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Raymond Carver

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Pedro Casas Serra
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Raymond Carver

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 02 Feb 2014, 11:19

.


Raymond Carver(1938-1988)

Raymond Carver nació el 25 de mayo de 1938 en Clatskanie, Oregón (Estados Unidos) en el seno de una familia humilde. Su madre Ella Beatrice trabajaba ocasionalmente como camarera y su padre Clevie Raymond se ocupaba en un aserradero como leñador y pasaba su tiempo libre consumido en alcohol. Raymond seguiría los pasos de su padre en cuanto al abuso de la bebida.

En el año 1941 la familia Carver se trasladó a vivir a Yakima, en Washington. Después de terminar sus estudios en el instituto, a los diecinueve años Carver contrajo matrimonio con su novia embarazada Maryann Burk, con la que volvió a tener un segundo hijo pocos años después de su boda. La pareja se mudó a California, residiendo desde 1958 en diversas localidades como Paradise, Eureka, Arcata, Palo Alto, Sunnyvale, Ben Lomond o Cupertino.

Tras realizar con la enseñanza de John Gardner un curso de escritura creativa en la Chico State University, Carver comenzó a escribir poesía y relatos cortos. Su primer relato se tituló “Pastoral”, mientras que su primer poema fue “El Aro De Bronce”, ambos aparecidos en diversas publicaciones. El primero en la “Western Humanities Review” y el segundo en “Targets”.

Al mismo tiempo que estudiaba y para sustentar a su prole el escritor trabajó en diversos oficios. Estuvo, al igual que su progenitor, en un aserradero, y, entre otras labores, se ocupó como vendedor de productos farmacéuticos o como editor. Por su parte su esposa Maryann traía dinero a casa ejerciendo de camarera o vendedora.

Raymond acudió también a la Humboldt State College y al Iowa Writer’s Workshop. En su período en Humboldt escribió una obra teatral llamada “Carnations” (1962).

Su relato “¿Quieres Hacer El Favor De Estarte Quieto, Por Favor?”, escrito en 1967, fue incluido en “Las Mejores Historias Cortas Americanas”.

Carver, alcohólico impenitente desde finales de la década de los 60, publicó su primer libro de relatos a comienzos de los años 70, “Ponte En Mi Lugar” (1974).

El estilo de Carver se sitúa en el realismo sucio, con un estilo minimalista y una perspectiva irónica y melancólica sobre historias y personajes cotidianos.

Después de “Ponte En Mi Lugar” aparecieron otros libros de relatos como “¿Quieres Hacer El Favor De Estarte Quieto, Por Favor?” (1976), “De Qué Hablamos Cuando Hablamos De Amor” (1981), “Catedral” (1983), “Desde Donde Llamo” (1988), “Tres Rosas Amarillas” (1988) y “Si Me Necesitas, Llámame” (2001).

En su faceta de poeta escribió títulos como “Cerca De Klamath” (1968), “Insomnio Invernal” (1970), “El Salmón Se Mueve De Noche” (1976), “Bajo Una Luz Marina” (1986) y “Un Sendero Nuevo a La Cascada” (1989).

Tras ser hospitalizado en 1976 por su adicción al alcohol, Raymond consiguió rehabilitarse en Alcohólicos Anónimos un año después.

En 1979 Carver, todavía casado con Maryann, inició una relación sentimental con la escritora y profesora universitaria Tess Gallagher. En ese período, concretamente entre 1980 y 1983, Raymond ejerció la docencia en la Universidad de Siracusa. Previamente había sido profesor en varias universidades californianas.

La pareja se casó en 1988, no sin antes divorciarse Carver de su primera esposa en 1982.

El escritor de Oregón murió de cáncer de pulmón en Port Angeles, Washington, el 2 de agosto de 1988. Tenía 50 años.



POEMAS


1.- De “Un Sendero Nuevo a La Cascada” (1989).



TERMÓPILAS

De vuelta al hotel, al contemplar cómo se suelta y cepilla
su pelo castaño frente a la ventana, perdida en sus propios
pensamientos, con la mirada en otra parte, por algún motivo
me acuerdo de aquellos lacedemonios sobre los que escribió Herodoto,
cuyo deber era defender las Puertas ante el ejército persa.
Y las defendieron. Durante cuatro días. Antes, sin embargo,
ante la incredulidad del propio Jerjes, los soldado griegos
se sentaron despreocupadamente por fuera del muro
de troncos cortados, las armas apiladas,
peinando y repeinando sus largos cabellos, como si se tratara
simplemente de otro día más de campaña.
Cuando Jerjes quiso saber qué significaba aquella exhibición,
le dijeron: Cuando estos hombres van a perder la vida
quieren que sus cabezas estén hermosas.
Ella posa el cepillo de mango de hueso y se acerca
aún más a la ventana y a la decreciente luz de la tarde. Algo,
un movimiento o un crujido, llega desde abajo y ha atraído
su atención. Una mirada, y se desentiende de ello.



QUEDE CONSTANCIA

El nuncio papal, John Burchard, escribe calmosamente
que trajeron docenas de yeguas y garañones
al patio del Vaticano
para que el Papa Alejandro VI y su hija
Lucrecia Borgia pudieran contemplar desde una terraza
“con placer y muchas risas”,
el apareamiento de los equinos de debajo.
Cuando terminó este espectáculo
se refrescaron, luego esperaron
mientras el hermano de Lucrecia, César,
liquidaba a tiros a tres criminales desarmados
a los que habían llevado al mismo patio.
Recuerda esto la próxima vez que veas
el nombre Borgia o la palabra Renacimiento.
No sé lo que puedo hacer con esto,
esta mañana. De momento lo dejaré.
Iré a dar ese paseo que planeaba antes, con la esperanza
de ver a esas dos garzas cernerse sobre el acantilado
como hicieron a principios de la estación
de modo que nos sintamos solos y recién
instalados aquí, no llevados, ni
traídos.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



AMOR, UNA PALABRA

No iré cuando me llame
aunque te diga Te quiero,
especialmente eso,
aunque jure
y prometa que sólo habrá
amor amor.

La luz de este cuarto
se extiende sobre cada
cosa por fin:
ni siquiera mi brazo forma sombra,
está demasiado consumido por la luz.

Pero esta palabra amor
esta palabra se hace oscura, se vuelve
pesada y se sacude, empieza
a comer, a temblar y abrirse paso
convulsamente por este papel
hasta que también quedamos borrados
en su garganta transparente y todavía
ordenas y haces brillar tu
pelo suelto que desconoce
la duda.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



UNA MUJER SE BAÑA

Río Naches. Justo debajo de las cascadas.
A cuarenta kilómetros de cualquier ciudad. Un día
de densa luz solar
cargado de olores de amor.
¿Desde hace cuánto?
Ya tu cuerpo, perspicacia de Picasso,
se seca al aire de esta zona montañosa.
Te seco la espalda, las caderas,
con mi camiseta.
El tiempo es un león de montaña.
Nos reímos de nada,
y cuando te toco los pechos
incluso las ardillas
quedan deslumbradas.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



MI MUJER

Mi mujer ha desaparecido con toda su ropa.
Olvidó dos medias de nailon, y
un cepillo para el pelo detrás de la cama.
Me gustaría atraer su atención
hacia esas medias, y hacia los pelos
negros que quedan en las púas del cepillo.
Tiro las medias al cubo de la basura; el cepillo
lo guardo para usarlo. Únicamente la cama
resulta extraña e imposible de soportar.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



VINO

Leyendo la vida de Alejandro Magno, de Alejandro
cuyo inculto padre, Filipo, contrató a Aristóteles
como tutor de su joven heredero y guerrero, para que
puliera un poco sus suaves hombros. Alejandro que, después,
en las campañas en Persia, llevaba un ejemplar de
La Iliada en una caja forrada de terciopelo, adoraba aquel
libro. También le gustaba luchar y beber.
Llego a ese momento de la vida en que Alejandro, después
de una larga noche de juerga, borracho de vino (el peor tipo
de borrachera -resacas que no se olvidan), arrojó la primera
tea para incendiar Persépolis, capital del Imperio Persa
(antiguo incluso en la época de Alejandro).
La dejó completamente arrasada. Posteriormente, claro,
a la mañana siguiente -puede que mientras todavía ardía la
ciudad- tuvo remordimientos. Pero nada parecidos a los
remordimientos que sintió la tarde siguiente cuando, durante
un altercado que se puso feo y, por parte de Alejandro, sin
afeitar, con la cara roja por tantas copas de vino, Alejandro se
puso de pie tambaleante,
agarró una espada y atravesó el pecho
de su amigo, Cleto, que le había salvado la vida en Granico.

Alejandro lamentó su muerte durante tres días. Lloró.
Se negó a comer. “Se negó a atender sus necesidades
corporales”. Hasta prometió
dejar el vino para siempre.
(He oído semejantes promesas y las lamentaciones que
las acompañan.)
No es necesario decir, que en el ejército la vida se
interrumpió por completo mientras Alejandro se entregaba a
su pena. Pero al terminar con esos tres días, el terrible calor
empezó a exigir su parte del cuerpo del amigo muerto,
y convencieron a Alejandro para que se pusiera en acción.
Salió de su tienda, cogió su ejemplar de Homero,
lo desató y empezó a pasar páginas. Finalmente dio órdenes
de que los ritos funerarios descritos para Patroclo debían
de seguirse al pie de la letra: quería que Cleto tuviera la mejor
despedida posible. ¿Y cuando prendieron fuego a la pira las
copas de vino circulaban durante la ceremonia? Claro, ¿qué se
te ocurre? Alejandro bebió y perdió el sentido.
Tuvieron que llevarle a su tienda. Tuvieron que levantarle
para meterle en la cama.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)


.


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Re: Raymond Carver

Mensaje por Maria Lua el Dom 02 Feb 2014, 18:30

Amigo Pedro, es la primera vez
que leo algo de Raymond Carver...
Volveré...
Gracias por el post
Besos
Maria Lua


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Te encuentro
tus huellas son tatuajes en mi corazón
intensas e inmensas
como el vino de la pasíón
y la rosa roja del amor
eternas y etereas
como los sortilegios de una Luna Creciente...


Maria Lua






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Re: Raymond Carver

Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 03 Feb 2014, 13:36

Me alegro de haber contribuido a que conozcas a Carver. A mi megusta poqueu poesía habla de la vida. Te dejo otros poemas de su último libro "Un sendero nuevo a la cascada".

Un abrazo.
Pedro


...............................................




LA COCINA

En el Sportmen's Park, cerca de Yakima, cebé un anzuelo
con gusanos, luego lo lancé hacia el centro
de la charca, esperando que picara una perca. Ranas invisibles
desgarraban el aire. Una tortuga, tenía el tamaño de una torta,
saltó desde la hoja de un nenúfar mientras otra se subía a
la misma hoja, un lugar poco firme. Cielo azul, tarde
cálida. Clavé una rama ahorquillada
en la arena de la orilla, apoyé la caña en la horquilla,
manteniendo los ojos fijos en la boya durante un rato, luego
me alejé un poco. Después me adormecí, dejando que se me
cerraran los ojos. Puede que soñara. Entonces me pasaba eso.
Cuando, de pronto, en mi sueño, oí un chapoteo, y los ojos
se me abrieron de golpe. ¡La caña había desaparecido!
La vi trazando un surco en
el agua espumosa. La boya apareció, luego
desapareció, luego salió una vez más a la superficie,
hundiéndose al momento. ¿Y ahora qué hago? -rugí,
y rugí algo más.
Me puse a correr por la orilla, jurando a Dios
que nunca más volvería a tocármela si me ayudaba
a recuperar aquella caña, aquel pez. Claro está,
no hubo respuesta, ni por asomo.
Anduve en torno a la charca mucho tiempo
(la misma charca a la que llevo a un amigo un año después),
distinguiendo brevemente mi boya
aquí y allá. Las sombras se espesaron
y descendieron de los árboles a la charca. Finalmente
ya era de noche, y volví en bici a casa.
Mi padre estaba borracho
en la cocina con una mujer que no era la suya, ni
tampoco mi madre. La mujer estaba, lo juro, sentada
en su regazo, tomando una cerveza. Una mujer
a la que le faltaban varios de los
dientes delanteros. Mi padre se quedó donde estaba, mirándome
como si no me reconociera. ¿Qué quieres, chico?
-dijo-. ¿Qué pasa, hijo? Apoyándose en el fregadero
la mujer se pasó la lengua por los labios y esperó a ver qué pasaba.
Mi padre también esperaba, allí en su sitio de costumbre
de la mesa de la cocina, con el bulto de sus pantalones
menguado. Esperábamos todos y me asombré
de las sílabas entrecortadas, las palabras cargadas
de angustia, que salían en bruto de mi joven boca.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



LOS TIRANTES

Mamá me dijo que no tenía ningún cinturón que me sirviera y que
iba a tener que llevar tirantes al colegio
al día siguiente. Nadie llevaba tirantes en segundo,
ni en ningún otro curso. Dijo:
Los llevarás o te daré con ellos. Yo no
quería más problemas. Mi padre dijo algo. Estaba
en la cama que ocupaba la mayor parte de la habitación
de la cabaña donde vivíamos. Nos preguntó si no podíamos
callarnos y resolverlo por la mañana. ¿Es que por la mañana
no tenía que levantarse temprano para ir al trabajo? Me pidió
que le trajera un vaso de agua. Es por culpa de todo
ese whisky, dijo mamá. Está deshidratado.

Fui al fregadero y, no sé por qué, le llevé
un vaso del agua jabonosa de lavar los platos. Lo bebió y
dijo, sabe rara, hijo. ¿De dónde la sacaste?
Del fregadero, le contesté.
Creía que querías a tu padre, dijo mamá.
Y le quiero, dije yo, y fui al fregadero, metí un vaso
en el agua jabonosa y me bebí dos vasos sólo
que para demostrárselo. Quiero a papá, dije.
Creía que me iba a poner malo allí mismo.
Mamá dijo: Si yo fuera tú me sentiría avergonzada. No entiendo
cómo puedes hacerle eso a tu padre. Y bien sabe Dios que mañana
vas a llevar esos tirantes, porque si no,
te arrancaré el pelo a mechones. No quiero llevar tirantes,
dije yo. Pues vas a llevarlos, dijo ella. Y con eso
cogió los tirantes y empezó a pegarme con ellos en
las piernas desnudas mientras yo iba a saltos
por la habitación y gritaba. Mi padre
nos chilló que parásemos, por el amor de Dios, estaros quietos.
Le dolía mucho la cabeza y además se sentía mal del estómago
por el agua de lavar los platos. Eso es gracias
a éste, dijo mamá. Entonces alguien empezó
a dar golpes en la pared. Primero sonaba
como un puñetazo boom, boom, boom y luego como si alguien
golpeara con el mango de una escoba. Por el amor de Dios,
váyanse a la cama, gritó alguien.
Apagamos las luces y
nos fuimos a la cama. Quedamos en silencio.
El silencio de una casa en la que nadie puede dormir.



OTRO MISTERIO

Aquella vez que acompañé a mi padre a la limpieza en seco
-¿qué sabía yo entonces de la muerte?- Papá sale con
un traje negro dentro de una bolsa de plástico. Lo deja en
el asiento de atrás del viejo cupé y dice: “Es el traje que
tu abuelo va a llevar para dejar el mundo”. ¿De qué demonios
estaba hablando? -pregunté.
Toqué el plástico, la escurridiza solapa de aquella chaqueta
que iba a irse, junto con mi abuelo. Aquellos días eso sólo
era otro misterio.

Luego hubo un largo intervalo, un tiempo en que los parientes
se fueron de uno u otro modo, a derecha e izquierda. Luego
le tocó el turno a mi padre. Me quedé sentado viendo cómo
se alzaba en su propio humo. No tenía traje.
Conque le puse una espantosa
chaqueta de sport muy barata y una corbata
para la ocasión. Hice que sus labios
sonrieran como si tratara de tranquilizarnos: No os preocupéis
no es tan malo como parece
. Pero nosotros sabíamos que no
era así. Estaba muerto, ¿o no? ¿Qué otra cosa peor podría
pasarle? (También parecía que tenía los párpados cosidos,
de modo que no tuviera que ser testigo
de la espantosa exhibición). Le toqué
la mano. Fría. La mejilla donde una incipiente barba
se extendía hasta el mentón. Fría.

Hoy recupero estas cosas de las profundidades.
Hace una hora o así recogí mi propio traje
de la limpieza en seco y lo dejé cuidadosamente en el asiento
de atrás. Conduje hasta casa, abrí la puerta del coche
y lo levanté hacia el sol. Estuve allí un momento
en la carretera, con los dedos agarrando la percha metálica.
Luego abrí un agujero en el plástico del otro lado. Saqué
una de las mangas y la levanté
-la tela áspera y evidente.
Toqué por el otro lado.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



UNO MÁS

Se levantó temprano, la mañana teñida de emoción,
listo para ponerse a escribir. Tomó una tostada y huevos,
café, y fumó unos pitillos, mientras pensaba en el trabajo
que le esperaba, el difícil sendero a través del bosque.
El viento empujaba a las nubes en el cielo,
agitando las hojas que quedaban en las ramas,
al otro lado de la ventana. Unos pocos días más y habrían
desaparecido, esas hojas. Había un poema en eso, podría ser;
tenía que pensar en ello. Fue a su mesa,
dudó durante largo rato, y luego hizo
lo que demostró ser la decisión más importante
que tomaría en todo el día, algo para lo que toda
su imperfecta vida le había preparado. Puso a un lado
la carpeta de los poemas -un poema en concreto todavía
seguía en su mente después del inquieto sueño de la noche.
(Pero, en realidad, ¿qué es un poema más o menos? ¿Qué más da?).
Contaba con todo un día abriéndose ante él.
Lo mejor será limpiar el suelo antes. Tenía que ocuparse
de unas cuantas cosas, incluso de unos asuntos familiares que
no debería dejar para mucho más tarde. De modo que no paró.
Trabajó sin parar el día entero -dominado por un amor y odio,
un poco de compasión (muy poco), una sensación conocida,
incluso desesperación y alegría. Hubo ocasionales estallidos
de ira, que luego se calmaban, mientras escribía cartas
diciendo “si” o “no” o “depende” -explicando por qué, o
por qué no a personas que nunca había visto y nunca vería.
¿Le importaban? ¿Le importaba algo? Algunas sí.
También atendió unas cuantas llamadas, e hizo algunas, que
a su vez provocaron la necesidad de hacer algunas más. Así es,
ahora se siente incapaz de hablar, prometió llamar al día siguiente.
Hacia la tarde, agotado y notando con claridad (pero
erróneamente, claro) que había pasado un día de trabajo
honrado, se detuvo a hacer inventario y tomarar nota
del par de llamadas que tenía que hacer la mañana siguiente si
quería estar al tanto de las cosas, si no le apetecía
seguir escribiendo cartas, que no le apetecía. Ahora,
se le ocurrió, estaba harto de todos estos asuntos,
pero seguía igual, terminando la última carta que debería de
haber contestado semanas atrás. Luego, levantó la vista.
Afuera era casi de noche. El viento se había calmado. Y
los árboles -todavía seguían, casi despojados de todas
sus hojas. Pero, por fin, su mesa estaba despejada
si no se tuviera en cuenta esa carpeta de poemas que
le inquieta mirar. Mete la carpeta en un cajón, la
quita de su vista. Estará en buen sitio, segura y
él sabrá dónde descansar las manos cuando
sienta la necesidad de ello. ¡Mañana! Hoy ha hecho todo lo que
podía hacer. Había aún esas llamadas que tenía que hacer,
y olvidó que debía llamar él, y había unas cuantas notas
que debía de mandar debido a algunas de las llamadas, pero
ahora no lo iba a hacer, ¿o si? Estaba fuera del bosque.
Podía llamar hoy. Había hecho lo que debía hacer. Lo que
su conciencia le dijo que hiciera. Había cumplido con
sus obligaciones y no había molestado a nadie.

Pero en ese momento, sentado allí delante de su ordenada mesa,
sintió vagos remordimientos por el recuerdo del poema que
quería escribir esta mañana, y estaba ese otro poema
que tampoco conseguía recordar.
Así eran las cosas. La verdad, es que no hay mucho más que decir.
Que se puede decir de un hombre que prefirió hablar por teléfono
el día entero, y escribir cartas estúpidas
mientras deja a sus poemas desatendidos, abandonados
-o peor aún, sin empezar-. Este hombre no merece poemas
y éstos no deberían acudir a él de ninguna forma.
….Sus poemas, si producía alguno más,
deberían de comerlos las ratas.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)


.


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Re: Raymond Carver

Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 05 Feb 2014, 09:06

.


Otros poema de Raymond Carver, de su última obra "Un sendero nuevo a la cascada":


LAS JÓVENES

Olvida todas las experiencias que impliquen muecas de dolor.
Y cualquier cosa que tenga que ver con la música de cámara.
Museos en tardes lluviosas de domingo, etcétera.
Los viejos maestros. Todo eso.
Olvida a las jóvenes. Trata de olvidarlas.
A las jóvenes. Y a todo eso.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



UNA VIEJA FOTOGRAFÍA
DE MI HIJO


Nuevamente 1974, y ha vuelto una vez más. Sonríe afectadamente,
con una bata sobre una camiseta blanca,
sin zapatos. Su pelo, largo y rubio, le cae
hasta los hombros como le pasaba al de su madre
por entonces, y como el de uno de esos jóvenes héroes
griegos de los que estaba leyendo. Pero
ahí termina el parecido. En su cara
la desdeñosa expresión del sabelotodo,
el pequeño tirano. Encuentro esa expresión en todas partes.
Corroe mi memoria como ácido. Es
la expresión que esperaba que nunca volvería
a ver. Quiero olvidar aquel chico
de la foto -¡aquel idiota, aquel pendenciero!

¿Qué hay de cena, madre? ¡Enseguida!
Oye, vieja, levántate, ¿por qué no te levantas? Contesta
cuando se te habla. Me parece que te voy a hacer
una llave de lucha libre a ver si te gusta.
Quiero que te pongas de
puntillas. Baila en mi honor. Adelante,
vieja, baila. Te enseñaré un par de pasos.
Deja que te retuerza el brazo. Suplícame que te deje,
suplícame que sea amable. ¿Quieres que te ponga el ojo morado?
¡Te lo pondré!

Ay, hijo, en aquellos días quise cien -no, mil-,
veces diferentes que estuvieras muerto.
Pensaba en todo lo que dejamos atrás. ¿Quién demonios
sacó esta foto, y
por qué aparece ahora,
justo cuando empezaba a olvidar?
Miro tu foto y se me encoge el estómago.
Me encuentro apretando las mandíbulas, los dientes, y
una vez más estoy lleno de desesperación y cólera.
Sinceramente, noto como si necesitase una copa.
Eso es una prueba de tu energía y fuerza, del miedo
y la confusión que todavía me inspiras. Es
muestra de lo poderoso que fuiste. Oye, aborrezco esta
fotografía. Aborrezco en lo que nos hemos convertido todos.
¡No la quiero en mi casa ni una hora más!
Puede que se la mande a tu madre, en el supuesto
de que todavía esté viva y que el correo pueda llevársela
hasta el borde de la tumba. Si es así, tendrá
una reacción diferente ante ella, lo sé. Tu juventud
y belleza, será lo único que verá y le alegrará.
Qué hijo tan guapo -dirá-. Mi chico maravilloso.
Examinará la foto, buscando su parecido
en los rasgos, y el mío. (Lo encontrará).
Puede que llore, si es que aún puede hacerlo.
Puede -¿quién sabe?- que hasta desee que vuelvan
aquellos días. ¿Quién sabe nada ahora?

Pero los deseos no se hacen reales, y está bien que sea así.
Con todo, seguro que tendrá tu foto
encima de la mesa durante un tiempo y pensará en ti
algunas veces. Luego, poco más tarde, irás a parar
al gran álbum de fotos de la familia con los otros locos,
-ella misma, su hija, y yo, su antiguo marido-. Allí estarás
a salvo, con la misma mandíbula altiva que todas tus víctimas.
Pero no te preocupes, hijo mío -las páginas se pasan-. En el
futuro haremos las cosas mejor.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



NIEBLA VERANIEGA

Dormir y olvidarlo todo durante unas cuantas horas...
Despertar al sonido de la sirena para la niebla de julio.
Mirar por la ventana con el corazón encogido y ver niebla
colgando sobre los perales, niebla tapando el cruce,
envolviendo los alrededores igual que una enfermedad que invade un cuerpo
sano. Seguir vivo cuando ella ha dejado de vivir...
Un coche aminora la marcha con los faros encendidos, y el reloj me
lleva a cinco días atrás, el tic tac que me trae de vuelta
a este mundo y noticias de su muerte, la de la que simplemente estaba
afuera, y cuyo regreso había sido anticipado por cestas
de frambuesas del mercado. (A partir de ese día,
intenté llevar una vida diferente. Pues
no quiero responder otra vez al teléfono a las cinco de la mañana.
Lo sabía perfectamente, además, pero cogí el auricular y pronuncié esa espantosa
palabra: “Diga”. La próxima vez me limitaré a dejar que suene.)
Lo primero, sin embargo, ir a su funeral. Es hoy, en
cuestión de horas. Pero la idea de un cortejo avanzando por entre esta niebla
hacia el cementerio me saca de quicio. En la ciudad todos
las luces encendidas, hasta los turistas...
¡A ver si esta niebla se levanta antes de las tres de la tarde!
Para que así podamos enterrarla bajo un cielo soleado, a ella
que le gustaba tanto el sol. Todos saben que toma parte
en esta siniestra mascarada de hoy porque no tiene otra elección.
¡Ha perdido la capacidad de elegir! ¡Cómo le
molestaría! Ella que en abril le gustaba decidir
plantar guisantes y que les ponía unas estacas antes
de que pudieran trepar por ellas.
Enciendo el primer pitillo del día y me alejo de
la ventana con un estremecimiento. La sirena para la niebla
vuelve a sonar, llenándome de aprensión, y luego, este
formidable dolor.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



COLIBRÍ
Para Tess

Vamos a suponer que digo verano,
escribo la palabra “colibrí”,
la meto en un sobre,
y la llevo colina abajo
hasta el buzón. Cuando abras
mi carta recordarás
aquellos días y cuánto,
cuantísimo, te quiero.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)


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Re: Raymond Carver

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 06 Feb 2014, 11:28

.


De su último libro "Un sendero nuevo a la cascada":


CASI

Los dos hermanos, Sueño y Muerte -se llamaban así entre ellos
mismos sin pestañear-, llegaron a nuestra casa hacia las nueve de
la tarde, justo cuando la luz se apagaba. Descargaron todos
sus trastos a la entrada, lo que necesitaban para matar
abejas, moscardones -también avispas. Un trabajo a “oscuras-
uno de ellos había dicho por teléfono. Aquellos invasores, nos dijimos
a nosotros mismos, se habían convertido en una gran molestia.
También daban miedo. ¡Fuera con ellos! Decidimos: pondríamos
la palabra fin a su breve carrera como recolectores de polen
y fabricantes de miel. No era una decisión tomada a la ligera,
o sin esfuerzo. La aniquilación de semejantes criaturas
indeseadas, algo que nos resultaba ajeno. Fuimos

a la ventana y miramos la entrada donde los hombres, uno mayor,
el otro más joven, fumaban, contemplando cómo unas rezagadas
se metían en el agujero de debajo del alero. Aquellas abejas
que trataban de imponerse al sol que se escondía en el horizonte.
El aire ahora era más frío, la luz gradualmente más débil.
Alzamos la vista y, por el cristal, vimos una docena,
dos docenas, que esperaban revoloteando para entrar en
la ciudad recién descubierta. Las oíamos zumbar, como escamas,
como alas cortando el aire detrás de la pared,
cerca del techo. Entonces el sol desapareció

del todo, se hizo de noche. Todas las abejas dentro.
Uno de los hermanos, Sueño, debe de haber sido, era el más joven,
colocó la escalera debajo de la esquina sudeste. Intercambiaron
unas palabras que no pudimos oír, luego Muerte,
sacó unos guantes muy grandes y se puso a trepar por la escalera,
despacio, balanceando a la espalda un pesado depósito sujeto
con una especie de arneses. En una mano llevaba una manguera,
parra matar. Pasó por delante de nuestra ventana encendida
en su camino hacia arriba, miró brevemente, con incredulidad,
el interior del cuarto de estar. Luego se detuvo
un poco más arriba de nuestras cabezas. Sólo veíamos
sus botas en el peldaño donde estaba. Tratamos de hacer como si nada

anormal estuviera sucediendo. Tú cogiste un libro, te sentaste
en tu butaca favorita, haciendo como que estabas concentrada.
Yo puse un disco. Afuera cada vez estaba más oscuro, según te dije,
pero permanecía un aroma a azafrán en el cielo, hacia el oeste,
como sangre justo bajo la piel, esa especie de tanto

valor que decías que vuelve casi locos a los que la recogen
en Cachemira, pues los campos están llenos de su aroma.
Un éxtasis, dijiste. Pasaste una página, como si la hubieras leído.
El disco sonaba y sonaba. Luego llegó el silbido del fumigador
mientras Muerte apretaba el gatillo del aparato una y otra vez.
Desde abajo, Sueño gritó: “Dales su merecido, a esas hijaputas”.
Y luego: “Ya está bien. Eso había que hacer. ¡Y ahora baja!”
Poco después se marcharon, aquellos hombres con impermeable y

nunca los volvimos a ver. Cogiste un vaso de vino.
Yo fumé un pitillo. Esos actos cotidianos se mezclaban con
el espantoso estruendo que colgaba como vapor del canalón.
¡Vaya tarde! -dijiste, o dije yo. Nunca volvimos a hablar de ello.
Era como si hubiese ocurrido algo vergonzoso.
Avanzada la noche, todavía despiertos mientras la casa derivaba hacia el oeste
en persecución de la luna, nos unimos en la oscuridad
como navajas, como animales salvajes, fieramente, haciéndonos
incluso sangre -algo que a la mañana siguiente llamamos
“hacer el amor”-. No nos contamos que habíamos soñado.
¿Cómo íbamos a poder? Pero en cierto momento de la noche,
despierto, oí crujir la casa, como una señal, luego volvió a
crujir. Se asentaba, creo que se llama.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



LIMONADA

Cuando vino a mi casa meses atrás a medir
las paredes para las estanterías de libros,
Jim Sears no parecía un hombre que hubiera perdido
a su único hijo en las aguas profundas
del río Elwha. Tenía mucho pelo, parecía tranquilo,
restallaba los nudillos, vivía con energía, cuando
discutíamos sobre tablas y sujeciones, y éste tono de roble
comparado con aquel. Pero ésta es una ciudad pequeña,
un mundo pequeño. Seis meses después, terminada
la estantería, montada e instalada, el padre
de Jim, un tal Mr. Howard Sears, el cual “colabora con su hijo”,
viene a pintar nuestra casa. Me dice -cuando le pregunto, más
por cortesía de ciudad pequeña que por otra cosa: “¿Cómo está
Jim?”-, que su hijo perdió a Jim en el río
la primavera pasada. Jim se culpa a sí mismo. “No se lo puede
quitar de la cabeza” -añade Mr. Sears-. “Creo que también
se está volviendo un poco loco” -añade, poniéndose
su gorra de Sherwin-Williams.
Jim tuvo que ver como el helicóptero
sacaba del río con una especie de tenazas
el cuerpo de su hijo. “Usaron algo como unas tenazas de cocina
para eso, imagínese. Sujetas a un cable. Pero Dios siempre
se lleva a los mejores, ¿no cree usted? -dice Mr. Sears-. “Sus
designios son misteriosos”. “¿Qué piensa usted de eso?”
-quiero saber-. “No quiero pensar en eso” -dice él-. “Nosotros
no somos quienes para ocuparnos de Sus designios. No somos
quienes para saber esas cosas. Lo único que sé es que se
llevó con Él, al pequeño”.

Sigue contándome que la mujer de Jim padre le llevó a trece
países europeos con la esperanza de que lo olvidase. Pero
no lo consiguió. No pudo. “Una misión sin cumplir” -dice Howard.
Jim cogió la enfermedad de Parkinson. ¿Qué más?
Ya ha vuelto de Europa, pero aún se echa la culpa
porque aquella mañana mandó a su hijo al coche a buscar
aquellos termos con limonada. ¡Y aquel día no necesitaron
la limonada! Señor, señor, lo que él pensaba de Jim
lo había contado cien -no, mil- veces desde entonces, y a todo
el que quisiera escuchar. ¡Si aquella mañana no hubieran hecho
la limonada! ¿En qué estarían pensando?
Además, si no hubieran ido a la compra la tarde anterior al
Safeway, y si aquella bolsa de limones hubiera seguido donde
estaba, con las naranjas, manzanas, uvas y plátanos.
Porque eso era lo que de verdad quería comprar Jim, unas naranjas
y unas manzanas, no limones para hacer limonada, pues aborrecía
los limones -al menos, ahora los aborrecía- pero a su hijo Jim
le gustaba la limonada, siempre le gustó. Quería limonada.

“Veamos las cosas desde este punto de vista” -decía Jim padre.
“Aquellos limones tenían que venir de algún sitio, ¿o no?
Probablemente del Imperial Valley, o de otro sitio cerca de
Sacramento. Cultivan limones allí, ¿no?” Los habían plantado y
regado y cuidado y luego metido en cajas y mandado por tren
o en camión a este sitio olvidado de Dios donde uno no puede
evitar quedarse sin sus hijos. Esas cajas las descargaron del
camión chicos no mucho mayores que el propio hijo de Jim.
Luego tuvieron que desembalarlas esos mismos chicos y los lavó
otro chico que seguía vivo, andando por la ciudad, vivo y
respirando. Luego los llevaron a la tienda y los pusieron en
aquel cajón bajo aquel llamativo cartel que decía: ¿Ha tomado
usted limonada últimamente? Y Jim retrocedía a las primeras
causas, al primer limón que se cultivó en la tierra. ¡Si nunca
hubiera habido limones, no habrían estado en la frutería del
Safeway! Bueno, entonces Jim todavía tendría a su hijo, ¿o no?
Y Howard Sears todavía tendría a su nieto, claro que sí.
¿Entiende? Había mucha gente que participó en esta tragedia.
Estaban los granjeros y los que los recogieron,
los camioneros, la frutería del Safeway... También Jim padre,
que estaba dispuesto a asumir su cuota de responsabilidad,
naturalmente. Era el que se sentía más culpable de todos.
Y seguía cayendo en picado -me dijo Howard Sears-.
Con todo, tendría que superarlo y seguir.
Con el corazón roto, cierto. Pero incluso así.

No hace mucho la mujer de Jim consiguió que éste aprendiese
a tallar la madera en una academia de la ciudad. Ahora intenta
tallar osos y focas, búhos, águilas, gaviotas, de todo, pero
no puede estar demasiado con cada criatura y terminar su trabajo
es la opinión de Mr. Sears. El problema es -sigue Howard
Sears-, que cada vez que Jim mira su torno o su navaja de
tallar, ve a su hijo surgiendo del agua del río
cuando lo sacan -lo pescan con carrete se podría decir- y
se pone a dar vueltas y vueltas hasta que está arriba
por encima de los abetos, con unas tenazas agarrándole por
la espalda, y luego el helicóptero da la vuelta y sigue
río arriba acompañado por el rugido del zap-zap de sus
aspas. Jim hijo adelantó a los que le buscaban en la orilla
del río. Tiene los brazos estirados a los lados y despide
agua. Pasa por encima una vez más, ahora más cerca, y vuelve
un minuto después para que lo depositen, siempre con suavidad,
directamente a los pies de su padre. Un hombre que,
habiéndolo visto todo -su hijo muerto sacado del río
con unas tenazas metálicas y dando y dando vueltas por encima
de la línea de árboles -sólo le apetece morir-. Pero
la muerte es para los mejores. Y recuerda cuando la vida era
dulce y ya no puede encarar dulcemente lo que le queda de vida.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



DESPERTAR

En junio, en el castillo de Kyborg, en el cantón
de Zurich, al caer la tarde, en la sala
de debajo de la capilla, en la mazmorra,
los instrumentos del verdugo están en el suelo
junto a uno de ellos que tienen forma de mujer
y cuyos rasgos serenos reflejan una sonrisa reservada.
Si te deslizas dentro de él, cerrará su interior
lleno de pinchos, como un demonio, como un poseso.
Abrazo -esa palabra junto a la inscripción:
“del que no hay escape”.
En un rincón está el potro, un artefacto de pesadilla
que hizo de todo y más. Y si la víctima perdía el sentido
debido al dolor, mientras le rompían los huesos uno a uno,
los torturadores se limitaban a lanzarle un cubo de agua
para que se despertase. Volvían a despertarle
más tarde,si era necesario. Sabían lo que estaban haciendo.
El cubo ha desaparecido, pero hay un viejo crucifijo
de cerezo en la pared de una esquina de la sala:
Cristo colgado de la cruz, claro, ¿qué iba a ser?
Los torturadores eran humanos después de todo, ¿no?
¿Y quién sabe? -en el último momento la víctima podría ver
la luz, tener una chispa de comprensión, y la aceptación
de su destino podría ablandar su casi destrozado
corazón. Jesucristo, mi salvador.
Miro el tajador. ¿Por qué no? ¿Por qué no, eh?
¿Quién no ha querido alguna vez poner el cuello en él
sin temor a las consecuencias? ¿A quién no le apeteció
arriesgar a que le cortasen la cabeza y luego retirarla en el último momento?
¿Quién, secretamente, no desea tener todo tipo de experiencias?
Se hace tarde. En la mazmorra no quedamos más que nosotros,
ella y yo, el Polo Norte y el Polo Sur. Caigo de rodillas
en el suelo de piedra, pongo las manos a la espalda,
y dejo descansar la cabeza en el tajador. Cierro los ojos,
respiro a fondo. Muy a fondo. El aire parece espesarse,
como si casi lo saboreara. Durante un momento me dejo ir.
Despierta -me dice ella-. Lo hago, vuelvo la cabeza y la veo
de pie a mi lado con los brazos levantados. También veo
el hacha, que hace como que blande. Sólo es una broma
-dice-, y baja los brazos, y la idea del hacha, luego
sonríe. Todavía sigo vivo -digo-. Un minuto después, cuando
lo vuelvo a hacer, cuando pongo de nuevo la cabeza en
el tajador, cierro los ojos, el corazón se acelera un poco,
no hay tiempo para la oración que surge de mi garganta.
Sale sin terminar de mis labios cuando oigo
que se mueve rápidamente. Noto carne contra mi carne
cuando el filo de su mano baja hasta la base de mi cráneo
y no sé si sufro o tengo un rapto o adónde me dirijo.
Ya te puedes levantar -dice ella-,
y lo hago. Me levanto y la miro.
Ninguno de los dos sonreímos, sólo temblamos.
Luego sonríe y la cojo por la cintura y nos dirigimos
al siguiente pasadizo necesitados de luz.
Y afuera, en lo abierto, necesitamos más.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)


.


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Re: Raymond Carver

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 07 Feb 2014, 12:21

.


Últimos poemas del último libro de Raymond Carver: "Un sendero nuevo a la cascada"


PROPINA

No hay otra palabra. Pues eso es lo que fue. Una propina.
Una propina, estos diez años.
Vivo, sobrio, trabajando, amando
y siendo amado por una buena mujer. Hace
once años le dijeron que le quedaban seis meses de vida
si seguía así. Y que no iría a parte alguna
sino al fondo. De modo que cambió
su modo de vida. ¡Dejó de beber! ¿Y el resto?
Después de eso, todo fue una propina, cada minuto
hasta ahora, incluyendo el momento en que se lo dijeron,
bueno, aunque hubo cosas en su cabeza que se vinieron abajo
y otras que empezaron a formarse. “No lloréis por mí”,
les dijo a sus amigos: “Soy un hombre con suerte.
He vivido diez años más de lo que yo o nadie
Esperaba. Pura propina. Y no lo olvido”.



LO QUE DIJO EL MÉDICO

Dijo que la cosa no tenía buen aspecto
dijo que tenía mal aspecto malo de verdad
dijo que contó treinta y dos en un pulmón antes
de dejar de contarlos
yo dije que me alegraba por no saber
si allí había más de los que había contado
dijo si usted es persona religiosa arrodíllese
en el bosquecillo y pida ayuda
cuando llegue a la cascada
la neblina le dará en la cara y los brazos
deténgase y trate de comprender esos momentos
yo dije que todavía no pero que trataría de empezar hoy
él dijo lo siento mucho dijo
me gustaría poder darle otro tipo de noticias
yo dije amén y el dijo algo más
no lo entendí y no sabiendo qué más hacer
y no queriendo que tuviera que repetirlo
y que yo tuviera que volverlo a digerir
me limité a mirarle
durante un minuto y él me miró a su vez
me puse de pie de un salto y estreché la mano de éste que
acababa de decirme algo que nunca me habían dicho
puede que hasta le agradeciera que hubiera sido tan fuerte.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



NINGUNA NECESIDAD

Veo un sitio libre en la mesa.
¿Para quién? ¿Quién falta? ¿A quién le estoy tomando el pelo?
El barco espera. Ninguna necesidad de remos
o de viento. He dejado la llave
en elmismo sitio. Ya sabes dónde.
Recuérdame, y todo lo que hicimos juntos.
Ahora estréchame con fuerza. Eso es. Bésame
en la boca. Ahí. Ahora
deja que me vaya, querida. Déjame ir.
Ya no nos volveremos a ver en esta vida,
así que dame un beso de despedida. Aquí. Vuélveme a besar.
Otra vez. Ahí. Ya es suficiente.
Ahora, querida, deja que me vaya.
Es hora de ponerme en camino.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)



ÚLTIMO FRAGMENTO

¿Y conseguiste lo que
querías de esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado en la tierra.

(Traducción de Mariano Antolín Rato)


.


Última edición por Pedro Casas Serra el Miér 11 Mar 2015, 14:37, editado 1 vez


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Re: Raymond Carver

Mensaje por cecilia gargantini el Mar 11 Feb 2014, 09:14

Què bueno PEDRO!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
GRACIAS POR DARNOS TANTO.
Besitosssssssssssssssssss

P.D. Yo te habìa dejado unas palabras el otro dìa, pero como estoy con una computadora prestada, porque se descompuso la mìa, a veces no la entiendo. Yo me enamorè de Carver, cuando leì "Catedral", hace ya muchos muchos años ja ja
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Re: Raymond Carver

Mensaje por Evangelina Valdez el Jue 20 Feb 2014, 12:01

Muy cotidiano... ¿verdad Pedro?
Me gusta como le saca belleza a los simple y sencillo de la vida.
No creas que no te estoy siguiendo, te leo y he buscado poemas del autor, luego vendré para aportar.
Besos
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Re: Raymond Carver

Mensaje por Evangelina Valdez el Sáb 22 Feb 2014, 15:35

"SANGRE"

Éramos cinco a la mesa de juego
sin contar al croupier
y su ayudante. El hombre
de junto a mí tenía los dados
en la mano.
Se sopló los dedos, dijo:
¡Vamos, pequeños! Y se inclinó
sobre la mesa para tirar.
En ese momento, una sangre roja brotó
de su nariz, salpicando
el verde paño de fieltro. Soltó
los dados. Se echó hacia atrás pasmado.
Y luego aterrorizado cuando la sangre
corrió por su camisa abajo. ¡Dios mío!
¿qué me está pasando?
gritó. Se agarró a mi brazo.
Oí funcionar los motores de la Muerte.
Pero en aquella época yo era joven,
y estaba borracho, y quería jugar.
No tenía por qué escuchar.
Así que me largué. No me volví ni siquiera,
ni encontré esto dentro de mi cabeza, hasta hoy.

---------------------

DOS MUNDOS

En el aire denso
con olor a azafrán,

sensual olor a azafrán,
miro cómo desaparece el cielo limón,

un mar que cambia de azul
a negro aceituna.

Miro el relámpago que salta desde Asia como
dormido,

mi amor se agita y respira y
se vuelve a dormir,

parte de este mundo y sin embargo
parte de aquél.

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Re: Raymond Carver

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