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CLARICE LISPECTOR

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Mensaje por Maria Lua el Jue Abr 30, 2020 1:53 pm

CLARICE LISPECTOR . LLEGAR A LO QUE EXISTE


Cuando se cumple el centenario de su nacimiento, Huellas viaja por la vida de la escritora brasileña. Y por sus personajes, donde «el Misterio está siempre al acecho»
Cecília Canalle y Raúl Fernandes17.04.2020
Escribir es devolver la realidad a otros hombres mediante la creación, con su asombro original, limpiando una mirada apagada y envejecida. Criar hijos significa, mediante lo que ya existe, ayudarles a reconocer la realidad en su rostro más verdadero. Y amar es dar la vida para que alguien, en un momento dado, caiga en la cuenta del infinito que habita en ella.

Escritora de origen ucraniano, con ojos rasgados y rasgos exóticos, Clarice Lispector (1920-1977) era experta en buscar la huella del infinito en todo, sobre todo en los detalles más banales de la vida diaria. Y cuando no la encontraba, al menos lamentaba esa falta inmensa. Escudriñando la realidad, con fina agudeza identificaba la ausencia de algo que gritaba en ella y nada podía acallar, incluso cuando todo iba bien.

«¿No me he olvidado nada?», pregunta por enésima vez la anciana madre a su hija, Catarina, protagonista de Vínculos familiares, uno de sus cuentos más célebres, publicado en español por la editorial Siruela. Sí, madre e hija habían olvidado de qué precioso material estaba hecha su relación, a pesar de las dificultades y las provocaciones. Esa simple pregunta despierta la conciencia de Catarina, que vuelve a casa dispuesta a gozar de la generosidad de todos, siguiendo los pasos de su madre que se lo enseñó primero. Luego se ve a Catarina junto a su hijo de cuatro años que casi no habla, que está siempre nervioso y distraído, porque «nadie había conseguido todavía despertar su atención». Ella se dirige a él con tono serio y apasionado. El niño comprende y dice «mamá». Era «la prima vez que decía "mamá" con ese tono y sin pedir nada. Era algo más que una sencilla constatación: "¡Mamá!"». Catarina se queda conmovida: otra vez se le había abierto el mundo.

Procedente de una familia hebrea ucraniana, Clarice Lispector llegó a Brasil con tan solo dos años y siempre se consideró brasileña. Y esta identificación es mutua. Además de ser una de las escritoras más populares del país (a pesar de que su escritura sea a veces difícil e incluso hermética), los brasileños la llaman familiarmente "Clarice" a secas, como si fuera una amiga íntima.
No le gustaba hablar de las trágicas circunstancias que obligaron su familia a huir de Ucrania, en medio de la guerra civil rusa y de los brutales pogromos antisemitas que devastaron su tierra natal. Por otra parte, en su obra no hay claras referencias al drama que vivieron su familia y su pueblo. En una entrevista, cuando le preguntaron por el valor social de la literatura, confesó que se sentía casi humillada porque no lograba escribir sobre aquello. «El problema de la justicia es para mí tan obvio y fundamental que no consigo dejarme sorprender por él. Y sin sorprenderme, soy incapaz de escribir».
«El problema de la justicia es para mí tan obvio y fundamental que no consigo dejarme sorprender por él. Y sin sorprenderme, soy incapaz de escribir»
Sus cuentos hablan siempre de una sorpresa, de una maravilla que altera la vida cotidiana, revelando otra dimensión de la existencia.

En su famoso cuento Amor, por ejemplo, una tranquila madre de familia, Ana, vuelve a casa al final de la tarde tras haber hecho la compra para la cena. Sentada en el tranvía, ve desde la ventanilla a un ciego que se mueve seguro en la oscuridad, mascando chicle. Mientras sigue distraída por esta visión –¿la visión de la ceguera de otro o de la suya?–, el tranvía frena bruscamente y Ana deja caer la bolsa de la compra, rompiendo los huevos que acababa de comprar. La sacudida existencial del ciego y la sacudida física del tranvía se entrecruzan. Y los huevos, una metáfora del nido de la vida, se rompen y gotean: la frágil cáscara de las apariencias ya no consigue esconder su denso contenido interior.

Está claro que momentos como este son siempre «peligrosos», como dice la misma Ana, porque pueden alterar el tran-tran de la costumbre. Y Clarice conocía muy bien el valor (al igual que los riesgos) de la vida cotidiana y de los pequeños quehaceres que la constituyen.

Licenciada en Derecho, nunca ejerció la profesión y solo ocasionalmente trabajó como periodista. Casada con un diplomático, vivió muchos años en otros países, sintiéndose siempre fuera de lugar y sola. Además de la literatura y de los eventos con delegaciones extranjeras (que le pesaban mucho), su principal ocupación fue la de cuidar a sus dos hijos, uno de los cuales sufrió precozmente por graves problemas de salud, siendo motivo de profunda angustia para ella.
De todas formas, sus andanzas le ofrecieron la oportunidad de observar al hombre en lugares y condiciones muy distintas. Por ejemplo, durante su estancia en Nápoles, en plena Segunda Guerra Mundial, Clarice trabajó como voluntaria en un hospital, haciendo todo lo necesario y todo lo posible. Entre otras cosas, les leía las cartas que los pacientes recibían de sus familiares y escribía sus respuestas. Era una manera de buscar una relación más cercana con la realidad. Dijo una vez que su trabajo era «un intento fallido de llegar a lo que existe».
Les leía las cartas que los pacientes recibían de sus familiares y escribía sus respuestas. Era una manera de buscar una relación más cercana con la realidad
En sus cuentos vemos continuos intentos de «llegar a lo que existe» mediante relatos que hablan de la dimensión cotidiana de relaciones amorosas que anhelan algo más grande.

En esas relaciones hay siempre un desequilibrio, que se produce normalmente por un detalle banal: un ciego que masca chicle, el robo de una flor en el jardín, una gallina que pone un huevo, una mujer que llega con un sombrero, unas rosas maravillosas que la escritora compra por la mañana, una señora que escupe al suelo el día de su 89 cumpleaños... Son acontecimientos banales que, sin embargo, despiertan de su sopor a los protagonistas del cuento, aportando la sutil certidumbre de que sus intentos de retomar el control de la vida serán en vano.
En Clarice, el binomio equilibrio/desequilibrio no supone solo una suerte de reasentamiento que se podría expresar de la siguiente manera: todo parecía en orden, se produce un pequeño evento que altera la situación para que luego todo se reorganice. En su obra, por el contrario, la vida no se reorganiza. Clarice introduce en lo cotidiano un sentido de inadecuación e incumplimiento que, una vez descubierto, impide restablecer la vida al nivel anterior.

El cuento Misterio en San Cristóbal presenta una familia que goza de los bienes que se ha ganado. Solo la hija siente que algo le falta, como una extraña insatisfacción interior. Ya es de noche y ve a tres hombres con una máscara que, atraídos por la floridez del jardín, entran en él para arrancar una flor de jacinto; cuando se dan cuenta de que la chica los está mirando, huyen despavoridos. La casa se despierta agitada, pero nadie entiende la inquietud de la muchacha: todos se esfuerzan (es un tema recurrente en sus cuentos) por restablecer el equilibrio anterior. Pero ya no puede ser, sobre todo para esa chica: ha pasado algo que lo impide. Existe siempre un misterio al acecho en la vida diaria que, como una sombra que huye, se oculta en cuento lo percibimos. Por eso muchos personajes de Clarice sienten una suerte de vértigo debido a una revelación. Son momentos de manifestación, en los que la persona recibe un impacto que le hace comprender que la vida no basta. Si por un breve momento parece que el paraíso esté a las puertas, incluso el evento más nimio puede acallarlo todo. Se trata de una "felicidad clandestina", el título de otro famoso libro suyo.

Existe siempre un misterio al acecho en la vida diaria que, como una sombra que huye, se oculta en cuento lo percibimos. Por eso muchos personajes de Clarice sienten una suerte de vértigo debido a una revelación (...) la persona recibe un impacto que le hace comprender que la vida no basta
El dolor más agudo de la escritora es la percepción acuciante de la desproporción original entre su deseo de infinito y la precariedad de la vida que, aunque inmensa, resulta demasiado limitada para el deseo del corazón.

En nuestra opinión, su gran contribución es la de mostrar que lo cotidiano es precioso, pero que en sí mismo puede ser agobiante, convirtiendo su potencial sacralidiad en una condena.
En 1976, un año antes de su muerte, Clarice fue entrevistada por José Castello, un famoso crítico literario brasileño, que le preguntó acerca del sentido de escribir:

J.C.: ¿Por qué escribe?
C.L.: Le contestaré con otra pregunta: ¿por qué bebe agua?
J.C.: ¿Por qué bebo agua? Porque tengo sed.
C.L.: Significa que toma agua para no morir. Lo mismo que yo: escribo para seguir viva.

Ojalá la lectura de Clarice posibilite este tipo de experiencia: que podamos percibirnos cada vez más vivos.


Cecília Canalle y Raúl Fernandes son profesores de Comunicación en Sao Paulo, Brasil. Cecília Canalle da clase en la FATEC, Facultad de Tecnología; Raúl Fernandes en la FEI, Facultad Ignaciana de Ingeniería y Administración

Clarice Lispector nace en Chechelnik, Ucrania, el 10 de diciembre de 1920, en una familia hebrea que, obligada a huir a causa de los pogromos, se traslada a Brasil cuando Clarice tiene dos años. Tras su infancia en Recife, se licencia en Derecho en Río de Janeiro. Se casa con un diplomático y el matrimonio se establece primero en Italia, luego en Suiza y EE.UU. Tienen dos hijos. En 1958 vuelve definitivamente a Río, donde muere el 9 de diciembre de 1977. Escritora, periodista y traductora, es considerada la mayor escritora brasileña del siglo XX. Entre sus obras publicadas en español por Siruela, Todos los cuentos, Aprendiendo a vivir, La pasión según G.H., Un soplo de vida, Agua viva.


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Mensaje por Maria Lua el Vie Mayo 01, 2020 7:51 am

la travesía del lenguaje


Milton Hatoum, 28 sep 2002









La escritora brasileña, que convirtió la escritura en un modo de respirar, se deja ver en cada página de sus cuentos.

Un estilo que explora en la complejidad de las sensaciones hasta acercarlo al surrealismo.

En sus relatos, la vida se aprecia como revulsivo y sus historias buscan ensamblar vivencias y conceptos.



La obra de Clarice Lispector admite bien los adjetivos temblorosos: es extraña, singularísima, de una sorprendente energía

agonizante, a un paso del delirio, a un paso del esplendor. Su prosa se enhebra, no articulando el mirar con el decir,

sino imponiendo al decir la complejidad convulsa de las sensaciones, emociones y sentimientos, un sentir que se complica

con insólitas derivaciones oníricas que la acercan al surrealismo, y que a la vez hace resaltar, dentro de argumentos en general

nebulosos, la tribulación de una sintaxis consciente de su insuficiencia, a punto de romperse y que no obstante fluye como

irrigada por la sangre del corazón.




Lispector es una escritora a la que se le percibe en cada página; sus personajes, más que entidades autónomas, parecen más bien figuraciones, enmascaramientos que usa la autora para desalojar de sí las turbulencias de su relación con el mundo. Esta apreciación es menos notable en las novelas, aunque no faltan puntualizaciones, aquí y allá, de su propia voz insertada en la narración, pero en los cuentos es insoslayable. Y eso se debe, sin duda, a la libertad y particularidad de su estilo, que no cabe considerar una destreza adquirida, sino más bien una pulsión, un modo de respirar.



Lispector comenzó a escribir muy pronto con su personal estilo ya formado; publicó en periódicos sus primeros textos con apenas quince años y la aparición de su primera novela, Cerca del corazón salvaje(1943), produjo un enorme revuelo en el mundo literario brasileño, que no terminaba de creer que una joven de 23 años hubiera concebido una novela tan extraordinaria y sugerente, y tan desapegada del realismo imperante en su país. La originalidad de esa novela estriba, no sólo en la expresión minuciosa y matizada del mundo interior de una muchacha en busca de una identidad que la fortalezca, de un yo que debe construir tras la muerte de su padre, sino en la prodigiosa imantación de su estilo, nada complaciente, que penetra en lo oscuro, trabajando desde lo indecible, y al hurgar en lo más recóndito del alma femenina produce un universo generado por otra lógica, una lógica impetuosa, obsesiva, guiada más por el símbolo de las cosas que por las cosas mismas.



Esa lógica interna, cuyo origen es una perturbación, es el dispositivo que pone en marcha sus cuentos, que por lo común se resisten a quedar enmarcados por la austeridad y concisión que exige el género. El lector deberá desistir de hallar en ellos peripecias, anécdotas o historias, y en caso de encontrarlas verá que no pueden ser contadas porque, por decirlo así, producen el texto, pero no son el texto mismo, que se abre a impulsos de una comunicabilidad subyugada al silencio, a punto de embarrancar en el vacío. La vida aquí nunca es un estado de conciliación, sino un revulsivo.



En el cuento titulado Amor, una mujer regresa con su bolsa de la compra y ve a un ciego mascando chicle. El hecho es trivial, pero el efecto sobre ella es sobrecogedor; no es un ciego, es la aparición del mal: ‘Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían con un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad’. Y la mujer advierte lúcidamente, frente a sus hijos, que ‘amaba con repugnancia’.

En Los desastres de Sofía, una alumna recibe un elogio de un profesor, y en su rostro ve algo ‘anónimo como un vientre abierto para una operación de intestinos’.

En El reparto de los panes, una comida familiar se transforma en una percepción de comensales desconocidos, en una estampa onírica de un ‘almuerzo que no tenía la bendición del hambre’.

La relación de la cosa, un cruce, para entendernos, entre Kafka y Cortázar, no es sino una reflexión enajenada acerca de un reloj de marca Sveglia, donde este nombre ocupa el lugar de la pasión.

¿Dónde estuviste de noche? es un sueño orgiástico, un delirio que recuerda la pintura de El Bosco, con personajes que son moldes de sombras: hay un Él-ella, un Ella-él, un millonario, un cura, un judío, un masturbador, un estudiante, una vieja… y un epílogo: ‘Todo lo que escribí es verdad y existe. Existe una mente universal que me guió’.



Los enunciados de Lispector sobre la escritura, que brotan de improviso en sus textos, resultan desconcertantes, pero sugestivos, son expresión de su agónica lucha, que está en la raíz de su escritura, por ensamblar vivencias y conceptos: ‘Yo quería llegar a la página 9 en la máquina de escribir. El 9 es casi inalcanzable. El número 13 es Dios. La máquina de escribir es’ (La relación de la cosa). ‘Amo los objetos en la medida en que éstos aman. Pero si no comprendo lo que escribo no es mi culpa’ (Tempestad de almas).



Durante los mismos años de las columnas femeninas, que Lispector firmaba bajo un seudónimo con el único objetivo de ganarse la vida, la autora caería en una inexorable espiral de introspección obsesiva que acabó germinando en su obra más laureada,La Pasión según G.H., (“para personas con el alma bien formada”, en palabras de la propia Lispector). La obra narra la experiencia epifánica de una mujer que deglute una cucaracha. Pese a la complejidad del volumen, comparado con La Metamorfosis de Kafka, la crítica lo alzó hace años al Olimpo de los cien libros fundamentales de Siglo XX.



De la misma manera que Jorge Amado situaba la trama de sus libros en el Estado de Bahía, o Rubem Fonseca tiene una especial predilección por el lumpen de Río de Janeiro como escenario de las correrías de Mandrake, Lispector siempre se inclinó por escudriñar en lo más indescifrable del ser humano: el alma. Esto hizo que su literatura nunca fuese encasillada en las corrientes brasileñas de la época, sino que trascendió a un lenguaje mucho más universal. “La hora de la Estrella se desarrolla en la periferia de Río de Janeiro, pero todos sus otros libros podrían situarse en cualquier capital europea. Por ejemplo, La pasión según G.H. podría desarrollarse perfectamente en Madrid o París”.



Cerca del corazón salvaje fue considerado por Cándido ‘un intento impresionante de llevar la lengua a dominios poco explorados, forzándola a adaptarse a un pensamiento lleno de misterio, para el cual sentimos que la ficción no es un ejercicio o aventura afectiva, sino un instrumento real del espíritu, capaz de hacernos penetrar en algunos laberintos retorcidos de la mente’.


Ese comentario se ajusta prácticamente a toda la obra de Clarice, marcada por la búsqueda del sentido de la vida, en la que el hecho más prosaico puede desencadenar un sentimiento patético, vertiginoso, atravesado por imágenes candentes e ideas abstractas.



Casi todo lo que ella escribió parece sondear el corazón salvaje de la vida, reino de ambigüedades latentes, de transgresiones insospechadas, como la cucaracha muerta que la protagonista transforma en hostia consagrada en la novela La pasión según G. H. (traducción de Alberto Villalba, 2000). Búsqueda también de un lenguaje, no menos dramático que la vida, en la tensión e intensidad con la que los narradores se sumergen en el pozo oscuro de la pasión y el deseo, del amor y el destino del ser, inseparables de la muerte. Los dramas de los narradores y personajes de Clarice son también dramas de un lenguaje que expresa, con el ritmo y la cadencia de un estilo muy personal, el lado agónico o extático de los seres que evoca; dramas casi sin trama, porque a Clarice le interesa menos el enredo y el tiempo cronológico que la forma discontinua y fragmentada de expresar una experiencia interior, un trance visionario o, incluso, un pensamiento o concepto.



Es probable que el flujo de conciencia y la fina ironía deban algo a la obra de Joyce y de Virginia Woolf; pero ninguna escritora brasileña fue tan lejos y de una manera tan radical en dirección al abismo de la interioridad. Benedito Nunes, el más notable crítico de Clarice Lispector, ha señalado que ‘el ímpetu transgresor de los personajes femeninos de algunas novelas -Cerca del corazón salvaje, O lustre (1943), A cidade sitiada (1949), A maçã no escuro (1961) y ciertos cuentos de Lazos de familia (1960; traducción de Cristina Peri Rossi, 1988)- tal vez sea la marca invertida de la sumisión femenina’. Por otro lado, ‘el despojamiento personal de G. H. neutraliza la diferencia entre lo masculino y lo femenino, absorbida en una condición humana general en contraste con la animalidad y la vida orgánica. La novela póstuma Un soplo de vida (1978; traducción de Mario Merlino, 1999), narrada por dos personajes -un hombre y una mujer-, persigue el mismo pathos de la muerte y la locura que recuerda a los personajes de G. H. y de Água viva (1973)’.



La mujer que en 1975 participó en un congreso de brujería en Colombia era esquiva, tierna, bellísima, de una belleza extraña, con su rostro anguloso, los ojos un poco rasgados, vivos y perplejos, que parecían mirar hacia fuera, hacia el cielo y el infierno, pero sobre todo hacia dentro.


El lenguaje fue, de hecho, su travesía mayor y la más arriesgada: la pasión por el lenguaje, la tendencia tenaz, incesante y obsesiva a decir lo inefable, lo que nos toca más a fondo y fugazmente: el sentido mismo de nuestra existencia. ‘El lenguaje es mi esfuerzo humano. Por destino tengo que ir a buscar y por destino vuelvo con las manos vacías. Pero vuelvo con lo indecible’ (La pasión según G. H.).



‘La verdad es siempre un contacto interior inexplicable. La verdad es irreconocible. ¿Por lo tanto no existe? No, para los hombres no existe’. Clarice Lispector La hora de la estrella (1977) Milton Hatoum es escritor brasileño, autor de las novelas Relato de un cierto Oriente (Akal) y Dois irmãos. Traducción de Mario Merlino.



En el inicio de “La pasión según G.H.” Clarice Lispector lo deja muy claro: “Este libro es como cualquier libro. Pero me sentiría contenta si lo leyesen únicamente personas de alma ya formada. Aquellas que saben que el acercamiento, a lo que quiera que sea, se hace de modo gradual y penoso, atravesando incluso lo contrario de aquello a lo que uno se aproxima…”



Hay relatos en los que un detalle aparentemente sin importancia, una escena determinada, lleva a los personajes a tomar conciencia de que la realidad exterior no tiene nada que ver con el orden, con la placidez de sus vidas tranquilas, domesticadas. Hay caos y miseria. Hay sufrimiento e intemperie fuera de los hogares, fuera de la aparente calma familiar.





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Mensaje por Maria Lua el Vie Mayo 01, 2020 7:57 am



LA CONDICIÓN HUMANA

Mi condición es muy pequeña. Me siento constreñida. Al punto de que sería inútil tener más libertad: mi pequeña condición no me dejaría hacer uso de la libertad. Mientras que la condición del universo es tan grande que no se llama condición. Mi descompás con el mundo llega a ser cómico de tan grande. No logro concertar el paso con él.

Ya intenté ponerme a la par del mundo, y sólo fue gracioso: una de mis piernas siempre demasiado corta.

La paradoja es que mi condición de coja es también alegre porque forma parte de esa condición. Pero si me pongo seria y quiero caminar bien con el mundo, entonces me despedazo y me espanto. Aun entonces, de repente, río con una risa amarga que sólo no es un mal porque pertenece a mi condición. La condición no se cura, pero el miedo a la condición es curable.

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Mensaje por Maria Lua el Vie Mayo 01, 2020 7:57 am

COMO SE LLAMA

Si recibo un regalo dado con cariño por una persona que no me gusta, ¿cómo se llama lo que siento? Una persona de quien ya no se gusta más y ella tampoco gusta más de uno, ¿cómo se llama esa amargura y ese rencor? Estar ocupada, y de pronto parar por haber sido tomada por una despreocupación beata, milagrosa, sonriente e idiota, ¿cómo se llama lo que se sintió? El único modo de llamar es preguntar: ¿cómo se llama? Hasta hoy sólo pude nombrar con la propia pregunta. ¿Cuál es el nombre? Es éste el nombre.


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Mensaje por Maria Lua el Vie Mayo 01, 2020 7:58 am

Amor
[Cuento - Texto completo.]

Clarice Lispector

Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían.

Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.

En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.

El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.

El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.

¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle… Un hombre ciego masticaba chicle.

Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír -como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada -el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.

Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.

La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero… El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo… ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.

Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.

Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.

Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.

Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo.

La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí.

De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.

A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los “cipós”. Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.

Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.

En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.

Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.

Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada… Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón… El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.

Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada.

Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.

Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?- se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola… Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos…

-Tengo miedo -dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado.

-Mamá -exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó.

-No dejes que mamá te olvide -le dijo.

El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.

Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?

No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.

Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo -¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.

Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.

Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua -estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.

Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.

Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros.

Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre.

Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.

¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.

-¿Qué fue? -gritó vibrando toda.

Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:

-No fue nada -dijo-, soy un descuidado -parecía cansado, con ojeras.

Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.

-¡No quiero que te suceda nada, nunca! -dijo ella.

-Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote -respondió él sonriendo. Ella continuó sin fuerzas en sus brazos.

Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste.

-Es hora de dormir -dijo él-, es tarde.

En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.

Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.

FIN

“Amor”,
Lazos de familia, 1960


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Mensaje por Maria Lua el Vie Mayo 01, 2020 8:00 am

El muerto en el mar de Urca


[Cuento - Texto completo.]

Clarice Lispector
Yo estaba en el apartamento de doña Lourdes, costurera, probándome el vestido pintado por Olly, y doña Lourdes dijo: murió un hombre en el mar, mire a los bomberos. Miré y solo vi el mar que debía estar muy salado, mar azul, casas blancas. ¿Y el muerto?

El muerto en salmuera. ¡No quiero morir!, grité, muda dentro de mi vestido. El vestido es amarillo y azul. ¿Y yo? Muerta de calor, no muerta en el mar azul.

Voy a decir un secreto: mi vestido es lindo y no quiero morir. El viernes el vestido estará en casa, el sábado me lo pondré. Sin muerte, solo mar azul. ¿Existen las nubes amarillas? Existen doradas. Yo no tengo historia. ¿El muerto la tiene? Tiene: fue a tomar un baño de mar a Urca, el bobo, y murió; ¿quién lo mandó? Yo tomo baños de mar con cuidado, no soy tonta, y solo voy a Urca para probarme el vestido. Y tres blusas. Ella es minuciosa en la prueba. ¿Y el muerto? ¿Minuciosamente muerto?

Voy a contar una historia: era una vez un joven a quien le gustaban los baños de mar. Por eso, fue una mañana de jueves a Urca. En Urca, en las piedras de Urca, está lleno de ratones, por eso yo no voy. Pero el joven no les prestaba atención a los ratones. Ni los ratones le prestaban atención a él. Y había una mujer probándose un vestido y que llegó demasiado tarde: el joven ya estaba muerto. Salado. ¿Había pirañas en el mar? Hice como que no entendía. No entiendo la muerte. ¿Un joven muerto?

Muerto por bobo que era. Solo se debe ir a Urca para probarse un vestido alegre. La mujer, que soy yo, solo quiere alegría. Pero yo me inclino frente a la muerte. Que vendrá, vendrá, vendrá. ¿Cuándo? Ahí está, puede venir en cualquier momento. Pero yo, que estaba probándome un vestido al calor de la mañana, pedí una prueba a Dios. Y sentí una cosa intensísima, un perfume intenso a rosas. Entonces, tuve la prueba. Dos pruebas: de Dios y del vestido.

Solo se debe morir de muerte natural, nunca por accidente, nunca por ahogo en el mar. Yo pido protección para los míos, que son muchos. Y la protección, estoy segura, vendrá.

Pero, ¿y el joven? ¿Y su historia? Es posible que fuera estudiante. Nunca lo sabré. Me quedé solamente mirando el mar y el caserío. Doña Lourdes, imperturbable, preguntándome si ajustaba más la cintura. Yo le dije que sí, que la cintura tiene que verse apretada. Pero estaba atónita. Atónita en mi vestido nuevo.

FIN



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Mensaje por Maria Lua el Vie Mayo 01, 2020 8:00 am

El primer beso

[Cuento - Texto completo.]

Clarice Lispector
Más que conversar, aquellos dos susurraban: hacía poco que el romance había empezado y andaban tontos, era el amor. Amor con lo que trae aparejado: celos.

-Está bien, te creo que soy tu primera novia, me pone contenta. Pero dime la verdad: ¿nunca antes habías besado a una mujer?

-Sí, ya había besado a una mujer.

-¿Quién era? -preguntó ella dolorida.

Toscamente él intentó contárselo, pero no sabía cómo.

El autobús de excursión subía lentamente por la sierra. Él, uno de los muchachos en medio de la muchachada bulliciosa, dejaba que la brisa fresca le diese en la cara y se le hundiera en el pelo con dedos largos, finos y sin peso como los de una madre. Qué bueno era quedarse a veces quieto, sin pensar casi, solo sintiendo. Concentrarse en sentir era difícil en medio de la barahúnda de los compañeros.

Y hasta la sed había empezado: jugar con el grupo, hablar a voz en cuello, más fuerte que el ruido del motor, reír, gritar, pensar, sentir…

¡Caray! Cómo se secaba la garganta.

Y ni sombra del agua. La cuestión era juntar saliva, y eso fue lo que hizo. Después de juntarla en la boca ardiente la tragaba despacio, y luego una vez más, y otra. Era tibia, sin embargo, la saliva, y no quitaba la sed. Una sed enorme, más grande que él mismo, que ahora le invadía todo el cuerpo.

La brisa fina, antes tan buena, al sol del mediodía se había tornado ahora árida y caliente, y al entrarle por la nariz le secaba todavía más la poca saliva que había juntado pacientemente.

¿Y si tapase la nariz y respirase un poco menos de aquel viento del desierto? Probó un momento, pero se ahogaba en seguida. La cuestión era esperar, esperar. Tal vez minutos apenas, tal vez horas, mientras que la sed que tenía era de años.

No sabía cómo ni por qué, pero ahora se sentía más cerca del agua, la presentía más próxima y los ojos se le iban más allá de la ventana recorriendo la carretera, penetrando entre los arbustos, explorando, olfateando.

El instinto animal que lo habitaba no se había equivocado: tras una inesperada curva de la carretera, entre arbustos, estaba… la fuente de donde brotaba un hilillo del agua soñada.

El autobús se detuvo, todos tenían sed, pero él consiguió llegar primero a la fuente de piedra, antes que nadie.

Cerrando los ojos entreabrió los labios y ferozmente los acercó al orificio de donde chorreaba el agua. El primer sorbo fresco bajó, deslizándose por el pecho hasta el estómago.

Era la vida que volvía, y con ella se encharcó todo el interior arenoso hasta saciarse. Ahora podía abrir los ojos.

Los abrió, y muy cerca de su cara vio dos ojos de estatua que lo miraban fijamente, y vio que era la estatua de una mujer, y que era de la boca de la mujer de donde salía el agua.

Se acordó de que al primer sorbo había sentido realmente un contacto gélido en los labios, más frío que el agua.

Y entonces supo que había acercado la boca a la boca de la mujer de la estatua de piedra. La vida había chorreado de aquella boca, de una boca hacia otra.

Intuitivamente, confuso en su inocencia, se sintió intrigado: pero si no es de la mujer de quien sale el líquido vivificante, el líquido germinador de la vida… Miró la estatua desnuda.

La había besado.

Lo invadió un temblor que desde fuera no se veía y que, empezando muy adentro, se apoderó de todo el cuerpo y convirtió el rostro en brasa viva.

Dio un paso hacia atrás o hacia delante, ya no sabía qué estaba haciendo. Perturbado, atónito, se dio cuenta de que una parte de su cuerpo, antes siempre serena, estaba ahora en una tensión agresiva, y eso no le había ocurrido nunca.

Dulcemente agresivo, se hallaba de pie, solo en medio de los demás con el corazón latiendo pausada, profundamente, sintiendo cómo se transformaba el mundo. La vida era totalmente nueva, era otra, descubierta en un sobresalto. Estaba perplejo, en un equilibrio frágil.

Hasta que, surgiendo de lo más hondo del ser, de una fuente oculta en él chorreó la verdad. Que en seguida lo llenó de miedo y también de un orgullo que no había sentido nunca.

Se había…

Se había hecho hombre.

FIN

“O primeiro beijo”,
Felicidad clandestina, 1971


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Mensaje por Maria Lua el Sáb Mayo 02, 2020 5:05 am



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Mensaje por Maria Lua el Dom Mayo 03, 2020 4:33 am


Felicidad Clandestina


Clarice Lispector

Traducción: Diana Margarita

Ella era gorda, baja, pecosa y tenía el pelo demasiadamente rizado, medio rojizo. Tenía un busto enorme, mientras nosotras aún éramos planas. Como si eso no bastara, se llenaba los dos bolsillos de la blusa, por encima del busto, con caramelos. Pero tenía lo que a cualquier niño devorador de historias le gustaría tener: un padre dueño de una librería.


Poco provecho le sacaba. Y nosotros menos aún: incluso para los cumpleaños, en vez de al menos un librito barato, ella nos entregaba en manos una postal de la tienda del padre. Y encima era del mismo paisaje de Recife, donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra bordadísima palabras como “fecha natalicia” y “te echo de menos”.

Pero qué talento tenía para la crueldad. Ella entera era pura venganza, mientras comía caramelos ruidosamente. Cómo debía odiarnos esa niña, a nosotras que éramos imperdonablemente bonitas, elegantes, altas, con el pelo suelto. Conmigo ejerció con serena ferocidad su sadismo. En mi ansiedad de leer, ni notaba las humillaciones a que ella me sometía: seguía implorándole que me prestara los libros que ella no leía.


Hasta que le llegó el magno día de comenzar a ejercer sobre mí una tortura china. Como que de casualidad, me avisó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.


Era un libro grueso, Dios mío, era un libro para quedarse a vivir con él, para comérselo, para dormírselo. Y completamente por encima de mis posibilidades. Me dijo que pasara por su casa al día siguiente y que me lo prestaría.


Hasta el día siguiente, me convertí en la misma esperanza de la alegría: no vivía, nadaba despacio en un mar suave, las olas me llevaban y me traían.

Al día siguiente fui a su casa, literalmente corriendo. Ella no vivía en un piso como yo, sino en una casa. No me invitó a entrar. Mirándome bien a los ojos, me dijo que le había prestado el libro a otra niña, y que volviera al día siguiente a buscarlo. Boquiabierta, salí despacio, pero pronto la esperanza volvía a invadirme y volvía a andar saltando por la calle, ese era mi modo extraño de andar por las calles de Recife. Esta vez ni me caí: me guiaba la promesa del libro, el día siguiente llegaría, los días siguientes serían más tarde mi vida entera, el amor por el mundo me esperaba, anduve saltando por las calles como siempre y no me caí ni una sola vez.


Pero no se quedó simplemente en eso. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo ante la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Para oír la respuesta tranquila: aún no tenía el libro, que volviera el día siguiente. Yo apenas sabía como más tarde, durante el transcurso de la vida, el drama del “día siguiente” con ella se repetiría con mi corazón palpitante.


Y así prosiguió. ¿Por cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que sería por tiempo indefinido, mientras la hiel no se escurriera por completo de todo su cuerpo grueso. Yo ya había comenzado a adivinar que ella me había elegido para sufrir, a veces adivino. Pero, aún adivinando, a veces lo acepto: como si quien quisiera hacerme sufrir estuviera necesitando extraordinariamente que yo sufra.


¿Por cuánto tiempo? Yo iba diariamente a su casa, sin faltar un día siquiera. A veces ella me decía: pues tuve el libro ayer por la tarde, pero tú solo viniste por la mañana, así que se lo presté a otra niña. Y a mí, que no se me daban las ojeras, sentía que las ojeras se me cavaban debajo de los ojos asombrados.


Hasta que un día, cuando me encontraba delante de la puerta de su casa, oyendo humilde y silenciosa su rechazo, apareció su madre. A ella debía parecerle rara la aparición muda y diaria de aquella niña a la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaradoras. A la señora le parecía cada vez más raro el hecho de no estar entendiendo. Hasta que esa madre buena lo entendió. Se dio la vuelta hacia su hija y con enorme asombro exclamó: ¡pero si este libro nunca salió de aquí de casa y ni quisiste leerlo!


Y lo peor para esa mujer no era descubrir lo que sucedía. Debía ser el descubrimiento horrible de la hija que tenía. Ella nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida y la niña rubia parada delante de la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces que, finalmente recomponiéndose, le dijo firme y tranquila a la hija: vas a prestarle el libro ahora mismo. Y a mí: “Y tú quédate con el libro el tiempo que quieras.” “¿Entienden? Eso valía más que darme el libro: por el tiempo que yo quisiera” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener el valor de querer.


¿Cómo contar lo que sucedió a continuación? Yo me encontraba aturdida, y así recibí el libro en manos. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no salí saltando como siempre. Salí andando bien despacio. Sé que sostenía el libro grueso con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Cuánto tiempo tardé en llegar a casa, tampoco importa. Mi pecho estaba caliente, mi corazón, pensativo.


Al llegar a casa, no me puse a leer. Fingía que no lo tenía, solo para después sentir el susto de tenerlo. Horas después lo abrí, leí algunas líneas maravillosas, lo cerré otra vez, fui a pasear por la casa, lo aplacé más aún yendo a comer pan con manteca, fingí que no sabía dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por algunos instantes. Creaba las más falsas dificultades para aquella cosa clandestina que era la felicidad. La felicidad siempre sería clandestina para mí. Parece que yo ya lo presentía. ¡Cómo tardé! Vivía en el aire… había orgullo y pudor en mí. Era una reina delicada.


A veces me sentaba en la hamaca, meciéndome con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en puro éxtasis.

Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante.


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Mensaje por Maria Lua el Dom Mayo 03, 2020 9:26 am

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CLARICE LISPECTOR - Página 8 Empty Re: CLARICE LISPECTOR

Mensaje por Maria Lua el Lun Mayo 04, 2020 8:17 am


Fragmentos de Agua Viva


Es con una alegría tan profunda. Es un aleluya tal. Aleluya, grito, aleluya que se funde con el más oscuro alarido humano de dolor de separación pero que es un grito de felicidad diabólica. Porque ya nadie me ata. Sigo con capacidad de razonar –he estudiado matemáticas, que son la locura de la razón– pero ahora quiero el plasma, quiero alimentarme directamente de la placenta. Tengo un poco de miedo: miedo de entregarme, porque el próximo instante es lo desconocido. ¿El próximo instante está hecho por mí? ¿O se hace solo? Lo hacemos juntos con la respiración. Y con una desenvoltura de torero en la arena.

Te digo: estoy intentando captar la cuarta dimensión del instante-ya, que de tan fugitivo ya no existe porque se ha convertido en un nuevo instante-ya que ahora tampoco existe. Quiero apoderarme del es de la cosa. Esos instantes que transcurren en el aire que respiro, como fuegos artificiales estallan mudos en el espacio. Quiero poseer los átomos del tiempo. Y quiero capturar el presente que, por su propia naturaleza, me está prohibido; el presente se me escapa, la actualidad huye, la actualidad soy yo siempre en presente. Sólo en el acto del amor –por la nítida abstracción de estrella de lo que se siente– se capta la incógnita del instante, que es duramente cristalina y vibra en el aire, y la vida es ese instante incontable, más grande que el acontecimiento en sí; en el amor el instante de júbilo impersonal refulge en el aire, gloria extraña del cuerpo, materia sensibilizada por el escalofrío de los instantes, y lo que se siente es al mismo tiempo inmaterial y tan objetivo que sucede como fuera del cuerpo, brillando en lo alto; alegría, la alegría es la materia del tiempo y es por excelencia el instante. Y en el instante está el es de sí mismo. Quiero captar mi es. Y canto un aleluya al aire como lo hace el pájaro. Y mi canto no es de nadie. Pero no hay pasión sufrida en el dolor y en el amor a la que no le siga un aleluya.

¿Mi tema es el instante? Mi tema de vida. Intento estar a su nivel, me divido millares de veces en tantas veces como los instantes que transcurren, tan fragmentaria soy y tan precarios los momentos, sólo me comprometo con la vida que nace con el tiempo y que crece con él; sólo en el tiempo hay espacio para mí.

Te escribo entera y siento un sabor en ser y el sabor-a-ti es abstracto como el instante. También con todo el cuerpo pinto mis cuadros y en el lienzo fijo lo incorpóreo, yo cuerpo-a-cuerpo conmigo misma. No se comprende la música, se escucha. Escúchame entonces con todo tu cuerpo. Cuando llegues a leerme preguntarás por qué no me limito a la pintura y a mis exposiciones, por qué escribo tosco y sin orden. Es que ahora siento necesidad de palabras y es nuevo para mí lo que escribo porque mi verdadera palabra está hasta ahora intacta. La palabra es mi cuarta dimensión.

Hoy he acabado el lienzo del que te hablé; líneas redondas que se entrecruzan con trazos finos y negros, y tú, que tienes la costumbre de querer saber por qué –el porqué no me interesa, la causa es la materia del pasado– te preguntarás ¿por qué los trazos negros y finos? Es por el mismo secreto que me hace escribir ahora como si fuese a ti, escribo redondo, enmarañado y tibio, pero a veces frío como los instantes frescos, agua del arroyo que tiembla siempre por sí misma. ¿Lo que he pintado en esa tela es susceptible de ser fraseado? Tanto como la palabra muda pueda estar implícita en el sonido musical.

Veo que nunca te he dicho cómo escucho música: apoyo levemente la mano en el fonógrafo y la mano vibra y transmite ondas a todo el cuerpo: así oigo la electricidad de la vibración, sustrato último en el dominio de la realidad, y el mundo tiembla en mis manos.

Entonces entiendo que quiero para mí el sustrato vibrante de la palabra repetida en canto gregoriano. Soy consciente de que todo lo que sé no lo puedo decir, sólo puedo pintando o pronunciando sílabas ciegas de sentido. Y si tengo que usar aquí palabras, tienen que tener un sentido casi únicamente corpóreo, estoy en guerra con la vibración última. Para decirte mi sustrato hago una frase de palabras hechas sólo de los instantes-ya. Lee entonces mi invento de pura vibración sin otro significado más que el de cada silbante sílaba, lee lo siguiente: «con el transcurrir de los siglos perdí el secreto de Egipto, cuando me movía en longitud, latitud y altitud por la acción energética de los electrones, protones, neutrones, en la fascinación que es la palabra y su sombra». Esto que te he escrito es un dibujo electrónico y no tiene pasado ni futuro: es simplemente ya.

También tengo que escribirte porque tu campo está sembrado de palabras discursivas y no de la franqueza de mi pintura. Sé que mis frases son primarias, escribo con demasiado amor por ellas y ese amor compensa las faltas, pero demasiado amor perjudica el trabajo. Esto no es un libro porque no se escribe así. ¿Lo que escribo es un único clímax? Mis días son un único clímax; vivo al margen.

Al escribir no puedo fabricar como en la pintura, cuando fabrico artesanalmente un color. Pero estoy intentando escribirte con todo el cuerpo, enviarte una flecha que se hinque en el punto tierno y neurálgico de la palabra. Mi cuerpo incógnito te dice: dinosaurios, ictiosauros y plesiosauros, con un sentido tan sólo auditivo, sin que por eso se conviertan en paja seca, sino húmeda. No pinto ideas, pinto el más inalcanzable «para siempre». O «para nunca», da igual. Antes que nada, pinto pintura. Y antes que nada te escribo dura escritura. Quiero como poder coger con la mano la palabra. ¿La palabra es un objeto? Y a los instantes les extraigo el zumo de la fruta; tengo que destituirme para alcanzar el meollo y la semilla de la vida. El instante es semilla viva.

La armonía secreta de la desarmonía: quiero no lo que está hecho sino lo que tortuosamente aún se está haciendo. Mis desequilibradas palabras son el lujo de mi silencio. Escribo en acrobáticas y aéreas piruetas, escribo porque deseo hablar profundamente. Aunque escribir sólo me esté dando la gran medida del silencio.

Y si digo «yo» es porque no me atrevo a decir «tú», o «nosotros» o «uno». Estoy obligada a personalizarme empequeñeciéndome pero soy el eres-tú.

Sí, quiero la palabra última, que también es tan primera que ya se confunde con la parte intangible de lo real. Todavía tengo miedo de apartarme de la lógica porque caigo en lo instintivo y en lo directo y en el futuro; ya es futuro y cualquier hora es la hora marcada. Pero ¿qué mal hay, sin embargo, en que yo me aparte de la lógica? Estoy tratando con la materia prima. Estoy por detrás de lo que queda detrás del pensamiento. Es inútil querer clasificarme; simplemente no me dejo y me escabullo, tipo a que no me pillas. Estoy en un estado muy nuevo y verdadero, curioso de sí mismo, tan atractivo y personal que no puedo pintarlo o escribirlo. Se parece a momentos que viví contigo, cuando te amaba, más allá de lo cuales no pude ir porque fui hasta el fondo de los momentos. Es un estado de contacto con la energía circundante y me estremezco. Una especie de loca, loca armonía. Sé que mi mirada debe de ser la de una persona primitiva que se entrega por entero al mundo, primitiva como los dioses que sólo admiten vastamente el bien y el mal y no quieren conocer el bien enmarañado como cabellos en el mal, mal que es lo bueno.

Fijo instantes repentinos que traen consigo su propia muerte y otros nacen; fijo los instantes de metamorfosis y su secuencia y su concomitancia son de una terrible belleza.

Ahora está amaneciendo y la aurora es de neblina blanca en las arenas de la playa. Todo es mío entonces. Apenas toco los alimentos, no quiero despertarme más allá del despertar del día. Voy creciendo con el día que al crecer me mata cierta vaga esperanza y me obliga a mirar cara a cara al duro sol. El vendaval sopla y desordena mis papeles. Oigo ese viento de gritos, estertor de pájaro abierto en oblicuo vuelo. Y yo aquí me obligo a la severidad de un lenguaje tenso, me obligo a la desnudez de un esqueleto blanco que está libre de humores. Pero el esqueleto está libre de vida y mientras vivo me estremezco toda. No conseguiré la mudez final. Y todavía no la quiero, según parece.

Ésta es la vida vista por la vida. Puedo no tener sentido pero es la misma falta de sentido que tiene la vena que late.

Quiero escribirte como quien aprende. Fotografío cada instante. Profundizo en las palabras como si pintase, más que un objeto, su sombra. No quiero preguntar por qué se puede preguntar siempre por qué y seguir siempre sin respuesta: ¿consigo entregarme al expectante silencio que sigue a una pregunta sin respuesta? Aunque adivine que en algún lugar o en algún tiempo existe la gran respuesta para mí.

Y después sabré cómo pintar y escribir, después de la extraña pero íntima respuesta. Escúchame, escucha el silencio. Lo que te digo nunca es lo que te digo y sí otra cosa. Capta esa cosa que se me escapa y sin embargo vivo de ella y estoy sobre su brillante oscuridad. Un instante me lleva insensiblemente a otro y el tema atemático se va desarrollando sin plan pero geométrico, como las figuras sucesivas en un calidoscopio. Entro lentamente en mi dádiva a mí misma, esplendor dilacerado por el cantar último que parece ser el primero.

Entro lentamente en la escritura como he entrado en la pintura. Es un mundo enmarañado de lianas, sílabas, madreselvas, colores y palabras, umbral de entrada a la ancestral caverna que es el útero del mundo y del que voy a nacer.

Y si muchas veces pinto grutas es porque ellas son mi zambullida en la tierra, oscuras pero aureoladas de claridad, y yo sangre de la naturaleza; grutas extravagantes y peligrosas, talismán de la tierra, donde se unen estalactitas, fósiles y piedras, y donde los animales que aman su propia naturaleza maléfica buscan refugio. Las grutas son mi infierno. Gruta siempre soñadora con sus nieblas, ¿recuerdo o nostalgia? Asombrosa, espantosa, esotérica, verde por el limo del tiempo. Dentro de la caverna oscura centellean colgados esos ratones con alas en forma de cruz, los murciélagos. Veo arañas peludas y negras. Ratones y ratas corren asustados por el suelo y por las paredes. Entre las piedras el escorpión. Cangrejos, iguales a sí mismos desde la prehistoria, a través de muertes y nacimientos, que parecerían bestias amenazadoras si fuesen del tamaño de un hombre. Cucarachas viejas se arrastran en la penumbra. Y todo eso soy yo. Todo está cargado de sueño cuando pinto una gruta o te escribo sobre ella; de fuera viene el tropel de decenas de caballos sueltos golpeando con sus cascos secos las tinieblas, y de la fricción de los cascos el júbilo se liberta en chispas; aquí estamos, la gruta y yo, en el tiempo que nos pudrirá.

Quiero poner en palabras pero sin descripción la existencia de la gruta que pinté hace algún tiempo, y no sé cómo. Sólo repitiendo su dulce horror, caverna del terror y de las maravillas, lugar de las almas en pena, invierno e infierno, sustrato imprevisible del mal que está dentro de una tierra que no es fértil. Llamo a la gruta por su nombre y ella pasa a vivir con su miasma. Tengo miedo entonces de mí, que sé pintar el horror, yo, bicho de cavernas resonantes que soy, y me ahogo porque soy palabra y también su eco.

Pero el instante-ya es una luciérnaga que se enciende y se apaga. El presente es el instante en que la rueda de un automóvil a gran velocidad toca mínimamente el suelo. Y la parte de la rueda que aún no lo ha tocado, lo tocará en un futuro inmediato que absorbe el instante presente y hace de él pasado. Yo, viva y centelleante como los instantes, me enciendo y me apago, me enciendo y me apago, me enciendo y me apago. Pero aquello que capto en mí tiene, ahora que está siendo transpuesto a la escritura, la desesperación de que las palabras ocupen más instantes que la mirada. Más que un instante quiero su fluencia.

Nueva era esta mía, y ya se me anuncia. ¿Tengo valor? Por ahora lo tengo: porque vengo de lo sufrido lejos, vengo del infierno del amor pero ahora estoy libre de ti. Vengo de lejos, de una fuerte ancestralidad. Yo, que vengo del dolor de vivir. Y ya no lo quiero. Quiero la vibración de lo alegre. Quiero la neutralidad de Mozart. Pero también quiero la inconsecuencia. ¿Libertad?, es mi último refugio, me he obligado a la libertad y la soporto no como un don sino con heroísmo: soy heroicamente libre. Y quiero la fluencia.

No es cómodo lo que te escribo. No hago confidencias. Más bien me metalizo. Y no te soy ni me soy cómoda; mi palabra estalla en el espacio del día. Lo que sabrás de mí es la sombra de la flecha que se ha clavado en el blanco. Sólo cogeré inútilmente una sombra que no ocupa lugar en el espacio, y lo único que importa es el dardo. Construyo algo fuera de mí y de ti, ésa es mi libertad, que lleva a la muerte.

En este instante-ya estoy envuelta en un vago deseo difuso de maravilla y en millares de reflejos de sol en el agua que brota de la fuente de un jardín maduro de perfumes, jardín y sombras que invento ya y ahora y que son el medio concreto de hablar en este mi instante de vida. Mi estado es el de jardín con agua que fluye. Al describirlo intento mezclar palabras para que el tiempo se cumpla. Lo que te digo tiene que ser leído rápidamente, como cuando se mira. Ahora es ya pleno día y de repente otra vez domingo en erupción inesperada. El domingo es un día de ecos; cálidos, secos, y por todas partes el zumbido de abejas y avispas, gritos de pájaros y la lejanía de los martillazos acompasados, ¿de dónde vienen los ecos del domingo? Yo que detesto el domingo porque está hueco. Yo, que quiero la cosa más primordial porque es la fuente de la generación –yo que ambiciono beber agua en el manantial de la fuente–, yo que soy todo eso, debo por fatal y trágico destino conocer tan sólo y experimentar tan sólo los ecos de mí, porque no capto el mí propiamente dicho. Estoy en una expectativa estupefaciente, trémula, maravillada, de espaldas al mundo, y en alguna parte huye la inocente ardilla. Plantas, plantas. Me quedo dormitando bajo el calor estival del domingo lleno de moscas volando alrededor del azucarero. Alarde colorido, el del domingo, y esplendidez madura. Y todo eso lo he pintado hace algún tiempo y en otro domingo. Y he aquí aquel lienzo, antes virgen, ahora cubierto de colores maduros. Moscas azules brillan ante mi ventana abierta al aire de la calle adormilada. El día parece la piel estirada y lisa de una fruta que con una pequeña catástrofe los dientes rompen, su zumo escurre. Tengo miedo del domingo maldito que me liquida.

Para rehacerme y rehacerte vuelvo a mi estado de jardín y de sombra, fresca realidad, apenas existo y si existo es con un delicado cuidado. Alrededor de la sombra hace un calor de sudor abundante. Estoy viva. Pero siento que aún no he alcanzado mis límites, ¿fronteras con qué?, sin fronteras, la aventura de la libertad peligrosa. Pero me arriesgo, vivo arriesgándome. Estoy llena de acacias que se balancean, amarillas, y yo que apenas he comenzado mi jornada, la empiezo con un sentido de tragedia, adivinando hacia qué océano perdido van mis pasos de vida. Y locamente me apodero de los desvanes de mí, mis desvaríos me asfixian de tanta belleza. Yo soy antes, yo soy casi, yo soy nunca. Y todo eso lo he obtenido al dejar de amarte.

Te escribo como un esbozo antes de pintar. Veo palabras. Lo que digo es puro presente y este libro es una línea recta en el espacio. Es siempre actual, y el fotómetro de una máquina fotográfica se abre e inmediatamente se cierra, pero guardando en sí el flash. Aunque diga «he vivido» o «viviré» es presente porque yo lo digo ahora.

He empezado estas páginas también con la finalidad de prepararme para pintar. Pero ahora estoy poseída por el gusto de las palabras, y casi me libero del dominio de las pinturas; siento una voluptuosidad al ir creando lo que te diré. Vivo la ceremonia de la iniciación de la palabra y mis gestos son hieráticos y triangulares.

Sí, ésta es la vida vista por la vida. Pero de repente olvido cómo captar lo que sucede, no sé captar lo que existe más que viviendo aquí cada cosa que surge y no importa qué: estoy casi libre de mis errores. Dejo que el caballo libre corra fogoso. Yo, que troto nerviosa y sólo la realidad me delimita.

Y cuando el día llega a su fin oigo los grillos y me vuelvo repleta e ininteligible. Después vivo la madrugada azulada que viene con sus entrañas llenas de pájaros; ¿te estoy dando una idea de lo que uno pasa en vida? Y cada cosa que se me ocurra yo la anoto para fijarla. Porque quiero sentir en las manos el nervio trémulo y vivaz del ya y que me reaccione ese nervio como una bulliciosa vena. Y que se rebele, ese nervio de vida, y que se retuerza y lata. Y que se derramen zafiros, amatistas y esmeraldas en el oscuro erotismo de la vida plena; porque en mi oscuridad tiembla por fin el gran topacio, la palabra que tiene luz propia.

Clarice Lispector


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Mensaje por Maria Lua el Lun Mayo 04, 2020 8:28 pm

Y no olvidar, al comenzar el trabajo, el estar preparada para equivocarme. No olvidar que el error muchas veces se había convertido en mi camino. Siempre que no resultaba cierto lo que pensaba o sentía, entonces se producía una brecha y, si antes hubiese tenido valor, ya habría entrado por ella. Mas siempre sentí miedo del delirio y del error. Mi error, no obstante, debía de ser el camino de una verdad, pues únicamente cuando me equivoco salgo de lo que conozco y entiendo. Si la 'verdad' fuese aquello que puedo entender, terminaría siendo tan sólo una verdad pequeña, de mi tamaño.

La pasión según G.H.


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Mensaje por Maria Lua el Mar Mayo 05, 2020 2:10 pm

Restos del Carnaval
[Cuento - Texto completo.]

Clarice Lispector
No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás. Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume, y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir. Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.

¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados, sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí.

No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha -yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable- y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.

Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo, que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.

Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga -respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel- decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.

Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto a que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.

¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.

Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Ésta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron en seguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa -pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil-, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, ente serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.

Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.

Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.

FIN

“Restos do carnaval”,
Felicidad clandestina, 1971





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Mensaje por Maria Lua el Miér Mayo 06, 2020 4:52 pm

Monos
[Cuento - Texto completo.]

Clarice Lispector
La primera vez que tuvimos en casa un mico fue cerca de Año Nuevo. Estábamos sin agua y sin empleada, se hacía cola para la carne, el calor había reventado —y fue cuando, muda de perplejidad, vi el regalo entrando a casa, ya comiendo banana, ya examinando todo con gran rapidez y un largo rabo. Parecía más un gran mono todavía no crecido, sus potencialidades eran tremendas. Subía por la ropa colgada en la cuerda, desde donde daba gritos de marinero, y tiraba cáscaras de banana adonde cayeran. Y yo exhausta. Cuando me olvidaba y entraba distraída a la dependencia, el gran sobresalto: aquel hombre alegre allí. Mi hijo menor sabía, antes de que yo lo supiera, que me desharía del gorila: “Y si te prometiera que un día el mono se va a enfermar y a morir, dejarías que se quedara? Y si supieras que de cualquier manera él un día se va a caer de la ventana y a morir allá abajo?” Mis sentimientos desviaban la mirada. La inconsciencia feliz e inmunda del granmonopequeño me hacía responsable de su destino, ya que él mismo no aceptaba culpas. Una amiga entendió de qué amargura estaba hecha mi aceptación, de qué crímenes se alimentaba mi aire soñador, y rudamente me salvó: niños del morro aparecieron en una algarabía feliz, se llevaron al hombre que reía, y en el desvitalizado Año Nuevo a mí por lo menos me regalaron una casa sin mono.

Un año después, acababa de tener una alegría, cuando allí en Copacabana vi el agrupamiento. Un hombre vendía monitos. Pensé en los chicos, en las alegrías que me daban gratis, sin nada que ver con las preocupaciones que también gratis me daban, imaginé una cadena de alegrías: “Quien reciba esta, que se la pase a otro”, y otro a otro, como el bramido en un rastro de pólvora. Y ahí mismo compré a la que se llamaría Lisette.

Casi no cabía en una mano. Tenía falda, aretes, collar y pulsera de baiana. Y un aire de inmigrante que aún desembarca con el traje típico de su tierra. De inmigrante también eran los ojos redondos.

En cuanto a esta, era mujer en miniatura. Tres días estuvo con nosotros. Era de tal delicadeza de huesos. De tal extrema dulzura. Más que los ojos, la mirada era redondeada. Cada movimiento, y los aretes se estremecían; la falda siempre arreglada, el collar rojo brillante. Dormía mucho, pero para comer era sobria y cansada. Sus raras caricias eran solo mordidas leves que no dejaban marca. En el tercer día estábamos en la dependencia admirando a Lisette y el modo en que ella era nuestra. “Un poco demasiado suave”, pensé extrañando a mi gorila. Y de repente mi corazón fue respondiendo con mucha dureza: “Pero eso no es dulzura. Esto es muerte”. La sequedad de la comunicación me dejó quieta. Después les dije a los chicos: “Lisette se está muriendo”. Mirándola, noté entonces hasta qué punto de amor ya habíamos llegado. Envolví a Lisette en una servilleta, fui con los chicos hasta la primera guardia, donde el médico no podía atendernos porque operaba de urgencia a un perro. Otro taxi —Lisette cree que está paseando, mamá otro hospital. Allá le dieron oxígeno.

Y con un soplo de vida, súbitamente se reveló una Lisette que desconocíamos. Con ojos mucho menos redondos, más secretos, más a las risas y en la cara prognata y ordinaria una cierta altivez irónica; un poco más de oxígeno, y le dieron unas ganas de hablar que ella mal aguantaba ser mona; lo era, y mucho tendría para contar. En seguida, sin embargo, sucumbía de nuevo, exhausta.

Más oxígeno y esta vez una inyección de suero a cuya picada reaccionó con una palmadita colérica, de pulsera tintinando. El enfermero sonrió: “Lisette, querida, ¡sosiégate!”

El diagnóstico: no iba a vivir, a menos que tuviese oxígeno a mano y, aun así, improbable. “No se compran monos en la calle”, me censuró él sacudiendo la cabeza, “a veces ya vienen enfermos”. No, había que comprar a la mona adecuada, saber su origen, tener por lo menos cinco años de garantía de amor, saber lo que había hecho y lo que no, como si fuera para casarse. Resolví un instante con los chicos. Y le dije al enfermero: “Usted la está queriendo mucho a Lisette. Así que si usted la deja pasar algunos días cerca del oxígeno, ni bien sane, es suya”. Pero él pensaba. “Lisette es linda” le supliqué yo. “Es hermosa”, aceptó él pensativo. Después suspiró y dijo: “Si curo a Lisette, es suya”. Nos fuimos, con la servilleta vacía.

Al día siguiente llamaron por teléfono, y les avisé a los chicos que Lisette había muerto. El más chico me preguntó: “Crees que murió con los aretes?” Yo le dije que sí. Una semana después el mayor me dijo: “¡Te pareces tanto a Lisette!” “Yo también te quiero”, contesté.

FIN

“Macacos”,
La legión extranjera, 1964


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Mensaje por Maria Lua el Jue Mayo 07, 2020 9:54 am

Clarice Lispector, la escritora incalificable en estilo y en forma


Reconocida como una de las más importantes literatas del siglo XX, con su lenguaje poético e innovador y su personalidad enigmática se fraguó una leyenda que sigue de actualidad



Está considerada como una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX. Estudió Derecho en Río de Janeiro mientras colaboraba con algunos periódicos y revistas locales. En 1944 sorprendió a la intelectualidad brasileña con la publicación de Cerca del corazón salvaje, novela por la que recibió el premio de la Fundación Graça Aranha. Viajó mucho y vivió en varios países de Europa y Estados Unidos con su marido, el diplomático Maury Gurgel Valente. Escritora inclasificable -ella misma definía su estilo como un “no estilo”-, el vasto legado de Clarice Lispector está formado por relatos, novelas, libros infantiles, poemas, fotografía y pintura.



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Mensaje por Maria Lua el Vie Mayo 08, 2020 4:12 am



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Mensaje por Maria Lua el Vie Mayo 08, 2020 7:41 am



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Mensaje por Maria Lua el Vie Mayo 08, 2020 9:04 pm

Sus cuentos hablan siempre de una sorpresa, de una maravilla que altera la vida cotidiana, revelando otra dimensión de la existencia.

En su famoso cuento Amor, por ejemplo, una tranquila madre de familia, Ana, vuelve a casa al final de la tarde tras haber hecho la compra para la cena. Sentada en el tranvía, ve desde la ventanilla a un ciego que se mueve seguro en la oscuridad, mascando chicle. Mientras sigue distraída por esta visión –¿la visión de la ceguera de otro o de la suya?–, el tranvía frena bruscamente y Ana deja caer la bolsa de la compra, rompiendo los huevos que acababa de comprar. La sacudida existencial del ciego y la sacudida física del tranvía se entrecruzan. Y los huevos, una metáfora del nido de la vida, se rompen y gotean: la frágil cáscara de las apariencias ya no consigue esconder su denso contenido interior.

Está claro que momentos como este son siempre «peligrosos», como dice la misma Ana, porque pueden alterar el tran-tran de la costumbre. Y Clarice conocía muy bien el valor (al igual que los riesgos) de la vida cotidiana y de los pequeños quehaceres que la constituyen.


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Mensaje por Maria Lua el Sáb Mayo 09, 2020 2:02 pm



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Mensaje por Maria Lua el Dom Mayo 10, 2020 3:54 am

BIOGRAFÍA

Clarice Lispector nació el 10 de diciembre de 1920 en el pequeño pueblo de Tchetchelnik, Ucrania, por pura casualidad ya que la familia se encontraba en medio del viaje que los llevaría a Brasil. Llegó a Brasil con dos meses y la familia se instaló en Recife. Su madre, que era paralítica, murió cuando ella tenía diez años, sin embargo Clarice recordaba una infancia feliz en la que apenas se dio cuenta de la precariedad económica en la que se encontraban. En plena adolescencia, en 1935, se mudó a Rio de Janeiro con su padre y su hermana. Estudió Derecho y empezó a colaborar con algunos periódicos y revistas. A los veintiún años publicó Cerca del corazón salvaje, una novela ya de plena madurez, que había escrito a los diecisiete años. En la Facultad conoció al que sería su esposo, el diplomático Maury Gurgel Valente, por la profesión de este residieron en Milán, Londres, París y Berna donde nació su hijo Paulo. De vuelta a Río, en 1949, Clarice Lispector retomó su actividad periodística, firmando con el seudónimo Tereza Quadros una columna en la revista Comicio. Publicó cuentos en la revista Senhor y firmaba una columna femenina en el diario Correio da Manhâ con el pseudónimo Helen Palmer. Tuvo también una página femenina diaria en el Diário da Noite, que salía firmada por la actriz Ilka Soares. En septiembre de 1952 volvía a dejar Brasil, desplazándose con el marido a Washington, DC, donde permanecieron ocho años. En febrero de 1953 dio la luz a su segundo hijo, Pedro. Se separó de su marido en 1959 y regreso a Rio, donde volvió a sus colaboraciones en periódicos y revistas, y publicó su primer libro de cuentos Lazos de familia. Fue este un fecundo periodo ya que en 1961 apareció Una manzana en la oscuridad y en 1963 La pasión según G.H., su obra más emblemática.

Un incendio fortuito por una colilla mal apagada en su dormitorio en 1966 le provocó quemaduras y graves secuelas y la sumió en profundas depresiones. En esta época realizaba una crónica semanal para el Jornal do Brasil y colaboró con la revista Manchete realizando entrevistas con artistas e intelectuales.

Murió en Río de Janeiro el 9 de diciembre de 1977 a los 56 años, víctima de un cáncer de ovarios, algunos meses después de publicarse su última novela La hora de la estrella.



Clarice Lispector es ya considerada una de las escritoras más importantes del siglo XX. Fue una precursora que utilizó el flujo de conciencia en sus primeros escritos mucho antes de haber leído a Wolf y Joyce, entroncó con el existencialismo pero invirtiéndolo y llenándolo de una vida primigenia que estaba exenta en los textos de Sastre, y ahondó en un estilo de una sequedad fértil y luminosa y profundamente personal.

BIBLIOGRAFÍA

Perto do Coração Selvagem (1944)
O Lustre (1946)
A Cidade Sitiada (1949)
Alguns Contos (1952)
Laços de Família (1960)
A Maçã no Escuro (1961)
A Legião Estrangeira (1964)
A Paixão segundo G.H. (1964)
O Mistério do Coelho Pensante (1967)
A mulher que matou os peixes (1968)
Uma Aprendizagem ou O Livro dos Prazeres (1969)
Felicidade Clandestina (1971)
A imitação da rosa (1973)
Água Viva (1973)
A Vida Íntima de Laura (1974)
A Via-crucis do Corpo (1974)
Onde estivestes de Noite (1974)
A hora da Estrela (1977)
Para não Esquecer (1978)
Quase de Verdade (1978)
Um Sopro de Vida (1978)
A Bela e a Fera (1979)
A Descoberta do Mundo (1984)
Como Nasceram as Estrelas (1987)
Cartas perto do Coração (2001)
Correspondências (2002)



Premio Graça Aranha (1943)

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Mensaje por Maria Lua el Dom Mayo 10, 2020 6:59 am

Mejor que arder
[Cuento - Texto completo.]
Clarice Lispector




Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros.
Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.
Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor.
Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca.
Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó:
-Mortifica el cuerpo.
Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio*. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada.
Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.
Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban.
No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.
La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido. Imaginó que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas.
Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba.
Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.
Hasta que le dijo al padre en el confesionario:
-¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!
Él le dijo meditativo:
-Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.
Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente. Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya.
Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas.
Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora. Pagaba la pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.
Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla.
Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma de hombre.
Y sucedió realmente.
Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua. Ella se sonrojó.
Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella se rehusó.
Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si iban al cine juntos. Aceptó.
Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la película estaban tomados de la mano.
Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos negros. Él, de traje y corbata.
Entonces una noche él le dijo:
-Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar ¿Quieres?
-Sí -le respondió grave.
Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.
Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.
Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello.
FIN




“Melhor do que arder”,
El viacrucis del cuerpo, 1974

 
* Cilicio: Faja de cerdas o cadenillas de hierro con puntas, que se lleva ceñida al cuerpo para mortificación.




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Mensaje por Maria Lua el Dom Mayo 10, 2020 7:08 am

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Mensaje por Maria Lua el Dom Mayo 10, 2020 7:09 am

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Mensaje por Maria Lua el Dom Mayo 10, 2020 7:11 am

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Mensaje por Maria Lua el Dom Mayo 10, 2020 8:33 am



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Mensaje por Maria Lua el Lun Mayo 11, 2020 3:42 am

Notas sobre el arte de escribir

Clarice Lispector




Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba.
¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor.
No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible.
Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra.
FIN




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Mensaje por Maria Lua el Mar Mayo 12, 2020 9:07 am



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Mensaje por Maria Lua el Miér Mayo 13, 2020 3:50 am



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Mensaje por Maria Lua el Miér Mayo 13, 2020 1:26 pm

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Mensaje por Maria Lua el Miér Mayo 13, 2020 1:38 pm

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