Aires de Libertad

www.airesdelibertad.com

Leer, responder, comentar, asegura la integridad del espacio que compartes, gracias por elegirnos y participar

Nuevo Usuario

Foro Aires de Libertad le da la bienvenida a:

Estadísticas

Nuestros miembros han publicado un total de 739524 mensajes en 37802 argumentos.

Tenemos 1316 miembros registrados.

El último usuario registrado es milnead.

Clik Boton derecho y elige abrir en pestaña nueva- DICC. R.A.E

¿Quién está en línea?

En total hay 21 usuarios en línea: 4 Registrados, 1 Ocultos y 16 Invitados :: 2 Motores de búsqueda

Carlos Justino Caballero, Chambonnet Gallardo, F. Enrique, Maria Lua


La mayor cantidad de usuarios en línea fue 92 el Mar 16 Mayo 2017, 23:10.

Junio 2018

LunMarMiérJueVieSábDom
    123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930 

Calendario Calendario

Conectarse

Recuperar mi contraseña

Galería


UN CLICK AYUDA AL FORO EN LOS MOTORES DE BÚSQUEDA



Flujo RSS


Yahoo! 
MSN 
AOL 
Netvibes 
Bloglines 

Cecilia

Comparte
avatar
F. Enrique

Cantidad de envíos : 2296
Fecha de inscripción : 14/11/2012
Edad : 59
Localización : Ceuta

Cecilia

Mensaje por F. Enrique el Dom 31 Dic 2017, 05:46

I

Con los ojos en paz



Si yo me llamara profeta,
poeta de causas perdidas,
Cantor de tristezas
Cantor de alegrías,
¿Cómo serían mis versos?
Si cada verso que escribo está muerto.

(Eva Sobredo)


     
De adolescente uno suele ser muy impresionable y recordando piensa en la mañana de agosto que se enteró de la muerte en un accidente de tráfico de aquella que le mostró un nihilismo tierno e irreverente en el Siete Colinas  con su "Nada de nada", ahí me enganchó, podía ser el año 1973 y la música ya no sería la misma para mí; era necesario forjar buenas canciones a partir de la letra.

Paseaba en un día luminoso de agosto por la Carretera Nueva, el taró nos había dado tregua aquel año, me sentí como si mi adolescencia se esfumara y fuera consciente, de una vez por todas, de que el hombre había pisado la Luna blanca de la mañana. Apenas reflexioné sobre la muerte, disimulé como pude que tuviera los ojos empañados, mirando hacia la playa donde me arrojé a los brazos de los Beatles unos dos meses antes, y donde seguía sonando en mi vida, asocié a esos artistas inmensos con la equilibrista que resbaló y, como siempre, había quitado la red. Yo no sabía entonces que uno de los primeros y desafortunados intentos por asomar la cabeza de Cecilia instaba a los de Liverpool a que volvieran a unirse.

Esta canción no la escuché hasta 1995, me la aconsejó una amiga que estaba mejor relacionada que yo con la contracultura quizás un poco afectada con guiños a un orgullo nada real de sentirse diferente. Yo pensaba que debía tenerla, pero no, la cassette que compré en un mercadillo en Toledo en 1980 no era el antológico Cecilia 2, sino una recopilación en la que brillaba la presencia de canciones de este disco.    

Vamos a prestar atención a lo que dice, podría decirlo cualquiera que tenga un poco de sensibilidad, cualquiera que se arrojara en los brazos de sí mismo sin ningún miramiento; hay buena gente tan mala que nunca lo hace por miedo a que se rompan los espejos de su respetabilidad. ¿Y si Dios existiera y no fuera bueno, y anduviera siempre preocupado por su propia eternidad porque no la comprende?  

Cecilia era grande, Evangelina una exiliada voluntaria, no le gustaba ese nombre con tantos guiños a la religiosidad más estirada y solemne, pero tomó su hipocorístico, idéntico al primer nombre de mujer para firmar sus canciones. Aquí estamos viajando dulcemente al dolor de sabernos perdidos y admitiéndolo; perdimos algo muy grande cerca de Benavente y es probable que fuera dormida y no pudiera recurrir a la ironía de la vida que le arrebataban los hados en su mejor momento creativo, la noche, y una carreta sin luces, nos privó de seguir escuchando canciones inolvidables.
II

El día que cayó la equilibrista

Cecilia - El día que cayó la equilibrista.




Déjame escapar de esa realidad que quema y no se aparta
de aquel día luminoso que se vistió de gris,
de aquellos ojos que derramaron una lágrima,
de la tristeza que se agolpaba en los muros,
decían los periódicos que una equilibrista cayó al vacío
y no volvió
a intentar el más difícil todavía.

Tendría que haberla amado aunque no me dejara
ni me conociera,
que haber llorado por una canción confusa,
despertado en una voz hiriente que sufría,
olvidado el sentimiento sin tregua de la muerte.

(El día que cayó la equilibrista - Canción de amor de Alexander Newquarter)

Cecilia como todas las personas importantes a las que no quería parecerse tenía varios nombres, pero, como Pessoa,  solo tuvo cuatro o cinco heterónimos bien perfilados, artísticamente definidos, con una disparidad de pensamiento y de sentimiento  tal que habían configurado unas marcadas diferencias de carácter en la misma persona. La mayoría de la gente solo tiene uno o dos nombres y no los suele soportar aunque los defiendan con un orgullo ciego cuando se sienten atacados por cualquier trivialidad, lo que nos da la medida de su egocentrismo, de su amor propio como diría mi madre y corroboraría mi abuela.

No tuvo tiempo de matar, como deseaba fervientemente, por culpa de un estúpido accidente de tráfico,  a la niña que se llamaba Evangelina Sobredo  y creía en un Dios severo al que rezaba cada noche antes de cerrar los ojos con más miedo que devoción, con más desconfianza por su omnipotencia que respeto venerable por su mirada comprensiva e indulgente. Pero como reconoce en “Cuando era pequeña” pudo ser feliz a pesar de la oposición de Dios y las costumbres incompatibles con las ansias de libertad de su espíritu independiente.

Pero mantuvo gustosa a la Eva que firmaba sus canciones y tenía el mismo apellido que la niña que se entregó a Cristo cuando hizo la comunión, aquella que dominaba el inglés a consecuencia de viajar constantemente por el mundo a causa del oficio de su padre; compuso y cantó varias canciones en este idioma, particularmente pienso que se encuentran entre lo menos brillante de su autora, su primer álbum habría sido mejor si todas las canciones hubieran sido cantadas en castellano.

La mayoría de los españoles recuerda a la hija de diplomático por una canción agradable y tierna que, desde mi rincón, poco dado a rendirle culto a la seriedad solemne de la clase acomodada de la España provinciana de aquellos días, no alcanza a ver, ni de lejos, la excelencia de sus mejores canciones, a pesar de ser una canción notable.

Un ramito de violetas no tiene la profundidad terrible de la apología del suicidio consentido, como diría Manuel Machado “que la vida se dé la pena de matarme”  ante la constatación de que las personas sensibles apenas pueden hablar con el ruido de la vida cotidiana ya que apenas quedan sentimentales para compartir las emociones  en "Si no fuera porque", la melancolía de un examen de conciencia exigente de "Con los ojos en paz" en la que pone en duda el trágico destino de la  moral del poeta cuando se pliega a la vulgaridad y los halagos sustentados en las buenas costumbres  o la tristeza nostálgica ante la muerte de un amor porque la evolución vital de los amantes les ha convertido en dos desconocidos de "Tuvimos algo tan bello", en fin, el nihilismo rebelde, delicado y sentimental de "Nada de nada". Ésta última fue la primera canción que escuché de Cecilia, fue en el Siete Colinas y era dentro de un documental que durante media hora repasaba el panorama musical de la música española del momento, llamada ligera con poca consideración. Había excelentes canciones, pero ninguna me gustó tanto como la de Cecilia, nombre que adoptó como homenaje a Simon y Garfunkel.

Pero tiene, apenas compuso canciones de las que no se pueda destacar algo, la rebeldía paradójica de quien acepta interpretar su papel en la vida, mientras roba a ratos perdidos la oportunidad de soñar que le ha puesto delante de los ojos un destino anónimo que se acuerda de los tiernos que llevarán a la fosa sus costumbres sostenidas por un entorno asfixiante  que se opone a la alegría.

Quizás nadie advierte al hablar de esta canción que se sustenta en una infidelidad de pensamiento, casi de igual calado a la que atormenta a Joyce cuando resucita el recuerdo de  los muertos y habla de la persistencia emocional de un poeta adolescente para oponerla a la rutina de una sociedad tradicionalista  marcada por el Catolicismo más riguroso y la dominación británica.
III

Soldadito de plomo


A José María Aznar, ya sé que él hubiera preferido que Mambrú se fuera a la guerra mientras recordaba que abría las ventanas cara al sol; la juventud no ha vuelto y la guerra permanece como una solución que acaba siendo el peor problema, el más trágico de los acontecimientos, el más innoble de todos los conflictos al que se enfrenta la moral.

***

Cuando Cecilia publicó su mejor disco[i], José María solo tenía 20 años y probablemente no jugaba al squash ni al pádel, no desayunaba con su novia en una terraza de la Plaza Mayor y con toda seguridad no compartía ni juegos ni aficiones con su Eva en un Paraíso de un área residencial de alto standing en las afueras del centro de Madrid, ni podía pensar que cumpliría un sueño como los personajes de las Hazañas bélicas que, sin duda, devoraría de adolescente para hacer más llevadero el ardor que sentía en el horno del verano de Madrid.
Adoraría, sin duda, como Esperanza Aguirre, a los americanos que habían alquilado un canal en Panamá, ejercían un usufructo terrible, dantesco y empapado con napalm en el país de las mujeres hermosas y usaban todas las triquiñuelas que podían para que los cubanos pasaran hambre con el objetivo de derrocar a un Fidel que seguramente, como sus familiares y sus amigos próximos, comía, al menos, tres veces todos los días.
Soldadito de plomo aparecería en “Canciones inéditas”, cuatro años después de la muerte de la cantante, es un disco impresionante que no pudo terminar, aun así nos dejó en su rastro las suficientes pistas para que pensemos que su sensibilidad seguía abierta a los problemas que afectaban a su propia persona, al país en el que vivía, y el mundo al que todos pertenecemos. Un trabajo que quizás no estaba orientado para un solo álbum, dada una excesiva diversidad temática, y que con solo dos o tres semanas más de ajustes y pruebas se habría situado a la altura de los dos primeros discos de su autora[ii].


[i] Ceclia 2 fue publicado en 1973. Tiene obras maestras no tan conocidas como las de su primer álbum; Con los ojos en paz; Me iré de aquí y Si no fuera porque, son algunas de ellas.
[ii] Hay suficientes argumentos para pensar que podría haber sido su mejor disco, con tan solo encontrar la colocación idónea de cada una de las canciones y una mezcla más nítida del sonido.

    Fecha y hora actual: Sáb 23 Jun 2018, 08:40