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Wallace Stevens

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Pedro Casas Serra
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Wallace Stevens

Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 28 Nov 2018, 15:30

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Wallace Stevens

Poeta norteamericano nacido en Reading, Pennsylvania, en 1879.
Hijo de un prestigioso abogado, tuvo acceso a una esmerada educación en Reading Boys' High School, en Harvard College, y posteriormente en New York Law School, donde se graduó como abogado en 1903.
Aunque algunos de sus mejores poemas están contenidos en "Harmonium" 1923, "Ideas de orden" 1935, "El hombre con la guitarra azul" 1937, y "Las auroras de otoño" 1950, sólo fue reconocido internacionalmente cuando publicó los "Poemas completos" en 1954.
En 1946 fue aclamado por el Instituto Nacional de Artes y Letras. Entre los galardones obtenidos merecen destacarse el Premio Bollingen 1950, y los premios Pulitzer y National Book Award en 1955.
Falleció, víctima de un cáncer en agosto de 1955.

***

Algunos poemas de Wallace Stevens de su obra Harmonium (Icaria Poesía, Barcelona 2002) traducción y notas de Julián Jiménez Heffernan:


DOMINACIÓN DEL NEGRO

De noche, junto al fuego,
los colores de los arbustos
y de las hojas muertas
repitiéndose
giraban en el cuarto
al igual que las hojas
que giraban al viento.
Sí: pero el color de las densas cicutas
llegó de repente.
Y me acordé del grito de los pavos reales.

El color de sus colas
era igual que las hojas
que giraban al viento,
al viento del crepúsculo.
Se deslizaron a través del cuarto,
mientras se desprendían de las ramas de las cicutas
hasta cubrir el suelo.

Oí el grito de los pavos reales.
¿Era un grito contra el crepúsculo
o contra esas mismas hojas
que giraban al viento,
girando como las llamas
giraban en el fuego,
girando como las colas de los pavos reales
giraban en el ruidoso fuego,
ruidoso como las cicutas
rebosantes del grito de los pavos reales?

A través de la ventana
vi congregarse a los planetas
al igual que las hojas
que giraban al viento.
Vi llegar la noche,
llegar de repente como el color de las densas cicutas.
Sentí miedo.
Y me acordé del grito de los pavos reales.

(Stevens explica en 1928: “Lamento que un poema de este tipo deba contener ideas, ya que su único propósito es llenar la mente con las imágenes y sonidos que contiene, Una mente que examine el poema en busca de los contenidos de su prosa no obtendrá absolutamente nada. Se te pide que obtengas cielos llenos de colores y llenos de sonidos, y se te pide que sientas como sentirúas como si realmente obtuvieses todo eso” (Letters of Wallace Stevens, 251). Harold Bloom ha vuelto con asiduidad a este poema, quizás una de las piezas más inquietantes y perfectas de Stevens. Nos dice: “Un poema comienza porque existe una ausencia. Debe darse una imagen para que haya un comienzo, y por lo tanto dicha ausencia es irónicamente denominada presencia. O un poema comienza porque existe una presencia demasiado fuerte, la cual debe imaginarse como una ausencia si es que quiere producirse una imaginación de algún tipo” (Bloom 1976: 375). Aquí la presencia es tanto la amenaza animal del poema como la potente dicción de precursores (Spenser, Wordsworth, Shelley, Whitman, Yeats) enredada en la declinación fatal de las hojas.)


LE MONOCLE DE MON ONCLE

“Oh madre de los cielos y reina de las nubes,
oh gran centro del sol, corona de la luna,
no existe nada, nada, no existe nada como
los márgenes en pugna de voces homicidas.”
Me burlé de este modo con excelsa grandeza.
¿O acaso me burlaba tan solo de mí mismo?
Me agradaría ser una piedra pensante.
Un mar de pensamiento espumoso le entrega
la burbuja radiante que ella siempre había sido.
Y un profundo derrame de un pozo más salado
hizo estallar en mí sus sílabas acuosas.

Un ave roja vuela sobre el cielo dorado.
No es más que un ave roja en busca de su coro
entre coros de viento y de lluvias y de alas.
Dejará caer torrentes culminando su hallazgo.
¿Deboacaso alisar este objeto arrugado?
Soy un hombre pudiente que saluda herederos;
de este modo saludo también la primavera:
coros de bienvenida solemnizan mi marcha.
Ninguna primavera cruzará el meridiano.
Iunsistes, sin embargo, con dicha pasajera,
en hacernos creer la connaissance astral.

¿Nada movía entonces a esos chinos ancianos
a sentarse y asearse en lagos de montaña
o a mesarse en el yangstee, kentamente sus barbas?
No tocaré esta rota histórica escala.
Sabes que las bellezas de Utamaro buscaron
en sus parlantes trenzas los fines del amor.
Conoces los peinados montañosos de Bath.
Y los barbados, ay, ¿han existido en vano?
¿No sobrevive un rizo en la naturaleza?
¿Por qué, inmisericorde con estos fantasmas
te acercas desde el suelo con el pelo chorreante?

Este impecable y rico fruto de la vida
parece desprenderse por su peso a la tierra.
Cuando tú eras Eva, el jugo acre era dulce,
tan ignoto en su aire celestial y de huerto.
Una manzana vale como una calavera
para tornarse en libro de una sola lectura,
y es igual de excelente: su sustancia es aquello
que, como calavera, se pudrirá en la tierra.
Mas la supera al ser la fruta del amor,
pues se convierte en libro demasiado demente
para ser leído antes de lecturas ociosas.

Lejos en el oeste arde un astro furioso.
Un astro colocado para chicos ardientes
y vírgenes cercanas de agradables aromas.
La fuerza del amor precisa una medida
que es medida, también, del brío de la tierra.
El chispazo fugaz que traza una luciérnaga
marca tedioso el tiempo de otro año que se va.
Y tú, recuerda cómo los grillos acudían
desde su hierba madre, cual pequeña familia,
en las pálidas noches en las que tus imágenes
presintieron tus lazos estrechos con el polvo.

Si al cumplir los cuarenta los hombres pintan lagos
los azules efímeros habrían de fundirse
en un azul pizarra, el tono universal.
Hay en nosotros una sustancia que se impone.
Mas cuando amamos pueden los seductores ver
fluctuaciones tan raudas que escapan a una pluma
afamada en fijar tan caprichosos giros.
Cuando los seductores pierden todo su pelo
los amores se encogen al alcance y programa
de exiliados que, ausentes, dictan su conferencia.
Se trata de un asunto reservado a Jacinto.

Esas mulas que montan los ángeles descienden
por pasos encendidos aún más allá del sol.
Cristalinos descensos llegan de sus campanas.
Estos muleros hacen con primor su camino.
Entretanto, jocosos centuriones golpean
sus garras con estruendo chillón sobre las mesas.
Esta parábola tiene, en suma, este sentido:
la miel del cielo puede llegar o no llegar.
Pero la tierra llega y huye a la vez.
Suponed que estos guías trajesen en sus recuas
a una joven realzada por una eterna flor.

Como un sabio aburrido, contemplo, enamorado,
un aspecto olvidado sobre una mente nueva.
Llega y florece, da su fruto, luego muere.
Este tropo trivial revela una verdad.
La flor ya se pasó. Solo somos la fruta.
Dos melones dorados hinchados en sus viñas,
hacia el aire otoñal, salpicados de escarcha,
deformes, sanos, gruesos, levemente grotescos.
Colgamos estrujados, con arrugas y vetas.
Entre risas el cielo verá cómo las lluvias
podridas del invierno nos rompen en cortezas.

En versos delirantes, agitados, ruidosos,
enervados con gritos y choques, presurosos,
fatales como ideas de hombres que ejecutan
su destino en la guerra, venid y celebrad
la fede esos cuarenta, pupilo de Cupido.
Corazón venerable, el concepto más sano
no lo es lo suficiente para tu ensanchamiento.
Yo te interrogo todo, sonidos, pensamientos,
y así podrán canciones de dignos paladines
celebrar la oblación. ¿Mas dónde  encontraré
bravura que se ajuste a un himno tan grandioso?

Fantasiosos idiotas dejan en sus poemas
memoriales dispersos de sus místicos chorros
y riegan sin aviso sus tierras arenosas.
Tengo tierras. No soy más que un hombre de campo.
No conozco los árboles mágicos, ni las ramas
balsámicas, ni frutas doradas, rubicundas.
Conozco, sin embargo, un árbol que presenta
semejanzas con algo que habita en mi mente.
Se yergue gigantesco, con una cierta punta
a la que siempre acuden oportunas las aves.
Pero, al irse, la punta inclina aún más el árbol.

Si el sexo fuese todo, cualquier mano tremante
nos haría chillar las palabras deseadas.
Fijaos en la traición inmensa del destino,
que nos hace llorar, reír, gruñir gritar
tristes actos heroicos, arrancándonos gestos
de placer y locura, sin pensar en la ley
más insigne y primera. ¡O momentos de angustia!
Anoche nos sentamos junto a una charca rosa
navegada por lirios que surcaban el brillo,
cortantes como estrellas, y entretanto una rana
bramaba con su vientre detestables acordes.

Una paloma azul gira en el cielo azul
con alas inclinadas, da vueltas y más vueltas.
Una paloma blanca aletea hacia el suelo,
cansada de volar. Cual oscuro rabino
estudiaba de joven con mirada arrogante
la condición humana. Y descubrí que el hombre
no era más que un pedazo en mi mundo troceado.
Cual rosado rabino, luego quise encontrar,
aún lo intento, el origen y rumbos del amor.
Pero hasta ahora nunca comprendí que unas cosas
que aletean pudieran dar sombras tan distintas.

(Stevens juega mucho con títulos en francés. Ello refleja tanto un gusto de época (recuérdese la francofonía poética de Eliot) como una cierta pasión latinizante y arqueológica. Le atraían las sonoridades de esta lengua romance, arcaica y moderna, y sus etimologías, falsas o reales. Como apunta Lentricchia (1988, 27) Stevens sentía fascinación -como Heidegger- por las etimologías. Sobre este poema escribió Stevens en 1928: “El título significa obviamente el monóculo de mi tío, o sencillamente cierto punto de vista. La selección de los términos es ciertamente intencional, aunque estos términos no son un ejemplo de márgenes en pugna. Además de la excitación de los sonidos suaves, está también la excitación, la provocación insistente de la extraña cacofonía de las palabras (…) Según recuerdo, la madre de los cielos era sencillamente el objeto de ciega invocación, y la referencia no es simbólica (…) Solo tenía en mente un hombre bien entrado en años, que mira hacia atrás y que habla, de manera más o menos personal, sobre la vida.” (Letters… 250). Sobre la séptima estrofa escribió en 1944: “El problema con la idea del cielo es que se trata meramente de una idea de la tierra” (Letters… 464).


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Pedro Casas Serra
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Re: Wallace Stevens

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 29 Nov 2018, 10:43

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Mas poemas de Wallace Stevens de su obra Harmonium (Icaria Poesía, Barcelona 2002) traducción y notas de Julián Jiménez Heffernan:


CY EST POUR TRAICTE, MADAME STE URSULE
ET LES UNZE MILLE VIERGES

Úrsula encontró en un jardín
un arriate de rábanos.
Se arrodilló sobre la tierra
y los tomó,
rodeados de flores,
azules, rosas, verdes y doradas.

Vestía un brocado dorado y rojo
e hizo su ofrenda en la hierba
de rábanos y de flores.

Dijo, “Querido,
en tus altares
he puesto
marguerite y coquelicot
y rosas
frágiles como nieve de abril;
pero aquí,” añadió,
“sin que nadie lo vea
te hago una ofrenda en la hierba
de rábanos y de flores”.
Y luego se echó a llorar
temiendo que el Señor no la aceptase.
El Señor buscaba en su jardín
renovadas hojas, tintes sombríos,
y solo en eso pensaba,
Escuchó su humilde concesión,
entre rezo y poema,
y sintió un suave estremecimiento,
que no era ni amor celestial
ni piedad.

Esto no está escrito
en ningún libro.

(Kermode (1960: 29) y Fisher (1990: 6) han subrayado el carácter pictórico, pre-rafaelita de este poema. Kermode destaca asimismo su ironía muy al estilo de Laforgue. Kessler (1972: 177) recuerda que Stevens emplea el colorido de la leyenda medieval del martirio de las once mil vírgenes a manos de los paganos. Burney (1963: 42) relaciona a santa Úrsula con Freya, diosa nórdica de la belleza y el amor, que daba la bienvenida a las almas de las doncellas muertas, conocida en Suecia como Old Urschel.)


FABLIAU DE FLORIDA

Barca de fósforo
en la playa con las palmeras,

sal hacia el cielo
hacia los alabastros
y los azules nocturnos.

Espuma y nube se confunden.
Seductores monstruos lunares
se disuelven.

Llena tu negro casco
de luz blanca de luna.

No cesará jamás
este rumor de olas que se rompen.

(Poema entre los favoritos de Stevens. A su traductor al francés le recuerda en 1939: “No es el sentido del poema lo que cuenta, ya que realmente no tiene demasiado sentido; es la sensación de las palabras y la reacción y las imágenes que las palabras crean (Letters… 341)).


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Re: Wallace Stevens

Mensaje por Maria Lua el Jue 29 Nov 2018, 11:48

Gracias, Pedro, por los poemas y la biografia de

Wallace Stevens.

No lo conocía...

Abrazos

Maria Lua


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Te encuentro
tus huellas son tatuajes en mi corazón
intensas e inmensas
como el vino de la pasión
y la rosa roja del amor
eternas y etereas
como los sortilegios de una Luna Creciente...


Maria Lua
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Pedro Casas Serra
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Re: Wallace Stevens

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 29 Nov 2018, 14:45

La verdad es que yo tampoco lo conocía más que de nombre, María. Encontré el libro en la biblioteca y me parecío su poesía muy original, aunque la parte sonora, que por lo visto es muy importante en él, se pierda en la traducció. Es una poesía cargada de intertextualidad, con muchas referencias a otros autores y poesías, principalmente ingleses y franceses, que los comentarios a los poemas que acompañan la obra ayudan a conocer. Gracias por tu interés.

Un abrazo.
Pedro


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Re: Wallace Stevens

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 29 Nov 2018, 15:17

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Otro poema de Wallace Stevens de su obra Harmonium (Icaria Poesía, Barcelona 2002) traducción y notas de Julián Jiménez Heffernan:


HOMUNCULUS ET LA BELLE ÉTOILE

En el mar, Bizcaíno, se acicala
la joven esmeralda, estrella vespertina,
faro de los borrachos, los poetas, las viudas,
luz para las señoras a punto de casarse.

Bajo esta luz salados peces
se arquean sobre el mar como ramas de árboles,
avanzando en diversas direcciones
hacia arriba y hacia abajo.

Esta luz dirige
los pensamientos de borrachos, las emociones
de viudas y de damas temblorosas,
los movimientos de los peces.

Su existencia es tan dulce
que esta esmeralda enamora a los filósofos
y los hace abandonarse tiernamente esperando
bailar sus corazones en la luz de la luna,

sabiendo que podrán nuevamente pensar
en una noche que habrá de silenciarse,
meditando sobre esto y aquello
antes de concluir el sueño.

Mejor será que como sabios que son
se concentren más bien en sus mangas bordadas
o en mantos voluminosos
y se rapen sus cabezas y cuerpos.

Muy bien pudiera ser que su amante
no sea una demacrada fantasma fugitiva.
Puede que sea, después de todo, una viciosa
abundantemente hermosa, ansiosa,

fecunda,
de la cual, a la luz de los astros y en la costa,
el más íntimo secreto de su busca
se revele en el más simple idioma.

Se trata, por lo tanto, de un buen faro
para quienes dominan a Platón
calmando con esta joya
los tormentos del caos.

(Fisher identifica la belle étoile con la diosa Venus, al tiempo que conecta el poema con otro de Blake, “To the Evening Star”. Cook (1988: 68)relaciona el título con el capítulo I, II de Tristam Shandy, de Laurence Sterne, en el cual se alude al homunculus o embrión humano. Sobre este poema dijo Stevens en 1936: “Mi recuerdo del poema es que no posee una teoría definida, se trata meramente del enunciado de una impresión: una versión del lugar del hombre en la naturaleza (…) Fue escrito en Miami cuando Miami todavía era una ciudad muy distinta a lo que es ahora (…) Había olvidado lo relativo al Platón final y los tormentos del caos. Sobre eso trata precisamente el poema, y significa que hay un centro para cada estado de confusión. Varios de estos estados se describen en los versos previos del poema. Este parece haber sido un temprano poema de orden” (Letters… 305-306).

*

Dejo otra versión del mismo poema debida a Elilzabeth Azcona Cranwell a fin de que se observen las diferencias entre las dos traducciones, normales cuando se traduce de una lengua -la inglesa- que no es de la misma raíz que el castellano -la lengua a la que se traduce. Si la poesía ya es hermética la traducción aún aumenta esta característica. Todo ello sin tener en cuenta que la mitad del poema -su sonoridad original- se pierde en la traducción. A pesar de todo, la poesía de Stevens resiste la traducción debido a su calidad y cualidad sugeridora.

HOMUNCULOS ET LA BELLE ÉTOILE

En el mar de Vizcaya se adorna
la joven esmeralda, estrella de la tarde,
buena luz para los ebrios, las viudas, los poetas
y las damas próximas a casarse.
Por esta luz los peces salobres
se arquean en el mar como ramas de árboles,
mezclando muchos rumbos
hacia arriba, hacia abajo.
Qué plácida resulta una existencia
en la que esta esmeralda encanta a los filósofos,
hasta que negligentemente se inclinan
a bañar sus corazones en una luna tardía.
Sabiendo que pueden traer de vuelta el pensamiento
en la noche que ha de ser aún silenciosa,
reflejando esto o aquello,
antes del sueño.
Aun mejor será si, como escolares,
ellos piensan fuertemente en los puños oscuros
de capas voluminosas,
y se afeitan el cuerpo y la cabeza.
Puede bien ser que sus amantes
no sean flacos fantasmas huidizos.
Pueden después de todo ser frívolas,
fecundas,
exuberantemente bellas, ansiosas,
desde cuyo estar bajo las estrellas, en la margen del mar,
el íntimo bien de sus búsquedas
se vuelque en las más simples frases.
Es una buena luz, entonces,
para aquellos que conocen el Platón último,
tranquilizando con esta joya
los tormentos de la confusión.


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Re: Wallace Stevens

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 30 Nov 2018, 15:34

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Dos poemas de Wallace Stevens de su obra Harmonium (Icaria Poesía, Barcelona 2002) traducción y notas de Julián Jiménez Heffernan:


ANÉCDOTA DE LAS CAÑAS

Son inmensas las cañas en los sueños de
X, el fuerte hombre, el fuerte pensamiento.
Inundan la terraza de su capitolio.

Su pensamiento no duerme. Un pensamiento
que no logra dormir puede que nunca encuentre
otro pensamiento, otra cosa… Amanece…

X pasea por piedras cubiertas de rocío,
observa con mirada cautiva las cañas.
Observa para luego no dejar de observar.

(Stevens explica en 1944: “Anécdota de las cañas es el tipo de poema que se forma solo en la mente de uno. Una tarde estaba paseando por las terrazas del Capitolio en Washington. En el instante adecuado, éstas resultan suficientemente irreales, pero entonces se volvieron completamente irreales y todo se tornó en una especie de sonambulismo. Pero uno nunca piensa realmente en sueños, o no piensa de manera clara, y ese pensamiento puso fin al sonambulismo. Amanece marca sencillamente el retorno a la realidad” (Letters… 464).


ANÉCDOTA DEL TARRO

Coloqué un tarro en Tennessee,
redondo estaba sobre un cerro.
Hizo que el sórdido desierto
rodease el cerro.

El desierto se irguió hacia él,
se tumbó en torno, dominado.
Redondo estaba sobre el suelo,
alto y esbelto al aire.

Fue dominando en todas parte.
El tarro era grisáceo y liso.
No permitió ni ave ni arbusto,
nada había igual en Tennessee.

(Vendler (1984: 45-46) ve en el poema una reescritura paródica de la “Oda a una urna griega” de John Keats, La anécdota sería, así, un lamento irónico sobre la imposibilidad de escribir poesía lírica en un país desprovisto de ruinas monumentales, habitado solo por desiertos y tarros menores. Desde Washington Irving a William James se escucha la queja sobre la pobreza del escenario americano. Stevens propondría en este poema una reconciliación no solo con la austeridad de un paisaje escaso de ornamentos sino también con la dicción llana americana, un idioma que (a juicio de Marianne Moore) “puedan leer los perros y los gatos”. French Morse (1970: 94) recuerda la relación amor-odio de Stevens hacia los paisajes de Tennessee. Este autor insiste en la necesidad de anclar los poemas en sus referencias geográficas, subrayando así la gravitación poética de los lugares de la que habla Stevens en el poema Anécdota de los hombres a miles”. Dice Stevens en un proverbio: “la vida es cuestión de gente, no de lugares, y ése es el problema” (Adagia, 20). George Steiner (1989: 162) considera este poema como un momento focal en la literatura y el pensamiento modernos, y destaca la presencia de una contra-gramática en los versos, visible en la casi imposible sintaxis que convina “give” con “nothing else”.)


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Re: Wallace Stevens

Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 01 Dic 2018, 10:53

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Dos poemas de Wallace Stevens de su obra Harmonium (Icaria Poesía, Barcelona 2002) traducción y notas de Julián Jiménez Heffernan:


CORTEJO PARA ROSENBLOOM

Ya está muerto el sardónico Rosenbloom
y sus remilgados portadores pisan,
sobre cien piernas, el camino
del muerto.
Rosenbloom está muerto.

Llevan este cuerpo marchito
del color del cuerno
a la colina sombría
marchando al unísono
en honor del muerto.

Rosenbloom está muerto.
El paso de los portadores no se cdetiene
sobre la colina, sino que gira
hacia el cielo.
Llevan su cuerpo hacia el cielo.

Son los niños de los misántropos
y los niños de la nada
los que recorren
las rampas de madera
para el ascensor del muerto.

Llevan turbantes
y botas de piel
mientras pisan los tablones
en una región de escarcha,
contemplando la escarcha;

hacia el chirrido de los gongs
y la cháchara de los gritos
y el denso repiqueteo
del camino interminable
que caminan;

Hacia un estruendo de muerte
y un revoltijo de palabras
del intenso poema
de la más estricta prosa
de Rosenbloom.

Y allí lo entierran,
en cuerpo y alma,
en algún lugar del cielo.
¡Lamentable camino!
Rosenbloom está muerto.

(Como sucediera en el “Emperador de los helados”, Stevens parece parodiar la pompa excesiva y el decoro de ciertas ceremonias funerales. Stevens argumentaba en 1921: “Desde tiempos inmemoriales los filósofos y otros pintores de escenas han manchado el cielo con pintura deslumbrante. Pero al final todo se reduce a los seis pies proverbiales de la tierra. Tanto vale esto para Rosenbloom como para Alcibíades. ¿Por qué no llenar el cielo de escaleras y andamios y avanzar como realistas genuinos (Letters… 222).


A LA MÚSICA IMAGINADA

Madre y hermana y más divino amor
de la hermandad de las muertas vivas,
la más limpia y cercana y florecida,
la más querida de las madres puras,
y reina y día del más divino amor,
llama y estío y dulce fuego, no hay
hilos de plata oscura que rocíen
su veneno de fama en tu vestido,
no hay corona más simple que tu pelo.

De la música invocada por el parto
que nos distancia del viento y de la mar,
sin alejarnos, hasta que la tierra
de tanto compartir nuestra sustancia
se torna en burda efigie y simulacro,
ninguna incita perfección más calmando
que la tuya, labrada en nuestro yerro,
la más extraña, o de aire más cercano
en el rico tejido que te adorna.

Pues tanto aman los hombres conservarse
que su música más álgida proclama
lo cercano y claro, la limpia flor,
y de noches gastadas en lo oscuro,
la más sutil es la que mira y nombra,
como en tu nombre, una imagen segura,
entre las puras especias de este sol,
oh rama, arbusto, viña perfumada,
en la que consentimos emerger.

Pero no siempre, que no siempre estemos
ni demasiado claros ni cercanos,
salvo para dotar nuestra invención
con esa discrepancia de que brota
la distancia de piedad divina.
Para ello, músico, pon en tu cinto
otros perfumes. Porta en tu cabeza
pálida una cinta entrelazada
engastada con fatales piedras.
Irreal, devuélvenos lo que nos diste:
la imaginación rehusada que ansiamos.

(El poeta explica en 1928: “No solo los niños viven en un mundo de la imaginación. Todos lo hacemos. Pero tras vivir allí con la intensidad que un poeta lo hace, el deseo de retornar al mundo de la vida diaria se vuelve tan fuerte que uno se retira del mundo imaginativo de una manera radical y definitiva. Otra manera de decir esto es que, tras escribir un poema, es bueno darse una vuelta por la manzana; tras demasiada medianoche, es bueno escuchar al lechero, y sin embargo y aquí está el sentido del poema, el mundo imaginativo es, después de todo, el único mundo real. Resulta sorprendente haber dicho esto. Por favor, destruya estas notas. No me import que diga lo que yo he dicho aquí. Pero no quiero que me cite. No más explicaciones”.)


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Re: Wallace Stevens

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 02 Dic 2018, 14:44

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Dos poemas de Wallace Stevens de su obra Harmonium (Icaria Poesía, Barcelona 2002) traducción y notas de Julián Jiménez Heffernan:


LA MUERTE DE UN SOLDADO

La vida se contrae y se espera a la muerte,
como en una estación de otoño.
El soldado cae.

No se convierte en un personaje de tres días,
imponiendo su separación,
pidiendo ceremonia.

La muerte es absoluta, sin conmemoración,
como en una estación de otoño,
cuando cesa el viento,

cuando cesa el viento, y, sobre los cielos,
las nubes, sin embargo,
siguen su camino.

(En el verano de 1917, Stevens leyó Lettres d’un soldat, las cartas de un joven pintor, Eugene Lemercier, que murió en 1915 durante la primera guerra mundial. Como explica Longenbach  (1991: 53-65), esta lectura ayudó a configurar la sensibilidad del poeta hacia el fenómeno devastador de la guerra europea. Consecuencia inmediata de la lectura fue la composición de un pequeño cielo de poemas titulado “Lettres d’un soldat” que Stevens publica en la revista Poetry en mayo de 1918. Algunos de ellos, como “Las sorpresas del superhumano”, “Negación”, “Paráfrasis lunar” y “La muerte de un soldado” pasaron luego a formar parte de la segunda edición de Harmonium, de 1931. Otros se recogieron en su obra póstuma , “La muerte de un soldado”, cuyo título original era “La vida se contrae y se espera a la muerte”, es sin duda el poema de guerra má explícito de un poeta poco dado a literatura ostensiblemente éngagé, y frecuentemente acusado de escapismo.


ANATOMÍA DE LA MONOTONÍA

I

Si nosotros vinimos de la tierra
era una tierra que nos transportó
como parte de todas esas cosas
que ella engendra. Y eso era más lasciuvo.
Nuestra naturaleza es la suya.
Envejecemos por naturaleza,
y así también la tierra. E imitamos
la muerte de esta madre. Que camina
un otoño más amplio que ese viento
que grita por nosotros y más frio
que la escarcha que muerde nuestras almas
al final del verano. Que contempla
sobre los vacíos de nuestros cielos
un cielo aún más vacío que no cede.

II

Desnudo avanza el cuerpo bajo el sol
y, tierno o entristecido, reconforta
este sol, y así acuden otros cuerpos,
copiando nuestro plan y fantasía,
y versadoen versátiles mociones
en sonidos y tactos que despiertan
en el cuerpo codicias de un deseo
de las cuerdas más finas e implacables.
Que así sea. No obstante, esos espacios
tan profundos, tan vastos y esa luz
en los que el cuerpo avanza equivocado
se desprenden pausados de ese cielo
más vacío y fatal. Y todo esto
el alma lo percibe dolorida.

(Como recoge Bloom (1976: 88-90) este poema, incluido en la segunda edición de Harmonium, representa el intento de Stevens de comenzar de nuevo su andadura creativa, tras una larga sequía de seis años, desde 1923 hasta 1930. El crítico americano evoca asimismo una frase de Nietzsche que puede iluminar el poema: “¿y si la Aufhebung fuese la madre cristiana?”.)


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