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Paseando por Greenwich Village

F. Enrique
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Mensaje por F. Enrique el Dom 05 Mayo 2019, 17:43



Dylan un dinosaurio de un tiempo que no existe
y es nuestro propio tiempo; guerras y disparates.
(Para nadie)

   
Creo que ni siquiera me sitúo en un nivel medio entre aquellos que han escrito sobre Dylan o esos otros que lo han seguido con fervor; son horas de estudio o de devoción las que han podido lograr que todos ellos hayan conseguido una imagen aproximada de la realidad de un hombre acorralado por la memoria de un tiempo.

Pero yo soy poeta, ya sabes lo que me ha costado llegar a esta conclusión a la que tantos llegan, en estos días de comunicación vacía y pretenciosa, una vez han escrito siete poemas aunque entre ellos se les haya colado alguna cesta de la compra o un listín de direcciones perdidas, y eso significa que no persigo el rigor de aquel que se deja la piel en una tesis o en un trabajo de fin de grado. Este luchará para que, durante esos meses que atesora con avaricia la información, nadie le supere a la hora de conocer datos concretos y constatables que su agudeza y su esfuerzo arrebate a la verdad entre el tumulto confuso y engañoso que regurgitan los labios de la fama. Tratándose de Dylan enumerarán de corrido los nombres de sus amantes más duraderas e incluso elucubrarán sobre aquellas que pudieron haberlo sido y se basarán para ello en alguna presencia en público juntos, alguna cita, en alguna carta o en alguna canción de la que nunca haya querido su autor desvelar el nombre o la marca de la blusa y las medias que envolvían una declaración de amor que agitaba el espíritu y apartaba el deseo. No podemos pedir que sienta como cualquier hombre que pasa por la calle a un transeúnte aventajado de los cafés de Greenwich Village.

El poeta se suele llevar por el fulgor de los mitos o se detiene en puntos concretos que, aparentemente, no son demasiado atractivos para el interés general, pero encuentra belleza en ellos y piensa que tienen un hondo significado. Pero hay poetas, creo que me encuentro entre ellos, que empiezan por sacarle brillo a este resplandor  desordenado y, una vez llegado a un punto en el que parece que han logrado realizar bien su tarea,  estas importantes razones dejan de interesarle hasta cierto punto y empiezan un largo camino por la intermitencia para desentrañar, más por azar o intuición que por un trabajo minucioso, la fragilidad de las miserias de un poeta perdido que llora en los escombros la amargura de su propio esplendor, la hierba de su inmortalidad que le alejan de las elegías cotidianas de aquellos para los que canta y empiezan a narrar la historia del indomable que se esconde detrás de un apellido sometido por las garras de una leyenda que, quizás, no le pertenezca  desde el día en que las multitudes aprendieron a escribirlo en las paredes de un teatro equivocado mientras Judas se subía a un escenario que comprobaron que no era el de los sueños. Ahí empieza algo a lo que nunca se le acaba de encontrar los destellos y que podría romper los nervios a cualquiera en el caso de intentar hacer atrevidas conjeturas que penetraran en las venas de los otros. Podríamos rellenar muchas páginas en una farola que solo tiene luz cuando la invade la penumbra quejumbrosa y militante del verso herido de un Phil Ochs, a quien no se le ocurrió otra cosa, en plena Guerra Fría, que tomar el relevo de Woody Guhtrie y utilizar su arma para entregar en auditorios vacíos el alma de su tristeza, la presencia de su despedida cuando la poesía se rendía a la profunda inefabilidad de la música; era demasiado duro que fuera rojo e insobornable respecto al sostenimiento de sus reivindicaciones pero su vulnerabilidad vino dada por el hecho incuestionable de que era un poeta. Es como una historia de amor que ya no cree en los requiebros que se le dicen ni en el dios que nunca llegó a ser adolescente, en las palabras que se escriben en un diario abierto y están llenas de saltos e incoherencias emocionales, porque, por mucho que nos aferremos a nuestras ansias de conquista pasajera, llevan la fragancia marchita del convencimiento de que no van a ser creídas y, por lo tanto, esas cartas, sin manos que las sostengan, surgen en la noche del olvido para morir después en la alborada.





Así nos resolvemos, Laura, en la marejada de la inestabilidad que provoca la inseguridad en nuestros sentimientos. Hubo un tiempo en el que cualquier poema que te entregaba tenía para ti la esperanza sumisa del espliego, el olor libre y silvestre de la lavanda que no brota en los campos, tenía una fecha estigmatizada por la pesada madeja de la lejanía de lo que no vuelve y la sonrisa de cualquier palabra torpe e imprecisa te parecía entrañable cuando llegaba a tu pecho. Ahora todo parece inundado por el humo de las fábricas, la inconsistencia de la libertad para los pobres que tienen pan pero entregaron su opinión y puede que el pensamiento, todos los coches nos llevan a los vestíbulos de Wall Street donde se decide el número aproximado de muertos que se requieren para que pueda sostenerse el despilfarro de Occidente, cuántos rifles hay que colocar en el mercado para que no bajen las acciones de los cómplices que respaldan  el grito de la sangre cuando no corre por sus pasillos. Y, sin embargo, lucho, ¿contra qué? Nada me interesa más que lo que me es más cercano, tiene un juicio más consolidado y le importa más lo que siento. Ahí estás tú y lo invades todo de tal forma que aunque lo que escribo fuera aclamado por una minoría inmensa me sentiría triste si no lo sientes. ¿Por qué escribo como un proscrito, como Pasolini cuando se ponía la máscara de un ladrón? Conociendo nuestra trayectoria tengo que reconocer que yo mismo forjé las pesadumbres que arrastro. Sé que has sufrido más que yo; conociste mi infierno y te negué mi paraíso, que lo más razonable hubiera sido que me abandonaras en un árbol extraño que los cuervos hubieran desangrado. Pero, una vez decidiste no hacerlo por  debilidad, por el hambre de un futuro que nunca acabó de llegar y nunca fue nuestro o por tu corazón, ¿no crees que deberías portarte como si nunca hubieras tenido que redimir  a un loco que sonreía en la túnica morada de su encierro? Así se sentía Cristo cuando miraba la cruz que había hecho con sus manos para ladrones que no llevaban frac. Reconozco que no llevo los clavos del profeta pero siento en la mirada tus espinas.

(Conversaciones con Laura – 15 de agosto de 2018)
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Mensaje por Maria Lua el Lun 06 Mayo 2019, 19:33

Que bello trabajo, F. Enrique!
Sentimiento, poesía, humanidad...
Preciosos los videos.
Inmenso, Bob Dylan!
No conocía a Phil Ochs, gracias por
traerlo!
Un abrazo
Maria Lua


_________________


Paseando por Greenwich Village Lua333



Te encuentro
tus huellas son tatuajes en mi corazón
intensas e inmensas
como el vino de la pasión
y la rosa roja del amor
eternas y etereas
como los sortilegios de una Luna Creciente... 


Maria Lua




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Mensaje por F. Enrique el Vie 10 Mayo 2019, 15:17

!Qué soledad me vendrá a buscar
cuando me vaya¡
(Joan Manuel Serrat)

Pensé que me llamaron porque me había pasado en mi crítica radical a nuestra forma de morir con la cartera llena en estos días, pero fue para felicitarme. Luego, animado por la experiencia, colgué un poema que incidía sobre lo mismo y solo notaron que algunos versos eran muy largos, no me había dado cuenta hasta que me lo dijeron.

Creo que Dylan es, en la segunda parte del siglo XX, lo que Lorca fue en la primera. Phil Ochs compitió sin saberlo con Pasolini por el título de mejor poeta socio-político de la historia de la historia. No tenía la talla intelectual del italiano ni su diversidad temática. Alineadas ambos en la izquierda radical Pasolini intentaba someter los sentimientos a la razón con un tono desesperado, Phil Ochs, quizás anclado en el recuerdo de Pete Seeger y los hermosos brigadistas americanos, disparaba flores con un discurso desafiante entre los pétalos. Murieron sin saberlo con cinco meses de diferencia.

Gracias, Maria Lua. Tú siempre estás ahí.

Un abrazo.    

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