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Mensaje por Maria Lua Sáb 20 Ago 2022, 14:01



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Mensaje por Maria Lua Sáb 20 Ago 2022, 14:02



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Mensaje por Maria Lua Sáb 20 Ago 2022, 14:02



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Mensaje por Maria Lua Sáb 20 Ago 2022, 18:47

Así que fui procreada deliberadamente: con amor y esperanza. Salvo que no curé a mi madre. Y aún hoy siento el peso de esa falta: fui hecha para una misión deliberada y fallé. Como si se contara conmigo en las trincheras de una guerra y yo desertara. Sé que mis padres me perdonaron por haber nacido en vano y por haberlos traicionado en su gran esperanza. Pero yo no me perdono. Hubiera querido simplemente un milagro: nacer y curar a mi madre. Entonces sí, habría pertenecido a mi padre y a mi madre. Ni siquiera podía confiarle a alguien esta clase de soledad de no pertenecer, porque, como un desertor, guardaba el secreto de mi huida, que me avergonzaba revelar.


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Mensaje por Maria Lua Dom 21 Ago 2022, 09:50

Clarice Lispector
(Chechelnik, Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977)


Las artimañas de doña Frozina
(“As maniganças de dona Frozina”)
(Otro título en español: “Las astucias de doña Frozina”)
Onde estivestes de noite (1974)

—También, con ese dinero raquítico...
Eso es lo que la viuda doña Frozina dice del montepío. Pero alcanza para comprar Leche de Rosas y tomar verdaderos baños con el líquido lechoso. Dicen que su piel es sensacional. Usa desde jovencita el mismo producto y tiene un olor a mamá.
Es muy católica y vive en las iglesias. Todo eso oliendo a Leche de Rosas. Como una niña. Quedó viuda a los veintinueve años. Y desde entonces, nada de hombres. Viuda a la moda antigua. Severa. Sin escote y siempre con mangas largas.
—Doña Frozina, ¿cómo pudo arreglárselas sin un hombre? —me gustaría preguntarle.
La respuesta sería:
—Astucias, hija mía, astucias.
Dicen de ella: mucha gente joven no tiene su espíritu. Ya anda en los setenta años, la excelentísima señora doña Frozina. Es buena suegra y óptima abuela. Fue buena paridera. Y continuó fructificando. A mí me gustaría tener una conversación seria con doña Frozina.
—Doña Frozina, ¿usted tiene algo que ver con doña Flor y sus tres maridos?
—¡Qué dice, amiga mía, qué gran pecado! Soy viuda virgen, hija mía.
Su marido se llamaba Epaminondas, y de apellido, Mozo.
Oiga, doña Frozina, hay nombres peores que el suyo. Conozco a una que se llama Flor de Lis, y como encontraron malo el nombre, le dieron un apellido peor: Miñora. Casi Miñoca. ¿Y aquellos padres que llamaron a sus hijos Brasil, Argentina, Colombia, Bélgica y Francia? Por lo menos, usted escapó de ser un país. La señora y sus astucias. «Se gana poco», dice, «pero es divertido».
¿Divertido? ¿Entonces no conoce el dolor? ¿Fue evitando el dolor a lo largo de la vida? Sí, señora, con mis astucias lo fui evitando.
Doña Frozina no bebe Coca-Cola. Le parece demasiado moderna.
—¡Pero todo el mundo la toma!
—¡Por Dios! Parece insecticida para cucarachas, Dios me libre y me guarde.
Pero si le encuentra gusto al remedio es porque ya la probó.
Doña Frozina usa el nombre de Dios más de lo que debiera. No se debe usar el nombre de Dios en vano. Pero con ella no va esa ley.
Y ella se agarra a los santos. Los santos ya están hartos de ella, de tanto que abusa. De «Nuestra Señora» ni hablar; la madre de Jesús no tiene sosiego. Y, como viene del Norte, vive diciendo: «¡Virgen María!» a cada sorpresa. Y son muchas sus sorpresas de viuda ingenua.
Doña Frozina rezaba todas las noches. Hacía una oración para cada santo. Pero entonces ocurrió el desastre: se durmió a la mitad.
—Doña Frozina, ¡qué horrible, dormirse en medio del rezo y dejar a los santos así, sin más!
Ella contestó con un gesto de mano de despreocupación:
—Ah, hija, que cada uno agarre el suyo.
Tuvo un sueño muy raro: soñó que veía al Cristo del Corcovado (¿dónde estaban los brazos abiertos?; estaban bien cruzados) y el Cristo estaba hastiado, como si dijera: ustedes, arréglenselas, yo estoy harto. Era un pecado, ese sueño.
Doña Frozina, llena de artimañas. Quédese con su Leche de Rosas, Io me ne vado. (¿Es así como se dice en italiano cuando alguien se quiere ir?) Doña Frozina, excelentísima señora, quien está harta de usted soy yo. Adiós, pues. Me dormí en medio del rezo.

P. D. Busque en el diccionario lo que quiere decir maniganças. Pero le adelanto el trabajo. Manigança: prestidigitación; maniobra misteriosa; artes de encantamiento. (Del Pequeño diccionario brasileño de la Lengua portuguesa.) Un detalle antes de acabar:
Doña Frozina, cuando era pequeña, allá, en Sergipe, comía en cuclillas detrás de la puerta de la cocina. No se sabe por qué.



Onde estivestes de noite (1974)


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Mensaje por Maria Lua Lun 22 Ago 2022, 21:18

Ella no volvió los ojos porque su cara quedó vuelta serenamente hacia la nada. Pero por la prisa con que la ofendieron supo que ellos tenían más miedo que ella. Tan asustados estaban que ya no se hallaban más allí. Corrían. «Tenían miedo de que ella gritara y las puertas de las casas se abrieran una por una», razonó, ellos no sabían que no se grita.
Se quedó de pie, escuchando con tranquila dulzura los zapatos de ellos en fuga. La acera era hueca o los zapatos eran huecos o ella misma era hueca. En el hueco de los zapatos de ellos oía atenta el miedo de los dos. El sonido golpeaba nítido sobre las baldosas como si golpearan a la puerta sin parar y ella esperase que desistieran. Tan nítida en la desnudez de la piedra que el zapateado no parecía distanciarse: estaba allí a sus pies, como un zapateado victorioso. De pie, ella no tenía por dónde sostenerse sino por los oídos.
La sonoridad no la desalentaba, el alejamiento le era transmitido por una celeridad cada vez más precisa de los tacones. Los tacones no sonaban más sobre la piedra, sonaban en el aire como castañuelas cada vez más delicadas. Después advirtió que hacía mucho que no escuchaba ningún sonido.
Y, traído de nuevo por la brisa, el silencio era una calle vacía.


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Mensaje por Maria Lua Miér 24 Ago 2022, 09:15

Clarice Lispector
(Chechelnik, Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977)


Devaneo y embriaguez de una muchacha
(“Devaneio e embriaguez duma rapariga”)
Laços de família (1960)


Le parecía que por la habitación se cruzaban los autobuses eléctricos, estremeciendo su imagen reflejada. Estaba peinándose lentamente frente al tocador de tres espejos, los brazos blancos y fuertes se erizaban en el frescor de la tarde. Los ojos no se abandonaban, los espejos vibraban ora oscuros, ora luminosos. Allá afuera, desde una ventana más alta, cayó a la calle una cosa pesada y fofa. Si los niños y el marido estuvieran en casa, se le habría ocurrido la idea de que se debía a un descuido de ellos. Los ojos no se despegaban de la imagen, el peine trabajaba meditativo, la bata abierta dejaba asomar en los espejos los senos entrecortados de varias muchachas.
«¡La Noche!», gritó el voceador al viento blando de la calle del Riachuelo, y algo presagiado se estremeció. Dejó el peine en el tocador, cantó absorta: «¡Quién vio al gorrioncito... pasó por la ventana... voló más allá del Miño!», pero, colérica, se cerró en sí misma dura como un abanico.
Se acostó; se abanicaba impaciente con el diario que susurraba en la habitación. Tomó el pañuelo, trató de estrujar el bordado áspero con los dedos enrojecidos. Comenzó a abanicarse nuevamente, casi sonriendo. Ay, ay, suspiró riendo. Tuvo la imagen de su sonrisa clara de muchacha todavía joven, y sonrió aún más cerrando los ojos, abanicándose más profundamente. Ay, ay, venía de la calle como una mariposa.
«Buenos días, ¿sabes quién me vino a buscar a casa?», pensó como tema posible e interesante de conversación. «Pues no sé, ¿quién?», le preguntaron con una sonrisa galanteadora unos ojos tristes en una de esas caras pálidas que a cierta gente le hacen tanto mal. «María Quiteria, ¡hombre!», respondió alegremente, con la mano en el costado. «Si me lo permites, ¿quién es esa muchacha?», insistió galante, pero ahora sin rostro. «Tú», cortó ella con leve rencor la conversación, qué aburrimiento.
Ay, qué cuarto agradable, ella se abanicaba en el Brasil. El sol, preso de las persianas, temblaba en la pared como una guitarra. La calle del Riachuelo se sacudía bajo el peso cansado de los autobuses eléctricos que venían de la calle Mem de Sá. Ella escuchaba curiosa y aburrida el estremecimiento de la vitrina en la sala de visitas. De impaciencia, se dio el cuerpo de bruces, y mientras tironeaba con amor los dedos de los pies pequeñitos, esperaba su próximo pensamiento con los ojos abiertos. «Quien encontró, buscó», dijo en forma de refrán rimado, lo que siempre le parecía una verdad. Hasta que se durmió con la boca abierta, la baba humedeciéndole la almohada.
Despertó cuando el marido ya había vuelto del trabajo y entró en la habitación. No quiso comer ni salir de sus ensoñaciones, y se durmió de nuevo: el hombre que se las arreglara con las sobras del almuerzo.
Y ya que los hijos estaban en la finca de las tías, en Jacarepaguá, ella aprovechó para amanecer rara: confusa y leve en la cama, uno de esos caprichos, ¡no se sabe por qué! El marido apareció ya vestido y ella no sabía qué había hecho para su desayuno; ni siquiera le miró el traje, si había o no que cepillarlo, poco le importaba si hoy era el día en que se ocupaba de negocios en la ciudad. Pero cuando él se inclinó para besarla, su levedad crepitó como una hoja seca.
—¡Vete!
—¿Qué tienes? —le preguntó el hombre, atónito, ensayando inmediatamente una caricia más eficaz.
Obstinada, ella no sabía responder, estaba tan tonta y principesca que no había siquiera dónde buscarle una respuesta.
—¡Cuidado con molestarme! ¡No vengas a rondarme como un gato viejo!
Él pareció pensarlo mejor y aclaró:
—Muchacha, estás enferma.
Ella lo aceptó, sorprendida, lisonjeada. Durante todo el día se quedó en la cama, escuchando la casa tan silenciosa, sin el bullicio de los niños, sin el hombre que hoy comería su cocido en la ciudad. Durante todo el día se quedó en la cama. Su cólera era tenue, ardiente. Sólo se levantaba para ir al baño, de donde volvía noble, ofendida.
La mañana se volvió una larga tarde inflada que se volvió noche sin fin, amaneciendo inocente por toda la casa.
Ella todavía estaba en la cama, tranquila, improvisada. Ella amaba... Estaba amando previamente al hombre que un día iba a amar. Quién sabe, eso a veces sucedía, y sin culpas ni dolores para ninguno de los dos. Allí estaba en la cama, pensando, pensando, casi riendo como ante un folletín. Pensando, pensando. ¿En qué? No lo sabía. Y así se dejó estar.
De un momento a otro, con rabia, se puso de pie. Pero en la flaqueza del primer instante parecía loca y delicada en la habitación que daba vueltas, daba vueltas hasta que ella consiguió a ciegas acostarse otra vez en la cama, sorprendida de que tal vez fuera verdad. «¡Oh, mujer, mira que si de veras te enfermas!», se dijo, desconfiada. Se llevó la mano a la frente para ver si tenía fiebre.
Esa noche, hasta que se durmió, fantaseó, fantaseó: ¿cuánto tiempo?, hasta que cayó: adormecida, roncando con el marido.
Despertó con el día atrasado, las papas por pelar, los niños que regresarían por la tarde de casa de las tías, ¡ay, me he faltado al respeto!, día de lavar ropa y zurcir calcetines, ¡ay, qué haragana me saliste!, se censuró curiosa y satisfecha, ir de compras, no olvidar el pescado, el día atrasado, la mañana presurosa de sol.
Pero el sábado por la noche fueron a la tasca de la plaza Tiradentes, atendiendo a la invitación de un comerciante muy próspero, ella con el vestidito nuevo que aunque no demasiado adornado era de muy buena tela, de esas que iban a durar toda la vida. El sábado por la noche, embriagada en la plaza Tiradentes, embriagada pero con el marido a su lado para protegerla, y ella ceremoniosa frente al otro hombre mucho más fino y rico, procurando darle conversación, porque ella no era ninguna charlatana de aldea y había vivido en la capital. Pero borracha a más no poder.
Y si su marido no estaba borracho era porque no quería faltarle al respeto al comerciante y, lleno de empeño y humildad, le dejaba al otro el cantar del gallo. Lo que quedaba bien para esa ocasión tan distinguida, pero le daba, al mismo tiempo, muchos deseos de reír. ¡Y desprecio! ¡Miraba al marido con su traje nuevo y le hacía una gracia! Borracha a más no poder, pero sin perder el brío de muchachita. Y el vino verde se le derramaba por el cuerpo.
Y cuando estaba embriagada, como en una abundante comida de domingo, todo lo que por la propia naturaleza está separado —olor a aceite en un lado, hombre en otro, sopa en un lado, camarero en el otro— se unía raramente por la propia naturaleza, y todo no pasaba de ser una sinvergüenzada solamente, una bellaquería.
Y si estaban brillantes y duros los ojos, si sus gestos eran etapas difíciles hasta conseguir finalmente alcanzar el palillero, en verdad por dentro estaba hasta muy bien, era una nube plena trasladándose sin esfuerzo. Los labios ensanchados y los dientes blancos, y el vino hinchándola. Y aquella vanidad de estar embriagada facilitándole un gran desdén por todo, tornándola madura y redonda como una gran vaca.
Naturalmente que ella conversaba. Porque no le faltaban temas ni habilidad. Pero las palabras que una persona pronunciaba cuando estaba embriagada eran como si estuvieran preñadas; palabras sólo en la boca, que poco tenían que ver con el centro secreto que era como una gravidez. Ay, qué rara estaba. El sábado por la noche el alma diaria estaba perdida, y qué bueno era perderla, y como recuerdo de los otros días apenas quedaban las manos pequeñas tan maltratadas, y ahora ella con los codos sobre el mantel de la mesa a cuadros rojos y blancos, como sobre una mesa de juego, profundamente lanzada a una vida baja y convulsionante. ¿Y esta carcajada? Esa carcajada que le estaba saliendo misteriosamente de una garganta llena y blanca, en respuesta a la delicadeza del comerciante, carcajada venida de las profundidades de aquel sueño, y de la profundidad de aquella seguridad de quien tiene un cuerpo. Su carne blanca estaba dulce como la de una langosta, las piernas de una langosta viva moviéndose lentamente en el aire. Y aquella pequeña maldad de quien tiene un cuerpo.
Conversaba, y escuchaba con curiosidad lo que ella misma estaba respondiendo al comerciante próspero que en tan buena hora los invitaba y pagaba la comida. Escuchaba intrigada y deslumbrada lo que ella misma estaba respondiendo: lo que dijera en ese estado valdría para el futuro como augurio (ahora ya no era una langosta, era un duro signo: escorpión. Porque había nacido en noviembre).
Un reflector que mientras se duerme recorre la madrugada: tal era su embriaguez errando por las alturas.
Al mismo tiempo, ¡qué sensibilidad!, ¡pero qué sensibilidad!, cuando miraba el cuadro tan bien pintado del restaurante, de inmediato le nacía la sensibilidad artística. Nadie podría sacarle la idea de que había nacido para otras cosas. A ella siempre le gustaron las obras de arte.
¡Pero qué sensibilidad!, ahora ya no a causa del cuadro de uvas y peras y pescado muerto brillando en las escamas. Su sensibilidad la molestaba sin serle dolorosa, como una uña rota. Y siquiera podría permitirse el lujo de volverse aún más sensible, podría ir más adelante todavía: porque estaba protegida por una situación, protegida como toda la gente que había alcanzado una posición en la vida. Como una persona a quien le impiden tener su propia desgracia. Ay, qué infeliz soy, madre mía. Si quisiera aún podría echar más vino en su cuerpo y, protegida por la posición que había alcanzado en la vida, emborracharse todavía más, siempre y cuando no perdiera la fuerza. Y así, más borracha aún, recorría con los ojos el restaurante, y qué desprecio sentía por las personas secas del restaurante, ningún hombre que fuese un hombre de verdad, que fuese realmente triste. Qué desprecio por las personas secas del restaurante, mientras ella estaba gorda y pesada, generosa a más no poder. Y todos tan distantes en el restaurante, separados uno del otro como si jamás uno pudiera hablar con el otro. Cada uno para sí, y Dios para todos.
Sus ojos se fijaron de nuevo en aquella muchacha que ya, de entrada, le hiciera subir la mostaza a la nariz. De entrada la había visto, sentada a una mesa con su hombre, toda llena de sombreros y adornos, rubia como un escudo falso, toda santurrona y fina —¡qué lindo sombrero tenía!—, seguro que ni siquiera era casada, y ponía esa cara de santa. Y con su lindo sombrero bien puesto. ¡Pues que le aprovechara bien la santidad!, ¡y que no se le cayera la aristocracia en la sopa! Las más santitas eran las que estaban más llenas de desvergüenza. Y el camarero, el gran estúpido, sirviéndola lleno de atenciones, el ladino: y el hombre amarillo que la acompañaba haciendo la vista gorda. Y la santurrona muy envanecida de su sombrero, muy modesta por su cinturita pequeña, seguro que ni siquiera era capaz de parirle un hijo a su hombre. Claro que ella no tenía nada que ver con eso, por cierto: pero de entrada le habían dado ganas de llenarle esa cara de santa rubia de unos buenos sopapos, junto con la aristocracia del sombrero. Que ni siquiera era rolliza, porque era plana de pecho. Van a ver que, con todos sus sombreros, no dejaba de ser una verdulera haciéndose pasar por gran dama.
Oh, estaba muy humillada por haber ido a la tasca sin sombrero, ahora la cabeza le parecía desnuda. Y la otra, con sus aires de señora, haciéndose pasar por delicada. ¡Bien sé lo que te falta, damisela, y a tu hombre amarillo! Y si piensas que te envidio tu pecho plano, puedes ir sabiendo que no me importa nada, que me río de tus sombreros. A desvergonzadas como tú, haciéndose las importantes, yo las lleno de sopapos.
En su sagrada cólera, extendió con dificultad la mano y tomó un palillo.
Pero finalmente la dificultad de llegar a casa desapareció: se movía ahora dentro de la realidad familiar de su habitación, sentada en el borde de la cama con la chinela balanceándose en el pie.
Y cuando entrecerró los ojos nublados, todo quedó de carne, el pie de la cama de carne, la ventana de carne, en la silla el traje de carne que el marido había arrojado, y todo, casi, le producía dolor. Y ella cada vez más grande, vacilante, temblorosa, gigantesca. Si consiguiera llegar más cerca de sí misma se vería más grande. Cada brazo podría ser recorrido por una persona, en la ignorancia de que se trataba de un brazo, y en cada ojo podría sumergirse y nadar sin saber que era un ojo. Y alrededor doliendo todo, un poco. Las cosas estaban hechas de carne con neuralgia. Había sido el frío que pescó al salir del restaurante.
Estaba sentada en la cama, tranquila, escéptica.
Y eso todavía no era nada. Que en ese momento le estaban sucediendo cosas que sólo más tarde le irían realmente a doler mucho: cuando ella volviera a su tamaño corriente, el cuerpo anestesiado estaría despertándose, latiendo, y ella iba a pagar por las comilonas y los vinos.
Entonces, ya que eso terminaría por suceder, tanto se me hace abrir ahora mismo los ojos, lo hizo, y todo quedó más pequeño y más nítido, pero sin ningún dolor. Todo, en el fondo, estaba igual, sólo que menor y familiar. Estaba sentada, bien tiesa, en su cama, el estómago muy lleno, absorta, resignada, con la delicadeza de quien espera sentado que otro despierte. «Te atiborraste de comida, ahora a pagar el pato», se dijo melancólica, mirándose los deditos blancos del pie. Miraba alrededor, paciente, obediente. Ay, palabras, palabras, objetos de habitación alineados en orden de palabras formando aquellas frases turbias y aburridas, que quien sepa leer, leerá. Aburrimiento, aburrimiento, ay, qué fastidio. Qué pesadez. En fin, que sea lo que Dios quiera. Qué es lo que se habría de hacer. Ay, me da una cosa tan rara que ni sé siquiera cómo explicarla. En fin, que sea lo que Dios quiera. ¡Y decir que se había divertido tanto esta noche!, ¡y decir que había sido tan lindo todo, tan a su gusto el restaurante, ella sentada tan fina a la mesa! ¡Mesa!, le gritó el mundo. Pero ella ni siquiera respondió, alzando los hombros en un gesto de disgusto, importunada, ¡que no me vengan a fastidiar con cariños!, desilusionada, resignada, harta de comida, casada, contenta, con una vaga náusea.
Fue en aquel instante cuando quedó sorda: le faltó un sentido. Envió a la oreja una palmada con la mano abierta, con lo que sólo consiguió un mayor trastorno: el oído se le llenó de un rumor de ascensor, la vida de repente se hizo sonora y aumentaba en los menores movimientos. Una de dos: estaba sorda o escuchaba demasiado (reaccionó a esta nueva solicitud con una sensación maliciosa e incómoda, con un suspiro de saciedad). Que los parta un rayo, dijo suavemente, aniquilada.
«Y cuando en el restaurante...», recordó de repente. Cuando estuvo en el restaurante, el protector de su marido le había arrimado un pie al suyo debajo de la mesa, y por encima de la mesa estaba la cara de él. ¿Porque se había callado, o había sido a propósito? El diablo. Una persona que, para decir la verdad, era muy interesante. Se encogió de hombros.
¿Y cuando en su escote redondo, en plena plaza Tiradentes —pensó ella moviendo la cabeza con incredulidad—, se había posado una mosca sobre su piel desnuda? Ay, qué malicia.
Había ciertas cosas buenas porque eran casi nauseabundas: el ruido como el de un ascensor en la sangre, mientras el hombre roncaba a su lado, los hijos gorditos durmiendo amontonados en la otra habitación, los pobres. ¡Ay, qué cosa me viene!, pensó desesperada. ¿Habría comido demasiado? ¡Ay, qué cosa me viene, santa madre mía!
Era la tristeza.
Los dedos del pie jugaron con la chinela. El piso no estaba demasiado limpio. Qué descuidada y perezosa me saliste. Mañana no, porque no estaría muy bien de las piernas. Pero pasado mañana habría que ver cómo estaría su casa: la restregaría con agua y jabón hasta arrancarle toda la suciedad, ¡toda!, ¡habría que ver su casa!, amenazó colérica. Ay, qué bien se sentía, qué áspera, como si todavía tuviese leche en las mamas, tan fuerte. Cuando el amigo del marido la vio tan bonita y gorda, de inmediato sintió respeto por ella. Y cuando ella se sentía avergonzada no sabía dónde tenía que fijar los ojos. Ay, qué tristeza. Qué habría de hacer. Sentada en el borde de la cama, pestañeaba con resignación. Qué bien se veía la luna en esas noches de verano. Se inclinó un poquito, desinteresada, resignada. La luna. Qué bien se veía. La luna alta y amarilla deslizándose por el cielo, pobrecita. Deslizándose, deslizándose... Alta, alta. La luna. Entonces la grosería explotó en súbito amor; perra, dijo riéndose.





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Mensaje por Maria Lua Jue 25 Ago 2022, 09:08

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La imitación de la rosa
(“A imitação da rosa”)
Laços de família (1960)


Antes de que Armando volviera del trabajo la casa debería estar arreglada, y ella con su vestido marrón para atender al marido mientras él se vestía, y entonces saldrían tranquilamente, tomados del brazo como antaño. ¿Desde cuándo no hacían eso?
Pero ahora que ella estaba nuevamente «bien», tomarían el autobús, ella miraría por la ventanilla como una esposa, su brazo en el de él, y después cenarían con Carlota y Juan, recostados en la silla con intimidad. ¿Desde hacía cuánto tiempo no veía a Armando recostarse con confianza y conversar con un hombre? La paz de un hombre era, olvidado de su mujer, conversar con otro hombre sobre lo que aparecía en los diarios. Mientras tanto, ella hablaría con Carlota sobre cosas de mujeres, sumisa a la voluntad autoritaria y práctica de Carlota, recibiendo de nuevo la desatención y el vago desprecio de la amiga, su rudeza natural, y no más aquel cariño perplejo y lleno de curiosidad, viendo, en fin, a Armando olvidado de la propia mujer. Y ella misma regresando reconocida a su insignificancia. Como el gato que pasa la noche fuera y, como si nada hubiera sucedido, encuentra, sin ningún reproche, un plato de leche esperándolo. Felizmente, las personas la ayudaban a sentir que ahora estaba «bien». Sin mirarla, la ayudaban activamente a olvidar, fingiendo ellas el olvido, como si hubiesen leído las mismas indicaciones del mismo frasco de remedio. O habían olvidado realmente, quién sabe. ¿Desde hacía cuánto tiempo no veía a Armando recostarse con abandono, olvidado de ella? ¿Y ella misma?
Interrumpiendo el arreglo del tocador, Laura se miró al espejo: ¿ella misma, desde hacía cuánto tiempo? Su rostro tenía una gracia doméstica, los cabellos estaban sujetos con horquillas detrás de las orejas grandes y pálidas. Los ojos marrones, los cabellos marrones, la piel morena y suave, todo daba a su rostro ya no muy joven un aire modesto de mujer. ¿Acaso alguien vería, en esa mínima punta de sorpresa que había en el fondo de sus ojos, alguien vería, en ese mínimo punto ofendido, la falta de los hijos que nunca había tenido?
Con su gusto minucioso por el método —el mismo que cuando niña la hacía copiar con letra perfecta los apuntes de clase, sin comprenderlos—, con su gusto por el método, ahora, reasumido, planeaba arreglar la casa antes de que la sirvienta saliese de paseo para que, una vez que María estuviera en la calle, ella no necesitara hacer nada más que: 1) vestirse tranquilamente; 2) esperar a Armando, ya lista; 3) ¿qué era lo tercero? ¡Eso es! Era eso mismo lo que haría. Se pondría el vestido marrón con cuello de encaje color crema. Después de tomar su baño. Ya en los tiempos del Sacré Coeur ella había sido muy arregladita y limpia, con mucho gusto por la higiene personal y un cierto horror al desorden. Lo que no había logrado nunca que Carlota, ya en aquel tiempo un poco original, la admirase. La reacción de las dos siempre había sido diferente. Carlota, ambiciosa, siempre riéndose fuerte; ella, Laura, un poco lenta y, por así decir, cuidando de mantenerse siempre lenta; Carlota, sin ver nunca peligro en nada. Y ella cuidadosa. Cuando le dieron para leer la Imitación de Cristo, con un ardor de burra ella lo leyó sin entender pero, que Dios la perdonara, había sentido que quien imitase a Cristo estaría perdido; perdido en la luz, pero peligrosamente perdido. Cristo era la peor tentación. Y Carlota ni siquiera lo había querido leer, mintiéndole a la monja que sí lo había leído. Eso mismo. Se pondría el vestido marrón con cuello de encaje verdadero.
Pero cuando vio la hora recordó, con un sobresalto que le hizo llevarse la mano al pecho, que había olvidado tomar su vaso de leche.
Se encaminó a la cocina y, como si hubiera traicionado culpablemente a Armando y a los amigos devotos, junto al refrigerador bebió los primeros sorbos con una ansiosa lentitud, concentrándose en cada trago con fe, como si estuviera indemnizando a todos y castigándose ella. Como el médico había dicho: «Tome leche entre las comidas, no esté nunca con el estómago vacío, porque eso provoca ansiedad», ella, entonces, aunque sin amenaza de ansiedad, tomaba sin discutir trago por trago, día por día, sin fallar nunca, obedeciendo con los ojos cerrados, con un ligero ardor para que no pudiera encontrar en sí la menor incredulidad. Lo incómodo era que el médico parecía contradecirse cuando, al mismo tiempo que daba una orden precisa que ella quería seguir con el celo de una conversa, también le había dicho: «Abandónese, intente todo suavemente, no se esfuerce por conseguirlo, olvide completamente lo que sucedió y todo volverá con naturalidad». Y le había dado una palmada en la espalda, lo que la había lisonjeado haciéndola enrojecer de placer. Pero en su humilde opinión una orden parecía anular a la otra, como si le pidieran comer harina y al mismo tiempo silbar. Para fundirlas en una sola, empezó a usar una estratagema: aquel vaso de leche que había terminado por ganar un secreto poder, y tenía dentro de cada trago el gusto de una palabra renovando la fuerte palmada en la espalda, aquel vaso de leche era llevado por ella a la sala, donde se sentaba «con mucha naturalidad», fingiendo falta de interés, «sin esforzarse», cumpliendo de esta manera la segunda orden. «No importa que yo engorde», pensó, lo principal nunca había sido la belleza.
Se sentó en el sofá como si fuera una visita en su propia casa que, recientemente recuperada, arreglada y fría, recordaba la tranquilidad de una casa ajena. Lo que era muy satisfactorio: al contrario de Carlota, que hiciera de su hogar algo parecido a ella misma, Laura sentía el placer de hacer de su casa algo impersonal; en cierto modo perfecto por ser impersonal.
Oh, qué bueno era estar de vuelta, realmente de vuelta, sonrió ella satisfecha. Tomando el vaso casi vacío, cerró los ojos con un suspiro de dulce cansancio. Había planchado las camisas de Armando, había hecho listas metódicas para el día siguiente, calculando minuciosamente lo que iba a gastar por la mañana en el mercado, realmente no había parado un solo instante. Oh, qué bueno era estar de nuevo cansada.
Si un ser perfecto del planeta Marte descendiera y se enterara de que los seres de la Tierra se cansaban y envejecían, sentiría pena y espanto. Sin entender jamás lo que había de bueno en ser gente, en sentirse cansada, en fallar diariamente; sólo los iniciados comprenderían ese matiz de vicio y ese refinamiento de vida.
Y ella retornaba al fin de la perfección del planeta Marte. Ella, que nunca había deseado otra cosa que ser la mujer de un hombre, reencontraba, grata, su parte diariamente falible. Con los ojos cerrados suspiró agradecida. ¿Cuánto tiempo hacía que no se cansaba? Pero ahora se sentía todos los días casi exhausta y planchaba, por ejemplo, las camisas de Armando, siempre le había gustado planchar y sin modestia podía decir que era una planchadora excelente. Y después, en recompensa, quedaba exhausta. No más aquella atenta falta de cansancio, no más aquel punto vacío y despierto y horriblemente maravilloso dentro de sí. No más aquella terrible independencia. No más la facilidad monstruosa y simple de no dormir ni de día ni de noche —que en su discreción la hiciera súbitamente sobrehumana en relación con un marido cansado y perplejo—. Él, con aquel aire que tenía cuando estaba mudo de preocupación (lo que le daba a ella una piedad dolorida, sí, aun dentro de su despierta perfección, la piedad y el amor), ella sobrehumana y tranquila en su brillante aislamiento, y él, cuando tímido venía a visitarla llevando manzanas y uvas que la enfermera con un encogerse de hombros comía, él haciendo visitas ceremoniosas, como un novio, con un aire infeliz y una sonrisa fija, esforzándose en su heroísmo por comprender, él que la recibiera de un padre y de un sacerdote, que inesperadamente, como un barco tranquilo que se adorna en las aguas, se había tornado sobrehumana.
Ahora, ya nada de eso. Nunca más. Oh, apenas si había sido una debilidad; el genio era la peor tentación. Pero después ella se había recuperado tan completamente que ya hasta comenzaba otra vez a cuidarse para no incomodar a los otros con su viejo gusto por el detalle. Ella recordaba bien a las compañeras del Sacré Coeur diciéndole: «¡Ya contaste eso mil veces!»; recordaba eso con una sonrisa tímida. Se había recuperado tan completamente; ahora todos los días ella se cansaba, todos los días su rostro decaía al atardecer, y entonces la noche tenía su vieja finalidad, no sólo era la perfecta noche estrellada. Y como a todo el mundo, cada día la fatigaba; como todo el mundo, humana y perecedera. No más aquella perfección. No más aquella cosa que un día se desparramara clara, como un cáncer, en su alma.
Abrió los ojos pesados de sueño, sintiendo el buen vaso, sólido, en las manos, pero los cerró de nuevo con una confortada sonrisa de cansancio, bañándose como un nuevo rico, en todas sus partículas, en esa agua familiar y ligeramente nauseabunda. Sí, ligeramente nauseabunda; qué importancia tenía, si ella también era un poco fastidiosa, bien lo sabía. Pero al marido no le parecía, entonces qué importancia tenía, si gracias a Dios ella no vivía en un ambiente que exigiera que fuese ingeniosa e interesante, y hasta de la escuela secundaria, que tan embarazosamente exigiera que fuese despierta, se había librado. Qué importancia tenía. En el cansancio —había planchado las camisas de Armando sin contar que también había ido al mercado por la mañana demorándose tanto allí, por ese gusto que tenía de hacer que las cosas rindieran—, en el cansancio había un lugar bueno para ella, un lugar discreto y apagado del que, con bastante embarazo para sí misma y para los otros, una vez saliera. Pero, como iba diciendo, gracias a Dios se había recuperado.
Y si buscara con mayor fe y amor encontraría dentro del cansancio un lugar todavía mejor, que sería el sueño. Suspiró con placer, tentada por un momento de maliciosa travesura a ir al encuentro del aire tibio que era su respiración ya somnolienta, por un instante tentada a dormitar. «¡Un instante sólo, sólo un momentito!», se pidió, lisonjeada por haber tenido tanto sueño, y lo pedía llena de maña como si pidiera un hombre, lo que siempre le gustaba mucho a Armando.
Pero realmente no tenía tiempo para dormir ahora, ni siquiera para echarse un sueñito, pensó vanidosa y con falsa modestia; ¡ella era una persona tan ocupada!, siempre había envidiado a las personas que decían «No tuve tiempo»; y ahora ella era nuevamente una persona tan ocupada; iría a comer con Carlota y todo tenía que estar ordenadamente listo, era la primera comida fuera desde que regresara y ella no quería llegar tarde, tenía que estar lista cuando... bien, ya dije eso mil veces, pensó avergonzada. Bastaría decir una sola vez: «No quería llegar tarde»; eso era motivo suficiente: si nunca había soportado sin enorme humillación ser un trastorno para alguien, ahora más que nunca no debería... No, no habrá la menor duda: no tenía tiempo para dormir. Lo que debía hacer moviéndose con familiaridad en aquella íntima riqueza de la rutina —y le mortificaba que Carlota despreciara su gusto por la rutina—, lo que debía hacer era: 1) esperar que la sirvienta estuviera lista; 2) darle dinero para que trajera la carne para mañana; cómo explicar que hasta la dificultad para encontrar buena carne era una cosa buena; 3) comenzar minuciosamente a lavarse y a vestirse, entregándose sin reserva al placer de hacer que el tiempo rindiera. El vestido marrón combinaba con sus ojos y el cuellito de encaje color crema le daba un cierto aire infantil, como de niño antiguo. Y, de regreso a la paz nocturna de Tijuca —no más aquella luz ciega de las enfermeras peinadas y alegres saliendo de fiesta, después de haberla arrojado como a una gallina indefensa en el abismo de la insulina—, de regreso a la paz nocturna de Tijuca, de regreso a su verdadera vida: ella iría tomada del brazo de Armando, caminando lentamente hacia la parada del autobús, con aquellos muslos duros y gruesos que la faja empaquetaba en uno solo transformándola en una «señora distinguida», pero cuando, confundida, ella le decía a Armando que eso provenía de una insuficiencia ovárica, él, que se sentía lisonjeado por los muslos de su mujer, respondía con mucha audacia: «¿Para qué habría querido casarme con una bailarina?», eso era lo que él respondía. Nadie lo diría, pero Armando a veces podía ser muy malicioso, aunque nadie lo diría. De vez en cuando los dos decían lo mismo. Ella explicaba que era a causa de la insuficiencia ovárica. Entonces él decía: «¿Para qué me habría servido estar casado con un bailarina?». A veces él era muy atrevido aunque nadie lo diría. Carlota se habría espantado de haber sabido que ellos también tenían una vida íntima y cosas que no se contaban, pero ella no las diría aunque era una pena no poder contarlas, seguramente Carlota pensaba que ella era sólo una mujer ordenada y común y un poco aburrida, y si ella a veces estaba obligada a cuidarse para no molestar a los otros con detalles, a veces con Armando se descuidaba y era un poco aburrida, cosa que no tenía importancia porque él fingía que escuchaba aunque no oía todo lo que ella contaba, y eso no la amargaba, comprendía perfectamente bien que sus conversaciones cansaban un poco a la gente, pero era bueno poder contarle que no había encontrado carne buena aunque Armando moviera la cabeza y no escuchase, la sirvienta y ella conversaban mucho, en verdad más ella que la sirvienta que a veces contenía su impaciencia y se ponía un poco atrevida. La culpa era suya que no siempre se hacía respetar.
Pero, como ella iba diciendo, tomados del brazo, bajita y castaña ella y alto y delgado él, gracias a Dios tenía salud. Ella castaña, como oscuramente pensaba que debía ser una esposa. Tener cabellos negros o rubios era un exceso que, en su deseo de acertar, ella nunca había ambicionado. Y en materia de ojos verdes, bueno, le parecía que si tuviera ojos verdes sería como no contarle todo a su marido. No es que Carlota diera propiamente de qué hablar, pero ella, Laura —que si tuviera oportunidad la defendería ardientemente, pero nunca había tenido ocasión—, ella, Laura, estaba obligada contra su gusto a estar de acuerdo en que la amiga tenía una manera extraña y cómica de tratar al marido; oh, no por ser «de igual a igual», pues ahora eso se usaba, pero usted ya sabe lo que quiero decir. Carlos era un poco original, eso ya lo había comentado una vez con Armando y Armando había estado de acuerdo pero sin darle demasiada importancia. Pero, como ella iba diciendo, de marrón con el cuellito..., el devaneo la llenaba con el mismo gusto que le daba al arreglar cajones, hasta llegaba a desarreglarlos para poder acomodarlos de nuevo.
Abrió los ojos y, como si fuera la sala la que hubiera dormitado y no ella, la sala aparecía renovada y reposada con sus sillones cepillados y las cortinas que habían encogido en el último lavado, como pantalones demasiado cortos y la persona mirara cómicamente sus propias piernas. ¡Oh!, qué bueno era ver todo arreglado y sin polvo, todo limpio por sus propias manos diestras, y tan silencioso, con un jarrón de flores, como una sala de espera, tan respetuosa, tan impersonal. Qué linda era la vida común para ella, que finalmente había regresado de la extravagancia. Hasta un florero. Lo miró.
—¡Ah!, qué lindas son —exclamó su corazón, de pronto un poco infantil. Eran menudas rosas silvestres que había comprado por la mañana en el mercado, en parte porque el hombre había insistido mucho, en parte por osadía. Las había arreglado en el florero esa misma mañana, mientras tomaba el sagrado vaso de leche de las diez.
Pero, a la luz de la sala, las rosas estaban en toda su completa y tranquila belleza.
Nunca vi rosas tan bonitas, pensó con curiosidad. Y como si no acabara de pensar justamente eso, vagamente consciente de que acababa de pensar justamente eso y pasando rápidamente por encima de la confusión de reconocerse un poco fastidiosa, pensó en una etapa más nueva de la sorpresa: «Sinceramente, nunca vi rosas tan bonitas». Las miró con atención. Pero la atención no podía mantenerse mucho tiempo como simple atención, en seguida se transformaba en suave placer, y ella no conseguía ya analizar las rosas, estaba obligada a interrumpirse con la misma exclamación de curiosidad sumisa: ¡Qué lindas son!
Eran varias rosas perfectas, algunas en el mismo tallo. En cierto momento habían trepado con ligera avidez unas sobre otras, pero después, hecho el juego, tranquilas se habían inmovilizado. Eran algunas rosas perfectas en su pequeñez, no del todo abiertas, y el tono rosado era casi blanco. ¡Hasta parecían artificiales!, dijo sorprendida. Podrían dar la impresión de blancas si estuvieran completamente abiertas, pero con los pétalos centrales envueltos en botón, el color se concentraba y, como el lóbulo de una oreja, se sentía el rubor circular dentro de ellas. ¡Qué lindas son!, pensó Laura sorprendida.
Pero sin saber por qué estaba un poco tímida, un poco perturbada. ¡Oh!, no demasiado, pero sucedía que la belleza extrema la molestaba.
Oyó los pasos de la criada sobre el mosaico de la cocina y por el sonido hueco reconoció que llevaba tacones altos; por lo tanto, debía de estar a punto de salir. Entonces Laura tuvo una idea en cierta manera original: ¿por qué no pedirle a María que pasara por la casa de Carlota y le dejase las rosas de regalo?
Porque aquella extrema belleza la molestaba. ¿La molestaba? Era un riesgo. ¡Oh!, no, ¿por qué un riesgo?, apenas molestaban, era una advertencia, ¡oh!, no, ¿por qué advertencia? María le daría las rosas a Carlota: —Las manda la señora Laura —diría María.
Sonrió pensativa. Carlota se extrañaría de que Laura, pudiendo traer personalmente las rosas, ya que deseaba regalárselas, las mandara antes de la cena con la sirvienta. Sin hablar de que encontraría gracioso recibir las rosas, le parecería «refinado»...
—¡Esas cosas no son necesarias entre nosotras, Laura! —diría la otra con aquella franqueza un poco brutal, y Laura diría con un sofocado gritito de arrebatamiento: —¡Oh no, no!, ¡no es por la invitación a cenar!, ¡es que las rosas eran tan lindas que sentí el impulso de ofrecértelas!
Sí, si en ese momento tuviera valor, sería eso lo que diría. ¿Cómo diría?, necesitaba no olvidarse: diría: —¡Oh, no!, etcétera —y Carlota se sorprendería con la delicadeza de sentimientos de Laura, nadie imaginaría que Laura tuviera también esas ideas. En esa escena imaginaria y apacible que la hacía sonreír beatíficamente, ella se llamaba a sí misma «Laura», como si se tratara de una tercera persona. Una tercera persona llena de aquella fe suya y crepitante y grata y tranquila, Laura, la del cuellito de encaje auténtico, vestida discretamente, esposa de Armando, en fin, un Armando que ya no necesitaba esforzarse en prestar atención a todas sus conversaciones sobre la sirvienta y la carne, que ya no necesitaba pensar en su mujer, como un hombre que es feliz, como un hombre que no está casado con una bailarina.
—No pude dejar de mandarte las rosas —diría Laura, esa tercera persona tan, pero tan... Y regalar las rosas era casi tan lindo como las propias rosas.
Y ella quedaría libre de las flores.
Y, entonces, ¿qué es lo que sucedería? Ah, sí: como iba diciendo, Carlota quedaría sorprendida con aquella Laura que no era inteligente ni buena pero también tenía sus sentimientos secretos. ¿Y Armando? Armando la miraría un poco asustado —¡pues es esencial no olvidar que de ninguna manera él está enterado de que la sirvienta llevó por la tarde las rosas!—, Armando encararía con benevolencia los impulsos de su pequeña mujer, y de noche ellos dormirían juntos.
Y ella habría olvidado las rosas y su belleza.
No, pensó de repente, vagamente advertida. Era necesario tener cuidado con la mirada asustada de los otros. Era necesario no dar nunca más motivo de miedo, sobre todo con eso tan reciente. Y, en particular, ahorrarles cualquier sufrimiento de duda. Y que nunca más tuviera necesidad de la atención de los otros, nunca más esa cosa horrible de que todos la miraran mudos, y ella frente a todos. Nada de impulsos.
Pero al mismo tiempo vio el vaso vacío en la mano y también pensó: «él» dijo que yo no me esfuerce por conseguirlo, que no piense en tomar actitudes solamente para probar que ya estoy...
—María —dijo entonces al escuchar de nuevo los pasos de la empleada. Y cuando ésta se acercó, le dijo temeraria y desafiante—: ¿Podrías pasar por la casa de la señora Carlota y dejarle estas rosas? Diga así: «Señora Carlota, la señora Laura se las manda». Solamente eso: «Señora Carlota...».
—Sí, sí... —dijo la sirvienta, paciente. Laura fue a buscar una vieja hoja de papel de China. Después sacó con cuidado las rosas del florero, tan lindas y tranquilas, con las delicadas y mortales espinas. Quería hacer un ramo muy artístico. Y al mismo tiempo se libraría de ellas. Y podría vestirse y continuar su día. Cuando reunió las rositas húmedas en un ramo, alejó la mano que las sostenía, las miró a distancia torciendo la cabeza y entrecerrando los ojos para un juicio imparcial y severo.
Y, cuando las miró, vio las rosas.
Y entonces, irreprimible, suave, ella insinuó para sí: no lleves las flores, son muy lindas.
Un segundo después, muy suave todavía, el pensamiento fue levemente más intenso, casi tentador: no las regales, son tuyas. Laura se asustó un poco: porque las cosas nunca eran suyas.
Pero esas rosas lo eran. Rosadas, pequeñas, perfectas: lo eran. Las miró con incredulidad: eran lindas y eran suyas. Si consiguiera pensar algo más, pensaría: suyas como hasta entonces nada lo había sido.
Y podía quedarse con ellas, pues ya había pasado aquella primera molestia que hiciera que vagamente ella hubiese evitado mirar demasiado las rosas.
¿Por qué regalarlas, entonces?, ¿lindas y darlas? Entonces, cuando descubres una cosa bella, ¿entonces vas y la regalas? Si eran suyas, se insinuaba ella persuasiva sin encontrar otro argumento además del simple y repetido, que le parecía cada vez más convincente y simple. No iban a durar mucho, ¿por qué darlas entonces mientras estaban vivas? ¿Dar el placer de tenerlas mientras estaban vivas? El placer de tenerlas no significa gran riesgo —se engañó— pues, lo quisiera o no, en breve sería forzada a privarse de ellas, y entonces nunca más pensaría en ellas, pues ellas habrían muerto; no iban a durar mucho, entonces, ¿por qué regalarlas? El hecho de que no duraran mucho le parecía quitarle la culpa de quedarse con ellas, en una oscura lógica de mujer que peca. Pues se veía que iban a durar poco (iba a ser rápido, sin peligro). Y aunque —argumentó en un último y victorioso rechazo de culpa— no fuera de modo alguno ella quien había querido comprarlas, el vendedor había insistido mucho y ella se tornaba siempre muy tímida cuando la forzaban a algo, no había sido ella quien quiso comprar, ella no tenía culpa ninguna. Las miró encantada, pensativa, profunda.
Y, sinceramente, nunca vi en mi vida cosa más perfecta.
Bien, pero ella ahora había hablado con María y no tendría sentido volver atrás. ¿Era entonces demasiado tarde?, se asustó viendo las rosas que aguardaban impasibles en su mano. Si quisiera, no sería demasiado tarde... Podría decirle a María: «¡María, resolví que yo misma llevaré las rosas cuando vaya a cenar!». Y, claro, no las llevaría... María no tendría por qué saberlo. Antes de cambiarse de ropa ella se sentaría en el sofá por un momento, sólo por un momento, para mirarlas. Mirar aquel tranquilo desprendimiento de las rosas. Sí, porque ya estaba hecha la cosa, valía más aprovechar, no sería tan tonta de quedarse con la fama y sin el provecho. Eso mismo es lo que haría.
Pero con las rosas desenvueltas en la mano ella esperaba. No las ponía en el florero, no llamaba a María. Ella sabía por qué. Porque debía darlas. Oh, ella sabía por qué.
Y también que una cosa hermosa era para ser dada o recibida, no sólo para tenerla. Y, sobre todo, nunca para «ser». Sobre todo nunca se tenía que ser una cosa hermosa. Porque a una cosa hermosa le faltaba el gesto de dar. Nunca se debía quedar con una cosa hermosa, así como guardada dentro del silencio perfecto del corazón. (Aunque si ella no regalaba las rosas, ¿alguien lo descubriría alguna vez?, era horriblemente fácil y al alcance de la mano quedarse con ellas, ¿pues quién iría a descubrirlo? Y serían suyas, y por eso mismo las cosas quedarían así y no se hablaría más de eso...) ¿Entonces?, ¿y entonces?, se preguntó algo inquieta. Entonces, no. Lo que debía hacer era envolverlas y mandarlas, ahora sin ningún placer; envolverlas y, decepcionada, enviarlas; y asustada, quedar libre de ellas. Porque una persona debía tener coherencia, los pensamientos debían tener congruencia: si espontáneamente resolviera cederlas a Carlota, debería mantener la resolución y regalárselas. Porque nadie cambiaba de idea de un momento a otro.
Pero ¡cualquier persona se puede arrepentir!, se rebeló de pronto. Porque sólo en el momento en que tomó las rosas notó qué lindas eran. ¿O un poco antes? (Y éstas eran suyas.) El propio médico le había dado una palmada en la espalda diciéndole: «No se esfuerce por fingir, usted sabe que está bien», y después de eso la palmada fuerte en la espalda. Así, pues, ella no estaba obligada a tener coherencia, no tenía que probar nada a nadie y se quedaría con las rosas. (Eso mismo, eso mismo ya que éstas eran suyas.) —¿Están listas?
—Sí, ya están —dijo Laura sorprendida.
Las miró mudas en su mano. Impersonales en su extrema belleza. En su extrema tranquilidad perfecta de rosas. Aquella última instancia: la flor. Aquella última perfección: la luminosa tranquilidad.
Como viciosa, ella miraba ligeramente ávida la perfección tentadora de las rosas, con la boca un poco seca las miraba.
Hasta que, lentamente austera, envolvió los tallos y las espinas en el papel de China. Tan absorta había estado que sólo al extender el ramo preparado notó que ya María no estaba en la sala y se quedó sola con su heroico sacrificio. Vagamente, dolorosamente, las miró, así distantes como estaban en la punta del brazo extendido, y la boca quedó aún más apretada, aquella envidia, aquel deseo, pero ellas son mías, exclamó con gran timidez.
Cuando María regresó y cogió el ramo, por un pequeño instante de avaricia Laura encogió la mano reteniendo las rosas un segundo más... ¡ellas son tan lindas y son mías, es la primera cosa linda que es mía!, ¡y fue el hombre quien insistió, no fui yo quien las busqué!, ¡fue el destino quien lo quiso!, ¡oh, sólo esta vez!, ¡sólo esta vez y juro que nunca más! (Ella podría, por lo menos, sacar para sí una rosa, nada más que eso: una rosa para sí. Solamente ella lo sabría, y después nunca más, ¡oh, ella se comprometía a no dejarse tentar más por la perfección, nunca más!) Y en el minuto siguiente, sin ninguna transición, sin ningún obstáculo, las rosas estaban en manos de la sirvienta, ¡no en las suyas, como una carta que ya se ha echado en el correo!, ¡no se puede recuperar más ni arriesgar las palabras!, no sirve de nada gritar: ¡no fue eso lo que quise decir! Quedó con las manos vacías pero su corazón obstinado y rencoroso aún decía: «¡Todavía puedes alcanzar a María en las escaleras, bien sabes que puedes arrebatarle las rosas de las manos y robarlas!». Porque quitárselas ahora sería robarlas. ¿Robar lo que era suyo? Eso mismo es lo que haría cualquier persona que no tuviera lástima de las otras: ¡robaría lo que era de ella por derecho propio! ¡Oh, ten piedad, Dios mío! Puedes recuperarlas, insistía con rabia. Y entonces la puerta de la calle golpeó.
En ese momento la puerta de la calle golpeó.
Entonces lentamente ella se sentó con tranquilidad en el sofá. Sin apoyar la espalda. Sólo para descansar. No, no estaba enojada, oh, ni siquiera un poco. Pero el punto ofendido en el fondo de los ojos se había agrandado y estaba pensativo. Miró el florero. «Dónde están mis rosas», se dijo entonces muy sosegada.
Y las rosas le hacían falta. Habían dejado un lugar claro dentro de ella. Si se retira de una mesa limpia un objeto, por la marca más limpia que éste deja, se ve que alrededor había polvo. Las rosas habían dejado un lugar sin polvo y sin sueño dentro de ella. En su corazón, aquella rosa que por lo menos habría podido quedarse sin perjudicar a nadie en el mundo, faltaba. Como una ausencia muy grande. En verdad, como una falta. Una ausencia que entraba en ella como una claridad. Y, también alrededor de la huella de las rosas, el polvo iba desapareciendo. El centro de la fatiga se abría en un círculo que se ensanchaba. Como si ella no hubiera planchado ninguna camisa de Armando. Y en la claridad de las rosas, éstas hacían falta. «Dónde están mis rosas», se quejó sin dolor, alisando los pliegues de la falda.
Como cuando se exprime un limón en el té oscuro y éste se va aclarando, su cansancio iba aclarándose gradualmente. Sin cansancio alguno, por otra parte. Así como se encienden las luciérnagas. Ya que no estaba cansada, iba a levantarse y vestirse. Era la hora de comenzar.
Pero, con los labios secos, por un instante trató de imitar por dentro a las rosas. Ni siquiera era difícil.
Por suerte no estaba cansada. Así podría ir más fresca a la cena. ¿Por qué no poner sobre el cuellito de encaje auténtico el camafeo? Ese que el mayor trajera de la guerra en Italia. Embellecería más el escote. Cuando estuviera lista escucharía el ruido de la llave de Armando en la puerta. Debía vestirse. Pero todavía era temprano. Él se retrasaba por las dificultades del transporte. Todavía era de tarde. Una tarde muy linda.
Ya no era más de tarde.
Era de noche. Desde la calle subían los primeros ruidos de la oscuridad y las primeras luces.
En ese momento la llave entró con facilidad en el agujero de la cerradura.
Armando abriría la puerta. Apretaría el botón de la luz. Y de pronto en el marco de la puerta se recortaría aquel rostro expectante que él trataba de disfrazar pero que no podía contener. Después su respiración ansiosa se transformaría en una sonrisa de gran alivio. Aquella sonrisa embarazada de alivio que él jamás sospechaba que ella advertía. Aquella libido que probablemente, con una palmada en la espalda, le habían aconsejado a su pobre marido que ocultara. Pero que para el corazón tan lleno de culpa de la mujer había sido cada día la recompensa por haber dado de nuevo a aquel hombre la alegría posible y la paz, consagrada por la mano de un sacerdote austero que apenas permitía a los seres la alegría humilde, y no la imitación de Cristo.
La llave giró en la cerradura, la figura oscura y precipitada entró, la luz inundó con violencia la sala.
Y en la misma puerta se destacó él con aquel aire ansioso y de súbito paralizado, como si hubiera corrido leguas para no llegar demasiado tarde. Ella iba a sonreír. Para que él borrara la ansiosa expectativa del rostro, que siempre venía mezclada con la infantil victoria de haber llegado a tiempo para encontrarla aburrida, buena y diligente, a ella, su mujer. Ella iba a sonreír para que de nuevo él supiera que nunca más correría el peligro de llegar tarde. Había sido inútil recomendarles que nunca hablaran de aquello: ellos no hablaban pero habían logrado un lenguaje del rostro donde el miedo y la desconfianza se comunicaban, y pregunta y respuesta se telegrafiaban, mudas. Ella iba a sonreír. Se estaba demorando un poco, sin embargo, iba a sonreír.
Calma y suave, dijo:
—Volviste, Armando. Volviste.
Como si nunca fuera a entender, él mostró un rostro sonriente, desconfiado. Su principal trabajo era retener el aliento ansioso por su carrera en las escaleras, ya que ella estaba allí, sonriéndole. Como si nunca fuera a entender.
—Volví, y qué —dijo finalmente en tono expresivo.
Pero, mientras trataba de no entender jamás, el rostro cada vez más vacilante del hombre ya había entendido sin que se le hubiera alterado un rasgo. Su trabajo principal era ganar tiempo y concentrarse en retener la respiración. Lo que, de pronto, ya no era difícil. Pues inesperadamente él percibía con horror que la sala y la mujer estaban tranquilas y sin prisa. Pero desconfiando todavía, como quien fuese a terminar por dar una carcajada al comprobar el absurdo, él se obstinaba, sin embargo, en mantener el rostro torcido, mirándola en guardia, casi enemigo. De donde comenzaba a no poder impedir verla sentada con las manos cruzadas en el regazo, con la serenidad de la luciérnaga que tiene luz.
En la mirada castaña e inocente el embarazo vanidoso de no haber podido resistir.
—Volví, y qué —dijo él de repente, con dureza.
—No pude impedirlo —dijo ella, y en su voz había la última piedad por el hombre, la última petición de perdón que ya venía mezclada a la altivez de una soledad casi perfecta—. No pude impedirlo —repitió entregándole con alivio la piedad que ella consiguiera con esfuerzo guardar hasta que él llegara—. Fue por las rosas —dijo con modestia.
Como si fuese para retratar aquel instante, él mantuvo aún el mismo rostro ausente, como si el fotógrafo le pidiera solamente un rostro y no un alma. Abrió la boca e involuntariamente por un instante la cara tomó la expresión de cómico desprendimiento que él había usado para esconder la vergüenza cuando le pidiera un aumento al jefe. Al instante siguiente, desvió los ojos con vergüenza por la falta de pudor de su mujer que, suelta y serena, allí estaba.
Pero de pronto la tensión cayó. Sus hombros se bajaron, los rasgos del rostro cedieron y una gran pesadez lo relajó. Él la observó, envejecido, curioso.
Ella estaba sentada con su vestido de casa. Él sabía que ella había hecho lo posible para no tornarse luminosa e inalcanzable. Con timidez y respeto, él la miraba. Envejecido, cansado, curioso. Pero no tenía nada que decir. Desde la puerta abierta veía a su mujer que estaba sentada en el sofá, sin apoyar las espaldas, nuevamente alerta y tranquila como en un tren. Que ya partiera.

Laços de família (1960)


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o un ciego soñando
y en ese vuelo y en ese sueño
compartir contigo sol y luna,
siendo guardián en tu cielo
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CLARICE LISPECTOR ( Centenario de nacimiento) - Página 30 Empty Re: CLARICE LISPECTOR ( Centenario de nacimiento)

Mensaje por Maria Lua Sáb 27 Ago 2022, 09:08

Clarice Lispector
(Chechelnik, Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977)


Feliz cumpleaños
(“Feliz aniversário”)
Laços de família (1960)


La familia fue llegando poco a poco. Los que vinieron de Olaria estaban muy bien vestidos porque la visita significaba al mismo tiempo un paseo a Copacabana. La nuera de Olaria apareció vestida de azul marino, con adornos de chaquira y unos pliegues que disimulaban la barriga sin faja. El marido no vino por razones obvias: no quería ver a los hermanos. Pero mandó a la mujer para que no parecieran rotos todos los lazos, y ella vino con su mejor vestido para demostrar que no precisaba de ninguno de ellos, acompañada de sus tres hijos: dos niñas a las que ya les estaba naciendo el pecho, infantilizadas con olanes color rosa y enaguas almidonadas, y el chico acobardado por el traje nuevo y la corbata.
Zilda —la hija con la que vivía quien cumplía años— había dispuesto sillas unidas a lo largo de las paredes, como en una fiesta en la que se va a bailar, y la nuera de Olaria, después de saludar con la cara adusta a los de la casa, se apoltronó en una de las sillas y enmudeció, la boca apretada, manteniendo su posición de ultrajada. «Vine por no dejar de venir», le dijo a Zilda, sentándose en seguida, ofendida. Las dos chiquillas de color rosa y el chico, amarillos y muy peinados, no sabían muy bien qué actitud tomar y se quedaron de pie al lado de la madre, impresionados con su vestido azul marino y las chaquiras.
Después vino la nuera de Ipanema con dos nietos y la niñera. El marido llegaría después. Y como Zilda —la única mujer entre los seis hermanos y la única que, como estaba decidido desde hacía años, tenía espacio y tiempo para alojar a la del cumpleaños—, como Zilda estaba en la cocina ultimando con la sirvienta las croquetas y los sándwiches, quedaron: la nuera de Olaria muy dura, con sus hijos de corazón inquieto a su lado; la nuera de Ipanema en la hilera opuesta de las sillas, fingiendo ocuparse del bebé para no encarar a la concuñada de Olaria; la niñera, ociosa y uniformada, con la boca abierta.
Y a la cabecera de la mesa grande, la del aniversario, que ese día festejaba sus ochenta y nueve años.
Zilda, la dueña de la casa, había arreglado la mesa temprano, llenándola de servilletas de papel de colores y vasos de cartón alusivos a la fecha, esparciendo globos colgados del techo en algunos de los cuales estaba escrito «¡Happy Birthday!», en otros: «¡Feliz cumpleaños!». En el centro había dispuesto el enorme pastel. Para adelantar el expediente, había arreglado la mesa después del almuerzo, apoyando las sillas contra la pared, y mandó a los chicos a jugar en la casa del vecino para que no la desarreglaran.
Y, para ganar tiempo, había vestido a la festejada después del almuerzo. Desde ese momento le había puesto la presilla con el broche alrededor del cuello, esparciendo por arriba un poco de colonia para disfrazarle aquel olor a encierro, y la había sentado a la mesa. Y desde las dos de la tarde quien cumplía años estaba sentada a la cabecera de la ancha mesa vacía, tiesa, en la sala silenciosa.
De vez en cuando era consciente de las servilletas de colores. Miró curiosa a uno u otro globo que los coches que pasaban hacían estremecer. Y de vez en cuando aquella angustia muda: cuando seguía, fascinada e impotente, el vuelo de la mosca en tomo al pastel.
Hasta que a las cuatro horas había entrado la nuera de Olaria y después la de Ipanema.
Cuando la nuera de Ipanema pensó que no soportaría ni un minuto más la situación de estar sentada enfrente de la concuñada de Olaria —que harta de las ofensas pasadas no veía motivos para apartar los ojos desafiantes de la nuera de Ipanema— entraron finalmente José y la familia. Y apenas ellos se besaban cuando ya la sala comenzó a llenarse de gente, que ruidosamente se saludaba como si todos hubiesen esperado abajo el momento de, sofocados por el retraso, subir los tres escalones, hablando, arrastrando criaturas sorprendidas, llenando la sala e inaugurando la fiesta.
Los músculos del rostro de la agasajada ya no la interpretaban, de modo que nadie podía saber si se sentía alegre. Estaba puesta a la cabecera. Se trataba de una anciana grande y delgada, imponente y morena. Parecía hueca.
—Ochenta y nueve años, ¡sí, señor! —dijo José, el hijo mayor, ahora que había fallecido Jonga—. ¡Ochenta y nueve años, sí, señora! —dijo restregándose las manos en pública admiración y como imperceptible señal para los demás.
Todos interrumpieron atentos, y miraron a la del cumpleaños de un modo más oficial. Algunos movieron la cabeza en señal de admiración, como si se tratara de un récord. Cada año que la anciana vencía era una vaga etapa de toda la familia. ¡Sí, señor!, dijeron algunos sonriendo tímidamente.
—¡Ochenta y nueve años! —repitió Manuel, que era socio de José—. ¡Es una florecita! —agregó espiritual y nervioso, y todos rieron menos su esposa.
La vieja no daba señales.
Algunos no le habían traído ningún regalo. Otros le habían llevado una jabonera, un conjunto de jerséis, un broche de fantasía, una plantita de cactus, nada, nada que la dueña de casa pudiese aprovechar para sí misma o para sus hijos, nada que la propia agasajada pudiese realmente aprovechar, haciendo de esta manera algún ahorro: la dueña de la casa guardaba los regalos, amarga, irónica.
—¡Ochenta y nueve años! —repitió Manuel afligido, mirando a la esposa.
La vieja no daba señales.
Entonces, como si todos hubiesen tenido la prueba final de que no servía para nada esforzarse, con el encogimiento de hombros de quien estuviera junto a una sorda, continuaron haciendo solos su fiesta, comiendo los primeros sándwiches de jamón, más como prueba de animación que por apetito, jugando a que todos estaban muertos de hambre. Se sirvió el ponche, Zilda transpiraba, ninguna cuñada la había ayudado en realidad, la grasa caliente de las croquetas esparcía un olor a picnic; y de espaldas a la agasajada, que no podía comer frituras, ellos reían inquietos. ¿Y Cordelia? Cordelia, la nuera más joven, sentada, sonreía.
—¡No, señor! —respondió José con falsa severidad—, ¡hoy no se habla de negocios!
—¡Está bien, está bien! —retrocedió Manuel de inmediato, mirando rápidamente a su mujer, que de lejos extendía su oído atento.
—Nada de negocios —gritó José—, ¡hoy es el Día de la Madre!
A la cabecera de la mesa ya sucia, los vasos manchados, sólo permanecía el pastel entero; ella era la madre. La agasajada pestañeó.
Y cuando ya la mesa estaba inmunda, las madres enervadas con el barullo que los hijos hacían, mientras las abuelas se recostaban complacientes en las sillas, entonces apagaron la inútil luz del corredor para encender la vela del pastel, una vela grande con un papel en el que estaba escrito «89». Pero nadie elogió la idea de Zilda, y ella se preguntó angustiada si ellos no estarían pensando que había sido por economizar en las velas sin que nadie recordara que ninguno había contribuido ni siquiera con una caja de fósforos a la comida de la agasajada, que ella, Zilda, trabajaba como una esclava, con los pies exhaustos y el corazón sublevado. Entonces encendieron las velas. Y entonces José, el líder, cantó con más fuerza, entusiasmando con una mirada autoritaria a los más vacilantes o sorprendidos, «¡Vamos!», «¡Todos a la vez!» —y de repente todos comenzaron a cantar en voz alta como soldados—. Despertada por las voces, Cordelia miró despavorida. Como no habían ensayado, unos cantaron en portugués, y otros en inglés. Entonces intentaron corregirlo: y los que habían cantado en inglés se pusieron a cantar en portugués, y los que lo habían hecho en portugués cantaron en voz baja en inglés.
Mientras cantaban, la agasajada, a la luz de la vela, meditaba como si estuviera junto a una chimenea.
Eligieron al bisnieto menor, que, de bruces sobre el regazo de la madre animosa, ¡apagó la llama con un único soplido lleno de saliva! Por un instante aplaudieron la inesperada potencia del chico, que, espantado y jubiloso, miraba a todos encantado. La dueña de la casa esperaba con el dedo listo en el apagador del corredor, y encendió el foco.
—¡Viva mamá!
—¡Viva la abuela!
—¡Viva doña Anita! —dijo la vecina que había aparecido.
—¡Happy birthday! —gritaron los nietos del colegio Bennett.
Aplaudieron todavía con algunos aplausos espaciados.
—¡Parta el pastel, abuela! —dijo la madre de los cuatro hijos—. ¡Ella es quien debe partirlo! —aseguró incierta a todos, con aire íntimo e intrigante. Y, como todos aprobaron satisfechos y curiosos, ella de repente se tornó impetuosa—: ¡Parta el pastel, abuela!
Y de pronto la anciana cogió el cuchillo. Y sin vacilar, como si vacilando un momento toda ella cayera al frente, dio la primera tajada con puño de asesina.
—¡Qué fuerza! —secreteó la cuñada de Ipanema, y no se sabía si estaba escandalizada o agradablemente sorprendida. Estaba un poco horrorizada.
—Hasta hace un año ella era capaz de subir esas escaleras con más aliento que yo —dijo Zilda, amarga.
Una vez dado el primer tajo, como si la primera pala de tierra hubiese sido lanzada, todos se acercaron con el plato en la mano, insinuándose con fingidos codazos de animación, cada uno con su cuchara.
En poco tiempo las rebanadas fueron distribuidas en los platos, en un silencio lleno de confusión. Los hijos menores, con la boca escondida por la mesa y los ojos al nivel de ésta, seguían la distribución con muda intensidad. Las pasas rodaban del pastel entre migajas secas. Los chicos asustados veían cómo se desperdiciaban las pasas, y seguían con la mirada atenta la caída.
Y cuando fueron a mirar, ¿no se encontraron con que la agasajada ya estaba devorando su último bocado?
Y, por así decir, la fiesta había terminado.
Cordelia miraba a todos ausente, sonreía.
—¡Ya lo dije: hoy no se habla de negocios! —respondió José, radiante.
—¡Está bien, está bien! —retrocedió Manuel conciliador, sin mirar a la esposa que no le perdía de vista—. Está bien —Manuel intentó sonreír y una contracción le pasó rápida por los músculos de la cara.
—¡Hoy es el día de mamá! —dijo José.
En la cabecera de la mesa, el mantel manchado de Coca-Cola, el pastel deshecho, ella era la madre. La agasajada pestañeó.
Ellos se movían agitados, riendo a su familia. Y ella era madre de todos. Y si bien ella no se irguió, como un muerto que se levanta lentamente obligando a la mudez y al terror a los vivos, la agasajada se puso más tiesa en su silla, y más alta. Ella era la madre de todos. Y como la presilla la sofocaba, y ella era la madre de todos, impotente desde la silla, los despreciaba. Y los miraba pestañeando. Todos aquellos hijos suyos y nietos y bisnietos que no pasaban de carne de su rodilla, pensó de pronto como si escupiera. Rodrigo, el nieto de siete años, era el único que era carne de su corazón, Rodrigo, esa carita dura, viril, despeinada. ¿Dónde estaba Rodrigo con la mirada somnolienta y entumecida, con su cabecita ardiente, confundida? Aquél sería un hombre. Pero, parpadeando, ella miraba a los otros, ella, la agasajada. ¡Oh, el desprecio por la vida que fallaba! ¿Cómo?, ¿cómo habiendo sido tan fuerte había podido dar a luz a aquellos seres opacos, con brazos blandos y rostros ansiosos? Ella, la fuerte, que se había casado en la hora y el tiempo debidos con un buen hombre a quien, obediente e independiente, ella respetó y que le hizo hijos y le pagó los partos y le honró las abstinencias. El tronco había sido bueno. Pero había dado aquellos ácidos e infelices frutos, sin capacidad siquiera para una buena alegría. ¿Cómo había podido ella dar a luz a aquellos seres risueños, débiles, sin austeridad? El rencor rugía en su pecho vacío. Unos comunistas, eso es lo que eran; unos comunistas. Los miró con su cólera de vieja. Parecían ratones acodándose, eso parecía su familia.
Irrefrenable, dio vuelta a la cabeza y con fuerza insospechada escupió en el suelo.
—¡Mamá! —gritó mortificada la dueña de la casa—. ¡Qué es eso, mamá! —gritó traspasada de vergüenza, sin querer mirar siquiera a los demás, sabía que los desgraciados se miraban entre sí victoriosamente, como si le correspondiera a ella educar a la vieja, y no faltaría mucho para que dijeran que ella ya no bañaba más a su madre, jamás comprenderían el sacrificio que ella hacía—. ¡Mamá, qué es eso! —dijo en voz baja, angustiada—. ¡Usted nunca hizo eso! —agregó bien alto para que todos escucharan, quería sumarse al escándalo de los otros, cuando el gallo cante por tercera vez renegarás de tu madre. Pero su enorme vergüenza se suavizó cuando ella percibió que los demás bajaban la cabeza como si estuvieran de acuerdo en que la vieja ahora no era más que una criatura.
—Últimamente le ha dado por escupir —terminó entonces confesando afligida ante todos.
Ellos miraron a la agasajada, compungidos, respetuosos, en silencio.
Parecían ratones amontonados esa familia suya. Los chicos, aunque crecidos —probablemente ya habían pasado los cincuenta años, ¡qué sé yo!—, los chicos todavía conservaban bonitos rasgos. Pero ¡qué mujeres habían elegido! ¡Y qué mujeres las que los nietos —todavía más débiles y agrios— habían escogido! Todas vanidosas y de piernas flacas, con aquellos collares falsificados de mujeres que a la hora no aguantan la mano, aquellas mujercitas que casaban mal a sus hijos, que no sabían poner en su lugar a una sirvienta, y todas ellas con las orejas llenas de aretes, ¡ninguno, ninguno de oro! La rabia la sofocaba.
—¡Denme un vaso de vino! —exigió.
De pronto se hizo el silencio, cada uno con un vaso inmovilizado en la mano.
—Abuelita, ¿no le va a hacer mal? —insinuó cautelosamente la nieta rolliza y bajita.
—¡Qué abuelita ni qué nada! —explotó ácidamente la agasajada—. ¡Que el diablo se los lleve, banda de maricas, cornudos y vagabundos!, ¡quiero un vaso de vino, Dorothy! —ordenó.
Dorothy no sabía qué hacer, miró a todos en una cómica llamada de auxilio. Pero como máscaras eximidas e inapelables, ningún rostro se manifestaba. La fiesta interrumpida, los sándwiches mordidos en la mano, algún pedazo que estuviera en la boca hinchando hacia fuera las mejillas. Todos se habían quedado ciegos, sordos y mudos, con las croquetas en las manos. Y miraban impasibles.
Desamparada, divertida, Dorothy le dio el vino: astutamente, apenas dos dedos en el vaso. Inexpresivos, preparados, todos esperaban la tempestad.
Pero la agasajada no explotó con la miseria del vino que Dorothy le había dado, que no se movió en el vaso. Su mirada estaba fija, silenciosa. Como si nada hubiera pasado.
Todos miraron corteses, sonriendo ciegamente, abstractos como si un perro hubiese hecho pis en la sala. Con estoicismo, recomenzaron las bocas y las risas. La nuera de Olaria, que había tenido su primer momento de unión con los demás cuando la tragedia victoriosamente parecía próxima a desencadenarse, tuvo que retornar solitaria a su severidad, sin contar siquiera con el apoyo de los tres hijos que ahora se mezclaban traidoramente con los otros. Desde su silla monacal, ella analizaba críticamente esos vestidos sin ningún modelo determinado, sin un pliegue, qué manía tenían de usar vestido negro con collar de perlas, eso no era de moda ni cosa que se le pareciera, no pasaba de maniobra de tacañería. Examinaba distante los sándwiches que casi no tenían mantequilla. Ella no se había servido nada, ¡nada! Solamente había comido una sola cosa de cada plato, para probar.
Por así decir, la fiesta había terminado.
Todos se quedaron sentados, benevolentes. Algunos con la atención vuelta hacia dentro de sí, a la espera de algo que decir. Otros vacíos y expectantes, con una sonrisa amable, el estómago lleno de aquellas porquerías que no alimentaban pero quitaban el hambre. Los chicos, incontrolables ya, gritaban llenos de vigor. Algunos tenían la cara mugrienta; otros, los más pequeños, estaban mojados; la tarde había caído rápidamente. ¿Y Cordelia? Cordelia miraba ausente, con una sonrisa atontada, soportando sola su secreto. ¿Qué tenía ella?, preguntó alguien con curiosidad negligente, señalándola de lejos con la cabeza, pero nadie respondió. Encendieron el resto de las luces para precipitar la tranquilidad de la noche, los chicos comenzaban a pelearse. Pero las luces eran más pálidas que la tensión pálida de la tarde. Y el crepúsculo de Copacabana, sin ceder, mientras tanto se ensanchaba cada vez más y penetraba por las ventanas como un peso.
—Tengo que irme —dijo perturbada una de las nueras, levantándose y sacudiéndose las migas de la falda. Varios se levantaron sonriendo.
La agasajada recibió un beso cauteloso de cada uno como si su piel tan poco familiar fuese una trampa. E, impasible, parpadeando, recibió aquellas palabras voluntariamente atropelladas que le decían intentando dar un ímpetu final de efusión a lo que no era otra cosa que pasado; la noche ya había caído casi por completo. La luz de la sala parecía entonces más amarilla y más rica, las personas envejecidas. Los chicos ya estaban histéricos.
—Ella debe pensar que el pastel sustituye a la cena —se preguntaba la vieja, allá en sus profundidades.
Pero nadie podría adivinar lo que ella pensaba. Y para aquellos que junto a la puerta todavía la miraron una vez más, la agasajada era sólo lo que parecía ser: sentada a la cabecera de la mesa sucia, con la mano cerrada sobre el mantel como sujetando un cetro, y con aquella mudez que era su última palabra. Con un puño cerrado sobre la mesa, nunca más sería únicamente lo que ella pensara. Su apariencia final la había sobrepasado y, superándola, se agigantaba serena. Cordelia la miró espantada. El puño mudo y severo sobre la mesa decía a la infeliz nuera que sin remedio amaba quizás por última vez: Es necesario que se sepa. Es necesario que se sepa. Que la vida es corta. Que la vida es corta.
Sin embargo, ninguna vez más lo repitió. Porque la verdad es un relámpago. Cordelia la miró espantada. Y, nunca más, ni una sola vez lo repitió mientras Rodrigo, el nieto de la agasajada, empujaba la mano de aquella madre culpable, perpleja y desesperada que una vez más miró hacia atrás implorando a la vejez todavía una señal de que una mujer debe, en su ímpetu afligido, finalmente aferrar su última oportunidad y vivir. Una vez más Cordelia quiso mirar.
Pero para esa nueva mirada, la agasajada era una vieja a la cabecera de la mesa.
Había pasado el relámpago. Y arrastrada por la mano paciente e insistente de Rodrigo, la nuera lo siguió, aterrada.
—No todos tienen el privilegio y el orgullo de reunirse alrededor de la madre —carraspeó José recordando que era Jonga el que hacía los discursos.
—De la madre, ¡al diablo! —rió bajito la sobrina, y la prima más lenta rió sin ver la gracia.
—Nosotros lo tenemos —dijo Manuel, tímido, sin volver a mirar a su mujer—. Nosotros tenemos ese gran privilegio —dijo distraído, enjugándose la palma húmeda de las manos.
Pero no era nada de eso, sólo el malestar de la despedida, sin saber nunca lo que debía decirse, José esperaba de sí mismo con perseverancia y con fe la próxima frase del discurso. Que no venía. Que no venía. Que no venía. Los otros aguardaban. ¡Qué falta hacía Jonga en esos momentos! —José se enjugó la frente con el pañuelo—, ¡qué falta hacía Jonga en esos momentos! Claro que también había sido el único al que la vieja siempre aprobaba y respetaba, y era eso lo que dio a Jonga tanta seguridad. Y cuando él murió, nunca más la vieja volvió a hablar de él, poniendo una pared entre su muerte y los otros. Tal vez lo había olvidado. Pero no había olvidado aquella mirada firme y directa con que siempre miraba a los otros hijos, haciéndoles cada vez desviar los ojos. El amor de madre es duro de soportar: José se enjugó la frente, heroico, risueño.
Y de repente llegó la frase:
—¡Hasta el año que viene! —dijo José súbitamente malicioso, encontrando, de esta manera, sin más ni menos, la frase adecuada: ¡una indirecta feliz!—. Hasta el año que viene, ¿eh? —repitió con miedo de no haber sido comprendido.
La miró, orgulloso de la artimaña de la vieja que astutamente siempre vivía un año más.
—¡El año que viene nos veremos frente al pastel encendido! —aclaró mejor el otro hijo, Manuel, perfeccionando el espíritu del socio—. ¡Hasta el año que viene, mamá!, ¡y frente al pastel encendido! —dijo él explicando todo mejor, cerca de su oreja, mientras miraba obsequioso a José. Y de pronto la vieja lanzó una carcajada, una risa floja, comprendiendo la alusión.
Entonces ella abrió la boca y dijo:
—Así es.
Estimulado porque su frase hubiera dado tan buenos resultados, José le gritó emocionado, agradecido, con los ojos húmedos: —¡El año que viene nos veremos, mamá!
—¡No soy sorda! —dijo la agasajada ruda, afectuosa.
Los hijos se miraron riendo, vejados, felices. La cosa había dado en el blanco. Los chicos fueron saliendo alegres, con el apetito arruinado. La nuera de Olaria dio una palmada de venganza a su hijo, demasiado alegre y ya sin corbata. Las escaleras eran tan difíciles, oscuras, increíble insistir en vivir en un edificio que fatalmente sería demolido un día de éstos, y en el juicio de desalojo Zilda todavía iba a dar trabajo y querer empujar a la vieja hacia las nueras. Pisando el último escalón, con alivio, los invitados se encontraron en la tranquilidad fresca de la calle. Era noche, sí. Con su primer escalofrío.
Adiós, hasta otro día, tenemos que vernos. Vengan a vernos, se dijeron rápidamente. Algunos consiguieron mirar los ojos de los otros con una cordialidad sin recelo. Algunos abotonaban los abrigos de los chicos, mirando al cielo en busca de una señal del tiempo. Todos sentían oscuramente que en la despedida tal vez se hubiera podido —y ahora sin peligro de compromisos— ser más bondadosos y decir una palabra de más —¿qué palabra?—. Ellos no lo sabían bien, y se miraban sonrientes, mudos. Era un instante que podía ser vivo. Pero que estaba muerto. Comenzaron a separarse, caminando medio de costado, sin saber cómo desligarse de los parientes sin brusquedad.
—¡Hasta el año que viene! —repitió José la feliz indirecta, saludando con la mano con efusivo vigor, los escasos cabellos blancos volando. Estaba gordo, pensaron, necesita cuidar el corazón—. ¡Hasta el año que viene! —gritó José elocuente y grande, y su altura parecía desmoronable. Pero las personas que ya se habían alejado no sabían si debían reír alto para que él escuchara o si bastaría con sonreír en la oscuridad. Aunque algunos pensaron que felizmente había algo más que una broma en la indirecta y que sólo en el próximo año estarían obligados a encontrarse delante del pastel encendido; mientras que otros, ya en la oscuridad de la calle, pensaron si la vieja resistiría un año más a los nervios y a la impaciencia de Zilda, pero ellos sinceramente nada podían hacer al respecto. «Por lo menos noventa años», pensó melancólica la nuera de Ipanema. «Para completar una fecha linda», pensó soñadora.
Mientras tanto, allá arriba, por encima de escaleras y contingencias, la agasajada estaba sentada a la cabecera de la mesa, erecta, definitiva, más grande que ella misma. ¿Es que hoy no habrá cena?, meditaba ella. La muerte era su misterio.


Laços de família (1960)




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"Ser como un verso volando
o un ciego soñando
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compartir contigo sol y luna,
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CLARICE LISPECTOR ( Centenario de nacimiento) - Página 30 Empty Re: CLARICE LISPECTOR ( Centenario de nacimiento)

Mensaje por Maria Lua Lun 29 Ago 2022, 19:48

Clarice Lispector
(Chechelnik, Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977)


La mujer más pequeña del mundo
(“A menor mulher do mundo”)
Laços de família (1960)



En las profundidades del África Ecuatorial, el explorador francés Marcel Pretre, cazador y hombre de mundo, se topó con una tribu de pigmeos de una pequeñez sorprendente. Más sorprendido quedó al ser informado de que existía un pueblo todavía más diminuto allende florestas y distancias. Entonces, más hacia las profundidades, él fue.
En el Congo Central descubrió realmente a los pigmeos más pequeños del mundo. Y —como una caja dentro de una caja dentro de una caja— entre los menores pigmeos del mundo estaba el menor de los menores pigmeos del mundo, obedeciendo tal vez a la necesidad que a veces tiene la naturaleza de excederse a sí misma.
Entre mosquitos y árboles tibios de humedad, entre las hojas ricas del verde más perezoso, Marcel Pretre se enfrentó con una mujer de cuarenta y cinco centímetros, madura, negra, callada. «Oscura como un mono», informaría él a la prensa, y que vivía en lo alto de un árbol con su pequeño concubino. En los cálidos humores silvestres, que tempranamente maduran las frutas y les dan una casi intolerable dulzura al paladar, ella estaba grávida.
Allí en pie estaba, por lo tanto, la mujer más pequeña del mundo. Por un instante, en el zumbido del calor, fue como si el francés hubiese llegado inesperadamente a una última conclusión. Seguramente, por no tratarse de un loco, su alma no desvarió ni perdió los límites. Sintiendo una inmediata necesidad de orden, y de dar nombre a lo que existe, le dio el apodo de Pequeña Flor. Y para conseguir clasificarla entre las realidades reconocibles, de inmediato comenzó a recoger datos sobre ella.
Su raza estaba siendo exterminada paulatinamente. Pocos ejemplares humanos restan de esa especie que, de no ser por el disimulado peligro del África, sería un pueblo difundido. Fuera de la enfermedad, infectado hálito de aguas, la comida deficiente y las fieras que rondaban, el gran peligro para los escasos likuoalas está en los salvajes bantúes, amenaza que los rodea en el aire silencioso como en madrugada de batalla. Los bantúes los cazan con redes, como hacen con los monos. Y los comen. Así: los cazan con redes y los comen. La pequeña raza, siempre retrocediendo y retrocediendo, terminó acuartelándose en el corazón de África, donde el afortunado explorador la descubriría. Por defensa estratégica, viven en los árboles más altos. De donde descienden las mujeres para cocinar maíz, moler mandioca y recoger verduras; los hombres, para cazar. Cuando nace un hijo, casi inmediatamente le es dada la libertad. Es verdad que muchas veces la criatura no usufructúa mucho tiempo esa libertad entre fieras. Pero también es verdad que, por lo menos, no lamentará que, para tan corta vida, largo haya sido el trabajo. Pues hasta el lenguaje que la criatura aprende es breve y simple, apenas lo esencial. Los likoualas usan pocos nombres, llaman a las cosas por gestos y sonidos animales. Como avance espiritual, tienen un tambor. Mientras bailan al son del tambor, un macho pequeño queda de guardia contra los bantúes, que quién sabe de dónde vendrán.
Fue así, pues, como el explorador descubrió, de pie y a sus pies, la cosa humana más pequeña que existe. Su corazón latió porque ni siquiera una esmeralda es cosa tan rara. Ni las enseñanzas de los sabios de la India son tan raras. Ni el hombre más rico de la tierra ha puesto los ojos sobre tan extraña gracia. Allí estaba una mujer que ni la glotonería del más fino sueño jamás habría podido imaginar. Fue entonces cuando el explorador dijo tímidamente y con una delicadeza de sentimientos de los que su esposa jamás lo hubiera creído capaz:
—Tú eres Pequeña Flor.
En ese instante, Pequeña Flor se rascó donde una persona no se rasca. El explorador —como si estuviera recibiendo el más alto premio de castidad a que un hombre siempre muy idealista osa aspirar—, el explorador, tan experimentado, desvió los ojos.
La fotografía de Pequeña Flor fue publicada en el suplemento a color de los diarios del domingo, donde cupo a tamaño natural. Envuelta en un paño, con la barriga en estado adelantado. La nariz chata, la cara negra, los ojos hondos, los pies planos. Parecía un perrito.
Ese domingo, en un apartamento, una mujer, al mirar en el diario abierto el retrato de Pequeña Flor, no quiso mirarlo por segunda vez «porque me da pena».
En otro apartamento, una señora tuvo tal perversa ternura por la pequeñez de la mujercita africana que —siendo mucho mejor prevenir que curar— jamás se debería dejar a Pequeña Flor a solas con la ternura de la tal señora. ¡Quién sabe a qué oscuridades de amor puede llegar el cariño! La señora pasó todo el día perturbada, se diría que presa de la nostalgia. Además, era primavera y una bondad peligrosa estaba en el aire.
En otra casa una nena de cinco años de edad, viendo el retrato y escuchando los comentarios, quedó muy asustada. En aquella casa de adultos, hasta ahora esa niña había sido el más pequeño de los seres humanos. Y, si bien eso era la fuente de las mejores caricias, también era la fuente de este primer miedo al amor tirano. La existencia de Pequeña Flor llevó a la niña a sentir —con una vaguedad que sólo muchos años después, por motivos muy diferentes, habría de concretarse en pensamiento—, llevó a sentir, en una primera sabiduría, que «la desgracia no tiene límites».
En otra casa, en la consagración de la primavera, una joven novia tuvo un éxtasis de piedad: —¡Mamá, mira la fotografía de ella, pobrecita!, ¡mira qué triste está!
—Pero —dijo la madre, dura, derrotada y orgullosa—, pero es una tristeza animal, no es una tristeza humana.
—¡Oh, mamá! —dijo la muchacha muy desanimada.
Fue en otra casa donde un chico despierto tuvo una idea astuta:
—Mamá, ¿si yo pusiera a esa mujercita africana en la cama de Pablito, mientras él está durmiendo?, cuando él se despertara, qué susto, ¿eh?, ¡qué griterío viéndola sentada en la cama! ¡Y uno podría jugar tanto con ella, uno la tendría de juguete, no!
La madre de él estaba en ese instante poniéndose tubos en el cabello frente al espejo del baño, y recordó lo que una cocinera le había contado de su tiempo de orfanato. No teniendo muñeca para jugar, y con la maternidad ya latiendo fuerte en el corazón de las huérfanas, las niñas más astutas habían escondido de las monjas el cadáver de una de las chicas. Guardaron el cadáver en un armario hasta que la monja salió, y jugaron con la niña muerta, la bañaron, le dieron de comer, la pusieron en penitencia solamente para después poder besarla, consolándola. De todo eso se acordó la madre en el baño, y bajó las manos levantadas, llenas de horquillas. Y consideró la crueldad de la necesidad de amar. Consideró la malignidad de nuestro deseo de ser feliz. Consideró la ferocidad con que queremos jugar. Y el número de veces en que mataremos por amor. Entonces miró al hijo astuto como si mirase a un extraño peligroso. Y sintió horror de su propia alma que, más que su cuerpo, había engendrado a aquel ser apto para la vida y la felicidad. Así miró ella, con mucha atención y un orgullo incómodo, a aquel niño que ya estaba sin los dientes de delante, ¡la evolución, la evolución haciéndose, un diente cayendo para que nazca otro que muerda mejor! «Voy a comprarle un traje nuevo», resolvió, mirándolo absorto. Obstinadamente adornaba al hijo desdentado con ropas finas, obstinadamente lo quería limpio, como si la limpieza diera énfasis a una superficialidad tranquilizadora, perfeccionando obstinadamente el lado amable de la belleza. Obstinadamente alejándose, alejándolo, de algo que debía ser «oscuro como un mono». Entonces, mirando al espejo del baño, la madre sonrió intencionadamente fina y delicada, colocando entre su rostro de líneas abstractas y la cara desnuda de Pequeña Flor la distancia insuperable de milenios. Pero, con años de práctica, sabía que ése sería un domingo en el que tendría que disfrazar consigo misma la ansiedad, el sueño y los milenios perdidos.
En otra casa, junto a una pared, se dieron al trabajo alborozado de calcular con una cinta métrica los cuarenta y cinco centímetros de Pequeña Flor. Y fue ahí mismo donde, encantados, se asustaron al descubrir que ella era todavía más pequeña de lo que la más aguda imaginación inventara. En el corazón de cada miembro de la familia nació, nostálgico, el deseo de tener para sí aquella cosa menuda e indomable, aquella cosa salvada de ser comida, aquella fuente permanente de caridad. El alma ávida de la familia quería volcarse en devoción. Y, quién sabe, ¿quién no deseó alguna vez poseer a un ser humano solamente para sí? Lo que, en verdad, no siempre sería cómodo, porque hay horas en que no se quiere tener sentimientos.
—Apuesto a que si ella viviera aquí terminábamos en una pelea —dijo el padre sentado en el sillón, dándole la vuelta definitivamente a la página del diario—. En esta casa todo termina en pelea.
—Tú, José, siempre pesimista —dijo la madre.
—¿Ya has pensado, mamá, qué tamaño tendría su bebé? —dijo ardiente la hija mayor, de trece años.
El padre se movió detrás del diario.
—Debe de ser el bebé negro más pequeño del mundo —respondió la madre, derritiéndose de gusto—. ¡Imagínense, ella sirviendo la mesa aquí, en casa!, ¡y con la barriguita grande!
—¡Basta de esas conversaciones! —tronó el padre.
—Tendrás que convenir en que se trata de una cosa rara —dijo la madre, inesperadamente ofendida—; lo que pasa es que eres un insensible.
¿Y la propia cosa rara?
Mientras tanto, en África, la propia cosa rara tenía en el corazón (quién sabe si también negro, pues en una naturaleza que se equivocó una vez ya no se puede confiar más), mientras tanto la propia cosa rara tenía en el corazón algo más raro todavía, algo así como el secreto del mismo secreto: un hijo mínimo. Metódicamente, el explorador examinó con la mirada la barriguita más pequeña de un ser humano maduro. Fue en ese instante en que el explorador, por primera vez desde que la conociera, en vez de sentir curiosidad o exaltación o triunfo o espíritu científico, el explorador sintió malestar.
Es que la mujer más pequeña del mundo se estaba riendo.
Estaba riéndose cálida, cálida. Pequeña Flor estaba gozando de la vida. La propia cosa rara estaba sintiendo la inefable sensación de no haber sido comida todavía.
No haber sido comida era algo que, en otros momentos, le inspiraba el ágil impulso de saltar de rama en rama. Pero, en este momento de tranquilidad, entre las espesas hojas del Congo Central, ella no estaba aplicando ese impulso a una acción, y el impulso se había concentrado todo en la propia pequeñez de la propia cosa rara. Y entonces ella se reía. Era una risa como sólo quien no habla ríe. Esa risa, el explorador, incómodo, no consiguió clasificarla. Y ella continuó disfrutando de su propia risa suave, ella, que no estaba siendo devorada.
No ser devorado es el sentimiento más perfecto. No ser devorado es el objetivo secreto de toda una vida. Mientras ella no estaba siendo comida, su risa bestial era tan delicada como es delicada la alegría. El explorador estaba atrapado.
En segundo lugar, si la propia cosa rara estaba riendo era porque, dentro de su pequeñez, una gran oscuridad se había puesto en movimiento.
Porque la propia cosa rara sentía el pecho tibio de lo que se podía llamar Amor. Ella amaba a aquel explorador amarillo. Si hubiese sabido hablar para decirle que lo amaba, él se hincharía de vanidad. Vanidad que disminuiría cuando ella agregara que también amaba mucho el anillo del explorador y que amaba mucho la bota del explorador. Y cuando él se deshinchara avergonzado, Pequeña Flor no comprendería por qué. Porque, ni de lejos, su amor por el explorador —hasta puede decirse «profundo amor», ya que, no teniendo otros recursos, ella estaba reducida a la profundidad—, pues ni de lejos su amor profundo por el explorador quedaría desvalorizado por el hecho de que ella también amaba su bota. Existe un viejo equívoco sobre la palabra amor, y si muchos hijos nacen de esa equivocación, tantos otros perdieron el único instante de nacer solamente por causa de una susceptibilidad que exige que sea, ¡de mí, para mí!, que se guste, no de mi dinero. Pero en la humedad de la selva no existen esos refinamientos crueles, el amor es no ser comido, amor es encontrar hermosa una bota, amor es gustar del color raro de un hombre que no es negro, amor es reír de amor a un anillo que brilla. Pequeña Flor parpadeaba de amor, y rió cálida, pequeña, grávida, cálida.
El explorador intentó sonreír nuevamente, sin saber exactamente a qué abismo respondía su sonrisa, y entonces se perturbó como solamente un hombre de semejante tamaño se perturba. Disimuló, acomodándose mejor su sombrero de explorador, y enrojeció púdicamente. Tomó un lindo color, un rosa verdoso, como el de un limón de madrugada. Él debía de ser ácido.
Fue probablemente al acomodar mejor su casco simbólico cuando el explorador se llamó al orden, recuperó con severidad la disciplina de trabajo, y recomenzó a anotar. Había aprendido a comprender algunas de las pocas palabras articuladas de la tribu, y a interpretar las señales. Ya conseguía hacer preguntas.
Pequeña Flor respondió que sí. Que era muy lindo tener un árbol para vivir, suyo, de ella. Pues —y eso ella no lo dijo, pero sus ojos se tornaron tan oscuros que lo dijeron—, pues era bueno poseer, era bueno poseer, era bueno poseer. El explorador pestañeó varias veces.
Marcel Pretre tuvo varios momentos difíciles consigo mismo. Pero por lo menos se ocupó de tomar notas. Quien no tomó notas tuvo que arreglárselas como pudo:
—Pues mire —declaró de repente la vieja cerrando el diario con decisión—, pues mire, yo sólo le digo una cosa: Dios sabe lo que hace.



Laços de família (1960)


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Mensaje por Maria Lua Sáb 03 Sep 2022, 15:02

Entreabrí solamente lo bastante para que mi delgado cuerpo de niña pudiese pasar. Y, pie tras pie, más que veloz, andaba por el pedregullo que rodeaba los canteros. Hasta llegar a la rosa fue un siglo de corazón batiente. Héme aquí al final delante de ella. Paro un instante, peligrosamente, porque de cerca ella aún es más linda. Finalmente comienzo a quebrarle el tallo, arañándome con las espinas y chupando la sangre de los dedos. Y, de repente toda ella en mi mano. La corrida de vuelta al portón tenía también que ser sin barullo. Por el portón que dejara entreabierto, pasé asegurando la rosa. Y entonces las dos pálidas, yo y la rosa, corrimos literalmente lejos de la casa.


¿Y qué era lo que hacía con la rosa? Eso hacía: ella era mía.
La llevé a mi casa, la coloqué en una copa de agua, donde quedó soberana, de pétalos gruesos y aterciopelados, con varios matices de rosa-té. En su centro el color se concentraba más y su corazón casi parecía bermejo.
Fue tan bueno.
Fue tan bueno que simplemente pasé a robar rosas. El proceso era siempre el mismo: la niña vigilando, yo entrando, yo quebrando el tallo y huyendo con la rosa en mi mano. Siempre con el corazón batiendo y siempre con aquella gloria que nadie me sacaba.


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Mensaje por Maria Lua Sáb 03 Sep 2022, 16:44

Clarice Lispector
(Chechelnik, Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977)


La cena
(“O jantar”)
Originalmente publicado en el periódico A manh (Río de Janeiro, 13 de octubre de 1946);
Laços de família (1960)

Él entró tarde en el restaurante. Por cierto, hasta entonces se había ocupado de grandes negocios. Podría tener unos sesenta años, era alto, corpulento, de cabellos blancos, cejas espesas y manos potentes. En un dedo el anillo de su fuerza. Se sentó amplio y firme.
Lo perdí de vista y mientras comía observé de nuevo a la mujer delgada, la del sombrero. Ella reía con la boca llena y le brillaban los ojos oscuros.
En el momento en que yo llevaba el tenedor a la boca, lo miré. Ahí estaba, con los ojos cerrados masticando pan con vigor, mecánicamente, los dos puños cerrados sobre la mesa. Continué comiendo y mirando. El camarero disponía los platos sobre el mantel. Pero el viejo mantenía los ojos cerrados. A un gesto más vivo del camarero, él los abrió tan bruscamente que ese mismo movimiento se comunicó a las grandes manos y un tenedor cayó. El camarero susurró palabras amables, inclinándose para recogerlo; él no respondió. Porque, ahora despierto, sorpresivamente daba vueltas a la carne de un lado para otro, la examinaba con vehemencia, mostrando la punta de la lengua —palpaba el bistec con un costado del tenedor, casi lo olía, moviendo la boca de antemano—. Y comenzaba a cortarlo con un movimiento inútilmente vigoroso de todo el cuerpo. En breve llevaba un trozo a cierta altura del rostro y, como si tuviera que cogerlo en el aire, lo cobró con un impulso de la cabeza. Miré mi plato. Cuando lo observé de nuevo, él estaba en plena gloria de la comida, masticando con la boca abierta, pasando la lengua por los dientes, con la mirada fija en la luz del techo. Yo iba a cortar la carne nuevamente, cuando lo vi detenerse por completo.
Y exactamente como si no soportara más —¿qué cosa?— cogió rápido la servilleta y se apretó las órbitas de los ojos con las dos manos peludas. Me detuve, en guardia. Su cuerpo respiraba con dificultad, crecía. Retira finalmente la servilleta de los ojos y observa atontado desde muy lejos. Respira abriendo y cerrando desmesuradamente los párpados, se limpia los ojos con cuidado y mastica lentamente el resto de comida que todavía tiene en la boca.
Un segundo después, sin embargo, está repuesto y duro, toma una porción de ensalada con el cuerpo todo inclinado y come, el mentón altivo, el aceite humedeciéndole los labios. Se interrumpe un momento, enjuga de nuevo los ojos, balancea brevemente la cabeza —y nuevo bocado de lechuga con carne engullido en el aire—. Le dice al camarero que pasa:
—Éste no es el vino que le pedí.
La voz que esperaba de él: voz sin posibles réplicas, por lo que yo veía que jamás se podría hacer algo por él. Nada, sino obedecerlo.
El camarero se alejó, cortés, con la botella en la mano.
Pero he ahí que el viejo se inmoviliza de nuevo como si tuviera el pecho contraído y enfermo. Su violento vigor se sacude preso. Él espera. Hasta que el hambre parece asaltarlo y comienza a masticar con apetito, las cejas fruncidas. Yo sí comencé a comer lentamente, un poco asqueado sin saber por qué, participando también no sabía de qué. De pronto se estremece, llevándose la servilleta a los ojos y apretándolos con una brutalidad que me extasía... Abandono con cierta decisión el tenedor en el plato, con un ahogo insoportable en la garganta, furioso, lleno de sumisión. Pero el viejo se demora con la servilleta sobre los ojos. Esta vez, cuando la retira sin prisa, las pupilas están extremadamente dulces y cansadas, y, antes de que él se las enjugara, vi. Vi la lágrima.
Me inclino sobre la carne, perdido. Cuando finalmente consigo encararlo desde el fondo de mi rostro pálido, veo que también él se ha inclinado con los codos apoyados sobre la mesa, la cabeza entre las manos. Realmente él ya no soportaba más. Las gruesas cejas estaban juntas. La comida debía de haberse detenido un poco más abajo de la garganta bajo la dureza de la emoción, pues cuando él estuvo en condiciones de continuar hizo un terrible gesto de esfuerzo para engullir y se pasó la servilleta por la frente. Yo no podía más, la carne en mi plato estaba cruda, y yo era quien no podía continuar más. Sin embargo, él comía.
El camarero trajo la botella dentro de una vasija con hielo. Yo observaba todo, ya sin discriminar: la botella era otra, el camarero de chaqueta, la luz aureolaba la cabeza gruesa de Plutón que ahora se movía con curiosidad, goloso y atento. Por un momento el camarero me tapa la visión del viejo y apenas veo las alas negras de una chaqueta: sobrevolando la mesa, vertía vino tinto en la copa y aguardaba con los ojos ardientes —porque ahí estaba seguramente un señor de buenas propinas, uno de esos viejos que todavía están en el centro del mundo y de la fuerza—. El viejo, engrandecido, tomó un trago, con seguridad, dejó la copa y consultó con amargura el sabor en la boca. Restregaba un labio con otro, restallaba la lengua con disgusto como si lo que era bueno fuera intolerable. Yo esperaba, el camarero esperaba, ambos nos inclinábamos, en suspenso. Finalmente, él hizo una mueca de aprobación. El camarero agachó la cabeza reluciente con sometimiento y gratitud, salió inclinado, y yo respiré con alivio.
Ahora él mezclaba la carne y los tragos de vino en la gran boca, y los dientes postizos masticaban pesadamente mientras yo espiaba en vano. Nada más sucedía. El restaurante parecía centellear con doble fuerza bajo el titilar de los cristales y cubiertos; en la dura corona brillante de la sala los murmullos crecían y se apaciguaban en una dulce ola, la mujer del sombrero grande sonreía con los ojos entrecerrados, tan delgada y hermosa, el camarero servía con lentitud el vino en el vaso. Pero en ese momento él hizo un gesto.
Con la mano pesada y velluda, en cuya palma las líneas se clavaban con fatalismo, hizo el gesto de un pensamiento. Dijo con mímica lo más que pudo, y yo, yo sin comprender. Y como si no soportara más, dejó el tenedor en el plato. Esta vez te agarraron bien, viejo. Quedó respirando, agotado, ruidoso. Entonces sujeta el vaso de vino y bebe, los ojos cerrados, en rumorosa resurrección. Mis ojos arden y la claridad es alta, persistente.
Estoy prisionero del éxtasis, palpitante de náusea. Todo me parece grande y peligroso. La mujer delgada, cada vez más bella, se estremece seria en las luces.
Él ha terminado. Su rostro se vacía de expresión. Cierra los ojos, distiende los maxilares. Trato de aprovechar ese momento, en que él ya no posee su propio rostro, para finalmente ver. Pero es inútil. La gran forma que veo es desconocida, majestuosa, cruel y ciega. Lo que yo quiero mirar directamente, por la fuerza extraordinaria del anciano, en ese momento no existe. Él no quiere.
Llega el postre, una crema fundida, y yo me sorprendo por la decadencia de la elección. Él come lentamente, toma una cucharada y observa correr el líquido pastoso. Lo toma todo; sin embargo, hace una mueca y, agrandado, alimentado, aleja el plato. Entonces, ya sin hambre, el gran caballo apoya la cabeza en la mano. La primera señal más clara aparece. El viejo devorador de criaturas piensa en sus profundidades. Pálido, lo veo llevarse la servilleta a la boca. Imagino escuchar un sollozo. Ambos permanecemos en silencio en el centro del salón. Quizás él hubiera comido demasiado aprisa. ¡Porque, a pesar de todo, no perdiste el hambre, eh!, lo instigaba yo con ironía, cólera y agotamiento. Pero él se desmoronaba a ojos vista. Ahora los rasgos parecían caídos y dementes, él balanceaba la cabeza de un lado para otro, sin contenerse más, con la boca apretada, los ojos cerrados, balanceándose, el patriarca estaba llorando por dentro. La ira me asfixiaba. Lo vi ponerse los anteojos y envejecer muchos años. Mientras contaba el cambio, hacía sonar los dientes, proyectando el mentón hacia adelante, entregándose un instante a la dulzura de la vejez. Yo mismo, tan atento había estado a él que no lo vi sacar el dinero para pagar, ni examinar la cuenta, y no había notado el regreso del camarero con el cambio.
Por fin se quitó las gafas, castañeteó los dientes, se enjugó los ojos haciendo muecas inútiles y penosas. Pasó la mano cuadrada por los cabellos blancos alisándolos con fuerza. Se levantó, asegurándose al borde de la mesa con las manos vigorosas. Y he ahí que, después de liberado de un apoyo, él parecía más débil, aunque todavía era enorme y todavía capaz de apuñalar a cualquiera de nosotros. Sin que yo pudiera hacer nada, se puso el sombrero acariciando la corbata en el espejo. Cruzó el ángulo luminoso del salón, desapareció.
Pero yo todavía soy un hombre.
Cuando me traicionaron o me asesinaron, cuando alguien se fue para siempre, cuando perdí lo mejor que me quedaba, o cuando supe que iba a morir... yo no como. No soy todavía esta potencia, esta construcción, esta ruina. Empujo el plato, rechazo la carne y su sangre.




Laços de família (1960)


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Mensaje por Maria Lua Lun 05 Sep 2022, 08:51

Clarice Lispector
(Chechelnik, Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977)


Preciosidad
(“Preciosidade”)
Originalmente publicado en Laços de família (1960)


Por la mañana, temprano, siempre era la misma cosa renovada: despertar. Lo que era lento, extendido, vasto. Ampliamente abría los ojos.
Tenía quince años y no era bonita. Pero por dentro de su delgadez existía la amplitud casi majestuosa en que se movía como dentro de una meditación. Y dentro de la nebulosidad, algo precioso. Que no se desperezaba, que no se comprometía, no se contaminaba. Que era inmenso como una joya. Ella.
Despertaba antes que todos, ya que para ir a la escuela tendría que tomar un autobús y un tranvía, lo que le llevaría una hora. De devaneo agudo como un crimen. El viento de la mañana violentando la ventana y el rostro hasta que los labios se ponían duros, helados. Entonces ella sonreía. Como si sonreír fuese en sí un objetivo. Todo eso sucedería si tuviese la suerte de que «nadie mirara, la mirara».
Cuando se levantaba de madrugada —ya superado el momento dilatado en que se desenredaba toda— se vestía corriendo, se mentía a sí misma que no tenía tiempo de bañarse y la familia adormecida jamás adivinó qué pocos baños tomaba. Bajo la luz encendida del comedor bebía el café que la doncella, rascándose en la oscuridad de la cocina, había recalentado. Apenas si tocó el pan que la mantequilla no conseguía ablandar. Con la boca fresca por el desayuno, los libros debajo del brazo, por fin abría la puerta, trasponía la tibieza insulsa de la casa escurriéndose hacia la helada fruición de la mañana. Después ya no se apresuraba más.
Tenía que atravesar la ancha calle desierta hasta alcanzar la avenida, al final de la cual un autobús emergería vacilando dentro de la niebla, con las luces de la noche todavía encendidas en el farol. Al viento de junio, el acto misterioso, autoritario y perfecto de erguir el brazo —y ya de lejos el autobús trémulo comenzaba a deformarse obedeciendo a la arrogancia de su cuerpo, representante de un poder supremo, de lejos el autobús comenzaba a tornarse incierto y lento, lento y avanzando, cada vez más concreto— hasta detener su rostro en humo y calor, en calor y humo. Entonces subía, seria como una misionera a causa de los obreros del autobús que «podrían decirle alguna cosa». Aquellos hombres que ya no eran jóvenes. Aunque también de los jóvenes tenía miedo, miedo también de los chicos. Miedo de que «le dijesen alguna cosa», de que la mirasen mucho. En la gravedad de la boca cerrada había una gran súplica: que la respetaran. Más que eso. Como si hubiese prestado voto, estaba obligada a ser venerada y, mientras por dentro el corazón golpeaba con miedo, también ella se veneraba, ella era la depositaría de un ritmo. Si la miraban se quedaba rígida y dolorosa. Lo que la salvaba era que los hombres no la veían. Aunque alguna cosa en ella, a medida que dieciséis años se aproximaban en humo y calor, alguna cosa estuviera intensamente sorprendida, y eso sorprendiera a algunos hombres. Como si alguien les hubiese tocado el hombro. Una sombra tal vez. En el suelo la enorme sombra de una muchacha sin hombre, elemento cristalizable e incierto que formaba parte de la monótona geometría de las grandes ceremonias públicas. Como si les hubieran tocado el hombro. Ellos miraban y no la veían. Ella hacía más sombra que lo que existía.
En el autobús los obreros se comportaban silenciosamente con la tartera en la mano, el sueño todavía en el rostro. Ella sentía vergüenza de no confiar en ellos, que estaban cansados. Pero hasta que conseguía olvidarlos existía la incomodidad. Es que ellos «sabían». Y como también ella sabía, de ahí la incomodidad. Todos sabían lo mismo. También su padre sabía. Un viejo pidiendo limosna sabía. La riqueza distribuida, y el silencio.
Después, con paso de soldado, cruzaba —incólume— el Largo de Lapa, donde ya era de día. En ese momento, la batalla estaba casi ganada. Escogía en el tranvía un asiento, vacío si era posible, o, si tenía suerte, se sentaba al lado de alguna segura mujer con un atado de ropa sobre su regazo, por ejemplo, y era la primera tregua. Todavía tendría que enfrentar en la escuela el ancho corredor donde los compañeros estarían de pie conversando, y donde los tacones de sus zapatos hacían un ruido que las piernas tensas no podían contener, como si ella quisiera inútilmente hacer que se detuviera un corazón, eran zapatos con baile propio. Se hacía un vago silencio entre los muchachos que quizá sintieran, bajo su disfraz, que ella era una de las devotas. Pasaba entre las filas de los compañeros creciendo, y ellos no sabían qué pensar ni cómo comentarla. Era feo el ruido de sus zapatos. Con tacones de madera rompía su propio secreto. Si el corredor se hubiese extendido un poco más, ella olvidaría su destino y correría tapándose los oídos con las manos. Solamente usaba zapatos duraderos. Como si todavía fueran los mismos que le habían calzado con solemnidad el día que naciera. Cruzaba el corredor interminable como el silencio de una trinchera, y había algo tan feroz en su rostro —y también soberbio a causa de su sombra— que nadie le decía nada. Prohibitiva, ella les impedía pensar.
Hasta que llegaba finalmente al aula. Donde repentinamente todo se tornaba sin importancia y más rápido y leve, donde su rostro tenía algunas pecas, los cabellos caían sobre los ojos, y donde ella era tratada como un muchacho. Donde era inteligente. La astuta profesión. Parecía haber estudiado en casa. Su curiosidad le informaba algo más que de respuestas. Adivinaba, sintiendo en la boca el gusto cítrico de los dolores heroicos, adivinaba la repulsión fascinante que su cabeza pensante creaba en los compañeros, que, de nuevo, no sabían cómo comentarla. Cada vez más la gran simuladora se tornaba inteligente. Había aprendido a pensar. El sacrificio necesario: así «nadie tendría coraje».
A veces, mientras el profesor hablaba, ella, intensa, nebulosa, dibujaba trazos simétricos en el cuaderno. Si un trazo, que tenía que ser fuerte y delicado al mismo tiempo, salía fuera del círculo imaginario en que debería caber, todo se desmoronaría: ella se encontraba ausente, guiada por la avidez de lo ideal. A veces, en lugar de trazos, dibujaba estrellas, estrellas, tantas y tan altas que de ese trabajo anunciador salía exhausta, levantando una cabeza apenas despierta.
El regreso a casa estaba tan lleno de hambre que la impaciencia y el odio roían su corazón. A la vuelta parecía otra ciudad: en el Largo de Lapa cientos de personas reverberadas por el hambre parecían haber olvidado, y si se les recordara, mostrarían los dientes. El sol delineaba a cada hombre con carbón negro. A esa hora en que el cuidado tenía que ser mayor, ella estaba protegida por esa especie de fealdad que el hambre acentuaba, sus rasgos oscurecidos por la adrenalina que oscurecía la carne de los animales de caza. En la casa vacía, toda la familia en el trabajo, gritaba a la sirvienta que ni siquiera le respondía. Comía como un centauro. El rostro cerca del plato, los cabellos casi en la comida.
—Flaquita, pero hay que ver cómo devora —decía la empleada con picardía.
—Vete al diablo —le gritaba, sombría.
En la casa vacía, sola con la sirvienta, ya no caminaba como un soldado, ya no precisaba cuidarse. Pero sentía la falta de la batalla en las calles. Melancolía de la libertad, con el horizonte todavía lejos. Se había entregado al horizonte. Pero estaba la nostalgia del presente. El aprendizaje de la paciencia, el juramento de la espera. De lo que tal vez jamás supiera librarse. La tarde transformándose en interminable y, hasta que todos regresaran para la comida y ella pudiera volver a transformarse con alivio en una hija, era el calor, el libro abierto y después cerrado, una intuición, el calor: se sentaba con la cabeza entre las manos, desesperada. Cuando tenía diez años, recordó, un chico que la quería le había arrojado un ratón muerto. ¡Porquería!, había gritado pálida por la ofensa. Fue una experiencia. Jamás se lo había contado a nadie. Con la cabeza entre las manos, sentada. Decía quince veces: soy fuerte, soy fuerte, soy fuerte, después advertía que apenas había prestado atención al conteo. Preocupada con la cantidad, dijo una vez más: soy fuerte, dieciséis. Y ya no estaba más a merced de nadie. Desesperada porque, fuerte, libre, ya no estaba más a merced de nadie. Había perdido la fe. Fue a conversar con la sirvienta, antigua sacerdotisa. Ellas se reconocían. Las dos descalzas, de pie en la cocina, la estufa envuelta en la humareda. Había perdido la fe, pero, a orillas de la gracia, buscaba en la sirvienta apenas lo que ella perdiera, no lo que ganara. Entonces se hacía la distraída y, conversando, evitaba la conversación. «Ella imagina que a mi edad debo saber más de lo que sé y es capaz de enseñarme algo», pensó, la cabeza entre las manos, defendiendo la ignorancia como si se tratara de un cuerpo. Le faltaban los elementos, pero no los quería de quien ya los había olvidado. La gran espera formaba parte. Dentro de la inmensidad, maquinando.
Todo eso, sí. Luego, cansada, la exasperación. Pero en la madrugada siguiente, así como se abre un avestruz grande, ella despertaba. Despertó en el mismo misterio intacto, abriendo los ojos, ella era la princesa del misterio intacto.
Como si la fábrica ya hubiera hecho sonar la sirena, se vistió corriendo, bebió el café de un trago. Abrió la puerta de la casa.
Y entonces ya no se apresuró más. Fue a la gran inmolación de las calles. Atontada, atenta, mujer de apache. Parte del rudo ritmo de un ritual.
Era una mañana aún más fría y oscura que las otras, ella se estremeció dentro del suéter. La blanca nebulosidad dejaba invisible el final de la calle. Todo estaba algodonado, ni siquiera se escuchaba el ruido de un autobús que pasase por la avenida. Fue caminando hacia lo imprevisible de la calle. Las casas dormían en las puertas cerradas. Los jardines estaban endurecidos de frío. En el aire oscuro, más que en el cielo, en medio de la calle una estrella. Una gran estrella de hielo que todavía no había vuelto, incierta en el aire, húmeda, deforme. Sorprendida con su retraso, se redondeaba en la vacilación. Ella miró la estrella próxima. Caminaba solita en la ciudad bombardeada.
No, ella no estaba sola. Con los ojos fruncidos por la incredulidad, en la lejanía de su calle, desde dentro del vapor, vio a dos hombres. Dos muchachos viniendo. Miró en torno como si pudiese haberse equivocado de calle o de ciudad. Sólo había equivocado los minutos: había salido de casa antes de que la estrella y los dos hombres hubiesen tenido tiempo de desaparecer. Su corazón se asustó.
El primer impulso, frente al error, fue rehacer para atrás los pasos dados y entrar en su casa hasta que ellos pasaran: «¡Ellos van a mirarme, lo sé, no hay nadie más a quien ellos puedan mirar y ellos me van a mirar mucho!». Pero cómo volver y huir si había nacido la dificultad. Si toda su lenta preparación tenía el destino ignorado al que ella, por culto, tenía que adherirse. ¿Cómo retroceder, y después nunca más olvidar la vergüenza de haber esperado miserablemente detrás de una puerta?
Y quizás hasta no habría peligro. Ellos no tendrían el valor de decirle nada porque ella pasaría con el andar duro, la boca cerrada, en su ritmo español.
Con las piernas heroicas, continuó la marcha. Cada vez que se aproximaba, ellos también se aproximaban —entonces todos se aproximaban, la calle quedó cada vez un poco más corta—. Los zapatos de los dos muchachos mezclaban su ruido con el de sus propios zapatos, era horrible escuchar. Era insistente escuchar. Los zapatos eran huecos o la acera era hueca. La piedra del suelo avisaba. Todo era un eco y ella escuchaba, sin poder impedirlo, el silencio del cerco comunicándose por las calles del barrio, y veía, sin poder impedirlo, que las puertas habían permanecido muy cerradas. Hasta la estrella se retiraba ahora. En la nueva palidez de la oscuridad, la calle quedaba entregada a los tres. Ella caminaba, escuchaba a los hombres, ya que no podía verlos y ya que necesitaba saberlos. Ella los oía y se sorprendía con el propio coraje de continuar. Pero no era coraje. Era un don. Y la gran vocación para un destino. Ella avanzaba, sufriendo al obedecer. Si consiguiera pensar en otra cosa no oiría los zapatos. Ni lo que ellos pudieran decir. Ni el silencio con que cruzarían.
Con brusca rigidez los miró. Cuando menos lo esperaba, traicionando el voto de secreto, rápidamente los miró. ¿Ellos sonreían? No, estaban serios.
No debería haberlos visto. Porque, viéndolos, por un instante ella arriesgaba tornarse individual, y ellos también. Era de lo que parecía haber sido avisada: mientras ejecutase un mundo clásico, mientras fuera impersonal, sería hija de los dioses, y asistida por lo que tiene que ser hecho. Pero, habiendo visto lo que los ojos, al ver, disminuyen, se había arriesgado a ser ella misma, lo que la tradición no amparaba. Por un instante vaciló, perdido el rumbo. Pero era demasiado tarde para retroceder. Sólo no sería muy tarde si corriera. Pero correr sería como errar todos los pasos, y perder el ritmo que todavía la sostenía, el ritmo que era su único talismán, el que le fuera entregado a la parte del mundo donde se habían apagado todos los recuerdos, y como incomprensible reminiscencia había quedado el ciego talismán, ritmo que era de su destino copiar, ejecutándolo, para la consumación del mundo. No la suya. Si ella corriera, el orden se alteraría. Y nunca le sería perdonado lo peor: la prisa. Aun cuando se huye, corren detrás de uno, son cosas que se saben.
Rígida, catequista, sin alterar por un segundo la lentitud con que avanzaba, ella avanzaba. ¡Ellos van a mirarme, lo sé! Pero intentaba, por instinto de una vida interior, no transmitirles susto. Adivinaba lo que el miedo desencadena. Iba a ser rápido, sin dolor. Sólo por una fracción de segundo se cruzarían, rápido, instantáneo, por causa de la ventaja a su favor al estar ella en movimiento y venir ellos en movimiento contrario, lo que haría que el instante se redujera a lo esencialmente necesario —a la caída del primero de los siete misterios que eran tan secretos que de ellos apenas quedara una sabiduría: el número siete—. Haced que ellos no digan nada, haced que ellos sólo piensen, que pensar yo los dejo. Iba a ser rápido, y un segundo después de la transposición ella diría maravillada, caminando por otras y otras calles: casi no dolió. Pero lo que siguió no tuvo explicación.
Lo que siguió fueron cuatro manos difíciles, fueron cuatro manos que no sabían lo que querían, cuatro manos equivocadas de quien no tenía la vocación, cuatro manos que la tocaron tan inesperadamente que ella hizo la cosa más acertada que podría haber hecho en el mundo de los movimientos: quedó paralizada. Ellos, cuyo papel predeterminado era solamente el de pasar junto a la oscuridad de su miedo, y entonces el primero de los siete misterios caería; ellos, que tan sólo representarían el horizonte de un solo paso aproximado, ellos no comprendieron la función que tenían y, con la individualidad de los que tenían miedo, habían atacado. Fue menos de una fracción de segundo en la calle tranquila. En una fracción de segundo la tocaron como si a ellos les correspondieran todos los siete misterios. Que ella conservó, todos, y se tornó más larva, y siete años más de atraso.
Ella no volvió los ojos porque su cara quedó vuelta serenamente hacia la nada. Pero por la prisa con que la ofendieron supo que ellos tenían más miedo que ella. Tan asustados estaban que ya no se hallaban más allí. Corrían. «Tenían miedo de que ella gritara y las puertas de las casas se abrieran una por una», razonó, ellos no sabían que no se grita.
Se quedó de pie, escuchando con tranquila dulzura los zapatos de ellos en fuga. La acera era hueca o los zapatos eran huecos o ella misma era hueca. En el hueco de los zapatos de ellos oía atenta el miedo de los dos. El sonido golpeaba nítido sobre las baldosas como si golpearan a la puerta sin parar y ella esperase que desistieran. Tan nítida en la desnudez de la piedra que el zapateado no parecía distanciarse: estaba allí a sus pies, como un zapateado victorioso. De pie, ella no tenía por dónde sostenerse sino por los oídos.
La sonoridad no la desalentaba, el alejamiento le era transmitido por una celeridad cada vez más precisa de los tacones. Los tacones no sonaban más sobre la piedra, sonaban en el aire como castañuelas cada vez más delicadas. Después advirtió que hacía mucho que no escuchaba ningún sonido.
Y, traído de nuevo por la brisa, el silencio era una calle vacía.
Hasta ese momento se había mantenido quieta, de pie en medio de la acera. Entonces, como si hubiese varias etapas de la misma inmovilidad, quedó detenida. Poco después suspiró. Y en nueva etapa se quedó parada. Después movió la cabeza, y entonces quedó más profundamente parada.
Después retrocedió lentamente hasta un muro, jorobada, bien lentamente, como si tuviese un brazo fracturado, hasta que se recostó toda en el muro, donde quedó apoyada. Y entonces se mantuvo parada. No moverse es lo que importa, pensó de lejos, no moverse. Después de un tiempo probablemente se habría dicho así: ahora mueve un poco las piernas. Después de lo cual, suspiró y se quedó quieta, mirando. Aún estaba oscuro.
Después amaneció.
Lentamente reunió los libros desparramados por el suelo. Más adelante estaba el cuaderno abierto. Cuando se inclinó para recogerlo, vio la letra menuda y destacada que hasta esa mañana era suya.
Entonces salió. Sin saber con qué había llenado el tiempo, sino con pasos y pasos, llegó a la escuela con más de dos horas de retraso. Como no había pensado en nada, no sabía que el tiempo había transcurrido. Por la presencia del profesor de latín comprobó con una delicada sorpresa que en la clase ya habían comenzado la tercera hora.
—¿Qué te ha pasado? —murmuró la chica del pupitre vecino.
—¿Por qué?
—Estás pálida. ¿Te pasa algo?
—No —y lo dijo tan claramente que muchos compañeros la miraron. Se levantó y dijo en voz bien alta: —Con permiso.
Fue hasta el baño. Y allí, ante el gran silencio de los azulejos gritó, aguda, supersónica: ¡Estoy sola en el mundo! ¡Nadie me va a ayudar nunca, nadie me va a amar nunca! ¡Estoy sola en el mundo!
Allí estaba, perdiendo también la tercera clase, en la ancha banca del baño, frente a varios lavabos. «No importa, después copio los apuntes, pido prestados los cuadernos para copiarlos en casa, ¡estoy sola en el mundo!», se interrumpió golpeando varias veces el banco con el puño cerrado. El ruido de los cuatro zapatos comenzó de pronto como una lluvia menuda y fina. Ruido ciego, no reflejaba nada en los azulejos brillantes. Sólo la nitidez de cada zapato que no se enmarañó ninguna vez con otro zapato. Como nueces que caían. Sólo era esperar que dejaran de golpear la puerta. Entonces se detuvieron.
Cuando fue a mojarse el pelo frente al espejo, ¡estaba tan fea!
Era tan poco lo que ella poseía, y ellos lo habían tocado.
Ella era tan fea y preciosa.
Estaba pálida, los trazos afinados. Las manos humedecían los cabellos, sucias de tinta todavía del día anterior. «Debo cuidar más de mí», pensó. No sabía cómo. Y en verdad, cada vez sabía menos cómo. La expresión de la nariz era la de un hocico señalando la cerca.
Volvió a la banca y se quedó quieta, con su hocico. «Una persona no es nada.» «No», retrucó en débil protesta, «no digas eso», pensó con bondad y melancolía. «Una persona siempre es algo», dijo por gentileza.
Pero durante la cena la vida tomó un sentido inmediato e histórico.
—¡Necesito zapatos nuevos! ¡Los míos hacen mucho ruido, una mujer no puede caminar con tacones de madera, llama mucho la atención! ¡Nadie me da nada! ¡Nadie me da nada! —y estaba tan frenética y agónica que nadie tuvo valor para decirle que no los tendría. Solamente dijeron: —Tú aún no eres una mujer y los tacones son siempre de madera.
Hasta que, así como una persona engorda, ella dejó de ser mujer, sin saber por qué proceso. Existe una oscura ley que hace que se proteja al huevo hasta que nace el pollo, pájaro de fuego.
Y ella obtuvo sus zapatos nuevos.



Laços de família (1960)





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Mensaje por Maria Lua Miér 07 Sep 2022, 22:19

Recibí amor. Dos personas adultas quisieron que yo fuese su madrina. Y tengo un ahijado de bautismo: es Cássio, hijo de Maria Bonomi y de Antunes Filho. Y me ofrecí para ser madrina suplente de una joven que quiere mi amor. De ella es la carta que sigue, de Río: «Sabes, ayer me desperté vivaz. Y fue así porque vi un montón de cosas siempre vistas y nunca vistas, amé el movimiento de la vida, sabes cómo es, un día en que una tiene ojos para ver. Y fue tan lindo que te di mi día. El regalo es medio insignificante para la linda tan linda gente que me mandaste (voy a conversar con ella cuando esté sola), pero fue tan bonito y grande y claro. Hoy soy la misma pesada de siempre, que no sabe telefonear ni decir que quiere a su madrina».


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Mensaje por Maria Lua Jue 08 Sep 2022, 08:33

Clarice Lispector
(Chechelnik, Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977)


Lazos de familia
(“Os laços de família”)
Laços de família (1960)


La mujer y la madre se acomodaron por fin en el taxi que las llevaría a la estación. La madre contaba y recontaba las dos maletas tratando de convencerse de que ambas estaban en el carro. La hija, con sus ojos oscuros, a los que un ligero estrabismo daba un continuo brillo de ironía y frialdad, la observaba.
—¿No me olvidé nada? —preguntaba por tercera vez la madre.
—No, no olvidaste nada —respondía divertida la hija, con paciencia.
Aún estaba bajo la impresión de la escena un tanto cómica entre su madre y su marido, a la hora de la despedida. Durante las dos semanas de la visita de la vieja, los dos apenas si se habían soportado; los buenos días y las buenas tardes sonaban a cada momento con una delicadez cautelosa que casi la hacía reír. Pero he aquí que a la hora de la despedida, antes de entrar al taxi, la madre se había transformado en suegra ejemplar y el marido se había convertido en un buen yerno. «Perdona alguna palabra mal dicha», había comentado la vieja señora, y Catarina, con cierta alegría, había visto a Antonio embarullado con las maletas, gagueando, procurando ser un buen yerno. «Si me río, pensarán que estoy loca», había pensado Catarina frunciendo el entrecejo. «Quien casa a un hijo pierde un hijo, quien casa a una hija gana un hijo», había agregado la madre, y Antonio aprovechó su gripa para toser. Catarina, de pie, observaba con malicia al marido, cuya seguridad se había desvanecido para dar campo a un hombre moreno y menudo, forzado a ser hijo de aquella mujercilla grisácea… Fue entonces cuando el deseo de reír se tornó más fuerte. Por suerte, nunca necesitaba reír realmente cuando sentía ganas de hacerlo: sus ojos adquirían una expresión astuta y contenida, se hacían más estrábicos, y la risa salía por los ojos. Le dolía un poco no ser capaz de reír. Pero nada podía hacer al respecto: desde pequeña había reído por los ojos, desde siempre había sido estrábica.
—Sigo diciendo que el niño está flaco —dijo la madre, luchando contra los bamboleos del carro. Y a pesar de que Antonio no estaba presente, ella usaba el mismo tono de desafío y acusación que empleaba delante de él. Tanto que una noche Antonio se había molestado: ¡no es mi culpa, Severina! Llamaba a la suegra Severina, pues antes del matrimonio planeaba portarse como un yerno moderno. Pero ya en la primera visita de la madre a la pareja, la palabra Severina se había tornado difícil en la boca del marido, y ahora, el hecho de llamarla por su nombre no había impedido que… Catarina los miraba y reía.
—El niño siempre fue flaco, mamá —le respondió.
El taxi avanzaba monótonamente.
—Flaco y nervioso —agregó la señora con decisión.
—Flaco y nervioso —asintió Catarina, paciente.
Era un niño nervioso, distraído. Durante la visita de la abuela se había vuelto aún más distante, había dormido mal, perturbado por los cariños excesivos y los besuqueos de la vieja. Antonio, quien nunca prestara mucha atención a la sensibilidad del niño, empezó a lanzar indirectas a la suegra, «a proteger al niño»…
—No me olvidé de nada… —recomenzaba la madre, cuando un frenón súbito las lanzó una contra la otra y desordenó las maletas—. ¡Ah! ¡Ah! —exclamó la madre, como si estuviera frente a un desastre irremediable, ¡ah!, balanceando sorprendida la cabeza, de repente envejecida y pobre. ¿Y Catarina?
Catarina miraba a la madre, y la madre miraba a la hija, ¿también a Catarina le sucedió un desastre? Sus ojos parpadearon sorprendidos, arreglaba deprisa las maletas, el bolso, procurando remediar lo más rápidamente posible la catástrofe. Porque, de hecho, había sucedido algo, sería inútil ocultarlo: Catarina había sido lanzada contra Severina, en una intimidad de cuerpos desde hacía mucho olvidada, venida del tiempo en que se tienen padre y madre. A pesar de que nunca se habían abrazado y besado realmente. Del padre, sí, Catarina siempre había sido más amiga. Cuando la madre les llenaba los platos obligándolos a comer en exceso, los dos se hacían un guiño de complicidad y la madre no lo notaba. Pero después del choque en el taxi y después de recomponerse, no tenían nada de qué hablar; ¿por qué no llegaban pronto a la estación?
—¿No me olvidé de nada? —preguntó la madre con voz resignada.
Catarina no quería mirarla más, ni responderle.
—¡Toma tus guantes! —le dijo, recogiéndolos del suelo.
—¡Ah!, ¡ah!, ¡mis guantes! —exclamaba perpleja la madre.
Sólo se espiaron realmente cuando las maletas fueron dispuestas en el tren, después de cambiados los besos: la cabeza de la madre apareció en la ventana.
Catarina vio entonces que su madre estaba envejecida y tenía los ojos brillantes.
El tren no partía y ambas esperaban sin tener que decirse. La madre sacó el espejo del bolso y se examinó con su sombrero nuevo, comprado en la misma sombrerería de la hija. Se miraba, componiendo un aire excesivamente severo donde no faltaba alguna admiración por sí misma. La hija observaba divertida. Nadie más puede amarte sino yo, pensó la mujer riendo por los ojos; y el peso de la responsabilidad llevó a su boca un gusto de sangre. Como si «madre e hija» fuera vida y repugnancia. No, no se podía decir que amaba a su madre. Su madre le dolía, era eso. La vieja había guardado el espejo en el bolso, y la miraba sonriendo. El rostro gastado y aún enérgico parecía esforzarse por dar a los otros alguna impresión de la cual el sombrero haría parte. La campanilla de la estación tocó de súbito, hubo un movimiento general de ansiedad, varias personas corrieron pensando que el tren ya partía: ¡mamá!, dijo la mujer. ¡Catarina!, dijo la vieja. Ambas se miraban asombradas, la maleta en la cabeza de un maletero interrumpió su visión y un joven que corría asió en su marcha el brazo de Catarina, removiendo el cuello de su vestido. Cuando pudieron verse de nuevo, Catarina estaba a punto de preguntarle si no se había olvidado de nada.
—¿No me olvidé de nada? —preguntó la madre.
También Catarina sentía que se habían olvidado de algo, y ambas se miraban atónitas; porque si realmente habían olvidado, ahora era demasiado tarde. Una mujer arrastraba a un niño, el niño lloraba, otra vez sonó la campanilla de la estación… Mamá, dijo la mujer. Qué cosa habían olvidado decirse la una a la otra, y ahora era demasiado tarde. Le parecía que un día deberían haber dicho así: soy tu madre, Catarina. Y ella debería haber respondido: y yo soy tu hija.
—¡No vayas a coger un frío! —gritó Catarina.
—Vamos, muchacha, acaso soy una niña —dijo la madre sin dejar no obstante de preocuparse de su propia apariencia. La mano sarmentosa, un poco trémula, arreglaba con delicadeza el ala del sombrero y Catarina sintió de súbito el deseo de preguntarle si había sido feliz con su padre:
—¡Recuerdos a la tía! —gritó.
—¡Sí, sí!
—Mamá —dijo Catarina, porque un largo pitazo se había oído y en medio del humo las ruedas ya se movían.
—¡Catarina! —dijo la vieja con la boca abierta y los ojos asombrados, y al primer remezón la hija le vio llevarse las manos al sombrero: se la había hundido hasta la nariz, dejando aparecer apenas la nueva dentadura. El tren ya se movía y Catarina agitaba los brazos. El rostro de la madre desapareció un instante y reapareció ya sin el sombrero, el moño del cabello deshecho, cayendo en mechas blancas sobre los hombros como las de una doncella; el rostro estaba inclinado sin sonreír, tal vez incluso sin divisar ya a la hija distante.
En medio del humo Catarina comenzó a caminar de regreso, fruncido el entrecejo, y en los ojos la malicia de los estrábicos. Sin la compañía de la madre, había recuperado el modo firme de caminar: sola era más fácil. Algunos hombres la miraban, ella era suave, un poco pesada de cuerpo. Caminaba serena, moderna en los trajes, los cabellos cortos pintados de un castaño rojizo. Y de tal modo se habían dispuesto las cosas que el amor doloroso le pareció la felicidad; todo estaba tan vivo y tierno alrededor, la calle sucia, los viejos tranvías, cáscaras de naranja, la fuerza fluía y refluía en su corazón con pesada riqueza. Estaba muy bonita en ese momento, tan elegante; integrada a su época y a la ciudad donde había nacido como si la hubiera escogido. En los ojos estrábicos cualquier persona adivinaría el gusto que esa mujer tenía por las cosas del mundo. Espiaba a las personas con insistencia, procurando fijar en aquellas figuras mutables su placer aún húmedo de lágrimas por la madre. Se desvió de los carros, logró acercarse al autobús burlando la fila, espiando con ironía; nada impediría que esa pequeña mujer que caminaba moviendo las caderas subiera otro escalón misterioso en sus días.
El ascensor zumbaba en el calor de la playa. Abrió la puerta del apartamento mientras se liberaba de la gorra con la otra mano; parecía dispuesta a usufructuar de la anchura del mundo entero, camino abierto por su madre que le ardía en el pecho. Antonio apenas si levantó los ojos del libro. La tarde de sábado siempre había sido «suya», y, después de la partida de Severina, la recuperaba con placer, junto al pequeño gabinete.
—¿«Ella» se fue?
—Sí —respondió Catarina empujando la puerta del cuarto de su hijo. Ah, sí, allí estaba el niño, pensó con alivio súbito. Su hijo. Flaco y nervioso. Desde que se había puesto de pie caminaba con firmeza; pero casi a los cuatro años hablaba como si desconociera los verbos: constataba las cosas con frialdad, sin ligarlas entre ellas. Allí estaba, moviendo el mantel mojado, exacto y distante. La mujer sentía un calor bueno y le gustaría detener al niño para siempre en este momento; le zafó el mantel de las manos con gesto de censura: ¡este chico! Pero el niño miraba indiferente el aire, comunicándose consigo mismo. Estaba siempre distraído. Nadie había logrado aún llamarle realmente la atención. La madre sacudía el mantel en el aire e impedía con su forma la visión del cuarto: mamá, dijo el niño. Catarina se dio vuelta con rapidez. Era la primera vez que él decía «mamá» en ese tono y sin pedir nada. Había sido más que una constatación: ¡mamá! La mujer siguió sacudiendo el mantel con violencia y se preguntó a quién podría contar lo que había sucedido, pero no encontró a nadie que entendiera lo que ella no pudiese explicar. Alisó el mantel con vigor antes de colgarlo a secarse. Tal vez pudiese contar, si cambiara la forma. Contaría que el hijo había dicho: mamá, ¿quién es Dios? No, tal vez: mamá, el niño quiere a Dios. Tal vez. Sólo en símbolos la verdad cabría, sólo en símbolos podrían recibirla. Con los ojos sonriendo de su mentira necesaria, y sobre todo de su propia simpleza, huyendo de Severina, de súbito la mujer rió de hecho al niño, no sólo con los ojos: el cuerpo todo rió quebrado, quebrado y envuelto, y una aspereza apareciendo como una ronquera. Fea, dijo entonces el chico, examinándola.
—Vamos a pasear —respondió ruborizándose, y tomándolo de la mano.
Pasó por la sala, sin parar avisó al marido: ¡vamos a salir!, y abrió la puerta del apartamento.
Antonio apenas si tuvo tiempo de levantar los ojos del libro; y, con sorpresa, espió la sala ya vacía. ¡Catarina!, llamó, pero ya se oía el ruido del ascensor descendiendo. ¿A dónde fueron?, se preguntó inquieto, tosiendo y sonándose la nariz. Porque el sábado era suyo, pero quería que su mujer y su hijo estuvieran en casa mientras él disfrutaba de su sábado. ¡Catarina!, llamó molesto aunque supiera que ella no podía ya oírlo. Se levantó, fue hasta la ventana y un segundo después divisó a su mujer y a su hijo en la acera.
Los dos se habían detenido, la mujer decidiendo acaso el camino a tomar. Y de pronto poniéndose en marcha.
¿Por qué andaba ella con tanta firmeza, asegurando la mano del niño? Por la ventana vio a su mujer prendiendo con fuerza la mano del niño y caminando deprisa, mirando fijamente hacia adelante; e, incluso sin ver, el hombre adivinaba su boca endurecida. El niño, no se sabía por qué oscura comprensión, también miraba fijamente al frente, sorprendido e ingenuo. Vistas desde arriba, las dos figuras perdían la perspectiva familiar, parecían pegadas al suelo y más oscuras a la luz del mar. Los cabellos del niño volaban…
El marido se repitió la pregunta que, incluso bajo su inocencia de frase cotidiana, lo inquietó: ¿a dónde van? Veía preocupado que su mujer guiaba al niño y temía que en este momento en que ambos estaban fuera de su alcance ella transmitiera a su hijo… ¿pero qué? «Catarina —pensó—, ¡Catarina, este niño todavía es inocente!». En qué momento ocurrió que la madre, apretando a un niño, le daba esa prisión de amor que se abatiría para siempre sobre el futuro hombre. Más tarde su hijo, ya hombre, solo, estaría de pie frente a esta misma ventana, golpeando el vidrio con los dedos; preso. Obligado a responder a un muerto. Quién sabría jamás en qué momento la madre transfería al hijo la herencia. Y con qué sombrío placer. Ahora madre e hijo comprendiéndose dentro del misterio compartido. Además nadie sabría de qué negras raíces se alimenta la libertad de un hombre, «Catarina —pensó con cólera—, ¡el niño es inocente!». Sin embargo habían desaparecido por la playa. El misterio compartido.
«¿Pero, y yo, y yo?», preguntó asustado. Los dos se habían marchado solos. Y él se había quedado. «Con su sábado». Y su gripa. En el apartamento ordenado, donde «todo fluía bien». ¿Quién sabe si su mujer estaba huyendo con el hijo de la sala de luz bien regulada, de los muebles bien escogidos, de las cortinas y de los cuadros? Había sido eso lo que él le había dado. Apartamento de un ingeniero. Y sabía que si la mujer se aprovechaba la situación de un marido joven y lleno de futuro, la despreciaba también, con aquellos ojos mañosos, huyendo con su hijo nervioso y flaco. El hombre se inquietó. Porque no podría seguir dándole sino: más éxito. Y porque sabía que ella le ayudaría a conseguirlo y odiaría lo que consiguieran. Así era aquella calmada mujer de treinta y dos años que nunca hablaba desatinos, como si hubiera vivido siempre. Las relaciones entre ambos eran tan tranquilas. A veces él trataba de humillarla, entraba al cuarto mientras ella se cambiaba de ropa porque sabía que detestaba ser vista desnuda. ¿Por qué le hacía falta humillarla? No obstante, él sabía muy bien que ella sólo sería de un hombre mientras fuera orgullosa. Pero se había habituado a volverla femenina de este modo: la humillaba con ternura, y luego ella sonreía, ¿sin rencor? Tal vez de todo eso hubieran nacido sus relaciones pacíficas, y aquellas conversaciones en voz tranquila que hacían la atmósfera de hogar para el niño. ¿O éste se irritaba a veces? En ocasiones el chico se irritaba, golpeaba el suelo con los pies, gritaba bajo pesadillas. De dónde había nacido esa criaturilla vibrante, sino de lo que su mujer y él habían recortado de la vida diaria. Vivían tan tranquilos que, si se acercaba un momento de alegría, se miraban rápidamente, casi irónicos, y los ojos de ambos decían: no vamos a gastarlo, no vamos ridículamente a usarlo. Como si hubieran vivido desde siempre.
Pero él la había contemplado desde la ventana, la había visto andar deprisa, llevando de la mano al hijo, y se había dicho: ella está tomando el momento de alegría, sola. Se había sentido frustrado porque desde hacía mucho no podría vivir sino con ella. Y ella lograba tomar sus momentos, sola. Por ejemplo, ¿qué había hecho su mujer entre el tren y el apartamento? No que sospechara de ella, pero se inquietaba.
La última luz de la tarde estaba pesada y se abatía con gravedad sobre los objetos. Las arenas estallaban secas. El día entero había estado bajo esa amenaza de irradiación. Que en ese momento, aunque sin reventar, se ensordecía cada vez más y zumbaba en el ascensor ininterrumpido del edificio. Cuando Catarina volviera, cenarían apartando las mariposas. El niño gritaría en su primer sueño, Catarina interrumpiría un momento la cena… ¡¿y el ascensor no se detendría ni siquiera por un instante?! No, el ascensor no se detendría ni un instante.
—Después de la cena iremos al cine —resolvió el hombre. Porque después del cine sería al fin de noche, y este día se quebraría con las olas en las rocas del Arpoador.



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Mensaje por Maria Lua Sáb 10 Sep 2022, 18:52

Ahí estaba el mar, la más ininteligible de las existencias no
humanas. Y allí estaba la mujer, de pie, el más ininteligible de los seres vivos. El día que el ser humano se hizo una pregunta sobre sí mismo, entonces se convirtió en el más ininteligible de los seres por donde circulaba sangre. Ella y el mar.
Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se
entregara al otro: la entrega de dos mundos desconocidos hecha con la confianza con la que se entregarían dos comprensiones.



Aprendizaje o el libro de los placeres.


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Mensaje por Maria Lua Sáb 10 Sep 2022, 19:00

Y ahora pensaba que antes de hablar era esencial saber cómo se habla. Con leve desesperación de felicidad miró el campo y las hierbas y las moscas: y todo se hacía solo, todo tenía la sabiduría del vivir. Pero ella no sabía como hacerse. Qué infeliz soy, se dijo entonces tranquila. ¿Pero sería infelicidad aquella inminencia para la cual todo de repente le pareció inclinarse, y aquel gran riesgo que uno corre? Y si eso fuera exactamente nuestra felicidad. “Me parece que eso es ser feliz”, pensó con curiosidad.


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Mensaje por Maria Lua Lun 12 Sep 2022, 16:41

“Casi consigo verme en la cuna, casi consigo reproducir en mí la vaga y a la vez apremiante sensación de necesitar pertenecer. Por razones que ni mi madre ni mi padre podían controlar, nací y me encontré sólo nacida. Sin embargo, he sido preparada para venir al mundo de una bella manera. Mi madre ya estaba enferma, y según una superstición muy extendida tener un hijo curaba a una mujer de una enfermedad. Así que fui procreada deliberadamente: con amor y esperanza. Salvo que no curé a mi madre. Y aún hoy siento el peso de esa falta: fui hecha para una misión deliberada y fallé. Como si se contara conmigo en las trincheras de una guerra y yo desertara. Sé que mis padres me perdonaron por haber nacido en vano y por haberlos traicionado en su gran esperanza. Pero yo no me perdono. Hubiera querido simplemente un milagro: nacer y curar a mi madre. Entonces sí, habría pertenecido a mi padre y a mi madre. Ni siquiera podía confiarle a alguien esta clase de soledad de no pertenecer, porque, como un desertor, guardaba el secreto de mi huida, que me avergonzaba revelar.”


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Mensaje por Maria Lua Vie 16 Sep 2022, 07:58

Clarice Lispector
(Chechelnik, Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977)


Comienzos de una fortuna


(“Começos de uma fortuna”)
Originalmente publicado en Alguns contos (1952);
reimpreso en Laços de família (1960)



Era una de aquellas mañanas que parecen suspendidas en el aire. Y qué otra cosa se asemejaba a la idea que nos hacemos del tiempo.
El balcón estaba abierto pero el fresco se había congelado allá afuera y no entraba en el jardín, como si cualquier transbordo fuese una quiebra de la armonía. Sólo algunas moscas brillantes habían penetrado en el comedor y sobrevolaban la azucarera. A esa hora, Tijuca no había despertado del todo. «Si yo tuviera dinero...», pensaba Arturo, y un deseo de atesorar, de poseer con tranquilidad, daba a su rostro un aire desprendido y contemplativo.
—No soy un jugador.
—Déjate de tonterías —respondió la madre—. No empieces otra vez con historias de dinero.
En realidad él no tenía deseos de iniciar ninguna conversación apremiante que terminase en soluciones. Un poco de la mortificación de la cena de la víspera del día de paga, con el padre mezclando autoridad y comprensión, y la madre mezclando comprensión y principios básicos, un poco de la mortificación de la víspera pedía, sin embargo, continuación. Sólo que era inútil buscar en sí la urgencia de ayer. Cada noche el sueño parecía responder a todas sus necesidades. Y por la mañana, al contrario de los adultos que despiertan oscuros y barbudos, él despertaba cada vez más imberbe. Despeinado, pero con un desorden diferente del de su padre, a quien parecía haberle sucedido cosas durante la noche. También su madre salía del dormitorio un poco deshecha y todavía soñadora, como si la amargura del sueño le hubiese dado satisfacción. Hasta tomar el desayuno, todos estaban irritados o pensativos, inclusive la empleada. Ése no era el momento de pedir cosas. Pero para él era una necesidad pacífica de establecer dominios de mañana: cada vez que despertaba era como si necesitase recuperar los días anteriores.
—No soy un jugador ni un gastador.
—¡Arturo —dijo la madre, irritadísima—, ya me basta con mis preocupaciones!
—¿Qué preocupaciones? —preguntó él, interesado.
La madre lo miró, seca, como a un extraño. Sin embargo, él era mucho más pariente de ella que su propio padre, quien, por así decir, se había incorporado a la familia. Apretó los labios.
—Todo el mundo tiene preocupaciones, hijo mío —corrigió ella entrando en una nueva modalidad de relaciones, entre maternal y educadora.
Y de ahí en adelante su madre había asumido el día. Se había disipado la especie de individualidad con que se despertaba y Arturo ya podía contar con ella. Desde siempre, o lo aceptaban o lo reducían a ser él mismo. De pequeño, jugaban con él, lo levantaban en el aire, lo llenaban de besos, y, de repente, pasaban a ser «individuales», lo dejaban, le decían gentilmente pero ya intangibles «Ahora se acabó», y él quedaba todo vibrante de caricias, con tantas carcajadas aún para dar. Se ponía caprichoso, empujaba a unos y otros con el pie, lleno de cólera que, sin embargo, en el mismo instante se transformaría en delicia, apenas ellos quisieran.
—Come, Arturo —concluyó la madre y de nuevo él ya podía contar con ella. Así, inmediatamente se volvió más pequeño y más malcriado: —Yo también tengo mis preocupaciones pero nadie repara en ellas. ¡Cuando digo que necesito dinero parece como si lo estuviera pidiendo para jugar o para beber!
—¿Desde cuándo el señor admite que podría ser para jugar o para beber? —dijo el padre entrando en la sala y encaminándose a la cabecera de la mesa—. ¡Vaya con ésa! ¡Qué pretensión!
Él no había contado con la llegada del padre. Desorientado, pero acostumbrado, comenzó: —¡Pero, papá! —su voz desafinó en una rebelión que no llegaba a ser indignada. Como contrapeso la madre ya estaba dominada, revolviendo tranquilamente el café con leche, indiferente a la conversación que parecía no pasar de algunas moscas más. Las alejaba de la azucarera con mano blanda.
—Vete ya, que es tu hora —cortó el padre. Arturo se volvió hacia su madre. Pero ésta estaba poniéndole mantequilla al pan, absorta y placentera. De nuevo había huido. A todo diría que sí, sin concederle ninguna importancia.
Cerrando la puerta, él tenía nuevamente la impresión de que a cada momento entregaba su vida. Por eso la calle parecía que lo recibiera. «Cuando yo tenga mi mujer y mis hijos tocaré el timbre de aquí, haré visitas, y todo será diferente», pensó.
La vida fuera de casa era totalmente otra. Además de la diferencia de luz —como si solamente saliendo él viese qué tiempo hacía realmente y qué disposiciones habían tomado las circunstancias durante la noche—, además de la diferencia de luz, estaba la diferencia del modo de ser. Cuando era pequeño, la madre decía: «Fuera de casa él es una dulzura; en casa, un demonio». Aun ahora, cruzando el pequeño portón, él se había vuelto visiblemente más joven y al mismo tiempo menos niño, más sensible y sobre todo sin saber de qué hablar. Pero con un dócil interés. No era una persona que buscase conversación, pero si alguien le preguntaba como ahora: «Niño, ¿en qué parte está la iglesia?», él se animaba suavemente, inclinaba el largo cuello, pues todos eran más bajos que él; y daba la información pedida, atraído, como si en eso hubiese un intercambio de cordialidades y un campo abierto a la curiosidad. Quedó atento mirando a la señora doblar la esquina camino a la iglesia, pacientemente responsable de su itinerario.
—El dinero está hecho para gastar y ya sabes en qué —dudó intensamente Carlitos.
—Lo quiero para comprar cosas —respondió un poco vagamente.
—¿Una bicicleta? —rió Carlitos, ofensivo, animoso en la intriga.
Arturo rió con desagrado, sin placer.
Sentado en el banco, esperó que el profesor se irguiese. La carraspera de éste, prologando el comienzo de la clase, fue la señal habitual para que los alumnos se sentaran más atrás, abrieran los ojos con atención y no pensaran en nada. «En nada», fue la perturbada respuesta de Arturo al profesor que lo interpelaba irritado. «En nada» era vagamente en conversaciones anteriores, en decisiones poco definitivas sobre una ida al cine, en dinero. Él necesitaba dinero. Pero durante la clase, obligado a estar inmóvil y sin ninguna responsabilidad, cualquier deseo tenía como base el reposo.
—¿Entonces no te diste cuenta en seguida de que Gloria quería que la invitaran al cine? —dijo Carlitos, y ambos miraron con curiosidad a la chica que allí estaba, sujetando su portafolio. Pensativo, Arturo continuó caminando al lado del amigo, mirando las piedras del suelo.
—Si no tienes dinero para dos entradas, yo te presto, y me pagas después.
Por lo visto, desde el momento en que tuviera dinero estaría obligado a emplearlo en mil cosas.
—Pero después tengo que devolverte ese dinero, y ya le debo al hermano de Antonio —respondió evasivo.
—¿Y entonces?, ¿qué tiene eso de malo? —explicó el otro, práctico y vehemente.
«Y entonces», pensó con una pequeña dosis de cólera, «y entonces, por lo visto, en seguida que alguien tiene dinero aparecen los otros queriendo utilizarlo, explicando cómo hay que hacer para perder dinero».
—Por lo visto —dijo desviando la rabia del amigo—, por lo visto basta que uno tenga unos cruceritos para que de inmediato una mujer los huela y caiga encima.
Los dos rieron. Después de eso él estuvo más alegre, más confiado. Sobre todo menos oprimido por las circunstancias.
Pero después ya fue mediodía y cualquier deseo se tornaba más árido y más duro de soportar. Durante todo el almuerzo él pensó con desagrado en contraer o no deudas, y se sentía un hombre aniquilado.
—¡O él estudia demasiado o no come bastante por la mañana! —dijo la madre—. El hecho es que despierta bien dispuesto, pero luego aparece para el almuerzo con esa cara pálida. En seguida se le endurecen las facciones, y es la primera señal.
—No es nada, es el desgaste natural del día —dijo el padre con buen humor. Mirándose en el espejo del corredor antes de salir, vio que realmente era la cara de uno de esos muchachos que trabajan, cansados y jóvenes. Sonrió sin mover los labios, satisfecho en el fondo de los ojos. Pero en la puerta del cine no pudo dejar de pedirle prestado el dinero a Carlitos, porque allá estaba Gloria con una amiga.
—¿Ustedes prefieren sentarse adelante o en medio? —preguntaba Gloria.
—Por lo visto, el cine se fue al traste —dijo al pasar Carlitos. En seguida se arrepintió de haber hablado, pues el compañero ni lo había escuchado, ocupado con la muchacha. No era necesario disminuirse a los ojos del otro, para quien una sesión de cine sólo servía para ganar a una chica.
En realidad el cine sólo se había ido al traste al comienzo. De inmediato él relajó el cuerpo, se olvidó de la otra presencia, a su lado, y se puso a ver la película. Solamente a la mitad de la función tuvo conciencia de la presencia de Gloria y sobresaltado la miró con disimulo. Con un poco de sorpresa comprobó que ella no era precisamente la explotadora que él supusiera: allá estaba Gloria inclinada hacia delante, la boca abierta por la atención. Aliviado, se recostó otra vez en la butaca.
Más tarde, sin embargo, se interrogó sobre si había sido explotado o no. Y su angustia fue tan inmensa que él se detuvo ante una vitrina, con terror en la cara. El corazón le golpeaba como un puño. Además del rostro espantado, suelto en el vidrio de la vitrina, había cacerolas y utensilios de cocina que miró con cierta familiaridad. «Por lo visto, fui», concluyó sin conseguir sobreponer su cólera al perfil sin culpa de Gloria. Poco a poco, la propia inocencia de la muchacha se tomó su culpa mayor: «¿Entonces ella me explotaba, me explotaba, y después quedaba satisfecha viendo la película?». Y sus ojos se llenaron de lágrimas. «Ingrata», pensó eligiendo mal una palabra de acusación. Como la palabra era un símbolo de queja más que de rabia, él se confundió un poco y su rabia se calmó. Ahora le parecía, de fuera para dentro y sin ningún deseo, que ella debería haber pagado de aquella manera la entrada al cine.
Pero frente a los libros y cuadernos cerrados, su rostro se fue serenando.
Dejó de escuchar las puertas que se golpeaban, el piano de la vecina, la voz de la madre en el teléfono. Había un gran silencio en su habitación, como en un cofre. Y el final de la tarde parecía una mañana. Estaba lejos, lejos, como un gigante que pudiese estar afuera manteniendo en el aposento apenas los dedos absortos que daban vueltas y vueltas a un lápiz. Había momentos en que respiraba pesadamente como un viejo. La mayor parte del tiempo, sin embargo, su rostro apenas tocaba el aire de la habitación.
—¡Ya he estudiado! —gritó a la madre que lo interrogaba sobre el ruido del agua. Lavándose cuidadosamente los pies en la tina, él pensó que la amiga de Gloria era mejor que Gloria. Ni siquiera había intentado reparar en si Carlitos se había «aprovechado» o no de la otra. A esa idea salió apresuradamente de la tina y se detuvo frente al espejo del lavabo. Hasta que el azulejo enfrió sus pies mojados.
¡No!, no quería explicarse con Carlitos y nadie le iba a decir cómo debería usar el dinero que iba a tener, y Carlitos era dueño de pensar que sería en bicicletas, y si así fuera, ¿qué había con eso?, ¿y si nunca, pero nunca, quisiera gastar su dinero?, ¿y si cada vez se hiciera más rico?... ¿qué hay con eso, tienes ganas de pelear?, piensas que...
—... puede ser que estés muy ocupado con tus pensamientos —lo interrumpió la madre—, pero por lo menos cena y de vez en cuando di una palabra.
Entonces él, en súbito retorno a la casa paterna:
—Dices que en la mesa no se habla, y ahora quieres que hable, dices que no se habla con la boca llena, y ahora...
—Mira cómo hablas con tu madre —dijo el padre severamente.
—Papá —dijo Arturo dócilmente, con las cejas fruncidas—, papá, ¿qué es eso de las notas de crédito?
—Por lo visto, el colegio no sirve para nada —dijo el padre, con placer.
—Come más papas, Arturo —la madre intentó inútilmente arrastrar a los dos hombres hacia sí.
—Bueno —dijo el padre alejando el plato—, es esto: digamos que tú tienes una deuda.



Alguns contos (1952)
Laços de família (1960)



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Mensaje por Amalia Lateano Vie 16 Sep 2022, 19:50

Este post si me gustó
lo leeré nuevamente pero más despacio.
Gracias por compartir
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Mensaje por Maria Lua Sáb 17 Sep 2022, 09:35

Clarice Lispector
(Chechelnik, Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977)


Misterio en São Cristovão
(“Mistério em São Cristóvão”)
Originalmente publicado en Alguns contos (1952);
reimpreso en Laços de família (1960)

Una noche de mayo —los jacintos rígidos cerca de la ventana— el comedor de una casa estaba iluminado y tranquilo.
Alrededor de la mesa, por un instante inmovilizados, se encontraban el padre, la madre, la abuela, tres niños y una jovencita delgada de diecinueve años. El rocío perfumado de São Cristóvão no era peligroso, pero la manera en que las personas se agrupaban en el interior de la casa tornaba arriesgado lo que no fuese el seno de una familia en una noche fresca de mayo. No había nada de especial en la reunión: se acababa de cenar y se conversaba alrededor de la mesa, los mosquitos en torno a la luz. Lo que hacía particularmente opulenta la cena, y tan abierto el rostro de cada persona, es que después de muchos años finalmente casi se palpaba el progreso en esa familia: pues en una noche de mayo, después de la cena, he aquí que los niños han ido diariamente a la escuela, el padre mantiene los negocios, la madre trabajó durante años en los partos y en la casa, la jovencita se está equilibrando en la delicadeza de su edad, y la abuela alcanzó un modo de estar. Sin darse cuenta, la familia miraba feliz la sala, vigilando el singular momento de mayo y su abundancia.
Después cada uno fue a su habitación. La anciana se tendió en la cama gimiendo con benevolencia. El padre y la madre, cerradas todas las puertas, se acostaron pensativos y se durmieron. Los tres niños, escogiendo las posiciones más difíciles, se durmieron en tres camas como en tres trapecios. La jovencita, con su camisón de algodón, abrió la puerta del cuarto y respiró todo el jardín con insatisfacción y felicidad. Perturbada por la humedad olorosa, se acostó prometiéndose para el día siguiente una actitud enteramente nueva que estremeciera los jacintos e hiciera que las frutas se conmovieran en las ramas, y en medio de sus meditaciones se durmió.
Pasaron las horas. Y cuando el silencio parpadeaba en las luciérnagas —los niños suspendidos en el sueño, la abuela rumiando un sueño difícil, los padres cansados, la jovencita adormecida en mitad de su meditación—, se abrió la casa de una esquina y de allí salieron tres enmascarados.
Uno era alto y tenía la cabeza de un gallo. Otro era gordo y estaba vestido de toro. Y el tercero, más joven, por falta de imaginación, se había disfrazado de caballero antiguo poniéndose una máscara de demonio, a través de la cual aparecían sus ojos cándidos. Los tres enmascarados cruzaron la calle en silencio.
Cuando pasaron por la casa oscura de la familia, el que era un gallo y era dueño de casi todas las ideas del grupo se detuvo y dijo: —Miren eso.
Los compañeros, que se habían vuelto pacientes por la tortura de la máscara, miraron y vieron una casa y un jardín. Sintiéndose elegantes y miserables, esperaron resignados que el otro completara su pensamiento. Finalmente el gallo agregó:
—Podemos recoger jacintos.
Los otros dos no respondieron. Aprovecharon la parada para examinarse desolados y buscar un medio de respirar mejor dentro de la máscara.
—Un jacinto para que cada uno lo prenda a su disfraz —concluyó el gallo.
El toro se agitó inquieto ante la idea de un adorno más para tener que protegerlo en la fiesta. Pero, pasado un instante en que los tres parecían pensar profundamente para decidir, sin que en verdad pensaran en nada, el gallo se adelantó, subió ágilmente por la reja y pisó la tierra prohibida del jardín. El toro lo siguió con dificultad. El tercero, a pesar de vacilar, de un salto se encontró en el propio centro de los jacintos, con un golpe débil que hizo que los tres aguardasen asustados: sin respirar, el gallo, el toro y el caballero del diablo escrutaron en la oscuridad. Pero la casa continuaba entre tinieblas y sapos. Y, en el jardín sofocado de perfume, los jacintos se estremecían inmunes.
Entonces el gallo avanzó. Podría agarrar el jacinto que estaba más próximo. Los mayores, no obstante, que se erguían cerca de una ventana —altos, duros, frágiles—, titilaban llamándolo. El gallo se dirigió hacia éstos de puntillas, y el toro y el caballero lo acompañaron. El silencio los vigilaba.
Apenas había quebrado el tallo del jacinto mayor, el gallo se interrumpió, helado. Los otros dos se detuvieron con un suspiro que los sumergió en el ensueño.
Detrás del vidrio oscuro de la ventana había un rostro blanco, mirándolos.
El gallo se inmovilizó en el gesto de quebrar el jacinto. El toro quedó con las manos todavía levantadas. El caballero, exangüe bajo la máscara, había rejuvenecido hasta encontrar la infancia y su horror. El rostro detrás de la ventana, miraba. Ninguno de los cuatro sabría quién era el castigo del otro. Los jacintos cada vez más blancos en la oscuridad. Paralizados, ellos se miraban.
La simple aproximación de cuatro máscaras en una noche de mayo parecía haber repercutido en huecos recintos, y otros más, y otros más que, sin un instante en el jardín quedarían para siempre en ese perfume que hay en el aire y en la permanencia de cuatro naturalezas que el azar había indicado, señalando lugar y hora: el mismo azar preciso de una estrella candente. Los cuatro, venidos de la realidad, habían caído en las posibilidades que hay en una noche de mayo en São Cristóvão. Cada planta húmeda, cada cascote, los sapos roncos aprovechaban la silenciosa confusión para situarse en mejor lugar..., todo en la oscuridad era muda aproximación. Caídos en la celada, ellos se miraban aterrorizados: había sido saltada la naturaleza de las cosas y las cuatro figuras se miraban con alas abiertas. Un gallo, un toro, el demonio y un rostro de muchacha habían desatado la magia del jardín... Fue cuando la gran luna de mayo apareció.
Era un toque peligroso para las cuatro imágenes. Tan arriesgado que, sin un sonido, cuatro mudas visiones retrocedieron sin desviar la vista, temiendo que en el momento en que no aprisionaran por la mirada nuevos territorios distantes fuesen heridos, y que, después de la silenciosa caída, quedaran los jacintos dueños del tesoro del jardín. Ningún espectro vio desaparecer a otro porque todos se retiraron al mismo tiempo, lentamente, de puntillas. Y apenas se había roto el círculo mágico de los cuatro, libres de la mutua vigilancia, la constelación se deshizo con horror: tres sombras saltaron como gatos las rejas del jardín, y otra, temblorosa y agrandada, se alejó de espaldas hasta el marco de una puerta, de donde con un grito se echó a correr.
Los tres caballeros enmascarados, que por funesta idea del gallo pretendían constituirse en una sorpresa en un baile alejado del carnaval, fueron un éxito en medio de la fiesta ya comenzada. La música se interrumpió y los bailarines todavía enlazados, en medio de las risas, vieron a tres máscaras ansiosas pararse a la puerta como indigentes. Por fin, después de varios intentos, los invitados tuvieron que abandonar el deseo de convertirlos en reyes de la fiesta porque, asustados, los tres no se separaban: un alto, un gordo y un joven, un gordo, un joven y un alto, desequilibrio y unión, los rostros sin palabras debajo de tres máscaras que vacilaban, independientes.
Mientras tanto, la casa de los jacintos se había iluminado toda. La jovencita estaba sentada en la sala. La abuela, con los cabellos blancos trenzados, sujetaba un vaso de agua, la madre alisaba los cabellos oscuros de la hija, mientras el padre recorría la casa. La jovencita no sabía explicar nada: parecía haberlo dicho todo con su grito. Su rostro se había empequeñecido, claro: toda la construcción laboriosa de su edad se había deshecho, ella era nuevamente una niña. Pero en la imagen rejuvenecida de más de una época, para horror de la familia, había aparecido un hilo blanco entre los cabellos de la frente. Como persistiera en mirar en dirección a la ventana, la dejaron reposar sentada y, con candelabros en la mano, estremeciéndose de frío bajo el camisón, salieron de expedición por el jardín.
En breve las velas derramaban su luz bailando en la oscuridad. Trepadoras aclaradas se encogían, los sapos saltaban iluminados entre los pies, los frutos se desmoronaban por un instante entre las hojas. El jardín, despertando de su sueño, por momentos se engrandecía, por momentos se extinguía; las mariposas volaban sonámbulas. Finalmente la anciana, buena conocedora de los canteros, señaló la única marca visible en el jardín que se rehuía: el jacinto aún vivo, roto por el tallo... Entonces era verdad: algo había sucedido. Volvieron, iluminaron toda la casa y pasaron el resto de la noche esperando.
Solamente los tres niños aún dormían profundamente.
La jovencita poco a poco fue recuperando su edad. Solamente ella vivía sin escrutarlo todo. Pero los otros, que nada habían visto, se volvieron atentos e inquietos. Y como el progreso en aquella familia era frágil producto de muchos cuidados y de algunas mentiras, todo se deshizo y tuvo que rehacerse casi desde el comienzo: la abuela nuevamente pronta a ofenderse, el padre y la madre fatigados, los niños insoportables, toda la casa pareciendo esperar que una vez más la brisa de la opulencia soplase después de una cena. Lo que quizá sucedería en otra noche de mayo.



Alguns contos (1952)
Laços de família (1960)







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CLARICE LISPECTOR ( Centenario de nacimiento) - Página 30 Empty Re: CLARICE LISPECTOR ( Centenario de nacimiento)

Mensaje por Maria Lua Lun 19 Sep 2022, 17:51

Clarice Lispector
(Chechelnik, Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977)


El crimen del profesor de matemáticas
(“O crime do professor de matemática”)


Originalmente publicado, como ”O Crime”, en el suplemento Letras e Artes (25 de agosto de 1945);
Laços de família (1960)

Cuando el hombre alcanzó la colina más alta, las campanas tocaban en la ciudad, abajo. Apenas se veían los techos irregulares de las casas. Cerca de él estaba el único árbol de la llanura. El hombre estaba de pie con un costal pesado en la mano.
Miró hacia abajo con ojos miopes. Los católicos entraban lenta y delicadamente en la iglesia, y él trataba de escuchar las voces dispersas de los niños derramándose en la plaza. Pero a pesar de la limpidez de la mañana, los sonidos apenas si alcanzaban la llanura. También veía el río que de arriba parecía inmóvil, y pensó: es domingo. Vio a lo lejos la montaña más alta con las laderas secas. No hacía frío pero él se arregló la chaqueta abrigándose mejor. Por fin, puso el costal con cuidado en el suelo. Se quitó las gafas, sus ojos claros parpadearon, casi jóvenes, poco familiares. Se puso nuevamente las gafas, y se transformó en un señor de mediana edad y tomó de nuevo el costal: pesaba como si fuese de piedra, pensó. Forzó la vista para observar la corriente del río, inclinó la cabeza para oír algún ruido: el río estaba detenido y apenas el sonido más duro de una voz alcanzó un instante la altura: sí, él estaba bien solo. El aire fresco era inhóspito para él, que vivía en una ciudad más cálida. El único árbol de la llanura balanceaba sus ramas. Él lo miró. Ganaba tiempo. Hasta que le pareció que no había por qué esperar más.
Y, sin embargo, aguardaba. Por cierto que las gafas le molestaban, porque nuevamente se las quitó, respiró hondo y las guardó en el bolsillo.
Entonces abrió el costal y miró un poco. Después metió dentro una mano delgada y fue extrayendo un perro muerto. Todo él se concentraba solamente en la mano importante y mantenía los ojos profundamente cerrados mientras tironeaba. Cuando los abrió, el aire estaba todavía más claro y las campanas alegres tocaron nuevamente llamando a los fieles para el consuelo de la penitencia.
El perro desconocido estaba a la luz.
Entonces él se puso metódicamente a trabajar. Tomó al perro duro y negro, lo depositó en una bajada del terreno. Pero, como si ya hubiese hecho mucho, se puso las gafas sentándose al lado del perro y comenzó a observar el paisaje.
Vio con mucha claridad, y con cierta inutilidad, la llanura desierta. Pero observó con precisión que estando sentado ya no veía la pequeña ciudad, allá abajo. Respiró de nuevo. Revolvió en el costal y sacó la pala. Y pensó en el lugar que escogería. Quizás debajo del árbol. Se sorprendió reflexionando que debajo del árbol enterraría a este perro. Pero si fuera el otro, el verdadero perro, en verdad no lo enterraría donde él mismo gustaría de ser enterrado si estuviera muerto: en el centro mismo de la llanura, donde los ojos vacíos encarasen al sol. Entonces, ya que el perro desconocido sustituiría al «otro», quiso que él, para mayor perfección del acto, recibiera precisamente lo que el otro recibiría. No había ninguna confusión en la cabeza del hombre. Él se entendía a sí mismo con frialdad, sin ningún hilo suelto.
Poco después, por exceso de escrúpulos, estaba demasiado ocupado en procurar determinar rigurosamente el centro de la llanura. No era fácil, porque el único árbol se levantaba en un lugar y, tendiéndose como falso centro, dividía simétricamente el llano. Frente a esa dificultad el hombre concedió: «No es necesario enterrarlo en el centro, yo también enterraría al otro, digamos, bien, donde yo estuviera en ese mismo instante parado». Porque se trataba de dar al acontecimiento la fatalidad del azar, la marca de un suceso exterior y evidente —en el mismo lugar plano de los niños en la plaza y de los católicos entrando en la iglesia—, se trataba de tornar el hecho lo más visible a la superficie del mundo debajo del cielo. Se trataba de exponerse y de exponer un hecho, y de no permitir la forma íntima e impune de un pensamiento.
A la idea de enterrar al perro donde él estuviera en ese momento de pie, el hombre retrocedió con una agilidad que su cuerpo pequeño y singularmente pesado no permitía. Porque le pareció que bajo los pies se había dibujado el esbozo de la tumba del perro.
Entonces él comenzó a cavar allí mismo con pala rítmica. A veces se interrumpía para quitarse y luego volver a ponerse las gafas. Sudaba penosamente. No cavó mucho más, no porque quisiera ahorrarse cansancio. No cavó mucho porque lúcidamente pensó: «Si fuese para el verdadero perro, yo cavaría poco, lo enterraría muy superficialmente». Él pensaba que si el perro quedaba cerca de la superficie de la tierra no perdería la sensibilidad.
Por fin abandonó la pala. Tomó con delicadeza al perro desconocido y lo puso en la tumba.
Qué cara extraña tenía el perro. Cuando por un choque descubriera al perro muerto en una esquina, la idea de enterrarlo había tornado su corazón tan pesado y sorprendido que ni siquiera había tenido ojos para ese hocico duro y de baba seca. Era un perro extraño y objetivo.
El perro era un poco más alto que el agujero cavado y después de cubierto con tierra sería sólo una excrecencia sensible del terreno. Era precisamente lo que él quería. Cubrió al perro con tierra y la aplanó con las manos, sintiendo con atención y placer su forma en las palmas, como si varias veces lo alisara. El perro ahora era apenas una apariencia del terreno.
Entonces el hombre se puso de pie, se sacudió la tierra de las manos, y no miró ni siquiera una vez más la tumba. Pensó con cierto gusto: «Creo que ya lo hice todo». Suspiró hondamente, y tuvo una sonrisa inocente de liberación. Sí, lo había hecho todo. Su crimen había sido castigado y él estaba libre.
Y ahora él podía pensar libremente en el verdadero perro. Entonces se puso a pensar inmediatamente en el verdadero perro, lo que había evitado hasta ahora. El verdadero perro que ahora mismo debería estar vagando perplejo por las calles de otro municipio, husmeando aquella ciudad en la que él ya no tenía dueño.
Entonces se puso a pensar con dificultad en su verdadero perro como si intentase pensar con dificultad en su verdadera vida. El hecho de que el perro estuviera distante, en otra ciudad, dificultaba la tarea, aunque la nostalgia lo aproximara en el recuerdo.
«Mientras yo te hacía a mi imagen, tú me hacías a la tuya», pensó entonces, auxiliado por la nostalgia. «Te di el nombre de José para darte un nombre que te sirviera al mismo tiempo de alma. ¿Y tú?, ¿cómo saber jamás qué nombre me diste? Cuánto me amaste, más de lo que yo te amé», reflexionó, curioso.
«Nosotros nos comprendíamos demasiado, tú con el nombre humano que te di, yo con el nombre que me diste y que nunca pronunciaste sino con tu mirada insistente», pensó el hombre sonriendo con cariño, libre ahora de recordar a su gusto.
«Me acuerdo de cuando eras pequeño», pensó divertido, «tan pequeño, bonitillo y flaco, moviendo el rabo, mirándome, y yo sorprendiendo en ti una nueva manera de tener alma. Pero, desde entonces, ya comenzabas a ser todos los días un perro que podía ser abandonado. Mientras tanto, nuestros juegos se tornaban peligrosos por tanta comprensión», recordó el hombre con satisfacción, «tú terminabas mordiéndome y gruñendo, yo terminaba arrojándote un libro y riendo. Pero quién sabe qué significaba aquella risa mía, sin ganas. Todos los días eras un perro que se podía abandonar».
«¡Y cómo olías las calles!», pensó el hombre riéndose un poco, «en verdad, no dejaste piedra por oler... Ése era tu lado infantil. ¿O era tu verdadera manera de ser perro: y el resto solamente el juego de ser mío? Porque eras irreductible. Y, abanicando tranquilamente la cola, parecías rechazar en silencio el nombre que yo te había dado. Ah, sí, eras irreductible: yo no quería que comieses carne para que no te volvieras feroz, pero un día saltaste sobre la mesa y, entre los gritos felices de los niños, agarraste la carne y con una ferocidad que no viene de lo que se come, me miraste mudo e irreductible, con la carne en la boca. Porque, aunque mío, nunca me cediste ni un poco de tu pasado ni de tu naturaleza. E, inquieto, yo comenzaba a comprender que no exigías de mí que yo cediera nada de la mía para amarte, y eso comenzaba a importunarme. En el punto de realidad resistente de dos naturalezas, ahí es donde esperabas que nos entendiéramos. Mi ferocidad y la tuya no deberían cambiarse por dulzura: era eso lo que poco a poco me enseñabas, y era también eso lo que se estaba tornando pesado. No pidiéndome nada, me pedías demasiado. De ti mismo, exigías que fueses un perro. De mí, exigías que yo fuera un hombre. Y yo, yo me disfrazaba como podía. A veces sentado sobre tus patas delante de mí, ¡cómo me mirabas! Entonces yo miraba al techo, tosía, disimulaba, me miraba las uñas. Pero nada te conmovía: tú me mirabas. ¿A quién irías a contarlo? Finge —me decía—, finge rápido que eres otro, da una falsa cita, hazle una caricia, arrójale un hueso; pero nada te distraía: tú me mirabas. Qué tonto era yo. Yo, que temblaba de horror, cuando eras tú el inocente: si yo me volviese de pronto y te mostrase mi rostro verdadero y, erizado, alcanzado, te levantarías hacia la puerta herido para siempre. Oh, todos los días eras un perro que podía abandonarse. Podía elegirse. Pero tú, confiado, meneabas la cola.
«A veces, conmovido por tu perspicacia, yo podía ver en ti tu propia angustia. No la angustia de ser perro, que era tu única forma posible. Sino la angustia de existir de un modo tan perfecto que se tornaba una alegría insoportable: entonces dabas un salto y venías a lamer mi rostro con amor enteramente entregado y cierto peligro de odio como si fuese yo quien, por amistad, te hubiese revelado. Ahora estoy muy seguro de que no fui yo quien tuvo un perro. Fuiste tú el que tuviste una persona».
«Pero poseíste una persona tan poderosa que podía elegir: y entonces te abandonó. Con alivio te abandonó. Con alivio, sí, pues exigías —con la incomprensión serena y simple de quien es un perro heroico— que yo fuese un hombre. Te abandonó con una disculpa que todos en casa aprobaron: porque ¿cómo podría yo hacer un viaje de mudanza, con equipaje y familia, y además un perro, con la adaptación al nuevo colegio y a la nueva ciudad, y además un perro? “Que no cabe en ninguna parte”, dijo Marta, práctica. “Que molestará a los pasajeros”, explicó mi suegra sin saber que previamente me justificaba, y los chicos lloraron, y yo no miraba ni a ellos ni a ti, José. Pero sólo tú y yo sabemos que te abandoné porque eras la posibilidad constante del crimen que yo nunca había cometido. La posibilidad de que yo pecara, el disimulo en mis ojos, ya era pecado. Entonces pequé en seguida para ser culpable en seguida. Y este crimen sustituye el crimen mayor que yo no tendría coraje de cometer», pensó el hombre cada vez más lúcido».
«Hay tantas formas de ser culpable y de perderse para siempre y de traicionarse y de no enfrentarse. Yo elegí la de herir a un perro», pensó el hombre. «Porque yo sabía que ése sería un crimen menor y que nadie va al Infierno por abandonar un perro que confió en un hombre. Porque yo sabía que ese crimen no era punible.»
Sentado en la llanura, su cabeza matemática estaba fría e inteligente. Sólo ahora él parecía comprender, en toda su helada plenitud, que había hecho con el perro algo realmente impune y para siempre. Pues todavía no habían inventado castigo para los grandes crímenes disfrazados y para las profundas traiciones.
Un hombre aún conseguía ser más astuto que el Juicio Final. Nadie le condenaba por ese crimen. Ni la Iglesia. «Todos son mis cómplices, José. Yo tendría que golpear de puerta en puerta y mendigar para que me acusaran y me castigasen: todos me cerrarían la puerta con la cara repentinamente enfurecida. Nadie condena este crimen. Ni tú, José, me condenarías. Pues bastaría a esta persona poderosa que soy elegir llamarte, y desde tu abandono en las calles, en un salto me lamerías la cara con alegría y perdón. Yo te daría la otra mejilla para que la besaras.»
El hombre se quitó las gafas, respiró, se las puso otra vez.
Miró la tumba abierta. En la que él había enterrado a un perro desconocido en tributo del perro abandonado, tratando de pagar la deuda que inquietamente nadie le cobraba. Procurando castigarse con un acto de bondad y quedar libre de su crimen. Como alguien da una limosna para por fin poder comer el pastel a causa del cual el otro no comió el pan.
Pero como si José, el perro abandonado, exigiese de él mucho más que la mentira; como si exigiese que él, en un último arranque, fuese un hombre —y como hombre asumiera su crimen—, él miraba la tumba donde había enterrado su debilidad y su condición. Y ahora, más matemático aún, buscaba una manera de no castigarse. Él no debía ser consolado. Procuraba fríamente una manera de destruir el falso entierro del perro desconocido. Descendió entonces, y solemne, calmo, con movimientos simples, desenterró al perro. El perro oscuro finalmente apareció entero, extrañamente, con la tierra en las pestañas, los ojos abiertos y cristalizados. Y así el profesor de matemáticas renovó para siempre su crimen. El hombre miró entonces para todos lados y hacia el cielo pidiendo testigos para lo que había hecho. Y como si aún no bastara, comenzó a descender las laderas en dirección al seno de la familia.



Laços de família (1960)


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Mensaje por Maria Lua Mar 20 Sep 2022, 09:22

Lo más difícil es no hacer nada: quedarse a solas ante el cosmos. Trabajar es aturdimiento. Quedarse sin hacer nada es la desnudez final. Hay algunos que no aguantan. Y se van a divertir. Estoy escribiendo de madrugada. Tal vez porque no quiera quedarme a solas ante el mundo. Pero de algún modo estoy acompañada. No lo sé explicar. Es bueno.



Revelación de un mundo.


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Mensaje por Maria Lua Mar 20 Sep 2022, 09:23

Ahí estaba el mar, la más ininteligible de las existencias no
humanas. Y allí estaba la mujer, de pie, el más ininteligible de los seres vivos. El día que el ser humano se hizo una pregunta sobre sí mismo, entonces se convirtió en el más ininteligible de los seres por donde circulaba sangre. Ella y el mar.

Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se
entregara al otro: la entrega de dos mundos desconocidos hecha con la confianza con la que se entregarían dos comprensiones.

Aprendizaje o el libro de los placeres.


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Mensaje por Maria Lua Mar 20 Sep 2022, 09:23

Me asombra nuestra fertilidad: el hombre ha llegado con los siglos a dividir el tiempo en estaciones del año. Ha llegado incluso a intentar dividir el infinito en días, meses, años, porque el infinito puede agobiar mucho y oprimir el corazón. Y, ante la angustia, traemos el infinito hasta el ámbito de nuestra conciencia y lo organizamos en forma humana simplificada. Sin esa forma o cualquier otra de organización, nuestro consciente sería un vértigo peligroso como la locura. Al mismo tiempo, para la mente humana, la eternidad del infinito es una fuente de placer: nosotros, sin entenderlo, comprendemos. Y sin entender, vivimos. Nuestra vida es solo una forma de infinito.

Aprendiendo a vivir.


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Mensaje por Maria Lua Mar 20 Sep 2022, 09:25

Pero el instante-ya es una luciérnaga que se enciende
y se apaga. El presente es el instante en que la rueda
de un automóvil a gran velocidad toca mínimamente el
suelo. Y la parte de la rueda que aún no lo ha tocado,
lo tocará en un futuro inmediato que absorbe el instante
presente y hace de él pasado. Yo, viva y centelleante
como los instantes, me enciendo y me apago, me enciendo
y me apago, me enciendo y me apago. Pero aquello
que capto en mí tiene, ahora que está siendo transpuesto
a la escritura, la desesperación de que las palabras ocupen
más instantes que la mirada. Más que un instante
quiero su fluencia.


Agua Viva


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Mensaje por Maria Lua Mar 20 Sep 2022, 09:26

En cada palabra late un corazón. Escribir es esa búsqueda de la veracidad íntima de la vida. Vida que me molesta y deja a mi propio corazón trémulo el dolor incalculable que parece necesario para mi maduración: ¿maduración? ¡Hasta ahora he vivido sin madurar!
Sí. Pero parece que ha llegado el momento de aceptar de lleno la vida misteriosa de los que un día morirán. Tengo que comenzar por aceptarme y no sentir el horror punitivo del cada vez que caigo, pues cuando caigo la raza humana cae también conmigo.

Un soplo de vida.


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Mensaje por Maria Lua Mar 20 Sep 2022, 09:27

Martim se sentía confiado porque, siendo su auditorio menos inteligente que él, se sintió a gusto.Además, aquel hombre jamás había tenido auditorio por extraño que pueda parecer. Nunca se acordaba de organizar su alma en lenguaje- no creía en el acto de hablar, tal vez por miedo a que , hablando,él mismo terminara por no reconocer la mesa en la que comía, si ahora estaba hablando era porque no sabía hacia donde iba ni sabía lo que le iba a ocurrir y eso lo colocaba en el pleno corazón de la libertad.

La manzana en la oscuridad.


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Mensaje por Maria Lua Mar 20 Sep 2022, 09:28

Entender es siempre limitado. Pero no entender puede no tener fronteras. Siento que soy
mucho más completa cuando no entiendo. No entender, del modo en que lo digo, es un don. No entender, pero no como un simple de espíritu. Lo bueno es ser inteligente y no entender. Es una bendición extraña, como tener locura sin ser demente. Es un manso desinterés, es una dulzura de estupidez. Sólo que de vez en cuando viene la inquietud: quiero entender un poco. No demasiado: pero por lo menos entender que no entiendo.


Descubrimientos


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Mensaje por Maria Lua Mar 20 Sep 2022, 09:29

No es que lo quisiese para mí, tampoco quiero la luna en esas noches en que se vuelve leve y fría como una perla. Tampoco quiero para mí a un niño de nueve años que vi, con el pelo de arcángel, corriendo detrás de una pelota. Yo sólo quería mirar. El hombre me miró un instante y sonrió tranquilo, sabía lo bello que era, y sé que él sabía yo no lo quería para mí, sonrió porque no sintió ninguna amenaza. (Los seres excepcionales están más expuestos a peligros que las personales normales). Crucé la calle y cogí un taxi.

Llorando mansamente
(fragmento inicial)
Aprendiendo a vivir.


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