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Mensaje por Maria Lua Vie 19 Jun 2020, 08:29



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Mensaje por Maria Lua Dom 21 Jun 2020, 14:36

AMOR




Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían.

Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.
En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. 

Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.



El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.
El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.
¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle... Un hombre ciego masticaba chicle.



Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír -como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada -el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.
Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.
La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero... El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. 

Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. 

En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo... ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.
Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.
Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.
Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.
Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo.
La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí.
De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.



A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los "cipós". Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.
Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.
En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.
Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.
Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada... Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón... El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.
Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]  pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada.
Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.



Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. 

Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?- se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola... Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos...
-Tengo miedo -dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado.
-Mamá -exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó.
-No dejes que mamá te olvide -le dijo.
El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.
Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?
No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.
Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo -¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.
Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.
Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua -estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.
Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.
Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros.
Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre.
Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.
¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.
-¿Qué fue? -gritó vibrando toda.
Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:
-No fue nada -dijo-, soy un descuidado -parecía cansado, con ojeras.
Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.
-¡No quiero que te suceda nada, nunca! -dijo ella.
-Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote -respondió él sonriendo. Ella continuó sin fuerzas en sus brazos.
Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste.
-Es hora de dormir -dijo él-, es tarde.
En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.
Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.




*Pequeño mamífero roedor.


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Mensaje por Maria Lua Jue 25 Jun 2020, 20:44



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Mensaje por Maria Lua Vie 26 Jun 2020, 03:42

Pues en la hora oscura, tal vez la más oscura, en pleno día, ocurrió esa cosa que no quiero siquiera intentar definir. En pleno día era noche, y esa cosa que no quiero todavía definir es una luz tranquila dentro de mí, y la llamaría alegría, alegría mansa. Estoy un poco desorientada como si me hubieran arrancado el corazón, y en lugar de él estuviera ahora la súbita ausencia, una ausencia casi palpable de lo que antes era un órgano bañado de oscuridad, de dolor. No estoy sintiendo nada. Pero es lo contrario del sopor. Es un modo más leve y más silencioso de existir.




De: Tanta mansedumbre


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Mensaje por Maria Lua Vie 26 Jun 2020, 13:00

Y no olvidar, al comenzar el trabajo, el estar preparada para equivocarme. No olvidar que el error muchas veces se había convertido en mi camino. Siempre que no resultaba cierto lo que pensaba o sentía, entonces se producía una brecha y, si antes hubiese tenido valor, ya habría entrado por ella. Mas siempre sentí miedo del delirio y del error. Mi error, no obstante, debía de ser el camino de una verdad, pues únicamente cuando me equivoco salgo de lo que conozco y entiendo. Si la 'verdad' fuese aquello que puedo entender, terminaría siendo tan sólo una verdad pequeña, de mi tamaño.



La pasión según G.H.


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Mensaje por Maria Lua Dom 28 Jun 2020, 04:43



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Mensaje por Maria Lua Dom 28 Jun 2020, 04:53

A perfeição


O que me tranqüiliza
é que tudo o que existe,
existe com uma precisão absoluta.


O que for do tamanho de uma cabeça de alfinete
não transborda nem uma fração de milímetro
além do tamanho de uma cabeça de alfinete.


Tudo o que existe é de uma grande exatidão.
Pena é que a maior parte do que existe
com essa exatidão
nos é tecnicamente invisível.


O bom é que a verdade chega a nós
como um sentido secreto das coisas.


Nós terminamos adivinhando, confusos,
a perfeição.
 


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Mensaje por Maria Lua Lun 29 Jun 2020, 04:21

"En cada palabra late un corazón. Escribir es esa búsqueda de la veracidad íntima de la vida. Vida que me molesta y deja a mi propio corazón trémulo el dolor incalculable que parece necesario para mi maduración: ¿maduración? ¡Hasta ahora he vivido sin madurar!
Sí. Pero parece que ha llegado el momento de aceptar de lleno la vida misteriosa de los que un día morirán. Tengo que comenzar por aceptarme y no sentir el horror punitivo del cada vez que caigo, pues cuando caigo la raza humana cae también conmigo."

Un soplo de vida.


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Mensaje por Maria Lua Mar 30 Jun 2020, 08:46

Recordarse con nostalgia es como despedirse otra vez.


De :Agua viva.


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Mensaje por Maria Lua Miér 01 Jul 2020, 05:18

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Mensaje por Maria Lua Miér 01 Jul 2020, 06:25

A PERFEIÇÃO

O que me tranquiliza é que tudo o que existe, existe com uma precisão absoluta. O que for do tamanho de uma cabeça de alfinete não transborda nem uma fração de milímetro além do tamanho de uma cabeça de alfinete. Tudo o que existe é de uma grande exatidão. Pena é que a maior parte do que existe com essa exatidão nos é tecnicamente invisível. Apesar da verdade ser exata e clara em si própria, quando chega até nós se torna vaga pois é tecnicamente invisível. O bom é que a verdade chega a nós como um sentido secreto das coisas. Nós terminamos adivinhando, confusos, a perfeição.



( Clarice Lispector - 2 de novembro de 1968)
( A descoberta do mundo (crônicas publicadas no Jornal do Brasil de 1967 a 1973). Rio de Janeiro: Rocco, 1999, p. 155)


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Mensaje por Maria Lua Vie 03 Jul 2020, 07:28

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Mensaje por Maria Lua Sáb 04 Jul 2020, 08:47

CERCA DEL CORAZÓN SALVAJE


La filósofa francesa Hélène Cixious intentó capturar la esencia de la escritora brasileña Clarice Lispector a través de comparaciones: "Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre, y hubiera llegado a cumplir 50 años; si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán... En este ambiente escribe Lispector". Gregory Rabassa, su celebrado traductor al inglés, tampoco escatima superlativos: "Sus ojos azules parecían salidos de La montaña mágica... Era una persona poco común, se parecía a Marlene Dietrich y escribía como Virginia Woolf".

Pese a todos estos elogios, Clarice Lispector permanece desconocida en España. Su obra ha sido muy bien editada por Siruela, pero aun así su nombre no es mencionado con frecuencia por críticos y escritores. No es fácil que llegue al gran público: su escritura es densa, privilegia el intento de capturar percepciones antes que una trama concreta. Sin embargo, hay otros escritores "difíciles" que son muy mencionados, por lo cual eso tampoco debería ser un obstáculo. Por todo lo que nos revela, por la importancia cultural de Brasil para España e Hispanoamérica, la escritora brasileña más importante del siglo XX es una asignatura pendiente y necesaria hoy.



Su traductor la definió como "una persona poco común. Se parecía a Marlene Dietrich y escribía como Virginia Woolf"


En septiembre de 1966 se durmió mientras fumaba. Sufrió quemaduras graves en la mano derecha, la que usaba para escribir





Lispector se ha ganado con creces su fama de mujer enigmática y misteriosa. Antonio Callado la definió como "una extranjera en la tierra". El enigma comienza con su nacimiento: después de muchos años de dudas, se ha llegado a confirmar que Clarice nació como Hala Lispector el 10 de diciembre de 1920 en Tchechelnik, un pueblito perdido en Ucrania, de donde eran sus padres judíos, Pinkouss y Mania. El nacimiento ocurrió cuando los padres habían iniciado su viaje de emigración a América. Los esperaban en Maceió, Brasil, la hermana de Mania y su marido, que habían conseguido una "carta de llamada" para ellos. 


Algunos biógrafos dicen que Clarice Lispector llegó a Brasil en febrero de 1921, cuando tenía apenas dos meses; otros dicen que llegó en marzo del 22. En todo caso, lo cierto es que los padres, en su intento de asimilarse a su nueva tierra, cambiaron sus nombres: Hala pasó a llamarse Clarice.


Clarice y sus dos hermanas mayores fueron educadas en la religión judía; la ausencia explícita de temas y personajes judíos en su narrativa es motivo de debate. Algunos críticos sugieren que esto se debió al intento de Clarice de asumirse como brasileña sobre todas las cosas; otros, más bien, han comenzado a encontrar en su obra, de manera algo forzada, referencias a la Kabala. En cuanto a la lengua, Clarice de niña sólo habló el portugués (luego aprendería el francés y el inglés, pero no la lengua materna), aunque estudió hebreo y yiddish en el colegio. Su portugués lo hablaba como una extranjera, lo cual confundía a la gente: decían que pronunciaba la "r" como una francesa.


La familia de Clarice pasó por dificultades financieras; al padre, que ahora se llamaba Pedro, le costaba encontrar trabajo, y la madre se había quedado paralítica (fallecería en 1930). La familia debió mudarse, en 1925, a Recife, y luego, en 1934, a Río de Janeiro. Clarice mostró sus aptitudes literarias desde muy temprano. Para leer, tomaba prestados libros de la biblioteca, pues no podía comprarlos. A los 10 años escribió una obra teatral. A los 11 envió sus cuentos al Diário de Pernambuco, aunque éstos no fueron aceptados porque no contaban historias y sólo trataban de sensaciones.


 En 1940 publicó su primer cuento, Triunfo, en el semanario Pan. Esa época comenzó a trabajar como periodista en la Agencia Nacional, y a escribir su primera novela, Cerca del corazón salvaje. La novela sería publicada en 1944 y recibida con grandes elogios por la crítica, sorprendida por la juventud de la autora y por su estilo modernista, tan alejado del tradicional realismo de la literatura brasileña. Aunque se menciona a Joyce y Woolf como influencias principales, por su intento de concentrarse en el fluir de la conciencia, en las pulsiones primordiales que se agitan antes de que el intelecto las racionalice -"Cerró los ojos un momento, permitiéndose el nacimiento de un gesto o de una frase sin lógica. Hacía siempre esto, confiaba en que en el fondo, debajo de la lava, hubiera un deseo dirigido ya hacia un fin"-, Clarice Lispector todavía no los había leído.


En 1943, Clarice Lispector se casó con Maury Gurgel Valente, quien iniciaría pronto una exitosa carrera diplomática. Desde 1944 hasta 1959, la pareja vivió en el extranjero, sobre todo en Europa, lo cual significó un gran trauma para Clarice, pues no deseaba perder sus vínculos con el mundo cultural de Brasil. Durante esos años nacieron sus dos hijos, siguió escribiendo cuentos, novelas y libros infantiles, y comenzó su proyección internacional: la editorial francesa Plon publicaría Cerca del corazón salvaje en 1954.


Clarice se divorció en 1959 y volvió ese mismo año a Brasil. En 1960 publicaría Lazos de familia, que el escritor Erico Veríssimo consideraría "el mejor libro de cuentos publicado en Brasil desde Machado de Assis". Aunque ya era una escritora conocida, la verdadera consagración llega en 1964 con la publicación de su obra maestra, la novela La pasión según G. H. Las ventas, sin embargo, no la acompañaron. Clarice continuó con colaboraciones periodísticas y traducciones (tradujo, entre otros, a Agatha Christie y Oscar Wilde).


En septiembre de 1966, Clarice se durmió mientras fumaba un cigarrillo en su apartamento en Leme, un barrio de Río de Janeiro. Sufrió quemaduras graves, sobre todo en la mano derecha, la que usaba para escribir. Este accidente la convertiría en una reclusa, una mujer que aparecía pocas veces en público; sin embargo, paradójicamente, ésta es la época en que el gran público brasileño comienza a conocerla de veras gracias a que, poco después, en 1967, los problemas financieros la obligan a aceptar escribir una columna semanal en el Jornal do Brasil. 


Sus crónicas, escritas entre el 67 y el 73, han sido recopiladas en un libro bajo el título Revelación de un mundo (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2004) y la muestran como una escritora en continuo diálogo con gente humilde como taxistas y empleadas, capaz de recibir en su casa a lectores conmovidos por sus crónicas. En ellas se encuentran, junto a detalles de su cotidianidad -aprendemos que escribe con una máquina de escribir en sus faldas, algo que comenzó a hacer cuando sus hijos eran pequeños, para no perder contacto con ellos-, frases con toda la intensidad de su estilo: "Saudade es un poco como hambre. Sólo ocurre cuando se come la presencia. Pocas veces la saudade es tan profunda que la presencia es poco: se quiere absorber a la otra persona toda".


Clarice Lispector falleció el 9 de diciembre de 1977. Fue una muerte sorpresiva, aunque luego se descubriría que tenía cáncer en los ovarios. La obra que dejó, poblada de mujeres sensibles de clase media, frustradas por su entorno pero a la vez libres interiormente, muy sensibles y muy perceptivas, nos interroga constantemente y es cada más más actual, más novedosa. Lispector ya pertenece a la gran literatura.




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* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 26 de agosto de 2005.




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Mensaje por Maria Lua Lun 06 Jul 2020, 09:52

Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?- se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola... Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos...





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Mensaje por Maria Lua Mar 07 Jul 2020, 07:15

Clarice, en todas partes

La obra de Lispector nunca pasó desapercibida en nuestro país. Las reediciones se vienen sucediendo desde la década del 70, aunque no en forma sostenida. Es por eso que durante muchos años sus libros fueron casi inhallables, cuestión que comenzó a revertirse a partir de este año.
Con el antecedente de la publicación de Revelación de un mundo en 2004, el libro de las crónicas que esta autora escribió desde 1967 a 1973 en el Jornal do Brasil, la editorial Adriana Hidalgo publicó en abril de este año la segunda parte, Descubrimientos, con crónicas inéditas hasta el momento. Dirigido también a un público más especializado (los alumnos universitarios de literatura brasileña), las editoriales Corregidor y El Cuenco de Plata elaboraron un plan de edición que incluye, de la primera editorial, las novelas La araña y La hora de la estrella (recién aparecidas), Un soplo de vida (que sale en estos días), Un aprendizaje o el libro de los placeres (a fin de este año) y que cierra con los libros de cuentos La vía crucis del cuerpo y La legión extranjera, el año próximo. Son parte de la colección Vereda Brasil, cuyas ediciones incluyen trabajos de especialistas e investigadores académicos.
El Cuenco de Plata, por su parte, acaba de publicar La pasión según G.H. y Agua viva, los dos libros más programáticos de Lispector, y proyecta publicar a fin de año los cuentos de Lazos de familia y en 2011, la novela Viaje al corazón del día.


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Mensaje por Maria Lua Mar 07 Jul 2020, 07:30

Amanecí con cólera. No, no, el mundo no me agrada. La mayoría de las personas están muertas y no lo saben, o están vivas con charlatanismo. Y el amor, en vez de darse, se exige. Y quienes nos quieren desean que seamos eso que ellos necesitan. Mentir da remordimiento. Y no mentir es un don que el mundo no merece. Y ni siquiera puedo hacer lo que una niña semiparalítica hizo como venganza: romper un jarrón. No soy semiparalítica. Aunque algo me diga que somos todos semiparalíticos. Y se muere, sin siquiera una explicación.

Revelación de un mundo


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Mensaje por Maria Lua Miér 08 Jul 2020, 13:16

A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los "cipós". Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.
Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.



De Amor


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Mensaje por Maria Lua Jue 09 Jul 2020, 06:22

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Necesito hablaros de Clarice Lispector.

La razón por la que empecé a leerla es porque dos periodistas a quienes admiro y respeto, ya que poseen un bagaje cultural envidiable y un gusto cultural exquisito, no solo adoran y recomiendan la literatura de Clarice Lispector, sino que directamente querrían ser ella. Y esta afirmación, tan rotunda y definitiva, derrumba por completo cualquier atisbo de duda o pereza que tuviera antes de sumergirme de lleno en su mundo.



Es cierto que no se trata de una lectura para masas y que quizá puede costar un poco adaptarse a su discurso, pero también es cierto que a medida que van pasando las primeras páginas llega un momento en que esto sucede sin que uno se dé cuenta, y que luego no hay vuelta atrás.


"Esta vez era un amor más realista, nada romántico; era el amor de aquel que ya ha sufrido por amor."


No existe en el mundo entero literatura de calidad que sirva para no pensar. Cualquier librero que se precie os explicaría por qué está harto de que le hagan esa consulta que todos odian, “quiero un libro para no pensar”. ¿Quién querría un alimento que no le nutriese, quién un amor que no le inspirase? La lista de comparaciones sería infinita. Con Clarice Lispector pensaréis, eso puedo asegurarlo, y eso es maravilloso.

Existe una estupenda edición de sus relatos, editada por Siruela en 2013, con la que es muy fácil comenzar a disfrutar de esta gigante de las letras. Se titula sencillamente “Cuentos reunidos” y contiene 74 joyas en forma de cuentos ordenados cronológicamente por fecha de publicación original. Aquí podemos encontrar tesoros como el cuento titulado “El huevo y la gallina” en la que Lispector filosofa de forma magistral sobre este pequeño animalito poco frecuente en la literatura, y que sin embargo es relativamente recurrente a lo largo de sus cuentos (se termina adorando la figura de la gallina una vez que Lispector te la explica…) La figura de la mujer, su soledad y desolación, la pérdida de ilusión y energías por culpa del machismo patriarcal, también está perfectamente representada, y es el motivo principal por el que Lispector es autora de cabecera de los feministas más leídos. Solo alguien con su fuerza y sensibilidad puede crear textos atrevidos y rompedores para su época (nació en 1920), y que reflejen tan bien la realidad femenina, siempre tan menospreciada, ridiculizada y vapuleada en pos de los intereses masculinos.



Leyendo un poco acerca de su vida, descubrimos que entre sus referentes literarios más influyentes se encuentran genios de la talla de Queiroz, Hesse o Dostoievski. Sin duda, su principal aportación a la Literatura es el discurso interior sin concesiones, siempre profundo y en ocasiones enfermizo, si se me permite la expresión: quiero decir que explora zonas de la mente humana que tienden a permanecer inexploradas, por un lado no se atreve cualquiera a introducirse en ellas y por otro, hay que ser muy bueno para plasmar por escrito todo eso. Siempre con una serenidad y un pulso envidiables, logra transmitir todo aquello que desea seleccionando en cada instante la palabra exacta: es una de esas pocas elegidas que sabe sacar partido a las penosas limitaciones del lenguaje. Diosa Lispector.


Pero será mejor que cada uno saque sus propias conclusiones. A continuación, dos cuentos, uno con la primera infancia y otro con la adolescencia como excusas... para contar además otras muchas cosas en los espacios que quedan en blanco entre letra y letra.


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FELICIDAD CLANDESTINA


Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos planas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un papá dueño de una librería.


No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del papá. Para colmo, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicia” y “recuerdos”.


Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía e odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejercitó su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.


Hasta que llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como por casualidad, me informó de que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.


Era un libro grueso, vágame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por su casa me lo prestaría.


Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.


Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en  la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, anduve brincando por las calles y no me caí una sola vez.


Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Apenas me imaginaba yo que más tarde, en el transcurso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquella.


Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiel no escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había empezado a adivinar, es algo que adivino a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.


¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esa mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras me ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.


Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la mamá. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos.


Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, esa mamá buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera quisiste leerlo!


Y lo peor para esa mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos observaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: “Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras”. ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.


¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.


Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.


Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante.






NIÑO DIBUJADO A PLUMA


¿Cómo llegar alguna vez a conocer al niño? Para conocerlo tengo que esperar a que se deteriore; sólo entonces estará a mi alcance. Helo allí, un punto en el infinito. Nadie conocerá su hoy. Ni siquiera él mismo. En cuanto a mí, miro, y es inútil: no consigo comprender algo que sólo es actual, totalmente actual. Lo que conozco de él es su situación: el niño es aquel a quien acaban de nacerle los primeros dientes y es el mismo que será médico o carpintero. Mientras tanto, allí está él sentado en el suelo, con una realidad que he de llamar vegetativa para poder entenderla. Treinta mil de esos niños sentados en el suelo, ¿tendrían la oportunidad de construir otro mundo, que tuviese en cuenta la memoria de la actualidad absoluta a la cual ya pertenecemos? La unión haría la fuerza. Allí está sentado, empezando todo de nuevo pero para su propia defensa futura, sin ninguna oportunidad verdadera de empezar realmente.


No sé cómo dibujar al niño. Sé que es imposible dibujarlo a carbón, pues hasta la pluma mancha el papel más allá de la finísima línea de actualidad extrema en que él vive. Un día lo domesticaremos hasta hacerlo humano, y entonces podremos dibujarlo. Pues eso hemos hecho con nosotros mismos y con Dios. El propio niño contribuirá a su domesticación: se esfuerza y coopera. Coopera sin saber que la ayuda que le pedimos está destinada a su autosacrificio. En los últimos tiempos incluso se ha entrenado mucho. Y así seguirá progresando hasta que, poco a poco –por la bondad necesaria mediante la que nos salvamos–, haya pasado del tiempo actual al tiempo cotidiano, de la meditación a la expresión, de la existencia a la vida. Realizando el gran sacrificio de no ser un loco. No soy loco por solidaridad con los miles de nosotros que, para construir lo posible, también han sacrificado esa verdad que sería una locura.


Pero, entre tanto, helo allí sentado en el suelo, inmerso en un vacío profundo.


Desde la cocina la madre se cerciora: ¿sigues allí quietecito? Convocado al trabajo, el niño se levanta con dificultad. Se tambalea sobre las piernas, con toda la atención vuelta hacia dentro: su equilibrio entero es interno. Conseguido esto, ahora toda la atención es hacia fuera: observa lo que el acto de levantarse ha provocado. Pues el incorporarse ha tenido consecuencias y más consecuencias: el suelo se mueve incierto, una silla lo supera, la pared lo delimita. En la pare está el retrato de El Niño. Es difícil mirar ese retrato alto sin apoyarse en un mueble, para eso todavía no se ha entrenado. Pero he aquí que su propia dificultad le sirve de apoyo: lo que lo mantiene de pie es justamente la atención que pone en el retrato alto, mirar hacia arriba le sirve de grúa. Pero comete un error: parpadea. Pestañear lo desliga por una fracción de segundo del retrato que lo estaba sustentando. Se deshace el equilibrio: en un único movimiento total, el niño cae sentado. De la boca entreabierta por el esfuerzo de vida escapa una baba clara que escurre y gotea hasta el suelo. Mira la gota muy de cerca, como si fuera una hormiga. El brazo se alza, avanza en arduo mecanismo de etapas. Y de golpe, como para sujetar lo inefable, con inesperada violencia aplasta la baba con la palma de la mano. Parpadea, espera. Finalmente, pasado el tiempo necesario de espera de las cosas, aparta cuidadosamente la mano y examina en el parqué el fruto del experimento. El suelo está vacío. En una nueva y brusca etapa se mira la mano: la gota de baba está pegada en la palma. Ahora también de esto sabe. Entonces, con los ojos muy abiertos, lame la baba que pertenece al niño. Piensa en voz alta: niño.


–¿A quién llamas? –pregunta la mamá desde la cocina.


Con esfuerzo y gentileza él mira la sala, busca a quien la mamá dice que está llamando, se voltea y cae hacia atrás. Mientras llora, ve la sala distorsionada y refractada por las lágrimas, el volumen blanco crece y se le acerca –¡mamá! –, lo absorbe con brazos fuertes, y he aquí que el niño está de pronto muy alto en el aire, muy en lo caliente y lo bueno. Ahora el techo está más cerca; la mesa, debajo. Y, como no puede más de cansancio, empieza a desviar las pupilas hasta que las va hundiendo bajo la línea del horizonte de los ojos. Los cierra sobre la última imagen, los barrotes de la cama. Se duerme agotado y sereno.


El agua se ha secado en la boca. La mosca aletea en el cristal. El sueño del niño está surcado de claridad y calor, el sueño vibra en el aire. Hasta que, en repentina pesadilla, sobreviene una de las palabras que ha aprendido: se estremece violentamente, abre los ojos. Y para su terror no ve más que esto: el vacío caliente y claro del aire, sin mamá. Lo que piensa estalla en llanto por toda la casa. Mientras llora va reconociéndose, transformándose en aquel que la mamá reconocerá. Casi desfallece de tanto sollozar, tiene que transformase urgentemente en algo que pueda ser visto y oído porque si no se quedará solo, tiene que volverse comprensible porque si no nadie lo comprenderá, si no nadie se acercará a su silencio, si no dice y cuenta nadie lo reconoce, haré todo lo necesario para ser de los demás y que los otros sean míos, brincaré por encima de mi felicidad real, que sólo me traería abandono, y seré popular, hago trampa para que me amen, es totalmente mágico esto de llorar para recibir a cambio: mamá.


Hasta que el ruido familiar entra por la puerta y el niño, mudo de interés por lo que es capaz de provocar el poder de un niño, para de llorar: mamá. Es mamá, no se ha muerto. Y su seguridad consiste en saber que tiene un mundo para traicionar y vender, y que lo venderá.


Es mamá, sí, mamá, con un pañal en la mano. No bien ve el pañal, él se echa a llorar de nuevo.


–¡Pero si estás todo mojado!


La noticia lo sorprende, se renueva la curiosidad, pero ahora es una curiosidad cómoda y garantizada. Mira con ceguera la humedad propia, en una segunda etapa mira a la mamá. Pero de pronto se estira y escucha con todo el cuerpo el corazón latiendo pesado en la barriga: ¡pii-pii!, lo reconoce de golpe con un grito de victoria y de terror. ¡El niño acaba de reconocer!


–¡Claro que sí! –dice orgullosa la mamá–. Claro que sí, mi amor, es el pii-pii que ha pasado por la calle, le contaré a papa que ya lo has aprendido. Y vaya si no se dice así: ¡pii-pii, mi amor! –dice la mamá tirando de arriba abajo y después de abajo arriba, levantándolo  por las piernas, echándolo hacia atrás, tirando de nuevo de abajo hacia arriba. En todas las posiciones el niño conserva los ojos bien abiertos. Secos como el pañal nuevo.




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Mensaje por Maria Lua Jue 09 Jul 2020, 06:34

No me den fórmulas ciertas, porque no espero acertar siempre. No me muestren lo que esperan de mí porque voy a seguir mi corazón! No me hagan ser lo que no soy, no me inviten a ser igual, porque sinceramente soy diferente! No sé amar por la mitad, no sé vivir de mentira, no sé volar con los pies en la tierra. Soy siempre yo misma, pero con seguridad no seré la misma para siempre!

Pensamientos


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Mensaje por Maria Lua Sáb 11 Jul 2020, 07:33

Clarice Lispector, Todos los cuentos
Prólogo de Benjamin Moser




Traducciones de Cristina Peri Rossi, Elena Losada, Juan García Gayó, Marcelo Cohen y Mario Morales
Madrid, Siruela, 2018




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La publicación de “obras completas” es un eslabón habitual en los procesos de consagración de un/a escritor/a, síntoma de la plena atribución a su firma de la función autor que describiera Foucault —“centro de expresión que […] se manifiesta igual y con el mismo valor, en obras, en borradores, en cartas, en fragmentos, etcétera” (1969, p. 35)—; y fuente de esa ilusión de intimidad tantas veces descrita, por la cual el corpus finalmente reunido parece entregarnos los vestigios del cuerpo del escritor/a admirado/a. Como si, en palabras de Derrida, entre la primera y la última palabra uno/a fuera a “entrar en la carne viva”, uno/a “fuera por fin a verlo todo, a saberlo todo” (1981, p. 47). 


Como si, según sugiere Benjamin Moser en el prólogo del volumen que nos ocupa, “contemplar” el corpus en “su totalidad” permitiera asistir al “registro” completo de la vida de quien escribe (p. 14). Un registro que parece apuntar siempre hacia una figura esquiva: en este caso, esa “Clarice”, “adorada en Brasil”, que se revela “más grande que la suma de sus obras individuales” (p. 13), cuyo intento de asirla quizás explique —como bien ha argumentado Eleonora Cróquer (2016)— la incesante proliferación de reediciones, biografías, tesis doctorales y discursos celebrativos de toda índole que ha suscitado y sigue suscitando su producción literaria y el cuerpo incesantemente reproducido que —al parecer, de modo inevitable— la acompaña.


En 2013, la editorial Siruela emprendió la reedición de las obras de Lispector en una colección que lleva su nombre y cuyo decimocuarto y más reciente título, Todos los cuentos, nos ofrece una versión aumentada de los Cuentos reunidos que ya lanzó Alfaguara en 2005, publicada de nuevo en 2015 por la misma Siruela. El libro nos brinda por primera vez la oportunidad de transitar por toda la narrativa breve de la escritora, desde sus títulos más célebres como Lazos de familia (1960) o Felicidad Clandestina (1971), hasta relatos inéditos en español o hasta ahora esparcidos en distintos volúmenes. 


De su lectura, una sale, en efecto, con la impresión de haberse sumergido en un universo hasta cierto punto unitario, embastado por temas y figuras recurrentes, como personajes femeninos aparentemente dóciles o domesticados, aunque subterráneamente emparentados con otros protagonistas constantes, los animales; o la sutil pero incesante erosión de jerarquías sociales y conceptuales como las que sostienen los roles de género, el binarismo cuerpo/espíritu, el antropocentrismo o incluso la misma literatura como instrumento privilegiado para representar lo real, la vida o la subjetividad.




No obstante, estas cuatro décadas de escritura (principios de los 40-finales de los 70) muestran también la diversidad de modulaciones que es capaz de adoptar la voz de Lispector, desde el subjetivismo de los primeros cuentos a la “antiliteratura de la cosa” de sus textos más experimentales, sin olvidar los irónicos relatos pseudopornográficos de El vía crucis del cuerpo (1974). Una diversidad cuyo denominador común quizá no sea otro que el de suscitar en el/la lector/a la sensación de que Lispector hace lo que le place. Con el texto, con las palabras y con los hábitos mentales que nos acomodan al mundo real y literario. Ciertamente, quien se acerque por primera vez a la escritora brasileña encontrará en Todos los cuentos una vía de acceso, menos escarpada que su novelística, a una obra cuya reputación de “hermética” —sea injusta o no— es casi legendaria. 


Sin embargo, bajo un estilo a veces menos “inusual” y bajo escenarios y personajes aparentemente más familiares o convencionales (su cuentística es el retrato “de una mujer burguesa, heterosexual, casada, con hijos”, afirma Moser en el prólogo [p. 15]), algo necesario y perturbador, algo vital, parece urdirse como en el resto de su narrativa, minando, cuento tras cuento, como quien no quiere la cosa, nuestro paracaídas axiológico y conceptual.
Todo esfuerzo por difundir esta escritura extraordinaria y por hacerlo además con ánimos de exhaustividad es sin duda motivo de alegría. Tanto más cuando, aunque se trate de una referencia indiscutible de la literatura contemporánea, viene firmada por una autora


Ese objeto incómodo para la crítica cuyas obras, como afirma Christine Planté, suelen abordarse con “lápiz rojo y tijera en mano” (1989, p. 312), prontos para podar los «defectos» o los «excesos» de una producción a la que sólo se reconoce parcialmente esa función de autori(ali)dad a la que me refería al inicio. No cabe duda tampoco que Clarice Lispector es una escritora de sobra consagrada, la fascinación por la cual ha conocido diversas oleadas dentro y fuera de Brasil. Entre ellas, su “descubrimiento” europeo promovido por Hélène Cixous en los años 70, que marcará su difusión como paradigma de l’écriture féminine; o su más reciente relanzamiento internacional por parte del norteamericano Benjamin Moser, responsable de su última biografía (Por qué este mundo, 2009; traducción de 2017) y de la reedición de su obra en Estados Unidos, en Brasil y, ahora, con Todos los cuentos, también en España: el libro reproduce The Complete Stories (2015), desde el diseño de la portada, con el rostro de la autora situado de manera horizontal, hasta el prólogo que firma el mismo Moser, significativamente titulado «Glamur y gramática».




Si evoco estos detalles aparentemente menores es porque permiten reflexionar sobre los modos en los cuales una gran escritora es relanzada o redescubierta en un determinado momento de nuestra historia cultural. Además de otros motivos editoriales, la creación de la Biblioteca Clarice Lispector y, sobre todo, la aparición de un volumen que en gran parte reproduce los Cuentos reunidos de dicha colección (2015), quizá deba ponerse en relación con aspectos específicos de la recepción lispectoriana y con cuestiones de carácter más general: el éxito internacional de la citada biografía; la proximidad del centenario del nacimiento de la autora en 2020 (que sin duda traerá otra horneada de publicaciones y homenajes); y las reivindicaciones feministas que están revolucionando la sociedad y la cultura en los últimos tiempos, una de cuyas consecuencias es la visibilización de creadoras mujeres y la centralización de su lugar en el campo cultural tras siglos de relegación en sus márgenes o, directamente, en el olvido. En este contexto, me parece necesario apuntar algunas breves consideraciones sobre la imagen de Lispector que, desde sus paratextos, visibiliza este volumen, ligeramente distinta pero con un trasfondo común con la que construye el propio Moser en Por qué este mundo.


El investigador debió de advertir la necesidad de recoger en su discurso la importancia de Lispector en cuanto autora mujer, aspecto prácticamente ausente de su proyecto biográfico. Apoyándose en Tillie Olsen o en Virginia Woolf, “Glamur y gramática” lamenta la ausencia de escritoras en el canon literario y sitúa la obra de Lispector como hito imprescindible en la historia de su reparación. Con todo, resulta llamativo hasta qué punto reproduce los tópicos que suelen caracterizar al personaje Clarice y cómo su reivindicación feminista acaba redundado en mecanismos de desautorización o neutralización que poco tienen de novedoso. Como en la de tantos de sus exégetas, bajo su pluma “Lispector” pierde su firma autorial para devenir “Clarice”, esa “hechicera, literalmente encantadora” a quien no se atribuyen las facultades del escritor sino los poderes impropios, delegados, de la “bruja”.


 O bien la femme fatale que, mediante la alianza de su lenguaje y de su belleza física, domina el “poder mágico de engañar la visión” y confundir la realidad con su apariencia (p. 11). O bien la hada madrina que facilita una experiencia “emocional” a quien sea capaz de entenderla “instintivamente” (p. 13). Aunque, bajo la “artista extraordinaria” así descrita, quien trasluce en el volumen de cuentos, aquella de la cual constituyen una suerte de registro vital, es la “esposa” y la “madre de clase media” que “Clarice” también era; “el ama de casa común, cuya vida es el tema de este libro”: “A medida que la artista madura, el ama de casa envejece. […] Cuando Clarice, antes tan gloriosamente bella, ve su cuerpo sucio de grasa y arrugas, sus personajes observan en sus cuerpos el mismo declive” (p. 14). (¿Recuerdan el final de “Tant pis”, ese magnífico poema de Jacques Prévert?).




En el retrato diseminado en las 84 piezas de este corpus, Moser cifra la excepcionalidad y el carácter pionero de la narrativa breve lispectoriana, que constituiría “el primer registro de este tipo en cualquier país”. Esto es, el primer “registro de toda la vida de una mujer, escrito a lo largo de la vida de una mujer”, que daría cuenta a la vez de la propia biografía (Lispector escribe sobre «su vida») y de la experiencia, supuestamente homogénea, del colectivo que representa (como decía, el de las “amas de casa”, burguesas occidentales, heterosexuales, casadas, con hijos) (pp. 14-15). Un ejercicio autobiográfico para el cual Moser no encuentra “ninguna predecesora”; y un hito histórico comparable a la irrupción literaria de “las clases trabajadoras”, de la vida de los “gais” descrita “con simpatía” o del abandono “de la condescendencia del folclore” en pos de la “dignidad de la literatura” por parte de los “pueblos colonizados” (p. 17). ¿Por qué recelar, entonces, de un relato tan elogioso que otorga un lugar de privilegio al “huracán Clarice”?




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Me parece innecesario detenerme en el problemático trasfondo de los términos referidos (simpatía; condescendencia/dignidad; folclore/literatura), aunque la cita nos invita a revisar el discurso de Moser a partir de otra “novedad” editorial sintomática del momento actual. Me refiero a Cómo acabar con la escritura de las mujeres (1983; traducción de 2018), de Joanna Russ, un perspicaz catálogo de los modos mediante los cuales la crítica tradicional ha desautorizado y desvalorizado los productos literarios de lo que la autora denomina wrong groups: esos otros del hombre blanco, cis, hetero, occidental, etc. cuyas obras literarias han conquistado a duras penas un lugar subsidiario en el objetivo y neutro “canon universal”.


 De entre estos mecanismos, uno de los más paradójicos consiste en remarcar cada vezel carácter excepcional y pionero de las obras escritas por mujeres (Es maravillosa, ¿pero de dónde demonios ha salido?), reconociendo la autoridad individual a la vez que se la aísla de cualquier articulación colectiva, es decir, tanto de otras obras canónicas (respecto a las cuales parece “anómala”) como de la tradición «alternativa» que su reconocimiento quizá permitiría restablecer. La obra de Lispector es sin duda extraordinaria, ¿pero lo es por haber retratado por primera vez la vida de una mujer (normal) a lo largo de la vida de una mujer (normal)?

Este argumento redunda además en otro lugar común de las aproximaciones a las obras escritas por mujeres (o por otros sujetos identificados con cualquier wrong group), que podemos asociar con los procesos de “recategorización” que también describe Russ. En un sistema de valores en el cual literatura se equipara a ficciónimaginacióninvención originalidad, su escritura suele interpretarse en clave autobiográfica, como un ejercicio de rememoración o de autofiguración incapaz de trascender la propia experiencia vital. Esta experiencia, además, no es concebida ni como singular e inconmensurable ni como universalizable (como suele decirse también de la verdadera literatura), sino como representativa del colectivo al que pertenece su autor/a. Una doble operación que, de hecho, sostenía ya la biografía Por qué este mundo, donde la obra de Lispector devenía una “autobiografía espiritual” que, además, no retrataba la idiosincrasia de un individuo excepcional (según la representación común del artista) sino la experiencia mística y sacrificial del pueblo judío.


El primer problema radica, entonces, en imponer a la obra (desde el prólogo y desde la fotografía de la portada) un único sentido verdadero: la interpretación confesional.  Y en hacerlo además en base a una lectura sesgada (como todas, pero sin asumirse como tal) del corpus en cuestión: la que privilegia los personajes que pueden identificarse (mediante una lectura también sesgada) con ciertos rasgos biográficos de la escritora. El segundo, en desplazar a la interpretación textual el mismo mecanismo que afecta a la construcción autoral: los textos protagonizados por personajes femeninos, escritos por una mujer, escenifican sólo conflictos “femeninos”. El cuarto, en identificar dichos conflictos «femeninos» con los de la mujer normal: apártense solteronas, pobres, lesbianas, locas y «subversivas» de toda índole… Que, por cierto, también pueblan la galaxia Lispector. De nuevo, esta operación de neutralización coincide con la que lleva a cabo Moser en Por qué este mundo, donde los rasgos menos convencionales del personaje Clarice —su supuesta locura o su célebre extravagancia— son insertados en una narrativa que desactiva sus posibles lecturas transgresivas, al achacarlos a un trauma que victimiza a su protagonista y que, de nuevo, no es siquiera un trauma individual.


De ello se colige una imagen domesticada de la escritura y de la escritora Clarice Lispector, cuyo carácter perturbador; cuya implacable deconstrucción de las lógicas que nos sostienen; cuya brillante ironía; cuya esplendorosa inteligencia; la versatilidad de cuya voz; cuya maestría narrativa; cuya densidad conceptual… En fin, todo aquello que enfatizaba, para contrarrestar, al inicio de este texto, se ve reducido a una aportación ciertamente valiosa pero no tan novedosa quizás: la elección de personajes femeninos convencionales en apariencia. Como la protagonista de “La mujer más pequeña del mundo”, lo que yo veo, en cambio, en los rostros obstinadamente limpios y delicados de estos personajes es, más bien… algo “oscuro como un mono”. Lo que yo leo, sesgadamente, en sus finos labios es, en todo caso… “¡un diente cayendo para nazca otro que muerda mejor!” (p. 164).


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Mensaje por Maria Lua Dom 12 Jul 2020, 09:36

Mejor que arder



Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros.
Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.

Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor.
Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca.
Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó:
–Mortifica el cuerpo.
Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio*. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada.
Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.

Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban.
No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.
La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido. Imaginó que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas.
Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba.
Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.
Hasta que le dijo al padre en el confesionario:
–¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!
Él le dijo meditativo:
–Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.
Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente. Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya.
Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas.
Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora. Pagaba la pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.
Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla.
Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma de hombre.
Y sucedió realmente.
Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua. Ella se sonrojó.
Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella se rehusó.
Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si iban al cine juntos. Aceptó.
Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la película estaban tomados de la mano.
Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos negros. Él, de traje y corbata.
Entonces una noche él le dijo:
–Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar. ¿Quieres?
–Sí –le respondió grave.
Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.
Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.
Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello.





«Mejor que arder», de Clarice Lispector, está incluido en su libro El viacrucis del cuerpo, 1974


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Mensaje por Maria Lua Lun 13 Jul 2020, 13:34

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Mensaje por Maria Lua Mar 14 Jul 2020, 10:15

Clarice Lispector, la misteriosa escritora que homenajeó Google
Este lunes se celebra el 98 aniversario del nacimiento de la literata.



Por: ELTIEMPO.COM - APP*
 
10 de diciembre 2018 , 03:35 p.m.

Este 10 de diciembre Google le hizo un homenaje en el día de su nacimiento a la escritora brasileña de origen ucraniano Clarice Lispector con el cambio de su logo (‘doodle’) en la página principal.

Se ha vuelto una costumbre que el gigante tecnológico introduzca en una fecha importante un diseño diferente que cambie radicalmente la imagen principal de su buscador para recordar personas o episodios trascendentales de la historia.



Y este lunes se le rindió tributo a una de las figuras más relevantes de las letras latinoamericanas (en el día que cumpliría 98 años), cuya vida y estilo literario encierran misterios.

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

El diseño fue autoría de su nieta Mariana Valente.

Foto: 
Google


Clarice, de origen judío, nació el 9 de diciembre de 1920 en Chechelnik, Ucrania –en una pequeña aldea- con el nombre de Chaya Pinkhasovna Lispector.

Sin embargo, con apenas 5 años de edad desembarcó junto a su familia en la localidad de Recife, en Brasil. Allí adoptó el nombre de Clarice.

A los 14 años se trasladó a Río de Janeiro donde estudió Derecho, ejerció como periodista y desarrolló buena parte de su carrera literaria. El primer libro de Lispector, ‘Cerca del corazón salvaje’, sería el anticipo de una carrera de ascenso. Luego, publicó novelas como: ‘La pasión según G. H’, ‘La hora de la estrella’ y ‘Un soplo de vida’.

Fue la primera escritora brasileña en ser portada del suplemento The New York Times Book Review, una de las publicaciones más influyentes y leídas a nivel mundial en el mundo de la literatura. Lispector falleció el 9 de diciembre de 1977, a los 56 años.


[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Benjamin Moser persiguió durante años la historia de la escritora brasileña Clarice Lispector.

Foto: 
Cortesía Paulo Gurgel Valente.


El enigma Lispector
En la sección de [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] , en entrevista con el biógrafo de Clarice Lispector, Benjamin Moser, se narra que “como sus libros, su vida fue un enigma”.

Durante muchos años se creyó que su nombre era un seudónimo –de hecho, muchos pensaron que quien escribía era un hombre-. Sin embargo, ella no estaba interesada en aclarar estas dudas porque le agradaba ese halo misterioso que rodeaba su figura.

Incluso, la forma en la que ella misma se refería sobre sí misma era particular. En La Nación de Argentina recordaron el siguiente fragmento que escribió: “El haber nacido animal es una de mis nostalgias secretas… A lo mejor es porque soy sagitario, mitad bestia”.

Quienes la conocieron decían que tenía “una forma felina de estar en el mundo, siempre en alerta”. Alta, de ojos verdes, y pómulos marcados, Clarice “era larga y bella como esos gatos egipcios” y misteriosa, como una pantera, publicó La Nación.

El poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade escribió cuando ella murió: “Clarice procedía de un misterio, y regresó a otro”.


El ‘doodle’, autoría de su nieta
El diseño del ‘doodle’ es un collage de episodios importantes en la vida de Lispector, los cuales especialmente hacen referencia a su vida en Ucrania y Brasil. La obra estuvo a cargo de la artista Mariana Valente, quien es además nieta de la escritora.

Valente contó que el proceso de creación de esta ilustración empezó con el archivo fotográfico de la familia y manifestó que se sentía muy emocionada cuando hacía algún trabajo en su homenaje. “Ella es una gran inspiración para mí en el trabajo con el collage, porque siento que tiene esa habilidad de resignificar la palabra”, dijo.

ELTIEMPO.COM - APP
*Con información de Efe y La Nación (GDA)


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Mensaje por Maria Lua Miér 15 Jul 2020, 05:42

Clarice Lispector y el cuento
El no-estilo del mundo interior



Fernando Chelle • Domingo 22 de enero de 2017



Continuando con mi viaje literario por el cuento latinoamericano, le ha llegado el turno a Brasil. Este país no presenta las facilidades de Colombia a la hora de elegir un cuentista representativo. Son muchos los autores que podrían haber sido elegidos, pienso en Joaquim Machado de Assis, João Guimarães Rosa, Carlos Drummond de Andrade o el propio Jorge Amado, por nombrar sólo algunos de los más representativos de este inmenso territorio. Al final, he decidido trabajar con un cuento de la gran escritora brasileña, nacida en Ucrania, Clarice Lispector (Chechelnik, Ucrania, 10 de diciembre de 1920; Río de Janeiro, Brasil, 9 de diciembre de 1977). Elegí para comentar en el presente artículo el cuento titulado [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] , relato con que se abre el libro homónimo, publicado en la ciudad de Río de Janeiro en el año 1971.

 

La autora


Clarice Lispector, quien nació con el nombre de Chaiuya Pinkhasovna Lispector el 10 de diciembre de 1920, en Chechelnik, Ucrania, fue una escritora de origen judío. Llegó a Brasil, a la ciudad de Recife, con pocos meses de edad, luego que sus padres emigraron de Ucrania. Cuando la niña contaba con apenas diez años, fallece su mamá. Su veta como escritora se dejó ver muy temprano en su vida. Comenzó enviando relatos al Diario de Pernambuco, pero se los rechazaron con la excusa de que eran una mera expresión de sensaciones y carecían de acción narrativa. Esta característica tan temprana de alguna manera siguió estando presente en su carrera literaria y es una de las particularidades principales de su narrativa. A los catorce años se traslada junto a su familia a la ciudad de Río de Janeiro, donde estudia la carrera de derecho y comienza a colaborar en algunas revistas y periódicos. En el año 1943, publica la novela [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] , con la que obtiene el primer reconocimiento de su carrera, el premio Fundación Graça Aranha, al mejor libro del año. En ese mismo año se casa con un compañero de la universidad, el diplomático Maury Gurgel Valente, con quien vive en diferentes países (Italia, Inglaterra, Francia y finalmente Suiza, donde nace su primer hijo, Paulo). En 1946 publica su segunda novela, [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] . Clarice, quien tiene una correspondencia casi cotidiana con el escritor Fernando Sabino, se siente infeliz en el extranjero y siente nostalgia de Brasil. Regresa a Río de Janeiro recién en el año 1949, donde retoma la actividad periodística firmando con el seudónimo de Tereza Quadros. El destino quiso que en el año 1952 tuviera que abandonar nuevamente Brasil y trasladarse a vivir, junto a su marido, a Estados Unidos, donde al año siguiente nació Pedro, su segundo hijo. Allí vivió siete años y cultivó gran amistad con el también escritor brasileño Érico Veríssimo. Nunca abandonó las publicaciones en medios brasileños ni las correspondencias con autores como Otto Lara Resende. El reconocimiento literario comenzó a llegarle en el año 1954, con la traducción al francés de Cerca del corazón salvaje, libro que se publicó con una portada del pintor Henri Matisse.



En el año de 1959 se separa de su marido y regresa a Río de Janeiro, donde comienza una etapa productiva y exitosa. En 1960, publica con gran éxito [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] , su segundo libro de cuentos. De 1961 es la novela [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]  y de 1963, la novela que se considera su obra maestra, [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

En el mes de septiembre del año 1966 la escritora es rescatada de en medio de las llamas, cuando su dormitorio se incendió. Clarice se quedó dormida con un cigarrillo encendido y esto produjo el fuego. Pasó algunos meses en un hospital recuperándose de las quemaduras, pero le quedaron secuelas que la acompañarían hasta su muerte. Su cuerpo y también su obra van a quedar marcados por este hecho trágico. En el mes de diciembre de 1977, víctima de un cáncer de ovarios, muere en la ciudad de Río de Janeiro, a los 56 años, pocos meses después de la publicación de su última novela, [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] .

 

Los cuentos


El primer libro de cuentos publicado por Clarice Lispector es una recopilación de seis relatos, donde se pueden apreciar las características por las que fue rechazada en su niñez por el Diario de Pernambuco. Son relatos donde la acción parece quedar de lado y donde se privilegian las sensaciones de los personajes. El libro fue publicado en el año 1952 y se titula Algunos cuentos.

Clarice Lispector siempre le dio más importancia al flujo de la conciencia de los personajes, a lo íntimo y psicológico, que a las acciones narrativas.

Como se dijo en el apartado anterior, en el año 1960 publica con gran éxito Lazos de familia, su segundo libro de cuentos. Aquí la autora se centra fundamentalmente en la vida familiar y su individualidad compleja. Su gran amigo en la etapa norteamericana, el escritor brasileño Érico Veríssimo, dijo que este libro es “la mejor colección de relatos desde Machado de Assis”. El siguiente libro de cuentos presenta trece relatos de temáticas variadas y fue publicado en el año 1964 bajo el título La Legión Extranjera. El siguiente libro de cuentos publicado es de 1971, se titula Felicidad clandestina. Es un libro intimista, una de las obras más conocidas de Clarice. El cuento homónimo, con que se abre la obra, texto que analizaré en la segunda parte de este artículo, también es uno de los más representativos de la autora, por esta razón es que lo elegí.

En 1974 Clarice Lispector va a publicar, quizá, sus dos libros de cuentos más controvertidos: El vía crucis del cuerpo ¿Dónde estuviste anoche?, donde se presentan fundamentalmente relatos de tono erótico y sexual. Finalmente, la obra cuentística de Clarice Lispector se va a completar con el libro titulado La bella y la bestia, una obra que recoge relatos de sus primeros y últimos años y que fue publicada por su hijo en el año 1979.

 

Características narrativas


Clarice Lispector alguna vez definió su estilo como un no-estilo. Fue una autora que siempre le dio más importancia al flujo de la conciencia de los personajes, a lo íntimo y psicológico, que a las acciones narrativas. Esto hizo que algunos críticos compararan su escritura con la de autores como Virginia Woolf o James Joyce. Sus cuentos nos muestran el interior de los personajes, los procesos mentales, las vivencias personales. Siempre, en sus historias, lo que sienten los personajes frente a los acontecimientos es más importante que los propios acontecimientos. La vida íntima, compuesta por miedos, secretos, deseos, es lo que interesa, los hechos van a importar solamente por lo que logran despertar en los personajes. Dentro de sus relatos encontramos distintos tonos, algunos son eróticos, otros tristes o divertidos, pero siempre transcurren en medio de atmósferas cotidianas; allí es donde vemos las impresiones y sensaciones. Son historias que por lo general transcurren en espacios domésticos, donde se encuentran los acontecimientos familiares; es allí donde los personajes, fundamentalmente mujeres, proyectan lo que tienen en su interior, donde experimentan las emociones. Ese interés por describir las sensaciones, la vida íntima, los anhelos, se ve claramente en “Felicidad clandestina”, el cuento elegido para el análisis. Es un relato que muestra de forma magistral la mirada infantil, los pensamientos, sentimientos y sensaciones de una niña. Un cuento que repara en la crueldad y el dolor, pero también en la alegría y la pasión.

 

II


“Una mirada de mujer, quizá también una escritura de mujer. Clarice Lispector hincó en el mundo su mirada de mujer inteligente, capaz de captar las mínimas sensaciones, los mínimos detalles, y de saber que nada, por pequeño o banal que parezca, carece de importancia. El mundo de lo cotidiano, de lo sin historia, que ha sido durante siglos el mundo de la mujer, puede proporcionar innumerables sorpresas, basta con saber mirar y entender esos signos de una realidad subyacente”.
Elena Losada Soler

Analizaré literariamente el cuento titulado [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] , relato con que se abre el libro homónimo, publicado en la ciudad de Río de Janeiro en el año 1971.

El tema central del cuento gira en torno a la maldad, el sufrimiento moral y la humillación que soporta una niña por parte de una compañera de colegio. La antagonista del relato, una niña gorda, baja, pecosa y de busto enorme, llevada por la envidia, no sólo a la protagonista sino a todas las otras niñas del colegio, emprende una especie de venganza sádica, mezquina y perversa, gracias a la posesión de un libro ansiado por la protagonista. Ésta, a su vez, soporta la humillación y gracias a la constancia y la mediación de la madre de la antagonista, termina venciendo y tomando posesión del ansiado libro.

La estructura del cuento se inscribe dentro de lo que se podría denominar una forma clásica, a saber, comienzo, nudo y desenlace. En un primer momento, la narración se centra en la presentación de los dos personajes principales del cuento, en primer lugar la niña antagonista y luego la protagonista y narradora del relato. También en este primer momento, se adelanta lo que va a ser el centro de interés del segundo momento; el préstamo de libros y el sadismo que se va a ejercer a partir del deseo de la niña de disfrutar de un libro en particular. El segundo momento, el más extenso, se centra en lo que ella llama la “tortura china”, consistente en la búsqueda reiterada del ofrecido préstamo de la obra Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato. La irrupción de la mamá de la dueña del libro en el relato y su actitud frente a la situación que se estaba viviendo, dará lugar al tercer momento y al desenlace de la acción. El momento final se centrará en las experiencias vividas por parte de la protagonista a partir de la posesión de la tan ansiada obra.

 

Una mirada al argumento y algunos comentarios


Es un cuento en el que se percibe un fuerte componente autobiográfico. Si bien es cierto que la ficción literaria goza de todas las libertades que los autores quieran darle, no hay duda de que esa niña mona, delgada y alta es la propia Clarice Lispector cuando vivió en la ciudad de Recife. Este es un relato que muestra la infancia como una etapa de exploración y descubrimiento, de preparación para la vida. Refiere, por un lado, a la esperanza de la protagonista por obtener el libro, y por otro lado, a la envidia de la niña antagonista, quien humilla y mortifica a su compañera por el simple hecho de considerarla más bella. El comportamiento envidioso y perverso de la antagonista hace que emprenda una especie de venganza contra ella, como representante de esas niñas estilizadas y bonitas tan diferentes a ella misma:

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas (…). Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre.

“Felicidad clandestina” muestra la infancia como una etapa de exploración y descubrimiento, de preparación para la vida.

La antagonista hija del librero tiene a su favor el poseer un libro deseado por la narradora, quizá la propia Clarice, Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato, una obra clásica de la literatura infantil brasileña. Con la promesa de prestar el libro, ejercerá toda su maldad, mezquindad y sadismo con la única finalidad de generar humillación y sufrimiento moral. Comienza por decirle que pase por su casa que le prestará el libro, pero pasan días y días y siempre hay una excusa diferente para que el préstamo no se concrete. La perversidad de la hija del librero radica en el goce que experimenta al humillar y mortificar a la otra niña.

El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico (…). Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno.

Vemos cómo la protagonista, si bien es consciente de la tortura a la cual la están sometiendo, termina yendo con cierto entusiasmo en busca del libro una y otra vez, aunque lo único que recibe son respuestas negativas. El amor a la lectura la hace soportar la humillación, pero al final las circunstancias dan un giro positivo y se ve beneficiada. Un día, la madre de la niña antagonista, que ha visto reiteradamente la presencia de la otra en la puerta de su casa, después de pedir explicaciones, toma conciencia del juego perverso que estaba llevando adelante su hija. Para castigarla, y a la vez premiar a la otra, le entrega el libro, para que lo tenga todo el tiempo que quiera.

“el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

Esto es algo espléndido para la víctima del chantaje, significa que no hay restricciones ni limitaciones de ningún tipo. Sin embargo, a diferencia de lo que todos seguramente pensábamos que la niña iba a hacer, ponerse a leer de inmediato la obra, ella decide postergar la lectura y disfrutar simplemente de la posesión del libro como objeto. Prefiere jugar con las emociones que le despierta un manejo dilatado de la lectura, no tiene apuro, el libro lo tendrá todo el tiempo que quiera. El relato finaliza sin que la protagonista haya leído la obra, la lectura se transforma para ella en un placer secreto, en una felicidad clandestina. Por otra parte, este cuento, que muestra la infancia como una etapa de exploración y descubrimiento, de preparación para la vida, termina con un párrafo que muestra una especie de superación de la niñez, un tránsito hacia la madurez sexual de la niña protagonista:

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

(este artículo forma parte del libro El cuento latinoamericano en el siglo XX; Colombia, 2016).





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Mensaje por Maria Lua Miér 15 Jul 2020, 08:37

Te escribo toda entera y siento un sabor en ser y el sabor a ti es abstracto como el instante. Es también con todo el cuerpo que pinto mis cuadros y en la tela fijo lo incorpóreo, yo cuerpo a cuerpo conmigo misma. No se comprende la música, se la oye. Óyeme entonces con tu cuerpo entero. Cuando vengas a leerme preguntarás por qué no me restrinjo a la pintura y a mis exposiciones, ya que escribo tosco y sin orden. Es que ahora siento necesidad de palabras –y es nuevo para mí l oque escribo porque mi verdadera palabra ha sido hasta ahora intocada. La palabra es mi cuarta dimensión.

Agua Viva.


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Mensaje por Maria Lua Dom 19 Jul 2020, 08:37

La mañana se volvió una larga tarde inflada que se volvió noche sin fin, amaneciendo inocente por toda la casa.
Ella todavía estaba en la cama, tranquila, improvisada. Ella amaba... Estaba amando previamente al hombre que un día iba a amar. Quién sabe, eso a veces sucedía, y sin culpas ni dolores para ninguno de los dos. Allí estaba en la cama, pensando, pensando, casi riendo como ante un folletín. Pensando, pensando. ¿En qué? No lo sabía. Y así se dejó estar.





Devaneo y embriaguez de una muchacha.


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Mensaje por Maria Lua Dom 19 Jul 2020, 08:38

DIÁLOGO DEL DESCONOCIDO



—¿Puedo decirlo todo?
—Sí.
—¿Comprenderías?
—Comprendería. Yo sé muy poco. Pero tengo a mi favor todo lo que no sé y —por ser un campo virgen— está libre de preconceptos. Todo lo que no sé es mi mayor y mejor parte: es mi amplitud. Es con ella que comprendería todo. Todo lo que no sé constituye mi verdad.





Descubrimientos.


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Mensaje por Maria Lua Dom 19 Jul 2020, 08:39

Entro lentamente en la escritura como he entrado en la pintura. Es un mundo enmarañado de lianas, sílabas, madreselvas, colores y palabras, umbral de entrada a la ancestral caverna que es el útero del mundo y del que voy a nacer.
Agua Viva


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Mensaje por Maria Lua Lun 20 Jul 2020, 14:40

Pero cuando se trata de la vida, ¿quién nos ampara? Pues cada uno es uno. Y cada vida tiene que ser amparada por esa propia vida de cada uno. Cada uno de nosotros: es con lo que contamos.



El tren corría cuanto podía. El maquinista feliz: así era bueno, y pitaba a cada curva del camino. Era un largo y grueso silbido de tren en marcha, ganando terreno. La mañana era fresca y llena de hierbas altas y verdes. Así, sí, vamos hacia adelante, dijo el maquinista a la máquina. La máquina respondió con alegría.



De La partida del tren


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Mensaje por Maria Lua Lun 20 Jul 2020, 14:44

Recordarse con nostalgia es como despedirse otra vez.

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