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    JOSÉ HIERRO

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    JOSÉ HIERRO - Página 3 Empty Re: JOSÉ HIERRO

    Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 29 Feb 2016, 08:07

    .


    De Cuaderno de Nueva York, 1998:


    BALLENAS EN LONG ISLAND

    I

    Las he visto varadas en la playa.
    Los niños han abandonado
    carruseles, montañas rusas,
    nubes de azúcar, blanca o rosa, palomitas de maíz
    y suspendidos de sus cometas de colores
    han llegado a la orilla. Atrás quedó
    la música crispada de los altavoces.
    Ahora escuchan otra música más sosegada y misteriosa:
    jadeo de olas, disnea de cetáceos agonizantes,
    chillidos de las aves marinas,
    estremecedoras polifonías.

    Los niños, desconectados de lo fabuloso,
    saben que es imposible que a Jonás
    se lo tragase una ballena,
    como cuenta la Santa Biblia,
    porque al final de la caverna amenazadora
    una garganta angosta permite sólo el paso
    de minúsculos pececillos, plancton, polen marino
    que atravesaron las barbas filtradoras.
    (Ignoran, sin embargo, que estas barbas
    fueron antaño utilizadas
    para acentuar la delgadez del talle de las damas.
    ¡Sólo Dios sabe qué habrá sido de ellas,
    dónde estarán ahora pudriéndose!)

    II

    Son, desde luego, extraños pero no infrecuentes
    estos suicidios colectivos.
    Los biólogos, oceanógrafos, ecologistas
    nada pueden hacer por reintegrar a los cetáceos
    a su habitat, a su medio natural;
    no sólo por su peso y su volumen, sino
    porque están decididas -resignadas-
    a morir. (Se barajan hipótesis
    diferentes y contradictorias; alguna,
    tal vez, resolverá el enigma).
    Hay quienes atribuyen el suceso
    a una avería, una desconexión
    -por el momento indemostrable-
    en el sofisticado sistema de radar
    que utilizan en sus desplazamientos.
    ¡Quién sabe cuál será la causa
    de esta agonía a la que yo asistí
    en las arenas de Long Island!

    III

    Yo sí lo sé. Yo he descifrado
    el, para los demás, indescifrable código,
    -¡oh mi piedra Rosetta de estrellas y de olas!-
    Los ballenatos, los jóvenes, los útiles,
    los que regresan a la mar
    tras culminar estas expediciones
    hablaban en sus asambleas nocturnas,
    mientras dormían las ballenas madres,
    de la necesidad imperiosa de liberarse de este lastre
    de ancianas jubiladas,
    de toneladas de disnea y sordera.
    Con fuegos o aguas de artificio,
    pirotecnia, acuatecnia,
    comunicaron su resolución:
    “Nosotros os conduciremos
    a unas playas calientes,
    a unos lugares a los que no llegan
    tempestades, témpanos, balleneros;
    allí disfrutaréis del merecido descanso
    después de tantas aventuras,
    tantos afanes, tantos riesgos.”
    Las dejaron varadas en la arena.
    “Hasta mañana”, les dijeron,
    sabiendo que no volverían.
    “Hasta mañana”.

    IV

    Misericordioso e implacable
    el sol les reseca la piel repujada de algas.
    Muy pronto albatros y gaviotas se ensañarán
    con estas moles de agonía,
    de grasa y carne putrefacta.
    El sol es chupado por el horizonte,
    se hunde poco a poco en él
    despidiéndose con su rayo verde.
    Luego es la noche, y otras noches.
    El faro inermitentemente
    pasa su lengua de luz piadosa sobre la arena.
    El mar agita sus espejos negros.
    Sobre la seda o terciopelo funeral
    chisporrotean las estrellas fugaces,
    las ascuas de la luna de azafrán.
    El zumbido de las abejas marinas,
    el crugido del oleaje que clava sus colmillos
    en las rocas de azabache y cristal
    resuena en los oídos agonizantes
    de las viejas ballenas,
    festín de la desolación, el silencio, el olvido, la sombra.

    V

    “Hasta mañana.” Fue el último mensaje.
    Y ya no habrá mañana.
    Ahora las moribundas,
    ciegas y sordas tienen la mirada del recuerdo
    puesta en sus ballenatos, indefensos
    frente al testuz terrible de las olas heladas,
    los témpanos, las hélices, los arpones,
    desvalidos, sin rumbo
    por esos mares de Dios.

    José Hierro


    (continuará)


    .


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    Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 01 Mar 2016, 05:49

    .



    De Cuaderno de Nueva York, 1998:


    ALMA MAHLER HOTEL

    Vago por los pasillos de este hotel
    construido en los años veinte
    (cuando los gansters, la prohibición,
    cuando Al Capone, emperador de Chicago).
    Recorro los pasillos fantasmales de un hotel
    que ya no existe, o que no existe todavía
    porque están erigiéndolo delante de mis ojos,
    piso a piso, día a día,
    a lo largo del mes de abril de 1991:
    es una proa que navega hacia Times Square,
    en donde encallará.
    No estuve aquí, no estaré aquí
    para ver su culminación en la planta 40,
    revestido por la cota de malla nocturna
    -lluvia frenética de estrellas
    de luciérnagas rojas, verdes, amarillas, azules,
    que proclaman el triunfo de las tecnologías
    made in Japan, in Germany, in U.S.A.

    Este hotel (y si he dicho otra cosa,
    ahora me desdigo) fue construido en 1870.
    ¿Habrá quien pueda asegurarme
    que no es sólo una pesadilla
    que va a desvanecerse al despertar?

    Me detengo -no puedo continuar-
    ante la puerta de la habitación 312.
    Soy un viajero que ha llegado
    de otro nivel del tiempo
    pero no sé si pasado o futuro
    (ya no estoy seguto de nada).
    Puede que aún no haya llegado,
    que no haya estado aquí jamás,
    que ni siquiera exista yo,
    o que no sea real mi sufrimiento.

    “Alma, mi amor” le grito susurrando,
    le susurro, gritando, ante la puerta,
    los brazos extendidos,
    en la mano la espada flamígera,
    para que no traspongan el umbral
    del paraíso recobrado en esta habitación;
    para que no me hieran.
    “Alma, mi amor, no entres”.
    No quiero que suceda lo que ya sucedió,
    lo que va a suceder.
    No me ven ni me oyen.
    Penetran a través de mí: soy humo
    o ellos son humo.
    Oigo sonar la transparencia helada
    de las copas; pronuncian
    palabras que no querría escuchar,
    confundidos sus cuerpos en el éxtasis.
    “Alma, mi amor, siempre me herirás”.
    Me abro las venas, me desangro,
    como el afluente en el río caudal,
    por el torrente de mi música.
    Ella restañará la herida,
    contendrá, piadosa, la hemorragia.
    “Alma, mi amor”, y nadie escucha mis palabras.

    Este hotel fue derruido
    en 1870, en 1920, en 1991.
    O acaso nunca haya existido.

    José Hierro


    (continuará)


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    Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 02 Mar 2016, 15:43

    .


    De Cuaderno de Nueva York, 1998:


    EZRA POUND

    ACOTACIÓN PRIMERA

    Desconectado de su lugar y de su tiempo,
    extravagante americano nacido en Gran Bretaña,
    a contratiempo, a contraluz, a contralugar.
    Todo, hasta su lengua materna,
    le vino estrecho. Por eso recurría
    al griego clásico, al latín,
    al provenzal antiguo, al italiano del Dante, al chino.
    En Spoleto salmodiaba
    con susurro ancianísimo, en italiano,
    -una sutil manera de venganza-
    algunos de sus Cantos Pisanos,
    escritos en inglés, como es sabido.
    Esto ocurría años después
    de su exaltación del fascismo
    -Inglaterra mi natura, Italia mi ventura
    USA mi sepultura-.
    Porque fue en USA donde estuvo
    al borde de la ejecución
    -gas, horca, silla eléctrica, inyección letal
    o cualquier otra forma de exterminio
    civilizada y piadosa.
    Antes había sido la jaula, la vergüenza,
    la befa, el improperio. Finalmente,
    el psiquiátrico.

    MONÓLOGO

    Mis cantos definitivos. Los de la plenitud y el miedo. Tengo miedo. Tengo -soy, estoy- jaula. Las palabras más eficaces las de mi lengua y las ajenas, vivas y muertas, oxidadas y aún hermosas, mágicas como el chino, de llave inencontrable, como el bengalí. Miedo, jaula, escribo. Miro a cada instante la puerta cerrada. Podría entrar por ella el doctor, el coronel, el judío, el sayón, el comunista con su escalpelo, su espada, su estrella, su látigo, su hoz. Traen la jaula en la mano, para encerrarme, y en ella permaneceré hasta el fin de mis días.  Sin papel, sin pluma mi mano. Así, ¿cómo sobrevivir, escribir, liberarme del tiempo? Traen el dolor: nada me importa. Del dolor irresistible nacen estos últimos cantos. Los más intensos que jamás pude soñar. Alguien -no sé quién- los entenderá. Tal vez. T.S. Eliot los corrija y depure como yo corregí los suyos pimeros. La jaula.  Pero dentro. Fuera de ella escribo los últimos cantos que arranqué a la vida. No podría escribirlos en mi memoria, como con un dedo, sobre el vidrio empañado por el frío de afuera. Necesito verlos, no sólo recordarlos. Tenerlos presentes ante mis ojos, no como náufragos, pecios sobre la arena. Mis salvadores.

    Sangro palabras por mis venas ancianas, me desangro sobre el papel. Mi sangre irá a algún banco de sangre y alguien, un día, la solicitará para sobrevivir. Tengo sangre, miedo, jaula. Tengo Dorothy, Shirley, Caroline, o como se llame esta mujer, estas mujeres de verde y blanco almidonado. Me recorta la barba, arregla el embozo de mi cama, me anima a comer -con voces desafinadas, como si me creyese tonto o sordo- estas comidas repugnantes que saben a clínico, a puritanos, a América, me inyectan y me hacen tragar píldoras de muchos colores. A Mae, o Dorothy, o Carmen, o como se llame le entrego cada tarde mis cantos, mis papeles, cantos rodados y redondeados por el sufrimiento. El doctor lo permite. Sabe que escribir es una excelente terapia para los locos. Ella es mi cómplice. Guarda mis cantos. Se los entrego, numerados, plegados, ordenados, después de besarlos en son de despedida provisional. Beso la mano de ella, de ellas. Pongo en mis labios el dedo índice, recomendándole silencio y secreto. Sólo ellas deben verlos. No quiero que los utilicen como pruebas contra mí. Autoinculpaciones subconscientes del arrepentido o el obstinado, traidor, fascista, colaboracionista, hijo de puta. Quiero que nadie ponga su mirada en estas úlceras. El pus le saltaría a los ojos. Yo no soy traidor a mi única patria que es la poesía. No quiero su comprensión, su compasión ni su desprecio. Más miedo, más jaula, más muerte. No sé si sueño cuando doy a Doris, Gladys, a Miss Figura almidonada, oficiosa figura de cera, mis testimonios, mi testamento. Vuelvo a besar su mano, agradecido como un perro. Le recuerdo que estos pájaros de papel volarán algún día, se posarán en manos amigas. Me salvarán. No quiero sombra, hielo vacío. Buenas noches, Helen, Margaret, Anne, o como te llames.

    Y cuando abre la puerta, y me saluda desde el umbral de esta habitación sin ventanas, sin espejo -¿cómo será mi rostro?- sin nada que me permita suicidarme, oigo el rumor del río que no me dejan ver, el East River, el East Tiber que me trae palomas de Roma.

    ACOTACIÓN FINAL

    Dorothy -ese es su nombre- ha cerrado la puerta.
    Lleva en su mano la bandeja
    con los restos de la comida.
    Acto seguido, como hace
    todos los días,
    arroja al incinerador
    vasos y platos de cartón, cubiertos de plástico.
    Finalmente, como todos los días,
    los papeles que escribe el loco
    de la habitación 109.

    JOSÉ HIERRO


    (continuará)


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    Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 03 Mar 2016, 05:35

    .


    De Cuaderno de Nueva York, 1998:


    ORACIÓN EN COLUMBIA UNIVERSITY

    Bendito sea Dios, porque inventó el silencio,
    y el chirrido de la chicharra,
    y el lagarto de fastuoso traje verde,
    y la brasa hipnotizadora
    (horizontal crepúsculo pudo haberla llamado
    don Pedro Calderón de la Barca en el declive del Barroco).
    Bendito sea Dios que inventó el agua,
    el agua sobre todo.

    Bendito sea Dios porque inventó el amanecer
    y el balido que lo poblaba.
    Ahora vuelvo a escuchar aquella melodía.
    El arroyo arpegiaba sobre cantos rodados,
    hacía el contrapunto.
    Suena el concierto en mi memoria.
    O puede que se trate
    de una música diferente:
    la que escuchó, primero, entre los arrayanes de Granada
    Federico García Lorca,
    y luego aquí, rescatada,
    en Columbia University.

    Bendito sea Dios que inventó los prodigios
    que contaba mi padre
    perfumado de espliego y de tomillo.
    Eran historias de ciudades mágicas
    en las que el agua circulaba
    por venas de metal, agua caliente y fría
    (nos lo contaba al borde del regato,
    helado en el invierno, seco en estío:
    “Venga, a lavarse, coño, guarros”.
    Y obedecíamos).

    Bendito sea Dios porque inventó la cabra
    -la cabra que rifaba por los pueblos-
    mucho antes que Pablo Picasso,
    con barriga de cesto de mimbre
    y tetas como guantes de bronce.
    Maldito sea Dios porque inventó el estaño
    parpadeante del olivo,
    ramas y tronco de Laoconte,
    y aquella sombra trágica de catafalco y oro:
    un rayo congelado en la mano siniestra
    y en la diestra un crepúsculo.
    Maldito sea Dios porque inventó a mi padre
    colgado de una rama del olivo
    poco después de recogerse la aceituna.
    No puedo perdonárselo.

    Pero eso fue más tarde.
    Antes fueron los niños.
    Bendito sea Dios que inventó aquellos niños,
    vestidos como príncipes o pájaros.
    Con voces de cristal, “Papá”, decían a su padre.
    Bendito sea Dios por inventar una palabra
    milagrosa, jamás oída,
    y su padre correspondía
    con vaharada de ternura.

    Maldito sea Dios, porque yo quise
    arrezagarme en la ternura
    pronunciando la palabra mágica
    entonces descubierta. “¿Papá?” “Mariconadas,
    si te la vuevo a oír te llevas una hostia”.

    Bendito sea Dios porque inventó los años,
    1970, 1980, 1990...,
    inventó el fuego, el oro viejo
    de los arces de otoño,
    y estos ríos profundos como penas,
    largos como el olvido o el recuerdo,
    hospitalarios, generosos,
    por los que la ciudad va navegando
    hasta la mar, que es el morir.

    Bendito sea Dios que inventó libros sabios.
    Se daba nombre en ellos
    a lo que antes no lo tenía.
    Bendito sea Dios porque inventó licenciaturas
    masters, campus con risas y con marihuana,
    laboratorios y celebraciones
    con cantos en latín, gaudeamus igitur,
    todo situado en niveles distintos del tiempo.

    Bendito sea Dios que inventó la memoria
    y que inventó el silencio de este lugar aséptico,
    y las venas metálicas ocultas
    en las que el agua espera
    unas manos liberadoras que le devuelvan su canción.
    Ahora sé que mi padre está vengado.
    Mi padre, descolgado del olivo
    pronuncia con mis labios las palabras totémicas,
    y se estremece este recinto sagrado.
    “Coño, joder, carajo, a lavarse la cara, hostia”.
    Y abro los grifos, lavabos, duchas, retretes,
    se desbordan las aguas que el soñaba
    en la choza de adobe y paja,
    cantan la gloria de la recuperación,
    y mi padre navega por las aguas,
    le provoco, gritándole desconsolado.
    “¡Papá!”. “Mariconadas”, me contesta.
    “¡Papá!”. Marico... glu, glu,
    ahogado, recuperado,
    navegante por los canales de oro,
    vivo ya para siempre.

    JOSE HIERRO

    (continuará)


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    Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 04 Mar 2016, 06:16

    .


    De Cuaderno de Nueva York, 1998:


    VIDA

    A Paula Romero

    Después de todo, todo ha sido nada,
    a pesar de que un día lo fue todo.
    Después de nada, o después de todo
    supe que todo no era más que nada.

    Grito “¡Todo!”, y el eco dice ¡“Nada!”.
    Grito “¡Nada!”, y el eco dice ¡”Todo!”.
    Ahora sé que la nada lo era todo,
    y todo era ceniza de la nada.

    No queda nada de lo que fue nada.
    (Era ilusión lo que creía todo
    y que, en definitiva, era la nada.)

    Qué más da que la nada fuera nada
    si más nada será, después de todo,
    después de tanto todo para nada.

    JOSÉ HIERRO


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