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Charles Simic

Pedro Casas Serra
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Charles Simic Empty Charles Simic

Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 02 Mar 2020, 15:05

.


Charles Simic

Charles Simic es un poeta serbio-estadounidense. Recibió el Premio Pulitzer de Poesía por El mundo no se acaba en 1990 y fue finalista para el mismo galardón en 1986 por Selected Poems, 1963-1983 y en 1987 por Unending Blues.
Nació el 9 de mayo de 1938 en Belgrado, Serbia.


POEMAS DE CHARLES SIMIC:

De El mundo no se acaba

Me secuestraron los gitanos. Mis padres me rescataron. Luego los gitanos volvieron a secuestrarme. Esto duró un tiempo. Un minuto estaba en la caravana, mamando de la oscura teta de mi bueva madre, y acto seguido me encontraba sentado en la inmensa mesa del comedor, tomando mi desayuno con una cuchara de plata.

Era el primer día de la primavera. Uno de mis padres cantaba en la bañera; el otro pintaba un gorrión vivo con los colores de un pájaro tropical.



Mi padre amaba los extraños libros de André Breton. Solía alzar su copa de vino y brindar por aquellas remotas veladas en las que “las mariposas formaban una sola cinta sin corte”. O salíamos a orinar al callejón de atrás y él decía: “Aquí hay unos binoculares para ojos vendados”. Vivíamos en un edificio destartalado que olía a gente vieja y a mascotas.

“Flotando al borde del abismo, impregnados del perfume de lo prohibido”, tomábamos turnos para cortar la salchicha ahumada en la mesa. “Me encanta América”, nos decía. Íbamos a ganar un millón de dólares fabricando objetos que habíamos visto en sueños aquella noche.


CHARLA VESPERTINA

Aquello que no has comprendido
Deviene lo que eres. Extraños
Cuya mirada has visto por la calle,
Estudiándote. ¿tal ves son los que como
Iluminados? Ellos sabían lo que tú sabías,
Y te dejaron confundido como un sueño extraño.

Ni siquiera la luz se mantuvo igual.
¿De dónde viene toda esa mirada dura?
Y el aroma, como si seres míticos
Fuesen preparados y alimentados con tallos de heno
Bajo estos techos a la deriva en tardes nubosas.

¡No entendéis nada!
Te encantaban las multitudes que al final del día
traían tantos misterios.
Siempre había alguien a quien estabas destinado a encontrar
Y que por alguna razón no te estaba esperando.
¿O tal ves sí? Pero no aquí, amigo.

Deberías haber cruzado la calle
Y seguido a esa mujer demente, como es obvio,
Con largas mechas de cabello rojo ensangrentado
Que el cielo tomaba como llanto lejano.


EN LA BIBLIOTECA

Para Octavio

Hay un libro llamado
“Diccionario de Ángeles”.
Nadie lo ha abierto en cincuenta años,
Lo sé, pues al abrirlo
Las tapas crujieron, las páginas
Se desmoronaron. Allí descubrí

Que alguna vez los ángeles fueron tan numerosos
Como especies hay de moscas.
El cielo del atardecer
solía llenarse de ellos.
Era necesario agitar ambos brazos
Para mantenerlos alejados.

Ahora la luz del sol atraviesa
Las altas ventanas.
La biblioteca es un lugar tranquilo.
Ángeles y dioses se apilaban
En libros oscuros nunca abiertos.
El gran secreto está
En algún estante que la señorita Jones
Recorre todos los días en sus rondas.

Es muy alta, de modo que mantiene
La cabeza inclinada como si escuchara.
Los libros susurran.
No oigo nada, pero ella sí.


PRODIGIO

Crecí frente a
un tablero de ajedrez.

Me gustaban las palabras final de la partida.

Todos mis primos parecían preocupados.

Era una casa pequeño
cerca de un cementerio romano.
Aviones y tanques
sacudían los cristales de las ventanas.

Un profesor de astronomía retirado
me enseñó a jugar.

Debe haber sido en 1944.

En el tablero que usábamos
la pintura se estaba desprendiendo
de las piezas negras.

El Rey blanco se había perdido
y había que sustituirlo.

Me han dicho pero no lo creo
que ese verano fui testigo
de hombres colgados de los postes de teléfono.

Recuerdo a mi madre
vendándome los ojos con frecuencia.


(Versiones de Luis Alberto Ambroggio)


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