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Mensaje por Lluvia Abril Dom 22 Mar 2015, 06:39


A una amiga

Arroyo cristalino,
que con susurro blando
vas del monte a la selva
y de la selva al prado;
travieso cefirillo,
que con tu aliento grato
mueves hojas y flores
que son gala del campo;
parleras avecillas,
que en trinos regalados,
cuando el sol nace o muere,
llenáis el aire vago;
y cuando vive y crece
en este suelo bajo,
y cuanto se remonta
hasta el cielo estrellado;
todo cuanto florece
en los valles y prados,
y aun las bestias feroces
que son del monte espanto;
todos conmigo unidos
en coros acordados,
celebremos el día
de la que hace mi encanto.



A mi Magdalenita



Mi juguetona Musa,
aunque con torpe lira,
por esta vez pretende
consagrarte su voz, Magdalenita.
No examines si es dulce,
si es bella mi poesía,
atiende solamente
al afecto sincero que la dicta.
Pero en este momento
la memoria se aviva
de que estás tanto tiempo
del hermano que te ama, dividida.
Y este triste recuerdo
todo placer me quita,
y funestas ideas
sólo ofrece a mi triste fantasía.
Tinieblas me parece
la amable luz del día,
y me son hasta odiosas
las cosas que los otros ven y admiran.
Pero importa muy poco,
amable hermana mía,
que estemos separados,
estando nuestras almas tan unidas.
Ellas siempre atraviesan
la distancia infinita
que nos separa; se unen,
dulcemente conversan y se miran.
Se prestan mutuamente
las promesas más finas;
y un genio, un modo mismo
de pensar y de obrar, la unión confirma.
Alguna vez las dudas
perturban nuestra dicha,
pero a pocos instantes
como ligeras nubes se disipan.
¡Felices los que así aman!
Así Magdalenita
será con José, siempre
del amor fraternal imagen viva.
Mi corazón es tuyo,
mis afectos, mi vida;
pero todo esto es menos
de lo que tú mereces todavía.
Mis tiernas expresiones
reparte en la familia,
adiós. Tu amante hermano.


Octubre veintiséis, escrita en Lima



A su esposa


(Señora doña Rosa Icaza)
Ya se acerca, amor mío,
¡ay!, palomita mía,
ya se acerca ¡ay!, el día
que nos va a dividir.
Sólo tristes memorias
y recuerdos fatales…
de amor todos los males
me quedan que sufrir.
Como tórtola viuda
que triste a cada hora
gime, suspira y llora
por su perdido amor,
así yo inconsolable,
ausente de mi amada,
tendré siempre clavada
la espada del dolor.
Mi corazón de pena
dentro del pecho muere…
mas la Patria lo quiere,
y es fuerza obedecer…
Pide a Dios, vida mía,
con ruegos incesantes
que me traiga cuanto antes
al nido del placer.
Con mil dulces razones
el amor me detiene…
y el deber me previene
lo que es forzoso hacer.
¿Qué haré, pues, amor mío,
siendo en este momento
igualmente violento
mi amor y mi deber?
Pues bien, cumplir con ambos,
es duro y buen consejo,
y aunque de ti me alejo,
contigo quedaré;
así con ambos cumplo,
dando en serena calma,
al amor toda mi alma,
y el cuerpo a mi deber.
Yo parto, ¡oh, qué tormento!,
¡oh, qué terrible ausencia!,
dame, oh Dios, resistencia
para tan gran dolor.
Yo parto, y conjurados
veré a cada momento
contra mí al mar, al viento,
la ausencia y el amor.
Y tú, hechizo de mi alma,
mi único amor, mi vida,
después de mi partida,
¿te acordarás de mí?
Yo, de noche y de día
siempre estaré penando,
Rosita, en ti pensando,
pensado sólo en ti.
Cual sombra inseparable
mi amante pensamiento
siempre, a todo momento,
estará junto a ti.
Así, pues, siempre, siempre,
aunque me creas distante,
podrás decir: mi amante
delante está de mí.
Recogeré el aliento
que tu boca respira…
Mi cuerpo se retira,
pero mi alma jamás.
Sabré tus pensamientos,
y oiré tus palabras;
cuando tus labios abras,
los míos encontrarás.
No temas, amor mío,
mi palomita amada,
que haya en el mundo nada
que me haga vacilar,
pues vivir en tu pecho,
que es mi único deseo,
vale más que un empleo,
vale más que reinar.
Yo veré mil bellezas,
mas con ojo tan frío,
que nunca al pecho mío
llegará su impresión;
porque tus ojos solos
con un arte divino
conocen el camino
que va a mi corazón.
No tendré allá, aunque quiera,
ningún afecto nuevo,
pues conmigo no llevo
ni alma, ni corazón:
que el corazón y el alma
que antes tenía conmigo,
se quedan ya contigo,
como en dulce prisión.
Sin ti ¿qué haré, mi vida?
Siempre ¡ay!, como demente,
cual si fueras presente,
clamaré con fervor:
«Ven, palomita mía,
ven al caliente nido,
que aquí en mi pecho herido
te ha formado el amor.
Ven, mi única esperanza,
mi único pensamiento,
ven, mi único contento,
ven, mi única pasión.»
Y al ver que no me oyes
ni que estás a mi lado,
seré más desgraciado
por mi dulce ilusión.
Otras veces teniendo
tu retrato delante,
cual frenético amante,
mil cariños le haré;
creeré que con mi fuego
tus labios animados
me vuelven duplicados
los besos que te dé.
Otras veces más necio,
como el que algo ha perdido,
a todos distraído,
por ti preguntaré:
«¿Dónde está mi paloma,
causa de mis placeres?
Si no la conocieres,
las señas te daré.
Es… lo que yo no puedo,
ni nadie explicar puede…
la que a todos excede,
es la rosa de abril;
es la rosa que espera
en su botón gracioso
un calor amoroso
para empezarse a abrir.»
Mas, ¿cuál es mi delirio?
¡Ay de mí!, en mi tardanza
ni el bien de la esperanza
me podrá consolar…
Cree, mi alma, que es un pecho
muy tierno y amoroso
donde el amor hermoso
te ha erigido un altar.
Piensa que por ti vivo,
piensa que sin ti muero,
que eres mi amor primero
y mi último serás.
Adiós… ¡ay!, no te olvides
que eres objeto eterno
de este amor dulce y tierno,
de este amor inmortal.
Piensa que de ti ausente
no es vida la que vivo,
y que siempre recibo
aumento en mi dolor.
Piensa que esta gran pena,
piensa que este tormento
aun me quita el aliento
para decirte… adiós.



A Eliza


¿No ves cuán pronto por la azul esfera
el vuelo de las horas se desliza?,
¿no ves, amable Eliza,
marchitarse al nacer las tiernas flores
de la fugaz y alegre primavera?
Pues ¡ay!, con más presteza
nacen, desaparecen los amores,
las gracias de la edad y la belleza.
Feliz en todas partes
quien con el grato estudio de las artes
mezclando las lecciones
de virtud y piedad, engaña, burla
del tiempo y de sus hijas estaciones
la ciega rapidez y la inconstancia.
Así cuando la bella primavera
pierde su gala y virginal sonrisa
y se retira triste
de tu jardín, Eliza,
huyendo del invierno los enojos,
al fuego de tu genio y de tus ojos
con sus vivos colores y fragancia
bajo de tu pincel nace en tu estancia.
En tu estancia feliz que yo contemplo
será con tu presencia
el más hermoso templo
del gusto, la piedad y la inocencia,
a cuyo culto y plácidos misterios
vestal sacerdotisa
con tu graciosa hermana será Eliza.


_________________
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Mensaje por Lluvia Abril Dom 22 Mar 2015, 09:02

Encontré estas dos cartas, me parecen interesantes y aquí las dejo



DOS CARTAS CRÍTICAS DE SIMÓN BOLÍVAR A JOSÉ JOAQUÍN
OLMEDO



CARTA. Año 1825
896.- DE UNA COPIA).
Cuzco, 27 de junio de 1825.
SEÑOR JOSÉ JOAQUÍN OLMEDO.



Querido amigo:
Hace muy pocos días que recibí en el camino dos cartas de Vd. y un poema: las
cartas son de un político y un poeta, pero el poema es de un Apolo. Todos los
calores de la zona tórrida, todos los fuegos de Junín y Ayacucho, todos los rayos del
Padre de Manco Capac, no han producido jamás una inflamación más intensa en la
mente de un mortal. Vd. dispara.., donde no se ha disparado un tiro; Vd. abrasa la
tierra con las ascuas del eje y de las ruedas de un carro de Aquiles que no rodó
jamás en Junín; Vd. se hace dueño de todos los personajes: de mí forma un Júpiter;
de Sucre un Marte; de La Mar un Agamenón y un Menelao; de Córdoba un Aquiles;
de Necochea un Patroclo y un Ayax; de Miller un Diómedes, y de Lara un Ulises.
Todos tenemos nuestra sombra divina o heroica que nos cubre con sus alas de
protección como ángeles guardianes. Vd. nos hace a su modo poético y fantástico; y
para continuar en el país de la poesía la ficción de la fábula, Vd. nos eleva con su
deidad mentirosa, como la águila de Júpiter levantó a los cielos a la tortuga para
dejarla caer sobre una roca que le rompiese sus miembros rastreros: Vd., pues, nos
ha sublimado tanto, que nos ha precipitado al abismo de la nada, cubriendo con
una inmensidad de luces el pálido resplandor de nuestras opacas virtudes. Así,
amigo mío, Vd. nos ha pulverizado con los rayos de su Júpiter, con la espada de su
Marte, con el cetro de su Agamenón, con la lanza de su Aquiles, y con la sabiduría
de su Ulises. Si yo no fuese tan bueno y Vd. no fuese tan poeta, me avanzaría a creer
que Vd. había querido hacer una parodia de la Ilíada con los héroes de nuestra
pobre farsa. Mas no, no lo creo. Vd. es poeta y sabe bien, tanto como Bonaparte,
que de lo heroico a lo ridículo no hay más que un paso, y que Manolo y el Cid son
2 hermanos, aunque hijos de distintos padres. Un americano leerá el poema de Vd.
como un canto de Homero; y un español lo leerá como un canto del «Facistol» de
Boileau.
Por todo doy a Vd. las gracias penetrado de una gratitud sin límites.
Yo no dudo que Vd. llenará dignamente su comisión a Inglaterra; tanto 1o he
creído, que habiendo echado la faz sobre todo el Imperio del Sol, no encontré un
diplomático que fuese capaz de representar y negociar por el Perú más
ventajosamente que Vd. Uní a Vd. un matemático, porque no fuese que llevado Vd.
de la verdad poética, creyese que dos y dos formaban cuatro mil; pero nuestro
Euclides ha ido a abrirle los ojos a nuestro Homero, para que no vea con su
imaginación sino con sus miembros, y para que no le permita que lo encanten con
armonías y metros, y abra los oídos solamente a la prosa tosca, dura y
despellejadora de los políticos y de los publicanos.
He llegado ayer al país clásico del sol, de los Incas, de la fábula y de la historia. Aquí
el sol verdadero es el oro; los Incas son los virreyes o prefectos; la fábula es la
historia de Gracilazo; la historia la relación de la destrucción de los Indios por Las
Casas. Abstracción hecha de toda poesía, todo me recuerda altas ideas,
pensamientos profundos; mi alma está embelesada con la presencia de la primitiva
naturaleza, desarrollada por sí misma, dando creaciones de sus propios elementos
por el modelo de sus inspiraciones íntimas, sin mezcla alguna de las obras
extrañas, de los consejos ajenos, de los caprichos del espíritu humano, ni el
contagio de la historia de los crímenes y de los absurdos de nuestra especie. Manco
Capac, Adán de los indios, salió de su Paraíso titicaco y formó una sociedad
histórica, sin mezcla de fábula sagrada o profana
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Dios lo hizo hombre; él hizo su reino, y la historia ha dicho la verdad; porque los
monumentos de piedra, las vías grandes y rectas, las costumbres inocentes y la
tradición genuina, nos hacen testigos de una creación social de que no tenemos ni
idea, ni modelo, ni copia. El Perú es original en los fastos de los hombres. Esto me
parece, porque estoy presente, y me parece evidente todo lo que, con más o menos
poesía, acabo de decir a Vd.
Tenga Vd. la bondad de presentar esta carta al señor Paredes y ofrezco a Vd. las
sinceras expresiones de mi amistad.
BOLÍVAR.

Publicada por primera vez por Francisco P. Icaza, según copia conservada en el
archivo de Martín Icaza, suegro de Olmedo. Véase el periódico «Los Andes», de
Guayaquil, 11 de junio de 1870.


CARTA. Año 1825
912.- DE UNA COPIA).
Cuzco, 12 de julio de 1825.
SEÑOR DON JOSÉ JOAQUIN OLMEDO.



Mi querido amigo:
Anteayer recibí una carta de Vd. de 15 de mayo, que no puedo menos de llamar
extraordinaria, porque Vd. se toma la libertad de hacerme poeta sin yo saberlo, ni
haber pedido mi consentimiento. Como todo poeta es temoso, Vd. se ha empeñado
en suponerme sus gustos y talentos. Ya que Vd. ha hecho su gusto y tomado su
pena, haré como aquel paisano a quien hicieron rey en una comedia y decía: "Ya
que soy rey, haré justicia". No se queje Vd., pues, de mis fallos, pues como no
conozco el oficio daré palos de ciego por imitar al rey de la comedia que no dejaba
títere con gorra que no mandase preso. Entremos en materia.
He oído decir que un tal Horacio escribió a los Pisones una carta muy severa, en la
que castigaba con dureza las composiciones métricas; y su imitador, M. Boileau, me
ha enseñado unos cuantos preceptos para que un hombre sin medida pueda dividir
y tronchar a cualquiera que hable muy mesuradamente en tono melodioso y
rítmico.
Empezaré usando de una falta oratoria pues no me gusta entrar alabando para salir
mordiendo: dejaré mis panegíricos para el fin de la obra, que, en mi opinión, los
merece bien, y prepárese Vd. para oír inmensas verdades, o, por mejor decir,
verdades prosaicas, pues Vd. sabe muy bien que un poeta mide la verdad de un
modo diferente de nosotros los hombres de prosa. Seguiré a mis maestros.
Vd. debió haber borrado muchos versos que yo encuentro prosaicos y vulgares: o yo
no tengo oído musical, o son... o son renglones oratorios. Páseme Vd. el
atrevimiento; pero Vd. me ha dado este poema y yo puedo hacer de él cera y pabilo.
Después de esto, Vd. debió haber dejado este canto reposar como el vino en
fermentación para encontrarlo frío, gustarlo y apreciarlo. La precipitación es un
gran delito en un poeta. Racine gastaba dos años en hacer menos versos que Vd., y
por eso es el más puro versificador de los tiempos modernos. El plan del poema,
aunque en realidad es bueno, tiene un defecto capital en su diseño.
Vd. ha trazado un cuadro muy pequeño para colocar dentro un coloso que ocupa
todo el ámbito y cubre con su sombra a los demás personajes. El Inca HuainaCapac
parece que es el asunto del poema: él es el genio, él la sabiduría, él es el
héroe, en fin. Por otra parte, no parece propio que alabe indirectamente a la
religión que le destruyó; y menos parece propio aun que no quiera el
restablecimiento de su trono por dar preferencia a extranjeros intrusos, que,
aunque vengadores de su sangre, siempre son descendientes de los que aniquilaron
su imperio: este desprendimiento no se lo pasa a Vd. nadie. La naturaleza debe
presidir a todas las reglas, y esto no está en la naturaleza. También me permitirá
Vd. que le observe que este genio Inca, que debía ser más leve que el éter, pues que
viene del cielo, se muestra un poco hablador y embrollón, lo que no le han
perdonado los poetas al buen Enrique en su arenga a la reina Isabel, y ya Vd. sabe
que Voltaire tenía sus títulos a la indulgencia, y, sin embargo, no escapó de la
crítica.
La introducción del canto es rimbombante: es el rayo de Júpiter que parte a la
tierra a atronar a los Andes que deben sufrir la sin igual fazaña de Junín. Aquí de
un precepto de Boileau, que alaba la modestia con que empieza Homero su divina
Ilíada; promete poco y da mucho. Los valles y la sierra proclaman a la tierra: el
sonsonete no es lindo; y los soldados proclaman al general, pues que los valles y la
sierra son los muy humildes servidores de la tierra.
La estrofa 360 tiene visos de prosa: yo no sé si me equivoco; y si tengo culpa, ¿para
qué me ha hecho Vd. rey?
Citemos, para que no haya disputa, por ejemplo el verso 720: (*)
Que al Magdalena y al Rimac bullicioso...
Y este otro, 750:
Del triunfo que prepara glorioso...
Y otros que no cito por no parecer riguroso e ingrato con quien me canta.
La Torre de San Pablo será el Pindo de Vd. y el caudaloso Támesis se convertirá en
Helicona: allí encontrará Vd. su canto lleno de esplín, y consultando la sombra de
Milton hará una bella aplicación de sus diablos a nosotros. Con las sombras de
otros muchos ínclitos poetas, Vd. se hallará mejor inspirado que por el Inca, que, a
la verdad, no sabría cantar más que yaravís. Pope, el poeta del culto de Vd., le dará
algunas lecciones para que corrija ciertas caídas de que no pudo escaparse ni el
mismo Homero. Vd. me perdonará que me meta tras de Horacio para dar mis
oráculos: este criticón se indignaba de que durmiese el autor de la Ilíada, y Vd.
sabe muy bien que Virgilio estaba arrepentido de haber hecho una hija tan divina
como la Eneida después de nueve a diez años de estarla engendrando; así, amigo
mío, lima y más lima para pulir las obras de los hombres. Ya veo tierra; termino mi
crítica, o mejor diré mis palos de ciego.
Confieso a Vd. humildemente que la versificación de su poema me parece sublime:
un genio lo arrebató a Vd. a los cielos. Vd. conserva en la mayor parte del canto un
calor vivificante y continuo; algunas de las inspiraciones son originales; los
pensamientos nobles y hermosos; el rayo que el héroe de Vd. presta a Sucre es
superior a la cesión de las armas que hizo Aquiles a Patroclo. La estrofa 130 es
bellísima: oigo rodar los torbellinos y veo arder los ejes: aquello es griego, es
homérico. En la presentación de Bolívar en Junín se ve, aunque de perfil, el
momento antes de acometerse Turno y Eneas. La parte que Vd. da a Sucre es
guerrera y grande. Y cuando habla de La Mar, me acuerdo de Homero cantando a
su amigo Mentor: aunque los caracteres son diferentes, el caso es semejante; y, por
otra parte, ¿no será La Mar un Mentor guerrero?
Permítame Vd., querido amigo, le pregunte ¿de dónde sacó Vd. tanto estro para
mantener un canto tan bien sostenido desde su principio hasta el fin? El término de
la batalla da la victoria, y Vd. la ha ganado porque ha finalizado su poema con
dulces versos, altas ideas y pensamientos filosóficos. Su vuelta de Vd. al campo es
pindárica, y a mí me ha gustado tanto que la llamaría divina.
Siga Vd., mi querido poeta, la hermosa carrera que le han abierto las Musas con la
traducción de Pope y el canto a Bolívar.
Perdón, perdón, amigo; la culpa es de Vd. que me metió a poeta.
Su amigo de corazón.
BOLÍVAR.

El señor F. P. Icaza dio a conocer esta carta, y la de 27 de junio para el mismo
Olmedo, en el periódico de Guayaquil "Los Andes", del 11 de junio de 1870, según
copias pertenecientes a D. Martín Icaza.


(*) Estas observaciones se refieren a la primera edición del canto, que salió plagada
de errores. — Nota del señor Icaza


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Mensaje por Lluvia Abril Lun 23 Mar 2015, 07:35

Oda a Miñarica.
Canto al General Flores. Vencedor de Miñarica.


Cual águila inexperta, que impelida
del regio instinto de su estirpe clara,
emprende el precoz vuelo
en atrevido ensayo,
y elevándose ufana, envanecida,
sobre las nubes que atormenta el rayo,
no en el peligro de su ardor repara,
y a su ambicioso anhelo
estrecha viene la mitad del cielo;

Mas de improviso deslumbrada, ciega,
sin saber donde va, pierde el aliento
y a merced del viento
ya su destino y su salud entrega;
o por su solo peso descendiendo
se encuentra por acaso
en medio de su selva conocida,
y allí la luz huyendo, se guarece,
y de fatiga y de pavor vencida,
renunciando al imperio, desfallece:

Así mi Musa un día
sintió la tierra huir bajo su planta,
y osó escalar los cielos, no teniendo
más genio que amor patrio y osadía.

En la región etérea se declara
grande sacerdotisa de los Incas;
abre el templo del Sol, flores y ofrendas
esparce sobre el ara;
ciñe la estola espléndida y la fiara:
inquieta, atormentada
de un dios que dentro el pecho no le cabe,
profiere en alta voz lo que no sabe,
por ciega inspiración. Tiemblan los reyes
escuchando el oráculo tremendo;
revelaciones, leyes
dicta al pueblo; describe las batallas:
de la patria predice la victoria
y la aplaude en seráficos cantares;
de los Incas deifica la memoria,
y a sus manes sagrados
si tumba les faltó, levanta altares. ,

Mas cuando ya su triunfo abosorta canta,
atrás la vista torna,
mide el abismo que salvó, y se espanta,
tiembla, deja caer el refulgente
sacro diadema que sus sienes orna,
y flaco el pecho, el ánimo doliente,
cual si volviera de un delirio, siente,
y de la santa agitación rendida,
queda en lento deliquio adormecida...

En vano el bronce fratricida truena
y de las armas rompe el estallido;
y al recrujir el carro de la guerra,
se siente en torno retemblar la tierra.

Y el atroz silbo de rabiosas sierpes
que la Discordia enreda a su melena
en sed mortal los pechos enfurece,
y de la antigua silla de los Incas
hasta do bate el mar los altos muros
de la noble heredera de Cartago,
todo es horror y confusión y estrago.

En vano ¡oh Dios! del medio
de las olas civiles, con sorpresa,
joven, graciosa, de esperanzas llena
una nueva República aparece,
cual la diosa de amor y de belleza
coronada de rosas y azahares,
con que el ambiente plácido perfuma,
surgió sobre la hirviente y alba espuma
del mar nacida a serenar los mares.

Y en vano sobre el margen populoso
del rico Tames y bullente Rima,
en versos numerosos
canoras voces se alzan despertando
la Musa de Junín... que el sacro fuego
de inspiración cesó; lánguido expira,
y el canto silencioso
duerme sobre las cuerdas de su lira.

Mas nunca el Genio muere;
y con su aliento
la tierra, el firmamento,
el mármol y cadáveres anima.

¡Ya está dentro de mí!- Veloces vientos,
anunciad a las gentes
un nuevo canto de victoria.
Dadme laurel y palmas y alas esplendentes;
volvedme el estro santo,
que ya en el seno siento hervir el canto.

¿Adonde huyendo del paterno techo
corre la juventud precipitada?
En sus ojos furor, rabia en su pecho,
y en su mano blandiendo ensangrentada
un tizón infernal; cual civil Parca
ciega discurre, tala, y sus horrendas
huellas en sangre y en cenizas marca.

Leyes, y patria, y libertad proclaman...
y oro, sangre, poder... ! ésas sus leyes,
ésa es la libertad, de que se llaman
ínclitos vengadores!...

Y en los enormes montes interpuestos
y en el soberbio e inexpugnable alcázar,
que de lejos ostenta
la Reina del Pacífico opulenta,
la insolente esperanza
ponen de triunfo cierto y de venganza.

Corren al triunfo cierto... y un abismo
se abrió bajo sus pies... que los horrores
de tanta sedición, los alaridos
que entre las ruinas salen, los clamores
de tantos pueblos íntegros y fieles,
el rayo concitaron que dormía
allá en el seno de su nube umbría.

Ese es el adalid a quien dio el Cielo
valor, consejo, previsión y audacia:
Al arduo empeño, a la mayor desgracia
le sobra el corazón. Todo le cede;
sirve a su voz la suerte, ante su Genio
el peligro, espantado retrocede.

¡Flores! los pueblos claman;
y los montes
que la escena magnífica decoran.
¡Flores! repiten sin cesar.
Los ecos
ávidos unos a otros se devoran
y en inquietud perpetua se suceden
como olas de la mar, Sordos aterran
la turba pertinaz, que espavorida
huye, y no sabe dónde -y doquiera
los ecos la persiguen, y doquiera
el espectro del héroe la intimida.
Así cuando una nube repentina
enluta el cielo, cuando el sol declina
se afanan los pastores recogiendo
el rebaño que pace descuidado.

Mas de improviso
estalla un trueno horrendo,
el tímido ganado se aturde,
se dispersa desoyendo
del fiel mastín inútiles clamores,
se pierde en precipicios espantosos,
que más lo apartan del redil querido;
y entre tantos horrores
vagan, tiemblan, caen confundidos
ganados, y mastines y pastores.

Oyó la voz doliente de la Patria
su siempre fiel guerrero,
y desnudando el invencible acero,
se avanza; y los valientes capitanes
en cien lides gloriosos lo rodean,
y dar paz a la Patria o morir firmes
sobre la cruz de sus espadas juran...

El habla: y a su acento
todo en torno es acción y movimiento.
Armas, tormentos bélicos... y cuanto
elemento de guerra y de victoria
da el suelo, forma el arte, el genio crea
se apresta, o aparece por encanto

Gime el yunque, la fragua centellea
brota naves el mar, tropas la tierra..
Aquí y allá la juventud se adiestra
a la terrible y desigual palestra....
Y el caballo impaciente
de freno y de reposo,
se indigna, escarba el suelo polvoroso;
impávido, insolente
demanda la señal, bufa, amenaza,
tiemblan sus miembros,
su ojos reverbera,
enarca la cerviz, la alza arrogante
de prominente oreja coronada,
y al viento derramada
la crin luciente de su cuello enhiesto
ufano da en fantástica carrera
mil y mil pasos sin salir del puesto.
Mayor afán, agitación, tumulto
reina en el bando opuesto.
Armas les da el furor; la ambición ciega
constancia... obstinación.
¡Cuan impotente
dio voces la razón!... Y en vano el cielo
los aterra con signos portentosos.

Nocturnas sombras vagan por el suelo
exhalando alaridos lastimosos;
rayos sanguíneos las tinieblas aran
en pálido fulgor; y por la noche
sones terribles de uno al otro extremo
de la espantosa bóveda se oyeron;
se hiende el monte, el huracán estalla
y es todo el aire un campo de batalla.

Y en medio de la pompa más solemne
Las imágenes santas derribadas,
-¡qué horror- del alto pedestal cayeron
del incienso sacrílego indignadas.

¿Veis allás lejos ominosa nube
cndeando en polvo de revuelta arena,
que densa se derrama y lenta sube...?
Allí está Miñarica. La Discordia
allí sus haces crédulas ordena:
las convoca, las cuenta, las inflama...
las inflama... después las desenfrena.

Flores vuela al encuentro,
y cuando alzada
sobre la hostil cerviz resplandecía
su espada, reconoce sus hermanos;
lejos de sí la arroja, y les ofrece
el seno abierto y las inermes manos.

Mas fiera la facción, se enorgullece:
razón, ruego, amistad y paz desdeña.
Triunfa al verse rogada,
y en ilusión y en arrogancia crece:
que rara vez clemencia generosa
el monstruo del furor civil domeña,
y aun más los viles pechos escandece.
Tornó el héroe a relumbrar la espada,
y ésta fue la señal. Los combatientes
con firme paso y exultantes frentes
se acorriente, se mezclan... De una parte
el número y el ímpetu... de la otra
arte, valor, serenidad, doquiera
furor y sangre... y a las armas sangre,
aun más infame que el orín, empaña;
y los pendones patrios encontrados
rotos y en sangre flotan empapados.
Cristados yelmos, miembros palpitantes
erizan la campaña...
y los troncos humanos
se revuelca, amagan,
e impotentes de herir, siquiera insultan,
mientras los restos de vital aliento
entre sus labios macilentos vagan.

Los antiguos amigos, los hermanos
se encuentran, se conocen y se abrazan
con el abrazo de furente saña....

Ni tregua, ni piedad... ¿ Quién me retira
de esta escena de horror? -¡Rompe tu lira,
doliente Musa mía, y antes deja
por siempre sepultada en noche oscura
tanta guerra civil! ¡Oh!, tú no seas
quien a la edad futura
quiera en durable verso revelarla:
que si mengua o escándalo resulta,
honra más la verdad quien más la oculta...

Como rayo entre nube tormentosa
serpea fulminando, y veloz huye,
vuelve a brillar, la tempestad disipa
y su esplendor al cielo restituye;
así la espada del invicto Flores
por entre los espesos escuadrones
va sin ley cierta, brilla... y desaparecen.

A los unos aterra su presencia,
otros piedad clamando, se rindieron,
y a los que fuertes para huir, huyeron,
los alcanzó en su fuga la clemencia.

¡Salud, oh claro Vencedor! Oh firme
brazo, columna y gloria de la patria!
Por tí la asolación, por tí el estruendo
bélico cesa, y la inspirada Musa
despertó dando arrebatado canto.
Por tí la Patria el merecido llanto
templa al mirar el hecatombe horrendo
que es precio de la paz. Por tí recobran
su paz los pueblos y su prez las artes,
la alma Temis su santo ministerio,
su antiguo honor los patrios estandartes,
la Ley su cetro, Libertad su imperio,
y las sombras de Guachi desoladas
de su afrenta y dolor quedan vengadas.
Rey de los Andes, la ardua frente inclina,
que pasa el Vencedor: a nuestras playas
dirige el paso victorioso, en tanto
que el himno sacro la amistad entona,
y fausta la Victoria le destina
triunfales pompas en su caro Guayas
y en este canto espléndida corona.





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Mensaje por Lluvia Abril Lun 23 Mar 2015, 07:54

UN SUEÑO

Visitome el amor esta noche
con un dulce, gratísimo sueño:
yo soñé que a mi angélico dueño
de este modo empezábale a hablar:
-Saber puedes las veces que te amo
si las luces contares del cielo,
y las hojas que cubren el suelo,
y las olas que baten la mar...-

Ella me oye, y gustosa y afable
corre a mí con el seno entreabierto...
Mas ¡ay triste!, que al punto despierto,
y era sombra lo que iba a abrazar.
Loco, ciego, impaciente, furioso,
salto luego del lecho gritando:
-¡Duro amor!, ¡duro amor!, ¿hasta cuándo,
hasta cuándo me quieres burlar?

LA REPÚBLICA

Alza tronos, odiosa tiranía:
Miseros pueblos, la cerviz doblada,
Los sostendrán, llamando afortunada
La suerte vil que los abruma impía.

Tiende, ostentando audacia y felonía,
Demagogia, tu garra ensangrentada,
Y en nombre ¡ ay ! de libertad sagrada,
Grita á la sociedad: «¡ Presa eres mia !»

¿ Y habréis de ser eternos, infernales
Monstruos lanzados por castigo al suelo,
Y ante quienes la dicha huye y se aterra í
No, que apiadado al fin de nuestros males,
Tornándose al abismo, dirá el cielo:
« ¡ República inmortal, tuya esla tierra ! »


Al retrato de un Cupido, dado por Nise

¿Dónde corres, Cupido,
a la luz de tus fuegos,
seguido de tu madre
tan alegre y contento?
Para más bien, y llora:
no todos son tus siervos;
la joven que yo adoro
se resiste a tu imperio.

Deja ya ese arco flojo
por el uso y el tiempo,
ni tu dorada aljaba
penda de tu hombro bello,
y apaga de tu tea
el ya lánguido fuego,
que la joven que adoro
se resiste a tu imperio.

Antes bien busca flechas
y un arco más certero,
y o súmete en la tierra,
o levántate al cielo,
para encender tu antorcha
de más activo fuego,
pues la joven que adoro
se resiste a tu imperio.


_________________
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Mensaje por Lluvia Abril Lun 23 Mar 2015, 18:49

Al general Lamar

No fue tu gloria el combatir valiente,  
ni el derrotar las huestes castellanas;  
otros también con lanzas inhumanas  
anegaron en sangre el continente.  


Gloria fue tuya el levantar la frente  
en el solio sin crimen, las peruanas  
layes santificar, y en las lejanas  
playas morir proscrito o inocente.  


Surjan del sucio polvo héroes de un día,  
y tiemble el mundo a sus feroces hechos:  
pasará al fin su horrenda nombradía.  


A la tuya los siglos son estrechos,  
Lamar, porque el poder que te dio el cielo  
sólo sirvió a la tierra de consuelo.

Canción I

Aquel velo misterioso
que al pudor la noche da,
es más bello y más hermoso
que el sol en su claridad.
Ven, pues, noche, no te tardes,
ven mis dichas a colmar.

Allá lejos tras los montes
escondiéndose el sol va;
ésta es la hora venturosa
del placer y de la paz.
Llega, noche, no te tardes,
ven mis dichas a colmar.

Ven, amiga, presurosa,
que mi amor te espera ya,
y cada sombra me engaña
pensando que tú serás.
Llega, noche, no te tardes,
ven mis dichas a colmar.


CanciónII

Divino encanto,
si acaso mi llanto
mueve tu atención,
cesa en el empeño
de herir con tu ceño
al que te hizo dueño
de su corazón.

Y si te ofendo,
ingrata, diciendo
mi dolencia atroz,
moriré fino,
pues ya me convino
el dulce destino
de morir por vos.

Nada dijera
si callar pudiera
tan grave dolor.
Mas nadie sabe
que siendo tan grave
en mí ya no cabe
todo su rigor.

¡Ay!, bella ingrata,
si tu rigor trata
de abatir mi amor,
mi pecho amante
morirá al instante
con una constante
desesperación.

Y si no dejas
que quepa en mis quejas
todo tu rigor,
ingrata bella,
con dura querella,
maldigo la estrella
que a ti me rindió.

Décimas

Para templar el calor
de la estación y la edad,
me abandonas sin piedad,
mi hechizo, mi único amor.
Te engañas, porque el ardor
de un alma fina y constante,
si está de su bien distante,
crece en el agua, en la nieve,
y sólo templarse debe
en el seno de un amante.

Ven, pues, dulce amiga, luego,
que tú eres la sola fuente
que puede mi sed ardiente
saciar, y templar mi fuego.
En vano buscaré ciego
más gracia, más perfección,
otro afecto, otra pasión,
porque tus ojos divinos
solos saben los caminos
que van a mi corazón.


A un amigo I


¿Por qué ha dado tu lira
tan áspero sonido,
tu lira que cantaba
de Filis el favor y los hechizos?

¿Acaso murió Filis,
su amor era fingido,
o el almo desengaño
bajó del cielo a darte sus avisos?

¿Tu juventud se huyera,
las canas te han salido,
o ya la triste ruga
en tu frente tortuosos surcos hizo?

¡Ay no!... pues la edad pasa
más presta que un navío
con viento favorable,
más que el dardo del arco desprendido.

¿Qué a la vejez te espera
de tedios y suspiros,
insensible a la fuerza
ya de los ojos negros y del vino?

En lugar de las rosas
de que antes te has ceñido,
verás la sien cercada
de lirio melancólico y marchito.

Todo se irá, dejando
mil recuerdos sombríos;
la ocasión, pues, no dejes,
sorprende la ocasión, ¡qué haces, amigo!

El tiempo te convida
a navegar: propicio
está el viento, y el cielo
sereno está, y el vasto mar tranquilo.

Navega, pues, que en breve
todo será peligros,
se deshará la nave
y se alzarán violentos torbellinos;

o en enfadosa calma,
si no tienes peligros,
no verás los jardines
hechiceros de Pafos y de Gnido.

Vuelva a dar, pues, tu lira
delicado sonido,
e inflámense con ellos
las tímidas doncellas y los niños.

Mira que presto vuelan
placeres fugitivos,
tiende, tiende las redes,
ninguno escape el lazo ya tendido.

Si no tienes objetos
del dulce verso dignos,
ven a este fértil pueblo,
hallarás mil Elenas y Calipsos;

o bien todas las Gracias,
los Amores unidos
en los ojos de Nise,
de mi amor, de mi bien, del dueño mío.

Los verás, y pasmado
los amarás conmigo,
cantarás cual solías
en tiempo más feliz, de amor herido.

Sí, cantarás sus ojos,
causa de mis delirios,
negros, grandes, rasgados,
de enroscadas pestañas defendidos.

Sus ojos celestiales,
ya lánguidos, ya vivos,
ya fijos, ya vagantes
y en su modestia misma tan lascivos.


A un amigo II



(Don Gaspar Rico)

En el nacimiento de su primogénito


¡Tanto bien es vivir, que presurosos
deudos y amigos plácidos rodean
la cuna del que nace,
y en versos numerosos
con felices pronósticos recrean
la ilusión paternal! Uno la frente
besa del inocente
y en ella lee su próspero destino;
otro, ingenio divino,
sed de saber y fama
y de amor patrio la celeste llama
ve en sus ojos arder; y la ternura,
el candor y piedad otro divisa
en su graciosa y plácida sonrisa.

Pero ¿será feliz?, ¿o serán tantas
hermosas esperanzas, ilusiones?
Ilusiones, Risel. Ese agraciado
niño, tu amor y tu embeleso ahora,
hombre nace a miseria condenado.
Vanos títulos son para librarle
su fortuna, su nombre.
Mas ¿qué hablo yo de nombre y de fortuna?,
si su misma virtud y sus talentos
serán en estos malhadados días
un crimen sin perdón... La moral pura
la simple, la veraz filosofía,
y tus leyes seguir, madre Natura,
impiedad se dirá. Rasgar el velo
que la superstición, la hipocresía
tienden a la maldad; decir que el cielo
límites ciertos al poder prescribe
como a la mar; y que la mar insana
menos desobediente
es al alto decreto omnipotente:
impiedad... sedición... Por toda parte,
la frente erguida, el vicio se pasea,
llevando por divisa «audacia y arte».
Tienta, seduce, inflama,
ni oro, ni afán perdona;
da a la maldad por galardón la fama,
se atreve a todo, y triunfa, y se corona.
¡Qué escenas, Dios!, ¡qué ejemplos!, ¡qué peligro!
¿Y es tanto bien vivir? -¡Siquiera el cielo
a más serenos días retardará,
oh niño, tu nacer!, que ahora sólo
el indigno espectáculo te espera
de una patria en mil partes lacerada,
sangre filial brotando por doquiera,
y, crinada de sierpes silbadoras,
la discordia indignada
sacudiendo, cual furia horrible y fea,
su pestilente y ominosa tea.

¡Oh!, ¡si te fuera dado al seno oscuro
pero dulce y seguro,
de la nada tornar!... y de este hermoso
y vivífico sol, alma del mundo,
no volver a la luz, sino allá cuando
ceñida en lauro de victoria ostente
la dulce patria su radiosa frente,
el astro del saber termine
su conocido giro al occidente,
y el culto del arado y de las artes,
más preciosas que el oro,
haga reflorecer en lustre eterno,
candor, riqueza y nacional decoro,
y leyes de virtud y amor dictando,
en lazo federal las gentes todas
adune la alma paz, y se amen todas...
y ¡oh triunfo!, derrocados
caigan al hondo abismo
error, odio civil y fanatismo.

Traed, cielos, en alas presurosas
este de expectación hermoso día.
Entretanto, Risel, cauto refrena
el vuelo de esperanza y de alegría.
¡Oh, cuántas veces una flor graciosa
que al primer rayo matinal se abría,
y gloria del vergel la proclamaba
la turba de los hijos de la Aurora,
y algún tierno amador la destinaba
a morir perfumando el casto seno
de la más bella y más feliz pastora!,
¡oh, cuántas veces mustia y desmayada
no llega a ver el sol, que de improviso
la abrasa el hielo, el viento la deshoja,
o quizá hollada por la planta impura
de una bestia feroz ve su hermosura!

Empero tu deber, Risel amado,
ya que te ves alzado
a la sublime dignidad de padre,
te manda no temer; antes el fuerte
pecho contraponer a la violenta
avenida del mal y de la suerte.
Virtud, ingenio tienes. Sirva todo,
no sólo a dirigir la índole tierna
de tu hijo al bien, que en desunión eterna
está con la ambición y la mentira,
sino a purificar en algún modo
el aire infecto que doquier respira.
Aprenda de tu ejemplo
prudencia, no doblez; valor, no audacia;
moderación en próspera fortuna,
constante dignidad en la desgracia.
Porque cuando en el monte se embravece
hórrida tempestad, el flaco arbusto
trabajado del ábrego perece,
mas al humilde suelo nunca inclina
su excelsa frente la robusta encina,
antes allá en las nubes señorea
los elementos en su guerra impía
y al fulgurante rayo desafía.

Y tú, mi dulce amiga, cuyo hermoso
corazón es el ara
del amor conyugal y la ternura,
que por seguir y consolar tu esposo,
en tabla mal segura
osaste hollar con varonil denuedo
mares por sus naufragios tan famosas,
y cortes más que mares procelosas;
tú, que aun en medio del dolor serena,
viste abrirse a tus pies la tumba oscura,
ni asomada a su abismo te espantaste,
y ansiedad, y amargura,
en los pesares sólo,
mal merecidos, de Risel mostraste,
o cuando el tierno pecho te asaltaba
dulce memoria de tu patria ausente;
¡oh!, entonces no sabías
que al volver a tu patria y tus amigos
en premio el cielo a tu virtud guardaba
lo que negó a diez años de deseos,
y que madre a tu madre abrazarías.

Gózate para siempre, amiga mía;
huyó la nube en tempestad preñada,
y te amanece bonancible día.
Éste, éste de la patria el caro suelo,
éste su dulce y apacible cielo,
éstos tus lares son. ¿Por qué suspiras?
No es ya mentido sueño lo qué miras...
Esa que tierna abrazas es tu madre,
tú, más feliz que yo, tu madre abrazas...
mientras yo ¡desdichado!,
sólo en la tumba abrazaré la mía.

Tú, sé feliz, y goza ya, segura
de sobresalto fiero,
inefable delicia en el cariño
de este precioso niño,
primera prenda de tu amor primero.
Paréceme mirarte embebecida
en sus ingenuas y festivas gracias;
y, cuando más absorta, de improviso
una lágrima ardiente
de tus ojos brotar... el inocente
cual si entendiera lo que entonces piensas,
las manecitas cariñosas tiende,
abre en sonrisa la encarnada boca
y el dulce beso maternal provoca.
Bésale, veces mil, y esta dulzura
divide con Risel. Sabia Natura
no te formó al nacer amable, hermosa,
sino para ser madre y ser esposa.
Y tú, querido infante, que ignorando
cuál será tu destino, en la dorada
blanda cuna te meces,
y agraciado sonríes
o ledo te adormeces;
ya que mirar la luz te ha dado el cielo,
vive, florece; y tus amigos vean
que en honor y consuelo
de tu familia y de tu patria creces.

Sigue como tus padres alentado
de la virtud la senda,
y nada temas; que en cualquier estado
vive el hombre de bien serenamente
a una y otra fortuna preparado.
Y libre, o en cadena, y aun alzada
sobre su cuello la funesta espada,
en noble impavidez antes la frente
a la ceñuda adversidad humilla
que a un risueño tirano la rodilla.

Lima, 1817.









Última edición por Lluvia Abril el Mar 24 Mar 2015, 04:45, editado 2 veces


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Mensaje por Lluvia Abril Lun 23 Mar 2015, 18:55


En la muerte
de doña María de Borbón, princesa de Asturias
de José Joaquín de Olmedo



Señor, Señor, el pueblo que te adora,
bajo el peso oprimido
de tu cólera santa, gime y llora.
Ya no hay más resistir: la débil caña
que fácil va y se mece
cuando sus alas bate el manso viento,
se sacude, se quiebra, desparece
al recio soplo de huracán violento.
Así tu ira, Señor, bajo las formas
de asoladora peste y hambre y guerra,
se derramó por la infeliz España,
y aquella que llenó toda la tierra
con hazañas tan dignas de memoria,
en sus débiles hombros ya ni puede
sostener el cadáver de su gloria;
y la que, un tiempo, Reina se decía
de uno y otro hemisferio,
y vio besar su planta, y pedir leyes
a los pueblos humildes y a los reyes,
llora cual una esclava en cautiverio.

¿Y en medio a tantos males,
olvidas tus cuidados paternales,
olvidas tu piedad, y hasta nos robas
la más dulce esperanza
en la amable Princesa,
dechado de virtud y de belleza?...
¡Oh memorable día
aquel en que la grande Barcelona,
saltando el noble pecho de alegría,
y ufana y orgullosa
al verse de sus reyes visitada,
vio la mar espumosa
besar su alta muralla,
y deponer después sobre su playa,
ante el inmenso pueblo que esperaba,
el precioso tesoro
que la bella Parténope mandaba!
Y entre las salvas y festivos vivas,
la augusta joven pisa ya la tierra,
que devota, algún día,
reina, señora y madre le diría.
Ni se sacian los ojos de mirarla,
y nadie puede verla sin amarla.
Llena de noble agrado, y apacible
y fácil y accesible,
siembra amor por doquier. Llega y conquista.
Todos los corazones son ya suyos...
Malograda Princesa,
no has muerto sin reinar. Un pueblo entero
libre te ha obedecido;
que quien ama obedece,
y sólo amor merece
lo que no puede el oro ni el acero.

¿Dó están las esperanzas, madre España,
las altas esperanzas que formaste,
cuando las bellas ramas
de un mismo excelso tronco entrelazaste?
¿Dó los tiempos pimpollos
que el tálamo real brotar debiera,
por cuyas venas la gloriosa sangre
del domador de Nápoles corriera;
que de su gloria y nombres herederos,
y a la sombra del trono
del grande Carlos y la amable Luisa,
crecieran, se elevaran
y feliz perpetuaran
la sucesión de reyes piadosos,
benéficos y bravos y guerreros
y padres de la patria verdaderos?
¿Dó, España, fueron tus ardientes votos,
que ante el altar postrada,
la noble faz bañada
en lágrimas de gozo,
en día tan dichoso
al cielo religiosa dirigiste?

Señor, ensordeciste
a su clamor, y a su llorar cegaste,
y los ojos tornaste
llenos de indignación: tembló la tierra,
y los cielos temblaron;
todos los elementos cruda guerra
entre sí concitaron;
rómpese el aire en rayos encendido;
retumba en torno el trueno estrepitoso,
el viento enfurecido
silba, conturba el mar; y las escuadras
en su arduo combatir van y se chocan,
ciegas se mezclan, se destrozan luego,
y al fondo de la mar de sangre y fuego,
como la piedra, bajan, desparecen.
Todos, todos perecen
confundidos, sin gloria y sin venganza;
y tu ira sólo triunfa. Después llamas
al ángel de la muerte, y le señalas
la digna primogénita de Iberia.
Él se alza, y reverente,
velada de temor su faz gloriosa
con las brillantes alas,
te oye y ciñe la espada reluciente,
del Egipto a los hijos ominosa,
de su sangre aún teñida,
y vuela a obedecerte...
Hiere, y cae la víctima inocente,
víctima de expiación de tus pecados,
España delincuente,
y herida cae de aquella misma espada,
con que una infiel nación fue castigada;
que al Todopoderoso
es altamente odioso,
quizá más que el infiel, su pueblo ingrato.

En tanto ya los males y dolores,
soldados indolentes, que militan
bajo el pendón sombrío de la muerte,
volteando en torno de la real cabeza
una tan cara vida amenazaron.
Sus ojos se anublaron,
sobre sus labios la sonrisa muere,
y se sienta la pálida tristeza
en los ojos, que fueron
el trono del amor y de las gracias;
y su pecho, en que ardía
la viva y casta llama de Fernando,
se fatiga, se oprime... Un mismo día
ha visto nuestra dicha
nacer, crecer, morir; y fue la noche
de tan alegre día
la noche de la tumba oscura y fría.

En vano ¡ay!, cuán en vano
agotó el arte humano
su saber, su poder... El alto cielo
su decreto de muerte dio... y el ángel
libertador de Isaac retardó el vuelo.

Cumana Profetisa
que desde tu honda y misteriosa cueva,
de furor agitada,
y en éxtasis sublime enajenada,
oráculos terribles revelaste,
¿por qué no levantaste
de la tumba, do yaces tantos siglos,
la venerable frente,
y la sagrada lengua desatando,
por qué no presentaste
los imperios caídos,
y los cetros rompidos
sobre el sepulcro triste y pavoroso?,
y ¿por qué no turbaste
el gozo de tu Nápoles, (cantando
el funeral destino que arrastraba
a las playas ibéricas su hija),
cuando fió a las olas
la reina de las gentes españolas?
Y el luto de tu patria o nunca fuera,
o, ya previsto mal, menos le hiriera.
Y tú que, ya cortados
los lazos que te unían
al trono y a la vida y a Fernando,
y tu esfuerzo a los cielos contenían,
te elevaste segura,
cual llama hermosa y pura,
del pábulo terrestre desprendida;
ve la mísera España
al extremo dolor abandonada
el real manto rugado,
la negra cabellera deslazada,
y ceñida la frente
de jacinto al ciprés entrelazado,
gemir sobre tu losa. Y los gemidos
su hija América oyendo también gime,
y triste y desolada
así suelta la voz apesarada:
«¡Oh!, ¡qué improviso golpe
mi herido corazón de nuevo hiere!...,
vi el monstruo de la guerra
ya en el antiguo mundo no cabiendo,
nadar, romper los mares tormentosos;
y a su terrible aspecto, a su bramido
espavorida retemblar mi tierra;
y vi la planta impura
del ínfido Bretón y codicioso,
en presencia del cielo,
manchar mi casto y religioso suelo;
vi mis campos talados,
vi profanar mis templos, mis altares,
vi mis hijos morir... ¡hijos amados!,
por su patria, su rey, su Dios armados;
cuyas manos valientes
sólo al morir soltaron el acero
bañado en sangre y gloria, único alivio
de esta viuda infeliz... ¡Carlos!, mis hijos
murieron ¡ay!, no mueran sin venganza;
que si vencer los fuertes no pudieron,
lidiar al menos y morir supieron».

Suspende, amada patria, tus querellas.
Sígueme, que en las alas
del rayo impetuosas,
cual la reina del aire,
me lanzo a las mansiones venturosas.
Las puertas eternales de improviso
se abrieron... ¿Oyes el armonioso,
arrebatado canto
que en torno suena del cordero santo?,
¿y entre el sublime y resonante coro,
cuál se alza fervorosa
de Antonia la oración, y cuál ofrece
su juventud, su vida, su martirio,
por los males del pueblo que ama tanto?
Ve ya del trono santo
bajar entre inefables resplandores
la mirada de paz, y el rayo ardiente
caerse de la diestra omnipotente.

Y tú, alado ministro de venganza,
tú que segaste en flor nuestra esperanza,
ve a decir a los pueblos enemigos
que la ira celestial se ha serenado;
que ya el Señor nos llama sus amigos,
que él solo nuestra fuerza quebrantaba,
que hoy su poder conforta nuestro brazo.
Di que tiemblen, que somos invencibles,
y que el León ibero,
la su crespa melena
erizada, ya rota la cadena,
rugirá; y al rugido
huyendo el insular precipitado
por sus ingratas olas,
el gran tridente soltará usurpado
en las tendidas playas españolas.


_________________
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 24 Mar 2015, 00:20

Lo cierto y verdad, mi querida amiga, es que no sé cómo lo haces... Yo todavía no terminé de poner un poema cuando tú llevas un número elevado de ellos. Mi felicitación.
Besos.


_________________
"No hay abrazos que paren los cañones
Ni cañones que maten la esperanza." 
                                                             Walter Faila.


¡NO A LA GUERRA!
- - - - - - - - 
José Luís Martínez Almeida, lo mismo carga contra Miguel Hernández, que contra Almudena Grandes...
Como los talibanes: SUMA DE IGNORANCIA Y COBARDÍA
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Mensaje por Lluvia Abril Mar 24 Mar 2015, 08:13

Dedicatoria


A J. R. O.

Y tú, mi dulce amigo,
que con la caza alegre
el afanoso estudio
alternas y entretienes,
sigue, sigue gozando
el placer de los reyes;
la diosa de los bosques
su gracia te promete.

Mas si en la selva umbrosa
dos palomitas vieres
acariciarse tiernas,
el tiro, cruel, suspende;
perdón a sus caricias,
y diles cuando vuelen:

«Si acaso sois de aquellas
que en Chipre tiran siempre
el carro de la madre
del amor y el deleite,
id allá desaladas,
palomas inocentes,
y en vuestro dulce arrullo
que Venus sola entiende,
decidle: Tu poeta
nos libró de la muerte»


En el álbum de la señorita Grimanesa Althaus
de José Joaquín de Olmedo



Díceme un dios que dentro el pecho siento,
que al nacer se me dio fuego divino,
sólo porque cantara ¡oh Grimanesa!,
las gracias, la virtud y la belleza.
Yo cumplí, no sin gloria, mi destino,
cuando mi corazón y el alma mía
en vivo amor y juventud ardía.

Y en premio de haber sido
siempre fiel al dulce ministerio,
el Dios, a cuyo imperio
se rinden voluntarios,
la tierra, el cielo, el mar, ha concedido
su antiguo ardor, su inspiración divina,
a un genio que fallece oscurecido,
como el sol que a su ocaso se avecina.

Y he podido cantar como solía...
Tuyo es este portento, amiga mía.
¡Qué gloria para mí! Ver que este día
la más graciosa y bella no rehúsa
ser la corona de mi anciana musa.



Epitalamio [1]
de José Joaquín de Olmedo



Ven Himeneo, ven Himeneo.

Un feliz joven
ya dobla el cuello
al dulce yugo
de un amor tierno;
ya en sus altares
quema el incienso,
y ardientemente
clamar le veo:
Ven Himeneo, ven Himeneo.

Todos se rinden
hoy a tu imperio,
y alegres viven
con ser tus siervos.
Sin ti los prados
quedaran secos,
ni correrían
los arroyuelos,
ni regalaran
al fácil viento
las tiernas aves
con su gorjeo:
Ven Himeneo, ven Himeneo.

La virgen tierna,
fijos al suelo
tiene los ojos,
los ojos bellos;
teme y desea,
mas bajo el velo
de la modestia,
tiene encubierto
el fuego dulce
de su deseo.
Ven Himeneo, ven Himeneo.

De Amores, Gracias,
y de tus Genios,
rodeado baja
del alto cielo;
ven, dios amable,
hijo de Venus,
da a los amantes
tu dulce beso;
sin ti, amor fuera
criminal fuego,
ni hubiera casto
puro recreo.
Ven Himeneo, ven Himeneo.

Así cantaba lleno de alegría
un coro de pastores;
y un coro de pastoras respondía:
En un hermoso prado,
donde la rica Flora
sus primores y galas atesora,
un bello altar yo miro consagrado
al dios de los amores
y al venturoso y plácido Himeneo.

El altar coronado
aparece de flores;
y las Ninfas y Gracias hechiceras,
de las más olorosas,
dos guirnaldas hermosas
componen placenteras.

¡Mil veces venturosas
las sienes delicadas
a las cuales un premio tan sagrado
el cielo en su bondad ha destinado!

Luego la compañía
ya el santo altar rodea,
ya por el verde prado se pasea.
Los pastores decían:
Ven Himeneo, ven; ven Himeneo,
y las tiernas pastoras repetían:
Ven Himeneo, ven; ven Himeneo,
¡Qué dulce alternativa!,
¡qué bella perspectiva!,
¡qué tocante espectáculo, formado
al placer de los ojos y del alma!

Ya las voces sonoras
se esparcen, se dilatan
en las alas del viento voladoras.
Al plácido ruido
de esta voz delicada,
parece recibir vida y sentido
aun la naturaleza inanimada,
pues a su voz los montes repetían:
Ven Himeneo, ven; ven Himeneo.

Fácil el dios desciende rodeado
de sus Genios parciales,
que anuncian a lo lejos su venida;
con su tea encendida
vienen mil cupiditos retozando
y festivos cantando
dulces himnos, canciones celestiales.
Llegaron al altar, y los zagales
con ardiente porfía
se alegran, como nunca se alegraron;
así cual suele siempre bulliciosa
la república libre de las aves
esforzar más los cánticos süaves
cuando aparece el día,
y el fiel esposo de la tierna aurora
con su llama benigna y apacible
las altas cumbres de los montes dora.

Toma el dios las guirnaldas en la mano.
Todos, todos callaron,
y esperaban ansiosos
que llegasen los jóvenes dichosos.
Llegan, y la decente compostura,
los pasos majestuosos,
la modesta hermosura
y ese ánimo tranquilo,
sin embargo de que arde y de que anhela,
están diciendo, sin querer decirlo:
Éste Gonzales es, ésta es Manuela.

La plácida alegría
se deja ver del dios en la ancha frente;
y a la joven esposa
la corona de rosa,
y otra corona igual pone al esposo.
Aquí es más fervoroso
el cántico del coro enardecido,
que en dos alas hermosas dividido,
con plácidos transportes de alegría,
el dulce y grato nombre
de Manuela y Gonzales repetía.

La sonrosada virgen inocente
aparece vestida
de un ropaje talar, cuya blancura
la fe sincera y pura
del tierno corazón está indicando,
y entre el amor, el gozo
y el pudor vacilando,
ya se acerca al altar como temblando.
Se le anuda la voz, cuando procura
pronunciar el solemne juramento;
solamente su amor en ese instante
lo descubre su seno palpitante;
su seno, pues sus ojos hechiceros,
cual lánguidos luceros
inmóviles se fijan en la tierra.

Luego el esposo amante
mira a la esposa amada
con ternura indecible... ¡oh, qué mirada!
y un largo y mudo abrazo
es el sagrado lazo
con que estrecha Himeneo
tan sensibles, tan tiernos corazones,
enlazada felice,
y alma Fecundidad la unión bendice.


_________________
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Mensaje por Lluvia Abril Sáb 28 Mar 2015, 04:33

Himno de Guayaquil
Autor:
Letra: José Joaquín de Olmedo
Música: Ana Villamil Ycaza
Año: 1918
Bandera de Guayaquil.



Coro

Saludemos gozosos
En armoniosos cánticos
Esta aurora gloriosa
Que anuncia libertad
Libertad, libertad!

I

¿Veis esa luz amable
que raya en el oriente,
cada vez más luciente
en gracia celestial?
Esa es la aurora plácida
¡que anuncia libertad!
Esa es la aurora plácida
¡que anuncia libertad!

II

Nosotros guardaremos
con ardor indecible
tu fuego inextinguible
¡oh santa Libertad!
Como vestales vírgenes
que sirven a tu altar,
como vestales vírgenes
que sirven a tu altar.

III

Haz que en el suelo que amas
florezcan en todas partes
el culto de las artes
y el honor nacional.
Y da con mano pródiga
los bienes de la paz,
y da con mano pródiga

los bienes de la paz.




EL ARBOL[1]

la sombra de este árbol venerable
donde se quiebra y calma,
la furia de los vientos formidable
y cuya ancianidad inspira á mi alma
un respeto sagrado y misterioso;
cuyo tronco desnudo y escabroso
un buen asiento rústico me ofrece;
y que de hojosa magestad cubierto

es el único rey de este desierto,
que vastísimo en torno me rodea;
aquí mi alma desea
venir á meditar; de aquí mi Musa
desplegando sus alas vagarosas
por el aire sutil tenderá el vuelo.
Ya qual fugaz y bella mariposa
por la selva florida,
libre inquieta perdida,
irá en pos de un clavel, ó de una rosa;
ya qual paloma blanda y lastimera
irá á Chipre á buscar su compañera;
ya quál garza atrevida
traspasará los mares,
verá todos los reynos y lugares;
ó qual águila audaz alzará el vuelo
hasta el remoto y estrellado cielo.
¿No vés quan ricas tornan á sus playas
de las Indias las naves Españolas
á pesar de los vientos y las olas?
Pues muy más rica tornarás, mi Musa,
de imágenes, de grandes pensamientos,
y de quantos tesoros de belleza
contiene en sí la gran naturaleza.
Y de tu largo vuelo fatigada
vendrás á descanzar como á seguro
y deseado puerto,
á la sombra del árbol del desierto.
¡Necio de mí! ¿Qué he visto?
¡Quantas veces mejor me hubiera estado
gozar en grata paz ménos curioso,
de este ocio dulce, fresco y regalado,

que ver el espectáculo horroroso
que la perjura Francia
de su seno feraz en sediciones,
en escándalo, ofrece á las naciones!
¿Dónde están esas leyes decantadas
por la justicia y la equidad dictadas?
¿Mas qué aprovechan leyes sin virtudes?
¿Ni cómo las virtudes celestiales,
don de Dios el mas puro y mas sagrado,
han de habitar el corazón malvado
de un pueblo sedicioso,
cuyo xefe ambicioso,
qualquier senda aunque sea
toda de sangre y crímenes cubierta,
la cree justa legítima segura,
si oro, poder y cetro le procura!
Los pueblos sabios, libres y virtuosos
en el trono sentaron á las leyes,
y se postraban á sus pies los reyes.
Pero el tirano no: sentóse él mismo,
y las leyes sagradas
puso á sus pies sacrílegos postradas.
Y nada perdonó para su intento:
su valor, su talento,
aun las virtudes mismas le sirvieron,
y tenidas en máximas de estado
su respetable máscara le dieron.
Viose la religión inmaculada
hija del cielo noble y generosa,
sierva de su política insidiosa;
y el grande protector de la fe santa
con suma reverencia

los evangelios en Paris decora
y el alcoran en el Egipto adora.
¡Qué crímenes, que males
no ha dado la ambicion á los mortales!
Ella sola es cual llama abrazadora
que las mieses devora,
mas la ambicion unida á la fortuna
es torrente impetuoso,
que atropellando todo se derrama,
y devora las mieses y la llama.
Así á los pueblos se anunció el tirano:
y esta es la perspectiva aborrecida,
que ofrecerá á quien ose desrollarle
el lienzo ensangrentado de su vida.
En el infausto y execrable día
en que se vió la libertad francesa
al carro vencedor en triunfo atada;
quando al trono de Luis César subía
en medio del tumulto y la alegría
de un pueblo esclavo... Bruto
[2]
¿dónde estabas...?
No es tarde aún; ven, besaré tu mano
bañada con la sangre del tirano.
¡Ay! ¡que la tierra toda estremecida
tiembla por donde pasa y brota sangre!
¡Qué nuevo crimen! ¡Dios! ¡O madre España,
tu fe pura y entera,
y tu misma virtud quanto te daña!
Un corazón virtuoso,

noble, fiel, generoso,
no sospecha jamás que se le engañe.
¡O traicion inaudita!... Las montañas
desplómense, y en polvo se deshagan;
los bramadores y hórridos volcanes
humo espeso vomiten
de sus vastas y lóbregas entrañas;
y densas nubes de humo y polvo encubran
tan gran maldad del miserable suelo,
al vengador y poderoso cielo.
¡España España! ¡La amistad sagrada,
la mas dulce necesidad del hombre
ese placer y celestial encanto,
ese lazo el más santo
de las almas, no es mas que un vano nombre
un nombre sin sentido,
y una red que el tirano te ha tendido!
Osó llamar el pérfido á tus reyes
y dióles como amigos
de la amistad el osculo fingido;
y quando en su poder seguros fueron
tratóles como viles enemigos,
y expiar les hace en bárbaras prisiones
el crimen de ser reyes, y Borbones.
Siervos del crimen, nuestros caros reyes
volvednos; sí: volvednos nuestros padres,
los Dioses de la España,
y venid á quitarlos en campaña.
Siervos viles del crimen, acordaos
de la inmortal jornada de Pavía.
De allí, del mismo campo de batalla
cautivo y prisionero

vió entrar Madrid vuestro monarca fiero.
Imitad, si podeis, tan grande hazaña.
Este es honor; y si quereis vengaros,
volvednos nuestros reyes
y venid á quitarlos en campaña.
Los siglos pasan nuestra, gloria dura:
quando á cubriros de un baldon eterno
la fiel posteridad ya se apresura.
¡O Musa, tu que viste
el furor de la mar estrepitosa,
y los vientos horrísonos oiste,
y el fracaso espantoso de las olas,
tú sola pintar puedes
el ardor de las armas españolas,
la ira y zelo con que por todas partes
va y corre la nacion precipitada
guerra clamando; y á la voz de guerra,
como brota la tierra
y las montañas brotan gente armada
á la guerra y venganza aparejada!
Guerra, venganza... Oh ¡quanto á su deseo
ya tarda en coronarse el Pirineo
de las pérfidas huestes enemigas!
Nunca el indio salvage ni el viagero,
la senda en noche lóbrega perdida,
tanto del sol ansiaron la salida,
como impaciente el español espera
mirar la luz primera
que le reflexe el enemigo acero.
¡O que sed tan violenta
de tu sangre le abraza y atormenta...!

Ya en el campo de Marte sanguinoso
le hará ver que en España,
para vengar la afrenta
de Dios, del rey y de la patria santa,
cada hombre es un soldado,
y que cada soldado es un Pelayo,
cada pecho un broquel cada arma un rayo.
Dios santo y poderoso,
brazo virtud y gloria en la pelea,
tú que tocas el monte y luego humea,
tú que miras la tierra y se estremece,
toca y mira ese pueblo que en su gloria,
sin referirla a ti, se ensobervece.
Tú ó Dios, que á los humildes y á los mansos,
la posesion has dado de la tierra,
ay! no permitas que el varon de sangre
tu nación extermine,
ni que en la tierra toda desolada,
cubierto de cadáveres domine.
Antes tú, que quisiste
para santificar la justa guerra,
el Dios de los exércitos llamarte,
y en tu pueblo caudillos elegiste,
y su defensa y su victoria fuiste,
nuestro brazo conforta, y con tu aliento,
qual huracán violento
turba las huestes del perjuro bando
que las sagradas leyes quebrantando
de amor y de amistad y santa alianza,
á guerra nos provocan y á venganza.
Y tú, mi Musa, en tanto
que el mundo tiemble de furor y espanto,

y entre los fieros males
que preceden, que siguen, que acompañan
á la venganza, la ambición, vacila;
tú, mi Musa, pacífica y tranquila,
qual tímida paloma
que se esconde en su nido
la tempestad huyendo que ya asoma,
vendrás á guarecerte,
mientras lo exija mi destino incierto,
á la sombra del árbol del desierto.


1 El Doct. Don José Joaquín Olmedo lleva adelante en esta oda esa sensibilidad á nuestros infortunios, que respira su anterior en las exéquias de la virtuosa princesa María Antonia. U. A.
2 Bruto asesinó en el senado á César, tirano de la libertad Romana.




Himno a Diana

Dedicado al amable cazador, mi amigo J. R. O.


Ven, hermosa Diana,
y da al cazador,
que tus leyes sigue,
tu gracia y favor.

Ven que tú en los campos
fuiste la primera
que agitó las fieras
y las tiernas aves,
que cantan suaves
cuando nace el sol.

Ven, hermosa Diana,
y da al cazador,
que te ama y te sigue,
tu ayuda y favor.

Al viento vagaba
tu libre cabello,
y del hombro bello
la aljaba pendía,
y el pie te lamía
el can corredor.

Ven, hermosa Diana,
y da al cazador,
que te ama y te sigue,
tu ayuda y favor.

Dame las saetas
de tu arco certero,
o haz que el plomo fiero
alcance y traspase
cuando al monte pase
el ciervo veloz.

Ven, hermosa Diana,
y da al cazador,
que te ama y te sigue,
tu ayuda y favor.

Si al zarzal huyere
la ágil gallareta,
con su rastro inquieta
al diestro sabueso,
y al tenaz latido,
del cieno escondido
salga desalada,
corra, vuela y caiga,
aunque alas le añada
su mismo temor.

Ven, hermosa Diana,
y da al cazador,
que te ama y te sigue,
tu ayuda y favor.

Dicen que se goza
sólo en la ciudad
de amor, de amistades
y dulce recreo,
mas yo en este empleo
la ciudad olvido,
su brillo, su ruido,
y olvido el amor.

Ven, hermosa Diana,
y da al cazador,
que te ama y te sigue,
tu ayuda y favor.

Que tú castigaste
al curioso Acteón,
que de amor movido
desnuda te vió.
Convertido en ciervo
al punto corrió,
y los tus sabuesos
con rabia feroz
parten a vengarte
de la injuria atroz.
El bosque llenaron
de agudo clamor;
lo siguen, lo acosan
con curso veloz,
parten sus entrañas
y su corazón.
Los necios y ciegos
sigan al Amor,
y sufran y penen,
que a Diana amo yo.

Ven, hermosa Diana,
y da al cazador,
que te ama y te sigue,
tu ayuda y favor.

Si tú dirigieres
mi tímida mano,
ningún tiro vano
saldrá del cañón;
y yo te prometo
con todo el respeto
de mi corazón
no cazar jamás
sin invocarte antes
con esta canción.

Ven, hermosa Diana,
y da al cazador,
que te ama y te sigue,
tu ayuda y favor.

Vamos, compañeros,
¿no veis los accesos
de nuestros sabuesos?,
vamos con ardor.
No temáis al frío,
no temáis al sol,
que ya volveremos
cargados, sudosos,
pero más gloriosos
que un conquistador.


Himno para la noche


Admite, oh Dios, oh Padre,
los votos y las gracias
que mi labio te ofrece
cuando el sol, que es tu imagen, se obscurece.

¡Oh, cuántos beneficios
tu diestra ha derramado
mientras tu hermoso día
por el alto cenit resplandecía!

Con tu luz, recibieron
tus mares y tus cielos
y tu tierra florida
y todo tu universo, acción y vida.

Entre tanto tu noche
creciendo va, y al mundo
le roba con presteza
su grata animación y su belleza.

Mas justo es que otros pueblos,
pues todos son tus hijos,
gocen de iguales bienes
que a sus hermanos por acá previenes.

Haz, pues, tengan reposo
los miembros fatigados,
y a nuestra fantasía
sueños tranquilos solamente envía.

Y pueda, yo, siquiera
ser feliz entre sueños,
viendo, en imagen clara,
mi dulce patria y mi familia cara.

Abrace a mis hermanos
y a mi padre... Y mi madre
mil caricias me diga,
me perdone mi culpa y me bendiga.

Que yo, reconocido,
te cantaré, a la aurora,
cuando muera en oriente
su luz vital y su rosada frente.

Y mezclaré mis voces
al trinar de tus aves,
que saludan al día
con deliciosa y plácida armonía.



La palomita

¿Dime de dónde vienes?,
dímelo por tu vida,
¿dónde vas?, ¿de quién eres,
amable palomita?

-El amoroso Olmedo
a su Nise me envía,
a la graciosa Nise,
su amor y su delicia.
Yo antes era de Venus,
y de las más queridas,
yo su carro tiraba
y en todo la servía.
Mas del calor huyendo
en un estivo día,
o por buscar la sombra,
que es del amor amiga,
con mi amante palomo,
blanco como yo misma,
en una selva umbrosa
entré, y me vi perdida.
Que un cazador amable
que allí por caso había
nos mira, y nos asesta
su cañón homicida.
Mas se contuvo luego,
no sé por qué, y con risa
como que algo recuerda
oí que me decía:
«Si acaso eres de aquellas
que allá en la Chipre tiran
el carro de la madre
de amorosas delicias,
vuela allá desalada,
cándida palomita,
y en tu arrullo que entiende
sólo Venus divina,
dile que su poeta
te libertó la vida».

Ajena ya del susto
volé alegre y festiva
a referirle a Venus
lo de la selva umbría.
En su caliente seno
me acoge y me decía:
«Ya estás en mi regazo
¿qué temes, cuitadilla?,
no más de susto tiemblen
tus cándidas alitas.
Pero yo premiar quiero
al que debes la vida.
Ve a mi tierno poeta,
dile que soy su amiga,
y ofrécele mi gracia
y protección divina».

De entonces dejé a Venus,
dejé a Chipre por Lima,
y vine a ser de Olmedo,
que es la ternura misma.
De entonces soy su esclava,
y le sirvo muy fina:
suya soy, y son suyas
estas letras que miras.
Libertad cuando torne
dijo que me daría:
mas yo sin él no quiero
ni libertad ni vida.
Con mi arrullo le aduermo,
mi pico le acaricia,
le cubro con mis alas
en las mañanas frías.
Comer quiero, y el grano
pico en su mano misma;
y si dormir, me arrulla
su blanda y dulce lira.

Pero... ingrato me engaña;
todo, todo es mentira,
sus melosas palabras,
sus besos y caricias.
Yo estoy, oh pasajero,
de los celos perdida,
pues mi amo sólo quiere
a una niña muy linda;
y aun conmigo estos versos
le manda a mi enemiga,
a la graciosa Nise,
su amor y su delicia.
Adiós, sé delicado
y calles, que la dicha
de amar y ser amado,
entre las almas finas,
crece con el misterio
mengua con la noticia.
Y adiós, que me detengo
más de lo que debía,
y temo que mi ingrato
al volver me reciba
sin ojos placentero,
sin su amable sonrisa,
pues el que ama y espera
con lo menor se irrita.


_________________
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Mensaje por Lluvia Abril Sáb 28 Mar 2015, 04:55

Oración de la infancia

Señor, tu nombre santo
celebra la voz mía
en armonioso canto,
cuando brilla la luz del nuevo día.

Tú mandaste a tu sol que disipara
las sombras de la noche, y obediente
por la inflamada esfera
emprende su magnífica carrera.

Vida, belleza, acción, todos los seres
recobran ya; la tierra se engalana
de flores, y presenta
una nueva creación cada mañana.

Señor, tu nombre santo
celebra la voz mía
en armonioso canto,
cuando brilla la luz del nuevo día.

El sol llena los cielos,
y del trono gobierna
los astros que su marcha
siguen cumpliendo con su ley eterna.

Así también, oh Dios, pues el Sol eres
verdadero del mundo, ocupa, enciende
todos los corazones,
y dirige a tu ley nuestras acciones.

Si te es grata la voz de la inocencia,
escúchanos, Señor, bajo tus alas
pon a los que te adoran
y tu luz, tu piedad, tu gracia imploran.

Señor, tu nombre santo
celebra la voz mía
en armonioso canto,
cuando brilla la luz del nuevo día.



Parodia épica


¿Ves cuál se precipita en ígneo sulco,
de la ominosa nube desprendido
, el rayo asolador, de ronco trueno
y luz deslumbradora precedido;
y de las enriscadas, desiguales
sierras derroca las enormes masas
de portentosa, horrible pesadumbre,
que desraigando los añosos robles,
fuertes encinas y sublimes pinos,
en derredor los valles asordando,
con fracaso espantable por las faldas
ásperas y fragosas saltan, ruedan
y allá en el hondo abismo se despeñan;
y a un tiempo los soberbios capiteles,
que entre nubes de lejos se divisan,
y valles y collados señorean,
que el tiempo respetó, con mil estragos
se desploman y en polvo se deshacen:
templos, casas, alcázares, palacios,
do en asiática pompa el lujo ríe,
la altiva frente rinden, y deshechas
el suelo besan que antes desdeñaban,
y sus vastas ruinas portentosas
grandes, pequeños, ricos, pobres, buenos,
malos, fuertes y débiles sepultan;
grito de muerte a las esferas sube,
un silencio de muerte le sucede?...
En tanto... en tanto... ¡Oh descripción amiga,
ya el aliento me falta; otro te siga!



Proclama del 9 de octubre de 1820

Guayaquileños:
El hermoso estandarte de la patria tremola hoy en todos los puntos de esta plaza; un orden sin ejemplo ha reinado en la mutación de Gobierno, y ningún crimen ha manchado el alma generosa de los hijos de la Libertad.
Guayaquileños:
La naturaleza ha privilegiado vuestro suelo: malas leyes lo habían esterilizado; pero ahora el soplo del germen de la libertad empezará a cubrirlo de flores y frutos.
Orden, unión, amor fraternal. Americano o español que ame la patria es nuestro hermano. La opinión es una y general, sostenedla firmes, y cerrad la entrada a todas las sugestiones de la cobardía.

Guayaquil, octubre 9 de 1820.
José Joaquín de Olmedo



Y bien, creo que hasta aquí llegué, con sus últimos momentos y muerte, doy por terminada nuestra exposición, querido Pascual.

Al lado de su familia, la enfermedad de Olmedo se agrava y muere
el 19 de Febrero de 1847. La Patria está consternada y el Gobierno de
Roca declara duelo nacional al perder uno de los hombres más ilustres
del Ecuador y aún de la América entera. Entre las notas de pesar
publicadas en los diarios, se destaca la de García Moreno, quien expresa:
"Dominados y sobrecogidos por la impresión dolorosa que nos ha
causado el fallecimiento imprevisto del sublime Cantor de Junín y
Ayacucho, difícilmente podemos expresar una parte siquiera de las
tristes ideas, de los pensamientos que vagan ahora en nuestra alma
entristecida. En la margen del Guayas caudaloso vemos una lira de
oro despedazada sobre una tumba;... en la República toda, el
desaliento sombrío que infunde una desgracia pública;... y en nuestro
corazón oprimido de pesar, marchita, muerta una esperanza, ¡una
esperanza, la única talvez en que a creer nos atrevíamos!".
En el cementerio de Guayaquil, reposan en una humilde tumba
los restos del gran hombre, con una inscripción sobre su lápida:
A DIOS GLORIFICADOR:
AQUÍ YACE EL DR. JOSÉ JOAQUÍN DE OLMEDO:
FUE EL PADRE DE LA PATRIA,
EL ÍDOLO DEL PUEBLO:
POSEYÓ TODOS LOS TALENTOS,
PRACTICO TODAS LAS VIRTUDES.
MURIÓ EN EL SEÑOR A LOS 67 AÑOS DE EDAD

1847
Más tarde el Concejo Municipal de Guayaquil, colocó una
lápida, con la siguiente inscripción, en la casa en que vivió y murió
Olmedo, en la calle que lleva su nombre:
EN ESTA CASA
MURIÓ EL ILUSTRE
GUAYAQUILEÑO
JOSÉ JOAQUÍN DE OLMEDO.
EL CONCEJO CANTONAL DE 1881
LE DEDICA ESTE RECUERDO


En 1882 Guayaquil erigió a Olmedo una hermosa estatua de
bronce sobre base de granito. La estatua, que es obra del artista
Falguiére, presenta a Olmedo sobre un sillón en actitud de percibir
una inspiración, con una pluma en la mano derecha, y el Acta de la
Independencia de Guayaquil, en la izquierda.
En la parte delantera de la base, que da al oriente, se ve una lira,
cuyas cuerdas van entrelazadas con ramas de laurel. Sobre el conjunto
se lee: A OLMEDO. Al pie de la lira en números romanos, consta el
año en que se erigió el monumento, que fue como se ha indicado
en MDCCCCLXXXII. Más abajo, una gran plancha de bronce
representa la apoteosis de Olmedo


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 28 Mar 2015, 05:33

Creo que el trabajo de Lluvia es encomiable. Y las connotaciones sociales de la poesía de Olmedo, para el tiempo al que pertenece, ciertas. No tenéis más que recrearos en el Himno a Guayaquil.
Gracias, Lluvia. Como ya te decía, yo, esta semana, me dedicaré a poesía místico-religiosa. Luego volveré aquí. Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril Dom 29 Mar 2015, 01:15

No te preocupes, cuando puedas por aquí nos vemos-leemos.
Gracias y besos, poeta.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 30 Mar 2015, 00:21

Me voy a permitir una licencia. Abandono, por un instante, el hilo conductor establecido entre Lluvia y yo para  exponer de manera simultanea un poema aquí y en poesía místico religiosa. Espero que se entienda. Estamos en lo que conocemos como SEMANA SANTA. En el ámbito religioso en el que nos movemos, es decir el CRISTIANISMO, por SEMANA SANTA se entiende el conjunto de actos que se realizan, de manera anual,  en conmemoración de la PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE CRISTO. A veces, como en el caso a exponer, la expresión mística y social concurren en una misma petición, en una misma exclamación... En una misma ORACIÓN. En este caso, el PADRE NUESTRO, de MARIO BENEDETTI. Ya se habló de él aquí. Volveremos a hacerlo siguiendo el discurso histórico ya comentado. Pero hoy quiero traerlo aquí y de manera simultanea en el espacio abierto por Ana María di Bert. Gracias, Lluvia. Gracias Ana. Gracias a todos.


Última edición por Pascual Lopez Sanchez el Lun 30 Mar 2015, 14:59, editado 1 vez


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 30 Mar 2015, 00:33

MARIO BENEDETTI

"PADRE NUESTRO

Padre nuestro que estás en los cielos

con las golondrinas y los misiles

quiero que vuelvas antes de que olvides

cómo se llega al sur de Río Grande.

Padre nuestro que estás en el exilio,

casi nunca te acuerdas de los míos,

de todos modos dondequiera que estés

santificado sea tu nombre

no quienes santifican en tu nombre

cerrando un ojo para no ver las uñas

sucias de la miseria

en agosto de mil novecientos sesenta

ya no sirve pedirte

venga a nos el tu reino

porque tu reino también está aquí abajo

metido en los rencores y en el miedo

en las vacilaciones y en la mugre

en la desilusión y en la modorra

en esta ansia de verte pese a todo 

cuando hablaste del rico

la aguja y el camello

y te votamos todos

por unanimidad para la Gloria

también alzó su mano el indio silencioso

que te respetaba pero se resistía

a pensar hágase su voluntad.

Sin embargo una vez cada tanto

tu voluntad se mezcla con la mía

la domina

la enciende

la duplica

más arduo es conocer cual es mi voluntad

cuándo creo de verás lo que digo creer

así en tu omniprescencia(*) como en mi soledad

así en la tierra como en el cielo

siempre

estaré más seguro de la tierra que piso

que del cielo intratable que me ignora


pero quién sabe

no voy a decidir

que tu poder se haga o se deshaga

tu voluntad igual se está haciendo en el viento

en el Ande de nieve

en el pájaro que fecunda a la pájara

en los cancilleres que murmullan yes sir

en cada mano que se convierte en puño

claro no estoy seguro si me gusta el estilo

que tu voluntad elige para hacerse

lo digo con irreverencia y gratitud

dos emblemas que pronto serán la misma cosa

lo digo sobre todo pensando en el pan nuestro

de cada día y de cada pedacito de día

ayer nos lo quitaste

dánosle hoy

o al menos el derecho de darnos nuestro pan

no sólo el que era símbolo de Algo

sino el de miga y cáscara

el pan nuestro

ya que nos quedan pocas esperanzas y deudas

perdónanos si puedes nuestras deudas

pero no nos perdones la esperanza

no nos perdones nunca nuestros créditos

a más tardar mañana

saldremos a cobrar a los fallutos

tangibles y sonrientes forajidos

a los que tienen garras para el arpa

y un panamericano temblor con que se enjugan

la última esculpida que cuelga de su rostro

poco importa que nuestros acreedores perdonen

así como nosotros

una vez

por error

perdonamos a nuestros deudores

todavía

nos deben como un siglo

de insomnios y garrote

como tres mil kilómetros de injurias

como veinte medallas a Somoza

como una sola Guatemala muerta

no nos dejes caer en la tentación

de olvidar o vender este pasado

o arrendar una sola hectárea de su olvido

ahora que es la hora de saber quienes somos

y han de cruzar el río

el dolor y su amor contrarrembolso,

arráncanos del alma el último mendigo

y líbranos de todo mal de conciencia

amén." ( PADRENUESTRO.  Mario Benedetti.)


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POESÍA SOCIAL I (En la primera páqgina hay un índice de autores) - Página 17 Empty Poesia social

Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 02 Abr 2015, 00:21

Dentro de este recorrido histórico que hemos iniciado por la poesía HISPANOAMERICANA, con alguna connotación o carácter social corresponde ahora a un autor (1803 - 1839) que no diremos todavía. Este viaje resulta apasionante; descubrimos lo que desconocíamos por completo: Un río que nos abre su corriente, y va ensanchándose paulatinamente, hasta que desemboquemos en el océano - o en los océanos-  de autores como Nicolás Guillén; Mario Benedetti; Pablo Neruda; Juan Gelman...

"HIMNO DEL ...

Reina el sol, y las olas serenas

corta en torno a la proa triunfante,

y hondo rastreo de espuma brillante

va dejando la nave en el mar.

*¡Tierra!* claman; ansiosos miramos

al confín del sereno horizonte,

y a lo lejos descúbrese un monte...

le conozco...¡Ojos tristes, llorad!



Es el Pan... En su falda respiran

el amigo más fino y constante,

mis amigas preciosas, mi amante...

¡Qué tesoros de amor tengo allí!

Y más lejos, mis dulces hermanas

y mi madre, mi madre adorada,

de silencio y dolores cercada

se consume gimiendo por mí.




¡ Cuba, Cuba que vida me diste,

dulce tierra de luz y hermosura!

¡Cuánto sueño de gloria y ventura

tengo unido a tu suelo feliz !

¡ Y te vuelvo a mirar...! Cuán severo,

hoy me oprime el rigor de mi suerte.

La opresión me amenaza de muerte

en los campos do al mundo nací.



Mas ¿ qué importa que truene el tirano?

Pobre, sí, pero libre me encuentro.

Sola el alma del alma es el centro:

¿ Qué es el oro sin gloria ni paz?

Aunque errante y proscripto me miro,

y me oprime el destino severo;

por el cetro del déspota ibero

no quisiera mi suerte trocar.



Pues perdí la ilusión de la dicha,

dame ¡oh gloria! tu aliento divino.

¿Osaré maldecir mi destino,

cuando puedo vencer o morir?

Aún habrá corazones en Cuba

que me envidien de mártir la suerte,

y prefieran esplendida muerte

a su amargo, azaroso vivir.



De un tumulto de males cercado

el patriota inmutable y seguro,

o medita en el tiempo futuro,

o contempla en el tiempo que fue,

cual los Andes en luz inundados

o las nubes superan serenos,

escuchando a los rayos y truenos

retumbar hondamente a sus pies.





¡ Dulce Cuba! en su seno se miran

en el grado más alto y profundo,

las bellezas del físico mundo,

los horrores del mundo moral.

Te hizo el cielo la flor de la tierra;

mas, tu fuerza y destinos ignoras,

y de España en el déspota adoras

el demonio sangriento del mal.



¿Ya que importa que al cielo te tiendas,

de verdura perenne vestida,

y la frente de palmas ceñída

a los besos ofrezcas del mar,

si el clamor del tirano insolente,

del esclavo el gemir lastimoso,

y el crujir del azote horroroso

se oye sólo en tus campos sonar?



Bajo el peso del vicio insolente

la virtud desfallece oprimida,

y a los crímenes y oro vendida

de las leyes la fuerza se ve.

Y mil necios, que grandes se juzgan,

con honores a peso comprados,

el tirano idolatran, postrados

de su trono sacrílego al pie.



Al poder el aliento se oponga,

y a la muerte contraste la muerte:

la constancia encadena la suerte;

siempre vence quien sabe morir.

Enlacemos un nombre glorioso

de los siglos al rápido vuelo:

elevemos los ojos al cielo,

y a los años que están por venir.



Vale más a la sangre enemiga

presentar el impávido pecho,

que yacer de dolor en un lecho,

y mil muertes muriendo sufrir.

Que la gloria en las lides anima

el ardor del patriota constante,

y circunda con halo brillante

de su muerte el momento feliz.



¿ A la sangre teméis...? En las lides

vale más derramarla a raudales,

que arrastrarla en sus torpes canales

entre vicios, angustias y horror.

¿ Qué teméis ? Ni a un sepulcro seguro

en el suelo infelice cubano.

¿ Nuestra sangre no sirve al tirano

para abono del suelo español?



Si es verdad que los pueblos no pueden

existir sino en dura cadena,

y que el Cielo feroz los condena

a ignominia y eterna opresión,

de verdad tan funesta mi pecho

el horror melancólico abjura,

por seguir sublime locura

de Washington y Bruto y Catón.



¡Cuba, al fin te verás libre y pura!

Como el aire de luz que respiras,

cual las ondas hirvientes que miras

de tus playas la arena besar.

Aunque viles traidores te sirvan,

del tirano es inútil la saña,

que no en vano entre Cuba y España

tiende inmenso sus olas el mar!".


Última edición por Pascual Lopez Sanchez el Jue 02 Abr 2015, 06:18, editado 9 veces


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Mensaje por Lluvia Abril Jue 02 Abr 2015, 02:22

He vuelto a leer el Padrenuestro, tan de todos, de Benedetti, y te doy las gracias otra vez.
Y este himno del... también. Supongo que de su autor es el poeta del que vamos a hablar.

Besos.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 02 Abr 2015, 05:26

Sí, Lluvia. Y seguro que tú ya sabes quién es. Voy a completar el Himno.

Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril Jue 02 Abr 2015, 13:46

Bien, Pascual, te sigo pues.


1803-1839



Conocido también como
El Cantor del Niágara


Poeta cubano de renombre universal, sin duda el que más fama ha adquirido en Cuba; su "Niágara" lo eleva al rango de los primeros clásicos, sus versos se han reproducido en todos los países civilizados.

Este poeta
nació en Santiago de Cuba, el 31 de diciembre de 1803, hijo de José Francisco... y Mercedes H., naturales de Santo Domingo. Teniendo dos años de edad, salió con su familia hacia Pensacola, por haber sido nombrado su padre Asesor de la Intendencia de la Florida Occidental, que era aún posesión de España. En Pensacola fue iniciado en las primeras letras por su padre y aprendió con tal interés que a los tres años sabía leer y escribir. A los siete ya era "apto para estudiar facultades mayores". El padre, doctor en ambos derechos, hombre ilustrado, latinista profundo, le había enseñado con sus lecciones y con su ejemplo a ser honrado y a vivir con austeridad. El hogar fue su única escuela, de costumbres y de saber.

Nombrado el padre Oidor (magistrado) de la Audiencia de Caracas estuvo el niño seis meses en La Habana y dos años en Santo Domingo hasta que la familia pudo reunirse toda en Venezuela. Fue en los años de 1812 a 1817, de los más terribles de la guerra de independencia americana. Pasaron, en derrotas y triunfos, Francisco de Miranda y Simón Bolívar, y entre los realistas, Boves, Miyares, Morillo, Monteverde.

Las luchas de Caracas lanzaron al Oidor Heredia hasta México en cuya Audiencia ocupó el cargo de Alcalde del Crimen (juez de instrucción). Por intrigas y delaciones de sus enemigos, que eran los sanguinarios militares de la reconquista, sufrió ese descenso en su carrera judicial, que al fin lo llevó a la muerte joven y en plena producción literaria. Dejó inéditas la "Historia del descubrimiento y conquista de la América" en cuatro tomos, "Del gobierno de la España ultramarina" en dos tomos, y la "Historia filosófica de la revolución de Venezuela". Esta última, publicada mucho después, a fines del siglo, prueba sin quererlo la justicia de los rebeldes americanos.

En 1820, al morir asesinado en México don José Francisco, no contaba H. diecisiete años. Sus estudios de derecho, que empezó en la Habana y continuó en México, estaban aún sin terminar. Se encontró de súbito con la seria responsabilidad de atender a la manutención de su madre enferma y de cuatro hermanas menores. Regresó a Cuba en 1821 y allí obtuvo a raíz de su llegada el grado de bachiller en leyes. Empezó a ejercer poco después la abogacía y se estableció en al ciudad de Matanzas.

El proceso que habían de seguir las ideas políticas en Cuba quedó reflejado en las orientaciones sucesivas de la poesía política de H. A los dieciocho años H. confiaba en el advenimiento de un régimen de libertad en España y en todos sus dominios. ¿Cómo no había de confiar en ello el hijo, imberbe aún, del magistrado sin tacha que, a pesar de los sinsabores que recogió como pago de sus servicios al trono vacilante de Fernando VII, nunca maldijo de España y sólo anheló verla libre? ¡España, libre! gritó también H. en una larga oda, al iniciarse el movimiento liberal de 1820. No era su voz la de un separatista, pero sí la de un defensor de la libertad.

Empero, esta actitud espiritual de vinculación a España no tenía ya en H. más punto de apoyo que el respeto al modo de pensar de su padre "encanecido en la fuerza de la edad". La muerte de su progenitor lo desligó del último escrúpulo que podía quedar en su ánimo para lanzarse al campo de las ideas separatistas. Ya en 1822 anhelaba tener, para dirigirse "A los habitantes de Anáhuac", la "abrasadora voz del vengador Tirteo". Infructuoso le parecía el sacrificio de Hidalgo, de Morelos y de Allende si México acataba la monarquía de Iturbide.

"No fuí yo sólo: fueron todos los cubanos de mi generación los que aprendieron a sentir a Cuba, a ver sus notas penetrantes, típicas, en la obra de H.

José Martí

Un año después H. apareció complicado en la Conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar, como miembro de los Caballeros Racionales, primera de cuantas se inspiraron en el propósito de obtener la independencia de Cuba. No quería H. que el verso fuera su única ofrenda a la libertad. ¡Anhelaba teñir con su sangre la túnica de esa deidad majestuosa y terrible! La mayoría de los conspiradores eran, como él, jóvenes. Soñaban con arrastrar a las turbas con el ímpetu de su verbo, comunicándoles la romántica embriaguez del sacrificio, y veían alzarse en el horizonte de la historia la "Estrella de Cuba", que fue cantada por H. y quedó como símbolo en la bandera nacional.

Este es el inicio de su gloria, de su inmortalidad. Huyó de los servidores del capitán general Vives y llegó a los Estados Unidos a disfrutar por primera vez de la democracia y a contraer la tuberculosis que destruyó su vida diez y seis años después.

En los Estados Unidos vivió horas de amargura y sufrimiento. Sus relaciones, que no eran muchas, las constituían principalmente algunos cubanos distinguidos, como el Padre Varela y Tomás Gener. La estación invernal hizo estragos en sus débiles pulmones. El país no le era grato. Le era imposible adaptarse a aquel ambiente, para él exótico. Le entusiasmaba la figura de Washington, a quien consagró una semblanza en prosa y una oda; admiraba las instituciones políticas de la nación norteamericana, porque era partidario de la forma republicana de gobierno; pero la vida y las costumbres de los Estados Unidos le arrancaron más de una vez acres comentarios. El idioma inglés, que logró aprender con dificultad, antojábasele "excecrable jerigonza". "Tan solo escucho de extranjero idioma los bárbaros sonidos", decía en su epístola "A Emilia", escrita "desde el suelo fatal" de su destierro. En ninguna composición sintetizó mejor sus nostalgias de desterrado.

En el exilio escribió la oda al Niágara, junto a la enorme y rugiente catarata, y allí supo algún tiempo más tarde que había sido condenado a destierro, lo que impedía su regreso a Cuba. Año y medio vivió en los Estados Unidos, publicando, en 1825, la primera edición de sus poesías. En el mismo año, aceptó la oferta del Presidente Guadalupe Victoria y volvió a México, para ser allí, como dijo él, juez, magistrado, periodista, político, tribuno, guerrero, tipógrafo, maestro, historiador, jurisperito, y morir en aquella tierra, después de una corta permanencia en Cuba al lado de su madre. "Vuelta al Sur" puso por título a la composición, rebosante de fervor patriótico, que escribió al abandonar las playas norteamericanas. El buque que lo conducía cruzó frente a las costas de Cuba, donde estaba vedado a H. poner la planta.

México fue para él campo de lucha y de esfuerzos. Allí siguió conspirando en favor de la independencia de su patria: en 1829 la Justicia colonial española lo condenó, en contumacia, a la pena de muerte, por hallarse complicado en la conspiración del Águila Negra que desde México se tramaba. En México formó Heredia su hogar uniendo su destino, en septiembre de 1827, al de Jacoba Yáñez, hija de un magistrado de la audiencia, Isidro Yáñez, que fue excelente amigo de don José Francisco. Publicó en Toluca (1832) la segunda edición de sus poesías, que ofrendó a su esposa con la misma devoción con que el navegante que se ve libre del naufragio.

H. fue empleado de la administración pública de México apenas llegó, pero a poco, como si estuviera llamado a perpetuar allí la tradición paterna, fue nombrado juez; más tarde, fiscal; y por último Ministro de la Audiencia. Su rectitud en el desempeño de esos cargos y su laboriosidad constante le dieron alto prestigio. Consagró también su talento a la enseñanza pública: fue catedrático de literatura y de historia, y rector del Instituto Mexicano.

No podía un espíritu inquieto como el de H. mostrarse indiferente ante la evolución política del país que lo adoptaba como hijo. Fue diputado, y sólo alzó la voz para defender —como Andrés Quintana Roo, su hermano en ideas y en nobleza de corazón— el respeto a las libertades humanas. Cuando creyó que no podía cumplir decorosamente su misión, renunció al cargo. Más de una vez juzgó necesario aceptar las responsabilidades de una aventura revolucionaria, pero jamás consideró que el triunfo de su grupo o de su partido lo obligaba a aceptar en un gobierno de amigos los errores que había combatido en sus contrarios. Los caudillos que lo tuvieron a su lado en la hora del peligro y de las reivindicaciones violentas, no lograron sumarlo, después del triunfo, a la camarilla que los aplaudía en el abuso del mando.

Durante su corta permanencia en Cuba —del 4 de noviembre de 1836 al 15 de enero de 1837—, éste, siempre vigilado y amenazado a pesar de esas declaraciones, sufrió amarguras y aún humillaciones. Nada de cuanto vio entonces podía inducirlo a preferir la continuación del régimen colonial a la inestabilidad y los extravíos de toda nacionalidad en formación. En otro tiempo su espíritu vehemente habría estallado en yambos de indignación; pero el poeta civil había enmudecido ya. La fe que aprendió de niño inspiró sus Últimos versos.

Murió el cantor del Niágara sublime en la ciudad de México, con 35 años de edad, el 7 de mayo de 1839, y es enterrado ese mismo día en el panteón del Santuario de María Santísima de los Angeles, trasladándose sus restos al cementerio de Santa Paula, a los cinco años, y posteriormente, por clausura de esta necrópolis, a la fosa común del cementerio de Tepellac.

"Es el poeta del fracaso, de la rebelión sofocada; en el mejor de los casos, el desdichado profeta de la libertad, el autor de los versos que habían de repetir sus compatriotas durante setenta años para animarse con ellos al esfuerzo y al sacrificio."
Pedro Henríquez Ureña



Lo más significativo de su obra poética, desde el punto de vista estético, se halla en sus cantos inspirados en la naturaleza; principalmente en sus odas tituladas "En el Teocalli de Cholula" y "Niágara".

La primera, escrita a los diecisiete años, canta la exuberancia de la tierra mejicana, variada hasta condensar todas las vegetaciones de todos los climas. Sentado al pie de la pirámide, contempla el poeta el color y la fecundidad de las campiñas, que contrastan con las nevadas cimas de los volcanes; la noche le sorprende mientras rememora las grandezas del pasado azteca, cuyo poder había desaparecido, en tanto que las montañas continúan enhiestas. Surge entonces la duda: tal vez un día caerán también, porque "todo perece por ley universal". Es impresionante esta composición por su elevación y por su sentido poético, que hizo apreciarla a Menéndez y Pelayo como "poesía de puesta de sol".

El "Niágara" (que es la más célebre de sus poesías ) denota más tensión lírica, inspiración arrebatada y espontánea, entusiasmo ardiente, verbo inflamado, vigor de colorido. Fue escrita en 1824. El cantor desborda su fervor ante el espectáculo grandioso, y lo exalta, expresando cómo siente estremecida su sensibilidad. Afirma que en aquel paisaje Dios mismo se mira, y que los vapores de oro de la catarata, elevados hasta las nubes, son como ofrendas perennes de la Divinidad. Con pinceladas magistrales describe la caída de las aguas y analiza las emociones que se suceden en su espíritu, hasta evocar la patria, doliéndose de no hallar allí las palmas y lamentando su soledad de desterrado. Finaliza despidiéndose del Niágara y anhelando lo que la posteridad se ha encargado de satisfacer: que todo viajero ante la catarata, le recuerde. Son dos obras maestras de la literatura universal.

H.  ocupa lugar primordial en la poesía patriótica, y sus cantos inspirados en los ideales de Cuba, fueron el punto de partida de esta fase de nuestra poesía, durante la primera mitad del siglo XIX. "El Himno del Desterrado", la epístola "A Emilia", "La Estrella de Cuba", entrañan sus ansias por una patria de igualdad sincera, de respeto, de seguridad, de garantía para todos. Llama la atención en esta cuerda de la lira de H., cómo supo expresar sus ideas de ardiente separatismo, sin perder nunca el buen gusto literario, ni caer en denostaciones chocarreras, ni declamaciones chocantes, ni ripios detestables. Su poesía patriótica dignifica el tema y enfebrece al propio tiempo la pasión de la libertad.

Excelente fue también  como traductor; y no sólo en la lírica (en que hizo magníficas versiones de Byron, Millevoye, Goethe, Foscólo, Ossian, Delavigne, etc.) sino en la dramática (Voltaire, André Chenier, Jouy, Ducis) la que también cultivó con algunas obras originales. Poseyó una prosa elegante y correcta, puesta de manifiesto en trabajos críticos, en obras históricas, como biografías y sus Lecciones de Historia Universal (siguiendo el plan del profesor inglés Tytler); en cartas literarias sencillamente deliciosas y en discursos que revelan al estadista. También hizo notables traducciones en prosa, como novelas de Walter Scott y de Thomas Moore y discursos de Daniel Webster.


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Mensaje por Lluvia Abril Jue 02 Abr 2015, 17:17

ODA AL NIÁGARA

Templad mi lira, dádmela, que siento
En mi alma estremecida y agitada
Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo
En tinieblas pasó, sin que mi frente
Brillase con su luz...! Niágara undoso,
Tu sublime terror sólo podría
Tornarme el don divino, que ensañada
Me robó del dolor la mano impía.

Torrente prodigioso, calma, calla
Tu trueno aterrador: disipa un tanto
Las tinieblas que en torno te circundan;
Déjame contemplar tu faz serena,
Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte: siempre
Lo común y mezquino desdeñando,
Ansié por lo terrífico y sublime.

Al despeñarse el huracán furioso,
Al retumbar sobre mi frente el rayo,
Palpitando gocé: vi al Oceano,
Azotado por austro proceloso,
Combatir mi bajel, y ante mis plantas
Vórtice hirviente abrir, y amé el peligro.
Mas del mar la fiereza
En mi alma no produjo
La profunda impresión que tu grandeza.

Sereno corres, majestuoso; y luego
En ásperos peñascos quebrantado,
Te abalanzas violento, arrebatado,
Como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
De la sirte rugiente
La aterradora faz? El alma mía
En vago pensamiento se confunde
Al mirar esa férvida corriente,
Que en vano quiere la turbada vista
En su vuelo seguir al borde oscuro
Del precipicio altísimo: mil olas,
Cual pensamiento rápidas pasando,
Chocan, y se enfurecen,
Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
Y entre espuma y fragor desaparecen.

¡Ved! ¡llegan, saltan! El abismo horrendo
Devora los torrentes despeñados:
Crúzanse en él mil iris, y asordados
Vuelven los bosques el fragor tremendo.
En las rígidas peñas
Rómpese el agua: vaporosa nube
Con elástica fuerza
Llena el abismo en torbellino, sube,
Gira en torno, y al éter
Luminosa pirámide levanta,
Y por sobre los montes que le cercan
Al solitario cazador espanta.

Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
Con inútil afán? ¿Por qué no miro
Alrededor de tu caverna inmensa
Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
Que en las llanuras de mi ardiente patria
Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
Y al soplo de las brisas del Océano,
Bajo un cielo purísimo se mecen?

Este recuerdo a mi pesar me viene...
Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
Ni otra corona que el agreste pino
A tu terrible majestad conviene.
La palma, y mirto, y delicada rosa,
Muelle placer inspiren y ocio blando
En frívolo jardín: a ti la suerte
Guardó más digno objeto, más sublime.
El alma libre, generosa, fuerte,
Viene, te ve, se asombra,
El mezquino deleite menosprecia,
Y aun se siente elevar cuando te nombra.

¡Omnipotente Dios! En otros climas
Vi monstruos execrables,
Blasfemando tu nombre sacrosanto,
Sembrar error y fanatismo impío,
Los campos inundar en sangre y llanto,
De hermanos atizar la infanda guerra,
Y desolar frenéticos la tierra.

Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
En grave indignación. Por otra parte
Vi mentidos filósofos, que osaban
Escrutar tus misterios, ultrajarte,
Y de impiedad al lamentable abismo
A los míseros hombres arrastraban.
Por eso te buscó mi débil mente
En la sublime soledad: ahora
Entera se abre a ti; tu mano siente
En esta inmensidad que me circunda,
Y tu profunda voz hiere mi seno
De este raudal en el eterno trueno.

¡Asombroso torrente!
¡Cómo tu vista el ánimo enajena,
Y de terror y admiración me llena!
¿Dó tu origen está? ¿Quién fertiliza
Por tantos siglos tu inexhausta fuente?
¿Qué poderosa mano
Hace que al recibirte
No rebose en la tierra el Oceano?

Abrió el Señor su mano omnipotente;
Cubrió tu faz de nubes agitadas,
Dio su voz a tus aguas despeñadas,
Y ornó con su arco tu terrible frente.
¡Ciego, profundo, infatigable corres,
Como el torrente oscuro de los siglos
En insondable eternidad...! ¡Al hombre
Huyen así las ilusiones gratas,
Los florecientes días,
Y despierta al dolor...! ¡Ay! agostada
Yace mi juventud; mi faz, marchita;
Y la profunda pena que me agita
Ruga mi frente, de dolor nublada.

Nunca tanto sentí como este día
Mi soledad y mísero abandono
y lamentable desamor... ¿Podría
En edad borrascosa
Sin amor ser feliz? ¡Oh! ¡si una hermosa
Mi cariño fijase,
Y de este abismo al borde turbulento
Mi vago pensamiento
Y ardiente admiración acompañase!
¡Cómo gozara, viéndola cubrirse
De leve palidez, y ser más bella
En su dulce terror, y sonreírse
Al sostenerla mis amantes brazos...!
¡Delirios de virtud...! ¡Ay! ¡Desterrado,
Sin patria, sin amores,
Sólo miro ante mí llanto y dolores!

¡Niágara poderoso!
¡Adiós! ¡adiós! Dentro de pocos años
Ya devorado habrá la tumba fría
A tu débil cantor. ¡Duren mis versos
Cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso
Viéndote algún viajero,
Dar un suspiro a la memoria mía!
Y al abismarse Febo en occidente,
Feliz yo vuele do el Señor me llama,
Y al escuchar los ecos de mi fama,
Alce en las nubes la radiosa frente.


La Estrella de Cuba

¡Libertad! ya jamás sobre Cuba
Lucirán tus fulgores divinos.
Ni aún siquiera nos queda ¡mezquinos!
De la empresa sublime el honor.
¡Oh piedad insensata y funesta!
¡Ay de aquel que es humano, y conspira!
Largo fruto de sangre y de ira
Cogerá de su mísero error.

Al sonar nuestra voz elocuente
Todo el pueblo en furor se abrasaba,
Y la estrella de Cuba se alzaba
Más ardiente y serena que el sol.
De traidores y viles tiranos
Respetamos clementes la vida,
Cuando un poco de sangre vertida
Libertad nos brindaba y honor.

Hoy el pueblo, de vértigo herido,
Nos entrega al tirano insolente,
Y cobarde y estólidamente
No ha querido la espada sacar.
¡Todo yace disuelto, perdido...!
Pues de Cuba y de mí desespero,
Contra el hado terrible, severo,
Noble tumba mi asilo será.

Nos combate feroz tiranía
Con aleve traición conjurada,
Y la estrella de Cuba eclipsada
Para un siglo de horror queda ya.
Que si un pueblo su dura cadena
No se atreve a romper con sus manos,
Bien le es fácil mudar de tiranos,
Pero nunca ser libre podrá.

Los cobardes ocultan su frente,
La vil plebe al tirano se inclina,
Y el soberbio amenaza, fulmina,
Y se goza en victoria fatal.
¡Libertad! A tus hijos tu aliento
En injusta prisión más inspira;
Colgaré de sus rejas mi lira,
Y la Gloria templarla sabrá.

Si el cadalso me aguarda, en su altura
Mostrará mi sangrienta cabeza
Monumento de hispana fiereza,
Al secarse a los rayos del sol.
El suplicio al patriota no infama;
Y desde él mi postrero gemido
Lanzará del tirano al oído
Fiero voto de eterno rencor.
......................................................................


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Mensaje por Lluvia Abril Jue 02 Abr 2015, 17:23

En el Teocalli de Cholula

¡Cuánto es bella la tierra que habitaban,
los aztecas valientes! En su seno
en una estrecha zona concentrados,
con asombro se ven todos los climas
que hay desde el Polo al Ecuador. Sus llanos
cubren a par de las doradas mieses
las cañas deliciosas. El naranjo
y la piña y el plátano sonante,
hijos del suelo equinoccial, se mezclan
a la frondosa vid, al pino agreste,
y de Minerva el árbol majestoso.

Nieve eternal corona las cabezas
de Iztaccihual purísimo, Orizaba
y Popocatepetl, sin que el invierno,
toque jamás con destructora mano
los campos fertilísimos, do ledo
los mira el indio en púrpura ligera
y oro teñirse, reflejando el brillo
del sol en occidente, que sereno
en yelo eterno y perennal verdura
a torrentes vertió su luz dorada,
y vio a Naturaleza conmovida
con su dulce calor hervir en vida.

Era la tarde; su ligera brisa
las alas en silencio ya plegaba,
y entre la hierba y árboles dormía,
mientras el ancho sol su disco hundía
detrás de Iztaccihual. La nieve eterna,
cual disuelta en mar de oro, semejaba
temblar en torno de él; un arco inmenso
que del empíreo en el cenit finaba,
como espléndido pórtico del cielo,
de luz vestido y centellante gloria,
de sus últimos rayos recibía
los colores riquísimos. Su brillo
desfalleciendo fue; la blanca luna
y de Venus la estrella solitaria
en el cielo desierto se veían.
¡Crepúsculo feliz! Hora más bella
que la alma noche o el brillante día,
¡Cuánto es dulce tu paz al alma mía!

Hallábame sentado en la famosa
cholulteca pirámide. Tendido
el llano inmenso que ante mí yacía,
los ojos a espaciarse convidaba.
¡Qué silencio! ¡Qué paz! ¡Oh! ¿Quién diría
que en estos bellos campos reina alzada
la bárbara opresión, y que esta tierra
brota mieses tan ricas, abonada
con sangre de hombres, en que fue inundada
por la superstición y por la guerra...?

Bajó la noche en tanto. De la esfera
el leve azul, oscuro y más oscuro
se fue tornando; la movible sombra
de las nubes serenas, que volaban
por el espacio en alas de la brisa,
era visible en el tendido llano.

Iztaccihual purísimo volvía
del argentado rayo de la luna
el plácido fulgor, y en el oriente,
bien como puntos de oro centellaban
mil estrellas y mil... ¡Oh! ¡Yo os saludo,
fuentes de luz, que de la noche umbría
ilumináis el velo,
y sois del firmamento poesía!

Al paso que la luna declinaba,
y al ocaso fulgente descendía,
con lentitud la sombra se extendía
del Popocatepetl, y semejaba
fantasma colosal. El arco oscuro
a mí llegó, cubrióme, y su grandeza
fue mayor y mayor, hasta que al cabo
en sombra universal veló la tierra.

Volví los ojos al volcán sublime,
que velado en vapores transparentes,
sus inmensos contornos dibujaba
de occidente en el cielo.
¡Gigante del Anáhuac! ¿Cómo el vuelo
de las edades rápidas no imprime
alguna huella en tu nevada frente?

Corre el tiempo veloz, arrebatando
años y siglos, como el norte fiero
precipita ante sí la muchedumbre
de las olas del mar. Pueblos y reyes
viste hervir a tus pies, que combatían
cual hora combatimos, y llamaban
eternas sus ciudades, y creían
fatigar a la tierra con su gloria.

Fueron: de ellos no resta ni memoria.
¿Y tú eterno serás? Tal vez un día
de tus profundas bases desquiciado
caerás; abrumará tu gran ruina
al yermo Anáhuac; alzaránse en ella
nuevas generaciones, y orgullosas,
que fuiste negarán...

Todo perece
por ley universal. Aun este mundo
tan bello y tan brillante que habitamos,
es el cadáver pálido y deforme
de otro mundo que fue...

En tal contemplación embebecido
sorprendióme el sopor. Un largo sueño
de glorias engolfadas y perdidas
en la profunda noche de los tiempos,
descendió sobre mí. La agreste pompa
de los reyes aztecas desplegóse
a mis ojos atónitos. Veía
entre la muchedumbre silenciosa
de emplumados caudillos levantarse
el déspota salvaje en rico trono,
de oro, perlas y plumas recamado;
y al son de caracoles belicosos
ir lentamente caminando al templo
la vasta procesión, do la aguardaban
sacerdotes horribles, salpicados
con sangre humana rostros y vestidos.

Con profundo estupor el pueblo esclavo
las bajas frentes en el polvo hundía,
y ni mirar a su señor osaba,
de cuyos ojos férvidos brotaba
la saña del poder.

Tales ya fueron
tus monarcas, Anáhuac, y su orgullo,
su vil superstición y tiranía
en el abismo del no ser se hundieron.

Sí, que la muerte, universal señora,
hiriendo a par al déspota y esclavo,
escribe la igualdad sobre la tumba.
Con su manto benéfico el olvido
tu insensatez oculta y tus furores
a la raza presente y la futura.

Esta inmensa estructura
vio a la superstición más inhumana
en ella entronizarse. Oyó los gritos
de agonizantes víctimas, en tanto
que el sacerdote, sin piedad ni espanto,
les arrancaba el corazón sangriento;
miró el vapor espeso de la sangre
subir caliente al ofendido cielo,
y tender en el sol fúnebre velo,
y escuchó los horrendos alaridos
con que los sacerdotes sofocaban
el grito del dolor.

Muda y desierta
ahora te ves, pirámide. ¡Más vale
que semanas de siglos yazcas yerma,
y la superstición a quien serviste
en el abismo del infierno duerma!
A nuestros nietos últimos, empero,
sé lección saludable; y hoy al hombre
que ciego en su saber fútil y vano
al cielo, cual Titán, truena orgulloso,
sé ejemplo ignominioso
de la demencia y del furor humano.


A Emilia

Desde el suelo fatal de su destierro
tu triste amigo, Emilia deliciosa,
te dirige su voz; su voz que un día
en los campos de Cuba florecientes
virtud, amor y plácida esperanza
cantó felice, de tu bello labio
mereciendo sonrisa aprobadora,
que satisfizo su ambición. Ahora
sólo gemir podrá la triste ausencia
de todo lo que amó, y enfurecido
tronar contra los viles y tiranos
que ajan de nuestra patria desolada
el seno virginal. Su torvo ceño
mostróme el despotismo vengativo,
y en torno de mi frente, acumulada
rugió la tempestad. Bajo tu techo
la venganza burlé de los tiranos.
Entonces tu amistad celeste, pura,
mitigaba el horror a las insomnias
de tu amigo proscripto y sus dolores.
Me era dulce admirar tus formas bellas
y atender a tu acento regalado,
cual lo es al miserable encarcelado
el aspecto del cielo y las estrellas.

Horas indefinibles, inmortales,
de angustia tuya y de peligro mío,
¡Cómo volaron! Extranjera nave
arrebatóme por el mar sañudo,
cuyas oscuras turbulentas olas
me apartan ya de playas españolas.

Heme libre por fin: heme distante
de tiranos y siervos. Mas, Emilia,
¡Qué mudanza cruel! Enfurecido
brama el viento invernal: sobre sus alas
vuela y devora el suelo desecado
el yelo punzador. Espesa niebla
vela el brillo del sol, y cierra el cielo,
que en dudoso horizonte se confunde
con el oscuro mar. Desnudos gimen
por doquiera los árboles la saña
del viento azotador. Ningún ser vivo
se ve en los campos. Soledad inmensa
reina, y desolación, y el mundo yerto
sufre el invierno cruel la tiranía.

¿Y es ésta la mansión que trocar debo
por los campos de luz, el cielo puro,
la verdura inmortal y eternas flores
y las brisas balsámicas del clima
en que el primero sol brilló a mis ojos,
entre dulzura y paz...? Estremecido
me detengo, y agólpanse a mis ojos
lágrimas de furor... ¿Qué importa? Emilia,
mi cuerpo sufre, pero mi alma fiera
con noble orgullo y menosprecio aplaude
su libertad. Mis ojos doloridos
no verán ya mecerse de la palma
la copa gallardísima, dorada
por los rayos del sol en occidente;
ni a la sombra de plátano sonante
el ardor burlaré de mediodía,
inundando mi faz en la frescura
que espira el blando céfiro. Mi oído,
en lugar de tu acento regalado,
o del eco apacible y cariñoso
de mi madre, mi hermana y mis amigas,
tan sólo escucha de extranjero idioma
los bárbaros sonidos: pero al menos
no lo fatiga del tirano infame
el clamor insolente, ni el gemido
del esclavo infeliz, ni del azote
el crujir execrable, que emponzoñan
la atmósfera de Cuba. ¡Patria mía,
idolatrada patria! tu hermosura
goce el mortal en cuyas torpes venas
gire con lentitud la yerta sangre,
sin alterarse al grito lastimoso
de la opresión. En medio de tus campos
de luz vestidos y genial belleza,
sentí mi pecho férvido agitado
por el dolor, como el océano brama
cuando le azota el norte. Por las noches,
cuando la luz de la callada luna
y del limón el delicioso aroma
llevado en alas de la tibia brisa
a voluptuosa calma convidaban,
mil pensamientos de furor y sana
entre mi pecho hirviendo, me nublaban
el congojado espíritu, y el sueño
en mi abrasada frente no tendía
sus alas vaporosas. De mi patria
bajo el hermoso desnublado cielo,
no pude resolverme a ser esclavo,
ni consentir que todo en la Natura
fuese noble y feliz, menos el hombre.
miraba ansioso al cielo y a los campos
que en derredor callados se tendían,
y en mi lánguida frente se veían
la palidez mortal y la esperanza.

Al brillar mi razón, su amor primero
fue la sublime dignidad del hombre,
y al murmurar de «Patria» el dulce nombre,
me llenaba de horror el extranjero.
¡Pluguiese al Cielo, desdichada Cuba,
que tu suelo tan sólo produjese
hierro y soldados! ¡La codicia ibera
no tentáramos, no! Patria adorada,
de tus bosques el aura embalsamada
es al valor, a la virtud funesta.
¿Cómo viendo tu sol radioso, inmenso,
no se inflama en los pechos de tus hijos
generoso valor contra los viles
que te oprimen audaces y devoran?

¡Emilia! ¡dulce Emilia! la esperanza
de inocencia, de paz y de ventura
acabó para mí. ¿Qué gozo resta
al que desde la nave fugitiva
en el triste horizonte de la tarde
hundirse vio los montes de su patria
por la ¿postrera vez? A la mañana
alzóse el sol, y me mostró desiertos
el firmamento y mar... ¡Oh! ¡cuan odiosa
me pareció la mísera existencia!
Bramaba en torno la tormenta fiera
y yo sentado en la agitada popa
del náufrago bajel, triste y sombrío,
los torvos ojos en el mar fijando,
meditaba de Cuba en el destino,
y en sus tiranos viles, y gemía,
y de rubor y cólera temblaba,
mientras el viento en derredor rugía,
y mis sueltos cabellos agitaba.

¡Ah! también otros mártires... ¡Emilia!
doquier me sigue en ademán severo
del noble Hernández la querida imagen.
¡Eterna paz a tu injuriada sombra,
mi amigo malogrado! Largo tiempo
el gran flujo y reflujo de los años
por Cuba pasará, sin que produzca
otra alma cual la tuya, noble y fiera.
¡Víctima de cobardes y tiranos,
descansa en paz! Si nuestra patria ciega,
su largo sueño sacudiendo, llega
a despertar a libertad y gloria,
honrará, como debe, tu memoria.

¡Presto será que refulgente aurora
de libertad sobre su puro cielo
mire Cuba lucir! Tu amigo, Emilia,
de hierro fiero y de venganza armado,
a verte volverá, y en voz sublime
entonará de triunfo el himno bello.
mas si en las lides enemiga fuerza
me postra ensagrentado, por lo menos
no obtendrá mi cadáver tierra extraña,
y regado en mi féretro glorioso
por el llanto de vírgenes y fuertes
me adormiré. La universal ternura
excitaré dichoso, y enlazada
mi lira de dolores con mi espada,
coronarán mi noble sepultura.



Vuelta al sur

Vuela el buque: las playas oscuras
a la vista se pierden ya lejos,
cual de Febo a los vivos reflejos
se disipa confuso vapor.
y la vista sin límites corre
por el mar a mis ojos abierto,
y en el cielo profundo, desierto,
reina puro el espléndido sol.

Del aliento genial de la brisa
nuestras velas nevadas llenamos,
y entre luz y delicia volamos
a los climas serenos del sur.
a tus yelos adiós, norte triste;
de tu invierno finaron las penas,
y ya siento que hierven mis venas,
prometiéndome fuerza y salud.

¡Salve, cielo del sur delicioso!
Este sol prodigóme la vida,
y sus rayos en mi alma encendida
concentraron hoguera fatal.
De mi edad las amables primicias
a tus hijas rendí por despojos,
y la llama que aún arde en mis ojos
bien demuestra cuál supe yo amar.

¡Oh recuerdos de paz y ventura!
¡Cómo el sol en tu bello occidente
inundaba en su luz dulcemente
de mi amada la candida faz!
¡Cómo yo, del naranjo a la sombra,
en su seno mi frente posaba,
y en sus labios de rosa libaba
del deleite la copa falaz!

¡Dulce Cuba! En tus aras sagradas
la ventura inmolé de mi vida,
y mirando tu causa perdida,
mis amores y amigos dejé.
mas tal vez no está lejos el día
(¡Cuál me anima tan bella esperanza!)
en que armado con hierro y venganza
a tus viles tiranos veré.

¡Cielo hermoso del sur! Compasivo,
tú me tornas la fuerza y aliento,
y mitigas el duro tormento
con que rasga mi seno el dolor.
al sentir tu benéfico influjo,
no al destino mi labio maldice,
ni me juzgo del todo infelice
mientras pueda lucirme tu sol.

¡Adiós yelos! ¡Oh lira de Cuba!
Cobra ya tu feliz armonía,
y del sur en las alas envía
himno fiel de esperanza y amor.
Por la saña del norte inclemente
destrozadas tus cuerdas se miran;
mas las brisas, que tibias suspiran,
te restauran a vida y vigor.

Yo te pulso, y tus ecos despiertan
en mis ojos marchitos el llanto…
¡Cuál me alivias! Tu plácido encanto
la existencia me fuerza a sentir.
¡Lira fiel, compañera querida
en sublime delicia y dolores!
De ciprés y de lánguidas flores
ya te debes por siempre ceñir.

¡Siempre…! No, que en la lid generosa
tronarás con acento sublime,
cuando Cuba sus hijos reanime,
y su estrella miremos brillar.
«¡Libertad!», clamarán, «en su pecho»
«¡Inflamó de su aliento la llama!»
y si caigo, mi espléndida fama
a los siglos futuros irá.



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Mensaje por Lluvia Abril Jue 02 Abr 2015, 17:30

En una tempestad

Huracán, huracán, venir te siento,
y en tu soplo abrasado
respiro entusiasmado
del señor de los aires el aliento.

En las alas del viento suspendido
vedle rodar por el espacio inmenso,
silencioso, tremendo, irresistible
en su curso veloz. La tierra en calma
siniestra; misteriosa,
contempla con pavor su faz terrible.
¿Al toro no miráis? El suelo escarban,
de insoportable ardor sus pies heridos:
La frente poderosa levantando,
y en la hinchada nariz fuego aspirando,
llama la tempestad con sus bramidos.

¡Qué nubes! ¡qué furor! El sol temblando
vela en triste vapor su faz gloriosa,
y su disco nublado sólo vierte
luz fúnebre y sombría,
que no es noche ni día...
¡Pavoroso calor, velo de muerte!
Los pajarillos tiemblan y se esconden
al acercarse el huracán bramando,
y en los lejanos montes retumbando
le oyen los bosques, y a su voz responden.

Llega ya... ¿No le veis? ¡Cuál desenvuelve
su manto aterrador y majestuoso...!
¡Gigante de los aires, te saludo...!
En fiera confusión el viento agita
las orlas de su parda vestidura...
¡Ved...! ¡En el horizonte
los brazos rapidísimos enarca,
y con ellos abarca
cuanto alcanzó a mirar de monte a monte!

¡Oscuridad universal!... ¡Su soplo
levanta en torbellinos
el polvo de los campos agitado...!
En las nubes retumba despeñado
el carro del Señor, y de sus ruedas
brota el rayo veloz, se precipita,
hiere y aterra a suelo,
y su lívida luz inunda el cielo.

¿Qué rumor? ¿Es la lluvia...? Desatada
cae a torrentes, oscurece el mundo,
y todo es confusión, horror profundo.
Cielo, nubes, colinas, caro bosque,
¿Dó estáis...? Os busco en vano:
Desparecisteis... La tormenta umbría
en los aires revuelve un oceano
que todo lo sepulta...
Al fin, mundo fatal, nos separamos:
El huracán y yo solos estamos.

¡Sublime tempestad! ¡Cómo en tu seno,
de tu solemne inspiración henchido,
al mundo vil y miserable olvido,
y alzo la frente, de delicia lleno!
¿Dó está el alma cobarde
que teme tu rugir...? Yo en ti me elevo
al trono del Señor: oigo en las nubes
el eco de su voz; siento a la tierra
escucharle y temblar. Ferviente lloro
desciende por mis pálidas mejillas,
y su alta majestad trémulo adoro.


LA ESTACIÓN DE LOS NORTES


Témplase ya del fatigoso estío
El fuego abrasador: del yerto polo
Del septentrión los vientos sacudidos,
Envueltos corren entre niebla oscura,
Y a Cuba libran de la fiebre impura.

Ruge profundo el mar, hinchado el seno,
Y en golpe azotador hiere las playas:
Sus alas baña Céfiro en frescura,
Y vaporoso, transparente velo
Envuelve al Sol y al rutilante cielo.

¡Salud, felices días! A la muerte
La ara sangrienta derribáis que mayo
Entre flores alzó: la acompañaba
Con amarilla faz la fiebre impía,
Y con triste fulgor resplandecía.

Ambas veían con adusta frente
De las templadas zonas a los hijos
Bajo este cielo ardiente y abrasado:
Con sus pálidos cetros los tocaban,
Y a la huesa fatal los despeñaban.

Mas su imperio finó: del norte el viento,
Purificando el aire emponzoñado,
Tiende sus alas húmedas y frías,
Por nuestros campos resonando vuela,
Y del rigor de agosto los consuela.

Hoy en los climas de la triste Europa
Del aquilón el soplo enfurecido
Su vida y su verdor quita a los campos,
Cubre de nieve la desnuda tierra,
Y al hombre yerto en su mansión encierra.

Todo es muerte y dolor: en Cuba empero
Todo es vida y placer: Febo sonríe,
Mas templado entre nubes transparentes,
Da nuevo lustre al bosque y la pradera,
Y los anima en doble primavera.

¡Patria dichosa! ¡Tú, favorecida
Con el mirar más grato y la sonrisa
De la Divinidad! No de tus campos
Me arrebate otra vez el hado fiero.
Lúzcame ¡ay! en tu cielo el sol postrero.

¡Oh! ¡con cuánto placer, amada mía,
Sobre el modesto techo que nos cubre
Caer oímos la tranquila lluvia,
Y escuchamos del viento los silbidos,
Y del distante Océano los bramidos!

Llena mi copa con dorado vino,
Que los cuidados y el dolor ahuyenta:
Él, adorada, a mi sedienta boca
Muy más grato será de ti probado,
Y a tus labios dulcísimos tocado.

Junto a ti reclinado en muelle asiento,
En tus rodillas pulsaré mi lira,
Y cantaré feliz mi amor, mi patria,
De tu rostro y de tu alma la hermosura,
Y tu amor inefable y mi ventura.



CALMA EN EL MAR


El cielo está puro,
La noche tranquila,
Y plácida reina
La calma en el mar.
En su campo inmenso
El aire dormido
La flámula inmóvil
No puede agitar.

Ninguna brisa
Llena las velas,
Ni alza las ondas
Viento vivaz.
En el oriente
Débil meteoro
Brilla y disípase
Leve, fugaz.

Su ebúrneo semblante
Nos muestra la luna,
Y en torno la ciñe
Corona de luz.
El brillo sereno
Argenta las nubes,
Quitando a la noche
Su pardo capuz.

Y las estrellas,
Cual puntos de oro,
En todo el cielo
Vense brillar.
Como un espejo
Terso, bruñido,
Las luces trémulas
Refleja el mar.

La calma profunda
De aire, mar y cielo,
Al ánimo inspira
Dulce meditar.
Angustias y afanes
De la triste vida,
Mi llagado pecho
Quiere descansar.
Astros eternos,
Lámparas dignas,
Que ornáis el templo
Del Hacedor;
Sedme la imagen
De su grandeza,
Que lleve al ánimo
Santo pavor.

¡Oh piloto! la nave prepara:
A seguir tu derrota dispónte,
Que en el puro lejano horizonte
Se levanta la brisa del sur;
Y la zona que oscura lo ciñe,
Cual la luz presurosa se tiende,
Y del mar, cuyo espejo se hiende,
Muy más bello parece el azul.





_________________
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 03 Abr 2015, 00:04

Bien, Lluvia. No puedo hacer otra cosa que darte las gracias por tu aportación, necesaria e impecable.
Un beso.


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Ni cañones que maten la esperanza." 
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Mensaje por Lluvia Abril Vie 03 Abr 2015, 04:53

AL OCÉANO


¡Qué! ¡De las ondas el hervor insano
Mece por fin mi lecho estremecido!
¡Otra vez en el Mar!... Dulce a mi oído
Es tu solemne música, Océano.
¡Oh! ¡cuántas veces en ardientes sueños
Gozoso contemplaba
Tu ondulación, y de tu fresca brisa
El aliento salubre respiraba!
Elemento vital de mi existencia,
De la vasta creación mística parte,
¡Salve! felice torno a saludarte
Tras once años de ausencia.

¡Salve otra vez! a tus volubles ondas
Del triste pecho mío
Todo el anhelo y esperanza fío.
A las orillas de mi fértil patria
Tú me conducirás, donde me esperan
Del campo entre la paz y las delicias,
Fraternales caricias,
Y de una madre el suspirado seno.

¡Me oyes, benigno Mar! De fuerza lleno,
En el triste horizonte nebuloso,
Tiende sus alas aquilón fogoso,
Y las bate: la vela estremecida
Cede al impulso de su voz sonora,
Y cual flecha del arco despedida,
Corta las aguas la inflexible prora.
Salta la nave, como débil pluma,
Ante el fiero aquilón que la arrebata
Y en torno, cual rugiente catarata,
Hierven montes de espuma.

¡Espectáculo espléndido, sublime
De rumor, de frescura y movimiento:
Mi desmayado acento
Tu misteriosa inspiración reanime!
Ya cual mágica luz brillar la siento:
Y la olvidada lira
Nuevos tonos armónicos suspira.
Pues me torna benéfico tu encanto
El don divino que el mortal adora,
Tuyas, glorioso Mar, serán ahora
Estas primicias de mi nuevo canto.

¡Augusto primogénito del Caos!
Al brillar ante Dios la luz primera,
En su cristal sereno
La reflejaba tu cerúleo seno:
Y al empezar el mundo su carrera,
Fue su primer vagido,
De tus hirvientes olas agitadas
El solemne rugido.

Cuando el fin de los tiempos se aproxime,
Y al orbe desolado
Consuma la vejez, tú, Mar sagrado,
Conservarás tu juventud sublime.
Fuertes cual hoy, sonoras y brillantes,
Llenas de vida férvida tus ondas,
Abrazarán las playas resonantes
-Ya sordas a tu voz-, tu brisa pura
Gemirá triste sobre el mundo muerto,
Y entonarás en lúgubre concierto
El himno funeral de la Natura.

¡Divino esposo de la Madre Tierra!
Con tu abrazo fecundo,
Los ricos dones desplegó que encierra
En su seno profundo.
Sin tu sacro tesoro inagotable,
De humedad y de vida,
¿Qué fuera? -Yermo estéril, pavoroso,
De muerte y aridez sólo habitado.

Suben ligeros de tu seno undoso
Los vapores que, en nubes condensados
Y por el viento alígero llevados,
Bañan la tierra en lluvias deliciosas,
Que al moribundo rostro de Natura
Tornando la frescura,
Ciñen su frente de verdor y rosas.

¡Espejo ardiente del sublime cielo!
En ti la luna su fulgor de plata
Y la noche magnífica retrata
El esplendor glorioso de su velo.
Por ti, férvido Mar, los habitantes
De Venus, Marte, o Júpiter, admiran
Coronado con luces más brillantes
Nuestro planeta, que tus brazos ciñen,
Cuando en tu vasto y refulgente espejo
Mira el Sol de su hoguera inextinguible
El áureo, puro, vívido reflejo.

¿Quién es, sagrado Mar, quién es el hombre
A cuyo pecho estúpido y mezquino
Tu majestosa inmensidad no asombre?
Amarte y admirar fue mi destino
Desde la edad primera:
De juventud apasionada y fiera
En el ardor inquieto,
Casi fuiste a mi culto noble objeto.
Hoy a tu grata vista, el mal tirano
Que me abrumaba, en dichoso olvido
Me deja respirar. Dulce a mi oído
es tu solemne música, Océano.


VANIDAD DE LAS RIQUEZAS


Si la pálida muerte se aplacara
Con que yo mis riquezas le ofreciera,
Si el oro y plata para sí quisiera,
Y a mí la dulce vida me dejara;

¡Con cuánto ardor entonces me afanara
Por adquirir el oro, y si viniera
A terminar mis días la Parca fiera,
Cuán ufano mi vida rescatara!

Pero ¡ah! no se libertan de su saña
El hombre sabio, el rico ni el valiente:
En todos ejercita su guadaña.

Quien se afana en ser rico no es prudente:
Si en que debe morir nadie se engaña,
¿Para qué trabajar inútilmente?


_________________
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Mensaje por Lluvia Abril Vie 03 Abr 2015, 04:58

AL POPOCATEPETL


Tú que de nieve eterna coronado
Alzas sobre Anahuac la enorme frente,
Tú de la indiana gente
Temido en otro tiempo y venerado,
Gran Popocatepetl, oye benigno
El saludo humildoso
Que trémulo mi labio te dirige.
Escucha al joven, que de verte ansioso
Y de admirar tu gloria, abandonara
El seno de Managua delicioso.

Te miro en fin: tus faldas azuladas
Contrastan con la nieve de tu cima,
Cual descuellas encima
De las cándidas nubes que apiñadas
Están en torno de tu firme asiento:
En vano el recio viento
Apartarlas intenta de tu lado.

¡Cuál de terror me llena
El boquerón horrendo, do inflamado
Tu pavoroso cóncavo respira!
¡Por donde ardiendo en ira
Mil torrentes de fuego vomitabas,
Y el fiero tlascalteca
El ímpetu temiendo de tus lavas,
Ante tu faz postrado
Imploraba lloroso tu clemencia!

¡Cuán trémulo el cuitado
¡Quedábase al mirar tu seno ardiente
Centellas vomitar, que entre su gente
Firmísimos creían
Ser almas de tiranos,
Que a la tierra infeliz de ti venían!

Y llegará tal vez el triste día
En que del Etna imites los furores,
Y con fuertes hervores
Consigas derretir tu nieve fría,
Que en torrentes bajando
El ancho valle inunde,
Y destrucción por él vaya sembrando.

O bien la enorme espalda sacudiendo
Muestres tu horrible seno cuasi roto,
Y en fuerte terremoto
Vayas al Anahuac estremeciendo,
Y las grandes ciudades
De tu funesta cólera al amago,
Con miserable estrago
Se igualen a la tierra en su ruina,
Y por colmo de horrores
Den inmenso sepulcro
A sus anonadados moradores...

¡Ah! ¡nunca, nunca sea!
¡Nunca, oh sacro volcán, tanto te irrites!
Lejos de mí tan espantosa idea.

A tu vista mi ardiente fantasía
Por edades y tiempos va volando,
Y se acerca temblando
A aquel funesto y pavoroso día
En que Jehová con mano omnipotente
La ruina de la tierra decretara.

El Aquilón soberbio
Bramando con furor amontonara
Inmensidad de nubes tempestuosas,
Que con su multitud y su espesura
La brillantez del sol oscurecieron:
Cuando sus senos húmedos abrieron
El espumoso mar se vio aumentado,
Y entrando por la tierra presuroso,
Imaginó gozoso
A su imperio por siempre sujetarla.

Los hombres aterrados
A los enhiestos árboles subían,
Mas allí no perdían
Su pánico terror: pues el Océano
Que fiero se estremece
Temiendo que la tierra se le huye,
A todos los destruye
En el asilo mismo que eligieron.

Acaso dos monarcas enemigos
Que en pos corriendo de funesta gloria,
Sobrados materiales a la historia
En bárbaros combates preparaban,
Al ver entonces el terrible aspecto
De la celeste cólera, temblaron:
En un sagrado templo guarecidos,
De palidez cubiertos se abrazaron,
Y al punto sofocaron
Sus horrendos rencores en el pecho.

Pero en el templo mismo
Los furores del mar les alcanzaban
Que con ellos y su odio sepultaban
Su reconciliación y su memoria.

Revueltos entre sí los elementos,
Su terrible desorden anunciaba
Que el airado Criador sobre la tierra
El peso de su cólera lanzaba.

Tú entonces, del volcán genio invencible.
El ruido de las ondas escuchaste,
Y al punto demostraste
Tu sorpresa y tu cólera terrible.
Cual sacude el anciano venerable
Su luenga barba y cabellera cana,
Tal tú con furia insana
La nieve sacudiste que te adorna,
Y humo y llamas ardientes vomitando,
Airado alzaste la soberbia frente,
Y tembló fuertemente
La tierra, aunque cubierta de los mares.

Entonces dirigiste
A la ondas la voz, y así dijiste:
"¿Quién ha podido daros
Suficiente osadía,
Para que a vista mía
Mi imperio profanéis de aqueste modo?
Volved atrás la temeraria planta,
Y no intentéis osadas
Penetrar mis mansiones, visitadas
Sólo del aire vagaroso y puro".

Así dijiste, y de su seno oscuro
Con horrible murmurio respondieron
Las ondas a tu voz, y acobardadas
Al llegar a tus nieves eternales
Con respetuoso horror se detuvieron.
De espumas y cadáveres hinchadas,
Mil horribles despojos arrastrando
Hasta tu pie venían,
Y humildes le besaban,
Y allí la furia horrenda contenían.

Jehová entonces su mano levantando,
Dio así nuevos esfuerzos a las ondas,
Que súbito se hincharon,
Y a pesar de tu rabia y tus bramidos
A tus senos ardientes se lanzaron.

Mas aun allí tu cólera temían,
Pues de tu ardiente cráter arrojadas,
Y en vapor transformadas,
Vencer tu resistencia no podían.

Pero Jehová contuvo tus furores,
Y sobre tu cabeza
Con inmortal, divina fortaleza
Aglomeró las ondas espumosas.

Viéndote ya vencido
Por el mar protegido de los cielos,
En tu seno más hondo y escondido
Los fuegos inextintos ocultaste,
Con que tu claro imperio recobraste
Pasados los furores del diluvio.

En tanto de tus senos anegados
Un negro vapor sube,
Que alzando al éter columnosa nube,
Al universo anuncia
Los estragos del húmedo elemento,
De Jehová la venganza y la alta gloria,
Su tan fácil victoria,
Y tu debilidad y abatimiento.

Después de la catástrofe horrorosa
Luengos siglos pasaste sosegado,
Temido y venerado
De la insigne Tlaxcala belicosa.
Jamás humana planta
Las nieves de tu cima profanara.

Mas ¿qué no pudo hacer entre los hombres
la ansia fatal de eternizar sus nombres?
Mira tu faz el español osado,
Y temerario intenta
Penetrar tus misterios escondidos.
El intrépido Ordaz se te presenta,
Y a tu nevada cúspide se arroja.

En vano con bramidos
Le quisiste arredrar; entonce airado
Ostentas tu poder. Con mano fuerte
Procuras de tu espalda sacudirle,
Y haciéndole temer próxima muerte,
Por los aires despides
Mil y mil trozos de tu duro hielo,
Y amenazas con llamas abrasarle,
Y le encubres el cielo
Y la lejana tierra
Con pómez y volcánica ceniza
Que a fuer de lluvia bajo sí le entierra.

Mas él, siempre animoso,
Ve tu furor con ánimo sereno:
Holla tu nieve, y desde tu ancha boca
Mira con ansia tu hervoroso seno.

Mil victorias y mil doquier lograba
El español ejército valiente,
Pero ya finalmente
La pólvora fulmínea les faltaba.
Y su impávido jefe fabricarla
Con el azufre de tu seno quiere.

Hablara así a sus huestes el grande hombre:
"Eterno loor a aquel que se atreviere
A acometer empresa de tal nombre".
Así dice, y Montaño valeroso,
La voz de honor oyendo que le anima,
Baja a tu ardiente sima,
Y tus frutos te arranca victorioso.

¿Con fuerza te estremeces? ¡ah! yo creo
Que a cólera mi labio te provoca.
De tu anchurosa boca
Humo y sulfúrea llama salir veo.
¿Qué? ¿me quieres decir fiero y airado
Que sólo he numerado
Los terribles ultrajes que has sufrido?

Basta, basta, oh volcán; ya temeroso
El torpe labio sello;
Pero escucha mis súplicas piadoso:
No quieras despiadado
Ser más temido siempre que admirado.
Jamás enorme piedra
De tus senos lanzada
Llene de espanto al labrador vecino;
Jamás lleve tu lava su camino
A su fértil hacienda,
Ni derribes su rústica vivienda
Con tus fuertes y horribles convulsiones;
Que el inextinto fuego
Que en tu seno se guarda
Para siempre jamás quede en sosiego.



INMORTALIDAD


Cuando en el éter fúlgido y sereno
Arden los astros por la noche umbría,
El pecho de feliz melancolía
Y confuso pavor siéntese lleno.

¡Ay! ¡así girarán cuando en el seno
Duerma yo inmóvil de la tumba fría!...
Entre el orgullo y la flaqueza mía
Con ansia inútil suspirando peno,

Pero ¿qué digo? -Irrevocable suerte
También los astros a morir destina,
Y verán por la edad su luz nublada.

Mas superior al tiempo y a la muerte
Mi alma, verá del mundo la ruina,
A la futura eternidad ligada.


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Mensaje por Lluvia Abril Sáb 04 Abr 2015, 02:07

A Elpino

¡Feliz, Elpino, el que jamás conoce
otro cielo ni sol que el de su patria!
¡Ay, si ventura tal contar pudiera...!

Tú, empero, partes, y a la dulce patria
tornas... ¡Dado me fuera
tus pisadas seguir! ¡Oh! ¡cuán gozoso
tu triste amigo oyera
el ronco son con que la herida playa
al terrible azotar del Océano
responde largamente! Sí; la vista
de sus ondas fierísimas, hirviendo
bajo huracán feroz, en mi alma vierte
sublime inspiración y fuerza y vida.
Yo contigo, sus iras no temiendo,
al vórtice rugiente me lanzara.

¡Oh! ¡cómo palpitante saludara
las dulces costas de la patria mía,
al ver pintada su distante sombra
en el tranquilo mar del mediodía!
¡Al fin llegado al anchuroso puerto,
volando a mi querida,
al agitado pecho la estrechara,
y a su boca feliz mi boca unida,
las pasadas angustias olvidara!

Mas, ¿a dónde me arrastra mi delirio?
Partes, Elpino, partes, y tu ausencia
de mi alma triste acrecerá el martirio.
¿Con quién ¡ay Dios! ahora
hablaré de mi patria y mis amores,
y aliviaré, gimiendo, mis dolores?
El bárbaro destino
del Texcoco en las márgenes ingratas
me encadena tal vez hasta la muerte.
hermoso cielo de mi hermosa patria,
¿No tornaré yo a verte?

Adiós, amigo: venturoso presto
a mi amante verás... Elpino, díla
que el mísero Fileno
la amará hasta morir... Díla cual gimo

Lejos de su beldad, y cuantas veces
regó mi llanto sus memorias caras.
Cuéntala de mi frente, ya marchita,
la palidez mortal...

¡Adiós, Elpino,
adiós, y sé feliz! Vuelve a la patria,
y cuando tu familia y tus amigos
caricias te prodiguen, no perturbe
tu cumplida ventura
de Fileno doliente la memoria.
mas luego no me olvides, y piadoso
cuando recuerdes la tristeza mía,
un suspiro de amor de allá me envía.



Adiós

Belleza de dolor, en quien pensaba
fijar mi corazón, y hallar ventura,
adiós te digo, ¡adiós! Cuando miraba
respirar en tu frente calma y pura
el ingenio candor, y en tu sonrisa
y en tus ojos afables
brillar la inteligencia y la ternura,
necio me aluciné. Mi fantasía,
a la imagen de amor siempre inflamable,
en tu bello semblante me ofrecía
facciones que idolatro; y embebido
en esperanza dulce y engañosa,
pensaba en ti cobrar mi bien perdido.

Mas ¡ay! veloz despareció cual niebla
mi halagüeña ilusión. En vano ansiaba
en tu pecho encontrar la fuente pura
del delicado amor, del sentimiento.
tan sólo caprichosa en él domina
triste frivolidad, que me arrastrara
de tormento en tormento,
a un abismo de mal, llanto y ruina.
¡Qué suplicio mayor que amar de veras,
y mirar profanado, envilecido,
el objeto que se ama, y que pudiera
ser amor de la tierra, si estuviera
de pudor y modestia revestido!

¡Pérfida semejanza...! Si tu pecho,
como tu faz imita la que adoro,
de prendas y virtud igual tesoro
en tu seno guardara,
¡Cuál fuera yo feliz! ¡Cómo te amara
con efusión inmensa de ternura,
y a labrar tu ventura
mi juventud ardiente consagrara...!

Caminas presurosa
por la senda funesta del capricho,
a irreparable mal y abismo fiero
de ignominia y dolor... ¡Mísero! en vano
en mi piedad ansiosa
he querido tenderte amiga mano.
la esquivaste orgullosa... ¡Adiós! yo espero
que al fin vendrás a conocer con llanto
si era fino mi afecto, si fue pura
y noble mi piedad. Ya te desamo,
que es imposible amar a quien no estima,
y sólo en compasión por ti me inflamo.

¡No te maldigo, no! ¡Pueda lucirte
sereno el porvenir, y de mi labio
el vaticinio fúnebre desmienta!
a mi pecho agitado
será continuo torcedor la vista
de tu infausta beldad, y desolado
tu suerte lloraré. Si acaso un día
sufres del infortunio los rigores,
y a conocerme aprendes, en mi pecho
encontrarás, no amor, pero indulgencia,
y el afecto piadoso de un amigo.
¡Belleza de dolor! Adiós te digo.


A mi amante

Es media noche: vaporosa calma
y silencio profundo
el sueño vierte al fatigado mundo,
y yo velo por ti, mi dulce amante.
¡ En qué delicia el alma
enajena tu plácida memoria!
Único bien y gloria

Del corazón más fino y más constante,
¡Cuál te idolatro! De mi ansioso pecho
la agitación lanzaste y el martirio,
y en mi tierno delirio
lleno de ti contemplo el universo.
con tu amor inefable se embellece
de la vida el desierto,
que desolado y yerto
a mi tímida vista parecía,
y cubierto de espinas y dolores.
ante mis pasos, adorada mía,
riégalo tú con inocentes flores.

¡Y tú me amas! ¡Oh Dios! ¡Cuánta dulzura
siento al pensarlo! De esperanza lleno,
miro lucir el sol puro y sereno,
y se anega mi ser en su ventura.
Con orgullo y placer alzo la frente
antes nublada y triste, donde ahora
serenidad respira y alegría.
adorada señora
de mi destino y de la vida mía,
cuando yo tu hermosura
en un silencio religioso admiro,
el aire que tú alientas y respiro
es delicia y ventura.

Si pueden envidiar los inmortales
de los hombres la suerte,
me envidiarán al verte
fijar en mí tus ojos celestiales
animados de amor, y con los míos
confundir su ternura.
o al escuchar cuando tu boca pura
y tímida confiesa
el inocente amor que yo te inspiro:
Por mí exhalaste tu primer suspiro,
y a mí me diste tu primer promesa.

¡Oh! ¡luzca el bello día
que de mi amor corone la esperanza,
y ponga el colmo a la ventura mía!
¡Cómo, de gozo lleno,
inseparable gozaré tu lado,
respiraré tu aliento regalado,
y posaré mi faz sobre tu seno!
ahora duermes tal vez, y el sueño agita
sus tibias alas en tu calma frente,
mientras que blandamente
sólo por mí tu corazón palpita.
duerme, objeto divino
del afecto más fino,
del amor más constante;
descansa, dulce dueño,
y entre las ilusiones de tu sueño
levántese la imagen de tu amante.



Dedicatoria

A mi esposa


Cuando en mis venas férvidas ardía
la fiera juventud, en mis canciones
el tormentoso afán de mis pasiones
con dolorosas lágrimas vertía.

Hoy a ti las dedico, esposa mía,
cuando el amor, más libre de ilusiones,
inflama nuestros puros corazones,
y sereno y de paz me luce el día.

Así, perdido en turbulentos mares,
mísero navegante al ciclo implora
cuando le aqueja la tormenta grave;

Y del naufragio libre, en los altares
consagra fiel a la deidad que adora
las húmedas reliquias de su nave.


_________________
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Mensaje por Lluvia Abril Sáb 04 Abr 2015, 02:36

A mi esposa en sus dÍas

¡Oh! Cuán puro y sereno
despunta el Sol en el dichoso día
que te miró nacer, ¡Esposa mía!
Heme de amor y de ventura lleno.
Puerto de las borrascas de mi vida,
objeto de mi amor y mi tesoro,
con qué afectuosa devoción te adoro,
¡y te consagro mi alma enternecida!
Si la inquietud ansiosa me atormenta,
al mirarte recobro
gozo, serenidad, luz y ventura;
y en apacibles lazos
feliz olvido en tus amantes brazos
de mi poder funesto la amargura.
Tú eres mi ángel de consuelo
y tu celestial mirada
tiene en mi alma enajenada
inexplicable poder.
Como el Iris en el cielo
la fiera tormenta calma
tus ojos bellos del alma
disipan el padecer.
Y ¿cómo no lo hicieron
cuando en sus rayos lánguidos respiran
inocencia y amor? Quieran los cielos
que tu día feliz siempre nos luzca
de ventura y de paz, y nunca turben
nuestra plácida unión los torpes celos.
Esposa la más fiel y más querida,
siempre nos amaremos,
y uno en otro apoyado, pasaremos
el áspero desierto de la vida.
Nos amaremos, esposa,
mientras nuestro pecho aliente
pasará la edad ardiente,
sin que pase nuestro amor.
Y si el infortunio vuelve
con su copa de amargura,
y en mí cargue su furor.



A la estrella de venus

Estrella de la tarde silenciosa,
luz apacible y pura
de esperanza y amor, salud te digo.
en el mar de Occidente ya reposa
la vasta frente el sol, y tú en la altura
del firmamento solitaria reinas.
ya la noche sombría
quiere tender en diamantado velo,
y con pálidas tiritas baña el suelo
la blanda luz del moribundo día.
¡Hora feliz y plácida, cual bella!
Tú la presides, vespertina estrella.
Yo te amo, astro de paz. Siempre tu aspecto
en la callada soledad me inspira
de virtud y de amor meditaciones.
¡Qué delicioso afecto
excita en los sensibles corazones
la dulce y melancólica memoria
de su perdido bien y de su gloria!
Tú me la inspiras. ¡Cuántas, cuántas horas
viste brillar serenas
sobre mi faz en Cuba!... Al asomarse
tu disco puro y tímido en el cielo,
a mi tierno delirio daba rienda
en el centro del bosque embalsamado,
y por tu tibio resplandor guiado
buscaba en él mi solitaria senda.
Bajo la copa de la palma amiga,
trémula, bella en su temor, velada
con el mágico manto del misterio,
de mi alma la señora me aguardaba.
En sus ojos afables me veían
ingenuidad y amor: yo la estrechaba
a mi pecho encendido,
y mi rostro feliz al suyo unido,
su balsámico aliento respiraba.
¡Oh goces fugitivos
de placer inefable! ¡Quién pudiera
del tiempo detener la rueda fiera
sobre tales instante!...
Yo la admiraba estático: a mi oído
muy más dulce que música sonaba
el eco de su voz, y su sonrisa
para mi alma era luz. Horas serenas,
cuya memoria cara
a mitigar bastara
de una existencia de dolor las penas!
¡Estrella de la tarde! ¡cuántas veces
junto a mi dulce amiga me mirabas
saludar tu venida, contemplarte,
y recibir en tu amorosa lumbre
paz y serenidad!... Ahora me miras
amar también, y amar desesperado.
Huir me ves el objeto desdichado
de una estéril pasión, que es mi tormento
con su belleza misma;
y al renunciar su amor, mi alma se abisma
en el solo y eterno pensamiento
de amarla, y de llorar la suerte impía
que por siempre separa
su alma bella y pura del alma mía.


La inconstancia

A D. Domingo del Monte


En aqueste pacífico retiro,
lejos del mundo y su tumulto insano
doliente vaga tu sensible amigo.
Tú sabes mis tormentos, y conoces
a la mujer infiel... ¡Oh! si del alma
su bella imagen alejar pudiese,
¡cuál fuera yo feliz! ¡cómo tranquilo
de amistad en el seno
gozara paz y plácida ventura,
de todo mal y pesadumbre ajeno!
¡Amor ciego y fatal!... Ahora la tierra
encanta con su fresca lozanía.
por detrás de los montes enviscados
el almo sol en el sereno cielo
de azul, púrpura y oro arrebolado,
se alza con majestad: brilla su frente.
y la montaña, el bosque, el caserío,
relucen a la vez... Salud, ¡oh padre
del ser y del amor y de la vida!
¿Quién al mirar a ti no siente el alma
llena de inspiración?... ¡Salve! ¡Tu carro
lanza veloz por la celeste esfera,
y vida, fuerza y juventud lozana
vierta en el mundo tu inmortal carrera!
vuela, y muestra glorioso al universo
el almo Dios, que en tu fulgor velado,
sin principio ni fin... ¿Por qué mi frente
doblase mustia, y en mi rostro corre
esta lágrima ardiente? ¿Quién ha helado
el entusiasmo espléndido y sublime,
que a gozar y admirar me arrebataba?
¿Qué me importa ¡infeliz! el universo,
si me olvida la infiel? ¡Ay! en la noche
veré la tierra en esplendor bañada,
al vislumbrar de la fulgente luna,
y no seré feliz: no embebecida
el alma sentiré, cual otro tiempo,
en mil cavilaciones deliciosas
de ventura y amor: hoy afligido
solamente diré: «No mi adorada
en tal contemplación embelesada
a mí dirigirá sus pensamientos.»
De aquestas cañas a la blanda sombra
recuerdo triste mi placer pasado,
y me siento morir: lánguidamente
grabo en el tronco de la tersa caña
de Lesbia el nombre, y en delirio insano
gimo, y le cubren mis ardientes besos.
Su mano, ¡ay Dios! la mano que amorosa
mil y mil veces halagó la mía,
hundió el puñal en mi confiado pecho
con torpe engaño y con mudanza impía.
Heme juguete de la suerte fiera,
de una pasión tirana subyugado,
abatido, infeliz, desesperado,
el triste espectro de lo que antes era.
¡Oh pérfida mujer! ¡Cómo pagaste
el afecto más fino!
Bajo rostro tan cándido y divino
¿tan falso corazón pudo velarse?
Tú, mi loca pasión ¡ay! halagabas,
y feliz te dijiste en mis amores.
Aunque el hado tirano
en mi alma tierna y pura
verter quisiese cáliz de amargura,
¿Le debiste ¡infeliz! prestar tu mano?
Cuando el fatal prestigio con que ahora
la juventud y la beldad te cercan
haya la parca atroz desvanecido,
para salvar tu nombre del olvido
el triste amor de tu infeliz poeta
será el único timbre de tu gloria.
la mitad del laurel que orne mi tumba
entonces obtendrás; y de tus gracias
y de tu ingratitud y mi tormento
prolongará mi canto la memoria.
¡Hermosura fatal! tu disipaste
la brillante ilusión que me ocultaba
la corrupción universal del mundo,
y la vida y los hombres a mis ojos
presentaste cual son. ¿Dónde volaron
tanto y tanto placer? ¿Cómo pudiste
así olvidarte de tu amor primero?
¡Si así olvidase yo!... Mas ¡ay! el alma
que fina te adoró, falsa, te adora.
No vengativo anhelaré que el cielo
te condene al dolor: sé tan dichosa
cual yo soy infeliz: mas no mi oído
hiera jamás el nombre aborrecido
de mi rival, ni de tu voz el eco
torne a rasgar la ensangrentada herida
de aqueste corazón: no a mirar vuelva
tu celeste ademán, ni aquellos ojos,
ni aquellos labios do letal ponzoña
ciego bebí... ¡Jamás! -Y tú en secreto
un suspiro a lo menos me consagra,
un recuerdo... ¡Ah cruel! No te maldigo,
y mi mayor anhelo
es elevarte con mi canto al cielo,
y un eterno laurel partir contigo.


Oda a la noche

Reina la noche: con silencio grave
gira los sueños en el aire vano;
cándida, pura, el silencioso llano
viste la luna de su luz suave.
¡Hora de paz!... Aquí, do a nadie miro,
en esta cumbre, alzado,
heme, Señor, del mundo abandonado.
¡Cómo embelesa la quietud augusta
de la natura, a la sensible alma
que oye su voz, y en deleitosa calma
de esta mansión y su silencio gusta!
Grato silencio, que interrumpe el río
distante murmurando,
o en las hojas el viento susurrando.
Ya de la noche con el fresco ambiente
gira en lánguidas alas el reposo,
que vela fiel bajo del cielo umbroso
y huye la luz del sol resplandeciente.
Invisible con él y misterioso
en llano y montes yace
el bello horror, que contristando place.
¡Cómo en el alma estática se imprime
el delicioso y triste pensamiento!
¡Cómo el cuadro feliz que miro atento
es a par melancólico y sublime!
¡Ah! su paz de la música prefiero
al eco poderoso
con que se anima el baile bullicioso.
Allí en salón soberbio, por do quiera
terso cristal duplica los semblantes:
de oro vestida y perlas y diamantes
hermosura gentil danza ligera,
y con sus gracias y afectado hechizo
de mil adoradores
lleva tras sí los votos y loores.
¡Admirable es aquesto! Yo algún día,
de la simple niñez salido apenas,
en los bailes magníficos y cenas
de mi amor al objeto perseguía;
y atesoré con mágica ventura
de la Joven amada
un suspiro fugaz, una mirada.
Mas ya por los pesares abatido,
y a languidez y enfermedad ligado,
muy más me place que salón dorado
Este llano en la noche oscurecido;
a la brillante danza prefiriendo
el meditar tranquilo
bajo este cielo, en inocente asilo.
¡Ah! bríllenme por siempre las estrellas
en un cielo tan puro como ahora,
y a la alta mano de mi ser Autora
puédame yo elevar, viéndola en ellas.
A ti, Dios de los cielos, en la noche
alzo en humilde canto
la dolorosa voz de mi quebranto.
Te saludo también, amiga luna:
siempre tierno te amé, reina del cielo:
siempre fuiste mi hechizo, mi consuelo,
en la adversa y la próspera fortuna.
Tú sabes cuantas veces anhelando
gozar tu compañía,
maldije el brillo del ardiente día.
Asentado tal vez a las orillas
del mar, cuyo cristal te retrataba
en cavilar dulcísimo pasaba
las leves horas en que leda brillas;
y recordando mi nublada gloria,
miré tu faz serena
y en tierno llanto desahogué mi pena.
¡Mas ay! el pecho con dolor palpita,
herido ya de consunción tirana,
y cual tú al esplendor de la mañana,
palidece mi rostro y se marchita.
Cuando caiga por fin, inunde al menos
esa luz calma y pura
de tu amigo la humilde sepultura...
...Mas, ¿qué canto suavísimo resuena
del inmediato bosque en la espesura?
Es tu voz, ruiseñor, que de ternura
en dulce soledad mi pecho llena.
Siempre te amé, porque debiste al cielo
genio triste y sombrío,
tierno y agreste, como el genio mío.
Perezca el que a tu nido te arrebata,
y porque gimas gusta de oprimirte:
¿Por qué no viene como yo a seguirte
del bosque espeso entre la sombra grata?
Salta libre y feliz de ramo en ramo
en torno de tu nido,
que a nadie quiero esclavo ni oprimido.
Noche, antigua deidad, que el caos profundo
produjo antes que al sol, y al sol postrero
has de sobrevivir, cuando severo
el brazo del Señor trastorne el mundo;
óyeme: tú serás mientras me dure
este soplo de vida
celebrada por mí, de mi querida.
Antes del primer tiempo, sepultada
del caos en el vértice yacías:
inspirada tal vez ya preveías
a tu beldad la gloria destinada;
y ociosa, triste, en el sombroso velo
tu frente rebozabas,
y en el futuro imperio meditabas.
A la voz del Criador, del Océano
reina saliste, el cetro levantando,
de estrellas coronada, desplegando
el manto rico por el éter vano;
y al mundo silencioso deleitaba
en tu frente severa
de la alma luna la argentada esfera.
¡Cuántas altas verdades he aprendido]
en tu solemne horror, sublime diosa!
En el silencio de la selva umbrosa
¡Cuántas inspiraciones te he debido!
En ti miro al Criador, y arrebatado
de fervoroso anhelo,
pulso mi lira y me levanto al cielo.
¡Salve, gran diosa! en tu apacible seno
déjame consolar y recrearme:
tu bálsamo feliz puede aliviarme
el triste pecho de dolores lleno.
¡Noche, de los poetas y almas tiernas
dulce, piadosa amiga,
en blanda paz convierte mi fatiga!



_________________
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Mensaje por Lluvia Abril Dom 05 Abr 2015, 02:38

SÁficos

A la prenda de la fidelidad


Dulce memoria de la prenda mía
tan grata un tiempo como triste ahora,
áureo cabello, misterioso nudo
Ven a mi labio.
¡Ay! ven, y enjugue su fervor el llanto
en que tus hebras inundó mi hermosa,
cuando te daba al infeliz Fileno
mísero amante.
Lágrimas dulces, de mi amor consuelo,
decidme siempre que mi Lesbia es firme;
decid que nunca romperá su voto
pérfida y falsa.
¡Oh! Cuánto el alma de dolor sentía
cuánto mi pecho la aflicción rasgaba,
cuando la hermosa con dolientes ojos
Viéndome dijo:
«¡Siempre, Fileno, de mi amor te acuerdas!
Toma este rizo, que mi frente adorna...
Toma esta Prenda de constancia pura...
Guárdala fino.»
A donde quiera que la suerte cruda
me arrastre ¡Oh rizo! seguirame siempre,
y de mi Lesbia la divina imagen
pon a mis ojos.
Tú me recuerdas los felices días
de paz y amor que fugitivos fueron
cual débil humo de Aquilón al soplo
Tórnase nada.
¡Oh! Cuántas veces su cabello rubio,
al blando aliento de la fresca brisa,
velón ondeaba, y en feliz desorden
¡Vino a mi frente!
La luna amiga con su faz serena
mil y mil veces presidió mi dicha...
Memoria dulce de mi bien pasado,
¡Sé mi delicia!


A la hermosura

Dulce hermosura, de los cielos hija,
don que los dioses a la tierra hicieron,
oye benigna de mi tierno labio
cántico puro.
La grata risa de tu linda boca
es muy más dulce que la miel hiblea:
tu rostro tiñe con clavel y rosas
cándido lirio.
Bien cual se mueve nacarada espuma
del manso mar en los cerúleos campos,
así los orbes del nevado seno
leves agitas.
El universo cual deidad te adora;
el hombre duro a tu mirar se amansa,
y dicha juzga que sus ansias tiernas
blanda recibas.
De mil amantes el clamor fogoso,
y los suspiros y gemir doliente,
del viento leve las fugaces alas
rápidas llevan.
Y de tu frente al rededor volando
tus dulces gracias y poder publican:
clemencia piden; pero tú el oído
bárbara niegas.
¿Por qué tu frente la dureza nubla?
¿El sentimiento la beldad afea?
No: vida, gracia y expresión divina
préstala siempre.
yo vi también tu seductor semblante,
y apasionado su alabanza dije
en dulces himnos, que rompiendo el aire
férvidos giran.
Mil y mil veces al tremendo carro
de amor me ataste, y con fatal perfidia
mil y mil veces derramar me hiciste
mísero llanto.
Y maldiciendo tu letal hechizo,
su amor abjuro delirante y ciego;
Mas, ¡ay! en vano que tu bella imagen
sígueme siempre.
Si al alto vuelvo la llorosa vista,
en la pureza del etéreo cielo
el bello azul de tus modestos ojos
lánguido miro.
Si miro acaso en su veloz carrera
al astro bello que la luz produce,
el fuego miro que en tus grandes ojos
mórbido brilla.
Es de la palma la gallarda copa
imagen viva de tu lindo talle;
y el juramento que el furor dictome
fácil abjuro.
Lo abjuro fácil, y en amor ardiendo,
caigo a tus plantas, y perdón te pido,
y a suplicar y dirigirte votos
tímido vuelvo.
¡Ay! de tus ojos el mirar sereno
y una sonrisa de tu boca pura,
son de mi pecho, que tu amor abrasa,
único voto.
¡Dulce hermosura! mi rogar humilde
oye benigna, y con afable rostro
tantos amores y tan fiel cariño
págame justa.


La melancolía

Hoja solitaria y mustia,
que de tu árbol arrancada,
por el viento arrebatada
triste murmurando vas,
¿do te diriges? -Lo ignoro,
de la encina que adornaba
este prado, y me apoyaba,
los restos mirando estás.
Bajo su sombra felice
las zagalas y pastores
cantaban, y sus amores
contenta escuchaba yo,
Nise; la joven más bella
que jamás ornó éste prado
tal vez pensando en su amado,
en el tronco se apoyó.
Mas contrastada la encina
por huracán inclemente
abatió su altiva frente
dejándose despojar.
Desde entonces cada día
raudo el viento me arrebata,
y aunque feroz me maltrata
ni aun oso quejarme de él.
Voy, de su impulso llevado
del valle a la selva umbrosa,
do van las hojas de rosa
y las hojas de laurel.



_________________
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Mensaje por Lluvia Abril Lun 06 Abr 2015, 17:45

Recuerdo

Despunta apenas la rosada aurora:        
plácida brisa nuestras velas llena;      
callan el mar y el viento, y solo suena  
el rudo hendir de la cortante prora.      
                                         
Ya separado ¡ayme! de mi señora          
gimo no más en noche tan serena:          
dulce airecillo, mi profunda pena        
lleva al objeto que mi pecho adora.      
                                         
¡Oh! ¡cuántas veces, al rayar el día,    
ledo y feliz de su amoroso lado          
salir la luna pálida me vía!              
                                         
¡Huye, memoria de mi bien pasado!        
¿Qué sirves ya? Separación impía          
la brillante ilusión ha disipado.  


 La cifra

¿Aún guardas, árbol querido        
la cifra ingeniosa y bella        
con que adornó mi adorada          
tu solitaria corteza?              
Bajo tu plácida sombra            
me viste evitar con Lesbia        
del fiero sol meridiano            
el ardor y luz intensa.            
Entonces ella sensible            
pagaba mi fe sincera              
y en ti enlazó nuestros nombres    
de inmortal cariño en prenda      
su amor pasó, ¡y ellos duran      
cual dura mi amarga pena!...      
Deja que borre el cuchillo        
memorias ¡ay! tan funestas.        
No me hables de amor: no juntes    
mi nombre con el de Lesbia,        
cuando la pérfida ríe              
de sus mentidas promesas          
y de un triste desengaño          
al despecho me condena.  


 Ausencias y recuerdos

¿Qué tristeza profunda, qué vacío            
siente mi pecho? En vano                    
corro la margen del callado río              
que la celeste Lola                          
al campo se partió. Mi dulce amiga,          
por qué me dejas? ¡Ay! con tu partida        
en triste soledad mi alma perdida            
verá reabierta su profunda llaga,            
que adormeció la magia de tu acento.        
El cielo, a mi penar compadecido,            
de mi dolor la fiel consoladora              
en ti me deparó: la vez primera              
(¿Te acuerdas, ola?) que los dos vagamos    
del Yumurí tranquilo en la ribera y          
me sentí renacer: el pecho mío              
rasgaban los dolores.                        
una beldad amable, amante, amada            
con ciego frenesí, puso en olvido            
mi lamentable amor. Enfurecido,              
torvo, insociable, en mi fatal tristeza      
aún odiaba el vivir: desfigurose            
a mis lánguidos ojos la natura,              
pero vi tu beldad por mi ventura,            
y ya del sol el esplendor sublime            
volviome a parecer grandioso y bello:        
volví a admirar de los paternos campos      
el risueño verdor. Sí: mis dolores          
se disiparon como el humo leve,              
de tu sonrisa y tu mirar divino              
al inefable encanto.                        
¡Ángel consolador! ya te bendigo            
con tierna gratitud: ¡cuán halagüeña        
mi afán calmaste! De las ansias mías        
cuando serena y plácida me hablabas,        
la agitación amarga serenabas,              
y en tu blando mirar me embelecías.          
¿Por qué tan bellos días                    
fenecieron? ¡Ay Dios! ¿Por qué te partes?    
Ayer nos vio este río en su ribera          
sentados a los dos, embebecidos              
en habla dulce, y arrojando conchas          
al líquido cristal, mientras la luna        
a mi placer purísimo reía                    
y con su luz bañaba                          
tu rostro celestial. Hoy solitario,          
melancólico y mustio errar me mira          
en el mismo lugar quizá buscando            
con tierna languidez tus breves huellas      
horas de paz, más bellas                    
que las cavilaciones de un amante,          
¿Dónde volasteis? -Lola, dulce amiga,        
di, ¿por qué me abandonas,                  
y encanta otro lugar tu voz divina?          
¿No hay aquí palmas, agua cristalina,        
y verde sombra, y soledad?... Acaso          
en vago pensamiento sepultada,              
recuerdas ¡ay! a tu sensible amigo.          
¡Alma pura y feliz! Jamás olvides            
a un mortal desdichado que te adora,        
y cifra en ti su gloria y su delicia.        
Mas el afecto puro                          
que me hace amarte, y hacia ti me lleva,    
no es el furioso amor que en otro tiempo    
turbó mi pecho: es amistad. -Do quiera      
me seguirá la seductora imagen              
de tu beldad. En la callada luna            
contemplaré la angelical modestia            
que en tu serena frente resplandece:        
veré en el sol tus refulgentes ojos;        
en la gallarda palma la elegancia            
de tu talle gentil veré en la rosa          
el purpúreo color y la fragancia            
de la boca dulcísima y graciosa,            
do el beso del amor riendo reposa:          
así do quiera miraré a mi dueño,            
y hasta las ilusiones de mi sueño            
halagará su imagen deliciosa.


 El ay de mí

¡Cuán difícil es al hombre    
hallar un objeto amable      
con cuyo amor inefable        
pueda llamarse feliz!        
Y si este objeto resulta      
frívolo, duro, inconstante    
¿Qué resta al mísero amante  
sino exclamar ¡ay de mí!      
El amor es un desierto        
sin límites, abrasado,        
en que a muy pocos fue dado  
pura delicia sentir.          
Pero en sus mismos dolores    
guarda mágica ternura,        
y hay siempre cierta dulzura  
en suspirar ¡ay de mí!


Los recelos

¿Por qué, adorada mía,                            
mudanza tan cruel? ¿Por qué afanosa                
evitas encontrarme, y si te miro,                  
fijas en tierra lánguidos los ojos y              
y triste amarillez nubla tu frente?                
¡Ay! do volaron los felices días                  
En que risueña y plácida me vías,                  
y tus ardientes ojos me buscaban,                  
y de amor y placer me enajenaban?                  
¡Cuántas veces en medio de las fiestas,            
de una fogosa juventud cercada,                    
me aseguró de tu cariño tierno                    
una veloz simpática mirada!                        
Mi bien, ¿por qué me ocultas                      
el dardo emponzoñado que desgarra                  
tu puro corazón?... Mira que llenas                
mi existencia de horror y de amargura:            
dime, dime el secreto que derrama                  
el cáliz de dolor en tu alma pura.                
Mas, ¿aún callas? ¡Ingrata! Ya comprendo          
la causa de tu afán: ya no me amas,                
ya te cansa mi amor... No, no; ¡perdona!          
¡Habla, y hazme feliz!... ¡Ay! yo te he visto,    
la bella frente de dolor nublada,                  
alzar los ojos implorando al cielo.                
Yo recogí las lágrimas que en vano                
pretendiste ocultar; tu blanca mano                
estreché al corazón llena de vida                  
que por tu amor palpita, y azorada                
me apartaste de ti con crudo ceño:                
volví a coger tu mano apetecida,                  
sollozando a mi ardor la abandonaste,              
y mientras yo ferviente la besaba,                
bajo mis labios áridos temblaba.                  
¿Te fingirás acaso                                
delito en mi pasión? Hermosa mía,                  
no temas al amor: un pecho helado,                
al dulce fuego del sentir cerrado,                
rechaza la virtud, a la manera                    
de la peña que en vano                            
riega a torrentes la afanosa lluvia,              
sin que fecunde su fatal dureza;                  
y el amor nos impone                              
por ley universal Naturaleza.                      
Rosa de nuestros campos, ¡ah! no temas            
que yo marchite con aliento impuro                
tu virginal frenor. ¡Ah! ¡te idolatro!...          
Eres mi encanto, mi deidad, mi todo.              
¡Único amor de mi sencillo pecho!                  
Yo bajara al sepulcro silencioso                  
por hacerte feliz... Ven a mis brazos,            
y abandónate a mí; ven, y no temas.                
La enamorada tórtola tan solo                      
sabe aqueste lugar, lugar sagrado                  
ya de hoy más para mí... ¿Su canto escuchas        
que en dulce y melancólica ternura                
baña mi corazón?... Déjame, amada,                
sobre tu seno descansar... ¡Ay! vuelve...          
tu rostro con el mío                              
une otra vez, y tus divinos labios                
impriman a mi frente atormentada                  
el beso del amor... Ídolo mío,                    
tu beso abrasador me turba el alma:                
toca mi corazón cual late ansioso                  
por volar hacia ti... deja, adorada,              
que yo te estreche en mis amantes brazos          
sobre este corazón que te idolatra                
¿Le sientes palpitar? ¿Ves cual se agita          
abrasado en tu amor? ¡Pluguiera al cielo          
que a ti estrechado en sempiterno abrazo          
pudiese yo espirar! ¡Gozo inefable!                
aura de fuego y de placer respiro;                
confuso me estremezco:                            
¡ay! mi beso recibe... yo fallezco...              
Recibe, amada mi postrer suspiro.


 Oda al cometa de 1825

Que el autor supone ser el mismo que apareció en 1811
 
                                                       
Planeta de terror, monstruo del cielo,                  
errante masa de perennes llamas                        
que iluminas e inflamas                                
los desiertos del Éter en tu vuelo;                    
¿Qué universo lejano                                    
al sistema solar ora te envía?                          
¿Te lanza del Señor, la airada mano                    
a que destruyas en tu curso insano                      
del mundo la armonía?                                  
¿Cuál es tu origen, astro pavoroso?                    
El sabio laborioso                                      
para seguirte se fatiga en vano,                        
y más allá del invisible Urano                          
ve abismarse tu carro misterioso;                      
¿El influjo del sol allá te alcanza,                    
o una funesta rebelión te lanza                        
a ilimitada y férvida carrera?                          
Bandido inaquietable de la esfera,                      
¿Ningún sistema habitas,                                
y tan cerca del sol te precipitas                      
para insultar su majestad severa?                      
Huye su luz, y teme que indignado                      
a su vasta atracción ceder te ordene,                  
y entre Jove y Saturno te encadene,                    
de tu brillante ropa despojado.                        
Mas si tu curso con furor completas,                    
y le hiere tu disco de diamante,                        
arrojarás triunfante                                    
al sistema solar nuevos planetas.                      
Astro de luz, yo te amo. Cuando mira                    
tu faz el vulgo con asombro y miedo,                    
yo, al contemplarte ledo,                              
elévome al Criador: mi mente admira                    
su alta grandeza, y tímida le adora.                    
y no tan solo ahora                                    
en mi alma dejas impresión profunda:                    
ya de la noche en el brillante velo,                    
de mi niñez en los ardientes días,                      
a mi agitada mente parecías                            
un volcán en el cielo.                                  
El ángel silencioso                                    
que ora inocente dirección te inspira,                  
se armará del Señor con la palabra                      
cuando del libro del destino se abra                    
la página sangrienta de su ira.                        
¡Entonces furibundo                                    
chocarás con los astros, que lanzados                  
volarán de sus órbitas, hundidos                        
en el éter profundo,                                    
y escombros abrasados                                  
de mundos destruidos                                    
llevarán el terror a otro sistema!...                  
Tente, Musa: respeta el velo obscuro                    
con que de Dios la majestad suprema,                    
envuelve la región de lo futuro:                        
tú, cometa fugaz, ardiente vuela,                      
y a millones de mundos ignorados                        
al Hacedor magnífico revela.  




 Y ya para terminar, al menos por mi parte, con este autor, que  por cierto no conocía, dejo estas valoraciones hechas al poeta , José Mª Heredia y Heredia,conocido como el cantor del Niagara .

  Valoraciones

“Un hombre representativo, exponente cabal de un estado, de un momento del espíritu cubano (…) sintió intensamente la santa ambición de todos, la ira de todos; la aspiración y el entusiasmo de todos; la idea impulsiva y sublime que agitó y enardeció varias generaciones de cubanos; fue el alma misma de esta agrupación humana, y exhaló de su corazón, vibrante como el bronce de un combate, sus dolores y sus esperanzas, su desesperación y su amargura, revistiéndolos del esplendor de sus versos, en esa íntima y maravillosa unificación de la poesía, que parece un sueño, cuando es la realidad más profunda, la revelación armoniosa y sentida del fondo de las cosas y del secreto de las almas”
Manuel Sanguily

“Chacón y Calvo nos relata una de sus entrevistas con Varona, en que el gran anciano le decía que había "aprendido a sentir a Cuba, a conocer las notas propias de la nacionalidad, en las poesías de José María Heredia, que leyó en su niñez. Ni Saco, ni Luz, ni Delmonte, ni Várela, dieron a Enrique José Varona, gran representativo de Cuba, una visión tan lúcida y penetrante de la patria como aquellas poesías, elaboradas casi todas lejos de la tierra natal. Y me decía el cubano egregio: «yo puedo afirmar que no fui yo solo; fueron todos los cubanos de mi generación los que aprendieron a sentir a Cuba, a ver sus notas peculiares, típicas en la obra de Heredia»."
Enrique Gay-Galbó

“Sus versos definitivos no han quedado sólo como formas literarias, repetidas por la justeza de las palabras o la música del período. Han hecho más: captar nuestros símbolos más entrañables fijando la estrella y la palma como emblemas de la nacionalidad naciente y del paisaje nativo”.
Rafael Esténger


Última edición por Lluvia Abril el Mar 07 Abr 2015, 05:41, editado 2 veces


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 07 Abr 2015, 00:02

Y creo, como ya quedamos, que te corresponde decir a ti de qué autor has estado hablando.

Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril Mar 07 Abr 2015, 00:35

Bien, como no me puedo ir con esta carga lo digo antes de irme.
Hemos hablado, y aún queda algo por hablar, del poeta, José María Heredía y Heredía .

Gracias, Pascual, y hasta la vuelta.


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