y fue su amigo.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 12 Mayo 2020, 03:52

NOVELA TERCERA

Doña Nonna de los Pulci con una rápida respuesta a las bromas menos que honestas del obispo de Florencia impone silencio.

Cuando Pampínea hubo terminado su historia, luego que por todos tanto la respuesta como la liberalidad de Cisti fue muy alabada, plugo a la reina que Laureta narrase después; la cual, alegremente, comenzó a decir así:
Amables señoras, primero Pampínea y ahora Filomena con mucha verdad incidieron en nuestra poca virtud y en la belleza de los dichos ingeniosos; por lo que como no hay necesidad de volver a ello, además de lo que se ha dicho de los dichos ingeniosos, quiero recordaros que la naturaleza de estos dichos es tal que del modo que muerde la oveja deben atacar al oyente y no como hace el perro: porque si como el perro mordiesen, las palabras no serían ingeniosas sino villanas. Es verdad que, si como respuesta se dicen, y el que responde muerde como el perro cuando ha sido primero mordido como por un perro, no parece tan reprensible como lo sería si no hubiera sucedido así, y por ello hay que considerar cómo y cuándo y con quién y semejantemente dónde se hace gala de ingenio. Las cuales cosas, poco teniendo en cuenta un prelado nuestro, no menor ataque recibió que dio; lo que quiero mostraros con una corta historia.
Siendo obispo de Florencia micer Antoniode Orsi, valioso y sabio prelado, vino a Florencia un noble catalán llamado micer Diego de la Ratta, mariscal del rey Roberto, el cual, siendo apuestísimo en su persona y muy gran galanteador, sucedió que entre las otras damas florentinas le gustó una que era mujer muy hermosa y era sobrina de un hermano del dicho obispo. Y habiendo sabido que su marido, aunque de buena familia era muy avaro y malvado, arregló con él que le entregaría cincuenta florines de oro y que él le dejaría dormir una noche con su mujer; por lo que, haciendo dorar popolinos
de plata, que entonces se usaban, acostándose con la mujer, aunque contra el gusto de ella, se los dio. Lo que, corriéndose luego por todas partes, llenó al mal hombre de burlas y de escarnio y el obispo,como prudente, fingió no haber oído nada de todo esto. Por lo que, tratándose mucho el obispo y el mariscal, sucedió que el día de San Juan, montando a caballo uno al lado del otro mirando a las mujeres por la calle por donde se corre el palio, el obispo vio a una joven a quien la pestilencia presente nos ha quitado ya siendo señora, cuyo nombre fue Nonna de los Pulci, prima de micer Alesso Rinucci y a quien vosotras todas habéis debido conocer; la cual, siendo entonces una lozana y hermosa joven y elocuente y de gran ánimo, poco tiempo antes casada en Porta San Pietro, la enseñó al mariscal.
Luego, acercándose a ella, poniéndole al mariscal una mano en el hombro, dijo:
—Nonna, ¿qué piensas de él? ¿Crees que le vencerías?
A Nonna le pareció que aquellas palabras en algo iban contra su honestidad o que la mancharían en la opinión de quienes las oyeron, que eran muchos; por lo que, no preocupándose de limpiar esta mancha sino de devolver golpe por golpe, rápidamente contestó:
—Señor, él tal vez no me vencería a mí, que necesito buena moneda.
Cuyas palabras oídas, el mariscal y el obispo, sintiéndose igualmente vulnerados, el uno como autor de la deshonrosa cosa con la sobrina del hermano del obispo y el otro como el que la había recibido en la sobrina del propio hermano, sin mirarse el uno al otro, avergonzados y silenciosos se fueron sin decir aquel día una palabra más. Así pues, habiendo sido atacada la joven, no estuvo mal que atacase a los otros con ingenio.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 13 Mayo 2020, 02:59

NOVELA CUARTA

Ghichibio, cocinero de Currado Gianfigliazzi, con unas rápidas palabras cambió a su favor en risa la ira de Currado y se salvó de la desgracia con que Currado le amenazaba.


Se callaba ya Laureta y por todos había sido muy alabada Nonna, cuando la reina ordenó a Neifile que siguiese; la cual dijo:
Por mucho que el rápido ingenio, amorosas señoras, con frecuencia preste palabras rápidas y útiles y buenas a los decidores, según los casos, también la fortuna, que alguna vez ayuda a los temerosos, en sus lenguas súbitamente las pone cuando nunca los decidores hubieran podido hallarlas con ánimo sereno; lo que con mi historia entiendo mostraros.
Currado Gianfigliazzi, como todas vosotras habéis oído y podido ver, siempre ha sido en nuestra ciudad un ciudadano notable, liberal y magnífico, y viviendo caballerescamente continuamente se ha deleitado con perros y aves de caza, para no entrar ahora en sus obras mayores. El cual, con un halcón suyo habiendo cazado un día en Perétola una grulla muerta, encontrándola gorda y joven la mandó a un buen cocinero suyo que se llamaba Ghichibio y era veneciano, y le mandó decir que la asase para la cena y la preparase bien.
Ghichibio, que era un fantoche tan grande como lo parecía, preparada la grulla, la puso al fuego y con solicitud comenzó a guisarla. La cual, estando ya casi guisada y despidiendo un grandísimo olor, sucedió que una mujercita del barrio, que se llamaba Brunetta y de quien Ghichibio estaba muy enamorado, entró en la cocina y sintiendo el olor de la grulla y viéndola, rogó insistentemente a Ghichibio que le diese un muslo.
Ghichibio le contestó cantando y dijo:
—No os la daré yo, señora Brunetta, no os la daré yo.
Con lo que, enfadándose la señora Brunetta, le dijo:
—Por Dios te digo que si no me lo das, nunca te daré yo nada que te guste.
Y en resumen, las palabras fueron muchas; al final, Ghichibio, para no enojar a su dama, tirando de uno de los muslos de la grulla se lo dio. Habiendo luego delante de Currado y algunos huéspedes suyos puesto la grulla sin muslo, y maravillándose Currado de ello, hizo llamar a Ghichibio y le preguntó qué había sucedido con el otro muslo de la grulla.
El veneciano mentiroso le respondió:
—Señor mío, las grullas no tienen más que un muslo y una pata.
Currado, entonces, enojado, dijo:
—¿Cómo diablos no tienen más que un muslo y una pata? ¿No he visto yo en mi vida más grullas que ésta?
Ghichibio siguió:
—Es, señor, como os digo; y cuando os plazca os lo haré ver en las vivas.
Currado, por amor a los huéspedes que tenía consigo, no quiso ir más allá de las palabras, sino que dijo:
—Puesto que dices que me lo mostrarás en las vivas, cosa que nunca he visto ni oído que fuese así, quiero verlo mañana por la mañana, y me quedaré contento; pero te juro por el cuerpo de Cristo que, si de otra manera es, te haré azotar de manera que por tu mal te acordarás siempre que aquí vivas de mi nombre.
Terminadas, pues, por aquella tarde las palabras, a la mañana siguiente, al llegar el día, Currado, a quien no le había pasado la ira con el sueño, lleno todavía de rabia se levantó y mandó que le llevasen los caballos y haciendo montar a Ghichibio en una mula, hacia un río en cuya ribera siempre solía, al hacerse de día, verse a las grullas, lo llevó, diciendo:
—Pronto veremos quién ha mentido ayer tarde, si tú o yo.
Ghichibio viendo que todavía duraba la ira de Currado y que tenía que probar su mentira, no sabiendo cómo podría hacerlo, cabalgaba junto a Currado con el mayor miedo del mundo, y de buena gana si hubiese podido se habría escapado; pero no pudiendo, ora hacia atrás, ora hacia adelante y a los lados miraba, y lo que veía creía que eran grullas sobre sus dos patas.
Pero llegados ya cerca del río, antes que nadie vio sobre su ribera por lo menos una docena de grullas que estaban sobre una pata como suelen hacer cuando duermen. Por lo que, rápidamente mostrándolas a Currado, dijo:
—Muy bien podéis, señor, ver que ayer noche os dije la verdad, que las grullas no tienen sino un muslo y una pata, si miráis a las que allá están.
Currado, viéndolas, dijo:
—Espérate que te enseñaré que tienen dos.—Y acercándose un poco más a ellas, gritó—:¡Hohó!
Con el cual grito, sacando la otra pata, todas después de dar algunos pasos comenzaron a huir; con lo que Currado, volviéndose a Ghichibio, dijo:
—¿Qué te parece, truhán? ¿Te parece que tienen dos?
Ghichibio, casi desvanecido, no sabiendo él mismo de dónde le venía la respuesta, dijo:
—Señor, sí, pero vos no le gritasteis«¡hohó!» a la de anoche: que si le hubieseis gritado, habría sacado el otro muslo y la otra pata como hacen éstas.
A Currado le divirtió tanto la respuesta, que toda su ira se convirtió en fiestas y risa, y dijo:
—Ghichibio, tienes razón: debía haberlo hecho.
Así pues, con su rápida y divertida respuesta, evitó la desgracia y se reconcilió con su señor.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 14 Mayo 2020, 03:48

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NOVELA QUINTA

Micer Forese de Rábatta y el maestro Giotto, pintor, viniendo de Mugello, mutuamente se burlan de su mezquina apariencia.


Al callarse Neifile, habiendo gustado mucho a las señoras la respuesta de Ghichibio, así habló Pánfilo por voluntad de la reina:
Carísimas señoras, sucede con frecuencia que, así como la fortuna bajo viles oficios algunas veces oculta grandes tesoros de virtud, como hace poco fue mostrado por Pampínea, también bajo feísimas formas humanas se encuentran maravillosos talentos escondidos por la naturaleza. La cual cosa muy aparente fue en dos de nuestros conciudadanos sobre los que entiendo hablar brevemente: porque el uno, que micer Forese de Rábatta se llamaba, siendo bajo de estatura y deforme, con una cara tan aplastada y retorcida que hubiera parecido deforme a cualquiera de los Baronci que más deformada la tuvo, tuvo tanto talento para las leyes que por muchos hombres de valor fue reputado almacén de conocimientos civiles; y el otro, cuyo nombre fue Giotto, fue de ingenio tan excelente que ninguna cosa de la naturaleza (madre de todas las cosas y alimentadora de ellas con el continuo girar de los cielos) con el estilo, la pluma o el pincel había que no pintase tan semejante a ella que no ya semejante sino más bien ella misma pareciese, en cuanto muchas veces en las cosas hechas por él se encuentra que el vivísimo juicio de los hombres se equivoca creyendo ser verdadero lo que es pintado.
Y por ello, habiendo él hecho tornar a la luz aquel arte que muchos siglos bajo los errores ajenos (que más para deleitar los ojos de los ignorantes que para complacer al intelecto de los sabios pintan) había estado sepultada, merecidamente puede decirse que es una de las luces de la florentina gloria; y tanto más cuanto que, con la mayor humildad, viviendo siempre en ella como maestro de las artes, la conquistó rehusando siempre ser llamado maestro; el cual título, por él rechazado, tanto más resplandecía en él cuanto más era usurpado con avidez mayor por quienes menos sabían que él o por sus discípulos. Pero por muy grande que fuese su arte, no era él en la persona y el aspecto en nada más hermoso de lo que era micer Forese. Pero volviendo a la historia digo que:
Tenían en Mugello micer Forese y Giotto sus posesiones; y habiendo ido micer Forese a ver las suyas en este tiempo del verano en que los tribunales tienen vacaciones, y volviendo por acaso sobre un mal rocín de alquiler, encontró al ya dicho Giotto, el cual semejantemente, habiendo visto las suyas, se volvía a Florencia; el cual ni en el caballo ni en los arreos estando en nada mejor que él, como viejos que eran, avanzando poco a poco, se juntaron. Sucedió, como muchas veces en el verano vemos suceder, que les alcanzó una súbita lluvia,de la que lo más pronto que pudieron se refugiaron en casa de un labrador amigo y conocido de los dos. Pero luego de un rato, no llevando el agua aspecto de parar y queriendo ellos llegar en el día a Florencia, pidiendo prestadas al labrador dos viejas capas de paño romañés y dos sombreros todos roídos por el tiempo, porque mejores no había, comenzaron a caminar.
Ahora, habiendo andado algo, y viéndose todos mojados y, por las salpicaduras que los rocines hacen en gran cantidad con las patas, llenos de barro, cosas que no suelen añadir ningún honor, aclarando un tanto el tiempo, ellos, que largamente habían venido callados, empezaron a conversar. Y micer Forese, cabalgando y escuchando a Giotto, que era excelentísimo conversador, comenzó a considerarlo de lado y de frente y por todas partes; y viéndolo todo tan deslustrado y tan mezquino, sin considerarse a sí mismo, comenzó a reírse y dijo:
—Giotto, ¿cuándo, si viniese a nuestro encuentro algún forastero que nunca te hubiera visto, crees tú que pensaría que eras el mejor pintor del mundo, como eres?
Giotto le respondió prestamente:
—Señor, creo que lo creería cuando mirándoos a vos creyese que sabíais el abecé.
Lo que, oyendo micer Forese, su error reconoció y se vio pagado en la misma moneda con que había vendido las mercancías.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 15 Mayo 2020, 03:42

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NOVELA SEXTA

Prueba Michele Scalza a algunos jóvenes que los Baronci son los hombres más nobles del mundo y del ultramar y gana una cena.

Todavía reían, las señoras con la buena y rápida respuesta de Giotto cuando la reina ordenó seguir a Fiameta, la cual comenzó a hablar así:
Jóvenes señoras, el haber recordado Pánfilo a los Baronci, a quienes tal vez no conocisteis como él conoció, me ha traído a la memoria una historia en la cual cuánta sea su nobleza se muestra sin desviarnos de nuestro propósito; y por ello me place contarla.
No ha pasado mucho tiempo desde que en nuestra ciudad hubo un joven llamado Michele Scalza, que era el más agradable y divertido hombre de mundo, y tenía entre manos las historias más extravagantes; por la cual cosa los jóvenes florentinos estimaban mucho, cuando se reunían en compañía poder contar con él. Ahora, sucedió un día que, estando él con algunos más en Montughi, empezó entre ellos una disputa sobre cuáles serían los hombres más nobles de Florencia y los más antiguos; de los cuales algunos decían que los Uberü y otros los Lamberü, y quién uno y quién otro, según les venía al ánimo.
Y oyéndolos Scalza, comenzó a reírse sarcásticamente y dijo:
—Idos por ahí, idos, que sois unos bobos; no sabéis lo que decís: los hombres más nobles y los más antiguos, no en Florencia sino en todo el mundo y en ultramar son los Baronci, y en esto están de acuerdo todos los filósofos y todo hombre que los conoce como yo; y para que no creáis que hablo de otros os digo que son los Baronci vuestros vecinos de Santa María la Mayor,
Cuando los jóvenes, que esperaban que dijera otra cosa, oyeron esto, se burlaron de él todos, y dijeron:
—Quieres atraparnos por tontos, como si no conociésemos a los Baronci como tú.
Dijo Scalza:
—No, por el Evangelio, sino que digo la verdad, y si aquí hay alguno que quiera apostar una cena a pagarla quien gane, yo apostaré de grado; aún haré más, que me someteré a la sentencia de quien queráis.
Entre quienes dijo uno, que se llamaba Neri Vannini:
—Yo estoy dispuesto a ganar esa cena.
Y poniéndose de acuerdo en tener por juez a Piero de los Fioretino, en cuya casa estaban, y yéndose a buscarle, y todos los otros detrás para ver perder a Scalza y burlarse de él, le contaron todo lo dicho.
Piero, que era discreto joven, oída primeramente la explicación de Neri, volviéndose hacia Scalza luego, dijo:
—¿Y cómo podrás demostrar esto que afirmas?
Dijo Scalza:
—¿Que cómo? Lo mostraré con tal argumento que no sólo tú sino también éste que lo niega dirá que digo verdad. Sabéis que, cuanto más antiguos son los hombres más nobles son, y así decían éstos hace poco; y los Baronci son más antiguos que cualquiera otro hombre, por lo que son más nobles; y si os demuestro cómo son más antiguos sin duda habré ganado la disputa. Debéis saber que los Baronci fueron creados por Dios en el tiempo en que él había comenzado a aprender a pintar, pero los otros hombres fueron hechos después de que Nuestro Señor supo pintar. Y si digo la verdad en esto, pensad en los Baronci y en los demás hombres. Mientras a todos los demás veréis con los rostros bien compuestos y debidamente proporcionados, podréis ver a los Baronci con la cara muy larga y estrecha, y alguno que la tiene ancha más allá de toda conveniencia, y tal con la nariz muy larga y tal con ella corta, y algunos con el mentón hacia afuera o metido hacia adentro, y con quijadas que parecen de asno, y los hay que tienen un ojo mayor que el otro, y aun quien tiene uno más alto que el otro, como suelen ser las caras que pintan primero los niños que aprenden a dibujar; por lo cual, como ya he dicho, bastante bien se ve que Nuestro Señor los hizo cuando aprendía a pintar, por lo que éstos son más antiguos que los otros, y por ello más nobles.
De lo cual acordándose Piero que era el juez y Neri que había apostado la cena, y acordándose todos los demás también, y habiendo oído el divertido argumento de Scalza, empezaron a reírse y a afirmar que Scalza tenía razón y que había ganado la cena y que con seguridad los Baronci eran los más nobles y más antiguos que había, no ya en Florencia sino en el mundo y en ultramar. Y por ello con toda razón Pánfilo, queriendo mostrar la fealdad del rostro de micer Forese, dijo que habría sido horrible en uno de los Baronci.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 15 Mayo 2020, 03:46

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MILAGROS

Cuando yo era pequeño, Milagros me sentaba sobre sus rodillas y me contaba cuentos. Trabajaba en casa de mi madre. Era gallega, de una aldea próxima a Barco de Valdeorras, provincia de Ourense, y desde muy joven se había puesto a servir para ayudar en la economía de su familia. Era buena, fuerte, trabajadora e inteligente.

Luego, cuando la emigración española a Europa en los 60, se fue a trabajar a Suiza, en casa de la familia de un médico, su mujer y sus hijos. Eran católicos y vivían en una torre ajardinada de un pueblecito próximo a Zurich.

Durante un verano hice un intercambio con uno de sus hijos. Él estuvo un mes con nosotros en Lloret de Mar y yo otro en su casa de las cercanías de Zurich. Allí solo se cenaba té y tarta de manzana. Suerte tuve de los chorizos que Milagros se había traído de su pueblo.

Siempre que Milagros venía a España nos venía a ver, aprovechando la visita a una hermana casada que tenía en Barcelona.También lo hacía después de jubilarse. En una de estas visitas, supo que yo me había separado y me dijo que cómo no se lo había dicho, y se ofreció para venir a cuidarme.

De jubilada, Milagros, con la pensión que recibía de Suiza, se fue a vivir a su pueblo. Siempre me decía que fuera a verla, que pasara unos días en su casa, pero nunca encontré el momento de hacerlo.

Milagros me llamaba siempre por Navidades para felicitarme las fiestas. Un año que no lo hizo, la llamé yo. Se puso un hermano suyo:
- ¿Milagros? Milagros falleció hace unos meses. Gracias por llamar, ella se hubiera alegrado mucho de oírte.

Pedro Casas Serra, Recuerdos durante el confinamiento.


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Última edición por Pedro Casas Serra el Lun 15 Jun 2020, 10:45, editado 1 vez


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 16 Mayo 2020, 02:43

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NOVELA SÉPTIMA

Doña Filipa, encontrada por su marido con un amante, llamada a juicio, con una pronta y divertida respuesta consigue su libertad y hace cambiar las leyes.

Ya se callaba Fiameta y todos reían aún del ingenioso argumento usado por Scalza para ennoblecer sobre todos los otros a los Baronci, cuando la reina mandó a Filostrato que novelase; y él comenzó a decir:
Valerosas señoras, buena cosa es saber hablar bien en todas partes, pero yo juzgo que es buenísimo saber hacerlo cuando lo pide la necesidad; lo que tan bien supo hacer una noble señora sobre la cual entiendo hablaros que no solamente a diversión y risa movió a los oyentes, sino que a sí misma se desató de los lazos de una infamante muerte, como oiréis.
En la ciudad de Prato había antes una ley, ciertamente no menos condenable que dura, que, sin hacer distinción, mandaba que igual fuera quemada la mujer que fuese por el marido hallada en adulterio con algún amante como la que por dinero con algún otro hombre fuese encontrada. Y mientras había esta ley sucedió que una noble señora, hermosa y enamorada más que ninguna otra, cuyo nombre era doña Filipa, fue hallada en su propia alcoba una noche por Rinaldo de los Pugliesi, su marido, en brazos de Lazarino de los Guazzagliotri, joven hermoso y noble de aquella ciudad, a quien ella como a sí misma amaba y era amada por él; la cual cosa viendo Rinaldo, muy enfurecido, a duras penas se contuvo de echarse encima de ellos y matarlos, y si no hubiese sido porque temía por sí mismo, siguiendo el ímpetu de su ira lo habría hecho.
Sujetándose, pues, en esto, no se pudo sujetar de querer que lo que a él no le era lícito hacerlo hiciese la ley pratense, es decir, matar a su mujer. Y por ello, teniendo para probar la culpa de la mujer muy convenientes testimonios, al hacerse de día, sin cambiar de opinión, acusando a su mujer, la hizo demandar. La señora, que de gran ánimo era, como generalmente suelen ser quienes enamoradas están de verdad, aunque desaconsejándoselo muchos de sus amigos y parientes, decidió firmemente comparecer y mejor querer, confesando la verdad, morir con valiente ánimo que vilmente, huyendo, ser condenada al exilio por rebeldía y declararse indigna de tal amante como era aquel en cuyos brazos había estado la noche anterior. Y muy bien acompañada de mujeres y de hombres, por todos exhortada a que negase, llegada ante el podestá, preguntó con firme gesto y con segura voz qué quería de ella. El podestá, mirándola y viéndola hermosísima y muy admirable en sus maneras, y de gran ánimo según sus palabras testimoniaban, sintió compasión de ella, temiendo que fuera a confesar una cosa por la cual tuviese él que hacerla morir si quería conservar su reputación.
Pero no pudiendo dejar de preguntarle aquello de que era acusada, le dijo:
—Señora, como veis, aquí está Rinaldo vuestro marido y se querella contra vos, a quien dice que ha encontrado en adulterio con otro hombre, y por ello pide que yo, según una ley dispone, haciéndoos morir os castigue; pero yo no puedo hacerlo si vos no confesáis, y por ello cuidaos bien de lo que vais a responder, y decidme si es verdad aquello de que vuestro marido os acusa.
La señora, sin amedrentarse un punto, con voz asaz placentera, repuso:
—Señor, es verdad que Rinaldo es mi marido y que la noche pasada me encontró en brazos de Lazarino, en los que muchas veces he estado por el buen y perfecto amor que le tengo, y esto nunca lo negaré. Pero como estoy segura que sabéis, las leyes deben ser iguales para todos y hechas con consentimiento de aquellos a quienes afectan; cosas que no ocurren con ésta, que solamente obliga a las pobrecillas mujeres, que mucho mejor que los hombres podrían satisfacer a muchos; y además de esto, no ya ninguna mujer, cuando se hizo, le prestó consentimiento sino que ninguna fue aquí llamada; por las cuales cosas merecidamente puede decirse que es mala. Y si queréis en perjuicio de mi cuerpo y de vuestra alma ser ejecutor de ella, a vos lo dejo; pero antes de que procedáis a juzgar nada, os ruego que me concedáis una pequeña gracia, que es que preguntéis a mi marido si yo, cada vez y cuantas veces él quería, sin decirle nunca que no, le concedía todo de mí misma o no.
A lo que Rinaldo, sin esperar a que el podestá se lo preguntase, prestamente repuso que sin duda alguna su mujer siempre que él la había requerido le había concedido cuanto quería.
—Pues —siguió rápidamente la señora— yo os pregunto, señor podestá, si él ha tomado de mí siempre lo que ha necesitado y le ha gustado, ¿qué debía hacer yo (o debo) con lo que me sobra? ¿Debo arrojarlo a los perros? ¿No es mucho mejor servírselo a un hombre noble que me ama más que a sí mismo que dejar que se pierda o se estropee?
Estaban allí para semejante interrogatorio de tan famosa señora casi todos los pratenses reunidos, los cuales, al oír tan aguda respuesta, enseguida, luego de mucho reír, a una voz gritaron que la señora tenía razón y decía bien; y antes de que se fuesen de allí, exhortándoles a ello el podestá, modificaron la cruel ley y dejaron que solamente se refiriese a las mujeres que por dinero faltasen contra sus maridos. Por la cual cosa Rinaldo, quedándose confuso con tan loca empresa, se fue del tribunal; y la señora, alegre y libre, del fuego resucitada, a su casa se volvió llena de gloria.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 17 Mayo 2020, 03:09

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NOVELA OCTAVA

Fresco aconseja a su sobrina que no se mire al espejo si los fastidiosos le eran tan molestos de ver como decía.

La historia contada por Filostrato primero ofendió con alguna vergüenza los corazones de las señoras que escuchaban, y con el rubor que apareció en su rostro dieron de ello señal; y luego, mirándose la una a la otra, apenas pudiendo contener la risa, la escucharon riendo a escondidas. Pero luego de que llegó el fin, la reina, volviéndose a Emilia, le ordenó que siguiese; la cual, no de otro modo que si se levantase de dormir, suspirando, comenzó:
Atrayentes jóvenes, porque un largo pensamiento me ha tenido un buen rato lejos de aquí, para obedecer a nuestra reina, tal vez con una mucho más corta historia de lo que lo habría hecho si hubiese tenido ánimo, cumpliré, contándoos el tonto error de una joven corregido por unas ingeniosas palabras de un tío suyo si ella hubiera sido capaz de entenderlo.
Uno, pues, que se llamó Fresco de Celático, tenía una sobrina llamada cariñosamente Cesca, la cual, aunque tuviese gallarda figura y rostro, no era sin embargo de esos angelicales que muchas veces vemos, pero en tanto y tan noble se reputaba que había tomado por costumbre censurar a los hombres y las mujeres y todas las cosas que veía sin mirarse en nada a sí misma, que era mucho más fastidiosa, cansina y enfadosa que ninguna, porque a su gusto nada podía hacerse; y tan altanera era, además de todo esto, que si hubiera sido hija del rey de Francia habría sido excesivo. Y cuando iba por la calle tanto le olía a quemado que no hacía sino torcer el gesto como si le llegara hedor de aquel a quien viera o encontrara. Ahora, dejando otras muchas costumbres suyas desagradables y fastidiosas, sucedió un día que, habiendo vuelto a casa, donde Fresco estaba, y sentándose frente a él, toda deshecha en dengues no hacía sino suspirar; por lo que preguntándole Fresco le dijo:
—Cesca, ¿qué es esto, que siendo hoy fiesta has vuelto tan pronto a casa?
A quien, hecha melindres, le respondió:
—Es verdad que me he venido temprano porque no creo que nunca en esta ciudad han sido los hombres y las mujeres tan fastidiosos y molestos como hoy, y no hay nadie en la calle que no me desagrade como la mala ventura; y no creo que haya mujer en el mundo a quien más fastidie ver a la gente desagradable que a mí, y por no verla me he venido tan pronto.
Fresco, a quien grandemente desagradaban las maneras afectadas de la sobrina, dijo:
—Hija, si así te molestan los fastidiosos como dices, si quieres vivir contenta, no te mires nunca al espejo.
Pero ella, más hueca que una caña y a quien le parecía igualar a Salomón en inteligencia, no de otra manera que hubiese hecho un borrego entendió las acertadas palabras de Fresco; contestó que le gustaba mirarse al espejo como a las demás; y así en su ignorancia siguió, y todavía sigue.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 18 Mayo 2020, 04:35

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NOVELA NOVENA

Guido Cavalcanti injuria cortésmente con unas palabras ingeniosas a algunos caballeros florentinos que lo habían sorprendido.

Advirtiendo la reina que Emilia se había desembarazado de su historia y que a nadie quedaba por novelar sino a ella, excepto a aquél que tenía el privilegio de decirla al final, así comenzó a decir:
Aunque, gallardas señoras, hoy me habéis quitado más de dos historias entre las que yo había pensado contar una, no ha dejado de quedarme una para contar en cuya conclusión se contienen tales palabras que tal vez ningunas se han contado de tanta sabiduría.
Debéis, pues, saber que en tiempos pasados había en nuestra ciudad muchas bellas y encomiables costumbres (de las cuales hoy no ha quedado ninguna por causa de la avaricia que en ella ha crecido con las riquezas, que ha desterrado a todas) entre las cuales había una según la cual en diversos lugares de Florencia se reunían los nobles de los barrios y hacían grupos de cierto número, cuidando de poner en ellos a quienes soportar pudiesen cumplidamente los gastos, y hoy uno mañana otro, y así sucesivamente todos invitaban a comer, cada uno el día que le correspondiese, a todo el grupo; y a la mesa frecuentemente invitaban a nobles forasteros, cuando allí llegaban, o a otros ciudadanos; y también se vestían de la misma manera al menos una vez al año; y juntos los días festivos cabalgaban por la ciudad, y a veces justaban, y máximamente en las fiestas principales o cuando alguna noticia alegre de victoria o de otra cosa hubiera llegado a la ciudad.
Entre las cuales compañías había una de micer Betto Brunelleschi, a la que micer Betto y los compañeros se habían esforzado mucho por atraer a Guido, de micer Cavalcanti de los Cavalcanti, no sin razón, porque además de que era uno de los mejores lógicos que hubiera en su tiempo en el mundo y un óptimo filósofo natural (cosas de las cuales poco cuidaba la compañía) fue tan donoso y cortés y elocuente hombre que todo lo que quería hacer y de un noble era propio, supo hacerlo mejor que nadie; y además de esto era riquísimo y lo más que pueda decir la lengua sabía honrar a quien le parecía que valiese. Pero micer Betto nunca había podido tenerlo y creía él con sus compañeros que ello ocurría porque Guido, en sus especulaciones, muchas veces mucho se abstraía de los hombres; y porque en algunas cosas compartía las opiniones de los epicúreos se decía entre la gente vulgar que estas especulaciones suyas estaban solamente en buscar si podía probar que Dios no existía.
Ahora, sucedió un día que, habiendo salido Guido de Orto San Michele y viniendo por el corso de los Adimari hasta San Giovanni, que muchas veces era su camino, estando allí esos sepulcros grandes de mármol que hoy están en Santa Reparata y otros muchos alrededor de San Giovanni, y estando él entre las columnas de pórfiro que allí hay y aquellas tumbas y la puerta de San Giovanni, que cerrada estaba, micer Betto con su compañía a caballo, viendo a Guido allí entre aquellas sepulturas, dijeron:
—Vamos a gastarle una broma.
Y espoleados los caballos, a guisa de un asalto bullicioso estuvieron encima casi antes de que él se diera cuenta, y comenzaron a decirle:
—Guido, tú te niegas a entrar en nuestra compañía; pero di, cuando hayas encontrado que Dios no existe, ¿qué harás?
A quienes Guido, viéndose rodeado por ellos, prestamente dijo:
—Señores, en vuestra casa podéis decirme todo lo que os plazca.
Y poniendo la mano sobre una de aquellas tumbas, que eran grandes, como agilísimo que era dio un salto y se puso del otro lado y, librándose de ellos, se fue. Ellos se quedaron todos mirándose unos a otros y comenzaron a decir que era un aturdido y que lo que había contestado no quería decir nada, siendo como era que allí donde estaban no tenían ellos nada más que hacer que todos los demás ciudadanos, y no Guido menos que ninguno de ellos.
Micer Betto, volviéndose a ellos, dijo:
—Los aturdidos sois vosotros si no lo habéis entendido: nos ha dicho cortésmente y con pocas palabras la mayor injuria del mundo, porque, si bien lo miráis, estas sepulturas son las casas de los muertos, porque en ellas se los pone y se quedan los muertos; las cuales dice que son nuestra casa, y nos prueba que nosotros y los demás hombres incultos y no letrados somos, en comparación de él y de los otros hombres de ciencia, peor que muertos, y por ello al estar aquí estamos en nuestra casa.
Entonces todos entendieron lo que Guido había querido decir, y avergonzándose, nunca más le gastaron bromas; y tuvieron en adelante a micer Betto por sutil y entendido caballero.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 19 Mayo 2020, 03:14

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NOVELA DÉCIMA

Fray Cebolla promete a algunos campesinos mostrarles la pluma del ángel Gabriel; al encontrar en lugar de ella unos carbones, dice que son de aquellos que asaron a San Lorenzo.

Habiendo todos los de la compañía completado sus historias, conoció Dioneo que a él le tocaba tener que contar; por la cual cosa, sin demasiado esperar un mandato solemne, impuesto silencio a quienes las agudas palabras de Guido alababan, comenzó:
Graciosas señoras, aunque tenga por privilegio poder hablar de lo que más me agrade, no entiendo hoy querer separarme de aquella materia de que vosotras todas habéis muy apropiadamente hablado; sino siguiendo vuestras huellas entiendo mostraros cuán cautamente con un súbito expediente uno de los frailes de San Antonio escapó a una burla que por dos jóvenes le había sido preparada. Y no deberá seros penoso que, para bien contar la historia completa, algo me extienda al hablar, si miráis al sol que todavía está en mitad del cielo.
Certaldo, como tal vez habéis podido oír, es un burgo de Valdelsa situado en nuestros campos el cual, aunque sea pequeño, estuvo antiguamente habitado por hombres nobles y acaudalados; al cual, porque se encontraban buenos pastos, acostumbraba a ir durante mucho tiempo, todos los años una vez, a recoger las limosnas que le daban los tontos, un fraile de San Antonio cuyo nombre era fray Cebolla, tal vez no menos por el nombre que por otra devoción bien visto allí, como sea que aquel terreno produce cebollas famosas en toda Toscana. Era este fray Cebolla pequeño de persona, de pelo rojo y alegre gesto, y lo más campechano del mundo; y además de esto, no teniendo ninguna ciencia, tan óptimo hablador y rápido que quien no lo hubiera conocido no solamente lo habría estimado por gran retórico sino que habría dicho que era el mismo Tulio o tal vez Quintiliano; y casi de todos los de la comarca era compadre o amigo o bienquisto.
El cual, según su costumbre, en el mes de agosto allí se fue una vez entre otras y un domingo por la mañana, habiendo todos los buenos hombres y las mujeres de las aldeas de alrededor venido a misa a la parroquia, cuando le pareció oportuno, avanzando hacia ellos, dijo:
—Señores y señoras, como sabéis, vuestra costumbre es mandar todos los años a los pobres del barón señor San Antonio algo de vuestro grano y de vuestras mieses, quién poco y quién mucho, según sus posibilidades y su devoción, para que el beato San Antonio os guarde vuestros bueyes y los burros y las ovejas; Y además de esto, soléis pagar, y especialmente quienes a nuestra cofradía están apuntados, esa pequeña cuota que se paga una vez al año. Para recoger las cuales cosas he sido mandado por mi superior, es decir, por el señor abad; y por ello con la bendición de Dios, después de nona, cuando oigáis tocar las campanillas, venid aquí fuera de la iglesia, donde yo os echaré el sermón al modo usado y besaréis la cruz; y además de esto, porque sé que todos sois devotísimos del barón San Antonio, como gracia especial os mostraré una santísima y bella reliquia, que yo mismo he traído de tierras de ultramar, y es una de las plumas del ángel Gabriel, que en la alcoba de la Virgen María se quedó cuando vino a visitarla a Nazaret.
Y dicho esto se calló y volvió a su misa. Había, cuando fray Cebolla decía estas cosas, entre otros muchos jóvenes en la iglesia, dos muy astutos, llamado el uno Giovanni del Bragoniera y el otro Biagio Pizzini, los cuales, luego de que algún tanto se hubieron reído entre sí de la reliquia de fray Cebolla, aunque eran muy amigos suyos y de su compañía, se propusieron hacerle alguna burla con esta pluma. Y habiendo sabido que fray Cebolla por la mañana almorzaba en el castillo con un amigo suyo, al sentirlo sentado a la mesa se bajaron a la calle y al albergue donde estaba hospedado el fraile se fueron, con el propósito de que Biagio debía dar conversación al criado de fray Cebolla y Giovanni debía entre las cosas del fraile buscar aquella pluma, fuese la que fuese, y quitársela, para ver qué decía él al pueblo de este asunto.
Tenía fray Cebolla un criado a quien algunos llamaban Guccio Balena y otros Guccio Imbratta, y quien le decía Guccio Porco, el cual era tan feo que no es verdad que Lippo Topo pintase a alguien semejante. Del que muchas veces fray Cebolla acostumbraba a reírse con su compañía y a decir:
—Mi criado tiene nueve cosas tales que si una cualquiera de ellas se encontrase en Salomón, en Aristóteles o en Séneca tendría la fuerza de estropear todo su entendimiento, toda su virtud, toda su santidad. ¡Pensad qué hombre debe ser éste en quien ni virtud, ni entendimiento ni santidad alguna hay, habiendo nueve cosas!
Y siendo alguna vez preguntado que cuáles eran estas nueve cosas, y habiéndolas puesto en verso, respondía:
—Os las diré: es calmoso, pringoso y mentiroso; negligente, desobediente y malediciente; descuidado, desmemoriado y maleducado, sin contar con que tiene algunos defectillos, además de éstos que mejor es callarlos. Y lo que es sumamente risible de sus asuntos es que en todos los sitios quiere tomar mujer y arrendar una casa, y teniendo la barba larga y negra y grasienta le parece que es tan hermoso y placentero que cree que cuantas mujeres le ven se enamoran de él y si se le dejase andaría detrás de todas perdiendo las calzas. Y es verdad que me es de gran ayuda porque nunca hay nadie que me quiera hablar tan en secreto que él no quiera oír su parte, y si sucede que me pregunten alguna cosa siente tanto miedo de que yo no sepa responder que prestamente responde él sí o no, según juzga que conviene.
A éste, al dejarlo en el albergue, fray Cebolla le había mandado que mirase bien que nadie tocase sus cosas, y especialmente sus alforjas que es donde estaban las cosas sagradas; pero Guccio Imbratta, que más gustaba de estar en la cocina que el ruiseñor sobre las verdes ramas, y máximamente si a alguna sirvienta olía por allí, habiendo visto a una del hospedero, grasienta y gruesa y pequeña y mal hecha, con un par de tetas que parecían dos canastas de abono y con una cara que parecía de los Baronci, toda sudada, mugrienta y ahumada, no de otro modo que el buitre se arroja sobre la carroña, abandonando la cámara de fray Cebolla y todas sus cosas, allá se dejó caer.
Y aunque fuese agosto, sentándose junto al fuego comenzó con ésta, que Nuta tenía por nombre, a entrar en conversación y a decirle que él era hombre noble por delegación y que tenía más de milientainueve florines, sin contar con los que tenía que dar a otro que eran más o menos los mismos, y que sabía hacer y decir tantas más cosas que ni el dómine unquanque. Y sin mirar un capuz suyo que tenía tanta grasa que habría servido para condimentar la caldera de Altopascio, y a su jubonzuelo roto y remendado, y alrededor del cuello y bajo los sobacos esmaltado de mugre con más manchas y más colores que nunca tuvieron los paños tártaros o indios y a sus zapatillas todas rotas y a las calzas descosidas, le dijo, como si hubiera sido el señor de Chatilión, que quería darle vestidos y pulirla y sacarla de aquella esclavitud de estar en casa ajena, y sin tener grandes posesiones, ponerla en estado de esperar mejor fortuna; y muchas otras cosas, las cuales, por muy afectuosamente que las dijese, convertidas en aire como ocurría con la mayoría de sus empresas, se quedaron en nada.
Encontraron, así, los dos jóvenes a Guccio Porco ocupado con Nuta; de la cual cosa contentos, porque la mitad del trabajo se ahorraban, no impidiéndoselo nadie, en la cámara de fray Cebolla, que encontraron abierta, entrados, la primera cosa que cogieron para buscar en ella fue la alforja donde estaba la pluma; y abierta la cual, encontraron en un gran paquete de cendales envuelta una pequeña arqueta donde, abierta, encontraron una pluma de aquéllas de la cola de un papagayo, que pensaron que debía ser la que había prometido mostrar a los certaldeños. Y ciertamente podía en aquellos tiempos fácilmente hacérselo creer, porque todavía los lujos de Egipto no habían llegado a Toscana sino en pequeña cantidad y no como después en grandísima abundancia, con ruina de toda Italia han llegado; y si eran poco conocidos en aquella comarca, no eran nada conocidos por los habitantes; sino que, conservándose todavía la ruda honestidad de los antiguos no sólo no habían visto papagayos, sino que ni de lejos la mayor parte nunca habían oído hablar de ellos.
Contentos, pues, los jóvenes de haber encontrado la pluma, la cogieron, y para no dejar la arqueta vacía, viendo carbones en un rincón de la cámara, llenaron con ellos la arqueta; y cerrándola y cerrando todas las cosas como las habían encontrado, sin haber sido vistos, se fueron contentos con la pluma y se pusieron a esperar lo que fray Cebolla, al encontrar carbones en lugar de la pluma, iba a decir. Los hombres y las mujeres sencillos que estaban en la iglesia, al oír que iban a ver la pluma del arcángel Gabriel después de nona, terminada la misa se volvieron a casa; y diciéndoselo de un vecino a otro y de una comadre a otra, al terminar todos de almorzar, tantos hombres y tantas mujeres acudieron al castillo que apenas cabían allí, esperando con deseo de ver aquella pluma.
Fray Cebolla, habiendo almorzado bien y luego dormido un rato, se levantó un poco después de nona y sintiendo que una multitud grande de campesinos había venido para ver la pluma, mandó a decir a Guccio Imbratta que allí con las campanillas subiera y trajese sus alforjas. El cual, luego que con trabajo de la cocina y de la Nuta se arrancó, con las cosas pedidas, con lento paso, allá se fue, y llegando allí sin aliento porque el beber agua le había hecho hincharse mucho el cuero, por mandato de fray Cebolla, bajo la puerta de la iglesia se fue y comenzó a tocar fuertemente las campanillas. Después de que todo el pueblo se reunió, fray Cebolla, sin haberse apercibido de que nada le hubieran tocado, comenzó su sermón y a favor de sus intenciones dijo muchas palabras; y teniendo que llegar a mostrar la pluma del ángel Gabriel, diciendo primero con gran solemnidad el Confiteor, hizo encender dos antorchas, y desenrollando delicadamente los cendales, habiéndose quitado primero la capucha, fuera sacó la arqueta; y diciendo primeramente unas palabritas en alabanza y loa del arcángel Gabriel y de su reliquia, abrió la arqueta. Y cuando llena de carbones la vio, no sospechó que aquello Guccio Balena lo hubiera hecho porque sabía que no alcanzaba a tanto, ni lo maldijo por no haber cuidado de que otro no lo hiciera; sino que se insultó tácitamente por haberle encomendado la guarda de sus cosas sabiéndolo como lo sabía negligente, desobediente, descuidado y desmemoriado; pero sin embargo, sin cambiar de color, alzando el rostro y las manos al cielo dijo de manera que fue oído por todos:
—¡Oh, Dios, alabado sea siempre tu poder!
Luego, volviendo a cerrar la arqueta y volviéndose al pueblo, dijo:
—Señores y señoras, debéis saber que siendo yo todavía muy joven fui enviado por un superior mío a aquella parte por donde aparece el sol, y me fue ordenado con mandamiento expreso que buscase los privilegios de Porcellana, los cuales, aunque como indulgencias no costasen nada, mucho más útiles les son a otros que a nosotros; por la cual cosa, poniéndome en camino, partiendo de Vinegia y yendo por el Burgo de Griegos y de allí adelante cabalgando por el reino del Garbo y por Baldacca, llegué al Parión de donde, no sin sed,l uego de un tanto llegué a Cerdeña. ¿Pero por qué voy diciéndoos todos los países por donde fui buscando? Llegué, pasado el estrecho de San Giorgio, a Estafia y a Befia, países muy habitados y con muchas gentes, y de allí llegué a la Tierra de la Mentira, donde a muchos de nuestros frailes y de otras religiones encontré, los cuales todos andaban evitando los disgustos por amor de Dios, poco cuidándose de otros trabajos cuando veían que perseguían su utilidad, no gastando más moneda que la que no estaba acuñada por aquellos países; y pasando de allí a la tierra de los Abruzzos, donde los hombres y las mujeres van sin zuecos por los montes, vistiendo a los puercos con sus mismas tripas, y poco más allá me encontré a gentes que llevan el pan en los bastones y el vino en los morrales, desde donde llegué a las montañas de los vascos, donde todas las aguas corren hacia abajo.
»Y en resumen, tanto anduve que llegué hasta la India Pastinaca, en donde os juro, por el hábito que llevo, que vi volar a los plumíferos, cosa increíble para quien no los haya visto; pero no me deje mentir Maso del Saggio a quien encontré allí hecho un gran mercader que cascaba nueces y vendía las cáscaras al por menor. Pero no pudiendo lo que estaba buscando encontrar, porque de allí en adelante se va por el mar, volviéndome atrás, llegué a esas santas tierras donde en el verano os cuesta el pan frío cuatro dineros y el caldo nada os cuesta; y allí encontré al venerable padre señor Non—me—blasméis—si—os—place, dignísimo patriarca de Jerusalén, el cual, por reverencia al hábito que siempre he llevado del barón señor San Antonio, quiso que viese ya todas las santas reliquias que tenía junto a sí, y fueron tantas que, si quisiese describiros todas no vendrían a término en tal milla; pero por no dejaros desilusionados os diré, sin embargo, algunas. Primeramente me mostró el dedo del Espíritu Santo tan entero y sano como nunca lo estuvo, y el tupé del serafín que se apareció a San Francisco, y una de las uñas de los querubines, y una de las costillas del Verbum—caripuesto—alajimez, y de los vestidos de la santa fe católica y algunos de los rayos de la estrella que se apareció a los tres Magos de Oriente, y una ampolla con el sudor de San Miguel cuando combatió con el diablo, y la mandíbula de la muerte de San Lázaro y otras. Y porque yo libremente le entregué las laderas  de Montemoreno en vulgar y algunos capítulos del Caprezio que largamente había estado buscando, él me hizo partícipe de sus santas reliquias y me donó uno de los dientes de la santa cruz y en una ampolleta algo del sonido de las campanas del templo de Salomón y la pluma del arcángel Gabriel, de la cual ya os he hablado, y uno de los zuecos de San Gherardo de Villamagna, el cual yo, no hace mucho, en Florencia di a Gherardo de los Bonsi, que tiene en él grandísima devoción; y me dio los carbones con los que fue asado el bienaventurado mártir San Lorenzo; las cuales cosas todas aquí conmigo traje devotamente, y todas las tengo.
»Y es la verdad que mi superior nunca ha permitido que las mostrase hasta tanto que no se ha certificado si son ciertas o no, pero ahora que por algunos milagros hechos por ellas y por cartas recibidas del patriarca se ha asegurado, me ha concedido la licencia para que os las muestre; pero yo, temiendo confiárselas a nadie, siempre las llevo conmigo. Cierto que llevo la pluma del arcángel Gabriel, para que no se estropee, en una arqueta, y los carbones con los cuales fue asado San Lorenzo en otra, las cuales son tan semejantes la una a la otra que muchas veces he cogido la una por la otra, y ahora me ha ocurrido; y creyendo que había traído la arqueta donde estaba la pluma, he traído aquella en donde están los carbones. Lo que no reputo como error sino que me parece que sea cierto que haya sido la voluntad de Dios y que Él mismo haya puesto la arqueta de los carbones en mis manos, acordándome yo hace poco que la fiesta de San Lorenzo es de aquí a dos días; y por ello, queriendo Dios que yo, al mostraros los carbones con los que fue asado, encienda en vuestras almas la devoción que en él debéis tener, no la pluma que quería sino los benditos carbones rociados con el humor de aquel santísimo cuerpo me hizo coger. Y por ello, hijos benditos, quitaos las capuchas y acercaos aquí devotamente a verlos. Pero primero quiero que sepáis que cualquiera que por estos carbones es tocado con la señal de la cruz puede vivir seguro todo el año de que no le quemará fuego que no sienta.
Y luego que hubo dicho así, cantando un laude de San Lorenzo, abrió la arqueta y mostró los carbones, los cuales luego de que un rato la estúpida multitud hubo mirado con reverente admiración, con grandísimo ruido de pies todos se acercaron a fray Cebolla, y dando mayores limosnas de lo que acostumbraban, que les tocase con ellos le rogaban todos. Por la cual cosa, fray Cebolla, cogiendo aquellos carbones en la mano, sobre sus camisolas blancas y sobre los jubones y sobre los velos de las mujeres comenzó a hacer las cruces mayores que le cabían, afirmando que cuanto se gastaban al hacer aquellas cruces lo crecían después en la arqueta, como él había experimentado muchas veces. Y de tal guisa, no sin grandísima utilidad suya, habiendo cruzado a todos los certaldeños, por su rápida invención se burló de aquellos que, quitándole la pluma, habían querido burlarse de él. Los cuales, estando en su sermón y habiendo oído el extraordinario remedio encontrado por él, y cómo se las había arreglado y con qué palabras, se habían reído tanto que habían creído que se les desencajaban las mandíbulas; y luego de que se hubo ido el vulgo, yendo a él, con la mayor fiesta del mundo lo que habían hecho le descubrieron y luego le devolvieron su pluma, la cual al año siguiente le valió no menos que aquel día le habían valido los carbones.
Esta historia dio por igual a toda la compañía grandísimo placer y solaz y mucho se rieron todos de fray Cebolla y máximamente de su peregrinación y de las reliquias tanto vistas por él como traídas; la cual sintiendo la reina que había acabado, e igualmente su señorío, poniéndose en pie, se quitó la corona y, riendo, se la puso en la cabeza a Dioneo y dijo:
—Es tiempo, Dioneo, que algo pruebes la carga que es tener que guiar y gobernar a las mujeres; sé, pues, rey, y reina de tal manera que al final de tu gobierno lo alabemos.
Dioneo, recibiendo la corona, repuso riendo:
—Muchas veces podéis haber visto reyes de ajedrez que son más preciosos de lo que yo soy; y por cierto que si me obedecieseis como a un verdadero rey se obedece, os haría gozar de aquello sin lo cual es verdad que ninguna fiesta es totalmente alegre. Pero dejemos estas palabras; gobernaré como pueda.
Y haciendo, según la costumbre usada, venir al senescal, lo que tenía que hacer mientras durase su señorío le mandó; y luego dijo:
—Valerosas señoras, de diversas maneras se ha hablado aquí tanto del ingenio humano y de los varios sucesos que, si la señora Licisca no hubiese venido aquí hace un rato (que con sus palabras me ha dado la materia de las futuras narraciones de mañana) temo que me hubiera costado mucho tiempo encontrar tema sobre el que hablar. Ella, como habéis oído, dijo que no tenía una vecina que hubiera ido doncella a su marido, y añadió que bien sabía cuántas y cuáles burlas seguían las casadas haciendo a sus maridos. Pero dejando la primera parte, que es cosa de criaturas, pienso que la segunda deba ser divertida para hablar de ella, y por ello quiero que mañana se digan, puesto que la señora Licisca nos ha dado el motivo, burlas que por amor o por salvación suya han hecho las mujeres a sus maridos, habiéndose ellos apercibido o no.
Hablar de tal materia parecía a algunas de las damas que no era apropiado para ellas y le rogaban que cambiase el tema propuesto; a quienes el rey respondió:
—Señoras, sé lo que he ordenado mejor que vosotras, y de ordenarlo no me podréis apartar por lo que queréis mostrarme, considerando que estamos en tales tiempos que con guardarse los hombres y las mujeres de obrar deshonestamente toda conversación está permitida. Pues ¿no sabéis que por la perversidad de esta temporada los jueces han abandonado los tribunales, las leyes tanto divinas como humanas están calladas y amplia licencia para conservar la vida se ha concedido a cada uno? Por lo que, si algo se relaja vuestra honestidad al hablar, no para seguir con las obras nada desordenado sino para deleite de los demás y vuestro, no veo con qué argumento os pueda en el porvenir ser reprochado por nadie. Además de esto, nuestra compañía, desde el primer momento hasta esta hora honestísima, por nada que se diga no me parece que en ningún acto se manche ni sea manchada, con la ayuda de Dios. Además, ¿quién no conoce vuestra honestidad? La cual no ya las conversaciones divertidas sino el terror de la muerte creo que no podría desalentar. Y por decir verdad, quien supiera que dejasteis de hablar de estas chanzas alguna vez acaso sospecharía que fueseis culpables de lo que teníais que narrar y que por ello no quisisteis. Sin contar con que bien me honraríais si habiendo yo obedecido a todas, ahora, habiéndome hecho vuestro rey, quisierais imponerme la ley y no hablar de lo que yo ordenase. Dejad, pues, este temor más propio de ánimos bajos que de los nuestros, y buena suerte tenga cada una en pensar una buena historia.
Cuando las señoras esto hubieron oído dijeron que fuera así como a él le pluguiese; por lo que el rey hasta la hora de la cena dio a cada uno licencia de hacer lo que gustase.
Estaba el sol todavía muy alto porque las narraciones habían sido breves; por lo que, habiéndose Dioneo con los otros jóvenes puesto a jugar alas tablas, Elisa, llamando aparte a las otras señoras, dijo:
—Desde que estarnos aquí he deseado llevaros a un lugar muy cerca de éste donde no creo que ninguna de vosotras haya estado, y se llama el Valle de las Damas; y hasta ahora no he visto el momento de poderos llevar allí sino hoy, puesto que el sol está aún alto; y por ello, si os place venir, no dudo que cuando estéis allí no estéis contentísimas de haber estado.
Las señoras dijeron que estaban dispuestas, y llamando a una de sus criadas, sin decir nada a los jóvenes, se pusieron en camino; y no habían andado más de una milla cuando llegaron al Valle de las Damas; dentro del cual, por un camino muy estrecho por una de cuyas partes corría un clarísimo arroyo, entraron; y lo vieron tan hermoso y tan deleitoso, y especialmente en aquel tiempo en que el calor era grande cuanto más podría imaginarse. Y según me dijo luego alguna de ellas, el llano que había en el valle era tan redondo como si hubiera sido trazado con compás aunque artificio de la naturaleza y no de la mano del hombre pareciese; y tenía de contorno poco más de media milla, rodeado por seis montañitas no muy altas, y encima de la cumbre de cada una se veía un edificio que tenía la forma de un hermoso castillito.
Las laderas de tales montañitas declinando hacia la llanura descendían como en los teatros vemos que desde la cima las gradas hasta la parte más baja vienen sucesivamente ordenadas, estrechando siempre su círculo. Y estaban estas laderas, cuantas a la vertiente del mediodía miraban, todas con viñas, olivos, almendros, cerezos, higueras y otras clases muchas de árboles frutales llenas sin dejar un palmo. Las que miraban al carro del Septentrión todas eran de bosquecillos de chaparros, fresnos y otros árboles verdísimos y lo más derechos que podían estar. La llanura de abajo, sin tener más entrada que aquella por donde las damas habían venido, estaba llena de abetos, de cipreses, de laureles y de algunos pinos, tan bien compuestos y tan bien ordenados como si todos hubieran sido plantados por el mejor artífice; y entre ellos poco sol o ninguno, entonces que estaba alto, entraba hasta el suelo, que era todo un prado de hierba menudísima y llena de flores purpúreas y de otras. Y además de esto, lo que no menos de deleite que de otra cosa servía, había un arroyo que desde una de las calles que dos de aquellas montañitas dividían, caía sobre peñas de roca viva y al caer hacía un rumor muy deleitoso al oído, y al salpicar parecía de lejos plata viva que cayese de alguna cosa exprimida menudamente; y al llegar abajo a la pequeña llanura, allí, recogido en una hermosa acequia hasta la mitad de la llanura velocísimo, y formaba allí un pequeño lago como a veces a modo de vivero hacen en su jardín los habitantes de las ciudades que de ello tienen ocasión.
Y era este lago no más profundo de lo que sea la estatura de un hombre hasta el pecho, y sin tener en sí mezcla alguna mostraba clarísimo su fondo que era de menudísimos guijos que, quien no hubiese tenido otra cosa que hacer, habría podido contarlos si quisiera; y no solamente al mirar se veía el fondo del agua sino tantos peces acá y allá ir discurriendo que además de deleite eran maravilla. Y no estaba cerrado por la otra orilla sino por el suelo del prado, tanto más hermoso en su borde cuanto más humedad tenía de él. El agua que desbordaba su capacidad la recibía otra acequia por la cual, saliendo fuera del vallecito, a las partes más bajas corría.
Venidas, pues, aquí las jóvenes damas, luego de que por todas partes hubieron mirado y alabado mucho el lugar, siendo grande el calor y viendo el pequeño piélago delante y sin ningún temor de ser vistas, deliberaron bañarse; y mandando a su criada que sobre el camino por donde habían estado se quedase y mirase si alguien venía y se lo hiciera saber, las siete se desnudaron y entraron en él, que no de otra manera escondía sus cándidos cuerpos de lo que haría a una encarnada rosa un cristal sutil. Estando ellas allí metidas sin que en nada se enturbiase el agua, comenzaron como podían a andar de acá para allá detrás de los peces, los cuales mal tenían donde esconderse, y a querer cogerlos con las manos. Y luego de que en tal diversión, habiendo cogido algunos, estuvieron un rato, saliendo de allí se volvieron a vestir y sin poder alabar más el lugar que lo habían alabado, pareciéndoles tiempo de volverse a casa, con suave paso, hablando mucho de la belleza del lugar, se pusieron en camino; y llegando a la villa a bastante buena hora, todavía allí encontraron jugando a los jóvenes donde los habían dejado; a quienes Pampínea, riendo, dijo:
—Pues ya os hemos engañado hoy.
—¿Y cómo? —dijo Dioneo—. ¿Comenzáis primero las obras que las palabras?
Dijo Pampínea:
—Señor nuestro, sí. Y extensamente le contó de dónde venían y cómo era el lugar y cuánto distaba de allí y lo que habían hecho.
El rey, oyendo hablar de la belleza del lugar, deseoso de verlo, prestamente hizo ordenar la cena; la cual luego de que con mucho placer de todos se terminó, los tres jóvenes con sus sirvientes, dejando a las damas, se fueron a este valle, y considerando cada cosa, no habiendo estado allí nunca ninguno de ellos, alabaron aquello como una de las más bellas cosas del mundo; y luego de que se hubieron bañado y volvieron a vestirse, como se hacía demasiado tarde se volvieron a casa, donde encontraron a las mujeres que danzaban una carola a un aria cantada por Fiameta; y con ellas, terminada su carola, entrando en conversación sobre el Valle de las Damas, mucho bien y muchas alabanzas dijeron. Por la cual cosa el rey, haciendo venir al senescal, le mandó que a la mañana siguiente hiciera que allí fuesen preparadas las cosas y fuera llevada alguna cama por si alguna quisiera dormir o acostarse la siesta. Después de esto, haciendo venir luces y vino y dulces y un tanto reconfortados, mandó que todo el mundo se pusiese a bailar; y habiendo iniciado Pánfilo una danza por voluntad suya, el rey, volviéndose a Elisa, le dijo amablemente:
—Hermosa joven, hoy me hiciste la honra de darme la corona, y yo quiero hacerte a ti esta noche la de la canción; y por ello haz una que diga lo que más te guste.
A quien Elisa repuso sonriendo que de buen grado, y con suave voz comenzó de esta guisa:
Amor, si de tus garras yo saliera
no podría suceder
que otro de tus anzuelos más mordiera.
Yo era una niña cuando entré en tu guerra
creyendo que era suma y dulce paz,
y las armas dejé puestas en tierra
cual quien confía en uno que es veraz,
tú, desleal tirano, eres rapaz
y me hiciste caer
con tu armamento y con tu garra fiera.
Luego, bien apretada en tus cadenas,
a quien nació para verdugo mío,
llena de tristes lágrimas y penas
presa me diste, y tiene mi albedrío;
y es tan duro y cruel su señorío
que no pueden mover
su corazón mis suspiros ni ojeras.
Mis ruegos todos se los lleva el viento:
nadie me escucha ni me quiere oír,
y, si cada hora crece mi tormento,
viviendo con dolor no sé morir,
¡Ah, duélete, señor, de mi sufrir!
Lo que no puedo hacer
haz tú, y dámelo atado en forma fiera.
Y si no quieres, por lo menos suelta
el nudo con que me ata la esperanza.
¡Ah, que la libertad me sea devuelta!
Pues yo tendré, si lo haces, confianza
en ser bella de nuevo sin tardanza;
y sin más padecer
con blanca y roja flor ornada fuera

Luego de que con un suspiro muy apesadumbrado Elisa hubo dado fin a su canción, aunque todos se maravillasen de tales palabras, ninguno hubo que pudiera adivinar quién de tal cantar la razón fuese. Pero el rey, que estaba de buen humor, haciendo llamar a Tíndaro, le ordenó que sacase su cornamusa, al son de la cual hizo bailar muchas danzas; pero cuando ya buena parte de la noche había pasado, dijo a todos que se fuesen a dormir.

TERMINA LA SEXTA JORNADA


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 3 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 20 Mayo 2020, 03:07

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SÉPTIMA JORNADA

COMIENZA LA SÉPTIMA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO EL  GOBIERNO DE DIONEO, SE DISCURRE SOBRE BURLAS QUE POR AMOR O POR SU SALVACIÓN HAN HECHO LAS MUJERES A SUS MARIDOS, HABIÉNDOSE APERCIBIDO ELLOS O NO.


Todas las estrellas habían huido ya de las partes del oriente, con la excepción de aquella que Lucifer llamamos, que todavía lucía en la blanqueciente aurora, cuando el senescal, levantándose, con un gran equipaje se fue al Valle de las Damas para disponer allí todas las cosas según la orden y el mandato habido de su señor. Después de cuya marcha no tardó mucho en levantarse el rey, a quien había despertado el estrépito de los cargadores y de las bestias; y levantándose, hizo levantar a las señoras y a los jóvenes por igual; y no despuntaban aún bien los rayos del sol cuando todos se pusieron en camino. Y nunca hasta entonces les había parecido que los ruiseñores cantaban tan alegremente y los otros pájaros como aquella mañana les parecía; por cuyos cantos acompañados se fueron al Valle de las Damas, donde, recibidos por muchos más, les pareció que con su llegada se alegrasen. Allí, dando una vuelta por él y volviendo a mirarlo de arriba abajo, tanto más bello les pareció que el día pasado cuanto más conforme era con su belleza la hora del día.
Y luego de que con el buen vino y los dulces hubieron roto el ayuno para que por los pájaros no fuesen superados, comenzaron a cantar, y junto con ellos el valle, siempre entonando las mismas canciones que decían ellos a las que todos los pájaros, como si no quisiesen ser vencidos, dulces y nuevas notas añadían. Mas luego que la hora de comer fue venida, puestas las mesas bajo los frondosos laureles y los otros verdes árboles, junto al bello lago, como plugo al rey, fueron a sentarse, y mientras comían veían a lo peces nadar por el lago en anchísimos bancos; lo que, tanto como de mirar daba a veces motivo para conversar. Pero luego de que llegó el final del almuerzo, y las viandas y las mesas fueron retiradas, todavía más contentos que antes empezaron a cantar y luego de esto a tañer sus instrumentos y a danzar; y después, habiéndose puesto camas en muchos lugares por el pequeño valle (todas por el discreto senescal rodeadas de sargas francesas y de cortinas cerradas) con licencia del rey, quien quiso pudo irse a dormir; y quien dormir no quiso, con los otros a sus acostumbrados entretenimientos podía entregarse a su placer. Pero llegada ya la hora en que todos estaban levantados y era tiempo de recogerse a novelar, según quiso el rey, no lejos del lugar donde comido habían, haciendo extender tapetes sobre la hierba y sentándose cerca del lago, mandó el rey a Emilia que comenzase; la cual, alegremente, así comenzó a decir sonriendo:


NOVELA PRIMERA

Gianni Lotteringhi oye de noche llamar a su puerta; despierta a su mujer y ella le hace creer que es un espantajo; van a conjurarlo con una oración y las llamadas cesan.

Señor mío, me hubiera agradado muchísimo, si a vos os hubiera placido, que otra persona en lugar de mí hubiera a tan buena materia como es aquella de que hablar debemos hoy dado comienzo; pero puesto que os agrada que sea yo quien a las demás dé valor, lo haré de buena gana. Y me ingeniaré, carísimas señoras, en decir, algo que pueda seros útil en el porvenir, porque si las demás son como yo, todas somos medrosas, y máximamente de los espantajos que sabe Dios que no sé qué son ni he encontrado hasta ahora a nadie que lo supiera, pero a quienes todas tememos por igual; y para hacerlos irse cuando vengan a vosotras, tomando buena nota de mi historia, podréis una santa y buena oración, y muy valiosa para ello, aprender.
Hubo en Florencia, en el barrio de San Brancazio, un vendedor de estambre que se llamó Gianni Lotteringhi, hombre más afortunado en su arte que sabio en otras cosas, porque teniendo algo de simple, era con mucha frecuencia capitán de los laudenses de Santa María la Nueva, y tenía que ocuparse de su coro, y otras pequeñas ocupaciones semejantes desempeñaba con mucha frecuencia, con lo que él se tenía en mucho; y aquello le ocurría porque muy frecuentemente, como hombre muy acomodado, daba buenas pitanzas a los frailes. Los cuales, porque el uno unas calzas, otro una capa y otro un escapulario le sacaban con frecuencia, le enseñaban buenas oraciones y le daban el paternoste en vulgar y la canción de San Alejo y el lamento de San Bernardo y las alabanzas de doña Matelda y otras tonterías tales, que él tenía en gran aprecio y todas por la salvación de su alma las decía muy diligentemente. Ahora, tenía éste una mujer hermosísima y atrayente por esposa, la cual tenía por nombre doña Tessa y era hija de Mannuccio de la Cuculía, muy sabia y previsora, la cual, conociendo la simpleza del marido, estando enamorada de Federigo de los Neri Pegolotti, el cual hermoso y lozano joven era, y él de ella, arregló con una criada suya que Federigo viniese a hablarle a una tierra muy bella que el dicho Gianni tenía en Camerata, donde ella estaba todo el verano; y Gianni alguna vez allí venía por la tarde a cenar y a dormir y por la mañana se volvía a la tienda y a veces a sus laúdes.
Federigo, que desmesuradamente lo deseaba, cogiendo la ocasión, un día que le fue ordenado, al anochecer allá se fue, y no viniendo Gianni por la noche, con mucho placer y tiempo, cenó y durmió con la señora, y ella, estando en sus brazos por la noche, le enseñó cerca de seis de los laúdes de su marido. Pero no entendiendo que aquélla fuese la última vez como había sido la primera, ni tampoco Federigo, para que la criada no tuviese que ir a buscarle a cada vez, arreglaron juntos esta manera: que él todos los días, cuando fuera o volviera de una posesión suya que un poco más abajo estaba, se fijase en una viña que había junto a la casa de ella, y vería una calavera de burro sobre un palo de los de la vid, la cual, cuando con el hocico vuelto hacia Florencia viese, seguramente y sin falta por la noche, viniese a ella, y si no encontraba la puerta abierta, claramente llamase tres veces, y ella le abriría; y cuando viese el hocico de la calavera vuelto hacia Fiésole no viniera porque Gianni estaría allí.
Y haciendo de esta manera, muchas veces juntos estuvieron; pero entre las otras veces hubo una en que, debiendo Federigo cenar con doña Tessa, habiendo ella hecho asar dos gordos capones, sucedió que Gianni, que no debía venir, muy tarde vino. De lo que la señora mucho se apesadumbró, y él y ella cenaron un poco de carne salada que había hecho salcochar aparte; y la criada hizo llevar, en un mantel blanco, los dos capones guisados y muchos huevos frescos y una frasca de buen vino a un jardín suyo al cual podía entrarse sin ir por la casa y donde ella acostumbraba a cenar con Federigo alguna vez, y le dijo que al pie de un melocotonero que estaba junto a un pradecillo aquellas cosas pusiera; y tanto fue el enojo que tuvo, que no se acordó de decirle a la criada que esperase hasta que Federigo viniese y le dijera que Gianni estaba allí y que cogiera aquellas cosas del huerto. Por lo que, yéndose a la cama Gianni y ella, y del mismo modo la criada, no pasó mucho sin que Federigo llegase y llamase una vez claramente a la puerta, la cual estaba tan cerca de la alcoba, que Gianni lo sintió incontinenti, y también la mujer; pero para que Gianni nada pudiera sospechar de ella, hizo como que dormía.
Y, esperando un poco, Federigo llamó la segunda vez; de lo que maravillándose Gianni, pellizcó un poco a la mujer y le dijo:
—Tessa, ¿oyes lo que yo? Parece que llaman a nuestra puerta.
La mujer, que mucho mejor que él lo había oído, hizo como que se despertaba, y dijo:
—¿Qué dices, eh?
—Digo —dijo Gianni— que parece que llaman a nuestra puerta.
—¿Llaman? ¡Ay, Gianni mío! ¿No sabes lo que es? Es el espantajo, de quien he tenido estas noches el mayor miedo que nunca se tuvo, tal que, cuando lo he sentido, me he tapado la cabeza y no me he atrevido a destapármela hasta que ha sido día claro.
Dijo entonces Gianni:
—Anda, mujer, no tengas miedo si es él, porque he dicho antes el Te lucis y la Intermerata y muchas otras buenas oraciones cuando íbamos a acostarnos y también he persignado la cama de esquina a esquina con el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y no hay que tener miedo: que no puede, por mucho poder que tenga, hacernos daño.
La mujer, para que Federigo por acaso no sospechase otra cosa y se enojase con ella, deliberó que tenía que levantarse y hacerle oír que Gianni estaba dentro, y dijo al marido:
—Muy bien, tú di tus palabras; yo por mi parte no me tendré por salvada ni segura si no lo conjuramos, ya que estás tú aquí.
Dijo Gianni:
—¿Pues cómo se le conjura?
Dijo la mujer:
—Yo bien lo sé, que antier, cuando fui a Fiésole a ganar las indulgencias, una de aquellas ermitañas que es, Gianni mío, la cosa más santa que Dios te diga por mí, viéndome tan medrosa me enseñó una santa y buena oración, y dijo que la había probado muchas veces antes de ser ermitaña y siempre le había servido. Pero Dios sabe que sola nunca me habría atrevido a ir a probarla; Pero ahora que estás tú, quiero que vayamos a conjurarlo.
Gianni dijo que muy bien le parecía; y levantándose, se fueron los dos calladamente a la puerta, fuera de la cual todavía Federigo, ya sospechando, estaba; y llegados allí, dijo la mujer a Gianni:
—Ahora escupe cuando yo te lo diga.
Dijo Gianni:
—Bien.Y la mujer comenzó la oración, y dijo:
—Espantajo, espantajo, que por la noche vas, con la cola tiesa viniste, con la cola tiesa te irás; vete al huerto junto al melocotonero, allí hay grasa tiznada y cien cagajones de mi gallina; cata el frasco y vete deprisa, y no hagas daño ni a mí ni a mi Gianni.
Y dicho así, dijo al marido:
—¡Escupe, Gianni!
Y Gianni escupió; y Federigo, que fuera estaba y esto oído, ya desvanecidos los celos, con toda su melancolía tenía tantas ganas de reír que estallaba, y en voz baja, cuando Gianni escupía, decía:
—Los dientes.
La mujer, luego de que en esta guisa hubo conjurado tres veces al espantajo, a la cama volvió con su marido. Federigo, que con ella esperaba cenar, no habiendo cenado y habiendo bien las palabras de la oración entendido, se fue al huerto y junto al melocotonero encontrando los dos capones y el vino y los huevos, se los llevó a casa y cenó con gran gusto; y luego las otras veces que se encontró con la mujer mucho con ella rió de este conjuro.
Es cierto que dicen algunos que sí había vuelto la mujer la calavera del burro hacia Fiésole, pero que un labrador que pasaba por la viña le había dado con un bastón y le había hecho dar vueltas, y se había quedado mirando a Florencia, y por ello Federigo, creyendo que le llamaban, había venido, y que la mujer había dicho la oración de esta guisa: «Espantajo, espantajo, vete con Dios, que la calavera del burro no la volví yo, que otro fue, que Dios le dé castigo y yo estoy aquí con el Gianni mío»; por lo que, yéndose, sin albergue y sin cena se había quedado. Pero una vecina mía, que es una mujer muy vieja, me dice que una y otra fueron verdad, según lo que ella de niña había oído, pero que la última no a Gianni Lotteringhi había sucedido sino a uno que se llamó Gianni de Nello, que estaba en Porta San Pietro no menos completo bobalicón que lo fue Gianni Lotteringhi. Y por ello, caras señoras mías, a vuestra elección dejo tomar la que más os plazca de las dos, o si queréis las dos: tienen muchísima virtud para tales cosas, como por experiencia habéis oído; aprendedlas y ojalá os sirvan.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 21 Mayo 2020, 02:29

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NOVELA SEGUNDA

Peronella mete a su amante en una tinaja al volver su marido a casa; la cual habiéndola vendido el marido, ella le dice que la ha vendido ella a uno que está dentro mirando a ver si le parece bien entera; el cual, saliendo fuera, hace que el marido la raspe y luego se la lleve a su casa.

Con grandísima risa fue la historia de Emilia escuchada y la oración como buena y santa elogiada por todos, siendo llegado el fin de la cual mandó el rey a Filostrato que siguiera, el cual comenzó:
Carísimas señoras mías, son tantas las burlas que los hombres os hacen y especialmente los maridos, que cuando alguna vez sucede que alguna al marido se la haga, no debíais vosotras solamente estar contentas de que ello hubiera ocurrido, o de enteraros de ello o de oírlo decir a alguien, sino que deberíais vosotras mismas irla contando por todas partes, para que los hombres conozcan que si ellos saben, las mujeres por su parte, saben también; lo que no puede sino seros útil porque cuando alguien sabe que otro sabe, no se pone a querer engañarlo demasiado fácilmente. ¿Quién duda, pues, que lo que hoy vamos a decir en torno a esta materia, siendo conocido por los hombres, no sería grandísima ocasión de que se refrenasen en burlaros, conociendo que vosotras, si queréis, sabríais burlarlos a ellos? Es, pues, mi intención contaros lo que una jovencita, aunque de baja condición fuese, casi en un momento, para salvarse hizo a su marido.
No hace casi nada de tiempo que un pobre hombre, en Nápoles, tomó por mujer a una hermosa y atrayente jovencita llamada Peronella; y él con su oficio, que era de albañil, y ella hilando, ganando muy escasamente, su vida gobernaban como mejor podían. Sucedió que un joven galanteador, viendo un día a esta Peronella y gustándole mucho, se enamoró de ella, y tanto de una manera y de otra la solicitó que llegó a intimar con ella. Y para estar juntos tomaron el acuerdo de que, como su marido se levantaba temprano todas las mañanas para ir a trabajar o a buscar trabajo, que el joven estuviera en un lugar de donde lo viese salir; y siendo el barrio donde estaba, que Avorio se llama, muy solitario, que, salido él, éste a la casa entrase; y así lo hicieron muchas veces. Pero entre las demás sucedió una mañana que, habiendo el buen hombre salido, y Giannello Scrignario, que así se llamaba el joven, entrado en su casa y estando con Peronella, luego de algún rato (cuando en todo el día no solía volver) a casa se volvió, y encontrando la puerta cerrada por dentro, llamó y después de llamar comenzó a decirse:
—Oh, Dios, alabado seas siempre, que, aunque me hayas hecho pobre, al menos me has consolado con una buena y honesta joven por mujer. Ve cómo enseguida cerró la puerta por dentro cuando yo me fui para que nadie pudiese entrar aquí que la molestase.
Peronella, oyendo al marido, que conoció en la manera de llamar, dijo:
—¡Ay! Giannelo mío, muerta soy, que aquí está mi marido que Dios confunda, que ha vuelto, y no sé qué quiere decir esto, que nunca ha vuelto a esta hora; tal vez te vio cuando entraste. Pero por amor de Dios, sea como sea, métete en esa tinaja que ves ahí y yo iré a abrirle, y veamos qué quiere decir este volver esta mañana tan pronto a casa.
Giannello prestamente entró en la tinaja, y Peronella, yendo a la puerta, le abrió al marido y con mal gesto le dijo:
—¿Pues qué novedad es ésta que tan pronto vuelvas a casa esta mañana? A lo que me parece, hoy no quieres dar golpe, que te veo volver con las herramientas en la mano; y si eso haces, ¿de qué viviremos? ¿De dónde sacaremos pan? ¿Crees que voy a sufrir que me empeñes el zagalejo y las demás ropas mías, que no hago día y noche más que hilar, tanto que tengo la carne desprendida de las uñas, para poder por lo menos tener aceite con que encender nuestro candil? Marido, no hay vecina aquí que no se maraville y que no se burle de mí con tantos trabajos y cuáles que soporto; y tú te me vuelves a casa con las manos colgando cuando deberías estar en tu trabajo.
Y dicho esto, comenzó a sollozar y a decir de nuevo:
—¡Ay! ¡Triste de mí, desgraciada de mí! ¡En qué mala hora nací! En qué mal punto vine aquí, que habría podido tener un joven de posición y no quise, para venir a dar con este que no piensa en quién se ha traído a casa. Las demás se divierten con sus amantes, y no hay una que no tenga quién dos y quién tres, y disfrutan, y le enseñan al marido la luna por el sol; y yo, ¡mísera de mí!, porque soy buena y no me ocupo de tales cosas, tengo males y malaventura. No sé por qué no cojo esos amantes como hacen las otras. Entiende bien, marido mío,que si quisiera obrar mal, bien encontraría con quién, que los hay bien peripuestos que me aman y me requieren y me han mandado propuestas de mucho dinero, o si quiero ropas o joyas, y nunca me lo sufrió el corazón, porque soy hija de mi madre; ¡y tú te me vuelves a casa cuando tenías que estar trabajando!
Dijo el marido:
—¡Bah, mujer!, no te molestes, por Dios; debes creer que te conozco y sé quién eres, y hasta esta mañana me he dado cuenta de ello. Es verdad que me fui a trabajar, pero se ve que no lo sabes, como yo no lo sabía; hoy es el día de San Caleone y no se trabaja, y por eso me he vuelto a esta hora a casa; pero no he dejado de buscar y encontrar el modo de que hoy tengamos pan para un mes, que he vendido a este que ves aquí conmigo la tinaja, que sabes que ya hace tiempo nos está estorbando en casa: ¡y me da cinco liriados!
Dijo entonces Peronella:
—Y todo esto es ocasión de mi dolor: tú que eres un hombre y vas por ahí y debías saber las cosas del mundo has vendido una tinaja en cinco liriados que yo, pobre mujer, no habías apenas salido de casa cuando, viendo lo que estorbaba, la he vendido en siete a un buen hombre que, al volver tú, se metió dentro para ver si estaba bien sólida.
Cuando el marido oyó esto se puso más que contento, y dijo al que había venido con él para ello:
—Buen hombre, vete con Dios, que ya oyes que mi mujer la ha vendido en siete cuando tú no me dabas más que cinco.
El buen hombre dijo:
—¡Sea en buena hora!
Y se fue.
Y Peronella dijo al marido:
—¡Ven aquí, ya estás aquí, y vigila con él nuestros asuntos!
Giannello, que estaba con las orejas tiesas para ver si de algo tenía que temer o protegerse, oídas las explicaciones de Peronella, prestamente salió de la tinaja; y como si nada hubiera oído de la vuelta del marido, comenzó a decir:
—¿Dónde estáis, buena mujer?
A quien el marido, que ya venía, dijo:
—Aquí estoy, ¿qué quieres?
Dijo Giannello:
—¿Quién eres tú? Quiero hablar con la mujer con quien hice el trato de esta tinaja.
Dijo el buen hombre:
—Habla con confianza conmigo, que soy su marido.
Dijo entonces Giannello:
—La tinaja me parece bien entera, pero me parece que habéis tenido dentro heces, que está todo embadurnado con no sé qué cosa tan seca que no puedo quitarla con las uñas, y no me la llevo si antes no la veo limpia.
Dijo Peronella entonces:
—No, por eso no quedará el trato; mi marido la limpiará.
Y el marido dijo:
—Sí, por cierto.
Y dejando las herramientas y quedándose en camino, se hizo encender una luz y dar una raedera, y entró dentro incontinenti y comenzó a raspar.
Y Peronella, como si quisiera ver lo que hacía, puesta la cabeza en la boca de la tinaja, que no era muy alta, y además de esto uno de los brazos con todo el hombro, comenzó a decir a su marido:
—Raspa aquí, y aquí y también allí... Mira que aquí ha quedado una pizquita.
Y mientras así estaba y al marido enseñaba y corregía, Giannello, que completamente no había aquella mañana su deseo todavía satisfecho cuando vino el marido, viendo que como quería no podía, se ingenió en satisfacerlo como pudiese; y arrimándose a ella que tenía toda tapada la boca de la tinaja, de aquella manera en que en los anchos campos los desenfrenados caballos encendidos por el amor asaltan a las yeguas de Partia, a efecto llevó el juvenil deseo; el cual casi en un mismo punto se completó y se terminó de raspar la tinaja, y él se apartó y Peronella quitó la cabeza de la tinaja, y el marido salió fuera.
Por lo que Peronella dijo a Giannello:
—Coge esta luz, buen hombre, y mira si está tan limpia como quieres.
Giannello, mirando dentro, dijo que estaba bien y que estaba contento y dándole siete liriados se la hizo llevar a su casa.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 22 Mayo 2020, 02:46

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NOVELA TERCERA

Fray Rinaldo se acuesta con su comadre, lo encuentra el marido con ella en la alcoba y le hacen creer que estaba conjurando las lombrices del ahijado.

No pudo Filostrato hablar tan oscuro de las yeguas partias que las sagaces señoras no le entendiesen y no se riesen algo, aunque fingiendo reírse de otra cosa. Pero luego de que el rey conoció que su historia había terminado, ordenó a Elisa que ella hablara; la cual, dispuesta a obedecer, comenzó:
Amables señoras, el conjuro del espantajo de Emilia me ha traído a la memoria una historia de otro conjuro que, aunque no sea tan buena como fue aquélla, porque no se me ocurre ahora otra sobre nuestro asunto, la contaré.
Debéis saber que en Siena hubo en tiempos pasados un joven muy galanteador y de honrada familia que tuvo por nombre Rinaldo; y amando sumamente a una vecina suya y muy hermosa señora y mujer de un hombre rico, y esperando (si pudiera encontrar el modo de hablarle sin sospechas) conseguir de ella todo lo que deseaba, no viendo ninguno y estando la señora grávida, pensó en convertirse en su compadre; y haciendo amistad con su marido, del modo que más conveniente le pareció se lo dijo, y así se hizo.
Habiéndose, pues, Rinaldo convertido en compadre de doña Agnesa y teniendo alguna ocasión más pintada para poder hablarle, le hizo conocer con palabras aquella parte de su intención que ella mucho antes había conocido en las expresiones de sus ojos; pero poco le valió, sin embargo, aunque no desagradara a la señora haberlo oído. Sucedió no mucho después que, fuera cual fuese la razón, Rinaldo se hizo fraile y, encontrara como encontrase aquel pasto, perseveró en ello; y sucedió que un poco, en el tiempo en que se hizo fraile, había dejado de lado el amor que tenía a su comadre y algunas otras vanidades, pero con el paso del tiempo, sin dejar los hábitos las recuperó y comenzó a deleitarse en aparentar y en vestir con buenos paños y en ser en todas sus cosas galante y adornado, y en hacer canciones y sonetos y baladas, y a cantar, y en una gran cantidad de otras cosas semejantes a éstas.
Pero ¿qué estoy yo diciendo del fray Rinaldo de que hablamos? ¿Quiénes son los que no hacen lo mismo? ¡Ay, vituperio del perdido mundo! No se avergüenzan de aparecer gordos, de aparecer con el rostro encarnado, de aparecer refinados en los vestidos y en todas sus cosas, y no como palomas sino como gallos hinchados con la cresta levantada encopetados proceden; y lo que es peor, dejemos el que tengan sus celdas llenas de tarros colmados de electuario y de ungüentos, de cajas de varios dulces llenas, de ampollas y de redomitas con aguas destiladas y con aceites, de frascos con malvasía y con vino griego y con otros desbordantes, hasta el punto de que no celdas de frailes sino tiendas de especieros o de drogueros parecen mayormente a los que las ven; no se avergüenzan ellos de que los demás sepan que son golosos, y se creen que los demás no saben y conocen que los muchos ayunos, las comidas ordinarias y escasas y el vivir sobriamente haga a los hombres magros y delgados y la mayoría de las veces sanos; y si a pesar de todo los hacen enfermos, al menos no enferman de gota, para la que se suele dar como medicamento la castidad y todas las demás cosas apropiadas a la vida de un modesto fraile.
Y se creen que los demás no conocen que además de la vida austera, las vigilias largas, el orar y el disciplinarse deben hacer a los hombres pálidos y afligidos, y que ni Santo Domingo ni San Francisco, sin tener cuatro capas cada uno, no de lanilla teñida ni de otros paños señoriles, sino hechos con lana gruesa y de natural color, para protegerse del frío y no para aparentar se vestían. ¡Que Dios los ayude como necesitan las almas de los simples que los alimentan!
Así pues, vuelto fray Rinaldo a sus primeros apetitos, comenzó a visitar con mucha frecuencia a su comadre; y habiendo crecido su arrogancia, con más instancias que antes lo hacía comenzó a solicitarle lo que deseaba de ella.
La buena señora, viéndose solicitar mucho y pareciéndole tal vez fray Rinaldo más guapo de lo que solía, siendo un día muy importunada por él, recurrió a lo mismo que todas aquellas que tienen deseos de conceder lo que se les pide, y dijo:
—¿Cómo, fray Rinaldo, y es que los frailes hacen esas cosas?
A quien el fraile contestó:
—Señora, cuando yo me quite este hábito, que me lo quito muy fácilmente, os pareceré un hombre hecho como los otros, y no un fraile.
La señora se rió y dijo:
—¡Ay, triste de mí! Sois compadre mío, ¿cómo podría ser esto? Estaría demasiado mal, y he oído muchas veces que es un pecado demasiado grande; y en verdad que si no lo fuese haría lo que quisierais.
A quien fray Rinaldo dijo:
—Sois tonta si lo dejáis por eso. No digo que no sea pecado, pero otros mayores perdona Dios a quienes se arrepienten. Pero decidme: ¿quién es más pariente de vuestro hijo, yo que lo sostuve en el bautismo o vuestro marido que lo engendró?
La señora repuso:
—Más pariente suyo es mi marido.
—Decís verdad —dijo el fraile—. ¿Y vuestro marido no se acuesta con vos?
—Claro que sí —repuso la señora.
—Pues —dijo el fraile— y yo, que soy menos pariente de vuestro hijo que vuestro marido, tanto debo poder acostarme con vos como vuestro marido.
La señora, que no sabia lógica y de pequeño empujón necesitaba, o creyó o hizo como que creía que el fraile decía verdad; y respondió:
—¿Quién sabría contestar a vuestras palabras?Y luego, no obstante el compadrazgo, se dejó llevar a hacer su gusto; y no comenzaron una sola vez sino que con la tapadera del compadrazgo teniendo más facilidad porque la sospecha era menor, muchas y muchas veces estuvieron juntos. Pero entre las demás sucedió una que, habiendo fray Rinaldo venido a casa de la señora y viendo que allí no había nadie sino una criadita de la señora, asaz hermosa y agradable, mandando a su compañero con ella al aposento de las palomas a enseñarle el padrenuestro, él con la señora, que de la mano llevaba a su hijito, se metieron en la alcoba y, cerrando por dentro, sobre un diván que en ella había comenzaron a juguetear; y estando de esta guisa sucedió que volvió el compadre, y sin que nadie lo sintiese se fue a la puerta de la alcoba, y dio golpes y llamó a la mujer.
Doña Agnesa, oyendo esto, dijo:
—Muerta soy, que aquí está mi marido, ahora se dará cuenta de cuál es la razón de nuestro trato.
Estaba fray Rinaldo desnudo, esto es sin hábito y sin escapulario, en camiseta; el cual esto oyendo, dijo tristemente:
—Decís verdad; si yo estuviese vestido alguna manera encontraría; pero si le abrís y me encuentra así no podrá encontrarse ninguna excusa.
La señora, por una inspiración súbita ayudada, dijo:
—Pues vestíos; y cuando estéis vestido coged en brazos a vuestro ahijado y escuchad bien lo que voy a decirle, para que vuestras palabras estén de acuerdo con las mías; y dejadme hacer a mí.
El buen hombre no había dejado de llamar cuando la mujer repuso:
—Ya voy. —Y levantándose, con buen gesto se fue a la puerta de la alcoba y, abriéndola, dijo—: Marido mío, te digo que fray Rinaldo nuestro compadre ha venido y que Dios lo mandó porque seguro que si no hubiese venido habríamos perdido hoy a nuestro niño.
Cuando el estúpido santurrón oyó esto, todo se pasmó, y dijo:
—¿Cómo?
—Oh, marido mío —dijo la mujer—, le vino antes de improviso un desmayo que me creí que estaba muerto, y no sabía qué hacerme ni qué decirme, si no llega a aparecer entonces fray Rinaldo nuestro compadre y, cogiéndolo en brazos, dijo: «Comadre, esto son lombrices que tiene en el cuerpo que se le están acercando al corazón y lo matarían con seguridad; pero no temáis, que yo las conjuraré y las haré morir a todas y antes de que yo me vaya de aquí veréis al niño tan sano como nunca lo habéis visto». Y porque te necesitábamos para decir ciertas oraciones y la criada no pudo encontrarte se las mandó decir a su compañero en el lugar más alto de la casa, y él y yo nos entramos aquí dentro; y porque nadie más que la madre del niño puede estar presente a tal servicio, para que otros no nos molestasen aquí nos encerramos; y ahora lo tiene él en brazos, y creo que no espera sino a que su compañero haya terminado de decir las oraciones, y estará terminando, porque el niño ya ha vuelto en sí del todo.
El santurrón, creyendo estas cosas, tanto el cariño por su hijo lo conmovió que no se le vino a la cabeza el engaño urdido por la mujer, sino que dando un gran suspiro dijo:
—Quiero ir a verle.
Dijo la mujer:
—No vayas, que estropearías lo que se ha hecho; espérate, quiero ver si puedes entrar y te llamaré.
Fray Rinaldo, que todo había oído y se había vestido a toda prisa y había cogido al niño en brazos, cuando hubo dispuesto las cosas a su modo llamó:
—Comadre, ¿no es el compadre a quien oigo ahí?
Repuso el santurrón:
—Señor, sí.
—Pues —dijo fray Rinaldo—, venid aquí.
El santurrón allá fue y fray Rinaldo le dijo:
—Tomad a vuestro hijo, salvado por la gracia de Dios, cuando he creído poco ha, que no lo veríais vivo al anochecer; y bien haríais en hacer poner una figura de cera de su tamaño a la gloria de Dios delante de la estatua del señor San Ambrosio, por los méritos del cual Dios os ha hecho esta gracia.
El niño, al ver a su padre, corrió hacia él y le hizo fiestas como hacen los niños pequeños; el cual, cogiéndolo en brazos, llorando no de otra manera que si lo sacase de la fosa, comenzó a besarlo y a darle gracias a su compadre que se lo había curado.
El compañero de fray Rinaldo, que no un padrenuestro sino más de cuatro había enseñado a la criadita, y le había dado una bolsa de hilo blanco que le había dado a él una monja, y la había hecho devota suya, habiendo oído al santurrón llamar a la alcoba de la mujer, calladamente había venido a un sitio desde donde pudiera ver y oír lo que allí pasaba.
Y viendo la cosa en buenos términos, se vino abajo, y entrando en la alcoba dijo:
—Fray Rinaldo, las cuatro oraciones que me mandasteis las he dicho todas.
A quien fray Rinaldo dijo:
—Hermano mío, tienes buena madera y has hecho bien. En cuanto a mí, cuando mi compadre llegó no había dicho sino dos, pero Nuestro Señor por tu trabajo y el mío nos ha concedido la gracia de que el niño sea curado.
El santurrón hizo traer buen vino y dulces, e hizo honor a su compadre y a su compañero con lo que ellos tenían necesidad más que de otra cosa; luego, saliendo de casa junto con ellos, los encomendó a Dios, y sin ninguna dilación haciendo hacer la imagen de cera, la mandó colgar con las otras delante de la figura de San Ambrosio, pero no de la de aquel de Milán.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 23 Mayo 2020, 03:35

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NOVELA CUARTA

Tofano le cierra una noche la puerta de su casa a su mujer, la cual, no pudiendo hacérsela abrir con súplicas, finge tirarse a un pozo y arroja a él una gran piedra; Tofano sale de la casa y corre allí, y ella entra en casa y le cierra a él la puerta y con gritos lo injuria.

El rey, al sentir que terminaba la novela de Elisa, sin esperar más, volviéndose hacia Laureta, le mostró que le placía que ella narrase; por lo que ella, sin tardar, así comenzó a decir:
¡Oh, Amor, cuántas y cuáles son tus fuerzas, cuántos los consejos y cuántas las invenciones! ¿Qué filósofo, qué artista habría alguna vez podido o podría mostrar esas sagacidades, esas invenciones, esas argumentaciones que inspiras tú súbitamente a quien sigue tus huellas? Por cierto que la doctrina de cualquiera otro es tarda con relación a la tuya, como muy bien comprender se puede en las cosas antes mostradas; a las cuales, amorosas señoras, yo añadiré una, puesta en práctica por una mujercita tan simple que no sé quién sino Amor hubiera podido mostrársela.
Hubo hace tiempo en Arezzo un hombre rico, el cual fue llamado Tofano. A éste le fue dada por mujer una hermosísima mujer cuyo nombre fue doña Ghita, de la cual él, sin saber por qué, pronto se sintió celoso, de lo que apercibiéndose la mujer sintió enojo; y habiéndole preguntado muchas veces sobre la causa de sus celos y no habiéndole sabido señalar él sino las generales y malas, le vino al ánimo a la mujer hacerlo morir del mal que sin razón temía. Y habiéndose apercibido de que un joven, según su juicio muy de bien, la cortejaba, discretamente comenzó a entenderse con él; y estando ya las cosas tan avanzadas entre él y ella que no faltaba sino poner en efecto las palabras con obras, pensó la señora encontrar semejantemente un modo para ello.
Y habiendo ya conocido entre las malas costumbres de su marido que se deleitaba bebiendo, no solamente comenzó a alabárselo sino arteramente a invitarle a ello muy frecuentemente. Y tanto tomó aquello por costumbre que casi todas las veces que le venía en gana lo llevaba a embriagarse bebiendo; y cuando lo veía bien ebrio, llevándolo a dormir, por primera vez se reunió con su amante y luego seguramente muchas veces continuó encontrándose con él, y tanto se confió en las embriagueces de éste, que no solamente había llegado al atrevimiento de traer a su amante a casa sino que ella a veces se iba con él a estarse gran parte de la noche en la suya, la cual no estaba lejos de allí.
Y de esta manera continuando la enamorada mujer, sucedió que el desgraciado marido vino a darse cuenta de que ella, al animarle a beber, sin embargo, no bebía nunca; por lo que le entraron sospechas de que fuese a ser lo que era, esto es, de que la mujer le embriagase para poder hacer su gusto mientras él estaba dormido. Y queriendo de ello, si fuese así, tener pruebas, sin haber bebido en todo el día, mostrándose una tarde el hombre más ebrio que pudiera haber en el hablar y en las maneras, creyéndolo la mujer y no juzgando que necesitase beber más, para dormir bien prestamente lo preparó. Y hecho esto, según acostumbraba a hacer algunas veces, saliendo de casa, a la casa de su amante se fue y allí hasta medianoche se quedó.
Tofano, al no sentir a la mujer, se levantó y yéndose a la puerta la cerró por dentro y se puso a la ventana, para ver a la mujer cuando volviese y hacerle manifiesto que se había percatado de sus costumbres; y tanto estuvo que la mujer volvió, la cual, volviendo a casa y encontrándose la puerta cerrada, se dolió sobremanera y comenzó a tratar de ver si por la fuerza podía abrir la puerta.
Lo que, luego de que Tofano lo hubo sufrido un tanto, dijo:
—Mujer, te cansas en vano porque dentro no podrás volver. Vuélvete allí adonde has estado hasta ahora; y ten por cierto que no volverás nunca aquí hasta que de esto, en presencia de tus parientes y de los vecinos, te haya hecho el honor que te conviene.
La mujer empezó a suplicar por el amor de Dios que hiciese el favor de abrirle porque no venía de donde él pensaba sino de velar con una vecina suya porque las noches eran largas y ella no podía dormirlas enteras ni velar sola en casa. Los ruegos no servían de nada porque aquel animal estaba dispuesto a que todos los aretinos supieran su vergüenza cuando ninguno la sabía.
La mujer, viendo que el suplicar no le valía, recurrió a las amenazas y dijo:
—Si no me abres te haré el hombre más desgraciado que existe.
A quien Tofano repuso:
—¿Y qué puedes hacerme?
La mujer, a quien Amor había ya aguzado con sus consejos el entendimiento, repuso:
—Antes de sufrir la vergüenza que quieres hacerme pasar sin razón, me arrojaré a este pozo que está cerca, en el cual luego cuando me encuentren muerta, nadie creerá sino que tú, en tu embriaguez me has arrojado allí, y así, o tendrás que huir y perder lo que tienes y ser puesto en pregones, o te cortarán la cabeza como al asesino mío que realmente habrás sido.
Nada se movió Tofano de su necia opinión con estas palabras; por la cual cosa, la mujer dijo:
—Pues ya no puedo sufrir este fastidio tuyo, ¡Dios te perdone! Pon en su sitio esta rueca mía, que la dejo aquí.
Y dicho esto, siendo la noche tan oscura que apenas habrían podido verse uno al otro por la calle, se fue la mujer hacia el pozo; y, cogiendo una grandísima piedra que había al pie del pozo, gritando «¡Dios, perdóname!», la dejó caer dentro del pozo.
La piedra, al llegar al agua, hizo un grandísimo ruido, el que al oír Tofano creyó firmemente que se había arrojado dentro; por lo que, cogiendo el cubo con la soga, súbitamente se lanzó fuera de casa para ayudarla y corrió al pozo.
La mujer, que junto a la puerta de su casa se había escondido, al verlo correr al pozo se refugió en casa y se cerró dentro y se fue a la ventana y comenzó a decir:
—Hay que echarle agua cuando uno lo bebe, no luego por la noche.
Tofano, al oírla, se vio burlado y volvió a la puerta; y no pudiendo entrar, le comenzó a decir que le abriese.
Ella, dejando de hablar bajo como hasta entonces había hecho, gritando comenzó a decir:
—Por los clavos de Cristo, borracho fastidioso, no entrarás aquí esta noche; no puedo sufrir más estas maneras tuyas: tengo que hacerle ver a todo el mundo quién eres y a qué hora vuelves a casa por la noche.
Tofano, por su parte, irritado, le comenzó a decir injurias y a gritar; de lo que sintiendo el ruido los vecinos se levantaron, hombres y mujeres, y se asomaron a las ventanas y preguntaron qué era aquello.La mujer comenzó a decir llorando:
—Es este mal hombre que me vuelve borracho por la noche a casa o se duerme por las tabernas y luego vuelve a estas horas; habiéndolo aguantado mucho y no sirviendo de nada, no pudiendo aguantar más, he querido hacerle pasar esta vergüenza de cerrarle la puerta de casa para ver si se enmienda.
El animal de Tofano, por su parte, decía cómo había sido la cosa y la amenazaba.
La mujer a sus vecinos les decía:
—¡Ved qué hombre! ¿Qué pensaríais si yo estuviera en la calle como está él y él estuviese en casa como estoy yo? Por Dios que dudo que no creyeseis que dice la verdad: bien podéis ver el seso que tiene. Dice que he hecho lo que yo creo que ha hecho él. Creyó que me asustaría arrojando no sé qué al pozo, pero quisiera Dios que se hubiese tirado él de verdad y ahogado, que el vino que ha bebido de más se habría aguado muy bien.
Los vecinos, hombres y mujeres, comenzaron todos a reprender a Tofano y a echarle la culpa a él y a insultarle por lo que decía contra su mujer; y en breve tanto anduvo el rumor de vecino en vecino que llegó hasta los parientes de la mujer. Los cuales llegados allí, y oyendo la cosa a un vecino y a otro, cogieron a Tofano y le dieron tantos palos que lo dejaron molido; luego, entrando en la casa, tomaron las cosas de la mujer y con ella se volvieron a su casa, amenazando a Tofano con cosas peores. Tofano, viéndose malparado y que sus celos le habían llevado por mal camino, como quien bien quería a su mujer, recurrió a algunos amigos de intermediarios; y tanto anduvo, que en paz volvió a llevarse la mujer a su casa, a la que prometió no ser celoso nunca más; y además de ello, le dio licencia para que hiciese cuanto gustase, pero tan prudentemente que él no se apercibiera. Y así, a modo del tonto villano quedó cornudo y apaleado. Y viva el amor (y muera la avaricia) y viva la compañía.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 24 Mayo 2020, 04:42

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NOVELA QUINTA

Un celoso disfrazado de cura confiesa a su mujer, al cual ésta da a entender que ama a un cura que viene a estar con ella todas las noches, con lo que, mientras el celoso ocultamente hace guardia a la puerta, la mujer hace entrar a un amante suyo por el tejado y está con él.

A su argumento puso fin Laureta; y habiendo ya cada uno alabado a la mujer porque había obrado bien y como a aquel desdichado convenía, el rey, para no perder tiempo, volviéndose hacia Fiameta, placenteramente le encargó novelar; por la cual cosa, ella comenzó así:
Nobilísimas señoras, la precedente historia me lleva a razonar, semejantemente, sobre un celoso, estimando que lo que sus mujeres les hacen, y máximamente cuando tienen celos sin motivo está bien hecho. Y si todas las cosas hubiesen considerado los hacedores de las leyes, juzgo que en esto deberían a las mujeres no haber adjudicado otro castigo sino el que adjudicaron a quien ofende a alguien defendiéndose: porque los celosos son hostigadores de la vida de las mujeres jóvenes y diligentísimos procuradores de su muerte. Están ellas toda la semana encerradas y atendiendo a las necesidades familiares y domésticas. Deseando, como todos hacen, tener luego los días de fiesta alguna distracción, algún reposo, y poder disfrutar algún entretenimiento como lo toman los labradores del campo, los artesanos de la ciudad y los regidores de los tribunales, como hizo Dios cuando el día séptimo descansó de todos sus trabajos, y como lo quieren las leyes santas y las civiles, las cuales al honor de Dios y al bien común de todos mirando, han distinguido los días de trabajo de los de reposo. A la cual cosa en nada consienten los celosos, y aquellos días que para todas las otras son alegres, a ellas, teniéndolas más encerradas y más recluidas, hacen sentir más míseras y dolientes; lo cual,cuánto y qué consunción sea para las pobrecillas sólo quienes lo han probado lo saben. Por lo que, concluyendo, lo que una mujer hace a un marido celoso sin motivo, por cierto no debería condenarse sino alabarse.
Hubo, pues, en Rímini, un mercader muy rico en posesiones y en dinero el cual, teniendo una hermosísima mujer por esposa, llegó a estar sobremanera celoso de ella; y no tenía otra razón para ello sino que, como mucho la amaba y la tenía por muy hermosa y sabía que ella con todo su afán se ingeniaba en agradarle, juzgaba que todos la amaban y que a todos les parecía hermosa y también que ella se ingeniaba tanto en agradar a otros como a él (argumento que era de hombre desdichado y de poco sentimiento). Y así con estos celos tanta vigilancia tenía de ella y tan sujeta la tenía como tal vez están los que a la pena capital están condenados, que no están vigilados con tanta severidad por los carceleros. La mujer, no ya a bodas o a fiestas o a la iglesia no podía ir sino que no osaba ponerse a la ventana ni mirar fuera de casa por ningún motivo; por la cual cosa su vida era desdichadísima, y aguantaba tanto más impacientemente este fastidio cuanto menos culpable se sentía.
Por lo que, viéndose maltratar sin razón por su marido, decidió para consuelo propio encontrar el modo, si alguno pudiera encontrar, de que con justicia le viese hecho. Y porque no podía asomarse a la ventana y así no tenía modo de poder mostrarse contenta del amor de alguno que se lo hubiese manifestado pasando por su barrio, sabiendo que en la casa de al lado de la suya había un joven apuesto y amable, pensó que, si algún agujero hubiese en el muro que dividía su casa de aquélla, mirar por él tantas veces que llegase a ver al joven en manera de poder hablarle y de darle su amor si quería recibirlo; y, si pudiese encontrarse el modo, encontrarse con él alguna vez y de esta manera pasar su desdichada vida hasta tanto que el diablo saliese de su marido.
Y yendo de una parte a otra, cuando su marido no estaba, mirando el muro de la casa, vio por acaso en una parte asaz secreta de ella el muro abierto un tanto por una grieta; por lo que, mirando por ella, aunque muy mal pudiese discernir la otra parte, llegó a darse cuenta de que era una alcoba allí donde daba la grieta y se dijo:
«Si fuese ésta la alcoba de Filippo (es decir, del joven vecino suyo), estaría casi servida.»
Y cautamente a una criada suya, que le tenía lástima, la hizo espiar, y encontró que verdaderamente el joven allí dormía solo; por lo que, acercándose con frecuencia a la grieta, y cuando sentía al joven allí, dejando caer piedrecitas y algunas ramitas secas, tanto hizo que, por ver qué era aquello, el joven se acercó allí. Al cual ella llamó suavemente y él, que su voz conoció, le respondió; y ella, teniendo tiempo, en breve le abrió sus pensamientos. De los que muy contento el joven, hizo de tal manera que de su lado el agujero se hizo mayor, aunque de manera que nadie pudiese apercibirlo; y por allí muchas veces se hablaban y se tocaban la mano, pero más adelante no se podía ir por la rígida guardia del celoso.
Ahora, acercándose la fiesta de Navidad, la mujer dijo al marido que, si le placía, quería ir la mañana de Pascua a la iglesia y confesarse y comulgar como hacen los otros cristianos; a lo que el celoso dijo:
—¿Y qué pecado has hecho que quieres confesarte?
Dijo la mujer:
—¿Cómo? ¿Crees que soy santa porque me tienes encerrada? Bien sabes que cometo pecados como las otras personas que así viven; pero no quiero decírtelos a ti, que no eres cura.
El celoso sintió sospechas con estas palabras y decidió saber qué pecados había cometido aquélla y pensó el modo en que podría hacerlo; y respondió que le parecía bien, pero que no quería que fuese a otra iglesia sino a su capilla, y que allí fuese por la mañana temprano y se confesase con su capellán o con el cura que el capellán le dijese y no con otro, y se volviera enseguida a casa.
A la mujer le pareció que medio había entendido; pero sin decir nada respondió que así lo haría.
Venida la mañana de Pascua, la mujer se levantó al amanecer y se arreglo y se fue a la iglesia que el marido le había mandado. El celoso, por otra parte, se levantó y se fue a aquella misma iglesia y llegó allí antes que ella; y habiendo ya con el cura de allí adentro arreglado lo que quería hacer, poniéndose rápidamente una de las sotanas del cura con un capuchón grande como el que vemos que llevan los curas, habiéndoselo echado un poco hacia adelante, se sentó en el coro. La mujer, al llegar a la iglesia, hizo preguntar por el cura. El cura vino, y oyendo a la mujer que quería confesarse, dijo que no podía oírla, pero que le mandaría a un compañero suyo; y yéndose, mandó al celoso a su desgracia. El cual, viniendo muy gravemente, aunque no fuese muy de día y él se hubiese puesto el capuchón sobre los ojos, no pudo ocultarse tan bien que no fuese reconocido prestamente por la mujer; la cual, al ver aquello, se dijo a sí misma:
«Alabado sea Dios, que éste de celoso se ha hecho cura; pero dejadlo, que le daré lo que está buscando.»
Fingiendo, pues, no conocerlo, se sentó a sus pies. Micer celoso se había metido algunas piedrecitas en la boca para que le dificultasen algo el habla, de manera que la mujer no le reconociese, pareciéndole que en todas las demás cosas estaba del todo tan transformado que no creía ser reconocido de ningún modo. Pero viniendo a la confesión, entre las demás cosas que la señora le dijo, habiéndole dicho primero que estaba casada, fue que estaba enamorada de un cura el cual todas las noches iba a acostarse con ella.
Cuando el celoso oyó esto le pareció que le habían dado una cuchillada en el corazón; y si no fuera que le azuzó el deseo de saber más de aquello, habría abandonado la confesión e ídose; pero quedándose quieto preguntó a la mujer:
—¿Y cómo? ¿No se acuesta con vos vuestro marido?
La mujer contestó:
—Señor, sí.
—Pues —dijo el celoso— ¿cómo puede también acostarse el cura?
—Señor —dijo la mujer—, el arte con que lo hace el cura no lo sé; pero no hay en casa una puerta tan cerrada que, al tocarla él, no se abra; y me dice él que, cuando ha llegado a la de mi alcoba, antes de que la abra, dice ciertas palabras por las que mi marido se duerme incontinenti, y al sentirlo dormido, abre la puerta y se viene dentro y está conmigo; y esto nunca falla.
Dijo entonces el celoso:
—Señora, esto está mal hecho y tenéis que absteneros por completo de ello.
La mujer le dijo:
—Señor, esto no creo poder hacerlo nunca porque lo amo demasiado.
—Pues yo no podré absolveros.
Le dijo la mujer:
—Lo siento mucho: no he venido aquí para decir mentiras; si creyese que podría hacerlo os lo diría.
Dijo entonces el celoso:
—En verdad, señora, me dais lástima, que os veo perder el alma con estas cosas; pero en vuestro servicio quiero pasar trabajos diciendo mis oraciones especiales a Dios en vuestro nombre, las cuales tal vez os ayuden; y os mandaré alguna vez un monaguillo mío a quien diréis si os han ayudado o no; y si os ayudan, continuaremos.
La mujer le dijo:
—Señor, no hagáis tal de mandarme nadie a casa que, si mi marido lo supiese, es tan celoso que nadie en el mundo le quitaría de la cabeza que venía sino para algo malo, y nunca más tendré paz con él.
El celoso le dijo:
—Señora, no temáis por esto, que lo haré de tal manera que nunca os dirá una palabra.
Dijo entonces la señora:
—Si eso os dice el corazón, estoy de acuerdo.
Y dicha la confesión y recibida la penitencia y poniéndose en pie, se fue a oír misa.
El celoso con su desgracia, resoplando, se fue a quitarse las ropas de cura y se volvió a casa, deseoso de encontrar el modo de poder encontrar juntos al cura y a la mujer para jugarles una mala pasada al uno y al otro. La mujer volvió de la iglesia y bien vio en la cara de su marido que le había dado las malas pascuas; pero él se ingeniaba cuanto podía por ocultar lo que había hecho y lo que le parecía saber.
Y habiendo deliberado consigo mismo pasar la noche siguiente junto a la puerta de la calle y esperar por si venía el cura, dijo a la mujer:
—Esta noche tengo que ir a cenar y a dormir fuera, y por ello cerraré bien la puerta de la calle y la de mitad de la escalera y la de la alcoba, y cuando quieras acuéstate.
La mujer repuso:
—En buena hora.
Y cuando tuvo tiempo se fue a la abertura e hizo el signo usado, el cual, al sentirlo Filippo de inmediato vino allí; la mujer le dijo lo que había hecho por la mañana y lo que el marido le había dicho después de comer, y luego dijo:
—Estoy segura de que no saldrá de casa sino que se pondrá de guardia a la puerta, y por ello encuentra el modo de venir esta noche aquí por el tejado, de manera que estemos juntos. El joven, muy contento de esto, dijo: —Señora, dejadme hacer.
Venida la noche, el celoso con sus armas se ocultó silenciosamente en una alcoba del piso bajo. Y la mujer, habiendo hecho cerrar todas las puertas y máximamente la de mitad de la escalera para que el celoso no pudiera subir, cuando le pareció oportuno el joven por un camino muy cauto por su lado se vino, y se fueron a la cama, dándose el uno al otro satisfacción y buenos ratos; y venido el día, el joven se volvió a su casa.
El celoso, doliente y sin cenar, muriéndose de frío, casi toda la noche estuvo con sus armas junto a la puerta esperando que llegase el cura; y acercándose el día, no pudiendo velar más, en la alcoba del piso bajo se durmió. Luego, cerca de tercia levantándose, estando ya abierta la puerta de la casa, fingiendo venir de fuera, subió a su casa y almorzó. Y poco después, mandando un muchachito a guisa del monaguillo del cura que la había confesado, le preguntó si quien ella sabía había vuelto allí. La mujer, que muy bien conoció al mensajero, repuso que no había venido aquella noche y que, si así hacia, podría írsele de la cabeza por más que ella no querría que de la cabeza se le fuese.
¿Qué debo deciros ahora? El celoso estuvo muchas noches queriendo coger el cura a la entrada, y la mujer continuamente con su amante pasándoselo bien. Al final el celoso, que más no podía aguantar, con airado rostro preguntó a la mujer qué le había dicho al cura la mañana que se había confesado. La mujer repuso que no quería decírselo porque no era cosa honesta ni conveniente.
El celoso le dijo:
—Mala mujer, a pesar tuyo sé lo que le dijiste, y tengo que saber quién es el cura de quién estás tan enamorada y que contigo se acuesta todas las noches por sus ensalmos, o te cortaré las venas.
La mujer dijo que no era verdad que estuviera enamorada de un cura.
—¿Cómo? —dijo el celoso—. ¿No le dijiste esto y esto al cura que te confesó?
La mujer dijo:
—No que te lo hubiera contado sino que hubieras estado presente parece; pero sí que se lo dije.
—Pues dime —dijo el celoso—, quién ese se cura y pronto.
La mujer se echó a reír y dijo:
—Me agrada mucho cuando a un hombre sabio lo lleva una mujer simple como se lleva a un borrego por los cuernos al matadero; aunque tú no eres sabio ni lo fuiste desde aquel momento en que dejaste entrar en el pecho al maligno espíritu de los celos sin saber por qué; y cuanto más tonto y animal eres mi gloria es menor. ¿Crees tú, marido mío, que soy ciega de los ojos de la cara como tú lo eres de los de la mente? Cierto que no; y mirando supe quién fue el cura que me confesó y sé que fuiste tú; pero me propuse darte lo que andabas buscando y te lo di. Pero si hubieses sido sabio como crees, no habrías de aquella manera intentado saber los secretos de tu honrada mujer, y sin sentir vanas sospechas te habrías dado cuenta de que lo que te confesaba era la verdad sin que en ella hubiera nada de pecado. Te dije que amaba a un cura; ¿y no eras tú, a quien equivocadamente amo, cura? Te dije que ninguna puerta de mi casa podía estar cerrada cuando quería acostarse conmigo; ¿y qué puerta te ha resistido alguna vez en tu casa donde allí donde yo estuviera has querido venir? Te dije que el cura se acostaba conmigo todas las noches; ¿y cuándo ha sido que no te acostases conmigo? Ycuantas veces me mandaste a tu monaguillo, tantas sabes, cuantas no estuviste conmigo, te mandé a decir que el cura no había estado. ¿Qué otro desmemoriado sino tú, que por los celos te has dejado cegar, no habría entendido estas cosas? ¡Y te has estado en casa vigilando la puerta y crees que me has convencido de que te has ido fuera a cenar y adormir! ¡Vuelve en ti ya y hazte hombre como solías ser y no hagas hacer burla de ti a quien conoce tus
costumbres como yo, y deja esa severa guarda que haces, que te juro por Dios que si me vinieran ganas de ponerte los cuernos, si tuvieras cien ojos en vez de dos, me daría el gusto de hacer lo que quisiera de guisa, que tú no te enterarías!
El desdichado celoso, a quien le parecía haberse enterado muy astutamente del secreto de la mujer, al oír esto se tuvo por burlado; y sin responder nada tuvo a la mujer por sabia y por buena, y cuando tenía que ser celoso se despojó de los celos, así como se los había vestido cuando no tenía necesidad de ellos. Por lo que la discreta mujer, casi con licencia para hacer su gusto, sin hacer venir a su amante por el tejado como los gatos sino por la puerta, discretamente obrando luego, muchas veces se dio con él buenos ratos y alegre vida.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 24 Mayo 2020, 04:47

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EL DOCTOR CÓNIL

Lloret de Mar fue mi paraíso en la tierra. Cuando llegaban las vacaciones de verano, mi madre nos recogía a mi hermana y a mí en Madrid y, tras pasar por Barcelona y cerrar el piso, nos íbamos con mi hermana mayor y la criada, en el coche de tío Miguel, a Lloret de Mar, un pueblo de la Costa Brava, donde alquilábamos cada temporada una casa del pueblo en que pasar los cuatro meses que duraban entonces las vacaciones de verano.

Lloret era un pueblo precioso con una gran playa de arena gruesa y otras pequeñas calas entre rocas y pinos. Tenía una iglesia con una cúpula de azulejos de colores que relucían al sol, y una población que se repartía entre pescadores y agricultores. Por las mañanas, los hombres arreglaban las redes en la playa; por las tardes las mujeres sacaban la silla a la puerta para hacer encaje de bolillos; y al anochecer salían las barcas a pescar.

También estábamos los veraneantes, en su mayoría de Barcelona, que íbamos a pasar el verano. Algunas familias de veraneantes eran propietarias de torres con jardín situadas en el paseo frente a la playa o en la rambla; otras, como nosotros, alquilaban casas del pueblo. Todos nos conocíamos, pues muchas de nuestras madres, de niñas, habían estudiado internas en un colegio que una orden de monjas francesas tenía a la salida del pueblo.

Lloret tenía también un cementerio muy bonito lleno de hermosas tumbas de indianos, hombres del pueblo que se habían ido a hacer las Americas y regresado tras haber hecho fortuna allí.

Las mañanas bañándonos en la playa, largas siestas, excursiones en bicicleta por los alrededores y alguna película en el cine del pueblo, con butacas de madera, los fines de semana: así se nos pasaba el veraneo.

Nunca más he querido volver a Lloret, que se ha convertido en una ciudad llena de hoteles, apartamentos y turistas borrachos que vomitan sobre las aceras por la noche.

De pequeño, oí contar que en Lloret vivía un tal Doctor Conill (apellido catalán que se lee cuníll y significa conejo), que era de los más ricos del pueblo y tenía una masía en sus alrededores. Como el tal doctor considerara que su apellido no sonaba lo suficientemente bien para su posición social, decidió cambiárselo por Cónil, y así lo hizo, informando de ello a sus sirvientes. Una noche, en que se encontraba cenando en casa con un grupo de amigos, el masovero de su finca, muy alterado, entró al comedor gritando: ¡Doctor, doctor, la jaula se ha abierto y se han escapado todos los cónils!

Pedro Casas Serra, Recuerdos durante el confinamiento.


Última edición por Pedro Casas Serra el Lun 15 Jun 2020, 10:53, editado 1 vez


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 25 Mayo 2020, 05:23

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NOVELA SEXTA

Doña Isabela, estando con Leonetto, y siendo amada por un micer Lambertuccio, es  visitada por éste, y vuelve su marido; a micer Lambertuccio hace salir de su casa puñal en mano, y su marido acompaña luego a Leonetto.


Maravillosamente había agradado a todos la novela de Fiameta, afirmando cada uno que la mujer había obrado óptimamente y hecho lo que convenía a aquel animal de hombre. Pero luego de que hubo terminado, el rey a Pampínea ordenó que siguiese; la cual comenzó a decir:
Son muchos quienes, hablando como simples, dicen que Amor le quita a uno el juicio y que a los que aman hace aturdidos. Necia opinión me parece; y bastante las ya dichas cosas lo han mostrado, y yo intento mostrarlo también.
En nuestra ciudad, copiosa en todos los bienes, hubo una señora joven y noble y muy hermosa, la cual fue mujer de un caballero muy valeroso y de bien. Y como muchas veces ocurre que siempre el hombre no puede usar una comida sino que a veces desea variar, no satisfaciendo a esta señora mucho su marido, se enamoró de un joven que Leonetto era llamado, muy amable y cortés,aunque no fuese de gran nacimiento, y él del mismo modo se enamoró de ella: y como sabéis que raras veces queda sin efecto lo que las dos partes quieren, en dar a su amor cumplimiento no se interpuso mucho tiempo.
Ahora, sucedió que, siendo esta mujer hermosa y amable, de ella se enamoró mucho un caballero llamado micer Lambertuccio, al cual ella, porque hombre desagradable y cargante le parecía, por nada del mundo podía disponerse a amarlo; pero solicitándola él mucho con embajadas y no valiéndole, siendo hombre poderoso, la mandó amenazar con difamarla si no hacía su gusto, por la cual cosa la señora, temiéndolo y sabiendo cómo era, se plegó a hacer su deseo.
Y habiendo la señora (que doña Isabela tenía por nombre) ido, como es costumbre nuestra en verano, a estarse en una hermosísima tierra suya en el campo, sucedió, habiendo su marido ido a caballo a algún lugar para quedarse algún día, que mandó ella a por Lionetto para que viniese a estar con ella; el cual, contentísimo, fue incontinenti. Micer Lambertuccio, oyendo que el marido de la señora se había ido fuera, solo, montando a caballo, se fue a donde ella estaba y llamó a la puerta.
La criada de la señora, al verlo, se fue incontinenti a ella, que estaba en la alcoba con Lionetto y, llamándola, le dijo:
—Señora, micer Lambertuccio está ahí abajo él solo.
La señora, al oír esto, fue la más doliente mujer del mundo; pero temiéndole mucho, rogó a Leonetto que no le fuera enojoso esconderse un rato tras la cortina de la cama hasta que micer Lambertuccio se fuese.
Leonetto, que no menor miedo de él tenía de lo que tenía la señora, allí se escondió; y ella mandó a la criada que fuese a abrir a micer Lambertuccio; la cual, abriéndole y descabalgando él de su palafrén y atado éste allí a un gancho, subió arriba.
La señora, poniendo buena cara y viniendo hasta lo alto de la escalera, lo más alegremente que pudo le recibió con palabras y le preguntó qué andaba haciendo. El caballero, abrazándola y besándola, le dijo:
—Alma mía, oí que vuestro marido no estaba, así que me he venido a estar un tanto con ella.
Y luego de estas palabras, entrando en la alcoba y cerrando por dentro, comenzó micer Lambertuccio a solazarse con ella.
Y estando así con ella, completamente fuera de los cálculos de la señora, sucedió que su marido volvió: el cual, cuando la criada lo vio junto a la casa, corrió súbitamente a la alcoba de la señora y dijo:
—Señora, aquí está el señor que vuelve: creo que está ya en el patio.
La mujer, al oír esto y al pensar que tenía dos hombres en casa (y sabía que el caballero no podía esconderse porque su palafrén estaba en el patio), se tuvo por muerta; sin embargo, arrojándose súbitamente de la cama, tomó un partido y dijo a micer Lambertuccio:
—Señor, si me queréis algo bien y queréis salvarme de la muerte, haced lo que os diga. Cogeréis en la mano vuestro puñal desnudo, y con mal gesto y todo enojado bajaréis la escalera y os iréis diciendo: «Voto a Dios que lo cogeré en otra parte»; y si mi marido quisiera reteneros u os preguntase algo, no digáis nada sino lo que os he dicho, y, montando a caballo, por ninguna razón os quedéis con él.
Micer Lambertuccio dijo que de buena gana; y sacando fuera el puñal, todo sofocado entre las fatigas pasadas y la ira sentida por la vuelta del caballero, como la señora le ordenó así hizo. El marido de la señora, ya descabalgando en el patio, maravillándose del palafrén y queriendo subir arriba, vio a micer Lambertuccio bajar y asombróse de sus palabras y de su rostro y le dijo:
—¿Qué es esto, señor?
Micer Lambertuccio, poniendo el pie en el estribo y montándose encima, no dijo sino:
—Por el cuerpo de Dios, lo encontraré en otra parte.
Y se fue.
El gentilhombre, subiendo arriba, encontró a su mujer en lo alto de la escalera toda espantada y llena de miedo, a la cual dijo:
—¿Qué es esto? ¿A quién va micer Lambertuccio tan airado amenazando?
La mujer, acercándose a la alcoba para que Leonetto la oyese, repuso:
—Señor, nunca he tenido un miedo igual a éste. Aquí dentro entró huyendo un joven a quien no conozco y a quien micer Lambertuccio seguía con el puñal en la mano, y encontró por acaso esta alcoba abierta, y todo tembloroso dijo: «Señora, ayudadme por Dios, que no me maten en vuestros brazos». Yo me puse de pie de un salto y al querer preguntarle quién era y qué le pasaba, hete aquí micer Lambertuccio que venía subiendo diciendo: «¿Dónde estás, traidor?». Yo me puse delante de la puerta de la alcoba y, al querer entrar él, le detuve; en eso fue cortés que, como vio que no me placía que entrase aquí dentro, después de decir muchas palabras se bajó como lo visteis.
Dijo entonces el marido.
—Mujer, hicisteis bien; muy gran deshonra hubiera sido que hubiesen matado a alguien aquí dentro, y micer Lambertuccio hizo una gran villanía en seguir a nadie que se hubiera refugiado aquí dentro.
Luego preguntó dónde estaba aquel joven.
La mujer contestó:
—Señor, yo no sé dónde se haya escondido.
El caballero dijo:
—¿Dónde estás? Sal con confianza.
Leonetto, que todo lo había oído, todo miedoso como quien miedo había pasado de verdad, salió fuera del lugar donde se había escondido.
Dijo entonces el caballero:
—¿Qué tienes tú que ver con micer Lambertuccio?
El joven repuso:
—Señor, nada del mundo; y por ello creo firmemente que no esté en su juicio o que me haya tomado por otro, porque en cuanto me vio no lejos de esta casa, en la calle, echó mano al puñal y dijo: «Traidor, ¡muerto eres!». Yo no me puse a preguntarle que por qué razón sino que comencé a huir cuanto pude y me vine aquí, donde, gracias a Dios y a esta noble señora, me he salvado.
Dijo entonces el caballero:
—Pues anda, no tengas ningún miedo; te pondré en tu casa sano y salvo, y luego entérate bien de lo que tienes que ver con él.
Y en cuanto hubieron cenado, haciéndole montar a caballo, se lo llevó a Florencia y lo dejó en su casa; el cual, según las instrucciones recibidas de la señora, aquella misma noche habló con micer Lambertuccio ocultamente y con él se puso de acuerdo de tal manera que, por mucho que se hablase de aquello después, nunca por ello se enteró el caballero de la burla que le había hecho su mujer.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 3 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 26 Mayo 2020, 09:21

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NOVELA SÉPTIMA

Ludovico descubre a doña Beatriz el amor que le tiene, la cual manda a Egano, su  marido, a un jardín vestido como ella y se acuesta con Ludovico; el cual, luego, levantándose, va y apalea a Egano en el jardín.

Esta invención de doña Isabela contada por Pampínea fue por todos los de la compañía tenida por maravillosa; pero Filomena, a quien el rey había ordenado que siguiese, dijo:
Amorosas señoras, si no estoy engañada, creo que contaré una no menos buena, y prestamente.
Debéis saber que en París vivió un hombre noble florentino, el cual, por su pobreza, se había hecho mercader, y le había ido tan bien con el comercio que se había hecho en él riquísimo; y tenía de su mujer un solo hijo al que había llamado Ludovico. Y para que a la nobleza del padre y no al comercio saliese, no lo había el padre querido poner en ningún negocio sino que lo había puesto con otros hombres nobles al servicio del rey de Francia, donde muchas buenas maneras y buenas cosas había aprendido. Y estando allí, sucedió que ciertos caballeros que volvían del Sepulcro, mezclándose en una conversación de los jóvenes entre los que estaba Ludovico, y oyéndolos razonar entre sí sobre las damas hermosas de Francia y de Inglaterra y de otras partes del mundo, comenzó uno de ellos a decir que ciertamente de cuanto mundo él había recorrido y de cuantas mujeres había visto, nunca una hermosura semejante a la mujer de Egano de los Galluzzi de Bolonia, llamada doña Beatriz, había visto; en lo que todos sus compañeros que junto con él la habían visto en Bolonia, concordaron, la cual cosa escuchando Ludovico, que todavía no se había enamorado de ninguna, se inflamó en tanto deseo de verla que en otra cosa no podía fijar el pensamiento; y del todo dispuesto a ir hasta Bolonia a verla, y allí quedarse si a ella le placía, dio a entender a su padre que quería ir al Sepulcro, lo que consiguió con gran dificultad.
Poniéndose, pues, de nombre Aniquino, llegó a Bolonia, y como quiso la fortuna, al día siguiente vio a esta señora en una fiesta, y con mucho le pareció más hermosa de lo que pensado había; por lo que, enamorándose ardentísimamente de ella, se propuso no irse nunca de Bolonia si no conseguía su amor. Y pensando en qué camino debía seguir para ello, dejando cualquier otro decidió que, si pudiera hacerse criado del marido de ella, que tenía muchos, por acaso podría sucederle lo que deseaba.
Vendidos, pues, sus caballos, y colocados sus criados de manera que estaban bien, habiéndoles ordenado que fingiesen no conocerlo, habiendo hecho amistad con su posadero, le dijo que de buena gana entraría como servidor de algún señor de bien, si alguno pudiese encontrar; al cual dijo el posadero:
—Tú eres propiamente un sirviente que debía de ser muy apreciado por un hombre noble de esta tierra que tiene por nombre Egano, el cual tiene muchos, y todos los quiere aparentes como eres tú; yo le hablaré de ello.
Y como dijo, así lo hizo; y antes que se separase de Egano, hubo colocado con él a Aniquino, el cual le agradó lo más que podía ser. Y viviendo con Egano y teniendo oportunidades de ver con mucha frecuencia a su gobierno, tan bien y tan de grado comenzó a servir a Egano que éste le tomó tanto amor que sin él no sabía hacer ninguna cosa; y no solamente de sí sino de todas las cosas le había encomendado el gobierno.
Sucedió un día que, habiendo ido Egano de cetrería y quedándose Aniquino en casa, doña Beatriz, que de su amor no se había apercibido todavía por mucho que para sí misma, mirándole a él y a sus maneras, muchas veces le había elogiado y le agradase, se puso con él a jugar al ajedrez; y Aniquino, que agradarle deseaba, muy diestramente se dejaba vencer; de lo que la señora hacía maravillosas fiestas. Y habiéndose apartado de mirarlos jugar todas las damas de la señora y dejándolos jugando solos, Aniquino lanzó un grandísimo suspiro.
La señora, mirándolo, dijo:
—¿Qué tienes, Aniquino? ¿Tanto te duele que te venza?
—Señora —repuso Aniquino—, mucho mayor cosa que lo es ésta fue la razón de mi suspiro.
Dijo entonces la señora:
—¡Ah! Dímela, si me quieres bien.
Cuando Aniquino se oyó rogar «si la quería bien» por quien sobre todas las cosas amaba, lanzó uno mucho mayor de lo que lo había sido el primero; por lo que la señora otra vez le rogó que le pluguiese decirle cuál era la razón de sus suspiros.
A quien Aniquino dijo:
—Señora, mucho temo que os sea molesta si os la digo y además temo que la digáis a otra persona.
A quien la señora dijo:
—Por cierto que no me será enojoso; y estate seguro de esto, que nada que tú me digas, sino cuando te plazca, le diré a nadie nunca.
Entonces dijo Aniquino:
—Puesto que así me lo prometéis, os lo diré.
Y con las lágrimas en los ojos le dijo quién era él, lo que de ella había oído y dónde, y cómo de ella se había enamorado y cómo venido, y por qué había entrado como servidor del marido; y luego, humildemente le rogó que si podía ser le pluguiera tener piedad de él y complacerle en este su secreto y tan ferviente deseo; y que, si esto no quería hacer, que, dejándolo estar en el traje en que estaba, le permitiese amarla. ¡Oh, singular dulzura de la sangre boloñesa, que digna de alabanza has sido siempre en tales casos! Nunca te enorgulleciste de las lágrimas y los suspiros y continuamente has sido sensible a las súplicas, y a los amorosos deseos doblegable; si yo tuviera dignas loas para alabarte, nunca saciada se vería mi voz.
La noble señora, al hablar Aniquino, le miraba; y dando plena fe a sus palabras, con tanta fuerza recibió por sus ruegos el amor en la mente, que también ella comenzó a suspirar, y luego de algún suspiro repuso:
—Dulce Aniquino mío, ten buen ánimo: ni dones ni promesas ni cortejar de nobles ni de señor alguno ni de ningún otro (que he sido y soy cortejada por muchos) nunca pudo mover mi ánimo tanto que amase a alguno; pero tú en tan poco tiempo como han durado tus palabras me has hecho más tuya que lo soy mía. Juzgo que óptimamente has ganado mi amor, y por ello te lo doy y te prometo que te haré gozar de él antes de que termine esta noche que viene. Y para que esto tenga lugar, hacia la medianoche vendrás a mi alcoba; yo dejaré la puerta abierta; sabes de qué lado de la cama duermo yo; vendrás allí y si durmiere, tócame hasta que me despierte, y te consolaré de tan largo deseo como has sentido; y para que lo creas quiero darte un beso en prenda.
Y echándole un brazo al cuello, amorosamente lo besó, y Aniquino a ella.
Dichas estas cosas, Aniquino, dejando a la señora, se fue a hacer algunas de sus obligaciones, esperando con la mayor alegría del mundo que llegase la noche.
Egano volvió de la caza, y cuando hubo cenado, como estaba cansado se fue a dormir, y la señora tras él; y como había prometido dejó la puerta de la alcoba abierta; a la cual, a la hora que le había sido dicha, vino Aniquino y calladamente entrando en la alcoba y volviendo a cerrar la puerta por dentro, del lado donde dormía la señora se fue, y poniéndole la mano en el pecho la encontró que no dormía. La cual, como sintió llegar a Aniquino, tomando su mano con las dos suyas y sujetándolo fuerte, dándose vueltas en la cama tanto hizo que despertó a Egano que dormía; al cual dijo:
—No quise decirte nada anoche porque me pareciste cansado; pero dime, así te guarde Dios, Egano, ¿a cuál tienes tú por el mejor criado y el más leal, y quién amas más, de los que tienes encasa?
Repuso Egano:
—¿Qué es eso, mujer, qué me preguntas?¿No lo sabes? No hay ni ha habido nunca ninguno de quien tanto me fiase o me fíe o ame, cuanto me fío y amo a Aniquino. Pero ¿por qué me lo preguntas?
Aniquino, sintiendo despierto a Egano y oyendo hablar de él, había muchas veces tirado de la mano hacia sí para irse, temiendo mucho que la señora quisiese engañarle; pero ésta lo había sujetado y lo sujetaba de manera que no había podido alejarse ni podía.
La señora repuso a Egano, y dijo:
—Yo te lo diré. Yo creía que era que fuese como tú dices y que más fiel que ninguno otro te fuera; pero me ha engañado, porque cuando te fuiste hoy de cetrería, él se quedó aquí, y cuando le pareció oportuno no se avergonzó de pedirme que consintiera en hacer su gusto; y yo, para que esta cosa no necesitase probarte con demasiadas pruebas, y para hacértelo tocar y ver, repuse que me parecía bien y que esta noche, pasada la medianoche, iré al jardín nuestro y le esperaré al pie del pino. Ahora, en cuanto a mi yo no entiendo ir allí, pero si tienes ganas de conocer la fidelidad de tu criado, puedes fácilmente, poniéndote encima una de mis sayas y en la cabeza un velo, ir allá abajo a esperar si viene, que estoy segura de que sí.
Egano, oyendo esto, dijo:
—Por cierto que conviene que lo vea.
Y levantándose como mejor pudo en la oscuridad, se puso una saya de la señora en la cabeza, y se fue al jardín y al pie de un pino se puso a esperar a Aniquino.
La señora, como lo sintió levantado y fuera de la alcoba, se levantó y cerró la puerta por dentro. Aniquino, que el mayor miedo que nunca había sentido sintió, y que cuanto podía se había esforzado en salir de las manos de la señora y cien mil veces a ella y a su amor y a sí mismo, que confiado se había, había maldito, oyendo lo que al final había hecho, fue el hombre más feliz que nunca hubo; y habiendo la señora vuelto a la cama, como quiso ella, como ella se desnudó, y juntos se solazaron y disfrutaron por buen espacio de tiempo.
Luego, no pareciendo a la señora que Aniquino debiese quedarse más, lo hizo levantarse y volver a vestirse, y así le dijo:
—Dulces labios míos, coge un buen bastón y vete al jardín, y fingiendo haberme requerido para tentarme, como si fuese yo misma, dirás insultos a Egano y me lo sacudirás bien con el bastón, porque de ello se seguirá luego maravilloso deleite y placer.
Levantándose Aniquino y yendo al jardín con una vara de sauce en la mano, cuando llegó junto al pino y Egano lo vio venir, y levantándose como si quisiese recibirlo con grandísima fiesta, le salió al encuentro; al cual dijo Aniquino:
—¡Ay, mala mujer, así que has venido! ¿Y has creído que yo quisiera o quiero a mi señor hacerle esta afrenta? ¡Seas mil veces mal venida!
Y alzando el bastón, comenzó a sacudirlo.
Egano, al oír esto y ver el bastón, sin decir palabra comenzó a huir, y tras él Aniquino, siempre diciendo:
—Fuera, que Dios te dé mala hora, mala mujer, que por cierto que mañana se lo diré a Egano.
Egano, habiendo recibido dos de las buenas, lo antes que pudo se volvió a la alcoba; al cual preguntó la señora si Aniquino había venido al jardín.
Egano dijo:
—Así no hubiera ido, porque creyendo que eras tú me ha molido con un bastón y dicho  las mayores injurias que nunca se han dicho a una mala mujer. Y así yo me maravillaba mucho de que él te hubiese dicho aquellas palabras con ánimo de hacer algo que fuese en vergüenza mía; sino que porque te vio tan alegre y cordial, quiso probarte.
—Entonces —dijo la señora—, alabado sea Dios porque a mí me ha probado con palabras y a ti con obras; y creo que podría decir que yo soporto con más paciencia las palabras que tú las obras. Mas puesto que tal lealtad te tiene, hay que tenerlo en estima y honrarle.
Egano dijo:
—Por cierto que dices la verdad.
Y basándose en aquello, era de la opinión de que tenía la mujer más leal y el más fiel servidor que nunca había tenido un noble; por la cual cosa, como luego muchas veces con Aniquino, éste y la señora riesen de este hecho, Aniquino y la señora tuvieron mucha más facilidad de la que por ventura habrían tenido para hacer aquello que les daba deleite y placer mientras que a Aniquino le plugo quedarse con Egano en Bolonia.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 3 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 27 Mayo 2020, 03:01

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NOVELA OCTAVA

Uno siente celos de la mujer, y ella, atándose una cuerda a un dedo por la noche, siente llegar a su amante, el marido se da cuenta, y, mientras persigue al amante, la mujer pone en el lugar suyo en la cama a otra mujer, a quien el marido pega y corta las trenzas, y luego va a buscar a sus hermanos; los cuales, encontrando que aquello no era verdad, le injurian.

Extrañamente maliciosa parecía a todos que doña Beatriz había sido al burlarse de su marido y todos afirmaban que el miedo de Aniquino debía de haber sido muy grande cuando, sujetándolo fuertemente la señora, la oyó decir que él le había requerido de amores.
Pero luego de que el rey vio callarse a Filomena, volviéndose hacia Neifile, dijo:
—Decid vos.
La cual, sonriendo primero un poco, comenzó:
Hermosas señoras, gran peso me incumbe si quiero con una buena historia daros gusto como os lo han dado aquellas que antes han hablado; del cual, con la ayuda de Dios, espero descargarme asaz bien.
Debéis, pues, saber que en nuestra ciudad hubo un riquísimo mercader llamado Arriguccio Berfinghieri, el cual neciamente, tal como ahora hacen cada día los mercaderes, pensó ennoblecerse por su mujer y tomó a una joven señora noble (que mal le convenía) cuyo nombre fue doña Sismonda. La cual, porque él tal como hacen los mercaderes andaba mucho de viaje y poco estaba con ella, se enamoró de un joven llamado Roberto que largamente la había cortejado; y habiendo llegado a tener intimidad con él, y teniéndola menos discretamente porque sumamente le deleitaba, sucedió (o porque Arriguccio oyese algo o como quiera que fuese) que se hizo el hombre más celoso del mundo y dejó de ir de viaje y todos sus demás negocios, y toda su solicitud la había puesto en guardar bien a aquélla, y nunca se hubiera dormido si no la hubiese sentido antes meterse en la cama; por la cual cosa la mujer sintió grandísimo dolor, porque de ninguna guisa podía estar con su Roberto.
Pero habiendo dedicado muchos pensamientos a encontrar algún modo de estar con él, y siendo también muy solicitada por él, le vino el pensamiento de hacer de esta manera: que, como fuese que su alcoba daba a la calle y ella se había dado cuenta muchas veces de que a Arriguccio le costaba mucho dormirse, pero que después dormía profundísimamente, ideó hacer venir a Roberto a la puerta de su casa a medianoche e ir a abrirle y estarse con él mientras su marido dormía profundamente.
Y para sentir ella cuándo llegaba de guisa que nadie se apercibiese, inventó echar una cuerdecita fuera de la ventana de la alcoba que por uno de los extremos llegase cerca del suelo, y el otro extremo bajarlo hasta el pavimento y llevarlo hasta su cama, y meterlo bajo las ropas, y cuando ella estuviese en la cama atárselo al dedo gordo del pie; y luego, mandando decir esto a Roberto, le ordenó que, cuando viniera, tirase de la cuerda y ella, si su marido durmiese, lo soltaría e iría a abrirle, y si no durmiese, lo cogería y lo tiraría hacia sí, a fin de que él no esperase. La cual cosa plugo a Roberto; y habiendo ido muchas veces, alguna le sucedió estar con ella y alguna no.
Por último, continuando con este artificio de esa manera, sucedió una noche que, durmiendo la señora, y estirando Arriguccio el pie por la cama, di ocon este cordel; por lo que, llevando a él la mano y encontrándolo atado al pie de su mujer, se dijo a sí mismo:
«Por cierto que esto debe ser algún engaño».
Y dándose cuenta luego de que el cordel salía por la ventana lo tuvo por cierto; por lo que cortándolo quedamente del dedo de la mujer, lo ató al suyo, y estuvo atento para ver qué quería decir esto.
No mucho después vino Roberto, y tirando del cordel como acostumbraba, Arriguccio lo sintió; y no habiendo sabido atárselo bien, y habiendo Roberto tirado fuertemente y habiéndose quedado con el cordel en la mano, entendió que debía esperar; y así hizo.
Arriguccio, levantándose prestamente y cogiendo sus armas, corrió a la puerta para ver quién era aquél y para hacerle daño. Ahora, Arriguccio era, aunque fuese mercader, un hombre fiero y fuerte; y llegado a la puerta, y no abriéndola suavemente como solía hacer la mujer, y Roberto, que esperaba, sintiéndolo, se dio cuenta que era quien era, es decir, que quien abría la puerta era Arriguccio; por lo que prestamente comenzó a huir y Arriguccio a perseguirlo. Hasta que por fin habiendo Roberto huido un gran trecho y no cesando él de seguirlo, estando también Roberto armado, sacó la espada y se volvió hacia él, y comenzaron el uno a querer herir al otro y a defenderse.
La mujer, al abrir Arriguccio la alcoba, desvelándose y encontrándose cortado el cordel del dedo, incontinenti se dio cuenta de que su engaño estaba descubierto; y sintiendo que Arriguccio había corrido tras de Roberto, levantándose prestamente, dándose cuenta de lo que podía suceder, llamó a su criada, la cual sabía todo, y tanto le rogó que la puso en su lugar en la cama, rogándole que, sin darse a conocer, los golpes que le diera Arriguccio recibiese pacientemente porque ella se los devolvería con tamaña recompensa que no tendría razón de quejarse.
Y apagada la luz que en la alcoba ardía, se fue de allí y, escondida en un lugar de la casa, se puso a esperar lo que iba a suceder. Siguiendo la riña entre Arriguccio y Roberto, los vecinos del barrio, sintiéndola y levantándose, comenzaron a insultarlos, y Arriguccio, por temor a ser reconocido, sin haber podido saber quién fuese el joven ni herirlo de alguna manera, airado y de mal talante, dejándolo en paz, se fue hacia su casa; y llegando a la alcoba, airadamente comenzó a decir:
—¿Dónde estás, mala mujer? ¡Has apagado la luz para que no te encuentre, pero te equivocas!
Y yendo a la cama, creyendo coger a la mujer, cogió a la criada, y cuando pudo menear las manos y los pies tantos puñetazos y tantas patadas le dio que le marcó toda la cara, y por último le cortó los cabellos, diciéndole siempre las mayores injurias que jamás se han dicho a una mala mujer.
La criada lloraba mucho como quien tenía de qué, y aunque alguna vez dijese: «¡Ay! ¡Por el amor de Dios!» o «¡Basta!», estaba la voz tan rota por el llanto y Arriguccio tan ciego de furor que no podía distinguir que aquélla fuese de otra mujer que la suya.
Apaleándola, pues, con todo derecho y cortándole los cabellos, como decimos, dijo:
—Mala mujer, no entiendo tocarte de otro modo, sino que iré a por tus hermanos y les contaré tus buenas obras; y luego que vengan a por ti y que hagan lo que crean que corresponde a su honor y te lleven de aquí, que en esta casa ten por cierto que no estarás nunca más.
Y dicho esto, saliendo de la alcoba, la cerró por fuera y se fue él solo.
Cuando doña Sismonda, que todo había oído, sintió que el marido se había ido, abrió la alcoba y, encendida la luz, encontró a su criada toda machacada que lloraba fuertemente; a la cual, como mejor pudo la consoló y la llevó a su alcoba, donde después ocultamente haciéndola cuidar y curar, tanto con lo de Arriguccio mismo la recompensó que ella se tuvo por contenta. Y cuando a la criada hubo llevado a su alcoba, rápidamente hizo la cama de la suya y la arregló toda y la puso en orden, como si ninguna persona se hubiera acostado allí esa noche, y volvió a encender la lámpara, y se vistió y arregló, como si todavía no se hubiese acostado; y encendiendo un candil y tomando sus telas, se fue a sentar arriba de la escalera y se puso a coser y a esperar en qué paraba aquello. Arriguccio, al salir de su casa, lo antes que pudo se fue a la casa de los hermanos de la mujer, y allí tantos golpes dio que le sintieron y le abrieron. Los hermanos de la mujer, que eran tres, y su madre, sintiendo que era Arriguccio se levantaron todos, y haciendo encender las luces vinieron a su encuentro y le preguntaron qué iba buscando a aquella hora y tan solo. A quienes Arriguccio, empezando con el cordel que había encontrado atado al dedo del pie de doña Sismonda hasta lo último que encontrado y hecho había, se lo contó; y para darles entero testimonio de lo que había hecho, los cabellos que creía haberle cortado a su mujer se los puso en las manos, añadiendo que viniesen a por ella y que le hiciesen lo que creyeran que correspondía a su honor, porque él no pensaba tenerla más en casa.
Los hermanos de la mujer, muy enojados de lo que habían oído y teniéndolo por cierto, contra ella enardecidos, hechas encender antorchas, con intención de jugarle una mala partida, con Arriguccio se pusieron en camino y fueron a su casa. Lo que viendo su madre, llorando comenzó a seguirlos, ora a uno ora al otro rogando que no creyesen aquellas cosas tan súbitamente sin ver ni saber nada más, porque el marido podía por alguna razón estar enojado con ella y haberle hecho daño, y ahora decirles aquello en excusa de sí mismo, diciendo además que ella se maravillaba mucho de cómo podía haber sucedido aquello porque conocía bien a su hija, como quien la había criado desde pequeñita, y muchas otras cosas semejantes.
Llegados, pues, a casa de Arriguccio y entrando dentro, comenzaron subir las escaleras; y oyéndolos venir doña Sismonda, dijo:
—¿Quién anda ahí?
A quien uno de los hermanos repuso:—Bien lo sabrás tú, mala mujer, quién es.
Dijo entonces doña Sismonda:
—¿Pero qué querrá decir esto? ¡Señor, ayúdame! —Y poniéndose en pie, dijo—: Hermanos míos, sed bien venidos; ¿qué andáis buscando a esta hora los tres aquí dentro?
Ellos, habiéndola visto sentada y cosiendo y sin ninguna marca en el rostro de haber sido golpeada, cuando Arriguccio había dicho que la había dejado machacada, algo al primer embite se maravillaron y refrenaron el ímpetu de su ira, y le preguntaron que cómo había sido aquello de lo que Arriguccio se quejaba de ella, amenazándola mucho si no les decía todo.
La mujer dijo:
—No sé qué deba deciros, ni de qué tenga que haberse quejado de mí Arriguccio. Arriguccio, al verla, la miraba como estupidizado, acordándose de que le había dado tal vez mil puñetazos en la cara y la había arañado y le había hecho todas las maldades del mundo, y ahora la veía como si no hubiera pasado nada de aquello. En resumen, los hermanos le dijeron lo que Arriguccio les había dicho del cordel y de los golpes y de todo.
La mujer, volviéndose a Arriguccio, dijo:
—¡Ay, marido mío! ¿Qué es lo que oigo? ¿Por qué haces tenerme por mala mujer para tu gran vergüenza, cuando no lo soy, y a ti por hombre malo y cruel, que no eres? ¿Y cuándo has estado esta noche en casa, no ya conmigo? ¿O cuándo me pegaste? En cuanto a mí, no me acuerdo.
Arriguccio comenzó a decir:
—¿Cómo, mala mujer, no nos fuimos a la cama juntos anoche? ¿No he vuelto luego, después de haber estado corriendo tras tu amante? ¿No te he dado muchos golpes y cortado los cabellos?
La mujer repuso:
—En esta casa no te acostaste anoche tú, pero dejemos esto, que no puedo dar otro testimonio que mis palabras verdaderas, y vengamos a lo que dices que me pegaste, y cortaste los cabellos. A mí no me has pegado nunca, y cuantos hay aquí y tú también, fijaos en mí, si en todo el cuerpo tengo alguna señal de paliza; ni te aconsejaría que fueses tan atrevido que me pusieses la mano encima que, por la cruz de Cristo te abofetearía. Ni tampoco me cortaste los cabellos, que yo lo haya sentido o lo haya visto, pero tal vez lo hiciste sin que me diese cuenta; déjame ver si los tengo cortados o no.
Y quitándose los velos de la cabeza, mostró que cortados no los tenía, sino enteros; las cuales cosas viendo y oyendo los hermanos y la madre, comenzaron a decirle a Arriguccio:
—¿Qué dices, Arriguccio? Esto no es ya lo que nos viniste a decir que habías hecho; y no sabemos cómo puedes probar lo que queda.
Arriguccio estaba como quien soñase, y quería hablar; pero viendo que lo que creía que podía probar no era así, no se atrevía a decir nada.
La mujer, volviéndose a sus hermanos, dijo:
—Hermanos míos, veo que ha andado buscando que yo haga lo que no querría haber hecho nunca, esto es, que os cuente sus miserias y su maldad; y lo haré. Creo firmemente que lo que os ha contado le haya pasado, y oíd cómo. Este hombre de pro, a quien por mi mal me disteis por mujer, que se dice mercader y que quiere ser respetado y que debería tener más templanza que un religioso y más honestidad que una doncella, pocas son las noches que no vaya emborrachándose por las tabernas, y ahora con esta mala mujer, ahora con aquélla enredándose; y a mí se me hace hasta medianoche y a veces hasta el amanecer esperándole de la manera que me habéis encontrado. Estoy segura de que, estando bien borracho, se fue a la cama con alguna mujerzuela y a ella, al despertarse, le encontró el cordel en el pie y luego hizo todas esas gallardías que dice, y por último volvió a ella y la pegó y le cortó los cabellos; y no habiendo vuelto en sí todavía, se creyó, y estoy segura de que lo cree todavía, que estas cosas me las había hecho a mí; y si os fijáis bien en su cara, todavía está medio borracho. Pero sea lo que haya dicho de mí, no quiero que se lo toméis en cuenta más que como a un borracho; y que como yo le perdono lo perdonéis vosotros también.
Su madre, oyendo estas palabras, comenzó a alborotarse y a decir:
—Por la cruz de Cristo, hija mía, eso no debía hacerse sino que debía matarse a ese perro fastidioso y desconsiderado, que no es digno de tener una tal moza como tú. ¡Bueno está! ¡Ni aunque te hubiese recogido del fango! Mal rayo le parta si debes aguantar las podridas palabras de un comerciantucho en heces de burro que vienen del campo y salen de las pocilgas vestidos de pardillo con las calzas de campana y con la pluma en el culo y en cuanto tienen tres sueldos quieren a las hijas de los gentileshombres y de las buenas damas por mujeres, y usan armas y dicen: «Soy de los tales» y «Los de mi casa hicieron esto». Bien querría que mis hijos hubiesen seguido mi consejo, que tan honorablemente te podían colocar en casa de los condes Guido por un pedazo de pan; y en cambio quisieron darte esta valiosa joya que, siendo tú la mejor moza de Florencia y la más honesta, no se ha avergonzado de decir a medianoche que eres una puta, como si no te conociésemos; pero a fe que si me hiciesen caso se le haría un escarmiento que lo pudriese. —Y volviéndose a sus hijos, dijo—: Hijos, bien os decía yo que esto no podía ser. ¿Habéis oído cómo vuestro cuñado trata a vuestra hermana, ese comerciantuelo de cuatro al cuarto? Que, si yo fuese vosotros, habiendo dicho lo que ha dicho de ella y haciendo lo que hace, no estaría contenta ni satisfecha mientras no lo hubiera quitado de en medio; y si yo fuese hombre en vez de mujer no querría que otro en mi lugar lo hiciese.¡Señor, haz que le pese, borracho asqueroso que no tiene vergüenza!
Los jóvenes, vistas y oídas estas cosas, volviéndose a Arriguccio le dijeron las mayores injurias que nunca se le han dicho a ningún malvado, y por último dijeron:
—Te perdonamos ésta porque estás borracho, pero cuida de que en toda tu vida de aquí en adelante no oigamos más noticias de éstas, que si alguna nos viene a los oídos por cierto que nos la pagarás por ésta y por aquélla.
Y dicho esto, fueron.
Arriguccio, que se quedó como estúpido, no sabiendo él mismo si lo que había hecho era verdad o si lo había soñado, sin decir una palabra más dejó a su mujer en paz; la cual no solamente con su sagacidad escapó al peligro inminente sino que se abrió el camino para poder hacer en el tiempo por venir todos sus gustos sin tener miedo al marido nunca más.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 3 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 28 Mayo 2020, 02:56

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NOVELA NOVENA

Lidia, mujer de Nicostrato, ama a Pírro, el cual, para poder creerla, le pide tres cosas, todas las cuales ella le hace, y además de esto, en presencia de Nicostrato se solaza con él y a Nicostrato hace creer que no es verdad lo que ha visto.

Tanto había agradado la historia de Neifile que ni de reírse ni de hablar de ella podían dejar las señoras, aunque el rey muchas veces silencio les hubiera ordenado, habiendo mandado a Pánfilo que la suya contase; pero luego que callaron, así comenzó Pánfilo:
No creo yo, reverendas señoras, que haya nada por grave y peligroso que sea, que a hacer no se atreva quien ardientemente ama; la cual cosa, aunque haya sido probada en muchas historias, no por ello creo que dejaré de probar mejor con una que entiendo contaros, donde oiréis sobre una señora que en sus obras tuvo mucho más favorable la fortuna que sensato el juicio. Y por ello no aconsejaría a ninguna que las huellas de quien hablar entiendo se arriesgase a seguir, porque no siempre la fortuna está dispuesta de un modo, ni todos los hombres del mundo son ofuscados igualmente.
En Argos, ciudad antiquísima de Acaya, por sus antiguos reyes mucho más famosa que grande, hubo un hombre noble el cual fue llamado Nicostrato, a quien ya cercano a la vejez la fortuna concedió por mujer a una gran señora no menos osada que hermosa, llamada por nombre Lidia. Tenía éste, como hombre noble y rico, muchos criados y perros y aves de caza, y grandísimo deleite sentía en las cacerías; y tenía entre sus otros domésticos un jovencito cortés y adornado y hermoso de cuerpo y diestro en cualquier cosa que hubiera querido hacer, llamado Pirro, a quien Nicostrato más que a ningún otro amaba y mucho se fiaba de él. De éste, Lidia se enamoró ardientemente, tanto que ni de día ni de noche podía tener el pensamiento en otra parte sino en él; del cual amor, o que Pirro no se apercibiese o que no lo quisiese, nada mostraba preocuparse. De lo que la señora un dolor intolerable llevaba en el ánimo; y del todo dispuesta a hacérselo saber llamó a una camarera suya llamada Lusca, en la cual confiaba mucho, y le dijo así:
—Lusca, los beneficios que has recibido de mí te deben hacer obediente y fiel, y por ello cuida de que lo que ahora voy a decirte, ninguna persona lo oiga nunca sino aquel a quien yo te ordene. Como ves, Lusca, yo soy mujer joven y fresca, y llena y colmada de todas las cosas que cualquiera puede desear, y en resumen, excepto de una, no puedo quejarme; y ésta es que los años de mi marido son demasiados si se miden con los míos, por la cual cosa, de aquello de que las mujeres jóvenes más disfrutan vivo poco contenta; y sin embargo, deseándolo como las otras, hace mucho tiempo que deliberé no querer (si la fortuna me ha sido poco amiga al darme tan viejo marido) ser yo enemiga de mí misma al no saber encontrar manera a mis deleites y mi salvación. Y para tenerlos tan satisfecho en esto como en las demás cosas, he tomado el partido de querer, como más digno de ello que ninguno otro, que nuestro Pirro con sus brazos los supla, y he puesto en él tanto amor que nunca me siento bien sino cuando lo veo o pienso en él; y si sin él, y sin tardanza no me reúno con él, ciertamente creo que me moriré. Y por ello, si mi vida te es cara, por el medio que mejor te parezca le significarás mi amor y también le rogarás de mi parte que le plazca venir a mí cuando tú vayas a buscarle.
La camarera dijo que lo haría de buen grado; y cuando primero le parecieron tiempo y lugar oportunos, llevando a Pirro aparte, cuanto mejor supo, la embajada le dio de su señora. La cual cosa, oyendo Pirro, se maravilló mucho, como quien nunca de nada se había apercibido, y temió que la señora quisiera decírselo por probarlo; por lo que súbita y rudamente repuso:
—Lusca, no puedo creer que estas palabras vengan de mi señora, y por ello cuida lo que dices; y si viniesen de ella, no creo que con ánimo de cumplirlas sea; pero si con ese ánimo las dijese, mi señor me honra más de lo que merezco; no le haré tal ultraje por mi vida, y tú cuida de no hablarme de tales cosas.
Lusca, no asustada por sus duras palabras, le dijo:
—Pirro, de éstas y de cualquiera otra cosa que mi señora me ordene te hablaré cuantas veces ella me lo encomiende, te sea gustoso o molesto; pero eres un animal.
Y enfadada, con las palabras de Pirro se volvió a la señora, la cual, al oírlas deseó morir; y luego de algunos días volvió a hablar a la camarera y dijo:
—Lusca, sabes que con el primer golpe no cae la encina; por lo que me parece que vuelvas de nuevo a aquel que en mi perjuicio inusitadamente quiere ser leal, y hallando tiempo conveniente, muéstrale enteramente mi ardor e ingéniate en todo en hacer que la cosa tenga efecto, porque si así se dejase, yo me moriré y él se creería que había sido por probarlo; y de lo que buscamos que es su amor se seguiría odio.
La camarera consoló a la señora y, buscando a Pirro, lo encontró alegre y bien dispuesto, y así le dijo:
—Pirro, yo te mostré pocos días ha en qué gran fuego tu señora y mía está por el amor que te tiene, y ahora otra vez te lo repito, que si tú en la dureza que el otro día mostraste sigues, vive seguro de que vivirá poco; por lo que te ruego que te plazca consolarla en su deseo; y si en tu obstinación continuases emperrado, cuando yo por sabio te tenía, te tendré por un bobalicón. ¿Qué gloria puede serte mayor que una tal señora, tan hermosa, tan noble, tan rica, te ame sobre todas las cosas? Además de esto, ¡cuán obligado debes sentirte a tu fortuna pensando que te ha puesto delante tal cosa, para los deleites de tu juventud apropiada, y aun semejante refugio para tus necesidades! ¿Qué semejante tuyo conoces que en cuanto a deleite esté mejor que tú estarás, si eres sabio? ¿Cuál otro encontrarás que en armas, en caballos, en ropas y en dineros pueda estar como tú estarás, si quieres concederle tu amor? Abre, pues, el ánimo a mis palabras y vuelve en ti; acuérdate de que puede suceder sólo una vez que la fortuna salga a tu encuentro con rostro alegre y con los brazos abiertos; la cual, quien entonces no sabe recibirla, al hallarse luego pobre y mendigo, de sí mismo y no de ella debe quejarse. Y además de esto, no se debe la misma lealtad usar entre los servidores y los señores que se usa entre los amigos y los parientes; tal deben tratarlos los servidores, en lo que pueden, como son tratados por ellos. ¿Esperas tú, si tuvieses mujer hermosa o madre o hija o hermana que gustase a Nicostrato, que él iba a tropezar en la lealtad que quieres tú guardarle con su mujer? Necio eres si lo crees; ten por cierto que si las lisonjas y los ruegos no bastasen, fuera lo que fuese lo que pudiera parecerte, usaría la fuerza. Tratemos, pues, a ellos y a sus cosas como ellos nos tratan a nosotros y a las nuestras; toma el beneficio de la fortuna, no la alejes; sal a su encuentro y recíbela cuando viene, que por cierto si no lo haces, dejemos la muerte que sin duda seguirá de tu señora, pero tú te arrepentirás tantas veces que querrías morirte.
Pirro, que muchas veces en las palabras que Lusca le había dicho había vuelto a pensar, había tomado por partido que, si ella volviese a él otra vez, le daría otra respuesta y del todo plegarse a complacer a la señora, si pudiera asegurarse de no estar siendo puesto a prueba; y por ello repuso:
—Mira, Lusca, todas las cosas que me dices sé que son verdaderas; pero yo sé por otra parte que mi señor es muy sabio y muy perspicaz, y como pone en mi mano todos sus asuntos, mucho temo que Lidia, con su consejo y voluntad haga esto para querer probarme, y por ello, si tres cosas que yo le pida quiere hacer para esclarecerme, por cierto que nada me mandará después que yo no haga prestamente. Y las tres cosas que quiero son éstas: primeramente, que en presencia de Nicostrato mate ella misma a su bravo halcón; luego, que me mande un mechoncito de la barba de Nicostrato, y, por último, una muela de la boca de él mismo, de las más sanas.
Estas cosas parecieron duras a Lusca y a la señora durísimas; pero Amor, que es buen consolador y gran maestro de consejos, la hizo deliberar hacerlo, y por su camarera le envió a decir que aquello que le había pedido completamente haría, y pronto; y además de ello, por lo muy sabio que él reputaba a Nicostrato, dijo que en presencia suya con Pirro se solazaría y a Nicostrato haría creer que no era verdad.
Pirro, pues, se puso a esperar lo que iba a hacer la noble señora; la cual, habiendo de allí a pocos días Nicostrato dado un gran almuerzo, como acostumbraba a hacer con frecuencia, a algunos gentileshombres, y habiendo ya levantado los manteles, vestida de terciopelo verde y muy adornada, y saliendo de su cámara, a aquella sala vino donde estaban ellos, y viéndola Pirro y todos los demás, se fue a la percha donde el halcón estaba, al que Nicostrato amaba tanto, y soltándolo como si en la mano lo quisiera llevar, y tomándolo por las pihuelas lo golpeó contra el muro y lo mató. Y gritándole Nicostrato: «¡Ay, mujer! ¿Qué has hecho?», nada le respondió, sino que volviéndose a los nobles hombres que con él habían comido, dijo:
—Señores, mala venganza tomaría de un rey que me afrentase, si de un halcón no tuviera el atrevimiento de tomarla. Debéis saber que esta ave todo el tiempo que debe ser prestado por los hombres al placer de las mujeres me ha quitado durante mucho tiempo; porque no apenas suele aparecer la aurora, Nicostrato está levantado y montado a caballo, con su halcón en la mano yendo a las llanuras abiertas para verlo volar; y yo, como veis, sola y descontenta, en la cama me he quedado; por la cual cosa muchas veces he tenido deseos de hacer lo que ahora he hecho, y ninguna otra razón me ha retenido sino esperar a hacerlo en presencia de hombres que justos jueces sean en mi querella, como creo que lo seréis vosotros.
Los nobles señores que la oían, creyendo que no de otra manera era su afecto por Nicostrato que lo que decían sus palabras, riendo todos y hacia Nicostrato volviéndose, que airado estaba, comenzaron a decir:
—¡Ah, qué bien ha hecho la señora al vengar su afrenta con la muerte del halcón!
Y con diversas bromas sobre tal materia habiendo ya la señora vuelto a su cámara, en risa volvieron el enojo de Nicostrato.
Pirro, visto esto, se dijo a sí mismo:
«Altos principios ha dado la señora a mis felices amores: ¡Dios haga que persevere!»
Matado, pues, por Lidia el halcón, no pasaron muchos días cuando, estando ella en su alcoba junto con Nicostrato, haciéndole caricias, con él comenzó a chancear, y él, por juego tirándole un tanto de los cabellos, le dio ocasión de poner en efecto la segunda cosa pedida por Pirro; y prestamente cogiéndole por un pequeño mechón de la barba, y riendo, tan fuerte le tiró que se lo arrancó todo del mentón; de lo que quejándose Nicostrato, ella dijo:
—¿Y qué tienes que poner tal cara porque te he quitado unos seis pelos de la barba? ¡No sentías lo que yo cuando me tirabas poco ha de loscabellos!
Y así continuando de una palabra en otra su solaz, la mujer cautamente guardó el mechón de la barba que le había arrancado, y el mismo día la mandó a su querido amante.
La tercera cosa le dio a la señora más que pensar, pero también (como a quien era de alto ingenio y amor la hacía tener más) encontró el modo que debía seguir para darle cumplimiento. Y teniendo Nicostrato dos muchachitos confiados por su padre para que en casa, aunque fuesen gentileshombres, aprendiesen buenas maneras, de los cuales, cuando Nicostrato comía, el uno le cortaba en el plato y el otro le daba de beber, haciendo llamar a los dos, les dio a entender que les olía la boca y les enseñó que, cuando sirviesen a Nicostrato, echasen la cabeza hacia atrás lo más que pudieran, y no le dijesen esto nunca a nadie.
Los jovencitos, creyéndolo, comenzaron a seguir aquella manera que la señora les había enseñado; por lo que ella una vez preguntó a Nicostrato:
—¿Te has dado cuenta de lo que hacen estos muchachitos cuando te sirven?
Dijo Nicostrato:
—Claro que sí, así les he querido preguntar que por qué lo hacían.
La señora le dijo:
—No lo hagas, que yo te lo diré, y te lo he ocultado mucho tiempo para no disgustarte; pero ahora que me doy cuenta de que otros comienzan a percatarse, ya no debo ocultártelo. Esto no te sucede sino porque la boca te hiede fieramente, y no sé cuál será la razón, porque esto no solía ser; y ésta es cosa feísima, teniendo que tratar tú con gentileshombres, y por ello se debía ver el modo de curarla.
Dijo entonces Nicostrato:
—¿Qué podría ser ello? ¿Tendré en la boca alguna muela estropeada?
A quien Lidia dijo:
—Tal vez sí.
Y llevándolo a una ventana le hizo abrir bien la boca y luego de que le hubo de una parte y otra mirado, dijo:
—Oh, Nicostrato, ¿y cómo puedes haberla sufrido tanto? Tienes una de esta parte la cual, a lo que me parece, no solamente está dañada, sino que está toda podrida, y con seguridad si la tienes en la boca estropeará las que están al lado; por lo que te aconsejaría que te la sacases antes de que el asunto vaya más adelante.
Dijo entonces Nicostrato:
—Puesto que te parece así, y ello me agrada, mándese sin tardanza por un maestro que me la saque.
A quien la señora dijo:
—No plazca a Dios que por esto venga un maestro; me parece que está de manera que sin ningún maestro yo misma te la arrancaré óptimamente. Y, por otra parte, estos  maestros son tan crueles al hacer estos servicios que el corazón no me sufriría de ninguna manera verte o saberte en las manos de ninguno; y por ello quiero absolutamente hacerlo yo misma, que al menos, si te duele demasiado yo te soltaré incontinenti, cosa que el maestro no haría.
Haciéndose, pues, traer los instrumentos propios de tal servicio y haciendo salir de la cámara a todas las personas, solamente retuvo consigo a Lusca; y encerrándose dentro hicieron echarse a Nicostrato sobre una mesa y poniéndole las tenazas en la boca y cogiéndole una muela, por muy fuerte que él de dolor gritase, sujetado firmemente por la una la otra le arrancó una muela a viva fuerza; y guardándola y cogiendo otra que cuidadosamente dañada Lidia tenía en la mano, a él doliente y casi medio muerto se la mostraron diciendo:
—Mira lo que has tenido en la boca hace tanto tiempo.
Creyéndolo él, aunque gravísimo dolor aguantado hubiese y mucho se quejase, sin embargo, luego que fuera estaba, le pareció estar curado, y con una cosa y con otra reconfortado, aliviándose su dolor, salió de la cámara.
La señora, tomando la muela, enseguida a su amante la mandó; el cual, ya seguro de su amor, se ofreció dispuesto a todo su gusto. La señora, deseando asegurarlo más y pareciéndole aún cada hora mil antes de estar con él, queriendo lo que le había prometido cumplir, fingiendo estar enferma y estando un día después de comer Nicostrato visitándola, no viendo con él a nadie más que a Pirro, le rogó, para alivio de sus molestias, que la ayudase a ir hasta el jardín. Por lo que Nicostrato de uno de los lados y Pirro del otro cogiéndola, la llevaron al jardín y en un pradecillo al pie de un buen peral la dejaron; donde estando sentados algún rato, dijo la señora, que ya había hecho informar a Pirro de lo que tenía que hacer:
—¡Pirro, tengo gran deseo de tener algunas de aquellas peras, y así súbete allá arriba y échame unas cuantas!
Pirro, prestamente subiendo, comenzó a echar abajo peras, y mientras las echaba, comenzó a decir:
—Eh, mi señor, ¿qué es eso que hacéis?¿Y vos, señora, cómo no os avergonzáis de sufrirlo en mi presencia? ¿Creéis que sea ciego? Vos estabais hace un momento muy enferma, ¿cómo os habéis curado tan pronto que hagáis tales cosas? Las cuales, si las queréis hacer tenéis tantas hermosas alcobas; ¿por qué no os vais a alguna de ellas a hacer esas cosas? Y será más honesto que hacerlo en mi presencia.
La señora, volviéndose al marido, dijo:
—¿Qué dice Pirro? ¿Desvaría?
Dijo entonces Pirro:
—No desvarío, no, señora; ¿no creéis que vea?
Nicostrato se maravillaba fuertemente, y dijo:
—Pirro, verdaderamente creo que sueñas.
A quien Pirro repuso:
—Señor mío, no sueño nada, y vos tampoco soñáis; sino que os meneáis tanto que si así se menease este peral ninguna pera quedaría en él.
Dijo la señora entonces:
—¿Qué puede ser esto? ¿Podría ser verdad que le pareciese verdad lo que dice? Así me guarde Dios si estuviera sana como lo estaba antes, que subiría allí arriba para ver qué maravillas son esas que éste dice que ve.
Pero Pirro, arriba en el peral, hablaba y continuaba este discurso; a quien Nicostrato dijo:
—Baja aquí.
Y él bajó; y le dijo:
—¿Qué dices que ves?
Dijo Pirro:
—Creo que me tenéis por estúpido o por desvariado; os veía a vos encima de vuestra mujer, puesto que debo decirlo; y luego, al bajar, os vi levantaros y poneros así donde estáis sentados.
—Ciertamente —dijo Nicostrato—, eres estúpido en esto, que no nos hemos movido un punto desde que subiste al peral, de como tú ves.
Al cual dijo Pirro:
—¿Por qué vamos a hacer una cuestión? Que os vi, os vi, pero os vi sobre lo vuestro. Nicostrato se maravillaba más a cada momento, tanto que dijo:
—¡Bien quiero ver si ese peral está encantado y quien está ahí arriba ve maravillas!
Y se subió a él; y en cuanto estuvo arriba su mujer junto con Pirro empezaron a solazarse.  Lo que viendo Nicostrato comenzó a gritar:
—¡Ay, mala mujer! ¿Qué estás haciendo?¿Y tú, Pirro, de quien yo más fiaba?
Y diciendo esto comenzó a bajar del peral.
La señora y Pirro decían:
—Estamos aquí sentados.
Y al verlo bajar volvieron a sentarse en la misma guisa que él dejado los había. Al estar abajo Nicostrato y verlos donde los había dejado, comenzó a injuriarlos.
Y Pirro le decía:
—Nicostrato, ahora verdaderamente reconozco yo que, como vos decíais antes, vi engañosamente mientras estaba subido al peral; y no lo conozco por otra cosa sino por ésta, que veo y sé que equivocadamente habéis visto vos. Y que yo digo la verdad nada puede demostrároslo sino tener sensatez y pensar por qué motivo vuestra mujer, que es honestísima y más prudente que ninguna, si quisiera con tal cosa haceros ultraje, iría a hacerlo bajo vuestros ojos; nada quiero decir de mí, que primero me dejaría descuartizar que pensar en ello, no ya que viniese a hacerlo en presencia vuestra. Por lo que, por cierto, la maña de este falso ver debe proceder del peral, porque nada en el mundo me hubiese hecho creer que vos no estuvisteis aquí yaciendo carnalmente con vuestra mujer si no os oyera decir qué os ha parecido que yo he hecho lo que estoy certísimo de que, no ya nunca lo hice, sino que ni lo pensé.
La señora, después, que como toda enojada se había puesto en pie, comenzó a decir:
—Mala ventura haya si me tienes por tan poco sensata que, si quisiera llegar a esas miserias que tú dices haber visto viniera a hacerlas delante de tus ojos. Está seguro de esto, de que si alguna vez el deseo me viniera, no vendría aquí, sino que me creería capaz de estar escondidamente en una de nuestras alcobas, de guisa y de manera que asombroso me parecía que tú nunca llegases a saberlo.
Nicostrato, a quien verdadero parecía lo que decían el uno y el otro, que delante de él a tal acto no iban a haberse dejado ir, dejando las palabras y las reprensiones sobre aquel asunto, comenzó a razonar sobre la extrañeza del hecho y del milagro de la vista que así cambiaba a quien subía encima.
Pero la señora, que de la opinión que Nicostrato mostraba haber tenido de ella se mostraba airada, dijo:
—Verdaderamente este peral no hará ninguna más, ni a mí ni a otra mujer, de estas deshonras, si yo puedo; y por ello, Pirro, ve y busca un hacha y en un punto a ti y a mí vénganos cortándolo, aunque mucho mejor estaría darle con ella en la cabeza a Nicostrato, que sin consideración alguna tan pronto se dejó cegar los ojos del intelecto; que, aunque a los que tienes en la cara les pareciese lo que dices, por nada debías haber consentido ni creído con el juicio de tu mente que fuese así.
Pirro, prestísimo, fue por el hacha y cortó el peral, el que como la señora viese caído, dijo a Nicostrato:
—Pues que veo abatido al enemigo de mi honestidad, mi ira se ha terminado.
Y a Nicostrato, que se lo rogaba, benignamente perdonó ordenándole que no le sucediese pensar de aquella que más que a ella le amaba, semejante cosa nunca más.
Así, el mísero marido escarnecido, junto con ella y con su amante se volvieron a su casa, en la cual, luego, muchas veces Pirro de Lidia y ella de él,con más calma disfrutaron placer y deleite. Dios nos lo dé a nosotros.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 29 Mayo 2020, 04:35

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NOVELA DÉCIMA

Dos sieneses aman a una mujer comadre de uno, muere el compadre y vuelve al compañero según la promesa que le habían hecho, y le cuenta cómo se está en el más allá.

Quedaba solamente al rey tener que novelar; el cual después que vio a las señoras calmadas (que se dolían del peral cortado, que no había tenido culpa), comenzó:
Manifestísima cosa es que todo justo rey el primer guardador debe ser de las leyes hechas por él, y si otra cosa hace, siervo digno de castigo y no rey debe juzgarse; en el cual pecado y reprimenda a mí, que vuestro rey soy, como obligado me conviene caer. Es verdad que ayer di yo la ley para nuestros razonamientos de hoy, con intención de no querer este día usar de mi privilegio sino sujetarme con vosotros a ella y razonar de aquello que todos habéis razonado; pero no solamente ha sido contado aquello sobre lo que yo imaginaba que iba a hablar, sino que han sido dichas sobre ello tantas otras cosas y tanto mejores, que yo, en cuanto a mí, por mucho que en la memoria busque, recordar no puedo ni saber que sobre tal materia algo pueda decir que a las contadas pueda compararse. Y por ello, debiendo contravenir la ley por mí mismo dada, como digno de castigo, desde ahora a toda reparación que me sea ordenada me declaro aparejado, y a mi acostumbrado privilegio volveré; y digo que la historia dicha por Elisa sobre el compadre y la comadre, y también la mentecatez de los sieneses, tienen tanta fuerza, carísimas señoras que, dejando las burlas que a sus maridos necios hacen las mujeres discretas, me llevan a contaros una historieta sobre ellos la cual, aunque en sí tenga mucho de lo que no debe creerse, no menos será en parte placentera de escuchar.
Hubo, pues, en Siena, dos jóvenes pueblerinos de los cuales uno tuvo por nombre Tingoccio Mini y el otro fue llamado Meuccio de Tura; y casi nunca estaban el uno sin el otro, y a lo que parecía se amaban mucho. Y yendo, como los hombres van, a la iglesia y a los sermones, muchas veces oído habían la gloria y la miseria que a las almas de quienes morían era según sus méritos, concedida en el otro mundo; de las cuales cosas deseando saber segura noticia, y no encontrando el modo, se prometieron el uno al otro que quien primero de ellos muriese, al que quedase vivo volvería si podía y le daría noticia de lo que deseaba; y esto lo confirmaron con juramento. Habiéndose, pues, esta promesa hecho y continuando juntos, como se ha dicho, sucedió que Tingoccio emparentó como compadre con un Ambruoggio Anselmini, que estaba en Camporeggi; el cual, de su mujer llamada doña Mita había tenido un hijo. El cual Tingoccio, junto con Meuccio visitando alguna vez a esta su comadre, que era una hermosísima y atrayente mujer, no obstante el compadrazgo se enamoró de ella; y Meuccio semejantemente, placiéndole ella mucho y mucho oyéndola alabar a Tingoccio, se enamoró de ella. Y en este amor el uno se ocultaba del otro, pero no por la misma razón: Tingoccio se guardaba de descubrirlo a Meuccio por la maldad que a él mismo le parecía ser amar a su comadre, y se habría avergonzado de que alguien lo hubiera sabido; Meuccio no se guardaba por esto sino porque ya se había apercibido de que le placía a Tingoccio, por lo que decía: «Si yo le descubro esto, tomará celos de mí, y pudiéndole hablar cuanto guste, como compadre, en lo que pueda la hará odiarme, y así nunca nada que me plazca tendré de ella». Ahora, amando estos dos jóvenes como se ha dicho, sucedió que Tingoccio, a quien era más fácil poder abrir a la mujer todos sus deseos, tanto supo hacer con actos y con palabras que consiguió de ella su gusto; de lo que Meuccio bien se percató, y aunque mucho le desagradase, sin embargo, esperando alguna vez llegar al objeto de su deseo, para que Tingoccio no tuviera materia ni ocasión de estropear o impedir algún asunto suyo, hacía semblante de no enterarse. Amando, así, los dos compañeros, el uno más felizmente que el otro, sucedió que, encontrando Tingoccio en las tierras de la comadre el terreno blando, tanto labró y tanto cavó en él que le vino una enfermedad, la cual después de algunos días se agravó tanto que, no pudiendo soportarla, se fue al otro mundo. Y ya difunto, tres días después, que tal vez primero no había podido, vino, según la promesa hecha, una noche a la alcoba de Meuccio, al cual, que dormía profundamente, llamó. Meuccio, despertándose, dijo:
—¿Quién eres tú?
A quien respondió:
—Soy Tingoccio que, según la promesa que te hice, he vuelto a darte noticias del otro mundo.
Algo se espantó Meuccio al verlo, pero tranquilizándose luego dijo:
—¡Seas bienvenido, hermano mío!
Y luego le preguntó si se había perdido; al que Tingoccio repuso:
—Perdidas están las cosas que no se encuentran: ¿y cómo iba a estar yo aquí en medio si estuviera perdido?
—¡Ah! —dijo Meuccio—, yo no digo eso: sino que te pregunto si estás entre las almas condenadas en el fuego atormentador del infierno.
A quien Tingoccio repuso:
—Eso no, pero sí estoy, por los pecados cometidos por mí, en penas gravísimas y muy angustiosas.
Preguntó entonces Meuccio particularmente a Tingoccio qué penas se daban allá por cada uno de los pecados que aquí se cometen; y Tingoccio se las dijo todas. Luego le preguntó Meuccio si él podía aquí hacer por él alguna cosa; a quien Tingoccio respondió que sí, y era que hiciera decir por él misas y oraciones y dar limosnas, porque estas cosas mucho ayudaban a los de allá. A quien Meuccio dijo que lo haría de buena gana; y separándose Tingoccio de él, Meuccio se acordó de la comadre, y levantando algo la cabeza, dijo:
—Ahora que me acuerdo, oh Tingoccio: ¿por la comadre con la que te acostabas cuando estabas aquí, qué pena te han dado allá?
A quien Tingoccio repuso.
—Hermano mío, cuando llegué allí, había uno que parecía que todos mis pecados sabía de memoria, el cual me mandó que fuese a aquel lugar (donde lloré con grandísimas penas mis culpas), donde encontré a muchos amigos a la misma pena que yo condenados; y estando yo entre ellos, y acordándome de lo que había hecho con la comadre, y esperando por ello mucha mayor pena que la que me había sido dada, aunque estuviese en un gran fuego y muy ardiente, todo de miedo temblaba. Lo que sintiendo uno que había a mi lado, me dijo: «¿Qué tienes más que los demás que aquí están que tiemblas estando en el fuego?». «¡Oh! —dije yo—, amigo mío, tengo gran miedo del juicio que espero de un gran pecado que he hecho.» Aquél me preguntó entonces que qué pecado era aquél; y le dije: «El pecado fue tal, que me acostaba con una comadre mía: y tanto me acosté que me despellejé». Y él entonces, burlándose de aquello, me dijo: «Anda, tonto, no temas, que aquí no se lleva ninguna cuenta de las comadres», lo que oyéndolo yo, todo me tranquilicé.
Y dicho esto, acercándose el día, dijo:
—Meuccio, quédate con Dios, que yo no puedo ya estar contigo —y súbitamente se fue.
Meuccio, habiendo oído que ninguna cuenta se llevaba de las comadres, comenzó a burlarse de su necedad, pues ya había dejado pasar a unas cuantas; por lo que, abandonando su ignorancia, en aquello en adelante fue sabio. Las cuales cosas, si fray Rinaldo las hubiese sabido, no habría tenido necesidad de andar con silogismos cuando persuadió a hacer su gusto a su buena comadre.
Estaba Céfiro siendo levantado por el sol que al poniente se avecinaba cuando el rey, terminada su historia y no quedándole nada por decir, quitándose la corona de la cabeza, sobre la cabeza la puso de Laureta, diciendo:
—Señora, con vos misma os corono reina de nuestra compañía; aquello que de ahora en adelante creáis que sea placer y consuelo de todos, como señora mandaréis —y volvió a sentarse.
Laureta, hecha reina, hizo llamar al senescal, a quien ordenó que mandase que en el placentero valle un tanto antes de lo acostumbrado se pusiesen las mesas, para que después con tiempo se pudiera volver a la casa; y luego, lo que tenía que hacer mientras su gobierno durase, le expuso. Luego, vuelta a la compañía, dijo:
—Dioneo quiso ayer que hoy se hablase de las burlas que las mujeres hacen a sus maridos; y sino fuese que yo no quiero mostrar ser de casta de can gruñidor, que incontinenti quiere vengarse, diría yo que mañana se razonase sobre las burlas que los hombres hacen a sus mujeres. Pero dejando esto, digo que cada uno piense en contar burlas de esas que todos los días o la mujer al hombre o el hombre a la mujer, o un hombre a otro hombre hacen; y creo que sobre esto será no menos placentero razonar que ha sido hoy.
Y dicho esto, poniéndose en pie, hasta la hora de la cena licenció a la compañía.
Levantándose, pues, las señoras y los hombres por igual, algunos de ellos, descalzos, comenzaron a andar por el agua clara y otros entre los bellos y derechos árboles sobre el verde prado se andaban entreteniendo. Dioneo y Fiameta un buen rato cantaron juntos sobre Arcita y Palemón; y así, en varios y diversos deleites recreándose, el tiempo hasta la hora de la cena con grandísimo placer pasaron; venida la cual, y a lo largo del pequeño piélago puestas las mesas, allí al canto de mil pájaros, refrescados siempre por un aura suave que de aquellas montañitas de alrededor nacía, sin ninguna mosca, reposadamente y con alegría cenaron. Y levantadas las mesas, luego de que algún tiempo por el placentero valle hubieron dado vueltas, estando ahora el sol alto a medio crepúsculo, como plugo a su reina, hacia su acostumbrada morada con lento paso volvieron a ponerse en camino, y bromeando y charlando de mil cosas, tanto de las que durante el día se había hablado como de otras, a la hermosa casa, bastante cerca de la noche, llegaron. Donde con fresquísimos vinos y con dulces alejando la fatiga del escaso camino, en torno de la bella fuente ahora rompieron a danzar, unas veces al son de la cornamusa de Tíndaro y otras a otros sones carolando; pero al final la reina ordenó a Filomena que cantase una canción, la cual comenzó así.
¡Ay de mi infeliz vida!
¿Alguna vez podría regresar
al lugar del que fui desposeída?
No estoy segura, y es tan ardoroso
el afán de mi pecho
por retornar a do vivir solía,
oh caro bien, oh mi único reposo,
que me tiene maltrecho.
¡Ah, dime tú, que no preguntaría
a otro, ni sabría!
Ah, señor mío, házmelo esperar,
que es el consuelo de mi alma afligida.
No sé bien repetir cuál fue el placer
que me tiene infamada
sin poder descansar noche ni día,
porque el sentir, el escuchar y el ver,
con fuerza desusada,
cada uno en su hoguera me encendía,
donde ardo todavía:
y sólo tú me puedes animar
y devolverme la virtud perdida.
¡Ah, dime tú si ocurrirá algún día
que te encuentre quizás
donde los ojos que causan mi duelo;
dímelo, caro bien, dulce alma mía,
dime cuándo vendrás,
que al decir «Pronto» ya me das consuelo;
pase el tiempo en un vuelo
que he de esperarte, y largo sea tu estar,
para curarme, que es grande mi herida!
Si sucede que alguna vez te tenga
no sé si seré loca
como antes fui y te dejaré partir,
te retendré, y que venga lo que venga,
pues de la dulce boca
mi deseo se debe bien nutrir;
no más quiero decir;
así, ven pronto, venme ya a abrazar,
que con pensarlo el canto cobra vida.

Juzgar hizo esta canción a toda la compañía que un nuevo y placentero amor a Filomena asediase; y porque por sus palabras parecía que más hubiera probado de él que la sola vista, teniéndola por muy feliz, envidia le tuvieron algunos de los que allí estaban. Pero luego de que su canción hubo terminado, acordándose la reina de que el día siguiente era viernes, así a todos placenteramente dijo:
—Sabéis, nobilísimas señoras, y vosotros jóvenes, que mañana es el día que a la pasión de Nuestro Señor está consagrado, el cual, si bien os acordáis, devotamente celebramos siendo reina Neifile; y las entretenidas narraciones suspendimos; y lo mismo hicimos el sábado subsiguiente. Por lo que, queriendo el buen ejemplo dado por Neifile seguir, estimo que honesta cosa sea que mañana y el día siguiente, como los pasados días hicimos, nos abstengamos de nuestro deleitoso novelar, trayendo a la memoria lo que en semejantes días por la salvación de nuestras almas sucedió.
Plugo a todos el devoto hablar de su reina; por la cual dados licencia, habiendo ya pasado buen pedazo de la noche, todos se fueron a reposar.

TERMINA LA SÉPTIMA JORNADA


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 30 Mayo 2020, 03:00

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OCTAVA JORNADA


COMIENZA LA OCTAVA JORNADA DEL DECAMERON, EN LA CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE LAURETA, SE RAZONA SOBRE CUALQUIER BURLA QUE O LA MUJER AL HOMBRE O EL HOMBRE A LA MUJER O UN HOMBRE A OTRO SE HACEN CON FRECUENCIA.

YA en la cumbre de los más altos montes aparecían, el domingo por la mañana, los rayos de la surgiente luz y, partidas todas las sombras, manifiestamente las cosas se conocían, cuando la reina, levantándose, con su compañía primeramente un tanto sobre las hierbecillas llenas de rocío anduvieron, y luego hacia la mitad de tercia, visitando una iglesia vecina, en ella oyeron el divino oficio; y volviéndose a casa, luego que con alegría y fiesta hubieron comido, cantaron y bailaron un tanto y luego, licenciados por la reina, quien quiso ir a descansar, pudo hacerlo. Pero habiendo el sol pasado ya el círculo meridiano, cuando a la reina plugo, para el acostumbrado novelar sentados todos junto a la bella fuente, por mandato de la reina así comenzó Neifile:


NOVELA PRIMERA

Gulfardo toma dineros prestados de Guasparruolo, y concertándose con la mujer de éste para acostarse con ella a cambio de ellos, se los da; y luego, en presencia de él, dice que se los dio a ella, y ella dice que es verdad.

Si así ha dispuesto Dios que deba yo dar comienzo a la presente jornada con mi historia, ello me place; y por ello, amorosas señoras, como sea que mucho se ha dicho de las burlas hechas por las mujeres a los hombres, una hecha por un hombre a una mujer me place contar, no ya porque yo entienda con ella censurar lo que el hombre hizo, o de decir que a la mujer no le estuvo bien empleado, sino por alabar al hombre y reprochar a la mujer, y por mostrar que también los hombres saben burlarse de quienes creen en ellos, como son burlados por aquellas en quienes ellos creen. Aunque, quien quisiese hablar más propiamente, lo que debo contar no llamaría burla sino que llamaría pago, porque como sea que toda mujer debe ser honestísima y guardar su castidad como su vida, y no dejarse ir a mancharla por razón alguna, y no pudiendo esto, sin embargo, completamente hacerse como se debería por nuestra fragilidad, afirmo que es digna del fuego aquella que a esto por dinero llega; mientras que quien por amor (conociendo sus fuerzas grandísimas) llega a ello, por un juez no demasiado riguroso merece ser perdonada, como, hace pocos días, mostró Filostrato que había sucedido a doña Filipa en Prato.
Había en Milán un tudesco a sueldo cuyo nombre fue Gulfardo, arrogante en su persona y muy leal a aquellos a cuyo servicio se ponía, lo que raras veces suele suceder a los tudescos; y porque era, en los préstamos de dinero que se le hacían, lealísimo pagador, muchos mercaderes habría encontrado que por pequeño rendimiento cualquier cantidad de dinero le habrían prestado. Puso éste, viviendo en Milán, su amor en una señora muy hermosa llamada doña Ambruogia, mujer de un rico mercader que tenía por nombre Guasparruolo Cagastraccio, el cual era asaz conocido suyo y amigo; y amándola muy discretamente, sin apercibirse el marido ni otros, le pidió un día hablar con ella, rogándole que le pluguiera ser cortés con su amor, y que él estaba por su parte presto a hacer lo que ella le ordenase.
La señora, luego de muchos discursos, vino a la conclusión de que estaba presta a hacer lo que a Gulfardo pluguiera si de ello se siguiesen dos cosas: una que esto no fuese manifestado por él a nadie; la otra que, como fuese que ella tuviera para alguna hacienda suya necesidad de doscientos florines de oro, quería que él, que era rico, se los diese, y después, siempre estaría a su servicio. Gulfardo, oyendo la codicia de ésta, asqueado por la vileza de quien creía que fuese una mujer valerosa, en odio cambió su ardiente amor; y pensó que tenía que burlarla, y le mandó a decir que de muy buena gana, y que aquello y toda otra cosa que ella quisiese le placería; y por ello que le mandase a decir cuándo quería que fuese a ella, que se los llevaría, y que nunca nadie sabría de esta cosa sino un compañero suyo de quien se fiaba mucho y que siempre andaba en su compañía en lo que hiciese. La señora, como una mala mujer, al oír esto estuvo contenta, y le mandó a decir que Guasparruolo su marido debía, de allí a pocos días, ir por sus negocios hasta Génova, y entonces ella se lo haría saber y le mandaría a buscar. Gulfardo, cuando le pareció oportuno, se fue a Guasparruolo y le dijo así.
—Tengo que hacer un negocio para el que necesito doscientos florines de oro, los cuales quiero que me prestes con el interés con que sueles prestarme otros.
Guasparruolo dijo que de buena gana, y en el momento le contó los dineros. De allí a pocos días Guasparruolo se fue a Génova, como la señora había dicho; por la cual cosa, la señora mandó a decir a Gulfardo que viniese a ella y le trajese los doscientos florines de oro. Gulfardo, tomando a su compañero, se fue a casa de la señora, y encontrándola que lo esperaba, la primera cosa que hizo fue ponerle en la mano los doscientos florines de oro, estando viéndolo su amigo, y así le dijo:
—Señora, tened estos dineros y se los daréis a vuestro marido cuando vuelva.
La señora los tomó, y no se apercibió de porqué Gulfardo hablaba así, sino que creyó que lo hacía para que su compañero no se percatase de que ella se daba a él por dinero; por lo que dijo:
—Lo haré con gusto, pero quiero ver cuántos son.
Y echándolos sobre una mesa y encontrando que eran doscientos, muy contenta los volvió a guardar; y se volvió a Gulfardo, y llevándolo a su alcoba, no solamente aquella vez, sino otras muchas, antes de que su marido volviese de Génova, con su persona le satisfizo. Vuelto Guasparruolo de Génova, enseguida Gulfardo habiéndole hecho espiar para asegurarse de que estaba con su mujer, se fue a verlo y, en la presencia de ella, le dijo:
—Guasparruolo, los dineros que el otro día me prestaste, no los necesité, porque no pude hacer el trato para el que los tomé; y por ello se los traje aquí enseguida a tu mujer y se los di, y por ello cancelarás mi cuenta.
Guasparruolo, vuelto a su mujer, le preguntó si los había recibido. Ella, que allí veía al testigo, no lo pudo negar, sino que dijo:
—Cierto que los recibí, y no me había acordado todavía de decírtelo.
Dijo entonces Guasparruolo:
—Gulfardo, estoy contento; idos con Dios, que yo arreglaré bien vuestra cuenta.
Ido Gulfardo, y la mujer quedando burlada, le dio al marido el deshonesto precio de su maldad; y así el sagaz amante gozó sin costo de su avara señora.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 31 Mayo 2020, 03:36

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NOVELA SEGUNDA

El cura de Varlungo se acuesta con doña Belcolor, le deja en prenda un tabardo, y pidiéndole un mortero, se lo devuelve y le manda a pedir el tabardo dejado en prenda; se lo devuelve la buena mujer con unas palabras de doble sentido.

Alababan por igual los hombres y las señoras lo que Gulfardo hecho había a la ansiosa milanesa, cuando la reina, a Pánfilo volviéndose, sonriendo le ordenó que siguiese; por la cual cosa Pánfilo comenzó:
Hermosas señoras, se me ocurre contar una historieta contra aquellos que continuamente nos ofenden sin poder por nosotros ser ofendidos de la misma manera; es decir, contra los curas, los cuales contra nuestras mujeres han predicado una cruzada, y les parece no de otra manera haber ganado la indulgencia plenaria cuando a una pueden humillar bajo ellos que si de Alejandría hubieran traído a Aviñón al sultán maniatado. Lo que los desdichados seglares no les pueden hacer a ellos, aunque en sus madres, sus hermanas, sus amigas y sus hijas (con no menos ardor que ellos asaltan a sus mujeres) venguen sus iras. Y por ello entiendo contaros un amartelamiento campesino, más propio de risa por la conclusión que largo en palabras, del cual también podréis recoger como fruto que a los curas no hay que creerles siempre en todo.
Digo, pues, que en Varlungo, pueblo asaz cercano de aquí, como todas vosotras o sabe o puede haber oído, hubo un valeroso sacerdote (y gallardo en su persona) al servicio de las damas que, aunque leer no supiese mucho, sin embargo, con mucho bueno y santo palabreo, los domingos al pie del olmo recreaba a sus parroquianos; y mejor visitaba a sus mujeres (cuando ellos se iban a alguna parte) que ningún otro cura que hubiera habido allí, llevándoles cosas de la fiesta y agua bendita y a veces algún cabo de vela a su casa, dándoles su bendición. Ahora sucedió que, entre las demás parroquianas suyas que primero le habían gustado, una sobre todas le gustó que tenía por nombre doña Belcolor, mujer de un labrador que se llamaba Bentivegna del Mazzo, la cual en verdad era una agradable y fresca rusticaza, morenota y maciza y más apropiada para poder moler que ninguna otra; y además de ello era la que mejor sabía tocar el címbalo y cantar El agua va por el barranco y conducir el corro y el saltarelo, cuando se terciaba, de todas las vecinas que tuviese, con un bueno y elegante moquero en la mano. Por las cuales cosas, el señor cura se encaprichó por ella tanto que andaba delirante y todo el día andaba correteando para poder verla; y cuando el domingo por la mañana la sentía en la iglesia, decía un kyrie y un Sanctus esforzándose bien en mostrarse un gran maestro de canto, que parecía un asno que rebuznase mientras que, cuando no la veía allí, salía del lance con bastante facilidad; pero lo sabía hacer tan bien que Bentivegna del Mazzo no se apercibía, ni aún ninguna vecina que ella tuviese. Y para poder gozar más del trato de doña Belcolor, de cuando en cuando le mandaba obsequios, y una vez le mandaba un manojillo de ajos frescos, que tenía los más hermosos del barrio en un huerto suyo que labraba con sus manos, y otra vez una canastilla de habas, y ahora un manojillo de cebollas de mayo o de escalonias; y cuando le parecía oportuno mirándola con rostro adusto, con blandura la reprendía, y ella un tanto salvaje, fingiendo no darse cuenta, se iba a otra parte desdeñosamente; por lo que el señor cura no podía venir al asunto. Ahora, sucedió un día que, andando el cura en pleno mediodía de un lado a otro por el barrio, sin ir a ningún sitio, se encontró con Bentivegna del Mazzo con un burro muy cargado, y dirigiéndole la palabra, le preguntó dónde iba. A quien Bentivegna repuso:
—A fe mía, sire, que en verdad voy hasta la ciudad para un trasunto mío, y le llevo estas cosas a sir Bonacotti de Cinestreto, que mi ayuda para no sé qué me ha mandado a pedir para una comparación del parentorio, por su pericolator el juez del dificio.
El cura, contento, dijo:
—Haces bien, hijo; vete con mi bendición y vuelve pronto; y si vieses por casualidad a Lapuccioo Naldino, no se te vaya de la cabeza decirles que me traigan aquellas correas para los mayales.
Bentivegna dijo que lo haría; y viniéndose hacia Florencia, pensó el cura que era el momento de ir a la Belcolor y de probar fortuna; y echándose al camino, no paró hasta que estuvo en su casa, y entrando adentro, dijo:
—Dios os guarde; ¿quién vive?
Belcolor, que había subido al desván, al oírlo dijo:
—Oh, sire, sed bienvenido; ¿qué hacéis por ahí con este calor?
El cura repuso:
—Así Dios me guarde, que me vengo a estar un rato contigo, porque me he encontrado con tu hombre que se iba a la ciudad.
Belcolor, bajando, se sentó y comenzó a escoger simientes de unas coles que su marido había cogido poco hacía. El cura comenzó a decirle:
—Bien, Belcolor, ¿vas a hacerme siempre morir de esta manera?
Belcolor comenzó a reírse y a decir:
—¿Qué os hago?
Dijo el cura:
—No me haces nada, pero no me dejas hacerte lo que yo querría y Dios mandó.
Dijo Belcolor:
—Ah, vaya, vaya: ¿pues los curas hacen tales cosas?
El cura repuso:
—Mejores las hacemos que los demás hombres, ¿pues por qué no? Y te digo más, que nosotros hacemos mucho mejor trabajo; ¿y sabes por qué? Porque molemos sólo cuando el caz está colmado. Pero, en verdad, muy para tu provecho, si te estás quieta y me dejas hacer.
Dijo Belcolor:
—¿Y qué provecho iba yo a sacar de ahí, que sois todos más avaros que el demontre?
Entonces dijo el cura:
—No lo sé; tú pide, ¿quieres un par de escarpines, o quieres una cinta del pelo o quieres un buen cinturón de estambre?, o lo que quieras.
Dijo Belcolor:
—¡Basta, hermano! Esas cosas las tengo; pero si me amáis tanto, ¿por qué no me prestáis un servicio y yo haré lo que queráis?
Entonces dijo el cura:
—Di lo que quieras y lo haré de buena gana.
Belcolor dijo entonces:
—Tengo que ir a Florencia el sábado a entregar una lana que he hilado y a llevar a arreglar el telar; y si me prestáis cinco liras, que sé que las tenéis, recogeré en el usurero mi saya color púrpura y el cinturón de fiesta que traje de dote, que veis que no puedo ir de romería ni a ningún lugar porque no lo tengo; y luego siempre haré lo que queráis.
Repuso el cura:
—Así Dios me dé salud como que no las llevo encima; pero créeme que, antes que llegue el sábado, haré que las tengas de muy buena gana.
—Sí —dijo Belcolor—, todos prometéis mucho y luego no lo mantenéis: ¿creéis que vais a hacerme como le hicisteis a Biliuzza, que se fue con el dominus vobiscum? Por Dios que no lo haréis, que ella es una mujer perdida a cuenta de ello; ¡sino las tenéis, idos a buscarlas!
—¡Ah! —dijo el cura—, no me hagas ahora ir hasta casa, que ves que tengo tan derecha la suerte y hasta que no hay nadie, y tal vez cuando volviese habría aquí alguien que lo impediría; y no sé cuándo va a ponérseme tan bien como ahora.
Y ella dijo:
—Basta: si queréis ir, iros; si no, aguantaos.
El cura, viendo que no estaba dispuesta a hacer nada que él quisiera sino salvum me fac y él lo quería hacer sine custodia, dijo:
—Mira, tú no me crees que te las traiga; para que me creas te dejaré en prenda este tabardo mío de paño turqués.
Belcolor levantó la vista y dijo:
—Así este tabardo, ¿y qué vale?
Dijo el cura:—¿Cómo qué vale? Quiero que sepas que es de dulleta y hasta de trelleta, y hay en nuestro pueblo quien lo tiene por de cuadralleta; y no hace todavía quince días que me costó en Lotto el revendedor mis buenas siete liras, y me ahorré unas cinco liras por lo que me dijo Buglietto del Erta que sabes que es tan entendido en estos paños turqueses.
—¡Ah!, ¿es así? —dijo Belcolor—, así me ayude Dios como que nunca lo hubiese pensado; pero dádmelo como primicias.
El señor cura, que tenía la ballesta cargada, quitándose el tabardo se lo dio; y ella que lo hubo guardado, dijo:
—Sire, idos a aquella cabaña, que allí nunca entra nadie.
Y así hicieron; y allí el cura, dándole los más dulces besazos del mundo y haciéndola pariente de Dios Nuestro Señor, con ella un gran rato se solazó; luego, yéndose en sotana, que parecía que viniese de oficiar en unas bodas, se volvió a sagrado. Allí, pensando que cuantos cabos de vela recogía en todo el año de oferta no valían la mitad de cinco liras, le pareció haber hecho mal, y se arrepintió de haber dejado el tabardo y comenzó a pensar en qué modo podía recuperarlo sin costos. Y porque era un tanto maliciosillo, pensó muy bien qué debía hacer para recuperarlo, y lo hizo; porque al día siguiente, que era fiesta, mandó a un muchacho de un vecino suyo a casa de esta doña Belcolor y le pidió que le pluguiera prestarle su mortero de piedra, porque almorzaban con él Binguccio del Poggio y Nuto Buglietti, y que quería hacer una salsa. Belcolor se lo mandó; y cuando llegó la hora de almorzar, el cura mandó averiguar cuándo se ponían a la mesa Bentivegna del Mazzo y Belcolor, y llamado su monaguillo, le dijo:
—Coge aquel mortero y devuélvelo a Belcolor, y dile: «Dice el sire que os lo agradece mucho, y que le devolváis el tabardo que el muchachito os dejó en prenda».
El monaguillo fue a casa de Belcolor con el mortero y la encontró con Bentivegna a la mesa almorzando, y dejando allí encima el mortero, dio el recado del cura.
Belcolor, al oírse pedir el tabardo quiso contestar; pero Bentivegna, con mal gesto, dijo:
—¿Desde cuándo le tomas nada en prenda al sire? Voto a Cristo que me vienen ganas de darte un gran pescozón; ve y devuélveselo pronto, mala fiebre te dé, y cuida que de nada que quiera alguna vez, aunque quisiese nuestro burro, no ya otra cosa, le digas que no.
Belcolor se levantó barbotando y, yendo al arcón, sacó de allí el tabardo y se lo dio al monaguillo, y dijo:
—Dirás esto al sire de mi parte: «Belcolor dice que promete a Dios que no machacaréis más salsas en su mortero, que no le habéis hecho ningún honor con esto».
El monaguillo se fue con el tabardo y dio el recado al sire; al que el cura, riendo, dijo:
—Le dirás cuando la veas que, si no me presta el mortero yo no le prestaré el mazo; vaya lo uno por lo otro.
Bentivegna creyó que la mujer había dicho aquellas palabras porque él la había reprendido, y no se preocupó por ello; pero Belcolor, que había quedado burlada, se encolerizó con el cura y le negó la palabra hasta la vendimia; después, habiéndola amenazado el cura con hacerla ir a la boca del mayor de los Luciferes, por puro miedo, con el mosto y con las castañas se reconcilió con él, y muchas veces luego estuvieron juntos de juerga; y a cambio de las cinco liras le hizo el cura poner un pergamino nuevo al címbalo y le colgó de él un cascabelillo, y ella se contentó.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 01 Jun 2020, 03:45

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NOVELA TERCERA

Calandrino, Bruno y Buffalmacco van por el Muñone abajo en busca del heliotropo, y Calandrino cree haberlo encontrado; se vuelve a casa cargado de piedras, la mujer le regaña y él, airado, la golpea, y a sus compañeros les cuenta lo que ellos saben mejor que él.

Terminada la historia de Pánfilo, con la que las señoras habían reído tanto que todavía se ríen, la reina a Elisa ordenó que siguiese; la cual, todavía riendo, comenzó:
Yo no sé, amables señoras, si me será dado haceros con una historieta mía no menos verdadera que entretenida reír tanto cuanto os ha hecho Pánfilo con la suya, pero me esforzaré en ello.
En nuestra ciudad, que siempre en maneras varias y en gentes extraordinarias ha sido abundante, hubo, no hace todavía mucho tiempo, un pintor llamado Calandrino hombre simple y de costumbres bizarras, el cual la mayor parte del tiempo con otros dos pintores trataba, llamados el uno Bruno y el otro Buffalmacco hombres muy bromistas pero por otra parte avisados y sagaces, los cuales trataban con Calandrino porque de sus maneras y de su simpleza con frecuencia gran fiesta hacían. Había también en Florencia entonces un joven de maravillosa gracia y en todas las cosas que hacer quería hábil y afortunado, llamado Maso del Saggio, el cual, oyendo algunas cosas sobre la simpleza de Calandrino, se propuso divertirse de sus cosas haciéndole alguna burla o haciéndole creer alguna cosa extraordinaria; y por acaso encontrándolo un día en la iglesia de San Giovanni y viéndole estar atento mirando las pinturas y los bajorrelieves del tabernáculo que está sobre el altar de la iglesia, puesto no hacía mucho tiempo allí, pensó que le había llegado lugar y tiempo para su intención. E informando a un compañero suyo de aquello que entendía hacer, juntos se acercaron a donde Calandrino estaba sentado solo, y haciendo semblante de no verlo, juntos comenzaron a razonar sobre las virtudes de diversas piedras, de las que Maso hablaba tan autorizadamente como si hubiera sido un famoso y gran lapidario; a los cuales razonamientos dando oídos Calandrino y luego de un rato poniéndose en pie, viendo que no era secreto, se unió a ellos, lo que mucho agradó a Maso. El cual, siguiendo con sus palabras, fue preguntado por Calandrino que dónde estas piedras tan llenas de virtud se encontraban. Maso repuso que las más se encontraban en Berlinzonia, tierra de los vascos, en una comarca que se llamaba Bengodi en la que las vides se atan con longanizas y se tiene una oca por un dinero y un pato además, y había allí una montaña toda de queso parmesano rallado en lo alto de la que había gentes que nada hacían sino macarrones y raviolis y cocerlos en caldo de capones, y luego los arrojaban desde allí abajo, y quien más cogía más tenía; y allí al lado corría un arroyuelo de vernaza del mejor que puede beberse, sin una gota de agua mezclada.
—¡Oh! —dijo Calandrino—, ése es un buen país; pero dime, ¿qué hacen de los capones que ésos cuecen?
Repuso Maso:
—Todos se los comen los vascos.
Dijo entonces Calandrino:
—¿Has ido allí alguna vez?
A quien Maso respondió:
—¿Dices que si he estado? ¡Sí, así he estado una vez como mil!
Dijo entonces Calandrino:
—¿Y cuántas millas tiene?
—Tiene más de un millón cantando a pleno pulmón.
Dijo Calandrino:
—Pues debe ser más allá de los Abruzzos.
—Ah, sí —dijo Maso—, así de nones.
El simple de Calandrino, viendo a Maso decir estas palabras con un rostro serio y sin reírse, les daba la fe que puede darse a la verdad más manifiesta, y por tan ciertas las tenía; y dijo:
—Demasiado lejos está de mis asuntos; pero si más cerca estuviese, sí te digo que iría una vez allí contigo para ver rodar a esos macarrones y darme un hartazgo de ellos. Pero dime, así seas feliz; ¿en estas comarcas no se encuentran ninguna de esas piedras maravillosas?
A quien Maso repuso:
—Si, dos clases de piedras se encuentran de grandísima virtud. La una son los pedruscos de Settignano y de Montisci por virtud de los cuales, cuando se hacen muelas, se hace la harina, y por ello se dice en los países de allá que de Dios vienen las gracias y de Montisci las piedras de molino; pero hay de estas piedras de amolar tan gran cantidad, que entre nosotros es poco apreciada, como entre ellos las esmeraldas, de las cuales hay allí una montaña mayor que Montemorello que relucen a la medianoche y vete con Dios; y sabe que quien puliera las muelas de molino y las hiciera engastar en anillos antes de que se las agujerease, y se las llevase al sultán, tendría lo que quisiera. La otra es una piedra que nosotros los lapidarios llamamos heliotropo, piedra de mucha mayor virtud, porque quien la lleve encima, mientras la tenga no es de ninguna otra persona visto donde no está.
Entonces Calandrino dijo:
—Grandes virtudes son éstas; ¿pero esa segunda dónde se encuentra?
A quien Maso repuso que en el Muñone se solía encontrar. Dijo Calandrino:
—¿De qué tamaño es esa piedra y qué color es el suyo?
Repuso Maso:
—Es de varios tamaños, que alguna es mayor, alguna menor; pero todas son de color casi como negro.
Calandrino, habiendo todas estas cosas advertido para sí, fingiendo tener otra cosa que hacer, se separó de Maso, y se propuso buscar esta piedra; pero deliberó no hacerlo sin que lo supiesen Bruno y Buffalmacco, a quienes especialísimamente amaba. Se dio, pues, a ir en su busca, para que sin dilación y antes de ningún otro fueran a buscarlas, y todo el resto de aquella mañana consumió buscándolos. Por último, siendo ya pasada la hora de nona, acordándose de que trabajaban en el monasterio de las señoras de Faenza, aunque el calor fuese grandísimo, dejando toda otra ocupación, casi corriendo se fue donde ellos, y llamándoles les dijo:
—Compañeros, si queréis creerme podemos convertirnos en los hombres más ricos de Florencia, porque le he oído a un hombre digno de fe que en el Muñone hay una piedra que quien la lleva encima no es visto de nadie; por lo que me parece que sin tardanza, antes que otra persona pueda ir, fuésemos a buscarla. Por cierto que la encontraremos, porque la conozco; y cuando la hayamos encontrado, ¿qué tendremos que hacer sino meterla en la escarcela e ir a las mesas de los cambistas, que sabéis que están siempre cargadas de monedas de plata y de florines, y coger cuantos queramos? Nadie nos verá: y así podremos enriquecernos súbitamente sin tener todo el santo día que embadurnar los muros del modo que lo hace el caracol.
Bruno y Buffalmacco, al oírle, empezaron a reírse por dentro; y mirándose el uno al otro pusieron cara de maravillarse mucho y alabaron la idea de Calandrino; pero preguntó Buffalmacco qué nombre tenía esta piedra. A Calandrino, que era de mollera dura, ya se le había ido el nombre de la cabeza; por lo que respondió:
—¿Qué nos importa el nombre, puesto que sabemos la virtud? Yo diría que fuésemos a buscarla sin más esperar.
—Pero bien —dijo Bruno—, ¿cómo es?
Calandrino dijo:
—Las hay de distintas formas, pero todas son casi negras; por lo que me parece que debemos coger todas aquellas que veamos negras, hasta que lleguemos a ella; así que no perdamos tiempo, vamos.
A quien Bruno dijo:
—Pero espera.
Y vuelto a Buffalmacco dijo:
—A mí me parece que Calandrino dice bien; pero no me parece que sea hora de ello porque el sol está alto y da dentro del Muñone y ha secado todas las piedras; por lo que tales de ellas parecen ahora blancas, algunas que hay allí, que por la mañana, antes de que el sol las haya secado, parecen negras; y además de ello, mucha gente por diversas razones hay hoy, que es día laborable, en el Muñone, que, al vernos, podrían adivinar lo que anduviéramos haciendo y tal vez hacerlo ellos también; y podría venir a sus manos y nosotros habríamos perdido el santo por la limosna. A mí me parece, si os parece a vosotros, que éste es asunto de hacer por la mañana, que se distinguen mejor las negras de las blancas, y en día festivo, que no habrá allí nadie que nos vea.
Buffalmacco alabó la opinión de Bruno, y Calandrino concordó con ellos, y decidieron que el domingo siguiente por la mañana irían los tres juntos a buscar aquella piedra; pero sobre todas las cosas les rogó Calandrino que con nadie en el mundo hablasen de aquello, porque a él se lo habían dicho en secreto. Y hablando esto, les contó lo que había oído de la comarca de Bengodi, con juramentos afirmando que era así. Cuando Calandrino se separó de ellos, lo que sobre este asunto iban a hacer lo arreglaron entre ellos. Calandrino esperó con ansiedad el domingo por la mañana; venida la cual, se levantó al salir el día y, llamando a sus compañeros, saliendo por la puerta de San Gallo y bajando al Muñone, comenzaron a andar por él abajo, buscando piedras. Calandrino iba, como más afanoso, delante y prestamente saltando ora aquí ora allí, donde alguna piedra negra veía se arrojaba y cogiéndola se la metía en el seno. Sus compañeros andaban detrás, y de vez en cuando una u otra cogían; pero Calandrino no había andado mucho camino cuando tuvo el regazo lleno; por lo que, alzándose las faldas del sayo, que no seguía la moda de Hainaut, y haciendo con ellas una amplia halda, habiéndolo sujetado bien con el cinturón por todas partes, no mucho después la llenó y semejantemente, después de algún rato, haciendo halda de la capa, la llenó de piedras. Por lo que, viendo Buffalmacco y Bruno que Calandrino estaba cargado y la hora de comer se avecinaba, según lo establecido entre ellos, dijo Bruno a Buffalmacco:
—¿Dónde está Calandrino?
Buffalmacco, que lo veía allí junto a ellos, volviéndose en torno, y mirando acá y allá, repuso:
—No lo sé, pero hasta hace un momento estaba aquí delante de nosotros.
Dijo Bruno:
—¡Que hace poco! Me parece estar seguro de que ahora está en casa almorzando y nos ha dejado a nosotros en el frenesí de andar buscando las piedras negras por el Muñone abajo.
—¡Ah!, qué bien ha hecho —dijo entonces Buffalmacco—, burlándose de nosotros y dejándonos aquí, ya que hemos sido tan tontos como para creerle. ¿Crees que habría alguien tan tonto como nosotros que hubiera creído que en el Muñone iba a encontrarse una piedra tan milagrosa?
Calandrino, al oír estas palabras, imaginó que aquella piedra había llegado a sus manos y que, por la virtud de ella misma, aunque estuviese él presente no lo veían. Contento, pues, sobremanera de tal suerte, sin decirles nada, pensó en volver a su casa; y volviendo sobre sus pasos, comenzó a irse. Viendo esto, Buffalmacco dijo a Bruno:
—¿Qué hacemos nosotros? ¿Por qué no nos vamos?
A quien Bruno respondió:
—Vámonos; pero juro a Dios que Calandrino no me hace ni una más; y si estuviese junto a él como lo he estado toda la mañana, le daría tal con este guijarro en el calcañar que se acordaría un mes de esta broma.
Y decir estas palabras y estirar el brazo y darle a Calandrino con el guijarro en el calcañar fue todo uno. Calandrino, sintiendo el dolor, levantó el pie y comenzó a resoplar, pero luego se calló y se fue. Buffalmacco, cogiendo uno de los guijos que recogido había, dijo a Bruno:
—¡Ah, mira el guijo: así le diese ahora mismo en los riñones a Calandrino!
Y, soltándolo, le dio con él un gran golpe en los riñones; y en resumen, de tal guisa, ahora con una palabra y ahora con otra, por el Muñone arriba hasta la puerta de San Gallo lo fueron lapidando. Allí, arrojando al suelo las piedras que habían recogido, un tanto se detuvieron con los guardias aduaneros, los cuales, primero informados por ellos, fingiendo no verlo, dejaron pasar a Calandrino con la mayor risa del mundo. El cual, sin pararse se vino a su casa, la cual estaba junto al Canto della Macina; y tan favorable le fue la fortuna a la burla que mientras Calandrino por el río se venía y luego por la ciudad, nadie le dirigió la palabra, ya que encontró a pocos porque todos estaban almorzando. Entró, así pues, Calandrino, tan cargado, en su casa. Estaba por acaso su mujer (que tenía por nombre doña Tessa), mujer hermosa y valerosa, arriba de la escalera, y un tanto enojada por su larga demora, y viéndolo venir comenzó a decirle con reproches:
—¡Ya, hermano, te trae el diablo! Todo el mundo ha comido ya cuando tú vienes a comer.
Lo que oyendo Calandrino y viendo que lo veía, lleno de amargura y de dolor comenzó a gritar:
—¡Ay!, mala mujer, pues eres tú, me has arruinado; pero por Dios que me las pagarás.
Y subiendo a una salita y descargadas allí las muchas piedras que había recogido, furibundo corrió hacia su mujer y, cogiéndola por las trenzas, la tiró al suelo, y allí, cuanto pudo mover los brazos y las piernas tantos puñetazos y patadas le dio por todo el cuerpo, sin dejarle en la cabeza cabello o hueso encima que machacado no estuviese, nada valiéndole pedir merced con los brazos en cruz. Buffalmacco y Bruno, luego de que con los guardianes de la puerta se hubieron reído un poco, con lento paso comenzaron un poco de lejos a seguir a Calandrino; y llegados junto a su puerta, sintieron la feroz paliza que a su mujer le daba, y fingiendo que llegaban entonces, le llamaron. Calandrino, todo sudado, rojo y cansado, se asomó a la ventana y les rogó que subiesen donde estaba él. Ellos, mostrándose un tanto enfadados, subieron arriba y vieron la sala llena de piedras, y en uno de los rincones a la mujer despeinada, toda lívida y golpeada en la cara, llorar dolorosamente; y por otra parte Calandrino, desceñido y jadeante a guisa de hombre cansado, sentado. Y luego de haber mirado un rato dijeron:
—¿Qué es esto, Calandrino? ¿Quieres hacer un muro, que te vemos con tantas piedras?Y además de esto, añadieron:
—¿Y doña Tessa qué tiene? Parece que le has pegado; ¿qué novedades son éstas?
Calandrino, cansado por el peso de las piedras y por la rabia con que le había pegado a su mujer, y con el dolor de la fortuna que le parecía haber perdido, no podía reunir aliento para pronunciar enteras las palabras de su respuesta; por lo que, dándole tiempo, Buffalmacco recomenzó:
—Calandrino, si estabas airado por algo, no debías por ello escarnecernos a nosotros; que, luego de que nos indujiste a buscar contigo la piedra preciosa, sin decírselo a Dios ni al diablo nos dejaste como a dos cabrones en el Muñone y te viniste, lo que tenemos por muy gran maldad; pero por cierto que ésta va a ser la postrera que vas a hacernos.
A estas palabras, Calandrino, esforzándose, repuso:
—Compañeros, no os enfurezcáis: las cosas han sido de muy distinto modo del que pensabais. Yo, desventurado, había encontrado aquella piedra; ¿y queréis saber si digo verdad? Cuando primeramente os preguntasteis por mí el uno al otro, yo estaba a menos de diez brazos de vosotros, y viendo que os acercabais y no me veíais, me fui por delante de vosotros, y siguiendo un poco por delante siempre me he venido.
Y empezando por un extremo, hasta el final les contó lo que habían hecho y dicho ellos, y les mostró la espalda y los calcañares cómo los habían aderezado los guijarros, y luego siguió:
—Y os digo que, entrando por la puerta con todas estas piedras en el seno que aquí veis, nada me dijeron (que sabéis cuán desagradables y molestos suelen ser) los guardianes que quieren mirar todo, y además de esto, he encontrado por la calle a muchos de mis compadres y amigos, los cuales siempre suelen dirigirme algún saludo e invitarme a beber, y no hubo ni uno que me dijese media palabra, como quienes no me veían. Al final, llegando aquí a casa, este diablo de esta maldita mujer se me puso delante y me vio, porque, como sabéis, las mujeres hacen perder la virtud a todas las cosas; de lo que yo, que podía decirme el hombre más venturoso de Florencia, he quedado el más desventurado: y por ello le he pegado tanto cuanto he podido mover las manos y no sé qué me detiene en cortarle las venas, ¡que maldita sea la hora en que primero la vi y cuando vino a esta casa!
Y encendiéndose de nuevo en ira, quería levantarse para volver a pegarle de nuevo. Buffalmacco y Bruno, oyendo estas cosas, ponían cara de maravillarse mucho y con frecuencia confirmaban lo que Calandrino decía, y sentían tan grandes ganas de reír que casi estallaban; pero viéndole furioso levantarse para pegar otra vez a su mujer, saliendo a su encuentro lo retuvieron diciéndole que de estas cosas ninguna culpa tenía su mujer, sino él que sabiendo que las mujeres hacían perder su virtud a las cosas no le había dicho que se guardase de ponérsele delante aquel día; de la cual precaución Dios le había privado o porque la suerte no debía ser suya o porque tenía en el ánimo engañar a sus compañeros, a los cuales, cuando se dio cuenta de haberla encontrado debía descubrirla. Y luego de muchas palabras, no sin gran trabajo reconciliando con él a la doliente mujer, y dejándolo melancólico en la casa llena de piedras, se fueron.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 3 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 02 Jun 2020, 03:28

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NOVELA CUARTA

El preboste de Fiésole ama a una mujer viuda; no es amado por ella y, creyendo acostarse con ella, se acuesta con una criada suya, y los hermanos de la señora hacen que su obispo lo descubra.

Había llegado Elisa al fin de su historia, no sin gran placer de toda la compañía habiéndola contado, cuando la reina, volviéndose a Emilia, le mostró que quería que ella, después de Elisa, la suya contase; la cual, prestamente, comenzó así:
Valerosas señoras, cuán solicitadores de nuestros pensamientos son los curas y los frailes y todo clérigo, en muchas historias de las contadas recuerdo que se ha demostrado; pero porque nunca podría hablarse de ello tanto que no quedase mucho más por decir, yo, además, entiendo contaros una sobre un preboste el cual, a pesar de todo el mundo, quería que una noble señora viuda le amase, quisiera ella o no; la cual, como muy sabia, le trató tal como se merecía.
Como todas vosotras sabéis, Fiésole, cuya colina podemos desde aquí ver, fue una ciudad antiquísima y grande, aunque hoy esté toda derruida, y no por ello ha dejado de tener obispo propio y todavía lo tiene. Allí, cerca de la iglesia mayor, tenía una noble señora viuda, llamada doña Piccarda, una posesión con una casa no muy grande; y porque no era la mujer más acomodada del mundo, allí vivía la mayor parte del año, y con ella dos hermanos suyos, jóvenes muy de bien y corteses. Ahora, sucedió que frecuentando esta señora la iglesia mayor y siendo todavía asaz joven, y hermosa y agradable, se enamoró de ella tan ardientemente el preboste de la iglesia, que nada más veía aquí ni allí, y luego de algún tiempo fue tan atrevido que él mismo dijo a esta señora su deseo, y le rogó que estuviese contenta de su amor y de amarlo como él la amaba. Era este preboste ya viejo de años pero jovencísimo de juicio, petulante y altanero, y de sí mismo pensaba todo lo mejor, con modos y costumbres llenos de afectación y desagrado, y tan cargante y fastidioso que nadie había que le quisiera bien; y si alguien le quería poco era esta señora misma, que no solamente no le quería nada sino que lo odiaba más que a un dolor de cabeza. Por lo que, como prudente, le repuso:
—Señor, que vos me améis debe serme muy grato, y yo debo amaros y os amaré de buen grado; pero entre vuestro amor y el mío ninguna cosa deshonesta debe suceder jamás. Sois mi padre espiritual y sois sacerdote, y ya os aproximáis mucho a la vejez, las cuales cosas os deben hacer honesto y casto; y por otra parte yo no soy una niña a quien estos enamoramientos sienten ya bien, y soy viuda, que sabéis cuánta honestidad se espera de las viudas; y por ello, tenedme por excusada, que del modo en que me requerís no os amaré nunca ni así quiero ser amada por vos.
El preboste, no pudiendo aquella vez sacar de ella otra cosa, no se dio por desmayado y vencido al primer golpe, sino que usando de su arrogante osadía la solicitó muchas veces con cartas y con embajadas, y aun por sí mismo cuando a la iglesia la veía venir; por lo que, pareciéndole este tábano demasiado pesado y demasiado enojoso a la señora, pensó en quitárselo de encima del modo que merecía, puesto que de otro no podía; pero no quiso hacer cosa alguna que primero no razonase con sus hermanos. Y habiéndoles dicho lo que el preboste hacía con ella y también lo que ella entendía hacer, y recibiendo de ellos plena autorización, de allí a pocos días volvió a la iglesia como acostumbraba; y en cuanto la vio el preboste, vino a ella, y como solía hacer, de modo confianzudo entró con ella en conversación. La señora, viéndole venir y mirando hacia él, le puso alegre gesto, y retirándose a un lado, habiéndole el preboste dicho muchas palabras del modo acostumbrado, la señora luego de un gran suspiro dijo:
—Señor, yo he oído muchas veces que no hay ningún castillo tan fuerte que, siendo combatido todos los días, no llegue a ser tomado alguna vez; lo que veo muy bien que me ha sucedido a mí. Tanto unas veces con dulces palabras y otras con bromas y otras con otras cosas me habéis cercado, que me habéis hecho romper mi propósito; y estoy dispuesta, puesto que tanto os agrado, a ser vuestra.
El preboste, todo contento, dijo:
—Señora, mucho os lo agradezco y a decir verdad, me he maravillado mucho de cómo os habéis resistido tanto, pensando que nunca me ha sucedido esto con ninguna; así he dicho yo algunas veces que, si las mujeres fuesen de plata no valdrían ningún dinero porque ninguna resistiría el martillo. Pero dejemos esto: ¿cuándo y dónde podremos estar nosotros juntos?
A lo que la señora repuso:
—Dulce señor mío, cuándo podría ser la hora que más os agradase porque yo no tengo marido a quien tenga que dar cuenta de mis noches; pero dónde no sé pensarlo.
Dijo el cura:
—¿Cómo no? ¿Y vuestra casa?
Repuso la dama:
—Señor, sabéis que tengo dos hermanos jóvenes, los cuales de día y de noche vienen a casa con sus amistades, y mi casa no es muy grande, y por ello no podría ser, salvo que quisieseis estar allí como si fuerais mudo sin decir palabra ni resollar, y en la oscuridad, a modo de ciego; si quisierais hacerlo así se podría, porque ellos no entran en mi alcoba; pero está la suya tan al lado de la mía que no se puede decir ni una palabrita tan bajo que no se oiga.
Dijo entonces el preboste:
—Señora, que no quede por ello por una noche o dos, en tanto yo piense dónde podemos estar en otra parte con más comodidad.
La señora dijo:
—Señor, esto es cosa vuestra, pero una cosa os ruego, que esto quede tan secreto que no se sepa nunca una palabra.
El preboste dijo entonces:
—Señora, no temáis por ello, y si puede ser, haced que esta noche estemos juntos.
—Me place —y dándole indicaciones de cómo y cuándo venir debía, se fue y se volvió a su casa.
Tenía esta señora una criada, que no era demasiado joven y que tenía el rostro más feo y más contrahecho que nunca se vio; que tenía la nariz muy aplastada y la boca torcida y los labios gruesos y los dientes mal compuestos y grandes, y tiraba a bizca, y nunca estaba sin los ojos malos, y de un color verde y amarillo que parecía que no en Fiésole sino en Sinagalia había pasado el verano; y además de todo esto, era coja y un tanto manca del lado derecho. Y se llamaba Ciuta, y porque tan lívida cara tenía, por todos era llamada Ciutazza; y aunque fuese contrahecha en la figura, era, sin embargo, bastante maliciosa. A la cual, la señora llamó, y le dijo:
—Ciutazza, si quieres hacerme un servicio esta noche, te daré una buena camisa nueva.
Ciutazza, oyendo mentar la camisa, dijo:
—Señora, si me dais una camisa, me arrojaré al fuego, no ya otra cosa.
—Pues bien ——dijo la señora—, quiero que esta noche te acuestes con un hombre en mi cama y que lo acaricies, y guárdate de decir palabra, que no te sientan mis hermanos, que sabes que duermen al lado; y luego te daré la camisa.
Ciutazza dijo:
—Así dormiría yo con seis, no con uno, si hiciese falta.
Venida pues la noche, el señor preboste vi-no, como le había sido fijado; y los dos jóvenes, como la señora había combinado, estaban en su alcoba y hacían mucho ruido; por lo que el preboste, silenciosamente y a oscuras entrando en la alcoba de la señora, se fue a la cama como ella le había dicho, y del otro lado Ciutazza, bien informada por la señora de lo que tenía que hacer. El señor preboste, creyendo tener a su señora al lado, se echó en los brazos de Ciutazza y comenzó a besarla sin decir palabra, y Ciutazza a él; y comenzó el preboste a solazarse con ella, tomando posesión de los bienes largamente deseados. Cuando la señora hubo hecho esto, ordenó a los hermanos que hiciesen el resto de lo que habían planeado; los cuales, calladamente saliendo de su alcoba, se fueron a la plaza, y fue su fortuna para lo que querían hacer más favorable de lo que ellos mismos pedían porque, siendo el calor grande, el obispo había mandado a buscar a los dos jóvenes para ir hasta su casa paseando y beber en su compañía. Pero al verlos venir, diciéndoles su deseo, con ellos se puso en camino; y entrando en un patiecillo fresco que ellos tenían donde había muchas luces encendidas, con gran placer estuvo bebiendo un buen vino de los suyos. Y habiendo bebido dijeron los jóvenes:
—Señor, pues que tanto favor nos habéis hecho, que os habéis dignado visitar esta nuestra pequeña choza a la que veníamos a invitaros, queremos que os plazca ver una cosita que os querríamos mostrar.
El obispo repuso que de buena gana; por lo que uno de los jóvenes, tomando en la mano una pequeña antorcha encendida y yendo por delante, siguiéndole el obispo y todos los demás, se enderezó hacia la alcoba donde el señor preboste yacía con Ciutazza, el cual para llegar pronto se había apresurado a cabalgar y había, antes de que éstos llegasen allí, cabalgado ya más de tres millas; por lo que cansado y teniendo a Ciutazza en brazos a pesar del calor, dormía. Entrando, pues, con luz en la mano el joven en la alcoba, y el obispo detrás de él y todos los otros, les fue mostrado el preboste con Ciutazza en brazos. En esto, despertándose el señor preboste, y viendo la luz y esta gente a su alrededor, avergonzándose mucho y amedrentado metió la cabeza debajo de las sábanas; al cual el obispo injurió grandemente y le hizo sacar la cabeza y ver con quién estaba acostado. El preboste, al ver el engaño de la señora, tanto por él como por el vituperio que le parecía ser, súbitamente se sintió el más dolorido hombre que jamás había existido: y por mandato del obispo, vistiéndose, a sufrir un gran castigo por el pecado cometido, bien custodiado, tuvo que irse a su casa. Quiso luego saber el obispo cómo había sucedido aquello de que aquél hubiese ido a acostarse allí con Ciutazza. Los jóvenes le contaron ordenadamente todas las cosas; lo que oyendo el obispo, mucho alabó a la señora, y también a los jóvenes que, sin querer mancharse las manos con la sangre de un sacerdote, le habían tratado como merecía. Este pecado se lo hizo el obispo llorar cuarenta días, pero el amor y la vergüenza le hicieron llorar más de cuarenta y nueve; sin contar con que, por mucho tiempo después no podía andar por la calle sin ser señalado con el dedo por los muchachitos, los cuales decían:
—¡Mira al que se acuesta con Ciutazza!
Lo que le dolía tanto que estuvo a punto de enloquecer; y de tal manera la valerosa señora se quitó de encima el fastidio del importuno preboste y Ciutazza ganó una camisa.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 03 Jun 2020, 03:15

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NOVELA QUINTA

Tres jóvenes le quitan los calzones a un juez de las Marcas en Florencia, mientras él, estando en el estrado, administraba justicia.

Había dado Emilia fin a su razonar, habiendo sido la viuda alabada por todos, cuando la reina, mirando a Filostrato, dijo:
—A ti te toca ahora narrar.
Por la cual cosa él prestamente repuso que estaba dispuesto, y comenzó:
Deleitosas señoras, el joven a quien Elisa hace poco nombró, es decir, Maso del Saggio, me hará dejar una historia que pensaba contar para contar una sobre él y algunos de sus compañeros, la cual, aunque deshonesta no sea por decirse palabras en ella que vosotras os avergonzáis de decir, no por ello deja de ser tan divertida que a pesar de todo la contaré.
Como todas podéis haber oído, a nuestra ciudad vienen con frecuencia podestás de las Marcas, los cuales son generalmente hombres de ánimo apocado y de vida tan pobre y miserable que todas sus acciones no son sino cicaterías, y por su innata miseria y avaricia traen consigo a jueces y notarios que parecen hombres más bien arrancados al arado o sacados de las zapaterías que de las escuelas de leyes. Ahora bien, habiendo venido uno como podestá, entre los muchos otros jueces que trajo consigo, trajo a uno que se hacía llamar micer Niccola de San Lepidio, el cual parecía más bien un cerrajero que otra cosa: y fue puesto éste entre los demás jueces a oír las cuestiones criminales. Y como con frecuencia sucede que, aunque los ciudadanos no tengan nada que hacer en palacio a veces van por allí, sucedió que Maso del Saggio una mañana, buscando a un amigo suyo allá se fue; y acaeciéndole mirar a donde micer Niccola estaba sentado, pareciéndole que era un pajarraco raro, todo él lo iba considerando. Y como le viese el armiño todo pringoso en la cabeza, y un tintero colgado del cinto, y más largo el faldellín que la toga y otras muchas cosas todas inusitadas en un hombre ordenado y bien educado, y además de éstas, una más notable que ninguna de las otras, a su parecer, le vio, y fue un par de calzones que, estando él sentado y las ropas, por estrechez, quedándole abiertas por delante, vio que el fondo de ellos le llegaba hasta media pierna. Por lo cual, sin quedarse mucho mirándole, dejando lo que andaba buscando, comenzó una búsqueda nueva, y encontró a dos de sus compañeros, de los cuales uno tenía por nombre Ribi y el otro Mateuzzo, hombres los dos no menos ocurrentes que Maso, y les dijo:
—¡Ah, si me queréis bien, venid conmigo hasta palacio, que quiero mostraros allí el más extraordinario patán que nunca habéis visto!
Y yéndose con ellos a palacio, les mostró aquel juez y sus calzones. Éstos, desde lejos comenzaron a reírse de aquel asunto, y avecinándose a los escaños sobre los que estaba el señor juez, vieron que muy fácilmente podía andarse bajo aquellos escaños; y además de ello vieron rota la tabla sobre la cual el señor juez tenía puestos los pies, tanto que con gran comodidad se podía meter por ella la mano y el brazo. Y entonces dijo Maso asus compañeros:
—Quiero que le quitemos del todo esos calzones, porque con mucha facilidad se puede.
Habían ya los compañeros visto cómo; por lo que, arreglando entre ellos lo que tenían que hacer y decir, a la mañana siguiente volvieron allí, y estando el tribunal muy lleno de hombres, Mateuzzo, sin que nadie lo advirtiese, entró debajo del banco y se fue derecho bajo el lugar donde el juez posaba los pies; Maso, por uno de los lados acercándose al señor juez, lo cogió por la orla de la toga, y acercándose Ribi del otro lado y haciendo lo mismo, comenzó Maso a decir:
—Señor, o señores, yo os pido por Dios que antes de que ese ladroncillo que está ahí al lado se vaya a otra parte, que le hagáis devolverme un par de borceguíes míos que me ha birlado y dice que no: y los he visto, no hace todavía un mes, que les hacía echar suelas nuevas.
Ribi, del otro lado, gritaba alto:
—Micer, no le creáis, que es un bribonzuelo, y porque sabe que he venido a querellarme contra él por una valija que me ha robado, ha venido ahora mismo a hablar de los borceguíes que los tengo en casa desde antañazo; y si no me creéis, puedo poneros por testigo a la verdulera de al lado y a la tripera Grassa y a uno que va recogiendo la basura de Santa María de Verzaia, que lo vi cuando volvía del pueblo.
Maso, por el otro lado, no dejaba hablar a Ribi, gritando también; y Ribi gritaba más. Y mientras el juez estaba de pie y más cerca de ellos para oírles mejor, Mateuzzo, aprovechando la ocasión, metió la mano por el agujero de la tabla y cogió los calzones del juez por abajo, y tiró de ellos fuertemente. Los calzones salieron incontinenti, porque el juez era flaco y escurrido; el cual, sintiendo lo que pasaba y no sabiendo qué fuese, queriendo tirar de las ropas hacia adelante y taparse y sentarse, Maso de un lado y Ribi del otro sin embargo, sujetándole y gritando fuerte:
—Micer, hacéis mal en no hacerme justicia y no querer oírme y querer iros a otra parte; ¡de cosa tan pequeña como ésta es no se levanta acta en esta ciudad! —y tanto con estas palabras le tiraron de las ropas que cuantos en el tribunal estaban se apercibieron de que le habían quitado las calzas. Mateuzzo, luego de que algún tiempo le hubo sujetado, dejándole, se salió fuera y se fue sin que le viesen. Ribi, pareciéndole haber hecho bastante, dijo:
—¡Voto a Dios que me resarciré en la corporación! —y Maso, del otro lado, soltándole la toga, dijo:
—No, pues yo volveré tantas veces hasta que os encuentre menos impedido que habéis aparecido esta mañana! —y el uno por aquí, el otro por allá, lo antes que pudieron se fueron. El señor juez, poniéndose los calzones en presencia de todo el mundo como si se levantase de la cama, y dándose cuenta entonces de lo que había pasado, preguntó dónde habían ido aquellos que de los borceguíes y de la valija se querellaban; pero no encontrándolos, comenzó a jurar por las entrañas de Cristo que tenía que conocer y saber si era costumbre en Florencia quitarle los calzones a los jueces cuando se sentaban en el estrado de justicia. El podestá, por otra parte, habiéndole oído, armó un gran alboroto; después, habiéndole mostrado sus amigos que aquello no se lo habían hecho sino para mostrarle que los florentinos sabían que en lugar de haber llevado jueces había llevado allí zopencos para que le saliese más barato, por las buenas se calló y no fue más adelante la cosa aquella vez.


(Continuará)


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