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Mensaje por Maria Lua el Jue 14 Mayo 2020, 04:14

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] Lispector nació en Ucrania y emigró con la Revolución
LIBROS
Clarice Lispector, entre las flores

En diciembre se cumple el centenario de la brasileña. Para abrir boca, se edita este álbum vital con ilustraciones de Elena Odriozola



De [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]  parece que todos los meses se celebra algo. Desde que su elegante figura y su hipnótica prosa llegó a los lectores españoles -no hace demasiado tiempo, por cierto-, uno año sí y otro, también, nos topamos con alguna novedad o lectura que aplaque el deseo de saber algo más sobre tan enigmática autora. Esa niña judía que viene al mundo en Ucrania y que con apenas un año desembarca en Brasil -su verdadera patria- junto a su familia. No olvidemos que para la gran poeta norteamericana Elizabeth Bishop Clarice Lispector era «mejor que Borges» y para su compatriota Caetano Veloso, la encarnación del Brasil más puro: sensual, sexual y musical. Por cierto, se me olvidaba: este 2020 sí que cumple un aniversario redondo, el del centenario, aunque será en diciembre.
Chaya, su nombre de bautismo, nace el 10 de diciembre de 1920 en Chechelnik (Podolia, Ucrania). Cuatro años después de que llegara la Revolución Bolchevique, la región fuera invadida y su familia, como tantas otras, se viera obligada a emigrar para salvar algo más que los muebles, la vida misma, no sin antes sufrir toda clase de padecimientos, crueldad e ignomonias. Su abuelo fue asesinado y su madre, que ya tenía dos hijas por aquel entonces, violada por soldados rusos que le contagiaron la sífilis.
Para Caetano Veloso, era la encarnación del Brasil más puro: sensual, musical
Pinkhas era el nombre del padre y Mania, el de la madre. Él podía haber sido un prometedor matemático si no se hubieran interpuesto las creencias religiosas familiares y ella pertenecía una rica familia de comerciantes que pierde todo. En aquellos años de incertidumbre, circulaba la creencia de que para curar la sífilis lo mejor era quedarse embarazada. Sin duda, el método «recomendado» si eras pobre y no tenías los medios económicos suficientes para conseguir medicamentos. En este recorrido por la vida de Clarice Lispector que tiene todo el tono de un drama, habrán podido suponer que la hija que se engendra para sanar a la madre es ella, quien, luego, con apenas un año arriba a las costas de Brasil, al puerto de Maceió, en el noroeste del país. La pequeña Chaya pasa a llamarse Clarice. Su madre sobrevivirá ocho años más y el peso de esta historia, de esta extraña responsabilidad, siempre recaerá sobre sus hombros.



Filosofía y sentir

La escritura ya forma parte de su devenir hasta el instante de su fallecimiento: Un 9 de diciembre de 1977, un día antes de cumplir 57 años. Estudió derecho, trabajó como periodista, publicó su primera novela a los 23 añosCerca del corazón salvaje, y abandonó a su marido para no seguir la vida de una perfecta casada que la alejaba física -la residencia matrimonial estaba en Washington- y espiritualmente de su pasión literaria. Clarice Lispector no sólo seduce por su escueta prosa sino por esa belleza innata que la retrata entre enigmática y profunda conocedora de la condición humana.
De Natura Florum no es uno de sus libros mayores, pero sí un delicioso recopilatorio para abrir boca en este año del centenario, que se publicó en 1971 en el periódico Journal do BrasilUna suerte de álbum botánico que retiene toda su filosofía, su sentir: «¿Es el girasol una flor femenina o masculina? Pienso que masculina. Pero una cosa es cierta: el girasol es ruso, probablemente ucraniano». Delicada Lispector.

«De Natura Florum». Clarice Lispector


Ensayo. Ilustraciones de Elena Odriozola. Nórdica, 2020. 54 páginas. 17,50 euros


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Mensaje por Maria Lua el Jue 14 Mayo 2020, 04:52

Viaje al corazón del día | Lazos de familia | Agua viva | La pasión según G. H.03 Oct 2010

Las formas de narrar lo indecible

Perfil | María Eugenia Villalonga
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[size=18]Nacida en Ucrania en 1920 y fallecida en Río de Janeiro en 1977, vivió casi toda su vida en Brasil y se convirtió en la escritora más importante del siglo XX de aquel país. Desde hace pocos años su obra viene siendo reeditada incesantemente en la Argentina. Ahora acaban de aparecer las novelas “Agua viva”, “La pasión según G.H.”, “La araña” y “La hora de la estrella”. A las que en breve se agregarán los libros “Un soplo de vida”, “Viaje al corazón del día” y los cuentos de “Lazos de familia”.[/size]
 
En 1946, en los comienzos de su carrera literaria, cuando Clarice Lispector publica su segunda novela, La araña, habían pasado cinco años del suicidio de Virginia Wolf, escritora de la que pareciera contemporánea, por el modo en que transgredieron ambas los principios de la narrativa, desdibujaron las fronteras entre los géneros y generaron una ruptura en la percepción de la realidad desde una concepción de vanguardia. La literatura era para ellas sinónimo de la propia percepción y el lenguaje, el modo de transportarse al interior del objeto para coincidir con lo que él es.
Siguiendo la línea de las novelas que felizmente están siendo reeditadas en estos meses: La araña, de 1946; La pasión según G.H., de 1964; Agua viva, de 1973 y La hora de la estrella, de 1977, podríamos trazar un recorrido a través de este corpus donde el primer texto y el último (La araña y La hora de la estrella) formarían un continuo y La pasión según G.H. y Agua viva otro, en el que define su arte poética. En el centro y pivoteando entre ellos, podríamos ubicar a Un aprendizaje o el libro de los placeres, cuya esperada reedición llegaría a fin de año.
Tanto La araña como La hora de la estrella ponen en escena un tipo de personaje inusual en su literatura: muchachas delgadas hasta la desnutrición, campesinas, sucias e iletradas, una “ella” en estado de precariedad y abandono. De Virginia, la protagonista de La araña, se dice que “vivía a la orilla de las cosas”. Pensar era, para ella, sinónimo de ver (“pensaba en un solo trazo fugaz”) y componía figuras con barro desde una mirada que liga el cuerpo a la materia. Crear y existir eran su ser en el mundo. La edad adulta y la experiencia de la ciudad no modificarán su manera de situarse frente a la realidad, enunciada en forma sesgada en las cartas que le envía a su hermano, que “aunque contasen la realidad, ella no la entreveía en los momentos en que la sufría”. Su forma de estar en el mundo la “hacía sentir que vivía en una naturaleza muerta”. Los hechos sólo le daban la idea de repetición de lo que sucedía, y su explicación sólo le llegaba a través de los sentidos, como si “el pensamiento de las cosas saliera de las cosas como el perfume de la flor”.
Las analogías y las exquisitas metáforas que Lispector compone, como el extrañamiento del lenguaje forzando la gramática a que exprese lo que ningún sistema de signos puede abarcar, la complejidad de lo real, están al servicio de una teoría de la percepción que desarrolla a lo largo de su obra y que tiene más de un vínculo con la filosofía de Henri Bergson, según la cual la intuición, la memoria y la percepción son los tres ejes sobre los que se sostiene la cognición.
Para Virginia/Clarice, la verdad es lo fugaz que sólo se llega a captar “entrecerrando los ojos” y la memoria, la propia duración, el material para inventar hechos más reales que la cosa rememorada. Los hechos del presente, lo que vivía, se iban agregando a su infancia, resignificándola.
Pasado y presente. Para Bergson el presente no es, sino que actúa. Es el pasado, que ha dejado de actuar, el que es la sustancia de lo real, la verdad. Sólo mediante la intuición (ese “entrecerrar los ojos”) podemos salir de nuestra propia duración –lo que conserva y acumula el pasado en el presente– para captar la existencia de otras duraciones. Es que, tanto para Lispector como para Bergson, pasado y presente coexisten. Recordar es responder a la invocación de un estado presente y el recuerdo se actualiza en función de un nuevo presente del cual ya es pasado.
Y fue la visión fugaz de una muchacha nordestina en plena calle, según la propia autora, el disparador del personaje de Macabea, la protagonista de La hora de la estrella, donde Lispector aborda al “otro” social con una mirada que no lo redime sino que se abre a él, en oposición a la literatura realista.
Ella construye un narrador hombre, Rodrigo S.M., novelista, intermediario entre la autora (que suscribe la dedicatoria con su firma autógrafa) y la protagonista, una dactilógrafa, tres instancias de la escritura para narrar la historia del desamparo de su protagonista y de la propia escritura que se pregunta cómo comenzar (interrogante constitutivo del acto creador). El narrador concentra el peso de la narración como una puesta en escena del acto de escribir y el tiempo de la escritura prevalece por sobre el tiempo del relato, creando un efecto de simultaneidad entre los hechos narrados y la escritura. Exhibe su no saber acerca de la historia de Macabea, que le “sucede”, que adivina, mostrando su fragilidad frente a los hechos con los que lidiará para construir una historia de silencios, de preguntas, hasta lograr darle el nombre real a la cosa, sin ornamentos, que es, para esta autora, la tarea de escribir: hallar “la verdad que se encuentra en un presagio y no en los hechos”. La fabulación creadora, según Gilles Deleuze, no tiene nada que ver con un recuerdo. El artista desborda los estados perceptivos y los pasajes afectivos de lo vivido. Es un vidente, alguien que deviene.
Con un comienzo in media res, cuenta una historia que es casi nada, sin hechos, adelgazada, como su protagonista, un personaje que no sabe de sí, incompetente en su trabajo, invisible para los otros al que “sólo su autor ama”. El encuentro con una mentalista (figura del narrador como adivino de su historia) modifica tanto su futuro como su pasado (que para Bergson, coexisten) y al salir al encuentro con su prometido destino muere atropellada por un Mercedes Benz que se da la fuga, en un final que nos recuerda que no existe la redención para ella ni para esa “resistente raza enana obstinada que un día tal vez reivindique el derecho al grito.”
Monstruosa carne infinita. Que en el comienzo era el verbo es el motivo religioso que Lispector hizo propio y que en La pasión según G.H. se enmarca en lo que la crítica llamó una experiencia de los límites (y todo comienzo lo es) y del misterio (adjudicado no sólo a su obra sino a su persona) que en este texto está subrayado en el trabajo con el lenguaje, cuando la gramática no alcanza para expresar “la vida me es” o “nada me existe”. Quizás sería más acertado definir a este texto como un tratado de ontología escrito en estado de trance.
La anécdota, que podría ser leída como la miniatura de un relato de viajes, cuenta el proceso de transformación de la protagonista, por la vía mística, de su identidad, cuando descubre dentro de su departamento, en el cuarto de la criada (un mundo ajeno) una cucaracha a la que finalmente come. Mundo de lo humano y lo animal se funden en un contacto con la naturaleza viviente que pone en cuestión todos lo órdenes, aún la norma lingüística. Es lo que Deleuze define como obra de arte: un bloque de sensaciones, un compuesto de perceptos y de afectos (es decir, lo que se conserva y desborda las percepciones que se tienen del objeto y las afecciones o sentimientos de quienes las experimentan) donde el afecto es el devenir no humano del hombre, que no es imitación de un animal, vegetal, etc., sino contigüidad, una zona de indeterminación, donde sólo el arte, en su empresa de cocreación, puede entrar.
En la dedicatoria a sus lectores nos advierte de la dificultad de su lectura y nos invita a una aproximación gradual y penosa en la que, tanto el yo como la percepción y la escritura se proponen como un continuo sin forma. “Perdí durante horas mi montaje humano” dice G.H., sabiendo que perderse es sólo para encontrarse con lo desconocido. “Encuadrar la monstruosa carne infinita” y “resistir la tentación de inventar una forma” es la manera como se propone abordar su material deshaciéndose de las visiones previas que le cierran el mundo. Toda una concepción del artista como visionario, como lo definía Deleuze, aquel que experimenta con sus materiales, “que no celebra algo que ya pasó, sino que confía a la oreja del porvenir las sensaciones que encarna”, que preanuncia los signos, propia de las vanguardias, se juega en este texto. El artista será aquel capaz de enfrentarse al horror, dispuesto al despojamiento, a recorrer caminos nuevos buscando lo indecible, “aquello que, en verdad, apenas llamo pero sin saber su nombre”.
Poniendo en cuestión su identidad, descubre que el ser es previo al nombre propio y a todos los actos, visiones y representaciones que construyen una identidad y la suya propia, la de una mujer profesional, independiente, perteneciente a la alta cultura es percibida como una cita, una representación de su clase, “un yo entre comillas” que comienza a perforarse. El no saber de sí contamina su yo hasta hacerlo estallar. “Finalmente me levanté de la mesa de la cocina, esa mujer”.
Mirar la cucaracha frente a frente le permite encontrarse con el detalle. La mirada ampliada humaniza al insecto, lo convierte en espejo de sí misma, la seduce y repele y la obliga a permanecer en el cuarto desconocido, “laboratorio del infierno” (como su propia escritura), para llegar a una zona de contacto con la vida más allá de lo humano, lo inmundo, el acto de comer la cucaracha, que les abre las puertas a todas las posibilidades no humanas del ser humano: metamorfosis, devenires, virtualidades.
“Dame tu mano”, nos pide G.H./Lispector. Si nos dejamos conducir, veremos que “en los intersticios de la materia primordial está la línea de misterio y fuego que es la respiración del mundo… y llamamos silencio”. “Cuando atravieses mi oscuridad te encontrarás al otro lado contigo”, nos dice la narradora/visionaria/bruja. Deleuze afirma que “el artista es creador de afectos, en relación con los perceptos o las visiones que nos entrega. No los crea sólo en su obra: nos los entrega y nos hace devenir con ellos”.
La literatura ideal será, para Lispector, aquella que abre un abismo entre la palabra y lo que designa, gran tema de esta novela, para la cual “el nombre de la cosa es un intervalo para la cosa”. Define su teoría estética: “No quiero la belleza, quiero la identidad. La belleza sería un añadido” y ajusta su búsqueda: “El contacto con la cosa tiene que ser un murmullo” como una plegaria, como una glosolalia, aquellas primeras articulaciones verbales del bebé.
El otro texto en que su arte poética se convierte en protagonista es Agua viva, donde se pone en escena nuevamente a una mujer artista, una pintora que decide tomar la palabra para captar lo que esta autora define como el “instante-ya”: la materialidad del presente. Se propone escribir como quien esculpe el tiempo (imagen con la que Andréi Tarkovski definió al cine) y pide de la lectura una mirada única que capte el instante. “Intento mezclar palabras para que el tiempo se haga… enviando una flecha que se clava en el punto tierno y neurálgico de la palabra”. Una escritura que se piensa pictórica, imagen pura o sonido, ya no prosa poética sino que reclama un pacto de lectura poético. Algunos años después, los músicos Cássia Eller y Cazuza recogieron frases tomadas de este texto para componer la canción Que o Deus venha: “Soy inquieta y áspera y desesperanzada./ Aunque amor dentro de mí yo tenga./ Sólo que no sé usar amor./ A veces me araña como si fueran agujas. / Corro peligro como toda persona que vive. / Y lo único que me espera es exactamente lo inesperado.”
“Pero el instante-ya es una luciérnaga que se enciende y se apaga”: como un yo que late y que lucha desesperadamente contra la escritura que ocupa más instantes que lo que intenta ser captado. “Más que el instante quiero su fluir” dirá, en consonancia (una vez más) con Woolf, que se propuso registrar el tiempo en su materialidad más pura y que en Lispector se condensa en la imagen de la sangre menstrual que gotea, conjugando tiempo y género.
Narrado en segunda persona del singular, en presente del indicativo (el verbo de la pura acción), en Agua viva se construye un yo creador, vivo (“Me encarno en las frases”) para quien escribir “es el modo de quien tiene la palabra como carnada: la palabra pescando lo que no es palabra”. Consciente de la soledad de su proyecto, de su carácter de iniciada, se propone entrar en contacto con “el invisible núcleo de la realidad”. “Voy a entrar en el misterio”, le anuncia a su interlocutor y se interna en el espacio entre el sueño y la vigilia, en el umbral de la vida, en el nacimiento o, desde su mirada femenina, en el amamantamiento, con las preguntas que se hacía de niña y que no fueron respondidas.
Para Deleuze el artista es aquel que tiene una percepción ampliada y sesgada de la realidad, cuyo trabajo lo agota. (“Percibo lo oblicuo de la vida” confiesa esta autora. “Estoy cansada, me ocupo del mundo”. “Con los ojos me ocupo de la miseria que vive ladera arriba”). Es el que crea lo que todavía no existe, objetivo de este texto para el que Lispector concibe un género nuevo, el neutro (“Voy a volver a lo desconocido de mí misma y cuando nazca hablaré de él o ella. Mientras tanto lo que me sustenta es el aquello que es un it”) y reinventa la gramática, como en la escena del final, de una irrealidad y libertad totales, donde imagina referentes desconocidos para este nuevo lenguaje.
“Lo que escribo continúa y estoy hechizada”, dice Lispector cerrando este texto alucinado y sin forma, sin principio ni final, en los límites de una obra escrita con las vísceras, con el corazón, con la voz y el silencio, con la sangre menstrual, con sensaciones de una intensidad agobiante y que condensa cuando afirma: “Así, el más profundo pensamiento es un corazón latiendo”.
Clarisa, en todas partes
La obra de Lispector nunca pasó desapercibida en nuestro país. Las reediciones se vienen sucediendo desde la década del 70, aunque no en forma sostenida. Es por eso que durante muchos años sus libros fueron casi inhallables, cuestión que comenzó a revertirse a partir de este año.
Con el antecedente de la publicación de Revelación de un mundo en 2004, el libro de las crónicas que esta autora escribió desde 1967 a 1973 en el Jornal do Brasil, la editorial Adriana Hidalgo publicó en abril de este año la segunda parte, Descubrimientos, con crónicas inéditas hasta el momento. Dirigido también a un público más especializado (los alumnos universitarios de literatura brasileña), las editoriales Corregidor y El Cuenco de Plata elaboraron un plan de edición que incluye, de la primera editorial, las novelas La araña y La hora de la estrella (recién aparecidas), Un soplo de vida (que sale en estos días), Un aprendizaje o el libro de los placeres (a fin de este año) y que cierra con los libros de cuentos La vía crucis del cuerpo y La legión extranjera, el año próximo. Son parte de la colección Vereda Brasil, cuyas ediciones incluyen trabajos de especialistas e investigadores académicos.
El Cuenco de Plata, por su parte, acaba de publicar La pasión según G.H. y Agua viva, los dos libros más programáticos de Lispector, y proyecta publicar a fin de año los cuentos de Lazos de familia y en 2011, la novela Viaje al corazón del día.
Que así sea.


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Mensaje por Maria Lua el Jue 14 Mayo 2020, 05:06

Clarice Lispector en Panorama, la única entrevista televisiva de la escritora brasileña


En 1977, en São Paulo, Julio Lerner entrevistó a Clarice Lispector para el programa Panorama. Lispector apenas concedía entrevistas, y esta es el único registro audiovisual de ella. El documento es impactante. Es imposible imaginar una entrevista más intensa. Los silencios, la mirada, la seguridad con la que responde y mira al entrevistador, sus negativas a responder ciertas cuestiones. Todo la convierte en una experiencia única, casi inagotable. Con la esperanza de que la disfruten los lectores de Lispector, o que acerque a su literatura a aquellos que aún no la conozcan la compartimos en penúltiMa.

( YA ENFERMA, MURIÓ EN ESE MISMO 1977)


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Mensaje por Maria Lua el Jue 14 Mayo 2020, 06:14

Verifico que estoy escribiendo como si estuviese entre el sueño y la vigilia.
Entonces de repente veo que hace mucho que no entiendo nada. ¿El filo de mi cuchillo se ha embotado? Me parece que lo más probable es que no entiendo porque lo que veo ahora es difícil: estoy entrando calladamente en contacto con una realidad nueva para mí que todavía no tiene pensamientos que le correspondan y menos aún una palabra que la signifique: es una sensación más allá del pensamiento.
Y entonces mi mal me domina. Soy todavía la cruel reina de los medas y de los persas y soy también una lenta evolución que se lanza como un puente levadizo hacia un futuro cuyas nieblas lechosas ya respiro. Mi aura es la del misterio de la vida. Yo me sobrepaso abdicando de mi nombre, y entonces soy el mundo. Sigo la voz del mundo con una voz única.

Agua Viva.


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Mensaje por Maria Lua el Jue 14 Mayo 2020, 06:15

Y no olvidar, al comenzar el trabajo, el estar preparada para equivocarme. No olvidar que el error muchas veces se había convertido en mi camino. Siempre que no resultaba cierto lo que pensaba o sentía, entonces se producía una brecha y, si antes hubiese tenido valor, ya habría entrado por ella. Mas siempre sentí miedo del delirio y del error. Mi error, no obstante, debía de ser el camino de una verdad, pues únicamente cuando me equivoco salgo de lo que conozco y entiendo. Si la 'verdad' fuese aquello que puedo entender, terminaría siendo tan sólo una verdad pequeña, de mi tamaño.
La pasión según G.H.


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Mensaje por Maria Lua el Jue 14 Mayo 2020, 06:15

En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le habíadado un hogar sorprendente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con lasorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se casó era un hombre deverdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña comouna enfermedad de vida. Había emergido de ella muy pronto para descubrir que también sin felicidad sevivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quientrabaja: con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar yaestaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada que muchas veces habíaconfundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, unavida de adulto. Así lo quiso ella y así lo había escogido.
Del cuento Amor.


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Mensaje por Maria Lua el Jue 14 Mayo 2020, 06:18

Por el momento estoy inventando tu presencia, como un día tampoco sabré aventurarme a morir sola, morir es el mayor ries- go, no sabré franquear el umbral de la muerte y dar el primer paso en la primera ausencia de mí; también en esa hora última y tan primera inventaré tu presencia desconocida y contigo co- menzaré a morir hasta que pueda aprender sola a no existir, y entonces te liberaré.
La pasión según G. H.


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Mensaje por Maria Lua el Vie 15 Mayo 2020, 04:38

Las astucias de doña Frozina
[Cuento - Texto completo.]
Clarice Lispector




-También, con ese dinero esmirriado…
Eso es lo que la viuda doña Frozina dice del montepío. Pero da para comprar Leche de Rosas y tomar verdaderos baños con el líquido lechoso. Dicen que su piel es espectacular. Usa desde joven el mismo producto y tiene olor de madre.
Es muy católica y vive en las iglesias. Todo eso oliendo a Leche de Rosas. Como una niña. Quedó viuda a los veintinueve años. Y desde entonces, nada de hombres. Viuda a la moda antigua. Severa. Sin escote y siempre con mangas largas.
-Doña Frozina, ¿cómo pudo arreglárselas sin un hombre? -me gustaría preguntarle.
La respuesta sería:
-Astucias, hija mía, astucias.
Dicen de ella: mucha gente joven no tiene su espíritu. Está en casa desde los setenta, la excelentísima señora doña Frozina. Es buena suegra y óptima abuela. Fue buena paridera. Y continuó fructificando. A mí me gustaría tener una conversación seria con doña Frozina.
-Doña Frozina, ¿usted tiene algo que ver con doña Flor y sus tres maridos?
-¡Qué dice, amiga mía, qué pecado! Soy viuda virgen, hija mía.
Su marido se llamaba Epaminondas, y de apellido, Mozo.
Oiga, doña Frozina, hay nombres peores que el suyo. Conozco a una que se llama Flor de Lis, y como encontraron malo el nombre, le dieron un apellido peor: Minhora. Casi Manías.  ¿Y aquellos padres que llamaron a sus hijos Brasil, Argentina, Colombia, Bélgica y Francia? Por lo menos, usted escapó de ser un país. La señora y sus astucias. «Se gana poco -dice-, pero es divertido.»
¿Divertido? ¿Entonces no conoce el dolor? ¿Fue evitando el dolor, por la vida? Sí, señora, con mis astucias lo fui evitando.
Doña Frozina no bebe Coca-cola. Le parece demasiado moderno.
-¡Pero todo el mundo la bebe!
-¡Por Dios! Parece insecticida para cucarachas, Dios me libre y me guarde.
Pero si le encuentra gusto a insecticida es porque ya la probó.
Doña Frozina usa el nombre de Dios más de lo que debiera. No se debe usar el nombre de Dios en vano. Pero con ella no va, esa ley.
Y ella se agarra a los santos. Los santos ya están hartos de ella, de tanto que abusa. De «Nuestra Señora» ni hablar; la madre de Jesús no tiene sosiego. Y, como viene del Norte, vive diciendo: «¡Virgen María!» a cada espanto. Y son muchos sus espantos de viuda ingenua.
Doña Frozina rezaba todas las noches. Hacía una oración para cada santo. Pero entonces ocurrió el desastre: se durmió en el medio.
-Doña Frozina, ¡qué horrible, dormirse en medio del rezo y dejar a los santos esperando!
Ella contestó con un gesto de la mano de despreocupación:
-Ah, hija, que cada uno coja el suyo.
Tuvo un sueño muy raro: soñó que veía al Cristo del Corcovado (¿dónde estaban los brazos abiertos?; estaban bien cruzados) y el Cristo estaba fastidiado, como si dijera: ustedes arréglense, yo estoy harto. Era un pecado, ese sueño.
Doña Frozina, llena de astucias. Quédese con su Leche de Rosas, «Io me ne vado». (¿Es así como se dice en italiano cuando alguien se quiere ir?)
Doña Frozina, excelentísima señora, quien está harta de usted soy yo. Adiós, pues. Me dormí en medio del rezo.
P.S. Busque en el diccionario lo que quiere decir manigancas. Pero le adelanto el trabajo.
MANIGANÇA: prestidigitación, maniobra misteriosa, artes de impostura. (Del Pequeño Diccionario Brasileño de la Lengua portuguesa.)
Un detalle antes de acabar:
Doña Frozina, cuando era pequeña, allá, en Sergipe, comía agachada detrás de la puerta de la cocina. No se sabe por qué.
FIN




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Mensaje por Maria Lua el Sáb 16 Mayo 2020, 05:26



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Mensaje por Maria Lua el Dom 17 Mayo 2020, 12:48

En cada palabra late un corazón. Escribir es esa búsqueda de la veracidad íntima de la vida. Vida que me molesta y deja a mi propio corazón trémulo el dolor incalculable que parece necesario para mi maduración: ¿maduración? ¡Hasta ahora he vivido sin madurar!
Sí. Pero parece que ha llegado el momento de aceptar de lleno la vida misteriosa de los que un día morirán. Tengo que comenzar por aceptarme y no sentir el horror punitivo del cada vez que caigo, pues cuando caigo la raza humana cae también conmigo.

Un soplo de vida.


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Mensaje por Maria Lua el Lun 18 Mayo 2020, 12:57

Clarice Lispector: Felicidad clandestina

"Pero qué talento tenía para la crueldad. Toda ella era pura venganza, chupando ruidosamente los caramelos. Cómo debía odiarnos esa chica, a nosotras, que éramos imperdonablemente bonitas, esbeltas, altas, de cabellos sueltos"

Felicidad clandestina es uno de los [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]  en la [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]  de la editorial Siruela, que recoge la obra completa de la formidable escritora brasileña



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Mensaje por Maria Lua el Mar 19 Mayo 2020, 04:33

Ruido de pasos
[Cuento - Texto completo.]
Clarice Lispector



Tenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Cándida Raposa.
Esa señora tenía el deseo irreprimible de vivir. El deseo se sustentaba cuando iba a pasar los días a una hacienda: la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba. Cuando oía a Liszt se estremecía toda. Había sido bella en su juventud. Y le llegaba el deseo cuando olía profundamente una rosa.
Pues ocurrió con doña Cándida Raposa que el deseo de placer no había pasado.
Tuvo, en fin, el gran valor de ir al ginecólogo. Y le preguntó, avergonzada, con la cabeza baja:
—¿Cuándo se pasa esto?
—¿Pasa qué, señora?
—Esta cosa.
—¿Qué cosa?
—La cosa —repitió—. El deseo de placer —dijo finalmente.
—Señora, lamento decirle que no pasa nunca.
Lo miró sorprendida.
—¡Pero ya tengo ochenta y un años de edad!
—No importa, señora. Eso es hasta morir.
—Pero ¡esto es el infierno!
—Es la vida, señora Raposo.
Entonces, ¿la vida era eso? ¿Esa falta de vergüenza?
—¿Y qué hago ahora? Ya nadie me quiere…
El médico la miró con piedad.
—No hay remedio, señora.
—¿Y si yo pagara?
—No serviría de nada. Usted tiene que acordarse de que tiene ochenta y un años de edad.
—¿Y… si yo me las arreglo solita? ¿Entiende lo que le quiero decir?
—Sí —dijo el médico—. Puede ser el remedio.
Salió del consultorio. La hija la esperaba abajo, en el coche. Cándida Raposo había perdido un hijo en la guerra. Era un soldado de la fuerza expedicionaria brasileña en la Segunda Guerra Mundial. Tenía ese intolerable dolor en el corazón: el de sobrevivir a un ser adorado.
Esa misma noche se dio una ayuda y solitaria se satisfizo. Mudos fuegos de artificio. Después lloró. Tenía vergüenza. De ahí en adelante utilizaría el mismo proceso. Siempre triste. Así es la vida, señora Raposo, así es la vida. Hasta la bendición de la muerte.
La muerte.
Le pareció oír ruido de pasos. Los pasos de su marido Antenor Raposo.
FIN


“Ruido de pasos”,
El viacrucis del cuerpo, 1974


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Mensaje por Maria Lua el Miér 20 Mayo 2020, 03:44

Y no olvidar, al comenzar el trabajo, el estar preparada para equivocarme. No olvidar que el error muchas veces se había convertido en mi camino. Siempre que no resultaba cierto lo que pensaba o sentía, entonces se producía una brecha y, si antes hubiese tenido valor, ya habría entrado por ella. Mas siempre sentí miedo del delirio y del error. Mi error, no obstante, debía de ser el camino de una verdad, pues únicamente cuando me equivoco salgo de lo que conozco y entiendo. Si la 'verdad' fuese aquello que puedo entender, terminaría siendo tan sólo una verdad pequeña, de mi tamaño.
La pasión según G.H.


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Mensaje por Maria Lua el Jue 21 Mayo 2020, 03:23

Mejor que arder
[Cuento - Texto completo.]
Clarice Lispector




Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros.
Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.
Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor.
Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca.
Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó:
-Mortifica el cuerpo.
Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio*. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada.
Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.
Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban.
No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.
La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido. Imaginó que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas.
Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba.
Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.
Hasta que le dijo al padre en el confesionario:
-¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!
Él le dijo meditativo:
-Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.
Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente. Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya.
Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas.
Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora. Pagaba la pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.
Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla.
Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma de hombre.
Y sucedió realmente.
Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua. Ella se sonrojó.
Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella se rehusó.
Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si iban al cine juntos. Aceptó.
Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la película estaban tomados de la mano.
Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos negros. Él, de traje y corbata.
Entonces una noche él le dijo:
-Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar ¿Quieres?
-Sí -le respondió grave.
Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.
Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.
Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello.
FIN




“Melhor do que arder”,
El viacrucis del cuerpo, 1974

 
* Cilicio: Faja de cerdas o cadenillas de hierro con puntas, que se lleva ceñida al cuerpo para mortificación.




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Mensaje por Maria Lua el Vie 22 Mayo 2020, 07:42



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Mensaje por Maria Lua el Vie 22 Mayo 2020, 14:04

El hechizo irresistible de Clarice Lispector


Los cuentos de la enigmática escritora brasileña, reunidos por primera vez en un único volumen | Sus relatos iluminan 'La hora de Clarice' que cada 10 de diciembre celebra su genio

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Hay quien sitúa los cuentos de Clarice Lispector (Ucrania 1920 - Río de Janeiro, 1977) a la altura de los de Chéjov o Kafka. Nunca antes se habían reunido en un sólo volumen los 84 relatos que firmó y que Siruela publica bajo el título de 'Todos los cuentos'. Será todo un hito ante una nueva edición de 'La hora de Clarice', el evento internacional que homenajea cada año a la enigmática y elegante escritora brasileña en el día de su nacimiento y que se celebra mañana, 10 de diciembre.

«Clarice Lispector procedía de un misterio y regresó a otro», resumió su vida el gran poeta brasileño Drummond de Andrade en 1977, cuando la autora murió con 56 años, devastada por un cáncer. «Soy tan misteriosa que ni yo misma me entiendo», había dicho de sí misma una escritora tan rara como seductora. Una atractiva y esquiva mujer que llegó «a las tinieblas del alma» en una obra elegante y cargada de hechizo que se ha conectado con Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

Los mismos compatriotas que en vida le dieron la espalda y cuestionaron su «brasileñidad» hoy la idolatran y devoran sus libros. Hay acuerdo en que la narrativa breve es lo más rico y acabado de la obra de Lispector. Unos cuentos que «hechizan» según Bejamim Moser, su biógrafo y prologuista de unos cuentos en los que laten sus inquietudes vitales: el impacto de la realidad cotidiana, lo efímero del fulgor poético, o los eternos interrogantes sobre la identidad femenina y la condición humana.

Reconocida como una de las más poderosa voces literarias del siglo XX -«lo que Kafka habría sido de ser mujer», según la escritora francesa Hélène Cixoux- su figura y su legado irradian hoy el mismo magnetismo que en 1941 cautivó a los lectores de su primer cuento. «Cuidado con Clarice: eso no es literatura, es brujería», advertía un amigo a una lectora.



Sus relatos iluminan 'La hora de Clarice', que cada 10 de diciembre celebra su genio



Nacida en Tchetchelnik, una remota aldea de Ucrania, Chaya Pinkhasovna Lispector llegó a Brasil con dos meses. Sus padres huían de los salvajes progromos que aniquilaron a cientos de miles de judíos. Ella cambió su nombre hebreo -Chaya, que quiere decir vida- por el de Clarice y se ganó la vida como periodista de moda y belleza. Madre de dos hijos, esposa de diplomático, su impenetrable mundo interior trata de emerger en una obra hermética para muchos y «compleja y fascinante» para su biógrafo, que la define con 'Una Chéjov femenina en las playas de Guanabara».


La esfinge



Sus admiradores y detractores la identificaban como 'La esfinge'. Quienes la trataron dicen que su mirada, profunda e intimidante, como la de Picasso, acentuaba su exótica e inquietante belleza. «Parecía una loba fascinante», escribió otro poeta, Ferreira Gullar. Como «una persona extraña que se parecía a Marlene Dietrich y escribía como Virginia Woolf», la evoca el traductor Gregory Rabassa.

«La leeremos dentro de 200 años, cuando hayamos olvidado a todos los bestsellers que venden hoy millones de libros», asegura Moser, autor de 'Por qué este mundo', la primera y quizá definitiva biografía de la enigmática, legendaria y misteriosa narradora. «Desde la promesa adolescente hasta la seguridad de la madurez o a la implosión de una artista a medida que se acerca a la muerte, descubrimos una figura más grande que la suma de sus obras individuales», asegura Moser en el prólogo.

Concedió Lispector una única entrevista a la televisión en una vida que protegió con un caparazón de misterio que le granjeó toda clase de animadversiones. «Para unos era comunista, para otros de derecha; la tildaron de lesbiana y hasta corrió el rumor de que era un hombre», destaca su biógrafo. Hoy reina en la literatura brasileña, es un icono en las redes sociales y va camino de convertirse en un mito literario global.

Fallecida hace 41 años, la leyenda de la autora de 'Cerca del corazón salvaje' no deja de agigantarse. Aquella primera novela dejo atónita a la intelectualidad brasileña. Tenía 21 años y pasó en nada de joven promesa a perfilarse como una de las más grandes renovadoras de las letras brasileñas.

«La literatura no es literatura; es vida, es vivir», sostenía Lispector. Y lo demostró en títulos como 'La pasión según G.H.', 'Agua viva', 'La ciudad sitiada', 'La manzana en la oscuridad' o 'Un soplo de vida'. Y sobre todo con 'La hora de la estrella', publicado poco antes de su muerte, el 9 de diciembre de 1977, y que abrió el camino hacia la universalización de su obra.

«Siempre ha habido un secta de «claricianos» y yo no soy su único sacerdote», ironiza Benjamin Moser, que desentrañó en su biografía los secretos de una extraordinaria dama de la literatura contemporánea. «No pertenezco a nada ni a nadie», decía de sí misma un escritora que «transformó su lucha personal como mujer en una obra de resonancia universal», según Moser.







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Mensaje por Maria Lua el Sáb 23 Mayo 2020, 04:28

La palabra visionaria
por [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
Un soplo de vida (Pulsaciones)
CLARICE LISPECTOR
Siruela, Madrid, 160 págs.
Trad. de Mario Merlino




En 1953, una jovencísima Clarice Lispector había publicado Cerca del corazón salvaje. Se trataba de un texto insólito porque era una novela psicológica, femenina y urbana, construida sobre el monólogo interior y de la que había prácticamente desaparecido la trama. Con esta obra Clarice Lispector marcaba ya lo que iba a ser el territorio de su originalidad en ese mundo masculino que era la literatura brasileña, frecuentemente dominada por la narrativa de un mundo rural donde gobernaba una naturaleza desmesurada dominada por un sol de justicia. Frente a toda la narrativa del «sertão» ella aportaría una mirada de mujer, una mirada urbana y una mirada contemporánea.


Clarice Lispector hincó en el mundo su mirada de mujer inteligente –esta es una precisión necesaria– capaz de captar las mínimas sensaciones, los mínimos detalles y de saber que nada, por pequeño o banal que parezca, carece de importancia. El mundo de lo cotidiano, de lo sin historia, que ha sido durante siglos el mundo de la mujer, puede proporcionar innumerables sorpresas, basta con saber mirar y entender esos signos de una realidad subyacente. Las mujeres de Clarice pueden hablar en tono mayor, alcanzar el fondo de todos los pozos, pero van a la compra, componen fruteros, llaman al fontanero y dominan también todos los resortes del tono menor. 


En toda su obra, en novelas como La pasión según G. H.Aprendizaje o El libro de los placeres La hora de la estrella, en volúmenes de cuentos como Lazos de familiaSilencio Felicidad clandestina, o en textos de dificilísima clasificación genérica como el magistral Un soplo de vida (Pulsaciones), recientemente publicado por Siruela, en una magnífica traducción de Mario Merlino, encontramos esa observación meticulosa, representación de una manera de mirar –y de ver– el mundo.


Clarice Lispector, hija de judíos rusos, nació en Tchetchelnik (Ucrania), en 1925, cuando sus padres ya habían decidido emigrar. Con dos meses llegó a Alagoas y poco tiempo después la familia se trasladó a Recife. A partir de 1937 se instaló en Río de Janeiro donde cursó estudios de Derecho. Entre 1944 y 1960 vivió largas temporadas en el extranjero acompañando a su marido en sus destinos como diplomático en Nápoles, Berna y EEUU. Un cáncer terminó con su vida en 1977. Datos secos de una biografía externa que no nos guía para adentrarnos en su obra, más bien nos entorpece, porque no nos sirve para comprender a esta mujer que fue, como Fernando Pessoa decía de su heterónimo Álvaro de Campos: «un ovillo enrollado hacia dentro». Olga Borelli recogió de la propia Clarice el siguiente programa de vida: «Nací para amar a los demás, nací para escribir y para criar a mis hijos. Amar a los demás es tan vasto que incluye incluso perdón para mí misma, con lo que sobra. Amar a los demás es la única salvación individual que conozco: nadie estará perdido si da amor y a veces recibe amor a cambio» 1. En esa busca desesperada del amor y del lenguaje podemos encontrar más elementos para interpretar su obra que en la exacta cronología de su biografía.


La obra de Clarice Lispector es una constante reflexión sobre el lenguaje y sobre todo, sobre los límites de la palabra y sobre la tentación del silencio. La palabra debe traducir el misterio y lo que carece de nombre, debe ser capaz de fijar el instante y el acto mínimo que está en el origen de todo. Encontramos así alguno de los motivos recurrentes de su obra: la mirada, a la vez visionaria e implacable, la consagración del instante y la importancia de lo aparentemente banal. Sobre su conciencia de los límites de la palabra Clarice Lispector fue muy explícita: «La palabra tiene su terrible límite. Más allá de ese límite está el caos orgánico. Después del final de la palabra empieza el gran alarido eterno»2.


La reflexión sobre el lenguaje es, pues, uno de los ejes de la obra de la escritora brasileña y también lo es de su último libro, Un soplo de vida (Pulsaciones), escrito entre 1974 y 1977 y publicado póstumamente en 1978. En el momento de su muerte Clarice Lispector, transmutada en narrador masculino –el Autor–, «insufla» la vida en un personaje (femenino), Ángela Pralini. Este «Autor» interpuesto establece con su personaje un diálogo imposible que estructura el libro como una pieza musical, en que dos instrumentos tocan juntos sin jamás mezclarse. 
Todo un entramado de juegos entre autor real, autor ficticio y personaje en el cual un lector español podrá encontrar reminiscencias del Quijote y, sobre todo, de Niebla: «Ángela no sabe que es personaje y, quién sabe, tal vez yo sea también personaje de mí mismo» (p. 27).


Juegos narrativos, espejos y cajas con resortes ocultos, que se unen a sus últimas reflexiones sobre la escritura. También ahora escribir es para Clarice una forma de salvación: «escribiendo me libro de mí y puedo entonces descansar» (p. 21), pero también una condena, porque escribir es peligroso, es entrar en contacto con otra realidad y en ese estado de trance ver más allá de la apariencia: «Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. [...] Escribir es una piedra lanzada a lo hondo del pozo» (p. 15). Escribir es, pues, colocarse en el vacío a partir de la intuición, la escritura no es un proceso intelectual para Clarice Lispector aunque el resultado sea una prosa altamente intelectualizada.


Y siempre la lucha entre la necesidad de expresión y la tentación del silencio, tan fuerte en todas sus obras. Sabemos muy bien que la mística es inefable, pero también el lenguaje, después de un cierto límite, entra en el reino de lo sin nombre. Las palabras deben ser capaces de congelar aquel instante al que se pueda decir –como en el deseo de Fausto– «¡Detente, eres tan bello!». Para llegar a esto es imprescindible un rigor extremo. Es preciso, pues, crear una escritura que pueda fundir en palabras la iluminación del instante, una escritura fragmentaria, en que ninguna metáfora-cliché puede sobrevivir, porque sólo la imagen virgen, la asociación más insólita, la palabra que ha sido vaciada de todo su sentido anterior, de su servidumbre de la realidad aparente, puede alcanzar la consagración del instante. Pero no es posible inventar lo que no existe. El trabajo debe ser hecho con el lenguaje que tenemos, Clarice Lispector no crea palabras nuevas, retuerce las ya existentes hasta el límite de sus posibilidades.


Este debate sobre los límites de la palabra evoluciona en sus últimas obras –La hora de la estrella Un soplo de vida (Pulsaciones)– hacia un debate sobre el fracaso del lenguaje. En Aprendizaje oEl libro de los placeres, novela de 1969, aún leemos una consideración optimista: «Nosotros los que escribimos, apresamos en la palabra humana, escrita o hablada, un gran misterio que no quiero revelar con mi raciocinio porque es frío» (Siruela, 1994, p. 83)En 1977, el año de su muerte, escribe en Un soplo de vida: «Querría escribir un libro. Pero ¿dónde están las palabras? Se agotaron los significados. Nos comunicamos como sordomudos con las manos [...]» (p. 14)y en La hora de la estrella –también de 1977– el pesimismo es aún mayor: «Estoy absolutamente cansado de la literatura; sólo la mudez me hace compañía. Si todavía escribo, es porque no tengo nada más que hacer en el mundo mientras espero la muerte. La búsqueda de la palabra en la oscuridad» (Siruela, 2000, p. 66).




La escritura se convierte así en la última catarsis frente a la muerte próxima, esa muerte que planea sobre este libro paradójicamente titulado Un soplo de vida en el que leemos frases que contienen toda la angustia existencial del ser humano: «En la hora de mi muerte ¿qué haré? Enseñadme cómo se muere. Yo no lo sé» (p. 152)Ahora bien, la paradoja es sólo aparente, porque, a través de esa escritura que como una música (elemento referencial constante) va directa a la esencia del alma, la autora obtiene una liberación que es el último «soplo de vida»: «Cuidarse para no morir. No obstante, ya estoy en el futuro. 


Ese futuro mío que será para vosotros el pasado de un muerto. [...] escribiendo me libro de mí y puedo entonces descansar» (p. 21). Pero como siempre en su obra el deseo de la palabra corre paralelo al vértigo del silencio. Un silencio que es en definitiva la constatación del gran fracaso de la palabra y que adquiere connotaciones plenamente místicas: «–Por mi parte también me distancio de mí. Si la voz de Dios se manifiesta en el silencio, yo también me quedo silencioso. Adiós» (p. 154).
¿Cómo atreverse a seguir hablando? La lectura de un texto de Clarice Lispector es una experiencia profunda, trastornadora, verdadero antídoto contra la levedad en la que frecuentemente la literatura actual nos instala. Gracias a estas nuevas ediciones y reediciones podemos aún leer un libro que habitará nuestro interior cuando lo hayamos cerrado.

01/02/2001
1. Olga Borelli: «Liminar», en: Clarice Lispector, A Paixão segundo G. H. (Ed. Crítica, Coord. Benedito Nunes), Coleção Arquivos, Editora de Univ. de Florianópolis, 1988, pág. XXII. :leftwards_arrow_with_hook:
2. Ibídem, pág. XXIII. :leftwards_arrow_with_hook:


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Mensaje por Maria Lua el Sáb 23 Mayo 2020, 21:14

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Mensaje por Maria Lua el Dom 24 Mayo 2020, 07:54

Ruido de pasos
[Cuento - Texto completo.]
Clarice Lispector




Tenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Cándida Raposa.
Esa señora tenía el deseo irreprimible de vivir. El deseo se sustentaba cuando iba a pasar los días a una hacienda: la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba. Cuando oía a Liszt se estremecía toda. Había sido bella en su juventud. Y le llegaba el deseo cuando olía profundamente una rosa.
Pues ocurrió con doña Cándida Raposa que el deseo de placer no había pasado.
Tuvo, en fin, el gran valor de ir al ginecólogo. Y le preguntó, avergonzada, con la cabeza baja:
—¿Cuándo se pasa esto?
—¿Pasa qué, señora?
—Esta cosa.
—¿Qué cosa?
—La cosa —repitió—. El deseo de placer —dijo finalmente.
—Señora, lamento decirle que no pasa nunca.
Lo miró sorprendida.
—¡Pero ya tengo ochenta y un años de edad!
—No importa, señora. Eso es hasta morir.
—Pero ¡esto es el infierno!
—Es la vida, señora Raposo.
Entonces, ¿la vida era eso? ¿Esa falta de vergüenza?
—¿Y qué hago ahora? Ya nadie me quiere…
El médico la miró con piedad.
—No hay remedio, señora.
—¿Y si yo pagara?
—No serviría de nada. Usted tiene que acordarse de que tiene ochenta y un años de edad.
—¿Y… si yo me las arreglo solita? ¿Entiende lo que le quiero decir?
—Sí —dijo el médico—. Puede ser el remedio.
Salió del consultorio. La hija la esperaba abajo, en el coche. Cándida Raposo había perdido un hijo en la guerra. Era un soldado de la fuerza expedicionaria brasileña en la Segunda Guerra Mundial. Tenía ese intolerable dolor en el corazón: el de sobrevivir a un ser adorado.
Esa misma noche se dio una ayuda y solitaria se satisfizo. Mudos fuegos de artificio. Después lloró. Tenía vergüenza. De ahí en adelante utilizaría el mismo proceso. Siempre triste. Así es la vida, señora Raposo, así es la vida. Hasta la bendición de la muerte.
La muerte.
Le pareció oír ruido de pasos. Los pasos de su marido Antenor Raposo.
FIN




“Ruido de pasos”,
El viacrucis del cuerpo, 1974




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Mensaje por Maria Lua el Lun 25 Mayo 2020, 13:05

La cena
[Cuento - Texto completo.]
Clarice Lispector




Él entró tarde en el restaurante. Por cierto, hasta entonces se había ocupado de grandes negocios. Podría tener unos sesenta años, era alto, corpulento, de cabellos blancos, cejas espesas y manos potentes. En un dedo el anillo de su fuerza. Se sentó amplio y sólido.
Lo perdí de vista y mientras comía observé de nuevo a la mujer delgada, la del sombrero. Ella reía con la boca llena y le brillaban los ojos oscuros.
En el momento en que yo llevaba el tenedor a la boca, lo miré. Ahí estaba, con los ojos cerrados masticando pan con vigor, mecánicamente, los dos puños cerrados sobre la mesa. Continué comiendo y mirando. El camarero disponía platos sobre el mantel, pero el viejo mantenía los ojos cerrados. A un gesto más vivo del camarero, él los abrió tan bruscamente que ese mismo movimiento se comunicó a las grandes manos y un tenedor cayó. El camarero susurró palabras amables, inclinándose para recogerlo; él no respondió. Porque, ahora despierto, sorpresivamente daba vueltas a la carne de un lado para otro, la examinaba con vehemencia, mostrando la punta de la lengua -palpaba el bistec con un costado del tenedor, casi lo olía, moviendo la boca de antemano. Y comenzaba a cortarlo con un movimiento inútilmente vigoroso de todo el cuerpo. En breve llevaba un trozo a cierta altura del rostro y, como si tuviera que cogerlo en el aire, lo cobró en un impulso de la cabeza. Miré mi plato. Cuando lo observé de nuevo, él estaba en plena gloria de la comida, masticando con la boca abierta, pasando la lengua por los dientes, con la mirada fija en la luz del techo. Yo iba a cortar la carne nuevamente, cuando lo vi detenerse por completo.
Y exactamente como si no soportara más -¿qué cosa?- cogió rápido la servilleta y se apretó las órbitas de los ojos con las dos manos peludas. Me detuve, en guardia. Su cuerpo respiraba con dificultad, crecía. Retira finalmente la servilleta de los ojos y observa atontado desde muy lejos. Respira abriendo y cerrando desmesuradamente los párpados, se limpia los ojos con cuidado y mastica lentamente el resto de comida que todavía tiene en la boca.
Un segundo después, sin embargo, está repuesto y duro, toma una porción de ensalada con el cuerpo todo inclinado y come, el mentón altivo, el aceite humedeciéndole los labios. Se interrumpe un momento, enjuga de nuevo los ojos, balancea brevemente la cabeza -y nuevo bocado de lechuga con carne engullido en el aire-. Le dice al camarero que pasa:
-Este no es el vino que pedí.
La voz que esperaba de él: voz sin posibles réplicas, por lo que yo veía que jamás se podría hacer algo por él. Nada, sin obedecerlo.
El camarero se alejó, cortés, con la botella en la mano.
Pero he ahí que el viejo se inmoviliza de nuevo como si tuviera el pecho contraído y enfermo. Su violento vigor se sacude preso. Él espera. Hasta que el hambre parece asaltarlo y comienza a masticar con apetito, las cejas fruncidas. Yo sí comencé a comer lentamente, un poco asqueado sin saber por qué, participando también no sabía de qué. De pronto se estremece, llevándose la servilleta a los ojos y apretándolos con una brutalidad que me extasía… Abandono con cierta decisión el tenedor en el plato, con un ahogo insoportable en la garganta, furioso, lleno de sumisión. Pero el viejo se demora poco con la servilleta sobre los ojos. Esta vez, cuando la retira sin prisa, las pupilas están extremadamente dulces y cansadas, y antes de que él se las enjugara, vi. Vi la lágrima.
Me inclino sobre la carne, perdido. Cuando finalmente consigo encararlo desde el fondo de mi rostro pálido, veo que también él se ha inclinado con los codos apoyados sobre la mesa, la cabeza entre las manos. Realmente él ya no soportaba más. Las gruesas cejas estaban juntas. La comida debía haberse detenido un poco más debajo de la garganta bajo la dureza de la emoción, pues cuando él estuvo en condiciones de continuar hizo un terrible gesto de esfuerzo para engullir y se pasó la servilleta por la frente. Yo no podía más, la carne en mi plato estaba cruda, y yo era quien no podía continuar más. Sin embargo, él comía.
El camarero trajo la botella dentro de una vasija con hielo. Yo observaba todo, ya sin discriminar: la botella era otra, el camarero de chaqueta, la luz aureolaba la cabeza gruesa de Plutón que ahora se movía con curiosidad, goloso y atento. Por un momento el camarero me tapa la visión del viejo y apenas veo las alas negras de una chaqueta sobrevolando la mesa, vertía vino tinto en la copa y aguarda con los ojos ardientes -porque ahí estaba seguramente un señor de buenas propinas, uno de esos viejos que todavía están en el centro del mundo y de la fuerza-. El viejo, engrandecido, tomó un trago, con seguridad, dejó la copa y consultó con amargura el sabor en la boca. Restregaba un labio con otro, restallaba la lengua con disgusto como si lo que era bueno fuera intolerable. Yo esperaba, el camarero esperaba, ambos nos inclinábamos, en suspenso. Finalmente, él hizo una mueca de aprobación. El camarero curvó la cabeza reluciente con sometimiento y gratitud, salió inclinado, y yo respiré con alivio.
Ahora él mezclaba la carne y los tragos de vino en la gran boca, y los dientes postizos masticaban pesadamente mientras yo espiaba en vano. Nada más sucedía. El restaurante parecía centellear con doble fuerza bajo el titilar de los cristales y cubiertos; en la dura corona brillante de la sala los murmullos crecían y se apaciguaban en una dulce ola, la mujer del sombrero grande sonreía con los ojos entrecerrados, tan delgada y hermosa, el camarero servía con lentitud el vino en el vaso. Pero en ese momento él hizo un gesto.
Con la mano pesada y peluda, en cuya palma las líneas se clavaban con fatalismo, hizo el gesto de un pensamiento. Dijo con mímica lo más que pudo, y yo, yo sin comprender. Y como si no soportara más, dejó el tenedor en el plato. Esta vez fuiste bien agarrado, viejo. Quedó respirando, agotado, ruidoso. Entonces sujeta el vaso de vino y bebe, los ojos cerrados, en rumorosa resurrección. Mis ojos arden y la claridad es alta, persistente. Estoy prisionero del éxtasis, palpitante de náusea. Todo me parece grande y peligroso. La mujer delgada, cada vez más bella, se estremece seria entre las luces.
Él ha terminado. Su rostro se vacía de expresión. Cierra los ojos, distiende los maxilares. Trato de aprovechar ese momento, en que él ya no posee su propio rostro, para finalmente ver. Pero es inútil. La gran forma que veo es desconocida, majestuosa, cruel y ciega. Lo que yo quiero mirar directamente, por la fuerza extraordinaria del anciano, en ese momento no existe. Él no quiere.
Llega el postre, una crema fundida, y yo me sorprendo por la decadencia de la elección. Él come lentamente, toma una cucharada y observa correr el líquido pastoso. Lo toma todo, sin embargo hace una mueca y, agrandado, alimentado, aleja el plato. Entonces, ya sin hambre, el gran caballo apoya la cabeza en la mano. La primera señal más clara, aparece. El viejo devorador de criaturas piensa en sus profundidades. Pálido, lo veo llevarse la servilleta a la boca. Imagino escuchar un sollozo. Ambos permanecemos en silencio en el centro del salón. Quizás él hubiera comido demasiado deprisa. ¡Porque, a pesar de todo, no perdiste el hambre, eh!, lo instigaba yo con ironía, cólera y agotamiento. Pero él se desmoronaba a ojos vista. Ahora los rasgos parecían caídos y dementes, él balanceaba la cabeza de un lado para otro, sin contenerse más, con la boca apretada, los ojos cerrados, balanceándose, el patriarca estaba llorando por dentro. La ira me asfixiaba. Lo vi ponerse los anteojos y envejecer muchos años. Mientras contaba el cambio, hacía sonar los dientes, proyectando el mentón hacia delante, entregándose un instante a la dulzura de la vejez. Yo mismo, tan atento había estado a él que no lo había visto sacar el dinero para pagar, ni examinar la cuenta, y no había notado el regreso del camarero con el cambio.
Por fin se quitó los anteojos, castañeteó los dientes, se enjugó los ojos haciendo muecas inútiles y penosas. Pasó la mano por los cabellos blancos alisándolos con fuerza. Se levantó asegurándose al borde de la mesa con las manos vigorosas. Y he aquí que, después de liberado de un apoyo, él parecía más débil, aunque todavía era enorme y todavía capaz de apuñalar a cualquiera de nosotros. Sin que yo pudiera hacer nada, se puso el sombrero acariciando la corbata en el espejo. Cruzó el ángulo luminoso del salón, desapareció.
Pero yo todavía soy un hombre.
Cuando me traicionaron o me asesinaron, cuando alguien se fue para siempre, cuando perdí lo mejor que me quedaba, o cuando supe que iba a morir. -Yo no como. No soy todavía esa potencia, esta construcción, esta ruina. Empujo el plato, rechazo la carne y su sangre.
FIN


“O jantar”,
Lazos de familia, 1960




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Mensaje por Maria Lua el Mar 26 Mayo 2020, 13:46

Ser escritora não era a primeira opção para Clarice Lispector, por mais estranho que hoje isso nos pareça. Apesar de ter cursado Direito na Universidade do Brasil, colaborado em redações editoriais e traduzido romances, foi na escrita ficcional que ela se destacou.  Mas nem só de palavra vive o homem, e Clarice bem teve seu namoro com a pintura.
Não é de hoje que a dimensão plástica, de um modo geral, cruza os limites da palavra. Alguns dos grandes ícones da literatura, como Fiódor Dostoiévski, Edgar Allan Poe e Franz Kafka, além dos nacionais Monteiro Lobato, Rubem Braga, Erico Verissimo e Ferreira Gullar, encontraram prazer nas artes plásticas. Clarice Lispector também se aventurou por esse caminho, principalmente a partir da década de 1970.
O fascínio pela pintura e pela dinâmica que esse tipo de arte demanda se manifestou em personagens e histórias claricianas, sobretudo em Água viva, livro publicado em 1973, no qual o tema é abordado intensamente e de maneira experimental. Pintar e escrever estão em perspectivas diferentes de um mesmo plano. Há ali um jogo, do início ao fim, entre um eu e um tu, entre a tela e a página, entre a tinta e a letra, que desfaz a linearidade e a calmaria às quais leitores convencionais estão acostumados. Nem romance, nem poesia, “gênero não me pega mais”, diz o narrador de Água viva (mesmo que, para fins de catalogação bibliográfica, teve mesmo de ficar como “romance”).
Dentre os itens que compõem o Acervo Clarice Lispector, que se encontra no IMS desde 2004, estão dois quadros pintados pela autora – dos aproximadamente 20 de que se tem notícia: Interior da gruta e o outro sem título.




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Mensaje por Maria Lua el Mar 26 Mayo 2020, 13:48

Página sobre Clarice Lispector ( en portugués)



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Mensaje por Maria Lua el Jue 28 Mayo 2020, 04:19

“Escribo como si fuese a salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida”.

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Mensaje por Maria Lua Ayer a las 04:00

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Editorial: Clarice Lispector Joaquín Mª Aguirre Romero Editor - UCM Con la presentación de este número 51 de Espéculo, el monográfico dedicado a la gran escritora brasileña Clarice Lispector, se cumple un viejo deseo personal: dedicarle toda la atención que merece a una autora de su categoría. Toda atención que se le dedique a esta escritora extraordinaria será siempre poca; siempre quedarán recovecos en su escritura, nuevos hallazgos con los que nos sorprendemos a la vuelta de sus páginas. Lispector es un laberinto y un océano, una creadora inagotable. Los lectores de Clarice Lispector suelen manifestar una misma sensación cuando compartimos experiencias: nos ha llegado con una profundidad que causa desasosiego, nos ha dejado sembrados de inquietud. Ya no somos los mismos. He comentado en muchas ocasiones con amigos y compañeros cómo tras el cierre de una obra de Lispector, el cuerpo, la mente y el espíritu —quizá todo junto— nos reclaman la tranquilidad del que sale de las tormentas. Pues son tormentas las que la escritora desata en quien tiene la osadía de adentrarse en su mundo. Lispector es un universo arriesgado, lo más opuesto al turismo literario que parece ser el signo de nuestros tiempos volátiles. Lispector es densa y requiere buenos pulmones para regresar a la superficie desde el fondo del alma en donde nos sujeta. Lispector no es difícil; es exigente. Con ella se acaba la tiranía del lector, que comprende finalmente que debe ponerse a su altura o rendirse, que el arte verdadero requiere esfuerzo. En 1988 se produce la llegada de La pasión según G.H. a los estantes españoles. En ese mismo año se publican aquí las traducciones de Silencio, Lazos de Clarice Lispector - Espéculo UCM julio-diciembre 2013 familia y Felicidad clandestina; al año siguiente sería La hora de la estrella. Más tarde, Aprendizaje o el libro de los placeres. Tentaba a los alumnos y alumnas más capaces, a los que veía más inquietos, a enfrentarse a su lectura. Algunos lo hacían y se encontraban fascinados por una obra como no habían encontrado antes, una mezcla de lo más selecto de la literatura mundial contemporánea reunido en una sola pluma. Lispector era escritura, era filosofía, era lo onírico, era la vida, era... Algunos, pasados veinte años, todavía lo recuerdan como una experiencia iniciática en el mundo de las Letras, el paso del entretenimiento a la Literatura, de la distracción a la indagación. Comparto con la profesora Isabel Mercadé su admiración por Clarice Lispector y fue la seguridad de que este número necesitaba de un suplemento de pasión, junto al conocimiento y el rigor, lo que me llevó a poner en sus manos este monográfico que espero sea valorado positivamente por los seguidores de Lispector y sirva para descubrirla a otros muchos lectores. Quiero agradecerle especialmente su dedicación y entrega a esta causa común que es Lispector. Gracias a su trabajo se ha podido reunir un amplio muestrario de investigaciones y ensayos sobre la autora brasileña. Igualmente, mi agradecimiento a todos aquellos que nos han dedicado sus trabajos para que los lectores de habla española se puedan hacer una imagen más ajustada y completa de una de las grandes autoras del siglo XX. Gracias a todos por hacerlo posible. Madrid, julio de 2013


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Mensaje por Maria Lua Ayer a las 09:06

El muerto en el mar de Urca
[Cuento - Texto completo.]
Clarice Lispector



Yo estaba en el apartamento de doña Lourdes, costurera, probándome el vestido pintado por Olly, y doña Lourdes dijo: murió un hombre en el mar, mire a los bomberos. Miré y solo vi el mar que debía estar muy salado, mar azul, casas blancas. ¿Y el muerto?
El muerto en salmuera. ¡No quiero morir!, grité, muda dentro de mi vestido. El vestido es amarillo y azul. ¿Y yo? Muerta de calor, no muerta en el mar azul.
Voy a decir un secreto: mi vestido es lindo y no quiero morir. El viernes el vestido estará en casa, el sábado me lo pondré. Sin muerte, solo mar azul. ¿Existen las nubes amarillas? Existen doradas. Yo no tengo historia. ¿El muerto la tiene? Tiene: fue a tomar un baño de mar a Urca, el bobo, y murió; ¿quién lo mandó? Yo tomo baños de mar con cuidado, no soy tonta, y solo voy a Urca para probarme el vestido. Y tres blusas. Ella es minuciosa en la prueba. ¿Y el muerto? ¿Minuciosamente muerto?
Voy a contar una historia: era una vez un joven a quien le gustaban los baños de mar. Por eso, fue una mañana de jueves a Urca. En Urca, en las piedras de Urca, está lleno de ratones, por eso yo no voy. Pero el joven no les prestaba atención a los ratones. Ni los ratones le prestaban atención a él. Y había una mujer probándose un vestido y que llegó demasiado tarde: el joven ya estaba muerto. Salado. ¿Había pirañas en el mar? Hice como que no entendía. No entiendo la muerte. ¿Un joven muerto?
Muerto por bobo que era. Solo se debe ir a Urca para probarse un vestido alegre. La mujer, que soy yo, solo quiere alegría. Pero yo me inclino frente a la muerte. Que vendrá, vendrá, vendrá. ¿Cuándo? Ahí está, puede venir en cualquier momento. Pero yo, que estaba probándome un vestido al calor de la mañana, pedí una prueba a Dios. Y sentí una cosa intensísima, un perfume intenso a rosas. Entonces, tuve la prueba. Dos pruebas: de Dios y del vestido.
Solo se debe morir de muerte natural, nunca por accidente, nunca por ahogo en el mar. Yo pido protección para los míos, que son muchos. Y la protección, estoy segura, vendrá.
Pero, ¿y el joven? ¿Y su historia? Es posible que fuera estudiante. Nunca lo sabré. Me quedé solamente mirando el mar y el caserío. Doña Lourdes, imperturbable, preguntándome si ajustaba más la cintura. Yo le dije que sí, que la cintura tiene que verse apretada. Pero estaba atónita. Atónita en mi vestido nuevo.
FIN


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