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Giovanni Bocaccio: El Decamerón

Pedro Casas Serra
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Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 19 Mar - 19:28

Giovanni Bocaccio: El Decamerón


PROEMIO

COMIENZA EL LIBRO LLAMADO DECAMERÓN, APELLIDADO PRÍNCIPE GALEOTO, EN EL QUE SE CONTIENEN CIEN NOVELAS CONTADAS EN DIEZ DÍAS POR SIETE MUJERES Y POR TRES HOMBRES JÓVENES.

HUMANA cosa es tener compasión de los afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, más propio es que la sientan aquellos que ya han tenido menester de consuelo y lo han encontrado en otros: entre los cuales, si hubo alguien de él necesitado o le fue querido o ya de él recibió el contento, me cuento yo. Porque desde mi primera juventud hasta este tiempo habiendo estado sobremanera inflamado por altísimo y noble amor (tal vez, por yo narrarlo, bastante más de lo que parecería conveniente a mi baja condición aunque por los discretos a cuya noticia llegó fuese alabado y reputado en mucho), no menos me fue grandísima fatiga sufrirlo: ciertamente no por crueldad de la mujer amada sino por el excesivo fuego concebido en la mente por el poco dominado apetito, el cual porque con ningún razonable límite me dejaba estar contento, me hacía muchas veces sentir más dolor del que había necesidad. Y en aquella angustia tanto alivio me procuraron las afables razones de algún amigo y sus loables consuelos, que tengo la opinión firmísima de que por haberme sucedido así no estoy muerto. Pero cuando plugo a Aquél que, siendo infinito, dio por ley inconmovible a todas las cosas mundanas el tener fin, mi amor, más que cualquiera otro ardiente y al cual no había podido ni romper ni doblar ninguna fuerza de voluntad ni de consejo ni de vergüenza evidente ni ningún peligro que pudiera seguirse de ello, disminuyó con el tiempo, de tal guisa que sólo me ha dejado de sí mismo en la memoria aquel placer que acostumbra ofrecer a quien no se pone a navegar en sus más hondos piélagos, por lo que, habiendo desaparecido todos sus afanes, siento que ha permanecido deleitoso donde en mí solía doloroso estar. Pero, aunque haya cesado la pena, no por eso ha huido el recuerdo de los beneficios recibidos entonces de aquéllos a quienes, por benevolencia hacia mí, les eran graves mis fatigas; ni nunca se irá, tal como creo, sino con la muerte. Y porque la gratitud, según lo creo, es entre las demás virtudes sumamente de alabar y su contraria de maldecir, por no parecer ingrato me he propuesto prestar algún alivio, en lo que puedo y a cambio de los que he recibido (ahora que puedo llamarme libre), si no a quienes me ayudaron, que por ventura no tienen necesidad de él por su cordura y por su buena suerte, al menos a quienes lo hayan menester. Y aunque mi apoyo, o consuelo si queremos llamarlo así, pueda ser y sea bastante poco para los necesitados, no deja de parecerme que deba ofrecerse primero allí donde la necesidad parezca mayor, tanto porque será más útil como porque será recibido con mayor deseo. ¿Y quién podrá negar que, por pequeño que sea, no convenga darlo mucho más a las amables mujeres que a los hombres? Ellas, dentro de los delicados pechos, temiendo y avergonzándose, tienen ocultas las amorosas llamas (que cuán mayor fuerza tienen que las manifiestas saben quienes lo han probado y lo prueban); y además, obligadas por los deseos, los gustos, los mandatos de los padres, de las madres, los hermanos y los maridos, pasan la mayor parte del tiempo confinadas en el pequeño circuito de sus alcobas, sentadas y ociosas, y queriendo y no queriendo en un punto, revuelven en sus cabezas diversos pensamientos que no es posible que todos sean alegres. Y si a causa de ellos, traída por algún fogoso deseo, les invade alguna tristeza, les es fuerza detenerse en ella con grave dolor si nuevas razones no la remueven, sin contar con que ellas son mucho menos fuertes que los hombres; lo que no sucede a los hombres enamorados, tal como podemos ver abiertamente nosotros. Ellos, si les aflige alguna tristeza o pensamiento grave, tienen muchos medios de aliviarse o de olvidarlo porque, si lo quieren, nada les impide pasear, oír y ver muchas cosas, darse a la cetrería, cazar o pescar, jugar y mercadear, por los cuales modos todos encuentran la fuerza de recobrar el ánimo, o en parte o en todo, y removerlo del doloroso pensamiento al menos por algún espacio de tiempo; después del cual, de un modo o de otro, o sobreviene el consuelo o el dolor disminuye. Por consiguiente, para que al menos por mi parte se enmiende el pecado de la fortuna que, donde menos obligado era, tal como vemos en las delicadas mujeres, fue más avara de ayuda, en socorro y refugio de las que aman (porque a las otras les es bastante la aguja, el huso y la devanadera) entiendo contar cien novelas, o fábulas o parábolas o historias, como las queramos llamar, narradas en diez días, como manifiestamente aparecerá, por una honrada compañía de siete mujeres y tres jóvenes, en los pestilentes tiempos de la pasada mortandad, y algunas canciones cantadas a su gusto por las dichas señoras. En las cuales novelas se verán casos de amor placenteros y ásperos, así como otros azarosos acontecimientos sucedidos tanto en los modernos tiempos como en los antiguos; de los cuales, las ya dichas mujeres que los lean, a la par podrán tomar solaz en las cosas deleitosas mostradas y útil consejo, por lo que podrán conocer qué ha de ser huido e igualmente qué ha de ser seguido: cosas que sin que se les pase el dolor no creo que puedan suceder. Y si ello sucede, que quiera Dios que así sea, den gracias a Amor que, librándome de sus ligaduras, me ha concedido poder atender a sus placeres.


(continuará)


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Última edición por Pedro Casas Serra el Vie 20 Mar - 18:34, editado 1 vez


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Mensaje por Maria Lua el Jue 19 Mar - 21:27

Giovanni Boccaccio - Biografía




Giovanni Boccaccio (16 de junio de 1313 – 21 de diciembre de 1375) fue un escritor y humanista italiano. Es uno de los padres, junto con Dante y Petrarca, de la literatura en italiano. Compuso también varias obras en latín. Es recordado sobre todo como autor del Decamerón, libro esencial para introducir en la literatura europea el género de la novela corta o relato, y que utiliza el recurso técnico de la narración enmarcada. Con él fundó una nutrida escuela de novellieri que imitaron su obra.

Giovanni Boccaccio nació en junio de 1313,1​ hijo ilegítimo del mercader Boccaccio (Boccaccino) di Chellino, agente de la poderosa compañía mercantil de los Bardi. Nada se sabe con certeza acerca de la identidad de su madre. Se discute dónde nació Boccaccio: pudo haber nacido en Florencia, en Certaldo o, incluso, según algunas fuentes, en París, lugar al que su padre debía desplazarse a menudo por razón de su trabajo. Se sabe que su infancia transcurrió en Florencia, y que fue acogido y educado por su padre, e incluso continuó viviendo en la casa paterna después de 1319, cuando el mercader contrajo matrimonio con Margherita dei Mardoli. Boccaccio vivió en Florencia hasta 1325 o 1327, cuando fue enviado por su padre a trabajar en la oficina que la compañía de los Bardi tenía en Nápoles.

Como Boccaccio mostraba escasa inclinación hacia los negocios, el padre decidió en 1331 encaminarlo hacia el estudio del derecho canónico. Tras un nuevo fracaso, se dedicó por entero a las letras, bajo la tutela de destacados eruditos de la corte napolitana, como Paolo da Perugia y Andalò di Negro. Frecuentó el ambiente refinado de la corte de Roberto de Anjou, de quien su padre era amigo personal. Entre 1330 y 1331 el poeta stilnovista Cino da Pistoia enseñó Derecho en la Universidad de Nápoles, quien tuvo una influencia notable en el joven Boccaccio.

La mañana del 30 de marzo de 1331, sábado santo, cuando el autor tenía diecisiete años, conoció a una dama napolitana de la que se enamoró apasionadamente —el encuentro se describe en su obra Filocolo—, a la que inmortalizó con el nombre de Fiammetta («Llamita») y a la que cortejó sin descanso con canciones y sonetos. Es posible que Fiammetta fuese María de Aquino, hija ilegítima del rey y esposa de un gentil hombre de la corte, aunque no se han encontrado documentos que lo confirmen. Fiammetta abrió a Boccaccio las puertas de la corte y, lo que es más importante, lo impulsó en su incipiente carrera literaria. Bajo su influencia escribió Boccaccio sus novelas y poemas juveniles, desde el Filocolo al Filostrato, la Teseida, el Ameto, la Amorosa visión y la Elegía de Madonna Fiammetta. Se sabe que fue Fiammetta la que puso fin a la relación entre los dos, y que la ruptura le causó a Boccaccio un hondo dolor.

En diciembre de 1340, después de al menos trece años en Nápoles, tuvo que regresar a Florencia a causa de un grave revés financiero sufrido por su padre. Entre 1346 y 1348 vivió en Rávena, en la corte de Ostasio da Polenta, y en Forlì, como huésped de Francesco Ordelaffi; allí conoció a los poetas Nereo Morandi y Checco di Melletto, con los cuales mantuvo después correspondencia.

En 1348 regresó a Florencia, donde fue testigo de la peste que describe en el Decamerón. En 1349 murió su padre, y Boccaccio se estableció definitivamente en Florencia para ocuparse de lo que quedaba de los bienes de su padre. En la ciudad del Arno llegó a ser un personaje apreciado por su cultura literaria. El Decamerón fue compuesto durante la primera etapa de su estancia en Florencia, entre 1349 y 1351. Su éxito le valió ser designado por sus conciudadanos para el desempeño de varios cargos públicos: embajador ante los señores de Romaña en 1350, camarlengo de la Municipalidad (1351) o embajador de Florencia en la corte papal de Aviñón en 1354 y en 1365.

En 1351 le fue confiado el encargo de desplazarse a Padua, donde vivía Petrarca, a quien había conocido el año anterior, para invitarlo a instalarse en Florencia como profesor. Aunque Petrarca no aceptó la propuesta, entre ambos escritores nació una sincera amistad que se prolongaría hasta la muerte de Petrarca en 1374.

La tranquila vida de estudioso que Boccaccio llevaba en Florencia fue interrumpida bruscamente por la visita del monje sienés Gioacchino Ciani, quien lo exhortó a abandonar la literatura y los argumentos profanos. El monje causó tal impresión en Boccaccio que el autor llegó a pensar en quemar sus obras, de lo que fue afortunadamente disuadido por Petrarca.

En 1362 se trasladó a Nápoles, invitado por amigos florentinos, esperando encontrar una ocupación que le permitiese retomar la vida activa y serena que había llevado en el pasado. Sin embargo, la ciudad de Nápoles en la época de Juana I de Anjou era muy diferente de la ciudad próspera, culta y serena que había conocido en su juventud. Boccaccio, decepcionado, la abandonó pronto. Tras una breve estancia en Venecia para saludar a Petrarca, en torno al año 1370 se retiró a su casa de Certaldo, cerca de Florencia, para vivir aislado y poder así dedicarse a la meditación religiosa y al estudio, actividades que solo interrumpieron algunos breves viajes a Nápoles en 1370 y 1371. En el último período de su vida recibió del ayuntamiento de Florencia el encargo de realizar una lectura pública de La Divina Comedia de Dante, que no pudo concluir a causa de la enfermedad que le causó la muerte el 21 de diciembre de 1375.



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Te encuentro
tus huellas son tatuajes en mi corazón
intensas e inmensas
como el vino de la pasión
y la rosa roja del amor
eternas y etereas
como los sortilegios de una Luna Creciente... 


Maria Lua




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Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 20 Mar - 18:37

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PRIMERA JORNADA

COMIENZA LA PRIMERA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN QUE, LUEGO DE LA EXPLICACIÓN DADA POR EL AUTOR SOBRE LA RAZÓN POR QUE ACAECIÓ QUE SE REUNIESEN LAS PERSONAS QUE SE MUESTRAN RAZONANDO ENTRE SÍ, SE RAZONA BAJO EL GOBIERNO DE PAMPÍNEA SOBRE LO QUE MÁS AGRADA A CADA UNO.

Cuando más graciosísimas damas, pienso cuán piadosas sois por naturaleza, tanto más conozco que la presente obra tendrá a vuestro juicio un principio penoso y triste, tal como es el doloroso recuerdo de aquella pestífera mortandad pasada, universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza. Pero no quiero que por ello os asuste seguir leyendo como si entre suspiros y lágrimas debieseis pasar la lectura. Este horroroso comienzo os sea no otra cosa que a los caminantes una montaña áspera y empinada después de la cual se halla escondida una llanura hermosísima y deleitosa que les es más placentera cuanto mayor ha sido la dureza de la subida y la bajada. Y así como el final de la alegría suele ser el dolor, las miserias se terminan con el gozo que las sigue. A este breve disgusto (y digo breve porque se contiene en pocas palabras) seguirá prontamente la dulzura y el placer que os he prometido y que tal vez no sería esperado de tal comienzo si no lo hubiera hecho. Y en verdad si yo hubiera podido decorosamente llevaros por otra parte a donde deseo en lugar de por un sendero tan áspero como es éste, lo habría hecho de buena gana; pero ya que la razón por la que sucedieron las cosas que después se leerán no se podía manifestar sin este recuerdo, como empujado por la necesidad me dispongo a escribirlo. Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio dela primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba a extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes. Y así como la buba había sido y seguía siendo indicio certísimo de muerte futura, lo mismo eran éstas a quienes les sobrevenían. Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna; así, o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, más allá de los entendidos había proliferado grandísimamente el número tanto de hombres como de mujeres que nunca habían tenido ningún conocimiento de medicina) no supiese por qué era movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos antes del tercer día de la aparición de las señales antes dichas, quién antes, quién después, y la mayoría sin alguna fiebre u otro accidente, morían. Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho.Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba. Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los míos propios no hubiese sido visto, apenas me atrevería a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy digna de fe que fuera la persona a quien lo hubiese oído. Digo que de tanta virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho más (e hizo visiblemente otras muchas veces): que las cosas que habían sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino que en brevísimo espacio lo mataban. De lo cual mis ojos, como he dicho hace poco, fueron entre otras cosas testigos un día porque, estando los despojos de un pobre hombre muerto de tal enfermedad arrojados en la vía pública, y tropezando con ellos dos puercos, y como según su costumbre se agarrasen y le tirasen de las mejillas primero con el hocico y luego con los dientes, un momento más tarde, tras algunas contorsiones y como si hubieran tomado veneno, ambos a dos cayeron muertos en tierra sobre los maltratados despojos. De tales cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los instrumentos y con los placeres que podían tener se entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las habría usado el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras, huían de los enfermos cuanto podían. Y en tan gran aflicción y miseria de nuestra ciudad, estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda caída y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los otros hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado tan carentes de servidores que no podían hacer oficio alguno; por lo cual le era lícito a todo el mundo hacer lo que le pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos dichas más arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las viandas como los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente, según su apetito, usando de las cosas y sin encerrarse, saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con frecuencia por estimar que era óptima cosa confortar el cerebro con tales olores contra el aire impregnado todo del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la enfermedad y las medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles (como si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de su ciudad como avisando de que ninguna persona debía quedar en ella y ser llegada su última hora. Y aunque estos que opinaban de diversas maneras no murieron todos, no por ello todos se salvaban, sino que, enfermándose muchos en cada una de ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos, languidecían ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender. Por lo que a quienes enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres, ningún otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los que había pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos salarios y abusivos contratos servían, aunque con todo ello no se encontrasen muchos y los que se encontraban fuesen hombres y mujeres de tosco ingenio, y además no acostumbrados a tal servicio, que casi no servían para otra cosa que para llevar a los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían; y sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con lo ganado. Y de este ser abandonados los enfermos por los vecinos, los parientes y los amigos, y de haber escasez de sirvientes se siguió una costumbre no oída antes: que a ninguna mujer por bella o gallarda o noble que fuese, si enfermaba, le importaba tener a su servicio a un hombre, como fuese, joven o no, ni mostrarle sin ninguna vergüenza todas las partes de su cuerpo no de otra manera que hubiese hecho a otra mujer, si se lo pedía la necesidad de su enfermedad; lo que en aquellas que se curaron fue razón de honestidad menor en el tiempo que sucedió. Y además, se siguió de ello la muerte de muchos que, por ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los que, entre el defecto de los necesarios servicios que los enfermos no podían tener y por la fuerza de la peste, era tanta en la ciudad la multitud de los que de día y de noche morían, que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo. Por lo cual, casi por necesidad, cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, así como ahora vemos hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto, y allí, con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte delante de la casa del muerto con sus parientes se reunían sus vecinos y muchos otros ciudadanos, y según la calidad del muerto allí venía el clero, y él en hombros de sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida por él antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empezó a subir la ferocidad de la peste, o en todo o en su mayor parte cesaron casi y otras nuevas sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres alrededor se morían las gentes sino que eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran por los más acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compañía; la cual costumbre las mujeres, en gran parte pospuesta la femenina piedad a su salud, habían aprendido óptimamente. Y eran raros aquellos cuerpos que fuesen por más de diez o doce de sus vecinos acompañados a la iglesia; a los cuales no llevaban sobre los hombros los honrados y amados ciudadanos, sino una especie de sepultureros salidos de la gente baja que se hacían llamar faquines y hacían este servicio a sueldo poniéndose debajo del ataúd y, llevándolo con presurosos pasos, no a aquella iglesia que hubiese antes de la muerte dispuesto, sino a la más cercana la mayoría de las veces lo llevaban, detrás de cuatro o seis clérigos con pocas luces y a veces sin ninguna; los que, con la ayuda de los dichos faquines, sin cansarse en un oficio demasiado largo o solemne, en cualquier sepultura desocupada encontrada primero lo metían. De la gente baja, y tal vez de la mediana, el espectáculo estaba lleno de mucha mayor miseria, porque éstos, o por la esperanza o la pobreza retenidos la mayoría en sus casas, quedándose en sus barrios, enfermaban a millares por día, y no siendo ni servidos ni ayudados por nadie, sin redención alguna morían todos. Y bastantes acababan en la vía pública, de día o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los vecinos que estaban muertos; y entre éstos y los otros que por toda parte morían, una muchedumbre. Era sobre todo observada una costumbre por los vecinos, movidos no menos por el temor de que la corrupción de los muertos no los ofendiese que por el amor que tuvieran a los finados. Ellos, o por sí mismos o con ayuda de algunos acarreadores cuando podían tenerla, sacaban de sus casas los cuerpos de los ya finados y los ponían delante de sus puertas (donde, especialmente por la mañana, hubiera podido ver un sinnúmero de ellos quien se hubiese paseado por allí) y allí hacían venir los ataúdes, y hubo tales a quienes por defecto de ellos pusieron sobre alguna tabla. Tampoco fue un solo ataúd el que se llevó juntas a dos o tres personas; ni sucedió una vez sola sino que se habrían podido contar bastantes de los que la mujer y el marido, los dos o tres hermanos, o el padre y el hijo, o así sucesivamente, contuvieron. Y muchas veces sucedió que, andando dos curas con una cruz a por alguno, se pusieron tres o cuatro ataúdes, llevados por acarreadores, detrás de ella; y donde los curas creían tener un muerto para sepultar, tenían seis u ocho, o tal vez más. Tampoco eran éstos con lágrimas o luces o compañía honrados, sino que la cosa había llegado a tanto que no de otra manera se cuidaba de los hombres que morían que se cuidaría ahora de las cabras; por lo que apareció asaz manifiestamente que aquello que el curso natural de las cosas no había podido con sus pequeños y raros daños mostrar a los sabios que se debía soportar con paciencia, lo hacía la grandeza de los males aún con los simples, desaprensivos y despreocupados. A la gran multitud de muertos mostrada que a todas las iglesias, todos los días y casi todas las horas, era conducida, no bastando la tierra sagrada a las sepulturas (y máxime queriendo dar a cada uno un lugar propio según la antigua costumbre), se hacían por los cementerios de las iglesias, después que todas las partes estaban llenas, fosas grandísimas en las que se ponían a centenares los que llegaban, y en aquellas estibas, como se ponen las mercancías en las naves en capas apretadas, con poca tierra se recubrían hasta que se llegaba a ras desuelo. Y por no ir buscando por la ciudad todos los detalles de nuestras pasadas miserias en ella sucedidas, digo que con un tiempo tan enemigo que corrió ésta, no por ello se ahorró algo al campo circundante; en el cual, dejando los burgos, que eran semejantes, en su pequeñez, a la ciudad, por las aldeas esparcidas por él y los campos, los labradores míseros y pobres y sus familias, sin trabajo de médico ni ayuda de servidores, por las calles y por los collados y por las casas, de día o de noche indiferentemente, no como hombres sino como bestias morían. Por lo cual, éstos, disolutas sus costumbres como las de los ciudadanos, no se ocupaban de ninguna de sus cosas o haciendas; y todos, como si esperasen ver venir la muerte en el mismo día, se esforzaban con todo su ingenio no en ayudar a los futuros frutos de los animales y de la tierra y de sus pasados trabajos, sino en consumir los que tenían a mano. Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre, sucedió que fueron expulsados de las propias casas y por los campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya recogidas sino ni siquiera segadas, iban como más les placía; y muchos, como racionales, después que habían pastado bien durante el día, por la noche se volvían saciados a sus casas sin ninguna guía de pastor. ¿Qué más puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal vez antes del accidente mortífero no se habría estimado haber dentro tantas? ¡Oh cuántos grandes palacios, cuántas bellas casas, cuántas nobles moradas llenas por dentro de gentes, de señores y de damas, quedaron vacías hasta del menor infante! ¡Oh cuántos memorables linajes, cuántas amplísimas herencias, cuántas famosas riquezas se vieron quedar sin sucesor legítimo! ¡Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!
A mí mismo me disgusta  andar revolviéndome tanto entre tantas miserias; por lo que, que-riendo dejar aquella parte de las que convenientemente puedo evitar, digo que, estando en estos términos nuestra ciudad de habitantes casi vacía,sucedió, así como yo después oí a una persona digna de fe, que en la venerable iglesia de Santa María la Nueva, un martes de mañana, no habiendo casi ninguna otra persona, oídos los divinos oficios en hábitos de duelo, como pedían semejantes tiempos, se encontraron siete mujeres jóvenes, todas entre sí unidas o por amistad o por vecindad o por parentesco, de las cuales ninguna había pasado el vigésimo año ni era menor de dieciocho, discretas todas y de sangre noble y hermosas de figura y adornadas con ropas y honestidad gallarda. Sus nombres diría yo debidamente si una justa razón no me impidiese hacerlo, que es que no quiero que por las cosas contadas de ellas que se siguen, y por lo escuchado, ninguna pueda avergonzarse en el tiempo por venir, estando hoy un tanto restringidas las leyes del placer que entonces, por las razones antes dichas, eran no ya para su edad sino para otra mucho más madura amplísimas; ni tampoco dar materia a los envidiosos (prestos a mancillar toda vida loable), de disminuir en ningún modo la honestidad de las valerosas mujeres en conversaciones desconsideradas. Pero, sin embargo, para que aquello que cada una dijese se pueda comprender pronto sin confusión, con nombres convenientes a la calidad de cada una, o en todo o en parte, entiendo llamarlas; de las cuales a la primera, y la que era de más edad, llamaremos Pampínea y a la segunda Fiameta, Filomena a la tercera y a la cuarta Emilia, y después Laureta diremos a la quinta, y a la sexta Neifile, y a la última, no sin razón, llamaremos Elisa. Las cuales, no ya movidas por algún propósito sino por el acaso, se reunieron en una de las partes de la iglesia como dispuestas a sentarse en corro, y luego de muchos suspiros, dejando de rezar padrenuestros, comenzaron a discurrir sobre la condición de los tiempos muchas y variadas cosas; y luego de algún espacio, callando las demás, así empezó a hablar Pampínea:—Vosotras podéis, queridas señoras, tanto como yo haber oído muchas veces que a nadie ofende quien honestamente hace uso de su derecho. Natural derecho es de todos los que nacen ayudar a conservar y defender su propia vida tanto cuanto pueden, y concededme esto, puesto que alguna vez ya ha sucedido que, por conservarla, se hayan matado hombres sin ninguna culpa. Y si esto conceden las leyes, a cuya solicitud está el buen vivir de todos los mortales, ¡cuán mayormente es honesto que, sin ofender a nadie, nosotras y cualquiera otro, tomemos los remedios que podamos para la conservación de nuestra vida! Siempre que me pongo a considerar nuestras acciones de esta mañana y de las ya pasadas y pienso cuántos y cuáles son nuestros pensamientos, comprendo, y vosotras de igual modo lo podéis comprender, que cada una de nosotras tema por sí misma; y no me maravillo por ello, sino que me maravillo de que sucediéndonos a todas tener sentimiento de mujer, no tomemos alguna compensación de aquello que fundadamente tememos. Estamos viviendo aquí, a mi parecer, no de otro modo que si quisiésemos y debiésemos ser testigos de cuantos cuerpos muertos se llevan a la sepultura, o escuchar si los frailes de aquí dentro (el número de los cuales casi ha llegado a cero) cantan sus oficios a las horas debidas, o mostrar a cualquiera que aparezca, por nuestros hábitos, la calidad y la cantidad de nuestras miserias. Y, si salimos de aquí, o vemos cuerpos muertos o enfermos llevados por las calles, o vemos aquellos a quienes por sus delitos la autoridad de las públicas leyes condenó al exilio, escarneciéndolas porque oyeron que sus ejecutores estaban muertos o enfermos, y con descompensado ímpetu recorriendo la ciudad, o a las heces de nuestra ciudad, enardecidas con nuestra sangre, llamarse faquines y en ultraje nuestro andar cabalgando y discurriendo por todas partes, acusándonos de nuestros males con deshonestas canciones. Y no otra cosa oímos sino «los tales son muertos», y «los otros tales están muriéndose»; y si hubiera quien pudiese hacerlo, por todas partes oiríamos dolorosos llantos. Y si a nuestras casas volvemos, no sé si a vosotras como a mí os sucede: yo, de mucha familia, no encontrando otra persona en ella que a mi criada, empavorezco y siento que se me erizan los cabellos, y me parece, dondequiera que voy o me quedo, ver la sombra de los que han fallecido, y no con aquellos rostros que solían sino con un aspecto horrible, no sé en dónde extrañamente adquirido, espantarme. Por todo lo cual, aquí y fuera de aquí, y en casa, me siento mal, y tanto más ahora cuando me parece que no hay persona que aún tenga pulso y lugar donde ir, como tenemos nosotras, que se haya quedado aquí salvo nosotras. Y he oído y visto muchas veces que si algunos quedan, aquéllos, sin hacer distinción alguna entre las cosas honestas y las que no lo son, sólo con que el apetito se lo pida, y solos y acompañados, de día o de noche, hacen lo que mejor se les ofrece; y no sólo las personas libres sino también las encerradas en monasterios, persuadiéndose de que les conviene aquello que en los otros no desdice, rotas las leyes de la obediencia, se dan a deleites carnales, de tal guisa pensando salvarse, y se han hecho lascivas y disolutas. Y si así es, como manifiestamente se ve, ¿qué hacemos aquí nosotras?, ¿qué esperamos?, ¿qué soñamos? ¿Por qué somos más perezosas y lentas en nuestra salvación que todos los demás ciudadanos? ¿Nos reputamos de menor valor que todos los demás?, ¿o creemos que nuestra vida está atada con cadenas más fuertes a nuestro cuerpo que la de los otros, y así no debemos pensar que nada tenga fuerza para ofenderla? Estamos equivocadas, nos engañamos, qué brutalidad es la nuestra si lo creemos así, cuantas veces queramos recordar cuántos y cuáles han sido los jóvenes y las mujeres vencidos por esta cruel pestilencia, tendremos una demostración clarísima. Y po rello, a fin de que por repugnancia o presunción no caigamos en aquello de lo que por ventura, queriéndolo, podremos escapar de algún modo, no sé si os parecerá a vosotras lo que a mí me parece: yo juzgaría óptimamente que, tal como estamos, y así como muchos han hecho antes que nosotras y hacen, saliésemos de esta tierra, y huyendo como de la muerte los deshonestos ejemplos ajenos, honestamente fuésemos a estar en nuestras villas campestres (en que todas abundamos) y allí aquella fiesta, aquella alegría y aquel placer que pudiésemos sin traspasar en ningún punto el límite de lo razonable, lo tomásemos. Allí se oye cantar los pajarillos, se ve verdear los collados y las llanuras, ya los campos llenos de miéses ondear no de otro modo que el mar y muchas clases de árboles, y el cielo más abiertamente; el cual, por muy enojado que esté, no por ello nos niega sus bellezas eternas, que mucho más bellas son de admirar que los muros vacíos de nuestra ciudad. Y es allí, a más de esto, el aire asaz más fresco, y de las cosas que son necesarias a la vida en estos tiempos hay allí más abundancia, y es menor el número de las enojosas: porque allí, aunque también mueran los labradores como aquí los ciudadanos, el disgusto es tanto menor cuanto más raras son las casas y los habitantes que en la ciudad. Y aquí, por otra parte, si veo bien, no abandonamos a nadie, antes podemos con verdad decir que fuimos abandonadas: porque los nuestros, o muriendo o huyendo de la muerte, como si no fuésemos suyas nos han dejado en tanta aflicción. Ningún reproche puede hacerse, por consiguiente, a seguir tal consejo, mientras que el dolor y el disgusto, y tal vez la muerte, podrían acaecernos si no lo seguimos. Y por ello, si os parece, tomando nuestras criadas y haciéndonos seguir de las cosas oportunas, hoy en este sitio y mañana en aquél, la alegría y la fiesta que en estos tiempos se pueda creo que estará bien que gocemos; y que permanezcamos de esta guisa hasta que veamos (si primero la muerte no nos alcanza) qué fin reserva el cielo a estas cosas. Y recordad que no desdice de nosotras irnos honestamente cuando gran parte de los otros deshonestamente se quedan.
Habiendo escuchado a Pampínea las otras mujeres, no solamente ala alabaron su razonamiento sino que, deseosas de seguirlo, habían ya entre sí empezado a considerar el modo de llevarlo a cabo,como si al levantarse de donde estaban sentadas inmediatamente debieran ponerse en camino. Pero Filomena, que era discretísima, dijo:
—Señoras, por muy óptimamente dicho que haya estado el razonamiento de Pampínea, no por ello es cosa de correr a hacerlo así como parece que queréis. Os recuerdo que somos todas mujeres y no hay ninguna tan moza que no pueda conocer bien cómo se saben gobernar las mujeres juntas y sin la providencia de algún hombre. Somos volubles, alborotadoras, suspicaces, pusilánimes y miedosas, cosas por las que mucho dudo que, si no tomamos otra guía más que la nuestra, no se disuelva esta compañía mucho antes y con menos honor para nosotras de lo que sería menester: y por ello bueno es tomar providencias antes de empezar. Dijo entonces Elisa:
—En verdad los hombres son cabeza de la mujer y sin su dirección raras veces llega alguna de nuestras obras a un fin loable: pero ¿cómo podemos encontrar esos hombres? Todas sabemos que de los nuestros están la mayoría muertos, y los otros que viven se han quedado uno aquí otro allá en distinta compañía, sin que sepamos dónde, huyéndole a aquello de que nosotras queremos huir, y el admitir a extraños no sería conveniente; por lo que, si queremos correr tras la salud, nos conviene encontrar el modo de organizarnos de tal manera que de aquello en lo que queremos encontrar deleite y reposo no se siga disgusto y escándalo.
Mientras entre las mujeres andaban estos razonamientos, he aquí que entran en la iglesia tres jóvenes, que no lo eran tanto que no fuese de menos de veinticinco años la edad del más joven: ni la calidad y perversidad de los tiempos, ni la pérdida de amigos y de parientes, ni el temor por sí mismos había podido no sólo extinguir el amor en ellos sino ni aun enfriarlos. De los cuales uno era llamado Pánfilo y Filostrato el segundo y el último Dioneo, todos afables y corteses; y andaban buscando, como su mayor consuelo en tanta perturbación de las cosas, ver a sus damas, las cuales estaban las tres por ventura entre las ya dichas siete, y de las demás eran parientes de alguno de ellos. Pero primero llegaron ellos a los ojos de éstas que éstas fueron vistas por ellos; por lo que Pampínea, entonces, sonriéndose comenzó:
—He aquí que la fortuna es favorable a nuestros comienzos y nos ha puesto delante a estos jóvenes discretos y valerosos que nos harán con gusto de guías y servidores si no dejamos de tomarles para este oficio.
Neifile, entonces, que toda se había sonrojado de vergüenza porque era una de las amadas por los jóvenes, dijo:
—Pampínea, por Dios, mira lo que dices. Reconozco abiertamente que nada más que cosas todas buenas pueden decirse de cualquiera de ellos, y los creo capaces de muchas mayores cosas de las que son necesarias para éstas, y semejantemente creo que pueden ofrecer buena y honesta compañía no solamente a nosotras sino a otras mucho más hermosas y estimadas de lo que nosotras somos; pero como es cosa manifiesta que están enamorados de algunas de las que aquí están, temo que se siga difamación y reproches, sin nuestra culpa o la suya, si los llevamos con nosotras.
Dijo entonces Filomena:
—Eso poca monta; allá donde yo honestamente viva y no me remuerda de nada la conciencia, hable quien quiera en contra: Dios y la verdad tomarán por mí las armas. Pues, si estuviesen dispuestos a venir podríamos decir en verdad, como Pampínea dijo, que la fortuna es favorable a nuestra partida.
Las demás, oyendo a éstas hablar así, no solamente se callaron sino que con sentimiento concorde dijeron todas que fuesen llamados y se les dijese su intención; y se les rogase que quisieran tenerlas compañía en el dicho viaje. Por lo que, sin más palabras, poniéndose en pie Pampínea, que por consanguinidad era pariente de uno de ellos, se dirigió hacia ellos, que estaban parados mirándolas y, saludándolos con alegre gesto, les hizo manifiesta su intención y les rogó en nombre de todas que con puro y fraternal ánimo se quisiesen disponer a tenerlas compañía. Los jóvenes creyeron primero que se burlaba, pero después que vieron que la dama hablaba en serio declararon alegremente que estaban prontos, y sin poner dilación al asunto, a fin de que partiesen, dieron órdenes de lo que había que hacer para disponer la partida. Y ordenadamente haciendo aparejar todas las cosas oportunas y mandadas ya a donde ellos querían ir, la mañana siguiente, esto es, el miércoles, al clarear el día, las mujeres con algunas de sus criadas y los tres jóvenes con tres de sus sirvientes, saliendo de la ciudad, se pusieron en camino, y no más de dos pequeñas millas se habían alejado de ella cuando llegaron al lugar primeramente decidido.
Estaba tal lugar sobre una pequeña montaña, por todas partes alejado algo de nuestros caminos, con diversos arbustos y plantas todas pobladas de verdes frondas agradable de mirar; en su cima había una villa con un grande y hermoso patio en medio, y con galerías y con salas y con alcobas todas ellas bellísimas y adornadas con alegres pinturas dignas de ser miradas, con pradecillos entorno y con jardines maravillosos y con pozos de agua fresquísima y con bodegas llenas de preciosos vinos: cosas más apropiadas para los bebedores consumados que para las sobrias y honradas mujeres. La cual, bien barrida y con las alcobas y las camas hechas, y llena de cuantas flores se podían tener en la estación, y alfombrada con esparcidas ramas de juncos, halló la compañía que llegaba,
con no poco placer por su parte. Y al reunirse por primera vez, dijo Dioneo, que más que ningún otro joven era agradable y lleno de agudeza:
—Señoras, vuestra discreción más que nuestra previsión nos ha guiado aquí; yo no sé qué es lo que intentáis hacer de vuestros pensamientos: los míos los dejé yo dentro de las puertas de la ciudad cuando con vosotras hace poco me salí de ella, y por ello o vosotras os disponéis a solazaros y a reír y a cantar conmigo (tanto, digo, como conviene a vuestra dignidad) o me dais licencia para que a por mis pensamientos retorne y me quede en aquella ciudad atribulada.
A lo que Pampínea, no de otro modo que si semejantemente hubiese arrojado de sí todos los suyos, contestó alegre:
—Dioneo, óptimamente hablas: hemos de vivir festivamente pues no otra cosa que las tristezas nos han hecho huir. Pero como las cosas que no tienen orden no pueden durar largamente, yo que fui la iniciadora de los rozamientos por los que se ha formado esta buena compañía, pensando en la continuación de nuestra alegría, estimo que es de necesidad elegir entre nosotros a alguno como más principal a quien honremos y obedezcamos como a mayor, todos cuyos pensamientos se dirijan por el cuidado de hacernos vivir alegremente. Y para que todos prueben el peso de las preocupaciones junto con el placer de la autoridad, y por consiguiente, llevado de una parte a la otra, no pueda quien no lo prueba sentir envidia alguna, digo que a cada uno por un día se atribuya el peso y con él el honor, y quien sea el primero de nosotros se deba a la elección de todos; los que le sucedan, al acercarse la hora del crepúsculo, sean aquel o aquella que plazca a quien aquel día haya tenido tal señorío, y este tal, según su arbitrio, durante el tiempo de su señorío, del lugar y el modo en el que hayamos de vivir,ordene y disponga.
Estas palabras agradaron grandemente y a una voz la eligieron por reina del primer día, y Filomena, corriendo prestamente hacia un laurel, por-que muchas veces había oído hablar de cuán grande honor sus frondas eran dignas y cuán digno honor hacían a quien era con ellas meritoriamente coronado, cogiendo algunas ramas, hizo una guirnalda honrosa y bien arreglada que, poniéndosela en la cabeza, fue, mientras duró aquella compañía, manifiesto signo a todos los demás del real señorío y preeminencia.
Pampínea, hecha reina, mandó que todos callasen, habiendo hecho ya llamar allí a los servidores de los tres jóvenes y a sus criadas; y callando todos, dijo:
—Para dar primero ejemplo a todos vosotros para que, procediendo de bien en mejor, nuestra compañía con orden y con placer y sin ningún deshonor viva y dure cuanto lo deseemos, nombro primeramente a Pármeno, criado de Dioneo, mi senescal, y a él encomiendo el cuidado y la solicitud por toda nuestra familia y lo que pertenece al servicio de la sala. Sirisco, criado de Pánfilo, quiero quesea administrador y tesorero y que siga las órdenes de Pármeno. Tíndaro, al servicio de Filostrato y de los otros dos, que se ocupe de sus alcobas cuando los otros, ocupados en sus oficios, no puedan ocuparse. Misia, mi criada, y Licisca, de Filomena, estarán continuamente en la cocina y aparejarán diligentemente las viandas que por Pármeno le sean ordenadas. Quimera, de Laureta, y Estratilia, de Fiameta, queremos que estén pendientes del gobierno de las alcobas de las damas y de la limpieza de los lugares donde estemos. Y a todos en general, por cuanto estimen nuestra gracia, queremos y les ordenamos que se guarden, dondequiera que vayan, de dondequiera que vuelvan, cualquier cosa que sea lo que oigan o vean, de traer de fuera ninguna noticia que no sea alegre. —Y dadas sumariamente estas órdenes, que fueron de todos encomiadas, enderezándose, alegres en pie, dijo—: Aquí hay jardines, aquí hay prados, aquí hay otros lugares muy deleitosos, por los cuales vaya cada uno a su gusto solazándose; y al oír el toque de tercia, todos estén aquí para comer con la fresca.
Despedida, pues, por la reciente reina, la alegre compañía, los jóvenes junto con las bellas mujeres, hablando de cosas agradables, con lento paso, se fueron por un jardín haciéndose bellas guirnaldas de varias frondas y cantando amorosamente. Y luego de haberse demorado así cuanto espacio les había sido concedido por la reina, vueltos a casa, encontraron que Pármeno había dado diligentemente principio a su oficio, por lo que, al entrar en una sala de la planta baja, allí vieron las mesas puestas con manteles blanquísimos y con vasos que parecían de plata, y todas las cosas cubiertas de flores y de ramas de hiniesta; por lo que, dada el agua a las manos, como gustó a la reina, según el juicio de Pármeno, todos fueron a sentarse. Las viandas delicadamente hechas llegaron y fueron aprestados vinos finísimos, y sin más, en silencio los tres servidores sirvieron las mesas. Alegrados todos por estas cosas, que eran bellas y ordenadas, con placentero ingenio y con fiesta comieron; y levantadas las mesas, como sucedía que todas las damas sabían bailar las danzas de carola, y también los jóvenes, y parte de ellos tocar y cantar óptimamente, mandó la reina que viniesen los instrumentos: y por su mandato, Dioneo tomó un laúd y Fiameta una viola, comenzando a tocar suavemente una danza. Por lo que la reina, con las otras damas,cogiéndose de la mano en corro con los jóvenes, con lento paso, mandados a comer los sirvientes, empezaron una carola: y cuando la terminaron, a cantar canciones amables y alegres. Y de este modo estuvieron tanto tiempo que a la reina le pareció que debían ir a dormir; por lo que, dando a todos licencia, los tres jóvenes a sus alcobas, separadas de las de las mujeres, se fueron; las cuales con las camas bien hechas y tan llenas de flores como la sala encontraron; y semejantemente las suyas las damas, por lo que, desnudándose se fueron a reposar.
No hacía mucho que había sonado nona cuando la reina, levantándose, hizo levantar a las demás y de igual modo a los jóvenes, afirmando que era nocivo dormir demasiado de día; y así se fueron a un pradecillo en que la hierba era verde y alta y el sol no podía entrar por ninguna parte; y allí,donde se sentía un suave vientecillo, todos se sentaron en corro sobre la verde hierba así como la reina quiso. Y ella les dijo:
—Como veis, el sol está alto y el calor es grande, y nada se oye sino las cigarras arriba en los olivos, por lo que ir ahora a cualquier lugar sería sin duda necedad. Aquí es bueno y fresco estar y hay, como veis, tableros y piezas de ajedrez, y cada uno puede, según lo que a su ánimo le dé más placer, encontrar deleite. Pero si en esto se siguiera mi parecer, no jugando, en lo que el ánimo de una de las partes ha de turbarse sin demasiado placer de la otra o de quien está mirando, sino novelando (con lo que, hablando uno, toda la compañía que le escucha toma deleite) pasaríamos esta caliente parte del día. Cuando terminaseis cada uno de contar una historia, el sol habría declinado y disminuido el calor, y podríamos a donde más gusto nos diera ir a entretenernos; y por ello, si esto que he dicho os place (ya que estoy dispuesta a seguir vuestro gusto), hagámoslo; y si no os pluguiese, haga cada uno lo que más le guste hasta la hora de vísperas.
Las mujeres por igual y todos los hombres alabaron el novelar.
—Entonces —dijo la reina—, si ello os place, por esta primera jornada quiero que cada uno hable de lo que más le guste.
Y vuelta a Pánfilo, que se sentaba a su derecha, amablemente le dijo que con una de sus historias diese principio a las demás; y Pánfilo, oído el mandato, prestamente, y siendo escuchado por todos, empezó así:


(continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 21 Mar - 11:54

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NOVELA PRIMERA

El seor Cepparello engaña a un santo fraile con una falsa confesión y muere después, y habiendo sido un hombre malvado en vida, es, muerto, reputado por santo y llamado San Ciapelletto.

Conviene, carísimas señoras, que a todo lo que el hombre hace le dé principio con el nombre de Aquél que fue de todos hacedor; por lo que, debiendo yo el primero dar comienzo a nuestro novelar, entiendo comenzar con uno de sus maravillosos hechos para que, oyéndolo, nuestra esperanza en él como en cosa inmutable se afirme, y siempre sea por nosotros alabado su nombre.
Manifiesta cosa es que, como las cosas temporales son todas transitorias y mortales, están en sí y por fuera de sí llenas de dolor, de angustia y de fatiga, y sujetas a infinitos peligros; a los cuales no podremos nosotros sin algún error, los que vivimos mezclados con ellas y somos parte de ellas, resistir ni hacerles frente, si la especial gracia de Dios no nos presta fuerza y prudencia. La cual, a nosotros y en nosotros no es de creer que descienda por mérito alguno nuestro, sino por su propia benignidad movida y por las plegarias impetradas de aquellos que, como lo somos nosotros, fueron mortales y, habiendo seguido bien sus gustos mientras tuvieron vida, ahora se han transformado con él en eternos y bienaventurados; a los cuales nosotros mismos, como a procuradores informados por experiencia de nuestra fragilidad, y tal vez no atreviéndonos a mostrar nuestras plegarias ante la vista de tan grande juez, les rogamos por las cosas que juzgamos oportunas. Y aún más en Él, lleno de piadosa liberalidad hacia nosotros, señalemos que, no pudiendo la agudeza de los ojos mortales traspasar en modo alguno el secreto de la divina mente, a veces sucede que, engañados por la opinión, hacemos procuradores ante su majestad a gentes que han sido arrojadas por Ella al eterno exilio; y no por ello Aquél a quien ninguna cosa es oculta (mirando más a la pureza del orante que a su ignorancia o al exilio de aquél a quien le ruega) como si fuese bienaventurado ante sus ojos, deja de escuchar a quienes le ruegan. Lo que podrá aparecer manifiestamente en la novela que entiendo contar: manifiestamente, digo, no el juicio de Dios sino el seguido por los hombres.
Se dice, pues, que habiéndose Musciatto Franzesi convertido, de riquísimo y gran mercader en Francia, en caballero, y debiendo venir a Toscana con micer Carlos Sin Tierra, hermano del rey de Francia, que fue llamado y solicitado por el papa Bonifacio, dándose cuenta de que sus negocios estaban, como muchas veces lo están los de los mercaderes, muy intrincados acá y allá, y que no se podían de ligero ni súbitamente desintrincar, pensó encomendarlos a varias personas, y para todos encontró cómo; fuera de que le quedó la duda de a quién dejar pudiese capaz de rescatar los créditos hechos a varios borgoñones.
Y la razón de la duda era saber que los borgoñones son litigiosos y de mala condición y desleales, y a él no le venía a la cabeza quién pudiese haber tan malvado en quien pudiera tener alguna confianza para que pudiese oponerse a su perversidad. Y después de haber estado pensando largamente en este asunto, le vino a la memoria un seor Cepparello de Prato que muchas veces se hospedaba en su casa de París, que porque era pequeño de persona y muy acicalado, no sabiendo los franceses qué quería decir Cepparello, y creyendo que vendría a decir capelo, es decir, guirnalda, como en su romance, porque era pequeño como decimos, no Chapelo, sino Ciappelletto le llamaban: y por Ciappelletto era conocido en todas partes, donde pocos como Cepparello le conocían. Era este Ciappelletto de esta vida: siendo notario, sentía grandísima vergüenza si alguno de sus instrumentos (aunque fuesen pocos) no fuera falso; de los cuales hubiera hecho tantos como le hubiesen pedido gratuitamente, y con mejor gana que alguno de otra clase muy bien pagado. Declaraba en falso con sumo gusto, tanto si se le pedía como si no; y dándose en aquellos tiempos en Francia grandísima fe a los juramentos, no preocupándose por hacerlos falsos, vencía malvadamente en tantas causas cuantas le pidiesen que jurara decir verdad por su fe.
Tenía otra clase de placeres (y mucho se empeñaba en ello) en suscitar entre amigos y parientes y cualesquiera otras personas, males y enemistades y escándalos, de los cuales cuantos mayores males veía seguirse, tanta mayor alegría sentía. Si se le invitaba a algún homicidio o a cualquier otro acto criminal, sin negarse nunca, de buena gana iba y muchas veces se encontró gustosamente hiriendo y matando hombres con las propias manos. Gran blasfemador era contra Dios y los santos, y por cualquier cosa pequeña, como que era iracundo más que ningún otro. A la iglesia no iba jamás, y a todos sus sacramentos como a cosa vil escarnecía con abominables palabras; y por el contrario las tabernas y los otros lugares deshonestos visitaba de buena gana y los frecuentaba. A las mujeres era tan aficionado como lo son los perros al bastón, con su contrario más que ningún otro hombre flaco se deleitaba. Habría hurtado y robado con la misma conciencia con que oraría un santo varón. Golosísimo y gran bebedor hasta a veces senti rrepugnantes náuseas; era solemne jugador condados trucados.
Mas ¿por qué me alargo en tantas palabras? Era el peor hombre, tal vez, que nunca hubiese nacido. Y su maldad largo tiempo la sostuvo el poder y la autoridad de micer Musciatto, por quien muchas veces no sólo de las personas privadas a quienes con frecuencia injuriaba sino también de la justicia, a la que siempre lo hacía, fue protegido.
Venido, pues, este seor Cepparello a la memoria de micer Musciatto, que conocía óptimamente su vida, pensó el dicho micer Musciatto que éste era el que necesitaba la maldad de los borgoñones; por lo que, llamándole, le dijo así:
—Seor Ciappelletto, como sabes, estoy por retirarme del todo de aquí y, teniendo entre otros que entenderme con los borgoñones, hombres llenos de engaño, no sé quién pueda dejar más apropiado que tú para rescatar de ellos mis bienes; y por ello, como tú al presente nada estás haciendo, si quieres ocuparte de esto entiendo conseguirte el favor de la corte y darte aquella parte de lo que rescates que sea conveniente.
Seor Cepparello, que se veía desocupado y mal provisto de bienes mundanos y veía que se iba quien su sostén y auxilio había sido durante mucho tiempo, sin ningún titubeo y como empujado por la necesidad se decidió sin dilación alguna, como obligado por la necesidad y dijo que quería hacerlo de buena gana. Por lo que, puestos de acuerdo, recibidos por seor Ciappelletto los poderes y las cartas credenciales del rey, partido micer Musciatto, se fue a Borgoña donde casi nadie le conocía: y allí de modo extraño a su naturaleza, benigna y mansamente empezó a rescatar y hacer aquello a lo que había ido, como si reservase la ira para el final. Y haciéndolo así, hospedándose en la casa de dos hermanos florentinos que prestaban con usura y por amor de micer Musciatto le honraban mucho, sucedió que enfermó, con lo que los dos hermanos hicieron prestamente venir médicos y criados para que le sirviesen en cualquier cosa necesaria para recuperar la salud.
Pero toda ayuda era vana porque el buen hombre, que era ya viejo y había vivido desordenadamente, según decían los médicos iba de día en día de mal en peor como quien tiene un mal de muerte; de lo que los dos hermanos mucho se dolían y un día, muy cerca de la alcoba en que seor Ciappelletto yacía enfermo, comenzaron a razonar entre ellos.
—¿Qué haremos de éste? —decía el uno al otro—. Estamos por su causa en una situación pésima porque echarlo fuera de nuestra casa tan enfermo nos traería gran tacha y sería signo manifiesto de poco juicio al ver la gente que primero lo habíamos recibido y después hecho servir y medicar tan solícitamente para ahora, sin que haya podido hacer nada que pudiera ofendernos, echarlo fuera de nuestra casa tan súbitamente, y enfermo de muerte. Por otra parte, ha sido un hombre tan malvado que no querrá confesarse ni recibir ningún sacramento de la Iglesia y, muriendo sin confesión, ninguna iglesia querrá recibir su cuerpo y será arrojado a los fosos como un perro. Y si por el contrario se confiesa, sus pecados son tantos y tan horribles que no los habrá semejantes y ningún fraile o cura querrá ni podrá absolverle; por lo que, no absuelto, será también arrojado a los fosos como un perro. Y si esto sucede, el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro oficio (que les parece inicuo y al que todo el tiempo pasan maldiciendo) como por el deseo que tiene de robarnos, viéndolo, se amotinará y gritará:«Estos perros lombardos a los que la iglesia no quiere recibir no pueden sufrirse más», y correrán en busca de nuestras arcas y tal vez no solamente nos roben los haberes sino que pueden quitarnos también la vida; por lo que de cualquiera guisa estamos mal si éste se muere.
Seor Ciappelletto, que, decimos, yacía allí cerca de donde éstos estaban hablando, teniendo el oído fino, como la mayoría de las veces pasa a los enfermos, oyó lo que estaban diciendo y los hizo llamar y les dijo:
—No quiero que temáis por mí ni tengáis miedo de recibir por mi causa algún daño; he oído lo que habéis estado hablando de mí y estoy certísimo de que sucedería como decís si así como pensáis anduvieran las cosas; pero andarán de otra manera. He hecho, viviendo, tantas injurias al Señor Dios que por hacerle una más a la hora de la muerte poco se dará. Y por ello, procurad hacer venir un fraile santo y valioso lo más que podáis, si hay alguno que lo sea, y dejadme hacer, que yo concertaré firmemente vuestros asuntos y los míos de tal manera que resulten bien y estéis contentos.
Los dos hermanos, aunque no sintieron por esto mucha esperanza, no dejaron de ir a un convento de frailes y pidieron que algún hombre santo y sabio escuchase la confesión de un lombardo que estaba enfermo en su casa; y les fue dado un fraile anciano de santa y de buena vida, y gran maestro de la Escritura y hombre muy venerable, a quien todos los ciudadanos tenían en grandísima y especial devoción, y lo llevaron con ellos. El cual, llegado a la cámara donde el seor Ciappelletto yacía, y sentándose a su lado empezó primero a confortarle benignamente y le preguntó luego que cuánto tiempo hacía que no se había confesado. A lo que el seor Ciappelletto, que nunca se había confesado, respondió:
—Padre mío, mi costumbre es de confesarme todas las semanas al menos una vez; sin lo que son bastantes las que me confieso más; y la verdad es que, desde que he enfermado, que son casi ocho días, no me he confesado, tanto es el malestar que con la enfermedad he tenido.
Dijo entonces el fraile:
—Hijo mío, bien has hecho, y así debes hacer de ahora en adelante; y veo que si tan frecuentemente te confiesas, poco trabajo tendré en escucharte y preguntarte.
Dijo seor Ciappelletto:
—Señor fraile, no digáis eso; yo no me he confesado nunca tantas veces ni con tanta frecuencia que no quisiera hacer siempre confesión general de todos los pecados que pudiera recordar desde el día en que nací hasta el que me haya confesado; y por ello os ruego, mi buen padre, que me preguntéis tan menudamente de todas las cosas como si nunca me hubiera confesado, y no tengáis compasión porque esté enfermo, que más quiero disgustar a estas carnes mías que, excusándolas, hacer cosa que pudiese resultar en perdición de mi alma, que mi Salvador rescató con su preciosa sangre.
Estas palabras gustaron mucho al santo varón y le parecieron señal de una mente bien dispuesta; y luego que al seor Ciappelletto hubo alabado mucho esta práctica, empezó a preguntarle si había alguna vez pecado lujuriosamente con alguna mujer. A lo que seor Ciappelletto respondió suspirando:
—Padre, en esto me avergüenzo de decir la verdad temiendo pecar de vanagloria.
A lo que el santo fraile dijo:
—Dila con tranquilidad, que por decir la verdad ni en la confesión ni en otro caso nunca se ha pecado.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
—Ya que lo queréis así, os lo diré: soy tan virgen como salí del cuerpo de mi madre.
—¡Oh, bendito seas de Dios! —dijo el fraile—, ¡qué bien has hecho! Y al hacerlo has tenido tanto más mérito cuando, si hubieras querido, tenías más libertad de hacer lo contrario que tenemos nosotros y todos los otros que están constreñidos por alguna regla.
Y luego de esto, le preguntó si había desagradado a Dios con el pecado de la gula. A lo que, suspirando mucho, seor Ciappelletto contestó que sí y muchas veces; porque, como fuese que él, además de los ayunos de la cuaresma que las personas devotas hacen durante el año, todas las semanas tuviera la costumbre de ayunar a pan y agua al menos tres días, se había bebido el agua con tanto deleite y tanto gusto y especialmente cuando había sufrido alguna fatiga por rezar o ir en peregrinación, como los grandes bebedores hacen con el vino. Y muchas veces había deseado comer aquellas ensaladas de hierbas que hacen las mujeres cuando van al campo, y algunas veces le había parecido mejor comer que le parecía que debiese parecerle a quien ayuna por devoción como él ayunaba. A lo que el fraile dijo:
—Hijo mío, estos pecados son naturales y son asaz leves, y por ello no quiero que te apesadumbres la conciencia más de lo necesario. A todos los hombres sucede que les parezca bueno comer después de largo ayuno, y, después del cansancio, beber.
—¡Oh! —dijo seor Ciappelletto—, padre mío, no me digáis esto por confortarme; bien sabéis que yo sé que las cosas que se hacen en servicio de Dios deben hacerse limpiamente y sin ninguna mancha en el ánimo: y quien lo hace de otra manera, peca.
El fraile, contentísimo, dijo:
—Y yo estoy contento de que así lo entiendas en tu ánimo, y mucho me place tu pura y buena conciencia. Pero dime, ¿has pecado de avaricia deseando más de lo conveniente y teniendo lo que no debieras tener?
A lo que seor Ciappelletto dijo:
—Padre mío, no querría que sospechaseis de mí porque estoy en casa de estos usureros: yo no tengo parte aquí sino que había venido con la intención de amonestarles y reprenderles y arrancarles a este abominable oficio; y creo que habría podido hacerlo si Dios no me hubiese visitado de esta manera. Pero debéis de saber que mi padre me dejó rico, y de sus haberes, cuando murió, di la mayor parte por Dios; y luego, por sustentar mi vida y poder ayudar a los pobres de Cristo, he hecho mis pequeños mercadeos y he deseado tener ganancias de ellos, y siempre con los pobres de Dios lo que he ganado lo he partido por medio, dedicando mi mitad a mis necesidades, dándole a ellos la otra mitad; y en ello me ha ayudado tan bien mi Creador que siempre de bien en mejor han ido mis negocios.
—Has hecho bien —dijo el fraile—, pero¿con cuánta frecuencia te has dejado llevar por la ira?
—¡Oh! —dijo seor Ciappelletto—, eso os digo que muchas veces lo he hecho. ¿Y quién podría contenerse viendo todo el día a los hombres haciendo cosas sucias, no observar los mandamientos de Dios, no temer sus juicios? Han sido muchas veces al día las que he querido estar mejor muerto que vivo al ver a los jóvenes ir tras vanidades y oyéndolos jurar y perjurar, ir a las tabernas, no visitar las iglesias y seguir más las vías del mundo que las de Dios.
Dijo entonces el fraile:
—Hijo mío, ésta es una ira buena y yo en cuanto a mí no sabría imponerte por ella penitencia. Pero ¿por acaso no te habrá podido inducir la ira a cometer algún homicidio o a decir villanías de alguien o a hacer alguna otra injuria?
A lo que el seor Ciappelletto respondió:
—¡Ay de mí, señor!, vos que me parecéis hombre de Dios, ¿cómo decís estas palabras? Si yo hubiera podido tener aún un pequeño pensamiento de hacer alguna de estas cosas, ¿creéis que crea que Dios me hubiese sostenido tanto? Eso son cosas que hacen los asesinos y los criminales, de los que, siempre que alguno he visto, he dicho siempre: «Ve con Dios que te convierta».
Entonces dijo el fraile:—Ahora dime, hijo mío, que bendito seas de Dios, ¿alguna vez has dicho algún falso testimonio contra alguien, o dicho mal de alguien o quitado a alguien cosas sin consentimiento de su dueño?
—Ya, señor, sí —repuso seor Ciappelletto—que he dicho mal de otro, porque tuve un vecino que con la mayor sinrazón del mundo no hacía más que golpear a su mujer tanto que una vez hablé mal de él a los parientes de la mujer, tan gran piedad sentí por aquella pobrecilla que él, cada vez que había bebido de más, zurraba como Dios os diga.
Dijo entonces el fraile:
—Ahora bien, tú me has dicho que has sido mercader: ¿has engañado alguna vez a alguien como hacen los mercaderes?
—Por mi fe —dijo seor Ciappelletto—, señor, sí, pero no sé quiénes eran: sino que habiéndome dado uno dineros que me debía por un paño que le había vendido, y yo puéstolos en un cofre sin contarlos, vine a ver después de un mes que eran cuatro reales más de lo que debía ser por lo que, no habiéndolo vuelto a ver y habiéndolos conservado un año para devolvérselos, los di por amor de Dios.
Dijo el fraile:
—Eso fue poca cosa e hiciste bien en hacerlo que hiciste.
Y después de esto preguntóle el santo fraile sobre muchas otras cosas, sobre las cuales dio respuesta en la misma manera. Y queriendo él proceder ya a la absolución, dijo seor Ciappelletto:
—Señor mío, tengo todavía algún pecado que aún no os he dicho. –El fraile le preguntó cuál, y dijo—: Me acuerdo que hice a mi criado, un sábado después de nona, barrer la casa y no tuve al santo día del domingo la reverencia que debía.
—¡Oh! —dijo el fraile—, hijo mío, ésa es cosa leve.
—No —dijo seor Ciappelletto—, no he dicho nada leve, que el domingo mucho hay que honrar porque en un día así resucitó de la muerte a la vida Nuestro Señor.
Dijo entonces el fraile:
—¿Alguna cosa más has hecho?
—Señor mío, sí —respondió seor Ciappelletto—, que yo, no dándome cuenta, escupí una vez en la iglesia de Dios.
El fraile se echó a reír, y dijo:—Hijo mío, ésa no es cosa de preocupación: nosotros, que somos religiosos, todo el día escupimos en ella.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
—Y hacéis gran villanía, porque nada con-viene tener tan limpio como el santo templo, en el que se rinde sacrificio a Dios.
Y en breve, de tales hechos le dijo muchos, y por último empezó a suspirar y a llorar mucho, como quien lo sabía hacer demasiado bien cuando quería. Dijo el santo fraile:
—Hijo mío, ¿qué te pasa?
Repuso seor Ciappelletto:
—¡Ay de mí, señor! Que me ha quedado un pecado del que nunca me he confesado, tan grande vergüenza me da decirlo, y cada vez que lo recuerdo lloro como veis, y me parece muy cierto que Dios nunca tendrá misericordia de mí por este pecado.
Entonces el santo fraile dijo:
—¡Bah, hijo! ¿Qué estás diciendo? Si todos los pecados que han hecho todos los hombres del mundo, y que deban hacer todos los hombres mientras el mundo dure, fuesen todos en un hombre solo, y éste estuviese arrepentido y contrito como te veo, tanta es la benignidad y la misericordia de Dios que, confesándose éste, se los perdonaría liberalmente; así, dilo con confianza.
Dijo entonces seor Ciappelletto, todavía llorando mucho:
—¡Ay de mí, padre mío! El mío es demasiado grande pecado, y apenas puedo creer, si vuestras plegarias no me ayudan, que me pueda ser por Dios perdonado.
A lo que le dijo el fraile:
—Dilo con confianza, que yo te prometo pedir a Dios por ti.
Pero seor Ciappelletto lloraba y no lo decía y el fraile le animaba a decirlo. Pero luego de que seor Ciappelletto llorando un buen rato hubo tenido así suspenso al fraile, lanzó un gran suspiro y dijo:
—Padre mío, pues que me prometéis rogara Dios por mí, os lo diré: sabed que, cuando era pequeñito, maldije una vez a mi madre.
Y dicho esto, empezó de nuevo a llorar fuertemente.
Dijo el fraile:—¡Ah, hijo mío! ¿Y eso te parece tan gran pecado? Oh, los hombres blasfemamos contra Dios todo el día y si Él perdona de buen grado a quien se arrepiente de haber blasfemado, ¿no crees que vaya a perdonarte esto? No llores, consuélate, que por seguro si hubieses sido uno de aquellos que le pusieron en la cruz, teniendo la contrición que te veo, te perdonaría Él.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
—¡Ay de mí, padre mío! ¿Qué decís? La dulce madre mía que me llevó en su cuerpo nueve meses día y noche, y me llevó en brazos más de cien veces. ¡Mucho mal hice al maldecirla, y pecado muy grande es; y si no rogáis a Dios por mí, no me será perdonado!
Viendo el fraile que nada que nada le quedaba por decir al seor Ciappelletto, le dio la absolución y su bendición teniéndolo por hombre santísimo, como quien totalmente creía ser cierto lo que seor Ciappelletto había dicho: ¿y quién no lo hubiera creído viendo a un hombre en peligro de muerte confesándose decir tales cosas? Y después, luego de todo esto, le dijo:
—Señor Ciappelletto, con la ayuda de Dios estaréis pronto sano; pero si sucediese que Dios a vuestra bendita y bien dispuesta alma llamase a sí,¿os placería que vuestro cuerpo fuese sepultado en nuestro convento?
A lo que seor Ciappelletto repuso:
—Señor, sí, que no querría estar en otro sitio, puesto que vos me habéis prometido rogar a Dios por mí, además de que yo he tenido siempre una especial devoción por vuestra orden; y por ello os ruego que, en cuanto estéis en vuestro convento, haced que venga a mí aquel veracísimo cuerpo de Cristo que vos por la mañana consagráis en el altar, porque aunque no sea digno, entiendo comulgarlo con vuestra licencia, y después la santa y última unción para que, si he vivido como pecador, al menos muera como cristiano.
El santo hombre dijo que mucho le agradaba y él decía bien, y que haría que de inmediato le fuese llevado; y así fue.
Los dos hermanos, que temían mucho que seor Ciappelletto les engañase, se habían puesto junto a un tabique que dividía la alcoba donde seor Ciappelletto yacía de otra y, escuchando, fácilmente oían y entendían lo que seor Ciappelletto al fraile decía; y sentían algunas veces tales ganas de reír, al oír las cosas que le confesaba haber hecho, que casi estallaban, y se decían uno al otro: ¿qué hombre es éste, al que ni vejez ni enfermedad ni temor de la muerte a que se ve tan vecino, ni aún de Dios,ante cuyo juicio espera tener que estar de aquí a poco, han podido apartarle de su maldad, ni hacer que quiera dejar de morir como ha vivido? Pero viendo que había dicho que sí, que recibiría la sepultura en la iglesia, de nada de lo otro se preocuparon. Seor Ciappelletto comulgó poco después y, empeorando sin remedio, recibió la última unción; y poco después del crepúsculo, el mismo día que había hecho su buena confesión, murió.
Por lo que los dos hermanos, disponiendo de lo que era de él para que fuese honradamente sepultado y mandándolo decir al convento, y que viniesen por la noche a velarle según era costumbre y por la mañana a por el cuerpo, dispusieron todas las cosas oportunas para el caso. El santo fraile que lo había confesado, al oír que había finado, fue a buscar al prior del convento, y habiendo hecho tocara capítulo, a los frailes reunidos mostró que seor Ciappelletto había sido un hombre santo según él lo había podido entender de su confesión; y esperando que por él el Señor Dios mostrase muchos milagros, les persuadió a que con grandísima reverencia y devoción recibiesen aquel cuerpo. Con las cuales cosas el prior y los frailes, crédulos, estuvieron de acuerdo: y por la noche, yendo todos allí donde yacía el cuerpo de seor Ciappelletto, le hicieron una grande y solemne vigilia, y por la mañana, vestidos todos con albas y capas pluviales, con los libros en la mano y las cruces delante, cantando, fueron a por este cuerpo y con grandísima fiesta y solemnidad se lo llevaron a su iglesia, siguiéndoles el pueblo todo de la ciudad, hombres y mujeres; y, habiéndolo puesto en la iglesia, subiendo al púlpito, el santo fraile que lo había confesado empezó sobre él y su vida, sobre sus ayunos, su virginidad, su simplicidad e inocencia y santidad, a predicar maravillosas cosas, entre otras contando lo que seor Ciappelletto como su mayor pecado, llorando, le había confesado, y cómo él apenas le había podido meter en la cabeza que Dios quisiera perdonárselo, tras de lo que se volvió a reprender al pueblo que le escuchaba, diciendo:
—Y vosotros, malditos de Dios, por cualquier brizna de paja en que tropezáis, blasfemáis de Dios y de su Madre y de toda la corte celestial.
Y además de éstas, muchas otras cosas dijo sobre su lealtad y su pureza, y, en breve, con sus palabras, a las que la gente de la comarca daba completa fe, hasta tal punto lo metió en la cabeza yen la devoción de todos los que allí estaban que, después de terminado el oficio, entre los mayores apretujones del mundo todos fueron a besarle los
pies y las manos, y le desgarraron todos los paños que llevaba encima, teniéndose por bienaventurado quien al menos un poco de ellos pudiera tener: y convino que todo el día fuese conservado así, para que por todos pudiese ser visto y visitado.
Luego, la noche siguiente, en una urna de mármol fue honrosamente sepultado en una capilla, y enseguida al día siguiente empezaron las gentes a ir allí y a encender candelas y a venerarlo, y seguidamente a hacer promesas y a colgar exvotos de cera según la promesa hecha. Y tanto creció la fama de su santidad y la devoción en que se le tenía que no había nadie que estuviera en alguna adversidad que hiciese promesas a otro santo que a él, y lo llamaron y lo llaman San Ciappelletto, y afirman que Dios ha mostrado muchos milagros por él y los muestra todavía a quien devotamente se lo implora.
Así pues, vivió y murió el seor Cepparellode Prato y llegó a ser santo, como habéis oído; y no quiero negar que sea posible que sea un bienaventurado en la presencia de Dios porque, aunque su vida fue criminal y malvada, pudo en su último extremo haber hecho un acto de contrición de manera que Dios tuviera misericordia de él y lo recibiese en su reino; pero como esto es cosa oculta, razono sobre lo que es aparente y digo que más debe encontrarse condenado entre las manos del diablo que en el paraíso. Y si así es, grandísima hemos de reconocer que es la benignidad de Dios para con nosotros, que no mira nuestro error sino la pureza de la fe, y al tomar nosotros de mediador a un enemigo suyo, creyéndolo amigo, nos escucha, como si a alguien verdaderamente santo recurriésemos como a mediador de su gracia. Y por ello, para que por su gracia en la adversidad presente y en esta compañía tan alegre seamos conservados sanos y salvos, alabando su nombre en el que la hemos comenzado, teniéndole reverencia, a él acudiremos en nuestras necesidades, segurísimos de ser escuchados.
Y aquí, calló.


(continuará)


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Última edición por Pedro Casas Serra el Lun 23 Mar - 11:58, editado 1 vez


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 22 Mar - 11:11

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NOVELA SEGUNDA

El judío Abraham, animado por Giannotto de Civigní, va a la corte de Roma y , vista la maldad de los clérigos, vuelve a París y se hace cristiano.

La novela de Pánfilo fue en parte reída y en todo celebrada por las mujeres, y habiendo sido atentamente escuchada y llegado a su fin, como estaba sentada junto a él Neifile, le mandó la reina que, contando una, siguiese el orden del comenzado entretenimiento. Y ella, como quien no menos de corteses maneras que de belleza estaba adornada, alegremente repuso que de buena gana, y comenzó de esta guisa:
Mostrado nos ha Pánfilo con su novelar la benignidad de Dios que no mira nuestros errores cuando proceden de algo que no nos es posible ver; y yo, con el mío, entiendo mostraros cuánto esta misma benignidad, soportando pacientemente los defectos de quienes deben dar de ella verdadero testimonio con obras y palabras y hacen lo contra-rio, es por ello mismo argumento de infalible verdad para que los que creemos sigamos con más firmeza de ánimo.
Tal como yo, graciosas señoras, he oído decir, hubo en París un gran mercader y hombre bueno que fue llamado Giannotto de Civigní, lealísimo y recto y gran negociante en el rango de la pañería; y tenía íntima amistad con un riquísimo hombre judío llamado Abraham, que era también mercader y hombre harto recto y leal. Cuya rectitud y lealtad viendo Giannotto, empezó a tener gran lástima de que el alma de un hombre tan valioso y sabio y bueno fuese a su perdición por falta de fe, y por ello amistosamente le empezó a rogar que dejase los errores de la fe judaica y se volviese a la verdad cristiana, a la que como santa y buena podía ver siempre aumentar y prosperar, mientras la suya, por el contrario, podía distinguir cómo disminuía y se reducía a la nada. El judío contestaba que ninguna creía ni santa ni buena fuera de la judaica, y que en ella había nacido y en ella entendía vivir y morir; ni habría nada que nunca de aquello le hiciese moverse. Giannotto no cesó por esto de, pasados algunos días, repetirle semejantes palabras, mostrándole, tan burdamente como la mayoría de los mercaderes pueden hacerlo, por qué razones nuestra religión era mejor que la judaica.
Y aunque el judío fuese en la ley judaica gran maestro, no obstante, ya que la amistad grande que tenía con Giannotto le moviese, o tal vez que las palabras que el Espíritu Santo ponía en la lengua del hombre simple lo hiciesen, al judío empezaron a agradarle mucho los argumentos de Giannotto; pero obstinado en sus creencias, no se dejaba cambiar. Y cuanto él seguía pertinaz, tanto no dejaba Giannotto de solicitarlo, hasta que el judío, vencido por tan continuas instancias, dijo:
—Ya, Giannotto, a ti te gusta que me haga cristiano; y yo estoy dispuesto a hacerlo, tan ciertamente que quiero primero ir a Roma y ver allí al que tú dices que es el vicario de Dios en la tierra, y considerar sus modos y sus costumbres, y lo mismo los de sus hermanos los cardenales; y si me parecen tales que pueda por tus palabras y por las de ellos comprender que vuestra fe sea mejor que la mía, como te has ingeniado en demostrarme, haré aquello que te he dicho: y si no fuese así, me quedaré siendo judío como soy.
Cuando Giannotto oyó esto, se puso en su interior desmedidamente triste, diciendo para sí mismo: «Perdido he los esfuerzos que me parecía haber empleado óptimamente, creyéndome haber convertido a éste; porque si va a la corte de Roma y ve la vida criminal y sucia de los clérigos, no es que de judío vaya a hacerse cristiano, sino que si se hubiese hecho cristiano, sin falta volvería judío».
Y volviéndose a Abraham dijo:
—Ah, amigo mío, ¿por qué quieres pasar ese trabajo y tan grandes gastos como serán ir de aquí a Roma? Sin contar con que, tanto por mar como por tierra, para un hombre rico como eres tú todo está lleno de peligros. ¿No crees que encontrarás aquí quien te bautice? Y si por ventura tienes algunas dudas sobre la fe que te muestro, ¿hay mayores maestros y hombres más sabios allí que aquí para poderte esclarecer todo lo que quieras o preguntes? Por todo lo cual, en mi parecer esta idea tuya está de sobra. Piensa que tales son allí los prelados como aquí los has podido ver y los ves; y tanto mejores cuanto que aquéllos están más cerca del pastor principal. Y por ello esa fatiga, según mi consejo, te servirá en otra ocasión para obtener algún perdón, en lo que yo por ventura te haré compañía.
A lo que respondió el judío:
—Yo creo, Giannotto, que será como me cuentas, pero por resumirte en una muchas palabras, estoy del todo dispuesto, si quieres que haga lo que me has rogado tanto, a irme, y de otro modo no haré nada nunca.
Giannotto, viendo su voluntad, dijo:
—¡Vete con buena ventura! —y pensó para sí que nunca se haría cristiano cuando hubiese visto la corte de Roma; pero como nada se perdía, se calló.
El judío montó a caballo y lo antes que pudo se fue a la corte de Roma, donde al llegar fue por sus judíos honradamente recibido; y viviendo allí, sin decir a ninguno por qué hubiese ido, cautamente empezó a fijarse en las maneras del papa y de los cardenales y de los otros prelados y de todos los cortesanos; y entre lo que él mismo observó, como hombre muy sagaz que era, y lo que también algunos le informaron, encontró que todos, del mayor al menor, generalmente pecaban deshonestísimamente de lujuria, y no sólo en la natural sino también en la sodomítica, sin ningún freno de remordimiento o de vergüenza, tanto que el poder de las meretrices y de los garzones al impetrar cualquier cosa grande no era poder pequeño. Además de esto, universalmente golosos, bebedores, borrachos y más servidores del vientre (a guisa de animales brutos,además de la lujuria) que otros conoció abiertamente que eran; y mirando más allá, los vio tan avaros y deseosos de dinero que por igual la sangre humana (también la del cristiano) y las cosas divinas que perteneciesen a sacrificios o a beneficios, con dinero vendían y compraban haciendo con ellas más comercio y empleando a más corredores de mercancías que había en París en la pañería o ningún otro negocio, y habiendo a la simonía manifiesta puesto el nombre de «mediación» y a la gula el de «manutención», como si Dios, no ya el significado de los vocablos, sino la intención de los pésimos ánimos no conociese y a guisa de los hombres se dejase engañar por el nombre de las cosas.
Las cuales, junto con otras muchas que deben callarse, desagradaron sumamente al judío, como a hombre que era sobrio y modesto, y pareciéndole haber visto bastante, se propuso retornar a París; y así lo hizo. Adonde, al saber Giannotto que había venido, esperando cualquier cosa menos que se hiciese cristiano, vino a verle y se hicieron mutuamente grandes fiestas; y después que hubo reposado algunos días, Giannotto le preguntó lo que pensaba del santo padre y de los cardenales y de los otros cortesanos. A lo que el judío respondió prestamente:
—Me parecen mal, que Dios maldiga a todos; y te digo que, si yo sé bien entender, ninguna santidad, ninguna devoción, ninguna buena obra o ejemplo de vida o de alguna otra cosa me pareció ver en ningún clérigo, sino lujuria, avaricia y gula, fraude, envidia y soberbia y cosas semejantes y peores, si peores puede haberlas; me pareció ver en tanto favor de todos, que tengo aquélla por fragua más de operaciones diabólicas que divinas. Y según yo estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo arte me parece que vuestro pastor, y después todos los otros, se esfuerzan en reducir a la nada y expulsar del mundo a la religión cristiana, allí donde deberían ser su fundamento y sostén. Y porque veo que no sucede aquello en lo que se esfuerzan sino que vuestra religión aumenta y más luciente y clara se vuelve, me parece discernir justamente que el Espíritu Santo es su fundamento y sostén, como de más verdadera y más santa que ninguna otra; por lo que, tan rígido y duro como era yo a tus consejos y no quería hacerme cristiano, ahora te digo con toda franqueza que por nada dejaré de hacerme cristiano. Vamos, pues, a la iglesia; y allí según las costumbres debidas en vuestra santa fe me haré bautizar.
Giannotto, que esperaba una conclusión exactamente contraria a ésta, al oírle decir esto fue el hombre más contento que ha habido jamás: y a Nuestra Señora de París yendo con él, pidió a los clérigos de allí dentro que diesen a Abraham el bautismo. Y ellos, oyendo que él lo demandaba, lo hicieron prontamente; y Giannotto lo llevó a la pila sacra y lo llamó Giovanni, y por hombres de valer lo hizo adoctrinar cumplidamente en nuestra fe, la que aprendió prontamente; y fue luego hombre bueno y valioso y de santa vida.


(continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 23 Mar - 12:02

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NOVELA TERCERA

El judío Melquisidech con una historia sobre tres anillos se salva de una peligrosa trampa que le había tendido Saladino.

Después de que, alabada por todos la historia de Neifile, calló ésta, como gustó a la reina, Filomena empezó a hablar así:
La historia contada por Neifile me trae a la memoria un peligroso caso sucedido a un judío; y porque ya se ha hablado tan bien de Dios y de la verdad de nuestra fe, descender ahora a los sucesos y los actos de los hombres no se deberá hallar mal, y vendré a narrárosla para que, oída, tal vez más cautas os volváis en las respuestas a las preguntas que puedan haceros.
Debéis saber, amorosas compañeras, que así como la necedad muchas veces aparta a alguien de un feliz estado y lo pone en grandísima miseria, así aparta la prudencia al sabio de peligros gravísimos y lo pone en grande y seguro reposo. Y cuán verdad sea que la necedad conduce del buen estado a la miseria, se ve en muchos ejemplos que no está ahora en nuestro ánimo contar, considerando que todo el día aparecen mil ejemplos manifiestos; pero que la prudencia sea ocasión de consuelo, como he dicho, os mostraré brevemente con un cuentecillo.
Saladino, cuyo valer fue tanto que no solamente le hizo llegar de hombre humilde a sultán de Babilonia, sino también lograr muchas victorias sobre los reyes sarracenos y cristianos, habiendo en diversas guerras y en grandísimas magnificencias suyas gastado todo su tesoro, y necesitando, por algún accidente que le sobrevino, una buena cantidad de dineros, no viendo cómo tan prestamente como los necesitaba pudiese tenerlos, le vino a la memoria un rico judío cuyo nombre era Melquisidech, que prestaba con usura en Alejandría; y pensó que éste tenía con qué poderlo servir, si quería, pero era tan avaro que por voluntad propia no lo hubiera hecho nunca, y no quería obligarlo por la fuerza; por lo que, apretándole la necesidad se dedicó por completo a encontrar el modo como el judío le sirviese, y se le ocurrió obligarle con algún argumento verosímil. Y haciéndolo llamar y recibiéndole familiarmente, le hizo sentar con él y después le dijo:
—Hombre honrado, he oído a muchas personas que eras sapientísimo y muy avezado en las cosas de Dios; y por ello querría saber cuál de las tres leyes reputas por verdadera: la judaica, la sarracena o la cristiana.
El judío, que verdaderamente era un hombre sabio, advirtió demasiado bien que Saladino buscaba cogerlo en sus palabras para moverle alguna cuestión, y pensó que no podía alabar a una de las tres más que a las otras sin que Saladino saliese con su empeño; por lo que, como a quien le parecía tener necesidad de una respuesta por la que no pudiesen llevarle preso, aguzado el ingenio, le vino pronto a la mente lo que debía decir; y dijo:
—Señor mío, la cuestión que me proponéis es fina, y para poder deciros lo que pienso de ella querría contaros el cuentecillo que vais a oír. Si no me equivoco, me acuerdo de haber oído decir muchas veces que hubo una vez un hombre grande y rico que, entre las otras joyas más caras que tenía en su tesoro, tenía un anillo bellísimo y precioso al que, queriendo hace honor por su valor y su belleza y dejarlo perpetuamente a sus descendientes ordenó que aquel de sus hijos a quien, habiéndoselo dejado él, le fuese encontrado aquel anillo, que se entendiese que él era su heredero y debiese ser por todos los demás honrado y reverenciado como a mayorazgo, ya que a quien fue dejado por éste guardó el mismo orden con sus descendiente e hizo tal como había hecho su predecesor. Y, en resumen, este anillo anduvo de mano en mano de muchos sucesores y últimamente llegó a las mano de uno que tenía tres hijos hermosos y virtuosos y muy obedientes al padre por lo que amaba a los tres por igual. Y los jóvenes, que conocían la costumbre del anillo, deseoso cada uno de ser el más honrado entre los suyos, cada uno por sí, como mejor sabían, rogaban al padre, que era ya viejo, que cuando sintiese llegar la muerte, a él le dejase el anillo. El honrado hombre, que por igual amaba a todos, no sabía él mismo elegir a cuál debiese dejárselo y pensó, habiéndoselo prometido a todos, en satisfacer a los tres: y secretamente a un buen orfebre le encargó otros dos, los cuales fueron tan semejantes al primero que el mismo que los había hecho hacer apenas distinguía cuál fuese el verdadero; y sintiendo llegar la muerte, secretamente dio el suyo a cada uno de sus hijos. Los cuales, después de la muerte del padre, queriendo cada uno posesionarse de la herencia y el honor, y negándoselo el uno al otro,como testimonio de hacerlo con todo derecho, cada uno mostró su anillo; y encontrados los anillos tan iguales el uno al otro que cuál fuese el verdadero no sabía distinguirse, se quedó pendiente la cuestión de quién fuese el verdadero heredero del padre, y sigue pendiente todavía. Y lo mismo os digo, señor mío, de las tres leyes dadas a los tres pueblos por Dios padre sobre las que me propusisteis una cuestión: cada uno su herencia, su verdadera ley y sus mandamientos cree rectamente tener y cumplir, pero de quién la tenga, como de los anillos, todavía está pendiente la cuestión.
Conoció Saladino que éste había sabido salir óptimamente del lazo que le había tendido y por ello se dispuso a manifestarle sus necesidades y ver si quería servirle; y así lo hizo, manifestándole lo que había tenido en el ánimo hacerle si él tan discretamente como lo había hecho no le hubiera respondido. El judío le sirvió libremente con toda la cantidad que Saladino le pidió y luego Saladino se la restituyó enteramente, y además de ello le dio grandísimos dones y siempre por amigo suyo lo tuvo y en grande y honrado estado lo conservó junto a él.


(continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 24 Mar - 9:27

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NOVELA CUARTA

Un monje, caído en pecado digno de castigo gravísimo, se libra de la pena reprendiendo discretamente a su abad de aquella misma culpa.

Ya se calla Filomena, liberada de su historia, cuando Dioneo, que junto a ella estaba sentado, sin esperar de la reina otro mandato, conociendo ya por el orden comenzado que a él le tocaba tener que hablar, de tal guisa comenzó a decir:
Amorosas señoras, si he entendido bien la intención de todas, estamos aquí para complacernos a nosotros mismos novelando, y por ello, tan sólo porque contra esto no se vaya, estimo que a cada uno debe serle lícito (y así dijo nuestra reina, hace poco, que era) contar aquella historia que más crea que pueda divertir; por lo que, habiendo escuchado cómo por los buenos consejos de Giannotto de Civigní salvó su alma el judío Abraham y cómo por su prudencia defendió Melquisidech sus riquezas de las asechanzas de Saladino, sin esperar que me reprendáis, entiendo contar brevemente con qué destreza libró su cuerpo un monje de gravísimo castigo.
Hubo en Lunigiana, pueblo no muy lejano de éste, un monasterio más copioso en santidad y en monjes de lo que lo es hoy, en el que, entre otros, había un monje joven cuyo vigor y vivacidad ni los ayunos ni las vigilias podían macerar. El cual, por acaso, un día hacia el mediodía, cuando los otros monjes dormían todos, habiendo salido solo por los alrededores de su iglesia, que estaba en un lugar asaz solitario, alcanzó a ver a una jovencita harto hermosa, hija tal vez de alguno de los labradores de la comarca, que andaba por los campos cogiendo ciertas hierbas: no bien la había visto cuando fue fieramente asaltado por la concupiscencia carnal.
Por lo que, avecinándose, con ella trabó conversación y tanto anduvo de una palabra en otra que se puso de acuerdo con ella y se la llevó a su celda sin que nadie se apercibiese. Y mientras él, transportado por el excesivo deseo, menos cáutamente jugueteaba con ella, sucedió que el abad, levantándose de dormir y pasando silenciosamente por delante de su celda, oyó el alboroto que hacían los dos juntos; y para conocer mejor las voces se acercó quedamente a la puerta de la celda a escuchar y claramente conoció que dentro había una mujer, y estuvo tentado a hacerse abrir; luego pensó que convendría tratar aquello de otra manera y, vuelto a su alcoba, esperó a que el monje saliera fuera.
El monje, aunque con grandísimo placer y deleite estuviera ocupado con aquella joven, no dejaba sin embargo de estar temeroso y, pareciéndole haber oído algún arrastrar de pies por el dormitorio, acercó el ojo a un pequeño agujero y vio clarísimamente al abad escuchándole y comprendió muy bien que el abad había podido oír que la joven estaba en su celda. De lo que, sabiendo que de ello debía seguirle un gran castigo, se sintió desmesuradamente pesaroso; pero sin querer mostrar a la joven nada de su desazón, rápidamente imaginó muchas cosas buscando hallar alguna que le fuera salutífera. Y se le ocurrió una nueva malicia (que el fin imaginado por él consiguió certeramente) y fingiendo que le parecía haber estado bastante con aquella joven le dijo:
—Voy a salir a buscar la manera en que salgas de aquí dentro sin ser vista, y para ello quédate en silencio hasta que vuelva.
Y saliendo y cerrando la celda con llave, se fue directamente a la cámara del abad, y dándosela, tal como todos los monjes hacían cuando salían, le dijo con rostro tranquilo:
—Señor, yo no pude esta mañana traer toda la leña que había cortado, y por ello, con vuestra licencia, quiero ir al bosque y traerla.
El abad, para poder informarse más plenamente de la falta cometida por él, pensando que nose había dado cuenta de que había sido visto, se alegró con tal ocasión y de buena gana tomó la llave y semejantemente le dio licencia. Y después de verlo irse empezó a pensar qué era mejor hacer: o en presencia de todos los monjes abrir la celda de aquél y hacerles ver su falta para que no hubiese ocasión de que murmurasen contra él cuando castigase al monje, o primero oír de él cómo había sido aquel asunto. Y pensando para sí que aquélla podría ser tal mujer o hija de tal hombre a quien él nouisiera hacer pasar la vergüenza de mostrarla a todos los monjes, pensó que primero vería quién era y tomaría después partido; y quedamente yendo a la celda, la abrió, entró dentro, y volvió a cerrar la puerta.
La joven, viendo venir al abad, palideció toda, y temblando empezó a llorar de vergüenza. El señor abad, que le había echado la vista encima y la veía hermosa y fresca, aunque él fuese viejo, sintió súbitamente no menos abrasadores los estímulos de la carne que los había sentido su joven monje, y para sí empezó a decir:
«Bah, ¿por qué no tomar yo del placer cuanto pueda, si el desagrado y el dolor aunque no los quiera, me están esperando? Ésta es una hermosa joven, y está aquí donde nadie en el mundo lo sabe; si la puedo traer a hacer mi gusto no sé porqué no habría de hacerlo. ¿Quién va a saberlo? Nadie lo sabrá nunca, y el pecado tapado está medio perdonado. Un caso así no me sucederá tal vez nunca más. Pienso que es de sabios tomar el bien que Dios nos manda».
Y así diciendo, y habiendo del todo cambiado el propósito que allí le había llevado, acercándose más a la joven, suavemente comenzó a consolarla y a rogarle que no llorase; y de una palabra en otra yendo, llegó a manifestarle su deseo. La joven, que no era de hierro ni de diamante, con bastante facilidad se plegó a los gustos del abad: el cual, después de abrazarla y besarla muchas veces, subiéndose a la cama del monje, y en consideración tal vez del grave peso de su dignidad y la tierna edad de la joven, temiendo tal vez ofenderla con demasiada gravedad, no se puso sobre el pecho de ella sino que la puso a ella sobre su pecho y por largo espacio se solazó con ella.
El monje, que había fingido irse al bosque, habiéndose ocultado en el dormitorio, como vio al abad solo entrar en su celda, casi por completo tranquilizado, juzgó que su estratagema debía surtir efecto; y, viéndole encerrarse dentro, lo tuvo por certísimo. Y saliendo de donde estaba, calladamente fue hasta un agujero por donde lo que el abad hizo o dijo lo oyó y lo vio.
Pareciéndole al abad que se había demorado bastante con la jovencita, encerrándola en la celda, se volvió a su alcoba; y luego de algún tiempo, oyendo al monje y creyendo que volvía del bosque, pensó en reprenderlo duramente y hacerlo encarcelar para poseer él solo la ganada presa; y haciéndolo llamar, duramente y con mala cara le reprendió, y mandó que lo llevaran a la cárcel. El monje prestísimamente respondió:
—Señor, yo no he estado todavía tanto en la orden de San Benito que pueda haber aprendido todas sus reglas; y vos aún no me habíais mostrado que los monjes deben acordar tanta preeminencia a las mujeres como a los ayunos y las vigilias; pero ahora que me lo habéis mostrado, os prometo, si me perdonáis esta vez, no pecar más por esto y hacer siempre como os he visto a vos.
El abad, que era hombre avisado, entendió prestamente que aquél no sólo sabía su hecho sino que lo había visto, por lo que, sintiendo remordimientos de su misma culpa, se avergonzó de hacerle al monje lo que él también había merecido; y perdonándole e imponiéndole silencio sobre lo que había visto, con toda discreción sacaron a la jovencita de allí, y aún debe creerse que más veces la hicieron volver.


(continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 25 Mar - 13:12

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NOVELA QUINTA

La marquesa de Monferrato con una invitación a comer gallinas y con unas discre palabras reprime el loco amor del rey de Francia.

La historia contada por Dioneo hirió primero de alguna vergüenza el corazón de las damas que la escuchaban y dio de ello señal el honesto rubor que apareció en sus rostros; mas luego, mirándose unas a otras, pudiendo apenas contener la risa, la escucharon sonriendo. Y llegado el final, después de haberle reprendido con algunas dulces palabras, queriendo mostrar que historias semejantes no debían contarse delante de mujeres, la reina, vuelta hacia Fiameta (que junto a él estaba sentada en la hierba), le mandó que continuase el orden establecido, y ella galanamente y con alegre rostro, mirándola, comenzó:
Tanto porque me complace que hayamos entrado a demostrar con las historias cuánta es la fuerza de las respuestas agudas y prontas, como porque tan gran cordura es en el hombre amar siempre a mujeres de linaje más alto que el suyo como es en las mujeres grandísima precaución saber guardarse de caer en el amor de un hombre de mayor posición que la suya, me ha venido al ánimo, hermosas señoras, mostraros, en la historia que me toca contar, cómo una noble dueña supo con palabras y obras guardarse de esto y evitar otras cosas.
Había el marqués de Monferrato, hombre de alto valor, gonfalonero de la Iglesia, pasado a ultramar en una expedición general hecha por los cristianos a mano armada; y hablándose de su valor en la corte de Felipe el Tuerto, que se preparaba a ir desde Francia en aquella misma expedición, fue dicho por un caballero que no había bajo las estrellas otra pareja semejante a la del marqués y su mujer: porque cuanto destacaba en todas las virtudes el marqués entre los caballeros, tanto era la mujer entre las demás mujeres hermosísima y valerosa. Las cuales palabras entraron de tal modo en el ánimo del rey de Francia que, sin haberla visto nunca, comenzó a amarla ardientemente, y se propuso no hacerse a la mar, en la expedición en que iba, sino en Génova para que, yendo por tierra, pudiese tener un motivo razonable para ir a ver a la marquesa, pensando que, no estando el marqués, podría suceder que viniese a tener efecto su deseo. Y según lo había pensado mandó que fuese puesto en ejecución; por lo que, enviando delante a todos los hombres, él con poca compañía y de hombres nobles, se puso en camino, y acercándose a la tierra del marqués, mandó decir a la señora con anticipación de un día que a la mañana siguiente le esperase a almorzar. La señora, sabia y precavida, repuso alegremente que aquél era un favor superior a cualquier otro y que fuese bien venido.
Y enseguida se puso a pensar qué querría decir que un tal rey, no estando su marido, viniese a visitarla; y no la engañó en esto la sospecha de que la fama de su hermosura lo atrajese. Pero no menos como mujer de pro se dispuso a honrarlo, y haciendo llamar a todos los hombres buenos que allí habían quedado, dio con su consejo las órdenes oportunas para todos los preparativos: pero la comida y los manjares quiso prepararlos ella misma. Y sin demora hizo reunir cuantas gallinas había en la comarca, y tan sólo con ellas indicó a sus cocineros que preparasen varios platos para el convite real.
Vino, pues, el rey el día dicho y fue recibido por la señora con gran fiesta y honor; y a él, más de lo que había imaginado por las palabras del caballero, al mirarla le pareció hermosa y valerosa y cortés, y se maravilló grandemente y mucho la estimó, encendiéndose tanto más en su deseo cuanto más sobrepasaba la señora la estima que él había tenido de ella. Y luego de algún reposo tomado en cámaras adornadísimas con todo lo que es necesario para recibir a tal rey, venida la hora del almuerzo, el rey y la marquesa se sentaron a una mesa, y los demás según su condición fueron en otras mesas honrados.
Aquí, siendo el rey servido sucesivamente con muchos platos y vinos óptimos y preciosos, y además de ello mirando de vez en cuando con deleite a la hermosísima marquesa, gran placer tenía. Pero llegando un plato tras el otro, comenzó el rey a maravillarse un tanto advirtiendo que, por muy diversos que fueran los guisos, no lo eran tanto que no fuesen todos hechos de gallina. Y como supiese el rey que el lugar donde estaba era tal que debía haber abundancia de variados animales salvajes, y que con haberle avisado de su venida había dado a la señora espacio suficiente para poder mandar a cazarlos, como mucho de esto se maravillase, no quiso tomar ocasión de hacerla hablar de otra cosa sino de sus gallinas; y con alegre rostro se volvió hacia ella y le dijo:
—Dama, ¿nacen en este país solamente gallinas sin ningún gallo?
La marquesa, que entendió óptimamente la pregunta, pareciéndole que según su deseo Nuestro Señor la había mandado momento oportuno para poder mostrar su intención, hacia el rey que le preguntaba resueltamente vuelta, repuso:
—No, monseñor; pero las mujeres, aunque en vestidos y en honores algo varíen de las otras, todas sin embargo son igual aquí que en cualquier parte.
El rey, oídas estas palabras, bien entendió la razón de la invitación a gallinas y la virtud que escondían aquellas palabras y comprendió que en vano se gastarían las palabras con tal mujer y que no era el caso de usar la fuerza; por lo que, así como imprudentemente se había encendido en su amor, así era sabio apagar por su honor el mal concebido fuego. Y sin bromear más, temeroso de sus respuestas, almorzó fuera de toda esperanza, y terminado el almuerzo, le pareció que con el pronto partir disimularía su deshonesta venida, y agradeciéndole por haberle honrado, encomendándolo ella a Dios, se fue a Génova.


(continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 26 Mar - 9:48

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NOVELA SEXTA

Confunde un buen hombre con un dicho ingenioso la malvada hipocresía de los  religiosos.


Emilia, que estaba sentada junto a Fiameta, habiendo sido ya alabado por todas el valor y la cortés reprensión hecha por la marquesa al rey de Francia, como agradó a su reina, comenzó a decir con animosa franqueza:
Yo tampoco callaré una lección que dio un buen hombre laico a un religioso avaro con una agudeza no menos divertida que digna de loa.
Hubo, pues, queridos jóvenes, no hace mucho tiempo, en nuestra ciudad, un fraile menor, inquisidor de la depravación herética que, por mucho que se ingeniase en parecer santo y tierno amante de la fe cristiana (como todos hacen), no era menos buen investigador de quien tenía la bolsa llena quede quien sintiera tibieza en la fe. Y llevado por su solicitud encontró por acaso un buen hombre, bastante más rico en dineros que en juicio, el cual no ya por falta de fe sino hablando simplemente, tal vez con el vino o por la alegría de la abundancia calentado, había llegado a decir un día a la compañía con quien estaba que tenía un vino tan bueno que de é lbebería Cristo. Lo que, siéndole contado al inquisidor y entendiendo éste que sus haberes eran gran-des y que tenía bien abultada la bolsa, cum gladiis et fustibus corrió impetuosísimamente a echarle encima una gravísima acusación, entendiendo no que de ella debiese resultar un alivio a la incredulidad del procesado sino una afluencia de florines a su mano, como sucedió. Y, haciéndolo llamar, le preguntó si era verdad lo que le había dicho contra él. El buen hombre contestó que sí, y le dijo el modo. A lo que el inquisidor santísimo y devoto de San Juán Barba de Oro dijo:
—¿De modo que has hecho a Cristo bebe-dor y aficionado a los buenos vinos, como si fuese Cinciglione o algún otro de vosotros, bebedores borrachos y tabernarios, y ahora, hablando humildemente, ¿quieres hacer ver que es una cosa sin importancia? No es como te parece; has merecido el fuego por ello, si es que queremos comportarnos contigo como debemos.
Y con éstas y con otras bastantes palabras,con rostro amenazador, como si aquél hubiese sido un epicúreo negando la eternidad del alma, le hablaba; y, en resumen, tanto lo asustó, que el buen hombre, por algunos intermediarios, le hizo con una buena cantidad de la grasa de San Juan Barba de Oro ungir las manos (lo que mucho mejora la enfermedad de la pestilente avaricia de los clérigos, y especialmente de los frailes menores que no osan tocar el dinero) para que se condujese con él misericordiosamente. La cual unción, aunque Galeno no habla de ella como muy eficaz en ninguna parte de sus libros, tanto le aprovechó, que el fuego que le amenazaba se permutó en una cruz: y como si hubiera de ir a la expedición de ultramar, para hacer una bella bandera, se la puso amarilla sobre lo negro. Y además de esto, recibidos ya los dineros, le retuvo junto a sí unos días más, poniéndole por penitencia que todas las mañanas oyese una misa en Santa Cruz y que a la hora de comer se presentase delante de él, y que lo restante del día podía hacer lo que más le gustase.
Y, haciendo el dicho hombre estas cosas diligentemente, sucedió que una de las mañanas oyó en misa un evangelio en el que se cantaban estas palabras: «Recibiréis ciento por uno y recibiréis la vida eterna», que retuvo firmemente en la memoria; y según la obligación impuesta, viniendo a la hora de comer ante el inquisidor, lo encontró almorzando. El inquisidor le preguntó si había oído misa aquella mañana y él, prontamente, le respondió:
—Sí, señor mío. A lo que el inquisidor dijo:
—¿Has oído, en ella, alguna cosa de la que dudes o quieras preguntarme?
—En verdad —repuso el buen hombre— de nada de lo que he oído dudo, y todo firmemente lo creo verdadero; y algo he oído que me ha hecho y me hace tener de vos y de los otros frailes grandísima compasión, pensando en el mal estado en que vais a estar allá en la otra vida.
Dijo entonces el inquisidor:
—¿Y qué es lo que te ha movido a tener esta compasión de nosotros?
El buen hombre respondió:
—Señor mío, fueron aquellas palabras del Evangelio que dicen: «Recibiréis el ciento por uno».
A lo que el inquisidor dijo:
—Así es; pero ¿por qué te han conmovido estas palabras?
—Señor mío —dijo el buen hombre—, yo os lo diré. Desde que vengo aquí, he visto todos los días dar aquí afuera a muchos pobres a veces uno y otras dos calderos de sopa, que se os quita a vos y a los frailes de vuestro convento como superflua; por lo que si por cada uno os van a dar ciento en el más allá tanta tendréis que allí dentro todos vais a ahogaros.
Y como todos los que estaban sentados a la mesa del inquisidor se echaran a reír, el inquisidor, sintiendo que se transparentaba la hipocresía de sus sopicaldos, se enojó todo, y si no fuese porque ya se le reprochaba lo que le había hecho, otra acusación le habría echado encima por lo que con aquel chiste había reprobado a él y a sus holgazanes invitados; y, con ira, le ordenó que hiciese lo que más le gustara sin ponérsele más delante.


(continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 27 Mar - 19:19

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NOVELA SÉPTIMA

Bergamino, con una historia sobre Primasso y el abad de Cligny, reprende donosamente la rara avaricia en que cayó el señor Cane della Scala.

Movió la donosura de Emilia y su novela a la reina y a todos los demás a reír y encomiar la insólita amonestación hecha al cruzado, pero después de que las risas se apaciguaron y se tranquilizaron todos, Filostrato, a quien tocaba novelar, empezó a hablar de esta guisa:
Buena cosa es, valerosas señoras, acertar en un blanco que nunca se mueve; pero raya en lo maravilloso cuando un arquero da súbitamente en alguna cosa no usada que aparece de pronto. La viciosa y sucia vida de los clérigos, en muchas cosas firme blanco de maldad, sin demasiada dificultad da que hablar, que amonestar y que reprender a quienquiera que desee hacerlo: y por ello, aunque bien hizo el hombre valiente que la hipócrita caridad de los frailes que dan a los pobres lo que convendría dar a los puercos o tirarlo, echó en cara al inquisidor, bastante más estimo que ha de alabarse aquel del cual debo hablar (llevándome a ello la precedente historia), quien al señor Cane della Scala, magnífico señor, de una súbita y desusada avaricia aparecida en él, reprendió con una ingeniosa historia, representando en otros lo que sobre él y sobre sí mismo quería decir; la cual es ésta:
Así como lo extiende su fama por todo el mundo, el señor Cane della Scala, a quien en hartas cosas fue favorable la fortuna, fue uno de los más notables y magníficos señores del emperador Federico II de los que se tuviese noticia en Italia. El cual, habiendo dispuesto hacer una notable y maravillosa fiesta en Verona, a la que muchas gentes y de diversas partes habían venido, y sobre todo hombres de corte de toda clase, de súbito, fuese cual fuese la razón, se retrajo de ello y recompensó con algo a los que habían venido y les dio licencia. Sólo uno llamado Bergamino, hablador agudo y florido más de lo que puede creer quien no lo ha oído, como no se le había dado nada ni se le había despedido, se quedó, esperando que no sin alguna utilidad futura para él se había hecho aquello. Pero se le habían puesto en el pensamiento al señor Cane que cualquier cosa que diese a éste era peor que perderla o que arrojarla al fuego: y no por ello le decía o hacía decir cosa alguna. Bergamino, después de algunos días, viendo que no le llamaban ni le solicitaban para nada que fuese propio de su oficio, y además de ello que se estaba arruinando en el albergue con sus caballos y sus criados, empezó a desazonarse; pero sin embargo esperaba, no pareciéndole bien irse.
Y habiendo llevado consigo tres trajes buenos y ricos que le habían sido dados por otros señores, para comparecer honradamente en la fiesta, queriendo pagar a su huésped, primeramente le dio uno y luego, demorándose todavía mucho más, se vio en necesidad, si quería estar más con su huésped, de darle el segundo; y empezó a comer del tercero, dispuesto a quedarse a ver qué pasaba cuanto le durase aquél, e irse luego. Ahora, mientras comía del tercer traje sucedió que, estando almorzando el señor Cane, llegó un día ante él con aspecto muy entristecido; lo que al ver el señor Cane, más por escarnecerlo que por tomar deleite de algún dicho suyo, dijo:
—Bergamino, ¿qué te pasa? ¡Estás tan triste! Cuéntanos alguna cosa.
Bergamino, entonces, sin pararse un punto a pensar, como si mucho tiempo pensado lo hubiera, súbitamente acomodándola a su caso, contó esta historia:
—Señor mío, debéis saber que Primasso fue un gran entendido en gramática, y fue, más que cualquier otro, grande e improvisado versificador; las cuales cosas le hicieron tan notable y tan famoso que, aunque en persona no fuese conocido en todas partes, por nombre y por fama no había casi nadie que no supiese quién era Primasso. Ahora bien, sucedió que encontrándose él una vez en París en pobre estado, como lo estaba la mayor parte del tiempo, porque su mérito poco era estimado por los que son poderosos, oyó hablar de un abad de Cligny, que se cree que sea el prelado más rico en riquezas propias que tenga la Iglesia de Dios, del papa para abajo; y oyó decir de él maravillosas y magníficas cosas de que siempre tenía reunida su corte y nunca había negado, a cualquiera que anduviese allá donde él estaba ni de comer ni de beber, si llegaba a pedirlo cuando el abad estaba comiendo. Lo que, oyendo Primasso, como hombre que se complacía en ver a los hombres y señores valiosos, deliberó ir a ver la magnificencia de este abad y preguntó cuán cerca de París vivía. A lo que le fue contestado que a unas seis millas en una de sus posesiones; adonde Primasso pensó poder llegar, poniéndose en camino de mañana a buena hora, a la hora de comer.
Haciéndose, pues, enseñar el camino, no encontrando a nadie que fuese allí, temió que por desgracia pudiera extraviarse e ir a parar en parte donde no encontraría de comer tan pronto; por lo que, por si ello ocurriera, para no padecer penuria de comida, pensó en llevar tres panes, considerando que agua, que le gustaba poco, encontraría de beber en cualquier parte. Y metiéndoselos en el seno, tomó el camino y tuvo tanta suerte que antes de la hora de comer llegó a donde estaba el abad. Y, entrado dentro, estuvo mirando por todas partes y vista la gran multitud de las mesas puestas y el gran aparato de la cocina y las demás cosas preparadas para almorzar, se dijo a sí mismo: «Verdaderamente éste es tan magnífico como se dice».
Y estando a todas estas cosas atento, el senescal del abad, porque era hora de comer mandó que se diese agua a las manos; Y, dada el agua, sentó a todos a la mesa. Y sucedió por ventura que Primasso fue puesto precisamente enfrente de la puerta de la cámara por donde el abad debía salir para venir al comedor. Era costumbre en aquella corte que sobre las mesas ni vino, ni pan, ni nada de comer o de beber se ponía nunca si primero no había venido el abad a sentarse a la mesa.
Habiendo, pues, el senescal puesto las mesas, hizo decir al abad que, cuando le pluguiese, la comida estaba presta. El abad hizo abrir la cámara para venir a la sala, y al venir miró hacia adelante, y por ventura el primer hombre en quien puso los ojos fue Primasso, que bastante pobre estaba de arreos y a quien él no conocía en persona; y al verlo, incontinenti le vino al ánimo un pensamiento mezquino y que nunca había tenido, y se dijo: «¡Mira a quién doy a comer lo mío!».
Y, volviéndose dentro, mandó que cerrasen la cámara y preguntó a los que estaban con él si alguno de ellos conocía a aquel bellaco que frente a la puerta de su cámara se sentaba a la mesa. Todos contestaron que no. Primasso, que tenía ganas de comer como quien había caminado y no estaba acostumbrado a ayunar, habiendo ya esperado un rato y viendo que el abad no venía, se sacó del seno uno de los tres panes que había llevado y empezó a comérselo. El abad, después que pasó algún tanto, mandó a uno de sus familiares que mirase si se había ido este Primasso. El familiar respondió:
—No, mi señor, sino que come pan, lo que muestra que lo ha traído consigo.
Dijo entonces el abad:
—Pues que coma de lo suyo, si tiene, que del nuestro no comerá hoy.
Habría querido el abad que Primasso se hubiese ido por sí mismo, porque despedirlo no le parecía bien. Primasso, como se había comido un pan y el abad no venía, empezó a comer el segundo, lo que igualmente fue dicho al abad, que había mandado mirar si se había ido. Por último, no viniendo el abad, Primasso, comido el segundo, empezó a comer el tercero, lo que también dijeron al abad. El cual empezó a pensar y a decirse:
«Ah, ¿qué novedad es esta que me ha venido hoy al ánimo?, ¿qué avaricia?, ¿qué encono?, ¿y por causa de quién? Yo he dado de comer de lo mío, desde hace muchos años, a quien lo ha querido comer, sin mirar si gentilhombre o villano, pobre o rico, mercader o tendero, haya sido; y con mis ojos lo he visto despedazar a infinitos bellacos y nunca al ánimo me vino este pensamiento que por éste me ha venido hoy; no me debe de haber atacado tan firmemente la avaricia por un hombre de poco: algún gran personaje debe ser este que me parece bellaco, pues que así se me ha embotado el ánimo para honrarlo».
Y, dicho así, quiso saber quién era: y vino a saber que era Primasso, que había venido aquí a ver lo que había oído de su magnificencia. Y como el abad le conocía por su fama hacía mucho tiempo como hombre sabio, se avergonzó y, deseoso de enmienda, de muchas maneras se ingenió en honrarlo. Y después de comer, como convenía al valor de Primasso, le hizo vestir noblemente, y dándole dineros y un palafrén, dejó a su arbitrio irse o quedarse; de lo que, contento Primasso, habiéndole dado las gracias mayores que pudo, a París, de donde había salido a pie, volvió a caballo.
El señor Cane, que era buen entendedor, sin ninguna otra explicación entendió óptimamente lo que quería decir Bergamino, y sonriendo le dijo:
—Bergamino, asaz finamente has mostrado tus agravios, tu virtud y mi avaricia y lo que de mí deseas; y en verdad nunca sino ahora contigo he sido asaltado por la avaricia, pero la arrojaré de mí con aquel bastón que tú mismo has inventado.
Y haciendo pagar al huésped de Bergamino, le hizo restituir los tres trajes, y a él, vestido nobilísimamente con un rico traje suyo, dándole dineros y un palafrén, dejó por aquella vez en libertad de quedarse o de irse.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 28 Mar - 10:43

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NOVELA OCTAVA

Guiglielmo Borsiere, con discretas palabras, reprende la avaricia del señor Herminio de los Grimaldi.


Se sentaba junto a Filostrato Laureta, la cual, después de que hubo oído alabar el ingenio de Bergamino y advirtiendo que le correspondía a ella contar alguna cosa, sin esperar ningún mandato, placenteramente empezó a hablar así.
-La novela precedente, queridas compañeras, me induce a contar cómo un hombre bueno, también cortesano y no sin fruto, reprendió la codicia de un mercader riquísimo; y ésta, aunque se asemeje al argumento de la pasada, no deberá por eso seros menos gustosa, pensando que va a acabar bien.
Hubo, pues, en Génova, ya hace mucho tiempo, un gentilhombre llamado señor Herminio de los Grimaldi que, según era estimado por todos, por sus grandísimas posesiones y dineros superaba con mucho la riqueza de cualquier otro ciudadano riquísimo de quien entonces se supiera en Italia; y tanto como superaba en riqueza a cualquier itálico que fuese, tanto en avaricia y miseria sobresalía sobre cualquier miserable y avaro que hubiese en el mundo: por lo que no solamente para honrar a otros tenía la bolsa cerrada, sino en las cosas necesarias a su propia persona, contra la costumbre general de los genoveses que acostumbran a vestir noblemente, mantenía él, por no gastar, privaciones grandísimas, y del mismo modo en el comer y el beber. Por lo que merecidamente su apellido de Grimaldi le había sido quitado y nadie le llamaba otra cosa que Herminio Avaricia.
Sucedió que en este tiempo en que él, no gastando, multiplicaba lo suyo, llegó a Génova un valeroso hombre de corte, cortés y buen decidor, llamado Guiglielmo Borsiere, en nada semejante a los de hoy que, no sin gran vergüenza de las corruptas y vituperables costumbres de quienes quieren hoy ser llamados y reputados por nobles y por señores, parecen más bien asnos educados en la torpeza de toda la maldad de los hombres más viles que en las cortes. Y mientras en otros tiempos solía ser su ocupación y consagrarse su cuidado a concertar paces donde la guerra o las ofensas hubiesen nacido entre hombres nobles, o a concertar matrimonios, parentescos y amistad, y con palabras buenas y discretas recrear los ánimos de los fatigados y solazar las cortes, y con agrias reprensiones, como si fuesen padres, corregir los defectos de los malos, y todo esto por premios asaz ligeros; hoy en contar mal de unos a otros, en sembrar cizaña, en decir maldades e ignominias y, lo que es peor, en hacerlas en presencia de los hombres, en echarse en cara los males, las vergüenzas y las tristezas,verdaderas y no verdaderas, unos a otros, y con falsos halagos hacer volver los ánimos nobles a las cosas viles y malvadas, se ingenian en consumir su tiempo.
Y más es tenido en amor y más honrado y exaltado con premios altísimos por los señores miserables y descorteses aquel que más abominables palabras dice o acciones comete: gran vergüenza y digna de reprobación del mundo presente y prueba muy evidente de que las virtudes, volando de aquí abajo, nos han abandonado en las heces del vicio a los míseros vivientes.
Pero, volviendo a lo que comenzado había, de lo que el justo enojo me ha apartado más de lo que pensaba, digo que el ya dicho Guiglielmo fue honrado y de buena gana recibido por todos los hombres nobles de Génova y que, habiéndose quedado algunos días en la ciudad y habiendo oído muchas cosas sobre la miseria y la avaricia del señor Herminio, lo quiso ver. El señor Herminio había ya oído que este Guiglielmo Borsiere era hombre honrado y habiendo aún en él, por avaro que fuese, alguna chispita de cortesía, con palabras asaz amistosas y con alegre gesto le recibió y entró con él en muchos y variados razonamientos, y conversando le llevó consigo, junto con otros genoveses que con él estaban, a una casa nueva suya que había mandado hacer muy hermosa; y después de habérsela mostrado toda, dijo:
—Ah, señor Guiglielmo, vos que habéis visto y oído tantas cosas, ¿me sabríais mostrar alguna cosa que nunca haya sido vista, que yo pudiese mandar pintar en la sala de esta casa mía?
A lo que Guiglielmo, oyendo su modo de hablar poco discreto, repuso:
—Señor, algo que nunca se haya visto no creeréis que yo pueda mostraros, si no son estornudos y otras cosas semejantes; pero si os place, bien os enseñaré una cosa que vos no creo que hayáis visto nunca.
El señor Herminio dijo:
—Ah, os lo ruego, decidme cuál es —no esperando que él iba a contestarle lo que le contestó.
A lo que Guiglielmo entonces contestó prestamente:
—Mandad pintar la Cortesía.
Al oír el señor Herminio estas palabras se sintió invadido por una vergüenza tan grande que tuvo fuerza para hacerle cambiar el ánimo a todo lo contrario de lo que hasta aquel momento había sido, y dijo:
—Señor Guiglielmo, la haré pintar de manera que nunca ni vos ni otro con razón podáis decir-me que no la haya visto y conocido.
Y de entonces en adelante (con tal virtud fueron dichas las palabras de Guiglielmo) fue el más liberal y más generoso gentilhombre y el que honró a los forasteros y a los ciudadanos más que ningún otro que hubiera en Génova en su tiempo.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 29 Mar - 18:09

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NOVELA NOVENA

El rey de Chipre, reprendido por una dama de Gascuña, de cobarde se transforma en valeroso.


Para Elisa quedaba el último mandato de la reina; y ella, sin esperarlo, festivamente comenzó:
Jóvenes señoras, ha sucedido muchas veces que aquello que varias reprensiones y muchos castigos impuestos a alguno no han podido enseñarle, unas palabras (muchas veces dichas por acaso), no ex propósito, lo han logrado. Lo que bien aparece en la novela contada por Laureta, y yo, además, con otra muy breve entiendo demostraros porque, como sea que las cosas buenas siempre pueden servir de algo, deben seguirse con ánimo atento, sea quien sea quien las dice.
Digo, pues, que en tiempos del primer rey de Chipre, después de la conquista de los Santos Lugares hecha por Godofredo de Bouillón, sucedió que una noble señora de Gascuña fue en peregrinación al Sepulcro, y volviendo de allí, llegada a Chipre, por algunos hombres criminales fue villanamente ultrajada; de lo que ella, doliéndose sin hallar consuelo, pensó ir a reclamar al rey; pero alguien le dijo que se cansaría en balde porque él era de una vida tan abúlica y tan apocada que, no es que no vengase con su justicia los ultrajes de otros, sino que soportaba infinitos a él hechos con vituperable vileza, mientras que quien sufría algún agravio lo desahogaba haciéndole alguna afrenta o vergüenza. Oyendo lo cual la dama, desesperando de la venganza, para tener algún consuelo en su dolor, se propuso reprender la miseria del dicho rey; y yéndose llorando ante él, dijo:
—Señor, no vengo a tu presencia porque espere venganza de la injuria que me ha sido hecha; sino que en satisfacción de ella te ruego que me enseñes cómo sufres las que entiendo te son hechas, para que, aprendiendo de ti, pueda soportar la mía pacientemente, la cual, sábelo Dios de buena gana te daría puesto que eres tan buen portador de ellas.
El rey, que hasta entonces había sido lento y perezoso, como si se despertase de un sueño, empezando por la injuria hecha a aquella señora, que vengó duramente, se hizo severísimo de allí en adelante persecutor de cualquiera que cometiese alguna cosa contra el honor de su corona.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 30 Mar - 11:28

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NOVELA DÉCIMA

El maestro Alberto de Bolonia hace discretamente avergonzar a una señora que quería avergonzarle a él por estar enamorado de ella.

Quedaba, al callarse Elisa, el último trabajo del novelar a la reina, la cual, con femenina gracia empezando a hablar, dijo:
Nobles jóvenes, como en las claras noches son las estrellas adorno del cielo y en la primavera las flores de los verdes prados, así lo son las frases ingeniosas de las loables costumbres y las conversaciones placenteras; las cuales, porque son breves, convienen mucho más a las mujeres que a los hombres, porque más de las mujeres que de los hombres desdice el hablar mucho y largo (cuando pueda pasarse sin ello), a pesar de que hoy pocas o ninguna mujer puede que se entienda en agudezas o que, si las oyese, supiera contestarlas: y vergüenza general es para nosotras y para cuantas están vivas. Porque aquella virtud que estuvo en el ánimo de nuestras antepasadas, las modernas la han convertido en adornos del cuerpo, y la que se ve sobre las espaldas los paños más abigarrados y variegados y con más adornos, se cree que debe ser tenida en mucho más y mucho más que otras honrada, no pensando que si en lugar de sobre las espaldas sobre los lomos los llevase, un asno llevaría más que alguna de ellas: y no por ello habría que honrarle más que a un asno.
Me avergüenza decirlo porque no puedo nada decir de las demás que contra mí no diga: ésas tan aderezadas, tan pintadas, tan abigarradas, o como estatuas de mármol mudas e insensibles están o, así responden, si se les dirige la palabra, que mucho mejor fuera que se hubiesen callado; y nos hacen creer que de pureza de ánimo proceda el no saber conversar entre señoras y con los hombres corteses, y a su gazmoñería le han dado nombre de honestidad como si ninguna señora honesta hubiera sino aquella que con la camarera o con la lavandera o con su cocinera hable; porque si la naturaleza lo hubiera querido como ellas quieren hacerlo creer, de otra manera les hubiera limitado la charla. La verdad es que, como en las demás cosas, en ésta hay que mirar el tiempo y el modo y con quién se habla, porque a veces sucede que, creyendo alguna mujer o algún hombre con alguna frasécula aguda hacer sonrojar a otro, no habiendo bien medido sus fuerzas con las de quien sea, aquel rubor que sobre otro ha querido arrojar contra sí mismo lo ha sentido volverse.
Por lo cual, para que sepáis guardaros y para que no se os pueda aplicar a vosotras aquel proverbio que comúnmente se dice por todas partes de que las mujeres en todo cogen lo peor siempre, esta última novela de las de hoy, que me toca decir, quiero que os adiestre, para que así como en nobleza de ánimo estáis separadas de las demás, así también por la excelencia de las maneras separadas de las demás os mostréis.
No han pasado todavía muchos años desde que en Bolonia hubo un grandísimo médico y de clara fama en todo el mundo, y tal vez vive todavía, cuyo nombre fue maestro Alberto; el cual, siendo ya viejo de cerca de setenta años, tanta fue la nobleza de su espíritu que, habiéndosele ya del cuerpo partido casi todo el calor natural, no se rehusó a recibirlas amorosas llamas habiendo visto en una fiesta a una bellísima señora viuda llamada, según dicen algunos, doña Malgherida de los Ghisolieri; y agradándole sobremanera, no de otro modo que un jovencillo las recibió en su maduro pecho, hasta tal punto que no le parecía bien descansar de noche si el día anterior no hubiese visto el hermoso y delicado rostro de la bella señora. Y por ello, empezó a frecuentar, a pie o a caballo según lo que más a mano le venía, la calle donde estaba la casa de esta señora.
Por lo cual, ella y muchas otras señoras se apercibieron de la razón de su pasar y muchas veces hicieron bromas entre ellas al ver a un hombre tan viejo, de años y de juicio, enamorado, como si creyeran que esta pasión tan placentera del amor solamente en los necios ánimos de los jóvenes y no en otra parte entrase y permaneciese. Por lo que, continuando el pasar del maestro Alberto, sucedió que un día de fiesta, estando esta señora con otras muchas señoras sentada delante de su puerta, y habiendo visto de lejos venir al maestro Alberto hacia ellas, todas con ella se propusieron recibirlo y honrarle y luego gastarle bromas por este su enamoramiento; y así lo hicieron.
Por lo que, levantándose todas e invitado él, le condujeron a un fresco patio donde mandaron traer finísimos vinos y dulces; y al final, con palabras ingeniosas y corteses le preguntaron cómo podía ser aquello de estar él enamorado de esta hermosa señora sabiendo que era amada de muchos hermosos, nobles y corteses jóvenes.
El maestro, sintiéndose gentilmente embromado, puso alegre gesto y respondió:
—Señora, que yo ame no debe maravillar a ningún sabio, y especialmente a vos, porque os lo merecéis. Y aunque a los hombres viejos les haya quitado la naturaleza las fuerzas que se requieren para los ejercicios amorosos, no les ha quitado la buena voluntad ni el conocer lo que deba ser amado, sino que naturalmente lo conocen mejor porque tienen más conocimiento que los jóvenes. La esperanza que me mueve a amaros, yo viejo a vos amada de muchos jóvenes, es ésta: muchas veces he estado en sitios donde he visto a las mujeres merendando y comiendo altramuces y puerros; y aunque en los puerros nada es bueno, es menos malo y más agradable a la boca la cabeza, pero vosotras,generalmente guiadas por equivocado gusto, os quedáis con la cabeza en la mano y os coméis las hojas, que no sólo no valen nada sino que son de mal sabor. ¿Y qué sé yo, señora, si al elegir los amantes no hacéis lo mismo? Y si lo hicieseis, yo sería el que sería elegido por vos, y los otros despedidos.
La noble señora, juntamente con las otras, avergonzándose un tanto, dijo:
—Maestro, asaz bien y cortésmente nos habéis reprendido de nuestra presuntuosa empresa; con todo, vuestro amor me es caro, como de hombre sabio y de pro debe serlo, y por ello, salvaguardando mi honestidad, como a cosa vuestra mandadme todos vuestros gustos con confianza.
El maestro, levantándose con sus compañeros, agradeció a la señora y despidiéndose de ella riendo y con fiesta, se fue. Así, la señora, no mirando de quién se chanceaba, creyendo vencer fue vencida; de lo que vosotras, si sois prudentes, óptimamente os guardaréis.
Ya estaba el sol inclinado hacia el ocaso y disminuido en gran parte el calor, cuando las narraciones de las jóvenes y de los jóvenes llegaron a su fin; por lo cual, su reina placenteramente dijo:
—Ahora ya, queridas compañeras, nada queda a mi gobierno durante la presente jornada sino daros una nueva reina que, en la venidera, según su juicio, su vida y la nuestra disponga para una honesta recreación, y mientras el día dure de aquí hasta la noche (porque quien no se toma algún tiempo por delante no parece que bien pueda prepararse para el porvenir) y para que aquello que la nueva reina delibere que sea oportuno para mañana pueda disponerse, a esta hora me parece que deben empezar las jornadas siguientes. Y por ello, en reverencia a Aquel por quien todas las cosas viven y es nuestro consuelo, en esta segunda jornada Filomena, joven discretísima, como reina guiará nuestro reino.
Y dicho esto, poniéndose en pie y quitándose la guirnalda de laurel, con reverencia a ella se la puso, y ella primero y después todas las demás y semejantemente los jóvenes la saludaron como a reina, y a su señorío con complacencia se sometieron. Filomena, un tanto sonrojada de vergüenza, viéndose coronada en aquel reino y acordándose de las palabras poco antes dichas por Pampínea, para no parecer gazmoña, recobrada la osadía, primeramente confirmó los cargos dados por Pampínea y dispuso lo que para la mañana siguiente y para la futura cena debía hacerse y quedándose aquí donde estaban, empezó a hablar así.
—Carísimas compañeras, aunque Pampínea, por su cortesía más que por mi virtud, me haya hecho reina de todos vosotros, no me siento yo dispuesta a seguir solamente mi juicio sobre la forma de nuestro vivir, sino el vuestro junto con el mío, y para que lo que a mí me parece hacer sepáis, y por consiguiente añadir y disminuir podáis a vuestro gusto, con pocas palabras entiendo mostrároslo. Si hoy he reparado bien, los modos seguidos por Pampínea me parece que han sido todos igualmente loables y deleitosos; y por ello, hasta que, o por demasiada repetición o por otra razón, no nos causen tedio, no pienso cambiarlos. Habiendo ya, pues, comenzado las órdenes de lo que hayamos de hacer, levantándonos de aquí, nos iremos a pasear un rato, y cuando el sol esté poniéndose cenaremos con la fresca y, luego de algunas cancioncillas y otros entretenimientos, bien será que nos vayamos a dormir. Mañana, levantándonos con la fresca, semejantemente iremos a solazarnos a alguna parte como a cada uno le sea más agradable hacer, y como hoy hemos hecho, igual a la hora debida volveremos a comer; bailaremos, y cuando nos levantemos de la siesta, aquí donde hoy hemos estado volveremos a novelar, en lo que me parece haber grandísimo placer y utilidad a un tiempo. Y lo que Pampínea no ha podido hacer, por haber sido ya tarde elegida para el gobierno, quiero comenzar a hacerlo, es decir, a restringir dentro de algunos límites aquello sobre lo cual debamos novelar y decíroslo anticipadamente para que cada uno tenga tiempo de poder pensar en alguna buena historia sobre el asunto propuesto para poderla contar; el cual, si os place, sea esta vez que, puesto que desde el principio del mundo los hombres han sido empujados por la fortuna a casos diversos, y lo serán hasta el fin, todos debemos contar algo sobre ello: sobre alguien que, perseguido por diversas contrariedades, haya llegado contra toda esperanza a buen fin.
Las mujeres y los hombres, todos por igual, alabaron esta orden y aprobaron que se siguiese; solamente Dioneo, todos los otros habiendo callado ya, dijo:
—Señora mía, como todos éstos han dicho, también digo yo que es sumamente placentera y encomiable la orden por vos dada; pero como gracia especial os pido un don, que quiero que me sea confirmado mientras nuestra compañía dure, y es éste: que yo no sea obligado por esta ley de tener que contar una historia según un asunto propuesto si no quiero, sino sobre aquello que más me guste contarlo. Y para que nadie piense que quiero esta gracia como hombre que no tenga a mano historias, desde ahora me contentaré con ser él último que la cuente.
La reina, que lo conocía como hombre divertido y festivo, comprendió justamente que no lo pedía sino por poder a la compañía alegrar con alguna historia divertida si estuviesen cansados de tanta narración, y con consentimiento de los demás, alegremente le concedió la gracia; y levantándose todos, hacia un arroyo de agua clarísima que de un montecillo descendía a un valle sombreado con muchos árboles, entre piedras lisas y verdes hierbecillas, con despacioso paso se fueron. Allí descalzos y metiendo los brazos desnudos en el agua,empezaron a divertirse entre ellos de varias maneras.
Y al acercarse la hora de la cena volvieron hacia la villa y cenaron con gusto; después de la cena, hechos traer los instrumentos, mandó la reina que se iniciase una danza, y conduciéndola Laureta, que Emilia cantase una canción, acompañada por el laúd de Dioneo. Por cuya orden, Laureta, prestamente, comenzó una danza y la dirigió, cantando Emilia amorosamente la siguiente canción:
Tanto me satisface mi hermosura
que en otro amor jamás
ni pensaré ni buscaré ternura.
En ella veo siempre en el espejo
el bien que satisface el intelecto
y ni accidente nuevo o pensar viejo
el bien me quitará que me es dilecto
pues ¿qué otro amable objeto
podré mirar jamás
que dé a mi corazón nueva ternura?
No se escapa este bien cuando deseo,
por sentir un consuelo, contemplarlo,
pues mi placer secunda, y mi recreo
de tan suave manera, que expresarlo
no podría, ni podría experimentarlo
ningún mortal jamás
que no hubiese abrasado tal ternura.
Y yo, que a cada instante más me enciendo,
cuanto más en él fijo la mirada,
toda me doy a él, toda me ofrendo
gustando ya de su promesa amada;
y tanto gozo espero a mi llegada
junto a él, que jamás
ha sentido aquí nadie tal ternura.

Terminada esta balada, que todos habían coreado alegremente, aunque a muchos les hiciese cavilar su letra, luego de algunas carolas, habiendo pasado ya una partecilla de la breve noche, plugo a la reina dar fin a la primera jornada, y mandando encender las antorchas, ordenó que todos se fuesen a descansar hasta la mañana siguiente; por lo que, cada uno, volviéndose a su cámara, así hizo.

TERMINA LA PRIMERA JORNADA


(Continuará)


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Mensaje por Maria Lua el Lun 30 Mar - 12:50

Te sigo, Pedro!
Giovanni Bocaccio: un gran escritor!
Leí un poco de su obra en italiano
y vi la película Il Decameron de Pier Paolo Pasolini.
Gracias y un abrazo
Maria Lua


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 31 Mar - 9:39

Gracias por tu interés, Maria. Yo no había leído el Decamerón pero si había visto las películas de Passolini sobre el libro, que me gustaron mucho. Me pareció que en estas circunstancias su lectura sería una manera entretenida e instructiva de pasar la cuarentena.

Estos días me he acordado de una historia.

De pequeño, veraneábamos en Lloret de Mar, en la Costa Brava. Mi madre era amiga de la madre de Nuri. Nuri era una chica quince años mayor que yo, alta, morena, simpática, cariñosa, que practicaba el buceo, hija de un empresario farmacéutico.

En  verano, con motivo de la Virgen del Carmen, en Lloret se organizaba una procesión marinera hasta una ermita de la cercana cala de Santa Cristina. Un grupo de muchachas, cada año distintas, le llevaba a la virgen una ofrenda de flores, y cada muchacha iba acompañada de un niño a modo de paje. Nuri fue ese año una de las muchachas y me eligió a mí como su paje. Naturalmente quedé emocionado y prendado de ella. (Yo era un niño que caía bien entre las mujeres: madres e hijas me hacían objeto de sus atenciones. Sería por mi candor o porque sentían por mí algo de lástima, pero esa es otra historia.)

Pasaron los años, dejamos de veranear en Lloret y de Nuri solo supe que se había casado con un turista sueco de una familia riquísima que hasta era propietaria de una isla y tenía un tío que era el Primado católico de Suecia. También supe que regentaban una posesión en la selva brasileña donde incluso tenían animales salvajes.

Pasaron más años y un día mi madre me dijo que Nuri, que se había separado de su marido y vivía en Barcelona, tenía ganas de vernos y nos invitaba a merendar.

Vivía en un piso grande de una vieja casa sin ascensor, en una calle tranquila del barrio de Gracia.

Cariñosa como siempre, nos presentó a sus dos hijas, rubias como ángeles. Mi madre y ella estuvieron hablando de recuerdos comunes, yo era demasiado joven para intervenir en la conversación.

Acabada la merienda, Nuri nos enseñó una vajilla que había pertenecido al zar Nicolas II y una carpeta llena de litografías de Picasso.

Tengo más historias, pero, al morir mi madre, se rompió mi vínculo con su mundo, y recordar me produce melancolía.

Un abrazo.
Pedro


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Mensaje por Maria Lua el Mar 31 Mar - 12:20

Me encanta tu historia... "Recordar é viver!"
Los recuerdos hermosos alegran nuestras almas...
Este momento que vivimos es un tiempo para trabajar mentalmente:
leer, escribir, observar la Naturaleza...
Me gusta ver pájaros y aves "invadiendo"la plaza vacia de humanos!
Todos los días eran  cuatro maitacas ( una especie de loro pequeñito),
pero con la cuarentena, los pájaros vuelven más tranquilos
y ya conté diez maitacas en uno de los eucaliptos de la plaza!
Gracias, Pedro, por tu bello trabajo.
Besos
Maria Lua

Maitaca en una rama de eucalipto( foto de hace una semana)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 31 Mar - 12:45

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SEGUNDA JORNADA

COMIENZA LA SEGUNDA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA QUE, BAJO EL GOBIERNO DE FILOMENA, SE RAZONA SOBRE QUIENES,PERSEGUIDOS POR DIVERSAS CONTRARIEDADES, HAN LLEGADO, CONTRA TODA ESPERANZA, A BUEN FIN.

Ya había el sol llevado a todas partes el nuevo día con su luz y los pájaros daban de ello testimonio a los oídos cantando placenteros versos sobre las verdes ramas, cuando todas las jóvenes y los tres jóvenes, habiéndose levantado, se entraron por los jardines y, hollando con lento paso las hierbas húmedas de rocío, haciéndose bellas guirnaldas acá y allá, recreándose durante largo rato estuvieron. Y tal como habían hecho el día anterior hicieron el presente: habiendo comido con la fresca, luego de haber bailado alguna danza se fueron a descansar y, levantándose de la siesta después de la hora de nona, como le plugo a su reina, venidos al fresco pradecillo, se sentaron en torno a ella. Y ella, que era hermosa y de muy amable aspecto, coronada con su guirnalda de laurel, después de estar callada un poco y de mirar a la cara a toda su compañía, mandó a Neifile que a las futuras historias diese, con una, principio; y ella, sin poner ninguna excusa, así, alegre, empezó a hablar:


NOVELA PRIMERA

Martellino, fingiéndose tullido, simula curarse sobre la tumba de San Arrigo y, conocido su engaño, es apaleado; y después de ser apresado y estar en peligro de ser colgado, logra por fin escaparse.

Muchas veces sucede, carísimas señoras, que aquel que se ingenia en burlarse de otro, y máximamente de las cosas que deben reverenciarse, se ha encontrado sólo con las burlas y a veces con daño de sí mismo; por lo que, para obedecer el mandato de la reina y dar principio con una historia mía al asunto propuesto, entiendo contaros lo que, primero desdichadamente y después (fuera de toda su esperanza) muy felizmente, sucedió a un conciudadano nuestro.
Había, no hace todavía mucho tiempo, un tudesco en Treviso llamado Arrigo que, siendo hombre pobre, servía como porteador a sueldo a quien se lo solicitaba y, a pesar de ello, era tenido por todos como hombre de santísima y buena vida. Por lo cual, fuese verdad o no, sucedió al morir él, según afirman los trevisanos, que a la hora de su muerte, todas las campanas de la iglesia mayor de Treviso empezaron a sonar sin que nadie las tocase. Lo que, tenido por milagro, todos decían que este Arrigo era santo; y corriendo toda la gente de la ciudad a la casa en que yacía su cuerpo, lo llevaron a guisa de cuerpo santo a la iglesia mayor, llevando allí cojos, tullidos y ciegos y demás impedidos de cualquiera enfermedad o defecto, como si todos debieran sanar al tocar aquel cuerpo.
En tanto tumulto y movimiento de gente sucedió que a Treviso llegaron tres de nuestros conciudadanos, de los cuales uno se llamaba Stecchi, otro Martellino y el tercero Marchese, hombres que, yendo por las cortes de los señores, divertían a la concurrencia distorsionándose y remedando a cualquiera con muecas extrañas. Los cuales, no habiendo estado nunca allí, se maravillaron de ver correr a todos y, oído el motivo de aquello, sintieron deseos de ir a ver y, dejadas sus cosas en un albergue, dijo Marchese:
—Queremos ir a ver este santo, pero en cuanto a mí, no veo cómo podamos llegar hasta él, porque he oído que la plaza está llena de tudescos y de otra gente armada que el señor de esta tierra, para que no haya alboroto, hace estar allí, y además de esto, la iglesia, por lo que se dice, está tan llena de gente que nadie más puede entrar.
Martellino, entonces, que deseaba ver aquello, dijo:
—Que no se quede por eso, que de llegar hasta el cuerpo santo yo encontraré bien el modo.
Dijo Marchese:
—¿Cómo?
Repuso Martellino: —Te lo diré: yo me contorsionaré como un tullido y tú por un lado y Stecchi por el otro, como si no pudiese andar, me vendréis sosteniendo, haciendo como que me queréis llevar allí para que el santo me cure: no habrá nadie que, al vernos, no nos haga sitio y nos deje pasar.
A Marchese y a Stecchi les gustó el truco y, sin tardanza, saliendo del albergue, llegados los tres a un lugar solitario, Martellino se retorció las manos de tal manera, los dedos y los brazos y las piernas, y además de ello la boca y los ojos y todo el rostro, que era cosa horrible de ver; no habría habido nadie que lo hubiese visto que no hubiese pensado que estaba paralítico y tullido. Y sujetado de esta manera, entre Marchese y Stecchi, se enderezaron hacia la iglesia, con aspecto lleno de piedad, pidiendo humildemente y por amor de Dios a todos los que estaban delante de ellos que les hiciesen sitio, lo que fácilmente obtenían; y en breve, respetados por todos y todo el mundo gritando: «¡Haced sitio, haced sitio!», llegaron allí donde estaba el cuerpo de San Arrigo y, por algunos gentileshombres que estaban a su alrededor, fue Martellino prestamente alzado y puesto sobre el cuerpo para que mediante aquello pudiera alcanzar la gracia de la salud.
Martellino, como toda la gente estaba mirando lo que pasaba con él, comenzó, como quien lo sabía hacer muy bien, a fingir que uno de sus dedos se estiraba, y luego la mano, y luego el brazo, y así todo entero llegar a estirarse. Lo que, viéndolo la gente, tan gran ruido en alabanza de San Arrigo hacían que un trueno no habría podido oírse. Había por acaso un florentino cerca que conocía muy bien a Martellino, pero que por estar así contorsionado cuando fue llevado allí no lo había reconocido. El cual, viéndolo enderezado, lo reconoció y súbitamente empezó a reírse y a decir:
—¡Señor, haz que le duela! ¿Quién no hubiera creído al verlo venir que de verdad fuese un lisiado?
Oyeron estas palabras unos trevisanos que, incontinenti, le preguntaron:
—¡Cómo! ¿No era éste tullido?
A lo que el florentino repuso:
—¡No lo quiera Dios! Siempre ha sido tan derecho como nosotros, pero sabe mejor que nadie, como habéis podido ver, hacer estas burlas de contorsionarse en las posturas que quiere.
Como hubieron oído esto, no necesitaron otra cosa: por la fuerza se abrieron paso y empezaron a gritar:
—¡Coged preso a ese traidor que se burla de Dios y de los santos, que no siendo tullido ha venido aquí para escarnecer a nuestro santo y a nosotros haciéndose el tullido!
Y, diciendo esto, le echaron las manos encima y lo hicieron bajar de donde estaba, y cogiéndole por los pelos y desgarrándole todos los vestidos empezaron a darle puñetazos y puntapiés, y no se consideraba hombre quien no corría a hacer lo mismo. Martellino gritaba:
—¡Piedad, por Dios!
Y se defendía cuanto podía, pero no le servía de nada: las patadas que le daban se multiplicaban a cada momento. Viendo lo cual, Stecchi y Marchese empezaron a decirse que la cosa se ponía mal; y temiendo por sí mismos, no se atrevían a ayudarlo, gritando junto con los otros que le matasen, aunque pensando sin embargo cómo podrían arrancarlo de manos del pueblo. Que le hubiera matado con toda certeza si no hubiera habido un expediente que Marchese tomó súbitamente: que, estando allí fuera toda la guardia de la señoría, Marchese, lo antes que pudo se fue al que estaba en representación del corregidor y le dijo:
—¡Piedad, por Dios! Hay aquí algún malvado que me ha quitado la bolsa con sus buenos cien florines de oro; os ruego que lo prendáis para que pueda recuperar lo mío.
Súbitamente, al oír esto, una docena de soldados corrieron a donde el mísero Martellino era trasquilado sin tijeras y, abriéndose paso entre la muchedumbre con las mayores fatigas del mundo, todo apaleado y todo roto se lo quitaron de entre las manos y lo llevaron al palacio del corregidor, a donde, siguiéndole muchos que se sentían escarnecidos por él, y habiendo oído que había sido preso por descuidero, no pareciéndoles hallar más justo título para traerle desgracia, empezaron a decir todos que les había dado el tirón también a sus bolsas. Oyendo todo lo cual, el juez del corregidor,que era un hombre rudo, llevándoselo prestamente aparte le empezó a interrogar.
Pero Martellino contestaba bromeando, como si nada fuese aquella prisión; por lo que el juez, alterado, haciéndolo atar con la cuerda le hizo dar unos buenos saltos, con ánimo de hacerle confesar lo que decían para después ahorcarlo. Pero luego que se vio con los pies en el suelo, preguntándole el juez si era verdad lo que contra él decían, no valiéndole decir no, dijo:
—Señor mío, estoy presto a confesaros la verdad, pero haced que cada uno de los que me acusan diga dónde y cuándo les he quitado la bolsa, y os diré lo que yo he hecho y lo que no.
Dijo el juez:
—Que me place.
Y haciendo llamar a unos cuantos, uno decía que se la había quitado hace ocho días, el otro que seis, el otro que cuatro, y algunos decían que aquel mismo día. Oyendo lo cual, Martellino dijo:
—Señor mío, todos estos mienten con toda su boca: y de que yo digo la verdad os puedo dar esta prueba, que nunca había estado en esta ciudad y que no estoy en ella sino desde hace poco; y al llegar, por mi desventura, fui a ver a este cuerpo santo, donde me han trasquilado todo cuanto veis; y que esto que digo es cierto os lo puede aclarar el oficial del señor que registró mi entrada, y su libro y también mi posadero. Por lo que, si halláis cierto lo que os digo, no queráis a ejemplo de esos hombres malvados destrozarme y matarme.
Mientras las cosas estaban en estos términos, Marchese y Stecchi, que habían oído que el juez del corregidor procedía contra él sañudamente, y que ya le había dado tortura, temieron mucho, diciéndose:
—Mal nos hemos industriado; le hemos sacado de la sartén para echarlo en el fuego.
Por lo que, moviéndose con toda presteza, buscando a su posadero, le contaron todo lo que les había sucedido; de lo que, riéndose éste, les llevó a ver a un Sandro Agolanti que vivía en Treviso y tenía gran influencia con el señor, y contándole todo por su orden, le rogó que con ellos interviniera en las hazañas de Martellino, y así se hizo. Y los que fueron a buscarlo le encontraron todavía en camisa delante del juez y todo desmayado y muy temeroso porque el juez no quería oír nada en su descargo, sino que, como por acaso tuviese algún odio contra los florentinos, estaba completamente dispuesto a hacerlo ahorcar y en ninguna guisa quería devolverlo al señor, hasta que fue obligado a hacerlo contra su voluntad.
Y cuando estuvo ante él, y le hubo dicho todas las cosas por su orden, pidió que como suma gracia le dejase irse porque, hasta que en Florencia no estuviese, siempre le parecería tener la soga al cuello. El señor rió grandemente de semejante aventura y, dándoles un traje por hombre, sobrepasando la esperanza que los tres tenían de salir con bien de tal peligro, sanos y salvos se volvieron a su casa.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 1 Abr - 9:49

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NOVELA SEGUNDA

Rinaldo de Asti, robado, va a parar a Castel Guiglielmo y es albergado por una señora viuda, y, desagraviado de sus males, sano y salvo vuelve a su casa.


De las desventuras de Martellino contadas por Neifile rieron las damas desmedidamente, y sobre todo entre los jóvenes Filostrato, a quien, como estaba sentado junto a Neifile, mandó la reina que la siguiese en el novelar; y sin esperar, comenzó:

Bellas señoras, me siento inclinado a contaros una historia sobre cosas católicas entremezcladas con calamidades y con amores, la cual será por ventura útil haberla oído, especialmente a quienes por los peligrosos caminos del amor son caminantes, de los cuales quien no haya rezado el padrenuestro de San Julián muchas veces, aunque tenga buena cama, se hospeda mal.
Había, pues, en tiempos del marqués Azzo de Ferrara un mercader llamado Rinaldo de Astique, por sus negocios, había ido a Bolonia; a los que habiendo provisto y volviendo a casa, le sucedió que, habiendo salido de Ferrara y caminando hacia Verona, se topó con unos que parecían mercaderes y eran unos malhechores y hombres de mala vida y condición y, discurriendo con ellos, siguió incautamente en su compañía.
Éstos, viéndole mercader y juzgando que debía llevar dineros, deliberaron entre sí que a la primera ocasión le robarían, y por ello, para que no sintiera ninguna sospecha, como hombres humildes y de buena condición, sólo de cosas honradas y de lealtad iban hablando con él, haciéndose todo lo que podían y sabían humildes y benignos a sus ojos, por lo que él reputaba por gran ventura haberlos encontrado ya que ibia solo con su criado y su caballo. Y así caminando, de una cosa en otra, como suele pasar en las conversaciones, llegaron a discurrir sobre las oraciones que los hombres dirigen a Dios. Y uno de los malhechores, que eran tres, dijo a Rinaldo:
—Y vos, gentilhombre, ¿qué oración acostumbráis a rezar cuando vais de camino?
A lo que Rinaldo repuso:
—En verdad yo soy hombre asaz ignorante y rústico, y pocas oraciones tengo a mano como que vivo a la antigua y cuento dos sueldos por veinticuatro dineros, pero no por ello he dejado de tener por costumbre al ir de camino rezar por la mañana, cuando salgo del albergue, un padrenuestro y un avemaría por el alma del padre y de la madre de San Julián, después de lo que pido a Dios y a él que la noche siguiente me deparen buen albergue. Y ya muchas veces me he visto, yendo de camino, en grandes peligros, y escapando a todos los cuales, he estado la noche siguiente en un buen lugar y bien albergado; por lo que tengo firme fe en que San Julián, en cuyo honor lo digo, me haya conseguido de Dios esta gracia; no me parece que podría andar bien el día, ni llegar bien la noche siguiente, sino lo hubiese rezado por la mañana.
A lo cual, el que le había preguntado dijo:
—Y hoy de mañana, ¿lo habéis dicho?
A lo que Rinaldo respondió:
—Ciertamente.
Entonces aquél, que ya sabía lo que iba a sucederle, dijo para si— «Falta te hará, porque, si no fallamos, vas a albergarte mal según me parece». Y luego le dijo:
—Yo también he viajado mucho y nunca lo he rezado, aunque lo haya oído a muchos recomendar, y nunca me ha sucedido que por ello dejase de albergarme bien; y esta noche por ventura podréis ver quién se albergará mejor, o vos que lo habéis dicho o yo que no lo he dicho. Bien es verdad que yo en su lugar digo el Dirupisti o la Intemerata o el De Profundis que son, según una abuela mía solía decirme, de grandísima virtud.
Y hablando así de varias cosas y continuando su camino, y esperando lugar y ocasión para su mal propósito, sucedió que, siendo ya tarde, del otro lado de Castel Guiglielmo, al vadear un río aquellos tres, viendo la hora tardía y el lugar solitario y oculto, lo asaltaron y lo robaron, y dejándolo a pie y en camisa, yéndose, le dijeron:
—Anda y mira a ver si tu San Julián te da esta noche buen albergue, que el nuestro bien nos lo dará.
Y, vadeando el río, se fueron. El criado de Rinaldo, viendo que lo asaltaban, como vil, no hizo nada por ayudarle, sino que dando la vuelta al caballo sobre el que estaba, no se detuvo hasta estar en Castel Guiglielmo, y entrando allí, siendo ya tarde, sin ninguna dificultad encontró albergue.
Rinaldo, que se había quedado en camisa y descalzo, siendo grande el frío y nevando todavía mucho, no sabiendo qué hacerse, viendo llegada ya la noche, temblando y castañeteándole los dientes,empezó a mirar alrededor en busca de algún refugio donde pudiese estar durante la noche sin morirse de frío; pero no viendo ninguno porque no hacía mucho que había habido guerra en aquella comarca y todo había ardido, empujado por el frío, se enderezó, trotando, hacia Castel Guiglielmo, no sabiendo sin embargo que su criado hubiese huido allí o a ningún otro sitio, y pensando que si pudiera entrar allí, algún socorro le mandaría Dios.
Pero la noche cerrada le cogió cerca de una milla alejado del burgo, por lo que llegó allí tan tarde que, estando las puertas cerradas y los puentes levantados, no pudo entrar dentro. Por lo cual, llorando doliente y desconsoladamente, miraba alrededor dónde podría ponerse que al menos no le nevase encima; y por azar vio una casa sobre las murallas del burgo algo saliente hacia afuera, bajo cuyo saledizo pensó quedarse hasta que fuese de día; y yéndose allí y habiendo encontrado una puerta bajo aquel saledizo, como estaba cerrada, reuniendo a su pie alguna paja que por allí cerca había, triste y doliente se quedó, muchas veces quejándose a San Julián, diciéndole que no era digno de la fe que había puesto en él.
Pero San Julián, que le quería bien, sin mucha tardanza le deparó un buen albergue. Había en este burgo una señora viuda, bellísima de cuerpo como la que más, a quien el marqués Azzo amaba tanto como a su vida y aquí a su disposición la hacía estar. Y vivía la dicha señora en aquella casa bajo cuyo saledizo Rinaldo se habla ido a refugiar. Y el día anterior por acaso había el marqués venido aquí para yacer por la noche con ella, y en su casa misma secretamente había mandado prepararle un baño y suntuosamente una cena.
Y estando todo presto, y nada sino la llegada del marqués esperando ella, sucedió que un criado llegó a la puerta que traía nuevas al marqués por las cuales tuvo que ponerse en camino súbitamente; por lo cual, mandando decir a la señora que no lo esperase, se marchó prestamente. Con lo que la mujer, un tanto desconsolada, no sabiendo qué hacer, deliberó meterse en el baño preparado para el marqués y después cenar e irse a la cama; y así, se metió en el baño. Estaba este baño cerca de la puerta donde el pobre Rinaldo estaba acostado fuera de la ciudad; por lo que, estando la señora en el baño, sintió el llanto y la tiritona de Rinaldo, que parecía haberse convertido en cigüeña. Y llamando a su criada, le dijo:
—Vete abajo y mira fuera de los muros al pie de esa puerta quién hay allí, y quién es y lo que hace.
La criada fue y, ayudándola la claridad del aire, vio al que en camisa y descalzo estaba allí, como se ha dicho, y todo tiritando; por lo que le preguntó quién era. Y Rinaldo, temblando tanto que apenas podía articular palabra, quién fuese y cómo y por qué estaba allí, lo más breve que pudo le dijo y luego lastimeramente comenzó a rogarle que, si fuese posible, no lo dejase allí morirse de frío durante la noche. La criada, sintiéndose compadecida, volvió a la señora y todo le dijo; y ella, también sintiendo piedad, se acordó que tenía la llave de aquella puerta, que algunas veces servía a las ocultas entradas del marqués, y dijo:
—Ve y ábrele sin hacer ruido; aquí está esta cena que no habría quien la comiese, y para poderlo albergar hay de sobra.
La criada, habiendo alabado mucho la humanidad de la señora, fue y le abrió; y habiéndolo hecho entrar, viéndolo casi yerto, le dijo la señora:
—Pronto, buen hombre, entra en aquel baño, que todavía está caliente.
Y él, sin esperar más invitaciones, lo hizo de buena gana, y todo reconfortado con aquel calor, de la muerte a la vida le pareció haber vuelto. La señora le hizo preparar ropas que habían sido de su marido, muerto poco tiempo antes, y cuando las hubo vestido parecían hechas a su medida; y esperando qué le mandaba la señora, empezó a dar gracias a Dios y a San Julián que de una noche tan mala como la que le esperaba le habían librado y a buen albergue, por lo que parecía, conducido. Después de esto, la señora, algo descansada, habiendo ordenado hacer un grandísimo fuego en la chimenea de uno de sus salones, se vino allí y preguntó qué era de aquel buen hombre. A lo que la criada respondió:
—Señora mía, se ha vestido y es un buen mozo y parece persona de bien y de buenas maneras.
—Ve, entonces —dijo la señora—, y llámalo, y dile que se venga aquí al fuego, y así cenará, que sé que no ha cenado.
Rinaldo, entrando en el salón y viendo a la señora y pareciéndole principal, la saludó reverentemente y las mayores gracias que supo le dio por el beneficio que le había hecho. La señora lo vio y lo escuchó, y pareciéndole lo que la criada le había dicho, lo recibió alegremente y con ella familiarmente le hizo sentarse al fuego y le preguntó sobre la desventura que le había conducido allí, y Rinaldo le narró todas las cosas por su orden. Había la señora, por la llegada del criado de Rinaldo al castillo, oído algo de ello por lo que enteramente creyó en lo que él le contaba, y también le dijo lo que de su criado sabía y cómo fácilmente podría encontrarlo a la mañana siguiente.
Pero luego que la mesa fue puesta como la señora quiso, Rinaldo con ella, lavadas las manos, se puso a cenar. Él era alto de estatura, y hermoso y agradable de rostro y de maneras asaz loables y graciosas, y joven de mediana edad; y la señora, habiéndole ya muchas veces puesto los ojos encima y apreciándolo mucho, y ya, por el marqués que con ella debía venir a acostarse teniendo el apetito concupiscente despierto en la mente, después de la cena, levantándose de la mesa, con su criada se aconsejó si le parecía bien que ella, puesto que el marqués la había burlado, usase de aquel bien que la fortuna le había enviado. La criada, conociendo el deseo de su señora, cuanto supo y pudo la animó a seguirlo; por lo que la señora, volviendo al fuego donde había dejado solo a Rinaldo, empezando a mirarlo amorosamente, le dijo:
—¡Ah, Rinaldo!, ¿por qué estáis tan pensativo? ¿No creéis poder resarciros de un caballo y de unos cuantos paños que habéis perdido? Confortaos, poneos alegre, estáis en vuestra casa; y más quiero deciros: que, viéndoos con esas ropas encima, que fueron de mi difunto marido, pareciéndome vos él mismo, me han venido esta noche más de cien veces deseos de abrazaros y de besaros, y si no hubiera temido desagradaros por cierto que lo habría hecho.
Rinaldo, oyendo estas palabras y viendo el relampaguear de los ojos de la mujer, como quien no era un mentecato, se fue a su encuentro con los brazos abiertos y dijo:
—Señora mía, pensando que por vos puedo siempre decir que estoy vivo, y mirando aquello de donde me sacasteis, gran vileza sería la mía si yo todo lo que pudiera seros agradable no me ingeniase en hacer; y así, contentad vuestro deseo de abrazarme y besarme, que yo os abrazaré y os besaré más que a gusto.
Después de esto no necesitaron más palabras. La mujer, que ardía toda en amoroso deseo, prestamente se le echó en los brazos; y después que mil veces, estrechándolo deseosamente, le hubo besado y otras tantas fue besada por él, levantándose de allí se fueron a la alcoba y sin esperar, acostándose, plenamente y muchas veces, hasta que vino el día, sus deseos cumplieron.
Pero luego que empezó a salir la aurora, como plugo a la señora, levantándose, para que aquello no pudiera ser sospechado por nadie, dándole algunas ropas asaz mezquinas y llenándole la bolsa de dineros, rogándole que todo aquello tuviese secreto, habiéndole enseñado primero qué camino debiese seguir para llegar dentro a buscar a su criado, por aquella portezuela por donde había entrado le hizo salir.
Él, al aclararse el día, dando muestras de venir de más lejos, abiertas las puertas, entró en aquel burgo y encontró a su criado; por lo que, vistiéndose con ropas suyas que en el equipaje tenía, y pensando en montarse en el caballo del criado, casi por milagro divino sucedió que los tres malhechores que la noche anterior le habían robado, por otra maldad hecha después, apresados, fueron llevados a aquel castillo y, por su misma confesión, le fue restituido el caballo, los paños y los dineros y no perdió más que un par de ligas de las medías de las que no sabían los malhechores qué habían hecho.
Por lo cual Rinaldo, dándole gracias a Dios y a San Julián, montó a caballo, y sano y salvo volvió a su casa; y a los tres malhechores, al día siguiente, los llevaron a agitar los pies en el aire.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 1 Abr - 14:59

Gracias a ti por tu interés, María. Parece que a las maitacas (nuestras cotorras, supongo) les sienta bien la confinación humana.

Antes la gente vivía menos. El último de mis abuelos murió cuando yo tenía 12 años. Mi madre decía a menudo: Porque l’avi (el abuelo) Alsalsiga por aquí..., porque l’avi Alsalsiga por allá... Hasta que un día le pregunté: Mamá, yo sabía que tenía un abuelo Casas y un abuelo Serra, pero ¿quién es este abuelo Alsalsiga? Pues quién quieres que sea, me contestó: Tu abuelo “al cel sigui” (en el cielo esté).

Yo veía a mi abuelo como un señor muy serio, muy mayor, pero no siempre había sido así. Mi madre decía que de joven había sido muy de la broma y que junto con otros jóvenes de su edad se dedicaban a gastar bromas pesadas a la buena gente del campo de su pueblo, que por entonces parece que no eran muy largos.

Una vez pusieron un barril con arenques en la puerta de un comercio y como un labriego les preguntara para qué servía aquello, le dijeron que era muy bueno, que si lo plantaba pronto vería como le producía buenos frutos. El hombre compró un ejemplar y, un tiempo después, volvió por allí para quejarse de que habiéndolo plantado aún no le había salido nada. ¿Como lo plantaste? -le preguntaron. Y el hombre, cogiendo un arenque por la cola, se lo indicó. ¡Hombre, claro -le contestaron-, lo has ahogado!

En otra ocasión, mi abuelo y sus amigos pusieron un rótulo en la puerta de una imprenta que decía: “Se enderezan jorobas”. Un pobre contrahecho entró por si tenía remedio. Rápidamente lo estiraron bajo una prensa, y a medida que esta iba bajando, el hombre les decía: ¿Seguro que quedaré recto? Y le contestaban ellos: Más recto que un cirio.

Un abrazo.
Pedro


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 2 Abr - 12:20

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NOVELA TERCERA

Tres jóvenes, malgastando sus bienes, se empobrecen; y un sobrino suyo, que al volver a casa desesperado tiene como compañero de camino a un abad, encuentra que éste es la hija del rey de Inglaterra, la cual le toma por marido y repara los descalabros de sus tíos restituyéndoles en su buen estado.

Fueron oídas con admiración las aventuras de Rinaldo de Asti por las señoras y los jóvenes y alabada su devoción, y dadas gracias a Dios y a San Julián que le habían prestado socorro en su mayor necesidad, y no fue por ello (aunque esto se dijese medio a escondidas) reputada por necia la señora que había sabido coger el bien que Dios le había mandado a casa. Y mientras que sobre la buena noche que aquél había pasado se razonaba entre sonrisas maliciosas, Pampínea, que se veía al lado de Filostrato, apercibiéndose, así como sucedió, que a ella le tocaba la vez, recogiéndose en sí misma, empezó a pensar en lo que debía contar; y luego del mandato de la reina, no menos atrevida que alegre empezó a hablar así:
Valerosas señoras, cuanto más se habla de los hechos de la fortuna, tanto mas, a quien quiere bien mirar sus casos, queda por contar; y de ello nadie debe maravillarse si discretamente piensa que todas las cosas que nosotros neciamente nuestras llamamos están en sus manos y por consiguiente, por ella, según su oculto juicio, sin ninguna pausa, de uno en otro y de otro en uno sucesivamente sin ningún orden conocido por nosotros son cambiadas. Lo que, aunque con plena fidelidad, en todas las cosas y todo el día se muestre, y además haya sido antes mostrado en algunas historias, no dejaré (ya que place a nuestra reina que de ello se hable), tal vez no sin utilidad de los oyentes, de añadir a las contadas una historia más, que pienso que deberá agradaros.
Hubo en nuestra ciudad un caballero cuyo nombre era micer Tebaldo, el cual, según quieren algunos, fue de los Lamberti y otros afirman haber sido de los Agolanti, fundándose tal vez, más que en otra cosa, en el oficio que sus hijos después de él han hecho, conforme al que siempre los Agolanti han hecho y hacen. Pero dejando a un lado a cuál de las dos casas perteneciese, digo que fue éste en sus tiempos riquísimo caballero y tuvo tres hijos, el primero de los cuales tuvo por nombre Lamberto, el segundo Tebaldo y el tercero Agolante, ya hermosos y corteses jóvenes, aunque el mayor no llegase a dieciocho años, cuando este riquísimo micer Tebaldo vino a morir, y a ellos, como a sus herederos legítimos, todos sus bienes muebles e inmuebles dejó.
Los cuales, viéndose quedar riquísimos en campesinos y en posesiones, sin ningún otro gobierno sino su propio placer, sin ningún freno ni contención empezaron a gastar teniendo numerosísimos criados y muchos y buenos caballos y perros y aves y continuamente huéspedes, dando y justando y haciendo no solamente lo que a gentileshombres corresponde, sino también aquello que en su apetito juvenil les venía en gana hacer. Y no habían llevado mucho tiempo tal vida cuando el tesoro dejado por el padre disminuyó y no bastándoles para los comenzados gastos sus rentas, comenzaron a empeñar y a vender las posesiones; y hoy una, mañana otra vendiendo, apenas se dieron cuenta cuando se vieron venidos a la nada y se abrieron a la pobreza sus ojos, que la riqueza había tenido cerrados.
Por lo cual Lamberto, llamando un día a los otros dos, les dijo cuán grande había sido la honorabilidad del padre y cuánta la suya, y cuánta su riqueza y cuál la pobreza a la que por su desordenado gastar habían venido; y lo mejor que supo, antes de que más aparente fuese su miseria, les animó a vender con él mismo lo poco que les quedaba y a irse; y así lo hicieron.
Y sin despedirse ni hacer ninguna pompa, salidos de Florencia, no se detuvieron hasta que estuvieron en Inglaterra, y allí, tomando una casita en Londres, haciendo pequeñísimos gastos, duramente comenzaron a prestar a usura; y tan favorable les fue la fortuna en este lugar que en pocos años una grandísima cantidad de dineros ganaron. Por lo cual, con ellos, sucesivamente uno u otro volviendo a Florencia, gran parte de sus posesiones volvieron a comprar y muchas otras compraron además de aquéllas, y tomaron mujer; y, para continuar prestando en Inglaterra, a atender sus negocios mandaron a un joven sobrino suyo que tenía por nombre Alessandro, y ellos tres en Florencia, habiendo olvidado a qué partido les había llevado el desmedido gasto otras veces, a pesar de que con familia todos habían venido, más que nunca excesivamente gastaban y tenían sumo crédito con todos los mercaderes y por cualquier cantidad grande de dinero.
Los cuales gastos unos cuantos años ayudó a sostener la moneda que les mandaba Alessandro, que se había puesto a prestar a barones sobre sus castillos y otras rentas suyas, los cuales con grandes rendimientos bien le respondían. Y mientras así los tres hermanos abundantemente gastaban y cuando les faltaba dinero lo tomaban en préstamo, teniendo siempre su esperanza en Inglaterra, sucedió que, contra la opinión de todos, comenzó en Inglaterra una guerra entre el rey y un hijo suyo por la cual se dividió toda la isla, y quién apoyaba a uno y quién al otro: por la cual cosa fueron todos los castillos de los barones quitados a Alessandro y no había ninguna otra renta que de algo le respondiese. Y esperándose que cualquier día entre el hijo y el padre debía hacerse la paz y por consiguiente todas las cosas restituidas a Alessandro, rendimientos y capital, Alessandro de la isla no se iba, y los tres hermanos, que en Florencia estaban, en nada sus gastos grandísimos limitaban, tomando prestado más cada día. Pero luego de que en muchos años ningún efecto se vio seguir a la esperanza tenida, los tres hermanos no sólo el crédito perdieron sino que, queriendo aquellos a quienes debían ser pagados, fueron súbitamente presos; y no bastando sus posesiones para pagar, por lo que faltaba quedaron en prisión, y de sus mujeres y los hijos pequeños quién se fue al campo y quién aquí y quién allá con bastante pobres avíos, no sabiendo ya qué debiesen esperar sino mísera vida siempre.
Alessandro, que en Inglaterra la paz muchos años esperado había, viendo que no llegaba y pareciéndole que se quedaba allí no menos con peligro de su vida que en vano, habiendo deliberado volver a Italia solo, se puso en camino. Y por acaso, al salir de Brujas, vio que salía igualmente un abad blanco acompañado de muchos monjes y con muchos criados y precedido de gran equipaje; junto al cual venían dos caballeros viejos y parientes del rey, a los cuales; como a conocidos, acercándose Alessandro, por ellos en su compañía fue de buena gana recibido. Caminando, pues, Alessandro con ellos, graciosamente les preguntó quiénes fuesen los monjes que con tanto séquito cabalgaban delante y a dónde iban. A lo que uno de los caballeros repuso:
—Este que cabalga delante es un joven pariente nuestro, recientemente elegido abad de una de las mayores abadías de Inglaterra; y porque es más joven de lo que las leyes mandan para tal dignidad, vamos nosotros con él a Roma a impetrar del santo padre que, a pesar de su tierna edad, lo dispense y luego en la dignidad lo confirme: porque esto no se puede tratar con nadie más.
Caminando, pues, el novel abad ora delante de sus criados ora junto a ellos, así como vemos que hacen todos los días por los caminos los señores, le sucedió ver a Alessandro junto a él al caminar, el cual era asaz joven, en la persona y en el rostro hermosísimo y, cuanto cualquiera podía serlo, cortés y agradable y de buenas maneras; el cual maravillosamente le gustó a primera vista más que nada le había gustado nunca, y llamándolo junto así, con él empezó a conversar placenteramente y a preguntarle quién era, de dónde venía y adónde iba. A lo cual Alessandro todo sobre su condición francamente dijo y satisfizo sus preguntas, y él mismo a su servicio, aunque poco pudiese, se ofreció. El abad, oyendo su conversar bello y ordenado y más detalladamente considerando sus maneras, y pensando para sí que a pesar de que su oficio había sido servil, era gentilhombre, más en su agrado se encendió; y ya lleno de compasión por sus desgracias, asaz familiarmente le confortó y le dijo que tuviera buena esperanza porque, si hombre de pro era, aún Dios le repondría en donde la fortuna le había arrojado y aún más arriba; y le rogó que, puesto que hacia Toscana iba, quisiera quedarse en su compañía, como fuese que él también allí iba. Alessandro le dio gracias por el consuelo y le dijo que estaba pronto a todos sus mandatos. Caminando, pues, el abad, en cuyo pecho se revolvían extrañas cosas sobre el visto Alessandro, sucedió que después de algunos días llegaron a una villa que no estaba demasiado ricamente provista de albergues, y queriendo allí albergar al abad, Alessandro en casa de un posadero que le era muy conocido le hizo desmontar y le hizo preparar una alcoba en el lugar menos incómodo de la casa. Y, convertido ya casi en mayordomo del abad, como quien estaba muy avezado a ello, como mejor pudo alojando por la villa a todo el séquito, quién aquí y quién allí, habiendo ya cenado el abad y ya siendo noche cerrada, y todos los hombres idos a dormir, Alessandro preguntó al posadero dónde podría dormir él. A lo que el posadero le respondió:
—En verdad que no lo sé; ves que todo está lleno, y puedes ver a mis criados dormir en los bancos, pero en la alcoba del abad hay unos arcones a los que te puedo llevar y poner encima algún colchón y allí, si te parece bien, como mejor puedas acuéstate esta noche.
A lo que Alessandro dijo:
—¿Cómo voy a ir a la alcoba del abad, que sabes que es pequeña y por su estrechez no ha podido acostarse allí ninguno de sus monjes? Si yo me hubiera dado cuenta de ello cuando se corrieron las cortinas habría hecho dormir sobre los arcones a sus monjes y yo me habría quedado donde los monjes duermen.
A lo que el posadero dijo:
—Pero así está el asunto, y puedes, si quieres, estar allí lo mejor del mundo; el abad duerme y las cortinas están corridas, yo te traeré sin hacer ruido una manta, ve a dormir.
Alessandro viendo que esto podía hacerse sin ninguna molestia para el abad, dio su acuerdo, y lo más calladamente que pudo se acomodó allí. El abad, que no dormía, sino que pensaba vehementemente en sus extraños deseos, oía lo que el posadero y Alessandro hablaban, y también había oído dónde se había acostado Alessandro; por lo que entre sí, muy contento, empezó a decir:
—Dios ha mandado ocasión a mis deseos; si no la aprovecho, por acaso no volverá en mucho tiempo.
Y decidiéndose del todo a aprovecharla, pareciéndole todo reposado en el albergue, con baja voz llamó a Alessandro y le dijo que se acostase junto a él; el cual, luego de muchas negativas, desnudándose se acostó allí. El abad, poniéndole la mano en el pecho le empezó a tocar no de otra manera que suelen hacer las deseosas jóvenes a sus amantes; de lo que Alessandro se maravilló mucho, y dudó si el abad, impulsado por deshonesto amor, se movía a tocarlo de aquella manera. La cual duda, o por presumirla o por algún gesto que Alessandro hiciese, súbitamente conoció el abad, y sonrió: y prontamente quitándose una camisa que llevaba encima tomó la mano de Alessandro y se la puso sobre el pecho diciéndole:
—Alessandro, arroja fuera tus pensamientos necios, y buscando aquí, conoce lo que escondo.
Alessandro, puesta la mano sobre el pecho del abad, encontró dos teticas redondas y firmes y delicadas, no de otro modo que si hubieran sido de marfil; encontradas las cuales y conocido en seguida que éste era mujer, sin esperar otra invitación, abrazándola prontamente la quería besar, cuando ella le dijo:
—Antes de que te acerques, escucha lo que quiero decirte. Como puedes conocer, soy mujer y no hombre; y, doncella, me partí de mi casa y al papa iba a que me diera marido: o por tu ventura o por mi desdicha, al verte el otro día, así me hizo arder por ti Amor como mujer no hubo nunca que tanto amase a un hombre; y por ello he deliberado quererte por marido antes que a ningún otro. Si no me quieres por mujer, salte de aquí en seguida y vuelve a tu sitio.
Alessandro, aunque no la conocía, considerando la compañía que llevaba, estimó que debía ser noble y rica, y hermosísima la veía; por lo que, sin demasiado largo pensamiento, repuso que, si le placía aquello, a él mucho le agradaba. Ella entonces, levantándose y sentándose sobre la cama, delante de una tablilla donde estaba la efigie de Nuestro Señor, poniéndole en la mano un anillo, se hizo desposar por él y después, abrazados juntos, con gran placer de cada una de las partes, cuanto quedaba de aquella noche se solazaron.
Y conviniendo entre ellos el modo y la manera para los hechos futuros, al venir el día, Alessandro por el mismo lugar de la alcoba saliendo que había entrado, sin saber ninguno dónde hubiese dormido durante la noche, alegre sobremanera, con el abad y con su compañía se puso en camino, y luego de muchas jornadas llegaron a Roma. Y allí, después de que algunos días se hubieron quedado, el abad con los dos caballeros y con Alessandro, sin nadie más, entraron a ver al papa; y hecha la debida reverencia, así comenzó a hablar el abad:
—Santo padre, así como vos mejor que nadie debéis saber, todos los que iban y honestamente quieren vivir deben, en cuanto pueden, huir toda ocasión que a obrar de otro modo pudiese conducirles; lo cual para que yo, que honestamente vivir deseo, pudiese hacer cumplidamente, en el hábito en que me veis escapada secretamente con grandísima parte de los tesoros del rey de Inglaterra, mi padre, el cual al rey de Escocia, señor viejísimo, siendo yo joven como me veis, me quería dar por mujer, para venir aquí, a fin de que vuestra santidad me diese marido, me puse en camino. Y no me hizo tanto huir la vejez del rey de Escocia cuanto el temor de hacer, por la fragilidad de mi juventud, si con él fuese casada, algo que fuese contra las divinas leyes y contra el honor de la sangre real de mi padre. Y así dispuesta viniendo, Dios, el cual sólo óptimamente conoce lo que cada uno ha menester, creo que por su misericordia, a aquel a quien a Él placía que fuese mi marido me puso delante de los ojos: y aquél fue este joven —y mostró a Alessandro que vos veis junto a mí, cuyas costumbres y mérito son dignos de cualquier gran señora, aunque quizá la nobleza de su sangre no sea tan clara como es la real. A él, pues, he tomado y a él quiero, y no tendré nunca a nadie más, parézcale lo que le parezca de ello a mi padre o a los demás, por lo que la principal razón que me movió ha desaparecido; pero me complació completar el camino, tanto por visitar los santos lugares y dignos de reverencia, de los cuales está llena esta ciudad, como a vuestra santidad, y también para que por vos el matrimonio contraído entre Alessandro y yo solamente en la presencia de Dios, hiciera yo público ante la vuestra y consiguientemente ante la presencia de los demás hombres. Por lo que humildemente os ruego que aquello que a Dios y a mí ha placido os sea grato y que me deis vuestra bendición, para que con ella, como con mayor certidumbre del placer de Aquel del cual sois vicario, podamos juntos, a honor de Dios y vuestro, vivir y finalmente morir.
Maravillóse Alessandro oyendo que su mujer era hija del rey de Inglaterra, y se llenó de extraordinaria alegría oculta; pero más se maravillaron los dos caballeros y tanto se enojaron que si en otra parte y no delante del papa hubieran estado, habrían a Alessandro y tal vez a la mujer hecho alguna villanía. Por otra parte, el papa se maravilló mucho tanto del hábito de la mujer como de su elección; pero sabiendo que no se podía dar vuelta atrás, quiso satisfacer su ruego y primeramente consolando a los caballeros, a quienes sabía airados, y poniéndolos en buena paz con la señora y con Alessandro, dio órdenes para hacer lo que hubiera menester. Y el día fijado por él siendo llegado, ante todos los cardenales y otros muchos grandes hombres de pro, los cuales invitados a una grandísima fiesta preparada por él habían venido, hizo venir a la señora regiamente vestida, la cual tan hermosa y atrayente parecía que merecidamente era por todos alabada, y del mismo modo Alessandro espléndidamente vestido, en apariencia y en modales nada parecía un joven que a usura hubiese prestado sino más bien de sangre real, y por los dos caballeros muy honrado; y aquí de nuevo hizo celebrar solemnemente los esponsales, y luego, hechas bien y magníficamente las bodas, con su bendición los despidió.
Plugo a Alessandro, y también a la señora, al partir de Roma venir a Florencia donde ya había llegado la fama de la noticia; y allí, recibidos por los ciudadanos con sumo honor, hizo la señora liberar a los tres hermanos, habiendo hecho primero pagar a todo el mundo y devolverles sus posesiones a ellos y sus mujeres. Por lo cual, con buenos deseos de todos, Alessandro con su mujer, llevándose consigo a Agolante, se fue de Florencia y llegados a París, honorablemente fueron recibidos por el rey. De allí se fueron los dos caballeros a Inglaterra, y tanto se afanaron con el rey que les devolvió su gracia y con grandísima fiesta recibió a ella y a su yerno; al cual poco después hizo caballero y le dio el condado de Cornualles.
Y él fue tan capaz, y tanto supo hacer que reconcilió al hijo con el padre, de lo que se siguió gran bien a la isla y se ganó el amor y la gracia de todos los del país y Agolante recobró todo lo que le debían enteramente, y rico sobremanera se volvió a Florencia, habiéndolo primero armado caballero el conde Alessandro. El conde, luego, con su mujer gloriosamente vivió, y según lo que algunos dicen, con su juicio y valor y la ayuda del suegro conquistó luego Escocia de la que fue coronado rey.


(Continuará)


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 2 Abr - 12:40

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Los diarios han dejado de publicar en portada el número de afectado y el de muertos por el coronavirus. Me preocupa, pues pienso que esto, o es porque son muchos o es porque los números no son fiables.

Hasta ayer, en España habían muerto unas 8.000 personas por el coronavirus. Dicen que el confinamiento está dando sus frutos, que disminuyen los positivos, positivos que hasta ayer alcanzaban a unos 86.000. Supongamos que, con los no diagnosticados, hubiera 10 veces más positivos: 860.000, y que el índice de mortandad sea de un 3'5 %. Entonces, los fallecidos pueden llegar a ser unos 30.000 (21.000 mayores de 70 años, el 70%, y 9.000 menores de esa edad, el 30 %). Hemos de esforzarnos entre todos en reducir esa cifra al máximo.

Me acuerdo de un chiste que oí hace muchos años: Habían muerto el guapo y el listo de una familia, y el que quedaba, un poverello, un "hijo de la Fortuna", cuando le daban el pésame, contestaba: "Tota ti tota... Tota ti tota..." Pues eso: "Tota ti tota".


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Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 3 Abr - 12:48

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NOVELA CUARTA

Landolfo Rúfolo, empobrecido, se hace corsario y, preso por los genoveses, naufraga y se salva sobre una arqueta llena de joyas preciosísimas, y recogido en Corfú por una mujer, rico vuelve a su casa.

Laureta estaba sentada junto a Pampínea; y viéndola llegar al triunfal final de su historia, sin esperar otra cosa empezó a hablar de esta guisa:
Graciosísimas damas, ninguna obra de la fortuna, según mi juicio, puede verse mayor que ver a alguien desde la extrema miseria al estado real elevarse, como la historia de Pampínea nos ha mostrado que sucedió a su Alessandro. Y por ello, a cualquiera que sobre la propuesta materia de a quíen adelante novelare, le será necesario contar algo más acá de estos límites y no me avergonzaré yo de contar una historia que, aunque contenga mayores miserias, no tenga tan espléndido desenlace. Bien sé que, teniendo aquélla presente, será la mía escuchada con menor diligencia; pero como no puedo hacer de otro modo, seré disculpada por ello.
Se cree que el litoral desde Reggio a Caeta es la parte más deleitosa de Italia; en la cual, junto a Salerno hay un acantilado que avanza sobre el mar al que los habitantes llaman la costa de Amalfi, llena de pequeñas ciudades, de jardines y de fuentes, y de hombres ricos y emprendedores en empresas mercantiles tanto como ningunos otros. Entre las cuales ciudadecillas hay una llamada Ravello en la que, si hoy hay hombres ricos, había hace tiempo uno que fue riquísimo, llamado Landolfo Rúfolo; al cual, no bastándole su riqueza, deseando duplicarla, estuvo a punto de perderse con toda ella a sí mismo. Este, pues, así como suele ser el uso de los mercaderes, hechos sus cálculos, compró un grandísimo barco y con sus dineros lo cargó todo de varias mercancías y anduvo con él a Chipre.
Allí, con aquella misma calidad de mercancías que él había llevado, encontró que habían llegado otros barcos; por la cual razón no solamente tuvo que vender a bajo precio aquello que llevado había, sino que, para colocar sus cosas, tuvo casi que tirar algunas; con lo que cerca estuvo de arruinarse. Y sintiendo por ello grandísima pesadumbre, no sabiendo qué hacerse y viéndose de hombre riquísimo en breve tiempo convertido en casi pobre, decidió o morir o robando resarcirse de sus males, para que allí de donde rico había partido no fuese a volver pobre.
Y encontrando un comprador de su gran barco, con aquellos dineros y con los otros que le había valido su mercancía, compró un barquito ligero para piratear, y con todas las cosas necesarias a tal servicio lo armó y lo guarneció óptimamente, y se dio a apropiarse las cosas de los demás, y máximamente de los turcos. En cuya tarea le fue la fortuna mucho más benévola que le había sido en comerciar. Quizás en un solo año robó y prendió tantos barcos de turcos que se encontró con que no sólo había vuelto a ganar lo suyo que había perdido en el comercio, sino que con mucho lo había duplicado.
Por lo cual, enseñado por el dolor de la primera pérdida, conociendo que tenía bastante, para no caer en la segunda, se aconsejó a sí mismo que aquello que tenía, sin querer más, debía bastarle, y por ello se dispuso a volver con ello a su casa: y temeroso del comercio no se molestó en invertir de otra manera sus dineros sino que en aquel barquito con el cual los había ganado, haciendo los remos a la mar, emprendió el regreso.
Y ya al Archipiélago llegado, levantóse por la noche un siroco que no solamente era contrario a su ruta sino que hacía una mar gruesísima y su pequeño barco no hubiera podido soportarlo, y en un entrante del mar que tenía una islita, de aquel viento al cubierto se recogió, proponiéndose allí esperarlo mejor.
En la cual caleta, estando poco rato, dos grandes cocas de genoveses que venían de Constantinopla, para huir de lo mismo que Landolfo huido había, llegaron con trabajo; y sus gentes, visto el barquichuelo y cortándole el camino para poder irse, oyendo de quién era y ya por la fama sabiéndole riquísimo, como hombres que eran naturalmente deseosos de pecunia y rapaces, a tomarlo se dispusieron.
Y, haciendo bajar a tierra parte de sus gentes, con ballestas y bien armadas, las hicieron ir a lugar tal que del barquichuelo ninguna persona, sino quería ser asaeteada, podía descender; y ellos haciéndose remolcar por las chalupas y ayudados por el mar, se acostaron al pequeño barco de Landolfo, y con poco trabajo en poco tiempo, con toda su chusma y sin perder un solo hombre, se apoderaron de él a mansalva; y haciendo venir a Landolfo sobre una de las dos cocas y cogiendo todo lo que había en el barquichuelo, lo hundieron, apresándole a él, cubierto sólo de un pobre justillo.
Al día siguiente, habiendo mudado el viento, las naves viniendo hacia Poniente, izaron las velas, y todo aquel día prósperamente vinieron su camino; pero al caer la tarde se levantó un viento tempestuoso, que haciendo las olas altísimas separó a una coca de la otra. Y por la fuerza de este viento sucedió que aquella en que iba el mísero y pobre Landolfo, con grandísimo ímpetu cerca de la isla de Cefalonia chocó contra un arrecife y no de otra manera que un vidrio golpeado contra un muro se abrió toda y se hizo pedazos; por lo que los desdichados miserables que en ella estaban, estando ya el mar todo lleno de mercancías que flotaban y de cajones y de tablas, como en casos semejantes suele suceder, aun cuando oscurísima la noche estuviese y el mar gruesísimo e hinchado, nadando quienes sabían nadar, empezaron a asirse a las cosas que por azar se les paraban delante.
Entre los cuales el mísero Landolfo, aun cuando el día anterior había llamado a la muerte muchas veces, prefiriendo quererla mejor que retornar a casa pobre como se veía, al verla cerca tuvo miedo de ella; y como los demás, al venirle a las manos una tabla se asió a ella, por si Dios, retardando él el ahogarse, le mandase alguna ayuda en su salvación: y a caballo de aquélla como mejor podía, viéndose arrastrado por el mar y el viento ora acá ora allá se sostuvo hasta el clarear del día. Venido el cual, mirando en torno, ninguna cosa sino nubes y mar veía y un cofre que, flotando sobre las olas del mar, a veces con grandísimo temor suyo se le acercaba: temiendo que aquel cofre le golpease de modo que lo ahogara, y siempre que junto a él venía, cuanto podía, con la mano, aunque pocas fuerzas le quedaran, lo alejaba.
Pero como quiera que fuesen las cosas sucedió que, desencadenándose de súbito en el aire un nudo de viento y habiendo penetrado en el mar, en aquel cofre un golpe tan fuerte dio, y el cofre en la tabla sobre la que Landolfo estaba, que, volcada por la fuerza, soltándola Landolfo fue bajo las olas y volvió arriba nadando, más por el miedo que por las fuerzas ayudado, y vio muy alejada de él la tabla; por lo que, temiendo no poder llegar a ella, se acercó al cofre, que estaba bastante cerca, y puesto el pecho sobre su tapa, como mejor podía con los brazos la conducía derecha.
Y de esta manera, arrojado por el mar ora aquí ora allí, sin comer, como quien no tiene qué, y bebiendo más de lo que habría querido, sin saber dónde estuviese ni ver otra cosa que olas, permaneció todo aquel día y noche siguiente. Y al día siguiente, o por placer de Dios o porque la fuerza del viento así lo hiciera, éste, convertido en una esponja, agarrándose fuerte con ambas manos a los bordillos del cofre a guisa de lo que vemos hacer a quienes están por ahogarse cuando cogen alguna cosa, llegó a la playa de la isla de Corfú, donde una pobre mujercita lavaba y pulía por acaso sus cacharros con la arena y el agua salada. La cual, al verle avecinarse, no distinguiendo en él forma alguna, temiendo y gritando retrocedió.
Él no podía hablar y poco veía, y por ello nada le dijo; pero mandándolo hacia la tierra el mar, ella apercibió la forma del cofre, y mirando después más fijamente y viendo distinguió primeramente los mismos brazos sobre el cofre, y luego reconoció la cara y ser lo que era se imaginó. Por lo que, a compasión movida, adentróse un tanto por el mar que estaba ya tranquilo y, agarrándolo por los cabellos, con todo el cofre lo arrastró a tierra, y allí con trabajo las manos del cofre desenganchándole, y puesto éste al cuidado de una hija suya que con ella estaba, lo llevó a tierra como a un niño pequeño y, poniéndolo en un baño caliente, tanto lo refregó y lavó con el agua caliente, que volvió a él el perdido calor y algunas de las fuerzas desaparecidas; y cuando le pareció oportuno le atendió y con algo de buen vino y de confituras le reconfortó, y algunos días lo tuvo lo mejor que pudo hasta que él, recuperadas las fuerzas, se dio cuenta de dónde estaba.
Por lo que a la buena mujer le pareció deber devolverle su cofre, que ella había salvado, y decirle que en adelante se buscase su ventura; y así lo hizo. Él, que de ningún cofre se acordaba, lo cogió sin embargo, visto que se lo daba la buena mujer, pensando que no debía valer tan poco que no le sirviese para los gastos de algún día; y al encontrarlo muy ligero, asaz menguó su esperanza. Pero no por ello, no estando en casa la buena mujer, dejó de desclavarlo para ver lo que habla dentro, y encontró en el muchas piedras preciosas, engarzadas y sueltas, de las que algo entendía. Y viendo las cuales y conociéndolas de gran valor, alabando a Dios que aún no había querido abandonarle, todo se reconfortó; pero como quien en poco tiempo había sido fieramente asaeteado por la fortuna dos veces, temiendo la tercera, pensó que le convenía tener mucha cautela para poder llevar aquellas cosas a su casa; por lo que en algunos harapos, como mejor pudo, envolviéndolas, dijo a la buena mujer que no necesitaba ya el cofre, pero que, si le placía, le diera un saco y se quedase con él.
La buena mujer lo hizo de buena gana; y él, dándole las mayores gracias que podía por el beneficio recibido de ella, guardándose el saco en el regazo, de ella se separó; y subido a una barca, pasó a Brindisi y desde allí, de costa en costa se dirigió a Trani, donde, encontrando a unos ciudadanos suyos que eran pañeros, como por amor de Dios le vistieron, habiéndoles contado antes todas sus aventuras, salvo la del cofre; y además prestándole caballo y dándole compañía hasta Ravello donde para siempre decía querer volver, le enviaron.
Aquí, pareciéndole estar seguro, dándole gracias a Dios que lo había guiado allí, desató su saquito, y con más diligencia buscando todo que nunca había hecho antes, se encontró que tenía tantas y tales piedras que, vendiéndolas a su precio y aun a menos, era dos veces más rico que cuando se había ido. Y encontrando el modo de despachar sus piedras, hasta Corfú mandó una buena cantidad de dineros, por valerlos el servicio recibido, a la buena mujer que lo había sacado del mar; y lo mismo hizo a Trani a quienes le habían dado de vestir; y lo restante, sin querer comerciar ya más, lo retuvo y honorablemente vivió hasta el fin.


(Continuará)


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Mensaje por Maria Lua el Vie 3 Abr - 13:15



Que los diarios dejen de publicar en portada el número de
afectado y el de muertos por el coronavirus, en España,
es preocupante, amigo Pedro. Tienes razón.


"Según los últimos datos de la Universidad de Johns Hopkins, el número de contagios detectados en todo el planeta alcanzó los 1.002.159, mientras que la cifra de decesos llegó a 51.485, con 208.949 pacientes recuperados.
El mayor número de contagios se concentra en Estados Unidos, nuevo foco de la pandemia, donde hay 236.339 casos y 5.648 personas han perdido la vida; seguido de Italia con 115.242 infectados y 13.915 fallecidos; y España con 110.238 contagiados y 10.096 muertos, de acuerdo a las cifras de la citada universidad."



Sobre lo que dicen los diarios y también lo que informan
los hospitales, aquí, en Brasil, donde el coronavirus
ya empezó, según dicen ahora, desde enero,
no me fío y me preocupa.
No dicen la verdad o porque no les interesa por algún motivo o
tal vez para no provocar el pánico, pero no resulta nada bueno,
pues la gente que pasó una semana en casa,
desde lunes está volviendo a las calles.

Te dejo dos vínculos de un diario de Rio de Janeiro:

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y la página del diario A Voz da Serra, de Nova Friburgo

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Te sigo, amigo Pedro.
Un abrazo y cuidate!
Maria Lua



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Te encuentro
tus huellas son tatuajes en mi corazón
intensas e inmensas
como el vino de la pasión
y la rosa roja del amor
eternas y etereas
como los sortilegios de una Luna Creciente... 


Maria Lua




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Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 3 Abr - 19:54

Gracias por tu interés, Maria.

La verdad es que ha llegado un punto en que yo procuro distanciarme y no seguir las noticias sobre el coronavirus para poder dormir por las noches. Ya estoy confinado en casa y solo salgo lo imprescindible (un par de veces a la semana) así que con leer a diario La Vanguardia tengo bastante.

En una época difícil de mi vida, aconsejado por mi tío Miguel que había sido cazador, me compré una perra Springer Spaniel, blanca con manchas de color hígado y grandes orejas colgantes que se agitaban con encanto cuando corría, a la que llamé Daira. Durante once años, Daira y yo no nos separamos nunca, pues iba conmigo a todas partes. A través de ella conocí mucho mejor la naturaleza y la sabiduría con que dota de instinto a los animales.

En una ocasión, encontrándome en el Rincón de Ademuz, un enclave valenciano en la provincia de Teruel, donde había ido a ver a mi hija Escarlata que convalecía de una hepatitis en un balneario, como las visitas a mi hija me dejaban tiempo libre, aparqué el coche en el arcén de la carretera y me adentré con Daira en el bosque. A Daira la volvían loca estos paseos. Mientras que yo procuraba seguir algún camino, ella, que iba suelta delante mío, se desplazaba en zigzag oliéndolo todo, de manera que recorría tres veces más espacio que yo. Llevábamos mas de una hora caminando cuando el cielo empezó a nublarse y a amenazar tormenta. Daira se puso muy nerviosa, por lo que le puse la correa para volver juntos al coche. Tan pronto le puse la correa, Daira empezó a tirar con mucha fuerza de mí y repasando cada piedra, cada árbol y cada matorral, deshaciendo exactamente el camino que había hecho a la ida, me llevó sano y salvo al coche antes de que empezara la tormenta.

En otra ocasión, encontrándonos acampados en la Costa Brava, nos bañamos en el mar, y al llegar la noche, nos metimos los dos en la pequeña tienda con cubeta que para dormir había traído. Al poco rato, fui despertado por una Daira que, muy agitada, quería salir de la tienda. Yo no la quería dejar salir, y ella que sí... y yo que no..., así estuvimos un buen rato. Finalmente, el pobre animal llegó a un punto que, no pudiendo aguantarse más, expulsó todo lo que llevaba dentro, a causa probablemente de la indigestión que le había provocado tragar agua del mar durante el baño. No es necesario decir que yo fui quien tuvo que limpiarlo todo después.

Un abrazo.
Pedro


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Mensaje por Pedro Casas Serra Ayer a las 19:42

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NOVELA QUINTA

A Andreuccio de Perusa, llegado a Nápoles a comprar caballos, le suceden en una noche tres graves desventuras, y salvándose de todas, se vuelve a casa con un rubí.


Las piedras preciosas encontradas por Landolfo —empezó Fiameta, a quien le tocaba la vez de novelar— me han traído a la memoria una historia que no contiene menos peligros que la narrada por Laureta, pero es diferente de ella en que aquéllos tal vez en varios años y éstos en el espacio de una noche se sucedieron, como vais a oír.
Hubo, según he oído, en Perusa, un joven cuyo nombre era Andreuccio de Prieto, tratante en caballos, el cual, habiendo oído que en Nápoles se compraban caballos a buen precio, metiéndose en la bolsa quinientos florines de oro, no habiendo nunca salido de su tierra, con otros mercaderes allá se fue; donde, llegado un domingo al atardecer e informado por su posadero, a la mañana siguiente bajó al mercado, y muchos vio y muchos le pluguieron y entró en tratos sobre muchos, pero no pudiendo concertarse sobre ninguno, para mostrar que a comprar había ido, como rudo y poco cauto, muchas veces en presencia de quien iba y de quien venia sacó fuera la bolsa donde tenía los florines.
Y estando en estos tratos, habiendo mostrado su bolsa, sucedió que una joven siciliana bellísima, pero dispuesta por pequeño precio a complacer a cualquier hombre, sin que él la viera pasó cerca de él y vio su bolsa, y súbitamente se dijo:
—¿Quién estaría mejor que yo si aquellos dineros fuesen míos? —y siguió adelante.
Y estaba con esta joven una vieja igualmente siciliana la cual, al ver a Andreuccio, dejando seguir la joven, afectuosamente corrió a abrazarlo; lo que viendo la joven, sin decir nada, aparte la empezó a esperar. Andreuccio volviéndose hacia la vieja la conoció y le hizo grandes fiestas prometiéndole ella venir a su posada, y sin quedarse allí más, se fue, y Andreuccio volvió a sus tratos; pero nada compró por la mañana.
La joven, que primero la bolsa de Andreuccio y luego la familiaridad de su vieja con él había visto, por probar si había modo de que ella pudiese hacerse con aquellos dineros, o todos o en parte, cautamente empezó a preguntarle quién fuese él y de dónde, y qué hacía aquí y cómo le conocía. Y ella, todo con todo detalle de los asuntos de Andreuccio le dijo, como con poca diferencia lo hubiera dicho él mismo, como quien largamente en Sicilia con el padre de éste y luego en Perusa había estado, e igualmente le contó dónde paraba y por qué había venido.
La joven, plenamente informada del linaje de él y de los nombres, para proveer a su apetito, con aguda malicia, fundó sobre ello su plan; y, volviéndose a casa, dio a la vieja trabajo para todo el día para que no pudiese volver a Andreuccio; y tomando una criadita suya a quien había enseñado muy bien a tales servicios, hacia el anochecer la mandó a la posada donde Andreuccio paraba. Y llegada allí, por acaso a él mismo, y solo, encontró a la puerta, y le preguntó por él mismo; a lo cual, diciéndole él que él era, ella llevándolo aparte, le dijo:
—Señor mío, una noble dama de esta tierra, si os pluguiese, querría hablar con vos.
Y él, al oírla, considerándose bien y pareciéndole ser un buen mozo, pensó que aquella tal dama debía estar enamorada de él, como si otro mejor mozo que él no se encontrase entonces en Nápoles, y prontamente repuso que estaba dispuesto y le preguntó dónde y cuándo aquella dama quería hablarle. A lo que la criadita respondió:
—Señor, cuando os plaza venir, os espera en su casa.
Andreuccio, prestamente y sin decir nada en la posada, dijo:
—Pues vamos, ve delante; yo iré tras de ti.
Con lo que la criadita a casa de aquélla le condujo, que vivía en un barrio llamado Malpertuggio que cuán honesto barrio era, su nombre mismo lo demuestra. Pero él, no sabiéndolo ni sospechándolo, creyéndose que iba a un honestísimo lugar y a una señora honrada, sin precauciones, entrada la criadita delante, entró en su casa; y al subir las escaleras, habiendo ya la criadita a su señora llamado y dicho: «¡Aquí está Andreuccio!», la vio arriba de la escalera asomarse y esperarlo.
Y ella era todavía bastante joven, alta de estatura y con hermosísimo rostro, vestida y adornada asaz honradamente. Y al aproximarse a ella Andreuccio, bajó tres escalones a su encuentro con los brazos abiertos y echándosele al cuello un rato lo estuvo abrazando sin decir nada, como si una invencible ternura le impidiese hacerlo; después, derramando lágrimas le besó en la frente, y con voz algo rota dijo:
—¡Oh, Andreuccio mío, sé bien venido!
Éste, maravillándose de caricias tan tiernas, todo estupefacto repuso:
—¡Señora, bien hallada seáis!
Ella, después, tomándole de la mano le llevó abajo a su salón y desde allí, sin nada más decir, con él entró en su cámara, la cual a rosas, a flores de azahar y a otros olores olía toda, y allí vio un bellísimo lecho encortinado y muchos paños colgados de los travesaños según la costumbre de allí, y otros muy bellos y ricos arreos; por las cuales cosas, como inexperto que era, firmemente creyó que ella no era menos que gran señora. Y sentándose sobre un arca que estaba al pie de su lecho, así empezó a hablarle:
—Andreuccio, estoy segura de que te maravillas de las caricias que te hago y de mis lágrimas, como quien no me conoce y por ventura nunca me oíste recordar: pero pronto oirás algo que tal vez te haga maravillarte más, como es que yo soy tu hermana; y te digo que, pues que Dios me ha hecho tan grande gracia que antes de mi muerte haya visto a alguno de mis hermanos, aunque deseo veros a todos, no me moriré en hora que, consolada, no muera. Y si esto tal vez nunca lo has oído, te lo voy a decir. Pietro, padre mío y tuyo, como creo que habrás podido saber, vivió largamente en Palermo, y por su bondad y agrado fue y todavía es por quienes le conocieron amado; pero entre otros que mucho le amaron, mi madre, que fue una mujer noble y entonces era viuda, fue quien más le amó, tanto, que depuesto el temor a su padre, a sus hermanos y su honor, de tal guisa se familiarizó con él que nací yo, y estoy aquí como me ves. Después, llegada la ocasión a Pietro de irse de Palermo y volver a Perusa, a mi, siendo muy niña, me dejó con mi madre, y nunca más, por lo que yo sé, ni de mí ni de ella se acordó: por lo que yo, si mi padre no fuera, mucho le reprobaría, teniendo en cuenta la ingratitud suya hacia mi madre mostrada, y no menos el amor que a mí, como a su hija no nacida de criada ni de vil mujer, debía tener; y que ella, sin saber de otra manera quién fuese él, movida por fidelísimo amor puso sus cosas y ella misma en sus manos. Pero ¿qué? Las cosas mal hechas y pasadas ha mucho tiempo son más fáciles de reprochar que de enmendar; así fueron las cosas sin embargo. Él me dejó en Palermo siendo niña donde, crecida casi como soy, mi madre, que era muy rica, me dio por mujer a uno de Agrigento, gentilhombre y honrado, que por amor de mi madre y de mí vino a vivir en Palermo; y allí, como muy güelfo, comenzó a concertar algún trato con nuestro rey Carlos. Lo que, sabido del rey Federico, antes de que pudiese llevarse a cabo, fue motivo de hacerle huir de Sicilia cuando yo esperaba ser la mayor señora que hubiera en aquella isla donde, tomadas las pocas cosas que podíamos tomar (digo pocas con respecto a las muchas que teníamos), dejadas las tierras y los palacios en esta tierra nos refugiamos, donde al rey Carlos hacia nosotros encontramos tan agradecido que, reparados en parte los daños que por él recibido habíamos, nos ha dado posesiones y casas, y da continuamente a mi marido, y a tu cuñado que es, buenos gajes, tal como podrás ver: y de esta manera estoy aquí donde yo, por la buena gracia de Dios y no tuya, dulce hermano mío, te veo.
Y dicho así, empezó a abrazarlo otra vez, y otra vez llorando tiernamente, le besó en la frente.
Andreuccio, oyendo esta fábula tan ordenada y tan compuestamente contada por aquella a la que en ningún momento moría la palabra entre los dientes ni le balbuceaba la lengua, acordándose ser verdad que su padre había estado en Palermo, y por sí mismo conociendo las costumbres de los jóvenes, que de buen agrado aman en la juventud, y viendo las tiernas lágrimas, el abrazarle y los honestos besos, tuvo aquello que ésta decía por más que verdadero. Y después que calló, le repuso:
—Señora, no os debe parecer gran cosa que me maraville; porque en verdad, sea que mi padre, por lo que lo hiciese, de vuestra madre y de vos no hablase nunca, o sea que, si habló de ello a mi conocimiento no haya venido, yo por mí tal conocimiento tenía de vos como si no hubieseis existido; y me es tanto más grato aquí haber encontrado a mi hermana cuanto más solo estoy aquí y menos lo esperaba. Y en verdad no conozco a nadie de tan alta posición a quien no debieseis ser querida, y menos a mí que soy un pequeño mercader. Pero una cosa quiero que me aclaréis: ¿cómo supisteis que estaba aquí?
A lo que respondió ella:
—Esta mañana me lo hizo saber una pobre mujer que mucho me visita porque con nuestro padre, por lo que ella me dice, largamente en Palermo y en Perusa estuvo: y si no fuera que me parecía más honesto que tú vinieses a mí a tu casa que no yo fuese a ti a la de otros, hace mucho rato que yo hubiera ido a ti.
Después de estas palabras, empezó ella a preguntar separadamente sobre todos los parientes, por su nombre; y sobre todos le contestó Andreuccio, creyendo por esto más todavía lo que menos le convenía creer. Habiendo sido la conversación larga y el calor grande, hizo ella venir vino de Grecia y dulces e hizo dar de beber a Andreuccio; el cual, luego de esto, queriéndose ir porque era la hora de la cena, en ninguna guisa lo sufrió ella, sino que poniendo semblante de enojarse mucho, abrazándole le dijo:
—¡Ay, triste de mí!, que asaz claro conozco que te soy poco querida. ¿Cómo va a pensarse que estés con una hermana tuya nunca vista por ti, y en su casa, donde al venir aquí debías haberte albergado, y quieras salir de ella para ir a cenar a la posada? En verdad que cenarás conmigo: y aunque mi marido no esté aquí, de lo que mucho me pesa, yo sabré bien, como mujer, hacerte los honores.
A lo que Andreuccio, no sabiendo qué otra cosa responder, dijo:
—Vos me sois querida como debe serlo una hermana, pero si no me voy seré esperado durante toda la noche para cenar y cometeré una villanía.
Y ella entonces dijo:
—Alabado sea Dios, ¿no tengo yo en casa por quien mandar a decir que no seas esperado? Y aún harías mayor cortesía, y tu deber, en mandar a decir a tus compañeros que viniesen a cenar, y luego, si quisieras irte, podríais todos iros en compañía.
Andreuccio respondió que de sus compañeros no quería nada por aquella noche, pero que, pues ello le agradaba, dispusiese de él a su gusto. Ella entonces hizo semblante de mandar a decir a la posada que no le esperasen para la cena; y luego, después de muchos otros razonamientos, sentándose a cenar y espléndidamente servidos de muchos manjares, astutamente la hizo durar hasta la noche cerrada: y habiéndose levantado de la mesa, y Andreuccio queriéndose ir, ella dijo que en ninguna guisa lo sufriría porque Nápoles no era una ciudad para andar por la calle de noche, y máxime un forastero, y que lo mismo que había mandado a decir que no le esperasen a cenar, lo mismo había hecho con el albergue.
El, creyendo esto, y agradándole, engañado por la falsa confianza, quedarse con ella, se quedó. Fue, pues, después de la cena, la conversación mucha y larga, y no mantenida sin razón: y habiendo ya pasado parte de la noche, ella, dejando a Andreuccio dormir en su alcoba con un muchachito que le ayudase si necesitaba algo, con sus mujeres se fue a otra cámara. Y era el calor grande; por lo cual Andreuccio, al ver que se quedaba solo, prontamente se quedó en justillo y se quitó las calzas y las puso en la cabecera de la cama; y siéndole menester la natural costumbre de tener que disponer del superfluo peso del vientre, dónde se hacía aquello preguntó al muchachito, quien en un rincón de la alcoba le mostró una puerta, y dijo:
—Id ahí adentro.
Andreuccio, que había pasado dentro con seguridad, fue por acaso a poner el pie sobre una tabla la cual, de la parte opuesta desclavada de la viga sobre la que estaba, volcándose esta tabla, junto a él se fue de allí para abajo: y tanto lo amó Dios que ningún mal se hizo en la caída, aun cayendo de bastante altura; pero todo en la porquería de la cual estaba lleno el lugar se ensució. El cual lugar, para que mejor entendáis lo que se ha dicho y lo que sigue, cómo era os lo diré. Era un callejón estrecho como muchas veces lo vemos entre dos casas: sobre dos pequeños travesaños, tendidos de una a la otra casa, se habían clavado algunas tablas y puesto el sitio donde sentarse; de las cuales tablas, aquella con la que él cayó era una.
Encontrándose, pues, allá abajo en el callejón Andreuccio, quejándose del caso comenzó a llamar al muchacho: pero el muchacho, al sentirlo caer corrió a decirlo a su señora, la cual, corriendo a su alcoba, prontamente miró si sus ropas estaban allí y encontradas las ropas y con ellas los dineros, los cuales, por desconfianza tontamente llevaba encima, teniendo ya aquello a lo que ella, de Palermo, haciéndose la hermana de un perusino, había tendido la trampa, no preocupándose de él, prontamente fue a cerrar la puerta por la que él había salido cuando cayó.
Andreuccio, no respondiéndole el muchacho, comenzó a llamar más fuerte, pero sin servir de nada; por lo que, ya sospechando y tarde empezando a darse cuenta del engaño, súbito subiéndose sobre una pared baja que aquel callejón separaba de la calle y bajando a la calle, a la puerta de la casa, que muy bien reconoció, se fue y allí en vano llamó largamente, y mucho la sacudió y golpeó. Sobre lo que, llorando como quien clara veía su desventura, empezó a decir:
—¡Ay de mí, triste!, ¡en qué poco tiempo he perdido quinientos florines y una hermana!
Y después de muchas otras palabras, de nuevo comenzó a golpear la puerta y a gritar; y tanto lo hizo que muchos de los vecinos circundantes, habiéndose despertado, no pudiendo sufrir la molestia, se levantaron, y una de las domésticas de la mujer, que parecía medio dormida, asomándose a la ventana, reprobatoriamente dijo:
—¿Quién da golpes abajo?
—¡Oh! —dijo Andreuccio—, ¿y no me conoces? Soy Andreuccio, hermano de la señora Flordelís.
A lo que ella respondió:
—Buen hombre, si has bebido de más ve a dormirte y vuelve por la mañana; no sé qué Andreuccio ni qué burlas son esas que dices: vete en buena hora y déjame dormir, si te place.
—¿Cómo? —dijo Andreuccio—, ¿no sabes lo que digo? Sí lo sabes bien; pero si así son los parentescos de Sicilia, que en tan poco tiempo se olvidan, devuélveme al menos mis ropas que he dejado ahí, y me iré con Dios de buena gana.
A lo que ella, casi riéndose, dijo:
—Buen hombre, me parece que estás soñando.
Y el decir esto y el meterse dentro y cerrar la ventana fue todo uno. Por lo que la gran ira de Andreuccio, ya segurísimo de sus males, con la aflicción estuvo a punto de convertirse en furor, y con la fuerza se propuso reclamar aquello que con las palabras recuperar no podía, por lo que, para empezar, cogiendo una gran piedra, con mucho mayores golpes que antes, furiosamente comenzó a golpear la puerta. Por lo cual, muchos de los vecinos antes despertados y levantados, creyendo que fuese algún importuno que aquellas palabras fingiese para molestar a aquella buena mujer, fastidiados por el golpear que armaba, asomados a la ventana no de otra manera que a un perro forastero todos los del barrio le ladran detrás, empezaron a decir:
—Es gran villanía venir a estas horas a casa de las buenas mujeres a decir estas burlas;¡bah!, vete con Dios, buen hombre; déjanos dormir si te place; y si algo tienes que tratar con ella vuelve mañana y no nos des este fastidio esta noche.
Con las cuales palabras tal vez tranquilizado uno que había dentro de la casa, alcahuete de la buena mujer, y a quien él no había visto ni oído, se asomó a la ventana y con una gran voz gruesa, horrible y fiera dijo:
—¿Quién está ahí abajo?
Andreuccio, levantando la cabeza a aquella voz, vio uno que, por lo poco que pudo comprender, parecía tener que ser un pez gordo, con una barba negra y espesa en la cara, y como si de la cama o de un profundo sueño se levantase, bostezaba y refregaba los ojos. A lo que él, no sin miedo, repuso:
—Yo soy un hermano de la señora de ahí dentro.
Pero aquél no esperó a que Andreuccio terminase la respuesta sino que, más recio que antes, dijo:
—¡No sé qué me detiene que no bajo y te doy de bastonazos mientras vea que te estás moviendo, asno molesto y borracho que debes ser, que esta noche no nos vas a dejar dormir a nadie!
Y volviéndose adentro, cerró la ventana. Algunos de los vecinos, que mejor conocían la condición de aquél, en voz baja decían a Andreuccio:
—Por Dios, buen hombre, ve con Dios; no quieras que esta noche te mate éste; vete por tu bien.
Por lo que Andreuccio, espantado de la voz de aquél y de la vista, y empujado por los consejos de aquéllos, que le parecía que hablaban movidos por la caridad, afligido cuanto más pudo estarlo nadie y desesperando de recuperar sus dineros, hacia aquella parte por donde de día había seguido a la criadita, sin saber dónde ir, tomó el camino para volver a la posada.
Y disgustándose a sí mismo por el mal olor que de él mismo le llegaba, deseoso de llegar hasta el mar para lavarse, torció a mano izquierda y se puso a bajar por una calle llamada la Ruga Catalana; y andando hacia lo alto de la ciudad, vio que por acaso venían hacia él dos con una linterna en la mano, los cuales, temiendo que fuesen de la guardia de la corte u otros hombres a hacer el mal dispuestos, por huirlos, en una casucha de la cual se vio cerca, cautamente se escondió. Pero éstos, como si a aquel mismo lugar fuesen enviados, dejando en el suelo algunas herramientas que traía, con el otro empezó a mirarlas, hablando de varias cosas sobre ellas. Y mientras hablaban dijo uno:
—¿Qué quiere decir esto? Siento el mayor hedor que me parece haber sentido nunca.
Y esto dicho, alzando un tanto la linterna, vieron al desdichado de Andreuccio y estupefactos preguntaron:
—¿Quién está ahí?
Andreuccio se callaba; pero ellos, acercándose con la luz, le preguntaron que qué cosa tan asquerosa estaba haciendo allí, a los que Andreuccio, lo que le había sucedido les contó por entero.
Ellos, imaginándose dónde le podía haber pasado aquello, dijeron entre sí:
—Verdaderamente en casa del matón de Buottafuoco ha sido eso.
Y volviéndose a él, le dijo uno:
—Buen hombre, aunque hayas perdido tus dineros, tienes mucho que dar gracias a Dios de que te sucediera caerte y no poder volver a entraren la casa; porque, si no te hubieras caído, está seguro de que, al haberte dormido, te habrían matado y habrías perdido la vida con los dineros. ¿Pero de qué sirve ya lamentarse? No podrías recuperar un dinero como que hay estrellas en el cielo: y bien podrían matarte si aquél oye que dices una palabra de todo esto.
Y dicho esto, hablando entre sí un momento, le dijeron:
—Mira, nos ha dado compasión de ti, y por ello, si quieres venir con nosotros a hacer una cosa que vamos a hacer, parece muy cierto que la parte que te toque será del valor de mucho más de lo que has perdido.
Andreuccio, como desesperado, repuso que estaba pronto. Había sido sepultado aquel día un arzobispo de Nápoles, llamado micer Filippo Minútolo, y había sido sepultado con riquísimos ornamentos y con un rubí en el dedo que valía más de quinientos florines de oro, y que éstos querían ir a robar; y así se lo dijeron a Andreuccio, con lo que Andreuccio, más codicioso que bien aconsejado, con ellos se puso en camino. Y andando hacia la iglesia mayor, y Andreuccio hediendo muchísimo, dijo uno:
—¿No podríamos hallar el modo de que éste se lavase un poco donde sea, para que no hediese tan fieramente?
Dijo el otro:
—Sí, estamos cerca de un pozo en el que siempre suele estar la polea y un gran cubo; vamos allá y lo lavaremos en un momento.
Llegados a este pozo, encontraron que la soga estaba, pero que se habían llevado el cubo; por lo que juntos deliberaron atarlo a la cuerda y bajarlo al pozo, y que él allí abajo se lavase, y cuando estuviese lavado tirase de la soga y ellos le subirían; y así lo hicieron. Sucedió que, habiéndolo bajado al pozo, algunos de los guardias de la señoría (o por el calor o porque habían corrido detrás de alguien) teniendo sed, a aquel pozo vinieron a beber; los que, al ver a aquellos dos incontinenti se dieron a la fuga, no habiéndolos visto los guardias que venían a beber.
Y estando ya en el fondo del pozo Andreuccio lavado, meneó la soga. Ellos, con sed, dejando en el suelo sus escudos y sus armas y sus túnicas, empezaron a tirar de la cuerda, creyendo que estaba colgado de ella el cubo lleno de agua. Cuando Andreuccio se vio del brocal del pozo cerca, soltando la soga, con las manos se echó sobre aquél; lo cual, viéndolo aquéllos, cogidos de miedo súbito, sin más soltaron la soga y se dieron a huir lo más deprisa que podían. De lo que Andreuccio se maravilló mucho, y si no se hubiera sujetado bien, habría otra vez caído al fondo, tal vez no sin gran daño suyo o muerte: pero salió de allí y, encontradas aquellas armas que sabía que sus compañeros no habían llevado, todavía más comenzó a maravillarse.
Pero temeroso y no sabiendo de qué, lamentándose de su fortuna, sin nada tocar, deliberó irse; y andaba sin saber adónde. Andando así, vino a toparse con aquellos sus dos compañeros, que venían a sacarlo del pozo; y, al verle, maravillándose mucho, le preguntaron quién del pozo le había sacado. Andreuccio respondió que no lo sabía y les contó ordenadamente cómo había sucedido y lo que había encontrado fuera del pozo. Por lo que ellos, dándose cuenta de lo que había sido, riendo le contaron por qué habían huido y quiénes eran aquellos que le habían sacado.
Y sin más palabras, siendo ya medianoche, se fueron a la iglesia mayor, y en ella muy fácilmente entraron, y fueron al sepulcro, el cual era de mármol y muy grande; y con un hierro que llevaban la losa, que era pesadísima, la levantaron tanto cuanto era necesario para que un hombre pudiese entrar dentro, y la apuntalaron. Y hecho esto, empezó uno a decir:
—¿Quién entrará dentro?
A lo que el otro respondió:
—Yo no.
—Ni yo —dijo aquél—, pero que entre Andreuccio.
—Eso no lo haré yo —dijo Andreuccio.
Hacia el cual aquéllos, ambos a dos vueltos, dijeron:
—¿Cómo que no entrarás? A fe de Dios, si no entras te daremos tantos golpes con uno de estos hierros en la cabeza que te haremos caer muerto.
Andreuccio, sintiendo miedo, entró, y al entrar pensó:«Ésos me hacen entrar para engañarme porque cuando les haya dado todo, mientras esté tratando de salir de la sepultura se irán a sus asuntos y me quedaré sin nada».
Y por ello pensó quedarse ya con su parte; y acordándose del precioso anillo del que les había oído hablar, cuando ya hubo bajado se lo sacó del dedo al arzobispo y se lo puso él; y luego, dándoles el báculo y la mitra y los guantes, y quitándole hasta la camisa, todo se lo dio, diciendo que no había nada más.
Ellos, afirmando que debía estar el anillo, le dijeron que buscase por todas partes; pero él, respondiendo que no lo encontraba y fingiendo buscarlo, un rato les tuvo esperando. Ellos que, por otra parte, eran tan maliciosos como él, diciéndole que siguiera buscando bien, en el momento oportuno, quitaron el puntal que sostenía la losa y, huyendo, a él dentro del sepulcro lo dejaron encerrado. Oyendo lo cual lo que sintió Andreuccio cualquiera puede imaginarlo. Trató muchas veces con la cabeza y con los hombros de ver si podía alzar la losa, pero se cansaba en vano; por lo que, de gran valor vencido, perdiendo el conocimiento, cayó sobre el muerto cuerpo del arzobispo; y quien lo hubiese visto entonces malamente hubiera sabido quién estaba más muerto, el arzobispo o él.
Pero luego que hubo vuelto en sí, empezó a llorar sin tino, viéndose allí sin duda a uno de dos fines tener que llegar: o en aquel sepulcro, no viniendo nadie a abrirlo, de hambre y de hedores entre los gusanos del cuerpo muerto tener que morir, o viniendo alguien y encontrándolo dentro, tener que ser colgado como ladrón. Y en tales pensamientos y muy acongojado estando, sintió por la iglesia andar gentes y hablar muchas personas, las cuales, como pensaba, andaban a hacer lo que él con sus compañeros habían ya hecho; por lo que mucho le aumentó el miedo.
Pero luego de que aquéllos tuvieron el sepulcro abierto y apuntalado, cayeron en la discusión de quién debiese entrar, y ninguno quería hacerlo; pero luego de larga disputa un cura dijo:
—¿Qué miedo tenéis? ¿Creéis que va a comeros? Los muertos no se comen a los hombres; yo entraré dentro, yo.
Y así dicho, puesto el pecho sobre el borde del sepulcro, volvió la cabeza hacia afuera y echó dentro las piernas para tirarse al fondo.
Andreuccio, viendo esto, poniéndose en pie, cogió al cura por una de las piernas y fingió querer tirar de él hacia abajo. Lo que sintiendo el cura, dio un grito grandísimo y rápidamente del arca se tiró afuera: de lo cual, espantados todos los otros, dejando el sepulcro abierto, no de otra manera se dieron a la fuga que si fuesen perseguidos por cien mil diablos. Lo que viendo Andreuccio, alegre contra lo que esperaba, súbitamente se arrojó fuera y por donde había venido salió de la iglesia.
Y aproximándose ya el día, con aquel anillo en el dedo andando a la aventura, llegó al mar y de allí se enderezó a su posada, donde a sus compañeros y al posadero encontró, que habían estado toda la noche preocupados por lo que podría haber sido de él. A los cuales contándoles lo que le había sucedido, pareció por el consejo de su posadero que él incontinenti debía irse de Nápoles; la cual cosa hizo prestamente y se volvió a Perusa, habiendo invertido lo suyo en un anillo cuando a lo que había ido era a comprar caballos.


(Continuará)


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