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Mensaje por Maria Lua el Mar 09 Jun 2020, 08:01



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Mensaje por Maria Lua el Miér 10 Jun 2020, 14:50

Clarice Lispector, la escritora abstracta






Siruela publica 'Todos los cuentos', volumen con ochenta y cuatro relatos breves de la escritora brasileña
"Ella tenía hipo. Y como si no bastara la claridad de las dos de la tarde, era pelirroja". De forma tan sorprendente, comienza Tentación, relato de La legión extranjera (1964), uno de los siete libros de cuentos publicados por Clarice Lispector, ahora reunidos en Todos los cuentos por Siruela.
Siruela ha editado este año La pasión según G.H. (1964) -la escultora que encuentra y se come una cucaracha-, quinta de sus siete novelas, y también Aprendizaje o el libro de los placeres (1969), la sexta. Tenemos al alcance, pues, una buena remesa de obras de Clarice Lispector, una escritora única, inclasificable, difícil, que provoca adicción en sus lectores por la potencia, concisión y brillo de su lenguaje, por su alta y singular exigencia estilística y formal, por la complejidad de sus mundos psicológicos y por su indagación filosófica. Cuando Lispector estuvo en Italia fue retratada -de una manera bastante convencional, por cierto- por Giorgio de Chirico y, desde luego, nadie mejor que el pintor metafísico para intentar captar el intrincado espíritu de la escritora, a la que, dicho sea de paso, acompañaba un hermoso cuerpo: era alta, un tipazo, con cejas afiladas y pómulos salientes en su rostro gatuno, con ojos verdes y labios carnosos bajo una rojiza cabellera. Una belleza.
Una belleza surgida de la tragedia. Nació en Ucrania, en 1920, de origen judío, después de que su abuelo fuera asesinado y su madre fuera violada por los rusos y de que su concepción estuviera planeada en la creencia de que curaría la sífilis que los violadores habían contagiado a su madre. No ocurrió así. Lispector perdió a su madre a los 9 años, cuando ella y su familia -dos hermanas más- ya había emigrado a Brasil, en 1922, huyendo de la persecución antisemita.
El padre hizo un esfuerzo, y tras estudiar en colegios hebreos, Clarice pudo ingresar en la facultad de Derecho. La abogacía no le interesaba, aunque trabajó un tiempo en un despacho de abogados. A los 19 años, publicó su primer cuento y perdió a su padre. Huérfana completa, se inició en el reporterismo. El periodismo, bajo distintas modalidades -cronista, reportera, columnista para mujeres, entrevistadora...-, fue la profesión de su vida, con etapas de gran fama y reconocimiento, compaginando siempre con una literatura muy personal y bien distinta.
1943 fue una fecha decisiva en la vida de Clarice Lispector. Publicó con 23 años su primera novela, Cerca del corazón salvaje, un gran éxito de crítica y de público, y se casó con un compañero católico de facultad que había ingresado en la carrera diplomática, Muley Gurgel Valente, con el que abandonaría Río de Janeiro ese mismo año y con el que tendría dos hijos, uno de ellos con problemas de esquizofrenia.

El periodismo fue la profesión de su vida

La escritora diferente a todas y a todos -se le señalan coincidencias estilísticas y temáticas con Joyce, Kafka, Beckett, Woolf y Borges- se convirtió en esposa y madre. La judía pobre e inmigrante accedió al estatus burgués de un marido diplomático, posición que le obligó a ser anfitriona de recepciones y a hacer una distinguida vida social en Nápoles, Berna y Washington. Así vivió, con puntuales retornos a Brasil, durante dieciséis años, conciliando con sus cometidos como madre amorosa y rescatando tiempo para la literatura. Uno de sus hijos la recuerda levantándose a las cuatro de la mañana para escribir con un termo de café negro hasta las siete, hora en la que le reclamaban sus obligaciones familiares y sociales. Estando en Washington, se divorció de su marido, en 1959, básicamente con el objetivo de reencontrarse consigo misma y con su querido Brasil, en el que se opondría en la calle a la dictadura de Castelo Branco.
Todos los cuentos lleva un prólogo de Benjamin Moser, autor de Por qué este mundo (Siruela), la más importante biografía sobre Lispector. En él, además de subrayar la influencia del misticismo judaico en la muy espiritual obra de la escritora, recoge estas reveladoras palabras de ella: "Tanto en pintura como en música y literatura, lo que llaman abstracto me parece sólo lo figurativo de una realidad más delicada y más difícil, menos visible a simple vista". Esta idea ilumina el sentido exacto de su obra literaria.
Clarice Lispector murió en 1977, a los 56 años, de cáncer de ovario. Su salud se había deteriorado tiempo atrás. Padecía depresiones y tomaba pastillas para dormir. En 1966, se durmió mientras fumaba un enésimo cigarrillo. Su cuarto ardió, sufrió quemaduras en todo el cuerpo, fue intervenida quirúrgicamente y hospitalizada durante varios meses. Casi perdió su mano derecha, pero siguió escribiendo hasta el final.





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Mensaje por Maria Lua el Miér 10 Jun 2020, 14:56

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Clarice Lispector, retratada por Giorgio de Chirico (1920-1977)


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Mensaje por Maria Lua el Vie 19 Jun 2020, 08:29



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Mensaje por Maria Lua el Dom 21 Jun 2020, 14:36

AMOR




Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían.

Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.
En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. 

Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.



El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.
El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.
¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle... Un hombre ciego masticaba chicle.



Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír -como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada -el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.
Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.
La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero... El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. 

Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. 

En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo... ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.
Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.
Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.
Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.
Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo.
La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí.
De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.



A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los "cipós". Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.
Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.
En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.
Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.
Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada... Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón... El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.
Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]  pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada.
Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.



Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. 

Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?- se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola... Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos...
-Tengo miedo -dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado.
-Mamá -exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó.
-No dejes que mamá te olvide -le dijo.
El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.
Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?
No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.
Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo -¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.
Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.
Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua -estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.
Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.
Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros.
Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre.
Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.
¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.
-¿Qué fue? -gritó vibrando toda.
Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:
-No fue nada -dijo-, soy un descuidado -parecía cansado, con ojeras.
Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.
-¡No quiero que te suceda nada, nunca! -dijo ella.
-Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote -respondió él sonriendo. Ella continuó sin fuerzas en sus brazos.
Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste.
-Es hora de dormir -dijo él-, es tarde.
En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.
Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.




*Pequeño mamífero roedor.


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Mensaje por Maria Lua el Jue 25 Jun 2020, 20:44



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Mensaje por Maria Lua el Vie 26 Jun 2020, 03:42

Pues en la hora oscura, tal vez la más oscura, en pleno día, ocurrió esa cosa que no quiero siquiera intentar definir. En pleno día era noche, y esa cosa que no quiero todavía definir es una luz tranquila dentro de mí, y la llamaría alegría, alegría mansa. Estoy un poco desorientada como si me hubieran arrancado el corazón, y en lugar de él estuviera ahora la súbita ausencia, una ausencia casi palpable de lo que antes era un órgano bañado de oscuridad, de dolor. No estoy sintiendo nada. Pero es lo contrario del sopor. Es un modo más leve y más silencioso de existir.




De: Tanta mansedumbre


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Mensaje por Maria Lua el Vie 26 Jun 2020, 13:00

Y no olvidar, al comenzar el trabajo, el estar preparada para equivocarme. No olvidar que el error muchas veces se había convertido en mi camino. Siempre que no resultaba cierto lo que pensaba o sentía, entonces se producía una brecha y, si antes hubiese tenido valor, ya habría entrado por ella. Mas siempre sentí miedo del delirio y del error. Mi error, no obstante, debía de ser el camino de una verdad, pues únicamente cuando me equivoco salgo de lo que conozco y entiendo. Si la 'verdad' fuese aquello que puedo entender, terminaría siendo tan sólo una verdad pequeña, de mi tamaño.



La pasión según G.H.


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Mensaje por Maria Lua el Dom 28 Jun 2020, 04:43



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Mensaje por Maria Lua el Dom 28 Jun 2020, 04:53

A perfeição


O que me tranqüiliza
é que tudo o que existe,
existe com uma precisão absoluta.


O que for do tamanho de uma cabeça de alfinete
não transborda nem uma fração de milímetro
além do tamanho de uma cabeça de alfinete.


Tudo o que existe é de uma grande exatidão.
Pena é que a maior parte do que existe
com essa exatidão
nos é tecnicamente invisível.


O bom é que a verdade chega a nós
como um sentido secreto das coisas.


Nós terminamos adivinhando, confusos,
a perfeição.
 


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Mensaje por Maria Lua el Lun 29 Jun 2020, 04:21

"En cada palabra late un corazón. Escribir es esa búsqueda de la veracidad íntima de la vida. Vida que me molesta y deja a mi propio corazón trémulo el dolor incalculable que parece necesario para mi maduración: ¿maduración? ¡Hasta ahora he vivido sin madurar!
Sí. Pero parece que ha llegado el momento de aceptar de lleno la vida misteriosa de los que un día morirán. Tengo que comenzar por aceptarme y no sentir el horror punitivo del cada vez que caigo, pues cuando caigo la raza humana cae también conmigo."

Un soplo de vida.


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Mensaje por Maria Lua el Mar 30 Jun 2020, 08:46

Recordarse con nostalgia es como despedirse otra vez.


De :Agua viva.


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Mensaje por Maria Lua el Miér 01 Jul 2020, 05:18

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Mensaje por Maria Lua el Miér 01 Jul 2020, 06:25

A PERFEIÇÃO

O que me tranquiliza é que tudo o que existe, existe com uma precisão absoluta. O que for do tamanho de uma cabeça de alfinete não transborda nem uma fração de milímetro além do tamanho de uma cabeça de alfinete. Tudo o que existe é de uma grande exatidão. Pena é que a maior parte do que existe com essa exatidão nos é tecnicamente invisível. Apesar da verdade ser exata e clara em si própria, quando chega até nós se torna vaga pois é tecnicamente invisível. O bom é que a verdade chega a nós como um sentido secreto das coisas. Nós terminamos adivinhando, confusos, a perfeição.



( Clarice Lispector - 2 de novembro de 1968)
( A descoberta do mundo (crônicas publicadas no Jornal do Brasil de 1967 a 1973). Rio de Janeiro: Rocco, 1999, p. 155)


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Mensaje por Maria Lua el Vie 03 Jul 2020, 07:28

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Mensaje por Maria Lua el Sáb 04 Jul 2020, 08:47

CERCA DEL CORAZÓN SALVAJE


La filósofa francesa Hélène Cixious intentó capturar la esencia de la escritora brasileña Clarice Lispector a través de comparaciones: "Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre, y hubiera llegado a cumplir 50 años; si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán... En este ambiente escribe Lispector". Gregory Rabassa, su celebrado traductor al inglés, tampoco escatima superlativos: "Sus ojos azules parecían salidos de La montaña mágica... Era una persona poco común, se parecía a Marlene Dietrich y escribía como Virginia Woolf".

Pese a todos estos elogios, Clarice Lispector permanece desconocida en España. Su obra ha sido muy bien editada por Siruela, pero aun así su nombre no es mencionado con frecuencia por críticos y escritores. No es fácil que llegue al gran público: su escritura es densa, privilegia el intento de capturar percepciones antes que una trama concreta. Sin embargo, hay otros escritores "difíciles" que son muy mencionados, por lo cual eso tampoco debería ser un obstáculo. Por todo lo que nos revela, por la importancia cultural de Brasil para España e Hispanoamérica, la escritora brasileña más importante del siglo XX es una asignatura pendiente y necesaria hoy.



Su traductor la definió como "una persona poco común. Se parecía a Marlene Dietrich y escribía como Virginia Woolf"


En septiembre de 1966 se durmió mientras fumaba. Sufrió quemaduras graves en la mano derecha, la que usaba para escribir





Lispector se ha ganado con creces su fama de mujer enigmática y misteriosa. Antonio Callado la definió como "una extranjera en la tierra". El enigma comienza con su nacimiento: después de muchos años de dudas, se ha llegado a confirmar que Clarice nació como Hala Lispector el 10 de diciembre de 1920 en Tchechelnik, un pueblito perdido en Ucrania, de donde eran sus padres judíos, Pinkouss y Mania. El nacimiento ocurrió cuando los padres habían iniciado su viaje de emigración a América. Los esperaban en Maceió, Brasil, la hermana de Mania y su marido, que habían conseguido una "carta de llamada" para ellos. 


Algunos biógrafos dicen que Clarice Lispector llegó a Brasil en febrero de 1921, cuando tenía apenas dos meses; otros dicen que llegó en marzo del 22. En todo caso, lo cierto es que los padres, en su intento de asimilarse a su nueva tierra, cambiaron sus nombres: Hala pasó a llamarse Clarice.


Clarice y sus dos hermanas mayores fueron educadas en la religión judía; la ausencia explícita de temas y personajes judíos en su narrativa es motivo de debate. Algunos críticos sugieren que esto se debió al intento de Clarice de asumirse como brasileña sobre todas las cosas; otros, más bien, han comenzado a encontrar en su obra, de manera algo forzada, referencias a la Kabala. En cuanto a la lengua, Clarice de niña sólo habló el portugués (luego aprendería el francés y el inglés, pero no la lengua materna), aunque estudió hebreo y yiddish en el colegio. Su portugués lo hablaba como una extranjera, lo cual confundía a la gente: decían que pronunciaba la "r" como una francesa.


La familia de Clarice pasó por dificultades financieras; al padre, que ahora se llamaba Pedro, le costaba encontrar trabajo, y la madre se había quedado paralítica (fallecería en 1930). La familia debió mudarse, en 1925, a Recife, y luego, en 1934, a Río de Janeiro. Clarice mostró sus aptitudes literarias desde muy temprano. Para leer, tomaba prestados libros de la biblioteca, pues no podía comprarlos. A los 10 años escribió una obra teatral. A los 11 envió sus cuentos al Diário de Pernambuco, aunque éstos no fueron aceptados porque no contaban historias y sólo trataban de sensaciones.


 En 1940 publicó su primer cuento, Triunfo, en el semanario Pan. Esa época comenzó a trabajar como periodista en la Agencia Nacional, y a escribir su primera novela, Cerca del corazón salvaje. La novela sería publicada en 1944 y recibida con grandes elogios por la crítica, sorprendida por la juventud de la autora y por su estilo modernista, tan alejado del tradicional realismo de la literatura brasileña. Aunque se menciona a Joyce y Woolf como influencias principales, por su intento de concentrarse en el fluir de la conciencia, en las pulsiones primordiales que se agitan antes de que el intelecto las racionalice -"Cerró los ojos un momento, permitiéndose el nacimiento de un gesto o de una frase sin lógica. Hacía siempre esto, confiaba en que en el fondo, debajo de la lava, hubiera un deseo dirigido ya hacia un fin"-, Clarice Lispector todavía no los había leído.


En 1943, Clarice Lispector se casó con Maury Gurgel Valente, quien iniciaría pronto una exitosa carrera diplomática. Desde 1944 hasta 1959, la pareja vivió en el extranjero, sobre todo en Europa, lo cual significó un gran trauma para Clarice, pues no deseaba perder sus vínculos con el mundo cultural de Brasil. Durante esos años nacieron sus dos hijos, siguió escribiendo cuentos, novelas y libros infantiles, y comenzó su proyección internacional: la editorial francesa Plon publicaría Cerca del corazón salvaje en 1954.


Clarice se divorció en 1959 y volvió ese mismo año a Brasil. En 1960 publicaría Lazos de familia, que el escritor Erico Veríssimo consideraría "el mejor libro de cuentos publicado en Brasil desde Machado de Assis". Aunque ya era una escritora conocida, la verdadera consagración llega en 1964 con la publicación de su obra maestra, la novela La pasión según G. H. Las ventas, sin embargo, no la acompañaron. Clarice continuó con colaboraciones periodísticas y traducciones (tradujo, entre otros, a Agatha Christie y Oscar Wilde).


En septiembre de 1966, Clarice se durmió mientras fumaba un cigarrillo en su apartamento en Leme, un barrio de Río de Janeiro. Sufrió quemaduras graves, sobre todo en la mano derecha, la que usaba para escribir. Este accidente la convertiría en una reclusa, una mujer que aparecía pocas veces en público; sin embargo, paradójicamente, ésta es la época en que el gran público brasileño comienza a conocerla de veras gracias a que, poco después, en 1967, los problemas financieros la obligan a aceptar escribir una columna semanal en el Jornal do Brasil. 


Sus crónicas, escritas entre el 67 y el 73, han sido recopiladas en un libro bajo el título Revelación de un mundo (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2004) y la muestran como una escritora en continuo diálogo con gente humilde como taxistas y empleadas, capaz de recibir en su casa a lectores conmovidos por sus crónicas. En ellas se encuentran, junto a detalles de su cotidianidad -aprendemos que escribe con una máquina de escribir en sus faldas, algo que comenzó a hacer cuando sus hijos eran pequeños, para no perder contacto con ellos-, frases con toda la intensidad de su estilo: "Saudade es un poco como hambre. Sólo ocurre cuando se come la presencia. Pocas veces la saudade es tan profunda que la presencia es poco: se quiere absorber a la otra persona toda".


Clarice Lispector falleció el 9 de diciembre de 1977. Fue una muerte sorpresiva, aunque luego se descubriría que tenía cáncer en los ovarios. La obra que dejó, poblada de mujeres sensibles de clase media, frustradas por su entorno pero a la vez libres interiormente, muy sensibles y muy perceptivas, nos interroga constantemente y es cada más más actual, más novedosa. Lispector ya pertenece a la gran literatura.




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* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 26 de agosto de 2005.




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Mensaje por Maria Lua el Lun 06 Jul 2020, 09:52

Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?- se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola... Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos...





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Mensaje por Maria Lua Ayer a las 07:15

Clarice, en todas partes

La obra de Lispector nunca pasó desapercibida en nuestro país. Las reediciones se vienen sucediendo desde la década del 70, aunque no en forma sostenida. Es por eso que durante muchos años sus libros fueron casi inhallables, cuestión que comenzó a revertirse a partir de este año.
Con el antecedente de la publicación de Revelación de un mundo en 2004, el libro de las crónicas que esta autora escribió desde 1967 a 1973 en el Jornal do Brasil, la editorial Adriana Hidalgo publicó en abril de este año la segunda parte, Descubrimientos, con crónicas inéditas hasta el momento. Dirigido también a un público más especializado (los alumnos universitarios de literatura brasileña), las editoriales Corregidor y El Cuenco de Plata elaboraron un plan de edición que incluye, de la primera editorial, las novelas La araña y La hora de la estrella (recién aparecidas), Un soplo de vida (que sale en estos días), Un aprendizaje o el libro de los placeres (a fin de este año) y que cierra con los libros de cuentos La vía crucis del cuerpo y La legión extranjera, el año próximo. Son parte de la colección Vereda Brasil, cuyas ediciones incluyen trabajos de especialistas e investigadores académicos.
El Cuenco de Plata, por su parte, acaba de publicar La pasión según G.H. y Agua viva, los dos libros más programáticos de Lispector, y proyecta publicar a fin de año los cuentos de Lazos de familia y en 2011, la novela Viaje al corazón del día.


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Mensaje por Maria Lua Ayer a las 07:30

Amanecí con cólera. No, no, el mundo no me agrada. La mayoría de las personas están muertas y no lo saben, o están vivas con charlatanismo. Y el amor, en vez de darse, se exige. Y quienes nos quieren desean que seamos eso que ellos necesitan. Mentir da remordimiento. Y no mentir es un don que el mundo no merece. Y ni siquiera puedo hacer lo que una niña semiparalítica hizo como venganza: romper un jarrón. No soy semiparalítica. Aunque algo me diga que somos todos semiparalíticos. Y se muere, sin siquiera una explicación.

Revelación de un mundo


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Mensaje por Maria Lua Hoy a las 13:16

A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los "cipós". Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.
Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.



De Amor


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