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AUGUSTO FERRÁN

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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 01 Mar 2020, 03:54

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

A ¿Por qué fue Augusto Ferrán?

Que el siglo XIX en España fue una etapa apasionante de la Historia es una afirmación que no nos trae nada novedoso. Pero cuántos nombres se han perdido en sus almanaques y sus hemerotecas. Pero cuántos nombres se han perdido en los noticiarios de los periódicos y en la ceniza del tiempo. Cuántas caras. Cuántas firmas. Cuántos secretos. Cuántos documentos desconcertantes y reveladores. Cuántas biografías consumidas al paso de las décadas. Una de estas biografías fundamentales para entender, en este caso, la cultura y la historia de la literatura en España tiene nombre: Augusto Ferrán y Forniés.

¿Por quién responde Ferrán y Forniés? Augusto Ferrán y Forniés nació en el Madrid decimonónico, el 27 de julio de 1835. Hijo de una familia de artesanos, mediana burguesía y buena posición, de padre barcelonés y madre zaragozana, mantuvo una intensa relación con las inquietudes humanistas de su tiempo. La desahogada economía familiar, un taller de molduras –cuya prosperidad le concedió a sus padres la posibilidad de abrir negocios en Cuba–, le permitió al joven Ferrán recibir una educación privilegiada. Augusto Ferrán, siempre lúcido y atento en la rama de las letras, accedió al madrileño Instituto del Noviciado, en donde comenzó a adquirir y a nutrirse de los principales movimientos literarias y humanistas del siglo XIX en Europa.

Costeado por los gastos de la casa, el por aquel entonces estudiante de Madrid, prepara la maleta y viaja por dos países que son, que fueron, epicentros de la cultura occidental y de Europa: Francia y Alemania. Aun así, a pesar de la riqueza cultural –literaria, pictórica, musical…–del París en que desembarcó en un primer momento, fue en Alemania donde Augusto Ferrán quedó atrapado por las sensibilidades estéticas de los nombres más destacados del panorama cultural alemán. En Múnich, ciudad en que se instaló para sobrevivir en este nuevo entorno, lleno de novedad y de aprendizaje, se caló hasta los huesos de la música de Schubert, Schumann y Mendelssohn. En esta ciudad alemana fue donde leyó, por vez primera según nos consta, la poesía de quien será su maestro y su influencia: Heinrich Heine. En Múnich estudia la lengua alemana y se desenvuelve en las nociones de la traducción, oficio que le permitirá vivir durante su estancia; por otra parte, la obra de Heine, le sugiere un nuevo camino estético para la literatura. Camino del que brotará, ya traído a España, un estilo y una corriente estética inédita y original.

Retorno a España: renovación, viajes y cosecha

“Al ver tu sepultura
las siemprevivas tan frescas,
me acuerdo, madre del alma,
que estás para siempre muerta”.

En 1859 fallece Rosa Forniés, madre de Augusto. Este trágico acontecimiento le trae a España, debido al dolor que le produjo la muerte de su madre. La fascinación de Ferrán por la lengua y la literatura alemana le anima a fundar, ya en Madrid como decimos, El Sábado, una publicación dedicada a la divulgación de la cultura germana. El Sábado no fue una revista que perdurara en la publicación de sus números, pero le permitió conocer nombres relevantes de la literatura madrileña y hacer amistad en los círculos literarios e intelectuales de la época. Ahí le presentaron a Julio Nombela, con quien Augusto Ferrán viajó en una ocasión a París para cerrar asuntos de la herencia de su madre, pues el padre de éste se había mudado a la capital francesa para vivir en compañía de otra familia. A pesar de su buena adaptación a los ambientes parisinos, Augusto Ferrán decido volver, de nuevo, a España, no sin una condición planteada a su amigo Nombela: que le consiguiera el contacto de un poeta español que sonaba en los ecos de las tertulias y los cafés, Gustavo Adolfo Bécquer. Una amistad fructífera en las vidas de los dos poetas.

En 1860 se inicia un trato entre Bécquer y Ferrán de admiración y generosidad. En aquel Augusto Ferrán prepara la edición de su libro de poemas La Soledad, acogido con entusiasmo por Bécquer en las páginas de El Contemporáneo, periódico en el que se ganaba el jornal como periodista. En este libro de poemas se advierten las formas y los principios estéticos que prevalecen en buena parte de la poesía española de la segunda mitad del siglo XIX: ausencia de la grandilocuencia, influencia de la música popular en el ritmo y en la rima, sencillez expresiva y una obsesión por el lenguaje claro y preciso. Este canon renovador en la poesía romántica, herencia de las obras de Heine –autor del que Bécquer universal y romántico también se inspira para fabricar su obra-, supuso un vuelco a los criterios seguidos hasta entonces.

En los primeros cinco años de la década de 1860 publica Augusto Ferrán Traducciones e imitaciones del poeta alemán Enrique Heine, con buena acogida en la crítica, y numerosos artículos en El Seminario Popular dedicados a la difusión de las obras de los autores, escritores y poetas, románticos de la Europa del XIX, desde el citado Heine hasta Lord Byron. En 1865 se traslada a Alcoy, localidad de Alicante, desde donde publicó varias obras como La fuente de Montal (1866). En los siguientes años de la década, y los restantes hasta su muerte, fueron de amplia producción literaria e importantes acontecimientos en su biografía:
(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 01 Mar 2020, 03:58

AUGUSTO FERRÁN



Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera



(CONT.)



-Augusto Ferrán convive con el hermano y la familia de Gustavo Adolfo Bécquer, el pintor Valeriano Bécquer, y le publica al primero, tras su muerte, bajo el título Obras (1871), una edición en la que se recopilaban los textos escritos por el inédito Bécquer. Edición que será el germen de Rimas y Leyendas.

-Publicó y colaboró en la prensa divulgando la cultura germana, en concreto en Revista Española.

-Escribe y prepara su segundo libro de poemas, La pereza (1871).

-Viaja hacia Chile y contrae matrimonio.

En 1877 regresa a Madrid, el último viaje, para seguir imbuido en sus publicaciones, como la traducción de Don Quijote de Heine, publicada el 30 de septiembre de 1877. Tres años más tarde, tras pasar dos interno en un hospital para enfermos mentales, fallece en lamentables circunstancias. Primavera de 1880.

Augusto Ferrán, alguien necesario

¿Qué hubiese sido de la poesía española contemporánea, y en concreto de la poesía romántica del XIX, sin los criterios estéticos asumidos por Augusto Ferrán en sus viajes a Centroeuropa? ¿Qué hubiese sido de Gustavo Adolfo Bécquer, el denominado por muchos como padre de la poesía moderna, sin la edición de las Obras, prologada por el propio Ferrán? ¿Cómo se hubiese desarrollado el canon de la segunda mitad del XIX y buena parte del XX –Manuel Machado, Federico García Lorca, Javier Salvago, Rafael Montesinos−sin la influencia de la cultura alemana y flamenca en España –sencillez expresivo, inspiración de los ritmos folclóricos, claridad y belleza de la palabra−?

Es Augusto Ferrán la respuesta a una necesidad de renovación. Sus aportaciones en el campo de la traducción y la divulgación de la literatura alemana –importar un estilo ajeno para hacerlo propio entre los tuyos−constituyen un punto de inflexión en la literatura española y en las corrientes literarias y estilos que estaban por llegar: la segunda mitad del romanticismo, la línea clásica y lírica de Juan Ramón Jiménez, la vertiente popular del 27 y la poesía de la nueva sentimentalidad. Decisivo, por tanto, su nombre y su historia para comprender los principios formales y estéticos de la poesía española. Habrá que seguir investigando.

Prólogo [de Gustavo Adolfo Bécquer]

I

Leí la última página, cerré el libro y apoyé mi cabeza entre las manos.
Un soplo de la brisa de mi país, una onda de perfumes y armonías lejanas besó mi frente y acarició mi oído al pasar.
Toda mi Andalucía, con sus días de oro y sus noches luminosas y transparentes, se levantó como una visión de fuego del fondo de mi alma.
Sevilla, con su Giralda de encajes, que copia temblando el Guadalquivir, y sus calles morunas, tortuosas y estrechas, en las que aún se cree escuchar el extraño crujido de los pasos del Rey Justiciero; Sevilla, con sus rejas y sus cantares, sus cancelas y sus rondadores, sus retablos y sus cuentos, sus pendencias y sus músicas, sus noches tranquilas y sus siestas de fuego, sus alboradas color de rosa y sus crepúsculos azules; Sevilla, con todas las tradiciones que veinte centurias han amontonado sobre su frente, con toda la pompa y la gala de su naturaleza meridional, con toda la poesía que la imaginación presta a un recuerdo querido, apareció como por encanto a mis ojos, y penetré en su recinto, y crucé sus calles, y respiré su atmósfera, y oí los cantos que entonan a media voz las muchachas que cosen detrás de las celosías, medio ocultas entre las hojas de las campanillas azules; y aspiré con voluptuosidad la fragancia de las madreselvas, que corren por un hilo de balcón a balcón, formando toldos de flores; y torné, en fin, con mi espíritu a vivir en la ciudad donde he nacido, y de la que tan viva guardaré siempre la memoria.
No sé el tiempo que transcurrió mientras soñaba despierto. Cuando me incorporé, la luz que ardía sobre mi bufete oscilaba próxima a expirar, arrojando sus últimos destellos que, en círculos, ya luminosos, ya sombríos, se proyectaban temblando sobre las paredes de mi habitación.
La claridad de la mañana, esa claridad incierta y triste de las nebulosas mañanas de invierno, teñía de un vago azul los vidrios de mis balcones.
Al través de ellos se divisaba casi todo Madrid.
Madrid, envuelto en una ligera neblina, por entre cuyos rotos jirones levantaban sus crestas oscuras las chimeneas, las buhardillas, los campanarios y las desnudas ramas de los árboles.
Madrid sucio, negro, feo como un esqueleto descarnado, tiritando bajo su inmenso sudario de nieve.
Mis miembros estaban ya ateridos; pero entonces tuve frío hasta en el alma.
Y, sin embargo, yo había vuelto a respirar la tibia atmósfera de mi ciudad querida, yo había sentido el beso vivificador de sus brisas cargadas de perfumes, su sol de fuego había deslumbrado mis ojos al trasponer las verdes lomas sobre que se asienta el convento de Aznalfarache.
***
Aquel mundo de recuerdos lo había evocado como un conjuro mágico, un libro.
Un libro impregnado en el perfume de las flores de mi país; un libro, del que cada una de las páginas es un suspiro, una sonrisa, una lágrima o un rayo de sol; un libro, por último, cuyo solo título aún despierta en mi alma un sentimiento indefinible de vaga tristeza.
¡La soledad!
La soledad es el cantar favorito del pueblo en mi Andalucía.



II

Aquel libro lo tenía allí para juzgarlo.
Como cuestión de sentimiento, para mí ya lo estaba.
Sin embargo, el criterio de la sensación está sujeto a influencias puramente individuales, de las que se debe despojar el crítico, si ha de llenar su misión dignamente.
Esto es lo que voy a hacer, si me es posible.
Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua, que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura.
Hay otra natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía.
La primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo.
La segunda carece de medida absoluta; adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona: puede llamarse la poesía de los poetas.
La primera es una melodía que nace, se desarrolla, acaba y se desvanece.
La segunda es un acorde que se arranca de un arpa, y se quedan las cuerdas vibrando con un zumbido armonioso.
Cuando se concluye aquélla, se dobla la hoja con una suave sonrisa de satisfacción.
Cuando se acaba ésta, se inclina la frente cargada de pensamientos sin nombre.
La una es el fruto divino de la unión del arte y de la fantasía.
La otra es la centella inflamada que brota al choque del sentimiento y la pasión.
Las poesías de este libro pertenecen al último de los dos géneros, porque son populares, y la poesía popular es la síntesis de la poesía.



III

El pueblo ha sido, y será siempre, el gran poeta de todas las edades y de todas las naciones.
Nadie mejor que él sabe sintetizar en sus obras las creencias, las aspiraciones y el sentimiento de una época.
Él forjó esa maravillosa epopeya celeste de los dioses del paganismo, que después formuló Homero.
Él ha dado el ser a ese mundo invisible de las tradiciones religiosas, que puede llamarse el mundo de la mitología cristiana.
Él inspiró al sombrío Dante el asunto de su terrible poema.
Él dibujó a Don Juan.
Él soñó a Fausto.
Él, por último, ha infundido su aliento de vida a todas esas figuras gigantescas que el arte ha perfeccionado luego, prestándoles formas y galas.
Los grandes poetas, semejantes a un osado arquitecto, han recogido las piedras talladas por él, y han levantado con ellas una pirámide en cada siglo.
Pirámides colosales, que, dominando la inmensa ola del olvido y del tiempo, se contemplan unas a otras y señalan el paso de la humanidad por el mundo de la inteligencia.
Como a sus maravillosas concepciones, el pueblo da a la expresión de sus sentimientos una forma especialísima.
Una frase sentida, un toque valiente o un rasgo natural, le bastan para emitir una idea, caracterizar un tipo o hacer una descripción.
Esto y no más son las canciones populares.
Todas las naciones las tienen.
Las nuestras, las de toda la Andalucía en particular, son acaso las mejores.
En algunos países, en Alemania sobre todo, esta clase de canciones constituven un género de poesía.
Goethe, Schiller, Uhland, Heine, no se han desdeñado de cultivarlo; es más, se han gloriado de hacerlo.
Entre nosotros no: estas canciones se admiran, es verdad, se aplauden, se repiten de boca en boca. Trueba las ha glosado con una espontaneidad y una gracia admirables; Fernán-Caballero ha reunido un gran número en sus obras; pero nadie ha tocado ese género para elevarlo a la categoría de tal en el terreno del arte.
A esto es a lo que aspira el autor de La Soledad.
Estas son las pretensiones que trae su libro al aparecer en la arena literaria.
El propósito es digno de aplauso, y la empresa más arriesgada de lo que a primera vista parece.
¿Cómo lo ha cumplido?

(CONT.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Lun 02 Mar 2020, 01:11

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera


(CONT.)






IV

«Al principio de esta colección he puesto unos cuantos cantares del pueblo, para estar seguro al menos de que hay algo bueno en este libro.»



Así dice el autor en el prólogo, y así lo hace.
Desde luego confesamos que este rasgo, a la vez de modestia y confianza en su obra, nos gusta.
Sean como fueren sus cantares, el autor no rehuye las comparaciones.
No tiene por qué rehuirlas.
Seguramente que los suyos se distinguen de los originales del pueblo; la forma del poeta, como la de una mujer aristocrática, se revela, aun bajo el traje más humilde, por sus movimientos elegantes y cadenciosos; pero en la concisión de la frase, en la sencillez de los conceptos, en la valentía y la ligereza de los toques, en la gracia y la ternura de ciertas ideas, rivalizan, cuando no vencen, a los que se ha propuesto por norma.
El autor de La Soledad no ha imitado la poesía del pueblo servilmente, porque hay cosas que no pueden imitarse.
Tampoco ha escrito un cantar por vía de pasatiempo, sujetándose a una forma prescrita, como el que vence una dificultad por gala, no; los ha hecho sin duda porque sus ideas, al revestirse espontáneamente de una forma, han tomado ésta; porque su libre educación literaria, su conocimiento de los poetas alemanes y el estudio especialísimo de la poesía popular, han formado desde luego su talento a propósito para representar este nuevo género en nuestra nación.
En efecto, sus cantares, ora brillantes y graciosos, ora sentidos y profundos, ya se traduzcan por medio de un rasgo apasionado y valiente, ya merced a una nota melancólica y vaga, siempre vienen a herir alguna de las fibras del corazón del poeta.
En ellos hay un grito para cada dolor, una sonrisa para cada esperanza, una lágrima para cada desengaño, un suspiro para cada recuerdo.
En sus manos la sencilla arpa popular recorre todos los géneros, responde a todos los tonos de la infinita escala del sentimiento y las pasiones. No obstante, lo mismo al reír que al suspirar, al hablar del amor que al exponer algunos de sus extraños fenómenos, al traducir un sentimiento que al formular una esperanza, estas canciones rebosan en una especie de vaga e indefinible melancolía que produce en el ámino una sensación al par dolorosa y suave.
No es extraño.
En mi país, cuando la guitarra acompaña La Soledad, ella misma parece como que se queja y llora.



V



Las fatigas que se cantan
son las fatigas más grandes,
porque se cantan llorando
y las lágrimas no salen.





Entre los originales, este es el primer cantar que se encuentra al abrir el libro. Él da el tono al resto de la obra, que se desenvuelve como una rica melodía, cuyo tema fecundo es susceptible de mil y mil brillantes variaciones.
Si la dimensión de este artículo me lo permitiera, citaría una infinidad de ellos que justificasen mi opinión; en la imposibilidad de hacerlo así, transcribiré algunos que, aunque imperfecta, puedan dar alguna idea del libro que me ocupa:


Si yo pudiera arrancar
una estrellita del cielo,
te la pusiera en la frente
para verte desde lejos.



Cuando pasé por tu casa
«¿quién vive?» al verme gritaste,
sólo con la mala idea
de, si aún vivía, matarme.



Compañera, yo estoy hecho
a sufrir penas crueles;
pero no a sufrir la dicha
que apenas llega se vuelve.





En estos cantares, el autor rivaliza en espontaneidad y gracia con los del pueblo: la misma forma ligera y breve, la misma intención, la misma verdad y sencillez en la expresión del sentimiento.
En los que sigue varía de tono:


Antes piensa y luego habla;
y después de haber hablado,
vuelve a pensar lo que has dicho,
y verás si es bueno o malo.



Levántate si te caes,
y antes de volver a andar,
mira dónde te has caído
y pon allí una señal.



Yo me he querido vengar
de los que me hacen sufrir,
y me ha dicho mi conciencia
que antes me vengue de mí.





Una sentencia profunda, encerrada en una forma concisa, sin más elevación que la que le presta la elevación del pensamiento que contiene. Verdad en la observación, naturalidad en la frase: estas son las dotes del género de estos cantares. El pueblo los tiene magníficos; por los que dejamos citados se verá hasta qué punto compiten con ellos los del autor de La Soledad:


Los mundos que me rodean
son los que menos me extrañan;
el que me tiene asombrado
es el mundo de mi alma.



Lo que envenena la vida,
es ver que en torno tenemos
cuanto para ser felices
nos hace falta y no es nuestro.



Yo no sé lo que yo tengo,
ni sé lo que a mí me falta,
que siempre espero una cosa
que no sé cómo se llama.



¡Ay de mí! Por más que busco
la soledad, no la encuentro.
Mientras yo la voy buscando,
mi sombra me va siguiendo.



Todo hombre que viene al mundo
trae un letrero en la frente
con letras de fuego escrito,
que dice: «Reo de muerte».



(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Lun 02 Mar 2020, 01:14

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera


(CONT.)




La poesía popular, sin perder su carácter, comienza aquí a elevar su vuelo.
La honda admiración que nos sobrecoge al sentir levantarse en el interior del alma un maravilloso mundo de ideas incomprensibles, ideas que flotan como flotan los astros en la inmensidad.
Esa amargura que corroe el corazón, ansioso de goces, goces que pasan a su lado y huyen lanzándole una carcajada, cuando tiende la mano para asirlos; goces que existen, pero que acaso nunca podrá conocer.
Esa impaciencia nerviosa que siempre espera algo, algo que nunca llega, que no se puede pedir, porque ni aun se sabe su nombre; deseo quizá de algo divino, que no está en la tierra, y que presentimos no obstante.
Esa desesperación del que no puede ahuyentar los dolores, y huye del mundo, y los tormentos le siguen, porque sus torturas son sus ideas, que, como su sombra, le acompaña a todas partes.
Esa lúgubre verdad que nos dice que llevamos un germen de muerte dentro de nosotros mismos; todos esos sentimientos, todas esas grandes ideas que constituyen la inspiración, están expresados en los cuatro cantares que preceden, con una sobriedad y una maestría que no puede menos de llamar la atención.
Como se ve, el autor, con estas canciones, ha dado ya un gran paso para aclimatar su género favorito en el terreno del arte.
Veamos ahora algunas de las que, también imitación de las populares, que constan de dos o más estrofas, ha intercalado en las páginas de su libro:


Pasé por un bosque y dije
«aquí está la soledad...»
y el eco me respondió
con voz muy ronca: «aquí está».

Y me respondió «aquí está»
y entonces me entró un temblor
al ver que la voz salía
de mi mismo corazón.





Tenía los labios rojos,
tan rojos como la grana...
labios ¡ay! que fueron hechos
para que alguien los besara.

Yo un día quise... la niña
al pie de un ciprés descansa:
un beso eterno la muerte
puso en sus labios de grana.



Allá arriba el sol brillante
las estrellas allá arriba;
aquí abajo los reflejos
de lo que tan lejos brilla.



Allá lo que nunca acaba,
aquí lo que al fin termina:
¡y el hombre atado aquí abajo
mirando siempre hacia arriba!


La primera de estas canciones puede ponerse en boca del Manfredo, de Byron; Schiller, no repudiaría la segunda si la encontrase entre sus baladas, y con pensamientos menos grandes que el de la tercera ha escrito Víctor Hugo muchas de sus odas.
Pero nos resta aún por citar una de ellas, acaso una de las mejores, sin duda la más melancólica, la más vaga, la más suave de todas, la última: con ella termina el libro de La Soledad, como con una cadencia armoniosa que se desvanece temblando, y aún la creemos escuchar en nuestra imaginación:


Los que quedan en el puerto
cuando la nave se va,
dicen al ver que se aleja:
«¡quién sabe si volverán!»

Y los que van en la nave
dicen mirando hacia atrás:
«¡quién sabe cuando volvamos
si se habrán marchado ya!»




VI

«En cuanto a mis pobres versos, si algún día oigo salir uno solo de ellos de entre un corrillo de alegres muchachas, acompañado por los tristes tonos de una guitarra, daré por cumplida toda mi ambición de gloria, y habré escuchado el mejor juicio crítico de mis humildes composiciones».
Así termina el prólogo de La Soledad. ¿Con qué otras palabras podía yo concluir esta revista, que pusieran más de relieve la modestia y la ternura del nuevo poeta?
Yo creo, yo espero, digo más, yo estoy seguro que no tardarán mucho en cumplirse las aspiraciones del autor de estos cantares.
Acaso, cuando yo vuelva a mi Sevilla, me recordará alguno de ellos días y cosas que a su vez me arranquen una lágrima de sentimiento semejante a la que hoy brota de mis ojos al recordarla.

G. A. Bécquer


(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril el Mar 03 Mar 2020, 01:30

AUGUSTO FERRÁN



Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera


(cont.)





Prólogo del autor

He escrito estos versos en el estilo sencillo y espontáneo de las canciones populares, las cuales he intentado imitar.
Si me he separado algunas veces del carácter peculiar de este género de poesías, no lo puedo atribuir más que a mi predilección por ciertas canciones alemanas, entre ellas las de Enrique Heine, que en realidad tienen alguna semejanza con los cantares españoles.
Al principio de esta colección he puesto unos cuantos cantares del pueblo, de los muchos que tengo recogidos, para estar seguro al menos de que hay algo bueno en este libro.
En cuanto a mis pobres versos, si algún día oigo salir uno solo de ellos de entre un corrillo de alegres muchachas, acompañado por los tristes tonos de una guitarra, daré por cumplida toda mi ambición de gloria y habré escuchado el mejor juicio crítico de mis humildes composiciones.


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Mensaje por Lluvia Abril el Vie 06 Mar 2020, 01:22

AUGUSTO FERRÁN



Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera


(cont.)





La soledad

¡Ay de mí! Por más que busco
la soledad, no la encuentro;
mientras ya la voy buscando,
mi sombra me va siguiendo.

Pobre me acosté, y en sueños
vi lleno de oro mi cuarto:
más pobre me levanté
que antes de haberme acostado.




Como si fuera preso


Voy como si fuera preso
detrás camina mi sombra,
delante mi pensamiento.

Es tanta la confusión
que oculto dentro del pecho,
que ya no sé mis pesares
distinguir de los ajenos.

Por eso cuando te pones
a contarme tus fatigas,
digo para mis adentros:
«¿pues no son esas las mías?

Para ver si se dormían,
encerré en mi corazón
de mis penas las mejores,
y mal la prueba salió.



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Mensaje por Lluvia Abril el Vie 06 Mar 2020, 01:23

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera




En sueños

En sueños te contemplaba
dentro de la oscuridad,
y cuando abriste los ojos
todo comenzó a brillar.

Todo comenzó a brillar,
y entonces te llamé yo:
cerraste al punto los ojos,
y la oscuridad volvió.





Cantares del pueblo


I
Yo tengo una lima sorda,
que me lima el corazón:
suspirando me anochece,
llorando me sale el sol.




II
Yo conocí un castillito
más alto que las estrellas;
luego le he visto caer
hasta el rape de la tierra.




III
Te tengo comparadita
con las piedras de la calle,
que las pisa todo el mundo
y no se quejan de nadie.




IV
A ninguna en este mundo
he querido más que a ti;
el que tú no lo conozcas
ese es mi mayor sentir.



V
Mientras más caricias me haces
más en confusión me pones,
porque tus caricias son
vísperas de tus traiciones.



VI
Todo lo vence el querer,
todo lo alcanza el dinero,
todo acaba con la muerte,
todo llega con el tiempo.



VII
Corre, ve y dile a tu madre
que no hable mal de mí,
que pérdidas y ganancias
todas caerán sobre ti.



VIII
Si en la calle me encontrares
y no te pudiera hablar,
háblale a mi sombra, que ella
por mí te contestará.



IX
Causa de mi perdición,
quiero apartarme de ti:
la mujer que quiere a dos
no puede tener buen fin.



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Vie 06 Mar 2020, 02:14

Solamente de paso para aplaudir tu iniciativa. Ahora salgo para Cieza. En cuanto pueda entro y leo despacio.

Besos


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Mensaje por Lluvia Abril el Sáb 07 Mar 2020, 04:32

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera


Cantares del pueblo




X


Hice yo un hoyo en la tierra
y enterré mis pensamientos;
por no descubrirme a nadie
tormentos le di a mi cuerpo.





XI


Yo tengo comparadita
la mujer con el caballo,
si no tiene buen jinete
no se la quita el resabio.





XII


Se encontraron y se hablaron,
y dijo el tiempo al querer:
esa soberbia que tienes
yo te la castigaré.





XIII


Vengo yo a verte y me dicen
que he perdido la vergüenza;
no considera ninguno
la pasión que a mí me ciega.





XIV


Los mocitos de mi barrio
dicen que no soy valiente;
contéstales tú, morena,
que me he atrevido a quererte.





XV


Yo me he puesto en oración
por ver si Dios me revela
si este querer tuyo y mío
es fingido o es de veras.





XVI


Aquel que tiene dinero
todo el mundo le quería,
y en llegándole a faltar
no le dan los buenos días.





XVII


Caballo que se desboca
dime, ¿qué remedio tiene?
El tirarle de las riendas,
que él se parará si quiere.





XVIII


Siempre me echabas achaques
para no salirme a hablar;
lo que es tiempo, te sobraba;
te faltaba voluntad.





XIX


Mi cama son duras piedras,
mi cabecera un ladrillo,
y a las paredes me agarro
creyendo que estoy contigo.



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Mensaje por Lluvia Abril el Sáb 07 Mar 2020, 04:36

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

Cantares del pueblo




XX


En el querer no hay venganza,
y te has venerado de mí;
si no hay castigo en la tierra
del cielo te ha de venir.



XXI


Cuando esté en la sepultura
y de gusanos roído,
mis huesos tendrán letreros
diciendo que te he querido.



XXII


Cualesquiera que me viera
dirá que no tengo pena,
y tengo mi corazón
como una bayeta negra.



XXIII


Rómpase el velo que cubre
el celeste firmamento,
para que aprendan los hombres
de los ángeles del cielo.


XXIV


Yo pensé que un querer bien
ya se podría olvidar,
y es callejón tan estrecho
que el que entra no sale más.




XXV


Yo no sé lo que le ha dado
esta serrana a mi cuerpo,
que hago por olvidarla
y en viéndola me arrepiento.


XXVI


Yo que me vi publicado
y encima con tantas penas,
he tomado la venganza
contra mi persona mesma.



XXVII


Me siento sobre mi cama
y repaso mi memoria;
yo hablo con las paredes,
y no hallo quien me responda.



XXVIII


Tierra, ¿cómo no te abres
y te sales de tu centro,
y tragas a esta mujer
de tan malos pensamientos?



XXIX


Si un Divé1 me diera el mando
como se lo dio a la muerte,
yo quitaría del mundo
a quien me estorba quererte.





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Mensaje por Lluvia Abril el Sáb 07 Mar 2020, 04:39

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

Cantares del pueblo



XXX


De lo que yo hago contigo
no se puede espantar nadie,
porque me hago los cargos
que eres carne de mis carnes.



XXXI


Más bien consiento en morirme
que no en publicar mis penas,
porque brocales de fuego
salen del alma y me queman.



XXXII


Yo me arrimé a un pino verde
por ver si me consolaba;
y el pino, como era verde,
de verme llorar, lloraba.



XXXIII


Cuando hables de mi persona
no digas que me has querido,
di que fue un capricho sólo
que los dos hemos tenido.



XXXIV


Porque te vi desde lejos
por eso te quiero tanto;
haces bien en no acercarte,
de cerca pierde lo falso.



XXXV


Paloma que vas volando
y en el pico llevas hilo,
dámelo para coser
tu corazón con el mío.



XXXVI


Ya se me quitó la venda
que tan ciego me tenía,
y he llegado a conocer
que vendado más veía.



XXXVII


Desgraciado el arbolito
que solo en el campo nace:
todas las aves del mundo
contra sus ramas combaten.



XXXVIII


Yo pensé que era yo solo
serrana, a quien tú querías,
y te diviertes con otro
todas las horas del día.


XXXIX


Una niña me engañó
y me llevó junto a un trigo.
¡Cuándo volverá la niña
a gastar bromas conmigo!


XL


Me quisistes y te quise;
me olvidaste y te olvidé;
los dos tuvimos la culpa,
tú primero y yo después.



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Mensaje por Lluvia Abril el Sáb 07 Mar 2020, 07:03

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

Cantares del pueblo




XLI


Pierde pan y pierde perro
quien da pan a perro ajeno;
yo no te quiero dar nada
por no perder más que el perro.



XLII


Anoche ensoñé un ensueño
que yo tengo por verdad:
en estando un hombre ausente
otro ocupa su lugar.



XLIII


El diablo, por su avaricia,
se condenó y fue al infierno,
y a ti, por avariciosa,
te va a suceder lo mesmo.



XLIV


Una me dijo que sí,
otra me dijo que no:
la del sí, quería ella;
la del no, quería yo.



XLV


Arbolillo, te secaste
teniendo el agua en el pie,
en el tronco la firmeza
Y en la ramita el querer.



XLVI


Agua menudita llueve
y ya corren las canales;
ábreme la puerta, cielo,
que soy aquel que tú sabes.



XLVII


Hace ya muy largos años
que te hablo y no me comprendes;
no te echo la culpa a ti,
sino es a mi mala suerte.



XLVIII


Yo creí que con el tiempo
mis penas se acabarían,
y se me van aumentando
como las horas del día.



XLIX


Esta sí que es calle angosta,
calle de temor y miedo;
quiero entrar y no me dejan,
quiero salir y no puedo.



L


Hermanita de mi vida,
qué quieres que yo te cuente,
si el quitarme de tu vera
es quitarme a mí la muerte.



LI


Yo no sé lo que he de hacerme
atento de tu querer,
si lo deje por la mano
o si me pierda por él.



LII


Anda diciendo tu madre
que yo tengo mala lengua;
lo que yo he hecho contigo
no lo sabe ni la tierra.



LIII


Yo no sé lo que me has dado
que me has quitado el sentido:
me he puesto ya muchas veces
a olvidarte y no he podido.



LIV


Yo le respondí al verdugo
con palabras muy sensibles:
quítame pronto la vida,
que olvidarla es imposible.



LV


A un oscuro calabozo
me traían la comida;
más lágrimas derramaba
que bocaditos comía.



LVI


Yo sembré en un peñascal
creyendo que era en un llano;
me salió la tierra mala
y fue preciso segarlo.



LVII


Mi querer y tu querer
son dos quereres en uno;
y siempre estamos riñendo
por si es mío o por si es tuyo.



LVIII


En libertad, me querías,
y ahora, preso, me aborreces:
desgraciado aquel que cae
en las manos de los jueces.



LIX


Por causa de esa serrana
mi cuerpo se echó a perder:
el que siembra en mala tierra,
¿qué es lo que espera coger?



LX


El carrito de los muertos
ha pasado por aquí:
llevaba la mano fuera,
por eso la conocí.



LXI


Me fui a misa a la Victoria,
me encomendé a la Humildad,
que estas fatigas me alivie
que no las puedo aguantar.


LXII


Flamenca, te lo he pedido
por la salud de tu madre,
que no pases por mi puerta,
que se redoblan mis males.



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Sáb 07 Mar 2020, 08:54

No , querida amiga... No hay coincidencias. Puede haber alguna aislada , pero yo no he percatado de ello.


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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 08 Mar 2020, 02:18

Muchas gracias, amigo mío y sigo pues.


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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 08 Mar 2020, 02:23

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

Cantares del pueblo




LXIII


Compañerito del alma
en el cementerio entré,
y levantando la losa
me encontré con tu querer.



LXIV


Al pasar por una calle
vi yo un acompañamiento:
¡pobrecillo de mi alma
cómo llevará su cuerpo!



LXV


Ya no quiero querer más
quiero seguir tu opinión;
que un querer con mucho extremo
es causa de perdición.



LXVI


No digas, donde te pongas,
que agua tienes de bautismo;
te escupirán a la cara
por lo que has hecho conmigo.



LXVII


Veinticinco calabozos
tiene la cárcel de Utrera;
veinticuatro llevo andados
y el más oscuro me queda.



LXVIII


Ábrase la sepultura,
que me quiero meter dentro;
que un hombre de mis hechuras
se compara con los muertos.



LXIX


Ven acá, mujer del mundo,
conviértete a la razón;
ningún hombre puede ser
tan cabal como el reló.



LXX


La víbora ponzoñosa
en medio de su bravío,
venga y coma de mis carnes
si yo te quiero fingido.



LXXI


Cuando dos quieren a una
y los dos están presentes,
el uno cierra los ojos
y el otro aprieta los dientes.



LXXII


A aquel que tiene la culpa
de que penas pase yo,
a pedazos se le caigan
las alas del corazón.



LXXIII


Dondequiera que te pongas
me tendrás que venerar,
porque yo he sido, queriendo,
la piedra fundamental.



LXXIV


En medio de mi fatiga
por querer, quise dormirme,
que el que vive como yo
cuando duerme es cuando vive.



LXXV


¿Qué importa que no te vea
si ya tengo un gran alivio?
Yo tengo mi corazón
todas las horas contigo.



LXXVI


Cuanto más hables más pierdes,
y a ti te obliga el callar;
que el hierro que yo te he echado
a la cara te saldrá.



LXXVII


En la raíz del querer
nació mi madre gitana,
y yo, como soy su hijo,
vengo de la misma rama.



LXXVIII


Hablas muy mal de lo bueno
y Dios te ha de castigar;
cuando de lo bueno hablas,
de lo malo ¿qué será?



LXXIX


Tus ojos son dos ladrones
que a un tiempo roban y matan,
la sepultura es tu pecho
y la salvación tu alma.



LXXX



Tengo mi cuerpo metido
en confusiones muy grandes,
que en un camino me encuentro
con dos veredas iguales.


Con dos veredas iguales,
y me paro en la mejor;
si tomo la que no quiero
ha de ser mi perdición.


Ha de ser mi perdición,
pero la cuenta me hago,
que me pierdo por mi gusto
y a nadie le causo daño.




LXXXI



No me espanta que al dormir
te hable con el deseo;
son mis fatigas tan grandes
que estoy durmiendo y te veo.



Que estoy durmiendo y te veo
que estás a la vera mía,
y me despierto llorando
que me ahogan las fatigas.









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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 08 Mar 2020, 02:26

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

Cantares del pueblo




LXXXII



Anda y pregúntale a un sabio
cuál de los dos pierde más,
el que come de sus carnes
o el que publica su mal.

El que publica su mal
por el pronto siente alivio,
y el que come de sus carnes
se da tormento a sí mismo.




LXXXIII



Por si acaso yo no muero
y me quieres encontrar,
vete a la iglesia mayor
y comiénzame a llamar.

Y comiénzame a llamar
que yo te responderé,
porque pediré licencia
al poderoso Divé.

El poderoso Divé
la licencia me dará,
por lo bien que te he querido
hasta el juicio final.

Hasta el juicio final
fatigas tendré por verte,
y ahora que más te quiero
de mí se acuerda la muerte.

De mí se acuerda la muerte,
cosa que no debe ser,
que me aparten de tu vera
y me quiten tu querer.



LXXXIV



En el querer no hay saber,
lo tengo experimentado;
de lo que siempre he huido
un Divé me ha castigado.

Si un Divé me ha castigado
una fue y dos no será,
que ya me he mirado en mí
y veo lo que el querer da.

Si esto es lo que el querer da,
yo no quiero más querer;
que tú me dieras mal pago
a mí se me emplea bien.

A mí se me emplea bien,
pero un consuelo tenía,
que si dejas mi querer
sabrás lo que son fatigas.

Sabrás lo que son fatigas,
y un Divé me ha de otorgar
que con los brazos abiertos
me has de venir a buscar.




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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 08 Mar 2020, 02:29

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera




Augusto Ferrán escribió cantares de imitación popular, sobre el amor, el paso del tiempo, la búsqueda de la soledad… Mostró preferencia por la copla, aunque también escribió soleás y seguidillas.



LAS FATIGAS QUE SE CANTAN…

Las fatigas que se cantan
son las fatigas más grandes,
porque se cantan llorando
y las lágrimas no salen.

La soledad, I, 1860.



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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 08 Mar 2020, 02:31

AUGUSTO FERRÁN



Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera






NO OS EXTRAÑE, COMPAÑEROS…

No os extrañe, compañeros,
que siempre cante mis penas,
porque el mundo me ha enseñado
que las mías son las vuestras.

La soledad, XXIII, 1860.



EL PÁJARO QUE ME DISTE…

El pájaro que me diste,
preso lo tengo en su jaula,
y el pobre de día y noche
se muere, y por eso canta.

La soledad, XXXIII, 1860.



LOS CANTARES QUE YO CANTO…

Los cantares que yo canto
se los regalo a los vientos,
y uno no más, uno solo,
guardo hace tiempo en secreto.
Y aquí lo guardo en secreto,
para cantárselo a solas
al que me quiera explicar
el por qué de muchas cosas.

La soledad, LXVI, 1860.


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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 08 Mar 2020, 02:33

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera




ME HIERES CON UN PUÑAL…

Me hieres con un puñal,
yo con mi pluma te hiero;
mi pecho queda encarnado,
y el tuyo se queda negro.

La soledad, CXXX, 1860.





LOS CANTARES QUE YO ESCRIBO…

Los cantares que yo escribo
bien sabes tú, compañera,
que antes los hago contigo.

La pereza, XXXII, 1870.


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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 08 Mar 2020, 02:43

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
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De: La soledad
1860




I


Las fatigas que se cantan
son las fatigas más grandes,
porque se cantan llorando
y las lágrimas no salen.




II


Al ver en tu sepultura
las siemprevivas tan frescas,
me acuerdo, madre del alma,
que estás para siempre muerta.




III


Los mundos que me rodean
son los que menos me extrañan:
el que me tiene asombrado
es el mundo de mi alma.




IV


Los que la cuentan por años
dicen que la vida es corta;
a mí me parece larga
porque la cuento por horas.




V


Cuando dices un embuste
la sangre salta a tu cara:
no digas más que verdades,
porque es tu sangre encarnada.




VI


Pasé por un bosque y dije:
«aquí está la soledad...»
y el eco me respondió
con voz muy ronca: «aquí está.»

Y me respondió «aquí está»
y sentí como un temblor,
al ver que la voz salía
de mi propio corazón.




VII


Dos males hay en el mundo
que es necesario vencer:
el amor de uno a sí mismo
y el rencor de la mujer.




VIII


Al darme la muerte, ingrata,
a ti misma te castigas,
pues tu castigo mayor
es quedarte con dos vidas.




IX


Yo me marché al campo santo
y a voces llamé a los muertos,
y para castigo mío
los vivos me respondieron.




X


Eres muy niña y ya clavas
en tu pañuelo alfileres:
ya dejan ver desde niñas
su inclinación las mujeres.




XI

Dentro de un tropel de penas
tengo mi cuerpo metido,
y nadie me da socorro
por más que a voces lo pido.




XII

Al verme triste a tu lado
no me preguntes qué tengo;
tendría que responderte,
y yo acusarte no quiero.




XIII

Yo tenga hecha con el cielo
una escritura perpetua
de no marcharme del mundo
hasta que la muerte venga.

Y hasta que la muerte venga
esperaré sin quejarme,
sólo por ver en el mundo
dónde concluyen los males.



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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 08 Mar 2020, 02:46

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De: La soledad
1860




XIV


No hagas daño, compañero,
ni a los que daño te hicieren,
porque aquel que a hierro mata
casi siempre a hierro muere.




XV


La muerte ya no me espanta;
tendría más que temer
si en el cielo me dijeran:
has de volver a nacer.




XVI


Si mis ojos no te dicen
todo lo que el pecho siente,
no es porque se están callados;
es porque no los comprendes.




XVII


Puedes hacer lo que quieras,
que a nada me opongo yo;
pero comprar mi dinero
con tu querer... ¡eso no!




XVIII


Yo no sé lo que yo tengo,
ni sé lo que me hace falta,
que siempre espero una cosa
que no sé cómo se llama.




XIX


Yo propio juez de mi causa
he venido a sentenciar,
que yo la muerte merezco,
tú la muerte... y algo más.




XX


Las estrellas que en el cielo
brillan con gran claridad,
¡cuántas noches de fatigas
las he querido contar!

Las he querido contar
sin llegarlo a conseguir,
que tengo los ojos malos
de llorar y de reír.

De llorar, cuando me acuerdo
que Dios de mí te apartó;
de reír, al acordarme
que pronto iré junto a Dios.




XXI


De mirar con demasía
se me han cegado los ojos,
y ahora que ciego me encuentro
es cuando lo veo todo.

Y ahora que lo veo todo,
estoy viendo de continuo
el mundo y sus desengaños
pasar dentro de mí mismo.




XXII


Si me quieres como dices,
¿por qué te apartas de mí?
agua que va río abajo,
en la mar viene a morir.


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1860




XXIII


   No os extrañe, compañeros,
que siempre cante mis penas,
porque el mundo me ha enseñado
que las mías son las vuestras.



XXIV


   Hace ya muy largos años
que en todas partes te veo,
pero no tal como eres,
sino según mi deseo.



XXV


   Di a tu madre que sin falta
me venga a hablar esta noche,
que la quiero, una por una,
contar tus malas acciones.


XXVI


   Mirando al cielo juraste
no me engañarías nunca,
y desde entonces el cielo
sólo con verte se nubla.



XXVII


   En un calabozo oscuro
sufro penas sobre penas,
y a fuerza de estar a oscuras,
se ha vuelto mi pena negra.


XXVIII



   Al saber que me engañabas,
fuime a la orilla del mar;
quise llorar y no pude,
y en ti me puse a pensar.


 En ti me puse a pensar,
y por fin llegué a entender
cómo una mujer que quiere
puede olvidar su querer.


Puede olvidar su querer;
y al ver que esto era verdad,
mis lágrimas se perdieron
en lo profundo del mar.



XXIX


   Tu aliento es mi única vida,
y son tus ojos mi luz;
mi alma está donde tu pecho,
mi patria donde estás tú.


XXX


   Del fuego que por tu gusto
encendimos hace tiempo,
las cenizas sólo quedan,
y en el corazón las llevo.


XXXI


   Pobre me acosté, y en sueños
vi lleno de oro mi cuarto:
más pobre me levanté
que antes de haberme acostado.


XXXII


   ¿Cómo quieres que yo queme
las prendas que me has devuelto,
si el corazón me lo has dado
tú misma cenizas hecho?


XXXIII


   El pájaro que me diste,
preso lo tengo en su jaula,
y el pobre de día y noche
se muere, y por eso canta.


XXXIV


   Llevas escrito en tu cara
que tienes mal corazón,
y es tan poca tu vergüenza
que aún vas por donde yo voy.



XXXV


 Madre mía, compañera,
madre mía ¿dónde estás?
te llamo en el cementerio
y no quieres contestar.


No me quieres contestar,
cuando te vengo a pedir
el alma que te llevaste
al separarte de mí.

 Al separarte de mí
me diste un beso de adiós,
y en tus labios toda mi alma,
madre mía, se quedó.






XXXVI


   Si os encontráis algún día
dentro de la soledad,
no pidáis consuelo al mundo,
porque él no os lo puede dar.


XXXVII


   Sé que me voy a perder
y ya sé que estoy perdido,
y solamente me pesa
que no te pierdas conmigo.


XXXVIII


   Tengo deudas en la tierra,
y deudas tengo en el cielo:
pagaré allá con mi alma;
ya pago aquí con mi cuerpo.


XXXIX



   En sueños te contemplaba
dentro de la oscuridad,
y cuando abriste los ojos
todo comenzó a brillar.

 Todo comenzó a brillar,
y entonces te llamé yo:
cerraste al punto los ojos,
y la oscuridad volvió.


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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 08 Mar 2020, 04:02

AUGUSTO FERRÁN

Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

De: La soledad
1860





XL

Cuando te estoy contemplando
quisiera poner en ti
en una, cuantas miradas
desde que vivo perdí.


XLI

Antes piensa y después habla,
y después de haber hablado,
vuelve a pensar lo que has dicho,
y verás si es bueno o malo.


XLII

Entre un rosal y una zarza
nació una flor amarilla,
con tantas y tantas penas
que se murió el mismo día.



XLIII

He preguntado llorando
a mi pobre corazón,
si es mentira su alegría
y si es verdad su dolor.

Y si es verdad su dolor,
y se ha puesto a suspirar,
diciéndome en sus suspiros:
es mentira y es verdad.


XLIV

Cuando se llama a una puerta
y ninguna voz responde,
es señal de que en la casa
son muy ricos o muy pobres.


XLV

Todo el que la piedra tira
y esconde después la mano,
es, aunque no lo parezca,
el más malo de los malos.


XLVI

Cuando pasé por tu casa,
«¿quién vive?» al verme gritaste,
sólo con la mala idea
de, si aún vivía, matarme.


XLVII

Yo no sé dónde he leído
que toda la vida es sueño;
y para ver si es verdad,
a solas vivo despierto.

A solas vivo despierto,
y he sacado en consecuencia
que por la noche se vive,
y que de día se sueña.



XLVIII


Dicen que te metes monja,
yo no lo quiero creer,
porque una cosa te falta
que yo nunca te daré.


XLIX


Por Dios, mujer, no me mires
con los ojos entreabiertos,
porque así me dices sólo
la mitad de tus secretos.


L


Todos los sabios del mundo
han sacado en consecuencia,
que el dinero y las mujeres
se parecen en la mezcla.




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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 08 Mar 2020, 04:06

AUGUSTO FERRÁN

Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

De: La soledad
1860






LI

Cuando el frío de la muerte
a helar comience mi sangre,
te llamaré en voz muy alta
para que vengas a hablarme.

Y cuando estés a mi lado
me dirás lo que ya sabes...
y así se concluirán
de una vez todos mis males.



LII

El querer es una hoguera
que en nuestro pecho se enciende;
por eso cuando queremos
toda nuestra sangre hierve.


LIII

«Desde Granada a Sevilla,
y desde Sevilla al cielo...»
pero no tú, desalmada;
tú irás antes al infierno.


LIV

¡Ay pobre de mí, que a fuerza
de pensar en mis vecinos,
me he salido de mi casa
olvidándome a mí mismo!


LV

Ánimo, corazoncito,
vuelve a recobrar la vida,
que aún te quedan en el mundo
muchas penas escondidas.

Muchas penas escondidas,
y entre ellas ¡ay! la más negra:
la de hallarte día y noche
a solas con tu conciencia.


LVI

En el cielo hay una estrella
que corre hacia todas partes,
mirando si hay en el mundo
dos corazones iguales.


LVII

Levántate si te caes,
y antes de volver a andar
mira dónde te has caído
y pon allí una señal.


LVIII

Si yo tuviera el dinero
de los que a mí me han vendido,
ellos fueran menos pobres
y yo sería más rico.


LIX

Por la noche pienso en ti,
y en ti pienso a todas horas;
y mientras tanto yo viva,
vivirá en mí tu memoria.

Vivirá en mí tu memoria,
a la vez triste y alegre,
pues has sido mujer buena,
lo cual rara vez sucede.



LX

Me desperté a media noche,
abrí los ojos, y al ver
que tú estabas a mi lado,
volví a dormirme y soñé.


LXI

Yo me asomé a un precipicio
por ver lo que había dentro,
y estaba tan negro el fondo,
que el sol me hizo daño luego.


LXII

Me han dicho que hay una flor,
de todas la más humilde:
flor que quisiera yo darte,
flor llamada «no me olvides.»


LXIII

Las pestañas de tus ojos
son más negras que la mora,
y entre pestaña y pestaña
una estrellita se asoma.


LXIV

Por Dios, mujer, no te escondas
ni te pongas colorada:
lo que acabo de decirte
es lo que todos te callan.


LXV

Yo no podría sufrir
tantas fatigas y penas,
si no tuviera presente
que la causa ha sido ella.




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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 08 Mar 2020, 04:23

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

De: La soledad
1860




LXVI

Los cantares que yo canto
se los regalo a los vientos,
y uno no más, uno solo,
guardo hace tiempo en secreto.

Y aquí lo guardo en secreto,
para cantárselo a solas
al que me quiera explicar
el por qué de muchas cosas.


LXVII

No vayas tan a menudo
a buscar agua a la fuente,
que si a la orilla resbalas
se enturbiará la corriente.


LXVIII

Niño, moriste al nacer;
yo envidio el destino tuyo:
tú no sabes lo que hay
desde la cuna al sepulcro.


LXIX

Di, mujer, ¿qué estás haciendo?...
¿no te ha dado Dios razón
para ver que si me engañas
nos engañamos los dos?


LXX

Cada vez que sale el sol
me acuerdo de mis hermanos,
que sin pan y con fatigas
van a empezar su trabajo.

Fatíganse en el trabajo
mientras el sol los alumbra,
y del trabajo descansan
cuando se quedan a oscuras.


LXXI

Has pasado junto a mí
sin decirme «adiós» siquiera;
justamente hoy hace un año
que yo te dije quién eras.


LXXII

Olvida, pues tú lo quieres,
cuanto los dos hemos hecho;
mas sé una vez generosa
y déjame los recuerdos.


LXXIII

Por mi gusto en la corriente
no sé lo que entré a buscar,
y sin sentir me ha llevado
la corriente hasta la mar.


LXXIV

Te he vuelto a ver, y no creas
que el verte me ha sorprendido:
mis ojos ya no se asustan
de ver lo que otros han visto.





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Mensaje por Lluvia Abril el Dom 08 Mar 2020, 04:27

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

De: La soledad
1860



LXXV

Sé que me vas a matar
en vez de darme la vida:
el morir nada me importa,
pues te dejo el alma mía.


LXXVI

Yo me he querido vengar
de los que me hacen sufrir,
y me ha dicho mi conciencia
que antes me vengue de mí.


LXXVII

Yo pedí licencia a Dios
que me dejase quererte,
y Dios, al ver mis fatigas,
me la otorgó para siempre.

Me la otorgó para siempre;
y cuando dije «te quiero»,
se presentaron los hombres
y a mi querer se opusieron.


LXXVIII

En lo profundo del mar
hay un castillo encantado,
en el que no entran mujeres,
para que dure el encanto.


LXXIX

Me he equivocado al decirte:
por ti me muero, bien mío;
quise decirte, y perdona,
que tan sólo por ti vivo.


LXXX

Al verte cerca de mí,
dudo yo mismo si sueño;
sueño de noche contigo,
y creo que estoy despierto.


LXXXI


Escuchadme sin reparo;
mis palabras son verdades:
nunca miréis con desprecio
al que mendiga en la calle.

El que mendiga en la calle
es el más digno de lástima,
porque además de ser pobre
lo va diciendo en voz alta.


LXXXII


Ni en la muerte he de encontrar
la quietud que me hace falta;
por eso, cuando me miro,
tengo de mí mismo lástima.


LXXXIII

En verdad, dos son las cosas
que el mundo entero gobiernan:
el oro, por lo que vale,
y el amor, por lo que cuesta.


LXXXIV


Mujer, ¿quién pudo anunciarte
lo que el corazón te pide?
Nunca te hablé, y con tus ojos
cuanto deseo me dices.


LXXXV


Cuando el reloj da las horas,
dice a todos sin reparo:
al rico, que ande deprisa;
al pobre, que ande despacio.

Y el pobre que anda despacio,
con sed y hambre en el camino,
suele a veces llegar antes,
mucho antes que el más rico.


LXXXVI

Cada vez que paso y miro
el sitio donde te hablé,
volviendo al cielo los ojos
digo llorando: ¡aquí fue!


LXXXVII

Ahora me vienes diciendo
que el tiempo pierdo contigo;
¿cómo se puede perder
lo que nunca se ha tenido?


LXXXVIII

Mira si he soñado cosas
en esta noche pasada,
que he soñado que era un sueño
aun lo mismo que soñaba.




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Mensaje por Lluvia Abril el Lun 09 Mar 2020, 00:03

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

De: La soledad
1860




LXXXIX

Que me engañara una vez,
lo comprendo... ¡pero dos!
por fuerza el hombre que quiere
pierde toda su razón.


XC

¡Adiós!... De muerte es la herida
que abriste en el pecho mío:
el puñal hiere mejor
cuanto más brillante y fino.


XCI

Dices que hablo mal de ti,
y esa noticia no es cierta;
si quiero, puedo hablar mal,
mas no lo hago por pereza.


XCII

Vengo delante tu reja
a darte el último adiós;
y aunque lloro, no te asustes,
porque tranquilo me voy.

No te asustes, compañera,
que los hombres como yo;
si lloran, es de alegría,
si ríen, es de dolor.



XCIII

Morid contentos, vosotros
que tenéis por compañeras
dos madres que os acarician:
la Humildad y la Pobreza.


XCIV

Si os atormentan fatigas
sin saber de dónde vienen,
no os apuréis por saber,
al irse, dónde se vuelven.


XCV

Por ver si me quito el frío
que al verte me entró ayer noche,
me voy a poner al sol,
que es el hogar de los pobres.

XCVI

«Por el camino rëal
va caminando a lo lejos
un hombre que se parece
al amante que yo espero.»

Así cantaba la niña
cuando el amante iba huyendo;
que en el camino rëal
los amantes son viajeros.


XCVII

En una noche de luna
fuime a la orilla del río,
llevando la negra pena
que siempre llevo conmigo.

La pena que iba conmigo
tanto aumentó mi fatiga,
que me paré a contemplar
cómo las aguas corrían.

Y en las aguas que corrían
miré mi propio retrato,
al resplandor de la luna,
pasar tembloroso y pálido.


XCVIII

Cuanto más pienso en las cosas,
mucho menos las comprendo;
por eso cuando te miro
te estoy viendo y no lo creo.


XCIX

Como un rayo corre, vuela,
y dile a quien me ofendió,
que hace un año que le espero
para vengarme mejor.


C

Aunque nos den que sentir
siempre corremos tras ellas,
porque al cabo las mujeres
¡son tan malas y tan buenas!


CI

Tened preso el corazón
como a un pájaro en su cárcel,
porque si a escaparse llega
volará hasta que se canse.

Cuando de volar se canse,
vendrá caídas las alas...
¡Y el corazón vuela siempre
en alas de la esperanza!





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Mensaje por Lluvia Abril el Lun 09 Mar 2020, 00:07

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De: La soledad
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CII

La campana da las doce;
las doce el eco repite;
las doce el sereno canta
y un día más se despide.


CIII

Sé que tengo que morirme,
y aún no me he puesto a pensar,
cuando la muerte me llame,
lo que habré de contestar.


CIV

Compañera, yo estoy hecho
a sufrir penas crüeles,
pero no a sufrir la dicha
que apenas llega se vuelve.


CV

Cuando te mueras te haré
un cantar de muchas coplas,
para que aprendan los vivos
a respetar tu memoria.

Y si alguno no creyera
lo que en mi cantar yo ponga,
le mandaré al otro mundo
para que allí te conozca.



CVI

Te ríes cuando te digo
que eres causa de mis males:
¡Pobre mujer! ni siquiera
a tiempo reírte sabes.


CVII

Me has hecho esperar dos horas,
las más largas de mi vida;
horas en que hemos forjado,
yo esperanzas, tú mentiras.


CVIII

¡Cuántas veces me he parado
en medio de mi camino,
y he vuelto la vista atrás
porque al pasar no te he visto!


CIX

Tú misma cortaste ramas
del árbol que yo planté;
las echastes a la lumbre,
y no querían arder.


CX

Cuando vayas por el mundo
yo te daré el pasaporte,
y en las señas personales
te pondré «mujer» sin nombre.



CXI

Muerte que causan los celos
es la peor de las muertes,
porque más se ama la vida,
cuantos más celos se tienen.


CXII

Los elementos son cuatro:
agua y aire, tierra y fuego;
y en otro mundo sin nombre
hay otros cuatro elementos.

En él el agua son lágrimas,
el aire vanos deseos,
el fuego continuas luchas,
la tierra remordimientos.






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Mensaje por Lluvia Abril el Lun 09 Mar 2020, 00:19

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

De: La soledad
1860



CXIII

Te callas porque conoces
que yo sé toda tu historia;
¡qué cierto es aquel refrán
que dice: quien calla, otorga!


CXIV

Te he visto por la mañana,
y te he visto por la noche,
y siempre te he visto igual,
es decir, mintiendo amores.


CXV

A la ventana me asomo
por ver la gente que pasa;
y por eso digo a veces
que da al mundo mi ventana.


CXVI

Esperanza de mi vida,
¿por qué te alejas de mí
llevándote las promesas
que no llegaste a cumplir?

Cuando ves que ansioso tengo
los ojos fijos en ti,
esperanza de mi vida,
¿por qué te alejas de mí?


CXVII

Ahora que me estás queriendo,
yo no te puedo querer:
las cosas buenas no llegan
a tiempo ninguna vez.


CXVIII

La noche oscura ya llega;
todo en el sueño descansa,
y tan sólo el corazón
dentro del pecho trabaja.


CXIX

Tú me miras, yo te miro,
y así los dos nos miramos:
tú me preguntas quién soy...
yo sigo mirando... y callo.


CXX

Hay cuentos que no son cuentos
y que son una verdad;
escucha si no, morena,
el que te voy a contar.

«Se quisieron una hora:
no se olvidaron jamás...»
una hora es una vida...
es cuento, pero es verdad.


CXXI

Negro está el cielo allá arriba
negros tus ojos, muy negros,
y mi corazón, morena,
como tus ojos lo tengo.


CXXII

Fuego sale de mi pecho,
fuego brota de mis ojos,
al ver que tú eres de nieve
cuando la mano te cojo.


CXXIII

Te quería con el alma,
y por eso tengo celos
al pensar que os enterraron
juntos en el cementerio.


CXXIV

Me quieres echar del mundo,
lo cual no me importa nada,
porque me da el corazón
que este mundo no es mi casa.


CXXV

A la luz de las estrellas
yo te vi, cara de cielo;
por eso cuando te miro,
de las estrellas me acuerdo.


CXXVI

Que te compren no me extraña,
que te vendas... ¡eso sí!
y lo que menos comprendo
es que no te extrañe a ti.


CXXVII

Tenía los labios rojos,
tan rojos como la grana;
labios ¡ay! que fueron hechos
para que alguien los besara.

Yo un día quise... la niña
al pie de un ciprés descansa:
un beso eterno la muerte
puso en sus labios de grana.






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Mensaje por Lluvia Abril el Lun 09 Mar 2020, 00:24

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Augusto Ferrán: El romántico olvidado
Por: Gonzalo Gragera

De: La soledad
1860



CXXVIII


Por fuerza me he vuelto loco
sin saber cómo ni cuándo,
puesto que estoy tan perdido
que me busco y no me hallo.


CXXIX

Vivir, cuando justamente
naciste para morir...
¿cómo vivir, cuando llevas
la muerte dentro de ti?


CXXX

Me hieres con un puñal,
yo con mi pluma te hiero;
mi pecho queda encarnado,
y el tuyo se queda negro.


CXXXI

Si yo pudiera arrancar
una estrellita del cielo,
te la pondría en la frente
para verte desde lejos.


CXXXII

¿Quién eres? -Ya ni me acuerdo.
¿De dónde vienes? -No sé.
¿A dónde vas? -Qué sé yo.
¿Qué haces aquí? -¡Qué he de hacer!


CXXXIII

¡Ay de mí! Por más que busco
la soledad, no la encuentro;
mientras yo la voy buscando,
mi sombra me va siguiendo.


CXXXIV

Dos amantes se juraron
guardar por siempre un secreto;
y por guardarlo mejor,
dicen que ambos se murieron.


CXXXV

Lo que tuve ya se fue;
lo que tengo está perdido;
si lo que espero no llega,
¡pobre de ti, cuerpo mío!


CXXXVI

Es tanto lo que te quiero,
que hasta quiero tener penas,
si, cuando yo te las cuente,
te has de divertir con ellas.


CXXXVII

Allá arriba el sol brillante,
las estrellas allá arriba;
aquí abajo los reflejos
de lo que tan lejos brilla.

Allá lo que nunca acaba,
aquí lo que al fin termina;
¡y el hombre atado aquí abajo
mirando siempre hacia arriba!


CXXXVIII

Guárdate del agua mansa,
y guárdate de los hombres
que, sin conocerte a ti,
a todo el mundo conocen.


CXXXIX

Eres de lo ajeno avara,
y pródiga de lo tuyo,
cosas que no se comprenden
porque son cosas del mundo.


CXL

Caminando hacia la muerte
me encontré con tu querer,
y por morir más a gusto
seguí el camino con él.


CXLI

Hay víboras en la tierra,
manchas negras en el sol;
centellas hay en el cielo,
y envidia en el corazón.


CXLII

Todo hombre que viene al mundo
trae un letrero en la frente,
con letras de fuego escrito,
que dice: ¡reo de muerte!


CXLIII

Me mata poquito a poco
el querer que yo te tengo:
no te asustes, compañera,
pues por lo mismo te quiero.


CXLIV

Los que quedan en el puerto
cuando la nave se va,
dicen, al ver que se aleja:
¡quién sabe si volverá!

Y los que van en la nave
dicen, mirando hacia atrás:
¡Quién sabe, cuando volvamos,
si se habrán marchado ya!




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