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Edgar Allan Poe

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Pedro Casas Serra
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Edgar Allan Poe

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 17 Ene 2014, 13:39

.


Edgar Allan Poe

(19 de enero de 1809 Boston, Massachusetts, Estados Unidos – 7 de octubre de 1849)

Edgar Allan Poe era hijo de Elizabeth Arlold Poe y David Poe, actores ambulantes de teatro, quienes lo dejaron huérfano a los dos años. Fue educado por John Allan, un acaudalado hombre de negocios de Richmond, y de 1815 a 1820 vivió con éste y su esposa en el Reino Unido, donde comenzó su educación.
Los Allan acogieron al niño, pero nunca lo adoptaron formalmente aunque le dieron el nombre de "Edgar Allan Poe".
Después de regresar a los Estados Unidos, Edgar Allan Poe siguió estudiando en centros privados y asistió a la Universidad de Virginia, pero en 1827 su afición al juego y a la bebida le acarreó la expulsión. Abandonó poco después el puesto de empleado que le había asignado su padre adoptivo, y viajó a Boston, donde publicó anónimamente su primer libro, Tamerlán y otros poemas.
Se enroló luego en el ejército, en el que permaneció dos años. En 1829 apareció su segundo libro de poemas, Al Aaraf, y obtuvo, por influencia de su padre adoptivo, un cargo en la Academia Militar de West Point, de la que a los pocos meses fue expulsado por negligencia en el cumplimiento del deber.
La miseria y el hambre lo acompañaron, por motivos económicos pronto dirigió sus esfuerzos a la prosa, escribiendo relatos y crítica literaria para algunos periódicos de la época; llegó a adquirir cierta notoriedad por su estilo cáustico y elegante. Debido a su trabajo, vivió en varias ciudades: Baltimore, Filadelfia y Nueva York. En Baltimore, en 1835, contrajo matrimonio con su prima Virginia Clemm, que contaba a la sazón 13 años de edad. En enero de 1845, publicó un poema que le haría célebre: "El cuervo". Su mujer murió de tuberculosis dos años más tarde. Aún hundido en la desolación, el autor terminó, en 1849, el poema "Eureka". Con la muerte de Virginia, la vida de Poe se vino abajo.
Falleció el 7 de octubre de 1849. Sus últimas palabras fueron "que dios ayude a mi pobre alma"
Obras

Escribió alrededor de sesenta cuentos, además de una serie de poemas, aunque a este género no le dedicó el tiempo que él hubiera querido, debido a su precaria situación económica. Según Poe, la máxima expresión literaria era la poesía.
Listado de sus obras:
El gato negro
Eureka
La caída de la casa de Usher
Las campanas
El retrato Oval
La máscara de la muerte roja
Historias extraordinarias
El cuervo
Cuentos de lo grotesco y de lo arabesco
Los crímenes de la calle Morgue
Ulalume
Annabel Lee



POEMAS:


EL CUERVO

Cierta noche aciaga cuando, con la mente cansada,
Meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral
Y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,
Como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.
"Es un visitante -me dije- que está llamando al portal.
Sólo eso y nada más."

¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!
Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma
En mis libros, ni consuelo a la pérdida abismal
De aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar
Y aquí en el mundo ya nadie nombrará.

Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas
Me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal
Que para calmar mi angustia repetí con voz mustia:
"No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;
Un tardío visitante esperando en mi portal.
Sólo eso y nada más".

Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:
"Caballero -dije- o señora, me tendréis que disculpar
Pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido
Y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal
Que dudé de haberlo oído". ¡Y abrí de golpe el portal!
Sólo sombras, nada más.

La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,
Y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;
Pero en este silencio atroz, superior a toda voz,
Sólo se oyó la palabra "Leonor", que yo me atreví a susurrar
Sí, susurré la palabra "Leonor" y un eco volvióla a nombrar.
Sólo eso y nada más.

Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos
Pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.
"Esta vez, quien sea que llama, ha llamado a mi ventana;
Veré pues de qué se trata, qué misterio habrá detrás.
Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
¡Es el viento y nada más!"

Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,
Agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.
Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,
Con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,
En un pálido busto de Palas que hay encima del umbral.
Fue, posóse y nada más.

Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,
En sonriente extrañeza mi gris solemnidad.
"Ese penacho rapado -le dije- no te impide ser
Osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;
¿Cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?"
Dijo el cuervo: "Nunca más".

Que un ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa
Sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,
Pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido
Ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.
Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal
Que se llamara "Nunca más".

Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,
Como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.
No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna
Hasta que al fin musité: "Vi a otros amigos volar;
Por la mañana él también, cual mis anhelos, volará".
Y dijo entonces :"Nunca más".

Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;
"Sin duda -dije- repite lo que ha podido acopiar
Del repertorio olvidado de algún amo desgraciado
Que en su caída redujo sus canciones a un refrán:
Nunca, nunca más".

Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía
Planté una silla mullida frente al ave y el portal,
Y hundido en el terciopelo me afané con recelo
En descubrir qué quería la funesta ave ancestral
Al repetir: "Nunca más".

Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra
Al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;
Eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada
Sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.
¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,
Y ya no usará nunca más!

Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso
Mecido por serafines de leve andar musical.
"¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Dios estos ángeles dirige
Hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!
¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".

"¡Profeta! -grité- ser malvado, profeta eres, ¡diablo alado!
¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad
Trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,
A esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,
Dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".

"¡Profeta! -grité- ser malvado, profeta eres, ¡diablo alado!
Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,
Dile a este desventurado si en el Edén lejano
A Leonor, ahora entre ángeles, un día podré abrazar".
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

"¡Diablo alado, no hables más!" -dije- dando un paso atrás;
¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!
¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje
Quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".

Y el impávido cuervo osado aún sigue, sigue posado,
En el pálido busto de Palas que hay encima del portal,
Y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,
Cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;
Y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,
No se alzará ¡nunca más!



ANNABEL LEE

Hace muchos, muchos años, en un reino junto al mar,
Habitaba una doncella cuyo nombre os voy a dar,
Y el nombre que daros puedo es el de Annabel Lee,
Quien vivía para amarme y ser amada por mí.

Yo era un niño y era ella una niña, junto al mar,
En el reino prodigioso que os acabo de nombrar.
Mas nuestro amor fue tan grande como jamás yo presentí,
Mucho más que amor compartimos, yo y mi bella Annabel Lee,
Y los nobles en su estirpe de abolengo señorial,
Los ángeles en el cielo envidiaban tal amor,
Los alados serafines nos miraban con rencor.

Aquel fue el solo motivo, ¡hace tanto tiempo ya!
Por el cual, de los confines del océano y más allá,
Un gélido viento vino de una nube y yo sentí
Congelarse entre mis brazos a mi bella Annabel Lee.

La arrancaron de mi lado en solemne funeral,
A encerrarla la llevaron por la orilla del mar
A un sepulcro en ese reino que se alza junto al mar,
Los arcángeles que no eran tan felices como nosotros dos,
Con envidia nos miraban desde ese Reino que es de Dios.

Ese fue el solo motivo, bien lo podéis preguntar,
Pues lo saben los hidalgos de aquel reino junto al mar,
Por el cual un viento vino de una nube carmesí
Congelando una noche a mi bella Annabel Lee.

Nuestro amor era tan grande y aún más firme en su candor
Que aquel de nuestros mayores, más sabios en el amor.
Ni los ángeles que moran en su cielo tutelar,
Ni los demonios que habitan negros abismos bajo el mar
Podrán apartarme nunca del alma que mora en mí,
Espíritu luminoso de mi bella Annabel Lee.

Pues los astros no se elevan sin traerme la mirada
Celestial que, yo adivino, son los ojos de mi amada.
Y la luna vaporosa jamás brilla ya en vano,
Pues su fulgor es ensueño de mi bella Annabel Lee.

Yazgo al lado de mi amada, mi novia bien amada,
Mientras retumba en la playa la nocturna marejada,
Yazgo en su tumba labrada cerca del mar rumoroso,
En su sepulcro a la orilla del inmenso océano.


BERENICE

Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem,
curas meas aliquantulum fore levatas.
EBN ZAIAT


La desdicha es muy variada. La desgracia cunde multiforme en la tierra. Desplegada por el ancho horizonte, como
el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste, a la vez tan distintos y tan íntimamente unidos.
¡Desplegada por el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza
y la paz, un símil del dolor? Igual que en la ética el mal es consecuencia del bien, en realidad de la alegría nace la tristeza.
O la memoria de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no diré mi apellido. Sin embargo, no hay en este país torres más venerables que las de mi sombría
y lúgubre mansión. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y en muchos sorprendentes detalles, en el carácter
de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en los tapices de las alcobas, en los relieves de algunos pilares
de la sala de armas, pero sobre todo en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca, y, por último, en la naturaleza
muy peculiar de los libros, hay elementos suficientes para justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con esta mansión y con sus libros, de los que ya no volveré a hablar.
Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es inútil decir que no había vivido antes, que el alma no conoce una existencia previa.
¿Lo negáis? No discutiremos este punto. Yo estoy convencido, pero no intento convencer. Sin embargo, hay un recuerdo
de formas etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales y tristes, un recuerdo que no puedo marginar;
una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, vacilante; y como una sombra también por la imposibilidad
de librarme de ella mientras brille la luz de mi razón.
En esa mansión nací yo. Al despertar de repente de la larga noche de lo que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones
de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y de la erudición monásticos, no es extraño
que mirase a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi niñez entre libros y disipara mi juventud
en ensueños; pero sí es extraño que pasaran los años y el apogeo de la madurez me encontrara viviendo aun en la mansión
de mis antepasados; es asombrosa la parálisis que cayó sobre las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión completa en
el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades del mundo terrestre me afectaron como visiones, sólo como
visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños, por el contrario, se tornaron no en materia de mi existencia
cotidiana, sino realmente en mi cínica y total existencia.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión de nuestros antepasados. Pero crecimos de modo distinto:
yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios
del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo, entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella,
vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras.
¡Berenice! -Invoco su nombre-, ¡Berenice! Y ante este sonido se conmueven mil tumultuosos recuerdos de las grises ruinas.
¡Ah, acude vívida su imagen a mí, como en sus primeros días de alegría y de dicha! ¡Oh encantadora y fantástica belleza!
¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces..., entonces todo es misterio y terror,
y una historia que no se debe contar. La enfermedad -una enfermedad mortal- cayó sobre ella como el simún, y, mientras yo
la contemplaba, el espíritu del cambio la arrasó, penetrando en su mente, en sus costumbres y en su carácter, y de la forma
más sutil y terrible llegó a alterar incluso su identidad. ¡Ay! La fuerza destructora iba y venía, y la víctima..., ¿dónde estaba?
Yo no la conocía, o, al menos, ya no la reconocía como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por aquella primera y fatal, que desencadenó una revolución tan horrible
en el ser moral y físico de mi prima, hay que mencionar como la más angustiosa y obstinada una clase de epilepsia que
con frecuencia terminaba en catalepsia, estado muy parecido a la extinción de la vida, del cual, en la mayoría de los casos,
se despertaba de forma brusca y repentina. Mientras tanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debería darle otro
nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía con extrema rapidez, asumiendo un carácter monomaníaco de una especie nueva
y extraordinaria, que se hacía más fuerte cada hora que pasaba y, por fin, tuvo sobre mí un incomprensible ascendiente.
Esta monomanía, si así tengo que llamarla, consistía en una morbosa irritabilidad de esas propiedades de la mente que la ciencia
psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no me explique; pero temo, en realidad, que no haya forma
posible de trasmitir a la inteligencia del lector corriente una idea de esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no hablar en términos técnicos) actuaban y se concentraban en la contemplación de los objetos
más comunes del universo.
Reflexionar largas, infatigables horas con la atención fija en alguna nota trivial, en los márgenes de un libro o en su tipografía;
estar absorto durante buena parte de un día de verano en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre
la puerta; perderme toda una noche observando la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros
con el perfume de una flor; repetir monótonamente una palabra común hasta que el sonido, gracias a la continua repetición,
dejaba de suscitar en mi mente alguna idea; perder todo sentido del movimiento o de la existencia física, mediante una absoluta
y obstinada quietud del cuerpo, mucho tiempo mantenida: éstas eran algunas de las extravagancias más comunes y menos
perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, en realidad no único, pero capaz de desafiar cualquier tipo
de análisis o explicación.
Pero no se me entienda mal. La excesiva, intensa y morbosa atención, excitada así por objetos triviales en sí, no tiene que
confundirse con la tendencia a la meditación, común en todos los hombres, y a la que se entregan de forma particular las personas
de una imaginación inquieta. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, una situación grave ni la exageración de esa
tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado por un objeto
normalmente no trivial, lo pierde poco a poco de vista en un bosque de deducciones y sugerencias que surgen de él, hasta que,
al final de una ensoñación llena muchas veces de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece
completamente y queda olvidado. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque adquiría, mediante mi visión
perturbada, una importancia refleja e irreal. Pocas deducciones, si había alguna, surgían, y esas pocas volvían pertinazmente
al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran agradables, y al final de la ensoñación, la primera causa, lejos
de perderse de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo primordial de la enfermedad. En una palabra, las facultades que más ejercía la mente en mi caso eran, como ya he dicho, las de la atención;
mientras que en el caso del soñador son las de la especulación.
Mis libros, en esa época, si no servían realmente para aumentar el trastorno, compartían en gran medida, como se verá, por
su carácter imaginativo e inconexo, las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado
del noble italiano Coelius Secundus Curio, De amplitudine beati regni Dei [La grandeza del reino santo de Dios]; la gran obra de
San Agustín, De civitate Dei [La ciudad de Dios], y la de Tertuliano, De carne Christi [La carne de Cristo], cuya sentencia paradójica: Mortuus est Dei filius: credibile est quia ineptum est; et sepultus resurrexit: certum est quia impossibile est, ocupó durante muchas
semanas de inútil y laboriosa investigación todo mi tiempo.
Así se verá que, arrancada, de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón se parecía a ese peñasco marino del que nos habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la furia más feroz de las aguas y de los vientos, pero temblaba a simple contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador desapercibido pudiera parecer fuera de toda duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desgraciada enfermedad me habría proporcionado muchos temas para el ejercicio de esa meditación intensa y anormal, cuya naturaleza me ha costado bastante explicar, sin embargo no era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, la calamidad de Berenice me daba lástima, y, profundamente conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos mecanismos por los que había llegado a producirse una revolución tan repentina y extraña. Pero estas reflexiones no compartían la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran como las que se hubieran presentado, en circunstancias semejantes, al común de los mortales. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se recreaba en los cambios de menor importancia, pero más llamativos, producidos en la constitución física de Berenice, en la extraña y espantosa deformación de su identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza incomparable no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, mis sentimientos nunca venían del corazón, y mis pasiones siempre venían de la mente. En los brumosos amaneceres, en las sombras entrelazadas del bosque al mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche ella había flotado ante mis ojos, y yo la había visto, no como la Berenice viva y palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, sino como su abstracción; no como algo para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como tema de la más abstrusa aunque inconexa especulación. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado mucho tiempo, y que, en un momento aciago, le hablé de matrimonio.
Y cuando, por fin, se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, una tarde de invierno, en uno de esos días intempestivamente cálidos, tranquilos y brumosos, que constituyen la nodriza de la bella Alcíone estaba yo sentado (y creía encontrarme solo) en el gabinete interior de la biblioteca y, al levantar los ojos, vi a Berenice ante mí.
¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la incierta luz crepuscular del aposento, los vestidos grises que envolvían su figura los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. Ella no dijo una palabra, y yo por nada del mundo hubiera podido pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado cruzó mi cuerpo; me oprimió una sensación de insufrible ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma, y, reclinándome en la silla, me quedé un rato sin aliento, inmóvil, con mis ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era extrema, y ni la menor huella de su ser anterior se mostraba en una sola línea del contorno. Mi ardiente mirada cayó por fin sobre su rostro.
La frente era alta, muy pálida, y extrañamente serena; lo que en un tiempo fuera cabello negro azabache caía parcialmente sobre la frente y sombreaba las sienes hundidas con innumerables rizos de un color rubio reluciente, que contrastaban discordantes, por su matiz fantástico, con la melancolía de su rostro. Sus ojos no tenían brillo y parecían sin pupilas; y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar sus labios, finos y contraídos. Se entreabrieron; y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la desconocida Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Quiera Dios que nunca los hubiera visto o que, después de verlos, hubiera muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo, y, al levantar la vista, descubrí que mi prima había salido del aposento. Pero de los desordenados aposentos de mi cerebro, ¡ay!, no había salido ni se podía apartar el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni una mota en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una mella en sus bordes había en los dientes de esa sonrisa fugaz que no se grabara en mi memoria. Ahora los veía con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí, y allí, y en todas partes, visibles y palpables ante mí, largos, finos y excesivamente blancos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el mismo instante en que habían empezado a crecer. Entonces llegó toda la furia de mi monomanía, y yo luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los muchos objetos del mundo externo sólo pensaba en los dientes. Los anhelaba con un deseo frenético. Todas las demás preocupaciones y los demás intereses quedaron supeditados a esa contemplación. Ellos, ellos eran los únicos que estaban presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los examiné bajo todos los aspectos. Los vi desde todas las perspectivas. Analicé sus características. Estudié sus peculiaridades. Me fijé en su conformación. Pensé en los cambios de su naturaleza. Me estremecí al atribuirles, en la imaginación, un poder sensible y consciente y, aun sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. De mademoiselle Sallé se ha dicho con razón que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía seriamente que toutes ses dents étaient des ídées. Des idées! ¡Ah, este absurdo pensamiento me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso los codiciaba tan desesperadamente! Sentí que sólo su posesión me podría devolver la paz, devolviéndome la razón.
Y la tarde cayó sobre mí; y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon alrededor, y yo seguía inmóvil, sentado, en aquella habitación solitaria; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible dominio, como si, con una claridad viva y horrible, flotara entre las cambiantes luces y sombras de la habitación. Al fin irrumpió en mis sueños un grito de horror y consternación; y después, tras una pausa, el ruido de voces preocupadas, mezcladas con apagados gemidos de dolor y de pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo las puertas de la biblioteca, vi en la antesala a una criada, deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había sufrido un ataque de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, ya estaba preparada la tumba para recibir a su ocupante, y terminados los preparativos del entierro.
Me encontré sentado en la biblioteca, y de nuevo solo. Parecía que había despertado de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero no tenía una idea exacta, o por los menos definida, de ese melancólico período intermedio. Sin embargo, el recuerdo de ese intervalo estaba lleno de horror, horror más horrible por ser vago, terror más terrible por ser ambiguo. Era una página espantosa en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos siniestros, horrorosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero fue en vano; mientras tanto, como el espíritu de un sonido lejano, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. Pero, ¿qué era? Me hice la pregunta en voz alta y los susurrantes ecos de la habitación me contestaron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi lado, brillaba una lámpara y cerca de ella había una pequeña caja. No tenía un aspecto llamativo, y yo la había visto antes, pues pertenecía al médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa y por qué me estremecí al fijarme en ella? No merecía la pena tener en cuenta estas cosas, y por fin mis ojos cayeron sobre las páginas abiertas de un libro y sobre una frase subrayada. Eran las extrañas pero sencillas palabras del poeta Ebn Zaiat: "Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas". ¿Por qué, al leerlas, se me pusieron los pelos de punta y se me heló la sangre en las venas?
Sonó un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido como habitante de una tumba, un criado entró de puntillas. Había en sus ojos un espantoso terror y me habló con una voz quebrada, ronca y muy baja. ¿Qué dijo? Oí unas frases entrecortadas. Hablaba de un grito salvaje que había turbado el silencio de la noche, y de la servidumbre reunida para averiguar de dónde procedía, y su voz recobró un tono espeluznante, claro, cuando me habló, susurrando, de una tumba profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que aún respiraba, aún palpitaba, ¡aún vivía!
Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro y de sangre. No contesté nada; me tomó suavemente la mano: tenía huellas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había en la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un grito corrí hacia la mesa y agarré la caja. Pero no pude abrirla, y por mi temblor se me escapó de las manos, y se cayó al suelo, y se rompió en pedazos; y entre éstos, entrechocando, rodaron unos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos diminutos objetos blancos, de marfil, que se desparramaron por el suelo.


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Evangelina Valdez
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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Evangelina Valdez el Vie 17 Ene 2014, 14:29

Qué bueno que crearas este post del primo Poe, me daré gusto leyendo.
Besos y gracias
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Pedro Casas Serra
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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 18 Ene 2014, 12:08

Celebro tu interés por Poe, Evangelina. Te dejo otro poema suyo.

Un abrazo.
Pedro


..............


PARA ANNIE

¡Gracias a Dios! La crisis,
....El peligro ha pasado
Y la enfermedad persistente
....Terminó por fin
Y la fiebre llamada "Vida"
....Está finalmente vencida.

Tristemente, sé
....Que estoy desprovisto de mi fuerza,
Y ni un músculo muevo
....Cuando descanso tendido.
¡Pero no importa! Me siento
....Mejor al fin.

Y descanso tan tranquilo,
....Ahora, en mi cama,
Que cualquier espectador
....Podría imaginarme muerto,
Podría asustarse al contemplarme,
....Creyéndome muerto.

El gemido y el lamento,
....El  suspiro y el sollozo,
Están ahora acallados,
....Con ese terrible palpitar
Del  corazón: -¡Ah, ese horrible,
....Horrible palpitar!

La angustia, la náusea,
....El implacable dolor,
Han cesado con la fiebre
....Que hizo enloquecer a mi cerebro.
Con la fiebre llamada "Vida"
....Que ardía en mi cerebro.

Y ¡oh! De todas las torturas
....Esa es la peor
Ha cesado - la terrible
....Tortura de la sed
Por el río de naftalina
....De Pasión maldita
he bebido de un agua
....Que sacia cualquier sed.

De un agua que fluye
...Con sonido de canción de cuna,
De un manantial a pocos
....Metros bajo tierra;
De una cueva no muy lejana
....Bajo tierra.

Y ¡ay! Que nunca
....Se diga absurdamente
De mi habitación que es lúgubre
....Y mi cama estrecha;
Ya que ningún hombre durmió
....En una cama distinta
Y, para dormir, basta con soñar
....En tal cama.

Mi atormentado espíritu
....Aquí reposa agradablemente,
Olvidando, o nunca
....Lamentando sus rosas,
Sus viejas agitaciones
....De mirtos y rosas.

Y ahora, mientras reposa
....En su inquietud, imagina
Un aroma más sagrado
....Alrededor, de violetas,
Un olor a romero,
....Mezclado con violetas,
Con las rudas y bellas
....Violetas puritanas.

Y así reposa felizmente
....Bañado en diversos
Sueños de la verdad
....Y la belleza de Annie.
Ahogado en un baño
....De los cabellos de Annie.

Ella me besó tiernamente,
....Me acarició con ternura,
Y después me quedé
....Dormido en su pecho:
Profundamente dormido
....En el cielo de su pecho.

Cuando la luz se apagó,
....Me arropó con cariño,
Y rezó a los ángeles
....Para alejarme del mal;
A la reina de los ángeles
....Para protegerme de todo mal.

Y descanso tan serenamente
....Ahora, en mi cama,
(Conociendo su amor)
....Que me crees muerto,
Y descanso con tanta satisfacción,
....Ahora, en mi cama,
(Con su amor en mi pecho)
....Que me crees muerto,
Que te estremeces al mirarme,
....Creyéndome muerto.

Pero mi corazón brilla más
....Que todas las múltiples
Estrellas del cielo,
....Porque brilla con Annie,
Resplandece con la luz
....Del amor de mi Annie,
Con el pensamiento de la luz
....De los ojos de mi Annie.

Edgar Allan Poe
(Traducción de  Esther Vázquez y del Árbol y José Luis Vázquez Marruecos)


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Pedro Casas Serra
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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 28 Ene 2014, 13:51

.


A quien esté interesado en Edgar Allan Poe, creo que le gustará mucho conocer esta dirección: [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]


ESTRELLA VESPERTINA

El verano en su apogeo,
noche y marea en su plenitud;
y en sus órbitas, pálidas
brillan las estrellas entre la luz
de la luna, más luminosa y glacial,
en medio de los planetas, sus esclavos;
la luna en el firmamento,
y en las olas sus rayos de luz.
Por un instante fijo la mirada
en su apática sonrisa,
qué reticente, qué insensible para mí;
una densa nube como lana
se interpuso cubriéndola cual velo,
y entonces, volví hacia ti mis ojos,
oh altiva estrella vespertina;
en tu lejana gloria
más atractivo es tu destellar,
porque deleite es para mi corazón
el orgulloso espacio
que llevas del cielo en la noche,
y entonces, admiro más
tu fuego tan distante
que aquella más fría y prosaica luz.

(Traducción de Manrique Sánchez Soto)



EL DÍA MÁS FELIZ, LA HORA MÁS FELIZ

El día más feliz, la hora más feliz
vivió mi herido y marchito corazón,
y la más elevada esperanza de orgullo y de poder
presiento que se disipó.

¡De poder! ¿He dicho eso? ¡Sí! Tal lo creo,
pero hace mucho tiempo se desvanecieron,
si visiones han sido de mi juventud;
entonces, ¡qué desaparezcan!

Y, ¿orgullo? ¿Qué tengo yo que ver ahora contigo?
Sobre mí vertiste tu veneno
que otra frente pudo heredar.
¡Pero, debes estar tranquilo, oh espíritu mío!

El día más feliz, la hora más feliz
que verán mis ojos, que jamás han visto;
la más encendida mirada de orgullo y de poder,
siento que ya se esfumaron.

Si me ofrecieran ahora esa esperanza
de poder y orgullo,
¡ay, qué terrible dolor!, no quiero
revivir esa resplandeciente hora,

porque en sus alas había una tenebrosa mezcla,
y cuando se agitaron, desprendióse
una poderosa esencia para destruir
un alma que bien la conocía.

(Traducción de Manrique Sánchez Soto)



A...

No me importa que mi terrenal destino
tuviese de la Tierra un ápice,
y que años de amor olvidados quedasen
en el odio de un instante;
no me lamento porque los afligidos
sean más felices, oh amada, que yo,
sino porque tú sientas tristeza por mi destino,
siendo yo un simple transeúnte.
(Traducción de Manrique Sánchez Soto)



ISRAFEL

“Y el ángel Israfel, cuyos sentimientos más profundos
son un laúd, tiene la voz más dulce de todas las
criaturas de Dios.”
EL CORÁN.

Habita en el Cielo un espíritu
“cuyos sentimientos más profundos son un laúd”;
nadie canta tan apasionadamente
como el ángel Israfel,
y las veleidosas estrellas (cuenta la leyenda)
suspendiendo sus himnos, el encanto escuchan
de su voz, enmudecidas.
Vacilante, arriba
en su cenit,
la enamorada luna
de amor sonrójase,
mientras que para escuchar, el rayo escarlata
(y también las raudas Pléyades,
que eran siete)
se detienen en el Cielo.

Y dicen ellos (el coro estelar
y todo lo que escucha)
que el fuego de Israfel
se enciende con esa lira,
por cuya gracia se sienta y canta,
con las vibrantes cuerdas
de tan prodigioso instrumento.

Pero habita este ángel en los cielos,
donde el pensar profundo es un deber,
un Dios pleno es el amor,
donde la hurí fulgura,
impregnados todos de la belleza
que adoramos en un astro.

¡Oh, Israfel!, no estás errado
cuando menosprecias
un canto desprovisto de pasión;
pertenecen a ti los laureles,
¡bardo superior por más sabio,
larga y venturosa vida!

Los éxtasis del Empíreo
armonizan con tus ardientes compases;
tu pena y felicidad, tu odio y amor,
con el fervor de tu laúd.
¡Bien pueden enmudecer los astros!

Sí, tuyo es el Cielo, mas nuestro mundo
es un mundo de deleites y amarguras,
nuestras flores son… flores,
y la sombra de tu perfecta felicidad,
son los rayos de nuestro sol.

Si yo pudiese vivir
donde habita Israfel,
y él donde yo vivo,
cantar no podría él tan apasionadamente
una mortal melodía,
y una nota más osada podría brotar
de mi lira hasta el cielo.

(Traducción de Manrique Sánchez Soto)



LA CIUDAD BAJO EL MAR

¡Mirad! La muerte se ha erigido un altivo trono
en una extraña ciudad solitaria,
que yace allá abajo, lejos, muy lejos, en el sombrío Oeste,
donde los buenos y los malos, los peores y los mejores
partieron a su eterno descanso.
Allí, santuarios, y palacios, y torres
(¡torres roídas por el tiempo que no se estremecen!)
que en nada evocan lo nuestro.
Y en derredor, olvidadas de los vientos que se elevan,
resignadamente bajo el cielo
melancólicas reposan las aguas.

No caen de los sagrados cielos rayos
en las prolongadas noches de esa ciudad,
mas la luz del rubescente mar
asciende en silenciosos flujos por las torretas,
fulgurando tenuemente los pináculos;
asciende por domos, capiteles y reales salas,
por templos, por murallas como babilónicas,
por lúgubres y olvidados templetes
de hiedra esculpida y flores de piedra,
por muchos y maravillosos santuarios
cuyos orlados frisos, entretejen
la violeta, la vid y la trinitaria.

Resignadamente bajo el cielo
melancólicas reposan las aguas.
Ahí armonizan las torretas y las sombras,
y oscilar parecen como péndulos en el aire,
mientras que desde una altiva atalaya de la ciudad,
extiende la muerte su mirada gigantesca.

Allí, templos abiertos y tumbas que descubren sus fauces,
bostezan a ras de las ondas luminosas;
pero ni las riquezas presentes en los ojos
diamantinos de cada ídolo,
ni los muertos vistosamente enjoyados
tientan a las aguas a abandonar su lecho,
porque, ¡qué tristeza!, ninguna ondulación se riza
en la amplitud de aquel desierto de cristal;
ninguna ola henchida anuncia que hay vientos
en otro mar lejano y más feliz;
ninguna marejada sugiere que existen vientos
en mares menos horriblemente calmos.

Pero, ¡observad!, estremecióse el aire
y una ola se agita, y es un movimiento
como si las torres hubiesen arremetido, y se retraen
con un leve hundimiento, y avanza la sorda marea;
como si hubiesen dejado sus cúspides
un vacío en el nebuloso Cielo;
ahora las olas adquieren un resplandor más rojo,
el respiro de las horas es débil y deprimido,
y cuando entre gemidos no terrenales
se hunda, y quede en el mar sepultada la ciudad,
el infierno, irguiéndose de sus mil tronos,
entonces le rendirá homenaje.

(Traducción de Manrique Sánchez Soto)



DORMIDA

Aquí estoy de pie, bajo la mística luna,
en una medianoche del mes de junio.
Del astro su halo de oro exhala
un vapor opiáceo pleno de rocío, tenue,
que se vierte gota a gota
sobre la callada cima de la montaña,
a hurtadillas, y que soñoliento y armonioso fluye
hasta el valle universal.
Oscila sobre la tumba el romero
y en la onda busca su apoyo el lirio;
envolviendo su seno con la niebla
la ruina en su reposo se desmorona;
¡mirad!, semejante al Leteo, parece el lago
abismarse en un sueño consciente,
y despertar no quisiera de su sopor.
¡Toda la belleza duerme! ¡Y contempla donde yace
Irene, y sus destinos!

¡Oh, dama de la luz!
¿Cómo? ¿Por qué tu ventana está abierta a la noche?
Desde las copas de los árboles, los juguetones aires,
risueños se introducen por el enrejado;
los incorpóreos aires, huida de un brujo,
entran, y salen raudos de tu aposento,
caprichosamente, ominosamente
sobre los cerrados párpados y el fleco de las pestañas,
tras donde oculta yace tu alma dormida;
y por el piso y las paredes
suben y caen las sombras fantasmagóricas.
¡Oh, querida dama! ¿No tienes miedo?
¿Por qué estás soñando aquí, y qué sueñas?
¡Debes haber venido por lejanos mares
y eres un prodigio en este jardín arbolado!
¡Extraña es tu palidez! ¡Extraño tu vestido!
¡Extraña, sobre todo, la espléndida extensión de tu cabellera,
y extraño es todo este silencio solemne!
¡La dama duerme! ¡Oh, que pueda su sueño,
como prolongado, ser tan profundo!
¡Téngala el Cielo bajo su santa custodia!
Que trocado sea este aposento por uno más sagrado,
que trocado sea este lecho por uno más melancólico.
¡Rezo a Dios para que ella descanse
por siempre con los ojos cerrados,
mientras pasan a su lado los difuntos!

¡Ella, mi amor, duerme! ¡Oh, que pueda su sueño,
como perdurable, ser tan profundo!
¡Que suavemente a su alrededor se arrastren los gusanos!
Que en el lejano bosque, oscuro y antiguo,
se abra para ella una elevada cripta,
una cripta que con frecuencia ha separado
sus negros y alados portones,
triunfantes frente a los blasonados féretros,
en los funerales de sus ilustres familiares.

Un lejano sepulcro, solitario,
donde ella, en su niñez, lanzó contra el imponente pórtico
más de una ociosa piedra;
alguna tumba en cuya resonante puerta
nunca más obtendrá un eco,
y estremeciéndose al pensar, ¡pobre niña del pecado!,
que eran los muertos que adentro gemían.

(Traducción de Manrique Sánchez Soto)



A F...

¡Amada! Entre los excesivos infortunios
que abruman mi sendero mundano
(terrible camino donde no crece
ni una solitaria rosa),
halla mi alma consuelo
el soñar contigo, y un edén disfruta
de placentero sosiego.

Emerge entonces tu recuerdo
como lejana isla encantada
en algún mar tempestuoso;
en algún océano lejano y enfurecido,
y que se estremece por las tormentas,
pero donde acaso cielos más serenos, por siempre
sonríen sobre esta isla esplendorosa.

(Traducción de Manrique Sánchez Soto)



EULALIE. UN CANTO

Solitario viví
en un mundo de lamentos y de lágrimas,
y mi alma era una marea estancada
hasta que Eulalie, bella y gentil, llegó a ser mi ruborizada desposada;
hasta que Eulalie, juvenil y de dorado cabello, llegó a ser mi sonriente desposada.

¡Brillan, brillan menos
las nocturnas estrellas
que los ojos de esta niña radiante!
Y nunca habrá capricho
que formar pudiese el vapor
con los tintes purpúreos y perlados de la luna,
comparable con el más delicado de los rizos de la recatada Eulalie;
comparable con el más sencillo y ligero rizo de Eulalie, la de luminosos ojos.

Ya la duda y el dolor
nunca volverán
porque su alma me la entrega, suspiro por suspiro;
y todo el día
brilla con su resplandor irresistible
Astarté en el cielo,
y hacia el astro levanta siempre la querida Eulalie su mirada de esposa,
y hacia el astro levanta siempre la joven y dulce Eulalie sus ojos violeta.

(Traducción de Manrique Sánchez Soto)



LAS CAMPANAS

I

¡Escuchad de los trineos sus campanas!
¡De plata son las campanas!
¡Qué mundo de júbilo augura su melodía!
¡Cómo tintinean, tintinean
en el glacial aire de la noche,
mientras que las estrellas salpican
todos los cielos, y destellar parecen
cristalino encanto,
llevando el ritmo, ritmo
como una rima rúnica,
del tintineo que tan musicalmente brota
de las campanas,
campanas,
cascabeleo y retintín de las campanas!

II

¡Escuchad las dulces campanas nupciales!
¡De oro son las campanas!
¡Qué mundo de felicidad augura su armonía!
Por el fragante aire nocturnal,
¡cómo tañen lanzando al vuelo su encanto!,
De las fundidas notas de oro
en el crisol de su afinación,
transportan por los aires fulgurante cantinela,
que escucha la tórtola, extasiándose
con el lunar astro.
¡Oh, de sus sonoras cavidades,
qué eufónico raudal se desprende!
¡Cómo resuena!,
¡cómo persiste
en el futuro!, ¡cuán sugerente
embeleso incita
el vaivén y el tañido
de las campanas,
campanas,
campanas,
rima y armonía de las campanas!

III

¡Escuchad las fragorosas campanas de alarma!
¡De bronce son las campanas!
¡Qué terrorífica historia revela ahora su turbulencia!
¡En los sobresaltados oídos de la noche
cómo chillan su terror!
Demasiado horrorizadas para hablar,
solo pueden emitir alaridos,
desafinados alaridos,
en su clamoroso llamado a la misericordia del fuego,
en su demencial recriminación al sordo y frenético fuego,
subiendo más y más en su elevación,
con su impaciente deseo
y resuelto afán
de alcanzar, ahora o nunca,
la luna de pálido rostro.
¡Oh, las campanas, campanas!
¡Qué relato de desesperanza profiere
su terror!
¡Cómo retumban, y chocan, y rugen!
¡Qué pavura vierten
en el seno del tembloroso aire!
¡Mas los oídos reconocen a plenitud,
por el vibrante sonido
y el retumbar,
cómo fluye y refluye el peligro;
distinguir saben los oídos,
por el crujir metálico
y el estruendo;
cómo el peligro disminuye y aumenta,
por el estremecimiento y expansión de las furiosas campanas,
campanas,
de las campanas,
campanas,
fragor y estrépito de las campanas!

IV

¡Escuchad el doblar de las campanas!
¡De hierro son las campanas!
¡Qué mundo de solemnes pensamientos impone su monodia!
En la quietud de la noche
¡cómo temblamos aterrorizados
por la melancólica amenaza de su tono!
Porque cada emergente sonido
de sus herrumbradas gargantas
es un quejido.
Y los habitantes, ¡ah!, los habitantes
que viven en lo alto del campanario,
solitarios
y que doblan, y doblan
esa sorda monotonía,
placer sienten haciendo revolear
una piedra en el corazón humano;
no son hombres, ni mujeres,
tampoco animales, ni seres humanos,
son demonios necrófagos;
¡y es su rey quien dobla
y repica, y repica,
repica,
un peán de las campanas!
¡Y su alegre pecho inflámase
con el peán de las campanas!
¡Y danza, y chilla,
llevando el ritmo, ritmo,
como una rima rúnica
con el peán de las campanas,
campanas;
llevando el ritmo, ritmo,
como una rima rúnica
con el latir de las campanas,
campanas,
al compás del sollozo de las campanas,
marcando el ritmo, ritmo,
y tañendo, tañendo
una animada rima rúnica
al compás del retumbo de las campanas,
campanas,
al compás del doblar de las campanas,
campanas,
campanas,
lamento y gemido de las campanas!

(Traducción de Manrique Sánchez Soto)


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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Evangelina Valdez el Mar 28 Ene 2014, 17:12

¡Pedro, está buenísimo el enlace, qué detallado está!
Gracias por aportar tan buenos materiales de gran interés.
me encantó la pág. y solo hice un recuento por encima, hay que meterse de fondo y lo haré.
besitos
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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Maria Lua el Mar 04 Feb 2014, 06:53

Gracias, Pedro, por el post!
De Edgar Allan Poe solo conocía
El Cuervo...
ESTRELLA VESPERTINA me ha
gustado... sigo leyendo
Besos
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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por cecilia gargantini el Mar 04 Feb 2014, 17:10

Qué bueno el enlace Pedro!!!!!!!!!!!!!!!!!!! ME ENCANTÓ!!!!!!!!!!!!!
Realmente en mis clases, siempre lo di como prosista, porque sus cuentos son modelos del género; pero reconozco que los poemas que aquí se muestran no tienen desperdicio.
Besitossssssssssss y graciassssssssss
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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Maria Lua el Lun 24 Mar 2014, 14:08

Un sueño dentro de un sueño:


¡Recibe en la frente este beso!
Y, por librarme de un peso
Antes de partir, confieso
Que acertaste si creías
Que han sido un sueño mis días;
¿Pero es acaso menos grave
Que la esperanza se acabe
De noche o a pleno sol,
Con o sin una visión?
Hasta nuestro último empeño
Es sólo un sueño en un sueño.

Me encuentro en la costa fría
Que agita la mar bravía,
Oprimiendo entre mis manos,
Como arena, oro en granos.
¡Qué pocos son! Y allí mismo,
De mis dedos al abismo
Se desliza mi tesoro
Mientras lloro, ¡mientras lloro!
¿Evitaré -¡oh Dios!- su suerte
Oprimiéndolos más fuerte?
¿Del vacío despiadado
Ni uno solo habré salvado?
¿Cuánto hay de grande o de pequeño?
¿Es sólo un sueño dentro de un sueño?


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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Maria Lua el Lun 24 Mar 2014, 14:09

Solo



Desde mi hora más tierna no he sido
Como otros fueron, no he percibido
Como otros vieron, no pude extraer
Del mismo arroyo mi placer,
Ni de la misma fuente ha brotado
Mi desconsuelo; no he logrado
Hacer vibrar mi corazón del mismo modo
Y, si algo he amado, lo he amado solo.

Entonces, en mi infancia, en el albor
De una vida tormentosa, del crisol
Del bien y el mal, de su raíz misma
Surgió el misterio que aún me abruma:
Desde el venero o el vado,
Desde el rojo acantilado,
Desde el sol que me envolvía
En otoño con su pátina bruñida,
Desde el rayo electrizante
Que me rozó, seco y rasante,
Desde el trueno y la tormenta,
Y la nube suave y clara
Que, en el cielo transparente,
Formó un demonio en mi mente.


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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Maria Lua el Lun 24 Mar 2014, 14:10

Lucero vespertino


Ocurrió una medianoche
A mediados de verano;
Lucían pálidas las estrellas
Tras el potente halo
De una luna clara y fría
Que iluminaba las olas
Rodeada de planetas,
Esclavas de su señora.

Detuve mi mirada
En su sonrisa helada
Demasiado helada para mí;
Una nube le puso un velo
De suave terciopelo
Y entonces me fijé en ti.

Lucero orgulloso,
Remoto, glorioso,
Yo, que siempre tu brillo preferí;
Pues mi alma jalea
La orgullosa tarea
Que cumples de la noche a la mañana
Y admiro más, así es,
Tu lejanísimo fuego
Que esa otra luz, más fría, más cercana.


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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Maria Lua el Lun 24 Mar 2014, 14:10

Alegre río, tu cristalino fulgor



Alegre río, tu cristalino fulgor,
Tu curso límpido, tu agua errante,
Son un emblema invocador
De la belleza: el corazón abierto,
El risueño serpenteo del arte
En la hija del viejo Alberto.
Mas cuando ella en ti se mira y, de repente,
Tus aguas se iluminan y estremecen,
Entonces, el más bello torrente
Y su humilde devoto se parecen,
Pues ambos llevan su imagen anclada,
Uno en el cauce, otro en el corazón
En ese corazón que su mirada
Intensa, honda, enciende de emoción.


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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Maria Lua el Lun 24 Mar 2014, 14:11

El valle de la inquietud



Antes, un silencioso valle sonreía
Cuando la gente en él no moraba,
Pues habían partido hacia la guerra
Confiando su cuidado a las plácidas estrellas
Que vigilaban desde sus azules torres.
Velaban por aquellas flores,
Entre las cuales durante el día
Ponía el sol perezosamente su luz.

Ahora, cada visitante confesará
La triste intranquilidad del valle.
Todo existe allí sin movimiento,
Todo salvo los aires que cobija
La mágica soledad. ¡Ah, ningún viento
Aquellos árboles seculares agita!,
Estremecidos como los helados mares
En torno de las hébridas brumas!
¡Ah!, ningún viento anima aquellas nubes
Que cruzan el inquieto firmamento
Veloces, eternamente rumorosas,
Sobre las violetas que allí aparecen
A la mirada, en miríadas de tipos,
Sobre los lirios que se mecen
Y lloran sobre la tumba innominada.
Mecen, desde fuera de sí, fragante cáliz,
Eternos rocíos derramándose en gotas.
Lloran, de sus dulces dedos,
Lágrimas perennes que descienden en forma de gemas.


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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Ana María Di Bert el Lun 24 Mar 2014, 20:36

Gracias Pedro por traer a este escritor. Había leído algo sobre él, volveré porque es para dedicarle tiempo .
La fantasía que crea con imágenes fabulosas, o la melancolía de alguno de sus poemas, crea un ambiente especial ya sea el la prosa o en los poemas.
El enlace está muy claro, gracias, otro día regreso.
Gracias
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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Pascual Lopez Sanchez el Mar 25 Mar 2014, 01:45

Me es absolutamente imposible participar en este grandísimo autor. Espero que lo entendáis. Abrazos.


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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 25 Mar 2014, 07:50

Edgar Allan Poe es un autor muy importante, no sólo por la influencia que tuvo en la poesía norteamericana sino también por la influencia que tuvo en Beaudelaire (y a través de él en toda la poesía europea), que fue su traductor. Con él se inaugura una sucesión de "poetas malditos", poetas que por su vida se convierten en "poemas", tan triste y miserable es, y que reflejan la sociedad que les rodea (en su mayor parte urbana) tal como es, sin idealizaciones ni adornos, con gran crudeza, tocando temas que hasta entonces estaban prohibidos en poesía: prostitución, drogas...

Poe escribió dio una interesante conferencia sobre la génesis de su poema más conocido, "El cuervo". No sé si cuanto dice en ella es cierto pero desde luego sirve para acreditar lo meticulosamente que Poe trabajaba sus poemas (como lo mismo se puede decir de todos los grandes poetas). Dicho artículo se encuentra en el Taller, pero os lo incluyo aquí para más comodidad.

Un abrazo.
Pedro

.........


LA FILOSOFÍA DE LA COMPOSICIÓN por Edagar Allan Poe

Charles Dickens, en una nota que tengo ante mí y en la que alude al análisis que en cierta ocasión realicé sobre el mecanismo de Barnaby Rudge, dice: “¿A propósito, se ha dado cuenta de que Godwin escribió su Caleb Williams de atrás hacia adelante? Primeramente enredó a su protagonista en una maraña de dificultades, que forman el segundo tomo, y después, para completar el primero, le lanzó a la búsqueda de cuanto pudiera servir de explicación a los que había hecho”.

Yo no creo que éste fuera el procedimiento exacto seguido por Godwin -y desde luego, su propio testimonio en nada coincide con la opinión de Dickens- sino que más bien el autor de Caleb Williams era un artista demasiado hábil como para no advertir las ventajas derivadas de un proceso cuando menos similar. Es más que evidente que todo argumento merecedor de tal nombre debe ser desarrollado hasta su mismo desenlace, previamente a cualquier intento de coger la pluma. Sólo con el denouement a la vista nos será posible dotar al argumento de la indispensable atmósfera de consecuencia, o causalidad, logrando así que cada uno de sus incidentes, y sobre todo el tono general, contribuyan al desarrollo de la intención.

Hay un error de raíz, pienso yo, en la manera en que habitualmente se estructura un relato. O bien la historia aporta una tesis -o ésta bien sugerida por algún incidente circunstancial- o todo lo más, el autor se aplica en combinar acontecimientos sorprendentes con el único fin de proporcionar una base a su narración, generalmente en la esperanza de que mediante descripciones, diálogos y comentarios personales podrá llenar todos los intersticios que de los hechos o la acción, página tras página, se ponen de manifiesto.

Por mi parte, prefiero comenzar tomando en consideración un efecto concreto. Teniendo en cuenta siempre la originalidad (puesto que se engaña a sí mismo quien se aventura a prescindir de una fuente de interés tan palpable y tan fácil de obtener), me digo a mí mismo, en primer lugar: “De entre los innumerables efectos o impresiones ante los que el corazón, el intelecto, o (más generalmente) el alma se muestran susceptibles, ¿cuál habré de elegir en las presentes circunstancias?. Tras haber escogido un efecto en primer lugar novedoso y, en segundo término, de fuerte intensidad, pasaré a analizar si conviene plasmarlo mediante los incidentes o a través del tono general -bien se trate de incidentes ordinarios y de un tono peculiar, o viceversa, o que ambos sean peculiares, el tono y el incidente- para seguidamente, mirando a mi alrededor (o mejor, dentro de mí), poder hallar la combinación de incidentes, o de tono, que mejor me facilite la combinación del efecto.

A menudo pienso lo interesante que podría ser leer un artículo en donde un autor describiera -es decir, si pudiera- paso a paso y detalladamente el proceso mediante el cual alguna de sus obras vio el acabado final. El por qué semejante artículo nunca se ha escrito es algo que escapa a mi entendimiento, aunque es probable que dicha omisión tenga que ver más con la vanidad de los autores que con ninguna otra causa. La mayoría de los escritores -y, sobre todo, los poetas- prefieren dar a entender que componen en una especie de delicioso frenesí -o intuición estática- y en verdad se echarían a temblar si se dejase al lector escudriñar entre bastidores, quedando al descubierto la elaboración y las vacilaciones del pensamiento en bruto, los verdaderos propósitos logrados tan sólo en el último instante, los innumerables vislumbres de ideas que no acaban de madurar plenamente, las fantasías que pese a haber madurado son abandonadas por incontrolables en medio de la desesperación, las cautelosas selecciones o rechazos, las penosas tachaduras e interpolaciones y, en fin, los engranajes, los mecanismos de la tramoya para el cambio de decorado, las escalas y las trampillas, las plumas de gallo, el colorete y los lunares postizos, lo que, en el noventa y nueve por ciento de los casos, son los accesorios propios del histrión literario.

Soy consciente, por otro lado, de que no suele darse el caso de un escritor que se halle en condiciones de volver sobre sus pasos para mostrar cómo llegó a sus conclusiones. En general, las ideas acuden al espíritu de forma atropellada, y de igual modo se las persigue y son olvidadas.

En lo que a mí toca, ni comprendo la aversión antes mencionada, ni en momento alguno he tenido la menor dificultad en recapitular los sucesivos pasos de mis composiciones; y dado que el interés del análisis, o reconstrucción, que he señalado como un desideratum no depende en absoluto de cualquier otro interés real o imaginario por la obra analizada, espero no se me tome en cuenta si muestro aquí el modus operandi por el cual llevé a su conclusión uno de mis poemas. He elegido “El cuervo” por ser el más conocido de todos. Es mi intención llegar a constatar que ningún detalle de su composición puede asignarse al azar o la intuición, sino que la obra avanza sucesivamente, y paso a paso, hasta ser finalizada con la precisión y el rigor deductivo de un problema matemático.

Dejemos de lado, como irrelevante en cuanto al poema per se, las circunstancias -o la necesidad- que en un principio dieron lugar al intento de componer un poema que por igual hubiera de satisfacer tanto las demandas del crítico como las del gusto popular.

Tomemos, pues, dicha intención como punto de partida.

El primer planteamiento fue el de la extensión. Si una obra literaria resulta demasiado larga para ser leída de una sola vez, no habrá más remedio que resignarse a prescindir de un efecto de tan capital importancia como aquel que se deriva de la unidad de impresión; pues cuando la lectura exige ser hecha en dos sesiones, los asuntos mundanos interfieren, y cualquier impresión de totalidad queda al punto suprimida. Pero dado que, ceteris paribus, ningún poeta puede permitir que se le escape cosa alguna que haga avanzar sus planes, resta considerar si puede haber en la extensión alguna ventaja que compense la pérdida de unidad que ésta conlleva. A este respecto, doy por respuesta un no rotundo. De hecho, lo que entendemos por poema largo no es más que una sucesión de poemas breves, es decir, de efectos poéticos breves. Ni que decirse tiene que un poema para serlo depende sólo de su capacidad para elevar el alma mediante una intensa emoción. Y toda gran emoción es, por pura necesidad física, breve. Por esta razón, al menos la mitad de El paraíso perdido es esencialmente prosa -una sucesión de arrebatos poéticos alternados, inevitablemente, con sus correspondientes depresiones -, quedando privado en su conjunto, debido a la enormidad de la extensión, de un elemento artístico tan de todo punto primordial como la totalidad, o unidad, de efecto.

Parece evidente, pues, que existe un límite preciso, en lo que concierne a la extensión, para toda obra literaria: el límite de una sola sesión de lectura; y que, si bien en ciertos tipos de prosa, tales como Robinson Crusoe -que no exige unidad-, dicho límite puede ser rebasado en beneficio de la obra, jamás sucederá lo mismo con un poema. Dentro de este límite, puede lograrse que la extensión de un poema guarde una relación matemática con sus méritos, es decir, con la elevación y emoción producidas, o, en otras palabras, con el grado de verdadero efecto poético que alcanza a inducir; pues resulta claro que la brevedad siempre guarda una relación directa respecto de la intensidad del efecto pretendido por la sola razón de que, inevitablemente, se requiere una cierta extensión para producir un mínimo de efecto.

A la vista de estas consideraciones, y manteniéndome fiel a ese grado de elevación que según mi estimación no rebasa el gusto popular pero tampoco resulta inferior al del crítico, pronto concluí en lo que imaginaba debía ser la extensión adecuada para el poema que me había propuesto: una extensión de unos cien versos. El poema llegó a tener ciento ocho.

La segunda cuestión en que reparé fue en la elección de aquel efecto, o impresión, que el poema debía transmitir; y también podría aquí señalar que, a lo largo de su composición, me atuve en todo momento al esquema de que la obra resultara universalmente apreciable. Me exigiría desviarme en exceso de mis actuales propósitos el ponerme a considerar ahora un punto sobre el que he insistido repetidamente y que, en lo que al factor poético se refiere, no ofrece la más mínima duda: el de que la Belleza es el único y legítimo ámbito del poema. Sólo añadiré unas palabras, no obstante, a fin de aclarar lo que realmente con ello intento decir, y que algunos de mis amigos se muestran proclives a malinterpretar. Ese placer que a la vez es el más intenso, elevado y puro de todos, se halla a mi parecer en la contemplación de lo bello. Cuando los hombres hablan de la Belleza, no se están realmente refiriendo, tal como suponen, a una cualidad, sino a un efecto; se refieren, en suma, a esa elevación pura e intensa del alma -no del intelecto, o del corazón- sobre la cual ya he hablado, y que se experimenta a través de la contemplación de “lo bello”. Otorgo a la Belleza, por tanto, el dominio del poema, nada más por el hecho de que es una norma evidente de todo arte la recomendación de que los efectos surjan del modo más directo posible de sus causas originales; y nadie ha habido hasta el momento tan obtuso como para no reconocer que esta peculiar elevación de la que hablamos, cuando menos, se consigue más pronto a través de un poema. No obstante, el propósito de Verdad, como satisfacción del intelecto, y el propósito de Pasión, como excitación del corazón, si bien hasta cierto punto alcanzables en poesía, lo son, desde luego, mucho más fácilmente en prosa. Sucede que la Verdad exige una precisión, y la Pasión una familiaridad (los verdaderamente apasionados saben a lo que me refiero) por completo antagónicas respecto de esa Belleza que, como digo, consiste en la excitación o ascenso placentero del alma. Lo que no es cortapisa, sin embargo, para que la Pasión, o incluso la Verdad, puedan tener cabida en un poema, con gran provecho del mismo -ya que pueden servir para aclarar o reforzar el efecto general, tal como las disonancias en música, por contraste- aunque el verdadero artista mostrará inclinación antes que nada a restringir su uso de modo acorde a su función de eficaces auxiliares del plan predominante de la obra y, en segundo término, a envolverlas lo más posible en esa Belleza que constituye la atmósfera y la esencia del poema.

Considerada la Belleza, pues, como mi dominio, la siguiente cuestión tenía que ver con el tono en su más alta manifestación; y la experiencia siempre me ha demostrado que dicho tono es el de la tristeza. La Belleza de cualquier índole, en su forma más elevada, de modo invariable mueve al alma sensible al llanto. La melancolía se erige, pues, en el más legítimo de los tonos poéticos.

Una vez determinados la extensión, el dominio y el tono, me entregué a la inducción ordinaria a fin de dar con alguna suerte de aderezo artístico que me sirviera de clave para la construcción del poema; un pivote en torno al cual girase toda la estructura. Haciendo un calculado repaso de los efectos artísticos usuales -o más propiamente recursos, en sentido teatral- hallé de inmediato que ninguno había recibido un uso tan universal como el del estribillo. La universalidad de su empleo me bastó como garantía de su valor intrínseco, ahorrándome la necesidad de cualquier análisis. Sopesé, sin embargo, si era susceptible de algún perfeccionamiento, y pronto di en apreciar que su condición era primitiva. En el uso común, el estribillo, no sólo queda circunscrito al poema lírico sino que la clave de su efecto reside en la monotonía, tanto de sonido como de pensamiento. El placer únicamente es producto de la sensación de identidad, de repetición. Resolví diversificar, y así acrecentar, su efecto, siendo fiel por lo general a la monotonía del sonido, pero variando de continuo la referida al pensamiento; es decir, decidí que continuamente produciría nuevos efectos variando la aplicación del estribillo, mientras éste permanecía en su mayor parte, invariable.

Decido esto, me entretuve en considerar cuál había de ser la naturaleza de mi estribillo. Puesto que su aplicación iba a variar continuamente, era evidente que en sí mismo tenía que ser breve, ya que la dificultad podía resultar abrumadora al tener que arreglármelas con una frase larga. En proporción a la brevedad de la frase estaría, claro está, la facilidad en la variación, lo que sin más dilación me indujo a pensar en una sola palabra como el mejor de los estribillos.

La siguiente cuestión a dirimir sería el carácter de esta palabra. Teniendo ya en mente el uso de un estribillo, la división del poema en estrofas no sería más que un simple trámite: el estribillo cerraría cada una de estas estrofas. Que para ser contundente, dicho cierre debía resultar sonoro a la par que enfático, era algo que no ofrecía duda: tales consideraciones me llevaron inevitablemente a reparar en la o larga como la vocal más sonora, asociada a la r como la consonante que mejor se adecuaba a tal efecto.

Establecido de este modo el sonido del estribillo, se imponía la necesidad de seleccionar una palabra que portara dicho sonido, y que al mismo tiempo guardara un equilibrio con este tono melancólico que se había determinado para el poema. Metido en tales pesquisas, hubiera sido del todo imposible pasar por alto la palabra “Nevermore”. De hecho, fue la primera que se me presentó.

El siguiente desideratum consistía en un pretexto para la continua utilización de la palabra “Nevermore”. Reparando en los problemas que pronto tuve que afrontar al inventarme una razón lo suficientemente plausible de cara a su continua repetición, no tarde en advertir que tales problemas surgían solamente de la suposición de que la palabra tenía que ser continua o monótonamente repetida por un ser humano. Advertí, en suma, que la dificultad radicaba en hacer reconciliable esta monotonía con el uso de la razón por parte de la criatura que repitiera la palabra. Enseguida acudió a mi mente la idea de un ser irracional, capaz, sin embargo, de hablar; lo que naturalmente me llevo a pensar, antes de nada, en un loro, para a continuación sustituirlo por un cuervo, igualmente capacitado para hablar, pero infinitamente más en concordancia con el tono elegido.

Había llegado pues hasta la concepción de un cuervo, pájaro de mal agüero, repitiendo monótonamente la palabra ”nevermore” al final de cada estrofa, en un poema de tono triste y de unos cien versos de extensión. Ahora, sin perder jamás de vista mi propósito de, en todo punto, alcanzar lo supremo, es decir, la perfección, llegado había el momento de preguntarme: “De todos los temas melancólicos, ¿cuál lo es en mayor grado, según el universal entendimiento humano?. La respuesta obvia era la muerte. “Y cuando -me pregunté- dicho tema, el más melancólico, resulta más poético?”. Teniendo en cuenta lo que ya he explicado con cierto rigor, la respuesta, también ahora, estaba clara: “Cuando se halla más estrechamente ligado a la Belleza: la muerte, por tanto, de una mujer hermosa es, sin ningún género de dudas, el tema más poético del mundo; y del mismo modo tampoco cabe dudar que los labios más aptos para expresar este tema son los de un amante despojado de su amada”.

Ahora tenía que combinar las dos ideas, la del enamorado que sufre por la muerte de su amante y la de un cuervo que no cesa de repetir “nunca más”. Tenía que fusionarlas, teniendo en cuenta mi intención de ir variando a cada vez la aplicación de la palabra repetida; pero el único modo inteligible de hacer esto consistía en imaginar que las palabras del cuervo servían de respuesta a las preguntas que se hacía el amante. Y en esto fue donde atisbé de golpe la oportunidad que me brindaba aquel efecto del que tanto esperaba, es decir, el de la variación de aplicación. Vi que la primera pregunta que se hace el enamorado -la primera también a la que el cuervo habrá de responder “nunca más”- podría tener un carácter trivial; la segunda un poco menos, aún menos la tercera, y así hasta que finalmente el amante, perturbada su apatía inicial ante el lastre melancólico de la propia palabra, por su constante repetición, y considerando también la fama siniestra que detenta el ave que la pronuncia, se entregara sin reservas a la superstición, formulando interrogantes de índole bien distinta, interrogantes cuya solución alberga apasionadamente en su corazón, y que plantea por superstición y llevado por ese tipo de desesperación que se deleita en la propia tortura: formulándolas no tanto porque esté convencido de que el pájaro posea un carácter profético o demoníaco (pues la razón le dice que simplemente está repitiendo algo que sabe de memoria) sino porque experimenta un placer frenético al plantear sus preguntas de tal manera que el ya previsto “nunca más” le aporta una tristeza tanto más deliciosa cuanto más intolerable. Consciente de la oportunidad que se me brindaba -o, para ser más exactos, se me imponía según progresaba en la construcción del poema- fijé mentalmente, en primer término, lo que sería el clímax, o pregunta culminante -esa pregunta para la cual el “nunca más” supondría una respuesta definitiva- y para la que como réplica, dichas palabras aglutinarían en sí la máxima cantidad concebible de tristeza y desesperación.

Bien puede decirse que el poema tuvo aquí sus inicios: en su final, donde toda obra artística debe comenzarse; pues fue aquí en donde, siguiendo mis consideraciones preliminares, tomé papel y pluma para componer la siguiente estrofa:

“¡Profeta!” exclamé “¡trasgo infernal, ave o demonio mas profeta al fin!
Por el cielo que se cierne sobre ambos, por ese Dios al que adoramos,
dile a esta alma angustiada si allá en el Edén lejano
podrá abrazar a esa doncella santa, a quien los ángeles llaman Leonor,
a esa joven tierna y resplandeciente, a quien los ángeles llaman Leonor.”
…....................Dijo el cuervo: “Nunca más”,


Compuse la estrofa en aquel momento de modo que, primeramente, al tener ya establecido el punto culminante me sería más fácil después ir variando de forma gradual, en importancia y seriedad, las preguntas previas que el amante formulase y, en segundo lugar, porque ello me permitía fijar definitivamente el ritmo, el metro, la extensión y la estructura general de la estrofa y asimismo graduar las estrofas precedentes de manera que ninguna la sobrepasara en su efecto rítmico. De haberme sido posible, al componer los versos subsiguientes, construir estrofas dotadas de un mayor vigor, no habría tenido escrúpulo alguno en debilitarlas de forma premeditada a fin de que no interfiriesen con el efecto del punto culminante.

Y debo decir aquí unas pocas palabras en lo tocante a la versificación. Mi primer propósito (como siempre) se centraba en la originalidad. Hasta que extremo se ha descuidado esta cuestión, en la versificación, es de todo punto inconcebible. Admitiendo que las posibilidades de variación en cuanto al ritmo son escasas, sigue estando claro que las posibles variantes de metro y estrofa son absolutamente infinitas; y sin embargo, durante siglos, no ha habido nadie que en el verso haya hecho jamás, o diese muestras de querer hacer, algo original. El hecho es que, la originalidad (excepto cuando se trata de mentes dotadas de una fuerza inusual) no tiene nada que ver, tal como se supone, con el impulso y la intuición. Lo que de común sucede es que exija una laboriosa indagación, y que pese a constituir un mérito innegable del más alto rango, su consecución implique menos invención que negación.

Por supuesto que no pretendo alardear de originalidad alguna en el ritmo o en el metro de “El cuervo”. En lo primero es trocaico, y lo segundo un octámetro acataléctico, alternando con el heptómetro cataléptico repetido en el estribillo del quinto verso, y terminando con un tetrámetro cataléptico. Dicho con menos pedantería, los pies utilizados (troqueos) a lo largo de todo el poema se forman a partir de una sílaba larga seguida de otra corta; el primer verso de esta estrofa está formado con ocho de estos pies, el segundo con siete y medio (en realidad dos tercios de pie), el tercero con ocho, el cuarto con siete y medio, el quinto lo mismo, y el sexto tres y medio. Ahora bien, cada uno de estos versos, tomados por separado, ya habían sido utilizados, con lo que la originalidad de “El cuervo” estriba en su combinación en la estrofa, puesto que jamás antes se había intentado nada que se pareciera ni remotamente a esta combinación. Además, su efecto se ve reforzado por otros efectos insólitos o completamente novedosos, fruto de una aplicación de mayor alcance de los principios que rigen la rima y la aliteración.

El siguiente punto a considerar era la manera de reunir al enamorado y al cuervo, empezando por determinar un lugar. Para ello, lo más natural parecía ser un bosque, o el campo, sólo que siempre tuve la impresión de que una concisa limitación espacial resulta ineludible cuando se busca el efecto de un incidente aislado: lo resulta igual que el marco a una pintura. Tiene la indudable virtud de mantener la atención concentrada, aunque, claro está, no se la debe confundir con la mera unidad de lugar.

Decidí, por tanto, ubicar al enamorado en su habitación, un recinto para él sagrado por los recuerdos de aquella que lo había frecuentado. Presenté la habitación ricamente amueblada, a tenor de las ideas que ya comenté sobre la Belleza, como la única tesis válida en poesía.

Una vez determinado el lugar, tocaba ahora introducir al pájaro, y la ocurrencia de hacerle entrar por la ventana resultaba inevitable. La idea de hacer que el enamorado imaginase, en un primer momento, que el aletear del ave contra el postigo de la ventana era una “llamada” suave a su puerta, tenía su origen en el deseo de acrecentar – por dilación- la curiosidad del lector, dando pábulo también al efecto incidental que se desprende cuando el enamorado abre de par en par su puerta y sólo halla oscuridad, con lo que medio imagina que era el espíritu de su amante quien tocaba.

Hice que la noche fuera tempestuosa, primero, para justificar que el cuervo pidiera entrar, y segundo, por el efecto de contraste con la serenidad (material) del interior de la estancia.

Hice que el pájaro se posara sobre el busto de Palas, buscando también el efecto causado por el contraste entre el mármol y el plumaje -una vez dejado claro que el busto aparece sólo por indicación del pájaro- y habiendo escogido el busto de Palas, en primer lugar, por adecuarse al talante erudito del amante, y luego, por la propia sonoridad del nombre.

Hacia la mitad del poema volví a hacer uso de la fuerza del contraste, con la intención de hacer más profunda la intención final. Así, por ejemplo, un aire fantasmagórico -rayano en lo esperpéntico hasta donde las circunstancias lo permitían- preside la entrada del cuervo, el cual “alborotado revoloteaba, sin hacer siquiera una reverencia”.

Mas con aire señorial en lo alto de la puerta se posó
sobre un busto de Palas, en la puerta de mi habitación.


En las dos estrofas siguientes, este plan adquiere una mayor concreción:

Mas el pájaro de ébano trocó en sonrisa mi triste fantasía,
dado el porte severo y adusto que su semblante adoptaba:
!Aun con ser tu cresta lisa y rala -dije- un cobarde no pareces,
sino cuervo antiguo y errante, surgido de las orillas de la noche.
¿Conocer quisiera tu nombre en la orilla plutoniana de la noche!
….................Dijo el cuervo: “Nunca más”.

Pasmado escuché tan rotundas palabras salir de aquel pajarraco,
pese a hallar en su respuesta escaso juicio y poca significancia
pues justo es admitir que no haya humano o viviente que por ventura
un ave viera posarse sobre la puerta de su alcoba,
ni bestia otra ninguna, sobre el busto de su alcoba,
…................Atendiendo al nombre de “Nunca más”.


Dispuesto así el efecto del desenlace, troqué de inmediato el tono fantasmagórico por otro de la más profunda seriedad; dicho tono da comienzo en la estrofa siguiente a la ya citada, con el verso:

Pero el cuervo, sentado en solitario sobre aquel plácido busto, etc.

Desde este momento el enamorado deja de bromear, no viendo ya nada fantástico en la conducta del cuervo. Se refiere a él como un “espantajo de mal agüero, surgido de una edad lejana”, y siente que “su mirada de fuego” le quema “las entrañas”. Este giro total de ideas y sentimientos por parte del enamorado, pretende inducir a otro similar por parte del lector, situándole en el marco anímico más apropiado al desenlace, cuyo fin se precipita ahora de la manera más rápida y directa posible.

Con el dénouement propiamente dicho, con la réplica del cuervo, “Nunca más”, y después con la última pregunta del enamorado sobre si encontrará a su amante en el otro mundo, puede decirse que el poema llega a conclusión en su fase más evidente, la de simple relato. Hasta aquí, todo encaja en los límites de lo creíble, de lo real. Un cuervo que de memoria repite sólo dos palabras, “Nunca más”, y que ha escapado de su dueño, es arrastrado a medianoche, por la furia de la tormenta, a pedir asilo en una ventana en la que aún puede verse luz; la ventana del cuarto de une estudioso que tan pronto cae absorto en la lectura como se pone a soñar con su anhelada amante fallecida hace poco. La ventana es abierta de par en par ante el alboroto que arma el pájaro, el cual vuela a posarse justo allí donde el estudioso no le puede alcanzar y que, tomando a diversión el incidente y la extraña conducta del visitante, se le ocurre preguntar, en son de broma y sin esperar una respuesta, por su nombre. A lo que el cuervo contestará con las consabidas palabras de “Nunca más”, palabras que hallarán eco inmediato en el atribulado corazón del estudioso, el cual, mientras articula en voz alta ciertos pensamientos que la ocasión le procura, sufre un nuevo sobresalto al repetir el ave las palabras “Nunca más” . El estudioso reconoce ahora la naturaleza del caso, pero se ve impelido, como ya expliqué antes, mitad por simple superstición, mitad por el humano deseo de torturarse a sí mismo, a formular al pájaro preguntas que le acarrean a él, el enamorado, toda la voluptuosidad del dolor, mediante la consabida respuesta de “Nunca más”. Con esta complacencia, extrema, en el propio sufrimiento, la narración, en lo que ya determiné como su fase más evidente, llega a su término natural, sin haber sobrepasado hasta el momento los límites de lo real.

Pero en los temas así elaborados, sucede que por mucha destreza que se emplee, o por vívidos que resulten los incidentes relatados, se aprecia siempre como una aspereza o desnudez que repugna al ojo del artista. Hay dos cosas que de modo invariable se requieren: una, cierto grado de complejidad, o más propiamente, de adaptación; y otra, cierto elemento sugestivo, alguna corriente subterránea de sentido, por difusa que sea. Es esto último, sobre todo, lo que otorga a la obra artística buena parte de esa riqueza (por tomar del habla llana un término contundente) a la que con demasiada afición confundimos con el ideal. Es el abuso del significado sugerido -haciendo de éste la corriente superior en vez de la corriente subterránea del tema- lo que convierte en prosa (y del género más vulgar) a la así llamada poesía de los llamados trascendentalistas.

Ateniéndome a estas opiniones, añadí las dos estrofas finales del poema, de modo que su poder sugestivo impregnase todo lo relatado anteriormente. La corriente de sentido subterráneo aparece por vez primera en los versos:

“Sácame el pico del corazón, y aleja tu semblante de mi puerta”.
….................Dijo el cuervo: “Nunca más”.


Es de notar que las palabras “del corazón” constituyen la primera expresión metafórica del poema. Junto con la respuesta “Nunca más”, disponen al espíritu hacia la búsqueda de un sentido moral en lo previamente narrado. El lector comienza ahora a ver en el cuervo un emblema, pero hasta llegar al último verso de la última estrofa no se hará patente la intención de mostrarlo como un emblema del fúnebre e imperecedero recuerdo:

Y el cuervo seguía estático, sin moverse, allí posado,
sobre el pálido busto de Palas, sobre la puerta de mi habitación.
Sus ojos son la imagen de un demonio que acaso soñase,
y el farol que le alumbra, su sombra proyecta en mitad de la estancia,
y mi alma, de esa sombra que en el suelo flota engañosa
…................¡No se levantará... nunca más!



EDGAR ALLAN POE, abril de 1846
(Traducción de José Luis Palomares)
(Libros C de Langre, 2001)



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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por cecilia gargantini el Miér 26 Mar 2014, 19:38

Muy bueno, querido Pedro!!!!!!!!!!!!! Como siempre, leo y aprendo.
Coincido con vos en cuanto a que no parece que haya sido tal cual como lo cuenta.
Pero rescato sobremanera lo del plan al escribir, lo meticuloso de los detalles, el trabajo con el texto.
Imaginate, amigo, que si esos monstruos hacìan todo eso ¿còmo no vamos nosotros, simples aprendices, a corregir y corregir? Y aun corrigiendo, no les llegamos ni al tobillo ja ja
Pero esto es hacer docencia y te felicito por este artìculo.
Besitossssssssss, amigo
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enrique garcia

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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por enrique garcia el Jue 27 Mar 2014, 03:42

Gracias maestro
tu labor no tiene precio
gracias por enseñar tantas cosas
de este maravilloso mundo de las letras
te dejo un abrazo lleno de admiración y cariño
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Pedro Casas Serra
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Re: Edgar Allan Poe

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 28 Mar 2014, 08:19

Gracias a vosotros, Cecilia y Enrique, por vuestro interés. Yo elijo cualquiera de nuestros Grandes escritores, los de nuestro subforo, y descubro en todos ellos un esfuerzo inmenso en conocer, crecer, mejorar. Y si esto lo hacen los mejores, ¡qué no habremos de hacer los demás!

Un abrazo.
Pedro


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