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Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Pedro Casas Serra
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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 10 Abr 2020, 11:15

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TERCERA JORNADA

COMIENZA LA TERCERA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA QUE SE HABLA, BAJO EL GOBIERNO DE NEIFILE, SOBRE ALGUIEN QUE HUBIERA CONSEGUIDO CON INDUSTRIA ALGUNA COSA MUY DESEADA O ALGUNA PERDIDA RECUPERASE.

La aurora empezaba ya a convertirse de bermeja en anaranjada por la aproximación del sol cuando el domingo, levantada la reina y hecho levantar a su compañía, y habiendo mandado ya el senescal buen espacio por delante al lugar donde debían ir muchas de las cosas oportunas y quien allí preparase lo que era necesario, viendo ya a la reina en camino, prestamente haciendo cargar todas las demás cosas, como si de allí levantasen el campo, se fue con los bagajes, dejando a los sirvientes junto a las señoras y los señores. La reina, pues, con lento paso, acompañada y seguida por sus damas y los tres jóvenes, guiada por el canto de quién sabe si veinte ruiseñores y otros tantos pájaros, por un sendero no muy frecuentado mas lleno de verdes hierbecillas y de flores que al sol que llegaba todas empezaban a abrirse, tomó el camino hacia occidente, y charlando y bromeando y riendo con su compañía, sin haber andado más de dos mil pasos, bastante antes de que mediada la hora de tercia estuviese, a una hermosísima y rica mansión que un tanto levantada sobre el suelo en un cerro estaba, les hubo conducido.
Entrados en la cual y andando por todas partes, y habiendo visto las grandes salas, las limpias y adornadas alcobas debidamente abastecidas de todo lo que a una alcoba corresponde, sumamente la alabaron y reputaron a su dueño por magnífico; después, bajando abajo, y viendo el amplísimo y alegre patio, las bodegas llenas de óptimos vinos y el agua fresquísima y abundante que de allí manaba, más aún lo alabaron. De allí, como deseosos de reposo en una galería desde donde todo el patio se señoreaba, estando todas las cosas llenas de las flores que el tiempo daba y de ramas, sentándose, vino el discreto senescal y con exquisitos dulces y óptimos vinos los recibió y confortó. Después de lo cual, haciendo abrir un jardín contiguo al palacio, allí, que estaba todo cercado por un muro, entraron; y pareciéndoles a primera vista de maravillosa belleza todo el conjunto, más atentamente empezaron a mirar sus partes.
Tenía a su alrededor y por la mitad en bastantes partes paseos amplísimos, rectos como caminos y cubiertos por un emparrado que gran aspecto tenía de ir aquel año a dar muchas uvas; y todo florido entonces esparcía tan gran olor que, mezclado con el de muchas otras cosas que por el jardín olían, les parecía estar entre todos los aromas nacidos en el oriente. Los lados de los cuales paseos todos por rosales blancos y bermejos y por jazmines estaban casi cubiertos; por las cuales cosas, no ya de mañana sino cuando el sol estuviese más alto, bajo olorosas y deleitables sombras, sin ser tocado por él, se podía andar por ellos. Cuántas y cuáles y cómo estaban ordenadas las plantas que había en aquel lugar sería largo de contar; pero no hay ninguna estimable que en nuestro clima se dé, que no hubiese allí abundantemente. En mitad del cual, lo que no es menos digno de lo que otra cosa que allí hubiera sino mucho más, había un prado de menudísima hierba y tan verde que casi parecía negra, pintado todo de mil variedades de flores, cercado en torno por verdísimos y erguidos naranjos y por cedros, los cuales, teniendo frutos, los viejos y los nuevos, flores todavía, no solamente con sombra amable a los ojos sino también al olfato lisonjeaban.
En medio del tal prado había una fuente de mármol blanquísimo y con maravillosas figuras esculpidas; allí dentro, no sé si natural o artificiosa, por una estatua que sobre una columna en el medio de aquélla estaba en pie, arrojaba tanta agua y tan alta hacia el cielo (que luego no sin deleitable sonido sobre la clarísima fuente volvía a caer) que hubiera hecho mover al menos un molino. La que después (aquella, digo, que sobrepasaba el borde de la fuente) por vía oculta salía del pradecillo y por canalillos asaz bellos y artificiosamente hechos, fuera de aquello haciéndose ya manifiesta, todo lo rodeaba; y allí por canalillos semejantes por todas las partes del jardín discurría, recogiéndose últimamente en una parte por donde había salido del hermoso jardín y de allí, descendiendo clarísima hacia el llano antes de llegar a él, con grandísima fuerza y con no poca utilidad para su dueño, hacía dar vueltas a dos molinos.
Al ver este jardín, su bello orden, las plantas y la fuente con los arroyuelos procedentes de ella, tanto agradó a todas las mujeres y a los tres jóvenes, que todos comenzaron a afirmar que, si se pudiera hacer un paraíso en la tierra, no sabrían qué otra forma sino aquella del jardín pudiera dársele, ni pensar, además de aquéllas, qué belleza podría añadírsele. Paseando, pues, contentísimos por allí, haciéndose bellísimas guirnaldas de varias ramas de árboles, oyendo siempre unos veinte modos de cantos de pájaros como si contendiesen el uno con el otro en el cantar, se apercibieron de una deleitosa belleza de que, sorprendidos por las demás, no se habían todavía apercibido: vieron que el jardín estaba lleno de cien especies de hermosos animales, y enseñándoselos uno al otro, de una parte salir conejos, por otra correr liebres, y dónde yacer cabritillos, y en algunas estar paciendo cervatillos vieron; y además de éstos, otras muchas clases de animales inofensivos, cada uno a su agrado, como domesticados, ir recreándose; las cuales cosas, a los otros placeres, mucho mayor placer sumaron.
Pero luego de que mucho hubieron andado, viendo ora esta cosa ora aquélla, habiendo hecho poner las mesas alrededor de la hermosa fuente, y cantando allí primero seis cancioncillas y danzando algunos bailes, cuando agradó a la reina se pusieron a comer, y servidos con grandísimo y bueno y reposado orden, y con buenas y delicadas viandas, más alegres se levantaron y a las tonadas y a los cantos y a los bailes volvieron a darse hasta que a la reina, por el calor que había sobrevenido, pareció hora de que a quien le agradase, se fuera a acostar. Y algunos se fueron y algunos, vencidos por la belleza del lugar, irse no quisieron; sino que quedándose allí, quién a leer libros de caballerías, quién a jugar al ajedrez y quién a las tablas, mientras los otros dormían, se dedicaron.
Pero luego de que pasó la hora de nona, todos se levantaron y, habiéndose refrescado el rostro con la fresca agua, en el prado, como plugo a la reina, viniendo cerca de la fuente, y en él según la manera acostumbrada sentándose, se pusieron a esperar contar sus historias sobre la materia propuesta por la reina. De los que el primero a quien la reina dio el encargo fue a Filostrato, que comenzó de esta guisa:


NOVELA PRIMERA

Masetto de Lamporecchio se hace el mudo y entra como hortelano en un monasterio de mujeres, que porfían en acostarse con él.

Hermosísimas señoras, bastantes hombres y mujeres hay que son tan necios que creen demasiado confiadamente que cuando a una joven se le ponen en la cabeza las tocas blancas y sobre los hombros se le echa la cogulla negra, que deja de ser mujer y ya no siente los femeninos apetitos, como si se la hubiese convertido en piedra al hacerla monja; y si por acaso algo oyen contra esa creencia suya, tanto se enojan cuanto si se hubiera cometido un grandísimo y criminal pecado contra natura, no pensando ni teniéndose en consideración a sí mismos, a quienes la plena libertad de hacer lo que quieran no puede saciar, ni tampoco al gran poder del ocio y la soledad. Y semejantemente hay todavía muchos que creen demasiado confiadamente que la azada y la pala y las comidas bastas y las incomodidades quitan por completo a los labradores los apetitos concupiscentes y los hacen bastísimos de inteligencia y astucia. Pero cuán engañados están cuantos así creen me complace (puesto que la reina me lo ha mandado, sin salirme de lo propuesto por ella) demostraros más claramente con una pequeña historieta.
En esta comarca nuestra hubo y todavía hay un monasterio de mujeres, muy famoso por su santidad, que no nombraré por no disminuir en nada su fama; en el cual, no hace mucho tiempo, no habiendo entonces más que ocho señoras con una abadesa, y todas jóvenes, había un buen hombrecillo hortelano de un hermosísimo jardín suyo que, no contentándose con el salario, pidiendo la cuenta al mayordomo de las monjas, a Lamporecchio, de donde era, se volvió. Allí, entre los demás que alegremente le recibieron, había un joven labrador fuerte y robusto, y para villano hermoso en su persona, cuyo nombre era Masetto; y le preguntó dónde había estado tanto tiempo. El buen hombre, que se llamaba Nuto, se lo dijo; al cual, Masetto le preguntó a qué atendía en el monasterio. Al que Nuto repuso:
—Yo trabajaba en un jardín suyo hermoso y grande, y además de esto, iba alguna vez al bosque por leña, traía agua y hacía otros tales servicios; pero las señoras me daban tan poco salario que apenas podía pagarme los zapatos. Y además de esto, son todas jóvenes y parece que tienen el diablo en el cuerpo, que no se hace nada a su gusto; así, cuando yo trabajaba alguna vez en el huerto, una decía: «Pon esto aquí», y la otra: «Pon aquí aquello» y otra me quitaba la azada de la mano y decía: «Esto no está bien»; y me daba tanto coraje que dejaba el laboreo y me iba del huerto, así que, entre por una cosa y la otra, no quise estarme más y me he venido. Y me pidió su mayordomo, cuando me vine, que si tenía alguien a mano que entendiera en aquello, que se lo mandase, y se lo prometí, pero así le guarde Dios los riñones que ni buscaré ni le mandaré a nadie.
A Masetto, oyendo las palabras de Nuto, le vino al ánimo un deseo tan grande de estar con estas monjas que todo se derretía comprendiendo por las palabras de Nuto que podría conseguir algo de lo que deseaba. Y considerando que no lo conseguiría si decía algo a Nuto, le dijo:
—¡Ah, qué bien has hecho en venirte! ¿Qué es un hombre entre mujeres? Mejor estaría con diablos: de siete veces seis no saben lo que ellas mismas quieren.
Pero luego, terminada su conversación, empezó Masetto a pensar qué camino debía seguir para poder estar con ellas; y conociendo que sabía hacer bien los trabajos que Nuto hacía, no temió perderlo por aquello, pero temió no ser admitido porque era demasiado joven y aparente. Por lo que,dando vueltas a muchas cosas, pensó:
«El lugar es bastante alejado de aquí y nadie me conoce allí, si sé fingir que soy mudo, por cierto que me admitirán».
Y deteniéndose en aquel pensamiento, con una segur al hombro, sin decir a nadie adónde fuese, a guisa de un hombre pobre se fue al monasterio; donde, llegado, entró dentro y por ventura encontró al mayordomo en el patio, a quien, haciendo gestos como hacen los mudos, mostró que le pedía de comer por amor de Dios y que él, si lo necesitaba, le partiría la leña. El mayordomo le dio de comer de buena gana; y luego de ello le puso delante de algunos troncos que Nuto no había podido partir, los que éste, que era fortísimo, en un momento hizo pedazos. El mayordomo, que necesitaba ir al bosque, lo llevó consigo y allí le hizo cortar leña; después de lo que, poniéndole el asno delante, por señas le dio a entender que lo llevase a casa. Él lo hizo muy bien, por lo que el mayordomo, haciéndole hacer ciertos trabajos que le eran necesarios, más días quiso tenerlo; de los cuales sucedió que un día la abadesa lo vio, y preguntó al mayordomo quién era. El cual le dijo:
—Señora, es un pobre hombre mudo y sordo, que vino uno de estos días a por limosna, así que le he hecho un favor y le he hecho hacer bastantes cosas de que había necesidad. Si supiese labrar un huerto y quisiera quedarse, creo estaríamos bien servidos, porque él lo necesita y es fuerte y se podría hacer de él lo que se quisiera; y además de esto no tendríais que preocuparos de que gastase bromas a vuestras jóvenes.
Al que dijo la abadesa:
—Por Dios que dices verdad: entérate si sabe labrar e ingéniate en retenerlo; dale unos pares de escarpines, algún capisayo viejo, y halágalo, hazle mimos, dale bien de comer.
El mayordomo dijo que lo haría. Masetto no estaba muy lejos, pero fingiendo barrer el patio oía todas estas palabras y se decía:
«Si me metéis ahí dentro, os labraré el huerto tan bien como nunca os fue labrado.»
Ahora, habiendo el mayordomo visto que sabía óptimamente labrar y preguntándole por señas si quería quedarse aquí, y éste por señas respondiéndole que quería hacer lo que él quisiese, habiéndolo admitido, le mandó que labrase el huerto y le enseñó lo que tenía que hacer; luego se fue a otros asuntos del monasterio y lo dejó. El cual, labrando un día tras otro, las monjas empezaron a molestarle y a ponerlo en canciones, como muchas veces sucede que otros hacen a los mudos, y le decían las palabras más malvadas del mundo no creyendo ser oídas por él; y la abadesa que tal vez juzgaba que él tan sin cola estaba como sin habla, de ello poco o nada se preocupaba. Pero sucedió que habiendo trabajado un día mucho y estando descansando, dos monjas que andaban por el jardín se acercaron a donde estaba, y empezaron a mirarle mientras él fingía dormir. Por lo que una de ellas, que era algo más decidida, dijo a la otra:
—Si creyese que me guardabas el secreto te diría un pensamiento que he tenido muchas veces, que tal vez a ti también podría agradarte.
La otra repuso:
—Habla con confianza, que por cierto no lo diré nunca a nadie.
Entonces la decidida comenzó:
—No sé si has pensado cuán estrictamente vivimos y que aquí nunca ha entrado un hombre sino el mayordomo, que es viejo, y este mudo: y muchas veces he oído decir a muchas mujeres que han venido a vernos que todas las dulzuras del mundo son una broma con relación a aquella de unirse la mujer al hombre. Por lo que muchas veces me ha venido al ánimo, puesto que con otro no puedo, probar con este mudo si es así, y éste es lo mejor del mundo para ello porque, aunque quisiera, no podría ni sabría contarlo; ya ves que es un mozo tonto, más crecido que con juicio. Con gusto oiré lo que te parece de esto.
—¡Ay! —dijo la otra—, ¿qué es lo que dices? ¿No sabes que hemos prometido nuestra virginidad a Dios?
—¡Oh! —dijo ella—, ¡cuántas cosas se le prometen todos los días de las que no se cumple ninguna! ¡Si se lo hemos prometido, que sea otra u otras quienes cumplan la promesa!
A lo que la compañera dijo:
—Y si nos quedásemos grávidas, ¿qué iba a pasar?
Entonces aquélla dijo:
—Empiezas a pensar en el mal antes de que te llegue; si sucediere, entonces pensaremos en ello: podrían hacerse mil cosas de manera que nunca se sepa, siempre que nosotras mismas no lo digamos.
Esta, oyendo esto, teniendo más ganas que la otra de probar qué animal era el hombre, dijo:
—Pues bien, ¿qué haremos?
A quien aquélla repuso:
—Ves que va a ser nona; creo que las sores están todas durmiendo menos nosotras; miremos por el huerto a ver si hay alguien, y si no hay nadie, ¿qué vamos a hacer sino cogerlo de la mano y llevarlo a la cabaña donde se refugia cuando llueve, y allí una se queda dentro con él y la otra hace guardia? Es tan tonto que se acomodará a lo que queremos.
Masetto oía todo este razonamiento, y dispuesto a obedecer, no esperaba sino ser tomado por una de ellas. Ellas, mirando bien por todas partes y viendo que desde ninguna podían ser vistas, aproximándose la que había iniciado la conversación a Masetto, le despertó y él incontinenti se puso en pie; por lo que ella con gestos halagadores le cogió de la mano, y él dando sus tontas risotadas, lo llevó a la cabaña, donde Masetto, sin hacerse mucho rogar hizo lo que ella quería. La cual, como leal compañera, habiendo obtenido lo que quería, dejó el lugar a la otra, y Masetto, siempre mostrándose simple, hacía lo que ellas querían; por lo que antes de irse de allí, más de una vez quiso cada una probar cómo cabalgaba el mudo, y luego, hablando entre ellas muchas veces, decían que en verdad aquello era tan dulce cosa, y más, como habían oído; y buscando los momentos oportunos, con el mudo iban a juguetear.
Sucedió un día que una compañera suya, desde una ventana de su celda se apercibió del tejemaneje y se lo enseñó a otras dos; y primero tomaron la decisión de acusarlas a la abadesa, pero después, cambiando de parecer y puestas de acuerdo con aquéllas, en participantes con ellas se convirtieron del poder de Masetto; a las cuales, las otras tres, por diversos accidentes, hicieron compañía en varias ocasiones. Por último, la abadesa, que todavía no se había dado cuenta de estas cosas, paseando un día sola por el jardín, siendo grande el calor, se encontró a Masetto (el cual con poco trabajo se cansaba durante el día por el demasiado cabalgar de la noche) que se había dormido echado a la sombra de un almendro, y habiéndole el viento levantado las ropas, todo al descubierto estaba. Lo cual mirando la señora y viéndose sola, cayó en aquel mismo apetito en que habían caído sus monjitas; y despertando a Masetto, a su alcoba se lo llevó, donde varios días, con gran quejumbre de las monjas porque el hortelano no venía a labrar el huerto, lo tuvo, probando y volviendo a probar aquella dulzura que antes solía censurar ante las otras.
Por último, mandándole de su alcoba a la habitación de él y requiriéndole con mucha frecuencia y queriendo de él más de una parte, no pudiendo Masetto satisfacer a tantas, pensó que de su mudez si duraba más podría venirle gran daño; y por ello una noche, estando con la abadesa, roto el frenillo, empezó a decir:
—Señora, he oído que un gallo basta a diez gallinas, pero que diez hombres pueden mal y con trabajo satisfacer a una mujer, y yo que tengo que servir a nueve; en lo que por nada del mundo podré aguantarlo, pues que he venido a tal, por lo que hasta ahora he hecho, que no puedo hacer ni poco ni mucho; y por ello, o me dejáis irme con Dios o le encontráis un arreglo a esto.
La señora, oyendo hablar a este a quien tenía por mudo, toda se pasmó, y dijo:
—¿Qué es esto? Creía que eras mudo.
—Señora —dijo Masetto—, sí lo era pero no de nacimiento, sino por una enfermedad que me quitó el habla, y por primera vez esta noche siento que me ha sido restituida, por lo que alabo a Dios cuanto puedo.
La señora lo creyó y le preguntó qué quería decir aquello de que a nueve tenía que servir. Masetto le dijo lo que pasaba, lo que oyendo la abadesa, se dio cuenta de que no había monja que no fuese mucho más sabia que ella; por lo que, como discreta, sin dejar irse a Masetto, se dispuso a llegar con sus monjas a un entendimiento en estos asuntos, para que por Masetto no fuese vituperado el monasterio.
Y habiendo por aquellos días muerto el mayordomo, de común acuerdo, haciéndose manifiesto en todas lo que a espaldas de todas se había estado haciendo, con placer de Masetto hicieron de manera que las gentes de los alrededores creyeran que por sus oraciones y por los méritos del santo a quien estaba dedicado el monasterio, a Masetto, que había sido mudo largo tiempo, le había sido restituida el habla, y le hicieron mayordomo; y de tal modo se repartieron sus trabajos que pudo soportarlos. Y en ellos bastantes monaguillos engendró pero con tal discreción se procedió en esto que nada llegó a saberse hasta después de la muerte de la abadesa, estando ya Masetto viejo y deseoso de volver rico a su casa; lo que, cuando se supo, fácilmente lo consiguió. Así, pues, Masetto, viejo, padre y rico, sin tener el trabajo de alimentar a sus hijos ni pagar sus gastos, por su astucia habiendo sabido bien proveer a su juventud, al lugar de donde había salido con una segur al hombro, volvió, afirmando que así trataba Cristo a quien le ponía los cuernos sobre la guirnalda.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 11 Abr 2020, 07:00

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NOVELA SEGUNDA

Un palafrenero yace con la mujer del rey Agilulfo, de lo que Agilulfo sin decir nada se apercibe, lo encuentra y le corta el pelo; el tonsurado a todos los demás tonsura y así se salva de lo que le amenaza.


Habiendo llegado el fin de la historia de Filostrato, con la que algunas veces se habían sonrojado un poco las señoras y algunas otras se habían reído, plugo a la reina que Pampínea siguiese novelando; la cual, comenzando con sonriente gesto, dijo:
Hay algunos tan poco discretos al querer mostrar que conocen y sienten lo que no les conviene saber, que algunas veces con esto, al castigar las desapercibidas faltas de otros, creen que su vergüenza menguan cuando por el contrario la acrecientan infinitamente; y que esto es verdad, por medio de su contrario, mostrándoos la astucia de alguien quizá tenido por de menos valor que Masetto contra la prudencia de un valeroso rey, lindas señoras, entiendo que será demostrado por mí.
Agilulfo, rey de los longobardos, así como sus predecesores habían hecho, en Pavia, ciudad de la Lombardía, estableció la sede de su reino, habiendo tomado por mujer a Teudelinga, que había quedado viuda de Auttari, que también había sido rey de los longobardos, la cual era hermosísima mujer, muy sabía y honesta, pero desventurada en amores. Y estando por el valor y el juicio de este rey Agilulfo las cosas de los longobardos prósperas y en paz, sucedió que un palafrenero de dicha reina, hombre de vilísima condición por su nacimiento pero por otras cosas mucho mejor de lo que correspondía a tal vil menester, y en su persona hermoso y alto como era el rey, se enamoró desmesuradamente de la reina; y porque su bajo estado no le quitaba la comprensión de que este amor suyo estaba fuera de toda conveniencia, como sabio, a nadie lo descubría, ni aun en la mirada se atrevía a descubrirlo.
Y aunque sin ninguna esperanza viviese de poder agradarla nunca, se gloriaba consigo sin embargo de haber puesto sus pensamientos en alta parte; y como quien todo ardía en amoroso fuego, diligentemente hacía, más que cualquier otro de sus compañeros, todas las cosas que debían agradar a la reina. Por lo que sucedía que la reina, cuando tenía que montar a caballo, con más gusto cabalgaba en el palafrén cuidado por éste que por algún otro; lo que, cuando sucedía, éste se lo tomaba como grandísimo favor, y nunca del estribo se le apartaba, teniéndose por feliz sólo con poder tocarle las ropas. Pero como vemos suceder con mucha frecuencia que cuanto disminuye la esperanza, tanto se hace mayor el amor, así sucedía con el pobre palafrenero, mientras dolorosísimo le era poder soportar el gran deseo tan ocultamente como lo hacía, no siendo ayudado por ninguna esperanza; y muchas veces, no pudiendo desligarse de este amor, deliberó morir.
Y pensando de este modo, tomó el partido de querer recibir esta muerte por alguna cosa por la que le pareciese que moría por el amor que a la reina había tenido y tenía; y esta cosa se propuso que fuera tal que en ella tentase la fortuna de poder en todo o en parte conseguir su deseo. Y no se dio a decir palabras a la reina o a por cartas hacerle saber su amor, que sabía que en vano diría o escribiría, sino a querer probar si con astucia podría acostarse con la reina; y no otra astucia ni vía había sino encontrar el modo de que, como si fuese el rey, que sabía que no se acostaba con ella de continuo, pudiera llegar a ella y entrar en su cámara. Por lo que, para ver en qué manera y qué hábito el rey, cuando iba a estar con ella, iba, muchas veces por la noche en una gran sala del palacio del rey, que estaba en medio entre la cámara del rey y de la reina, se escondió; y una noche entre otras, vio al rey salir de su cámara envuelto en un gran manto y tener en una mano una pequeña antorcha encendida y en la otra una varita, e ir a la cámara de la reina y, sin decir nada, golpear una vez o dos la puerta de la cámara con aquella varita, e incontinenti serle abierto y quitarle de la mano la antorcha. La cual cosa vista, y semejantemente viéndolo retornar, pensó que debía hacer él otro tanto; y encontrando modo de tener un manto semejante a aquel que había visto al rey y una antorcha y estaca, y lavándose primero bien en un caldero, para que no fuese a molestar a la reina el olor del estiércol y la hiciese darse cuenta del engaño, con estas cosas, como acostumbraba, en la gran sala se escondió.
Y sintiendo que ya en todas partes dormían, y pareciéndole tiempo o de dar efecto a su deseo o de hacer camino con alta razón a la deseada muerte, haciendo con la piedra y el eslabón que había llevado consigo un poco de fuego, encendió su antorcha, y oculto y envuelto en el manto se fue a la puerta de la cámara y dos veces la golpeó con la varita. La cámara por una camarera toda somnolienta fue abierta y la luz cogida y ocultada; donde él, sin decir cosa alguna, pasado dentro de la cortina y dejado el manto, se metió en 1a cama donde la reina dormía. Y tomándola deseosamente en brazos, mostrándose airado porque sabía que era costumbre del rey que no quería oír ninguna cosa cuando airado estaba, muchas veces carnalmente conoció a la reina.
Y aunque doloroso le pareciese partir, temiendo que la demasiada demora le fuese ocasión de convertir en tristeza el deleite tenido, se levantó y tomando su manto y la luz, sin decir nada se fue, y lo antes que pudo se volvió a su cama. Y apenas podía estar en ella cuando el rey, levantándose, se fue la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho; y habiendo él entrado en el lecho y saludándola alegremente, ella, de su alegría tomando valor, dijo:
—Oh, señor mío, ¿qué novedad hay esta noche? Os habéis partido de muy poco ha, y más de lo acostumbrado habéis tomado placer de mí, ¿y tan pronto volvéis a empezar? Cuidaos de lo que hacéis.
El rey, al oír estas palabras, súbitamente presumió que la reina, por la semejanza de las costumbres y de la persona había sido engañada, pero, como sabio, súbitamente pensó (pues vio que la reina no se había dado cuenta ni nadie más) que no quería hacerla caer en la cuenta; lo que muchos necios no hubieran hecho, sino que habrían dicho:«No he sido yo; ¿quién fue quien estuvo aquí?,¿cómo fue?, ¿quién ha venido?». De lo que habrían nacido muchas cosas por las que sin razón habrían  contristado a la señora y dado materia de desear otra vez lo que ya había sentido; y aquello, que callándolo no podía traerle ninguna vergüenza, diciéndolo le habría traído vituperio Le contestó entonces el rey, más en el pensamiento que en el rostro o las palabras airado:
—Señora, ¿no os parezco hombre de poder haber estado otra vez y volver además ésta?
A lo que la dama contestó:
—Señor mío, sí, pero yo os ruego que miréis por vuestra salud.
Entonces el rey dijo:
—Y que me place seguir vuestro consejo, y esta vez sin daros más empacho voy a volverme.
Y teniendo ya el ánimo lleno de ira y de rencor por lo que veía que le habían hecho, volviendo a tomar su manto se fue de la cámara y quiso encontrar silenciosamente quién había hecho aquello, imaginando que debía ser de la casa, y que cualquiera que fuese no habría podido salir de ella. Cogiendo, pues, una pequeñísima luz en una linternilla se fue a una larguísima habitación que en su palacio había sobre las cuadras de los caballos, en la cual casi toda su servidumbre dormía en diversas camas; y juzgando que a quienquiera que hubiese hecho aquello que la dama decía, no se le habría podido todavía reposar el pulso y el latido del corazón por el prolongado afán, empezando por uno de los extremos de la habitación, empezó a ir tocándoles el pecho a todos, para saber si les latía el corazón con fuerza.
Como sucediese que todos dormían profundamente, el que con la reina había estado no dormía todavía; por la cual cosa, viendo venir al rey y dándose cuenta de lo que andaba buscando, fuertemente empezó a temblar, tanto que el golpear del pecho que tenía por el cansancio fue aumentado por el miedo; y dándose cuenta firmemente de que, si el rey se apercibía de aquello, sin tardanza le haría morir. Y aunque varias cosas que podría hacer le pasaron por la cabeza, viendo sin embargo al rey sin ninguna arma, deliberó hacerse el dormido y esperar lo que el rey hiciese. Habiendo, pues, el rey a muchos buscado y no encontrando a ninguno a quien juzgase haber sido aquél, llegó a éste, y notando que le latía fuertemente el corazón, se dijo:«Este es aquél».
Pero como quien nada de lo que quería hacer entendía que se supiese, no le hizo otra cosa sino que, con un par de tijerillas que había llevado, le cortó un poco de uno de los lados los cabellos, que en aquel tiempo se llevaban larguísimos, para por aquella señal reconocerlo la mañana siguiente; y hecho esto, se volvió a su cámara. Éste, que todo aquello había sentido, como quien era malicioso, claramente se dio cuenta de por qué había sido señalado; por lo que, sin esperar un momento, se levantó, y encontrando un par de tijerillas, de las que por ventura había un par en la cuadra para el servicio de los caballos, cautamente dirigiéndose a cuantos en aquella habitación dormían, a todos de manera igual sobre las orejas les cortó el pelo; y hecho esto, sin que le oyeran, se volvió a dormir.
El rey, levantado por la mañana, mandó que, antes que las puertas del palacio se abriesen, toda su servidumbre viniese ante él; y así se hizo. A todos los cuales, estando delante de él sin nada en la cabeza, empezó a mirar para reconocer al que él había tonsurado; y viendo a la mayoría de ellos con los cabellos de un mismo modo cortados, se maravilló, y se dijo:
«Aquel a quien estoy buscando, aunque de baja condición sea, bien muestra ser hombre de alto ingenio.»
Luego, viendo que sin divulgarlo no podía encontrar al que buscaba, dispuesto a no querer por una pequeña venganza cubrirse de gran vergüenza, sólo con unas palabras le plugo amonestarlo y mostrarle que se había dado cuenta de lo ocurrido; y volviéndose a todos, dijo:
—Quien lo hizo que no lo haga más, e idos con Dios.
Otro habría querido darle suplicio, martirizarlo, interrogarle y preguntarle y al hacerlo habría descubierto lo que cualquiera debe tratar de ocultar; y al ponerse al descubierto, aunque se hubiera vengado cumplidamente, no menguado sino mucho habría aumentado su vergüenza y manchado el honor de su mujer. Los que aquellas palabras oyeron se maravillaron y largamente dilucidaron entre sí qué habría querido decir el rey con aquello, pero no hubo ninguno que lo entendiese sino sólo aquel a quien tocaba. El cual, como sabio, nunca, en vida del rey lo descubrió, ni nunca más su vida con tal acción fió a la fortuna.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 12 Abr 2020, 07:32

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NOVELA TERCERA

Bajo especie de confesión y de purísima conciencia una señora enamorada de un joven induce a un grave fraile, sin darse él cuenta, a hallar la manera de que el placer de ella tuviese entero cumplimiento.

Callaba ya Pampínea, y ya la osadía y la cautela del palafrenero había sido alabada por muchos de ellos, y semejantemente el buen juicio del rey, cuando la reina, volviéndose hacia Filomena, le ordenó continuar; por lo cual Filomena, graciosamente comenzó a, hablar así:
Yo entiendo contaros una burla que fue muy justamente hecha por una hermosa señora a un grave fraile, que tanto más a todo seglar agrada cuanto que éstos (la mayoría estupidísimos y hombres de extrañas maneras y costumbres) se creen que más que los otros en todas las cosas valen y saben, cuando son de mucho menor valor, como quienes por vileza de ánimo, no teniendo inventiva para sustentarse como los demás hombres, se refugian donde puedan tener qué comer, como el puerco. La que, oh amables señoras, os contaré no sólo por obedecer la orden impuesta sino también para advertiros de que también los religiosos (a quienes nosotras, sobremanera crédulas, demasiada fe prestamos) pueden ser y son algunas veces, no ya por los hombres sino por algunas de nosotras, sagazmente burlados.
En nuestra ciudad, más llena de engaños que de amor o lealtad, no hace todavía muchos años, hubo una noble señora adornada de belleza y de costumbres, con alteza de ánimo y con sutiles agudezas tan dotada como la que más por la naturaleza, cuyo nombre (ni tampoco ninguno otro que pertenezca a la presente historia) aunque yo lo sepa, no entiendo descubrir porque todavía viven algunos que se llenarían por ello de indignación cuando con risa se debe hablar de ello. Ésta, pues, viéndose nacida de alto linaje y casada con un artesano lanero porque era riquísimo, no pudiendo deponer el desdén de su ánimo según el cual estimaba que ningún hombre de baja condición, por riquísimo que fuese, era digno de mujer noble; y viéndole a él además, con todas sus riquezas, no ser capaz de nada sino de saber distinguir una mezcla o hacer urdir una tela o una hilandera disputar sobre lo hilado, se propuso no querer de ninguna manera sus abrazos sino cuando no pudiera negárselos, sino encontrar alguien a su gusto que le pareciese más digno de ellos que el lanero.
Y enamoróse de un muy valeroso hombre y de mediana edad tanto que, el día que no lo veía no podía pasar la noche siguiente sin sentimiento; pero el hombre de pro, no dándose cuenta de aquello, nada se preocupaba, y ella, que muy cauta era, ni por embajada de ninguna mujer ni por carta osaba hacérselo saber, temiendo que podrían sobrevenir posibles peligros. Y dándose cuenta que aquél frecuentaba mucho a un religioso que, aunque fuera zopenco y obtuso, no dejaba de tener fama entre todos de hombre de mucha valía porque era de santísima vida, juzgó que aquél podía ser óptimo intermediario entre ella y su amante. Y habiendo pensado qué le convenía hacer, se fue a una hora oportuna a la iglesia donde él iba y, haciéndole llamar, dijo que cuando le placiera, con él quería confesarse. El fraile, viéndola y estimándola mujer de linaje, la escuchó de buena gana, y ella después de la confesión dijo:
—Padre mío, necesito recurrir a vos por ayuda y por consejo en lo que vais a oír. Yo sé, porque os lo he dicho, que conocéis a mis parientes y a mi marido, por el cual soy amada más que su vida, y ninguna cosa deseo que él, como hombre que es riquísimo y que puede bien hacerlo, no lo adquiera incontinenti; por las cuales cosas más que a mí misma le amo; y dejemos aparte que lo hiciese, pero si siquiera pensase alguna cosa que contra su honor o gusto fuera, ninguna mujer culpable sería más digna del fuego que yo. Ahora, uno de quien en verdad no sé el nombre, pero que me parece persona de bien, y si no estoy engañada os frecuenta mucho, apuesto y alto en la persona, vestido de paños oscuros muy honrados, tal vez no percatándose de que mi intención era tal como es, parece que me ha puesto sitio y no puedo asomarme a puerta ni ventana ni salir de casa sin que él incontinenti no se ponga delante; y me maravillo de que no esté aquí ahora; de lo que mucho me duele, porque tales maneras hacen con frecuencia a las damas honestas ser censuradas sin culpa. He tenido en el ánimo hacérselo decir alguna vez a mis hermanos, pero luego he pensado que los hombres hacen algunas veces las embajadas de manera que las respuestas que se siguen son malas, de lo que nacen palabras, y de las palabras se llega a las obras; por lo que, para que daño y escándalo no se provocasen de ello, me lo he callado, y deliberé decíroslo antes a vos que a otros, tanto porque me parece que su amigo sois como también porque a vos os está bien de tales cosas no ya a los amigos sino a los extraños reprender. Por lo que os ruego en nombre de Dios que le reprendáis y roguéis que no siga con estas costumbres. Hay bastantes mujeres que por ventura estarán dispuestas a estas cosas y les agradará ser miradas y deseadas por él, mientras a mí me es gravísima molestia, como que de ningún modo tengo el ánimo dispuesto a tal materia.
Y dicho esto, como si lagrimear quisiese, bajó la cabeza. El santo fraile comprendió enseguida que hablaba de aquel de quien verdaderamente hablaba, y alabando mucho a la señora por esta su buena disposición firmemente creyendo ser verdad lo que decía, le prometió actuar así y de tal manera que por aquel tal no sería molestada, y sabiendo que era muy rica, le alabó las obras de caridad y las limosnas, contándole sus necesidades. A lo que la señora dijo:
—Os lo ruego por Dios; y si lo negase, decidle con firmeza que soy yo quien os ha dicho estoy a vos me he dolido.
Y luego, hecha la confesión e impuesta la penitencia, acordándose de los encomios hechos por el fraile a las limosnas, llenándole ocultamente la mano de dineros, le rogó que dijese misas por el alma de sus muertos; y levantándose de junto a sus pies, se volvió a casa.
A ver al santo fraile no después de mucho tiempo, como acostumbraba vino el hombre de pro; al cual, luego de que de una cosa y de otra hubieran hablado juntos durante algún tiempo, llevándole aparte, con modos muy corteses le reprendió la atención y las miradas que creía que dedicaba a aquella señora, tal como ella le había explicado. El hombre de pro se maravilló, como quien nunca la había mirado y rarísimas veces acostumbraba a pasar por delante de su casa, y empezó a querer excusarse; pero el fraile no le dejó hablar, sino que le dijo:
—Ahora, no finjas maravillarte ni gastes palabras en negarlo, porque no puedes; no he sabido estas cosas por los vecinos: ella misma, mucho quejándose de ti, me las ha dicho. Y si a ti estas chanzas ya no te están bien, de ella te digo esto: que, si jamás he encontrado alguna esquiva a estas tonterías, ella es; y por ello, por tu honor y por tu tranquilidad, te ruego que te retraigas y déjala estar en paz.
El hombre de pro, más agudo que el santo fraile, sin demasiada tardanza la argucia de la mujer comprendió, y mostrando avergonzarse un tanto, dijo que no se entrometería en aquello de allí en adelante; y separándose del fraile, de su casa fue a la de la señora, la cual siempre estaba asomada a una pequeña ventana por verlo si pasaba. Y viéndolo venir, tan alegre y tan graciosa se le mostró que él asaz bien pudo comprender que había la verdad entendido por las palabras del fraile; y de aquel día en adelante, asaz cautamente, con placer suyo y con grandísimo deleite y consuelo de la señora fingiendo que otro asunto fuese el motivo, continuó pasando por aquel barrio.
Pero la señora después de algún tiempo, ya convencida de que le gustaba tanto como él a ella, deseosa de inflamarlo más y asegurarle del amor que le tenía, buscando el lugar y el momento, al santo fraile volvió, y echándosele a los pies en la iglesia, empezó a llorar. El fraile, viendo esto, le preguntó compasivamente que qué novedad traía. La señora repuso:
—Padre mío, las noticias que traigo no son sino de aquel maldito de Dios amigo vuestro de quien me he quejado a vos hace unos días, porque creo que haya nacido para irritarme grandemente y para hacerme hacer algo por lo que nunca podré ya estar contenta ni me atreveré a ponerme aquí a vuestros pies.
—¡Cómo! —dijo el fraile—, ¿no ha dejado de molestarte?
—Cierto que no —dijo la señora—, pues desde que me quejé a vos de ello, como por despecho, habiendo tomado sin duda a mal que me haya quejado a vos, por una vez que pasaba, creo que después ha pasado siete por allí. Y quisiera Dios que el pasar y el mirarme le hubiera bastado; pero ha sido tan atrevido y tan descarado que hasta ayer me mandó a una mujer a casa con noticias suyas y con sus vanidades, y como si yo no tuviese escarcelas o cintos me mandó una escarcela y un cinto, lo que he tomado y tomo tan a mal que creo que si no hubiera pensado en el escándalo, y también por vuestro amor, habría armado un zipizape; pero al fin me he serenado y no he querido hacer ni decir nada sin hacéroslo saber antes. Y además de esto, habiendo ya devuelto la escarcela y el cinto a la mujercilla que los había traído, para que se los devolviese, y habiéndola despedido de malos modos, temiendo que se fuera a quedar con ellos y le dijera que yo los había aceptado, como entiendo que hacen algunas veces, la volví a llamar y llena de enojo se los quité de la mano y os los he traído a vos, para que se los deis y le digáis que no tengo necesidad de sus cosas, porque, por merced de Dios, y de mi marido, tengo tantas escarcelas y tantos cintos que podría enterrarle con ellos. Y luego de esto, como ante su padre me excuso ante vos de que si no se corrige, lo diré a mi marido y a mis hermanos, y que suceda lo que sea; que más quiero que él reciba injurias si debe recibirlas que ser difamada por su culpa; ¡y hermano, así está ello!
Y dicho esto, siempre llorando fuertemente, se sacó de debajo de la saya una preciosísima y rica escarcela con un valioso y elegante cintillo y se la echó al fraile en el regazo; el cual, totalmente creyendo lo que la señora le decía, airado desmesuradamente lo tomó y dijo:
—Hija, si de estas cosas te enojas no me maravillo ni te reprendo por ello; sino que mucho te alabo que sigas en esto mis consejos. Yo le reprendí el otro día, y él mal ha cumplido lo que me prometió; por lo que, entre aquello y esto que acaba de hacer entiendo tirarle de las orejas de tal manera que no te moleste más; y tú, con la bendición de Dios, no te dejes vencer tanto por la ira que vayas a decírselo a alguno de los tuyos, que podría seguirse de ello mucho mal. Y no pienses que de esto te va avenir ninguna calumnia, que yo seré siempre, ante Dios y ante los hombres, firmísimo testigo de tu honestidad.
La señora fingió consolarse un tanto, y dejando esta conversación, como quien su avaricia y la de los demás conocía, dijo:
—Señor, estas noches se me han aparecido mucho mis padres en sueños y me parece que están en grandísimas penas y lo que piden es limosnas, especialmente mi mamá, que me parece tan afligida e infeliz que es una lástima verla; creo que esté pasando grandísimos sufrimientos al verme en esta tribulación a causa de ese enemigo de Dios, y por ello querría que me dijeseis por sus almas las cuarenta misas gregorianas y vuestras oraciones, a fin de que Dios los saque de aquel fuego atormentador.
Y dicho esto, le puso en la mano un florín. El santo fraile lo tomó alegremente, y con buenas palabras y con muchos ejemplos alentó su devoción y dándole su bendición la dejó irse. Y cuando se fue la señora, no dándose cuenta que le había tomado el pelo, mandó a por su amigo; el cual, venido y viéndole airado, se apercibió incontinenti de que había noticias de la mujer, y esperó a ver qué decía el fraile. El cual, repitiéndole las palabras que le había dicho otras veces y hablándole ahora insultantemente y enojado, le reprendió mucho por lo que le había dicho la señora que había hecho. El hombre de pro, que todavía no veía adónde el fraile quería llegar, negaba con bastante blandura que le hubiera mandado la escarcela y el cinto, para que el padre no lo creyese, si por acaso la mujer se la hubiera dado. Pero el padre, muy enfadado, dijo:
—¿Cómo puedes negarlo, mal hombre? Ahílo tienes, que ella misma llorando me lo ha traído: ¡mira a ver si lo conoces!
El hombre de pro, haciendo como que se avergonzaba mucho, dijo:
—Claro que lo conozco, y os confieso que he hecho mal; y os juro que, pues que en esa disposición la veo, que nunca más oiréis una palabra de esto.
Ahora, las palabras fueron muchas: al final, el borrego del fraile le dio la escarcela y el cintillo a su amigo, y luego de mucho haberle adoctrinado y rogado que no se ocupase más de aquellas cosas, y habiéndoselo él prometido, le dio licencia. El hombre de pro, contentísimo de la certeza que tener le parecía del amor de la mujer y del hermoso presente, cuando se separó del fraile se fue a un lugar de donde cautamente hizo a su señora ver que tenía la una y la otra cosa; de lo que la señora estuvo muy contenta, y más aún porque le parecía que su invención iba de bien en mejor.
Y no esperando nada más ya, sino a que su marido se fuese a cualquier parte, para finalizar su obra, sucedió que, por alguna razón, no mucho después de esto tuvo el marido que ir hasta Génova. Y en cuanto se hubo montado a caballo por la mañana y puesto en camino, se fue la señora a donde el santo fraile, y luego de muchas quejumbres, llorando, le dijo:
—Padre mío, ahora sí os digo que no puedo aguantar más; pero porque el otro día os prometí que no haría nada que antes no os dijese, he venido a excusarme con vos; y para que creáis que tengo razón en llorar y quejarme, quiero deciros lo que vuestro amigo, o diablo del infierno, me hizo esta mañana poco antes de maitines. No sé qué mala suerte le hizo saber que mi marido se fue ayer por la mañana a Génova; pero esta mañana, a la hora que os he dicho, entró en un jardín mío y por un árbol subió hasta la ventana de mi cámara, que da sobre el jardín; y ya había abierto la ventana y quería entrar en la cámara cuando yo, despertándome, me levanté de repente y me había dispuesto a gritar, y habría gritado a no ser que él, que todavía dentro no estaba, me pidió merced por Dios y por vos, diciéndome quién era; con lo que, al oírlo, por amor vuestro me callé, y desnuda como nací corrí a cerrarle la ventana en la cara, y él en mala hora creo que se fue, porque no lo sentí más. Ahora, si esto es cosa que pueda aguantarse, decídmelo; en cuanto a mí, no entiendo soportarle más pues por amor de vos ya le he sufrido demasiadas.
El fraile al oír esto se sintió lo más irritado del mundo y no sabía qué decir sino que muchas veces le preguntó si había visto bien que fuese él y no otro. A lo que la señora repuso:
—¡Alabado sea Dios, si no voy a distinguirle a él de cualquiera otro! Digo que vi que fue él, y aunque lo negase él, no se lo creáis.
Dijo entonces el fraile:
—Hija mía, no hay más que hablar, que esto ha sido demasiado atrevimiento y una cosa demasiado mal hecha, e hiciste lo que debías al echarlo de allí como hiciste. Pero te ruego, puesto que Dios te libró del deshonor, que, así como has seguido mi consejo dos veces seguidas, lo hagas esta vez, es decir, que sin quejarte de ello a ninguno de tus parientes me dejes hacer a mí, y ver si puedo ponerle freno a ese demonio desenfrenado que yo creía que era un santo; y si puedo llegar a apartarle de esta bestialidad, bien; y si no pudiera, desde ahora te doy permiso y mi bendición para que hagas lo que en tu ánimo juzgues por bueno.
—Pues bien —dijo la señora—, por esta vez no quiero enfadaros ni desobedeceros, pero haced de manera que se guarde de molestarme más, y os prometo no volver a venir más por este asunto.
Y sin decir más, como enojada, se fue de donde el fraile. Y apenas había salido de la iglesia la señora, cuando el hombre de pro llegó, y fue llamado por el fraile; y llevándole aparte, le dijo los mayores insultos que nunca se han dicho a un hombre, desleal y perjuro y traidor llamándolo. Éste, que ya otras dos veces había visto lo que querían decir los reproches de este fraile, escuchándole con atención e ingeniándose con respuestas perplejas en hacerle hablar, primeramente le dijo:
—¿A qué viene este enojo, señor mío? ¿He crucificado a Cristo?
A lo que el fraile repuso:
—¡Mirad el desvergonzado, oíd lo que dice! Habla ni más ni menos como si hubieran pasado un año o dos y el tiempo le hubiera hecho olvidar sus ignominias y deshonestidad. ¿En los instantes que han pasado desde los maitines de esta mañana se te han ido de la cabeza las injurias que has hecho al prójimo? ¿Dónde has estado poco antes del amanecer?
Respondió el hombre de pro:
—No sé dónde he estado; muy pronto os llega el recadero.
—Es la verdad —dijo el fraile— que el recadero ha venido: pienso que creíste que porque el marido no estaba la noble señora iba a abrirte sus brazos incontinenti. ¡Ah, qué lindo, qué hombre honrado! ¡Se ha hecho caminante nocturno, abridor de jardines y escalador de árboles! ¿Crees que con tu osadía vas a vencer la santidad de esta mujer que de noche te le subes a las ventanas por los árboles? Nada hay en el mundo que la desagrade tanto como tú; y tú no cejas. En verdad, dejemos que ella te lo ha demostrado muchas veces, pero también con mis correcciones te has enmendado mucho. Pero voy a decirte una cosa: hasta ahora, no por el amor que te tenga, sino a instancias de mis ruegos ha callado lo que le has hecho; pero no va a callarse más: le he dado permiso para que, si la desagradas en algo más, haga lo que le parezca. ¿Y qué harás si se lo dice a sus hermanos?
El hombre de pro, habiendo comprendido suficientemente lo que le convenía, como mejor supo y pudo, con muchas promesas tranquilizó al fraile; y despidiéndose de él, al llegar maitines de la noche siguiente, entrando en el jardín y subiendo por el árbol y hallando la ventana abierta, se metió en la alcoba, y lo más pronto que pudo se echó en los brazos de su hermosa señora. La cual, con grandísimo deseo habiéndolo esperado, alegremente le recibió diciendo:
—Gracias sean dadas al señor fraile que tan bien te enseñó el modo de venir.
Y después, tomando placer el uno del otro, hablando y riéndose mucho de la simplicidad del bruto fraile, injuriando los copos de lana y los peines y las cardenchas, juntos se solazaron con deleite. Y poniendo en orden sus asuntos, de tal manera hicieron que, sin tener que recurrir de nuevo al señor fraile, muchas otras noches con igual contento se reunieron; al que pido a Dios por su santa misericordia que me lleve pronto a mí y a todas las almas cristianas que lo deseen.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 13 Abr 2020, 07:26

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NOVELA CUARTA

Don Felice enseña al hermano Puccio cómo ganar la bienaventuranza haciendo una penitencia que él conoce; la que el hermano Puccio hace, y don Felice, mientras tanto, con la mujer del hermano se divierte.

Luego de que Filomena, terminada su historia, se calló, habiendo Dioneo con dulces palabras mucho alabado el ingenio de la señora y también la plegaria hecha por Filomena al terminar, la reina miró hacia Pánfilo sonriéndose y dijo:
—Pues ahora, Pánfilo, alarga con alguna cosilla placentera nuestro entretenimiento. Pánfilo prontamente repuso que de buen grado, y comenzó:
Señora, bastantes personas hay que, mientras se esfuerzan en ir al paraíso, sin darse cuenta a quien mandan allí es a otro; lo que a una vecina nuestra, no hace todavía mucho tiempo, tal como podréis oír, le sucedió.
Según he oído decir, vecino de San Brancazio vivía un hombre bueno y rico que era llamado Puccio de Rinieri, que luego, habiéndose entregado por completo a las cosas espirituales, se hizo beato de esos de San Francisco y tomó el nombre de hermano Puccio; y siguiendo su vida espiritual, como otra familia no tenía sino su mujer y una criada, y no necesitaba ocuparse en ningún oficio, iba mucho a la iglesia. Y porque era hombre simple y de ruda índole, decía sus padrenuestros, iba a los sermones, iba a las misas y nunca faltaba a las laúdes que cantaban los seglares; y ayunaba y se disciplinaba, y se había corrido la voz de que era de los flagelantes. La mujer, a quien llamaban señora Isabetta, joven de sólo veintiocho o treinta años, fresca y hermosa y redondita que parecía una manzana casolana, por la santidad del marido y tal vez por la vejez estaba con mucha frecuencia a dietas mucho más largas de lo que hubiera querido; y cuando hubiera querido dormirse, o tal vez juguetear con él, él le contaba la vida de Cristo o los sermones de fray Anastasio o el llanto de la Magdalena u otras cosas semejantes.
Volvió en estos tiempos de París un monje llamado don Felice, del convento de San Brancazio, el cual bastante joven y hermoso en su persona era, y de agudo ingenio y de profunda ciencia, con el cual fray Puccio se ligó con estrecha amistad. Y porque él todas sus dudas se las resolvía, y además, habiendo conocido su condición, se le mostraba santísimo, empezó el hermano Puccio a llevárselo algunas veces a casa y a darle de almorzar y cenar, según venía al caso; y la mujer también, por amor de fray Puccio, se había hecho a su compañía y de buen grado le hacía los honores. Continuando, pues, el monje las visitas a casa de fray Puccio y viendo a la mujer tan fresca y redondita, se dio cuenta de cuál era la cosa de que más carecía; y pensó si no podría, por quitarle trabajos a fray Puccio, suplírsela él. Y echándole miradas una y otra vez, bien astutamente, tanto hizo que encendió en su mente aquel mismo deseo que él tenía; de lo que habiéndose apercibido el monje, lo antes que pudo habló con ella de sus deseos.
Pero aunque bien la encontrase dispuesta a rematar el asunto, no se podía encontrar el modo, porque ella de ningún lugar del mundo se fiaba para estar con el monje sino de su casa; y en su casa no se podía porque el hermano Puccio no salía nunca de la ciudad. Por lo que el monje tenía gran pesar; y luego de mucho se le ocurrió un modo de poder estar con la mujer en su casa sin sospechas, aunque el hermano Puccio allí estuviera. Y habiendo un día ido a estar con él el hermano Puccio, le dijo así.
—Ya me he dado cuenta muchas veces, hermano Puccio, de que tu mayor deseo es llegar a ser santo, a lo que me parece que vas por un camino demasiado largo cuando hay uno que es muy corto, que el papa y sus otros prelados mayores, que lo saben y lo ponen en práctica, no quieren que se divulgue porque el orden clerical, que la mayoría vive de limosna, incontinenti sería deshecho, como que los seglares dejarían de atenderle con limosnas y otras cosas. Pero como eres amigo mío y me has honrado mucho, si yo creyera que no vas a decírselo a nadie en el mundo, y quisieras seguirlo, te lo enseñaría.
El hermano Puccio, deseando aquella cosa, primero empezó a rogarle con grandísimas instancias que se la enseñase y luego a jurarle que jamás, sino cuando él quisiera, a nadie lo diría, afirmando que si tal cosa era que pudiera seguirla, se pondría a ello.
—Puesto que así me lo prometes —dijo el monje— te la explicaré. Debes saber que los santos Doctores sostienen que quien quiere llegar a bienaventurado debe hacer la penitencia que vas a oír; pero entiéndelo bien: no digo que después de la penitencia no seas tan pecador corno eres, pero sucederá que los pecados que has hecho hasta la hora de la penitencia estarán purgados y mediante ella perdonados y los que hagas después no se escribirán para tu condenación sino que se irán con el agua bendita como ahora hacen los veniales. Debe, pues, el hombre con gran diligencia confesarse de sus pecados cuando va a comenzar la penitencia, y luego de ello debe comenzar un ayuno y una abstinencia grandísima, que conviene que dure cuarenta días, en los que no ya de otra mujer sino de tocar la suya propia debe abstenerse. Y además de esto, tienes que tener en tu propia casa algún sitio donde por la noche puedas ver el cielo, y hacia la hora de completas irte a este lugar; y tener allí una tabla muy ancha colocada de guisa que, estando en pie, puedas apoyar los riñones en ella y, con los pies en tierra, extender los brazos a guisa de crucifijo; y si los quieres apoyar en alguna clavija puedes hacerlo; y de esta manera mirando el cielo, estar sin moverte un punto hasta maitines. Y si fueses letrado te convendría en este tiempo decir ciertas oraciones que voy a darte; pero como no lo eres debes rezar trescientos padrenuestros con trescientas avemarías y alabanzas a la Trinidad, y mirando al cielo tener siempre en la memoria que Dios ha sido el creador del cielo y de la tierra, y la pasión de Cristo estando de la misma manera en que estuvo él en la cruz. Luego, al tocar maitines, puedes si quieres irte, y así vestido echarte en la cama y dormir; y a la mañana siguiente debes ir a la iglesia y oír allí por lo menos tres misas y decir cincuenta padrenuestros con otras tantas avemarías y, después de esto, con sencillez hacer algunos de tus negocios si tienes alguno que hacer, y luego almorzar e ir después de vísperas a la iglesia y decir ciertas oraciones que te daré escritas, sin las que no se puede pasar, y luego a completas volver a lo antes dicho. Y haciendo esto, como yo he hecho, espero que al terminar la penitencia sentirás la maravillosa sensación de la beatitud eterna, si la has hecho con devoción. El hermano Puccio dijo entonces:
—Esto no es cosa demasiado pesada ni demasiado larga, y debe poderse hacer bastante bien; y por ello quiero empezar el domingo en nombre de Dios.
Y separándose de él y yéndose a casa, ordenadamente, con su licencia para hacerlo, a su mujer contó todo. La mujer entendió demasiado bien, por aquello de estarse quieto hasta la mañana sin moverse, lo que quería decir el monje, por lo que, pareciéndole buen invento, le dijo que de esto y de cualquiera otro bien que hiciese a su alma, estaba ella contenta; y que, para que Dios hiciera su penitencia provechosa, quería con él ayunar, pero hacer lo demás no.
Habiendo quedado, pues, de acuerdo, llegado el domingo, el hermano Puccio empezó su penitencia, y el señor fraile, habiéndose puesto de acuerdo con la mujer, a una hora en que ser visto no podía, la mayoría de las noches venía a cenar con ella, trayendo siempre con él buenos manjares y bebidas; luego, se acostaba con ella hasta la hora de maitines, a la cual, levantándose, se iba, y el hermano Puccio volvía a la cama. Estaba el lugar que el hermano Puccio había elegido para cumplir su penitencia junto a la alcoba donde se acostaba la mujer, y nada más estaba separado de ella por una pared delgadísima; por lo que, retozando el señor monje demasiado desbocadamente con la mujer y ella con él, le pareció al hermano Puccio sentir un temblor del suelo de la casa; por lo que, habiendo ya dicho cien de sus padrenuestros, haciendo una pausa, llamó a la mujer sin moverse, y le preguntó qué hacía. La mujer, que era ingeniosa, tal vez cabalgando entonces en la bestia de San Benito o la de San Juan Gualberto, respondió:
—¡A fe, marido, que me meneo todo lo que puedo!
Dijo entonces el hermano Puccio:
—¿Cómo que te meneas? ¿Qué quiere decir eso de menearte?
La mujer, riéndose, porque aguda y valerosa era, y porque tal vez tenía motivo de reírse, respondió:
—¿Cómo no sabéis lo que quiero decir? Pues yo lo he oído decir mil veces: «Quien por la noche no cena, toda la noche se menea».
Se creyó el hermano Puccio que el ayuno, que con él fingía hacer, fuese la razón de no poder dormir, y que por ello se meneaba en la cama; por lo que, de buena fe, dijo:
—Mujer, ya te lo he dicho: «No ayunes»; pero puesto que lo has querido hacer no pienses en ello; piensa en descansar; que das tales vueltas en la cama que haces moverse todo.
Dijo entonces la mujer:
—No os preocupéis, no; bien sé lo que me hago; haced bien lo vuestro que yo haré bien lo mío si puedo.
Se calló entonces, pues, el hermano Puccio y volvió a sus padrenuestros, y la mujer y el señor monje desde aquella noche en adelante, haciendo colocar una cama en otra parte de la casa, allí mientras duraba el tiempo de la penitencia del hermano Puccio con grandísima fiesta se estaban; y a un tiempo se iba el monje y la mujer volvía a su cama, y a los pocos instantes de su penitencia venía a ella el hermano Puccio. Continuando, pues, en tal manera el hermano la penitencia y la mujer con el monje su deleite, muchas veces bromeando le dijo:
—Tú haces hacer una penitencia al hermano Puccio que nos ha ganado a nosotros el paraíso.
Y pareciéndole a la mujer que le iba bien, tanto se aficionó a las comidas del monje, que habiendo sido por el marido largamente tenida a dieta, aunque se terminase la penitencia del hermano Puccio, encontró el modo de alimentarse con él en otra parte, y con discreción mucho tiempo en él tomó su placer. Por lo que, para que las últimas palabras no sean discordantes de las primeras, sucedió que, con lo que el hermano Puccio creyó que ganaba el paraíso haciendo penitencia, mandó allí al monje (que antes le había enseñado el camino de ir) y a la mujer que vivía con él en gran penuria de lo que el señor monje, como misericordioso, le dio abundantemente.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 14 Abr 2020, 05:07

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NOVELA QUINTA

El Acicalado regala a micer Francesco Vergellesi un palafrén suyo, y por ello habla a su mujer con su permiso; y como ella calla, él se contesta como si fuera ella, y a su respuesta le sigue el efecto consiguiente.

Había Pánfilo terminado la historia del hermano Puccio, no sin risas de las señoras, cuando señorialmente la reina mandó a Elisa que continuase; la cual, un sí es no es desdeñosa no por malicia sino por hábito antiguo, así empezó a hablar:
Muchos que mucho saben, se creen que otros no saben nada, y ellos, muchas veces, mientras creen engañar a otros, después conocen que han sido los engañados; por la cual cosa reputo gran locura la de quien se pone sin necesidad de probar las fuerzas del ingenio ajeno. Pero porque tal vez todos no serían de mi opinión, lo que sucedió a un caballero pistoyés, siguiendo el orden de los razonamientos, me place contaros:
Hubo en Pistoya en la familia de los Vergellesi un caballero llamado micer Francesco, hombre muy rico y sabio y precavido además, pero avarísimo sin mesura; el cual, debiendo ir a Milán como podestá, de todas las cosas oportunas para ir honradamente se había provisto, salvo de un palafrén que fuese adecuadamente bueno para su rango; y no encontrando ninguno que le agradase, estaba preocupado por ello. Había entonces un joven en Pistoya cuyo nombre era Ricciardo, de bajo nacimiento pero muy rico, que tan adornado y pulido iba en su persona, que era generalmente llamado el Acicalado; y durante mucho tiempo había amado y cortejado en vano a la mujer de micer Francesco, la cual era hermosísima y muy honesta.
Pues éste tenía uno de los más bellos palafrenes de Toscana, y lo tenía en mucho aprecio por su belleza; y siendo público a todo el mundo que cortejaba a la mujer de micer Francesco, hubo quien le dijo que si él se lo pidiese lo obtendría por el amor que el tal Acicalado tenía a su mujer. Micer Francesco, llevado por la avaricia, haciendo llamar al Acicalado le pidió que vendiese su palafrén, para que el Acicalado se lo ofreciese como presente. El Acicalado, al oír aquello, se puso contento, y respondió al caballero:
—Micer, si me dieseis todo lo que tenéis en el mundo no podríais comprarme mi palafrén; pero como don podríais tenerlo cuando gustaseis con esta condición: que yo, antes de que lo toméis, pueda, con vuestra venia y en vuestra presencia, decir algunas palabras a vuestra mujer tan apartado de toda persona que no sea oído más que por ella.
El caballero, llevado por la avaricia y esperando poder burlarle, repuso que le placía, y que cuanto él quisiese; y dejándolo en la sala de su palacio, se fue a la cámara de la señora, y cuando le hubo dicho qué fácilmente podía ganar el palafrén, le ordenó que viniera a oír al Acicalado, pero que se guardase de contestarle poco ni mucho a nada que él le dijera. La señora reprobó mucho aquello, pero como le convenía dar gusto al marido, dijo que lo haría, y detrás del marido se fue a la sala a oír lo que el Acicalado quisiera decirle. El cual habiendo confirmado su pacto con el caballero, en una parte de la sala bastante alejada de cualquier persona se sentó junto a la señora y comenzó a hablar así:
—Honrada señora, me parece ser cierto que sois tan sabía, que muy bien, hace mucho tiempo, habréis podido comprender a cuán grande amor me ha llevado a teneros vuestra hermosura, que sin falta sobrepasa cualquiera otra que me haya parecido ver. Dejo a un lado las costumbres loables y las singulares virtudes que en vos hay, las cuales tendrían fuerza para apresar cualquier alto ánimo de cualquier hombre; y por ello no es necesario que os muestre con palabras que aquél ha sido el mayor y más ferviente que jamás hombre alguno sintió hacia alguna mujer, y así será sin falta mientras mi mísera vida sostenga estos miembros, y más aún, que, si allí como aquí se ama, perpetuamente os amaré. Y por ello podéis estar segura que nada tenéis, sea precioso o de poco valor, que más vuestro podáis tener y en todo momento disponer de ello como de mí, por lo que yo valga, y semejantemente de mis cosas. Y para que tengáis certísima prueba de esto, os digo que reputaré como la mayor gracia que cualquiera cosa que yo pudiera hacer y que os pluguiese me mandaseis, que nada habrá que, mandándolo yo, todos prestísimamente no me obedecieran. Por lo cual, si soy tan vuestro como oís que lo soy, no osaré inmerecidamente elevar mis ruegos a vuestra alteza, de la cual tan sólo toda mi paz, todo mi bien y mi salud puede venirme, y no de otra parte: y así como humildísimo servidor os ruego, caro bien mío y única esperanza de mi alma, que esperando que el amoroso fuego en vos se alimente, que vuestra benignidad sea tanta, y así ablande vuestra pasada dureza mostrada hacia mí (que vuestro soy) que yo, reconfortado con vuestra piedad, pueda decir que como de vuestra hermosura me he enamorado, por ella he de tener la vida; la cual, si a mis ruegos el altanero ánimo vuestro no se inclina, sin falta desfallecerá, y me moriré, y podréis ser llamada homicida mía. Y dejemos que mi muerte no os hiciese honor, no dejo de creer que, remordiéndoos alguna vez la conciencia no os dolería haberlo hecho, y tal vez, mejor dispuesta, con vos misma diríais: «¡Ah!, ¡qué mal hice al no tener misericordia de mi Acicalado!». Y no sirviendo de nada este arrepentiros os sería ocasión de mayor sufrimiento; por lo que, para que no suceda, ahora que socorrerme podéis, tenedme lástima, y antes de que muera moveos a tener misericordia de mí, porque en vos sola está el hacerme el más feliz y el más doliente hombre que vive. Espero que sea tanta vuestra cortesía que no sufráis que por tanto y tal amor reciba la muerte por galardón, sino con alegre respuesta y llena de gracia reconfortéis mis espíritus que todos espantados tiemblan ante vuestra presencia.
Y callándose aquí, algunas lágrimas, después de profundísimos suspiros, vertidas, se puso a esperar lo que la noble señora le respondiera. La señora, a la cual el largo cortejar, el justar, las serenatas y las demás cosas semejantes a éstas hechas por amor suyo por el Acicalado no habían podido conmover, conmovieron las afectuosas palabras dichas por el ferventísimo amante, y comenzó a sentir lo que antes nunca había sentido, esto es, qué era amor. Y aunque, por obedecer la orden dada por el marido, callase, no pudo por ello dejar de esconder con algún suspirillo lo que de buena gana, respondiendo al Acicalado, hubiera puesto de manifiesto.
El Acicalado, habiendo esperado un tanto y viendo que ninguna respuesta le seguía, se maravilló, y enseguida empezó a darse cuenta del arte usada por el caballero; pero sin embargo, mirándola a la cara y viendo algún fulgurar de sus ojos hacia él algunas veces vueltos, y además de ello sintiendo los suspiros que con toda la fuerza de su pecho dejaba salir, cobró alguna esperanza y, ayudado por ella, tuvo una rara idea; y comenzó como si fuera la señora, oyéndolo ella, a responderse a sí mismo de tal guisa:
—Acicalado mío, sin duda ha gran tiempo que me he apercibido de que tu amor hacia mí es grandísimo y perfecto, y ahora por tus palabras mayormente lo conozco, y estoy contenta, como debo. Empero, si dura y cruel te he parecido, no quiero que creas que en mi ánimo he sido como he mostrado en el gesto; pues siempre te he amado y querido más que a cualquier hombre, pero me ha convenido hacerlo así por miedo de los demás y por preservar mi fama de honestidad. Pero ahora viene el tiempo en que podré claramente mostrarte si te amo y concederte el galardón del amor que me has tenido y me tienes; y por ello consuélate y ten esperanza porque micer Francesco está por irse dentro de pocos días a Milán como podestá, como sabes tú, que por amor mío le has donado tu hermoso palafrén; y cuando se haya ido, sin falta te doy palabra, por el buen amor que te tengo, que no pasarán muchos días sin que te reúnas conmigo y a nuestro amor demos placentero y entero cumplimiento. Y para que no te tenga otra vez que hablar de esta materia, desde ahora te digo que el día en que veas dos paños de manos tendidos en la ventana de mi alcoba, que da sobre nuestro jardín, aquella noche, cuidando bien de no ser visto, ven a mí por la puerta del jardín: me encontrarás allí esperándote y juntos tendremos toda la noche fiesta y placer el uno con el otro tanto como deseemos.
Apenas había el Acicalado hablado así como si fuera él la señora, cuando empezó a hablar por sí mismo, y respondió así:
—Carísima señora, está por la superabundante alegría de vuestra favorable respuesta tan colmada toda mi virtud que apenas puedo formular la respuesta para rendiros las debidas gracias, pero si pudiese hablar como deseo, ningún término es tan largo que me bastase a poder agradeceros plenamente como querría y como me convendría hacer; y por ello a vuestra discreta consideración atañe conocer lo que yo, aunque lo desee, no puedo explicar con palabras. Sólo os digo que lo que me habéis ordenado pensaré en hacer sin falta, y tal vez entonces, más tranquilizado con tan gran don como me habéis concedido, me imaginaré cuanto pueda en daros las gracias mayores que pueda. Y pues aquí no queda, al presente, nada que decir, carísima señora mía, Dios os dé aquella alegría y bien que deseéis mayor, y a Dios os encomiendo.
A todo esto no dijo la señora una sola palabra; con lo que el Acicalado se puso en pie y empezó a andar hacia el caballero, el cual, viéndolo en pie, le salió al encuentro, y riendo le dijo:
—¿Qué te parece? ¿He cumplido bien mi promesa?
—Micer, no —repuso el Acicalado—, que me prometisteis dejarme hablar con vuestra mujer y me habéis dejado hablar con una estatua de mármol. Estas palabras agradaron mucho al caballero, el cual, aunque ya tenía buena opinión de su mujer, todavía la tuvo mejor por ellas; y dijo:
—Ahora es bien mío el palafrén que fue tuyo.
A lo que el Acicalado respondió:
—Micer, sí, pero si yo hubiera creído sacar de esta gracia recibida de vos tal fruto como he sacado, sin pedírosla os lo habría dado; y quisiera Dios que lo hubiera hecho, porque vos habéis comprado el palafrén y yo no lo he vendido.
El caballero se rió de esto, y ya provisto de palafrén, de allí a pocos días se puso en camino y hacia Milán se fue como podestá. La mujer, quedándose libre en su casa, dándole vueltas a las palabras del Acicalado y al amor que le tenía y al palafrén que por su amor había regalado, y viéndolo desde su casa pasar con mucha frecuencia, se dijo:
«¿Qué es lo que hago?, ¿por qué pierdo mi juventud? Éste se ha ido a Milán y no volverá hasta dentro de seis meses; ¿y cuándo me los devolverá?, ¿cuando sea vieja? Y además de esto,¿cuándo volveré a encontrar un amante como el Acicalado? Estoy sola, de nadie tengo que temer; no sé porque no cojo el goce mientras puedo; no siempre tendré la ocasión como la tengo ahora: esto no lo sabrá nunca nadie, y si tuviera que saberse, mejor es hacer algo y arrepentirse que no hacerlo y arrepentirse.»
Y así aconsejándose a sí misma, un día puso dos paños de manos en la ventana del jardín, como le había dicho el Acicalado; los cuales siendo vistos por el Acicalado, contentísimo, al venir la noche, secretamente y solo se fue a la puerta del jardín de la señora y lo encontró abierto; y de aquí se fue a otra puerta que daba a la entrada de la casa, donde encontró a la noble señora que lo esperaba. La cual, viéndole venir, levantándose a su encuentro, con grandísima fiesta le recibió, y él, abrazándola y besándola cien mil veces, por la escalera arriba la siguió; y sin ninguna tardanza acostándose, los últimos términos del amor conocieron. Y no fue esta vez la última, aunque fuese la primera: porque mientras el caballero estuvo en Milán, y también después de su vuelta, volvió allí, con grandísimo placer de cada una de las partes, el Acicalado muchas otras veces.


(Contiunuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 14 Abr 2020, 05:14

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EL SR. U

Durante la guerra civil española, mi abuelo buscó para sus hijas un lugar donde residir lejos de los bombardeos aéreos que asolaban Barcelona, y, teniendo él su despacho en Barcelona y su fábrica en Vic, encontró a medio camino un lugar adecuado en una urbanización de casitas de veraneo llamada La Llobeta (La Lobita).

Allí, cada hija, acompañada solo de sus hijos, puesto que los maridos estaban en el frente, ocupó una casita. Mi madre, que había perdido a su primer esposo en uno de los bombardeo de Barcelona, vivía en una de ellas junto con mis dos hermanos, muy pequeños, fruto de su primer matrimonio.

Vivía allí también, ocupando varias casitas, la familia del Sr. U. El Sr. U, que era viudo, había sufrido durante la guerra la muerte de varios de sus hijos, militares de profesión, de manera que allí estaban solo el Sr. U, sus hijas y sus nietos. De hecho, el Sr. U, la mayor parte del tiempo, era el único hombre en toda La Llobeta.

Un día, sonó la sirena que avisaba de los bombardeos y, como no había un refugio antiaéreo a donde ir, todo el mundo buscó un lugar donde resguardarse como mejor supo. Pasado el peligro, se reunieron todos menos el Sr. U. El Sr. U no aparecía por ninguna parte. Todos, muy preocupados, buscaban al Sr. U. Por fin apareció, resulta que, al oír empezar a sonar la sirena, el Sr. U había echado a correr montaña arriba y no había parado hasta llegar a la cima.

Pedro Casas Serra, Recuerdos durante el confinamiento.


Última edición por Pedro Casas Serra el Lun 15 Jun 2020, 10:57, editado 1 vez


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 15 Abr 2020, 10:09

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NOVELA SEXTA

Ricciardo Minútolo ama a la mujer de Filippello Sighinolfo, a la que advirtiendo celosa y diciéndole que Filippello al día siguiente va a reunirse con su mujer en unos baños, la hace ir allí y, creyendo que ha estado con el marido se encuentra con que con Ricciardo ha estado.

Nada más quedaba por decir a Elisa cuando, alabada la sagacidad de Acicalado, la reina impuso a Fiameta que procediese con una, y ella, toda sonriente, repuso:
—Señora, de buen grado.
Y comenzó:
Algo conviene salir de nuestra ciudad, que tanto como es copiosa en otras cosas lo es en ejemplos de toda clase, y como Elisa ha hecho, algo de las cosas que por el mundo han sucedido contar, y por ello, pasando a Nápoles, cómo una de estas beatas que se muestran tan esquivas al amor fue por el ingenio de su amante llevada a sentir los frutos del amor antes de que hubiese conocido las flores; lo que a un tiempo os recomendará cautela en las cosas que puedan sobreveniros y os deleitará con las sucedidas.
En Nápoles, ciudad antiquísima y tal vez tan deleitable, o más, que alguna otra en Italia, hubo un joven preclaro por la nobleza de su sangre y espléndido por sus muchas riquezas, cuyo nombre fue Ricciardo Minútolo, el cual, a pesar de que por mujer tenía a una hermosísima y graciosa joven, se enamoró de una que, según la opinión de todos, en mucho sobrepasaba en hermosura a todas las demás damas napolitanas, y era llamada Catella, mujer de un joven igualmente noble llamado Filippello Sighinolfo, al cual ella, honestísima, más que a nada amaba y tenía en aprecio. Amando, pues, Ricciardo Minútolo a esta Catella y poniendo en obra todas aquellas cosas por las cuales la gracia y el amor de una mujer deben poder conquistarse, y con todo ello no pudiendo llegar a nada de lo que deseaba, se desesperaba, y del amor no sabiendo o no pudiendo desenlazarse, ni sabía morir ni le aprovechaba vivir.
Y en tal disposición estando, sucedió que por las mujeres que eran sus parientes fue un día bastante alentado para que se deshiciese de tal amor, por el que en vano se cansaba, como fuera que Catella no tenía otro bien que Filippello, del que era tan celosa que los pájaros que por el aire volaban temía que se lo quitasen. Ricciardo, oídos los celos de Catella, súbitamente imaginó una manera de satisfacer sus deseos y comenzó a mostrarse desesperado del amor de Catella y a haberlo puesto en otra noble señora, y por amor suyo comenzó a mostrarse justando y contendiendo y a hacer todas aquellas cosas que por Catella solía hacer. Y no lo había hecho mucho tiempo cuando en el ánimo de todos los napolitanos, y también de Catella, estaba que ya no a Catella sino a esta segunda señora amaba sumamente, y tanto en esto perseveró que tan por cierto por todos era tenido ello que hasta Catella abandonó la esquivez que con él usaba por el amor que tenerla solía, y familiarmente, como vecino, al ir y al venir le saludaba como hacía a los otros.
Ahora, sucedió que, estando caluroso el tiempo, muchas compañías de damas y caballeros, según la costumbre de los napolitanos, fueron a recrearse a la orilla del mar y a almorzar allí y a cenar allí; sabiendo Ricciardo que Catella con su compañía había ido, también él con sus amigos fue, y en la compañía de las damas de Catella fue recibido, haciéndose primero rogar mucho, como si no estuviese muy deseoso de quedarse allí. Allí las señoras, y Catella con ellas, empezaron a gastarle bromas sobre su nuevo amor, en el que mostrándose muy inflamado, más les daba materia para hablar.
Al cabo, habiéndose ido una de las señoras acá y la otra allá, como se hace en aquellos lugares, habiéndose quedado Catella con pocas allí donde Ricciardo estaba, dejó caer Ricciardo mirándola a ella una alusión a cierto amor de Filippello su marido, por lo que ella sintió súbitos celos y por dentro comenzó toda a arder en deseos de saber lo que Ricciardo quería decir. Y luego de contenerse un poco, no pudiendo más contenerse, rogó a Ricciardo que, por el amor de la señora a quien él más amaba, le pluguiese aclararle lo que dicho había de Filippello. El cual le dijo:
—Me habéis conjurado por alguien por quien no os oso negar nada que me pidáis, y por ello estoy pronto a decíroslo, con que me prometáis que ni una palabra diréis a él ni a otro, sino cuando veáis por los hechos que es verdad lo que voy a contaros, que si lo queréis os enseñaré cómo podéis verlo.
A la señora le agradó lo que le pedía, y más creyó que era verdad, y le juró no decirlo nunca. Retirados, pues, aparte, para no ser oídos por los demás, Ricciardo comenzó a decirle así:
—Señora, si yo os amase como os amé, no osaría deciros nada que creyese que iba a doleros, pero porque aquel amor ha pasado me cuidaré menos de deciros la verdad de todo. No sé si Filippello alguna vez tomó a ultraje el amor que yo os tenía, o si ha tenido el pensamiento de que alguna vez fui amado por vos, pero haya sido esto o no, a mí nunca me demostró nada. Pero tal vez esperando el momento oportuno en que ha creído que yo menos sospechaba, muestra querer hacerme a mí lo que me temo que piensa que le haya hecho yo, es decir, querer tener a mi mujer para placer suyo, y a lo que me parece la ha solicitado desde hace no mucho tiempo hasta ahora con muchas embajadas, que todas he sabido por ella, y ella le ha dado respuesta según yo lo he ordenado. Pero esta mañana, antes de venir aquí, encontré con mi mujer en casa a una mujer en secreto conciliábulo, que enseguida me pareció que fuese lo que era; por lo que llamé a mi mujer y le pregunté qué quería aquélla. Me dijo: «Es ese aguijón de Filippello, al que con ese darle respuestas y esperanzas tú me has echado encima, y dice que del todo quiere saber lo que entiendo hacer, y que, si yo quisiera, haría que yo pudiera ir secretamente a una casa de baños de esta ciudad y con esto me ruega y me cansa, y si no fuese porque me has hecho, no sé por qué, tener estos tratos, me lo habría quitado de encima de tal manera que jamás habría puesto los ojos donde yo hubiera estado». Ahora me parece que ha ido demasiado lejos y que ya no se le puede sufrir más, y decíroslo para que conozcáis qué recompensa recibe vuestra fiel lealtad por la que yo estuve a punto de morir. Y para que no creáis que son cuentos y fábulas, sino que podáis, si os dan ganas de ello, abiertamente verlo y tocarlo, hice que mi mujer diese a aquella que esperaba esta respuesta: que estaba pronta a esta rmañana hacia nona, cuando la gente duerme, en esa casa de baños, con lo que la mujer se fue contentísima. Ahora, no creo que creáis que iba a mandarla allí, pero si yo estuviese en vuestro lugar haría que él me encontrase allí en lugar de aquella con quien piensa encontrarse, y cuando hubiera estado un tanto con él, le haría ver con quién había estado, y el honor que le conviene se lo haría; y haciendo esto creo que se le pondría en tanta vergüenza que en el mismo punto la injuria que a vos y a mí quiere hacer sería vengada.
Catella, al oír esto, sin tener en consideración quién era quien se lo decía ni sus engaños, según la costumbre de los celosos, dio súbitamente fe a aquellas palabras, y ciertas cosas pasadas antes comenzó a encajar con este hecho; y encendiéndose con súbita ira, repuso que ciertamente ella haría aquello, que no era tan gran trabajo hacerlo y que ciertamente si él iba allí le haría pasar tal vergüenza que siempre que viera a alguna mujer después se le vendría a la memoria. Ricciardo, contento con esto y pareciéndole que su invento había sido bueno y daba resultado, con otras muchas palabras la confirmó en ello y acrecentó su credulidad, rogándole, no obstante, que no dijese jamás que se lo había dicho él; lo que ella le prometió por su honor.
A la mañana siguiente, Ricciardo se fue a una buena mujer que dirigía aquellos baños que le había dicho a Catella, y le dijo lo que entendía hacer, y le rogó que en aquello le ayudase cuanto pudiera. La buena mujer, que muy obligada le estaba, le dijo que lo haría de grado, y con él concertó lo que había de hacer o decir. Tenía ésta, en la casa donde estaban los baños, una alcoba muy oscura, como que en ella ninguna ventana por la que entrase la luz había. Aquélla, según las indicaciones de Ricciardo, preparó la buena mujer e hizo dentro una cama lo mejor que pudo, en la que Ricciardo, como lo había planeado, se metió y se puso a esperar a Catella.
La señora, oídas las palabras de Ricciardo y habiéndoles dado más fe de lo que merecían, llena de indignación, volvió por la noche a casa, a donde por acaso Filippello embebido en otro pensamiento también volvió y no le hizo tal vez la acogida que acostumbraba a hacerle. Lo que, viéndolo ella, tuvo mayores sospechas de las que tenía, diciéndose así misma:
«En verdad, éste tiene el ánimo puesto en la mujer con quien mañana cree que va a darse placer y gusto, pero ciertamente esto no sucederá.»
Y con tal pensamiento, e imaginando qué debía decirle cuando hubiera estado con él, pasó toda la noche. Pero ¿a qué más? Venida nona, Catella tomó su compañía y sin mudar de propósito se fue a aquellos baños que Ricciardo le había enseñado; y encontrando allí a la buena mujer le preguntó si Filippello había estado allí aquel día. A lo que la buena mujer, adoctrinada por Ricciardo, dijo:
—¿Sois la señora que debe venir a hablar con él?
Respondió Catella:
—Sí soy.
—Pues —dijo la buena mujer—, andad con él.
Catella, que andaba buscando lo que no habría querido encontrar, haciéndose llevar a la alcoba donde estaba Ricciardo, con la cabeza cubierta entró en ella y cerró por dentro. Ricciardo, viéndola venir, alegre se puso en pie y recibiéndola en sus brazos dijo quedamente:
—¡Bien venida sea el alma mía!
Catella, para mostrar que era otra de la que era, lo abrazó y lo besó le hizo grandes fiestas sin decir una palabra, temiendo que si hablaba fuese por él reconocida. La alcoba era oscurísima, con lo que cada una de las partes estaba contenta; y no por estar allí mucho tiempo cobraban los ojos mayor poder. Ricciardo la condujo a la cama y allí, sin hablar para que no pudiese distinguirse la voz, por grandísimo espacio con mayor placer y deleite de una de las partes que de la otra estuvieron; pero luego de que a Catella le pareció tiempo de dejar salir la concebida indignación, encendida por ardiente ira, comenzó a hablar así.
—¡Ay!, ¡qué mísera es la fortuna de las mujeres y que mal se emplea el amor de muchas en sus maridos! Yo, mísera de mí, hace ocho años ya que te amo más que a mi vida, y tú, corno lo he sentido, ardes todo y te consumes en el amor de una mujer extraña, hombre culpable y malvado. ¿Pues con quién te crees que has estado? Has estado con aquella que se ha acostado a tu lado durante ocho años; has estado con aquella a quien con falsas lisonjas has, tiempo ha, engañado mostrándole amor y estando enamorado de otra. Soy Catella, no soy la mujer de Ricciardo, traidor desleal: escucha a ver si reconoces mi voz, que soy ella; y se me hacen mil años hasta que a la luz estemos para avergonzarte como lo mereces, perro asqueroso y deshonrado. ¡Ah, mísera de mí!, ¿a quién le he dedicado tanto amor tantos años? A este perro desleal que, creyéndose tener en brazos a una mujer extraña, me ha hecho más caricias y ternuras en este poco tiempo que he estado aquí con él que en todo el restante que he sido suya. ¡Hoy has estado gallardo, perro renegado, cuando en casa sueles mostrarte tan débil y cansado y sin fuerza! Pero alabado sea Dios que tu huerto has labrado, no el de otro, como te creías. No me maravilla que esta noche no te me acercases; esperabas descargar la carga en otra parte y querías llegar muy fresco caballero a la batalla: ¡pero gracias a Dios y mi artimaña, el agua por fin ha bajado por donde debía! ¿Por qué no contestas, hombre culpable? ¡Por Dios que no sé por qué no te meto los dedos en los ojos y te los saco! Te creíste que muy ocultamente podías hacer esta traición. ¡Por Dios, tanto sabe uno como otro; no has podido: mejores sabuesos te he tenido detrás de lo que creías!
Ricciardo gozaba para sí mismo con estas palabras y, sin responder nada la abrazaba y la besaba y más que nunca le hacía grandes caricias. Por lo que ella, que seguía hablando, decía:
—Sí, te crees que ahora me halagas con tus caricias fingidas, perro fastidioso, y me quieres tranquilizar y consolar; estás equivocado: nunca me consolaré de esto hasta que no te haya puesto en vergüenza en presencia de cuantos parientes y amigos y vecinos tenemos. ¿Pues no soy yo, malvado, tan hermosa como lo sea la mujer de Ricciardo Minútolo?, ¿no soy igual en nobleza a ella? ¿No dices nada, perro sarnoso? ¿Qué tiene ella más que yo? Apártate, no me toques, que por hoy ya bastante has combatido. Bien sé que ya, puesto que sabes quién soy, lo que hicieses lo harías a la fuerza: pero así Dios me dé su gracia como te haré pasar carencia, y no sé por qué no mando a por Ricciardo, que me ha amado más que a sí mismo y nunca pudo gloriarse de que lo mirase una vez; y no sé qué mal hubiera habido en hacerlo. Tú has creído tener aquí a su mujer y es como si la hubieras tenido, porque por ti no ha quedado; pues si yo lo tuviera a él no me lo podrías reprochar con razón.
Así, las palabras fueron muchas y la amargura de la señora grande; pero al final Ricciardo, pensando que si la dejaba irse con esta creencia a mucho mal podría dar lugar, deliberó descubrirse y sacarla del engaño en que estaba; y cogiéndola en brazos y apretándola bien, de modo que no pudiera irse, dijo:
—Alma mía dulce, no os enojéis; lo que con tan sólo amar no podía tener, Amor me ha enseñado a conseguir con engaño, y soy vuestro Ricciardo.
Lo que oyendo Catella, y conociéndolo en la voz, súbitamente quiso arrojarse de la cama, pero no pudo; entonces quiso gritar, pero Ricciardo le tapó la boca con una de las manos, y dijo:
—Señora, ya no puede ser que lo que ha sido no haya sido; aunque gritaseis durante todo el tiempo de vuestra vida, y si gritáis o de alguna manera hacéis que esto sea sabido alguna vez por alguien, sucederán dos cosas. La una será (que no poco debe importaros) que vuestro honor y vuestra fama se empañarán, porque aunque digáis que yo os he hecho venir aquí con engaños yo diré que no es verdad, sino que os he hecho venir aquí con dinero y presentes que os he prometido y que como no os los he dado tan cumplidamente como esperabais os habéis enojado, y por eso habláis y gritáis, y sabéis que la gente está más dispuesta a creer lo malo que lo bueno y me creerá antes a mí que a vos. Además de esto, se seguirá entre vuestro marido y yo una mortal enemistad y podrían ponerse las cosas de modo que o yo le matase a él antes o él a mí, por lo que nunca podríais estar después alegre ni contenta. Y por ello, corazón mío, no queráis en un mismo punto infamaros y poner en peligro y buscar pelea entre vuestro marido y yo. No sois la primera ni seréis la última que es engañada, y yo no os he engañado por quitaros nada vuestro sino por el excesivo amor que os tengo y estoy dispuesto siempre a teneros, y a ser vuestro humildísimo servidor. Y si hace mucho tiempo que yo y mis cosas y lo que puedo y valgo han sido vuestras y están a vuestro servicio, entiendo que lo sean más que nunca de aquí en adelante. Ahora, vos sois prudente en las otras cosas, y estoy cierto que también lo seréis en ésta.
Catella, mientras Ricciardo decía estas palabras, lloraba mucho, y aunque muy enojada estuviera y mucho se lamentase, no dejó de oír la razón en las verdaderas palabras de Ricciardo, que no conociese que era posible que sucediera lo que Ricciardo decía; por lo que dijo:
—Ricciardo, yo no sé cómo Dios me permitirá soportar la ofensa y el engaño que me has hecho. No quiero gritar aquí, donde mi simpleza y excesivos celos me han conducido, pero estate seguro de esto, de que no estaré nunca contenta si de un modo o de otro no me veo vengada de lo queme has hecho; por ello déjame, no me toques más; has tenido lo que has deseado y me has vejado cuanto te ha placido; tiempo es de que me dejes: déjame, te lo ruego.
Ricciardo, que se daba cuenta de que su ánimo estaba aún demasiado airado, se había propuesto no dejarla hasta conseguir que se calmara; por lo que, comenzando con dulcísimas palabras a ablandarla, tanto dijo, y tanto rogó y tanto juró que ella, vencida, hizo las paces con él, y con igual deseo de cada uno de ellos por gran espacio, después, con grandísimo deleite, se quedaron juntos. Y conociendo entonces la señora cuánto más sabrosos eran los besos del amante que los del marido, transformada su dureza en dulce amor a Ricciardo, desde aquel día en adelante tiernísimamente lo amó y, prudentísimamente obrando, muchas veces gozaron de su amor. Que Dios nos haga gozar del nuestro.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 16 Abr 2020, 06:02

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NOVELA SÉPTIMA

Tedaldo, enojado con una amante suya, se va de Florencia; vuelve allí después de algún tiempo disfrazado de peregrino; habla con la dama y le hace reconocer su error y libra de la muerte a su marido, a quien se le había acusado de haberle dado muerte a él, y lo reconcilia con los hermanos; y luego, discretamente, con su amante goza.

Ya alabada por todos se calla Fiameta, cuando la reina, para no perder tiempo, prestamente a Emilia encomendó la narración; y ella empezó:
A mí me place volver a nuestra ciudad, de donde a las dos anteriores les plugo apartarse, y contaros cómo un ciudadano nuestro reconquistó a su perdida señora. Hubo, pues, en Florencia, un noble joven cuyo nombre era Tedaldo de los Elisei, que enamorado sobremanera de una señora, llamada doña Ermelina y mujer de un Aldobrandino Palermini, por sus loables costumbres mereció disfrutar de su deseo; placer al cual la Fortuna, enemiga de los dichosos, se opuso; por lo cual, fuera cual fuese la razón, la señora, habiendo complacido a Tedaldo durante un tiempo, por completo se apartó de querer complacerlo y de querer no ya escuchar ninguna embajada suya, sino tampoco verle de manera ninguna. Por lo que él se dejó ir a una tristeza fiera y aborrecible, mas tenía de tal manera celado su amor que nadie creía que éste era la razón de su melancolía; y luego de que de diversas maneras se hubo ingeniado mucho en reconquistar el amor que sin culpa suya le parecía haber perdido, y encontrando vana toda fatiga, a alejarse del mundo (para no alegrar al verlo consumirse a aquella que de su mal era ocasión) se dispuso.
Y cogiendo los dineros que pudo conseguir, secretamente, sin decir palabra a amigo ni a pariente fuera de un compañero suyo que todo sabía, se fue y llegó hasta Ancona, haciéndose llamar Filippo de San Lodeccio, y trabando allí conocimiento con un rico mercader, entró a su servicio y en un barco junto con él se fue a Chipre. Sus costumbres y sus maneras agradaron tanto al mercader que no solamente le asignó un buen salario, sino que le hizo su socio en parte y además gran parte de sus negocios le puso entre las manos, los cuales llevó tan bien y con tanta solicitud que en pocos años se hizo bueno y rico mercader y famoso. En los cuales negocios, aunque muchas veces se acordase de la cruel señora y fieramente fuese de amor traspasado y mucho desease volver a verla, fue de tanta constancia que durante siete años venció aquella batalla. Pero sucedió que, oyendo un día en Chipre cantar una canción que hacía tiempo él había compuesto, en la que el amor que tenía a su señora y ella a él y el placer que de ella gozaba se contaba, pensando que no podía ser que ella le hubiera olvidado, en tanto deseo de volver a verla se inflamó que, no pudiendo sufrirlo más, se dispuso a volver a Florencia.
Y puestos en orden todos sus asuntos, se vino tan sólo con un sirviente suyo a Ancona,  adonde habiendo llegado sus cosas, las mandó a Florencia a un amigo del anconés socio suyo, y él ocultamente, como un peregrino que viniera del Santo Sepulcro, con su criado se vino detrás; y llegados a Florencia, se fue a una posadita que dos hermanos tenían cerca de la casa de su señora. Y donde primero fue no fue a otra parte sino a la puerta de su casa por verla si podía; pero vio las ventanas y las puertas y todo cerrado, por lo que mucho temió que hubiera muerto o que se hubiese mudado de allí. Por lo que, muy pensativo, se fue a la casa de sus hermanos, a quienes vio todos vestidos de negro, de lo que se maravilló mucho, y sabiéndose tan cambiado en el vestido y la persona de lo que ser solía cuando se fue de allí, que no podría ser reconocido fácilmente, confiadamente se acercó a un zapatero y le preguntó por qué aquéllos iban vestidos de negro. A lo que el zapatero respondió:
—Van vestidos de negro porque no hace quince días que un hermano suyo que hacía mucho tiempo que no estaba aquí, que tenía por nombre Tedaldo, fue muerto; y me parece entender que han probado a la justicia que uno que tiene por nombre Aldobrandino Palermini, que está preso, lo mató porque estaba enamorado de la mujer y había vuelto disfrazado para estar con ella.
Maravillóse mucho Tedaldo de que tanto se le asemejase alguno que fuese tomado por él y le dolió la desgracia de Aldobrandin, y habiendo oído que la señora estaba sana y salva, siendo ya de noche, lleno de diversos pensamientos, se volvió a la posada, y luego de que cenado hubo con su criado, en lo más alto de la casa fue puesto a dormir. Allí, tanto por los muchos pensamientos que le asaltaban como por la dureza de la cama y tal vez por la cena, que había sido escasa, ya era medianoche y todavía Tedaldo no había podido dormirse, por lo que, estando despierto, le pareció hacia la medianoche sentir que desde el tejado de la casa bajaba gente a la casa, y luego por las rendijas de la puerta de la cámara vio hacia allí venir una luz.
Por lo que, calladamente acercándose a las rendijas, empezó a mirar qué significaba aquello y vio a una joven muy hermosa tener en mano esta luz y venir hacia ella tres hombres, que habían bajado del tejado, y luego de hacerse algunas fiestas unos a otros, dijo uno de ellos a la joven:
—Ya podemos, Dios sea loado, estar seguros, porque sabemos ciertamente que la muerte de Tedaldo Elisei ha sido achacada por sus hermanos a Aldobrandín Palermini, y él ha confesado y ya está escrita la sentencia, pero debemos seguir callando porque si alguna vez se sabe que hemos sido nosotros estaremos en el mismo peligro que está Aldobrandino.
Y dicho esto, con la mujer, que muy contenta se mostró con esto, bajaron y se fueron a dormir.
Tedaldo, oído esto, empezó a considerar cuántos y cuáles eran los errores en que podía caer la mente de los hombres, pensando primero en sus hermanos, que a un extraño habían llorado y sepultado en su lugar, y luego acusado a un inocente por falsas sospechas, y con testigos no verdaderos haberlo llevado a la muerte, y además de ello en la severidad ciega de las leyes y de sus rectores, los cuales muchas veces, como solícitos investigadores de la verdad, con crueldades hacen probar lo falso y se llaman ministros de la justicia y de Dios cuando son ejecutores de la iniquidad y del diablo. Después de esto, a la salvación de Aldobrandino dirigió sus pensamientos y consideró consigo mismo lo que debía hacer. Y en cuanto se levantó por la mañana, dejando al criado, cuando le pareció oportuno se fue él solo a la casa de su señora y, encontrando por acaso abierta la puerta, entró dentro y vio a su señora sentada por tierra en una salita que allí en la planta baja había; y estaba llena de llanto y de amargura; y casi se puso a llorar de compasión; y acercándose le dijo:
—Señora, no os atribuléis; vuestra paz está cerca.
La señora, al oírle, levantó el rostro y, llorando, dijo:
—Buen hombre, me pareces un peregrino forastero; ¿qué sabes tú de la paz ni de mi aflicción?
Repuso entonces el peregrino:
—Señora, soy de Constantinopla y poco ha he llegado aquí mandado por Dios a convertir vuestras lágrimas en risa y a librar de la muerte a vuestro marido.
—¿Cómo —dijo la señora— si eres de Constantinopla y recién llegado aquí sabes quiénes mi marido y yo somos?
El peregrino, empezando desde el principio, toda la historia de la angustia de Aldobrandino le contó y le dijo quién era ella, cuánto tiempo hacía que estaba casada y otras muchas cosas que él muy bien sabía de sus asuntos, por lo que la señora se maravilló mucho y teniéndolo por un profeta se arrodilló a sus pies, rogándole por Dios que, si había venido a salvar a Aldobrandino que se apresurase porque el tiempo era poco. El peregrino, mostrándose como un muy santo varón, dijo:
—Señora, levantaos y no lloréis, y escuchad bien lo que voy a deciros, y guardaos de decirlo nunca a nadie. Por lo que Dios me ha revelado que la tribulación en la que estáis os ha sobrevenido por un gran pecado que cometisteis hace tiempo, que Dios ha querido que purguéis en parte con esta angustia y del que quiere que os enmendéis: si no, por ello recaeréis en una aflicción mucho mayor.
Dijo entonces la señora:
—Señor, he pecado mucho y no sé de qué Dios querrá que me enmiende entre todos, y por ello, si lo sabéis, decídmelo y haré todo cuanto pueda por enmendarlo.
—Señora —dijo entonces el peregrino—, bien sé cuál es y no voy a preguntároslo para saberlo mejor, sino para que diciéndolo vos misma tengáis más remordimiento. Pero vengamos al asunto. Decidme, ¿os acordáis de haber tenido algún amante?
La señora, al oír esto, dio un gran suspiro y se maravilló mucho, no creyendo que nadie nunca lo hubiera sabido, a no ser que desde que había sido muerto aquel que fue enterrado como Tedaldo se hubiese propalado algo por algunas palabras indiscretamente dichas por un amigo de Tedaldo, que sabía de ello; y respondió:
—Bien veo que Dios os muestra todos los secretos de los hombres, y por ello estoy dispuesta a no ocultaros los míos. Es verdad que en mi juventud amé sumamente al desventurado joven de cuya muerte se culpa a mi marido, cuya muerte tanto he llorado cuanto me duele, por lo que, por muy rígida y agreste que me mostrase con él antes de su partida, ni su partida ni su larga ausencia ni aun su desventurada muerte han podido nunca arrancármelo del corazón.
A lo que dijo el peregrino:
—Al desventurado joven que ha sido muerto no amasteis vos, sino a Tedaldo Elisei. Pero decidme, ¿cuál fue la razón por la que os enojasteis con él? ¿Os ofendió en algo?
Y la señora le respondió:
—Ciertamente que no, nunca me ofendió, pero la razón del enfado fueron las palabras de un maldito fraile con el que me confesé una vez, porque cuando le hablé del amor que a aquél tenía y de la intimidad que tenía con él, me levantó tal quebradero de cabeza que todavía me espanta, diciéndome que si no me abstenía de ello iría a dar a la boca del diablo en lo profundo de los infiernos y sería condenada al fuego eterno. De lo que me entró tal pavor que por completo me dispuse a no querer ya su intimidad; y para quitar la ocasión, ni su carta ni su embajada quise recibir; aunque creo que si hubiese perseverado más (porque por lo que presumo se fue desesperado y lo vi consumirse como hace la nieve al sol), mi dura decisión se hubiese doblegado porque un deseo mayor no tenía en el mundo.
Dijo entonces el peregrino:
—Señora, éste es el único pecado que ahora os atribula. Sé firmemente que Tedaldo no os forzó en nada; cuando os enamorasteis de él por vuestra propia voluntad lo hicisteis, agradándoos él, y cuando vos misma quisisteis vino a vos y gozó de vuestra intimidad, en la cual con palabras y con obras tanto agrado le mostrasteis que, si primero os amaba, más de mil veces hicisteis redoblar su amor. Y si así fue, como sé que fue, ¿qué razón podía moveros a apartarlo tan rígidamente? Esas cosas debían pensarse antes de hacerse y si creyesei sque debíais arrepentiros como de algo mal hecho, no hacerlas. Tal como él se hizo vuestro, vos os hicisteis suya. Si él no hubiera sido vuestro, podríais haber hecho en todo lo que quisieseis, como dueña, pero querer arrebatarle a vos que erais suya era un robo y cosa reprobable si aquélla no era la voluntad de él. Pues debéis saber que yo soy fraile y por ello conozco todas sus costumbres; y si hablo de ellas un tanto libremente para vuestro provecho no estará mal en mí como estaría en otros; y me place hablar de ellas para que de ahora en adelante mejor los conozcáis de lo que parece que habéis hecho hasta ahora. Hubo antes frailes santísimos y hombres de valor, pero los que hoy se llaman frailes, y por ello quieren ser tenidos, nada tienen de fraile, sino la capa, y ni siquiera ésta es de fraile porque si por los fundadores de los frailes fueron elegidas delgadas y míseras y de telas groseras y manifestadoras del espíritu que había despreciado las cosas temporales cuando se envolvía el cuerpo en tan vil vestido, hoy se las hacen anchas y forradas y satinadas y de telas finísimas y les han dado forma cortesana y pontifical para no avergonzarse de pavonearse con ellos en las iglesias y en las plazas como con sus vestidos hacen los seglares; y como con el esparavel el pescador se ingenia en coger en los ríos muchos peces de una vez, así éstos, con las amplísimas fimbrias envolviéndose, a muchas santurronas, muchas viudas, a muchas otras mujeres necias y hombres se ingenian en coger debajo, y de ello se ocupan con mayor solicitud que de otro ejercicio. Y por ello, para decirlo con más verdad, no las capas de los frailes llevan éstos sino solamente el color de las capas. Y mientras los antiguos deseaban la salvación de los hombres, éstos desean las mujeres y las riquezas, y todo su empeño han puesto y ponen en asustar con palabrería y con pinturas las mentes de los necios y en enseñarles que con las limosnas se purgan los pecados y con misas, para que a aquellos que por cobardía (no por devoción) se han acogido a hacerse frailes, y para no pasar trabajos, éste les mande el pan, aquél les mande el vino, aquel otro les dé la pitanza por el alma de sus muertos. Y ciertamente es verdad que las limosnas y las oraciones purgan los pecados, pero si quienes las hacen viesen a quién las hacen o les conocieran, antes las guardarían para sí o mejor a otros tantos puercos las arrojarían. Y porque saben que cuanto menor es el número de los poseedores de una gran riqueza, a tanto más tocan, todos con charlas y con espantos se ingenian en quitarles a los demás aquello que desean para ellos solos. Reprueban a los hombres la lujuria para que, apartándose de ella los reprobados, para los reprobadores se queden las mujeres; condenan la usura y las ganancias injustas para que, siéndoles restituidas a ellos, puedan hacerse las capas más amplias, comprar obispados y las otras prelaturas mayores con aquello que han enseñado que llevaría a la condenación a quien lo tuviera. Y cuando de estas cosas y de otras muchas que causan escándalo se les reprende, con responder «Haced lo que decimos y no lo que hacemos» creen que tienen digna descarga de tanto peso grave, como si fuese más posible a las ovejas ser constantes y de hierro que a los pastores. Y cuántos son aquellos a quienes dan tal respuesta que no la entienden en el modo que la dicen, muchos lo saben. Quieren los frailes de hoy que hagáis lo que dicen, esto es que llenéis sus bolsas de dineros, les confiéis vuestros secretos, observéis castidad, perdonéis las injurias, os guardéis de hablar mal de nadie: cosas todas buenas, todas honestas, todas santas; ¿pero para qué? Para poder hacer ellos lo que, si los seglares lo hacen, no podrán hacer. ¿Quién no sabe que sin dineros la vagancia no puede durar? Si en tus gustos te gastas el dinero, el fraile no podrá haraganear en la orden; si te vas con las mujeres de alrededor les quitarás el sitio a los frailes; si no eres paciente y perdonas las injurias, el fraile no se atreverá a venir a tu casa y contaminar a tu familia. ¿Por qué sigo? Se acusan ellos mismos tantas veces como antes los oyentes se excusan de aquella manera. ¿Por qué no se quedan en casa si no creen poder ser abstinentes y santos? O si quieren dedicarse a esto, ¿por qué no siguen aquellas santas palabras del Evangelio: «Empezó Cristo a hacer y a enseñar»? Hagan esto primero y enseñen luego a los demás. He visto en mi vida galanteadores, amadores, visitantes no sólo de las mujeres seglares sino de las monjas y de aquellos que más escándalo arman desde sus púlpitos. ¿Y a los tales vamos a seguir? Quien así hace, hace lo que quiere pero Dios sabe si lo hace prudentemente. Pero aun si hubiéramos de conceder lo que el fraile que os reprendió dijo, esto es, que gravísimo pecado sea romper la fe matrimonial, ¿no lo es mucho mayor robar a un hombre?, ¿no lo es mucho mayor matarlo o enviarlo al exilio rodando por el mundo? Esto lo concederá cualquiera. El tener intimidad un hombre con una mujer es un pecado natural; robarlo o matarlo o expulsarlo procede de maldad del espíritu. Que robasteis a Tedaldo ya antes os lo he demostrado, arrebatándoos a él cuando os habíais hecho suya por vuestra espontánea voluntad. Además, os digo que, por lo que a vos respecta, lo matasteis por haber hecho todo lo necesario (mostrándoos cada vez más cruel) para que se matase con sus propias manos; y quiere la ley que quien es ocasión del mal tenga la misma culpa que quien lo hace. Y que vos de su exilio y de que haya andado rodando por el mundo siete años sois la ocasión, no se puede negar. Así que mucho mayor pecado habéis cometido con cualquiera de estas tres cosas dichas que cometíais con concederle vuestra intimidad. Pero veamos, ¿es que Tedaldo mereció estas cosas? Ciertamente que no: vos misma lo habéis confesado; sin contar con que sé que más que a sí mismo os ama. Nada fue tan honrado, tan exaltado, tan magnificado como erais vos sobre cualquiera otra mujer por él, si se encontraba en parte donde honestamente y sin engendrar sospechas sobre vos podía de vos hablar. Todo su bien, todo su honor, toda su libertad en vuestras manos era puesta por él. ¿No era un noble joven?,¿no  era más apuesto que todos sus conciudadanos?, ¿no era valeroso en las  cosas que son propias de los jóvenes?, ¿no era amado, tenido en aprecio, visto con agrado por todos? A nada de esto diréis que no. Entonces ¿cómo, por lo que dijese un frailecillo maniático, brutal y envidioso, pudisteis tomar contra él una resolución cruel? No sé qué error debe de ser el de las mujeres que a los hombres desprecian y estiman en poco que, pensando en lo que ellas son y en cuánta y cuál sea la nobleza dada por Dios al hombre sobre todos los demás animales, deberían gloriarse cuando son amadas por alguno y tenerle sumamente en aprecio y con toda solicitud ingeniarse en complacerlo para que de amarla nunca se apartase. Y que lo hicisteis vos, movida por las palabras de un fraile, que con certeza debía de ser algún tragasopas manducador de tortas, ya lo sabéis, y tal vez lo que él deseaba era ocupar el lugar de donde se esforzaba en echar a otro. Este pecado es aquel que la divina justicia que con justa balanza lleva a efecto todas sus operaciones, no ha querido dejar sin castigo; y así como vos sin ninguna razón os ingeniasteis en quitaros vos misma a Tedaldo, así vuestro marido sin razón ha estado y todavía está en peligro, y vos en tribulación. De la cual si deseáis ser librada, lo que os conviene prometer y, sobre todo hacer, es esto: si sucede alguna vez que Tedaldo de su largo destierro vuelva, vuestra gracia, vuestro amor y vuestra benevolencia e intimidad le devolveréis y le responderéis en aquel estado en que estaba antes de que vos tontamente creyeseis al loco fraile.
Había el peregrino terminado sus palabras cuando la señora, que atentísimamente le escuchaba porque veracísimas le parecían sus razones, y se es timaba con seguridad castigada por aquel pecado, al oírselo a él decir, dijo:
—Amigo de Dios, bastante conozco que son ciertas las cosas que decís y en gran parte conozco por vuestra enseñanza quiénes son los frailes, que hasta ahora han sido tenidos por mí como santos; y sin duda conozco que mi culpa ha sido grande en lo que hice contra Tedaldo, y si pudiera con gusto la enmendaría de la manera que me habéis dicho: pero ¿cómo puede ser? Tedaldo no podrá nunca volver: está muerto, y por ello lo que no puede hacerse no sé para qué voy a prometéroslo.
El peregrino le dijo:
—Señora, Tedaldo no está muerto, según Dios me revela, sino que está vivo y sano y en buen estado si tuviese vuestra gracia.
Dijo entonces la señora.
—Mirad lo que decís; que yo lo he visto muerto delante de mi casa de muchas cuchilladas, y lo tuve en estos brazos y con muchas lágrimas bañé su muerto rostro, las cuales dieron ocasión de hacer que se dijese lo que deshonestamente se ha dicho.
Entonces dijo el peregrino:
—Señora, digáis lo que digáis os aseguro que Tedaldo está vivo; y si queréis prometer aquello con la intención de cumplirlo, espero que lo veáis pronto.
La señora dijo entonces:
—Lo hago y lo haré de buen grado; y nada podría suceder que me diese tanta alegría sino ver a mi marido libre y sin daño y a Tedaldo vivo.
Pareció entonces a Tedaldo tiempo de descubrirse y de consolar a la señora con más cierta esperanza de su marido, y dijo:
—Señora, para que pueda consolaros con relación a vuestro marido, un gran secreto necesito deciros, que cuidaréis de que nunca mientras viváis manifestéis a nadie.
Estaban en un lugar asaz alejado, y solos, habiendo tomado gran confianza la señora en la santidad que le parecía tener el peregrino; por lo que Tedaldo, sacando un anillo guardado por él con sumo cuidado, que la señora le había dado la última noche que había estado con ella, y mostrándoselo dijo:
—Señora, ¿conocéis esto?
En cuanto la señora lo vio lo reconoció y dijo:
—Señor, sí, yo se lo di a Tedaldo ha tiempo.
El peregrino, entonces, poniéndose en pie y prestamente quitándose de encima la esclavina y de la cabeza el capelo, y hablando en florentino, dijo:
—¿Y a mí, me conocéis? sino vera mi
Cuando lo vio la señora, conociendo que era Tedaldo, toda se pasmó, temiéndole como a los cuerpos muertos, si se les ve andar como vivos, se teme: y no como a Tedaldo que regresaba de Chipre fue a su encuentro a recibirlo, sino como de Tedaldo que volvía desde la tumba quiso huir temerosa. Y Tedaldo le dijo:
—Señora, no temáis, soy vuestro Tedaldo vivo y sano y nunca me he muerto ni me mataron, creáis lo que creáis mis hermanos y vos.
La señora, tranquilizada un tanto, y bajando la voz, y mirándolo más y asegurándose de que aquél era Tedaldo, llorando se le echó al cuello y lo besó, diciendo:
—Dulce Tedaldo mío, ¡seas bien venido!
Tedaldo, besándola y abrazándola, dijo:
—Señora, no es ahora tiempo de hacernos más estrechos saludos; quiero ir a hacer que Aldobrandino os sea devuelto sano y salvo, sobre lo cual espero que antes de mañana por la noche tengáis nuevas que os agraden; que, si tengo suerte como espero, sobre su salvación quiero poder venir esta noche a dároslas con más espacio que puedo hacerlo al presente.
Y volviéndose a poner la esclavina y el sombrero, besando otra vez a la señora y confortándola con buena esperanza, se separó de ella y allá se fue donde Aldobrandino estaba en prisión, más embebido en pensamientos de temor de la inminente muerte que de esperanza de futura salud; y a guisa de consolador, con la venia de los carceleros, entró donde él estaba y sentándose junto a él, le dijo:
—Aldobrandino, soy un amigo tuyo que Dios te manda para salvarte, quien por tu inocencia ha sentido piedad de ti; y por ello, si en honor suyo quieres concederme un pequeño don que voy a pedirte, sin falta antes de que mañana sea de noche, en lugar de la sentencia de muerte que esperas, oirás absolución.
Al que Aldobrandin repuso:
—Buen hombre, puesto que de mi salvación te preocupas, aunque no te conozco ni me acuerde de haberte visto nunca, debes ser amigo, como dices. Y en verdad el pecado por el cual se dice que debo ser condenado a muerte, nunca lo he cometido; muchos otros he hecho, que tal vez a esto me hayan conducido. Pero te digo por el temor de Dios esto: si él ahora tiene misericordia de mí, grandes cosas, no una pequeña, haría de buena gana, aunque no lo prometiese; así que lo que te plazca pide, que sin falta, si llego a escapar de ésta, lo cumpliré ciertamente.
El peregrino entonces dijo:
—Lo que quiero no es otra cosa sino que perdones a los cuatro hermanos de Tedaldo el haberte conducido a este punto, creyéndote culpable de la muerte de su hermano, y que los tengas por hermanos y por amigos si te piden perdón.
Al que Aldobrandín repuso:
—No sabes cuán dulce cosa es la venganza ni con cuánto ardor se desea sino quien recibe las ofensas; pero aun así, para que Dios de mi salvación se ocupe, de buen grado les perdonaré y ahora les perdono, y si de aquí salgo vivo y me salvo, para hacerlo seguiré el modo que te sea grato.
Esto le plugo al peregrino, y sin querer decirle más, encarecidamente le rogó que tuviese buen ánimo, que con seguridad antes de que terminase el siguiente día tendría noticia certísima de su salud. Y separándose de él se fue a la señoría y en secreto a un caballero que la gobernaba dijo así.
—Señor mío, todos sabemos de buen grado empeñarnos en hacer que la verdad de las cosas se conozca, y máximamente aquellos que tienen el puesto que vos tenéis, para que no sufran los castigos los que no han cometido el pecado y sean castigados los pecadores. Y para que ello suceda en honor vuestro y para mal de quien lo ha merecido, he venido a vos. Como sabéis, habéis procedido severamente contra Aldobrandín Palermini y parece que habéis tenido por cierto que él ha sido quien mató a Tedaldo Elisei, y vais a condenarlo, lo que segurísimamente es falso, como creo que antes de la medianoche, trayendo a vuestras manos al matador de aquel joven, os habré demostrado.
El valeroso hombre, que tenía lástima de Aldobrandino, prestó gustosamente oídos a las palabras del peregrino, y explicándole muchas cosas sobre esto, siendo su guía, cuando estaban en el primer sueño, a los dos hermanos posaderos y a su criado apresó a mansalva, y queriéndoles dar tortura para descubrir cómo había sido la cosa, no lo sufrieron sino que cada uno separadamente y luego todos juntos abiertamente confesaron haber sido quienes mataron a Tedaldo Elisei, sin reconocerlo. Preguntados por la razón, dijeron que porque éste a la mujer de uno de ellos, no estando ellos en la posada, había molestado mucho y querido forzar a que hiciese su voluntad.
El peregrino, enterado de esto, con licencia del gentilhombre se fue y secretamente se vino a casa de la señora Ermelina, y a ella sola (habiéndose ido a dormir todos los demás de la casa) la encontró esperándole, igualmente deseosa de tener buenas noticias del marido y de reconciliarse plenamente con su Tedaldo; a la cual acercándose, con alegre gesto, dijo:
—Carísima señora mía, alégrate, que por cierto recuperarás mañana aquí sano y salvo a tu Aldobrandino.
Y para asegurarle de esto más, lo que había hecho le contó plenamente. La señora, de los dos accidentes tales y tan súbitos, esto es, de recuperar a Tedaldo vivo, al cual firmemente creía haber llorado muerto, y de ver libre de peligro a Aldobrandino, a quien se creía tener que llorar por muerto unos pocos días después, tan alegre como nunca lo estuvo nadie, afectuosamente abrazó y besó a su Tedaldo; y yéndose juntos a la cama de buena gana firmaron graciosas y alegres paces, tomando el uno del otro deleitable gozo. Y al acercarse el día, Tedaldo, levantándose, habiendo ya explicado a la señora lo que hacer entendía y rogándole que ocultísimo lo tuviese, de nuevo en hábito de peregrino salió de casa de la señora para poder, cuando fuese el momento, ocuparse de los asuntos de Aldobrandino. La señoría, llegado el día y pareciéndole tener completa información del asunto, prestamente liberó a Aldobrandino y pocos días después a los malhechores hizo cortar la cabeza donde habían cometido el homicidio.
Estando, pues, libre Aldobrandino, con gran regocijo suyo y de su mujer y de todos sus amigos y parientes, y conociendo manifiestamente que aquello había sido obra del peregrino, le condujeron a su casa por tanto tiempo cuanto le pluguiera estar en la ciudad; y allí, de hacerle honores y fiestas que no se saciaban, y especialmente la mujer, que sabía a quién se los hacía Pero pareciéndole, luego de algunos días, tiempo de reconciliar a sus hermanos con Aldobrandino, a quienes sabía no sólo desacreditados por su absolución, sino también armados por miedo, pidió a Aldobrandino que cumpliese su promesa. Aldobrandino espontáneamente contestó que estaba dispuesto.
El peregrino le hizo preparar un hermoso convite para el día siguiente, al que dijo que quería que él con sus parientes y con sus mujeres invitase a los cuatro hermanos y a sus mujeres, añadiendo que él mismo iría incontinenti a invitarles a su perdón y a su convite de su parte. Y estando Aldobrandino contento con cuanto placía al peregrino, el peregrino enseguida se fue a casa de los cuatro hermanos, y dirigiéndoles las palabras que para tal asunto se requerían, al final, con razones irrebatibles fácilmente les condujo a querer reconquistar, solicitando el perdón, la amistad de Aldobrandino, y hecho esto, a ellos y a sus mujeres a almorzar con Aldobrandino la mañana siguiente les invitó, y ellos, de buen grado, creyendo su palabra, aceptaron el convite.
Así, pues, la mañana siguiente, a la hora de comer, primeramente los cuatro hermanos de Tedaldo, tan vestidos de negro como iban, con algunos amigos suyos vinieron a casa de Aldobrandino, que les esperaba; y allí, delante de todos aquellos que para acompañarles habían sido invitados por Aldobrandino, arrojadas las armas en tierra, se pusieron en manos de Aldobrandino, pidiéndole perdón de lo que contra él habían hecho. Aldobrandino, llorando compasivamente, los recibió y besando a todos en la boca, gastando pocas palabras, todas las injurias recibidas perdonó. Después de ellos, sus hermanas y sus mujeres todas vestidas de luto vinieron, y por la señora Ermelina y las otras grandes señoras graciosamente recibidas fueron.
Y habiendo sido magníficamente servidos en el convite tanto los hombres como las mujeres, no había habido en él nada más que cosas dignas de encomio, a no ser la taciturnidad por el reciente dolor que estaba representado en los vestidos oscuros de los parientes de Tedaldo (por lo cual la invención y la invitación del peregrino había sido censurada por muchos, y él se había apercibido de ello); pero como lo había decidido, venido el tiempo de disiparla, se puso en pie, todavía comiendo los demás la fruta, y dijo:
—Nada ha faltado a este convite para que fuese alegre sino Tedaldo, a quien, pues habiéndole tenido continuamente con vosotros no lo habéis conocido, quiero mostrároslo.
Y quitándose de encima la esclavina y toda la ropa de peregrino se quedó en jubón de tafetán verde, y no sin grandísima maravilla fue por todos mirado y examinado largamente antes de que alguien se atreviese a creer que era él. Lo que viendo Tedaldo, mucho les habló de sus parientes, de las cosas sucedidas entre ellos, de sus accidentes; por lo que sus hermanos y los demás hombres, todos llenos de lágrimas de alegría, a abrazarle corrieron, y lo mismo después hicieron las mujeres, tanto las parientes como las no parientes, salvo doña Ermelina. Lo que viendo Aldobrandin, dijo:
—¿Qué es esto, Ermelina? ¿Cómo no celebras tú como las otras mujeres a Tedaldo?
Y, oyéndola todos, la señora le respondió:
—Ninguna hay que con más agrado le haya hecho fiestas o se las haga que se las haré yo, como quien más que ninguna otra le está obligada, considerando que por su medio te he recuperado; pero las deshonestas habladurías de los días en que llorábamos a quien creíamos Tedaldo, hacen que me retenga.
Aldobrandino le dijo:
—¡Vamos, vamos!, ¿crees que yo creo a los que ladran? Procurando mi salvación bastante ha demostrado que aquello eran falsedades, sin contar con que nunca lo creí: levántate enseguida, ve a abrazarlo.
La señora, que otra cosa no deseaba, no fue lenta en obedecer en ello al marido; por lo que, levantándose como habían hecho los demás, abrazándolo ella, le hizo alegres fiestas. Esta liberalidad de Aldobrandino mucho plugo a los hermanos de Tedaldo y a todos los hombres y mujeres que allí estaban, y cualquier barrunto que hubiera nacido en algunos por las habladurías que había habido, con esto desapareció. Habiendo, pues, celebrado todos a Tedaldo, él mismo rasgó las vestiduras negras que llevaban sus hermanos y las oscuras de las hermanas y las cuñadas, y quiso que otras ropas se trajesen y después de que vestidas fueron, muchos cantos y bailes se hicieron y otros pasatiempos; por las cuales cosas, el convite, que había tenido silencioso principio, tuvo un fin sonoro.
Y con grandísima alegría, así como estaban, se fueron a casa de Tedaldo y allí cenaron por la noche, y muchos días después, siguiendo del mismo modo, continuaron la fiesta. Los florentinos durante muchos días como a hombre resucitado y asombrosa cosa miraron a Tedaldo; y muchos, y aun los hermanos, tenían cierta ligera duda en el ánimo sobre si era él o no, y no lo creían todavía firmemente ni tal vez lo hubieran creído en mucho tiempo si un caso que sucedió no hubiera llegado a aclararles quién había sido el muerto; que fue esto. Pasaban un día unos soldados de Lunigiana delante de su casa y, viendo a Tedaldo, fueron a su encuentro, diciéndole:
—¡Buenos los tenga Faziuolo!
A quienes Tedaldo, en presencia de sus hermanos, respondió:
—Me habéis tomado por otro.
Ellos, al oírle hablar, se avergonzaron y le pidieron perdón, diciendo:
—En verdad que os parecéis, más que nunca hemos visto parecerse nadie a otro, a un camarada nuestro que se llama Faziuolo de Pontriémoli, que vino aquí hace unos quince días o poco más y nunca hemos podido saber qué fue de él. Bien es verdad que nos maravillábamos del vestido porque él era, como lo somos nosotros, mesnadero.
El hermano mayor de Tedaldo, al oír esto, fue hacia ellos y les preguntó qué vestido llevaba aquel Faziuolo. Ellos se lo dijeron y se encontró que precisamente así iba como decían ellos; por lo que, entre esto y otras señales, conocido fue que el que había sido muerto había sido Faziuolo y no Tedaldo, por lo que se desvanecieron las sospechas de sus hermanos y de cualquier otro. Tedaldo, pues, que había vuelto riquísimo, perseveró en su amor y sin que la señora se enojase más con él, discretamente obrando, largamente gozaron de su amor. Dios nos haga gozar del nuestro.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 17 Abr 2020, 06:17

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NOVELA OCTAVA

Ferondo, tomados ciertos polvos, es enterrado como muerto y por el abad, que su mujer se disfruta, hecho sacar de la tumba y puesto en prisión y persuadido de que está en el purgatorio, y luego, resucitado, como suyo cría a un hijo engendrado por el abad en su mujer.

Llegado el fin de la larga historia de Emilia, que a nadie había desagradado por su extensión, sino considerada por todos como narrada brevemente teniendo en cuenta la cantidad y la variedad de los casos contados en ella; la reina, a Laureta mostrando con un solo gesto su deseo, le dio ocasión de comenzar así:
Carísimas señoras, se me pone delante como digna de ser contada una verdad que tiene, mucho más de lo que fue, aspecto de mentira, y me ha venido a la cabeza al oír contar que uno por otro fue llorado y sepultado. Contaré, pues, cómo un vivo fue sepultado por muerto y cómo después, resucitado y no vivo, él mismo y otros muchos creyeron que había salido de la tumba, siendo por ello venerado como santo quien más bien como culpable debía ser condenado.
Hubo, pues, en Toscana, una abadía (y todavía hay) situada, como vemos muchas, en un lugar no demasiado frecuentado por las gentes, de la que fue abad un monje que en todas las cosas era santísimo, salvo en los asuntos de mujeres, y éstos los sabía hacer tan cautamente que casi nadie no sólo no los conocía, sino que ni los sospechaba; por lo que santísimo y justo se pensaba que era en todo. Ahora, sucedió que, habiendo hecho gran amistad con el abad un riquísimo villano que tenía por nombre Ferondo, hombre ignorante y obtuso fuera de toda ponderación (y no por otra cosa gustaba el abad de su trato sino por la diversión que a veces le causaba su simpleza), en esta amistad se apercibió el abad de que Ferondo tenía por esposa a una mujer hermosísima, de la que se enamoró tan ardientemente que en otra cosa no pensaba ni de día ni de noche; pero oyendo que, por muy simple y necio que fuese en todas las demás cosas, era sapientísimo en amar y proteger a esta su mujer, casi desesperaba.
Pero, como muy astuto, domesticó tanto a Ferondo que éste con su mujer venían alguna vez a pasearse por el jardín de su abadía; y allí, con él, sobre la felicidad de la vida eterna y sobre las santísimas acciones de muchos hombres y mujeres ya muertos les hablaba con gran modestia, tanto que a la señora le dieron deseos de confesarse con él y le pidió licencia a Ferondo y la obtuvo. Venida, pues, a confesarse con el abad con grandísimo placer de éste y poniéndose a sus pies como si otra cosa viniese a decir, comenzó:
—Señor, si Dios me hubiese dado marido o no me lo hubiese dado, tal vez me sería más fácil con vuestra enseñanza entrar en el camino de que me habéis hablado, que lleva a otros a la vida eterna, pero yo, considerando quién sea Ferondo y su estulticia, me puedo considerar viuda y, sin embargo, soy casada en tanto que, viviendo él, otro marido no puedo tomar, y él, aun necio como es, es tan fuera de toda medida y sin ninguna razón tan celoso que por ello no puedo vivir con él más que en tribulación y en desgracia. Por la cual cosa, antes devenir a otra confesión, lo más humildemente que puedo os ruego que sobre esto queráis darme algún consejo, porque si desde ahora no empiezo a procurar ocasión de mi bien, confesarme o hacer alguna otra buena obra de poco me servirá.
Este discurso proporcionó gran placer al alma del abad, y le pareció que la fortuna hubiera abierto el camino a su mayor deseo; y dijo:
—Hija mía, creo que gran fastidio debe ser para una hermosa y delicada mujer como sois vos, tener por marido a un mentecato, pero mucho mayor creo que sea tener a un celoso; por lo que, teniendo vos uno y otro, fácilmente os creo lo que de vuestra tribulación me decís. Pero en ello, por decirlo en pocas palabras, no veo consejo ni remedio fuera de uno, que es que Ferondo se cure de estos celos. La medicina para curarlo sé yo muy bien cómo hacerla, siempre que vos tengáis la voluntad de guardar en secreto lo que voy a deciros.
La mujer dijo:
—Padre mío, no dudéis de ello, porque me dejaré antes morir que decir a nadie algo que vos me dijerais que no dijese, ¿pero cómo se podrá hacer?
Repuso el abad:
—Es necesario que muera, y así sucederá,y cuando haya sufrido tantos castigos que esté castigado de estos celos suyos, nosotros, con ciertas oraciones, rogaremos a Dios que lo devuelva a esta vida, y así lo hará.
—Pues —dijo la mujer—, ¿he de quedarme viuda?
—Sí —repuso el abad—, durante algún tiempo, que mucho debéis guardaros de que nadie se case con vos, porque a Dios le parecería mal, y al volver Ferondo tendríais que volver con él y sería más celoso que nunca.
La mujer dijo:
—Siempre que se cure de esta desgracia, que no tenga que estar yo siempre en prisión, estoy contenta; haced como gustéis.
Dijo entonces el abad:
—Así lo haré: pero ¿qué galardón tendré de vos por tal servicio?
—Padre mío —dijo la señora—, lo que deseéis si puedo hacerlo, pero ¿qué puede alguien como yo que sea apropiado a tal hombre como vos sois?
El abad le dijo:
—Señora, vos podéis hacer por mí no menos que lo que yo me empeño en hacer por vos porque así como me dispongo a hacer aquello que debe ser bien y consuelo vuestro, así podéis hacer vos lo que será salud y salvación de mi vida.
Dijo entonces la señora:
—Sí es así, estoy dispuesta.
—Pues —dijo el abad—, me daréis vuestro amor y me daréis el placer de teneros, porque por vos ardo y me consumo.
La mujer, al oír esto, toda pasmada, repuso:
—¡Ay, padre mío!, ¿qué es lo que me pedís? Yo creía que erais un santo: ¿y les cuadra a los santos requerir a las mujeres que les piden consejo a tales asuntos?
El abad le dijo:
—Alma mía bella, no os maravilléis, que por esto la santidad no disminuye, porque está en el alma y lo que yo os pido es un pecado del cuerpo. Pero sea como sea, tanta fuerza ha tenido vuestra atrayente belleza que Amor me obliga a hacer esto, y os digo que de vuestra hermosura más que otras mujeres podéis gloriaros al pensar que agrada a los santos, que están tan acostumbrados a las del cielo; y además de esto, aunque sea yo abad sigo siendo un hombre como los demás y, como veis, todavía no soy viejo. Y esto no debe seros penoso de hacer, sino que debéis desearlo porque mientras Ferondo esté en el purgatorio, yo os daré, haciéndoos compañía por la noche, el consuelo que debería daros él, y nadie se dará cuenta de ello, creyendo todos de mí aquello, y más, que vos creíais hace poco. No rehuséis la gracia que Dios os manda, que muchas son las que desean lo que vos podéis tener y tendréis, si como prudente seguís mi consejo. Además, tengo hermosas joyas valiosas, que entiendo no sean de otra persona sino vuestras. Haced, pues, dulce esperanza mía, lo que yo hago por vos de buen grado.
La mujer tenía el rostro inclinado, y no sabía cómo negárselo, y concedérselo no le parecía bien, por lo que el abad, viendo que le había escuchado y daba largas a la respuesta, pareciéndole haberla convencido a medias, con muchas otras palabras continuando las primeras, antes de que callase le había metido en la cabeza que aquello estaba bien hecho; por lo que dijo vergonzosamente que estaba dispuesta a lo que mandase, pero que antes de que Ferondo hubiese ido al purgatorio no podía ser. El abad contentísimo le dijo:
—Y haremos que allí vaya incontinenti; haced de manera que mañana o al día siguiente venga a estar aquí conmigo.
Y dicho esto, habiéndole puesto ocultamente en la mano un bellísimo anillo, la despidió. La mujer, alegre con el regalo y esperando tener otros, volviendo con sus compañeras, maravillosas cosas empezó a decir sobre la santidad del abad. De allí a pocos días se fue Ferondo a la abadía, y en cuantolo vio el abad pensó en mandarlo al purgatorio; y encontrados unos polvos de maravillosa virtud que en tierras de Levante había obtenido de un gran príncipe que afirmaba que solía usarlos el Viejo de la Montaña cuando quería mandar a alguien (haciéndole dormir) a su paraíso o traerlo de allí, y que, en mayor o menor cantidad dados, sin ninguna lesión hacían de tal manera dormir más o menos a quien los tomaba que, mientras duraba su poder no se habría dicho que tenía vida, y habiendo tomado de ellos cuantos fuesen suficientes para hacer dormir tres días, en un vaso de vino todavía un poco turbio, en su celda, sin que Ferondo se diese cuenta, se los dio a beber; y con él lo llevó al claustro y con otros de sus monjes empezaron a reírse de él y de sus tonterías.
Lo que no duró mucho porque, obrando los polvos, se le subió a éste un sueño tan súbito y  fiero a la cabeza que estando todavía en pie se durmió, y cayó dormido. El abad, mostrándose perturbado por el accidente, haciéndolo desceñir y haciendo traer agua fría y echándosela en la cara, y haciéndole aplicar muchos otros remedios cómo si de alguna flatulencia de estómago o de otra cosa que tomado le hubiera quisiera recuperarle la desmayada vida y el sentido, viendo el abad y los monjes que con todo aquello no recobraba el sentido, tomándole el pulso y no encontrándolo, todos tuvieron por cierto que estuviese muerto; por lo que, mandándolo a decir a la mujer y a sus parientes, todos los cuales aquí vinieron prontamente, y habiéndolo la mujer con sus parientes llorado un tanto, vestido como estaba lo hizo el abad poner en una sepultura.
La mujer volvió a su casa, y de un pequeño muchachito que tenía de él dijo que no entendía separarse nunca; y así quedándose en casa, el hijo la riqueza que había sido de Ferondo empezó a administrar. El abad, con un monje boloñés de quien mucho se fiaba y que aquel día había venido aquí desde Bolonia, levantándose por la noche calladamente, a Ferondo sacaron de la sepultura y aun subterráneo, en el que ninguna luz entraba y que para prisión de los monjes que cometiesen faltas había sido hecho, lo llevaron y, quitándole sus vestidos, vistiéndole a guisa de monje, sobre un haz de paja lo pusieron, y lo dejaron hasta que recobrase el sentido. Entretanto, el monje boloñés, por el abad informado de lo que tenía que hacer, sin saber de ello nadie más, se puso a esperar que Ferondo volviese en sí.
El abad, al día siguiente, con algunos de sus monjes a modo de hacer una visita, se fue a casa de la mujer, a la cual de negro vestida y atribulada encontró, y consolándola algún tanto, en voz baja le pidió que cumpliera su promesa. La mujer, viéndose libre y sin el empacho de Ferondo ni de nadie, habiéndole visto en el dedo otro hermoso anillo, dijo que estaba pronta y acordó con él que la noche siguiente fuese. Por lo que, llegada la noche, el abad, disfrazado con las ropas de Ferondo y acompañado por su monje, fue, y con ella hasta la mañana, con grandísimo deleite y placer, se acostó, y luego se volvió a la abadía, haciendo aquel camino asaz frecuentemente para dicho servicio; y siendo encontrado por algunos al ir o al venir, se creyó que era Ferondo que andaba por aquel barrio haciendo penitencia, y sobre ello muchas historias entre la gente vulgar de la villa nacieron, y hasta a la mujer, que bien sabía lo que pasaba, se las contaron muchas veces.
El monje boloñés, vuelto en sí Ferondo y hallándose allí sin saber dónde estaba, entrando dentro, dando una voz horrible, con algunas varas en la mano, cogiéndolo, le dio una gran paliza. Ferondo, llorando y gritando, no hacía otra cosa que preguntar:
—¿Dónde estoy?
El monje le repuso:
—Estás en el purgatorio.
—¿Cómo? —dijo Ferondo—. ¿Es que me he muerto?
Dijo el monje:—Ciertamente.
Por lo que Ferondo por sí mismo y por su mujer y por su hijo empezó a llorar, diciendo las más extrañas cosas del mundo. El monje le llevó algo de comer y de beber, lo que viendo Ferondo dijo:
—¿Así que los muertos comen?
Dijo el monje:
—Si, y esto que te traigo es lo que la mujer que fue tuya mandó esta mañana a la iglesia para hacer decir misas por tu alma, lo que Dios quiere que te sea ofrecido.
Dijo entonces Ferondo:
—¡Dómine, bendícela! Yo mucho la quería antes que muriese, tanto que la tenía toda la noche en brazos y no hacía más que besarla, y también otra cosa hacía cuando me daba la gana.
Y luego, teniendo mucha hambre, comenzó a comer y a beber, y no pareciéndole el vino muy bueno, dijo:
—¡Dómine, házselo pagar, que no le dio al cura del vino de la cuba de junto al muro!
Pero luego que hubo comido, el monje le cogió de nuevo y con las mismas varas le dio una gran paliza. Ferondo, habiendo gritado mucho, dijo:
—¡Ah!, ¿por qué me haces esto?
Dijo el monje:
—Porque así ha mandado Dios Nuestro Señor que cada día te sea hecho dos veces.
—¿Y por qué razón? —dijo Ferondo.
Dijo el monje:—Porque fuiste celoso teniendo por esposa a la mejor mujer que hubiera en tu ciudad.
—¡Ay! —dijo Ferondo—, dices verdad, y la más dulce; era más melosa que el caramelo, pero no sabía yo que Dios Nuestro Señor tuviera a mal que el hombre fuese celoso, porque no lo habría sido.
Dijo el monje:—De eso debías haberte dado cuenta mientras estabas allí, y enmendarte, y si sucede que alguna vez allí vuelvas, haz que tengas tan presente lo que ahora te hago que nunca seas celoso.
Dijo Ferondo:
—¿Pues vuelve alguna vez quien se muere?
Dijo el monje:
—Sí, quien Dios quiere.
—¡Oh! —dijo Ferondo—, si alguna vez vuelvo, seré el mejor marido del mundo; no le pegaré nunca, nunca le diré injurias sino por causa del vino que ha mandado esta mañana: y tampoco ha mandado vela ninguna, y he tenido que comer a oscuras.
Dijo el monje:
—Sí lo hizo, pero se consumieron en las misas.
—¡Oh! —dijo Ferondo—, será verdad, y ten por seguro que si allí vuelvo la dejaré hacer lo que quiera. Pero dime: ¿quién eres tú que me haces esto?
Dijo el monje:—También estoy muerto, y fui de Cerdeña, y porque alabé mucho a un señor mío el ser celoso me ha condenado Dios a esta pena, a que tenga que darte de comer y de beber y estas palizas hasta que Dios disponga otra cosa de ti y de mí.
Dijo Ferondo:
—¿No hay aquí nadie más que nosotros dos?
Dijo el monje:—Sí, millones, pero tú no los puedes ver ni oír, ni ellos a ti.
Dijo entonces Ferondo:
—¿Pues a qué distancia estamos de nuestra tierra?
—¡Ojojú! —dijo el monje—, estamos a millas de más bien—la—cagueremos
—¡Recontra, eso es mucho! —dijo Ferondo—, y a lo que me parece debemos estar fuera del mundo, de tan lejos.
Ahora, en tales conversaciones y otras semejantes, con comida y con palizas, fue tenido Ferondo cerca de diez meses, en los cuales con mucha frecuencia el abad muy felizmente visitó a su hermosa mujer y con ella se dio la mejor vida del mundo. Pero como suceden las desgracias, la mujer quedó preñada, y dándose cuenta enseguida lo dijo al abad; por lo que a los dos les pareció que sin demora Ferondo tenía que ser traído del purgatorio a la vida y volver con ella, y decir ella que estaba grávida de él.
El abad, pues, la noche siguiente hizo con una voz fingida llamar a Ferondo en su prisión y decirle:
—Ferondo, consuélate, que place a Dios que vuelvas al mundo; adonde, vuelto, tendrás un hijo de tu mujer, al que llamarás Benedetto porque por las oraciones de tu santo abad y de tu mujer y por amor de San Benito te concede esta gracia.
Ferondo, al oír esto, se puso muy alegre, y dijo:
—Mucho me place: Dios bendiga a Nuestro Señor y al abad y a San Benito y a mi mujer quesosa melosa sabrosa.
El abad, habiéndole hecho dar en el vino que le mandaba tantos polvos de aquellos que le hicieran dormir unas cuatro horas, volviéndole a poner sus vestidos, junto con su monje silenciosamente lo volvieron a la sepultura donde había sido enterrado. Por la mañana al hacerse de día, Ferondo volvió en sí y vio por alguna rendija de la sepultura luz, lo que no veía hacía diez meses, por lo que pareciéndole estar vivo, empezó a gritar:
—¡Abridme, abridme! —y a golpear él mismo con la cabeza contra la tapa del sepulcro, tan fuerte que removiéndola, porque con poco se removía, empezaba a abrirse cuando los monjes, que habían rezado maitines, corrieron allí y conocieron la voz de Ferondo y lo vieron ya salir del sepulcro, por lo que, espantados todos ante la extrañeza del hecho, comenzaron a huir y se fueron al abad. El cual, haciendo semblante de levantarse de la oración, dijo:
—Hijos, no temáis; tomad la cruz y el agua bendita y venid detrás de mi, y veamos lo que el poder de Dios nos quiere mostrar —y así lo hizo.
Estaba Ferondo tan pálido como quien ha estado tanto tiempo sin ver el cielo, fuera del ataúd; el cual, al ver al abad, corrió a sus pies y le dijo:
—Padre mío, vuestras oraciones, según me ha sido revelado, y las de San Benito y las de mi mujer me han sacado de las penas del purgatorio y traído a la vida de nuevo; por lo que os ruego a Dios que tengáis buenos días y buenas calendas, hoy y siempre.
El abad dijo:
—Alabado sea el poder de Dios. Ve, pues, hijo, pues que Dios aquí te ha devuelto, y consuela a tu mujer, que siempre, desde que te fuiste, ha estado llorando, y sé de aquí en adelante amigo y servidor de Dios.
Dijo Ferondo:
—Señor, así ha sido dicho; dejadme hacer a mí, que en cuanto la encuentre, tanto la besaré cuanto la quiero.
El abad, quedándose con sus monjes, mostró sentir por esta cosa una gran admiración e hizo cantar devotamente el miserere. Ferondo tornó a su villa, donde, quien lo veía huía de él como suele hacerse de las cosas horribles, pero él, llamándole, afirmaba que había resucitado. La mujer también tenía miedo de él, pero después de que la gente fue tomando confianza con él, y, viendo que estaba vivo, le preguntaban sobre muchas cosas; convertido en sabio, a todos respondía y daba noticias de las almas de sus parientes, y hacía por sí mismo las más bellas fábulas del mundo sobre los hechos del purgatorio, y delante de todo el pueblo contó la revelación que había sido hecha por boca de Arañuelo Grabiel antes de que resucitase.
Por la cual cosa, volviéndose a casa con la mujer y entrado en posesión de sus bienes, la preñó a su parecer, y sucedió por ventura que llegado el tiempo oportuno en opinión de los tontos, que creen que la mujer lleva a los hijos precisamente nueve meses, la mujer parió un hijo varón, que fue llamado Benedetto Ferondo. La vuelta de Ferondo y sus palabras, al creer casi todo el mundo que había resucitado, acrecentaron sin límites la fama de la santidad del abad; y Ferondo, que por sus celos había recibido muchas palizas, según la promesa que el abad había hecho a la mujer, dejó de ser celoso de allí en adelante, con lo que, contenta la mujer, honestamente como solía con él vivió aunque, cuando convenientemente podía, de buen grado se encontraba con el santo abad que bien y diligentemente en sus mayores necesidades la había servido.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 18 Abr 2020, 04:00

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NOVELA NOVENA

Giletta de Narbona cura al rey de Francia de una fístula; le pide por marido a Beltramo de Rosellón, el cual, desposándose con ella contra su voluntad, a Florencia se va enojado; donde, cortejando a una joven, en lugar de ella, Giletta se acuesta con él y tiene de él dos hijos, por lo que él, después, sintiendo amor por ella, la tuvo como mujer.

Quedaba, al no querer negar su privilegio a Dioneo, solamente la reina por contar su historia (como fuera que ya había terminado la novela de Laureta); por lo cual, ésta, sin esperar a ser solicitada por los suyos, así, toda amorosa, comenzó a hablar:
¿Quién contará ahora ya una historia que parezca buena, habiendo escuchado la de Laureta? Alguna ventaja ha sido que ella no fuese la primera, que luego pocas de las otras nos hubieran gustado, y así espero que suceda con las que esta jornada quedan por contar. Pero sea como sea, aquella que sobre el presente asunto se me ocurre os contaré.
En el reino de Francia hubo un gentilhombre que era llamado Isnardo, conde del Rosellón, el cual, porque poca salud tenía, siempre tenía a su lado a un médico llamado maestro Gerardo de Narbona. Tenía el dicho conde un solo hijo pequeño, llamado Beltramo, el cual era hermosísimo y amable, y con él otros niños de su edad se educaban, entre los cuales estaba una niña del dicho médico llamada Giletta, la cual infinito amor, y más allá de lo que convenía a su tierna edad ardiente, puso en este Beltramo. El cual, muerto el conde y confiado él a las manos del rey, tuvo que irse a París, de lo que la jovencilla quedó vehementemente desconsolada; y habiendo muerto el padre de ella no mucho después, si alguna razón honesta hubiera tenido, de buen grado a París para ver a Beltramo habría ido; pero estando muy guardada, porque rica y sola había quedado, no encontraba ningún camino honesto. Y siendo ella ya de edad de tomar marido, no habiendo podido nunca olvidar a Beltramo, a muchos con quienes sus parientes habían querido casarla había rechazado sin manifestar la razón.
Ahora, sucedió que, inflamada ella en el amor de Beltramo más que nunca, porque hermosísimo joven oía que se había hecho, vino a oír una noticia, de cómo al rey de Francia, de un nacido que había tenido en el pecho y le había sido curado mal, le había quedado una fístula que grandísima molestia y grandísimo dolor le ocasionaba, y no se había podido todavía encontrar un médico (aunque muchos lo hubiesen intentado) que lo hubiera podido curar de aquello, sino que todos lo habían empeorado; por la cual cosa el rey, desesperándose, ya de ninguno quería consejo ni ayuda. De lo que la joven se puso sobremanera contenta y pensó no solamente por aquello tener una razón legítima para ir a París, sino que, si fuese la enfermedad que ella creía, que fácilmente podría tener a Beltramo por marido.
Con lo que, como quien en el pasado del padre había aprendido muchas cosas, hechos sus polvos con ciertas hierbas útiles para la enfermedad que pensaba que era, montó a caballo y a París se fue. Y antes de haber hecho nada se ingenió para ver a Beltramo, y luego, venida delante del rey, de gracia le pidió que su enfermedad le mostrase. El rey, viéndola joven hermosa y agradable, no se lo supo negar, y se la mostró. En cuanto la hubo visto, incontinenti sintió esperanzas de poder curarlo, y dijo:
—Monseñor, si os place, sin ninguna molestia o trabajo vuestro, espero en Dios que en ocho días os sanaré de esta enfermedad.
El rey, para sí mismo, se burló de sus palabras diciendo:
—¿Lo que los mayores médicos del mundo no han podido ni sabido, una mujer joven cómo podrá saberlo?
Pero le agradeció su buena voluntad y repuso que se había propuesto no seguir ya ningún consejo de médico. La joven le dijo:
—Monseñor, desprecias mi arte porque joven soy y mujer, pero os recuerdo que yo no curo con mi ciencia, sino con la ayuda de Dios y con la ciencia del maestro Gerardo narbonense, que fue mi padre y famoso médico mientras vivió.
El rey, entonces se dijo: «Tal vez me ha mandado Dios a ésta; ¿por qué no pruebo lo que sabe hacer, pues dice que sin sufrir molestias me curará en poco tiempo?», y habiendo decidido probarlo, dijo:
—Damisela, y si no me curáis, después de hacernos romper nuestra decisión, ¿qué queréis que se os haga?
—Monseñor —repuso la joven—, vigiladme, y si antes de ocho días no os curo, hacedme quemar; pero si os curo, ¿qué premio me daréis?
El rey le respondió:
—Me parecéis aún sin marido; si lo hacéis, os casaremos bien y altamente.
La joven le dijo:
—Monseñor, verdaderamente me place que vos me caséis, pero quiero a un marido tal cual yo os lo pida, entendiendo que no os debo pedir ninguno de vuestros hijos ni de la familia real.
El rey enseguida le prometió hacerlo.
La joven comenzó su cura y, en breve, antes del tiempo fijado, le devolvió la salud, por lo que el rey, sintiéndose curado, dijo:
—Damisela, os habéis ganado bien el marido.
Ella le contestó:
—Pues, monseñor, he ganado a Beltramo de Rosellón, a quien infinitamente en mi infancia comencé a amar y desde entonces siempre he amado sumamente.
Fuerte cosa pareció al rey tenérselo que dar, pero como prometido lo había, no queriendo faltar a su palabra, lo hizo llamar y así le dijo:
—Beltramo, sois ya maduro y fornido: queremos que volváis a gobernar vuestro condado y que con vos llevéis a una damisela que os hemos dado por mujer.
Dijo Beltramo:
—¿Y quién es la damisela, monseñor?
El rey le repuso:
—Es aquella que con sus medicinas me ha devuelto la salud.
Beltramo, que la conocía y la había visto, aunque muy bella le pareciese, conociendo que no era de linaje que a su nobleza correspondiera, todo ofendido dijo:
—Monseñor, ¿pues me queréis dar por mujer a una mendiga? No plazca a Dios que tal mujer tome jamás.
El rey le dijo:
—¿Pues queréis vos que no cumplamos nuestra palabra, que para recobrar la salud dimos a la damisela que os ha pedido por marido en galardón?
—Monseñor —dijo Beltramo—, podéis quitarme cuanto tengo, y darme, como vuestro hombre que soy, a quien os place: pero estad seguro de esto, que nunca estaré contento con tal matrimonio.
—Sí lo estaréis —dijo el rey—, porque la damisela es hermosa y prudente y os ama mucho, por lo que esperamos que mucho más feliz vida tengáis con ella que tendríais con una dama de más alto linaje.
Beltramo se calló y el rey hizo preparar con gran aparato la fiesta de las bodas; y llegado el día para ello determinado, por muy de mala gana que lo hiciera Beltramo, en presencia del rey la damisela se casó con quien más que a ella misma amaba. Y hecho esto, como quien ya pensado tenía lo que debía hacer, diciendo que a su condado volver quería y consumar allí el matrimonio, pidió licencia al rey; y, montado a caballo, no a su condado se fue, sino que se vino a Toscana.
Y sabiendo que los florentinos peleaban con los sieneses, a ponerse a su lado se dispuso, donde alegremente recibido y con honor, hecho capitán de cierta cantidad de gente y recibiendo de ellos buen salario, a su servicio se quedó y estuvo mucho tiempo. La recién casada, poco contenta de tal suerte, esperando poder con sus sabias obras hacerlo volver a su condado se fue al Rosellón, donde por todos como su señora fue recibida. Encontrando allí, por el largo tiempo que sin conde había estado, todas las cosas descompuestas y estragadas, como señora prudente con gran diligencia y solicitud todas las cosas puso en orden, por lo que los súbditos mucho contento tuvieron y la tuvieron en mucha estima y le tomaron gran amor, reprochando mucho al conde que con ella no se contentara. Habiendo la señora recompuesto todo el país, por dos caballeros se lo comunicó al conde, rogándole que, si por ella no quería venir a su condado, se lo comunicase, y ella, por complacerle, se iría; a los cuales él, durísimamente, dijo:
—Que haga lo que le plazca: en cuanto a mí, volveré allí a estar con ella cuando tenga este anillo en su dedo, y en los brazos un hijo engendrado por mí.
Tenía el anillo en gran aprecio y nunca se separaba de él, por cierto poder que le habían dado a entender que tenía. Los caballeros oyeron la dura condición puesta con aquellas dos cosas casi imposibles, y viendo que con sus palabras de su intención no podían moverle, volvieron a la señora y su respuesta le contaron. La cual, muy dolorida, después de pensarlo mucho, deliberó querer saber si aquellas dos cosas podían ocurrir y dónde, para que como resultado pudiera recobrar a su marido. Y habiendo pensado lo que debía hacer, reunidos una parte de los mayores y mejores hombres de su condado, les contó ordenadamente y con palabras dignas de compasión lo que antes había hecho por amor del conde, y mostró lo que había sucedido por aquello, y finalmente les dijo que su intención no era que por su estancia allí el conde estuviera en perpetuo exilio, por lo que entendía consumir lo que le quedase de vida en peregrinaciones y en obras de misericordia por la salvación de su alma; y les rogó que la protección y el gobierno del condado tomasen y se lo significasen al conde, que ella vacía y libre le había dejado su posesión y se había alejado con intención de nunca volver al Rosellón.
Aquí, mientras ella hablaba, fueron derramadas lágrimas por muchos de aquellos hombres buenos y le hicieron muchos ruegos de que le pluguiese cambiar de opinión y quedarse; pero de nada sirvieron. Ella, encomendándolos a Dios, con un primo suyo y una camarera, en hábito de peregrinos, bien surtidos de dineros y valiosas joyas, sin que nadie supiese dónde iba, se puso en camino y no se detuvo hasta que llegó a Florencia; y llegada allí por acaso a una posadita que tenía una buena mujer viuda, simplemente y a guisa de pobre peregrina estaba, deseosa de oír noticias de su señor.
Sucedió, pues, que al día siguiente vio pasar a Beltramo por delante de la posada, a caballo con su compañía, y aunque muy bien lo conoció no dejó de preguntar a la buena mujer de la posada quién era. La posadera le respondió:
—Es un gentilhombre forastero que se llama el conde Beltramo, amable y cortés y muy amado en esta ciudad; y lo más enamorado del mundo de una vecina nuestra, que es mujer noble, pero pobre. Verdad es que honestísima joven es, y por pobreza no se ha casado aún, sino que con su madre, prudentísima y buena señora, vive; y tal vez, sino fuese por esta su madre, habría ella hecho ya lo que este conde hubiera querido.
La condesa, oyendo estas palabras, las retuvo bien; y más menudamente examinando y viniendo a todos los detalles, y bien comprendidas todas las cosas, tomó su decisión, y aprendida la casa y el nombre de la señora y de su hija amada por el conde, un día, ocultamente, en hábito de peregrina, allí se fue, y a la señora y a su hija encontrando muy pobremente, saludándolas, dijo a la señora que cuando le placiese quería hablarle. La honrada señora, levantándose, dijo que estaba pronta a escucharla; y entrando solas en una alcoba suya, y tomando asiento, comenzó la condesa:
—Señora, me parece que os contáis entre las enemigas de la fortuna como me cuento yo, pero si quisierais, por ventura podríais a vos y a mí consolarnos.
La señora respondió que nada deseaba tanto cuanto consolarse honestamente. Siguió la condesa:
—Me es necesaria vuestra palabra, en la que si confío y vos me engañaseis, echaríais a perder vuestros asuntos y los míos.
—Con confianza —dijo la noble señora—,decid todo lo que gustéis, que nunca por mí seréis engañada.
Entonces la condesa, comenzando con su primer enamoramiento, quién era ella y lo que hasta aquel día le había sucedido le contó, de tal manera que la noble señora, como quien ya en parte lo había oído a otros, comenzó de ella a sentir compasión. Y la condesa, contadas sus aventuras, siguió:
—Ya habéis oído, entre mis otras angustias, cuáles son las dos cosas que necesito tener si quiero tener a mi marido, las cuales a nadie más conozco que pueda ayudarme a adquirirlas sino a vos, si es verdad lo que entiendo, esto es, que el conde mi marido sumamente a vuestra hija ama.
La noble señora le dijo:
—Señora, si el conde ama a mi hija no lo sé, pero mucho lo aparenta; ¿pero qué puedo yo por ello lograr de lo que vos deseáis?
—Señora —repuso la condesa—, os lo diré, pero primeramente os quiero mostrar lo que quiero daros si me ayudáis. Veo que vuestra hija es hermosa y en edad de darle marido, y por lo que he entendido y me parece comprender, no tener dote para darle os la hace tener en casa. Entiendo, en recompensa del servicio que me hagáis, darle prestamente de mis dineros la dote que vos misma estiméis que para casarla honradamente sea necesaria.
A la señora, como a quien estaba en necesidad, le plugo la oferta, pero como tenía el ánimo noble, dijo:
—Señora, decidme lo que puedo hacer por vos, y si es honesto para mí lo haré con gusto, y vos luego haréis lo que os plazca.
Dijo entonces la condesa:
—Necesito que vos, por alguien de quien os fiéis, hagáis decir al conde mi marido que vuestra hija está dispuesta a hacer lo que él guste si puede cerciorarse de que la ama como aparenta, lo que nunca creerá si no le envía el anillo que lleva en la mano y que ella ha oído que él ama tanto; el cual si se lo manda, vos me lo daréis; y luego le mandaréis decir que vuestra hija está dispuesta a hacer su gusto, y le haréis venir aquí ocultamente y escondidamente a mí, en lugar de a vuestra hija, me pondréis a su lado. Tal vez me conceda Dios la gracia de quedar preñada; y así luego, teniendo su anillo en el dedo y en los brazos a un hijo por él engendrado, le conquistaré y con él viviré como la mujer debe vivir con su marido, habiendo sido vos la ocasión de ello.
Grave cosa pareció ésta a la señora, temiendo que fuese a seguirse de ella vergüenza para su hija; pero pensando que era cosa honrada dar ocasión a que la buena señora recuperase a su marido y que con honesto fin se ponía a hacer aquello, confiándose a sus buenos y honrados sentimientos, no solamente prometió hacerlo a la condesa sino que pocos días después, con secreta cautela, según las órdenes que había dado, tuvo el anillo (aunque un tantillo le costase al conde) y a ella en lugar de a su hija magistralmente puso en la cama con el conde.
En los cuales primeros ayuntamientos afectuosísimamente por el conde buscados, como agradó a Dios, la señora quedó preñada de dos hijos varones, como el parto hizo manifiesto a su debido tiempo. Y no solamente una vez alegró la noble señora a la condesa con los abrazos del marido, sino muchas, tan secretamente actuando que nunca se supo una palabra de ello: creyendo siempre el conde que no con su mujer sino con aquella a quien amaba había estado. A quien cuando se iba a ir por las mañanas, había dado diversas joyas hermosas y de valor, que diligentemente la condesa guardaba. La cual, sintiéndose preñada, no quiso más a la honrada señora imponer tal ayuda, sino que le dijo:
—Señora, por merced de Dios y vuestra tengo lo que deseaba, y por ello es tiempo que haga lo que os agrade, para irme después.
La honrada señora le dijo que si había hecho algo que le agradase, que le placía, pero que no lo había hecho por ninguna esperanza de galardón sino porque le parecía deber hacerlo para obrar bien. La condesa le dijo:
—Señora, mucho me place, y así, por otra parte, no entiendo daros lo que me pidáis por galardón, sino por obrar bien, que a mí me parece que debe hacerse así.
La honrada señora entonces, por la necesidad obligada, con grandísima vergüenza, cien liras le pidió para casar a su hija. La condesa, conociendo su vergüenza y oyendo su discreta petición, le dio quinientas y tantas joyas hermosas y valiosas que por ventura valían otro tanto; con lo que la honrada señora, mucho más que contenta, las gracias que mejor pudo a la condesa dio, la cual, separándose de ella, se volvió a la posada.
La honrada señora, por quitar ocasión a Beltramo de mandar a nadie ni venir a su casa, con la hija se fue al campo a casa de sus parientes, y Beltramo de allí a poco tiempo, reclamado por sus hombres, a su casa, oyendo que la condesa se había alejado, se volvió. La condesa, oyendo que se había ido de Florencia, y vuelto a su condado, se puso muy contenta; y se quedó en Florencia hasta que el tiempo del parto vino, y dio a luz a dos hijos varones parecidísimos a su padre, a los que hizo diligentemente criar.
Y cuando le pareció oportuno, poniéndose en camino, sin ser por nadie reconocida, con ellos se vino a Montpellier; y descansando allí algunos días, y sobre el conde y dónde estuviera habiendo indagado, y enterándose de que el día de Todos los Santos en el Rosellón iba a hacer una gran fiesta de damas y caballeros, siempre disfrazada de peregrina (como había salido de allí), allá se fue. Y oyendo a las damas y los caballeros reunidos en el palacio del conde estar para sentarse a la mesa, sin cambiarse de hábito, con sus hijuelos en los brazos subiendo a la sala, abriéndose paso entre todos, allá se fue hasta donde vio al conde, y arrojándosele a los pies, dijo llorando:
—Señor mío, yo soy tu desventurada esposa, que por dejarte volver y estar en tu casa, largamente he andado rodando. Por Dios te requiero aque las condiciones que me pusiste por los dos caballeros que te mandé las mantengas: y aquí está tu anillo en mi dedo, y aquí, en mis brazos, tengo no a uno sino a dos hijos tuyos. Es hora ya de que deba por ti ser recibida como mujer, según tu promesa.
El conde, al oír esto, todo se desvaneció y reconoció el anillo, y también a los dos hijos, tanto se le parecían; pero dijo:
—¿Cómo puede haber sucedido esto?
La condesa, con gran maravilla del conde y de todos cuantos presentes estaban, ordenadamente contó lo que había pasado y cómo; por lo cual el conde, conociendo que decía la verdad y viendo su perseverancia y su buen juicio, y además a aquellos dos hijitos tan hermosos, para cumplir lo que prometido había y por complacer a todos sus hombres y a las damas, que todos le rogaban que a ésta como su legítima esposa acogiera ya y honrase, depuso su obstinada dureza e hizo ponerse en pie a la condesa, y la abrazó y besó y por su legítima mujer la reconoció, y a aquéllos por hijos suyos; y haciéndola vestirse con ropas convenientes a ella, con grandísimo placer de cuantos allí había y de todos sus otros vasallos que aquello oyeron, hizo no solamente todo aquel día, sino muchísimos otros grandísima fiesta, y de aquel día en adelante a ella siempre como a su esposa y mujer honrada, la amó y la apreció sumamente.


Nota: Parece que algunos cuentos del Decameron tenían precedentes en la literatura anterior o en hechos verídicos de la historia. Este cuento concretamente recuerda mucho la manera como se dice fue concebido Jaume I el Conqueridor, rey de Aragón y conde de Barcelona: "Hijo de Pedro II el Católico y de María de Montpellier, era el heredero de dos importantes linajes: la Casa de Aragón y el de los emperadores de Bizancio, por parte de su madre. Tuvo una infancia difícil. Su padre, que acabaría repudiando a la reina, solo llegó a concebirlo mediante engaño de algunos nobles y eclesiásticos que temían por la falta de un sucesor, y la colaboración de María, haciendo creer a Pedro que se acostaba con una de sus amantes." ( [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] )

(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 19 Abr 2020, 06:25

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NOVELA DÉCIMA

Alibech se hace ermitaña, y el monje Rústico la enseña a meter al diablo en el infierno, después, llevada de allí, se convierte en la mujer de Neerbale.

Dioneo, que diligentemente la historia de la reina escuchado había, viendo que estaba terminada y que sólo a él le faltaba novelar, sin esperar órdenes, sonriendo, comenzó a decir:
Graciosas señoras, tal vez nunca hayáis oído contar cómo se mete al diablo en el infierno, y por ello, sin apartarme casi del argumento sobre el que vosotras todo el día habéis discurrido, os lo puedo decir: tal vez también podáis salvar a vuestras almas luego de haberlo aprendido, y podréis también conocer que por mucho que Amor en los alegres palacios y las blandas cámaras más a su grado que en las pobres cabañas habite, no por ello alguna vez deja de hacer sentir sus fuerzas entre los tupidos bosques y los rígidos alpes, por lo que comprender se puede que a su potencia están sujetas todas las cosas.
Viniendo, pues, al asunto, digo que en la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin nada decir a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién la enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:
—Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.
Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.
Y probando primero con ciertas preguntas, que no había nunca conocido a hombre averiguó y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor le había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:
—Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer.
Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:
—Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?
—Oh, hija mía —dijo Rústico—, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarle.
Entonces dijo la joven:
—Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.
Dijo Rústico:
—Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.
Dijo Alibech:
—¿El qué?
Rústico le dijo:
—Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.
La joven, de buena fe, repuso:
—Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.
Dijo entonces Rústico:
—Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.
Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios.
La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:
—Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.
Dijo Rústico:
—Hija, no sucederá siempre así.
Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo.
Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:
—Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.
Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:
—Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.
Haciendo lo cual, decía alguna vez:
—Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.
Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:
—Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.
Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:
—Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.
Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa, Alibech, de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio.
Las mujeres preguntaron:
—¿Cómo se mete al diablo en el infierno?
La joven, entre palabras y gestos, se lo mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:
—No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.
Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.
Mil veces o más había movido a risa la historia de Dioneo a las honestas damas, tales y de tal manera les parecían sus palabras; por lo que, llegado él a la conclusión de ésta, conociendo la reina que el término de su señorío había llegado, quitándose el laurel de la cabeza, muy placenteramente lo puso sobre la cabeza de Filostrato, y dijo:
—Pronto veremos si el lobo sabe mejor guiar a las ovejas que las ovejas han guiado a los lobos.
Filostrato, al oír esto, dijo riéndose:
—Si me hubieran hecho caso, los lobos habrían enseñado a las ovejas a meter al diablo en el infierno no peor de lo que hizo Rústico con Alibech; y por ello no nos llaméis lobos porque no habéis sido ovejas, pero según me ha sido concedido, gobernaré el reino que se me ha encomendado.
A quien Neifile contestó:
—Oye, Filostrato; habríais, queriéndonos enseñar, podido aprender sensatez como aprendió Masetto de las monjas y recuperar el habla en tal punto que los huesos sin dueño habrían aprendido a silbar.
Filostrato, conociendo que había allí no menos hoces que dardos tenía él, dejando el bromear, a dedicarse al gobierno del reino encomendado empezó; y haciendo llamar al senescal, en qué punto estaban todas las cosas quiso oír, y además de esto, según lo que pensó que estaría bien y que debía satisfacer a la compañía, por cuanto su señorío durase, discretamente dispuso, y después, dirigiéndose a las señoras, dijo:
—Amorosas señoras, por mi desventura, pues que mucho dolor he conocido, siempre por la hermosura de alguna de vosotras he estado sujeto a Amor, y ni el ser humilde ni el ser obediente ni el secundarlo como mejor he podido conocer en todas sus costumbres, me ha valido sino primero ser abandonado por otro y luego andar de mal en peor, y así creo que andaré de aquí a la muerte, y por ello no de otra materia me place que se hable mañana sino de lo que a mis casos es más conforme, esto es, de aquellos cuyos amores tuvieron infeliz final, porque yo con el tiempo lo espero infelicísimo, y no por otra cosa el nombre con que me llamáis, por quienes bien sabían lo que decían, me fue impuesto.
Y dicho esto, poniéndose en pie, hasta la hora de la cena dio a todos licencia.
Era tan hermoso el jardín y tan deleitable que no hubo ninguna que eligiera salir de él para mayor placer hallar en otra parte; así, no causando el sol, ya tibio, ninguna molestia para seguirlos, a los cabritillos y los conejos y los otros animales que estaban en él y que, mientras estaban sentados unas cien veces, saltando por medio de ellos, habían venido a molestarlos, se pusieron algunos a seguir. Dioneo y Fiameta comenzaron a cantar sobre micer Guglielmo y la Dama del Vergel, Filomena y Pánfilo se pusieron a jugar al ajedrez, y así, quién haciendo esto, quién haciendo aquello, pasándose el tiempo, apenas esperada, la hora de la cena llegó; por lo que, puestas las mesas en torno a la bella fuente, allí con grandísimo deleite cenaron por la noche. Filostrato, por no salir del camino seguido por quienes reinas antes que él habían sido, cuando se levantaron las mesas, mandó que Laureta guiase una danza y cantase una canción; la cual dijo:
—Señor mío, canciones de los demás no sé, ni de las mías tengo en la cabeza ninguna que sea lo bastante conveniente a tan alegre compañía; si queréis de las que sé, las cantaré de buena gana.
El rey le dijo:
—Nada de lo tuyo podría ser sino bello y placentero, y por ello, lo que sepas, cántalo. Laureta, con voz asaz suave, pero con manera un tanto lastímera, respondiéndole las demás, comenzó así.
Nadie tan desolada
como yo ha de quejarse,
que triste, en vano, gimo enamorada.
Aquel que mueve el cielo y toda estrella
me formó a su placer
linda, gallarda, y tan graciosa y bella,
para aquí abajo al intelecto ser
una señal de aquella
belleza que jamás deja de ver,
mas el mortal poder,
conociéndome mal,
no me valora, soy menospreciada.
Ya hubo quien me quiso y, muy de grado,
siendo joven me abrió
sus brazos y su pecho y su cuidado,
y en la luz de mis ojos se inflamó,
y el tiempo (que afanado
se escapa) a cortejarme dedicó,
y siendo cortés yo
digna de él supe hacerme,
pero ahora estoy de aquel amor privada.
A mí llegó después, presuntuoso,
un mozalbete fiero
reputándose noble y valeroso,
su prisionera soy, y el traicionero
hoy se ha vuelto celoso;
por lo que, triste, casi desespero,
puesto que verdadero
es que, viniendo al mundo
por bien de muchos, de uno soy guardada.
Maldigo mi ventura
que, por cambiarme en esta
veste respondí sí de aquella oscura
en que alegre me vi, mientras con ésta
llevo una vida dura,
mucho menor que la pasada honesta.
¡Oh dolorosa fiesta,
antes muerta me viese
que haber sido en tal caso desgraciada
!Oh caro amante, con quien fui primero
más que nadie dichosa,
que ahora en el cielo ves al verdadero
creador, mírame con tu piadosa
bondad, ya que por otro
no te puedo olvidar, haz la amorosa
llama arder por mí, ansiosa,
y ruega que yo vuelva a esa morada.
Aquí puso fin Laureta a su canción, que, oída por todos, diversamente por cada uno fue entendida; y los hubo que entendieron a la milanesa que mejor era un buen puerco que una bella moza; otros fueron de más sublime y mejor y más verdadero intelecto, sobre el que al presente no es propio recitar. El rey, después de ésta, sobre la hierba y entre las flores habiendo hecho encender muchas velas dobles, hizo cantar otras hasta que todas las estrellas que subían comenzaron a caer; por lo que, pareciéndole tiempo de dormir, mandó que con las buenas noches cada uno a su alcoba se fuese.

TERMINA LA TERCERA JORNADA


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 20 Abr 2020, 06:37

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CUARTA JORNADA


COMIENZA LA CUARTA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE FILOSTRATO, SE RAZONA SOBRE AQUELLOS CUYOS AMORES TUVIERON UN FINAL INFELIZ.

Carísimas señoras, tanto por las palabras oídas a los hombres sabios como por las cosas por mí muchas veces vistas y leídas, juzgaba yo que el impetuoso viento y ardiente de la envidia no debía golpear sino las altas torres y las más elevadas cimas de los árboles; pero en mi opinión me encuentro sobremanera engañado. Porque huyendo yo, y habiéndome siempre ingeniado en huir el fiero ímpetu de ese rabioso espíritu, no solamente por las llanuras sino también por los profundísimos valles, callado y escondido, me he ingeniado en andar; lo que puede aparecer asaz manifiesto a quien las presentes novelitas mira, que no solamente en florentino vulgar y en prosa están escritas por mí y sin título sino también en estilo humildísimo y bajo cuanto más se puede, y no por todo ello he podido dejar de ser fieramente atacado por tal viento (hasta casi desarraigado) y de ser todo lacerado por los mordiscos de la envidia; por lo que asaz manifiestamente puedo comprender que es verdad lo que suelen decir los sabios que sólo la miseria deja de ser envidiada en este mundo presente. Pues ha habido quienes, discretas señoras, leyendo estas novelitas, han dicho que vosotras me gustáis demasiado y que no es cosa honesta que yo tanto deleite tome en agradaros y consolaros y algunos han dicho peor: que en alabaros como lo hago. Otros, mostrando querer hablar más reflexivamente, han dicho que a mi edad no está bien perseguir ya estas cosas: esto es, hablar de mujeres y complacerlas.
Y muchos, muy preocupados por mi fama mostrándose, dicen que más sabiamente haré en estar con las musas en el Parnaso que en estas chácharas mezclarme con vosotras. Y hay quienes, más despechada que sabiamente hablando, han dicho que haría más discretamente en pensar dónde podría encontrar el pan que tras estas necedades andar palpando el viento. Y algunos otros,que de otra guisa han sido las cosas por mí contadas que como os las digo, se ingenian en detrimento de mis trabajos en demostrar. Así, por tantos y tales soplos, por tan atroces dientes, por tan agudos, valerosas señoras, mientras en vuestro servicio milito, estoy azotado, molestado y, en fin, crucificado vivo. Las cuales cosas con tranquilo ánimo, sábelo Dios, escucho y oigo, y aunque a vos en esto corresponda por completo mi defensa, no menos entiendo yo no ahorrar mis fuerzas y sin responder cuanto sería conveniente, con alguna ligera respuesta quitármelos de las orejas, y hacer esto sin tardanza porque si ya, no habiendo llegado al tercio de mi trabajo, son ellos muchos y mucho presumen, pienso que antes de que llegue al final podrán haberse multiplicado de manera (no habiendo sufrido antes ninguna repulsa) que con poco esfuerzo suyo me hundirían, y contra ellos, por muy grandes que sean, no podrían resistir vuestras fuerzas. Pero antes de que comience a responder a alguien, me place contar en mi favor no una historia entera, para que no parezca que quiero mis historias con aquellas de tan loable compañía como fue la que os he mostrado mezclar, sino parte de una, para que en su misma forma incompleta se muestre que no es de aquéllas; y hablando a mis detractores, digo que:
En nuestra ciudad, hace ya mucho tiempo, hubo un ciudadano que fue llamado Filippo Balducci, hombre de condición asaz modesta, pero rico y bien despachado y hábil en las cosas cuanto su estado lo requería; y tenía a una señora por mujer a quien tiernamente amaba, y ella a él, y juntos llevaban una feliz vida, en ninguna otra cosa poniendo tanto afán como en agradarse enteramente el uno al otro. Ahora, sucedió que, como sucede a todos, la buena señora falleció y nada dejó suyo a Filippo sino un único hijo concebido de él, que de edad de unos dos años era. Él, por la muerte de su mujer tan desconsolado se quedó como nunca quedó nadie al perder la cosa amada; y viéndose quedar solo sin la compañía que más amaba, se decidió por completo a no pertenecer más al mundo sino dedicarse al servicio de Dios, y hacer lo mismo de su pequeño hijo. Por lo que, dando todas sus cosas por el amor de Dios, sin demora se fue a lo alto del Monte Sinerio y allí en una pequeña celda se metió con su hijo, con el cual, de limosnas y en ayunos y en oraciones viviendo, sumamente se guardaba de hablar, allí donde estaba, de ninguna cosa temporal ni de dejarle ver ninguna de ellas, para que no lo apartasen de tal servicio, sino que siempre de la gloria de la vida eterna y de Dios y de los santos hablaba, no enseñándole otra cosa sino santas oraciones: y en esta vida muchos años le tuvo, no dejándolo nunca salir de la celda ni mostrándole ninguna cosa más que a sí mismo.
Acostumbraba el buen hombre a venir alguna vez a Florencia, y de allí, según sus necesidades ayudado por los amigos de Dios, a su celda se volvía. Ahora, sucedió que siendo ya el muchacho de edad de dieciocho años, y Filippo viejo, un día le preguntó que dónde iba. Filippo se lo dijo; al cual dijo el muchacho:
—Padre mío, vos sois ya viejo y mal podéis soportar los trabajos; ¿por qué no me lleváis una vez a Florencia, para que, haciéndome conocer a los amigos de Dios y vuestros, yo, que soy joven y tengo más fuerzas que vos, pueda luego ir a Florencia a vuestros asuntos cuando lo deseéis, y vos quedaros aquí?
El buen hombre, pensando que ya su hijo era grande, y estaba tan habituado al servicio de Dios que difícilmente las cosas del mundo debían ya poder atraerlo, se dijo:
«Bien dice éste».
Por lo que, teniendo que ir, lo llevó consigo. Allí el joven, viendo los edificios, las casas, las iglesias y todas las demás cosas de que toda la ciudad se ve llena, como quien no se acordaba de haberlas visto, comenzó a maravillarse grandemente, y sobre muchas preguntaba al padre qué eran, y cómo se llamaban. El padre se lo decía y él, quedándose contento al oírlo, le preguntaba otra cosa. Y preguntando de esta manera el hijo y respondiendo el padre, por ventura se tropezaron con un grupo de bellas muchachas jóvenes y adornadas que de una fiesta de bodas venían; a las cuales, en cuanto vio el joven, le preguntó al padre que qué eran.
El padre le dijo:
—Hijo mío, baja la vista, no las mires, que son cosa mala.
Dijo entonces el hijo:
—Pero ¿cómo se llaman?
El padre, por no despertar en el concupiscente apetito del joven ningún proclive deseo menos que conveniente, no quiso nombrarlas por su propio nombre, es decir, «mujeres», sino que dijo:
—Se llaman gansas.
¡Maravillosa cosa de oír! Aquel que nunca en su vida había visto ninguna, no preocupándose de los palacios, ni del buey, ni del caballo, ni del asno, ni de los dineros ni de otra cosa que visto hubiera, súbitamente dijo:
—Padre mío, os ruego que hagáis que tenga yo una de esas gansas.
—¡Ay, hijo mío! —dijo el padre—, calla: son cosa mala.
El joven, preguntándole, le dijo:
—¿Pues así son las cosas malas?
—Sí —dijo el padre.
Y él dijo entonces:
—No sé lo que decís, ni por qué éstas sean cosas malas: en cuanto a mí, no me ha parecido hasta ahora ver nunca nada tan bello ni tan agradable como ellas. Son más hermosas que los corderos pintados que me habéis enseñado muchas veces. ¡Ah!, si os importo algo, haced que nos llevemos una allá arriba de estas gansas y yo la llevaré a pastar.
Dijo el padre:
—No lo quiero; ¡no sabes tú dónde pastan!
Y sintió incontinenti que la naturaleza era más fuerte que su ingenio, y se arrepintió de haberlo llevado a Florencia. Pero haber hasta aquí contado de la presente novela me basta, y dirigirme a quienes la he contado.
Dicen, pues, algunos de mis censores que hago mal, oh jóvenes damas, esforzándome demasiado en agradaros; y que vosotras demasiado me agradáis. Las cuales cosas abiertísimamente confieso; es decir, que me agradáis y que me esfuerzo en agradaros; y les pregunto si de esto se maravillan considerando no ya el haber conocido el amoroso besarse y el placentero abrazarse y los ayuntamientos deleitosos que con vos, dulcísimas  señoras, se tienen muchas veces, sino solamente el haber visto y ver continuamente las corteses costumbres y la atractiva hermosura y la cortés gallardía y además de todo esto, vuestra señoril honestidad: cuando aquel que nutrido, criado, crecido en un monte salvaje y solitario, dentro de los límites de una pequeña celda, sin otra compañía que el padre, al veros, solas por él deseadas fuisteis, solas con afecto seguidas.
¿Habrían de reprenderme, de amonestarme, de castigarme éstos si yo, cuyo cuerpo el cielo produjo apto para amaros, y yo desde mi infancia el alma os dediqué al sentir el poder de la luz de vuestros ojos, la suavidad de las palabras melifluas y las llamas encendidas por los compasivos suspiros, si me agradáis y si yo en agradaros me esfuerzo; y especialmente teniendo en cuenta que antes que nada agradasteis a un ermitañito, a un jovencillo sin sentido, casi a un animal salvaje? Por cierto que quien no os ama y por vos no desea ser amado, como persona que ni los placeres ni la virtud de la natural afección siente ni conoce me reprende: y poco me preocupo por ello. Y quien contra mi edad va hablando muestra que mal conoce que aunque el perro tiene la cabeza blanca, la cola la tiene verde; a los cuales, dejando a un lado las bromas, respondo que nunca reputaré vergonzoso para mí hasta el final de mi vida el complacer a aquellas cosas a las que Guido Cavalcanti y Dante Alighieri ya viejos, y micer Gino de Pistoia viejísimo tuvieron en honor, y buscaron su placer.
Y si no fuese que sería salirme del modo que se acostumbra a hablar, traería aquí en medio la historia, y la mostraría llena de hombres viejos y valerosos que en sus más maduros años sumamente se esforzaron en complacer a las damas, lo que si ellos no lo saben, que vayan y lo aprendan. Que se quede con las musas en el Parnaso, afirmo que es un buen consejo: pero no siempre podemos quedarnos con las musas ni ellas con nosotros. Si cuando sucede que el hombre se separa de ellas, se deleita en ver cosa que se las asemejan no es de reprochar: las musas son mujeres, y aunque las mujeres lo que las musas valen no valgan, sin embargo tienen en el primer aspecto semejanza con ellas, así que aunque por otra cosa no me agradasen, por ello debían agradarme; sin contar con que las mujeres ya fueron para mí ocasión de componer mil versos mientras las musas nunca me fueron de hacer ninguno ocasión. Ellas me ayudaron bien y me mostraron cómo componer aquellos mil; y tal vez para escribir estas cosas, aunque humildísimas sean, también han venido algunas veces a estar conmigo, en servicio tal vez y en honor de la semejanza que las mujeres tienen con ellas; por lo que, tejiendo estas cosas, ni del Monte Parnaso ni de las Musas me separo tanto cuanto por ventura muchos creen.
Pero ¿qué diremos a aquellos que de mi fama tienen tanta compasión que me aconsejan que me busque el pan? Ciertamente no lo sé, pero, queriendo pensar cuál sería su respuesta si por necesidad se lo pidiera a ellos, pienso que dirían: «¡Búscatelo en tus fábulas!». Y ya más han encontrado entre sus fábulas los poetas que muchos ricos entre sus tesoros, y muchos ha habido que andando tras de sus fábulas hicieron florecer su edad, mientras por el contrario, muchos al buscar más pan del que necesitaban, murieron sin madurar.
¿Qué diré más? Échenme con malos modos esos tales cuando se lo pida, si bien con la merced de Dios todavía no lo necesito y si me sobreviniese la necesidad yo sé, según el Apóstol, vivir en la abundancia y padecer la miseria; y por ello nadie se preocupe de mí sino yo. Y los que dicen que estas cosas no han sido así, me gustaría mucho que encontrasen los originales, que si fueran discordantes de lo que yo escribo, justa diré que es su reprimenda y en corregirme yo mismo me ingeniaré; pero mientras no aparezca nada sino palabras, les dejaré con su opinión, siguiendo la mía, diciendo de ellos lo que ellos dicen de mí. Y queriendo haber respondido bastante por esta vez, digo que con la ayuda de Dios y la vuestra, gentilísimas señoras, en quien espero, armado y con buena paciencia, con esto procederé adelante, volviendo las espaldas a este viento y dejándolo soplar, porque no veo que pueda sucederme a mí otra cosa que le sucede al menudo polvo, el cual, soplando el torbellino, o de la tierra no lo mueve, o si lo mueve lo lleva a lo alto y muchas veces sobre la cabeza de los hombres, sobre las coronas de los reyes y de los emperadores, y a veces sobre los altos palacios y sobre las excelsas torres lo deja; de las cuales, si cae, más abajo no puede llegar del lugar adonde fue llevado. Y si alguna vez con toda mi fuerza a complaceros en algo me dispuse, ahora más que nunca me dispondré, porque conozco que otra cosa nadie podrá decir con razón sino que los demás y yo, que os amamos, naturalmente obramos; a cuyas leyes (de la naturaleza) para querer oponerse, demasiado grandes fuerzas se necesitan y muchas veces no solamente en vano sino con grandísimo daño del que se afana se ponen en obra. Las cuales fuerzas, confieso que no las tengo ni deseo tenerlas en esto, y si las tuviese, antes a otros las prestaría que las usaría para mí. Por lo que cállense los reprensores, y si calentarse no pueden, vivan congelados, y en sus deleites (más bien apetitos corruptos) estándose, a mí en el mío, en esta breve vida que se nos da, me dejen tranquilo. Pero hemos devolver, porque bastante hemos divagado, oh hermosas señoras, allá de donde partimos, y el orden empezado seguir.
Arrojado había el sol ya del cielo a todas las estrellas y de la tierra la húmeda sombra de la noche, cuando Filostrato, levantándose, a toda su compañía hizo levantar, y yendo al hermoso jardín, por allí empezaron a pasearse; y venida la hora de la comida, almorzaron aquí donde habían cenado la noche pasada. Y de dormir, estando el sol en su mayor altura, levantándose, de la manera acostumbrada cerca de la hermosa fuente se sentaron, y entonces Filostrato a Fiameta mandó que principio diese a las historias, la cual, sin esperar más a que dicho le fuese, señorilmente así comenzó:


NOVELA PRIMERA

Tancredo, príncipe de Salerno, mata al amante de su hija y le manda el corazón en una copa de oro; la cual, echando sobre él agua envenenada, se la bebe y muere.

Duro asunto para tratar nos ha nos ha impuesto hoy nuestro rey, si pensamos que cuando para alegrarnos hemos venido, tenemos que hablar de las lágrimas de otros, que no pueden contarse sin que deje de sentir compasión quien las cuenta y quien las escucha. Tal vez por moderar un tanto la alegría sentida los días pasados lo ha hecho; pero sea lo que le haya movido, como a mí no me incumbe cambiar su gusto, un caso lastímero, y por lo mismo desventurado y digno de nuestras lágrimas, contaré.
Tancredo, príncipe de Salerno, fue señor asaz humano, y de benigno talante, si en amorosa sangre, en su vejez, no se hubiera ensuciado las manos; el cual en todo el tiempo de su vida no tuvo más que una hija, y más feliz hubiera sido si no la hubiese tenido. Ésta fue por el padre tan tiernamente amada cuanto hija alguna vez fuese amada por su padre; y por este tierno amor, habiendo ella ya pasado en muchos años la edad de tener marido, no sabiendo cómo separarla de él, no la casaba; luego, por fin, habiéndola dado por mujer a un hijo del duque de Capua, viviendo con él poco tiempo, se quedó viuda y volvió con su padre. Era hermosísima en el cuerpo y el rostro como la mujer que más lo hubiera sido, y joven y gallarda, y más discreta de lo que por ventura convenía a una mujer serlo. Y viviendo con el amante padre como una gran señora, en mucha blandura, y viendo que su padre, por el amor que le tenía, poco cuidado se tomaba por casarla otra vez, y a ella cosa honesta no le parecía pedírselo, pensó en tener, ocultamente si podía hallarlo, un amante digno de ella. Y viendo a muchos hombres en la corte de su padre, nobles y no, como nosotros los vemos en las cortes, y consideradas las maneras y las costumbres de muchos, entre los otros un joven paje del padre cuyo nombre era Guiscardo, hombre de nacimiento asaz humilde pero por la virtud y las costumbres noble, más que otro le agradó y por él calladamente, viéndolo a menudo, ardientemente se inflamó, estimando cada vez más sus maneras. Y el joven, que no dejaba de ser perspicaz, habiéndose fijado en ella, la había recibido en su corazón de tal manera que de cualquiera otra cosa que no fuera amarla tenía alejada la cabeza. De tal guisa, pues, amándose el uno al otro secretamente, nada deseando tanto la joven como encontrarse con él, ni queriéndose sobre este amor confiarse a nadie, para poderle declarar su intención inventó una rara estratagema.
Escribió una carta, y en ella lo que tenía que hacer el día siguiente para estar con ella le mostró; y luego, puesta en el hueco de una caña, jugando se la dio a Guiscardo diciendo:
—Con esto harás esta noche un soplillo para tu sirvienta con que encienda el fuego.
Guiscardo la tomó, y pensando que no sin razón debía habérsela dado y dicho aquello, marchándose, con aquello volvió a su casa, y mirando la caña, y viéndola hendida, la abrió y, hallada dentro la carta de ella y leída, y bien entendido lo que tenía que hacer, se sintió el hombre más contento que ha habido en el mundo, y se dedicó a prepararse para reunirse con ella según el modo que le había mostrado. Había junto al palacio del príncipe una gruta cavada en el monte, hecha en tiempos lejanísimos, a la que daba luz un respiradero abierto en el monte; el cual, como la gruta estaba abandonada, por zarzas y por hierbas nacidas por encima, estaba casi obturado; y a esta gruta, por una escala secreta que había en una de las cámaras bajas del palacio, que era la de la señora, podía bajarse, aunque con un fortísimo portón cerrada estaba. Y estaba tan fuera de la cabeza de todos esta escala, porque hacía muchísimo tiempo que no se usaba, que casi ninguno de los que allí vivían la recordaba; pero Amor, a cuyos ojos nada está tan secreto que no lo alcance, se la había traído a la memoria a la enamorada señora. La cual, para que nadie de ello apercibirse pudiera, muchos días con sus arneses mucho había trabajado para que aquel portón pudiera abrirse; abierto el cual, y sola bajando a la gruta y visto el respiradero, por él había mandado decir a Giuscardo que se industriase en bajar, habiéndole dibujado la altura de aquél a la tierra haber podía.
Y para cumplir esto, Guiscardo prestamente, preparada una soga con ciertos nudos y lazadas para poder descender y subir por ella, y vestido con un cuero que de las zarzas le protegiese, sin haber dicho nada a nadie, a la noche siguiente al respiradero se fue, y acomodando bien uno de los cabos de la soga a un fuerte tocón que en la boca del respiradero había nacido, por ella bajó a la gruta y esperó a la señora. La cual, al día siguiente, fingiendo querer dormir, mandadas afuera sus damiselas y encerrándose sola en la alcoba, abierto el portón, a la gruta bajó, donde, encontrando a Guiscardo, uno a otro maravillosas fiestas se hicieron, y viniendo juntos a su alcoba, con grandísimo placer gran parte de aquel día se quedaron, y puesto discreto orden en sus amores para que fuesen secretos, volviéndose a la gruta Guiscardo y ella cerrando el portón, con sus damiselas se vino afuera.
Guiscardo luego, al venir la noche, subiendo por su soga, por el respiradero por donde había entrado salió afuera y se volvió a su casa; y habiendo aprendido este camino, muchas veces luego, andando el tiempo, allí retornó. Pero la fortuna, envidiosa de tan largo y de tan grande deleite, con un doloroso suceso el gozo de los dos amantes volvió triste llanto. Acostumbraba Tancredo a venir alguna vez solo a la cámara de su hija, y allí hablar con ella y quedarse un rato, y luego irse; el cual, un día después de comer, bajando allí, estando la señora, que Ghismunda tenía por nombre, en un jardín suyo con todas sus damiselas, en ella entrando, sin haber sido por nadie visto u oído, no queriendo apartarla de su distracción, encontrando las ventanas de la alcoba cerradas y las cortinas de la cama echadas, junto a ellas en una esquina se sentó en un almohadón; y apoyando la cabeza en la cama y cubriéndose con la cortina, como si deliberadamente se hubiera escondido allí, se quedó dormido. Y estando durmiendo de esta manera, Ghismunda, que por desgracia aquel día había hecho venir a Guiscardo, dejando a sus damiselas en el jardín, calladamente entró en la alcoba y, cerrándola, sin apercibirse de que nadie estuviera allí, abierto el portón a Guiscardo que la esperaba y yéndose los dos a la cama como acostumbraban, y juntos jugando y solazándose, sucedió que Tancredo se despertó y oyó y vio lo que Guiscardo y su hija hacían; y dolorido por ello sobremanera, primero quiso gritarles, luego tomó el partido de callarse y de quedarse escondido, si podía, para poder más cautamente obrar y con menor vergüenza suya lo que ya le había venido la intención de hacer.
Los dos amantes estuvieron largo tiempo juntos como acostumbraban, sin apercibirse de Tancredo; y cuando les pareció tiempo, bajándose de la cama, Guiscardo se volvió a la gruta y ella salió de la alcoba. De la cual Tancredo, aunque era viejo, desde una ventana bajó al jardín y sin ser visto por nadie, mortalmente dolorido, a su cámara volvió. Y por una orden que dio, al salir del respiradero, la noche siguiente durante el primer sueño, Guiscardo, tal como estaba con la vestimenta de cuero embarazado, fue apresado por dos y secretamente llevado a Tancredo; el cual, al verle, casi llorando dijo:
—Guiscardo, mi benignidad contigo no merecía el ultraje y la vergüenza que en mis cosas me has hecho, como he visto hoy con mis propios ojos.
Al cual, Guiscardo, nada respondió sino esto:
—Amor puede mucho más de lo que podemos vos y yo.
Mandó entonces Tancredo que calladamente en alguna cámara de allí adentro guardado fuese; y así se hizo. Venido el día siguiente, no sabiendo Ghismunda nada de estas cosas, habiendo Tancredo consigo mismo pensado varios y diversos procedimientos, después de comer, según su costumbre se fue a la cámara de la hija, donde haciéndola llamar y encerrándose dentro con ella, llorando comenzó a decirle:
—Ghismunda, pareciéndome conocer tu virtud y tu honestidad, nunca habría podido caberme en el ánimo, aunque me lo hubieran dicho, si yo con mis ojos no lo hubiera visto, que someterte a algún hombre, si tu marido no hubiera sido, hubieses no ya hecho sino ni aun pensado; por lo que yo en este poco resto de vida que mi vejez me conserva siempre estaré dolorido al recordarlo. Y hubiera querido Dios que, pues que a tanta deshonestidad encaminarte debías, hubieses tomado un hombre que a tu nobleza hubiera sido conveniente; pero entre tantos que mi corte frecuentan, elegiste a Guiscardo, joven de condición vilísima en nuestra corte casi como por el amor de Dios desde niño hasta este día criado ;por lo que en grandísimo afán de ánimo me has puesto no sabiendo qué partido tomar sobre ti. De Guiscardo, a quien esta noche hice prender cuando por el respiradero salía y lo tengo en prisión, ya he determinado qué hacer, pero de ti sabe Dios que no sé qué hacer. Por una parte, me arrastra el amorque siempre te he tenido más que ningún padre tuvo a su hija y por la otra me arrastra la justísima ira ocasionada por tu gran locura: aquél quiere que te perdone y éste quiere que contra mi misma naturaleza me ensañe; pero antes de tomar partido, deseo oírte lo que tengas que decir a esto.
Y dicho esto, bajó el rostro, llorando tan fuertemente como habría hecho un muchacho apaleado. Ghismunda, al oír a su padre y al conocer no solamente que su secreto amor había sido descubierto sino que Guiscardo estaba preso, un dolor indecible sintió y de mostrarlo con gritos y con lágrimas, como la mayoría de las mujeres hace, estuvo muchas veces cerca, pero venciendo esta vileza su ánimo altanero, su rostro con maravillosa fuerza contuvo, y se determinó a no seguir con vida antes que proferir alguna súplica por ella misma, imaginando que ya su Guiscardo había muerto, por lo que no como dolorida mujer o arrepentida de su yerro, sino como mujer impasible y valerosa, con seco rostro y abierto y en ningún rasgo alterado, así dijo a su padre:
—Tancredo, ni a negar ni a suplicar estoy dispuesta porque ni lo uno me valdría ni lo otro quiero que me valga; y además de esto, de ningún modo entiendo que me favorezcan tu benevolencia y tu amor sino la verdad confesando, primero defender mi fama con razones verdaderas y luego con las obras seguir firmemente la grandeza de mi ánimo. Es verdad que he amado y amo a Guiscardo, y mientras viva, que será poco, lo amaré y si después de la muerte se ama, no dejaré de amarlo; pero a esto no me indujo tanto mi femenina fragilidad como tu poca solicitud en casarme y la virtud suya. Debe serte, Tancredo, manifiesto, siendo tú de carne, que has engendrado a una hija de carne y no de piedra ni de hierro; y acordarte debías y debes, aunque tú ahora seas viejo, cómo y cuáles y con qué fuerza son las leyes de la juventud, y aunque tú, hombre, en parte de tus mejores años en las armas te hayas ejercitado, no debías, sin embargo, conocer lo que los ocios y las delicadezas pueden en los viejos, no ya en los jóvenes. Soy, pues, como engendrada por ti, de carne, y he vivido tan poco que todavía soy joven, y por una cosa y la otra llena del deseo concupiscente, al que asombrosísimas fuerzas ha dado ya, por haber estado casada, el conocimiento del placer sentido cuando tal deseo se cumple. A cuyas fuerzas, no pudiendo yo resistir, a seguir aquello a lo que me empujaban, como joven y como mujer, me dispuse, y me enamoré.»
Y ciertamente en esto puse toda mi virtud al no querer que ni para ti ni para mí, de aquello que al natural pecado me atraía (en cuanto yo pudiera evitarlo) viniese ninguna vergüenza. A lo que el compasivo Amor y la benigna fortuna una muy oculta vía me habían encontrado y mostrado, por la cual, sin nadie saberlo, yo mis deseos alcanzaba: y esto (quien sea que te lo haya mostrado o comoquiera que lo sepas) no lo niego. A Guiscardo no escogí por acaso, como muchas hacen, sino que con deliberado consejo lo elegí antes que a cualquiera otro, y con precavido pensamiento lo atraje, y con sabia perseverancia de él y de mí largamente he gozado en mi deseo. En lo que parece que, además de haber pecado por amor, tú, más la opinión vulgar que la verdad siguiendo, con más amargura me reprendes al decir, como si no te hubiese enojado si a un hombre noble hubiera elegido para esto, que con un hombre de baja condición me he mezclado; en lo que no te das cuenta de que no mi pecado sino el de la fortuna reprendes, la cual con asaz frecuencia a los que no son dignos eleva, dejando abajo a los dignísimos.
»Pero dejemos ahora esto, y mira un poco los principios del asunto: verás que todos nosotros de una sola masa de carne tenemos la carne, y que por un mismo creador todas las almas con igual fuerza, con igual poder, con igual virtud fueron creadas. La virtud primeramente hizo distinción entre nosotros, que nacemos y nacíamos iguales; y quienes mayor cantidad de ella tenían y la ponían en obra fueron llamados nobles, y los restantes quedaron siendo no nobles. Y aunque una costumbre contraria haya ocultado después esta ley, no está todavía arrancada ni destruída por la naturaleza y por las buenas costumbres; y por ello, quien virtuosamente obra, abiertamente se muestra noble, y si de otra manera se le llama, no quien es llamado sino quien le llama se equivoca.
»Mira, pues, entre tus nobles y examina su vida, sus costumbres y sus maneras, y de otra parte las de Guiscardo considera: si quisieras juzgar sin animosidad, le llamarías a él nobilísimo y a todos estos nobles tuyos villanos. En la virtud y el valor de Guiscardo no creí por el juicio de otra persona, sino por tus palabras y por mis ojos. ¿Quién le alabó tanto cuando tú le alababas en todas las cosas loables que deben ser alabadas en un hombre valeroso? Y ciertamente no sin razón: que si mis ojos no me engañaron, ninguna alabanza fue dicha por ti que yo ponerla en obra, y más admirablemente que podían expresarlo tus palabras, no le viese; y si en ello me hubiera engañado en algo, por ti habría sido engañada. ¿Dirás, pues, que con un hombre de baja condición me he mezclado? No dirás verdad; si por ventura dijeses que con un pobre, con vergüenza tuya podría concederse, que así has sabido a un hombre valioso servidor tuyo traer a buen estado; pero la pobreza no quita a nadie nobleza, sino los haberes.
»Muchos reyes, muchos grandes príncipes fueron pobres, y muchos que cavan la tierra y guardan ovejas fueron riquísimos, y lo son. La última duda que me expusiste, es decir, qué debas hacer conmigo, deséchala por completo: si en tu extrema vejez estás dispuesto a hacer lo que de joven no acostumbraste, es decir, a obrar cruelmente, prepárate a ello, sé cruel conmigo porque no estoy dispuesta a rogarte de ningún modo que no lo seas como que eres la primera razón de este pecado, si es que pecado es; por lo que te aseguro que lo que de Guiscardo hayas hecho o hagas si no haces conmigo lo mismo, mis propias manos lo harán. Y ahora anda, vete con las mujeres a derramar lágrimas, y para descargar tu crueldad con el mismo golpe, a él y a mí, si te parece que lo hemos merecido, mátanos.
Conoció el príncipe la grandeza de ánimo de su hija, pero no por ello creyó que estuviese tan firmemente dispuesta a lo que con sus palabras amenazaba como decía; por lo que, separándose de ella y alejando el pensamiento de obrar cruelmente contra ella, pensó con la condenación del otro enfriar su ardiente amor, y mandó a los dos que a Guiscardo guardaban que, sin hacerlo saber a nadie, la noche siguiente lo estrangularan y, arrancándole el corazón, se lo llevasen. Los cuales, tal como se les había ordenado, lo hicieron, por lo que, venido el día siguiente, haciéndose traer el príncipe una grande y hermosa copa de oro y puesto en ella el corazón de Guiscardo, por un fidelísimo sirviente suyo se lo mandó a su hija y le ordenó que cuando se lo diera le dijese:
—Tu padre te envía esto para consolarte con lo que más amas, como le has consolado tú con lo que él más amaba.
Ghismunda, no apartada de su dura decisión, haciéndose traer hierbas y raíces venenosas, luego de que su padre partió, las destiló y las redujo a agua, para tenerla preparada si lo que temía sucediese. Y venido el sirviente a ella con el regalo y con las palabras del príncipe, con inconmovible rostro la copa recibió, y descubriéndola, al ver el corazón y al oír las palabras, tuvo por certísimo que aquél era el corazón de Guiscardo, por lo que, levantando los ojos hacia el sirviente, dijo:
—No convenía sepultura menos digna que el oro a tal corazón como es éste; discretamente ha obrado mi padre en esto. —Y dicho esto, acercándoselo a la boca, lo besó y después dijo—: En todas las cosas y hasta en este extremo de mi vida he encontrado tiernísimo el amor que mi padre me tiene, pero ahora más que nunca; y por ello las últimas gracias que debo darle ahora por tan gran presente, de mi parte le darás. —Dicho esto, mirando la copa que tenía abrazada, mirando el corazón, dijo—: ¡Ay!, dulcísimo albergue de todos mis placeres, ¡maldita sea la crueldad de aquel que con los ojos de la cara me hace verte ahora! Bastante me era mirarte a cada momento con los del espíritu. Tú has cumplido ya tu carrera y te has liberado de la que te concedió la fortuna; llegado has al final adonde todos corremos; dejado has las miserias del mundo y las fatigas, y de tu mismo enemigo has recibido la sepultura que tu valor merecía.
»Nada te faltaba para recibir cumplidas exequias sino las lágrimas de quien mientras viviste tanto amaste; las que para que las tuvieses, puso Dios en el corazón de mi cruel padre que te mandase a mí, yo te las ofreceré aunque tuviera el propósito de morir con los ojos secos y con el gesto de nada espantado; y después de habértelas ofrecido, sin tardanza alguna haré que mi alma se una a la que, rigiéndola tú, con tanto amor guardaste.
»¿Y en qué compañía podré ir más contenta y más segura a los lugares desconocidos que con ella? Estoy segura de que está todavía aquí dentro y que mira los lugares de sus deleites y los míos, y como quien estoy segura de que sigue amándome, espera a la mía por la cual sumamente es amada.
Y dicho esto, no de otra manera que si una fuente en la cabeza tuviese, sin hacer ningún mujeril alboroto, inclinándose sobre la copa, llorando empezó a verter tantas lágrimas que admirable cosa era de ver, besando infinitas veces el muerto corazón. Sus damiselas, que en torno de ella estaban, qué corazón fuese éste y qué querían decir sus palabras no entendían, pero por la piedad vencidas, todas lloraban; y compasivamente le preguntaban en vano por el motivo de su llanto, y mucho más, como mejor podían y sabían, se ingeniaban en consolarla. La cual, después de que cuanto le pareció hubo llorado, alzando la cabeza y secándose los ojos, dijo:
—Oh, corazón muy amado, todos mis deberes hacia ti están cumplidos y nada me queda por hacer sino venir con mi alma a estar en tu compañía.
Y dicho esto, se hizo dar la botijuela donde estaba el agua que el día anterior había preparado; y la echó en la copa donde el corazón estaba, con muchas lágrimas suyas lavado; y sin ningún espanto puesta allí la boca, toda la bebió, y habiéndola bebido, con la copa en la mano subió a su cama, y lo más honestamente que supo colocó sobre ella su cuerpo y contra su corazón apoyó el de su muerto amante, y sin decir palabra esperaba la muerte. Sus damiselas, habiendo visto y oído estas cosas, como no sabían qué agua fuera la que había bebido, a Tancredo habían mandado a decir todo aquello, el cual, temiendo lo que sucedió, bajó prontamente a la alcoba de su hija. Adonde llegó en el momento en que ella se echaba sobre la cama, y tarde, con dulces palabras viniendo a consolarla, viendo el término en que estaba, comenzó doloridamente a llorar; y la señora le dijo:
—Tancredo, guarda esas lágrimas para algún caso menos deseado que éste, y no las viertas por mí que no las deseo. ¿Quién ha visto jamás a nadie llorar por lo que él mismo ha querido? Pero si algo de aquel amor que me tuviste todavía vive en ti, por último don concédeme que, pues que no te fue grato que yo calladamente y a escondidas con Guiscardo viviera, que mi cuerpo con el suyo, dondequiera que lo hayas hecho arrojar muerto, esté públicamente.
La angustia del llanto no dejó responder al príncipe, y entonces la joven, sintiéndose llegar a su fin, estrechando contra su pecho el muerto corazón,dijo:
—Quedaos con Dios, que yo me voy.
Y velados los ojos y perdido todo sentido, de esta dolorosa vida se partió.
Tal doloroso fin tuvo el amor de Guiscardo y de Ghismunda, como habéis oído; a los cuales Tancredo, luego de mucho llanto, y tarde arrepentido de su crueldad, con general dolor de todos los salernitanos, honradamente a ambos en un mismo sepulcro hizo enterrar.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 21 Abr 2020, 04:42

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NOVELA SEGUNDA

Fray Alberto convence a una mujer de que el arcángel Gabriel está enamorado de ella y, como si fuera él, muchas veces se acuesta con ella, luego, por miedo a los parientes de ella huyendo de su casa se refugia en casa de un hombre pobre, el cual, como a un hombre salvaje, al día siguiente a la plaza lo lleva; donde, reconocido, sus frailes le echan mano y lo encarcelan.

Había la historia por Fiameta contada hecho muchas veces saltar las lágrimas a sus compañeras, pero estando ya completa, el rey con inconmovible gesto dijo:
—Poco precio me parecería tener que dar mi vida por la mitad del deleite que con Guiscardo gozó a Ghismunda, y ninguna de vosotras debe maravillarse, como sea que yo, viviendo, a cada paso mil muertes siento, y por todas ellas no me es dada una sola partecilla de deleite. Pero dejando estar mis asuntos en sus términos por el momento, quiero que sobre duros casos, y en parte a mis accidentes semejantes, siga hablando Pampínea; la cual, si como ha comenzado Fiameta, continúa, sin duda algún rocío comenzaré a sentir caer sobre mis llamas.
Pampínea, oyendo que a ella le tocaba aquella orden, más por su emoción conoció el ánimo de sus compañeras que el del rey por sus palabras y por ello, más dispuesta a recrearlas un poco que a tener (salvo por el solo mandato) que contentar al rey, se dispuso a contar una historia que sin salir de lo propuesto, las hiciera reír, y comenzó:
Acostumbra el pueblo a decir el proverbio siguiente: «Quien es malvado y por bueno tenido, puede hacer el mal y no es creído»; el cual amplia materia para hablar sobre lo que me ha sido propuesto me presta, y aun para demostrar cuánta y cuál sea la hipocresía de los religiosos, los cuales con las ropas largas y amplias y con los rostros artificialmente pálidos y con las voces humildes y mansas para pedir a otros, y altanerísimos y ásperos al reprender a los otros sus mismos vicios y en mostrarles que ellos por coger y los demás por darles a ellos consiguen la salvación, y además de ello, no como hombres que el paraíso tengan que ganar como nosotros sino casi como señores y poseedores de él dando a cada uno que muere, según la cantidad de los dineros que les deja, un lugar más o menos excelente, con esto primero a sí mismos, si así lo creen, y luego a quienes a sus palabras dan fe se esfuerzan en engañar. Sobre los cuales, si cuanto les conviene me fuera permitido demostrar, pronto le aclararía a muchos simples lo que en sus capas anchísimas tienen escondido. Pero quisiera Dios que en todas sus mentiras a todos les sucediese lo que a un fraile menor, nada joven, sino de aquellos que por mayores santones eran tenidos en Venecia; sobre el cual sumamente me place hablar para tal vez aliviar un tanto con risa y con placer vuestros ánimos llenos de compasión por la muerte de Ghismunda.
Hubo, pues, valerosas señoras, en Imola, un hombre de malvada vida y corrupta que fue llamado Berto de la Massa, cuyas vituperables acciones muy conocidas por los imolenses, a tanto le llevaron que no ya la mentira sino la verdad no había en Imola quien le creyese; por lo que, apercibiéndose de que allí ya sus artimañas no le servían, como desesperado a Venecia, receptáculo de toda inmundicia, se mudó, y allí pensó encontrar otra manera para su mal obrar de lo que había hecho en otra parte. Y como si le remordiese la conciencia por las malvadas acciones cometidas por él en el pasado, mostrándose embargado por suma humildad y convertido en mejor católico que ningún otro hombre, fue y se hizo fraile menor y se hizo llamar fray Alberto de Imola; y en tal hábito comenzó a hacer en apariencia una vida sacrificada y a alabar mucho la penitencia y la abstinencia, y nunca comía carne ni bebía vino cuando no había el que le gustaba.
Y sin apercibirse casi nadie, de ladrón, de rufián, de falsario, de homicida, súbitamente se convirtió en un gran predicador sin haber por ello abandonado los susodichos vicios cuando ocultamente pudiera ponerlos en obra. Y además de ello, haciéndose sacerdote, siempre en el altar, cuando celebraba, si muchos lo veían, lloraba por la pasión del Señor como a quien poco le costaban las lágrimas cuando lo quería. Y en breve, entre sus predicaciones y sus lágrimas, supo de tal manera engatusar a los venecianos que casi de todo testamento que allí se hacía era fideicomisario y depositario, y guardador de los dineros de muchos, confesor y consejero casi de la mayoría de los hombres y de las mujeres; y obrando así, de lobo se había convertido en pastor, y era su fama de santidad en aquellas partes mucho mayor que nunca había sido la de San Francisco de Asís. Ahora, sucedió que una mujer joven, mema y boba que se llamaba doña Lisetta de en cá Quirini casada con un rico mercader que había ido con sus galeras a Flandes, fue con otras mujeres a confesarse con este santo fraile; y estando a sus pies, como veneciana que era, que son todos unos vanidosos, habiendo dicho una parte de sus asuntos, fue preguntada por fray Alberto si tenía algún amante. Y con mal gesto le respondió:
—Ah, señor fraile, ¿no tenéis ojos en la cara? ¿Os parecen mis encantos hechos como los de esas otras? Demasiados amantes tendría, si quisiera; pero no son mis encantos para dejar que los ame un tal o un cual ¿A cuántas veis cuyos encantos sean como los míos, yo que sería hermosa en el paraíso?
Y además de esto dijo tantas cosas de esta hermosura suya que era un fastidio oírla. Fray Alberto conoció incontinenti que aquélla olía a necia, y pareciéndole tierra para su arado, de ella súbitamente y con desmesura se enamoró; pero guardando las alabanzas para momento más cómodo, para mostrarse santo aquella vez, comenzó a quererla reprender y a decirle que aquello era vanagloria, y otras de sus historias; por lo que la mujer le dijo que era un animal y que no sabía que había hermosuras mayores que otras, por lo que fray Alberto, no queriéndola enojar demasiado, terminada la confesión, la dejó irse con las demás.
Y unos días después, tomando un fiel compañero, se fue a casa de doña Lisetta y, retirándose aparte a una sala con ella y sin poder ser visto por otros, se le arrodilló delante y dijo:
—Señora, os ruego por Dios que me perdonéis de lo que el domingo, hablándome vos de vuestra hermosura, os dije, por lo que tan fieramente fui castigado la noche siguiente que no he podido levantarme de la cama hasta hoy.
Dijo entonces doña Trulla:
—¿Y quién os castigó así?
Dijo fray Alberto:
—Os lo diré: estando en oración durante la noche, como suelo estar siempre, vi súbitamente en mi celda un gran esplendor, y antes de que pudiera volverme para ver lo que era, me vi encima un joven hermosísimo con un grueso bastón en la mano, el cual, cogiéndome por la capa y haciéndome levantar, tanto me pegó que me quebrantó todo. Al cual pregunté después por qué me había hecho aquello, y respondió: «Porque hoy te has atrevido a reprender los celestiales encantos de doña Lisetta, a quien amo, Dios aparte, sobre todas las cosas». Y yo entonces pregunté: «¿Quién sois vos?». A lo que respondió él que era el arcángel Gabriel. «Oh, señor mío, os ruego que me perdonéis», dije yo. Y él dijo entonces: «Te perdono con la condición de que irás a verla en cuanto puedas, y pídele perdón; y si no te perdona, yo volveré aquí y te daré tantos que lo sentirás mientras vivas». Lo que me dijo después no me atrevo a decíroslo si no me perdonáis primero.
Doña Calabaza —de—viento, que era un sí es no es dulce de sal, se esponjaba oyendo estas palabras y todas las creía veracísimas, y luego de un poco dijo:
—Bien os decía yo, fray Alberto, que mis encantos eran celestiales; pero así Dios me ayude, me da lástima de vos, y hasta ahora, para que no os hagan más daño, os perdono, si verdaderamente me decís lo que el ángel os dijo después.
Fray Alberto dijo:
—Señora, pues que me habéis perdonado, os lo diré de buen grado, pero una cosa os recuerdo, que lo que yo os diga os guardéis de decirlo a ninguna persona del mundo, si no queréis estropear vuestros asuntos, que sois la más afortunada mujer que hay hoy en el mundo. Este ángel Gabriel me dijo que os dijera que le gustáis tanto que muchas veces habría venido a estar por la noche con vos sino hubiera sido por no asustaros. Ahora, os manda decir por mí que quiere venir una noche a veros y quedarse con vos un buen rato; y porque como es un ángel y viniendo en forma de ángel no lo podríais tocar, dice que por deleite vuestro quiere venir en figura de hombre, y por ello dice que le mandéis decir cuándo queréis que venga y en forma de quién, y que lo hará; por lo que vos, más que ninguna mujer viva, os podréis tener por feliz.
Doña Bachillera dijo entonces que mucho lep lacía si el ángel Gabriel la amaba, porque ella lo quería bien, y nunca sucedía que una vela de un matapán no le encendiera delante de donde le viese pintado; y que cuando quisiera venir a ella era bienvenido, que la encontraría sola en su alcoba; pero con el pacto de que no fuese a dejarla por la Virgen María, que le habían dicho que la quería mucho, y también lo parecía así porque en cualquier sitio que lo veía estaba arrodillado delante de ella; y además de esto, que era cosa suya venir en la forma que quisiese, siempre que no la asustara.
Entonces dijo fray Alberto:
—Señora, habláis sabiamente, y yo arreglaré bien con él lo que me decís. Pero podéis hacerme un gran favor, y no os costará nada y el favor es éste: que queráis que venga en este cuerpo mío. Y escuchad por qué me haréis un favor: que me sacará el alma del cuerpo y la pondrá en el paraíso, y cuanto él esté con vos tanto estará mi alma en el paraíso.
Dijo entonces doña Poco—hila:
—Bien me parece; quiero que por los azotes que os dio por mi causa, que tengáis este consuelo.
Entonces dijo fray Alberto:
—Así, haréis que esta noche encuentre él la puerta de vuestra casa de manera que pueda entrar, porque viniendo en cuerpo humano como vendrá, no podrá entrar sino por la puerta.
La mujer repuso que lo haría. Fray Alberto se fue y ella se quedó con tan gran alborozo que no le llegaba la camisa al cuerpo, mil años pareciéndole hasta que el arcángel Gabriel viniera a verla. Fray Alberto, pensando que caballero y no ángel tenía que ser por la noche, con confites y otras buenas cosas empezó a fortalecerse, para que fácilmente no pudiera ser arrojado del caballo; y conseguido el permiso, con un compañero, al hacerse de noche, se fue a casa de una amiga suya de donde otra vez había arrancado cuando andaba corriendo las yeguas, y de allí, cuando le pareció oportuno, disfrazado, se fue a casa de la mujer y, entrando en ella, con los perifollos que había llevado, en ángel se transfiguró, y subiendo arriba, entró en la cámara de la mujer. La cual, cuando aquella cosa tan blanca vio, se le arrodilló delante, y el ángel la bendijo y la hizo ponerse en pie, y le hizo señal de que se fuese a la cama; lo que ella, deseosa de obedecer, hizo prestamente, y el ángel después con su devota se acostó.
Era fray Alberto hermoso de cuerpo y robusto, y muy bien plantado; por la cual cosa, encontrándose con doña Lisetta, que era fresca y mórbida, distinto yacimiento haciéndole que el marido, muchas veces aquella noche voló sin alas, de lo que ella muy contenta se consideró; y además de ello, muchas cosas le dijo de la gloria celestial. Luego, acercándose el día, organizando el retorno, con sus arneses fuera se salió y volvióse a su compañero, al cual, para que no tuviese miedo durmiendo solo, la buena mujer de la casa había hecho amigable compañía. La mujer, en cuanto almorzó, tomando sus acompañantes, se fue a fray Alberto y le dio noticias del ángel Gabriel y de lo que le había contado de la gloria y la vida eterna, y cómo era él, añadiendo además a esto, maravillosas fábulas.
A la que fray Alberto dijo:
—Señora, yo no sé cómo os fue con él; lo que sé bien es que esta noche, viniendo él a mí y habiéndole yo dado vuestra embajada, me llevó súbitamente el alma entre tantas flores y tantas rosas que nunca se han visto tantas aquí, y me estuve en uno de los lugares más deleitosos que nunca hubo hasta esta mañana a maitines: lo que pasó de mi cuerpo, no lo sé.
—¿No os lo digo yo? —dijo la señora—.Vuestro cuerpo estuvo toda la noche en mis brazos con el ángel Gabriel, y si no me creéis miraos bajo la teta izquierda, donde le di un beso grandísimo al ángel, tal que allí tendréis la señal unos cuantos días.
Dijo entonces fray Alberto:—Bien haré hoy algo que no he hecho hace mucho tiempo, que me desnudaré para ver si me decís verdad.
Y luego de mucho charlar, la mujer se volvió a casa; a donde en figura de ángel fray Alberto fue luego muchas veces sin encontrar ningún obstáculo. Pero sucedió un día que, estando doña Lisetta con una comadre suya y juntas hablando sobre la hermosura, para poner la suya delante de ninguna otra, como quien poca sal tenía en la calabaza, dijo:
—Si supierais a quién le gusta mi hermosura, en verdad que no hablaríais de las demás.
La comadre, deseosa de oírla, como quien bien la conocía, dijo:
—Señora, podréis decir verdad; pero sin embargo, no sabiendo quién sea él, no puede uno desdecirse tan ligeramente.
Entonces la mujer, que poco meollo tenía,dijo:
—Comadre, no puede decirse, pero con quien me entiendo es con el ángel Gabriel, que más que a sí mismo me ama como a la mujer más hermosa, por lo que él me dice, que haya en el mundo o en la marisma.
A la comadre le dieron entonces ganas de reírse, pero se contuvo para hacerla hablar más, y dijo:
—A fe, señora, que si el ángel Gabriel se entiende con vos y os dice esto debe ser así, pero no creía yo que los ángeles hacían estas cosas.
Dijo la mujer:
—Comadre, estáis equivocada, por las llagas de Dios: lo hace mejor que mi marido, y me dice que también se hace allá arriba; pero porque le parezco más hermosa que ninguna de las que hayan el cielo se ha enamorado de mí y se viene a estar conmigo muchas veces; ¿está claro?
La comadre, cuando se fue doña Lisetta, sele hicieron mil años hasta que estuvo en un lugar donde poder contar estas cosas; y reuniéndose en una fiesta con una gran compañía de mujeres, ordenadamente les contó la historia. Estas mujeres se lo dijeron a sus maridos y a otras mujeres, y éstas a otras, y así en menos de dos días toda Venecia estuvo llena de esto. Pero entre aquellos a cuyos oídos llegó, estaban los cuñados de ella, los cuales, sin decir nada, se propusieron encontrar aquel arcángel y ver si sabía volar: y muchas noches estuvieron apostados.
Sucedió que de este anuncio alguna noticieja llegó a oídos de fray Alberto; el cual, para reprender a la mujer yendo una noche, apenas se había desnudado cuando los cuñados de ella, que le habían visto venir, fueron a la puerta de su alcoba para abrirla. Lo que, oyendo fray Alberto, y entendiendo lo que era, levantándose y no viendo otro refugio, abrió una ventana que sobre el gran canal daba y desde allí se arrojó al agua. La hondura era bastante y él sabía bien nadar así que ningún daño se hizo; y nadando hasta la otra parte del canal, en una casa que abierta había se metió prestamente, rogando a un buen hombre que había dentro que por amor de Dios le salvase la vida, contando fábulas de por qué allí a aquella hora y desnudo estaba. El buen hombre, compadecido, corno tenía que salir a hacer sus asuntos, lo metió en su cama y le dijo que allí hasta su vuelta se estuviese; y encerrándolo dentro, se fue a sus cosas.
Los cuñados de la mujer, entrando en la alcoba, se encontraron con que el ángel Gabriel, habiendo dejado allí las alas, había volado, por lo que, como escarnecidos, gravísimas injurias dijeron a la mujer, y por fin desconsoladísima la dejaron en paz y se volvieron a su casa con los arneses del arcángel.
Entretanto, clareando el día, estando el buen hombre en Rialto, oyó contar cómo el ángel Gabriel había ido por la noche a acostarse con doña Lisetta, y, encontrado por los cuñados, se había arrojado al canal por miedo y no se sabía qué había sido de él; por lo que prestamente pensó que aquel que tenía en casa debía de ser él; y volviendo allí y reconociéndolo, luego de muchas historias, llegó con él al acuerdo de que si no quería que le entregase a los cuñados, le diese cincuenta ducados; y así se hizo.
Y después de esto, deseando fray Alberto salir de allí, le dijo el buen hombre:
—No hay modo ninguno, si uno no queréis. Hoy hacemos nosotros una fiesta a la que uno lleva a un hombre vestido de oso y otro a guisa de hombre salvaje y quién de una cosa y quién de otra, y en la plaza de San Marcos se hace una cacería, terminada la cual se termina la fiesta; y luego cada uno se va con quien ha llevado donde le guste; si queréis, antes de que pueda descubrirse que estáis aquí, que yo os lleve de alguna de estas maneras, os podré llevar donde queráis; de otro modo, no veo cómo podréis salir sin ser reconocido; y los cuñados de la señora, pensando que en algún lugar de aquí dentro estáis, han puesto por todas partes guardias para cogeros.
Aunque duro le pareciese a fray Alberto ir de tal guisa, a pesar de todo le indujo a hacerlo el miedo que tenía a los parientes de la mujer, y le dijo a aquél adónde debía llevarlo: y que de cómo le llevase se contentaba. Éste, habiéndole ya untado todo con miel y recubierto encima con pequeñas plumas, y habiéndole puesto una cadena al cuello y una máscara en la cara, y habiéndole dado para una mano un gran bastón y para la otra dos grandes perros que había llevado del matadero, mandó a uno a Rialto a que pregonase que si alguien quería ver al ángel Gabriel subiese a la plaza de San Marcos. Y fue lealtad veneciana ésta.
Y hecho esto, luego de un rato, lo sacó fuera y lo puso delante de él, y andando detrás sujetándolo por la cadena, no sin gran alboroto de muchos, que decían todos: «¿Qué es eso? ¿Qué es eso?», lo llevó hasta la plaza donde, entre los que habían venido detrás y también los que, al oír el pregón, se habían venido desde Rialto, había un sinfín de gente. Éste, llegado allí, en un lugar destacado y alto, ató a su hombre salvaje a una columna, fingiendo que esperaba la caza, al cual las moscas y los tábanos, porque estaba untado de miel, daban grandísima molestia.
Pero luego que de gente vio la plaza bien llena, haciendo como que quería desatar a su salvaje, le quitó la máscara a fray Alberto, diciendo:
—Señores, pues que el jabalí no viene a la caza, y no puede hacerse, para que no hayáis venido en vano quiero que veáis al arcángel Gabriel, que del cielo desciende a la tierra por las noches para consolar a las mujeres venecianas.
Al quitarle la máscara fue fray Alberto incontinenti reconocido por todos y contra él se elevaron los gritos de todos, diciéndole las más injuriosas palabras y la mayor infamia que nunca se dijo a ningún bribón, y, además de esto, arrojándole a la cara quién una porquería y quién otra; y así le tuvieron durante muchísimo tiempo, hasta tanto que por acaso llegando la noticia a sus frailes, hasta seis de ellos poniéndose en camino llegaron allí, y, echándole una capa encima y desencadenándolo, no sin grandísimo alboroto detrás hasta su casa lo llevaron, donde encarcelándolo, después de vivir míseramente se cree que murió. Así éste, tenido por bueno y obrando el mal, no siendo creído, se atrevió a hacer de arcángel Gabriel; y de él convertido en hombre salvaje, con el tiempo, como lo había merecido, vituperado, sin provecho lloró los pecados cometidos. Plazca a Dios que a todos los demás les suceda lo mismo.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 22 Abr 2020, 06:14

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NOVELA TERCERA

Tres jóvenes aman a tres hermanas y con ellas se fugan a Creta, la mayor, por celos, mata a su amante, la segunda, entregándose al duque de Creta, salva de la muerte a la primera, cuyo amante la mata y con la primera huye, es culpado de ello el tercer amante con la tercera hermana y, presos, lo confiesan y por temor a morir corrompen con dinero a la guardia, y, pobres, huyen a Rodas y en la pobreza allí mueren.


Filostrato, oído el final del novelar de Pampínea, se quedó un poco ensimismado y luego dijo volviéndose a ella:
—Algo bueno y que me agradó hubo al final de vuestra novela, pero demasiada diversión hubo antes que habría querido que no hubiese.
Luego, volviéndose a Laureta, dijo:
—Señora, seguid vos con una mejor, si es que puede ser.
Laureta, riendo, dijo:
—Demasiado cruel estáis contra los amantes, si sólo un mal fin les deseáis; y por obedeceros os contaré una sobre tres que igualmente mal terminaron habiendo gozado poco de su amor.
Y dicho esto, comenzó:
Jóvenes señoras, como claramente podéis conocer, todos los vicios pueden volverse, con grandísimo dolor, contra quien los tiene y muchas veces contra otros; y entre los que con más flojas riendas a nuestros peligros nos lleva, me parece que la ira sea el que más; la cual no es otra cosa que un movimiento súbito y desconsiderado, movido por los sentidos dolores; el cual, desterrada toda razón y teniendo los ojos de la mente ofuscados por tinieblas, con ardentísimo furor enciende nuestro ánimo. Y aunque con frecuencia le sobreviene al hombre, y más a unos que a otros, no menos ha sobrevenido (y con mayores daños) a las mujeres, porque más fácilmente se enciende en ellas y allí arde con llama más clara y con menor freno las agita.
Y no hay que maravillarse de ello: porque si queremos mirar, veremos que su fuego por su naturaleza antes prende en las cosas ligeras y suaves que en las duras y más pesadas; y nosotras somos (no lo tengan a mal los hombres) más delicadas que lo son ellos, y mucho más volubles. Por lo cual, viéndonos naturalmente a esto proclives, y mirando después cómo nuestra mansedumbre y benignidad son gran reposo y placer a los hombres con quien acostumbramos a tratar, y cómo la ira y el furor son de gran angustia y peligro, para que de ella con más fuerte pecho nos guardemos, el amor de tres jóvenes y de otras tantas señoras, como dije antes, convertido de feliz que era en infelicísimo por la ira de una de ellas, entiendo mostraros con mi historia.
Marsella es, como sabéis, en Provenza, una nobilísima y antigua ciudad, situada junto al mar, y ha sido antes en hombres ricos y en grandes mercaderes más copiosa de lo que hoy se ve; entre los que hubo uno llamado N'Arnald Civada, hombre de nacimiento ínfimo pero de claro honor y leal mercader, sin medida rico en posesiones y en dineros, el cual de su mujer tenía muchos hijos entre los cuales tres eran mujeres, y eran de edad mayores que los otros que eran varones. De las cuales, dos, nacidas de un parto, tenían quince años de edad, la tercera tenía catorce; y nada esperaban sus parientes para casarlas sino la vuelta de N'Arnald, que con su mercancía se había ido a España.
Eran los nombres de las dos primeras, el de la una Ninetta, y de la otra Maddalena; la tercera se llamaba Bertella. De Ninetta estaba un joven, gentilhombre aunque fuese pobre, llamado Restagnone, enamorado cuanto más podía, y la joven de él; y de tal modo habían sabido obrar que, sin que ninguna persona en el mundo lo supiese, gozaban de su amor; y ya buen espacio gozado habían cuando sucedió que dos jóvenes amigos, de los cuales uno se llamaba Folco y el otro Ughetto, muertos sus padres y habiendo quedado riquísimos, el uno de Maddalena y el otro de Bertella se enamoraron. De lo cual percatándose Restagnone (habiéndole sido por Ninetta mostrado) pensó en poder ayudarse en sus carencias con el amor de éstos; y familiarizándose con su trato, ahora a uno ahora al otro, y aveces a los dos, les acompañaba a ver sus señoras y la de él.
Y cuando lo bastante familiar y amigo suyo le pareció ser, un día a su casa llamándoles les dijo:
—Carísimos jóvenes, nuestro trato os puede haber demostrado cuánto es el amor que os tengo y que por vosotros pondría en obra lo que por mí mismo pondría; y porque mucho os amo, lo que se me ha venido al ánimo entiendo mostraros, y vosotros luego conmigo, juntos, tomaremos el partido que os parezca mejor. Vosotros, si vuestras palabras no mienten, y por lo que en vuestros actos de día y de noche me parece haber comprendido, en grandísimo amor por las dos jóvenes que amáis ardéis, y yo por la tercera, su hermana; al cual ardor, si queréis concedérmelo, me pide el corazón hallar un muy dulce y placentero remedio como es éste: vosotros sois riquísimos, lo que no soy yo; si
quisierais juntar vuestras riquezas y hacerme a mí tercer poseedor de ellas junto con vosotros y deliberar a qué parte del mundo podríamos ir a vivir alegremente con ellas, sin falta me dice el corazón que podré hacer que las tres hermanas, con gran parte de lo que tiene su padre, con nosotros a donde queramos ir vengan, y allí cada uno con la suya a guisa de hermanos vivir podremos como los hombres más felices que hay en el mundo. A vosotros os toca ahora decidir si queréis haceros felices con esto, o dejarlo.
Los dos jóvenes, que sobremanera ardían, al oír que a las dos jóvenes tendrían, no pasaron mucho trabajo deliberando sino que dijeron que, si esto sucedía, estaban dispuestos a hacerlo. Restagnone, con esta respuesta de los jóvenes, de allí a pocos días se encontró con Ninetta, a la que no sin gran dificultad ver podía; y luego de que un tanto con ella hubo estado, lo que había hablado con los jóvenes le explicó, y con muchas razones se ingenió en que esta empresa le agradase. Pero poco difícil le fue porque ella mucho mas que él deseaba poder estar con él sin sobresalto; por lo que de buena gana le contestó que le placía y que sus hermanas,y máximamente en esto, harían lo que ella quisiese; le dijo que todas las cosas necesarias para ello lo antes que pudiera preparase.
Volviendo Restagnone a los dos jóvenes, que mucho sobre lo que les había dicho le preguntaban, les dijo que por parte de sus señoras el asunto estaba decidido; y entre ellos deliberaron irse a Creta después de vender algunas posesiones que tenían, bajo título de querer ir a comerciar con los dineros, y trocadas en dineros todas las demás cosas que tenían, compraron una saetía y la armaron secretamente con gran ventaja, y esperaron el término puesto.
Por otra parte, Ninetta, que del deseo de las hermanas demasiado sabía, con dulces palabras en tanto afán de hacer aquello las inflamó que les parecía que no iban a vivir lo suficiente para llegar a ello. Por lo que, venida la noche en que debían subir a la saetía, las tres hermanas, abierto un gran cofre de su padre, de él grandísima cantidad de dineros y de joyas sacaron, y con ellas, de casa las tres ocultamente saliendo, según lo planeado, allí a sus tres amantes que las esperaban encontraron; con los cuales sin ninguna demora a la saetía subidas, dieron los reinos al agua y se fueron, y sin detenerse un punto en ningún lugar, a la tarde siguiente llegaron a Génova, donde los noveles amantes gozo y placer por primera vez tomaron de su amor. Y proveyéndose de aquello que necesitaban se fueron, y de un puerto en otro, antes de que llegase el día octavo, sin ningún impedimento llegaron a Creta, donde grandísimas y hermosas posesiones compraron, en las cuales, asaz cerca de Candia construyeron hermosísimas y deleitables mansiones; y allí con muchos sirvientes, con perros y con aves de presa y con caballos en convites y en fiestas y en placeres con sus mujeres lo más contentos del mundo a guisa de barones comenzaron a vivir.
Y viviendo de tal manera, sucedió (así como vemos suceder todos los días) que aunque las cosas mucho gusten, si se tienen en cantidad excesiva cansan, que a Restagnone, el cual mucho amado había a Ninetta, pudiéndola sin ningún temor tener a todo su placer, comenzó a cansarle, y por consiguiente, a fallarle el amor hacia ella. Y habiéndole en una fiesta sumamente agradado una joven del país, hermosa y noble señora, y cortejándola con toda asiduidad, comenzó a hacer por ella maravillosos gastos y fiestas, de lo que percatándose Ninetta, le entraron tantos celos de él que no podía dar un paso sin que ella lo supiera y sin que luego con palabras y con reproches a él y a ella no se atribulase. Pero así como la abundancia de las cosas engendra el fastidio, así multiplica el apetito el ser negadas las que se desean: y así los reproches de Ninetta acrecentaban las llamas del nuevo amor de Restagnone; y como con el paso del tiempo aconteciese o que Restagnone la intimidad de la mujer amada tuviese o que no, Ninetta, quienquiera que se lo dijese, lo tuvo por cierto, con lo que cayó en tanta tristeza, y de ella en tanta ira y subsiguientemente a tanto furor pasó que, convertido el amor que a Restagnone tenía en amargo odio, cegada por la ira, pensó con la muerte de Restagnone vengar la vergüenza que le parecía haber recibido.
Y hecha venir a una vieja griega, gran maestra en componer venenos, con promesas y con dones la condujo a hacer un agua mortífera, la que ella, sin aconsejarse con nadie, una noche a Restagnone acalorado y que aquello no temía le dio a beber. El poder de aquello fue tal que antes de que llegase la mañana lo había matado; cuya muerte, sintiendo Folco y Ughetto y sus mujeres, sin saber que de veneno hubiese muerto, junto con Ninetta amargamente lloraron y honradamente lo hicieron sepultar. Pero sucedió no muchos días después que, por otra malvada acción, fue apresada la vieja que a Ninetta el agua envenenada le había preparado, la cual, entre sus otras maldades, al darle tortura, confesó ésta, claramente mostrando lo que por ello había sucedido; por lo que el duque de Creta, sin nada decir, ocultamente una noche fue a los alrededores de la villa de Folco, y sin alboroto ni oposición ninguna, se llevó presa a Ninetta, de la cual, sin ninguna tortura, prestísimamente lo que oír quería obtuvo sobre la muerte de Restagnone.
Folco y Ughetto ocultamente le habían oído al duque, y a sus mujeres, por qué había sido apresada Ninetta; lo que mucho les dolió, y todo trabajo ponían en hacer que Ninetta escapase al fuego, al que creían que sería condenada, como quien muy bien merecido lo tenía, porque el duque firme estaba en querer hacer justicia. Maddalena, que hermosa joven era y largamente había sido cortejada por el duque sin nunca haber querido hacer nada que él desease, imaginando que si le daba gusto podría librar a la hermana del fuego, por un cauto embajador se lo dio a entender, que ella estaba por completo a sus órdenes si dos cosas se siguiesen de ello; la primera, que recuperase a su hermana salva y libre; la otra, que esto fuese cosa secreta. El duque, oída la embajada y agradándole, largamente consideró si debía hacerlo y al final estuvo de acuerdo y repuso que estaba pronto. Haciendo, pues, con consentimiento de la señora (como si de ellos quisiera informarse del asunto) detener una noche a Folco y a Ughetto, fue secretamente a albergarse con Maddalena; y fingiendo primero haber puesto a Ninetta dentro de un saco y deber aquella noche misma arrojar al mar con una piedra atada al cuello, con él se la llevó a su hermana y por precio de aquella noche se la dio, rogándole al irse por la mañana que aquella noche, que había sido la primera de su amor, no fuese la última, y además de esto le ordenó que de allí hiciese partir a la mujer culpable para que no le fuese reprochado aquello y no tuviese que empezar de nuevo a maltratarla.
A la mañana siguiente, Folco y Ughetto, habiendo oído que Ninetta por la noche había sido arrojada al mar, y creyéndolo, fueron liberados; y a su casa para consolar a sus mujeres de la muerte de la hermana retornados, por mucho que Maddalena se ingeniase en esconderla mucho, Folco se dio cuenta de que estaba allí; de lo que se maravilló mucho y súbitamente sospechó, habiendo ya oído que el duque había cortejado a Maddalena, y le preguntó cómo podía ser que Ninetta estuviese aquí. Maddalena urdió una larga fábula para querérselo explicar, poco por él (que era malicioso) creída, y a decir la verdad la constriñó; y ella, luego de muchas palabras, se la dijo.
Folco, vencido por el dolor y montando en ira, desenvainada una espada, a ella que en vano le pedía merced, la mató; y temiendo la ira y la justicia del duque, dejándola muerta en la alcoba, se fue donde Ninetta estaba, y con rostro infinitamentea legre, le dijo:
—Vamos pronto allí donde tu hermana ha determinado que te lleve para que no vuelvas a manos del duque.
La cual cosa creyendo Ninetta, y como temerosa, deseando irse, con Folco, sin otra despedida buscar de su hermana, siendo ya de noche, se puso en camino, y con aquellos dineros a que Folco pudo echar mano, que fueron pocos; y yéndose al puerto, subieron a una barca y nunca más se supo dónde llegaron. Venido el día siguiente y  siendo Maddalena hallada muerta, hubo algunos que por envidia y odio que tenían a Ughetto, rápidamente al duque se lo hicieron saber, por la cual cosa el duque, que mucho amaba a Maddalena, corriendo fogosamente a la casa, a Ughetto apresó y a su mujer, que de estas cosas todavía nada sabían, esto es de la partida de Folco y Ninetta, los constriñó a confesar que ellos juntos con Folco habían sido culpables de la muerte de Maddalena. Por cuya confesión ellos, fundadamente temiendo la muerte, con gran habilidad a quienes los guardaban corrompieron, dándoles una cierta cantidad de dineros que en su casa escondidos para los casos necesarios guardaban: y junto con los guardias, sin tener espacio de poder coger ninguna de sus cosas, montándose en una barca, de noche se escaparon a Rodas, donde en pobreza y miseria vivieron no mucho tiempo. Pues a semejante partido el loco amor de Restagnone y la ira de Ninetta les condujeron a ellos y a los demás.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 23 Abr 2020, 05:42

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NOVELA CUARTA

Gerbino, contra la palabra dada al rey Guilielmo, su abuelo, combate una nave del rey de Túnez para quitarle a una hija suya; y matada ésta por los que allí iban, los mata, y a él luego le cortan la cabeza.

Laureta callaba, una vez terminada su novela, y, entre la compañía, quién con uno, quién con otro de la desgracia de los amantes se dolía, y quién reprobaba la ira de Ninetta, y unos una cosa y otros otra decían, cuando el rey, como saliendo de un profundo pensamiento, alzó el rostro y a Elisa le hizo señal de continuar narrando; la cual gentilmente comenzó:
Amables señoras, muchos son los que creen que Amor solamente por las miradas encendido, envía sus saetas, burlándose de quienes sostener quieren que alguien por el oído pueda enamorarse, y que éstos están engañados aparecerá asaz claramente en una novela que contar entiendo, en la que no solamente por la fama, sin haberse visto nunca, veréis que ha obrado sino también cómo a mísera muerte condujo a cada uno os será manifiesto.
Guilielmo II, rey de Sicilia, según dicen los sicilianos, tuvo dos hijos, uno varón llamado Ruggiero, la otra mujer, llamada Constanza. El cual Ruggiero, muriendo antes que su padre, dejó un hijo llamado Gerbino, el cual, con solicitud educado por su abuelo, se hizo un joven hermosísimo y famoso en bizarría y en cortesía. Y no dentro de los límites de Sicilia se quedó encerrada su fama, sino que en varias partes del mundo sonando, era clarísima en Berbería, que en aquellos tiempos era tributaria del rey de Sicilia. Y entre los demás a cuyos oídos la magnífica fama de la virtud y la cortesía de Gerbino llegaron, hubo una hija del rey de Túnez, la cual, según lo que todos los que la veían decían, era una de las más hermosas criaturas que nunca por la naturaleza hubiera sido formada, y la más cortés y de ánimo grande y noble. La cual, gustando de oír hablar de los hombres valerosos, con tanto afecto retuvo las cosas valerosamente hechas por Gerbino que unos y otros contaban, y tanto le agradaban, que dándole vueltas en su imaginación a cómo debía ser él, ardientemente se enamoró, y con más agrado que de otros hablaba de él y a quien de él hablaba escuchaba.
Por otra parte, había también, como a otros lugares, llegado a Sicilia la grandísima fama de la belleza y del valor de ella, y no sin gran deleite ni en vano había alcanzado los oídos de Gerbino; así, no menos que la joven se había inflamado por él, él por ella se había inflamado. Por la cual cosa, hasta tanto que con conveniente razón de su abuelo la licencia pidiese para ir a Túnez, deseoso sobremanera de verla, a todo amigo suyo que allí iba, ordenaba que en cuanto estuviera en su poder le comunicase su secreto y gran amor del modo que mejor le pareciese y le trajese de ella noticia. De los cuales, uno lo hizo muy sagazmente llevándole joyas de mujer para que las viese, del modo que hacen los mercaderes, y por completo manifestándole el ardor de Gerbino, él y sus cosas le ofreció dispuestas a sus mandatos; la cual, con alegre rostro el embajador y la embajada recibió; y respondiéndole que ella en igual amor ardía, una de sus más preciosas joyas en testimonio de ello le mandó. La cual recibió Gerbino con tanta alegría como pueda recibirse la cosa más querida, y por aquel mismo muchas veces le escribió y le mandó preciosísimos presentes, haciendo con ella ciertos conciertos para, si la fortuna lo permitiese, verse y tocarse.
Pero andando las cosas de esta guisa y un poco más lejos de lo que hubiera sido necesario ardiendo por una parte la joven y por otra Gerbino, sucedió que el rey de Túnez la casó con el rey de Granada, de lo que ella se afligió sobremanera, pensando que no solamente con larga distancia se alejaba de su amante sino que casi por completo le era arrebatada; y si hubiera habido manera, de buena gana, para que aquello no sucediese, hubiera huido del padre y se hubiera reunido con Gerbino. Del mismo modo, Gerbino, enterado de este matrimonio, sin medida doliente vivía y pensando si pudiese hallar alguna manera de poder llevársela por la fuerza, si sucediese que por mar fuese al marido. El rey de Túnez, oyendo algo de este amor y de la determinación de Gerbino, y temiendo su valor y su poder, llegando el tiempo en que debía mandarla, hizo saber al rey Guilielmo lo que quería hacer y que entendía hacerlo si él le aseguraba que ni Gerbino ni otro se lo impediría.
El rey Guilielmo, que viejo era y no había oído nada del enamoramiento de Gerbino, no imaginándose que por ello se le pidiese tal garantía, lo concedió de buena gana y en señal de ello mandó al rey de Túnez su guante. El cual, después de que la seguridad hubo recibido, hizo preparar una grandísima y hermosa nave en el puerto de Cartago y abastecerla con todo lo que fuera necesario, y adornarla y prepararla, para mandar en ella a su hija a Granada; y no esperaba sino el tiempo favorable. La joven señora, que todo esto sabía y veía, ocultamente mandó a Palermo a un servidor suyo y le ordenó que al bellido Gerbino saludase de su parte y le dijera cómo iba a irse a Granada pocos días después; por lo que ahora se vería si era hombre tan valiente como se decía y si tanto la amaba como muchas veces le había significado. Aquel a quien le fue ordenada, óptimamente cumplió su embajada y se volvió a Túnez. Gerbino, al oír esto, y sabiendo
que el rey Guilielmo su abuelo había otorgado la seguridad al rey de Túnez, no sabía qué hacerse; pero empujado por el amor, habiendo escuchado las palabras de la señora y para no parecer vil, yendo a Mesina, allí hizo prestamente armar dos galeras ligeras, y haciendo subir a ellas valientes hombres, con ellos se fue junto a Cerdeña, pensando que por allí debía pasar la nave de la señora. Y no tardó en realizarse su pensamiento, porque después de que allí pocos días hubo estado, la nave, con poco viento y no lejana al lugar donde se había apostado esperándola, apareció.
Viendo la cual, Gerbino, a sus compañeros dijo:
—Señores, si sois tan valerosos como pienso, ninguno de vosotros creo que esté sin haber sentido o sentir amor, sin el cual, como por mí mismo juzgo, ningún mortal puede ninguna virtud o bien tener en sí; y si enamorados habéis estado o estáis, fácil cosa os será comprender mi deseo. Yo amo: Amor me indujo a daros la presente fatiga, y lo que amo, en la nave que se ve ahí delante está, la cual, junto con la cosa que yo más deseo, va llena de grandísimas riquezas, las cuales, si hombres valerosos sois, con poca fatiga, virilmente combatiendo, podemos conquistar; de cuya victoria no busco quedarme sino con una mujer por cuyo amor muevo las armas; todas las demás cosas sean vuestras libremente desde ahora. Vamos, pues, y con buenaventura asaltemos la nave mientras Dios, favorable a nuestra empresa, sin prestarle viento nos la tiene inmóvil.
No necesitaba el bellido Gerbino tantas palabras porque los mesinenses que con él estaban, deseosos del botín, ya en su ánimo estaban dispuestos a hacer aquello a lo que Gerbino les alentaba con las palabras; por lo que, haciendo un grandísimo alboroto, al final de sus palabras, para que así fuese sonaron las trompetas, y empuñando las armas dieron los remos al agua y a la nave llegaron. Los que en la nave estaban, viendo de lejos venir las galeras, no pudiéndose ir, se aprestaron a la defensa. El bellido Gerbino, llegado a ella, ordenó que los patrones a las galeras fuesen llevados si no querían batalla. Los sarracenos, asegurados de quiénes eran y qué pedían, dijeron que se les asaltaba contra la palabra empeñada con ellos por el rey suyo, y en señal de ello mostraron el guante del rey Guilielmo y del todo se negaron, si no eran vencidos en batalla, a rendirse o a darle nada que hubiera en la nave. Gerbino, que en la popa de la nave había visto a la señora, mucho más hermosa de lo que él ya pensaba, mucho más inflamado en amor que antes, al mostrarle el guante repuso que allí no había en aquel momento halcones para los que se necesitase un guante, y que por ello, si no querían entregarles a la señora, que se preparasen a la batalla. La que, sin esperar más, a arrojarse saetas y piedras el uno contra el otro fieramente comenzaron y largamente con daño de cada una de las partes en tal guisa combatieron.
Por último, viéndose Gerbino sin mucho provecho, tomando una barquichuela que de Cerdeña llevado había, y prendiéndole fuego, con las dos galeras la acostó a la nave; lo que viendo los sarracenos y conociendo que por necesidad debían o rendirse o morir, haciendo a cubierta venir a la hija del rey, que bajo cubierta lloraba, y llevándola a la proa de la nave y llamando a Gerbino, ante sus ojos, a ella, que pedía merced y ayuda, le cortaron las venas y arrojándola al mar dijeron:
—Tómala, te la damos como podemos y como tu lealtad la ha merecido.
Gerbino, viendo su crueldad, deseoso de morir, no preocupándose por saetas ni por piedras, a la nave se hizo acercar, y subiendo a ella a pesar de cuantos allí iban, no de otra manera que un león famélico entra en una manada de becerros, ora a éste ora a aquél desangrando y primero con los dientes y con las uñas su ira sacia que el hambre, con una espada en la mano ora a éste ora a aquél cortando de los sarracenos, cruelmente a muchos mató Gerbino; creciendo ya el fuego en la encendida nave, haciendo a los marineros coger lo que pudieran como recompensa, abajo se fue con aquella poco alegre victoria conseguida sobre sus enemigos. Luego, haciendo el cuerpo de la hermosa señora recoger del mar, largamente y con muchas lágrimas la lloró, y volviéndose a Sicilia, en Ustica, pequeñísima isla casi enfrente de Trápani, honradamente la hizo sepultar, y a su casa se fue más dolorido que ningún hombre. El rey de Túnez, conocida la noticia, a sus embajadores de negro vestidos, envió al rey Guilielmo, doliéndose de que la palabra dada mal había sido cumplida, y le contaron cómo. Por lo que el rey Guilielmo, fuertemente airado, no viendo manera de poder negarles la justicia que pedían, hizo apresar a Gerbino, y él mismo, no habiendo ninguno de sus barones que con ruegos se esforzase en disuadirlo, le condenó a muerte y en presencia suya le hizo cortar la cabeza, queriendo antes quedarse sin nieto que tenido por un rey sin honor. Así, en pocos días, tan miserablemente los dos amantes, sin haber gustado ningún fruto de su amor, de mala muerte murieron, como os he contado.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 24 Abr 2020, 03:33

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NOVELA QUINTA

Los hermanos de Isabetta matan a su amante, éste se le aparece en sueños y le muestra dónde está enterrado, ella ocultamente le desentierra la cabeza y la pone en un tiesto de albahaca y llorando sobre él todos los días durante mucho tiempo, sus hermanos se lo quitan y ella se muere de dolor poco después.

Terminada la historia de Elisa y alabada por el rey durante un rato, a Filomena le fue ordenado que contase: la cual, llena de compasión por el mísero Gerbino y su señora, luego de un piadoso suspiro, comenzó:
Mi historia, graciosas señoras, no será sobre gentes de tan alta condición como fueron aquéllas sobre quienes Elisa ha hablado, pero acaso no será menos digna de lástima; y a acordarme de ella me trae Mesina, ha poco recordada, donde sucedió el caso.
Había, pues, en Mesina tres jóvenes hermanos y mercaderes, y hombres, que habían quedado siendo bastante ricos después de la muerte de su padre, que era de San Gimigniano, y tenían una hermana llamada Elisabetta, joven muy hermosa y cortés, a quien, fuera cual fuese la razón, todavía no habían casado. Y tenían además estos tres hermanos, en un almacén suyo, a un mozo paisano llamado Lorenzo, que todos sus asuntos dirigía y hacía, el cual, siendo asaz hermoso de persona y muy gallardo, habiéndolo muchas veces visto Isabetta, sucedió que empezó a gustarle extraordinariamente, de lo que Lorenzo se percató y una vez y otra, semejantemente, abandonando todos sus otros amoríos, comenzó a poner en ella el ánimo; y de tal modo anduvo el asunto que, gustándose el uno al otro igualmente, no pasó mucho tiempo sin que se atrevieran a hacer lo que los dos más deseaban.
Y continuando en ello y pasando juntos muchos buenos ratos y placenteros, no supieron obrar tan secretamente que una noche, yendo Isabetta calladamente allí donde Lorenzo dormía, el mayor de los hermanos, sin advertirlo ella, no lo advirtiese; el cual, porque era un prudente joven, aunque muy doloroso le fue enterarse de aquello, movido por muy honesto propósito, sin hacer un ruido ni decir cosa alguna, dándole vuelta a varios pensamientos sobre aquel asunto, esperó a la mañana siguiente. Después, venido el día, a sus hermanos contó lo que la pasada noche había visto entre Isabetta y Lorenzo, y junto con ellos, después de largo consejo, deliberó para que sobre su hermana no cayese ninguna infamia, pasar aquello en silencio y fingir no haber visto ni sabido nada de ello hasta que llegara el momento en que, sin daño ni deshonra suya, esta afrenta antes de que más adelante siguiera pudiesen lavarse. Y quedando en tal disposición charlando y riendo con Lorenzo tal como acostumbraban, sucedió que fingiendo irse fuera de la ciudad para solazarse llevaron los tres consigo a Lorenzo; y llegados a un lugar muy solitario y remoto, viéndose con ventaja, a Lorenzo, que de aquello nada se guardaba, mataron y enterraron de manera que nadie pudiera percatarse; y vueltos a Mesina corrieron la voz de que lo habían mandado a algún lugar, lo que fácilmente fue creído porque muchas veces solían mandarlo de viaje.
No volviendo Lorenzo, e Isabetta muy frecuente y solícitamente preguntando por él a sus hermanos, como a quien la larga tardanza pesaba, sucedió un día que preguntándole ella muy insistentemente, uno de sus hermanos le dijo:
—¿Qué quiere decir esto? ¿Qué tienes que ver tú con Lorenzo que me preguntas por él tanto? Si vuelves a preguntarnos te daremos la contestación que mereces.
Por lo que la joven, doliente y triste, temerosa y no sabiendo de qué, dejó de preguntarles, y muchas veces por la noche lastímeramente lo llamaba y le pedía que viniese, y algunas veces con muchas lágrimas de su larga ausencia se quejaba y sin consolarse estaba siempre esperándolo.
Sucedió una noche que, habiendo llorado mucho a Lorenzo que no volvía y habiéndose al fin quedado dormida, Lorenzo se le apareció en sueños, pálido y todo despeinado, y con las ropas desgarradas y podridas, y le pareció que le dijo:
—Oh, Isabetta, no haces más que llamarme y de mi larga tardanza te entristeces y con tus lágrimas duramente me acusas; y por ello, sabe que no puedo volver ahí, porque el último día que me viste tus hermanos me mataron.
Y describiéndole el lugar donde lo habían enterrado, le dijo que no lo llamase más ni lo esperase. La joven, despertándose y dando fe a la visión, amargamente lloró; después, levantándose por la mañana, no atreviéndose a decir nada a sus hermanos, se propuso ir al lugar que le había sido mostrado y ver si era verdad lo que en sueños se le había aparecido. Y obteniendo licencia de sus hermanos para salir algún tiempo de la ciudad a pasearse en compañía de una que otras veces con ellos había estado y todos sus asuntos sabía, lo antes que pudo allá se fue, y apartando las hojas secas que había en el suelo, donde la tierra le pareció menos dura allí cavó; y no había cavado mucho cuando encontró el cuerpo de su mísero amante en nada estropeado ni corrompido; por lo que claramente conoció que su visión había sido verdadera. De lo que más que mujer alguna adolorida, conociendo que no era aquél lugar de llantos, si hubiera podido todo el cuerpo se hubiese llevado para darle sepultura más conveniente; pero viendo que no podía ser, con un cuchillo lo mejor que pudo le separó la cabeza del tronco y, envolviéndola en una toalla y arrojando la tierra sobre el resto del cuerpo, poniéndosela en el regazo a la criada, sin ser vista por nadie, se fue de allí y se volvió a su casa.
Allí, con esta cabeza en su alcoba encerrándose, sobre ella lloró larga y amargamente hasta que la lavó con sus lágrimas, dándole mil besos en todas partes. Luego cogió un tiesto grande y hermoso, de esos donde se planta la mejorana o la albahaca, y la puso dentro envuelta en un hermoso paño, y luego, poniendo encima la tierra, sobre ella plantó algunas matas de hermosísima albahaca salernitana, y con ninguna otra agua sino con aguade rosas o de azahares o con sus lágrimas la regaba; y había tomado la costumbre de estar siempre cerca de este tiesto, y de cuidarlo con todo su afán, como que tenía oculto a su Lorenzo, y luego de que lo había cuidado mucho, poniéndose junto a él, empezaba a llorar, y mucho tiempo, hasta que toda la albahaca humedecía, lloraba. La albahaca, tanto por la larga y continua solicitud como por la riqueza de la tierra procedente de la cabeza corrompida que en ella había, se puso hermosísima y muy olorosa.
Y continuando la joven siempre de esta manera, muchas veces la vieron sus vecinos; los cuales, al maravillarse sus hermanos de su estropeada hermosura y de que los ojos parecían salírsele de la cara, les dijeron:
—Nos hemos apercibido de que todos los días actúa de tal manera.
Lo que, oyendo sus hermanos y advirtiéndolo ellos, habiéndola reprendido alguna vez y no sirviendo de nada, ocultamente hicieron quitarle aquel tiesto. Y no encontrándolo ella, con grandísima insistencia lo pidió muchas veces, y no devolviéndoselo, no cesando en el llanto y las lágrimas, enfermó y en su enfermedad no pedía otra cosa que el tiesto. Los jóvenes se maravillaron mucho de esta petición y por ello quisieron ver lo que había dentro; y vertida la tierra vieron el paño y en él la cabeza todavía no tan consumida que en el cabello rizado no conocieran que era la de Lorenzo. Por lo que se maravillaron mucho y temieron que aquello se supiera; y enterrándola sin decir nada ocultamente salieron de Mesina y ordenando la manera de irse de allí se fueron a Nápoles. No dejando de llorar la joven y siempre pidiendo su tiesto llorando murió y así tuvo fin su desventurado amor; pero después de cierto tiempo, siendo esto sabido por muchos hubo alguien que compuso aquella canción que todavía se canta hoy y dice:
Quién sería el mal cristiano
que el albahaquero me robó
,etc.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 25 Abr 2020, 14:49

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NOVELA SEXTA

Andreuola ama a Gabyiotto; le cuenta un sueño que ha tenido y él a ella otro; repentinamente se muere en sus brazos, mientras ella con una criada a su casa lo llevan son apresadas por la señoría, y ella dice lo que ha sucedido; el podestá la quiere forzar, ella no lo sufre, se entera su padre y, hallándola inocente, la hace liberar, ella, rehusando seguir en el mundo, se hace monja.


La historia que Filomena había contado fue muy apreciada por las señoras porque muchas veces habían oído cantar aquella canción y nunca habían podido, a pesar de preguntarlo, saber con qué ocasión había sido compuesta. Pero habiendo el rey su final oído, a Pánfilo le ordenó que continuase el orden. Pánfilo, entonces, dijo:
El sueño contado en la pasada historia me da materia para contaros una en la cual se habla de dos, que sobre cosas que debían pasar, como si hubieran ya sucedido, versaban, y apenas hubieron terminado de contarse por quienes las habían visto cuando tuvieron los dos efecto. Y así, amorosas señoras, debéis saber que general impresión es de todos los vivientes ver varias cosas en su sueño, las cuales, aunque a quien duerme, durmiendo le parecen todas verdaderas, y despertándose juzgue verdaderas algunas, algunas verosímiles y una parte fuera de toda verosimilitud, no menos resulta que muchas de ellas suceden. Por la cual cosa, muchos prestan tanta fe a cada sueño cuanta prestarían a las cosas que vieran estando en vigilia, y con sus mismos sueños se entristecen o se alegran como por lo que temen o esperan, y por el contrario, hay quienes en ninguno creen sino después de que se ven caer en el peligro que les ha sido mostrado; de los cuales, ni a unos ni a otros alabo, porque no siempre son verdaderos ni todas las veces falsos.
Que no son todos verdaderos, muchas veces todos nosotros hemos tenido ocasión de verlo, y que todos no son falsos, ya antes en la historia de Filomena se ha mostrado, y en la mía, como ya he dicho, entiendo mostrarlo. Por lo que juzgo que si se vive virtuosamente y se obra, a ningún sueño contrario a ello debe temerse y no dejar por él los buenos propósitos; en las cosas perversas y malvadas, aunque los sueños parezcan favorables a ellas y con visiones propicias a quienes los ven animen, nadie debe creer; y así, en su contrario, dar a todos completa fe. Pero vengamos a la historia.
Hubo en la ciudad de Brescia un gentilhombre llamado micer Negro de Pontecarrato, el cual, entre otros muchos hijos, tenía una hija, llamada Andreuola, muy joven y hermosa y sin marido, la cual, por ventura de un vecino suyo cuyo nombre era Gabriotto, se enamoró, hombre de baja condición aunque de loables costumbres lleno y en su persona hermoso y amable; y con la intervención y la ayuda de la nodriza de la casa tanto anduvo la joven, que Cabriotto supo no sólo que era amado por Andreuola, sino que fue llevado mucho a un hermoso jardín del padre de ella, y muchas veces con deleite de una y de otra parte; y para que ninguna razón nunca sino la muerte pudiera separar su deleitoso amor, marido y mujer secretamente se hicieron. Y del mismo modo, furtivamente, confirmando sus ayuntamientos, sucedió que a la joven una noche, durmiendo, le pareció ver en sueños que estaba en su jardín con Gabriotto y que le tenía entre sus brazos con grandísimo placer de ambos; y mientras así estaban le pareció ver salir del cuerpo de él una cosa oscura y terrible cuya forma ella no podía reconocer, y le parecía que esta cosa cogiese a Gabriotto y contra su voluntad con espantosa fuerza se lo arrancase de los brazos y con él se escondiese dentro de la tierra y no pudiese ver más ni al uno ni a la otra; por lo que muy gran dolor e imponderable sentía, y por ello se despertó, y despierta, aunque fuese viendo que no era así como lo había soñado, no por ello dejó de sentir miedo por el sueño visto.
Y por esto, queriendo luego Gabriotto la noche siguiente venir a donde ella, cuanto pudo se esforzó en hacer que no viniese por la noche allí; pero, viendo su voluntad, para que de otro no fuese a sospechar, la noche siguiente lo recibió en su jardín. Y habiendo muchas rosas blancas y bermejas cogido, porque era tiempo de ellas, con él junto a una bellísima fuente y clara que en el jardín había, se fue a estar, y allí, después de una grande y muy larga fiesta que disfrutaron juntos, Gabriotto le preguntó cuál era la razón por la que le había prohibido venir el día antes.
La joven, contándole el sueño tenido por ella la noche antes y el temor que le había dado, se la explicó. Gabriotto, al oírla, se rió y dijo que gran necedad era creer en sueños porque o por exceso de comida o por falta de ella sucedían, y que eran todos vanos se veía cada día; y luego dijo:
—Si yo hubiese querido hacer caso de sueños no habría venido aquí, no tanto por el tuyo sino por uno que también tuve esta noche pasada, el cual fue que me parecía estar en una hermosa y deleitosa selva por la que iba cazando, y haber cogido una cabritilla tan bella y tan placentera como la mejor que se haya visto; y me parecía que era más blanca que la nieve y en breve espacio se hizo tan amiga mía que en ningún momento se separaba de mí. Y me parecía que la quería tanto que para que no se separase de mí me parecía que le había puesto en la garganta un collar de oro y con una cadena de oro la sujetaba entre las manos. Y después de esto me parecía que, descansando esta cabritilla una vez y teniéndome la cabeza en el regazo, salió de no sé dónde una perra negra como el carbón, muy hambrienta y espantosa en su apariencia, y se vino hacia mí, contra la que ninguna resistencia me parecía hacer; por lo que me parecía que me metía el hocico en el seno en el lado izquierdo, y tanto lo roía que llegaba al corazón, que parecía que me arrancaba para llevárselo. Por lo que sentía tal dolor que mi sueño se interrumpió y, despierto,con la mano súbitamente corrí a palpar si algo tenía en el costado; pero no encontrándome el mal me burlé de mí mismo por haberlo hecho. Pero ¿qué quiere decir esto? Tales y más espantosos he tenido más veces y no por ello me ha sucedido nada más ni nada menos; y por ello olvídate de eso y pensemos en disfrutar.
La joven, por su sueño ya muy espantada, al oír esto lo estuvo mucho más, pero para no ser ocasión de enfado a Gabriotto, lo más que pudo ocultó su miedo; y aunque abrazándolo y besándolo algunas veces y siendo por él abrazada y besada se solazase, temerosa y no sabiendo de qué, más de lo acostumbrado muchas veces le miraba a la cara y de vez en cuando miraba por el jardín por si alguna cosa negra viese venir de alguna parte.
Y estando de esta manera, Cabriotto, lanzando un gran suspiro, la abrazó y dijo:
—¡Ay de mí, alma mía, ayúdame que me muero!
Y dicho esto, cayó en tierra sobre la hierba del pradecillo.
Lo que viendo la joven y caído como estaba, apoyándoselo en el regazo, casi llorando dijo:
—Oh, dulce señor mío, ¿qué te pasa?
Gabriotto no respondió sino que jadeando fuertemente y sudando todo, luego de no mucho tiempo, pasó de la presente vida.
Cuán duro y doloroso fue esto para la joven, que más que a sí misma lo amaba, cada una debe imaginarlo. Ella lo lloró mucho, y muchas veces lo llamó en vano, pero luego de que se apercibió de que estaba verdaderamente muerto, habiéndolo tocado por todas las partes del cuerpo y en todas encontrándolo frío, no sabiendo qué hacerse ni qué decir, lacrimosa como estaba y llena de angustia, se fue a llamar a su nodriza, que de este amor era cómplice, y su miseria y su dolor le mostró. Y luego de que míseramente juntas un tanto hubieron llorado sobre el muerto rostro de Cabriotto, dijo la joven a la nodriza:
—Puesto que Dios me lo ha quitado, no entiendo seguir yo con vida pero antes de que llegue a matarme, querría que buscásemos una manera conveniente de proteger mi honor y el secreto amor que ha habido entre nosotros y que el cuerpo del cual la graciosísima alma ha partido fuese sepultado.
A lo que la nodriza dijo:
—Hija mía, no hables de querer matarte, porque si lo has perdido, matándote también lo perderías en el otro mundo porque irías al infierno, donde estoy cierta que su alma no ha ido porque bueno fue; pero mucho mejor es que te consueles y pienses en ayudar con oraciones o con otras buenas obras a su alma, por si por algún pecado cometido tiene necesidad de ello. Sepultarlo es muy fácil hacerlo en este jardín, lo que nadie sabrá nunca porque nadie sabe que nunca él haya venido aquí, y si no lo quieres así, pongámoslo fuera del jardín y dejémoslo: mañana por la mañana lo encontrarán y llevándolo a su casa será sepultado por sus parientes.
La joven, aunque estuviese llena de amargura y continuamente llorase, escuchaba sin embargo los consejos de su nodriza, y no estando de acuerdo en la primera parte, repuso a la segunda, diciendo:
—No quiera Dios que un joven tan valioso y tan amado por mí y marido mío sufra que sea sepultado a guisa de un perro o dejado en tierra en la calle. Ha recibido mis lágrimas y, como yo pueda, recibirá las de sus parientes, y ya me viene al ánimo lo que tenemos que hacer.
Y prestamente a por una pieza de paño de seda que tenía en su arca la mandó; y traída aquélla y extendiéndola en tierra, encima pusieron el cuerpo de Gabriotto, y poniéndole la cabeza sobre una almohada y cerrándole con muchas lágrimas los ojos y la boca, y haciéndole una guirnalda de rosas y poniéndole alrededor las rosas que habían cogido juntos, dijo a la nodriza:
—De aquí a la puerta de su casa hay poco camino, y por ello tú y yo, así como lo hemos arreglado, lo llevaremos de aquí y lo pondremos delante de su casa. No tardará mucho tiempo en hacerse de día y lo recogerán, y aunque para los suyos no sea esto ningún consuelo, para mí, en cuyos brazos ha muerto, será un placer.
Y dicho esto, de nuevo con abundantísimas lágrimas se le inclinó sobre el rostro y largo espacio estuvo llorando, la cual, muy requerida por la criada, porque venía el día, irguiéndose, el mismo anillo con el que se había desposado con Gabriotto quitándose del dedo, se lo puso en el dedo a él, diciendo entre llanto:
—Caro señor mío, si tu alma ve mis lágrimas y algún conocimiento o sentimiento después de su partida queda en los cuerpos, recibe benignamente el último don de esta a quien viviendo amaste tanto.
Y dicho esto, desvanecida, cayó encima de él, y luego de algún tiempo volviendo en sí y poniéndose en pie, junto con la criada cogiendo el paño sobre el que yacía el cuerpo, con él salieron del jardín y hacia la casa de él se enderezaron.
Y yendo así, sucedió por casualidad que por los guardias del podestá, que por azar iban a aquella hora a algún asunto, fueron encontradas y prendidas con el cuerpo muerto.
La Andreuola, más deseosa de morir que de vivir, reconocidos los guardas de la señoría, francamente dijo:
—Sé quiénes sois y que querer huir de nada me serviría; estoy dispuesta a ir con vos ante la señoría, y lo que sea contar; pero ninguno se atreva a tocarme, si os obedezco, ni a quitar nada de lo que lleva este cuerpo si no quiere que yo le acuse.
Por lo que, sin que ninguno la tocase, con el cuerpo de Gabriotto se fue a palacio; lo cual oyendo el podestá, se levantó, y haciéndola venir a la alcoba, de lo que había sucedido se informó, y habiendo hecho mirar por algunos médicos si con veneno o de otra manera había sido muerto el buen hombre, todos afirmaron que no sino que algún acceso cercano al corazón se le había roto que lo había ahogado. Y él, oído esto y que aquélla en poca cosa era culpable, se ingenió en parecer que le daba lo que no podía venderle, y dijo que si ella su voluntad hiciese, la liberaría.
Pero no sirviéndole las palabras, quiso contra toda conveniencia usar la fuerza; pero Andreuola, encendida en desdén y sintiéndose fortísima, virilmente se defendió, rechazándolo con injuriosas y altivas palabras. Pero llegado el día claro y siéndole contadas estas cosas a micer Negro, mortalmente dolido se fue con muchos de sus amigos a palacio y allí, informado de todo por el podestá, pidió que le devolviesen a su hija. El podestá, queriendo primero acusarse de la fuerza que le había querido hacer que ser acusado por ella, alabando primero a la joven y su constancia, por probarla vino a decir que era lo que había hecho; por la cual cosa, viéndola de tanta firmeza, sumo amor había puesto en ella y si a él le agradaba, que su padre era, y a ella, no obstante haber tenido marido de baja condición, de buen grado como mujer la tomaría.
En este tiempo que así éstos hablaban, Andreuola vino ante su padre y llorando se le arrojó a los pies y dijo:
—Padre mío, no creo que sea necesario que la historia de mi atrevimiento y de mi desgracia os cuente, que estoy cierta de que ya la habéis oído y lo sabéis; y por ello cuanto más puedo humildemente perdón os pido de mi falta, esto es, de haber, sin vos saberlo, a quien más me placía tomado por marido; y este perdón no os lo pido para que me sea perdonada la vida sino para morir como hija vuestra y no como vuestra enemiga.
Y así, llorando, cayó a sus pies.
Micer Negro, que viejo era ya y hombre benigno y amoroso por naturaleza, al oír estas palabras empezó a llorar, y llorando alzó a su hija tiernamente en pie, y dijo:
—Hija mía, mucho me hubiera gustado que hubieses tenido tal marido como según mi parecer te convenía; y si lo hubieras tomado tal como a ti te agradase debía también gustarme; pero el haberlo ocultado me hace dolerme de tu poca confianza, y más aún, viéndote que lo has perdido antes de haberlo sabido yo. Pero puesto que es así, lo que por contentarte, viviendo él, habría hecho con gusto, esto es, honrarle como a mi yerno hágasele a su muerte.
Y volviéndose a sus hijos y a sus parientes les ordeno que preparasen para Gabriotto exequias grandes y honorables. Habían entretanto acudido los padres y los parientes del joven, que se habían enterado de la noticia, y casi tantas mujeres y tantos hombres como en la ciudad había; por lo que, puesto en medio del patio el cuerpo sobre el paño de Andreuola y con todas sus rosas, allí no tan sólo por ella y por sus parientes fue llorado, sino públicamente casi por todas las mujeres de la ciudad y por muchos hombres, y no a guisa de plebeyo sino de señor sacado de la plaza pública a hombros de los más nobles ciudadanos, con grandísimo honor fue llevado a la sepultura. Y de allí a algunos días, insistiendo el podestá en lo que pedido había, exponiéndose micer Negro a su hija, ésta nada de ello quiso oír; pero queriendo en algo complacer a su padre, en un monasterio muy famoso por su santidad, ella y su nodriza monjas se hicieron, y honradamente luego en él vivieron mucho tiempo.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 26 Abr 2020, 05:36

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NOVELA SÉPTIMA

Simona ama a Pasquino; están juntos en un huerto; Pasquino se frota los dientes con una hoja de salvia y se muere; Simona es apresada, la cual, queriendo mostrar al juez cómo murió Pasquino, frotándose con una de aquellas hojas los dientes, muere del mismo modo.

Pánfilo se había desembarazado de su historia cuando el rey, no mostrando ninguna compasión por Andreuola, mirando a Emilia, le hizo un gesto significándole que le agradaría que siguiese con la narración a quienes ya habían hablado; la cual, sin ninguna demora, comenzó:
Caras compañeras, la historia contada por Pánfilo me induce a contar una en ninguna otra cosa semejante a la suya sino en que, así como Andreuola perdió el amante en el jardín, igual sucedió a aquella de quien debo hablar; y del mismo modo presa, como lo fue Andreuola, no por fuerza ni por virtud sino por inesperada muerte se libró de la justicia. Y como ya se ha dicho más veces entre nosotras, aunque Amor de buen grado habite en las casas de los nobles, no por ello rehúsa el señorío sobre las de los pobres y también en ellas muestra alguna vez sus fuerzas de tal manera que como poderosísimo señor se hace temer de los más ricos. Lo que aunque no en todo, en gran parte aparecerá en mi historia, con la que me place volver a nuestra ciudad, de la que hoy, contando diversas cosas diversamente, vagando por diversas partes del mundo, tanto nos hemos alejado.
Hubo, pues, no hace todavía mucho tiempo, en Florencia, una joven muy hermosa y gallarda para su condición, e hija de padre pobre, que se llamaba Simona; y aunque tuviera que ganarse con sus manos el pan que quería comer, y para subsistir hilase lana, no fue ello de tan pobre ánimo que no osase recibir a Amor en su mente, el cual con los actos y las palabras amables de un mozo de no más fuste que ella, que andaba dando lana a hilar para su maestro lanero, hacía tiempo que había mostrado querer entrar. Acogiéndolo, pues, en ella bajo el placentero aspecto del joven que la amaba, cuyo nombre era Pasquino, deseándolo mucho y no atreviéndose a nada más, hilando, a cada vuelta de lana hilada que enroscaba al huso arrojaba mil suspiros más calientes que el fuego al acordarse de aquel que para hilarla se la había dado.
Él, por otra parte, muy solícito habiéndose vuelto de que se hilase bien la lana de su maestro, como si sólo la que Simona hilaba, y no ninguna otra, debiese bastar a toda la tela, más frecuentemente que la otras las solicitaba. Por lo que, solicitando uno y la otra gozando al ser solicitada, sucedió que, cobrando el uno más osadía de la que solía tener y desechando la otra mucho del miedo y de la vergüenza que acostumbraba a tener, juntos se unieron en mutuos placeres, los cuales a una parte y a la otra agradaron tanto que no esperaba el uno a ser solicitado por el otro para ello, sino que uno invitaba al otro para disfrutarlos.
Y continuando así su placer de un día en otro, y siempre, al continuar, más inflamándose, sucedió que Pasquino dijo a Simona que firmemente quería que encontrase el modo de poder venir a un jardín adonde él quería llevarla, para que allí más a sus anchas y con menos temor pudiesen estar juntos. Simona dijo que le placía, y dando a entender a su padre, un domingo después de comer, que quería ir a la bendición de San Galo, con una compañera suya llamada Lagina, al jardín que le había mostrado Pasquino se fue, donde, junto con un compañero suyo que Puccino tenía por nombre, pero que era llamado el Tuerto, lo encontró, y allí, iniciándose un amorío entre el Tuerto y Lagina, ellos se retiraron a una parte del jardín a gustar de sus placeres y al Tuerto y a Lagina dejaron en otra.
Había en aquella parte del jardín donde Pasquino y Simona habían ido, una grandísima y hermosa mata de salvia; a cuyo pie se sentaron y un buen rato se solazaron juntos, y habiendo hablado mucho de una merienda que en aquel huerto, con ánimo reposado, querían hacer, Pasquino, volviéndose a la gran mata de salvia, cogió algunas hojas de ella y empezó a frotarse con ellas los dientes y las encías, diciendo que la salvia los limpiaba muy bien de cualquier cosa que hubiera quedado en ellos después de haber comido. Y luego de que, así, un poco los hubo frotado volvió a la conversación de la merienda de la que estaba hablando primero; y no había proseguido hablando casi nada cuando empezó a demudársele todo el rostro y luego de demudársele no pasó sin que perdiese la vista y la palabra y en breve se murió. Las cuales cosas viendo Simona empezó a llorar y a gritar y a llamar al Tuerto y a Lagina, los cuales prestamente corriendo allí y viendo a Pasquino no solamente muerto, sino ya todo hinchado y lleno de manchas oscuras por el rostro y por el cuerpo, súbitamente gritó el Tuerto:
—¡Ay, mujer malvada, lo has envenenado tú!
Y habiendo hecho un gran alboroto, fue oído por muchos que vivían cerca del jardín; los cuales, corrido el rumor y encontrándole muerto e hinchado, y oyendo dolerse al Tuerto y acusar a Simona de haberlo envenenado con engaños, y a ella, por el dolor del súbito accidente que le había arrebatado a su amante, casi fuera de sí, no sabiendo excusarse, fue reputado por todos que había sido como el Tuerto decía; por la cual cosa, apresándola, llorando siempre ella mucho, fue llevada al palacio del podestá. E insistiendo allí el Tuerto, y el Rechoncho y el Desmañado, compañeros de Pasquino que habían llegado, un juez sin dilatar el asunto se puso a interrogarla sobre el hecho y, no pudiendo comprender ella en qué podía haber obrado maliciosamente o ser culpable, quiso, estando él presente, ver el cuerpo muerto y decirle el lugar y el modo porque por las palabras suyas no lo comprendía bastante bien. Haciéndola, pues, sin ningún tumulto, llevar allí donde todavía yacía el cuerpo de Pasquino, le preguntó que cómo había sido. Ella, acercándose a la mata de salvia y habiendo contado toda la historia precedente para darle completamente a entender lo sucedido, hizo lo que Pasquino había hecho, frotándose contra los dientes una de aquellas hojas de salvia. Las cuales cosas, mientras que por el Tuerto y por el Rechoncho y por los otros amigos y compañeros de Pasquino, como frívolas y vanas en la presencia del juez eran rechazadas, y con más insistencia acusada su maldad, no pidiendo sino que el fuego fuese de semejante maldad castigo, la pobrecilla, que por el dolor del perdido amante y por el miedo de la pena pedida por el Tuerto estaba encogida, por haberse frotado la salvia en los dientes, sufrió aquel mismo accidente que antes había sufrido Pasquino, no sin gran maravilla de cuantos estaban presentes.
¡Oh, almas felices, a quienes un mismo día sucedió el ardiente amor y la mortal vida acabar; y más felices si juntas a un mismo lugar os fuisteis; y felicísimas si en la otra vida se ama, y os amáis como lo hicisteis en ésta! Pero mucho más feliz el alma de Simona en gran medida, por lo que respecta al juicio de quienes, vivos, tras de ella hemos quedado, cuya inocencia la fortuna no sufrió que cayese bajo los testimonios del Tuerto y del Rechoncho y del Desmañado (tal vez cardadores u hombres más villanos) abriéndole más honesto camino con la misma clase de muerte de su amante, para deshacerse de su calumnia y seguir al alma de su Pasquino, tan amada por ella.
El juez, todo estupefacto por el accidente junto con cuantos allí estaban, no sabiendo qué decirse, largamente calló; luego, con mejor juicio, dijo:
—Parece que esta salvia es venenosa, lo que no suele suceder con la salvia. Pero para que a alguien más no pueda ofender de modo semejante, córtese hasta las raíces y arrójese al fuego.
La cual cosa, el que era guardián del jardín haciéndola en presencia del juez, no acababa de abatir la gran mata cuando apareció la razón de la muerte de los dos míseros amantes. Había bajo la mata de aquella salvia un sapo de maravilloso tamaño, de cuyo venenoso aliento pensaron que la salvia se había envenenado. Al cual sapo, no atreviéndose nadie a acercarse, poniéndole alrededor una pila grandísima de leña, allí junto con la salvia lo quemaron, y se terminó el proceso del señor juez por la muerte del pobrecillo Pasquino. El cual, junto con su Simona, tan hinchados como estaban, por el Tuerto y el Rechoncho y el Hocico Puerco y el Desmañado fueron sepultados en la iglesia de San Paolo, de donde probablemente eran feligreses.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 27 Abr 2020, 05:23

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NOVELA OCTAVA

Girólamo ama a Salvestra; empujado por los ruegos de su madre va a París, vuelve y la encuentra casada; entra a escondidas en su casa y se queda muerto a su lado, y llevado a una iglesia, Salvestra muere a su lado.


Había acabado la historia de Emilia cuando, por orden del rey, Neifile comenzó así:
Algunos, a mi juicio hay, valerosas señoras, que más que la otra gente creen saber, y menos saben; y por esto no solamente a los consejos de los hombres sino también contra la naturaleza de las cosas pretenden oponer su juicio; de la cual presunción han sobrevenido ya grandísimos males y nunca se vio venir ningún bien. Y porque entre las demás cosas naturales es el amor la que menos admite el consejo o la acción que le sean contrarios,y cuya naturaleza es tal que antes puede consumirse por sí mismo que ser arrancado por ningún consejo, me ha venido al ánimo narraros una historia de una señora que, queriendo ser más sabia de lo que debía y no lo era (y también porque no lo soportaba la cosa en que se esforzaba por manifestar su buen juicio) creyendo del enamorado corazón arrancar el amor que tal vez allí habían puesto las estrellas, llegó a arrancarle en un mismo punto el amor y el alma del cuerpo a su hijo.
Hubo, pues, en nuestra ciudad, según los ancianos cuentan, un grandísimo mercader y rico cuyo nombre fue Leonardo Sighieri, que de su mujer tuvo un hijo llamado Girólamo, después de cuyo nacimiento, arreglados ordenadamente sus asuntos, dejó esta vida. Los tutores del niño, junto con la madre, bien y lealmente administraron sus bienes. El niño, creciendo con los niños de sus otros vecinos, más que con ningún otro del barrio con una niña de su edad, hija de un sastre, se familiarizó; y creciendo los años, el trato se convirtió en amor tan grande y fiero que Girólamo no estaba bien si no veía cuanto veía ella; y ciertamente no la amaba menos que era amado por ella.
La madre del muchacho, percatándose de ello, muchas veces se lo reprochó y lo castigó; y luego que a sus tutores (no pudiendo Girólamo contenerse) se quejó y como quien se creía que por la gran riqueza del hijo podía pedir peras al olmo, les dijo:
—Este muchacho nuestro, que todavía no tiene catorce años, está tan enamorado de una hija de un sastre vecino, que se llama Salvestra, que, si no se la quitamos de delante, probablemente la tomará un día por mujer sin que nadie lo sepa, y yo nunca estaré contenta; o se consumirá por ella si la ve casarse con otro; y por ello me parece que para evitar esto lo debíais mandar a alguna parte lejana de aquí, al cuidado de los negocios para que, dejando de ver a ésta, se le salga del ánimo y se le podrá luego dar por mujer alguna joven bien nacida.
Los tutores dijeron que la señora decía bien y que harían aquello que pudiesen, y haciendo llamar al muchacho al almacén, comenzó a decirle uno, muy amorosamente:
—Hijo mío, ya eres grande; bueno será que comiences tú mismo a velar por tus negocios, por lo que nos contentaría mucho que fueses a estar algún tiempo en París, donde verás cómo se trafica con gran parte de tu riqueza; sin contar con que te harás mucho mejor y más cortés y de más valor allí que aquí lo harías, viendo a aquellos señores y a aquellos barones y a aquellos gentileshombres (que allí hay tantos) y aprendiendo sus costumbres; luego podrás venir aquí.
El muchacho escuchó diligentemente y en breve respondió que no quería hacerlo porque pensaba que lo mismo que los demás, podía quedarse en Florencia. Los honrados hombres, al oírle esto, le insistieron con más palabras; pero no pudiendo sacarle otra respuesta, a su madre se lo dijeron. La cual, bravamente enojada, no por no querer irse a París, sino por su enamoramiento, le dijo graves insultos; y luego, con dulces palabras ablandándolo, empezó a halagarlo y a rogarle tiernamente que hiciese aquello que querían sus tutores; y tanto supo decirle que él consintió en irse a estar allí un año y no más; y así se hizo.
Yéndose, pues, Girólamo a París vehementemente enamorado, diciéndole hoy no, mañana te irás, allí lo tuvieron dos años; y más enamorado que nunca volviendo encontró a su Salvestra casada con un buen joven que hacía tiendas, de lo que desmesuradamente se entristeció. Pero viendo que de otra manera no podía ser, se esforzó en tranquilizarse; y espiando cuándo estuviese en casa, según la costumbre de los jóvenes enamorados empezó a pasar delante de ella, creyendo que no lo había olvidado sino como él había hecho con ella. Pero el asunto estaba de otra guisa: ella se acordaba de él como si nunca lo hubiera visto, y si por acaso algo se acordaba, mostraba lo contrario. De lo que el joven se apercibió en muy poco espacio de tiempo y no sin grandísimo dolor; pero no por ello dejaba de hacer todo lo que podía por volver a entrar en su pecho; pero como nada parecía conseguir, se dispuso, aunque fuese su muerte, a hablarle él mismo. E informándose por algún vecino sobre cómo su casa estaba dispuesta, una tarde que habían ido de vela ella y el marido a casa de sus vecinos, ocultamente entró dentro en su alcoba, detrás de las lonas de las tiendas que estaban tejidas allí, se escondió; y tanto esperó, que, vueltos ellos ya costados, sintió a su marido dormido, y allá se fue adonde había visto acostada a Salvestra; y poniéndole una mano en el pecho, simplemente dijo:
—¡Oh, alma mía! ¿Duermes ya? —la joven, que no dormía, quiso gritar pero el joven prontamente dijo—: por Dios, no grites, que soy tu Girólamo.
Al que oyendo ella toda temblorosa dijo:
—¡Ah, por Dios, Girólamo, vete!; ha pasado aquel tiempo en que éramos muchachos y no era contra el decoro estar enamorados; estoy, como ves casada, por lo que ya no me está bien escuchar a otro hombre que a mi marido; por lo que te ruego por Dios que te vayas, que si mi marido te oyese aunque otro mal no se siguiera, se seguiría que ya no podría vivir nunca con él en paz ni en reposo, mientras que ahora, amada por él, en paz y en tranquilidad con él vivo.
El joven, al oír estas palabras, sintió un terrible dolor, y recordándole el tiempo pasado y su amor nunca por la distancia disminuido, y mezclando muchos ruegos y promesas grandísimas, nada obtuvo; por lo que, deseoso de morir, por último le pidió que en recompensa de tanto amor, sufriese que se acostase a su lado hasta que pudiera calentarse un poco, que se había quedado helado esperándola, prometiéndole que ni le diría nada ni la tocaría, y que en cuanto se hubiera calentado un poco se iría.
Salvestra, teniendo un poco de compasión de él, se lo concedió con las condiciones que él había puesto. Se acostó, pues, el joven junto a ella sin tocarla; y recordando en un solo pensamiento el largo amor que le había tenido y su presente dureza y la perdida esperanza, se dispuso a no vivir más y retrayendo en sí los espíritus, sin decir palabra, cerrados los puños junto a ella se quedó muerto.
Y luego de algún rato, la joven, maravillándose de su quietud, temiendo que el marido se despertase, comenzó a decir:
—¡Ah, Girólamo! ¿No te vas?
Pero no sintiéndose responder, pensó que se habría quedado dormido; por lo que, extendiendo la mano, empezó a menearlo para que se despertase, y al tocarlo lo encontró frío como el hielo, de lo que se maravilló mucho; y meneándolo con más fuerza y sintiendo que no se movía, luego de tocarlo otra vez conoció que había muerto; por lo que sobremanera angustiada estuvo mucho tiempo sin saber qué hacerse. Al fin, decidió, fingiendo que se trataba de otra persona, ver qué decía su marido que debía hacerse; y despertándolo, lo que acababa de sucederle a ella le dijo que le había sucedido a otra, y luego le preguntó que si le sucediese a él, ella qué tendría que hacer. El buen hombre respondió que le parecía que a aquel que había muerto se le debía calladamente llevar a su casa y dejarlo allí, sin enfurecerse contra la mujer, que no le parecía que hubiese cometido ninguna falta.
Entonces la joven dijo:
—Pues eso tenemos que hacer nosotros.
Y cogiéndole de la mano, le hizo tocar al muerto joven, con lo que él, todo espantado, se puso en pie y, encendiendo una luz, sin entrar con su mujer en otras historias, vestido el cuerpo muerto con sus mismas manos y sin ninguna tardanza, ayudándole su inocencia, echándoselo a las espaldas, a la puerta de su casa lo llevó, y allí lo puso y lo dejó.
Y venido el día y encontrado aquél delante de su puerta muerto, fue hecho un gran alboroto y, especialmente por su madre; y examinado por todas partes y mirado, y no encontrándosele ni herida ni golpe, fue generalmente creído por los médicos que había muerto de dolor, como había sido. Fue, pues, este cuerpo llevado a una iglesia; y allí vino la dolorida madre con muchas otras señoras parientes y vecinas, y sobre él comenzaron a llorar a lágrima viva, y a lamentarse, según nuestras costumbres.
Y mientras se hacía un grandísimo duelo, el buen hombre en cuya casa había muerto, dijo a Salvestra:
—Anda, échate algún manto a la cabeza y ve a la iglesia donde ha sido llevado Girólamo y métete entre las mujeres; y escucha lo que se hable sobre este asunto, y yo haré lo mismo entre los hombres, para enterarnos de si se dice algo contra nosotros.
A la joven, que tarde se había hecho piadosa, le plugo, como a quien deseaba ver muerto a quien de vivo no había querido complacer con un solo beso; y allá se fue. ¡Maravillosa cosa es de pensar cuán difícil es descubrir las fuerzas de Amor! Aquel corazón, que la feliz fortuna de Girólamo no había podido abrir lo abrió su desgracia, y resucitando las antiguas llamas todas, súbitamente lo movió a tanta piedad el ver el muerto rostro, que, oculta bajo su manto, abriéndose paso entre las mujeres, no paró hasta llegar al cadáver; y allí, lanzando un fortísimo grito, sobre el muerto joven se arrojó de bruces, y no lo bañó con muchas lágrimas porque, antes de tocarle, el dolor, como al joven le había quitado la vida, a ella se la quitó. Luego, consolándola las mujeres y diciéndole que se levantase, no conociéndola todavía, y como ella no se levantaba, queriendo levantarla, y encontrándola inmóvil, pero levantándola, sin embargo, en un mismo punto conocieron que era Salvestra y estaba muerta. Por lo que todas las mujeres que allí estaban, vencidas de doble compasión, comenzaron un llanto mucho mayor. La noticia se esparció fuera de la iglesia, entre los hombres, y llegando a los oídos de su marido que entre ellos estaba, sin atender consuelo o alivio de nadie, largo espacio lloró, y contando luego a muchos que allí había lo que aquella noche había sucedido entre aquel hombre y aquella mujer abiertamente todos supieron la razón de la muerte de cada uno, lo que dolió a todos.
Tomando, pues, a la muerta joven, y adornándola también como se adorna a los cuerpos muertos, sobre aquel mismo lecho junto al joven la pusieron yacente, y llorándola allí largamente, en una misma sepultura fueron enterrados los dos; y a ellos, a quienes Amor no había podido unir vivos, la muerte unió en inseparable compañía.


(Continuará)


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Mensaje por Maria Lua el Lun 27 Abr 2020, 07:04

Te sigo, Pedro...
Poco a poco voy leyendo y
disfrutando.
Gracias!!!!
Besos
Maria Lua


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Te encuentro
tus huellas son tatuajes en mi corazón
intensas e inmensas
como el vino de la pasión
y la rosa roja del amor
eternas y etereas
como los sortilegios de una Luna Creciente... 


Maria Lua




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Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 27 Abr 2020, 11:53

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Gracias por tu interés, Maria. Yo conocía algunos de los relatos del Decamerón por las extraordinarias películas de Passolini, otros tienen su precedente en la literatura clásica, pero todos son unos magníficos cuadros de costumbres con cuya lectura uno encuentra entretenimiento y disfrute.

Un abrazo.
Pedro


POLO

De niño, viví en Madrid entre los seis y los doce años. Mi padre, tras arruinarse, se marchó allí para intentar rehacer su maltrecha economía y también su vida, pues se había separado de mi madre.

Cuando tenía yo seis años, mi padre nos llevó a mi hermana Victoria y a mí a pasar con él las vacaciones de verano y, acabadas estas, nos retuvo con él. Tras negociar mis padres a través de sus abogados, acordaron que nosotros pasaríamos el curso con mi padre y las vacaciones con mi madre, Así que yo viví con mi padre, mi tía Rosita y mi hermana, los cursos escolares hasta los doce años en Madrid.

Ser hijo de padres separados, en la España franquista en que no existía el divorcio, no era nada habitual, por lo que yo me sentía un bicho raro y en el colegio religioso en que estudiaba, y procuraba ocultarlo a mis compañeros, más aún después de que un profesor, que me ayudó mucho en mis estudios, me aconsejara, con la mejor de las intenciones, que mejor de eso no hablara con ellos porque podía perjudicarme.

Yo era un niño introvertido al que no se le daba bien el fútbol, capaz de marcar goles en la propia portería. Los recreos los pasaba solo. Bueno, solo no, en compañía de mi amigo Polo. En el colegio, entonces nos llamábamos por el apellido: yo era Casas y él era Polo. Polo era un niño canijo, algo tirado para delante, según se aprecia en las fotografías que se tomaron con motivo de mi primera comunión, pues su angelical cabecita aparecía entre sus hombros casi sin cuello.

Polo y yo, durante los recreos en el patio del colegio, nos entreteníamos fantaseando que éramos príncipes que vivíamos en palacios construidos con piedras preciosas, y que nos rodeaban servidores que atendían nuestros menores caprichos, entre riquezas fastuosas. Polo y yo nos construimos un mundo en el que éramos felices.

Pedro Casas Serra, Recuerdos durante el confinamiento.


Última edición por Pedro Casas Serra el Lun 15 Jun 2020, 11:02, editado 1 vez


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 28 Abr 2020, 03:52

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NOVELA NOVENA

Micer Guiglielmo de Rosellón da a comer a su mujer el corazón de micer Guiglielmo Guardastagno, muerto por él y amado por ella; lo que sabiéndolo ella después, se arroja de una alta ventana y muere, y con su amante es sepultada.

Habiendo terminado la historia de Neifile no sin haber hecho sentir gran compasión a todas sus compañeras, el rey, que no entendía abolir el privilegio de Dioneo, no quedando nadie más por narrar, comenzó:
Se me ha puesto delante, compasivas señoras, una historia con la cual, puesto que así os conmueven los infortunados casos de amor, os convendrá sentir no menos compasión que con la pasada, porque más altos fueron aquellos a quienes sucedió lo que voy a contar y con un accidente más atroz que los que aquí se han contado.
Debéis, pues, saber que, según cuentan los provenzales, en Provenza hubo hace tiempo dos nobles caballeros, de los que cada uno castillos y vasallos tenía, y tenía uno por nombre micer Guiglielmo de Rosellón y el otro micer Guiglielmo Guardastagno; y porque el uno y el otro eran muy de pro con las armas, mucho se amaban y tenían por costumbre ir siempre a todo torneo o justas u otro hecho de armas juntos y llevando una misma divisa.
Y aunque cada uno vivía en un castillo suyo y estaban uno del otro lejos más de diez millas, sucedió sin embargo que, teniendo micer Guiglielmo de Rosellón una hermosísima y atrayente señora por mujer, micer Guiglielmo Guardastagno, fuera de toda medida y no obstante la amistad y la compañía que había entre ellos, se enamoró de ella; y tanto, ora con un acto ora con otro, hizo que la señora se apercibió; y sabiéndolo valerosísimo caballero, le agradó, y comenzó a amarle hasta tal punto que nada deseaba o amaba más que a él, y no esperaba sino ser requerida por él; lo que no pasó mucho tiempo sin que sucediese, y juntos estuvieron una vez y otra, amándose mucho.
Y obrando menos discretamente juntos, sucedió que el marido se apercibió de ello y fieramente se enfureció, hasta el punto que el gran amor que a Guardastagno tenía se convirtió en mortal odio, pero mejor lo supo tener oculto que los dos amantes habían podido tener su amor; y deliberó firmemente matarlo. Por lo cual, estando el de Rosellón en esta disposición, sucedió que se pregonó en Francia un gran torneo; lo que el de Rosellón incontinenti hizo decir a Guardastagno, y le mandó decir que si le placía, viniera a donde él y juntos deliberarían si iban a ir y cómo. Guardastagno, contentísimo, respondió que al día siguiente sin falta iría a cenar con él. Rosellón, oyendo aquello, pensó que había llegado el momento de poder matarlo, y armándose, al día siguiente, con algún hombre suyo, montó a caballo, y a cerca de una milla de su castillo se puso en acecho en un bosque por donde debía pasar Guardastagno; y habiéndolo esperado un buen espacio, lo vio venir desarmado con dos hombres suyos junto a él, desarmados como él, que nada desconfiaba; y cuando le vio llegar a aquella parte donde quería, cruel y lleno de rencor, con una lanza en la mano, le salió al paso gritando:
—¡Traidor, eres muerto!
Y decir esto y darle con aquella lanza en el pecho fue una sola cosa; Guardastagno, sin poder nada en su defensa ni decir una palabra, atravesado por aquella lanza, cayó en tierra y poco después murió. Sus hombres, sin haber conocido a quien lo había hecho, vueltas las cabezas a los caballos, lo más que pudieron huyeron hacia el castillo de su señor. Rosellón, desmontando, con un cuchillo abrió el pecho de Guardastagno y con sus manos le sacó el corazón, y haciéndolo envolver en el pendón de una lanza, mandó a uno de sus vasallos que lo llevase; y habiendo ordenado a todos que nadie fuera tan osado que dijese una palabra de aquello, montó de nuevo a caballo y, siendo ya de noche, volvió a su castillo.
La señora, que había oído que Guardastagno debía ir a cenar por la noche, y con grandísimo deseo lo esperaba, no viéndolo venir, se maravilló mucho y dijo al marido:
—¿Y cómo es esto, señor, que Guardastagno no ha venido?
A lo que el marido repuso:
—Señora, he sabido de su parte que no puede llegar aquí sino mañana.
De lo que la señora quedó un tanto enojada.
Rosellón, desmontando, hizo llamar al cocinero y le dijo:
—Coge aquel corazón de jabalí y prepara el mejor alimento y más deleitoso de comer que sepas; y cuando esté a la mesa, mándamelo en una escudilla de plata.
El cocinero, cogiéndolo y poniendo en ello todo su arte y toda su solicitud, desmenuzándolo y poniéndole muchas buenas especias, hizo con él un manjar exquisito.
Micer Guiglielmo, cuando fue hora, con su mujer se sentó a la mesa. Vino la comida, pero él, por la maldad cometida impedido su pensamiento, poco comió. El cocinero le mandó el manjar, que hizo poner delante de la señora, mostrándose él aquella noche desganado, y lo alabó mucho. La señora, que desganada no estaba, comenzó a comerlo y le pareció bueno, por lo que lo comió todo.
Cuando el caballero hubo visto que la señora lo había comido todo, dijo:
—Señora, ¿qué tal os ha parecido esa comida?
La señora repuso:
—Monseñor, a fe que me ha placido mucho.
—Así me ayude Dios como lo creo —dijo el caballero— y no me maravillo si muerto os ha gustado lo que vivo os gustó más que cosa alguna.
La señora, esto oído, un poco se quedó callada; luego dijo:
—¿Cómo? ¿Qué es lo que me habéis dado a comer?
El caballero repuso:
—Lo que habéis comido ha sido verdaderamente el corazón de micer Guiglielmo Guardastagno, a quien como mujer desleal tanto amábais; y estad cierta de que ha sido eso porque yo con estas manos se lo he arrancado del pecho.
La señora, oyendo esto de aquél a quien más que a ninguna cosa amaba, si sintió dolor no hay que preguntarlo, y luego de un poco dijo:
—Habéis hecho lo que cumple a un caballero desleal y malvado; que si yo, no forzándome él, le había hecho señor de mi amor y a vos ultrajado con esto, no él sino yo era quien debía sufrir el castigo. Pero no plazca a Dios que sobre una comida tan noble como ha sido la del corazón de un tan valeroso y cortés caballero como micer Guiglielmo Guardastagno fue, nunca caiga otra comida.
Y poniéndose en pie, por una ventana que detrás de ella estaba, sin dudarlo un momento, se arrojó. La ventana estaba muy alta; por lo que al caer la señora no solamente se mató, sino que se hizo pedazos. Micer Guiglielmo, viendo esto, mucho se turbó, y le pareció haber hecho mal; y temiendo a los campesinos y al conde de Provenza, haciendo ensillar los caballos, se fue de allí.
A la mañana siguiente fue sabido por toda la comarca cómo había sucedido aquello: por lo que, por los del castillo de micer Guiglielmo Guardastagno y por los del castillo de la señora, con grandísimo dolor y llanto fueron los dos cuerpos recogidos y en la iglesia del mismo castillo de la señora puestos en una misma sepultura, y sobre ella escritos versos diciendo quiénes eran los que dentro estaban sepultados, y el modo y la razón de su muerte.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 29 Abr 2020, 05:26

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NOVELA DÉCIMA

La mujer de un médico, teniéndole por muerto, mete a su amante narcotizado en un arcón que, con él dentro, se llevan dos usureros a su casa; al recobrar el sentido, es apresado por ladrón; la criada de la señora cuenta a la señoría que ella lo había puesto en el arcón robado por los usureros, con lo que se salva de la horca, y los prestamistas por haber robado el arca son condenados a pagar una multa.


Solamente a Dioneo, habiendo ya terminado el rey su relato, quedaba por cumplir su labor; el cual, conociéndolo y siéndole ya ordenado por el rey, comenzó:
Las desdichas de los infelices amantes aquí contadas, no sólo a vosotras, señoras, sino también a mí me han entristecido los ojos y el pecho, por lo que sumamente he deseado que se terminase con ellas. Ahora, alabado sea Dios, que han terminado (salvo si yo quisiera a esta malvada mercancía añadir un mal empalme, de lo que Dios me libre), sin seguir más adelante en tan dolorosa materia, una más alegre y mejor comenzaré, tal vez sirviendo de buena orientación a lo que en la siguiente jornada debe contarse.
Debéis, pues, saber, hermosísimas jóvenes,que todavía no hace mucho tiempo hubo en Salerno un grandísimo médico cirujano cuyo nombre fue maestro Mazzeo de la Montagna, el cual, ya cerca de sus últimos años, habiendo tomado por mujer a una hermosa y noble joven de su ciudad, de lujosos vestidos y ricos y de otras joyas y de todo lo que a una mujer puede placer más, la tenía abastecida; es verdad que ella la mayor parte del tiempo estaba resfriada, como quien en la cama no estaba por el marido bien cubierta. El cual, como micer Ricciardo de Chínzica, de quien hemos hablado, a la suya enseñaba las fiestas y los ayunos, éste a ella le explicaba que por acostarse con una mujer una vez tenía necesidad de descanso no sé cuántos días, y otras chanzas; con lo que ella vivía muy descontenta, y como prudente y de ánimo valeroso, para poder ahorrarle trabajos al de la casa se dispuso a echarse a la calle y a desgastar a alguien ajeno, y habiendo mirado a muchos y muchos jóvenes, al fin uno le llegó al alma, en el que puso toda su esperanza, todo su ánimo y todo su bien. Lo que, advirtiéndolo el joven y gustándole mucho, semejantemente a ella volvió todo su amor. Se llamaba éste Ruggeri de los Aieroli, noble de nacimiento pero de mala vida y de reprobable estado hasta el punto de que ni pariente ni amigo le quedaba que le quisiera bien o que quisiera verle, y por todo Salerno se le culpaba de latrocinios y de otras vilísimas maldades; de lo que poco se preocupó la mujer, gustándole por otras cosas.
Y con una criada suya tanto lo preparó, que estuvieron juntos; y luego de que algún placer disfrutaron, la mujer le comenzó a reprochar su vida pasada y a rogarle que, por amor de ella, de aquellas cosas se apartase; y para darle ocasión de hacerlo empezó a proporcionarle cuándo una cantidad de dineros y cuándo otra. Y de esta manera, persistiendo juntos asaz discretamente, sucedió que al médico le pusieron entre las manos un enfermo que tenía dañada una de las piernas, al cual mal habiendo visto el maestro, dijo a sus parientes que, si un hueso podrido que tenía en la pierna no se le extraía, con certeza tendría aquél o que cortarse toda la pierna o que morirse; y si le sacaba el hueso podía curarse, pero que si no se le daba por muerto, él no lo recibiría; con lo que, poniéndose de acuerdo todos los de su parentela, así se lo entregaron.
El médico, juzgando que el enfermo sin ser narcotizado no soportaría el dolor ni se dejaría intervenir, debiendo esperar hasta el atardecer para aquel servicio, hizo por la mañana destilar de cierto compuesto suyo una agua que debía dormirle tanto cuanto él creía que iba a hacerlo sufrir al curarlo; y haciéndola traer a casa en una ventanica de su alcoba la puso, sin decir a nadie lo que era. Venida la hora del crepúsculo, debiendo el maestro ir con aquél, le llegó un mensaje de ciertos muy grandes amigos suyos de Amalfi de que por nada dejase de ir incontinenti allí, porque había habido una gran riña y muchos habían sido heridos.
El médico, dejando para la mañana siguiente la cura de la pierna, subiendo a una barquita, se fue a Amalfi; por lo cual la mujer, sabiendo que por la noche no debía volver a casa, ocultamente como acostumbraba, hizo venir a Ruggeri y en su alcoba lo metió, y lo cerró dentro hasta que algunas otras personas de la casa se fueran a dormir. Quedándose, pues, Ruggeri en la alcoba y esperando a la señora, teniendo (o por trabajos sufridos durante el día o por comidas saladas que hubiera comido, o tal vez por costumbre) una grandísima sed, vino a ver en la ventana aquella garrafita del agua que el médico había hecho para el enfermo, y creyéndola agua de beber, llevándosela a la boca, toda la bebió; y no había pasado mucho cuando le dio un gran sueño y se durmió.
La mujer, lo antes que pudo se vino a su alcoba y, encontrando a Ruggeri dormido, empezó a sacudirlo y a decirle en voz baja que se pusiese en pie, pero como si nada: no respondía ni se movía un punto; por lo que la mujer, algo enfadada, con más fuerza lo sacudió, diciendo:
—Levántate, dormilón, que si querías dormir, donde debías ir es a tu casa y no venir aquí.
Ruggeri, así empujado, se cayó al suelo desde un arcón sobre el que estaba y no dio ninguna señal de vida, sino la que hubiera dado un cuerpo muerto; con lo que la mujer, un tanto asustada,empezó a querer levantarlo y menearlo más fuerte y a cogerlo por la nariz y a tirarle de la barba, pero no servía de nada: había atado el asno a una buena clavija. Por lo que la señora empezó a temer que estuviera muerto, pero aun así le empezó a pellizcar agriamente las carnes y a quemarlo con una vela encendida; por lo que ella, que no era médica aunque médico fuese el marido, sin falta lo creyó muerto, por lo que, amándolo sobre todas las cosas como hacía, si sintió dolor no hay que preguntárselo, y no atreviéndose a hacer ruido, calladamente, sobre él comenzó a llorar y a dolerse de tal desventura. Pero luego de un tanto, temiendo añadir la deshonra a su desgracia, pensó que sin ninguna tardanza debía encontrar el modo de sacarlo de casa muerto como estaba, y ni en esto sabiendo determinarse, ocultamente llamó a su criada, y mostrándole su desgracia, le pidió consejo.
La criada, maravillándose mucho y meneándolo también ella y empujándolo, y viéndolo sin sentido, dijo lo mismo que decía la señora, es decir,que verdaderamente estaba muerto, y aconsejó que lo sacasen de casa.
A lo que la señora dijo:
—¿Y dónde podremos ponerlo que no se sospeche mañana cuando sea visto que de aquí dentro ha sido sacado?
A lo que la criada contestó:
—Señora, esta tarde ya de noche he visto, apoyada en la tienda del carpintero vecino nuestro, un arca no demasiado grande que, si el maestro no la ha metido en casa, será muy a propósito lo que necesitamos porque dentro podemos meterlo, y darle dos o tres cuchilladas y dejarlo. Quien lo encuentre allí, no sé por qué más de aquí dentro que de otra parte vaya a creer que lo hayan llevado; antes se creerá, como ha sido tan malvado, que, yendo a cometer alguna fechoría, por alguno de sus enemigos ha sido muerto, luego metido en el arca.
Plugo a la señora el consejo de la criada, salvo en lo de hacerle algunas heridas, diciendo que no podría por nada del mundo sufrir que aquello se hiciese; y la mandó a ver si estaba allí el arca donde la había visto, y ella volvió y dijo que sí. La criada, entonces, que joven y gallarda era, ayudada por la señora, se echó a las espaldas a Ruggeri y yendo la señora por delante para mirar si venía alguien, llegadas al arca, lo metieron dentro y, volviéndola a cerrar, se fueron.
Habían, hacía unos días más o menos, venido a vivir a una casa dos jóvenes que prestaban a usura, y deseosos de ganar mucho y de gastar poco, teniendo necesidad de muebles, el día antes habían visto aquella arca y convenido que si por la noche seguía allí se la llevarían a su casa. Y llegada la medianoche, salidos de casa, encontrándola, sin entrar en miramientos, prestamente, aunque pesadita les pareciese, se la llevaron a casa y la dejaron junto a una alcoba donde sus mujeres dormían, sin cuidarse de colocarla bien entonces; y dejándola allí, se fueron a dormir.
Ruggeri, que había dormido un grandísimo rato y ya había digerido el bebedizo y agotado su virtud cerca de maitines se despertó; y al quedar el sueño roto y recuperar sus sentidos el poder, sin embargo le quedó en el cerebro una estupefacción que no solamente aquella noche sino después algunos días lo tuvo aturdido; y abriendo los ojos y no viendo nada, y extendiendo las manos acá y allá,encontrándose en esta arca, comenzó a devanarse los sesos y a decirse:
—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Estoy dormido o despierto? Me acuerdo que esta noche he entrado en la alcoba de mi señora y ahora me parece estar en un arca. ¿Qué quiere decir esto? ¿Habrá vuelto el médico o sucedido otro accidente por lo cual la señora, mientras yo dormía, me ha escondido aquí? Eso creo, y seguro que así habrá sido.
Y por ello, comenzó a estarse quieto y a escuchar si oía alguna cosa, y estando así un gran rato, estando más bien a disgusto en el arca, que era pequeña, y doliéndole el costado sobre el que se apoyaba, queriendo volverse del otro lado, tan hábilmente lo hizo que, dando con los riñones contra uno de los lados del arca, que no estaba colocada sobre un piso nivelado, la hizo torcerse y luego caer; y al caer hizo un gran ruido, por lo que las mujeres que allí al lado dormían se despertaron y sintieron miedo, y por miedo se callaban. Ruggeri, por el caer del arca temió mucho, pero notándola abierta con la caída, quiso mejor, si otra cosa no sucedía, estar fuera que quedarse dentro. Y entre que él no sabía dónde estaba y una cosa y la otra, comenzó a andar a tientas por la casa, por ver si encontraba escalera o puerta por donde irse. Cuyo tantear sintiendo las mujeres, que despiertas estaban, comenzaron a decir:
—¿Quién hay ahí?
Ruggeri, no conociendo la voz, no respondía, por lo que las mujeres comenzaron a llamar a los dos jóvenes, los cuales, porque habían velado hasta tarde, dormían profundamente y nada de estas cosas sentían. Con lo que las mujeres, más asustadas, levantándose y asomándose a las ventanas, comenzaron a gritar:
—¡Al ladrón, al ladrón!
Por la cual cosa, por varios lugares muchos de los vecinos, quién arriba por los tejados, quién por una parte y quién por otra, corrieron a entrar en la casa, y los jóvenes semejantemente, despertándose con este ruido, se levantaron. Y a Ruggeri, el cual viéndose allí, como por el asombro fuera de sí, y sin poder ver de qué lado podría escaparse, pronto le echaron mano los guardias del rector de la ciudad, que ya habían corrido allí al ruido, y llevándolo ante el rector, porque por malvadísimo era tenido por todos, sin demora dándole tormento, confesó que en la casa de los prestamistas había entrado para robar; por lo que el rector pensó que sin mucha espera debía colgarlo.
Se corrió por la mañana por todo Salerno la noticia de que Ruggeri había sido preso robando en casa de los prestamistas, lo que la señora y su criada oyendo, de tan grande y rara maravilla fueron presa que cerca estaban de hacerse creer a sí mismas que lo que habían hecho la noche anterior no lo habían hecho, sino que habían soñado hacerlo; y además de ello, del peligro en que Ruggeri estaba la señora sentía tal dolor que casi se volvía loca.
No poco después de mediada tercia, habiendo retornado el médico de Amalfi, preguntó qué había sido de su agua, porque quería darla a su enfermo; y encontrándose la garrafa vacía hizo un gran alboroto diciendo que nada en su casa podía durar en su sitio.
La señora, que por otro dolor estaba azuzada, repuso airada diciendo:
—¿Qué haríais vos, maestro, por una cosa importante, cuando por una garrafita de agua vertida hacéis tanto alboroto? ¿Es que no hay más en el mundo?
A quien el maestro dijo:
—Mujer, te crees que era agua clara; no es así, sino que era un agua preparada para hacer dormir. Y le contó la razón por la que la había hecho.
Cuando la señora oyó esto, se convenció de que Ruggeri se la había bebido y por ello les había parecido muerto, y dijo:
—Maestro, nosotras no lo sabíamos, así que haceos otra.
El maestro, viendo que de otro modo no podía ser, hizo hacer otra nueva. Poco después, la criada, que por orden de la señora había ido a saberlo que se decía de Ruggeri, volvió y le dijo:
—Señora, de Ruggeri todos hablan mal y, por lo que yo he podido oír, ni amigo ni pariente alguno hay que para ayudarlo se haya levantado o quiera levantarse; y se tiene por seguro que mañana el magistrado lo hará colgar. Y además de esto, voy a contaros una cosa curiosa, que me parece haber entendido cómo llegó a casa del prestamista; y oíd cómo. Bien conocéis al carpintero junto a quien estaba el arca donde le metimos: éste estaba hace poco con uno, de quien parece que era el arca, en la mayor riña del mundo, porque aquél le pedía los dineros por su arca, y el maestro respondía que él no había visto el arca, pues le había sido robada por la noche; al que aquél decía: «No es así sino que la has vendido a los dos jóvenes prestamistas, como ellos me dijeron cuando la vi en su casa cuando fue apresado Ruggeri». A quien el carpintero dijo: «Mienten ellos porque nunca se la he vendido, sino que la noche pasada me la habrán robado; vamos a donde ellos». Y así se fueron, de acuerdo, a casa de los prestamistas y yo me vine aquí, y como podéis ver, entiendo que de tal guisa Ruggeri, adonde fue encontrado fue transportado; pero cómo resucitó allí no puedo entenderlo.
La señora, entonces, comprendiendo óptimamente cómo había sido, dijo a la criada lo que había oído al médico, y le rogó que para salvar a Ruggeri la ayudase, como quien, si quería, en un mismo punto podía salvar a Ruggeri y proteger su honor.
La criada dijo:
—Señora, decidme cómo, que yo haré cualquier cosa de buena gana.
La señora, como a quien le apretaban los zapatos, con rápida determinación habiendo pensado qué había de hacerse, ordenadamente informó de ello a la criada. La cual, primeramente fue al médico, y llorando comenzó a decirle:
—Señor, tengo que pediros perdón de una gran falta que he cometido contra vos.
Dijo el médico:
—¿Y de cuál?
Y la criada, no dejando de llorar, dijo:
—Señor, sabéis quién es el joven Ruggeri de los Aieroli, quien, gustándole yo, entre amenazas y amor me condujo hogaño a ser su amiga: y sabiendo ayer tarde que vos no estabais, tanto me cortejó que a vuestra casa en mi alcoba a dormir conmigo lo traje, y teniendo él sed y no teniendo yo dónde ir antes a por agua o a por vino, no queriendo que vuestra mujer, que en la sala estaba, me viera, acordándome de que en vuestra alcoba una garrafita de agua había visto, corrí a por ella y se la di a beber, y volví a poner la garrafa donde la había cogido; de lo que he visto que vos en casa gran alboroto habéis hecho. Y en verdad confieso que hice mal, pero ¿quién hay que alguna vez no haga mal? Siento mucho haberlo hecho; sobre todo porque por ello y por lo que luego se siguió de ello, Ruggeri está a punto de perder la vida, por lo que os ruego, por lo que más queráis, que me perdonéis y me deis licencia para que me vaya a ayudar a Ruggeri en lo que pueda.
El médico, al oír esto, a pesar de la saña que tuviese, repuso bromeando:
—Tú ya te has impuesto penitencia tú misma porque cuando creíste tener esta noche a un joven que muy bien te sacudiera el polvo, lo que tuviste fue a un dormilón: y por ello vete a procurar la salvación de tu amante, y de ahora en adelante guárdate de traerlo a casa porque lo pagarás por esta vez y por la otra.
Pareciéndole a la criada que buena pieza había logrado al primer golpe, lo antes que pudo se fue a la prisión donde Ruggeri estaba, y tanto lisonjeó al carcelero que la dejó hablar a Ruggeri. Lacual, después de que lo hubo informado de lo que responder debía al magistrado para poder salvarse, tanto hizo que llegó ante el magistrado. El cual, antes de consentir en oírla, como la viese fresca y gallarda, quiso enganchar una vez con el garfio a la pobrecilla cristiana; y ella, para ser mejor escuchada, no le hizo ascos; y levantándose de la molienda, dijo:
—Señor, tenéis aquí a Ruggeri de los Aieroli preso por ladrón, y no es eso verdad.
Y empezando por el principio le contó la historia hasta el fin de cómo ella, su amiga, a casa del médico lo había llevado y cómo le había dado a beber el agua del narcótico, no sabiendo que lo era, y cómo por muerto lo había metido en el arca; y después de esto, lo que entre el maestro carpintero y el dueño del arca había oído decir, mostrándole con aquello cómo a casa de los prestamistas había llegado Ruggeri.
El magistrado, viendo que fácil cosa era comprobar si era verdad aquello, primero preguntó al médico si era verdad lo del agua, y vio que había sido así; y luego, haciendo llamar al carpintero y a quien era el dueño del arca y a los prestamistas, luego de muchas historias vio que los prestamistas la noche anterior habían robado el arca y se la habían llevado a casa. Por último, mandó a por Ruggeri y preguntándole dónde se había albergado la noche antes, repuso que dónde se había albergado no lo sabía, pero que bien se acordaba que había ido a albergarse con la criada del maestro Maezzo, de cuya alcoba había bebido agua porque tenía mucha sed; pero que dónde había estado después, salvo cuando despertándose en casa de los prestamistas se había encontrado dentro de un arca, no lo sabía.
El magistrado, oyendo estas cosas y divirtiéndose mucho con ellas, a la criada y a Ruggeri y al carpintero y a los prestamistas las hizo repetir muchas veces. Al final, conociendo que Ruggeri era inocente, condenando a los prestamistas que robado habían el arca a pagar diez onzas, puso en libertad a Ruggeri; lo cual, cuánto gustó a éste, nadie lo pregunte: y a su señora gustó desmesuradamente. La cual, luego, junto con él y con la querida criada que había querido darle de cuchilladas, muchas veces se rió y se divirtió, continuando su amor y su solaz siempre de bien en mejor; como querría que me sucediese a mí, pero no que me metieran dentro de un arca.
Si las primeras historias los pechos de las anhelantes señoras habían entristecido, esta última de Dioneo las hizo reír tanto, y especialmente cuando dijo que el magistrado había enganchado el garfio, que pudieron sentirse recompensadas de las tristezas sentidas con las otras. Pero viendo el rey que el sol comenzaba a ponerse amarillo y que era llegado el término de su señorío, con muy placenteras palabras se excusó con las hermosas señoras de lo que había hecho; es decir, de haber hecho hablar de un asunto tan cruel como es el de la infelicidad de los amantes, y hecha la excusa se levantó y de la cabeza se quitó el laurel y, esperando las señoras a ver a quién iba a ponérselo, placenteramente sobre la cabeza rubísima de Fiameta lo puso, diciendo:
—Te pongo esta corona como a quien, mejor que ninguna otra, de la dura jornada de hoy con la de mañana sabrás consolar a estas compañeras nuestras.
Fiameta, cuyos cabellos eran crespos, largos y de oro, y sobre los cándidos y delicados hombros le caían, y el rostro redondito con un verdadero color de blancos lirios y de bermejas rosas mezclados todo esplendoroso, con dos ojos en la cara que parecían de un halcón peregrino y con una boquita pequeñita cuyos labios parecían dos pequeños rubíes, sonriendo contestó:
—Filostrato, yo la acepto de buena gana, y para que mejor veas lo que has hecho, desde ahora mando y ordeno que todos se preparen para contar mañana lo que a algún amante, luego de algunos duros o desventurados accidentes, le hubiera sucedido de feliz.
La cual proposición plugo a todos; y ella, haciendo venir al senescal y habiendo dispuesto con él las cosas necesarias, a toda la compañía, levantándose, hasta la hora de la cena dio alegremente licencia.
Ellos, pues, parte por el jardín, cuya hermosura no era de las que cansa pronto, y parte por los molinos que fuera de él daban vueltas, y quién por aquí y quién por allí, a gustar según los distintos apetitos diversos deleites se dieron hasta la hora de la cena. Venida la cual, recogiéndose todos, como tenían por costumbre, junto a la hermosa fuente, a bailar y a cantar se pusieron, y dirigiendo Filomena la danza, dijo la reina:
—Filostrato, yo no pretendo apartarme de mis predecesores, sino, como ellos han hecho, entiendo que obedeciéndome se cante una canción; y porque estoy cierta de que tus canciones son como tus novelas, para no tener más días turbados con tus infortunios, queremos que una nos cantes como más te plazca.
Filostrato repuso que de grado, y sin demora comenzó a cantar de tal guisa:
Con lagrimas demuestro
cuánta amargura siente, y qué dolor,
el traicionado corazón, Amor.
Amor, amor, cuando primeramente
pusiste en él a quien me mueve al llanto
sin esperar salud,
tan llena la mostraste de virtud
que leve yo creí cualquier quebranto
que embargase mi mente,
ya mártir y doliente
por causa tuya, pero bien mi error
conozco ahora, y no sin gran dolor.
Me ha mostrado mi engaño
el verme abandonado por aquella
en quien sólo esperaba:
que cuando, triste, yo creí que estaba
más en su gracia y la servía a ella,
sin pensar en el daño
que sentiría hogaño,
vi que la calidad de otro amador
dentro acogía y yo perdí el favor.
Cuando me vi por ella desdeñado
nació en mi corazón el doloroso
llanto que lloro ahora;
y mucho he maldecido el día y la hora
en que primero vi el rostro amoroso
de alba belleza ornado
y muy mucho infamado,
mi confianza, esperanza y ardor
va maldiciendo mi alma en su dolor.
Cuán sin consuelo sea mi quebranto,
señor, puedes sentirlo, pues te llamo
con voz que se lamenta
y te digo que tanto me atormenta
que por menor martirio muerte clamo:
venga, y la vida tanto
anegada en su llanto
termine con su golpe, y mi furor
a donde vaya sentiré menor.
Ni otro camino ni otra salvación
le queda sino muerte a mí afligida
vida: dámela, Amor,
pronto y con ella acaba mi amargor
y al corazón despoja de tal vida.
¡Hazlo, ay, que sin razón
se me ha quitado mi consolación
!Hazla feliz con mi muerte, señor,
como la has hecho con nuevo amador.
Balada mía, si otros no te aprenden
me da igual, porque no sabrá la gente
igual que yo cantarte;
un trabajo tan sólo quiero darte
a Amor encuentra, a él tan solamente
cuánto me es enojosa
esta vida angustiosa
di claramente, y ruega que a mejor
puesto la lleve para hacerse honor.

Demostraron las palabras de esta canción asaz claramente cuál era el ánimo de Filostrato, y la ocasión; y tal vez más declarado lo habría el aspecto de tal señora que estaba danzando, si las tinieblas de la llegada noche el rubor de su rostro no hubieran escondido. Pero luego de que él la hubo puesto fin, muchos otros cantares hubo hasta que llegó la hora de irse a dormir; por lo que, mandándolo la reina, cada uno en su cámara se recogió.

TERMINA LA CUARTA JORNADA


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 30 Abr 2020, 07:28

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QUINTA JORNADA


COMIENZA LA QUINTA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE FIAMETA, SE RAZONA SOBRE LO QUE A ALGÚN AMANTE, DESPUÉS DE DUROS O DESVENTURADOS ACCIDENTES, SUCEDIÓ DE FELIZ.


ESTABA ya el oriente todo blanco y los surgentes rayos de todo nuestro hemisferio habían extendido la claridad, cuando Fiameta, por los dulces cantos de los jóvenes que a primera hora del día cantaban alegremente en los arbustos incitada, se levantó e hizo llamar a todas las demás y a los tres jóvenes; y con suave paso descendiendo a los campos, por la ancha llanura arriba entre las hierbas cubiertas de rocío, hasta que el sol se hubo alzado un tanto, con su compañía fue paseando, hablando con ellos de una y otra cosa. Pero al sentir que ya los solares rayos se calentaban, hacia su habitación volvieron los pasos; llegados a la cual, con óptimos vinos y con dulces del ligero trabajo pasado les hizo confortarse y por el deleitoso jardín hasta la hora de comer se recrearon. Venida la cual, estando todas las cosas aparejadas por el discretísimo senescal, luego de que alguna estampida y una baladilla o dos fueron cantadas, alegremente,según plugo a la reina, se pusieron a comer; y habiéndolo hecho ordenadamente y con alegría, no olvidada la establecida costumbre de bailar, con los instrumentos y con las canciones algunas danzas siguieron. Después de las cuales, hasta pasada la hora de dormir, la reina dio licencia a todos; algunos de ellos se fueron a dormir y otros a su solaz por el bello jardín se quedaron. Pero todos, un poco pasada nona, allí, como quiso la reina, según la usada costumbre se reunieron junto a la fuente; y habiéndose sentado la reina pro tribunali, mirando hacia Pánfilo, sonriendo, a él le ordenó que diese principio a las felices novelas; el cual a ello se dispuso de grado, y dijo así.

NOVELA PRIMERA

Cimone, por amar, se hace sabio y a Ifigenia su señora rapta en el mar, es hecho prisionero en Rodas, de donde Lisímaco le libera y, de acuerdo con él, rapta a Ifigenia y a Casandra en sus bodas, huyendo con ellas a Creta; y allí, haciéndolas sus mujeres, con ellas a sus casas son llamados.

Muchas historias, amables señoras, para dar principio a tan alegre jornada como será ésta se me ponen delante para ser contadas; de las cuales una más agrada a mi ánimo porque por ella podréis entender no solamente el feliz final según el cual comenzamos a razonar, sino cuán santas sean, cuán poderosas y cuán benéficas las fuerzas del Amor, las cuales muchos, sin saber lo que dicen, condenan y vituperan con gran error; lo que, si no me equivoco (porque creo que estáis enamoradas) mucho deberá agradaros.
Pues así como hemos leído en las antiguas historias de los chipriotas, en la isla de Chipre hubo un hombre nobilísimo que tuvo por nombre Aristippo, más que sus otros paisanos riquísimo en todos los bienes temporales, y si con una cosa no le hubiese herido la fortuna, más que nadie hubiera podido sentirse contento. Y era ésta que entre sus otros hijos tenía uno que en estatura y belleza de cuerpo a todos los demás jóvenes sobrepasaba, pero que era estúpido sin esperanza, cuyo verdadero nombre era Caleso; pero porque ni con trabajo de ningún maestro ni por lisonja o golpes del padre ni por ingenio de ningún otro había podido metérsele en la cabeza ni letra ni educación alguna, así como por su voz gruesa y deforme y por sus maneras más propias de animal que de hombre, por burla era de todos llamado Cimone, lo que en su lengua sonaba como en la nuestra «asno». Cuya malgastada vida el padre soportaba con grandísimo dolor; y habiendo perdido ya toda esperanza, para no tener siempre delante la causa de su dolor, le mandó que se fuese al campo y que allí viviera con sus labradores; la cual cosa agradó muchísimo a Cimone porque las costumbres y las maneras de los hombres rústicos eran más de su gusto que las ciudadanas.
Yéndose, pues, Cimone al campo, y haciendo allí las cosas que correspondían a aquel lugar, sucedió que un día, pasado ya mediodía, yendo él de una posesión a otra con un bastón echado al cuello, entró en un bosquecillo que había hermosísimo en aquella comarca, y que, porque el mes de mayo era, estaba todo frondoso; andando por el cual llegó, según le guió su fortuna, a un pradecillo rodeado de altísimos árboles, en uno de los rincones del cual había una bellísima y fresca fuente junto a la que vio, sobre el verde prado, dormir a una hermosísima joven cubierta por un vestido tan sutil que casi nada de las cándidas carnes escondía, y de la cintura para arriba estaba solamente cubierta por un paño blanquísimo y sutil; y junto a ella semejantemente dormían dos mujeres y un hombre, siervos de esta joven. A la cual, como Cimone vio, no de otra manera que si nunca hubiera visto forma de mujer, apoyándose sobre su bastón, sin decir cosa alguna, con admiración grandísima comenzó intensísimamente a contemplar; y en el rudo pecho, donde con mil enseñanzas no se había podido hacer entrar impresión alguna de ciudadano placer, sintió despertar un pensamiento que le decía a su material y gruesa mente que aquélla era la más hermosa cosa que nunca había sido vista por ningún viviente.
Y allí empezó a distinguir sus partes alabando los cabellos, que estimaba de oro, la frente, la nariz y la boca, la garganta y los brazos y sumamente el pecho, todavía no muy elevado; y de labrador convertido súbitamente en juez de la hermosura, deseaba sumamente en su interior verle los ojos que, por alto sueño apesadumbrados, tenía cerrados; y por vérselos muchas veces tuvo deseos de despertarla. Pero pareciéndole infinitamente más hermosa que otras mujeres que antes había visto, dudaba que fuese alguna diosa; y tanto juicio mostraba que juzgaba que las cosas divinas eran más dignas de reverencia que las mundanas y por ello se contenía esperando que por sí misma se despertase; y aunque la espera le pareciese excesiva, invadido por desusado placer, no sabía irse de allí.
Sucedió, pues, que, luego de un largo espacio, la joven, cuyo nombre era Ifigenia, antes que ninguno de los suyos se despertó, y alzando la cabeza y abriendo los ojos y viendo que en su bastón apoyado estaba Cimone delante, se maravilló mucho, y dijo:
—Cimone, ¿qué vas buscando a estas horas por este bosque?
Era Cimone, tanto por su hermosura como por su rudeza y por la nobleza y riqueza del padre, conocido a cualquiera del país. No contestó nada a las palabras de Ifigenia, pero al verla abrir los ojos empezó a mirárselos fijamente pareciéndole que de ellos salía una suavidad que le llenaba de un placer nunca por él probado. Lo que viendo la joven comenzó a temer que aquel su fijo mirar moviese su rudeza a alguna cosa que pudiera causarle deshonra, por lo que, llamadas sus mujeres, se levantó diciendo:
—Cimone, quedaos con Dios.
Y entonces Cimone le respondió:
—Yo voy contigo.
Y por mucho que la joven rechazase su compañía, siempre temiéndole, no pudo separarlo de ella hasta que no la hubo acompañado a su casa; y de allí se fue a casa de su padre afirmando que de ninguna manera volvería al campo; lo que, por muy pesado que fuera a su padre y a los suyos, le dejaron hacer esperando ver qué causa era la que de aquella manera le había hecho mudar de opinión. Habiendo, pues, entrado en el corazón de Cimone, en el que ninguna enseñanza había podido entrar, la saeta de Amor por la hermosura de Ifigenia, en brevísimo tiempo, yendo de un pensamiento a otro, maravilló a su padre y a todos los suyos y a cualquiera otro que le conocía. Primeramente pidió a su padre que le hiciera vestir con los trajes y todas las demás cosas adornado que llevaban sus hermanos, lo que su padre hizo contentísimo. Luego, reuniéndose con los jóvenes de pro y oyendo hablar de las cosas que corresponden a los gentileshombres, y máximamente a los enamorados, primero con admiración grandísima de todos en poco espacio de tiempo, no solamente aprendió las primeras letras, sino que llegó a ser de gran valor entre los filósofos; y después de esto, siendo razón de todo aquello el amor que tenía a Ifigenia, no solamente la voz bronca y rústica redujo a educada y ciudadana, sino que llegó a ser maestro de canto y de música, y en el cabalgar y en las cosas bélicas, tanto marinas como de tierra, expertísimo y valeroso llegó a ser. Y en breve, para no contar en detalle todas las cosas de su virtud, no había pasado el cuarto año desde el día de su primer enamoramiento cuando había llegado a ser el más gallardo y el más cortés y el que tenía más particulares virtudes entre los otros jóvenes que hubiera en la isla de Chipre.
¿Qué es, amables señoras, lo que hemos de pensar de Cimone? Ciertamente, no otra cosa sino que las altas virtudes por el cielo infundidas en su valerosa alma habían sido por la envidiosa fortuna en una pequeñísima parte de su corazón con lazos fortísimos atadas y encerradas, los cuales todos Amor rompió e hizo pedazos, como que era mucho más poderoso que ella; y como animador de los adormecidos ingenios, a aquéllos, oscurecidos por crueles tinieblas, con su fuerza arrastró a la clara luz mostrando abiertamente de qué lugar arrastra a los espíritus sujetos a él y a cuál los conduce con sus rayos.
Cimone, pues, por mucho que en amar a Ifigenia en algunas cosas, así como suelen hacer los jóvenes amantes, exagerase, no por ello Aristippo, considerando que Amor lo había hecho de borrego transformarse en persona, no sólo no dejaba pacientemente de ayudarlo sino que le animaba a seguir en todo su voluntad. Pero Cimone, que rehusaba ser llamado Galeso por acordarse de que así lo había llamado Ifigenia, queriendo dar honesto fin a su deseo, muchas veces hizo sondear a Cipseo, padre de Ifigenia, para que se la diese por mujer, pero Cipseo repuso siempre que se la había prometido a Pasimundas, noble joven rodense a quien entendía no faltar.
Y habiendo llegado el tiempo de las pactadas nupcias de Ifigenia, y habiendo mandado a por ella su esposo, se dijo Cimone:
«Ahora es tiempo de mostrar, oh Ifigenia, cuánto eres amada por mí. Por ti me he hecho un hombre y si puedo tenerte no dudo que me convertiré en más glorioso que algún dios; y con certeza o te tendré o moriré.»
Y dicho esto, ocultamente a algunos nobles jóvenes pidiendo ayuda, que eran sus amigos, y haciendo secretamente armar un barco con todas las cosas oportunas para la batalla naval, se hizo a la mar, en espera del barco que debía transportar a Ifigenia a su esposo en Rodas. La cual, luego de muchos honores que le hicieron su padre y los amigos de su esposo, hecha a la mar, hacia Rodas enderezaron la proa y salieron.
Cimone, que no se dormía, al día siguiente con su barco la alcanzó, y de lo alto de la proa a los que en el barco de Ifigenia iban, gritó fuerte:
—Deteneos, arriad las velas, o esperad ser vencidos y hundidos en el mar.
Los adversarios de Cimone habían traído las armas a cubierta y se preparaban a defenderse; por lo que Cimone, tomando, después de las palabras, un arpón de hierro, sobre la popa de los rodenses, que se alejaban deprisa, lo echó y la proa de su barco lo sujetó con fuerza; y fiero como un león, sin esperar a ser seguido por nadie, sobre la nave de Rodas saltó, como si a todos tuviera por nadie; y espoleándolo Amor, con maravillosa fuerza entre los enemigos se arrojó con un cuchillo en la mano y ora a éste ora a aquél hiriendo, como a ovejas los abatía. Lo que viendo los rodenses, arrojando en tierra las armas, casi al unísono se declararon prisioneros.
A los que Cimone dijo:
—Jóvenes, ni deseo de botín ni enojo contra vosotros me hizo partir de Chipre para asaltaros en medio del mar con mano armada: lo que me movió es para mí grandísima cosa de conseguir y para vosotros fácil de conceder con paz, y es Ifigenia, sobre todas las cosas por mí amada, a quien no pudiendo obtener de su padre como amigo y en paz, a vosotros como enemigo y con las armas me ha empujado Amor a quitárosla; y porque entiendo ser yo para ella lo que debía ser vuestro Pasimundas, dádmela, e idos con la gracia de Dios.
Los jóvenes, a quienes más la fuerza que la liberalidad obligaba, a Ifigenia, lacrimosa, concedieron a Cimone; el cual, viéndola llorar, le dijo:
—Noble señora, no te aflijas; soy tu Cimone, que por un largo amor mucho más he merecido tenerte que Pasimundas por una palabra dada.
Volvióse, pues, Cimone, habiéndola ya hecho llevar sobre su nave, sin tocar nada más de los rodenses, con sus compañeros, y los dejó marchar. Cimone entonces, más que ningún otro hombre contento con la adquisición de tan cara prenda, luego de que algún tiempo hubo empleado en consolarla a ella, que lloraba, deliberó con sus compañeros que no era el caso de volver a Chipre por el momento, por lo que, de común consejo, todos hacia Creta, donde casi todos ellos y máximamente Cimone, por parentescos viejos y recientes y por muchos amigos creían que estarían seguros junto con Ifigenia, enderezaron la proa de su nave. Pero la fortuna, que asaz fácilmente había otorgado a Cimone la consecución de la mujer, inconstante, súbitamente en triste y amargo llanto mudó la indecible alegría del enamorado joven.
No habían todavía pasado cuatro horas desde que Cimone había dejado a los rodenses cuando, llegando la noche (que Cimone esperaba más placentera que ninguna de las pasadas antes) junto con ella se levantó un temporal bravísimo y tempestuoso que al cielo con nubes y al mar con perniciosos vientos llenó; por la cual cosa ni podía nadie ver qué hacer ni adónde ir, ni siquiera mantenerse en cubierta para buscar algún remedio. Cuánto dolió esto a Cimone no hay que preguntárselo. Parecía que los dioses le hubiesen concedido su deseo para que más doloroso le fuese el morir, de lo que sin aquello poco se hubiese preocupado antes. Se dolían del mismo modo sus compañeros, pero sobre todos se dolía Ifigenia, llorando fuertemente y temiendo cada sacudida de las olas, y en su llanto ásperamente maldecía el amor de Cimone y se quejaba de su atrevimiento, afirmando que por ninguna otra cosa había nacido aquel tempestuoso azar sino porque los dioses no querían que aquel que contra su gusto quería tenerla por esposa pudiera gozar de su presuntuoso deseo sino que, viéndola primero morir a ella, él después muriese miserablemente.
Con tales lamentos y con otros mayores no sabiendo los marineros qué hacerse, haciéndose el viento cada vez más fuerte, sin saber ni distinguir adónde iban, llegaron junto a la isla de Rodas; y no sabiendo sin embargo qué isla fuese aquélla, con todo ingenio se esforzaron, para salvar sus vidas en llegar a tierra si se podía. A lo cual fue favorable la fortuna y los condujo a un pequeño seno del mar adonde poco antes que ellos los rodenses dejados libres por Cimone habían llegado con su nave; y antes de apercibirse de haber anclado en la isla de Rodas, se vieron (al salir la aurora y hacer el cielo algo más claro) como vecinos por un tiro de arco del barco que el día anterior habían dejado libre, de la cual cosa Cimone, angustiado sin medida, temiendo que le sucedería lo que le sucedió, mandó que se pusiera todo esfuerzo en salir de allí e ir a donde la fortuna los llevase porque en ninguna parte podían estar peor que aquí.
Se hicieron grandes esfuerzos para poder salir de allí, pero en vano: el viento poderosísimo los empujaba al lado contrario hasta el punto de que no sólo no pudieron salir del pequeño golfo, sino que, quisieran o no, los empujó a tierra. Y al llegar a ella fueron reconocidos por los marineros rodenses que habían descendido de su nave, de los cuales rápidamente alguno corrió a una hacienda cercana adonde habían ido los nobles jóvenes rodenses y les contó que allí Cimone con Ifigenia a bordo de su nave habían llegado por azar del mismo modo que ellos. Éstos, al oírlo, contentísimos, tomando a muchos de los hombres de la hacienda, prestamente fueron al mar; y Cimone, que ya en tierra con los suyos había tomado la decisión de huir a algún bosque cercano, todos juntos con Ifigenia fueron presos y llevados a la hacienda, y de allí, venido de la ciudad Lisímaco, sobre quien reposaba aquel año la suma magistratura de los rodenses, con grandísima compañía de hombres de armas, a Cimone y a todos sus compañeros se llevó a prisión, como Pasimundas, a quien las noticias habían llegado, había ordenado querellándose ante el senado de Rodas. Y de tal guisa el mísero y enamorado Cimone perdió a su Ifigenia ganada por él poco antes sin haberle quitado más que algún beso.
Ifigenia fue recibida y confortada por muchas mujeres nobles de Rodas, tanto por el dolor sufrido en su captura como por la fatiga pasada en el airado mar, y junto a ellas se estuvo hasta el día fijado para sus bodas. A Cimone y a sus compañeros, por la libertad que habían dado el día antes a los jóvenes rodenses, les fue concedida la vida, que Pasimundas solicitaba con todas sus fuerzas que les fuera quitada, y a prisión perpetua fueron condenados; en la cual, como puede creerse, dolorosos estaban y sin esperanza ya de ningún placer. Pasimundas cuanto podía la preparación de las futuras nupcias solicitaba; pero la fortuna, como arrepentida de la súbita injuria hecha a Cimone, obró un nuevo accidente en favor de su salud.
Tenía Pasimundas un hermano menor en edad que él, pero no en virtud que tenía por nombre Orínisda, que había estado en largas negociaciones para tomar por mujer a una joven noble y hermosa de la ciudad, que se llamaba Casandra, a quien Lisímaco sumamente amaba; y se había aplazado el matrimonio muchas veces por distintos accidentes. Ahora, viéndose Pasimundas a punto de celebrar sus nupcias con grandísima fiesta, pensó que óptimamente estaría si en aquella misma fiesta, para no volver de nuevo a los gastos y a los festejos, pudiera hacer que Orínisda semejantemente tomara mujer, por lo que con los parientes de Casandra renovó las conversaciones y las llevó a término, y él junto con el hermano decidieron que el mismo día que Pasimundas se llevase a Ifigenia, el mismo Orínisda se llevase a Casandra. La cual cosa oyendo Lisímaco, sobremanera le desagradó porque se veía privado de su esperanza, según la cual pensaba que si Orínisda no la desposaba, ciertamente la obtendría él; pero como prudente, tuvo escondido su dolor y empezó a pensar de qué manera podría impedir que aquello tuviera lugar, y novio ninguna vía posible sino raptarla. Esto le pareció fácil por el cargo que tenía, pero mucho más deshonroso lo juzgaba que si no hubiera tenido aquel cargo; pero en resumen, después de larga deliberación, la honestidad cedió el lugar al amor y tomó el partido de que, sucediera lo que sucediese, raptaría a Casandra.
Y pensando en la compañía que para hacer aquello necesitaba y de la manera en que debla procederse, se acordó de Cimone, a quien tenía prisionero junto con sus compañeros, e imaginó que ningún otro compañero mejor ni más leal podía tener que Cimone en este asunto; por lo que la noche siguiente ocultamente le hizo venir a su cámara y comenzó a hablarle de esta guisa:
—Cimone, así como los dioses son óptimos y liberales donantes de las cosas a los hombres, así son sagacísimos probadores de su virtud, y a quienes encuentran firmes y constantes en todos los casos, como a los más valerosos hacen dignos de las más altas recompensas. Ellos han querido una prueba de tu virtud más cierta que aquella que pudiste mostrar dentro de los límites de la casa de tu padre, a quien sé abundantísimo en riquezas; y primero con las punzantes solicitudes de amor te hicieron hombre de insensato animal (tal como he sabido), y luego con dura fortuna y al presente con dolorosa prisión quieren ver si tu ánimo cambia de lo que era cuando por poco tiempo te sentiste feliz con la ganada presa; el cual si es el mismo que fue, nada tan feliz te concedieron como lo que al presente se preparan a darte, lo cual, para que recobres las usadas fuerzas y te sientas animoso, entiendo mostrarte. Pasimundas, contento con tu desgracia y solicito procurador de tu muerte, cuanto puede se apresura a celebrar las bodas con tu Ifigenia para gozar en ellas de la presa que primero una alegre fortuna te había concedido y súbitamente airada te quitó; la cual cosa, cuánto tiene que dolerte, si amas como yo creo, por mí mismo lo conozco, a quien igual injuria que la tuya se prepara a hacerme el mismo día su hermano Orínisda con Casandra, a quien yo amo sobre todas las cosas. Y para escapar a tanta injuria y a tanto dolor de la fortuna ninguna vía veo que quede abierta sino la virtud de nuestros ánimos y de nuestras diestras con las que debemos mantener las espadas y abrirnos camino, tú para el segundo rapto, y yo para el primero de nuestras señoras; por lo que si tú, no quiero decir tu libertad (de la que poco creo que te preocupes sin tu señora), sino si a tu señora quieres recuperar, en tus manos la han puesto los dioses si quieres seguirme en mi empresa.
Estas palabras hicieron volver a Cimone todo el perdido ánimo, y sin demasiado respiro tomarse para responder, dijo:
—Lísimaco, ni más fuerte ni más fiel compañero que yo puedes tener en tal cosa si es que de ella se seguirá para mí lo que dices; y por ello lo que te parece que tenga que hacer ordénamelo y verás que lo hago con maravillosa fuerza.
A quien Lísimaco dijo:
—El tercer día a partir de hoy, entrarán por vez primera las nuevas esposas en casa de sus maridos, donde tú armado con tus compañeros y yo con algunos de los míos en los que más confío, al caer la tarde entraremos, y raptándolas en medio del convite, a una nave que he hecho aprestar secretamente las llevaremos matando a cualquiera que se atreva a hacernos frente.
Gustó la orden a Cimone y, callado, hasta el tiempo acordado estuvo en la prisión. Llegado el día de las bodas, la pompa fue grande y magnífica, y por todas partes la casa de los dos hermanos estaba en fiesta. Habiendo preparado Lísimaco todas las cosas oportunas, a Cimone y sus compañeros y semejantemente a sus amigos, todos armados bajo sus vestidos, cuando le pareció oportuno y habiéndolos primero con muchas palabras animado a su propósito, dividió en tres partes, de las cuales cautamente a una mandó al puerto para que nadie pudiera impedir el subir a la nave cuando lo necesitasen; y con las otras dos venidos a la casa de Pasimundas, a una dejó a la puerta para que ninguno pudiera encerrarlos dentro e impedir su salida, y con el remanente, junto con Cimone, subió por las escaleras.
Y llegados ya a la sala donde las nuevas esposas con muchas otras señoras ya a la mesa se habían sentado para comer ordenadamente, echándose hacia adelante y tirando al suelo las mesas, cada uno cogió a la suya y, poniéndolas en brazos de sus compañeros, mandaron que a la preparada nave las llevasen inmediatamente. Las recién casadas empezaron a llorar y a gritar e igualmente las otras mujeres y servidores; y repentinamente todo se llenó de voces y de llanto. Pero Cimone y Lisímaco y sus compañeros, sacando las espadas, sin que nadie se enfrentase a ellos, dejándoles todos paso, hacia la escalera se volvieron; y bajando por ella corrió a ellos Pasimundas que con un gran bastón en la mano corría al ruido, al que animosamente Cimone con su espada golpeó en la cabeza y se la partió por medio, y le hizo caer muerto a sus pies; corriendo en ayuda del cual el mísero Orínisda, igualmente fue muerto por uno de los golpes de Cimone, y algunos otros que acercarse quisieron por los compañeros de Lísimaco y de Cimone fueron heridos y rechazados. Éstos, dejando la casa llena de sangre y de alboroto y de llanto y de tristeza, sin ningún obstáculo, apretando su botín, llegaron a la nave; y poniendo en ella a las mujeres y subiendo ellos y todos sus compañeros, estando ya la playa llena de gente armada que a rescatar a las señoras venía, dando los remos al agua, alegremente se fueron a lo suyo.
Y llegados a Creta, allí por muchos amigos y parientes alegremente recibidos fueron, y casándose con las mujeres haciendo una gran fiesta, alegremente de su botín gozaron. En Chipre y en Rodas hubo alborotos y riñas grandes y durante mucho tiempo por sus hechos; por último, mediando en un lugar y en otro los amigos y los parientes, encontraron el modo de que, luego de algún exilio, Cimone con Ifigenia, contento, volviese a Chipre y Lísimaco del mismo modo con Casandra se volvió a Rodas; y cada uno alegremente con la suya vivió largamente contento en su tierra.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 01 Mayo 2020, 05:28

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NOVELA SEGUNDA

Costanza ama a Martuccio Gmito y, oyendo que había muerto, desesperada se sube sola a una barca, la cual por el viento es transportada a Susa; lo encuentra vivo en Túnez, se descubre a él, y él, estando en gran privanza con el rey por los consejos que le ha dado, casándose con ella, rico, se vuelve con ella a Lípari.

La reina, viendo terminada la historia de Pánfilo, después de haberla alabado mucho, ordenó a Emilia que, diciendo una, continuase; la cual comenzó así:
Todos debemos con razón deleitarnos con las cosas que vemos seguidas por el galardón que merecen los afectos; y porque amar más merece deleite que aflicción a largo término, con mucho mayor placer mío al hablar de la presente materia obedeceré a la reina de lo que en la precedente hice al rey.
Debéis, pues, delicadas señoras, saber que junto a Sicilia hay una islita llamada Lípari, en la cual, no hace aún mucho tiempo, hubo una bellísima joven llamada Costanza, nacida en la isla de gentes muy honradas, de la cual un joven que en la isla había, llamado Martuccio Gomito, asaz gallardo y cortés y valioso en su oficio, se enamoró. La cual tanto por él se inflamó de igual manera que nunca sentía ningún bien sino cuando lo veía, y deseando Martuccio tenerla por mujer, la hizo pedir a su padre, el cual contestó que él era pobre y por ello no quería dársela.
Martuccio, despechado al verse rehusado por su pobreza, con algunos amigos y parientes armando un barco, juró no volver jamás a Lípari sino rico; y partiendo de allí, comenzó a piratear costeando Berbería, robando a cualquiera que pudiese menos que él; en la cual cosa bastante favorable le fue la fortuna, si hubiera sabido poner límite a su ventura. Pero no bastándole que él y sus compañeros se hubiesen hecho riquísimos en poco tiempo, mientras buscaban enriquecerse más, sucedió que por algunos barcos sarracenos luego de larga defensa, con sus compañeros fue preso y robado, y por 1a mayor parte de los sarracenos despedazado y hundido su barco, él, llevado a Túnez, fue puesto en prisión y tenido en larga miseria. Llegó a Lípari no por una ni por dos, sino por muchas y diversas personas la noticia de que todos aquellos que con Martuccio había en el barquichuelo se habían anegado.
La joven, que sin medida estaba triste por la partida de Martuccio, oyendo que con los otros había muerto, largamente lloró, y decidió no seguir viviendo, y no sufriéndole su corazón matarse a sí misma con violencia, pensó una rara obligación imponer a su muerte; y saliendo secretamente una noche de su casa y llegando al puerto, halló por acaso, un tanto separada de las otras naves, una navecilla de pescadores, a la cual, porque acababan de bajarse de ella sus patrones, encontró provista de mástil y de remos.
Y subiendo en ella prestamente y con los remos empujándose un tanto por el mar, algo conocedora del arte marinero como lo son generalmente todas las mujeres de aquella isla, izó la vela y arrojó los remos y el timón y se entregó por completo al viento, pensando que por necesidad debía suceder o que el viento a la barca sin carga y sin piloto volcase, o que contra algún escollo la arrojase y rompiera; con lo que ella, aunque salvarse quisiera, no pudiese y por necesidad se ahogara; y tapándose la cabeza con un manto, se echó sollozando en el fondo de la barca. Pero de muy distinta manera sucedió de lo que ella pensaba, porque siendo aquel viento que soplaba tramontano y asaz suave, y no habiendo casi oleaje, y sosteniéndose bien la barca, al siguiente día de la noche en que se había subido a ella, al atardecer, a unas cien millas más allá de Túnez a una playa vecina a una ciudad llamada Susa la llevó.
La joven no advertía estar en la tierra más que en el mar, como quien nunca por ningún accidente había levantado la cabeza ni entendía levantarla. Y había por acaso entonces, cuando la barca golpeó la orilla, una pobre mujer junto al mar, que quitaba del sol las redes de sus pescadores; la cual, viendo la barca, se maravilló de cómo con la vela desplegada la hubiese dejado dar en tierra; y pensando que en ella los pescadores dormían, fue a la barca y a ninguna otra persona vio sino a esta joven, y a ella, que profundamente dormía, llamó muchas veces, y al fin la hizo despertarse, y conociendo en el vestir que era cristiana, hablándola en ladino le preguntó cómo era que tan sola en aquella barca hubiera llegado allí.
La joven, oyéndola hablar ladino, temió que tal vez otro viento la hubiera devuelto a Lípari, y poniéndose súbitamente en pie miró alrededor, y no conociendo la comarca y viéndose en tierra, preguntó a la buena mujer que dónde estaba.
Y la buena mujer le respondió:
—Hija mía, estás cerca de Susa en Berbería.
Oído lo cual, la joven, pesarosa de que Dios no había querido mandarle la muerte, temiendo el deshonor y no sabiendo qué hacerse, junto a su barca sentándose, comenzó a llorar. La buena mujer, viendo esto, sintió piedad de ella, y tanto le rogó que se la llevó a su cabaña; y tanto la lisonjeó allí que ella le dijo cómo había llegado hasta allí, por lo que, viendo la buena mujer que estaba todavía en ayunas, su duro pan y algún pez y agua le preparó, y tanto la rogó que comió un poco. Luego preguntó Costanza quién era a la buena mujer que así hablaba ladino; y ella le dijo que de Trápani era y que tenía por nombre Carapresa y que allí servía a algunos pescadores cristianos.
La joven, al oír decir «Carapresa», por muy apesadumbrada que estuviera, y no sabiendo ella misma qué razón le movía a ello, sintió que era buen augurio haber oído este nombre, y comenzó a sentir esperanzas sin saber de qué y a sentir cesar un tanto el deseo de la muerte; y sin manifestar quién era ni de dónde, rogó insistentemente a la buena mujer que por amor de Dios tuviera misericordia de su juventud y que le diese algún consejo con el cual pudiera escapar de que le hicieran algún daño.
Carapresa, al oírla, a guisa de buena mujer, dejándola en la cabaña, prestamente recogió sus redes y volvió con ella, y cubriéndola toda con su mismo manto, la llevó con ella a Susa, y llegada allí, dijo:
—Costanza, yo te llevaré a casa de una buenísima señora sarracena a quien sirvo muchas veces en lo que necesita, y es una señora anciana y misericordiosa; te recomendaré a ella cuanto pueda y estoy certísima de que te recibirá de grado y te tratará como a una hija, y tú, estando con ella, te las ingeniarás como puedas, sirviéndola, para conseguir su gracia hasta que Dios te mande mejor ventura.
Y como lo dijo, lo hizo. La señora, que era ya vieja, después de oírla, miró a la joven a la cara y empezó a llorar, y asiéndola, la besó en la frente y luego, de la mano, la llevó a su casa, en la cual, con algunas otras mujeres vivía sin hombre alguno, y todas trabajaban en diversas cosas con sus manos, haciendo distintos trabajos de seda, de palma, de cuero; de los que la joven en pocos días aprendió a hacer alguno y con ellas comenzó a trabajar, y en tanta gracia y amor llegaron a tenerla la buena señora y las otras, que era cosa maravillosa, y en poco espacio de tiempo, enseñándosela ellas, aprendió su lengua.
Viviendo, pues, la joven en Susa, habiendo sido ya en su casa llorada por perdida y muerta, sucedió que, siendo rey de Túnez uno que se llamaba Meriabdelá, un joven de gran linaje y de mucho poder que había en Granada, diciendo que le pertenecía a él el reino de Túnez, reunida grandísima multitud de gente contra el rey de Túnez se vino, para arrojarlo del reino.
Y llegando estas cosas a los oídos de Martuccio Gomito en la prisión, el cual muy bien sabía el berberisco, y oyendo que el rey de Túnez se esforzaba muchísimo en defenderla, dijo a uno de aquellos que a él y a sus compañeros guardaban:
—Si yo pudiera hablar al rey, me da el corazón que le daría un consejo con el cual ganaría la guerra.
El guardián dijo estas palabras a su señor, el cual al rey las contó incontinenti; por lo cual, el rey mandó que le fuera llevado Martuccio; y preguntándole cuál era su consejo, le respondió así:
—Señor mío, si he mirado bien en otros tiempos que he estado en estas tierras vuestras la manera en que tenéis vuestras batallas, me parece que más con arqueros que otra cosa las libráis; y por ello, si encontrase el modo de que a los arqueros de vuestro adversario les faltasen saetas y que los vuestros tuvieran de ellas en abundancia, creo que venceríais vuestra batalla.
Y el rey le dijo:
—Sin duda si esto pudiera hacerse, creería ser vencedor.
Y Martuccio le dijo:
—Señor mío, si lo queréis, esto podrá hacerse, y oíd cómo: vosotros debéis hacer cuerdas mucho más delgadas para los arcos de vuestros arqueros que las que son por todas usadas comúnmente, y luego mandar hacer saetas cuyas muescas no sean buenas sino para estas cuerdas delgadas; y esto conviene hacerlo tan secretamente que vuestro adversario no lo sepa, porque de otra manera encontraría un remedio. Y la razón por la que os digo esto es ésta: luego que los arqueros de vuestro enemigo hayan lanzado sus saetas y los vuestros las vuestras, sabed que las que los vuestros hayan lanzado tendrán que recogerlas vuestros enemigos, para seguir la batalla, y los vuestros tendrán que recoger las suyas; pero los adversarios no podrán usarl as saetas lanzadas por los vuestros porque las pequeñas muescas no entrarán en las cuerdas gruesas, mientras a los vuestros sucederá lo contrario con las saetas de vuestros enemigos, porque en las cuerdas delgadas entrarán óptimamente las saetas que tengan anchas muescas; y así los vuestros tendrán gran acopio de saetas mientras los otros tendrán falta de ellas.
Al rey, que era sabio señor, agradó el consejo de Martuccio, y siguiéndole enteramente, con él encontró haber ganado la guerra, con lo que sumamente Martuccio consiguió su gracia y, por consiguiente, un grande y rico estado. Corrió la fama de estas cosas por el país y llegó a oídos de Costanza que Martuccio Gomito estaba vivo, a quien largamente había creído muerto; por lo que el amor por él, ya entibiado en su corazón frío, con pronta flama se inflamó de nuevo y se hizo mayor y la muerta esperanza suscitó. Por lo cual a la buena señora con quien vivía manifestó todos sus asuntos, y le dijo que deseaba ir a Túnez para saciar sus ojos con aquello que los oídos por las recibidas noticias le habían hecho deseosa. La cual alabó mucho su deseo, y como si hubiese sido su madre, subiendo a una barca, con ella se fue a Túnez, donde con Costanza en casa de una pariente suya fue recibida honradamente.
Y habiendo ido con ella Carapresa, la mandó a escuchar lo que pudiera saberse de Martuccio; y encontrando que estaba vivo y en gran estado y contándoselo, plugo a la noble señora ser ella quien significase a Martuccio que allí en su busca había venido su Costanza; y yendo un día a donde Martuccio estaba, le dijo:
—Martuccio, a mi casa ha llegado un servidor tuyo que viene de Lípari y querría secretamente hablarte; y por ello, por no confiarse a los otros, tal como él ha querido, yo mismo he venido a decírtelo.
Martuccio le dio las gracias y tras ella se fue a su casa. Cuando la joven lo vio, cerca estuvo de morir de alegría, y no pudiendo contenerse, súbitamente con los brazos abiertos se le echó al cuello y lo abrazó, y por lástima de los infortunios pasados y por la alegría presente, sin poder nada decir, tiernamente comenzó a llorar.
Martuccio, viendo a la joven, un tanto se quedó sin palabra de la maravilla, y luego, suspirando, dijo:
—¡Oh, Costanza mía! ¿Estás viva? Hace mucho tiempo que oí que habías muerto y en nuestro país de ti nada se sabía.
Y dicho esto, llorando tiernamente, la abrazó y la besó. Costanza le contó todas sus aventuras y el honor que había recibido de la noble señora con quien había estado. Martuccio, luego de muchos razonamientos, separándose de ella, a su señor se fue y todo le contó; esto es, sus azares y los de la joven, añadiendo que, con su licencia, entendía según nuestra fe casarse con ella.
El rey se maravilló de estas cosas, y haciendo venir a la joven y oyéndole que era tal como Martuccio había dicho, dijo:
—Pues muy bien lo has ganado por marido.
Y haciendo venir grandísimos y nobles presentes, parte le dio a ella y parte a Martuccio, dándoles licencia para hacer entre sí lo que más fuese del agrado de cada uno. Martuccio, honrada mucho la noble señora con quien Costanza había vivido, y agradeciéndole lo que en su servicio había hecho, y haciéndole tales presentes como a ella convenían y encomendándola a Dios, no sin muchas lágrimas de Costanza, se despidió; y luego, subiendo a un barquito con licencia del rey, y con su Carapresa, con próspero viento volvieron a Lípari, donde hubo tan gran fiesta como nunca decir se podría. Allí Martuccio se caso con ella e hizo grandes y hermosas bodas, y luego con ella, en paz y en reposo, largamente gozaron de su amor.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 02 Mayo 2020, 08:04

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NOVELA TERCERA

Pietro Boccamazza se escapa con Agnolella; se encuentra con ladrones, la joven huye por un bosque y es conducida a un castillo, Pietro es apresado y se escapa de manos de los ladrones, y luego de algunos accidentes llega al castillo donde estaba Agnolella, y casándose con ella, con ella vuelve a Roma.

No hubo nadie entre todos que la historia de Emilia no alabase, la que viendo la reina que había terminado, volviéndose a Elisa le ordenó que continuase ella; y ella, deseosa de obedecer, comenzó:
A mí se me pone delante, encantadoras señoras, una mala noche que pasaron dos jovencillos poco prudentes; pero porque le siguieron muchos días felices, como está de acuerdo con nuestro argumento, me place contarla.
En Roma, que como hoy es la cola antes fue la cabeza del mundo, hubo un joven hace poco tiempo, llamado Pietro Boccamazza, de familia muy honrada entre las romanas, que se enamoró de una hermosísima y atrayente joven llamada Agnolella, hija de uno que tuvo por nombre Gigliuozzo Saullo, hombre plebeyo pero muy querido a los romanos. Y amándola, tanto hizo, que la joven comenzó a amarle no menos que él la amaba. Pietro, empujado por ferviente amor, y pareciéndole que no debía sufrir más la dura pena que el deseo de ella le daba, la pidió por mujer; la cual cosa, al saberla sus parientes, fueron a donde él y le reprocharon mucho lo que quería hacer; y por otra parte hicieron decir a Gigliuozzo Saullo que de ninguna manera atendiese a las palabras de Pietro porque, si lo hacía, nunca como amigo le tendrían sus parientes.
Pietro, viéndose el vedado camino por el que sólo creía poder conseguir su deseo, quiso morirse de dolor, y si Gigliuozzo lo hubiera consentido, contra el gusto de todos los parientes que tenía hubiese tomado por mujer a su hija; pero como no fue así, se le puso en la cabeza que, si a la joven le placiere, haría que aquello tuviese lugar, y por persona interpuesta conociendo que le placía, se puso de acuerdo con ella para huir de Roma. Y planeado aquello, Pietro, una mañana, levantándose tempranísimo, junto con ella montó a caballo y se pusieron en camino hacia Anagni, donde Pietro tenía algunos amigos en los cuales confiaba mucho; y cabalgando así, no teniendo tiempo de hacer las bodas porque temían ser seguidos, hablando. Sobre su amor, alguna vez el uno besaba al otro.
Ahora, sucedió que, no conociendo Pietro muy bien el camino, cuando estuvieron unas ocho millas lejos de Roma, debiendo tomar a la derecha, se fueron por un camino a la izquierda; y apenas habían cabalgado más de dos millas cuando se vieron cerca de un castillo del cual, habiéndolos visto, súbitamente salieron cerca de doce hombres de armas; y estando bastante cerca, la joven los vio, por lo que gritando dijo:
—¡Pietro, salvémonos que nos asaltan!
Y como pudo, hacia un bosque grandísimo volvió su jaco y, apretándole las espuelas, sujetándose al arzón, sintiéndose el jaco aguijar, corriendo por aquel bosque la llevaba. Pietro, que más la cara de ella iba mirando que el camino, no habiéndose percatado pronto, como ella, de los hombres que venían, fue alcanzado por ellos y preso y obligado a bajar del jaco; y preguntándole quién era, empezaron a deliberar entre ellos y a decir:
—Éste es de los amigos de nuestros enemigos; ¿qué hemos de hacer sino quitarle estas
ropas y este jaco y, por desagradar a los Orsini, colgarlo de una de estas encinas?
Y estando todos de acuerdo con esta decisión, habían mandado a Pietro que se desnudase; y estando él desnudándose, ya adivinando todo su mal, sucedió que una cuadrilla de bien veinticinco hombres de armas que estaban en acecho súbitamente se les echaron encima a aquéllos gritando:
—¡Mueran, mueran!
Los cuales, sorprendidos por aquello, dejando a Pietro, se volvieron en su defensa, pero viéndose mucho menos que los asaltantes, comenzaron a huir, y éstos a seguirlos, la cual cosa viendo Pietro, súbitamente cogió sus cosas y saltó sobre su jaco y comenzó a huir cuanto pudo por el camino por donde había visto que la joven había huido.
Pero no viendo por el bosque ni camino ni sendero, ni distinguiendo huellas de caballo, después de que le pareció encontrarse a salvo y fuera de las manos de aquellos que le habían apresado y también de los otros por quienes ellos habían sido asaltados, no encontrando a su joven, más triste que ningún hombre, comenzó a llorar y a  andarla llamando por aquí y por allí por el bosque; pero nadie le respondía, y él no se atrevía a volverse atrás, y andando por allí delante no sabía a dónde iba a llegar; y, por otra parte, de las fieras que suelen habitar en los bosques tenía al mismo tiempo miedo por él y por su joven, a quien le parecía estar viendo estrangulada por un oso o un lobo.
Anduvo, pues, este desventurado Pietro todo el día por aquel bosque gritando y dando voces, a veces retrocediendo cuando creía que avanzaba; y ya entre el gritar y el llorar y por el miedo y por el largo ayuno, estaba tan rendido que más no podía. Y viendo llegada la noche, no sabiendo qué consejo tomar, encontrada una grandísima encina, bajando del jaco, lo ató a ella, y luego, para no ser por las fieras devorado por la noche, se subió a ella, y poco después, saliendo la luna y estando el tiempo clarísimo, no atreviéndose a dormir para no caer, aunque hubiera tenido la ocasión, el dolor y los pensamientos que tenía de su joven no le hubieran dejado; por lo que, suspirando y llorando y maldiciendo su desventura, velaba.
La joven, huyendo como decíamos antes, no sabiendo dónde ir sino donde su jaco mismo donde mejor le parecía la llevaba, se adentró tanto en el bosque que no podía ver el lugar por donde había entrado; por lo que no de otra manera de lo que había hecho Pietro, todo el día (ora esperando y ora andando), y llorando y dando voces, y doliéndose de su desgracia, por el selvático lugar anduvo dando vueltas.
Al fin, viendo que Pietro no venía, estando ya oscuro, dio junto a un senderillo, entrando por el cual y siguiéndolo el jaco, luego de que más de dos millas hubo cabalgado, desde lejos se vio delante de una casita, a la que lo antes que pudo se llegó; y allí encontró un buen hombre de mucha edad con su mujer que también era vieja; los cuales, cuando la vieron sola, dijeron:
—Hija, ¿qué vas haciendo tú sola a esta hora por este lugar?
La joven, llorando, repuso que había perdido a su compañía en el bosque y preguntó a qué distancia estaba Anagni.
El buen hombre respondió:
—Hija mía, éste no es camino por donde ira Anagni; hay más de doce millas desde aquí.
Dijo entonces la joven:
—¿Y dónde hay habitaciones en que poder albergarse?
Y el buen hombre repuso:
—Habitaciones no hay en ningún lugar tan cercano que pudieses llegar antes que fuera de día.
Dijo entonces la joven:
—¿Os placería, puesto que a otro lugar ir no puedo, tenerme aquí por el amor de Dios esta noche?
El buen hombre repuso:
—Joven, que te quedes con nosotros esta noche nos placerá, pero sin embargo queremos recordarte que por estas comarcas de día y de noche van muchas malas brigadas de amigos y enemigos que muchas veces nos causan gran daño y gran disgusto; y si por desgracia estando tú aquí viniera alguna, y viéndote hermosa y joven como eres te causaran molestias y deshonra, nosotros no podríamos ayudarte. Queremos decírtelo para que después, si ello sucediera, no puedas quejarte de nosotros.
La joven, viendo que la hora era tardía,aunque las palabras la asustasen, dijo:
—Si place a Dios, nos guardará a vos y a mí de este dolor, que si a pesar de ello me sucediera, es mucho menos malo ser desgarrada por los hombres que despedazada en los bosques por las fieras.
Y dicho esto, bajando de su rocín, entró en la casa del pobre hombre, y allí con ellos de lo que pobremente tenían cenó y luego, toda vestida, sobre una yacija, junto con ellos, se acostó a dormir; y en toda la noche no cesó de suspirar ni de llorar su desventura y la de Pietro, de quien no sabía qué debía esperar sino mal.
Y estando ya cerca la mañana, sintió un gran ruido de pasos de gente; por la cual cosa, levantándose, se fue a un gran patio que tenía detrás la pequeña casita, y viendo en una de las partes mucho heno, se fue a esconder dentro para que, si aquella gente llegase aquí, no la encontraran tan pronto. Y apenas acababa de esconderse del todo cuando aquéllos, que eran una gran brigada de hombres malvados, llegaron a la puerta de la casita; y haciendo abrir y entrando dentro, y encontrado el jaco de la joven todavía con la silla puesta, preguntaron quién había allí.
El buen hombre, no viendo a la joven, repuso:
—No hay nadie más que nosotros, pero este rocín, de quien se haya escapado, llegó ayer por la tarde a nosotros y lo metimos en la casa para que los lobos no lo comiesen.
—Pues —dijo el comandante de la compañía— bueno será para nosotros, puesto que otro dueño no tiene.
Esparciéndose, pues, todos estos por la pequeña casa, una parte se fue al patio, y dejando en tierra sus lanzas y sus escudos de madera, sucedió que uno de ellos, no sabiendo qué hacer, arrojó su lanza en el heno y estuvo a punto de matar a la escondida joven, y ella a descubrirse porque la lanza le dio junto a la teta izquierda, tanto que el hierro le desgarró los vestidos con lo que ella estuvo a punto de lanzar un gran grito temiendo haber sido herida; pero acordándose de dónde estaba, recobrándose, se quedó callada.
La brigada, quién por aquí y quién por allá, habiéndoles cogido los cabritillos y la otra carne, y comido y bebido, se fueron a lo suyo y se llevaron el rocín de la joven.
Y estando ya bastante lejos, el buen hombre comenzó a preguntar a la mujer:
—¿Qué ha sido de la joven que ayer por la noche llegó aquí, que no la he visto desde que nos levantamos?
La buena mujer respondió que no sabía, y estuvieron buscándola. La joven, sintiendo que aquéllos se habían ido, salió del heno; de lo que el buen hombre, muy contento, puesto que vio que no había dado en manos de aquéllos, y haciéndose ya de día, le dijo:
—Ahora que el día viene, si te place te acompañaremos hasta un castillo que está a cinco millas de aquí, y estarás en un lugar seguro; pero tendrás que venir a pie, porque esa mala gente que ahora se va de aquí, se ha llevado tu rocín.
La joven, sin preocuparse por ello, le rogó que al castillo la llevasen; por lo que poniéndose en camino, allí llegaron hacia mitad de tercia. Era el castillo de uno de los Orsini que se llamaba Liello de Campodiflore, y por ventura estaba allí su mujer, que era señora buenísima y santa; y viendo a la joven, prestamente la reconoció y la recibió con fiestas, y ordenadamente quiso saber cómo hubiera llegado aquí. La joven le contó todo. La señora, que conocía también a Pietro, así como amigo de su marido que era, dolorosa estuvo del caso sucedido; y oyendo dónde había sido preso, pensó que habría sido muerto.
Dijo entonces a la joven.
—Puesto que es así que no sabes de Pietro, te quedarás aquí conmigo hasta que pueda mandarte a Roma con seguridad.
Pietro, estando sobre la encina lo más triste que puede estarse vio venir unos veinte lobos hacia la hora del primer sueño, los cuales todos en cuanto el jaco vieron lo rodearon. Sintiéndolos el rocín, levantando la cabeza, rompió las riendas y quiso darse a la huida, pero estando rodeado y no pudiendo, un gran rato con los dientes y con las patas se defendió; al final fue abatido y destrozado y rápidamente destripado, y apacentándose todos, no dejando sino los huesos, lo devoraron y se fueron. Con lo que Pietro, a quien parecía tener en el jaco una compañía y un sostén de sus fatigas, mucho se acoquinó y se imaginó que nunca más podría salir de aquel bosque; y siendo ya cerca del día, muriéndose de frío sobre la encina, como quien siempre miraba alrededor, vio cerca lo que parecía un grandísimo fuego; por lo que, al hacerse de día claro, bajando no sin miedo de la encina, se enderezó hacia allí y tanto anduvo que llegó a él, alrededor del cual encontró pastores que comían y se divertían, por los que por compasión fue recogido. Y luego de que hubo comido bien y se calentó, contada su desventura y cómo había llegado solo allí, les preguntó si en aquellos lugares había alguna villa o castillo adonde pudiese ir.
Los pastores le dijeron que a unas tres millas de allí estaba un castillo de Liello de Campodiflore, en el cual al presente estaba su mujer; de lo que Pietro contentísimo se puso y les rogó que alguno de ellos le acompañase hasta el castillo, lo que dos de ellos hicieron de buen grado. Llegado a él Pietro, y habiendo encontrado allí a un conocido suyo, tratando de buscar el modo de que la joven fuese buscada por el bosque, fue mandado llamar de parte de la señora; el cual, incontinenti, fue a ella, y al ver con ella a Agnolella, nunca contento hubo igual que el suyo.
Se consumía todo por ir a abrazarla, pero por vergüenza que le causaba la señora lo dejaba; y si él estuvo muy contento, la alegría de la joven al verlo no fue menor. La noble señora, acogiéndolo y festejándolo y oyéndole lo que sucedido le había, le reprendió mucho de lo que quería hacer contra el gusto de sus parientes; pero viendo que con todo estaba determinado a ello y que agradaba a la joven, dijo:
—¿De qué me preocupo yo? Éstos se aman, éstos se conocen; cada uno de ellos es igualmente amigo de mi marido, y su deseo es honrado, y creo que agrade a Dios; puesto que uno de la horca ha escapado y el otro de la lanza, y ambos dos de las fieras salvajes, hágase así.
Y volviéndose a ellos les dijo:
—Si esto tenéis en el ánimo, querer ser mujer y marido, yo también; hágase, y que las bodas aquí se preparen a expensas de Liello: la paz, después, entre vosotros y vuestros parientes bien sabré hacerla yo.
Contentísimo Pietro, y más Agnolella, se casaron allí, y como se puede hacer en la montaña, la noble señora preparó sus honradas bodas, y allí los primeros frutos de su amor dulcísimamente gustaron. Luego, de allí a algunos días, la señora junto con ellos montando a caballo, y bien acompañados, volvieron a Roma, donde, encontrando muy airados a los parientes de Pietro por lo que había hecho, con ellos los puso en paz; y él con mucho reposo y placer con su Agnolella hasta su vejez vivió.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 03 Mayo 2020, 08:10

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NOVELA CUARTA

Ricciardo Manardi es hallado por micer Lizio de Valbona con su hija, con la cual se casa, y con su padre queda en paz.

Al callarse Elisa, las alabanzas que sus compañeras hacían de su historia escuchando, ordenó la reina a Filostrato que él hablase; el cual, riendo, comenzó:
He sido reprendido tantas veces por tantas de vosotras porque os impuse un asunto de narraciones crueles y que movían al llanto, que me parece (para restañar algo aquella pena) estar obligado a contar alguna cosa con la cual algo os haga reír; y por ello, de un amor que no tuvo más pena que algunos suspiros y un breve temor mezclado con vergüenza, y a buen fin llegado, con una historieta muy breve entiendo hablaros.
No ha pasado, valerosas señoras, mucho tiempo desde que hubo en la Romaña un caballero muy de bien y cortés que fue llamado micer Lizio de Valbona, a quien por acaso, cerca de su vejez, le nació una hija de su mujer llamada doña Giacomina; la cual, más que las demás de la comarca al crecer se hizo hermosa y placentera; y porque era la única que les quedaba al padre y a la madre sumamente por ellos era amada y tenida en estima y vigilada con maravilloso cuidado, esperando concertarle un gran matrimonio. Ahora, frecuentaba mucho la casa de micer Lizio y mucho se entretenía con él un joven hermoso y lozano en su persona, que era de los Manardi de Brettinoro, llamado Ricciardo, del cual no se guardaban micer Lizio y su mujer más que si hubiera sido su hijo; el cual, una vez y otra habiendo visto a la joven hermosísima y gallarda y de loables maneras y costumbres, y ya en edad de tomar marido, de ella ardientemente se enamoró, y con gran cuidado tenía oculto su amor. De lo cual, percibiéndose la joven, sin esquivar el golpe, semejantemente comenzó a amarle a él, de lo que Ricciardo estuvo muy contento.
Y habiendo muchas veces sentido deseos de decirle algunas palabras, y habiéndose callado por temor, sin embargo una vez, buscando ocasión y valor, le dijo:
—Caterina, te ruego que no me hagas morir de amor.
La joven repuso de súbito:
—¡Quisiera Dios que me hicieses tú más morir a mí!
Esta respuesta mucho placer y valor dio a Ricciardo y le dijo:
—Por mí no quedará nada que te sea grato, pero a ti corresponde encontrar el modo de salvar tu vida y la mía.
La joven entonces dijo:
—Ricciardo, ves lo vigilada que estoy, y por ello no puedo ver cómo puedes venir conmigo; pero si puedes tú ver algo que pueda hacer sin que me deshonre, dímelo, y yo lo haré.
Ricciardo, habiendo pensado muchas cosas, súbitamente dijo:
—Dulce Caterina mía, no puedo ver ningún camino si no es que pudieras dormir o venir arriba a la galería que está junto al jardín de tu padre, donde, si supiese yo que estabas, por la noche sin falta me las arreglaría para llegar, por muy alta que esté.
Y Caterina le respondió:
—Si te pide el corazón venir allí creo que bien podré hacer de manera que allí duerma.
Ricciardo dijo que sí, y dicho esto, una sola vez se besaron a escondidas, y se separaron. Al día siguiente, estando ya cerca el final de mayo, la joven comenzó delante de la madre a quejarse de que la noche anterior, por el excesivo calor, no había podido dormir.
Dijo la madre:
—Hija, pero ¿qué calor fue ése? No hizo calor ninguno.
Y Caterina le dijo:
—Madre mía, deberíais decir «a mi parecer» y tal vez diríais bien; pero deberíais pensar en lo mucho más calurosas que son las muchachas que las mujeres mayores.
La señora dijo entonces:
—Hija, es verdad, pero yo no puedo hacer calor y frío a mi gusto, como tú parece que querrías; el tiempo hay que sufrirlo como lo dan las estaciones; tal vez esta noche hará más fresco y dormirás mejor.
—Quiera Dios —dijo Caterina—, pero no suele ser costumbre, yendo hacia el verano, que las noches vayan refrescándose.
—Pues —dijo la señora—, ¿qué vamos a hacerle?
Repuso Caterina:
—Si a mi padre y a vos os placiera, yo mandaría hacer una camita en la galería que está junto a su alcoba y sobre su jardín, y dormiría allí oyendo cantar el ruiseñor; y teniendo un sitio más fresco, mucho mejor estaría que en vuestra alcoba.
La madre entonces dijo:
—Hija, cálmate; se lo diré a tu padre, y si éllo quiere así lo haremos. Las cuales cosas oyendo micer Lizio a su mujer, porque era viejo y quizá por ello un tanto malhumorado, dijo:
—¿Qué ruiseñor es ése con el que quiere dormirse? También voy a hacerla dormir con el canto de las cigarras.
Lo que sabiendo Caterina, más por enfado que por calor, no solamente la noche siguiente no durmió sino que no dejó dormir a su madre, siempre quejándose del mucho calor, lo que habiendo visto la madre fue por la mañana a micer Lizio y le dijo:
—Micer, vos no queréis mucho a esta joven; ¿qué os hace durmiendo en esa galería? En toda la noche no ha cerrado el ojo por el calor; y además, ¿os asombráis porque le guste el canto del ruiseñor siendo como es una criatura? A los jóvenes les gustan las cosas semejantes a ellos.
Micer Lizio, al oír esto, dijo:
—Vaya, ¡que le hagan una cama como pueda caber allí y haz que la rodeen con sarga, y que duerma allí y que oiga cantar el ruiseñor hasta hartarse!
La joven, enterada de esto, prontamente hizo preparar allí una cama; y debiendo dormir allí la noche siguiente, esperó hasta que vio a Ricciardo y le hizo una señal convenida entre ellos, por la que entendió lo que tenía que hacer.
Micer Lizio, sintiendo que la joven se había acostado, cerrando una puerta que de su alcoba daba a la galería, del mismo modo se fue a dormir. Ricciardo, cuando por todas partes sintió las cosas tranquilas, con la ayuda de una escala subió al muro, y luego desde aquel muro, agarrándose a unos saledizos de otro muro, con gran trabajo (y peligro si se hubiese caído), llegó a la galería, donde calladamente con grandísimo gozo fue recibido por la joven; y luego de muchos besos se acostaron juntos y durante toda la noche tomaron uno del otro deleite y placer, haciendo muchas veces cantar al ruiseñor. Y siendo las noches cortas y el placer grande, y ya cercano el día (lo que no pensaban), caldeados tanto por el tiempo como por el jugueteo, sin tener nada encima se quedaron dormidos, teniendo Caterina con el brazo derecho abrazado a Ricciardo bajo el cuello y cogiéndole con la mano izquierda por esa cosa que vosotras mucho os avergonzáis de nombrar cuando estáis entre hombres. Y durmiendo de tal manera sin despertarse, llegó el día y se levantó micer Lizio; y acordándose de que su hija dormía en la galería, abriendo la puerta silenciosamente, dijo:
—Voy a ver cómo el ruiseñor ha hecho dormir esta noche a Caterina.
Y saliendo afuera calladamente, levantó la sarga con que estaba oculta la cama, y a Ricciardo y a ella se encontró desnudos y destapados que dormían en la guisa arriba descrita; y habiendo bien conocido a Ricciardo, en silencio se fue de allí y se fue a la alcoba de su mujer y la llamó diciendo:
—Anda, mujer, pronto, levántate y ven a ver que tu hija estaba tan deseosa del ruiseñor que tanto lo ha acechado que lo ha cogido y lo tiene en la mano.
Dijo la señora:
—¿Cómo puede ser eso?
Dijo micer Lizio:
—Lo verás si vienes enseguida.
La señora, apresurándose a vestirse, en silencio siguió a micer Lizio, y llegando los dos juntos a la cama y levantada la sarga claramente pudo ver doña Giacomina cómo su hija había cogido y tenía el ruiseñor que tanto deseaba oír cantar. Por lo que la señora sintiéndose gravemente engañada por Ricciardo quiso dar gritos y decirle grandes injurias, pero micer Francisco le dijo:
—Mujer, guárdate, si estimas mi amor, de decir palabra porque en verdad, ya que lo ha cogido, será suyo. Ricciardo es un joven noble y rico; no puede darnos sino buen linaje; si quiere separarse de mí con buenos modos tendrá que casarse primero con ella, así se encontrará con que ha metido el ruiseñor en su jaula y no en la ajena.
Por lo que la señora, consolada, viendo que su marido no estaba irritado por este asunto, y considerando que su hija había pasado una buena noche y había descansado bien y había cogido el ruiseñor, se calló. Y pocas palabras dijeron después de éstas, hasta que Ricciardo se despertó; y viendo que era día claro se tuvo por muerto, y llamó a Caterina diciendo:
—¡Ay de mí, alma mía! ¿Qué haremos que ha venido el día y me ha cogido aquí?
A cuyas palabras micer Lizio, llegando de dentro y levantando la sarga contestó:
—Haremos lo que podamos.
Cuando Ricciardo lo vio, le pareció que le arrancaban el corazón del pecho; e incorporándose en la cama dijo:
—Señor mío, os pido merced por Dios, sé que como hombre desleal y malvado he merecido la muerte, y por ello haced de mí lo que os plazca, pero os ruego, si puede ser, que tengáis piedad de mi vida y no me matéis.
Micer Lizio le dijo:
—Ricciardo, esto no lo ha merecido el amor que te tenía y la confianza que ponía en ti; pero puesto que es así, y que a tan gran falta te ha llevado la juventud, para salvarte de la muerte y a mí de la deshonra, antes de moverte toma a Caterina por tu legítima esposa, para que, así como esta noche ha sido tuya, lo sea mientras viva; y de esta guisa puedes mi perdón y su salvación lograr, y si no quieres hacer eso encomienda a Dios tu alma.
Mientras estas palabras se decían, Caterina soltó el ruiseñor y, despertándose, comenzó a llorar amargamente y a rogar a su padre que perdonase a Ricciardo; y por otra parte rogaba a Ricciardo que hiciese lo que micer Lizio quería, para que con tranquilidad y mucho tiempo pudiesen pasar juntos tales noches. Pero no hubo necesidad de muchos ruegos porque, por una parte, la vergüenza de la falta cometida y el deseo de enmendarla y, por otra, el miedo a morir y el deseo de salvarse, y además de esto el ardiente amor y el apetito de poseer la cosa amada, de buena gana y sin tardanza le hicieron decir que estaba dispuesto a hacer lo que le placía a micer Lizio; por lo que pidiendo micer Lizio a la señora Giacomina uno de sus anillos, allí, sin moverse, en su presencia, Ricciardo tomó por mujer a Caterina.
La cual cosa hecha, micer Lizio y su mujer, yéndose, dijeron:
—Descansad ahora, que tal vez lo necesitáis más que levantaros.
Y habiendo partido ellos, los jóvenes se abrazaron el uno al otro, y no habiendo andado más que seis millas por la noche anduvieron otras dos antes de levantarse, y terminaron su primera jornada. Levantándose luego, y teniendo ya Ricciardo una ordenada conversación con micer Lizio, pocos días después, como convenía, en presencia de sus amigos y de los parientes, de nuevo desposó a la joven y con gran fiesta se la llevó a su casa y celebró honradas y hermosas bodas, y luego con él largamente en paz y tranquilidad, muchas veces y cuanto quiso dio caza a los ruiseñores de día y de noche.


(Continuará)


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Giovanni Bocaccio: El Decamerón - Página 2 Empty Re: Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 04 Mayo 2020, 08:04

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NOVELA QUINTA

Guidotto de Cremona deja a Giacomino de Pavia una niña y se muere; a la cual Giannole de Severino y Minghino de Mingole aman en Faenza; llegan a las manos; se descubre que la muchacha es hermana de Giannole y se entrega por esposa a Minghino.


Habían reído tanto todas las mujeres, escuchando la historia del ruiseñor, que todavía, aunque Filostrato hubiera terminado de novelar, no podían dejar de reírse.
Pero al cabo, luego de que un rato se hubieron reído, dijo la reina:
—Ciertamente, aunque nos afligiste ayer, nos has divertido hoy tanto, que ninguna debe quejarse de ti con razón.
Y habiendo remitido la palabra a Neifile, le ordenó que novelase; la cual alegremente, así comenzó a hablar:
Puesto que Filostrato ha entrado, hablando,en la Romaña, a mí me agradará también andar algún tanto por ella paseándome con mi novelar. Digo, pues, que vivieron antiguamente en la ciudad de Fano dos lombardos de los cuales uno fue llamado Guidotto de Cremona y el otro Giacomino de Pavia, hombres ya de edad y que habían pasado su juventud casi toda en hechos de armas y como soldados; donde, llegándole la hora de la muerte a Guidotto, y no teniendo ningún hijo ni otro amigo o pariente en quien confiar más de lo que hacía en Giacomino, una hija suya de unos diez años y lo que en el mundo tenía, hablándole mucho de sus asuntos, le dejó, y se murió.
Sucedió en estos tiempos que la ciudad de Faenza, que largamente había estado en guerra y en desventura, a un estado mejor volvió, y fue, a cualquiera que quisiese volver, libremente concedido que pudiese volver; por la cual cosa, Giacomino, que otras veces había vivido allí, y placídole la estancia, allí se volvió con todas sus cosas, y con él se llevó a la muchacha que le había dejado Guidotto, a quien como a hija propia amaba y trataba. La cual, creciendo, se hizo hermosísima joven tanto como cualquiera otra que hubiese en la ciudad; y tanto como era hermosa era cortés y honrada, por la cual cosa empezaron a cortejarla algunos, pero sobre todo dos jóvenes muy gallardos e igualmente de pro le cogieron grandísimo amor, en tanto que por celos empezaron a tenerse un odio desmesurado: y se llamaba el uno Giannole de Severino y el otro Minghino de Mingole.
Y ninguno de ellos, teniendo ella quince años, hubiese dejado de tomarla por mujer si sus parientes lo hubieran sufrido; por lo que, viendo que en la manera honesta se la prohibían, cada uno se dedicó a conquistarla de la manera que mejor pudiese. Tenía Giacomino en casa una criada de edad y un criado que tenía por nombre Crivello, persona divertida y muy amistosa a la cual Giannole, familiarizándose mucho, cuando le pareció oportuno le descubrió su amor, rogándole que le fuese favorable para poder obtener su deseo, y grandes cosas si lo hacía prometiéndole.
A quien Crivello dijo:
—Mira, en esto no podré hacer otra cosa por ti sino que cuando Giacomino se vaya a alguna parte a cenar, meterte donde ella estuviera, porque si le quisiera decir algo por ti no se quedaría nunca escuchándome. Esto, si te place, te lo prometo, y lo haré; haz luego, si sabes, lo que creas que esté bien.
Giannole le dijo que no quería más, y quedaron de acuerdo en esto. Minghino, por otra parte, había conquistado a la criada y conseguido tanto con ella que muchas veces le había llevado sus embajadas a la muchacha y casi con su amor la había inflamado; y además de esto, le había prometido reunirlo con ella si sucediese que Giacomino por alguna razón se fuese de casa por la noche.
Sucediendo, pues, no mucho después de estas palabras que, por obra de Crivello,  Giacomino se fue a cenar con un amigo suyo, haciéndolo saber a Giannole, acordó con él que, cuando hiciese cierta señal, viniera, y encontraría la puerta abierta.
La criada, por otra parte, no sabiendo nada de esto, avisó a Minghino de que Giacomino no cenaba allí, y le dijo que estuviera cerca de la casa, de manera que cuando viese una señal que le haría ella, viniera y entrase dentro.
Llegada la noche, no sabiendo los dos amantes nada el uno del otro, sospechando cada uno del otro, con algunos compañeros armados se fue a entrar en posesión de ésta; Minghino, con los suyos, a esperar la señal se instaló en casa de un amigo suyo vecino de la joven; Giannole, con los suyos se quedó un poco alejado de la casa. Crivello y la criada, no estando allí Giacomino, se ingeniaban en quitarse de en medio el uno al otro.
Crivello decía a la criada:
—¿Cómo no te vas a dormir? ¿Qué haces dando vueltas por la casa?
Y la criada le decía:
—Pero ¿tú por qué no te vas con el señor? ¿Qué estás esperando aquí si ya has cenado?
Y así, el uno no podía hacer mover al otro.
Pero Crivello, viendo que había llegado el momento concertado con Giannole, se dijo:
«¿Qué me importa ésta? Si no se calla, tendrá lo que se merece».
Y hecha la señal convenida, se fue a abrir la puerta; y Giannole, venido prontamente con dos de sus compañeros, entró, y encontrando a la joven en la sala, la cogieron para llevársela. La joven empezó a resistir y a gritar fuertemente, y la criada del mismo modo; lo que sintiendo Minghino, prestamente con sus compañeros allá corrió y, viendo que ya sacaban a la joven por la puerta, sacando las espadas, gritaron todos:
—¡Alto, traidores, muertos sois! No os saldréis con la vuestra; ¿qué violencia es ésta?
Y dicho esto, comenzaron a herirles y, por otra parte, la vecindad, saliendo fuera al alboroto con luces y con armas, comenzaron a condenar aquello y a ayudar a Minghino; por lo que, luego de larga pelea, Minghino le quitó la joven a Giannole y la volvió a llevar a casa de Giacomino; y no se había terminado la reyerta cuando los soldados del capitán de la ciudad llegaron allí y cogieron a muchos de aquéllos, y entre otros fueron presos Minghino y Giannole y Crivello, y llevados a prisión.
Pero tranquilizada luego la cosa y habiendo vuelto Giacomino, y muy sañudo con este incidente, examinando cómo había sido, y encontrando que en nada tenía culpa la joven, se tranquilizó un tanto, proponiéndose, para que mas casos semejantes no sucedieran, casarla lo antes que pudiera.
Llegada la mañana, los parientes de una parte y de la otra, habiendo la verdad del caso oída y conociendo el mal que a los jóvenes apresados podía sobrevenirles si Giacomino quería poner en obra lo que razonablemente habría podido, se fueron a él y con suaves palabras le rogaron que a la ofensa recibida del poco juicio de los jóvenes no mirase tanto cuanto al amor y a la benevolencia que creían que les tenía a aquellos que le rogaban, ofreciéndose luego ellos mismos y los jóvenes que habían causado el mal a poner en obra toda reparación que él exigiese.
Giacomino, que durante su vida habría visto muchas cosas y era de buenos sentimientos, repuso brevemente:
—Señores, si como estoy en la vuestra estuviese en mi ciudad, me tengo tanto por vuestro amigo que ni en esto ni en otra cosa haría sino lo que os pluguiese; y además de esto, más debo plegarme a vuestra voluntad en cuanto vosotros os habéis ofendido a vosotros mismos, porque esta joven no es de Cremona ni de Pavia, como tal vez muchos juzgan, sino faentina, si bien ni yo ni ella ni aquel de quien yo la obtuve supimos nunca de quién fuese hija; por lo cual de lo que me rogáis, haré tanto como esté en mi poder.
Los valerosos hombres, oyendo que era de Faenza se maravillaron; y dándole las gracias a Giacomino por su generosa respuesta le rogaron que le pluguiera decirles cómo había llegado ella a sus manos y cómo sabía que fuese faentina; a los que Giacomino dijo:
—Guidotto de Cremona fue mi compañero y amigo, y llegada la hora de su muerte me dijo que cuando esta ciudad fue tomada por Federico el emperador estando pillando todo, entró él con sus compañeros en una casa y la encontró llena de cosas y abandonada por sus habitantes, salvo por esta niña, quien, de edad de dos años o menos, a él que subía las escaleras le llamó padre; por la cual cosa, sintiendo lástima de ella, junto con todas las cosas de la casa se la llevó consigo y se fue a Fanoy, muriendo allí, con lo que tenía allí me la dejó, ordenándome que cuando fuera tiempo la casara y lo que había sido suyo le diese por dote. Y llegando a edad de tener marido, no he podido darla a nadie que me guste; pero lo haré de buena gana antes de que otro caso semejante a aquel de ayer noche me suceda.
Había allí, entre los otros, un Guigliemino de Medicina que con Guidotto había estado en aquel asunto, y muy bien sabía de quién era la casa que Guidotto había robado; y viéndolo allí entre los otros, se le acercó y le dijo:
—Bernabuccio, ¿oyes lo que dice Giacomino?
Dijo Bernabuccio:
—Sí, y ha poco pensaba en ello porque me acuerdo que en aquella turbamulta perdí una hijita de la edad que Giacomino dice.
A quien Guigliemino dijo:
—Con certeza aquélla es ésta porque yo hace tiempo estuve en una parte donde oí a Guidotto explicar dónde había el pillaje, y supe que había sido tu casa; por ello, acuérdate si por alguna señal creerías reconocerla y hazla buscar, que encontrarás que con certeza es tu hija.
Por lo que, pensando Bernabuccio, se acordó que debía tener una cicatriz a guisa de crucecita sobre la oreja izquierda, por un nacido que le había hecho quitar poco antes de aquel accidente, por lo que, sin dilación, acercándose a Giacomino que todavía estaba allí, le rogó que lo llevara a su casa y le dejase ver a esta joven.
Giacomino le llevó allí de buen grado y la hizo venir ante él; la cual, al verla Bernabuccio, la cara misma de su madre, que todavía era una hermosa mujer, le pareció ver; pero sin embargo, no quedándose en esto, dijo a Giacomino que le pedía la gracia de poder levantarle un poco los cabellos sobre la oreja izquierda, de lo que Giacomino estuvo contento. Bernabuccio, acercándose a ella, que vergonzosamente estaba quieta, levantados con la mano derecha los cabellos, la cruz vio; por donde, verdaderamente conociendo que era su hija, tiernamente comenzó a llorar y a abrazarla, aunque ella se escabullese, y vuelto a Giacomino dijo:
—Hermano mío, ésta es mi hija; mi casa fue la que fue pillada por Guidotto, y ésta, en aquel frenesí súbito, fue dentro olvidada por mi mujer y su madre, y hasta ahora habíamos creído que en la casa, que aquel mismo día ardió, había ardido.
La joven, oyendo esto y viéndolo hombre de edad, y dando fe a sus palabras y, por oculta virtud movida, recibiendo sus abrazos, con él tiernamente comenzó a llorar. Bernabuccio en el mismo momento mandó a por su madre y a por otros parientes suyos y a por sus hermanos, y mostrándola a todos y contándoles el hecho, después de mil abrazos, haciendo una gran fiesta, estando Giacomino muy contento, consigo a su casa la llevó.
Sabido aquello el capitán de la ciudad, que era hombre valeroso, y sabiendo que Giannole, a quien tenía preso, hijo era de Bernabuccio y hermano carnal de aquélla, pensó pasar por alto mansamente la falta cometida por aquél; e interviniendo en estas cosas, con Bernabuccio y con Giacomino, a Giannole y a Minghino hizo hacer las paces, y a Minghino, con gran placer de todos sus parientes, dio por mujer a la joven, cuyo nombre era Agnesa, y junto con ellos liberó a Crivello y a los otros que detenidos habían sido por esta razón; y Minghino luego hizo contentísimo buenas y grandes bodas, y llevándosela a casa, con ella en paz y en prosperidad después vivió muchos años.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 05 Mayo 2020, 09:03

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NOVELA SEXTA

Gian de Prócida, hallado con una joven amada por él y regalada al rey Federico, para ser quemado con ella es atado a un palo, reconocido por Ruggier de Loria, se salva y la toma por mujer.


Terminada la historia de Neifile, que mucho había gustado a las damas, mandó la reina a Pampínea que se dispusiese a contar alguna; la cual, prestamente, levantando el claro rostro, comenzó:
Grandísimas fuerzas, amables señoras, son las de Amor, y a grandes fatigas y a exorbitantes peligros exponen a los amantes, como por muchas cosas contadas hoy y otras veces, puede comprenderse; pero no dejo de querer probarlo de nuevo con la osadía de un joven enamorado.
Ischia es una isla muy cercana a Nápoles, en la que antiguamente hubo una jovencita entre las otras hermosa y muy alegre cuyo nombre fue Restituta, e hija de un hombre noble de la isla que Marín Bólgaro tenía por nombre; la cual, a un mozuelo que de una islita cercana a Ischia era, llamada Prócida, y por nombre tenía Gianni, amaba más que a su vida, y ella a él. El cual, no ya el día venía a pasar a Ischia para verla, sino que muchas veces de noche, no habiendo encontrado barca, desde Prócida a Ischia nadando había ido, para poder ver, si otra cosa no podía, al menos las paredes de su casa.
Y durante estos amores tan ardientes sucedió que, estando la joven un día de verano sola junto al mar, yendo de roca en roca desprendiendo de las piedras conchas marinas con un cuchillito, se halló en un lugar oculto por los escollos donde, tanto por la sombra como por la comodidad de una fuente de agua fresquísima que allí había, se habían detenido con su fragata algunos jóvenes sicilianos, que de Nápoles venían. Los cuales, habiendo visto a la hermosísima joven que todavía no los veía, y viéndola sola, decidieron entre sí cogerla y llevársela; y a la decisión siguió el acto. Ellos, por mucho que ella gritara, cogiéndola, la subieron a la barca y se fueron; y llegados a Calabria empezaron a discutir de quién debía ser la joven y, en resumen, todos la querían, por lo que no hallando acuerdo entre ellos, temiendo llegar a las manos y por ella arruinar sus asuntos, llegaron al acuerdo de regalarla al rey Federico de Sicilia, que entonces era joven y con cosas semejantes se entretenía; y llegados a Palermo lo hicieron así.
El rey, viéndola hermosa, le gustó; pero porque se sentía flojo de salud, hasta que se sintiese más fuerte, mandó que fuese tenida en ciertos edificios bellísimos de un jardín suyo al que llamaba La Cuba y allí servida; y así se hizo. El alboroto por el rapto de la joven fue grande en Ischia, y lo que más les dolía es que no podían saber quiénes habían sido los que la habían raptado. Pero Gianni, a quien más que a los demás importaba, no esperando poder averiguarlo en Ischia, sabiendo de qué lado se había ido la fragata, haciendo armar una, subió a ella y lo más pronto que pudo, recorrida toda la costa desde el Minerva hasta el Scalea en Calabria, y por todas partes preguntando por la joven, le dijeron en Scalea que había sido llevada por los marinos sicilianos a Palermo; con lo que Gianni, lo antes que pudo se hizo llevar allí, y luegode mucho buscar, encontrando que la joven había sido regalada al rey y por él estaba vigilada en La Cuba, se enfureció mucho y perdió la esperanza, no ya de poder nunca volver a tenerla sino de verla tan sólo.
Pero, retenido por el amor, despidiendo la fragata, viendo que por nadie era conocido, allí se quedó, y frecuentemente pasando por La Cuba llegó a verla un día a una ventana, y ella lo vio a él; con lo que los dos bastante contento tuvieron. Y viendo Gianni que el lugar era solitario, acercándose como pudo, le habló e, informado por ella de lo que tenía que hacer si quería hablarle más de cerca, se fue, habiendo primero considerado en todos sus detalles la disposición del lugar, y esperando la noche, y dejando pasar buena parte de ella, allá se volvió, y agarrándose a sitios donde no habrían podido hincarse picos en el jardín entró, y encontrando en él una pértiga, a la ventana que le había enseñado la joven la apoyó, y por ella con bastante facilidad subió.
La joven, pareciéndole que ya había perdido el honor por cuya protección algo arisca había sido con él en el pasado, pensando que a ninguna otra persona más dignamente que a él podía entregarse y pensando en poder inducirlo a sacarla de allí, había decidido complacerle en todos sus deseos, y por ello había dejado la ventana abierta, para que él rápidamente pudiese entrar dentro. Encontrándola, pues, Gianni abierta, silenciosamente entró y se acostó junto a la joven que no dormía. La cual, antes de pasar a otra cosa, le manifestó toda su intención, rogándole sumamente que la sacase de allí y la llevase con él; y Gianni le dijo que nada le agradaría tanto como aquello y que, sin falta, cuando se separase de ella, de tal manera ordenaría las cosas que la primera vez que volviese allí se la llevaría. Y después de esto, abrazándose con grandísimo placer, gozaron de aquel deleite más allá del cual ninguno mayor puede conceder Amor; y luego de que lo hubieron reiterado muchas veces, sin darse cuenta se quedaron dormidos uno en los brazos del otro.
El rey, a quien ella había gustado mucho a primera vista, acordándose de ella, sintiéndose bien de salud, aunque estaba ya cercano el día, deliberó ir a estar un rato con ella; y con algunos de sus servidores, calladamente, se fue a La Cuba, y entrando en los edificios, haciendo abrir sin ruido la alcoba donde sabía que dormía la joven, en ella con un gran candelabro encendido por delante entró; y mirando la cama, a ella y a Gianni, desnudos y abrazados, vio que estaban durmiendo. De lo que de súbito se enojó ferozmente y montó en tan grande ira, sin decir palabra, que poco faltó para que allí, con un puñal que llevaba al cinto, los matase; luego, juzgando cosa vilísima que cualquier hombre, y no ya un rey, matase a dos personas desnudas que dormían, se detuvo, y pensó hacerlos morir en público y quemados.
Y volviéndose al solo compañero que tenía consigo, dijo:
—¿Qué te parece esta mala mujer en quien había puesto mi esperanza?
Y luego le preguntó si conocía al joven que tanta audacia había tenido que había venido a su casa a causarle tan gran ultraje y disgusto. Aquel a quien preguntado había contestó que no se acordaba de haberlo visto nunca. Se fue el rey, pues, airado, de la alcoba y mandó que los dos amantes, desnudos como estaban, fuesen apresados y atados, y al hacerse día claro los llevasen a Palermo y en la plaza, atados a un poste con la espalda de uno vuelta contra la del otro y hasta la hora de tercia fueran tenidos, para que pudiesen ser vistos por todos y luego fuesen quemados como lo habían merecido; y dicho esto se volvió a Palermo a su cámara muy sañudo.
Partido el rey, súbitamente muchos se arrojaron sobre los dos amantes y no solamente los despertaron sino que prestamente sin ninguna piedad los cogieron y los ataron; lo que viendo los dos jóvenes, si se dolieron y temieron por sus vidas y lloraron y se quejaron, puede estar bastante claro. Fueron, según el mandato del rey, llevados a Palermo y atados a un palo en la plaza, y delante de sus ojos se preparó la leña y el fuego para prenderla a la hora mandada por el rey. Allí rápidamente todos los palermitanos, hombres y mujeres, corrieron a ver a los dos amantes; los hombres todos venían a mirar a la joven, y lo hermosa que era por todas partes y lo bien hecha alababan, como las mujeres, que a mirar al joven corrían, a él por otra parte elogiaban por ser hermoso y sumamente bien formado. Pero los desventurados amantes, avergonzándose mucho ambos, estaban con la cabeza baja y llorando su infortunio, de hora en hora, esperando la cruel muerte por el fuego.
Y mientras así hasta la hora fijada eran tenidos, pregonándose por todas partes la falta cometida por ellos y llegando a los oídos de Ruggier de Loria, hombre de inestimable valor y entonces almirante del rey, para verlos se fue hacia el lugar donde estaban atados y llegado allí, primero miró a la joven y la alabó de su hermosura, y después viniendo a mirar al joven, sin demasiado trabajo lo reconoció; y acercándose más a él, le preguntó si era Gianni de Prócida.
Gianni, alzando el rostro y reconociendo al almirante, repuso:
—Señor mío, bien fui aquel por quien preguntáis, pero estoy a punto de dejar de serlo.
Le preguntó entonces el almirante que qué le había llevado a aquello; al cual Gianni repuso:
—Amor y la ira del rey.
Hízose el almirante explicar más la historia, y habiendo oído todo cómo había sucedido, y queriendo irse, lo llamó Gianni y le dijo:
—¡Ah, señor mío! Si puede ser, alcanzadme una gracia de quien así me hace estar.
Ruggeri le pregunto que cuál.
Gianni le dijo:
—Veo que debo, y muy pronto, morir; quiero, pues, de gracia, que, como estoy con esta joven, a quien más que a mi vida he amado, y ella a mí, dándole la espalda, y ella a mí, que nos pongan dándonos la cara, para que al verla la cara mientras me esté muriendo pueda irme consolado.
Ruggier, sonriendo, dijo:
—Haré con gusto que la veas todavía tanto que te hartes de ella.
Y separándose de él, mandó a aquellos a quienes había sido ordenado poner aquello en ejecución que sin otro mandato del rey no debían hacer más de lo que habían hecho; y sin demora se fue al rey, al cual, aunque le viese airado, no dejó de decirle lo que pensaba, y le dijo:
—Rey, ¿en qué te han ofendido los dos jóvenes que allí arriba, en la plaza, has mandado que sean quemados?
El rey se lo dijo.
Continuó Ruggier:
—La falta que han cometido lo merece, pero no de ti; y como las faltas merecen castigo, así los beneficios merecen recompensa, además de la gracia y la misericordia. ¿Sabes quiénes son esos a quienes quieres que quemen?
El rey repuso que no.
Dijo entonces Ruggier:
—Y yo quiero que lo sepas para que veas cuán discretamente te abandonas a los impulsos de la ira. El joven es hijo de Landolfo de Prócida, hermano carnal de micer Gian de Prócida por obra de quien eres rey y señor de esta isla; la joven es hija de Marín Bólgaro, cuyo poder hace hoy que tu señorío no sea arrojado de Sicilia. Son, además de esto, jóvenes que largamente se han amado y empujados por el amor y no por el deseo de desafiar tu señoría, este pecado, si se puede llamar pecado al que por amor hacen los jóvenes, han cometido. Por lo que ¿cómo quieres hacerlos morir cuando con grandísimos placeres y presentes deberías honrarlos?
El rey, oyendo esto y cerciorándose de que Ruggier decía verdad, no solamente no procedió a hacer lo peor contra ellos sino que se arrepintió de lo que había hecho, por lo que incontinenti mandó que los dos jóvenes fuesen desatados de la estaca y llevados ante él; y así se hizo.
Y habiendo conocido enteramente su condición pensó que con honores y con dones tenía que compensar la injuria; y haciéndolos vestir honorablemente, viendo que era de mutuo consentimiento, a Gianni hizo casarse con la jovencita, y haciéndoles magníficos presentes, contentos los mandó a su casa, donde, recibidos con grandísima fiesta, largamente en placer y en gozo vivieron juntos.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 07 Mayo 2020, 07:07

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NOVELA SÉPTIMA

Teodoro, enamorado de Violante, hija de micer Amffigo su señor, la deja preñada y es condenado a la horca, siendo llevado a la cual, mientras le iban azotando, reconocido por su padre y puesto en libertad, toma por mujer a Violante.

Las señoras, que temerosas estaban pendientes de oír si los dos amantes eran quemados, oyendo que se habían salvado, se alegraron dando gracias a Dios; y la reina, oído el final, a Laureta dio el encargo de la siguiente: la cual alegremente comenzó a decir:
Hermosísimas damas, en tiempos en que el buen rey Guiglielmo gobernaba Sicilia había en la isla un gentilhombre llamado micer Amérigo Abate de Trápani, el cual, entre los demás bienes temporales, estaba bien provisto de hijos; por lo que, teniendo necesidad de servidores y viniendo galeras de los corsarios genoveses de Levante que pirateando y costeando Armenia a muchos muchachos habían apresado, de ellos, creyéndolos turcos, compró algunos, entre los cuales, aunque todos los demás pareciesen pastores, había uno que de gentil y mejor aspecto que ningún otro parecía, y era llamado Teodoro. El cual, creciendo, aunque fuese tratado a guisa de siervo, en la casa mucho con los hijos de micer Amérigo se crió; y tirando más su naturaleza que los accidentes, comenzó a ser cortés y de buenos modales, hasta tal punto que tanto gustaba a micer Amérigo que lo hizo libre; y creyendo que fuese turco, lo hizo bautizar y llamar Pietro, y lo hizo de sus asuntos administrador, confiando mucho en él.
Como los otros hijos de micer Amérigo, igual creció una hija suya llamada Violante, hermosa y delicada joven, la cual, pasando el tiempo el padre sin casarla, se enamoró por acaso de Pietro, y amándolo y teniendo en gran estima sus maneras y sus obras, sentía vergüenza, sin embargo, en descubrírselo. Pero Amor le quitó este trabajo porque, habiéndola Pietro mirado muchas veces cautelosamente, tanto se había enamorado de ella que no sentía ningún bien sino cuando la veía; pero mucho temía que de esto alguien se percatase, pareciéndole que no hacía bien con ello; de lo que la joven, que de buena gana lo miraba, se apercibió, y para darle más seguridad, contentísima (como estaba) se le mostraba.
Y en esto pasaron bastante, no atreviéndose a decir el uno al otro cosa alguna, aunque mucho los dos lo deseaban. Pero mientras ellos por igual ardían en las amorosas llamas encendidos, la fortuna, como si hubiese decidido que quería que aquello sucediese, encontró el modo de arrojar de ellos el temeroso miedo que los retenía. Tenía micer Amérigo, aproximadamente a una milla de Trápani, un lugar suyo muy hermoso al que su mujer con la hija y con otras mujeres y señoras acostumbraba a ir frecuentemente para distraerse; donde, habiendo ido un día que hacía mucho calor, y habiendo llevado consigo a Pietro y quedándose allí, sucedió (como a veces vemos suceder en el verano) que súbitamente se cubrió el cielo con oscuras nubes, por la cual cosa, la señora con su compañía, para que el mal tiempo no las cogiese aquí, se pusieron en camino para volver a Trápani; y andaban lo más deprisa que podían.
Pero Pietro, que era joven y del mismo modo la muchacha, se adelantaban bastante al andar de su madre y de las otras compañeras, tal vez no menos empujados por el amor que por el miedo al tiempo; y habiendo ya avanzado tanto, con relación a la señora y a las otras, que apenas se veían, sucedió que luego de muchos truenos súbitamente un granizo gruesísimo y espeso comenzó a caer, del que la señora y su compañía escaparon en casa de un labrador. Pietro y la joven, no teniendo más rápido refugio, entraron en una iglesia antigua y casi en ruinas en la que no había nadie, y en ella, bajo un poco de techo que todavía quedaba, se refugiaron ambos; y les obligó la necesidad del escaso amparo a arrimarse el uno al otro. El cual tocamiento fue ocasión de tranquilizar un poco los ánimos y abrir los amorosos deseos.
Y primero comenzó Pietro a decir:
—¡Quisiera Dios que nunca, debiendo yo estar como estoy, cesase este granizo!
Y la joven dijo:
—¡Mucho me gustaría!
Y de estas palabras vinieron a cogerse las manos y a apretujarse, y de esto a abrazarse y luego a besarse, mientras granizaba; y (para no tener yo que contar todos los particulares) el tiempo no se arregló antes de que ellos, los últimos deleites de amor ya conocidos, para poder secretamente el uno gozar del otro hubiesen hecho acuerdos.
El mal tiempo cesó, y al entrar en la ciudad, que estaba cerca, esperando a la señora, con ella a casa volvieron. Allí algunas veces, con muy discreto orden y secreto, con gran felicidad juntos se reunieron; y fue la cosa de manera que la joven quedó embarazada, lo que mucho desagradó al uno y al otro, por lo que ella muchas artes usó para poder contra el curso de la naturaleza desembarazarse, pero nunca pudo lograrlo.
Por la cual cosa, Pietro, por su vida temiendo, decidido a huir, se lo dijo; la cual, oyéndolo dijo:
—Si te vas, me mataré sin falta.
A lo que Pietro, que mucho la amaba, dijo:
—¿Cómo quieres, señora mía, que me quede aquí? Tu gravidez descubrirá nuestra culpa,a ti te será perdonada fácilmente, pero yo, mísero, seré quien de tu culpa y la mía tendrá que sufrir la pena.
A quien la joven dijo:
—Pietro, mi pecado bien se sabrá, pero está seguro de que el tuyo, si no lo dices, no se sabrá nunca.
Pietro entonces dijo:
—Puesto que me lo prometes así, me quedaré; pero piensa en cumplirlo.
La joven, que lo más que había podido su preñez había tenido escondida, viendo por el aumento de su cuerpo que más no podía esconderse, con grandísimo llanto un día lo manifestó a su madre, rogándole que la salvase. La señora, desmesuradamente afligida, le dijo grandes injurias y quiso saber cómo había sido la cosa. La joven, para que a Pietro no se le hiciera daño, compuso una fábula, envolviendo la verdad en otras formas. La señora la creyó, y para ocultar la falta de la hija, a una posesión suya la mandó. Allí, llegado el tiempo del parto, gritando la joven como las mujeres hacen, no pensando la madre que aquí micer Amérigo, que casi nunca acostumbraba a hacerlo, fuese a venir, sucedió que, volviendo él de cazar y pasando junto a la alcoba donde su hija gritaba, maravillándose, súbitamente entró dentro y preguntó qué era aquello.
La señora, viendo llegar al marido, levantándose afligida, lo que le había sucedido a su hija le contó, pero él, menos dispuesto a creerla que lo había estado la señora, dijo que no podía ser verdad que no supiera de quién estaba grávida, y por ello firmemente lo quería saber, y diciéndolo ella podría recobrar su perdón; si no, que pensase en morir sin ninguna piedad. La señora se ingenió en cuanto podía en contentar al marido con lo que ella le había dicho, pero no servía de nada; él, fuera de sí de furor, con la espada desnuda en la mano,corrió a su hija, la cual, mientras su madre entretenía al padre con palabras, había parido un hijo varón, y dijo:
—O manifiestas de quién se engendró este parto o morirás sin dilación.
La joven, temiendo la muerte, rota la promesa hecha a Pietro, lo que entre ella y él había pasado le manifestó, lo que oyendo el caballero y ferozmente enfurecido, apenas se contuvo de matarla, pero luego de que aquello que le dictaba la ira hubo dicho, volviendo a montar a caballo, se vino a Trápani y a un micer Currado que en nombre del rey era capitán allí, la ofensa que le había hecho Pietro contándole, súbitamente, no sospechando él nada, le hizo prender; y dándole tormento, todo lo hecho confesó.
Y siendo después de algunos días condenado por el capitán a que por la ciudad fuese azotado y luego ahorcado, para que una misma hora se llevase de la tierra a los dos amantes y a su hijo, micer Amérigo, a quien con haber conducido a Pietro a la muerte no se le había calmado la ira, vertió veneno en un vaso con vino, y lo dio a un sirviente suyo y un cuchillo desnudo con ello, y dijo:
—Ve con estas dos cosas a Violante y dile de mi parte que prontamente tome la que quiera de estas dos muertes, o el veneno o el hierro, y que lo haga sin demora; si no, que yo, a la vista de todos los ciudadanos que hay aquí, la haré quemar como lo ha merecido; y hecho esto, cogerás al hijo parido por ella hace pocos días y, golpeándole en la cabeza contra la pared arrójalo de comida a los perros.
Dada por el fiero padre esta cruel sentencia contra su hija y su nieto, el servidor, más al mal que al bien dispuesto, se fue. Pietro, condenado, siendo por los guardias llevado a la horca dándole azotes, pasó, como quisieron los que guiaban la brigada, por delante de un albergue donde había tres hombres nobles de Armenia, los cuales por el rey de Armenia eran enviados a Roma como embajadores a tratar con el Papa de grandísimas cosas para una expedición que se debía hacer, allí descendidos para refrescarse y descansar algún día, y que habían sido muy honrados por los hombres nobles deTrápani y especialmente por micer Amérigo. Éstos, sintiendo pasar a los que llevaban a Pietro, vinieron a una ventana a mirar. Iba Pietro de la cintura para arriba todo desnudo y con las manos atadas atrás, y mirándole uno de los tres embajadores, que era hombre viejo y de gran autoridad llamado Fineo, le vio en el pecho una gran mancha bermeja, no teñida, sino naturalmente fijada en la piel, a modo de esas que las mujeres de aquí llaman «rosas»; vista la cual, súbitamente le vino a la memoria un hijo suyo el cual ya habían pasado quince años desde que por los corsarios le había sido arrebatado en la costa de Layazo, y nunca había podido tener noticias de él.
Y considerando la edad del infeliz que era azotado, pensó que, si estuviese vivo su hijo, debía ser de la edad que aquél parecía, y pensó que si fuese aquél debía todavía recordar su nombre y el de su padre y acordarse de la lengua armenia; por lo que, cuando estuvo cerca, llamó:
—¡Teodoro!
La cual voz oyendo Pietro, rápidamente levantó la cabeza; y Fineo, hablando en armenio, le dijo:
—¿De dónde fuiste y cuyo hijo?
Los soldados que le llevaban, por respeto al valeroso hombre, se detuvieron, de manera que Pietro respondió:
—Fui de Armenia, hijo de un hombre que tuvo el nombre de Fineo, traído aquí de pequeño por no sé qué gente.
Lo que oyendo Fineo, certísimamente conoció que él era el hijo que había perdido; por lo que, llorando, con sus compañeros bajó y entre todos los soldados corrió a abrazarlo, y echándole encima un manto de riquísimo paño que llevaba, rogó a aquel que le llevaba al suplicio que le pluguiese esperar allí hasta que de volverlo a donde estaba le viniera la orden. Aquél repuso que la esperaría de buen grado.
Había ya Fineo sabido la razón por la que era conducido a la muerte, por lo que rápidamente con sus compañeros y con sus criados se fue a micer Currado y le dijo así:
—Micer, aquel a quien mandáis a morir como a siervo es hombre libre e hijo mío, y está presto a tomar por mujer a aquella a quien se dice que le ha quitado su virginidad; plázcaos por ello aplazar la ejecución hasta que pueda saberse si ella lo quiere por marido, para que contra la ley si ella lo quiere no os encontréis que habéis obrado.
Micer Currado, oyendo que aquél era hijo de Fineo se maravilló, y avergonzándose un tanto de la culpa de la fortuna, confesando que era verdad lo que decía Fineo prestamente lo hizo volver a casa y mandó a por micer Amérigo y le dijo aquellas cosas.
Micer Amérigo, que ya creía que la hija y el nieto estaban muertos, se dolió más que ningún hombre en el mundo por lo que había hecho, viendo que si no estuviese muerta se podían muy bien arreglar todas las cosas; pero no dejó de mandar corriendo allí adonde su hija estaba para que si no se había cumplido su orden no se cumpliese. El que fue encontró al criado mandado por micer Amérigo que, habiéndole puesto delante el veneno y el cuchillo, porque ella tan pronto no se decidía, la insultaba y quería obligarla a coger uno, pero oído el mandato de su señor, dejándola, se volvió a él y le dijo cómo estaba el asunto. De lo que, contento micer Amérigo, yendo allí donde estaba Fineo, llorando, como mejor supo se excusó de lo que había sucedido y le pidió perdón, afirmando que él, si Teodoro quería a su hija por mujer, estaría muy contento en dársela.
Fineo recibió de buena gana las excusas, y repuso:
—Entiendo que mi hijo tome a vuestra hija; y si no quisiera, que se cumpla la sentencia dada contra él.
Estando, pues, Fineo y micer Amérigo de acuerdo, allí donde Teodoro estaba, todavía todo temeroso de la muerte y alegre por haber encontrado a su padre, le preguntaron su voluntad sobre esta cosa. Teodoro, oyendo que Violante, si quisiese, sería su mujer, tanta fue su alegría que del infierno le pareció saltar al paraíso; y dijo que esto sería una grandísima gracia si a ellos les placía. Se mandó, pues, a la joven a preguntarle su parecer, la cual, oyendo lo que de Teodoro había sucedido y estaba por suceder, cuando más doliente que mujer alguna la muerte esperaba, prestando alguna fe después de mucho a las palabras, un poco se alegró y repuso que si ella su deseo siguiese en aquello, nada más feliz podía sucederle que ser la mujer de Teodoro, pero que siempre haría lo que su padre le mandase.
Así, pues, en concordia, haciendo casarse a la joven, se hizo una fiesta grandísima con sumo placer de todos los ciudadanos. La joven, consolándose y haciendo nutrir a su pequeño hijo, luego de no mucho tiempo volvió a ser más hermosa que antes; y levantándose del parto, y ante Fineo (cuya vuelta de Roma se esperó) viniendo, le hizo la reverencia que a un padre; y él, muy contento de tan hermosa nuera, con grandísima fiesta y alegría hechas celebrar sus bodas, como a hija la recibió y tuvo luego siempre; y después de algunos días, a su hijo y a ella y a su nietecito, subiendo a una galera, con él se los llevó a Layazo, donde con reposo y con placer los dos amantes cuanto la vida les duró vivieron.


(Continuará)


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